de la calle de Alcalá, que fué el paradero de mi conductor; y, en este tiempo, hice las diligencias de encontrar casa, y planté mi rancho en el escondite de uno de los caserones de la calle de la Paloma. Alquilé media cama, compré un candelero de barro y una vela de sebo, que me duró más de seis meses, porque las más noches me acostaba a obscuras, y la vez que la encendia me alumbraba tan brevemente, que más parecia luz de relámpago que iluminación de artificial candela. Añadi a estos ajuares un puchero de Alcorcón y un cántaro, que llenaba de agua entre gallos y media noche en la fuente más vezina, y un par de cuencas, que las arrebañaba con tal detención la vez que comia, que jamás fué necesario lavarlas; y este era todo mi vasar, porque las demás diligencias las hacia a pulso y en el primer rincón donde me agarraba la necesidad. No obstante esta desdichada miseria, vivia con algún aseo y limpieza; porque en un pilón común que tenia la casa para los demás vecinos, lavaba de cuatro en cuatro días la camisa, y me plantaba en la calle tan remilgado y sacudido, que me equivacaban con los que tenían dos mil ducados de renta. Padeci —bendito sea Dicsunas horribles hambres, tanto, que alguna vez me desmayó la flaqueza; y me tenía tan corrido y acobardado la necesidad, que nunca me atrevi a poner me delante de quien pudiese remediar los ansiones (1) de mi estómago. Huia a las horas de comer y de cenar de las casas en donde tenía ganado el co(1) Ansión: deseo, nostalgias.
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