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Virgilio — 109.

ignorancia del usurpador, hasta que el mismo Virgilio hubo de completarlos nada ménos que de estas cuatro maneras: —nidificatis aves, —vellera fertis oves, —mellificatis apes, —fertis aratra boves —(haceis, aves, el nido, —ovejas, os cubrís de vellón, —labrais, abejas, la miel, —arrastrais el arado, ¡oh bueyes!). El cuento es bonito, pero muy inverosímil.

La gran celebridad que alcanzó Virgilio entre sus contemporáneos, arranca de la publicacion de sus Églogas, felicísima imitacion de los idilios de Teócrito, muy superior á su original y primer ensayo de la poesía latina en el género bucólico. Digo que fué grande aquella celebridad, tan honrosa para él como para sus contemporáneos mismos, y en efecto, la demuestran numerosos testimonios, así como los tenemos tambien de que no pasó mucho tiempo después de su muerte, sin que aquella tan merecida celebridad llegase en cierta manera á ser proverbial en Roma: «¡Haya Mecénas y no faltarán Virgilios!» exclama con generoso entusiasmo nuestro Marcial (Epig. 56, lib. VIII):


Sint Maecenates, non deerunt, Flacce, Marones,
Virgiliumque tibi vel tua rura dabunt.


Noble enseñanza para los poderosos, que, vuelta del revés, podria convertirse en discreta leccion de modestia para las vanidades literarias, pues no sería acaso ménos justo decir: «Haya Virgilios y no faltarán Mecénas.»

Es opinion muy corriente, que deseosos Octavio y Mecénas de reavivar entre los Romanos la antigua aficion y hasta el honor de la agricultura, de que grandemente los habian apartado las guerras civiles que por espacio de tantos años ensangrentaron el suelo de Italia, dieron á Virgilio el encargo de procurarlo escribiendo un poema encaminado á aquel objeto: tal fué, dicen, el orígen de las Geórgicas. Se me resiste creerlo, y es poco creible, en efecto, que tan bella obra poética fuese producto de una inspiracion oficial, cuando tan naturalmente la explican, las aficiones campestres de Virgilio, su inteligencia en las labores rústicas, adquirida en el cultivo de su heredad, y el legítimo deseo de emular la gloria de Lucrecio, presentando bajo un aspecto, nuevo para los Romanos, útil y práctico, el magnífico espectáculo de la naturaleza. Lucrecio la contempla y la estudia como filósofo; Virgilio como agricultor: ámbos, muy especialmente el segundo,