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110 — Virgilio.

como grandes poetas. Treinta y cuatro años tenía Virgilio cuando se retiró á Nápoles para dar principio á su obra, la más perfecta sin duda que nos ha legado la poesía latina: siete invirtió en su composicion, durante los cuales hubo tambien verosímilmente de idear el plan de la Eneida y de prepararse á acometer esta obra inmortal, á que consagró el resto de su vida, sin lograr con todo llevarla á cabal término. Dícese que tardó diez años en componer los seis primeros libros, y cuatro en los demás, sin dejarla, áun así, concluida y limada á su gusto, como lo prueban, á más de la evidente incorreccion de algunos pasajes, los muchos versos incompletos que hay en ella, y que no son, como pudiera creerse, versos que se han perdido ó ha mutilado el tiempo, sino verdaderos puntales, como él los llamaba (tibicinis al decir de Donato), para asentar en ellos conceptos, y acaso cuadros que notoriamente no están más que bosquejados.

Durante aquel período de catorce años residió en Roma; mas, deseoso de dar la última mano á su poema nacional en el suelo clásico de la poesía, se partió para Aténas, dando con este viaje á Horacio ocasion de componer su célebre oda (3.ª del Lib. I): Sic te Diva potens..., testimonio imperecedero de la tierna amistad que unia á aquellos dos eminentes ingenios. Allí le halló Augusto, que volvia de una expedicion á Oriente, y cuando juntos iban navegando para Roma, fué Virgilio acometido de una súbita dolencia, que, agravada con las molestias de la travesía, le precisó á arribar á Bríndis, en la costa de Calabria, donde murió, el 10 de las calendas (1.º) de Octubre del año 735 (19 a. de J. C.), á los 51 de su edad. Trasladados sus restos mortales á Nápoles, en cumplimiento de su última voluntad, fueron enterrados en el camino de Puzola (Pozzuoli), á dos millas de aquella ciudad [1], en un sepulcro, al que se puso esta inscripcion, comunmente atribuida al mismo Virgilio, pero sin fundamento alguno y contra toda verosimilitud:

  1. No estará dé más prevenir aquí que el actual recinto de Nápoles no es exactamente el mismo que ocupaba en tiempo de los Romanos. El sepulcro del gran poeta, despojado ya del laurel que en su honor plantó el Petrarca, está hoy casi dentro de la ciudad, en una altura, á la entrada y un poco á la izquierda de la gruta de Pausilipo, á unas dos millas próximamente de las ruinas que aún se ven de la antigua Partenope, en direccion á la parte de la costa, que fué la ciudad de Cumas. Es fama que unos cincuenta años después de la muerte del poeta, Silio Itálico compró de un labrador el terreno en que se halla situado este sepulcro.