sin cesar, nombres absolutamente diferentes, puede muy bien presumirse que ninguno de estos pueblos es una colonia del otro. Los finlandeses llaman al oso karu, y los laponeses, muriet; el Sol, en finlandés, se llama auringa; en lengua lapona, beve. No hay ninguna analogía. Los habitantes de Finlandia y de la Laponia sueca han adorado en otro tiempo un ídolo que llamaban Iumalac; y desde la época de Gustavo Adolfo, al que deben el nombre de luteranos, llaman a Jesucristo el hijo de Iumalac. Los lapones moscovitas pertenecen hoy a la Iglesia griega; pero los que vagan por las montañas septentrionales del cabo Norte se contentan con adorar a un dios bajo algunas formas groseras, antigua costumbre de todos los pueblos nómadas. Esta especie de hombres, poco numerosa, pose muy pocas ideas, y son muy felices por no tener más; pues en ese caso tendrían nuevas necesidades que no podrían satisfacer; viven contentos y sin enfermedades, no bebiendo apenas más que agua en un clima del mayor frío, y llegan a una extrema vejez. La costumbre que se les imputaba de rogar a los extranjeros que hiciesen a sus mujeres y a sus hijas el honor de unirse con ellas viene probablemente del sentimiento de la superioridad que reconocen en esos extranjeros y el deseo de que pudiesen servir para corregir los defectos de su raza. Esta era una costumbre establecida en los pueblos virtuosos de Lacedemo— nia. Un marido rogaba a un joven bien formado
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