Entre las múltiples facetas del espíritu complejo de Voltaire, la de historiador es quizá de las menos conocidas y la que esa masa que se llama el gran público menos recuerda cuando trata de evocar y reconstituir esta inquietante y perturbadora figura. Y, sin embargo, no es de las menos interesantes, ni por la calidad ni por la cantidad de la obra que en este terreno ha producido. Su concepto de la Historia y la manera de tratarla representa, en su época, un paso gigantesco sobre los dominantes y privativos hasta entonces en esta ramá del saber humano, hasta el punto de haberse asegurado que en el siglo XVIII establece, con Montesquieu, casi como hoy las concebimos, las reglas generales del arte de escribir la historia. Hoy se entiende, en efecto, que el historiador ha de ser, por de pronto, un erudito, un investigador; ha de documentarse minuciosamente, haciendo una crítica rigurosa de los documentos. Pero se cree también, y más firmemente cada día, no obstante la maravillosa creación de la erudición alemana, orientada casi exclusivamente en este sentido, que este acarreo de materiales es indispensable para la construcción del edificio; pero no es suficiente; falta todavía... levantarlo; después de aquella labor de análisis tiene que venir la de las grandes síntesis; mientras tanto, no surge el historiador:
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