yardos disgustó a todos. Por otra parte, ni era bastante instruído, ni activo, ni con audacia suficiente para atreverse a concebir una reforma ge— neral. La guerra con los turcos, o, más bien, con los tártaros de Crimea, que continuaba, siempre con resultados oscilantes, no permitía a un príncipe de salud débil acometer esta gran empresa. Fedor se casó, como sus antecesores, con una de sus súbditas, natural de las fronteras de Polonia; y habiéndola perdido al cabo de un año, tomó una segunda mujer en 1592: Marta Mateona, hija del secretario Apraxin. Cayó enfermo algunos meses después, de la enfermedad de que murió, y no dejó hijos. Así como los zares se casaban sin considerar la estirpe de la mujer, también podían, por lo menos entonces, escoger un sucesor sin atender a la primogenitura. Parecía que la jerarquía de esposa y heredero del soberano debía ser únicamente el premio del mérito, y en esto la costumbre de este imperio era muy superior a las de los Estados más civilizados. Abril 1682.—Fedor, antes de expirar, viendo que su hermano Iván, demasiado maltratado por la Naturaleza, era incapaz de reinar, nombró por heredero de las Rusias a su segundo hermano, Pedro, que no tenía más que diez años de edad y que hacía concebir ya grandes esperanzas. Si la costumbre de elevar alguna súbdita a la categoría de zarina era favorable a las mujeres, había, en cambio, otra muy dura: las hijas de los
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