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Páginas de historia/El general Las Heras

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

El general Las Heras


I

Hay héroes de circunstancias que ocupan y abandonan bulliciosamente la escena de la historia.

Por una ilusión de óptica á veces aparecen granles á los ojos de sus contemporáneos, más bien por el medio en que viven y los accesorios que los rodean, que por sus propias calidades y por sus propias acciones..

Estos son los héroes teatrales de la historia.

Para brillar, necesitan de las luces artificiales de la popularidad pasajera. Sólo se estimulan con los aplausos de la calle y de la plaza pública. No bay elocuencia posible para ellos sino en lo alto de la tribuna y en medio de una pomposa decoravión, ni heroísmo sino en presencia de millares le testigos. Esclavos de ajenas pasiones y de su propia vanidad, sólo conciben la gloria en un carro triunfal arrastrado por adoradores. Prefieren una corona de cartón dorado, con tal que todos la romen por oro de buena ley, á la inmortal corona ·lel laurel sagrado que sólo resplandece en la obeuridad de la tumba. Hambrientos do vanagloria, ebrios de aplausos, enferimos de colos y de vanida i pueril, el aplauso de la propia conciencia no llega á sus oídos, la verdadera gloria no les satisface, el silcucio ios anonada, la soledat les hace creerse <—91muertos, y el rotiro as para ellos como c. vacío de la máquina neumática que apaga los sonidos.

Bobre la tumba de estos nunca se escribió ² sublime epitafio do Esparta: "Murieron en la creencia de que la felicidad no consiste ni en vivir ni en merir, sino en saber hacer gloriosamente lo uno y lo otro", Los hombres grandes por sí mismos, que no trafican com la gloria, para quienes el mando es un deber, la lucha una noblo taroa, y el sacrificio una verdadera religión; los que al abandonar el teatro de la vida pública no tienen que despojars:

á sa puerta de las galas prestadas de un día, r queman el aceite de su propia vida en la lámpara de sus vigilias, esos viven en paz y conversan fa miliarmente con el genio de la soledad, que en el ailencio serena su alma agitada por las tempostades populares. A esos hombres sienta bien el modesto retiro en que pueden ser estudiados y astimados por lo que en sí valen, despertando la ndmiración ó la simpatía por calidades superiores á los engañosos prestigios de la prosperidad.

Tales ó semejantes reflexiones hacía en una hermosa y apacible tarde de verano del año de 1848atravesando la magnífica alameda de Santiago de Chile, y dirigiéndome á uno de los barrios más apartados de la ciudad, donde vivia y murió el general D. Juan Gregorio de Las Heras, capitán ilustre y libertador de tres repúblicas, republicano eencillo y desinteresado, que siendo uno de los hé roes más notables de la epopeya de la independencia americana, vivía tranquilo en el retiro, siu eapada, sin poder y sin fortuna.

Iba á pagarle la visita que infaliblemente haci este soldado lleno de cortesíá, á todo argentino que llegaba á aquel país; y al hacerlo, cra arrastrad por algo más que un deber social, pues, admirador de sus grandes servicios y virtudes, había ca contrado en él un héroe según mi ideal, y un hom bra según mi evangelio.

Al dirigirme á su casa, podía contemplar á la distancia las nevadas cordilleras de los Andes, á cuyo pie está el memorable campo de Chacabuco; y mi vista se perdía en la vasta llanura del valle de Maipo y los caminos que desde el conducen al sur de Chile, donde Las Heras, siguiendo las huelas de San Martín, se había ilustrado en grandes batallas y gloriosos combates.

Lleno de estas ideas, de estos recuerdos y de este espectáculo grandioso, llegué á su antigua casu de familia, Guya arquitectura pertenece & la época colonial, no ocurricoloseme, como se me ocurre hoy, que era singular que quién más había contribuído á destruir aquel régimen con su espada, hubiese encontrado en medio de tantas ruinas como hizo con ella, un viejo techo con el sello de la dominación española, donde abrigar su cabeza en el invierno de la vida, para morir on paz á su sombra.

El interior de la casa participa del carácter semirrústico y semiurbano del apartado barrio en que está situada. Penétrase á ella por un aneho portal que conduce á un vasto patio, especie de plaza de armas dondo podría acampar cómodamente el famoso hatallón número 11 que tantas veces ondujo á la victoria el antiguo veterano. Hacia la derecha se encuentra una aucha escalera quie va á dar á mua galería alta que rodea parte del segundo patio, ocupado por un melancólico jardín, en cuyo centro se elevaba, en aquella época, un pino marítimo que, batido desde temprano por los vientos, había sido necesario apuntalar.

la primera puerta que se encuentra ee la de la pieza donde habitualmente recibía el general. Sencillamente amueblada, ora á la vez su sala de recibo. sa gabinete de estudio, y su cuarto de descanso.

Allí se reían sus libros, que siempre se ocupaba de leer, el sofá donde reposaba de sus dolencias y Ja meen donde escribía sus cartas y sus apuntes históricos, siendo de uotar que, en aquella ostaucia, que tenía algo de la austeridad militar, no se rela ningúm trofeo, ninguna arma, nada que recordase que el que la habitaba era un héroe que manejó la espada y rigió ejércitos y pueblos como general y como gobernaute.

Halábnee esa tarde de visita un anciano de exterior algo adusto, que tenía cerca de sé las muletas en que se apoyaba para caminar, y á quien el general me presentó como ú un amigo y compatriota. Era D. Manuel Barañao, nacido en la República Argentina, coronel de los Húsares del Rey en las campañas de Chile. Reputado por los spañoles como una de las primera espadas de su ejército, á su ausencia en el campo de Chacahuco se atribuyó, no sin alguna razón por los realistas, la pérdida de aquella batalla. No dejó de sorprandarme en el primer momento aquella intimidad de dos antiguos guerreros que habían militado bajo opuestas banderas y por listintas cHU sas. Luego encontré grande y noble aquella reconciliación efectuada al fin de sus años, cuando el uno podía gozarse en el fruto de sus gloriosas fatigas, y el otro podía vivir tranquilo á la sombra de la ley que había combatido. Más tarde pudo reconocer en el coronel Barañao cualidades que lo hacían digno de la amistad del general. Reconcilindo con la democracia triunfante contra sus esfuerzos, y argentino de corazón á pesar de haberse opuesto á la emancipación de su patria, tuve ocasión, con un banquete de emigrados argentinos, en conmemoración del 25 de Mayo, de brindar con él en honor de la independencia americano.

La amistad con que en aquella époce me honró el general Las Heras, y la simpatía que despertó en mí la nobleza de su carácter y la franca amabilidad de su trato, me hicieron nincer el deseo d conocer más detalladamente sus servicios á la causa de la independencia americana. Encontré que el héroe era más grande aun, visto al través de la historia, como había encontrado que el hombre era más interesante visto de cerca, despojado de los prestigios exteriores que hacen á veces aparecer á los poderosos más grandes de lo que realmente son.

Con tal motivo, tuve que apreciar otro rasgo notable de su carácter. El general Las Heras, como todos los hombres de acción que han ejeontado grandes cosas, hablaba muy pocas veces de sus campañas y casi nunca de su participación en ellas, no obstante poseer cierta elocuencia militar y expresarse con animación y colorido toda vez que la corriente de la conversación lo llevala insensiblemente á ocuparse de la guerra de la in dependencia. Así es que las noticias que recogi sobre su vida, las obtave por otros conductos que el suyo, babiéndome hecho un dober de respetar en ét esa modestia que tan bieu le cuadraba. Tan sólo una vez le pedí que me acompañase á visitar el memorable campo de batalla de Maipo, á lo que se prestó de buena voluntad, como un homenaje al general San Martín, del cual se ocupaba con frecuencia y siempre con admiración y respeto.

II

El general D. Juan Gregorio de Las Heras nació en Buenos Aires, el 11 de julio de 1780, aasi al mismo tiempo en que su futuro general y compañero necía en un pueblo arruinado de las Mifiones.

Al empezar el siglo viajó como comerciante por Chile y el Perú, que más tarde debía visitar como guerrero y como libertador.

Al estallar la revolución del año 10, había pasado de los treinta años. Como todos los jóvenes entusiastas de aquella época, y casi al mismo tiempo en que D. José María Paz—con quien se lullaba en Córdoba—abandonaba sus estudios para ceñir la espada, Las Heras abandonaba el comercio y se alistaba decididamente bajo la bandera revolucionaria.

Nombrado capitán de milicias por el gobierno patriota, fué elevado al rango de eargento mayor en 1813, para marcbar en calidad de segundo jefe de la columna auxiliar que se dispuso enviar á Chile á las órdenes del comandante D. Santiago Carrera, en retribución del auxilio de fuerzas que aquel país había dado poco antes en apoyo do Ja revolución argentina..

La división se componía de poco más de trescientos hombres de infantería reclutados en las provincias de Córdoba y Cuyo. En el mes de septiembre de 1818 pasó la cordillera, siendo ésta la primera fuerza militar que llevó la bandera de la revolución fuera de los límites del antiguo virreinato, pues los primeros ejércitos patriotas por la parte del Perú no habían pasado del Desaguadero, que era su frontera norte.

<—96A la llegada de la división auxiliar argentina, la situación de Chile era muy crítica. Reforzadaa las guarniciones españolas del sur, habían vuelto tomar la ofensiva, y ocupaban la mayor parte del país hasta Concepción. El gobierno, debilitado por las luchas intestinas y por los recientes contraxtes de los Carrera, había confiado el mando del ejército al general O'Higgins, quien se ocupaba en organizarle, mientras el coronel Mackenna, au segundo, obraba á vanguardia con una pequeña división de más de trescientos hombres. A esta divisiún se incorporaron los auxiliares argentinos, que inlás tarde fueron muandlados por el coronel don Marcos Balcarce, y finalmente quedaron á las órdenes de Las Horas.

El ensayo de los auxiliares argentinos fué brillante. El 22. de febrero de 1814 el mayor Las Horas, á la cabeza de 100 auxiliares, eu la confluencia del Itata y del Nuble, salvó la división Mackenna de un contraste, preparándole un inmediato 'triunfo, por cuya acción fué recomendado en el parte de aquella jornada, con el título de "valerosos", que no debía desmentir en adelante. Por esta liazaña decretó el gobierno un cecudo de honor con esto lema: "La pataria á los vлlerosos de Cucha Cucha, auxiliares de Chile, año de 1814".

Un mes permaneció la división Mackenna en ol Membrillar, donde, rodeada de peligros y por fuerzas muy superiores, tuvo que atrinchcrarse, hasta que á la proximidad de la división O'Higgins que venía on su auxilio, y que en esta ocasióni dió la batalla de Quilo, tuvo lugar la victoria del mismo nombre (Membrillar), el 20 de marzo de 1814, en que Balcarce y Las Heras se distinguieron muy particularmente, según el testimonio de todos los historiadores chilenos.

Reunido el ejército, tuvo que replegarse hasta el Maule, á consecuencia de algunos contrastes sufridos por otras divisiones patriotas; hallándose sucesivamente Las Heras y los Auxiliares eu los oon bates de "Tres Montes", paso del Río Clazo, y la brillante defensa de Quecheraguas, en qu: el ejército patriota hizo pie firme, obligando nl enemigo á retroceder y encerrarse en Talca.

A pesar de estos esfuerzos, la caída de la revolución chilena fué inevitable. Después de algunas negociaciones de paz entre ambos ejércitos, irterrumpidas por revoluciones y combates entre soldados de la misma causa, tuvo lugar la derrota de Rancagua, el 26 de agosto de 1814, de cuyo contrasts sólo se salvó organizado el cuerpo de Auxiliares, quo balléndose on Aconcagua, volvió á pasar la Cordillera conducido por su bizarro comandante, después de proteger la salvación de los emigrados y cubrir la retaguardia de los de Totados.

III

Las Heras se situó en Mendoza con los Auxiliares.

San Martín organizaba á la sazón allí el plantel del memorable Ejército de los Andes, destinado á dar libertad á la mitad de la América del Sur. Los Auxiliares argentinos de Chile se agregaron á él, y formaron el plantel del famoso batallón núm. 11, cuyo mando se confió al comandante Las Heras, que á su cabeza debía conquistar nuevos laureles.

El general San Martíu le distinguió desde lue<—98go con su confianza, y encontró en él un inteligonte y eficaz cooperador para la organifiación del ejército.

En la reconquista de Chile, clevado ya al ran go de coronel, tuvo el mando de la primera divi sión del ejército con la cual atravesó por segunda vez los Andes por Uspallata, levando la vanguardia. Al frente de ella le cupo la fortuna de obtener el primer triunfo de la campaña, el día 14 de febrero de 1817, en que la Guardia Vieja fué torada por asalto, llevando el ataque el magor.don Enrique Martínez, quedando toda la guarnición española muerta ó prisionera.

En seguida, descendió de las alturas, posesionándose por una hábil naniobra del valle y de la villa de Santa Rosa, operando allí su reunión con la división de Soler, que había atravesado Los Patos y ocupado al valle de Putaendo, con lo cual aseguró el éxito de aquel famoso pasaje de los Andes, conquistándose luego toda la provincia de Aconcagua.

En la batalla de Chacabuco, á la cabeza del batallón núm. 11, formó parte de la columna que a las órdenes del general Soler atacó al enemigo por el flaneo. Penetrando con sus filas á la bayoneta, fué uno de los que, á la par de sus bravos compañeros Necochea y Zapiola, contribuyó á fijar la victoria de los patriotas el 12 de febrero de 1817.

Pocos días después (el 19 de febrero), Las Heras marchaba al sur de Chile, á la cabeza d una pequeña división de las tres armas, con el ob icto de perseguir el enemigo que procuraba rehacorse del otro lado del Maule.

Desde esta época empieza Las Heras & obrar cowo general en jefe, y acreditar su pericia militar y el temple heroico de su alma.

$9 Avacado por fucezas superiores mandadas por el entendido y valeroso coronel español Ordóñez, obtuvo un brillante triunfo en Curapaligüé, el 4 de abril, á distancia de cinco leguas de Concepcián, arrebatando al enemigo su artillería.

Las Heras entró triunfante en la ciudad de Concepción de Penco, dejando establecido eu campamento en el inmediato cerro del Gavilán, nombre que debía muy luego ilustrarse con otra victoria.

La división de Las Heras, reforzada por la columma del comandante Froyre, constaba de poco más de 1200 hombres de las tres armas.

Posesionado el enemigo de las fortificaciones de Talcahuano, dueño de la navegación del mar Pacífico, y ocupando todo el sur del Bío Bío, cou fuertes guarniciones cubiertas por fortificaciones 7 obstáculos naturales, era imposible que Las He ras completase sur destrucción con los pequeños medios que tenía á su mando.

Su posición llegó á ser crítica. Reforzado Ordóñez con más de 1600 soldados aguerridos, se dispuso á caer sobre. Las Heras y acabar con élreuniendo para el efecto fuerzas amry superiores.

Advertido de ello, Las Heras había pedido ser reforzado, y el mismo director O'Iliggins venía í marchas forzadas en su protección. El 5 do mayo debía tener lugar la reunión. El 4 escribía Los Heras á O'Higgina: "Al alba pienso ser atacado, y si V. E. no acelera sus marehas á toda costa en auxilio de estae divisiones, pudiera tener un fatal resultado para el país".

El día 5 de mayo al amanocer fué en efecto atacado por fuorzas superiores dirigidas por Ordóñez y Morgado, los dos mejores militares del ejército realista. Después de un reñido combato de algunas horas, lleno de peripecias interesantes, en que toda la artillería patriota quedó desmontala, le vietoria se declaró al fin por Las Heras, lejando el enemigo en el campo casi toda su ar tillerie (3 piezas), 250 fusiles y como 230 hombres de pérdida entre muertos y prisioneros, con sólo la pérdida por su parte de ó muertos y 70 heridos.

Este glorioso hecho de armas se llamó la batalla del Gavilán. O'Higgins, que á la distancia había nido los cañonazos de la batalla, eólo llegó á tiempo para saludar al vencedor por su espléndida victoria.

IV

Después de osto. O'Higgins tomó el mando del ejéreito y puso sitio á Talcahuano.

El plan de Las Heras para dar el asalto í las fortificaciones de Talcahuano habría dado probablemento el dominio de aquella importante plaza. La preferencia que se dió al plan del general Brayer, rodeato del prestigio que le daba la distinción quo Napoleón hizo siempre de su capacil'ad militar, costó al ejército un descalabro y la 1érdida de 400 soldados.

Jas Heras, caballeroso como siempre, se presto á ejecutar la parte más peligrosa del plan de Brayor, mientras que éste, fuera del alcance del tiro de cañón, estudiaba los progresos del. ataquc.

A la cabeza de su columura, á pie y con la espada desenvainadh debajo del brazo, marchó al ataque á paso de carrera, como un héroe antiguo, y, bajo un fuego terrible de todas las baterías de la parte del puerto, dió el asalto á la formidable posición del Morro de Talcahuano, rellenando los fosos con salchichones, coronando el muro y arrollando al enemigo á la bayoneta. Es el único he cho de este género que recuerda la historia amoricana.

Imposibilitado de forzar las lineas interiorea del enemigo, malogrado el ataque del centro y aislado el triunfo obtenido por el extremo opucsta, O'Higgins dió la señal de retirada. Las Heras la ejecutó con una habilidad y sangre fría admirables bajo el fuego de una torrible artillería, salvando á todos sus heridos, clavando los cañones de las baterías españolas y conduciendo hasta á los prisineros que había hecho, dejando al enemigo atóuito con su denuedo.

Este desealabro obligó á levantar el sitio, tocaurkole á Las Ileras cubrir la retirada del ejército.

Abierta de nuevo la campaña bajo la dirección de San Martín, para batir al ejército realista considerablemente reforzado, los patriotas fueron sorprendidos y deshechos eu la noche del 19 de marzo de 1818. Las Heras fué el héroe de aquella triste jornada. Cuando todo era confusión, él mantuvo el orden en el costado derecho que mandaba, reunió así á los dispensos y salió del campo del combate salvando 3000 hombres y 12 piezas de ar tillería, con los cuales hizo una retirada de 80 leguas, presentándose á San Martín, que lo recibió, con los honores de um triunfarlor. Bien lo merecía, pues se le presentaba como Dessaix á Napoleón respués de la primera derrota de Marengo, y podía decir: "Hemos perdido una batalla, pero aun tenemos tiempo de ganar otra".

Al abrirse en consecuencia las nuevas operaciones, Las Heras, que había pendido su craipo en Cancha Rayada, no tenía casaca que ponerse.

San Martín, que no tenía ni veinticinco pesos que disponer, ordenó á su asistente diese á:

Heras la mejor casaca de su valija. ¡La me caeaca de San Martín estaba Tota!

En efecto, diez y ocho días después, el 5 abril de 1818, el ejército argentinochileno obte la espléndida victoria de Maipo, una de las r notables y completas de la guerra de la indep doncia. Las Heras mandaba en aquel día derecha de la línea y á la cabeza de un betal sostuvo un terrible combate, coronado por el é to, tocándolo al fin ser uno de los que comple ron la victoria á la rotaguardia del enemigo, V Próxima á realizarse la expedición del P quo meditaba San Martín, la guerra civil c devoraba á la República Argentina, indujo ali bierno llamar á sí el Ejército de los Andes, pi consolidar su autoridad vacilante y dominar desorden.

Las Heras se hallaba interinaniente al man del ejército.

San Martín, comprendiendo que la revoluci sc perdía si tal resolución so llevaba á cabo, h renuncia del mando del ejército, dirigiéndose 1 una nota á los jefes en atención á que el gobi no nacional había en cierto modo caducado, of ciendo sus servicios al jefe que se nombrase p substituirlo.

Nunca fueron más grandes que este día compañeros de San Martín, y en especial Las I ras, llamado por su reputación y sue servicios mando del ejército. Fué el primero que se pron eió contra la aceptación de la renuncia, y á au jemplo todos confirmaron en el mando al ganeral San Martin, salvando así la revolución americana, que nunca estuvo en más inminente riosgo de perderse.

Nombrado mayor general del ejército, dirigió como tal los aprestos de la expedición al Perú, siendo el primero que pisó este suelo al frente de una división que se posesionó de Pieco en 1820.

A la entrada del ejército libertador á Lima, fue nombrado general en jefe, y estableció el sitio contra los castillos del Callao, mandando en persona al zalogrado ataque que dió sobre aquéllos.

Permaneció en el Perú hasta 1821 en que so paró del ejército, disgustado con San Martin; quien le vió alejarse con profunda tristeza, según consta de su correspondencia privada. Los dos onuriaron, enquero, amándose y estimándose.

En 1824 fué nombrado gobernador de Buenos Aires, para suceder al general D. Martín Rodríguez, que había terminado su período legal.

Su gobierno es uno de los mejores que ha tenido Buenos Aires. Cumplió la ley, administró bien las rentas, hizo prosperar al país, le dió respetabilidad dentro y fuera, y trabajó con éxito para la reorganización nacional por medio de la reunión le um congreso que se vorificó en Buenos Aires á finee de 1824.

En enero de 1825 fué nombrado encargado del porler ejecutivo nacional.

Esta época fué señalade por actos notables que corresponden á la historia.

Realizada la unión nacional bajo sus auspicios, y nombrado presidente de la república D. Bernardino Rivadavin, le hizo entrega de la autorida general depositada on sus manos. Poco después > dejó de ser gobernador de Buenos Aires, á conse cuencia de la ley de capitalización que preparabu la organización unitaria de la república.

Su despedida oficial fué amarga, tal vez ma aconsejado por ambiciones de segundo orden; perc en el fondo de su corazón no quedó ningún rencor y con noble y elevado patriotismo hizo votos por la delicidad de su patria.

Uno de los compañeros de armas, que ha sid también el historiador de aquella época, ha dich que Las Heras se retiró entources á Chile, resenti do tal vez del modo pomposo y altanero con qui Rivadavia lo había tratado, y con tal motivo ha formulado este juicio sobre él: "Las Heras es un do los primeros y más valientes defensores de l república, y á la franqueza y firmeza de un solda do, y á la probidad más siu tacha en su conductcomo funcionario público, reunía una deferenciescrupulosa al cuerpo legislativo".

Acogido en Chile como uno de sus mejores hijo:

continuó desde su retiro ocupándose de la suert de su patria, y prestándole en algunas eireumatan cias servicios de consideración.

Cuando su patria, después de treinta años d olvido, lo reconociá como general y le mandó abc nar el sueldo que hasta entonces le había pasad la República de Chile, recibió esta distinción so modestia y gratitud, creyendo que recibía graci en lo que se le debía de justicia.

VI

El general Las Heras, al tiempo de mon era el Bayardo de la República Argentina, el m litar sin miedo y sin reproche, decano de los ejé: citos americanos, por su edad, por sus servicios y por aus elovardas cualidades morales.

En su avanzada edad, y á pesar de las dolencias que lo aquejaban, conservaba aún cuando lo vi por la última vez en Chile, en 1850, toda la arrogancia del soldado, y el reflejo de su belleza varouil de sus horoicos años: Su talla era alta y erguida; su ojo negro, profundo y chispeante, roepiraba la firmeza y la bondad, y en sus maneras se notaba algo de la habitud del mando, unida á la exquisita cortesanía de los hombres de su tiem po. En aquella época le vi una vez de grande uniforme en medio del estado mayor de Chile, y su imponente figura militar eclipsaba á todas ilamando sobre él la atención del pueblo que veía en él al representante de sus más queridas glorias.

El general Las Heras pensaba siempre en su patria y seguía desde lejos su movimiento.

En prueba de ello, he aquí la última carta que rooibimos de él, lo que dará una idea de su estilo, do sus sentimientos y de su modo de juzgar los acontecimientos contemporánicos:

Es de fecha 30 de diciembre del año 1863, y lico entre otras cosas: "Es un obsequio para va pobro viejo como yo, cl recibir tantas consideraciones. No hablemos de los hechos de la guerra de la independencis; en alla hemos hecho lo que hemos podido, y lo que era nuestro deber. Pero ando desde mi soledad estudio por los diarios y contemplo el progreso de que es deudora á'ustodes nuestra patria, me asombro y me complazco en ello, comparando la época presente con la que me tocó mandar an éa, en la que á cada paso tonía que tropezar con la caoasez de recursos y con las preocupaciones, que nunca me permitieron ni aun dar á la guardia nacional la organización que la ley señalaba. Como argentino y como american foy á usted las gracias por la noticia que me di <bol tratado celebrado con la España. Este es ur verdadero triunfo americano, que hará recorda esta época con entusiasmo".

El general Las Heras murió en Santiago de Chile el ó de febrero de 1866, á los 86 años di edad.

El gobierno de Chile honró su memoria de eretándole exequias nacionales y el pueblo chilen asistió á sus funerales, confirmando la palabr:

de uno de sus historiadores: "La historia del ge neral Las Heras es la historia de Chile".

No necesitó apelar á la posteridad para espera justicia y afirmar la corona sobre sus sienes. F juicio que el pueblo sólo pronuncia en los funera les de sus héroes, fué pronunciado en vida y par:

honor y gloria de él y de su patria, por los hijo de la heroica generación á que perteneció, que e la posteridal á que apelaba el general San Mar tin, su ilustro maestro y compañero de gloria.