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El pino de San Lorenzo
I
Remontando los rápidos. del Alto Uruguay, eneuéntrase sobre la margen derecha, á los 29 gredos, 31 minutos y 47 segundos, una ligera eminencia ondulada, que da su carácter pintoresco al paisaje, marcando la transición entre dos climas.
Allí existió en un tiempo la misión jesuítica de Yapeyú, sobre cuyas ruinas se ha fundado recientemente una pequeña colonia de inmigrantes europeos, que lleva el nombre glorioso de San Martin.
Su naturaleza participa de las gracias de la región templada á que se liga por sus producciones, y el esplendor de la no lejana zona intertropical, de cuyas galas está revestida.
Desde la meseta que domina aquel agreste esocnario, la vista puede dilatarse en vastos horizontes y en anchas planicies siempre verdes, ó concentrarse en risueños cuadros que limitan bosques floridos y variadas quebradas del terreno de líneas armoniosas.
Ascendiendo un tortuoso sendero abierto por el hacha del leñador en la enmarañada selva, se llega á la antigua plaza, donde aun se mantiene erguido el campanario de la iglesia de la poderosa compañía, coronada por el doble símbolo de la redención y de la Orden de Loyola. En sn centro se levantan magnificos árboles plantados por los jeauftas, entre los cuales sobresalen gallardamente gigantescan palmeras que tienen más de un siglo de existencia.
Allí nació José de San Martín, "el más grande de los criollos del Nuevo Mundo", como con verdad y con justicia póstumps ha sido apellidado.
El pueblo de Yapeyú fué incendiado y saqueado el 13 de febrero de 1817, el mismo día y á la misma bora en que San Martín, después de haber atrave'sado los Andes y de haber vencido en Chacabuco, entraba triunfante en la capital de Santiago de Chile.
De la cuna del redentor de medio mundo y fuadador de tres repúblicas no quedó sino un montón de cenizas; pero en el mismo día y hora en que esto sucedía, la América era independiente y libre por el esfuerzo del más grande de sus hijos, y aun viven las palmas americanas á cuya sombra nació y creció.
II
Respontando la corriente del Paraná, el viajero divise á la distancia dos blancas cúpulas, que en lontananza hacen la ilusión de alas de garzas que hienden el espacio; más do cerca, parecen velas de embarcaciones que se levantan sobre los bosques de las ielas circunvecinas; hasta que, aproximándose á la gran cancha que lleva el nombre del fronterizo monasterio de San Lorenzo, se destacan en el horizonte su atrevida torre y su media naranja blanqueadas, y á su inmediación un pino gigantesco, cuya forma atormentada atestigua el embate de los Luracanes del tiempo.
Allí alcanzó San Martín su primer triunfo ame ricano, y aquel pino marca el punto de partida de su gran campañin continental, cuyo teatro de op raciones fué la América meridional, al través de ríos, painpas, mares y montañas.
Así, de los dos grandes ríos superiores que derraman sus aguas en el Plata, el uno le vió nacer á la vida del tiempo y el otro á la vida de la inmortali dad, marcándose en ambos su cuma y su primer etapa militar por úrboles seculares que crecen á sus márgenes y existeu todavía.
El tilo de Friburgo, laurel de la victoria de la más antigua república europea; el árbol de Guernica, monumento rústico de las libertades de un puehlo; el sauce de Santa Elena, melaneólica corona de la grandeza militar en el destierro; la planta de café, que como un retoño de vida nueva orece en la tumba de Washington, agitarán sus hojas al soplo de la gloria para confundir sus rumores con el de las palmas de Yapeyú y el pino de San Lorenzo, en el día en que las cenizas del héroe argentino vudven triunfantes al seno de la patriala antigüedad labría encendido con es pino su pira y sus antorchas fuuenarias: su patria agitará en alto sus gajos entrelazándolos con palinas scculares, en señal de triunfo póstumo ILI
En los primeros años de la revolución de Mayo el pino de San Lorenzo era ya viejo, y su tronco y eu corona elíptica empezaban & inclinarse por el peso do los años.
Por eso tiempo llegó San Martin al Rio de la Plata, en toda la fuerza de su virilidad, poseído de una iden y animado de una pasión, con el propósita de ofrecer su espada á la revolución argentina, que contaba ya dos años de existencia. Templado en las luchas de la vida, amacstrado en el arte militar, formiado su carácter y madurada su razón en la austera escuela de la experiencia y del trabajo, el nuevo campeón traía por contingente á la causa americana la táctica y la disciplina aplicadas a la política y á la guerra; y en germen, un vasto plan de campaña continental, que, abrazando en sus lincamientos la mitad de un mundo, debía dar por resultado preciso el triunfo de su indepcndoncia.
Nombrado comandante del regimiento de Gra naderos á caballo, creado por él, esperaba á principios del año de 1818 la ocasión de cusayar la nueva táctica que había introducido y el espíritu heroico une había sabido infundir á sus discípulos.
En este molde militar había vaciado un nuevo tipo de soldado creando en un regimiento el tipo de un ejército y el nervio de una situación. Bajo una disciplina austera, que no anouadaba la encrzit individual, y más bien la retemplaba, formá soldado por soldado, y modeló correctamente sus oficiales; hízoles pasar, uno por uno, por la prueba del miedo y de la fatiga, apasionándolos por el deber é inoculándoles esa fanatismo del coraje que se considera invincible, y qué es el secreto de vencer.
Armú á sus granaderos con el sable largo de los praceros de Napoleón, cuyo filo había experimentado por sí en las batallas de la península espafiola; y él mismo les enseñaba su manejo, haciéndoles entender que con esa arma partirían como una sandía la cabeza del primer enemigo que se los presentase por delante; lección que practicaron al pie de la letra en el primer combate en que se ciEsyaron, IV
Al finalizar el año XII el regimiento de Granaderos á caballo, militarmente organizado y moralmente templado, esperaba impaciente el momento de ser sometido á la prueba del fuego de las batallas.
El último día de ese año y los primeros días del año XIII fueron señalados por dos victorias memorables, la una militar y la otra política.
El 31 de diciembre de 1812 la vanguardia del ejército sitiador de Montevideo, á las órdenes del coronel D. José Rondeau, batió completamente al frente de sus murallas una columna española que había salido de la plaza con el objeto de hacer levantar el asedio, el cual quedó sólidamente establecido bajo los auspicios de la victoria.
El 31 de enero de 1818 se reunió la Asamblea General Constituyente, que reasumió en sí "la representación y el ejercicio de la soberanía popular." Los ejércitos en campaña le juraron obediencia y desplegaron por inspiración propia una nueva bandera republioana, que debía dar la vuelta & la América del Sur, marchando resueltamente en busca de los ejércitos realistas fortificados en Montevideo y atrineherados en Salta.
La revolución tomaba de nuevo la ofensiva, y un soplo de popularidad agitaba sus flamantes banderas.
Todo presagiaba que la situación militar del año XII iba á cambiar, como había cambiado su situación política.
V Sólo en las aguas no se dilataba el espíritu de ia revolución de Mayo. El poder marítimo de la España parecía invencible. Sus naves desmanteladas en Europa por el genio de Nelson, dominaban ambos mares, desde las Californias en el Pacífic.hasta el golfo de Méjico en el Atlántico. El Rí..de la Plata y sus afluentes reconocían por únicos Beñores á los marinos realistas de Montevideoque mantenían en jaquo perpetuo todo el litorak En un día bombardeaban la capital de Buenos Airea; otro día, derramaban el espanto en todo el río Uruguay, ó asolaban las poblaciones inde fensas del Paraná, practicando frecuentes desembarcos en las costas de que se enseñorcaban, aunque momentáneamente.
El gobierno de la revolución, para contrarrestar estas hostilidades, había levantado baterías en el Rosario y en Punta Gorda (hoy Diamante), per mientras los marinos de Montevideo sc preparaban á derribar esos obstáculos, el río Paraná, en el espacio de ochenta leguas, continuaba siendo el teatro de sus continuas depredaciones.
En octubre de 1812 fueron cañoneados, asalta dos y saqueados por los marinos realistas, los pucblos de San Nicolás y San Pedro sobre la margen occidental del Paraná. Alentados por el éxito de estas empresas, resolvieron darles extensión, sistematizándolas como medio de hostilidad permanente. Con esto se proponía llamar la atención de los patriotas para que no reforzascu el sitio de Mon tevideo, é la vez que proveer de víveres esa plazaque va empezahn á carecer de ellos. Al efect".
organizóse sigilosamente una escuadrilla suti!, compuesta en su mayor parte de corsarios, tripulados por gente de desembarco, con el plan de remontar aquel río, destruir las mal guardadas baterías del Rosario y Punta Gorda, y subir en seguila hasta el Paraguay, apresando en su trayecto los buques del cabotaje que se ocupaban en el tráfico comercial con aquella provincia. Confiióse la dirección del convoy al corsarista D. Rafael Ruiz, y el mando de la tropa de sesembarco al capitán D. Juan Antonio Zavala, vizcaíno testarudo, de rubia cabellera, que á una estatura colosal reunía un valor probado.
En enero llegaron estas noticias al conocimiento del gobierno de Buenos Aires. En consecuencia de ellas mandó desarmar las baterías del Rosario por consejo de la junta de guerra, con aprobación del mismo ingeniero, el coronel Monasterio, que las había construído. Al mismo tiempo dispuso se reforzaran las baterías de Punta Gorda, artiiladas con 15 bocas de fuego y guarnecidas por más de 480 hombres. Como complemento de estas medidas, ordenó que el coronel de Granaderos û caballo, D. José de San Martín, con una parte de su regimineto, protegiese las costas occidentalca del Paraná desde Zárate hasta Santa Fe.
La alarma cundía mientras tanto á lo largo del litoral de los ríos superiores, y sus despavoridos habitantes esperaban de un momento á otro ver reducidos á cenizas sus indefensos hogares.
Estaba reservado á un regimicinto de caballería dar el primer golpe á la marina españala en América y asegurar para siempre el dominio de las costas argentinas.
VI
La expedición naval. montevideana, convoyada por tres buques de guerra de la escuadrilla auti!
de los realistas, peuetró por las bocas del Guazú á mediados del mes de enero. Componíuse de onc embarcaciones armadas en guerra, entre grandes pequeñas, tripuladas por más de 300 hombres de combate, entre soldados y marineros.
Aunque retrasada la expedición por los vientos del norte que reinan en esta estación del año, el coronel San Martín apenas' tuvo tiempo de salirleal encuentro á la cabeza de 125 granaderos escogidos, destacando algunas partidas para vigilar la costa más arriba de las bocas del río.
Mientras tanto, el mismo San Martín en persona, disfrazado con un poncho y un sombrero de campesino, seguía desde la orilla con el grueso de su fuerza oculta la marcha do la expediciónacechando el momento de escarmentarla. caminando tan sólo de noche para precaverse de los espías. La flotilla enemiga seguía tranquilamente au derrotero, sin sospechar que, paralelamente do ella y envuelta en las sombras de la noche, mar chaba á trote y galope su perdición.
El 28 de enero pasaron los buques por San Nicolás, navegando en conserva. El 30 subieron más arriba del Rosario, izando al tope de la capitana, que era una zumaca, la bandera española de guerra, aunque sin hacer ninguna hostilidad, y fondearon á la vista en la punta superior de la isla fronteriza, YLL
El comandante tuilitar del kosario, que lo era un paisano llamado D. Celedonio Escalada, natural de la Banda Oriental, reunió la milicia del runto para oponerse al desembarco que se temía.
Consistía toda su fuerza en 22 hombres armadoa de fusiles, 30 de caballería con chuzas, aables y pistolas, y un cañoncito de montaña manejado por media docena de artilleros, el cual era protegilo por el resto de la gente armada do cuchillos.
En la noche, levaron anclas los buques españoles, y el día 30 amanocieron frente á San Lorenzo.
Allí dieron fondo como á 200 varas de la orilla.
Este es el punto en que el Paraná mide su mayor anchura. Sus altas barrancas por la parte del oeste, escarpadas como una muralla, cuya apariencia presentan, sólo son accesibles por los puntos en que la mano del hombre ha abierto senderos practicando cortes ó rampas. Frente al lugar ocupado por la escuadrilla, se divisaban dos de estos estrechos caminos inclinados. Más arriba, sobro la planicie que corona la barranca, festonada de arbustos, levantábase solitario y majestuoso el monasterio de San Carlos, con sus grandes claustros de pesada y severa arquitectura y el humilde campanil que entonces lo coronaba.
Un destacamento como de 100 hombres de intantería fué echado á tierra, y sólo encontraron á los pacíficos frailes de San Francisco de Propaganda fide, habitadores del convento que les per mitieron tomar algunas gallinas y melones, únicos víveres que pudieron proporcionarse, pues todos los ganados habían sido retirados de la costa con anticipación.
Formados los expedicionarios frente a la portería del convento, percibieron á la distancia una ligera nube de polvo que se levantaba en el camino del Rosario. Era Eecalada, que noticioso del desembarco, acudía al encuentro de los invasores con su cañón de montaña y sus 50 hombres medio armados. La campana del claustro daba en aquel momento las siete y media de la mañana.
Cuando Escalada llegó al borde de la barranca, los españoles se replegaban sobra la ribera á son de caja en disposición de reembarearse. Rompió el fuego sobre ellos con su cañón, pero los buques con eus piezas de mayor alcanco lo obligaron á desistir de su hostilidad.
Tal fué el preludio del combate de San Lorenzo, hasta hoy desconocido, que bien merecía sor salvado del olvido, aiquiera sea para adjudicar á cada cual el mérito que le corresponde en la prepara ción del suceso que ha ilmstrado aquel sitio.
VIII
La noche del 31 so fugó de la escuadrilla un paraguayo que tenían preso en ella. Apoyándose en unos palos flotantes, llegó hasta la playa donde los patriotas le recibieron. Por él se supo que toda la fuerza de la expedición no pasaba de 350 hombres, que á la sazón se ocupaban de montar dos pequeños cañones para, desembarcar al día siguiente en mayor fuerza con el objeto de registrar el monasterio, donde suponían ocultos los caudales de In localidad; y que su propósito era remontar el río á fin de pasar de noche las baterías de Punta Gorda, si era que no podían destruirkas, interruzpiendo así el comercio con el Paraguay, Inmediatamnete circuló Escalada esta noticia, y uno de sus avisos encontró al coronel San Martín al frente de 120 granaderos divididos en dos escuadrones, cuya marcha so había retrasado en dos jornadas respecto de la expedición.
Amaneció el día 2, y el viento, que en los días anteriores había sido favorable para los buques expedicionarios, empezó á soplar de nuevo del norte, impidiéndoles continuar su viaje. El día pasó sin que verificasen el desenibareo anunciado.
Sin estas circunstancias casuales, quo dieron tiempo para que todo. se preparase convenienteinente, el combate de San Lorenzo no habría tenido lugar probablemente.
IX
Mientras tanto, San Martín con su pequeña columna seguía á marchas forzadas rescatando á trote y galope las jornadas perdidas. El avisa de Escalada era la espuela que lo aguijoneabs.
En la noche del mismo día, que fué muy obscura, llegó á la posta de San Lorenzo, distante como una legua del monasterio. Allí encontró la cabnllada que Escalada había hecho prevenir para reemplazar la cansada en las marchas.
Al frente de la posta estaba estacionado un caraje de viaje, desenganchado. Dos granaderos se acercaron á él y preguntaron en tono amenazador!
—Quién está ahí?
—Un viajero—contestó la voz de un hombro, que parecía despertar de un profundo sueño.
En aquel instante se aproximó otro jinete, 7se oyó una voz, ronca con acento de mando tranquilo, que decía: —No falten ustedes á esc señor, que no es un enemigo, sino un caballero inglés que va al Paraguay.
El viajero, asomando la cabeza por una ventanifla del coche, y combinando los contornos esculturales del bulto con la voz que creín reconocer, exclam6:
Seguramente usted es el coronel San Martín, —Y si fueso asf—contestó el interpelado, aquí tiene usted á su amigo, 3r. Robertson.
Como es de regla que en todo hecho notable que ocurra en el mundo, deba hallarse presente un inglés, era aquel el conocido viajero Guillermo Parish Robertson, autor de varias obras sobre la América, que por una circunstancia no menos casual que las anteriores, estaba destinado á prosenciar los memorables sucesos. del día siguiente, y á dar testimonio de ellos nate la historia.
Los dos amigos so reconocieron, festejando su caprichoso encuentro en medio de las tinieblas, y entablaron una conversación sobre las cosas del día.
—El enemigo—dijo San Martín—tiene dalle número de gente que la nuestra; pero dudo mucho que le toque la mejor parte.
—Estoy en la misma persuasión—contestó flcmáticamente el inglés, brindando á sus huéspedes con una copa do vino al estribo en honor del futuro triunfo, y solicitando el de acompañarles.
—Convenido—repuso San Martín; pero cuide usted que en deber no es pelear. Yo le daré un buen caballo, y si ve que la jornada nos es adversa, púngasa usted eu salvo. Sabe usted—agregó epigramáticamente—ouc los marines con inalarranActo continuo dió la voz de já caballo! y scompañado del viajero tomó la cabeza de la taciturna tropa, que poco después de media noche llegaba al monasterio, penetrando cautelosamente por el portón del campo, abierto á espaldas del edificiot Loa claustros estaban silenciosos y las celdas desiertas.
Cerrado el portón, lós escuadrones echaron pie á tierra en el gran patio, prohibiendo el coronel que se encendiesen fuegos ni se hablase en voz alta. "Hacían recordar, dice el viajero inglés yn citado, á la hueste griega que entrañara el caballo de madera tan fatal á Troya".
San Martín, provisto de un anteojo de noche, subió á la torre de la iglesia, y se cercioró de qué el enemigo estaba allí, por las señales que hacía por medio de fanales. En seguida reconoció personalmente el terreuo circunvecino, y tomando en cuenta las noticias suministradas por Escalada, formó inmediatamente su plan.
X Al frente del monasterio, por la parte que mira al río, se extiende una alta planície horizontal, adecuada para las maniobras de la caballería. En tre el atrio y el borde de la barranca acantilada, á cuyo pie se extiende la playa, media una dis tancia de poco más de 400 varas, lo suficiente para dar una carga á fondo. Dos sendas sinuose una sola de las cuales era practicable para infantería formada establecían la comunicación, como dos escaleras, entre la playa baja y la plenicie superior.
Con estos conocimientos, recogidos á la luz inerta que precede al alba, San Martin dispuso que los granaderos salicsen del patio, y se emboscason, formados con el caballo de lu brida, tras do los macizos claustros y tapias posteriores del conventa, que enmascaraban estos movimientos; haeiendo ocupar á Escalada y aus voluntarios posiciones convenientes en el interior del edificio, á fin de proteger el atrevido avance quo meditaba.
Al Tayar la aurora subió por segunda vez al campanario, provisto de su anteojo militar.
A las 5 de la mañana del 3 de febrero empezó á iluminarse el horizonte, destacándose de entre las sombras de la noche aquel pintoresco paisaje, de grandes aguas tranquilas y de resplandeciente verdura, velado de nieblas transparentes, en medio al cual, el monasterio, los buques y los hombres, aparecían como puntos perdidos en el horizonte.
Pooos momentos después, las primeras lancha!
de la expedición, cargadas de hombres armados, tomaban tierra, A las cinco y media de la mañana subían por el camino principal dos pequeñas columnas de infantería on disposición de combate.
San Martín, bajando precipitadamente de su observatorio encontró al pie de la cocalera á Robertson y lo dirigió estas palabras: "Ahora, en dos minutos más, estaremos sobre ellos, sable en mano". Un arrogante caballo bayo, de cola cortada al correjón, militarmente enjaezado, se veía ú pocos pasos, teniéndolo de la brida su asistente Gatica. Montó en él, apoyando apenas el pie on el estribo, y corrió á ponerse al frente de sus granaderos. Desenvainando su sable corvo. de forma morisca, con empuñadura abierta, arengs en breves y enérgicas palabras á los soldados á quienes por la primera vez iba a conducir á le pelea, recomendándoles, que no olvidasen sus Ice.
ciones, y, sobre todo, que no disparasen ningúntiro, fiándose únicamente en sus. lanzas y en aus largos sables. Después de esto, tomó en persona el mando del. segundo escuadrón, y dió el del primero al capitán D. Justo Bermúdez, diciéndole:
"En el centro de las columnas enemigas nos en contraremos, y allí daré á usted mis órdenes".
Los enemigos habían avanzado mientras tanto unas 200 varas, en número de 250 hombres. Venían formados en dos columnas de compañía por mitades, con la bandera desplegada y traían a!
centro y un poco á vanguardia, dos piezas de artillería, marchando á paso redoblado á son de pífa nos y tambores.
En aquel instante resouó, por la primera vez al clarín de guerra de los Granaderoe á caballoque debía hacerse oir por todos los ámbitos de la América, desde el Paraná hasta el pie dol Pichincha. Instantáneamente salieron por las dos ala:
del monasterio los dos escuadrones, sable en mano y en airc de carga, tocando á degüello. San Martin llevaba el ataque por la izquierda y Bermúdez per la derecha.
XI
El combate de San Lorenzo tione de singular que ha sido narrado con encomio por el mismo enemigo vencido, eu términos que realzan la bicarría y la modestia del vencedor.
El jefe de la expedición, D. Rafael Ruiz, dise en su parte oficial publicado en La Gaceta de Montevideo: "Por derecha é izquierda del monasterio salieron dos gruesos trozos de caballería formados ou columna, y bien uniformados, que, á todo galope, sable en mano, cargaban despreciando los fuegos de los cañoneitos, que principiaron á hacer estragos en los enemigos desde el inomento en que los divisó nuestra gente. Sin embargo de la primera pérdida de los enemigos, desentendiéndose de la que les causaba nuestra artillería, cubrieron sus claros con la mayor rapi dez, atacando á nuestra gente con tal deauedo, que dieron tiempo á formar cuadro. Zavala ordenó á la gente ganar la barranca, posición mucho más ventajosa por si el enemigo trataba de atacarlo de nuevo. Apenas tomó esta acertada providencia, cuando vió al enemigo cargar por segunda vez con mayor violencia y esfuerzo que la primera. Nuestra gente formó, aunque imperfectamente, un cuadro, por no haber dado lugar á hacer la ovolución la velocidad con que cargó el enemigo".
Las cabezas de las columnas españolas, desorganizadas por la primera carga, que fué casi simultánea, se replegaron sobre las mitades de retaguardia, y rompieron un nutrido fuego contra los agresores, recibiendo á varios de ellos en la punta de sus bayonetas.
San Martín, al frente de su escuadrón, se encontró con la columna que mandaba en persona dd comandante Zavala, jefe de toda la fuerza de desembarco. Al llegar á la línea, recibió á quemarropa una descarga de fusilería y un cañonazo á metralla, que, matando su caballo, le derribó en tierra, tomándole una pierna en su caída. Trabóse á eu alrededor un combate parcial al arma blanca, recibiendo en él unu ligera herida de sable en el stro. Un soldado español se disponía ya á atravesarlo con su bayoneta, cuando uno de sus granaderos, llamado Baigorria (puntano), lo tras pasó con su lanza.
Imposibilitado de hacer uso de sus armas, San Martín habría sucumbido al fin en aquel trance, si otro de sus soldados no hubiera venido en su auxilio, echando resueltamente pie á tierra y arrojándose sable en mano en medio de la refrioga.
Con fuerza hercúlea y con serenidad desembaraza & su jefe del caballo muerto que lo oprimía, en circunstancias en que los enemigos, reanimados por Zavala á los gritos de ¡Viva el rey!, se dispo nían á reaccionar; y recibe en aquel acto dos heridas mortales, gritando con entereza: "Muero contento! ¡Hemos batido al enemigo !" Llamábase Juan Bautista Cabral este héroe de última fila; era natural de Corrientes, y murió dos horas des pués, repitiendo las mismas palabras.
El nombre de Cabral, inscripto en un escudo, se fijó més tarde en la puerta del cuartel de Granaderos en memoria de esta hazaña, y fué pronun ciado durante largos años al tiempo de pasar lista, contestando sus compañeros de armas al ser lla mado: ¡Murió por la putria!
XII
Casi al mismo tiempo que este episodio lieroico tenía lugar, el alférez Hipólito Bouchard, famosa después por su crucero alrededor del mundo, arrancaba con la vida la bandera española de manos del que la llevaba. El capitán Bermúdez, por su parte, á la cabeza del escuadrón de la derecha, había hecho retroceder la columna que encontrara á su frente, bien que su carga no fué precisamente simultánca con la que llevó en persona San Martín.
La victoria, que había tardado tres minutos en decidirse, se consumó en menos de un cuarto de hora.
Los españoles, desconcertados y deshechos por el doble y brusco ataque, se replegarou haciendo resistencia sobre el borde do la barranca, abandonando en el campo su artillería, sus muertos y sus heridos. La escuadrilla rompió entonces el fuego para proteger la retirada, y una de sus balas hirió mortalmente al capitán Bermúdez en el momento en que, habiendo asumido el mando en jefe por la imposibilidad de San Martín á conseeuencia de su caída. Hlevaba la última carga. El teniente D. Manuel Díaz Vélez, que le acompañaba, arrebatado por su entusiasmo y el impetu de su caballo, se despeñó de la barranca, recibiendo en la caída un balazo en la frente y dos bayonetazos en el pecho.
Estrechados sobro el bondo de la barranca y sin tiempo para rehacerse, los últimos dispersos del enemigo no pudieron mantener su posición, y se lanzaron en fuga á la playa baja, precipitándose muchos de ellos por el despeñiadero por no acertar á encontrar las sendas de comunicación.
Una vez reunidos en la playa, y cubiertos por la barranca como por una trinchera protegida por el fuego de sus embarcaciones, los restos escapados del sable de los granaderos consiguieron embarcarse, dejando en el campo de batalla su bandera y á eu abenderado, dos cañones, 50 fusiles, 40 muertos y 14 prisioneros, llevando varios heridos, entre éstos, su propio comandante Zavala, cuya bizarra comportación no había podido impedir la derrota XIII
Los granaderos tuvieron 27 heridos y 15 muertos, siendo de estos últimos: 2 porteños, 3 puntanos, 1 oriental y 1 santiagueño, estando todas las demás Provincias Unidas representadas por algún herido, como si en aquel estrecho campo de batalla—se hubiesen dado cita sus más valientes hijos para hacer acto do presencia en la vida y en la morte.
El teuiente Díaz Vélez, que había caído en manos del enemigo, fué canjeado, con otros tres presos que se hallaban á bordo, por los prisioneros spañoles del día, bajando á tiorra cubierto con la bandera de parlamento para morir poco despnés en brazos de sus compañeros de armas, San Martín suministró generosamente víveres frescos para los heridos enemigos, á petición del jefe capañol, exigiendo palabra de honor de que no se aplicarían á otro objeto; y el viajero inglés Robertson se asoció & este acto de humanidad, ofreciendo sus vinos y provisiones.
Los moribuudos recibieron sobre el mismo cam po de batalla la bendición del párroco del Rosario, D. Julián Navarro, que durante el combate los había exhortado con la voz y el ejemplo.
Y para que ningún accidente dramático faltase á este pequeño, aunque memorable corabate, uno do los presos canjeados con el enemigo, fué un lanchero paraguayo llamado José Félix Bogado, que en ese día se alistó— voluntariamente en el regimiento. Este fuó el mismo que, trece años después, elevado al rango de coronel, regresó a la patria con los cinco últimos granaderos fundadores del cuerpo que sobrevivieron á las guerras do la révolución desde San Lorenzo hasta Ayacucho.
XIV
El combate do San Lorenzo, aunque de poca inportancia militar, fué do gran trascendencia para la revolución. Pacificó el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, dando seguridad á sus poblaciones; mantuvo expedita la comunicación con el Entre Ríos, que era la base del ejército sitiador de Montevideo; priro á esta plaza del recurso de vívercs frescos con— que contaba para prolongar su resis tencia; conservó franco el comercio con el Para guay, que era una fuente de recursos; y sobre todo, dió un nuevo general á sus ejércitos y á 9119 armas un nuevo temple.
Tres días después del suceso la escuadrilla española, escarmientada para siempre, descendía el Paraná cargada de heridos en vez de riquezas y trofeos, llevando á Montevideo la triste nueva.
El entusiasmo con que fué festejado su triunfo en la capital, vengó al vencedor de las calumnias que ya empezaban é amargar su vida, presentándolo con un espía de los españoles que tuviera el propósito secreto de volver contra los patriotas las armas que se le habían confiado.
El primer experimento estaba hecho. Los cables de los granaderos estabau bien afilados: no sólo podían dividir la cabeza de un enomigo, sino que también podían decidir del éxito de una batalla.
El maestro había probado que tenía brazo, cabeza y corazón, y que era capaz de hacer prácticas sus lecciones en el campo de batalla. Su nombre se inscribía por la primera vez en el catálogo de los guerreros argentinos, y su primer laurel simbolizaba, no solo una hazaña militar, sino también un gran servicio prestado á la tranquilidad pública, á la per que una muestra del poder de la táctica y disciplina dirigidas por el valor y la inte ligencia.
XV
En el huerto del convento de San Lorenzo consérvase aún el pino añoso, á cuya sombra, según cuenta la tradición, descansó San Martín el 3 de febrero de 1813, después de la jornada de aquel día, bañado en su propia sangre, y cubierto con el polvo y el sudor de la vietoria.
El pueblo de San Lorenzo, en conmemoración de este hecho, depositará sobro los restos expatriados del coronel José de San Martin una corona de oro y plata, entrelazada con gajos del histórico árbol, último testigo vivo que queda de tan memorable combate. A la corona acompañará una plancha de oro, en cuyo centro se ve grabada la imagen del pino, y á su pie, San Martín, solo y sentado, en actitud meditabunda, oval si en aquel momento hubiese tenido la visión de sus futuros destinos.
Esta es una ofrenda digna en la apoteosis del héroe. Su urna no debe ser profanada con atributos teatrales, ni con objetos que no le hayan per tenecido verdaderamente. Para adornar au tumba con la austera simplicilad que lo caracterizaba, bastará cubrir su féretro con la vieja bandera de loe Andes, mortaja gloriosa en que dormirá el ar ño de la inmortalidad, y colocar encima de ella una doble corona formada con los gajos de las palmas de Yapeyú y del pino de San Lorenzo, como emblemas de victoria y fortaleza, que recuerden la doble aurora de su vida y de su gloria. en la cuna y en el campo de batalla.