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Las cuentas del Gran Capitán
Durientos mil actccientos y treinta y acis ducidos y nuev rcoles, en fralles, monjes y. pabres, para quo roguen Dios por la prospérkad de las armas del rey.Setecienton n rautrocientos noventa y cuaire decados en espins, clc., etc.. etc.—(Canta del Gran C pitán Gonzalo de Córdoba), Entre pleos y azadones, cteni milioues.— Proverbio sobre las cuentas del Gran Capitán)los (tos tesoreros) produjeron sus libros, por los cuales Gonzalo de Córdoba 'resultaba alcanzado en grande antidades; pero él trato quella demanda con de precio, y se propuso dar a 18cción, ast á ellos coats al rey, de la manera como debla tratarse un conquistador. (QUINTANA Vida del Uran capitán).
El rey, al principio condeaceslló en oir las quejas que clertos oficiales del tesoro presentaban contra la pru Jigalidad y derroche con que Gonzala babla mangjadu los fondos públicos... El rey, avergonzado del papel que estaba Iucleudo, puso an al asunto, considerándolo como una barla. El proverbio vulgar de las Cu as del Gran Capilin atestigna la verdad de Pala anécdota. (PRRACOTT . Historia de los Reyes Cate Licos).
Al acoplar e mando, Washington ha declarado que nos presentará una cuenta exacta de sus gastos, pero que no recibirían un cheita como sueldo.—1Ltfe of Gerry).
No ho descubdede anotar ninguna de las sumas de que pudiera hacerse cargo.—(Cuenta de JORGE WASH INGTON ).
Teclaro no debes, al haber dobido nada á madic (Testawenn der GNERAL SAN MARTIN ).
llan pasado cien años la aurora de la inmortalidad se levanta i la rez sobre una cana y una turba, como esos dobles resplandores polares, que en medio de la noche devuelven al ecuador, en forma de coronas de fuego, las luces magnéticas que se condensan en los extremos del mundo y de las edades.
Celebramos hoy el primer centenario del Gran Capitán de la América Meridional, el general José de San Martín, nacido en Yapoyń, muerto en Boulogne—sur—mer, y glorificado en los tiempos por sus hechos.
Al afirmar en sus sienes la corona de hierro te los libertadores, fundida con los eslabones de la cadena rota por su espada, vamos á tomuarle cuentas en presencia de su posteridad, hasta de la últiana moneda de cobre que pasó por sus manos, para aquilatar así el metal de sus estatuns y determinar la liga del barro humano y del espíritu etéren de si naturaleza.
El arte ha modelalo ya su figura varonil en el bronce de la gloria póstumu, como la síntesis plástica de su genio heroico.
La geografía ha trazado con líneas profandas ó de relieve, como las cordilleras y los mares, su itinerario continental, mareando sus grandes etapas con naciones independientes que atestiguan au paso, La historin ha consignado en sus páginas Ins grandes hechos del guerrero y del politico que con la pasión de su tiempo y la visión del porvenir combatió y trabajó por una idea para hien de los vivos y de los increados.
La biografia nos ha dado sa retrato alumbrando las faccioncs simpáticas del hombre con la lám para entendida en los destellos de la vida.
Pero lo intimo de su alma no ha peuctrado todavia la luz plenaria. Tal sucede en esos teraplos ruisteriosos, exhumados de la Java del volcán, de que sólo se conoce el frontispicio, ignorándose su arquitectura interna, allí donde estuvo el altar y doude ardió la llama purificadora de la divinidad.
Las grandes hombres que como San Martín realizan grandes cosas, no son sino alnas apasionadas, que elevau sus pasiones á la potencia del genio para dilatarlo en bien de sus semejantes.
Ellos marcan la intensidad de las pulsaciones de una época, de las cuales se deduce una ley posiiva, reveladora de las fuerzas morales en actividad y de la persecución de las ideas eirculantes—en la masa humana. Manifestaciones de uma rida rúltiple, generadoras del movimiento fecundo, obran sobre su tiempo como acción eficiente, que se prolonga y perpetúa en los venideros como pensamiento trascendental.
Tluminar con la autorcha de este criterio las profundidades del alma de San Martín, y com probar aritméticmente la visión interna de una parte del ser moral, he ahí el circulo místico, he ahí el objetivo.
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Quión duda que todo organismo tiene sa motor, así en el orden físico como en el orden moral?
Por eso se ha dicho con propiedad que el genin de un hombre se asemeja á un reloj que tiene su estructura, y entre sus piezas, un gran resorte.
Descubrir este resorte, demostrar cómo comunica su movimiento á los demás, repercuticado en la ronciencia; seguir ese movimiento de rueda en rueda, hasta el puntero que señala la hora psicológica, he ahí la teoría de la historia interna del hombre, principio y fiu de sus acciones exteriores.
Y así como se ha observado que los pueblos tienen un rasgo principal, del cual todos los demás e derivan, y cómo las partes componentes del pensamiento se deducen de una eualidad original, así también en los hombres que condensan las pasiones activas de su época, todos sus rasgos y euolidades se derivan y deducen de un sentimiento fundamentul, motor de todas sus acciones.
En el general San Martín el rasgo priponlialla cualidad generatriz de que se derivan y deducen las que constituyen su carácter moral, es el genio de la moderación y del desinterés, ya sea que inedite, luche, destruya, edifique, mande, obelezeaabdique se condene al eterno astracisa y al eterno silencio.
Concibió grandes planes políticos y militareno para satisfacción de designios personales, sino para multiplicar la fuerza humana.
Organizó ejércitos, un á la sombra de la bandera pretoriana ni del pendóu personal de los caudillos, siuo bajo las leyes austeras de la disciplina, cu nombre de la patria, y para servir á la causa de la comunidad.
Peleó, no por el amor estéril de la gloria nili tar, sino para hacer triunfar una idea de todas los tiempos.
Fundó repúblicas, no como pedestales de su éngrandecimiento, sino para que en ellas vivieson v se perpetuaseu hombres libres.
Mandó, no por ambición, sino por necesidad y jor deher, y mientras consideró que el poder era en sus manos un instrumento útil para la tarea que el destino le hubíu impuesto.
Fué conquistador y libertador sin fatigar a los pueblos por él redimidos con su ambición ó sa orgullo.
Administró con pureza el tesoro común, sin uparse de su propio bienestar, cuando podía diaponer de la fortuna de todos sin que nadie pudiese pedirle cuentas.
Abdicó el inando supremo en ucdio de la ple uitud de su gloria, sin debilidad, sin cansancio, y sin cnojo, cuando comprendió que su misión había terminado, y que otro podía continuarla con más provecho de la América.
Se condenó deliberadamente al ostracismo y al silencio, no por (goismo ni cobardía, sino en lomenaje a sus principios y en holocausto á su causa.
Sóle dos veces habló de sí mismo en la vida, y esta, pensando en los demás; pasó sus últimos años en la soledad, siu rechazar la calumnia ni iesafiar la injusticia, y murió xin quejas cobardes en los labios y sin odios amargos en el corazón.
He ahí el rasgo original que sus cuentas de gastos pondrán en evidencia desde un nuevo punto de vista, eu presencia de meros documentos, III
Las encutas del Grau Capitán de España, Gon zalo de Córdoba. han pasado á proverbio. Los historiadores, así monarquistas como republicanos, han deducido de ellas que la gloria no se tasa, y que los conquistadores no deben ser sometidos á residencia. El pueblo, con su instinto, las ln hereks sinónimo de peculado.
Las cuentas the Washington han sido grabadas cu acero, como un comprobaute de que los libertadores deben al pueblo minuciosa cuenta, hasta del último real del tesoro público que administrany gastaron.
El general San Martin pertenceía á esu austre escuela del leber ontemporáneo y de la fiscalización póstuma, y al cabo de cien años, él puede presentarse á sa posteridad con su cuenta corriento en regla, pidiendo el finiquito de ella, en vista de in que recibió, de lo aue gastó y de la hereuciz de gloria que legó a sus hijos.
Y las cifras mudas de esa cuenta se alzarán lo la tumba como testigos irreeusables, que declare::
en longuaje matemático, que San Martin, no sólo fue un gran hombre, sino. principalmente, un grande hombre de bien.
Elbas dirán que eu educacióu nala costó á su patria; que el rey quedó debiendo á su padre los sueldos de tenientegobernador de Misiones; que á la edad de doce años se bastó á sí mismo, en tierra extraña; y que su madre, al enviudar, decin de é que era el hijo que menos costo le babin traido". Hijo baruto, como después fué héroe barato, su madre natural como su madre cívica, sólo le dieron de su suo la leche necesaria para nutrir su fibra heroica.
Vino á su patria hombre formado y con una reputación hecha en largos trabajos; costeń. MIL
viaje para ofrecer su esparha á la revolución americana, y al pisar, pobre y desvalido, las playas argontines, traía en su cabeza la fortuna de un mnado.
Ahora van a hablar los números.
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San Martín está en la patria, de que se había aasontatlo en la niñez.
Nombrado en 1812 comandante de Granadero caballo, von ciento cincuenta posos de sueldo, dió al estado la tercera parte de él para los Aastos públicos.
General en jefe del ejército del Perú, lo sirvió com al sueldo de coronel ganado en San Lorenzo.
(tobernador de Cuyo en 1814, con tres mil pesos de sueldo, donó la mitad de él mientras durase la guerra con los españoles. Quodábanle ciento, veinfirinco pesos, de los que destinha una asignación de cincuenta para su esposa, restándole á él setenta cinco pesos. En marzo del mismo año se dirigió gobierno manifestándole que con tan corta cantidad le era materialmente imposible subsistirrogando en consecuencia que su donativo se reduje á la tercera parte. El gobierno accedió a su fito, y desde entonces gozó de ciento setenta y Pas posos al ines, pudiendo así elevar á ochenta la asignación de su familia y disponer de noventa y As pesos. Con esto vivió por el espacio de dos ains, mientras proparaba la gran campaña de los Audes, según consta de los libros de contabilidad 1 Archive general.
Para laubsistencia del Ejército de los Andea se d. stiuaron al principio cinco mil pesos mensuales, que desde agosto de 1816, es decir, cinco meses antes de atravesar la Cordillera, se elevaron á reho mil pesos. De allí en adelante, este ejército vivió á costa de los pueblos libertados por él.
Eu el mismo año de 1816, nombrado general en jefe del Ejército de los Andes, con seis mil pesos anuales, se le continnaren descontando ciente sasenfa y seis al mes por dountivo voluntario, v henta por asignación, quedúnciole disponibles únicamente doscientos cincuenta y cuatro para +1 gastos militares y personales.
Dueño absoluto de la pequeña renta de la pro vincia de Cuye, se permitía únicamente el lujo de hacerse sospechar de ladrói. Había ordenado que todo peso de plata sollalu con las armas es ñoles le fuese entregado din por día. In orden se cumplía religiosamente, y todox ercian que San Martin se apropinba este dinero. En vísperas de emprender su viaj i Chile, llamó al tesorero, y le preguntó si había llevado cuenta exacta, como era sn deber, de las cantidades por él entregadas; y eu vista de ella, devolvió al tesoro público en la misun especie las monedas de que era depositario.
V Ta escena cambia. El Ejército de Jos Autes ha atravesado la Cortlilera y ha veneido en Chacahuco. San Martín es el libertador de Chile, y dueño ile todos sus tesoros. El 14 de febrero de 1817 entra triunfante en la capital de Santiago, rehusa el mando uprcano que se le ofrece, y es alojado en el pulacio de los hispos, con escasos muebles, y eo puertas que no tentan ni cerraduras, como que tenían poco que guardar.
Desth. febrero de 1817 hasta agosto del mismo año invirtió en su palacio, familia militar, obse quios, chasques, servidumbre, mesa, coches, caballos, frailes, monjas, limosnas, ropa, anucbles, vajila, luces, forrajes, combustible, música, lavado, perfumes y flores. la—mutidad de tres mil trescien los treinta y sefe pesos, seis y un cuartillo reales, ó sean cuatrocientos setenta y seis al mes, según cuenta que llevaba su capellán el P. Juan Autor njo Bauzá. De esta cantidad, cuatrociento sescri y un pesos con dos y medio reales, fueron oblados por el gobierno de Chile; cuatrocientos por la comisaría del Ejército de los Andes, y los dos mil cuatrocientos setenta y seis pesos restantes, de su propio peculio.
La sala tenía sofáes, pero no sillas suficientosy en comprar una docena forrada en raso gast cien pesos. La mesa de su despacho cojeaba, y en ponerle dos pies nuevos empleó dos pesos y cuatro reales. La del diputado Guido, que vivía con élno estaba más firane, y en ponerle dos barrotes so fueron nueve reales.
Por el sermón en acción de gracias por la bataIla de Chacabuco pagó dos onzas de oro al orador sagrado que lo pronunció, y en libros casi otre tanto, lo que sua cuatro onzas de literatura.
En su vajilla de plata (de la cual le robaron dos cucharas), empleó ciento treinta y cuatro posos, y en cristalería veintinueve.
Al llegar á Santiago, no tenía ropa, y eu este gastó ciento seis pesos y siete reales. En componer su capotón de campaña once pesos cuatro reales y medio, en forrar en raso su chaqueta cuatro pesos siete reales y medio, y en adornarla con cinco pieles de nutria dicz reales, á razón de dos reales cada cuerecito. Se hizo un levitón formatio en sarga, que no le costó menos de veintinuer pesos, y en ronriendos de botas se fueron disa nueve pesos. Hasta la compostura del famoso sombrero falucho cuya forma típica ha fijado el bron ce eterno, figura en esta cuenta con cuatro pesne, importe del hule y del forro de tafetán, inclus) el barboquejo. Por último, se dió el lujo de renovar las cintas de su reloj, y en esta empleó la suma..de cuatn reales.
Si la lista del guardarropa de Carlos V en Yuste se ha considerado por el grave historiador Mignet igna de ocupar á la posteridad, bien merecen ser contados en este día. los remiendo del grande hombre, que puede presentarse ante ella, con su ropa vieja, pero siu manchas.
Este hombre que remendaba su ropa y su calzado y cosia personalmente los botones do su es misa, noto un día que su secretario D. José Ignacio Zenteno (que después fué general y ministro de Ohilo) llevaba unos zapatos rotos: inmediatamerto ordend á su capellán le ofreciese un par de botas, que costaron doce pesos. Su escribiente Uriarte estaba casi lesuudo, y le manló dar veinticinco pesos para vestirse.
Se alumbraba con velas de sebo, y en este artículo consumió eu siete meses el valor de setenta un pesos, ó sean diez mensuales. El hajo de entonces, en que no se usaban bujías ni se conocía el gus, era la cera, y en cera, pabilo y confección i blauoncillos "para las noches do función" (según expresa la cuenta), se gastaron setenta y seis pesos.
Tonía dos coclios prestados, uue grande y otro chico, que en composturas se llevaron treinta y seis pesos. ó sea casi el doble del importe del remiendo de botas.
Tenía dos pianos (prestados también), uno chico y otro graude (como los coches), y er templarloscounponerlos y ponerles funda de bayeta, gastó no menos de treinta y dos pesos.
En núsica, incluso las gratificaciones á pitos y tambores que habían sonado la carga en Chacabucu, el general gastó en todo senenia y cinc posos. Además, una partida extraordinariu, qe está nuotada en la cuenta del enpellán en la form siguiente: "Por dos pesos que se gratificaron 1 quo tocó la guitarra en una noche que se hail alegre". ¡Felices tiempos en que las alegrías sus poderosos no costaban sino dos pesos al tesor del pueblo, y esto por una sola vez!
En si salón se reunía con frecuencia la socie dal más selecta de Santiago, en damas y caballe ros, y ha quedado en Chile el recuerdo de las ter fulins de San Martín, en que el general rompía e baile con un minué. Algunas noches se jugaba á le malilla, y á veces la caja del cuartel general co eba las pérdidas. En la cuenta del enpellán se encuentra esta curiosa anotación: "Por seis pesos une se pasaron á la Madama Encalada para que jugase, y no los ha vuelto". Madama Encalada era la esposa del almirante Blanco Eacalada, una de las primeras tallezas de Chile, que rivalizaba con lady Cochrane, esta hermosa británica ante la cual los soldados prorrumpían en aclamaciones de entusiasmo cuando la veían pasar al galope de sh enballo.
Parece que gustaba de perfumes, pues en materinles y confección de pastillas figura una partida por treinta y un pesos. Al lado de esta partida se lee lo siguiente: "Por un real de cascarilla para curar el caballo del señor general". Y más ailelante esta otra, que rovela su pasión por las Hores desde entonces: "Por cinco macetas de munrimoña:
y á los peones que las condujeron, seis pesos".
VJ
So ha dicho de San Martín que era sibaritaalotón, borracho, ladrón y avaro.
Su cuenta de gastos nos dirá lo que haya de cierto a este respecto.
En la mesa de su palacio, que presidía el coronel 1). Tomás Gaido, se empleaban diez pesos diarios en comestibles. El comía una sola vez al día, y oso en la cocina, donde elogía dos platos, que despachaba de pie, en soldadesca conversación con su negro cocinero, rociándolos con una copa de vino blanco de su querida Mendoza. Su plato dileeto era el asado, y así como otros convidan á tomar la sopa, él conviduba á tomar el asarlo.
En una de las conferencias con su cocinero (que era soldado), notó sin duda que á la olla de su cuartel general le faltaba un poco de tocino. Eu consecuencia, compró un cerdo en siete pesosgastó once reales en. dlawo y pimienta, y paga Ires pesos al que lo benefició. A este cerdo puede decirse que le llegó sn San Martín, y á tal título bien merece pasar á la posteridad, como la gallina que Enrique IV pedía para cada una de las ollasde los habitantes de su reino. Y en qué cocina de nuestra tierra, desde el Plata hasta los Andes, no se pensará en este día, al ver hervir el puchero de la familia, que el fuego del hogar argentino fué encendido por los padres de sn independencia, que amasaron el pan de cada día con la levadura del patriotisnio y la sal de la educación popular?
Su behida favorita era el café, que tomaba en mate y con bombilla. En su cuenta figuran dace libras de café erudo, á reinle reales cada una, que, con cinco pesus más por tostarlo y unolerlo, suma inlo reinte pesos. El nisuo la preparaba á 189 ciuco de la mañana, hora en que se levantaba de su catre—cofre de compañia, que, con un colchón de cuatro dexlos de grueso, apenas levantaba una enarta del suelo.
En cuanto á licores, su cuenta nos dice que al instalar su casa militar, compró un barril de vino Penco, en once pesos y gastó dos reales en ponerle un canilla. Meses después, se hace mención de una pipa ó burricu, que sin duda fué regalada, pues no figura en las compras. Al fin, se viene cu conocimiento de que era un barril, según lo revela una partida que se lee á continuación y dice usi: "Por nueve reales en seis docenas de corhos para las botellas".
Por lo que respecta al ron, de que se ha dicho que San Martiu abusaba, tal artículo no figura sino una vez en su cuenta, y esto por incidente, con motivo de apuntar tres pesos gasta los cu una uarta de aguardiente común. Del general Grant se dijo otro tanto, después de la toma de Wisbourg, y el presidente Lincoln contestó á los que lo acusaban de becdo: "Tracime un poco de ese whisky que toma Grant, para repartirlo á algunos de los generales de la Unión, que bien les veudrá".
¡Quién nos diera hoy el ron en que San Martin hebía la embriaguez sagrada de la victoria!
La verdad es que el general era de un estómago lébil, que apenas polía soportar el alimento; y que guardaba abstinencia por necesidad, usando de los licores con suma noderación. Lo que más bebis ora agua mineral, que hacía traer de un parajo inmediato á Santiago, que llaman Apoquindo, abonando dore reales al mes al mozo que la cumducín.
Su gran vicio era el abuso del apio, que usaba en forma de morfina como medicamentación ordiuaria para calmar sus dolores neurálgicos y reumáticos, á fin de conciliar el sueño. Por eso se vo en su cuenta figurar una partida de freinta y siete pesos para novar el botiquín.
Su pequeño vicio era el uso del eigarro. En siete meses redujo á ceuizas tres muazos de tabaco colorarlo, dos pesas de tabaco negro y tres do cigarrillos, lo que suma veintitrés pesos cuatro reales, ó sen poco más de un real y cuartilla diario en humo, para inocente solaz del que, en Charaizen y Maypo, euvolvió la bandera argentina con el humo inflamado que despidieron ens caHones.
Así como economizaba la pólvora y cuidaba de sus cartuchos, él mismo picaba su tabaco, y la tabla y el cuchillo con que lo hacía se conservan aún como mi recuerdo de sus austeras costumbres.
Aquí termina la cuenta del vencedor de Chucabuco, digita de figurar al lado de la de Wáshington, porque son los gastos modestos de un grande hombre en inedio de un gran triunfo, que hoy tal vez no satisfaríun al vencedor de una guerrilla..
Realza el anérito del héroe argentino, que Wishington era rico y San Martín pobre: que el primero hizo la guerra únicamente en el territorio de su país, y el otro fué un verdadero conquistador; que el uno tenía que rendir cuentas á un congreso San Martín únicamente á sí mismo.
- Arabos tenfan en su propia conciencia un cons tante continela de vista!
VII
En el transcurso de estos siete tueses que hemos anotado con cifras, hizo San Martín un viaje á Buenos Aires, con el objeto de concertar la expedición á Lima. El gasto más considerable que con tal motivo hizo, creemos que fué una mula de paso para pasar la Cordillera..
El cabildo de Santiago puso á sut disposición la cantidad de diez mil pesos en onzas de oro, rogándole los emplease en gastos de viaje. El grue ral contestó aceptando el regalo, pero destinándolo á la formación de una biblioteca pública en Chile, diciéndole: "La ilustración es la Have que abre las puertas de la abundancia". Y pudo agregor, "la economía de los dineros públicos, la que las asegura".
Fué en aquella ocasión cuaudo el gobierno argentino decretó una pensión de cincuenta pesos á favor de la hija de San Martín, con la cual pudo más adelante ayudar á su educación.
De regreso á Chile, fué sorprendido en CanchuRayada. El bravo Ins Heras se le pr scotó á los pocos días con el uniforme hecho pelazos, travé dole la tercera parte del ejército salvado por él en aquella noche infausta. El general din orden de que se le entregase la mejor casaca de su guardarropa isu mejor casaca estaba remendada!
Después de Maypo, su segundo, ol general don José Antonio Balcarce, asistió al Tedéum que se celebró en acción de gracina, con una camisa que le prestó un amigo. ¡Grandes tiempos aquellos en que los generales victoriosos no tenían ni camisa!
—En recompenso de sus grandes servicios el cou greso de las Provincias Unidas le votú, en 1819una casa para él y sus sucesores, adjudicándole una situada en la plaza de la Victoria, que se com pró á la testamentaría de la familia Duval, y que después ha siklo conocida con el nombre de Riglos.
La República de Chile le regaló un chacra, como una muestra de su gratitud.
En Mendoza tenis un pequeña casa en la Alanuda y una quinta en sus alrededores, compradas con sus escasos ahorros de soldada.
Tal era la fortuna territorial del vencedor de San Lorenzo, de los Andes, de Chacabuco y Maypo, xl emprender su memorable expedición del Bajo Peri.
VIIT
Sigámosle al imperio de los Incas, veánosle más poderoso que Pizarro, y pudiendo disponer de más ora que el que pesaron en sus holanzas los conquistadores del templo del sol.
En el Perú vivió con más faustu que en Chile:
diatribuyó medio millón de premio entre los jefes de sus ejércitos, contentándose él con rocamar de oro su nitiforme, con el objeto de deslumbrar á la aristocracia de aquella corte colonial, que él consideraba poderosa en la opinión.
Declaratio Protector del Perú, se hizo deerethe un sueldo de treinta mil pesos anuales, lo que, en su tiempo, fue muy eritiendo, y con razón, pues aun cuando fuese menor que el que gozati sus actuales presidentes, entonces el dinero valía más y era más necesario. Empero, él no tempicó su sueldo sina en gastos de representación públicasin poner de lado un solo real. Y de tomar en cuenta que siendo árbitro absoluto de hombres y cosas, al abdicar el mando supremo se le debían dos meses de sueldo de Protector y capitán general, según consta de la liquidación que el Perút lo formó más tarde.
Al abandonar para siempre, en 1822, las playas del Perfi, cuyos tesoros le acusaban sus enemigos haber robado, sacó por todo caudal ciento veinta onzas de oro en su bolsillo; y por únicos expolioel estandarte con que Pizarro sclavizó el imperio de los Incas, y la campanilla de ovo con que la Inquisición de Lima reunía su trilamal para enviar sus víctimas á la hoguera.
El general San Martín llegó á Chile, tristevouitando sangre, y fué saludado con una explosión de odio por parte del pueblo que había libertado. Contaba para subsistir en ese país cou dinero que había confiado á un amigo, y con el producto de la venta de su chacra. Otro amigoque comprara ésta como por favor, no pudo llenar su compromiso, y tuvo que volver á recibirse ch ella, sin que le produjera renta. La cantidad en dopósito so había disipado, y sólo quedaban de el!
"unos cuantos reales", según lo dice él mismo, sin insistir más sobre este desfalco.
Postrado por la enfermedad, y lastimado por la ingratitud, pasó sescurta y seis días en camu, has pelado por amistad en una quinta de los alrededores de Santiago, á inmediaciones del famoso llano de Maypo. Apenas convaleciente, se le presentó uno de sus antiguos compañeros pidiéndole una habilitación, crevéndolo millonario, según se docin.
Con tal motivo escribió con pulso trémulo y dexgarradora ironía a su amigo O'Liggins, peregrino como él: "Estoy viviendo le prestado. Es biensingular lo que me succle, y sin duda pasará á usted lo mismo, es decir, están persuadios de qua hepius robado á troche y moche. ; Ah, pícaros! ¡Si supiernu uuestra situación, algo nás tendrían que admirarnos!" El gobierno del Perú, noticioso de su indigencia, la envió dos mil pesos á cuenta de sus sueldos.
Con esta plata y algunos otros poqueños recursos que se allegó, pudo pasar á Mendoza, en 182%, londe hiza la vida pobre y obscura de un chacar—ro.
Trasladado en el mismo año á Buenos Airesse le recibió como á un desertor de su baudera, y se le consideró iudigno de pasar revista on el jórcito argentino.
La aldea donde había nacido era un montón de rainas, y su joven esposa había muerto en su solitario lecho ampeial.
Sólo le quedaba una hijo, fruto de una maión, de que apenas gozara las primicias.
Inválido de la gloria, divorciado de la patria, viudo del hogar, renegado por los pueblos por él redimidos, pisando, enfermo y triste, los umbrales de ta vejez, el libertador de medio mundo tomó í sa hija en hrazos y se rondenú silenciosamente al ostracismo.
Su patria le mirá alejarse con indiferencia, y casi con desprecin!
IX
San Martin, como Washington—lo han dicho atros yu—fué un gran filosofo político, así eti sus costumbres sencillas como cu sus tendencias morales, que revestían el carácter del más espontáno desinterés. La máxima que reglaba su condueta, era ósta: "Serás In que debes ser, y si no, no serix nadu". Había sido todo, no era nada. y ya no quería ser otra cosa.
En el antiguo mundo, el gran capitán dado de baja por su propia voluntad y asistente de sí mismo, recorrié á pie la Inglaterra, la Escocia, la Italia y la Holanda. La ciudad de Bauf, en Escociu, le confirió la ciudadanía por presentación d lord Macduff, su compañero de armas en la guerra de España, y descendiente de aquel héroe de Shakespeare que mató con sus propias manos al asesino Macbeth. Igual honor le concedió la de Canterbury, por recomendación del general Miller, su compañero de glorias en América.
Al fin fjó su residencia en Bruselas, prefiriendo este punto por su baratura. Puso á su hija en una pensión, cinéndose él á vivir con lo estrictamente necesario en un cuarto redondo, sin permitirse subie jamás á un carruaje público, no obstante resilir en los suburbios de la ciudad.
Agotados sus recursus al cabo de cinco años, se decidió á regresar a la patria, en 1828. La patria l llamó cobarde al acercarso á sus playas, el día 12 de febrero de 1828, precisamente en el aniversario de San Lorenzo y Ohacabuco. El volvió entonces al eterno destierro, sit proferir una queja.
Al abandonar para siempre el Río de la Plata, realizó la venta de la casa donada por la nación, la cual le produjo poco, á causa de la depreciación del papel moneda en que le fué pagada. Esta rasa y cinco mil pesos abonados por el estado, para conservación de ella, según una eláusula de la donación, es todo lo que San Martín recibió de la República Argentina, adcurás de la pensión á su hija, en premio de sus históricos servicios.
Años después, en 1830 y 1831, solicitaba por dos veces una linasna del único amigo que le quedaba en América. He aquí us angustiosas palabras:
"Estoy persuadido ompleará toda su actividad, para remitirme un socorro lo más pronto que puoda, pues mi situación, á pesar do la más rigurosa economía, se hace cada día más embarazosa".
A la espera xlu este socorro pasó un año y dos años más, y en 1838 fué atacado por el cólerajuntamente con su hija, viviendo en el campo y teniendo por toda compañía uia criada. Su des ino, según propia declaración, cra ir á morir en un hospital. Un autiguo compañero suyo en Espafia, el banquero Aguado, famoso por sus riquezasvino en su auxilio, y le salvó la vida, sacándolo to la miseria. "Esta generosidad (decía el mismo San Martín en 1842) se ha extendido hasta después de su muerte, poniéndome á cubierto de la indigencia en el porvenir".
Llegöle al fin el socorro pedido á América. Su compañero y amigo el general O'Higgins le enviaba tres mil pesos. Con este recurso pagó las deudas contradas en su enfermedad, aplicando el rehancurte á la compra de las modestas galas de novia con que su hija debía adornarse al uuir su destino al dol dijo de uno de sus viejos compañeros de fatigas. i Triste es pensar, en este día, en que las argentinas visten los colores de la bandora que nuestro gran capitán batió triunfante desde el Plata al Chimborazo, que el primer vestido de seda que se puso su hija fué debido á una linosna! Y es limosna no fué hecha por un argentino, sino por un ohileno, después quo un español le hubo ofrecido el hálsamo del Samaritano.
Es el caso decir con el poeta: "Si no lloráta ¿cuándo llorais?" Pero aliviemos el alma de esta congoja, clevemos los corazones, y digamos que era lógico, era nece sario para honor y desagravio de la virtud, que al más grande de nuestros hombres de acción, no le faltase la grandeza de estas pruebas, que darán temple á las alinas de nuestros hijos, y que valen más que los puñiados de oro con que pudimos y debimos aliviar la. triste ancianidad de este ladrón de los tesoros públicos, según sus calumniadoresque tuvo en perspectiva un hospital y se salvó ent la limasin de dos extraños.
X La limosna le fié propicia, y produjo ciento por mno, como la semilla del Evangelio.
Desde entonces pudo gozar de horas más soronas, aunque herido mortalmente por la enfermedad rue debía llovarlo al sepulcro.
Gracias al crédito de su generoso auigo el banquero Aguado, le fué posible adquirir por cinca mil pesos la pequeña propiedad de Grand—Bourg.
á orillas del Sena, donde el grande hombre, olvidado de sí mismo, veía deslizarse sus últimos días en medio de las flores, que fueron una de sus pasiones —y en medio de nietos, esos frutos de la vejez, que coronan el árbol sin hojas en el invierno de la vida.
El Perú, que lo babía olvidado, le pagó doce mil pesos á cuenta de los haberes atrasados desde 182ajustándolo á razón de medio sueldo, como genera!
in retiro; y aun cuando á su muerte le debía por igual procedencia ciento sesenta y cuatro mil pesos, ha hecho cumplido honor á sus leyes, abunándolos á sus herederos.
<—141Chile, que lo había borratlo de su memoria y d su historia por el espacio de veinte años, lo incorporó al fin á su ejército, en 1842, declarándole el waldo de general en perpetua actividad.
¡Unicamente su patria, la República Argentinano le ofreció ni el bolo de Belisario!
XI .
Así, en medio de este apacible ocaso, consoladn par catas tardías reparaciones casi póstumas, ejercitando por pasatiempo higiénico los oficios de arrero y carpintero, y perturbado á veces por aberraciones de que no tenemos derecho á pedirle cuenta, se extinguió esta gran existencia en los misterios del vaso paco de la areilla humans.
Su organización robusta había sido hondamente trabajada por la acción del tiempo y la actividal de las grandes pasionos concentrades.
Los dolores neurálgicos fueron el tormento de su juventud, y los reumáticos el de su edad viril, que reaccionaron al fin sobre los órganos digestivos y respiratorios.
Su muerte enpezó por los ojos. La catarata, csa mortaja de la visión, como se ha llamado, empezó á tejer su tela fúnebre. Cuando su médico, el famoso oculista Sidhel, le prohibió la lecturaotra de sus grandes pasiones—su alma se sumergió en la obscuridad de una profunda tristeza.
La nuiert: asostó el último golpe al centro del organieme. La mucurisma, esa perturbación de la corriente vital de la sangre en las vidas agitadasque convierte sus filtimos movimientos en prolongadas percusiones de agonía, apagó los últimos Jatidos de su gru: razón.
"Esta es la fatiga de lo muerte!" dijo al expirar. No! Era la fatiga de la vida quo ultimatu su carne, al tiempo de renacerá la vida elemental te la inmortalidad!
XII
En las cucutas corrientes entre los pueblos y sus grandes hombres son siempre los pueblos los que pagan con usura el saldo que resulta on contra.
Ellos, con sus béroes y sus ártivos anónimos, 6718 instintos inspiradores, sus fuerzas latentes y sus pasiones colectivas, con su generosa abnegación y eu temple cívico, son los que ponen su propia substancia como capital social, que sus directorehacen valer. Y cuando llega el día del pago de las deudas, ellos son los que, con mano abierta, hacen honorá los empeños del tiempo, sin que pueda recordarse ejemplo (salvo uno justificado) le que un solo crédito girado sobre la posteridad hay:1 sido protestado por ella, aun cuando sus héroes hayan caído en la batalla de la vida, legaudo á sus descendientes la bandera de su causn. envuelta on el polvo de la derrota.
Sea dicho esto en honor nuestro y un honor de San Martín, aun cuando de él puede decirse lo que de pocos: que fué el héroe de su propia historia; que sin él, nuestro capital revolucionario se habría disipado tal vez, y que nos logó, no la derrota, sino la victoria fecunda en los ámbitos de un mundo.
San Martín os el germen de aua idon grands quo brota en las entrañas fecundas de unestra tierra; es la fuerza viva de nuestras arterias, que pone en vibración los átomos inertes de un heunisferio; es la irradiación luminosa de naestros principios, que se propaga por todo un continente; es la acción horoica de nuestra patria que se dilata, el cometa con cauda flamígera que se desprende de Ja nebulosa de la nacionalidad argentina, y que después de recorrer su órbita elíptien, cuando todos lo creían perdido en los espacios, vuelve más condeusado á su punto de partida al cabo de cien años.
Y sea dicho también para houor nuestro y suyo, que al realizar la misión que en nuestro nombre le confió el destino, lo hizo para fundar naciones que glorificasen los principios de la democracia, y no para imionerles un interés egoísta, ni una personalidad ambiciosa, ui cobrar el precio de nuestros servicios.
El se llevó en su carrera excéntrica nuestra bandera de propaganda y nuestra fuerza de dila tación continental; pero; en cambio, afirmó nues tra independencia; dió alas á muestra revolución para transponer las montañas y los mares; nos lió la gloria de los pueblos redentores, que rompsus propias cadenas sin auxilio ajeno; fundo dos repúblicas bajo los auspicios de nuestras armas victoriosas desde el pola hasta el cenador; nos diá la tietien, la disciplina y la estrategia con que xt:
vence, el herofeno con que se muere, la fortulez con que se hace frente á la derrota; nos dió las vietorias do Sau Lorenzo, el paso de los Andes.
Chacabuco, Maypo, las acciones de Curapaligié y Gavilán, la escuadra que dominó con Cochrane el mar Pacífico; la entrada á Eima, el combate de Pasco, la participación que nos toca en Río Bamba y Pichincha en pro de Colombia, la ahlicación de Washington y el ostracismo de Auibal, que, al iinitar y superar su famosa hazaña, no quiso boler la copa amarga de Betinia, Y allenas de todo esto, uos dió al morir au carazón, como un legado de remisión y de amor, que aun yace lelado en tierras extranjeras.
Y por si esto no bastase, nos ha dailo de yapa kos pobres ahorros con que el soldado de los Andon adquirió dos pobres propiedades on Mendoza. Voulidas éstas et cind) mil pesos cuatrocientos trece bolivianos, su producto liquido, que alcanzó á tres mil quinientos reintiocho fuertes, isa sido aplicado por sus descendientes á la fundación de un hospicio de inválidos, inaugurado en Buenos Aires bajo los auspicios populares.
Y aquí termina el haher del grau capitán argentino en la cuenta corriente con su patria y au insteridad.
Le dimos en vida nuestra enseña revolucionaria para combatir, los principios de nuestro creda político para hacerla invencible, nuestros soldados para trinnfar, nuestro oro y nuestra sangre para gastos de la independencia de Sud América, los medios, en fin, de conquistar fama imperecedera luciendo el bien; y le dimos, por toda recompensa pecuniaria, una casa, un medio sueldo durante inco años, una pensión de cincuenta pesos para su hija, cinco mil pesos de regalo y un pasaporte gratis para marchar al destierro.
Además, hemos pronunciado en su favor, depués de su muerte, el fallo "verdadero" á que él apelo de la injusticia de sus contemporáneos.
Le hemos dado la gloria que se propaga on los tumpos por el vehículo conscicute de los hombres libres, consolidando la existencia de una nación republicana destinada a vivir y tener una misión la tarea humana, inscribiendo así su tre en el catálogo de los héroes cosmopolitas.
Hemos fundido su estatua en el bronce de la <—140inmortalidad, que no puede confundirse con el metal impuro que se vacía eu moldes valgares.
Hemos rehabilitado su personalidad moral, así en el orden político y militar, conto en los dominios obscuros de la conciencia individual.
Hemos reparado el olvido en vida, le hemos hon rado en muerte, y coufinmos á los renidoros lu debida reparación póstuina.
Por último, celebramos hoy su apoteosis en su primer centenario—el primero que se celebra entre 2100tros y de hoy en adelante, mientras la tierra argentina produzca hombres libres, mientras el sol de nuestra bandora no se eclipse, mientras lata en ella un solo corazón y vibre un labio que ropercuta sus generosos latidos, el nombre de San Martin continuará glorificado de siglo en siglo.
Pero aun nos queda algo más que lacer para pagar nuestra deuda histórica.
¡Todavía le debemos los siete pies de tierra de la tumba!
El día que repatriemos sus huesos desterrarlos, el día que los abracemos con amor, y con palmas en las manos los confiemos al seno de la madre fecunda que los crió; en ese día se habrá cerrado el balance de la histórica ouenta, porque sólo entoncea descansarán en el blando seno de nuestra patria los huesos quebrantados del último de sus grandes proscriptos de ultratumba.