Páginas de historia/Los sargentos de Tambo Nuevo
Los Sargentos de Tambo Nuevo
I
Los soldados rasos de un ejército son los músculos de acero que imprimen al organismo militar su movimiento gimnástico. El espíritu que los anima es la fuerza que pone en movimiento las almas, y da su temple á las armas de una nación.
Quando una columna se pone en novimiento al paso de ataque cuyo compás mide el tambor, uando las banderas se agitan y las armas 50 estremecen obedeciendo á las vibrantes pulsaciones de brazos varoniles, cuando los corazones se meienden y los rostros se iluminan al fuego dei tusiasmo que funde á todos en masa compacta, es el valor colectivo el que resplandece en medio de los peligros. Cada soldado es contado como unilad El conjunto de esas unidades es lo que contitue la fuerza y el valor militar subordinado á la disciplina.
Cuando de entre las filas se destaca una figura extraordinaria, que obedeciendo á los impulsos os pontáneos de su corazón, hace algo más que au deber, y lo hace con inteligencia, fortaleza y abnegación, es la fuerza oral la que obra, es la ronciencia humana que se convierte en ncción, es al movimiento del alma que se revola, os, en una palabra, el espíritu heroico que se manifiesta.
La Antigüedad tonía una corona para cada una de estas acciones señaladas de los soldados, desde la corona cívica que se ganaba salvando la vida do un cindadano en el combate, hasta la corona de hiedra que ceñía las sienes del que primero subía á la murallo.
En los tiempos modernos, en que el movimiento de las almas se ha complicado, en que nuevos sentimientos, nucvas pasiones y nuevos móviles morales y materiales, obran sobre los hombres, cl sobdaklo raeo es un ser más complejo, más responsable, que se gobierna más por su propia conciencia que por la recompensa ó el temor.
Nada puede suplir en la milicia ese resorte elástico de las almas, que jamás se desteropla en el peligro ni se relaja en la derrota.
No se puede concebir un ejército sin tomple nioral, sosteniendo una grande y noble causa confiada á sus esfuerzos. Cada cabeza, cada corszún, debe abrigar una idea, un sentimiento, una creencia ó una aspiración superior que lo eleve sobre el nivel coraún, y alcance por la combinaeión do las fuerzas morales y materiales, el triunfo del ideal político y social que está en todos y cada uno de los que combaten.
Por eso los ejércitos de la independencia argentina hicieron triunfar en causa en los caTU pos de batalla, queriéndola, amando la libertad y aspirando á legar a los venideros una patria in dependiente, libre y feliz.
Empero, al recorrer las páginas de nuestra historia escrita, se creería que nuestros fastos militares son pobres do acciones extraordinarias ojecutadas por simples soldados, obrando, por inapiración propia, con heroísmo y con conciencia.
Apenas se registra en ella uno que otra hecho eu que se ponga de relieve el valor noroico, & se manifieste el sentimiento sublime de la abngación deliberada del individuo.
Será ingratitud, scrú olvido, será que realmente este fénero de acciones no está en la indole del soldado argentino!
No. El Creador no negi al barro humano de que está amasado el soklado argentino, el fuego sagrado de las acciones heroicas, inspiradas por móviles puramente morales.
El mismo olvido en que yacen sería una prueba de ello, si faltaran otras.
Mártires sacrificados obscuramente por ser fieles á su creencia, soldados que cumplieron con algo más que su deber, sin más testigos que su conciencia, han ofrecido su sangro en holocausto á las divinidades desconocidas del porvenir, ain aspirar siquiera al epitafio anónimo que inmortalizu el heroísmo de los que se saerificaron por las sau tas leyes de Esparta.
No habían pasado tres años, y ya el general Belgrano había olvidado al escribir sus Memorias elnombre del catalán Raigade, á quien confió en el Tacuarí sostener la retaguardia con una sola pieza de artillería, abandonada cobardemente por offciales y soldados.
El nombre de Juan Bautista Cabral, que salvó & San Martin la vida sacrificando la suya en San Lorenzo, alcanzó los honores de una inscripció:
en la puerta del cuartel, que sus descendientes no respetaron y que la gratitud pústunua no ha res tablecido.
Faluelo, el negro heroico, que solo y abandonado, prefirió la muerte en la obscuridad á la ignominia de presentar sus armas á la bandera de!
cucigo triunfaste, y murió dando vivas á su patria, apenas ha salido de la sombra, y eu nendbre no ha sido registrado aún en las páginas de la historia.
La ronianeesca acetón de les Sargentos.de Tanbo Nuevo y la muerte heroiea de uno de ellos, es otra prueba de lo que venimos diciendo.
La tradición oral la habfa hecho popular, y su nombre, salvado por los recuerdos de los con—temporáncos, pasará á la historia á la par de loade Raigada, Cabral y Falucho.
Con estos elementos, con las noticias que nos suministran las Memorias escritas de los contem—poráneos y con las que hemos podido encontrar en otros documentos de la época, se ha confeecionado este otro episodio de nuestros tiempos he roicos, que ya figura en las páginas de un libro (1).
(1) En el número 3 del periódico Padre Castoista (1982) se publicó una relación de la sorpresa de Tambo Nuero, la cual es más fantástica que verdadera y adolece de muchas Inexactitudes. La que hace el general Paz en sus Memorias (t. I. pig: 188) no ca, completa, aunque más exacte quo la anterior. Por último, la que hace el general La Madrid, actor en esto suceso, en la página 30 y en las 32 y 28 de sua observaciones a las memorias de Paz, aunque más detallada, es falan por lo que respects la disperetón de la compailin enemiga, cuando fué atarada por La Madrid, según se comprueba por su mismo parte oficial (que el bebla olvidado), el cual se encuentra publicado en n ridm. so de la Gaceta Ministerial de 24 de noviembre de 1812 (páginas 482 y 33).
II
Después de la desastrosa batalla de Vileapugio (octubre de 1813), el general Belgrano, corrićudose por uno de sua flancos.con las miserables roliquias de su ejército, estableció su cuartel gene ral en Mache, con el ánimo de disputar al enemigo el dominio del Alto Perú.
A trea leguas de distancia estaba el campo de Ayouma, donde el ejército argentino debía expu rimentar otro revés más severo aun, que decidiría de la campaña.
Mientras tanto, el enemigo, á pesar de su reciente victoria, se hallaba reducido á la nulidad.
Careciendo de víveres y de elementos de movilidad, se había refugiado en las alturas, abandoDando los valles á los vencidos.
Por su parte, el general argentino se ocupaba activamente en formar un nuevo ejército para librar una nueva batalla, repitiendo estas palabras bistóricas: "Aun hay sol en las bardas, y hay un Dios que nos protege". (2). A su voz los dis persos se reunieron, las poblaciones se insurrecciónaron de nuevo, las armas, los víveres y los rochatas afuyeron á su campamento, y hombres, niños y mujeres del pueblo reuclieron espontáneamente, trayendo en sus propios hombros sus—ofrendaa opimas.
El general Belgrano, aprovechándose de esta buena disposición de las poblaciones y de la inneción del encntigo, destacó montoneras y partidas de observación en todas direcciones, estrechaudo (2) Comunicación de Belgrano al presidente de Chorcas Ortie Campo, el 7 de octubre de 1813. (M. S.) el eírculo de acción de los realistas y ensanchando el suyo. Sobre esta base promovió la guerra de partidarios, procurando interceptar las comunicaciones por el norte. Al mismo tiempo inició un sistema de hostilidades parciales sobre los destacamentos enemigos que aun no se habían recomcentrado á su campamento general on Condo.
Entre los jefes de partidas sueltas destacadas dol ejército patriota, se encontraba el tenionte don Gregorio Aráoz de La Madrid. Este joren oficial se había hecho notar ya eutre amigos y enemigos por su valor temerario. Activo y fogoso, La Madrid reunía á las puerilidades de un niño la nudacia de un héroe de leyenda. Aunque poco capaz para concobir y ejecutar un plan militar, tenía todas las cualidades que so requieren para un golpe do mano atrevido.
El general supo utilizar estas cualidades.
Un día lo llamó á su tienda y le dijo:
—Escoja usted cuatro hombres de su comppñía, y marche á traerme noticias exactas de la vanguardia que está en Yocalla.
Al poco rato volvió La Madrid con cuatro vo luntarios.
—Mi general—le dijo,—ya estoy pronto, y sólo falta que V. E. me dé un pasaporte para que se me permita entrar al campo enemigo, para poderle traer las noticias con la exactitud que desea.
—Usted sabrá proporcionarse el pasaporte le contestó Belgrano souriéndose.
La Madrid, guiado por un iudio por senderos excusados, y trasnochando, con una gran neveda, fué á amanocer sobre el campamento de Focalla.
La vanguardia enemiga que allí se encontraba, se componía de la división al mando del comandante D. Saturnino Castro, que había decidido la batalla de Vileapugio. Este udicial, hermano del célebre jurisconsulto argentino del mismo apellido, era natural de Salta, y á su valor impetuoso, á su destreza cu el caballo y á la audacia de sua correrías, debía el ser reputado por el primer gue rrillero del ejército realista. Apasionado de una Illeza salteña, lloraba la ausencia de sus amores y ansiaha abrirse el camino de la ciudad natal, ó por el triunfo ó por la defección de la causa del ray, pasión que debía ser más tarde la causa de su trágica muerte.
Como cuatrocientas varas del canauento de Castro se encontró La Madrid con una partida enemiga de cinco hombres que habían salido á hacer la descubierta sobre la nieve. Cayendo sobre ella de sorpresa, la tomó prisionern sin tirar un Tiro.
Los cinco prisioneros fueron remitilus al general para que le diesen las noticias exactas que dia. Dos de ellos pertenecían á las juramentados de Salta. Belgrano los mandó fusilar por la palda, y cortadas sus cabezas, ee les puso un r rulo en la frente eu que se leía: l'or perjurus.
Las dos cabezas fueron remitidas con un o fuerto de ocho dragunes & la avanzada del to iente La Madrid, con orden de colocarlas á la inmeración del enemigo, para escarniento de los que habían traicionado la fe jurada, en cuyo enso se hallaba el unismo Castro, XIT
La Madrid, á la cabeza de doce hombres, sc consideró cu aptitud de acometer empresa de mayor inagnitud.
Aronsejándose de su ardor, más que de la prudoncia, resolvió sin pérdida de tiempo atacar una compañía de cazadores montados que sabía hatx destacado el jefe de la vanguardia realista, com el objeto de cortarle la rotirala, luego que él comprometiese en la quebrada Tiniguipaya, que era el camino preciso para volverse á aproximar á Yocalla.
En la noche del 24 de octubre, á la cabeza de sn poquo listacamento, se puso en marcha con el ánimo resuello de sorprender a los cazadores enomigos, que según las noticias de sus exploradores, we habían situado el portezuelo de la quebrada, en la posta denominada de Tambo Nucey.
Para llegar á este punto, se hacía necesario removitar una áspera cuesta, flanqueada por in hondos despeñaderos. La Madrid, que conocía el terreno, hizo adolantar como batidores á los soldados José Mariano (ómez, tucumano, y Santiago Albarracín y Juan Bautista Salazar, cordobeses.
Estos tres animosos suklados llegaron al pie de la cuesta, ccharon pie á tierra, y la subieron silenciosamente con el caballo de la ricada.
Al pisar la cumbre, creyeron oir el relincho d un caballo, y may luego vieron brillar á la distancia la luz de la pusta. Accreárons: más, y distinguieron perfectamente un centimeta á pie, apostado cu las casuchas. Deslizándose como sonbras y aproxiurándose al abrigo de las quebra:las del to rreno, se convenei—rou de que en efecto alif estaban los alistas.
A excopeión del relincho de los cincuenta caballos encerrados en el corral de piedra de Tane ho Nuovo, ningún rumor llegaba á sus oídos.
Los tres batidores siguieron avanzando y d brieron mi cuerpo de guardia.
Era la avanzada de la compañía esiomiga.
El centincla estaba desprevenido, ó dormía tu!
vez, inclinado sobre su fusil. Las armas estaban apoyadas contra la pared, al cuidado del centinela.
En el interior del rancho ardia um candil encima ke una manta que sorvía de carpeta, sobre la cual so vofa un anipe. A su alrededor dormían tranquilemente once soldados. A poca distancia, á retaguardia, descaneaba el resto de la compañía, en número de cuarenta hombres.
Los tres batidores concibieron por inspiración el atrevido proyecto de apaderarse solos de la guardia.
Pensarlo hacerlo fué obra de un momento..
Su plan de ataque debió combinarse más bien por señas que por palabras.
Uno de ellos se precipitó rápidumonte sobre el continele y le desarmé y rindió, tapándole la boen antes de que pudiese articular wi grito de sorpresa. Otro se apoderó do las araias. El tercero, colocándose en medio de la guardia con su sable la drogona y su carabina amartilleda, intimó á todos reudición.
Todos so ziudieron sin resistencia, y uso por upo fueron maniatados por los tres batidoresquienes, colándolos por delante, volvierou á bajar la cuesta.
El sargento de la guardin. prisionera. aprovehandse do las fragosidades del terreno, se arrojó por au despoñadero, y fué á dar la alarma al resto de la compañía que dormía tranquilamente.
Los batidores de Ia Madrid se incorporaron muy luogo á él, y le persentaron once prisioneros y dove fusilos.
Sin vacilar, avanzaron los doce dragones gatriot en busen de los cazadores enemigos, que encontraron ya en marcha, en disposición de bajar la cuesta.
Trabóse un tiroteo en la obscuridad de la noche.
Los realistas, croyéndose afacados por fuerzas superiores, se replegarou á la posta, y fortificándo en el corral de piedra, gritaron: ¡Viva la pa tria!, en señal de rendición.
Las primeras luces del alba les hicieron conver el corto número de los patriotas, y entonces volvieron á romper el fuego, pero sin abandonar los nroe del corral.
La Madrid eroprendió entonces su retirada, más pesaroso do no haber tomado la campañía entera que satisfecho de la ventaja obtenida.
Llegados al cuartel general con los prisioneroslos tres valientes batidores fueron recomposedos por el general Relgrano con el glorioso título d Sargentos de Tambo Nuevo, con que han pasado á la historia, para enseñar á los venideros que cuando un ejército está animado de nobles pasinnes, hasta los simples soldados tienen las inspiraeiones de los héroes IV
El enemigo no perdió tiempo en replegarse á su reserva, disculpando su cobardía con la noticia de que había sido atacado por un escuadrón de caballería y dos compañías de infantería.
A consecuencia de este suceso. Castro se repleg obro su reserva á Condo.
Libre así el camino de Potosí á Vilcapugio, I Madrid pudo buscar el campo de la derrota, dondo un mes antes habían comhati riosamento patriotas y realistas.
<—117Las cadáveres de los realistas babían sido pindosemente tnterrados por sus compañeros. Los d.los patriotas pernaueofan insepultos, devorul por los perros y los buitres. andinos.
Al fronte de um montón de muertos, que indicaba el sitio de la derrota del batallón número 6se veían los cadáveres desfigurados de sus comandantes Alvarez y Beldón, que sucesivamentlo había conducido al ataque y caído valerosamente á su cabeza.
Allí colocó La Madrid las dos cabezas de lo juramentados en Salta, recientemente fusiladoscolgándolas de altos maderos; ledho lo cual se retirá colocándose en observación sobre las altuTOX .
Veinte días después, el ejército patriota era nuevamente derrotado, y la pampa de Ayoumucomo la de Vileapugin, quedaha. sembrada de cadúveres.
V Al terminar el año de 1818, Belgrano se hallaba en Jujuy, ocupado en organizar un nuevo ejér cito.
Ansioso de tener noticias exuetas de las posieionea, fuerzas y planes del enemigo, que avanzaba otra vez triunfante sobre las provincias algontinas, se acordó de los Sargentos de Tamin Nuern.
Llamo al sargento José Mariano Gómez, y dis puso que, acompañado de 25 hombres, se internas más allá de la quebrada de Humahuaca, y hostiliLando á los invasores, procurase tmmar los conocimientos necesarios.
Gómez avanzó hasta Cangrejos, donde se enes tró con la vanguardia realista que se componía lol grueso de la caballería al mundo de Castro:
Desde este punto se ratiró Gómez con sus 2 hombres, hostilizando al onemigo día y noche.
Al llegar al pueblo do Ilumahuaca, cayó desgraciadamente en una colada. Conducido á proeoncia de Castro, que conocía y apreciaba su móri to, le ofreció la vida si prometía servirle con ficklidad.
Gómez, que había pertenecido al ejército espa ñol, de cuyas filas desertara el año XII , contesto que no era capaz de traicionar á eu patria ni á sus jefos.
Puesto en capilla para ser fusilado al día siguiente, conservó siempre su altivez, sin que pulicran quebrantarla ni los halagos ni las amena203 Llegó el día fatal, y ya dentro del cuadro y al tiempo de sentarlo en el banquillo, se le acercó un nyudante de Castro, ofreciéndole nuevamente la vida si prometía fidelidadla respuesta del Sargento de Tambo Nuevo fué digna de la bazaña que le había merecido este título.
—Digale ustol al coronel—contestó, que si quiere saber quién es Gómez, me mande quitar tas prisiones, y entregándome mi sable, me haga largar dentro de este cuadro. ¿Qué puede hacerlea en hombre solo? Pues que haga la prueba, y re rique Gómez no puede servir contra su patria.
Pacos momentos después, Gámez cafa bañado su sangre, mártir obsouro de su fe política, sin pensar siquiera que ha postoridad recordaría algún día su nombre con admiración.
A Albarracín se le ve figarar una vez más en kas Republiquetas del Alto Perú, mandando una .18división de caballería el año de 1817, en la batalln de Las Garzas.
En cuanto a su compañero Salazar, más foliz ó más desgraciado que él, se ha perdido en la obscuridad de las filas de los soldados rasos, en que coanbaten y mueren tantos héroes ignoradas, dienos de la corona de la inmortalidad