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Páginas de historia/Un episodio troyano

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

Un episodio troyano
(Recuerdos del sitio grande de Montevideo)


I

En el año 1650 escribió Alejandro Dumas un pequeño libro, indigno de su maravilloso talento, cuyo título, sin embargo, será inmortal.

Al cumpliree el séptimo eño del famoso sitio de Montevideo, el fecundo novelista dió por ins piración á esta heroica ciudad y á eu libro el títalo do Nueva Troya oon que pasará á la posteridad.

El sitio de la Nuova Troya del Plata duró diez años, como el de Thon, pero más feliz que ella, en vez de caer, triunfó. Dentro de sus débiles mura(A) Fate pisodio es rigurosamente histórico, hasta en sua menores detalles. Se tunda: 1 En el Diario Militar M: A. y los recuerdos personales de autor. —2° En os documentos offtolatos que se registrau en E Nacional de Monterdeo de noviembre de 1843, y al Patriote Français del mismo meo y 0—3 En las Eremérides del Plata de 1945, or B. Mtre, publicadas en el Gran Almanaque da 1644—4 En lon Apentas históricos de la defensa de Mon tevideo, por D. Aguattu Wright.—5° En el opúsculo Rosge et Montevidee devant la Cour Azalace, Paris, 1851.G Montevideo ou une nouvelle Troie, por Alejandro Damaz, 7" Cervo el ado Oriental en 1848.

Itas, artillads con los viejos cañones de hierro que servían de postes en sus calles, se salvó la causa de la civilización y de la libertat del Río de la Plata. El mundo, en vez de confederarse contra alla, como el mundo griego contra los hijos de Priano, vino en su auxilio; y sucesivamente, la Francia, la Gran Bretaña y el Brasil, le prestaron su apoyo, dándose cita en su recinto sagrado para combatir por su causa, todas las razas viriles de la tierra que persiguen un ideal.

La historia del sitio de Montevideo, con sus homéricos combates diarios, con sus hazañas que se dirían fabulosae, con sus héroes que sin necesidad del auxilio de los dioses mitológicos nada tienen que envidiar a los de la Iliada, es una epopeya que tione la unidad de la acción y de la idea, realzada por la eevera poesía de la verdad.

Y para que nada faltase á esta analogía entre la antigua y la nueva Troya, Montevideo tuvo también su Patroclo, en torno de cuyo cadáver se trabó un combate heroico, cuyo héroe, más grande que Aquiles y que los Ayax, ha merecido la admiración y la simpatía del mundo entero.

II

Era Montevideo en 1843 una ciudad cosmopolita, en toda la acepción de la palabra.

Al tiempo de ser sitiada por el ejército del tirano Rozas, al mando del degollador Mannel Oribe, de siniestra celebridad, su población se componía de poco más de treinta y un mil habitantes. De éstos, sólo once mil erau nacionales, de ambos sexos y todas edades, incluyendo en el número casi una mitad de negroa emancipados, criollos unos y africanos los más. Los veinte mil restantes, casi en su totalidad hombres de armas llevar, eran amigrados argentinos, franceses, españoles, italianos, brasileños, norteamericanos, portugueses, ingless, y de otras nacionalidades de Europa y América. De estos veinto mil hombres, las tree cuartas partes (15.488 según el censo) correspondían á las nacionalidades argentina, francesa, italiana y española, que constituían su nervio.

Las proscriptos argentinos, enarbolando en sus sombreros su escarapela azul y blanca, formaron una legión en número de más de 500 hombres, bajo la dirección del general de la independencia D. Eustaquio Díaz Vélez, la que quedó al fin al mando del comandante Juan Andrés Gelly y Obes, hoy goneral de la República Argentina.

Loe franceses se organizaron en batallones, en número de más de 2000 hombres, formando los vascoe un cuerpo aparte; y cuarido sus representantes diplomáticos les exigieron que depusiesen las armas, abandonaron su cucarda tricolor y aceptaron los colores nacionales, coronando las stas de sus banderas con el gallo de las Galias y las águilas nopoleónicas.

Loe españoles, en número como de 700 hombres, acudieron a las trincheras, enrolándose como ar tilleros de plaza.

Loe italianos, mandados por Giussepe Garibaldi, formaron también una legión fuerte de más de 100 hombres, y adoptaron por enseña una bandera negra, en señal de duelo por la patria esclavizada, en cuyo centro se veía el Vesubio en erupción, símbolo de la llama republicana que ardía en sus corazones.

El núcleo del ejército de defensa lo componían cinco batallones de infantería y un regimiento de artillería, formados de negras libertoa, mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. El resto, hasta el completo de 7000 hombres, lo formaban tres batallones y algunos escuadrones de guardin nacional activa, que en gran parte se pasaron al momigo en los primeros meses del sitio, por pertenecer al partido Oribe, denominado blanco.

Mandaba este ejército el general argentino don José María Paz, que á la prudencia de Fabio teunía la táctica y las virtudes de Epaminondas y de Turena.

El célebre abogado francés Chaix—D'Est—Ange, pretendiendo hacer la caricatura de este ejército ante la corte le Asises de París, hizo de él un clogio inconsciente, que la historia recogerá con toda su amarga ironía para honor de la humanidad.

Decía Chaix—D'Est—Ange, dirigiéndose al general Melchor Pacheco y Obes.—uno de los héroes del sitio de Montevideo, argentino de nacimiento y oriental por elección:—"Os concedo todo, no regatearé nada de vuestros combates, de vuestras victorias, de vuestra generosidad, ilustre defensor de la República del Uruguay, desde que traéis la prueba de todo esto en certificados subscriptos por una docena de generales, jefes de ese ejército, compuesto de negros, de franceses, de italianos, de naturales de todos los países... bandas de proscriptos, escorias de todas las naciones... aventureros de todas partes, médicos sin enfermos, artesanos disipados, enemigos de todas las sociedades modernas que en París, como en Montevideo, como en Roma, tienen siempre un brazo y una pluma al sorvicio del desorden... mandados por generales como esc Garibaldi, & quien, por lo demás, conocéis muy bien.".

Pachoco Obes replicó á su sarcástico contendor en la lengua de Lafayette y con el acento y la elocuencia del general Foy, que era su modelo:"Se hace burla de nuestras guerras, y nuestras hatallas y nuestros ejércitos han sido comparados con pelotones de soldados. Si esto no es del todo cierto, la verdad es que somos muy pequeños.

Nuestra población no pasa de 180.000 almas. Es muy poco, en efecto, pero con esos 180.000 habitantee hemos encontrado 12.000 combatientes, teniendo al frente un ejército doble en número, y hemos huchado durante nueve años. Hoy nos quedan 5000 hombres, y entre ellas debe contarso á los que, niños aun á la llegada del onemigo, han podido tomar les armas cuando la edad se lo ha permitido. Los demás han perecida bajo el fuego del enemigo, porque en esas batallas tan pequeñas, de que se acaba de hacer mofa, Ise muere, señores! Y lacaso on vuestras grandes batallas se hace otra cosa?" Estas valientes palabras produjeron una profunda sensación en el tribunal y en la barra. La generosa fibra francesa se sintió estremecida. El general Pacheco, acentuando entonces su defensa con un golpe atrevido, agregó: "En cuanto á mí, no necesito certificado de honor. Cuando se dudas del mío propio, es por el mismo que lo pone en duda, por quién voy á hacérmelo otorgar."—Y cl sarcástico Chaix—D'Est—Ange, provocado á una explicación por el general de los negros y de la escoria de los proscriptos del mundo, tuvo que dársela plena y cumplida en honor de la verdad y de la justicia.

Antes de que esto tuviera lugar, ya se había levantado en la tribuna francesa la elocuente voz de Thiers, sosteniendo la causa de la nueva Troya lel Plata (que Alejandro Dumas no habís bautizado aún) dando al tirano Rozas el dictado d bandido (brigand) y á Montevideo el de heroica reconociendo á los hijos desheredados de la bande ra tricolor, como dignos hijos de la patria qu los estigmatizeba ante un tribunal francés.

¡Y más tarde, cuando llegaron para la Francis los días de desgracia y de prueba, cuando Chaix D'Est caía como cómplice del despotismo de Na poleín III y cuando Thiers sc levantaba procla mando la república necesaria, cse general Gari baldi, mal conocido por la Francia, seguido po la banda de aventureros "escoria de las naciones' que acaudillaba en Montevideo, presentó al re publicano Gambetta la única bandera arrancada en el campo de batalla de manos del enemigo et la guerra francoprusiana!

Volvamos á Montevideo.

III

Era el día 17 de noviembre de 1843, y empeza ba á amanecer.

La mañana estaha nublada, y á la distancia apenas se percibía la silueta del Cerrito, cuarte!

general del cjército sitiador.

La línea de fortificación do la plaza, que se extendía de mar á mar, cerrando la península en que está fundada la ciudad de Montevideo, presentaba un aspecto pintoresco, con su infantería formada al pie de la muralla, y sus artilleros con las mechas encendidas al pie de sus piezas; á la izquierda se veía su flotilla de cañoneras mandadas por Garibaldi, que prolongaba la línea en las aguas de la bahía, terminando en su famo.

Cerro; y á la extrema derecha el cementerio donde se enterraban los muertos de la defensa, coronado por una batería á barbeta batida por las olas del sur. Entre las líneas avanzadas de los be:

ligerantes se veían los escuchas de uno y otro canpo, que cambiaban algunos tiros produciendo el efecto de relámpagos en medio de la niebla.

Desde le batería central denominada del 25 de Mayo, coronada por un alto caballero artillado con sieto piezas de á 24, se domingba todo este paisaje. Eu aquel momento una columna de infantería, precedia de algunos guerrilleros, salía por el portón del entro. Commoníala el batallón 3° de línea, forcado de negros libertos, al cargo de su mayor Juan Antonio Lezica (argentino), y una parte de la legión italiana. Marchaba á su cabeza como jefe de vanguardia el coronel José Neira, oriundo de Galicia, naturalizado en la República Oriental, que había cupezado su carrera mintar en Buenos Aires combatiendo contra los ingleses en 1806 y 1807. Era un hombre como de sesenta años, de fisonomía acentuada, tez encendida y cabellos blancos: montaba un caballo blanco, y llevaba al cinto una espada y un par de pistolar.

Media hora después aquella columna ocupaba las posiciones avanzadas del centro, situados conio á una niilla á vanguardia de la línea de fortificación, desalojando de ellas al enemigo á balazos.

Pocas horas más tarde, la vigía de la plaza, que era dirigida por el comandante Alberto Listu (argentiuo), enarbolaba la señal de que fuerzas enemigas avanzaban sobre el centro de nuestra línea de vanguardia. Dirigiuno hacia aquel punto desde la batería del Caballero en que á la sazón mo eucontraba, y al pisar la azotea del mirador donde estaba aquélla situada, me encontré con el coronel Garibaldi, que apoyado con ambos brazos sobre el parapoto y con la mirada perdida en el es pacio, contemplaba el paisaje ó meditaba tal vez mirando hacia el interior de su alma.

Tenía yo entonces veintidés años, y la personalidad de Garibaldi ejercía sobre mi imaginación una especie de fascinación, que me atraía irresistiblemente por las hazañas que de él había oído relatar, y por una especie de misterio moral que lo envolvía. Sólo tres veces lo había visto en mi vida sin tener ocasión de hablar íntimamente con él. La primera vez que lo conocí fué al abandonar el servicio de la república Ríograndense, donde había dejado una fama novelesca por su coraje y por su elevación moral. Brindaba con varios proscriptos italianos que entonaban el himno de la Joven Italia, cuyo coro acompañaba él con voz dulce y vibrante, mientras comía con un pedazo de pan una salsa de ajos preparada á la genovesa, bebiendo un vaso de agua pura. Me dió la idea de un hombre que tenía en sí la embriaguez sagrada, y que no necesitaba de ningún estimulante extraño á su naturaleza para elevar se á la región del entusiasmo sereno. La segunda vez se me presentó tranquilo, dominador como el genio del combate, de pio sobre la popa de un pequeño barquichuelo artillado con tres piczas, Îlevando á remolque dos lanchas cañoneras, con las cuales desafiaba el poder de la escuadra del tirano Rozas, que bloqueaba el puerto de Montevideo.

Embarcaciones y hombres parecían obedecer al impulso de su voluntad, y entonces comprendi su poder de atracción en medio del peligro. La última vez lo había visto por acaso en el cuartel de la Legión Italiana. Anzani, su segundo jefe, que era la vara férrea de la disciplina del cuerpo, le dirigía estas palabras, en momentos de disponerse ejecutar un castigo en varios legionarios: "j.lndate! Tú no sirves para esto!" Y Garibaldi había obedecido en silencio á su segundo, parándos á caballo en la puerta del quartel. Ejecutado el castigo la legión salió en columna, templada coino una espada de acero, y prorrumpió en /vivas!

entusiastas é Garibaldi, que la condujo ese misme dia al combate, con aquella irresistible atracción magnética que tenía en sí, y que era mayor en los momentos desesperados.

Quise aprovechar la ocasión de interrogar aquel enigma vivo, y extracto de mi diario militar In impresión profunda que me causó la conversación que en ese día tuve con él. Me penetré que era un republicano apasionado, por convicción y tempera mento. Bajo un exterior modesto y apacible ocultaba un genio ardicate y una cabeza poblada de grandiosos sueños. Su aueño por entonces era desembarcar en las costas de la Calabria con au legión de voluntarios, dando la señal de la resurrceción italiana, y morir en la demanda si no alcanzaba á clavar la bandera de la rodención en el Capitolio de Roma. Su lenguaje al hablar de estu era apasionado y lleno de colorido, revelando w hombre instruído, con más sentimientos que ideas Me expuso brevemente su teorín política á propósito de los males que afligían á la América del Sur, á los cuales no veía más remedio que nuevas revoluciones para destruir los abusos, y auevas guerra que la purificasen. Su palabra, aunque arreglada al ritmo de la moderación, era imperativa y dogmática. La impresión que me dejó fué la do una cabeza y tu corazón en desequilibrio, nua alma animada por el fuego sagrado con tendencias á la grandeza y al sacrificio, y la persuasión de que era un verdadera héroe en earne y hueso, con un ideal sublime, con teorías de libertad exageradas y mal digeridas, que tenía en sí inismo los elementos para ejecutar grandes cosas.

Desde aquel día no dudé que Garibaldi sería con el tiempo el héroc de la Italia libre, y en la correspondencia que hemos mantenido en estos últimos tiempos, he tenido ocasión de recordarle los grandes destinos que en mi entusiasmo juvenil le predije entonces.

En aquella época tenía Garibaldi 38 años de edad. De estatura mediana, con anchas espaldas y miembros vigorosos y bien distribuídos, su persona tenía cierta pesadez, que se desenvolvía, empero, en ademanes fáciles y medidos, acentuados por el balanceo cadencioso del marino que se cree sentir bajo sus plantas el movimiento de las olas agitadas. Su fisonomía era plácidamente grave, y la sonrisa se dilataba en ella, sin alterar su carácter con ningún gesto. Sus ojos azules, sólo revelaban la excitación de su ánimo cuando tomaban n tinte sombrío como el de la mar, al parecer tranquila, que guarda la tempestad en su seno. Las líneas de su perfil correctamente griego, eran rígidas y austerss. Su cabeza abultada y bien modelada, que llevaba siempre erguida, poblada de una cabellera rubia larga y sedosa á la nazarena, con una barl entera de tinte rojizo, á la que el sol dlaba renojos leonados, hacía recordar los bustos de los héroes antiguos vaciados en el tipo ideal que se ha dado á las imágenes del Cristo. De tez blanca y color encendido por la sangro generosa, tenía en sí los elementos de la belleza y de la fuerza física, pero su belleza era más bien moral, como lo era su poder de atracción respocto. de las masas, y el ascendiente de su valor firme y sereno en medio de los grandes peliSIOL

Garibaldi no usaba en aquella época la camiseta roja de sus legionarios de Montevideo, con que so presentó más tarde á la Europa como una aparición fantástica, en el sitio de Roman por los franceses. Su traje era una levita azul sin ninguna insignia, de cuello militar vuelto, con una toble botoundura dorada, constantemente abrochada de arriba abajo. Llevaba un sombrero blanco de castor, cilindrico y alto de copa, con ala ancha doblada hacia arriba como la visera levantada de un casco de la Edad Media. Por un movimiento maquinal en él, su geste más énérgico en medio del fuego era llevar la mano al aia de su sombrero, doblándola hacia arriba, como para descubrir mejor su espaciosa y abuvedada frente.

Mi estudio de aquella personalidad interesante y nuestra conversación fueron interrumpidos por un tiroteo que súbitamente se hizo sentir al entro de nuestra línea. Eran como las doce del lía. El fuego empezó á arreciar por grados, y Jueo después la vigía cuariolé la bandera roja do alarma coronando el pabellón nacional, tocando gonerala los trumbores y las cornetas de toda la línea.

Garibaldi bajó de la vigín y montó en un caballe Fosillo cnjaczado con el recado brasileño de abezadas altas, que usaba desde sus curapañas en Rio Grande, dirigiéndose á palope hacia el lugar londe se sentía el fuego, después de dar orden para que el resto de su Legión se reuniese y lo signiese.

IV

Je aquí lo que había sucedido.

El coronel Neira, que aunque anciano, era wit hombre enérgico, testarudo y de sangre caliente, Lo satisfecho con haber desalojado á las guerrillas enemigas de los puestos avauzados, se había empeñado más tarde en llevar un ataque parcial sobre sus guardias del eeutro, situadas á inruedia ción del punto denominado Las Tres Cruces. Al efecto se puso al frente de una guerrilla de 20 á 30 hombres, y avanzó resueltamente con ella, rompiendo la linca avanzada de los sitiadores y ohteniendo en el primer mimento algunas ventajas.

Menemigo, reconcentrando sus reservas, reaccionó vigorosamente, trabándose un reñido combate, del que resultó la derrota de la guerrilla y la muerte de Neira, después de hacer este una resis tencia tenaz por no entregarse prisionero.

El cadáver de Neira cayó eu terreno enemigo, como á treinta ó cuarenta pasos á vanguardia de una zanja de cereo vivo que Ins sitiadores ocupaban habitualmente. Disponíanse éstos á apoderarse de él y arrastrarlo á su campo, cuando súbitamente fueron sorprendidos por un vivo fingo que partía de la zanja, el cual les obligó á replegarse a sus servas. Desde ellas trajeron con mayoras fuerzas un nuevo ataque sobre el cadáverpero fueron otra vez rechazados, y suensivament en otro tereer ataque, dejando en el campo varios nuertos. Los que así defendían el cadáver de Neira eran trece soldados negros de la guerrilla dis persa, que al mando del alférez José María Ortis (que era entonces casi un niño) había hecha pio firruc cat aquclla posición. El alférez Oniz <— 179argentino) reibió una espada de honor en preir de esta señalada acción.

Enemigos, reforzados, que habían descubier to la pequeña fuerza qne sostenfn la zauja, y que podiun notar el desconcierto de la reserva con lu pérdida de su jefe, habían organizado un cuarto ataque. Ya se disponían á apoderarse del cadáver y forzar la posición, cuando se presentó Garibaldi en su caballo rosillo, con su sombrero blanco eehalo hacia atrás, llevando en la mano un sableespada de caballería que había arraneado de manos de un soldado. A su vista, á su voz, todos m sintieron héroes. Los dispersos se reunieron, la Nerva, reforzada por el batallón de Extramuros al mando del comaudante Francisco Tajes (oriental), avanzó en orden y tomó posiciones, al misno tiempo que los trece soldados negros, abandonando su actitud definitiva con Garibaldi ü Ja ealuza, rodearon como una guardia fúnebro.el cadáver de Xeira, disparado en su houor tiros á bal sobre el enemigo.] Fara realizar una hazaña parecida bajo los Tuuros de la antigua Troya, fué necesario, según lo ha cantudo Ilomero en versos iumortales, que Minerva tonase la figura del padre de Menclao.

—porque Aquiles no se atrevía á combatir sin laa aras invulnerables de Vulcano,—y estimularn á aquél á no dejarse arrebatar el endáver de Patro6, para evitar a los griegos el oprobio de que los persos de Ilión lo devorasen. Aquí fué ejecutada siu la intervención de falsos dioses, por un niño al mando de trece negros, bajo los órdenes de un héroe vulnerable desde la cabeza hasta el talón, que les dirigió esta sencilla proclama: "¡No dejeunos que le corten la cabeza para elavarla en el OcTrin!" Ata a ¡El combate se trabó encarnizado y sangrien en torno del cadáver! Pero, no obstante las buen disposiciones tomadas por los de la plaza, la tuación de Garibaldi recibiendo á campo abier con un puñado de hombres los fuegos reconcentr dos del enemigo, llegó á hacerse insostenib?

Ios sitiadores, considerablemento reforzados p fuerzas superiores que desde el Cerrito había venido en su auxilio, se disponían á dar una cal ga decisiva. Garibaldi, resuelto á no abandonar ( cadáver, levantó cu alto su espada—sable y doblar do con gesto heroico el ala de su sombrero blan co, dió cou voz estridente la orden de ¡á la hayo neta!

Hacia más de una hora que duraba el com bate. En aquel momento supremo se oyó û l distancia el toque ronco y convulsivo de un tam bor que no se confundía con ningún otro; era el tambor de la Legión garibaldina, que sonaba á retaguardia la orden dada por su jefe. Momento:

después la Legión italiana desembocaba á paso de carrera y dando alaridos en la plazuela llamada de la Cordobesa, haciendo flamcar al sor plo del entusiasmo su bandera negra sureada por las llamaradas del Vesubio. Simultáneamente il garon los batallones 40. y 5o. de cazadores mandados por el comandante César Díaz, (orientali y por el comandante Felipe López (argentino), y un piquete de la legión argentina á cargo de su mayor Juan Andrés Gelly.

Más de 1500 hombres por cada parte cont centraron en el espacio do treacientas varas de frente. Garibaldi, por orden del coronei Faustino Velasco (argentino), jefe de la línea exteriortomó el mando en jefe. El combate se hizo general desde las respectivas posiciones. Al cabo de 8:2ca de una hora de nutrido fuego por ambas partes, se oyó un redoblo prolongado: el fuego de lode la plaza cesó súbitamente. Momentos después el mismo taimbor ronco y vibrauto do la legión, sonaba la carga á la bayoneta, y Garibaldi, at fronte de dos columnas de ataque que convergía!

hacia el punto de las Tres Cruces, arrollaba al enemigo matáudole 36 hombres, y se apoderaba de esta posición, que era la llave de la línea avanzada de los eitiadores.

En el Cerrito también se había enarbolarlo la bandera do alarna, y todas sus reservas concurrían apresuradamente al punto atneado, formadas en gruesas columnas vestidas de colorado, que les hacía destacarse entre las verdes arbole das de la campaña.

Era prudente emprender la retirada, á menos des comprometer una batalla sin objeto, y Garibaldipor orden del general Paz, dió la señal, cubriendo personalmente la retaguardia. Los enemigos, c011siderablemente reforzados, intentaron atacar lax cohannas de In plaza al tiempo de volver á ocupa eus posiciones; pero dos piezas de artillería ni mando del teniente Emilio Mitre (ny general argentino), situadas á prevención en la plazuela de la Cerdobesa, roupieron el fuego y contuvieron su avance, efecturándose la retirada en por fecto orden...

A las ó de la tarde la columna de plaza, levando en triunfo í su cabeza el cadáver ensaugrentado del coronel Neira, escoltado por los 3:

negros que lo habían arrancado de manos del enemigo, entraba en las trincheras por el portin del centro, á tambor batiente y banderas déspl..gadas, en medio de las aclamaciones de la guar183 nición. Garibaldi, sereno y modesto, marchata en su caballo rosillo al lado del cadáver.

"...

Los funerales de Neira tuvieron también un arácter épico.

La viuda de Neira, respetable matrona argentina, sobrina del ilustre patriota de la indepen lencia D. Feliciano Chiclana, en cuya frente nublada por el dolor brillaban los reflejos de una belleza en su ocaso, se acercó vestida de luto al féretro descubierto; contempló el cadáver en silencio sin derramar una lágrima. y besando am rosamente su frente inanimada, le dijo con acento conmovedor y profundo: "Adiós, Neira, ¡has muerto por tu patria adoptiva!" Los cuatro jefes de batallón, acompañados por el alférez Ortiz y presididos por Garibaldi, que juntos habían salvado el cadáver, cargaban su féretro como un premio expresamente concedido á ellos por decreto de gobierno.

Estos eran los únicos premios que se concadan en la defensa de Montevideo, donde en diez años no se pagó un solo sueldo, y donde sólo e distribuía una raeión á cada soldado para no norirse de haubre.

Garibaldi pasaba las noches á obscuras porque ro tenin velas con que alumbrarse, y el día lo los funerales llevaba su traje de combate, porque era el único que tenía.

En los funerales de Patroclo lloraron hasta los caballos de Aquiles. En los de Neira, todos defenscaes de Montevideo so eintieron honor capaces de sacrificarse hasta por los despejos imortales de sus semejantes.