Pago Chico: 06

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Capítulo VI
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Pago Chico Roberto Payró


Ladrillo de maquina


La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una especulación en tierras, bastante grande en relación a la importancia del pueblo.

La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó a la mitad de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos comenzaron a andar a caballo o a esconderse como los peludos.

Pero antes de esta semicatástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta sin diez o doce remates de sola. res, quintas y chacras, y un terreno cualquiera solía tener en un solo mes cuatro o cinco propietarios sucesivos, dejando apreciable ganancia a todos los vendedores.

Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.

Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de «sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.

Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al fondo de la verídica historia que narramos.

Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal aplicado y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, quedaba a veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el «sobrante».

Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelamos a las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta y siete y inedia varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 varas -equivocados al situarse los puntos A y B-, era forzoso que entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de pudor administrativo) entre solar y solar.

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=165 varas.

Las quince varas de diferencia -sobrante- eran adjudicadas al precio primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente -a la persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir, entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban a peso de oro, un terreno que había pagado ya, pero cuyo exceso de superficie no ignoraban probablemente: a un engaño hay otro engaño, a un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.

Este error topográfico, provocaba el inverso, que otra línea explicará sin más vueltas:

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera o pudiese forjarse un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba (naturalmente si era situacionista por que la reclamación no «cuajaba» de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir las vacas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez o veinte veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron por este sistema! y si Ferreiro llegó a diputado fue sólo a costa de muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí, indicar a otros o repartir entre los «personajes» que le interesaban o podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas «comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales, de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente su propina.

Esto hubiera bastado a cualquier gobierno aprovechador.

Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo resolvieron un buen día dedicarse también a la industria y establecer una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados. Asistimos a la reunión en que quedaron sentadas las bases de la empresa.

Celébrase ésta en casa del juez de Paz don Pedro Machado, con asistencia del intendente Municipal don Domingo Luna, del comisario Barraba, del doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías habían de conducirlo más tarde a ser todo un personaje provincial y hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de que «todo andará bien si el palito no se quiebra».

Es de noche.

Una chinita desarrapada ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa del comedor, como adorno característico se alza un porrón de ginebra rodeado de copas.

-Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo lucrativo que a su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará a los asociados, las grandes cantidades de ladrillos que se podrá producir y vender...

-Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och' hornos en el pueblo y nos van a hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...

Largo rato se debatió la cuestión, entroles miedo a los presuntos fabricantes, y ya iban a abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la discusión, electrizó de nuevo a sus socios y discípulos de siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:

-¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder trabajar? -preguntó don Domingo Luna, al más interiorizado en el asunto.

-Seis meses.

-¿Y para que venga la maquinaria de Europa?

-Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.

-Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...

Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y exclamaciones de satisfacción. A nadie se le ocurrió objetar aquello podía ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó a Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y don Domingo hizo un movimiento tan brusco e intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la china cebadora.

El plan de Ferreiro era muy sencillo:

Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un principio, y como los improvisados «ingenieros» -ni agrimensores siquiera-, municipales habían hecho las calles en forma de dientes de sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano de la futura ciudad.

Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábrica; los horneros, presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían a producir «ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina» demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.

Y así se hizo, como se dijo.

Los harneros fueron emigrando poco a poco; la maquinaria llegó; la fabricación iniciose con un resultado desastroso, porque nadie entendía aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; (la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América u otro país bárbaro); gritó La Pampa; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él enviando anónimos al gobernador y a los periódicos de la capital... Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires, comenzaron a levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos, como diciendo «compradme» Ferreiro se encaró cierto día con el «digno y progresista intendente de Pago Chico», según El Justiciero.

-¡Hombre, don Domingo! Se me acaba de ocurrir una cosa!

-¡Vamos a ver qué se le ocurre! -exclamó Luna-, Estoy a su servicio.

-Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.

-¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?

-¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero ando un poco necesitado de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de comprar, y naturalmente, no voy a vender las acciones a algún extraño que vaya a meter las narices en nuestros asuntos!...

-¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?

-Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las doy por lo que me costaron.

-¡Arreglao! -exclamó el otro muy satisfecho.

Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad anónima de los ladrillos de máquina.

Véase ahora la tontería de Ferreiro:

Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su valor fiduciario, y don Domingo Luna, echo un puerco espín, exclamaba.

-¡A este Ferreiro no hay por dónde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no a mañas libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que debemos hacer!...

Una vez se atrevió a increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:

-Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.

-Pero, yo soy su amigo, don...

-En la especulación, lo mismo que en el juego, no hay amigos, sino enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al cabo, y aquí estoy para hacer que se desquite. Compre certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado o triplicado el capital.

Y fue, en efecto, un gran negocio para don Domingo, quien perdonó gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de máquina...


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