Pago Chico: 11

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Capítulo XI
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Pago Chico Roberto Payró


Metamorfosis


Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se dispuso a salir en busca de las noticias municipales y policiales, a pesar de la opinión del regente.

-¡No hay que descuidarse! -le había dicho éste-. Manolito nos la ha jurado y es capaz de cualquier barbaridad.

Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de estoque, y salió a las calles silenciosas de Pago Chico en plena siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de El Justiciero una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la inclinación a darse lustre.

Llegado muy joven de La Coruña, don Lucas no había sido siempre «periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida en una escuela de lugar no le dio para tanto en los primeros años. Se estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando copas; luego ascendió a vendedor, y más tarde a habilitado; a los diez o doce años de estar en la casa, ya era socio, a los quince pudo establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas» (el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la calle, y rodando, rodando, llegó por fin a Pago Chico, y encalló en la administración de El Justiciero.

En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no ya material y pecuniaria, sino social e intelectual, cosa que estimaba muchísimo más, aunque a veces lamentara a sus solas el sueldo escaso y tardo, y la brillante miseria.

Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.

Afable, atento, servicial, hasta servir mientras fue dependiente, y aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio de grandeza era familiar con aquellos magnates del pago que se lo permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia; autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso» como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, a juicio de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.

No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia, persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la vislumbraba, a veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!), a pesar de que El Justiciero acábase de publicar la siguiente «feroz caída».

«Escándalo.- El Morenita M. P., que con sus calaveradas y fechorías ya tiene indignado a todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía, que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la gana. Sin embargo, no fue ni llevado a la comisaría siquiera, y nos extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer, todavía no lo haya metido a secar en un calabozo para que otra vez aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los demás muchachos del pueblo».

No extrañará esta filípica del oficialista Justiciero, si se tiene en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban a necesitarlo para las elecciones. Y el suelto era justo, porque para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza general, pues el rico e ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.

En cuanto a don Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» don Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto o noticia publicaba El Justiciero, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en su colaboración.

Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corriole un cosquilleo de la nuca a los pies, y sólo merced a un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de El Justiciero en la mano.

-¿Quién ha escrito esta noticia? -preguntó el jovenzuelo con voz reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo a su lado.

Un velo pasó por los ojos de don Lucas; sintió que se le aflojaban las piernas, pero haciendo de tripas corazón:

-¡No sé! -contestó secamente.

-¡Qué no ha de saber!

-¡No sé!

-¡Usté no más será, gallego!

-Y si fuera... acertó, lívido, a balbucir don Lucas.

-¡Ahora verá!

Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano a la cintura. Trémulo, don Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol, un objeto: el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación seca, sintió un golpecito en el pecho y al rodar por la acera, vio como en un escenario al bajar rápidamente el telón, que Pérez corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.

La grita de los periódicos -«la prensa local»- y especialmente de El Justiciero, fue tan grande, que la policía se vio obligada a proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fue a dar a La Plata, con un sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...

Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. El Justiciero narraba extensamente los detalles del combate, en que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida del asesino que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la ingratitud que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba a la imprenta.

Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir visitas -no muchas a la vez, ni demasiado charlatanas- el pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de El Justiciero, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera faltaban damas..., como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...

¡Cuánto incienso recibió don Lucas, visitado, asistido, festejado y adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente a la categoría de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos a venerarlo, a idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse a oponer un simple estoque a un arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!

-Ahora comprendo -pensaba D. Lucas- como se repiten las hazañas peligrosas. ¡Se puede ser héroe!

Él lo era en su concepto. Lo fue algunos días en el de loe pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse a causa de tantas emociones, dio tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco a poco antes de que don Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió a la calle, su aventura era ya un hecho místico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, nadie hacía alusión a él.

Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteosis había sido tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba a todos con soberanas sonrisas protectoras o con gesto avinagrado y despectivo, según qué fuera aquel en quien se dignaba detener la vista.

Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las manos y se sonreía de regocijo, convencido de su gloria.

Desde entonces usó revólver a la cintura, no dejándolo sino bajo la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor a nada ni a nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de El Justiciero. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto a lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.

-Es siempre malo que a un sonso se le aparezca un dijunto -solían decir algunos más avisados, al ver pasear a Ortega con el sombrero en la nuca y haciendo molinetes con el bastón.

Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:

-Decile a un sonso que es guapo y lo verás matarse a golpes -uno de sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.

Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.

Ortega acostumbraba a tomar el vermouth vespertino en la confitería de Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo-americano White, famoso por su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini, algunas veces y otros amigos.

Un día que don Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador Fernández se acercó a la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron a las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano como para dar una bofetada a su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho asiendo a Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara Ortega...

Ver aquello, y sin detenerse a reflexionar ni qué era, ni de parte de quién estaba la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fue todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando a los actores y espectadores de aquel drama que sólo había tenido desenlace, y que sería comedia a no mediar un cadáver.

Y cuando se vio solo en la oficina de la comisaría, preso, con un homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó a llorar como una criatura...


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