Pago Chico: 15

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Capítulo XV
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Pago Chico Roberto Payró


Las memorias de Silvestre


Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado a ser un grande hombre en cualquier otro medio, con solo algunas variantes en el carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente se malgastaba en fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico; no hacía síntesis sino en la farmacia, manipulando substancias químicas y sin saberlo siquiera. En la política y en la sociedad limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis, cuando falta la generalización, no conduce a las grandes acciones, ni aún a la acción, lo que quiere decir que no modela grandes hombres.

Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido o favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los centros importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad cualquiera, las entidades complementarias, que la convierten en personalidad, o cuando menos en individualidad. De otra manera en cada país no habría sido un número irrisorio por lo exiguo, de personajes dirigentes: lo serían, sólo, aquellos que de veras tienen dedos para serlo.

Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde sin embargo, aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez, Viera, don Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al diputado Cisneros, pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño, deidad invisible e intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba desde su nebuloso Sinaí algún nuevo mandamiento de su decálogo con estrambotes o añadiduras.

Silvestre no era, pues, grande hombre... Entendámonos. No lo era para Pago Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo es y lo será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos conocidos y desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría el conocimiento que, posteriormente y gracias a la indiscreción de un amigo común, hemos tenido de su obra magna: sus memorias políticas.

Hablemos claro.

No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por día en un cuaderno, con los ojos puestos en el futuro y para uso y experiencia de las generaciones por venir, los acontecimientos a que asistía o en que actuaba, el retrato físico y psicológico de sus contemporáneos, la filosofía que se desprende de los sucesos, las pasiones, las cosas y los seres. A ser capaz de tal perseverancia, sería grande hombre para alguien más que nosotros.

Pero, repitamos, lo era, para nosotros, ¡y tanto de no contentarse con el relato verbal y circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia, llenando las lagunas con lo que le inspiraban su lógica o su imaginación, aguda y atrevida la una, viva y acalorada la otra! Así es que acogió con júbilo el pedido de informes que le hiciera un amigo suyo, periodista bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo la psicología de la política y la administración en la campaña provinciana.

En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y observaciones; luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre amainó, hasta enmudeció; pero, gracias a la insistencia con que lo espoleaba su amigo el periodista, nuestro hombre reanudó a ratos la chismografía postal con visos sociológicos, interesante para él, es cierto, pero, -como le costaba trabajo y dedicación-, menos grata que la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada muchas veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella posiblemente perjudicial en lo futuro.

El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar a la posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para que sacáramos de ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición de cerrar esos extractos con el áureo coronamiento de una síntesis por él escrita, basándose en tales estudios, y que podría titularse «Psicología de las autoridades de campaña».

Vamos a integrar este capítulo con párrafos de las que llamamos «memorias silvestrinas» tomados aquí y allí en sus sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística aludida, que, a publicarse entera, abrumaría de tedio a los lectores, no porque carezca de mérito, sino, porque la gente no está hoy para teologías.

Este sería el gran momento de entrar en materia si no acabáramos de hacer una observación: Hemos incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido a echar una ojeada a su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo retrato literario, prosa destinada a que la salte el lector, nos atuvimos hasta aquí a los hechos escuetos, sin describir cosas ni personas; pero es cierto también que aún a riesgo de tan dolorosa e inevitable indiferencia, debemos rendir ese homenaje al ilustre boticario, ubicuo en estas páginas como Dios en el universo.


SEMBLANZA DE SILVESTRE

Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire a Laucha, pero con más trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico. Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían a muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, negros también y muy brillantes, separados como con tapia de bardas por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la cara angosta y chica. Si Laucha se parecía a un ratoncillo, Silvestre semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con voz un tanto aguda y chillona, e inflexiones no exentas de gracia. Era verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir (¡ay! ¡solía mentir!) se expresaba con el calor contagioso de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los domingos y fiestas de guardar se empingorotaba con un jaquet color pizarra de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba indistintamente «mi leva» o «mi funeraria», aludiendo con esto último al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que para otra clase de diversiones.

Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y los que no lo eran, iban gritándole por detrás y en coro:

-Don Silvestre ¿p'ande va la galera?

O le cantaban con el estribillo de un vals a la moda:

Tin tin, el de la galera,
tin tin, el de la galera:
tin tin, el de la galera,
la galerita y el galerín.

-¡L'evita la caminata! -exclamaban luego, aludiendo a la lujosa prenda con un retruécano fácil y poco espiritual pero popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mirá que te corre el chancho».

Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y cuya letra se basaba en dos «calembours» orilleros:

-¡Ya que has venido
p'a qué te vas!
¡Pagá la copa,
después t'irás!

«Yaqué, paquete» -no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en Pago Chico...

Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba a la irrespetuosa y bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz e iba a repetir la broma con don Domingo Luna, o con Machado, o con Bermúdez, aferrándose sucesivamente a ellos, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.

Agregaremos en secreto y bajo palabra de honor de que no será divulgado por quienes lo oigan:

Silvestre no era farmacéutico ni nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que dan patente a la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que supiera más que cualquier infeliz sometido a los estudios regulares, la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por decir que sabía mucho menos o que no sabía nada. Pero su espíritu de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio a favor de nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llevar adonde se quiera, siempre que se sepa donde se quiere llevar. Y aunque Silvestre fuese tan abiertamente enemigo de la Facultad, fuerza es confesar que nunca se atrevió a hacerle guerra declarada: así, evitando una posible clausura de la botica por su falta de título, pagaba a un farmacéutico residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin asomar nunca las narices en Pago Chico.

También, si el regente hubiese llegado a conocer el establecimiento a que prestaba su nombre y por el que se responsabilizaba, (pues en caso de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en viaje ocasional), es posible que hubiera retirado su garantía o por lo menos pedido un fuerte aumento de gajes.

La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes redomas de agua coloreada de verde y de rojo con anilina, y del pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador con la balancita de precisión guardada entre cristales-, más tenía de desván o almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba a la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples faenas de escudero de Silvestre, o cuando no urgía la manipulación de ungüento de hidrargirio.

Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba a la habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club peculiar que no falta en pueblo alguno americano o europeo, a juzgar por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en comedor, como éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra, parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, botines cubiertos de barro o de moho, corbatas, ropas exteriores tiradas -un Cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco a poco... hasta en el Pago.

Podríamos seguir describiendo aquello. Más aun: podríamos retratar uno por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de Pago Chico, dibujar sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, y lo que faltare podría suplirlo fácilmente la fantasía, cuando no el recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en el teatro de los sucesos.

Pero preferimos pasar por alto miles de notas que harían de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante aun de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquel que declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos, pues, sin más tardanza, a los extractos anunciados del epistolario silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá a primera vista se refieren a muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un período de años:


LA PLAZA DEL AGUJERO

«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más que una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano primitivo, escondido por mí arriba de uno de los armarios de la Municipalidad, en tiempos de la intendencia de don Ignacio.

Las otras tres se vendieron en un remate de ñangapichanga, con el pretexto de que eran necesarias y había urgencia de arbitrar recursos para la Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas.

Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, a cinco mil pesos cada una y sin aflojar mosca, porque la pagaron con cuentas atrasadas, compradas por un pedazo de pan a varios infelices cansados de tramitar el cobro al cuete.

Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos a unos cuatro mil, y se embolsicaron una fortuna a vista y paciencia de todo el mundo.

¡Decime si esto no es el callejón de Ibáñez!

Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados por la misma tijera, han hecho gastar a la Municipalidad más de cien mil nacionales en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena». Comenzaron un pozo, le habrán echado tres o cuatro carradas cuando mucho, y andan tan campantes.

-¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza son los tres aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero está sin tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se hubiesen llevado los morlacos sin hacer la parada de trabajar.

Lo único que me llama la atención es que no se roben las casas con gente y todo».


COMICIOS BARATOS

«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas que ni mesas se instalaron en el atrio, ¡dáte cuenta!

Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos, el secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en casa de Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después a la capital. Dicen que uno le dijo:

-¡No se apure tanto amigo! ¡Si las elecciones son el domingo que viene!...

Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió a consultarlo a Ferreiro que, a la noche, lo contaba en el club, riéndose a carcajadas.

Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da a Pago Chico una enorme importancia política.

Así se hace patria».


EL VOTO DEL RENGO

«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta que en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dio orden de ir a votar con los carneros, diciéndole:

-Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque se han comprometido a cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y vos y los muchachos han votau con ellos, encomendate a la virgen y los santos, porque los arriamos a todos una noche, sin asco, y los metemos en la cafúa.

Yo le dije al Rengo que eso no le convenía a Barraba, porque perdería la coima, que le paga; pero él me contestó:

-¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían bailando no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como manda el comisario, y no andarse con vueltas, porque a lo mejor lo dejan a uno en camisa, y que vaya a quejarse al Papa!

El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray!

Decíme, hermano, si esto es páis o qué».


BARRABA Y LA ISLA MISTERIOSA

«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas, pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y a cada rato viene gente a la botica.

¡Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego del Mirador; pues también le cobra a Laucha, el de la pulpería de La Polvareda, al del reñidero de gallos, a otro que tiene un billar de choclón a media cuadra de la plaza, y como si esto no bastara, es socio de la dueña de una casa pública, en la que ha hecho trabajar de albañiles y peones a vigilantes y presos!

¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar todo lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias a Barraba, el asilo de todos los cuatreros de la provincia que quieran trabajar con él en completa impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es el que capitanea la cuadrilla, esconde y negocia la hacienda robada.

Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados, que cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo macanudamente aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla, tapándole el tirador en el que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan Moreira.

Tiene el rancho a dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un cañadón siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, o más bien los ranchos, porque son varios, están en un albardón y atrás tienen un corral de palo a pique. Allí vive él y toda su familia, además de los cuatreros que lo ayudan.

Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa que no se seca nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la hacienda robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar allí, porque el diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla, para que no se acierte con el paso.

De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen perdiz los padrillos de raza, los toros finos, -miles de pesos que van a parar al matadero, como cualquier vaquillona o cualquier novillo criollo. Allí se «planchan» las marcas que, como sabés, es la operación de quemar medio cuarto trasero al pobre animal, o se «agrandan» las mismas marcas, desfigurándolas con otros fierros. En fin, las picardías conocidas.

La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que sino no lo dejaría trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia, porque para eso es un bribón desorejau, y el que roba a otro ladrón tiene cien días de perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el comisario lo fiscaliza, es en una carnicería que han puesto en las afueras del pueblo para vender la carne robada. ¡Qué pensás de esto, ché!

Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué sé yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de los agentes y los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del servicio.

Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento que se anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran vender sino con la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no soltar sus realitos, hizo que hicieran fuego en la comisaría con las patas de unos catres.

¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo explicarás, pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el forraje de los caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el verdín del patio hasta que se mueren de alegría.

¡Y cómo es de bruto! Figurate que a don Juan Dozo, municipal, le robaron el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia a Barraba, y los milicos y los oficiales se echaron a nadar, sin encontrar, naturalmente, ni la plata ni el ladrón.

Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va a consultar a una adivina que tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna venganza le hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús.

Dozo le cuenta la cosa a Barraba y éste, sin más ni más hace prender al peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría, comienza a ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Crees que es mentira? Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha hecho nada, porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel», como él mismo dice.

Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no vuelvan a suceder!

Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos actualmente: nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que yo sé son tremendas, pero ¿cómo serán las que no sé?

Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no encuentro otro remedio...»


UN MOREIRA DE ALQUILER

«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si a la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro ha hecho venir del Sauce, -como si no bastara la policía- un pucho matón y compadre llamado Camacho, a quien le dicen «Moraira», y que recorre las calles armado con un tremendo facón y un descomunal trabuco naranjero, que al propósito anda dejando ver debajo del poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas a la justicia, porque es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un cobarde cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos meta un julepe a alguno.

Ha muerto a traición a tres o cuatro, en estos últimos años, pero como nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen los que lo utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha dado hasta hoy, es el de hacerlo escaparse del partido en que «se desgració», recomendándolo como «hombre de acción» a las autoridades de cualquier otro.

Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero probablemente sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de intriga pero no de sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina, y te debo confesar que lo ha conseguido, porque este pueblo es muy mulita y no quiere estar a las duras sino a las maduras.

Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos, porque el tal Camacho o Moraira es una verdadera calamidad, y todo el mundo lo acusa a él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no se fían de semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto lo tienen cerca, no sea cosa que ellos mismos caigan en la volteada.

Anoche anduvo borracho a caerse, baladroneando y amenazando con matar y degollar; salió a la calle con el trabuco cargado hasta la boca y el gatillo alzado, preguntando a gritos dónde estaban esos «chivitos» de m., hijos de una tal por cual, y diciendo que salieran si eran c... para enseñarles quién es Moraira y quienes son los del partido provincial. De seguro que mata a alguien, quizás a alguna mujer o criatura, si el mismo Ferreiro no sale a buscarlo para llevárselo a dormir la mona.

Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole que todo estaba tranquilo, que habían triunfado y que al día siguiente -por hoy- habría asado con cuero y era preciso madrugar.

-Mire, patroncito -le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la tranca-, lu haré' porq'usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en medio'e las guampas, p'a que otra vez no se metan a sonsos... ¡Ah, hijos de una, no estar aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!...

Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo. La gente se asomó con miedo a las puertas y ventanas, corriendo algunos vigilantes, muy asustados y sin animarse a llegar hasta Camacho que se había caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado dormido inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran a la posada, cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá tuviera ganas pero no se atrevió, porque, como dicen, el miedo no es sonso ni junta rabia.

En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que se va armar alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez perdonando vidas por el pueblo, y metiéndose a chupar en todas las trastiendas.

Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va a hacer que se mame como una cabra para que no pueda ir a la sesión municipal. Mirá si va y con la tranca descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!»


HONRADEZ ADMINISTRATIVA

«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que le digamos «carneros», como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano no puede pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para la gracia los más diablos del Club del Progreso, y después todos los provinciales u oficialistas.

Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque El Justiciero tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones, que como te imaginarás han sido lo más pacíficas, porque ni los escrutadores fueron al atrio... Pues Viera dijo en La Pampa que ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palos y multas», que es lo único que dan nuestros municipales. Como lo escribiera muy en serio, a Fernández, el director de El Justiciero, se le atravesó la cosa, y anduvo averiguando lo que significan las palabritas que él interpretaba como «mucha paz». Nadie se lo supo decir a derechas, así es que se fue a preguntárselo al cura Papagna, que es como preguntármelo a mí.

-La pache de la multitúdine -dicen que le contestó el cura al tun tun, pero dejándolo completamente tranquilo.

Viera y yo nos hemos reído a carcajadas de la cosa, aunque Viera sea siempre más serio que bragueta de provisor. Y, a propósito de Viera, el otro día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de La Pampa en que se quejaba de que desde hace seis años no se publican los balances municipales.

-No los publican por honradez -le dije.

-¡Cómo por honradez! -gritó furioso.

-¡Claro! -le retruqué- ¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no lo hacen es por honradez!

¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su pucho de vergüenza, y eso les pasa a los municipales. ¿No te parece?»


LITERATURA PAGOCHIQUENSE

«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio enseguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber hecho una obra maestra, como que la manda a La Nación, de Buenos Aires, nada menos, contando con que se la publicará en sitio preferente (¡agarrá ese trompo en l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta que resultó un verdadero velorio. Pero ya te darás cuenta por lo que dice el artículo, que es el siguiente con título y todo:

«Correspondencia de Pago Chico


«Pago Chico, 16 de junio de 18...

«Señor Administrador de La Nación: -Se celebraron aquí el día de Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas del Santo Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su fundación.

»Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus Cristi el 14.

»Ha sido todo un acontecimiento.

»Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando con la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas visualidades.

»Nuestro Pirotécnico, don Ludovico Pituelli, demostró como siempre gran ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos aplausos.

»La función religiosa o sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus frondosos árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso que en esta clase de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios las hermanas de la Inmaculada Concepción.

»El Reverendo Padre Papagna, como buen orador sagrado, tomó a su cargo el panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la armoniosa banda de música dirigida por el maestro Castellone y que lo más que impresiona al público es: que está tocada por siete legítimos hermanos; quizá será la única en el mundo; dicha banda amenizó la fiesta con perfección; se debe su presencia a la buena voluntad del diputado señor Cisneros, quien la pagó de su bolsillo. La policía muy correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo entusiasmado con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y el tronar de las bombas.

»Por la noche grandes bailes en la casa de los señores Gancedo, Tortorano y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tercícore, concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino.

»Saluda al señor Administrador Círilo Gómez.»


CURACIÓN MILAGROSA

«¡A este doctor Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha, el matón Camacho, traído por Ferreiro, y del que hasta ahora no nos hemos podido librar, le dio tal garrotazo a Lobera que por poco lo desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo de la cancha.

Lobera está malamente herido, y quien sabe si no espicha, pero para que Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.

Y lo más lindo es que mientras Moraira, o sea Camacho, anda suelto y compadreando como de costumbre, a Lobera me lo tienen preso en un cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del garrotazo.

Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿a qué santo si nadie le lleva el apunte?

Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y a este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta el violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»


INTERESES PATRIÓTICOS

«¡Decime si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia! Hacía una punta de meses que mandábamos nota sobre nota al comité central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera, por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí o de allí.

-¡Andá ver! -le contestaba yo-. Es que no saben qué decirnos, ni tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo a la gente, comprar armas, por un si acaso, ayudar a tu diario que pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los suecos para no tener que mandar fondos desde allí.

Él no me quería creer, pero anoche vino furioso a la botica. ¡Por fin había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinás qué! Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos ¡sin la más ligera modificación!, «porque de eso dependen los altos intereses patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta hoy».

-¿Qué vamos a contestar? -le dije a Viera.

-No sé -me contestó- lo que sé es que me dan mucha rabia.

-Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y que aunque nos dejaran, no votaríamos sino por una lista hecha después de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca del candelero.

-Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se han encargado ya de interpretar nuestra opinión -me observó Viera.

-Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara -le dije- vamos a estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el día de las elecciones les mandás un telegrama diciendo que el comisario Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo a los atrios, como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y los otros, nunca daremos pie con bola.

No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y se las dije a Viera, te las digo a vos por lo que puedan valer.»

Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso es dárselo a estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio que resta a los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de las autoridades de campaña» desarrollada por el periodista amigo de Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran tan mal con este trabajillo.


PSICOLOGÍA GUBERNATIVA

«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por una parte y el hombre ilustrado por otra -la absoluta mayoría y la absoluta minoría-, han cedido sus puestos a nuevos elementos que no teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse, combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados inevitablemente a desaparecer. Son individualidades de transición, que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más o menos artíficiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la relativa perfección a que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»

Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso saltamos, sin más, a párrafos de corte no tan científico, pero en cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:

«Estos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia, semejantes a las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles se destacan rudamente en el cielo, pero que ni siquiera aparecían en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran -esos dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que se liquidan fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión a Silvestre es evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:

«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas a las autoridades satélites...»

Nuestro autor entra en materia algo más abajo:

«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de un partido, podrían ser trasplantados a cuarenta o cien leguas de su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio desconocido sin que ni en el primer momento se notara el cambio. Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas o de harnero para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores o cómplices de sí mismos, según el caso.

«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario de la casa de juego, diez, veinte más. Este es el «partido oficial» entero, o la sociedad comercial e industrial completa. Ahí está la oligarquía que a veces tiene un jefe visible -el senador o uno de los diputados de la sección electoral, última forma del caudillo-, que nunca está, seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista entre sus miembros algún férreo e inconfesable lazo de unión.

»Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo oscuro punto de partida. Tal andaba de «chiripá» y con la pata en el suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fue agente de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero o como empresario de timbas amparadas por la autoridad, o tuvo casa de prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...

»-¿Por qué no entregan ustedes las instituciones de campaña a hombres menos desprestigiados? -preguntábase a un gobernante.

»-Porque los hechos no se venden ni sirven para instrumentos -contestó.

»Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca a una raza determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se halla siempre la mezcla, a la que sin duda impidió dar benéficos resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.

»Cuando se apalea o se maltrata a algún enemigo de la autoridad, inútil es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y desconocida, o un grupo de emponchados irresponsables.

»No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles, en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto bajo el peso del partido oficial que llegó a temerlos. Por eso, cuando se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado a la actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los bancos, o la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches de ejido, o los legajos polvorientos de los juzgados de crimen... Ahí está el secreto...

»En cuanto a la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban «mañas libres». La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna ¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando. En un principio se preocupaban de llevar gente a las elecciones para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige dedicación y gastos, lo fueron reduciendo a su menor expresión: el piquete de policía armado a rémington frente al atrio, y en el portal de la iglesia los escrutadores copiando los registros.

»Llegose una vez hasta cerrar las puertas, para que algún votante intruso no fuera a interrumpir a los que copiaban nombres... mil cuatrocientos nombres de ciudadanos votando unánimes y entusiastas por los candidatos oficiales.

»Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para gobernar la comuna, se jugaba a las cuatro esquinas con los puestos públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado presidente del Concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara ningún elemento nuevo. Tanta era la escasez de hombres que en otros partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por regla general, diputados-intendentes.»


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