Pago Chico: 17

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Capítulo XVII
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Pago Chico Roberto Payró


Poesía


«Poesía eres tú».- BÉCQUER

La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos. Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una noche de ensueño, de esas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el alma, sobreexcitar los sentidos, encender la imaginación.

Y los peones de la estancia de don Juan Manuel García, tendidos en el pasto, al amor de las estrellas, iluminados a veces por una ráfaga roja que relampagueaba de la cocina, fumaban y charlaban a media voz, con palabra perezosa, inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.

Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fue el punto de arranque de la conversación.

-¡De qué dijunto será es'ánima! -exclamó el viejo don Marto, santiguándose una vez pasado el primer sobrecogimiento.

-¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy -contestó medrosamente Jerónimo.

Don Marto rezongó una risita:

-¡De ande sacás!... -dijo-. Si aquí no hay ráys dende el año dies, cuando echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los ingleses... ¡Ray! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no somos hijos del patrón... Será más bien de algún inocente.

Pancho, el aprendiz de payador -que andaba siempre a vueltas con la guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega, con el instinto del pájaro cantor que reclama a la compañera, querida en secreto-, Pancho, que vio aparecer en la puerta de la cocina la delgada silueta de Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo y cambiante del fogón, agregó melancólico y penetrado:

-¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se muere una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!...

Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero, escuchaba, invadida también por el avasallador hechizo de la noche y por el encanto de la palabra del payador. Como la compañera todavía indecisa del pájaro cantor, estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada ya, pero sin tender las alas todavía. Y Pancho continuó:

-Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero esas son las de los dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida: los que se disgraciaron por casualidá, los que engañaron a un amigo p'a salvarse... ¡y tantos otros! Las que son malas de veras, las de los ladrones, los traidores y los cobardes... ¡esas no tienen luz!

Don Marto asintió:

-Sí, esas son las que le tiran a uno el poncho, de atrás, en las noches escuras, o le mancan el mancarrón, o le apedrean el rancho, o le asustan l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente.

Juan, el resero nuevo, interpeló a su antecesor y maestro, aquel fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre dolorido:

-¿Y usté qué dice, don Braulio?

-¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!

-¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus dolamas y pita que te pita!

-Y qu'h'e hacer ni en qué m' h'e divertir, a mi edá y con mis achaques... Justamente andaba pensando si lo dejarán pitar a uno después que cante p'al carnero...

Una risita de Pancho, y su contestación:

-¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada e jueguitos que sencienden y se apagan en el campo?... Esos son los cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas o los teros, dando güeltas y fumando...

-¡No digás! -exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.

-¡Si son «linternas»! -explicó don Marto, magistral.

-Luciérnegas querrá decir, don... -siguió Pancho, impertérrito-. Parecen bichitos, es verdá; pero son los cigarros de las ánimas pitadoras.

-¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan?

-Sí, pitan... Pero tienen frío y s'encierran en las casas a pitar al lau del jogón!...

-¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!...

-¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente! ¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?

Hubo una pausa.

Entre amedrentado y risueño, don Braulio agrego en seguida:

-¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen?

-¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupado! Ellos quisieran hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar, y enlazar... a veces no pueden porque tienen los güesos en la tierra... Pero saben venirse, p'a un si acaso... ¡Vamos a ver! ¿A que ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío p'al veinticinco e mayo y p'al nueve de Julio?

-No mi hago cargo -murmuró don Marto.

-Yo no sé -confesó otro.

-No caigo en la cuenta -declaró don Braulio.

Pancho, triunfante, explicó:

-Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la patria, sin que falten ni los mesmos y muertos en los Andes, que son unas montañas altas así de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso, en cuantito tocan l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le corre a uno por el lomo.

-¡Ah, balaquiador lindo! -gritó don Marto, no sin admiración reprimida.

Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en labios de tal paisano, agregó:

-Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren todavía tiernecitas?

La réplica inmediata de Pancho:

-¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos con una frutita enterrada, igualita a un corazón, y como azúcar?...

-¡Agarrate!... ¿Y las viejas?

-Güevos de gallo, que se pierden en los cercos o se agarran a las barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... más todavía!...

Por su irritabilidad de enfermo, a don Braulio se le ocurrió lanzarle un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y cantor:

-Y los payadores, decime...

Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le dictara las palabras:

Los payadores de láy,
los payadores de veras,
no mueren nunca, paisano,
ni son ánimas en pena...
¡siguen cantando nomas,
lo mesmo que Santos Vega!...

Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzo con ritmo marcado y sentimental. A los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno a uno, fueron desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche. El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama, enervado por su mismo desgaste cerebral, fue Pancho.

Y al pasar junto a la puerta, ya tenebrosa, de la cecina, en medio de la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más intenso, más libio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que murmuraba junto a su oído:

-¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?

Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que es todavía un recluta, abrazó con ímpetu a Petrona y

-¡Vos! -le besó en la boca.


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