Pago Chico: 20

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Capítulo XX
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Pago Chico Roberto Payró


¡Guerra a Silvestre!

También acabó Silvestre por incomodar a los situacionistas que resolvieron castigarlo, igual que a Viera.

A este propósito hicieron que fuera a establecerse a Pago Chico, habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano Barrucchi, venido del país amigo a hacer fortuna rápidamente, así, sin otra condición, rápidamente.

La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que hasta fue denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la profesión. Pero estaba atrincherado tras de su regente, a quien hizo pasar una temporadita en el Pago, con pret, plus y otras regalías inherentes a la actividad del servicio.

-Al gringo l'enseñan -decía-, pero nada le ha'e valer. ¡A la larga no hay cotejo!

Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos? untar la mano al inspector enviado de La Plata.

«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir entonces, del hecho de untarla, y de dejársela untar?...

Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles.

No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el italiano, le tendió lazos, le analizó preparaciones en que había substituido sustancias, publicó los resultados, formuló denuncias, y de perseguido convirtiose pronto en perseguidor, porque en aquella delicada materia se inmiscuía alguien más que los cabecillas pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas, solía enviar inspectores cuando era a golpe seguro, y entre tantos alguno habría reacio a los ungüentos de marras.

Y apareció muy luego otro inspector.

Barrucchi escapó difícilmente a las consecuencias con que lo amenazaba una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse a negligencia suya, nunca a perversidad de Silvestre, incapaz, por su parte de jugar a sabiendas con la vida de sus convecinos, e imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.

La misma grosería del error fue lo que salvó a Barrucchi, provisto de auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de consonantes en ina.

Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado a todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino a favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor que su capital verdadero, ardió casualmente a los pocos días, sin que bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa.

Hay quien dice, todavía, que el incendio no fue intencional.

La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió a uno y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto reclamo quisiera.

La casa comenzó a reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó que Barrucchi restablecería su farmacia en muchos mejores condiciones ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de pólvora de punta a punta del pueblo, le hizo variar de propósito y retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del seguro.

-Non e niente, demientra no se brushe l'arquibio.

Esto era lo que se oía de la mañana a la noche hasta en los últimos rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún. Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre, aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso:

Barrucchi, a quien la noche del incendio corrió a avisarse al Club que ardía la botica, se limitó a contestar tranquilamente, encogiéndose de hombros:

-¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...

El pobre Tartarín tuvo que ir a Argel por una copla; Barrucchi tuvo que irse de Pago Chico por una frase.

También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando a los vecinos:

-¡No lo muerdan, qu'es del barrio!

Los hombres también, y si no, véase enseguida como lo prueba, con elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.


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