Pago Chico (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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Pago Chico Roberto Payró


La escena y los actores


Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido cristalizando a su alrededor una población heterogénea y curiosa, compuesta de mujeres, de soldados, -chinas- acopiadores de quillangos y plumas de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, indios mansos, indiecitos cautivos -presa preferida de cuanta enfermedad endémica o epidémica vagase por allí.

El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales, permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población que el vegetativo -casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba casi a los nacimientos, pero cuyos claros venían a llenar los nuevos contingentes de tropas enviados por el gobierno.

Mas cuando los indios quedaron reducidos a su mínima expresión -«civilizados a balazos»-, la comarca comenzó a poblarse de «puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida incipiente y vigorosa.

Cuando ese núcleo provincial adquirió cierta importancia, el gobierno provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, a punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral que oponer a los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente a frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.

Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle los legisladores a su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.

La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los inconmovibles bourgs pourris, baluarte en que se estrellaba todo conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez en cuando gruesas sumas destinadas a obras públicas y de fomento, que las mismas autoridades se repartían en Santa Paz, cubriendo las apariencias con algún conato de construcción, verbigracia, la del puente sobre el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, o la mejora de los caminos, las acequias o los mataderos...

Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún desdeñado o perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia o a los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora simples especies calumniosas envenenadas.

El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate para que yo me ponga» de manera que la oposición no salía nunca de su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la tolerancia.

Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión que pidiera a la Municipalidad, proclamó urbi et orbe que iba a revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando a la prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición circunstancial de las defraudaciones, a la que agregó cálculos de precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros vecinos expectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el factum ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine, agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó al pueblo, pronto ya a la revolución y el sacrificio...

-Usted es un zonzo, amigo Bermúdez -le dijo en esta emergencia el escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.

-¿Por qué? -preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.

-Porque ha obligado al intendente a romper el contrato por diez años del peaje del puente.

-¿Y a mí qué?

-Que la Municipalidad se lo concedía a usted por una bicoca... ¡Un regalito de tres a cuatro mil pesos por año!...

Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, enseguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la mano trémula de emoción y avaricia:

-¿Y eso no se podría arreglar? -preguntó.

Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dio vuelta al poncho. Los parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro hombre, desollado y todo, siguió tan campante enriqueciéndose y figurando cada vez más...

Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, dejar de convertirse en centro de difamación, y lo fueron con tal eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en varios bandos que se odiaban a muerte, y cuya lucha iba a dar origen a una oposición organizada.

Entre estos bandos destacábase el de don Ignacio Peña (don Inacio, allí) y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal, doctor Carbonero, habilitó al italiano Bianchi para que abriese otra farmacia contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos de la municipalidad para el hospital, y los de la comisairía para su botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de policía y director del hospital.

Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores a todo trance.

Añádase a esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para algunos llegaban a extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya para convertirse en teatro de una lucha homérica.

El primer síntoma de guerra fue una disputa ocurrida en el Club del Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de paz don Pedro Machado, a raíz de un envite en que el juez cantó treinta y dos y se fue a baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido mejor, porque la venganza de Machado, a quien el intendente llamara «tramposo» con todas sus letras, fue terrible: fundó un periódico, «El Justiciero», para atacar a su enemigo y sacarle los cueritos al sol. «Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan a la luz... ¡ya se adivina el resto!

Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese «overo» al intendente, sin asco y sin lástima.

«El Justiciero» debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos. Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el «deux ex machina» pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los príncipes cristianos.

-Mire, don Pedro -declaró al belicoso juez de paz-; esto va a ser como pelea de comadres de barrio. «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto pueda decirle a Luna, él se lo puede repetir a usté, porque todos hemos hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón; los pies fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo no más. Si no vamos a tener que enojarnos con usté, se va a enojar el gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él serán la risa de todo el mundo.

Como don Pedro no cediera a las primeras de cambio, Ferreiro se entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas en el desempeño de su cargo...

-Piór ha hecho él -gritaba Machado, como lo pronosticara el escribano, que le tapó la boca con esto:

-Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un campo sin título de propiedad, ni de seis o siete lotes urbanos, que la Intendencia puede reivindicar de un momento a otro...

«El Justiciero» no reapareció hasta meses más tarde, cuando «La Pampa» de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños del pueblo».

Este Viera, hijo de Pago Chico -joven de veintidós años que había vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias a su pequeña fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y comités-, era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración y más escasa experiencia, a quien el surgimiento de la Unión Cívica infundió ideas redentoras. A raíz de aquel vasto movimiento de opinión volvió al Pago resuelto a reformar el mundo, y para hacerlo compró también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó «La Pampa», dispuesto a sostenerla con la otra mitad.

Ya lo veremos en la acción. Entretanto pasemos a otra cosa, para dar una idea general de aquel pueblo privilegiado.

Las reuniones más «chic» y mejor concurridas eran las que Gancedo celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad que pudiera llevarlo a la diputación, sin darse cuenta de que en Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y solapado.

Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos. Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de viajeros en una parada del camino.

Terminada la comida y apuradas las últimas botellas del buen vino de postre, comenzaba a llegar el resto de los invitados, las niñas con sus mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían hasta muy cerca del amanecer.

Las demás reuniones eran muy parciales y ese excepto las masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine -los dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas, quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.

Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas solemnidades.

Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí a las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas a su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con toda la paciencia que se le atribuye aún, pese a las protestas, clamores y vociferaciones que llenan su libro del vicio testamento. Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura, y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre decente ni mujer honrada.

-Si uno fuera a creer tanta inmundicia -decía Silvestre-, tendría vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.

Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia, de la difamación.

«La Pampa» atacó el mal en varios artículos violentos contra los calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande», epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por este párrafo, glosa de la frase silvestrina:

«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio y reclusión de mujeres perdidas».

El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el ferrocarril, pues entonces comenzaron a establecerse «barracas» para el acopio de frutos del país -lana, cueros, etc.- Estos establecimientos fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando a efectuar ciertas operaciones bancarias -depósitos en cuenta corriente y a plazo fijo, descuentos, giros- que antes hacían fácilmente las principales casas de comercio.

Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de madera, hierro y tejas, mueblería, hojalatería, papelería y droguería, amén de otras especialidades.

Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña -casas entre las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la

SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA

DI ROMOLO E REMO

DI GIUSEPPE CARDINALI


Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes que París, o al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer cuando se complete el cielo de su evolución progresiva.

La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.

A la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Largo el floreciente molino y fideería de Guerrim, construcción chata y mezquina emplazada a orillas del arroyo presuntuosamente llamado Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero característica. Había que agregar también fuera de los hornos de ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios, sin embargo, debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los ranchos de las afueras hacían primorosos mancadores, lazos, bozales, mancas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos «paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba a veces más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse a vender arreos, ordinarios, pero cobrándolos a peso de oro se vengaba del arte purísimo que convertía los «tientos» el simple cuero sobado, en bridas moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes, sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban diez y más veces el valor de la materia prima. Y, a la larga, Tortorano venció: hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó sin trabajo a los trenzadores, que debieron levantar campamento para no morirse de hambre.

Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto a olor de ratón», que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».

Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también vendían carbón, leña, maíz y afrecho...

...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulos a relatar y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, preñada de hechos trascendentales, rica en filosófica enseñanza, espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar de patriotismo...

-¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto! -agregaría Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores de Pago Chico.


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Capítulo II
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Libertad de imprenta


Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política enardecía los ánimos y «La Pampa» y «El Justiciero» se dirigían los cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros para retener el gobierno de la comuna. «La Pampa» no dejó de aprovechar el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente mismo. Un parrafito:

«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene a demostrar cómo la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno que es la cueva de Alí Babá, va a ser esquilmada hasta el último peso por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y si puramente hombres sin honor ni vergüenza».

Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en intenciones, enfureció a don Domingo de tal modo, que se fue como un cohete a consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor en las grandes emergencias. Quería acusar a la publicación. Ferreiro, sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oír ligeros ¡hum! ¡hum! intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:

-No es acusable.

Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:

-¿Quiere decir que porque a un miércoles se le ocurre robarse la plata de la municipalidad, a mí me puede decir que debo estar en la cárcel de Sierra Chica ese canalla de Viera?

-No lo dice, lo da a entender, -repuso tranquilamente Ferreiro.

El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso, gruñendo entre dientes:

-Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá! ¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!

Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento caliente como sí saliera de un horno, barrían las calles calcinadas por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor a paja quemada. El bochorno aumentaba por minutos.

Avanzando la tarde, el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que forma montones de arena en las aceras y la pasea triunfante de un lado a otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; quería achicharrarlo todo.

Cuando oscureció completamente, se notaron en el cielo de azul profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, semejantes -menos en el tono- a la claridad difusa que por la noche y desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el cielo sin una nube...

Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los grandes desastres como se verá cuando se lea que «El diablo» estuvo también en Pago Chico.

La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política de esas que concluyen a garrotazo limpio; y como el señor intendente había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle», según declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el inspector del riego.

Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de «La Pampa» hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de Gancedo -en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas de sauce y yedra-, iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no era posible faltar. Se dio una tarea espantosa para «llenar» el diario, y a las ocho y media salió para ir a mudarse de ropa: estaba de tinta de imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.

Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar el castigo de su insultador.

-¡Hum! -se dijo el periodista- ¡esto es algo!

Apenas le vieron, los vigilantes -las sombras- se echaron sobre él, blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado por la escena que iba a desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le reconoció, y haciendo una gambeta a los presuntos apaleadores, cruzó la calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente, le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá, canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troneoso, que comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó a la calle, y amparándose en la sombra, se fue a su casa...

Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las habitaciones, dando a Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, incauto, había ido a mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro, y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato a la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro Machado, había prometido firmar al día siguiente -antidatada, como es natural- una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer ulterioridades, y se haría justicia.

Gracias a esta rapidez de procedimiento -excepcional en Pago Chico- el comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo para no salpicar los zapatos de charol.

-¡Marche!

-¡Pero hombre, no he de ir desnudo!

-¡Marche, canalla!

Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas zapatillas, y en camiseta lo llevaron a empellones, por el medio de la calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.

-¡Yo t'enseñar, trompeta! -le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire, apenas le vio encerrado.

Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.

Al día siguiente «La Pampa» salió «tremenda».

Informados a tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había visto todo, pero que no se animó a terciar, luego por Troncoso, que protestaba contra el atropello de su domicilio, después por Silvestre, el boticario, que nada había visto, pero que todo lo sabía y aún agregaba detalles de su cosecha, y enseguida por Pago Chico entero, que se arremolinó cuchicheando en el club, en los cafés, en la plaza, hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio apenas asomaba un oficialista -informados a tiempo, repetimos-, se encargaron de dar la nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron las formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se atribuyó generalmente a la bien cortada pluma del doctor don Francisco de Pérez y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta allí.

No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya que está al alcance de la mano:

«La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por culpa de un gobernador de la provincia de Buenos Aires que no merece más que el desprecio, y que comete cuantas tropelías harían poner rojo de vergüenza a cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad, ha llegado hasta un extremo que no puede concebirse en un país libre donde todo el pueblo y los ciudadanos además quieren la libertad de las instituciones.

«La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución simultáneamente y, al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de esos malvados que roban y esquilman al pueblo a mansalva y sin que haya quien les castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos con eso echan mano de la fuerza bruta para hacer callar la protesta indignada de un pueblo que sufre sus desmanes y sus depredaciones.

»Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en plena vía pública a nuestro valiente y noble director, y no satisfechos con ese brutal e incalificable atentado, le han sumergido luego en un estrecho e inmundo calabozo infecto, casi desnudo, después de arrancarlo de su casa donde se estaba mudando ropa para ir al baile de, lo de Gancedo, y no sin antes haber violado su domicilio como violaron el de la casa del señor Troncoso para buscarlo los emponchados que con el intendente a la cabeza trataban de darle una paliza de la que el intendente fue el que salió mal parado.

»Y entretanto nuestro director está preso inicuamente.

»¡Así obran las autoridades gubernistas!

»¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!!

»¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas ensoberbecidos, bandoleros del poder!!!

»¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!!

»¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos cueros al sol!!!

»¡¡¡¡¡Miserables!!!!!!

»Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy la indignación nos pone mudos y a más la falta absoluta de espacio nos impide tratar el tema con la extensión que merece».

Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! o de alguna de las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al fin y al cabo, el último párrafo era puramente explicativo.

Por su parte «El Justiciero -el papel oficial-, no se quedó corto tampoco en aquel memorable día. He aquí lo que escribió:

«El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo merecido, recibiento una paliza de padre y muy señor mío que le propinó nuestro distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con tan empeñoso acierto rige las funciones de intendente municipal de este progresista pueblo».

Hay que hacer notar que este párrafo -y alguno de los que siguen-, fue escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas se estuvieran toda la noche en la imprenta. Además ¿cómo decir que el apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba:

«Como a Viera no se le hace más caso a sus ataques que a un perro sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fue por lana y salió trasquilado y se metió a apaleador y casi no le dejan hueso sano!»

-¡Coñe! ¡Así se escribe la historia! - exclamaba el doctor Pérez y Cueto al llegar aquí de la lectura:

«Habíamos pronosticado que esto iba a suceder matemáticamente, porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos de desvergüenza y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar a los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede transgredir ni paliar la opinión pública.

»Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, da hálitos de podredumbre inmunda a los pueblos que infestan y debían preocuparse los gobiernos de poner a raya con sabias limitaciones reglamentarias y leyes al propósito a esa prensa brava que destila haba sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino.

»Una ley de imprenta que enfrene a esos insultadores de oficio se hace necesaria inminentemente. Sino, sería necesario hacerse justicia por su propia mano, como en el caso de ayer.

»En cuanto a éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque pertenece a esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy mismo será puesto a disposición del digno juez de paz de este partido, señor don Pedro Machado.

»El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y Fillipini decían anoche que dentro de dos o tres días podrá salir a la calle.»

Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin de cuentas, ¿quién había dado a quién? ¡Problema! Pero para eso estaba Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera y refiriéndose a «La Pampa» y a su propaganda, había exclamado, orgulloso:

-¡Ella sale una vez al día, y yo salgo a todas horas!

Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico: Luna, que preparaba una celada a Viera para vengarse de sus justos ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», después de lo cual el comisario, con treinta vigilantes armados a rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros pero no heridos, (los tiros los oyó todo el mundo aunque no sonaron) fue reducido y se le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos policiales... Allí estaba Viera aún. ¿Quién sabe si no lo habían estaqueado?

La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el diapasón... ¡Claro! ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse a redentor y salir crucificado.

Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de una arrebatadora e inspirada alocución de Lobera, secretario del comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era deber nacional devolver la libertad a Viera, y que lo liarían «si a las buenas, a las buenas: si a las malas... ¡a las malas!» palabras textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado de alta política no asomar las narices a la puerta.

-¡En último caso -exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por todas partes y entusiasmo por la boca- en último caso asaltaremos la comisaría y le daremos una paliza a Barraba!

-¡Muy bien dicho! -exclamaron unos.

-¡Eso es!, ¡una paliza al comisario!. -gritaron otros.

-¡Bravo! ¡Bravo! -aullaron los demás.

Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche antes:

-¡Es un atropello infame! ¡Que suelten a Viera!

Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fue desgranando poco a poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth o su bitter, y se evaporaban, uno a uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, no sin dirigir a la salida una sonrisita amistosa al vigilante que de acera a acera, y observando el interior del café, se paseaba por la esquina.

-¿Se ha ido Lobera?

-Hombre, sí; y Silvestre también.

-¿Y Tortorano?

-Acaba de salir.

-¡Así no se puede hacer nada nunca! -exclamó Pedrín, que también tomó la puerta encogiéndose de hombros.

Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de sus aficiones.

Sin embargo podría -él, tan curioso- haberse detenido a observar lo que pasaba en la comisaría.

En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez -aquella estatua de yeso pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar a un tullido- miraba de reojo a sus compañeros que tomaban mate, y de frente a las oficinas.

-Che, Avellanera, alcanzá uno -dijo el plantón al cebador del amargo, viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.

-¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.

Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron a carcajadas de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó quizá que tenía afición al «pasquinero».

Casualmente, el comisario entró en aquel momento.

-¡A ver vos, Fernández, vení acá!

El plantón hizo la venia y con los sesos tostados por el sol, se acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y estaban firmes, con la mano a la frente y expresión de la más absoluta humildad.

Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que Fernández, cuadrado, se quedaba a la puerta, le gritó con voz áspera y frunciéndole las cejas:

-Entrá.

Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.

-Vos andás con Viera ¿no?

-Yo... señor... -balbuceó el infeliz, que al oír tan terrible acento, hubiera querido hallarse a veinte leguas.

-¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la puerta de la imprenta?

-Nada, señor comisario.

-¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!

-Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:

-Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero que te metás a mulo grande ¿entendés? Cuidadito conmigo, que si yo sé que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andate y ¡cuidadito!...

El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la capital federal.

Barraba llamó a otro agente.

-Traigamé el preso -dijo.

-¿A cuál? ¿Al señor Viera?

-¡Qué señor ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!

Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero entero y altivo como cuadra a todo periodista perseguido por el poder.

El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que examinaba unos papeles. Viera, de pie y en silencio, se mordía los labios de rabia.

-¿Por qué está preso? -preguntó al fin Barraba, clavando en él una mirada iracunda.

-No sé.

-¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!

-¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...

-¡No se me insolente! -gritó iracundo.

-No me insolento. Me pregunta y le contesto.

El agente dio un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente impasible. Barraba se reprimió pero le hubiese gustado hallar ocasión de «darle unos planazos al pasquinero».

-Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.

-Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso.

El comisario pareció reflexionar.

-Bueno -dijo por fin-, esa es su versión. Pero el señor intendente no dice lo mismo, y los testigos tampoco.

-¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he conocido bien!

Barraba, ciego de ira, se levantó a medías de su asiento, pero logró reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:

-¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! ¡Aquí no hay más agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz por su delito de desacato a la autoridad!

-¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su puesto! -exclamó Viera que ya estaba viendo quince días o un mes de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las vejaciones sin término, y para fin de fiesta, el viajecito a La Plata, entre dos vigilantes, y quizá con grillos...,

-¡Enemigo!, ¡injusticia, eh! - gritó Barraba, morado de cólera- ¡Mire, amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!

-¡Es que es la verdad! -repuso el otro con indignación.

-¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen guiso de lonja!

Y dirigiéndose a la puerta de la otra oficina, gritó:

-¡Benito! Hace l'ata de Viera.

El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió a leerla con voz monótona:

«Llamado a mi presencia el acusado Julián Viera, dijo que él había sido agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y que le pegó unos palos, y que entonces vinieron emponchados, y que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía a los hombres que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no, y que no los había podido conocer porque dijo que la noche estaba muy oscura y que no había luz. Y leído que le fue su declaración, se ratificó y firmó conste.»

-Yo no firmo -dijo sencillamente Viera.

-¿Por qué? -preguntó Barraba indignado de ver desconocida su omnipotencia.

-Porque eso es una barbaridad.

Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de voluntad y mucha prudencia, y se limitó a ordenar:

-¡Volvelo al calabozo!

Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'evaler» que sólo terminó cuando tuvo a bien regalar a Benito con este cumplimiento a propósito de la redacción del acta.

-¡También vos sos más bruto que un par de botas!

El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado a esas rebuscadas galanterías.

-A ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato a la autoridá a mano armada del intendente».

Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.

Los telegramas habían llegado a todos los diarios de oposición de Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un verdadero escándalo. ¡Qué arma aquella, y en qué momentos! Asustados del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de Pago Chico, sirviendo de truchimán a los jefes del partido oficial todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro Machado, el siguiente despacho:

«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar oposición, tranquilidad, espíritu. Ponga asaltante inmediatamente libertad. -Cisneros.»

El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el desmán, abundando en las mismas opiniones.

-Eso es querer hacer callar un chancho a palos -dijo a Luna y a Barraba-. Otra vez no sean tan bárbaros. A hombres como Viera hay que matarlos o dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien.

...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo de Ferreiro comenzó también a ponerse inmediatamente en práctica.


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Capítulo III
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Pago Chico Roberto Payró


En la policía


No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitose de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad policial fuera a poner en vereda a los revoltosos pagochiquenses.

Antes de él, es decir, antes de que se fundara «La Pampa» y se formara el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos.

El antecesor de Barraba fue un tal Benito Páez, gran truquista, no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo, salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino en número reducidísimo -aunque las planillas dijeran lo contrario-, para crearse honestamente un sobresueldo con las mesadas vacantes.

-¡El comisario Páez -decía Silvestre- se come diez o doce vigilantes al mes!

La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de La Polvadera, las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres no menos perentorios, obligaban a don Benito Páez a frecuentes, a casi reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fue ir un comisario activo con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel tiempo, y los viejos del pago lo repiten a menudo.

Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran a escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, don Benito ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el personal con gendarmes de ocasión.

Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos hombres a caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se dirigieron a la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de intransitabilidad.

Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos personajes de novela caballeresca, y llegaron a la puerta de la comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el mejor caballo -y en quien el lector perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra a su asistente-, trepó a la acera sin desmontar, dio tres fuertes golpes en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...

Y esperó.

Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y refunfuñando un terno volvió a golpear con mayor violencia.

Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se notaba movimiento alguno.

Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo cada uno de ellos con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin allá a las cansadas entreabriose la puerta, viose por la rendija la llama vacilante de una vela de sebo, y a su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.

-¿Está el comisario? -preguntó el inspector bronco y amenazante.

El otro, humilde, tartamudeando, contestó:

-No, señor.

-¿Y el oficial?

-Tampoco, señor.

El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echose un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:

-¡Llame al cabo de cuarto!

-¡No... no... no hay, señor!

-De modo que no hay nadie aquí, ¿no?

-Sí se... señor... Yo.

-¿Y usted es agente?

-No, señor... Yo... yo soy preso.

Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que temblaba de pies a cabeza.

-¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?

-Sí, se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la esquina bo... borracho, si se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.

Una hora después don Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó a dar simples explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el hecho de que ¡su sistema no sufrió modificación, y de que el presoportero y protector de agentes descarriados siguió largos meses desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.


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Capítulo IV
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El juez de paz


Ya se ha visto que también Pago Chico tenía juez de paz y que éste era entonces, desde años, D. Pedro Machado, «pichuleador» enriquecido en el comercio con los indios, y a quien la política había llamado tarde y mal.

-¡A la vejez viruela! -decía Silvestre.

Y para desaguisados nadie semejante al juez aquel, famoso en su partido y en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo contar porque pasa de castaño obscuro.

Ello es que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de muy malas pulgas que consideraba a su hija como una máquina de lavar, acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta a sus órdenes por la divina providencia.

Demás está decir que se opuso a los amores de Rufina y Eusebio, como quien se opone a que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un día con él sin que nadie supiera adónde.

Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y pataletas...

El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran conocedora de males y remedios, le dio unos mates de cepa caballo...

Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de los consejos más o menos viables.

-¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es de lái háe golver!

-¡Usebio es un buen gaucho y no la v'a dejar! -observaba un consejero del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.

Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni tener paciencia.

Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven, acabábanse la holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de costumbre...

-¡No!¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar! -Y se desataba en dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera condensado y quintaesenciado en su interior.

-¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar a la autoridá!...

Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que comience a desaparecer su fe en esa providencia chingada.

Fue, pues, misia Clara a quejarse a D. Pedro Machado.

Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas y dos sillones, una para el juez, otro para el secretario; todo eso era el Juzgado de Paz de Pago Chico y la sala del trono de D. Pedro Machado.

Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil apostado junto a la puerta sólo dejaba pasar a los querellantes, a medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.

-¡Hoy he estado evacuando todo el día! -solía exclamar el funcionario cuando abundaban las causas.

Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fue larga, pues todo Pago Chico estaba en pleito o buscaba la ocasión de estarlo. D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa.

-A ver, vos, ¿qué querés?

-Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace dos meses que...

-¡Bueno!... Andá decile que te pague, que digo yo... Y si no te paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un tramposo...

El hombre se fue medianamente satisfecho, dando paso a otros pleitistas cuyo litigio era más complicado.

-Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera con la que está edificando el señor, la Municipalidad me dio una línea sobre la calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos perpendiculares sobre esa línea. Pero ahora resulta que el agrimensor municipal no supo darme la línea y que la pared medianera, como ya digo, se entra en el fondo, en el terreno del señor, que me reclama las varas que le faltan. Yo, a mi vez, y antes de contestar a esa demanda, vengo a demandar a la Municipalidad por daños y perjuicios, porque me dio la línea causante de todo...

Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpiole de pronto interpelando a la parte contraria:

-¿Y usté qué dice?

-¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad.

-Demandar a la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?...

-Señor, yo... demando...

-¡Callate! ¡Y vayan los dos a ver si se arreglan, y pronto... que sinó les atraco una multa!

La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos a los anteriores, hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta significación que iba furioso contra «La Pampa», el diario opositor, salido aquellos días de toda mesura. El diario publicaba un violento artículo contra él, Simón Bernárdez, y lo trataba poco menos que de ladrón.

-Hola, Bernárdez, ¿y que lo trai por acá?

-Vengo a acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!

Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por las indignadas interjecciones de don Pedro Machado.

-¡A hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va a pasar! ¡Es malo tentar al diablo!...

Y dirigiéndose al secretario Ernesto Villar:

-Estendé un' orden de prisión contra Viera...

-Vaya tranquilo nomás, don Simón, que aquí las va a pagar todas juntas.

Se fue Bernárdez a anunciar a sus amigos que había sonado la hora de la venganza; pero el secretario no extendió la orden de prisión.

-Sabe don Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de imprenta, y que no podemos dar curso a la acusación de Bernárdez...

-¿No?

-¡No, señor! Tiene que ir a La Plata.

Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección y para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:

-¡También vos!, ¿por qué no me decís?

Por fin tocó el turno a misia Clara, que entre gimoteos y suspiros contó como Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que tuviera a mano.

-¿Cuántos años tiene la muchacha?

-Diciocho, don Pedro.

-Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.

La vieja volvió a gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.

-Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le per. dono con tal de que no lo vea más a Usebio, que es de lo más canalla!...

Don Pedro permaneció impasible, armando un negro, con el papel entre el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano izquierda con las yemas de la derecha.

-¡Amparemé, señor -insistió la vieja-. Haga que güelva m'hija!... ¡O, de no, atraquelé una multa a ese bandido!

-Fa eso no hay multas... Si juera uso de armas -replicó sarcásticamente D. Pedro.

La otra cambió de baterías.

-¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy tan vieja y tan pobre!...

-¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y es natural.

Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa reprimida a duras penas.

-¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro? -clamó misia Clara, desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que nunca.

El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después sentenció con calma:

-¿Yo? Que sigan no más, que sigan...


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Capítulo V
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La elección municipal


Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el diario oficial, El Justiciero, la siguiente inesperada noticia:


OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES

«Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales.

Don Domingo Luna
Don Juan Dozo
Don José Bermúdez

Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, cuenta con numerosos miembros, y aunque formado a última hora puede disputar el triunfo a los demás partidos con bastantes probabilidades de éxito. En cuanto a los cívicos, demás parece repetir que tendrán que comer cola.»


¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el diario con el dedo, exclamó gozoso:

-¿No ves, china, cómo todavía me necesitan, cómo todavía tengo quien me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá la lista! ¡Aquí estoy con Luna y Dozo, y El Justiciero dice que muy bien podemos triunfar!

-¡Alguna picardía de Ferreiro! Lo mejor será que no te metás -replicó Cenobita, siempre desconfiada-. Cuando menos, te quieren sacar unos pesos pa'l'asao con cuero y la pionada...

-¡Vos siempre agarrás pa lao del miedo! -replicó Bermúdez que se echó inmediatamente a la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.

Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.

Bermúdez, sin plan, iba palpitando, envanecido con su prestigio, ya innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él iría directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien que no fuera su mujer tan suspicaz y desconfiada que jamás creía las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su digna esposa a compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo menudo que sus amigos se habían arrepentido -como no podían menos de hacer- de haberlo dejado a un lado cuando tantos y tan importantes servicios prestara a la causa común.

El doctor lo miraba a ratos y a ratos bajaba los ojos, disimulando una risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:

-¡Ma é per il cuochente! ¿Ma, non vede qu'é per il cuochente?

El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció y sin haber comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando:

-¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?

Fillipini, tomándole un botón de la levita -para la circunstancia Bermúdez había creído conveniente salir de levita- y jugando con él, le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua italo-criolla, impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos, sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere.

Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas -Luna en este caso- sería electo sin discusión, por pocos votos que obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa, cuya misión terminaría casi antes de haber empezado.

-¡Hijos de una gran!...

-¡Eh! ¿qué quiere? ¡Fatta la legge, fatto l'inganno!

El cociente lo había trastornado siempre, pero aquel día lo derribaba del pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco, genuino representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar derecho viejo como antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de trampa y de engaño! Si los tuviera a mano ¡qué felpiada les daría!... Pero ¿qué hacerle? Para su venganza, ya que no para otra cosa, la mejor contingencia era que los cívicos sacaran un concejal. En cuanto a él no saldría nunca.

-Ma, gay un remedio...

-¿Qué remedio, dotor?

No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas, borrando uno de los candidatos, el doctor Carbonero, por ejemplo, y reunir de ese modo el mayor número posible de votos, además de poner de su lado la importantísima ventaja de figurar en dos listas. Cierto que si ambas tenían dos candidatos comunes, es decir, la mayoría de ellos, por la ley tendrían que considerarse iguales; pero... después se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo, juez de las elecciones y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También podía hacer otra cosa: amenazar a los correligionarios con llevar sus elementos de hombres y dinero a la Unión Cívica, amenaza que no dejaría de dar resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución que tomaría en el último momento y sólo si se le obligaba a ello, desconociendo tan injustamente sus servicios.

-¿Y usté me ayudará, dotor?

-¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró...

Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra, estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al café de Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El médico, entretanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la mala pasada que había jugado a su colega Carbonero, aunque tuviera sus dudas respecto de la acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya única habilidad hasta entonces había sido robar a los indios y apuntar de más en las libretas de sus clientes y en la pizarra de la trastienda.

Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con bither Angostura, y aguardó a que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para poner manos a la obra.

Momentos después Ferreiro, que acaba de entrar, se sentaba a su lado.

-Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar porque resolvimos hacerla muy a última hora.

-¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí!

-¡Qué! ¿Y no está contento? -preguntó Ferreiro, fingiéndose muy sorprendido- y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas de aquel infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso?

-Y ¿cómo v'y a estar contento, si eso es una trampa? ¿O crén ustedes que yo soy sonso y me chupo el dedo?

-¿Pero, cómo trampa, Bermúdez? ¿No quería ser candidato?

-¡Sí, candidato, sí, pero en de veras! No quiero que naide juegue conmigo. Ya estoy cansao. Y ¿quiere que le diga?, pues si no salgo municipal de esta hecha... ¡me voy con los cívicos! ¡Aunque no sea candidato, quiero ser municipal, ¿oye? y de no, me hago cívico, le juro!

Ferreiro se quedó un momento perplejo, pues no había contado con aquello, que le malbarataba sus planes. Pero, por la inminencia del peligro, no tardó en tomar una resolución, y antes de que Bermúdez hubiera vuelto a decir palabra, afirmó:

-Pero si precisamente lo hemos puesto en esa lista para que salga municipal, porque está resuelto en el comité que se le den votos también en la otra lista. No sé qué le ha dado ahora para tener semejantes desconfianzas... ¡Vaya! ¡sea franco! ¿quién es el intrigante que le ha venido con cuentos?

-A mí naide me ha traído cuentos. Pero yo sé muy bien lo del cociente, y aunque ya me había conformau con no salir municipal esta vez, no quiero tampoco que me tomen pa'l churrete; ¡y desde que, me han puesto en lista, quiero salir y que se dejen de historias!

-¡Pero si precisamente, le repito, sabiendo que usté deseaba ser municipal lo hemos puesto en esa lista, Bermúdez! Si el partido tenía que recompensar sus servicios, y así lo ha resuelto anoche. Usté es incapaz de desconfiar de ese modo; por eso le pregunto quién es el intrigante que le ha venido con cuentos... Debe ser algún interesado en dividirnos para sacar tajada...

-No se mete en política...

-Ah, ¿no ve, no ve que era cierto? ¿Quién le ha venido con el chisme, diga?... ¡Vaya! mátelo, que al fin somos correligionarios y tenemos que defendernos unos a otros. Hoy por ti, mañana por mí...

-El doctor Fillipini.

Ferreiro dio un puñetazo en la mesa:

-¡Ah, gringo é mier! -exclamó.

Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos la que quedó arriba, preguntó a Bermúdez con sonrisa entre burlona y despreciativa:

-¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos amenazara con irse a la Unión Cívica?

-Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo a Carbonero...

-¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre! -exclamó Ferreiro, que siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la carilla en blanco de una carta, en la que escribió algunas palabras.

Bermúdez, turbado, sin saber ya a qué atenerse, lo interrumpió:

-¡Pero, al fin y al postre! -preguntó-, ¿salgo a no salgo municipal? Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si no...

-Sí, será municipal, Bermúdez -contestó Ferreiro sin levantar la cabeza-. Le doy mi palabra de que será municipal.

Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y llamó al dueño de casa.

-¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente.

Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente para que le quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital.

-¡Sí sale, amigo, sí sale! -exclamó levantándose y palmeando en el hombro a Bermúdez-. ¿Para cuándo serían los amigos, entonces?

-¡Je, je, je! -rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción, levantándose también.

Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde iban a practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso Pago Chico.

Entretanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el periodista, que a cada instante se asomaba a la puerta, nervioso, excitado, sin haber dormido, aguardando las huestes de votantes de la campaña que ya debían haber llegado; Lobera, que peroraba y destilaba esencias; Silvestre, que trataba en vano de meter baza apenas se interrumpiese la interminable serie de sus discursos; Pedrín, Pulci, Pancho Fernández, el hijo del vigilante, Tortorano, veinte o treinta más, y por último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que había exclamado con énfasis al entrar:

-¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la victoria!

Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo en la piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y permanecido silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de aquellas palabras proféticas. Aquel día se había propuesto no decir sino frases históricas.

Pero eso sí tuvo que informarse de un detalle de la importancia, de la cuestión en aquellos momentos de vida o muerte, y preguntó en voz baja a Viera, deteniéndolo en una de sus continuas idas y venidas.

-Diga usted, Viera, ¿están preparadas las armas?

Viera sacudió la cabeza de arriba abajo, dirigiéndole una mirada confidencial, y contestó más quedo aún, como un murmullo:

-Están... La noche en peso nos la hemos pasado acarreándolas con Silvestre. ¡Y con un jabón! ¡No sé cómo no nos han pillado!

Las tales armas, el supremo recurso de un pueblo justamente indignado, resuelto a reconquistar su autonomía y a repeler todo conato de imposición, eran seis fusiles rémington, que se hallaban cuidadosamente ocultos en la azotea del comité y que Viera y Silvestre habían llevado efectivamente, y no sin peligro, la noche anterior.

Como los extremos se tocan, en el patio estaba la antítesis del arsenal aquel -grandes y negros trozos de asado con cuero, fiambre, sobre bolsal de arpillera, una compañía de damajuanas de vino carlón y un montículo de panes- el almuerzo, en fin, del invencible pueblo de Pago Chico, pronto a reivindicar sus derechos conculcados, aunque fuese a costa de su generosa y noble sangre.

Habíase prohibido terminantemente el uso de bebidas alcohólicas a los paladines del libre sufragio; no necesitaban excitante alguno para el caso probable de tener que sacrificar sus vidas en el altar de la patria, y era menester en cambio, que se mantuviera el mayor orden en el comité, para dar completo ejemplo de civismo y de austeridad de costumbres. Pero a duras penas se lograba que no se marcharan todos de una vez a tomar la mañana en el almacén de la esquina, y hubo que conformarse con una transacción: que fueran de a dos, cuando mucho de a tres, y que volvieran inmediatamente. El entusiasmo iba creciendo con esto.

-¡Hay que tenerlos a soga corta -decía Silvestres- si no, no pueden con el genio y rumbean p'a la borrachería!

Mientras estaban en el comité, los electores rondaban alrededor del asado, con el sólito apetito, aguzado por las repetidas copas de mermú, afilándoseles los dientes y saliéndoseles el cuchillo de la vaina. Y apenas podían entretener el ocio y el hambre con dicharachos y canchadas, haciendo esgrima a mano limpia.

-Lo que es hoy -decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un palito para los dientes con un formidable facón- lo que es hoy, los carneros van a... cargar aceite.

-¡Sí, de susto e verte la trompa! -le retrucó un paisanito, que, con las piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto a él, lo miraba desde arriba.

-Callate, guacho -saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca y mostrando los dientes en una a modo de sonrisa. Mas vale ser negro que orejano. Yo siquiera tengo marca.

-¡Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, negro trompeta -dijo el muchacho echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo.

El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron mientras uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna:

-¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos. ¿No ven que las papas queman? Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar a gusto...

-¡Sí, bailar con la más fea! -exclamó otro.

-¡Y'anda teniendo miedo éste... tabaco aventau, no más! -dijo el del baile.

-¡Oiganlé! -prorrumpieron varios.

-Pisale el poncho, ai tenés.

-¡A que no le mojás la oreja a ño Fortunato!

Viera creyó necesario intervenir:

-¡A ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún piringundín!

Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de acontecimientos penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran precipitarlos o provocar otros prefiriéndolo todo a la zozobra en que necesariamente tenían que estar largas horas todavía.

Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era el mismo Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía, afortunadamente, su estado y reprimía sus ímpetus, siempre a punto de estallar, contestando con monosílabos hasta al mismo Dr. Pérez y Cueto, sintiendo unas ansias que le subían del corazón a la garganta y le cortaban la respiración. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no llegaban los correligionarios de la campaña? Y no pudo de pronto contener su impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el suelo con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores a uno y otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados grupos de jinetes. Pero la calle polvorienta, abrasada por un sol de fuego aunque ya estuviesen en el final del mes de marzo, barrida de vez en cuando por una racha ardiente como salida de un horno, estaba desierta, completa, implacablemente desierta, y sobre ella se cernía el sepulcral silencio de los días de elecciones, en que las mujeres se encierran a rezar apenas salen su padre, su marido o su hijo, en dirección al comité o al atrio, y en que la mayoría de los hombres, por no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas o sus madres, se encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos, sino simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no darlas tan pésimo rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber gobiernos electores, y de qué tendría el pueblo que quejarse y con qué entretenerse leyendo diarios?

Pero el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle, allá lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de polvo un pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación casi correcta, de a cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa exclamación:

-¡Ahí vienen!

Todos se precipitaron a la puerta, y el comité quedó un momento silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin.

-Es la pionada del saladero -dijo un paisano.

-Esos van con los carneros -murmuró desalentado otro del grupo.

La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible ansiedad, encarose con una rueda de electores que, más atrevidos o más hambrientos que los demás, habían aprovechado la general distracción apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban, cortando los jugosos bocados a raíz de los labios con los cuchillos como navajas de afeitar.

-¡Se necesita ser aprovechadores! -exclamó colérico- ¿No les da vergüenza ponerse a comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para meter desorden?

-Es la picana, don Viera -contestó con aire socarrón y falsamente humilde el paisanito a quien el negro Urquiza llamara «guacho».

-Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más madrugador que la lechuza, que no duerme de noche.

Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fue parte a tranquilizarlo. Sufría tanto como el general a quien se le ha confiado una nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida, la batalla final. Y para distraerse, trató de dominar su angustia y conversar con el doctor Pérez y Cucto, preocupadísimo también, que desde hacía rato murmuraba quién sabe qué filípicas, sazonadas con los términos más groseros de su repertorio peninsular, como si de tanto trueno pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja, comentaron la inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros, peonada y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez, que debía haber llegado aquella madrugada a la cabeza de los seis o siete caudillejos que, junto con sus respectivos hombres, determinaron concentrarse antes de salir el sol en la pulpería de Laucha, y la de Soria, que había prometido ir temprano con los indios de la tribu de Curá, una veintena de electores tan inconscientes cuanto serviciales.

La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse y formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban a expresar otra cosa muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta, ni nadie salía al almacén a continuar las matutinas libaciones. Eran los mismos treinta y tantos que se habían reunido allí, muy de mañana, para estar bien al corriente de todo, en primer lugar, y para no tener que cruzar las calles cuando se alborotara el cotarro sobre todo. No se había agregado un solo ciudadano más, ya eran las ocho, y las esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas la noche antes allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan vertiginosamente como las nubes con el pampero sucio...

Al ver a Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera después, Pancho Viacaba, Pedrín Pulci, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo Urquiza, husmearon conciliábulo y formaron rueda alrededor. ¿Cómo ocultar, entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto y la misma angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo comprendió e hizo esfuerzos para infundir a los otros una tranquilidad que no tenía, y por sostener en ellos las últimas y mal abrigadas ilusiones.

-¡No se ha perdido todo! -repetía- Han de venir, han de venir. Aguardemos, y entre tanto, vamos a votar los que estamos aquí, para no perder el turno, porque las ocho están al caer...

El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde lejos, porque en el comité reinaba un vago silencio de expectativa ansiosa. El redoble de las patas del animal en el piso duro de la calle fue acercándose con creciente violencia, hubo una sofrenada, un resbalón en seco, el choque de unas botas con espuelas en las piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció Méndez, jadeante, haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho compadre, medio civilizado a ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité:

-¡Canallas! ¡canallas! -exclamó entrecortadamente-. Mi han fusilao la gente... ¡Canallas!

Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos los circunstantes rodearon a Méndez, acribillándolo a preguntas.

-Dejemén hablar; si les voy a contar todo. ¡Pero qué canallas asesinos! Esta madrugada salimos perfectamente de lo de Céspedes, p'a cair al pueblo tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los que estaban en el campo, y un redepente, al enfrentar la alameda de la estancia de Carballo -veníamos al tranquito-, unos que estaban atrincheraus entre los árboles nos hicieron una descarga cerrada, y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como juego graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron a ver quiénes nos estaban afusilando, y cuántos eran. ¡Claro! Casi ninguno tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver, pero me quedé solo, y en cuanto vieron que se me habían acaban los tiros, se me vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo ajuera, ¿qu'iba hacer? y estuve esperando bajo un pajonal, p'a aprovechar venirme en cuanto se descuidasen, p'avisarles a ustedes.

-¿Y quienes son, quienes son? -preguntaron varios con la voz ligeramente empañada por la emoción.

-No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos...

La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara a tanto la desenvoltura de las autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había tomado por una prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha. En Pago Chico, como en el resto de la provincia, se fusilaba, pues a mansalva a la gente, y quien lo hacía era el mismo gobierno. Era cosa más seria de lo que se había pensado, entonces; no se trataba sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de hallarse siquiera en condiciones de llegar a ellos... Nadie las tuvo ya todas consigo, pues.

Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó a Viera, mientras Méndez seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana:

-¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero?

-No, a nadie -contestó el periodista.

-Entonces voy yo de una carrera.

-Mucho cuidado -le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la calle.

El desaliento fue subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico, a medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias. La jugada hecha a Méndez se había repetido con Gómez, con García, con Soria, con todos los que llevaban gente de diversos puntos del partido. Sólo iban a engrosar los escasos elementos del comité, unos cuantos dispersos, que llegaban de a uno y de a dos, todos a dar noticias desesperantes, abultando los hechos, echando bravatas, mintiendo hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad del enemigo, que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por iniciativa y consejo de Ferreiro.

-¡Nos han fregau fiero, caracho! -exclamaba Méndez.

-¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza! -decía Viera casi llorando.

-¿Y nos vamos a quedar así, como unos manfios! ¿Nos habrán quitau la gente, pero nosotros podemos quetuarlos a balazos, canallas, hijos de mil!... ¡A ver, muchachos, a ver quién quiere hacer la pata ancha, conmigo: venga el que tenga huesos, y vamos a echarlos del atrio a tiros!

Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión de los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse el vino; pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez, muchos habían acudido a hacerle corro, e iban enardeciéndose, ya dispuestos a lanzarse a la calle y jugar el todo por el todo, cuando Silvestre entró en el comité como una exhalación, y sin tomar aliento comenzó a contar que el comisario Barraba con treinta vigilantes armados a rémigton ocupaba el frente del atrio y que tenía varias carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de Cármine armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las mesas colocadas en el atrio mismo, de tal modo, que podían fusilar a mansalva a cuantos se acercaran al comicio.

Era la derrota, la más completa e inmerecida de las derrotas.

Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo supremo, hacer de aquella una cuestión de vida o muerte para él y para cuantos le habían acompañado hasta entonces en su cruzada reivindicadora.

-No, amigo, es al botón -replicó Méndez, que había reaccionado, a su proposición de ir a tomar las mesas por asalto-. Hace un ratito yo mismo lo aconsejaba, y hubiera ido a sacarlos de allí por sorpresa. Pero las cosas se han puesto muy distintas... ¿No ve que están preparaus, y que l'único que vamos a sacar con estos cuatro gatos es que nos maten como a perros?

-¡Sería un sacrificio tan cruento como inútil de sangre generosa! -exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que tenía- ¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde o temprano ha de llegar la hora de la justicia! ¡Elevemos los corazones y retemplemos el ánimo! ¡La patria nos mira, (pausa corta) y estos contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos realzan a sus ojos, en lugar de deprimirnos como quisieran los enemigos de la libertad, los asesinos del pueblo!...

Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de hacer a mal tiempo buena cara, yendo a atacar el asado ya que no podían comportarse lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fue seguido, todos se pusieron a comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el comité desde las primeras desastrosas noticias, fue pasándose poco a poco a la animación y la alegría, gracias a las frecuentes y abundantes libaciones y para justificar una vez, más el refrán criollo de «Barriga llena, corazón contento».

Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo don Ignacio en persona, a pesar de la ruidosa separación del comité y del fuego resuelto que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron acercarse sin decir palabra, aguardando a ver por dónde comenzaba.

-Vengo a acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de triunfo -dijo dirigiéndose a Viera-. En cuanto vi las fuerzas que hay en la plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que los habían fregao... ¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber remedio... ¿Han hecho protesta ante escribano?

-No -contestó simplemente Viera.

-¡Pero hombre! ¡Si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta ¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos a buscar al escribano para que la redate inmediatamente.

-¡Y de qué nos va a servir eso, si no hay justicia, si la protesta y nada todo es uno! -exclamó Silvestre- Acuérdese, don Ignacio, de todas las que hemos hecho hasta hoy, y dígame cuál es la que no ha ido a parar a la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la elección. No hay remedio, no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar a toda la canalla de los faroles, porque a esos hay que matarlos o dejarlos.

-Nunca está demás la protesta -insistió don Ignacio-. Quién sabe qué vueltas van a dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.

-Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente ignominiosa de su historia -apoyó el doctor Pérez y Cucto.

Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, don Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro o cinco más salieron para ir a buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los amos del poder, y sólo comenzó a escribir el documento cuando vio que los electores burlados comenzaban a irritarse, y que, por huir de un peligro futuro, iba a caer en uno inminente y contundente... Aun puede verse, -si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fue a golpear las puertas de la sorda justicia-, que está escrito con mano temblorosa, lleno también de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando el grande, el inmenso respeto de tabelión hacia las autoridades constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo cuando el desorden podía envolver y arrastrar a su dignísima persona...

Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las listas del padrón y se ponía en las actas.

Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario Barraba, estratégicamente dispuestas frente a la iglesia, y por los correligionarios armados a rémington acantonados en los altos de la confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que tuvieron por seguro' que no se presentarían ni siquiera los fiscales cívicos, y que el resultado de los ataques a los electores de la campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo a la tarea, copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de Ferreiro, es decir, alternado entre una y otra lista de las dos oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos don Domingo Luna y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre pagochiquense.

No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero consideró que era mejor no provocar una di'sidencia en circunstancias tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias a su misma inutilidad personal: lo llevaría de las narices a donde quisiera.

En el comicio reinaba, pues, la calma más absoluta, y los pocos votantes que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose, -el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más-, y volver diez minutos más tarde a votar otra vez como si fueran otros ciudadanos en procura de genuina representación.

-¡No sé p'a qué hacen incomodar a esa gente! -exclamó uno de los escrutadores-. Además de incomodarse ellos nos incomodan a nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho viejo del padrón, sin tanta historia.

-Tiene razón, amigo -exclamó Ferreiro-, tiene mucha razón. Voy a dar orden de que no vengan más.

Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha a modo de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero o de quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar.

El almuerzo les fue llevado de la fonda, pues el comité, descontando ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa confeccionada con grasa de vaca.

Por la tarde, a la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité, provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente a la puerta comenzó a funcionar el infaltable mortero municipal dirigido por don Máximo en persona, estallaron las bombas de estruendo en el aire caldeado por un día bochornoso de sol, y los paisanos desarrapados, llevados de todas partes para las elecciones, formaron un grupo, abigarrado y mal oliente, que con la banda de Castellone a la cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido provincial y mueras a los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible triunfo del oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de los cuatro locos que se arrogaban la representación política de ese mismo pueblo, unánime como tabla, sin embargo, para hacer creer a los inexpertos que de veras había una oposición en Pago Chico, donde a lo único que las personas sensatas hacían la guerra, era a los perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían trastornarlo todo, por aquello de que a río revuelto ganancia de pescadores...

Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando al pasar de improperios a todos cuantos habían intentado sacudir el yugo.

Viera, entretanto, sentado a la puerta de su casa, oía todo aquel innoble regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada tensión nerviosa de aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del necesario para realizar alguna obra hercúlea, como la higienización de las caballerizas de Augías, por ejemplo... Confusas imágenes, vagos sueños de evangelización y sacrificio cruzaban por su mente, sentía un nudo en la garganta, una opresión en el pecho, e incapaz de sintetizar después del análisis, de obrar basándose en la triste experiencia, sólo acertaba a balbucir:

-¡Será posible! ¡Será posible!

Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será posible! era protesta, programa y credo -lo más puro, y por lo mismo lo más inmaterial, imponderable, sublime...

Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba impreciso. No podía resolverse a nada. No sabía. Entonces, en pleno reino de lo abstracto, sólo atinó a buscar su abstracción espiritual y sentimental más alta:

Se fue a ver a su novia.


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Capítulo VI
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Pago Chico Roberto Payró


Ladrillo de maquina


La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una especulación en tierras, bastante grande en relación a la importancia del pueblo.

La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó a la mitad de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos comenzaron a andar a caballo o a esconderse como los peludos.

Pero antes de esta semicatástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta sin diez o doce remates de sola. res, quintas y chacras, y un terreno cualquiera solía tener en un solo mes cuatro o cinco propietarios sucesivos, dejando apreciable ganancia a todos los vendedores.

Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.

Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de «sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.

Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al fondo de la verídica historia que narramos.

Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal aplicado y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, quedaba a veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el «sobrante».

Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelamos a las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta y siete y inedia varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 varas -equivocados al situarse los puntos A y B-, era forzoso que entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de pudor administrativo) entre solar y solar.

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=165 varas.

Las quince varas de diferencia -sobrante- eran adjudicadas al precio primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente -a la persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir, entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban a peso de oro, un terreno que había pagado ya, pero cuyo exceso de superficie no ignoraban probablemente: a un engaño hay otro engaño, a un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.

Este error topográfico, provocaba el inverso, que otra línea explicará sin más vueltas:

A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.

En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera o pudiese forjarse un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba (naturalmente si era situacionista por que la reclamación no «cuajaba» de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir las vacas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez o veinte veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron por este sistema! y si Ferreiro llegó a diputado fue sólo a costa de muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí, indicar a otros o repartir entre los «personajes» que le interesaban o podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas «comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales, de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente su propina.

Esto hubiera bastado a cualquier gobierno aprovechador.

Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo resolvieron un buen día dedicarse también a la industria y establecer una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados. Asistimos a la reunión en que quedaron sentadas las bases de la empresa.

Celébrase ésta en casa del juez de Paz don Pedro Machado, con asistencia del intendente Municipal don Domingo Luna, del comisario Barraba, del doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías habían de conducirlo más tarde a ser todo un personaje provincial y hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de que «todo andará bien si el palito no se quiebra».

Es de noche.

Una chinita desarrapada ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa del comedor, como adorno característico se alza un porrón de ginebra rodeado de copas.

-Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo lucrativo que a su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará a los asociados, las grandes cantidades de ladrillos que se podrá producir y vender...

-Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och' hornos en el pueblo y nos van a hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...

Largo rato se debatió la cuestión, entroles miedo a los presuntos fabricantes, y ya iban a abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la discusión, electrizó de nuevo a sus socios y discípulos de siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:

-¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder trabajar? -preguntó don Domingo Luna, al más interiorizado en el asunto.

-Seis meses.

-¿Y para que venga la maquinaria de Europa?

-Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.

-Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...

Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y exclamaciones de satisfacción. A nadie se le ocurrió objetar aquello podía ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó a Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y don Domingo hizo un movimiento tan brusco e intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la china cebadora.

El plan de Ferreiro era muy sencillo:

Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un principio, y como los improvisados «ingenieros» -ni agrimensores siquiera-, municipales habían hecho las calles en forma de dientes de sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano de la futura ciudad.

Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábrica; los horneros, presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían a producir «ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina» demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.

Y así se hizo, como se dijo.

Los harneros fueron emigrando poco a poco; la maquinaria llegó; la fabricación iniciose con un resultado desastroso, porque nadie entendía aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; (la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América u otro país bárbaro); gritó La Pampa; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él enviando anónimos al gobernador y a los periódicos de la capital... Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires, comenzaron a levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos, como diciendo «compradme» Ferreiro se encaró cierto día con el «digno y progresista intendente de Pago Chico», según El Justiciero.

-¡Hombre, don Domingo! Se me acaba de ocurrir una cosa!

-¡Vamos a ver qué se le ocurre! -exclamó Luna-, Estoy a su servicio.

-Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.

-¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?

-¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero ando un poco necesitado de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de comprar, y naturalmente, no voy a vender las acciones a algún extraño que vaya a meter las narices en nuestros asuntos!...

-¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?

-Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las doy por lo que me costaron.

-¡Arreglao! -exclamó el otro muy satisfecho.

Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad anónima de los ladrillos de máquina.

Véase ahora la tontería de Ferreiro:

Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su valor fiduciario, y don Domingo Luna, echo un puerco espín, exclamaba.

-¡A este Ferreiro no hay por dónde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no a mañas libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que debemos hacer!...

Una vez se atrevió a increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:

-Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.

-Pero, yo soy su amigo, don...

-En la especulación, lo mismo que en el juego, no hay amigos, sino enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al cabo, y aquí estoy para hacer que se desquite. Compre certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado o triplicado el capital.

Y fue, en efecto, un gran negocio para don Domingo, quien perdonó gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de máquina...


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Capítulo VII
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Pago Chico Roberto Payró


Beneficencia pagochiquense


De las sociedades de beneficencia formadas por señoras que había en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era la sociedad «Damas de Benefícencia», naturalmente ultra católica y archiaristocrática, como se puede -¡y vaya si se puede!- serlo en Pago Chico.

Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» según dijo La Pampa, y la verdad es que en un principio hicieron gran acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no sin acierto entre pobres de veras sin distinción de nacionalidades, religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero, prefiriendo, sin embargo, socorrer a los indigentes con alimentos y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías, boticas, todas de masones comprometidos a hacer una importante rebaja. La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía, pero no a las viudas, ni a los huérfanos, ni a los pobres, ni a los inválidos y enfermos, sino a su digna presidenta misia Gertrudis, la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse a sí misma, no ayudando a los demás, con los recursos que le llovían de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.

Tendrían o no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, viviría o no viviría misia Gertrudis de lo que se daba -con bastante generosidad- para los pobres; esquilmaría o no esquilmaría el óbolo común; el hecho es que estrenaba anualmente dos o tres vestidos de seda que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia a la comisaria, a la valuadora, a la misma intendenta; que de cuando en cuando compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos en los almuerzos que ella y el tesorero daban a sus amigos, enemigos más bien.

Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fue creciendo, fue creciendo» y no tardó mucho en llegar a los propios oídos de la mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y traer chismes y habladurías. Doña Dolores, digna esposa del escribano Martín Martínez y enemiga a muerte de misia Gertrudis, la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.

Un día, pues, no resistió el deseo imperioso de contar a la interesada cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces a gritos.

-Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una lección.

Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con dicterios dirigidos indistintamente a todos los notables de Pago Chico. La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia -cuya sola enunciación la hacía estremecer- y declaraba a voz en cuello que lo único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se la hacía víctima inmaculada y dolorosa.

-¡Calumniarme a mí, a mí!... ¡A ver si hay una sola de esas hijas de una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! ¡Que vengan, que vengan a examinar mis libros!...

Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que nunca se habría atrevido a presentar, ni a esas ni a otras damas cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario, de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite de petróleo que debía a los pobres. E imaginábase que entre ellos se arguía la figura odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por hacer daño a la iglesia y a los católicos y a Dios mismo, llevaba sus libros peor escritos sí, pero con arreglo a la verdad.

Una mañana míster Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar a su verdadero destino.

Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió la de míster Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto a coser la bata -que proyectaba lucir en la próxima función que a beneficio de la sociedad iba a dar en el circo la compañía acrobática, del celebérrimo Tomate IV- si se hubiera podido apartar de la imaginación el recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se sentó y sin advertirlo, se puso a murmurar dicterios enardeciéndose cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.

-Aquí le manda esto el sastre -díjole la chinita Liberata, cuando apenas había dado dos puntadas.

Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de la levita negra para el «Te Deum» del nueve.

-A ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé! -exclamó misia Gertrudis, tomando el papel qué Liberata le presentaba y devolviéndoselo acto continuo-. Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.

Pero en ese instante recordó la ofrenda de míster Kitcher, cuyo dinero tenía aún en el bolsillo, e iluminada por súbita inspiración -¡lo que puede la costumbre!- bolsiquió por la manera, asió el bolsón de terciopelo, e inmovilizó a la chinita que ya iba a salir, gritándole:

-Esperate.

Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:

-No le digas nada. Tomá...

Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dio a Liberata que corrió a entregárselos al cobrador del sastre, mientras la señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:

-¡Pícaras! ¡Sinvergüenzas! Sospechar de que robo, yo, yo! Quisieran que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas que harían...

Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteose el vestido, a ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir socorriendo a los pobres acreedores.


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Capítulo VIII
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Pago Chico Roberto Payró


Poncho de verano


Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de hacienda, las cuatrerías más o menos importantes, desde un animalito hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más en evidencia de unos y otros.

La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, centro obligado de todo el comentario, ardoroso e indignado si los hay, pues ya no se trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de mala manera, el bolsillo de cada cual.

Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente a los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del mostrador, para ir a la trastienda para echar un cuarto a espadas con el fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.

-A don Melitón le robaron anoche, de junto a las mismas casas, un padrillo fino, cortando tres alambrados.

-A Méndez le llevaron un puntita de cincuenta ovejas lincoln.

-Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la tropa que estaba preparando.

-El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, a hacer una recorrida...

Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros, guiños maliciosos y acusadores.

-El mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla -murmuraba Silvestre, afectando frialdad.

-¡Hum! -apoyaba Viera, el director de «La Pampa», meneando la cabeza con desaliento-. Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio que digamos...

-¡Él! -gritaba don Ignacio, caudillo opositor... todavía-. Es un peine que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho se compró la casa en que vive; aura ha alquirido una quinta junto al arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco o seis vigilantes que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!

Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera o no pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier caso, con su tolerancia... 'La corrupción del poder -como decía «La Pampa» es tan contagiosa, que cuando invade a un cuerpo, no deja un solo miembro libre, y luego sigue transmitiéndose alrededor, de tal manera, que todos vienen a quedar infestados, si se descuidan».

-Así te diera yo a vos alguna coima, y veríamos -refunfuñaba el señor comisario, para sus grandes bigotes.

Entretanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de punto. Ya no era únicamente «La Pampa» la que revelaba y consideraba los robos de hacienda, pintando a Pago Chico como una cueva de ladrones; los periódicos de la capital, informados por parte interesada, comenzaron también a poner el grito en el cielo, espantados de que tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras el gobierno, llamado a velar por los intereses generales, se hacía el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en encubridor y fomentador de bandoleros.

Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y muda como una piedra, Barraba comenzó a sentir sus recelos...

-¡Hay que hacer algo! -se decía, multiplicando sus inútiles salidas en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos al verlo pasar...

-Si -peroraba don Ignacio una noche en la botica-, cuatrero es cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras estén en mi casa no, porque les parecería demasiado ruindá. El vecino roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, o a gatas tienen ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca o un lindo asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso» en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro o cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta o cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene p'al derecho a la marca y las señales [81] con que se apropea de todo lo orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza a ser autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente, las demás autoridades...

-¡Pero esto es Sierra Morena! -clamó el doctor Pérez y Cucto, exagerando aún su acento español-. Y el gobierno de la provincia debería...

-Ya l'he dicho -interrumpió don Ignacio-, que el gobierno no tiene coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos son los que sostienen, junto con los vigilantes, a la autoridá del pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja vivir ¡es natural! En tiempo de elección les hace dar plata, pero como no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan a robar otra vez...

Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo. De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las palabras:

-Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados a considerar suyo cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el respeto a la propiedad ni el amor al trabajo...

Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido bien, y el doctor Pérez y Cueto dio las buenas noches y salió, para correr a repetírselas a Viera, deseoso de que no se perdiesen...

Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero, restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.

-¿Qué hay? ¿Qué hay? -le preguntaron en coro.

-¡Barraba ha salido con una partida, a recorrer!... -exclamó Tortorano-. Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto o vivo!...

Todos se echaron a reír a carcajadas, festejando con chistes, dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...

Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...

Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías -¿y a quién tomar, en efecto, si no se tomaba a sí mismo?- después de haber pernoctado en una estancia lejana, Barraba vio un hombre que se movía a pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa, de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para reunírsele. ¡Su buena estrella!...

Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de cólera, mitad de alegría:

-¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...

El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero de vaca recién desollado: iba sin duda a esconderlo en alguna cueva de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente andar con aquella carga, a vista y paciencia de quien acertara a pasar por allí... Al oír el vozarrón del comisario que se le echaba encima a rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr a ocultarse entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil evolución.

-¡Ah, eras vos! -exclamó al ver enfrente a Segundo, pobre paisano viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida haciendo pequeños trabajos sueltos-. ¿Con qu'eras vos, indino, canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!

Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo, descargole una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el otro apenas atinaba a murmurar:

-Señor comisario... señor comisario...

Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar» también, dando algunos lazasos al matrero, tomado infragante. Pero Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».

Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices le brotaba un caño de sangre...

-¡A ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles una buena lección! ¡Lleven el cuero también! -gritó el comisario.

Y apretando las piernas a su caballo enardecido por la brega, tomó a todo galope en dirección a Pago Chico, que no estaba lejos ya.

Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, balbucía:

-¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!

El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volviose por fin colérico:

-¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿A qué andás robando animales?...

Segundo hizo un esfuerzo:

-¡Era la primera vez -murmuró-, la primera! Encontré esa vaquillona muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, por estas... -y poniendo las manos en cruz, se las besaba...

-¡Ya t'entenderás con el juez!... ¡Lo qu'es a mí, maní...! ¡No me vengás con agachadas, ché!

El sol comenzaba materialmente a rajar la tierra cuando llegaron a la comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado de arena quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor». Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.

-¡Ahí está el preso! -le anunció el asistente, cuadrándosele.

-¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la plaza hasta nueva orden -gritó Barraba.

La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo aquella tierra plana e igual, desolada y estéril.

El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, a presenciar el cumplimiento de su orden.

El cuero, fresco y blando, fue desdoblado; con un cuchillo hízosele en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo... Segundo fue conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron a meter la cabeza por el boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, ajustándolos al cuerpo.

-¡Lindo poncho fresco... de verano! -exclamó Barraba, chanceándose alegre y amablemente.

Los que estaban en el patio -y sobre todo el escribiente Benito, aquel que «era más bruto que un par de botas»- festejaron el chiste del superior, riendo con más o menos estrépito... según la jerarquía.

Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba a suceder. Por delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale a los pies; a ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de esclavina.

-¡Bueno, marche! -mandó el comisario-. ¡Y con centinela a la vista! ¡Que no se pare; y si se para, dele lazaso no más!

El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle, entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos, las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan extraño poncho, se apresuró a inquirir de qué se trataba. La noticia cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron a formarse grupos en las aceras con sombra, y a volar comentarios de unos a otros:

-Es Segundo.

-¡Pobre! ¿Y qué ha hecho?

-Parece que lo han pillau robando animales...

-¿Él? ¡Bah! ¡No es capaz!

-¡Un viejo infeliz!

-¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!

Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza, y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión del globo acrostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito asoleado zurrií un zumbido de colmena.

El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó detenerse una o dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba a ¡sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste, en efecto, secándose rápidamente con el sol -harto rápidamente, pues para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro-, iba poco a poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta obligarlo a acortar el paso. Y su interminable viaje seguía, en medio de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que empezaba a indignarse y a dejar oír murmullos irritados... Ya se habían relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba, implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del triste torturado, haciéndole crujir los huesos.

-¡Basta! ¡Basta! -gritaron algunas voces.

-¡Basta! ¡Basta! -repetían algunas otras de vez en cuando.

El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, más caritativo y menos temeroso que los demás, le dio de beber. Al relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba a hacer la nueva guardia:

-¡Que nadie se acerque al preso!

Al martirio del cuero que ya amenazaba descoyuntarlo, agregose entonces la tortura de la sed...

Varias personas caracterizadas se presentaron a Barraba, pidiéndole que hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó a reír.

-¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... de verano!... ¡Dejen, que así aprenderá a carnear ajeno!...

-Pero, señor comisario... -le suplicaron.

-¡Bueno! ¿Y áura salimos con esas?... ¿Y no andan ustedes mismos diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» a los cuatreros?...

-Segundo es un infeliz, y...

-¡No hay infeliz que valga!

-¡Y creemos que el juez!...

-¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han tomau, y qué se piensan?...

Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraba en las carnes. Había soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas para mantenerse en pie...

Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le llevó casi agonizante al hospital.

Barraba reía con los suyos en la oficina:

-¡Poncho de verano! ¡Qué gracioso!... Miren que poncho de verano...


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Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en El Justiciero, periódico oficial de Pago Chico.

«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible y merecida lección que acaba de dar a los cuatreros hará que cesen para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente buena acción!»

Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la miseria y el señor comisario se compraba otra casa...


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Capítulo IX
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Pago Chico Roberto Payró


Para barrabasadas...


¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y mientras en el club los patricios hacen destapar mucho vino espumante y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'o detto tante volte»... o acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como martillazos secos, o la algarabía de alguna disputa nacida entre oleadas de carlón.

Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los Hamadores, se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto que parecen legión cuando son apenas un puñado.

Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz -sabiéndolo, en el Club- guarecidos tras de la tapia de un terreno baldío; aquéllos han atado un tarro de petróleo a la cola del perro de Silvestre, y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del pueblo, despertando a las supersticiosas comadres de los ranchos que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Chomblant, la partera -cuadro que representa una mujer de palo, vestida de hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de rosa-, y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber a quién debe tal bromazo.

Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido tirios y troyanos a pesar de las terribles disenciones. Hay armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de presencia -muy campechano- y codearse breves momentos con la oposición.

El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división estuvo a punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota mensual -sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»-, y la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años anteriores...

Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.

En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago o por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende con un vals saltado que pone en movimiento a los más jaranistas y bailarines. No hay mujeres, naturalmente.

-¡Pan con pan comida de bobos! -exclama con sarcasmo Viera, el director de «La Pampa».

Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza con Silvestre, y es de ver a los dos, dando vueltas vertiginosas y llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el piano, los consocios mismos.

El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea el vals a destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman a la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos, con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado a otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y estupor, algún transeúnte retardado a quien sorprende aquella inusitada barahúnda y que mañana desprestigiará a «todo lo mejor de Pago Chico», entregado así a la más escandalosa y abyecta orgía.

El de los brindis llega por fin a hacerse escuchar, y apenas concluye sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohíno, se desliza hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando o echando los pulmones en alguna otra forma original.

En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía Benito Mendoza, produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna desgracia, algún cataclismo...

Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.

-¡Señor comisario! -dice el oficial en voz baja, acercándose a Barraba-: El río Chico está desbordándose y amenaza inundar el pueblo. ¿Qué se hace?

Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:

-¡Arme el piquete! ¡Vaya a paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy en seguida!

El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las narices para no estallar en una carcajada.

-¡Revolución!

-¡Ataque a la comisaría!

-¡Invasión!

No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron a animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.

El boticario les dio la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...

Sólo al día siguiente, cuando se vio que el Chico no salía de madre ni pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido a la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.

El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue diciéndose en nuestra tierra:

-¡Para barrabasadas, Barraba!...


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Capítulo X
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Los patos


Era la tarde del 31 de diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una importante casa de comercio -aquel españolito capaz y relativamente instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la susodicha ubicación- se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que echaba Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.

Merced a su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo amigo del tenedor de libros, a quien había enseñado en pocas semanas a tomar mate -como se ha visto-, a jugar al truco y a opinar sobre política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español. El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había costado mayor esfuerzo...

Ruiz, a pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes y de su continente resuelto, no sabía andar a caballo ni conducir un carruaje -observación que no parece venir a cuento, pero que es imprescindible, sin embargo-, de modo que, los domingos, cuando obtenía prestado el tílbury de su patrón, veíase en la obligación de buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer invitación iba siempre enderezada a Silvestre, cuya obligada respuesta era:

-No puedo abandonar la botica, ¡como te suponés!...

Porque ya se trataban tú por tú -o tú por vos, para ser más exacto- a pesar de lo reciente de la relación.

Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba siempre merodeando por el barrio, a caza o en difusión de noticias, aunque Rufo no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la voluntad negativa, Ruiz, que se pasaba allí las largas horas en que el Mayor, el Diario y la Caja no reclamaban la esgrima de su pluma, permanecía un rato en silencio, o hablando de cosas indiferentes, para terminar insinuando:

-¿Rufo, no podría acompañarme?

-¡Cómo no! ¡Que vaya no más!

Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, dando vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las puertas, para salir entonces a dar largos paseos por las quintas sin árboles y las chacras sin sembrados.

Ahora bien, aquella tarde del 31 de diciembre, y como le consta al lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el sempiterno lavado de frascos y botellas a gran fuerza de munición, Rufo acarreaba mate a la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano a mano.

-Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer? -preguntó de pronto el tenedor de libros.

-¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...

-Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo.

-¿A cazar qué?

-¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de patos para festejar el año nuevo?

-Sí, pero tenés que ir muy lejos...

-¡Quiá!

-No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto matrerazos y no se encuentran mas que en los lagunones del Sauce y muy arriba del río Chico...

-¿Que no?... ¡Pues pululan!... Deja que Rufo me acompañe, y en dos o tres horas me comprometo a traerte un par de docenas... ¡Los comeremos mañana mismo!...

-¡Qué vas a traer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...

Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando el mate:

-¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el tílbury?

Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:

-Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...

-¡No puede ser! -exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló a su sistema predilecto-: Te apuesto a que no tráis ni cinco en todo el día.

-¡Apostado! ¿Qué jugaremos?

-Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada o menos de cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?

-¡Va apostado!

Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo el horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fue a buscar a Ruiz con el tílbury tirado por el moro.

El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su mano como petardos, a pesar de que el moro llevara un trote bastante ágil en el aire vivo de la mañana.

El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.

Salieron y ya a pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo: -¡Pim, pam; pim, pam!- y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos los animales se dejaban acercar bien a tiro, casi sin moverse junto a la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta hostilidad, tendían el vuelo bajito levantando el agua con las patas, como si navegaran a hélice, e iban a detenerse poco más lejos, de tal manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en dejarlos a tiro otra vez...

Y ¡pim, pam; pim, pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago, amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury!

Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.

Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...

Cuando llegó a los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de los inocentes palmípedos.

-Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho veces!... Silvestre va a trinar.

Se detuvieron a la puerta misma de la botica, y Etifo comenzó a bajar del tílbury y a introducir en el despacho el producto de la milagrosa cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «agua fontis y mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea, más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica alrededor de los patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse a la tienda para ver aquello...

En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida.

Una carcajada homérica sacudió de pies a cabeza a Silvestre, en cuanto se vio delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar tiempo a que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una flecha, atravesado la calle y entrando como un ventarrón en la imprenta de La Pampa, en cuyo interior siguieron estallando sus inextinguibles risotadas.

Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente a su botín cinegético.

Siguiendo a Silvestre, apareció Viera, director de La Pampa, y el administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido y el movimiento, hasta formar cola a la puerta.

Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose sólo para exclamar:

-¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que ha cazado Ruiz!...

Y el público le hacía corro, y allí en el patio el repique del almirez adquiría sonoridades de campana echada a vuelo.

Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo dejaron meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin oyó la clave del enigma:

-¡Son gallaretas!

Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abriose paso, trepó al tílbury y manejando por primera vez en su vida, puso al moro al trote largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo perseguía hasta volver una esquina...

Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó prudente reprender a Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era su amigo...

-¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?

-¡P'a que aprienda, pues!

-También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...

-¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau?... ¡Y lo qu'es aura, no se olvida ni a tiros!...


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Capítulo XI
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Metamorfosis


Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se dispuso a salir en busca de las noticias municipales y policiales, a pesar de la opinión del regente.

-¡No hay que descuidarse! -le había dicho éste-. Manolito nos la ha jurado y es capaz de cualquier barbaridad.

Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de estoque, y salió a las calles silenciosas de Pago Chico en plena siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de El Justiciero una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la inclinación a darse lustre.

Llegado muy joven de La Coruña, don Lucas no había sido siempre «periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida en una escuela de lugar no le dio para tanto en los primeros años. Se estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando copas; luego ascendió a vendedor, y más tarde a habilitado; a los diez o doce años de estar en la casa, ya era socio, a los quince pudo establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas» (el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la calle, y rodando, rodando, llegó por fin a Pago Chico, y encalló en la administración de El Justiciero.

En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no ya material y pecuniaria, sino social e intelectual, cosa que estimaba muchísimo más, aunque a veces lamentara a sus solas el sueldo escaso y tardo, y la brillante miseria.

Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.

Afable, atento, servicial, hasta servir mientras fue dependiente, y aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio de grandeza era familiar con aquellos magnates del pago que se lo permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia; autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso» como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, a juicio de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.

No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia, persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la vislumbraba, a veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!), a pesar de que El Justiciero acábase de publicar la siguiente «feroz caída».

«Escándalo.- El Morenita M. P., que con sus calaveradas y fechorías ya tiene indignado a todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía, que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la gana. Sin embargo, no fue ni llevado a la comisaría siquiera, y nos extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer, todavía no lo haya metido a secar en un calabozo para que otra vez aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los demás muchachos del pueblo».

No extrañará esta filípica del oficialista Justiciero, si se tiene en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban a necesitarlo para las elecciones. Y el suelto era justo, porque para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza general, pues el rico e ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.

En cuanto a don Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» don Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto o noticia publicaba El Justiciero, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en su colaboración.

Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corriole un cosquilleo de la nuca a los pies, y sólo merced a un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de El Justiciero en la mano.

-¿Quién ha escrito esta noticia? -preguntó el jovenzuelo con voz reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo a su lado.

Un velo pasó por los ojos de don Lucas; sintió que se le aflojaban las piernas, pero haciendo de tripas corazón:

-¡No sé! -contestó secamente.

-¡Qué no ha de saber!

-¡No sé!

-¡Usté no más será, gallego!

-Y si fuera... acertó, lívido, a balbucir don Lucas.

-¡Ahora verá!

Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano a la cintura. Trémulo, don Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol, un objeto: el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación seca, sintió un golpecito en el pecho y al rodar por la acera, vio como en un escenario al bajar rápidamente el telón, que Pérez corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.

La grita de los periódicos -«la prensa local»- y especialmente de El Justiciero, fue tan grande, que la policía se vio obligada a proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fue a dar a La Plata, con un sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...

Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. El Justiciero narraba extensamente los detalles del combate, en que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida del asesino que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la ingratitud que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba a la imprenta.

Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir visitas -no muchas a la vez, ni demasiado charlatanas- el pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de El Justiciero, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera faltaban damas..., como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...

¡Cuánto incienso recibió don Lucas, visitado, asistido, festejado y adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente a la categoría de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos a venerarlo, a idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse a oponer un simple estoque a un arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!

-Ahora comprendo -pensaba D. Lucas- como se repiten las hazañas peligrosas. ¡Se puede ser héroe!

Él lo era en su concepto. Lo fue algunos días en el de loe pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse a causa de tantas emociones, dio tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco a poco antes de que don Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió a la calle, su aventura era ya un hecho místico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, nadie hacía alusión a él.

Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteosis había sido tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba a todos con soberanas sonrisas protectoras o con gesto avinagrado y despectivo, según qué fuera aquel en quien se dignaba detener la vista.

Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las manos y se sonreía de regocijo, convencido de su gloria.

Desde entonces usó revólver a la cintura, no dejándolo sino bajo la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor a nada ni a nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de El Justiciero. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto a lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.

-Es siempre malo que a un sonso se le aparezca un dijunto -solían decir algunos más avisados, al ver pasear a Ortega con el sombrero en la nuca y haciendo molinetes con el bastón.

Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:

-Decile a un sonso que es guapo y lo verás matarse a golpes -uno de sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.

Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.

Ortega acostumbraba a tomar el vermouth vespertino en la confitería de Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo-americano White, famoso por su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini, algunas veces y otros amigos.

Un día que don Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador Fernández se acercó a la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron a las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano como para dar una bofetada a su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho asiendo a Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara Ortega...

Ver aquello, y sin detenerse a reflexionar ni qué era, ni de parte de quién estaba la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fue todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando a los actores y espectadores de aquel drama que sólo había tenido desenlace, y que sería comedia a no mediar un cadáver.

Y cuando se vio solo en la oficina de la comisaría, preso, con un homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó a llorar como una criatura...


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Capítulo XII
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Con la horma del zapato


«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar a usted, por orden del señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda consideración, etc., etc.»

Llegó esta nota a manos del doctor Fillipini al día siguiente de la elección que consagró, por su consejo, municipal a Bermúdez.

-¡Mascalzone! -exclamó, pensando en su protegido de un minuto.

Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario de la Intendencia, Remigio Bustos, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la «consumación» y pidió «otra vuelta».

-Dígame, Bustos -preguntó por fin-; ¿por qué me destituye don Domingo?

-¡Hombre, no sé! -contestó el otro, paladeando su anis, y no por sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.

Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una parodia de la fabulilla de Samaniego:

Dijo Ferreiro a Bustos
después de olerlo:
-Tu cabeza es hermosa
pero sin seso.
¡Cómo éste hay muchos
que, aunque parecen hombres,
sólo son... Bustos!

-No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fue -insistió Fillipini, en su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el ovillo-. ¿No le habló nadie?

-Nadie.

-¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?

-Sí, mientras estaban votando.

-¿Y nadie había ido a verlo?

-Nadie más que Gino, el pión de Cármine.

-¿Y a qué iba Gino?

-A nada. Le llevaba un papelito.

Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió a entrar por otra puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vio a Gino, hecho una pringue, como que era el lavaplatos -el platero, ¡según los chistosos pagochiquenses- de la confitería de Cármine.

-¿Quién te dio el papelito que le llevaste al intendente el domingo? -preguntole en italiano.

-Il signor notario -contestó Gino, mirando a su egregio compatriota con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de costumbre.

Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del Progreso.

Allí se sentó, poniéndose a sacar un solitario, indiferente y tranquilo en apariencia, pero sin que nada escapara a sus ojos avizores. Ni aun cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca, impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero a poco abandonó el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano a mano con Ferreiro.

Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia sin aludir al suceso de que eran primeros actores: pero Fillipini no tardó en lanzarse a la carga:

-¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...

-¡No diga! ¿De veras?

-Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso no puede quedar así...

-¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?

-¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.

-Diga, pues, doctor; que sí yo puedo...

Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando a Ferreiro bien en los ojos, dijo con buen humor:

-¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán a defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre como yo.

Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta desfachatez, y pensando:

-¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!

Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:

-¿Y por qué cree que Carbonero y yo lo hemos de defender?

El médico se echó a reír con aparente franqueza y:

-Porque ustedes son demasiado inteligentes para no hacerlo -contestó-. Y demasiado amigos míos -agregó inmediatamente, dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.

-Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...

-¡Señor Ferreiro! -dijo entre carcajadas Fillipini-. Si yo no lo conociese tanto lo que me dice sería como para hacerme creer que usted ha «mojado» en esta barbaridad...

-¡Yooo!

-¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo hubiera impedido, a saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada después que le di el modo de hacerse municipal...

-¡Y por qué se lo dio! -interrumpió violentamente Ferreiro.

-¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche! -murmuró Fillipini con mucha socarronería.

Hizo una pausa, sonriente e insinuante, para continuar después:

-Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara a otro... con la administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que nombrar a otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.

-¿Y de ahí?...

-¿A quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y Cueto...

-¿Y eso?

-Que nombrarlo a Pérez y Cucto, sería como meter las narices de toda la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas de cama... contar lo que pasa con los cadáveres que se quedan allí días y días, y lo que hace la enfermera que se va a dormir todas las noches en su casa, y el ecónomo que poco a poco se va llevando cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque no todo puede marchar a la perfección en un pueblo tan pobre como éste y tan atrasado... Además, que la gente que va a curarse allí es de poca importancia y no le interesa a nadie: extranjeros, personas de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni meterse a redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque están ciegos como topos. Las chicas se les van y las grandes se les escapan...

Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, como si se tratara de ajenos, el escribano observaba con desconfianza a Fillipini, diciéndole para su capote:

-El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos va a salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son malas consejeras.

-Pero, por sonsos que sean -continuó muy lentamente Fillipini-, por sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el camino; y entonces no habrá quien los ataje... ¡Chica farra se armaría si lo nombraran a Pérez y Cueto!...

-También es posible no nombrar a nadie. El hospital no necesita...

-¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! ¡Ma! por poco que sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va y no irá nunca... Yo preferiría que nombrarán a otro si no quisieran reponerme a mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme separado...

No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras ellas hirviesen amenazas tan terribles cuantos evidentes.

-Lo que se había pensado -dijo sin embargo Ferreiro- era no nombrar a nadie.

-¡Ma! ¿y cómo dijo que no sabía nada? -preguntó con fingida candidez Fillipini.

-Digo... se había pensado... así en el aire para el caso de que se produjera una vacante...

-Capisco...

Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito a Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:

-¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos forzó la mano sin necesidad?...

-¡Questo é un altro paio di maniche! -repitió el doctor-. Se lo vuelvo a decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos casos: de que Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y de que yo puedo serle muy útil o muy perjudicial, después. Era preciso que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan amigos como antes o más amigos que nunca, mejor dicho!

-Bueno... veré... pensaré.

-¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haga ninguna arbitrariedad en mi favor.

-¡Qué gringo éste! -murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido y malhumorado-. Es como la garúa finita, que lo cala a uno hasta los huesos. Y se va a salir con la suya, no más -agregó, palmeándole el hombro.

-Piénselo, piénselo y no se apure -dijo el otro-. Para todo hay tiempo y a la corta o a larga usté se convencerá de que yo soy un buen amigo.

-Y yo también, doctor.

Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, murmuraba sin embargo.

-¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...

Sin perder tiempo volvió a la confitería de Cármine, donde había un grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de las mesas, los otros de pie, junto al mostrador. Silvestre, que peroraba entre ellos, se acercó a Fillipini, como era, en parte, el deseo de éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido con algún enemigo de la situación. -Viera, si fuese posible, y lo sería, pues se hallaba presente también.

-¡Hola, doctor! -dijo Silvestre aproximándose con la confianza que se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto punto las relaciones de médico a farmacéutico-. Me alegro de verlo por acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?

-¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.

-Gracias -y se sentó-. Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau el empleo del hospital, ¿es cierto?

-Sí.

-¿Y por qué?

-Oh, esas son cosas, cosas...

-¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza. ¡Largue el rollo!

-¡Ma! Usted ya sabe como anda el hospital...

E hizo un cuadro, muy pálido, en verdad, de aquel desquicio harto conocido por Silvestre, quien, sin embargo, se hacía de nuevas al oír tales cosas de tales labios. Y terminó:

-Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste...

-¿Lo han destituido?

-Eso es.

-¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?

-De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.

-¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!

-Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza al intendente, y éste, para tenerlo contento, me ha sacrificado cuando ya me había prometido arreglar el hospital.

-¡Bermúdez! tan bruto y tan...

-Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto... Pero todo esto tiene que saberse...

-¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga a Viera? Él ya tiene la noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?

-Llámelo, es mejor.

-¡Viera! ¡eh, Pampa!, una palabrita.

Viera se acercó, sentose a la mesa, oyó lo que el doctor quiso contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en amistosa charla. A la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine bajó las luces para ahorrar petróleo.

Fillipini, muy tranquilo, no salió de su casa, aquella noche, aguardando el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar. Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fue pedir los diarios que el sirviente le llevó a la cama.

Comenzó por la gaceta oficial, El Justiciero. De su exoneración ni una palabra, del hospital menos. Pero, ¡oh detalle significativo!, en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez y en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y Ferreiro, ¡nada menos!

-¡E fatto! -murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el periódico para tomar La Pampa.

Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando a... Bermúdez, por la destitución de Fillipini; de Fillipini que -según el artículo- era lo mejor o lo menos malo del oficialismo, un hombre así, un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera política, como lo había previsto La Pampa, y si lo dejaban iba a ser como un caballo metido en un almacén de loza... «El gran consejero de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda a este gaznápiro» -terminaba diciendo el artículo-. La alusión a Ferreiro era visible pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la hubiera hecho con más tino...

En toda esta andanza el único que rabió fue Bermúdez, quien se atrevió a encararse con Fillipini para darle un sofión. El italiano se le rió en la cara:

-¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya «amigo Bermúdese» y vuelva por otra.

Ferreiro no aludió nunca a la escaramuza aquella, pero desde entonces tuvo siempre muy en cuenta a Fillipini, que, como es lógico, siguió de segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.


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Capítulo XIII
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El caudillo


Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las autoridades lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre descontento, tenía puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus empresas políticas, le daba a defender sus intereses.

Sin don Ignacio, Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él, siquiera se ejercía el derecho del pataleo.

No era don Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido si se comienza por descontentar a los partidarios? Pero apuntaba... Su viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta:

PESOS

Prestado al gordo, que está sin trabajo .................... 5'00

A Juan para la copa ........................................ 0'20

Un letrero y una bandera para el comité ................... 15'50

A la china Dominga para que haga venir a sus hijas a la inscripción .............................25'00

Una docena de bombas ....................................... 6'00


Sumaba cuidadosamente don Ignacio estas partidas, que en tres años de oposición a todo trance habían alcanzado a formar una gruesa suma -cuatro o cinco mil pesos-, y no examinaba su cuaderno sin lanzar un suspiro y sumirse en profunda meditación.

-¿Quién pagará estas misas? -se decía.

O, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para terminar diciendo:

-Yo soy el pavo de la boda.

Silvestre, el Boticario, se encogía de hombros instruido de las alusiones de don Ignacio y considerando que de todos modos su popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:

-El que quiera pescado, que se moje... el que le dije.

Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las municipalidades de campaña.

Pero esta resolución no era conocida y la efervescencia popular continuaba a más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, o cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne circunstancia, puesto que el teatro -un galpón de cine- pertenecía a don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni alquilarlo a sus enemigos de causa.

Llegado el día, don Ignacio -que había contratado la banda a su costa, hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de estruendo-, esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante sus tres años de caudillaje.

Cuando subió a la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, a la lucha, al atrio, a las urnas, don Ignacio, estaba radioso. Sus palabras hicieron el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:

«Los mandatarios impuros que engordan a costillas del abdomen del pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local tiene que entregarse a personas honradas que no roben, a hombres sanos que no se apoderen de las rentas, a ciudadanos que sean capaces de relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»

Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, o por mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin logró dominar el bullicio, gritando:

-¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!

-¡¡Vivaaa!!

-¡Abajo los espoliadores del pueblo!

-¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el patriota!

¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio! ¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un jubileo como nunca se vio en Pago Chico, tanta que el batarás encerrado en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del vencimiento.

-¿Qué le ha parecido el métin, don Ignacio? -preguntábale por la noche Silvestre.

-¡Oh, magnífico! Me ha costado más de quinientos pesos!

Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...

Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros, clavole la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón exclamó:

-Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.

Don Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de ira.

-¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y a mí qué m'importa la plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.

Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la guitarra -estaban en la botica- y cantaba acompañándose con grandes golpes de uña en las seis cuerdas:

Y ásime... gustáun... tirano c'abra labocay... ¡no grite!

El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, trataron de provocar una entrevista con don Ignacio, para hacerle proposiciones. Pero Silvestre -la oposición dentro de la oposición- estaba allí oído alerta, ojo avizor, humeando como politiquero de raza la componenda en ciernes, advinándola antes de que se hubiera iniciado.

Viera, a todo esto, había visto oscurecerse su estrella, eclipsada por la triunfante de don Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo escribió en La Pampa. Inútilmente, porque el meeting, había dado el mando a su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una ubicación, amén de los que don Ignacio compraba como se ha visto. No faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...

Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, don Inacio no pudo resistir a una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido a la Municipalidad, que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó electo concejal, a pesar de los aspavientos del Silvestre, de los artículos-brulote de Viera y la agria censura de gran parte de sus partidarios del día anterior.

Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los delegados de la capital -no era la primer zorra que desollaban éstos- lo designaron para intendente.

-En una semana se habrá desmonetizado -decían aquellos profundos políticos.

Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra lo que consideraba una cruel e inmerecida derrota; en cambio, el ex intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».

-¿No le parece una barbaridá, Paisano -así le llamaban-, que hayan hecho intendente a don Inacio?

El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla.

-¡Dejenló pastiar qu'engorde!

Y, en efecto don Ignacio comenzó a engordar en la Intendencia, haciendo en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba a su alcance.

Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión de fe a los pueblos en general y al de Pago Chico en particular.

-Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!

Don Ignacio lo miró de hito en hito.

-¿Y qu'estoy haciendo, vamos a ver?

-¿Quiere que le diga? ¿Quiere que le diga? ¡No me busque la lengua, canejo!

-Decí, decí no más.

-¡Está robando como los otros!

El caudillo estuvo a punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente:

-¿Y a mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...

Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno, exclamó como quien esboza un sublime programa:

-¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...


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Capítulo XIV
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El desquite de don Inacio


La historia del gobierno de don Inacio, llegado por maquiavélica combinación política a Intendente Municipal de Pago Chico, sería tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana: duró mes y medio!

Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando en su persona a la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él: a cada instante se le ofrecía un negocito, una coima o se le hacía «mojar» en algún abuso más o menos disimulado. En los primeros días don Inacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en el mejor de los mundos...

Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le dijo las verdaderas en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó en La Pampa, varios cáusticos de esos que levantan ampolla. Don Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las cuartas.

Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias a la buena voluntad del farmacéutico.

-¿Cuándo podrá ser honrado don Inacio? -se preguntaba generalmente, como chiste de moda.

-¡Cuando la rana cric pelos! -replicaba alguno-. ¡Ya le ha tomado el gustito!

Los principistas, entretanto, trataban de demostrar que el extravío de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos, aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas apenas se había metido en harina.

-Así son todos, -predicaban-. ¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas, en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!

Ferreiro, al aconsejar a los delegados oficialistas de la capital, primero que hicieran municipal a don Ignacio y después que le dieran la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente, porque, como él solía decir a sus íntimos:

-¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén por el mango no hay quien se le resista.

Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba a don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que, al caer, no arrastrara consigo a uno siquiera de los instrumentos que le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas.

La oportuna renuncia del comisario de tablada -provocada por Ferreiro bajo promesa solemne de reposición e indemnización satisfactoria-, permitió a don Ignacio reemplazarlo con un hombre de su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más, cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del contribuyente.

Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los copartidarios del intendente, a quienes todo aquello olía a chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había sido trigo limpio, comenzó en paz a ejercer sus funciones de comisario de tablada, coimeando y robando a gusto, y con prisa, como parte de «esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo», -como decía El Justiciero.

No costó mucho a Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios. Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña, acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la mar...

A todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos invertidos en la campaña, opositora, y a cualquier lado que mirara no veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada intervenida por el tesorero municipal, aquel de la larga fama, dirigió los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el hijo pródigo.

Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y desprestigiar la majada entera. En La Pampa, Viera le dijo sin piedad:

-El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer. Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.

El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.

Silvestre, menos cruel, lo fue mucho más en realidad, desahuciándolo en esta forma:

-¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'lau del miedo! ¡Metasé en un zapato y tapesé con otro!...

Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con la cabeza inclinada ora a la derecha ora a la izquierda, de tal modo que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo:

-¡Ande vas conmigo a cuestas!...

Estuvo a punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias a su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar a nadie ni engañarse a sí propio. Aguardábalo el ostracismo que la patria ingrata reserva a sus grandes hombres... Al día siguiente renunció.

La Pampa de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la negación de todo valor cívico la confesión de una falta absoluta de conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio como hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y excomulgado a tiempo a la pobre oveja descarriada, que sólo merecía desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada, que nunca debió abandonar.

El artículo de El Justiciero inspirado por Ferreiro, era mucho menos contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.

«Se ahorra muchos disgustos -decía-, y permite a Pago Chico volver a la marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar a cada momento graves incidentes y dolorosas complicaciones».

Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer orden para el gobierno, recibía cada mes, cuatro o cinco expedientes de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el asunto una montaña de tierra.

Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:

-Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio.

Pero, tengo curiosidá... ¿alcanzó a desquitarse del todo?

El otro estuvo a punto de morderlo, y lo hubiera hecho a no ponerse Silvestre a buen recaudo, gritándole:

-¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con vida!...


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Capítulo XV
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Las memorias de Silvestre


Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado a ser un grande hombre en cualquier otro medio, con solo algunas variantes en el carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente se malgastaba en fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico; no hacía síntesis sino en la farmacia, manipulando substancias químicas y sin saberlo siquiera. En la política y en la sociedad limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis, cuando falta la generalización, no conduce a las grandes acciones, ni aún a la acción, lo que quiere decir que no modela grandes hombres.

Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido o favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los centros importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad cualquiera, las entidades complementarias, que la convierten en personalidad, o cuando menos en individualidad. De otra manera en cada país no habría sido un número irrisorio por lo exiguo, de personajes dirigentes: lo serían, sólo, aquellos que de veras tienen dedos para serlo.

Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde sin embargo, aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez, Viera, don Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al diputado Cisneros, pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño, deidad invisible e intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba desde su nebuloso Sinaí algún nuevo mandamiento de su decálogo con estrambotes o añadiduras.

Silvestre no era, pues, grande hombre... Entendámonos. No lo era para Pago Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo es y lo será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos conocidos y desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría el conocimiento que, posteriormente y gracias a la indiscreción de un amigo común, hemos tenido de su obra magna: sus memorias políticas.

Hablemos claro.

No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por día en un cuaderno, con los ojos puestos en el futuro y para uso y experiencia de las generaciones por venir, los acontecimientos a que asistía o en que actuaba, el retrato físico y psicológico de sus contemporáneos, la filosofía que se desprende de los sucesos, las pasiones, las cosas y los seres. A ser capaz de tal perseverancia, sería grande hombre para alguien más que nosotros.

Pero, repitamos, lo era, para nosotros, ¡y tanto de no contentarse con el relato verbal y circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia, llenando las lagunas con lo que le inspiraban su lógica o su imaginación, aguda y atrevida la una, viva y acalorada la otra! Así es que acogió con júbilo el pedido de informes que le hiciera un amigo suyo, periodista bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo la psicología de la política y la administración en la campaña provinciana.

En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y observaciones; luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre amainó, hasta enmudeció; pero, gracias a la insistencia con que lo espoleaba su amigo el periodista, nuestro hombre reanudó a ratos la chismografía postal con visos sociológicos, interesante para él, es cierto, pero, -como le costaba trabajo y dedicación-, menos grata que la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada muchas veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella posiblemente perjudicial en lo futuro.

El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar a la posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para que sacáramos de ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición de cerrar esos extractos con el áureo coronamiento de una síntesis por él escrita, basándose en tales estudios, y que podría titularse «Psicología de las autoridades de campaña».

Vamos a integrar este capítulo con párrafos de las que llamamos «memorias silvestrinas» tomados aquí y allí en sus sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística aludida, que, a publicarse entera, abrumaría de tedio a los lectores, no porque carezca de mérito, sino, porque la gente no está hoy para teologías.

Este sería el gran momento de entrar en materia si no acabáramos de hacer una observación: Hemos incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido a echar una ojeada a su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo retrato literario, prosa destinada a que la salte el lector, nos atuvimos hasta aquí a los hechos escuetos, sin describir cosas ni personas; pero es cierto también que aún a riesgo de tan dolorosa e inevitable indiferencia, debemos rendir ese homenaje al ilustre boticario, ubicuo en estas páginas como Dios en el universo.


SEMBLANZA DE SILVESTRE

Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire a Laucha, pero con más trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico. Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían a muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, negros también y muy brillantes, separados como con tapia de bardas por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la cara angosta y chica. Si Laucha se parecía a un ratoncillo, Silvestre semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con voz un tanto aguda y chillona, e inflexiones no exentas de gracia. Era verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir (¡ay! ¡solía mentir!) se expresaba con el calor contagioso de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los domingos y fiestas de guardar se empingorotaba con un jaquet color pizarra de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba indistintamente «mi leva» o «mi funeraria», aludiendo con esto último al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que para otra clase de diversiones.

Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y los que no lo eran, iban gritándole por detrás y en coro:

-Don Silvestre ¿p'ande va la galera?

O le cantaban con el estribillo de un vals a la moda:

Tin tin, el de la galera,
tin tin, el de la galera:
tin tin, el de la galera,
la galerita y el galerín.

-¡L'evita la caminata! -exclamaban luego, aludiendo a la lujosa prenda con un retruécano fácil y poco espiritual pero popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mirá que te corre el chancho».

Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y cuya letra se basaba en dos «calembours» orilleros:

-¡Ya que has venido
p'a qué te vas!
¡Pagá la copa,
después t'irás!

«Yaqué, paquete» -no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en Pago Chico...

Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba a la irrespetuosa y bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz e iba a repetir la broma con don Domingo Luna, o con Machado, o con Bermúdez, aferrándose sucesivamente a ellos, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.

Agregaremos en secreto y bajo palabra de honor de que no será divulgado por quienes lo oigan:

Silvestre no era farmacéutico ni nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que dan patente a la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que supiera más que cualquier infeliz sometido a los estudios regulares, la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por decir que sabía mucho menos o que no sabía nada. Pero su espíritu de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio a favor de nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llevar adonde se quiera, siempre que se sepa donde se quiere llevar. Y aunque Silvestre fuese tan abiertamente enemigo de la Facultad, fuerza es confesar que nunca se atrevió a hacerle guerra declarada: así, evitando una posible clausura de la botica por su falta de título, pagaba a un farmacéutico residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin asomar nunca las narices en Pago Chico.

También, si el regente hubiese llegado a conocer el establecimiento a que prestaba su nombre y por el que se responsabilizaba, (pues en caso de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en viaje ocasional), es posible que hubiera retirado su garantía o por lo menos pedido un fuerte aumento de gajes.

La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes redomas de agua coloreada de verde y de rojo con anilina, y del pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador con la balancita de precisión guardada entre cristales-, más tenía de desván o almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba a la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples faenas de escudero de Silvestre, o cuando no urgía la manipulación de ungüento de hidrargirio.

Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba a la habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club peculiar que no falta en pueblo alguno americano o europeo, a juzgar por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en comedor, como éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra, parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, botines cubiertos de barro o de moho, corbatas, ropas exteriores tiradas -un Cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco a poco... hasta en el Pago.

Podríamos seguir describiendo aquello. Más aun: podríamos retratar uno por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de Pago Chico, dibujar sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, y lo que faltare podría suplirlo fácilmente la fantasía, cuando no el recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en el teatro de los sucesos.

Pero preferimos pasar por alto miles de notas que harían de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante aun de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquel que declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos, pues, sin más tardanza, a los extractos anunciados del epistolario silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá a primera vista se refieren a muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un período de años:


LA PLAZA DEL AGUJERO

«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más que una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano primitivo, escondido por mí arriba de uno de los armarios de la Municipalidad, en tiempos de la intendencia de don Ignacio.

Las otras tres se vendieron en un remate de ñangapichanga, con el pretexto de que eran necesarias y había urgencia de arbitrar recursos para la Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas.

Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, a cinco mil pesos cada una y sin aflojar mosca, porque la pagaron con cuentas atrasadas, compradas por un pedazo de pan a varios infelices cansados de tramitar el cobro al cuete.

Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos a unos cuatro mil, y se embolsicaron una fortuna a vista y paciencia de todo el mundo.

¡Decime si esto no es el callejón de Ibáñez!

Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados por la misma tijera, han hecho gastar a la Municipalidad más de cien mil nacionales en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena». Comenzaron un pozo, le habrán echado tres o cuatro carradas cuando mucho, y andan tan campantes.

-¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza son los tres aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero está sin tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se hubiesen llevado los morlacos sin hacer la parada de trabajar.

Lo único que me llama la atención es que no se roben las casas con gente y todo».


COMICIOS BARATOS

«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas que ni mesas se instalaron en el atrio, ¡dáte cuenta!

Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos, el secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en casa de Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después a la capital. Dicen que uno le dijo:

-¡No se apure tanto amigo! ¡Si las elecciones son el domingo que viene!...

Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió a consultarlo a Ferreiro que, a la noche, lo contaba en el club, riéndose a carcajadas.

Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da a Pago Chico una enorme importancia política.

Así se hace patria».


EL VOTO DEL RENGO

«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta que en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dio orden de ir a votar con los carneros, diciéndole:

-Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque se han comprometido a cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y vos y los muchachos han votau con ellos, encomendate a la virgen y los santos, porque los arriamos a todos una noche, sin asco, y los metemos en la cafúa.

Yo le dije al Rengo que eso no le convenía a Barraba, porque perdería la coima, que le paga; pero él me contestó:

-¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían bailando no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como manda el comisario, y no andarse con vueltas, porque a lo mejor lo dejan a uno en camisa, y que vaya a quejarse al Papa!

El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray!

Decíme, hermano, si esto es páis o qué».


BARRABA Y LA ISLA MISTERIOSA

«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas, pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y a cada rato viene gente a la botica.

¡Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego del Mirador; pues también le cobra a Laucha, el de la pulpería de La Polvareda, al del reñidero de gallos, a otro que tiene un billar de choclón a media cuadra de la plaza, y como si esto no bastara, es socio de la dueña de una casa pública, en la que ha hecho trabajar de albañiles y peones a vigilantes y presos!

¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar todo lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias a Barraba, el asilo de todos los cuatreros de la provincia que quieran trabajar con él en completa impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es el que capitanea la cuadrilla, esconde y negocia la hacienda robada.

Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados, que cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo macanudamente aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla, tapándole el tirador en el que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan Moreira.

Tiene el rancho a dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un cañadón siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, o más bien los ranchos, porque son varios, están en un albardón y atrás tienen un corral de palo a pique. Allí vive él y toda su familia, además de los cuatreros que lo ayudan.

Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa que no se seca nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la hacienda robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar allí, porque el diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla, para que no se acierte con el paso.

De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen perdiz los padrillos de raza, los toros finos, -miles de pesos que van a parar al matadero, como cualquier vaquillona o cualquier novillo criollo. Allí se «planchan» las marcas que, como sabés, es la operación de quemar medio cuarto trasero al pobre animal, o se «agrandan» las mismas marcas, desfigurándolas con otros fierros. En fin, las picardías conocidas.

La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que sino no lo dejaría trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia, porque para eso es un bribón desorejau, y el que roba a otro ladrón tiene cien días de perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el comisario lo fiscaliza, es en una carnicería que han puesto en las afueras del pueblo para vender la carne robada. ¡Qué pensás de esto, ché!

Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué sé yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de los agentes y los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del servicio.

Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento que se anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran vender sino con la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no soltar sus realitos, hizo que hicieran fuego en la comisaría con las patas de unos catres.

¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo explicarás, pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el forraje de los caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el verdín del patio hasta que se mueren de alegría.

¡Y cómo es de bruto! Figurate que a don Juan Dozo, municipal, le robaron el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia a Barraba, y los milicos y los oficiales se echaron a nadar, sin encontrar, naturalmente, ni la plata ni el ladrón.

Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va a consultar a una adivina que tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna venganza le hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús.

Dozo le cuenta la cosa a Barraba y éste, sin más ni más hace prender al peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría, comienza a ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Crees que es mentira? Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha hecho nada, porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel», como él mismo dice.

Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no vuelvan a suceder!

Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos actualmente: nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que yo sé son tremendas, pero ¿cómo serán las que no sé?

Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no encuentro otro remedio...»


UN MOREIRA DE ALQUILER

«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si a la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro ha hecho venir del Sauce, -como si no bastara la policía- un pucho matón y compadre llamado Camacho, a quien le dicen «Moraira», y que recorre las calles armado con un tremendo facón y un descomunal trabuco naranjero, que al propósito anda dejando ver debajo del poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas a la justicia, porque es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un cobarde cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos meta un julepe a alguno.

Ha muerto a traición a tres o cuatro, en estos últimos años, pero como nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen los que lo utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha dado hasta hoy, es el de hacerlo escaparse del partido en que «se desgració», recomendándolo como «hombre de acción» a las autoridades de cualquier otro.

Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero probablemente sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de intriga pero no de sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina, y te debo confesar que lo ha conseguido, porque este pueblo es muy mulita y no quiere estar a las duras sino a las maduras.

Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos, porque el tal Camacho o Moraira es una verdadera calamidad, y todo el mundo lo acusa a él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no se fían de semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto lo tienen cerca, no sea cosa que ellos mismos caigan en la volteada.

Anoche anduvo borracho a caerse, baladroneando y amenazando con matar y degollar; salió a la calle con el trabuco cargado hasta la boca y el gatillo alzado, preguntando a gritos dónde estaban esos «chivitos» de m., hijos de una tal por cual, y diciendo que salieran si eran c... para enseñarles quién es Moraira y quienes son los del partido provincial. De seguro que mata a alguien, quizás a alguna mujer o criatura, si el mismo Ferreiro no sale a buscarlo para llevárselo a dormir la mona.

Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole que todo estaba tranquilo, que habían triunfado y que al día siguiente -por hoy- habría asado con cuero y era preciso madrugar.

-Mire, patroncito -le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la tranca-, lu haré' porq'usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en medio'e las guampas, p'a que otra vez no se metan a sonsos... ¡Ah, hijos de una, no estar aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!...

Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo. La gente se asomó con miedo a las puertas y ventanas, corriendo algunos vigilantes, muy asustados y sin animarse a llegar hasta Camacho que se había caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado dormido inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran a la posada, cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá tuviera ganas pero no se atrevió, porque, como dicen, el miedo no es sonso ni junta rabia.

En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que se va armar alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez perdonando vidas por el pueblo, y metiéndose a chupar en todas las trastiendas.

Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va a hacer que se mame como una cabra para que no pueda ir a la sesión municipal. Mirá si va y con la tranca descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!»


HONRADEZ ADMINISTRATIVA

«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que le digamos «carneros», como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano no puede pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para la gracia los más diablos del Club del Progreso, y después todos los provinciales u oficialistas.

Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque El Justiciero tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones, que como te imaginarás han sido lo más pacíficas, porque ni los escrutadores fueron al atrio... Pues Viera dijo en La Pampa que ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palos y multas», que es lo único que dan nuestros municipales. Como lo escribiera muy en serio, a Fernández, el director de El Justiciero, se le atravesó la cosa, y anduvo averiguando lo que significan las palabritas que él interpretaba como «mucha paz». Nadie se lo supo decir a derechas, así es que se fue a preguntárselo al cura Papagna, que es como preguntármelo a mí.

-La pache de la multitúdine -dicen que le contestó el cura al tun tun, pero dejándolo completamente tranquilo.

Viera y yo nos hemos reído a carcajadas de la cosa, aunque Viera sea siempre más serio que bragueta de provisor. Y, a propósito de Viera, el otro día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de La Pampa en que se quejaba de que desde hace seis años no se publican los balances municipales.

-No los publican por honradez -le dije.

-¡Cómo por honradez! -gritó furioso.

-¡Claro! -le retruqué- ¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no lo hacen es por honradez!

¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su pucho de vergüenza, y eso les pasa a los municipales. ¿No te parece?»


LITERATURA PAGOCHIQUENSE

«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio enseguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber hecho una obra maestra, como que la manda a La Nación, de Buenos Aires, nada menos, contando con que se la publicará en sitio preferente (¡agarrá ese trompo en l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta que resultó un verdadero velorio. Pero ya te darás cuenta por lo que dice el artículo, que es el siguiente con título y todo:

«Correspondencia de Pago Chico


«Pago Chico, 16 de junio de 18...

«Señor Administrador de La Nación: -Se celebraron aquí el día de Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas del Santo Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su fundación.

»Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus Cristi el 14.

»Ha sido todo un acontecimiento.

»Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando con la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas visualidades.

»Nuestro Pirotécnico, don Ludovico Pituelli, demostró como siempre gran ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos aplausos.

»La función religiosa o sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus frondosos árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso que en esta clase de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios las hermanas de la Inmaculada Concepción.

»El Reverendo Padre Papagna, como buen orador sagrado, tomó a su cargo el panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la armoniosa banda de música dirigida por el maestro Castellone y que lo más que impresiona al público es: que está tocada por siete legítimos hermanos; quizá será la única en el mundo; dicha banda amenizó la fiesta con perfección; se debe su presencia a la buena voluntad del diputado señor Cisneros, quien la pagó de su bolsillo. La policía muy correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo entusiasmado con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y el tronar de las bombas.

»Por la noche grandes bailes en la casa de los señores Gancedo, Tortorano y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tercícore, concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino.

»Saluda al señor Administrador Círilo Gómez.»


CURACIÓN MILAGROSA

«¡A este doctor Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha, el matón Camacho, traído por Ferreiro, y del que hasta ahora no nos hemos podido librar, le dio tal garrotazo a Lobera que por poco lo desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo de la cancha.

Lobera está malamente herido, y quien sabe si no espicha, pero para que Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.

Y lo más lindo es que mientras Moraira, o sea Camacho, anda suelto y compadreando como de costumbre, a Lobera me lo tienen preso en un cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del garrotazo.

Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿a qué santo si nadie le lleva el apunte?

Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y a este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta el violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»


INTERESES PATRIÓTICOS

«¡Decime si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia! Hacía una punta de meses que mandábamos nota sobre nota al comité central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera, por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí o de allí.

-¡Andá ver! -le contestaba yo-. Es que no saben qué decirnos, ni tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo a la gente, comprar armas, por un si acaso, ayudar a tu diario que pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los suecos para no tener que mandar fondos desde allí.

Él no me quería creer, pero anoche vino furioso a la botica. ¡Por fin había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinás qué! Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos ¡sin la más ligera modificación!, «porque de eso dependen los altos intereses patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta hoy».

-¿Qué vamos a contestar? -le dije a Viera.

-No sé -me contestó- lo que sé es que me dan mucha rabia.

-Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y que aunque nos dejaran, no votaríamos sino por una lista hecha después de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca del candelero.

-Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se han encargado ya de interpretar nuestra opinión -me observó Viera.

-Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara -le dije- vamos a estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el día de las elecciones les mandás un telegrama diciendo que el comisario Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo a los atrios, como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y los otros, nunca daremos pie con bola.

No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y se las dije a Viera, te las digo a vos por lo que puedan valer.»

Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso es dárselo a estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio que resta a los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de las autoridades de campaña» desarrollada por el periodista amigo de Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran tan mal con este trabajillo.


PSICOLOGÍA GUBERNATIVA

«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por una parte y el hombre ilustrado por otra -la absoluta mayoría y la absoluta minoría-, han cedido sus puestos a nuevos elementos que no teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse, combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados inevitablemente a desaparecer. Son individualidades de transición, que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más o menos artíficiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la relativa perfección a que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»

Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso saltamos, sin más, a párrafos de corte no tan científico, pero en cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:

«Estos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia, semejantes a las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles se destacan rudamente en el cielo, pero que ni siquiera aparecían en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran -esos dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que se liquidan fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión a Silvestre es evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:

«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas a las autoridades satélites...»

Nuestro autor entra en materia algo más abajo:

«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de un partido, podrían ser trasplantados a cuarenta o cien leguas de su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio desconocido sin que ni en el primer momento se notara el cambio. Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas o de harnero para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores o cómplices de sí mismos, según el caso.

«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario de la casa de juego, diez, veinte más. Este es el «partido oficial» entero, o la sociedad comercial e industrial completa. Ahí está la oligarquía que a veces tiene un jefe visible -el senador o uno de los diputados de la sección electoral, última forma del caudillo-, que nunca está, seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista entre sus miembros algún férreo e inconfesable lazo de unión.

»Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo oscuro punto de partida. Tal andaba de «chiripá» y con la pata en el suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fue agente de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero o como empresario de timbas amparadas por la autoridad, o tuvo casa de prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...

»-¿Por qué no entregan ustedes las instituciones de campaña a hombres menos desprestigiados? -preguntábase a un gobernante.

»-Porque los hechos no se venden ni sirven para instrumentos -contestó.

»Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca a una raza determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se halla siempre la mezcla, a la que sin duda impidió dar benéficos resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.

»Cuando se apalea o se maltrata a algún enemigo de la autoridad, inútil es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y desconocida, o un grupo de emponchados irresponsables.

»No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles, en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto bajo el peso del partido oficial que llegó a temerlos. Por eso, cuando se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado a la actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los bancos, o la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches de ejido, o los legajos polvorientos de los juzgados de crimen... Ahí está el secreto...

»En cuanto a la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban «mañas libres». La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna ¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando. En un principio se preocupaban de llevar gente a las elecciones para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige dedicación y gastos, lo fueron reduciendo a su menor expresión: el piquete de policía armado a rémington frente al atrio, y en el portal de la iglesia los escrutadores copiando los registros.

»Llegose una vez hasta cerrar las puertas, para que algún votante intruso no fuera a interrumpir a los que copiaban nombres... mil cuatrocientos nombres de ciudadanos votando unánimes y entusiastas por los candidatos oficiales.

»Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para gobernar la comuna, se jugaba a las cuatro esquinas con los puestos públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado presidente del Concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara ningún elemento nuevo. Tanta era la escasez de hombres que en otros partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por regla general, diputados-intendentes.»


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Capítulo XVI
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Pago Chico Roberto Payró


Fiestas patrias


-¡Tatachin, chin, chin!, ¡Tatachin, chin, chin!

-Shuitzsjsss... ¡pum!

Y vuelta a empezar.

Uno que otro pilluelo desarrapado seguía a la charauga y a don Másimo, el viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos docenas de bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún cañonazos.

Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la pasiva condición de postres, a la puerta del antiguo fuerte que, adobe por adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal.

Era el amanecer de un día patrio.

Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados al oír los estampidos y la música marcial, a puro bombo y platillos, creyendo que por lo menos, la grave cuestión política había sublevado al pueblo en masa, y que los Krupps estaban haciendo estragos y sembrando de cadáveres el pueblo.

Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico sentía del uno al otro extremo y sobre todo en su corazón -el pueblo propiamente dicho- los estremecimientos precursores de la honda y trascendental agitación que había de perturbarlo durante tanto tiempo, dando socorrido tema a los historiadores futuros.

«La grave cuestión política» no está puesta, pues, a humo de pajas, ni era ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las descargas sin malicia de don Máximo.

-¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es nueve.

Y dándose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus temores de guerra y exterminio.

Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, a pesar del intenso frío, para preparar los trajecitos de los «escueleros», que debían ir en corporación a la iglesia y luego a la Municipalidad a pronunciar discursos, a decir versos patrióticos, y sobre todo o comer masitas de la confitería de Cármine, hechas con sebo de la riñonada, tan útiles para Pérez y Cucto, Carbonero y Fillipini, y para el pobre Silvestre.

Después de dar diana a las autoridades y al cuerpo diplomático -los vicecónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean-, quienes por excepción no hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la charanga y las bombas volvieron a su punto de partida, al pie del cono truncado, obelisco de la plaza pública; rasgó el cielo blanqueado por la luz del alba, el humillo de dos bombas lanzadas una tras otra y que estallaron allá arriba, formando una aureola como de copos de nieve; el astro rey saltó al oriente, al imperioso mandato dorando la cima de la pirámide y el techo de las casas, y en el aire tenue y frío vibraron las notas solemnes de la introducción del Himno que ni los mismos asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban a sí mismos «bandidos», haciendo un juego de palabras no desprovisto de base sólida, lograban echar a perder para nuestra eterna sugestividad. Los pilluelos corrían y gritaban, entretanto, alrededor del mortero que se aprestaba a disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de veintiún cañonazos), y en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba de vez en cuando, al trote de su caballo, y con el repique de los panes sacudidos dentro, el carrito negro de algún panadero, a caza de puertas abiertas...

Terminó el Himno, los músicos se fueron a su casa, el pueblo entró lentamente en el movimiento habitual, esperando el mediodía con su procesión infantil a la municipalidad, sus «versadas» en el salón alfombrado ex profeso, sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan hecho por Cármine como las masas, con algún sucedáneo de sebo -y el rompe cabezas, y la corrida de sortijas, y el palo jabonado, y quizá, si quisieran trabajar gratis en la plaza- los volatines, que en aquella época hacían las delicias de la población en una gran carpa de lona.

Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor cuantía, salieron cada cual por su lado a dar alboradas a las personas de viso, a las puertas de su casa, con la esperanza generalmente fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita o la chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche.

El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros. ¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro Urquiza, payador o mandadero, según las circunstancias, cantara a la puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de guitarra.

¡Qué bello día de primavera!
¡Qué panorama consolador!...

Se quedó sin centavos, a pesar de la ardiente fantasía que primaveraba el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía paradero de caravanas en un arenal.

Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían estarse quietos y a los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de disfrazar el vestido del 25 de mayo, obra que les había absorbido toda la semana.

Sólo cuatro o cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo), estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera.

La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con grabados. La Pampa, el diario popular, cuyo programa era la redención de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecho por un tipógrafo de último orden, e impresa en Buenos Aires sobre papel de oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y amplias ropas de hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque, sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez, que en tiempo de los indios tuvo hilos para manejarla a capricho y estafarlos a gusto y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una bestia apocalíptica, erizada de púas en el cogote, y de ojos casi más grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y en el aire, bailaban cuadrillas unos doce a catorce muñecos, que según por el texto del diario se supo, querían representar a los próceres de la patria.

La alegoría (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba estas leyenda:

Y A SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN

El doctor Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera, Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la palabra «león» y puso debajo «ratón».

-¡Qué león, ni qué león! -exclamó- Cuando mucho habrán vencido a un ratón.

-No hable mal d'España -le dijo con sorna Silvestre-. ¡No es tan ratón, doctor!

-¡Vaya usted al caramba! -gritó Pérez y Cucto, saliendo de allí como una bomba para evitar un desagrado.

Viera se limitó a lamentar que su alegoría pudiera prestarse para interpretaciones belicosas o hirientes. Ni se había pasado por la imaginación que aquello pudiera suceder.

Entretanto El Justiciero, el organito de Luna, como le solían llamar, era todavía más patriota que La Pampa, pues publicaba también litografiado e impreso en papel de oficio un gran retrato del gobernador de la provincia, orlado de roble y laurel, modesta y conmovedora manera de honrar el día glorioso y quedar bien con el patrón al mismo tiempo.

En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasose la mañana entera y verdadera.

A las doce volvió a oírse por esas calles el aullido de la banda de Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba él mismo) había rapsodiado para aquella circunstancia solemne; rimbombaron en la desnuda plaza -tenía eco- los cohetes de don Máximo, muy estirado, enorgullecidísimo de sus altas funciones, y la gente fue introduciéndose por grupos en la iglesia, casa del Señor y más inmediata y exclusivamente, del cura Papagna.

El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban a la cabeza don Domingo Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de talle corto y mucho vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de copa; don Pedro Machado, juez de paz, con indumentaria aproximada y oliendo a alcanfor y pimienta, como el intendente; el doctor Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto, con más aire de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años de Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de «guardia nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); a su lado quebrábase el comisario Barraba, de saco y botas altas bajo el pantalón, mirando a todas partes con ojos de mando y desafío; el recaudador de la contribución directa y el valuador, empleados provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás y de a dos los municipales acaudillados por Ferreiro y muy compinches con Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de La Pampa, su escudero Ortega, el doctor Fillipini, Amancio Gómez, tesorero municipal, todo el oficialismo, en fin, sin que faltara Benito Mendoza, dragoneante de oficial de policía y revistando como agente... El cuerpo diplomático o sea los vicecónsules Grandinetti, Petitjean y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy grave, muy posesionado de su papel, infundiendo respeto a los mismos pilletes que, cuando estaba cada uno de ellos tras el respectivo mostrador lo trataban tan a la pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales, inspectores, comisario de tablada, inspector del riego -gran potencia- recaudador del impuesto de naipes y tabaco, pero nadie, nadie que no ocupara un puesto público, rentado o no, salvo uno que otro concesionario o contratista enredado con fruto en los negociones municipales.

Tanto gritaba Viera en La Pampa que ya en el pueblo comenzaba a divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente, para no dar pie a las represalias. La oposición era placer no saboreado sino de corto tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían aún a derechas, cómo se hace, por qué se organiza, qué caminos debe seguir, ni a dónde conduce. Ya lo aprenderían a su costa y quizá en su beneficio...

Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los alumnos de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules de frío, niños y niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso, marchaban también de dos en dos, a las órdenes de sus maestros que, soberbios y fastidiados, maldecían de la fiesta y sus incomodidades, pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando a vista y paciencia del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución, si no con marcialidad, luciendo en sus ojos a esperanza de los dulces municipales -infinitamente más ricos que los caseros-, después de los discursos y los versos aburridores e interminables.

El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De Profundis. Imposibles es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita, simple galpón le dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha le cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron a la puerta, éstos sencillamente porque no cabían aquéllos porque no cabían y también porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera representar a nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy ministro que se dijera de la corte celestial?...

Y entre tanto el bueno de don Másimo, dale que le las a las bombas cuya larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para agazaparse enseguida y echar a correr casi en cuatro pies huyendo del mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol convertía en lentejuelas de oro...

En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban su bandera de seda -orgullosos y fatigados los porta estandartes- y si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión.

Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto a la larga mesa del refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.

Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los niños preparados para declamar o pronunciar discursos alusivos, ni las dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la intendenta a la cabeza.

El inacabable cotorreo que llenaba el salón fue apagándose poco a poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba a ocurrir, y una voz infantil surgió sobre el mar de cabezas como un grito subterráneo y prolongado. Decía versos.

Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre los apretones de aquella multitud. El hecho es que -enseñado por el maestro de primeras letras-, se debatía virilmente y lograba hacer con gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando sin equiparse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos:

Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
el blanco y el celeste de nuestro pabellón...

oyó ni entendió una palabra -salvo los muy próximos- pero ¡qué aplaudir aquél! Hubiera sido de cosa nunca acabar si una niñita vestida de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al pueblo soberano:

-Hoy es el grande, el inmenso aniversario...

Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por la maestra, interrumpiose roja de vergüenza y de temor, y con la voz húmeda de llanto, temblorosa y baja, repitió después de corregir el ademán:

-Hoy es el grande, el inmenso aniversario...

Y a medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea, como si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la intención que ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba acentuando sus palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin inflexiones, el rojo de la vergüenza era substituido por el carmín del entusiasmo, brillaban sus lindos ojitos negros y cuando al final dijo:

-¡Y juremos defender esta bandera!

Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado como un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción rompiendo al fin en un aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en que a los diez años una futura patricia no puede jurar a sabiendas si será o no defensora de enseña alguna.

Pero los pagochiquenses eran patriotas a su modo y por sugestión, mientras «no queman las papas» según Silvestre.

Terminados los aplausos, la niñita con la cara colorada, como si fuese una flor de ceibo, gritó: «-¡Viva la Rep...!»

No se oyó más, porque don Másimo había creído oportuno el momento para regalar al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de tres bombas de estruendo.

Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta, una mujerona gorda y flácida, daba a cada uno su ración de dos pastelitos elásticos, que a pesar de su heroica resistencia al diente, pasaban en un abrir y cerrar de ojos a los infantiles estómagos. En otra jira dieron a cada cual un vasito de horchata, y siempre en fila, militarmente, comandados por maestros y maestras, los niños se retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose a las escuelas, punto de reunión y de licenciamiento.

Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el contrario, los cívicos padres de niños o de niñas, permitieron gustosos que concurrieran a las escuelas, al Te Deum y hasta la Municipalidad. Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en una de las chacras de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la política fue generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo a pasar un buen rato, a reír, a cantar, a bromear, pero no a calentarse los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos sofocones. -Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo, el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz regocijada de la naturaleza despertábanles el apetito y el buen humor.

El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de carne, bien a punto, más sabrosos para los catadores que el faisán trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de cáscara carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo tesoro culinario criollo. El moreno había estado «a la altura de sus antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados. Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto, hasta acabar todos gritando:

-¡Te has lucido, Urquiza!

El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia a quien sirvieran sus padres o sus abuelos, no tuvo otra cosa que contestar que un clamoroso:

-¡Viva la patria!

El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó a bajar el sol, y los comensales, unos a caballo, otros en americana, algunos en tílbury, comenzaron a volverse a las casas -como decían indicando el pueblo- después de haber solemnizado con el estómago -como en la más refinada civilización- el magno aniversario de la declaración de nuestra independencia.

Pero volvamos a los concurrentes de los salones municipales en el punto en que los dejamos, es decir a la salida de los niños.

Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores, con un ímpetu arrollador.

En un momento quedó el tendal de cadáveres, la mesa limpia de vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes sentidísimas palabras:

«Señogas y señogues:

»Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vás, pog brindag en esta fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic!

»Señogues:

»Viv' la Fráns!

»Viv' la Republic' Aryantín!»

Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano, y Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento zeneize, el otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de g con j y o con u, sabroso condimento regional de sus entusiastas palabras.

Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela, un memorable discurso:

«Venju -dicen que dijo- a tratar del retrocesu de Paju Chicu, este pueblo que antes fue jobernadu por los indius y que hoy sije en manus de la misma familia».

Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que Silvestre propalaba la especie, alterando según las circunstancias el texto del discurso. Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo.

Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz alguno, así es que se dio por terminada esa parte de la función, la concurrencia salió de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que más le convino: éstos a sus casas, aquéllos a los volatines, los de más allá a la corrida de sortija, y los pilluelos al rompecabezas y el palo jabonado con premios.

Aquel día fue como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense, un día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y confundible con una comunión en un solo sentimiento...

Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado con la elocuencia de Pérez y Cucto, muy romántico, muy año 10, murmuró aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas:

-Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros y nos acariciaran desde allá arriba.

Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la lea sin reírse.


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Capítulo XVII
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Pago Chico Roberto Payró


Poesía


«Poesía eres tú».- BÉCQUER

La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos. Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una noche de ensueño, de esas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el alma, sobreexcitar los sentidos, encender la imaginación.

Y los peones de la estancia de don Juan Manuel García, tendidos en el pasto, al amor de las estrellas, iluminados a veces por una ráfaga roja que relampagueaba de la cocina, fumaban y charlaban a media voz, con palabra perezosa, inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.

Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fue el punto de arranque de la conversación.

-¡De qué dijunto será es'ánima! -exclamó el viejo don Marto, santiguándose una vez pasado el primer sobrecogimiento.

-¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy -contestó medrosamente Jerónimo.

Don Marto rezongó una risita:

-¡De ande sacás!... -dijo-. Si aquí no hay ráys dende el año dies, cuando echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los ingleses... ¡Ray! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no somos hijos del patrón... Será más bien de algún inocente.

Pancho, el aprendiz de payador -que andaba siempre a vueltas con la guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega, con el instinto del pájaro cantor que reclama a la compañera, querida en secreto-, Pancho, que vio aparecer en la puerta de la cocina la delgada silueta de Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo y cambiante del fogón, agregó melancólico y penetrado:

-¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se muere una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!...

Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero, escuchaba, invadida también por el avasallador hechizo de la noche y por el encanto de la palabra del payador. Como la compañera todavía indecisa del pájaro cantor, estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada ya, pero sin tender las alas todavía. Y Pancho continuó:

-Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero esas son las de los dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida: los que se disgraciaron por casualidá, los que engañaron a un amigo p'a salvarse... ¡y tantos otros! Las que son malas de veras, las de los ladrones, los traidores y los cobardes... ¡esas no tienen luz!

Don Marto asintió:

-Sí, esas son las que le tiran a uno el poncho, de atrás, en las noches escuras, o le mancan el mancarrón, o le apedrean el rancho, o le asustan l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente.

Juan, el resero nuevo, interpeló a su antecesor y maestro, aquel fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre dolorido:

-¿Y usté qué dice, don Braulio?

-¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!

-¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus dolamas y pita que te pita!

-Y qu'h'e hacer ni en qué m' h'e divertir, a mi edá y con mis achaques... Justamente andaba pensando si lo dejarán pitar a uno después que cante p'al carnero...

Una risita de Pancho, y su contestación:

-¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada e jueguitos que sencienden y se apagan en el campo?... Esos son los cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas o los teros, dando güeltas y fumando...

-¡No digás! -exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.

-¡Si son «linternas»! -explicó don Marto, magistral.

-Luciérnegas querrá decir, don... -siguió Pancho, impertérrito-. Parecen bichitos, es verdá; pero son los cigarros de las ánimas pitadoras.

-¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan?

-Sí, pitan... Pero tienen frío y s'encierran en las casas a pitar al lau del jogón!...

-¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!...

-¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente! ¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?

Hubo una pausa.

Entre amedrentado y risueño, don Braulio agrego en seguida:

-¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen?

-¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupado! Ellos quisieran hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar, y enlazar... a veces no pueden porque tienen los güesos en la tierra... Pero saben venirse, p'a un si acaso... ¡Vamos a ver! ¿A que ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío p'al veinticinco e mayo y p'al nueve de Julio?

-No mi hago cargo -murmuró don Marto.

-Yo no sé -confesó otro.

-No caigo en la cuenta -declaró don Braulio.

Pancho, triunfante, explicó:

-Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la patria, sin que falten ni los mesmos y muertos en los Andes, que son unas montañas altas así de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso, en cuantito tocan l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le corre a uno por el lomo.

-¡Ah, balaquiador lindo! -gritó don Marto, no sin admiración reprimida.

Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en labios de tal paisano, agregó:

-Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren todavía tiernecitas?

La réplica inmediata de Pancho:

-¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos con una frutita enterrada, igualita a un corazón, y como azúcar?...

-¡Agarrate!... ¿Y las viejas?

-Güevos de gallo, que se pierden en los cercos o se agarran a las barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... más todavía!...

Por su irritabilidad de enfermo, a don Braulio se le ocurrió lanzarle un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y cantor:

-Y los payadores, decime...

Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le dictara las palabras:

Los payadores de láy,
los payadores de veras,
no mueren nunca, paisano,
ni son ánimas en pena...
¡siguen cantando nomas,
lo mesmo que Santos Vega!...

Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzo con ritmo marcado y sentimental. A los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno a uno, fueron desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche. El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama, enervado por su mismo desgaste cerebral, fue Pancho.

Y al pasar junto a la puerta, ya tenebrosa, de la cecina, en medio de la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más intenso, más libio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que murmuraba junto a su oído:

-¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?

Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que es todavía un recluta, abrazó con ímpetu a Petrona y

-¡Vos! -le besó en la boca.


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Capítulo XVIII
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Pago Chico Roberto Payró


Sitiado por hambre


-¡Hay que sitiarlo por hambre! -había exclamado Ferreiro aludiendo a Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor, como pudo verse en «Libertad de imprenta».

El plan era fácil de desarrollar y estaba a medias realizado por el oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba La Pampa, ni anunciaba en ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta cívica. No había más que seguir apretando el torniquete y aumentar el ya crecido número de los confabulados contra el periodista. De la tarea se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en el candelero, dirigidos por el escribano que les hizo emprender una campaña individual activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido diplomático, sino de empeñosa protección a El Justiciero.

En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los periódicos son necesariamente escasos y más escasos aún los anunciadores, porque ¿a qué tanto salir diciendo que en el almacén tal o en la tienda cual, se venden estos o los otros artículos, cuando todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa de Fulano o de Mengano está en la calle tal número tantos, cuando hasta los perros la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un aviso en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo ostensiblemente, no por otro motivo o propósito, -y más barato resulta no anunciar. De los suscriptores, muchísimos no pagan, unos por ser amigos del propietario, otros por no serlo bastante, de manera que no hay cosa tan precaria como la vida de una publicación de aldea, villa o presunta ciudad, salvo cuando es afecta a los gobernantes, quienes la subvencionan, le dan edictos, licitaciones, etc., hacen suscribirse a sus allegados, subalternos, favorecidos o postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable, porque nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto más tiene el diario oficialista, menos alcanza el diario opositor, puesto que el comercio no señala a la «réclame» sino una partida tan exigua como la destinada a limosnas -es decir, nada en absoluto o nada relativamente- y los fondos no alcanzan para dividirlos en dos. Mientras uno mama, el otro llora.

De tal parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de La Pampa después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban unos pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios que, en vez de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto mismo era más nominal que positivo, pues como el diario, bamboleante en un principio, se sostenía a duras penas, los proveedores bonaerenses de papel, tinta, tipos y demás, tenían en cartera documentos a plazo fijo por un total bastante más crecido que el valor del terreno. Para La Pampa, más celosa que la misma balanza de precisión de Silvestre, la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier carga desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por falta de elementos.

Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó a cabo con éxito visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes propagandistas y comisionistas de El Justiciero, buscando avisos y suscripciones que muchos no les negaban por no incurrir en las iras celestiales. Pero, según lo ya dicho y como que el hilo se corta por lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la sacaban práctica, aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin graves temores para un futuro inmediato.

-¿Por qué no se subscribe a El Justiciero? ¿Por qué no pone su avisito en El Justiciero? -era la frase intercalada de pronto en la conversación y sin andarse con muchos rodeos por los secuaces del escribano.

-Porque ya estoy suscripto a La Pampa y tengo allí mi aviso.

-Póngalo también en El Justiciero, porque «hay» interés en ayudarlo, y para un comerciante cine vive de todo el mundo, como usted, no conviene estar bien con unos y peor con «otros» que valen más.

El comerciante trataba, a veces, de no dar su brazo a torcer, siguiendo con el aviso en La Pampa.

-Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y a gatas si puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.

-Bueno -replicaba el comisionista de ocasión- en ese caso, para no quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga tomar entre ojos.

Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder» forzosamente cedía, si no a la elocuencia de estas palabras, a las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y o daba el aviso a El Justiciero quitándoselo a La Pampa o se lo quitaba a ésta para no dárselo a nadie. Lo mismo o punto menos ocurría con las suscripciones...

El derrumbamiento del diario se precipitaba estruendosamente sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto en práctica, observose que no entraba un solo anuncio nuevo -como es natural dado el carácter de los anunciantes- mientras seguían retirándose los viejos...

Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías, redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien las páginas de anuncios de La Pampa podían llenarse bien o mal con los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo, acudió solicitando un préstamo a la sucursal del Banco de la Provincia, aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por hambre. No se le dio ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad».

Aún no había hecho confidencias a nadie, limitándose a refunfuñar que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo, instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía.

El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la hipótesis era caso de pensar en desnudar a un santo desnudo para vestir a otro no más abrigado. Como aquel pesar y aquel temor de la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, abriose al doctor Pérez y Cueto que acababa de llegar por casualidad a la imprenta, y que le escuchó con tristeza y a ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida por Ferreiro, Luni, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti.

-¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!... -exclamaba de tiempo en tiempo el doctor, interrumpiendo a Viera.

Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo volvía a interrumpir:

-¡Caramba, caramba, caramba!

Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado el tema. El doctor Pérez y Cucto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego, irguiéndose, arribó a una conclusión:

-¡Hay que arreglar eso! -dijo.

Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa atención, repitió sentenciosamente:

-¡Hay que arreglar eso!

Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:

-¿Y cómo? -preguntó a su grande amigo.

-¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando a este desdichado pueblo y vejando a la gente de pro. ¡A todos nos toca mantener bien alto la bandera enarbolada por La Pampa, y todos sabremos cumplir nuestro deber! ¡Tenga usted confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón para seguir luchando como bueno!

Estaba tan agitado y conmovido cual si acábase de hablar ante cien o doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y a fe que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar, porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en una gran nación, agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial; compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis como se agiganta...

-¿Con cuánto se remedia? -preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo a la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer tonterías, a lo humano, sin perder por eso su divino carácter.

Viera se lo dijo.

-Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con usted, Pago Chico está en deuda con La Pampa, su único defensor, su postrer baluarte, y es preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio, pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de otras listas. En un par de días tendrá usted el doble de lo urgentemente necesario, y La Pampa volverá a navegar viento en popa.

Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba triunfante en la redacción de La Pampa, gritando a voz en cuello:

-¡Aún hay pueblo en Pago Chico! Aún hay pueblo en Pago Chico!

Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella época, y centenares de vecinos suscribieron con entusiasmo según sus fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento, hubiera pensado que aquella era tela de ciudadanos, y que con elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de, conocer el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia...

Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de La Pampa resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el talero mismo. No hay quien la saque. Sería más capaz de bolearse que de dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil, de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo contaríamos. Gracias a que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser mentira sin cuasi en cualquier mundo a lo Pangloss...

Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que faltó fue el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con el cero de la entrega... He aquí los hechos:

La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente sólo.

-¡Viera, hermano Viera! -exclamó el insigne boticario- Te he juntado más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa; y si los querés te los traigo aura mismo.

-No hay apuro.

-Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Eso sí que es honroso. Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta a aflojar la mosca, por algo ha'e ser. Tocarle el bolsillo es como andarle por las verijas a un animal cosquilloso. Así que, si querés, podés engreírte de lo que han hecho con vos.

-Sí, hermano -replicó Viera- me siento verdaderamente conmovido. ¡Esas son cosas de que no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...

Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.

Silvestre le miraba. Al rato le preguntó:

-Pero decime, ¿la suscripción te alcanza para sacarte completamente del pantano, o no?

-Es una ayuda muy grande.

-Eso ya sé. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos?

-Por el momento sí.

-¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verdá? Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto se gasten esos nales volvés a enterrarte hasta el encuentro en el tembladeral, no?

-Desgraciadamente.

-Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para pagar a todo el mundo y vivir sin arretrancas; o, de no, mucha plata para que el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más población y entonces se pueda sostener. Porque supongo que, aunque los nuestros suban no sos de los que se han de prender a la ubre...

-Tenés razón, tenés razón en todo, Silvestre.

-Bueno... entonces, esperá... dejame a mí... Yo sé lo que hago, y has de ver como todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya verás, ya verás...

Y se levantó en actitud de marcharse.

-¿Qué pensás hacer?

-No te quiero decir... Luego... Mañana.

Y se fue.

Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión o de esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba, crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre lo enajenaron, entregándolo a una especie de pasajera megalomanía: era evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación, comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más amplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que con menos sacrificio se arribaría a mucho mayor efecto si no se aguardaba cada vez, para echarle una manito, a que el carro estuviera encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al pueblo.

Fue a ver a la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de aprecio -gloriosas decía él- embriagaban su juventud, para hablar también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el fantasma de la miseria... Después, vuelto a su casa, aquella noche se durmió sonriendo a sus nuevos y quebradizos juguetes.

Cuando, a medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia. Viera lo mirá sorprendido.

-¿Qué tenés? -exclamó.

Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, prementolo por el cabo al periodista y

-¡Tomá, matame! -murmuró con voz reconcentrada.

-¿Qué tenés? ¿Estás loco?

-¡Tomá, matame, te digo! Soy un canalla y un flojo, porque ya me debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matame, por favor!

Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que obedecía al propósito de salvar para siempre a su amigo. La noche antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de honor».

El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreírse y decir filosóficamente:

-¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que... hay que desconfiarles mucho a esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar y... ¡basta!

Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.

-¿Conque sabías? -acertó a balbucear- ¡Y me perdonás, hermano, todo el mal que t'hecho!...

Y reaccionando de pronto, rompió a llorar con grandes sollozos convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las rodillas trémulas.

...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa, tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor suyo, que perdonó a su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto aboga por él, porque es excepcional. Viera dio por recibida la suma con grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dio incremento a sus apuros.

-¿Dónde tira la plata ese loco? -se preguntaban haciéndose cruces los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable atolladero.

Pero como Silvestre no se apresuraba a explicarlo ni Viera había de hacerlo...


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Capítulo XIX
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Pago Chico Roberto Payró


El diablo en Pago Chico


Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han conocido, tenía en ese tiempo su rancho a algunas leguas de Pago Chico, sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua dirección, e iba lento, pobre y turbio, a echarse en el indigente caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó a río ni aún con aquél refuerzo, sino en época de grandes crecidas e inundaciones. Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos hijos Pancho y Joaquín, hombre ya, su hija Isabel, morenita, feúcha, pero inteligente, y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres habituales de la estanzuela.

Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de ovejas para el consumo, pues no era aficionado a esa clase de crianza.

El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que, voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil, aunque le sobraba campo llano en que correr y aunque no le importara un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos terrenos tendrían muy distinta configuración...

Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto, completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba reseca y triste, amarilla tirando a gris, alfombra polvorienta en que, como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un inmenso manto raído.

Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero en él flotaban grandes e invisibles masas de vapores dilatados por el calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera de donde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.

No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos por el bochorno abrumador, todos durmieran en el puesto de Viacaba; los hombres bajo el alero, que daba al este, ya sin sol, y las mujeres en el interior del rancho, cuya oscuridad ofrecía una momentánea sensación de frescura.

El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días a esas horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que los animales comenzaban a desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable epidemia... Los hombres, dormidos, respiraban sofocadamente, y gruesas gotas de sudor le brotaban de los poros, bruscas y cristalinas, para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos, hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes, pertinaces a pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo frente a la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un momento antes, echados a la sombra y con la lengua afuera imitaban jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.

Matilde, un peón santigueño, enorme y mal encarado, a quien aquel hombre de mujer sentaba «como a un Cristo un par de pistolas», se incorporó refunfuñando, levantose perezosamente, y con paso tardo, a pesar el sol que rajaba la tierra, se encaminó a ver quién era el importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y sacudía la cabeza, orejas y cola, espantando la nube de las moscas que se le había ido encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó para informar a Viacaba.

-Es un «franchute» que pid'i'agua -dijo-. ¿Le doy?

-¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí, a la sombrita.

Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado y Panchita e Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.

-Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio. Después tomará un matecito, si gusta... ¿Cómo anda, amigo, con este solazo que ni las víboras salen de las cuevas?

El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» a la madrugada siguiente.

Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo, como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza.

Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de la sombra dejose estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y murmurando cumplidos a la amable «señoguita» y a la respetable «señoga».

Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje a que no estaba acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate a la joven. Esta, al pasar para la cocina, con fragor de enaguas almidonadas, significó a Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la disgustaba, también a ella, el extranjero. La señora lo examinaba a hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada conversación.

Más de una hora duró la visita. Matilde dio, entretanto, de beber al tordillo y le apretó la cincha, como si con ello apresurara el momento de la separación.

Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca, lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan bajos que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo...

-La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía -exclamó Viacaba con cierta satisfacción.

Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo que en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el viento arrancaba de la tierra desnuda de vegetación.

-¡Las polvaredas! -murmuró con acento medroso-. ¡Por lo visto, ya principian!...

Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible calamidad, no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara por allí sembrando el estrago y la devastación, dejando la inmensa pampa despoblada de animales y como muerta y enterrada ella misma bajo cenicienta y móvil capa de polvo...

La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes, aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que irresistiblemente provocara en todos.

Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas y protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la tranquera mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila bajo el alero... El tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con paso más brioso, y cuando iba a lanzarlo al galope, el jinete oyó que el paisano le gritaba desde la tranquera:

-¡Cuidao con el pucho!

-¡Oui! ¡oui! -gritó el otro sin comprender.

Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo, formuló el pensamiento de todos:

-¡No me gusta nadita esi hombre!

-Cosa güena no ha'eser -refunfuñó afirmativamente Matilde, recogiendo el recado para ir a ensillar.

-Parece medio... «cantimple» -zumbó Pancho, el más tolerante, después de Viacaba.

Y aunque pasaron largo rato en silencio, aquella visita debió continuar preocupándolos, porque Serapio no dijo a quién se refería cuando observó:

-Ahí va por el «fachinal».

-Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el caballo, se alejaba rápidamente e iba a internarse en un alto pajonal que, en dirección a Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno.

-¡Cantimple decís! -objetó Joaquín, que se había quedado rumiando las palabras de Pancho- Pues a mí lo que me parece es un pájaro de mal agüero, con ese pico 'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de que no nos haiga echan algún «daño»...

-¡Dejáte de agüerías, Joaquín! -exclamó Viacaba- Los gringos «saben» tener unas caras... ¡fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por eso?...

Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia atenuaban un tanto esa superstición.

Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba el grupo de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el arroyuelo, sólo había algunas yeguas y la tropilla de zainos.

Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas de moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y su luz iba enrojeciéndose por momentos.

Al oscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al oriente en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una columna recta, de vapores terrosos, se alzaba del pajonal, como girando sobre sí misma.

-¡No digo! ¡Si ya principian las polvaredas! -exclamó Viacaba, que la vio al ir con los suyos a la cocina.

-¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus secretos? ¿Miró mal? ¿O la evocación terrible de las polvaredas, la obsesión de tamaña calamidad, le había paralizado el cerebro?

No era, no, el torbellino de polvo que Una corriente giratoria alza y retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco, para pasearla después en caprichosa danza de un lado a otro y luego dejarla caer, de golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como fantástica creación de pesadilla. No. La columna estaba fija en el mismo punto e iba elevándose y ensanchándose en la atmósfera tranquila y caldeada que doraban y enrojecían los últimos parpadantes fulgores del sol.

Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían, cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco a poco, a manera del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar la noche que llegaba, comenzaron a revolotear tenues brisas mensajeras de paz, que crecían y se multiplicaban por momentos...

Era ya oscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el pajonal vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió a los israelitas en el desierto...

Entretanto, la familia Viacaba comía en la cocina, rodeando el fogón, más animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo reaccionar a todos de su enervamiento, a medida que cobraba fuerzas y agitaba con más decisión las alas.

La conversación, interrumpida a ratos, seguía, persistente, rodando alrededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había una frase simpática para él.

-¡Vaya al diablo el ñacurutú ese! ¡Nunca he visto animal más feo! -insistió Joaquín, supersticiosamente-. Y cómo miraba, con esos ojos descoloridos, a pesar de todos sus «vulevús»... A mí me parecía...

-El Malo ¿no? -interrumpió Matilde, el santiagueño- ¡A mí también! Dicen que's ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico'e loro. No me le fijé en las patas porque traiba botas... Pero ha de haber tenido pesuña no más.

Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un grito de alarma y de terror:

-¡Quemazón!... ¡Quemazón!... ¡Quemazón en el fachinal!...

-¡No decía yo! -murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás...

La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose e iluminándose con vagas vislumbres, llegó a semejar inmenso tronco de copa pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló con cierta violencia, desvaneciose de pronto; en seguida, en la sombra creciente, hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse, ardiendo de punta a punta, porque, a partir del mismo sitio, apareció chisporroteando una línea de fuego, brasas y llamitas fugaces que se reflejaban en los vapores suspendidos sobre el suelo. Inmediatamente después, la línea roja y resplandeciente al ras de la tierra, se extendió, se extendió más, abareó un espacio enorme, en el este, de donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte. Desde el rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos, anaranjados o amarillentos, que contrastaban con la noche negra y armonizaban con la raya purpúrea de la quemazón, mientras en el cielo un gran parche rojizo parecía seguir la marcha del desastre. Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la alta hierba, seca y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después de haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de coros indecisos... En el albardón, junto a «las casas», dominando el campo, Panchita e Isabel asistían con espanto al espectáculo amenazador y terrible del incendio. Los hombres, después de ensillar apresuradamente, se habían precipitado a todo galope hacia el pajonal, atinando sólo a lo más visible del peligro, tan azorados que no podían cordinar las ideas...

El viento, cansado de reír, se entretenía en combinar curiosos y devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba nubes de humo y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas cercanas, iluminadas por el fuego, fingiéndolas incendiadas también, y esparcía las chispas como un ramillete, o las hacía formar haces de espigas de oro; luego las dejaba apagarse o caer sobre el pasto en lluvia finísima y devastadora... O de un soplido apagaba bruscamente la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de abandonar tan pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla llamear e incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado, como de lejanísimas descargas graneadáis de fusilería, y un olor acre de paja quemada, dilución de las densas masas de humo que corrían al ras del suelo.

Lenta a la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se extendía, aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el albardón, e iba acercándose a las casas cual si estrechase un sitio que les hubiera puesto de repente con maravillosa táctica. Entre el rancho y el incendio, el campo estaba iluminado, y sombras enormes se movían y fluctuaban vagamente en él: las rechonchas de las anchas matas de paja y las alargadas de los jinetes que andaban agitados junto a la quemazón.

Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las manadas que huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus cascos la tierra seca y sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta en nubes de polvo, lanzando al paso reflejos de ancas y de cabezas desgreñadas al viento... Y el furioso redoble fue disminuyendo hasta perderse en la noche...

-¡La caballada! -gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su marasmo.

-¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos a ver! -murmuró la madre.

Y atrás rumores más sordos, confusos e indescifrables, poblaban, entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes...

Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar a tiempo de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron a poco más de una cuadra, una agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal, tupido y seco, los matorrales entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta ya que ocultaba a un hombre de pie, ardían en una enorme extensión, hasta donde alcanzaba la vista, entre chisporroteos y llamaradas, estallando como millares de petardos incendiados por series sucesivas. Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y unos a otros se veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en que les relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza, negándose a avanzar más.

A menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces. La acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos a los humazos del fogón, y los soplos abrasadores les hacían volver el rostro con el cabello y la barba medio chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase un instante la paja voladora, ardiendo, y luego seguía su vuelo, a difundir a saltos el desastre, arrebatada por el vendaval... No se oían casi, con el fragor del estallar de las pajas, y tenían que gritar para comunicarse.

-...¡Contra-fuego! -oyose vociferar a Viacaba, que echó pie a tierra. El principio de la frase se había perdido en el estrépito...

Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata, la noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el oscuro cielo, sin luna, continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta llegar al incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas y rojas estrellas se apagaban sucesivamente, dejando en un momento lóbrega y vacía aquella parte de inmensidad. El horizonte se había acercado hasta pocos pasos de ellas, y creían hallarse al borde de un inmensurable abismo... La luz misma parecía rechazada hacia adelante por el viento furioso que soplaba de aquel antro...

A la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y oyeron este grito:

-¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡A la orilla del fachinal!...

Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro a los espantados caballos que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa, resollaban y roncaban violentamente, hacían bruscos movimientos para desasirse y escapar, y tiritaban cubiertos de sudor, mientras por los flancos les corrían arrugas como de agua rizada por la brisa...

Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron a la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco también. Serapio mancó los caballos y los ató a las matas, bastante más lejos. Luego se incorporó a los demás.

Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho de poco más de una vara, siguiendo una línea más o menos paralela a la quemazón. Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto, y luego lo apagaban azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta que se incendiaban, o con las jergas del recado, sin mojarlas, porque el agua estaba demasiado lejos. Serapio los imitó...

En aquella hoguera parecían fundidores junto a un río de metal incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y lustrosas, se hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas, mientras los ojos les relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían hilos de tinta...

¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo, que le querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos en complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y sus propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo impotente.

Y el tropel que espantara a las mujeres llegó de pronto hasta allí como un lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio... Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos, gritó:

-¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!...

Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los caballos.

Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían conseguido arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes, trabados por las maneas, a grandes saltos enajenados, tropezando ciegos, allá iban, trémulos, vacilantes, chorreando sudor, hacia el oeste, hacia la salvación, hacia la vida...

Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas direcciones, como si obedeciesen a un plan preestablecido. Sin embargo, no lo tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se hubiese dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde proporcionarle un refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del tremendo estrago?...

...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que continuaba avanzando, avanzando a cada minuto con mayor rapidez e intensidad, y no sólo hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la izquierda, al norte, al sur, para separarlas bien del mundo por aquel lado y luego replegarse, cortándoles la retirada, envolviéndolas en su línea infranqueable. Y el redoble del triunfo, la diana sin clarines se oía cada vez más cerca, más cerca, como estallidos de risas y gritos de voces ásperas y discordantes... El calor era tan intenso, que a cada instante las infelices se creían a punto de desfallecer y caer semiasfixiadas.

El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el pecho... Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto previamente de paja voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso redoblando sus chasquidos, llegó a la otra orilla, avanzó hasta lamer la tranquera y los sauces que le daban sombra, y, regocijado, siguio su carrera hacia el oeste, dejando más grande la noche'tras de sí, llevándola hasta los mismos pies de las mujeres que, atontadas, siguieron mirando cómo se extinguían una a una las fugaces estrellas de la quemazón en la noche de abismo que creara a su paso...

Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur, también la paja sirvió de puente volante a la invasión devastadora. El arroyo ardió todo en un segundo. Y desde la otra orilla, de las matas altas de albardón, el viento arrebataba cardúmenes de chispas que iban a caer a los pies de las mujeres... Algunas llegaban hasta el mismo rancho y se extinguían entre las pajas del techo, sin fuerza para incendiarlas... Ellas, en su angustia suprema, no advertían el nuevo peligro. Y chispas y pajas abrasadas continuaban su vuelo, más compactas cada vez...

-¡Mama! ¡mama!...

El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la catástrofe: el techo central ardía con gran humareda en un círculo de una vara de diámetro.

-¡Agua! ¡agua! -gritó la madre, arrancada a su estupor.

Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó un balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no alcanzaron a lanzar el agua hasta allí...

-¡Traé vos el agua! -tartamudeó la madre.

Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas, trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente, como si alguien pudiera oírla en aquella desolación:

-¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!...

Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeantes, bañada en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía echábase de bruces sobre el techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo automático, e iba a verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y mientras hacían esta abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba acribillando el rancho con sus flechas incendiarias... Un momento después el techo ardía por diversos puntos...

-¡Baje, mama, baje! Se va a abrasar viva!...

La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía por las cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus sauces descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en que se revolvían, se atropellaban y se trepaban unas sobre otras las ovejas, balando lastimeramente, tratando de derribar el fuerte cerco... Y aquella siniestra y formidable iluminación desvanecía, borraba totalmente la otra, ya en el horizonte...

Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras otro, llenos de desesperación.

Nada había que hacer... Apenas, y con gran peligro, consiguieron sacar algunos objetos de la formidable hornalla... Las cumbreras se desplomaron con gran ruido, el alero desapareció, y a la luz roja no se veía ya más que las paredes ennegrecidas... Sentados en el suelo, anonadados por la impotencia y la desesperación, lanzaban de vez en cuando lamentables exclamaciones. Y la visita del extranjero volvía a su exaltada imaginación con caracteres diabólicos y aterradores.

-¡Ah, el gringo, el gringo!...

-Él no más nos ha tráido esta calamidá...

-Nos ha hecho «daño»...

-¡Seguro que tiró el pucho en el fachinal, indino!...

-¡No, patrón!; era el Malo, si era Mandinga!... ¡Tan cierto como que éstas son cruces!...

Y su infantil superstición iba a convertirse en hecho comprobado, al día siguiente, cuando en Pago Chico, donde fueron a refugiar su desnudez, les dijeron que allí no había llegado francés alguno, y luego a difundirse pasando de boca en boca como acontecimiento histórico, aunque el comisario averiguara y publicara que un hombre de la filiación del presunto incendiario estuvo aquella tarde en el vecino pueblo del Sauce donde, a la madrugada, tomó la galera del Azul...

Pero el alba se extendió descolorida y triste sobre el campo. Hombres y mujeres, acercados por la desgracia, formaban un grupo silencioso e inmóvil. Lo que ayer fuera bienestar y abundancia era miseria ya...

La pampa, a las primeras luces indecisas, mostróseles cubierta por inmenso tapiz de funerario pano negro, que se extendía hasta el horizonte, en todo rumbo, y el viento, fuerte aún, levantó nubes de hollín y los envolvió en impalpable polvo de cenizas...


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Capítulo XX
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¡Guerra a Silvestre!

También acabó Silvestre por incomodar a los situacionistas que resolvieron castigarlo, igual que a Viera.

A este propósito hicieron que fuera a establecerse a Pago Chico, habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano Barrucchi, venido del país amigo a hacer fortuna rápidamente, así, sin otra condición, rápidamente.

La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que hasta fue denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la profesión. Pero estaba atrincherado tras de su regente, a quien hizo pasar una temporadita en el Pago, con pret, plus y otras regalías inherentes a la actividad del servicio.

-Al gringo l'enseñan -decía-, pero nada le ha'e valer. ¡A la larga no hay cotejo!

Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos? untar la mano al inspector enviado de La Plata.

«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir entonces, del hecho de untarla, y de dejársela untar?...

Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles.

No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el italiano, le tendió lazos, le analizó preparaciones en que había substituido sustancias, publicó los resultados, formuló denuncias, y de perseguido convirtiose pronto en perseguidor, porque en aquella delicada materia se inmiscuía alguien más que los cabecillas pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas, solía enviar inspectores cuando era a golpe seguro, y entre tantos alguno habría reacio a los ungüentos de marras.

Y apareció muy luego otro inspector.

Barrucchi escapó difícilmente a las consecuencias con que lo amenazaba una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse a negligencia suya, nunca a perversidad de Silvestre, incapaz, por su parte de jugar a sabiendas con la vida de sus convecinos, e imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.

La misma grosería del error fue lo que salvó a Barrucchi, provisto de auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de consonantes en ina.

Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado a todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino a favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor que su capital verdadero, ardió casualmente a los pocos días, sin que bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa.

Hay quien dice, todavía, que el incendio no fue intencional.

La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió a uno y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto reclamo quisiera.

La casa comenzó a reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó que Barrucchi restablecería su farmacia en muchos mejores condiciones ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de pólvora de punta a punta del pueblo, le hizo variar de propósito y retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del seguro.

-Non e niente, demientra no se brushe l'arquibio.

Esto era lo que se oía de la mañana a la noche hasta en los últimos rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún. Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre, aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso:

Barrucchi, a quien la noche del incendio corrió a avisarse al Club que ardía la botica, se limitó a contestar tranquilamente, encogiéndose de hombros:

-¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...

El pobre Tartarín tuvo que ir a Argel por una copla; Barrucchi tuvo que irse de Pago Chico por una frase.

También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando a los vecinos:

-¡No lo muerdan, qu'es del barrio!

Los hombres también, y si no, véase enseguida como lo prueba, con elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.


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Capítulo XXI
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Altruismo


Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres o cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban lentamente a la estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese objeto en el Club del Progreso, en el café y en la confitería de Cármine, y al acercarse la hora fueron destacándose poco a poco, para no llamar demasiado la atención ni dar pie a que los opositores hicieran alguna de las suyas.

Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el diputado Cisneros con la misión de reconstruir el comité, y era preciso hacerle una calurosa acogida a pesar de lo intempestivo de la hora. La estación estaba completamente a oscuras; sólo por la puerta de la habitación del jefe, filtraba una raya de luz, y allá en el fondo el Buffet -en funciones para las circunstancias-, abría sobre andén desierto, el abanico luminoso de su entrada. Allí fueron sentándose a medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano Ferreiro, el intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y varios otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito, ni aún don Másimo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de no tener que disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia. No hubo francachela; los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar con el mochuelo del coperío, aunque sólo hubiera en la estación una veintena de personas. Cada cual, si quería, «tomaba algo»... y pagaba.

La espera fue larga. El expreso se había retrasado en no sabemos qué estación y el jefe aun no tenía noticias de su llegada... Poco a poco, todos fueron a pasearse en la oscuridad del andén, luego instintivamente agrupáronse a la puerta de Buffet, y conversaban mirando inquietos al norte por descubrir entre las sombras el ojo encendido del tren en marcha.

-¿A que no sabe abrir esta cajita? -dijo de pronto el escribano Ferreiro, presentando un objeto al Intendente Luna.

Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos asomaba un botón a modo de resorte; un juguete-chasco de lo más infantil, pues oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al curioso, con tanta mayor fuerza cuanto mayor había sido su confianza en sí mismo y el apretón consiguiente. Luna la tomó, la examinó deliberadamente, vio el resorte cuya evidencia debería haberlo hecho recelar sin embargo, y exclamó:

-¡Mire qué gracia!...

Soberbio fue el golpe de pulgar que dio al botón apenas había dicho estas palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema del dedo... Estuvo a punto de soltar uno de los ternos más sonoros de su colección; pero se contuvo a tiempo, y lejos de protestar, fingió seguir examinando la cajita.

-No doy ni mañana -dijo por fin.

-A ver emprieste, compadre -solicitó Barraba tendiendo la mano, con los ojos brillantes de curiosidad.

Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio que encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se interrumpieron.

Barraba cayó en la trampa, y a su grueso pulgar asomó una gotita de sangre como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir maniobrando con la cajita.

-¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas cosas! -exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.- ¿No sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza? -A ver traiga p'acá.

Barraba no tuvo inconveniente...

Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito. Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre, con tal de que enseguida, se lo devoraran a los amigos y compañeros.

Y después de Machado, la cajita pasó a Bermúdez, a Carbonero, a los demás -hasta a don Másimo, que fue el último en pincharse.

Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son puestos a la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y trataría de explicarlo a los demás, por aquello de que «tout comprendre c'est tout pardonner».

Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema a los grandes modistos literarios. Ello vendrá.

Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa estación de Pago Chico -microcosmos sintetizado-, y entre aquel reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara a la altura de las circunstancias. El mismo don Másimo -el último mono- se dirigió humildemente al escribano:

-¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?

-¿Para qué don Máximo?

-Va mostrársela a la Goya, no más.

Su altruismo no le permitía gozar tan solo de las delicias de la aguja, pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido a chasquearlo y se reían de él, como si fuese el único burlado.

Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y volverse hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma, con el tren aún en movimiento, comenzó a dirigirles la palabra:

«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo y vuestra abnegación. Siempre dispuestos a sacrificaros por el bien de los demás, a luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento ajeno, venís en horas de combate a retemplar mi espíritu, para el holocausto fraternal a que estoy dispuesto tanto como vosotros mismos».

Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo de pasarle la cajita sin faltarle a las debidas consideraciones. Pero no lo halló por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea de embromar a la Goya...


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Capítulo XXII
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Libertad de sufragio


Cierta noche, poco antes de unas elecciones, el Club del Progreso estaba muy concurrido y animado.

En las dos mesas de billar, la de carambola y la de casino, se hacían partidas de cuatro, con numerosa y dicharachera barra. Las mesitas de juego estaban rodeadas de aficionados al truco, al mus y al siete y medio, sin que en un extremo del salón faltaran los infalibles franceses, con el vicecónsul Petitjean a la cabeza, engolfados en su sempiterna partida de «manille».

El grupo más interesante era, en la primera mesita del salón, frente a la puerta de la sala de billares, el que formaban el intendente Luna, presidente del Concejo, varios concejales y el diputado Cisneros, de visita en Pago Chico para preparar las susodichas elecciones. Entregábanse a un animado truco de seis, conversadísimo, cuyos lances eran a cada paso motivo de griterías, risotadas, palabrotas con pretensiones de chistes y vivos comentarios de los mirones que, en círculo alrededor, trataban más de hacerse ver por el diputado que de seguir los incidentes de la brava partida.

Junto a ellos, sentado en un sillón, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, acariciándose la bota, abrazándola casi, el comisario Barraba con el chambergo echado sobre las cejas y dejándole en sombra la mitad de la cara achinada, ancha y corta, de ralo y duro bigote negro, hablaba ora con los jugadores, ora con los mirones, lanzando frasecitas cortas y terminantes como cuadra a tan omnímoda autoridad.

Descontentos no había en el club más que tres o cuatro: Tortorano, Troncoso y Pedrín Pulci a caza de noticias, cuya tibieza les permitía andar por donde se les diera la real gana.

Los tres se hallaban cerca de la mesa del intendente y el diputado, podían oír lo que en ella se decía, y hasta replicar de vez en cuando -aunque con moderación naturalmente-, al comisario Barraba.

Alguien habló de las elecciones próximas y de las respectivas probabilidades de cada candidato.

-¡Qué eleciones ni que eleciones! -exclamo Tortorano encogiéndose de hombros-. Nosotros nunca hemos tenido eleciones de veras, y no las tendremos jamás!...

-La libertad de sufragio... -agregó Troncoso sarcásticamente.

Pero el comisario, echando hacia atrás la cabeza, tanto que casi dejaba ver el dedo de frente descubierto entre el chambergo y las cejas, lo interrumpió:

-¿Qué dice amigo? ¿Qué no v'haber libertá?

-¡Vaya comisario, nunca ha habido! -objetó Tortorano sonriendo.

-Sería una novedad muy grande -afirmó Troncoso retorciéndose el bigote con aire convencido.

-¡Y s'imagina, entonces, que y o estoy aquí p'a quitarles la libertá a los ciudadanos? ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?

El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa, levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el salón, como si los concurrentes se quedaran a la espectativa de un acontecimiento trascendental. Pedrín fue acercándose más al comisario...

-No digo eso - murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose interiormente dónde iría a parar el hombre encargado en Pago Chico de asegurar el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la otra.

¿Se habría convertido de la noche a la mañana, después de tantas arbitrariedades y persecuciones?

-Ya tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más!

Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso a armar un cigarrillo negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de veras. Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una ingenuidad:

-Me alegro mucho de haberl'óido -dijo-. Yo ya estaba por no ir a las eleciones. Pero desde que usté garante la libertá...

- ¡La garanto, canejo! ¡Ya lo creo que la garanto!

El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto a llamar al orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás autoridades estaban, al oír semejantes despropósitos, que no sabían lo que les pasaba.

-Pues si es así... -prosiguió Pedrín-, lo que es yo, el domingo no faltaré en el atrio p'a votar por don Vicente.

Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado, de un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dio tiempo para soltarse la bota. Y así en un pie:

-¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau! -gritó- ¿Qué es lo que dice, amiguito?

-Que ya que usté garante l'eleción v'y a sufragar por los cívicos... nada más.

-¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Cómo de orinarse en la cama!

-¿Pero no dice que habrá libertá de votar?

-Sí, para todos; pero libertá, libertá de votar por el candidato del gobierno!...

Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares se exhaló del truco oficial.

Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca...


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