Paseo por las calles: 01

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Paseo por las calles Ramón de Mesonero Romanos



Nada hay más natural en un forastero que la curiosidad de conocer el aspecto general del pueblo que por primera vez visita, y nada también suele ser tan frecuente como el decidir por esta primera impresión de la belleza o mezquindez de tal pueblo.

Aventurado por cierto sería aquel juicio, aplicable a nuestro Madrid, pues que variaría absolutamente según el lado de donde viniese el forastero, por donde pudiera observar su primera vista. El gallego y castellano, por ejemplo, mirando la población por su parte más antigua y escabrosa, atravesando su escaso río sobre el magnífico puente a que Juan de Herrera imprimió la severidad de su escuela, y entrando por una mezquina puerta, solitaria y empinada calle, cuyos tejados forman una dilatada escalera, apenas encontraría diferencia notable con sus tétricas ciudades, si la presencia del palacio real a su izquierda no le hubiera dado de antemano a conocer la capital del reino.

Muy diferente idea formará el andaluz que viene de la parte del Mediodía, abrazando con su vista toda la población por su parte más vital y variada. Los suntuosos edificios del Seminario, cuartel de Guardias y Palacio a la izquierda; la Fábrica de tabacos, el Hospital general y el Observatorio, a su derecha; el puente, paseo y nueva puerta de Toledo al frente; intermediado todo por variados edificios, caprichosas torres, numerosos grupos de casas de distintas formas, y revelando, por decirlo así, la existencia de un pueblo grande y vivificado con la presencia del gobierno, prestan por este lado a Madrid su vista más completa e interesante. Los catalanes, aragoneses y valencianos, arribando a la capital por la soberbia puerta de Alcalá y la de Atocha, formarán una idea aún más risueña y magnífica, por los elegantes paseos de las Delicias y el Prado, los pintorescos jardines del Retiro y Botánico, y las suntuosas calles de Atocha y Alcalá; y finalmente, los procedentes de las provincias del Norte juzgarán a nuestra villa árida y solitaria al entrar por las puertas de San Fernando o de Santo Domingo.

Si deseando modificar estas primeras impresiones, y conocer a un golpe de vista el conjunto del pueblo que los recibe, solicitasen subir a una altura céntrica y de la elevación correspondiente para medir y conocer a vista de pájaro todo el plano de la capital, sería aún más difícil el indicársela, careciendo, como carecemos, de un gran templo central, que suele ser en otros pueblos el sitio adonde los forasteros acuden para satisfacer este deseo. La torre de la parroquia de Santa Cruz es la única que puede suplir en Madrid aquella falta, aunque ni su elevación ni su situación son suficientes para abrazar distintamente todo el plano, y conocer a un golpe de vista las varias fisonomías de los cuarteles de esta villa. Sin embargo, colocados en aquella altura puede observarse el corte de la población, uno de los más cómodos y ventajosos que conocemos, pues que partiendo sus calles principales de un centro común, que es la Puerta del Sol, se prolongan en forma de estrella hasta los últimos confines de la villa. Así que, conocidas una vez la dirección al E. de las calles de Alcalá y San Gerónimo; de la Montera, Hortaleza y Fuencarral al N.; de la Mayor al O.; y de las Carretas, Concepción Gerónima y Toledo al S., llega a ser fácil evitar la confusión que un pueblo nuevo infunde. La frecuentación de sus calles hará conocer al forastero que todas ellas le llevan como por la mano a estos puntos capitales, que en la mayor extensión del radio se modifican y cruzan por otros más subalternos y parciales, como las calles de Atocha, ancha de S. Bernardo, Jacometrezo y otras. Por lo demás, en cuanto a la belleza del aspecto general, menguada idea podrá formar desde aquel punto, no divisando desde él sino la desigualdad, tristeza y mezquina forma de los tejados de nuestras casas.

Esta desfavorable impresión será, sin embargo, modificada cuando descendiendo a las calles hiera la vista del observador la espaciosidad y desahogo de éstas, la regularidad bastante general de su alineación, la variada y caprichosa pintura de las fachadas de las casas, y sus distintas formas y dimensiones, que si bien puede condenarlas un ojo artístico por su falta de orden y simetría, llevan la ventaja de entretener agradablemente la vista, alterando a cada paso la insoportable monotonía de las ciudades edificadas bajo seguro plan y severas condiciones.

Las calles de Londres y de París, por lo general planas y sin notables desniveles, sujetas sus casas a una perfecta alineación, y presentando en su forma exterior un aspecto casi uniforme, son aún más fatigantes, más tristes y enfadosas que las de Madrid con sus cuestas y la irregularidad de sus casas. Añádase a esto las inmensas ventajas que nuestro clima nos proporciona de la sequedad constante del piso, la perfecta conservación de los colores en las fachadas, y la animación que produce la costumbre de los balcones; compárese todo ello a la densidad de una atmósfera nebulosa, la casi perpetua humedad del piso, el ennegrecido moho de las fachadas, la severidad de aspecto de la línea de ventanas, y la metódica uniformidad, en fin, de los edificios en aquellas capitales, y habrá muy pocos que dejen de preferir un paseo por nuestra villa (haciendo para ello abstracción del mayor movimiento y vida de aquellas poblaciones) al cansancio y fatiga del cuerpo y del espíritu que puedan proporcionarle otras ciudades más importantes.

No es esto decir que nuestro Madrid actual no pueda y deba recibir graves modificaciones para imprimirle mayor regularidad y agrado, y las numerosas y continuas que hace veinte años experimenta, revelan, por decirlo así, el grado de belleza a que aún puede llegar. Cuando se haya reformado del todo el empedrado de las calles; cuando en la forma y revoque de las casas se haga general el gusto que se observa en las nuevamente edificadas, imitando a las de Cádiz; cuando se modifique la forma de los tejados y buhardillas, y desaparezcan del todo los canalones; cuando, en fin, se vean generalizadas aquellas variaciones que observamos ya parcialmente, entonces será cuando Madrid llegará al punto de belleza que su situación local y el hermoso sol meridional le proporcionan, y merecerá con más justicia los dictados que aun los mismos extranjeros la prodigan de la villa blanca, la villa joven del Mediodía.

Mas si prescindiendo ya del aspecto material de sus calles y casas, intentáramos dibujar, aunque ligeramente, su vitalidad y movimiento; si dejáramos las piedras por los hombres, los órdenes arquitectónicos por el orden de la sociedad, el Madrid físico, en fin, por el Madrid moral, ¡qué escena tan varia! ¡qué espectáculo tan animado no podríamos presentar a nuestros lectores!

Tosco y desaliñado es nuestro pincel para tamaño intento; pero no podemos resistir a la tentación de emprenderlo. No nos propondremos seguir metódicamente para ello las distintas fases de tan variado teatro según las diversas horas del día, las estaciones y demás circunstancias que alteran y modifican los usos populares. Escogeremos cualquier día del año; por ejemplo, el día en que nos hallamos: procederemos libremente y como al acaso, dejaremos vagar a nuestro discurso, y pues que el moderno romanticismo nos autoriza, renunciaremos a todas las unidades conocidas; y tanto más románticos seremos, cuanto menos pensemos en lo que vamos a escribir.