Paseo por las calles: 02

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II
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Paseo por las calles Ramón de Mesonero Romanos



Ningún momento del día nos parece más oportuno para sorprender a los madrileños en el espectáculo de su vida exterior, que aquellas apacibles horas que aproximando el día a la noche, libertan del trabajo para acercarnos al descanso y al placer; aquellas horas que en la estación ardorosa en que nos hallamos, vienen a mitigar los rigores de nuestro sol meridional, y en que la población, ansiosa de disfrutar la apetecida brisa de la noche, abandona el interior de las casas, y se muestra generalmente en las calles y plazas, en las puertas y balcones. No haya miedo el cojuelo Asmodeo, ni su licenciado don Cleofás, que para tal momento solicitemos sus auxilios con el objeto de levantar los tejados de las casas, y reconocer lo que pasa en el interior: por la ocasión presente dejémosles a los ladrones y enamorados, que también suelen aprovecharse a tales horas de aquel abandono, y pues que todo el pueblo se halla en la calle, bueno será mezclarnos y confundirnos con todo el pueblo.

El reloj de nuestra Señora del Buen Suceso ha dado las seis; la animación y el movimiento, interrumpidos durante la siesta, han vuelto a renacer en las calles; los vecinos de las tiendas, descorriendo las cortinas que las cubren, hacen regar el frente de sus puertas, asoman al cancel de ellas, y llaman al ligero valenciano, que con sus enagüetas blancas, su pañuelo a la cabeza y su garrafa a la espalda, cruza pregonando «Gúa é sebá fría...». Otros escogen en el cesto de aquella desenfadada manola tres o cuatro naranjas para remojar la palabra, dirigiéndola de paso algunas medianamente disparadas, si bien mejor recibidas; y otros, en fin, se contentaban con un vaso de agua pura que les ofrece en eco lastimero el asturiano, por cuatro maravedís. -En tanto los muchachos, que a la primer campanada de las seis ha lanzado una escuela, improvisan en medio de la calle una corrida de toros, o atan disimuladamente a la rueda de un calesín alguna canasta de fruta, que al echar a andar el carruaje rueda por el suelo, con notable provecho de la alegre comparsa; o bien tratan de engañar a un barquillero distrayéndole para que no mire al juego; o ya disparan sendas carretillas de pólvora a los perros y a los que no lo son.

A semejantes horas todavía no se sienten circular más carruajes que los del riego o los bombés facultativos, y sin embargo, en todas las cocheras se disponen y preparan ya los que de allí a un rato han de conducir al Prado a la flor y nata de la aristocracia. Los cafés, oscuros aún y abiertos de par en par, no reciben todavía más que uno u otro provinciano que saborea el primero un gran cuartillo de leche helada, algún militar que fuma un cigarro mientras ojea la Gaceta, o un quídam que entra mirando al reloj, espera a un amigo que viene de allí a un rato, y juntos parten a paseo.

-De la lotería-aaaao-cha-vó-A-ochavito los fijos. -¿Una calesa, mi amo? -De la fuente la traigo, ¿quién la bebe? -Señores, a un lao, chás. -El papel que acaba de salir ahora nuevo. -Cartas de pega. -Orchateró.

Crece la animación por instantes: el rápido movimiento se comunica de calle en calle; las puertas vomitan gentes; los balcones se coronan de lindas muchachas, cruzan las elegantes carretelas, los ligeros tílburis, las damas y galanes a caballo; grupos interesantes, numerosos, variados, se dirigen a los paseos ostentando sus adornos y atractivos; otros medio hombres y medio esquinas ocupan las encrucijadas de las calles, y presencian a pie firme el paso de la concurrencia.

Punto central de esta agitación es la Puerta del Sol y principales calles que la avecinan, observándose el reflujo de la población en dirección al Prado. Las calles apartadas del centro no ofrecen tanto interés, si bien tienen el suficiente para ser consideradas. Cuando las de Alcalá, la Montera y Carretas ostentan rápidamente lo más elegante y bullicioso de nuestra población; cuando sus balcones, por lo regular abandonados, demuestran que sus vecinos se hallan en paseo; cuando el ruido y el polvo de los carruajes ofuscan los sentidos y tienden un denso velo que nos impide ver a cuatro pasos, salvémonos de este laberinto, y trasladémonos, por ejemplo, a la calle ancha de San Bernardo o a la de Hortaleza, a la de San Mateo, o a la de Leganitos.

Todo es tranquilidad en el dilatado recinto que media desde el monasterio de las Salesas hasta el seminario de Nobles. El silencio y soledad de las calles, apenas es interrumpido por el paso de los pocos transeúntes. Tal cual matrimonio del pasado siglo, precedido de algunos retoños, representantes de la futura España, y dirigiéndose pausadamente a las puertas de Santa Bárbara o San Bernardino con el objeto de llegar al obelisco o a la cuesta de Areneros; tal cual corro de dilettantis a la puerta de una taberna, saboreando el compás de la tirolesa de Guillermo Tell, tocada por el organillo del ciego; tal cual grupo de mozos de esquina ensayando sus ociosas fuerzas colosales; tal cual cuerpo de guardia o batallón pasando la lista al son de sinfonías y cabaletas: he aquí los únicos episodios que alteran de vez en cuando la unidad de acción de aquel clásico espectáculo.

Los conocedores, sin embargo, encuentran en este cuadro multitud de bellezas, y el más indiferente suele verse sorprendido al pasar por bajo de algún balcón, donde no sospechaba tales tesoros. Aquella cortinilla, que parece casualmente recogida en los hierros de aquel balcón, está mejor dirigida que lo que aparenta: jamás ningún marinero manejó con tal destreza la vela de su bajel, como la personita escondida bajo de ella hace servir a su gusto a la oficiosa cortina.

Pero vedla que la descorre de pronto, que deja el asiento, tira la labor y ostenta en pleno balcón toda la esbeltez y primor de su figura. ¡Y habrá todavía quien hable contra nuestros balcones!...

Lindo pie encerrado sin violencia en un gracioso zapatito; limpio y elegante vestido de muselina primorosamente sencillo, que deja admirar una contorneada cintura por bajo la graciosa esclavina que cubre los hombros y el pecho; elegante nudo recogido a la garganta, gracioso rodete a la parte baja de la cabeza, a semejanza de la Venus de Médicis; dos primorosos bucles tras de la oreja, otro par de rizos pegados en la sonrosada mejilla, y diestramente combinados con unos lazos azules que hubieran puesto envidia al mismo sol: tal es el espectáculo delicioso que ha asomado en aquel balcón. ¿Mas por qué no lo hizo antes? ¿por qué tan precipitadamente ahora? -El por qué, señores míos, yo me lo sé, pero no sé cómo contárselo a ustedes.

-Mariquita.

-Matilde.

-¿Has visto?

-¡Qué quieres; paciencia!

-Yo no sé qué tendrán.

-Lo que es N... estaba de guardia cerca de aquí, pero el otro...

-El otro... apostaré que está en el Prado haciendo el galán con la de...

-No lo creas... puede que hayan pasado... pero mira, ¿no reparas aquellos dos que han vuelto la esquina?

-¡Qué! pero sí... no, no son... ¿a ver? saca el pañuelo.

-Sí, mira, mira cómo han sacado el suyo, mira cómo se ríen.

-Sí, ellos son... ¡Ay que vergüenza, Matilde! Cerremos los balcones.

-¿Pues qué?...

-¡Que no son ellos!...

«Bravo, señoritas, lindamente», gritaban en esto dos caballeros de gentil aspecto que llegaban precisamente en aquel momento por la parte opuesta de ambos balcones.

-¿Qué te parece, Carlos? ¡hemos quedado lucidos!

-¿Qué haremos?

-Yo sería de opinión de desafiar a aquellos dos.

-Yo de matarlas a ellas.

-Hombre, no, en tal caso matarnos nosotros es más noble.

-Mira, lo mejor será que todos vivamos, y nos venguemos marchándonos al Prado.

-No dices mal.

Bien diferente colorido presenta por cierto a los ojos del observador el otro trozo de pueblo comprendido desde el Palacio a la puerta de Atocha: las calles de Toledo y Embajadores, del Mesón de Paredes y de Lavapiés no ceden a tales horas en movimiento a las más animadas de Londres. Las enormes galeras de los ordinarios valencianos y andaluces que salen para hacer noche en la venta de Villaverde; los calesines que esperan flete para los Carabancheles; el barbero que rasguea su vihuela a la puerta de su tienda; el corro de andaluces que sentados en el banco de aquel herrador entonan la caña; los alegres muchachos, que subidos en los mostradores y sobre las sillas de las tiendas, ríen de las habilidades de Juan de las Viñas o del perro que salta al monótono son de la dulzaina de aquel ciego; la terrible cohorte de cigarreras de la fábrica que al anochecer dejan el trabajo y se mezclan y confunden con los no pequeños grupos de mozallones que esperan su salida. ¡Qué confusión, qué bullicio por todas partes!

También el amor embellece este animado cuadro.

Sigamos, por ejemplo, a alguna de esas parejas, verémosla dar fondo en cualquiera de las innumerables tabernas que ostentan al paso sus variadas provisiones de bacalao y sardinas, ensaladas y huevos duros. Mirad a aquel galán, que dejó su tienda, armado de punta en blanco, y demostrando que va de servicio, de teatro o de patrulla. ¿Mas por qué no siguió la calle de Embajadores a la de Toledo, y ha dado esa vuelta para venir a la plaza? ¡Cosa clara! ¿No habéis reparado en aquella tienda de cordonero de la calle de las Maldonadas? ¿No le habéis visto pararse delante de ella, dudar un rato mirando por las vidrieras, dejar el fusil apoyado en ellas mientras encendía un cigarro en la tienda de enfrente? ¿No habéis reparado una blanca mano que disimuladamente ha echado algo por el cañón del arma? -¿Qué fue ello? -Nada; reparad al mancebo que la vuelve a echar al hombro con ligereza; apostaría a que la niña ha burlado las precauciones de un padre tirano: el fusil encierra el misterio del amor. Jamás parte de una victoria fue conducido con más alegría.

Pero ya la campana de San Millán o San Cayetano llama a los fieles al rosario; la trompeta y el tambor desde el vecino cuartel dan el toque de oración; las tiendas y cajones de comestibles van encendiendo sus farolillos; los profundos coches del siglo XVII y los desvencijados calesines abandonan el puesto; y las tinieblas de la noche van, en fin, oscureciendo aquel animado teatro. Este espectáculo nocturno merece otro cuadro aparte, y tal vez algún día lo emprenderé: el que intentaba dibujar por hoy, concluye aquí.

(Julio de 1835.)