Peñas arriba:Capítulo XXIII

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Peñas arriba: Capítulo XXIII​ de José María de Pereda


En cuanto mi tío se halló libre del ataque al despertar del sueño, relativamente tranquilo, que yo le había velado desde el amanecer, y vio el cuarto alumbrado por la luz del día, aunque parda y melancólica, olvidóse de las mortales angustias que había sufrido pocas horas antes, y no tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de la cama para hacer la vida de costumbre. Dios y ayuda nos costó reducirle a que siquiera nos escuchara las razones que teníamos para oponernos a su irreflexivo y peligroso empeño. Neluco, que ya se hallaba presente y bien enterado de todo lo ocurrido durante la noche, tuvo que enfadarse de veras y hasta faltarle un poquillo al respeto. Si no por las buenas, por las malas tendría que quedarse aquel día en la cama, y el siguiente, y el otro, y todo el tiempo que durase el temporal de nieve. Había que evitar a todo trance los enfriamientos... Después, ya se vería. A lo cual respondió don Celso, echando lumbre por los ojillos de raposo y apretando los puños de coraje:

-¡Para ti estaba! ¡para ti y para todos los de tu arrastrado oficio, mediquín trapacero del cascajo! ¿Por quién me tomas? ¿De qué madera te has pensado que soy yo? Me levantaré... o no me levantaré, conforme y según me vea de agallas; pero no porque se le antoje así o asao a ningún enterrador de vivos... porque enterrar en vida es ¡cuartajo! tener en la cama días y días a un hombre como yo, sin calentura ni dolores.

Al cabo se entregó, más que por convencimiento, por falta de fuerzas para salirse con la suya; pero volvió la cara hacia la pared refunfuñando protestas e improperios como un chiquillo contrariado.

Despachado este asunto y mientras íbamos a ver a Chisco, decía yo al médico que acaso tuviera razón mi tío en su porfía con nosotros. ¡Era tan extraordinaria su naturaleza!

-No hay naturaleza que valga -me respondió Neluco-, a cierta edad de la vida y con determinadas enfermedades.

-Pero ¿tan grave es ésta que padece mi tío? -le pregunté.

-Ya le he respondido a usted en otra ocasión a esa pregunta.

-Efectivamente.

-Pues aténgase usted a ello, y sírvale de gobierno para su mejor inteligencia, que de cada cien enfermos de esta clase, aun siendo mozos, se mueren... ciento y uno; conque figúrese usted si habrá que andar con cuidado, siquiera para detener la muerte de don Celso unos cuantos días. Lo que aquí se necesita ahora para disciplinarle un poco, es organizar la asistencia modificando al propio tiempo la vida de este hogar. Usted no puede acomodarse a ciertas faenas, impropias de sus hábitos y hasta de su naturaleza; Facia es la estampa de la melancolía, y su hija Tona incapaz de suplir con la más cariñosa de las solicitudes, la habilidad y el pulimento que le faltan. Además, ni la madre ni la hija pueden, por su condición de sirvientes, imponerse a los caprichos impetuosos de su amo, que, por otra parte, se las sabe ya de memoria, lo mismo que a usted. Más que con caldos y con drogas, hay que atender a este enfermo con entretenimientos que le distraigan y alegren y le obliguen a ser dócil, hasta por la cortesía. En fin, que he pensado en Mari Pepa. Mari Pepa vendrá aquí de enfermera con mil amores, y viniendo ella, vendrá Lita también; y con el pretexto de acompañar a don Celso, se pasarán a su lado todo el día y harán de este caserón una pajarera. A usted ¿qué le parece?

De perlas me pareció, y así se lo declaré a Neluco. Quedó él en convertir el plan en cosa hecha, y llegamos en esto a la alcoba de Chisco.

El cual no estaba ya en ella ni en sus inmediaciones. Preguntando por él a Tona, supimos que andaba, buen rato hacía, arreglando el ganado. Bajamos a las cuadras y allí dimos con él. Algo le dolía el brazo todavía «jancia el hombral»; pero como era el izquierdo, se manejaba bien para sus quehaceres. Tenía buena «apetencia», se «jallaba» firme de los otros remos, y por eso se había levantado como todos los días. Ya sabía lo de su amo, y le llevaban «los diantris» al considerar que mientras el pobre señor pasaba las de Caín, él estuviera durmiendo a pierna suelta toda la noche, y por culpa de «blanduras y arreparus» que se habían tenido «malamenti» con un hombre de su correa. Pulsóle el médico y le reconoció el brazo y la herida de la cabeza; diole por sano y bueno si se obligaba a observar ciertos cuidados que le prescribió; despidióse de mí hasta «más tarde», y se fue. Antes de salir me dijo muy quedo:

-Creo que hice muy mal anoche en referir ciertas cosas delante de su tío de usted, con lo impresionado que ya estaba el pobre señor.

Sospeché lo mismo, volvíme al lado del enfermo y me senté a la cabecera de su cama. Le hallé más «humano» que antes, sin duda porque también estaba más abatido. Como no le tentaba el deseo de hablar, ni era conveniente provocársele, según encargo muy encarecido de Neluco, dime a meditar yo por no tener otra cosa en qué ocuparme allí. Era indudable que yo había llegado a querer de veras a mi tío: a la vista estaba lo que me dolía la gravedad de su estado y el peligro en que se hallaba de quedársenos entre las manos a la hora menos pensada; y, sin embargo, la perspectiva de aquella serie de días de cama, impuesta por el médico al enfermo, con la sujeción a que me obligaba esta medida, en el menguado y tétrico recinto de aquella alcoba, y la tenaz y espesa nevada que tenía el cielo en tinieblas, la tierra sin suelo en que pisar y encarcelados a sus habitadores, me preocupaba y me dolía ¡a qué negarlo! mucho más. El corazón humano adolece con frecuencia de estos achaques, no por maldad propiamente, sino por falta de educación de los sentimientos, por desuso de los más delicados de ellos, por resabios del egoísmo adquiridos en la libertad de una vida sin trabas ni linderos. Explicábame yo aquella debilidad, que me parecía hasta pecado grave, con estas reflexiones, y con ellas me consolaba, aunque no tanto como con la esperanza de que se realizaran los planes de Neluco y vinieran Lita y su madre, sobre todo Lita, a aliviarme del peso de la cruz, renovando el aire y los sonidos y las caras y hasta la luz de aquellos ámbitos entristecidos, mudos, negros y monótonos. Pero ¿se prestarían a venir Mari Pepa y su hija, no obstante sus buenos y caritativos deseos? ¿No les arredrarían los obstáculos de la nieve y del frío, de aquel frío como no le había sentido yo ni en Rusia quizás, por no haber en Tablanca otro recurso que el de la cocina y un mal brasero para combatirle? ¡Mal conocía yo los alientos de las señoras tablanquesas! A media mañana entraban por la puerta del salón de la casona la hija y la nieta de don Pedro Nolasco, poco después de haberlas oído yo «gorjear» y llenar el pasadizo de voces argentinas y armoniosas. También las había adivinado mi tío.

-¡Jesús!... ¡la cellerisca! -había exclamado, al oírlas, en un tono que revelaba más alegría que pesar.

Salí a su encuentro y las recibí sin disimular una pizca el alegrón que con su visita me daban. Los ojos y la nariz era lo único que se veía de sus personas: todo lo demás era un conglomerado de faldas, chaquetas, toquillas y mantones de lana espesa y dulce. Preguntando y exclamando, ora en voz baja (cuando no era conveniente que lo oyera mi tío), ora casi a gritos (por convenir que lo oyera), iban desliándose la cabeza y descubriendo la cara, hasta que apareció la de Lita (me fijé poco en la otra) como luna de enero entre nubes grises, o más propiamente, como una manzanita de agosto arrebujada en las hojas de su ramo: así estaba de coloradita, de tersa y de apretada la redondez de sus carnes por allí.

Como venían bien informadas e instruidas por Neluco, poco o nada hablamos del papel que les correspondía en la comedia que íbamos a representar delante del enfermo. Don Pedro Nolasco no había podido acompañarlas; mejor dicho, no se lo habían permitido ellas, por temor a una caída que hubiera sido mortal en un hombrazo de sus años... porque estaban los caminos ¡Virgen María, la nuestra Madre! que daban miedo. Se «eslociaban» los pies en la nieve como anguilas en la mano. Solamente en la subida del pedregal se había caído ella (Lituca) dos veces, y sobre una misma rodilla, que debía de estar hecha una compasión. No lo había visto todavía, pero podía jurarse por lo que la «resquemaba», aunque no la impedía los movimientos, gracias a Dios. Por lo demás, ya sabían ellas que al enfermo no le convenía la charla, aunque la pidiera: de vez en cuando, alguna chunga, como si el mal fuera de broma; a tiempo y con amor, las medicinas y el alimento; y que perdonáramos la franqueza si se daban por convidadas a comer, porque ellas, con el pretexto de la nevada, pensaban quedarse hasta la noche sin que don Celso maliciara la verdad del motivo. Venían provistas de labor para hacer más entretenidas las horas sobrantes alrededor del brasero.

Mi tío las recibió con cuatro cuchufletas y algunos lamentos. Aunque vivo todavía, se daba por muerto ya. Protestaron ellas contra el supuesto, asegurándole que lo que le había «encamado» entonces era la frialdad de la nevada, y puede que también algo del sentir que le diera el conocimiento de lo ocurrido en el monte el día antes.

-No lo niego -respondió a ello mi tío-, y por lo mismo no tiene vuelta de hoja lo que vos acabo de decir; porque ¿qué puede esperarse ya de un hombre de mi veta cuando se deja acaldar, como yo estoy acaldado, por chapucerías como esas?

Era la pura verdad; pero, así y todo, insistieron las bonísimas mujeres en negarla, aunque no con los bríos necesarios para lograr sus caritativos fines, porque eran cariñosas en extremo y se sentían impuestas y conmovidas ante aquella extenuación y aquella lividez cadavéricas del pobre don Celso, que ni por afán de mantener sus derechos desconocidos por la tiranía profesional de Neluco, se acordaba ya de levantarse.

Dejáronle al fin en el sosiego que necesitaba; instalámonos en el salón contiguo; llegó la mujer gris con el brasero encogollado de ascuas resplandecientes; púsole en la caja que estaba allí, y nos sentamos alrededor de ella, sin perder de vista al enfermo, Mari Pepa, su hija y yo. Mari Pepa sacó de un bolsillo muy grande de su delantal los avíos de hacer media; Lita (no supe de qué repliegue de sus complicadas envolturas) los de hacer puntilla, y ambas comenzaron a trabajar en sus respectivas labores y a hablar al mismo tiempo, pero más con los ojos y por señas que con la boca, en lo que tuviera relación con el estado de mi tío. De «lo de ayer», se habló mucho más, y también con cierto cuidado para que no fuera oído desde la alcoba lo que podía impresionarle nuevamente. Y fue un milagro de Dios que no nos oyera lo más de ello, porque con el obstinado empeño que yo tenía en que había de haber algo entre Lita y el médico, estuve verdaderamente pesado y machacón en ciertos pasajes del diálogo; particularmente durante las escapadas de Mari Pepa a la alcoba, porque había tosido mi tío o se creía que había llamado... o para ver si necesitaba alguna cosa, sin que tosiera ni llamara. En casa de don Pedro Nolasco se había sabido todo, poco antes de pasar «la nube» que los había aterrado. Habían vivido en la misma angustia que yo hasta muy entrada la noche. Yo referí a Lita las dudas que había tenido en casa del Topero; y aquí fue donde mi tenacidad rayó en impertinencia. Lo conocí en una mirada de extrañeza con que respondió mi linda interlocutora a una indirecta mía en que se clareaban demasiado mis intenciones. Me impuso aquella serenidad que me pareció protesta contra un mal entendido derecho de preguntar «ciertas cosas» por muy evidentes que fueran.

En esto llegó don Sabas, quejándose desde el pasadizo de los miramientos que se le habían guardado en nuestra casa aquella noche. ¿Quién nos había dicho que por un viaje más o menos a la montaña, no quedara él con agallas suficientes para cumplir con su deber a cualquier hora que se llamara a su puerta? Y si la cosa hubiera apretado un poco más de lo que apretó, ¿qué hubiera sido del cristiano en peligro de muerte? ¿De quién hubiera sido la responsabilidad? ¿Qué se hubiera dicho de él y qué de todos nosotros?... Y aunque la cosa no apretara, ¿para cuándo son los buenos amigos?

-Pues, mira -añadió arrimado ya a la cama de don Celso-, lo que es ésta no te la perdono.

-¡Bah, bah! -refunfuñó el aludido revolviéndose un poco-, no me rompas la cabeza. Tú puedes jacer lo que te acomode, que yo bien sé lo que me hice.

-¡Jinojo! -replicó don Sabas-, es que el miramiento ése fue tal, que si no topo ahora mesmo con Neluco, se pasa el santo día sin que yo me entere de lo que a ti te pasó anoche.

Intervine yo, desenojé al Cura, quedóse con mi tío a solas y continuamos los demás alrededor del brasero, como antes, charla que charla, sobre «lo de anoche» sobre «lo de ayer» y hasta sobre cierta promesa hecha por mí a mis interlocutoras el día en que las había conocido, de comer en su casa alguna vez; promesa que todavía estaba sin cumplir, por culpa bien notoria de la agitada vida que llevaba monte arriba y monte abajo, cuando no de los fieros temporales que me tenían bloqueado en la casona. Al mediodía volvió Neluco, que no halló en el enfermo nada de particular ni de nuevo, ni quiso acceder al ruego que le hice de quedarse a comer con nosotros; ruego que, por su parte, me había desairado ya el Cura. Marcháronse los dos juntos, después de prescribirnos el primero el plan de asistencia para la tarde, y de conjurarnos el segundo a que por ningún motivo ni miramiento humano dejáramos de avisarle a la menor novedad; volvieron Lita y su madre a la alcoba del enfermo para ponderarle la mejoría que notaban en él (y bien sabe Dios cuánto mentían a sabiendas en sus ponderaciones), y a darle Mari Pepa unos sorbos de leche mientras su hija le arreglaba las ropas de la cama y entraba la mujer gris en el salón a poner la mesa en las cercanías del brasero, y a poco rato nos sentamos a comer.

Comiendo y hablando, tuve yo que decir, porque me lo preguntaron mis locuaces comensales, qué cosas se comían por los pudientes, y a qué horas, en «esos mundos de Dios». De todo se admiraban aquellas sencillísimas mujeres; y yo, al notarlo, me complacía en apurar la nota, y así llegué a ponderarles el exquisito sabor de las ancas de rana y de los nidos de golondrina, entre otras distinguidas y elegantes porquerías alimenticias que cité. Y era de ver entonces la cara que ponía Mari Pepa y los gestos de asco que hacía Lituca mirando a su madre y volviendo a mirarme a mí, como si dudara de la verdad de lo que yo refería.

-Puro vicio, hija, puro vicio -decía al cabo Mari-Pepa-; puro vicio de la jartura en que viven esas gentonas, de cuanto Dios crió.

Como estaba tan enlazado lo uno con lo otro, tirando del modo de comer salió el modo de vivir y el modo de viajar. Nuevas admiraciones y nuevos asombros. También extremé bastante la tesis aquí, y hasta sospecho que mentí un poco, aunque dentro de lo verosímil y perdonable. Lo de acostarse cerca del amanecer y levantarse después del mediodía para no salir de casa hasta el anochecer, les maravilló tanto como la sopa de nidos de golondrina y las frituras de ancas de rana.

-¡María la mi Madre! -exclamó Lita al enterarse de ello-, pues si esas gentes no ven nunca jamás el sol, ¿qué diantres pueden ver que las alegre y las engorde? Yo creo que eso es vivir contra ley.

-Vicio, hija, vicio -insistía Mari Pepa-; vicio de no saber qué jacerse en una vida tan regalona.

Preguntóme Lita si yo también tenía «por allá» esas malas costumbres; respondíla que sí, y me dijo, por todo comentario, con una ingenuidad y una llaneza verdaderamente infantiles:

-Pues buen picaronazo estará usté... ¿Verdá, madre?

Celebré yo el dicho con una risotada no menos ingenua, dando enseguida las gracias por el piropo, casi al mismo tiempo que respondía Mari Pepa a la pregunta:

-¿Quién sabe, hija del alma, quién sabe? Quien se jaz a comer «niales» de golondrina sin reventar de «duda», bien puede jacerse a vivir de ese modo sin ofender a Dios ni quebrantar la salud.

Con esta salvedad de su madre se puso Lita muy colorada, y quiso enmendar lo que pudo haberme parecido impertinencia suya; y yo, sin dejarla concluir, la allané el camino de sus deseos ofreciéndola por añadidura una declaración, no desprovista de sinceridad, de mis grandes desencantos.

-No le pasaría tal ahora -me objetó Mari Pepa-, si se hubiera casado a tiempo, para vivir como Dios manda. ¿A qué diantres quieren el saber y los posibles cuando se ven solitarios de familia y mozones de casa abierta?... Pues mire, don Marcelo: dicen que para estas casas, por muy cerradas que estén, siempre tiene el diablo una llave.

-Podrá tenerla -repliqué yo muy formal-; pero en la mía no ha entrado nunca.

-¡Jorria, trapacerón de satanincas!

Soltó después la carcajada, y la soltó Lita al mismo tiempo. Ayudélas yo con otra, por la gracia que me hacían las dos; y enseguida comenzaron los «picadillos» y tiroteos que no podían faltar allí, entre los tres. Porque estas quisicosas son ingénitas en la mujer de todas castas y latitudes; y puestas todas ellas en una misma situación, todas, salvo las diferencias de lugar y de estilo, vienen a escarbar en el mismo terreno y con los propios fines. Siempre las iniciativas y la fuerza del atrevimiento, las marrullerías y el tesón, en la madre; la estudiada reserva, la mal disimulada curiosidad, el elocuente silencio, el mirar de soslayo, la pinchada sutil, en la hija. Así llegaron las dos a dar por hecho que no habría tenido yo menos de cincuenta novias, ni bajarían de tres las que quedaban en Madrid llorando mis ausencias y tal vez mis ingratitudes. Pero si en el fondo no era nueva la escena para mí, éranlo, hasta embelesarme, aquellos pintorescos matices de lengua; aquella dialéctica a la buena de Dios, sin andamiajes retóricos ni artificios convencionales; aquellas malicias sanotas que brotaban del regocijado palabreo, espontáneas, frescas, airosas y transcendiendo a «la tierra» como las rosas del huerto entre la virginal y espléndida hojarasca del cercado que las protege. Por eso sentí en el alma que se acabara aquel originalísimo «discreteo». Y se acabó por acudir Mari Pepa a mi tío que tosía y se quejaba, mientras Lituca, a la vez que escuchaba los quejidos y las toses, me mandaba callar poniendo un dedín muy mono sobre la boca, y llegaba Facia a recoger los mendrugos y levantar los manteles de la mesa.


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XXXIV