Pedro Sánchez: 20

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Capítulo XX[editar]

Era el tal empleo una verdadera ganga, si no por el estipendio, que no pecaba de pingüe, aunque a mí me lo parecía, por lo llevadero del trabajo, lo cómodo de las heras y la índole de las gentes a quienes servía yo. Algo me costó convencer a mi padre de que tanto daba estar empleado allí como en otra parte, porque el buen señor, aun sin la instintiva repugnancia que sentía hacia un periódico de las ideas de El Clarín de la Patria, hubiera preferido mi vuelta a la aldea mientras la nueva tortilla ministerial se volcaba, y tornaba a estar en candelero Valenzuela, de cuya paternal solicitud por mí esperaba torres y montones; pero al fin se convenció, y creo que de buena fe, y con ello me descargué del único pesar que entonces me afligía.

Por encarecimientos y recomendaciones de Matica, que era niño raimado en aquella redacción, fui considerado en ella desde el primer día bastante más que como un simple empleado de la casa; pero recientes escarmientos me habían enseñado los riesgos de salirme de mis quicios, y me guardé mucho de abusar de estas ventajas, lo cual se tradujo allí en rasgo de modestia, y con ello me afirmé un tantico más en la estimación de todos los redactores.

Eran éstos, los que podían llamarse de plantilla, cinco con el director, porque los colaboradores, amigos y aficionados de todas especies, no tenían número. El director, a quien daré el nombre, por no dejarle sin alguno, para mayor facilidad del relato, de Redondo, tenía toda la fe, todo el entusiasmo y todo el tesón de un verdadero sectario. Era de la Rioja, patria de los grandes progresistas, y rico. Olózaga era su Minerva, Espartero su Marte, la Milicia Nacional el sustentáculo del Olimpo, y la Constitución del 37, con las liberales reformas reclamadas por las necesidades de los tiempos que corrían, su libro santo. A esta empresa había consagrado, con heroico desinterés, cuatro años hacía, fundando aquel periódico, su caudal, su poco talento, su reposo y aun el de toda su casta. Jurara yo que no cabían en aquel hombre otras aspiraciones que las de arrojar de España «la tiranía», descargar el presupuesto nacional del «ominoso renglón del culto y clero», y restablecer, por ende, el imperio de la libertad al son del himno de Riego y al amparo del Duque de la Victoria. A lo sumo, a lo sumo, la de sentarse en los escaños del Congreso, proclamado el sufragio universal, por el voto libre de un distrito de su provincia; y no por míseras vanidades ni con lucrativas intenciones, sino por velar así más de cerca contra las asechanzas de «la mano oculta de la reacción».

Era vehemente, nervioso; y con esto y la fe que tenía en sus principios políticos, la práctica de tratar de ellos a todas horas y en todas partes, lo saturado que estaba de la idea, y el horror que sentía por todo gobierno reaccionario, y periódico, libro o folleto que los amparase, era una verdadera máquina de escribir artículos de fondo; pero muy al caso y buenos: al caso, porque al entusiasta riojano no le dolían prendas, y siempre peleaba en terreno firme, aunque con la escasa libertad de movimientos a que le sujetaban los preceptos de la ley; buenos, porque por tales se reputaban los que, como aquéllos, abundaban en hinchazones rimbombantes y en ese fraseo pomposo y descomunal de lugares comunes y vocablos hechos; brillo de talco y estruendo de hojarasca, que han venido siendo (y no digo que son aún, porque algo noc hemos enmendado los españoles en ese resabio, de entonces acá) el ritmo de las batallas periodísticas, en las cuales pagaba siempre los vidrios rotos, y, a las veces, los paga todavía, saliendo descalabrada y maltrecha, la inocente lengua castellana. En este género de faenas era todo una especialidad el progresista Redondo; y en virtud de ello, excusado es decir que se le reputaba por uno de los más valientes, ilustrados, hábiles y temibles periodistas de aquel entonces.

Pero ¡qué vida la suya! Me estremecía su actividad incansable, siempre con el mismo tema y enderezada a un solo fui. Lo de menos era, con ser mucho y penoso, el trabajo que tenía en la redacción. Fuera de ella no sosegaba un punto: el salón de Conferencias y los pasillos del Congreso; el café de La Iberia; la visita a algún prohombre del partido; la cita con el emisario del círculo patriótico de aquí; la respuesta al mensaje de los liberales de allí; el asedio al ministro de la Gobernación por el zapatero preso o el excedente perseguido... ¡y qué sé yo! Todo lo recorría, y en todas partes estaba empujado por la misma fuerza, hablando del mismo asunto y sirviendo la misma causa. Su mujer y sus hijos eran los que menos le veían. Llegaba tarde a las horas de comer; comía poco y de prisa, y vuelta a la calle. Trasnochaba. y al buscar en el lecho algún descanso, asaltábanle las pesadillas en cuanto le rendía el sueño. A todo esto, esperando cada hora que el Gobierno le enviara a Cádiz, y desde allí, bajo partida de registro, a comer el amargo pan de la emigración a los quintos infiernos. ¡Y tan satisfecho!

No tenía cincuenta años, y era bastante bien parecido; y aunque se preciaba de esmerado en el ornamento y atavío de su persona, atrasaba mucho, pero mucho, en el reloj de la moda imperante. Achaque era éste muy común en los hombres de sus mismas ideas. ¡Y si atrasaran sólo en el vestir y el afeitarse...! Pero no es de extrañar: ocupados en predicar el progreso se olvidan de practicarlo.

Parecíame a mí que los dos redactores que le ayudaban en la parte puramente política del periódico no tomaban el asunto tan a pechos como él; y eso que rayaban más alto en ideales, palabreja que ya comenzaba a sonar entre los atisbos democráticos que centelleaban a ratos al choque de las ideas. El uno era madrileño; andaluz el otro; jóvenes ambos y muy duchos ya en el oficio, al cual, en sus lucubraciones periodísticas, llamaban sacerdocio. El cuarto redactor tenía a su cargo la gacetilla y otras menudencias. Parecía de pronto lo más insignificante de la casa; y, sin embargo, de aquel rinconcito salían los tiros más certeros, los proyectiles más envenenados, los golpes más contundentes, lo que daba, en fin, verdadero interés al periódico; porque a nadie le disgusta ver crucificado a un ministro en un soneto, o narrada la vida de otro en unas aleluyas chispeantes, o achicharradas las flaquezas del lucero del alba en una letrilla de rescoldo; y todo eso lo hacía a maravilla aquel endiablado mozo, que me recordaba a Matica, cuando Matica se conformaba con ser mordaz sin ser obsceno.

Me consta que algunas veces le ayudó éste con gran éxito en su «misión» corrosiva y demoledora.

Las revistas literarias semanales estaban encomendadas a un colaborador que se firmaba Segismundo, y que, como este famoso personaje, no se mordía la lengua, para cantar las verdades al más guapo, ni se olvidaba de que tenía en su desfachatez fuerzas bastantes para arrojarle por el balcón al mar de todos los oprobios, si llegaba el caso, como llegaba a menudo, porque lo malo abunda, desgraciadamente.

Estos hombres, más otro inofensivo redactor de tijera, a cuyo cargo estaban las noticias de provincia y del extranjero, con tal cual insulso y ñoño comentario, eran los que de ordinario alimentaban de materia legible a El Clarín de la Patria; pues las correspondencias de medio mundo que se publicaban en él eran escritas, casi siempre, en la misma redacción.

Ocupaba ésta lo mejor del piso bajo de la casa en que estaban instaladas todas las oficinas. La mía se hallaba cerca de la puerta de entrada, y tenía otra de escape que comunicaba con la redacción, espaciosa sala con un gabinetito de respeto donde se recibía a los visitantes muy esperados, y se trataban los asuntos de mayor cuantía. El resto de la casa lo ocupaba la imprenta. Todos los sirvientes, de redacción abajo, estaban a mis órdenes, dos de los cuales me ayudaban en la oficina de mi cargo: y como eran antiguos en ella y muy duchos en aquellas incumbencias, no solamente me aliviaban de una gran parte de mi trabajo, sino que en pocos días me pusieron al corriente en todo cuanto abarcaba mi jurisdicción administrativa. Entonces pude ver, con mucho gusto mío, que El Clarín de la Patria tenía grandísima suscripción y comenzaba a ganar no poco dinero.

Cuantas noticias me había anticipado Matica referentes a aquella casa eran la pura verdad: los libros y los folletos andaban en ella por los suelos; y de periódicos nada se diga, porque cambiaban con El Clarín casi todos los de España y muchos extranjeros; así es que me faltaba tiempo para engullir fárrago y más fárrago; pues es de notarse que mi voracidad era tanto más insaciable cuanto mayor era el acopio en que se cebaba. Solamente uno de mis subalternos de oficina poseía cerca de treinta novelas recortadas por él de folletines; pues todas me las leí en semana y media; y como la redacción tenía butaca gratis, cuando no dos, en cada teatro, siempre había alguna de sobra, de la cual disponía yo por especial obsequio del director, que conocía mis aficiones. De manera que en estos dos vicios, que tanto dinero me habían costado antes, podía hasta encenagarme sin gastar un maravedí; lo cual representaba un sobresueldo de mucha consideración. Aprendí un poquillo de francés con un perdulario que entraba mucho en la redacción a título de agente de los liberales de allá, y me daba una lección diaria por treinta reales al mes. Bastante más le sacaba al inocente director, a quien tenía sorbido el seso trazándole planes y encajándole estupendas bolas sobre «socorros mutuos de progresismo internacional», como decía Matica cuando el candoroso Redondo le contaba los milagros que podían obrarse por mediación de aquel sinvergüenza, que apestaba a cognac desde el vestíbulo.

La ordinaria concurrencia de extraños a la redacción podía clasificarse en tres grupos: ociosos pegotones que iban a darse allí un hartazgo de periódicos de todos colores; liberales vehementes que, no contentos con lo poco que podía publicar la prensa y lo contradictorio de los rumores de café, buscaban con avidez noticias gordas en buenas fuentes, y amigos e iniciados en los secretos del partido. a los primeros de este grupo pertenecía Matica, que me visitaba muy a menudo; a los segundos «un honrado hijo del pueblo», carretero de oficio, con taller en la plaza de la Cebada, y que se llamaba Godos (a) Bujes; el cual Bujes era un hombre de «cierta edad», rehecho, bien aplomado y muy belludo; morenote, sereno de faz, algo cuadrada ésta y rigorosamente inscrita en un marco negro como el cisco, marco formado por las patillas, sin bigotes, unidas por delante de los oídos al pelo de la cabeza, recortado en medio punto a dos dedos escasos sobre las cejas hirsutas. Vestía pantalón y blusa corta de mahón azul muy obscuro, sobre burdo traje de paño, y gastaba en la cabeza barretina morada, caída hacia el hombro derecho. Hablaba poco y no mal, en voz reposada y muy sonora; y cuando se enardecía algo, era hasta un poquillo elocuente. Pues este Bujes tenía mucho influjo entre los hombres de su barrio, y era, gran propagandista de las ideas de El Clarín. Había sido sargento 1º de la 4ª compañía del 1º de Ligeros de la Milicia Nacional disuelta el 43; y estuvo muy metido en el ajo del 48, creyendo que sólo se trataba de restablecer aquella benemérita institución, por cuya vida estaba él siempre dispuesto a dar la suya y otras ciento que tuviera. Cuando advirtió la equivocación era tarde para y por un milagro de Dios, tras de haber expuesto la vida en el negro trance, se libró de ir ensartado a Filipinas. Esto de la Milicia Nacional era el eje sobre que giraba toda la máquina de las ideas políticas del buen Godos; y aun, apurando un poco la materia, no la Milicia como «institución salvadora de los sacrosantos intereses de la libertad», sino el 1º de Ligeros, o quizá, quizá, el empleo de sargento de la 4ª compañía. Por supuesto que él no lo creía así, y antes se tenía, y lo era en rigor, por el más consecuente liberal de la Constitución del 37, sin restricciones ni reservas, de cuantos se paseaban por las calles de Madrid, y se paseaban de éstos a millares. Pero quiero yo decir (y sin ofensa de la honrada memoria de aquel benemérito progresista), que sin haber vestido los marciales arreos de miliciano ni conocido al general Espartero, tal vez no se hubiera consagrado con alma y vida, como lo estaba, al servicio de todas las cosas cuyo triunfo era de necesidad para que volviera Espartero, y se restableciera la Milicia Nacional, y, por consiguiente, la 4ª compañía del 1º de Ligeros. Después de todo, aun afirmando lo que pongo en duda con relación a Bujes, tampoco sería caso raro este ejemplar, como podían atestiguarlo, si fueran un poco dados a sutilizar conceptos y desenmarañar ideas mal digeridas tantos y tantos honradísimos representantes del comercio de aquende y de allende, ejemplares y hasta heroicos padres de familia, incansables contribuyentes por lo urbano, y miles y miles de ciudadanos pudientes, sin mácula ni tilde, que fueron honra, esplendor y sustentáculo del partido en sus mejores tiempos... ¡Y es natural, qué diablo! El uniforme guerrero tiene mucho atractivo, no vistiéndole a la fuerza, y al más panzudo y estevado le cae a maravilla; y el centellear del acero desenvainado, y la carrillera del morrión entre los dientes, y el batir de las cajas y sonar de las trompetas en esta parada y en aquel desfile enfrente de la honrada esposa y de los pequeñuelos asombrados, o delante de la novia emperejilada... Vamos, que es para que el más tibio arrime el hombro a cualquier pronunciamiento que lo traiga, por lo mismo que la «mano de la reacción» se lo lleva siempre que se le antoja.

Volviendo a Bujes, añado que era el agente preferido de Redondo, por activo, de confianza y valiente si los había. Podría ser inconsciente efecto de un escondido impulso de amor a la «benemérita»; pero ninguno servía a la causa entera y verdadera con mejor voluntad ni más abnegación que él. Esto lo sabían todos en aquella casa, y por ello era de todos muy cordialmente estimado.

Iba muy a menudo a hablar con el director, y casi siempre le recibía en el gabinete reservado, señal de que se trataba de asuntos de contrabando.

Allí se vivía en perpetua conspiración. Y, en verdad, que con sobrados motivos. Desde que imperaban los hombres que habían sucedido al tirano Bravo Murillo (copio el estilo de Redondo), estábamos todos los buenos liberales trinando de indignación: a un atentado seguía otro atentado; a un atropello, otro atropello; a una iniquidad, otra iniquidad. Al abrigo de su misma insignificancia personal, consumaban ¡cobardes! la obra infame que sus predecesores solamente se habían atrevido a iniciar. Nos habían aherrojado el pensamiento, apretando los tornillos que los otros pusieran a la prensa; habían atacado la inviolabilidad senatorial, destituyendo senadores por el pecado de votar, conforme a sus conciencias, desempeñando cargos oficiales; en fin, hasta habían devuelto los bienes a Godoy, ¡al amigo de María Luisa! ¿Se podía hacer más? ¡Y todo por cierta influencia oculta, a la cual se debió también que, al cabo, y cuando ya la luz iba a hacerse en el seno de la representación nacional, se declarara, de real orden, terminada aquella legislatura! ¡Por entonces sí que hubo movimiento en la redacción! Bujes ardía y chirriaba, como una manga sin engrasar dentro de su apellido, y Redondo no comprendía, ya que el partido yacía en letargo embrutecedor, cómo los adoquines de la calle de las Rejas no se levantaban solos para vengar de tanta afrenta al pueblo esquilmado y oprimido. De modo que en aquellos días, rebosándonos la indignación por encima de los estorbos de la ley, tuvimos tres recogidas y otras tantas causas criminales, que nos costaron mucho dinero y grandísimos disgustos.

Mi padre, que recibía el periódico regalado desde que yo andaba en su administración, no cesaba de conjurarme, por todos los santos de la corte celestial, a que no me dejara inficionar de aquellas endiabladas políticas que podían dar al traste conmigo, y aun con cosa más alta y respetable. Y vean ustedes: yo, que entre las gentes y los fervores de El Clarín de la Patria vivía tan fresco, indiferente y descuidado, me las echaba de terne con mi padre, y le hablaba de «las corrientes del siglo», de «vendas en los ojos», de la «necesidad de transigir y de andar para no ser atropellado», del «viejo obscurantismo», de «la luz de las nuevas ideas»... Nada, pura fatuidad.

En esto había llegado el verano, seco y achicharrador en aquella Libia desconsoladora, sin agua y sin árboles; los teatros estaban cerrados, y mis compañeros de posada y Matica se habían ido a pasar las vacaciones con sus respectivas familias. ¡Cuánto envidié a los primeros, que estarían recreando la vista en los verdes y frescos paisajes de mi tierra, al arrullo del espeso follaje mecido por las auras refrigerantes del Cantábrico, mientras a mí me ahogaba el tibio y espeso ambiente de las calles, que parecía salir de la boca de un horno de fundición!

Valenzuela se quedó también en Madrid, como un simple mortal; pero, a mi ver, en expectativa de los acontecimientos políticos que se sucedían con inusitada frecuencia. Por de pronto, el ministerio había caído al día siguiente de obtener el decreto de clausura de las Cortes, y el incoloro que le había sucedido tras una larguísima y trabajosa crisis no era viable, según el dictamen de expertos doctores en la materia. Se esperaba una situación más vigorosa y acentuada; y se esperaba con tal fe, que el mismo don Serafín renunció a gestionar en favor de su reposición, persuadido de la poca consistencia de aquel Gobierno.

-Pero ¿qué idea le ha dado a usted de meterse en estos líos? -me dijo en mi oficina al día siguiente de haber tomado yo posesión de ella.

Y como me asaltara cierto ruborcillo de decir la verdad a un hombre que me había tenido, y acaso me tenía aún, por un pudiente montañés,

-¡Qué quiere usted! -le respondí-: caprichos de los hombres; compromisos de amistad, y luego, que hay que saber de todo; y como a nadie le amarga un dulce, y éste lo es por muchas razones...

-Ya, ya. Pues, calabaza, me alegro de veras. Me gusta a mí este periódico por lo frescas que las canta. ¡Pues como pusiera yo en él la pluma, Santo Cristo del Amparo, con el saco de bilis que yo tengo!... Pero si no la pongo, ya le daré a usted ocasión de ponerla de modo que levante en vilo a algún pillo desorejado...

Y desde entonces iba a verme tres o cuatro veces a la semana. No con tanta frecuencia visitaba yo a su hija, pero la visitaba. Desde la noche que la hallé sola en la calle y la acompañé a su casa parecía haberme perdido el respetillo que antes me tenía: verdad que tampoco estaba yo a su lado, desde entonces, tan respetable y formalote como de recién llegado a Madrid. Sin embargo, siempre propendía un poquillo a lo sentimental la hija del buen Balduque. Sabiendo que le gustaban mucho las novelas, le di algunas, y observé que prefería siempre las más empalagosas por lo tiernamente tristes. ¡Pero qué monísima estaba, y cómo le rebosaba la frescura a medida que apretaban los calores del verano!

¡Como donde menos me abrumaban éstos era en las oficinas del periódico, bastante frescas, relativamente, en ellas me pasaba la mayor parte del día y de la noche; y sobrándome el tiempo hasta para leer, escribía y escribía... ¡Cuánto escribí en aquel verano, y cuánto oculté, como si fuera pecado, o rompí teniéndolo a crimen imperdonable! Porque la profecía de Matica se cumplió: el olor de la tinta de imprenta me embriagaba, y el ejemplo de los redactores me seducía. Escribí en verso y en prosa, serio y alegre; en fin, escribí de todo y sobre todo; porque, según ya lo he declarado otra vez, con una memoria descomunal y gran facilidad para asimilarme asuntos y estilos ajenos, en poniéndome a escribir no acababa, y daba un chasco al más pintado. Algo de lo escondido se vio, sin embargo, porque mi trato con la gente de la redacción iba siendo ya bastante íntimo y muy continuo. Aplaudiéronmelo, y, que quieras que no, lo enviaron a las cajas. Era a modo de reseña humorística de los acontecimientos político-sociales de la semana, que no valía dos ochavos; pero se imprimió, y alea jacta est.

Ni César se vio más resuelto y decidido al otro lado del Rubicón, que yo ufano cuando leí conmovido en la sección de Variedades de El Clarín de la Patria, el primer parto de mi ingenio que había merecido los honores de la imprenta.

Aquel mismo día cayó el ministerio. ¡Cosa más rara!, como diría don Magín de los Trucos. Murmurábase que le había derribado la misma oculta influencia que lo trastornaba todo en aquellos tiempos. Sucedióle otro presidido por el conde de San Luis, y volvió Valenzuela a gustar las dulzuras del presupuesto. El Clarín de la Patria saludó el acontecimiento con un botasilla que le costó un disgusto de los gordos. Pocos días después me escribía mi padre:

«¡Ahí le tienes ya, hijo mío! ¡Acude a su amparo, que no te lo negará ahora que puede y está agarrado en firme; y deja esas interinidades, tan peligrosas para el cuerpo como para el alma!...»

¡Para dejarlas estaba yo, después de haber catado la tinta de imprenta, y teniendo en casa la manera de arrimar una paliza diaria al pícaro manchego!




Pedro Sánchez de José María de Pereda

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