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Pellejo de asno (Baró tr.)

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
PELLEJO DE ASNO.


Erase un rey el más poderoso de la tierra, tan amable en la paz como terrible en la guerra. Sus vecinos le respetaban y temian y reinaba la mayor tranquilidad en sus Estados, cuya prosperidad nada dejaba que desear, pues con las virtudes de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. Su esposa era tan cariñosa y encantadora y tantos atractivos tenia su ingénio, que si el rey era dichoso como soberano, más lo era como marido. Tenian una hija, y como era muy virtuosa y linda, se consolaban de no haber tenido más hijos.

El palacio era muy vasto y magnífico. En todas partes había cortesanos y criados. Las cuadras estaban llenas de arrogantes caballos y de bonitas jacas cubiertas de hermosos caparazones de oro y bordados; y por cierto no eran los caballos los que atraían las miradas de los que visitaban aquel sitio, sino un señor asno, que en el punto mejor y más vistoso de la cuadra erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecia la preferencia, pues tenía el privilegio de que lo que comía saliese transformado en relucientes escudos de oro, que eran recogidos todas las mañanas al despertar el asno.

Turbó la felicidad de los régios esposos una aguda enfermedad sufrida por la reina, que se fué agravando á pesar de haberse acudido á todos los auxilios. de la ciencia y de haber llamado á todos los médicos. Comprendió la enferma que se aproximaba su última hora, y dijo al rey:

—Antes de morir quiero hacerte una súplica. Si cuando haya dejado de existir quieres volver á casarte...

—¡Jamás! ¡Jamás! exclamó el rey sollozando.

—Tal es tu propósito en este instante y me lo hace creer el amor que siempre te he inspirado; pero para que la seguridad sea mayor, quiero me jures que no has de volver á casarte á ménos de hallar una mujer que me supere en belleza y en prudencia, la única á quien podrás hacer tu esposa.

Con los ojos llenos de lágrimas lo juró el príncipe, y poco despues la reina exhaló en sus brazos el último suspiro, siendo grande la desesperacion de su esposo. El dolor trastornó algo su razon, y á los pocos meses dió en mandar comparecer á su presencia á todas las jóvenes de la corte, despues á las de la ciudad y luego á las del campo, diciendo que se casaría con la que fuera más bella que la reina difunta; pero como ninguna podia compararse con ella, todas eran rechazadas. El rey acabó por dar evidentes muestras de locura, y cierto dia declaró que la infanta, que realmente era más bella que su madre, seria su esposa. Los cortesanos le hicieron presente que tal boda era imposible porque la infanta era hija suya, pero como es difícil hacer entrar en razon á un loco, el rey vociferó que querian engañarle pues él no tenía hijas.

La pobre princesita, al saber lo que ocurría, fuese llorosa á encontrar á su madrina, que era la más poderosa de las hadas, la que exclamó al verla:

—Sé lo que te trae á mi casa. Como tu padre desgraciadamente ha perdido la razon, no conviene que le contraries abiertamente. Dile que ántes de acceder á ser su esposa quieres un vestido de color de cielo, y no podrá dártelo.

Siguió la princesa el consejo de la Hada, y el rey llamó á todas las modistas y les dijo que las ahorcaría si no hacían un vestido de color de cielo. Impulsadas por el miedo pusieron manos á la obra, y á los dos dias tenia el vestido la infanta, que con lágrimas en los ojos se vió obligada á reconocer que su deseo había quedado satisfecho. Su madrina, que estaba en palacio, le dijo en voz baja:

—Pide un vestido más brillante que la luna, y no podrá dártelo.

Apenas hizo la demanda la princesa, el rey mandó llamar al que estaba encargado de los bordados de palacio y le dijo:

—Quiero dentro de cuatro dias un vestido más brillante que la luna.

En el plazo señalado la infanta tuvo el vestido que eclipsaba el brillo de la luna. Al verlo la madrina murmuró al oido de su ahijada:

—Pide un vestido más brillante que el sol, y no podrá dártelo.

El rey mandó llamar á un rico diamantista y le dió la órden de hacer un vestido de brocado y piedras preciosas, amenazándole con mandarle cortar la cabeza si no lograba satisfacer sus deseos. Antes de terminar la semana la infanta tuvo el vestido, y al verlo fué grande su desesperacion porque era más brillante que el astro del dia. Entónces le dijo su madrina:

—Mientras posea el asno que constantemente llena su bolsa de escudos de oro, podrá satisfacer todos tus deseos. Pídele el pellejo del asno, y como en tan rara bestia consisten sus principales recursos, no te lo dará.

Hizo la infanta lo que la Hada le aconsejaba y el rey mandó sin vacilar matar el asno, despellejarlo y llevar la piel á la jóven, que quedóse abatida pues ya no sabia que pedir. Animóla su madrina recordándola que nada hay que temer cuando se obra bien, y luego la dijo que sola y disfrazada huyese á algun lejano reino.

—Aquí tienes, añadió, una caja donde pondrémos todos tus vestidos, tus adornos, tu espejo, los diamantes y los rubies. Te doy mi varita, y llevándola en la mano la caja te seguirá siempre oculta bajo tierra; cuando quieras abrirla, toca el suelo con la varita é inmediatamente aparecerá la caja. Para que nadie te conozca cúbrete con el pellejo del asno y nadie creerá que se oculte una hermosa princesa debajo de tan horroroso disfraz.

Siguió la princesa las indicaciones de su madrina y se alejó de los Estados de su padre. En cuanto el rey notó su ausencia envió mensajeros en su busca y todo lo revolvió, pero sin poder averiguar que había sido de ella. La infanta, mientras tanto, continuaba su camino, pidiendo limosna á cuantos encontraba y deteniéndose en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada; mas tan horroroso era su aspecto que no hubo quien quisiera tomarla á su servicio. Y siguió andando, andando, y fué léjos, muy léjos; y por último llegó á una alquería cuyo dueño necesitaba una porcallona para fregar, barrer y limpiar la gamella de los cerdos. Relegada á un rincon de la cocina, burlábanse de ella los criados, que procuraban contrariarla y molestarla, siendo blanco de sus groseras burlas.

Los domingos podia descansar, pues en cuanto habia terminado sus quehaceres más indispensables, entraba en el tugurio que la habian destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas y se ponia unas veces el vestido de luna y otras el de sol ó el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes. Se miraba ante el espejo y era mucha su alegría al verse jóven, blanca, sonrosada y más bella que las demás mujeres. Estos momentos de júbilo le daban aliento para sufrir todas las contrariedades de los otros dias y esperar el próximo domingo.

Olvidé decir que en la alquería donde habia hallado colocacion la infanta, tenia su corral un rey muy poderoso, y que allí se criaban las aves más raras y los animales más preciosos, que ocupaban diez grandes patios. El hijo del rey iba con frecuencia á la alquería al regresar de la caza, donde descansaba con sus acompañantes tomando algun refresco. El príncipe era muy arrogante y bello, y al verle Pellejo de Asno desde léjos, conoció por los latidos de su pecho que debajo de sus harapos aún latia el corazon de una princesa. Sin poder evitarlo se decia:

—Sus maneras son nobles, hermoso el rostro, simpático su aspecto. ¡Dichosa la mujer que logre merecer su amor! Si él me hubiese regalado un vestido, sería para mí más rico que el de sol y el de luna.

Un dia se detuvo el príncipe en la alquería, y recorriendo los patios para examinar las aves y los animales, llegó delante del mísero aposento donde vivía Pellejo de Asno, y por casualidad se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura. Como era domingo vió á la porcallona vestida de oro y diamantes, más hermosa que el sol. El príncipe contemplóla deslumbrado sin poder contener los latidos de su corazon, y por más que le admirara el vestido, más le admiró su belleza. El blanco y sonrosado color de su tez, los arrogantes perfiles de su cara y su expléndida juventud, unido todo á cierto aire de grandeza realzada por la modestia, que era espejo del alma, enloquecieron de amor al príncipe.

Tres veces levantó el brazo para derribar la puerta, pero otras tantas le contuvo el temor de hallarse delante de una hada y retiróse á su palacio pensativo. Suspiró desde entonces noche y día, huyó de todas las diversiones, inclusa la de la caza, y perdió el apetito. Preguntó quién era aquella admirable belleza que vivía en el fondo de un corral, al extremo de un espantoso callejon, en el que la oscuridad era completa en pleno día, y se le contestó que se la llamaba Pellejo de Asno, á causa de la piel que llevaba en el cuello; añadiendo que no había como mirarla para sentirse curado de amor, pues era más fea que la más horrible fiera.

Por más que le dijeron no quiso creerles, pues guardaba grabada en su corazon la imágen de la infanta. La reina, que no tenia otro hijo, lloraba sin cesar al verle languidecer. En vano le preguntó en qué consistia su enfermedad, pues el príncipe permaneció mudo, y lo único que de él pudo lograr fué le dijera que deseaba comer una empanada hecha por Pellejo de Asno. No supo la reina á quién se referia su hijo, y habiéndolo preguntado, le contestaron:

—¡Cielo santo! Pellejo de Asno es, señora, un negro topo más asqueroso que el más sucio pinche de cocina.

—No importa, exclamó la reina; puesto que el príncipe quiere una empanada hecha por ella, es necesario darle gusto.

La madre amaba extraordinariamente á su hijo, y si le hubiese pedido la luna, hubiera procurado dársela.

Pellejo de Asno tomó harina, que había cernido para que fuese más fina, sal, manteca y huevos frescos, y se encerró en su habitacion. Limpióse el rostro, las manos y los brazos; se puso un delantal de plata y dió comienzo á su tarea. Se cuenta que, mientras trabajaba, se le cayó del dedo, fuese casualidad ó no lo fuese, uno de sus anillos de gran precio, lo que parece indicar que sabia que el príncipe la había estado mirando por el agujero de la cerradura y que de ella estaba enamorado. Sea lo que fuere, el hijo del rey comió con mucho apetito la empanada, que halló exquisita, y por poco se traga el anillo. Afortunadamente se fijó en él y admiróle la esmeralda, que era preciosa, y en especial el estrecho aro de oro, que marcaba la forma del dedo de su dueña.

Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió á separarse. Pero su mal fué en aumento, y consultados los médicos dijeron que estaba enfermo de amor. Resolvieron sus padres casarle, y el príncipe les contestó:

—Sólo me casaré con la jóven á cuyo dedo se ajuste este anillo.

Grande fué la sorpresa del rey y de la reina al oir tan estraña exigencia, pero como el estado del príncipe era muy grave, no se atrevieron á contrariarle é inmediatamente anunciaron que se casaria con el príncipe la jóven, aunque no fuese de sangre real, cuyo dedo entrara en el anillo. Todas se dispusieron á hacer la prueba, y hubo charlatanes que prometieron adelgazar los dedos, proponiéndose ganar algunos escudos, como aquellos que no teniendo ningun oficio ni sabiendo como vivir de su trabajo, se meten á curanderos para convertir en comida la lana que trasquilan al prójimo; jóven hubo que rascó su dedo con un cuchillo; otra consintió en que cortaran carne del suyo para adelgazarlo y no faltó quien lo tuviera muchas horas comprimido ni tampoco quien lo sometiera al efecto de cierto líquido para que se lo dejara despellejado.

Dióse principio á la prueba, comenzando por las princesas, á las que siguieron las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, siendo el anillo demasiado estrecho para cuantos dedos se presentaron. Comparecieron las demás jóvenes, mas todos los ensayos resultaron inútiles. Llególes el turno á las criadas y fregonas, pero el anillo quedóse sin colocacion, y creyóse que el príncipe moriria de pena, pues sólo faltaba Pellejo de Asno y á ninguna persona sensata podia ocurrírsele que la porcallona estuviese destinada á ser reina.

—¿Por qué nó? exclamó el príncipe.

Todos sonrieron, pero el príncipe añadió:

—Entra, Pellejo de Asno, y hágase la prueba.

Introducida la fregona á presencia de la corte, sacó de debajo de la asquerosa piel una manecita de marfil ligeramente sonrosada; hicieron la prueba, y el anillo se ajustó á su dedo de tal manera que los cortesanos no acertaban á volver de su asombro. Dijéronla que debia presentarse ante el rey y la aconsejaron con la sonrisa de la mofa en los labios que se pusiera otro vestido ménos súcio. Pellejo de Asno fué á cambiarse de vestido, y cuando volvió á comparecer ante la corte, las burlonas risas se trocaron en exclamaciones de admiracion, porque nadie recordaba haber visto belleza semejante, realzada por unos ojos azules, rasgados y de mirada dulce, pero llena de majestad. Sus rubios cabellos recordaban los rayos del sol; su talle la esbeltez de la palmera; sus diamantes deslumbraban y su traje era tan rico que no admitia comparacion. Todos aplaudieron, en particular las señoras, y el rey estaba loco de contento al ver á la novia de su hijo; y si loco estaba el rey, no sabemos que decir de la reina y, en particular, del enamorado príncipe.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda y el rey convidó á todos los monarcas vecinos, quienes abandonaron sus Estados, montados unos en grandes elefantes, otros caballeros en corceles con arneses de oro y plata, y algunos se embarcaron en naves que tenian velas de púrpura. Pero aunque todos los príncipes rivalizaron en lujo para evidenciar su poderío, ninguno igualó al padre de la jóven desposada, que ya habia recobrado la razon. Grande fué su sorpresa y mayor su alegría al encontrar á su hija, á quien abrazó llorando de júbilo; y tanto como su sorpresa fué el contento del príncipe al saber quien era su novia. En aquel instante apareció la madrina, que contó todo lo ocurrido, y luego celebráronse las bodas y todos fueron dichosos.

MORALEJA.
A veces á rudas penas
el hombre se halla sujeto,
mas todas puede vencerlas
si de ello hay firme deseo.
Los sufrimientos abaten,
mas con voluntad de hierro
tambien logran dominarse
los más crueles sufrimientos;
y si acaso en este mundo
no encontramos el consuelo,
seamos firmes en la lucha,
nunca jamás desmayemos,
que lo que niegue la tierra
lo hallarémos en el cielo.