Perfiles de una llaga social/III

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
II
Perfiles de una llaga social - Capítulo I (1881) de Anónimo
IV


CAPITULO I
DE CÓMO UN HOMBRE HONRADO PIERDE EL SOCIEGO

 Don Agapito era lo que en buen castellano puede decirse un hombre de bien, trabajador y laborioso; en nada pensaba que no fuera sinó para complacer á su cariñosa esposa que ayudábale tambien, para criar á sus dos hijos, objeto de todos sus afanes.

 Tendría Don Agapito como 35 años, una muy buena salud y escelentes prendas personales que le hacían estimable á cuantos le trataban; con ingenio natural, si así puede espresarse esa disposicion intelectual, en que sin haber cultivado las ciencias ni asistido á las Universidades, sentíase capaz de poder apreciar con algun acierto esos actos sociales que llegan á ser el terrible imbroglio de las personas algo romas de entendimiento. Así es que desempeñaba variadas funciones; de las que salía con honra y provecho.

 Buen cristiano, educaba á sus hijos en las sagradas fuentes de la mas pura moralidad, y esto mas que nada contribuia en que su esposa Carlota viviese feliz y contenta, respirando esa paz dómestica tan envidiada y apetecible que hace de una familia una espiritual mansion donde solo pueden morar corazones puros y honrados.

 Doña Carlota era la verdadera mujer española, económica y laboriosa en alto grado, sabía manejar su propia casa con aquella asiduidad y prolijo esmero tan peculiar en nuestras madres, y supérfluo será decir que sus hijos eran su constante anhelo para los que entreveia como cariñosa madre, un porvenir risueño; sentíase orgullosa en poder esconder debajo de un ladrillo, dos duros al mes, fruto de sus economías, con los que pensaba librar á un hijo del servicio militar si la mala suerte le cabía.

 Ama de llaves ó mejor dicho persona de confianza en la casa donde tambien estaba ocupado su esposo, sentía trascurrir el tiempo tan dulcemente sin que turbara su paz, ninguno de aquellos contratiempos tan comunes en la vida; sus hijos Alfredo y Eduardo, mayor el primero de ocho años y siete el segundo, eran dos muchachos humildes y despejados que coronaban el cuadro de felicidad doméstica que todos envidiaban.

 Los recursos de esta familia si bien algo escasos, eran lo suficiente para con un poco de economía y órden, educar á su prole, único ideal que por entonces les ocupaba.

 Chocolate por la mañana, sopa con chorizo para el almuerzo; comida de sota, caballo y rey, y cena de cocido y guiso por la noche, era el menú de la casa, sin que dejaran de asarse algun cabrito en alguna festividad y comer algun vesugo para pascuas de Navidad y alguno que otro estraordinario en el cumpleaños de los gefes de la casa.

 Arreglar las cuentas por la mañana, recorrer las heredades por la tarde, despachar la correspondencia antes de cenar, y leer el santo del año Cristiano antes de acostarse, eran las habituales ocupaciones de D. Agapito: si bien ahora diferian algun tanto, pues sócio del Club y en contínuo trato con la gente desocupada, algunas noches no habia año cristiano, pues comprometido con una partida de mús, le habia sido forzoso permanecer en el Club hasta las 10, con gran zozobra de Dª Carlota que instintivamente sentía ser esta primera falta, el preludio de una série de disgustos, que ahora no comprendía, pero que su perspicacia de mujer le hacía entrever.

 — Bien, es la verdad (decia Dª Carlota), ¿cómo se vá á negar con esos señores? Parecería impolítico y desatento. Pero he creido notar en la Señora un cierto aire de contrariedad que me preocupa. Además Agapito no há de jugar por interés: de eso estoy segura.

 Pasaban dias y mas dias, y cuando no se pasaba las noches en el Club, eran las tardes, abandonando sus ocupaciones con disgusto del Señor que ya una vez le habia reconvenido:

 — Las personas como Vd. Don Agapito, no deben ser tan complacientes, en asuntos en que se resienten sus intereses; bien, muy bien me parecen esas distracciones que solo llevan por objeto pasar un rato de sociedad, pero de ninguna manera puedo consentir que abandonado los quehaceres, se aficione al juego que ya ha debido costarle sus ahorros, y causado la justa estrañeza de las personas que la quieren.

 Sin embargo de estas amonestaciones, que Don Agapito encontraba justisimas, sentía una mezcla de vergüenza y sentimiento, que le hacian ocultar á su esposa, el resultado de sus ya reiteradas faltas, y no se resolvía á manifestarle lo que por préstamo habia perdido; no encontraba otra resolucion, que aventurar en el juego para procurar el rescate y así abandonar para siempre, lo que tanto inquietaba á su esposa, y que tan sin sociego y preocupado lo tenía.

 Por aquí principia siempre á arraigarse la terrible pasion; por restaurar lo perdido en un inocente entretenimiento, viénese á parar en el juego de azar donde se intenta en pocos momentos, atesorar la cantidad apetecida: trascendental paso, que decide la suerte de una familia; tentados momentos en que si la fortuna es adversa, procúrase con mucho ardor, la consecucion del ideal, ¡restaurar lo perdido! esta idea absorbe todos los pensamientos de Don Agapito, no come, no duerme, y en vano quiere entregarse á su diario trabajo, una idea sola lo domina, su ingrato corazon, le hace débil y las ojeras que aparecen tan visibles, delatan al infeliz subyugado por un solo pensamiento: ¡el juego!

 No es todavía el vicio descarnado, está revestido con los fútiles pretestos de vergüenza y pusilanimidad y para salir de este estado, es forzoso probar á la fortuna.

 —No es posible vivir así, ¡Dios mio, cuanto sufro! mi mayor dolor será si mi Carlota llega á apercibirse de mi estado... Nó... que no lo sepa; quiero ahorrarle este disgusto; y yo solo, comprendiendo todo lo bajo y ruin de mi proceder, tengo la firmeza bastante para retirarme para siempre del juego. Sí, para siempre: volaré á mis antiguos hábitos, pasaré tranquilamente mi vida al calor de mi familia, y no me atormentarán mas estos agudos dolores, con nada comparables; pero antes recobraré, lo que ya hé perdido.

 Una persona de honor y que conozca la vergüenza, debe ocultar á su esposa, lo que tanto le haria padecer, y á mas es preciso reintegrar á N. lo que generosamente me prestó, si, una vez, y nada mas.

 Así discurria el infeliz Don Agapito, antes de entregarse al juego de azar. No es posible detenerlo, con febril impaciencia y sintiendo los tumultuosos latidos de su corazon, ahogando los gritos de su conciencia y venciendo la repugnancia que le inspiraba el acto que iba á cometer, en una casa de juego.

 Todo es repugnante y bajo, la atmósfera viciada, débil y vacilante la luz, mezquino y lóbrego el antro donde agrupados en derredor de una mesa, vénse á diez personas macilentas estar suspensas de la salida de una carta, que se acompaña de imprecaciones jamás oidas; óyese el metálico ruido del dinero que con mano febril recoje un desgraciado que su sola ocupacion es presenciar las torturas del que ávido de dinero, observa con ojos chispeantes como todo vá á parar al monton que del verde tapete escita la codicia del avaro: junto al viejo corrompido, vése al incauto jóven seguir con febril impaciencia, la veleidad de la suerte; al lado del tahur, toma asiento el confiado padre de familia que lleva en sus bolsillos, lo que tal vez sus hijos precisan en aquel momento para saciar el hambre; enfrente de un criminal, toma asiento uno que no lo es, y todos á la par respiran codicia; cual maldiciendo la suerte, tal gozándose de su buena estrella; uno devorando en silencio su desesperacion, y otro aparentando indiferencia cuando se abrazan sus entrañas, y todos pendientes de la mano del que con sus palabras incitantes, despierta en los demás la furiosa sed del dinero.

 ¡Qué febril ansiedad!! Cómo brillan sus ojos!!

 Desgraciados: suspended por un momento vuestro criminal juego, y observad lo que pasa en el seno de vuestras familias; todo miseria, todo sobresaltos, todo lágrimas, todo, desconsuelo, todo abandono!!!

 Por aquí una esposa estrechando convulsivamente á sus hijos y anegada en lágrimas viendo el desvío de su esposo; por allí una madre pesarosa á quien su hijo malgasta el fruto de su vida logrado á fuerza de penalidades y economías, por acá luchando con la miseria, por allá devorando la vergüenza y por todas partes, luto, lágrimas y pesares.

 Nada de esto importa al desgraciado ser que apegado al tapete, solo vislumbra oro y mas oro, convulso hasta esperar la ocasion propicia de serle la fortuna favorable: entónces, frenético, gasta en bacanales, lo que ha costado tantas amarguras, para volver el restante á quedarse en manos de otro igual, y así se disipa una fortuna, con la que podríase haber enjugado tantas lágrimas y llenádose tantas necesidades y logrado evitar tanto sinsabor y tanta desgracia.

 Don Agapito, no se dá cuenta de sus actos, como un autómata, observa su desgracia y febril y convulso solicita de sus amigos y allegados, los medios de lavar su mancha; vuelve otra vez y con mayor ardor, y en un estado de insensatez, y tarde se apercibe del robo que es objeto; fuera de sí, á todos increpa, á todos amenaza, no tiene conciencia de sus actos, y promueve un escándalo, que es causa de su desprestigio y la vergüenza de su esposa.

 Ya no puede ocultarse á esta, la conducta de su marido. Desgraciada esposa!!!

 Los hijos han presenciado el duro tratamiento de que ha sido víctima, y aterrorizados han sido testigos de una escena en que, perdiendo la dignidad de hombre, de esposo y de padre, ha puesto la mano sobre la faz de la pobre víctima inocente de sus estravíos.

 — Por Dios, Agapito... por tus hijos ... por estos ángeles que el cielo nos ha deparado ... vuelve en tí, tú estas loco, no sabes lo que haces, mira que soy tu esposa, Agapito mío.

 — Yo soy un hombre de vergüenza, por tener demasiado, me veo así, y todavía te atréves á reconvenirme por mi conducta! Antes que mis hijos, es mi honra; antes que tú, es mi honor y antes que todo, es mi nombre, el que jamás consentiré se ultraje.

 — Todo lo que quieras, tu nombre, sobre todo sí, tu nombre:

 Mira: aquí tienes 180 duros que yo guardaba para nuestros hijos, paga con ellos lo que debas y apártate del juego; por tus hijos te lo pido.

 Aquel fué un dia de luto para la familia, nadie pudo conciliar el sueño, todo fué llanto y desconsuelo, y vergüenza para D. Agapito que conociendo la enormidad de su falta, sentíase morir de remordimiento. Antes del alba sale de su casa para no encontrarse con su esposa, ni ver á sus hijos.

 Encaminase á llenar en parte sus compromisos, con el dinero que su esposa le ha proporcionado, y sintiendo una voz interior que le grita: juega .... juega; retiene una parte, para ver si con aquello puede recuperar lo perdido.

 Repítese la escena del día anterior, aunque no tan penosa para él que ya parecía connaturalizado con el juego y las escenas que de él dimanan.

 Aquí juegan su influencia las personas que se conduelen del estado de la familia, todas son reconvenciones que por inútiles dejamos de apuntar; solo sirven para empeorar el estado de Dª Carlota, que ya vé en su esposo, un peligro para su sosiego, y advierte con amargura que, el amor de los hijos para con el padre, se ha cambiado en miedo, en aversion mal disimulada; pues así forzosamente tiene que suceder cuando en vez de amor y ternura, solo encuentran desvío y mal ejemplo.

 El padre se convierte en objeto temido del que es preciso huir, ó precaverse.

 —No está todo perdido (dice para sí D. Agapito), nadie puede saber que yo empleo este dinero, con estos dos mil reales de los arrendamientos, que tengo que entregar á fin de mes, puedo probar fortuna. Si Dios me proteje conociendo la buena intencion que me guía, volveré otra vez á mis antiguas costumbres, y prometo por lo mas sagrado, abandonar el juego; y si la desgracia me persigue, yo procuraré adquirirlos, para no encontrarme en descubierto.

 Desgraciado fué tambien por esta vez, no solamente en el juego, sinó que se encontró en descubierto con el Señor de cuyos fondos cuidaba. Este viendo el mal camino emprendido, juzgó oportuno, retirarle su confianza, y con ella, la administracion de sus bienes.

 Este fué el colmo de las disenciones domésticas, fué el sumun del escándalo que dió por tierra con el decoro, la vergüenza y honorabilidad de Don Agapito, con grave detrimento de su desgraciada esposa y de sus pobrecitos hijos.

 ¡Triste estado el de esta familia antes tan feliz!