Política de Dios, gobierno de Cristo: 034

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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



A ojos de su rey y maestro, Pedro fue tan valiente que sacó la espada para toda una cohorte armada, y de noche, y en la campaña, y hirió a un criado del pontífice: acción, si justa, bizarra y casi temeraria. Pero dos renglones más abajo padecieron notable mutación sus alientos y osadía; y se lee con el mismo nombre otro corazón: «Y díjole a Pedro una mozuela que estaba a la puerta: Tú eres uno de los discípulos de este hombre. Respondió: No soy; y negó tres veces». Desquitose la cohorte; vengado se ha el criado del pontífice por mano de la criada. Él quitó una oreja, y a él le han quitado las dos, de suerte que apenas oye la voz de Cristo que le dijo este suceso. ¿Bríos contra una cohorte, valor para herir uno entre tantos, y luego acobardarse de manera que una muchacha le quite la espada con una pregunta, y le desarme y haga sacar pies? A fe que hizo tantas bravatas a Cristo: «¡Si conviniere morir contigo, no te negaré!». Débese considerar que, aunque era Pedro el propio que hazañoso y con arrojamiento temerario embistió por su rey todo aquel escuadrón, aquí le faltó lo principal que fueron los ojos de Cristo: espada tenía, pero sin filos; corazón tenía, pero no le miraba su maestro.


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