Política de Dios, gobierno de Cristo: 187

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Capítulo VIII
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Política de Dios, gobierno de Cristo Francisco de Quevedo



De los tributos e imposiciones. (Matth., 17.)
Et cum venissent Capharnaum, etc. «Y como viniesen a Cafarnaún, llegaron los que cobraban el didracma a Pedro, y dijéronle: Vuestro Maestro ¿no paga el didracma? Respondió: Sí. Y como entrase en la casa, prevínole Cristo, diciendo: Qué te parece, Simón; los reyes de la tierra ¿de quién reciben tributo o censo, de sus hijos o de los ajenos? Y él dijo: De los ajenos. Díjole Jesús: Luego libres son los hijos. Mas por no escandalizarlos, ve al mar y echa el anzuelo, y aquel pez que primero subiere cógele, y abriéndole la boca hallarás en ella un stater: tómale, y dale por mí y por ti.»
No puede haber rey ni reino, dominio, república ni monarquía sin tributos. Concédenlos todos los derechos divino y natural, y civil y de las gentes. Todos los súbditos lo conocen y lo confiesan; y los más los rehúsan cuando se los piden, y se quejan cuando los pagan a quien los deben. Quieren todos que el rey los gobierne, que pueda defenderlos y los defienda; y ninguno quiere que sea a costa de su obligación. Tal es la naturaleza del pueblo, que se ofende de que hagan los reyes lo que él quiere que hagan. Quiere ser gobernado y defendido; y negando los tributos e imposiciones, desea que se haga lo que no quiere que se pueda hacer. Ya hubo emperador, y el peor, que quiso quitar los tributos al pueblo por granjearle; y se lo contradijo el Senado, porque en quitar los tributos se quitaba el imperio, destruía la monarquía y arruinaba a quien pretendía granjear. Los pueblos pagan los tributos a los príncipes para sí; y como el que paga el alimento al que cada día se le vende, se le paga para sustentarse y vivir, así se paga el tributo a los monarcas para el propio sustento de las personas y familias, vidas y libertad; de que se convence la culpa y sinrazón que hacen al rey y a sí propios en quejarse y rehusarlos. Ni crecen ni se disminuyen en el gobierno justo por el arbitrio o avaricia del príncipe, sino por la necesidad inexcusable de los acontecimientos, y entonces tan justificado es el aumento como el tributo.


Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo

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