Porfiar hasta morir (Versión para imprimir)

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Elenco
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Porfiar hasta morir Félix Lope de Vega y Carpio


Porfiar hasta morir

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



MACÍAS, galán.
NUÑO, gracioso.
MAESTRE DE SANTIAGO.
REY DON ENRIQUE.


CONDESA DOÑA JUANA.
Tres rufianes.
UN VENTERO.
CLARA, dama.


LEONOR, esclava.
PÁEZ.
FERNANDO.


TELLO DE MENDOZA.
UN ALCAIDE.
Músicos.




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Acto I
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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen MACÍAS y NUÑO, de camino.
MACÍAS:

  Para quien llegar desea,
ni largas noches ni fiestas.
¿Estas son las ventas?

NUÑO:

Estas
son las ventas de Alcolea.

MACÍAS:

  ¿Y esta la famosa puente?

NUÑO:

Esta fue por quien pasaron
tantos ciegos, que dejaron
tal memoria entre la gente.
  La delantera tenía
el buen viejo don Beltrán.

MACÍAS:

Ese nombre a amor le dan
porque es ciego, y ciegos guía.

NUÑO:

  No guía amor, pues se ven
tantos yerros en quien ama.

MACÍAS:

De una manera se llama
el guiar al mal que al bien.
  Luego habemos de salir,
aunque dormir te prometas.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


NUÑO:

¡Qué cristalino en limetas
yace el buen Guadalquivir!
  Aunque en estas ocasiones
mejor lo tinto me agrada.
¡Qué brava está la portada
de naranjas y limones!
  Como allá en las cortes graves
ponen galas los roperos,
aquí estos santos venteros
a la puerta peces y aves.
  Descansa, así Dios te guarde,
si el sábalo te provoca,
que de aquí a Córdoba hay poca
tierra, aunque parece tarde.

MACÍAS:

  Pues ¿qué leguas ponen?

NUÑO:

Dos.

MACÍAS:

Ya refresca, Nuño, el día,
con ser en Andalucía.

NUÑO:

No siento nada, por Dios,
  con solo haber arropado
de licor de Baco el pecho.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen tres rufianes y el MAESTRE DE SANTIAGO, de caza, con gabán, cubierta la cruz.)
RUFIÁN 1.º:

¿Qué sirve hablar sin provecho
oloroso y entonado?
  Por el agua de la mar,
que ha de dar prenda o dinero.

MAESTRE:

Mirad que soy caballero.

RUFIÁN 2.º:

No tenemos qué mirar,
  porque habemos de comer.

RUFIÁN 3.º:

¡Cuál se estaba el cortesano
a la chimenea muy vano
dejándonos perecer!

MAESTRE:

  Si yo comiera, no fuera
descortés; mas no he comido.
Solo cebada he pedido.

RUFIÁN 1.º:

Luego ¿cebada comiera?

MAESTRE:

  Perdime por esta sierra
cazando, y aquí llegué.

RUFIÁN 2.º:

Mas ¿que ha de volverse a pie?

RUFIÁN 3.º:

Sí hará, que es llana la tierra.


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MAESTRE:

  No haré, porque si ha comido
el caballo, me iré luego.

RUFIÁN 1.º:

Suelte el gabán, palaciego.

MAESTRE:

Que os vais en buen hora os pido.

RUFIÁN 1.º:

  Suelte, digo.

MAESTRE:

Pues rufianes,
gallinas, aquí veréis
quién soy.

MACÍAS:

Y al lado tenéis
dos hombres.

NUÑO:

Y dos Roldanes.
(Acuchíllanlos y sale el VENTERO cuando huyen los rufianes.)

VENTERO:

  Acude, Gil, que se matan.
Tener, tener.

MACÍAS:

Los ladrones
huyen.

MAESTRE:

En las ocasiones
al viento mismo retratan.


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VENTERO:

  Dios os lo pague, que habéis
estos rufianes echado
de la venta, que me han dado
la pesadumbre que veis
  con cuantos vienen aquí.

NUÑO:

Ladrando va el uno dellos,
que le rapé los cabellos
y un palmo de casco abrí.
  ¿Tienen mujeres?

VENTERO:

¿Pues no?
Aquí están dos mujercillas.

NUÑO:

Pues a azotes quiero abrillas.

VENTERO:

Mejor sabré hacerlo yo,
  que me han desacreditado
la venta.

NUÑO:

¡Santo ventero!
(Vase el VENTERO.)

MAESTRE:

Daros muchas gracias quiero
de haber, como hidalgo honrado,
  ayudado a un hombre, al fin
hombre solo.


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MACÍAS:

Antes sospecho,
señor, que agravio os he hecho,
que aunque tres, es gente ruin.

MAESTRE:

  ¿Vais a Córdoba?

MACÍAS:

Allá voy.

MAESTRE:

Podría ser que os sirviese
en ella, si en algo fuese
de provecho.

MACÍAS:

Cierto estoy
  de vuestra presencia noble.
¿Cómo habéis llegado aquí?

MAESTRE:

Cazando, el rastro perdí
por entre uno y otro roble,
  y como vi tan cansado
el caballo, y me acordé
desta venta, en ella entré,
donde cebada le han dado.
  Llegué al fuego, en que tenían
su comida estos rufianes,
de tales damas galanes
como veis que merecían;
  y diérales cortésmente
dineros o prenda de oro,
mas no perdiendo el decoro
de quien soy con tal vil gente.
  Lo demás que sucedió
habéis visto; yo he quedado
a serviros obligado.
Ya mi caballo comió
  y me es forzoso partir.
Servíos deste diamante.


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(Dale un anillo y no le toma MACÍAS.)
MACÍAS:

Que en ocasión semejante
os acertase a servir
  debo a mi buena fortuna.
Guardadle, que podrá ser,
si allá os vengo a conocer,
que tenga por vós alguna.

MAESTRE:

  Dios os guarde.

MACÍAS:

Guárdeos Dios.
(Vase el MAESTRE.)

NUÑO:

¿No preguntaras quién era?

MACÍAS:

Si menos priesa tuviera,
discurriéramos los dos
  de aquí a Córdoba en mis cosas,
que no poco me importara;
por ventura las guiara
a partes más provechosas
  por la paz que por la guerra,
respeto de haber yo sido
estudiante.

NUÑO:

Haber querido
dejar tu estudio y tu tierra
  no sé si ha sido acertado,
pero ya, en efeto, es hecho.


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MACÍAS:

Tengo a las armas el pecho
más que al estudio inclinado,
  y estas cartas que he traído
pienso que han de aprovechar
para que tenga el lugar
por la guerra pretendido.
  O daré en ser cortesano,
que también tengo afición
a su estudio.

NUÑO:

Iguales son,
señor, tu ingenio y tu mano.
  Para paz y guerra tienes
habilidad y valor.
(Salen TELLO DE MENDOZA, FERNANDO y PÁEZ.)

TELLO:

Buscarle más será error.

FERNANDO:

Y más donde agora vienes,
  que esta gente que camina,
¿cómo puede saber dél?

TELLO:

Ir a Córdoba sin él,
Fernando, me desatina.
  ¡Ah, hidalgos! ¿Vieron pasar
un caballero, por dicha,
con un gabán de color,
plumas negras y pajizas,
las espuelas plateadas,
de oro y verde la mochila,
de un alazán, cabos negros?


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MACÍAS:

Dueño desas señas mismas
salió desta venta agora,
tanto, que con poca prisa
le alcanzaréis si os importa.
Pero ¿quién es, por mi vida?

TELLO:

El maestre de Santiago,
que la sangrienta cuchilla
que le honraba el fuerte pecho
con aquel gabán cubría.

MAESTRE:

Por Dios, que he hablado con él,
y que tengo por desdicha
el no haberle conocido,
que le traigo de Castilla
un pliego de cartas.

TELLO:

Fuera,
galán, menos cortesía
darle cartas en el campo.
El caballo en que camina
de nadie deja alcanzarse
cuando el maestre le pica.
Si con nosotros venís,
más acertado sería
darle ese pliego en su casa.


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MACÍAS:

Es razón, como advertida
de un caballero de corte.
Iré en vuestra compañía,
si me dais licencia.

TELLO:

Páez.

PÁEZ:

¿Señor?

TELLO:

Adelante guía.
(Vanse los tres.)

MACÍAS:

¿Que no conocí al maestre?

NUÑO:

No tengas a poca dicha
haberle dado favor,
y con tanta valentía,
que le habrás aficionado,
que aun pienso que a mí me estima
por haber dado al rufián
que el dinero le pedía
cuchillada, que le pueden
poner un colchón por hilas.
(Vanse.)


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(Sale[n] la CONDESA DOÑA JUANA y CLARA, dama suya.)
CONDESA:

  Nunca tanto se ha tardado
el maestre, mi señor.

CLARA:

Siempre está depriesa amor,
nunca se para el cuidado.

CONDESA:

  Como la guerra y la caza
son cosas tan parecidas,
amor las hace temidas
del alma a una misma traza.
  Y así, cuando al monte sale,
mi paz y quietud destierra
como cuando va a la guerra.

CLARA:

Pues no es razón que se iguale
  la caza, guerra fingida,
con la verdadera y cierta.

CONDESA:

La memoria que despierta
me tiene, Clara, ofendida.


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(Sale el MAESTRE en la forma que primero.)
MAESTRE:

  Por lo menos he venido
como más solo, más presto.

CONDESA:

¡Solo, maestre! ¿Qué es esto?

MAESTRE:

Condesa, haberme perdido.
  Y no sin peligro fue,
mas no donde me perdí,
pues que dos leguas de aquí
ciertos valientes hallé
  que con obras y razones
me probaron el valor.

CONDESA:

Si moros no os dan temor,
¿cómo os le darán ladrones?
  No estaba yo temerosa
sin causa.

MAESTRE:

Un hidalgo honrado
a buen tiempo tuve al lado.

CONDESA:

¿Y dísteisle alguna cosa?

MAESTRE:

  No lo quiso, y me pesó,
que ya un diamante le daba,
porque en traje noble estaba
y en las obras lo mostró,
  gallardo, valiente y diestro.


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CONDESA:

¿Que sin premio le dejastes?
¿Por qué no le porfiastes?

MAESTRE:

Porque este diamante es vuestro.

CONDESA:

  Trujéradesle con vós,
donde yo le agradeciera
que esa vida defendiera
con que vivimos los dos.
  Y creed que yo me holgara,
y aun quedara agradecida
que defender vuestra vida
con mis prendas se pagara.

MAESTRE:

  Él viene a la corte y creo
que en palacio le veré,
donde pagarle podré
y obligar vuestro deseo.
(Salen TELLO, FERNANDO, PÁEZ, MACÍAS y NUÑO.)

TELLO:

  Tú mismo juzga, gran señor, agora
con el cuidado que nos has tenido
desde que coronó la blanca Aurora
con círculos de luz el negro olvido,
mas cuando iguala monte y valles dora
de su diadema el claro sol vestido,
llegamos a la ventana y a la puente
que oprime al Betis la feroz corriente.
  Allí tuvimos deste hidalgo aviso
que volvíais a Córdoba.


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MAESTRE:

Habéis hecho
en traerle muy bien.

MACÍAS:

Tan de improviso
no te fue mi servicio de provecho,
mas ya, señor, que mi fortuna quiso
que del ánimo quedes satisfecho,
ese recibe solo y estas cartas,
porque el favor entre los dos repartas.
(Dale un pliego.)

CONDESA:

  ¿Sois vós, hidalgo, el que al maestre hicistes
tanto favor?

MACÍAS:

La tierra humilde beso
desos pies, gran señora.

CONDESA:

Merecistes
más honra que él os hizo en tal suceso.
Tomad esta cadena.

MACÍAS:

Ya quisistes
que fuese con prisiones vuestro preso,
pero de manos que cual debo adoro
no fueran menos que prisiones de oro.


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MAESTRE:

(Lee.)
«Dará a vueseñoría esta carta Macías, el más honrado hidalgo de mis vasallos. Dejó los estudios por seguir las armas, con que he dicho su inclinación, y que debo suplicar a vuseñoría le favorezca a la sombra de sus banderas, que él lo merece, y yo fío su servicio y agradecimiento.

Don Luis Álvarez de Toledo.»

MAESTRE:

  ¿Adónde queda mi primo?

MACÍAS:

En Alba quedaba agora,
que con dos soles se dora.

MAESTRE:

La carta por suya estimo
  y por el buen portador.
En mi servicio os quedad;
ya os trato con amistad.

MACÍAS:

Soy vuestro esclavo, señor.

CONDESA:

  En mí tendréis buen tercero
para el maestre.

MACÍAS:

Señora,
querré imposibles agora.

CONDESA:

Haceros merced espero.


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(Vanse todos y quedan CLARA, MACÍAS y NUÑO.)
CLARA:

  Quedeme aquí por saber
(como, en fin, soy castellana,
y vós pienso que lo sois,
que así lo dice la carta)
de ciertos deudos que tengo.

MACÍAS:

¿Adónde?

CLARA:

En el Barco de Ávila.

MACÍAS:

Señor de Valdecorneja
al Toledo heroico llaman,
y el Barco entre sus lugares
no merece humilde fama,
pero nunca estuve en él,
puesto que yo imaginaba
que no la tierra, que el cielo
es de los ángeles patria.
Mas siendo del Barco vós,
habrá para el cielo barca,
como la hay para pasar
a los abismos las almas,
como dicen los poetas,
de suerte que a vuestra gracia
pasarán los venturosos
que merecieron hallarla,
y a vuestras penas aquellos
que mate vuestra desgracia.


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CLARA:

En fin ¿en él no estuvistes?

MACÍAS:

No ha sido mi dicha tanta,
pero he estado en vuestros ojos.

CLARA:

Si las letras por las armas
dejáis, ¿cómo sois tan tierno?

MACÍAS:

Porque no estorba la espada
para que el entendimiento,
como potencia del alma,
entienda vuestra hermosura.
Porque la belleza rara
sujetó los capitanes
que con mayores hazañas
han asombrado la tierra.
Mirad las historias sacras:
veréis rendido a Sansón,
y mirad en las humanas
a Hércules.

CLARA:

El amor
rinde, sujeta, avasalla
cuanto cubre el cielo, a cuya
pasión ninguna se iguala,
pero no es tal su poder
que en un instante, que pasa
como cometa de fuego,
tan grandes efetos haga.


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MACÍAS:

Si no fueran sus efetos
tan breves, no le pintaran
rompiendo en el aire un rayo.

CLARA:

Amor yo pienso que anda
al paso de los humores:
que los coléricos aman
presto, y no es así mejor;
que los flemáticos tardan,
pero quieren largo tiempo.

MACÍAS:

Pues en mí todo se halla:
cólera para ser luego,
flema para edad tan larga,
que siendo el alma inmortal,
tendré la vida del alma.

CLARA:

Que no lo intentéis os ruego,
que llegan tarde esas ansias,
y quedad con Dios.

MACÍAS:

Decidme
vuestro nombre.

CLARA:

Clara.

MACÍAS:

¡Oh, Clara!


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NUÑO:

¡Oh, escura!

MACÍAS:

¡Qué gran belleza!
(Vase CLARA.)

NUÑO:

¡Qué gran necedad! Y tanta,
que a decírtelo me obliga.
¿Entras hoy en esta casa
y enamóraste?

MACÍAS:

¿Qué quieres?
¿Hay pasión más temeraria
que una locura de amor
cuando un cuerdo se remata?
En un instante se vuelve
el seso, de que gozaba,
y comienza a hacer locuras.


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NUÑO:

En eso, señor, te engañas:
la locura y la poesía
de una manera se hallan.
Hace un hombre cuando mozo
dos romances a su dama,
de allí se pasa a un soneto,
luego a una canción se pasa,
luego, a un libro de pastores
y, cuando ya tiene fama
y es declarado poeta
(que no es pequeña desgracia),
dice que es Virgilio, Homero,
desprecia con arrogancia
a todos cuantos escriben;
y de aquesta misma traza
es un loco: a los principios
deja el sombrero y la capa;
luego, si no se la quitan,
saca furioso la espada
y, cuando está rematado,
dice que es rey o monarca,
estrella, sol y aun se atreve
a las deidades sagradas.
Tú, que en viendo una mujer
tantas locuras ensartas,
¿de qué linaje de locos
tienes el humor que gastas?
¡Ah!, sí, ya he caído en ello,
porque no se me acordaba,
Macías, que eres poeta.
Pues ya que fue requebrarla
en viendo la necedad,
fue con discretas palabras.
Allí, porque fue del Barco,
trujiste la negra barca
de Carón, que solo hacer
un mal Orfeo te falta,
luego a Sansón, por ejemplo,
de que va tan enfadada
que no te verá en su vida.


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MACÍAS:

Pues yo pienso amarla.

NUÑO:

¿Amarla?

MACÍAS:

Lo que durare la vida.
(Sale TELLO.)

TELLO:

Que os acomode me manda
el maestre, mi señor.
Venid, sabréis la posada.

MACÍAS:

¿Será dentro de palacio?

TELLO:

Pues ¿viene a ser de importancia
si habéis de asistir aquí?


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MACÍAS:

Oídme, señor, la causa.
  Yo vi, luego que aquí puse la planta,
el sol de la belleza, la hermosura
que la naturaleza misma espanta
y en otras, lo que obró, copiar procura;
yo vi, cuando la Aurora se levanta,
los claros rayos de su lumbre pura,
antes que el sol vecino a sus laureles
la busque entre jazmines y claveles;
  yo vi, más bella que en la fuente clara
se bañaba Diana, un ángel bello
que me quitara el ser si me tirara
una flecha sutil de su cabello,
no porque entonces el cristal faltara,
venciéndole la nieve de su cuello,
mas porque más honesta en sus rigores,
pudiera al mismo amor matar de amores;
  finalmente, yo vi de amor hermoso
las armas, y mejor que fueron hechas
de Apeles, de Protogenes famoso,
las cejas arcos y los ojos flechas.
En este centro celestial dichoso
de mi bien o mi mal ciertas sospechas
paró mi alma, y se cubrió de olvido
con otro nuevo ser cuanto había sido.
  Díjome, abriendo un cielo por dos rosas,
que se llamaba Clara, y claro estaba,
que si el nombre conviene con las cosas
en él su claridad significaba.
Suplícoos me digáis, pues sus hermosas
partes os dije, aunque mi amor bastaba,
quién es, qué calidad, para que intente
servirla y adorarla honestamente.


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TELLO:

  Señor Macías, esa bella dama
sirviendo a mi señora la Condesa
tiene de honesta como hidalga fama,
y en todos actos la virtud profesa.
Un caballero, que la quiere y ama
y que públicamente lo confiesa,
la sirve agora y de casarse trata,
y ella, aunque honesta, no le mira ingrata.
  En dos veces que el sol por líneas de oro
pintó dos primaveras, dos estíos,
ha mostrado, guardándole el decoro,
en fiestas galas y en batallas bríos.
Con mil despojos del alarbe moro,
sufriendo sus desdenes y desvíos,
obligada la tiene a que le estime
y a proseguir su pretensión se anime.
  Tratan ya de casarlos el maestre
y mi señora la Condesa; en tanto,
le dan licencia que con fiestas muestre
su gallardía, desta tierra espanto.
Si amor os ha cegado, que os adiestre
será razón con advertiros cuánto
importa que dejéis, pues no os importa,
una esperanza que nació tan corta.
  Esta es la dama, y la belleza rara
que amáis disculpa fue, que es gentil moza.
Esta es la Clara y, porque sea más clara,
es Tello de Mendoza el que la goza.


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MACÍAS:

Pues ya que me habéis dicho quién es Clara,
decidme quién es Tello de Mendoza.

TELLO:

¿Luego no lo sabéis?

MACÍAS:

Deseo sabello,
que le quiero envidiar.

TELLO:

Pues yo soy Tello.
(Vase.)

MACÍAS:

  ¿Hay suceso como el mío?

NUÑO:

Terrible, señor, estás,
pues no llegas, cuando das
en tan loco desvarío.
  Si bien, con saber que tiene
dueño, cesó tu locura.

MACÍAS:

Ya, Nuño, a tanta hermosura
el alma incendios previene.
  Ya sé que a mi corazón
grandes trabajos le esperan,
mas no por eso se alteran
las fuerzas de la razón.
  ¿Qué amor, dime, no ha tenido
algún estorbo o azar?


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NUÑO:

Luego ¿piensas intentar
querer a Clara, advertido?

MACÍAS:

  Pues aqueste advertimiento
¿es de marido por dicha?

NUÑO:

O te ha de sobrar desdicha,
o faltar entendimiento.
  ¿Llegas a servir aquí
y entras haciendo pesar
a quien te puede ayudar?

MACÍAS:

Nuño, estoy fuera de mí.


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NUÑO:

  Lo primero que ha de hacer
quien sirve es ganar la gracia
del privado, que en desgracia
suya, ¿qué ha de pretender?
  Lo primero que conquista
el amante es la criada,
el lisonjero, la entrada,
el escribano, el pleitista,
  el pretendiente, el portero;
tanto, que fue desdichado
Orfeo por no haber dado
un regalo al Cancerbero,
  ni llevara por tesoro
de la huerta Dragontea,
sin agradar a Medea,
Jasón las manzanas de oro.
  ¿No sería necedad
que viniese un forastero
a un lugar y lo primero
fuese con poca humildad
  murmurar los naturales
que le pudieran honrar?
Yo nunca he visto medrar
hombres de arrogancias tales.
  Dicen que el cangrejo un día,
que entonces sabía andar,
pretendió entrar en la mar
con tan soberbia osadía,
  que a nadar desafió
a las mayores ballenas.
Júpiter, que en las arenas
del mar su arrogancia vio,
  dijo: «Cangrejo arrogante,
yo te mando que de hoy más
tanto camines atrás
cuanto fueres adelante».


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MACÍAS:

  Nuño, bien conozco yo
que fuera bien, como dices,
para entrar con pies felices
y con pronósticos no
  agradar los naturales.

NUÑO:

Pues di si son majaderos
los que siendo forasteros
entran con acciones tales.
  ¿Cómo quieres ofender
a Tello? ¡Tello, que ha sido
para el favor pretendido
la puerta que has de tener!
  ¿Por dónde quieres entrar
si cierras la puerta?

MACÍAS:

¡Ah, cielos,
que me entró el amor con celos!
Del primero encuentro azar.
  No sé qué ha de ser de mí.

NUÑO:

¡Qué propio amor de poeta!
No hay sangre a amor tan sujeta.

MACÍAS:

Justamente me perdí,
  justa fue mi perdición;
de mis males soy contento,
pues vuestro merecimiento
satisfizo a mi pasión.


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NUÑO:

  ¿Ya compones villancicos?

MACÍAS:

Este tengo de glosar,
y tú se le has de llevar.

NUÑO:

Ea, pues, salgamos ricos
  los dos desta pretensión,
mas yo glosaré primero.
Pues sirvo a tal...

MACÍAS:

Di.

NUÑO:

... escudero,
justa fue mi perdición.
(Vanse.)
(Sale acompañamiento, el REY y el MAESTRE.)

REY:

  ¿Desta manera se me atreve el moro,
perdiendo a las palabras el decoro
y el temor a las armas castellanas?

MAESTRE:

Cuando vós, gran señor, vuestras cristianas
banderas levantéis y deis al viento
el castillo dorado, el león sangriento,
arrepentido volverá a Granada
de haber sacado contra vós la espada,
si no le alcanza la que tengo al lado
antes que de mi gente atropellado
muera tan lejos de la puerta Elvira
como cerca, feroz, las nuestras mira.


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REY:

¿Que quebrase la tregua? Estoy corrido
de haber, maestre, entonces admitido
la suspensión de nuestras armas tanto,
que de parar en Córdoba me espanto.
Salgan luego en banderas y pendones
las cruces, los castillos y leones,
a quien pierde respeto el africano,
que yo sé que ha de ser rayo en mi mano
el castigo esta vez y que ha de verme,
donde entre lirios y espadañas duerme
Genil, volviendo en bárbaros corales
de su fingida plata los cristales,
que si una vez el tafetán despliego,
entraré por Granada a sangre y fuego.

MAESTRE:

Señor, será tenerle en mucha estima
salir vós en persona, y así os ruego
me permitáis que su furor reprima.
Yo saldré con mi gente; mis criados
han de ser deste ejército soldados,
y aun pienso que es también tenerle en mucho.

REY:

¿No veis que desde aquí su voz escucho
y me alteran sus cajas y trompetas?

MAESTRE:

Vós las tendréis a vuestros pies sujetas
sin que salgáis de Córdoba.


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REY:

Yo creo
de vuestro gran valor mayor trofeo.
(Vase.)

MAESTRE:

Tello, parte a avisar mi gente.

TELLO:

Al punto
verás armado un escuadrón que junto
puede llegar la vitoriosa espada
a coronar el muro de Granada.
(Vanse.)
(Salen NUÑO y LEONOR, esclava.)

LEONOR:

  ¿Tanto amor tiene Macías
en dos días?

NUÑO:

Si, discreta,
le consideras poeta,
tendrás por años los días.
  Yo le sirvo, y ¡vive Dios
que estoy ya sin sufrimiento
de escuchar su atrevimiento!

LEONOR:

Poco os parecéis los dos.

NUÑO:

  ¿Quisieras que te dijera
amores?


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONOR:

¿No los merezco?

NUÑO:

A decírtelos me ofrezco.

LEONOR:

Ya no quiero.

NUÑO:

Escucha, espera.
  En esos hierros, Leonor,
que te sirven de lunares,
puso el amor mis pesares,
porque son cifras de amor
  en ellos de mis destierros.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONOR:

No me digas más razones,
pues, habiendo perfecciones,
me has alabado los hierros
  y acordado mis desgracias.

NUÑO:

Comencé por los defetos,
que dicen que es de discretos
para encarecer las gracias.
  Díjole una dama tuerta
a un galán: «Vós no me amáis,
pues la boca me alabáis
siempre, cerrada o abierta,
  los cabellos, de perfetos,
la frente y los ojos no,
y quien ama pienso yo
que ha de alabar los defetos.
  Las gracias, cuando lo son,
ellas están alabadas.
Dad a estas niñas turbadas
un requiebro, que es razón.
  Alabadme la desgracia
deste ojo, aunque a ver no acierto,
que en verdad que, para tuerto,
no mira con poca gracia».

LEONOR:

  Ahora bien, tú eres bellaco.
No más socarronerías.
¿Qué es del papel de Macías?


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


NUÑO:

Espera, que ya le saco.

LEONOR:

  Si no son versos no creas
que Clara le ha de tomar.

NUÑO:

Vile escribir y pensar.

LEONOR:

¿Qué importa que tú lo veas?

NUÑO:

  ¿No ves qué gestos que hacía?

LEONOR:

¿Gestos? ¡Estraña invención!

NUÑO:

Y entre razón y razón
uña y media se comía.

LEONOR:

  Si escribe desa manera,
no tiene buen natural.

NUÑO:

Un poeta artificial
entré a ver, que no debiera,
  y en la cama componía
con un tocador y antojos;
diole en la boca y los ojos
una cierta perlesía,
  con que parió sin comadre
un verso que apostaré
que al parirme le costé
menos dolor a mi madre.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONOR:

  Clara viene, vete presto.

NUÑO:

Este es el papel, adiós.
(Dale el papel y vase.)
(Sale CLARA.)

CLARA:

¿En conversación los dos?
Leonor, ¿es término honesto?

LEONOR:

  Diome este loco un papel
de unos versos de Macías.

CLARA:

¿En eso te entretenías?

LEONOR:

¿Tengo yo que hablar con él?
  Como aqueste hidalgo ha dado
en quererte, hablaba en ti.

CLARA:

¿Son esos los versos?

LEONOR:

Sí,
que tiene ingenio estremado.

CLARA:

  Muestra.

LEONOR:

¿Tan presto? ¿Es mudanza
de tu honesto proceder?


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CLARA:

Pues Leonor, ¿a qué mujer
le pesó de su alabanza?

LEONOR:

  Escóndele, que ha venido
Tello.
(Sale TELLO.)

TELLO:

Aunque el primero sea
que de una ausencia tan breve,
señora, te traigo nuevas,
no lo he podido escusar.

CLARA:

¿Cómo, Tello, breve ausencia?

TELLO:

Pues ¿qué más breve que luego?

CLARA:

¿Adónde vais?

TELLO:

A la guerra,
porque habiendo de ir el Rey
a defender las fronteras
de Almanzor, rey de Granada,
que atrevido las molesta,
le ha suplicado el maestre
que remita a las banderas
de su ejército el castigo,
y el Rey le ha dado licencia.
Ya se viene despidiendo,
¡oh, Clara!, de la Condesa,
para ejemplo de mi mal,
que no porque le consuela,
y alborotando el palacio
cajas y trompetas suenan.
Todo es guerra y la de amor
es para mí mayor guerra.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen el MAESTRE, la CONDESA, MACÍAS, FERNANDO, PÁEZ y NUÑO.)
MAESTRE:

Quien vive tan enseñada
a mis jornadas y empresas,
¿quiere que agora el sentillas
por malos agüeros tenga?
¿Es novedad en mi casa
este género de ausencia?
¿Tantos días ha que vine
de la guerra de Antequera?
Ya no lo puedo escusar.

CONDESA:

Ni es justo, mas no os parezca
nuevo el sentimiento mío.

MAESTRE:

Siento yo veros con pena.

CONDESA:

¿Lleváis gente a vuestro gusto?

MAESTRE:

No milita en mis banderas
hombre que no pueda ser
Héctor, Aquiles y César.
Llevo gente de mi casa:
a Tello, a Fernando, Esteban,
a Álvaro, a Fortún Páez,
Ramiro y Sancho de Biedma,
y otros hidalgos vasallos.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACÍAS:

Y a mí, señor, ¿no me cuenta
entre ellos vueseñoría?

MAESTRE:

Como os criastes en letras,
es presto para las armas.

MACÍAS:

Eso es en quien gobierna,
mas, para mandar la espada,
¿quién le quita que no pueda
a Platón como Alejandro?

MAESTRE:

Venid conmigo, y entienda
quien lo hiciere como hidalgo
que no ha de andar en las puertas
de palacio a pretender,
que yo premio si él pelea.
(Vanse con sus cumplimientos. Quedan MACÍAS, que detiene a CLARA, y NUÑO.)

MACÍAS:

Oíd, señora.

CLARA:

¿En qué os sirvo?

MACÍAS:

Yo voy por vós a la guerra.

CLARA:

¿No decís más?


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACÍAS:

Bien pudiera,
pero falta quien me entienda.
Yo os amo desde que os vi
con fe tan pura y honesta
que os quisiera dar mil almas;
si esta queréis, será vuestra.
Y aunque vós no la queráis,
no es posible que ya pueda
vivir conmigo sin vós.
Dadme, señora, una prenda
para que me sirva de alma
mientras aquí se me queda,
que os prometo, a fe de hidalgo,
que sin despojos no vuelva
aunque me cueste la vida
que anima vuestra presencia.
¿Qué decís? ¿En qué pensáis?

CLARA:

Ha poco tiempo que fuera
a ese amor agradecida,
que era mía, y soy ajena.
Trata casarme con Tello
mi señora la Condesa,
y aunque no me ha dicho nada,
basta saber que concierta
su señoría estas bodas,
para que yo la obedezca.
Creedme, a fe de hijadalgo,
que ese amor agradeciera,
porque vós lo merecéis.
No puedo, dadme licencia.
(Vase.)


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACÍAS:

¡Ah, Nuño! Yo soy perdido.

NUÑO:

Pues ¿qué hay en esto que pierdas?
¿No fue esta resolución
de una mujer muy discreta?
¿No estás contento de ver
que tu deseo agradezca?
Ya es de Tello, ¿qué la quieres?

MACÍAS:

Pues ¿qué importa que la quiera?
¿Quítaseme a mí el amor
porque diga que es ajena?
Si ella me diera un remedio
con que yo la aborreciera,
aunque fuera más hermosa,
yo dejara de quererla.
Pero si con más amor
con lo que dice me deja,
y si antes celos no tuve,
ya con los celos se aumenta,
¿cómo la puedo olvidar?

NUÑO:

Con imaginar las prendas
del que ha de ser su marido,
que no es razón que te atrevas
a un hombre de su valor.

MACÍAS:

¿Qué bendición de la Iglesia
tiene este hombre, majadero?
Déjame adorar en ella
mientras que no tiene dueño.


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Porfiar hasta morir Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


NUÑO:

¿Y después cuando le tenga?

MACÍAS:

Entonces la querré más,
que no hay cosa que más crezca
el amor que un imposible,
y el verse un hombre a la puerta
de una mujer que otro goza.

NUÑO:

Yo mucho más la quisiera
si fuera el que la gozara.

MACÍAS:

¡Qué grosera impertinencia!
¡Qué vil imaginación!

NUÑO:

Pues ¡vive Dios, que si yela,
que quiero más una manta
que mil balcones y rejas,
si está la dama acostada
y yo en la calle por ella!


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Acto II
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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Tocan cajas, salen en alarde soldados, PÁEZ, FERNANDO, TELLO, NUÑO, MACÍAS, el MAESTRE.
TELLO:

  Toda Córdoba se admira
de tu venida, señor.

MAESTRE:

Desta manera el valor
los enemigos retira.

FERNANDO:

  ¡Qué veloz el africano
supo a Granada volver!

TELLO:

Hasta en el ver y el vencer
eres César castellano.
  Por más que intente decirte
será imposible alabarte.

PÁEZ:

El Rey lo muestra en honrarte,
pues que sale a recibirte.
(Sale el REY.)

REY:

  Dadme los brazos, maestre.

MAESTRE:

¿Gran señor?


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Honrar es justo
vuestro valor, y este gusto
es bien que en público muestre.
  No os pregunto como estáis,
pues vitorioso venís,
porque viniendo decís
el estado en que os halláis.
  Hoy a vuestra roja espada
habéis dado tanta gloria,
que ha de ser esta vitoria
freno y temor de Granada,
  porque volver castigado
el moro de la frontera,
como si en su Alhambra viera
nuestro pendón levantado,
  me ha dado contento y gusto.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MAESTRE:

Honráis los buenos deseos
de ofreceros por trofeos
el mundo, príncipe augusto.
  Estos soldados lo han hecho
con tan heroico valor,
que merecen bien, señor,
que honréis su valiente pecho.
  Tello de Mendoza es
mi camarero, y os juro
que puede su alarbe muro
rendir Granada a sus pies.
  Fortún Páez y Fernando
Girón mostraron en todo
que tienen del nombre godo
sangre y valor heredado.
  Mas desde que me ceñí
la espada puedo jurar
que no he visto pelear
más bien que a este hidalgo vi,
  recién venido a servirme
de Castilla, porque creo
que no he visto en cuantos veo
hombre tan valiente y firme,
  tan gallardo y alentado,
tanto, que a decir me atrevo
que la vitoria le debo.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Quien fue, gran señor, soldado
  del maestre poco hacía,
cuando mil moros venciera,
pues dél imitar pudiera
tanto valor aquel día.
  Yo, bisoño, solo fui
a dar principio al deseo
de serviros.

REY:

En él veo
lo que decís.

MACÍAS:

Si hay en mí
  algún átomo pequeño
de aliento, de ánimo y brío,
puesto que parece mío,
todo se reduce al dueño.

REY:

  ¡Qué bien hablado y cortés!
Pide, mancebo galán,
alguna merced.

MACÍAS:

Tendrán
mis labios tus reales pies
  por merced tan singular,
que no quieren más ventura.
Mas, si tu alteza procura
hecho tan humilde honrar,
  le suplico sea servido
de oírme aparte.

REY:

Sí haré,
porque es muy justo que esté
a quien sirve agradecido.
(Apártanse los demás.)


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Ínclito rey don Enrique,
sangre de los altos reyes
que el laurel que perdió España
vas restaurando a su frente,
tú que al divino Pelayo
de tal manera pareces
que a sus gloriosos principios
fin tan dichoso prometes,
yo soy Macías, hidalgo
de los buenos que decienden
de la montaña a Castilla,
que supuesto que se debe
el buen nacimiento al cielo,
yo pienso que quien le tiene
también se puede alabar
si obrando bien lo merece.
Los estudios de Palencia,
en este tiempo eminentes,
me dieron letras bastantes
para no ignorar las leyes.
Mas yo, que en la variedad
hallaba más gusto siempre,
la retórica y poesía
quise que mis ciencias fuesen.
Hice versos amorosos
porque son los años verdes
para sus conceptos alma,
si bien el alma divierten.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Fueme forzoso dejar
por algunos intereses
la patria; pensé en la corte,
que no hay cosa que se piense
más presto cuando un mancebo
salir de su patria quiere.
Truje cartas del señor
de Alba y dilas al maestre,
recibiome en su servicio,
y así los cielos aumenten
tus glorias y hasta Marruecos
tus rojos pendones lleguen,
que lo que quiero decirte
me perdones, pues que tienes
ingenio a quien no le espantan
los humanos accidentes.
La condesa doña Juana,
sangre de Lara excelente,
a cuya virtud es sombra
la fama que la encarece,
tiene en su servicio agora
una dama que, si puede
disculparme el hacer versos,
es un serafín celeste.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Su bien compuesta persona
labró de púrpura y nieve
naturaleza despacio,
o con la priesa que suele,
de suerte que quiso ser,
aunque el arte se le niegue,
para su mármol, Lisipo,
para su pintura, Apeles.
Retrató el sol en sus ojos
y en un hilo de lucientes
perlas puso artificiosa
dos encendidos claveles.
Perdona otra vez, señor,
si mi loca lengua excede
del modo con que es razón
que los reyes se respeten.
Clara es su nombre, y obscuro
el sol mirando su frente.
Llevome el alma; sin alma,
¿qué vida tenerla puede?
Desasosiegos de amor
me pusieron de tal suerte
que me alegré de que el moro
tan atrevido viniese,
pues con gusto de morir
fui a la guerra; mas la muerte
nunca viene a quien la busca,
que a los descuidados viene.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Por vida de vuestra alteza
que nunca, que yo me acuerde,
había sacado la espada,
porque no a todos se ofrece,
hasta que a los moros vi,
mas amor, que hace valientes,
me dio tal brío y valor
para que obligar pudiese
al maestre, que no creo
que airado cierzo en noviembre
derriba al olmo las hojas
que dél, medio secas, penden
con más violencia y furor,
y en remolinos envuelve,
que yo cabezas de moros,
y esto es fácil de creerse,
porque las fuerzas de amor
a todo imposible exceden.
Como me mandaste aquí
que te pidiese mercedes,
y sé que aun el mismo Dios
quiere que le pidan siempre,
pareciome bien pedirte
que le mandes al maestre
me dé por mujer a Clara,
que todo el orbe de Oriente
no estimaré como ser
su marido, si concedes
esta merced a mi amor,
porque los humanos bienes
no compiten con las almas,
reino que el amor posee.
Y así, en hacerme este bien
mostrarás, señor, quién eres,
que en tenerla está mi vida
y en perderla está mi muerte.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

  Huelgo de haberte escuchado,
que como hombre tal vez
soy de los hombres jüez,
y en la piedad lo he mostrado.
  Retírate, hidalgo, allí.
Maestre.

MAESTRE:

¿Señor?

REY:

Sabed
que os pide a vós la merced
este soldado por mí.

MAESTRE:

  Señor, con tan buen tercero
no queda qué encarecer.

REY:

Dalde a Clara por mujer.

MAESTRE:

Diósela a mi camarero
  la Condesa, y ya se han dado
las manos.

REY:

Pésame.

MAESTRE:

Haré
que no se casen.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

Seré,
si ya lo impido, culpado
  para con Dios.

MAESTRE:

Esto es cierto.

REY:

Macías.

MAESTRE:

¿Señor?

REY:

Está
casada esa dama ya,
por escrito su concierto.

MACÍAS:

  Desdichado soy, señor.

REY:

Con una cruz de Santiago
lo que he prometido pago,
bien debido a tu valor.
  Maestre.

MAESTRE:

¿Señor?

REY:

Daréis
por mí un hábito a este hidalgo,
que por sus méritos salgo.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MAESTRE:

Vós le dais y vós le hacéis,
  que ninguno le ha tenido
por término más honrado,
si un rey le ha calificado
y su información ha sido.
(Vanse y quedan MACÍAS y NUÑO solos.)

MACÍAS:

  ¿Qué desdicha puede haber,
Nuño, que iguale a la mía?
Llegó de mi muerte el día,
ya no es Clara mi mujer.
No sé qué tengo de hacer
sin esperanza ninguna,
porque donde hay alguna
que mire a la posesión,
aún falta jurisdición
al poder de la fortuna.
  ¡Ay de mí! Clara perdida,
vida, ¿para qué sois buena?
Que de tantos males llena
más seréis muerte que vida.
De una esperanza asida
con el bien de su memoria,
animastes la vitoria,
que a estar de perderla cierto,
quedar en el campo muerto
tuviera mi amor por gloria.
  ¿Tello de Mendoza, ¡ay, cielos!,
ha de gozar de mi bien?
¿Cómo puede ser que estén
juntos mi amor y mis celos?
Mal pueden fuegos y yelos
tener en paz mi cuidado,
mas si helado y abrasado
no puede ser que me vea,
hará que posible sea
la dicha de un desdichado.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

  Mal tus sentimientos mides
con tu ingenio y discreción.
¡Qué injusta lamentación
cuando te dan lo que pides!
  De una sustancia es el pago
y la cruz el testimonio,
pues por la del matrimonio
te han dado la de Santiago.
  La diferencia ha de ser,
dejo aparte los decoros,
el pelear con los moros
o con la propia mujer.
  Aquella es roja cuchilla
y esta del martirio palma;
aquella se pega al alma,
y esta en la capa y ropilla.
  Cuál dellas venga a tener
mayores obligaciones
consiste en otras razones
que hay de marido a mujer.
  Pero es justa imitación
por la roja cruz del lado,
que ha de traerla el casado
al lado del corazón.
  Que con este amor se abone
es del honor vida y luz,
que hay casado que la cruz
a las espaldas la pone.
  Hombre, imita al caballero;
ponla en el pecho y verás
que lo que te pesa más
es en el alma ligero.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  ¿Qué tiene, Nuño, que ver
ese discurso conmigo?
Mejor lo haré yo contigo,
si ha sido cruz la mujer,
  porque como un caballero
muerto en la tumba la pone,
eso mismo el Rey dispone
que me pongan cuando muero.
  Vamos a verla entretanto
que vivo, si son consuelos
de amor ver celos, que celos
tienen por consuelo el llanto.
  Vayan mis ojos a ver
lo mismo que han de llorar,
porque no hay mayor pesar
que del ajeno placer.

NUÑO:

  Que no eres tan desdichado
como tienes presumido,
ni Tello, por ser marido,
es tan bienaventurado.
  Que aunque la ventura es suya,
a pocos días de Clara
estoy cierto que tomara
Tello tu cruz por la suya,
  que en trato discreto, ¡oh, necio!,
si a los ejemplos te pones,
hay muy pocas posesiones
que no paren en desprecio.
  Yo te doy que cada día
comas perdiz y capón;
desearás un salpicón
de cebolla y vaca fría.
  ¿Piensas tú que la deidad
de una mujer en su estrado
es, de su marido al lado,
la misma?


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

¡Qué necedad!
  Unos amores discretos,
tratados, ¿pueden perder?

NUÑO:

Digo yo si la mujer
va descubriendo defetos.
  Pero si discreta ha sido,
limpia y de buen parecer,
ya sé que es la tal mujer
corona de su marido.
(Vanse.)
(Salen la CONDESA, CLARA y LEONOR.)

CONDESA:

  Estos vestidos gusto
que lleves esta noche.

CLARA:

Tus pies beso,
mas mira que no es justo
que llegue tu favor a tanto exceso.

CONDESA:

No es exceso quererte.
Yo quiero que te vistas desta suerte;
  la cintura y cadena
te doy también, y el parabién, que es justo
de lo que el cielo ordena
para remedio tuyo, tan a gusto
del maestre que creo
que retrató tu dicha su deseo:
  es Tello de Mendoza
hidalgo de los buenos de Castilla.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen FERNANDO y PÁEZ.)
FERNANDO:

¡Por Dios, que es bella moza!

PÁEZ:

No la hay desde Toledo hasta Sevilla
de tal ingenio y cara.

FERNANDO:

Merece a Tello justamente Clara.

CONDESA:

  A todos regocija
tu casamiento; gracias doy al cielo.

FERNANDO:

Salir a la sortija
que han intentado me ha de dar desvelo.

PÁEZ:

¿Qué mayores tesoros
que para la invención vender dos moros?

FERNANDO:

  Tantos hemos traído
que no valdrán entrambos treinta reales.

PÁEZ:

Buscar de los que han sido,
para rescate, moros principales.

FERNANDO:

¿Quién ha de mantenella?

PÁEZ:

Tello será mantenedor por ella.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FERNANDO:

  Dijeron que Macías.

PÁEZ:

No sé por qué razón, favorecido,
anda triste estos días.

FERNANDO:

La ausencia de la patria habrá sentido.

PÁEZ:

Voy a vender un moro.

FERNANDO:

Trocalde a un mercader a seda y oro.
(Vanse FERNANDO y PÁEZ.)

CONDESA:

  Las fiestas de tu boda,
Clara, traen la casa alborotada.

CLARA:

De quererme bien toda
nace alegrarse de que esté casada
con hidalgo tan noble.

CONDESA:

Y por su dicha dél se alegra al doble.
  A tus padres escribe.

CLARA:

Con tu licencia los escribo agora.

CONDESA:

Clara, contenta vive
y Dios te haga dichosa.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CLARA:

¡Oh, gran señora!
Aquí una esclava tienes.

CONDESA:

Tus méritos te dan los parabienes.
[(Vase.)]

CLARA:

  Dame, Leonor amiga,
recado de escribir.

LEONOR:

Goces mil años,
sin que de la enemiga
fortuna sientas los contrarios daños,
estado tan dichoso
con Tello mi señor, tu amado esposo,
  mas siendo la primera
que las nuevas te di, no me has pagado
con palabras siquiera.

CLARA:

Leonor, todas mis galas te he dejado,
que quiere desde agora
que me vista las suyas mi señora.
  Como fuiste presente
de Tello y nuestra fe tomaste luego,
dudé, mas neciamente,
el darte libertad: esa te entrego.

LEONOR:

Beso tus pies mil veces.
En fin, señora, ¿libertad me ofreces?


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CLARA:

  Ya eres tuya.

LEONOR:

¿Ya puedo
darme a quien yo quisiere?

CLARA:

Si eres tuya,
bien puedes.

LEONOR:

Pues si quedo
con libertad, como de cosa suya
dispone el alma mía
que vuelva a ser del dueño que solía.
  Ser por fuerza tu esclava
no me obligaba a ser agradecida,
mas si quien libre estaba
te vuelve a dar libertad rendida,
más hace, siendo suya.

CLARA:

Eso es, Leonor, hacerme esclava tuya.
(Salen MACÍAS y NUÑO.)

MACÍAS:

  ¿Puedo darte el parabién
de tu dicha y de mi muerte,
Clara hermosa?

CLARA:

Pienso yo
que mi dicha le merece.


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MACÍAS:

Que le merece tu dicha
¿quién puede haber que lo niegue?
Que mi muerte le merezca
es lo que estraño parece.
Mandome el Rey, por servicios
que le hice, que pidiese
mercedes, y te pedí
por las mayores mercedes.
Díjole al maestre el Rey,
¡ay Dios!, que te mereciese
por mujer, y respondió
al mismo Rey, libremente,
que estabas casada ya.
El Rey, de ver que no fueses
el premio de mis servicios,
mandole, Clara, al maestre
que de un hábito me honrase.
Pensolo discretamente,
porque si las de los muertos,
que por últimas les deben,
llaman honras en Castilla,
el Rey por muerto me tiene.
No sé cómo hable contigo,
porque fue necedad siempre
hablarles en cosas tristes
a los que viven alegres.
Casarte tú y morir yo
son cosas tan diferentes,
que no puede concertallas
ni quien vive, ni quien muere.
Pero en tu bien y en mi mal
una cosa solamente
puede caber, y no quiero
que ser esperanza pienses,
que no soy tan descortés.


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CLARA:

Pues ¿qué será lo que quieres,
siendo cosa tan honesta?

MACÍAS:

Que te dé lástima el verme.

CLARA:

¿No quieres más?

MACÍAS:

No, por Dios,
que pedirte que te pese
fuera gran descompostura.

CLARA:

Pues, hidalgo noble, advierte:
no solo me has dado pena
de la que amando me tienes,
pero, a no estar ya casada,
fuera tuya eternamente.
Esto sin que haya esperanza
ni atrevimiento que llegue
a pasar tu amor de aquí,
porque el día que esto fuese,
yo propia diré a mi esposo,
honrado como valiente,
que te quitase la vida.

MACÍAS:

No hayas miedo que yo deje
de amarte.


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CLARA:

¿Cómo?

MACÍAS:

No más
de amarte, sin ofenderte.
(Vase CLARA.)

NUÑO:

¡Cuerpo de tal! ¡Qué mujer!
Esta sí, que no mujeres
todas melindres y engaños,
sino decir lo que sienten.
¡Con qué gracia de sus labios,
rosas de abril entre nieve,
dijo: «a no estar ya casada,
fuera tuya eternamente»!

MACÍAS:

¿Y no es nada lo que dijo
después? Que si yo quisiese
pasar a esperanza sola,
o a más que amarla atreverme,
diría a su mismo esposo,
honrado como valiente,
que me quitase la vida.

NUÑO:

Habló noble y justamente
para atajarte los pasos.
¡Bien haya quien agradece
el amor y el honor guarda!
No como algunas crüeles,
que por pescar las haciendas
a los hombres desvanecen.
Aquí no queda qué hacer,
Macías, mas de que entierres
tu amor, pues tú mismo dices
que estás muerto.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

¡Bien lo entiendes!
Con advertimiento, Nuño,
de que en nada me aconsejes,
desde hoy comienzo a servir
a Clara.

MACÍAS:

Pues ¿qué pretendes?
¿Qué han de sentir su marido,
la Condesa y el maestre?
Si esta necedad intentas,
que es fuerza llegue a saberse,
¿qué ha de ser de ti y de mí?

MACÍAS:

¿No puedo quererla?

NUÑO:

Puedes.

MACÍAS:

¿Quererla es delito?

NUÑO:

No.

MACÍAS:

¿Oféndola?

NUÑO:

No la ofendes.

MACÍAS:

Pues ¿qué importa?


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NUÑO:

Andar perdido.

MACÍAS:

Pues ¿qué pierdo?

NUÑO:

El tiempo pierdes.

MACÍAS:

¿Yo no me muero?

NUÑO:

Es locura.

MACÍAS:

Confieso.

NUÑO:

No lo confieses.

MACÍAS:

¿Qué haré?

NUÑO:

Dejarlo de hacer.

MACÍAS:

¿Y quién podrá?

NUÑO:

Tú, si quieres.

MACÍAS:

Quiero y no puedo.

NUÑO:

Porfía.

MAESTRE:

Por Dios, Nuño, que me dejes,
que a quien le cansa la vida
será partido la muerte.


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(Vanse y salen el REY con un libro y el MAESTRE.)
MAESTRE:

  Información trujo honrada
de su noble nacimiento.

REY:

De su ingenio estoy contento
como lo estáis de su espada.
  En fin, ¿ha escrito Macías
todo este libro?

MAESTRE:

Ha mostrado
lo tierno de enamorado,
mayormente en estos días
  que casé a Clara, en hacer
letras, romances, canciones,
a diversas ocasiones,
que todas deben de ser
  dirigidas a haber sido
en perderla desdichado.

REY:

Si le hubiérades casado,
todas se hubieran perdido.

MAESTRE:

  ¿Por qué, señor?

REY:

Porque amor
en posesión no desea,
y no hay materia que sea
para los versos mejor
  que un amante desdeñado
o en esperanza del bien.


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MAESTRE:

Pocos escriben tan bien.

REY:

Él tiene ingenio estremado.
  Tienen gracia y agudeza
los españoles, maestre,
en hacer versos.

MAESTRE:

Que muestre
tanta afición vuestra alteza
  hará que vuelva a tener
España en versos, iguales,
mil Sénecas y Marciales.

REY:

Las causas que dan de hacer
  tan peregrinos conceptos
en las obras amorosas,
más que la historia y las prosas,
son del mismo amor efetos,
  pues dicen que no hay nación
que así estime, adore y quiera
las mujeres, ni prefiera
a la hacienda, a la opinión
  y aun a la vida su gusto.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MAESTRE:

Bien se ve en las galas y oro
que les dan.

REY:

Con gran decoro
las sirven y aman, y es justo,
  así por deuda tan clara
del nacer, como por ser
la hermosura de mujer
cosa tan perfeta y rara.
  Leedme esa dirección
que de su libro me hace
Macías.

MAESTRE:

Si os satisface,
confirmaréis su opinión.
(Lea.)
  «Al muy poderoso señor de Castilla,
el gran decendiente del magno Pelayo,
de España corona, del África rayo,
de moros alarbes sangrienta cuchilla,
a quien obedezcan Granada y Sevilla
como en el tiempo que fue de los godos,
Macías ofrece sus versos, y todos
al pie soberano los postra y humilla.»

REY:

  ¡Estremada dirección!


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MAESTRE:

Como a quien va dirigida.

REY:

Pero leed, por mi vida,
de amor alguna canción.

MAESTRE:

  «Amores me dieron corona de amores
porque mi nombre por más bocas ande.
Entonces no era mi mal menos grande,
cuando me daban placer sus dolores.
Vencen el seso sus dulces errores,
mas no duran siempre según luego aplacen,
y pues que me hirieron del mal que vos hacen,
sabed al amor desamar, amadores.»

REY:

  ¡Qué excelente y qué ejemplar!
Maestre, estimad este hombre.

MAESTRE:

¿Quién como vós dese nombre
le puede calificar?
  Yerra en lo que persevera,
y más casándose Clara.

REY:

Si el moro no lo estorbara,
grandes ingenios hubiera.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse y salen MACÍAS y NUÑO.)
NUÑO:

  ¿Qué descompostura es esta?
¿Tienes seso?

MACÍAS:

Hele perdido
con lo que he visto y oído.

NUÑO:

Bien claro se manifiesta.
¿Para qué entraste en la fiesta
si lo habías de sentir?

MACÍAS:

Si me vienen a decir
que al novio, Nuño, acompañe,
cuando más me desengañe,
¿puedo dejar de morir?
  En la noche confiado,
que, en fin, encubre mejor
cualquier efeto de amor,
entré con el desposado.
Llevaba el color mudado
como quien va a desafío,
y el corazón, aunque el brío
de tantas penas deshecho,
tan descortés en el pecho
como si no fuera mío.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Llegué, volví atrás, temblé,
paró el pie la confusión,
pero luego el corazón
hizo el oficio del pie.
Miré, perdime, lloré,
y de suerte vine a estar
que andaban para buscar
consejos, donde hay tan pocos,
todos los sentidos locos,
sin conocer su lugar.
  Pareciome que no vía
lo mismo que viendo estaba;
sin oír lo que escuchaba,
lo que imaginaba oía.
¿No has visto un fuego? Así ardía
la casa del alma, y luego
el entendimiento ciego
pedía con mil enojos
a las fuentes de los ojos
agua que templase el fuego.
  Como al crepúsculo frío
del alba, entre luces rojas,
abre una rosa las hojas
para beber el rocío,
estaba aquel dueño mío,
aquella divina fiera,
tan hermosa que pudiera
adoralla como al sol,
a ser indio el español
que entonces sus rayos viera.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Cuando Dios no fabricara
púrpura y cristal de roca,
naturaleza en su boca
cristal y púrpura hallara,
y cuando el sol no formara,
se viera en sus bellos ojos,
y a no haber claveles rojos,
allí los vieran los cielos,
y cuando no hubiera celos,
se hallaran en mis enojos.
  Levantose del estrado
y la Condesa con ella;
llegó el desposado a ella,
más dichoso que turbado,
y con el padrino al lado
la sala se suspendió;
luego el padrino llegó
y, tomándoles las manos
(¡cómo, cielos soberanos,
vivo yo, si lo vi yo!),
  preguntó a Tello, ¡ay de mí!,
si por mujer la quería;
dijo que sí y yo vivía,
que aún faltaba el otro sí
luego a Clara; y hasta aquí,
como si en la horca fuera,
mi loca esperanza espera,
pero en oyendo mi daño
el verdugo desengaño
me arrojó de la escalera.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Yo no sé cómo viví,
pero ¿quién habrá que crea
que me pareciese fea
al tiempo que dijo sí?
Mas por dicha no entendí
la causa que pudo haber;
hermosa debió de ser,
porque son todas las cosas,
Nuño, mucho más hermosas
cuando se quieren perder.
  Mira tú qué pensamiento
el de una loca afición,
que tuve imaginación
de poner impedimento,
pero en este necio intento
la bendición les llegó,
y Tello a Clara llevó
donde, con otras señoras
sentados, culpan las horas
que estoy dilatando yo.
  Pero ya las dos serán
y siento que se levantan,
que ya ni danzan ni cantan,
antes pienso que se van.
¡Ay Dios!, la muerte me dan
con ver acortar los plazos
de sus regalos y abrazos,
que si una mano que dio
Clara a Tello me mató,
¿qué haré si le da los brazos?


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

  Tello no es tan venturoso
como a ti te ha parecido.
¿No es, en efeto, marido?

MACÍAS:

¿Y puede ser más dichoso?

NUÑO:

  No sé, por Dios. ¿No ha de estar
en casa?

MACÍAS:

Pues ¿dónde quieres?

NUÑO:

Muy dignas son las mujeres
de amar y reverenciar,
  pero esto de estar allí
a todas horas es cosa,
por fácil, menos gustosa.

MACÍAS:

Tal me sucediera a mí.

NUÑO:

  Aunque viendo lo que pasa,
hay mujer que, por ser nueva
de noche, el día se lleva
de un vuelo fuera de casa.
  En un año una mujer
es silla, es banco, es bufete,
porque, como no inquiete,
eso mismo viene a ser.
  La novedad es gran cosa.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

No para quien ha llegado
a tener, ¡qué dulce estado!,
mujer discreta y hermosa.

NUÑO:

  No es nada la novedad,
pues hoy una dama vi
que sin dientes conocí,
y los tiene en cantidad.
  Y díjela: «Cosa vil
que falta de doce perlas
supla, quien llegare a verlas,
un forastero marfil».
  Y respondiome: «Ha mil días
que los traía, en verdad,
y por mayor novedad
troqué por estas las mías».
  Pero retírate aquí,
que pienso que salen ya.
(Retíranse al paño embozados.)

MACÍAS:

Conjurado, Nuño, está
todo el cielo contra mí.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Hachas, PÁEZ, FERNANDO, TELLO, de la mano a CLARA, y la CONDESA y el MAESTRE.)
TELLO:

  Suplico a vueseñoría
no pase más adelante.

CLARA:

Señora, basta el favor.
No es bien que adelante pase
de aquí vuestra señoría.

CONDESA:

Ahora bien, el cielo os guarde
y os haga muy venturosos.

MAESTRE:

Clara, no he podido honrarte
de más gallardo marido.

CLARA:

Ni hacerme favor más grande,
pero, en fin, de tales manos,
que beso mil veces.

FERNANDO:

[(Aparte a PÁEZ.)]
Páez,
¡vive Dios, que llevo envidia!

PÁEZ:

¡Linda moza!

FERNANDO:

Es como un ángel.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse los desposados por una parte y el MAESTRE y la CONDESA por otra, y descúbrense MACÍAS y NUÑO.)
NUÑO:

Ellos se van a acostar.
Bien puedes desembozarte
y vamos a hacer lo mismo,
pues ya no hay Clara que aguardes
si no es la mañana clara.
¿No hablas? Pero no hables
si ha de haber lamentaciones
y aquello de los amantes
cuando glosan muchas veces
con siete mil disparates:
«No goces al desposado».
Vamos a casa, que es tarde
y es mañana la sortija
en que, por lo menos, sales
a ser el mantenedor.
Mira que estás por las partes
de valiente y de poeta
e inventor de nuevos trajes
en los ojos de la corte,
y que será bien que saques
galas y discretas letras.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

¡Ay fortunas inconstantes
del mar de amor en que voy
como en el golfo la nave
combatida de los vientos!

NUÑO:

Anda pues, y no te pares.

MACÍAS:

¿Cómo andar?

NUÑO:

Pues bien, ¿qué implica
que a un mismo tiempo hables y andes?
En un auto un día del Corpus
decía un representante:
«Quiero destrüir el mundo»,
y como entonces llegase
la procesión, aunque estaba
en figura venerable,
dijo un regidor: «Andando
y destruyendo, Juan Sánchez».
Tú agora quéjate y anda.

MACÍAS:

Sin andar pienso quejarme,
que no me puedo mover
con peso de tantos males.

NUÑO:

Pareces perro de caza
que vio la perdiz delante,
que como te halló te quedas.
Mira que tocan a laudes
en cuarenta monasterios.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Diles que para enterrarme,
¡ay, Nuño!, toquen a muerto,
y si no lo estoy, matadme,
celos, envidias de amor,
¿o queréis que yo me mate?
Dejadme, imaginaciones,
que de la pintura el arte
imitáis en mis sentidos
pintando figuras tales
que me abrasan y me yelan:
ya veo, en forma de Marte,
cómo Tello de Mendoza
le dice amores süaves;
ya veo la hermosa Venus,
que sobre las flores yace
de un verde prado, después
que dio nieve a sus cristales;
ya veo dos mil Cupidos
por los ramos de los sauces
esparciendo azahar y rosa
sobre los tiernos amantes.
Nuño, ¿sabes que he pensado?
Que con grandes golpes llames
y que digas que el maestre
le manda que se levante.
Hazme este bien, Nuño amigo.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

Los malos remedios hacen
lo que hace el agua en la fragua,
con que más las llamas arden,
y este hombre no es tan necio
que en tal ocasión pensase
que le llamaba el maestre.

MACÍAS:

¿No sirve? Pues no te espantes,
que él sabe que los señores
no hallan cosa en que reparen
cuando los han menester.

NUÑO:

¿Qué ocasión habrá bastante
para que él pueda creerlo?
Que a tal hora, no es muy fácil.
Decirle que a la Condesa
le dio un recio mal de madre
es necedad, porque Tello
no cura destos achaques.
Demás que desde la cama
dirá Clara: «Quemad, paje,
unas plumas de perdiz,
y si no, ponelde un parche».
¿El maestre orina bien?


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

¡Qué consuelos!

NUÑO:

Si los sabes
mejores, dilos, que ya
descubre el alba celajes
en el cuchillo del monte
que corta a Córdoba azahares.

MACÍAS:

Dile que han venido moros.

NUÑO:

¿A qué?

MACÍAS:

¿Cómo a qué? A vengarse.

NUÑO:

Como era tan de mañana
pensé que a dar por las calles
letüario y aguardiente.
Mas ¿si pregunta a qué parte?

MACÍAS:

Di que a Écija.

NUÑO:

¿Y si dice
que, habiendo ocho leguas grandes,
no pueden llegar tan presto,
y que entretanto descanse
su señoría, qué haremos?


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Da golpes. Basta vengarme
en que despiertes a Tello.

NUÑO:

Necedad de necedades.
¿Tello había de dormir,
teniendo al lado aquel ángel?

MACÍAS:

¡Maldígate el cielo, Nuño,
que me has muerto!

NUÑO:

No te canses.
Mira que estás a su puerta,
mira que el alba que sale
se ríe de tus locuras,
y se las cuentan las aves.

MACÍAS:

¿Que es posible que no quieres
de la cama levantalle?

NUÑO:

¿Quieres tú que se resfríe
ese desposado en balde?
Mira, señor, que entra el día.

MACÍAS:

¡Entre, y entren mil pesares
hasta el alma!


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

Gente suena
en casa y las puertas abren.
¿Dónde van perros y halcones,
y cazadores delante?
¡Vive Dios, que es el maestre!
Ya no hay que huir; no te apartes,
que será darle sospecha.
(Entre el MAESTRE, de caza, y FERNANDO y PÁEZ.)

MACÍAS:

¡No hay desdicha que me falte!

MAESTRE:

¿Es Macías?

FERNANDO:

Sí, señor,
si no es que el alba me engañe.

MAESTRE:

¿Cómo has madrugado tanto?

MACÍAS:

Solo vengo a acompañarte,
que supe que al campo ibas.

MAESTRE:

Serame más agradable
contigo. Dalde el overo,
si no es que caballo traes,
y dalde una haca a Nuño.


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Porfiar hasta morir Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

¿Haca? ¡Oh!, ¿que sin acostarme,
tras esta noche, una haca,
y entre árboles y jarales
andar buscando un venado
o una garza por los aires?
¡Muerto soy!

MAESTRE:

Vamos, Macías.

NUÑO:

¿No llevas almuerzo, Páez?

PÁEZ:

¿Levántaste de la cama
y quieres comer?

NUÑO:

A nadie
le dé Dios tan mala noche.
¿Volverán presto?

PÁEZ:

A la tarde.


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Acto III
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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen el REY, PÁEZ, FERNANDO y MACÍAS, con hábito de Santiago, y NUÑO.
MACÍAS:

  A besaros los pies, señor, me envía
el maestre, al honor agradecido
que traigo al pecho este dichoso día,
más grande, cuanto menos merecido.

REY:

Para que os viese usó de cortesía:
a él ese favor habéis debido.
Él es el dueño dese honor; no es justo
deberme más que intercesión y gusto.

MACÍAS:

  Vuestro valor el alto cielo estienda
donde hasta agora no plantas ningunas,
y plegue al cielo que de vós decienda
quien ponga en otro mundo las colunas.

REY:

¿Cómo va de las Musas?

MACÍAS:

La contienda,
claro señor, de envidias importunas
las tiene retiradas, mas no tanto
que no os celebren en su dulce canto.
  Apenas hoy comienza el que desea
por los versos, señor, fama constante,
cuando quiere vencer con breve idea
al que la tiene en bronce y en diamante.
Otro veréis que en enseñar se emplea
y está de los principios ignorante:
todos estos resiste la prudencia.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

¿Qué virtud se libró de competencia?
  La sortija no vi, por ocupado,
aquella tarde, y me alabó el maestre
letras, galas y lanzas de un soldado
que no hay acción en que valor no muestre.
¿Quién la mantuvo?

MACÍAS:

El mismo desposado,
porque las armas el amor adiestre
con más primor que el arte.

REY:

¡Buenos bríos!


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

(Aparte)
¡Ay dulce causa de los males míos!)
  Salió Tello galán, de blanca tela
bordada de laureles, que le alcanza
favor, que enamorado se desvela
y vio la posesión de su esperanza.
Dorada de la lanza la arandela,
los bríos igualó la confianza,
con manto al hombro que, barriendo el suelo,
era cometa de arrogante cielo.
  Prometo, gran señor, a vuestra alteza
que un castaño bridón de tela armado
le hacía un edificio en la firmeza,
si puede ser en aire fabricado.
Aquella corpulenta ligereza
como baquetas de atambor templado
las fuertes manos con tal son movía,
que pensaban las piedras que tañía.
  Llevaba dos gigantes por padrinos,
presos de un niño amor que los guiaba,
«Mis deseos» por letra, y que eran dignos
de su grandeza con razón mostraba,
que puesto que de Clara los divinos
cielos de amor pacífico gozaba,
quiso mostrar que dulces himineos
no tiemplan, antes crecen, los deseos.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Fortún Páez salió de verde y plata,
todo bordado de diversas flores;
llevó por letra, en quejas de una ingrata:
«No pasan de esperanzas a favores».
Un bayo obscuro los del sol retrata,
y tan ligero al aire dio colores
que, aunque en Córdoba son hijos del viento,
este lo fue del mismo pensamiento.
  Fernando, que presente miras, quiso
para tomarlos, más que dar consejos,
ser de sí mismo y de su amor Narciso,
y en oro y nácar se vistió de espejos.
Las damas, que temieron este aviso,
mirábanse en sus luces desde lejos,
si bien por los espejos y dos años
de amor por letra dio: «Mis desengaños».
  En esto un monte, vomitando fuego,
en dos partes la máquina divide,
y sale dél un caballero luego
que mil ardientes círculos despide,
cuyas breves cometas a don Diego
de Lara dan lugar; la lanza pide
y, sospechoso, a dos azules cielos
llevó por letra: «Aquí me tienen celos».


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Con el caballo en forma de una fiera
sierpe, ya imagen del celeste polo,
pasó Dionís Peralta la carrera,
de suerte que previno el arco Apolo
y a la mitad, con invención ligera,
cayó la piel; quedó el caballo solo,
tan blanco y tan hermoso que se atreve
a llamar cisne retratado en nieve.
  Entró de plumas, avestruz fingido,
con un hierro en la boca, Recaredo;
la letra, de algún hierro arrepentido,
dijo: «Por ver si digerirla puedo».
El caballo, de plumas guarnecido,
no tuvo al yerro de las plantas miedo,
porque alzando las manos parecía
que juntarlas al freno pretendía.
  Mas ¿para qué te canso, si me esperas?
Yo entré en figura del furioso Orlando,
tela negra sembré de áspides fieras
que estaban corazones enlazando.
En hábito francés, reconocieras
que la historia de Angélica imitando
envidiaba, señor, algún Medoro,
dichoso dueño de la luz que adoro.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Caballo negro que servir pudiera
al carro de la noche, retratado
en ébano lustroso, y en la esfera
del sol quedar por su valor dorado,
las arenas midió de la carrera
paso a paso, tan firme y alentado
que, si alguna en las plantas recogía,
al levantar las manos la volvía.
  En figura de Astolfo, por padrino,
iba delante Nuño, mi escudero,
con mi seso en un vidrio cristalino
y por letra con él: «Ya no le quiero».
Ganó todo hombre que a las fiestas vino;
yo solo, sin ventura aventurero,
gané la joya de galán, que ha sido
mentira, pues perdí la de marido.

REY:

  Haberos visto quisiera,
mas basta haberos oído.

MACÍAS:

Corrí, señor, tan corrido,
que no es mucho que perdiera.

REY:

  Esa memoria olvidad
y porque menos se sienta
con mil ducados de renta
lo perdido restaurad,
  que estos vale la alcaidía
de Arjona.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

Cante la fama
tu nombre en cuanto derrama
su luz el autor del día.

PÁEZ:

  Ya sois alcaide de Arjona.

FERNANDO:

Debéis al Rey grande amor.
(Vanse todos. Quedan MACÍAS y NUÑO.)

NUÑO:

Necio has andado, señor;
que te lo diga perdona,
  que estando Clara casada
bien pudieras escusar
esta manera de hablar,
que es Tello persona honrada
  y ofendes su calidad,
y el Rey mostró sentimiento
cuando dijo, descontento:
«Esa memoria olvidad»,
  que fue discreta advertencia.

MACÍAS:

Nuño, quítame el amor,
porque si no, ¿qué temor
me puede poner prudencia?
(Vanse.)


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(Sale el MAESTRE y TELLO.)
MAESTRE:

  Aquí me puedes hablar.

TELLO:

Señor, Dios sabe que tengo
vergüenza, mas ya que vengo
a hablar con tanto pesar,
  yo sé que le has de tener.
Está cierto que me obliga
justa causa a que te diga
que, siendo ya mi mujer
  Clara, no es justa razón
que me la sirva hombre humano.
Antes de darla la mano
Macías tuviera acción
  a pretenderla, mas ya
¿qué es lo que intenta Macías
que con tan necias porfías
en el mismo error está?
  Que si bien cualquier error
por amor disculpa ha sido,
no la dieron al marido,
sino al que tiene el amor.
  Bien sé que Clara es honrada,
bien conozco su virtud,
mas una necia inquietud
y voluntad porfiada,
  un siempre constante amor
que en los ojos muestra el pecho,
a muchas buenas ha hecho
dejar de serlo, señor.


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TELLO:

  ¿Quién se puede prometer
vivir honrado y seguro?
¿Cercó Dios de foso y muro
los ojos de una mujer?
  ¿Qué guardas puso en su pecho
para que pueda el honor
vivir del ajeno amor
agraviado y satisfecho?
  ¿Es la voluntad por dicha
diamante, o vidrio por quien,
en quien le guarda más bien,
puede entrar cualquier desdicha?
  ¿Tengo yo de estar sin miedo
mientras se desvela aquel,
que no puedo guardar dél
el alma que ver no puedo?
  ¿Que sé yo si vendrá día
en que a Clara desvanezca
su hermosura y la enternezca
de un loco amor la porfía?
  Y atropellando la honra,
puede comenzar a amar
de lástima, y acabar
su lástima en mi deshonra.
  Fuera desto, ¿es bien, señor,
que se atreva un hombre así,
fiado en el Rey y en ti,
a querer manchar mi honor?
  ¿Es bien que en Córdoba canten
los niños claras canciones
de Clara que a los varones
de prudencia y honra espanten?
  ¿Es bien que esto se prosiga
después de casado yo?


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MAESTRE:

No por cierto, Tello, no,
ni que de Clara se diga
  que pudo dar ocasión
a desatinos tan grandes.

TELLO:

Como tú, señor, le mandes
que deje la pretensión,
  sin decir que yo lo sé,
yo sé que la dejará,
porque si ocasión me da...

MAESTRE:

Cuando él ocasión te dé
  castigaré su locura,
pero no tengas temor.

TELLO:

Bien sabes tú que el honor
no ha de estar en aventura,
  ni es razón que un hidalgote
se tome tanta licencia
que a costa de mi prudencia
toda la corte alborote
  y que se atreva a servir
la mujer de un caballero
como yo, porque primero...


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MAESTRE:

No lo acabes de decir,
  que tienes mucha razón
y yo lo escucho con pena,
porque en la mujer más buena
puede haber mala opinión,
  de que hay tantas ofendidas
que muchas hay lastimadas
en el honor, siendo honradas,
porque fueron perseguidas,
  que, en andando en pareceres,
deslustran sus claros nombres
la necedad de los hombres,
la envidia de las mujeres.
  Clara es quien es, pero, en fin,
la lengua del vulgo es tal,
que dirá de un ángel mal.

TELLO:

Con hablarle tendrá fin
  su porfía y mi pesar.

MAESTRE:

Y yo salgo por fiador.

TELLO:

Pongo en tus manos mi honor.
(Vase.)


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MAESTRE:

Pues yo le sabré guardar.
(Sale PÁEZ.)
  ¡Hola!

PÁEZ:

¿Señor?

[MAESTRE]:

¿Está ahí
Macías?

PÁEZ:

Leyendo está
unos versos.

MAESTRE:

(Aparte.
No tendrá
más ocasión.) Que entre di.
(Vase PÁEZ.)
(Sale MACÍAS.)

MACÍAS:

  Pensé que ocupado estabas
con Tello y no entré, señor,
a decirte un gran favor
del Rey.

MAESTRE:

¿Por eso dejabas
  de darme parte, Macías,
de tus aumentos?


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MAESTRE:

Su alteza,
por su liberal grandeza,
que no por las prendas mías,
  el alcaidía me dio
de Arjona, con mil ducados
de renta.

MAESTRE:

Bien empleados.

MACÍAS:

Por ti me favoreció
  deste honor, que no por mí.

MAESTRE:

Yo tengo que hablarte.

MACÍAS:

Soy
tu hechura.


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MAESTRE:

Quejoso estoy,
y no sin causa, de ti.
  Cuando veniste a servirme
pusiste en una doncella
de la Condesa los ojos,
hermosa como discreta,
y tan virtüosa y noble,
que la empleó la Condesa
en el hombre más honrado
que me sirve en paz y en guerra.
Por tus servicios al Rey
se la pediste, que fuera
justo, pues él lo mandaba,
casarte entonces con ella.
Pero no se pudo hacer,
que las escrituras hechas
y dadas las manos ya,
fuera impiedad y violencia.
Casose Tello; ese día
cerró la razón la puerta
a tu esperanza. No es justo
que neciamente la tengas,
que está en medio el noble honor
de un hombre de tales prendas
que es tan bueno como yo.
Hanme dicho que no cesas
de servirla y inquietarla,
que me ha dado mucha pena.
Tello es mi propia persona.
Advierte que no te atrevas
a enojarle, que en mi casa
corre su honor por mi cuenta,
no porque él no está seguro,
pero sus deudos se quejan
de tus versos y canciones,
famosos por la excelencia
de tu ingenio, a cuya causa
no solo aquí se celebran,
pero en Granada los moros
las traducen en su lengua.
A tu entendimiento basta
que esto de mi boca entiendas
antes que lo entienda Tello,
que no sufrirá su ofensa.
(Vase.)


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MACÍAS:

  ¡Oh, confusión de mi amoroso engaño!
Esto faltaba solo a mi tormento.
¿En qué puede ofender mi pensamiento
la hermosa causa de mi eterno daño?
¡Oh, ley crüel! ¡Oh, injusto desengaño!
¿Que aun no quiere que sienta el mal que siento?
¿Qué honor puede quitar mi entendimiento,
con cuyos versos mi esperanza engaño?
Mandarme que no quiera es la violencia
mayor que puedo hacer a mi sentido,
y en presencia del bien sufrir ausencia,
que estando, como estoy, de amor perdido,
aumentara el amor la resistencia,
que para largo amor no hay breve olvido.
(Sale NUÑO.)

NUÑO:

  Bien me puedes dar albricias
de que va la primavera
a dar cristales al Betis
o flores a sus riberas.
No sin envidia del sol,
no sin igual competencia,
Clara...


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MACÍAS:

¡Ay, Dios!

NUÑO:

Clara, señor,
en un coche, en una esfera
de luz, con Leonor, esmalta
las estampas de las ruedas.
Llevaba Clara unos ojos
que pudieran ser estrellas
de la más templada noche;
poco he dicho, que pudieran
ser soles del mismo sol.
Mirome, y fue cosa nueva
mirarme Clara con ellos,
mas fue la causa más cierta
de mirarme aquellos ojos
no tener otros tan cerca.
También me miró Leonor,
y sentí no sé qué flechas
desde los ojos al alma.
Pareciome que eran señas
y acerqueme.

MAESTRE:

Bien hiciste.

NUÑO:

Tan bien que, en llegando a ellas,
me dieron un cortinazo
que entre la mano y la seda
me llevaron las narices.


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MACÍAS:

Si acercabas la cabeza
por el estribo, ¿no quieres
que un ángel, Nuño, se ofenda
de que a su trono divino
un hombre humano se atreva?

NUÑO:

Trono o trueno, mis narices,
que no destilaron perlas,
sintieron el disfavor,
que no hay parte que más duela,
más opuesta a cualquier daño,
más delicada y más necia.
¿Téngolas derechas?

MAESTRE:

Nuño,
notables cosas me cuentas.
¿Qué sentiste al tiempo cuando
esa dichosa cabeza
por el estribo acercabas
a las blancas azucenas
de aquella divina mano?

NUÑO:

Sentí lo que tú sintieras
al llevarte las narices
una azucena de piedra.


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MACÍAS:

¡Ay! ¡Quién fuera tan dichoso
que de aquella mano bella,
de aquel cristal, de aquel nácar,
ese favor recibiera!

NUÑO:

¿Eso tienes por favor?
Mas, porque envidia me tengas,
seguilas, y se apearon
del coche en la primer huerta,
y al bajar Clara, no sé
si fue el brío o fue la priesa,
yo vi...

MAESTRE:

¿Cuánto quieres, Nuño,
antes que tu dicha sepa,
por los ojos?

NUÑO:

Pues ¿los ojos
quieres, señor, que te venda?

MACÍAS:

Cuenta, cuenta lo que viste.

NUÑO:

Vi unas botas de vaqueta
con que el cochero llegó
a apearlas.

MACÍAS:

¿Eso era?


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NUÑO:

Pues ¿qué pensaste? ¿Que había
zapatilla cordobesa,
argentada en oro y plata
de corazones y flechas?
¿Pensaste que había manteo
con guarnición sobre tela?

MACÍAS:

Ya no te compro los ojos.

NUÑO:

Si las narices quisieras,
esas te vendiera yo,
porque las más aguileñas
hará un cortinazo romas.

MACÍAS:

¿Que tanta la dicha sea
de un cochero que a los brazos
de un ángel sin temor llega?

NUÑO:

Si vieses un aguador
con un vestido de jerga
coger una dama y dar
en las jamugas con ella,
¿qué dirías?

MACÍAS:

Que son dichas
que merece la inocencia.


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NUÑO:

Los cocheros y aguadores
son sacristanes de iglesias,
que las imágenes ponen,
mas nunca rezan en ellas.

MACÍAS:

¿No podré yo ver a Clara?

NUÑO:

Con discreción podrás verla,
pero no sin discreción.

MACÍAS:

Nuño, como yo la vea,
¿qué mal me puede venir?
Y cuando muchos me vengan,
¿no es por ella? Pues ¿qué gloria
mayor que tan dulce pena?

NUÑO:

Yo me pongo en las narices,
por si llegáremos cerca,
un capirote de halcón.

MACÍAS:

¿Clara ofende?

NUÑO:

Muy bien pega.
(Vanse.)


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(Salen CLARA y LEONOR.)
CLARA:

  No puedo, Leonor mía,
imaginar la causa.

LEONOR:

Pues ¿tan presto
vive sin alegría?

CLARA:

Nunca en pensar el pensamiento he puesto
que de su nuevo estado
proceda la tristeza que le ha dado.
  No falta en los favores
mi esposo y los regalos que solía;
con los mismos amores
le halla la noche y le despierta el día.

LEONOR:

Pues ¿en qué se han fundado
esas tristezas?

CLARA:

En algún cuidado.

LEONOR:

  ¿Cuidado?

CLARA:

Unos suspiros
tal vez le salen del ardiente pecho
que como al blanco tiros
me traspasan el alma, en que sospecho
que algunos locos celos
le dan estas tristezas y desvelos.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LEONOR:

  ¿Celos pueden, señora,
en tu virtud de todos conocida
tener inquieto agora
a quien conoce de tu honesta vida
tan gran recogimiento?

CLARA:

Celos engaños son del pensamiento.
  Como va caminante
en noche obscura hasta que llegue el día,
así celoso amante
camina por su ciega fantasía
hasta que deste engaño
le divierta la luz del desengaño.
  Entre tanto padece
el sujeto que adora.

LEONOR:

Yo sospecho
que no le desvanece
culpa que ofenda tu inocente pecho,
que en el servir hay cosas
que obligan a tristezas cuidadosas.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen MACÍAS y NUÑO.)
NUÑO:

  Allí están.

MACÍAS:

Ya las he visto.
Pero ¿cómo llegaré?

[NUÑO]:

Pues vuélvete.

MACÍAS:

No podré.
(Aparte.
¡Qué hermoso mármol conquisto!
Pero ¿por qué me resisto,
si a lo mismo me provoco?
Cuerdo temo y llego loco,
pero temer no es razón,
que quien pierde la ocasión
tiene la fortuna en poco.)
  Hermosa Clara, ocasión
de mis versos y mis penas,
vuelve esas luces serenas
a mi obscura confusión.
No pido más galardón
de amor tan desatinado
que saber que mi cuidado
halló lástima en tu pecho
para morir satisfecho
de que fue bien empleado.
  No quiero yo de ti más
de que digas (oye, advierte):
«Hombre, pésame de verte
en el estado en que estás».
Mira tú qué premio das
tan fácil a mi tormento.
Bien sabes tú que no intento
cosa que ofenda tu honor,
pues este fue de mi amor
el mayor atrevimiento.


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Porfiar hasta morir:107

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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

  Señora, señora, advierte...
(Sale TELLO al paño.)

TELLO:

¿Qué es esto que estoy mirando?

CLARA:

¿De qué sirve, porfiando,
dar ocasión a tu muerte?
(Vase.)

MACÍAS:

No fue mi intento ofenderte.
Leonor, Leonor.

LEONOR:

No hay Leonor.
(Vase.)

NUÑO:

Necio has andado, señor.

MACÍAS:

¿Cómo puede andar discreto,
aborrecido y sujeto
un hombre que tiene amor?


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


NUÑO:

  Entre esos árboles vi
a Tello como escondido.

MACÍAS:

Con el maestre ha venido,
que suele andar por aquí.
¿Si me vio?

NUÑO:

Pienso que sí.
Mas ven por aquí, señor.

MACÍAS:

A ver el coche es mejor.

NUÑO:

¿Eso dices?

MACÍAS:

Ya no esperes
mientras con vida me vieres
sino locuras de amor.
(Vanse los dos.)

TELLO:

  Ya es infame el sufrimiento
que pone el honor en duda.
(Saca la espada y sale el MAESTRE.)

MAESTRE:

¡Dónde!, ¿la espada desnuda?

TELLO:

Cortar un árbol intento.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MAESTRE:

  Pues ¿tú me engañas a mí,
y habiendo visto a Macías?

TELLO:

Yo te dije sus porfías
poniendo mi honor en ti,
  y su privanza, señor,
de mi honor te ha descuidado,
que si le hubieras hablado
no se atreviera a mi honor.
  Quise matarle, mirando
su atrevimiento.

MAESTRE:

Yo hablé
con Macías y pensé
que bastara, imaginando
  que era hombre de razón,
pero pues que no lo ha sido,
ni el haberle yo reñido
templa su necia afición,
  ven conmigo.

TELLO:

Presumí
que no le habías hablado.
Perdona.

MAESTRE:

Estoy enojado.

TELLO:

Mi remedio pongo en ti.

MAESTRE:

  Ya fue tu agravio pequeño
con el que hace a mi valor,
porque no merece amor
quien no obedece a su dueño.
(Vanse.)


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen MACÍAS y NUÑO.)
MACÍAS:

  ¿Vino el maestre?

NUÑO:

No sé.
La Condesa está esperando.

MACÍAS:

Y yo estoy desesperando
de que mi firmeza y fe
  quieran con tanta desdicha.

NUÑO:

Quien se puede divertir
y se ha dejado morir
no se queje de su dicha.

MACÍAS:

  ¿Cómo tendré sufrimiento
para el dolor de olvidar,
cuando lo quiera intentar?

NUÑO:

Poniendo el entendimiento
  en que esto ha de durar poco.

MACÍAS:

No podré tener paciencia
para vivir en su ausencia,
Nuño, sin volverme loco.


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NUÑO:

  A Júpiter se quejaron
las muelas del hombre un día,
diciendo a su señoría
los años que trabajaron
  desde la muela primera
mascando lo que comía
y que, por dolor de un día,
luego las echaban fuera.
  Don Júpiter le riñó
y él respondió: «¿Qué he de hacer,
si no dejan de doler?»
A quien luego replicó:
  «Hombre, sufre, pues te toca,
el dolor, que bien podrás,
que después te alegrarás
de ver tu muela en tu boca».
  Sufra, pues, tu voluntad
ese pequeño disgusto,
que después te dará gusto
gozar de tu libertad.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen PÁEZ y un ALCAIDE.)
PÁEZ:

  Macías.

MACÍAS:

¿Quién es?

PÁEZ:

Yo soy.

MACÍAS:

¿Qué quieres, Páez?

PÁEZ:

Advierte
que prenderte me han mandado.

MACÍAS:

¿Quién?

PÁEZ:

El maestre.

MACÍAS:

El maestre
es mi dueño y es mi jüez.
Páez, si él lo manda, puede.
¿Díjote la causa?

PÁEZ:

No.

MACÍAS:

Vamos.

PÁEZ:

El alcaide viene
a ponerte en esa torre.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALCAIDE:

No pienso yo que lo sientes
como yo.

MACÍAS:

No tengas pena,
don Pedro, que estos vaivenes
deben de ser de fortuna,
si la cabeza le duele.

NUÑO:

¿A ti en prisión?

MACÍAS:

Calla, Nuño,
que el criado inobediente
a lo que el dueño le manda
este castigo merece.
(Vanse.)


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(Salen TELLO y CLARA.)
TELLO:

  Cierto estoy de tu valor,
conozco tu honestidad,
pero tanta libertad
obliga a mirar mi honor.
No te den, Clara, temor
mis diligencias, a efeto
de haber tenido respeto
al maestre, que si fuera
de otra suerte yo me hubiera
vengado menos discreto.
  ¿Bueno es que sepa un marido
que sirven a su mujer
y que lo que puede ser
pueda poner en olvido?
El que su afrenta ha sabido
no es hombre, ni aun animal,
si consiente tanto mal,
pues en ocasiones tales
hacen muchos animales
venganza al agravio igual.
  Entre todas las naciones
tiene el español valor,
fundado todo su honor
en ajenas opiniones,
y en estas satisfaciones
que, en fin, de la honra son,
en que estriba su opinión,
aunque fundada en mujer,
veo que debe de ser
la más honrada nación.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CLARA:

  Tello, desdicha fue mía
que aqueste necio haya dado
en ser, sobre porfiado,
hombre de tanta osadía,
no porque en esta porfía
haya más atrevimiento
que decir su pensamiento
sin pretender esperanza.

TELLO:

Pues ¿qué espera quien alcanza
poner en prisión al viento?

CLARA:

  No más de la vanidad
de sus canciones de amor.

TELLO:

¿Y ha de estar siempre mi honor
sujeto a su libertad?
¿Quién ha visto voluntad
tan necia en hombre discreto?
Si es para solo el efeto
de escribir, ¿por qué ha de ser
el sujeto mi mujer?
¿Falta en el mundo sujeto?

CLARA:

  Como tú vivas de mí,
como merezco, seguro,
de la opinión que aventuro
quiero consolarme así.


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TELLO:

Tus dueños vienen aquí.
No te entienda la Condesa.

CLARA:

De lo que sabe me pesa,
pero ella sabe mi honor.
(Salen la CONDESA, el MAESTRE, FERNANDO y criados.)

CONDESA:

Bien sé que vuestro valor
le obliga a daros la empresa.
  ¿Cuándo será la partida?

MAESTRE:

Antes que venga la gente
de Castilla no hay qué intente.

CONDESA:

Vós la llevaréis lucida.
  A Tello no llevaréis,
que ya está Tello casado.

TELLO:

No dejo de ser soldado,
si no es que vós lo mandéis.

CONDESA:

  Llevad a Páez por Tello,
a Fernando o a Macías.

MAESTRE:

Téngole preso, que ha días
que tiene sobre el cabello
  la espada de cierto honor.


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TELLO:

Aparte a CLARA.
¡Vive Dios que no le prende
por mi honor, que le defiende
de mí por tenerle amor!

CLARA:

  No digas tal, por tu vida.

TELLO:

Clara, yo lo entiendo ya.

CONDESA:

¿Preso Macías está?

MAESTRE:

(Aparte a la CONDESA.
Mejor está defendida
  desta suerte su persona.)
Allí olvidará mejor.

FERNANDO:

Ya los músicos, señor,
han llegado de Archidona.
(Salen los músicos.)

MÚSICOS:

  A servirte nos envía
el alcaide.

MAESTRE:

Yo agradezco
así vuestra voluntad
como el gusto que me ha hecho.
¿Tenéis muchas cosas nuevas?


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MÚSICOS:

Romances, señor, tenemos,
y algunas letras.

MAESTRE:

Cantad
sin templar los instrumentos.

[MÚSICOS]:

 (Cantan.)
Dulce pensamiento mío,
si en una obscura prisión
el hierro es mi dulce gloria,
la tiniebla es claro sol.
Decidla a mi bella ingrata
cómo en la imaginación
tan presente la contemplo
cuando ausente della estoy.

MAESTRE:

No cantéis más, bueno está.
Vamos, señora, que quiero
hablar en nuestra jornada.
(Vanse todos y detiene TELLO a PÁEZ.)

TELLO:

Páez, Páez.

PÁEZ:

¿Llamas, Tello?

TELLO:

¿Eres mi amigo?


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PÁEZ:

Sí soy.

TELLO:

¿De los que son verdaderos,
o de los que son fingidos?

PÁEZ:

Verdad y amistad profeso.

TELLO:

Pues ¿qué has sentido de ver
que con tal atrevimiento
haga de mi honor Macías
romances, estando preso?
¿Los músicos de Archidona
envía a Córdoba el necio
para que los oiga Clara?

PÁEZ:

Lo que del maestre entiendo
es que le quiere muy bien.

TELLO:

Pues yo que lo entiendo y veo
que paga así mis servicios,
¿qué aguardo?

PÁEZ:

No te aconsejo
que te quejes, pues matarle
no puedes.


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TELLO:

¿Cómo no puedo?
Por la reja de la torre,
¡ay dél, Páez, si le acierto!,
le he de tirar una lanza.

PÁEZ:

No harás, Tello, que eres cuerdo,
y si te prende el maestre
que te quitase sospecho
la cabeza.

TELLO:

Noble soy.
No importa, mi honor defiendo.
(Vase y sale NUÑO.)

NUÑO:

Porque estaba Tello aquí
no entré a hablaros.

PÁEZ:

Mucho siento
de Macías la prisión.

NUÑO:

Que es de sentirla os prometo,
que este es un honrado hidalgo
que con amor tan honesto
ha querido a doña Clara,
que he visto a sus pensamientos
lo que sentía Platón
pintando a un amor perfeto.
No quiere más de querer.
Aqueste papel le llevo
al Rey.


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PÁEZ:

Querrá libertad.

NUÑO:

Esa pide en treinta versos.
(Ruido dentro. Sale el ALCAIDE con la espada desnuda tras TELLO DE MENDOZA, que se sale retirando.)

ALCAIDE:

Prendelde, y si no es posible,
matadle, soldados.

TELLO:

Creo,
si ya he vengado mi honor,
que estimo la muerte menos.
(Vase.)

PÁEZ:

¿Qué es esto, señor alcaide?

ALCAIDE:

Que ha muerto a Macías Tello
tirándole por la reja
una lanza.
(Vase.)
(Sale MACÍAS con un pedazo de lanza por el pecho y otros teniéndole.)

MACÍAS:

¡Ay cielo, hoy muero!

NUÑO:

  Señor, ¿qué es esto?


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACÍAS:

No sé,
Nuño; solamente puedo
decirte que ya tu miedo
verdad en mi muerte fue.
Quise bien, canté, lloré,
escribí y el escribir,
amar, llorar y sentir,
y cuanto he escrito y sentido
y llorado, todo ha sido
porfiar hasta morir.
  ¡Ay, Clara, que me has costado
la vida! Que no tenía
más que te dar si te había
todas mis potencias dado.
Honestamente te he amado,
que tú lo puedes decir,
pero de amar y servir
justo galardón me alcanza,
pues quise sin esperanza
porfiar hasta morir.
  Di al maestre, mi señor,
que a Tello perdono aquí,
pues yo la ocasión le di
y él ha guardado su honor.
Cielos, perdonad mi error;
pensé que un casto servir
se pudiera permitir.


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen el MAESTRE, la CONDESA, CLARA y LEONOR, el ALCAIDE, y todos.)
MAESTRE:

¿Muerto?

ALCAIDE:

Mira el desengaño.

MACÍAS:

Sí, señor, que fue mi daño
porfiar hasta morir.
(Muere.)

CONDESA:

  ¡Caso estraño!

MAESTRE:

¡Lastimoso!
¡Que no prendiesen a Tello!

ALCAIDE:

No fue posible, señor;
amigos le defendieron.

CLARA:

Leonor, ¿quién ha de mirar
tanto dolor?

LEONOR:

El que tengo
muestran mis ojos.

CLARA:

¿Qué hará
quien fue la causa?


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Porfiar hasta morir Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MAESTRE:

Está cierto,
Macías, de tu venganza.
Vive el cielo que si puedo
he de poner su cabeza
por pies de tu honroso entierro
y, por memoria de amor
tan verdadero y honesto,
en un sepulcro famoso
honrar y poner tu cuerpo,
con unas letras doradas
que digan en mármol terso:
«Aquí yace el mismo amor».

NUÑO:

Y aquí, senado discreto,
Porfiar hasta morir
dio fin a servicio vuestro.

Fin01.jpg


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