Quien todo lo quiere (Versión para imprimir)

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Elenco
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Quien todo lo quiere Félix Lope de Vega y Carpio


Quien todo lo quiere

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



Personas
Don Juan
Don Fernando


Don Pedro
Fabio
Fabricio


Bernal, gracioso
Doña Ana
Otavia


Celia
Leonardo
Ginés


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Acto I
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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen DON FERNANDO y DON JUAN, y BERNAL, gracioso.
DON FERNANDO:

  Vos no queréis darme a mí
parte de vuestra tristeza,
y yo a vos con más fineza,
don Juan, os la doy ansí.
  Traté casar a mi hermana
fuera de Madrid, con quien
estaba a los dos tan bien,
que, sin arrogancia vana,
  no hay hombre más bien nacido
ni más rico en igualdad
de mi hacienda y calidad;
y al partir, que hoy ha partido,
  le prendieron, porque ha dado
palabra a cierta mujer,
que aunque niega, puede ser,
que en su honor esté culpado.
  Veis aquí, pues, la ocasión
de mi tristeza, que os muestra,
cuando negáis de la vuestra
a mi amistad la razón,
  la causa de mis enojos,
y que la tendré bastante
para que de aquí adelante,
aunque viese en vuestros ojos
  escrito cualquier pesar,
no me atreveré a enfadaros.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Por querer desengañaros
también os quise escuchar.
  Bien sabéis la diferencia
que hay de la melancolía
a la tristeza; la mía
tiene esa misma licencia.
  Que como es enfermedad
que nace de algún humor,
manda en mí con más rigor
que mi propia voluntad.
  Veis aquí como no estoy
en lo que decís culpado;
del casamiento tratado
mil parabienes hoy doy.
  Que no será la prisión
tan fuerte como pensáis,
si en los engaños miráis,
que tan ordinarios son.
  Si fue alguna voluntad,
sin culpa es justo que sea.

DON FERNANDO:

Lo que serviros desea
mi fe, mi amor y amistad,
  habéis, don Juan, conocido.
Dios os guarde.


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DON JUAN:

¿De esa suerte
os vais?

DON FERNANDO:

Quien mi enojo advierte
y me desprecia ofendido,
  ¿qué es lo que quiere de mí?

DON JUAN:

Oídme.

DON FERNANDO:

Dejadme.
(Vase.)

DON JUAN:

El cielo
me falte.

BERNAL:

Fuese, y recelo
que labró de jaspe en ti
  el alma, con que gobiernas
esa dura condición,
y rebelde corazón
a tantas palabras tiernas.

DON JUAN:

  ¿Qué le tengo de decir
de mis tristezas, Bernal,
si no hay causa?

BERNAL:

¿Hay cosa igual?
Mas, ¿qué quieres encubrir
  lo que es más claro que el día?


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

A Fernando dije yo
la verdad.

BERNAL:

La verdad, no.

DON JUAN:

Luego, ¿no es melancolía?

BERNAL:

  Tu misma difinición
te contradice, pues tienes
causa de que a estarlo vienes,
y entonces tristezas son.

DON JUAN:

  Pintó un sabio a los criados
con dos alas en los pies,
y sin lengua.

BERNAL:

Justo es
ser ligeros y callados.
  Pero otro sabio pintó
los amos con cuatro manos,
y sin ojos.

DON JUAN:

Cuentos vanos.

BERNAL:

Antes muy bien lo pensó.
  Muchas manos obligados
para dar han de tener;
ojos no, para no ver
las faltas de los criados.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen DOÑA ANA y CELIA.)
DOÑA ANA:

  Señor don Juan.

DON JUAN:

¿Quién es?

DOÑA ANA:

Yo,
que a todo lo que ha tratado
mi hermano con vos, he estado
atenta y triste, y me dio
mayor pena que llevó.

DON JUAN:

Señora, mi voluntad
no ha ofendido su amistad;
que aunque dicen que el discreto
se conoce en el secreto,
fuera en mi amor deslealtad.

DOÑA ANA:

  Esta vez habéis de ser
necio por mí, pues le han dado
este nombre al que ha fiado
su secreto de mujer.
Lo que no alcanzó a saber
aquí, Fernando, de vos
me habéis de decir.

DON JUAN:

Por Dios,
que es resolución notable.


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DOÑA ANA:

Hablad, ¿qué dudáis?

DON JUAN:

¿Que hable?

DOÑA ANA:

Sepamos lo que es los dos;
  que puesto que soy mujer,
sabré serviros mejor
que mi hermano.

DON JUAN:

Ese es rigor.

DOÑA ANA:

No hay rigor, esto ha de ser.

BERNAL:

Bien te puedes atrever,
que tanta resolución
no ha sido sin ocasión.


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DON JUAN:

Pues, señora, estad atenta,
que quien lo que vos intenta,
debe de tener razón.
  Tiene, Madrid, ya corte de hermosuras,
como de reyes, una dama hermosa,
por quien las voluntades más seguras
amor condena a cárcel rigurosa;
sale una luz de sus estrellas puras,
norte de un cielo, que de nieve y rosa
formó su Autor, que abrasa a quien la mira,
por quien de mil amores flechas tira.
  Todas las gracias por estar en ella,
parece que le dan atropelladas,
cual vemos de una fuente clara y bella
surtir al aire por las encontradas;
mas cuanto de su luz, su ingenio, y della
del tuyo pueden ser consideradas;
destruye con terribles condiciones
fundada en arrogantes opiniones.
  Hablarte en coches, galas, y criadas
servirse a lo divino de rodillas,
sentarse en una calle de almohadas,
eterno verdugado, y lechuguillas,
las paredes en ámbar engastadas,
huir el aire de sufrir pastillas
a los campos, por verse entre las flores,
que olores naturales son mejores.


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DON JUAN:

  Es contar a la mar menuda arena,
ni menos ver la gran bachillería
con que abona los versos, y condena
la música, destreza, y valentía:
con esto crece mi amorosa pena,
siendo imposible a la pobreza mía
acudir a sus cosas, que la adoro,
y la quisiera dar montañas de oro.
  Anoche dio en loar cierto vestido
que vio a una dama, y yo con mil colores,
no le ofrecí, porque en nobleza he sido
dichoso, no en dineros, ni en amores;
con estos pensamientos no he dormido
Juanelo de artificios de mayores
ruedas de mi confuso entendimiento,
tal es de mi tristeza el fundamento.


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DOÑA ANA:

  Mucha honra me habéis hecho
en haberme confiado
la causa deste cuidado.

DON JUAN:

Si os abriera todo el pecho
  no viérades más en él,
que por esta relación.

DOÑA ANA:

Ya me corre obligación
no solo de ser fiel
  en guardaros el secreto,
mas de ayudaros a todo.

DON JUAN:

Pues, ¿vos a mí? ¿De qué modo?
{{Pt|DOÑA ANA:|
Por cierto estraño sujeto
  para un hombre como vos.

DON JUAN:

Amé, sin saber que amaba.

DOÑA ANA:

La hermosura os disculpaba.

DON JUAN:

Esa es notable por Dios.

DOÑA ANA:

  No sé yo por qué rodeo
os pudiera preguntar,
si es materia de casar,
o algún amoroso empleo.


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DON JUAN:

  Ya me lo habéis preguntado,
y creed que en la verdad
de su limpia honestidad
aun la envidia no ha tocado.
  Mas con gustos tan injustos
como hay en esta mujer,
casado podría tener
más pesadumbres que gustos.
  Porque casada una destas,
que en dama bizarra toca,
mata a un marido por loca,
como otras por deshonestas.
  Y aunque hay mil que a sus maridos
nunca intentan ofender,
es gran desdicha tener
la deshonra en los vestidos.

DOÑA ANA:

  Vos habláis como discreto.
Comprad, don Juan, esa gala,
y perdonad, que no iguala
a la intención el efeto.
  Bien valen estos diamantes
quinientos escudos.

DON JUAN:

Fuera
locura, que yo quisiera
tomar prendas semejantes
  para lo que ya sabéis.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DOÑA ANA:

¿No sois, don Juan, caballero?

DON JUAN:

Sí.

DOÑA ANA:

Pues prestároslos quiero,
que vos me los volveréis.

DON JUAN:

  Con condición, que en teniendo
el dinero os le traeré
con ganancia.

DOÑA ANA:

Eso no sé,
que es oficio que no entiendo,
  aunque en Madrid tan usado:
id con Dios, no me halle aquí
don Fernando.

DON JUAN:

Siempre fui
dichoso en ser desdichado.

BERNAL:

  ¿Qué es esto?

DON JUAN:

Pues, ¿selo yo?

BERNAL:

¿No fuera mejor querer
esta divina mujer?


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DON JUAN:

No, Bernal.

BERNAL:

Pues, ¿por qué no?

DON JUAN:

  Porque la tiene casada
Fernando, y yo soy su amigo.

BERNAL:

Ya no hay amigos.

DON JUAN:

Yo sigo
la ley de amistad honrada,
  aunque pierda mi remedio;
soy pobre, hacer no es razón
a su hermano esta traición.

BERNAL:

Si hay mujeres de por medio,
  puesto que a tus pensamientos
con verdad me persuades,
yo he visto pocas lealtades,
y muchos atrevimientos.
(Vanse.)

CELIA:

  Triste estás.

DOÑA ANA:

Estoy sin mí.

CELIA:

Dél no te puedes quejar.


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DOÑA ANA:

Y haré bien, por dar lugar
para quejarme de mí.

CELIA:

  Si no sabe que le quieres,
no tiene culpa.

DOÑA ANA:

Es verdad,
amor es enfermedad,
y locura en las mujeres.
  Que mal hace la mujer,
que de sus ojos se fía,
de un día, tras otro día,
y de un ver, tras otro ver.

CELIA:

  Pues, ¿cómo no te ha querido
don Juan, estando obligado?

DOÑA ANA:

Porque estaba enamorado,
y es hombre, y hombre entendido.
  Y yo digo que en mujer
el trato enamora y mata,
que lo que mucho se trata,
mucho se viene a querer.

CELIA:

  Casaraste, y tu marido
será el remedio mejor,
para quitarte el amor.


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(Sale DON FERNANDO.)
DON FERNANDO:

Vengo enojado y corrido.

DOÑA ANA:

  ¿Es don Fernando?

DON FERNANDO:

Yo soy.

DOÑA ANA:

¿De qué tan triste?

DON FERNANDO:

De ver,
que ya tenga otra mujer
el marido que te doy.

DOÑA ANA:

  ¿Perdió el pleito?

DON FERNANDO:

No, mas creo,
que si es noble la que pide,
para mucho tiempo impide
tu remedio, y mi deseo.

DOÑA ANA:

  ¿No hay remedio para mí
fuera de ese caballero?

DON FERNANDO:

Fue lo que traté primero,
y lo mejor para ti.

DOÑA ANA:

  Caballeros hay honrados,
Madrid está llena dellos.


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DON FERNANDO:

¿Tengo de andarme tras ellos
con tu dote y mis cuidados,
  informándome de quién
no juega, ni tiene amor?

DOÑA ANA:

¿Y casareme mejor
sin saber con quién también?
  Que puede salir después
un majadero cansado;
¿piensas que tomar estado
comprar tus caballos es?
  ¿Que si uno no es a tu gusto,
engañas a otro con él?
¿Podré deshacerme dél
si es caballo a mi disgusto?

DON FERNANDO:

  Pluguiera a Dios que se usara,
que como suele tener
mil coches para vender
puerta de Guadalajara,
  con dos cédulas, que entiende
el lector más ignorante,
una atrás, otra adelante,
que dicen: Este se vende.
  Que a la mujer que en su casa
ya puede ser de provecho,
la pusieran en el pecho
y en la espalda: Esta se casa.


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DOÑA ANA:

  Ahora sí que al marido
das oficio de tirar,
si la carga del casar
en coche la has convertido.

DON FERNANDO:

  No digo mal, pues ya tiene
tantos coches como casas
Madrid; mas pues no te casas,
ni tu desposado viene,
  aplícate a un monasterio.

DOÑA ANA:

¿Seglar o monja?

DON FERNANDO:

Seglar,
que aún no me atrevo a pensar
que tenga en tu gusto imperio.

DOÑA ANA:

  Encomendarelo a Dios.

DON FERNANDO:

¿Burlas conmigo? ¿A qué efeto?

DOÑA ANA:

No burlas, que eres discreto,
y un alma somos los dos.


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(Vanse, y salen OTAVIA, dama, DON PEDRO, LEONARDO y FABIO, caballeros.)
OTAVIA:

  Es muy gallardo el soneto.

DON PEDRO:

Si para vos se escribiera,
y fuera mucho mejor,
si vuestra rara belleza
le hubiera dado el sujeto.

OTAVIA:

Ya confieso que me pesa
de haberos dado ocasión
para darme celos.

LEONARDO:

Llevan
los versos un grande estilo
estranjero a nuestra lengua;
juzgue quien sabe.

DON PEDRO:

Está bien;
¿qué os pareció la tragedia?

OTAVIA:

Aquel Píramo, a mi gusto,
pudiera mover las piedras;
¡qué amorosos pensamientos,
qué canciones, qué excelencias
de ornamentos de palabras!


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FABIO:

¿Quién hay que ahora se atreva
a escribirlas en España?

OTAVIA:

Muchos, Fabio, con su pena;
mas yo sé muy bien que todos
dar en el blanco desean.

DON PEDRO:

En eso a todas las artes
se aventajan los poetas:
si muere un enfermo, nunca
con el médico le entierran:
si pierde el pleito el letrado,
el dueño pierde la hacienda.
¿Qué labrador ha buscado
al astrólogo que yerra,
aunque por los almanaques
sembrase dos mil hanegas?
¿Qué cosmógrafo castigan
porque diga, que la Persia
cae doce leguas de Flandes,
y diez y nueve de Illescas?
Pero un poeta que escribe
comedias, tanto desea
agradar a quien las oye,
que es lástima, y aun vergüenza
no perdonalle, si al blanco
tal vez no acierta la flecha.


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OTAVIA:

Dice don Pedro muy bien.

DON PEDRO:

Cuando las comedias vengan
de año a año como flora,
pase a tal, darles carena.
Pero a quien da cada día
partos del ingenio...

OTAVIA:

Espera,
que tampoco a esos, ni a esotros
les vamos a sacar prendas.
No pongáis límite al gusto,
que ya en la Corte se huelgan
más con las comedias malas,
que con las que salen buenas.
En las malas hablan todos,
silban, gritan, y aun las dueñas
con su poquito de llave
se meten a ser discretas.
Pero esta conversación
no lo parece.

FABIO:

Pues venga
el soneto.

OTAVIA:

Ni el soneto,
porque ya don Pedro piensa
que es de materia celosa.


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LEONARDO:

¿Qué quieres que te entretenga?

OTAVIA:

El que dijere mejor
una cosa a que parezcan
los celos, que no esté dicha,
tiene esta cinta por prenda.

LEONARDO:

Yo digo que son los celos
arte de amar.

OTAVIA:

Eso prueba.

LEONARDO:

Porque lo que enseña amor
en dos mil años lo enseña,
y los celos en un hora.

OTAVIA:

Buena aplicación.

LEONARDO:

Es nueva.

FABIO:

Yo digo que son un rayo,
que con violencia penetra,
pues abrasa el corazón
sin lastimar la corteza.

OTAVIA:

¿Cómo?


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FABIO:

Veréis un celoso
picado de la sospecha,
que por de fuera se ríe,
y por de dentro se quema.

OTAVIA:

Dices bien. Don Pedro diga.

DON PEDRO:

Don Pedro callar quisiera,
que solo de hablar en celos
desmaya el alma y la lengua.
Yo digo que celos son
una fábula, o emblema,
de aquel ciego que llevaba
el manco y tullido a cuestas.
El ciego es amor.

OTAVIA:

¡Qué bien!

DON PEDRO:

A cuestas los celos lleva,
porque los sufre, y los celos
el camino a amor enseñan.

OTAVIA:

Tuya es la cinta. Le perdimos.
(Sale GINÉS, vejete.)

GINÉS:

Vuesarced oiga unas nuevas.


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OTAVIA:

¿Cómo?

GINÉS:

Hizo amor un milagro.

OTAVIA:

Es dios; el milagro cuenta.

GINÉS:

Don Juan.

OTAVIA:

¿Qué don Juan? Decid.

GINÉS:

¿Ya vuesarced no se acuerda
de aquel pobre caballero
que el otro día en la iglesia
le bebió dos dedos de agua
a la pila? Porque en ella
metió vuesarced un dedo,
y sanced dijo: ¿pudiera
en una taza del Prado
hacerse mayor fineza?

OTAVIA:

Sí, sí, don Juan, aquel pobre,
que nuestra calle pasea,
y ha venido acá dos noches
con su poquito de felpa,
zapatos blancos, valona,
de Flandes, pajizas medias,
y por ligas dos antojos,
de caballo en dos rosetas.


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GINÉS:

El mismo.

OTAVIA:

Cuenta el milagro.

GINÉS:

Una famosa cadena
envía, y para un vestido
diez y seis varas de tela,
con excelentes recados.

OTAVIA:

¿Aquel? Mirad bien las señas;
si se ha hallado algún tesoro.

GINÉS:

En este lugar pasean
muchos sin ser de la llave,
que tienen llave maestra.

OTAVIA:

Miedo me ponéis, decid
que entre, que en su gentileza
se ve bien que es hombre noble.

GINÉS:

Ya la ablanda la manteca.
(Sale BERNAL.)

BERNAL:

  Don Juan mi señor, señora...

GINÉS:

No tiene el mozo mal arte.


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BERNAL:

... me mandó, que de su parte
venga a besaros agora
  las uñas de pies y manos.

GINÉS:

¿Es mi señora por dicha
cernícalo?

OTAVIA:

¡Qué desdicha
esta destos cortesanos!

BERNAL:

  ¿Cuál es humildad mayor?
¿Besar todo un pie, o no más
de una uña?

OTAVIA:

Tú sabrás
amigo lo que es mejor.

BERNAL:

  Besad a las uñas, pues.

GINÉS:

¿Otra vez?

OTAVIA:

Dejalde ya.

BERNAL:

Que por humildad está
siempre a vuestros pies.


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GINÉS:

¿Más pies?

BERNAL:

  Dice, que os oyó alabar
cierta tela, y la compró,
que por ventura la halló
acabada de llegar
  en cas de su mercader.

GINÉS:

¿Mercader tiene?

BERNAL:

¿No son
de todos?

GINÉS:

Buena razón.

BERNAL:

Pues, ¿qué mejor puede ser?
  El rey, ¿no es mi rey?

GINÉS:

Muy bien.

BERNAL:

Pues así como yo quiera
un mercader, sea cualquiera,
es mi mercader también.
  Y a vuesa merced suplico,
que se vaya el escudero,
que es un poco palabrero,
y me da enfado su pico.
  Allí fuera está un criado
con la tela, y para hechura
del vestido.


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GINÉS:

¡Qué locura!

BERNAL:

Señora, yo estoy turbado.
  Váyase, o ireme yo.

GINÉS:

Yo me iré.

BERNAL:

Aquesta cadena.

GINÉS:

¿Es fina?

BERNAL:

¿Volvió? Y tan buena,
que en veinte y cuatro tocó.

GINÉS:

  ¿De Córdoba o de Sevilla?

BERNAL:

Del diablo.

GINÉS:

Muestre el olor,
bien hace.

OTAVIA:

¿Vuestro señor
es de aquí o es de Castilla?

BERNAL:

  Es montañés, y Acevedo.

GINÉS:

Muy rico debe de ser.


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BERNAL:

Largo tiene de comer;
esto aseguraros puedo.

OTAVIA:

  ¿Cómo?

BERNAL:

No puede alcanzallo.

OTAVIA:

¿Eso es largo?

BERNAL:

Pues, ¿qué más?

OTAVIA:

Ahora bien, allá dirás
lo que agradecida callo.
  Entrega la tela, pues,
que yo tomo la cadena.
(Vase BERNAL.)
Pues bien, ¿de qué es tanta pena?}}

DON PEDRO:

¿De qué? ¿Pues tú no lo ves?

OTAVIA:

  Esta cadena me envía
un necio de mis amantes,
tómala tú para guantes,
si te enfada, por no mía.

DON PEDRO:

  Déjame.


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OTAVIA:

Póntela aquí,
porque lleves ahorcados
mis celos.

DON PEDRO:

De mis cuidados,
(Pónesela.)
¿piensas olvidarme ansí?
  Yo te la quiero feriar
por otra de cien diamantes.

OTAVIA:

Buen cambio.

DON PEDRO:

Nunca te espantes
de ver a un celoso dar.
  Vamos, señores, de aquí.

LEONARDO:

¿No vais con gusto?

DON PEDRO:

Sí estoy.
(Vanse, y salen BERNAL y GINÉS.)

BERNAL:

Sin la cadena me voy.

GINÉS:

¿De eso qué se me da a mí?

BERNAL:

  ¿Mandáis algo?


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OTAVIA:

Dios os guarde.

BERNAL:

¡Estremada sequedad!

GINÉS:

A donde no hay voluntad,
no hay término que se guarde.
  Mi ama ha puesto los ojos
en don Pedro.

BERNAL:

¿Y no es mejor
mi amo?

GINÉS:

No es por amor,
que no la mueven antojos,
  sino por su gran riqueza,
que le querría pescar
por marido.

BERNAL:

¿Y puede hallar
tal ingenio, tal nobleza?

GINÉS:

  Hermano, todo eso es viento,
fundado en hombre tan pobre,
por más gracia que le sobre,
nobleza, y entendimiento;
  quiere Otavia coche, y dueñas,
escuderos, y criadas.


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BERNAL:

Locuras son, aunque honradas,
y que muestran por las señas,
  que aquella rara hermosura
rige un alma desigual.

GINÉS:

Ella es mujer principal,
y esta vanidad procura.
  Y yo, que nací también
de nobles padres, Bernal,
siempre aborrezco hacer mal,
y siempre intento hacer bien.
  Por aquesto os desengaño,
para que al señor don Juan
digáis, que estas cosas van
en aumento de su daño.
  Que no gaste lo que puede
en vos y en sí, que le tengo
lástima.

BERNAL:

A buen puerto vengo,
para que pagado quede
  mi dueño de tanto amor.

GINÉS:

Yo os he dicho la verdad.


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BERNAL:

Viniera aquesta piedad
dos horas antes mejor;
  pero dados los regalos,
dicen cortesanos viejos,
que es como darle consejos
a quien han dado de palos.
  ¿No le podríais pedir,
siquiera aquella cadena?

GINÉS:

Ya sirve a prisión ajena.

BERNAL:

¿Qué es lo que queréis decir?

GINÉS:

  Que a don Pedro se la dio,
y que al cuello se la puso.

BERNAL:

De oíros estoy confuso.

GINÉS:

Adiós, que hago falta yo.
(Vase.)

BERNAL:

  ¿Que esto intente? ¿Que esto siga?
Salir quiero desta casa,
y saber; pero allí pasa,
bien será que se lo diga.
  Ah señor, señor.


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(Sale DON JUAN.)
DON JUAN:

Ya espero
tus voces; ¿qué haces aquí?
¿Diste aquello?

BERNAL:

Señor, sí.

DON JUAN:

Y, ¿qué dijo?

BERNAL:

Al escudero
  remitió tu memorial.

DON JUAN:

¿Qué dices?

BERNAL:

Y él me ha contado,
que todo lo que le has dado
lo has empleado muy mal.

DON JUAN:

  ¿Por qué?

BERNAL:

Porque esta mujer
a un cierto don Pedro adora,
de quien quiere serlo ahora,
y con tan mal proceder,
  que tu cadena le dio,
y la lleva al cuello puesta.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

¿Dasme veneno o respuesta?

BERNAL:

Esto el viejo me contó,
  y dice, que de piedad,
de imaginar tu pobreza;
ya le dije tu nobleza,
tu sangre, y tu calidad,
  mas su desvanecimiento,
coches, dueñas, y crïadas,
no mira en almas honradas,
ni estima tu entendimiento.

DON JUAN:

  ¿Quejareme aquí de mí?
Sí, pues la culpa he tenido,
que habiéndola conocido,
el alma, Bernal, la di.
¿Que traten a un hombre ansí?
Locuras, de quien ayer,
si no me mostró querer,
no me mostró despreciar;
mas, ¿qué se puede esperar
de una mujer tan mujer?
  No me pesa del empleo
destas joyas, que en fin son
dinero, aunque en ocasión,
que como sabes, me veo
despreciar mi buen deseo:
siento, y que de mi cadena,
si por pobre me condena,
doré el alma a sus cuidados,
que es darme celos dorados
nueva manera de pena.


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DON JUAN:

  Pobre soy, señora Otavia,
pero soy tan bien nacido,
que bastaba mi apellido,
si como hermosa sois sabia.
Vuestro término se agravia
dando lo que os dan así;
pero yo la causa fui,
castigo del cielo fue,
pues a un serafín quité
lo que a un demonio le di.

BERNAL:

  Quedo, señor, ¡vive Dios!,
que es don Pedro el que pasea.

DON JUAN:

De vista le conocía.

BERNAL:

¿Qué quieres hacer?

DON JUAN:

Que sepa,
que soy don Juan de Acevedo.


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(Salen DON PEDRO y LEONARDO.)
DON PEDRO:

Pienso que casarse intenta,
y aunque es mujer principal,
su vanidad y soberbia
me desagradan, Leonardo.

DON JUAN:

Vuesa merced dé licencia
que le diga dos palabras.

DON PEDRO:

Aquí Leonardo me espera.

DON JUAN:

¿Conóceme?

DON PEDRO:

Sí, de vista.

DON JUAN:

¿No sabe quién soy?

DON PEDRO:

Quisiera,
porque estimo a quien conozco.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Puesto que ignorancia sea
informarle de mis partes,
pues no le va nada en ellas,
soy un caballero honrado,
es la Montaña mi tierra,
vine a pleitos a la corte,
vi cierta dama una fiesta
en la Merced, que me hizo
más de la que yo quisiera.
Oíle alabar un día
la novedad de una tela,
enviésela galán,
y necio decir pudiera.
Y porque para la hechura
a persona de sus prendas
no era bien darle dineros,
compré esa misma cadena.
Supe que a vuesa merced
se la dio; no sé si crea
que fue liviandad de entrambos,
pero porque no lo sea,
vuesa merced me la dé.


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DON PEDRO:

Escusadas estuvieran
algunas de esas palabras
no usadas en esta tierra,
donde también hay hidalgos.
Pero porque no parezca
que no habemos aprendido
con qué término se deba
responder, a quien lo es tanto,
los que nos preciamos della,
la cadena volveré
a quien me dio la cadena,
que a vuesa merced no es justo;
y pidiéndosela a ella
la tendrá vuesa merced.

DON JUAN:

No quiero que se la vuelva
cuando me la puede dar,
y yo tan presto tenerla.

DON PEDRO:

¿Luego quitármela tengo?

DON JUAN:

Digo yo que será fuerza.

DON PEDRO:

Al espejo de su rostro
me la puse, está bien puesta,
y sin él no acertaré.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

Pues para que espejo tenga,
mírese en aquesta espada.

DON PEDRO:

¿Para qué si tengo aquesta?

BERNAL:

Oh perros, ¿a mi señor?

LEONARDO:

Ánimo, don Pedro, y mueran.

DON JUAN:

Menos palabras, villanos.
(Retíralos.)

DON PEDRO:

¡Ay!

BERNAL:

¿De eso poco se queja?

DON JUAN:

Quedo, Bernal, que sospecho,
que ha menester la cadena
para curarse la herida.

BERNAL:

Cayó, la gente se llega.

DON JUAN:

Hecha por aquí, Bernal,
que por Otavia me pesa.

BERNAL:

¿No has reñido con razón?

DON JUAN:

Sí.

BERNAL:

Pues camina, y no temas.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Vanse, y salen CELIA y DOÑA ANA.)
DOÑA ANA:

  Mi mal por puntos crece.

CELIA:

Jamás he visto amor sin esperanza.

DOÑA ANA:

Alguna luz ofrece
esperar de los males la mudanza;
que nadie desconfía
sin esperar algún dichoso día.
  Puesta la soga al cuello
sustenta la esperanza al condenado,
y erizado el cabello
mira si tiene algún amigo al lado,
si se quiebra, o se enreda,
o pasa el rey, donde mirarle pueda.
  Así yo estoy agora
pensando que podrá morirse Otavia,
a quien don Juan adora,
o que no la querrá, si ella le agravia:
que nadie fue tan loco,
que si padece mucho, espere poco.


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(Salen DON JUAN y BERNAL.)
DON JUAN:

  Pregunta si está en casa.

BERNAL:

Doña Ana nos ha visto.

DON JUAN:

Pues entremos,
y sepa lo que pasa,
que así con el peligro cumpliremos.

DOÑA ANA:

Señor don Juan, ¿qué es esto?
¿Cómo tan alterado y descompuesto?

DON JUAN:

  Llegué, señora mía,
después de dar aquel presente a Otavia,
como quien presumía
que era vanagloriosa, pero sabia,
y hallo que mi presente
en otro amor me trata como ausente.
  Llegó a don Pedro, un mozo
destos, a quien ilustra la riqueza,
que con aplauso y gozo
triunfaba de mi amor y mi pobreza;
hablele, respondiome,
sacó la espada, herile y conociome.
  Es fuerza que me ausente,
señora. Esto decid a don Fernando.

DOÑA ANA:

Mi hermano está presente.


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(Sale DON FERNANDO.)
DON FERNANDO:

Por todo este lugar os voy buscando.

DON JUAN:

¿Sabéis lo que ha pasado?

DON FERNANDO:

Todo como pasó me lo han contado.
  No escusáis ausentaros
por deudas, por justicia, aunque no puedo
dejar de confesaros
que está bien hecho, y que contento quedo,
porque sepan los hombres
que no están las riquezas en los nombres.
  Vos no tendréis dineros,
voy a sacarlos.

DON JUAN:

No sé qué os responda.

DOÑA ANA:

Yo sé qué responderos,
pues es mejor que aquí don Juan se esconda.

DON FERNANDO:

De ninguna manera,
que mejor se negocia desde afuera.

DON JUAN:

  En Nápoles la bella
vive un regente, de mi padre hermano.
Si voy, Fernando, a ella,
como a sobrino me dará la mano,
y es rico de manera,
que ha de favorecerme, aunque no quiera.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON FERNANDO:

  El gran duque de Osuna
rige aquel reino agora; si el de Uceda
os diese carta alguna,
no tiene el mundo quien honraros pueda
como este generoso
príncipe en tierra y mar siempre dichoso.

DON JUAN:

  ¿Tenéis con su Excelencia
del de Uceda, Fernando, quien le obligue?

DON FERNANDO:

Y asiste a su presencia,
y donde quiere le acompaña y sigue;
a la carta me ofrezco.

DON JUAN:

Pues no quiero más bien, si la merezco.

DON FERNANDO:

  Ven, hermana, y contemos
este dinero.

DOÑA ANA:

¡Que aún no puedo hablalle!
(Vase.)

DON JUAN:

Seguros estaremos.

BERNAL:

Haz que cierren las puertas de la calle.

DON FERNANDO:

Todo estará cerrado,
No hay cosa que te pueda dar cuidado.
(Vase.)


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DON JUAN:

  Estraños sucesos míos;
mas, ¿por cuál hombre pasaran,
que no fuera yo? ¿Qué haré,
confuso en desdichas tantas?

BERNAL:

Paréceme, que de aquí
se fue llorando doña Ana.

DON JUAN:

Yo la vi llorando perlas
de la manera que el alba
asoma los tiernos ojos
por las celestes ventanas
ensartando puro aljófar
en las azules pestañas
con que se abren los pimpollos
de las azucenas blancas,
de las rojas maravillas,
y de las rosas de nácar.
¡Ay, Dios!, ¿si mi ausencia siente?

BERNAL:

No dudes cosa tan clara;
mas no quieres entender,
porque sabes que no pagas.

DON JUAN:

No puedo, Bernal, no puedo,
que tengo cautiva el alma:
tanto más a Otavia quiero,
cuanto más sé que me agravia.
Porque como amor es niño,
donde le castigan ama,
que aunque quiere a quien le besa,
más quiere a quien mal le trata.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Sale CELIA con una bolsa y caja.)
CELIA:

Don Fernando, mi señor,
vuestro amigo, que esto basta,
me dio esta bolsa de escudos;
y mi señora, esa caja,
sin que él la viese, en que van
sus joyas.

DON JUAN:

¿Cómo?

CELIA:

Estimaldas,
que es lo mejor de su dote,
y que me dijo turbada,
con temor de Don Fernando:
«Celia, di que no se parta
sin que yo le vuelva a ver».

DON JUAN:

Celia, la congoja es tanta
del peligro en que me veo,
que aun la respuesta me ataja.
Los dineros de Fernando
tomo a cambio de dos almas,
no las joyas, que no es justo,
de mi señora doña Ana.
Y di que las que tomé
tendrán su debida paga,
si Dios quisiere, algún día;
y que condición hidalga
nunca, sin pagar la una,
tomó dos cosas prestadas.
Vete con Dios, Celia, y di,
que fuera loca arrogancia
verla un hombre que a otra adora.


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Quien todo lo quiere Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CELIA:

Pues, ¿qué importa, si ella os ama?

DON JUAN:

Celia, no más, que Fernando
de no la querer es causa:
él la casa con su igual,
es mi amigo, y es su hermana.

CELIA:

A esto vine, perdonadme.
(Vase.)

DON JUAN:

Tan dichosa el cielo os haga
como yo soy desdichado.

BERNAL:

¿Por qué dejaste caja?

DON JUAN:

Porque soy, Bernal, quien soy,
que de una mujer honrada
una obligación tras otra
podrán engañarme el alma.
Vamos a Italia, Bernal.

BERNAL:

En fin, ¿nos vamos a Italia?

DON JUAN:

¡Adiós, España querida!

BERNAL:

¡Adiós, fregonas de España!


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Acto II
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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen DON JUAN y BERNAL de camino.
DON JUAN:

  Belleza Nápoles tiene.

BERNAL:

No hay duda, sino que admira
a quien la contempla y mira,
señor, si con gusto viene.
  Pero si verdad te digo,
aquel Madrid...

DON JUAN:

Calla loco,
déjame olvidar un poco
del mal que traigo conmigo.

BERNAL:

  ¿Ni la tierra, ni la mar
te olviden desta mujer?

DON JUAN:

Lo que yo no puedo hacer
no lo quieras tú intentar.

BERNAL:

  Allá un poeta español
dijo que el mejor vencer
al amor era querer,
y esto es más claro que el sol.
  Porque si el que quiso, quiere
no querer, vencer podrá;
pero, ¿cómo olvidará
mientras más amor adquiere?


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

  No quiero en Otavia yo
la condición desigual,
que fuera quererla mal,
pues tanto mal me causó.
  Quiero la gracia y belleza,
y entendimiento divino.

BERNAL:

Otavia es un desatino.

DON JUAN:

¿De quién?

BERNAL:

De naturaleza.

DON JUAN:

  Bien dices, Bernal; yo quiero
que me enseñes a olvidar.

BERNAL:

Pues yo te quiero enseñar.

DON JUAN:

Comienza pues.

BERNAL:

Lo primero
  has de pensar que es muy fea.

DON JUAN:

¿Pues podré mentirme a mí,
que tan hermosa la vi?

BERNAL:

Piensa que es, aunque no sea.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

  Pienso que es fea.

BERNAL:

También
que es sucia, que es desigual,
y que a ti te quiere mal,
y a otros muchos quiere bien.
  Que es loca, y desvanecida
por coches, dueñas, crïados,
versos, músicas, estrados,
y ser de todos querida.
  Que la tela nos pescó
cantando como sirena,
que a don Pedro la cadena
injustamente le dio.
  Que de España nos ha echado.

DON JUAN:

Ya es ese mucho pensar,
y si tengo de olvidar,
no he de pensar lo pasado.
  Mal me aconsejas. ¿Qué haré,
cielo, en esta tierra estraña
dejando el alma en España?

BERNAL:

¡Qué necio estás!

DON JUAN:

Ya lo sé.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

  Cuando todo ha sucedido
de la manera que ves,
¿es justo que triste estés?

DON JUAN:

Hallo amor, y busco olvido.

BERNAL:

  Vienes a Nápoles bella
libre de necios cuidados,
y hallas con cien mil ducados
un tío que vive en ella.
  Tienes su mesa y su casa,
y una prima como un oro,
que con tal honra y decoro
mil almas de amor abrasa.
  Besaste al duque los pies,
con las cartas que traías,
dando indicios en dos días
de lo que has de hacer después;
  ¿y estás triste?

DON JUAN:

¿Qué he de hacer?

BERNAL:

Fabricio es este.

DON JUAN:

¡Ay, amor!


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale FABRICIO.)
FABRICIO:

El regente mi señor,
que agora viene de ver
  al virrey, con mucho gusto,
te quiere hablar.

DON JUAN:

Plega Dios,
que sea para los dos
buena nueva.
(Vase DON JUAN.)

FABRICIO:

¿Qué disgusto
  tiene don Juan? ¿No le agrada
Nápoles, Bernal?

BERNAL:

Sí hiciera
si con libertad viniera,
mas deja el alma empeñada.

FABRICIO:

  Efetos son de su edad;
tan triste está, que el regente
ya lo conoce, y lo siente;
pero tiene esta ciudad
  tales entretenimientos,
que olvidará presto a España.

BERNAL:

Son una guerra en campaña
don Juan y sus pensamientos.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABRICIO:

  Así vine yo de allá;
ya yo no tengo memoria
de España, ni de mi historia.

BERNAL:

Agora, Fabricio, está
  su corte la más lucida
del mundo, y aquel lugar,
el mejor para pasar
alegremente la vida.

FABRICIO:

  Mientras viene tu señor,
dime de Madrid.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

Quisiera
que sus pinceles me diera
el más celebre pintor.
  La conveniencia que en Madrid se advierte,
para que sea corte al rey de España,
creciendo van sus fábricas de suerte,
y de cualquiera duda desengaña,
no le importa a Madrid ser plaza fuerte,
no le cercan almenas, ni le baña
soberbio mar, que solo un río pequeño
es de los bosques apacible dueño.
  Las casas que se labran, ya son tantas,
que en tanta multitud están vacías;
erigen templos religiones santas,
y todo de limosnas y obras pías;
bellos jardines con diversas plantas
suelen amanecer todos los días,
de suerte, que a Madrid dirá cualquiera
que se vino a vivir la Primavera.
  Decirte de las fuentes que fabrica
Madrid en tantas calles, mi rudeza
condena su artificio, porque implica
contradición hablar en su belleza;
en esta, pues, ya máquina tan rica
vive Filipo, pues vive la Alteza
de sus Altezas, y una prenda vive,
que a dar a don Juan muerte se apercibe.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABRICIO:

  Basta que has hecho, Bernal,
milagros en mi memoria,
resucitando la historia
de su fábrica real.
  Mas tu señor viene aquí,
después te hablaré despacio.
(Vase, y sale DON JUAN.)

DON JUAN:

Vamos, Bernal, a palacio.

BERNAL:

¿Hay nuevas de gusto?

DON JUAN:

Sí.

BERNAL:

  ¿Cómo?

DON JUAN:

Díceme el regente
que me da una compañía
el Duque, y el mismo día
puedo conducir la gente,
  porque la manda embarcar.

BERNAL:

Dame, capitán, los pies.

DON JUAN:

Yo te pienso honrar después,
si Dios nos vuelve del mar.

BERNAL:

  Sirve al virrey, que en el mundo
nadie honra más los soldados.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

Hoy sepulto mis cuidados,
Bernal, en el mar profundo:
  no más Otavia.

BERNAL:

¿Si habrá
muerto don Pedro?

DON JUAN:

No sé.
Desgracia forzosa fue,
España se acabó ya.
  Sola una carta deseo
de don Fernando Manuel.

BERNAL:

La vida tienes por él.

DON JUAN:

¡Qué rico, qué honroso empleo
  fuera, Bernal, en su hermana!
Mas quiere la lealtad
que se debe a la amistad,
que no imagine en doña Ana.

BERNAL:

  Pues a fe que se lo debes.

DON JUAN:

No seré ingrato, si puedo,
a ley de noble Acevedo.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

¡Con qué palabras tan breves
  te obligó cuando partiste!

DON JUAN:

Dejemos, Bernal, pasiones,
y hablemos de galeones,
en quien ya mi honor consiste.
  Sirvamos al rey, que el mar
agora es nuestro Madrid.

BERNAL:

Yo pelearé como un Cid;
eso, todo es comenzar,
  que no me turban turbantes
de turcos viven los cielos.

DON JUAN:

Pues a mí unos turcos celos
son a turbarme bastantes.
  Ven a palacio, Bernal,
besaré al virrey la mano.

BERNAL:

De todo el mar Oceano
llegues a ser general.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse, y salen DON FERNANDO y DOÑA ANA.)
DON FERNANDO:

  Hoy he visto muy galán
a don Pedro.

DOÑA ANA:

¡Cosa estraña!
Bien estuviera en España,
y no en Italia don Juan.

DON FERNANDO:

  Si lo hubiera adivinado,
no le dejara partir.

DOÑA ANA:

Ya este caso con vivir
don Pedro está remediado.

DON FERNANDO:

  Eso es por lo que toca
a la justicia y parientes;
pero no a los accidentes
del amor que le provoca;
  porque quiere tanto a Otavia
como esta carta refiere,
con saber que no le quiere.

DOÑA ANA:

Mucho su valor agravia,
  que don Juan es caballero
de tales partes, que diera
causa de amarle a quien fuera
mujer.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON FERNANDO:

Remediarlo espero,
  si me cuesta hacienda y vida.

DOÑA ANA:

¿Qué remedio puede haber
para dejar de querer
quien despreciado no olvida?

DON FERNANDO:

  Solo con entretener
de don Pedro el casamiento
viendo el desvanecimiento
desta gallarda mujer;
  porque ella no tiene amor
a nadie, a lo que sospecho.

DOÑA ANA:

Muy necio discurso has hecho.

DON FERNANDO:

¿Qué dices?

DOÑA ANA:

¿Pues no es mejor
  que se case, y que la olvide
si es fuerza, en siendo casada?
Pues vuelto desta jornada
toda su esperanza impide.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON FERNANDO:

  Doña Ana, no es amistad
de un amigo bien nacido,
estando don Juan perdido,
forzalle la voluntad.
  El servicio que yo puedo
hacer por él, es hacer
que halle libre esta mujer,
y que la sirva sin miedo,
  y escucha el modo en que quiero
que nos ayudes.

DOÑA ANA:

¿Yo? ¿En qué?

DON FERNANDO:

Don Pedro ha poco que fue,
como sabes, caballero;
  porque en aqueste lugar
ricos de hacienda en sus tratos
hay caballeros beatos,
que están por canonizar.
  Otavia, desvanecida,
mira solo a la riqueza;
pero riqueza y nobleza
será mejor admitida.
  Yo tengo seis mil ducados
de renta, con ser Manuel,
que puedo mejores que él
tener algunos criados.
  Quiero fingir que la quiero,
y que pretendo casarme,
presumo que ha de estimarme
más rico y más caballero,
  por lo que es desvanecida.
Con esto le entretendré
hasta que don Juan esté
donde el casamiento impida.
  Y así tengo prevenido
que vayas a visitar
hoy a Otavia, y a tratar
mi casamiento fingido.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

  ¿Yo?

DON FERNANDO:

Tú, pues.

DOÑA ANA:

¿Estás en ti?

DON FERNANDO:

Hermana, esto es amistad;
¿qué pierde tu calidad
en hacer esto por mí?
  Pues venido aquí don Juan
fingiré que estoy celoso
de un hombre tan valeroso,
tan discreto, y tan galán.
  Y retirado a mi casa,
la empresa le dejaré.

DOÑA ANA:

Aún responderte no sé.

DON FERNANDO:

Doña Ana, don Juan se abrasa
  de amores desta mujer;
haz esto, por vida mía.
Toma el coche.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

No querría,
Fernando, echarte a perder,
  si no lo acierto a fingir
como tu cuidado espera.

DON FERNANDO:

Eres la mujer primera
que tiene miedo al mentir.
  Ve, y si me vieres pasar,
llámame.

DOÑA ANA:

Yo voy.

DON FERNANDO:

Advierte
que lo encamines de suerte
que Otavia me pueda amar.

DOÑA ANA:

  Creo que te ha parecido
bien, y que a don Juan y a mí
nos quieres burlar así,
y hacer verdad lo fingido.

DON FERNANDO:

  Tú sabes mejor que yo,
si quiero a don Juan.

DOÑA ANA:

Sí harás;
pero yo le quiero más.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON FERNANDO:

¿Qué dices?

DOÑA ANA:

Que temo un no,
  si quiere a don Pedro bien.

DON FERNANDO:

Yo conozco sus mudanzas;
dale tú mis esperanzas,
que ella me querrá también.
(Vanse, y salen OTAVIA y DON PEDRO.)

OTAVIA:

  Mil parabienes os doy.

DON PEDRO:

¿Qué mayores que teneros
por espejo, cuando salgo
señora a la luz del cielo?
Vengo a besaros las manos
del favor que me habéis hecho
con papeles y regalos.

OTAVIA:

Corrida estoy en estremo
de que no pude serviros,
pero no lo está el deseo.

DON PEDRO:

¿De don Juan qué habéis sabido?


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIA:

Nunca ausentes os den celos;
demás que bien sabéis vos
que siempre estuvo más lejos
de mis ojos que está agora.

DON PEDRO:

Él es noble caballero
y me pesa que esté ausente,
pues tuve de mi suceso
la culpa yo.

OTAVIA:

Con razón
por noble os estimo y quiero.
Sentaos, que aún estáis sin fuerzas.

DON PEDRO:

Fuerzas, mi señora, tengo,
que os tengo en el alma a vos.

OTAVIA:

Cuanto decís os merezco
y no puedo encarecer
lo que me huelgo de veros.

DON PEDRO:

¿Qué haré, ya que de mi mal
no tuve más sentimiento
que imaginar que os perdía?

OTAVIA:

Galán venís y discreto.
Con la falta de la sangre
estará el entendimiento
por lo débil más sutil.


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DON PEDRO:

No hablemos, señora, en esto,
porque es hablar en don Juan.

OTAVIA:

Ya os he dicho que estéis cierto,
no de que no le he querido,
mas de que ya le aborrezco.
(Sale GINÉS.)

GINÉS:

De un coche he visto apear
a una dama.

OTAVIA:

¿En casa?

GINÉS:

Pienso
que ha entrado.

DON PEDRO:

Mejor visita,
Otavia, dejaros quiero.
Dadme licencia.

OTAVIA:

Por Dios,
que convalecéis don Pedro
de todo lo que imagino.

DON PEDRO:

¿Yo?


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OTAVIA:

Sí, pues os vais tan presto,
que los celos de don Juan
no han sido buenos terceros
de mi amor en vuestro mal.

DON PEDRO:

¿Cuándo son buenos los celos?
(Salen DOÑA ANA y CELIA con mantos.)

DOÑA ANA:

Juzgaréis a novedad,
señora, el venir a veros.

OTAVIA:

Solo de vista os conozco.

DOÑA ANA:

Vecinas fuimos un tiempo.

OTAVIA:

Ya sé quién sois, y los brazos
os pido.

DOÑA ANA:

Tenedme, os ruego,
por muy vuestra servidora.

OTAVIA:

Tomad, mi señora, asiento.

DOÑA ANA:

Querría en secreto hablaros.

OTAVIA:

Perdonad, señor don Pedro.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

¿Es don Pedro, cierto herido,
Otavia, este caballero?

OTAVIA:

Él mismo es.

DOÑA ANA:

Pues no os vais,
que antes de hallaros me huelgo,
señor, en esta ocasión;
de vuestra salud me alegro
y os doy muchos parabienes.

DON PEDRO:

Cuando solo para veros
hubiera convalecido,
agradeciera a los cielos
más que ya para vivir
la vida y salud que tengo.

DOÑA ANA:

Por el nombre os conocía
y, sin encarecimiento,
tenía desta ocasión
deseos por un deseo.

OTAVIA:

Basta, señora doña Ana,
que os decís los dos requiebros.
Ea, yo seré testigo.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON PEDRO:

Dicen muchos, y lo creo,
que los que luego se aman
cuando se ven, tienen hecho
infinitos años antes
con las estrellas concierto.
Esto digo por mi parte,
que aún no os he visto, y ya os quiero.

DOÑA ANA:

Responda Otavia por mí.

OTAVIA:

Lo que yo responder puedo,
es que no pase adelante
este amor, o cumplimiento,
porque me digáis la causa
que os trujo, aunque la agradezco,
a hacerme tanta merced.

DOÑA ANA:

A serviros, por lo menos.
Ya sabéis que don Fernando
Manuel, mi hermano, es mancebo.

OTAVIA:

Ya sé que no se ha casado.

DOÑA ANA:

A tratar su casamiento
vengo con vos.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIA:

Pues conozco
el venturoso sujeto
por dicha yo, es deuda mía.

DOÑA ANA:

Y sin encarecimiento
la cosa que más queréis.

OTAVIA:

¿Cómo?

DOÑA ANA:

Vos misma.

OTAVIA:

Teneos
que el señor don Pedro tiene
ese mismo pensamiento.

DON PEDRO:

Por mí, señora, no importa,
que la que presente veo
me pone mayor codicia.

OTAVIA:

¡Qué presto vengáis los celos!

DON PEDRO:

No, por Dios, sino que miro
en esta dama el empleo
mayor que pueden tener
mis honrados pensamientos.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

Todas estas son venganzas.

OTAVIA:

Yo por tales las entiendo.

DON PEDRO:

Y yo entiendo que es verdad
lo que digo, y lo que siento.

DOÑA ANA:

Mi hermano pasa, llamalde,
mas aunque lo es, os prometo
que no le quisiera yo,
si estuviera en vuestro pecho;
porque si bien no es tan rico,
que tiene esta noche ciertos
seis mil ducados de renta,
son bienes libres, no pienso
que hay tan mala condición.

OTAVIA:

¿Pues qué tiene?

DOÑA ANA:

Es muy soberbio,
desapacible, enfadoso,
con su poquito de necio.

OTAVIA:

¡Qué buena casamentera!

DOÑA ANA:

Con sus faltas os le vendo.
¿Pues qué diréis, si por dicha
viene de perder? No creo
que hay áspid como su lengua.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIA:

En mi vida vi tan nuevo
modo de casar.

DON PEDRO:

Será
por falso encarecimiento.

DOÑA ANA:

En materia de mujeres
de haber visto no me acuerdo
una que le quiera bien
de tantas como hay.

OTAVIA:

Confieso
que ni venís a casalle,
(Levántanse.)
ni parece hermano vuestro.
Oíd aparte.

DOÑA ANA:

Decid.

OTAVIA:

Responded, que ya le quiero
con las faltas que decís,
que dellas ,doña Ana, entiendo,
que aunque venís a tratalle,
no os agrada el casamiento.
Si es soberbio, yo le haré
humilde con blandos ruegos;
si es necio, más vale así
que bachiller de concetos:
que hay en la corte unos hombres,
que por hablar a lo nuevo,
mudan la sustancia en paja,
y lo castellano en griego.
Si juega, yo le tendré
con tanto entretenimiento,
que se le olvide el jugar.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

De vuestro gusto lo creo;
¿pero esto de las mujeres?

OTAVIA:

Tenga yo el honor que debo
a quien soy, mi coche, y galas,
que allá nos entenderemos.

DOÑA ANA:

Con esa respuesta voy.

OTAVIA:

Que veáis mi casa quiero,
y que llevéis un regalo.
(Vase.)

DOÑA ANA:

Id delante, que ya entro.
  ¿Queréis que os diga dos cosas,
señor don Pedro?

DON PEDRO:

Si fueran
las que yo pienso, tuvieran
precio de almas generosas.

DOÑA ANA:

La primera es ser hermosas
las partes de Otavia, y tales,
que las juzgo a celestiales.
La segunda, que os prometo,
que no he visto en un sujeto
mudanzas tan desiguales.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON PEDRO:

  Pues, ¿qué responde?

DOÑA ANA:

Que aceta
el casamiento.

DON PEDRO:

Dejad
que al sol de vuestra beldad
ricas albricias prometa.
Otavia ha sido discreta
en querer a vuestro hermano,
y yo dichoso, pues gano
a donde ella me perdió
la esperanza que me dio
de merecer vuestra mano.
  Después que me hirió por ella
un caballero, que vos
no conoceréis, por Dios
que he dado en aborrecella.
No vuela la ardiente estrella
del aire por la región
con más leve presunción
que el final principio alcanza,
que el amor y la mudanza
en su fácil condición.
  Aunque pensar que ha de haber
quien merezca más que hablar,
es contar la arena al mar,
y el aire en redes coger.
Tal modo de entretener
no se ha visto, ni más dura
condición en tal blandura.
Mas fue del cielo invención,
pues cura su condición
cuantos mata su hermosura.
  Si por vuestro me queréis...


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOÑA ANA:

Tened, no paséis de ahí,
que no tengo cosa en mí,
porque adelante paséis.
Mas si obligarme tenéis
por esperanza, servid
a Otavia; pero advertid
que es con tanta honestidad
que no tengo voluntad
ni pensamiento en Madrid.
  Prometo agradecimiento
al amor que me mostráis,
y esto basta, si estorbáis
de mi hermano el casamiento;
no por el merecimiento
de Otavia, mas por mi gusto,
que el casamiento es muy justo,
mas basta a un hombre discreto
decir que en este secreto
cifro todo mi disgusto.
(Vase.)


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON PEDRO:

  Un sabio llamó ley a la hermosura,
por mostrar que obediencia se le debe,
así la voluntad engaña y mueve
aquella de las almas lumbre pura.
Si reverencia tu valor procura,
¿qué más ejemplo que tu gloria pruebe?
Pues a huir, ni a resistir se atreve,
el que abrasarse de tu sol procura.
Yo te despreciaré, si te he querido,
crüel Otavia, pues tu amor traslado
donde no me veré favorecido.
Porque más quiero ser desengañado
de una firme mujer aborrecido,
que de una libre condición amado.
(Vase.)
(Toquen cajas, salen DON JUAN y BERNAL de soldados, y otros.)

DON JUAN:

  Breve ha sido la jornada,
pero alegre y venturosa.

BERNAL:

La mar ha estado gloriosa
toda de plata enlosada.
  El viento, como si fuera
ya con las velas casado,
pacífico y enseñado
a oír su arrogancia fiera.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

  No falta quien escribió,
cansado de navegar,
Bernal, que era libre el mar,
porque nunca se casó.

BERNAL:

  Pues Bernal no se ha turbado
de turbantes, vive Dios,
que ha teñido a más de dos
las tocas de colorado.
  ¡Qué bravos hombrazos son
los turcos! ¡Quién viera aquí
los cortesanos que vi
con tanta murmuración!
  Torneme loco de ver
gobernar desde la corte
guerras del sur y del norte
entre una y otra mujer.

DON JUAN:

  Bernal, ¿hombres hay ahora
como en los tiempos pasados?
El no ser tan bien premiados
algo su valor desdora.
  Pero no se puede más;
ya he comenzado a servir,
y la guerra he de seguir
sin volver un paso atrás.
  Que de aqueste buen suceso
he quedado tan picado,
que España se me ha olvidado,
y aun Otavia, te confieso.
  Ya de la escuela de amor
paso arrepentido en parte
a la palestra de Marte:
requiebros trueco a furor.
  Allá fui tenido en poco
y aquí me veo estimado.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Entre FABIO.)
FABIO:

Hoy me dicen que ha llegado,
y estoy de contento loco.
  Entre aquesta soldadesca,
que agora sale del mar,
será bueno preguntar;
que con victoria tan fresca
  todas vienen como al sol:
suelen las aves al alba
hacer a Nápoles salva.

DON JUAN:

¿Es aquel hombre español?

BERNAL:

  Español, y forastero:
él te mira y reconoce.

DON JUAN:

Parece que me conoce,
y yo conocerle quiero.
  ¿No es este Fabio el que entraba
en casa de Otavia?

BERNAL:

Él es.

FABIO:

¡Don Juan!

DON JUAN:

¡Fabio!


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIO:

En esos pies...

DON JUAN:

Brazos hay: detente, acaba.

FABIO:

  Apenas de España llego
cuando pregunto por ti.

DON JUAN:

¿Y qué te han dicho de mí?

FABIO:

Tu valor, responden luego,
  y esta victoria del mar
contra turcos, y enemigos
de España.

DON JUAN:

¿Y nuestros amigos?

FABIO:

Hay mucho que te contar.

DON JUAN:

  ¿Vivió don Pedro?

FABIO:

Vivió.

DON JUAN:

Luego ya estará casado.

FABIO:

¿Casado?


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

¿Quién lo ha estorbado,
si en la posesión quedó?

FABIO:

  Esto solo no quisiera
decirte.

DON JUAN:

Ya no podrás
escusarlo, pues que más
en la privación me altera.

FABIO:

  Tu don Fernando Manuel
está medio concertado
con Otavia, o ya casado.

DON JUAN:

¿Qué dices?

FABIO:

Que lo sé dél,
  de Otavia, y de sus parientes,
y de su casa.

DON JUAN:

Bernal,
¿pasas por esto?

BERNAL:

Es tal
la amistad de los ausentes.
  Pero, ¿qué es esto? Ya está
mi amo con estas nuevas
suspenso. ¿De qué te elevas?
¿Resucita Otavia ya?
  ¿Vuelven los celos a hacer
mayor la imagen de amor
que tienes? Habla, señor.


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DON JUAN:

¿Puede ser? No puede ser.
  ¿Fernando, el mayor amigo,
con Otavia? No hay verdad
en el mundo.

BERNAL:

Ni amistad
en la corte firme, digo.

DON JUAN:

  ¿Don Fernando con Otavia?
Mal hice en rogarle yo
que la viese; bien la vio.
¿Que tanta amistad se agravia?
  ¿Que tanta verdad se ofende?
¿Que tanto amor se desprecia?

BERNAL:

No hay, señor, cosa más necia
(perdóneme quien me entiende)
  que fïar mujer ninguna
del amigo más leal,
que nuestro mal natural
más incita y importuna
  a donde hay más privación.

DON JUAN:

¡Qué presto pagué la gloria
desta famosa victoria!
¿Hay tal maldad? ¿Tal traición?
  ¡Qué poco que dura el bien
en un hombre desdichado!


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

¿No puede haberse engañado
Fabio?

DON JUAN:

Bien dices también.

BERNAL:

  ¿No sabes tú que en la corte
no es menester más de echar
alguna nueva a volar
destas que vienen sin porte?
  Por Dios que muestres valor,
que ya a la casa has llegado
de tu tío y a un soldado
infaman penas de amor.
  Muestra, señor, alegría,
honra tu sangre, pues vienes
victorioso.

DON JUAN:

Razón tienes;
forzar el alma querría.
  Pasen, señores soldados,
en orden, toca atambor.
Celos bastardos de amor,
¿qué me queréis tan airados?
  ¡Qué bien conmigo os halláis,
aunque yo tan mal me hallé!
Pues en España os dejé,
y en Italia me buscáis.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Toquen y sale FABRICIO.)
FABRICIO:

  Detén, capitán valiente,
aunque victorioso pasas,
la música militar
de los pífanos y cajas.
De las armas, de las plumas
muda las colores varias
en negro luto, que viste
de lágrimas esta casa.
Murió tu gallarda prima,
murió la vida que daba
vida a tu tío.

DON JUAN:

¡Ay, Fabricio!,
¿murió la divina Juana?

FABRICIO:

Pasó en fin a mejor vida,
y fue la tristeza tanta
de su padre, que en tres días
siguió sus tiernas pisadas.
También murió.

BERNAL:

¡Qué tres nuevas!
Agora digo que hagas
mis sentimientos, que es cosa
que a un mármol rompiera el alma.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

¿Ya qué puedo pretender,
sin este amparo, en Italia,
muerto mi tío? Mejor
será que me vuelva a España.
Marcha a palacio, no entremos
en casa tan desdichada.

FABRICIO:

No lo es mucho para vos,
pues que ya su dueño os llama.
Y pues de dos malas nuevas
os truje tan tristes cartas,
dadme albricias de otras dos.

DON JUAN:

¿Albricias en penas tantas?

FABRICIO:

Diez mil ducados de renta
os deja el regente, y pasan
de diez mil, a lo que pienso.

BERNAL:

¡Qué temeraria desgracia!

DON JUAN:

Fabricio, si bien los hombres
debemos sentir con alma
las muertes de nuestros deudos,
también es justo dar gracias
del bien que nos hace el cielo.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

¡Y cómo, señor! Levanta
los ojos y di muy tierno:
«¿Qué gracias o qué alabanzas
os dará este pecador?»
Vive el cielo que me baila
el contento, y que los ojos
se me salen de la cara.
¿Diez mil? No sé cómo puedo
sufrirlo.

FABRICIO:

¿Si acaso aguardas
más nuevas tras estas nuevas?
El virrey de honrarte trata
de un hábito de Santiago;
ya está la carta en España,
y se espera la respuesta.

DON JUAN:

Fabricio, tanto te alargas,
que aunque te pienso pagar,
has de hacer corta la paga.
Dos mil ducados te mando.

BERNAL:

Y a Bernal, señor, ¿qué mandas?

DON JUAN:

No mando de lo que es tuyo.

BERNAL:

Con linda gracia te escapas.
Si es mío, yo te lo vuelvo:
dame agora.


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Quien todo lo quiere Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

Cuando vayas
a España, con mil escudos
quiero que salgas de Italia.
Doy ciento a cada soldado,
y doy cincuenta a la caja.

BERNAL:

Todos te besan los pies.

DON JUAN:

Fabio, aquella nueva estraña
no quiere que pague el porte.

FABRICIO:

Si tu pena imaginara,
no hubiera sido tan necio.

DON JUAN:

Toca, y a palacio marcha
a besar la mano al duque.

BERNAL:

Con los diez mil no hay Otavia.

DON JUAN:

Hay diez mil penas con ella,
y más, cuando vuelva a España.


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Acto III
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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen DON JUAN y BERNAL de camino, con hábito.
DON JUAN:

  Por engañar quien me engaña
voy a lo que ves dispuesto.

BERNAL:

¿Quién pensara que tan presto
diéramos la vuelta a España?

DON JUAN:

  ¡Ah, España, cuán de otra suerte
pensé yo volver a ti!

BERNAL:

Dulce España para mí,
no hay mayor gloria que verte.

DON JUAN:

  Haz que no pase crïado,
Bernal, de aqueste lugar.

BERNAL:

¿Luego no piensas entrar
en Madrid acompañado?

DON JUAN:

  En traje pobre pretendo
solo contigo saber
cómo me puede ofender
quien ya con pensarlo ofendo.
  Todo me pienso mudar
hasta quedar satisfecho,
que aun el hábito del pecho
no quiero a Madrid llevar.
  Así disfrazado iré
fingiendo que pobre estoy.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


BERNAL:

Ya lo saben desde hoy,
que a todos se lo avisé.

DON JUAN:

  Nadie quiero que lo entienda.

BERNAL:

El fingirte pobre ahora
algo tu valor desdora.

DON JUAN:

¿Qué puede haber que me ofenda,
  si en queriendo declararme,
nadie lo puede estorbar?

BERNAL:

Siento el volverme a quitar
con lo que has querido honrarme.
  Que aquel gusto de llegar
de camino, bien tratado,
y bizarro, el que ha faltado
muchos días del lugar,
  con su poquito de oro,
su cadenita y sus plumas,
señor mío, no presumas
que es de pequeño decoro.
  No hay hombre en toda una casa,
no hay fregona, no hay mujer,
que no se huelgue de ver,
y de saber lo que pasa.
  Mas si llega con pobreza,
todas las verás hüir,
o salir a recibir
con mucho enfado y tristeza.
  ¿Por qué piensas que en llamando
algún pobre cuando pasa,
los perros de aquella casa
le están mordiendo y ladrando?
  Porque el traje les incita
en que le ven, presumiendo
que lo que viene pidiendo
de su sustento los quita.
  Cuando llega un hombre honrado
de camino, pobre y roto,
causa este mismo alboroto,
y no hay fregona o crïado,
  que no piense que ha venido
a quitarles el sustento.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

Donde hay amor hay contento,
bien vestido, o mal vestido.
  Por lo menos probaremos
quien nos le tiene, y quien no.
Si ya la gente llegó,
esto ordena, y caminemos
  sin que entiendan mi partida.

BERNAL:

Si pobre me vuelvo a ver,
pensaré que no he de ser
otra vez rico en mi vida.

DON JUAN:

  ¡Hola!

CRIADO:

Señor.

DON JUAN:

Advertid
lo que os dijere Bernal.

BERNAL:

¡Quién entrara, pesiatal,
echando juncia en Madrid!


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse, y salen OTAVIA y DON FERNANDO.)
OTAVIA:

  Cansada estoy, don Fernando
de ver vuestras dilaciones.

DON FERNANDO:

Señora, mis pretensiones
mi gusto van dilatando.

OTAVIA:

Si me dejárades cuando
tratasteis el casamiento,
la dilación deste intento
no os diera tanto lugar
que de la opinión vulgar
temiera el atrevimiento.
  No me dijo vuestra hermana
sin causa la condición
que tenéis.

DON FERNANDO:

Mi dilación
tiene causa justa y llana.

OTAVIA:

Traerme de hoy a mañana
no es hecho de caballero.

DON FERNANDO:

Si desengañaros quiero,
señora, ¿qué me daréis?


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIA:

Desengaños proponéis.
¿Cuándo remedios espero?
  ¿Pierdo a don Pedro por vos,
y agora salís, ingrato,
a usar conmigo este trato?

DON FERNANDO:

Hanme dicho que los dos
habláis secreto, y por Dios,
que por mi honor me retiro.

OTAVIA:

¿Yo le hablo, ni le miro
desde que entrastes aquí?

DON FERNANDO:

Con este azar para mí
loco de celos suspiro.
  Dejadme informar mejor;
por dicha me han engañado.

OTAVIA:

Hombre que antes de casado
entra con ese temor,
ni ha tenido honor, ni amor,
ni es bueno para marido.
Vos debéis de haber fingido
este engaño con intento
de estorbar mi casamiento.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON FERNANDO:

Yo he dicho lo que he sentido.
  Y así podréis disponer,
Otavia, de vuestro gusto,
que al alma veréis al justo,
pero no par mujer.
No podéis queja tener
que una mano os he tocado,
ni aun vuestros ojos mirado
menos que con gran decoro.
Así de un amigo adoro
la ausencia que habéis causado.
  Sin esto, he tenido miedo
de que se queje don Juan,
que siendo vuestro galán,
temer sus aceros puedo.
Libre quedáis, y yo quedo
obligado a vuestro honor
para ser su defensor.
Ni quedáis vos ofendida,
que yo sé que en vuestra vida
tuvistes a nadie amor.

OTAVIA:

  ¿Hay tal crueldad? ¿Tal hazaña
tan vil en un caballero?
¿Qué pretendo ya? ¿Qué espero
si me ofende y desengaña?
Resolución tan estraña
más es que resolución:
desvergüenza con traición.
Pero, ¿por qué me desvelo,
si veo que quiere el cielo
castigar mi presunción?


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale GINÉS.)
GINÉS:

  De un hombre soy estafeta,
que apenas su nombre sé,
vestido de no sé qué,
que debió de ser bayeta.
  Su poquito de crïado
trae el tal, menos o más,
que a estar el amo detrás
no se lo hubiera llamado.
  Que vienen tales los dos,
que fuera el mozo bastante,
como viniera delante
a ser el amo, por Dios.
  A vuesancé quiere hablar.

OTAVIA:

Limosna debe de ser,
y querrame entretener;
es uso deste lugar,
  donde andan mil deste modo,
que cuentan sus nacimientos,
y después de dos mil cuentos
viene a resolverse todo
  en que limosna les den,
cansando para pedir
lo que pudieran decir
luego que pobres los ven.
  Pues estoy muy propia ahora
para que un pobre me cuente
que fue de Adán descendiente.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GINÉS:

Despedirele, señora,
  si ahora tan triste os veis.

OTAVIA:

Abrilde, que si es tan pobre,
podrá ser que mi honor cobre.

GINÉS:

¿Qué honor?

OTAVIA:

Después lo sabréis.
(Sale DON JUAN vestido de bayeta vieja, y BERNAL peor.)

DON JUAN:

  Puesto que de atrevido sea culpado
quien siempre fue de vos aborrecido,
merezca vuestros pies por desdichado
cuando de vuestra dicha causa ha sido.
Don Juan soy, ¿qué miráis?

OTAVIA:

¿Cómo has entrado
en mi casa, don Juan, tan atrevido?

DON JUAN:

La amistad me obligó de vuestro esposo,
aunque menos amigo que dichoso.

OTAVIA:

  ¿Esposo yo? ¿Dónde has, don Juan, estado
que te han dicho mi falso casamiento?


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

En Italia, señora, fui soldado,
con poca dicha, y mucho atrevimiento.
Sabed que don Fernando me ha contado
lo que he temido, de que os doy contento
el parabién.

OTAVIA:

Hoy es, don Juan, el día
que me desengañó su alevosía.

DON JUAN:

  ¿Luego no estáis casada?

OTAVIA:

He presumido,
que fue desde el principio fingimiento,
pues solo don Fernando ha pretendido
estorbar de don Pedro el casamiento.

DON JUAN:

Cielos, si don Fernando no ha tenido
contra mi amor tan falso pensamiento,
¿de qué me quejo yo?

OTAVIA:

¿Qué estás dudando?

DON JUAN:

Lo que pudo mover a don Fernando.

OTAVIA:

  ¿Tú conócesle bien?

DON JUAN:

Poco, señora,
pero en fin le conozco.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


OTAVIA:

Pobre vienes.

DON JUAN:

Otros mayores bienes atesora
el alma, porque son secretos bienes
para verte no más los dejo ahora;
pobre estoy.

OTAVIA:

Si tú quieres, aquí tienes,
don Juan, dos ricas joyas de diamantes,
que son para ocasiones semejantes.
  Mátame un hombre, pues soldado eres.

DON JUAN:

Por interés no matan los soldados.

OTAVIA:

¿Qué no harán por vengarse las mujeres?

DON JUAN:

¿Y los hombres también necesitados?
Yo soy noble, y soy pobre. Si tú quieres
presto te sacaré de esos cuidados
solo con ser mi esposa, aunque me mandes
que le vaya a matar desde aquí a Flandes.

OTAVIA:

  Don Juan, yo he conocido tu nobleza,
pero tengo un humor desvanecido,
que aborrecer me obliga la pobreza,
ni es para este lugar pobre marido,
porque para dolerte la cabeza,
parécesme discreto y bien nacido,
y yo con toda la arrogancia mía
profeso honor con alta valentía.
  Si quieres los diamantes que te ofrezco,
mátame a don Fernando, que quererte
tan pobre como estás, no lo apetezco.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON JUAN:

Gran mal es la pobreza.

OTAVIA:

¡Es triste suerte!

DON JUAN:

¿Por pobre, Otavia, en fin, no te merezco?
Tienes razón, y de mi traje advierte,
que no me ha visto amigo que me hable.

OTAVIA:

Tal vienes, que es disculpa razonable.

DON JUAN:

  Pasa de largo el que otra vez solía
hablarme lisonjero, imaginando
que mi necesidad le obligaría.

OTAVIA:

Yo estoy a los que culpas disculpando.
Vete con Dios.

DON JUAN:

Permite, Otavia mía
que vuelva a verte.

OTAVIA:

Vuelve.

DON JUAN:

Dime cuándo.

OTAVIA:

Sea de noche, porque no te vean
entrar tan pobre algunos que pasean.
(Vase.)


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BERNAL:

  ¿Qué te parece?

DON JUAN:

¿Qué ha de parecerme?

BERNAL:

Mira qué es la pobreza.

DON JUAN:

¡Ejemplo estraño!;
mas cuando fuera en mí tan verdadera,
con este buen suceso la sufriera.

BERNAL:

¿Pues cuál es buen suceso?

DON JUAN:

Haber fingido
don Fernando casarse con Otavia,
por quitar a don Pedro el casamiento.
Vamos a verle, que el recebimiento
dirá si su amistad es verdadera.

BERNAL:

Temo, señor, que ni aun hablarte quiera
viendo lo que hacen tus amigos todos,
pues todos pasan de diversos modos
sin quererte mirar, y el que te habla,
está temiendo que le pidas algo.
Mas, ¿qué me dices de la bella Otavia?

DON JUAN:

Cuando allí me apartó darme quería
dos joyas, porque diese a don Fernando
la muerte. ¿Ansí se atreve a la pobreza
la venganza?


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BERNAL:

Sin duda está corrida.

DON JUAN:

Desengañome al fin de no quererme.

BERNAL:

Donde no hay interés el amor duerme.

DON JUAN:

No me parece ya tan bella Otavia.

BERNAL:

Es como tienes ya tanto dinero.

DON JUAN:

Dices verdad.

BERNAL:

Sí, a fe de caballero.
(Vanse, y salen DON FERNANDO y DOÑA ANA.)

DON FERNANDO:

  Ya queda desengañada.

DOÑA ANA:

No habiéndola de querer,
no era bien hecho tener
a una mujer engañada.

DON FERNANDO:

  El no haberme respondido
jamás don Juan de Acevedo,
doña Ana, me ha puesto miedo.

DOÑA ANA:

Notable descuido ha sido.


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DON FERNANDO:

  Descuido no puede ser;
mayor desgracia imagino,
pues con el marqués no vino,
que llegó a Madrid ayer
  con algunos capitanes
y soldados de valor,
que aumenta más mi temor.
Todas pasean galanes,
  pero don Juan no parece.

DOÑA ANA:

¿Temes que es muerto?

DON FERNANDO:

¿Y no es justo?

DOÑA ANA:

No anticipes el disgusto
que el temor al alma ofrece.

DON FERNANDO:

  Si contra los dos navíos
de Argel viniendo se halló,
ten por cierto que murió.

DOÑA ANA:

Tened paciencia, ojos míos;
  tiempo os queda, si es verdad,
para llorar y sentir.


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(Sale CELIA.)
CELIA:

¿Cómo te podré decir
tal nueva y tal novedad?
  Don Juan está aquí, señor.

DON FERNANDO:

¿Qué dices?
(Salen DON JUAN y BERNAL.)

DON JUAN:

Dame tus brazos.

DON FERNANDO:

¿Es don Juan? Con mil abrazos,
prendas de un eterno amor.

DOÑA ANA:

  Dádmelos también a mí.

DON JUAN:

Y con mil almas a vos.

DON FERNANDO:

¿Qué traje es este?

DON JUAN:

Por Dios,
que de vergüenza me vi
  determinado a no veros.

BERNAL:

Dalde los pies a Bernal.

DON FERNANDO:

¡Válate Dios!

BERNAL:

Vengo tal,
que no llego a ofenderos.


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DOÑA ANA:

  Bernal, ¿qué es esto?

BERNAL:

La guerra,
porque veáis lo que pasa
el que sale de su casa,
sus amigos y su tierra.

DON FERNANDO:

  ¿Soldado y lloras, Bernal?

BERNAL:

No lloro, que lo fingí,
que aunque venimos ansí,
debajo el sayal hay al.

CELIA:

  ¿Y cómo?

BERNAL:

Pues no muy como.

CELIA:

Si come, cómo será.

BERNAL:

También Bernal comerá,
y después se sabrá cómo.

DON FERNANDO:

  Pensé que en estos navíos
de Argel, que embistió el marqués,
eras muerto.

DON JUAN:

Y que me des
para los sucesos míos
  atención te pido.


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DON FERNANDO:

Di.

DON JUAN:

Los de Italia no diré
por no cansarte.

DON FERNANDO:

Estaré
como un mármol.

DON JUAN:

Pasó así:
  llegamos a Barcelona
con las galeras de Italia
para socorrer a Ibiza,
que así al marqués se lo manda
el Católico Filipo;
y estando medio aprestadas
con salva de artillería
vuela por el mar la fama
que dos navíos de Argel
pierden el respeto a España;
parte en su busca el marqués,
y habiéndoles dado caza,
bogando treinta y dos millas
las turcas naves alcanza.
Con toda la artillería
les hizo una ilustre salva,
y ellos no menos corteses
la suya al marqués disparan.
Vístese de humo el viento,
y las tronadoras balas
hacen que el mar imagine,
que es tempestad en bonanza.


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DON JUAN:

Pero viendo el poco efecto,
y que si de aquella calma
refrescaba el viento, el turco
volvería las espaldas,
las galeras pone en orden,
y desta suerte les habla:
«Generosos españoles,
bien sé que la empresa es varia,
que en dos tan altos navíos
es desigual la ventaja,
no siendo vosotros mismos
los que hacéis tales hazañas,
que las fáciles no son
materia de vuestras armas.
Embistamos valerosos,
que la fiera capitana
de Argel es esta; tomemos
deste cosario venganza.»
Esto diciendo, la chusma
anima, y hiriendo el agua,
a las puertas de las naves
llaman las pintadas palas.
Tras la capitana embiste
con la patrona gallarda
don Gabriel de Chaves, honra
de su apellido y su patria.


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DON JUAN:

Y don Francisco Mejía
con la galera Santa Ana,
sangre del Bazán ilustre,
y del marqués de la Guardia.
Luego el capitán Jorquera
la galera Santa Bárbara
llena de rayos y truenos,
no como suele abogada.
Y dándoles fuertemente
tiros y mosquetes carga,
de los valientes navíos
recibieron otra tanta.
Los turcos desesperados,
de manera peleaban,
que parece que ponían
en duda nuestra esperanza,
Mas por la mura de proa,
que halló desembarazada,
de tal manera la embiste
la galera capitana,
que pudo subir la gente,
y a españolas cuchilladas
rindió la soberbia turca,
que era la mejor del Asia.


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DON JUAN:

Querer pintar al marqués
con la rodela embrazada,
la espada bañada en sangre,
y en honra ilustre la cara,
es querer con pincel tosco
pintar la estrella bizarra,
que tiene por rayos plumas,
y por resplandor las armas.
Hallamos setenta muertos,
que los cautivos no pasan
de sesenta, aunque leventes,
que así los valientes llaman.
Fueron a embestir el otro,
y la pólvora faltaba,
aunque el duque de Alcalá
hizo cuanto pudo en darla.
Con viento fresco el navío
hecho pedazos se escapa,
pero a pocos pasos pierde
de salvarse la esperanza;
porque haciendo un remolino
rotas las velas y jarcias
se fue a pique, y vio la arena
desde la quilla a la gavia.
Sangrienta fue la victoria;
pero ser victoria basta
quitándole un monstruo a Argel.
terror de Italia y de España.


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DON FERNANDO:

  Huelgo de haberos oído,
y mucho más de que estéis,
don Juan, a donde seréis
de aquesta casa servido.
  ¿Venís pobre?

DON JUAN:

En tanto estremo,
que los que me han visto ya
huyen de mí.

DON FERNANDO:

¡Bien está!

DON JUAN:

Salir por las calles temo.

DON FERNANDO:

  Yo tengo seis mil ducados,
los tres serán para vos.

DON JUAN:

Mil años os guarde Dios.
No es justo daros cuidados.
  Yo me vuelvo a la montaña;
no he querido más de veros.

DON FERNANDO:

Nunca pensé mereceros
una ofensa tan estraña.
  ¡Hola! Llama al sastre luego;
saquen dos o tres vestidos
a don Juan.


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DON JUAN:

No son fingidos
los abrazos donde llego.

DON FERNANDO:

  Apercebid luego un cuarto.
Cuélguese de lo mejor
de mi casa.

BERNAL:

Y yo, señor,
que vengo como el lagarto
  de San Ginés, ¿no tendré
cualque ropilla y calzón?

DON FERNANDO:

Bernal en esta ocasión
padre de entrambos seré:
  hágante luego librea.

BERNAL:

Vivas más, pues es tan justo,
que mujer propia a disgusto,
y tanta tu vida sea,
  que te vuelvan a nacer
dos o tres veces los dientes.

DON FERNANDO:

Entre tantos accidentes
don Juan, me admiro de ver,
  que no me hayáis preguntado
por don Pedro y por Otavia.


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Quien todo lo quiere:107

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DON FERNANDO:

  Id en buen hora, y volved.

DON JUAN:

¡Qué bien mi engaño se entabla!
(Vase.)

BERNAL:

¿Vuesa merced no me habla?

CELIA:

¿Qué manda vuesa merced?

BERNAL:

  Estoy roto, estoy perdido,
y para amor desigual.

CELIA:

Más vale roto Bernal,
que el hombre más bien vestido.
  En esta casa no reina
el interés.

BERNAL:

Sea bendito
el venturoso distrito
donde el amor vive y reina.
(Vase.)

DON FERNANDO:

  Id, hermana, a aderezar
a donde don Juan esté.

DOÑA ANA:

Alabo que se le dé
en nuestra casa lugar.
  Pero casarle, ¿a qué efecto?
¿Quieres que si sale mal
te ponga la culpa?


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DON FERNANDO:

Es tal
este mi amoroso afecto,
  que solo por darle gusto
no habrá cosa que no intente.
Voy a sacar diligente
sus vestidos.

DOÑA ANA:

Eso es justo,
  pero no casar a un hombre
cuando él está descuidado.

DON FERNANDO:

Mal sabes de amigo honrado
a cuanto se estiende el nombre.
(Vase.)

DOÑA ANA:

  Celia, ¿qué dices de mí?

CELIA:

Que viene a buena ocasión
don Juan.

DOÑA ANA:

Para más pasión,
pues no viene para mí.


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CELIA:

  Declara tu pensamiento,
sabe ser mujer, enreda,
para que todo suceda
prósperamente a tu intento.
  Dile a don Juan la razón
que tienes de estar quejosa,
pues ya, señora, no hay cosa
que estorbe tu pretensión.
  Porque este que te pasea,
este don Pedro, este loco,
aunque estime a Otavia en poco,
ya sé que a Otavia desea.

DOÑA ANA:

  Celia, yo me determino
a declararme con él,
que no ha de ser tan crüel
la fuerza de mi destino.
  Direle mi voluntad,
que un hombre dentro en mi casa
mucho hará, si no traspasa
las leyes del amistad.
(Vanse, y salen DON PEDRO y OTAVIA.)

DON PEDRO:

  Estoy maravillado
que me llames a mí. ¿Yo papel tuyo?

OTAVIA:

Dícenme que has tratado
casarte con doña Ana, de que arguyo
que nunca me has tenido
aquel amor a mi lealtad debido.


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DON PEDRO:

  ¿Tu lealtad? ¿Estás loca?
¿Lealtad sabes tener, ni amor, Otavia?

OTAVIA:

Si el desprecio provoca
a la más cuerda, más leal, y sabia,
bien lo dirá mi ruego,
pues a quererte despreciada llego.

DON PEDRO:

  ¿No estabas ya casada
con don Fernando?

OTAVIA:

Así pensé que fuera;
pero fui desdichada
para la dicha que por ti me espera,
pues hoy quieren los cielos
que me deje Fernando por tus celos.
  Si tú con las plumitas,
y la capa con oro rebozado
mi marido me quitas,
¿a qué deuda me quedas obligado?

DON PEDRO:

Otro galán sería,
que yo quiero otra dama, Otavia mía.

OTAVIA:

  ¿Qué dices? Que no creo
que sabes quién soy yo.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DON PEDRO:

Mas tú no sabes
lo que adoro y deseo,
y lo que pueden unos ojos graves:
que los que a todos miran
a los que obligan más menos admiran.
(Vase.)

OTAVIA:

  Quien por la sombra la verdad desprecia,
y a la espuma del mar la mano ofrece,
quien por mirar al sol se desvanece,
y entre galanes quiere ser Lucrecia.
Quien la ambición y la arrogancia precia,
sabiendo que la Luna mengua y crece,
mayor castigo con razón merece,
pues quiso loca, y la dejaron necia.
Yo desprecié de lo que hoy contenta
a quien agora a mí me ha despreciado,
porque del bien perdido me arrepienta.
Que en la mujer para tomar estado
también es la mejor la primer venta,
si no ha de hallar después lo que ha dejado.
(Sale GINÉS.)

GINÉS:

  Señora, ¿con qué palabras
podré decirte un suceso
tan estraño?


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OTAVIA:

¿Qué hay? Decid.

GINÉS:

Aquel don Juan de Acevedo
sin duda es encantador:
¿no le has visto a lo escudero
dando conceptos al alma,
y rota bayeta al cuerpo?
Pues a la puerta ha llegado
con un hábito en los pechos,
dos lacayos, ocho pajes,
un overo cabos negros.
Probar quiso a vuesancé,
porque dice que un su deudo
le dejó diez mil de renta
por más forzoso heredero,
y aun un título en Italia;
y que servicios que ha hecho
al rey y al duque de Osuna,
le han dado el Lagarto en premio.
¿Subirá?

OTAVIA:

¿Qué me decís?

GINÉS:

Que lo he visto, y no lo creo.

OTAVIA:

Suba presto.

GINÉS:

Él viene ya.


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Quien todo lo quiere Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Entren DON JUAN, muy galán con hábito de Santiago, y BERNAL, galán con plumas y cadenas.)
DON JUAN:

Así engaña el pensamiento
de quien ama firme ausente,
donde no está satisfecho.
Así se prueba el amor
donde hay agradecimiento,
tales son los desengaños.

OTAVIA:

Pues, señor don Juan, ¿qué es esto?

DON JUAN:

¿No os dije yo muchas veces
de mi noble nacimiento
todas estas esperanzas?

OTAVIA:

Que me arrepiento confieso
de no haberos estimado.
¡Qué lindo sois, qué bien hecho!
El no reparar en vos
fue causa de no quereros,
aunque si os digo verdad,
más fueron malos consejos,
que yo siempre os he querido
para mi señor y dueño,
pero por veros tan pobre
se detuvo mi deseo.
¡Qué bien os está la cruz!


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DON JUAN:

Por el crédito que pierdo
después que me vi tan roto
me puse aqueste remiendo.

OTAVIA:

Jesús, ¡qué galán estáis!
¿Quién es ese caballero
que viene con vos? No sé
dónde le he visto.

BERNAL:

Aquí dentro;
don Bernal Hernández soy,
y aunque sin hábito vengo,
basta que a mi padre oí
jurar por el de san Pedro.

OTAVIA:

¡Válate Dios por Bernal!
Dame los brazos.

BERNAL:

Bien puedo,
que ya no os podré manchar
como es el vestido nuevo.

GINÉS:

¡Qué galán venís, Bernal!
¿Tenéis ya muchos dineros?

BERNAL:

No faltan, gracias a Dios.

GINÉS:

¿Y queréis prestarme dellos?


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BERNAL:

Setentón, no me da gusto.

OTAVIA:

¡Ay, mi don Juan de los cielos!
¡Quién te tuviera obligado,
quién de su amor satisfecho,
quién dado todas sus joyas,
quién su casa en tiempo adverso!
¿Ya quién duda que el estado
te ha mudado el pensamiento?
Ya no me tendrás amor.

DON JUAN:

Porque veas el que tengo,
y que el amor cuando es firme,
no sabe vengarse, hoy quiero
que nos casemos los dos.

OTAVIA:

¿Qué dices don Juan?

DON JUAN:

Que vengo
incitado de mi amor
y olvidado de mis celos.
Más con una condición,
que de otra suerte no puedo.

OTAVIA:

No hay imposible en el mundo
que lo pueda ser, si vengo
a merecer ser tu esclava.


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DON JUAN:

Sabiendo que era mi deudo
hoy don Fernando Manuel,
di lugar a su deseo,
y me aposenté en su casa.
Por mis celos y por esto
quiero desposarme allí.
Ponte gallarda, y tratemos
en su casa aquesta noche,
Otavia, nuestros conciertos.

OTAVIA:

Eso me viene tan bien,
que me parto desde luego.

DON JUAN:

Lleva tus deudos.

OTAVIA:

Sí haré.

DON JUAN:

Pues parte, y guárdete el cielo.

OTAVIA:

Voy al punto. ¡Adiós, mi bien!
(Vase.)

BERNAL:

Pues, señor, ¿qué dices desto?

DON JUAN:

Que aquesta es la diferencia,
como lo muestra mi ejemplo
de tener o no tener.
Sígueme, que voy dispuesto
a intentar dos desatinos.


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BERNAL:

¿De qué suerte?

DON JUAN:

Estame atento,
y sabrás por el camino
qué es honra en hombre discreto.
(Vanse.)
(Salen DON FERNANDO y su hermana DOÑA ANA.)

DON FERNANDO:

  Esto me cuentan muchos que lo han visto.

DOÑA ANA:

¿Don Juan tan rico? No me satisfago
sin verlo con mis ojos, mal resisto
por diligencias que con ellos hago.

DON FERNANDO:

Si es hombre de algún crédito Doristo,
él dice que el lagarto de Santiago
le cruza el pecho, y que galán pasea
con pajes y lacayos de librea.

DOÑA ANA:

  ¿En qué calle le vio?

DON FERNANDO:

Por la de Otavia.

DOÑA ANA:

Ya me pesa de verle en este estado.

DON FERNANDO:

Porque siendo mujer tan noble y sabia,
que le parece bien he sospechado.


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DOÑA ANA:

Mucho don Juan su pensamiento agravia,
con presunción de caballero honrado.

DON FERNANDO:

¡Qué poca inclinación a Otavia muestras!

DOÑA ANA:

No se conforman las estrellas nuestras.
(Salen DON JUAN y BERNAL.)

DON JUAN:

  Aquí está.

BERNAL:

Llego contento.

DON JUAN:

Dadme, Fernando, los brazos.

DON FERNANDO:

¿Es don Juan?

DON JUAN:

Con nuevos lazos
de amor y agradecimiento.

DON FERNANDO:

En parte el miraros siento
en estado, aunque os ofenda,
que nuestra amistad defienda,
pues no siendo pobre ya,
perdida la causa está
de serviros con mi hacienda.
  Yo perdí grande ocasión
de mostrar mi voluntad;
si fue probar mi amistad,
no me deis satisfación.
Pero estas quejas no son
parte a negaros que os den
mis brazos el parabién,
si bien mi amistad es tal,
que me ha sucedido mal
por veros en tanto bien.


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DON JUAN:

  Don Fernando, están mis cosas
en el estado que veis,
y la causa que tenéis
de esas quejas amorosas.
No son pruebas sospechosas
las que de vuestra verdad
pudo tener mi amistad
en tantas obligaciones,
sino fuertes ocasiones
de mi necia voluntad.
  Cuando en Italia me vi
rico, dije, suspirando:
«si fuera pobre Fernando,
que amigo tuviera en mí».
Luego a serviros partí,
y partir entre los dos
la hacienda que quiso Dios
darme, porque no tuviera
intento, si no viniera
para gozarla con vos.
  Y así la vuestra y la mía
una son, y con razón,
pues tengo satisfación
del amor que os merecía.
En pobre traje venía
solo a inquirir, solo a ver,
y he venido a conocer,
que en el mundo y su opinión,
ya no hay más estimación,
que tener o no tener.


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DOÑA ANA:

  Bien os habéis disculpado
con mi hermano, no conmigo.

DON JUAN:

Dadme, señora, el castigo
de todo el yerro pasado.
(Sale CELIA.)

CELIA:

De un coche se han apeado
Otavia y dos caballeros.

DOÑA ANA:

Pues, ¿Otavia viene a veros?

DON JUAN:

Tened paciencia, por Dios,
porque tenemos los dos
qué tratar sin ofenderos.
(Salen todos, y OTAVIA muy bizarra.)

OTAVIA:

  Ya nos están esperando.

DON PEDRO:

Pues te casas y me dejas,
ruégale, Otavia, a don Juan
que con Fernando interceda
para que me dé a su hermana.

OTAVIA:

Yo lo haré cuando me vea
dueño de su voluntad.
¿Qué suspensión es aquesta?


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LEONARDO:

No salen a recibirte.

OTAVIA:

¿Cómo? ¿Doña Ana suspensa?
¿Triste don Juan? ¿Don Fernando
puesta la vista en la tierra?
¿Bernal mirando las nubes
y melancólica Celia?
¿Qué es esto, señor don Juan?

DON JUAN:

Muy enhorabuena vengan
señores a ser testigos.

OTAVIA:

Eso sí, que estaba muerta.

DON PEDRO:

Don Juan, no son las heridas
de las honradas pendencias
para más que mientras duran.
Vuestra venida me alegra
y más vuestro casamiento.
Dadme los brazos.

DON JUAN:

Quisiera
tener mil almas que daros
por tan honrada nobleza,
que dais envidia a la mía,
pues hoy la vence la vuestra.
Y con tan buenos testigos,
sabed que doña Ana bella
es mi mujer, si Fernando
permite que yo le deba
esta amistad entre tantas;
porque Otavia, si se acuerda,
no ha estimado mi persona
y viene a estimar mi hacienda.


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DON FERNANDO:

Yo por mi parte, don Juan,
os la doy.

OTAVIA:

¿Qué traza es esta
de engañar tan bajamente
a una mujer de mis prendas?

DOÑA ANA:

Quedo, Otavia, que las mías
solo es justo que merezcan
las de don Juan.

OTAVIA:

Pues, Fernando,
¿así en tu casa me dejas?
Cúmpleme tú la palabra.

DON FERNANDO:

Mejor don Pedro pudiera,
que primero te la dio.

DON PEDRO:

¿Cómo queréis que yo pueda
serlo entre tantos maridos,
y que todos vivos quedan?


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DON FERNANDO:

Quien todo lo quiere, Otavia,
bien es que todo lo pierda.

OTAVIA:

Sois hombres.

DON FERNANDO:

Tú respondiste
cuerdamente; eres discreta.

GINÉS:

Bernal, ¿casaisos también
hoy que a mi ama la dejan?

BERNAL:

Mas pensé que eran badanas;
¿no veis que es mi esposa Celia?

OTAVIA:

¡Qué castigo a mi locura!

DON JUAN:

Aquí acaba la comedia
escrita para serviros;
perdonad las faltas nuestras.

Fin01.jpg


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