Quinto Libro de La Galatea: 21

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Quinto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


El canto y el camino acabó en un mesmo punto el enamorado Lauso, el cual de todos los que con Silerio estaban fue amorosamente recibido, acrescentando con su presencia el alegría que todos tenían por el buen suceso que los trabajos de Silerio habían tenido. Y, estándoselos Damón contando, vieron asomar por junto a la ermita al venerable Aurelio, que, con algunos de sus pastores, traía algunos regalos con que regalar y satisfacer a los que allí estaban, como lo había prometido el día antes que dellos se partió. Maravillados quedaron Tirsi y Damón de verle venir sin Elicio y Erastro; y más lo fueron cuando vinieron a entender la causa del haberse quedado. Llegó Aurelio, y su llegada augmentara más el contento de todos, si no dijera, encaminando su razón a Timbrio:

-Si te precias, como es razón que te precies, valeroso Timbrio, de ser verdadero amigo del que lo es tuyo, agora es tiempo de mostrarlo, acudiendo a remediar a Darinto, que no lejos de aquí queda tan triste y apasionado, y tan fuera de admitir consuelo alguno en el dolor que padece, que algunos que yo le di no fueron parte para que él los tuviese por tales. Hallámosle Elicio, Erastro y yo, habrá dos horas, en medio de aquel monte que a esta mano derecha se descubre, el caballo arrendado a un pino, y él en el suelo boca abajo tendido, dando tiernos y dolorosos sospiros, y de cuando en cuando decía algunas palabras que a maldecir su ventura se encaminaban; al son lastimero de las cuales, llegamos a él, y con el rayo de la luna, aunque con dificultad, fue de nosotros conoscido; e importunado que la causa de su mal nos dijese, díjonosla, y por ella entendimos el poco remedio que tenía. Con todo eso, se han quedado con él Elicio y Erastro, y yo he venido a darte las nuevas del término en que le tienen sus pensamientos; y, pues a ti te son tan manifiestos, procura remediarlos con obras, o acude a consolarlos con palabras.

-Palabras serán todas, buen Aurelio -respondió Timbrio-, las que yo en esto gastaré, si ya él no quiere aprovecharse de la ocasión del desengaño y disponer sus deseos a que el tiempo y la ausencia hagan en él sus acostumbrados efectos. Mas, porque no se piense que no correspondo a lo que a su amistad estoy obligado, enséñame, Aurelio, a qué parte le dejaste, que yo quiero ir luego a verle.

-Yo iré contigo -respondió Aurelio.


Y luego, al momento, se levantaron todos los pastores para acompañar a Timbrio y saber la causa del mal de Darinto, dejando a Silerio con Nísida y Blanca, con tanto contento de los tres que no se acertaban a hablar palabra. En el camino que había desde allí adonde Aurelio a Darinto había dejado, contó Timbrio a los que con él iban la ocasión de la pena de Darinto y el poco remedio que della se podría esperar, pues la hermosa Blanca, por quien él penaba, tenía ocupados sus deseos en su buen amigo Silerio; diciéndoles, asimesmo, que había de procurar con toda su industria y fuerzas que Silerio viniese en lo que Blanca deseaba, suplicándoles que todos fuesen en ayudar a favorescer su intención, porque, en dejando a Darinto, quería que todos a Silerio rogasen diese el sí de rescibir a Blanca por su ligítima esposa. Los pastores se ofrecieron de hacer lo que se les mandaba, y en estas pláticas llegaron adonde creyó Aurelio que Elicio, Darinto y Erastro estarían; pero no hallaron alguno, aunque rodearon y anduvieron gran parte de un pequeño bosque que allí estaba, de que no poco pesar rescibieron todos. Pero, estando en esto, oyeron un tan doloroso sospiro que les puso en confusión y deseo de saber quién le había dado; mas sacóles presto desta duda otro que oyeron no menos triste que el pasado, y, acudiendo todos a aquella parte adonde el sospiro venía, vieron estar no lejos dellos, al pie de un crescido nogal, dos pastores: el uno sentado sobre la yerba verde, y el otro tendido en el suelo y la cabeza puesta sobre las rodillas del otro. Estaba el sentado con la cabeza inclinada, derramando lágrimas y mirando atentamente al que en las rodillas tenía; y, así por esto como por estar el otro con color perdida y rostro desmayado, no pudieron luego conoscer quién era; mas, cuando más cerca llegaron, luego conoscieron que los pastores eran Elicio y Erastro: Elicio, el desmayado, y Erastro, el lloroso. Grande admiración y tristeza causó en todos los que allí venían la triste semblanza de los dos lastimados pastores, por ser tan amigos suyos y por ignorar la causa que de tal modo los tenía; pero el que más se maravilló fue Aurelio, por ver que tan poco antes los había dejado en compañía de Darinto con muestras de todo placer y contento, como si él no hubiera sido la causa de toda su desdicha. Viendo, pues, Erastro, que los pastores a él se llegaban, estremeció a Elicio, diciéndole:


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