Quinto Libro de La Galatea: 36

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Quinto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


No menos contentó a los pastores la voz y lo que cantó Blanca, que todas las demás que habían oído. Y, ya que ellos querían dar muestras de que no toda la habilidad se encerraba en los cortesanos caballeros, y para esto, casi de un mesmo pensamiento movidos, Orompo, Crisio, Orfinio y Marsilo comenzaban a templar sus instrumentos, les forzó a volver las cabezas un ruido que a sus espaldas sintieron, el cual causaba un pastor que con furia iba atravesando por las matas del verde bosque, el cual fue de todos conoscido, que era el enamorado Lauso, de que se maravilló Tirsi, porque la noche antes se había despedido dél, diciendo que iba a un negocio que importaba el acabarle acabar su pesar y comenzar su gusto, y que, sin decirle más, con otro pastor su amigo se había partido, y que no sabía qué podía haberle sucedido agora, que con tanta priesa caminaba. Lo que Tirsi dijo movió a Damón a querer llamar a Lauso, y así, le dio voces que viniese; mas, viendo que no las oía y que ya a más andar iba traspuniendo un recuesto, con toda ligereza se adelantó, y desde encima de otro collado le tornó a llamar con mayores voces, las cuales oídas por Lauso, y conosciendo quién le llamaba, no pudo dejar de volver, y, en llegando a Damón, le abrazó con señales de estraño contento, y tanto, que admiraron a Damón las muestras que de estar alegre daba; y así, le dijo:

-¿Qué es esto, amigo Lauso? ¿Has, por ventura, alcanzado el fin de tus deseos, o hante desde ayer acá correspondido a ellos de manera que halles con facilidad lo que pretendes?

-Mucho mayor es el bien que traigo, Damón, verdadero amigo -respondió Lauso-, pues la causa que a otros suele ser desesperación y muerte, a mí me ha servido de esperanza y vida; y ésta ha sido de un desdén y desengaño, acompañado de un melindroso donaire que en mi pastora he visto, que me ha restituido a mi ser primero. Ya, ya, pastor, no siente mi trabajado cuello el pesado yugo amoroso, ya se han deshecho en mi sentido las encumbradas máquinas de pensamientos que desvanecido me traían, ya tornaré a la perdida conversación de mis amigos, ya me parescerán lo que son las verdes yerbas y olorosas flores destos apacibles campos, ya tendrán treguas mis sospiros, vado mis lágrimas y quietud mis desasosiegos; porque consideres, Damón, si es causa ésta bastante para mostrarme alegre y regocijado.

-Sí es, Lauso -respondió Damón-, pero temo que alegría tan repentinamente nascida no ha de ser duradera, y tengo ya experiencia que todas las libertades que de desdenes son engendradas se deshacen como el humo, y torna luego la enamorada intención con mayor priesa a seguir sus intentos. Así que, amigo Lauso, plega al cielo que sea más firme tu contento de lo que yo imagino, y goces largos tiempos la libertad que pregonas; que no sólo me holgaría por lo que debo a nuestra amistad, sino por ver un no acostumbrado milagro en los deseos amorosos.

-Comoquiera que sea, Damón -respondió Lauso-, yo me siento agora libre y señor de mi voluntad; y, porque se satisfaga la tuya de ser verdad lo que digo, mira qué quieres que haga en prueba dello. ¿Quieres que me ausente? ¿Quieres que no visite más las cabañas donde imaginas que puede estar la causa de mis pasadas penas y presentes alegrías? Cualquiera cosa haré por satisfacerte.

-La importancia está en que tú, Lauso, estés satisfecho -respondió Damón-; y veré yo que lo estás cuando de aquí a seis días te vea en ese mesmo propósito. Y por agora no quiero otra cosa de ti sino que dejes el camino que llevabas y te vengas conmigo adonde todos aquellos pastores y damas nos esperan, y que la alegría que traes la solemnices con entretenernos con tu canto mientras que al aldea llegamos.

Fue contento Lauso de hacer lo que Damón le mandaba, y así, volvió con él a tiempo que Tirsi estaba haciendo señas a Damón que se volviese; y, en llegando que él y Lauso llegaron, sin gastar palabras de comedimiento, Lauso dijo:

-No vengo, señores, para menos que para fiestas y contentos; por eso, si le rescibiréis de escucharme, suene Marsilo su zampoña, y aparejaos a oír lo que jamás pensé que mi lengua tuviera ocasión de decirlo, ni aun mi pensamiento para imaginarlo.

Todos los pastores respondieron a una que les sería de gran gusto el oírle. Y luego Marsilo, con el deseo que tenía de escucharle, tocó su zampoña, al son de la cual Lauso comenzó a cantar desta manera:


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