Rafael (Lorenzo tr.)/LVIII
LVIII
Cambié, no obstante, en aquel momento de naturaleza por respeto a los multiplicados sacrificios de mi pobre madre y por la concentración de todos mis pensamientos en uno solo: volver a ver lo que amaba y prolongar lo más posible, mediante la más estrecha economía, los contados días que había de pasar cerca de Julia. Me hice calculador y avaro, como un viejo, del poco oro que llevaba. Parecíame que cada pequeña cantidad que gastaba era una hora de mi felicidad o una gota de mi vida que se perdía. Decidí vivir, como Juan Jacobo Rousseau, con nada o con poco; prescindir en mi vanidad, en mis vestidos y en mi alimentación de todo lo que quería dar a la santa embriaguez de mi alma. Sin embargo, no dejaba de abrigar una confusa esperanza de sacar, para mi amor, algún partido de mi talento de poeta, que sólo algunos amigos conocían. Durante las tres últimos meses había escrito, en las horas de insomnio, un pequeño volumen de poesías amorosas, soñadoras, piadosas, según que la imaginación cantaba en mí sus notas tiernas o sus notas graves. Había copiado mis versos cuidadosamente y con mi más hermosa letra, y leí algunos a mi padre, que era buen juez, pero de gusto muy severo. Algunos de mis amigos sabían fragmentos de memoria. Guardé mi tesoro en una carpeta de cartón verde, color de buen augurio para una gloria en esperanza. A mi madre se lo oculté, porque su casta y piadosa pureza de espíritu se habría alarmado ante la voluptuosidad poco cristiana de algunas de mis elegías. Esperaba yo que la gracia candorosa y el alado entasiasmo de aquellas poesías seducirían a un editor inteligente, que me compraría el volumen, que, por lo menos, consentiría en imprimirle por su cuenta, y que el gusto del público, tentado por la novedad de aquel estilo, nacido en los bosques y brotado de manantial, me daría, acaso a la vez, un nombre y una pequeña fortuna.