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Rafael (Lorenzo tr.)/LXIV

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LXIII
Rafael: Páginas de los veinte años (1920)
de Alphonse de Lamartine
traducción de Félix Lorenzo
LXIV
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1 Durante aquellos millares de horas, y así encérrado entre la estufa, el biombo, la claraboya, el niño y el perro, releí toda la antigüedad escrita, excepto los poetas de que nos habían saturado en el colegio, y en cuyos versos no distinguían entonces nuestros ojos fatigados más que cesuras, largas o breves. Triste efecto de una saciedad precoz que marchita en el alma del niño la flor más coloreada y perfumada del pensamiento humano. Pero releí a todos los filósofos, a todos los oradores y a todos los historiadores en sus lenguas respectivas. Adoraba, principalmente, a los que reunían en si estás tres potencias del entendimiento: el relato, la palabra, la reflexión. El hecho, el discurso, la moralidad. Tucídides y Tácito sobre todos los demás.

Luego, Maquiavelo, ese sublime práctico de las enfermedades de los imperios. Después, Cicerón, ese vaso sonoro que todo lo contiene, desde las lágrimas privadas del hombre, del marido, del padre, del amigo, hasta las catástrofes de Roma y del mundo, hasta los trágicos presentimientos de su propio destino. Cicerón es como un filtro donde todas las aguas se posan y se clarifican sobre un fondo de filosofía y divina serenidad, y que luego deja dillatarse su grande alma en olas de elocuencia, de sabiduría, de armonía y de piedad. Hasta entonces le había yo tenido por un grande y huero charlatán que encerraba poco sentido en largos períodos: me había equivocado. Es el hombre—verbo de la antigüedad después de Platón; es el más grandioso estilo de todas las lenguas. Se le cree seco, porque está magníficamente vestido. Pero quitadle la púrpura, y queda un alma que sintió, comprendió y dijo cuanto había que sentir, comprender y decir en su tiempo en Roma.