Realidad (Versión para imprimir)

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Autor: Benito Pérez Galdós[editar]



PERSONAJES y ACTORES[editar]

AUGUSTA.

SRTA. GUERRERO.

LEONOR, (La Peri).

SRTA. MARTÍNEZ.

CLOTILDE.

SRTA. MORELL.

LINA, criada de la Peri.

SRTA. PINEDA.

BÁRBARA, criada de FEDERICO.

SRTA. MOLINA.

OROZCO.

SR. CEPILLO.

FEDERICO VIERA.

SR. THUILLIER.

JOAQUÍN VIERA.

SR. MARIO.

MANOLO INFANTE.

SR. GARCÍA ORTEGA.

VILLALONGA.

SR. MONTENEGRO.

MALIBRÁN.

SR. BALAGUER.

AGUADO.

SR. CALLE.

Criados de OROZCO.


La acción es en Madrid y contemporánea.

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ACTO I[editar]

Sala en casa de OROZCO, decorada y amueblada con elegancia y lujo. En el foro dos grandes puertas. La de la derecha conduce al billar, y por ella se descubre parte de la mesa, y se ven los movimientos de los jugadores. La de la izquierda comunica con el salón, y por ella se distingue parte de esta pieza y algunas de las personas que están en ella. Entre estas dos puertas, chimenea o un mueble de lujo.

En el lienzo lateral de la derecha, dos puertas: una conduce al despacho de OROZCO; la más próxima al público, a la alcoba. En el lienzo de la izquierda, una puerta, por donde entran los que vienen de fuera de la casa, y un balcón.

Las dos puertas del fondo se cierran (cuando la acción lo indique) con vidrieras.

A la izquierda, cerca del espectador, una mesa con una planta viva, libros, lámpara de bronce, retratos y recado de escribir. Es de noche.


Escena I[editar]

VILLALONGA que entra por la puerta de la izquierda.


INFANTE que sale del billar.


VILLALONGA.- (Mirando al salón.) Poca gente esta noche (A INFANTE.) ¡Hola, Infantillo!

INFANTE.- Tarde vienes. ¿Has estado en el Real?

VILLALONGA.- Sí, un rato. Y tú, ¿has comido hoy aquí?

INFANTE.- No, hijo de mi alma. Hoy le tocó a ese fatuo de Malibrán, el aprendiz de diplomático, que no es, como sabes, santo de mi devoción.

VILLALONGA.- Sí; su vanidad, sus pretensiones de cultura... ¡europea!, y de galanteador irresistible, me sirven a mí para pasar ratos muy divertidos.

INFANTE.- A mí no me divierte.

VILLALONGA.- ¿Pero no sabes lo mejor? (Con misterio.) Se atreve a poner los puntos a tu prima.

INFANTE.- ¡Quién!

VILLALONGA.- Malibrán, Don Cornelio. Yo le nombro siempre así para hacerle rabiar. No dudes que el hombre quiere añadir a lo que llama su estadística de amor, este rengloncito: Augusta. Veo que no te causa risa, y que pareces así... no sé... ¡Ya...!, te contraría la competencia. También tú, grandísimo corruptor de las familias, pretendes...

INFANTE.- ¡Jacinto!

VILLALONGA.- Vamos, joven circunspecto, que a ti también, también a ti te gusta la primita. ¡Es tan mona, tan espiritual! No he conocido otra en quien tan maravillosamente se reúnan la distinción, la belleza y el talento. Las tres gracias se encarnan en ella, formando una sola gracia, que vale por treinta. Tu quoque, Manolín...

INFANTE.- ¡Yo! No me conoces: A mi prima Augusta, bien lo sabes, la miro como hermana. Ella y mi tía Carlota son la única familia que me queda. Su marido es el amigo que más quiero en el mundo. No, no cabe en mí la villanía de galantear a la mujer de un amigo íntimo, hombre además de excepcionales condiciones morales, hombre único, lleno de méritos y virtudes.

VILLALONGA.- Sí, sí, todo es verdad. Pero...

INFANTE.- ¿Pero qué?

VILLALONGA.- Nada, hombre, nada. No es para enfadarse. Mucha virtud, mucha moral...


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Escena II[editar]

Los mismos; AGUADO.


AGUADO.- Felices, señores y milores. ¿Han visto ustedes los periódicos de la tarde?

VILLALONGA.- ¿Qué hay? ¿Qué ocurre?

AGUADO.- ¿Se han enterado ya de los escándalos del día? (Mostrando un periódico.) Otra irregularidad muy gorda en Cuba; pero muy gorda. Ya lo dije: de la remesa de empleados que mandaron allá hace tres mesas, ¿qué otra cosa podía esperarse?

VILLALONGA.- Ínclito Aguado, calma, calma, filosofía. Coge la primera piedra, amenaza con ella; pero no la tires.

AGUADO.- Yo sostengo que ni esto es país, ni esto es patria, ni esto es Gobierno, ni aquí hay vergüenza ya. Pues digo: lo mismo que ese otro gatuperio, el crimencito de la calle del Pez; la curia vendida, y dos personajes de cuenta amparando a los asesinos.

INFANTE.- Señor de Aguado, ¿también usted se empeña en ser vulgo, o en parecerlo?

AGUADO.- Amigo Infante, usted es un ángel de Dios, que ha pasado su juventud en el inocente retiro de Orbajosa, a honesta distancia del mundo, que no conoce. Heredó usted una fortuna; hiciéronle diputado con un par de golpes de manubrio de la maquinilla de Gobernación; no ha vivido, no ha luchado; no conoce de cerca, como nosotros, la podedumbre política y administrativa... Pues yo les juro a ustedes que, si Dios no lo remedia, llegará día en que, cuando pase un hombre honrado por la calle, se alquilen balcones para verle.


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Escena III[editar]

Los mismos; OROZCO que se asoma a la puerta del billar sin pasar de ella, con el taco en la mano, AUGUSTA, MALIBRÁN que vienen del salón.


OROZCO.- ¡Eh! padres de la patria, ¿qué hay? ¿Qué irregularidad es ésa...? (VILLALONGA, INFANTE y AGUADO, se acercan a la puerta del billar y hablan con él.)

AUGUSTA.- (A MALIBRÁN, riendo.) Pero dígame usted, ¿es volcánica o no es volcánica?

MALIBRÁN.- ¿Qué?

AUGUSTA.- Esa pasión de usted.

MALIBRÁN.- ¡Pícara, añade a la crueldad el sarcasmo! Mire usted que... Bien podría suceder que la desesperación me arrastrara al suicidio, a la locura... ¡Qué responsabilidad para usted!

AUGUSTA.- ¡Para mí! Pero yo ¿qué culpa tengo de que usted se haya vuelto tonto?... ¡Muerte, locura, suicidio! ¡Eso sí que es de mal gusto! No, el hombre de la discreción y de las buenas formas no incurrirá en tales extravagancias. Yo traduzco sus expresiones al lenguaje vulgar, y digo: Hipocresía, farsa, egoísmo.

MALIBRÁN.- ¡Ay, Dios mío! Casi me agrada que usted me injurie. A falta de otro sentimiento, venga esa bendita enemistad.

AUGUSTA.- (Con hastío.) Basta.


(OROZCO se ha internado en el billar. VILLALONGA, INFANTE y AGUADO vuelven al centro de la escena.)


AGUADO.- (Con énfasis.) Horrible, horrible, vamos.

VILLALONGA.- (Por AUGUSTA.) Aquí está todo lo bueno.

AUGUSTA.- Jacinto, dichosos los ojos... Aguadito, felices. Ya, ya le veo a usted tan indignado como de costumbre. ¿Qué hay?

AGUADO.- Pues nada, señora y amiga mía. Escándalos, miserias, irregularidades monstruosas aquí y en Ultramar, nuevos datos espeluznantes del crimen famoso... y, por último, crisis. Esto está perdido, pero muy perdido.

AUGUSTA.- Pues verá usted como Villalonga, que es uno de nuestros primeros inmorales, sostiene que todo va bien.

VILLALONGA.- Todo bien, perfectamente bien. Y sobre tantas dichas, la de verla a usted tan guapa.

AUGUSTA.- ¡Noticia fresca!

MALIBRÁN.- (Aparte.) ¡Qué linda y qué traviesa!... Inteligencia vaporosa, imaginación ardiente, espíritu amante de lo desconocido, de lo irregular, de lo extraordinario... ¡Caerá!

AUGUSTA.- ¿Y en el Congreso?... (Se sienta.)

INFANTE.- Nada, una tarde aburridísima. El consabido chaparrón de preguntas rurales hasta las cinco, y a la orden del día la interesantísima y palpitante discusión sobre los derechos de... la hojalata. Y en los pasillos inmoralidad, y nada más que inmoralidad.

VILLALONGA.- Es insoportable el tema de estos días en aquella casa. No se puede ir allí, porque ha salido una plaga de honrados... Vamos, es cosa de fumigarlos por honrados... precisamente por honrados del género infeccioso y coleriforme.

AUGUSTA.- ¡Jacinto, por Dios!... (A AGUADO.) ¿Y usted no sale a defender la clase?

AGUADO.- ¿Qué clase?

AUGUSTA.- La de los honrados, hombre.

INFANTE.- Como no se trata de honradez ultramarina, este Catón no se da por aludido. Hablamos ahora de honrados peninsulares.

AGUADO.- Sí, sí, búrlese usted. Éstos son ministeriales de la clase de Isidros o del montón anónimo. Todo lo encuentran bien, y cuando se les habla del cáncer de la inmoralidad, alzan los hombros y se quedan tan frescos.

AUGUSTA.- Tiene razón Aguado. Lo mismo les da a éstos el país que la carabina de Ambrosio. (A VILLALONGA.) No se ría, Jacinto, que contra usted voy. Usted no tiene patriotismo, usted no se indigna como debiera indignarse, y esa sonrisa y esa santa pachorra son un insulto a la moral.

VILLALONGA.- Pero, amiga mía, si esa nota de la indignación pública la dan otros, y la dan muy bien, ¿qué necesidad tengo yo de revolverme la bilis y hacer malas digestiones? Yo soy un hombre que, al levantarse por las mañanas, hace el firme propósito de encontrarlo todo bien, perfectamente bien. Es natural que así piense, cuando veo que los más indignados hoy son mañana los más complacidos.

AGUADO.- O, en otros términos, que todos son lo mismo, y vamos tirando. Por lo demás, no es malo que se hable tanto de nuestros vicios, porque así los corregiremos.

AUGUSTA.- ¡Ay, amigo mío, no sea usted cándido! Eso de la moralidad es cuestión de moda. De tiempo en tiempo, sin que se sepa de dónde sale, viene una de esas rachas de opinión, uno de esos temas de interés contagioso, en que todo el mundo tiene algo que decir. ¡Moralidad, moralidad! Se habla mucho durante una temporadita, y después seguimos tan pillos como antes. La humanidad siempre, siempre igual a sí misma. Ninguna época es mejor que otra. Cuando más, varía un poco la forma o el estilo de la maldad. Pero lo de dentro, crean ustedes que poco o nada varía.

VILLALONGA.- ¿Eh? ¿Se explica la niña?

MALIBRÁN.- ¡Qué talentazo!

INFANTE.- (Que ha entrado en el salón y vuelve al instante.) Ya tienes ahí a la condesa de Trujillo con el marqués de Cícero y Pepito Pez, devorando las últimas noticias del crimen.

AUGUSTA.- ¡Ay, dichoso crimen!

VILLALONGA.- Pues a mí no me cogen.

MALIBRÁN.- Ya resulta insoportable.

AUGUSTA.- Sí; fastidiosísimo, repugnante. Y nuestra curiosidad es de lo más estúpido... Pero no podemos vencerla. Allá voy. (Pasa al salón acompañada de INFANTE. AGUADO entra en el billar.)


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Escena IV[editar]

MALIBRÁN; VILLALONGA.


VILLALONGA.- (Dirígese al billar y retrocede, sorprendiendo a MALIBRÁN, que, embelesado, no quita los ojos de AUGUSTA, hasta que la ve desaparecer.) ¿Y cómo va eso, amigo D. Cornelio?

MALIBRÁN.- Pues... amigo D. Jacinto, esto va mal, muy mal. Nada, nada, lo que dije a usted. Nuestra sibila está enamorada; lo veo, lo estoy viendo... ¿No lo ve usted?

VILLALONGA.- No, yo no veo nada. No quiera usted contagiarme de sus visiones malignas.

MALIBRÁN.- Lo descubriremos, sí, señor, arrancaremos el velo del enredito. ¡Pues no faltaba más! Como el gran Le Verrier descubrió el planeta Neptuno por el puro cálculo...

VILLALONGA.- Pues no es usted poco científico...

MALIBRÁN.- (Nervioso.) Por el puro cálculo, sí; estudiando las desviaciones de las órbitas de los planetas conocidos... pienso yo...

VILLALONGA.- Descubrir el planeta ignorado...

MALIBRÁN.- (Llevándolo a la puerta del salón y mirando hacia éste.) Diga usted, ¿será el Trujillito ese, el oficial de artillería que acompaña a la condesa?... ¿Será Calderón, la ostra de la casa?... ¿Será, por ventura, Manolo Infante, que suele hacer de sigisbeo de Augusta, y que con su capita de pariente honrado me parece a mí que las mata callando?... ¿Será...?

VILLALONGA.- (Volviendo al centro de la escena.) Dígame, D. Cornelio, ¿ha pensado usted en Federico Viera?

MALIBRÁN.- ¡Ah! (Con desdén.) No, ése no. Pero... quién sabe. Entre los amigos de la casa, entre estos pegajosos... con ribetes de parásitos, hay que buscar el documento humano que nos hace falta. Yo le juro a ésa... que no se reirá de mí.

VILLALONGA.- Al fin... ¡quién sabe!...

MALIBRÁN.- ¡Quién sabe... sí!... Las mujeres... El demonio que las baraje.

VILLALONGA.- Y a propósito de mujeres y de demonios, ¿va usted esta noche a casa de la Peri?

MALIBRÁN.- Tarde... sobre la una. ¿Y usted?

VILLALONGA.- Tal vez... (Viendo venir a OROZCO.) ¡Chitón!


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Escena V[editar]

Los mismos; OROZCO, AGUADO, que salen del billar.


OROZCO.- No es exacto, repito, y buen tonto sería yo si tal hiciera.

AGUADO.- Pues a mí me han dicho que, sin tu auxilio, el correccional de jóvenes delincuentes no se construiría nunca.

VILLALONGA.- También a mí me lo dijeron.

MALIBRÁN.- Y a mí.

OROZCO.- Habladurías. He contribuido a esta obra benéfica en la misma proporción que los demás iniciadores, y desempeño el cargo de tesorero de la Junta.

AGUADO.- Ahí es donde caes tú, Tomás. ¡Si todo se sabe!

VILLALONGA.- No le valen sus malas mañas.

AGUADO.- La Junta no recauda lo bastante para continuar con método las obras. Llega un sábado, faltan fondos para pagar los jornales de la semana...

MALIBRÁN.- Pues no hay que apurarse, porque el buen Orozco tira del talonario...

OROZCO.- (Risueño y calmoso.) ¡Pues estaría yo lucido! No, esas generosidades caen ya dentro del campo de la tontería, y francamente, yo aspiro a que se tenga mejor idea de mí. El atribuir a cualquiera méritos que no posee, y que por lo disparatados no deben de lisonjear a nadie, constituye una especie de calumnia; sí, no reírse, una calumnia de benevolencia, que si no se cuenta entre los pecados, tampoco debe contarse entre las virtudes.

AGUADO.- ¿De modo que, según ese criterio, yo soy un calumniador?

VILLALONGA.- Todos calumniadores...

MALIBRÁN.- Al revés... es decir, que calumniamos alabando, así como usted hace el bien, fingiendo que lo aborrece, sistema de hipocresía que no vacilo en llamar sublime.

AGUADO.- Él es un hipócrita, sí, y nosotros sus detractores implacables. Pues espérate, que ahora nos corregiremos. Yo saldré por ahí diciendo que eres un pillo, un hombre sin conciencia; diré más; diré que el tesorero este se da sus mañas para distraer fondos del correccional y aplicarlos a sus vicios.

OROZCO.- (Con jovialidad.) Pues mira, si se dijera eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas cosas falsas.

AGUADO.- ¡Ah!, no creas que la opinión pública se deja extraviar tan fácilmente por los difamadores. Ya ven ustedes las atrocidades que han dicho de mí.

VILLALONGA.- Sí, que te trajiste media isla de Cuba en los bolsillos.

AGUADO.- Que si vendía los blancos como antes se vendían los morenos.

VILLALONGA.- ¡Qué picardía!, suponer que tú...

AGUADO.- Pues si al principio se formó contra mí una atmósfera tan densa que se podía mascar, no tardé en disiparla con mi desprecio, y al fin la opinión me hizo justicia.

OROZCO.- ¿Qué duda tiene?... Por supuesto, hay que desconfiar siempre de la opinión pública cuando vitupera, así como cuando alaba excesivamente, porque la muy loca rara vez sabe fijarse en el punto medio que constituye nuestra vulgaridad. Somos muy vulgares; pertenecemos a una época que se asusta de las situaciones extremas, y no gustamos de bajar mucho por no parecer tontos, ni de subir demasiado, por no incurrir en la ridiculez de ser absolutamente buenos.

AGUADO.- ¡Ridiculez! Pues a ti no hay quien te libre de ser el primer mamarracho de la bondad. Aguanta el chubasco, y si no te gusta, corrígete de tu furor caritativo. De ti se cuentan horrores: que costeas solo o casi solo las obras del correccional para chicos; que te comen un codo las Hermanitas de la Paciencia; que vistes todo el Hospicio dos veces al año...

VILLALONGA.- Y más, mucho más. Vomitemos todas las injurias de una vez. Que acudes a remediar todas, absolutamente todas las necesidades de que tienes noticia.

MALIBRÁN.- Eso, eso... y vuelva usted por otra.

OROZCO.- Bien, bien. Ahogado por vuestro zahumerio estúpido, os digo que sois los mayores majaderos que conozco. Jacinto, tu adulación me da náuseas. Y tú, Aguado maldito, eres tan tonto, pero tan tonto, que mereces que creamos las perrerías que decían de ti cuando volviste de Cuba.


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Escena VI[editar]

Los mismos; AUGUSTA, INFANTE que vuelven del salón.


AUGUSTA.- ¿Quieren ustedes reírse? ¿Quieren reírse de verás?

OROZCO.- Ya nos hemos reído bastante. ¿Te parece que tenemos aquí pocos bufones?

AUGUSTA.- Pues el que quiera divertirse, pase al salón. Esta noche tenemos a Teresa Trujillo de remate...

OROZCO.- ¿Con el crimen? Vamos que a ti también te gusta esa comidilla. Gracias, no me divierte.

AUGUSTA.- Graciosísima. Empeñada en que es verdad todo lo que cuentan los periódicos. No hay quien la sufra. Que el crimen es más hondo de lo que parece, y que están complicados dos ministros, y que la justicia... y los jueces... y el perrito y la mano que asomaba por la ventana de enfrente, y los dos hombres que entraron a las doce del día, y qué se yo... (Se sienta.)


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Escena VII[editar]

Los mismos; FEDERICO VIERA.


AUGUSTA.- (Aparte, viéndole entrar.) (¡Ah!... ya está ahí. No sé si podré disimular... cara mía, cuidado...)

OROZCO.- (Saludándole.) Hola, Federiquín... Gracias a Dios.

AUGUSTA.- (Alargándole la mano.) ¡Cuánto tiempo!... ¿Ha estado usted malo?

FEDERICO.- Un poco.

AUGUSTA.- Pues no se le conoce en la cara.

VILLALONGA.- Si traes noticias patibularias, fresquecitas, pasa a la sección de lo criminal que preside la condesa de Trujillo.

FEDERICO.- Ya la he visto al pasar. A la condesa le falta poco para traerse el verdugo en el bolsillo.

INFANTE.- Pues yo sostengo que es un crimen vulgar, adocenado, un crimen de pacotilla, y que no hay personajes encubridores, ni misterios de folletín.

AGUADO.- Este archisensato quiere presentarnos los hechos arregladitos a un patrón de conveniencias curialescas.

AUGUSTA.- Claro, hasta el crimen debe ser correcto, y los asesinos han de tener su poquito de ministerialismo.

INFANTE.- No es eso, no. Pero me parece absurdo mezclar en asuntos tan bajos a personas respetables.

OROZCO.- ¿Quién podrá afirmar ni negar nada? Yo digo que si los misterios de la conciencia individual rara vez se descubren a la mirada humana, también la sociedad tiene escondrijos que nunca se ven, así como en el interior de las rocas hay cavernas donde jamás ha entrado un rayo de luz. En cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de lo que la malicia supone, pero tampoco lo niego sistemáticamente.

FEDERICO.- Muy bien dicho.

AUGUSTA.- Yo no soy sistemática. Pero me inclino comúnmente a admitir lo extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor la realidad, que es la gran inventora, la maestra siempre fecunda y original siempre. Rechazo todo lo que me presentan ajustado a patrón, todo lo que solemos llamar razonable para ocultar la simpleza que encierra. ¡Ay!, los que se empeñan en amanerar la vida no lo pueden conseguir. Ella no se deja, ¿qué se ha de dejar? Este primo mío, (Por INFANTE.) empapado en esa tontería del ministerialismo, no quiere ver más que la corteza oficial o pública de las cosas. Es la mejor manera de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la cabeza que en ese crimen hay algo de extraordinario y anormal. Sería ridículo y hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen siempre a gusto de los jueces.

MALIBRÁN y VILLALONGA.- Bien, bien.

OROZCO.- Mi mujer tiene razón. Convengamos en que lo extraordinario y misterioso, no por inverosímil deja de ser verdadero alguna vez.

INFANTE.- Claro, alguna vez.

AGUADO.- Siempre, siempre.

MALIBRÁN.- Hombre, siempre no.

AGUADO.- Siempre digo.

FEDERICO.- Tiene razón Augusta. Convengamos en que la realidad es fecunda, original, en que el artificio que resulta de las conveniencias políticas y judiciales nos engaña. Pero no nos lancemos por sistema a lo novelesco, ni por huir de un amaneramiento caigamos en otro, amiga mía. La vida, por desgracia, ofrece bastantes peripecias inesperadas, lances y sorpresas terribles; y es tontería echarnos a buscar el interés febriscitante, cuando quizás lo tenemos latente a nuestro lado, aguardando una ocasión cualquiera para saltarnos a la cara.

AUGUSTA.- Conforme. Pero yo no busco el interés febriscitante. Es que, sin darme cuenta de ello, todo lo vulgar me parece falso. Tan alta idea tengo de la realidad... como artista. He dicho.

VILLALONGA.- (Aplaudiendo.) ¡Bonita paradoja!

AGUADO.- ¡Pero qué ingenio el de esta pícara! (Todos aplauden.)

AUGUSTA.- Gracias, amado pueblo.

FEDERICO.- Tiene usted toda la sal de Dios.

AUGUSTA.- (Aparte.) ¡Qué zalamerito viene esta noche...! (Alto.) Tilín, tilín, se suspende esta discusión.

MALIBRÁN.- (A OROZCO.) ¿Carambolas, Tomás?

OROZCO.- No, dispénseme la diplomacia. Me retiro. No me siento bien.

AGUADO.- Jugaremos. (Mirando al reloj.) Poco tiempo tenemos ya. Estas gentes morigeradas, estos matrimonios modelo se recogen con las gallinas. (MALIBRÁN y AGUADO pasan al billar.)

AUGUSTA.- (A INFANTE, que se despide.) ¿Ya?... Ven a comer mañana.

OROZCO.- (Mirando al salón. -Aparte a AUGUSTA.) Paréceme que la condesa quiere marcharse. No la entretengas.

AUGUSTA.- Voy enseguida...

OROZCO.- (Saludando a VILLALONGA.) Abur, Jacinto, hasta mañana. (A FEDERICO.) Adiós. Ya sé que es temprano para vosotros, perdidos. Aún podéis matar un rato en el billar.

VILLALONGA.- Que descanses. (Acompaña a OROZCO hasta la puerta del despacho, y pasa al billar. AUGUSTA se dirige al salón; pero retrocede al ver a FEDERICO solo en escena.)


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Escena VIII[editar]

AUGUSTA; FEDERICO.


AUGUSTA.- (Airada, recelosa, bajando la voz.) Tengo que decirte que te estás portando indignamente.

FEDERICO.- ¡Yo! ¿Por qué? (Va hacia la puerta del salón, atisba y vuelve.) También yo deseaba que estuviésemos solos para decirte...

AUGUSTA.- No quiero saber nada. ¡Seis días sin verme!

FEDERICO.- Por culpa tuya.

AUGUSTA.- ¡No, tuya, tuya! No sé qué tienes en esos ojos... la traición, la mentira y el cinismo. (Muy agitada.) Me voy acostumbrando a la idea de que huyes de mí, atraído por personas indignas, que no quiero ni debo nombrar.

FEDERICO.- ¡Qué desvarío! ¿Te espero mañana?

AUGUSTA.- No, (Con energía.) no vuelvo más; no, no me mereces.

FEDERICO.- Ya lo sé. ¡Pero tiene uno tantas cosas que no merece! ¡Dios es tan bueno! ¿Irás?

AUGUSTA.- No quiero. Bien claro te lo digo.

FEDERICO.- Te espero, ¿sí o no?

AUGUSTA.- He dicho que no... (Aturdida.) ¡Lo pensaré! No, no, y mil veces no. Si fuese, iría para injuriarte, para decirte que te me estás haciendo aborrecible.

FEDERICO.- Pues para eso vas, y allí, muy tranquilamente, nos tiramos los trastos a la cabeza.

AUGUSTA.- Cállate... Pueden oír. (Con miedo.) Te escribiré dos letras... No, no te escribo ni media letra; no, no, no.

FEDERICO.- Pero...

AUGUSTA.- Basta... cállate... salgamos... (Dirígese al salón. Durante las últimas frases aparece MALIBRÁN en la puerta del billar y se detiene en ella con expresión de asombro.)


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Escena IX[editar]

FEDERICO, MALIBRÁN, VILLALONGA.


MALIBRÁN.- (A FEDERICO.) Brava mujer, ¿verdad? ¡Y qué alma, qué pasión!... ¡qué genio...!

FEDERICO.- (Aparte, con desdén.) Estúpido. (Se retira por el salón.)

VILLALONGA.- (Saliendo del billar.) Oye, tú... (A FEDERICO que no le contesta.) Va disparado. Tocan a retreta, amigo Malibrán. Llegó la hora del desfile. Vámonos. En estas casas donde reinan el orden y las buenas costumbres, le echan a uno antes de media noche... ¿Y qué tal? ¿Hemos descubierto algo?

MALIBRÁN.- (Aparte.) Reservareme el privilegio de invención. (Alto.) Pues nada.

VILLALONGA.- ¿De veras?

MALIBRÁN.- Absolutamente nada. Seguimos a obscuras. (Salen por la izquierda.)


(Los CRIADOS apagan las luces del billar y comedor, cerrando ambas puertas. Retiran también las luces de la escena, dejando sólo una.)


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Escena X[editar]

OROZCO que sale de su despacho, sin traje de etiqueta.


AUGUSTA.


OROZCO.- Ya se van... Gracias a Dios. La sociedad me cansa más cada día. (Se sienta en el sillón y apoya la frente en la palma de la mano.)

AUGUSTA.- (Viniendo del salón.) Gracias a Dios que se fueron. Deseo estar sola. (Reparando en OROZCO.) ¡Ah! ¿Estás ahí?, ¿duermes?

OROZCO.- No.

AUGUSTA.- ¿Por qué no te acuestas?

OROZCO.- No dormiré.

AUGUSTA.- Padeces de insomnio. Tomás, tú no estás bien. Es preciso que te cuides y pongas orden en ese cerebro. Cavilas demasiado, te fijas más de lo conveniente en asuntos que no debieran interesarte en tanto grado.

OROZCO.- Pues mis desvelos deben de ser contagiosos, porque tú también estas últimas noches estuviste muy despabilada.

AUGUSTA.- Es que cuando te siento despierto, no puedo dormir. No creas; a mí no me importa. Resisto perfectamente los largos insomnios. Este cerebro mío, creo yo que es de piedra.

OROZCO.- ¡Qué dicha!

AUGUSTA.- Lo que a ti te pasa bien lo sé yo. Eres una alma fuerte, una voluntad poderosa, un espíritu superior. Pero como no tienes que luchar por la existencia, porque todos los problemas del vivir te los han dado resueltos, resulta que tus grandes energías están sin uso, y para que no se te pudran dentro, las aplicas a cualquier objeto. Ya te afanas por corregir a los criminales precoces; ya te interesas por las niñas abandonadas como si fueran tuyas, o bien das en proteger a ingratos, en salvar de la miseria a los que se arruinaron por informales o tramposos... No, no, yo no te censuro que seas caritativo. Pero todo tiene su límite y su medida, hasta la bondad.

OROZCO.- Vida mía, me juzgas mejor de lo que soy. ¿Y si yo te dijera que cumplo muy mal los deberes que me impone mi posición? Cree que algunas noches me quita el sueño la conciencia turbada, intranquila.

AUGUSTA.- (Sorprendida.) ¡Tú... con la conciencia turbada; tú, el hombre mejor del mundo! Tomás, positivamente no estás bueno. (Con cariño.) Hijo mío, acuéstate y descansa. Si la conciencia te quita el sueño a ti, a ti, que eres tan bueno, ¿quién, dímelo, quién dormirá en este mundo? (Pasa a la alcoba.)

OROZCO.- (Levantándose.) Bueno; ¡te obedeceré! (Vacila; se vuelve a sentar.) No, no me acuesto. Mejor estoy aquí. ¡Qué dulce soledad! Aquí, solo, dentro del círculo de mis pensamientos, apartado de la sociedad, que en su comedia insípida me impone uno de los papeles más vulgares, restablezco mi personalidad, me gozo en contemplar los medios que empleo para mi propia corrección; examino mis ideas, peso mis acciones... ¡Oh!, no estoy satisfecho de mí, ni mucho menos... ¡Y esos necios creen...! Poco, muy poco he hecho para aliviar el mal humano... ¡He de hacer más, mucho más...! ¡Hay que seguir, hay que avanzar, avanzar siempre... hasta descubrir la fuente eterna, aunque no podamos beber en ella más que algunas gotas que nos salpican a la cara!... (Levántase.) ¡Cuán larga y compleja la humana labor!, ¡y el tiempo (Mirando el reloj.) con qué traidora sencillez se escurre, se va, se pierde...! No, no, aunque mi mujer me riña, no me acuesto sin trabajar un poco. (Pasa al despacho.)

AUGUSTA.- (Por la puerta de la alcoba, en traje de noche, con una luz en la mano.) Escribiré aquí... Cuatro palabras no más... (Reparando en la luz del despacho.) ¡Ah!, está allí... (Le observa desde la escena.) Hace un instante, hablaba de conciencia intranquila. Este hombre sin par no sabe lo que es vivir con los pies sobre la tierra. Él los tiene en las nubes, como los bienaventurados que vemos en los techos de las iglesias. No sé qué me pasa. Esta inquietud mía ¿qué es? Los remordimientos se confunden en mí con el temor de no ser amada. Más que el delito, me espanta la idea de una rivalidad humillante. ¡Conciencia extraña la mía! No conozco el remordimiento, sino cuando me lo traen los celos, y sólo cuando éstos me abrasan, reconozco y declaro que no soy buena... Lo que yo quisiera sería poder confiar a alguien este secreto que me abruma. Sí, aunque absurdo parezca, siento impulsos de abrir mi corazón delante de este hombre sin par, y contarle... confesar, sí, por consuelo y alivio del alma, no por renegar de mi error y prometer la enmienda. No: sé que no tendré fuerzas para enmendarme de verdad, ni hipocresía para parecerlo. No quiero, no, estafar la absolución... ¡Pero qué absurdos pienso! ¡Confesarme a Tomás!... Paréceme que tengo fiebre. (Se toca la frente, se toma el pulso.) A estas horas, el insomnio y las cavilaciones me llevan a una verdadera locura. Como que a veces dudo si duermo o estoy despierta. ¡Dios mío!, ¿seré yo sonámbula? (Con terror.) ¿Incurriré en la tontería de contarle...? (Levántase.) No, despierta estoy... (Se pellizca los brazos.) y bien despierta.

OROZCO.- (En la puerta del despacho.) ¿Pero estás aquí? Me has asustado.

AUGUSTA.- Cuando me acostaba, creí sentirte inquieto y... ¿Por qué trabajas tan tarde?

OROZCO.- Tengo la cabeza tan despejada como a las doce del día. Francamente, no veo la necesidad de dormir toda la noche.

AUGUSTA.- Tu robusta naturaleza te engaña, querido. Imposible vivir así. Eres bueno, y por ser mejor te estás dando muy malos ratos. Es hasta un rasgo de soberbia el pretender salirse de la imperfección humana... ¡Ay, tengo miedo a la exaltación de tu cerebro! ¿Por qué no duermes?

OROZCO.- Descansa tú y déjame a mí.

AUGUSTA.- Si yo tampoco siento necesidad de dormir.

OROZCO.- Esta noche, sobre las mil cosas que en mi cabeza traigo, me intranquiliza la carta que recibí hoy de Joaquín Viera, el padre de Federico.

AUGUSTA.- (Con viveza.) ¿Sí?, ¿y qué es?

OROZCO.- Me dice que llegará aquí del 26 al 28, y que viene a tratar conmigo de un asunto de intereses.

AUGUSTA.- Sablazo seguro. Por amor de Dios, Tomás... ponte en guardia.

OROZCO.- No caigo en qué podrá ser. Dejémosle venir.

AUGUSTA.- ¡Qué infame! No se parece nada a su hijo, que, aunque mala cabeza y desordenado, tiene un fondo de caballerosidad que...

OROZCO.- Es verdad. Tan noblote y simpático es el hijo como trapalón el papá.

AUGUSTA.- Mucho cuidado con ese petardista, Tomás. Ponle mala cara cuando le recibas.

OROZCO.- ¿Pero qué lío traerá ese hombre? Como si lo viera, me presentará algún antiguo y olvidado crédito de la Humanitaria. ¡Pero si por mi cuenta, no hay ninguno que no esté satisfecho!...

AUGUSTA.- ¡Ay!, esa maldita sociedad ha dejado tras sí un rastro vergonzoso.

OROZCO.- Yo no soy responsable; pero disfruto del capital amasado con aquel negocio, en que trabajaron juntos mi padre (que Dios perdone) y este Joaquín Viera. No juzgo lo que hicieron. Después Joaquín, arruinado, huye al extranjero, y se dedica al chantaje y a mil trapisondas... Veremos con qué enredo se descuelga ahora... ¿Crees tú que...?

AUGUSTA.- No sé... No entiendo...

OROZCO.- (Muy inquieto.) No tengo sosiego hasta ver... (Levántase.) Examinaré el expediente de la Humanitaria.

AUGUSTA.- ¡Por Dios!, ¡ahora!...

OROZCO.- No puedo contenerme. Yo soy así. El llanto sobre el difunto. Pronto saldré de dudas. (Pasa al despacho, cuya claridad debe verse desde la escena. En ésta no hay más luz que la de la vela que ha traído AUGUSTA.)

AUGUSTA.- ¡Dios mío!, ¡qué hombre! Los dos padecemos insomnio, ¡pero por cuán distintos motivos! A mí me desvela en el pecado, a él la perfección... (Observándole desde el centro de la escena.) Ahora saca un legajo... lo desata... lo examina... Lee... Aprovechemos este instante. (Dirígese a la mesa en que hay papel y tintero.) Necesito que me pida perdón, que desvanezca este enojo, esta pena... No puedo soportar su amistad con esa mujer indigna. Y no le vale decirme que sus visitas son inocentes... Esta noche me propuso que nos viéramos mañana. ¡Y yo, tonta, respondí que no! ¡Tenemos a veces unos arranques de dignidad tan ridículos! Nada, nada; le citaré. (Escribe rápidamente.) «Aunque no lo mereces, necesito oír tus descargos, y acudiré a la hora de costumbre. Si tardas, te araño». No, no; esto es humillante. (Rasga el papel, lo arruga, y al arrojarlo al suelo titubea, y al fin se lo guarda en el seno.) Escribiré otra. Principiaré muy incomodada, y con pocas ganas de perdonar. Él es quien debe humillarse. Coquetearemos. (Escribe.) «Amigo mío, es preciso que esto concluya, y que tratemos formalmente de nuestra separación definitiva». Esto, magnífico. ¡Oh!, no, no. Debo tratarle a la baqueta, vituperarle por su amistad con ésa... ¡Maldita Peri, aborto del infierno! Esto no sirve. (Rompe la carta y se guarda los pedazos arrugados en el seno. Escribe otra vez.) «Imposible perdonarte tus visitas a esa mujerzuela. No vuelvas a presentarte delante de mí, si no me juras...». Eso, que jure, que se fastidie... No, no; tampoco ésta sirve. ¡Qué tonta estoy! Conviene mucha suavidad... ternura... Si no, puede que su orgullo se alborote, y... No. (Guarda en el seno los restos de la tercera carta, y empieza otra.) «Eres un ingrato, y correspondes mal al inmenso cariño... Es menester que hablemos pronto... Mañana, ya sabes la hora...». Al fin acerté. Ésta va bien. (Cierra la carta, y escrito el sobre, la guarda en el seno. Levántase.) ¡Tedio inmenso de esta vida, vendo mi alma por combatirte...! (Como sosteniendo una lucha.) No puedo, no puedo ser de otra manera. Mañana romperé otra vez la regularidad enervante de esta vida; mañana probaré lo misterioso y desconocido, la miel del secreto que nos compensa de tanta insipidez... (Desde el centro de la escena, mirando hacia el interior del despacho.) Hombre sin tacha, tus tachas son como una comedia que compones y representas para engañar el fastidio de esta normalidad que nos convierte la vida en un Limbo sin pena ni gloria. El bien o el mal, esos dos guerreros que nunca concluyen de batirse, ni de vencerse, ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay más que fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios y virtudes, que se mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé yo si debo desearla... (Con arranque.) Pero lo que yo digo: los santos, estarían mejor en el cielo. La tierra, dejárnosla a nosotros, los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos paladear la alegría y el dolor... Los puros, que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en éste un sitio que nos pertenece. (Mirando hacia el despacho.) Ya parece que se cansa de revolver legajos... se levanta.

OROZCO.- (Con la lámpara en una mano, y varios papeles en otra.) ¿Aquí todavía?

AUGUSTA.- Me iba ya.

OROZCO.- Aguarda un poco. Hace tanto calor en ese despacho, que vengo a trabajar aquí. Me han puesto la chimenea que parece un infierno.

AUGUSTA.- ¡Trabajar...!, ¡tan tarde...!

OROZCO.- Sí, tengo que escribir unas cartas...

AUGUSTA.- ¿Qué es esto? (Viendo el legajo que OROZCO deja sobre la mesa.) ¿El expediente de la Humanitaria?

OROZCO.- Sí... y por más vueltas que le doy, no puedo encontrar el dato que busco. No descubro ningún crédito pendiente... (Se sienta.) Además, traigo aquí otro asunto que quiero estudiar... y consultarte.

AUGUSTA.- ¿A mí?

OROZCO.- Asunto por el que mostraste gran interés. ¿No te acuerdas? Aquel proyecto de institución para criar y educar niñas desvalidas. Tú me dijiste que te gustaría dedicar a esta obra benéfica todo el cariño, todo el interés, toda la atención correspondientes a los hijos que no hemos tenido.

AUGUSTA.- Es cierto; lo dije.

OROZCO.- Obra hermosa en verdad. Mira. (Dándole un papel.) Éste es el plan primitivo ideado por mí, y que a ti te pareció demasiado amplio. Este otro (Dándole otro papel.) es un borrón tuyo, modificando mi plan... Lee la nota que le puse. Verás que si yo pequé de atrevido, tú empequeñeces demasiado la institución. Examínalo todo, y proponme una solución intermedia más práctica que mi proyecto y menos meticulosa que el tuyo.

AUGUSTA.- (Con hastío.) Bien. (Guarda los papeles en el bolsillo.)

OROZCO.- (Mirándola sorprendido.) ¿Pero qué tienes, vida mía? Noto en ti cierta agitación.

AUGUSTA.- Me has contagiado. No sé qué hay en mi cerebro. Pásame una cosa muy extraña.

OROZCO.- ¿A ver?

AUGUSTA.- Estas noches... se me figura que cuando duermo estoy despierta, y que cuando estoy despierta, duermo. ¡Qué desatino! Ahora mismo, imaginaba que entré aquí, no sé a qué hora, y que te hablé.

OROZCO.- (Riendo.) ¿Dormida?

AUGUSTA.- Sí... y que te dije muchas cosas, de un modo inconsciente... como si fuera yo una máquina de hablar.

OROZCO.- ¿Y qué me dijiste?

AUGUSTA.- Cosas... de esas que no se dicen nunca... no sé... Sácame de dudas. ¿Es cierto que te hablé?

OROZCO.- No. (Recordando.) ¡Ah!, sí, anoche en este mismo sitio, ya un poco tarde, entraste y hablamos...

AUGUSTA.- ¿Y qué te dije?

OROZCO.- Algo que me sorprendió... sí.

AUGUSTA.- (Con gran curiosidad.) ¡Repítelo, por Dios!

OROZCO.- Me dijiste... a ver si recuerdo. ¡Ah!, contestando a no sé qué expresión mía, dijiste: «Declaro que hay en mi espíritu una tendencia irresistible a prendarme de todo lo que no es común ni regular».

AUGUSTA.- Ya... sí.

OROZCO.- Dijiste además «tengo antipatía al orden pacífico del vivir, a la corrección, a esto mismo que llamamos comodidades. Esto de hacer un día y otro las mismas cosas, el tenerlo todo previsto, el encontrar todo a punto, me entristece, me fatiga. Bendito sea lo inesperado, porque a ello debemos los pocos goces de la existencia».

AUGUSTA.- (Riendo.) Sí, sí. Y que me entristecía tener asegurados y distribuídos los afectos como las rentas... ya, ya recuerdo, me quejaba de este inmenso hastío de la buena posición, de este compás social, de esta educación puritana y meticulosa que nos desfigura el alma, como el maldito corsé nos desfigura el cuerpo.

OROZCO.- Justamente. Te contesté lo que me pareció y...

AUGUSTA.- ¿Y no te dije nada más?

OROZCO.- Creo que no.

AUGUSTA.- ¿Estás seguro?

OROZCO.- No recuerdo...

AUGUSTA.- Pues bien despierta estaba cuando te lo dije.

OROZCO.- Si tienes algo más que decirme, ahora...

AUGUSTA.- No, no... Es que... No hagas caso.

OROZCO.- Retírate ya.

AUGUSTA.- ¿Y tú?

OROZCO.- Velaré un poco más. (La abraza.) Vete a descansar.

AUGUSTA.- No trabajes, por Dios... tan tarde...

OROZCO.- Pero, hija, ¿qué es esto? (Tocándola el seno al abrazarla.) Tienes el pecho lleno de papeles...

AUGUSTA.- (Turbada.) No... ¿qué?... ¿papeles?...

OROZCO.- Sí...

AUGUSTA.- (Con una idea feliz.) ¡Ah!... sí... lo que me has dado eso de la fundación.

OROZCO.- Ya... (Vacilando.) Pero... (Ademán de sacarle los papeles del pecho.)

AUGUSTA.- ¿Pero qué?, ¿dudas?... (Con valor temerario, mostrando el seno.) Sácalo.

OROZCO.- (Después de vacilar un instante.) No. Déjame. (Empujándola hacia la alcoba.) A dormir.

AUGUSTA.- ¡A esperar! (Vase.) (OROZCO se sienta y lee con profunda atención.)


FIN DEL ACTO PRIMERO


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ACTO II[editar]

Gabinete lujoso en casa de la Peri. Es de día.


Escena I[editar]

FEDERICO, LINA, después INFANTE.


FEDERICO.- ¿Está?

LINA.- Sí. ¿Quiere usted pasar al tocador?

FEDERICO.- ¿Hay alguien?

LINA.- Sí, un señorito. Ha llegado hace diez minutos. En la sala está (Señalando a la izquierda.) leyendo los periódicos. Siéntese un ratito. Leonor sabe que es usted, porque me dijo: «Corre a abrir, que debe de ser ése».

FEDERICO.- Aquí todos somos eses... Dime: (Llamando a la CRIADA, que se retira.) ¿Y quién es... ése?

LINA.- Don Manolito Infante.

FEDERICO.- ¡Infante!

LINA.- Sí... Le diré a usted. Anoche estuvieron aquí de broma, hasta las tantas, el D. Manolito, ese otro, que también es diputado...

FEDERICO.- Sí, Villalonga... buen punto.

LINA.- Aquel otro tan estirado, que todo se lo sabe...

FEDERICO.- Malibrán.

LINA.- Alias D. Cornelio, justo... y el marqués, el marqués de casa. Jugaron, cenaron y se divirtieron como demonios. Leonor pidió tres billetes de caballero y cinco de señora para el baile de esta noche en el teatro Real. El Malibrán dijo que no había ya billetes de caballero, y que apostaba una merienda en Aranjuez a que no se conseguiría ninguno. Infante aceptó la apuesta, y dijo: «Mañana, antes de las once, están aquí los ocho billetes», y ha cumplido... ¡pobrecito! Entró un momento antes que usted.

FEDERICO.- ¡Caramba! (Receloso, mirando hacia la izquierda.) Sentiré que me vea.

LINA.- ¡Quia!... no le verá a usted...

INFANTE.- (Asomándose a la puerta.) ¡Federiquín... tú...!

FEDERICO.- ¡Manolo... tú...!

INFANTE.- Sí, hijo de mi alma, yo soy; yo, tu siempre fiel amigo. No me riñas por verme aquí. Te contaré...

FEDERICO.- Ya me lo ha contado ésta...

INFANTE.- Pero, dime, ¿y cómo...?

FEDERICO.- No me riñas tú ahora, después que he sido yo tan indulgente...

INFANTE.- Pues indulgencia recíproca. Oye. He tenido el gustazo de ganarle una apuesta a Malibrán... Tontería, puerilidad si quieres. Este condenado amor propio... Ahora explícame tú...

FEDERICO.- No vengo a traer billetes ni a ganar apuestas. Tengo que decir cuatro palabras a Leonor. (A CELESTINA.) ¿Tardará en salir?

INFANTE.- Pasa, hombre. Eres de confianza.

LINA.- No hay nadie. El peluquero, la modista y dos prenderas.

FEDERICO.- Plantón tenemos.

INFANTE.- Pues yo no. Mira (Dando los billetes a la CRIADA.) dale los billetes, y que se prepare para la meriendita que hemos ganado.


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Escena II[editar]

FEDERICO; INFANTE.


FEDERICO.- Bueno, bueno, bueno... (Mira su reloj con impaciencia.) Las diez y media ya.

INFANTE.- ¿Qué te pasa? Estás inquieto... ¡Cuéntame, por Dios! ¿Quieres que te recoja luego, y nos vamos a almorzar juntos?

FEDERICO.- No, no cuentes conmigo. Hoy es para mí un día nefasto, con dificultades de tal magnitud, que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema, ante estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda previsión. En el momento crítico, discurro lo que debo hacer... y hecho. Obro por inspiración. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación rápida y salvadora.

INFANTE.- ¡Tremenda vida! ¡Pobre amigo! Anoche, al salir del Círculo para venir acá, me dijo el primo de Villalonga que la suerte, ¡bribona!, se había portado contigo infamemente.

FEDERICO.- (Sombrío.) ¡Sí... noche más negra! Debí prever el desastre, pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede es siempre una noche de perros.

INFANTE.- Querido, a todo trance es preciso que pongas término a esa vida de angustias... No me digas que no puedes; no me digas... Ten presente cuánto te queremos todos tus amigos. ¿No te inspiro yo confianza?... ¡Hombre, por María Santísima! Pues qué, ¿yo no merezco?... ¡Tu amigo de la infancia... el que fue tu camarada en la escuela, en el colegio, en la Universidad...!

FEDERICO.- No hablemos de eso.

INFANTE.- ¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confíes tus dificultades y en ayudarte a vencerlas?

FEDERICO.- Te lo agradecería; pero no quiero perder tu preciosa amistad.

INFANTE.- ¡Perderla!

FEDERICO.- Sí, perderla. Yo me entiendo. Los favores de cierta clase se pagan con el aborrecimiento. Querido Infantillo, cada cual es como Dios le ha hecho. Cuando un hombre padece ataques más o menos agudos de esa terrible enfermedad que se llama insolvencia, si quiere conservar los amigos, lo primero que tiene que hacer es no deberles nada. Yo no puedo evitar que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente que viene en mi auxilio cuando me estoy ahogando. En fin, punto final.

INFANTE.- (Aparte.) ¡Qué hombre éste! El orgullo le acabará. (Alto.) Pues quiera Dios que este día nefasto termine sin ninguna catástrofe. Para todo, para todo, ¿lo entiendes?, cuenta conmigo. Verás cómo sales bien.

FEDERICO.- Saldremos... sí. Hay fe en la Providencia. ¡Qué día, chico, qué día! ¡Mentira parece que tantos y tan diferentes males quepan dentro del término breve de unas cuantas horas! Porque a las dificultades de cierto género, pasajeras, sí, y de poca importancia, debo añadir hoy... Vamos, ¿te lo cuento?

INFANTE.- Hombre, sí. Venga.

FEDERICO.- Pues... Ya sabes dónde vivo... Algunas noches, a la hora en que nos recogemos los madrugadores, es decir, los que nos acostamos de madrugada, me has dado convoy hasta la puerta de mi casa. ¿Recuerdas que frente por frente a mi puerta hay un letrero que dice: Santana. Géneros del Reino y extranjeros?

INFANTE.- Sí; una tienda de ultramarinos. ¿Y qué?...

FEDERICO.- Espérate. Más arriba del letrero, hay dos ventanas. Allí tiene su escritorio ese animal.

INFANTE.- ¿Qué animal?

FEDERICO.- El tendero. Déjame seguir; el cual es tío de un sobrino... y éste, el sobrino... hortera de unos veinte años, guapín, sentimental, con el romanticismo dulzón de una libra de pasas convertida en persona, tiene el atrevimiento de hacerle guiños a mi hermana.

INFANTE.- ¡Ah!, ya...

FEDERICO.- Y no es eso lo peor... lo terrible, querido Manolo, es que Clotilde se deja querer de semejante aborto... Ayer lo descubrí, y me volé. ¡Escena terrible en mi casa! Tengo que hacer un escarmiento en esas mujeronas que me sirven...

INFANTE.- Cuestión delicada es ésa... Considera que tu hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la edad crítica del amor. No ve a nadie... ha visto a ese chico...

FEDERICO.- (Irritándose.) Cállate. ¡Mi hermana dejándose impresionar por un tipo semejante! Quita; déjame. Tú conoces mis ideas; soy un botarate, un vicioso; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede destruir. Llámalo soberbia si te parece mejor.

INFANTE.- Pues lo llamo, sí.

FEDERICO.- No tolero que un vendedor de aceitunas ponga los ojos en Clotilde, y me resigno menos a que ella guste de semejante zascandil... Anoche... aún me dura el coraje, la excitación que el caso me produjo... al retirarme a casa, sorprendí al tipo ése, que furtivamente abría la puerta de la calle para salir...

INFANTE.- ¿De modo que se colaba...? ¿Y tú... (Señal de agresión.) le...?

FEDERICO.- Le agarré del pescuezo... Cree que si el sereno no me le quita de las manos, allí acaban sus atrevimientos y la mengua de mi nombre y de mi casa.

INFANTE.- Serénate... considera... Se comprende que no te agrade la elección de tu hermana. Pero fíjate en las circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?

FEDERICO.- ¡Malditas circunstancias! Sólo sirven de tapadera infame para cubrir los ultrajes al honor. Que mis ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero... ¡qué remedio! Aunque me llames extravagante, te diré que no me cabe en la cabeza la igualdad. No soy de esta época, lo confieso; no encajo, no ajusto bien en ella. Ya conoces mi repugnancia a admitir ciertas ideas muy en boga. Eso que en lenguaje político se llama pueblo, yo lo detesto, ¡qué quieres que te diga!, y no creo que con la gente de baja extracción, vayan las sociedades a nada grande, hermoso, ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula; lo heredé de mi madre... Créelo; eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad, ni hay tal democracia, pues si la hubiera, ¡Dios nos asista!

INFANTE.- ¿Que no la hay? Tu hermanita te sacará de dudas.

FEDERICO.- Prefiero verla muerta.

INFANTE.- Piénsalo bien. Esas cosas se dicen pronto; pero luego la señora realidad nos pone los puntos sobre las íes... Cálmate. Te afanas sin motivo. Examinadas con serenidad, tus desdichas no son tan fieras como las pintas.

FEDERICO.- Es que aún hay más, Manolo.

INFANTE.- ¿Más?

FEDERICO.- Te aseguro que... Hoy, poco antes de salir de casa, recibí una carta de mi padre, anunciándome que llega mañana a Madrid.

INFANTE.- Tu padre... ¿y qué?

FEDERICO.- Pareces tonto... Mi padre. Y sigue la mala. ¿A qué vendrá?

INFANTE.- Pues, hombre, vendrá... a verte.

FEDERICO.- Es mi padre, y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva... Pero harto sabes que nunca viene a Madrid sino para negocios y combinaciones que a mí me desagradan, me lastiman...

INFANTE.- Sí, ya... sé... Por ahí suelen llamarle el cometa... ¿Pero a ti qué te importa?

FEDERICO.- ¡Que qué me importa! Confiésame, querido Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el sol. (Entra LEONOR presurosa por la derecha, abrochándose la bata.)


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Escena III[editar]

Los mismos; LEONOR.


LEONOR.- ¡Hola, micos! (A FEDERICO.) Dispensa el plantón. (A INFANTE.) Y usted, niño simpático, sepa que se le quiere. ¡Viva la gente de arranque! Los billetes aquí, y el diplomático más corrido que una mona.

INFANTE.- No me lo agradezcas a mí, sino a él, a su fatuidad.

LEONOR.- (Despidiéndole.) Con que... mil gracias, y...

INFANTE.- Ya, ya sé que estorbo...

LEONOR.- Usted no estorba nunca: no, no; pero... cuanto más pronto se largue, mejor... Confianza se llama esta figura...

INFANTE.- Abur, abur.

LEONOR.- Y mil gracias otra vez. (Empujándola hacia la puerta.)

INFANTE.- Ya, ya me voy. ¡Infeliz amigo!


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Escena IV[editar]

LEONOR; FEDERICO.


LEONOR.- Hay que echarte memoriales para verte. ¿Cómo estás? ¿A ver esa carátula? ¿Palidez tenemos, y ojos tristes?... ¡Ay, ay! ¡Pobrecito de mi alma! (Se sienta en un sofá.)

FEDERICO.- ¿Y tú, qué tal?

LEONOR.- Ya lo ves: vendiendo vidas. ¿Recibiste mi papel?

FEDERICO.- Claro que lo he recibido, pues aquí estoy.

LEONOR.- Pues te llamé... Verás... Supe ayer por Torquemada lo que te pasa, y la que te tiene armada para hoy ese pillo. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como tú lo has echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.

FEDERICO.- Conozco tu buen corazón y tus desplantes de generosidad. Puesto que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento ante ti el embarazo que estas materias me producen ante otras personas con quienes tengo amistad.

LEONOR.- Es que yo soy tu amiga... de la entraña, y los demás lo son de aquí. (Tocando la punta de la lengua.) Estoy contenta: esta mañana te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del soponcio.

FEDERICO.- ¡Qué célebre! (Riendo.) ¿Y qué te dijo el naipe?

LEONOR.- Primero salió disgusto grande... ya sabes, el siete de espadas, en un corto camino, cuervo y pensamiento de un hombre moreno. La cosa era bien clara.

FEDERICO.- Clarísima; ya lo creo.

FEDERICO.- Clarísima; ya lo creo.

LEONOR.- No lo tomes a broma. Pues encendidas las velitas y dichas las santas oraciones, eché lo que ha de venir; y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por la mañana, el caballo de bastos, que eres tú...

FEDERICO.- Yo soy...

LEONOR.- Salió después la mujer de buen color... que soy yo... y, por fin, el tres de oros... ¿Sabes tú lo que significa el tres de oros?

FEDERICO.- Debe de significar una cosa muy buena... Pero vamos al grano, Leonorilla, que no hay tiempo que perder. ¿Tienes...?

LEONOR.- ¿Vil metal?, eso que el marqués llama el nervio de las naciones? No, hijo mío; estoy como el Gobierno. No tengo una peseta.

FEDERICO.- Entonces... ¿a qué me has llamado? Yo creí que nadabas en la abundancia.

LEONOR.- No, mico, yo no nado... en nada. Pero tampoco me ahogo en poca agua.

FEDERICO.- Explícate.

LEONOR.- En fin, muy poco tengo disponible; pero... dinero hay.

FEDERICO.- ¿Dónde?

LEONOR.- Qué sé yo... por ahí... en cualquier parte. Y habiéndolo, lo traeremos acá. Para no cansarte, haré lo que el Gobierno, piznorar. ¿No se dice así? Tengo alhajas, y buenas. Mira, tonto, la sota de espadas junto al tres de oros quiere decir que la mujercita de buen color se atufa, trinca sus joyas, y se va con ellas a Peñíscola. ¿Te parece bien?

FEDERICO.- Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la necesidad, con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo supiese. ¡Qué extrañas relaciones éstas! No somos amantes, lo fuimos. Somos amigos tan solo; pero esta amistad nuestra es un fenómeno psicológico que... ¿Sabes lo que es psicológico?

LEONOR.- Pis... pis... (Sin poder pronunciarlo.)

FEDERICO.- Quiere decir del alma, un fenómeno...

LEONOR.- Mira. (Con ademán de pegarle.) Haz el favor de no llamarme a mí fenómeno... ni tampoco a nuestra amistad.

FEDERICO.- Quiero decir que esto nadie lo entiende más que nosotros. Por nada del mundo acepto yo, de un amigo de mi clase, ciertos favores. ¿Por qué los acepto de ti, sin que mi decoro se sienta herido? No puedo explicármelo. ¿Qué significa esta fraternidad que entre nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo envilecido, tú también; nos entendemos en secreto. Tal vez si tus auxilios se hicieran públicos, yo los rechazaría con horror... Y yo me pregunto: esta amistad nuestra, ¿no es de la mejor ley? ¿No habrá en ella, escarbando mucho, algo a que pueda darse el nombre de virtud? No... ¡qué desvarío!... no puede ser.

LEONOR.- No te devanes los sesos por encontrar el nombre de estas cosas... Son cosas, bien claro está... ¡cosas de la vida! ¡Cosas!

FEDERICO.- Eso... cosas. ¡Qué confusión! ¿Seremos tú y yo tan malos como parecemos?

LEONOR.- ¿Quieres callarte?

FEDERICO.- No es por alabarme; pero conviene recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida.

LEONOR.- Justo, como yo a ti ahora. En fin, bueno debe de ser esto, porque yo, aunque corra mis temporales, siempre tiro hacia ti, como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila; y si oigo decir que caes enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de éste, del otro y del de más allá; poco me importa engañar cien veces al que más me entusiasma, y encajarle un sin fin de mentiras. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad.

FEDERICO.- (Aparte.) Sí, sí; en cuestión de amores, ella rueda por su lado, yo por el mío, y venimos a juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi alma un gran consuelo.

LEONOR.- (Que le ha observado cariñosamente, tratando de penetrar el objeto de su meditación.) ¿En qué piensas, monín?

FEDERICO.- En algo que a mí me pasa.

LEONOR.- ¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como no tenemos lío, puedes contarme tus penitas. Dime, ¿a qué señora engañas ahora, pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.

FEDERICO.- Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su excepción, y lo que es el nombre no esperes que te lo diga.

LEONOR.- Bueno: guárdatelo. No le vaya a dar el aire. ¿La quieres mucho?

FEDERICO.- Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, muy superior a lo que yo merezco... Pero...

LEONOR.- Pero... el perito ese quiere decir que no te entusiasma.

FEDERICO.- Despierta en mí ilusión de amor. Pero no sé qué barrera, qué zanja infranqueable me separa de esa mujer. Quizás sería mi felicidad si entre ella y yo pudiera existir esta confianza, esta sinceridad, este abandono mutuo de los secretos más penosos de la vida. Mi alma se divide... la parte que tengo aquí me vendría bien allá... para completar lo otro.

LEONOR.- ¿Y piensas llevártela, canallita? Pero no nos descuidemos, hijo mío. (Llamando a la CRIADA.) Lina. (Entra ésta.) Tráeme mis colgajos... (Dándole unas llaves.) Todas, todas. (A FEDERICO.) Aquí escogeremos... (Vase la CRIADA.)

FEDERICO.- Ya ves que te hablo de mis... cosas, como tú dices. Cuéntame las tuyas.

LEONOR.- ¡Ay!, ¡las mías!, son tan públicas, que en rigor, más que contarlas, debiera... desmentirlas, para figurarme que no son verdad.


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Escena V[editar]

Los mismos; LINA.


LINA.- (Trayendo varios estuches de joyas en un pañuelo.) Esto es lo que había en el armario de luna... ¿Sabes?, ahí está.

LEONOR.- (Alarmada.) ¿Quién?

LINA.- ¡El marqués!

LEONOR.- (Envolviendo las alhajas en el pañuelo, y dándolas a FEDERICO para que las oculte.) ¡Maldita sea su estampa! (A LINA.) Por nada del mundo le dejes entrar aquí. (Dirígese a la puerta amenazando con el bastón de FEDERICO.) Mira: le metes en mi cuarto, le dices que no estoy; que espere allí. (Vase LINA.) No es por nada... No le temo ni me importa. Pero es una de nuestras primeras chinches... No quiero que se entere...

FEDERICO.- No, por Dios...

LEONOR.- Ya, ya entra. (Escuchando en la puerta del fondo, cerrada.) En todo quiere meterse, y si viera esto, la matraca sería tremenda. (Volviendo al sofá.) No temas... Lina le entretiene.

LINA.- (Entrando por la derecha.) ¡Ya está allá!

LEONOR.- ¿Qué cara trae?

LINA.- La de siempre, la fea. (Suena la campanilla.)

LEONOR.- ¡Ay!, ¡ay! Apuesto que es Ojirris. ¡Ahora que quiero estar sola...!

LINA.- ¿Le abro?

LEONOR.- ¿Será Ojirris?

LINA.- Sí: le conozco en la manera de llamar. (Vuelve a sonar la campanilla.)

LEONOR.- Corre, dile que se vaya y vuelva... No, no; dile que estoy en casa de mi prima, y le espero allá. (Sale LINA por el fondo. LEONOR cierra la puerta y escucha.) Ya, ya va bien despachado... ¡pobrecito!

FEDERICO.- Dime... ¿Pero quién es... Ojirris?

LEONOR.- Perico, hombre, Perico el gaditano. Le llamo así porque bizca un poco del derecho.

FEDERICO.- Ya...

LEONOR.- Esto sí que es raro... Ya ves. El marqués loco por mí, y yo loca por ese mequetrefe. Es tonto, perdido, feo; y sin embargo, estoy loca por él. Lo que no quita que un día sí y otro también tengamos bronca. Ayer le tiré una bota a la cabeza, y le hice sangre en la frente. Después no tenía yo consuelo. Anoche, monos; pero luego tocamos a reconciliación.

LINA.- Se va refunfuñando. Allá te espera. (Vase.)

FEDERICO.- ¡Qué misterio en los afectos humanos! ¡Y hay quien pretende reducirlos a reglas y encasillarlos como las muestras de una industria!

LEONOR.- Sí que es raro lo que a una le pasa. Mírame chiflada por ese gitano y sin maldita confianza en él. No le fiaría valor de una peseta, ni nada tocante a las cosas de formalidad. (Desenvolviendo el lío de las alhajas.) Niño, que es tarde. (Examinando algunas joyas.) ¡Mira qué collar! Me lo dio Pepito Trastamara.

FEDERICO.- (Abriendo un estuche.) ¡Ah!, los tornillos que yo te di.

LEONOR.- Sí, hace cuatro años. Eso es lo que más falta me hace a mí, tornillos... ¿Y este aderezo? Me lo dio Aguado cuando volvió de la Habana... En fin, (Escogiendo varios estuches.) me parece que habrá bastante con esto. El solitario, el aderezo, los tornillos, la mariposa de brillantes que fue de la marquesa de Tellería... Con esto...

FEDERICO.- ¿Crees que basta? No sabes la cantidad.

LEONOR.- Sí que la sé, tontín. Por una casualidad tuve noticias de este apurillo tuyo. Fui a ver a Torquemada para pagarle mil reales que le debía mi Ojirris, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más prórrogas, y que si no recoges hoy el pagaré de trece mil pesetas, te echa al juez... Ahora a la calle, Leonor. (Dirígese a la puerta de la derecha y llama en voz baja.) Lina, tráeme el mantón, un pañuelo, zapatos. (Volviendo junto a FEDERICO.) Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú a contarme tu compromiso, y a pedirme que echara el resto por sacarte?

FEDERICO.- (Después de vacilar.) Creo que sí.

LEONOR.- ¡Viva la confianza! (Entra LINA con la ropa.) ¿Qué dice ese cataplasma?

LINA.- Está muy ocupado.

LEONOR.- ¿Qué hace?

LINA.- Morderse las uñas.

LEONOR.- ¿Le dijiste que mi tía Encarnación está enferma?

LINA.- Que se ha muerto.

LEONOR.- Mejor.

LINA.- Y que estás allá. El muy escamón dijo: «Pues oigo voces en el gabinete», le contesté que están aquí la Antonia y Malibrán. Como no puede ver a Malibrán, no se lo ocurrirá meterse aquí.

LEONOR.- Muy bien. ¡Pero qué talento tiene esta chica, y qué diplomática es! Bueno. Me vestiré en la sala. (Vanse por la izquierda.)

FEDERICO.- ¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo absorbe una fortuna, que la regalaría si la tuviera. Ha arruinado a siete, que yo sepa, y a mí me comió lo que heredé de mi madre... ¡Pero qué gracioso desorden!

LEONOR.- Ya estoy. (Coge las alhajas que antes apartó.) Al instante vuelvo: no te muevas de aquí. Voy a casa de Valentín, el portal de enfrente: me dará en seguida la cantidad redonda, porque es hombre muy cristiano, muy fino y me considera. (A LINA.) Tú vuelve allá, y entretenle con las bolas que se te ocurran. Después vuelves aquí, y recoges esto. (Las alhajas sobrantes.) ¡Aire! (Sale rápidamente por el fondo. LINA por la derecha.)


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Escena VI[editar]

FEDERICO; LINA.


FEDERICO.- (Paseándose por la escena.) Quiera Dios que salgamos bien. Esa Leonor... ¡pobrecilla! Sí, malo es esto, muy malo, pero no había otra solución. Y a todas éstas busco y revuelvo en mí, y mi orgullo no parece. ¿En dónde se ha metido ese loco? Andará huido por los rincones y escondrijos del alma. Veo en mí dos hombres: el Federico Viera, que todo el mundo conoce, y este otro; éste. (Señalándose.) ¿Cuál es el verdadero? (Parándose ante un espejo.) ¿El que veo, o el que no veo? Me trastorna esta duda. (Tratando de ordenar sus ideas.) ¿En qué consiste que, cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir a contárselo a... ésta? ¿Acaso le tengo amor? No, porque sus amantes no me infunden celos. Amistad, sí; pero ¿qué amistad es ésta? ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que no siento por ninguna otra? (Herido por un recuerdo.) ¡Ah!, ya no me acordaba. A las cuatro, entrevista con Augusta. ¿Por qué, al recordarlo, brota en mi alma una chispa... ¿de qué diré?, de disgusto, de pena...? No puedo dudar que me interesa; y no obstante, algo daría yo porque se cansase de mí, y me propusiese el rompimiento. La amé y la seduje obedeciendo a estímulos obscuros de la imaginación y de los sentidos, y por ella ultrajé a ese hombre incomparable, a quien debo amistad, cariño, atenciones mil... ¿No es esto más villano que recibir auxilios de la Peri? Y sin embargo, el mundo no lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían de saludarme; por lo otro, me envidiarían. (Agitadísimo.) Lo indudable es que con unas y otras cosas, con el oprobio de mi hermana, con esta nueva aparición de mi padre, la vida se me está haciendo insoportable, pesadísima, (Se sienta fatigado.) y no puedo, no puedo ya cargar con ella. (Entra LINA, que viene a recoger las alhajas.) ¡Ah!, se me ocurre una idea. Oye, Lina, me vas a decir una cosa... pero sin engañarme... La verdad pura.

LINA.- ¿A ver? No le diré mentira, ni verdad que no deba decirse.

FEDERICO.- Está bien. Malibrán suele venir aquí algunas noches...

LINA.- Y algunas tardes.

FEDERICO.- ¿Le has oído hablar de mí, recientemente, o de algo que conmigo se relacione?

LINA.- (Recordando.) Sí.

FEDERICO.- ¿Anoche quizás?

LINA.- Sí... pero no sé si debo...

FEDERICO.- Cuéntamelo; lo que tú no me digas, me lo dirá Leonor.

LINA.- Pues dijo que es usted un perdido.

FEDERICO.- ¿Y nada más?

LINA.- Y jugador.

FEDERICO.- Pecata minuta... A ver, haz memoria. Al hablar de mí, ¿nombró a alguna otra persona?

LINA.- Don Federico, déjese de preguntas; yo no sé... Si se fueran a contar las cosas que aquí se oyen... (Suena la campanilla.) Es Leonor. (Sale.)


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Escena VII[editar]

FEDERICO; LEONOR.


FEDERICO.- No me queda duda. Ya principia el rumor insidioso, traicionero, precursor de la difamación y del escándalo...

LEONOR.- (Entrando presurosa.) Hecho todo. Venga un abrazo... en premio de mi... Iba a decir virtud... Pero no... son ¡cosas!

FEDERICO.- (Abrazándola.) Eso es... cosas.

LEONOR.- Aquí tienes... (Dándole billetes de Banco envueltos en el pañuelo de las alhajas.) Vete corriendo a casa de Torquemada y refrégale los cuartos en la geta, para que vea ese puerco que aquí hay honor, limpieza de sangre, circunstancias y hombría de bien.

FEDERICO.- (Sin decidirse a tomar el dinero.) Parece mentira que...

LEONOR.- ¿Remilgos ahora, mico?

FEDERICO.- No... (Con efusión.) Eres... no sé. (LEONOR le introduce los billetes en el bolsillo.)

LEONOR.- Vete... ya vas espirando.

FEDERICO.- Dos palabras. Tengo que preguntarte... Malibrán...

LEONOR.- ¡Ah!, sí... yo también quería decirte...

FEDERICO.- Sé por Lina que anoche habló de mí. Quizás se permitió calumniar a alguna persona. ¿Recuerdas tú lo que dijo?

LEONOR.- Nada, pamplinas...

FEDERICO.- Cuéntamelas.

LEONOR.- Eso es... entretente aquí, y olvídate de lo principal.

FEDERICO.- (Confuso.) ¿De qué?

LEONOR.- Del judío ese, que a estas horas estará pensando que no le pagas, y...

FEDERICO.- ¡Ah!, no sé cómo tengo la cabeza... Es tarde.

LEONOR.- Y si te descuidas...

FEDERICO.- Adiós, adiós. (Sale presuroso.)

LEONOR.- ¡Pobre mico! Es el perdis más caballero que hay bajo el sol.


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Escena VIII[editar]

Mutación.

Gabinete amueblado con dudosa elegancia. Ventanas al fondo y a la izquierda. Puerta a la derecha, por la cual se verifican todas las entradas y salidas. Chimenea, entredós, pupitre. Un sofá y butacas. Es de día.


AUGUSTA.- Yo creí encontrarle aquí (Mirando su reloj.) Las cuatro y veinticinco. ¡Qué calor! (Se quita el abrigo y sombrero.) Hoy estaba más obligado que nunca a la puntualidad... ¡Por qué tardará tanto este hombre, el primer desocupado de Madrid!... ¡Pobrecillo!, ¡sabe Dios qué líos, qué trapisondas!... De fijo que los amores de su hermana le llevan al disparadero. ¡Qué carácter! (Vuelve a mirar el reloj.) Cinco minutos más... (Con febril impaciencia.) No sirvo, no sirvo para esperar... ¡Si habrá llegado su padre, el cometa!... No, no; decía la carta que del 26 al 28... ¿Qué día es hoy? (Meditando.) Si no puedo pensar nada. (Levántase.) ¡Ah!... un coche. (Se acerca al balcón.) No, no es; pasa... ¡Qué silencio ahora!... Otro coche... Como no sea éste, me entrará la desesperación... Sí, sí es... se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche en que viene él, que hace más ruido que los demás... Gracias a Dios, ya estoy contenta... Ya sube... Esa Felipa, cómo tarda en abrir!


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Escena IX[editar]

AUGUSTA; FEDERICO.


FEDERICO.- Perdóname, vida mía, si he tardado un poco.

AUGUSTA.- ¿Qué te pasa; qué ocupaciones...? ¿Ha llegado tu papá?

FEDERICO.- No, mañana.

AUGUSTA.- Ya sé lo de Clotildita. Me lo ha contado Manolo.

FEDERICO.- (Con disgusto.) No hablemos de eso.

AUGUSTA.- ¡Qué susto he pasado! Creí que no venías.

FEDERICO.- Por Dios. (Cariñoso.) ¿Cómo podías suponer...?

AUGUSTA.- Quita allá, embustero, farsante. A fe que estoy contenta de ti.

FEDERICO.- Esta mañana, cuando recibí tu carta, dije: «Paces tenemos».

AUGUSTA.- Perdón habrá, si sales bien del juicio oral a que voy a someterte. Vamos a ver, procesado, conteste usted. ¿En dónde ha estado usted hoy?

FEDERICO.- (Aparte, con recelo.) Si le habrá dicho Manolo...

AUGUSTA.- ¿Qué asunto, qué negocio le trae a usted estos días tan sobresaltado?

FEDERICO.- (Aparte.) No, Manolo es discreto. (Alto.) Pues nada, hija; asuntos, cosas mías que no pueden interesarte.

AUGUSTA.- ¡Que no me interesan! ¡Vaya unas herejías que echas por esa boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado a la hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma. No, no debí escribirte hoy: ha sido una debilidad... Anoche no dormí pensando en tus traiciones.

FEDERICO.- Pero sepamos qué traiciones son ésas... No las conozco.

AUGUSTA.- Hazte el tontito. Esa mujer indigna... ¿Qué se te ha perdido a ti en su casa?

FEDERICO.- Vamos a ver... ¿quién te ha dicho...? ¿Acaso Manolo...?

AUGUSTA.- Manolo, por ser ministerial de todo, lo es hasta de ti, y siempre que te nombra te pone en las nubes.

FEDERICO.- Entonces, Malibrán, que ahora se dedica a desacreditarme.

AUGUSTA.- Quien me lo dijo añadió que ese trasto tiene gran influencia sobre ti.

FEDERICO.- ¡Qué disparate!

AUGUSTA.- Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos podrán ser o no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.

FEDERICO.- ¿Cómo?

AUGUSTA.- Queriéndome mucho, como yo me merezco, y probándomelo. Si me quieres a mí, no podrás querer a otra.

FEDERICO.- Pues eso, vida mía, más demostrado está que la redondez de la tierra, más que la atracción de los cuerpos, más que...

AUGUSTA.- (Riendo.) Basta... de matemáticas. Y ahora continúa el interrogatorio del procesado.

FEDERICO.- Basta de curia, digo yo: la detesto. ¡No te atormentes, querida mía! Si yo te quiero a ti sola, a ti; si por más que rebusque tu suspicacia, no verás en parte alguna... nada que pueda...

AUGUSTA.- Sigue... ¿Por qué se te traba la lengua? Porque sólo la verdad la pone expedita y corriente; y tú me engañas...

FEDERICO.- No por Dios. Podré tener... Yo te juro que no sé lo que es amor fuera de aquí. Lo demás, ¿qué te importa?

AUGUSTA.- ¿Pues no ha de importarme? El amor, si es de ley, ha de completarse con la compañía y el apoyo recíproco, con la confianza absoluta, sin ningún secreto que la limite, y con la comunidad de penas y goces... Una queja tengo de ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te amargan la vida. ¿Dices que me quieres? Pruébamelo. ¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que desgarran el tuyo. ¡Ay!, algunas de esas espinitas... verás qué pronto me las sacudo yo.

FEDERICO.- (Aparte.) Corazón inmenso, no merezco poseerte.

AUGUSTA.- Si me quieres de verdad, confíate a mí. Temes parecer indelicado, innoble. ¡Qué tontería! (Con veleidad graciosa.) Oye lo que se me ocurre. Gasta con todos ese orgullo, y suprímelo para mí. Tu delicadeza es mi enemiga, mi rival, y tengo celos de ella. Le clavaría las uñas... Para que lo sepas todo: tu vida angustiosa, tu pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor que te tengo. (Sonriendo.) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si fueras un hombre metódico, que llevara sus cuentas por partida doble, créelo, me serías antipático.

FEDERICO.- (Estrechándole las manos.) ¡Monísima! Tienes toda la gracia de Dios.

AUGUSTA.- Yo soy así. Estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.

FEDERICO.- ¡Ah!, ya te cogí; contradicción; si eres como dices, ¿a qué ese empeño de poner orden en mí?

AUGUSTA.- Pues si hay contradicción, mejor. No retiro nada de lo dicho. Dame tu confianza. Destruye esta muralla que hay entre nosotros.

FEDERICO.- ¿Y si yo te dijera que derribando esta muralla perdería tu estimación?... Yo no merezco el interés que te tomas por mí. Lo que de mí ignoras te seduce porque es misterio, porque es drama o novela para ti...

AUGUSTA.- (Con arranque.) ¡Pues fuera misterio... fuera lo novelesco y dramático! ¡Abajo el disparate que tanto me gusta! ¡Abajo el desequilibrio! ¿Que me contradigo? Bueno. ¿Que desmiento mi carácter? Mejor. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así, de tu pobreza disimulada? Mejor. Este amor mío primero y último hace una revolución en mi naturaleza. ¿Qué significa esto? Es el paso del período soñador al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis de amor; el tránsito de la época legendaria a la época clásica. ¿Qué tal?

FEDERICO.- (Admirado.) Divino.

AUGUSTA.- Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes?

FEDERICO.- Sí, sí.

AUGUSTA.- ¿Lo quieres más claro? Es preciso que nos volvamos muy prosaicos, muy caseros.

FEDERICO.- Te desvanece tu propia bondad. ¿Cómo puede ser eso de volvernos tú y yo muy caseros?

AUGUSTA.- Pues siendo.

FEDERICO.- ¿Con bienes comunes?...

AUGUSTA.- Sí, sí.

FEDERICO.- ¿Necesitaré traerte a la realidad? Olvidas...

AUGUSTA.- ¡Ah!, ya... tienes razón. (Con desaliento.) Para lo que te proponía, necesito libertad, y no la tengo. Iba yo por los espacios imaginarios, como las brujas que cabalgan en una escoba.

FEDERICO.- Vuelve a la realidad.

AUGUSTA.- Vuelvo... y en ella te digo que... con arte todo es posible. Óyeme: te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo Tomás: «Tengo un proyectillo para modificar la vida de ese pobre Federico, y librarle de la plaga de sus acreedores».

FEDERICO.- (Agitado.) No me hables de eso. ¡No sabes el daño que me causas!...

AUGUSTA.- Considera que no es él quien te favorece, sino yo.

FEDERICO.- No puedo considerar tal cosa: Querida mía, si me amas, impide los favores de ese hombre a quien yo debería reverenciar, de un hombre cuya noble confianza pago con el mayor, con el más villano de los ultrajes.

AUGUSTA.- (Con gravedad, después de una pausa.) Habíamos convenido en no hablar de eso... Quien le ultraja... no eres tú. Al acusarte, parece que me acusas a mí.

FEDERICO.- ¡Yo... a ti!, ¡jamás! Pero desde el momento en que me hablas de generosidades tuyas o de tu marido, la cuestión moral se me impone, y veo, planteado un dilema terrible.

AUGUSTA.- ¿Es eso verdadera virtud o simplemente falta de valor? Bueno: déjame a mí el pecado entero, y coge para ti todos los escrúpulos. (Se levanta airada.)

FEDERICO.- Sosiégate... espera...

AUGUSTA.- Lo diré todo de una vez. Reconozco, como nadie, el mérito de mi marido. Sólo yo, que vivo a su lado, sé bien toda la extensión de su bondad. Me inspira un cariño acendrado y puro, admiración, veneración, no sé qué... Yo reverencio a Tomás... le rezaría... pero te amo a ti.

FEDERICO.- (Aparte.) Su valor es tan grande como su pasión. ¡Qué mujer!

AUGUSTA.- (Impaciente por no recibir respuesta.) ¿Será preciso que te lo repita? Él es un santo, y yo te quiero a ti. Aquí tienes las dos verdades capitales. ¿Crees que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita? No. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde y huyes. Yo soy valiente, y me paso la vida delante de estas dos verdades, mirándolas cara a cara.

FEDERICO.- Tu tesón me abruma.

AUGUSTA.- (Despechada.) Pero qué, ¿no tienes nada que contestarme?

FEDERICO.- Ten calma... escúchame. Si he nombrado a tu marido, tú tienes la culpa. Ni de él ni de ti admito favores de cierta clase; y si insistes en ello...

AUGUSTA.- ¿Qué? Dílo.

FEDERICO.- Lo comprendes sin que yo lo diga.

AUGUSTA.- Sí lo comprendo (Con aflicción.) tú no me quieres, no me has querido nunca.

FEDERICO.- Por Dios, vida mía... ven acá. (Tratando de abrazarla.) Ten juicio... considera...

AUGUSTA.- Me perteneces, y quiero que participes de los bienes materiales que yo poseo. ¿Cómo he de soportar que vivas sujeto a mil humillaciones? No, no. Te someterás. Yo lo quiero, yo... lo haré.

FEDERICO.- (Exaltándose.) Pues si persistes en tu loca idea, he de hablarte con claridad, como no lo he hecho nunca. Tiempo ha que me siento minado por una pena sorda y punzante... Cree que cuando entro en tu casa, y estrecho la mano de aquel hombre tan superior a mí, de tan elevado espíritu, de corazón grande y puro... no sé... no sé... Me creo el más abyecto de los hombres, y para adormecer mi conciencia, para acallarla por instantes tan sólo, necesito embriagarme, necesito un anestésico, vicios degradantes y obscuros, de esos en que la ansiedad ahoga el pensamiento Y acaba por matarlo... No puedo, no puedo más. Eres muy bella, discreta, graciosa, por mil razones interesante, y digna de ser amada... Pero ¿por qué no eres mujer de otro hombre...? Perdóname si te ofendí. No es mi ánimo ofenderte. Deseo tu felicidad. Pero quiero convencerte de que yo no puedo dártela... Augusta: tú no me conoces. Soy un perdido, un miserable. Huye, apártete de mí, si no quieres que te lleve a la perdición, al escándalo vergonzoso, peor que la muerte.

AUGUSTA.- ¡Huir de ti! (Llorando.) No puedo.

FEDERICO.- Me revelo a ti con absoluta ingenuidad. Soy ya bastante indigno, y no quiero serlo más.

AUGUSTA.- ¡Farsa, comedia! Te rebajas, te humillas para conseguir de mí la separación que deseas.

FEDERICO.- ¡Ay, no me conoces! ¡Qué sabes tú! Por algo te oculto las miserias de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras.

AUGUSTA.- ¡Dejarte! Nunca. (Con brío.) Porque si fueras un presidiario te querría lo mismo.

FEDERICO.- ¡Corazón monstruoso, nada puedo contra ti! ¡Dispuesto estoy a seguirte, a dejarme arrastrar de tu locura, hasta donde quieras, hasta la condenación eterna... pero no me des nada... no quiero nada!

AUGUSTA.- ¡Hipocresía!... Si lo has de tomar al fin, ¿a qué tanto...?

FEDERICO.- ¡Que lo he de tomar!

AUGUSTA.- (Con terquedad.) Sí.

FEDERICO.- (Dominando un movimiento de ira.) Veo que los dos estamos dañados profundamente. Yo no puedo salvarme ya; tú sí. Estás a tiempo. Vuelve... allá, vuelve, y olvídame.

AUGUSTA.- (Altanera.) Basta. Esto no puede ser. Tu moral de última hora es ridícula, poco delicada, inconveniente. Tienes razón... (Con ira.) Eres un... No debo decirlo... Tú sentirás la injuria, y me agradecerás que la calle.

FEDERICO.- Sin oírla, sé que la merezco.

AUGUSTA.- Y como no está bien que yo trate con hombres indignos... me marcho... sí... (Nerviosa y trémula, se pone el abrigo.) No aguanto más... Esto se acabó...

FEDERICO.- (Aparte.) Se acaba... Mejor.

AUGUSTA.- (Aparte.) ¿Pero será capaz de dejarme marchar?

FEDERICO.- (Aparte, sentado y calmoso.) No se irá, no.

AUGUSTA.- (Furiosa, queriendo aparentar, desdén.) Bien, bien... pero no me marcharé sin decirte que te desprecio, que nunca te he querido... que...

FEDERICO.- Y yo te digo que te querré siempre (Con frialdad afectuosa.) , que serás para mí la mujer más digna de respeto...

AUGUSTA.- (Aparte.) ¡De respeto! Si me abofeteara, si me escupiera, no me ofendería como ahora me ofende.

FEDERICO.- Adiós.

AUGUSTA.- (Va hacia la puerta, y echando de menos su manguito, vuelve a cogerlo. -Aparte.) ¿Pero me dejará marchar de veras? (Alto.) Adiós... (Va hacia la puerta.)

FEDERICO.- Augusta.

AUGUSTA.- (Retrocediendo vivamente.) ¿Qué, hijo mío?... ¡Ah!, se me olvidaba también el pañuelo... (Lo coge.)

FEDERICO.- (Cariñoso, pero frío, sin moverse del asiento.) No te vayas enojada conmigo... no creas...

AUGUSTA.- ¿Enojada...?, no. (Aparte.) Me retiene, quiere retenerme... Pues ahora, golpe maestro... Me marcho resueltamente.

FEDERICO.- (Aparte.) No quiere irse. (Alto.) Ven acá. (Dando un paso hacia ella.)

AUGUSTA.- (Aparte.) Aquí es la mía. (Alto.) Déjame. Adiós... (Sale resueltamente.)

FEDERICO.- No se va... volverá desde la puerta... (Dirígese al fondo, y escucha.) Pues sí... se va... baja la escalera... La conozco. Volverá mañana.


FIN DEL ACTO SEGUNDO


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ACTO III[editar]

La misma decoración del acto primero. Es de día.


Escena I[editar]

OROZCO; VILLALONGA.


OROZCO.- ¿Qué me cuentas?... ¿Pero cuándo ha sido eso?

VILLALONGA.- Anoche o ayer tarde... No estoy bien enterado de la hora. Lo que sí sé es que Clotildita, harta ya de la tiranía de su hermano, y queriendo arrollar los obstáculos tradicionales que la separaban de su horterita, alzó bandera revolucionaria y abandonó la casa de Federico, llevando su ropita en un lío colgado del brazo.

OROZCO.- Me gusta el pronunciamiento.

VILLALONGA.- Y viva la democracia.

OROZCO.- ¿Y a donde fue a parar con su cuerpo?

VILLALONGA.- Pues se fue solita, por su pie, a casa de Infante, poniéndose bajo el amparo tutelar de Manolo, y de su tía Carlota. De modo que la tienes de vecina.

OROZCO.- ¿Y Federico... intransigente... furioso...?

VILLALONGA.- Atroz...

OROZCO.- Pero si mil veces le hemos dicho mi mujer y yo: «tráenos acá a tu hermana, y no te cuides más de ella». Pero su orgullo consideraba sin duda nuestra protección como una limosna humillante, y ya ves... ¡Bien merecido le está! Tanto quijotismo viene a parar en que al fin hay que casar a la descendiente de los Vieras de Acuña con ese... ¿cómo se llama?

VILLALONGA.- Santanita... Pues ten por cierto que nuestro amigo no transige.

OROZCO.- Claro: pretendía sin duda que, viviendo su hermana como vive, le hubiera pedido su mano un Hohenzolleru o un Hapsburgo. ¿De modo que cuando llegue el papá...?

VILLALONGA.- Pero si ha llegado esta mañana... en el express... y al entrar en su casa se encontró sin la angelical criatura.

OROZCO.- ¡Valiente cuidado le dará! ¿Has visto a Joaquín?


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Escena II[editar]

Los mismos; INFANTE que entra precipitadamente.


INFANTE.- Le he visto yo.

OROZCO.- (Con jovialidad.) ¿Y qué cariz trae?

INFANTE.- Tan meloso, tan sutil, tan insinuante y seductor de palabra como siempre. (A OROZCO.) Me ha encargado que te anuncie su visita para hoy. Viene de Inglaterra con la máxima de que el tiempo es dinero. A las cinco.

OROZCO.- Ya tenemos el cometa en el horizonte.

VILLALONGA.- ¡Bienaventurados los pobres, porque no tenemos la influencia maléfica de esas estrellas con rabo!

INFANTE.- ¡Farsante igual! Estuvo en casa no hace dos horas, a ver a su hija. ¡Oh, qué escena tan conmovedora! Lloraron.

VILLALONGA.- ¡También él!

OROZCO.- Joaquín imita el llanto de las personas con una perfección que causa maravilla... (A INFANTE.) Pero dime, Manolo, ¿estás contento con la lotería que te ha caído?

INFANTE.- Pues mira, cuando la vimos entrar anoche... estábamos comiendo... con su lío en el brazo, y detrás un mozo de cuerda con el baúl, la primera impresión mía fue muy desagradable. Con cuatro palabras ingenuas, sencillas, dichas con alma, nos explicó su situación. Mi tía Carlota, única persona de viso que la trataba y solía visitarla, por haber sido muy amiga de su madre, la acogió del modo más cordial, y por mi parte no tardé en simpatizar con ella. A estas horas, tanto mi tía como yo le hemos tomado cariño, y abrazamos resueltamente su causa.

OROZCO.- Es simpática como su hermano, y ninguno de los dos se parece al papá.

INFANTE.- ¿Simpática has dicho? Es un ángel.

VILLALONGA.- ¡Eh!, poco a poco. Si le habrá salido un rival a Santanita...

OROZCO.- ¿Amor, Manolo?

INFANTE.- Ea, se acabaron las bromitas, y vamos a las veras... (A OROZCO.) Yo vengo aquí con una pretensión...

OROZCO.- (Vivamente.) ¡Ay, ay! Ya me duele... Me lo temía. ¡Pretensiones a mí!...

INFANTE.- Pero, hombre, si no me has dejado hablar...

OROZCO.- Si te veo venir. Lo de siempre. Esos mocosos quieren caer sobre mí como la langosta.

VILLALONGA.- Inconvenientes de la fama, Tomás. Esos tórtolos inocentes te piden protección.

OROZCO.- ¿A mí? ¿Pero qué protección he de darles yo?... Están frescos... ¡Pero este Manolo...!

INFANTE.- Me dejas hablar, ¿sí o no?

OROZCO.- No; más vale que te calles. Como que el inocente ese pedirá un destinito para poder casarse. Pues ¿quién mejor que tú?...

INFANTE.- No se trata de eso... todavía.

OROZCO.- ¿Pues de qué?

INFANTE.- Quiero hablar con Augusta. Me entenderé mejor con ella. ¿Ha salido?

OROZCO.- Creo que no.

INFANTE.- Que venga... Augusta. (Dirigiéndose a la primera puerta de la derecha.)

OROZCO.- Ya viene.


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Escena III[editar]

Los mismos; AUGUSTA.


AUGUSTA.- Ya, ya estoy enterada... Mi enhorabuena, Manolo, protector de los amantes finos, amparo de la inocencia.

OROZCO.- Sí, pero nos quiere endosar a los tórtolos para que nosotros...

AUGUSTA.- Les protejamos. Excelente idea. Yo me alegro, y tú también, Tomás.

OROZCO.- Siga el jubileo en mi casa. En fin, Manolo, explícate.

INFANTE.- La joven... repito que es el mismo candor... Desde que entró en casa, no ha cesado de pedirme con verdadero afán que la traiga acá.

OROZCO.- (A AUGUSTA.) ¿Ves?

AUGUSTA.- Siempre hemos deseado traerla.

INFANTE.- Pero de visita... No; en mi casa vivirá hasta el día del bodorrio.

VILLALONGA.- (A OROZCO.) No puedes, no puedes librarte...

INFANTE.- Hoy, casi con lágrimas en los ojos, me ha repetido la súplica: «Lléveme usted, lléveme usted por Dios, a ver al Sr. de Orozco. Tengo que pedirle un favor». No he querido decirle que sí ni que no hasta no consultaros... ¿La traigo, o no la traigo?

AUGUSTA.- Sí, sí, queremos verla.

OROZCO.- Como has de reventar si no la traes... tráela.

INFANTE.- Vuelvo al instante. Dentro de diez minutos estamos aquí. (Vase y vuelve.) Y si está el novio en casa, ¿le traigo también?

OROZCO.- No, hombre, guárdatele.

VILLALONGA.- Sí, que lo traiga... (Vase INFANTE.)

AUGUSTA.- Les protegeremos, sí. Lo primerito es casarles.

VILLALONGA.- Sí, creo que es lo más urgente. Después, éste les señalará una pensión...

OROZCO.- ¿Yo? No puede ser; y lo siento, de veras lo siento.

VILLALONGA.- ¡Hombre sin entrañas!

AUGUSTA.- Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu tacañería. ¿Cómo vamos a dejar a esos pobres chicos...?

OROZCO.- Tú, tú...

AUGUSTA.- Pues yo, yo...

OROZCO.- Adiós, Jacinto. Tengo que prepararme para recibir al cometa. (Vase por el despacho.)


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Escena IV[editar]

AUGUSTA; VILLALONGA.


AUGUSTA.- ¿Pero usted se ha creído que no haría nada por ellos?

VILLALONGA.- ¿Qué he de creer yo tal cosa? Conozco a Tomás aún mejor que usted... por lo menos, antes que usted.

AUGUSTA.- ¡Pobres chicos! ¡Mire usted que enamorarse de balcón a balcón...! ¡Y aficionarse los dos al matrimonio, y no parar hasta realizarlo! ¡Qué honradez y qué nobleza de ideas...! Nada, Jacinto, reconozca usted que el verdadero amor, el sentimiento primordial que mueve el mundo, no existe ya en toda su pureza más que en la clase de dependientes de comercio.

VILLALONGA.- Por de contado, crea usted que Federico llevará muy a mal que ustedes favorezcan ese matrimonio.

AUGUSTA.- ¿Lo cree usted? No... eso sería ya un fanatismo imperdonable. Se guardará muy bien...

VILLALONGA.- Sermonéele usted...

CRIADO.- (Anunciando.) El señor de Malibrán.


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Escena V[editar]

Los mismos; MALIBRÁN.


MALIBRÁN.- Señora y amiga...

AUGUSTA.- ¡Qué sorpresa! No le esperaba. Viene usted como llovido del cielo.

MALIBRÁN.- No vengo del cielo, sino que entro en él, pues entro donde usted está.

AUGUSTA.- ¡Ay, Dios mío, cuanta finura!

VILLALONGA.- Don Cornelio... (Saludándole.)

MALIBRÁN.- Don Jacinto... Creí encontrar aquí a Joaquín Viera.

AUGUSTA.- ¿Ha llegado? Presumo que es amigo de usted.

MALIBRÁN.- Vivimos juntos algunos meses en Londres. Pues estuvo a verme esta mañana. Y a propósito, ¿es cierto que Clotildita...? Y Federico, ¿qué hace...?

VILLALONGA.- Sí; de él hablábamos.

MALIBRÁN.- Le compadezco... por eso, y por otras muchas cosas. Es un desequilibrado, un cerebral, una contradicción viva, una antítesis...

AUGUSTA.- ¡Vaya, que no trae usted hoy poca sabiduría...!

VILLALONGA.- Su trabajo le cuesta. ¡Hombre dado a las investigaciones...!

MALIBRÁN.- No lo puedo remediar, Mi pedantería es hija de los desengaños, que me han obligado a estudiar la vida. Compadézcame usted en vez de zaherirme por lo que sé. Y sé más (Con fineza de dicción y de intención.) , mucho más de lo que usted cree.

AUGUSTA.- (Confusa, aparte.) ¿Qué quiere decir?

VILLALONGA.- (Aparte.) Es mucho D. Cornelio este... (Alto.) Cuidado, amigo mío; tanta sabiduría se le podría indigestar, y...


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Escena VI[editar]

Los mismos; CLOTILDE, INFANTE que entran por la izquierda; OROZCO que sale del despacho.


AUGUSTA.- (Adelantándose a recibir a CLOTILDE.) Clotilde, hija mía...

CLOTILDE.- (Turbada.) Señora... (Aparte.) ¡Cuánta gente!... ¡qué vergüenza!

INFANTE.- (A VILLALONGA.) Como no tiene costumbre de sociedad, la pobrecilla no acierta a decir dos palabras. ¿Verdad que es preciosa? ¡Y qué aire tan distinguido...!

AUGUSTA.- ¡Cuánto gusto en verla por aquí...!

CLOTILDE.- Yo... señora... yo...

OROZCO.- Clotildita...

CLOTILDE.- Don Tomás...

OROZCO.- Serénese usted. Está entre buenos amigos, que desean su felicidad.

AUGUSTA.- Nos ha dicho Manolo que deseaba usted hablar con Tomás.


(En un sofá colocado a la derecha, se sientan AUGUSTA y CLOTILDE. OROZCO en una silla próxima. Los demás en pie detrás del sofá o por los lados.)


CLOTILDE.- Sí... es verdad, sí... (Aparte.) ¡Qué miedo! No acierto a decir dos palabras... Yo creí que estarían solos...

AUGUSTA.- Ya supongo... Mi marido y yo nos hacemos cargo de su situación, y estamos dispuestos a mirar por usted, a protegerla...

OROZCO.- En lo que sea posible...

CLOTILDE.- Gracias, gracias. (Aparte, mirando furtivamente al techo y a los objetos más próximos.) ¡Ay qué casa tan preciosa! ¡Cuándo tendré yo una así!

MALIBRÁN.- (A VILLALONGA.) Es linda de veras... ¡y qué tipito tan aristocrático!

INFANTE.- Y sobre todo, ¡qué inocente!

VILLALONGA.- Sí, muy inocente... pero no te fíes...

OROZCO.- Somos muy amigos de Federico... Bien sabe usted que le queremos mucho.

CLOTILDE.- Mi hermano es bueno... Tiene sus defectos...

OROZCO.- Como los tenemos todos...

CLOTILDE.- Pero su corazón es noble.

OROZCO.- También somos amigos de su papá de usted...

CLOTILDE.- ¡Qué bueno es!...

AUGUSTA.- Sí, sí; muy bueno...

INFANTE.- ¡Pero qué candor!

OROZCO.- Con sus defectillos, claro.

CLOTILDE.- (Vivamente.) Como los tenemos todos.

AUGUSTA.- La resolución que usted ha tomado, es un poco grave... pero sin duda no podía usted seguir en compañía de su hermano.

CLOTILDE.- ¡Ah!... no señora... imposible seguir... (Aparte.) ¡Ay, si se fueran ésos!, yo me explicaría...

OROZCO.- Díganos usted...

INFANTE.- La pobrecilla no se atreve. Yo le ayudaré. Ya debéis comprenderlo. Quieren casarse...

CLOTILDE.- Eso es, casarnos...

INFANTE.- Y como son previsores, piensan en el nido... En fin, que hay que empezar buscándole un empleo a Santanita.

OROZCO.- Ya... su prometido, su novio de usted no tiene oficio ni beneficio. Vive con algún pariente...

CLOTILDE.- No señor. Diré a usted. El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad, dándole una gratificación; pero los negocios de aquella casa hace un año que van de capa caída... «Qué hacemos, qué no hacemos». Pues economías; y lo primero que se les ocurre es suprimir el chocolate del loro... Al pobre Pepe le tocó ser la primera víctima. Pero bien lo pagan, porque se quedaron sin contabilidad, y ahora cogen el cielo con las manos. Un comercio sin contabilidad, bien sabe usted que es como un corto de vista sin anteojos.

OROZCO.- Cierto. (Admiración en todos.)

CLOTILDE.- (Aparte.) Gracias a Dios que me voy soltando.

AUGUSTA.- De modo que hoy por hoy al pobrecito Pepe le vendría bien un destinito...

OROZCO.- Eso, Manolo, tú... toma nota.

INFANTE.- De oficial quinto... sí.

CLOTILDE.- Pero como los destinos del Gobierno son tan inseguros, pretendemos además otra cosa, por lo que pueda tronar.

AUGUSTA.- ¿Otra cosa?...

VILLALONGA.- Pues no es corta para pedir la inocente.

CLOTILDE.- Diré a usted, Pepe es muy despejado, y aunque parece un alma de Dios, es hombre de fibra, sin carácter.

OROZCO.- Lo creo.

INFANTE.- Y simpático... Le he visto hoy, y me ha entrado por el ojo derecho.

CLOTILDE.- Huérfano de padre y madre. Veintitrés años. Desde los dieciséis trabaja y gana para mantenerse.

AUGUSTA.- Vamos...

CLOTILDE.- En la partida doble hace primores; escribe cartas comerciales en francés; tiene título de Perito Mercantil, y se ganó un premio de Economía Política.

AUGUSTA.- ¡Ángel de Dios! Señores, es preciso que entre todos le protejamos.

CLOTILDE.- En casa del tío Santana... frente a donde yo vivía... llevaba solito todo el peso del escritorio... Nunca sirvió en el mostrador, que repugna a sus hábitos. Pero hoy está decidido a todo con tal de ganar para mantener a la familia. Es incansable en el trabajo. Sabe llevar los libros como los llevan pocos, y en las sumas largas no se le escapa un céntimo; por eso me determino a molestar al señor de Orozco, suplicándole...

OROZCO.- Hija mía, yo no tengo casa de comercio.

CLOTILDE.- Ya lo sé... pero... Dispénseme si le molesto con mis pretensiones.

AUGUSTA.- Acabe, acabe usted.

CLOTILDE.- Pues queremos que el señor de Orozco se interese con los señores Trujillo y Ruiz Ochoa, banqueros, en cuyo escritorio está vacante la plaza de tenedor...

MALIBRÁN.- Pues esta inocentona no pierde ripio.

OROZCO.- ¿Y está usted segura de que hay esa vacante?

CLOTILDE.- Como que hoy mismo fue Pepe a preguntar, y en efecto... no la han provisto. Si usted la pide, don Tomás, la plaza es nuestra.

AUGUSTA.- Nada, nada; que Pepito será tenedor.

VILLALONGA.- Tenedor... y ella cuchara... ¡Vaya una niña!

OROZCO.- Yo veré... pero entendámonos, Clotildita. Ha pedido usted primero un destino de oficial quinto, después la plaza de tenedor. Supongo que será para optar por una de las dos, en caso de que...

CLOTILDE.- No señor, no se trata de optar...

OROZCO.- Entonces... pretende...

CLOTILDE.- Las dos plazas.

VILLALONGA.- ¡Demonio con la joven angelical!

OROZCO.- ¿Y desempeñará los dos?

CLOTILDE.- Perfectamente. Irá a la casa de banca antes y después de las horas de oficina. El destino del Gobierno querémoslo como ayuda en los primeros tiempos. Después lo dejamos. Pepe no ha nacido para oficinas... Tiene vocación de comerciante... pero en grande... sueña con ser rico, y lo será. Yo le ayudaré.

VILLALONGA.- ¿Qué tal, infantillo?

INFANTE.- Que esta niña vale un imperio.

OROZCO.- ¡Pero Clotildita, acaparar dos plazas, cuando hay tantos que no tienen ninguna!

CLOTILDE.- Pues que se las busquen como puedan. Cada cual mire por sí.

AUGUSTA.- Pero será quizás mucho trabajo...

CLOTILDE.- ¡Mucho trabajo! Todo el trabajo del mundo le parece poco para su ambición de ganar dinero. Y que hace falta sacarlo de una parte y de otra, porque las necesidades aumentan de día en día, y todo se está poniendo muy caro. La carne por las nubes; el pan...

VILLALONGA.- ¿Pero has visto esto?

INFANTE.- ¡Qué monada!

MALIBRÁN.- Es la reina de las hormigas.

CLOTILDE.- A Pepe no le asusta el trabajo. Hoy mismo... verán: por las mañanas emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres horas escribiendo en casa de un notario.

OROZCO.- ¿Qué tal? Esto es... de oro.

AUGUSTA.- ¿Y gana, gana cuartos?

CLOTILDE.- ¡Que si gana! Hay meses que pasa de treinta duros.

AUGUSTA.- Con los cuales va viviendo; ¡pobrecillo!

CLOTILDE.- Y le sobra. Vive como un anacoreta.

OROZCO.- ¿También ahorra?

CLOTILDE.- Ya lo creo. Yo no le permito que gaste más que lo preciso. Buena soy yo. Afortunadamente no tiene ningún vicio.

AUGUSTA.- ¿Y lo que le sobra, lo va guardando...?

CLOTILDE.- No señora... que se lo guardo yo. Así está más seguro.

MALIBRÁN.- No he visto otra...

VILLALONGA.- Todavía no se han casado, y ya se ha puesto los pantalones.

INFANTE.- De modo que todo aquel baúl que llevó usted a casa lo tiene usted lleno de duros, picarona.

CLOTILDE.- No señor... Pepe sabe agenciarse para cambiar su plata por oro... aquí consigue una monedita, allá otra, y así vamos reuniendo...

VILLALONGA.- Ya... y al fondo del baúl.

CLOTILDE.- Al baúl, no.

OROZCO.- ¿Dónde guarda usted sus caudales, señorita?

CLOTILDE.- Aquí. (Señalando al cuerpo.) En un cintillo.

MALIBRÁN.- ¡Qué portento de muchacha!

VILLALONGA.- Aprendamos, aprendamos todos...

INFANTE.- Ahí tenéis la generación que nos ha de barrer... Éstos, éstos...

VILLALONGA.- Acuérdense de lo que digo. Antes de cinco años, ésos tendrán más dinero que nosotros.

AUGUSTA.- Lo primero es casarlos... a escape.

INFANTE.- ¡Casarlos!... ¡Bien se lo merecen!

CLOTILDE.- (A OROZCO.) ¿Podemos contar con la plaza de tenedor?

OROZCO.- No es cosa mía. Veremos...

AUGUSTA.- Diga usted que sí.

CLOTILDE.- (A INFANTE.) ¿Y con la plaza de oficial quinto?. Apunte el nombre, D. Manuel.

INFANTE.- Haré los imposibles por conseguirlo.

CLOTILDE.- Ustedes son nuestra salvación. Hace un rato, hablando con Pepe de si pedíamos o no este favorcito, decía él mañana; pero yo dije hoy, porque yo he creído siempre que eso de dejar las cosas para mañana es perder las buenas ocasiones, y que cuando se ocurre una medida salvadora, debe ponerse en práctica... al instante.

VILLALONGA.- ¡Pero qué chiquilla...!

MALIBRÁN.- Si todos los solteros que estamos aquí debiéramos pedir su mano.

INFANTE.- Envidiemos al gran Santanita.

VILLALONGA.- Todos los presentes aceptamos la lección, y juramos proteger a esa pareja, ¡la pareja de los grandes destinos!

AUGUSTA.- Sí, sí, aprenda aquí, solterones empedernidos, holgazanes, polilla de la sociedad. Éstos, éstos son los seres providenciales, los que vigorizan la raza humana, los que hacen poderosas y ricas a las naciones.

CLOTILDE.- Gracias, gracias a todos. Nuestra gratitud será eterna.


(Entra un CRIADO y da una tarjeta a OROZCO.)


OROZCO.- (Levántase y dirígese al otro lado de la escena. A VILLALONGA y MALIBRÁN.) Ya tenemos al cometa en el meridiano.

AUGUSTA.- (Levantándose.) Perdóneme usted, hija. (Dirígese a hablar con OROZCO y VILLALONGA.)

INFANTE.- (A CLOTILDE.) Bien, bien. Así me gusta a mí la gente.

CLOTILDE.- Como soy tan corta de genio, no me atreví a hablarles de otra cosa.

INFANTE.- ¿Qué?

CLOTILDE.- Pepe ha buscado ya la casa en que hemos de vivir. ¡Y qué casualidad! La que más le gusta es una que pertenece al papá de Augusta, el Sr. de Cisneros... Pues cuando tenga más confianza, le diré a esta señora que le hable a su papá...

INFANTE.- ¿Para que les baje el precio?

CLOTILDE.- ¡Oh!, no; eso nunca; es poco delicado. Para que nos ponga agua, y nos empapele la sala, que está muy fea.

INFANTE.- Yo me encargo de eso... yo.

AUGUSTA.- (A OROZCO.) Por Dios, Tomás. Temo a tu bondad. Trátale como merece.

OROZCO.- Descuida.

AUGUSTA.- (A CLOTILDE.) Venga usted conmigo. (Vanse por la puerta de la alcoba.)

INFANTE.- Vámonos al billar. (Salen por el billar.)

MALIBRÁN.- (A OROZCO.) Yo dejo a usted.

OROZCO.- Despacho pronto. ¿Quiere usted pasar al billar?

MALIBRÁN.- No; me voy a mi casa o al Ministerio. Tengo que escribir un sin fin de cartas urgentísimas.

OROZCO.- Pues escríbalas usted en mi despacho, y luego se queda usted a comer.

MALIBRÁN.- Acepto con mucho gusto... lo primero nada más. (Entra en el despacho.)


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Escena VII[editar]

OROZCO; JOAQUÍN VIERA.


VIERA.- (Abrazándole con efusión.) ¡Tomás de mi alma!

OROZCO.- Joaquín... ¿qué tal... qué me cuenta usted?

VIERA.- ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!... ¡Qué placer me causa verte!

OROZCO.- ¡Cuánto tiempo!...

VIERA.- Sí... Y tú estás bueno... buen color... Abrázame otra vez... aprieta, aprieta. Tomás, querido Tomás. Te conocí niño, después mozo, hombre al fin. ¡Cómo reverdecen en nuestra alma los antiguos cariños cuando vamos envejeciendo! Y ahora que me agobian tantas desdichas... ¡Ay, hijo mío! (Con emoción.)

OROZCO.- Ya, ya sé que en Madrid ha encontrado usted algunas novedades poco gratas.

VIERA.- No me digas... A Federico me le encuentro medio trastornado... Mi hija... mi angelical Clotilde... Mejor que yo sabes tú lo ocurrido. Figúrate mi pena...

OROZCO.- Me la figuro. Pero usted... creo yo... con tanto viajar y las largas ausencias, ha perdido el gusto de la familia, y vive usted demasiado suelto para afanarse por estas menudencias.

VIERA.- No, hijo mío, no me juzgues así... Mi vida, ¡ay!, es la continua privación de los bienes que apetece mi alma. Nada más conforme a mi carácter que la estabilidad. Pues heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones extranjeras, sin oír la voz de un ser amado, sin ver el rostro de una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás! Tres grandes atractivos tiene la existencia para mí: mis hijos en primer término; después la tierra, o sea la propiedad; después los libros, o sea el estudio y la contemplación de la Naturaleza. (Con ternura y acento firme.) Créelo, éstos son los únicos bienes apetecibles, y además las únicas amistades fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; el suelo, un pedazo de esa tierra que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella; y por fin, el libro sano y ameno que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada de esto me concede Dios a mí. Sin duda me priva de lo que más amo para concedérmelo en otro mundo mejor.

OROZCO.- Así será. Pero debe usted, con su buena conducta en dote, asegurar la posesión de todos esos bienes en el otro.

VIERA.- ¡Buena conducta! (Con asombro.) ¿Qué quieres decir?... Querido Tomás, no me ofendas con un juicio tan... ligero, tan impropio de la elevación de tu alma. O quizás pretendes que sólo es respetable la existencia de los capitalistas, y que la nuestra, la de los pobres, no merece que luchemos, que agucemos el ingenio por ella. No, hijo mío; el derecho a la vida nos corresponde a todos. No vayas a creer que ese derecho va exclusivamente adscrito a las acciones del Banco, al cuatro amortizable, y a la propiedad rústica o urbana...

OROZCO.- (Impaciente.) ¡Lástima de ingenio!... ¿Pero a qué tanto divagar?... No perdamos tiempo, Joaquín, y sepamos el objeto de su visita y de su viaje.

VIERA.- (Con emoción, estrechándole las manos.) Tomás, Tomás, mucho me duele que todas mis aproximaciones a ti tengan siempre un objeto... poco grato, al menos en apariencia. No puedes figurarte la pena que esto me causa.

OROZCO.- (Sereno.) No se apure usted, y vea cuán tranquilo estoy.

VIERA.- Te quiero... como a mis hijos... casi estoy por decir que más, más.

OROZCO.- Gracias.

VIERA.- Y no quisiera llegarme a ti sino con la cara risueña.

OROZCO.- ¿Por qué la pone usted tan lúgubre?

VIERA.- Lúgubre no... es que el asunto es un poco desagradable... Voy a parar a lo siguiente: Siendo tú quien eres, la conciencia más pura que hay bajo el sol, has de tener a gala y orgullo el devolver a sus legítimos poseedores lo que por olvido o negligencia, no por malicia (Con afectación.) , ¡no, no!, está en tu poder.

OROZCO.- ¿Y qué es eso que no me pertenece y que yo retengo?...

VIERA.- (La mano sobre el pecho.) ¿Dudas de mi palabra?

OROZCO.- ¿Pues no he de dudar?

VIERA.- Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad de apelar a la prueba fehaciente. Escúchame. ¿Te acuerdas de las obligaciones de Proctor y Barry?

OROZCO.- Sí que me acuerdo. Todas fueron canceladas, parte el 78, parte el 82. Sobre esto no tengo duda. He revisado estos días el expediente. Todas, todas...

VIERA.- Todas... (Con sutileza.) menos una. Tomás, aguza la memoria. Conozco mejor que nadie los asuntos de la Humanitaria, fundación mía y de tu padre. Canceladas las obligaciones... menos una.

OROZCO.- Menos una, es cierto, que había sido reservada por el viejo Proctor para su hija mayor, Adelaida. Dicha obligación la liquidamos cuando murió esta señora allá en...

VIERA.- En Sidney. Pero no fue como tú dices, Tomás de mi vida. Haz memoria... no fue así. Liquidasteis una póliza, que esa señora poseía también; pero la obligación, que era de las de ocho mil libras, quedó pendiente, por no encontrarse el documento original. Se hizo una información, que no resultó clara, y el asunto quedó en tal estado. Los Proctor murieron todos en una serie de catástrofes horribles, naufragios, terremotos, epidemias... Sólo queda Benjamín, que recogió a los hijos de Adelaida, y que ha llegado hace poco de Australia.

OROZCO.- ¿Y ese Benjamín es el que ha descubierto la obligación perdida?

VIERA.- Cierto.

OROZCO.- Comprendido... A ver... venga. (Con impaciencia.) Quiero saber qué trazas tiene ese documento.

VIERA.- (Sacando un papel.) Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (Mientras OROZCO examina con profunda atención el documento presentado por VIERA, éste se levanta, y con las manos en los bolsillos se pasea por la habitación, hablando para sí.) A ver por qué registro sales ahora, hipocritón, cuákero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa, y admirablemente tejida con hilos legales; y por más que la busques, no encontrarás malla rota para escabullirte. (En alta voz.) ¿Qué piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha o el recelo de que la obligación pueda ser falsa?

OROZCO.- No; es legítima.

VIERA.- Luego, yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación.

OROZCO.- La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda de que esta obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. Es, por lo menos, discutible el derecho de Benjamín a realizar este crédito. (Levantándose, entrega la obligación a VIERA.) Tome usted su papel.

VIERA.- ¿Qué decides?

OROZCO.- (Con frialdad y aplomo.) Decido... no pagar.

VIERA.- ¿No reconoces la legalidad de la deuda?

OROZCO.- La reconozco, pero la declaro prescripta.

VIERA.- (Desconcertado.) Reflexiona, Tomás; no te arrebates. Benjamín pleiteará, y te verás metido en un lío espantoso, y perderás con costas.

OROZCO.- (Paseándose y mirando al suelo.) Lo veremos. La cuestión es muy problemática.

VIERA.- (Con mirada penetrante.) Tomás, eso es... indigno de un hombre como tú. Confórmate con el arreglo que te propongo, en nombre de Proctor, la mitad, cuatro mil libras.

OROZCO.- No quiero... ¿Se sorprende usted?...

VIERA.- ¿No he de sorprenderme? Soy un hombre muy escrupuloso en cuestiones de moral...

OROZCO.- Pues yo no.

VIERA.- ¡Que no eres escrupuloso!...

OROZCO.- ¡Qué cara pone usted!

VIERA.- ¡Tomás, Tomás!

OROZCO.- Me he cansado del papel de puritano que la opinión se empeña en hacerme representar.

VIERA.- (Aparte.) ¡Pero este hombre se está burlando de mí!

OROZCO.- Leo en el pensamiento y en las intenciones de usted como en un libro, amigo Viera. Usted ha visto en mí un ardiente apóstol de la moral pura, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener un maravedí que no le pertenezca, y se dijo: «Compro la obligación por una bicoca, lo cual no es difícil, porque los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento con mis papeles en regla; el hombre se amilana; su inflexible rectitud hace mi negocio; cobro a toca-teja, y hasta otra». ¿Es esto, sí o no, lo que usted pensaba?

VIERA.- Tomás, tú desvarías.

OROZCO.- Pues ahora resulta que el hombre de conciencia rígida no existe más que en la infundada creencia de los necios que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; de todo lo cual resulta también que al negociante que me escucha le ha salido mal la cuenta, y que por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.

VIERA.- (Tragando saliva.) Tú harás lo que gustes. Yo he cumplido contigo. Fracasadas mis gestiones conciliadoras, te entenderás con Benjamín, que inmediatamente entablará la acción correspondiente.

OROZCO.- Ese señor hará lo que le acomode. Si quiere pleitear, que pleitee.

VIERA.- Ya voy viendo que haces el papel de hombre recto en todo aquello que no afecta a tus intereses. Eso no está bien, Tomás, hijo mío. Yo te aseguro...

OROZCO.- No asegure usted más que una cosa.

VIERA.- ¿Qué?

OROZCO.- Que no pago.

VIERA.- (Con sofocada ira.) Pues me pones en un conflicto tremendo. De modo que si el inglés pleitea, y pleiteará, tendré que ponerme frente a ti y al lado suyo ¡qué cosa tan contraria a mis sentimientos!, porque no puedo negarme a ofrecer a la justicia mi conocimiento de la curia española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.

OROZCO.- Muy bien.

VIERA.- No, no lo haré... Soy mejor que tú.

OROZCO.- Lo celebro mucho.

VIERA.- Aunque nadie me ha llamado nunca el hombre modelo, yo... tengo ideas claras de la justicia, de la propiedad, del derecho... Si no te quisiera como te quiero, te hablaría con mayor dureza. Tomás, Tomás, si aún conservas un resto de cariño para el que fue leal amigo de tu padre, para el que te tuvo tantas veces sobre sus rodillas; si mi voz, mi persona, estas canas hablan algo a tu corazón, trátame de otra manera. No, no puedo tolerar que te veas envuelto en un litigio dispendioso, después del cual, ganado o perdido, tu honra quedaría por los suelos. No, eso no; tu buen nombre antes que nada. Tomás, hijo mío, es preciso que arregles esto. ¿No comprendes la necesidad imprescindible de cancelar la obligación? Estoy autorizado para negociar libremente, y te propongo una transacción. Si tú eres razonable, yo, en obsequio tuyo... Vamos, quédese la cosa en tres mil libras.

OROZCO.- (Flemático, glacial.) Ni un cuarto.

VIERA.- Piénsalo... piénsalo, por Dios. Te doy un día para pensarlo.

OROZCO.- Aunque me dé usted un siglo, yo... no puedo darle nada.

VIERA.- (Devorando su despecho.) Lo siento por ti... Cree que lo siento... Me das un golpe...

OROZCO.- Un golpe tremendo, lo sé... Pero usted... ¡ah!, usted es hombre de grandísima resistencia, y después del golpe, sigue tan terne en su campaña, y achicándose en sus pretensiones para asegurar un resultado cualquiera, llegará a proponerme dos mil libras.

VIERA.- (Aparte.) ¡Da dos mil libras! (Alto.) Tomás, me ofendes con proposición tan humillante. Rebájate todo lo que quieras; pero no incurras en esa sordidez vergonzosa.

OROZCO.- Pero si yo no le propongo a usted las dos mil libras. Digo que usted las propondrá y que se las niego también.

VIERA.- ¿Serías capaz de no recoger la obligación por esa miseria?... ¡Dos mil libras! Tú has perdido el juicio.

OROZCO.- Concluyamos. (Con resolución.)

VIERA.- ¿Das las dos mil libras?

OROZCO.- No; es mucho. De algún tiempo a esta parte me he vuelto muy tacaño.

VIERA.- (Riendo.) Ya lo veo... ya.

OROZCO.- Doy... Advierto que esta proposición es cerrada, indiscutible. Usted la acepta o la rechaza, y concluimos.

VIERA.- (Con ansiedad.) ¿A ver...?

OROZCO.- Doy... mil doscientas libras.

VIERA.- ¡Mil doscientas libras! ¿Y no se te cae la cara de vergüenza al hacerme tal proposición?...

OROZCO.- No se me cae; vea usted, la tengo donde la he tenido siempre. A decidirse pronto.

VIERA.- ¡Oh!, lo pensaré... La cosa es grave... Tu obstinación...

OROZCO.- Trato hecho.

VIERA.- No, no te precipites. Siquiera mil quinientas, Tomás.

OROZCO.- No aumento ni un chelín. Y es buen negocio para usted.

VIERA.- Pues... por no reñir contigo, por conservar tu amistad... acepto... ¿Y cuándo?

OROZCO.- Ahora mismo. Extenderé un talón.

VIERA.- No, no.

OROZCO.- ¿Qué quiere usted?

VIERA.- Dame papel Londres. Una letra de mil libras a mi orden, y a cargo de tus banqueros, los Ruffer. Las doscientas libras me las das aquí en pesetas... ¿Qué cambio?

OROZCO.- Pase usted a mi despacho.

VIERA.- ¡Ah!, sí, tengo que escribir a Londres.

OROZCO.- Ahí está Malibrán escribiendo cartas... Extienda usted la letra y la firmaré.


(Aparece AUGUSTA en la primera puerta de la derecha, y se detiene en ella como esperando a que salga VIERA para entrar.)


VIERA.- Bueno.

OROZCO.- Y si quiere liquidar las doscientas libras en pesetas, ahí está la cotización.

VIERA.- Supongo que me las pondrás al cambio de 26,50.

OROZCO.- Como usted quiera: no reñiremos.

VIERA.- (Dirigiéndose al despacho.) Dura está la carne de la oveja... Pobre lobo, conténtate con una hilacha.


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Escena VIII[editar]

OROZCO; AUGUSTA.


AUGUSTA.- ¡Qué hombre, qué monstruo!, cuéntame... Yo rabiaba de curiosidad, y abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien. ¿Le has dado algo?

OROZCO.- Lo menos posible.

AUGUSTA.- ¡Ay!, deja que me reponga del terror que me causa.

OROZCO.- ¿Terror?... A mí me divierte. Histrión más perfecto no creo que exista.

AUGUSTA.- ¿Pero qué...? Creí entender algo de una obligación olvidada.

OROZCO.- Sí, de las de ocho mil libras.

AUGUSTA.- ¿Pero es legítima? Porque ése sería capaz de falsificar...

OROZCO.- Es legítima.

AUGUSTA.- ¿Y qué... te has negado a pagarla?

OROZCO.- Aunque bien pudiera sostenerse la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito ese, como deuda sagrada, debe pagarse.

AUGUSTA.- Tomás de mi alma ¿serás capaz...?

OROZCO.- Ten calma. No sabes...

AUGUSTA.- Tu rectitud ha venido a ser una verdadera demencia. Esas deudas fiambres, obscuras y antediluvianas no se pagan nunca. Consulta el caso con todos los hombres de negocios, y verás...

OROZCO.- No me hace falta consultar a nadie. Esa obligación pendiente pesa sobre mi conciencia, y no estaré tranquilo hasta que de ella no me descargue.

AUGUSTA.- ¡La conciencia...! (Alarmada.) Explícate: ¿pagas...?

OROZCO.- Sí; pero no he dicho que a Viera.

AUGUSTA.- Pues no lo entiendo. ¿Es o no Joaquín poseedor legítimo de la obligación?

OROZCO.- Lo es. Hoy, antes que él viniese, recibí carta de Horacio Ruffer, en la cual me dice que Viera dio por esa obligación un diez por ciento de su valor nominal, es decir, ochocientas libras. Yo le doy el quince, mil doscientas libras.

AUGUSTA.- Y negocio concluido.

OROZCO.- Concluido por parte de él; por parte mía, no, porque pienso pagar íntegramente... De modo que aún tengo en mi poder (Calculando.) libras... seis mil ochocientas.

AUGUSTA.- ¡Pagar íntegramente!... ¡y a quién! (Alarmada.) Ay, hijo, yo voy a llamar a un médico. Tú estás malo, Tomás... ¿Has pensado bien...? Explícame, por Dios.

OROZCO.- Escúchame. Joaquín es un monstruo; tú lo has dicho. Entre sus muchas responsabilidades ante Dios y los hombres, la más notoria es la perversa educación de sus hijos: el abandono en que los tiene, sin apoyo moral, sin medios honrosos de subsistencia. La penuria, la falta de autoridad doméstica, condujeron a Federico... bien lo sabes... a una vida de angustias humillantes. Por las mismas causas, Clotildita se ve precisada a buscar marido de una manera... poco decorosa. Y yo digo: ¿rectificar los errores de ese aventurero, no es un acto de alta justicia? ¿No procedo con absoluta equidad, sustrayéndole, con astucia no inferior a la suya, la mayor parte de lo que le pertenece, para mejorar con ello la existencia de sus infelices, olvidados hijos? (AUGUSTA, paralizada por la estupefacción, no acierta a decir palabra alguna.) ¿Has oído aquello de que «ladrón que roba a ladrón»...? Pues sí, yo, yo le quito a ese tunante el valor casi íntegro del crédito que adquirió, se lo estafo con regocijo y satisfacción santa de mi conciencia.

AUGUSTA.- ¡Oh, qué grandeza... increíble grandeza de alma! ¿Tú eres el ladrón... de ese...?

OROZCO.- Y no sólo soy su ladrón (Con elevado humorismo.) , sino su asesino, porque le mato, le entierro, le doy por fenecido, puesto que entrego su peculio a sus herederos... ¿Lo comprendes ahora? Pues con las seis mil ochocientas libras, constituyo un fondo, que divido en partes iguales, poniéndolo a nombre de Federico y de Clotilde, en títulos intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida ordenada, no dudo que se corregirá de ciertos hábitos... En cuanto a Clotilde, no hay que decir que sabrá sacar partido de su herencia.

AUGUSTA.- (En un rapto de entusiasmo.) Tomás, me rindo a tu bondad y a tu entendimiento, que ya me parecen sobrenaturales... ¡Qué hombre! ¡Qué gloria para mí tenerte! (Le abraza con efusión.) ¡Debo adorarte de rodillas! ¡Qué grande eres!... ¿Ves?... se me saltan las lágrimas de alegría... de admiración...

OROZCO.- No creo que Federico, presentada la cuestión de este modo...

AUGUSTA.- ¡Oh, no... imposible!

OROZCO.- Háblale tú... explícale... Hazle comprender...

AUGUSTA.- Veremos... Hoy vendrá a comer.


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Escena IX[editar]

Los mismos; VIERA, MALIBRÁN que salen del despacho, ambos con varias cartas en la mano.


OROZCO.- (Tocando un timbre.) ¿Han escrito ustedes? Que lleven las cartas al correo. (Entra un CRIADO, que recoge las cartas.)

VIERA.- (A AUGUSTA.) Señora mía: dicha y honor grande es para mí besar sus pies, ponerme a sus órdenes y saludarla como gala de esta sociedad, compañera de mi mejor amigo, y ángel de bondad y de virtud.

AUGUSTA.- ¡Jesús, qué incienso!... Gracias, Joaquín... Me asfixia usted... (A MALIBRÁN.) ¿Pero estaba usted ahí?

MALIBRÁN.- Tomás me ha permitido contestar aquí mi correspondencia extranjera.

AUGUSTA.- (Con énfasis.) ¡Ah! Flojitos negocios trae usted entre manos. Ya me figuro los sobres... «al canciller príncipe de Bismark... al canciller de Austria-Hungría... al signor Crispi»... ¡ja... ja...!

MALIBRÁN.- (Aparte a AUGUSTA.) ¡Qué graciosa! Por burlarse de mí, ha sacado a relucir la Triple Alianza. Es que anda usted muy preocupada estos días...

AUGUSTA.- ¿Con qué?

MALIBRÁN.- Con eso... con la triple alianza... (Aparte.) Vuelve por otra.

VIERA.- No le haga usted caso. Hemos pasado el tiempo charlando. ¡Y qué historias me ha contado este don Cornelio, que todo lo sabe!... ¡Pero qué historias!... Estoy horrorizado, Augusta. ¡Las cosas que pasan en este Madrid...!

AUGUSTA.- Sí, pasan cosas horribles, sobre todo desde que ha venido usted. (A MALIBRÁN.) ¿Se queda usted a comer?

MALIBRÁN.- No, gracias. Como en la legación turca. Y con su permiso... (Despídese MALIBRÁN.)

OROZCO.- ¿Pero se va?

AUGUSTA.- Sí, nos deja por los turcos.

VIERA.- ¡Pero qué historias sabe este Malibrán!... ¡Y qué bien las cuenta!...

MALIBRÁN.- Hasta la noche... (Vase.)

VIERA.- (A AUGUSTA.) Usted, amiga mía, ha venido a desenojarme con su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Este hombre, a quien quiero como a un hijo, me ha tratado muy mal.

AUGUSTA.- Vamos, que no va usted descontento...

VIERA.- Abusa de su superioridad, como todos los mimados de la fortuna. Tomás, dime: ¿qué bienes existen, dentro de lo humano, que tú no poseas? Todos los tesoros que Dios concede a los mortales, cuando se le antoja, han llovido sobre tu casa. Eres rico, vives estimado y ensalzado como un ídolo de estas muchedumbres burguesas que dan y quitan las reputaciones... y por encima de tantas glorias, hombre bendito, descuella la de poseer esta joya, cuyo precio ninguna lengua puede medir, ni ponderar... este ángel de fidelidad y de pureza que convierte tu casa en un cielo... esta mujer divina, en la cual la hermosura, con ser tanta, es eclipsada y obscurecida por la virtud...

AUGUSTA.- Basta... (Aparte.) Me causa terror este hombre.

OROZCO.- La adulación es la fuerza de los débiles.

VIERA.- (Aparte.) La venganza es el placer de los dioses. (Alto.) Una sola cosa falta aquí.

OROZCO.- ¡Faltan tantas!...

VIERA.- Vaya, que os he encontrado un defecto.

OROZCO.- Habrá muchos.

VIERA.- No, uno sólo... Que no tenéis hijos... ¡Macbeth no tiene hijos!... Todavía... ¡quién sabe! En eso os gano yo, que los tengo.

OROZCO.- Para el caso que usted les hace...


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Escena X[editar]

Los mismos; CLOTILDE, INFANTE que salen por la derecha.


AUGUSTA.- (Dirigiéndose a ellos.) ¿Se van ya? ¿Por qué no se quedan a comer?

INFANTE.- No, la tía Carlota tendría celos... (Por CLOTILDE.) Le he enseñado toda la casa.

CLOTILDE.- (Aparte.) ¡Vaya con el lujo que gasta esta gente!

AUGUSTA.- Es de usted.

CLOTILDE.- Gracias. Cuando Pepe gane mucho dinero, que lo ganará, y seamos ricos, tendremos una casa como ésta... ¿verdad?

AUGUSTA.- Sin duda. (Continúan hablando.)

OROZCO.- (Después de examinar un papel que le da VIERA.) Está bien: liquidadas las doscientas libras a 26,50, resultan pesetas cinco mil trescientas. Extenderé el talón enseguida. ¿Y la letra?

VIERA.- Si no me diste timbre.

OROZCO.- Yo la pondré. (Dirígese al despacho.)

VIERA.- ¡Ah!, mi hija... Clotilde...

CLOTILDE.- Papá...

VIERA.- ¿Estás contenta?

CLOTILDE.- ¿Cómo no estarlo en esta casa?

VIERA.- Sí, aquí moran todas las dichas.


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Escena XI[editar]

Los mismos; FEDERICO que entra por la izquierda, y al ver a CLOTILDE y su padre, se detiene en la puerta. Después OROZCO.


FEDERICO.- (Aparte.) Mi padre... Clotilde.

AUGUSTA.- (Viéndole.) Adelante...

VIERA.- Ya tenemos aquí al caballero de los espejos... digo, de los escrúpulos.

AUGUSTA.- Vamos, abrace usted a su hermana.

FEDERICO.- ¿Usted lo quiere?

AUGUSTA.- Y lo mando.

VIERA.- Quien manda manda.

FEDERICO.- Pues sea. (La abraza.)

AUGUSTA.- ¿Hay paces?

FEDERICO.- Con ella sí, con ella sola. Desconoce la vida, y no sabe el daño que causa.

VIERA.- Si la conoce... Ésta sale a mí: tiene la veta económica. Tú sales a tu madre, toda imaginación y susceptibilidad.

INFANTE.- En fin, a lo hecho pecho, y puesto que Clotilde ha decidido por sí de su suerte, no hay más remedio que transigir.

FEDERICO.- Yo... nunca.

VIERA.- Yo sí... y les bendigo, y que sean felices. (Abraza a CLOTILDE.)

OROZCO.- (Que sale del despacho con la letra de cambio y el talón. A VIERA.) Aquí está el talón... y la letra.

VIERA.- Toma la obligación. (Recoge los valores que le da OROZCO y los guarda en su cartera.)

FEDERICO.- (Aparte, observándole.) Ha habido negocio. Recibe dinero.

VIERA.- Pues sí, les doy mi bendición (Mirando a OROZCO.) pero soy pobre, y no puedo darles nada más. (A CLOTILDE.) No te importe. (Con fingida emoción.) Has caído en buenas manos. (Por OROZCO y AUGUSTA.) Ellos saben emplear en el alivio de todas las penas, en el remedio de las necesidades humanas, los inmensos bienes que Dios les ha concedido, y que por sus merecimientos y virtudes... les aumentará.

AUGUSTA.- (Aparte.) Su frío sarcasmo me envenena.

OROZCO.- (Aparte.) Nunca vi cómico igual.

VIERA.- (A FEDERICO.) Y tú, buen mozo, (Abrazándole.) tampoco necesitas para nada de este viejo. Tampoco a ti te faltan apoyos, truhán. Nadie como tú. Tomás, Augusta, ¡cuánta gratitud os debo! (Casi llorando.) No tenéis hijos, y me quitáis los míos. Adiós, adiós.

OROZCO.- (Dándole la mano.) Hasta otra.

VIERA.- Ya no más. (Aparte.) Hipocritón, tengo quien me vengue. (Vase por la izquierda. OROZCO le acompaña hasta la puerta.)

AUGUSTA.- (Aparte.) Se va... Ya respiro.

CLOTILDE.- Adiós.

INFANTE.- Salgamos por aquí. (Por el salón.)

(AUGUSTA besa a CLOTILDE y la acompaña hasta la puerta del salón.)

OROZCO.- (A FEDERICO.) Viejo menguado y torpe, ¡qué inocente va de la trastada que le juego!

FEDERICO.- ¡Tú!

OROZCO.- Yo.

FEDERICO.- (Aparte, confuso.) ¿Qué pasa aquí? No entiendo una palabra. (Alto.) ¿Y qué...? (Mirando alternativamente a AUGUSTA y OROZCO.)

OROZCO.- Nada... (Mirándole fijamente.) Después te lo diré. (Cogiéndole por un brazo.) Ya te tengo cogido. (AUGUSTA les mira desde el fondo de la escena.)


FIN DEL ACTO TERCERO


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ACTO IV[editar]

Habitación modesta y desordenada en casa de FEDERICO. La puerta de la derecha conduce a la alcoba; la del fondo a la sala. Por la de la izquierda entran los que vienen de la calle. Una mesa. Sobre ella papeles, libros, tazas, tintero, todo colocado desordenadamente.


Escena I[editar]

LEONOR que entra de la calle; BÁRBARA.


BÁRBARA.- Que no la engaño a usted. No está.

LEONOR.- Sí que está... Pásele recado. (Con altanería.)

BÁRBARA.- Pero señora... (Aparte.) ¡Qué modos!

LEONOR.- A mí no puede negarse. Dígale usted que soy Leonor... (Bajando la voz.) Leonor. Sé que está enfermo, y por eso he venido. Tengo que hablarle con precisión.

BÁRBARA.- Vaya, le diré la verdad. (Bajando la voz y señalando a la derecha.) Está, sí... pero se ha echado un rato... Creo que ha cogido el sueño. Pasó muy mala noche, y por nada del mundo le despertamos.

LEONOR.- ¿Pero qué tiene?... Tu abandono... falta de asistencia. No saben ustedes cuidarle.

BÁRBARA.- ¿Que no? Anoche, mi hermana y yo no hemos pegado los ojos... Tacitas de té y de tila, copas de Jerez, cucharaditas de cloral, qué sé yo... Con nada se calmaba. Delirando toda la santa noche. Ya nos decía frases cariñosas, ya palabras malsonantes que la avergüenzan a una. Y a lo mejor se echaba de la cama, se vestía de prisa y corriendo, y andaba por toda la casa hablando con... con nadie, porque nadie había; pero él hablaba como si viera fantasmas, o personas figuradas por su imaginación. Pues esta mañana... crea usted que partía el corazón.

LEONOR.- ¿Qué... qué hacía?

BÁRBARA.- En su alcoba, junto a la cama, tiene un retrato de su mamá, en un cuadro magnífico ¡cosa buena!, así como de un palmo. Pues hoy, serían las nueve, después de hacer y decir mil disparates, descolgó el retrato, y abrazándole como se abraza a un niño, le daba besos y le decía cosas... ¡Ay!, mi hermana y yo nos echamos a llorar, y estábamos todos en casa como sí se nos hubiera muerto alguien.

LEONOR.- ¡Pobrecito!

BÁRBARA.- (Acercándose de puntillas a la puerta de la izquierda.) Me parece que está despierto y levantado, sí...

LEONOR.- ¡Ah!, sí... aquí está. (Entra FEDERICO por la derecha leyendo en un devocionario.)

BÁRBARA.- Aquí tiene una visita. (FEDERICO no contesta, absorto en la lectura.)

LEONOR.- Pero chico... que estoy yo aquí.

FEDERICO.- ¡Ah!... Leonorilla. (Vuelve a leer.)

BÁRBARA.- Por las trazas, tenemos en casa a la mismísima Peri. (Vase.)


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Escena II[editar]

LEONOR; FEDERICO.


LEONOR.- Aquí me tienes. Te escribí... no me contestaste, ni fuiste por allá. (Observando que FEDERICO, sin hacerle caso, se sienta con muestras de cansancio, y vuelve a fijar su atención en el libro.) ¡Pero, hijo, qué manera de recibir visitas!

FEDERICO.- ¡Ah!, sí, dispensa... Leía... Éste es el libro de oraciones de mi madre... el recuerdo más vivo que conservo de ella... Mi madre fue una santa, Leonor, una mártir. (LEONOR hace un movimiento para coger el libro.) No, no... quita. Esto es sagrado, y no puede ir a tus manos.

LEONOR.- ¡Ay!, es verdad.

FEDERICO.- Te permito tocarlo... nada más que aplicar la punta de los dedos... (LEONOR lo toca.)

LEONOR.- A ver si se me pega algo.

FEDERICO.- Basta...

LEONOR.- No... verás cómo no se me pega nada.

FEDERICO.- ¡Ah!, antes que se me olvide. (Deja el libro sobre la mesa, y abre un cajón de la misma, saca billetes y se los enseña.) Mira.

LEONOR.- ¡Billetes! ¡Ay! Déjame que los toque... Me muero por ellos.

FEDERICO.- Para ti los quería.

LEONOR.- ¡Chico!... ¿Qué?, ¿te ha soplado la musa?

FEDERICO.- Con un poco de suerte, y algo que me dio mi padre ayer, al partir para Inglaterra, he reunido eso, que es para ti. No te doy la cantidad completa que me prestaste. El resto... cuando se pueda.

LEONOR.- (Cogiendo los billetes.) ¡Ay, hijo de mi alma! Dame acá. Me hace una falta atroz. ¡Qué bonito es tener dinero! Él será todo lo vil que se quiera; pero ¡qué aburridos vivimos cuando no le vemos la cara!

FEDERICO.- ¿Venías por él?

LEONOR.- No; es que tenía que hablar contigo de un asunto. (Aparte.) No me atrevo a decírselo. Me da mucha pena. (Alto.) Por lo que veo, nadas en la opulencia.

FEDERICO.- ¿Nadar yo? Di más bien que pataleo. Ya no tengo salvación. Cuando salgo de un compromiso, casi de milagro, viene otro, y después otro. Corren hacia mí, pisándose la cola. No veo ni aun probabilidades de evitar la insolvencia y la deshonra. (Sombríamente.) Soy hombre perdido.

LEONOR.- No te aflijas, tontín. Confía en Dios. Puede que te caiga una herencia.

FEDERICO.- (Agitado.) ¡Una herencia! Leonor... tus bromas me lastiman.

LEONOR.- Pues yo también ando mal. Tengo que inventar algún negocio. Debo más que el Gobierno, y ese condenado gaditano va a dar con mis pobres huesos en un hospicio. Ahora está conmigo hecho una confitura. Como que necesita cuartos. Pues dice que soy yo otra como La Traviatta (Riendo.) , y que él me va a redimir, a volverme honrada, y qué sé yo qué... ¡qué risa! Parece que ahora va a venir su padre, para quitarle de mí y llevársele, y él pretende que, cuando su papá venga a verme, haga yo el papel de tísica arrepentida, tosiendo con sentimiento, y pintándome ojeras... vamos, como La Traviatta, para que el buen señor se ablande y nos eche su santa bendición... ¡qué risa! Con estas pamplinas, ello es que me está dejando por puertas. (FEDERICO se muestra triste y caviloso, sin prestarle atención.) ¿Pero qué tienes hoy? ¿Estás enfermo...?, ¿qué te pasa?...

FEDERICO.- Ya puedes figurarte... ¡Me pasan tantas cosas... tantas...!

LEONOR.- A mí no me la pegas tú. ¿Por qué no me confías tus secretos? Sé lo que son penas, y en lo tocante a penas de amor, no hay quien me gane. Podría poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo con mi birrete color de rosa, y mi toga de batista, a explicar a los chicos el tratado de fatigas de amor.

FEDERICO.- ¡Qué mona eres!... Figúrate cómo estaré, que ni con tus gracias puedo reírme.

LEONOR.- (Aparte.) Malo está el pobre... No, no se lo digo... me volveré a casa sin decírselo...

FEDERICO.- ¿Y...?

LEONOR.- ¿Qué?

FEDERICO.- ¿No tenías algo que decirme?

LEONOR.- Sí... pero no... no era nada. (Aparte.) Pues sí, más vale que lo sepa, aunque le duela. (Alto.) Escucha... ¿te lo digo?

FEDERICO.- Sí, mujer.

LEONOR.- Sí, aunque te desagrade, es mejor, para que estés prevenido. Anteanoche, en casa, Malibrán se desbocó.

FEDERICO.- ¿De veras?

LEONOR.- El condenado vació de golpe el saco de las picardías, y allí saliste, chico, allí salió también ella... En fin, que lo sabemos todo. Basta de comedias conmigo.

FEDERICO.- ¿La nombró? (Con vivo interés.) ¿Pero la nombró?...

LEONOR.- Claro que sí. Los nombres son la salsa de estos guisos.

FEDERICO.- Repíteme todo, todo lo que hablaron, aunque sea lo más indigno, lo más...

LEONOR.- ¿Todo, todo?... Pero mira, no te enfades. Son cosas que dicen los hombres cuando hablan unos de otros... borricadas, simplezas. Ya puedes comprender. Es de clavo pasado que, tratándose de señora rica y galán pobre, lo primero que se ha de decir es que ella le paga las trampas.

FEDERICO.- No, no dirían tal atrocidad.

LEONOR.- Sí que lo dijeron. Me parece que fue el marqués...

FEDERICO.- ¿Y tú te callaste?

LEONOR.- Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que es lo mismo que el mío... (Desdiciéndose.) digo, no... como el mío no, porque yo no lo tengo. En fin, te defendí como una leona, sosteniendo que tú no eres capaz de tomar dinero de ninguna mujer. Claro, había que decirlo así.

FEDERICO.- Sigue. ¿Y qué más?

LEONOR.- Pues dijo Cornelio... te advierto que se le fue un poco la mano en la bebida... dijo que se había propuesto averiguar... ya me entiendes... y que después de andar muchos días hecho un polizonte, os descubrió el burladero.

FEDERICO.- ¿Y dónde... a ver... dónde dijo?...

LEONOR.- Se lo calló muy bien callado, por más que los otros le marearon para que cantara.

FEDERICO.- Es que no lo sabe.

LEONOR.- ¡Ay!, no seas tonto. Lo sabe; se le conoce en la manera de decirlo.

FEDERICO.- Pues mejor.

LEONOR.- Mira, niño, ándate con tiento, porque es muy fácil que te veas envuelto en una cuestión muy mala. Por eso he querido prevenirte.

FEDERICO.- Prevenido estoy, suceda lo que quiera.

LEONOR.- No te envalentones. Mira que... ¿No temes a Orozco?... Dijo Malibrán que ese señor tiene cataratas, y que él se las va a quitar.

FEDERICO.- Pues que se las quite. Mejor...

LEONOR.- No digas tal.

FEDERICO.- (Exaltado.) ¿Pues qué piensas tú, si siento vivos deseos de enterarle yo mismo?

LEONOR.- ¿Qué dices? Chico, tú no tienes tu cabeza buena. ¡Tú! ¿De manera que tú mismo dejarás al descubierto a la que te quiere tanto?

FEDERICO.- Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las cosas, y yo lo he perdido completamente. Siento, pienso y digo los mayores despropósitos... (Con amargura.) Leonorilla... ¡Ay!, tú eres la única persona que veo con gusto en esta ruina de mi espíritu. Entre tantas caras que me ponen un ceño antipático y hosco, sólo la tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más consuela. Las cosas muy sabidas y muy estudiadas, hastían el alma. Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra razón, son las que nos confortan y nos alientan.

LEONOR.- (Aparte.) No tiene la cabeza buena, no. (Alto.) Pues para consuelo, para medicina de tu alma, aquí me tienes. Sigue mis consejos y verás. No te amilanes. Entre tú y Manolito Infante, cogéis a Malibrán y le metéis el resuello en el cuerpo. Yo puedo deciros de él cosas muy feas, pero muy feas... No tenéis más que amenazarle con publicarlas si no calla, y callará como un plato de habas... Así se hacen las cosas... y pecho a los runrunes, y no hagas caso. Sigues, seguís achantaditos, y quién sabe si al fin, lo que hoy parece un peligro, será tu salvación.

FEDERICO.- ¡Salvarme yo! No lo esperes.

LEONOR.- Monín, tú estás mal, mal, mal, y el gusano que más te roe por dentro, es ese pícaro... vamos, el no tener... (Señal de dinero.) Si pudieras arreglarte... Si llegaras a contar con un tanto fijo...

FEDERICO.- No hay posibilidad de que cambie mi manera de vivir.

LEONOR.- Pues sí que la hay... ¿Te la digo? Pero no te me enfades. Pues... allá voy... Me parece una barbaridad que pases tantas amarguras, teniendo esa amiga tan ricachona.

FEDERICO.- ¡Leonor! ¡También tú!

LEONOR.- No, miquito, yo no digo que tú le pidas... digo que de ella debiera salir el ofrecerte una cantidad gorda, para que de una vez...

FEDERICO.- (Irritándose.) Quita, quita. Déjame en paz.

LEONOR.- Anda... tonto. Fuera remilgos. (Remedándole.) El honor... ¡la diznidaz!... Vamos, que buenos miles podría darte... y algo me había de tocar a mí.

FEDERICO.- (Con tristeza y desaliento.) ¿Por qué me lastimas, por qué me hieres así?

LEONOR.- ¿Te incomodas? Pues tómalo a broma.

FEDERICO.- Te lo tolero como chiste.

LEONOR.- Eso, como chiste. ¿Sabes lo que dice mi marqués? Que el chiste de hoy es la seriedad de mañana.

FEDERICO.- O en otra forma: que arrojas a la calle un chascarrillo, y sin saberlo has plantado la simiente de una tragedia.

BÁRBARA.- (Entra por el fondo.) Un señor...

FEDERICO.- ¿Quién?... (Aparece OROZCO en la puerta del fondo.)

LEONOR.- (Aparte.) ¡El marido de la de Orozco! Yo me las guillo. (Alto.) Quédate con Dios. (Aparte.) Se armó la gorda. (Vase.)


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Escena III[editar]

FEDERICO; OROZCO.


FEDERICO.- (Con sorpresa y espanto, al ver avanzar a OROZCO.) ¡Otra vez!...

OROZCO.- (Con asombro.) Soy yo.

FEDERICO.- (Desvariando, excitadísimo.) Tú... sí... ¿qué quieres?... ¡Otra vez ante mí!... déjame, déjame.

OROZCO.- (Inquieto.) ¿Qué es esto?... ¿Qué te ocurre?

FEDERICO.- Por tercera vez me visitas... Basta, basta. Ya te dije que no quiero, que no puedo...

OROZCO.- (Confuso.) ¡Por tercera vez! ¿Pero cuándo...?

FEDERICO.- Anoche...

OROZCO.- ¡Anoche! Tú deliras... ¡Pobre amigo! Si no nos hemos visto desde anteayer, cuando estuvo tu papá en casa...

FEDERICO.- ¡Que no nos hemos visto!... (Turbado.) Tomás... tú no eres tú; no estás realmente aquí... Lo que veo es tu sombra, tu imagen, hechura de mi pensamiento, de esta idea infame, que habiendo agotado dentro de mí sus formas de suplicio, sale y me atormenta desde fuera.

OROZCO.- ¡Qué disparate! Soy yo... Mírame, tócame. (Le abraza cariñosamente.) Soy tu amigo, que te quiero, que deseo salvarte de la miseria, de la deshonra...

FEDERICO.- ¡Ah!... (Dejándose abrazar, vencido de la emoción.) Perdóname... no sé lo que digo... Estoy enfermo... (Despejándose.) Anoche... efecto sin duda de las dificultades que me agobian... tuve horas de cruelísimo insomnio... después intensa fiebre... te vi... entraste en mi alcoba... salté del lecho... hablamos... te dije...

OROZCO.- Vamos, que he venido a ser tu idea fija...

FEDERICO.- Y al romper el día, después de un breve sueño en este sillón... entraste con la claridad del alba...

OROZCO.- ¡Con el alba yo!... (Jovial.) ¡Qué madrugador me he vuelto! Vaya, chico, no más... basta. Acabarás por marearme a mí también... Conste que no nos hemos visto... realmente, desde anteayer, y que ahora vengo a tratar contigo... ya supondrás de qué...

FEDERICO.- Lo adivino... lo sé... y es inútil...

OROZCO.- (Sentándose a su lado.) Aquel día, después de comer, te manifesté... ya lo sabes. Me respondiste que lo pensarías. Y anoche, Augusta me ha llenado de asombro diciéndome que te mostrabas inclinado a rechazar lo que te ofrecemos.

FEDERICO.- Le dije... yo creí habértelo dicho también a ti... anoche... Pero pues aseguras que soñé... te lo digo ahora. Tomás, no puedo aceptar.

OROZCO.- ¿Pero qué razón...? Dame una razón...

FEDERICO.- Que no quiero, que no puedo...

OROZCO.- Advierte que es una herencia, herencia un poco extraño en la forma...

FEDERICO.- Sí, la forma es hábil, exquisita, como invención de tu ingenio sublime, tan grande como tu generosidad.

OROZCO.- No se hable de generosidad... No saques ahora el fastidioso argumento de tu delicadeza.

FEDERICO.- Es mi razón suprema... y el único capital del pobre.

OROZCO.- Eso es ya ingratitud, orgullo satánico.

FEDERICO.- Es que yo sostengo que Satanás era un ángel... muy delicado.

OROZCO.- Pase como chiste... Ea, al grano. Dime, ¿cómo te rebaja el beneficio otorgado por un amigo, y no te envilecen otras cosas? Tus expedientes angustiosos y degradantes para vivir no te sonrojan, ¡y en cambio...!

FEDERICO.- Es que son hábitos, y ya no puedo vivir sin ellos. Tomás, Tomás, me duele mucho decírtelo; pero te lo diré. Soy vicioso. La idea de una vida sosa y correcta, con el bienestar acompasado de un modesto rentista, me causa horror. No quiero esa vida, no la quiero. El veneno se ha adaptado a mi naturaleza, y ya no puedo existir sin él.

OROZCO.- ¡Palabrería, farsa! ¿Cómo pretendes hacerme creer que prefieres esa vida de sobresaltos...?

FEDERICO.- Créelo, sí. Detesto la tranquilidad. No sé cómo hacértelo comprender. Los conflictos diarios, las angustias, el no respirar, el no vivir, la excitante lucha, prodúcenme placer insano. Soy como el borracho incorregible que se siente envenenado por el alcohol, y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. Yo apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias, las emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías delirantes.

OROZCO.- Nada de eso pertenece a la realidad. O es un desvarío de enfermo, o tus argumentos sirven para ocultar alguna poderosa razón, que ignoro. Hazte cargo de que tu padre, de un modo inconsciente, es quien...

FEDERICO.- No nombres a mi padre. Obra tuya es esta idea, esta combinación que tiene una cara divina y un reverso diabólico. Te conozco bien. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco ni que me mires siquiera.

OROZCO.- No salgas ahora por ese registro de las alabanzas para aturdirme. No hables de generosidad. ¿Te molesta mi protección? Pues nada verás en mí que te la recuerde. ¿Quieres mostrarte ingrato? Mejor. A mí me gusta la ingratitud... Y si las anomalías de tu carácter te llevan a pagar este beneficio con alguna acción fea, aunque sea de las más villanas, a mí no me importa... Mejor. Me agrada recibir mal por bien. Así se purifica nuestra voluntad; así se templa nuestro espíritu para adquirir firmeza y vigor, que lo hacen inconmovible ante los peligros de que le cerca la miseria humana; así nos aproximamos un poco a la Divinidad, que si nos parece tan grande, es por la indiferencia con que mira impávida, desde su altura, a los que continuamente la desprecian, la ultrajan o la escupen.

FEDERICO.- (Con exaltación.) Tomás, si te digo que me pareces sobrenatural, no expreso todo lo que siento... Déjame: tengo que añadir que... tu perfección me lastima... Yo también... a mi modo... quiero ser perfecto... yo también quiero acercarme a la divinidad... No me gusta que nadie suba más que yo...

OROZCO.- Pues te dejaré. (Aparte.) ¡Infeliz, qué pena dejarlo así! (Alto.) ¿De modo que no hay manera de reducirte?

FEDERICO.- No, no discurras más. ¿Para qué? Convéncete de que anhelo ser pobre. (Con sarcasmo.) Me ha dado por ahí... La riqueza te sirve a ti de escala para remontarte a la perfección; pues yo quiero que mi escala sea la indigencia. Penuria, vergüenza, mortificación, sufrimientos: eso es lo que necesito para regenerarme.

OROZCO.- (Con humorismo.) ¿Santidad tenemos?

FEDERICO.- ¿Por qué no? ¿Es que quieres tú monopolizarla?

OROZCO.- De ningún modo.

FEDERICO.- ¿Te molesta la competencia?

OROZCO.- (Aparte.) ¡Perturbado está de veras! (Alto.) Dime, ¿te irrita la protección que hemos dado a tu hermana y a su novio?

FEDERICO.- Sí... tal vez... ésa es la causa de que no podamos entendernos.

OROZCO.- Vamos, no sé cómo tengo paciencia para oírte. Lo que a ti te hace falta, bien lo sé yo...

FEDERICO.- Una camisa de fuerza.

OROZCO.- No: reposo, expansión, salir de Madrid. Vaya, te propongo una cosa. Vente conmigo a las Charcas.

FEDERICO.- ¿Al campo? ¿Vas de caza?

OROZCO.- Sí, esta tarde. Pasaremos allí los días de fiesta.

FEDERICO.- ¿Quién va contigo?

OROZCO.- Hasta ahora cuento con Aguado, con Calderón... También va Malibrán.

FEDERICO.- ¿Le has convidado?

OROZCO.- Se ha invitado él mismo. Hace tres días que no me deja a sol ni sombra. En fin, ¿vienes o no?

FEDERICO.- No puedo, no.

OROZCO.- Sí... con los quehaceres que te agobian...

FEDERICO.- Tengo una cita.

OROZCO.- Mujeres... ¡Oh!, siempre en malos pasos.

FEDERICO.- ¿Qué es eso de... mujeres? Habla con más respeto... Es una dama.

OROZCO.- Peor para ti. ¿Ésa es la santidad y ése es el ascetismo de que me hablabas antes?

FEDERICO.- ¿Y qué tiene que ver? El amor no quita los principios... Yo tengo principios.

OROZCO.- Que nadie entiende.

FEDERICO.- Los entiendo yo, y basta.

OROZCO.- Si soy lo que dices, tu idea representada en una sombra, debo entenderlos.

FEDERICO.- (Irritado y nervioso.) Sombra o realidad, tu presencia, tus visitas me mortifican horriblemente. Si me hicieras el favor de marcharte...

OROZCO.- Sí, hombre...

FEDERICO.- Y de no volver...

OROZCO.- Como gustes. (Estrechándole la mano y contemplándole cariñosamente.) Quédate con Dios... (Aparte.) No le entiendo... Carácter indomable, cabeza perdida. (Alto.) Que descanses.

FEDERICO.- Descuida. ¡Descansaré!...


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Escena IV[editar]

FEDERICO.


FEDERICO.- Se fue... ¡Qué consuelo! ¡Libre de ese hombre! Temo que vuelva. Huiré y me esconderé donde no pueda oír su voz, donde su mirada noble y profunda no me anonade... Imposible vivir así... Yo confiaba ¡menguado de mí!, en que este secreto no se descubriría fácilmente, y ahora resulta que no tardarán en conocerlo todos nuestros amigos, medio Madrid, y él... ¡Pero qué hombre, santo Díos! ¿Por qué lo hiciste de tan rara perfección para ponérmele delante en esta hora crítica de mi vida? ¿Por qué no es un malvado, un egoísta sin entrañas, un envidioso, un falso al menos, siquiera un hombre vulgar, de estos que forman casi toda la trama del tejido social?... (Rehaciéndose.) Valor; esperaré a pie firme hasta que un amigo infame le revele la terrible, la ignominiosa afrenta. Sucederá entonces lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá reparación; se la daré con la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuán grotesca es la sociedad! Deberíamos todos embadurnarnos la cara con harina como los clowns, o colgarnos cascabeles de las orejas, como los antiguos bufones, pues somos unos grandes mamarrachos. (Inquietísimo.) No sé qué hacer... No me atrevo a salir. Temo encontrármele en los pasillos... en la escalera... en la calle... No salgo, no. Quiero estar solo. No me agrada más conversación que la mía, como la de un amigo que se despide porque yo me marcho, yo me rindo, yo no puedo vivir así. La vida, tal como la voy arrastrando ahora, es carga superior a mis culpas. Ya merezco el descanso... Ya... (Suena la campanilla.)


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Escena V[editar]

FEDERICO; BÁRBARA.


BÁRBARA.- Señor... ahí está...

FEDERICO.- (Aterrado.) ¿Otra vez?... Cierra bien la puerta... echa el cerrojo... Como le dejes entrar, le recibo a tiros. (Saca un revólver del cajón de la mesa, y lo pone sobre la misma.)

BÁRBARA.- Pero señor... si no es...

FEDERICO.- Le siento próximo, le oigo... le veo; no se ha ido...

BÁRBARA.- Si es el señorito Infante...

FEDERICO.- No puede ser Infante. Te equivocas. No abras; te mando que no abras. (Suena la campanilla más fuerte.)

BÁRBARA.- Que es don Manolo: le he visto.

FEDERICO.- Que no abras te digo.

BÁRBARA.- (Aparte.) Ya me da miedo este hombre. Abriré.


(Vase. -Al empezar la escena VI, se obscurece la escena, y entra BÁRBARA con una lámpara, que deja sobra la mesa.)


FEDERICO.- Infante... no puede ser. (Trémulo.) Es el otro, que no dejará de acosarme mientras yo tenga aquí una chispa de pensamiento...


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Escena VI[editar]

FEDERICO; INFANTE.


INFANTE.- Temí no encontrarte.

FEDERICO.- ¿Eres tú de verdad? Sí...

INFANTE.- Dos palabras, nada más que dos palabras, y me voy... ¿Pero estás malo?

FEDERICO.- Sí.

INFANTE.- (Mirándole fijamente, alarmado.) ¿Qué tienes?

FEDERICO.- Nada... la cosa más tonta... Que no duermo.

INFANTE.- ¡Bah! Lo de siempre. Dificultades de... Porque tú quieres.

FEDERICO.- Verás qué pronto las resuelvo ahora.

INFANTE.- ¿Sí?... ¿Cómo?...

FEDERICO.- Poniéndome en salvo.

INFANTE.- ¡Huir tú!, no me parece propio de tu carácter. ¿Huir? ¿Y adónde te vas?

FEDERICO.- Lejos, lejos.

INFANTE.- ¿Pero adónde?

FEDERICO.- A un país muy bonito. Es lejano y próximo. Dista mucho, y se llega en un soplo... El país del sueño, tonto. Verás cómo las dificultades no me siguen allá. Y si alguno de mis atormentadores va y me llama... verás como no despierto.

INFANTE.- ¡Oh! Ten juicio... (Aparte, alarmadísimo.) ¡Pero qué malo está! (Ve el revólver sobre la mesa, y con rápido movimiento lo coge y se lo guarda. -Alto.) Mira, chico no hagas tonterías. (Con cariño.) Federico, por Dios, entrégate a mí, y te salvaré.

FEDERICO.- No puedes.

INFANTE.- ¿Quieres que te traiga un médico?

FEDERICO.- ¿Médico?, ¿para qué?

INFANTE.- Tienes fiebre. Métete en la cama... No, mejor será que salgas, para que se te despeje la cabeza. Ahí tengo mi coche. Ven, y paseando hablaremos.

FEDERICO.- Hablemos aquí. No puedo salir.

INFANTE.- Pues... dos palabras. ¿No sabes que ese majadero de Malibrán se ha permitido inventar una historia infame?...

FEDERICO.- ¡Una historia infame!

INFANTE.- Sí, y contarla en casa de Leonor, en el Círculo, en todas partes. ¿Has visto mayor vileza? ¡Pretender empañar la limpia fama de mi prima con tan brutal calumnia! ¡Calumniarte también a ti!... Cuando lo supe, mi primer impulso fue buscarle, pedirle la retractación inmediata y categórica, y si a dármela se negaba, volverle la cara del revés.

FEDERICO.- Vuélvesela... lo merece...

INFANTE.- No puedo soportar a ese hombre. La antipatía que me ha inspirado siempre, es ya un odio mortal. Si no se retracta, le abofeteo, le escupo... No es digno de que se guarden por él las formas que impone el fuero del honor.

FEDERICO.- (Excitado.) Mejor es matarle... matarle como a un perro con hidrofobia.

INFANTE.- Pero antes de dirigirme en su busca he querido verte, porque me entró un recelo... Nuestra flaca naturaleza, la corrupción que respiramos nos inclinan siempre a la duda... Dudé, dudo, no te ofendas... He querido que disipes hasta la última sombra de recelo, que asegures en mí la confianza, la fe. Cuanto ha dicho ese infame... es mentira. (Con interrogación solemne.)

FEDERICO.- (Con calma y acento firme.) Cuanto ha dicho ese miserable... es verdad.

INFANTE.- (Aterrado.) ¡Verdad... verdad! Tú deliras... Por Dios, amigo querido... dime que deliras, dímelo; dime que sueñas.

FEDERICO.- ¡Ojalá soñara!

INFANTE.- ¿Es cierto lo que escucho?... ¡Tú!... No, me engañas, te engañas tú mismo. Ese trastorno... ese mirar sombrío, demuestran que no eres dueño de tus propias ideas. Federico, tú estás demente, tú no eres responsable de las graves palabras que has pronunciado.

FEDERICO.- No, mi razón está aquí todavía. Si no estuviera, no padecería yo lo que padezco. No es demencia, no; es revelación deliberada y sincera, es descargo de un espíritu que no puede soportar ya el peso inmenso de sus propios errores... Anda, corre, ve y cuéntale esta verdad terrible a tu amigo, al que también a mí me distinguió y me distingue con amistad generosa que no merezco... cuéntale todo, y añade que no temo la muerte, que la deseo, que la necesito...

INFANTE.- (Con emoción.) Basta.

FEDERICO.- Y en cuanto al indigno Malibrán, ahora...

INFANTE.- (Vivamente.) Creyendo falso lo que decía, pensé castigar su grosero lenguaje. (Con rabia.) Ahora que sé que es verdad, y por lo mismo que es verdad, juro que... ha de pagarme la infamia de haberla dicho.

FEDERICO.- Va con Tomás a las Charcas.

INFANTE.- No irá, yo te lo aseguro.

FEDERICO.- Descarga tu furor en mí, guardián caballeresco del honor de aquella casa.

INFANTE.- No me corresponde ese papel. No faltará quien te pida cuentas.

FEDERICO.- Y las daré... o no las daré.

INFANTE.- Pues, por la calidad de la persona ofendida, por la amistad que te profesaba, por los beneficios...

FEDERICO.- No he querido recibirlos...

INFANTE.- No has querido; pero... lo hecho, hecho se queda. Bien enterado estoy de los planes de Tomás... Desgraciado, no tienes más que una solución...

FEDERICO.- ¿Cuál?

INFANTE.- (Saca el revólver que antes guardó en su bolsillo, y lo pone sobre la mesa.) Toma. (Se aleja, ocultando su emoción.)

FEDERICO.- ¡Ay!... Manolo... ¿Te vas... sin darme un abrazo...?, ¿el último...?


(INFANTE vuelve. Abrázanse cariñosamente sin pronunciar palabra. Retírase INFANTE muy conmovido.)


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Escena VII[editar]

FEDERICO; AUGUSTA que entra por el fondo al marcharse INFANTE.


AUGUSTA.- ¿Solo ya?

FEDERICO.- ¡Augusta!

AUGUSTA.- Yo, sí... no me riñas... Llegué hace un momento. Dijéronme que tenías visita... Esperé. (Con inquietud.) Dime, ¿qué hablabas con Infante?

FEDERICO.- Nada. Manolo, como siempre, tan bromista... ¡Pero tú... en mi casa!

AUGUSTA.- Sí; ¿te contraría? Imposible dejar de venir... Oye: Tomás, en el momento de salir para la estación con sus amigos, díjome que acababa de separarse de ti, dejándote en un estado lastimoso... que padecías horriblemente, que... Figúrate mi ansiedad... Nada, no he podido contenerme... y aún me costó trabajo esperar a que obscureciera un poco más. Tomé un coche, y aquí me tienes... Dime, dime pronto, ¿qué es esto?... ¿qué te pasa...?

FEDERICO.- (Afectando serenidad.) Nada... si estoy bien... estoy mejor.

AUGUSTA.- ¿De veras? ¡Ah!, Tomás exageraba...

FEDERICO.- Sin duda. Cuando él estuvo aquí no me sentía yo tan bien como me siento ahora.

AUGUSTA.- Cuéntame. Quizás disputasteis. Ya, ya entiendo... la terrible cuestión. Su bondad y tu delicadeza, no pueden concordarse, no ajustan, no casan bien. Yo espero que al fin...

FEDERICO.- Sí, sí, yo también lo espero...

AUGUSTA.- Luego, ya no estás tan intransigente.

FEDERICO.- No... ya no... ¿para qué?

AUGUSTA.- (Con alegría.) ¡Ah!, al fin te sometes a mi voluntad. ¡Qué alegría me das! Te convences de la necesidad de cambiar de vida...

FEDERICO.- ¡Oh!, sí cambiaré de vida muy pronto. El cansancio de ésta es ya intolerable.

AUGUSTA.- Pues mira (Recorriendo la habitación y examinándola rápidamente.) lo primero que tienes que hacer, con la herencia de tu papaíto, es tomar otra casa. ¡Qué mala y qué fea es ésta, querido!

FEDERICO.- La tengo buscada ya.

AUGUSTA.- ¿Y dónde? ¿Como ésta, piso bajo?

FEDERICO.- Sí... más bajo todavía... digo, no... alto, altísimo.

AUGUSTA.- Pero que sea bonito, alegre...

FEDERICO.- Sí, muy alegre... y ahora... verás cómo ya no tendrás que reñirme, ni llamarme orgulloso.

AUGUSTA.- (Recelosa.) ¡Oh!, tú me engañas... No sé qué noto en ti. (Mirándole fijamente.) Federico, mírame.

FEDERICO.- Ya te miro.

AUGUSTA.- No, tú no estás bien. (Suspirando.) ¡Qué sobresalto... cuando entré en esta casa, sentí una angustia...! ¡Ay qué mal vives aquí! (Examinando lo que hay sobre la mesa.) Déjame, déjame revolverte todo. ¡Ah!, ¿qué librito de misa es éste?

FEDERICO.- El libro de oraciones de mi madre. Suelo leerlo cuando siento depresión del ánimo y aburrimiento del vivir. Me consuela mucho.

AUGUSTA.- Es precioso. ¡Pobre Josefina! Bien lo usaba la pobre... ¡qué estropeadito está! (FEDERICO hace un movimiento para tomar el libro de sus manos.) Déjame, déjame que lo examine bien. (Hojea el libro.) Y aquí hay algunas palabras apuntadas por ella con lápiz.

FEDERICO.- Me gusta leer aquí, porque me parece que en estas páginas se esconde, para acecharme, el espíritu de aquella santa mujer. Razón tiene mi padre en decir que salgo a ella... a él no. Mi hermana es la que sale a él. Dime que no me parezco nada a mi padre; dímelo... (Con exaltación.)

AUGUSTA.- Sí, hombre, te lo diré.

FEDERICO.- Cuidado, no se te caigan unas florecitas que hay entre las hojas.

AUGUSTA.- Sí, aquí hay una... mira... una espuelita de caballero. (Mostrando la flor.) ¡Qué monada! ¿Y dices que sueles leer aquí?

FEDERICO.- Sí... alguna vez... cuando estoy triste.

AUGUSTA.- Pues no será muy divertido. Aquí veo latín y castellano... (Lee con entonación solemne.) Ossa arida, audite verbum Domini... Y esto, ¿qué quiere decir?

FEDERICO.- Huesos áridos, oíd la palabra del Señor.

AUGUSTA.- ¡Ay, me da escalofríos...!

FEDERICO.- Refiérese a la resurrección de los muertos...

AUGUSTA.- El día del juicio... sí... (Le da el libro.) Toma.

FEDERICO.- Para mí, este libro es la cosa de más mérito que existe en el mundo. Ni las piedras preciosas de más valor, ni las obras de arte más perfectas se igualan a esta incomparable joya.

AUGUSTA.- ¡Ah!, sí.

FEDERICO.- Pues bien: para que veas si te estimo, Augusta... te lo regalo.

AUGUSTA.- Sí... lo acepto... (Mirándole receloso.) Pero... no sé...

FEDERICO.- Y cuando yo esté ausente, lees en él y te acuerdas de mí.

AUGUSTA.- Pues mira, yo también te haré a ti un regalito.

FEDERICO.- ¿Qué?

AUGUSTA.- Quiero sorprenderte. No te lo digo.

FEDERICO.- Dímelo.

AUGUSTA.- Esta tarde estuvieron en casa unos hombres... ¡qué tipos tan ordinarios y repugnantes! Tomás los citó, y allí dejaron unos papeles llenos de garabatos, con tu firma.

FEDERICO.- ¡Mis pagarés!

AUGUSTA.- Sí; ya estás libre de esas horribles cadenas.

FEDERICO.- Augusta, vida mía, márchate. Yo te ruego que me dejes. (Excitado.)

AUGUSTA.- ¿Por qué?... ¿Temes?

FEDERICO.- Sí; temo que venga...

AUGUSTA.- ¿Quién?

FEDERICO.- (Delirante.) Tomás viene... le siento... le veo.

AUGUSTA.- (Aterrada.) ¿Estás loco?

FEDERICO.- (Señalando a la izquierda.) Por allí... La puerta se abre... ¿Pero no le ves?, ¿no le ves?

AUGUSTA.- ¡Deliras, pobrecito mío!

FEDERICO.- Que entre. Mejor.

AUGUSTA.- No hay nadie... Ni el más ligero rumor se siente.

FEDERICO.- ¡Ah!, lo mismo que anoche. Entró sin hacer ruido. Pero yo le oigo y le veo, aunque no quiera verle ni oírle, porque le tengo aquí (En la frente.) , cara, voz, ojos, cuerpo y vida del hombre que ultrajé, ¡y aquí se juntan su afrenta y mi gratitud, mi infamia y su generosidad!

AUGUSTA.- ¡Por piedad, querido mío!

FEDERICO.- (Con brío, adelantándose hacia la puerta, como para recibir a alguien.) No te vuelvo la cara. Aquí estoy, aquí estamos... Entra... Se retira. Pero sabe que no le temo, y volverá.

AUGUSTA.- Por tu vida, ¿qué dices?

FEDERICO.- ¿Pero no le ves? Sale... va por allí... se aleja, se pierde en la obscuridad... Pero volverá.

AUGUSTA.- (Abrazándole.) Cálmate... No me asustes. Me muero de miedo.

FEDERICO.- (Se desprende de sus brazos, y saca del bolsillo el revólver.) ¡Cuando vuelva, no me encontrará!

AUGUSTA.- (Aterrorizada.) ¿Qué es eso? ¿Qué haces? (Quiere abrazarle de nuevo, y él la rechaza.) Federico, amor mío...

FEDERICO.- Sé lo que debo hacer.

AUGUSTA.- ¿A dónde vas? (Deteniéndole por un brazo.)

FEDERICO.- (Rechazándola.) A donde debo ir. A la paz de mi alma, al descanso de mis huesos. ¡Pido a Dios que me perdone! (Entra precipitadamente en la alcoba, y cierra la puerta por dentro.)

AUGUSTA.- (Corriendo hacia la puerta y tratando de abrirla.) ¿Qué es esto? Cierra. ¡Federico! (Suena un tiro.) ¡Jesús! (Cae sin sentido.)


FIN DEL ACTO CUARTO


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ACTO V[editar]

La decoración de los actos 1.º y 3.º Es de noche. Apagadas las luces del salón y billar. Una sola lámpara alumbra la escena.


Escena I[editar]

VILLALONGA; AGUADO.


AGUADO.- ¿Pero...?

VILLALONGA.- Pues nada...

AGUADO.- ¿Y...?

VILLALONGA.- Sólo sé lo que sabe todo el mundo.

AGUADO.- Menos yo. Cuando en la mañana del 2 se recibió en las Charcas tu telegrama anunciando lo ocurrido, Tomás y Calderón tomaron el tren para venirse a Madrid. Yo me quedé entretenido con mi escopeta. Llego hoy, ávido de noticias, y las primeras que recibo parécenme un tanto fantásticas.

VILLALONGA.- Pues lo real y positivo es que el pobre Viera se quitó la vida al anochecer del día 1.º, en su alcoba...

AGUADO.- Pero de las averiguaciones judiciales, ¿qué resulta?

VILLALONGA.- Pues nada... un suicida más, un desengañado, un impaciente, un...

AGUADO.- No filosofes... Dime, ¿y no aparece ninguna relación, ningún hilo...?

VILLALONGA.- ¿Hilito? No, sólo las criadas estaban allí cuando ocurrió la catástrofe.

AGUADO.- Lo más grave del caso... (Habla al oído de VILLALONGA.)

VILLALONGA.- (Con gravedad.) Sí; pero eso... los amigos leales de esta casa debemos desmentirlo con indignación, procurar que la especie no corra, y que el escándalo se ahogue en su origen...

AGUADO.- ¡Oh!, sí... es una infamia... Pero tú... en confianza ¿qué opinas?

VILLALONGA.- Yo... nada... Sí, opino, como tú, que es grosera calumnia; y por excepción, abandono la bendita calma que Dios me ha dado, para protestar, para indignarme... Además, el procedimiento contrario tiene sus quiebras. Ya ves el siniestro del pobre Malibrán. Por si dijo o no dijo tales o cuales tonterías en casa de la Peri, Infante le acometió a la salida del Círculo...

AGUADO.- ¿Se batieron? Por eso Malibrán no pudo ir a las Charcas.

VILLALONGA.- Batirse no... Infante, que es hombre de coraje, y enemigo de fórmulas, se insinuó con él de un modo tan violento y expeditivo, que el pobre diplomático no podrá ya cautivar a las damas con su belleza.

AGUADO.- ¿Qué me dices?

VILLALONGA.- Ha perdido un ojo, o lo perderá.

AGUADO.- Infante... (Señal de puñetazo.) le...

VILLALONGA.- Le deshizo media cara, y además... ¡al caer al suelo la víctima, se torció un pie!

AGUADO.- ¡Qué atrocidad!

VILLALONGA.- ¡Pobre don Cornelio! Yo digo que va ganando, porque tuerto, se parecerá a Camöens, y cojito, se parecerá a Byron, que son sus dos ídolos... En fin, lo más triste de todo esto es la trágica suerte de nuestro pobre amigo, tan simpático, tan caballero... Ayer, en el entierro, pasé un rato...

AGUADO.- ¿Mucha gente?

VILLALONGA.- Muchísima. Ren el cementerio nos encontramos a la pobrecita Leonor, hecha un río de lágrimas... Y el día anterior, en el depósito judicial, ¡impresión más terrible no he recibido nunca!... Pues allí también Leonor... de guardia día y noche, arrimada a un árbol, sin comer más que pan y algún fiambre que le llevaba Ojirris.

AGUADO.- Pues mira tú, esa fidelidad de perro me entusiasma.

VILLALONGA.- Augusta tiene razón. ¿Te acuerdas de aquella noche? Nada hay tan ingenioso como la realidad, la gran artista...


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Escena II[editar]

Los mismos; INFANTE.


INFANTE.- Bon soir.

AGUADO.- Hola, paladín de la honra, mantenedor valiente del... de la...

VILLALONGA.- De la moralidad...

AGUADO.- Vengan esos cinco. ¿Sabe usted si está aquí Tomás?

INFANTE.- No, le he dejado en el 3 de esta calle. Va a una junta de accionistas de no sé qué...

AGUADO.- Ya sé. Pues allá le cojo... ¿Y Augusta?

INFANTE.- Creo que tiene jaqueca...

AGUADO.- Salúdela en mi nombre. (A VILLALONGA.) ¿Vienes?

VILLALONGA.- Pues no hay un alma aquí, me largo también.

INFANTE.- Abur.


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Escena III[editar]

INFANTE; AUGUSTA.


INFANTE.- (Acercándose a la primera puerta de la derecha.) Si se habrá acostado...

AUGUSTA.- (Sale cautelosamente, envuelta en una cachemira, en actitud doliente.) ¡Ah!, Manolo... gracias a Dios que vienes...

INFANTE.- Estuve a prima noche; pero dormías, y no quise molestarte... ya puedo darte la seguridad que deseas... Todo arreglado.

AUGUSTA.- ¿Has hablado con ellas?

INFANTE.- Sí; y he recompensado con largueza, como deseabas, la noble conducta que observaron contigo.

AUGUSTA.- ¡Pobrecillas! Nunca les agradeceré bastante aquel acto de compasión y generosidad. Me conocían, sí... Comprendieron los peligros de mi presencia en aquella casa, y me encerraron no sé dónde... en un cuarto lóbrego y estrecho... ¡Qué instantes, Manolo, qué horas! No sé cuánto tiempo estuve allí... Desde mi encierro, oí el tumulto de los vecinos, de la policía al invadir la casa... Dios me inspiró la idea salvadora de mandarte llamar, de poner mi suerte en tus manos... Acudiste, y me sacaste de aquella situación, cuya gravedad me espanta todavía.

INFANTE.- ¿Y a quién sino a mí, más que amigo hermano, podías confiar pena y conflicto tan graves? Por respeto a ti, por compasión, desde que pusiste en mí tu confianza, decidí hacerme digno de ella. No temas nada. De tu presencia en aquella casa no hay ni puede haber el más leve indicio en el proceso. Es un hecho que hemos escamoteado a la realidad. No existe más que en la imaginación de los forjadores de leyendas.

AUGUSTA.- ¡Ay, primo mío, cuánto tengo que agradecerte! Pero el juez...

INFANTE.- Te lo repito: nada temas. Los dos testigos Claudia y Bárbara, nada depondrán contra ti. Están bien cogidas y aseguradas.

AUGUSTA.- ¡Qué gran consuelo me das! Mi vida no es vida...

INFANTE.- El tiempo te irá serenando, y tu conciencia adquirirá la paz que ahora no tiene... ni puede tener. (Bajando la voz.) Debo advertirte que a Tomás han llegado, no sé por qué conducto, algunas de las hablillas con que alimenta su insana curiosidad este vulgo que aquí solemos ver, y que te acompaña, te recrea y te adula, mientras no llega una ocasión en que pueda decapitarte. Las muchedumbres, aunque vistan frac, no perdonan, y fácilmente guillotinan o arrastran hoy a los que ayer adoraron.

AUGUSTA.- (Con inquietud.) Sí... Tomás sabe... no diré que todo... parte sí... algo... no sé qué. ¿Qué grado de culpa verá en mí? ¿Su calma es la expresión más refinada del desprecio con que me mira?

INFANTE.- No te atormentes, y espera resignada y animosa, con la entereza que da un arrepentimiento sincero. Ten por seguro que Tomás...

AUGUSTA.- ¿Me interrogará...? ¿Crees tú...?

INFANTE.- Creo que sí, y mi opinión, Augusta, es que debes... entregarte sin condiciones... decir toda, absolutamente toda la verdad. A un hombre como ése, no se le puede decir menos que al confesor. Éste es mi consejo leal, consejo de hermano. Tu salvación es ésa; no hay otra para ti.

AUGUSTA.- Quizás tengas razón. ¡Confesarme a él!... ¿Y si yo te dijera que ya lo he hecho...? ¡Oh, yo estoy loca! No sé lo que digo ni lo que pienso. Me atormenta una duda... Verás... Anoche tuve pesadillas horribles, una tras otra, y ratos de insomnio febril. Pero no puedo distinguir lo real de lo soñado. Mis actos despierta, mis sueños dormida se confunden, se amalgaman, y no los puedo separar. La impresión que más claramente subsiste en mí, entre tantas impresiones borrosas y turbias, es... que me levanté de la cama, pásmate, que fui al despacho de Tomás, que entré y me puse de rodillas ante él, y le confesé todo... pero todo, todo...

INFANTE.- ¿Estás segura...?

AUGUSTA.- No, y ése es mi suplicio... Lo sospecho. Es como un recuerdo de lo que fue, como un temor de lo que pudo ser. No puedo explicártelo. ¿Crees tú en el sonambulismo?

INFANTE.- Te diré. (Mirando por la izquierda.) Me parece que Tomás viene. Hablemos de otra cosa. Teresa Trujillo inconsolable por no verte. (Entra OROZCO.) Aguado, nuestro gran moralista, me encargó...

OROZCO.- (A AUGUSTA.) ¿Qué tal, vida mía?, ¿te sientes mejor?

AUGUSTA.- Sí... un poquito mejor. ¡Qué tarde vienes!

OROZCO.- Una reunión fastidiosa...

INFANTE.- Pues a recogerse. No estorbo más. (A AUGUSTA.) Celebro tu alivio, prima. Mañana, a paseo.

OROZCO.- (Saludándole.) Adiós... Ya es hora de que descanses tú también.

INFANTE.- (Aparte.) Y que lo necesito de veras... ¡Qué día! (Vase.)


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Escena IV[editar]

AUGUSTA; OROZCO.

AUGUSTA, arrebujada en su cachemira, se acomoda en una butaca a la derecha. OROZCO sentado junto a la mesa.


OROZCO.- ¿Qué?... ¿tienes frío?

AUGUSTA.- (Temblando.) Un poco... pero ya voy entrando... en calor. (Aparte.) Su mirada me desconcierta.

OROZCO.- No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que a entrambos nos interesan.

AUGUSTA.- (Aparte, con espanto.) Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe o quiere saberlo? (Mirándole fijamente.) ¿Quién podrá descifrar el jeroglífico de ese rostro de mármol?

OROZCO.- (Aparte, mirándola con atención profunda.) ¿Será capaz de confesar? Me temo que no.

AUGUSTA.- (Aparte.) No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente a sus preguntas. (Alto.) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo, y no te atreves?

OROZCO.- Te observo temerosa, y esperaré a que te tranquilices.

AUGUSTA.- (Aparte.) ¡Temerosa yo!

OROZCO.- Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente para poner la verdad sobre todas las cosas, para reducir a la insignificancia los afectos más hondos, cuando contradicen el sentimiento puro de la humanidad y de la vida.

AUGUSTA.- Ya sé que eres un hombre... único. Has cultivado la vida interior; has conseguido lo que imposible parece en la flaqueza humana, esclavizar las pasiones, subirte a las alturas de tu conciencia eminente, y mirar desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte, y no permitir que te afecte ninguna maldad, por muy cerca que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido? (OROZCO hace signos afirmativos.) ¿Y quieres que yo te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera, pero no sé si podré. Soy muy terrestre, peso mucho, y cuando quiero remontarme, caigo y me estrello.

OROZCO.- La gravedad del espíritu se disminuye limpiando el corazón de malos deseos. Mi ilusión, mi sueño, eran iniciarte en un sistema de vida que empieza siendo espiritual y difícil, y acaba por ser fácil y práctico. Confíate a mí por entero... Revélame todo lo que sientes, y después que yo lo sepa, hablaremos.

AUGUSTA.- (Aparte.) ¡Confesar! ¡Qué terror siento! Si me hablara un lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia, me conquistaría... pero esos pensamientos tan sutiles no se han hecho para mí, amasada en barro pecador.

OROZCO.- ¿No contestas a lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con efusión perfecta.

AUGUSTA.- (Aparte.) Lo sabe, y quiere arrancarme la confesión. ¿Se lo dijeron?, ¿se lo dije yo? Esta duda me enloquece. Tomemos la ofensiva. (Alto.) ¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí?

OROZCO.- (Con determinación levantándose.) ¡Inútiles y ridículos circunloquios! Desde que apareció muerto Federico Viera, tu nombre anda en lenguas de la gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, sépalo yo por ti misma. En esta ocasión solemne he de saber lo que eres y lo que vales...

AUGUSTA.- (Turbada.) ¿Pero tú... crees?

OROZCO.- Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero a que tú hables.

AUGUSTA.- (Aparte, aterrada.) ¡Confesar!... antes morir. Siento un pavor... (Alto.) Pues te diré: extraño mucho que des asentimiento a esas infamias.

OROZCO.- (Flemático.) Luego es falso lo que se dice.

AUGUSTA.- ¿Y lo dudas?

OROZCO.- No afirmo ni niego... ¿Por qué tiemblas? Tu cara es como la de un muerto.

AUGUSTA.- Estoy enferma.

OROZCO.- Enferma de susto. Tranquilízate: toma el tiempo que quieras para pensarlo. Mira, yo me siento aquí a leer un poco, y en tanto, tú recoges tu conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (Se sienta, toma un libro o revista y lee.)

AUGUSTA.- (Aparte, sin moverse en el asiento, arropándose.) Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica... ¡Qué actitud tan extraña! ¡Oh, su santidad me hiela!... ¿Y si tras esa mansedumbre rebulle el propósito de matarme? ¡Ay, siento un escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!

OROZCO.- (Gravemente, apartando la vista de lo que lee.) ¿Piensas, Augusta, o es que te has quedado dormida?

AUGUSTA.- No duermo, no.

OROZCO.- ¿Tienes frío?

AUGUSTA.- Un poco... (Temblando.) Pensaba en esa tontería... en tu sospecha. ¿Quién te la sugirió?

OROZCO.- Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar la preferencia. Habla tú primero.

AUGUSTA.- ¿Cómo, por qué medio han nacido en ti esas ideas?

OROZCO.- (Con ligera inflexión festiva.) Por adivinación.

AUGUSTA.- ¡Virgen Santa, mis temores se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido...! ¡Miserable de mí, vendida neciamente! (Alto, tragando saliva.) ¿Adivinación has dicho? No puede ser. Alguien me acusó...

OROZCO.- Quizás.

AUGUSTA.- (Aparte.) Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi mente las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo. (Rehaciéndose.) ¡Oh!, no es posible que yo hablara... no puede ser. Me estoy atormentando con un recelo pueril. Ánimo... y nada de confesión.

OROZCO.- (Aparte.) Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento, que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas, ¡cómo me duele! Al tirar, me llevo la mitad del alma, y temo que mi serenidad flaquee... Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará...

AUGUSTA.- (Aparte, sofocada, limpiando el sudor de su frente.) No sé qué siento en mí... un prurito irresistible de referir la verdad... entera... sin omitir nada... absolutamente nada.

OROZCO.- (Prosiguiendo su monólogo.) ¡Pero cómo duele esta amputación! (Mirándola furtivamente.) Era el encanto de mi vida. Inferior a mí por su inconsistencia moral, su amor me daba horas felices. La pierdo. Quizás será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba demasiado a las bajezas materiales... Me convendrá seguramente perder el único afecto que al mundo me ligaba... ¿Y si no lo perdiera? ¡Si con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí! (Volviendo a mirarla.) ¡Ah, no tiene alma para nada grande!

OROZCO.- ¿Has pensado, Augusta?

AUGUSTA.- No pienso... Todo está pensado ya. (Aparte.) No sé qué hacer ni por dónde salir...

OROZCO.- ¿Has examinado tu conciencia, Augusta?

AUGUSTA.- (Sacando fuerzas de flaqueza.) Sí, sí... Mi conciencia... no tiene nada que examinar.

OROZCO.- ¿Está serena y callada? ¿No te acusa de ninguna acción contraria a las leyes divinas... o siquiera a las humanas?

AUGUSTA.- (Aparte.) Me confieso a Dios, a ti no.

OROZCO.- ¿Qué dices?

AUGUSTA.- No he dicho nada. (Aparte, con brutal entereza.) Me arriesgo a todo... Salga lo que saliere, negaré.

OROZCO.- ¿Insistes en llamar absurdos los rumores...?

AUGUSTA.- (Aparte, desconcertada.) ¿Poseerá alguna prueba material?

OROZCO.- ¿Callas?

AUGUSTA.- ¿Rumores? A mis oídos no han llegado. (Aparte.) Dios mío, acábese esta lucha horrible. (Vacilando.) No sé... Su perfección, si lo es, no hace vibrar en mí ningún sentimiento. ¡Si viera en él la expresión humana del dolor, de los celos...!

OROZCO.- ¿Qué piensas?

AUGUSTA.- No pienso... es que me asombro de que creas semejante desatino. (Aparte.) Si tiene pruebas, que las tenga... Ya no me vuelvo atrás.

OROZCO.- ¿De modo que lo niegas?

AUGUSTA.- (Después de una pausa.) Lo niego.

OROZCO.- ¿Y lo juras?

AUGUSTA.- ¿A qué viene eso de jurar?...

OROZCO.- (Aparte.) Me engaña miserablemente. Peor para ella. Desgraciada, quédate en tu miseria y en tu pequeñez.

AUGUSTA.- (Aparte, recelosa.) ¿Me crees? ¿Crees lo que digo?

OROZCO.- Sí... (Se aparta de ella y pasea por la habitación: aparte.) Me he quedado solo, solo como el que vive en un desierto...

AUGUSTA.- (Aparte.) No me ha creído... Y yo siento un vacío en mi alma... Me siento divorciada, sola, como si en un páramo viviera.

OROZCO.- (Aparte.) Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no es el de mi propia disciplina interior.

AUGUSTA.- (Aparte.) Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha por defender a su hembra...

OROZCO.- ¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida... ¿Flaqueará mi ánimo en esta crisis tremenda? ¿Me dejaré arrastrar de este impulso maligno que en mí nace, o más bien resucita, porque es resabio de mis dominadas pasiones de hombre? (Detiénese detrás del sillón en que está AUGUSTA, contemplándola. Ella no le ve.) ¿Por qué no te impongo un cruel y ejemplar castigo; por qué no te...? (Apretando los puños, la amenaza; mas al instante recobra su grave actitud.)

AUGUSTA.- (Aparte, encogiéndose y cerrando los ojos sobresaltada, al sentirle detrás.) ¿Qué hace? No atrevo a moverme, ni a mirar siquiera para atrás. Dios me ampare.

OROZCO.- (Dominándose, con suprema violencia sobre sí.) ¡No, no te iguales a lo más bajo, a lo más grosero de la humanidad!... Déjala.

AUGUSTA.- (Volviéndose, aterrada.) ¿Qué... qué hay?

OROZCO.- (Con el acento grave y frío de siempre.) Nada... pero es muy tarde... ¿No te acuestas?

AUGUSTA.- (Aparte.) El acento de siempre. (Alto, levantándose.) Sí... me acostaré. (Dirígese paso a paso a la puerta de la alcoba, meditando.)

OROZCO.- (Sin mirarla, inmóvil, en el centro de la escena.) No, los brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, el reposo supremo que adquirí a fuerza de mutilar y mutilar pasiones y afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira desde lejos estas bastardías liliputienses.

AUGUSTA.- (Deteniéndose en la puerta de la alcoba.) ¡Divorciados para siempre!... Aún podría...

OROZCO.- ¿Qué?... ¿vuelves?

AUGUSTA.- (Disimulando.) No... sí... es que presumo que estaré desvelada... y... me llevo un libro para leer. (Dirígese a la mesa y trata de elegir un libro entre los que allí hay, tomando y dejando volúmenes y examinándolos rápidamente. OROZCO la contempla en silencio.) No sé qué siento. El alma se me desgaja. Si fuera posible decir toda la verdad, toda...

OROZCO.- (Aparte.) Su alma no está serena. La mentira la embravece como el viento a la mar.

AUGUSTA.- (Aparte.) Y toda la verdad, toda, toda, es imposible de decir... Diría que me siento menos arrepentida que culpable, y que ningún afecto, ninguno, borrará de mi corazón la imagen del pobre muerto. Diría que entre tu santidad, que admiro, y mis debilidades, de que me acuso a Dios, hay un abismo que humanamente no puedo salvar... ¡Contradicción, pena horrible sin el recurso de poder aliviarla confesándola!... ¿Cómo decirte que me infundes veneración, ternura fraternal, pero que el amor, la flor de la confianza humana, no puede nacer en esta unión árida y glacial?... No sé ver juntamente en ti al esposo y al sacerdote... Sepáralos, y quizás nos entenderemos. (Angustiada.) ¡Y si esto digo, no habrá perdón, no puede haberlo!... ¡y si miento, tampoco! (Con resolución.) ¡Imposible! (Dirígese a la alcoba sin llevar el libro.) Dios me perdonará... cuando lo merezca.

OROZCO.- Pero al fin... no llevas el libro...

AUGUSTA.- (Con calor.) No lo necesito... leeré en mí misma. (Vase.)


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Escena V[editar]

OROZCO solo. Después la imagen subjetiva de FEDERICO VIERA.


OROZCO.- Leer en sí misma... Falta que se entienda. (Siéntase meditabundo.) ¡Dominada la pavorosa crisis...! ¡Fuera locuras impropias de mí! Los celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos o pasiones de una mujer, ¡qué miseria! Elevar tales fruslerías al foro de una conciencia pura, empapada en el bien supremo, es lo mismo que si, al ver una hormiga, o cuatro, o cien, llevando a rastras un grano de trigo, fuéramos a dar parte a la guardia civil y al juez instructor. No... conservemos nuestra calma frente a estas agitaciones microscópicas, para poder despreciarlas más hondamente... (Levántase agitado.) Quiero salir... me ahogo, necesito respirar el aire libre, contemplar el cielo, las estrellas sin fin... ¡Ah!, ¡qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen a contarles que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante llamado mujer amó a un hombre en vez de amar a otro! Si el espacio infinito se pudiera reír, ¡cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan! Pero para reírse de ellas, era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría... (Volviendo al proscenio.) Siéntome otra vez asaltado de la idea que fue mi suplicio ayer, hoy también... la maldita representación del trágico suceso... Quiero reconstruírlo, determinar sus móviles, y no alcanzo... ¡Ah, sí!... (Con inspiración súbita.) Parece que mi razón se ilumina con poderosa luz, sí... y poseo la verdad... (Exaltado.) Ya, ya encontré la exacta lógica de... (El salón se ilumina.) ¿Qué es esto?... ¡Encendido el salón!... (Acércase a la puerta.) Parece que alguien entra en el salón... Sí, una persona... un hombre... (Vuelve al proscenio restregándose los ojos.) Sin duda sueño... Mis ideas se lanzan fuera de mí. (Se ilumina el billar.) Luz también en el billar... Alguien está allí... Le conozco... Federico... (La imagen de FEDERICO aparece en el billar.) Te conocí... te esperaba. Tu presencia no me causa terror, imagen del que fue mi amigo. Vivo te amé, muerto me inspiraste odio. (La imagen se desvanece.) No te alejes, ven... Este sentimiento infame me acongoja, me empequeñece, y con poderosa voluntad lo arranco de mi alma. Vuelve a mí... quiero verte (La imagen vuelve a mostrarse.) Eres mi idea fija, como yo fui la tuya. Eres mi propio pensamiento, la luz que alumbra mi razón, revelándome el sentido de tu lastimosa tragedia y los móviles de tu muerte... Sé que moriste por estímulos del honor y de la conciencia, porque la vida se te hizo imposible entre mi generosidad y tu delito, entre el bien que te hice y el mal que me hiciste. Si en tu vida hay no pocas ignominias, tu muerte es un signo de grandeza moral. Tú y yo nos elevamos sobre toda esta miseria de las pasiones, del odio y del vano juicio del vulgo. No sé aborrecer. Me has dado la verdad: yo te doy el perdón. Abrázame. (Dirígese hacia la imagen, que se desvanece cuando OROZCO le tiende los brazos.)


FIN DEL DRAMA


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