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Recuerdos. Max Nordau en España

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Recuerdos. Max Nordau en España (26 ene 1923)
de Roberto Castrovido
Nota: Roberto Castrovido «Recuerdos. Max Nordau en España» (26 de enero de 1923) La Voz, n.º 806, p. 1
RECUERDOS

Max Nordau en España

Max Nordau ha fallecido en París. Traten otros, más competentes y mejor enterados, del filósofo, del crítico, del novelista, del autor de obras de teatro. Voy a escribir un poco del judío de origen español y muy hispanófilo. Conocí a Max Nordau en casa de la señora viuda de Salmerón y Alonso, el ex presidente de la República. Un hijo de aquel gran hombre, Nicolás Salmerón y García, inició la idea de obsequiar con una comida al sabio y artista húngaro, cuyas obras había traducido (y de modo por extremo acertado, notabilísimo) a la lengua castellana. De Max Nordau se conocen en España, bien traducidas, todas sus obras; es más conocido que algunos autores españoles. La idea de Colás Salmerón fué acogida por su madre, y con la ilustre familia nos sentamos a la mesa, que presidió Max Nordau, varios amigos que tuvimos el honor de ser invitados.
Allí conocí personalmente al autor de "Las mentiras convencionales". Era un gran conversacionista. Muy ingenioso, muy docto en diversas materias. Le habló en alemán una de las nietas de Salmerón; le hablaron en francés; prefirió usar la lengua de Castilla, que hablaba y escribía perfectamente. La hablaba con graciosas inflexiones, tonalidades tal vez clásicas, y usaba un léxico castizo, con vocablos desusados, como magüer, ahína. Era israelita. Pertenecía a los judíos españoles que expulsaron los Reyes Católicos. Guardaba la llave de la casa, de la última que habitaron en España sus antepasados. En Segovia estaba esa casa. Ya no existe; sí la calle. A Segovia, en ese su último viaje por España, fué Max Nordau.
Como no tenía hijos varones, a su hija, siguiendo la costumbre de los sefarditas, le enseñó el castellano. Max Nordau habló de su amor por España y charló de todo, menos de una cosa: de la guerra europea.
De París se vino a Madrid, y de allí trajo a su esposa e hija. Era sospechoso, como austrohúngaro, en la ciudad que tenía por su patria espiritual. Y en España vivió hasta que terminó la guerra. Escribió en periódicos, dio conferencias en el Ateneo, viajó por Cataluña, Aragón, Valencia, Andalucía y Castilla la Vieja. Y de esta su estancia en España y de su postrera visita a iglesias y museos, ha nacido un libro, creo que el último que escribió, no sé si en francés o en alemán, y que al arte español está consagrado. No le he visto citado en las notas necrológicas de la Prensa. Se titula "Los grandes de la pintura española", y ha sido traducido al castellano por el Sr. Cansinos Asens.
Es lástima que ese libro no sea tan popular en España como otros del mismo autor. Desde el valenciano Dalmáu al extremeño Sr. Hermoso, no hay pintor español ni escuela española de pintura que no estudie con mucha ciencia, buen fusto, crítica muy personal y amor, verdadero amor al arte español. Acierta a ser nuevo y hasta a sorprender con novedades, ya de observación, ya de juicio, ya simplemente de ingenio, al encomiar a los más firmemente consagrados: Rivera, Velázquez, Goya...
Establece insospechadas semejanzas entre Goya, según retratos del pintor aragonés, Beethoven y Goethe. Relaciona sutilmente la época en que vivieron los pintores con sus cuadros y la manera de pintarlos. Del hombre Goya, del pensador, del filósofo, que había en el gigante de Fuendetodos, hace muy peregrinas consideraciones.
Choca el criterio de Max Nordau con el de muchos críticos al juzgar a Morales, y, sobre todo, al emitir juicios sobre el Greco. ¡Cosa rara! Más coincide Max Nordau con Felipe II que con el señor Cossío. Ensalza a Murillo, deprimido por la crítica y aun menospreciado estos últimos años.
La Santa Casilda de Zurbarán existente en el Museo del Prado le inspira una página bellísima.
Pintores de segundo orden, epígonos y medianías son estudiados por Max Nordau, siempre sabio, audaz no pocas veces, y, en ocasiones, raro, sorprendente, original y extraño. Choca su opinión con la más extendida y con la que muchos otros críticos sustentan. Con todo lo que escribe no se está conforme; pero hay que hacer justicia a las dotes del ensayista, si alguien no quiere que le llamemos crítico.
No sé por qué calla en la muy extensa enumeración de pintores modernos el nombre de Eduardo Rosales, de quien se ha colocado en Recoletos una hermosa estatua, muy espiritual, obra de Inurria, a quien no acaricia, ciertamente, Max Nordau en su libro. La preterición intencionada (no es verosímil atribuirla a olvido) del autor de "El testamento de Isabel la Católica" me causó sorpresa y disgusto. No dudo de que impresiones parecidas y más acerbas hayan sentido los críticos de cuadros y esculturas, los que de bellas artes hablan y escriben. Así y todo, censurable me parece el hermético silencio, la desdeñosa indiferencia para con "Los grandes de la pintura española". La censura más violenta, la crítica más hostil, eran, en vida del autor, más que ahora, preferibles al chitón de los tarabillas. Discutiendo, oponiendo juicios a juicios, contradiciendo a Max Nordau, harían aprender al vulgo y despertarían en todos, si no amor a la belleza, afición a ver obras bellas, cosas que en España son de algún provecho. El último libro de Max Nordau, inspirado en España, a España consagrado y traducido, y muy bien, al castellano, ha tenido escasísima resonancia en nuestra nación. ¿Por qué? Tal vez la carestía del volumen, lo exiguo de la edición u otras causas materiales, sean causas del silencio, que antes atribuía a otras razones. Vivo o muerto un escritor, lo más grato para él, o lo más piadoso para su memoria, es hablar de sus libros, aunque sea para mal. Callar es para el escritor vivo mortificante y es enterrar muy hondo al que ha muerto.
Del último viaje de Max Nordau hay, además de ese libro de "Los grandes del arte español", un hecho muy típico: el de que bailara el anciano escritor, a usanza bíblica, en torno del Arca, al inaugurarse, en un piso segundo de una modesta casa de la calle del Príncipe, la sinagoga de Madrid.
Como quien reza, recuerdo; como quien esparse flores sobre una tumba, escribo estas cuartillas.

Roberto CASTROVIDO