Reveladoras: 01

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Reveladoras de Felipe Trigo
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


I


Gloria se peinaba al espejo, sostenido en la pared contra el tajo de la carne. Al otro extremo de la amplia galería, tirado en el canapé de mimbres, aguardaba Rodrigo a su hermana con los cromos, para pegarlos en las hojas nuevas del álbum que ya tenían orlas de platilla.

— ¡Gloria!

— ¿Qué?

— Que venga mi hermana.

Continuó la doncella pasando el peine de metal por los puñados de su pelo rubio, sacudido y abierto en manojos ondulantes sobre los brazos desnudos. La sofocaba el resol, filtrado en aquel ángulo desde un metro de altura, por la inmensa lona que entoldaba el patio.

— ¡Gloria!

— ¿Qué?

— ¿No has oído?

— Menos genio, ¿entiendes?... Me dijo que esta siesta no podría venir y me dió los cromos. Cógelos; aquí los tienes en el banco. — Pues tú los traes, ¡hala!

— ¡Uaaá! — hizo Gloria, volviéndose y enseñándole la lengua.

¿De dónde habría sacado la señora estos dos hijos tan bobos? Muchas noches se venían a la cocina a ver cómo pelaban patatas ella y la otra compañera, Vicenta; y si no estaba también la vieja ama Charo, les contaban ambas, por reírse, cuentos verdes... ¡por reírse al mirar la cara de tonto de Rodrigo, que no entendía, y la cara de Petra... ¡que ya los iba entendiendo de más y se disgustaba algunos ratos... «porque decían aquellas cosas delante del niño»!

¡Bah, qué niño... que cogía en el canapé más que un gastador!

Le estaba viendo Gloria en el espejo, sin dejar de peinarse.

Pero volvió él a llamarla con imperio y se levantó al fin, sin prisas, de más confiada en la bondad del muchachote, guapo como una niña e inocentón hasta lo increíble, a pesar de sus trece años.

A la vez que le irritaba a Rodrigo tener siempre que enfadarse antes que le obedecieran las criadas, le entristecía el desvío de su hermana para él, cada día más grande. Por eso rezumaban lágrimas sus ojos cuando se le acercó Gloria llevándole los cromos en el delantal, mal cubiertos los senos por el justillo suelto. — ¿Lloras porque no viene la señorita? — le increpó parándose en burlesca admiración.

— ¿Qué señorita?

— ¡Toma! ¡Qué señorita! ¡La señorita Petra! Tu hermana. Me mandan que la llame así. ¿No has visto que le preparan trajes largos?... ¡Tú eres tonto!

— ¡Mejor!

— No puede venir, porque está escribiendo una carta a... una carta para... Esto no me lo dijo ella, pero yo lo sé... Porque está escribiendo una carta... ¡una carta en papel de flores!

Se sentó al borde del canapé, a fin de vaciar los cromos en el asiento.

— Vaya, ¿a que no sabes a quién le escribe? ¿No lo sabes?... ¡Tú eres tonto, hombre!

— ¡Mejor! — gritó de nuevo Rodrigo, cerrando los párpados por deshacer las lágrimas.

— ¿Crees que una señorita de quince años va a pasar su vida jugando a las muñecas? Tendrás que jugar solo. Y di, vamos a ver, ¿a que no sabes tampoco por qué este invierno te sacaron la cama del cuarto? ¿Por qué quitaron de la habitación de Petra tu cama? ¿No dormíais juntos?

— ¡Pero han dicho que porque estuve malo y volverán a llevarme!

— ¡Bah, no sabes nada, chiquillo! ¡Si tú mirases!... Y te da miedo por las noches, y tu ama vieja te dice cuentos al dormirte, y te dará el pecho todavía. ¡Pobre niño chiquitín! — exclamó en seguida, pasando una mano al otro lado del canapé para inclinarse a Rodrigo y estamparle un beso —. ¿Quieres jugar conmigo? ¿Quieres? ¡Vamos, di!... ¡O quieres teta! ¡Verás, toma... yo soy tu ama!

Mientras él se tapaba disimulando el llanto y esquivándola, Gloria, doblándose hacia él, cubríale con el cabello la cabeza como en un fanal.

Un puñetazo descargó Rodrigo en aquel seno blanco y duro, cuyo contacto en la boca le había causado impresión de asco insuperable.

— ¡So puerca! ¡Cochina! ¡Ahora se lo diré a mamá!... Y le diré también que sales a peinarte al fregadero y llenas de pelos los platos. ¡So puerca! ¡Puerca!

Corrió lleno de ira, gruñendo, con los puños apretados, tropezándose en los muebles y sin hacer caso a la doncella que, allí sentada, al aire sus blancos senos de rubia, reíase llamándole y le indicaba que no despertase a la señora... ¡Vaya, ni que no supiese que el ama Charo le daba tetita al dormirle! ¡Pobre nenín, que ya no jugaría más con la hermana!...


I
II