Reveladoras: 03

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II
Reveladoras de Felipe Trigo
III
IV
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


III


Mas quien había llorado arriba, en la azotea, adonde subió en fuga de la ingratitud de la hermana que no quería nunca jugar, fué Rodrigo, escupiendo, pasándose lleno de ira la mano por los labios, a fin de borrarse la impresión sosa v abominable del pecho que, burlándose de él como si fuera un bebé, había intentado darle Gloria. Se acordaba de que ya otra vez hizo lo mismo, ¡la puerca!

Luego lo olvidó todo Rodrigo durante la siesta, matando avispas y calcando un mapa.

Cogía el ancho de la casa la azotea. Allí tenía el velocípedo, con amplitud para correr. Hacia el patio, desde una balaustrada llena de macetas, la continuaba el tejado de la galería. Unos camaranchones abuhardillados que servían para trastos y para evitarle al piso de abajo el calor le aislaban completamente de la calle. Petra teníala convertida en jardín, con sus flores, y Rodrigo en gimnasio al extremo lindante con la iglesia; por el otro una tapia de dos metros establecía la frontera con la azotea de la fonda, que en la pintoresca fachada principal ostentaba el rótulo de Hotel de las Colonias.

De silla y de mesa a un tiempo, en que instalaba sus papeles y sus pinturas, servíale al niño uno de los sofás de ladrillo que a lo largo de los desvanes se embutían entre puerta y puerta. Iba iluminando el mapa. De improviso derramó el vaso del agua, sobrecogido por un tremendo campanazo que le sonó encima. Daba las seis el reloj del Carmen. El dibujo se le había mojado... Tras de contemplarlo lastimosamente, decidió tenderlo al sol, en el suelo, sobre un periódico... Esperaría: tomó carrera y se prendió y subió de ríñones al trapecio, quedando sentado tranquilamente, en balanceo suave, caída la cabeza contra el cordel, en tanto contemplaba allá arriba las campanas que le asustaban siempre.

Eran los tejados de la parroquia — un pueblo singular y desierto como un cementerio de bárbaros panteones — la única decoración que le abstraía allí, donde el horizonte se estrechaba en cercanos muros por todas partes. Siguiendo el pretil que daba al patio, y perpendicular a la azotea, una estrecha explanada corría sobre la parte del edificio destinada a vivienda del párroco. En una rampa de cal se abrían tres escalerillas irregulares salvando el desnivel de los cruceros; y a partir de ellos, y de una linterna cuyas ventanas de visillo verde resaltaban sobre las pizarras de la media naranja del baptisterio, empezaba un laberinto de encrucijadas y angosturas como senderos que ascendían y bajaban en declives rápidos por encima de las bóvedas, detrás de los antepechos y cornisas y entre las cúpulas laterales y el gran cimborrio que volaba en el espacio cortando el azul con su panza colosal de renegridas tejas.

Otra escalera adosada al muro del cimborrio, en semicaracol, llevaba a la terraza del alto campanario que hacía de torre, donde los arcos, abrumados por nidos de cigüeñas, lucían los ladrillos como heridas sangrando en la argamasa. Nada de adornos ni de arquitecturas; se trataba del revés — que sólo Dios debía ver — del techo de un viejo templo, por dentro remozado y coquetón para los fieles; los andenes eran de hormigón, desconchado igual que las paredes, para bien de lagartijas; y en grietas, pilastras, tejadillos y agujeros, toda una fauna de volátiles se conmovía cada vez que venía a turbar el reposo de la siesta el poderoso vibrar de las campanas, tañidas por el rodaje del reloj o por los monagos colgándose en la sacristía de las maromas.

De memoria se sabía Rodrigo aquellos vericuetos. Saltando el tabique — gracias a que apenas si subía allí de mes en mes el sacristán — los recorría a menudo en divertidas cacerías de cernícalos y gorriones; cuando no por el placer de trepar y descolgarse como en una excursión entre montañas — o mejor aún por sentarse en la torre bajo la campana gorda y contemplar el panorama de la ciudad y de los campos. La soledad se le metía en el alma, causándole una especie de crispatura de terror que le gustaba y que aguantaba bien, particularmente por las tardes, cuando el alegre escándalo de las aves le rodeaba en los aires y a lo lejos oía cantar en la galería a sus criadas; porque hay que confesar que nunca de noche, aunque se hallase a gusto tomando el fresco en la azotea, pudo a solas soportar la visión de las moles oscuras, ni siquiera al resplandor de la luna, que las azulaba con azul fantástico haciendo fosforescer reflejos de cristales y arrojando de cúpula a cúpula siniestras manchas de sombra bajo el alto cielo...