Reveladoras: 07

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VI
Reveladoras de Felipe Trigo
VII
VIII
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


VII


Desde entonces se quisieron como dos hermanos, y se reunían todas las tardes en la azotea, saltando la pared.

Por eso, en cuanto Elia terminaba de cuidar a los animales, acercábase a la tapia y preguntaba sonriente:

— ¿Subo?

— Sí, sube.

Un momento después estaban juntos en la azotea de Rodrigo.

— Tengo que decirte una cosa — díjola éste una tarde —: que te veré en el circo. Nos lleva mi mamá en la semana que viene, el día de la Virgen, que nos quitamos el luto.

Elia se alegró. ¡Claro! ¡Qué tontería no haber visto nunca el circo! Se debía ver todo, y por eso le gustaba viajar a ella. Muchos circos, muchos teatros había visto. Estuvo en Londres, en Berlín, en Lisboa, en Barcelona, en Madrid, y se había embarcado también, de chiquitilla, para ir a los Estados Unidos. Lo que le gustó más fué Zaragoza, porque tuvo amiguitas en el hotel, y tampoco esta ciudad le disgustaba, aunque era una población pequeña.

La oía él, abrumado por el aire cosmopolita de su charla, mirándola extático y perdido en misterios de lejanías, igual que a las muñecas finas traídas de París. Sentado en uno de los sofás de ladrillos, en tanto que la muchacha hablaba paseando, sin cesar de moverse y jugueteando con sus cintas o mirándose los pies, preguntábale cosas de los viajes, de las grandes ciudades, cuyos nombres recordaba de la Geografía como una relación de cosas inexistentes. Pero lo cierto es que miss Elia no sabía dar cuenta apenas de las ciudades visitadas, en no siendo de las fondas o los circos, y confundía a Berlín, por ejemplo, con Lisboa, sin estar cierta de si éste o aquélla eran la capital de Prusia, cosas que hacían sonreír a Rodrigo.

— Toma.

Le dió un puñado de caramelos.

— Gracias — replicó la niña galantemente.

Por fortuna, no tuvieron necesidad de pegarla en las pasadas noches al repetir la gran batuda con su salto lateral.

— ¿Haréis música esta noche?... Tú tienes dos cosas: mira el programa.

— Sí, dos números: uno de música.

— ¿Y el otro?

— El volteo en Káiser para acabar la función. — ¡Ah, lo que es menester es que lo hagas cuando yo vaya! Tengo ganas de verte en el caballo.

De pronto, propuso la niña coger nidos de los tejados de la iglesia, como dos tardes más atrás, en una excursión realizada por ambos animosamente.

Escalaron la tapia.

Al encontrarse en la azotea de la parroquia, sonreían, guiándose el uno al otro de la mano, sin atreverse a hablar hasta que se alejaron de un tragaluz que ya Rodrigo había dicho que caía a las habitaciones del cura. Pronto se perdieron al lado opuesto de las cúpulas, siguiendo la tortuosa senda trazada en la rampa de un crucero. Allí no se corría peligro de que los descubriesen, porque aquella parte daba a otra calle y el edificio de enfrente era un convento arruinado.

El cimborrio los protegía con su sombra colosal y el piso estaba resbaladizo y húmedo. Registraban los agujeros en las paredes, en las cornisas, en los tejadillos, de donde espantaban los gorriones. Se alzaban indistintamente el uno al otro en brazos para mirar las grietas. De cuando en cuando un cernícalo o un avión cruzaban fugitivos, trazando rápidos zigzás por el aire. Las salamandras rampaban por los muros con sus cuerpos gelatinosos, del mismo color que el hormigón.

Pero el peligro que surgió inopinadamente, bloqueando a Rodrigo en el ángulo inclinado de la esquina, donde el antepecho desaparecía para hundirse la cornisa en los adornos de una voluta sobre la calle, fué un avispero que con una caña acababa de levantar registrando tejas. Centenares de avispas voltejeaban irritadas, y el muchacho, antes que le atacasen, atravesó por entre ellas defendiéndose a manotazos de las más bajas para unirse a Elia y correr en seguida los dos, porque el enjambre los perseguía buen trecho.

Habían ido a refugiarse al campanazo, sin cesar de correr escalera arriba y ahogando sus carcajadas. Buen rato llevaban de caza, sin haber logrado más que nidos secos. Y se sentaron bajo la campana gorda.

Elia y Rodrigo estaban a gusto allí, cada uno a un lado de la ventana, recibiendo el aire fresco de la altura y mirando la gran profundidad del murallón. Dominaban la ciudad y los campos y les arrancaba gritos de alegría el espectáculo de las empequeñecidas cosas.

— ¡Oh, mira, mira ahí, en la plaza! ¡Qué chiquititos los árboles y los hombres debajo, como hormigas!

— ¡Ah, fíjate! El tranvía parece de juguete, ¿verdad?

Se veían los patios y las azoteas llenas de macetas, en montón interminable de casas blancas y azules, entre las que parecían estrechísimas y torcidas algunas calles. Rodrigo indicaba los sitios y los edificios más altos. Un gran paseo al extremo de la población eran los jardines del Parque, donde había estanques con peces rojos y muchas rosas; un edificio alto y viejo, la Universidad, y el Instituto, otro caserón, frente a la fábrica de hielo. Por otra parte, en un lugar pintoresco, y destacándose soberbiamente, se divisaba el gran colegio de monjas, y más allá, la Plaza de Toros. Después extendieron la vista por las llanuras interminables de la campiña, donde el Guadalvira, después de rodear en un trazo de S a la ciudad, se escondía entre huertas, volviendo a reaparecer cada vez más perdido en la distancia.

— ¿Ves el río? ¿Aquella isla de sauces? Pues allí está nuestro cercado El Galapagar, donde he pasado yo mucho tiempo.

Contaba sus correrías allí, trepando a las encinas con su hermana Petra, igual que con Elia ahora por los tejados. Tenían un barco y una hamaca, y pasaban las horas de calor bajo los sauces de la isla, columpiándose y matando mosquitos...

— ¿Ves que parece aquello una manchita verde? Pues es grande, y los sauces, cuando se está debajo, parecen todavía más altos que de aquí a arriba de este campanario...

Al mirar Elia hacia arriba, siguiendo la indicación, creyó que se le desplomaba el cielo. Un cañonazo había estallado sobre su frente, poblando el aire de temblores metálicos. Se había abatido con terror en la poyata del ajimez, quedando sus hombros contra el pecho del muchacho..., que sonreía.

Era la campana gorda, tocando a vísperas, y como ella lo había comprendido en seguida, reíase también, de modo que no hizo sino sobrecogerla ya un poco el segundo campanazo. Sin tiempo de separarse de su amigo, miraba la campana y seguía riendo...

— Escucha. Haz así.

Mientras la campana continuaba tocando, le ponía y le quitaba alternativamente a Elia las manos en los oídos para quebrantar en picado ritmo el zumbido formidable. Cuando ella se levantó tuvo que desenredar un rizo de su melena, preso en un botón de la blusa de Rodrigo.

— Oye, tú eres tan guapa como mi hermana — dijo éste.

Elia sonrió.

— Madame Andrée dice que soy como mi madre.

— ¿Estabas tú cuando a tu madre la mató el caballo?

— Sí, estaba. Y me acuerdo. Fué Kinder, un potro negro que tenemos todavía, con un lucero en la frente. Mi madre montaba a la alta escuela, con traje de amazona, también negro. Saludaba al concluir un ejercicio, pero se conoce que el director hizo seña distraídamente a la orquesta, y así que Kinder oyó el galop, partió de un salto, que arrojó contra una columna a mi madre...

— ¿Qué hiciste tú? — ¿Yo? Ya ves, era muy pequeña... Corrí gritando y vi que no tenía sangre cuando se la llevaban. Unos caballeros del público me cogieron en brazos, asegurándome que se había desmayado solamente.

Doblaba la niña la cabeza, recordando, y Rodrigo no insistió, mostrando con el silencio el respeto a sus dolores. Pero quiso cortarlos al fin, y le rogó que le explicase algunos números de la función de esta noche, cuyo programa volvió a sacar.

Elia empezó, con su humildad galante de siempre:

— Mira, la Hija del Aire son vuelos en dos trapecios [1], colocados sobre una red. Suben los Leotard, dos hermanos, y en seguida ella...


Nota de WS

  1. traprecios, en el texto original.