Reveladoras: 09

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VIII
Reveladoras de Felipe Trigo
IX
X
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


IX


Llegó, al fin, la por Rodrigo tan ansiada víspera de la Virgen.

Doña Luz había resuelto ir al circo esta noche, por no hacerle perder a Petra el paseo en fiesta a la siguiente.

A las nueve paró a la puerta el landó de Josefina. Venía sola.

Subió y la pasó a un gabinete la otra criada de la casa, Vicenta.

— Las señoritas están concluyendo de arreglarse.

Vestía la arrogante mujer del diputado un traje princesa de seda kaki, bordado de oscuras pasamanerías. Soltó la leve estola de gasas, que traía al brazo, y se sentó en el sofá, frente a la luna de la coqueta enguirnaldada.

Sonrió a su imagen gentilísima. Dos grandes brillantes destellaban en el carmíneo lóbulo de sus orejas, arropadas por el pelo sombrío y pesado.

Pero sonrió con amargura, con una amargura infinita de vida y juventud perdidas: pasábase el marido los meses en Madrid, a pretexto de las Cortes, a pretexto de perpetuos asuntos del distrito. ¿Se había casado para abandonarla tan cruelmente, porque necesitasen los electores o no un agente de negocios?...

Se hallaba nerviosa, llevaba ahora cincuenta días en una soledad desesperada de amor..., con aquella suegra fiscal y con aquel sacristanesco secretario viejo en casa, en este maldito pueblo de cascara de nuez, donde todo se sabía y donde infundía la mujer del diputado veneraciones de santa consagrada en un altar..., en un fanal...

Y la santa se acostaba, no dormía, dándole vueltas al martirio de su temperamento de brasa en aquel lecho inmenso y solitario. Esto no se lo perdonaría al marido, y tanto menos cuanto que, aun en sus raras temporadas de campestre descanso de «hombre público» (¡qué no haría él por Madrid!), se convertía el diputado en enamorado ardientísimo..., que la fatigaba, que la rendía: exactamente lo mismo que al principio de su matrimonio, cuando, en fuerza de locuras sin nombre, la despertó el hábito de estas ansias infinitas.

Llegaba alguien.

Rodrigo, que se puso como un hombrecito enfrente, alargándola la mano:

— Buenas noches... Es tarde, ¿verdad?... Pues todavía no acababan mamá y Petra de vestirse.

— ¡Hola, Rodrigo! Tienes prisa tú, ¿no es cierto? Descuida, que está el coche abajo... Pero ¡qué crecido estás, demonio! Siéntate: dame un beso.

Le tiró de la mano y le dejó caer sentado encima de su falda, derramándole en seguida una verdadera lluvia de besos.

— ¡Caramba! ¡Si eres todo un hombre, Rodrigo!... ¿Cuántos años tienes?

— Trece.

El niño intentó ponerse al otro lado del asiento, un poco aturdido y con una inquietud por toda su carne, transmitida desde aquel trémulo regazo que le sostenía mórbido y abrasador; con una inquietud aspirada en la fiebre de los besos y en el intenso perfume de las gasas de aquel pecho que él aplastaba con su hombro, porque el brazo de Josefina le ceñía tenazmente la cintura. No advertía ella su afán, y persistió en retenerle. Esto le daba rabia: no era él tan pequeñito para que las criadas y las amigas de su madre se empeñasen en seguir tratándole como cuando le rizaban el pelo vestido de muchacha.

— ¡Trece años! ¿Y tienes novia? ¡Porque a los trece años eres tú muy capaz de tener novia, chiquillo!

Acabó esto de ponerle encarnado, y ella entonces reíase y le volvía a besar... para desenojarle.

— ¡Pobre Rodrigo! ¡Qué ojazos tienes, por Dios! ¡Estás tú más desarrollado que muchos...! Haces gimnasia, ¿eh? ¡Se te conoce! No, no, y pronto habrá que dejar de besarte delante de gente a ti..., ¿sabes?..., de tan hombrón que vas siendo... ¡Bien pronto! ¿Te has fijado en que tienes ya hasta tu cierta sombra de bigote?

Habíale derribado sobre el brazo izquierdo en su transporte de afecto, y, mientras con la otra mano le sujetaba la barba, inclinábase a besarle las mejillas de tiempo en tiempo, riendo siempre, entre exclamaciones joviales,

— ¡Rodrigote!... ¡Muchachón!

Era una prisión dulce que le torturaba. El niño, como una amapola, tenía bajos los ojos y sentía en su cuerpo, a través de la seda crujiente y resbaladiza, el calor de Josefina..., santo como el del regazo mismo de su madre, de quien esta señora era amiga, y que, sin embargo, le llenaba de vergüenza y confusión..., de no sabía qué cosa que pugnaba desde su sangre por no romper en su cerebro como una revelación maravillosa y consciente de algún enorme misterio de la vida.... Y sentía también, cuando aquellos besos le estrujaban jugosos la boca, una cosa extraña que le violentó más..., y que no podía explicarse...; algo así como si le besara con besos que..., en fin, ¡no sabía..., con besos que nunca le habían dado a él!.., ¿A qué venía todo esto?... Precisamente por ser tan «besucona» esta señora le fastidiaba y no la miraba nunca frente a frente, por vergüenza, o por rabia, o por lo que quiera que fuese...

De pronto, se lo quitó ella de encima. Se había abierto la puerta, apareciendo Gloria, que, al notar el brusco ademán, se detuvo azorada, vacilando sin marcharse...

— Entra, entra, muchacha. ¿No están? ¿Qué quieres?

— Los guantes de la señorita. Sí, están ya arregladas.

Veíanse encima de un mueble los guantes.

Mientras fué Gloria a cogerlos, Josefina se dobló hacia Rodrigo aún y le dio un maternal beso en la frente.

— Es graciso eso, chiquillo. Pero, en fin, en el coche seguirás contándolo... ¡Nos vamos!

Se puso en pie y salió inmediatamente que Gloria, llevándose la manteleta al brazo.

Y como Rodrigo no había contado nada, continuó un momento desplomado en el sofá, sofocado de calor y con los ojos muy abiertos, cuan si quisiera, en un agudo empeño de su vida, penetrar aquel inmenso misterio que hubiese, fugaz, aleteado alrededor suyo.