Reveladoras: 10

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IX
Reveladoras de Felipe Trigo
X
XI
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


X


Alcanzó en la escalera a todos.

En el landó, abierto por la hermosa noche, se sentó cerca de su hermana y enfrente de su madre. Esta llevaba al lado a Josefina, hablándola de que había despedido a la cocinera a causa de su empeño en echarle ajos a la sopa. «Tan terca, que los echaba machacados últimamente para que no se viesen..., y sabía siempre la sopa en su casa a fósforos...».

Cuando pasaba el coche junto a los escaparates de los comercios, miraba el niño con recelo a Josefina, siempre con su conversación de la cocinera. Pero descubrió al final de una calle las luces del circo, y ya no pensó sino en lo que iba a ver, en su amiguita Elia, que correría sobre el caballo.

Exactamente igual que se había Rodrigo asombrado cuando le explicó don Alberto que las estreellas eran mundos mayores que este mundo nuestro, que le parecía un globo colosal rodeado de un cielo con chispas de luz, así ahora le asombraba, con no menos intensidad, pese a la pequeñez de la comparación, que este circo, por junto a cuya fachada vieja había pasado muchas veces, tuviera dentro un recinto capaz de contener tantos dorados, tantas luces y tanta gente que se reía en un escándalo de carcajadas a la vista de los clowns... Luego había verdaderas diversiones fuera de su casa. Luego Elia tenía razón, y el mundo de la alegría era más grande, más amplio que aquel mundo que él creyó reducido a sus sauces del islote, a su azotea con la vecindad de las cúpulas del Carmen y a sus paseos con el señor cura camino del Vivero.

Una despierta inquietud le hacía girar la cabeza con ojos investigadores, como quien iba aprendiendo a sospechar un misterio oculto en cada una de las insignificantes cosas. Y aunque no pensaba ya en los besos y la mentira de Josefina, dijérase que en la boca habíale ella infundido gran parte de su curiosidad esta noche. En la gloria de claridad vertida por los globos eléctricos y por las baterías de bombillas que, de columna a columna, recorrían la altura, veía los demás palcos como una orla movible de gasas y abanicos y trajes claros ciñendo la pista y los círculos de sillas de su alrededor. Detrás se agolpaban los espectadores en la valla que limitaba el paseo con la barrera blanca de la gradería, por cuya niebla de luz subían las filas de cabezas a perderse en multitud informe sobre el rojo sombrío del decorado.

Rodrigo lo miraba todo. Le atraían los saltos y las bofetadas de los clowns, vestidos de púrpura y con grandes soles a la espalda; pero el estruendo de las carcajadas del gran público, rodando de las gradas como descargas de fusilería, le hacía volverse atrás, muy serio. Después descubría en la penumbra del techo trapecios colgados y extraños aparatos sujetos por cables de alambre, que cruzaban el espacio en todas direcciones, y, siguiendo el desorden de su atención, desde los antepechos calados de la galería alta y desde los arabescos y purpurinas de las cenefas, caían sus ojos en el telón del escenario, allá enfrente, donde un pálido celaje, visto entre pintados cortinones de raso y terciopelo, prestaba su frescura a un grupo indolente de diosas. Una parecía más rubia, en primer término, deperezándose con los brazos en alto y erguida la espalda sobre la hermosa cadera de perfil; precisamente, por dos veces, desde aquella mórbida desnudez pasó la mirada de Rodrigo a los labios de Josefina, yendo, al fin, como en fuga, a los juegos y extravagancias de los payasos.