Reveladoras: 19

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XVIII
Reveladoras de Felipe Trigo
XIX
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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


XIX


Eran demasiadas emociones y por demás contrarias.

Amaneció con fiebre.

— Fiebre cerebral — dijo el médico —, que le retuvo en el lecho dos semanas.

Tenía delirios, y en sus delirios no podía estar la pobre hermana junto al lecho... poique decía el enfermo cosas incoherentes — con demás coherencia en el asombro de Petra — de «besos», de «bocas de mujer», de «Gloria que le daba el pecho...», de «una niña que se mataba en un caballo...»

Lloraba Petra, riñendo a Gloria en la puerta de la alcoba muchas veces:

— ¡Tú, sí... tú le has dicho todo eso! ¡Tú... como a mí!

La muchacha se disculpó rabiosa, contando cómo la había sorprendido una noche besándole como loca, «ardiendo, la muy...», a doña Josefina. Y como Petra veía a Josefina entrar y sentarse a velar al enfermo muchos ratos... se iba a su cuarto y lloraba... lloraba... por no sabía qué inocencias perdidas de ella y de su hermano, perdidas para siempre.


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Seguía pasando Josefina al lado de él las tardes, fiel cariñosa del ahijado del marido, y, cuando en algunos ratos salían Petra y doña Luz, besaba, besaba al débil convaleciente... que se dejaba besar con espanto de delicias, y que la devolvía los besos, habiendo aprendido, además, a alejarla él mismo de la almohada si llegaba gente.

— Sí, ¿sabes?... Los domingos vete a comer a casa, tonto. Son los días que paso más sola... y me aburro... porque la madre de tu padrino come siempre ese día con su hija Estrella... ¿No irás?

— ¡Sí, sí iré! — decía en un temblor solemne Rodrigo.

En sus insomnios de estas noches, eran dos los fantasmas que poblaban sus visiones: uno, el de Elia, pura y dulce, blanca, muy blanca; otro, terrible, el de Josefina, de lumbre, de llamas, como el de la Armida Barton desnuda para que la viesen las gentes... Pero la idea de que él podría, quizá... ¡quizá!, ver así él solo a la mujer de su padrino, le llenaba de atrayentes horrores infinitos.


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Cuando Rodrigo se levantó, supo que la compañía del circo se había marchado, ya bien Elia del todo de sus heridas en la frente. Se lo decía Josefina sonriendo, y él... ¡ahora sí!, miraba de un modo siniestro y singular a Josefina, prometiéndola obediente ir a comer a su casa.

Se levantó, por fin, una mañana y subió dos días después a la azotea, recorriendo la iglesia, extático, horas enteras en la torre, con la contemplación de los horizontes lejanos por donde había desaparecido Elia.

Una tarde encontró su nombre, RODRIGO, grabado sobre los ladrillos del caballete en la tapia que caía al hotel.

Elia lo había escrito con una piedra y un clavo.

Su despedida.

Y algo así como el epitafio de una candidez, trazado por la niña rubia que pronto también la perdería... entre clowns y entre caballos.


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