Revista de España: Tomo II - Número 5 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO II - NÚMERO 5 - AÑO 1868[editar]

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ROMA Y ESPAÑA Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI[editar]

ARTICULO PRIMERO.


Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe II, y de las consul- tas y detenninaciones que con ocasión de ellas hubo en España.

I.

Si se han de aplicar útilmente á los tiempos nuevos, las lecciones que ofrecen los antiguos, preciso es no examinar sólo en sus aspec- tos externos ó en sus consecuencias finales los sucesos , sino mirar- los de cerca, con tanta detención, por lo menos, como solemos emplear en los que pasan, y juzgamos cada dia. La historia, pre- sentada por resúmenes, ó delineada á grandes rasgos en el lienzo de los siglos , antes ofrece asunto de entretenimiento que de fruc- tuoso estudio, embelleciendo más la imaginación que fortaleciendo el juicio , y dando mayor ocupación á la memoria que caudal á la experiencia humana. Puédense sin duda deducir datos útiles de ta- les resúmenes para filosofar sobre el hombre en general y sus des- tinos , pero no lecciones de las que necesita la vida ordinaria. Lo que en el arte de vivir socialmente aprovecha , no son los ideales de hombres, sino los estudios de hombres reales, que ofrecen á to- dos aplicables ejemplos. Tal vez para la generalidad de las perso- nas , en cualquier tiempo rendidas al amor de lo maravilloso , asi como para los hombres de arte , no sin razón inclinados á hacerse


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de ejemplares ó tipos armónicos , de aquellos que el resplandor de la unidad ilumina en la mente, pueda componerse con perjui- cio escaso la historia de héroes ó de viles, de santos ó de mal- vados. En los cuadros históricos, formados con esta idea dominante y previa, siempre hay personaje que alcance la plenitud de la ra- zón, y otro que aparezca exclusivo culpable: hállase en la conducta de los sucesos quien acierte asimismo en todos los casos , y quien yerre sin remedio en todas las ocasiones; y la templanza se ostenta únicamente de un lado , mientras que en el otro se ve como vincu- lada la imprudencia ; y nunca se distribuyen sino desigualmente el vituperio ó la gloria, entre los actores que llenan con sus pasiones y hechos la escena constante del mundo. Otra muy distinta tiene que ser , en mi concepto , la historia para los hombres dedicados á la práctica de las cosas , y que aspiren por medio de las que pasa- ron á formar ó extender su propia experiencia. Para aprenderla con este otro propósito hay que inquirir lo mismo el bien que el mal , lo grande como lo pequeño , y á la par que lo esencial, lo ac- cidental en todo lo humano; y es fuerza descender por tanto á por- menores, que, si aislados carecerían de importancia , suelen, su- mados y juntos, ofrecerla muy grande.

Tales consideraciones adquieren mayor precio todavía , cuando de lo que se trata es de apreciar tan difíciles negocios de Estado, como son aquellos que á las veces ventilan , las dos primeras é in- dependientes potestades de las naciones católicas. Porque es mucho más necesario en esta que en otra alguna materia llegar, en lo po- sible, al fondo de las cosas; ya que en nada conviene evitar tanto, que se confundan ideas con ideas , hechos con hechos , y casos con casos, en la sustancia desemejantes. Aquí es donde más hace falta el rigoroso empleo de la justicia distributiva en los juicios : por lo mismo que hay que tener en cuenta respetos tan altos , y que los errores que propagar suele la historia , muy fácilmente inducen en esto á descompuestos propósitos , con daño seguro de gobiernos y pueblos. Nada más diverso existe que un árbol y un hombre, y hombre y árbol pueden, vistos de lejos, parecer iguales con todo eso. Pues este género de error, en ocasiones no indiferente, si por ventura se comete en la historia, igualándose sucesos distintos, por- que tienen aproximada apariencia ó tamaño , da por lo común orí- gen á ensayos inútiles y hondos males. ¿Qué gravísimos inconve- nientes no ocasionaría por ejemplo, hoy en día, el aplicar á tiempos


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y circunstancias tan desiguales, los consejos y acuerdos que se die- ron , y tomaron , á mediados del siglo XVI en España , acerca del modo de proceder y obrar, en las diferencias que suelen sobrevenir entre los Gobiernos temporales y la Santa Sede? De cierto no habrá ninguno, entre los fieles partidarios de la autoridad pontificia , que desconozca, ó mitigue, la importancia que podria alcanzar este error en los tiempos, actuales; y seria ocioso por lo mismo que la demostrase yo ahora. Lo único , pues, que pretendo, es que se reco- nozca, que otros tantos perjuicios está causando cada dia, lo mismo á los pueblos que á los Gobiernos modernos, el vano empeño de ajustar á los presentes distintas doctrinas de aquellos tiempos , sin oportunidad ni exactitud: y quitándoles, á fuerza de ser mal usa- das, no poca á algunas de su peculiar y debida eficacia. De aquí la conveniencia de hacer estudios parciales de aquellos tiempos pasados, en que se pretenden cimentar de nuevo ciertas maneras de regir las cosas humanas, á fin de ver si son verdaderamente dignos de imi- tación ó no, y si ofrecen ó no siempre lecciones aplicables á los casos concretos de que ahora se trata ; y pocos estudios habrá de esta clase que merezcan atención tan grande , en mi concepto , como el de las desavenencias del piadoso y prudente Felipe II , con el vir- tuoso y austero Papa Paulo IV.

No siendo lo que escribo un trozo de historia política , sino más bien un examen especial de las causas y efectos de aquel aconte- cimiento, y de la conducta de cada cual de los personajes , que en él tomaron notable parte , nadie se maraville de echar aquí algo de lo que busque de menos. Ninguno deberá sorprenderse con lo que he dicho tampoco , de hallar en estas páginas alternadas, sobre unos mismos personajes, la alabanza y la censura. Exami- nando á mi manera la historia no resulta ni un monstruo , ni un varón justo Felipe II: ni es posible tener tampoco, ó por inconcusas, ó por destituidas de todo fundamento, las razones que movie- ron á ser su adversario, á un Pontífice tan respetable , en su per- sona , como Paulo IV. Lo propio Paulo IV que Felipe II , quisiera yo que apareciesen como lo que fueron, es decir, como hombres al cabo: el segundo en sus acciones todas: el primero en cuantas no es de fe que inspirase nuestro Señor Jesucristo, cuyo Vicario era. Para juzgar al uno y al otro, y aun á sus ministros y allegados, poco ó de escasa importancia , he de poner yo de mi cosecha ; y to- davía menos acudiré á buscar testigos en protestantes é incrédu-


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los. Prefiero exponer lo que el propio Rey y sus ministros, ó los autores que escribieron por orden suya, juzgaron del Papa de una parte; y de otra lo que del Rey pensaron , escribieron , ó dijeron, el Papa mismo, sus sobrinos y legados, y los historiadores romanos, que bebieron noticias y conceptos , en purisimas fuentes católicas. Muéveme á ello el que siendo contienda entre fieles parece que solo á ellos corresponda juzgarla; y aun más me estimula, si cabe, una preocupación que no declaro aqui naturalmente por alabar- me, sino al contrario: que es la de la desconfianza con que leo sin querer á los escritores anticatólicos , cuando toman por su cuenta este periodo de historia , tan solo porque suelen cebarse á las veces más de lo i justo , en las faltas ó culpas de la antigua patria. Sin pena, pues, prescindiré de sus auxilios en la ocasión presente, bien que tantos de ellos sean dignos, por su diligencia y saber, y hasta por su imparcialidad misma, del aprecio eterno de los españoles.


n.

La segunda mitad del siglo XVI comenzó para España y el mundo con un inesperado y singular suceso: la abdicación de Carlos V. Atraído á la soledad, desde 1535, y en el apogeo visible de su poder, por el natural despego con que miraba su ánimo grande las externas glorias , por más de veinte años estuvo medi- tando luego el gran Carlos aquel designio. Iniciólo al fin en Bru- selas, á 22 de Octubre de 1555, cediendo á su hijo el maestrazgo del Toisón de oro: tres dias después renunció en él muy solemne- mente, y en la propia ciudad , los Estados de Flandes, con el Franco Condado; y otro tanto hizo el 16 de Enero del año siguiente con las coronas de Aragón y Castilla , y los innumerables dominios de ellas pendientes. Lo único que conservó desde entonces, y á pesar suyo fué el Imperio, bien que en el nombre no más , porque real- mente desde el tratado de Passau , toda su autoridad la dejó con- fiada en aquella parte , con titulo de Lugarteniente , á su hermano D. Fernando, Rey ya de romanos. Era preciso que contase con los Electores del imperio , harto mal avenidos á la sazón por las disi- dencias religiosas , para abdicar allí en su hermano : y á ruegos de este lo retuvo por eso mismo á su nombre algún tiempo. Entre- tanto continuaban firmemente unidas las fuerzas de España , y del


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Imperio: el matrimonio del Rey D. Felipe con la Reina María de Inglaterra, última obra de los talentos políticos del padre, habia proporcionado, y aseguraba á aquel, sin más dudar, otra nueva y poderosísima alianza : y esto, y la oportuna tregua que se ajustó con Francia en Vaucelles, á 5 de Febrero de 1556 , dispuesta tam- bién y negociada , antes de encaminarse á su retiro , por el mo- narca dimisionario , parecían abrir clarísimos horizontes de todas pattes al naciente reinado. Regocijábase sin duda el Emperador al contemplarlos de lejos , cuando comenzó á disponer las cosas para su renuncia ; pero al tiempo de realizarla , visible era ya por des- gracia una gran nube , de donde habían de descargar nuevas tor- mentas.

, En Italia, en Roma, en la Sede apostólica, cuyos singulares cam-

peones estaban siendo Carlos V y su hijo , todo era ya á la sazón recelo y discordia: todo rumor, y aun preparación de guerra. Una nueva separación entre el Pontificado y la potencia imperial y es- pañola, parecida á la que pocos años antes contribuyó más que nada á fomentar el protestantismo en Alemanift , traía ya en sus huracanes á Flandes y las provincias de Francia la semilla nociva de las guerras religiosas : la corona de Inglaterra, recien vuelta á la obediencia de la apostólica Sede, iba á entrar con ella en nueva contienda, precisamente á causa de que por su mujer la poseía el más católico de los monarcas : los turcos , no superados aún por las armas cristianas en Europa , iban á cobrar ó auxiliares ó cómplices inesperados entre sus mayores y más naturales contra- rios. Tales, se sabe, que fueron ya los melancólicos presentimien- tos , y las meditaciones penosas que acompañaron á Carlos V du- rante las ceremonias solemnes de Bruselas ; y las que le siguieron en su navegación hasta Laredo , ó su viaje á Yuste , atormentando allí también , por más de un día , su soledad reflexiva y atenta. Y todo esto , como ya he dicho , más ó menos directamente nacía ó procedía de Roma: de todo era causa el que á 23 de Mayo de 1555, cinco meses antes de que comenzase el Emperador á renunciar dig- nidades y coronas , habia sido creado Papa el cardenal Juan Pedro Carrafa, que tomó el nombre de Paulo IV.

Era el nuevo Pontífice natural de una aldea cercana á Beneven- to , hermano menor del Conde de Montorio , y oriundo de ilustres varones napolitanos por padre y madre ; y habiendo nacido á 28 de Junio de 1476 contaba ya en aquella época 79 años. Nombrado


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ya Arzobispo en los primeros meses del pontificado de Julio II (1), y Nuncio luego en Inglaterra , vino á España en los dias de Don Fernando el Católico, el cual lo hizo de su Consejo y su vice-Cape- llan mayor, continuando en nuestra corte durante los primeros años del inmediato reinado , y hasta que al ir á ser Papa Adriano VI, lo llevó tras sí á Roma. Refiere Pietro Ñores en su iStoria della guerra de Paolo IV contro glispagnuoli (2), que, durante la última enfermedad de D. Fernando el Católico , aquejó mucho á aquel Principe el remordimiento de haber privado del reino de Ñapóles á su deudo Federico , y de haber faltado á la fe al Duque de Cala- bria , hijo de éste , poniéndole sin razón en prisiones ; y que, ó bien por temor de la divina Justicia , ó bien por deseo de redimir su nombre de aquella culpa, consultó con los de su Consejo, y otros hombres doctos en las Sagradas letras , si deberla ó no restituir, lo que tenia, á su juicio, mal adquirido. Entonces Juan Pedro Car- rafa, que fué uno de los consultados, opinó altamente, al decir de Ñores, que no podia salvar ni su reputación ni su alma el Rey, si no renunciaba luego «el reino de Ñapóles : parecer que esforzado por el Arzobispo de Toledo habria quizá triunfado , á no estorbarlo los demás Consejeros y Doctores unidos, oponiendo á los escrúpulos del moribundo Principe las exigencias positivas de la razón de Estado. Pasó de alli adelante aquel Prelado napolitano por desafecto á las cosas de España: desconfiaron de él sus colegas del Consejo; y no tardó en ser echado de él , dorándose el desaire con darle la mitra de Brindis. Pero Juan Pedro Carrafa, no bien tornó á Roma con el Papa Adriano, renunció este Arzobispado que acababa de con- ferírsele, y entregado á la vida retirada y contemplativa en una hu- milde estancia, situada por debajo del Monte Pincio, le sorprendieron allí el asalto , saco y ocupación de aquella ciudad por los españoles: hechos mal á propósito sin duda , para disminuir en él la mala vo- luntad que les tuviese, dado que fuera tan cierta como se suponía. Huyó espantado entonces de Roma á Verona, y de aquí á Venecia, donde juntándose con otros clérig'os , fundó en la iglesia de San Nicolás de Tolentino una Congregación de rigorosa regla , que se llamó de Teatinos por el nombre de Arzobispo Teatino que aun llevaba. Nombrado al fin Cardenal por Paulo III en 1536, tuvieron ya en aquel puesto frecuentes diferencias con él Carlos V y sus Mi-

(1) Onofrio Panvino, Historia delle vite dei Pontead. Venetia 1600.

(2) Florencia, 1847. Nada de esto refieren Galindez , Carvajal, ni Zurita.


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nistros; las cuales se acrecentaron en gran manera , cuando, ha- biéndole hecho Arzobispo de Ñapóles el Papa, tardó mucho en ad- mitirlo y confirmarlo el Emperador. De aqui surgieron luego lar- gas disputas de jurisdicción que agriaron más y más las relaciones entre el futuro Papa y los españoles. Muertos, por tanto, después de Paulo III, los Pontifices Julio III y Marcelo II, y elegido Pon- tífice contra la voluntad manifiesta de Carlos V, el Cardenal Car- rafa, todo el mundo tuvo por cierto, y lo mismo los partidarios del Emperador y su hijo que los aficionados al nuevo Pontífice , el que habria entre las dos grandes potencias católicas de la época, la espiritual que estaba como hoy en Roma , y la temporal que estaba entonces en la casa de Austria , señora del imperio y de los reinos de España, pronta y ruidosa discordia. Y no se engañaron á la verdad los muchos que tal pensaban , en cuanto al hecho , ya que unos de otros difiriesen tanto, por lo que toca á la razón ó sinrazón de los contendientes. Hubo quien de antemano justificase en todo la conducta de Paulo IV: hubo , como no podia menos de haber , asi- mismo quien se pusiese de parte en todo del Emperador y Rey de España, atribuyendo exclusivamente la culpa al Papa de los suce- sos escandalosos que sobrevinieron. Justo, parece hoy ya el oir las razones de uno y otro partido , y conocer aquellos hechos como de entrambos lados se presentaron ; que no de otro modo podria for- marse cabal juicio, ni sentenciar con justicia esta causa: y para llevar á cabo esta tarea , natural es comenzarla por lo que con tal motivo se escribió ó se dijo á la sazón en España. Por eso pienso dedicar especialmente á este primer punto el presente articulo.

III.

Ya en 4 de Octubre de 1555, y veintiún dias antes de su abdi- cación solamente , habia escrito Carlos V á su Embajador en Vene- cia, refiriéndose á la ida á Roma, por enviado extraordinario, de su ministro Garcilaso de la Vega, estas severas palabras: «cuando no »cesasen las furias de Su Santidad y las quisiese llevar adelante, »seríamos descargados con Dios y el mundo de los inconvenientes y »daños que de aquí podrían resultar (1).» Por otra parte , su herma-

(1) Retiro, estancia y muerte del Emperador Carlos V en el Monasterio de Yuste, y Relación histórica documentada. M. S. de González. En Mignet, Cfiarles-Quint. Garcilaso era hijo de D. Pedro Laso el de las Comunidades,


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no el Rey de Romanos escribió un año después á Felipe 11, que habia dicho al Embajador de Venecia , cuando por encargo de la Repú- blica entró con él en pláticas sobre el asunto , que la causa de todo, «era solamente la pasión de Su Santidad , la cual habia sido muy »notoria desde el principio , y aun antes de su Pontificado, y su am- »bicion y dañada intención de tiranizar el reino de Ñapóles muy »manifiesta»: (1), á lo cual anadia, que estaba temiendo una alianza del Papa , el Rey de Francia y los venecianos para hacer g-uerra al Rey de España ; y que « ligados estos tres potentados y el turco, »que eran cuatro , fácilmente hallasen otras nuevas alianzas , con »igual intento.» Y el mismo Rey D. Felipe II , al darle cuenta á su tio D. Fernando, en 20 de Noviembre de 1556, del progreso que hablan tenido hasta allí sus negocios con el Papa (2) , manifestó también : «que desde que este fué creado Cardenal , y mucho más »despues que faé elegido Pontífice , comenzó á descubrir el odio y »rencor envejecido que tenia , maltratando y persiguiendo los Mi- »nistros , servidores y aficionados del Emperador ; diciendo pala- »bras injuriosas contra su Imperial persona; revocando las gra- »cias que los Pontífices pasados le habían concebido con tan justas »causas y razones ; y haciendo todo lo que podía hacer un declara- »do enemigo.» Pero esto se trató más despacio, y con términos más dignos de atención en otros papeles hasta aquí inéditos, de que paso á dar cuenta.

Tiempo hace que poseo yo , acerca de estas diferencias , un do- cumento, que no sé que ningún historiador moderno haya visto; y aun de los antiguos solo Píetro Gíanonne en su Storia cwile del regno di Napoli, lo tuvo indudablemente presente. Es una copia sacada de un tomo de Varios papeles , de letra del siglo XVI al XVII, del Memorial que se dio al Rey D. Felipe II, sobre los agra- vios de sus reinos y de sus subditos en el Pontificado del Papa Paulo IV ; y que , de parte del Rey se entregó á diversos teólogos y juristas para que expusieran acerca de él su dictamen : manus- crito cuyo original debe de estar en Simancas , donde Prescot , que no alcanzó de él conocimiento alguno, le supone reservado (3). En

(1) Carta de D. Fernando á Felipe II de 24 de Octubre de Ibb^.— Colec- ción de Documentos inéditos. Tomo II.

(2) Ibidem.

(3) This document is preserved in the archives of Siinancas. Hiatory of the reing of Philip the second. Cap. V.


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este papel se hallan primeramente resumidas , y mejor que en parte alguna, todas las quejas que contra el Papa alegaba Felipe II.

Consigna al principio el Memorial, como las cartas citadas, que desde muchos años antes que fuese elevado aquel Pontífice á la Silla Apostólica , y siendo Cardenal aún , tenia demostrado su mal ánimo contra el Emperador y la nación española, mostrán- dolo con obras y palabras, en cuanto se habia ofrecido. Sábese, dice el Memorial, haber él aconsejado al Papa Paulo III «la conquis- »ta y empresa del reino de Ñapóles , ofreciendo al dicho Pontífice »la ayuda de sus parientes y amigos en el reino, y dándole para »la conquista la misma traza ú orden que él seguia luego.» Nom- brado después Papa , aunque no canónicamente , según aquel pa- pel, por faltarle dos votos de la mayoría que exige tal elección, (que es desde el Concilio de Letran la de dos terceras partes de los Cardenales presentes) , «llamó á si al punto á todos los napolitanos »rebeldes, que estaban al servicio del Rey de Francia , dándoles »puestos en el Gobierno de Roma y cerca de su propia persona ; y » despidiendo y echando de su casa á cuantos le parecían servidores »ó aficionados del Rey Católico, fuesen ó no sus deudos.» Por ser también de los mayores amigos del Rey de España , afirma el Me- morial, que habia tomado el Papa á los Colonnas el grande aborre- cimiento que le movió á privarlos de sus cosas, y perseguirlos en personas , honras y Estados ; estimulándole no poco para apo- derarse de estos , el estar algunos situados en la vecindad del reino de Ñapóles , y sitios muy á propósito para hostilizarlo. No por otra causa tampoco, que por afectos al Rey de España, decíase alli que habia mandado el Papa prender y dar tratos de cuerda á un cierto Lotino , criado del Cardenal de Santaflor , de quien se pretendió inútilmente que revelase la correspondencia de su amo con la corte de España ; aprisionar asimismo al propio Cardenal que no se ad- hirió sino por fuerza á la votación con que fué Papa Paulo IV , si- guiendo al partido imperial que contradecía aquella elección en el Cónclave ; detener igualmente á Juan Antonio de Tassis , correo mayor de S. M. , á quien se dio tormento, pretextando haberle hallado, en el desempeño de su oficio, cartas de los Ministros espa- ñoles en Roma para el Duque de Alba , y al abad Briceño que lle- vaba otra parte de la correspondencia: burlar, atropellar por últi- mo , el derecho de gentes hasta el punto de encarcelar también á Garcilaso de la Vega , caballero principal y enviado especial de


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España en Roma, insultando y maltratando al propio tiempo al Marqués de Sarria, Embajador ordinario de la misma Corona: todo ello , sin contar con otros hechos , y ag-ravios personales de menor cuenta. Ni eso era mucho cuando el propio Memorial afirma , que no contento con revocar sin razón las concesiones de la Santa Cruzada j de la Cuarta , para disminuirles sus recursos y arbi- trios , de las propias personas del Emperador y del Rey su hijo habia tratado el Papa, con palabras descomedidas é indignas. Pero lo que más se encarecía , en suma , era el que siendo oficio tan propio de Su Santidad el procurar la paz entre Principes cris- tianos , no solo no pensaba en tal , sino que descubría gran sen- timiento por haberse asentado treguas entre los Reyes de España y Francia : negociando con este último , por medio de su sobrino el Cardenal Carrafa , una liga , y que rompiese la fe jurada ; y so- licitando á la par con ahinco que Venecia y otros Estados se mo- viesen igualmente contra España. Hasta se suponia que habia llegado á punto de decir Paulo IV que traerla la armada turquesca sobre los Estados del Rey Católico , puesto que podia justamente hacerlo. Después de exponer los hechos de este modo, y ya se advierte , que no sin alguna pasión y cólera , resume al fin el Me- tmrial la consulta en estos nueve puntos , que quiero copiar lite- ralmente, por la importancia histórica del documento en si mismo, y por la que le da , á no dudarlo , el Monarca que autorizó sus graves cláusulas. Hé aqui, pues , copiados los puntos á que el Me- morial se contrae :

1.' Presupuesto el estado en que los negocios se hallaban y los fines dichos que S. M. tenia, qué se podia entender j á qué llegar con el Papa; y en cuánto y cómo seria obligado á le obedecer ; y á qué podia justa y cristianamente proceder : diciendo que proponia esto , asi en general , para que allende de los puntos particulares pudieran aplicar todo lo que les ocurriere que S. M. podia hacer; y á qué podia venir con el Papa, en prosecusion de los dichos fines é intentos, aprovechándose de la ocasión.

2.' Si podría, estando las cosas en el término que estaban, mandar que ningún nacional fuese á Roma ni allá estuviese ; y compeler á los Prelados que estaban en Roma, avmque fueran Cardenales , á que vinie- sen á residir á sus iglesias ; y á los Clérigos que tenian beneficios á que vinieran á servirlos ; y proceder, no haciéndolo , á privarles de las tempo- ralidades : y lo que se podria hacer respecto de los otros despachos y ex- pediciones que iban á Roma, durante la guerra y estado actual de las cosas:


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y si se podría impedir que ni por cambio ni otra manera direcÜ aut indi- rectb fuese dinero de estos reinos á Roma.

3.' Si sería bien y convendría hacer en España, y aun en los otros Estados de S. M. j de sus aliados, Concilios nacionales para la reforma- ción y remedio de las cosas eclesiásticas ; y la forma y orden que , para se poder convocar y celebrar los tales Concilios , se debía, y convenia.

4.° Si, presupuesto el estado en que el Concilio de Trento quedó, y lo que en la última sesión de él se dispuso , seria bien pedir la continuación de dicho Concilio para que se hiciese la reformación, in capite et in menibris , y lo demás á que fué convocado ; y sí , siendo impedido por Su Santidad, se podría ínsistiren ello, y enviarlos Prelados de estos Estados: y qué diligencias se debían hacer para dicha continuación del Concilio, aunque los Prelados de estos reinos faltaran.

5." Entendido que el Papa no fué canónicamente elegido , y siendo asi lo que acerca de su nombramiento se decía en la relación haber pasado, qué era lo que S. M. podía y debía hacer, y qué diligencias se podían y debían en tal caso ejecutar por S. M.

6." Si vistas las grandes vejaciones y costas , trabajos é inconvenien- tes, que álos subditos de estos reinos y al bien público se seguían en ir con las lites, y pleitos, y negocios á la corte romana, sería justo pedir á Su Santidad que nombrase un legado que expidiese en ellos los negocios gra- tis , poniendo su Rota en España para la determinación de las lites , sin que hubiese necesidad de ir á Roma; y qué era lo que S. M. en prosecu- sion de este punto , no le siendo concedido , podría hacer.

7." Visto lo que en la provisión de beneficios y prebendas pasaba en Roma, y que á todos era notorio , qué era lo que S. M. , en este caso, po- dría pedir, así en cuanto tocaba á dejar la provisión á los ordinarios , como en el remedio de otros desórdenes y excesos, que en esta materia benefi- cíal, y lo en ello anexo y dependiente procediese (1).

8." Si los espolies y fructos de sedes vacantes que el Papa llevaba en estos reinos , era justo que los llevase y se le debían permitir ; y qué era lo que S. M. podía y debía hacer en esto , pues se entendía que no los lle- vaba en otros reinos ; y en estos se había introducido de poco antes (2).

9." Si podi'á justamente pedirse y pretenderse que el Nuncio que esta-

(1) Es dudoso si en el manuscrito dice pueda ó proceda cambiado aquí, por continuar en pasado el tiempo del verbo, por procediese.

(2) Sabido es que desde los siglos XII y XIII se apropió el Pontífice los espolios y las rentas de las mitras vacantes, encargándose de la recaudación al Nuncio de Su Santidad y destinándola al fisco pontificio ó Cámara apos- tólica, hasta que en el Concordato celebrado entre Femando VI y el Papa Benedicto XIV á 14 de Enero de 1753, se mandaron aplicar á los usos pios que prescriben los sagrados cánones : quedando el Rey revestido del derecho de nombrar ecónomos y colectores á los eclesiásticos de su confianza con todas


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ba en estos reinos expidiese de gratis y no de otra manera ; j que era lo que , en este caso , podia también y debia hacerse.

Hasta aquí los motivos de queja y agravios , expuestos por el Rey, y los remedios que se le ocurrieron para satisfacerse y ven- garse. Veamos ahora cuáles fueron , respecto de todos estos parti- culares , las opiniones y consejos de los principales ó más sabios de sus subditos, á quienes pidió en tamaña ocasión ayuda y consejo.

IV.

No tengo á la vista el dictamen que dio en esta materia el Con- sejo de Estado, que desde 1526 existia, habiéndose quitado de él para constituir el de Castilla los togados y hombres de ley , con lo cual se componía ya solo de grandes señores , prelados , generales y hombres políticos , de los más señalados y autorizados por su ex- periencia y servicios (1). Este Consejo, al cual pertenecían hom- bres como el gran duque de Alba y el famoso Obispo de Arras , Ni- colás Perenotte , señor de Granvelle , ausentes á la sazón de España, contaba siempre aquí mismo con otros de no menor importancia ó mérito, como el implacable y astuto inquisidor D. Fernando de Valdés, el ingenioso y sesudo historiador y político D. Diego Hur- tado de Mendoza, que habia vuelto por entonces á la Península (2), y aquel Juan Vázquez de Molina á quien llama Luis Cabrera, «hom- »bre del buen tiempo , » porque ya comenzaban á echarse de menos los de los primeros años del siglo : reposado , considerado , de cuya conversación habia gustado Carlos V. Sin embargo de esto, decía de ellos Cabrera, que dieron al Rey un parecer en que habia «poca »reputacion, menos piedad y mucho deseo de descanso:» opinión que fué probablemente también la del Rey , porque contradecía todos sus propíos proyectos. Inserta el citado historiador un resumen de

las facultades necesarias y oportunas para administrarlos fielmente, bajo la protección Real y emplearlos en dichos usos obligóse, en cambio, S. M., en compensación de la pérdida que el Erario pontificio sufria, á depositar en Roma por una sola vez, á disposición de Su Santidad, un capital de 233.333 escudos romanos, señalándole además en Madrid sobre el 'producto de la Cruzada 5.000 escudos anuales de la misma moneda, para la manutención y subsistencia de los Nimcios apostólicos.

(1) Garma, Teatro universal de España. Tomo IV. Madrid, 1751.

(2) Vida de D. Diego Hurtado de Mendoza, que precede á la edición de Benito Monfort en Valencia, año de 1776.


1 MEDIADOS DEL SIGLO XVI. VI

tal parecer, que debemos suponer exacto en la sustancia, puesto que lo son los extractos de los demás documentos de que da cuenta, y que he tenido ocasión de examinar en extenso. Por él sabemos que el Consejo creia, que no debían moverse «los Estados tan poderosos »por cosas pequeñas , tocasen á quien tocasen , pues el Bey podia »enriquecer á Marco Antonio Colonna y sus hijos ; y las cosas de »estos podrian tener remedio brevemente , muriendo el Pontifico »de ochenta y dos años, y sucediendo otro, » con quien se negocia- ra la restitución de sus Estados ; que en lugar de atender á la- mentaciones debiase «agradar á Paulo IV porque la cruzada y »subsidio concediese;» que si se rogase al Carrafa investido con las tierras de Paliano que no las fortificase, no lo haria, como á solicitud del Emperador habia sucedido con otros sobrinos de un Papa , que antes las hablan ocupado ; que , á lo más, por el terror del Concilio podria lograrse lo que se pretendía , sin llegar á rom- per, y que á todo por de menos monta debia anteponerse, «el se- »ñorio, negocios grandes y reputación general (1).» Supone Ca- brera escrito en 1556 este dictamen y á poco tiempo de llegar á Es- paña el Emperador, de manera, que hay error involuntario sin duda en la edad que se atribuye al Pontífice ; porque , si no lo hubiese, seria preciso creer que hasta 1558 no se habia dado.

Antes , pues, que este , si hemos de tener por cierta la primera fecha , envió también su parecer al Rey por escrito el insigne Do- mingo de Soto. Grande es la injusticia con que Mr. Mignet lo censura en su conocida obra intitulada Charles Quint; son abdi- cation, son séjour, et sa morte au Monastére de Yuste, si tuvo noticia expresa del Memorial, ó cuando menos de sus principales cláusulas. Muy lejos estaba de ser ignorante , ni siquiera nimio en escrúpulos, el mal conocido autor del profundo tratado de Justitia et Jure; y es seguro que si Mr. de Mignet hubiera estudiado de por si las obras de Soto , no atribuiría como atribuye á nimios es- crúpulos ó ignorancia, su conducta en este asunto (2). Aquel gran

(1) D. Felipe II. Libro II, cap. XII.

(2) Nadie habia explicado mejor precisamente que Domingo de Soto, en tiempos en que por cierto no estaba tan clara, como hoy dia su doctrina, los

• límites temporales de la potestad pontificia. Véanse estas palabras en su tra- tado de Justitia et Jure. — Libro IV. Cuestión 4.*^ Artículo 1.": "Per haec de- "mum id quod suprá diximus clarescit : videlicet, potestatem civilem non sic "dependeré ab spirituali, ut ab illa instituatur, suamque accipiat faculta- "tem: ab illa ve possit, vel amoveri rex, vel cogi, vel corrigi, nisi quando "k divinis legibus fineque spirituali rebeUaret. »

TOMO u. 2


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teólogo , que escribió ya al Rey su carta á 5 de Julio de 1556 (1), y debió ser por tanto de los primeros consultados , no negaba que tuviese derecho el Rey para guerrear como principe temporal con el Papa en Italia; que, «resistir allá al Papa armado,» decia, «no »trae tanto peligro; porque cuando se viste el arnés, parece desnu- »darse la casulla, y cuando se pone el yelmo encúbrela tiara.» Pero en las consultas de Felipe II no era como se ha visto de esto solo de lo que se trataba ; y es bien digno de excusa que un hombre como Soto, que habia empleado hasta alli su vida en mantener la auto- ridad y el influjo del Romano Pontífice, contra tantos y tan inteli- gentes adversarios , y que sabia por lo mismo de propia experien- cia, cuan resbaladizo terreno sea el de las disputas de jurisdicción con la Iglesia , y cuan cerca estén de las divergencias políticas ó económicas las disidencias religiosas, los cismas, y hasta las propias herejías , se sintiese poseído de espanto viendo empeñado en tales caminos al Príncipe, que pasaba por ser, y era á la sazón , con efecto , la más sólida base humana del catolicismo en el mundo.

No se deduce ni de la contestación del Consejo de Estado , ni de la de Domingo de Soto , que el papel del Rey á que contestaban, fuese precisamente el Memorial que atrás queda visto. Lo con- sultado debió de ser lo mismo en la sustancia y en los puntos concretos sometidos á examen; pero no aparece, como digo, que fuese uno solo el texto. Las contestaciones, de que voy á hacerme cargo en adelante , están ya ajustadas á una pauta , y escritas con presencia del Memorial sin duda alguna.

Ni el Consejo ni Soto fueron tan lejos , en su contradicción á las propuestas de Felipe II, cuanto la persona que ocupaba el alto puesto de Vice-Canciller de Aragón, y que debía de ser entonces Don Bernardo Abarca de Bolea y Portugal , á quien cuenta Calvete de Estrella por uno de los hombres más estimados de su tiempo (2). Hállase este dictamen en un tomo de M. SS. de la Biblioteca Na- cional (Q. 103), con otros varios en que me ocuparé luego; y compréndese por su lectura á primera vista , que el Vice-Canciller

(1) Comprendida en el volumen intitulado Retiro, estancia y muerte del Emperador Carlos V en el Monasterio de Yuste, por D. Tomás González; fa- moso manuscrito español que se conserva como es sabido en Francia, en el archivo del Ministerio de Negocios Extranjeros.

(2) Felicíssimo viaje del muy alto y muy poderoso Príncipe D. Phelip- pe, etc., etc., por Juan Cristóbal Calvete de Estrella. — Amberes : 1552.


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conocía y tenia en su poder ya , uno de los ejemplares del citado Memorial del Rey. Partidario acérrimo de la autoridad pontificia, opinaba el Vice-Canciller.que únicamente podia el Rey encargar á los Prelados y demás eclesiásticos residentes en Roma , que viniesen á desempeñar sus carg-os , y que , no teniendo justa causa para ex- cusarlo , tocaba solo apremiarlos á su superior, que era el Papa no el Rey: á no ser que aquel de por si invocase la ayuda del brazo seglar, Decia también que ni despachos , ni expediciones á Roma, podian impedirse, principalmente en cosas eclesiásticas y espiri- tuales ; ni estorbarse la extracción del dinero para conseguir aque- llas mercedes indispensables. Respecto de Concilios juzgaba , que sólo se podian convocar en España los provinciales, para refouma- cion de nuestras iglesias y diócesis , y remediar vicios públicos ; y que si el de Trento se continuaba y concluía habia de ser forzosa- mente con autoridad del Papa. En lo tocante á beneficios advertía que era materia que estaba á la total disposición del Papa ; y en cuanto á la Rota y expedición gratis de los negocios en estos rei- nos, anadia luego, que dependía todo ello igualmente de la vo- luntad del Pontífice , y por vía de gracia. Por último , al hacerse cargo del propósito de disputar su legitimidad á Paulo IV, escribió textualmente, «que era cosa muy peligrosa tratar de ello, después »de tanto tiempo de la elección de Papa, y de su pacífica posesión, x-y siendo universalmente admitido : » por lo cual no debía pensarse siquiera, á su juicio , en llevarle adelante. Tales fueron, de las que conozco por extenso , las más contrarías de las respuestas que se dieron al Rey.

El que más se acerca á los precedentes, con ser cual es, de los otros dos dictámenes , que íntegros he visto , es el bien conocido de Melchor Cano. Notorios son el gran saber é ingenio de aquel fraile singular, discípulo del no menos insigne Francisco de Victo- ría en Teología , y del cual Cabrera afirma que, «como de oráculo »consultado tomaba consejo y respuestas Felipe II.» Era á la ver- dad «de carácter algo impaciente y belicoso,» como dijo hace poco un buen canonista , juzgando no sin razón al paso que está llena su respuesta al Memorial «de destemplanza y grosería, y de malas »doctrínas canónicas (1).» Pero con todo eso no concedió Cano en

(1) Mi compañero el Sr. D. Vicente de La Fuente, individuo de la Real Academia de la Historia, en su Opúsculo intitulado La retención de Bulas en España ante la historia y el derecho. Madrid , x865.


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esta ocasión, cuanto parece que quería, al piadoso Monarca. Dividió aquel en dos partes el Memorial, por mejor método, y en la primera examinó ante todo, si era ó no licito el empleo de las armas. «No »hay muclio que dudar,» decia el Maestro acerca de este punto, «sino que , siendo como es la guerra de parte de Su Santidad in- »justa y ag-raviada, la defensa de V. M. es justa y debida : que V. M. »no se defiende del Papa ni del Vicario de Cristo Nuestro Señor, »sino, hablando con propiedad, de un principe de Italia su comar- »cano, que como tal le hace la guerra : y es justo y santo que si »nuestro muy Santo Padre con enojo hace violencia á sus hijos «inocentes, V. M., que es hijo mayor y protector de los menores »le desarme, y si fuere necesario le ate las manos ; pero todo esto »con gran reverencia y mesura , sin baldones y descortesía , de »suerte que se vea que no es venganza sino remedio, no castigo sino »medicina.» Por tal manera se oponia ya este Teólogo consuma- do, á que se tratase al Padre Santo con el descomedido é injurioso lenguaje que se observaba en la exposición de motivos, de que iban precedidos los particulares consultados; señalando al paso los límites naturales que imponía la fe, á aquella peligrosa contienda. Verdad es que Cano, fué á la par de opinión , de que los agravios del Papa bastaban para que el Duque de Alba hubiese salido de Ñapóles ca- mino de Roma , sin esperar á que aquel por su parte comenzase la guerra ; porque en su concepto no era acometimiento sino defensa lo que en esto se hacia, dando como razón y ejemplo, el que debía tenerse por simple al que aguardase á que carg-ara un arcabuz su enemigo para poner en él las manos : con lo cual asintió al primer deseo de la consulta del Rey , conviniendo en algo más que en la extrícta é indispensable defensa. Verdad es también, que contestó con una terminante afirmación, al segundo de los puntos de la misma consulta, diciendo, que podía mandar el Rey con buena con- ciencia, que durante la guerra ningún natural de estos reinos fuese á Roma; y que los que allí estaban, inclusos los Prelados , so pena de perder sus temporalidades , abandonasen tal residencia : prohi- biéndose además, que por ningún motivo, temporal ni espiritual, enviasen dinero los subditos españoles á la Santa Sede; sin que tor- ciera el rigor de su dictamen el que hubieran de cesar los despachos y negocios tocantes á las almas. Porque «de este inconveniente,» decia con textuales palabras , « Su Santidad es causa , por donde »á Su Santidad se le debe imputar y no á V. M. que toma este


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»medio ordinario y necesario para su defensa ; y con quitar V. M. »que vayan dineros, no quita que haya despachos, sino que no »los haya por dineros.» Bien podrian, añadió luego , lo mismo Su »Santidad que todos sus oficiales «despachar gratis y libremente, »haciendo lo que la ley de Dios les manda, y lo que tanto importa »á la Iglesia ; » siendo en su concepto , un hecho muy digno de la Santa Sede apostólica , ya que por medios temporales hacia la guerra, el de otorgar por sí sola, y sin interés alguno, el pasto es- piritual á los subditos españoles, que en ello no tenian culpa alguna: pensamientos y consejos ocasionados y gravísimos, no pocos de los cuales están en desacuerdo , sin duda , con las más prudentes opi- niones canónicas. No le repugnaba, tampoco, á Melchor Cano que se aprovechase aquella ocasión , cual quería el Rey , para obligar al Papa á conceder todo lo contenido en los puntos 6.°, 7.°, 8.° y 9.° de la consulta mencionada : procurándose « que todos los beneficios »de España fuesen patrimoniales; que hubiese una Audiencia del »Sumo Pontífice en España donde se concluyesen las causas ordi- »narias sin ir á Roma; que los espolies y frutos de sede vacante »no los llevase Su Santidad más ; y por último , que el Nuncio de »Su Santidad en estos reinos expidiese gratis los negocios , ó á lo »ménos tuviese Asesor señalado por el Rey, con cuyo consejo los »negocios se expidiesen , y con una tasa tan medida , que no exce- »diese de lo necesario á su cómoda sustentación.» En cambio de estos haberes, que sustraía á la Iglesia, Cano desdeñando los deseos y hasta las necesidades del Rey , condenaba en su respuesta los arbitrios de la Cuarta y de la iSanta Cruzada , aplaudiendo que el Papa se los hubiese quitado. Pero con lo que no se atrevió ya el Maestro de la Consulta del Rey fué con lo tocante al 3.°, 4.° y 5.° de los puntos que ella encerraba. No pudo darle Melchor Cano, ni podía ya darle ningún buen canonista la razón , en tamañas pro- puestas, á Felipe II. «Suplico á V. M. » decía Cano al llegar aquí «que no me mande responder á algunas de las cosas que se ponen «en el Memorial , que se me dio de su parte, por ahora, estando «doliente el enfermo y á principio de invierno ; » con lo cual quería significar indudablemente, que, mientras estaba empeñada la guerra temporal, no era prudente emprender ningún género de contienda religiosa, y mucho menos al comenzar un nuevo reinado: añadiendo , como de paso , que ni la prosecución del Concilio de Trento, ni los Concilios nacionales aprovecharían mucho en su


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concepto para curar las enfermedades de Roma , ni para estorbar las injurias que muchos Ministros de aquella Santa Católica Ig"le- sia , hablan hecho y hacian á los vasallos , tierras , y señoríos del Monarca esp añol.

Más aún que en las respuestas á los puntos concretos, respecto de los cuales se le preguntaba , diferían ciertamente Soto , el Vice- canciller, y Melchor Cano del Memorial del Rey, en lo tocante á la exposición de motivos con que empezaba. Leíanse en ella, entre ^as cláusulas que tocaban directamente á las diferencias pendientes, otras muy graves. De estas era que, faltándole dos votos de los ne- cesarios para su elección canónica en el Cónclave , se sentó Pau- lo IV, no obstante , en la silla donde suelen ser adorados los Papas, y estuvo allí sin querer levantarse por un dia entero, hasta que los Cardenales que lo apoyaban forzaron á dos de los contrarios á con- sentir en la adoración , por- medios violentos. Imputábasele en el mismo documento al Cardenal Carlos Carrafa su sobrino , en cuyas manos se suponía que hubiese depositado totalmente Paulo IV el gobierno espiritual y temporal de la Iglesia , el haber insultado con increíbles demostraciones en Venecia al Santísimo Sacramento, y dicho públicamente que no creía en él : calificándosele por otra parte de sedicioso, disoluto, robador y asesino. Acusábase allí, por último , al propio Santo Padre , no solo de haber dicho que podía justamente emplear la ferocidad de los turcos contra los Estados del Rey de España , sino de haber traído sobre Oran una de aque- llas armadas infieles, según creían muchos, á fin de poner en aprie- to á la de España, y divertir las fuerzas del Rey católico. De nin- guno de estos enormes y sin duda exagerados cargos hizo cuenta en su dictamen Melchor Cano. Lejos de eso encareció , no menos que Domingo de Soto , la dificultad de los tiempos tocante al Sumo Pontífice y su autoridad , recordando que los alemanes comenzaron la reyerta, so color de reformaciones, y de quitar abusos y refrenar agravios ; « y que , por poner el remedio de su mano y hacerse mé- »dicos de Roma, sin sanar á Roma, hicieron enferma á Alemania.» Ni dejó de manifestar al propio tiempo, que no parecía bien dar ocasión á que se favoreciesen los protestantes con el ejemplo del Rey de España; reputando por igual á la de este su causa, por ser ambas contra el Papa, y tener, si no intención semejante, muy conforme apariencia. Hasta la propia opinión que tenía Melchor Cano del estado de la corte de Roma en su tiempo , á la cual juz-


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gaba en tal extremo , « que ya no podia sufrir su mal ni su reme- »dio , » le movió á aconsejar al Rey una prudencia extrema , di- ciéndole , que cuando se padecían enfermedades incurables , era mejor dejarlas, que aplicarles inútiles remedios.

Pero quien igualó ya en lo osado de sus respuestas las graves cláusulas del Memoo'ial de Felipe II, fué D. Francisco de Vargas Mejia , que aparece como Embajador ordinario de España en Ve- necia en los últimos dias de Diciembre de 1556 , y después de la paz en Roma (1). En el mismo tomo manuscrito de la Biblioteca Nacional , de donde he extractado la respuesta del Vice-Canciller de Aragón , se hallan copias de dos papeles de su pluma, tocantes á la materia de que estoy tratando. Comienza el principal de tales documentos con estas literales palabras : « Francisco de Vargas, »habiéndole mandado S. M. poner por escrito lo que en su pre- »sencia dijo sobre estas materias del Papa, dice:» y lo que en resumen dice, es lo que sigue. Sobre dos puntos pensaba él que de- bía contestar principalmente : el uno el de la justificación que po- dia tener lo hecho, y las armas y remedios de que S. M. debia usar contra el Papa : el otro el de lo que se podria pedir, al tratar de paces , en lo tocante á la reformación y remedio de las cosas eclesiásticas de los reinos de España. Acerca del primer punto en- tendía Vargas , que es regla que desciende del derecho natural y del de gentes, que siempre que falta superior que remedie y des- haga la tiranía ó injusticia notoria , puede cada uno hacerse justi- cia por su mano: que no habia diferencia entre la guerra con el Papa ó con otro Príncipe temporal , porque el primero no tiene ni recibió poder para pecar ni tiranizar, y así es que no ha de hacer violencias ni injusticias , por ser su poder para edificar y no para destruir como dijo San Pablo: «que las censuras de Su Santidad, »cuando contenían manifiesto error, ó eran notoriamente injustas,

(1) Que estaba allí en esta fecha se deduce del Siimmario delle cose nota- bili succese dal principio d Aprile 1556 á tutto cjiugno 1557 , inserto como apéndice á la historia de Pedro Ñores en la edición de Ñapóles, 1847. Cabrera pone en boca de este D. Francisco de Vargas Mejía, un habilísimo discurso refutando los argumentos con que el Cardenal Carrafa quería persuadir al Se- nado veneciano la alianza con el Papa. Vargas, natural de Madrid, y colegial de San Ildefonso de Alcalá, fué uno de los mayores juristas de la época, y paró al cabo en monje de Santa María de la Sisla de Toledo; dejando impre- sos muchos libros. Baena.— Hijos de Madrid, tomo 2.° Suele confundírsele, con otro anterior, por quien se dijo aquello de "averigüelo Vargas, n


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no se habían de temer; » y que lo que entonces se hacia contra las cosas y personas del Emperador y del Rey, « antes eran obras de »un Antecristo que de un vicario de Cristo , lo cual , en su con- »cepto, podia decirse y predicarse en los pulpitos.» Anadia á esto que debia ayudarse á Antonio Colonna y á los demás devotos de España , por haber sido ellos injusta y tiránicamente despojados del Papa, para investir de sus Estados, como invistió luego á sus sobri- nos: que debia proseguirse la g-uerra hasta quedar bien seguros: que era licito prohibir el comercio de España y de los otros Estados de S. M. con Roma, y que fuesen allá dineros, por ser ellos el nermo de la guerra, y porque el Papa la haria en tal caso mayor: que debia el Rey tomar para si los espolios , annatas y medios fru- tos , puesto que tales recursos no le servían al Papa « si no para lo «que se estaba viendo: » que convenia echar de España al Nuncio y los demás oficiales del Papa , porque no servirían á la sazón « sino »de espías y de alborotar los ánimos de muchos:» que podia justa- mente el Rey, con aquella ocasión, librarse ya del feudo de Ñapó- les , pues que , ayudado de franceses , trataba injustamente de qui- társelo el Papa. Escandalosas como son algunas de estas palabras, osadas no pocas de estas propuestas , y graves ,todas , no paró aqui siquiera la desatada severidad de D. Francisco de Vargas. No en verdad contradiciendo , pero sí sacando á luz del Memorial del Rey Felipe la idea tremenda que parecía haberlo inspirado , no va- ciló Vargas en aconsejar «que se hiciese la sustracción de obediencia, »al Papa no perpetua sino temporal; y no por razón de la dignidad, ))SÍno de la persona , siendo como era enemiga : » prosiguiéndose además , dice , sin autoridad pontificia el Concilio de Trento , para determinar sobre la elección de Paulo IV , que no era á su juicio canónica , y sobre ser este «tan furioso que notoriamente disipaba, »perturbaba y escandalizaba la Iglesia , por do merecía ser de- »puesto.» Nada tiene de extraño, pues, que hombre de tales opi- niones asiente en el segundo de los documentos á que he aludido antes , que respecto de beneficios , obispados , percepción de espolios y las cosas menores consultadas, todo lo que el Rey, con acuerdo de su Consejo y otros hombres doctos y píos , pudiera reformar por vía de pragmáticas lo hiciese desde luego , que seria el camino más seguro y más durable: «porque dejando de ser reo, y queriendo »ser actor y pedir al Papa concesiones, nunca se acabaría con él ))Cosa importante, » en su concepto. Con muchos juristas y diplo-


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máticos como este aiitig-uo fiscal del Consejo de Castilla , á quien debia estimar ya mucho Felipe II, puesto que le dio en estos particu- lares tan importante intervención como la de conferirle la Emba- jada de Venecia , y después de la paz la de Roma misma , pronto habrían echado poco de menos los sectarios de Lutero en España. Y eso que Vargas fué uno de los canonistas y teólogos seglares que representaron á España en Trento ; y que escribia por los tiem- pos mismos en que ardían las hogueras de Valladolid y Sevilla, con- sumiendo á hombres insignes, que hablan sido el ornato mejor de la corte de Felipe II antes de inficionarse en la herejia , y á millares de relajados , victimas inconscientes muchos de ellos de la incerti- dumbre ó confusión religiosa , que en tanta parte de Europa reinaba ya por entonces.

No han llegado hasta aquí á mis manos otras respuestas comple- tas de las que se dieron por escrito al Memorial del Rey ; pero sí poseo afortunadamente, y copiado también del tomo manuscrito de la Biblioteca Nacional , por dos veces referido , un documento que resume y condensa el juicio que formaron acerca del Memorial, el mayor número de las personas consultadas. Titúlase este otro pa- pel Estrado de los dictámenes y pareceres de la Junta que formó él Señor Felipe II para proceder con acierto a su defensa en las diferencias que ocurrían con el Papa Paulo IV, y contener la in- vasión de los reinos y Estados de S. M. : en el cual se pone , como luego se dice , todo lo propuesto por las diferentes personas que la compusieron, y dieron su parecer por escrito, señalándose en qué ha- bían concordado y en qué habían diferido, y apuntándose otras ob- servaciones propias del caso , á fin de que pudiese el Rey colegir en suma el parecer ú opinión general. No están incluidas en tal ex- tracto las opiniones de Domingo de Soto ni las del Vice-Cancíller de Aragón ; pero sí las de Melchor Cano , y las de otras personas no menos célebres que este por su sabiduría en aquel tiempo : y en él se hace alusión á otros dictámenes, que se titulan de alláy los cuales deben ser los de la Junta reunida en Londres con el propio objeto, y que constan en el manuscrito de D. Tomás González, que no he tenido presente (1). De los pareceres de la de España re-

(1) Manuscrito citado, existente como antes he dicho, en el Ministerio de Negocios extranjeros en París, del cual sacaron Mr. Mignet y Mr. Amédee Pichot los principales documentos de sus respectivas obras que llevan el título igual de CJiarles-Quint. Los originales de ellos hallánse en Simancas,


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sulta , seg-un el extracto que tengo á la vista , que no hubo uno solo de los personajes consultados á quien repugnase, el que siendo inefi- caces los otros medios para reducir al Papa , se llegaran á emplear contra él las armas : opinando además por su lado Melchor Cano y el bien conocido jurisconsulto Greg'orio López de Tovar, que acababa de dar precisamente á luz sus Siete Partidas glosadas, que podía anticiparse el Rey á llevar la guerra á los Estados Pon- tificios , antes de que fuesen materialmente hostilizadas sus propias tierras. En cuanto á la razón del rompimiento, tenian por bastante la defensa de los Colonneses ó Colonnas aliados y vasallos del Rey de España , y á lo que se decia por su causa ofendidos y despo- jados de sus bienes , así Melchor Cano , como los frailes franciscos Antonio deCordaza é Ibarra, y Francisco de Córdoba: contradícién- dolo solo el Mtro. Manzio, que opinaba, que, no constando notoria- mente los agravios ó sea la injusticia de aquel hecho , la presun- ción favorable habia de estar de parte del Papa , y no era licito por esto solo hostilizarle. Fray Francisco de Córdoba dijo en particular también, que las prisiones , tormentos , ofensas é injurias hechas á los Ministros reales , hablan violado el derecho de gentes y dado justa causa de guerra con el Papa , no solo hasta librar los presos, sino hasta que él diera satisfacción de la injuria. Y no hubo uno solo, que no creyese, que era licito ofender y hacer daño en las tierras y vasallos del Papa, cuanto en las de otros príncipes se solía; porque bien que el rigor pareciese contradecir á la reverencia y respeto debidos al Santo Padre , no habia por otra parte más breve y per- tinente medio que él, para conseguir los fines que se pretendían. A todos , menos al doctor Cuesta ( 1 ) y al Mtro . Manzio , les parecía ser cla- ro el derecho del Rey paraimpedir que fuese dinero áRoma por mo- tivo alguno, mientras durasen aquellas diferencias; y el mismo Manzio más bien moderaba que contradecía aquella opinión indi- cando, que podría solo impedirse el envío de dinero, « cuando hu- »bíese de prestar ayuda notable en la guerra.» Igualmente estaban conformes casi todos , en que podía prohibir el Rey la ida y estada en Roma de sus vasallos seglares ó eclesiásticos; y «aunque de esto »ó de la prohibición del dinero y comercio, resultase impedimento »al recurso á Roma sobre lo espiritual,» no por eso pensaban «que

(1) Probablemente D. Andrés Cuesta, colegial mayor de San Ildefonso, catedrático de Alcalá, y luego Obispo de León en 1558, que asistió al Concilio de Trento.


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«dejaría de ser lícito.» En cambio declararon todos en uno que, al vedar el comercio de mercancías y negocios temporales, no se debía pensar en prohibir abiertamente que se acudiese á Roma , en aquellas cosas en que es necesaria la provisión ó dispensación de la Sede apostólica. Que la guerra podía seguir hasta aquietar al Papa y aseg'urarse de él, lo tenían por cierto Fray Francisco de Córdoba y Melchor Cano : el cual llegó á indicar , por lo que se vé en su Parecer extenso, que acaso convendría que conservase indefinida- mente á su devoción el Rey de España en Roma, y á titulo de garan- tía, el castillo de Sant Angelo. Las tierras de los Colonnas y demás aliados , debían recobrarse ; respecto de los Ministros presos , no solo debía exigirse la liberación , sino también que se les indemnizase de los perjuicios que se les habían causado : en esto , casi todos es- taban conformes.

Pero respecto de los Concilios nacionales, casi todos opinaron, en cambio, contra la propuesta del Rey. No porque negasen que por •derecho antiguo de la Iglesia de España podían reunirse aquellos sin especial autorización del Papa, habiendo Primado, sino por hallarse á la sazón la Iglesia en tan diferente estado de gobierno, que al tiempo en que así se verificaron ; y por ser negocio de tan- tos años interrumpido : lo cual les movía á creer que « el tornarse »á juntar sin autoridad de la Sede apostólica sería dificultoso, » principalmente prohibiéndolo el Papa, como de cierto lo haría; » comenzando porque los prelados no se juntarían: que si lo hicie- »sen, sería gran ocasión de cisma.» Y esto sin contar con que tales Concilios no podían alcanzar autoridad para estatuir en lo de Roma, que era de donde dimanaban los desórdenes y agravios, tjomo advirtieron singularmente Fray Cipriano y Fray Antonio de Córdoba (1). Casi todos negaron con mayor fuerza todavía el que pudiera continuarse el Concilio de Trento sin autoridad del Papa: « caso , decían , » poco posible y aun peligroso, «por la ocasión á » cismas y disensiones, que resultarían. » Peligrosísimo también les parecía, á casi todos los personajes consultados , el tratar de la validez de la elección del Papa : que de lo contenido en el Memo- rial no resultaba razón bastante para decir si fué ó no la elección canónica , por haber ocupado aquel la Silla antes de tener todos los votos necesarios, y por el miedo y fuerza que se suponía haber

(1) Fray Antonio de Córdoba, franciscano de Alcalá de Henares, enviado por Felipe II, según afirman algunos autores, al Concilio de Trento,


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habido, para que le diesen los que le faltaban dos de los Cardenales; y aun suponiendo lo primero cierto, tenían por preciso entender más particularmente, qué género de miedo ó fuerza habia caido sobre los Cardenales, para que, contra su voluntad , se hubiesen prestado al fin á dar los votos. De todos modos opinaban aquellos teólogos y juristas que era ella causa , cuya determinación correspondía á un Concilio, para el cual tenia que convocar el Papa mismo; y negándose él , después de ser requerido , los Cardenales ; y negán- dose estos el Emperador; y en defecto de este todos los demás sobe- ranos : y que , solo por declaración de Concilio , podria quitarse la obediencia al Papa y proceder á otra elección, bien que no faltase ya quien aconsejase otras cosas, ni seguras ni convenientes. Al llegar á este punto , dice el autor del extracto , que se extendían á más los pareceres de allá, ó sea los de Londres , según ya he supuesto. Por último , la generalidad de la Junta asentía á que, por repara- ción y castigo de las injurias hechas á la corona de España , se exigiesen del Papa, después de vencido por las armas, y como condiciones de paz , que otorgase cuanto se tenia por útil para estos reinos , en materias de Rota , residencias , expediciones g-ra- tis , espolíos y vacantes, y otros puntos de igual ó parecida im- portancia.

Tales eran las opiniones por entonces reinantes en España, acerca de las más graves cuestiones del derecho público , y acerca de los derechos respectivos de las dos primeras potestades , la real y la pontificia. Bajo este aspecto paréceme no destituido de interés el examen , quizá prolijo , que acabo de hacer de las contestaciones que dieron á las propuestas del Rey , tantas personas de varia con- dición , pero todas notables y autorizadas , é igualmente católicas y piadosas todas.


V.

Qué persona , ó personas redactasen el Memorial , que dio campo á tales y tan ocasionadas discusiones, no es fácil calcularlo ya ahora. Del último de los documentos examinados resulta, que el Consejo Real ó de Castilla, no habia dejado tampoco de dar dicta- men acerca de este particular, contrariando ó respondiendo nega- tivamente en ciertos puntos á la proposición ó Real consulta : como


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por ejemplo , el de prohibir que se acudiese á Roma en los asuntos espirituales, por el derecho reservados á la Santa Sede. No debió ser , pues, acuerdo de los juristas de este Consejo, el Memorial de que trato. Pero verdaderamente lo que sobraba entonces en la corte de España , eran hombres que profesasen semejantes doctrinas ; y que osasen proponérselas al Rey . Por el contrario : andaba llena la corte en aquella época de hombres de ley , que amamantados en el derecho bizantino, eran partidarios del poder real hasta tal punto, que ni el del Papa querían que pudiera dejar de ceder, cuando lleg-a- ban a no estar los dos de acuerdo, á su magestad omnipotente. Ha- blan comenzado á negar ya estos juristas que los subditos tuviesen ningún derecho ó libertad , que debiese reconocer ó respetar la au- toridad absoluta de los Principes : hablan llegado ya haáta indicar que la propiedad individual no existia , sino de hecho , y que en todo patrimonio y en toda hacienda lo esencial del dominio tocaba al Rey. Para ellos, en suma, la autoridad monárquica era aquella misma de que los antiguos Emperadores de Oriente y Occidente habian tanto usado y abusado, en todas materias , y muy princi- palmente en las eclesiásticas. Ni estaban borrados todavía los re- cuerdos del siglo anterior , durante el cual tanta parte tuvieron el Emperador de Alemania, y los demás Principes temporales, en los Cismas y Congresos eclesiásticos , y en los nombramientos y de- posiciones de Papas , que tanto escándalo y daños causaron en la cristiandad , y á tantas y tan peligrosas dudas dejaron expuesto el derecho canónico. No hay duda que no pocas de las cláusulas del Memorial , y de los dictámenes extractados , recuerdan las opinio- nes extremas de los legistas de Paris en el Concilio de Constanza; y que algunos de los intentos que, en tales documentos se discutían, no eran otros que los que se llevaron con tanto riesgo adelante, en el Concilio ó Congreso eclesiástico de Basilea. Hablábase nada menos , como se ha visto , que de proseguir , sin licencia del Papa y contra su voluntad misma , el suspenso Concilio de Trento, cual se hizo por dos veces contra los decretos del Papa Eugenio IV en Basilea: pretendíase, como en el de Constanza, quepodia tratar el Concilio de Trento de la legitimidad del Pontífice , y aun deponerle, como allí se hizo con Juan XXIII ; y esto sin que precediesen el Cisma , y la larga , inevitable , y funesta división que hubo enton- ces en la Iglesia , sino provocando un nuevo Cisma , y creando la división y la discordia de caso pensado. Todo esto consta en los do-


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cumentos citados anteriormente , y todo como doctrina , estaba condenado ya á la sazón por la Iglesia romana , que negaba , más que niega hoy quizás, á los Congresos de Constanza y Basilea , el título y autoridad de Concilios ecuménicos. La antigua , difícil y ocasionada cuestión de superioridad , entre el Papa y el Concilio, de nuevo también hubiera venido á plantearse, á hallar ciertas cláusulas del Memorial del Rey , en todas las personas consultadas, el apoyo que halló en alguna de ellas. Y no hay que decir hasta qué punto muchas de las propuestas del Rey , ó algunas de las contes- taciones que se le dieron, atacaban los derechos ordinarios, que hoy reconoce en el Sumo Pontífice toda la Iglesia , por tratarse de cosas más conocidas y claras todavía. Basta recordar que los Concilios nacionales, ante los cuales se intentaba, al parecer, un género de apelación de algunos de los actos del Sumo Pontífice , hacia ya mu- chos siglos que nada obraban, sin «la intervención de los legados »pontificios que podían anular sus disposiciones, ejerciendo sobre »ellos una autoridad suprema , y elevando á la Silla Apostólica la »decision de los negocios en que el voto de los Obispos no fuese con- »forme al suyo : » palabras textuales de un canonista moderno, que no pasa ciertamente por campeón exagerado, ó fanático de la auto- ridad pontificia (1). Preciso es, pues, llamar todo esto por su nom- bre aunque espante el saberlo á algunos: lo que en el Memorial de Felipe II se ponía á discusión era el Cisma y un gran Cisma. Bien sé yo que no era lo mismo proponer que poner por obra , discurrir que realizar; y que, aunque todos los juristas, teólogos, ó canonis- tas consultados, hubieran respondido afirmativamente á la propo- sición Real, ni el estado de los tiempos , ni las dificultades y peli- gros que ofrecían ellos á tal empresa , ni las opiniones de lo general de la nación española , ni la sagacidad política del Rey , ni acaso su propia conciencia, le habrían permitido llevar á término, lo que en aquel documento importante, clara y seguramente iniciaba. Pero algo es posible que evitase también la prudencia que resplandece en los consejos de la mayor parte de las personas consultadas; y de todas suertes , que hubiera en el ánimo del Rey Felipe , y en el de muchos de los partidarios acérrimos del poder absoluto de los Reyes , extrema violencia y exageración entonces , no puede ya ponerse en duda.

(1) Curso de disciplina eclesiástica general y particular de España, por el Dr. D. Joaquín Aguirre.—Tomo II. —Madrid 1857.


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Verdad es que tales sentimientos no eran raros á la sazón en España. Reinaban ellos hasta en el retiro devoto, donde estaba ya dando el gran Carlos la mayor prueba de piedad y fervor católico, que quizá hombre del mundo haya ofrecido jamás. «Del Papa ))y Carrafa se siente acá que no haya llegado la nueva de que se »han muerto , que es harto daño que se desee esto á un Vicario de » Jesucristo, y en España , y mucho mayor que dé él ocasión para »ello:» tal escribía, desde JarandiUa, á 18 de Noviembre de 1556, Martin de Gaztelú á Juan Vázquez, con ocasión de ciertos rumo- res infundados, que sobre el particular corrieron (1). Gaztelú, se- cretario del Emperador, escribiendo al de la Princesa Gobernadora Doña Juana , ni trasmitia por lo común , ni en esta ocasión espe- cial trasmitió probablemente, otras opiniones que las de su amo. Y es fuerza , para comprender estos arranques singulares de des- pecho , hacerse cargo de que lo mismo Carlos V que Felipe II , al hostilizar al Papa , tenian que contradecir el espíritu de todos sus actos ; tenian que ir contra la corriente de su política ; tenian que dar la razón , aunque fuese en la apariencia no más , según advir- tió sagazmente Melchor Cano, á sus más implacables enemigos, que eran los disidentes de la Silla apostólica. No digo ahora yo, que tuvieran aquellos grandes Príncipes españoles mucha ó poca razón de su parte. Eso deberá deducirse sólo del conjunto de mi trabajo. Pero es evidente que tantos afanes como habían costado á uno y otro las guerras religiosas ; tantos sacrificios para ellas hechos en hombres y hacienda; tantos suplicios ejecutados, hasta en personas queridas , por mantener incólume la autoridad del romano Pontífi- ce en la Ig-lesia , no eran naturales precedentes ó premisas lógicas, de la situación en que llegaron á hallarse, á mediados del si- glo XVI, las relaciones de la corte de Roma con la de España. El solitario de Yuste y el Rey, casi monje al fin del Escorial, sin duda que se habrían lisonjeado en su interior muchas veces, de con- tar, á cambio de tamaños servicios , con la alianza segura del au- gusto representante de sus sinceras creencias sóbrela tierra. Y no es de extrañar que mientras más clara fuese la conciencia que tuvie- ran de sus servicios, mayor el entusiasmo con que hubiesen abraza- do la causa de la unidad católica y de la autoridad pontificia, y me- nos la indulgencia con que mirasen á todos los demás adversarios,

(1) Retraite et mort de Gharles-Quint. —Lettres inédites publiées par Mona- sieur Gachard. Tom. I, pág. 46. Bruselas, 1854.


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que contaba la Santa Sede en su tiempo , debia de serles el esfuerzo más difícil , y mayor la excitación con que lo hiciesen , al romper de aquel modo , y tan pública y duramente con Roma. Por eso ni el despecho , ni la pasión misma de Carlos y Felipe , en este caso, parecerán inexcusables. Es preciso haber pasado por esta prueba de ver empleadas en sí propio , ó en sus convicciones , ó en lo que lealmente se reputa bueno y santo , las armas que se han fabricado y preparado antes , con el fin de defender y asegurar, lo que con ellas se hiere y destroza lueg-o precisamente, para comprender á cien- cia cierta cuanto debieron entonces de experimentar en el alma aquellos piadosísimos Príncipes. De aquella propia pasión participa- ron sin duda, aunque no en tanta parte como Francisco de Vargas, los juristas que prepararon el Memorial del Rey Felipe ; y hasta los más de los teólogos mismos consultados, y en especial Mel- chor Cano.

Justamente ciertas razones ásperas de este han dado lugar, á que no falte quien ponga en duda , la autenticidad de aquel Parecer ó respuesta al Memorial del Rey , de que he hecho mérito; bien que en vano. Impreso tal documento por los reg alistas del siglo pasado, y reimpreso más de una vez en el presente, con razón ha sido objeto de curiosidad y de estudio para canonistas é historiadores. Parece que , en particular los frailes dominicos , solían negar en los últi- mos tiempos la autenticidad de este documento, por no hallarse conforme con sus doctrinas , ni mermar en lo más mínimo la gran- de autoridad que alcanzó en las sagradas letras , aquel insigne fraile de su orden. Y, á haber examinado detenidamente los ejem- plares impresos , pudieran haber aducido alguna razón más pode- rosa que su propio buen deseo , para calificarlo de falso ; que ver- daderamente yo mismo he dudado por breves momentos de que faese auténtico, ó de que hubiera llegado, por lo menos, tal como se escribió hasta nosotros. La copia que acompaña á la primera edición del Juicio imparcial de Campomanes , supone dirigido el Parecer de Melchor Cano á Carlos V, y escrito en el convento de San Pablo de Valladolid á 15 de Noviembre de 1555 : igual fecha estampa el canónigo Llórente ^en su Colección diplomática ; y un manuscrito que yo poseo del propio documento está sin fecha. Si no partimos de que esta se equivocó, al trasladarla, del primer manus- crito original, que no conocemos, hay que reconocer una contradic- ción evidente, y á primera vista sospechosa, entre la época en que


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se supone escrito el documento, y la época á que el documento mismo se refiere. Hablase ya en él de la imprudencia de algunos que , porque el Duque salió de Ñapóles camino de Roma, imagina- ron que aquello era acometimiento y no defensa ; y mal pudo esto decirse á 15 de Noviembre de 1555, cuando el Duque de Alba no escribió sus cartas al Papa y Sacro Coleg-io, anunciándoles la guerra, hasta el 21 de Agosto de 1556, ni salió de Ñapóles hasta el 1.° de Setiembre del propio año, para entrar con su ejército en el territo- rio pontificio (1). También en el Memorial del Rey se da ya por co- menzada la guerra, y no pudo á él responderse el año antes. Feliz- mente, la fecha aproximada de este Memorial, que falta en la copia que yo poseo , se deduce de su propio contexto , porque entre otros cargos se le hace alli al Papa el de que pretendía que rompiese el Rey de Francia con el de España las treguas ; y como ellas no fue- ron hechas hasta principios de Febrero de 1556 , sólo después de este plazo pudo aquel documento escribirse. Por eso la contestación de Domingo de Soto tiene la fecha de 5 de Julio de aquel año, aun- que muy anterior á la de Melchor Cano. Pero todo esto no prueba más sino que la fecha puesta en los impresos al Parecer de Melchor Cano está equivocada: siendo preciso fijarla en el tiempo que acabo de señalar , después de comenzada la guerra y la invasión de los Estados Pontificios por el Duque de Alba; y probable- mente en igual dia de Noviembre , en 1556. Tocante á la auten- ticidad, no puede caber, bien examinadas las cosas, duda alguna. Léese expresamente en Cabrera «que escribió el Rey Felipe al pa- »dre Fr. Melchor Cano, dominicano de singular religión y letras,» el cual, «comunicadas las diferencias con Paulo IV, en diversos » claustros, respondió (2).» Y pasando á dar Cabrera un extenso ex- tracto de esta respuesta, se ve claramente, que lo que resume es el Parecer de Melchor Cano , copiando muchas de sus frases y pa- labras textuales , sus conclusiones , y sus principales argumentos,

(1) Una misma es la fecha que dan á estas cartas del Duque de Alba la Colección de documentos inéditos en su tomo II; Summonte en el tomo IV de su Historia de Ñapóles ; Alejandro Andrea en la Guerra de Campaña de Roma; y la copia que se halla de una de ellas en la Colección de papeles del Cardenal Granvela, publicada en Francia bajo la dirección de M. Ch. Weis. Por otra parte Ñores, en su Storiadella guerra di Paulo IV. Florencia 1847, señala la fecha del 1.° de Setiembre á la primera salida de Ñapóles del Duque de Alba.

(2) Don Felipe 11^ Rey de España, lib. II, cap. VI.

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bien que mitigando unas veces los conceptos , y otras agravándolos hasta lo sumo : en lo cual se muestra que no tuvo intención de lo uno ni de lo otro , sino que procedió en su trabajo sin entero cono- cimiento de estas delicadas materias canónicas. Basta el testimo- nio de Cabrera , por ser él quien era , y por el tiempo en que es- cribió y publicó su libro, que hacia toda falsificación imposible, para demostrar plenamente la autenticidad del documento; de- biendo, también repararse , por mayor autoridad de su contenido, que, según aquel grave historiador afirma, consultó Cano su Pare- cer con diversos Claustros, sin duda de los de su orden. Pero, por si se necesitase más prueba todavía , la ofrece también completa , en- tre otros, el P. Nieremberg en su Historia de San Francisco de Bar ja , donde aludiendo á las diferencias que tuvo con los Jesuítas Melchor Cano, y á sus célebres Comentarios de San Pablo, dice, que «la lozanía de su entendimiento le habia dado audacia para »sentir tan libremente contra la Compañía, como para hablar con- Mr a el Sumo Pontiñce Paulo TV, por lo que Su Santidad le mandó y>comparecer en Roma (1). » Por su carácter vehemente en verdad, fué Cano más lejos que otros , según consta del Extracto de los pareceres de la Junta, donde suelen aparecer siempre sus opiniones entre las más osadas; pero no igualó todavía á Vargas ni á los redac- tores del Memorial de Felipe II. Y todos obedecían , como antes he dicho, en mayor ó menor grado, álos impulsos de un resentimiento, más ó menos justificado, y propenso como todos los resentimientos, á inspirar exageradas palabras y propósitos. La importancia de Melchor Cano y la celebridad de su Parecer me han estimulado á detenerme en esta prueba más que de antemano pensaba.

En cuanto á la autenticidad del Parecer de Francisco de Var- gas, no creo que á nadie se le ocurra duda alguna. Es bien sabido lo osadamente que en pública audiencia habia este protestado ya en 1548, como Ministro del Emperador en Bolonia, y ante el Legado del Papa , contra la traslación á otra parte del comenzado Concilio de Trento (2); y hallándose luego 4e Embajador en Roma, dio tam- il) Yida del B. Francisco de Borja. Madrid, 1644.

(2) Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, libro XXX. Al oir á Var- gas y su colega Soria Velasco, tuvo que responder el Cardenal Del Monte, Legado, que el César era hijo, no señor ó maestro de la Iglesia ; y que los Pa- dres allí reunidos, preferirían el martirio á consentir que su Soberano privase de libertad al Concilio. Pallavicino, Historia del Concilio de Trento, L. 10, cap. 11.


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bien, ante el Cónclave que eligió Papa á Pió IV, otras no leves mues- tras de atrevimiento. Corren ya además impresos ciertos Memoriales de su pluma, sobre lo tratado en el Concilio tridentino, y las cosas eclesiásticas que debían, á su juicio, reformarse en España, con ocasión de aquel Concilio, que lo señalan por hombre de muy libres opiniones en la materia ; asi como por uno de los consejeros y Mi- nistros más constantes de Felipe II (1).

Con razón advirtieron en una nota los doctos eclesiásticos Salva y Baranda, que «Varg-as era escritor más vehemente que claro y »circunspecto;» y no debia faltarle ella tampoco al Pontifice Pió IV, cuando, según el mismo Embajador refiere en una de sus cartas al Rey Felipe, dio tras él cierto dia personalmente, diciéndole: «que »queria ser omnipotente y gobernarlo y censurarlo todo sin con- » venir en nada, antes haciendo siempre malos oficios , y que no »habia de pensar que se lo sabia todo , pues habia tantos otros »doctos y experimentados con quien él consultaba.» A la menor contradicion, en materia que conviniese al Rey, exaltábase aquel jurista á punto de decir en otra de sus cartas, que álos Legados del Papa en Trento nada se les daba de la indignidad ó de la infamia, y que lo que solian hacer con titulo de religión era torpísimo, y tal, que no habia lengua que bastase á explicarlo (2) . Verdad es , que era acérrimo partidario, en cambio, del Santo Oficio, y que amar- gamente se quejaba de que no encontrase este en Roma toda la protección que él queria, por lo que importaba á su juicio la seve- ridad contra los herejes, y la conservación de la autoridad de aquel Tribunal en los reinos de España. Tales contradicciones dan bien á conocer por cierto , el carácter del hombre en quien más que en otro alguno depositó al fin su confianza Felipe II, no sólo durante estas desavenencias con el Pontificado sino en todos los demás ne- gocios que ocurrieron después, tocantes á las cosas eclesiásticas y á la Santa Sede apostólica.

Desvanecidos suficientemente en mi concepto todos los escrúpu- los que pudieran oponerse á la autenticidad de los dictámenes de Cano y Vargas, paréceme inútil extenderme en demostrar la del Memorial del Rey Felipe II. Hallado, como he dicho, en una colec- ción de papeles de letra del siglo XVI al XVII , corresponde exac-

(1) Tejada y Ramiro , Concilio de Trento.

(2) Documentos inéditos , tomo IX, págs. 143 y 149.


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tamente el texto de este documento, al extracto que de él dio Pietro Giannone , escritor concienzudo j veraz aunque de dudosa doctrina , para reconocer por otra parte , la legitimidad del Memo- rial , no hay más que ver la congruencia de las respuestas , con las preguntas que él formulaba, con lo cual queda de todo punto de- mostrada. La cólera debió ser grande y liarto general, por cierto, cuando el insigne Obispo Fray Prudencio Sandoval se atrevió á formar y escribir del Saijto Padre Paulo IV, al recopilar más tarde las memorias de estas desavenencias , conceptos tan temerarios , como el de que procedía aquel sólo «por la vieja pasión que ardia , en su »seco sujeto, sin poder más fingir la santidad con que tanto tiempo x>habia engañado, quitándose la máscara de su hipocresía (1).» Y hay que añadir, que ni Andrea, ni Herrera , ni Cabrera, ni lllescas, ni alguno en suma de los historiadores españoles contemporáneos, trataron con más moderación á aquel Pontífice , á pesar de dar ya á la estampa sus libros con especial licencia del Real Consejo, y del Santo Oficio: lo cual demuestra plenamente que se tenían por justas, debidas, comunes, y notorias, tales y tan duras opiniones á la sazón en España.


(1) Estando de Embajador en Roma en 1563 dio á luz Pablo Manucio un Tratado suyo con este título: Be Ejnscoporum jurisdictione et Pontificis Max. auctoritate reqio^isum , en el cual sin concederle al Papa superioridad tempo- ral sobre los Príncipes, le reconoce por superior á los Concilios y por fuente única de potestad en la Iglesia, diciendo con el famoso Francisco Victoria que el Papa summus sit, capul, et princeps in universa ecclesia d, quó tota jjotes- tas ecclesiastica, sive ordinis, sive jiorisdictionis, medíate, vel inmediate peii- deat, eidemque suhordinata sit. Sin embargo de que este libro debió ser bien recibido en Roma, y de que Vargas no padeció nunca de parte del Santo Oficio, cuyo acérrimo campeón era, las persecuciones más ó menos ostensibles de que fueron objeto los Arzobispos Carranza y Guerrero, ó los Obispos Blanco, Delgado , Cuesta, y Gorionero, con los Doctores Arias Montano, Mel- chor Cano, Andrés Cuesta y otros varios, de los que más autoridad tuvieron en aquel tiempo y en el mismo Concilio de Trento, cundió bien la fama de sus atrevimientos. El resultado de mi estudio sobre Vargas me inclina á tener por legítimas las famosas cartas publicadas á su nombre por Trombull, en el si- glo XVII, á pesar de lo que el ilustrado obispo D. Félix Amat, y otras perso- nas doctas han dicho en contra. Pero, sea de esto lo que quiera, quedan toda- vía, en sus cartas insertas en el tomo IX de la Colección de documentosinéditos^ que originales se conservan en Simancas, y en otros documentos igualmente auténticos, motivos sobrados para reconocer por suyo el papel de que en el texto me he hecho cargo.


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VI.

Por alg-unas de las fechas, ya calculadas ,. y por el contexto de los documentos se ve claramente , que el Rey Felipe no aguardó para tomar graves medidas de defensa, ni aun para ordenar la invasión de los Estados Pontificios, á que le contestasen ó D. Fran- cisco de Vargas, ó Melchor Cano , ni á conocer las opiniones pre- dominantes y generales de la Junta , por el Extracto que se hizo con tal propósito. No es exacto, por lo mismo, lo que dice Prescott de que hubiese ya obtenido entonces el Rey de todos los teólogos la sanción respetable que para sus propósitos pretendía (1) . Tendría ya en su poder cuando empezó á obrar algunos pareceres , como el de Domingo de Soto ; pero no los más , ni los más atrevidos , sobre todo. La primera medida que se tomó en materia eclesiástica fué en Valladolid, á 13 de Enero de 1557, expidiendo allí los licenciados Vaca de Castro , Galarza , Montalvo , Anaya , Arrieta , Pedraza , y los doctores Velasco y Caño, del Real Consejo y Cámara de Castilla, una provisión á nombre del Rey. En ella se advertía, que, aun- que de tiempo antes se hablan «entendido algunos graves y nota- >^bles inconvenientes al bien público, que se seguían de la ida, »estada, y residencia en corte romana de los subditos y naturales »españoles, estaba suspendido y diferido el remedio, por respeto y »reverencia , dejando libre el recurso que en las cosas eclesiásticas »y espirituales se hacia á la Sede apostólica , en estos reinos más »que en ningunos otros.» Pero hallándose las ^cosas en el estado que por Su Santidad se hallaban, sin haberse dado por parte del Rey católico, ni causa ni ocasión alguna, y .compelido y necesitado este, á la defensa de su corona, y remedio de tantos agravios como se le hablan hecho, la estancia en aquella corte de sus naturales y subdi- tos, «no podia continuar, se anadia, sin mucho perjuicio y ofensa »suya, y notorio peligro y daño de los mismos subditos y natura- »les.»De aqui partió el Consejo para ordenar, «que todos los vasallos »del Rey, de cualquier calidad y condición que fuesen, así eclesiás- »ticos como seglares, dentro de sesenta dias de la data ó publicación »de la Real carta ó cédula, se saliesen de la dicha corte romana, y

(1) Prescott, obra y lugar antes citado.


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»no volviesen sin nueva licencia y mandado ; » incurriendo los que no se salieren de alli, dentro del término, y cualquiera que allá fuese durante la tal provisión , « siendo leg-os , en pena de muerte y de »perdimiento de todos sus bienes , y siendo eclesiásticos en la de »perder los bienes y temporalidades que tuviesen en estos reinos, y »ser habidos por ajenos y extraños de ellos.» Nada se decia en esta provisión, acerca de las relaciones y despachos espiritules, sino que el Rey habia mandado platicar con los de su Consejo sobre el remedio, y medio que se tendría; y que acerca de ello se proveería más adelante , de manera , que los despachos no cesasen ni recibie- sen daño ó perjuicio los subditos (1). Además de esto suena escrita á 10 de Julio de 1556, en Bruselas, una carta de D.Felipe á su her- mana la Princesa, participándola que el Papa quería llevar su hostilidad hasta excomulgarle , y las medidas que debían tomarse en España en tal caso ; pero no habiéndose publicado las órdenes que comunicó la Princesa , en consecuencia de aquella carta , hasta el 12 de Mayo del año siguiente, y refiriéndose en una de ellas que conocemos, á instrucciones de Londres de 28 de Abril del propio año , puédese sospechar con fundamento que esté errada la primera fecha. Decía el Rey , en la carta á que aludo , que teniendo entendido de nuevo , por aviso de Roma , que á él y al Emperador quería el Papa excomulgarlos, poniendo entredicho y cesación á di- vinis en sus reinos , había comunicado el caso con hombres doctos y graves, con acuerdo de los cuales declaraba : «no juzgarse obli- »gado á guardar lo que acerca de esto se dispusiese en Roma , por »el grande escándalo y pecado que á su juicio seria , reconocerse »por culpado sin serlo. » Fundado en esto ordenaba , pues , D. Fe- lipe que mientras él directamente escribía á los prelados , grandes, ciudades, universidades y cabezas de las órdenes de estos reinos, dispusiese por sí la Princesa Doña Juana : « que ninguno guardase «entredicho, ni cesación ni otras censuras, aunque recibiese para »ello bulas del Papa ; porque las tenia en este caso por nulas , in- »justas y sin fundamento alguno.» Mandábale asimismo á la Prin- cesa, en la dicha carta, «que hiciese tener gran cuenta y recato »para que no se pudiese intimar la excomunión á nadie en estos »reínos, haciendo grande y ejemplar castigo en las personas que «trajesen las bulas para ello, porque ya no era tiempo de más di-

(1) Colección de Papeles varios de mi propiedad, letra del siglo XVII.


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»simular, » según decia textualmente. Tal era en sustancia este documento: en el cual se acusaba también de paso al Pontífice, de haber malogrado el fruto grande que iba obteniendo en Inglaterra la fe católica , con las legacías que el Cardenal Polo tenia allí , y que acababan de ser revocadas en Roma , sin razón tampoco , en en concepto del Rey (1). De tal resolución pudo ya públicamente deducirse que no estaba este dispuesto á sucumbir al filo de las armas espirituales del Papa; porque de conformidad con ella se expidie- ron Reales provisiones á las fronteras , para que «se cataran y visi- »taran , con mucha diligencia y cuidado , todas las personas que »vinieren de hacia las partes de Italia ó de Francia , á entrar y »pasar á las de estos reinos , sin dejar cosa por recognoscer; y á »cualquiera que se hallasen los despachos pontificios , ó parte de »ellos , ó cartas , ó relaciones , ó memoriales que tocaran á lo so- »bredicho , se les tomasen : y se examinasen las tales personas muy »particularmente , para saber lo que pasaba en este negocio; y »que se las tuviese presas , y á buen recaudo (2) . »

No embarazó ni disgustó á nadie , por lo que parece , en España, el cumplimiento de tan severas órdenes. «Cuando el Rey fuera »hereje no podría el Papa hacer más rigorosa provisión ; pero como »no es este solo el yerro que ha hecho , no nos habremos de mara- » villar : » dijo sólo desde Yuste Carlos V , al tener noticia de la excomunión proyectada. Y no pareciéndole bastante al viejo Em- perador lo que se había proveído por la Princesa , en la frontera de Francia y la costa del Mediterráneo, para evitar la entrada de los despachos de Italia, la aconsejó que hiciese igual diligencia, y en- viase otras tales órdenes, á las costas de Vizcaya y Galicia, y hasta á la misma ciudad de Toledo: á fin de que no se dejasen de tomar por ningún camino las bulas del Papa (3).

Pero la primera y mayor hostilidad que se hizo á este entonces fué en Italia, y por medio de las armas. He de dejar ya para otros ar-

(1) Cabrera, B. Felipe el Segundo. Libro II, cap. VI. En Inglaterra se im- pidió también la entrada de las Bulas sobre el Cardenal Polo, teniéndolas por funestas. — Lingard. Histor. de Inglat. Tom. III. Cap. IX.

(2) Gachard, en su ^^Retraite et mort de Charles Quint. Tomo II, pág. 184. — Estas palabras están tomadas de la provisión ó Real cédula que se expidió al Corregidor de Murcia, Lorca y Cartagena.

(3) Carta de Martin de Gaztelú á Juan Vázquez. —En Gachard, obra ci- tada. Tomo I, pág. 150.


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tículos el tratar especialmente de la corte de Roma, de Paulo IV, de sus sobrinos, de las negociaciones y tratos que se emprendieron, ó llevaron á cabo por su parte, de los varios sucesos de la guerra, de todo cuanto fué ocurriendo , en fin , hasta el término de estos complicados negocios fuera de España, y señaladamente en Italia. Paréceme, sin embargo, que corresponde á este lugar el dar cuenta de los documentos expedidos allá por el Duque de Alba, de con- formidad con las órdenes del Rey , y antes de invadir los Estados Pontificios; puesto que ellos forman parte de la especie de pro- ceso político, que se formó entonces al Papa, del lado de Espa- ña. Ya llegará, como dejo indicado, la ocasión de exponer las ra- zones que en su particular alegaban los contrarios. En el ínterin conviene hablar del Duque de Alba. Hallábase este desde 1555 en Italia, por Capitán general y Lugarteniente del Emperador, y á la mira de las acciones del nuevo Pontífice , cuando recibió orden del Rey Felipe de trasladarse de Milán á Ñapóles, á donde llegó en el mes de Febrero del año siguiente (1). Desde Febrero á Agosto logró aquel gran Capitán, que halló sin dinero ni soldados el vireinato, formar y abastecer su ejército, Y en disposición ya de arrollar las armas del Papa y de volver á ocupar, si era preciso , á Roma , de- terminóse entonces á dirigir al Pontífice y al Sacro Colegio lo que se llama un ultimátum en el lenguaje diplomático moderno. Hízolopor medio de dos cartas en que resumía , cual es costumbre en tales casos , todas las quejas ó agravios que alegaba la corte de España contra la de Roma ; exigía de todo ello satisfacción inmediata ; y anunciaba ya el propósito de tomársela, en otro caso , por sus ma- nos. Corren estos documentos por varias veces impresos ; pero el primero, que es el más importante, no de igual modo siempre. Diólos á luz primitivamente , en Italia y España , no muchos años después de la guerra , el napolitano Alejandro Andrea, en un libro que publicó en ambas lenguas , intitulado en la castellana Be la guerra de campaña de Roma y del reino de Ñapóles en el Pontifi- cado de Paulo IV (2) , el cual dedicó por cierto al propio D. Fe- lipe II ; y luego los insertó asimismo Juan Antonio Summonte en

( 1 ) Domenico Antonio Parrino, Teatro eroico e politico de ' Governi de 'Nicere del Regno di Ncqjoli. Tomo I. Ñapóles 1692. Juan Antonio Summonte en su Historia de Ñapóles, tomo IV, supone que la llegada allá del Duque con Doña María de Toledo su mujer, fué á fines de 1555.

(2) Madrid, 1589.


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SU Historia de la ciudad y reino de Ñapóles (1), obra italiana sa- cada ya á luz, en 1601 : ofreciendo en una y otra edición lecciones idénticas. De ellos, la carta dirigida al Papa, que es el más im- portante, ha sido reimpreso otras dos veces, en nuestros dias, pero ya con muy notables diferencias. Un ejemplar hallado entre los Papeles de Estado del Cardenal Granvella, y dado á la estampa con estos, es igual, sin otras que levisimas diferencias de copia, al que primero hablan publicado Andrea y Summonte ; pero el que sobre el propio asunto contiene el segundo tomo de la Colecion de documentos inéditos para la historia de España, presenta frases y párrafos enteros muy singulares, y que no existen en otra edición alguna.

Es siempre la carta del Duque de Alba un documento firme , se- vero y en algo quizá soberbio ; pero no encierra , en su general lección, ni frases ni conceptos indignos de un Capitán católico, dirigiéndose al Padre común de los fieles. Las respuestas que el Papa habia dado hasta allí á sus reclamaciones no eran tales , según la común lección déla carta de que trato, que bastasen á satisfacer y excusar lo hecho ; y no le parecía por eso necesario al Duque el entrar en nuevas réplicas, cuando Su Santidad estaba procediendo cada dia «á cosas más perjudiciales y ag-ravios más pesados; » que mostraban abierta voluntad é intención de ofender á su Rey. To- maba luego los hechos desde el principio de aquel Pontificado, re- cordando, con duros términos, todos los hechos comprendidos ya en el Memorial regio , y entre otros el de que muchas veces « habia »públicamente dicho Paulo IV palabras tan pesadas, en perjuicio »de SS. MM. el Emperador y el Rey, que no convenían á la de- »cencia y amor paternal de Sumo Pontífice. » Habíase sufrido al decir de la carta todo esto; «antes por respeto á la Santa Sede apos- »tólica y al bien público que por otra causa, esperando siempre que »Su Santidad hubiera de tomar mejor camino, y no persuadiéndose »de que , por beneficiar y engrandecer á sus deudos , quisiese es- »torbar la quietud de la cristiandad : especialmente en tiempos tan »llenos de herejías y dañadas opiniones , á las cuales parecía más »justo y conveniente atender, para desarraigarlas y corregirlas, que »pensar en ofender, sin ninguna causa al Rey católico.» Trátase allí después, de injusta, inicua, y temeraria la instancia y demanda he-

(1) DelFHistoria della cittk, é regno di Napoli, di Gio: Antonio Sum- monte napolitano Tomo IV. Ñapóles, 1675.


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cha, en público Consistorio, por el Procurador y Abogado fiscal de la Santa Sede para que se confiscase al Rey Felipe el reino de Ñapó- les; afirmase que, si «cualquiera muy obediente hijo fuese de tal »manera por su padre oprimido y tratado , no podría dejar de se »defender y quitarle las armas con que ofenderle quisiera ; » y se concluye, en suma, con que «no pudiendo faltar el Duque á la obli- »gacion que tenia, como Ministro á cuyo cargo estaban los Estados »de S. M. en Italia, seria forzado á proveer en la defensión de ellos, »procurando, con el favor y ayuda de Dios, quitarle al Papa las fuer- »zas para ofender, en aquella mejor manera que pudiere: no sin pro- »testar primero, ante Dios y ante el propio Padre Santo, y todo el »mundo, que si no se le daban sin dilación de tiempo las satisfacciones »y promesa de paz futura que exigia , los males que de la defensa »del reino resultasen, deberían ir sobre el ánima y conciencia de Su »Santidad sólo.» No todas las palabras de la carta son, á la verdad, tan secas como las sobredichas : en ambas lecciones las hay también muy tiernas y hasta humildes, pidiéndole y suplicándole al Papa, que prefiriese el recibir con caridad y paterno amor ala Majestad del »Rey Felipe; el cual siguiendo las pisadas de su padre habia ofrecido »siempre , y de nuevo ofrecía la propia persona , y todas sus fuer- ))zas en servicio de la Santa Sede.» Y aun es mayor todavía la re- verencia y templanza con que escribió al propio tiempo el Duque al Sacro Colegio para que , «empleando toda su industria é ingenio »como pilar y arrimo de Su Santidad, procurase desviarlo del »propósito que tenia , atrayéndole á que con modos honestos ase- »gurase á Sus Majestades, que no los ofenderla, ni más los haría »ofender en sus Estados:» bien que á la par, protestando de nuevo, «á la Divina Majestad, y al Sacro Colegio, y á todo el mundo junto, » que seria forzado á defender él por sí los Estados, que le estaban en- comendados, cuando no quisiera pacificarse, ó entrar en razón luego, el Padre Santo. Hasta aquí las lecciones son, como he dicho, igua- les: resta por ver las diferencias.

De estas dos cartas la que inserta la Colección de documentos inéditos, que es la primera , fué copiada , según se dice , en aquella obra misma, de un manuscrito de la biblioteca del Sr. Duque de Osuna. Supusieron desde luego los colectores , que eran á la sazón el inolvidable D. Martin Fernandez de Navarrete, y los sabios eclesiásticos D. Pedro Sainz de Baranda y D. Miguel Salva, obispo de Mallorca al presente , que la carta publicada por ellos era la


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íntegra y verdadera ; no la que dio á luz Alejandro Andrea en su citado libro. Si tal afirmación fuera cierta , habrían de censurar con razón las personas piadosas , en el severo campeón del catoli- cismo en los Paises-Bajos , demasías de lenguaje contra el Papa, rara vez superadas por los herejes de su época. Porque hay inter- caladas entre las frases de la carta que he dado á conocer antes, en la edición particular de los Sres. Navarrete, Salva y Baranda, frases tan ásperas, como la de que «no habia arrimo verdadero para »fiar de las palabras de Su Santidad , cosa que en el hombre más »bajo se tendría por infamia.» Añádese allí también que los agra- vios hechos á los Ministros del Rey de España eran «cosa nueva, »y que causaba horror á todo el mundo , por no haberse jamás » visto practicada por un Pontífice con un Rey tan justo y católico »como el de España; y hecho tal que Su Santidad no podría quitar »de la historia el lunar que causaría en su nombre , pues ni aun »lo habían pensado aquellos anti-papas cismáticos, á quien les »faltó poco ó nada para llenar de herejías la cristiandad.» Tra- tando luego el Duque de su resolución de emplear las armas, lo que decía en la carta de los Sres. Navarrete, Salva y Baranda, era, que « no pudíendo aguantar más el que Su Santidad hiciese tan »malas fechurías , y causase tantos oprobios y deshonores á su Rey »y señor ; y faltándole ya la paciencia para sufrir los dobles tra- »tos de Su Santidad , se juzgaba obligado á proveerse de fuerzas, »no sólo para la defensa de los Estados que tenia á su cargo , sino »áun para poner á Roma en tal aprieto , que conociese en su es- »trago haber callado por respeto hasta entonces : puesto que él sa- »bía demoler sus muros, asistiéndole razón para ello.» Ni se con- tentó con esto, sino que añadió el redactor del ejemplar, que ahora examino, que Su Santidad habia sido creado pastor para guar- dar las ovejas , no lobo hambriento para destrozarlas ; que no de- bía hacer papel en el teatro del mundo , en cosas puramente suyas; y que no presumiese de tener facultades « para dar ni quitar coronas »ó Reyes.» Allí, por último, prometía, ó más bien juraba el Du- que , por la sangre de sus venas , «hacer titubear á Roma á manos »del rigor;» apuntando hasta la idea espantosa de que, aunque siempre se procuraría que Su Santidad fuese respetado , « quizás »no podría librársele de las furias y horrores de la guerra , 6 tal >'>'oez de las iras de algún soldado , notablemente ofendido de las ac- MÍones fieras, que con bastantes tenia hechas, y> Sorpréndeme á


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mí alg-un tanto que personas tales , como las que esta carta in- sertaron en la Colección de documentos inéditos, no dudasen de su autenticidad , como debe á primera vista dudarse ; pero el caso es que en tales términos está comprendida en una obra grande- mente autorizada, por sus autores, y por la protección que le ha dispensado siempre el Gobierno : lo cual exige que se es- clarezca más este punto. No tomó la carta de Alejandro Andrea el Summonte , porque además de que este cuenta que vino á parar un ejemplar de ella á sus manos , comparando el texto impreso por el uno con el que imprimió el otro , entre ambos se advierten diferen- cias, délas que daná conocer que, aunque el original fuera uno, han sido varias las copias. Otro tanto se echa de ver en el ejemplar in- serto en la Colección de papeles del Cardenal Granvella. No satisfe- cho con el examen de estos impresos he comparado el texto admitido en los Documentos inéditos , con el de otros ejemplares manuscri- tos ; y estos aparecen tan diferentes de aquel , como idénticos entre si y con los demás : lo cual puede verse en dos distintos tomos ma- nuscritos de la Biblioteca Nacional, donde hay copias de la susodi- cha carta (1). Tenemos, pues, contra el solo ejemplar sacado de la Biblioteca de Osuna, cinco entre si iguales que yo conozca; los tres impresos y los otros dos manuscritos : no siendo por otra parte in diferente, el que la relación que de la carta misma hace Ñores, en su historia de aquellos sucesos , no se conforme en ninguna de sus variantes con el ejemplar de Osuna, al paso que repite las frases propias de los demás textos examinados. De todo esto, y de la pro- pia inverosimilitud del contexto , deduzco yo que no fué la carta enviada , al fin , al Papa la impresa en los Documentos inéditos. Lo que bien puede ser es, que poseamos en ella un primer proyecto ó borrador, corregido y templado, antes de remitirse el pliego á su destino , como en escritos que dicta la cólera , de ordinario acon- tece. Debe de encerrar la Biblioteca, de donde este está sacado, mu- chos documentos traídos de Ñapóles en tiempo del Grande Osuna; y fácil es que se hallase allá también el referido , y de allá viniese con otros á España. Nadie (ignora que en igual época trajo de alli mismo el ingenioso y cristiano caballero D. Francisco de Quevedo y Villegas, otra carta dirigida por el Rey D. Fernando el Católico á uno de sus Vireyes en Ñapóles, que no cede á la que se supone comunicada por el Duque de Alba al Papa, en irreverencia. Nada (1) Señalados Ce. 59 y Az. 105.


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hay , pues , que haga improbable la sospecha , que con las natura- les reservas expongo al público, no obstante. Lo que es quien asi redactara de primera mano aquel papel , no faltaba en Italia por entonces: porque pocos meses después del ultimátum del Duque de Alba , se halla figurando como Embajador en Venecia á aquel va- leroso doctor, D. Francisco de Vargas Mejla , que en su contesta- ción al Memorial del Rey, y hasta en su tratado sobre la autoridad del Papa, usa no pocas palabras y frases idénticas. De este ó de otro tal procedería , sin duda , la primera redacción , por bien de la Católica España, y del Duque mismo modificada á tiempo.

Lo cierto es , entretanto , que no habiendo contestado al ultimá- tum el Pontífice, sino con nuevos enojos, nueve dias después de firmado aquel solamente , es decir el 1.° de Setiembre de 1556 , salió el Duque de Alba de Ñapóles á tomar el mando del ejército , que cerca de la frontera romana tenía ya acantonado y en orden : fiando de esta suerte el arreglo de todo á las armas , mientras que en Es- paña se pedían y meditaban sendos pareceres aún , y se iban redac- tando , en consecuencia , muchos de aquellos documentos , de que antes hice memoria , acerca de la legitimidad , razón ó medios con que había de procederse en el caso. Nueva prueba , si falta hiciese, de que la voluntad y resoluciones del Rey Felipe se adelantaron en dicha ocasión, á los más atrevidos consejos ó dictámenes, de sus jurisconsultos, teólogos y ministros.

VIL

Quedan por examinar todavía , como desde el principio me pro- puse , los motivos que no podían menos de asistir al Pontífice para contender con el Rey de España, los cuales procuraré indagar tam- bién en los historiadores del tiempo, nacionales ó extranjeros, pero católicos siempre ; y en documentos auténticos. Quedan por expo- ner asimismo , según los documentos y libros , singularmente ro- manos, las opiniones varias á que fué dando lugar la contienda. Falta por último, la relación de las principales negociaciones, discusiones , y hechos , que , fuera de España , y hasta el fin de todo este suceso ocurrieron. De ello trataré. Dios mediante, en otros artículos.

Pero ya puede anticiparse á mi juicio, con sólo lo que va escrito, una conclusión importante. Suele inculparse, y con rigor extraño,


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á los pueblos modernos , ardientemente poseídos sin duda , del deseo del libre examen , y del afán á las veces inmoderado de alterar el rég-imen de los negocios públicos , porque , exasperados con la re- sistencia , y extraviados por el calor de la lucha , en que se hallan con las instituciones ó las ideas antiguas , prescinden, de cuando en cuando, de los altísimos respetos, que merece en sus principios in- concusos , y en su divina gerarquía la Religión revelada. De esta exasperación , de este extravío , de esta contraposición aparente de intereses, que hoy mantiene con frecuencia discordes á no pocos pueblos, y á muchos individuos, con las cosas y personas eclesiás- ticas , se ha intentado deducir , según sabemos , la errada y fatal consecuencia de que son incompatibles los dogmas sobrenaturales, y la santa Iglesia que en el mundo los conserva y enseña, con los apetitos intelectuales y políticos , que ya inevitablemente experi- mentan las generaciones modernas. No se ha querido reconocer hasta aquí que el error en las cosas que no son de fe , tanto cabe en las escuelas y partidos liberales , como en algunos de los indi- viduos que sobre sí toman la santa , pero difícil tarea , de defender los verdaderos derechos del poder ó del culto entre los hombres. No se ha querido tampoco conceder ó admitir disculpa alguna á los excesos , muchas veces en verdad cometidos , por las escuelas libe- rales , durante su larga contienda con el antiguo mundo , en ma- terias que deben ciertamente quedar aparte , de toda científica ó política controversia. Y al propio tiempo que se proclamaba la incompatibilidad , por dicha falsa , de las creencias religiosas , con las ideas y las instituciones modernas , se ha pretendido unir en consorcio amoroso y pacífico , indisoluble y santo , con la religión de Cristo , á una cierta forma de administración de las sociedades humanas. No hace cien años todavía que la Monarquía absoluta, que es la manera de administración así preferida , dio , no obstante, en España misma , testimonios sobrados para convencer á ciegos, de que tal vínculo de felicidad , amor , y paz perpetua no ha exis- tido , ni es de rigor por tanto que exista , entre la Iglesia y la or- ganización despótica del Estado. Pero al cabo , como estaba ya aquel tiempo vecino de la explosión liberal de los últimos años del pasado siglo , no ha sido imposible empresa para los campeones de mala fe , que suelen entrar en este género de lizas , la de atribuir la discordia de entonces, con alguna apariencia de acierto, al in- flujo ya en él sensible de las ideas modernas. Bueno es , de consi-


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guíente , examinar este fenómeno mismo en otros tiempos y per- sonas; en aquellos, sobre todo que seria delirio tachar, de influidos ó inficionados por las doctrinas liberales del dia : y no otra cosa he comenzado á hacer yo precisamente , en este estudio. Por eso me apresuro á sacar la primera consecuencia , que él por cierto ofre- ce con fundamentos incontestables .

No : no hay que confundir más en este punto cosas y hechos en- tre si independientes , para derramar la confusión y perpetuar las tinieblas, en lo que tanto al presente importa dejar en claro. Por lo que estas páginas encierran, se ve á la luz del mediodía que la Mo- narquía absoluta y sus partidarios, cuando se han sentido, con más ó menos razón , contrariados por la Iglesia , también se han exas- perado por demás ; también se han dejado ir á excesos gravísimos de lenguaje; también han acariciado temerarios propósitos; también los han puesto por obra, en la medida que á sus fines cumplía.

¿Y qué importa que en efectos tan iguales hayan sido diferentes las causas? Cuanto al hecho el mismo es, igual, idéntico en la sus- tancia; ó en aquello, en que es diverso, admite más favorable expli- cación todavía por los partidos liberales, y es en ellos sin duda mucho más susceptible de excusa. Que fuesen los que se quiera los mo- tivos, cuya importancia no ha llegado la hora de pesar aún, ni lle- gará hasta que aquí se comparen las distintas y contrarias versiones de aquellas cosas, por los cuales se originaron las desavenencias ocur- ridas en la segunda mitad del siglo XVI entre Roma y España, no era menos reprensible el perder por ellos los respetos debidos al Santo Padre, que haya podido serlo, por otros cualesquiera, en ninguna oca- sión moderna (1). No negaré yo aquí ahora que Carlos V ó Felipe II,

(1) Algunos de los documentos de que me he valido en este estudio proce- den directamente de Carlos V y de Felipe II. Nadie dudará, pues, que les pertenezcan sus conceptos y frases. Pero aun aquellos, como el Memorial que se dio á los teólogos y juristas de parte del último , que redactaron otras per- sonas, deben tenerse por expresión de sus propias opiniones, y de sus mismos sentimientos. Tanto uno como otro monarca se distinguieron principalmente por la incesante y menuda atención que prestaban á los sucesos; pero, en espe- cial el Key Felipe, en cuyo tiempo se hizo y comunicó el Memorial, es notorio que consagraba á los papeles y á los detalles una atención que, empleada solo en las grandes cuestiones , le habría hecho mucho más hábil gobernante que fué, por cierto. Los que han registrado algo los papeles de este reinado saben, que Felipe II no dejaba de examinar por sí mismo, de aprobar, ni aun de ano- tar casi ninguno cuanto más los de tamaña importancia.


48 ROMA Y ESPAÑA Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI.

por los favores hechos á la Iglesia, merecieran ser tratados con be- névola consideración entonces; pero ¿no es verdad que alg-una tam- bién merece, por los grandes servicios que lleva hechos á la moral, al derecho ;, á la religión misma y al bienestar común de los hom- bres , el generoso movimiento de las ciencias y de las instituciones en nuestra época? ¿Y no es verdad, que no carece de cierto funda- mento á las veces la exasperación excesiva que demuestran los pue- blos del dia, al ver que se les quiere cegar con falsos conceptos el cauce amplisimo que llevan abierto á tanta costa , y que es indis- pensable para conducir por él, hacia adelante, la hermosa y fecunda corriente del progreso humano?

¡ Discordias funestas son siempre estas de lo espiritual y de lo material , de lo eterno y de lo temporal en el hombre ! Harto nos dice la larga experiencia de los siglos , que están estas ideas desti- nadas por Dios, á ser buenas vecinas en las almas. En vano las pasio- nes pasajeras, ó los sucesos accidentales que ag'itan el mundo, conspiran á separarlas, y por momentos las representan como in- compatibles ó eternamente contrarias : lo natural y lo sobrenatural coexistirán siempre ; lo sobrenatural se relacionará por necesidad con lo natural , por medio del culto ; el culto tendrá , sin remedio, un sacerdocio ; y el sacerdocio no excluirá ni será jamás excluido por el imperio. Prudente y justo será, por lo mismo, en todos los tiempos, que huyan estos últimos de discordias. Pero cuando ellas se anuncien por desgracia, lo que hay que hacer es procurar evi- tarlas en cuanto es posible : y no alimentarlas , después que esta- llan , con ninguna preocupación : no aprobarlas ligeramente , ni en los tiempos de las monarquías absolutas, ni en estos que van exten- diendo el régimen liberal , por cuantas sociedades cultas posee el siglo.


A. CÁNOVAS DEL Castillo.


EL ALCAZAR DE SEVILLA o LAS DOS ESPAÑAS.[editar]

1842.


I.


¡ Arpa feliz de mis antig'uos cantos ! Ven conmigo otra vez á estos pensiles, Edén de hurles, pabellón de encantos. Donde allá de mi infancia en los abriles Mi tierna fantasía , Como rojo clavel que arder se siente, Al sol resplandeciente De la risueña inspiración se abría.

Todo, todo habla aquí Naturaleza,

Toda luz , toda amor, toda armonía , Prodigando á torrentes su belleza Bajo el cielo feliz de Andalucía, Por el genio oriental hermoseada En esta melancólica morada , Y abriendo al sol su maternal regazo En voluptuoso abrazo ¦,

TOMO II.


50 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

Al brillo junta aquí de sus colores Los portentos del pórfido y del oro , Los primores del arte á sus primores , Los tesoros del arte á su tesoro. -

Mas ¡ ay ! que no es su voz la que , turbando De esta apacible soledad la calma , Los siglos de sus tumbas evocando , Viene á arrancar de su quietud al alma. ¿No es este ya del musulmán imperio Alcázar, trono de su gran victoria , Padrón de nuestro antiguo cautiverio , Despojo al fin de nuestra inmensa gloria?

Sí, sí, todo habla aquí Mas la que siento

Es voz de destrucción , voz de lamento , La voz de dos Españas soberanas , Enemigas las dos, las dos hermanas, i Hermanas , ay ! que separaba un templo

Y de eterno rencor dieron ejemplo !

La vencida cayó La vencedora

¿Dó está que el mundo la temió señora , Y, rendida después su hercúlea clava, Hubo quien quiso contemplarla esclava? Tú ¡ España de Almanzor ! desparecistes ,

Y tú ¡ España del Cid ! tampoco existes.

No existís, no existís, pero yo os veo.... Al tibio albor de macilenta luna Que parece llorar vuestra fortuna , Un espectro , otro espectro giganteo Ante mí se levanta ,

Y en voz que el alma azora, Altas hazañas canta

Y altas trajedias llora.

Desde aquí , desde aquí , con voz ingente Del fiero Islam á la progenie inquieta En la Arabia gritar se oye al Profeta : « ¡ Hijos de Agar ! á Oriente y á Occidente :


ó LAS DOS ESPAÑAS. 51

»Que vuestro brazo por la Europa arrostre »Y ante el Coran la Cristiandad se postre ! »

Y el árabe obedece ,

Y la tierra al impulso se estremece :

Y á par que sus falanges Del Nilo extiende al Ganges ,

Y doma la abrasada Palestina

Y á Bizancio infeliz infunde miedo Hasta encontrar junto á Salen divina, Paladin de Jesús , á Godofredo ; Como el león hircano ,

Desciende por el ámbito africano , De España ve las puertas Por la traición y la venganza abiertas , Halla á Rodrigo en brazos de la Cava, En Guadalete con el godo acaba ,

Y atrás dejando el conturbado Estrecho Se dilata á Pirene y á Moncayo ,

Hasta que allá en León siente en su pecho La punta de la espada de Pelayo.

¡ Oh epopeya magnifica ! ¡ Oh momento Solemne aquel en que los dos movidos De un impulso mayor que el de la gloria , Exclamando los dos en su ardimiento «No hay más Dios que mi Dios,» y enrojecidos Con la sangre más noble de la historia , Hollando con el pié de sus bridones Sepulcros de naciones y naciones , El hijo de Mahoma ,

En la liza mayor que el mundo ha visto , Al hijo viene á disputar de Cristo

El gran cadáver de la antigua Roma

Aquel de cuyos miembros gigantescos

Nacerán los imperios europeos

Hasta arrancar de su yaciente mano El cetro soberano

De África y Asia , y en la antigua cuna De Anibal y Yugurta alzar un solio,


52 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

y SU áurea Medialuna Plantar en el seg-undo Capitolio Del universo aquel que fué latino!.... ¡La Bizancio imperial de Constantino !

Entonces , cual dichoso encantamiento, Entonces te alzas tú ¡ gran monumento ! Entonces los feudales Castillos á emular , las catedrales Sobre cuyos cimborrios y techumbres , De un misterioso espiritu al conjuro , Su ala inmensa de sombras y vislumbres ' Tiende del Septentrión el genio oscuro ; En contraste feliz por los espacios, Á elevar sus moradas orientales Con sus manos de perlas y topacios, Desciende entre aromáticos raudales La buri de los edénicos palacios : Entonces, al estruendo de infinitas Lides y al eco de infinitas zambras , Se levantan en Córdoba Mezquitas Y se levantan en Granada Alhambras : Entonces los de guerra y los de amores Cantos de los valientes trovadores Á vencer con el son de su armonia , Vuela desde sus cielos carmesíes La huri de Alá , la huri de las hurles , La santa huri de la oriental poesía : Entonces con temprana Aurora entre las nieblas de Occidente Despuntan en la España musulmana Las ciencias hijas de la humana mente , Las artes hijas de la industria humana : Entonces la magnifica palmera Del imperio de Alá con la altanera Copa que desparrama al Mediodía De la conquista el huracán fecundo, Cubrirá con su sombra medio mundo , Medio mundo que cubre todavía :


ó LAS DOS ESP AÑAS. 53

Entonces el turbante

Del Califa andaluz brilla más alto

Que las altas coronas , j un instante

El mundo dudará con sobresalto

Si el nuevo genio que la Aurora envia

Del Septentrión al genio en la porfía

Va á vencer ; y si al ronco

Rugir de los arábigos leones ,

El desgarrado tronco

De la vencida Europa y sus naciones

Cuyo sol de victoria se amortigua;

Como el del Héctor de la Ilion antigua ,

En torno á los Iliones

De los pueblos atónitos cristianos

Arrastrado será por los bridones

De los nuevos Aquiles mahometanos.

TI.

Mas no, que no será. Dios lo previno. Siglos la lucha el musulmán prolonga , Mas España es de Cristo y de los godos ; Que no á rendir su pabellón divino Se levantó Pelayo en Covadonga Contra el poder de los destinos todos. ¡ Estirpe generosa de Alarico ! ¡ Hija de Teodorico Que ya, al alzar la frente Entre los turbios vahos De aquel romano caos , Mostrabas en tu oriente ' La aureola de luz de las naciones Que Dios destina á ser Dominaciones ! De tí el rescate espera La Cristiandad entera : De hierro son , de hierro esas montañas Y de ahí nacerán muchas Españas ; La guerra no es la muerte , Es la vida del fuerte :


54 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

¡ Guerra y más guerra á la morisma impía !

Y qué ¿también un dia

i Carlomagno inmortal , padre de Europa !

Con incauta doblez en son de bazaña ,

Tú con tus Pares y tu franca tropa

Vendrás á herir el corazón de España?

¡ Carlomagno ! Traspon los horizontes

Si no buscas aqui tu mauseolo :

Huye y combate tú tras esos montes :

Huye , mas huye avergonzado y solo :

Huye , que ya los vascos ,

Trepando á sus peñascos ,

Aun sin las armas que á su esfuerzo bastan ,

Desde la cumbre aplastan

Hombres , caballos , flámulas y cascos :

Su cántico guerrero

Será tu mensajero :

Tumba de francos á sus férreas plantas

Serán esas g-argantas :

Y el cuerno de Roldan en Eoncesvalles ,

Sonando por los montes y los valles ,

Dirá con su terrífica elocuencia

Entre aquellos mortíferos trofeos

Que de entonces serán los Pirineos

Columnas de la hispana independencia.


Mas ¿cuál entre pirámides de espadas Roja cruz allá asoma En la Roma que fué y es siempre Roma? ¿No es la Cruz inmortal de las Cruzadas? Alzaos, alzaos! naciones! Corred , ¡ oh campeones De la guerrera Cristiandad naciente !

Y resguardad con vallas De petos y de mallas

La otra puerta de Europa allá en Oriente. Nosotros en España pelearemos

Y el Corán á la mar arrojaremos.


ó LAS DOS ESPAÑAS. 55

No solo en nuestras cotas y pendones ,

En nuestros corazones

Esa cruz está ya. ¡ Cruz de victoria !

¡ Cruz de la humana y la divina gloria !

Hé alli al Apóstol , Capitán y guia

Que el cielo nos envia :

Hé alli á Santiago en su caballo blanco

Con la espada de luz que Dios bendijo ,

De la hueste muslim romper el flanco ,

Atropellando moros en Clavijo.

i Santiago ! cierra España

¡ Muslim ! á la campaña , á la campaña.

En vano ¡ España mora !

Dinastias tendrás de Abderramanes

Que inunden á la Europa en resplandores :

En vano en mala hora

Vendrán como huracanes,

Como el simún de Alá , tus Almanzores.

Alfonsos hay aqui que son mayores :

Fernandos hay á manejar aceros:

Y si no bastan ya reyes guerreros , España se hará hombre

Y el Cid será su nombre ;

Y en el mar de penachos tremolantes De los de aquella edad siglos gigantes , De la Europa de Cristo meteoro , Sobresaldrá del Cid el yelmo de oro.

j Qué importan tantos siglos de porfía , Ni á nuestra sangre abiertos Tan anchos cauces desde Uclés á Alarcos? Cada siglo en la historia es solo un dia,

Y nosotros también de cuerpos muertos Sabemos levantar triunfales arcos. Luchemos, pues, luchemos,

Y en el nombre de Dios os venceremos.

¡ Lucha sin tregua y sin piedad ! . . . . En tanto

El usurpado manto

De aquella dilatada Monarquía

Que de montes á mares se extendía ,


56 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

El manto que entre góticos escombros A Rodrigo arrancasteis de los hombros , A vosotros abora nuestro brazo, Pedazo tras pedazo,

Irá arrancando hasta arrancarle entero

El gran Pelayo os- arrancó el primero ,

Y Asturias fué y León Y allá en la franca

Frontera otro pedazo se os arranca

Pedazo que será la gran corona

De Aragón, y Navarra, y Barcelona.....

Y otro pedazo aun donde su silla Levantará Castilla

Castilla , Madre de la España toda, Libre otra vez como la España goda.

¡ Oh espléndidas visiones De timbres y blasones ! ¡Oh de las dos Españas Valor, constancia, hazañas. De otra España mayor alto comienzo

Y presagio feliz de su fortuna !

Él es, él es como en el noble lienzo

De mi paterno hogar junto á mi cuna A mi vista asombrada aparecía ;

Y en silenciosa voz que aun mi alma siente , Ceñudo y sonriente ,

Las glorias de mi patria me decia

Esculpido en mi frente aquí le llevo

Y amor y admiración á un tiempo pruebo

El es, él es la veneranda sombra

Del Monarca más grande de Castilla ,

Conquistador de la imperial Sevilla

Manto azul, blanco armiño, roja alfombra..,. Alfombra de banderas fluctuantes

Y lunas y turbantes

El yelmo es su corona En la siniestra

Mano y manopla muestra

La Cruz de Hermenegildo y Recaredo

Que á los hijos de Agar infunde miedo ,


ó LAS DOS ESPAÑAS. 57

Y á defenderla en la invencible diestra La espada de los siglos bendecida

Que al infiel dará muerte , á España vida.

Altísimo trofeo ,

De la conquista y la venganza arreo ,

La armadura en sus miembros centellea

Que á sostener la secular pelea

Dio el mismo Dios á la alta dinastía

Que de Asturias fundó la Monarquía

i Tú , gran padre de España ! la llevabas

En Covadonga Alfonso allá en las Navas

Otro Alfonso , otro Alfonso denodado La llevará también en el Salado ,

Y al cabo de ocho siglos no abollada La ostentará Isabel allá en Granada,

i Gran Reina ! ¡ Grandes Reyes ! ¡ Grandes hombres !

¡ Gloria , gloria sin fin á vuestros nombres ,

Restauradores del paterno suelo !

¡ Gloria á tí , gloria á tí , Tercer Fernando,

De quien es templo España , tumba el cielo !

A tus plantas guardando ,

En mora sangTe tinto ,

De Muza y de Tarif las cimitarras ,

El León Español está esperando

La aurora de Isabel y Carlos Quinto

Para tener al mundo entre sus garras.


Otro Monarca Tras el gran guerrero

El gran legislador ¡Alfonso el Sabio!

¡El inmortal autor de las Partidas!... Aun suena aquí su acento lastimero Aun el sollozo de su anciano labio Repiten estas auras doloridas .... Este Alcázar le vio con su astrolabio El curso señalar de las estrellas, Y exhalar ya sin trono sus Querellas. ¡Oh noble y triste y colosal figura Que ningún corazón contempla inerte!


58 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

Ser grande en el fracaso de la suerte

No es tener pedestal sino estatura.

¿Por qué no fué también Alfonso el fuerte,

Y aquella España que antevio futura No legar á los godos en su muerte? ¿Por qué , por qué á deshora

Soltar la que él también blandir sabia, Espada vencedora

Que á Granada y al triunfo conduela? Genio fué de la paz, no de la guerra: Él quiso combatir otro islamismo,

Y por tierra cayó mas no por tierra

Con el monstruo luchó del feudalismo ,

Y vencido venció, le abrió el abismo. Coloso de la humana inteligencia En la vasta penumbra de la ciencia. De la estirpe de aquellos precursores Que son entre los grandes los mayores. En láminas grabando diamantinas Sus Tablas Alfonsinas ,

Por cima de su siglo se levanta, Lucha , sucumbe , canta. En su dolor se encierra,

Y llena de sus lástimas la tierra

Mas España ¡oh Alfonso! te maldijo,

Y contra ti prevaleció tu hijo.


¡ Sancho! . . . .Allí está Ganoso de pelea.

Bajo la cruz al infanzón alista,

Y hacia el campo muslímico espolea

El heroico bridón de la conquista.

Otra sombra ¡ Fernando! Por él vela

María , la rival de Berenguela: Que ¡oh cara patria! en tus gloriosos dias. Para que al mundo con tu genio asombres, Si grandes hombres por azar no crias, Las mujeres serán tus grandes hombres, y tendrás Berenguelas y Marías.


ó LAS DOS ESPAÑAS.

Mas nó, qne no se acaba

Esa raza inmortal de hombres de hierro

Que del misero amante de la Cava

Rescatan ¡ay! el primitivo hierro

Vedle ¡Otro Alfonso! ¡Nombre de vio

¡El Salado es su página en la historia! Y asi como un Alfonso allá en su dia, Cuando el cimiento de la España abria, La comenzaba con eterna loa Plantando sus pendones en Lisboa, La comenzaba por la patria hermana, La patria Lusitana; Este Alfonso, el postrer, apresurando Del sol de la conquista el lento giro, A Gibraltar cercando, A Gibraltar mirando, Rendirá su alma á Dios con un suspiro: Ambos trazando á siglos venideros Los mal guardados limites iberos.


III.

Más ¡ay! ¿Qué dolorida Beldad suprema de supremo encanto A la noche y al viento y á las flores, De un velo funeral la sien ceñida, Viene tal vez á confiar su llanto

Y el eterno rubor de sus amores? ¡Oh beldad soberana de Castilla!

¡Oh hermosa, oh hermosísima Padilla! Tú á fuerza de ternura y de belleza, Como á Pedro á la historia enterneciste,

Y sino como un ángel de pureza. Cual ángel de bondad apareciste.

Mas ¡ay! es él tu maldecido amante

El tigre humano, el tigre carnicero

No imprimas, no, tu labio en su semblante. La sangre que hay en él borra primero,


60 EL ALCÁZAB DE SEVILLA

¿No los ves?.... Dos espectros ¡Doña Blanca!

«¿Qué te hice yo sino adorarte en vano?»

Clama y un ay del corazón arranca

El otro «¡Hermano, hermano!....

«En Montiel nos espera D. Enrique»

¿Quién és?.... Es D. Fadrique

¡ Atridas ¡ ay de la española historia !

Y qué ¿hay también para los monstruos gloria

Y la imparcial posteridad no miente? Él con el brazo ingente , Agitando el puñal ó las cadenas , Quebrantará la frente , Desangrará las venas

Del gigante feudal que con su maza La frente de los pueblos amenaza : Él , al caer como Fadrique un dia, A sus plantas caia , Se alzará con indómita arrogancia , Maldecirá á la Francia ,

Y allá en la venidera ' Edad será para la gente ibera Espectro soberano

Del fiero patriotismo castellano : El , de bárbara edad bárbaro atleta , Tendrá su gran poeta ; El pueblo lo será , que es un Homero ;

Y al querer en sus páginas juzgarle , La historia no sabrá cómo llamarle : Pedro el Cruel ti Pedro el Justiciero.


IV.

¡ La historia es un gran crimen ! ¡ El crimen de los pueblos y los reyes ! i Los que oprimidos son y los que oprimen , Y la cuchilla el cetro de las leyes !


ó LAS DOS ESPAÑAS. 61

No se oye más que el ¡ ay ! de los que gimen : El ¡ay ! fatal de las opresas greyes, Y otro ¡ ay ! tremendo de mayor encono , El ¡ ay del opresor sobre su trono.

Pasad ¡sombras! pasad Y que á lo menos

Cubra ante mí la historia

Con el manto esplendente de la gloria

De su miseria y corrupción los senos.

La sangre de la espada es noble y santa :

Mas ¡ cuánta sangre vil ! Y ¡ oh , cuánta , cuanta

Miseria que no es sangre y que es miseria !

Grumos ¡oh humanidad! de tu laceria.


Pasad ¡sombras! pasad. Llega ¡grandia De Isabel y Colon ! Por los vergeles Vagó también mi planta Donde bajo magníficos doseles De granados y mirtos y laureles La Alhambra con sus torres se levanta. Pero no, no sus cármenes de flores, Ni sus auroras de amaranto y oro , Ni sus bosques , mansión de ruiseñores, Ni de su vega el perenal tesoro ,

Fué lo que vi Se descorrió en mi mente

El espejo ideal de lo pasado ,

Y en visión esplendente

La sultana oriental del Occidente

Vi apercibirse á contrastar el hado.

La vi, la vi Cercado de vestiglos

El áureo trono de la España mora ,

Del combate fatal de tantos siglos

Llegada ya la postrimera hora ,

Cerrados mar y tierra ,

Castilla al pié con su pendón de guerra ,

Yo vi , yo vi á Granada

En la fatal jornada ,

El estandarte del Profeta alzando ,

Congregar del Profeta la falanje ,


62 EL ALCÁZAE DE SEVILLA

Y el bridón del Profeta demandando

Y del Profeta el consagrado alfanje , Bajar al llano , y con terrible acento Encendiendo en ardor los corazones, Romper por los cristianos escuadrones

Y caer en el campo sin aliento.

La vi , en rugidos de furor trocados

De su antigua victoria los lilies ,

Chorrear de sus miembros desgarrados

Sangre de Abencerrajes y Zegries :

La vi , su rostro de palor cubierto ,

Maldiciendo á su Alá que la abandona ,

Un pueblo de héroes á sus plantas muerto ,

Arrojar al cristiano su corona :

La vi en el cautiverio

Perder aquel imperio

De quien fuiste ¡ oh Sevilla ! ilustre cuna ,

Que en Córdoba veia

A los cielos subir la media luna ,

Y en el tremendo dia

En Granada , en Granada sucumbia.

« Cayó , cayó Granada , »

Clamó Sierra Nevada ;

« Cayó Granada , » repitió Occidente

Con himnos de alegria.:

« Cayó Granada , » resonó en Oriente

Con voces de agonia

Cayó Granada Su cadáver yerto

Se volverá al desierto

Leones y panteras Serán sus plañideras:

Y Boabdil y Boabdil, el rey postrero , Impotente á embotar en su coraza

La sentencia de Dios contra una raza , Terror ayer del universo entero , En tierra la rodilla , Recordando sus huestes y sus naves De su baldón al apurar la copa , Entregará á la reina de Castilla


ó LAS DOS ESP AÑAS. 63

Las llaves de Granada , aquellas llaves

Que son tus llaves ¡ libertad de Europa !

Que son tus llaves ¡ religión de Cristo !

Y por fallo de Dios solo previsto

De un hombre entre los hombres sin segundo,

Son tus llaves también ¡ oh Nuevo Mundo !

¡Las llaves de la América !


Perdona i Sombra de aquella España musulmana Que fué España también ! si el labio mió Himnos sin fin de adoración entona A aquella refulgente soberana , A aquella gloriosísima matrona Que, en Dios depositando su fortuna

Y en el fuego del alma enardecida , De la Alhambra arrancó la Media luna

Y á Europa se la dio rota y vencida.

¿Vencida? Pero no que al otro lado

De aquel mar con la sangre purpurado De cuanto ha sido entre los hombres gloria , Mediterráneo mar , Mar de la historia ,

En la ciudad que se erigió aquel dia En que, rendidos los robustos brazos De sostener el mundo , en dos pedazos El coloso romano se partia ; Allá en Bizancio , en la segunda Roma Que la otra Roma, al declinar su solio , Intentó consagrar entre las gentes Trono de los tres viejos continentes

Y del Dios del Calvario Capitolio ; De nuevo al mundo asoma

El terrible estandarte de.Mahoma,

Y la hueste de Cristo amenazada Pone en nuevo temor mano á la espada. Mas no , mas no , que en tanto , También en sangre mahometana tinto Del África amagada en el recinto ,


64 EL ALCÁZAR DE SEVILLA

Ardiendo de Isabel al estro santo , Pasará por el mundo Carlos Quinto.

Y allá , y allá bien pronto , En los dorados mares

Donde al son de su citara marina La sirena gentil del Helesponto Se consuela evocando en sus cantares A la Grecia triunfante en Salamina ; Del cielo el alma de Isabel bajando ,

Y en otro heroico nieto

Con su celeste espíritu inflamando La santa inspiración del santo objeto ; Verá la Cristiandad alborozada, Libre otra vez su corazón de espanto , Del nuevo Jerjes con su nave armada El turbante flotar , flotar el manto : Verá la cruz que refulgió en Granada Reflejarse en las aguas de Lepanto,

Y entusiasmadas pregonar las olas El triunfo de las armas españolas: En un trono verá de querubines , . Más que la luz del sol resplandeciente , Cercada de sus bravos paladines ,

La aureola de Dios por yelmo ardiente , A la Reina Isabel en los confines Aparecer de Oriente y Occidente , Cubrir la Media luna con un velo

Y volverse otra vez , volverse al cielo.

V.

¡ Oh Isabel ! ¡ Oh Isabel ! Tú eres España ; La España que existió, no la que existe,' La que criaste en tu materna entraña

Y á tus pechos maternos la nutriste ; Aquella á quien tras siglos de campaña A campaña mayor apercibiste ,

Y la cruz en la paz , la espada en guerra , Fué su casa y su hogar toda la tierra.


ó LAS DOS ESPAÑAS. 65-

¡ Ah ! lio ; del patrio amor no es vanagloria , No es falaz ilusión de lo pasado : Memoria igual á tan feliz memoria Hombres, razas y siglos no han guardado. ¡ Fábula , si , nuestra pasada historia Que la fábula antigua no ha igualado ! ¡ Fábula de portentos que fué hazaña ! ¡ Fábula que hizo realidad España !

¡ Vosotros entre todos los más grandes Que , no contentos ya con los caminos Del África y del Asia , Italia y Flandes , Desdeñando los piélagos vecinos ,

Del Misisipi á los remotos Andes

Más acá más allá nuevos destinos ,

Mares serenos , áureos continentes , Otros mundos abristeis á las gentes !

¡ Los que de un siglo en la inmortal carrera Que eclipsó con su luz los siglos todos , Tomando la gloriosa delantera Que el cielo os dio por tan excelsos modos , No un pueblo ya , la humanidad entera Llevabais en la nave de los godos ;

Y el Océano se volvió fecundo ,

Y el Non Plus Ultra se borró del mundo !

¡ Los que más Reyes que los altos Reyes De la gloria en el trono soberano , Alzasteis tantas infelices greyes A la santa hermandad del gremio humano ! ¡ La España que , enlazando con sus leyes Al continente el continente hermano , Civilizó más mundo en paz y en guerra Que todas las naciones de la tierra !

Y ¡ una vana y procaz filosofía , Sujetando la historia á molde estrecho, Emplaza ante la historia en su osadía A la grande nación que un mundo ha hecho !

TOMO II. 5


66 EL ALCizAR DE SEVILLA

Grande fuiste entre todas ¡ Patria mía !

Y el mundo entero proclamó á despecho De la ignorancia y la pasión extraña El Siglo Diez y Seis Siglo de España.

¿Fué que en el drama del destino humano Dios en su providencia excrutadora A cada gran nación con hondo arcano Señaló su misión, fijó su hora? O ¿España al cabo con su férrea mano, Con aquel cetro que aspiró en mal hora A ser el cetro de la Europa entera , . Quiso al mundo parar en su carrera?

Un dia fué que de luchar cansado , Vióse, dejando el ámbito europeo, Al Gigante de España desangrado Caer del lado acá del Pirineo; Quedar en largo sueño sepultado , Ceñido aun su imperatorio arreo ,

Y á su sueño arrancar doblez extraña Lisboa y Gibraltar que son España.

En vano , en vano aun le proclaman dueño Del Occidente y del Oriente zonas ; En vano aun dicen su frustrado empeño Terrestres haces , marineras lonas ; El temido Gigante guarda el sueño Entre esparcidos cetros y coronas,

Y solo tras dos siglos le despierta

La voz de Napoleón que está á su puerta.

¿Será España otra vez? Siempre es España.

Su valor, su constancia , su osadía

Pero la agobia la ambición extraña

Y la vende la interna tiranía.

¡ Oh vergüenza mezclada á tanta hazaña ! ¡ Oh crimen de la Europa que en el dia De las grandes naciones te desdeña ¡ Oh España siempre grande ! ¡ por pequeña !


ó LAS DOS ESP ANAS. 67

Y tú ¡ noble ismaelita que en tu duelo Te volviste al desierto primitivo , Donde como en el mar, como en el cielo, Se refleja de Dios el rostro vivo ; En cuya inmensidad como en un velo Al mundo entero te ocultaste esquivo , Y vives libre el cuerpo , libre el alma. Como' en tiempo de Abraham , bajo una palma !

Cuando al morir el sol, bajo la tienda, En el oasis que en verdor florece , Al rendido corcel suelta la rienda , La hurí de los ensueños te adormece ¿ No lloras , di , tu arrebatada prenda , Ni la imagen de España te aparece , Ni el fiero corazón se te desg-arra , Ni te habla de volver tu cimitarra?

O ¿acaso ya cuando en tu pobre quilla Cruzas el mar donde reinó Cartago, No oyes sonar desde la opuesta orilla De la voz de tu España el eco vago. Ni entre los cantos que guardó Castilla Del antiguo señor en dulce halago. Los que entre sorbos de embriagante copa Himnos de libertad entona Europa?

Pero ¿qué á ti la libertad?.... ¿Quién libre Como tú, como el hombre primitivo, Ni el de la antigua libertad del Tibre, Ni el del Eurotas que paró en cautivo? Ni ¿quién , quien sabe si , por más que vibre Al santo nombre el corazón altivo. El mundo no se apresta en estos dias A nuevas y más grandes tiranías?

¿Quién sabe si tras tanta y tan hermosa Esperanza de bien que el alma encierra. En tanto que la mente se reposa En sueños de hermandad para la tierra,


68 fiL ALCÁZAR DE SEVÍLLA.

Mas cuando el cráter del volcan rebosa Lava j mas lava de discordia y guerra^

Y anuncia el son del subterráneo trueno El incesante hervor del ígneo seno;

Quién sabe si en los siglos del futuro, Cumpliéndose de Dios altos misterios , Abierto de la Europa el seno impuro Al estupro de nuevos cautiverios, De pasadas edades al conjuro Volarán como arenas los imperios,

Y recordando vuestra antigua hazaña

¡ Hijos de Sem ! aun volvereis á España?

Pero no Dios es Dios ¡Astro fecundo

De la naciente edad ! luce sin velos : Vive y alienta ¡ libertad del mundo ! ¡ Sol de la humanidad ! sube á los cielos. El germen que en la tierra está profundo Ni estivos rayos secarán ni hielos : Árbol será de inmarcesible sombra , Del gran pueblo de Dios dosel y alfombra.

Y esta España será que hoy se levanta Con la memoria de sus tiempos claros, Por más que aherrojen su robusta planta Hados aun de su grandeza avaros. La que irá con su enseña sacrosanta, Al fondo del desierto irá á buscaros ,

Y juntos en un sol nuestros dos soles, Seréis por siempre España y españoles.

Gabriel G. Tassara.


UN CONCILIO ECUMÉNICO EN EL SIGLO XIX[editar]

El 26 de Junio de 1867 dirigió Pió IX á los Arzobispos y Obis- pos de la cristiandad congregados en Roma con motivo del XVIII aniversario secular del martirio de los Apóstoles San Pedro y San Pablo , una alocución cuyo contenido excitó la sensación más ines- perada y profunda en todo el orbe católico.

Por más que las palabras pronunciadas por el Padre común de los fieles, gocen el indisputado privilegio de ser acogidas semper, ubique , et db ómnibus con la veneración intensa y la ardiente avidez de que son dignos los inspirados acentos de la más alta y pura expresión de la Divinidad sobre la tierra, siglos hace, sin em- bargo , que la voz augusta del Vicario de Cristo no habia logrado conmover los corazones y las inteligencias tan hondamente como ahora.

Desde la terminación del Concilio de Trento hasta la edad pre- sente, los Papas, siempre vigilantes, siempre celosos defensores de la verdad moral y religiosa y de las prerogativas de su Silla han combatido con un valor á toda prueba la impiedad , el cisma y la herejía, y procurado con el ejemplo, la persuasión y el ana-


UN CONCILIO ECUMÉNICO EN EL SIGLO XIX. 85

tema poner un dique á la corrupción de las costumbres , compa- ñera inseparable de lo que la corte romana, empleando un bábil eufemismo, suele llamar injtiria de los tiempos. Pero la nunca in- terrumpida y siempre alternada sucesión de errores y condenas , de prevaricaciones y castigos; el fenómeno de una lucha inextingui- ble y que desde su origen viene en el fondo constantemente pre- sentando los mismos caracteres y ofreciendo las mismas peripecias, habia acabado por mudar la ansiedad en espectacion , la espec- tacion en curiosidad y la curiosidad en una perfecta suspensión de ánimo, que no por ser discreta y respetuosa, dejaba desgracia- damente de parecerse mucho á la egoísta y glacial indiferencia.

Reservado estaba á la Santidad de Pió IX el sacudir los espiritus de esa especie de sueño soporoso en que yacian , y de revelar al mundo , que por más señas se encontró al apercibirse de ello un si es ó no es confuso y sorprendido , que la acción del Pontiíice-Rey sobre los destinos humanos se hace sentir todavía fuerte y vigoro- sa , y que para las almas secas por el viento asolador de la duda su voz es hoy aun imagen anticipada y viva de la que esparcida per sepulcra regionum, removerá, y hará crugir , y levantarse y saltar dentro de sus tumbas los osamenta árida. Consultemos si no ante- cedentes y evoquemos recuerdos.

Pronuncia Pió IX en 1847 la palabra Reforma, en su buen sentido y con fines altamente morales y sociales, y sus labios comunican una eficacia tal á esta palabra, la infunden una energía tan maravillosa y formidable , que la caduca Europa se conmueve tres veces sobre sus cimientos seculares, y está á punto de conver- tirse en polvo como las momias al contacto del soplo más ligero. Desde aquel dia crítico y eternamente memorable , el movimiento acelerado de descomposición no ha cesado un instante. Todas las potestades, las viejas como las nuevas y las nuevas como las noví- simas; las formadas por la acción lenta y casi insensible de las edades , como las que deben su existencia á la condensación súbita de los tiempos , trabajan de consuno , las unas directamente y á sabiendas , y las otras guiadas por la dura y ciega mano de un destino implacable en esta inmensa obra de trasformacion , que es según todas las señales la tarea impuesta por la Providencia al si- glo XIX. Las suertes serán varias, las alternativas numerosas , las crisis violentas , las vacilacionéá repetidas , los escrúpulos , los ar- repentimientos 5^ hasta los conatos de desandar lo andado podrán


86 ÜN CONCILIO ECUMÉNICO

de vez en cuando hacer describir pequeñas curvas , pero detener la fuerza del impulso jamás. Y es que el aire con que se forma la palabra en el pecho de los Pontifices debe tener algo de sobrena- tural y prodigioso , debe participar al ser lanzado infaciem Twmi- num de aquello que llaman los sagrados libros spiraculum míes.

¿Quién no recuerda lo que pasó antes y después de la definición dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción? La ironia de dos escépticos, el escándalo mal reprimido de algunos sabios , las aprensiones de los cristianos módica ^dei , el encogimiento de hom- bros de los indiferentes ; la costumbre tradicional é inveterada de la Iglesia de no escribir ni definir dogmas sino cuando asi lo exigían las impías negaciones ó las malignas tergiversaciones de los here- jes y sectarios, el temor de que algunos y no pocos se vieron asal- tados , de que la dormida cuestión de la Infalibilidad se agitase de nuevo con grave menoscabo de la paz de la Iglesia , nada de esto logró infundir ni desconfianza ni pavor en el ánimo impertér- rito de Pío IX, y espontáneamente, de propia iniciativa, consultan- do la Iglesia universal , pero sin reunir propiamente un concilio , es decir , en virtud de un verdadero golpe de supremacía espiritual, re- solvió lo que hasta el 8 de Diciembre de 1854 había sido para algunos un problema y sufrido durante su desarrollo histórico las vicisitudes y vaivenes que experimentan todas las opiniones mientras no de- jan de serlo para ascender al puesto de creencia. Las esperanzas de Pío IX no han quedado defraudadas , sus previsiones se reali- zaron por completo , y únicamente los temores de los aprensivos, el rigorismo de los puritanos, las sonrisas de los escépticos y el qué se me da d mi de los indiferentes , vinieron á resultar vanos y des- autorizados por el éxito.

Sin remontarnos más allá del año 89 , es indudable que eso que se llama liberalismo y civilización moderna va ganando terreno de dia en dia , é informando , como dicen los escolásticos la sociedad y los gobiernos. Sin pretenderlo y sin quererlo, hubo ocasiones en que hasta los mismos Pontífices ( Pío VII en su célebre motil' pro- prio de 16 de Julio de 1816. — Pío IX Estatuto de 14 de Mar- zo de 1848) participaron más ó menos de la preocupación común, y rindieron en cierto modo el homenaje de su investidura tempo- ral á la triunfante majestad del siglo. Estos precedentes ya que no fuesen un síntoma inequívoco ó una garantía formal de que la corte romana se asociaría al movimiento , parecían al menos in-


EN EL SIGLO XTX. 87

dicar que no trataría de estorbarlo, y lo que es más serio aun, de hacerlo objeto de una condenación ostentosa y solemne. La cir- cunstancia de que católicos insignes por su saber, virtudes, elo- cuencia y fervorosa adhesión al centro de la unidad cristiana, surcaban á velas tendidas sin remordimiento ni zozobra el, al pa- recer tranquilo y manso océano del progreso moderno , servia tam- bién para aquietar las almas timoratas y desvanecer los escrúpulos de los que padecen de ansias misticas. Pues bien, contra todas las humanas apariencias y desbaratando los más correctos cálculos de la aritmética moral, aparecen la EncicUca y el Syllabus , y con ellos ( digan lo que quieran ciertos atenuadores y hábiles retorce- dores de textos) el divorcio entre lo que es y lo que debe ser; con ellos se oye por segunda vez aquella desconsoladora y profunda declaración de que el mundo presente no es el mundo de Cristo. Regnum meum non est de hoc mundo; regnum meum non est Mnc. Los transaccionistas de oficio gritaron: Temeridad, delirio, locu- ra. Los católicos mitigados se pusieron cristales de esos que que- brantan la luz , porque sus ojos no podian resistir los ardientes destellos que lanzaban aquellos cuerpos luminosos. Los espíritus fuertes , á pesar de su tan decantada fortaleza , hubo momentos en que dejaron ver en su fisonomía , como se marcan sobre la esfera de un reloj descompuesto los desarreglos de la máquina , las vaci- laciones y angustias de su espíritu. Muchos de los Soberanos se alarmaron y reunieron sus áulicos y pragmáticos , y todo asusta- dos se imaginaron que oían las excomuniones de la bula Tn cosna Bomini, ó que había resucitado Hildebrando el Terrible. Se bus- caron , no sabemos si antídoto ó venenos , en la apolillada farma- copea del Febronio , se habló del Placet y de la Retención , y se desenterraron del arsenal del regalismo , limpiándolas y aderezán- dolas lo mejor que se pudo , ciertas armas que , como aquellas que habían sido de los bisabuelos de D. Quijote, tomadas de orín y lle- nas de moho estaban puestas y olvidadas en un rincón. En tanto, la Encyclica y el Syllabiis , aprovechando ampliamente y sin te- mor al contagio , cuantos recursos ha vomitado esa espantosa hi- dra , cuyas tres cabezas se llaman liberalismo , progreso y civili- zación moderna , andaban rápidamente su camino , y si no han logrado enseñorearse de todas las conciencias , la gloria ó el vitu- perio de impedirlo, no será ciertamente, ni de los católicos á la moderna, ni de los juristas á la antigua. Que á los unos y á los


88 ÜN CONCILIO ECUMÉNICO

otros, después de agradecerles en términos corteses su benévola aunque estéril oficiosidad , puede decirles el Reino de este mundo, <<non tali auxilio non defensorihus istis tempws eget.»


II.

Las reflexiones que nos han sugerido los tres grandes actos emanados de la Santidad de Pió IX , en que acabamos de ocu- parnos, son aplicables á la futura y no lejana celebración de un Concilio general y ecuménico , con cuyo anuncio cuando al pa- recer nadie, á excepción de los pocos que estuvieran en el secreto, lo esperaba, vino á sorprender á la universalidad de las gentes. — Desde que se hizo pública tan grave y trascendental resolución, se han aventurado sobre ella, considerándola bajo su aspecto pura- mente humano , toda clase de congeturas y pronósticos , lo mismo acerca de los móviles que para adoptarla han obrado en el ánimo del jefe del catolicismo, que acerca de los puntos y cuestiones que la Asamblea habrá de discutir y resolver, como sobre sus más pro- bables resultados.

La idea del Concilio parece á primera vista incompatible con la del Primado universal, tal como viene estableciéndose y dominan- do irresistiblemente en la sociedad católica. Se habla del poder inmenso, y lo era, á no dudarlo, que ejercieron los sucesores de San Pedro durante la Edad Media ; pero este poder , por lo que toca á los asuntos de la religión y de la Iglesia , no igualó, ni con mucho , al que han venido desplegando, y sobre todo desde el re- nacimiento acá. Compárese sino el número de los Concilios ecu- ménicos que tuvieron lugar desde la irrupción de los bárbaros; compúlsense sus actas ; regístrense las historias de lo que pasó en ellos, más ó menos exactas en lo accidental , pero que todas en la sustancia retratan fielmente el espíritu de la época , y se verá que la autoridad de los Papas , lejos de ser ilimitada y absoluta en aquellos tiempos de confusión fecunda y de desorden creador, sufrió en alguno de ellos (en la parte no conciliar) los embates más rudos , las restricciones más severas, y que, no solo las perso- nas , sino la institución misma , fué objeto de medidas violentas y radicales por parte de los que con sin igual arrogancia, al verse congregados , solían decir al Papa una cosa muy parecida al Nos,


EN EL SIGLO XIX. 89

(¡we cada uno valeTíios tanto como vos , y todos juntos mucho mas que vos, etc.

Con posterioridad al Concilio de Trento toman las cosas diferente rumbo. El jefe de la Ig-lesia va perdiendo, es verdad , progresiva- mente su influencia sobre las potestades temporales ; pero en cam- bio si sus dominios espirituales resultan grandemente mermados por el triunfo del luteranismo y otras rebeliones afines , su juris- dicción gana en intensidad lo que ha perdido en extensión. Fuera de algunos Reyes ó Emperadores, en ciertos momentos de malhumor ó de ambición fustrada , ó de un pequeño número de fanáticos ena- morados de las inspiraciones de su sentimiento individual , nadie amenaza al Papa con la apelación al futuro concilio; y tanto es esto asi que el calificativo de apelantes vino á imprimir cierto ri- diculo sóbrelos que no retrocedieron ante la candidez de merecerlo.

La verdad es , y dicho sea esto con todas las salvedades y pro- testas necesarias, que el gobierno de la Iglesia en lo que participa de la mutabilidad de las cosas terrenas , obedeció á la misma ley que las monarquías temporales. La autoridad de dispersa y dise- minada que estaba , principió á replegarse y contraerse ; el movi- miento centralista al que debieron su robusta y absorbente exis- tencia los poderes que desde 89 vienen rápidamente declinando, arrastró también dentro de su órbita al papado, y bien puede de- cirse que tienen una misma fecha el apresurado enflaquecimiento de la representación nacional en sus diferentes formas y denomi- naciones, y el eclipse total de los Concilios ecuménicos. Paralela- mente á la extinción gradual en la provincia de aquella vida exuberante hasta la anarquía en ocasiones , los obispos fueron en- contrándose de cada vez más envueltos y constreñidos por las su- tiles é intrincadas mallas del pujante romanismo; y no ya los con- cilios nacionales sino los provinciales , á pesar de la expresa reco- mendación del tridentino, cayeíon en desuso por la gravitación misma de las cosas. La única fuerza que algunos muy contados pastores pudieron emplear contra las pretensiones de la que por una reverente hipocresía se llamaba curia romana, tenían que tomarla prestada del brazo secular, el cual , con la avidez del usu- rero sin entrañas, se hacia pagar enormes réditos por el capital que adelantaba. Estas que solían llamar algunos libertades de la Iglesia nacional , estaban muy lejos de serlo, sin embargo: y por eso un insigne historiador francés , nada sospechoso por cierto eu


90 UN CONCILIO ECUMÉNICO

la materia, y antes varios obispos de la misma nación , se atrevie- ron á decir de ellas en la época aun de su apogeo, potius servitutes quam libertates.

Los laudatores temporis acti no han dejado de dar rienda suelta á la ternura de su sentimentalismo femenil con motivo de esta pro- funda alteración en las condiciones de la vida exterior del catoli- cismo. Al verles echar de menos, y describirnos con bucólicas fra- ses los felices tiempos de la primitiva disciplina , nos parece estar escuchando el «dulce lamentar de dos pastores.» Pero la ley de la historia que asi como la de la muerte , tiene el corazón un poco duro, y no suele hacer el mayor caso que digamos de endechas ni elegías , ha continuado haciendo guardar y ejecutar impasible y sin misericordia los decretos que se ha servido expedir para nues- tro régimen y gobierno.

Lo más peregrino del caso en la cuestión que nos ocupa , es que por una de esas extrañas anomalías que el mundo moral ofrece al desapasionado observador, están trocados los papeles. Los que se llaman liberales al suspirar por el restablecimiento en toda su pu- reza de la organización primitiva de la Iglesia , y deshacerse en lenguas de la excelencia de sus antig-üedades , al pedir para ella, si la expresión se nos permite , un imperio archeo-cr ático, contra- dicen abiertamente la ley del progreso , quieren sustraer el mundo religioso á la jurisdicción común de la historia , y le disputan y niegan lo que no puede disputarse ni negarse á ninguna alta ó baja , grande ó pequeña institución , es á saber : le niegan el dere- cho á ponerse en armonía con lo coexistente , y quieren insensata- mente condenarle á las gemonías de un eterno anacronismo.

Cuando ciertos regalistas ingertos en liberales recuerdan , para echarlos de menos , aquellos felices tiempos en que el Rey Católico de España se dolía de que un sobrino suyo hubiese dejado escapar, sin enf orearlo , d %n cursor del Papa , se nos ocurre decirles : Eso está bien ; pero sed lógicos , por Dios , y consecuentes , y pedid que el cuadro se restaure por completo. Devolved á la Iglesia todos los derechos que ha ido sucesivamente perdiendo desde entonces ; res- tableced su influencia y poderío ; haced en su favor una completa restitución in integrum , y no dudamos que á trueque de obtenerla, la curia romana os otorgará el singular placer de enf orear, cuando en mientes os venga un cursor del Papa , ya que tal solaz esperáis de ese ameno entretenimiento y civilizador espectáculo.


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Pues volvamos por pasiva las anteriores frases y tendremos juz- gados con un criterio igualmente exacto é imparcial á los que en nombre de la estabilidad , en nombre de su horror á las novedades y al progreso , reniegan , por decirlo así , de sus orígenes , y como que se avergüenzan de la primitiva llaneza y sencillez de sus ma- yores. Estos tales escogen una época cualquiera de la historia, aquella que más gracia les hace, y circunscribiéndola, ligándola y practicando, por decirlo así, su ablación del organismo viviente de la hupaanidad, la llevan consigo á todas partes para hacerla, cueste lo que costare , un lugar preferente , cómodo y espacioso ; para en- cajarla , 1)6118 nolis , allí donde la consideran más útil á sus miras. Insensatos y ciegos , que no ven ni conocen que eso que tan cuida- dosamente guardan y de que tan sustancioso fruto esperan no tiene vida más que para dar la muerte á todo lo que se exponga á su contacto, ó se coloque á tiro de su influencia desastrosa y maligna.

El Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Santiago, en un discurso de respetables generalidades que pronunció sobre el proyecto de ley de primera enseñanza en el Senado (1), hizo con indisputable opor- tunidad la picante observación que contienen las frases que siguen y tomamos literalmente de su arenga :

«Hace bastantes años tuve que atravesar algunas de las principales ciu- dades de la Francia , j al ver discurrir libremente por esas calles á perso- nas del uno ó del otro sexo consagradas á la enseñanza ó á las obras de caridad , vestidas con el distintivo de su respectivo instituto , os lo confe- saré , hubo momentos en que casi me avergonzaba de ser español, consi- derando la intolerancia y la preocupación con que entonces se miraban aquellas cosas en nuestro país.»

En efecto, nada más antiliberal, nada más contrario á la hol- gura porque se distinguen las doctrinas que han llegado á dominar en el siglo XIX que la preocupación é intolerancia de que se queja y con justísima razón Su Reverendísima Eminencia. Nada más en- vidiable que esa feliz y generosa audacia con que han alcanzado vida nueva, y logrado reimplantarse y crecer con vejetacion lu- juriante sobre el tan calumniado suelo de la sociedad contempo- ránea , ciertas instituciones que espíritus estrechos nos dieron un momento por muertas y reducidas á menudo y esparcido polvo.

(1) Sesión de 21 de Marzo de este año.


92 UN CONCILIO ECUMÉNICO

Francia, Holanda, Bélgica, Inglaterra y Alemania nos ofrecen sobre el particular un ejemplo consolador y edificante. Pero senos ocurre una duda. ¿Aceptarla el Sr. Arzobispo-Senador todas las con- diciones, á cuya sombra pueden coexistir y desenvolverse en aque- llos países la libertad del traje , la libertad de la caridad , la liber- tad de la enseñanza y tantas otras libertades como han llamado su atención , y están destinadas , créanos Su Eminencia , á llamarla más profundamente todavía? Por nuestra parte, sin que el temor de ser desautorizados nos arredre, nos atrevemos á prometer al Sr. Cardenal que la curia liberal de España también liaría el pe- queño sacrificio de consentir que se en/oreasen sus cursores, es decir, sus preocupaciones, intolerancias, cabilosidades y recelos, con tal que en cambio se se acabara de pintar el cuadro.


m.


No sabemos como allá en sus adentros^ habrán considerado y apreciado el pensamiento de la convocación del Concilio los cori- feos laicales del partido á quien con razón ó sin ella suele llamarse ultra-católico. Si la Iglesia non judicat de internis , mucho menos deberá de juzgar una Revista. Pero si hubiéramos de tener en cuenta las tendencias del partido aquel , y el cuidadoso esmero con que suele evitar todo lo que tenga la menor apariencia de relación ó semejanza con las formas políticas modernas , debiéramos temer que no haya sido muy de su agrado la medida. ¿A qué (preguntará) cuando nadie lo reclama ni lo solicita, reunir los Estados generales de la cristiandad? Si los Príncipes de la tierra cuando lo han hecho , en la era moderna sobre todo , y acosados por una fatalidad inexorable, han tenido que arrepentirse pron- tamente en vista de las tristes consecuencias del ensayo ¿por qué no aprovechar las lecciones de la observación y la experiencia, por qué no utilizar los escarmientos menos costosos é incómodos de todos, los escarmientos en cabeza ajena? El Papa, tocante á lo espiritual, reina y gobierna hoy sin encontrar el más pequeño obstáculo , ni en los pastores ni en los fieles. La unión á la Cátedra de San Pedro , es de día en dia más ardiente y sincera , de lo cual


EK EL SIGLO XIX. 93

prestan irrefragable testimonio las solemnes protestas (1) hechas á la faz del mundo , que las escuchó embriagado de tanta majestad, por los prelados que en tres distintas ocasiones acudieron á Roma presurosos y solícitos, al llamamiento del pastor Supremo. Sus definiciones , declaraciones y decretos ; sus encíclicas , bulas , bre- ves y rescriptos , circulan por todas partes sin entorpecimiento ni supresión ni retención de cláusula ninguna , gracias á cierta dia- bólica invención del espíritu moderno (el periodismo) que se ha encargado de burlar en favor suyo ¡ qué longanimidad ! la vigi- lancia de los fiscales y procuradores reales é imperiales. Las leyes que emanan de su soberana voluntad son obedecidas y acatadas. Ninguno que estime en algo el dictado de católico, se atreve á llamar error lo que él ha calificado de verdad , ni verdad lo que él ordena que se tenga por falso y mentiroso. El episcopado creemos que sin excepción de uno solo de sus miembros , ha desistido ya en definitiva de promover, al abrigo del Imperio, querellas de jurisdicción que en otro tiempo turbaron la paz de la Iglesia y agitaron y acibararon la existencia de más de un Santo Padre. ¿No hay algo , pues, de temerario, algo que se parece al amor de la tentación y del. peligro en trocar una situación conocida, acep- tada y exenta hasta dónde es posible de inconvenientes graves por otra cuyos azares es muy difícil prever , y una vez sobrevenidos, remediar?

Las asambleas muy numerosas , aquellas , sobre todo , cuyo des- tino es agitar, ya que no resolver^ problemas de una incalculable trascendencia , y chocar de frente con intereses poderosos y arrai- gados , son muy ocasionadas á inflamarse y traspasar los límites que en su profunda sabiduría les haya trazado dq antemano el poder que las convoca y reúne. Apretado y estrecho e^ indudable- mente el vínculo que entre las gentes establecen unmismo símbolo,

(1) En Junio de 1862 se reunieron en Koma con motivo de la canonización de los mártires japoneses, una gran parte de los Obispos de la Cristiandad. Al dia siguiente de la ceremonia, celebró Pió IX un consistorio en el cual pro- nunció una alocución a^rma7ido resueltamente el origen y iriiision providencial del 2)oder temjíoraldel Papado. En el mensaje que dirigieron al Sumo Pontí- fice, y firmaron en su nombre y en el de los ausentes é impedidos, los Obispos congregados en la Ciudad Santa, merecen particular mención las siguientes palabras: "jTw sa%«? loctrince nohis magister , tu unitatis centrum, tu populis lamen indeñciou h Divina Sapientia proeparatum. Te loqihente P etrum aundi- mus; te decernente^ Christo obtemperamus."


94 UN CONCILIO ECUMÉNICO

un mismo culto y una regla misma de costumbres ; pero ¿ quién puede lisonjearse de haber formulado con acierto la ley á que en sus combinaciones, han de obedecer inteligencias y voluntades tan diversas , representante cada grupo de ellas , en todo lo que no sea articulo de fe, de civilizaciones distintas ó contrarias? El ambien- te de un liberalismo sin freno ni medida que, á falta de otra at- mósfera mejor, tienen que respirar forzosamente la mayor parte de los Obispos de América y de Europa ¿no dará á sus aspiraciones y doctrinas , en la esfera de lo dudoso y lo opinable , cierta ruda franqueza y valentía de expresión , cierta inclinación á tratar y juzgar con marcada indulgencia las instituciones y principios á cuya sombra se desarrolla entre ellos vigoroso y sin trabas ( ami- gas ó enemigas) el árbol del catolicismo. Y se ha pensado bien en el contraste que esta franca conducta formará con la cir- cunspección parsimoniosa de los que se han criado en la sofocan- te dependencia de un régimen exigente y receloso? El antago- nismo de tendencias, el amor á esa varonil é ilimitada libertad, en virtud de la cual han podido muchos de los que por dere- cho propio ocuparan dignamente un asiento entre los padres del próximo concilio, abjurar impunemente sus errores y servir con absoluta y perfecta autonomía la causa que , sin herir la ley ni la opinión de su país, han sido dueños de abrazar, al ponerse en contacto inmediato con afectos contrarios y simpatías que se pro- nuncian en dirección opuesta, ¿no corren riesgo de chocar y pro- ducir una explosión terrible? Excusándose S. Gregorio Nacianceno de asistir al segundo concilio de Constantinopla , al que había sido expresa y nominativamente invitado por el Emperador Theodosio, escribía: «Mí inclinación, sí he de hablar francamente, es á huir

  • de toda asamblea de Obispos , porque no conozco concilio alguno

»que haya tenido buen fin , y que en vez de curarlos , no haya ^agravado los males que se proponía remediar. El amor de la »dísputa y la ambición ( no hay que escandalizarse sí hablo así) »reínan en ellos en un grado indecible , y el que va con el pen- wsamiento de juzgar á los malos , se expone á ser acusado por «ellos, sin lograr corregirlos. Hé aquí por qué me encierro den- »tTO de mí mismo , y no encuentro seguridad para mi alma más »que en el reposo.» El historiador de la Iglesia (1) de quien

(1) Histoire universelle de VEglise catholique^ 3.^ edition, par l'Abbé Rohrbacher, tome VII, pág. 177-8.


EN EL SIGLO XIX. 95

tomamos las crudas y desengañadas palabras que preceden, aña- de por su cuenta : «Lo que hay de singular es que Sulpicio Severo, hablando de S. Martin de Tours, dice que durante los diez y seis últimos años de su vida , aleccionado por la experiencia, evitó cuidadosamente todo concilio , toda asamblea de Obispos. La opi- nión de estos dos santos, que parece debe sorprender mucho, sor- prenderá menos si se considera que nunca hubo más concilios que bajo el imperio de Constancio , y que nunca la Iglesia se encontró en un estado más deplorable ; que concilios ó asambleas de Obis- pos fueron los que calumniaron y persiguieron á S. Atanasio, y que concilios y asambleas de Obispos fueron también los que ca- lumniaron y persiguieron á S. Juan Crisóstomo. Todo esto no prueba ciertamente que los concilios no puedan ser buenos ; pero prueba menos aun que los concilios sean tan necesarios como quie- ren suponer algunos.»

Bien conocida es , y justamente celebrada la historia del conci- lio de Trento por el jesuita Cardenal Sforza Pallavicini. Escrita por recomendación del sabio Cardenal Spada y con un espíritu visi- blemente romano, brilla sin embargo, aparte de las dotes literarias de su estilo por la imparcialidad , por la sana, vasta y profunda erudición , y hasta por una especie de interesante y amable candor que no le permite disimular ni ocultar las flaquezas, allí donde menos deseara encontrarlas y más pudieran contrariar sus honra- das miras y legitimas afecciones. Tan escrupuloso es el respeto á la verdad histórica, tan vivo el culto con que la reverencia, que no en el semi-protestante Sarpi á quien refuta, y á quien es muy superior por la buena fe y el conocimiento de las fuentes , sino en el prolijo y concienzudo trabajo de Pallavicini , es á donde acuden á buscar ar- mas y materiales los que pretenden encerrar la última y gloriosa reunión de la Iglesia universal dentro de límites meramente huma- nos. Pues bien; oigamos al ilustre jesuita discurrir tranquilamente y con una perfecta igualdad de ánimo en diferentes lugares de su historia sobre los inconvenientes y peligros de los concilios genera- les ; oigámosle exponer los razonables motivos de inquietud con que debían aguardar la celebración del de Trento algunos de los Pon- tífices romanos. La cita será larga, pero nos lisonjeamos de que nos la han de perdonar y agradecer aquellos de nuestros lectores , que no estén familiarizados con las cosas de la Iglesia , en vista de lo importante y significativo de sus términos.


96 UN CONCILIO ECUMÉNICO

«Puede muy bien suceder, dice Pallavicini (1), que algunos »hombres piadosos, obedeciendo al impulso de sus buenos deseos, »origen á menudo de las más engañosas esperanzas , aguardasen »del concilio la reintegración del cristianismo ; pero ni los ejemplos »áe lo pasado , que es el pronóstico verdadero del porvenir, ni las ^circunstancias presentes podian sostener esta confianza.»

«No los ejemplos , porque es cierto que si volvemos nuestra aten- »cion bácia los siglos que nos ban precedido , fijándola desde luego »sobre el primer Concilio general , que fué el de Nicea , llamado el »^ran CoTicilio , y tan venerado en la Iglesia ; si seguidamente re- »corremos la serie de todos los Concilios ecuménicos , celebrados »contra alguna herejía poderosa y profundamente arraigada , con »dificultad bailaremos que las definiciones de uno solo de esos Con- »cilios hayan conseguido extinguir la herejía: y esto es tan cierto, »que San Gregorio Nacianceno no tuvo dificultad en escribir que »no habia visto un buen resultado de ningún Concilio. Verdadera- » mente, después del Concilio de Nicea la peste del arrianismo tomó »un desenvolvimiento inmenso; los Emperadores la favorecieron, los »santos fueron perseguidos porque la combatían ; se propagó desde »el Oriente basta España entre los godos ; fué causa de que allí un »Principe asesinara á su hijo primogénito , y esto , muchos siglos »despues, es decir, en tiempo de San Gregorio el Grande. ¿Qué di- »remos de la persecución ejercida por los vándalos, de las cruel- »dades de Teodorico , de la matanza de tantos católicos y de tantos »Obispos , narraciones sangrientas que ocupan una gran parte del ^martirologio romano , y nos dan motivo para llorar sobre la fero- »cidad de aquellos tiempos y regocijarnos con la constancia de los x>fieles? (2).» «El Concilio de Constantinopla, al cual la Iglesia debe el complemento del símbolo , sobre la divinidad del Espíritu San- to , que aquella coloca inmediatamente después del Evangelio en el sacrificio , vio llegar 31 Obispos macedonianos , y los vio mar- »char sin que hubiesen cambiado en nada ; en seguida sobrevinie- »ron diversas perturbaciones que obligaron á discutir segunda vez »las verdades establecidas. Después de la celebración del Concilio »de Epheso, sus legados fueron ultrajados y maltratados por los

(1) Histoire du Goncüede Trente, parle P. Sforza Pallavicini S. J. Edi- tion Migne, tome premier, pág. 527-8.

(2) ¿Cuántos arrianos no existen aun en Trausylvania y en otras partes sin hablar de los socinianos que han renovado su herejía?


EN EL SIGLO XIX. 97

»nestorianos ; Cyrilo j Memnon fueron , por la misma causa , de- »gradados j presos por la autoridad del Principe que los herejes »habian seducido. ¿Pero qué Concilio más celebre por el número »de los 600 Obispos , mejor apoyado sobre la tierra por la pro- »teccion de los Emperadores , y en el cielo mismo por los milagros »con que Dios le favoreció , que el Concilio de Calcedonia? Y sin »embargo , Dioscoro , condenado en este Concilio como homicida y »hereje, fué después canonizado por los sectarios de Eutiques, y »honrado como santo. Y no se contentaron con esto, sino que ase- »sinaron los Obispos más santos, invadieron las sedes más ilustres, »armaron contra los católicos la impiedad de los Césares, y en una »palabra , se convirtieron para la Iglesia militante en verdaderas >>furias (añadid á esto que los nestorianos y los eutiquianos son to- »davia numerosos en Oriente.) Para evitar dilaciones superfinas, >>básteme haber demostrado mi proposición en lo concerniente á los «cuatro primeros Concilios universales , venerados por la Iglesia »tanto como los cuatro Evangelios , y que por su antigüedad se »mantienen en posesión de cierto respeto , aun cerca de los lutera- >.nos. Pero lo mismo ha sucedido con los siguientes , como consta á >.todo hombre medianamente versado en la historia eclesiástica.

))Creo verdaderamente , que la cóí'ie de Roma (1) temió y aun » aborreció algún tiempo la convocación del Concilio. Y en primer »lugar si se entiende por corte la multitud de cortesanos , es cierto »que sus oidos serán siempre importunados por la palabra reforma, »por esta palabra , que expresa nuevas reducciones , nuevas prohi- »biciones , menos comodidades, menos placeres que en lo pasado. »Es tan natural esta inclinación en el hombre que se encuentra en »las comunidades, aun en las más mortificadas y santas. Mas es in- »dudable que del Concilio no se podia esperar más que la reforma; »y la reforma que aguardaban los cortesanos no era solamente la »reformá tan moderada , y sabia que tuvo lugar después , sino una »de esas reformas ideales en favor de las que se entiende un celo sin «experiencia

. »Pero si por corte entendemos los Papas , otras consideraciones »les obligaban á ponerse en guardia con motivo del Concilio. Se «acordaban de la palabra memorable de uno de los Padres más «ilustres de la Iglesia (San Gregorio Nacianceno ep. 55 á Pro-

(1) Palla vicini, tomo I, pág. 535-6.

XOMO u. 7


98 TIN CONCILIO ECUMÉNICO

acopio; en algunas ediciones 42) , el cual decia, que nunca hay »asamblea alguna de sacerdotes sin pelig-ro y escándalo, porque allí »donde hay muchas cabezas y muchos corazones, surge siempre al- »guná divergencia de opiniones ó de voluntades : la discordia trae »la fermentación ; y la fermentación es causa de corrupción en los »espíritus como en los cuerpos. Tenian presentes los desórdenes bas- »tante recientes del Concilio de Basilea ; sabian que era regla de »todos los Principes no reunir los estados generales sin una necesi- »dad extrema; velan que la reducción de los herejes por este medio »era cosa imposible ; y por otra parte , era de temer que en una mul- »titud sin experiencia en el gobierno de los pueblos surgiesen ideas »extrañas y capaces de hacer mucho mal á la Iglesia, á las que no »podria adherirse el Papa sin perjuicio del bien público, ni oponerse »sin desagradar á la generalidad. Yo creo también, para hablar »con franqueza, que no á todos los Papas en cuyo tiempo se trató de »convocar el Concilio, les agradaba ver llevadas á semejante teatro »algunas de sus acciones , y particularmente el afecto á la carne y »la sangre que , por alguno de ellos fué llevado hasta el exceso. » Además era de temer que se viesen renacer las enojosas disputas »sobre la superioridad entre el Concilio y el Papa , disputas que »traerian la discordia , y oblig*arian á disolver el Concilio con gran ^escándalo de la Iglesia.»

(1) El Papa seguia con particular atención estos primeros pa- »sos de los que dependia la marcha recta ó tortuosa de este ejército »de prelados; temia que el Concilio, según el uso de las asambleas »recientemente reunidas, animado primero de orgullo, y después de »presuncion concluyese por una revuelta que recelaba no fuese quizá »suficientemente reprimida por los Príncipes , y que estaba cierto »que los protestantes fomentarían por todos los medios. No dudo en »convenir en este hecho, aun cuando sé que para algunos espíri- »tus débiles aparentaré dar armas á Sarpi; este autor exagera en to- »das partes este afán del Papa , y le acusa de política ambiciosa , y ».de amor al absolutismo. Pero estoy convencido de que á todo hom- ,»bye á quien la malicia de la pasión no haya privado de razón le »bastará recordar, lo que muchas veces ha sido notado, que no hay «intriga ni ambición de parte del Papa en querer conservar esta so- »beranía de poder de la que le ha hecho Dios depositario, y que es » necesaria para el bien de la Iglesia.

(1) Pallaviciui, tom. II, pág. 61-2.


, Oí Í!N EL SIGLO XIX. 99

(1) «Tengo la convicción de que la lectura de la historia que rescribo, aun cuando no produzca otro fruto, hará desaparecer un »escándalo muy común entre las personas celosas de la relig-ion, »pero inexpertas en los negocios y en la marcha de las cosas de este »mundo. ¿Por qué, dicen aquellas, no se convoca ahora el Concilio, »como se hacia en tiempos pasados, como lo ordenan los cánones, y »parece exigirlo el restablecimiento de la disciplina , que siempre »tiende á la relajación"? Indudablemente al leer lo que ha pasado en »este último Concilio hasta los puntos sobre los que estoy de acuerdo »con Soave (Sarpi), comprenderán que en el cielo místico de la »Iglesia nada hay más difícil que reunir los astros (los Obispos), y »una vez que la reunión se verifique , que nada hay más peligroso »que un Concilio ecuménico. Mientras que las cosas sean de este »modo, intentar reunir un Concilio, excepto en el caso de una nece- »sidad extrema, seria tentar á Dios, y formar una reunión que ha- »ria temer las mayores desgracias para la Iglesia.»


IV.


Si asi se hablaba y discurría á mediados del siglo XVII, ¿qué extraño es que lo acaecido desde entonces , y muy especialmente que la contemplación del cuadro de mudanzas fundamentales que, asi en el orden civil como en el relig-ioso , presenta la revolución francesa, y en mayor ó menor escala, todas las que han sido, son y serán su natural derivación, ¿qué extraño es, repetimos, que la contemplación de ese imponente cuadro asuste á los corazones pu- silánimes, yles inspire una cierta repugnancia hacia todo lo que pue- da turbarles en la quieta posesión de su apacible estado , ó excitar las pasiones y poner en fermentación viva los espíritus? La imagi- nación es muy propensa á exagerar peligros , á hacer comparacio- nes y á notar semejanzas de situación y resultados en cosas que, si tienen entre sí ciertas analogías , al cabo no se encuentran uni- das por relación de identidad. De que la tentativa de poner un fuerte dique al poder absoluto de los Reyes , hubiera deg-enerado con frecuencia en desgobierno y anarquía , no se deduce necesaria- mente que el pensamiento de aplicar una templada y suave limi-

(3) Pallavicini, tom. II, pág. 1124.


100 ÜN CONCILIO ECUMÉNICO

tacion á las omnímodas atribuciones de la Silla romana por medio de la intervención prudente de la Iglesia congregada , habia de introducir la discordia j la separación de las tribus en el pueblo escogido. Hay ocasiones en que, asi como los dioses tenian á des- gracia la inmortalidad , los depositarios de una autoridad sin con- trapeso , se encuentran grandemente embarazados y contrariados por la inmensa responsabilidad que su omnipotencia les impone. La plétora mata también como la anemia , y uña diminución , ó mejor repartición de fuerzas , heclia á tiempo , suele restablecer el equilibrio y conjurar crisis gravísimas.

Baj o la acción de distinto criterio , sin embargo, fueron examinadas y resueltas estas cuestiones por los que tomaron á su cargo la defen- sa extremada del principio de autoridad en sus diferentes órdenes y formas. El Conde de Maistre , especialmente al explanar y soste- ner la tesis de la supremacía pontificia , no solo desplegó en contra de los Concilios ecuménicos el vigor y la incisiva argumentación de su afilada dialéctica , sino que á expensas de aquellas augustas reuniones , no tuvo escrúpulo tampoco en dejarse inspirar algunas veces por la vena sarcástica de su temperamento. La exageración de su espíritu esencialmente paradójico le arrastró algunas veces á tocar los límHes de la impiedad. Solo así puede explicarse el que después de algunas salvedades sobre la forma , manifieste hallarse sustancialmente de acuerdo ( 1 ) con la siguiente reflexión que el Concilio de Trento sugiere al célebre historiador y filósofo inglés Hume: «El de Trento es el único Concilio que se haya celebrado en un siglo verdaderamente ilustrado y observador, por cuya razón no debemos esperar que se celebre otro , hasta que la extinción del saber y el imperio de la ignorancia preparen de nuevo el género humano á estas grandes imposturas.» Miedo y lástima causan estas deplorables aberraciones de inteligencias tan sublimes , y es que el genio no reconoce miramientos ni trabas , obra como impulsado y poseído por un agente de superior naturaleza; se cree por decirlo así, la encarnación en la personalidad humana de una partícula infini- tesimal de la sustancia divina. Cuando el Marqués de Valdegamas se dirige al Papa (2) para denunciarle la .protección y estímulo que encuentran en algún miembro del episcopado francés (Mgr. Dupan-

(1) Bu Pape, edit. Charpentier, 1841, pág. 26.

(2) Obras de Donoso Cortés, edición de Tejado, tomo IV, pág. 385 y si guientes.


EN EL SIGLO XIX. 101

lóup), las críticas bajo el punto de vista católico de su Ensayo más que un subdito humilde, parece un Soberano que trata de potencia á potencia con su ig-ual ; más que un cristiano ávido de doctrina y temeroso de haberse equivocado , se da los aires de maestro y toma la actitud de un consejero impaciente y lleno hasta rebosar de la bondad de su dictamen. Las protestas de su- misión no escasean ciertamente ; las expresiones más exquisitas de respeto están sembradas en su escrito con profusión copiosa ; pero al través de esta tenue superficie , de este ligero baño de obsequio- so rendimiento, se dejan percibir, bien á las claras, los movimien- tos íntimos de la soberbia próxima á reventar y desbordarse. No bajo otro aspecto se nos presenta la figura del Conde de Maistre al tratar, marcándola con el sello peculiar de su gigantesca inteli- gencia, la delicada materia de los Concilios generales. Veamos cómo se explica en una de sus obras más notables y generali- zadas (1).

«En los primeros siglos del cristianismo , fácilmente podían los Concilios congregarse con frecuencia, porque siendo la Iglesia mucho menos numerosa , y concentrada la unidad del poder en la cabeza de los Emperadores , le era así dable reunir un número su- ficiente de Obispos para imponerse desde luego , no siendo menes- ter más que el asentiminto de los restantes. Y sin embargo de esto, ¡ qué de disgustos y de inconvenientes para reunirlos !

»Pero en los tiempos modernos , después que el mundo culto se ha encontrado por decirlo así , desmenuzado en tantas porciones de soberanías , viéndose además inmensamente agrandado por el va- lor de nuestros navegantes , un Concilio ecuménico no puede pasar de considerarse como una quimera. Solo para convocar á todos los Obispos, y para justificar legalmente la convocación, cinco ó seis anos no serian bastantes.

»No me hallo muy lejos de creer que si alguna vez una asam- blea general de la Iglesia pudiera creerse necesaria, lo cual de nin- guna manera me parece probable, no se viniese á parar , siguiendo las ideas dominantes del siglo, que siempre ejercen una cierta in- fluencia en los negocios, á una asamblea representativa. Siendo la reunión de todos los Obispos moral , física y geográficamnte impo- sible^ ¿por qué cada provincia católica no enviaría á los estados ge- nerales de la monarquía? »

(1) Du Pape, edit. Charpentier, 1841, páginas 11 y siguientes.


102 ÜN CONCILIO ECUMÉNICO

»Por lo demás no he tratado en modo alguno de disputar la emi- nente prerogativa de los concilios generales, aunque no puedo menos de reconocer los inconvenientes inmensos de estas grandes asambleas , y el abuso que se hizo de ellas en los primeros siglos de la Iglesia. Los emperadores griegos cnjo furor teológico es uno de los grandes escándalos de la historia, estaban siempre dispues- tos á convocar concilios, y cuando absolutamente lo querían era preciso consentir en ello, porque la Iglesia no debe rehusar á la soberanía que se obstina en su propósito , nada de donde nazcan

inconvenientes Los Emperadores en los primeros siglos de la

Iglesia no necesitaban más que su voluntad para reunir un Conci- lio , y su voluntad lo quiso con demasiada frecuencia. Los Obispos por su parte se acostumbraron á mirar estas asambleas como un tribunal permanente , siempre abierto al fervor y á la duda , y de aquí la frecuente mención que hacian de ellas en sus escritos y la extraordinaria importancia con que las consideraban. Si hubieran conocido otros tiempos, reflexionado sobre las dimensiones del globo y previsto lo que algún dia habia de suceder en el mundo , habrían comprendido perfectamente que un tribunal accidental , dependiente del capricho de los príncipes y de una reunión excesivamente rara y difícil , no podía haber sido la escogida para regir la Iglesia eter- na y universal. Por eso cuando Bossuet pregunta con ese tono de superioridad que á él acaso puede perdonársele mejor que á ningún otro hombre : «¿Por qué tantos concilios si la decisión de los Papas bastaba á la Iglesia?» El Cardedal Orsi le responde muy oportuna- mente : No nos lo preguntéis á nosotros , no se lo preguntéis tam- poco á los Papas Dámaso, Celestino, Agathon, Adriano, León, que anatematizaron todas las herejías desde la de Arrio hasta la de Eutiques , con el consentimiento de la iglesia ó de una inmensa mayoría , no pensando jamás aquellos que para reprimirlas te- nían necesidad de los concilios ecuménicos. Preguntádselo á los Emperadores griegos que han querido los concilios , que los han convocado , que han exigido el asentimiento de los Papas , que han promovido inútilmente esos alborotos en la Iglesia (1). »

La imperfección de la humana inteligencia , y la debilidad cons- titucional de sus más sobresalientes facultades , nunca resalta tanto

(1) Jos. Ang. Orsi, Be irreformahili rom. Pontificis in definiendü fidd controversiis judicio. Eomoe 1772, in 4.° Tom. III , lib. II, cap. XX, páginas 183 y 184.


EN EL SIGLO XIX. 103

como en los errores del g'énio, como en sus desvarios y caídas (1). Ahí está el Conde de Maistre , espíritu que se eleva sobre el nivel común innumerables codos. Lo atrevido y solemne de sus afirma- ciones, la seguridad arrogante con que señala á lo porvenir su itinerario, le dan el aspecto de un iluminado, de un profeta. Hace cincuenta años debía ser para los adeptos de su doctrina poco me- nos que artículo de fe lo inútil, lo improbable , lo quimérico de un nuevo Concilio general. El virus de la rabia teológica que agitaba á los Emperadores orientales , causa según de Maistre de la fre- cuencia con que se tenían los Concilios en la vida primitiva de la Iglesia no se había comunicado ni trasmitido á sus hermanos de Occidente, Y lueg'o las distancias enormes, la división casi mole- cular de los Estados , los seis años por lo menos que habían necesa- riamente de invertirse en la convocatoria , y tantas otras circuns- tancias como se acumulaban para hacer moral, física y geográfi- camente imposible la reunión de los Obispos , debía quitarnos toda esperanza racional de que en la edad moderna se reprodujese aquel magnífico espectáculo. Los Concilios han hecho su tiempo , pertene- cen á la historia, actiim est de illis. Tal es la sentencia pronunciada por el inspirado Pontífice de la secta, y llevada y repetida de confín en confín por el innumerable y disciplinado ejército de sus afíliados y discípulos. Y, sin embargo, para ejemplar castigo de nuestra va- nidad , para eterna confusión de nuestro orgullo, para que aprenda- mos á ser más contenidos y reservados en nuestras previsiones , la civilización moderna ¡raro fenómeno! ha hecho que un Concilio ecu- ménico sea hoy moral ,fisica y geográicamente no solo posible sino fácil ; ha hecho , no solo que sea fácil , sino que esté en vísperas de realizarse con aplauso general de los cristianos, y con la simpática expectación de los libres pensadores. Y no por efecto de la manía ó rabia teológica de ningún Soberano , no porque el Pastor supremo de los fíeles se vea forzado á ello por la dureza de una mano extra- ña , sino porque así lo ha pensado y decretado sin otro móvil que su propia y espontánea inspiración.

Y al llegar aquí no podemos dominar el impulso que experimen- tamos de admirar y bendecir la inefable sabiduría con que la Pro- videncia convierte el mal en bien , y hace que el influjo y acción de

(1) En nuestro próximo artículo nos ocuparemos detenidamente en refutar los argumentos que se alegan contra los Concilios generales, fundándose en los pasajes de San Gregorio Nacianceno y Pallayicini, que hemos trascrito.


104 UN CONCILIO ECUlsréNlCO

las cosas humanas, aun de los espíritus rebeldes sirvan de ins- trumento, y concurran á la realización de sus altos designios.

¿ A quién se debe que hayan desaparecido las distancias y que los cálculos desconsoladores del Conde de Maistre sobre la imposibili- dad física y geográfica de los Concilios generales resulten fallidos y quiméricos? A la electricidad y al vapor : á dos de los más por- tentosos descubrimientos del espíritu moderno.

¿Quién va suprimiendo las dificultades legales que en otro tiempo experimentaban los Obispos para comunicarse libremente con los sucesores de San Pedro , y para reunirse en torno suyo cuando la voz del Vicario de Cristo los llamaba? El espíritu moderno.

¿Quién ha hecho que el catolicismo prospere y florezca allí don- de antes era vilipendiado y perseguido? El espíritu moderno.

¿Quién ha podido conseguir que se allanen las barreras ante las cuales tenia que consumirse ocioso el ardiente celo de nuestros misioneros , y quién les garantiza hoy la irresponsable y libre pre- dicación del Evangelio en todas las más remotas y espaciosas re- giones del Oriente? El espíritu moderno.

¿ Quién ha hecho posible la emancipación de los católicos y el restablecimiento de la gerarquía en el reino unido de la Gran Bretaña? ¿Quién que el clero católico irlandés pueda reunirse, dis- cutir, acordar y publicar impune y libremente un manifiesto ( el llamado de Limerick) pidiendo, entre otras cosas de la más alta gravedad , que se suprima la unión parlamentaria y legislativa de Inglaterra con Irlanda? El espíritu moderno.

¿En nombre de qué principio va á desaparecer el gran monu- mento de iniquidad tres veces secular , que la política y las pasio- nes habían levantado en Irlanda para eterna ignominia del cruel fanatismo y de la bárbara intolerancia protestante? En nombre del principio de la Iglesia libre en el estado libre ; en nombre de la separación de la Iglesia y del Estado ; en nombre de la perfecta neutralidad de la ley, ante las guerras que se declaran y las ba- tallas que se libran las diferentes manifestaciones del sentimiento religioso ; en nombre en fin, del espíritu moderno.

¿A quién se debe que la exégesis racionalista, invadiendo tam- bién los impenetrables textos del Coran, los altere y solicite dulce- mente para mejorar la dura condición de los cristianos que viven bajo la obediencia del Califa, para derogar una de las leyes (1) de

(1) La que prohibe á los cristianos adquirir bienes raices.


EN EL SIGLO XIX. 105

la constitución interna , no ya de aquel gobierno sino de aquella sociedad ; para hacer que la cruz comparta con el turbante su in- fluencia y representación en los consejos del imperio? ¿A quién, á quién se debe? Es indudable que á los progresos que ha hecho el espíritu moderno.

¿ X quién se debe que sean ya poco menos que curiosidades ar- queológicas las eternas disputas de la superioridad del Papa ó del Concilio , las rivalidades y querellas de los ultramontanos y janse- nistas, y el extraño fenómeno de aquella marcha á paso redoblado con que en España y otros países se hizo trasponer las fronteras á los hijos de San Ignacio? Al espíritu moderno.

¿A quién se debe que aun aquellos prelados que viven bajo el régimen del placei ejerzan su ministerio pastoral con la más res- petada independencia , y puedan dirigir públicamente vivos ata- ques á los acuerdos y opiniones del poder civil sin temor de que á mano real se recojan sus escritos , ó de un fracaso como el que con menor motivo acaeció, va para cien anos, á un Obispo de Cuenca? Al espíritu moderno.

¿A quién se debe el que si el Papa estima hoy conveniente cele- brar un Concilio, porque así lo reclaman las necesidades de la Iglesia , no se vea como en otro tiempo precisado á implorar y ga- nar voluntades de Emperadores , Príncipes y Reyes , á sufrir sus altaneras é impertinentes exigencias , á tolerar sus veleidades , á presenciar sin fuerza ni medios de impedirlo que escogiten y pro- mulguen formulas dogmáticas , como si á ellos y no á Pedro y á los compañeros de Pedro se les hubiese dicho ite et docete'i Al es- píritu moderno.

¿A quién se debe que altas inteligencias no católicas , compren- diendo en esta negación desde el protestante hasta el indepen- diente de toda relig-ion positiva, y aun acaso de toda religión, hayan depuesto rancias y estrechas preocupaciones , y sean los pri- meros en pedir que se respeten las garantías materiales de que el largo trascurso de los siglos dotó á la institución divina del Papa- do? Se debe ¿á qué negarlo? á la intervención del espíritu moder- no. Introducidle en Rusia; haced que se empapen en las suaves y calmantes emanaciones que despide el jefe y los procónsules de aquel inmenso imperio , y veréis cuan en breve la causa de la hu- manidad y de la fe católica principian á verse libres de la horrible tortura que sufren hoy en la patria de los Jagellones y Sobiestkis.


IW UN CONCILIO ECUMÉNICO.

Líbrenos Dios, sin embargo, de hacer la glorificación y apoteosis de aquel espíritu ; en todo caso altas y respetables conveniencias cerrarían herméticamente nuestros labios ; pero tómese y pase al menos como el cumplimiento de una obra de misericordia la ale- gación en su favor de las circunstancias atenuantes para templar en algo , si es posible , el rigor de la sentencia , bajo cuyo peso ha sucumbido y gime.


V.

El ascendiente que sobre el Conde de Máistre suele tener la pa- radoja , no le impide sin embargo , rendirse á la evidencia , y sa- crificar algunas veces las admirables excentricidades de su espíritu en el altar modesto y silencioso del sentido común. De ello es una prueba irrefragable el paralelismo que establece, en uno de los más interesantes capítulos de la obra que dejamos citada , entre los Estados generales ó Parlamentos y las grandes asambleas de la Iglesia. En efecto , cuanto más se reconocen y examinan los mo- numentos que nos restan sobre su historia íntima, sobre las formas, vicisitudes é incidentes de su convocación y deliberaciones , sobre los medios y recursos empleados dentro de su seno para sacar triun- fantes las opiniones é intereses contrapuestos que en ellos se agita- ban y se hacían en ocasiones dadas áspera y cruda guerra ; cuanto más se frecuentan , siguiendo el hilo conductor de las relaciones coetáneas, los caminos tortuosos ó llenos de rodeos por donde se llegó muchas veces á pronunciar la perfecta definición de un dogma ó á decretar alguna importante y saludable reforma en la disciplina, tanto más se convence uno del fondo de razón , justicia con que el Conde de Maistre califica (1) de apremiante, luminosa y decisiva la comparación entre los Parlamentos y los Concilios , y de la alta im- parcialidad que , no obstante sus arraigadas prevenciones , le per- mite declarar francamente que «los Concilios, cuando no de derecho eclesiástico , serian de derecho natural , porque nada lo es más que el que toda asociación humana se reúna de la manera que puede realizarlo , es decir , por medio de sus representantes presididos por un jefe , con el fin de hacer leyes y velar por los intereses de la comunidad. » Hasta tal punto creemos que se pueden llevar esta

(1) Dn Pape^ pág. 22.


EN EL SIGLO XIX. 107

asimilación y paralelo, que si no temiéramos alargar demasiado el presente trabajo, acometeríamos, y nos lisonjeamos que con éxito , la empresa de probar que serán pocos los artículos esenciales de nuestras modernas constituciones, pocas las disposiciones im- portantes comprendidas en los reglamentos de las Cámaras , pocas esas prácticas parlamentarias tan rudamente maltratadas hoy por ciertas gentes , pocos los movimientos y combinaciones , cuyo conjunto forma lo que Bentbam llama táctica de las a.samhleas legislativas , de que la historia de los Concilios generales , estu- diada con ánimo imparcial y sereno , no nos ofrezca sorprendentes ejemplos de analogía y semejanza.

Los Papas convocan , suspenden , prorogan , trasladan , disuel- ven y cierran los Concilios como las Cámaras los Reyes. Los Papas se hacen representar algunas veces por sus legados , como los Mo- narcas constitucionales por sus Ministros. Aquello en que convie- nen los legados y el Concilio no tiene fuerza obligatoria mientras no recaiga sobre ello la confirmación del Sumo Imperante espiri- tual ; asi como las resoluciones de las Cámaras , aun suponiendo que hayan sido adoptadas de acuerdo con los Consejeros respon- sables , son una letra muerta mientras no reciban la sanción del Monarca. Ciertas medidas de carácter grave , y que para su com- pleta legalidad habrían necesitado el concurso previo de los repre- sentantes del país , se toman sin embargo , por exigirlo asi las circunstancias sin aquel requisito, á reserva de obtener la ratihabi- ción correspondiente ; de la misma manera vemos que repetidas veces , aunque no siempre por cierto lisa y llanamente , los Conci- lios ratifican y aprueban las decisiones pontificias , cuando estas no se han dado ex catliedra. Las congregaciones particulares , la congregación general y la sesión llamada pública de los Concilios, vienen á ser lo que las comisiones , la discusión y la votación defi- nitiva de las leyes de nuestros Parlamentos. En los Concilios habla doctores encargados de sostener tesis determinadas y de llevar el peso de los debates que acerca de ellas se empeñasen ; de esto , co- mo se ve , son una imitación aproximada los que hoy llamamos Comisarios. Los notarios encargados de recoger y fijar los discur- sos y arengas de los Padres pueden sin violencia equipararse á los actuales estenógrafos. Cuando vemos á los Arzobispos de Palermo y de Milán dirigir al de Arles (1) en el Concilio de Basilea vio-

(1) Pallavicini, tomo II , pág. 62.


108 UN CONCILIO ECUMÉNICO

lentos reproches , porque para trabajar sus votos y explanar y hacer triunfar sus opiniones, acostumbraba á valerse de ciertos hombres de algún saber y fácil pluma , y cuando los vemos in- sultar á estos mismos hombres, llamándoles gavilla de escribi- dores y pedantes [colluvies copistarum et pedagogorum) se nos figura estar oyendo las duras invectivas de que los periodistas hemos sido blanco por Parte de algunos Padres , no sabemos si Santos , de nuestros Concilios civiles. ¿ Se trata de rivalidades de poder y de celos de.prerogativa? Pues recuérdense entre otros ejemplos que pudiéramos citar , las ruidosas y empeñadas dispu- tas á que en el Concilio de Trento dio lugar la famosa cláusula proponentihus legatis que muchos Obispos , y entre ellos con sin igual vigor los españoles, rechazaban como atentatoria á la inicia- tiva que en su sentir correspondia indistintamente á todos los que por derecho propio tenian señalado su asiento en el Concilio. Mayo- rías y minorías , grupos y fracciones bien difíciles por cierto de ma- nejar , disciplinar y conducir , se formaban en los Concilios ecumé- nicos lo mismo que en nuestras Asambleas ; y también allí como aquí se aplazaban , ladeaban y abordaban de soslayo las cuestio- nes , ó se resolvían á medias ó en términos prudentemente anfibo- lógicos. Por vía de cautelosa precaución ó en la previsión de futu- ros contingentes solían hacerse promociones extraordinarias, ó si se quiere, hornadas (1) de Cardenales para reforzar el Sacro Colegio en un sentido dado , como las prácticas parlamentarias lo aconse- jan á veces respecto á los Senados ó Cámaras de Pares ó de Lores. Los más expertos y sagaces entre los leaders de los modernos Parlamentos , los más hábiles y fecundos en recursos para dominar situaciones de difícil salida, podrían con gran provecho buscar lecciones prácticas de savoir faire en la manera con que los repre- sentantes del Papa desempeñaban la pesada tarea de entenderse y venir á un acuerdo con los miembros, algunos intratables, del Con- cilio. La prudencia de que en Trento dieron insignes muestras los legados , y la astucia con que acertaron á remover ó neutralizar ciertos obstáculos , es una obra magistral de ingenio y travesura; juzguen sino por las siguientes declaraciones que con su cando- rosa y angelical ingenuidad estampa Palla vicini (2).

(1) Rolirbaclier, tom. XXI, pág. 508-9.

(2) Lechigadas las llama el célebre D. Antonio Agustín, Obispo de Lérida, en carta escrita desde Trento á 16 de Mayo de 1562, á Francisco de Vargas,


EN EL SIGLO XIX. 109

« Lo que á los legados surtió mejor éxito fué separar con maña los padres en tres congregaciones particulares que debían cele- brarse en casa de los tres legados. Dos [de estas congregaciones debían ser presididas por los delegados de los Cardenales Pacheco y Madrucci. La razón aparente que hacia á los Presidentes propo- ner esta medida , y que obligó á los Obispos á aceptarla en la Con- gregación general (1), es que (2) en tres lugares distintos se tra- tarian en menos tiempo más materias; que se discutiría sin la con- fusión á que siempre da lugar en las deliberaciones la multitud de los que toman parte en ellas , y con toda la libertad que se puede dar fuera del sitio de las sesiones públicas , hablando cada uno á su gusto , en latin ó en su propia lengua y familiarmente. Pero los legados en el fondo de su corazón se proponían otras tres ventajas. La una era dirigir la multitud (que se debilitaría dividiéndola en tantos arroyos) con más facilidad que reunida , puesto que así hu- biera formado un vasto rio ; la otra era romper, por medio de esta división , X'Q.'^ facciones j las li^as, en las que los Obispos hubieran podido dejarse arrastrar cediendo á la autoridad ó á los artificios de uno solo ; la tercera era impedir que algún espíritu inquieto, pero fogoso y elocuente , lanzase de golpe toda la Asamblea en al- guna resolución siniestra. »

Estas palabras no necesitan comentarios. Por ellas se ve y resul- ta claramente que ese trabajo que consiste en explorar á todas ho- ras los fluctuantes sentimientos y la movible opinión de una asam- blea , en sacar partido de la disposición de ánimo de los individuos que la componen , y hacer concurrir sus aficiones , antipatías , de- fectos , cualidades , flaquezas y pasiones al fin que se desea ; que ese trabajo verdaderamente doctrinario de contemporización y de equilibrios , que con una expresión gráfica en extremo , ya que no en extremo primorosa , llamó tecleo el actual señor González Bra- vo en una sesión reciente del Congreso, es un trabajo que nace con la ni'ayor espontaneidad, y se impone por si mismo fatalmente, sin necesidad de que Benjamín Constant ni que Guizot hayan ve- nido al mundo con la misión expresa de inventarla. El procedi- miento anti-canónico de algunos de los Padres de los Concilios de

Embajador de Felipe II en Roma.— Vid. Ramiro y Tejada, Colección de Ca- ñones de la iglesia de España y América, tomo IV, pág. 661.

(1) Del 22 de Enero de 1546.

(2) Carta de los legados al Cardenal Farnesio, del 11 de Febrero de 1646.


lio . ÜN CONCILIO ECUMÉNICO.

Pisa , Constancia y Basilea pueden servir de modelo á cualquier asamblea popular que henchida con el viento de una desapode- rada ambición quiera lanzar su vuelo á las tempestuosas reg-iones en que se agitan los elementos revolucionarios.

Negar al Papa los subsidios y la facultad de imponer contribu- ciones (1), erigirse en una especie de Convención, resumir todos los poderes , declararse superior á todas las potestades sagradas y pro- fanas , investirse de una omnímoda é ilimitada dictadura , y en vir- tud de ella procesar , condenar , excomulgar , deponer y elegir je- fes supremos de la Iglesia; anunciar atrevidamente la resolución de acometer la reforma profunda , in capite et in membris , de los deplorables abusos que afeaban el cuerpo de la disciplina y las cos- tumbres, todo esto lo hablan intentado los Concilios, si bien en sesiones anti-canónicas, mucho antes que Inglaterra y Francia hu- bieran contristado el mundo con el terrible drama de sus revolu- ciones.

Cuando en muchas asambleas deliberantes ocurre alguna de esas escenas de tumultuosa agitación , á que por desgracia se prestan fácilmente las pasiones ardientes y encontradas, hay una cierta escuela que , afectando desconocer la flaca condición de la natu- raleza humana , pretende hacer responsable de este fenómeno , tan antiguo como la sociedad , á una forma política determinada , que en son de menosprecio, desig-na bajo el nombre diQ parlamenta- rismo. Pues bien, si hubiéramos asistido á las congregaciones que celebraban los padres de los concilios ecuménicos; si nos fueran conocidos todos los incidentes de sus prolijas y animadas contro- versias , si en los tiempos á que nos referimos existieran esos Dia- rios oficiales en que ae consignan los discursos , las frases aisladas, las palabras sueltas , las interrupciones , y hasta la más tenue ex- presión de los diferentes afectos que en momentos dados dominan el corazón de la asamblea ; si entonces fuese ya conocida esa nueva calamidad que aflige á la época presente , el periodismo , que se encarga por medio de sus enojosas é indiscretas crónicas de no dejarnos ignorar la manera harto prosaica y realista con que mu- chas veces en los pasillos y salones se prepara la decisión de los asuntos más arduos y espinosos ; si tuviéramos respecto á los conci- lios todos estos medios de minuciosa información, veríamos que, salva por supuesto la fe de la autoridad é infalibilidad de sus deci . (1) Kohrbacher, tomo XXI, pág. 484,


EN EL SIGLO XIX. 111

síones ecuménicas en materias dogmáticas y morales , el homo sum et niMl fiumani a me aliemtm, puto alcanza por ig-ual á todos los que , separados ó reunidos , dentro del concilio ó fuera de él , par- ticipamos , bien á pesar nuestro , de la fatal herencia con cuya for- zosa aceptación nos han gravado nuestros primeros padres, sin dejarnos siquiera el recurso al beneficio de inventario. No abriga- mos la absurda pretensión de , en materia tan grave , ser creídos bajo nuestra palabra, y por eso vamos á presentar á la vista de nuestros lectores dos solos ejemplares, escogiéndolos entre los mu-" chos que el tipo nos ofrece. El uno está tomado del Concilio de Calcedonia , y con el otro nos brinda el de Trento : Rohrbacher y Palla vicini van á ser nuestros fieles y seguros guias.

En el Concilio particular de Constantinopla celebrado en 448 y presidido por el Patriarca San Flaviano, fué condenado á instan- cia de Eusebio de Dorilea el archimandrita Eutiques como autor de la herejía del monofisismo ó sea de la negación de la doble na- turaleza divina y humana de Jesucristo, después de verificada la encarnación. Altos personajes que en la corte apoyaban á Eutiques y eran enemigos de Flaviano pudieron obtener del Emperador Teodosio que convocase un nuevo Concilio con el fin ostensible, según las cartas de convocación , de terminar una cuestión de fe entablada entre Eutiques y Flaviano; pero realmente con el pro- pósito deliberado de arrancar de los miembros del Concilio por- to- dos los medios, sin exceptuar el de la violencia, la rehabilitación del heresiarca, la condenación de Flaviano y la deposición de Teodoreto de Tyro y de otros Obispos. La intriga tuvo un éxito completo, gracias á la coacción material de que fueron victima los Obispos orientales, y alas artes odiosas que se pusieron en juego para hacerles suscribir la condenación de Flaviano. De ahi que esta reunión de Obispos sea conocida en la historia eclesiástica con el nombre de latrocinio de Efeso , que fué la ciudad en que se celebró. El Papa San León no contento con haber anulado en un Concilio numeroso de los Obispos de Italia y de Occidente tenido en Roma los actos de aquel abominable conciliábulo , pidió y ob- tuvo de Marciano, sucesor de Teodosio, la celebración de un Con- cilio ecuménico, dirigido á poner definitiva é irrevocablemente término á las turbulencias y escisiones producidas en la Iglesia por el eutiquianismo, y á desagraviar solemnemente á los Obispos que por causa de la firmeza de sus convicciones ortodoxas hablan


rll2 ÜN. CONCILIO ECUMÉNICO

áido maltratados y depuestos. El Concilio, que es el cuarto de los ecuménicos, se reunió en Calcedonia, y en él estuvo representado Marciano por los principales dignatarios del imperio , que asis- tieron en calidad de moderadores del Concilio , dirigieron sus procedimientos y redactaron los acuerdos y conclusiones con- forme á los votos emitidos por los Padres. La escena que vamos á referir tuvo lugar en la sesión de apertura (8 de Octubre de 451) y para mayor seguridad nos limitaremos á trasladar la descripción que de ella hace un autor nada sospechoso, y perfectamente ir- reprochable bajo el punto de vista de sus opiniones religiosas: este autor es Rohrbacher (1).

«Teodoreto entró. Pero tan luego como apareció, los Obispos de »Egipto, de Iliria, y de Palestina gritaron ¡misericordia! ¡la fe está »perdida! ¡los cánones le arrojan! ¡echadle fuera! Los Obispos de »Oriente, del Ponto, de Asia y de Tracia gritaron por el contrario: » ¡Hemos firmado en blanco! ¡Se nos ha obligado á firmar á bastona- »zos! ¡Arrojad los maniqueos! ¡Arrojad los enemigos de Flaviano! >>¡ Arrojad los enemigos de la fe! Teodoreto se adelantó hacia el me- »dio y dijo: He recurrido al Emperador; he expuesto las crueldades »que he sufrido; pido que mis reclamaciones se examinen. Los ma- »gistrados dijeron: El Obispo Teodoreto habiendo recibido su ca- »rácter del Arzobispo de Roma entra ahora en calidad de acusador. »Consentid para evitar confusiones que se termine lo principiado. »La presencia de Teodoreto no perjudicará á nadie : todos los dere- »chos que 'podáis tener contra él , y él contra vos serán manteni- »dos principalmente toda vez que se muestra ortodoxo, y que el »Obispo de Antioquia le abona. Hicieron que Teodoreto se sentase »en medio, como Ensebio de Dorylea. Los Orientales exclamaron »entonces: ¡Es digno, es digno! Los egipcios gritaron: No le 11a- »meis Obispo, no lo es! ¡Arrojad al enemigo de Dios! ¡Arrojad al »judio! Los orientales replicaron: ¡El ortodoxo en el Concilio! »¡ Echad los sediciosos! ¡Echad los asesinos! Continuaron algún »tiempo gritando de este modo los unos y los otros. Por último, »los magistrados dijeron: esos gritos propios del populacho no «sientan bien á los Obispos, y de nada sirven á las partes; sufrid »que se lea todo.»

Sírvanse nuestros lectores contemplar durante un breve rato con un poco de atención y de mental recogimiento el cuadro que prece-

(1) Histoire de l'Eglise, tom. VIII, pág. 238.


EN EL SIGLO XIX. 113

de, y hecho, prepárense con nosotros á saltar once siglos y á exta- siarse delante del que va á presentar á nuestra vista , pintado con una verdad incomparable, el jesuíta y Cardenal Pallavicini(l).

«Se habia llegado al dia 1.° de Diciembre (1562) y Melchor de » Vozmediano , Obispo de Guadix , debia exponer aquel dia su opi- wnion sobre el último canon que sostenía que los Obispos son nom- »brados por el Papa in partem soUicitudinis , y que los promovidos »por él deben de ser mirados como verdaderos Obispos. Mas el pre- »lado español sustuvo que era preciso expresarse en términos más »ámplios y con menos restricción , puesto que si alguno es elegido »conforme á los cánones de los Apóstoles y del Concilio de Nicea, »queda hecho verdadero Obispo, aun cuando no haya sido nombra- »do por el Papa. Estos cánones establecen que el Obispo será orde- »nado y consagrado por el metropolitano , sin hacer mención del »Papa. Por otra parte, no se veia que este derecho de elección, »exclusivamente reservado al Soberano Pontífice, hubiese sido san- »cionado por la costumbre universal de la Iglesia. Los Crisóstomos, »los Nicolás , los Ambrosios, los Agustinos , y otros muchos Obis- »pos legítimos no habían sido elegidos por el Papa ; y mejor que »todo esto, ¿no se tenia á la vista el ejemplo del Arzobispo de »Saltzbourg que elevaba por si mismo á la dignidad de Obispos sus »cuatro sufragáneos , sin que el Papa interviniese en esta promo- »cion. Habiendo oído estas últimas palabras el Cardenal Simonetta, »y temiendo que propagasen la opinión que favorecían , interrum- >píó dulcemente al orador para hacerle notar que el Arzobispo »de Saltzbourg obraba asi de acuerdo con un privilegio partícu- »lar, y en virtud de la autoridad pontificia que al efecto le es- ataba conferida. Pero mientras que Vozmediano suplicaba al Le- »gado le dejase continuar hasta el fin, algunos Prelados, por »un celo imprudente ó afectado, gritaron: ¡Fuera! ¡Fuera!! Otros »se pusieron furiosos hasta decir : ¡Anatema! En todas partes reso- »naban iguales injurias; otros , en fin , trataban de cortarle la pala- ))bra por medio de patadas ó silbidos. Entre los nombres de los más »encarnizados hallo los de Tomás Caselio , Obispo de Cava , de Gui- »lles Falcetta, que no había dejado aun el obispado de Caurlí, y, »cosa aun más sorprendente por la dignidad del personaje , el de »Juan Trivigianí, Patriarca de Venecia. Pero lo que traspasó todos »los limites de la inconveniencia y de la ligereza fué extender la falta

(1) Pallavicini, tomo III, página 48.

TOMO II. 8


114 UN CONCILIO ECUMÉNICO.

»de un individuo á una nación entera , mientras que podia no cul- »parse más que á un hombre solo. Alguno hubo en la Asamblea que »se atrevió á decir : Nos dan más que hacer esos españoles que quie- y>ren echarla de católicos, que los mismos herejes; á lo que los espa- »ñoles , dirigiéndose á sus adversarios , contestaron con desprecio: y> Aquí no hay más herejes que vosotros. En medio de un tumulto tan »g'rande costó gran trabajo á los Legados conseguir que se permi- »tiese continuar al orador.


»E1 Cardenal de Lorena en el momento de mayor desorden dijo (1) »en voz baja por lo que le oyeron pocos Prelados , pero con el sem- »blante conmovido , lo que fué causa de que todos lo notasen : Estas amaneras son las más inconvenientes ; nunca hubiera esperado una y>cosa parecida. Un momento después , Visconti y el Obispo de Ver- »ceil , aproximándose á él mientras que todavía hablaba sobre este »incidente , tuvieron cuidado de retener estas palabras : iSi la victi- >^ma de tal infamia hubiese sido un francés inmediatamente hubiera »apelado de esta Asamblea á un Concilio más libre , y si no se y>reprimen estos abusos volveremos todos á Francia : esto ha sido >yuna gran insolencia. y>

Contra nuestro propósito, hemos alargado acaso más de lo debido la serie de comparaciones, que después de todo no dejan de ser curiosas é instructivas, éntrelas asambleas cosmopolitas de la Iglesia católica y los Parlamentos ó grandes juntas nacionales. Y eso que lejos de haber tratado, apenas si hemos desflorado una materia sobre la cual solo por incidencia y con ocasión de los ligeros toques de que en el libro del Conde de Maistre ha sido objeto, nos hemos dejado insensiblemente deslizar. Pero nuestra natural inclinación á consi- derar (en cuanto lo permiten las escasas fuerzas de nuestra inte- ligencia), las cosas en sus más generales relaciones, y l-dpolztico- mania que como la rabia teológica á los Emperadores de Oriente, en más ó menos grado nos tiene á todos poseídos , han sido causa de esta que á muchos parecerá impertinente digresión. La Religión y la Política , el Sacerdocio y el Imperio , la Iglesia y el Estado no pueden permanecer jamás en una situación de mutua y abso- luta indiferencia. Serán enemigos ó aliados ; se profesarán amor ú odio ; es más , llegarán á intentar por medio de alambicadas fór- (1) Actas de Paleoto, y relación del Embajador venciauo.


EN EL SIGLO XIX. 115

muías, dar á sus relaciones el carácter de un modus vivendi ensi- mismado y frió ; pero vivir como sino se conociesen , como vivian entre si los antipodas antes de los descubrimientos de Colon , es imposible. Los Concilios se ocuparon en asuntos de gobierno , y las Cortes ó Estados generales en materias propias de los Concilios, cuando los Concilios y las Cortes no se confundían en una misma institución. Los grandes Emperadores y Reyes, Constantino, Cárlo- Magno , Carlos V, Felipe II y Napoleón I, dejaron impreso el sello de su excepcional personalidad sobre las cuestiones religiosas de la época en que reinaron ; asi como los Papas más ilustres desde Gre- gorio VII hasta Pió IX , se han distinguido siempre por la influen- cia poderosa que ejercieron en la política de su tiempo. La sínte- sis católica de la religión y la política fué la preocupación cons-' tante de Balmes y Donoso; por defenderla y contribuir por su parte á la realización de aquella síntesis , ejecutaron esfuerzos in- creíbles de talento , de ciencia y de virtud ; tuvieron hasta la ab- negación ¡qué escándalo! de hacerse periodistas. Los escritos de Maistre y de Bonald , de Chateaubriand y de Guizot , de Gioberti y Ventura de Ráulica, y de los jefes y principales órganos de to- das las escuelas , demuestran irrefragablemente el estrecho enlace de estos dos grandes órdenes de ideas. Dios los ha hecho insepara- bles y escrito está que quod Deus conjuxit , homo non separet.

En el artículo que próximamente dedicaremos á la materia sobre que versa el epígrafe que encabeza el presente , se nos pre- sentará más de una ocasión de hacer constar esta indisoluble in- timidad.

Juan de Lobenzana.


RAIMUNDO LULIO y DON JUAN MANUEL[editar]

(SIGLOS XIII Y XIV.)

ESTXJOIO LITEFtARIO.


SUMARIO. I.

Juicios de los críticos modernos sobre D. Juan Manuel. — Exageraciones en estos juicios. — Originalidad de los libros de D. Juan Manuel. — Imita á Rai- mundo Lulio. — Comparación entre los libros del escritor castellano y del poeta catalán. — Cuestión cronológica. — Datos biográficos.

II.

Orígenes del arte simbólico de la Edad Media. — El libro de la caballería de D. Juan Manuel. — El libro de la caballería de Raimundo Lulio. — El libro del caballero y el escudero, de D. Juan Manuel. — D. Juan Manuel plagia las obras de Lulio.

III.

El libro de Blanquerna, de Raimundo Lulio. — El de los Estados, de D. Juan Manuel. — Empleo de las formas simbólicas y alegóricas, por Raimundo Lulio. — El Palacio de los Mandamientos. — Las alegorías de la Fe, la Ver- dad y el Entendimiento. — Belleza de estas concepciones. — Forma nove- lesca del libro de Blanquerna. — Blanquerna Abad. — Blanquerna Obispo. — Utopia de Raimundo Lulio. — Blanquerna Papa. — Gobierno y régimen del mundo por el Pontificado ideal de Lulio. — El Papa y el Emperador unidos en la vida contemplativa. — Objeto del libro de Blanquerna. — Compara- ción con el de los Estados de D. Juan Manuel.— Sxiperioridad del escritor catalán.

L

Entre los nombres que ilustran la literatura castellana en el siglo XIV, no hay ninguno que compita con el de D. Juan Ma-


RAIMUNDO LÜLIO Y D. JUAN MANUEL. 117

nnel en el amor y en la estimación de la critica contemporánea. Su elevada alcurnia , la influencia politica que ejerció , sus afini- dades con Alfonso X de Castilla, lo grave y sentencioso de su inspiración y lo conservadas que han llegado á nosotros la mayor parte de sus obras , son , sin duda alguna , otros tantos motivos que explican el por qué Villemain , lo mismo que Clárus , Puibus- que, de igual manera que Wolf, Puymaigre, Baret, y sobre to- dos, D. José Amador de los Rios, se han consagrado á crear en torno del hijo del Infante D, Juan Manuel tal renombre de ciencia y de grandeza que ha llegado al punto de convertirlo en el astro de la primera mitad del siglo |XIV,

No desconozco que si todas las obras que debían componer las completas de D. Juan Manuel hubiesen llegado á nuestras manos, seria fácil argumentar en pro hasta del genio poético de D. Juan Manuel ; pero lo que no alcanzo es cómo tal asunto se hace tema de discurso , no existiendo huella alguna que nos permita conocer ni por inducción, los talentos poéticos del ilustre Procer de la corte de D. Alonso el Justiciero. De modo que si dejamos á un lado lo que D. Juan Manuel como poeta pudiera pensar y escribir, que da el estudio limitado al estudio del turbulento magnate como prosista; y ya en este terreno tampoco, en mi juicio, puede ni debe unirse al nombre de D. Juan Manuel el interesante fenó- meno de la introducción y difusión en la literatura peninsular del apólogo y de la fábula , puesto que mucho antes que naciese el sobrino de Alfonso el SaHo se empleaban ya estas formas del arte simbólico en las literaturas de la península , lo mismo que en la francesa y provenzal. Despojando á D. Juan Manuel del falso brillo y de la exagerada importancia que pudieran darle las noti- cias de su Libro de las Cantigas , del Arte de trovar, del Libro de los Sabios y del Libro de los Engennos , puesto que desgracia- damente no han llegado hasta'nosotros tales producciones, fuerza es considerarlo, por exigirlo asi la justicia, como uno de tantos imi- tadores de las formas simbólicas de la antigua literatura sánscrita, que la influencia arábiga, recogiéndola de la literatura zend, derra- mó en las costas del Mediterráneo para que cada pueblo , según su generalidad y tendencia , la modificase , empleándola en el desar- rollo de los diversos fines á que vive subordinado el arte durante el trascurso de la Edad Media en las literaturas occidentales.

Si no corresponde á D. Juan Manuel la gloria de haber intro-


118 RAIMUNDO JULIO

ducido en la castellana las formas orientales ; si en esto , como en el estado de la prosa y en el empleo y dirección de la lengua cas- llana, el suegro de D. Alfonso XI se muestra continuador y fiel discípulo de Fernando III y Alfonso X de Castilla , los datos para el juicio exacto y debido se reducen á los libros del Conde Luca- 7ior, del Infante ó de los Estados, al del Caballero y el Escudero, al de los Castigos y Consejos , y á producciones históricas me- nos importantes cuando se trata de estimar el ingenio y las consi- guientes dotes de inteligencia del escritor á que nos referimos.

¿Son originales estas producciones de D. Juan Manuel? Y en- tiéndase que al formular esta pregunta no la limito á entender si fueron de creación propia todos los elementos artísticos que entran en la composición del libro ; sino que la acepto respecto al libro mismo en su composición , en su fin , en el pensamiento ge- neral que lo engendra y lo domina ; y aun , circunscrita la pre- gunta á estos precisos términos , no titubeo en declarar mi pro- funda convicción de que el ilustre magnate castellano no puede ni debe ser tenido más que como traductor , compilador , y si se quiere expositor en nuevos libros de los de otro escritor , insigne en su tiempo , hoy olvidado y desconocido , y que no puede disputar á D. Juan Manuel la dicha de haber conservado al través del tiempo y de las edades , la estima y el respeto que consiguió de sus con- temporáneos.

¡Cuan diferentes destinos han tenido los dos escritores cuya importancia no es licito desconocer en el siglo XIV, y cuan volunta- riosa se ha mostrado la fortuna, despojando al uno de todos los timbres que supo conquistar con una vida heroica en virtudes y en letras , y convirtiendo respecto al otro el temor que infundían sus audacias y sus atrevimientos en la consideración y respeto de las generaciones siguientes!

Raimundo Lulio , después de una predicación intelectual y reli- giosa desestimada por Pontífices, Concilios, Monarcas y Señores: después de emular en ciencia Santo Tomás de Aquino y Scoto, después de demostrar la insuficiencia de la escolástica , de sufrir el martirio en las bárbaras costas del África como ardiente y exal- tado misionero , inició en las literaturas peninsulares así catalana como castellana la mayor parte de las inspiraciones que se des- arrollaron y crecieron en los siglos XV y siguientes.

Los historiadores modernos eligen para estudiar el carácter de


Y D. JUAN MANUEL. 119

D. Juan Manuel el Libro de la Caza, el Libro del Camllero et del Escudero, el Libro de los Estados del conde Lucano. Elijo yo entre los libros de Lulio , aceptando esta designación, á mi vez para el estudio comparativo entre D. Juan Manuel y Raimundo Lulio, el Libro Félix ó las maravillas del mundo , el Libro de Blanquerna y el Libro de la Caballería que son los más literarios y los que en mi sentir influyeron decisivamente en el carácter de las obras del hijo del Infante D. Juan Manuel.

No bay duda en cuanto á la cuestión cronológica: D. Juan Ma- nuel, según todos sus biógrafos, nació en el castillo de Escalona en 5 de Mayo de 1282 y se prolongó su agitada existencia hasta 1347; aun sin hacer caso del epitafio trascrito por D. Nicolás An- tonio ni de la opinión de Ortiz y demás biógrafos que prolongan esta fecha hasta 1362. Raimundo Lulio nació en Mallorca, poco después que el conquistador de Valencia hubiese unido á su corona la capital de Ja isla ; y es opinión constante de los biógrafos que el año 1232 fué el de su nacimiento, asi como señ£|-l^n el de 1315 como el en que . sufrió el martirio en Bugia , siendo recogido su cuerpo por unos mercaderes que piadosamente lo trasportaron á las playas de su isla natal, de manera que el escritor castellano sobrevivió treinta y dos años al ilustre mártir catalán. Si de estas fechas generales queremos puntualizar las respectivas á cada uno de los libros citados, aun aceptando las indicaciones del Sr. Ama- dor de los Ríos de que son anteriores á 1340, los libros del Ca- ballero y del Escudero, de los Estados y el del Conde Lucanor, siempre tendremos una prioridad de veinte ó veinticinco años, aun tomando la fecha de la muerte de R. Lulio , no la en que se escri- bieron los libros catalanes á que me refiero, á pesar de que los más de los autores que nos hablan de los escritos de Lulio , sostienen que el Libro de la orden de la Caballería debió escribirse en los años de 1276 á 1277, opinión que no considero desnuda de funda- mento si se comprueba que según Dameto (Lib. III, tít. III, pár- rafo 1.°), D. Jaime después de haber tomado posesión del reino en 1276 pasó al Rosellon y tuvo Cortes en las que debia ser armado caballero y después armar á otros, y este libro es sabido,, que se escribe á instancias de un escudero que solicitaba la honra de re- cibir la Orden de Caballería en aquella solemne ocasión.

Lo mismo que puede decirse del Libro de Caballería es aplicable al Libro Elanquerna, al Félix, á los Proverbios y otras produc-^


120 RAIMUNDO LULIO

ciones del ilustre mártir, escritas en 1297 y 1299; pero repito, que siendo tanta la diferencia entre la fecha de la muerte de Raimundo Lulio y la de la vida literaria de D. Juan Manuel , es inútil entre- tenernos en pormenores pueriles.

Los libros de Raimundo Lulio consig-uieron en toda la Corona de Aragón una popularidad extremada y la fama de santidad del doc- tor iluminado contribuyó no poco á que corriesen de mano en mano con una estima que rayaba en la veneración. D. Juan Ma- nuel , como Adelantado Mayor á la frontera de Murcia , á la edad de doce años , conocia indudablemente los escritos del ilustre filó- sofo y cesa toda duda sobre este extremo , recordando el hecho muy particular para el caso , de haber casado D. Juan Manuel , entra- do ya el año 1300 , con la Infanta Doña Isabel , hija del Rey de Mallorca , cuya temprana muerte , al final del año siguiente , en- tristeció el castillo de Escalona. Es indudable que este casamiento hizo conocer á D. Juan Manuel la literatura catalana , y no es me- nos de presumir que tras aquel conocimiento viniera el de los libros del popular predicador que llenaba con su nombre las provincias del oriente de la península.

Indicadas estas relaciones particulares entre D. Juan Manuel con la literatura catalana , aun prescindiendo de las que generalmente se establecieron por el comercio y comunicación de la nobleza de Castilla durante las minoridades de D. Fernando y D. Alfonso, solo me resta para que sea evidente la influencia literaria que tra- tamos establecer, sacar del olvido en que han caido, estos libros de Raimundo Lulio , tan estimados en el siglo XIII , que contribuye- ron en mi juicio más eficazmente que cualquiera otra de las in- fluencias que generalmente se apuntan, á desenvolver en los siglos siguientes ese gusto didáctico y alegórico que caracteriza al arte peninsular hasta muy entrado el siglo XVI.


TI.

No discutiremos cuáles son los verdaderos orígenes de ese arte simbólico y principalmente didáctico , que iniciándose en la corte de Fernando el Santo , somete así por espacio de dos siglos la ins- piración española , así en Castilla como en los reinos de Aragón y en el condado de Cataluña, porque es ya, en mi juicio, aserto que


Y D. JUAN MANUEL. 121

solo recibirá nuevos esclarecimientos y nuevas comprobaciones , el afirmar que las fábulas indicas recibidas por la literatura árabe en África como en España y en Espaiía como en Sicilia , y por la li- teratura hebraica de los siglos medios fueron la amplia vena que fecundó el ingenio de castellanos y catalanes en los siglos XIII, XIV y siguientes. Lo que si me cumple observar es , que Raimundo Lulio, antes que D. Juan Manuel, y al mismo tiempo que Alfon- so X , Sancbo de Castilla y Gómez Barroso , se servia de las formas alegóricas del apólogo y de la fábula para conseguir los fines di- dácticos á que aspiraba.

No haré^hincapié respecto al Lihro de la CahalleHa de D. Jiian Manuel, puesto que es libro perdido y solo nos queda el análisis que el mismo autor hace del contenido del Lihro de la Caballeria en su libro de los Estados (cap. 91, xc. I). Solo diré que el de Raimundo Lulio lleva el siguiente titulo : «Llivre del Orde de Ca- »vaylerie. — Deu honrat y gloriós qui sots compliment de tots bens, »ab gracia é beneditio vostra comenca aquest Llivre que es del orde »de Cavaylerie. — Prolech. — Per significanse de lessep planetas que »son cossos celestials , é governan é ordenan los cossos terrenals de »partim aquest llivre de cavaylerie en set parts á demostrar, que los »cavaylers han honor é senyoria sobre lo poblé á ordonar é á de- »fendre. La primera es del comencament de cavayleria. La segona »es del ofici de cavaylerie. La tercera es de la Examinacio que con- »vé esser fete ais escuders, con vol entrar en l'orde de cavaylerie. »La quarte es de la manera segons la qual deu esser fet cavayler. »La quinta es dassó que signifiquen les armes de Cavayler. La si- »rena es de les costumes que pertanyen á Cavayler La setene es »del honor que con vé esser fet á Cavayler.»

Exponiendo la razón que motiva este libro dice que un escudero que iba á las Cortes mandadas convocar por un Rey poderoso , lle- vado por el deseo de armarse Caballero , fatigado del camino , se durmió en su palafrén , en cuya hora lo encontró el Caballero que hacia penitencia en el bosque , y que se dirigía entonces al lugar acostumbrado de sus contemplaciones religiosas.

En aquell temps era la entrada del gran ivern se erdevenc que un gran Rey molt noble é de bones costumes é abundos trae manades Cors é por la gran fame, qui fon per la térra de se Cort un arsant Escuder tot sol en son palafre cavalcant anava a la Cort per esser adobat a novelt cavayler: on per lo travail que hae sostengut de son cavalcar, dementre que anavé en son palafre adormís,


122 RAIMUNDO LULIO

é en agueste hore lo cavayler qui en lo florest jatsé se penstena l'ou vengut a la font contemplar Deu, etc.

Por no incurrir en exageraciones , ajenas á mi propósito, no hag-o el cotejo entre la exposición sucinta del Libro de la Caballería con las siete partes del Libro de Raimundo Lulio ; pero si debo in- dicar que el comienzo , los personajes y el asunto del libro del es- cudero y del caballero de D. Juan Manuel, es exactamente el mis- mo que el del beato Raimundo Lulio. También en el libro Caste- llano un Rey muy amado é que facia muchas buenas obras, manda facer unas Cortes , también va á ellas un joven escudero, también se duerme en el camino y dormido lo encuentra el antiguo caba- llero, aliora ermitaño, que se dedica en la soledad á la contempla- ción de las cosas divinas. En el libro Catalán y en el Castellano e^ ermitaño alecciona é instruye al escudero revelando cuanto toca al cumplimiento de sus deberes religiosos, políticos y sociales. En orden, en método, en abundancia oratoria, existirá toda la dife- rencia que es natural entre la espontánea y casi improvisada com- posición de Raimundo Lulio y la animada y corregida del escritor castellano; pero en la concepción, en el propósito, en los medios artísticos escogidos para desarrollarlo hay no solo semejanza sino identidad perfecta, y justo es recordar que el libro del solitario de Randa precede con muchos años al del ilustre magnate de Cas- tilla. No pasaré de este libro de la caballería de Raimundo Lulio, sino recordando cómo el popular filósofo entendía los orígenes de esta institución de la caballería tan importante en la historia de los siglos medios.

Del comen9ament de cavaylerie.

Defalli caritat, leyaltat, justicie é veritat en lo mon: comenta enemistat, desteyaltat injurie é falsetat: é a per acQO fo error é torbament en lo poblé de Deu, qui ere creat per so que Deu sie amat, conegut, honrat, servit é temut per lióme. Al comenqament, con fo en lo mon vengut menyspreament de jus- tice per minvament de caritat covene qui justicie retornas en son honrament per timor é peraysó de tot lo poblé foren fet milenaris e de cas cun mil fo elet é triat un home, pus amable, pus savi, pus leyal, et pus forts e ab pus noble coratge, ab mes desenyments é de hons é de hons nodriments, qui tots los altres.

Curiosa en extremo es la alusión que se observa en esta cita de Raimundo Lulio, y no es menos digna de atención la manera mo- ral y levantada con que considera el origen de aquella institución


Y D. JUAN MANUEL. 123

el poeta catalán , conformándose en esto con la tradición común y admitida en su edad y mucho más , si se compara el texto que aca- bamos de mencionar con el de la ley primera titulo 21 de partida II en la cual, D. Alfonso X de Castilla escribia: «é por ende ovo este nome de cuento de mili ca antiguamente de mili omes escogían uno para facer caballero.» Alfonso el Sabio y Lulio, ateniéndose á tradiciones romanas, explican del mismo modo y sirviéndose de la.s mismas palabras sino la razón , por lo menos el origen histó- rico de la Caballería ( 1 ).

El espíritu que convirtió en religiosa la institución de la caba- llería, se manifiesta con toda claridad en el libro de Raimundo Lu- lio, y no puedo aducir mejor testimonio que el siguiente pasaje de capitulo en el que expone la significación simbólica de las dife- rentes armas que se dan al que obtiene la orden de Caballería:

A Cabalier es donada spae, qui es fete en semblanse de eren, á significar que au asi, con nostro senyor jesucrist, vence en la creu la mort en le qual exem caus per lo pecat de uostre Pare Adam, en axi cavayler deu venser e des- truir los enemichs de la creu de lespae ; é cor lespae es taylant de cada part; e cavaylerie es per mantenir justicie, e justicie es donar a case en son dret, per axo lespae del cabayler significa que lo cabayler ab laspae mantenga cabaylerie é justice.


IIT.


Más pertinente aun al fin que me propongo en este estudio, es el li- bro titulado Blanquerna , que trata de los mico estados de las perso- nas, á saber: matrimonio, religión, prelatura, señoría apostólica, y vida contemplativa. El libro tiene analogía como se ve por el tí- tulo con el lidro de los estados, de D. Juan Manuel. Comienza el libro I de Raimundo Lulio refiriendo que en una ciudad existia un gentil adolescente hijo de un noble ciudadano que al quedar huér- fano quedó asimismo dueño de cuantiosos bienes y cuya ciencia y virtudes competían con su riqueza. A este joven le excitaban los unos para que entrara en relig-ion , los otros á que se casase y des- pués de meditar una y otra resolución casó con la virtuosa Aloma, y del matrimonio de esta con Evast nació Blanquerna á cuya edu-

( 1 ) Téngase presente para este estudio el libro francés , quizá del siglo XI Jj' Ordene de cltevalerie publicado porBarbazan y M. Meoii. Paris, iij-8° 1808,


124 RAIMUNDO LULIO

cacion intelectual y moral consagró todos sus cuidados Evast hasta que lleg-ó el joven Blanquerna á la edad de la razón , y después de un detenido examen , para estimar las cualidades morales é inte- lectuales de su hijo, determinó hacerle entrar en religión siguiendo sus padres el mismo propósito. Oponiéndose Aloma á esta resolu- ción y queriendo sus padres dejar á Blanquerna el régimen y go- bierno de la casa, se negó á ello Blanquerna , por estar resuelto á retirarse á la soledad á hacer vida contemplativa , resolución que llevó á cabo á pesar de las seducciones de una amorosa doncella inducida por su madre para separarle de aquel proyecto. Bendecido por sus padres, y después de escuchar sumisamente los consejos y amonestaciones de todos se retiró Blanquerna á su ermita en tanto que sus padres Evast y Aloma edificaban las ciudades, siendo un ejemplo y un modelo vivo contra los vicios y los pecados de sus convecinos.

El segundo libro trata de la vida religiosa en ambos sexos y es la heroína de la parte que se refiere á la profesión de la mujer , la doncella que quiso inducir al matrimonio á Blanquerna , y que mo- vida por sus palabras y sus virtudes , abraza á su vez el estado re- ligioso á pesar de la oposición de su madre y demás parientes á los que por último convenció de la santidad y beneficios de la vida monástica. La novicia cumple primero los más humildes oficios del monasterio , y por la muerte de la abadesa , atendida su diligencia y sus virtudes ocupa su puesto , aleccionando con sabios consejos y cariñosas prácticas á las monjas, y fortificando en ellas la fe, las creencias y los demás dones propios de una vida ejemplar y religiosa.

En extremo curiosa bajo su relación artística es la forma de que se vale Raimundo Lulio para presentar á los ojos del lector este ideal de la vida monástica tal como su levantado espíritu lo com- prende , y no puede menos de admirarnos la manera popular con que expone los más delicados puntos de teología dogmática y mo- ral. Así por ejemplo, desde el cap. 49 de la parte segunda en que continúa la narración de las aventuras de Blanquerna en el bosque maravilloso en que busca lugar retirado para levantar su ermita, se continúan los prodigios y las representaciones alegóricas. Al rayar el alba, y cuando concluía sus oraciones y volvía á su pere- grinación encuentra Blanquerna en un sitio encantador y rodeado de muchos árboles un palacio artísticamente labrado , encima de cuya puerta se leían escritos en letras de oro y azul los diez Man-


Y D. JUAN MANUEL. l2o

damientos de la ley de Dios. Quiso entrar en el palacio Blanquer- na , encontró fácil y llana la entrada , porque habia dado su alma por completo al servicio de Dios y esta era la condición para pene- trar en aquel santuario.

Sentados en sillas de oro ó de marfil , riquisimamente talladas y en una vasta y hermosisima sala en cuyas paredes se leian los nom- bres de los servidores de la ley de Dios , encontró Blanquerna diez venerables ancianos que plañían y lloraban diciendo palabras tris- tísimas. Eran los diez Mandamientos que se dolian con llanto y aflicción del olvido en que los tenia el mundo. Blanquerna enterne- cido con aquel espectáculo y con aquellas lágrimas , fortificó más y más en su alma el deseo de servir á aquellos respetables ancia- nos y no contribuir por su parte á aumentar su aflicción y su dolor.

(1) Sale Blanquerna del magnifico palacio , y siguiendo su ca- mino por el espeso bosque , por el que á pesar de los lobos , leones, serpientes , osos y otras bestias feroces que le poblaban , caminaba tranquilo poniendo en Dios su fe y su esperanza. De pronto , llegó á sus oidos una voz triste y dolorida y dos mujeres hermosas y no- blemente vestidas venian al través del bosque llorando y lamen- tándose con muy triste quejido. Salió á su encuentro Blanquerna, y ofreciéndose á su servicio le contestan las matronas que son la Fe y la Verdad y eran hermanas « está triste su alma porque Dios no es honrado ni creido en todo el mundo : la Fe dice va á buscar á su hermano el Entendimiento para que vaya á tierra de infieles, y ya que no quieren escuchar la autoridad de las Escrituras y de los Santos, escuchen la autoridad del Entendimiento. Blanquerna acompaña á las dos matronas , y se dirigen en busca del Enten- dimiento para excitarlo á tan alta empresa , y en efecto (2) , á la sombra de un hermoso árbol cargado de flores y de frutos sobre la fresca yerba y cerca de una clara fuente muy bella , se encontraba una alta y honrada silla de oro , marfil y plata esmaltada de azul, de piedras preciosas y otros bellísimos colores. Alli sentado el En- tendimiento , preguntó á su hermana la Fe el objeto de su viaje y una vez escuchada su súplica , dirigiéndose á los numerosos esco- lares de filosofía y teología que lo rodeaban , y que poco antes es- cuchaban sus lecturas, les dijo: «Lentenimét, mira llavos asos de-

(1) Cap. 50, lib. 2.0

(2) Cap. 51.


126 nAIMUNDO JULIO

xebles: e dix estes páranles. Temps es vengiit en lo cual es exalcada nuestra conexenca. Y los infels demanen rahons e demostracions necessaries é squiven creenca. Ora es que anem y que usem de la sciencia que sabem. Perqué si no usam segóns que devem en hon- rar aquell perqui la havem , farém contra consciencia e contra alio que sabem y no volém haber lo merit y la gloria que haver poriem: si usaremde lanostra conexenca. Molt es gran lo dupte qlos moros savis han dellur creenca. En dupte son los Jueus perla capti- vitat en que son: y desigén aver conexenca de la veritat. Molts son ydolatres: quid' Deu no han ninguna conoxenca. Ora es donchs que aném. E pertant vull yo saber de vosaltres : quals han voluntat de anar en compamie de mes jermanes? Nova manera havrem en dis- putar ablos infels : mostrant los lart abreviada de trobar veritat. E quant la hauran apresa poren los confondreper lart: y per los prin- cipis de aquella. Com lo entendimét hague acabat de dir estes pá- ranles : los dexebles sescusarem a son mestre lenteniment : y dig- neréhli. Temerosa cosa es la mort: y sostenir trebaills y turments. Isquivadora cosa es sostenir fam set fret y calor. E llexar la tér- ra y los amichs : y anar en terres stranyes entre les gents que tur- menten y maten alhome : quant los repren dellur mala creenca. Mé- tres quels dexebles deyen estes paraules, nos pogue abstenir veritat de parlar y dix: Si temerosses son aqüestes coses que vosaltres dieu, quant mes temerosa cosa es esser enemich de Deu? y demi? y de mon jerma? y de ma jermana? Y encara de speranca y de caritat, y de justicia y de fortaleza? Si mon jerma vos ha donat ami: on es la amor y la honor que vosaltres haveu y feu a mon germa y á mí contra falsía? la qual mete deshorada entretantes gents? Ni qual es de vosaltres qui no vulla esser semblant a Jesuscft lo dia del juhici les vestidures vermelles? O si per mort naturall morissen: qual de nosaltres no volria morir per honrar lo seu Senyor celestial? Plora Veritat : etorna Fe aplanyer les greus dolors : e dix Enteni- mént estes paraules. O mesqui é quin es lo grat qne han aquells: ais quals yo he mostrat, veritat? E dix encara. O vos Fe: y vos Veritat anau a Devocio vostra jermana , y pregan la que vingua adaquests dexebles meus qui son sens pietat: perquels enamore de seguir ami en o viatge, que vosaltres tant desijau fer. Lantost Fe : y Veritat : y Blan , comencaren de anar ver Berocio. Mentres que Blan. seguía y acompanyava Fe y Veritat : elle lloava : y be- neya a Deu , quil havia portat en tal lloch , hon haría ohides les


Y D. JUAN MANUEL. 127

paraules sobredites: lesquals per ningún temps habia ohides dirá ningu. »

Sentida exposición de la alta doctrina j del mag-nifico pro- pósito que constituye la gloria del mártir de Bugiíi , j que levanta su nombre por encima de toda la escolástica del siglo XIII ! Pero dejando este punto que es de estimar en su razón filosófica en otro lugar, por consejo del Entendimiento, la Fe y la Verdad fueron en busca de la Devoción , y encontráronla á la sombra de un altísimo pino hincada de hinojos haciendo sus oraciones, y se asoció desde luego á la meritoria empresa de la Fe y de la Verdad,

Embebecido aun Blanquerna con los pensamientos que le susci- taba aquel encuentro, continuaba su viaje por el solitario bos- que (1) , cuando encontró á un hombre galopando rapidísimamen- te por el bosque y era el mayordomo que iba á preparar posada para el Rey; poco después se le apareció un escudero que asi- mismo á todo el correr de su caballo iba á llevar la noticia de la consagración de un Obispo , y poco después varios mercaderes que apresuradamente caminaban en la consecución de su negocio y la diligencia de todos suscitó el pensamiento de Blanjuerna, de si tan cuitadamente y con tanta diligencia perseguirían también lo necesario para la salvación de su alma.

Al día siguiente en lo alto de una montana vio á un caballero que iba á entrar en combate mortal con su enconado enemigo y espiaba con avidez algún agüero que le anunciase la victoria: mientras escrutaba el horizonte por ver si descubría águila ó cuer- vo, Blanquerna reprendía su creencia, y le amonestaba sobre el de- safío, haciéndole comprender que no es justificable sino cuando se defiende á Dios ó la virtud ú otros sentimientos nobilísimos ó ideas divinas (2).

Al caballero sigue el juglar que se queja del abandono y ol- vido en que le tienen los nobles después de haber loado en sus can- tigas el valor; Blanquerna corrige las ideas del juglar sobre el valor y le aconseja no loe más que el valor que es conservación contra engaño y que da utilidad espiritual y hace eficaces los dones divinos del espíritu. Toma parte en la conversación un caballero que iba de caza y que hacía dos días vagaba perdido por el bosque habiéndose separado de los suyos en persecución de un jabalí; apaga

(1) Cap. 52.

(2) Cap. 54. " •


128 RAÍMÜNDO LULIO

Blanquerna su sed y satisface el hambre de aquel, que es el mismo Emperador, y esto le da ocasión para volver á su teoría del valor de las cosas terrestres y espirituales , y caminando los tres llegaron á una hermosa plaza donde se levantaba un palacio rodeado de al- tísimas murallas en el cual penetró Blanquerna , y en el que asimis- mo vióá Valor lloroso por lo olvidado y desatendido que corria en- tre caballeros, reyes y emperadores. Prosiguiendo su peregrinación, Blanquerna (1) consuela á un pobre pastor afligido por la muerte de su hijo único ; llega á una fortaleza (2) donde residía un caba- llero violento que con su gente de armas corria y saqueaba impía- mente las tierras de sus convecinos , y al cual el ermitaño auxiliado de una hermosa doncella que era la Caridad, trae á pensamientos más humanos y religiosos. Constreñido á acompañar á una donce- lla que habia sido robada y que devolvía á sus padres el caballero convertido , resistió el ermitaño las violentas tentaciones que á am- bos les sugerió el espíritu diabólico trayendo á pensamientos reli- giosos á la exaltada doncella por la virtud de la oración , restitu- yéndola á sus padres según la Caridad se lo aconsejaba. Después consuela á un escudero , obligándole á la penitencia que era nece- saria , y cuando este muestra resolución de entrar en la vida mo- nástica, le habla de un monasterio donde se encontraba un ca- ballero á quien habia servido el escudero, haciendo penitencia , pero comiendo y bebiendo suculentamente , durmiendo en mullido le- cho y ricamente aderezado , con lo cual excitaba la envidia de to- dos los demás monjes. Blanquerna cree que yendo al monasterio podria convertir al caballero y á los monjes, el escudero responde que si va , cuide no le suceda lo que le sucedió al papagayo. Blan- querna preguntó qué le sucedió al papagayo , y el escudero refie- re un apólogo de dos monas, que creyendo era fuego una lu- ciérnaga la soplaban con insistencia para que se encendiera un haz de leña. Un papagayo colocado en la rama de un árbol les advertía incesantemente que aquello no era fuego y que no conse- guirían su propósito. En vano un lobo aconsejó al papagayo que no diese consejo á quien no lo quería recibir ; el papagayo llevado más de su celo se acercó más á las monas , hasta que impacienta- das estas cayeron sobre él y lo mataron : á este apólogo contesta

(1) Cap. 56.

(2) Cap. 57.


Y D. JUAN MANUEL. 129

Blanquerna con el de la raposa y el jabalí; el jabalí quiso comba- tir contra el león, y el león lo escuartizó por no haber seguido el jabalí los consejos de la zorra. Blanquerna entiende que es el león porque tiene las armas divinas, y se dirige al monasterio; entra al servicio del caballero , y después de una larga lucha consigue mo- ver á penitencia el ánimo endurecido del caballero , y explicándo- les á los monjes (1) por medio de apólogos y fábulas las virtudes de perseverancia , de obediencia , las reglas de la meditación y del estudio (2) ; con multitud de alegorías y de palabras consigue re- formar el monasterio , dirigir sus estudios y apagar todas sus ma- las pasiones y rencillas, hasta que se ordenó (3), y después de cumplir las humildes funciones de sacristán fué elegido abad con gran tristeza suya (4).

Sigue en este curioso libro el del Ave-María en loor de la Ma- dre de Dios que compuso el Abad Blanquerna, que es una colección de loores y meditaciones religiosas, usando en cada una de las palabras del Ave-María entretegida á su vez de fábulas y alego- rías para mejor inteligencia de la doctrina.

Se abre el libro tercero con la elección de Blanquerna para Obispo, porque el existente renunció al obispado á fin de estudiar árabe en las escuelas que al intento había establecido. Confirmada por el Santo Padre de Roma, el mismo Blanquerna dictó admira- bles y hermosas ordenanzas para el régimen de su obispado (5); instituyó un canónigo para que predicase la pobreza y fuese cabeza de todos los pobres de aquella ciudad , repartiendo entre ellos el importe de su renta y pidiendo humildemente limosna á los ricos á fin de atender á sus necesidades. A cada una de las Bienaventu- ranzas (6) asignó asimismo uno de los canónigos de su Cabildo, y describe Lulio en su admirable libro grandes ejemplos y virtudes evangélicas de estos representantes de cada una de las Bienaven- turanzas imitadas por el pueblo y la nobleza. Era violento el Príncipe de aquella ciudad y se hizo merecedor de los rigores de la Iglesia

(1) Cap. 60, 61 y 62.

(2) Cap. 62 y 63.

(3) Cap. 66.

(4) Cap. 67.

(5) Cap. 75, Hb. III.

(6) Cap. 77, 78 y siguientes.

TOMO 11. Q


130 RAIMUNDO LULÍO

por lo que persiguió cruelmente al representante de la mansedum- bre, sin que consiguiera otra cosa que la de enardecer en él la ora- ción j las plegarias para solicitar cayesen sobre su cabeza los per- dones y la bendición del cielo.

No conozco una constitución ideal más bella ni más profunda- mente religiosa en la literatura de la Edad Media, que esta tan sencilla imaginada por Raimundo Lulio , y que se corona con una solemne academia , constantemente abierta para satisfacer to- das las dudas morales, religiosas, de los que en el episcopado ne- cesitaban lección ó consejo.

Murió el Pontífice por aquel tiempo ; se encontraba vacante la Silla pontificia y el Colegio de Cardenales liabia preguntado al Obispo Blanquerna si era posible demostrar y de qué manera los Artículos de la fe , y cuando uno de los Cardenales se maravillaba con la narración de la vida ejemplar del Ermitaño, del Abad y del Obispo Blanquerna, un juglar vino á la corte romana, jug*lar que se apellidaba Jug-lar de Valor, y que cantaba y sonaba instrumen- tos con rara perfección. Era el asunto de su canto unos loores á la Virgen Maria compuestos por el Emperador : cuando maravillado el Cardenal de aquella poesía y de aquel canto, le preguntó la razón de tantas excelencias, el juglar refirió su encuentro con Blanquerna y el Emperador en el bosque, y cómo los consejos de Blanquerna le hablan hecho olvidar los malos asuntos poéticos consagrando su ingenio á lo que es digno de valor y de estima.

La noticia de esta santidad de Blanquerna movió al Colegio de Cardenales á elegirlo Papa, á pesar de su obstinada resistencia (1).

Hé aquí como por el propio impulso del pensamiento del libro, el escrito didáctico-popular de Lulio se trasforma en una utopia que compite con la de Tomás Moro , Campanella y otros escritores de siglos posteriores , que soñaron en un ideal de perfección para las sociedades humanas, Hé aquí como sin traspasar los límites de la concepción histórica propia de los siglos Medios , el gran poeta imagina una sociedad regida por el principio cristiano y en la que la práctica de las virtudes , enseñada y organizada por la Iglesia, causa el bienestar común y la mayor gloria de Dios.

Pero dejando consideraciones y jaicios, vuelvo á la exposición del libro cuarto , qne comienza con la elevación al Pontificado del

(1) Cap. 85, fib. IV.


Y D. JUAN MANUEL. l3l

virtuoso, y sabio Blanquerna. Durante los primeros dias , Blanquer- na examinaba cuidadosamente los usos , las costumbres y las prác- ticas de la corte pontificia ; apuntando en las tablillas que llevaba siempre consigo, lo que excitaba su atención y en su juicio necesi- sitaba enmienda. Asi, por ejemplo, llamóle la atención que un Cardenal llegase á la corte con gran compañía y ésta muy ataviada y que otro trajese pobre séquito y modestamente vestido. Averi- guada la causa , supo que el Cardenal fastuoso recibía agasajos y mercedes para despacliar las súplicas de los pretendientes : lo cual da margen á que, por medio de una parábola ingeniosa, y después de los cánticos del juglar , con lágrimas en los ojos se dirigiese al Colegio de Cardenales proponiéndoles como babia hecho en el obispado , que para ensalzar y honrar á Dios era necesario se par- tieran en diez y seis partes el Gloria inexcelsis, tomando el Papa la primera por dignidad de oficio, y los Cardenales cada una de las de- más, de suerte que cada parte sea oficio para cada uno , y según ella y por ella honre á Jesucristo y en todas las tierras del mundo. Tomó el Papa por oficio el glorificar á Dios : el más antiguo de los Cardenales, mantener la paz entre los hombres de buena voluntad: y asi cada uno de los otros. Dióse igual renta á todos los Cardenales, se condenó con la pena de pérdida de la dignidad al que recibiese agasajo y merced ; se establecieron espías para que vigilasen la conducta de los Cardenales. Ordenó asimismo que se regulasen los gastos de los bienes eclesiásticos impidiendo la superfluidad de los Obispos y de los Arzobispos ; ordenó que un Cardenal tuviese cada semana capitulo de los Escribanos y los Abogados , para que públi- camente se reprendiesen unos á otros por su conducta , recibiendo los consejos de todos y del Cardenal.

Estando en Consistorio con sus Cardenales (1) llegaron mensa- jeros del Soldán de Babilonia con cartas para el Papa , en las cua- les el principe de los infieles manifestaba su estrañeza de que no hubiesen conquistado aun la Tierra Santa y de Ultramar , y que la causa era que querían hacer la conquista á la manera que su profeta Mahoma por la espada y la lanza , y no á la manera de Jesucristo y sus Apóstoles por la predicación y por el martirio, y porque no seguían la manera de aquellos varones, no queria Dios que los cris- tianos poseyesen la Tierra Santa ni las de Ultramar. Entonces el

(1) Cap. 87.


lá^ RAIMUNDO LTILIO

loco y el juglar mostraron su aplauso y excitaron al Papa á que pen- sase en aquellas palabras. Llegó poco después un mensajero anun- ciando que dos axixins habian muerto á un Rey cristiano, y que pre- sos y martirizados murieron con gran valor ; lo cual maravilló al juglar de que sectarios del error morian con entereza y buscaban el martirio, y no lo buscasen los fieles de Jesucristo. El Papa llamó á los Mayores de los religiosos, á los Maestres del Temple y del Hos- pita, y reunidos todos decidieron que todas las Ordenes religiosas se consagraran al estudio de las ciencias y de las lenguas ; que el Papa los enviarla por todas las naciones de los infieles para que apren- diesen sus lenguas, mandando que se hicieran grandes dones á los convertidos. Dividió el Papa el mundo en doce partes y envió y nombró procurador á cada una de ellas , y á todas fueron sabios y predicadores. Y sucedió que de Alejandría, de Gorjia^ de la India y de Grecia vinieron religiosos , los cuales corrigieron sus errores y volvían después á predicar la fe cristiana entre los suyos : ordenó asimismo que los judios y los moros que estaban entre los cristianos aprendiesen latin y que se les educara á costa de la Iglesia hasta que pudiesen ir á predicar á los suyos la fe católica. Este último precepto suscitó algunas dudas, alegándose por uno de los Carde- nales que los judios y los moros se sublevarían si a tal se les obligaba, y que por último se disminuirían grandemente los bienes de la Iglesia. El loco le contesta con una parábola sobre el amor perfec- to, y el juglar le preguntó qué era más contrario á la gloria de Dios , si la disminución de la renta ó el deshonor que los moros causaban á la gloria divina. Mandó asimismo que se fundiesen en una las Ordenes del Temple y del Hospital , y que sus Caballeros aprendiesen las lenguas para ir á predicar á paises infieles. Solo un Obispo , al cual se le enviaron veinte tártaros para que se les enseñase la lengua latina y aprendiesen la tártara veinte frailes, murmuró de la medida , pero fué castigado severamente privándole de la mitra.

Cada dia se aumentaba la fama de la ciencia y santa vida del Papa ; iluminaba á todo el mundo aquella nueva constitución , y sucedió que mensajeros del Papa, tan sabios como Caballeros, des- pués de haber convencido á todos los doctores árabes , vencieron en lid abierta á los más valientes campeones , atrayendo á la fe cató- lica tanto por el convencimiento cuanto por la admiración. Los tár- taros v los indios , venidos á estudiar la lengua latina , se convir-


Y D. JUAN MANUEL. 133

tieron por fin, y predicando entre los suyos traían innumerables gentes al conocimiento del verdadero Dios.

El Cardenal encargado de mantener la paz entre los hombres de buena voluntad procuraba impedir que la ira turbase el entendi- miento , y donde quiera que tenia noticia existia rencilla , rencor, discordia ó guerra , allí se dirigía con sus palabras , sus conse- l'os, humildad y su santa paciencia , y conseguía apartar la ira de todos los entendimientos para que conociesen la verdad y la jus- ticia (1).

De igual suerte los demás Cardenales en sus distintos oficios, y Lulío refiere numerosos casos los más diferentes y desemejantes para venir á demostrar la constante eficacia de la palabra cristia- na (2). Notable es la exposición de los trabajos y las tareas del Cardenal de Adoramus te, en cuyo capítulo argumentan los judíos, los árabes , los filósofos antiguos , exponiendo su modo de adorar á Dios, y reconociendo después de variados casos y ejemplos, ser más alta y excelsa la manera de los cristianos (3). Siempre explica y explana su pensamiento Lulío por medio de ejemplos , de parábo- las, muchas veces de fábulas y apólogos ; siempre emplea formas literarias populares para conseguir el fin didáctico que se propone, y en cuanto toca al espíritu usa con predilección de la forma ale- górica.

Completando su obra (4) ordenó Blanquerna que todo el mundo aprendiese á hablar latín , porque esta lengua era la más corriente para que se comuniquen todas las gentes, porque era necesario ce- sase la diversidad de lenguaje , causa de malas inteligencias y de discordias. Así se mandó , y en cada provincia se dispuso una ciu- dad , en la cual todos y siempre hablaran en latín , á cuya ciudad debían los padres enviar á los niños de corta edad , hasta que apren- diesen aquella lengua. Completada de esta manera la grande obra que se había impuesto Blanquerna , entrado ya en años , y desper- tándose más vivamente en él el deseo de la vida del yermo, reunió los Cardenales , y con sus súplicas y abundantes lloros consiguió le admitieran la renuncia del Pontificado , retirándose á la soledad,

(1) Cap. 88.

(2) Capítulos 89, 90 y 91.

(3) Capítulos 92, 93, 94, 95, 96, 97, 98, 99 y 100.

(4) Cap. 101.


134 RAIMUNDO LULIO

después de eleg-ido el nuevo Papa , yendo á habitar su solitaria er- mita (1), no sin que le acompañase el pueblo de Roma, aclamán- dole hasta larga distancia , y varios Cardenales hasta dejarle ins- talado en el retiro que habia elegido para consagrarse á la vida contemplativa.

En efecto , este último libro de la historia de Blanquerna es la exposición de un método para adelantar en la vida contemplativa, y es quizá el primero de los que se escriben en España, y es, sin duda alguna, el magnifico y sólido cimiento de las escuelas místicas es- pañolas que llegan, á su plenitud y mayor alteza en manos de fray Luis de León y Santa Teresa de Jesús.

A media noche dejaba el lecho , abria las ventanas de su celda á fin de ver el cielo y mirar las estrellas , y comenzaba devota- mente su oración vertiendo abundante llanto. Interrumpió estas meditaciones (2) la llegada de un ermitaño romano , pidiéndole un libro que fuese guia de devoción y contemplación para los solita- rios de las cercanías de Roma. Con esta intención comenzó y ter- minó Blanquerna el libro del Amigo y del Amado , que ocupa los capítulos siguientes (3) y que contiene diálogos , cánticos de amor entre el Amigo , que es el devoto y fiel cristiano entregado á la contemplación , el Amado que es Nuestro Señor Dios , como Crea- dor , Recreador y Fin último de cuanto es , y el Amor que es la caridad y la benevolencia , por el cual se aman el Amigo y el Ama- do , y los tres hablando en Dios simpliciter son una misma cosa, por más que se distingan en sí mismos.

No es del momento exponer estos curiosísimos diálogos , ricos en lirismo y sembrados de bellísimas parábolas : basta á mi propósito recordar, que de aquí arranca la tendencia mística de nuestra filo- sotía y de nuestra poesía , añadiendo que Lulio completa sus diálogos con un tratado de contemplación para elevar el entendi- miento á Dios y estar todos los días en contemplación devota del Amado (4). El capítulo 139 es el último del libro de Blanquerna y es curioso hasta el punto que me obliga á traducirlo literalmente: «Estaba un día Blanquerna contemplando á Dios y tenía el libro de contemplación y vino un juglar á Blanquerna muy lloroso, el cual

(1) Libro V, capítulos 103 y 104.

(2) Cap. 106.

(3) Capítulos 106 á 120.

(4) Capítulos 120 á 138.


Y D. JUAN MANUEL. 135

significaba en su gesto y el duelo que hacia la tristeza de su alma que era muy grande y dijo áBlanquerna estas palabras: Blanquerna, es fama por todo el mundo vuestra santa vida , por lo cual , como la conciencia me atormenta y también la contrición por las faltas que he cometido contra mi oficio , vengo á vos para que me impon- gáis penitencia. Blanquerna preguntó al juglar cuál era su oficio, y el juglar le dijo que él era juglar. Buen amigo, dijo Blanquerna, el oficio de juglar se inventó por buena intención; esto es, para loar á Dios , y para dar solaz y consolación á aquellos que se ven llenos de trabajos y atormentados por servir á Dios: pero hemos lle- gado á tiempo que ningún hombre usa de las cosas según su final razón , por la que los oficios se establecieron y ordenaron al prin- cipio. Porque el estado y oficio de los eclesiásticos se fundó con muy buena, que es: entender, recordar y amar á Dios. Y lo mismo se sigue de los caballeros y de los juristas, decretalistas , médicos, artistas, mercaderes, religiosos, ermitaños y todos los demás estados, cada uno según su grado. Pero hemos llegado á tiempos en que los hombres olvidan la final intención para la que los oficios y las ciencias se encontraron y no se usan según deben usarse. Por esto el mundo está en error y en añiccion. Y Dios es ignorado, desamado y des- obedecido por los mismos que están obligados á amarlo , conocerlo y obedecerlo , y á servirlo como verdadero Dios y Señor que es de todo el mundo. Por esta razón , buen amigo , os aconsejo que en penitencia vayáis por el mundo gritando y cantando entre las gen- tes de todos los estados y condiciones declarando la intención final para que se fundó la juglaria y los demás en su principio. Llevad con vos este libro de Evast y Blanquerna, en la cual se significan las razones por las que fueron , se ordenaron y establecieron los oficios. Y retad y reprended según tiempo , lugar y oportunidad á todos los que usen mal de sus oficios. Y no temáis la maledicencia' de las gentes, ni el sufrir penalidades, ni aun la misma muerte por ser agradable á Dios.

El juglar aceptó aquella penitencia y desempeñó el oficio que se daba , é iba por el mundo cantando para qué eran teología , prela- tura, clerecía, frailía, caballería y señoría de los hombres, y decía para qué se inventó el derecho civil y canónico , filosofía , medi- cina , mercadería y las otras cosas parecidas á estas; leyendo en las Cortes , y en los monasterios , y en las plazas el libro de Blanquer- na para que se aumentase la devoción de las gentes,»


136 RAIMUNDO LULIO

No es posible dudar en vista de estas palabras el propósito y ob- jeto de Raimundo Lulio al escribir el libro de Blanquerna , ni es licito tampoco desconocer que el pensamiento excede en grandeza y en extensión á todos los libros hasta boy descritos de las litera- turas peninsulares, sin excluir al mismo D. Juan Manuel, el más aplaudido y el más estimado , bajo estos conceptos , de todos nues- tros escritores de la Edad Media. Si comparamos el libro de Blan- querna con el libro de los Estados , el que indudablemente reúne caracteres más elevados y pensamientos más extensos, en los ciento cincuenta capitules de que consta , se advierte desde luego que el libro de D, Juan Manuel es un libro de educación nobiliaria y re- ligiosa , sin que entrañe cosa semejante ni parecida al pensamiento social y politice y verdaderamente evangélico del libro de Lulio. El filósofo escribe queriendo enderezar los oficios , según su razón final, queriendo corregir y enmendar el mundo. El Procer caste- llano se limita á educar , dando noticias históricas , haciendo alar- des de erudición ; pero sin levantar el vuelo más alto ni poner la mira en otro punto. Lulio abrigaba un propósito universal : su li- bro mostraba el ideal á que podia llegarse usando los oficios según su final intención , y amonestaba á que todos los cumplieran seve- ra y religiosamente. D. Juan Manuel se limitaba á instruir, á ex- plicar el origen , la importancia y las atribuciones , ya de los ofi- cios de los laicos , ya de las dignidades de la clerecía.

No hay para qué insistir en cuanto aventaja el escritor catalán al Procer castellano en la elevación del concepto y en la profundi- dad de pensar , y es excusado asimismo repetir que este libro de los Estados lo escribe D. Juan Manuel después de conocido el libro de los estados, ó de Blanquerna del ilustre solitario de Randa.

Tampoco me detendré en demostrar las ventajas que saca Lulio á D. Juan Manuel en la composición artística del libro: en las bellas alegorías, de que se sirve, en los distintos personajes que introduce, hasta el punto de formar una acción novelesca con el argumento, porque todo ello salta á los ojos con la sencilla exposición que aca- ba de hacer , y de la cual solo me resta añadir que el libro termina con la venida al retiro de Blanquerna del Emperador para entre- garse en compañía del solitario á la contemplación mística, después de haber abdicado en manos de su hijo y de haber dictado en su imperio hermosísimas leyes , de acuerdo con las prescripciones del sabio y virtuoso Blanquerna. El final corona dignamente la obra:


Y D. JUAN MANUEL. 137

el Papa y el Emperador , los dos soles de la Edad Media , reunidos en una pobre ermita , y confundiendo su llanto , sus plegarias y sus contemplaciones místicas, después de haber llenado de paz, de luz y de amor al mundo , es un rasgo que toca en lo sublime , que dice mejor que mis frios encomios cuan alta y vehemente era la fantasia del gran filósofo español del siglo XIII (1).


F. DE Paula Canalejas,


(Se continuará.)


(1) Me he servido para la exposición de la edición de Valencia, impresa por Juan Jorge en el año 1621, y costeada por Gregorio Renuart, canónigo de la catedral de Mallorca , doctor en teología y predicador singularísimo. — El editor dice lo corrige y traduce del primer original y lo estampa en lengua valenciana.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CANTO DEL CISNE,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE M COftONEL RETMDO.


IX.


MISERIAS Y ALFILERAZOS.— CON LA PUERTA EN LOS HOCICOS.

ARRESTO.— VISITA DE UN CLÉRIGO. • (19 Junio. Conclusión deldia aciago.) Continuación.

Pagado mi acreedor de anteanoche , siendo ya muy cerca de las tres de la tarde , quedábame apenas el tiempo indispensable para ir á casa del Brigadier á pedirle su permiso para faltar á la lista de puesta del sol , á que abora asistimos con los de semana todos los oficiales francos de servicio , volver á la calle del Lobo á acica- larme un poco , y llegar á la hora de la cita á casa de la Condesa de Roca-Umbria , sita , según su tarjeta , allá entre San Francisco el Grande y la puerta de Segovia. Madrid carece aun de la como- didad de los coches de alquiler , convenientemente estacionados y disponibles en las calles á toda hora para el pedestre transeúnte que , como yo , no es bastante rico para tomar con frecuencia un carruaje por mediodía, que le cuesta lo menos 50 rs. , y suele no encontrarse cuando más se necesita. — ¡ En fin ! — Suplan mis pier- nas las de los caballos del Fiacre ( 1 ) que no hay , y en marcha!

(1) Otro galicismo : Fimre se llama en París á los coches que nosotros de- cimos hoy de plaza,


MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO. 139

Primera estación : el Brigadier no está en casa ni vuelve á ella á comer. ¿Qué haré? Mi capitán es el mortal más nimiamente có- cora que de mujer ha nacido y hace tiempo que tenemos los santos de espaldas ; el segundo Jefe , bondadoso si los hay , no se atreve ni á respirar , sino de orden del primero ; y el tercero no sé yo si ha digerido todavia la historia de mi precoz liberalismo. ¿A qué falto? ¿x\l convite de mi Niobe, ó á la lista de la tarde? Si allá, no solo soy grosero , sino que perjudico gravemente mis intereses del corazón. Está resuelto ; faltaré á la lista ; y que el señor Don Manuel lo tome como le parezca. Diréle mañana lo que á mi suele decirme el sol- dado mejor mozo > más bravo y más calavera de mi compañía, cuan- do lo cojo en alguno de sus muchos renuncios. «Mi alférez: V. es »el cuchillo y yo soy la carne : corte V. por donde quiera.»

Tomada esa resolución , doy vuelta á mi casa , y vistome panta- lón y peti, nuevos, mal que le pese á la orden del dia que dispone se lleve hoy el núm. 2 de ambas prendas; y póngome además un corbatín flamante de terciopelo , el más flamante y el más alto que tengo , pero con el aditamento de unas t ir illas en forma triangular á manera de velas latinas , hoy tan de moda, como por SS. EE. los señores Comandantes generales de todas las armas de la Guardia Reali, severamente prohibidas. Pero todavía va más lejos mi espí- ritu de rebelión en este aciago dia. Contra lo prescrito , que es lle- var el pelo cortado á cepillo , hace un mes que me lo dejo crecer, burlando, no sé cómo, la vigilancia de mis Jefes, y hoy, mediante la suma de 2 rs. , un peluquero vecino me lo ha rizado de manera que realmente mi cabeza se parece mucho al busto de Tito , salvo se entiende , lo Emperador y lo romano.

A todo esto , dan las cuatro , y el cielo todo el dia nublado, acaba

de encapotarse ¡ Ya truena. Dios mió ! ¡ Y no solo truena, sino

que llueve , y á cántaros ! ¿ Cómo voy yo ahora hasta cerca de la puerta de Segovia ? Llegaré hecho una sopa ; porque en ponerme el capote no hay que pensar en este tiempo ; y llevar paraguas como quiere mi vizcaína, sería sencillamente haber perdido el juicio!...,

¡ Oh San Fiacre ! ¡ San Fiacre ! ¡ Cuándo se extenderá tu culto práctico á la capital de las Españas !

Pero soy un tonto de capirote, ó más bien un endemoniado. En mi propia calle, á cuatro pasos de mi puerta, hay una cochera donde de pocos días á esta parte se alquilan cabriolés á dos pesetas por hora.


140 MEMORIAS

— j Con tal que haya alguno disponible !

Santiago corre á buscarlo , y vuelve á los cinco minutos con la fausta nueva de que están enganchándome un birlocho que, según él , compite ventajosamente con el del médico nuestro vecino, cuya capota (la del vehiculo) parece un casquete esférico, ó un cuarto de globo aereostático , arrastrado por una sardina cuadrúpeda.

La dificultad está hasta cierto punto zanjada ; y digo hasta cierto punto , no más , porque realmente eran ya las cinco dadas , cuando llegó á mi puerta el suspirado cabriolé. Parece que el collerón ca- recia de alguna hebilla , y que de los dos tirantes se rompió uno al enganchar , y en virtud de esos percances se han necesitado unos tres cuartos de hora para poner el carruaje en movimiento.

i Y qué movimiento ! El cochero como es obeso y está familiari- zado con aquel género de locomoción , se bambolea como un santo en andas ; yo , delgado y elástico , debo parecer un saltamontes ó un volante entre vaqueta y vaqueta.

Si se exceptúan , pues, el continuo zarandeo, la incomodidad de que el agua me azote el rostro , una detención de cinco minutos porque una de nuestras ruedas se enganchó con la de un carro y habérsenos roto , y tener que andar , como Dios quiso , el tirante que salió entero de la cochera , llegamos al cabo sin graves per- cances y á cosa de las cinco y veinte minutos, á la casa de la Condesa.

Era la tal casa un sombrio edificio que data de tres siglos , á lo menos , y en el cual la portada sola , que ha de ser obra de los pri- meros tiempos del renacimiento , merece notarse. Yo , al menos no tuve tiempo ni voluntad de reparar en otra cosa , mientras mi au- tomedonte me facilitó el descenso de su mucho más alto , que aris- tocrático y cómodo carruaje.

Es de advertir que seguia diluviando , en cuya virtud el cochero, que durante nuestro viaje se habia enterado de que yo iba á comer á aquella casa y pensaba no salir de ella hasta las nueve de la noche lo más pronto, apenas me vio ponerlos pies en el suelo y en- trar en el vasto portal de la casa , dio vuelta al birlocho con lige- reza de que le creí incapaz , y gritándome — «hasta las nueve , se- ñorito » — marchóse al trote largo.

Confieso , que preocupado por mi deseo de ver á la misteriosa Niobe , y el remordimiento de llegar allí media hora más tarde de Jo que debiera , no di por el momento grande importancia á la su-


t)E ÜN COfeONEL RETIRADO, 141

bita resolución de mi cochero. Poco tardé en experimentar sus tristes consecuencias.

Resuelto y con aire triunfante , dirijime via recta á la escalera, alfombrada por cierto , que al fondo del portal arrancaba , sin mi- rar siquiera á un robusto asturiano ó g-allego que , con medias de seda , gran librea , una banda y un bastón de tambor mayor , desempeñaba en el palacio de mi desconocida las funciones del cancerbero en el de Proserpina. Pero el hombre , lleno de su propia importancia y fiel á su consigna , atravesóseme , sombrero en mano, mas con firme aspecto , en el camino , diciéndome :

— ¿A dónde va V. S. , señor Oficial? En las casas de los grandes los criados tratan de Señoría á todas las personas que no tienen la Excelencia.

— A ver á la Señora Condesa: le contesté.

— Su Excelencia no está en casa: replicó.

— No importa (repuse); vendrá pronto , sin duda , y voy á tener el honor de esperarla.

— Su Excelencia no volverá:

— ¡ Cómo que no volverá! Me ha convidado á comer para hoy á las cinco de la tarde.

— ¡ Es posible !

— Es verdad , pues que yo lo digo.

— No se altere V. S. : pero me parece extraño que teniendo un convidado , su Excelencia haya sahdo esta tarde en cocJie de colle- ras^ advirtiéndonos que acaso no volveria esta noche ni mañana.

— ¡Pues estoy fresco !! Exclamé con tanto candor y razón, que el portero no pudo menos de dármela con un movimiento afirma- tivo de cabeza.

bl cabo , empero , de algunos segundos de meditación , entablé de nuevo el diálogo con el portero , diciéndole :

—¿No están ni la señorita Irene, ni M...., es decir, Don Carlos de Pierrefite.

— No hay nadie en casa.

— ¿Habrán ido con la señora?

— Han ido con la señora.

—¿Sabe V. á dónde?

— En esta casa nadie sabe , ni dice , más de lo que le mandan saber y decir.

Corrido como una mona, al recibir en aquella respuesta una


142 MEMORIAS

merecidísima lección , y de tales labios por añadidura, estoy seg-uro de que hube de ruborizarme tan visiblemente que el fiel asturiano advirtiéndolo y lastimándose de mi, creyóse obligado á decirme, por via de consolación :

— ^No sabemos realmente á dónde ba ido la Señora : pero no pue- de ser muy lejos, pues se fué sin equipaje alguno. Sin duda S. E. olvidó el convite á V, S.

— Eso será : contesté sobreponiéndome á duras penas al mal hu- mor y vergüenza que lo ridículo de mi situación en aquel momento, me inspiraban ; y sacando una tarjeta, en la cual bajo mi nombre, escribí estas palabras: A las cinco de la tarde del miércoles 21 de Julio. Entregúesela al portero con recomendación expresa de po- nerla en manos del Sr. D. Carlos de Pierrefite, así que á su casa regrese.

Si el tal francesito no es un imbécil , espero que comprenderá, que no pudiendo quejarme á la Condesa de su inexplicable proce- der conmigo , á él que es hombre y ciñe espada , sí puedo y sí quiero , y así estoy resuelto á pedirle las necesarias aclaraciones, y aun satisfacciones, si á mano viene.

Desahogado así , ó más bien preparado así un desahogo á mi cólera , no me era ya posible otra cosa que emprender la retirada y alejarme de aquella inhospitalaria casa. Encamíneme, pues, á la puerta con asombro del portero , que exclamó :

— ¿Dónde va V. S.? Su coche se ha marchado y diluvia. ¡Si V. S. quiere esperar en el entresuelo....!

¡ Gracias , gracias ! Le repliqué , poniéndome de un saltó en la calle , tan iracundo , tan avergonzado , tan fuera de mí , que como de propósito fui pasando por debajo de cuantos canalones encontré al paso, que en Madrid no son pocos; y metiéndome hasta la rodilla en los torrenciales arroyos que las calles barrían , como sucede solo en tales casos. En consecuencia, llegué á mi casa ca- lado hasta los huesos , y destilando el agua á chorros de todos mis vestidos.

Mi desdicha, empero, estaba aun lejos de completarse. Santiago y la Vizcaína , no contando conmigo hasta las once ó las doce de la noche lo más pronto , se' habían ido ambos , él, sabe el Diablo á dónde , y ella á la guardilla de una planchadora nuestra vecina y su paisana ; de forma , que hasta que mis campanillazos tan repe- tidos como inútiles no alborotaron la casa , y un quídam que por


DE UN COI^aNEL RETIRADO. 143

casualidad bajaba de los altos , no llamaron la atención de mi co- cinera y me la trajerop armada d^ su correspondiente picaporte, tuve que estarme en la meseta de la escalera , dando diente con diente, transido porlp, humedad, y renegando de todas las Condesas misteriosas nacidas y por nacer bástala consumación de los siglos.

Mientras me desnudaba y me enjugaba , y me ponia ropa limpia y seca, , la Vizcaína, aguijoneada por conciencia, improvisóme una tolerable comida; y Santiago, á la cuenta avisado por algún cari- tativo vecino , presentábaseme á servirla , mogigato , contrito y según su costumbre ensartando con incomparable volubilidad de lengua, embuste sobre embuste para disculpar su escapatoria.

Dichosamente para sus costillas , el hambre , la desazón de la mojadura, la cólera y el sonrojo de mi vanidad ofendida, tenianme de suerte abismado , que apenas si le oia, y apenas también si con un par de pescozones le signifiqué mi alto desagrado.

Cerca de las ocho de la noche eran ya , cuando terminada la comida y disponiéndome á salir de casa, porque la tormenta habia cesado , como de propósito asi que ya no me estorbaba , sonó la campanilla, y á poco me entregó Santiago una esquela que para mi traia el ordenanza de la Guardia de Prevención. La letra del sobrescrito que era la del Ayudante andaluz y bromista , me hizo presentir fácilmente la Índole del contenido de su billete , que copio á la letra :

«Querido Pedro : esta tarde , por el mal tiempo , se ha pasado la »primera lista en las cuadras de la tropa: pero tu Capitán ¡Dios le »bendiga ! ha dado parte al Cabo primero de que tú faltabas, aña- »diendo , caritativamente , que no podia ser por enfermo , porque ))á las tres y media de la tarde te habia visto él ¡lástima de gota »serena! en la calle de la Montera hecho un pimpollo. Como pue- »des figurarte , el cabo Manuel te ha recetado dos dias de arresto »en tu casa para que repases la Ordenanza, dice su Señoría. Ten- )>go, hablando ahora con formalidad , el disgusto de notificarte la «sentencia , y quedo rog*ando á Dios me dé la satisfacción de llevar »algun dia al castillo de las Peñas de San Pedro ó al de San Antón »en la Coruña, á tu bien intencionado C§.pifc%a. A dios, siempre »tuy o, amigo y compañero, Pepe.» hm^l^iv • V^í-,

— ¡Esto solo me faltaba! Exclamé sin poder contenerme.

— ¿Qué se le dice al ordenanza, mi Alférez? Preguntó Santiago mirándome de soslayo.


144 MEMORIAS

— Que quedo enterado ; y que dé las gracias al Sr. Ayudante.

¡ Y aquí estoy en jaula por cuarenta y ocho horas ; arrestado por vez primera de mi vida ; por vez primera también , desairado , sin que al agravio siga la reparación muy de cerca ; sin querida, por- que he roto con Julia ; sin amada , porque Niobe ha desaparecido dándome con la puerta en los hocicos ; y curioso como una monja; y en la imposibilidad de practicar diligencia alguna para satisfa- cer mi deseo.

¡ Luego dirán que no hay dias nefastos !


¡ Qué largas se nos hacen las horas en casa y á solas , cuando el retiro y la soledad son forzados.,..! He leido todo un capítulo, el de la batalla de Zama de los Comentarios sobre la táctica y la es- trategia de griegos y romanos , del Coronel Carlos Guischard , el sabio y célebre favorito del Gran Federico , que le llamada su Quintus Icilius. He leido también, cansado de legiones y cohor- tes , [de hastarios y pilarlos y de honderos y elefantes , la épica descripción del asalto del castillo de Sir Reignald Front de Boeuf, que en boca de la seductora Rebeca , pone Sir Walter Scott , en su novela de Ivankoe, publicada en Edimburgo este mismo año ; y ni las eruditas elucubraciones del Oficial prusiano, ni las poéticas páginas del gran novelista de nuestra época , ejercen esta noche sobre mí su acostumbrada influencia. . . . ! ¡Decididamente, me abur- ro, me fastidio, me desespero !

¿Qué significa esto....? ¡ Un campanillazo á mi puerta á las once de la noche....! ¿Habrá mi benévolo Capitán encontrado ó inven- tado alguna circunstancia agravante á mj falta para que se me traslade del arresto doméstico al cuarto de banderas?

— ¿Quién es Santiago?

— ¡ Un Padre Capellán, mi Alférez ! ! Me respondió el interpelado con el mismo asombro que si me anunciara la visita de algún ha- bitante de la luna. Y la verdad es que yo no tengo relaciones eclesiásticas de ningún género , ni suelo ver clérigos más que en Misa y en el confesonario.

— ¿El Padre Capellán del cuerpo?

— Ño señor, mi Alférez. A este en mi vida le he visto, y lo que es al del cuerpo bien le conozco.

— Pero, en fin: ¿qué quiere ese Capellán?


DE ÜN CORONEL REÍ IRADO. l45

— Ver á V. Dice que viene de parte del Sr. Brigadier....! — ¡Del Brigadier....! — Asi lo dice.

— ¡Misericordia! ¿Me trata el Brigadier como si estuviese en capilla....? ¿Le has abierto?

— No señor; hasta que V. diga

— Ábrele , pues ; que venga y saldremos de dudas. Instantes después entraba en mi gabinete un Clérigo , con su traje talar y su sombrero de teja en la mano , de modo que casi le tapaba la cara, pero con un aire resuelto y desembarazado más propio de un Capellán del Ejército ó de la Armaia que de ningún otro instituto eclesiástico. Santiago, que de suyo es curioso, so pretexto de ofrecerle silla entróse tras él en la habitación.

— Sirvase V. sentarse (le dije yo entonces á mi singular visi- tante) y decirme en qué puedo servirle.

El Clérigo , sin desplegar los labios , ni apartar del rostro el sombrero, miró á mi asistente con aire tan significativo , que no pude menos de comprender Ip que deseaba.

— ¡Vete, Santiago! (exclamé en consecuencia); y no vuelvas sin que yo te llame.

Obedeció el soldado , mal que á su curiosidad le pesara , y en- tonces el Clérigo, acercándoseme y descubriendo la cara, dijome en voz baja y dulce, pero que me hizo estremecer, sin embargo: ¿No me conoce V., Sr. D. Pedro Lescura? — ¡Don Carlos!! Exclamé yo con indecible sorpresa; porque, en efecto, aquel hombre que en el traje, parecía Clérigo, era en rea- lidad el mismísimo misterioso personaje de quien hace pocos dias he sido, con mi Brigadier , padrino en el duelo por la policía in- terrumpido.

—Yo soy, amig'o Lescura (prosiguió diciendo sosegadamente, y siempre en voz sumisa, pero clara y distinta, mi extraño huésped); yo , que cazado como un animal dañino por la policía , y reducido hoy casi á la desesperación, vengo, confiado en la nobleza de sen- timientos de ese corazón, generoso como joven, á pedir á V. la hospitalidad por esta noche siquiera.

— Por esta noche (le respondí con toda mi alma), por esta noche y por cuantas V. quiera, Sr. D. Carlos.

— i Seguro estaba yo de ello! (contestóme estrechando mi mano, casi con lágrimas en los ojos); pero abusaré lo menos que pueda

TOMO II. 10


146 Memorias de su generosa oferta de V. Amigo mió, hay de mi parte egoismo quizá excesivo, en venir así á comprometerle. ¡No me interrumpa V, , por Dios ! Yo estoy proscripto , condenado á muerte en rebel- día Darme asilo es incurrir en la misma pena

— ¡Imposible! ¿Qué ley puede....?

La que existe, la que impera, generoso joven; la que, sin mi- sericordia, se aplica diariamente....! La que acaba de llevar á la Galera , sí , á ese infierno del robo y de la prostitución , á una honrada Señora ya sexagenaria , por el crimen de estar en corres- pondencia con un hijo suyo que , por liberal , tiene en Londres emigrado (1).

— Sea como quiera y lo que Dios disponga; mi casa está com- pleta y absolutamente á su disposición de V.

— Por esta noche, acepto la hospitalidad que he venido á solici- tar: Mañana

— Mañana, Dios dirá.

— Mañana es preciso que yo salga de aquí, y si es posible, de Madrid también. Desde que, gracias á V. y á Manuel, me salvé como por milagro de las garras déla policía, ó más bien de las déla cobarde hiena, que sin tregua me persigue más ha de veinte años, he mudado de trajes y alojamientos más veces que días han tras- currido. Es tal, sin embargo, la saña perseverante con que se me busca , que todos mis disfraces parecen trasparentes , y todos mis albergues , por extraños y recónditos que yo los crea , son pronto descubiertos. Ayer, en traje de carbonero, me refugié en casa de un anciano y caritativo eclesiástico , que fué Capellán del último regimiento que he mandado : esta tarde estaba ya la calle inunda- da de esbirros , y todavía no estoy bien persuadido de que , merced á la sotana y al manteo , he burlado por completo la vigilancia de mis perseguidores. Salí sin embargo, de la casa y de la calle y del barrio , lanzándome á cuerpo perdido por ese Madrid, sin rumbo y sin norte , sin saber á quien volverme. Momentos ha habido , en que resuelto á poner término á mi insoportable existencia , el sui- cidio no estuvo lejos de mí. ¡Dios me lo perdone ! Otras veces: ¿lo creerá V., Lescura? otras veces he tomado ya el camino de la Su- perintendencia de policía para

(1) Hecho histórico ; la Señora que de él fué víctima, era esposa de un Jefe político que habia sido de cierta provincia de GaHcia, emigrado en Londres con su hijo.


DÉ UN Coronel íietirado. MTÍ

— ¡ Pero ese seria el peor género de suicidio posible!

— Verdad es , amigo mió ; y yo, que á Dios gracias, creo en su misericordia infinita , y en que la vida es más un deber que cum- plimos que un derecho de que usamos, solo cuando el dolor me priva de razón, puedo pensar en suicidio de ningún género. Por otra parte , de algunos dias á esta parte , la Providencia ha dis- puesto que yo tenga motivos , no solo para soportar, sino hasta para amar Si , Lescura , si ; hasta para amar la vida , por más de- sastrada é infeliz que la mia aparezca En fin , resuelto á pro- curar vivir , acordéme de V. y de las señas de su casa , que sé por la tarjeta que me dio el dia del desafio

— Y yo , agradeciéndole á V. la memoria , le reitero todas mis ofertas. Solo siento poder y valer tan poco como puedo y valgo.

— Aqui me creo por ahora seguro. ¿Quién ha de imaginar que me escondo en casa de un Oficial de la Guardia Real?

— No quisiera alarmar á V. : pero la verdad es, que este Oficial de la Guardia , no tiene gran crédito con la policia , que no ha mucho, ha tratado también de echarle la mano.

— ¡Cómo ! ¿A V. también? Ahora recuerdo que Manuel me di- jo

— ¿Que mi familia ha sido siempre liberal, sin duda , y que yo mismo no tengo en la materia antecedentes muy ortodoxos á juicio délos realistas? Eso es cierto, Sr. D. Carlos: pero también que nací caballero , y que sirviendo , como sirvo al Rey, guardo mis opiniones politicas para mi solo , y trato de cumplir leal y honra- damente con mis deberes de soldado.

— En ese caso , tal vez soy temerario

— En este caso , señor mió, ni hay temeridad de parte de V., ni de la mia nada que con el honor sea incompatible. Lo que hay aqui es un proscripto que ha menester asilo , y un hombre honra- do resuelto á dárselo. No hablemos más del negocio; y veamos de arreglarnos para pasar la noche lo menos mal posible.

Mari-Cruz (mi cocinera vizcaína) y Santiago dispusieron pron- to una segunda cama en la alcoba del gabinete , que felizmente es grande ; tampoco fué largo improvisar una cena tolerable , sobre la base de la para mi solo preparada ; y dos horas después de su arribo á casa D. Carlos reposaba, corporalmente al menos, en mi modesto tugurio.

He dicho á mis dos criados , ambos leales y de toda confianza,


148 MEMORIAS

que mi huésped es un cura de Navarra , á quien sn Obispo persi- gue por cierto sermón no del gusto de S. I., y que viene á Madrid oculto á echarse á los pies del Rey, pidiendo amparo. Esa novela basta á satisfacer su curiosidad; y el cariño que ambos me tienen, me responde hasta donde cabe de la discreción de sus lenguas.

De todas maneras, veinte y cuatro horas pronto se pasan, y don Carlos insiste en que ha de salir de mi casa y de Madrid mañana mismo. Dios haga que con felicidad sea ; porque realmente no deseo menos ver en salvo á mi huésped , que salir yo de la falsa posición mientras sirviendo como sirvo en la Guardia Real nada menos, aparezca ó pueda aparecer , que estoy en relaciones tan directas y tan intimas con un hombre, que es ó. pasa por ser uno de los más tenaces é importantes conspiradores contra el régimen vi- gente.

Si se tratara de un asesino ó de un ladrón , todo el mundo com- prenderla desde luego , que darle asilo no puede proceder en mi más que de lástima : pero es un reo de Estado el que albergo, y si á saberse llega, mis mejores amigos me creerán su cómplice.

¡A la mano de Dios! Yo cumplo con un deber de humanidad: resulte de ello lo que resultare , mi conciencia quedará tranquila. ¡ A dormir , que casi amanece !


CONTESTACIÓN DE MI BRIGADIER i MI BILLETE.— EXPLICACIÓN

Y DESENCANTO. — | BONITO PAPEL EL MIÓ !

(22 de Junio.)

Tres dias hace que no he podido poner la pluma en este Diario por falta de tiempo para ello , y sin embargo , poca cosa es lo que en esas setenta y tantas horas ha ocurrido. Breve y desasosegado fué mi sueño en la noche del 19 al 20 ; porque, apenas en la cama, ocurrióseme que mi arresto dificultaba hasta la imposibilidad toda diligencia para poner á salvo á D. Carlos. Él de ningún modo puede salir á la calle ; yo tampoco sin faltar á la palabra que tácitamente tiene empeñada un oficial en mi situación; y á Santiago, no es


DE UN CORONEL RETIRADO. 149

cosa de confiarle el negocio de que se trata. ¿ Qué hacer, pues? ¡ Ah ! Sí , la idea es buena y en todo caso no puede empeorar la si- tuación.

Tomo la pluma y escribo á mi primer jefe esto :

«Mi Brigadier: el arresto que justamente se ha servido imponer- »me por mi falta me impide salir de casa, precisamente cuando »más lo necesito. No se trata de placeres ni devaneos, sino de ne- »gocio gravísimo , que más que á mí interesa á un amigo de V. , »mi Brigadier , al de la Plaza de los Toros. Por eso me atrevo á su- »plicar á V. encarecidamente que tenga la bondad de ponerme en »libertad interinamente, sin perjuicio de que cumpla luego el «tiempo de mi arresto. Sírvase V. dispensarme este forzoso atrevi- »miento y creer siempre en el profundo respeto, etc. , etc.»

Son las ocho de la mañana, D. Manuel , levantado como siempre desde las seis , habrá ya hecho su cuotidiana visita á los caballos y desahogado la bilis con los que los cuidan. — «¡ Santiago! A es- »cape á casa del Sr. Brigadier , pon esta en sus manos y no te ven- »gas sin respuesta , ni te duermas en el camino . » Santiago sale de mi gabinete como una flecha sin responder palabra , pero con un semblante que dice á voces que comprende la impotencia del men- saje de que es portador.

Mientras vuelve , y confieso que desde que oi el portazo de su salida , empecé á contar con ansia los instantes, mientras vuelve, D. Carlos se ha levantado y en sotana desayunádose juntamente conmigo. La conversación es lánguida: ambos estamos hondamente preocupados por la gravedad de la situación y el conocimiento de nuestra impotencia ; pero ninguno quiere ser el primero en dar á torcer su brazo , y menos en desanimar al otro.

Han llamado sucesivamente á la puerta el aguador, el carbonero, el panadero. ¿Qué sé yo cuantos proveedores de mi Mari-Cruz, que parece haber dado cita á todos ellos? A cada campanillazo el cora- zón me da un salto en el pecho , creyendo que Santiago está de vuelta ! Una , dos , tres veces : ¡ No es él ! ¡ Y no puede serlo tam- poco ! El Brigadier vive allá cerca de Santa Bárbara , y mi asis- tente hace apenas diez minutos que ha salido de casa. ¡ La campa- nilla ! Ahora ya puede ser él. Y lo es en efecto. Pero ¡ con qué cara se presenta ! Parece un muerto desenterrado , le falta el aliento para hablar , y me mira con unos ojos de espanto , que en cualquiera otra ocasión me hubieran hecho soltar la carcajada.


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— « ¡Dame la respuesta, estúpido ! le dije viéndolo cuadrado de- lante mi , sin más movimiento que una estatua.

— ¿ Qué respuesta ?

— ¿Cómo qué respuesta? La del Sr. Brigadier, desventurado.

— ¿La respuesta del Sr. Brigadier? No puedo dársela á V. , mi Alférez.

— ¿Estás borracho , ó te has vuelto loco , Santiago? ¡ Ea ! Venga pronto esa respuesta , j tengamos en paz la fiesta.

— Mi Alférez, la respuesta del Sr. Brigadier ha sido para mí solo. ¡Caramba! Demasiado para mí solo.

— ¿Acabas de explicarte, ó te rompo los huesos?

— ¡Eso me faltaba!.... El Sr. Brigadier no me ha dado más

respuesta que un puntapié en Pues, ya sabe V. dónde

Uno solo , mi Alférez , pero tan bueno , que me ha hecho rodar la mitad de las escaleras de su casa.

— Pero ¿ cómo ha sido eso ?

¡Cómo! Vea V., mi Alférez (y aquí Santiago expresa pantomí- micamente , pero muy al vivo , cómo nuestro Jefe le administró el susodicho golpe).

— Alguna barbaridad , y buena , habrás tú hecho para que el Brigadier

— No señor, mi Alférez; obedecer á V. en todo y no más. El cabo de batidores , mayordomo y ayuda de cámara del Sr. Briga- dier, como es amigo, me hizo entrar en seguida á su despacho. Lo hice con la gorra en la mano ; me cuadré , y le di la carta de V. que en seguida abrió y leyó. Poca gracia debió hacerle , por- que aun antes de acabarla soltó un par de


i Santiago !


— Quiero decir que dio dos ó tres patadas en el suelo; y en se- guida con un ¡ voto á !

— ¡ Bueno ! ¿Qué te dijo?

— «Está bien; vete.» Yo, como V. me habia mandado que no me volviera sin respuesta, me atreví á decirle : « Si V. S. me hi- ciera el favor de contestar al Alférez » Pero aun no habia aca- bado de hablar, cuando agarrándome de una oreja , y gritándome:

«Tunante, tú me replicas,» me sacóliasta la escalera, donde

ya sabe V. lo demás, mi Alférez.

— ¡ Bien está! vete á la cocina.

Ni D. Carlos ni yo acertábamos á explicarnos el proceder del


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 151

Brig-adier , no por lo sucedido con mi asistente , que estaba muy en su carácter violento , sino por su absoluto silencio , tratándose de negocio tan grave. De otro pudiera presumirse que quisiera desentenderse del peligro de su amigo ; respecto á D. Manuel , tal hipótesis fuera absurdamente calumniosa.

Por dicba, nuestra inquietud, que era grande, apenas duró media hora.

Al cabo de ese tiempo el trote de dos caballos terminado en mi puerta , ' y un campanillazo de acreedor insolente , nos hicieron presumir lo que la inmediata presencia del Brigadier en mi gabi- nete puso fuera de toda duda.

D. Manuel no habia querido escribir, operación mecánica que le repugna siempre , y en la ocasión presente se concibe que le re- pugnara más que nunca : pero fiel á su ejemplar caballerosidad , y adivinando por mi billete lo que pasaba , veníase en persona á sa- carnos del apuro.

— ¿Por qué no te has ido á mi casa? preguntó á su amigo al mismo tiempo que le abrazaba.

— Porque tu casa es una especie de cuartel (contestóle D. Car- los), donde hubiera estado menos seguro que en esta.

— Puede ser que tengas razón; pero lo importante, Carlos, es que de una vez te pongas en salvo. No te diré que renun- cies á

— Manuel, no hablemos de eso. Ya sabes

— ¿Que eres tan necio como yo, y tan revolucionario como mi hermano? Lo sé perfectamente. En fin, allá te las avengas en ese punto. Lo que á mí me toca es ver de salvarte si puedo. ¿Cuál es ahora tu plan?

— Salir, si puedo, hoy mismo de Madrid: en sus cercanías hay un sitio donde hasta cierto punto estaré seguro; y sobre todo, don- de ¿Si supieras, Manuel, si supieras el descubrimiento que

presumo haber hecho recientemente?

— ¿Algo de ella?

— Sí, Manuel: algo de ella y de de

— Si mi presencia, dije yo entonces (interrumpiéndole); si mi presencia estorba á V. , como presumo, explicarse claramente con el Brigadier; permítanme VV. que me retire.

— No Lescura, no (repuso con calor el proscrito) : seria una in- gratitud tener de hoy más secretos, para quien tan noblemente,


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como V. , se conduce conmigo. No se vaya V. , pues, que no me es- torba, ni mucho menos.

— No tendrás de qué arrepentirte confiáudote á este chico (ex- clamó mi Brigadier), tirándome cariñosamente de la oreja). Y á propósito: está V. en libertad!

— Muchas gracias , mi Brigadier! repliqué sumiso.

— Manuel (volvió á decir D. Carlos), esa mujer á quien yo no creia volver á ver en mi vida

— Y que más te valiera no haber visto nunca

— ¡Lo pasado no tiene remedio! En fin, esa mujer está en Madrid.

— Lo sé ; la he visto.

— Y la has hablado?

— En público y de ceremonia.

— ¿Te ha reconocido?

— Apenas me vio, Carlos , apenas me vio. Ella está pálida como una estatua de mármol.

— Pero tan hermosa, tan pérfidamente seductora como siempre!

— ¡Carlos! Tus cuarenta y pico se parecen mucho en la falta de juicio, á los veinte de este mozo!

— El corazón, Manuel , es la única cosa que en mi no ha enve- jecido, tanto ó más que mis años lo exigen. Pero vamos á lo que importa. ¿Dices que la has visto, que la has hablado, que te re- conoció?

— Y que á pesar de que está habitualmente pálida como una es- tatua, palideció al reconocerme. Quiso hablarme, y no pudo; sus

ojos se llenaron de lágrimas; su mano estrechó la mia Y yo...

Yo ¡Voto á una legión de demonios ! . . . . Yo, estuve á punto de llo- rar también , si es que en realidad no derramé alguna lágrima.

— Tu corazón, Manuel mió, no está más viejo que el de tu me- jor amigo.

— Mi mejor amigo y yo, somos un par de calaveras viejos que estamos dando muy mal ejemplo á este calavera joven.

— La casualidad ó la Providencia (prosiguió diciendo el proscrito, después de una breve pausa), me han hecho encontrarla, ó más bien verla en un coche, hace tres ó cuatro dias. Búrlate si quieres, de mi , búrlate , Manuel ; pero á pesar de mis años y de mis desdi- chas , y de las justisimas quejas que de ella tengo, apenas la reco- nocí , que fué apenas la hube visto, púseme á seguir su coche, á


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 153 '

la carrera, como un rapaz sin juicio, como un hombre que olvidó en aquel momento veinte años de horribles padecimientos , y el riesgo que hoy corre normal y constantemente su existencta.

— i Y ella ni te veria siquiera!

—Manuel , -te engañas. Ella reconoció al instante , á pesar de mi disfraz (porque iba en el traje de un manólo) , al hombre á quien tan infeliz ha hecho.

— i Es posible ! ¿Cómo lo sabes , la has hablado?

— No la he hablado, pero sé que indudablemente me ha recono- cido. Óyeme: Seguí su coche á la carrera, y llegué al mismo tiempo que ella á la que presumo será su casa , llegué tan oportunamente que la vi apearse , apoyada en el brazo de un joven , de un niño, Manuel mió, de un niño á quien llamó Garlos ....

— ¿Qué me dices?

— Lo que oyes, Carlos le llamó; y su edad no puede pasar de veinte q,ños , Manuel

— ¿Es Alférez de cazadores á caballo de la Guardia Real? Pre- gunté yo, que con la ansiedad que puede comprenderse habia hasta entonces escuchado silenciosamente la conversación.

— Ese uniforme llevaba, me respondió D. Carlos. ¿Le conoce V. por ventura?

— Conozco (respondí) un joven de esas señas, ahijado, protegido, no sé qué , de la Condesa de Roca-Umbria , á quien he tenido el honor de ser presentado por la Duquesa de Calanda.

— ¿No es Carmen? Preguntó mi huésped al Brigadier.

— Ella es, respondióle mi jefe; pero aun no me has dicho, cómo sabes que ella te reconoció.

— Bajaba, como te decia del coche, apoyándose en el brazo de

ese de ese Carlos , en fin , y seguida por una niña , encantadora

por cierto. Yo estaba, sin aliento casi, apoyado en el quicio de la puerta, á espaldas del lacayo, que habia abierto la portezuela del carruaje, cuando sus ojos y los mios se encontraron.

. . . . ¡ Cecilia ! Exclamé sin ser poderoso á contenerme.

— ¡ Carlos !! Clamó ella con asombro indecible , perdiendo el sen- tido. Acudieron inmediatamente en su auxilio, el joven, la niña, el lacayo, el portero, otros criados , comenzó á reunirse la acos- tumbrada turba de curiosos, en derredor de nosotros; y yo temiendo un percance , porque en mi situación el más mínimo puede cos- tarme la vida, retiróme apresuradamente. Como es preciso, sin


154 MEMORIAS

embargo , que yo sepa á qué atenerme en cuanto á ella j áél

¦ — ¿Quién es e7? Dijo aquí mi Brigadier arrugando el ceño, como si creyera que se trataba de algún prójimo, con quien hubiese su amigo de cruzar la espada.

— ¿Que quién es e'l^ Bl, amigo mió; él, ^ese oficial de ca- zadores

— ¿Luego te crees....?

— Cabe en lo posible , es acaso probable , y esto basta y sobra para que yo, quiera á toda costa salir de la duda.

— Lo cual significa que seria completamente inútil hacerte re- flexiones

— ¡Completamente inútil, mi querido Manuel!

— Veamos, entonces, cómo puedo servirte.

— Te he dicho que me retiré de la puerta de su casa , dejándola desmayada , y sin poder hablarla : ahora es preciso que sepas , que dos ó tres horas después volvi á llevar y entregar á su portero, una carta para ella.

— ¿ No te ha contestado ?

— No le era posible , puesto que yo no lo indicaba , ni en reali- dad podia indicarle á dónde habia de dirigirme la respuesta : pero estoy seguro , completamente seguro , de que hará lo que la he suplicado que haga.

— ¿Me permitirá V. (interpuse yo), Sr. D. Carlos, preguntarle si lo que á esa señora pedia , fué por ventura , que saliese de Ma- drid , ó á lo menos de su casa , sin llamar la atención llevando equipaje , pero acompañada por los dos jóvenes que con ella vio en el coche?

— Eso precisamente . Respondió el interpelado , mirándome atónito .

— Pues en ese caso (repliqué yo) no le engaña á V. su confianza: la Sra. Condesa de Roca-Umbria , con la bella Irene y D. Carlos de Pierrefite,

— ¡De Pierrefite! (Me interrumpió el proscripto). Manuel, no tiene duda que es él. Prosiga V., amigo Lescura, prosiga V. y perdone.

— Solo tengo ya que decir, que en efecto, esa Dama y los dos jóvenes salieron ayer de su casa en coche de colleras, sin equipaje alguno , pero previniendo á sus criados que tal vez no regresarían ni aquel dia ni el inmediato,


DE UN CORONEL RETÍRADO. 155

Aqui , como de razón , me sometió mi Brigadier á un interrog*a- torio, del cual resultó tener yo que referir mi desairada aventura del dia anterior , si bien omitiendo todo lo que á mis pretensiones galantes respecto á la Condesa se refiere.

Parece que esa Señora posee por herencia , á dos ó tres leguas de Madrid , entre el pueblo de Hortaleza y la Alameda de Osuna, una quinta llamada el Consuelo Rústico, muy conocida á la cuenta de D. Carlos, que según muy á mi pesar voy viendo , debe haber sido, sino es todavía, amante de la bella Niobe ; y que para la tal Quinta ha citado el proscripto á su antigua dama.

Verdaderamente , seria difícil acumular de propósito sobre un pobre muchacho tantas y tales contrariedades y mortificaciones para el amor propio , como sobre mí pesan de cuarenta y ocho ho- ras á esta parte ; y ¡ vive Dios ! que seria chasco pesado que tras de la [especie de manteo moral que he padecido estos días y estoy ahora padeciendo aun , se terminara la función con la pérdida de mi carrera , que es lo mejor que puede acontecerme si la Superin- tendencia general de Policía llega á sospechar siquiera que yo doy asilo, á quien ella tan encarnizadamente persigue.

En fin, sigamos el consejo del gran Corneille, no sé en qué tra- gedia : Faites notre devoir, et laissezfaire aux Dieux.

Haga yo lo que debo , y sea de mí aquello en que Dios fuere servido.

Y á la verdad que la cruz es completa ; porque no solamente me comprometo por mi dichoso rival , sino que soy yo quien tiene que escoltarle , por decirlo así , hasta la Quinta donde su Amarilis le espera, á juzgar por las señas, con los brazos abiertos. ¡Bonito papel á los veintidós años para un Oficial de la Guardia, que pasa por calavera y no muy desdichado en amores ! ¡ Bonito papel , á fe mía !

Volvamos al pendiente relato , que más vale para el lector , si llego á tenerlo, y para mí también.

El Brigadier se va á disponer que hoy mismo salga yo de parti- da con doce caballos, á "cobrar una libranza que tiene el cuerpo sobre la tesorería de Guadalajara. Entre dos luces, dejará la tropa el cuartel á las órdenes de un sargento , y me esperará en Canille- jas, donde iré yó terminadas ciertas diligencias (supuestas por de contado ) , que mi Jefe me encarga , á incorporarme con la partida y emprender la marcha á nuestro destino. Ácompañaráme mi asis-


156 MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO.

tente y un ordenanza (que será D. Carlos vistiendo nuestro unifor- me), el cual á la altura conveniente del camino, trocando su traje de soldado por otro de paisano , que en la grupa ha de llevar á prevención, se apartará de nosotros para irse á Consuelo Rústico. Es decir: para.... para.... Y en suma; á mi que me importa...? La tal Niobe puede casi ser mi madre ; lo que en ella me pareció

haberme prendado no fué más que el misterio Y la Irene es

linda como una rosa temprana , alegre como un pájaro , más pro- porcionada á mis años Casi, casi, creo que es de ella y no de

la Condesa , de quien realmente estoy enamorado.

Patricio de la Escosuea.

(Se continuará.)


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR.[editar]

Importantes acontecimientos se han realizado: trascendentales deter- minaciones ha tomado el Gobierno desde que apareció el último número de La Revista de España. A poco que se reflexione, se comprenderá la reserva j circunspección que nos imponen las condiciones legales á que han de sujetarse nuestros juicios , no siendo por lo tanto empresa fácil juzgar hoj los hechos y las personas que ejercen major influencia en la gobernación del Estado.

La situación política , civil y financiera del país y la actitud del nuevo Grabinete , caracterizada suficientemente para formarse idea de la tenden- cia que en él domina , ofrecerían en ocasión diferente vastísimo campo á nuestras consideraciones. Dentro, sin embargo, de lo que nos sea per- mitido , vamos á echar una rápida ojeada sobre aquellos sucesos que se destacan á la vista de todos como de más reconocida trascendencia.

Los discursos de los Sres. Pastor y Marqués de Barzanallana , al hacer el examen de los presupuestos del Estado en la alta Cámara, han llamado con justicia la atención pública, así por las ideas vertidas en ellos, como por el mérito indisputable de los oradores que los han pronunciado. En todas épocas las cuestiones de Hacienda han tenido gran importancia , la cual se aumenta sin duda en la ocasión presente , porque ahora , más que nunca, puede decirse, que los presupuestos entrañan las más trascendentales cues- tiones políticas y sociales llamadas á resolverse por las naciones mo- dernas.

Asegurad Sr. Marqués de Barzanallana, «que no haj nada más poli- utico que el presupuesto de un país.» El presupuesto de un país, añade, »expreáa de una manera tan precisa como lo hacen los guarismos, las «opiniones que dominan en una nación.

«¿Qué es lo que expresa el presupuesto español? ¿Qué es necesario que


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"exprese en adelante, si hemos de modificar la actual situación, de la que, >^por lo visto, nadie se halla satisfecho"! ¿Qné es lo que expresa? La situación de un país , hasta cierto punto excepcional , en las condiciones que exige la civilización á los pueblos modernos en su manera de ser.»

La confesión no puede ser más preciosa , no solo por lo explicita, sino porque la hace una persona notable del partido moderado, que ha formado parte principal de la administración á cujo frente estuvo el Sr. Duque de Valencia.

En la opinión del Sr. Marqués de Barzanallana no se puede continuar asi sin graves peligros, los males económicos que aquejan á la nación es- pañola no pueden remediarse sino cambiando radicalmente el estado po- lítico del pais.

El Sr. Marqués de Barzanallana desea que la nación española entre de lleno en las vías de la civilización del siglo en que vivinos. De tal manera nos alegra ver al Sr. Marqués de Barzanallana en este camino, que deseamos vivamente, á fin de que sus palabras tengan la autoridad merecida, que el pais olvide sucesos llevados á cabo con su consentimiento , que no po- demos discutir hoj, pero que nadie se atreverá á decir que sean propios de los pueblos en que impera el espíritu de la civilización moderna.

¿Cree el Sr . Marqués de Barzanallana que está en armonía con las ideas dominantes en el mundo culto la lej vigente de instrucción pública? Si nos fuese permitido hacer un análisis detenido de ciertas cuestiones , veria el Sr. Marqués de Barzanallana cuanto realce hubieran tenido sus palabras si se hubiesen pronunciado en ocasión oportuna, si hubiesen estado acom- pañadas de una enérgica protesta, cuando ni sus más crueles enemigos ha- brían podido dudar de la sinceridad de sus convicciones.

Nosotros teniendo en cuenta las ideas proclamadas últimamente por el señor Marqués de Barzanallana , reconocemos la gran importancia que en sí tienen no pudiendo dejar de ser hoj condenación expresa de un sistema político que nosotros combatimos j al que han venido á censurar luego con sus palabras el Sr. Marqués de Barzanallana j el mismo Sr. Duque de Valencia antes de morir, si se tiene en cuenta la declaración hecha en la alta Cámara por el Sr. Marqués del Duero, declaración de cuja veracidad no dudará ningún hombre honrado, sistema político por otra parte que tampoco aplaude ya , según parece , el Sr. Arrazola; ¿pues qué otra cosa, que la reprobación de dicho sistema, puede significar la salida del Gabi- nete de aquel Ministro, cuando todavía no ha tenido sucesor en la Secre- taría de Estado?

En nuestro sentir , la más trascendental reforma que ha llevado á cabo el actual Ministerio es la que se ha efectuado en el ramo de instrucción pública. Por eso se entibia el entusiasmo que debiera inspirar en nosotros la elocuente profesión de fe del Sr. Marqués de Barzanallana al recordar


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SU asentimiento á aquella reforma j á otras disposiciones que no pueden menos de condenar los que no sean decididos adversarios del espíritu del mundo moderno.

El antiguo partido moderado español resistió, como en otra Revista hemos manifestado , la tendencia que hoy domina en tan importante ramo de la gobernación de un Estado , j las palabras pronunciadas recientemente por el Soberano de un país vecino en alabanza de M. Cousin , han traído á nuestra memoria los brillantes discursos de aquel elocuente orador en de- fensa de los buenos tiempos de la Sorbona j en contra de la ley presentada por M. Villemain , que por buscar nuevas alianzas electorales , erigió á los seminarios en escuelas públicas j privadas, privilegio que les había ne- gado la Restauración , á pesar del espíritu ultra-realista que dominaba en sus Cámaras. Bien pudo y debió el Sr. Marqués de Barzanallana tener pre- sente este y otros ejemplos cuando accedía á decisiones que según se ve , no estaban conformes con sus principios , convencido de que cada paso que el Ministerio daba en este camino, no podía dejar de ser precursor de nuevas y más apremiantes exigencias. Cuando M. Villemain comprendió que no podía ceder más , se encontró rodeado de enemigos , siendo sus antiguos aliados los que más le censuraban y combatían , considerándose muy feliz el día en que retirado á la vida privada pudo dedicarse á rejuvenecer su marchita inteligencia, libre de los sinsabores que le había causado el fer- voroso entusiasmo de sus momentáneos parciales.

Algo parecido le sucede al Sr. Marqués de Barzanallana , teniendo que pasar por el duro trance de que hoy le califique de revolucionario un an- tiguo compañero de Gabinete , al pedir « que se ejecute y plantee el Con- » cordato últimamente celebrado por el Gobierno de S. M. con la Santa "Sede, de tal manera que el clero deje de pesar algo de lo que terrible- » mente pesa en el día sobre el presupuesto de gastos.» Al contemplar el asombro que las palabras del Sr. Barzanallana, causaban en el ánimo del Sr. Ministro de Hacienda, nos preguntábamos á nosotros mismos. ¿Qué calificación le merecerán al Sr. Orovio las peticiones de las antiguas Cortes en este mismo sentido de épocas no tildadas por cierto de racionalistas ni de revolucionarias? ¿Cuál será el juicio de este señor acerca de la célebre consulta que en 8 de Febrero de I6l9 presentó al Rey Felipe IV en nombre del Consejo de Castilla el respetado D. Diego del Canal y Arellano? ¿Cuan revolucionarias no deberán parecerle al Sr. Ministro las trascendentales medidas que , dirigidas á análogo propósito , contiene el sexto capítulo de aquel importantísimo documento?

Existe una escuela que alcanza por cierto en los tiempos que corren gran boga, parala cual las más trascendentales medidas, cuando se en- caminan á la consecución de sus propósitos , son siempre legales y tachan de revolucionarias cuantas determinaciones se toman en sentido contra-


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rio , por más que se lleven á efecto por los medios que la lej fundamen- tal establece. Para estos señores, en quienes reside, según ellos, por dere- cho propio la justicia, todo lo que no está en armonía con sus aspiraciones es nocivo, revolucionario y herético ; depositarios únicos de la verdad poli- tica , civil y religiosa, cuantos están fuera de su gremio son merecedores de castigo, sin comprender que por tal sentencia la humanidad estaría abandonada de Dios y en abierta rebelión con la voluntad divina.

Cada época política presenta su carácter peculiar , y dejando aparte la cuestión de conveniencia , de justicia y los resultados que á la larga pue- den dar de sí ciertas medidas es lo cierto que lo que más se destaca en el carácter, en la fisonomía que presenta hoy la poUtica española , es sin duda la iniciativa gubernamental. Si las reformas llevadas á cabo por los mode- rados , desde que últimamente entró en el poder el Sr. Duque de Valencia, han sido beneficiosas á los pueblos, ningún partido, ningún gobierno puede vanagloriarse de haber sido más activo ; ningún Parlamento puede tener más satisfecha su conciencia por no haber presentado obstáculos al poder que sostenía , si lo contrario sucediese , difícilmente se presentará en la historia responsabilidad más grande.

Fácilmente se comprenderá el interés con que sigue la opinión pública el asunto de los auxilios á los caminos de hierro , si se tiene en cuenta el estado de nuestra Hacienda, y por consiguiente las grandes ventajas que debe reportar al país cualquier nuevo sacrificio que se imponga hoy á los contribuyentes, ó la necesidad legal y moral en que se encuentre el Es- tado de cumplir ineludibles compromisos si ha de justificar su conducta. Desde estos dos puntos de vista, pues , debe estudiarse esta cuestión de- jando aparte por un momento su carácter político, acerca del cual diremos algunas palabras luego si nos fuese posible.

Empezando nuestras observaciones por el segundo de los dos extremos á que antes nos hemos referido , no vacilamos en asegurar, confiados en que nadie se atreverá á contradecimos, que legalmente considerada la medida , no hay una sola razón que venga en su apoyo. Las concesiones de caminos de hierro se hacen por subasta púbhca, debiéndose adjudicar al mejor postor, pues bien, esta licitación no solo seria una formalidad ridicula, sino que encerraría un principio de inmoralidad, si aquel que presentase las condiciones más favorables al Estado lo hiciese guardando en su ánimo la esperanza ó mejor dicho la seguridad de que, con el trascurso del tiem- po, lejos de cumplir los compromisos que del contrato resultasen, habia este de mejorarse sucesivamente en beneficio propio.

Sin que nadie nos tache de altivos , bien puede condenarse al desprecio la idea , por algunos vertida , de que España en esta ocasión no ha cumpli- do religiosamente sus compromisos.


INTERIOR. 161

El Real decreto de 19 de Majo de 1856, que regularizó el sistema de con- cesiones j sobre el que se forman la major parte de los contratos exis- tentes, dice en su artículo segundo:

"Al aceptar la empresa este pliego de condiciones , se entiende que ha verificado to- "dos los cálculos y datos en que estriba; que se confirma en realidad de todo lo que en "él se establece, y que tiene la seguridad de poderlo ejecutar en todas sus partes, sin "reclamar nuevas gracias ó concesiones por los errores , imperfecciones y omisiones "que puedan encontrarse en la realización de la obra,"

Las palabras son tan claras y terminantes, que es inútil añadir comen- tario alguno.

No tan fácilmente en verdad puede ni debe resolverse la cuestión que encierra el segundo extremo, esto es, las ventajas ó desventajas que han de resultar al país de que el Gobierno se encierre en los estrecbos pero cla- ros límites de la justicia, ó de que cediendo á otro género de consideracio- nes se decida á imponer nuevas cargas á nuestro exhausto tesoro en be- neficio de las empresas de ferro-carriles. Todas las naciones han mostrado grande interés por el desarrollo de las vias férreas. En Francia , bajo las diferentes fases políticas por que aquel país ha atravesado desde 1835, época de la primera concesión, se ha admitido en principio «que los ferro- "carriles son objeto de utilidad pública , que en la prosperidad de las com- "pañías se interesan altamente el Gobierno j el Estado , que no solo seria «injusto oponerles la letra de sus contratos, sino que una equidad supe- »rior manda que en circunstancias difíciles se les concedan todas las mo- "dificaciones y todas las ventajas que les aseguren un largo porvenir. »

Rechazamos en principio esta teoría, fundándonos en las i-azones expues- tas antes. Estos asuntos deben únicamente resolverse desde el punto de vista de la conveniencia recíproca del país j de las empresas, pues no es posi- ble alegar una sola razón en otro concepto que pueda merecer la conside- ración de los hombres rectos.

Ningim Gobierno que tenga en cuenta los intereses verdaderos j per- manentes del pueblo , cuyos destinos rige , debe imponerle gravamen al- guno del que no le redunden claramente grandes beneficios; esta considera- ción sube de punto si se tiene presente el estado de la nación española y la urgente necesidad en que se encuentra de introducir grandes economías en su presupuesto. Basta recordar, en corroboración de lo que decimos, que en Francia , á pesar del interés con que allí siempre se han mirado las vias férreas, durante la crisis económica que atravesó desde 1846 á 1850, no se tomó ninguna medida en favor de aquellas empresas , llegando algu- nas en 1848 á estar en período de liquidación , sin que se abriesen para ellas más risueños horizontes hasta 1851 en que las dificultades financieras iban de vencida.

Esto no obstante , considerando el interés que tiene España de entrar en el TOMO II. 11


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concierto de los pueblos europeos, siquiera sea por los intereses comerciales, la necesidad en que nos encontramos de capitales extranjeros que vengan, no solo á ajudar en los momentos de prueba á nuestros Gobiernos, sino lo que es más esencial , á fomentar las empresas particulares , el desarrollo de la agricultura j de la industria , fácilmente se comprenderá que no es el medio más adecuado, para que asi suceda, desatender las reclamaciones de los que han invertido sus capitales en empresas de utilidad común. Se- mejantes consideraciones nos parecen las más eficaces en defensa de la idea de otorgar auxilios á las empresas de ferro-carriles. ¿Pero dará resul- tados favorables en este sentido la medida que el Gobierno presenta? Bien puede asegurarse desde luego que dejara mucho que desear, pues prescindiendo de que , ó el estado de las compañías no es tan precario como se asegura , ó de que si lo es los auxilios serán ineficaces , es lo cierto que podían haberse adoptado otras resoluciones las cuales , favore- ciendo más directamente los legítimos intereses de los obligacionistas j accionistas , redundasen al mismo tiempo en beneficio directo del país.

Estudiando el período por que atravesaron , los caminos de hierro en la nación vecina desde 1835 á ] 846 , j fijamos la atención con pre- ferencia en Francia, porque todo el mundo sabe lo mucho que desgra- ciadamente , en nuestro sentir , hemos tomado así en administración como en poUtica , del organismo interior de aquel país , se ve por el es- píritu dominante en el Gobierno de aquella época j por las disposiciones aprobadas en sus Cámaras , que allí se tendía más á conceder en condi- ciones favorables nuevas líneas que viniesen como á servir de arterias á las grandes vías y á librar de trabas á las antiguas empresas, que á otorgar nuevos recursos aumentando las concedidas subvenciones.

Fuera , como antes hemos dicho , de los años trascurridos desde 1846 á 1850, época llamada por persona competente de liquidación, al comenzar en Francia mejores días para las empresas en 1852 se sujetaron á nuevas revisiones los contratos, variando el tiempo de las concesiones que se extendió á noventa j nueve años , se ensanchó también la garantía del interés prestando nuevas fianzas el Gobierno; me- didas todas altamente favorables á los particulares interesados en las em- presas j á la riqueza general de los pueblos. ¿Tendrá un resultado seme- jante la donación que hojhace el Gobierno en condiciones completamente desconocidas para el país? ¿Qué agradecimiento mereceremos de las personas interesadas como accionistas ú obligacionistas en las empresas de cami- nos de hierro si no llegan directamente á ellas , las consecuencias de la donación, por tener que atender las empresas al pago de más recientes é ineludibles compromisos? ¿Van á mejorarse de resultas del sacrificio im- puesto al Estado en la ocasión menos propicia los caminos de hierro que tanto dejan que desear en nuestra patria , al extremo de ser considerados


INÍERIOR. 165

con razón como una excepción triste de las demás vías férreas de Europa?

Dudas ofrece la redacción del proyecto de le j presentado á las Cámaras , dudas que expuestas por los órganos de la opinión pública no han ob- tenido hasta ahora completa aclaración. Dice el proyecto de que nos ocu- pamos :

"Articulo ímico. En cumplimiento de lo que previene el art. 1.° de la ley de 11 de Julio de 1867 se autoriza al Gobierno para emitir obligaciones de ferro-carriles en cantidad bastante á producir la suma que corresponda al 15 por 100 que por disposi- ción expresa de la misma debe destinarse al auxilio de las compañías de caminos de hierro , quedando también facultado para aplicarles estas sumas después de un dete- nido examen y de consultar la necesidad y eficacia del auxilio , combinando esta me- dida con las disposiciones que crea conveniente en bien del Estado y dando cuenta á las Cortes oportunamente, n

El Gobierno ha presentado el proyecto de 1.' de Mayo en extricto cum- plimiento de la ley de 11 de Julio de 1867. Estando, seg-un se ve, en vigor la antedicha ley , el Gobierno puede hacer la emisión de treses para que aquella le autoriza cuando guste . y el 15 por lOO de la emi- sión debe aplicarla en auxilio de los ferro-carriles; pero como según el proyecto determina, el precepto de la ley de 11 de Julio, solo puede servir para señalar la cantidad á que debe ascender la nueva emisión de obligaciones de ferro-carriles , pues su importe real y verdadero no existe en las arcas del Tesoro , se desprende del contesto de la autorización que en ella están comprendidos el 15 por 100 de la negociación hecha sobre amortizables y el 15 por lOO de la negociación de los 400 millones en treses para que el Gobierno se cree autorizado , ó lo que lo mismo , que se emitirán obligaciones de ferro-carriles en cantidad suficiente para reunir 120 millones de reales efectivos que es según parece más natural lo que va á repartirse entre las empresas existentes. Ahora bien, calculando el cambio de aquel papel á 65 por lOO tendrán que emitirse 185.000.000 y de- vengarán como rédito anual 11.000.000 y pico que es el sacrificio que va á imponérsele á los contribuyentes.

No es nuestro objeto al escribir estas lineas inferir la más leve incul- pación á las compañías, pero cuando se le vá á exigir al país, y en cir- cunstancias poco á propósito, un sacrificio de importancia , es natural que se hayan puesto de manifiesto la diferencia que arrojan los datos oficiales entre lo qae han costado cada uno de los diferentes caminos que en Es- paña existen , de cuyo estudio comparativo , salen muy bien librados por cierto los ferro-carriles catalanes. No tenemos la competencia necesaria para inquirir la razón facultativa de esta marcada diferencia , pero cual- quiera podría atribuirlo á mayor celo en la construcción y administración de aquellas vías , y si así fuese , ¿quién con más títulos que ellas para me- recer la protección del Gobierno? Por todas estas razones y por otras mu- chas , creíamos más conveniente que el Ministerio hubiese presentado rm


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projecto de ley completo en el cual un amplio debate hubiese disipado las dudas que todo el mundo tiene interés en aclarar.

Poca ó ning-una fuerza arrojan ja de sí entre nosotros los ar^mentos que nacen de poner en contradicción con su conducta pasada á los hom- bres ó á los partidos. ¿Quién en este punto no está, como vulgarmente se dice , curado de espanto ? ¡ Feliz se consideraría la nación con que el bien se hiciese aunque fuera por los que más se hayan opuesto á él antes de ahora ! No por presentar á persona alguna en contradicción consigo misma, sino porque no sabemos decir nada mejor á nuestro propósito j en defensa de lo que está en el deseo de todos , vamos á citar frases elocuentes á pro- pósito de autorizaciones que no podian compararse , ni por el caso , ni por las circunstancias con la presente.

Decia el Sr. D. Benito Gutiérrez , Diputado moderado , en nombre de sus compañeros once dias después del famoso 22 de Junio , á propósito de una autorización bien diferente por cierto de la presente, quetendia sin embargo también á proteger las empresas de ferro-carriles :

"El más grave mal de las autorizaciones es el peligro del desorden , porque tras ellos viene la perturbación, palabra que emi^leo porque parece más justa y adecuada que la de modificación."

"Lo que yo entiendo es que el proyecto, por la forma que se le ha dado, sin prestar grandes auxilios á las compañías que lo merezcan , tal vez va á dar, para que puedan evadir sus compromisos, á las compañías que no lo merezcan, y esto es lo que me pro- pongo demostrar, anulando los párrafos del artículo."

"No hay dos enfermedades que admitan un mismo tratamiento. Veinticuatro com- pañías adolecen de enfermedad, el mismo remedio aplicado á las " veinticuatro , tiene que ser inoportuno é inconveniente.

"Los que impugnamos el proyecto, le combatimos por falta de preparación. Un Di- putado prudente , por lo que no cabe sospechar indiscreción de su parte, nada sospe- choso ijor ser individuo influyente de la mayoría , sumamente entendido en todas ma- terias , y más especialmente en la que nos ocupa , el Sr. Ardanaz, en fin, echaba de menos informaciones parlamentarias y administrativas y atacaba el proyecto por in- oportuno y peligroso.

Pues en aquella autorización tan rudamente combatida, que habia modi- ficado dos veces la comisión , y en la cual los Sres. Diputados pudieron ha- cer todo género de observaciones , se le señalaban al Gobierno las inno- vaciones que podia hacer marcando los i*equisitos á que tenia precisamente que sujetarse , y oyendo en toda determinación importante al Consejo de Estado.

Creemos un grave mal estas medidas , sean como sean ; deseamos que los partidos , amaestrados en la experiencia , pierdan hasta la memoria de las autorizaciones ; deseamos que el mecanismo de nuestras instituciones se oponga , como sucede en Inglaterra , hasta á la tentación de semejantes propósitos.


INTERIOR. 165

Son tales y de tanta importancia ios arg-umentos aducidos contra las autorizaciones por los hombres de más talla de este Parlamento , que nos asombra , y creemos asombrará al país , la facilidad con que pasan una j otra autorización. ¿ Quién puede olvidar aquellas terminantes frases del se- ñor Nocedal contra las autorizaciones que presentó el Sr. Duque de Tetuan repetidas con énfasis hace pocos dias al discutirse el proyecto de Banco territorial ?

Figúrense nuestros lectores al Sr. Nocedal de pié en el extremo de su banco, enérgico, altivo, con la cabeza erguida, la mirada centelleante y la mano derecha levantada en la actitud de quien afirma una verdad dog- mática exclamando con el acento de la convicción más profunda :

"Señores Diputados: en buen hora, á mí no me lo parece; pero en fin pase; en buen hora conceded dictaduras políticas ; nunca concedáis dictaduras económicas : las dictaduras políticas concedidas son un verdadero desatino, porque es Dios quien las permite, que no los Parlamentos; pero las dictaduras económicas no solamente son un desatino, son una aberración , son una cosa que raya en la vergüenza,"

El partido moderado en este sitio y por medio de la prensa periódica aplaudió con entusiasmo aquel íliscurso mió que tales observaciones dirigía al Gabinete del general O'Donnell.

Yo pido á los moderados que forman la mayoría de esta Cámara que piensen hoy como pensaban entonces. "

Esto no obstante , al llegar la votación , el Sr. Nocedal, por motivos in- comprensibles, y usamos de una frase suya, apela á la estratagema de la fuga, y hoy calla , no sabemos por qué alta consideración política , y pa- san y pasan autorizaciones , sin que se les oponga el dique de su vigorosa palabra ni la condenación de su voto.

Si enérgicas y terminantes son las frases del Sr. Nocedal , más enérgi - cas y más terminantes son aquellas con que el Sr. Conde de San Luis, actual Presidente de la Cámara, concluía su discurso en contra de las mismas autorizaciones presentadas por el Sr. Duque de Tetuan. Dirigién- dose á los representantes del país , decía el orador más importante á la sazón del partido moderado :

¦'A vosotros os pido de nuevo que no votéis el proyecto, porque es el poder discre- cional. Esto es aborrecible por los desastres que causa al pueblo ; pero lo es mucho más , porque su ejercicio revela el envilecimiento de las napiones.

"No contribuyáis á ese envilecimiento , y conservad por el contrario la dignidad de las Cortes españolas. La posteridad excusa las pretensiones de Octavio después de vencido Antonio ; pero no ha perdonado jamás al Senado su condescendencia bochor- nosa, ni aun después de la batalla de Accio. n

Así se expresaba el Sr. Conde de San Luis ante unas Cortes en que votaban contra las autorizaciones 97 Diputados la mayor parte individuos del partido que estaba en el poder y amigos personales no pocos del hom- bre inminente que presidia aquel Gobierno , el cual por primera vez y en circunstancias gravísimas presentaba una autorización exigida por anor- males circunstancias.


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Un solo discurso se ha pronunciado en la cuestión de que nos venimos ocupando al cerrar esta revista, en el que el Sr. Marqués Sardoal comba- te con elegancia y vigor el proyecto puesto á discusión. Cuanto dijésemos sobre la peroración del joven Marqués seria pálido si se comparase coü las frases que á seguida copiamos :

"Dos años hace próximamente, Sres. Diputados, que los actuales Ministros ó la ma- yor parte de ellos ocupan el poder, y desde entonces su política constante, su idea fija no ha sido otra que la arbitrariedad erigida en sistema , arbitrariedad que acaso pu- diera disculpar la historia cuando detrás de esa arbitrariedad se encontrase el brazo potente del César al servicio de una idea más ó menos aceptable , pero grande al me- nos ; arbitrariedad que inspira la indignación y el menosprecio cuando bajo los plie- gues de la tiínica del César, es fácil descubrir la endeblez del mandarín.

"Llegaba el Gobierno al poder en bien críticas circunstancias ; acababa de ser domi- nada una formidable revolución por los esfuerzos del hombre que á la sazón regia el Gobierno del país ; y digo de un hombre , porque es justo y razonable conceder el laurel del triunfo á quien se hubiera exigido la responsabilidad de la derrota.

Habíanse votado siete autorizaciones , á las que se creyó prudente añadir la octava en vista de los sucesos que habían tenido lugar, y en contra de las cuales votó el par- tido moderado , lo cual no le impidió hacer uso de ellas una vez en el poder.

"Yo podría recordar, si las creyera de importancia, las palabras que con aquel mo- tivo pronunció desde estos bancos el hoy Ministro de Hacienda ; pero dejando esto á un lado, el Gobierno hizo uso de aqu.ellas autorizaciones, especialmente de la octava. Y i cómo? Aplicándola á los mismos que la habían hecho para combatir á la revolu- ción, aplicándola, señores, á personas que por su alta posición parecía que debieran hallarse libres de toda sospecha, á los dignísimos Presidentes de las Cámaras. Y no es, señores, que yo trate de traer á la discusión aquel hecho. Aquella ofensa, si ofen- sa cabe , en nada pudo ofender al dignísimo Presidente que entonces ocupaba esa silla (señalando á la de la Presidencia), porque no es posible que Uegue á la región serena donde se mece el águila, el polvo que una ráfaga de viento levanta á unos palmos de la tierra. "


Empieza á llamar la atención la dificultad con que se reúne número sufi- ciente de Senadores para votar leyes en la Cámara alta , no faltando quien en forma culta se queje de que así suceda. Cuestión es esta demasiado ardua para que consignemos aquí las reflexiones que nos sugiere; pero séanos permitido decir que teniendo en cuenta el número de Senadores que residen hoy en la corte, bastan 108 para votar leyes y que pasan de 130 los nombrados en las últimas promociones por el general Narvaez . No se quejen , pues , los hombres del poder sino de sus propias hechuras.


REVISTA POLÍTICA EXTERIOR[editar]

EXTERIOR. 167


Aunque en nuestro número anterior prometimos ocuparnos en este de las probabilidades que hay para una próxima g-aerra , j de los motivos que la dificultan , j tal vez la hacen imposible por ahora , tenemos que aplazar este asunto en vista del sesgo que va tomando en Inglaterra la cuestión relativa á las modificaciones que hayan de hacerse en el régimen de Irlanda. Siendo la Gran Bretaña maestra de todas las naciones de Eu- ropa en cuanto se refiere al ejercicio del gobierno constitucional j parla- mentario , es , no solo natural , sino en cierta manera necesario , que se fijen en ella los ojos de cuantos sean amigos y enemigos de este siste- ma de gobierno , cuando alH surgen asuntos que ponen á prueba su bon- dad ó sus inconvenientes. Asi se explica que nosotros , partidarios decidi- dos de ese régimen político , porque nos parece el que mejor se adapta á las condiciones de los pueblos de Europa en su actual estado , anteponga- mos á todas las materias que en este lugar deben ocuparnos , el examen y detenido estudio de las cuestiones políticas á que da origen en la Gran- Bretaña el ejercicio de sus seculares instituciones y la lucha legal de los partidos que alU se disputan el mando para ejercerlo conforme á sus res- pectivos principios , y siempre en provecho de la gran nación que tan gran- des beneficios le debe.

De propósito hemos sentado la anterior aseveración , contraria de todo punto á ciertas opiniones que por circunstancias que no es del caso expo- ner , aparentan ahora más vigor que en otras épocas y aspiran á realizarse en las esferas del Gobierno de nuestra patria. Los que las sostienen afir- man que los partidos políticos son un grave mal para los países en que existen , porque los agitan y conmueven gastando estérilmente las fuerzas de la nación que con más provecho podrían emplearse para fines más fe- cundos. A pesar de la apariencia seductora de esta doctrina , no solo es en su esencia falsa , sino que su realización seria desastrosísima , porque si no existieran partidos políticos , la vida de las naciones se estancaría , lle- gando rápidamente al momento de su ruina. Desde que el ejército de Carlos derrotó en Villalar las huestes de las Comunidades , acabó en Es- paña el espíritu de partido. Todas las fuerzas de la nación se convirtieron á otros objetos, y prescindiendo de los asuntos interiores, fueron á lu- char y á vencer con frecuencia las de otros pueblos que se oponían de di- versas maneras al inmenso poder de la casa de Austria. ¿Y qué sucedió sin embargo? Que menos de dos siglos bastaron para que la unanimidad absoluta de los españoles , que debió , según suponen los que combatimos, producir la omnipotencia de España y su felicidad y su riqueza , la lleva- se al estado de postración mortal , de abyección y de ruina en que la dejó


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á SU muerte el por tantos motivos desdichado Carlos II. Por el contrario, no bastó en Ing'laterra el cansancio que habían producido las extermi- nadoras guerras de sucesión; no bastaron el carácter y la fortuna de losTudores para acabar por completo j para siempre con el espíritu de partido y con las aspiraciones á la libertad en aquel pueblo. En vano declaraba el gran Canciller Bacon, ilustre en la historia de la ciencia, aunque extigmatizado en política por su corrupción y por su bajeza, que los representantes de las ciudades y condados solo debían ocuparse en conceder ó negar los impuestos que se le pedían , prescindiendo de asun- tos públicos , en los que nada tenían que ver. Poco importaba que fue- ran algunos oradores de la Cámara baja á expiar en los calabozos de la Torre de Londres el atrevimiento de defender varonilmente las atribucio- nes que se les negaban ; ni la gloria de la gran Isabel , ni los vientos del absolutismo que reinaban en aquella sazón en toda Europa, donde teó- logos y jurisconsultos defendían y propalaban la absurda doctrina del de- recho divino de los Reyes, pudieron hacer que se esterilizasen los gérmenes de libertad política que estaban desde hacia siglos sembrados en el suelo de Inglaterra. Los principios consignados en la la Gran-Carta arrancada por el ejército de Dios y de la Santa Iglesia al taimado al par que pusi- lánime Juan Sintierra, habían de producir sus naturales consecuencias , y aunque alguna vez se desconociesen y hollasen la nación , los habia de recobrar extendiéndolos y amplíándolos. Dividida Inglaterra desde muy antiguo en partidos, aunque estos hayan variado de nombres en la sucesión de los tiempos , siempre la esencia de cada uno ha sido lo misma; por una parte los defensores de la libertad individual y de los derechos del ciuda- dano ya se hayan llamado lolards, cabezas redondas, puritanos ó whigs, y por otra los de la intolerancia religiosa y de la autoriiad absoluta de los Reyes , ya se les distinga con el nombre de caballeros ó con el de torys, han conmovido profundamente aquella sociedad y regado en más de una ocasión con sangre el suelo de la Gran Bretaña ; pero esas conmociones y esa sangre han sido fecundas, y mientras el silencio de otros pueblos era señal de muerte ó anuncio de próximas catástrofes, el movimiento y la agitación de Inglaterra eran las manifestaciones de su actividad y de la exuberancia de su vida , que no solo han producido las mayores riquezas y la prosperidad exterior más grande que ha alcanzado ninguna nación del mundo ; sino que no bastando á su desarrollo los estrechos limites de sus islas han llevado á sus hijos y sus instituciones, y su industria á todas las regiones del globo, siendo el único pueblo que conserva en todas ellas prósperos dominios que abarcan unos continentes enteros como la Australia y otros imperios tan poblados y tan ricos como la India.

En vista de tales resultados, ¿quién podrá dudar si se le dice que elija para su patria entre la unanimidad y el silencio que son la postración y


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la muerte , y las agitaciones de los partidos que son á la vez efecto j cau- sa de la vida j de la grandeza de las naciones? Lo que actualmente ocur- re en Inglaterra no es más que una peripecia de la lucha de los partidos seculares que allí existen, j su resultado será como siempre un nuevo triunfo de la causa de la civilización j del progreso , j un paso más dado por esa nación en el camino de su prosperidad interior y de su grandeza.

Habiendo expuesto en nuestro número del dia 15 de Abril los términos en que la cuestión que sirve de tema á los debates del Parlamento y á la lucha de los partidos está planteada, solo tenemos hoy que decir que des- pués del aplazamiento de la discusión de que también dimos noticia , lle- gó el dia 27 señalado para continuarla, y, como habíamos previsto, á pesar de los esfuerzos del Gobierno, la primera resolución relativa á los asuntos de Irlanda propuesta por Gladstone fué aceptada por la Cámara por una mayoría más numerosa que la que había manifestado su conformidad con las opiniones expuestas sobre el conjunto de esta cuestión por el que es ya hoy jefe reconocido de las fracciones liberales de la Cámara de los Co- munes. Este resultado es la derrota parlamentaria del gabinete D'Israe- lí , y comprendiéndolo así su jefe rogó á la Asamblea que suspendiese las deliberaciones hasta que el Ministerio examinando la situación con la ma- durez y detenimiento que por su importancia exigía , propusiera á la Rei- na la resolución que entendiese ser más adecuada al bien del país y á la dignidad de la Corona. En la sesión inmediata D'Israeli manifestó á la Cá- mara que el Ministerio había ofrecido su dimisión á la Reina , pero que esta no se había servido aceptarla, autorizándole para que declarase que el Parlamento seria disuelto después de la presente legislatura , verificán- dose nuevas elecciones en el mes de Noviembre próximo.

De esta resolución del Ministerio se origina una anomalía á primera vista chocante , pero que tiene su explicación por circunstancias de que luego hablaremos: á pesar de ellas no se concibe cómo ha de seguir ejer- ciendo el mando un Ministerio derrotado en una cuestión que por la for- ma en que se ha presentado y por la importancia de los debates á que ha dado lugar , no puede menos de ser de aquellas que aquí se llaman de Ga- binete. Por otra parte , no habiéndose aun votado los recursos y medios necesarios para levantar las cargas públicas , más considerables este año que los anteriores por los gastos que ha originado la brillante campaña de Abisinia, ni aun queda el recurso de suspender las sesiones del Parla- mento, aplazando su disolución hasta la fecha señalada por el Gobierno. De manera que en el caso presente , ó es necesario que coexistan un Ga- binete y una Cámara que le es hostil , ó habrá que disolverla convocando inmediatamente otra en la que probablemente no adquiriría el Gabinete la mayoría que le falta, en la que lo ha derrotado. Pero como hasta el oto- ño próximo no será posible aplicar la ley electoral recientemente votada,


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y no parece razonable elegir un nuevo Parlamento con arreglo á las pres- cripciones de la antigua , de aquí la dificultad de la situación que sin duda quieren aprovechar Gladstone j sus amigos para forzar, por decirlo así, la mano á la Reina obligándola á dar el poder á los liberales. A pesar de la opinión de un publicista del vecino imperio , que tiene para nosotros gran autoridad en estas materias , nos parece que esta conducta es un ar- did , sino plausible , frecuentísimo en las luchas políticas , y seguramente rara vez los partidos se han mostrado más escrupulosos en circunstancias análogas. De cierto no lo han sido los torys que para conseguir el poder ó para conservarlo , han modificado en muchas ocasiones sus principios, aceptando j realizando el programa político que servia de bandera á sus adversarios. No detuvieron las consideraciones de extricta moralidad polí- tica á D'Israeli j á sus amigos para votar, aunque por motivos diame- tralmente opuestos, con los ultra-liberales en la cuestión de reforma elec- toral , derrotando así al Ministerio Russell-Gladstone , realizando después la reforma en términos no muj diferentes de los que habían combatido. Las luchas políticas son una guerra en que las estratagemas son también permitidas. Por otra parte, teniendo las diversas fracciones del partido liberal mayoría en la Cámara de los Comunes , han dado una gran prueba de sensatez y de magnanimidad, no arrancando antes de ahora el poder de manos de sus adversarios.

En vista de estas y otras consideraciones que omitimos, no podemos censurar con mucha acritud la conducta de Gladstone , que protestó en el acto contra la resolución del Gabinete , invitando á la Cámara á que pro- cediese con energía en esta ocasión ; y así lo ha hecho en efecto aceptándose las demás medidas que proponía respecto á Irlanda. Es de temer , según las noticias últimamente recibidas, que si se extreman las cosas llegue el caso en que la Cámara niegue los impuestos al Gobierno. Por for- tuna están ya muy lejos para Inglaterra los tiempos en que sus Monarcas pretendían tener una influencia personal decisiva en la marcha de los asun- tos políticos. Allí es una máxima, un axioma que reconocen todos los par- tidos , la famosa frase El Rey reina y no gobierna. El poder se ejerce por las Cámaras, órganos legítimos de la opinión, y pasa de un partido á otro, según las circunstancias.

Es probable que la Cámara de los Comunes, celosa del poder que ha logrado alcanzar, que no se funda en ninguna prescripción constitucional, y solo se apoya en precedentes de no muy antigua fecha, persistirá en su presente actitud , obligando al Monarca á que elija entre la caída del Mi- nisterio y la disolución inmediata del Parlamento. Es de temer que Gladstone prescinda de las consideraciones de prudencia que aconsejarían aplazar la cuestión pendiente y otras que pudieran surgir peligrosas para la existencia del Gabinete P'Israelí hasta que, verificadas las elecciones con arreglo á la


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nueva lej electoral, decidiese una representación más extensa y verda- dera del país, los hombres políticos que merecen la confianza de la na- ción, j los principios que tienen en ella major número de partidarios. Pero aunque la influencia del Gobierno liaja sido hasta ahora en los tiempos modernos poco importante en las elecciones , es claro que al- guna ejerce , y que puede ser major que antes ahora que se han intro- ducido reformas importantísimas en la ley electoral, por eso compren- demos que sea grande el interés de la lucha en estos momentos en que es natural que aspiren todos los partidos á dirigir, de la manera que pue- dan hacerlo, desde las esferas del poder, la próxima campaña electoral que por ser el primer ensajo de la reforma últimamente votada, y por su misma índole ha de tener una influencia grandísima en el porvenir inmediato de la política de la Gran Bretaña.

Por diversos motivos es de la mayor importancia el hecho que ha tenido lugar en el Congreso aduanero de Alemania, convocado según sabrán nues- tros lectores para arreglar las cuestiones industriales y mercantiles de los diversos países en que todavía está dividida la población germánica de Eu- ropa. El primer acto de esa gran reunión que representa en cierta manera las aspiraciones y deseos de todos los pueblos alemanes ha sido proponer que se dirija un mensaje al Rey de Prusia manifestándole la perentoria ne- cesidad de constituir la unidad alemana , por donde se ve que el pan-germa- nismo que muchos creían una quimera irrealizable, es una aspiración ver- dadera de los pueblos de esa raza que se manifiesta más impaciente por llegar á ese fin á medida que va dando mayores pasos para lograrla. Solo por una pequeña minoría ha triunfado el parecer de los más prudentes, y por fin no ha llegado á enviarse el mensaje al Rey de Prusia sin que por esto se crea que los representantas del Congreso aduanero han renun- ciado á la consolidación de la unidad alemana. Pero la formación de un Estado tan extenso y compuesto de tan gran número de habitantes rom- pería las condiciones del equilibrio político de Europa, y sin duda no podría existir sino modificando de un modo profundísimo los límites y todas las demás condiciones de los pueblos y de las razas que viven en nuestro continente y en sus islas. Como es poco probable que esas mo- dificaciones se puedan verificar por medio de arreglos diplomáticos, es evidente que la constitución definitiva de la nacionalidad alemana no se realizará sin una guerra tan gigantesca y terrible cuando menos como las de principios de este siglo; pero dada la solidaridad que las relaciones económicas principalmente han establecido entre todos los pueblos euro- peos, no es muy fácil una guerra de esa especie, y dado que lo sea nos espanta considerar los trastornos , las ruinas y los pehgros de todo género que ocasionaría.

Mas como dijimos al principio , la cuestión de la paz y de la guerra, es


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de tal importancia , que no debe tratarse incidentalmente , y hoy nos im- piden otros asuntos dedicarle el espacio que por su importancia exige: cuéntase entre ellos y no es menos digno de llamar la atención de nues- tros lectores que lo que hemos referido de las discusiones del Parlamento inglés , las que han tenido lugar en el vecino imperio sobre la ley de im- prenta aprobada hace ya algún tiempo en el Cuerpo legislativo. Como sa- ben nuestros lectores , aunque el Senado francés no tiene atribuciones ver- daderamente legislativas , puede sin embargo rechazar en todo ó en parte las leyes propuestas por el Gobierno y aprobadas por la otra Cámara , ya con el objeto de aplazar por más ó menos tiempo su sanción , ya para que sean modificadas en algunos puntos ; ya impidiendo en absoluto que lle- guen á tener fuerza y vigor por considerarlas incompatibles con la Consti- tución del Estado , que tiene la misión especial de defender y conservar aquel alto Cuerpo. Siendo conocidas las opiniones ultra-conservadoras de la mayor parte de los individuos que lo forman, concibieron algunos la esperanza y otros el temor de que la nueva ley no venciese los obstácu- los con que habia de tropezar en la Asamblea senatorial, ya porque en ella se aplazase indefinidamente su examen , ya porque lograsen los partidarios del gobierno dictatorial que alli son tan numerosos , que se resolviera la devolución de la ley al Cuerpo lagislativo , fórmula que equivale á su des- aprobación. Por nuestra parte nunca creimos que triunfase esta segunda resolución ni aun nos parecia posible la primera; porque un Gobierno celo- so de su dignidad y conocedor de su fuerza , no habia de consentir que las leyes producto de su iniciativa murieran oscuramente siendo sepultadas sin las solemnidades de la discusión en los legajos de las comisiones ó de los archivos de una asamblea. Mucho menos era de temer que un Cuerpo tan dócil como el Senado francés promoviese con la devolución de la ley á la otra Cámara un conflicto constitucional que amenguaría notablemente la autoridad y el prestigio no ya de la Asamblea popular sino del soberano á cuya voluntad personal se debe la modificación política que nos ocupa.

No por estas consideraciones han sido menos vivos los debates á que ha dado ocasión en el Senado la ley de imprenta , habiendo ido creciendo su interés hasta la última sesión en que se trató este asunto , que fué la del 7 del corriente. En ella se desechó por 94 votos contra 23, la propuesta de devolución al Cuerpo legislativo ; ya en las anteriores habian tomado parte en pro y en contra de la ley varios oradores , y aun quedaban muchos que habiendo pedido la palabra ponian de manifiesto el interés y trascendencia de esta medida; llegó el turno á M. Roy de Saint- Arnaud , y ocupando la tribuna pronunció un extenso discurso en que combatió enérgicamente y no sin los aplausos de muchos , las innovaciones en su sentir peligro- sas que establecía la nueva ley de imprenta; en su entusiasmo por el go- bierno personal del Emperador, y por su poder arbitrario llegó á decir


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algunas palabras que provocaron interrupciones de los Ministros Baro- che j Rouher , obligando á este á tomar la palabra antes de lo que había pensado , según manifestó al empezar á usarla. M. de Saint Arnaud habia planteado la cuestión capital de la lej , que como ya hemos dicho está contenida en su art. 1.°, de una manera absurda, pues aceptando el derecho de fundar periódicos sin autorización previa , queria que se man- tuviese la facultad discrecional del Gobierno para dirigirles advertencias j suprimirlos. Fácil fué á M. Rouher demostrar en su elocuente contesta- ción , cuan contradictorias eran las aseveraciones del Senador que acababa de hablar, j cuan imposible ó ineficaz su aplicación práctica , pues de poco serviría la facultad de suprimir concedida al Gobierno , teniendo los par- ticulares la de establecer periódicos sin permiso previo. No menos feliz es- tuvo el Ministro de Estado al combatir la teoría de M. de Saint-Arnaud, que calificaba de jurisdicción el poder arbitrario del Gobierno , j de ma- gistrados á los funcionarios á quienes estaba cometido. M. Rouher de- mostró que esa doctrina era contraria á todos los principios de la ciencia jurídica, haciendo con esta ocasión declaraciones que adquieren gran auto- ridad en sus labios , y que deben tenerse muy en cuenta no solo en Fran- cia sino en todos los países en que más ó menos sinceramente se practica el gobierno constitucional. Hablando de la legislación de 1852 y del po- der arbitrario que en ella se confiere al Gobierno , decía M. Rouher,: « Sin ))duda se ha aplicado con moderación y con tacto. Los periódicos tenían »de hecho libertad , pero no era más que una libertad tolerada , y cada vez »se invocaba con más energía ima fuerza que en Francia sobre todo no se ))ha desconocido nunca , la fuerza del derecho. Pues bien , el poder discre- "cional aunque se ejerza con mesura, no es el derecho , es la voluntad, es ))la tolerancia, es la arbitrariedad.»

No son menos notables que las anteriores las palabras con que el Mi- nistro de Estado explicó los móviles que había tenido el Emperador para entrar resueltamente en el camino de las reformas y de las concesiones liberales; prescindiendo de los motivos dinásticos que para el Gobierno francés deben ser de gran importancia , nos fijaremos en otro orden de consideraciones que tiene un interés más general, y son los que nacen del espíritu moderno y de las circunstancias actuales de los pueblos de Europa. Dirigiendo sus miradas más allá de las fronteras, á las demás naciones de Europa, el Emperador se decía: «después de haber dado el «orden á Francia, ¿no podré conducirla á la libertad, á los derechos que » entran hoy en la práctica de todos los gobiernos?» Ojalá acaben pron- to , añadimos nosotros , las tristes excepciones que todavía tiene esta pro- posición general afirmada por M. Rouher ; su discurso produjo en el Se- nado el mismo efecto que el famosísimo que pronunció en el Cuerpo le- gislativo al discutirse el art. L° de esta ley ; la arrebatadora elocuencia


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del jefe del Gobierno francés venció todas las dificultades , destruyó las dudas , puso fin á las vacilaciones , y desde entonces se pudo dar por ter- minado el debate , pidiendo muchos Senadores que se procediese inme- diatamente á la votación.

Deploramos, sin embarg-o, que aquellas señales de entusiasmo no muj propias de la gravedad del Senado, sirviesen de pretexto para no dejar oir á M. de Saint-Beuve , digno de mayor consideración que la que le tu- vieron sus colegas por su talento y por su gran reputación literaria. A juz- gar por los fragmentos que llegaron á oirse en medio de las poco atentas interrupciones de la Asamblea, el discurso de este Senador es digno de su nombre , y parece un eco de los gloriosos tiempos en que la tribuna francesa era ilustrada por Royer-CoUard, Camille Jordán, de Serré y otros no menos célebres por su elocuencia que por la pureza de sus doctrinas constitucionales. M. Saint-Beuve las invocó, y con el criterio que de ellas resulta , combatió la nueva ley por no ir tan adelante como él desearía en el camino de las concesiones liberales , ó mejor dicho , por estar hecha de tal suerte , que todos sus artículos tienen por objeto restringir las conse- cuencias del fecvmdo principio que se consigna en el primero. Justo era que después de haberse oido con atención y hasta con aplauso , á los pa- negiristas de la arbitrariedad , se hubiese escuchado siquiera con calma al defensor de la libertad y del derecho ; conocemos que no era buena oca- sión para M. de Saint-Beuve la de seguir á M. de Rouher en el uso de la palabra, á la que por esta consideración habian renunciado muchos ora- dores , pero el Senado hubiera dado una prueba de la moderación que debe ser propia de su índole , templando su entusiasmo y poniendo coto á su impaciencia.

Veremos los resultados que en su aplicación produce esta ley, nuevo ensayo para resolver una cuestión tenida hasta ahora por insoluble , y que lo es en efecto cuando la práctica sincera de todas las libertades políticas y las costumbres públicas que en su consecuencia se forman , no hacen lo que no es posible alcanzar ni aun por medio de las combinaciones más ingeniosas de preceptos legales.