Revista de España: Tomo II - Número 6 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO II - NÚMERO 6 - AÑO 1868[editar]

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ESTUDIO SOBRE LA CRISIS POLÍTICA ACTUAL DE LOS ESTADOS UNIDOS.[editar]

I


Acostumbran los políticos de Europa dedicar constante atención al examen de las cuestiones contemporáneas que agitan más ó menos esta parte del mundo. Escudriñan sus causas, analizan sus incidentes , siguen su marclia paso á paso y estudian pacientemen- te la influencia que pueden tener en la paz y bienestar de los pue- blos. Asi pasa de un siglo que no cesa de discutirse la cuestión de Oriente , y en sus prolijos debates , ni la diplomacia ni los publi- cistas aciertan á proponer una solución capaz de conjurar los pa- vorosos conflictos que alarman á los Gobiernos y á las naciones.

El nombre de la desventurada Polonia es texto frecuente de las frases más simpáticas de la prensa , de los Parlamentos y de los Gabinetes ; pero, por desgracia , á las geremiadas de la opinión del mundo responde la Rusia con indiferencia desdeñosa. ¿Cuántas discusiones no han provocado, por otra parte, la unidad italiana y la unidad germánica , y cuántas no suscitarán aun estos dos he- chos contemporáneos bajo el aspecto del derecho, del equilibrio TOMO n. 12


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europeo y de la paz? Ál propio tiempo excita toda nuestra curio- sidad el estado interior de las naciones de Europa, y el público sigue con afán las reformas , que son objeto de luminosas delibera- ciones , en Paris , Londres , Berlin ó Viena , familiarizándose con los nombres de varios de sus personajes políticos , como si de los de la patria propia se tratara. Inmenso adelanto es sin duda esta co- municación rápida y expedita que aproxima entre sí á las naciones de nuestro continente , y convierte en patrimonio común las luces y los progresos de cada una de ellas. Nada tiene , pues , de extraño que los acontecimientos europeos ocupen preferentemente nuestros estudios , y que su proximidad y el fácil influjo que en los demás pueblos ejercen , nos los haga mirar, basta cierto punto , como si en el suelo patrio ocurrieran.

Casi lo contrario se observa relativamente á los hechos , y aun á las revoluciones, que se realizan al otro lado del Atlántico. Existe, sin embargo, en el Nuevo Mundo una nación gigantesca por su extensión y poderío , digna de admiración por su rápida y pujante prosperidad , llamada á un desarrollo y á unos destinos visible- mente grandiosos ; pero que acaba de ser teatro de una guerra civil y de una revolución , cuyos resultados , si no pasan desaten- didos en Europa, no se les consagra el examen y la meditación que su grande importancia demanda. Por lo mismo que la historia de este pueblo comienza ayer, sus instituciones políticas ni son hijas de la tradición , ni tienen modelo conocido , y sus costumbres, religión, administración, intereses y forma de gobierno ofrecen una fisonomía demasiado diferente de la que presentan las naciones de Europa , es muy difícil hallar asunto que merezca mejor nuestra atención que el estudio del orden constitucional de ese país y de las graves y delicadas cuestiones políticas que , en su seno , han provocado las vicisitudes y mudanzas últimamente allí verifi- cadas.

En los tiempos antiguos y modernos la ciencia del Derecho pú- blico ha mirado como objeto esencial de sus especulaciones el exa- men de la Constitución ú organización política de los pueblos, elementos que aseguraban la libertad ó la comprometían , roces y obstáculos que en su marcha experimentaba , y causas , en fin , de su más ó menos sólida estabilidad. Aristóteles , Cicerón y Polibio en la antigüedad , y, en época más cercana , Maquiavelo , Montes- quieu y Tocqueville se ocuparon muy de propósito en analizar las


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Constituciones que les fueron conocidas , y cuáles resortes influye- ron en su duración y en la mayor ó menor libertad de las naciones. La experiencia es la piedra de toque para conocer la previsión ó los yerros de las Constituciones. Si la de los Estados-Unidos ha re- gido tan felizmente á este pais por más de ochenta años , que á su sombra se han desplegado una prosperidad , población y grandeza superiores á todas las esperanzas y á todos los cálculos , habiendo sobrevenido una alteración en su mecanismo que interrumpe la marcha pacifica, fecunda y majestuosa que hasta ahora habia lle- vado , no puede menos de ser del mayor interés investigar las ver- daderas causas de semejante entorpecimiento , y hasta qué punto es corregible un mal que tanto puede influir en la suerte ulterior de la Union anglo-americana.

Entre aquella Constitución republicana y las que nacieron de las elucubraciones metafísicas del constitucionero Sieyes , y que tan funesto fué su ensayo á la nación francesa , existia una diferencia, entre otras, sumamente trascendental. Era esta diferencia el carác- ter práctico de la obra americana y el sentido real y poco especu- lativo que guió á sus autores.

Y cuenta que se presentaron grandes dificultades desde luego para que estos , sobre el asunto , pudiesen entenderse y venir á una opinión común. Convenían todos en que concluida la guerra con- tra la metrópoli , y asegurada la independencia de los trece Esta- dos , era indispensable que una nueva organización política afir- mase la libertad y el bienestar del pueblo que habia defendido su causa con tanto éxito. Mas aceptada esta base por los personajes que más se hablan distinguido en la lucha , comenzaba entre ellos el desacuerdo , disputando la preferencia sistemas políticos de todo punto opuestos.

Asi los federalistas , entre los cuales descollaban Washington y Adans, sin negar la autonomía de cada Estado, aspiraban á que, fundiéndose en uno los Estados, constituyesen un fuerte poder central, capaz de dominar sobre ellos, formando una nación.

Los demócratas no se oponían á la creación de un poder cen- tral , producto de la alianza que entre sí ajustasen los Estados, pero conservando cada uno íntegra su independencia, sin sacrificar el principio de libertad omnímoda á la creación de un poder na- cional. Esta era la opinión de que participaban Jefferson y Fran- klin. Algunos hubo también , aunque en número escaso , que pro-


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pusieron la monarquía templada bajo un Príncipe de la casa Real de Ing-laterra.

Por fin , doce años después de enarbolada la bandera de la inde- pendencia, esto es, en 1787, el Congreso reunido en Filadelfia, acordó la Constitución , que fué puesta en ejecución en 1789, si bien algunos Estados se adhirieron á ella más tarde.

En su formación no prevalecieron las opiniones de los federalis- tas ni de los demócratas. Se consultó á la conciliación de unas y otras. Obtuvo el poder central las prerogativas necesarias para que la Union apareciera ante los países extranjeros como una na- ción , j se sobrepusiera á todo predominio de un Estado sobre otro. En todo lo que con estos dos altos intereses no era incompatible, á cada Estado se le reservaba su independencia. No se han equi- vocado, por tanto, los que afirmaron que la Carta anglo-americana, más que la expresión de un sistema único y absoluto, lo es de acomodamiento y transacción de las opiniones de los dos partidos fedaralisfca y d3.nÓ3i*ata habiendo sacrificado mucho de sus ideas exclusivas en interés y en gracia de un acuerdo común. Se com- probará e^ta verdad por el breve análisis que haremos en este mo- mento de la Constitución de los Estados-Unidos , y cuyos principios " nos servirán luego como de un faro para juzgar las importantes cuestiones políticas del dia.


II.

Hé aquí las disposiciones mas interesantes de la Carta constitu- cional de la Union americana :

Los Estados-Unidos aseguran á cada uno de estos la forma de gobierno republicano , y lo protegen contra toda toda invasión ex- tranjera ó violencia interior, siempre que la autoridad del mismo Estado lo reclame.

El poder legislativo de la República se ejerce por el Congreso, el cual se compone de un Senado y de una Cámara de Representantes.

Esta última , expresión de los sentimientos del momento , de las ideas y de los intereses nuevos , dura dos años. Las tradiciones, los antecedentes y la experiencia política se hallan representados por el Senado , elegido para seis años por las Asambleas representati- vas de cada Estado y renovable de dos en dos años por terceras


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partes. En razón de 48.000 almas se elige un Diputado, compu- tándose en aquel número dos quintos de la población servil. Pero, sea cualquiera la cantidad de la población , cada Estado no nom- bra más que dos Senadores. Asi los Representantes como los Sena- dores disfrutan dietas , son inviolables por sus discursos y votos expresados en las Cámaras , y no pueden ser presos durante la le- gislatura, ni en sus viajes de ida y vuelta.

Participa el Senado del poder ejecutivo , no solo vigilándolo, sino concurriendo á la aprobación de los tratados y al nombramiento de los embajadores y demás 'empleados públicos. Pero pueden confe- rirse en interinidad estos cargos por el Presidente cuando el Sena- do no se halle reunido.

Ni los Senadores ni los Diputados pueden obtener empleo algu- no, ni continuar sirviendo el que posean al aceptar aquellas fun- ciones políticas.

El poder ejecutivo reside en el Presidente de los Estados-Unidos, el cual desempeña su cargo por espacio de cuatro años. En caso de remoción , renuncia , muerte ó incapacidad del Presidente , le reem- plaza el Vicepresidente , el cual es elegido al mismo tiempo que el primero.

La elección del Presidente se verifica de este modo :

Reunidos los electores en sus respectivos Estados, votan, por medio de cédulas para Presidente y Vicepresidente , uno de los cuales ha de ser domiciliado en otro Estado, designándolos con dis- tinción para cada uno de estos cargos. Se forman listas de las per- sonas que han obtenido votos , con expresión del número que cada candidato haya reunido , y se remite acta certificada de ello al Pre- sidente del Senado federal. Abre este las actas, y hace el recuento de los votos en presencia de las dos Cámaras.

Será declarado Presidente la persona que haya obtenido la ma- yoría absoluta de los electores. No reuniendo ninguno la mayoría absoluta , la Cámara de Representantes , por medio de cédulas , lo elegirá entre los tres que hayan tenido más votos. En esta elección se tomarán los votos por Estados , correspondiendo un solo voto á la Representación de cada Estado. Para que haya elección, se re- quiere que el elegido reúna la mayoría de los Estados. Será pro- clamada Vicepresidente la persona que obtenga la mayoría abso- luta de los electores. En defecto de mayoría absoluta , el Senado elige el Vicepresidente entre los dos que hayan tenido más votos.


182 ESTUDIO SOBRE LA CEÍSlS

Si por renuncia , remoción , muerte ó incapacidad cesan el Pre- sidente y Vicepresidente en el desempeño de sus cargos, el Con- greso determina por una ley quién ha de ejercer las funciones de la Presidencia hasta que haya desaparecido la incapacidad ó se haya nombrado Presidente.

El sueldo del Presidente no se puede aumentar ni disminuir du- rante el tiempo que ejerza su cargo. El que disfruta el Presidente es en la actualidad de 500.000 reales, y de 100.000 el del Vice- presidente.

Es el Presidente comandante en jefe del ejército y armada de los Estados-Unidos , asi como de las miUcias de cada Estado , mien- tras se hallen al servicio de la Union. Puede pedir informes por escrito á los Ministros y á los jefes de las dependencias del poder ejecutivo. Concede perdones por los delitos cometidos contra los Estados-Unidos , excepto en los casos de acusación hecha por la Cámara de Representantes. Ocurriendo desavenencia entre una y otra Cámara acerca del tiempo de su separación, tiene derecho el Presidente de separarlas cuando le parezca oportuno. Puede oponer su veto á los proyectos de ley , los cuales , antes de obtener fuerza de tal , le debe presentar el Congreso , y puede usar de la misma prerogativa respecto de las demás resoluciones , para cuya validez es necesario el concurso del Senado y de la Cámara de Re- presentantes. Cuando aplica su veto, devuelve el proyecto con sus observaciones á la Cámara en que tuvo principio para que lo dis- cuta de nuevo. Si después de la nueva discusión lo aprueban dos terceras partes de sus miembros en votación nominal , lo remite al otro Cuerpo con las observaciones que se le han hecho. Aprobán- dolo , también nominalmente esta segunda Cámara por dos terce- ras partes de votos , el proyecto adquiere carácter de ley.

Cuando la Cámara de Representantes acuse al Presidente , lo juzgará el Senado. Para su condenación se requieren los votos de las dos terceras partes de los miembros presentes.

La sentencia del Senado solo puede imponer la pena de separa- ción del empleo y de incapacidad para obtener otro de honor, confianza ó lucro, pero esto no obsta para que el condenado quede sujeto á ser perseguido por los tribunales con arreglo á las leyes.

En la facultad de conceder perdones á los delincuentes se habia entendido desde el tiempo del Presidente Washington que estaba


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comprendida la de publicar amnistías, las cuales, además de in- dultar de pena, borran la culpa. También se habia reconocido en los Presidentes el derecho de destituir á los funcionarios públicos. Si bien para su nombramiento exige la Constitución el concurso del Senado, como se ha dicho, ejerciendo el Presidente el poder eje- cutivo bajo su responsabilidad, se estimó como cosa natural y lógica que pudiera separar á los agentes que en su juicio no eran dignos de confianza. Una y otra atribución , que la jurisprudencia no interrumpida durante muchos años habia admitido pertenecer al Presidente , le han sido disputadas en los últimos tiempos y han dado lugar á cuestiones qiie traen desacordados á los poderes pú- blicos de la Union.

Pero la parte del estatuto constitucional que merece ser recor- dada con mayor solicitud en estos momentos , es la que determina las líneas de separación entre el poder central y el de los Estados que constituyen la unión federal. — Solo así se pueden conocer los limites que en su autonomía no les es lícito traspasar , así como la legitima esfera de que no puede excederse la acción del poder cen- tral, esto es, del Congreso y Presidente de la República. — Resal- ta la importancia de este examen al considerar que es ilegal , nulo y arbitrario todo acto que ejecuten los poderes de cada Estado ó de la Union americana , fuera de estos términos trazados por la Constitución , para formar el lazo esencial que anuda las relacio- nes del todo con sus partes , y de estas entre sí. Existe en primer lugar el distrito federal de Columbia, de 10 millas de extensión, enclavado enmedio de varios Estados , el cual depende exclusiva- mente de las autoridades centrales. La capital de la Confederación está situada en este distrito y en lo legislativo no menos que en lo ejecutivo, el poder central ejerce en él la plenitud de la soberanía.

Pero en los demás Estados , salvo los territorios cuya población no llega á 40.000 almas, las facultades del Congreso se reducen meramente á fijar los impuestos, satisfacer las deudas y cuidar de la defensa común de los Estados-Unidos. — Contrae empréstitos á nombre de ellos. Arregla las relaciones con los países extranjeros y las de los Estados entre sí. Establece las reglas para la naturali- zación y uniforma el derecho sobre quiebras en todos los Estados. Acuña moneda, fija su valor y el de la extranjera, y castiga su falsificación y la de los billetes. Establece correos y abre caminos de posta. — Sin embargo , la Carolina rehusó en 1828 admitir la ta- . rifa de correos y el sistema de caminos parfi el cual era necesario


184 ESTTÜDIO SOBBB LA CBÍSlS

el acuerdo de los Estados , no fué establecido en virtud de autori- dad del poder federal , sino por medio de negociaciones. Le perte- nece igualmente conceder privilegios de invención para el fomen- to de las ciencias y de las artes útiles. Publicar leyes para el castigo de la piratería y demás delitos cometidos en alta mar ó contra el derecho de gentes. Declarar la guerra, y dictar leyes sobre presas marítimas ó terrestres. Levantar y mantener ejércitos , crear y sos- tener una armada. Organizar las fuerzas de mar y tierra , y poner las milicias sobre las armas cuando sea necesario para ejecutar las leyes de la Union , rechazar invasiones extranjeras ó reprimir in- surrecciones. Ejercer exclusivamente el 'poder legislativo como en el distrito federal de Columbia , en los sitios que previo consenti- miento de los Estados donde se hallen , se compren por la Union para construir en ellos plazas fuertes , almacenes , arsenales , asti- lleros y otros edificios públicos de la misma clase. En fin, hacer las leyes que exija la ejecución de las facultades expresadas ó las que la Constitución conceda al Gobierno de ios Estados-Unidos.

Sin embargo , no se puede suspender el Hdbeas corpus no sien- do en caso de rebelión ó de invasión, cuando lo reclamase la segu- ridad pública. Durante la última guerra civil se contro vertió mu- cho entre los publicistas anglo-americanos , si correspondía al Presidente ó al Congreso acordar esta suspensión. La opinión más general estima , que siendo el primero responsable de la seguridad pública , debe ser quien tome aquella medida extraordinaria. Nos- otros atendiendo á su gran trascendencia , á que es la derogación temporal de las garantías más esenciales, y á que la Constitución menciona la suspensión del Hdbeas corpus entre las limitaciones de las facultades del Congreso , entendemos que debe ser este el que la adopte en cualquiera de los casos previstos en la Constitu- ción. También se prohibe hacer ley alguna de proscripción ó que tenga efecto retroactivo.

Se observa pues , que para cuanto concierne á la legislación ci- vil, penal, judicial y administrativa, relaciones de los ciudada- nos entre sí, y progresos de la vida intelectual , moral y material, los anglo-americanos dependen de la soberanía de cada Estado , y solo son subditos de la potestad federal en los objetos contenidos en el cuadro de atribuciones arriba expresadas. Se combinó de esta manera la seguridad nacional con la autonomía de cada Estado, y la subordinación indispensable al poder común con el resguardo y defensa de los intereses heterogéneos de los Estados particulares.


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 1^5

La Constitución á fin de evitar conflictos en este punto , ha sido sumamente explícita. Asi prohibe á los Estados que hagan por si tratados y alianzas , ni confederaciones ; expidan patentes de cor- so , acuñen moneda , crear papel de crédito ú ofrecer otra cosa que oro ó plata en pag-o de sus deudas , establecer leyes de proscripción ó con efecto retroactivo ó que alteren la validez de los contratos, y en fin , conceder titulo alguno de nobleza.

Lástima grande que la esclavitud fuese respetada por la Consti- tución , cuando tanto cuidado se ponia en proteger el principio de igualdad prohibiendo los títulos de nobleza.

El poder judicial de los Estados- Unidos se halla confiado á un Tribunal Supremo , y á los inferiores establecidos ó que establezca el Congreso. Los jueces de estos tribunales conservan sus plazas mientras no falten á la rectitud. Durante el ejercicio de sus fun- ciones , sus sueldos no pueden ser disminuidos.

El poder judicial no podría ejercer sus altas facultades, si no lo protegiera el escudo de esta inamovilidad é independencia. Son de su competencia en efecto , todos los casos legales que se refieren á la Constitución , y le corresponde declarar si esta ha sido violada ó si bajo forma de leyes ú otros acuerdos , el Congreso ha traspa- do sus atribuciones. En los momentos actuales , el Presidente John- son acaba de apelar al poder judicial , para dejar sin efecto la reposición del Ministro de la Guerra , que le ha dictado el Congre- so. En manos, pues, de este poder, está el freno principal contra los abusos de la legislatura. Por eso son siempre distinguidos hom- bres de Estado los siete miembros del Tribunal Supremo.

El juicio de todos los delitos , excepto los casos de acusación por la Cámara, se hace por medio de jurados, y se celebra en el Esta- do donde se haya cometido el delito.

El Congreso dispone de los territorios y propiedades de los Es- tados-Unidos ; pero no puede interpretarse la Constitución de mo- do que se perjudiquen los derechos de estos ó de algún Estado par- ticular.

Es atribución del Congreso proponer cualquiera enmienda en la Constitución , cuando lo juzguen necesaria dos terceras partes de ambas Cámaras. Y asi en este caso , como si pidieren la reforma las Autoridades legislativas de las dos terceras partes de los Esta- dos, se reunirá una Asamblea para que las proponga. En ambas hipótesis , el acuerdo será válido y formará parte de la Constitu-


186 ESTUDIO SOBRE LA CRÍSIS

cion , cuando sea ratificado por las tres cuartas partes del mismo Cong-reso ó de las Autoridades legislativas de los Estados , según el modo de ratificación que el Congreso proponga.

Las garantías individuales , que son la esencia de toda Consti- tución libre , están muy claramente formuladas. La libertad de conciencia , la ilimitada de imprenta , la de reunión y petición , y de llevar el pueblo las armas para defender la seguridad del Esta- do, se hallan consignados de la manera más explícita y termi- nante.

Tal es el resumen de los principios fundamentales del régimen constitucional de la Union americana. No será acaso un modelo perfecto de las instituciones democráticas de un país , pero ha pre- sidido al crecimiento fabuloso de aquella República , elevándola á una de las más poderosas naciones del mundo, y si se salva de los peligros que amenazan su integridad , al fin del siglo actual , ten- drá una población de 100 millones de habitantes.

Al abrirse la legislatura , el Presidente expone muy á la larga al Congreso la situación de los negocios federales y de las cuestio- nes que tiene á su cargo el Gobierno de la Union. Pero como los Ministros no pertenecen al Congreso , ni sostienen la discusión an- te las Cámaras, se nombran por estas diferentes comisiones, según las distintas clases de negocios. Estas comisiones son permanentes, y sus Jefes ó Presidentes presentan los dictámenes en cada caso, y, facilitan á la Cámara los datos y documentos pedidos.

No se necesita mucho , después de esto , para discernir la parte directa que toma el Congreso en el poder ejecutivo, á pesar de las máximas tan conocidas del ilustre autor del Espiritu de las leyes acerca de la necesaria separación de las funciones legislativas y eje- cutivas.

ni.

Si es ditícil ó casi imposible que en las confederaciones reine armonía , y mucho menos homogeneidad en los intereses de los Estados ligados por aquel lazo , el desacuerdo y la contradicción y la lucha de estos intereses deben ser y son efecto inmensamente mayores entre los pueblos de la Union anglo-americana. Basta pasar la vista sobre el mapa de esta vastísima República , para formar idea de las distancias enormes que separan algunos Esta-


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dos , las diferencias climatológicas , las temperaturas opuestas , y por tanto ^ las producciones de todas las zonas que deben ofrecer regiones situadas en tan distintas latitudes. En nuestra España, sin embargo de su extensión comparativamente muy reducida, se ob- serva en pequeña escala la imagen de estas variaciones , las cuales trascienden á ojos vistas hasta á la fisonomía y carácter de sus ha- bitantes.

Tales antagonismos se sobreponen fácilmente á la Autoridad, siempre un tanto débil , d*el poder federal. En más de una ocasión, por esta causa , la integridad de la República estuvo á punto de ser puesta , si no en peligro , al menos de ser llevada ál terreno de la fuerza.

Así los Estados del Norte son manufactureros y comerciantes, y casi en todos ellos ha sido abolida la esclavitud. Al contrario , los del Sur son agrícolas , y conservan la esclavitud como un instru- mento de cultivo indispensable á sus ojos.

En el Oeste se observa una actividad resuelta é infatigable ; el número de sus ciudades es en extremo escaso ; pero la población se multiplica tanto , que no necesita más que veinte años para du- plicarse. En el Norte existen ciudades grandiosas, puertos magnífi- cos, canales y considerables riquezas. El Sur posee pocas ciadades; los campos están mal cultivados; y las habitaciones de los planta- dores , en lo general muy buenas , se hallaban rodeadas de las mi- serables viviendas de los esclavos.

La Inglaterra , antes de su reforma económica de 1844 , habia cargado con derechos exorbitantes la importación de granos de las regiones del Centro y del Oeste , las maderas del Norte y el arroz del Sur. El Gobierno federal respondió á estas medidas, imponien- do fuertes recargos á los productos ingleses. Ocioso es decir que los Estados industriales del Norte aplaudían esta protección , que encarecía los artículos rivales de la industria extranjera. Pero el Sur, menos adelantado y país meramente agrícola , se enfureció por la subida de precio de las manufacturas , cargando sobre los algodones , su principal producción , todo el peso de la carestía de las generales manufacturadas.

A impulso de la energía con que siente siempre esa nación joven y atrevida, usando de su autonomía local, los Estados del Sur nie- gan su obediencia á las tarifas del arancel acordadas por el Con- greso , declarando contrario á la CQngtitucioii el proceder de la le-


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gislatura federal. No se hallaba previsto por las leyes fundamen- tales semejante excisión ; era preciso mantener la Union á costa de todo sacrificio ; se dudaba cuál seria el término de este grave con- flicto ; su desaparición preocupaba profundamente á los hombres de estado de la República ; cuando el General Jackson , pertene- ciente al partido demócrata , entró á ejercer la más alta magistra- tura de la Union,

Mediaron luego negociaciones entre el Gobierno federal y los Estados disidentes ; se llegó hasta á celebrar compromisos por me- dio de representantes de ambos lados , y por fin pudo conjurarse la tempestad, disminuyendo considerablemente las tarifas onerosas para la clase agricultora. La opinión popular aprobó esta solución feliz de 1836. Pero ella no era más que el preludio, y como el anuncio de otro más terrible rompimiento entre los mismos Esta- dos disidentes , nacido de otra cuestión social más seria , que divi- dia hondamente las opiniones del Norte y del Sur, y que pesaba sobre el ánimo de todos los estadistas de la Union americana en opuestos sentidos como una amenaza siniestra para los destinos de esta gran nación. Todos comprenden que esta cuestión es la de la esclavitud de los negros.


IV.

Habiendo sido esta la única causa de la guerra civil más grande que registra la historia , é influido tan poderosamente en el estado social y político de la República federal, que es imposible prever con exactitud las consecuencias que su abolición producirá en el porvenir , no se puede apreciar la crisis por que pasa en estos mo- mentos la gran República , sin examinar , siquiera sea concisa- mente, la institución de la esclavitud anglo-americana en su origen, progresos y feliz terminación. Este examen llevará como de la mano , al conocimiento de la situación verdadera de las cosas en el Norte- América , antes y después de la guerra , trasforma- cion que han experimentado los partidos politicos, y cuestiones delicadas y espinosas que constituyen la crisis presente de la Re- pública.

Al proclamarse la independencia en el siglo último , la esclavi- tud se extendía por los trece Estados insurrectos, como venia


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admitiéndose desde tiempos antiguos por casi todas las naciones. La Constitución , á pesar de establecer los principios más favora- bles á la dignidad del género humano , por una imprevisión excu- sable , reconoció implícitamente , al sancionar el derecho de pro- piedad , la que se venia ejerciendo sobre criaturas humanas , con- siderándolas como los demás bienes sujetos al dominio de los hombres.

Sin embargo , la Pensil vania no tardó en adoptar medidas que se encaminaban á la pronta destrucción de la esclavitud. El Massachussets la declaró incompatible con las leyes , j este ejemplo filé seguido por los demás Estados situados al Norte del Potomack^ á excepción del Mariland y Delaware. En los Estados meridiona- les, donde el número de esclavos era mucho mayor que en los del Norte , y el trabajo agrícola y doméstico se hacia por los ne- gros , se conservó la esclavitud , pero con tal empeño , tenacidad y espíritu de propaganda, que habia más tarde de costar incal- culables torrentes de sangre. La adquisición de más Estados al Sur, como la Luisiana comprada á la Francia en 1804 y la Flo- rida adquirida de la España en 1819, aumentó el número de países de esclavos, además de permitirse en los Estados nuevos como el Misouri.

En los territorios agregados posteriormente , el Congreso prohi- bió la introducción del trabajo de los esclavos, pero el ardor, actividad é influencia política de los Estados meridionales han podido dejar ineficaces los laudables designios de la legislatura federal. Consecuencia de este proceder ha sido, que no existiendo más que 600.000 esclavos en 1790, cuando estalló la última guerra civil , ascendía la población negra esclava á más de 4.000.000 de individuos.

A pesar de los progresos que en la nueva Inglaterra y otros Estados del Norte hacían todos los dias las opiniones favorables á la libertad de los negros , el manumitirlos cuando era tan grande su número , seria llevar el trastorno y el más completo desorden á las fortunas y á la industria agrícola. Asi se comprende el encar- nizamiento con que el Sur defendía la institución que apellidaba divina y patriarcal.

Sin embargo , este celo excesivo en defender la esclavitud , ha precipitado los acontecimientos, anticipando muchos años su des- trucción. ¡Coincidencia singular ! Si el Sur no se hubiera colocado


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en abierta oposición primero , y más tarde en hostilidad armada, contra el Gobierno federal , atacando á viva fuerza el fuerte de Sunter , que este poseía en el Mediodia , es evidente que la escla- vitud continuaria respetada, y el Congreso desecharía, como lo habia hecho antes , por inmensa mayoría , todas las mociones de manumisión de los negros, que el partido abolicionista pudiera presentar. La moderación más evidente animaba á los poderes federales , lo mismo que á los principales y más numerosos parti- dos. Se oponían á la extensión del elemento esclavo , impidiendo, con sobrada justicia, que invadiera los países que se hallaban, por fortuna, libres de esta plaga. Pero el Sur, guiado por un sen- timiento de fervorosa codicia , con toda la pasión con que las aris- tocracias defienden y luchan por sus intereses , no se contentaba con semejante tolerancia. Aspiraba á más: pretendía que se habia de aprobar y canonizar el dominio del hombre sobre el hombre: que al negro no se le considerase como ser racional , sino como una bestia de servicio , y que se habían de retirar todos los obs- táculos que las leyes oponían á la propagación de este baldón de la cultura del siglo XIX.

Aristocracia nueva y desconocida en la historia , es la de los Es- tados meridionales. Ella no reconoce por base ni el mayor mereci- miento, ni más grandes riquezas , ni más distinguidos servicios ni saber; sí no que se apoya exclusivamente en la propiedad sobre seres humanos , destinados á sufrir el insolentísimo despotismo de sus dueños , y someter á la omnipotente voluntad de estos todas sus facultades. En el seno de esta aristocracia se contaban hombres de Estado de la mayor importancia , guerreros ilustres , y las per- sonas que habían recibido una educación militar señalada en la mejor escuela que poseía la República. El Norte, por el contrarío, entregado al comercio y á las artes de la paz , no poseía la galería de personajes políticos y militares que abundaban en el Mediodía, vivía olvidado de la guerra , y de sus necesidades , y en su seno encerraba gran número de demócratas y republicanos , partidarios del estado , que entonces tenia la esclavitud y abiertamente opues- tos á los escasos y poco considerados individuos que proclamaban su abolición. El resultado de la votación, cuando fué Lincoln ele- gido Presidente de la República, excluye toda duda en este punto. El General Fremon , candidato del partido abolicionista no obtuvo más que una corta minoría de votos del cuerpo electoral.


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Pero Lincoln era republicano si bien de escasa importancia, no habia sido candidato del Sur como su antecesor el demócrata Bu- cbanan y otros Presidentes anteriores , y bastó el triunfo de aquel personaje en la lid electoral, para que fuese la señal de la escisión de los Estados del Mediodía , apartándose ruidosamente de la confe- deración, y proclamándola creación de una nueva República, com- puesta de los Estados mantenedores de la esclavitud.

Su arrogancia fué igual á su valor y energía. Las contempla- ciones del Gobierno federal fueron interpretadas como muestra de flaqueza ó impotencia , y todas las proposiciones de arreglo y aco- modamiento , para atraerlos pacificamante al gremio de la federa- ción, de todo en todo despreciadas.

Hallábase el Sur mejor preparado para la guerra ; pero no con- consideraba que esta se aprende también en la escuela de los reve- ses y de las derrotas , y que del suelo del Norte , país más rico y más populoso, brotarla un millón de combatientes á la voz del Go- bierno central.

No ha previsto la Constitución el caso de segregarse uno ó más Estados del grupo federal. ¿Significa semejante silencio que los Es- tados son dueños de separarse del centro común como lo fueron en un principio de adherirse á la Union federal? ¿O supone la Cons- titución que el acto de adherirse al poder federal , equivale á un contrato, del cual no es permitido á los asociados desprenderse, no siendo por mutuo asentimiento de las partes contratantes? ¿Acaso guardó silencio en este punto la ley fundamental , porque estimó superfina é innecesaria toda declaración , cuando la creación y es- tablecimiento de un Gobierno nacional son por su Índole de carác- ter estable y permanente , y rechazan de un modo tácito , pero ma- nifiesto, la idea de su mudanza ó desaparición al antojo de cual- quiera de las partes de la nación?

Muchos políticos y algunos Estados profesaban la teoría de que estos eran libres de separarse del lazo que les unia á la República anglo-americana , y recobrar, cuando les conviniera, su plena in- dependencia. Los Estados de la nueva Inglaterra y otros del Norte, fieles á sus arraigados sentimientos en favor de la abolición de la esclavitud, proclamaron muchas veces sus propósitos de romper los vínculos de la Union federal , porque el Gobierno central mi- raba con respeto la existencia de aquella institución en la región meridional , y en los Estados del centro. Otras opiniones sostenían


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que , siendo obra de la voluntad común y recíproca de los Estados el pacto federal , no podía este disolverse , sino por el disentimiento de los contratantes, y que en el hecho de fundarse una nacionali- dad con su forma propia de Gobierno, este acto no podia haberse ejecutado, sino con la mira de que fuese una creación sólida y du- rable. Este fué el punto de vista que prevaleció en los Consejos del Gobierno de Washingthon , que mantuvo el Presidente Lincoln en su primer discurso dirigido al Congreso, y que dominó en adelante en cuantas comunicaciones oficiales partieron del Gobierno federal en sus relaciones interiores y exteriores , hasta obtener su com- pleto triunfo á la conclusión de la guerra civil. Durante esta , la bandera federal representaba el mantenimiento de la integridad de la Union , y este grande resultado, y la supresión de la esclavitud en los Estados insurrectos eran la puesta que se jugaba en el juego gigantescamente sangriento de la guerra civil.

A esta abolición de la esclavitud en los Estados insurrectos no se llegó, sin embargo , de una manera rápida y resuelta por el Go- bierno central, sino al contrario, muy pausada y hasta tímida- mente, como quien recela contradecir todas las manifestaciones anteriores , y es arrastrado por la fuerza irresistible , por la lógica inexorable de los acontecimientos.

El Presidente cumplía y hacia cumplir, al principio , á los gene- rales la ley que prescribía la restitución de los esclavos prófugos, de manera que no les valia , para obtener su libertad , escaparse del territorio confederado, y tomar asilo en el campo de los fede- rales. El Ministro de la Guerra, Cameron, por apoyar opiniones del todo contrarias á las suyas en este punto, y querer armar á los negros , fué separado del Ministerio y enviado á San Petersburgo como representante de la República. Porque el general célebre Fremon, que mandaba el ejército federal del Oeste, concedía libertad á los esclavos que penetraban dentro del territorio pro- tegido por las fuerzas de su mando, á pesar de su considerable im- portancia, como jefe del partido abolicionista, y de la suma popu- laridad que gozaba, fué reemplazado sin contemplación alguna por el general Hallec , de orden del Presidente , obligándole á retirarse á la vida privada.

Mas prolongándose la guerra cada vez con mayor ardimiento, como en la conciencia del Norte y del Sur estaba admitida la ver- dad de que la esclavitud ó la manumisión era el único precio de la


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TÍctaria tan tenazmente disputada , el cálculo político , el interés de la defensa y el sentimiento de humanidad inspiraron al Gobier- no y al partido republicano la conveniencia de variar el sistema de respeto y miramiento á la institución servil, declarándola una oposición franca y decidida.

Esta nueva política se inauguró por el Congreso, manumitiendo los esclavos de Columbia, es decir, del distrito federal de diez mi- llas , que, como se ha dicho, depende directa y exclusivamente del poder central, dando á los dueños la indemnización oportuna.

Se dirigieron por el Presidente excitaciones á los Estados fieles, donde existia la esclavitud , á fin de que se excogitasen por las Asambleas los medios necesarios para hacer que la institución des- apareciera al cabo de cierto tiempo. Los comandantes de las fuerzas federales recibieron órdenes para tratar á los esclavos fugados de los Estados insurrectos como siervos emancipados , y no solo algunos de ellos ejecutaron puntualmente esta medida, sino que les entregaron armas , y los organizaron militarmente , utilizando sus servicios , algunas veces heroicos , luchando contra sus dueños de la víspera. Butler, abogado distinguido de Boston, y luego notable general , sin embargo de haber pertenecido antes al parti- do demócrata , fué de los primeros que ensayaron este sistema des- pués de la conquista de Nueva-Orleans. Por fin, la Cámara de Comercio de Nueva-Yorck , emporio comercial más considerable de la República , pidió al presidente Lincoln que declarara la inme- diata manumisión, sin condiciones, de todos los esclavos en los Estados rebeldes. En 22 de Setiembre de 1862 se resolvió el Presi- dente á tomar este grave acuerdo, [concediendo la libertad á los esclavos de Virginia , las dos Carolinas , Georgia , la Florida, Mis- sissipi , Alabama , Luisiana , Arkansas y Tejas. Procediendo con suma circunspección , al publicar su proclama de aquella fecha, anunció que esta medida no tendría efecto hasta l.° de Enero de 1863 , invitando á los pueblos rebeldes á que en estos cien días se arrepintieran, haciendo sumisión al Gobierno federal. El Presi- dente apareció como abrumado bajo el peso de la enorme responsa- bilidad que creía contraer, procediendo como jefe supremo de las fuerzas armadas de la República y revestido de facultades para re- primir la insurrección, al tomar esta medida de guerra.

Sí la abolición de la esclavitud era á sus ojos un medio eficaz para resistir á la invasión ó domar la rebelión , siendo deber presi-

TOMO II. 13


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dencial restablecer la paz , nadie duda que al acudir á esta gran resolución como jefe supremo de las armas , no traspasó los poderes que por la Constitución le pertenecían.

Inmensas consecuencias ha tenido esta nueva política. Los par- tidos republicano j abolicionista, hasta entonces separados, se fundieron en uno, variándose muy notablemente la situación in- terior de la Union. La guerra, que hasta entonces proclamaba por su único objeto, la integridad de la república , idea hasta cierto punto abstracta , proclamó luego como uno de sus primeros desig- nios, la abolición de la esclavitud, que era una idea práctica, palmaria , y tangible , que se hallaba al alcance de todas las inteligencias. El Norte se procuró las simpatias de la numerosa población servil , privó al Sur del trabajo y auxilios que esta le prestaba, y obtenía todo el apoyo de este considerable refuerzo.

¡ Qué cambio tan profundo en la condición de la raza negra ! De vivir temblando ante el inhumano látigo que á todos los instantes amenazaba el cuerpo del negro , no conocer otro consuelo en su amarga pena que la triste cadencia de su canto plañidero , sin más esperanza que el premio inmortal en la otra vida y existir conde- nado á la humillación aun después de ser liberto , á pasar á la si- tuación de hombre libre , recibir las armas de la patria para adqui- rir gloria en su defensa , batirse con sus antiguos dueños y aspirar al titulo de ciudadanos , es una trasformacion tan enorme , un or- den social tan desconocido , que habrán de trascurrir muchos años, antes que la sociedad se acomode definitivamente á estos nuevos y trascendentales elementos. Los antecesores de Lincoln no mirarían como cosa posible entrar en relaciones con las repúblicas de Libe- ria y Haiti , y este Presidente , presentando la última muestra de simpatía por la raza neg'ra , se decidió á dar este paso , que abria las puertas de la Casa Blanca á los negros, admitiéndolos 4 tratar y alternar con los Ministros y Representantes de las demás na- ciones.

Son casi incalculables las consecuencias de este gran aconteci- miento social. Limitándose solamente á sus resultados políticos, su influjo se ha hecho sentir tanto en el modo de ser de los antig-uos partidos , como en las cuestiones gravísimas que agitan y conmue- ven actualmente de una manera íntima la sociedad anglo-ameri- cana , y la hacen atravesar una crisis nueva y no vista desde el triunfo de la independencia contra el imperio británico.


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V.


Terminada la guerra civil más pronto de lo que sehabia espe- rado, y vencida la resistencia de los Estados del Sur á viva fuerza, después de haber asombrado á los contemporáneos por la inmensi- dad de los recursos, las proezas maravillosas y hechos heroicos des- plegados por las dos partes beligerantes , sobrevenia naturalmente un gran problema que ya , en perspectiva , habia ocupado la aten- ción de los politices. Este problema era el del restablecimiento de la unión en toda la República, pero semejante restauración intere- saba demasiado al poderio y á la supremacía de los partidos poli- ticos para que se pudiera realizar sin conflictos , sin lucha de pa- siones , y por consiguiente sin parcialidad é injusticia.

Tres partidos hablan tomado parte en la contienda última para la elección de Presidente en 1864. El demócrata ó puramente cons- titucional proponia por candidato al ilustre y joven general Mac Clellan , recomendado por el veterano y glorioso general Scot para ser puesto al frente de los ejércitos federales, que lo fué en efecto, y supo corresponder brillantemente al juicio de su patrono, habiéndo- sele separado después de una victoria célebre , sin otra culpa que la reconocida moderación de sus principios políticos. Su programa, al tiempo de la lid electoral era el siguiente : «El único fin déla guer- ra es poner término á la rebelión: en el punto que las autoridades de un Estado rebelde entreguen las armas, este Estado queda ipso fado restablecido en la Union , de la cual legalmente nunca ha es- tado separado.» El segundo partido que aspiraba á la presidencia era el llamado republicano , cuyos candidatos eran el mismo Presi- dente Lincoln y Johnson para Vicepresidente. «El término de la guerra , decia su programa , es la restauración de la Union , pero los Estados rebeldes cumplirán para esto una condición , que es la de aceptar una enmienda en la Constitución , declarando abolida la esclavitud.» Finalmente , el partido radical ó antiguo abolicionista presentaba por candidato al general Fremoset , y su programa de- cia: «La cuestión de reconstrucción debe dejarse á los Represen- tantes de los Estados del Norte , confiscarse los bienes de los rebel- des, y garantirse á todos la igualdad ante la ley.»

El espíritu dé los tres partidos aparece expresado con la mayor claridad. Los demócratas profesan que la Union es la única condi-


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cion de la paz. Los republicanos proclaman como condición para restaurar la Union , que los Estados rebeldes supriman la esclavi- tud, esto es, que la causa de la g-uerra perezca con la guerra. Los radicales aspiran á poner los Estados rebeldes á merced de las me- didas arbitrarias de los Representantes del Norte , empezando por la confiscación' de bienes , como se pudiera ordenar bajo el mando del más odioso tirano.

La ausencia de los votos del Sur dio el triunfo á Lincoln , que vino á quedar reelegido Presidente por 2.200.000 votos, habiendo tenido Clellan 1.800.000, y Jonbson fué elegido Vicepresidente. Víctima más tarde Lincoln del puñal asesino , contra lo que era de esperar de las costumbres ang-lo-americanas, entró á reemplazarle, conforme á la Constitución , Jonbson. Habia sido este Senador en el Congreso por el Estado de Tennesse , y aunque las Autoridades de este Estado se declararon neutrales en la gran lucha entre los beligerantes para adherirse sin duda al que fuese favorecido por la fortuna , aquel hombre político se mantuvo siempre firme , activo y decidido por la causa de la Union. Dio en este proceder separán- dose de sus compatriotas , grande ejemplo de independencia de ca- rácter y solidez de convicciones , cualidades que habia de confir- mar más solemnemente en el desempeño de las altas funciones . á las cuales cuando menos se lo prometía , le elevaba el funesto fin del Presidente.

Cuan penetrado se hallaba de sus gravísimos deberes y de su delicada situación , lo significó desde las primeras manifestaciones oficiales. En su primer mensaje declaró al Congreso que seguirla á Lincoln en el ejercicio de la autoridad de Presidente como el me- jor modelo, declaración importante, porque siendo poco conocidos del público sus designios , andaba la opinión muy dividida , y en el Sur especialmente se abrigaban preocupaciones erróneas acerca de sus propósitos. La Constitución y el programa del partido que le habia elevado , y que él consideraba identificado con el interés de la República , debían ser la luz que le guiara en las oscuras y complicadas circunstancias en que ascendía á la primera magistra- tura. Testimonio público y formal de ella fueron las palabras si- guientes , que pronunció en ocasión muy conocida : « Los negocios del país están , en estos instantes , en situación casi tan crítica, como cuando una fuerza armada trataba de destruir el Gobierno. La tentativa de destruir el Gobierno por la fuerza , no es más per-


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judicial para la vitalidad de la nación que el minarlo y desnatura- lizarlo , hollando y pisando con los pies las garantías protectoras de la libertad del pueblo escritas en la Constitución. Mi posición se halla tomada , mi linea de conducta está trazada ; yo defenderé y mantendré la Constitución contra los esfuerzos de quien quiera que la ataque , de donde quiera que veng-an los ataques.»

Después de tal declaración, los partidos debían comprender cuá- les eran las intenciones y designios del nuevo Presidente, mal apre- ciado antes por los pueblos del Sur, considerándole más rigoroso é intolerante que su malogrado antecesor, así como por los radicales, que contaban tener en este Magistrado un dócil y flexible instru- mento para la ejecución de sus planes de predominio é intole- rancia.

Las esperanzas de los radicales y republicanos no han tardado en fracasar ante la firmeza del Presidente Johnson , oponiendo su veto á las medidas del Congreso por hallarlas invasoras de otros poderes y opuestas por lo mismo á la Constitución. Las iras del partido dominante han estallado contra el Jefe del poder ejecutivo, y se le ha inculpado de querer dominar sobre el Congreso y de haber hecho traición á su partido , cuando él procede en la íntima persuasión de que su conducta es la que le dictan la fidelidad al programa publicado por sus mismos amigos políticos al tiempo de su elección , el cual olvidan , adhiriéndose á los radicales , y el más señalado respeto á la ley constitucional , que considera conculcada por las resoluciones del Congreso , inútilmente contrariadas por su veto. De aquí la pugna abierta entre el Congreso y el Presidente, que ha dado lugar á los más serios conflictos , y ha llegado recien- temente á formal acusación entablada contra el Presidente John- son ante el Senado por la Cámara de Representantes.

Necesario es , pues , que demos una breve idea de las cuestiones que han sido objeto principal de disidencia entre el poder legisla- tivo y ejecutivo de la Union, y que apreciemos con perfecta im- parcialidad , á la luz de los principios de su Constitución , las cau- sas del rompimiento que ha estallado en las más altas esferas del Gobierno.


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VT.


Sobre todas las cuestiones concretas que traen desacordes al Pre- sidente y al Congreso de la gran República, domina entre estos poderes una contradicción radical de tendencia , una oposición de miras en un punto demasiado fundamental para que deje de sen- tirse este espíritu de contrariedad á cada paso , al intentar resol- ver los multiplicados y arduos problemas sobrevenidos después de la paz , y que habían, antes de esta, preocupado por extremo á los hombres de Estado más partidarios del triunfo de la Union. ¿Cómo habían los Estados del Sur , una vez vencidos , de volver á entrar de hecho en el cuerpo de la República , del cual se habían sepa- rado ? ¿ Se les ha de admitir en ella , como si nada hubiese ocurri- do desde 1861 , dejando sin efecto las medidas acordadas contra el Sur durante la guerra, como la abolición de la esclavitud y confiscación de bienes de los rebeldes ? ¿ Han de restablecerse las relaciones políticas entre los Estados vencidos y el Gobierno fede- ral, como lo estaban ante hellum, de modo que elijan sus Repre- sentantes y Senadores para tomar la misma parte en los negocios públicos que ejercen los otros Estados de la Union? ¿O por el con- trario , se los ha de tratar como á los demás territorios incorpora- dos á la República por la fuerza ó por los tratados á los cuales se les imponen por el Gobierno central las condiciones que estima con- venientes , antes de admitirlos á formar parte de la nación como Estados federales? No existiendo acuerdo entre los poderes legisla- tivo y ejecutivo acerca de estos problemas por decirlo así cardina- les , natural y lógico es que en las soluciones de los otros , que de aquellos dependen, el voto del Congreso disienta de la opinión presidencial , se haga uso más frecuente que en otras empresas de la prerogativa del veto , quede este anulado por la insistencia cons- titucional del Congreso en sus anteriores acuerdos , y ocurran ro- ces peligrosos y tirantez excesiva en los altes resortes , en las es- feras más elevadas del Gobierno.

Acerca de las cuestiones mencionadas profesan el Congreso y el Presidente un modo de ver no diferente , sino casi de todo punto contrarío. Aquel magistrado entiende que la guerra no se ha sos- tenido más que para conservar la integridad de la República y re-


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ponerla en aquel estado , que la liabia conducido á una prosperi- dad y grandeza inauditas, habiendo sido á sus ojos , una verdadera cuestión de existencia, impedir que ocho ó diez Estados , diesen la ley á veinte y siete , ó lo que es lo mismo , que la minoría subyu- g-ara á la mayoría. Aceptada por siete Estados del Sur la enmienda constitucional de la supresión de esclavitud , y reuniendo así esta medida las dos terceras partes de los Estados que para su validez demanda la Constitución , el Presidente , fiel á los principios del derecho y á las ideas del prog-rama de su partido , antes que se aliara y fundiera en el abolicionista , quisiera que se corriese un velo sobre los infortunios pasados, y que el Sur como el Norte concurrieron con iguales derechos á los que habían ejercido antes de la excisión á formar la Cámara de Representantes y el Senado de la República. El Congreso se halla en este punto muy distante del parecer de Johnson. — Intereses de partido y especiosas razones de Estado inspiran á las Cámaras sobre esta gravísima materia.

El ínteres del partido republicano le aconseja alejar todo lo po- sible á los Estados del Sur de toda participación política en el go- bierno federal, porque sus Representantes unidos á la minoría democrática , que hoy existe en el Congreso , la convertirían en mayoría inmediatamente. De la altura del poder , del predominio absoluto en la provisión de las funciones y cargos públicos , ven- dría el partido republicano á caer en la situación de todas las mi- norías, y el partido democrático le reemplazaría en la completa dominación que hoy aquel disfruta. Al lado de este importante in- terés, sufrirían otros intereses que no lo son tanto , pero que hablan muy alto en el corazón de las facciones políticas. Los jefes milita- res , radicales en su mayor parte , que han ocupado los distritos del Sur después de la guerra , y cuya conducta con los vencidos ha sido dura y por demás opresiva , habrían de dar cuenta ante sus víctimas de los excesos cometidos si estas pudieran hacerse oír en las Cámaras de la República. No pocos de sus amigos políticos , si se entrara en una situación ordinaria normal , tendrían que dejar sus puestos para ser sustituidos por otros , que nombraría una ad- ministración menos irregular. Y algunos en fin, habiendo com- prado á precios excesivamente cómodos los bienes confiscados á los rebeldes , no muy confiados en sus títulos de adquisición , una vez variado el actual orden de cosas , cuentan con el apoyo de su par- tido para no ser inquietados en el goce de sus nuevas propiedades,


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y les es indispensable por lo mismo , que el statiír guo no experi- mente alteración,

Pero el sentido politice de los anglo-americanós , por más que tributen culto con idolatría al interés material, no se satisfaría sino se fortificaran estos motivos eg-oistas con el apoyo, siquiera especioso, de razoneá jurídicas y de Gobierno. Así se ha proclamado que , habiendo sido desterrado el pabellón estrellado de los Estados del Sur , cesaron de pertenecer á la República. Por efecto de su re- belión han incurrido además en la pena de perder su independen- cia. Habiendo sido vencidos , en fin , por las armas del Norte , las leyes de la g-uerra le atribuyen el carácter de vencedor y de con- quistador , perteneciéndole los derechos reconocidos sobre los pue- blos conquistados.

A estas alegaciones jurídicas se añaden razones de Estado, que nosotros no exponemos, para dejar la palabra á un escritor distin- guido anglo-americano, Emerson, que como literato y filósofo goza de celebridad. En un discurso pronunciado en Boston en 1862 se expresó en los términos siguientes: «Es menester advertir, dice, que , en los Estados del Sur, las leyes relativas á la propiedad, á las costumbres locales y á la esclavitud dan en el día al sistema social el carácter aristocrático y no el carácter democrático. La oligarquía de estos Estados ha mostrado de año en año las disposi- ciones más acerbas y más agresivas, hasta que el instinto de la pro- pia conservación nos ha obligado á hacerles la guerra. El objeto de esta guerra es precisamente destruir la mala constitución de la so- ciedad en el Sur, destruir lo que impide su reconstrucción sobre una base sólida y racional. Hecho esto, nuevas afinidades entrarán en juego. Las viejas antipatías se borrarán: suprimida la causa de la guerra, la naturaleza y el comercio, confiad en ello, nos darán los medios de establecer una paz duradera. Entonces esta raza des- venturada y paciente , á la cual ha restituido su vida la proclama de Mr. Lincoln, perderá algo de la abyección que durante mu- chas edades ha quedado grabada en sus rasgos de bronce , de esta languidez que se ha exhalado en los suspiros de su música melan- cólica. Esta raza naturalmente buena, dócil y laboriosa, que debe su desgracia á los servicios mismos que puede prestar, podrá, en una edad más moral , no solamente defender su independencia, sino también tomar su puesto en una gran nación.» Si como afirma Emerson , el objeto de la guerra es destruir el estado social del Sur,


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trasformándolo en otro estado social nuevo , mientras este cambio profundo no se realice , el Norte no puede retirar las medidas ne- nesarias para conseguir que se plantee y consolide un sistema so- cial opuesto al que en el Sur reinaba antes de la g-uerra.

Acaso el criterio que nos guia á los europeos , en nuestras apre- ciaciones, sobre las cosas del Nuevo Mundo, no sea siempre seguro y acertado. Mas , en la ocasión presente , los principios admitidos en los países civilizados no están en consonancia con las máximas jurídicas invocadas en apoyo de la reducción de los Estados del Sur á la condición rebajada de territorios de la República, sin voz ni voto en los negocios de esta , y sometidos al mando de gobernado- res ó procónsules nombrados por el Gobierno central.

La desaparición del pabellón estrellado de los pueblos del Sur era consecuencia del estado de insurrección y rebelión en que se habían colocado contra la República, de modo que la verdadera cuestión se reduce á saber, cuáles derechos pertenecen á una nación sobre provincias rebeldes, que aspiran á la independencia, pero que á viva fuerza son puestas de nuevo bajo la obediencia del Go- bierno nacional. Y en plantear de este modo el problema, lejos de enflaquecer el derecho de la Union anglo-americana, creemos en- salzarlo, tal vez excediendo los límites de lo justo, porque al cabo la Constitución guarda absoluto silencio acerca de la segregación eventual de uno ó más Estados , es harto más débil el lazo que une á los diversos Estados entre sí y con la República que los vínculos de sumisión que ligan á las provincias con el Gobierno central de las otras naciones, y entre los pueblos mismos del Norte de la Union se opinó antes de la guerra, como ya se ha indicado, que eran dueños los Estados de segregarse de la República federal, cuando lo tuvieran por oportuno. Ahora bien; preguntamos nos- otros : ¿Hasta dónde alcanza el límite de los derechos que corres- ponden á una nación que , por medio de la guerra, reduce á la obe- diencia á las provincias que se le rebelan, sosteniendo con las armas la causa de su autonomía? Con todos los escritores de derecho internacional, desde Grocio hasta nuestros días, responderemos, que es lícito en la guerra, todo lo necesario para obtener el fin, que la guerra se propone. «Omnia snnt licita, quce ad consequendum finem belli sunt necesaria. y> Cual haya sido el fin de la última guerra civil de los Estados-Unidos , lo han manifestado pública y repetidamente las más elevadas potestades federales. Todos han


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leido los mensajes dirigidos al Congreso por el Presidente , las dis- cusiones y resoluciones de este , los despachos del Gobierno federal enviados á los Gabinetes extranjeros , sobre todo cuando se comba- tia la idea de que se reconociera á los Estados del Sur el carácter de beligerantes , y en todos estos documentos y otras muchas mani- festaciones públicas , se repitió hasta el exceso, que la integridad de la Union era el exclusivo fin de la guerra, y que el precio único de la paz , era la reposición de las cosas al estado anterior á la secesión del Sur. ¿No es contradicción evidente con estos prin- cipios , que pasan por inconcusos en todas las escuelas de derecho, proceder, después de desarmados los pueblos insurrectos , como se está procediendo, y afirmada la paz, tratarlos como pais conquis- tado, y privarlos de todos sus antiguos derechos , de su legitima y constitucional participación en los negocios federales? ¿No ofrece extraño contraste la conducta del Congreso, admitiendo' al goce de los antiguos derechos federales á los Estados ó parte de los Estados que fueron sojuzgados al principio y durante el curso de la guerra civil, y rehusar todo derecho, toda consideración politica, y mirar como ilotas á los habitantes de los países del Sur, que á última hora han rendido las armas y hecho sumisión al Gobierno federal? ¿Cómo se explica este proceder tan contradictorio? Si la ley del vencedor puede imponer tan duro tratamiento á los últimamente rendidos, la misma ley es aplicable á los pueblos que suceswa- mente fueron sujetándose á la dominación federal. El derecho no reconoce una distinta fórmula respecto de los enemigos que se so- meten más pronto ó más tarde, y siendo igual para los que en cualquiera de estos dos casos se encuentran , el someterlos á medi- das tan diferentes, á disposiciones tan contradictorias, solo se puede interpretar como abuso de la fuerza, y como patente arbitrariedad. Por otra parte , en todos los países cultos las leyes de la guerra han desterrado las bárbaras prácticas de los pueblos antiguos, y, merced al principio cristiano, el vencedor, no pudiendo hacer más daño á su enemigo que el indispensable para conseguir el fin de la guerra , no es dueño de la vida , de la libertad ni de las propieda- des de los particulares, una vez terminadas las hostilidades entre los beligerantes. En buen hora que pueda el Gobierno vencedor, en determinados casos , tener acción y derecho para ser indemni- zado de los gastos de la guerra , y que , por medio de impuestos exigidos bajo las formas menos gravosas, se procure el reembolso


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de los sacrificios que una guerra injusta le hubiese ocasionado. Pero de estas máximas á las aplicadas á los pueblos ó Estados del Sur por el Gobierno federal , la distancia parece inmensa. Los ha- bitantes han sido condenados en gran parte á la confisoacion de sus bienes, habiendo algunas familias descendido de la verdadera opulencia á la última estrechez , viéndose en la dura necesidad de procurarse , por medio del trabajo , los medios de ocurrir precaria y escasamente á las atenciones de la vida. Sin tener en cuenta las multiplicadas y complicadísimas causas que influyen en la conducta délos ciudadanos durante las discordias civiles, en lugar de acudir al único remedio que desde los más remotos tiempos recomiendan las lecciones de la historia, que es el olvido de lo pasado, ó sea la amnistía, diríase que no se han oído más que los sentimientos de la venganza. ¿Qué importa, en efecto, la amnistía publicada á raíz de la paz por el Presidente , si las leyes votadas por el Congreso privan de toda voz y voto en política á los que desconocieron é hicieron armas contra el Gobierno federal? ¿No comprende esta resolución reac- cionaria , sin distinción alguna , á casi todos los habitantes del Sur, imponiéndoles una exclusión poco menos que general de los dere- chos más apreciados en un país libre? La Constitución de los Esta- dos-Unidos prohibe en términos formales que el Congreso pueda dictar leyes de proscripción , y nosotros no podemos calificar sino de positiva proscripción la pérdida de todos los derechos políticos impuesta , como medida general , á los habitantes de los países del Sur que se adhirieron á la bandera de rebelión, es decir, á la masa total de la población. Ni la misma Constitución ni las leyes ante- riores á la guerra habían previsto el caso de que uno ó más Estados generales quisieran separarse de la Union. El acto de la separación y el empleo de la fuerza para realizarla , no figuraban como delitos en la legislación federal , y, en este supuesto, los castigos y penas establecidas contra el Sur son de una legitimidad muy problemáti- ca. Los delitos no se declaran ex-postfacto. Pero admítase por un momento la existencia de este delito. ¿Qué prescribe la Constitu- ción para que se castigue legítimamente todo delito? En un artículo expreso declara que todos los delitos serán juzgados por jurados, y el juicio se celebrará en el Estado en que se haya cometido el delito. Nosotros no hallamos término medio en el dilema siguiente: Si antes de la guerra no estaba calificada como delito la aspiración, aun armada, de uii Estado á separarse de la Union federal, nq


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puede este hecho ser tratado como delito sino en virtud de una ley posterior á esta , ó que teng-a efecto retroactivo , cosa terminante- mente reprobada por la Constitución anglo-americana , cuando dispone en el núm, 3 , sección 9., art. 1.° : « No se hará ninguna ley de proscripción ni que tenga efecto retroactivo.» Si existe ley que castigue aquel hecho como delito, no siendo de los que son acusados por la Cámara, conforme al núm. 3, sección 2.*, art. 3.° de la Constitución , su juicio debe hacerse por jurados en el Estado donde se hubiese cometido. En la región del Derecho, no hay, por tanto, fácil , ni quizá posible defensa de la política adoptada y se- guida por el poder legislativo federal respecto de los Estados del Sur después de restablecida la paz, Y si exceptuamos la abolición de la esclavitud , acordada por el Presidente Lincoln , como medida de guerra contra el Sur, durante las hostilidades , y ratificada des- pués de la paz , por siete de aquellos Estados , no nos es posible asociarnos al sistema opresivo, á los rigores vejatorios, vindicati- vos y despóticos á que se halla actualmente sometida la parte me- ridional de aquella República.

Pero si la legalidad condena este régimen prebostal , por decirlo asi, ¿se puede cohonestar por las exigencias de la nueva situación social , porque sin el brazo pesado de la dictadura , no se realiza- rían las profundas trasformaciones que en los senos más Íntimos de aquel pais, habrá de traer la desaparición del trabajo esclavo, la libertad concedida á la raza negra? Al llegar á este punto, pre- ciso es que confesemos cuánto nos duele no conocer de cerca el gran país que nos ocupa, porque solo asi podríamos apreciar con seguridad perfecta la fundada ó infundada exactitud de la consideración expuesta. Pocas veces, aun no mediando cambios tan radicales; se deja de establecer un sistema dictatorial en el intervalo que casi siempre existe entre la victoria ó la pacificación material y el asiento de la situación nueva que se desea consolidar después del triunfo. Mas así y todo, la política que se sigue, des- pués de la guerra , en los Estados del Sur , da lugar á las más serias objeciones. La autonomía de los Estados es en efecto un principio fundamental en el orden de las instituciones constitucio- nales de la Union americana , y si cabe , según su texto , suspen- der el Babeas cor^pus en caso de invasión ó rebelión , no se per- mite , ni por su letra ni por su espíritu , privar por mucho ni por poco tiempo á ninguno de los Estados del carácter de independen-


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cia reconocido por la Constitución. Más facultades que las en esta consignadas , no poseen los poderes federales. Sin violencia , pues, puede ser mirada como una usurpación de autoridad, la que se arrogaron aquellos , reduciendo á los países del Sur á la condición de territorios extranjeros conquistados , retirándoles las facultades autonómicas, con que entraron en el lazo ó vinculo federal. Por otra parte ¿cómo al tiempo mismo que se anulan por el Gobierno federal la independencia y derechos constitucionales de esos Esta- dos , se les oye y se pide su voto sobre la enmienda de la Consti- tución relativa á la supresión de la esclavitud de los negros? ¿No se descubre en este proceder una contradicción manifiesta? Además las dictaduras , por lo mismo que llevan en su seno el silencio de las leyes, y el resumen de todas las potestades, en todos tiempos, han sido breves y muy transitorias , midiéndose su duración en razón inversa de la latitud de atribuciones extraordinarias que contiene. Mas en la dictadura, de que vamos hablando, no hay plazo señalado para su terminación , se prolonga por años , y ven- dría á hacerse indefinidamente perdurable , si su fin ha de coinci- dir con la consolidación del nuevo estado social que se indica pre- tender introducir en las últimas consecuencias de la desaparición de la institución servil. Finalmente , en los otros Estados , en que la esclavitud, ó se ha desterrado del todo, ó se camina á su pronta supresión , indemnizando á los propietarios de esclavos en virtud de las leyes promulgadas sobre este objeto , los efectos de esta gran medida han de producir innovaciones igualmente consi- derables en su modo de ser , en las más profundas interioridades de la sociedad. ¿Por qué en estos, sin embargo, no se apela al ré- gimen de dictadura, y se considera conciliable la trasformacion social que se debe verificar , como en los pueblos del Sur , con el libre y ordinario ejercicio de su autonomía , y con su plena parti- cipación constitucional en las leyes y los negocios federales? Mientras no se nos haga entender una respuesta plausible á estas observaciones , nos parecerá falta de todo apoyo razonable la polí- tica , bajo cuyo yugo gimen los Estados del Sur , y la condenare- mos con tanta más fuerza , cuanto es á nuestros ojos , más odioso el despotismo y más repugnante la arbitrariedad ejecutados en nombre del Gobierno, que pasa por ser el más libre del universo.


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VIL


í' Consecuencia inevitable del sistema dominante en el espíritu del Congreso ; cuya mayoría está compuesta por el partido repu- blicano , es el desvío de los límites trazados por la Constitución á sus facultades ; en todo lo que los otros poderes puedan ejecutar en menoscabo de su privativa supremacía y de su dominación en las elecciones y en el Gobierno de la República.

Como las legislaturas de los Estados del Sur , eco y expresión de las ideas políticas que en ellos reinan , no aceptarían en el régi- men electoral reformas contrarias á sus opiniones, pero que el Norte considera necesarias para obtener la mayoría , se anula su autoridad á pesar de la Constitución , y se establece por el Con- greso , faltando á esta , medidas concediendo ó negando el derecho electoral á clases numerosas. Tales electores son conocidos como favorables al partido democrático , se les priva de su derecbo de sufragio. Hay otra clase que se presume concedería sus votos al partido republicano , todos sus individuos son elevados á la cate- goría de electores.

Lo primero se alcanza exigiendo juramento á los habitantes del Mediodía , en que declaren no solo no haber hecho armas contra la Union , sino el no haber prestado ayuda ni auxilio á ningún poder ni gobierno que haya estado en hostilidad con el de la República, Esta medida equivale á excluir del derecho de sufragio á casi los habitantes en masa de los Estados rebeldes. Lo segundo se consi- gue otorgando el carácter de electores á los negros libertos ó ma- numitidos, cuyo número es tan considerable en el Sur, que en al- gunos parajes excede á la población blanca. Esta grande reforma cuenta con la probable y casi segura adhesión á las miras del par- tido republicano de los miembros de una raza que le debe el incal- culable beneficio de la libertad.

Pero ambas reformas se hallan fuera de las atribuciones del Congreso arriba detalladas muy circunstanciadamente. La legisla- ción electoral , como la administrativa , civil, penal y judicial per- tenece privativamente á la legislatura de cada Estado , y en nin- guna de la atribuciones reservadas de un modo explícito y formal al Congreso se hallará una sola palabra que lo autorice para le-


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gislar en orden á los dereclios electorales de los anglo-americanos. Así en todos tiempos desde que fué promulgada la Constitución hasta la época presente , el Congreso se abstuvo de acordar sobre esta grave materia disposición alguna. Al contrario se procedió en las Cámaras de los Estados de la Union. Acerca del sufragio elec- toral cada Estado acordó , modificó y revocó sus acuerdos , según lo estimó, libremente. Asi las legislaciones electorales sostienen medidas muy varias , y gozan del derecho de votar en un Estado personas que están inhabilitadas en otros para ejercer esta pre- rogativa.

Invasión manifiesta , por consiguiente , de las facultades legis- lativas reconocidas á los Estados por la ley fundamental , y en cuyo plenísimo ejercicio se han hallado hasta el dia, encierra el acto de legislar el Congreso , ora concediendo , ora privando de su- fragio político á los individuos comprendidos en las recientes leyes federales.

Y no se diga que durante la guerra se tomó la resolución al de- clarar incapaces de ejercer ninguna función pública de los Esta- dos-Unidos á los que hubieran tomado parte en la guerra civil. Sin embargo, semejante ley no se puede invocar. Ella alude expresamente á los cargos públicos, y en este número no cabe comprender el ejercicio del derecho electoral. Refiriéndose además á las íiinciones ó empleos públicos de la Union , es evidente que no puede extenderse á las funciones propias de los ciudadanos co- mo miembros de los Estados particulares, las 'cuales son de todo punto independientes de las funciones federales , que son iguales, ó más bien , son la misma cosa que las funciones de los Estados- Unidos, que es la expresión textual de la ley. En fin , aun conce- diendo por un instante que esa excomunión política lanzada por aquella ley fuera tan descompasadamente extensa , que alcanzara al uso de los derechos electorales , no creemos pudiera conservarse después de las diferentes amnistías concedidas por los poderes cen- trales á los Estados rebeldes , á menos que borrado hasta el hecho culpable , que es el efecto de la amnistía , se mantengan las pe- nas fulminadas contra los autores ó cómplices de ese hecho mismo.

Como quiera, el Presidente, penetrado de la inconstituciona- lidad de la ley sobre elecciones aprobada por el Congreso , le opu- so su veto , aunque sin resultado eficaz , porque el partido republi- no de ambas Cámaras tuvo mayoría bastante para hacer prevalecer


208 ESTUDIO SOBRE LA CRISIS

el proyecto , con virtiéndole en ley á pesar de las fundadas observa- ciones del Presidente.

Pero este alto Mag-istrado no podia dejar de incurrir en el des- agrado y en las antipatías del Congreso , oponiéndose , en estas y otras cuestiones, á las vivas exigencias del interés de partido. Por escasa experiencia que se tenga de las costumbres de los pueblos libres , de las necesidades que creó en ellos la política , no siempre conciliables con la justicia , y sobre todo el calor y ardimiento que desplegan los partidos por conquistar ó mantener su dominación, se comprenderá fácilmente , como la mayoría del Congreso , forma- da de la fusión de radicales y republicanos , debía mirar al Presi- dente siempre tenaz en el cumplimiento de su programa , y hostil por tanto á los intereses más queridos del partido dominante. Una vez estallada la disidencia por tales motivos entre las fuerzas vivas constitucionales, entre los altos poderes políticos, á la disidencia si- gue la discordia, y á esta la lucha, hasta que uno de los dos elementos contraríos se somete á discreción, ó desaparece, vencido por su rival ó adversario. Esta contradicción lleva cada vez más lejos de su estado normal á estos elementos discordes. Así, la ma- yoría del Congreso , con los ojos fijos en el triunfo de las eleccio- nes inmediatas , abandona escrúpulos constitucionales , por conse- guir este objeto final. El Presidente , al contrario, en medio de las preocupaciones de su situación , cada día parece apartarse más de los republicanos , y, sin sentirlo casi , se acerca al partido demó- crata , con el cual se supone que una necesidad inevitable , la ló- gica invencible de los hechos, le arrastra á confundir sus miras, sus esperanzas y sus destinos. Esta es toda la clave del enigma de los conflictos presentes.


VIH.

La animosidad del Congreso contra el Presidente Andrés John- son se ha mostrado en las leyes encaminadas á disminuir y dero- gar algunas de las atribuciones conferidas por la Constitución al primer Magistrado , al Jefe del poder ejecutivo , y en las persecu- ciones directas fulminadas contra su persona intentándose una acusación , cuyo término sea, cuando menos, lanzarlo de la escena


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política, dejando su puesto vacante. No bastaba que la soberanía federal se sobrepusiera inconstitucionalmente á la soberanía de los Estados, j usurpara las facultades legislativas indisputables, que, antes y después de plantear la Constitución en 1789 , han ejercido los Estados de la Union. Era preciso que las Cámaras federales invadieran las prerogativas expresamente atribuidas á la autori- dad del Presidente por la ley fundamental , y que la saña del partido republicano removiera el obstáculo de la imparcialidad presidencial , procurando en el reemplazo un instrumento menos indócil á sus miras. Ha traspasado, pues , el Congreso su esfera de acción en doble sentido, y además ha desplegado su venganza, sus iras políticas ypersonales contra el más alto Magistrado de la Re- pública.

Corresponde á este el ejercicio del poder ejecutivo en la Union, lo mismo que el mando de las fuerzas militares de mar y tierra, según en otro lugar queda dicho. Le competía por lo mismo evi- dentemente dirigir y vigilar la ejecución de las medidas acordadas por el Congreso relativamente á los Estados del Sur, asi como el nombramiento de los Jefes ó Agentes militares enviados al Medio- día para ejercer allí la jurisdicción militar de que están revestidos, y cuyo peso tanto se deja sentir en aquellas comarcas. Sin embar- go , el Congreso , sin detenerse en el texto terminante de la Cons- titución , ha ordenado las cosas de muy distinta manera. Por una ley se autoriza al Generalísimo para nombrar los Comandantes militares , á quienes está encargada la representación del poder central en el Sur, y no obstante los graves abusos que se sabe se están cometiendo contra los habitantes , el Presidente se halla tan imposibilitado de corregirlos , como ha sido extraño á la designa- ción de semejantes funcionarios. En buen hora que la Constitución declare formalmente el Magistrado en quien reside el poder ejecu- tivo. El Congreso ha trasladado á otras manos las funciones presi- denciales respecto de los Estados del Sur, y las leyes se ejecutan en aquella parte de la República, sin la menor intervención del poder ejecutivo , único que la Constitución reconoce. ¿En qué se puede fundar esta manifiesta derogación de la ley constitucional? Nosotros no podemos explicar , sino por un exceso de autoridad que se ha arrogado el Congreso , una violación del artículo cons- titucional, que la mayoría ha querido adoptar, oyendo, ciega- mente apasionada, la voz de los más bastardos intereses de partido.

TOMO II. 14


210 ESTUDIO SOBRE LA CRÍSlS

La destitución de los empleados públicos amovibles ha sido otra de las facultades presidenciales , que el Congreso ha derogado. El derecho americano sobre esta materia es muy conocida. Los textos legales y los comentadores jurídicos y la jurisprudencia no permi- ten sobre este punto duda alguna.

La Constitución nada disponía acerca de las separaciones de fun- cionarios. Limitada á expresar la necesidad de la intervención del Senado en su nombramiento , como se ha dicho , respecto de su remoción , guardaba absoluto silencio. Este silencio nos parecía sensato y natural. Habiendo establecido el principio absoluto y general de que el poder ejecutivo residía en el Presidente, es á todas luces claro, que al primer Magistrado pertenecen todas las atribuciones inherentes al poder ejecutivo, en cuanto no se halle modificada esta regla por las excepciones explícitas de la misma ley fundamental. Pero las excepciones son de sentido limitado , y no admiten , por su índole , una interpretación extensiva. Si la Constitución, pues, en cuanto al nombramiento de funcionarios públicos, prescribe la concurrencia de las dos terceras partes de los votos del Senado, y nada expresa en punto ásu destitución, no es dudoso que en esta facultad del poder ejecutivo ninguna limi- tación ni cortapisa se quiso imponer á los Presidentes , y que la Constitución se la ha dejado libre y expedita. La mera razón y el sentido común resolverían sin dificultad , de esta manera , la cues- tión de destituir á los empleados , si cuestión pudiera haberse sus- citado. Pero , á pesar de su claridad, ella ha sido objeto de una in- terpretación auténtica.

En el mismo año en que empezó á regir la Constitución , se pro- mulgó una ley que declaraba corresponder al Presidente la facul- tad de destituir á los funcionarios públicos , y de ella han usado sin la menor contradicción todos los Presidentes desde Wasingthon hasta Mr. Lincoln.

Un célebre comentador del derecho americano, dice, hablando de esta ley , que « el Presidente es el alto funcionario responsable de la ejecución de las leyes , y el derecho de destitución es un po- der accesorio , necesario para el cumplimiento de este deber, y que puede ser frecuentemente indispensable,

»La cuestión no ha sido nunca judicialmente examinada, y la interpretación dada á la Constitución , en 1789, no ha cesado de descansar sobre esta simple manifestación de la opinión del Con-


DE los'estados-unidos. 211

greso y sobre el asentimiento general de todas las ramas del Go- bierno desde entonces.»

El no haber sido esta cuestión objeto de examen judicial , es la mayor prueba de la perfecta uniformidad de opiniones que reinaba en los Estados-Unidos acerca de los derechos atribuidos en este punto al Presidente. En aquella república es el poder judicial cus- todio de las leyes constitucionales , y cuando el Congreso en sus leyes , ó las legislaturas de los Estados en las que dictan , infringen la Constitución , ó se cree que la han infringido , se instaura una demanda judicial y son los tribunales, especialmente el Supremo, los que deciden la controversia y declaran , si la ley reclamada es ó no conforme á la Constitución. Por lo demás, hay muy pocas cuestiones politicas en aquel país que no se conviertan en judicia- les, como ya lo habia observado el profundo Torqueville en su gran obra de la Democracia en América.

Contra aquella célebre ley, que por ser contemporánea de la Constitución y haber sido acordada por los hombres eminentes que la redactaron , se consideraba como fundamental , se ha pronun- ciado últimamente el Congreso. Una ley especial priva al Presi- dente del derecho de separar á los empleados, y aunque Johnson opuso su veto , las Cámaras , dominadas por una considerable ma- yoría del partido republicano, insistieron en su acuerdo, y el pro- yecto adquirió el carácter de ley. La anomalía que de esta medida se sigue , no puede ser más extraña. El Presidente es siempre el alto magistrado responsable de la ejecución de las leyes , y no pue- de remover á los agentes , aunque obren en el sentido más contra- rio á sus órdenes é instrucciones. Solamente un exagerado radica- lismo puede admitir tal aberración contra la lógica y el sentido común. Es de esperar que , calmadas las pasiones políticas, se res- tablezca la legislación constitucional.

Otra interpretación de esta , que desde los primeros tiempos de la Union no habia dado lugar á ninguna duda ni incertidumbre, ha ocasionado también cuestión sobre las prerogativas presidencia- les , que acaba de ser resuelta por el Congreso en menoscabo del Presidente. Confiérele la Constitución, como se ha visto, el impor- tante derecho de conceder perdones á los delincuentes. ¿Se contie- ne virtualmente en esta facultad la de amnistiar á los culpados? No es de este momento exponer la diferencia de perdón y amnistía, porque habríamos de repetir lo que acerca de este punto ya hemos


212 ESTUDIO SOBRE LA CRÍSIS

arriba indicado. En España , más de una vez , se ha producido la misma cuestión , habiendo defendido algunos publicistas j contra- dicho otros , que en la prerogativa de indulto con arreglo á las le- yes, conferida al Rey por nuestra Constitución, se entendia que podia el Trono conceder amnistías.

La jurisprudencia no ha sido constante entre nosotros , conocién- dose amnistías aprobadas por las Cortes y sancionadas por el Rey, y otras, acaso más en número, concedidas por el Rey, sin interven- ción alguna de las Cortes.

Mas en los Estados-Unidos, la jurisprudencia ha sido menos va- ria desde el establecimiento de la Union hasta nuestro tiempo. Los Presidentes han amnistiado desde Wasingthon hasta Lincoln y Johnson, y nadie disputó que este derecho era consecuencia na- tural de la prerogativa de perdonar otorgada en los términos más generales á los Presidentes por la Constitución. El Congreso por una ley ratificó en 1862 este derecho del Presidente, para conce- der por orden propia amnistía á las personas y en las ocasiones que tuviera por conveniente. Sin embargo, en Enero de 1867, cuando ya el Congreso se habia declarado en abierta hostilidad contra el Presidente, revocó la disposición legal de 1862 que autorizaba al primer magistrado de la Union para conceder amnistías, conside- rándose que después de esta revocación quedó privado de semejante prerogativa.

Todas estas restricciones inconstitucionales , si descubren dema- siado el furor de la pasión hostil al Presidente que en el Congreso do- mina , no son sin embargo suficientes á mostrar toda la incompati- bilidad que existe entre Johnson y el partido radical. El signo más evidente de esta incompatibilidad es el proceso intentado en este año por la Cámara de Representantes ante el Senado , acusando á Johnson de haber violado una ley reciente del Congreso para lan- zarlo de su alta magistratura y reducirle á la vida privada. El 26 de Febrero último se presentó ante el Senado la acusación por los diputados Stevens y Bingham, en forma solemne, á nombre de la Cámara de Representantes. En el mismo dia nombró el Presidente del Senado una comisión de siete Senadores para la instrucción del proceso , y desde entonces continúan las actuaciones con actividad.

Si hubiéramos de apreciar la acusación por las frases empleadas por el representante Stevens al presentarla al Senado , deberíamos considerar al Presidente Jonshon , rodeado de los más serios peli-


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 213

gros. « Acusamos dijo , á Andrés Jolinson , de haber cometido deli- tos capitales.» Por fortuna, aunque las intenciones de Stevens no pa rezcan muy desemejantes de las de ciertos personajes funestamente- célebres de la convención francesa , ni los cargos formulados con- tra el Presidente ofrecen grande importancia , ni aun ofreciéndola permite la Constitución que pueda en tales ocasiones el Senado imponer otra pena que no sea la destitución , y á lo sumo añadir la inhabilitación para obtener empleos de lucro , honor ó confian- za. Cuando las palabras de Stevens hablan de delitos capitales, dan lugar á pensar, que acaso en el furor de una ira bárbara se deseaba una parodia de las horribles y abominables catástrofes de Carlos I y Luis XVI.

¿ A qué se reduce en sustancia esta acusación ? A pesar de ha- llarse dividida en varios artículos dependientes unos de otros , el escrito de acusación se contrae á exponer , « que el Presidente ha in- fringido la ley del Congreso relativa á la separación de emplea- dos, destituyendo al Secretario de la Guerra Stanton, y encargando al Ayudante General Thomas del desempeño temporal de las fun- ciones. » Por mucho que el espíritu de partido pondera la grave- dad de los cargos , á primera vista se comprende que el proceso se limita á una cuestión política , incapaz de llegar nunca á las pro- porciones que pudieran inferirse de las palabras alarmantes y ter- roríficas del diputado Stevens.

Johnson estuvo muy distante de tomar la medida de destituir á Stanton , con la menor sombra de duda ni de misterio. Inmediata- mente la comunicó al Senado, exponiendo los motivos que le ha- bían á ello determinado. Al recibir el Senado esta comunicación, adoptó la resolución de declarar « que según la Constitución y las leyes de los Estados-Unidos , el Presidente carece del derecho de destituir al Secretario de la Guerra , y del de nombrar aunque sea interinamente á otro oficial para que desempeñe sus funciones. »

A este acuerdo del Senado de 21 ele Febrero, respondió el Pre- sidente en el dia inmediato , enviando á aquel Cuerpo un extenso mensaje explicando las razones de su conducta. Nos parece suma- mente oportuno para que se forme cabal idea de la cuestión , in- sertar literalmente algunos pasajes de este documento , modelo en nuestro sentir de cordura y buen sentido.

« Que se me permita , dice , recordar de pasada que después de la organización federal en 1789, todos los Presidentes de los Es-


214 ESTUDIO SOBRE LA CRÍSlS

tados-Unidos han ejercido siempre sin contradicción el derecho de destituir á todos los funcionarios federales que no son nomhrados de por vida : este derecho ha sido siempre considerado como un derecho constitucional, no solo por los Presidentes y sus Conseje- ros , sino por las más importantes autoridades del orden judicial de los Estados-Unidos. Yo no podria, pues, ser privado de este dere- cho constitucional , á no ser por medio de una reforma ó enmien- da de la Constitución.

«Tomando en cuenta estos hechos y toda la legislación anterior, tengo el intimo convencimiento de que el tenure of office-Hll, ó ley sobre destitución de los empleados , adoptada por el Congreso en Marzo de 1867, es inconstitucional, y este convencimiento lo es también de todos los miembros de mi Consejo y de todas las perso- nas que he creido deber consultar acerca de este punto de derecho público.

» Aparte de esto , aun dejando á un lado esta cuestión de consti- tucionalidad , mi convicción , confirmada por el unánime dictamen de cuantos he consultado , es que la ley citada , según su texto, nunca podia ser aplicable á Mr. Stanton , que no por mi sino por mi antecesor ha sido nombrado.

»Sin embargo , como al cabo yo pudiera estar en un error, á pe- sar de mi convicción contraria , y á pesar de la convicción de todos mis Consejeros legales y extralegales , yo tenia el objeto , proce- diendo , como lo he hecho , de provocar una decisión de los tribu- nales federales , la más alta , sino la única autoridad competente en esta materia , con la firme resolución de conformar mi conducta con su fallo , pero se han ordenado las cosas de modo , que se corte toda investigación judicial acerca de la cuestión.

En todo esto , yo no he tenido otro fin que cumplir lo que creo ser mi deber rigoroso , como Presidente de los Estados-Unidos ; y yo protesto contra la aserción del Senado que me acusa de haber violado la Constitución y las leyes de los Estados-Unidos.»

Se echa de ver , pues , claramente que en el fondo de este con- ñicto , y sobre el proceso pendiente en el Senado federal , existe una cuestión de derecho constitucional , reducida á saber si al Pre- sidente pertenece ó no la facultad de destitución de los funciona- rios públicos. Prescindiendo de los motivos alegados por el Presi- dente en apoyo de su opinión y de su proceder, no puede rendir aquel Magistrado mayor homenaje de respeto y obediencia á las


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 215

instituciones politicas de su patria, que someterse á la decisión del poder judicial, cualquiera que ella sea, es decir, á la grande auto- ridad creada por la Constitución para contener dentro de su esfera legítima de acción á todos los poderes públicos , asi de la Union como de cada uno de sus Estados. Freno saludable contra el des- potismo temible de las mayorías en un país, no solo libre, sino re- publicano , desconocido en las naciones del antiguo hemisferio , y que por la importancia de tales ftmciones y la elevada capacidad de los hombres que las desempeñan, coloca al poder judicial de la Union americana en esfera mucho más alta que la institución ju- dicial de ningún pueblo del mundo.

Como quiera , la acusación pendiente es absurda , porque su base es quimérica. No hay proceso criminal posible sin delito preexis- tente , pero delito claro y manifiesto á los ojos de la ley que lo haya declarado , de forma que si falta esta declaración , ó si se duda de si el hecho es ó no criminal , el proceso carece de su esencial fun- damento. Así se ha admitido como una verdad obvia y hasta tri- vial que , sin cuerpo de delito , esto es , sin el hecho de la existen- cia del crimen , es nula é imposible toda actuación criminal.

¿Y cuál es el crimen que se invoca , como base, de la acusación intentada contra el Presidente Johnson? La supuesta violación de la ley sobre destitución de los funcionarios. Pero si el acusado es- tima que la Constitución le atribuye el derecho de destitución, que es contraria á ella la ley de Marzo de 1867, cuya infracción se le imputa como un delito , es preciso que en el conflicto de la inteli- gencia contradictoria del sentido de la Constitución sobre este pun- to , se fije previamente la verdadera interpretación constitucional por la autoridad que corresponde, y solo es posible, después de esta declaración, saber para el porvenir, si existe ó no delito é intención criminal. Proceder de otra manera es dar por supuesto firme una dificultad , que aun no se ha resuelto , crear un delito que acaso sea una acción meritoria , si más tarde un veredicto del Tribunal Supremo federal viniera á declarar que el Presidente tiene el derecho de destitución, que es deber suyo defender, y en fin, entre dos grandes poderes rivales y que contienden sobre el límite de sus atribuciones legítimas, erig'irse uno de ellos en arbitro y -soberano competidor.

El Times de Nueva-York , no obstante ser partidario del Con- greso y defender generalmente su política al examinar la cuestión


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del proceso , abunda en las mismas opiniones que acabamos de in- dicar. «Esta es, dice, una cuestión concerniente á los derechos respectivos del poder ejecutivo y del poder legislativo á propósito de la destitución de los funcionarios del Gobierno. ¿Daba la Cons- titución al Presidente un poder de que trata de privarle el Congre- so por medio de la ley de Marzo de 1867? Esta es una simple cues- tión de interpretación , que ninguna de las partes evidentemente puede tener la pretensión de decidir por si sola , y que ambas par- tes deben someter al arbitro común que les está dado por la misma Constitución. Si la acusación de la Cámara de Representantes se prosigue y se juzga , antes que el Tribunal Supremo haya resuelto la cuestión , constituiria una violación de este principio. Asi el Se- nado y la Cámara de Representantes resolverian lo que no tienen derecho de resolver , que han tenido derecho para adoptar la ley sobre destitución , que el Presidente es culpable por denegarles este derecho , y el Senado , que es una de las partes , juzgarla y conde- narla la parte adversa!.... Según nosotros, el curso de la acusa- ción seria una falta , en tanto que no esté decidida la cuestión de constitucionalidad de la ley. Si se declara ser esta inconstitucional, el Presidente no puede ser condenado; si se la declara constitucio- nal , entonces , pero solo entonces , el proceso sigue su curso , pero ni el Senado ni la Cámara son el tribunal competente para decidir la cuestión. Seria, en verdad, un espectáculo extraordinario ver al Congreso adoptar una ley creando un crimen y decretando la pena para su castigo , y en seguida , procediendo á la vez como acusador, juez, jurado y ejecutor del Presidente, castigarlo por haber infringido las disposiciones de esta ley ! »

Lejos de querer el Congreso que el ¿Tribunal Supremo decidiese la cuestión , se han tomado todas las medidas para impedir que conociera de ella y la fallara. Stanton habia intentado, por de pronto , una acción judicial contra Thomas por usurpador de fun- ciones públicas. El demandado, de acuerdo con el Presidente, que deseaba provocar una decisión sobre la cuestión de constituciona- lidad , contestó , después de asentar que desempeñaba su cargo por nombramiento de este , que subordinaba el asunto al juicio de la justicia. Mas los radicales, suponiendo que la decisión no les seria favorable, y que en tal caso, se caia por su base la acusación, obligaron á Stanton á desistir de su demanda , evitando , de este modo , que la cuestión fuese judicialmente fallada.


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 217

Más tarde ha debido insistir el Presidente en esta conducta suya dirigida á provocar un fallo del Tribunal sobre la cuestión de constitucionalidad. Lo inferimos de un telegrama de 16 de Abril último remitido de Wasingtbon á un periódico de Paris. «Los abogados de la defensa , dice , han producido documentos dirigidos á probar que el Presidente , en su conducta respecto de Stanton, no tenia otro objeto que obtener del Tribunal Supremo un reque- rimiento á Mr. Stanton para que demuestre el derecho con que ejerce las funciones de Secretario de la Guerra , á fin de resolver la cuestión en litigio por la via judicial.» Inútiles han sido todos los esfuerzos prudentemente empleados por Johnson para alcanzar una decisión legitima del orden judicial sobre la cuestión de cons- titucionalidad.

Sea por el cuidado que haya producido en los radicales la cons- tancia del Presidente en solicitar el veredicto del poder judicial, ó porque les haya desagradado el proceder del presidente del Tri- bunal Supremo Chase , que en el proceso pendiente preside el Se- nado, conforme á la Constitución, y se ha mostrado un tanto celoso de que este cuerpo guardará mejor las apariencias de la forma y aparato jurídicos , se ha lanzado con intención suma , una amenaza encaminada sin duda á inspirar terror en el ánimo de los funcionarios del orden judicial. Desdeñando la inamovilidad é in- dependencia de los miembros del poder judicial, tan diligente- mente garantidas en la Constitución , se ha presentado un proyecto de ley en la Cámara de Representantes , proponiendo la remoción legislativa del presidente del Tribunal del Senado en la causa contra Johnson , privándole de su plaza de presidente del Supremo Tribunal de la Union. Si el que ocupa el primer puesto en la cate- goría judicial de la República es amenazado de esta manera , sin que satisfaga al partido radical que Mr. Chase milite en sus filas, y hasta sea su candidato á la presidencia de los Estados-Unidos en la próxima elección , no parece sea necesario buscar más pruebas de la efervescencia y de las ardientes pasiones de que están poseí- dos el partido dominante y el Congreso, que es el reñejo de todos sus sentimientos. La acusación es ün odioso pretexto. El derecho y la justicia son de todo punto despreciados. Nunca , en la República americana , se hablan mirado con tal desden todos los principios del orden moral , ni se habia de este modo dejado arrastrar de las más aviesas tendencias de la pasión política la mayoría del Cou-


218 ESTUDÍO SOBRE LA CRISIS

greso. Todo muestra claramente, que el partido republicano no puede sufrir más tiempo este débil olístáculo de sus excesos , y que en las próximas elecciones podria ser , sino el desconcertador , al menos el denunciador de sus intrigas , amaños y violencias. Para nosotros , pues , mientras no cambien los vientos que reinan en las esferas del poder representativo de la Union , es de bastante pro- babilidad que el término del extraño proceso pendiente será des- embarazarse el partido radical, sin miramiento alguno, de un magistrado que contradice y se opone á sus injustas aspiraciones.


IX.

El aspecto más interesante de la crisis actual de los Estados- Unidos es , sin disputa , el que se refiere á los resultados que en el porvenir deben seguirse de los acontecimientos presentes , y el in- flujo que tendrán en la duración , engrandecimiento y |)rosperidad de la gran República. ¿Se consolidará la paz alcanzada sobre el Sur por los Estados del Norte? La abolición de la esclavitud ¿será un hecho firme y estable , y vivirán pacificamente reunidas las dos razas , negra y blanca , después de la manumisión de la primera? ¿ Se puede esperar que desaparecerán en breve los efectos de la ley llamada de reconstrucción del Sur, y que se restablezcan , en esta parte de la República, las condiciones ordenadas y normales del régimen legal , y el equilibrio ó la lucha pacifica de los partidos demócrata y republicano? Estas cuestiones y otras no menos difí- ciles y trascendentales se ocurren á los admiradores de la grande- za, libertad y bienestar de la República americana al observar el curso de los sucesos y el punto á que ha llegado la revolución que en ella se está realizando. La previsión del porvenir en política pocas veces deja de ser muy ocasionada á errores, sea porque los hechos que sirven como premisas ó punto de partida para los cálcu- los , no son suficientemente conocidas en todas sus relaciones , sea también por la inmensa parte que pertenece en la marcha de los acontecimientos humanos á la ley del azar y de la fortuna. Nos- otros procederíamos con inexcusable precipitación, sobre todo, tratándose de un país que nos es tan extraño como el de los Es- tados-Unidos , si acerca de los problemas enunciados expusiéramos soluciones absolutas y decisivas. Nos aventuraremos, pues, á ma-


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 219

nifestar, más bien que un juicio firme , las opiniones que estimamos más probables , después de haber puesto á contribución , por decir- lo asi , las luces de escritores y hombres políticos que han exami- nado muy de cerca el carácter, leyes , costumbres é intereses de la sociedad americana.

No nos anima la confianza , en primer lugar, de que la paz que hoy se disfruta en el Norte- América sea una paz sólida y estable. Muy difícil , ciertamente , seria para el Sur emprender de nuevo una guerra, estando tan reciente el triunfo obtenido por el Norte, y no pudiendo abrigar la menor duda de su inferioridad en toda clase de recursos , demostrada de una manera evidente en la última guerra civil. Los habitantes del Sur, sin embargo , son de imagi- racion más ardiente , de carácter orgulloso y altivo , á la manera de los aristócratas , y privados á un tiempo del trabajo de sus es- clavos , del único medio con que contaban para cultivar sus pro- piedades, y de toda participación política en el Congreso de la Union , deben anhelar cualquiera ocasión que les permita sacudir el yugo de una dominación por extremo opresiva. Si ninguna po- tencia extranjera puede alentar los instintos hostiles del Sur con- tra sus dominadores , es posible que el Gobierno federal se halle envuelto en las compHcaciones de su política interior ó exterior ; y si estalla una grave disidencia entre el Gobierno central y otros Estados de la Union , resucitarian todos los resentimientos del Me- diodía, y en este hallarían los enemigos un enérgico aliado. El fuego de la última guerra civil aparece como apagado , pero no nos sorprendería que volviera á encenderse de nuevo sí lo favore- ciese cualquiera chispa que* saltara del choque de acontecimientos exteriores.

Verdad es que no obstante el encarnizamiento de la última lu- cha, no se ha derramado, después de la paz , una gota de sangre, que en la prensa y en las reuniones se exhalan quejas y clamores con libertad contra la opresión del Norte , pero los odios precurso- res y compañeros de la última guerra no se han extinguido, y an- tes se deben haber exacerbado por los tiránicos abusos que del triunfo, contra lo que se esperaba, ha hecho el vencedor. Es, pues, á nuestros ojos, cuestión meramente de oportunidad el rom- pimiento nuevo de hostilidades entre los antiguos beligerantes.

Acaso esta oportunidad no se presente , ó presentándose , el Go- bierno nacional apoyado por los Estados del Norte imponga otrí^


220 ESTUDIO SOBRE LA CRÍSlS

vez el yugo al Sur; pero siempre es muy claro que no existen mo- tivos para confiar en la sólida duración de la paz.

Vemos, sin embargo, una prenda de esta en el nuevo modo de ser, que se establecerá en el Sur, por consecuencia de haber sido abolida la esclavitud. Los negros libres habrán de residir en los países meridionales, donde solo ellos pueden soportar los rigores del clima para cultivar la tierra. Esta raza es allí excesivamente numerosa, y como, según luego se dirá, la coexistencia de las dos razas libres es imposible , debiendo pretender exterminarse , el Sur seria teatro de una sangrienta lucha de razas , en que llevarían los blancos la peor parte probablemente , si no viniesen en su apoyo los Estados del Norte. Hé aquí por tanto, un interés manifiesto, consolidada la libertad de los neg-ros , para que el Sur no aspire á separarse de la Union federal.

Pero esta grande reforma, la abolición de la esclavitud, ¿se puede considerar irrevocablemente consumada? Nosotros no lo dudamos. La última guerra no ha sido, en todo su progresivo desenvolvi- miento, más que una guerra de principios. Ningún otro objeto final se propusieron los beligerantes que el triunfo ó el vencimiento del principio de la esclavitud. Cuando litigios de esta clase, cuando cuestiones sobre cualquiera reforma moral ó civil se trasladan al terreno de la fuerza , empleándola en tan terrible é inmensa escala, como se ha desplegado en la guerra de los cuatro años , la idea ci- vilizadora quq^en ella triunfó no retrocede , y se puede contar se- guramente como sólida conquista para la humanidad. El hecho de la esclavitud se pudo mantener largo tiempo, y aun habría podido prolongarse algo más , si la impaciencia del Sur, no hubiese torpe- mente roto las hostilidades. Mas esta posesión no era ni podía ser, á los ojos de la civilización y del espíritu del siglo, más que una condescendencia temporal , cuyo término remoto y próximo, pero infalible , era la libertad de los negros. Lo que había de ser obra lenta del tiempo, fué el precio de una de las más grandes guerras que vio el mundo, y el fruto de una revolución , cuyo efecto es con- densar el tiempo.

Los hombres de Estado de la Union desde los primeros albores de la República lo habían previsto. Por más que respetaron esta forma de propiedad del hombre sobre el hombre, al promulgar la Constitución anglo-americana , no se les ocultó la enormidad de semejante institución , y vieron clarisímamente en lo porvenir su


DE LOS ESTADOS UNIDOS 221

inevitable reforma. En las memorias de Jefferson se leen las pala- bras sig-uientes : «Nada , dice , está más claramente escrito en el li- bro de los destinos que la manumisión de los negros , y es asimismo cierto que las dos razas igualmente libres no podrán vivir bajo del mismo Gobierno.»

De la misma opinión , en cuanto á esta última parte es el hom- bre que ha estudiado más á fondo las instituciones j la sociedad de los Estados-Unidos , el célebre Tocqueville. De su obra de «La Democracia en América, cap. 18 , tomamos las palabras que dicen:» Yo confieso que cuando considero el Estado del Sur, no descubro, para la raza blanca que habita estas comarcas , más que dos mane- ras de proceder: emancipar los neg-ros y fundirlos en ella ; perma- necer aislados de ellos y mantenerlos en la esclavitud el mayor tiempo posible. Los términos medios me parecen conducir próxi- mamente á la más horrible de todas las guerras civiles , y quizá á la ruina de una de las dos razas.» En vano las leyes han llamado á la vida civil y politica á los antiguos esclavos del Sur. La ley podrá elevar á los negros á la categoría de propietarios y de ciu- dadanos , pero ella será impotente para vencer las costumbres, esto es, las disposiciones de ánimo con que miramos los objetos. Si en los wagones de un ferro-carril , el blanco no puede tolerar la com- pañía del negro libre, si una repugnancia irresistible le obliga á desviarse de este , y si aun concediéndose á los negros , en algunos Estados, el derecho de votar, se abstienen de usarlo^ temerosos de los riesgos, que al querer ejercitarlo, podría correr, ¿cómo se puede concebir la esperanza de que la acción de las leyes sea capaz de desterrar estos antagonismos íntimos y profundos , que no son de uno ú otro individuo, sino de la raza entera, de toda la sociedad blanca? La fusión de las dos razas se nos presenta , pues, como un hecho imposible. Su coexistencia en los Estados del Sur, donde el número de los negros es muy considerable , y la antipatía de los blancos , sus antiguos dueños , extremada , no puede por desgracia conducir, sino al término horrible que ha previsto el insigne pu^ blicista, cuyas palabras acabamos de copiar. Socialmente conside- rada la situación de los Estados meridionales , después de concluida la guerra, es , por tanto, de las más alarmantes y más preñadas de peligros.

La situación política , ya se ha visto que no podría ser más grave y rigorosa. Los intereses egoístas del partido vencedor explican su


222 ESTUDIO SOBEE LA CRISIS

tiranía exagerada contra los Estados vencidos ; pero so pena de que se desnaturalice la República , y á la larg-a se disuelva y arruine la Union , este sistema dictatorial es fuerza que tenga un término y desaparezca para ser sustituido por el régimen de la Constitu- ción. Se ha dicho con sobrado fundamento que la libertad no cor- ría peligro de perderse en América por debilidad del Gobierno de la República , y que si alguna vez se perdiera , seria por causa de la omnipotencia de la mayoría que hubiese producido la desespera- ción en las minorías obligándolas á recurrir á la fuerza material. La anarquía nacería entonces del despotismo de la mayoría. Así el mismo Jefferson , antes citado , grande partidario de la democra- cia, en carta á Madisson de 15 de Marzo de 1789 se expresaba en estos términos : «El poder ejecutivo, decía, en nuestro gobierno no es solo; él no es acaso el principal objeto de mi solicitud. La tiranía de los legisladores es actualmente , y será durante muchos años todavía , el peligro más temible. La del poder ejecutivo ven- drá á su vez, pero en un plazo más remoto.» Las mayorías, en efecto, no pueden, por serlo, traspasar los límites de la justicia. Esta opone un freno á todas las soberanías , sean de la procedencia que se quiera. El límite que contiene á un individuo enfrente de otro, es el derecho de este último. Porque en lugar de un individuo, sean muchos ó sea una Asamblea de individuos , el mismo límite del derecho ajeno, del derecho de tercero es el valladar ante el cual debe contenerse un cuerpo político. En otro caso reinará el despotismo , que no es otra cosa que el abuso de la autoridad.

Estos principios en ningún país debían merecer mayor respeto que en los Estados-Unidos, No es de este momento investigar las causas del fenómeno que ofrece aquella sociedad ; pero ha sido ob- servado por cuantos la han estudiado. Es aquel el país del mundo donde la religión cristiana tiene más positivo y verdadero poder sobre las almas. En la moral , inculcada por las comuniones cris- tianas , la idea del derecho y de la justicia figura en primera línea, y faltaría á los deberes más esenciales el que la desconociera ó vio- lara, fuese católico ó protestante. ¿Cómo, pues, la gran mayoría de los habitantes de la Union ven con una apatía silenciosa el lujo de medidas tiránicas ú opresoras lanzadas por el Congreso contra los países del Sur ? ¿ Cómo no reclaman contra este quebrantamien- to de todos los derechos de las poblaciones del Sur, contra esta con- culcación insolente de todos los principios del orden moral?


DE LOS ESTADOS-UNIDOS. 223

Nuestra estrañeza crece al pensar , que si tal despotismo seria odioso en cualquiera mayoría, cuya legitimidad fuera indisputable, se muestra mucho más repugnante , cuando consideraciones gra- vísimas presentan al Congreso , como un poder mutilado , incom- pleto y muy distante de lo que debiera ser su organización consti- tucional. Las medidas despóticas, las arbitrariedades violentas de una mayoría incontestablemente legítima , están consideradas co- mo el mayor peligro para la duración de las instituciones demo- cráticas de los Estados-Unidos. Este peligro no puede menos de ser mayor , cuando los abusos del poder provienen de un partido que tiene conciencia de hallarse en minoría ante el país, y que á estar la nación íntegramente representada , no puede dudar que se cambiaría del todo el espíritu hoy día dominante en el Congreso.

Lejos de nosotros el pensamiento de exagerar este peligro. En un país donde la prensa y la tribuna pueden libremente denunciar todos los abusos, á la larga, es de suponer que la justicia encuen- tre robusto apoyo en la opinión pública. La libertad individual es respetada. Y si la libertad política suspendida en el Sur , y las pérdidas y confiscaciones excitan justa indignación contra los do- minadores del día , todavía la libertad es harto fuerte para corregir estos tristes resultados de la última guerra, que no lo ha sido de nacionalidades, sino de principios. Esperemos que una democracia cuya mayoría condena las exacerbaciones de la venganza de un partido , y que ha sabido ostentar tantos recursos , energía , cons- tancia é inteligencia en la última lucha , sabrá tomar precaucio- nes, y adoptar una política capaz de prevenir la repetición de las calamidades pasadas y el advenimiento de nuevas crisis revolucio- narias.

Florencio R. Vaamondet.


LA CARIDAD EN LA GUERRA.[editar]

Profundo desaliento infunde á los amantes del progreso el ver como en nuestra época prevalecen las decisiones de la fuerza sobre los acuerdos de la justicia en la solución de los problemas políticos volviendo á ser «la mejor razón , la espada. » Doloroso es para los amantes de la humanidad el ver como el genio industrial consa- gra toda su ciencia y sus afanes al perfeccionamiento de las má- quinas de matar , y como se ensalzan , se premian y se envidian los horribles adelantos que en tan triste senda obtiene. Al ver que el fusil de aguja ba llegado á ser el símbolo de una época del si- glo XIX ; que los mortíferos efectos del fusil Chassepot se califican de maravillas -. que la batería Gattling , los cauoncitos misteriosos deVincennes y cuantos aparatos prometen lanzar una corriente con- tinua de metralla , son ya el palladium en que un pueblo fia su in- dependencia , un Soberano su corona , una dinastía su legitimidad, el filósofo se contrista y casi desespera del porvenir de la humani- dad y del éxito de la civilización.

Pero gracias á Dios, queda siempre indeleble la noción del bien en la concieucia humana , y si la de la verdad puede eclipsarse á veces entre las densas nieblas de que el error la envuelve , no se


LA CARIDAD EN LA GUERRA. 227

apaga jamás , y siempre algún destello promete que más tarde vuelve á lucir en su esplendor primero.

Asi es , que aun en medio de la atmósfera de pólvora que respi- ramos , entre el estrépito de las armas que se fraguan por millares en todas las maestranzas , al estampido de los cañones que se prue- ban en todos los polígonos de Europa , contestados por las esplo- siones submarinas de los torpedos que se ensayan en Tolón , entre todo ese martilleo fúnebre para los pueblos , como el chasquido de los gatillos que á la voz de preparen se alzan unísonos en una ejecución militar; también hay algo que consuela, algo que reani- ma. Al lado de tantos atentados contra la fraternidad humana, también hallaremos algo que la afirma si miramos como á la par de esa actividad funesta se desarrolla otra actividad benéfica; como á esos inventos mortíferos responden otros saludables ; como á la grandeza de los armamentos contesta la de los aprestos de socorro; como la caridad impone trabas á la guerra en solemnes convenios; como declara permanentes sus legiones de hospitalarios en tanto que lo estén las de los combatientes ; como en fin , por una com- pensación providencial , al mismo tiempo que el fusil de aguja aparecía con fúnebre esplendor sobre los campos de Sodowa, brilló en ellos también , cual iris de consuelo la enseña de la Caridad cristiana , la bandera blanca con cruz roja , símbolo de paz , de amor y de sacrificio , égida que preserva la vida y la libertad de cuantos se acogen á su sombra ; bajo cuyos pliegues se abrazan hermanos en el dolor los que poco antes se destrozaban enemigos; lábaro sagrado ante el cual baja su espada todo guerrero civilizado; bandera neutral é internacional , precursora del dia feliz en que todos los pueblos formen una sola familia , eFgénero humano , y tengan una sola patria, el universo.

Grata ha de ser, pues , para nuestros lectores , recordar la breve historia de esa agitación benéfica , que iniciada en Ginebra se ha extendido ya por el nuevo y el viejo continente ; ver como la her- mandad hospitalaria acrece de dia en dia el inmenso número de sus adeptos ; cuan dulces triunfos ha sabido ya conquistar en los campos de batalla de América y de Alemania ; cuál ha sido su ac- ción oficial sobre los gabinetes de Europa; y cuan consoladoras esperanzas promete entre el sombrío porvenir que ofrecen creciendo los puntos negros que una augusta solicitud no ha podido menos de señalar en los preñados horizontes de Europa.


228 LA CARIDAD

I.

UN RECUERDO DE SOLFERINO.

Nada mejor que la descripción de una batalla puede demostrar cuan diversa es la impresión que en nuestro ánimo causa un suceso según el aspecto bajo el cual se le considere. Oidla contar á un poeta , y á través de su épico entusiasmo , solo veréis arranques de valor y de heroísmo : los horrores parecerán grandiosos ; los hom- bres titanes , la muerte misma apetecible ante esa invasión de la mitología sobre la realidad. Oidla después describir á un táctico, y el entusiasmo se disipará al soplo de la ciencia ; ya no serán los hombres héroes ni semidioses , sino masas ó guarismos : las legio- nes se convertirán en paralelógramos que trazan cuadrantes ó di- bujan escalones : el fuego no será mortífero ó letal , sino directo ú oblicuo , elevado ó rasante : el prisma glacial de la geometría ab- sorberá todo rayo de emoción que pudiera afectar vuestras pupi- las. Pero oidla referir al filántropo , y este hará sangrar vuestro corazón deteniendo vuestros ojos ante cada uno de los dolores que en confuso tropel salen al paso: ante la sangre que humea y el hueso que se rompe ; ante el delirio de la fiebre , los gritos de la sed , el extertor de la agonía y la fetidez de la gangrena , hacién- doos notar además que cada uno de esos hombres que sufren y gimen, que claman y mueren, es joven todavía, y acariciaba ilu- siones queridas , y deja allá lejos una madre, una esposa, unos

hijos! Estoes lo que vio, esto lo que refiere M. Henry Dunant

en la gran batalla de Solferino.

Testigo imparcial , aunque no impasible ciertamente , de aquel gran duelo en que 300.000 hombres se batieron por espacio de quince horas , siempre mantiene igual la balanza de sus simpatías entre uno y otro bando , y así hace justicia de la bravura de los vencedores como de la de los vencidos : con igual respeto nos pre- senta al- Emperador Napoleón acompañado del Rey de Italia , y al joven Emperador de Austria que llevaba á su lado los Príncipes desposeídos de Módena y Toscana ; así admira el denuedo de los cazadores del Tirol como el de los de Vicennes ; así se compadece


EN LA GUERRA. 229

del pobre hulano como del pobre zuavo desde que los ve caer he- ridos. Pero más llaman su atención los dolores que las proezas, y nunca el entusiasmo bélico logra encubrir á sus ojos la terrible realidad de la matanza. Véase cómo describe las cargas á la bayo- neta que después de haber sufrido una lluvia de granadas , dan los franceses para desalojar á los austríacos de las alturas de Solferino y de Cavriana.

«Cada colina , cada altura , cada cresta de roca es teatro de en- carnizados combates , y las hondonadas se llenan de muertos. Aus- tríacos y aliados se pisotean , se degüellan sobre cadáveres ensan- grentados , se rompen los cráneos á culatazos , se desgarran los vientres con sables y bayonetas : ya no hay cuartel ; aquello es una carnicería , una lucha de fieras rabiosas y ebrias de sangre ; los heridos mismos se defienden hasta el postrer aliento , y el que no tiene armas se vale de los dientes y de las uñas para destrozar á su adversario. Más allá hay una lucha análoga, pero que se hace más terrible por la llegada de algunos escuadrones : los caballos pasan al galope destrozando con sus herrados cascos á los muertos y á los moribundos : á un pobre herido le arrancan la quijada , á otro le estrellan la cabeza , y á otro , que aun hubiera podido salvarse , le hunden las costillas. Entre el relinchar de los caballos se oyen vo- ciferaciones y gritos de rabia, ahuHidos de dolor y desesperación: pero aun falta algo ; tras de la caballería viene la artillería á esca- pe , abriéndose paso á través de los cadáveres y de los heridos que revueltos yacen por el suelo : entonces saltan los cerebros , quedan molidos los huesos , empapada en sangre la tierra y cubierta de miembros palpitantes la llanura.»

Con esta terrible verdad pinta los reiterados asaltos que se dan en la cuesta de los Cipreses y en la de San Martino , en Medole y San Casiano bajo un sol canicular y entre nubes de ardiente polvo que ciegan á los combatientes

Inútiles han sido la firmeza del Conde Stadion y la bravura del Príncipe Alejandro de Hesse para sostener las posiciones de Solfe- rino contra los reiterados embates de la Guardia Imperial de Fran- cia. También el denodado caballero de Benedek tiene que ceder á la heroica brigada de Saboya las disputadas alturas de San Marti- no: el ejército del Conde Wimpfen se repliega ante los de Canro- bert y Niel ; y en tal situación los horrores de la tempestad vienen á aumentar lo pavoroso del cuadro. El cielo se oscurece, el huracán


230 LA CARIDAD

desatado arranca las ramas de los árboles , la lluvia cae á torrentes, retumba el trueno , y solo el relámpago brilla entre la oscuridad que envuelve el campo de batalla. El jefe de la casa de Hapsburg-, que se ha portado heroicamente , se resigna con dolor inmenso á dar á sus ejércitos la señal de la- retirada , que se verifica* salvando todo el material por los puentes volantes establecidos sobre el Mincio.

Para el militar ha terminado la batalla ; pero para el filántropo aquí es donde empieza. Asi M. Dunant, después de rendir home- naje al celo y al valor desplegado en aquel dia por las ambulan- cias francesas , contempla con dolor á los heridos que todavía yacen sin auxilio en una extensión de 20 kilómetros. Describe los tor- mentos de la sed que obligaban á agotar las charcas de agua ce- nag'osa manchada con coágulos de sangre : nos enseña á unos hú- sares que habiendo ido por agua para el rancho , vuelven con las vasijas vacias en fuerza de tantos agonizantes como á su paso les han pedido un poco de agua : junto al vivac de los húsares yace un tirolés cuyas súplicas no pueden atender ya , y al dia siguiente aparece muerto aquel desgraciado con la espuma en los labios, cárdeno el semblante , hinchadas y crispadas las manos.

En el silencio de la noche se oyen gemidos lamentables , suspiros ahogados de angustia y sufrimiento , voces desgarradoras que pi- den auxilio. ¡ Quién podrá jamás contar las agonías de esta horri- ble noche !

«El sol del 25 iluminó uno de los espectáculos más terribles que pueden presentarse á la imaginación : los desgraciados heridos que es van recogiendo en todo el dia están pálidos, lívidos, aniquilados: unos tienen la mirada extraviada y no entienden lo que se les dice; pero esta postración no les impide sentir sus dolores. Otros están in- quietos y agitados por una conmoción nerviosa y un temblor con- vulsivo ; otros con sus heridas abiertas que han comenzado á inña- marse están como locos de dolor y piden que se les acabe de una vez. Otros infelices hay que además de la bala ó la metralla que los tendió en tierra tienen las piernas ó los brazos rotos por las ruedas de la artillería que les pasó por encima. El que recorre este inmenso teatro del combate de la víspera encuentra á cada paso en medio de una confusión sin igual , desesperaciones indescriptibles y mise- rias de todas clases.

»Y á todo esto la sed aumenta porque apenas alcanza el agua


EN LA GUERRA. 231

para los heridos: los campesinos lombardos merodean por el campo, arrancando el calzado de los pies hinchados de los cadáveres , mien- tras otros buscan ansiosos las facciones de algún amigo entre aque- llos lividos rostros; asi se logra sacar con vida de entre un montón de muertos al joven principe de Isemburgo , por quien su familia llegó á vestir luto.

»Carpenedolo, Castelgofredo, Volta, todas las aldeas comarcanas y especialmente Castigiione se convierten en ambulancias , donde entran en lamentable procesión los heridos que se van recogiendo en el campo de batalla; y aunque hay orden de que pasen sin detenerse á los hospitales establecidos en Brescia , Cremona, Bérga- mo y Milán , como los austríacos se han llevado todos los medios de trasporte , y los que tiene la Intendencia no bastan ni con mu- cho para el caso , por más que se organicen convoyes de carretas tiradas por bueyes , la entrada supera enormemente á la salida, y en Castigiione se acumulan las masas de heridos de un modo lamen- table. Llenas las iglesias, llenas las casas, hay que habilitar las calles y plazas tendiendo paja y armando cobertizos de cualquier modo ; pero amanece el sábado , y como la entrada de heridos no cesa, todo es insuficiente para tal cúmulo de miserias.»

Todavía se acrecentó alli el desorden con el pánico infundido por la falsa creencia de que volvían los austricos ; á pesar de lo absurdo de esta noticia , originada por la marcha de un convoy de prisio- neros , las casas se cierran , los habitantes huyen ó se ocultan , otros salen presurosos á buscar en las plazas algún herido austríaco para llevarlo á casa con repentino afecto ; los furgones que traian pan salen á escape , corren los caballos , crece el tumulto , claman los heridos porque no se les abandone y muchos de ellos arrancando sus aparatos y vendajes, salen á tropezones por las calles, buscan- do á donde huir.

Calmado este incidente , comienza otra serie de escenas lamen- tables : hay agua y víveres , y sin embargo los heridos se mueren de hambre y de sed ; hay hilas en abundancia , pues se han abierto algunos cajones de ellas en las plazas, pero no hay quien las apli- que sobre las heridas ; casi todos los médicos mihtares han tenido que marchar á Cavriana : no hay enfermeros , ¡ faltan médicos en tan críticos momentos !

En situación tan deplorable, al oir á los heridos que decían: «Señor, ¡cuánto sufro! nos abandonan, nos dejan morir miserable-


232 LA CARIDAD

mente, y sin embarg-o nos hemos batido bien;» á un veterano sar- gento que exclama : « Si me hubieran socorrido antes , aun podia vivir; pero ya es tarde.» Al escuchar estas exclamaciones de tan dolorosa amargura , de tan desgarradora elocuencia cuando brotan de los trémulos labios de un moribundo, exclamaciones que deben traspasar como un remordimiento el alma de quien las lea , cuanto más del que las oiga, M. Dunant no puede permanecer inactivo: envia á Brescia su carruaje para que le traigan lienzo, esponjas, limones, tabaco, cuanto se encuentre, y se pone á enfermero vo- luntario con las hijas de Castiglione y algunos viajeros que allí ha atraído la curiosidad.

« Sobre las losas de las iglesias yacen mezclados franceses y es- lavos , árabes y alemanes ; á pesar de lo que han sufrido , á pesar de las noches que han pasado en vela , no logran el descanso ; im- ploran el socorro del médico ó se retuercen desesperados en convul- siones que terminarán por la muerte ó por el tétanos. Algunos con la cara ennegrecida por las moscas que se adhieren á sus heridas, miran á todas partes y no ven ; el capote , la camisa , las carnes y la sangre, todo forma una mezcla indefinible donde hierven los gusanos. Aquí hay un soldado completamente desfigurado, cuya lengua sale desmesuradamente entre las mandíbulas fracturadas; se agita , quiere levantarse , cae ; yo riego con agua fresca sus labios resecos y su lengua endurecida ; tomando un puñado de hilas em- papadas en agua , oprimo esta improvisada esponja sobre la aber- tura informe que ha reemplazado á la boca. Allá hay otro infeliz á quien han llevado parte de la cara de un sablazo : la nariz , los labios y parte de la barba están colgando : mudo y casi ciego, hace señas con la mano : también le doy de beber y lavo su rostro ensangrentado. Otro con el cráneo abierto, espira salpicando su cerebro sobre las losas ; sus compañeros de infortunio le empujan con los pies , porque estorba y y yo protejo sus últimos momentos cubriendo con un pañuelo aquella pobre cabeza que todavía se me- nea débilmente.»

Con este estilo cuya energía nace de su misma sencillez , conti- núa M. Dunant retratando fielmente las miserias más culminantes de las innumerables que allí hubo de contemplar: miserias muy conocidas del médico militar, pero muy poco de la generalidad, hace ver cuánto puede aliviarlas la buena voluntad : ¡ qué grande, qué inmenso beneficio es en tales casos un sorbo de agua , un pu-


EN LA GUERRA. 233

nado de hilas, una exhortación, una palabra de cariño, y qué ancho campo ofrecen tales calamidades para que se ejerzan los nobles instintos de la caridad ! y lleg-a , por último , á exponer en las sig-uientas palabras el principal objeto de su libro:

«Pero ¿por qué repetir tantas escenas de dolor y desolación exci- tando tan penosas impresiones? ¿por qué haberse complacido en presentar tan lamentables cuadros, trazándolos de una manera minuciosa y desesperante ? Permitaseme responder á esta preg-unta muy natural con otra. ¿No hay algún medio de fundar sociedades voluntarias de socorro, cuyo objeto sea dar ó hacer dar auxilios á los heridos en tiempo de guerra....? Si hubiera habido voluntarios de sanidad en Castiglione en los dias 24 , 25 y 26 de Junio, ¡ cuán- to bien hubieran podido hacer lo mismo que en Mantua ó en Ve- rona ! ¡ Cuan útiles hubieran sido en aquella infausta noche del viernes al sábado , en que millares de heridos , presa de los más terribles dolores y sufriendo el indecible suplicio de la sed , gemian y suplicaban de la manera más desgarradora ! Mucho hicieron , á muchos salvaron las buenas mujeres de Castiglione ; pero no bas- taban ellas : era preciso que á su lado hubiera hombres firmes, aptos y organizados de antemano para obrar con orden y armonía.»

« Si hubiera habido brazos suficientes para levantar á los heridos en el campo de batalla, no hubieran permanecido el dia de San Juan tantas horas en el amargo temor del abandono aquel pobre bersaglier, aquel hulano, ó aquel zuavo que procurando levantarse con atroces dolores , en vano hacian señales desde lejos para que les llevaran una camilla. Por último, no hubiera ocurrido la hor- rible posibilidad de enterrar al dia siguiente á algunos vivos entre los difuntos , como desgraciadamente es muy de temer que suce- diera ! »

Ante esta terrible revelación de los horrores que se ocultan tras de los laureles de la victoria ; de los gemidos que se ahogan entre los vítores del triunfo, que M. Dunant llevó con celo infatigable del misionero , á todas las cortes de Europa , nadie podía permane- cer indiferente, porque como dijo el Sr. Santucho (La Conferencia de Ginebra. Revista de ¡Sanidad militar. Julio, 1864.) «Sabéis lo que es un Recuerdo de Solferinoí Pues no es otra cosa que el grito desgarrador de la humanidad , al verse abandonada entre los hor- rores de la muerte por las mismas grandes naciones por las que vertía torrentes de sangre generosa : e§ la voz solemne que anuncií^


235 LA CARIDAD

á las más poderosas nacionalidades de Europa que no es grande la que se confiesa impotente para dar consuelo y auxilio en estos desastres ; que si el poderío y valor son casi siempre consecuencia de la inteligente nobleza de distinguidas razas , el abandono de los heridos , los auxilios insuficientes ó tardíos , la escasez de los medios de socorro, son pruebas seguras de que la civilización no ha recor- rido aun todo su camino, y que las previsiones filantrópicas, los esfuerzos administrativos , los fines verdaderos y no egoístas de los sabios gobiernos , no son aun proporcionados al aliento de las ge- neraciones á que pertenece.»

Así que al poco tiempo, favorecida la bumanitaria idea de M. Dunant por la prensa de todos los países, robustecida por la adhesión de augustos personajes, de distinguidos militares, de eminentes filántropos ; patrocinada por el Congreso de Estadística de Berlín y por la sociedad gínebrina de Utilidad pública , se pre- sentó oficialmente á todas las naciones de Europa , convocándolas á una conferencia donde se viera el remedio que tamaños males exigía.

ÍI.


LAS CONFERENCIAS DE GINEBRA.

En medio de los Alpes , allí donde el Monteblanco oculta entre las nubes sus cúpulas brillantes de hielo secular : allí donde de las límpidas ondas del lago Lheman brota caudaloso el Ródano, se reunían en Octubre del 1863 los delegados de 17 naciones de Eu- ropa para estudiar los medios de remediar la insuficiencia del ser- vicio sanitario de los ejércitos. Muchos de ellos eran médicos mili- tares, que en épocas diversas y en opuestos bandos habían ya restañado la sangre de los guerreros en los campos de Argelia, del Holsteín, de Hungría y de Crimea, de Italia, de Marruecos, de la India y de Siria , y al lado de estos apóstoles de la paz en la guerra , de la salud en la mortandad , se veían algunos delegados de las sociedades de beneficencia , jefes militares , agentes diplo- máticos y también la Orden hospitalaria y militar de San Juan de Jerusalen, representada por S. A. el Príncipe Enrique XIII de Eeuss. Presidía la asamblea el jefe militar del pueblo Helbético,


EN LA GUERflA. ' 235

el anciano general Dufour, figura venerable que tiene algo de Oincinato y de Washington , á su lado dirigía las disQusiones el eminente repúblico de Ginebra, M. Gustavo Moynier, y tenia el cargo de Secretario , el apóstol de la obra de Socorro , el autor del Recuerdo de Solferino, M. Henry Dunant.

No nos detendremos en relatar las discusiones de aquella asam- blea , por grande que sea el interés que ofrezcan , porque sus actas fueron traducidas á nuestro idioma y publicadas in extenso en la Revista de Sanidad Militar y en el Mundo Militar el aQo 1864: solo para indicar el espíritu que presidió á sus deliberacio- nes copiaremos lo que el Journal de Geneve dijo por aquellos dias: « Los intereses de la humanidad se sobrepusieron en aquella noble asamblea á las demás consideraciones : ante el fin generoso que se deseaba conseguir, se borraron también generosamente las pre- , venciones y las susceptibilidades : por otra parte , los miembros de la Conferencia no hacian en ello otra cosa más que seguir el ejem- plo de benevolencia y de vivo interés dado por los Gobiernos y los Ministerios que los hablan delegado y enviado á Ginebra para esta obra filantrópica: este hecho moral dominaba sus simples instruc- ciones oficiales ad audiendum et referendum , y si no tenian misión alguna para empeñar á sus Gobiernos en un Concordato propia- mente dicho, se hallaban con entera libertad para prestar á la obra el concurso de su experiencia y de su ilustración , y para tomar parte en la discusión, llevando á ella el peso de sus opiniones personales.»

Gracias á este buen espíritu quedó reconocido desde luego que la organización de la asistencia sanitaria de los ejércitos, no se hallaba en las condiciones necesarias para hacer frente á las in- mensas y perentorias exigencias que creaba el perfeccionamiento de las armas de fuego , y el predominio de la bayoneta combinado con el aumento del número de combatientes que los ferro-carriles permiten concentrar sobre cualquier punto del teatro de la guerra. Se reconoció también que la extensión del mal era tan grande que no bastaban paliativos para remediarle ; y que era preciso buscar la solución del problema fuera del recinto administrativo y finan- ciero : el entusiasmo público se habla ya revelado en esa senda en todas las naciones, la caridad cristiana no conoce imposibles, á esta , pues apeló la Conferencia , pidiendo solo que se le alla- naran los caminos y que se le removieran los obstáculos, Y así


236 LA CARIDAD

se dirig-ió por una parte á los pueblos y por otra á los Gobiernos: á aquellos dándoles las bases de una organización permanente pero libre de hospitalarios voluntarios que en caso de guí^rra obrarían de acuerdo con el Ministerio de la Guerra ; á estos pidiéndoles que favorecieran la constitución de esas sociedades , y que reconocieran ya que los hospitales , los heridos y los que los socorren son neu- trales, sagrados é inviolables.

Prueba del acierto de estas resoluciones fué la rapidez con que se realizaron. En efecto á los pocos meses existían ya Comités de socorro en todas las capitales de Europa , formados todos bajo una misma base y un mismo plan , todos fraternizando entre sí por medio del de Ginebra al que provisionalmente se habia reconocido el carácter de internacional. Los hospitalarios militares que en las arenas de Tierra Santa convocó la caridad de Gerardo de To- losa; aquellos piadosos caballeros que en Tolemaida y Tiberiades, en Antioquia y Jerusalen restañaron la sangre de los soldados de la cruz , resucitaban por todas partes sin más diferencias que las que trae consigo el carácter de la época. Desde el Báltico hasta el Mediterráneo se formaron los cuadros permanentes de las legiones de la Caridad : á su frente se pusieron los príncipes más poderosos y en sus filas se alistaron los campeones más decididos de todas las clases de la sociedad, porque á jóvenes y ancianos, pobres y ricos, nobles y plebeyos, á todos llama esta piadosa empresa.

Así vemos que en Prusia se organiza bajo la protección de S, A, R. el Príncipe Carlos , Gran Maestre de la orden de San Juan , en la lengua de Brandeburgo, un comité presidido por S, A. S. el Prin- cipe Enrique XIII de Reuss; dónde figuran los nombres del Conde reinante de Stolberg Wernigerode , Gran Canciller de la orden, del Conde de Arnim-Boitzenburg , del Príncipe Radzivill y del general Derenthal junto á los de los ilustres doctores Langenbeck, Loeffler, Houselle, etc.

En Francia, previa la aprobación de S. M. el Emperador, otorgada en carta de 21 de Diciembre de 1863, se coloca el vene- rable general Duque de Montesquieu-Fereusac al frente de un gran comité de cien individuos que llevan los nombres más ilus- tres en la nobleza , en las armas y en las letras : el Príncipe Al- berto de Broglie , los Duques de Crillon y de Bassano , los Condes de Serrurier , de Lyonne , de Flavigny , de Vogué , de Pourtales, de Riencourt , de Breda , de Beaufort y de Rohan-Chabot , los Mar-


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queses de Betisy , d'Harincourt , de Chanaleilles , de Mornay y de Marmier, los Vizcondes de Melun, y de Gorstant-Biron , los Baro- nes Larrey Brenier y Rotschild , el ex-ministro Guizot , los Sena- dores Dumas, Dupin, Royer CoUard, Le Roy de S. Arnaud, Beau- mont, los generales Conde de Goyon, AUard, le Boeuf, Mellinet y Salig-nac-Fenelon , el intendente Danicau, el almirante Fouriclion y tantos otros escritores, banqueros y militares. En Lyon M. Leonce de Cazenove funda otro gran comité y apóstol infatigable de la obra, predica la doctrina caritativa en todo el Mediodía de la Francia instalando comités auxiliares en Macón, en Tolosa, en Marsella y en Tolón.

En España una Real orden de 6 de Julio de 1864, autorizó la creación de la Sociedad de Socorro encargando su organización á la orden hospitalaria y militar de San Juan de Jerusalen , y desde el dia siguiente se instalaba en Madrid bajo el patrocinio de SS. MM. una Comisión de Caballeros de esa Orden presidida por el Caballero de Justicia General D. Miguel Osset, y de que era Secretario el Senador Sr. Conde de Ripalda. S. A. R. el Infante D. Sebastian declaró que se interesaba en tal empresa como Gran Prior, como militar y como cristiano, Al llamamiento de esa Co- misión respondieron varias provincias , formando secciones : la de Navarra era presidida por el Emmo. Sr. Obispo de Pamplona, por el Sr. Gorriz y por el Caballero de San Juan , D, Joaquin de Ello, la de Valencia por el Sr. Conde de Pinohermoso y varios caballe- ros de Montesa y de San Juan, la de Cartagena por el Sr. Sala- franca , la de Andalucía por el Sr. Marqués de la Motilla , y en Zaragoza la Asamblea de la lengua de Aragón , de que es decano el Sr, Zapater y Fiscal el Sr. Jiménez de Zenarbe, se encargó de la obra del Socorro á los heridos.

En Bruselas se formó un gran comité bajo la presidencia del General Renard, Ayudante de S. M. el Rey Leopoldo I y su celoso Secretario, el conocido Dr. Henry Van Holsbeck propagó muy pronto esa asociación por todo el reino de Bélgica , fundando un periódico especial La Charité sur les champs de hataüle.

En Viena se constituye también la asociación bajo la presiden- cia de S. A. S. el Príncipe José de CoUoredo-Mansfeld : en Schwe- rin bajo la del General Zulow, Ayudante de S. A. R. el Gran Duque de Mecklemburgo : en Holanda bajo la del General Knoop y el Dr. Basting: en Stuttgart bajo la del Dr. Habn, en Sajo-


238 LA CARIDAD

nia bajo la del Dr. Guntlier : al frente del comité de Milán se pone S. A. R. el Principe Humberto de Piamonte, y en el de Stockol- mo preside S. A. R. el Principe Osear , Duque de Ostrog-otia.

Pero no concluiríamos si hubiéramos de mencionar, no ya todos los que desde luego se afiliaron en esta empresa de caridad inter- nacional . sino los que más la propagaron : hemos puesto muchos nombres ilustres y todavía omitimos algunos que lo son también y muchos que por ser más oscuros no habrán merecido menos grati- tud de la humanidad en esta ocasión,

Pero no dejaremos de contemplar el hermoso espectáculo que ofrecía el entusiasmo con que alemanes y escandinavos , francos y sajones, españoles é italianos unidos todos en una misma idea, animados de un mismo ardor, amparados por una misma bandera, dándose la mano por encima de las fronteras , se aprestan á ir á consagrar la fraternidad universal en el sitio y en la hora en que se ve más violada en el dia y en el campo de batalla!....

La segunda parte de las resoluciones de la Conferencia tampoco tardó en verse realizada : propuesta oficialmente por el Gabinete de Berna á todos los de Europa la consagración en un convenio de aquellas bases , casi todos se apresuraron á aceptar tan generosa in- vitación, y reuniéndose en Agosto de 1864 otro Congreso de ple- nipotenciarios, quedó firmado por doce potencias el Convenio de Ginebra para mejorar la suerte de los heridos en campana , con- quista de la civilización que ha de ser en lo futuro monumento de imperecedera gloria para nuestra época , y fecha gloriosa que re- cuerden siempre con aplauso los amantes de la humanidad.

Como entonces decíamos , dulce es para los corazones sensibles, grato para las almas elevadas , saber que el valeroso guerrero que herido é indefenso yace en el campo de batalla , no puede ser ase- sinado por el más cobarde merodeador del ejército enemigo como sucedía antes : ni tampoco puede ser maltratado y preso como hasta ahora legalmente se ha hecho por el vencedor: que ya los hospita- tales de sangre , templo de la caridad cristiana , no podrán ser vio- lados por la tumultuosa soldadesca como aun en nuestros dias se ha verificado: que ya la artillería no podrá dirigir sus bombas so- bre las bóvedas de un hospital , ni un convoy de heridos ó enfer- mos se verá expuesto á ser asaltado y preso por una partida de ca- ballería contraria , ni cobardemente degollado , de lo que también hay ejemplos.


EN LA GUERBA. 239

No: ya no pueden repetirse tan repugnantes escenas, tan mise- rables hazañas sino en Cafrería : en Europa acaba de desterrarlas ese benéfico Convenio donde se estipula que las ambulancias y hos- pitales son sagrados , que las personas de los heridos y de cuantos en su socorro se emplean son inviolables , que cada herido consti- tuye una salvaguardia para la casa en que le hayan recogido exi- miéndole de alojamientos y contribución de guerra: que los convoyes de enfermos ó heridos pueden salir de las plazas y campamentos donde antes se iiacinaban en la peste , y dirigirse á donde les con- venga cubiertos con la égida de la neutralidad : en fin, que á donde quiera que brille una cruz roja sobre un pabellón ó brazal blanco toda tropa civilizada ha de detenerse y presentar las armas ante el valor desgraciado que pasa en hombros de lá caridad cristiana.

Todo esto que hace pocos anos parecía utopia es hoy un hecho oficial , categóricamente ejecutoriado por la adhesión y ratificación de todas las potencias europeas : ha dejado de constituir una aspi- ración filantrópica para ser una ley expresa del código internacio- nal : forma ya parte integrante del derecho de gentes , cuya viola- ción ningún General podria cometer sin que su nombre dejara de ser entregado por la prensa de Europa al desprecio de todo el mundo civilizado , y que ningún Gobierno podria tolerar sin que dejaran de pedirle cuenta de su palabra, las veinte naciones ante quienes solemnemente la ha empeñado.

El gran escritor católico, el egregio Monseñor Dupanloup á quien puede llamarse el águila de Orleans, como Bossuet lo era de Meaux decia en el Congreso de Malinas : «há pocas semanas que algunos delegados reunidos en Ginebra han convenido en neutra- lizar las ambulancias y enfermeros en los campos de batalla. El que va á hacer el bien tiene derecho á un pasaporte universal : así pudiéramos neutralizar todo lo que hace el Men , religión , instruc- ción , beneficencia y convenir en que ya no se tirará sobre el sa- cerdote ó la hermana de la caridad , en que se dejará pasar á Jesu- cristo; ¡qué magnificó tratado de paz seria este!»

Los Gobiernos que firmaron este convenio fueron los de Badén, Bélgica, Dinamarca, España, Francia, Hesse Darnstadt, Italia, Países-Bajos, Portugal, Prusia, Suiza y Wurtenberg, adhirié- ronse después los de Suecia , Grecia , Inglaterra y Mecklemburgo Schwerin y más tarde la Puerta Otomana , Baviera y Sajonia. Aus- tria que habia declarado que su servicio sanitario bastaba para to-


240 LA CARIDAD

das las exigencias debió convencerse de lo contrario y ha firmado el convenio poco después de la batalla de Sadowa. Rusia que habia hecho ig-ual declaración se ha unido por último al resto de Europa, faltando solo la firma de un Estado, que se ve imposibilitado de darla por consideraciones políticas que le impiden reconocer el ti- tulo de otro de los signatarios , pero que no le han impedido prac- ticar las benéficas prescripciones del convenio. Este Estado es el pontificio.

IIL

LA. GUERRA DE LOS ESTÁDOS-üNIDOS.

Mientras así se organizaba en Europa el concurso de las pobla- ciones á la asistencia sanitaria de los ejércitos en tiempo de guerra, cuando todavía algunos ponian en duda su eficacia y aun su posi- bilidad, una y otra se estaban demostrando prácticamente de la manera más palmaria y más brillante al otro lado del Atlántico.

Desde que los cañones de Sumter dieron la señal de esa lucha fratricida que por espacio de tres años ha devastado la patria de Washington, cuando aquel pueblo no preparado para la guerra concentraba su poderosa vitalidad para improvisar y perfeccionar todos los elementos de esta en inmensa escala , al paso que los hom- bres corrían á tomar las armas , las mujeres llevadas de su instinto benéfico y amoroso comenzaron á preparar por todas partes las hi- las y vendajes que hablan de restañar los arroyos de sangre que se iban á derramar; pero esta piadosa tarea , de que en España tuvi- mos hermoso ejemplo cuando la campaña de Marruecos, hubiera sido poco aprovechada , si hombres eminentes no hubieran venido á concentrar en un solo foco todos esos millares de esfuerzos aisla- dos, dándoles así la eficacia que han tenido, y cuyos resultados han sido de tal magnitud que á no ser históricos parecerían increíbles. El reverendo Dr. Bello ws, uno de los pastores más conocidos por su caridad en New- York, los médicos de la misma ciudad Valentín Mott , Elislia , Itarvis , Van Burén y Harsen , y el ingeniero publi- cista Law Olmsted, tienen la gloria de haber sido los organizado- res de la Comisión sanitaria , magnífico trofeo de la caridad y del patriotismo que se ha llamado con razón la obra de un gran pueblo.


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Naturalmente encontraron dificultades grandes para que su auxilio fuera aceptado por el Gobierno, y para vencer la oposición que en las oficinas del Ministerio de la Guerra encontraba esa pre- tendida ingerencia de un elemento civil y libremente organizado en lo- que aquel creia asunto de su peculiar incumbencia, ¡Tan cierto es que las formas del Gobierno republicano no llegan á pre- servar de ciertas prevenciones que muchos creen privativas de nuestra vieja Europa! Pero la Comisión que estaba «firmemente »decidida á procurar á los hombres que combatían por la patria, »todos los auxilios á que tenian derecho, y que la nación tenia la » voluntad y también el deber de asegurarles,» obtuvo del Presi- denteLincoln una aprobación aunque tibia y una autorización solo por via de ensayo. Esto fué bastante; contaba con la caridad de las mujeres y con el patriotismo de los hombres ; asi que repetido su llamamiento por los 4.000 periódicos de la Union , pronto se vio al frente de 32.000 comités que extendían su acción por todos los ámbitos de la república.

El campo que esta sociedad eligió para terreno de sus operacio- nes no puede ser más vasto ni más acomodado á los principios de la ciencia. No se limitó á remediar , sino que procuró más espe- cialmente prevenir el mal : asi que el cuidado de la higiene de los campamentos tan abandonada hasta ahora fué el primer objeto de su preocupación. Para atender á ella tenia Inspectores elegidos entre los médicos más notables á quienes encargaba giraran una visita por los campamentos, cuerpo de ejército y hospitales, sin otro objeto que el de investigar toda causa de insalubridad que pu- diera haber en ellos : conocida esta , se ponia confidencialmente en conocimiento del Director general de Sanidad del ejército, y si era posible, la Comisión aplicaba inmediatamente el remedio. Asi, cuan- do un Inspector avisaba que algún caso de disenteria asomaba en un campamento húmedo como el del rio Chickaonniny , se enviaba una gran remesa de ceñidores de franela para todos los soldados: si la causa era la alimentación seca , wagones llenos de hortaliza y fruta y grandes cantidades de zumo de limón se distribuían á la tropa por encargo de la Comisión. ¿Quién sabe los desastres que esta acción preventiva ha cortado? Ello es que si al comenzar la guerra habla regimiento que perdía el 20 por 100 de su fuerza antes de haber disparado un tiro, y otro perdia el 35 por 100 antes de haber visto á los separatistas , si el ejército inglés perdió en

TOMO II. 16


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España el 16 por 100 y en Crimea el 25 por 100, el ejército de los Estados-Unidos compuesto de 1,000.000 de hombres, por lo menos debia perder 200.000 : es así que la estadística más cuida- dosa ha revelado que desde el año 1861 al 1863 no perdió más que el 6 por 100 ó 60.000 hombres, luego tenemos una ventaja de 140.000 hombres, de 140.000 vidas, de la cual pudo para la po- lítica depender el éxito de la campaña , y de que siempre puede gloriarse la caridad.

Uno de los medios que con más éxito empleó la Comisión para llegar á este magnífico resultado , fué el de sacar á concurso la redacción de compendios sobre cada punto de la higiene y medi- cina militar, que reasumieran cuanto útil sobre estos ramos se hubiera alcanzado en todas partes , y después de elegir los mejores, los imprimía y repartía profusamente en el ejército á los médicos, á los Oficiales y á la tropa. ¿No podría atribuirse á esta vigilancia higiénica el que el cólera, azote de los ejércitos europeos, no se hubiera presentado en el americano , y que la fiebre amarilla se hubiese ausentado de New-Orleans , desde que la ocuparon las tro- pas de los estados de New- York y de Massachussets?

Lo que no alcanzaba á impedir el servicio preventivo , venia á remediar el de socorro relie/. Una sección de agentes retribuidos por la Comisión sanitaria seguía á cada cuerpo de ejército, vigi- lando sus necesidades y avisándolas por telégrafo á Washington ó New-York : cerca de ellos había depósitos de efectos , y cuando operaban á proximidad de los grandes ríos les seguía por sus aguas un buque-almacen de efectos sanitarios. Así, cuando ocurría un combate , esos agentes ofreciendo al punto á los médicos milita- res cuantas ropas, camas, medicinas, alimento exquisito, hilas, instrumentos y vendajes pudieran hacerles falta, supliendo con la abundancia espontánea de la caridad á la ceremoniosa escasez de los recursos oficiales. Así en Sharpsburgo los recursos del Gobierno no llegaron al teatro del combate sino tres días después de termi- nado , durante los cuales 40 médicos de la Comisión tuvieron que curar 800 heridos: en Gettisburgo, los agentes de la Comisión fueron á llevar sus socorros bajo el fuego del enemigo , cayendo prisioneros de los sudistas algunos de ellos , pero cuidando á más de 14.000 heridos, de los cuales una mitad pertenecía á los rebel- des : el valor de los objetos que en esta ocasión distribuyó la Comi- sión fué de 1.500.000 reales. En Fedenksburg y en Autietam, en


EN LA GUERRA. 243

Manassas, Cedar Mountain, Sewen Pines, Corinto , Williamsburg, fuerte Donnelson y Roanoke Island en todas partes encontraron los soldados de la Union los auxilios de esa asociación que era para ellos como lia dicho uno de sus historiadores, «la expresión del amor de sus conciudadanos.» Baste por todo elogio decir que después de la batalla de Frederiksburg no ha habido ejemplo de que un herido haya permanecido más de dos horas en el campo de batalla sin que le llegara auxilio. ¡ Qué contraste con lo de Solferino !

El ¡trasporte de los heridos es uno de los problemas más im- portantes de la guerra en nuestros dias , y también la Comisión supo resolverlo de la manera más acertada. Contaba con una ver- dadera escuadra de vapores-hospitales para los trasportes por agua, asi en el rio Cumberland tenia el vapor City of MempJiis', en Sa- vannah el gran Louissiana ; en el Mississipi. el Laurel Eill ; en Charlestown el Cosmojpolitan: para viajes largos el /S^^i^/í^'zíí^ y el Daniel Webster : para las costas el Ulm Oity , el State qf Maz- ne , el Jo/m BrooKs , el Commodore , el Kenneleck y el Daniel Webster, núm. 2, el Vanderhilt, el Luisiana, el W/iilldin y el Wnickerhrocker , además de los pontones Saint Mar k y Ewterpe. Entre todos estos buques habia capacidad para alojar 4.000 heri- dos ó enfermos, y en caso de apuro hasta 5.000. No están inclui- dos en esta enumeración los buques-almacenes de que antes hemos hablado , que eran el Dunleith, costeado por los comités de socorro del Illinois ; el Alice Dean , por los de Cincinatti ; el Atlantic, por los de New-Albany; el Elizabeth, el Polar Star y otros.

Para los trasportes por tierra ofrecían facilidad los 60.000 kiló- metros de vias férreas que surcan el territorio de la Union , pero no se contentó la Comisión con aprovechar para el trasporte de los heridos los trenes ordinarios comió hasta ahora se ha hecho en Eu- ropa, sino que construyó carruajes de condiciones adecuadas , mag- níficos wagones de 30 camas , invención del Dr. Harris , con todo el confort que se podia desear : con estos wagones se constituyeron los liospitals trains que en número de nueve corrían continuamente por los ferro-carriles de Chattaanoga y de Louisville. El Dr. Bar- num que estaba encargado de estos últimos , dice que trasladó en ellos 20.472, sin haber perdido más que uno, que se trasportó por su empeño de ir á morir en su casa.

Con tan poderosos medios de trasporte se desocupaban instan- táneamente los hospitales del teatro de la guerra, evitándose asi la


244 LA CARIDAD

aparición, en otro caso infalible, del tifus y otras epidemias. La Comisión estableció también hospederias como las que tenian en Europa las órdenes hospitalarias con el nombre de Lodges ó de Hames en Washington, en Cincinatti, en el Cairo, en Louisville, en Nashville, en Columbia, en Cleveland, en Memphis, en Wicks- burg en New-Orleans y otros puntos concurridos. Alli los volun- tarios y los reclutas que iban á incorporarse á sus filas , los licen- ciados enfermos ó sanos que volvían á sus casas, los inutilizados, toda clase de transeúntes y aun sus padres y hermanos hallaban hospitalidad , cama y mesa por dos ó tres dias , sin que se les eco- nomizarán tampoco los consejos y apoyo oficial que necesitaran para sus justas pretensiones de pasaporte, licencia, atrasos de sueldos ó pensión , evitando asi que fueran explotados por algunos hombres sin conciencia que abusaran de la ignorancia de aquellas pobres gentes. Se calcula que cada dia se acogían en estas hospederías unos 2.300 soldados, y que en todo el año de 1863 se hospedó á 207,070 personas, y se distribuyeron 604.156 comidas.

Estaban , por último , á cargo de la Comisión , el Diccionario de los Jwspitales, que así se llamó una oficina especial fundada por la misma para tener al corriente á las familias de los heridos de la suerte de estos , valiéndose para ello del correo ó del telégrafo , se- gún lo desearan los interesados.

Con razón decía su digno Presidente el Dr. Bell oros, ante un meeting de señoras , en Enero del 63 : « Ahora nos hemos conven- »cido de que el estado de guerra en una comarca tan vasta como »la nuestra y en tan grande escala , crea un cúmulo tal de mise- »rias en el ejército, que no puede disminuirlas hasta el punto que »la humanidad requiere la organización más perfecta del Gobier- »no, aunque funcione en las mejores condiciones. Vemos que las »excepciones de la regla , grandes y numerosas como tienen que »serlo , tratándose de un millón de hombres son tales , que para su »asistencia es de todo punto necesario un cuerpo especial como el »que formamos.»

Pero tan prodigiosos resultados no se obtienen sino por medio de cuantiosos fondos , y estos no faltaron nunca á la Comisión sanita- ria , pues la caridad y el patriotismo no vacilaron en consagrar al socorro de los heridos sumas tan cuantiosas, como jamás se hubiera atrevido á proponer la Asamblea nacional más espléndida : solo el estado de California remitió una vez al Tesorero de la Comisión


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10.000.000 de reales, y otro tanto se volvió á recoger con motivo de las elecciones. Los 32.000 comités de señoras rivalizaban en celo ingenioso para allegar recursos en especie y en dinero , y la idea de organizar ferias , fairs, que se convirtieron en magníficas exposi- ciones , fué una de las más productivas para la asociación : la feria de Chicago, produjo 1.000.000 de reales líquido; la de Cin- cinati 5.373.400 reales; la de Brooklyn 8.000.000; y la de New- York 20.002.000. Los americanos residentes en Europa enviaron tamfcien su contingente, y se evalúa que hasta primeros de 1864, la Comisión sanitaria recibió , para socorro de los heridos , un cau- dal de 201.800.000 rs. .

La Comisión ha cuidado de dar cuenta al público de la inversión de estos fondos en sus periódicos especiales The sanitary, The sani- tary repórter, siendo su administración tan económica . que solo ha absorbido el 3 por 100 del capital , á pesar de los muchos gas- tos de personal de agentes, publicidad , etc. , á que tenia que aten- der su presupuesto.

Después de este magnífico alarde de lo que puede la caridad cuando se aplica á atenuar los males de la guerra , no podemos hacer más que mencionar las otras sociedades que , como la Chris- tian Commissi y la War Claim asociation, la Westeva sanitary commission en el Norte , y las Soldier's aid societies en el Sud, contribuyeron al alivió de las penalidades del soldado ; pero indi- caremos , para los que quisieren conocer detalladamente esta gran- de obra , los libros en que se conserva su historia : The united States Samtany commission, Boston, 1863; Tlie Sanitary commi- sion-, It-works purpore, New- York, 1864; The Filantropie re- sults ofthe war in América hi M. Hartley, New- York, 1864; A Womans's exemple and a nation's worh\ London, 1864; La Com- mision sanitaire des Etats Unis, par Elises ^qq\A^, Rcoue des deux mondes, París, 1864; L'Oeuvre d'un grand peiiple, par J. N. P. , París, 1864; La Commission sanitaire des Etats-Unis, par le Dr. Thomas W. Evans, París, 1865 ; La Comisión sanita- ria de los Estados-Unidos; Remsta de Sanidad militar, Ma- drid, 1864".


246 LA CARIDAD

IV.

LA GUERRA DE ALEMANIA.

El comité prusiano fué el que más rápidamente terminó su or- ganización como previendo que liabria de ser el primero que en Europa habria de entrar en campaña : ayudóle para esto la decidi- da protección que las resoluciones de la Conferencia de Ginebra hablan encontrado en el Gobierno del Eey Guillermo, y la ventaja de formarse sobre un micleo ya de antemano organizado , como lo era la Orden de San Juan que en Prusia babia vuelto, hacia algu- nos anos , á revindicar la misión hospitalaria militar para que fué fundada. En efecto, según manifestó S. A. el Principe Enri- que XIII de Reuss en la Conferencia de Ginebra , la Orden tenia ya en Prusia 18 hospitales con 521 camas, 7 en varios puntos de Alemania , y otro con 45 camas en Beyruth : cuando las matanzas de los cristianos en Syria habia enviado allí tres caballeros con un médico para socorrer á las victimas. Tenia un fondo de medio mi- llón de reales para hacer frente á los primeros gastos , y un hospi- tal ambulante de 100 camas con todo su material, que al mando de un Comendador y varios caballeros se establecería en el teatro de la guerra , y se había asegurado el concurso de todas las corpo- raciones hospitalarias de Prusia. Asi contaba y cuenta hoy la so- ciedad de socorro con la Orden de San Juan , con las diaconísas de Bethanieu y las de Kaiserswerth , que dirigía la Condesa de Stol- berg Wemígerode para enfermeras , y para enfermeros los diáco- nos del Instituto de Dnisburgo , los hermanos del Rasche Haus, que dirige el Dr. Wichern en Hamburgo , y los hermanos aleginos ca- tólicos de Aquisgran.

En la campaña del Schleswig aparecieron los sanjuanistas pru- sianos al mando de su gran Canciller el Conde Stolberg- Wemíge- rode, llevando su lujoso material de ambulancia, y estableciendo hospitales en Alto na, en Fleurburgo y en Nübel. Pero todavía el objeto de esta sociedad era puramente patriótico , y no se elevaba á un fin humanitario. Todavía no se habia firmado el convenio de Ginebra , destinado á borrar todas las diferencias ante la noción uperior de la humanidad , así que las precauciones militares im-


EN LA GUERRA. 247

pidieron toda comunicación entre los dos delegados que el comité de Ginebra habia enviado á ese teatro de la guerra, el Capitán Van de Vesde al campo dinamarqués y el doctor Appia al austro- prusiano.

Cuando en 1866 el Eey Guillermo llamó á su ejército á comba- tir j»ro rege et patria, la Sociedad de Socorro, unida á la Orden de San Juan , estaba ya pronta á cumplir con su divisa Militi pro rege et patria vulnerato. Los donativos populares empezaron á afluir en todos los almacenes del Comité , y en el de Berlin se veia con frecuencia á S. M. la Reina dirigir por sí misma la tarea de clasificar y empaquetar los efectos de socorro. Más de 1.000 volun- tarios entraron á desempeñar sus caritativas funciones; solo de Breslau salieron 60 jóvenes con la cruz roja al mando del Dr. Hal- ma , y 600 señoras se consagraron á servir de enfermeras en los hospitales ; y los caballeros de San Juan seguían al ejército por los desfiladeros de Sajonia. No podemos dejar de citar algunos párra- fos del precioso articulo que el.Sr. D. Camilo de Villavaso dedicó en el Irurac-hat (12 Julio 1866) al elogio de tan generosos ar- ranques.

« Prusia, justo es reconocer un título que tanto la honra,

aceptó con entusiasmo la idea del filántropo ginebrino M. Dunant, contribuyó con celo á su difusión y desenvolvimiento, y á su defi- nitiva consagración en instrumento diplomático internacional, y lo ha practicado en la presente guerra , noble , humana , liberal- mente hacia sus enemigos , sin aguardar á saber si usaría de reci- procidad el Austria, que no se adhirió al mencionado convenio...»

« Las correspondencias del teatro de la guerra se hacen cargo de los servicios que prestan los Sanjuanistas (Johanniter), y no en- cuentran elogios con que ponderar su conducta admirable de ab- negación , de caridad, de amor al prójimo » Fieles á su origen,

á su tradición , á su deber de hermanos hospitalarios , volviendo á ostentar la divisa de su fundador Gerardo de Amalfi , los hospita- larios de San Juan han demostrado por hechos que recuerdan la abnegación de Miss Florencia Nightingale , que comprenden que su misión es más alta , más hermosa y más envidiable que consu- mirse en el ocio elegante y fastuoso de una caballería brillante, deslumbradora , de vana ostentación , propia para una parada ó un regio besamanos. Han querido los Jolianniter prusianos compartir los peligros , las penahdades y los sacrificios de sus hermanos , y


248 LA CARIDAD

ellos también inflamados por el fuego de la caridad cristiana, al grito del Rey y de la Patria, han corrido á los campos de batalla á establecer hospitales, á recoger y cuidar los heridos, á velar por los enfermos y enterrar piadosamente á los muertos. Principes y magnates se encuentran á su frente , y se enaltecen á sus propios ojos, á los de la patria y a los de las generaciones venideras, hon- rándose con el modesto y trabajoso titulo de enfermeros volunta- rios. ¡ Dios premie tan santos y tan loables sentimientos ! Un po- tentado de Silesia , una especie de Principe de los cuentos de las Mil y una noches, un Demidoff , un Esterhazy ; en fin , el Príncipe de Pless es el Jefe del Cuerpo de hospitalarios prusianos , y sim- ples sanitarios , conductores de camillas , vigilantes de hospitales, los caballeros de la Orden de San Juan, nobles de la más alta al- curnia , á quienes el no ser llamados al servicio activo de las ar- mas en los combates , ha permitido prestar este otro servicio hu- manitario, no menos precioso para la suerte del ejército. »

»Nosotros nos gozamos en publicar estos hechos al lado de la relación de las atrocidades de la guerra , y nos felicitamos en pri- mer lugar como hombres y asimismo por la parte muy honrosa que ha cabido á España en esta obra filantrópica de los frutos que pro- duce la idea de Ginebra. ¡ Benditos sean los iniciadores , benditos los continuadores !

El 28 de Junio se daba el sangriento combate de Langensalza, en que el Rey de Hannover pudo decir como Francisco I, que lo habia perdido todo menos el honor , porque si perdió su corona salvó el honor de las armas, acreditando heroico denuedo. A me- dia noche salia ya de Berlin un tren de socorro enviado por el co- mité , llevando médicos y voluntarios con gran repuesto de venda- jes, hilas, apositos de fractura, colchones, camisas y otras ropas, chocolate, etc. El comité de Gotha, avisado por telegrama, tenia preparados los carruajes necesarios para el trasbordo , de modo que al amanecer del siguiente dia entrabp el convoy en Langensalza, ocupado todavía por los hannoverianos , y donde á pesar de que se habían llevado muchos heridos, quedaban aun 1.000 de esta na- ción y 300 prusianos. Los médicos del ejército de Hannover, man- dados por el ilustre Stromeyer, una de las glorias de la moderna medicina militar, no podían remediar tantos males, careciendo, como carecían , de enfermeros y de material de hospitales : así que casi todos los heridos no tenían más cama que el duro suelo ó un


EN LA GUERRA. 249

poco de paja. ¡Cuánta sería, pues, la alegría que debió infundir en sus pechos la llegada del convoy hospitalario de Berlín !

El 2 de Julio se dio entre medio millón de hombres la gran ba- talla cuyos resultados han variado la faz política de Europa, y que será una de las grandes fechas de la historia de nuestro siglo. Vea- mos cómo describe el doctor Evans la tarea que allí tuvo la socie- dad de Socorros (Les Tnstitutiones Sanitaire pendant le conjiit Austro- P rus sien- It alien. París, 1867. y)

El choque fué terrible : desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde , no cesó de tronar el canon , y cuando el Rey de Prusia que había dirigido esa gran batalla, emprendió la persecu- ción del formidable ejército austríaco, más de 40.000 heridos que- daban sembrados en el espacio inmenso que se extiende desde la aldea de Sadowa á la de Chlum y de Nechanitz á la fortaleza de Koenigsgraetz. Por dolorosa que fuera la terrible escena de Solfe- rino, no puede compararse con la inmensa carnicería que caracte- rizó la jornada de Sadowa. Cuando las compañías sanitarias del ejército prusiano exploraron el campo de batalla, un espectáculo indescriptible se ofreció á su vista. Millares de austríacos , escua- drones enteros yacían en tierra con la misma actitud en que ha- bían llegado á tiro de los proyectiles prusianos : y entre los muer- tos había innumerables heridos que imploraban la piedad del vencedor. Y no era menos lamentable el cuadro entre los prusia- nos: millares de estos habían caído también á impulso de las car- gas fulminantes de la caballería austríaca , de las balas cónicas de los tiroleses ó de la artillería , que desde las alturas de Chlum y de Nechanitz barría las filas prusianas

Tres días y tres noches estuvieron las compañías sanitarias ex- plorando el campo de batalla y levantando á los heridos , pero una vez colocados en las carretas , ¿ á dónde llevarlos ? Muchos de esos desgraciados tuvieron que permanecer en los carros sufriendo in- decibles tormentos á pesar del celo de los médicos prusianos que rendidos de fatiga , solo se sostenían por un esfuerzo supremo y por la convicción que tenían de la grandeza de su misión. Después de recogidos los heridos diseminados en una extensión de muchas le- guas , los más graves se quedaron en los hospitales que allí mismo se improvisaron en todas las aldeas que había en cuatro leguas á la redonda , y los más leves pasaron á las ciudades de Bohemia unos y á Prusia ó Sajonia otros. Conocido es el triste hallazgo que


250 LA CARIDAD

se hizo en el bosque de Hortzitz de un hospital de sangre abando- nado hacía dos dias por los austríacos, donde había 1.183 heridos, de los que habían muerto 800 en el estado más deplorable

A la sociedad se debió entonces el proporcionar á los médicos militares recursos para liacer frente á aquella imponente situación. La víspera de la batalla de Sadowa lleg-aba á Gittchier un convoy de efectos de socorro de 50.000 kilogramos de peso con más de 440 barricas de vino. Cuando los delegados del comité llegaron al tea- tro del combate , encontraron heridos curados sí y acostados en la paja de las carretas, pero que no habían recibido alimento en 30 ó 48 horas. Todo lo que ofrecía la comarca estaba consumido , y extremece lo que hubiera sido de esos desgraciados si los delegados de socorro no hubiesen llegado á tiempo para volverles á la vida. Al saberse la noticia de la batalla , y esperándose otra no menos sangrienta sobre Viena , el comité expidió un convoy de efectos de socorro por valor de 1.200.000 rs., en el que iban 4.000 kilogra- mos de hielo para los hospitales. En los quince dias sig-uientes se remitieron á Bohemia otros 15 convoyes de socorro más ó menos importantes.

Para ordenar mejor la distribución de los socorros estableció la sociedad depósitos en todos los puntos centrales del teatro de la guerra en Turnan , en Gitschín , en Koenigínhof , en Trantenau, en Brurin , en Pardubitz , en Wutzburgo y en Wertheim ; pero á pesar de todo los convoyes sufrían retraso en los caminos de Dresde á Praga : esto hubieran podido evitarse enviando el socorro por el Elba, pero desgraciadamente el comandante sajón de la fortaleza de Koenigstein amenazaba echar á pique todo trasporte que pasara bajo sus cañones , sin reflexionar que ese socorro se prodigaba tan- to á los heridos sajones y á los austríacos, como á los prusianos.

Al mismo tiempo tenia que atender la sociedad á los hechos de guerra que se verificaban sobre el Mein y Baviera , así que envió á estos sitios 60 convoyes , y en las sangrientas jornadas de Kissin- gen y de Wertheim los médicos militares tuvieron á su disposición los recursos de la caridad. Terminadas las batallas, el cólera que estalló en Bohemia puso á prueba la abnegación de la sociedad hospitalaria.

Uno de los convoyes más importantes que fué de Berlín á Praga poco después de firmados los preliminares de la paz en Vlílskols- burgo, constaba de 22 wagones, y entre otras cosas contenia 50.000


EN LA GUERRA. 251

libras de carne, 34.000 botellas de vino, 1.500 de coñac, 20.000 pares de zapatillas, 5.000 fajas de franela, 62.000 cigarros, etc. La ciudad libre de Brema envió una vez al comité de Berlin 160.000 reales vellón en dinero, 400 barricas y 1.300 botellas de vino , 380 botellas de porto, 400 kilogramos de tabaco picado, 47.000 cigar- ros, 1.000 kilogramos de azúcar, 500 kilogramos de arroz: la ciu- dad de Hamburgo envió cantidades inmensas de hielo tan necesa- rio en los hospitales de campaña.

Con cada convoy de socorro iban muchos voluntarios y entre ellos algunos médicos además del representante de la sociedad. También en los cruceros de ferro-carriles y principales estaciones se estable- cieron hospitalillos y puestos de socorro , donde los voluntarios con su brazal blanco de cruz roja socorrian á los heridos y convale- cientes en el tránsito. En la estación de Pardubitz se daba á cada soldado convaleciente ó enfermo que pasaba , sopa , una ración de carne , un vaso de vino ó una copa de coñac en un vaso de agua azucarada , pan y cigarros ; y si era por la mañana, café con pan. En los meses de Mayo y Julio se dio este socorro á unos 300 solda- dos al dia.

En Bodenbach , estación del ferro-carril de Dresde á Viena , se dio socorro en los mismos meses á 5.500 convalecientes y á 5.000 sanos , pero fatigados. El profesor Anerbach de Berlin dio allí por su cuenta 500 raciones diarias. La sociedad repartió además á todos los hospitales libros para entretenimiento de los convalecientes, cuidando de darlos en su lengua, no solo á los plenianos sino tam- bién á los croatas, italianos, húngaros y polacos. Por último, la sociedad gastó 600.000 rs. en enviar á las aguas minerales á mu- chos soldados y oficiales convalecientes además de dar 32 reales y 2 botellas de vino á cada convaleciente de los que habia en los hospitales de Berlin el dia de la entrada triunfal del Rey con el ejército.

En suma, la sociedad invirtió durante esta guerra 8.000.000 de reales en metálico y 24.000.000 en especie para socorro sanitario del ejército.

Al mismo tiempo que la sociedad prusiana de socorro unida á la Orden de San Juan daba tan poderosas muestras de su benéfico po- derlo , rivalizaban con ella en caritativo celo los comités de socorro de los demás estados de Alemania.

En Wurtemberg existia ya el Sonitats- Verein á cuyo frente e§-


252 LA CARIDAD

taba S. M. la Reina, y el doctor Ewans tuvo el honor de oir á esta augusta señora que «jamás habia sentido satisfacción tan intima como al tomar sobre si la humanitaria misión de propagar activa- mente en su reino la reforma sanitaria.» Con tan noble ejemplo y tan poderoso estimulo la sociedad de Stuttgart pudo prestar im- portantes servicios á su ejército , enviando abundantes socorros con enfermeros y enfermeras á los hospitales de sangre establecidos en Tanberbischofsheim y las aldeas comarcanas después de los com- bates sobre el Mein en que las tropas del Wurtemberg tomaron parte y enviaron también sus socorros á los hospitales de Prusia, de Austria y de Ba viera.

También en el gran ducado de Badén estaba la Soberana al frente de una asociación de señoras de BadiocJier Trauen Verin, encargada de realizar la obra de Ginebra , con 74 comités afiliados y con escuelas de enfermeras y un dispensario especial en Cals- ruha , al estallar la guerra , el Ministerio confirió á esa sociedad el derecho de cooperar á la asistencia de los heridos. Así desde el principio de la campaña las tropas badenesas recibían socorros de cigarros y refrescos que les enviaba la sociedad , y después de los combates de los dias 23 y 28 de Julio fué también á Wertheim y á Tanberbishofsheim una sección de enfermeras entre las cuales se contaban las señoras más distinguidas , que prestaron en aquellos hospitales el consuelo y satisfacción que solo la mujer sabe dar á un desvalido enfermo: esta sociedad, fiel al principio neutral de Ginebra , se creyó obligada á repartir también sus socorros en los campos enemigos , enviando muchos á Bohemia , á Viena y á Ba- viera. Nadie mejor que esta Soberana podía comprender la belleza de la neutralidad , pues hija del Rey de Prusia , tenia el dolor de ver á su padre en un campo y á su marido en el otro.

También en Baviera asociaciones de señoras se dedicaron á re- coger hilas y vendajes y socorrieron á los heridos del combate de Kissingen , pero no habia la organización previa que concentra y hace más provechosos los esfuerzos del entusiasmo público.

En Austria la cuestión era más difícil , pues habiéndose neg-ado esta Potencia á firmar el tratado de Ginebra , aunque le ha firmado después de la guerra , no había encontrado favor la idea de organi- zar la sociedad de socorro, bajo los principios elevados de la caridad internacional ; sin embargo , el patriotismo y los sentimientos pia- . dosos de la mujer, llenaron este vacío en lo posible. Desde la cam-


EN LA GÜERftA. 253

paña del Holstein se habia formado en Viena una sociedad patrió- tica de señoras PatriotiscJien Bamen Verein , que presidia la Sra. Princesa de Schwartzenberg- : en su primera junta eran solo 25; en la segunda eran 40, obligándose cada una á llevar 1.000 florines, y pronto contó con un capital de 110.000 florines, cerca de 1.000.000 de reales. Cuando comenzaron á llegar heridos de Bohemia , el Emperador cedió á esta sociedad uno de sus castillos de Hungría para que sirviera de hospital y dos médicos ; también las hermanas de la Caridad prestaron sus servicios á esta Asocia- ción. El palacio del Presidente se convirtió en hospital con 120 camas , y la Sra, Baronesa de Lowenthal se encargó de dirigir el hospital de San Francisco , estimulando con su presencia y la de las distinguidas señoras de la Asociación, á que rivalizaran en celo todos los empleados.

La Sociedad filantrópica de hombres tomó sobre sí la benéfica misión que en Prusia ejercía la Sociedad de Socorro ; bajo la inte- ligente dirección del Príncipe D. CoUaredo Mansfeld, ó de su acti- vo Secretario el Dr. Schlesinger, prestó importantes servicios al ejército, é instaló en el Prater de Viena un grandioso hospital de madera llamado HolzTiospital , que por su amplitud y ventilación reunía las más envidiables condiciones higiénicas. Se encargó de su dirección el Dr. Abl , y de atender á los heridos otro comité de señoras , que presidia la Sra. Ida de Schmerling. De 5.000 heridos que se trataron en este hospital, solo 62 sucumbieron; no hubo sino 2 casos de gangrena , y solo 2 murieron del cólera , que en otros hospitales hacia estragos ; sin embargo , al aparecer estos casos de cólera, las señoras se abstuveiron, como era natural, de visitar el hospital, y por eso el Dr. Ewans hace mención de las dos únicas que continuaron : estas heroínas de la caridad fueron la se- ñora Ana Stolz y la señorita Pelz. La Sra. Princesa de Metternich enviaba también desde París cuantiosos donativos para los heridos, y en las principales estaciones del ferro-carril de Bohemia , había puestos de socorro para los convoyes de heridos. Muchos de nues- tros lectores recordarán la patética descripción de una noche en la estación de Viena ,' que publicaron casi todos los periódicos de Eu- ropa , y de la que no podemos menos de citar algunos fragmentos:

« Dieron las doce de la noche ; el tren que debía conducir el

primer trasporte de 300 heridos , se esperaba á la una , y ya rei- naba la mayor actividad en los andenes, y salas de descanso. Los


254 LA CARIDAD

empleados de la Junta traían colchones y los colocaban á lo largo de las paredes de aquel recinto ; en las salas de descanso se prepa- raban camas para los heridos g-raves ; los médicos disponían ven- dajes ; por todas partes llegaban vendas é hilas , emplastos y apa- ratos.»

«Los individuos de la Junta de Socorro , el infatigable Boschan, con su admirable abnegación, el joven Conde Wickenburg, el Barón Krauss , el Landgrave Fürstemberge , Franz Hauptmann (dueño de una fonda), el Barón Gorup, el caballero Gorup y el caballero Suttner, etc., iban y venian dando las órdenes nece- sarias. »

« Veíanse allí mazos de cigarros , cántaros de agua , centenares de vasos llenos , ya de vino , ya de frambuesa ; multitud de cestos de pan ; sobre una mesa hay grandes tazas de sopa caliente ó de café. La Junta ha pensado en todo, y sus trabajos ¡ay ! forman el único punto luminoso en este caos de desventura.

«Suena la una, óyese la campana de la estación , el tren entra pausadamente en el embarcadero , y todos se abalanzan hacia los wagones. »

«¿A dónde precipitarse? El tren cuenta 48 coches, y el último está todavía lejos, cerca del puente. Los conductores abren los furgones de equipajes. ¡Qué horrible espectáculo! Allí yacen re- unidos los héroes de Trautenau , de Nachod , de Gitschin , de Koe- nigsgraetz. Los heridos leves [vienen colocados en furgones de equipajes y en wagones de trasportar carbón ; los graves reposan en camillas colocados en coches de 1.^ y 2.* clase; los Oficiales, por último vienen en los carruajes más cómodos que han podido

encontrarse Ahora principian de veras los trabajos de la Junta

de Socorro.»

« ¡Boschan! ¡Boschan! gritan por todas partes: ¿á dónde lleva- mos los Oficiales? A la fonda de Munich. — Yo alojo á estos caba- lleros en mi casa, grita el dueño del Toisón de Oro Mr. Hed-

ner, dueño de la Corte austríaca , quiere asimismo tener heridos, y está esperando con un carruaje : de este modo rivalizan todos.»

«Vino, refresco de frambuesa, carne, pan, cerveza, cigarros! dijo Boschan , y todos se apresuraron á ofrecer refrescos á los he- ridos. Hacia veinticuatro horas que la mayor parte de aquellos desgraciados no habían probado una gota de agua. Las mujeres se


EN LA GUERRA. 255

lanzaban con platos de sopa á los wagones ; los hombres llevaban el vino; el Landgrave Furstemberg trincha la carne; el Conde Rickenberg fué acogido con vivas de los pobres soldados ; les lle- vaba cigarros ¡Fumar es olvidar el dolor por un cuarto de

hora !

« ¡ Pero qué triste y lamentable espectáculo ofrecen los pobres heridos ! Heridas en la cabeza , en los pies , en el pecho , en las manos ; aqui media cara de menos ; alli pies y manos cruelmente mutilados , todos cubiertos de sangre y los uniformes desgarrados! Basta, no hay pluma que sepa describir lo que yo he visto.

» Nunca puede admirarse bastante la espléndida , la admirable organización de la Junta de Socorros para los heridos. Los viene- ses ciertamente han gastado bien el dinero. ¡Ojalá que continúen las suscriciones ! ¡Áy, los heridos son numerosos, los socorros muy necesarios , la prontitud indispensable ! »

También en la ciudad libre de Francfort habia un Comité que, con la mayor actividad , organizó una ambulancia servida por 180 voluntarios provistos de 60 camillas y 12 carruajes de trasporte. El ejército federal , á quien desde luego ofreció sus servicios , los rechazó cortesmente ; pero los prusianos se apresuraron á aceptar- los desde el momento en que entraron en la ciudad. Asi que, ya cuando la batalla de Aschaffenburg , el Cuerpo de Sanitarios vo- luntarios de Francfort prestó sus auxilios á los heridos en Lan- fach y en Frohenhoen. Este comité se dedicó especialmente á dis- tribuir por los diferentes lugares que los ejércitos ocupaban los numerosos donativos que afluían á Francfort : las señoritas de la ciudad se ocupaban en ordenarlos y clasificarlos , y tres barcos de vapor los llevaban por el Mein. Este Comité reunió en metálico 26.740 florines, y gastó 25.749 (más de 200.000 rs.). Besiche des Vor standes des Hiilfsvereins for Kranke iind verwundette Krie- ger en Frank^uH cum Main, 1866.

En Italia se hablan instalado al llamamiento de la Conferencia de Ginebra varios Comités de Socorro , entre los cuales eran los más importantes el de Milán , presidido por el Dr. César Castiglioni y el General Durando ; el de Florencia presidido por el Senador Gabrio Cassatti, y cuyo Secrecario era el caballero Gnido Corsini, y el antiguo de Turin , que presidia la Condesa Pallavicini Tribu- brio. Todos ellos se reunieron, al estallar la guerra, bajo la direc- ción del Principe Humberto de Saboya, é hicieron un llamamiento


256 LA CARIDAD

al país , que no fué desatendido , siendo digno de especial mención el desprendimiento de una sociedad cooperativa de obreros, que llevó á la caja de Socorros el total de sus fondos , que ascendía á 40.000 rs.

La actividad de estos Comités se empleó en recoger donativos en metálico y en especie , clasificar estos y remitirlos á su destino, organizando además algunas compañías de Voluntarios de Sani- dad , cuyo uniforme , equipo y servicio se había convenido antes con el Ministerio de la Guerra.

Estas compañías ó mejor escuadras, constaban de un jefe mé- dico, dos médicos ayudantes, un comisario y 10 sanitarios pro- vistos del material de ambulancia conveniente : la paga de los sa- nitarios era de 12 rs. diarios, 20 el comisario, 40 los ayudantes médicos, y 80 el jefe. El comité de Milán envió al ejército cuatro escuadras , dos el de Florencia , y una el de Bérgamo : otra escua- dra formada en el país de Vand fué al campo de los voluntarios de Garibaldi , y con ella marchaba el doctor Appia , primer voluntario de Ginebra en la compañía del Schleswig , que consignó los sucesos de que en el Tirol fué testigo , en un folleto titulado : Les blesés de la hataille de Bezzeca dans le hallée de Tiarno.

El Maques Paolo Gentili Farinola , el Conde Luigi Passerini Or- siní y el joven doctor César Ciacchi, fueron los Inspectores de es- tas compañías. El Prior de los hermanos de San Juan de Dios , que allí se llaman Fate lene fratelli ofreció á la sociedad el concurso de su Orden, y se asociaron también á los trabajos del comité de Florencia las señoras más distinguidas de la corte, la Marquesa de Bartolomei , las Condesas María Aldobrandini , Marina Baroni, Virginia de Cambray Digny, Eugenia Casselly, Luisa Corsini Barberini , Alfonsina Leonetti , las marquesas Eleonora Corsini Re- nuccini y María Vettori , las nobles Laura Minghetti , Emilia Tos- canellí, Erminía Fusinato, Raquel Corazzini, Teresa Targioni, Gesualda Pozzoliní, Adela Tolomei y otras muchas que supieron acreditar con los heridos la nobleza del corazón y la hermosura del alma.


EN LA GUERRA. 257

V.

LA EXPOSICIÓN UNIVERSAL Y LA CONFERENCIA DE PARÍS.

El concurso y cooperación de todas las naciones á la Exposición universal de París en 1867, ofrecía ocasión propicia para afirmar la existencia de la obra de socorro internacional , y propagar más y más sus principios. No la dejó pasar el comité de Francia , y en tiempo oportuno convocó á todos los demás para que remitieran modelos del material sanitario de su país , y enviaran delegados á la conferencia que debía celebrarse en Agosto del mismo año.

Gracias al celo y actividad infatigable del Comisario Imperial y Delegado del Comité de París Sr. Conde Serrurier, el éxito de esa idea y los resultados de la Exposición no han podido ser más sa- tisfactorios y brillantes. Los Monarcas y los pueblos que durante seis meses han acudido á la Exposición universal , prodigioso mo- numento levantado al genio de la civilización por el trabajo de la humanidad entera, se han detenido en las tiendas de los hospitala- rios , han admirado allí los esfuerzos con que la industria impulsada por la caridad y guiada por la ciencia , procura atenuar los horro- res inseparables de la guerra , y han saludado conmovidos esa ban- dera blanca con cruz roja, que por primera vez tremolaba sobre las banderas de todas las tribus en que la humanidad se divide , á ese lábaro neutral que sin distinción de lenguas ni de razas re- unirá á cuantos se reconocen hermanos en la caridad ó en el in- fortunio , en el amor ó el dolor.

En todas las Exposiciones se han exhibido los instrumentos de guerra como productos de la industria, pero esta ha sido la pri- mera en que el material sanitario se ha presentado constituyendo por sí solo una sección separada é importante : así que al salir de la exposición del Ministerio de la Guerra de Francia, y después de haberse admirado ante el calibre colosal de los cañones de Prusia y de Inglaterra , podía el viajero detener las tristes reflexiones que esa contemplación le produjera , encontrando las tiendas hospitala- rias de Prusia y de América , el precioso wagón hospital del doc- tor Harris , los carruajes para heridos usados en Filadelfia , los car- ruajes, farmacias y cocinas, los planos de hospitales y las delicadas conservas que constituían la hermosa y completa colección de la

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258 LA CAtlíDAt)

comisión sanitaria de los Estados-Unidos , presentada por el doc- tor Evans y el doctor Grane, Más allá se veian los carruajes Loca- ti que han llevado á los italianos heridos en el Tirol , aparatos que para el trasporte de los heridos y convalecientes construyó el há- bil Mr. Fischer de Heildeberg : las camillas de suspensión elástica del doctor Gáuvin, novísima invención ; los preciosos instrumentos quirúrgicos de Lütter y de Robert y Collin , sucesores de Charrie- re , y los admirables brazos y piernas artificiales entre los cuales son de notar por su perfección y bajo precio, los que el benéfico Conde de Beaufort ha inventado , poniéndolos al alcance de los más pobres inutilizados. Mochilas y cartucheras de ambulancia , col- chones de viento, aparatos de fractura, instrumentos de cautchouc, camas mecánicas y otros mil objetos necesarios para la asistencia de los heridos , se reunían , ofreciéndose al estudio de los médicos militares, y á la admiración y gratitud del público.

También España habia llevado su contingente á esta Exposición, en que se veian el modelo de carruaje de dos ruedas para heridos del Sr. Anguiz , la mochila Gorriz , la camilla de fusiles del señor Florit, y el mandil Landa.

El dia 21 de Agosto de 1867 , se reunían en París los represen- tantes acreditados de la Confederación Suiza , de los Ministerios de la Guerra de Austria, Badén, Baviera, Gran Bretaña, Prusia, Rusia , Suecia y Noruega ; los de todos los comités de socorro de Europa , de la comisión sanitaria de los Estados-Unidos y de la Orden de Jerusalem así en sus lenguas de Castilla y Aragón como en la de Brandeburgo. Asistieron también aunque sin votos, los Rdos. PP. Superiores de los Trinitarios Redentoristas y de los Hermanos de S. Juan de Dios, con cuyo auxilio cuenta el comité de Francia en casos de guerra , y otras varias personas amantes de la obra. Por indisposición de S. E. el General Duque de Fezensac presidió las sesiones el Sr. Conde de Serrurier con los Sres. Gus- tavo Moynier (de Ginebra) , doctor Langenbeck (de Prusia) , y doc- tor Barón Mundy (de Austria).

El punto más importante del programa de la conferencia , era la revisión del Convenio de Ginebra , revisión que hecha cuando ape- nas acababa de obtener ese tratado la adhesión de todas las poten- cias , parecía ocasionada á arriesgar los resultados obtenidos por el deseo inmoderado de acrecentarlos. Pero este concepto tenia que modificarse al saber como supieron los Delegados de la conferencia


EN LA GUERRA. 259

que S. M. la Emperatriz Eugenia habia manifestado vivos deseos de que los beneficios del convenio limitados á los ejércitos de tier- ra se hicieran extensivos á la marina de g-uerra de todas las na- ciones. Esto mismo pedia el Gabinete de Florencia , manifestándo- se pronto á apoyar esa reforma cerca de todos los demás por medio de sus ag-entes diplomáticos. El Gabinete de Viena pedia por su parte que se ag-regaran al convenio algunas disposiciones que pu- dieran evitar en lo sucesivo el número enorme de desaparecidos que en la última guerra habia tenido que lamentar , y que daba lugar á tantas reclamaciones de las familias que no podian ser aten- didas. Presentábase además á la Conferencia un proyecto de refor- ma del convenio elaborado por el Delegado de Austria y aprobado por la Comisión preparatoria de Paris , mientras que otras Confe- rencias celebradas en Berlin y en Wurtzburgo por los asociados alemanes enviaban la proposición de ciertas reformas que en vir- tud de la experiencia hecha en la última guerra, creian necesario introducir en ese Convenio. Envista de tan poderosos fundamentos quedó admitida en principio la conveniencia de revisar el Conve- nio de Ginebra , y se entró en la discusión profunda y detenida de las enmiendas propuestas en Paris, en Berlin y en Wurtzburgo, llegándose asi á formar un proyecto que difiere del texto vigente: 1." En que la neutralidad se hace extensiva á todo el material de hospitales, en vez de dejarla reducida tan solo al material de am- bulancias. 2.° En que reconoce la neutralidad y admite los servi- cios de las sociedades de socorro , lo cual no se pudo hacer en 1864, por no hallarse estas constituidas por completo. 3.° En hacer exten- sivas á las fuerzas navales y combates marítimos todas las disposi- ciones que les sean aplicables ; para el acierto en esta parte sirvió de mucho el tener en la Conferencia al Alniirante Van Karnebeck como Delegado de los Paises-Bajos. 4.° En la declaración termi- nante de que no puede hacerse prisioneros á los heridos , proposi- ción de la más alta importancia que defendieron enérgicamente los representantes de Austria y de España. 5.° En la adopción de un medio que permita averiguar el nombre de los muertos , evitando que queden como desaparecidos. 6.° En la obligación de asegurar los efectos del Convenio , introduciendo una sanción penal de sus preceptos en cada código militar.

De esta manera quedaron atendidas todas las reclamaciones sus- citadas por la experiencia de la última guerra , y el nuevo texto


260 LA CAKIDAD

fué aprobado por unanimidad en la sesión del 29 de Ag-osto, Este proyecto ha sido comunicado por el Gabinete de Berna á todas las potencias signatarias del convenio vigente , y apoyado como lo es con eficacia por muchas de ellas , es de esperar que dentro de poco llegue á ser sancionado y ratificado.

Después de esta importante discusión , se entró en la de los di- versos puntos que abrazaba el programa de la Conferencia , refe- rentes á las reglas de conducta que las sociedades hospitalarias deberían observar para el mejor desempeño de su misión en cada uno de los casos que la guerra puede suscitar, así como respecto de su gobierno interior, relaciones internacionales, material de socorro, etc. En todos estos puntos aprobó la Conferencia los dic- támenes de las tres comisiones que por espacio de tres meses se hablan ocupado con el mayor celo en estudiarlos , y dio fin á sus tareas el dia 31 de Agosto, distribuyendo recompensas honoríficas á las personas que en todos los países de Europa y de América han favorecido la propagación de la sociedad , á las que han dado prue- bas de su caridad y abnegación en las últimas guerras , y á los inventores de los más útiles aparatos de socorro,

España figuró dig*namente en esa distribución de recompensas, pues se votaron dos medallas de oro para SS. MM. la Reina y el Rey por la decidida protección que en sus dominios han dado á la obra de socorro ; siete medallas de plata y varias de bronce para los que han propagado y favorecido la obra , y para los expositores de aparatos de socorro.

Tal es en compendio breve la historia de esta agitación humani- taria providencialmente suscitada en nuestros tiempos para atenuar los horrores de la guerra : tales son los hechos más notables cum- plidos ya por los Hospitalarios del siglo XIX.

Plegué á Dios que una larga paz haga innecesarios los benéficos aprestos que en Paris se ostententaron , y no permita que nuevos laureles se añadan á los que la Obra de Socorro ha conquistado en los campos de batalla de uno y otro lado del Atlántico. Pero si desgraciadamente ha de suceder lo contrario; si Belona ha de agi- tar otra vez su látigo sangriento sobre las infelices comarcas de la cansada Europa ; si el pabellón de la cruz roja ha de ondear otra vez entre el humo de la pólvora sobre los hospitales de sangre, que España , la nación cristiana y caballeresca , reclame también su parte de gloria y de trabajo en tan piadosa empresa. Aquí donde


EN LA GUERRA. 261

hay sucesores de aquellos cristianos caballeros que supieron acre- ditar su piedad y su bravura en Ascalon y en Damieta , en Rodas y en Malta ; aqui donde vive aun el espíritu de religioso amor que movia á Santa Isabel á curar á los leprosos y á Isabel la Católica á fundar ante los muros de Granada el primer hospital de campaña; aqui donde para la guerra de Marruecos Isabel II ofreció las joyas de su corona , y todas las damas españolas se consagraron al servi- cio de los heridos, unas haciendo hilas, otras aplicándolas por sus manos en los hospitales de Ceuta , de Cádiz y Málaga ; aquí donde tampoco faltan heroínas, que como Doña Carlota Jáuregui en la aciaga jornada del 22 de Julio , salgan á socorrer á los heridos en tre el fragor de la batalla, bien podemos rivalizar en tan noble certamen con los hospitalarios de América y de Alemania.

NiCAsio Landa.


CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA, BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA.[editar]

LA MARQUESA DE SIETE FUENTES (1).

La isla de Cerdeiia , q^ue es de las más importantes del Mediter- ráneo, y ha dado posteriormente nombre á una monarquía , perte- neció por espacio de cerca de cuatro siglos á la corona de Aragón primero y después á la de España , á la manera como hoy ha- cen parte de esta última las islas Baleares ó las Canarias. No era la unión menos voluntaria , ni menos pacífico el dominio , ni pa- recía menos seguro y firme , reposando sobre la probada fidelidad y voluntaria adhesión de los sardos. Las más nobles, ricas y princi- pales familias de aquel reino , que este nombre llevó siempre como los de Aragón y Valencia , eran españolas de origen , y no menos parecían serlo de inclinación. Españoles eran como sus apellidos lo

(1) Los documentos originales y auténticos á que escrupulosamente se ajusta la siguiente narración , se conservan entre los papeles de D. Cristóbal Crespi de Valdaura, Vicecanciller del Consejo de Aragón y miembro de la Junta Suprema de gobierno que á su muerte dejó establecida el Rey D. Feli- pe IV. Se componen de gran número de cartas de los sucesivos Vireyes , y de otros personajes, de su correspondencia oficial con el gobierno de Madrid, de las declaraciones del proceso, y de otros papeles que en su oportuno lugar citaremos.


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indican á quien los oye , y como sus anteriores acciones lo demues- tran á quien de ellas tenga noticia, los Alag-on , á cuya casa perte- necia el marquesado de Villasor ; los Castelvies que eran Marque- ses de Laconi y de Cea , Vizcondes de Sanluri ; los Zatrillas que este era el apellido de los Marqueses de Siete Fuentes , y de los Condes de Cullar ; los Cervellon que eran Condes de Sedilo , asi como los Bacallar , Cao , Brondo , Portugués y otras muchas fa- milias de que hemos de hacer mención en esta breve noticia his- tórica. Hablaban en Cerdena un dialecto popular solo conocido en aquella isla, y que con mezcla de algunos articulos y palabras griegas , procedía directamante del latin ( 1 ) , guardando con este noble idioma aun mayor semejanza que los demás de que ahora hacen uso las naciones del Mediodía de Europa. Pero el es- pañol y el catalán eran de usocomun entre aquellos isleños ; en ca- talán se hablan conservado los Capitols de las Cortes ; del castella- no se vallan en sus conversaciones y cartas las gentes cultas sobre todo los naturales del Cabo de Caller ; de él se servían comunmen- te las autoridades y tribunales , sin que emplearan otro en sus be- llos versos poetas como el ingenioso Antonio de lo Fraso (2) , ce- lebrado por Cervantes , ni en sus historias graves escritores como el regente D. Francisco Vico (3) , siendo asimismo varios los tra- tados que en castellano dejaron escritos algunos doctos juriscon- sultos , teólogos y médicos sardos (4).

(1) " La cual " la lengua ó dialecto sardo, " simboliza mucho con la griega y latina más que con ninguna otra lengua, y tiene vocablos della, hasta los mismos artículos de la lengua griega. Y hay frases enteras en latin, como es esta: Una columba mea est in domo tua, que es latin y sardo. Carrillo, Relor don de Sardeña, pág. 81,

(2) Diez libros de la fortuna de amor compuestos por Antonio de lo Fraso, militar sardo de la ciudad de Algiier, Barcelona 1573, y Los mil y doscientos consejos y avisos distintos sobre los siete grados de nuestra humana vida. Bar- celona 1571.

(3) Autor de la Historia general de la isla y reino de Sardeña. Barcelo- na 1639.

(4) Hemos visto citadas entre otras de autores sardos , las obras en caste- llano del Padre Dimas Serpi, Tratado del Purgatorio , contra Luteroy otros herejes, 1600; y Crónica de los santos de Gerdeña. Barcelona, 1600.-- Las del Padre Gavino, Guía de Confesores. Sacer, 1640; y sobre todo las del Arzobis- po de Caller Ambrosio Machín, Resolución en defensa de las tres Ordenes militares. Caller 1635; y ^71 favor de la ciudad de Algher acerca de los cen- sos, etc. Sacer 1621,


264 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

La estrechez y firmeza del vínculo que al parecer unía el reino de Cerdeña con los demás de la Monarquía , procedió sin duda del régimen adoptado desde el tiempo de la conquista , si nombre de conquista puede aplicarse al feliz establecimiento de los aragone- ses en aquella isla (1) , favorecido por gran parte de los naturales y casi solo por los písanos combatido. Tuvieron lugar aquellos su- cesos (132 i) en los buenos tiempos de la historia de Aragón, algu- nos siglos antes de que estraviándose por caminos errados la civili- zación española, lamentablemente se apartase de los que la habían conducido hacia el término de su prosperidad y grandeza. Pero du- rante el siglo XIV, caminando al compás de otras naciones si es que no les llevaba la delantera , y en medio de cierta desordenada y be- licosa rudeza propia de los tiempos, descansaba la corona de los Re- yes de Aragón de que formaban principal parte Barcelona y el resto de Cataluña, sobre la triple y excelente base del régimen munici- pal, de la libertad política, y de los usos marítimos y comer- ciales (2).

Tal era el espíritu que guiaba á los aragoneses y catalanes, cuando cubriendo el Mediterráneo con sus leños , galeras y taridas, fueron á asentar su prolongada dominación en Cerdeña. Subsis- tieron por fortuna aquellas costumbres y máximas de gobierno durante el largo espacio de tiempo necesario para que llegara á afirmarse el prudente y generoso sistema que dejaron los conquis- tadores establecido en aquella especie de colonia , sistema cuya virtud principal consistía en la aplicación de los propios usos y leyes de Aragón , y en la concesión de amplias franquicias , dejando

(1) En la citada historia del regente Vico, se lee lo siguiente :

"Cap. 12.— En que se demuestra que el reino de Sardeña entra en la real Corona de Aragón por infeudacion y unión, y no por conquista: 5.^ parte, fo- lio 45. — Y en efecto, todo el capítulo tiene por objeto probar que no hubo conquista, sino voluntaria anexión, si se nos permite usar este vocablo moder- no para interpretar el pensamiento del autor.

(2) Que aquel reino y en particular Barcelona, debieron su prosperidad y grandeza durante la Edad media al régimen municipal , la navegación y la li- bertad , no es opinión moderna sino por el contrario muy acreditada entre los antiguos escritores. Véanse por ejemplo, las notables palabras de Gerónimo Paulo, escritor del siglo XV, es decir, de la última pítrte de aquel período, al hablar de Barcelona su patria. " Auxerunt nomen facúltales, navigatio et libertas. " Y más adelante dice ,tambien : " cedilitioe (leges) quoque plurimis et inclytis urhihus exemplo fuere." V. Barcino, Ilieronymi Paidi— JJif^pnn . illux- trat. Tom. II, pág. 843 y 845.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 265

encomendada á los pueblos la administración de sus peculiares in- tereses, sin perjuicio del lazo de unión con la metrópoli.

Aparte de los Vireyes que eran españoles y representaban la su- prema autoridad del Monarca , los demás cargos , dignidades y oficios quedaron en gran parte confiados, sin peligro alguno, á los naturales de la isla , luego que hubo trascurrido el primer periodo del establecimiento ó conquista. Sardos fueron por consiguiente casi siempre los gobernadores de los dos cabos , el Procurador Real, los jueces é individuos de los tribunales y los demás oficiales ó Mi- nistros á cuyo cargo corrían la justicia, la milicia y la hacienda, siendo el mayor vicio y enfermedad de aquella administración el que se trasmitieran los oficios como por herencia.

Lo que habrá de ser materia de escándalo para los apasionados al moderno sistema de centralización , es la amplia latitud de atri- buciones de que continuaron gozando las corporaciones populares de aquella isla, en los lugares que no estaban enfeudados , durante los cuatro siglos de la dominación aragonesa y española. No solo estuvieron revestidos de las que son indispensables para el régi- men interior de los pueblos los consejos encargados de deliberar en casos graves , y los presidentes con titulo de Cónsules , por cuya cuenta corria la ejecución; no solo quedó á su arbitrio ordenar cuan- to se referia á los mantenimientos, á la policía interna de cada ciudad ó villa , y adoptar las precauciones que estimaran oportu- nas para la sanidad de las tierras y gobierno de los respectivos puertos ; no solo se extendió su autoridad al nombramiento de los oficiales que hablan de recaudar los impuestos y velar sobre las subsistencias; no solo se les concedió facultad de determinar el tributo que hablan de satisfacer á su entrada los aliiíientos destina- dos al consumo , sino que traspasando estos límites , y trastornan- do las reglas generalmente establecidas en materias de aduanas, quedaron libres en cada localidad de fijar y percibir los derechos que habían de satisfacer las mercaderías de procedencia extranje- ra , así como los cereales de la isla al tiempo de su exportación, aplicándose su producto para los gastos y atenciones del munici- pio. Era natural, sin duda alguna, que los aragoneses y catalanes extendieran á todos sus dominios la aplicación de sus propias le- yes y costumbres ; pero el designio palpable de cautivar la vo- luntad de los nuevos subditos , demuestra claramente , como un autor moderno asegura , el deseo de que los pueblos agregados á la


266 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA.

corona aragonesa , siéndoles comunes los favores y exenciones, asi- mismo participaran de la lealtad y patriotismo de los habitantes de la metrópoli.

De ser tan grandes, en cuanto al régimen interior, la libertad, privilegios é importancia de las ciudades exentas de la jurisdicción feudal y solo dependientes de la Corona , naturalmente se despren- dia la necesidad de que concurriesen sus representantes , en esta- mento separado, al arreglo y decisión de las materias de general interés para toda la isla. Como es fácil adivinar, no carecía de graves inconvenientes la desmembración del poder central y la in- dependencia casi absoluta de los consejos , dejando sueltas las ma- nos al despilfarro y desorden de los magistrados populares , oca- sionando embarazos para la gobernación general, y suscitando con la solicitud exclusiva á favor de especiales intereses , rivalidades y reyertas entre unos y otros pueblos (1). Pero como nunca se logra atinar con la perfección absoluta en el arreglo de las sociedades humanas , lo que importa es afianzar el bien general , aunque sea con perjuicio de cierta aparente y artificiosa simetria, y á costa de accidentales danos é irregularidades. Vino, pues, á resultar que, en suma , vivieron los habitantes de las ciudades sardas contentos y satisfechos ; que los consejos manejaron con diligente y atinado esmero los intereses que les fueran encomendados; que con riquezas acumuladas por su prudencia pudieron socorrer en ocasiones de ahogo al tesoro público , harto peor administrado que el de las ciu- dades ; que floreció el comercio de estas con Pisa , Genova , Vene- cia , Ñapóles , Sicilia , Francia , Grecia y hasta con Berbería ; y que las sardos, durante el trascurso de más de tr-es siglos , permanecie- ron fieles , tranquilos y obedientes á la Monarquía sin sobrada carga de guarniciones ó presidios , y sin que necesitase la isla de un solo soldado español para su conservación y custodia.

Como prueba de tan privilegiada felicidad , no vamos á aducir

(1) De estas enemistades fueron célebres las que de antiguo mediaban en- tre los ciudadanos de Sacer y los de Alguer, y dieron lugar á un suceso , que mencionan todas las Mstorias, refiriéndolo de la siguiente manera el visitador Martin Carrillo :

"Solian" los de Sacer "tener encuentros con los de la ciudad de Alguer, y "estos hicieron estatuto , que ninguno de los de Sacer pudiese llevar espada "en Alguer, y luego los de Sacer hicieron otro estatuto, que los de Alguer en "en Sacer uviesen de llevar dos espadas. n — Relación del 7'eino de Sardeña, pá- gina 66.


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el testimonio de escritores optimistas ó visionarios , sino la autori- dad de un testig-o exento de tacha y digno del mayor crédito por el carácter de que estaba revestido , así como por sus particulares circunstancias. Al parecer no era ilimitada la confianza que solían depositar los Monarcas españoles en los Vireyes á quienes envia- ban á Cerdeña; pues para vigilar la conducta de estos últimos, para examinar los actos de su gobierno , y sobre todo , para poner orden en lo concerniente al fisco , era costumbre que fuesen comi- sionados ciertos ministros con nombre de visitadores. Uno de ellos, el doctor Martin Carrillo , enviado en tiempo de Felipe III , y que al parecer era sugeto entendido y práctico , nos ha dejado impreso el informe (1) que dio al Rey, donde se encuentran interesantes y curiosas noticias acerca de la situación de aquella isla al comenzar el siglo XVII. Veamos cómo se explica acerca de los puntos que más nos importan. Dice asi:

« Son los de la isla de Sardeña tan obedientes y fieles vasallos »á V. M. cuanto ningunos otros, y así con mucha razón se hace »confianza de ellos para las fortalezas , castillos y presidios , cuyos

»soldados y guardas son naturales

» Obedecen tanto á V. M. , que sin réplica ni contradicción

»cumplen al punto lo que por el Consejo de V. M. se ordena y »manda, y la misma obediencia tienen á los Ministros de V. M. . .

» Después de tantas persecuciones , guerras , trabajos y cala-

»midades , que no las ha padecido tantas ninguna nación ni pro- »vincia del mundo , han llegado los del Reyno de Sardeña al col- »mo de la felicidad y prosperidad que puede desear un Reyno con »su Rey y Señor, que es defenderlos de los enemigos de afuera, »conservarlos en paz y justicia entre sí mismos.»

Sin embargo, para que sea completo é imparcial este juicio, conviene añadir, como sombra del cuadro, cuáles fueron los de- fectos de que adoleció la administración española , según el pare- cer de escritores severos y justos , cuyo testimonio ratifica los an- teriores elogios , y cuyas censuras merecen por lo tanto ser tomadas en cuenta. No hablaremos del sistema feudal , que no fué desgracia

(1) Relación al Rey D. Felipe III N. S. del nombre, sitio , planta, con- quistas, cristiandad, fertilidad, ciudades y lugares, y gobierno del Reyno de Sardeña, por el doctor Martin Carrillo, Canónigo de la Santa iglesia de La Seo de Zaragoza, Visitador Genneral y Real del dicho Eeyno en el año de 1611. Barcelona, 1612.


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especial de algún pueblo , sino calamidad casi común á todos los de Europa , y aun parece que para templarla fué parte la huma- nidad y prudencia de las leyes de Aragón. Tampoco la liberalidad pródiga con que fueron repartidos los feudos y distribuidas las tierras por los vencedores , durante los primeros años , se presta á desfavorables paralelos con las conquistas de otros reinos en igual periodo histórico.

Pero es de lamentar que andando los tiempos , después de ha- berse dado algunos pasos hacia el recto camino durante el si- glo XVI , y cuando ya reinaban en toda Europa más acertadas máximas de gobierno , se apartase de ellas el de España , y en vez de preservar cuidadosamente el dominio público , se desprendiese en el siglo XVII de las rentas del Estado con la misma prodigali- dad (1) con que antes hablan sido enajenadas las baronías y en- contradas. De dia en dia era más deplorable la situación de la Ha- cienda española, y de tal suerte se reflejaba el daño en nuestras posesiones , que habiendo sido como base de la administración en Cerdeña que se invirtieran todas las entradas en gastos locales (2), llegó el caso de que se suspendiesen todos los pagos , incluso el de sueldos á los 'empleados , para ocurrir con tan tenue recurso á las necesidades generales y apremiantes de la Monarquía (3).

Tampoco está exento de culpa el Gobierno de la casa de i^ustria durante el "periodo último de su dominación en Cerdeña, que fué ciertamente el más triste y miserable, por actos que en vez de

(1) Sirva de ejemplo la enajenación casi gratuita de uno de los productos más pingües, que eran los de las atunaras , como decia Carrillo, ó según deci- mos ahora , almadrabas , las de otras pesquerías , y en general de todos los de- rechos y emolumentos que sustentaban el tesoro público.

(2) "Toda esta renta, "habla el autor de todas las de la isla," se gasta en este mesmo Reyno en salarios, mercedes, réditos de censos que están cargados só- brela Real Caja, y en fortificaciones de los muros de las ciudades, obras de palacio, y cárcel, etc.n

M. Carrillo , Relación de Sardeña.

(3) Non era nuovo eziandio il vedere sospesi tutti i pagamenti detti straordiuarij ó di grazia per ragione di economia, od anche sospesa una por- zione delle paghe dei ministri tutti indistintamente. Tuttavia dovea parere ben strano che si recorresseatali estremi rimedj non solamente per le angustie del tesoro sardo, ma eziandio per le cose di servizio non suo. Man., tStor. da Saixlana, tom. Il,pág. 218."

Este autor es muy imparcial , no escasea elogios á la dominación española al tratar de otras materias, y cita las Cartas Reales en que se funda.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 269

acrecentar como fuera necesario, contribuyeron notablemente á disminuir la población de aquella isla. No solo hablan sido arroja- dos de ella los hebreos , sino que con arreg-lo á desatinadas máxi- mas ni aun se consintió más adelante dar abrig-o en aquellas tier- ras fértiles pero desiertas, á familias g-riegas que profesaban el culto católico , y que huyendo de la persecución de los turcos , no recibi- das en Cerdeña, fueron á fundar en Córceg-a prósperas colonias.

Pero puestas en justa balanza las ventajas que provinieron del sistema adoptado por aragoneses y catalanes tienen mayor peso, á juicio de g-entes imparciales, que los vicios y errores de una época de general decadencia ; y aun cuando en Cerdeña subsistieron con gran parte de los usos é institutos de la Edad media , ciertas doctrinas de independencia que se acomodaban dificultosamen- te (1) al espíritu y régimen que preponderaron en la monarquía austríaca, por las causas que brevemente hemos apuntado perma- necieron los sardos voluntaria y pacificamente unidos á la corona de España, dando muestras señaladas en diferentes coyunturas y guerras de su firmeza y lealtad, con enviar al tesoro sus auxilios, y al ejército español sus soldados. Llegó, sin embargo, á su último punto la postración y desorden de la monarquía, extendiéndose por todos los ámbitos de ella, en vista de tantos escándalos y flaquezas, ideas peligrosas de descontento, de insubordinación y de menos- precio. Parecía como si de aquel cuerpo descompuesto y exánime tendieran naturalmente á desasirse los apartados, y desconfor- mes miembros, y los anales del siglo XVII en España no son, en su segunda parte sobre todo , sino la historia de una deplorable serie de revueltas y convulsiones. Aun no hablan terminado las guerras que comenzaron con el levantamiento de los Países-Bajos , y ya hablan puesto la monarquía al borde de su ruina la revolución de

(1) En los escritos de autores sardos, así como en la historia de aquella isla se encuentran indicios frecuentes de este espíritu. Como muestra citare- mos las siguientes líneas:

"Y como los reinos de Aragón estuviesen alterados por las inmoderadas "donaciones que el Rey D. Alonso hizo á su hijo segundo D. Fernando en "perjuicio del mayor D. Pedro {q^le entonces avia vasallos que corregían á los "Reyes, y Reyes que se corregían) tuvieron ocasión, etc." Vid. Hist. Gen. de Sard. 5.^ parte, fol. 72, en 1639.

Esto decia en tiempo de Felipe IV D. Francisco Vico que escribió la histo- ria de aquel reino , y á quien comisionó para compilar y reducir á un cuerpo sus leyes el Gobierno español.


270 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

Portugal , y el alzamiento de Cataluña. No hablaremos de las cons- piraciones descubiertas en Andalucía y Aragón ; peto no es posible pasar en silencio la sublevación de Ñapóles ni el movimiento de Sicilia , á cuya serie sirven de complemento y remate las revueltas de Cerdeña de que no hace mención la historia de España en aquel período, por la concluyente razón de que semejante historia aun no existe. ¡ Felices los pueblos que no tienen historia! Felices en efecto como se ha dicho mil veces , cuando escasean aconteci- mientos que referir, porque escasez tan afortunada es prueba de reposo y estabilidad. ¡Desventurados y tristes, cuando lo que falta es aliento y ánimo para narrar desdichas , siendo así que conven- dría su relación para escarmiento y enseñanza de futuras genera- ciones! La que vamos á hacer de los sucesos de Cerdeña, á falta de historia que consultar, se ciñe con rigorosa exactitud á documentos originales y auténticos que cuidadosamente hemos examinado. Nos han parecido importantes porque completan el conocimiento y no- ticia de las revoluciones y trastornos que, desgarrando la monar- quía, prepararon su ruina ; y además porque contienen particulari- dades tan minuciosas, secretas é íntimas acerca de aquellos sucesos y personajes que en abreviado ofrecerían un cuadro (si pluma más hábil acertara á trazarlo), tan exacto como interesante, de las cos- tumbres públicas y privadas , y de los usos , ideas , pasiones y estra- víos de aquellos tiempos. Imposible seria, por otra parte, atinar con el carácter de semejantes sucesos, ni dar de ellos explicación satisfactoria, si dejáramos de referir con detenimiento circunstancias que forman un drama real , verídico , y no por eso menos extraño y trágico, en que fueron actores diferentes personajes de las fami- lias patricias de Cerdeña.

T.

Muy á principios del año de 1666, y pocos meses después de la muerte de Felipe IV, estaba gobernada esta monarquía por la Reina viuda Doña María Ana de Austria durante la menor edad de su hijo Carlos II , y en su nombre la Cerdeña por el Capitán general y Virey D, Manuel de los Cobos, Marqués de Camarasa, á quien el estilo establecido (I), no menos que las escaseces del erario

(1) Era costumbre se reuniesen una vez cada diez años las Cortes de Cer- deña.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 271

sardo y las necesidades g-enerales del Estado , obligaron á reunir Cortes para pedirles que votasen lo que entonces llamaban servicio, y venia á ser como una contribución extraordinaria que requería para su cobro el previo consentimiento de los pueblos.

Llegó el dia de tener el primer solio , ó de celebrar la primera sesión que fué en 8 de Enero de 1666 , y conforme á las prácticas admitidas , se procedió primero al nombramiento de los habilita- dores regios, que en unión con los designados por las Cortes, ha- bian de examinar los poderes y circunstancias de las personas admitidas á los Estamentos. Terminada esta formalidad y la de la elección de los oficios (como si hoy dijésemos de la mesa) surgió la dificultad acostumbrada en las Cortes de aquel tiempo , y á que nuestra imparcialidad nos obliga á reconocer no podia menos de ser ocasionado aquel imperfecto régimen político. Pugnaban los representantes de la autoridad regia para conseguir que en breve plazo fuese otorgado el subsidio ; y por el contrario , los Estamentos ponian particular empeño en que precediera el ajuste de ciertas diferencias, y la decisión de ciertos puntos, sobre los cuales desde muy atrás hablan mediado pretensiones y dudas en las Cortes an- teriores.

Es de advertir que antes de que se abriesen los Estamentos , que eran tres en Cerdena , eclesiástico , militar y real , creia el Virey tener motivos fundados para presumir que sin tropiezo alguno se habla de lograr en ellos su pretensión , dado que podia contar con los dos bandos en que de antiguo andaba dividida la nobleza de aquella isla, el de los Villasores (1) y el de los Castelvíes (2).

(1) De la infeudacion que sirvió luego de fundamento al marquesado de Villasor, hizo merced el Rey de Aragón hacia 1413 á Juan Civiller, caballero catalán, y después por virtud de varios casamientos y litigios pasaron aquellos estados á la casa de Alagon. Uno de los poseedores recibió de Carlos V el tí- tulo de Conde, y más adelante, su nieto el de Marqués, siendo esta una de las mercedes que según costumbre concedió Felipe II con motivo de las Cor- tes Sardas que se celebraron en 1594. En este marquesado estaban incor- poradas según los usos de Cerdeña diferentes encontradas y baronías. Véase la sétima parte de la Historia general de esta isla y reino de Sardeña, de don Francisco Vico, Barc. 1639.

(2) El Rey D. Alonso de Aragón concedió infeudacion del lugar de Laco- hy y de otros varios é importantes á uno de los caballeros que le hablan ser- vido en la conquista, llamado Juan de Lena. Pero después de acrecentar esta noble casa considerablemente sus estados, los perdió á consecuencia de haber tomado parte uno de sus poseedores en la rebelión del Marqués de Orbistan,


2'72 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

Eran cabezas principales de este último el Marqués de Cea , que habia ofrecido 130 votos, y su sobrino el de Lacony que se habia obligado á traer aun mayor número de ellos , y sumados estos con los muy numerosos que obedecian á la Marquesa de Villasor , cuya amistad era segura , y á otros nobles de igual modo adictos , ven- drían á dar un resultado casi unánime, Pero luego que hubie- ron sido propuestas algunas materias á los tres brazos , se notó que solo el eclesiástico se mostraba propicio, y que en los otros no fal- taba quien tratase de embarazar por mil medios la consecución de los deseos del Virey. Pronto se supo que no se podia contar con los Castelvíes, y como el público tratase de inquirir el motivo de tan repentinas desavenencias, empezaron á circular rumores acerca del origen de ellas.

Como es sabido , no suelen mostrarse escrupulosas ni caritativas las parcialidades políticas al explicar cada una á su manera los móviles de la conducta de sus adversarios , sin pararse en razones de conveniencia pública, atribuyendo con justicia ó sin funda- mento las resoluciones á impulsos de pasión ó interés personal. Pero siempre es aventurado , y al cabo de tan largo tiempo impo- sible formar juicio de las intenciones, y averiguar de qué manera y en qpé grados se combina el celo del bien público con la satis- facción de miras privadas. Baste decir, que como si fuera preciso para agriar el conflicto , de una y otra parte se cruzaron sospechas, hablillas y murmuraciones. Dijeron los amigos del Marqués de Camarasa (1) se habia enterado este último de cómo el de Cea ne- gociando con sus atribuciones de Procurador real de Cerdeña, (como si dijéramos administrador general de la Hacienda, y al

y de ellos hizo merced ei Rey D. Fernando en 1479 á su tío D. Enrique En- riquez que los vendió en el mismo año á dos vecinos de Valencia, llamados Perot y Luis de Castelvi. De este último , que llegó á ser poseedor único , pro- cedieron los Castelvíes , luego tan influyentes y poderosos en Cerdeña. Uno de ellos, D. Artal, fué Conde de Lacony por gracia del Rey D. Felipe II en 1559, y D. Jaime, su hermano y sucesor, primer Marqués del mismo título por merced que entre otras concedió Felipe III con ocasión de las Cortes que celebró en Cerdeña el Virey Conde de Elda. Parece excusado hacer relación de las muchas baronías y encontradas que pertenecieron á este marquesado, y de que hace prolija reseña el historiador Vico en su citada historia.

(1) "Reasunto por mayor de lo que ha pasado desde que empezaron las "Cortes en este reino de Cerdeña, etc." Se halla el original entre los citados papeles de D. C. Crespi de Valdaura,á quien fué enviada de Cerdeña esta relación de los sucesos, escrita sin duda por enemigo de los Castelvíes.


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propio tiempo de la marina y costas), concedia licencias de extraer trig-o sin pago de derechos , que era privar al erario de uno de sus más ping-ües recursos. Añadieron que no habia tardado el Virey en ponerlo en conocimiento de la corte de Madrid, de donde avisado el influyente mag-nate , mostró grandes sentimientos de que asi le hubieran faltado á la amistad, é hizo empeño de vengarse. Ana- dian en cuanto al Marqués de Lacony , que su queja era de diversa índole , pero á su entender no más leve , por no sentirse herido en su interés , sino en el amor propio , llagas muy sensibles siempre y particularmente en tiempos en que tanta importancia se daba á materias de ceremonia y cortesías. Fué el lance que habia tenido la marquesa de Lacony un hijo, y con ocasión de su alumbra- miento pretendía su marido que fuese á visitarla el Virey. Alegá- ronse en pro y contra razones y ejemplos de otros Virey es que habían hecho ú omitido semejante atención, dando por resultado que como el Marqués de Camarasa entendiera que no podía pres- tarse á ella sin desdoro de su digiiidad, el de Lacony quedó desabrido , y en unión de su tío el de Cea , resolvió atravesarse en los Estamentos para que nada lograse el Virey de cuanto deseaba. Si se ha de creer á los del opuesto partido de Villasor , esta fué la historia secreta, verdadero y primer origen de aquellas disen- siones; pero lo que es de público excusamos advertir á nuestros lectores que no se habló en los Estamentos sino del mejor servicio de S. M. y del alivio de los pueblos. Pretendían, como hemos indicado , el Virey y sus amigos que se fiíese adelante en la con- cesión del servicio. Los de la oposición, que ya la habia sin que la palabra se emplease , recelaban que el día de semejante voto habia de ser el último de las Cortes , y se empeñaban en que precediera la proposición de los greuxes ó quejas del reino , y la de las con- diciones ó súplicas , en cuyas diversas categorías se comprendía un gran número de puntos relativos á la legislación política, civil, penal y económica de Cerdeña. Era la dilación tanto mayor cuanto que una vez propuesto un greuxe, como hubiese disentimiento se obstinaban en que habia de recaer acuerdo antes de pasar á otro punto. Así sucedió por ejemplo cuando las Cortes propusieron la recusación de uno de los jueces del Consejo, llamado D. Diego Cano Bíancarellí , en papel que tacharon de poco fundado , y me- nos urbano el Virey y los Ministros con quienes este se asesoraba. Pasaron en seguida los Estamentos á exigir que se tomara resolu-

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cion acerca de otro grewxe , y era que todos los oficios de galeras se habían de dar á naturales del reino. Y cuando el Virey creyó haber eludido la dificultad con decir que según práctica incon- cusa estos puntos se hablan de resolver por los jueces de greuxes después del último solio , volvieron las Cortes á insistir en la recu- sación del Dr. Biancarelli. Con estos y otros muchos altercados que omitimos , ya era claro no se tiraba á otra cosa que á alargar la consecución del servicio , de lo que enojado el Virey señaló un plazo breve para la resolución de las materias pendientes y de otro modo amenazó con que prorogaria los Estamentos y daria cuenta á S. M. pa,ra que resolviese.

Entre tanto , se hablan apurado los medios para llegar á térmi- nos de avenencia. Vanos hablan sido los empleados, según se dijo, para que la lealtad de vasallos fieles por espacio de siglos á la co- rona de Aragón , y después á la de España , no flaquease en esta ocasión que era la primera en que los necesitaba un Rey cuya me- nor edad ofrecía mayor motivo para obligarlos. De nada sirvió que para adelantar en la prosecución de los negocios se hubiesen habi- litado dias , y dilatado los Congresos (sesiones diriamos ahora) hasta las horas más desacomodadas. Tampoco habla servido de nada la sincera ó aparente mediación del de Cea, cuya autoridad en los brazos era grande , y cuyas relaciones con el Virey aun del todo no estaban rotas. Proponían los contrarios nuevos puntos , suscitaban todos los dias nuevos embarazos, y asi cada vez parecía más leja- no el de la consecución del fin deseado.

Convocados por el Virey los Consejos , acordaron , « que tan des- »usadas diligencias significaban la poca voluntad de los Estamentos »de entregar los papeles del servicio , y que así se debía prorogar »el Parlamento y dar cuenta á S. M. para que mandase lo que se »habia de obrar.» Hízolo en esta conformidad el Virey, y queriendo hacer demostración de su desagrado , desterró de la capital del reino al abogado Huíza, por cuya mano corrían los papeles, y á quien se culpaba no menos de la detención de los del servicio, que de la poca decencia que se notó en el relativo á la recusación del juez Bian- careli.

Así que tuvieron de su prorogacion noticia las Cortes , enviaron estas á Madrid como sindico al Marqués de Lacony, encargado de agenciar la concesión de las súplicas y aprobación de las condicio- nes bajo las cuales estaban los Estamentos conformes en votar el


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servicio luego que volvieran á reunirse. Estos puntos eran nume- rosísimos : referíanse los unos al régimen económico , como era el pedir que no hubiese asientos ni estancos que embarazasen el libre comercio : y el de que se labrase nueva moneda de molinillo para recoger la que corría viciada y mala , siendo el costo de la refun- dición por mitad de cuenta del Real Erario y por la otra mitad de aquel reino. Algunos hacían relación á la jurisdicción de vasallos, en favor de la cual parecían mostrarse tan solícitos los Estamentos, como poco en el de la real ordinaria. Otros tendían á simplificar ó variar los trámites de la justicia y de los pleitos. Entre ellos, los que tenían por objeto el establecimiento de ciertas garantías civiles ó políticas, si se nos permite usar de términos entonces desconoci- dos , son los que más llaman la atención , así por el modo en que se proponían , como por la manera como sorteó después en Madrid el Consejo las resoluciones. Merecen llamar principalmente la aten- ción algunas de estas pretensiones por su analog-la con ciertos fue- ros de Aragón , con el Jiabeas corpus de Inglaterra , y con ciertas garantías modernas. Era la primera que los Vireyes y demás Mi- nistros no pudieran mandar comparecer á persona alguna de cual- quier calidad que fuese , con pretexto de delito , sin preceder reso- lución de la Audiencia, en conformidad de las leyes de aquel reino, y al que fuera llamado con estas circunstancias , dentro de ocho días se le habla de hacer la causa, publicándose los cargos que resultaran , y pasado el término sin haberse hecho esta publica- ción, se entendiese que le daban por libre y absuelto. Esto se pedia como condición. Entre las súplicas se contenía la de una especie de declaración muy semejante á lo que llamamos ahora inviolabi- lidad de los Diputados , á saber : que ninguna persona de cuantas tenían voto en Cortes pudieran ser desterradas , penadas , ni priva- das de sus oficios por lo que hubiesen votado ó confabulado en las Cortes para que asi tuviesen sus votos libres , cuya seguridad habla de durar aun después de cerrados los Estamentos y ser extensiva en cierta manera á los jurados de las ciudades en lo relativo al ejercicio de sus funciones.


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n.

Prorogados , pues , los Estamentos , j sometida la resolución de las materias pendientes al Gobierno Supremo , salió para España D. Agustin de Castelvi , Marqués de Lacony, en calidad de Síndi- co , con la mira de diligenciar que fuesen favorablemente acogi- das las expresadas condiciones que proponía el reino de Cerdeña; y luego que llegó á Madrid , puso en conocimiento de la Reina cual era el objeto de su viaje , procurando ante todo salir á la de- fensa de su proceder y el de sus amigos , respondiendo con otros cargos á los que suponía no liabria omitido el Virey en sus des- pachos secretos.

Mandó la Reina el pliego (1), que contenia las referidas, y otras muchas peticiones, al Conáejo de xlragon para que consultase ; y este , después de haberlo examinado prolijamente punto por punto, expuso acerca de cada uno de ellos su dictamen. La primera dificultad era la que^ provenia de una cuestión previa , y por de- cirlo asi , fundamental. Estimábanse con derecho las Cortes de Cerdeña á otorgar el servicio condicionalmente , es decir para el caso en que accediera el Gobierno á ciertas pretensiones suyas , y no de otra suerte. El Consejo de Aragón y la Junta de Gobierno juzgaban por el contrario , que los Estamentos podian proponer su dictamen acerca de cualquier materia de legislación , ó de estado en forma de petición , súplica ó capítulo de corte ; mas que no les era permitido imponer la ley al Soberano votando el impuesto con tales cortapisas. Se les concedía la facultad de establecer con- diciones , pero eran solo las que se llamaban intrínsecas ó inhe- rentes al servicio , esto es , las referentes á la forma de su cobran- za y de su inversión; Como los lectores habrán conocido, mediaba entre unos y otros nada menos sino la distancia que separa á las monarquías absolutas de los gobiernos mistos , que llamamos aho- ra constitucionales , porque si había de ser el previo consentimien- to de las Cortes indispensable para la cobranza de los subsidios , y si al dar su voto podian exigir las alteraciones que desearan en las leyes , administración y gobierno del Estado , claro es que entra-

(1) Entre los citados papeles se encuentra este pliego , y al pié de cada condición ó súplica se expresa el informe del Virey de Cerdeña y el parecer ¿el Consejo.


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ban á participar en el ejercicio de la soberania. Ignorábanse por aquel tiempo las teorías , ó al menos no se paraba la atención en ellas ; pero en las materias de aplicación no dejaban por eso de surgir graves conflictos , como se ve que aconteció en Cerdeña.

Después de ventilar en principio la extensión de las facultades de las Cortes , se pasó al examen de sus peticiones. Respecto á al- gunas, no veia el Consejo inconveniente en que se accediese á ellas; no asi en cuanto á otras. Asi , por ejemplo, en cuanto á las forma- lidades que se exigian para que pudiese ser llamado por los Minis- tros y preso cualquier sardo : el Virey informaba que , en lo tocante á delitos comunes, «se debia estar á lo dispuesto en las Pragmáticas »y capítulos de Cortes ; pero que no se debia entender en lo políti- »co y económico. » Los del Consejo proponian con palabras anfibo- lógicas se encargase al Virey « que obrara con justificación y con- »forme á derecho corresponde á este modo de proceder.» En térmi- nos muy parecidos eludían la materia de la inviolabilidad de los Diputados. «Al Consejo parece» decía la consulta «que V. M. no »quita la libertad , ni el votar con ella , y que se ordene de guar- »dar los fueros y lo que de derecho se deba guardar. » De esta manera evacuó su dictamen el Consejo de Aragón , unas veces apoyando, refutando otras, ó procurando evadir las dificultades cuando la delicada é insólita naturaleza de las cuestiones en su concepto lo requería.

Dispuso la Reina , en vista de esta consulta y de las peticiones de los sardos , que el representante de estos últimos , Marqués de Lacony , conferenciase con el Vicecanciller de Aragón (1), Ministro á cuyo cargo corría el gobierno de los reinos correspondientes á aquella corona. Tuvieron lugar estas conversaciones, pero sin poder llegar á ningún acuerdo, lo que, en honor de la verdad, habría sido harto difícil, partiendo cada cual de principios totalmente opuestos. Para el Vicecanciller era artículo de fe la ilimitada so- beranía del Rey de España : el Marqués , sin entender de teorías, ni hacer cuestión de palabras , á nada menos aspiraba que á dejar reducida á términos muy estrechos la autoridad de los Vireyes es- pañoles. Pasó el negocio á la Junta Suprema de Gobierno, que en su testamento dejó establecida Felipe IV, y se volvió á resolver que conferenciase de nuevo el Vicecanciller Crespl de Valdaura con el

(1) D. Cristóbal Crespi de Valdaura, cuyos papeles han servido para for- mar esta breve historia,


278 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

síndico de las Cortes sardas. Pero este último, además de insistir en las condicionas intrínsecas (1) del servicio, cuya validez estaba reconocida , propuso otras cuatro de las cuales declaró que no po- día ceder de modo alguno , y que eran requisito indispensable para que diesen aquellos Estamentos el voto que se les pedia.

De las condiciones no intrínsecas , en las cuales ponía particular insistencia el Marqués de Lácony , eran las principales dos si- guientes :

«La confirmación general de los privilegios concedidos al reino, » villas y ciudades usados ó no usados. Y que saliendo las tres pri- »meras voces de los Estamentos (esto es, el Arzobispo de Caller, un »título y un jurado ) á representar al Virey alguna contravención, »se suspendiera el llevar á cabo lo acordado , hasta que se diese »cuenta á S. M. y volviera la resolución.» Con mucha repugnan- cia convenia el Ministro español en que se concediera el derecho de representar, asunto en su concepto muy ocasionado á ruidos; pero resueltamente se oponía á que se hubiera de suspender la eje- cución de las resoluciones. Por lo demás, se reputaba imposible el conceder sin examen la renovación de privilegios que habían caído en desuso.

« Que se concediesen exclusivamente á los naturales de aquel »reino todos los oficios, así civiles como eclesiásticos.» El Consejo y el Vicecanciller se resistían á que se fuera en este punto aun más lejos que en las Cortes anteriores. Se concedía, sin embargo á los naturales la alternativa en los obispados, la mitad de las plazas civiles y los gobiernos de los dos cabos de Caller y Sacer (2).

(1) Las condiciones llamadas intrínsecas eran las siguientes: 1.*^ "Que se confirmara el real del billete del labrador ," que era cierta exención de los de- rechos establecidos sobre la exportación de trigos en beneficio de la clase agri- cultora. El Vicecanciller proponía que el importe de esta exención se fuese depositando en una caja y que se aplicase al Erario por cuenta del donativo. 2.^ Que el fisco perdonase todas las deudas, y cantidades pendientes de pago á los contribuyentes de la isla. Proponía el Vicecanciller que concediera lo que en las demás Cortes; es decir, en vez de una condonación absoluta, una sus- pensión en el pago mientras durase el servicio. 3.^ Que se gastaran 10.000 es- cudos del servicio en fortificaciones de la isla. En ello convenia el Vicecanci- ller. 4.^^ Que no se diera refacción á los eclesiásticos. Es decir, que no se les rebajase cantidad alguna del servicio con recargo de las otras clases. El Vice- canciller proponía un término medio.

(2) El que precede es un breve extracto , pero que he procurado hacer con exactitud. Las otras dos exigencias eran de menor importancia.


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Fácil es comprender la gravedad y trascendencia de estas recla- maciones, que parecian desmedidas en Madrid á los Ministros y Consejos. Si por un lado, decian , las Cortes sardas han de dictar su voluntad en materias administrativas y políticas ; si por otra parte , todos los oficios de la isla , sin excluir el de general de las galeras, que era sobre el que principalmente se disputaba, han de ser exclusivamente desempeñados por los naturales de la isla ; si de un golpe se han de renovar todos los privilegios concedidos en el espacio de cuatro siglos , rehabilitando los que han caido en des- uso por la fuerza de las circunstancias y de los tiempos: y si á las primeras voces de los estamentos les ha de ser licito interponer un veto suspensivo que embarazará el ejercicio de la autoridad del Vi- rey, tal vez en los momentos de mayor urgencia y peligro, ¿á que queda reducida la dependencia de aquel reino y la soberanía de los Monarcas españoles?

Hicieron presentes estas y otras muchas razones al enviado de las Cortes de Cerdeña. Mucho se ponderó la importancia de los privilegios de que estaban en posesión los sardos , entre ellos el que gozaban los caballeros de ser juzgados por una especie de ju- rado compuesto de siete Pares ó iguales suyos, con el Regente de la Audiencia y un ministro. En cuanto al servicio, se probó con buenos datos que no vendría á España suma alguna , sino que toda se habia de gastar en la isla. De los 70.000 escudos que se pedian, los 10.000 se hablan de invertir en fortificaciones de ciudades y pueblos ; el resto aun no bastaba , y era necesario suplir no poco de la real Hacienda para la manutención y reparo de las galeras de la isla , cuyos oficios estaban provistos en naturales , sin que hubiese apenas más limitación que la del generalato. Pero nin- guna de estas razones ni otras muchas igualmente alegadas, "

"Que se extinguiese la sala criminal de la Audiencia. " Pero su creación ha- bia sido solicitada por el mismo reino , con tanto motivo como que antes de que se acordase estaban llenas de presos las cárceles, y eran foco peligroso de pestilencias. Para que no se repitieran estos daños, opinaban el Vicecanciller y el Consejo no se hiciese novedad. La extinción de la sala común que habria dejado desarmada la jurisdicción Eeal, solo podia convenir á la de los varo- nes, á cuyo exclusivo beneficio se miraba, según opinión del Consejo, en al- gunas de estas pretensiones.

La cuarta solicitud era relativa á la exención de derechos concedida á aque- llos pueblos. El Consejo se limitaba á decir que "habia de ser sin menoscabo de las rentas reales."


280 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

fueron bastantes á mover el ánimo del Marqués de Lacony , fuera por mala voluntad , fuera por limitación de sus poderes , y así es que permaneció inflexible en exigir la concesión de los puntos propuestos , asegurando que de otra suerte no vendrían las Cortes en votar el donativo que se les pedia. Sin duda el espectáculo que tenia ante sus ojos del completo desquiciamiento de la Monar- quía, afirmaba al Marqués en doctrinas de índole opuesta á las que imperaban en Madrid, y le animaba á persistir en sus preten- siones.

Con el enojo que le resultó de la mala terminación de estas con- ferencias , elevó consulta á la Reina el Vicecanciller , proponien- do que de ninguna suerte se accediese á lo que solicitaban los Es- tamentos. Aun se mostró más rig-oroso que el Consejo dentro del cual había diligenciado algunas concesiones D. Jorge Castelví uno de sus Ministros , miembro de la noble familia sarda de este nom- bre , hermano del Marqués de Cea y primo del de Lacony. No qui- siera el Vicecanciller que tales concesiones se otorgasen, antes bien , que se confirmase por otros tres años en el vireinato al Mar- qués da Camarasa , como medio de robustecer su autoridad , y que se le diese orden de proseguir las Cortes prorogándolas cuando conviniese y con facultad de disolverlas si fuese preciso. En corro- boración de este dictamen , aducía cuál era la índole de los natu- rales de Cerdeña : « no se reducen estos , decía la consulta ni se han de gobernar por blandura, sino que se necesitan para ellos demos- traciones de rigor. » Y luego citaba en abono de esta opinión la de Santo Tomás en el tratado que escribió del Gobierno del Principe, donde dijo : «¦ que algunas naciones le han de tener casi como ti- »ránico , esto es , fuerte y vigoroso , porque la malicia de la gente »no se puede domar de otra manera, como sucede, añade el santo,

»en la¡s islas de Córcega y Cerdeña » Y pasando luego á tratar

de la persona del Marqués de Lacony , no le hallaba el Vicecan- ciller exento del defecto de los de su nación; antes bien de los más recios de carácter , y de los que mayores embarazos habían puesto al buen éxito de las Cortes , siendo la causa de todo el haber for- mado queja contra el Marqués de Camarasa porque no visitó á su mujer, de suerte que para que nada se concluyera se había gran- jeado votos á fin de tener mano en los Estamentos y suscitar emba- razos, con lo que dejaba ver le gobernaba el afecto y no el celo. En otro lugar añadía que el mismo Marqués de Lacony había tenido


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inquieto con bandos el reino de Cerdeua durante muchos años , y que en el de 1664 había ido á desafiar á su deudo el Marqués de Cea (1) delante del Santísimo Sacramento, y allí mismo le habia herido , delito doblemente enorme por lo sagrado del lugar y por ser el agraviado ministro muy superior de S. M. Por todos estos y otros motivos , opinaba el Vicecanciller que se le debía dar orden de permanecer en la corte sin consentirle volver á Cerdeña, hasta que estuvieran cerradas las Cortes.

De este dictamen gran parte fiíé puesto en ejecución , si bien al Marqués de Lacony se permitió por desgrac^ que volviera á Ca- 11er. Escribió la Reina una carta á los Estamentos, dándoles noticia de la resolución (2). Al propio tiempo se acordó enviar al Virey noticia de lo tratado con el síndico de los Estamentos, así como ins- trucciones de como habia de proceder en las Cortes. Mandósele que las reuniera de nuevo, que procurase reducirlas á razón, y para ello pusiera mejor orden del que se habia observado en la proposición

(1) El Marqués de Cea procurador Real en Cerdeña, el mismo á quien ya hemos visto figurar en las Cortes de aqueUa isla, y que volverá aun á hacer papel muy importante en el curso de estos sucesos.

(2) La carta decia así: "El Marqués de Lacony vuestro Síndico, dio la "carta que me escribisteis en su creencia, y juntamente todos los papeles de las "condiciones y súplicas con que ese reino me ofrece el servicio de los 70.000 "ducados cada año, y tiempo de diez. Y habiéndole oido todo lo que ha teni- "do que representarme, y mirado yo la materia con el amor y estimación de "tan buenos vasallos, hice que el Vicecanciller D. Cristóbal Crespi de Val- "daura confiriese estos negocios con él, hablándole dos veces en mi Real nom- "bre como lo ejecutó ; habiendo reducido á cuatro puntos la pretensión del "reino sin haber sido posible desistir de ellos sin embargo de las razones que "se le propusieron , me ha parecido encargar al Marqués de Camarasa mi lu- "gar-teniente y Capitán general de ese reino, y Presidente de las Cortes, trate "de la conclusión de ellas, poniéndose en primer lugar los capítulos delibera- "dos en la forma conveniente que deben tener, y presentándolos al Marqués "para que los decrete como se ha acostumbrado, ajustando los decretos á la "forma que le he mandado dar para que después aquí se dé por el Vicecanci- "11er la última resolución mia. Espero de tan leales y buenos vasallos como "los de que se componen esos Estamentos, que á imitación de vuestros ante- " pasados mostrareis vuestra firmeza en la continuación de los servicios, pues "todos los hicieron sin las novedades que se han querido proponer, y todo el "servicio en sustancia se reduce al beiieficio del reino y de sus naturales, que "es lo que más deseo: De que yo me daré por tan obligada como lo experi- "mentareis en todas las que se ofrecieren de vuestra mayor conveniencia, y "os lo significará en mi nombre el Marqués de Camarasa, á quien daréis en "todo entera fe y creencia. "


282 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

de las súplicas y de los capítulos. Se le informó de los puntos en que podría ceder, á fin de conseg-uir la votación del servicio, y de las materias en que no liabia lugar á concesiones con arreglo al parecer del Consejo de Aragón. Diósele orden de ir prorogando los Estamentos por breves plazos, hasta que obtenido el fin deseado se pudiere celebrar el último solio. Para el caso de que en ellos fueran tal la contradicción y tan grandes las dificultades que hicie- sen forzoso renunciar al logro del servicio , se le ordenaba por úl- timo que los disolviese dando cuenta de quiénes eran los que se habían señalado en ^ servicio del Rey, para recompensarlos con las oportunas mercedes.

Puso de su parte cuanto pudo el Marqués de Camarasa para conseguir lo que se deseaba : empleó todos los recursos de la per- suasión á fin de que desistiesen de su empeño los Estamentos , y concedieran el servicio sin proponer condiciones : pero á pesar del auxilio que le prestaron la familia de Villasor y otras de igual modo adictas á su persona y al gobierno , hubo de estrellarse su celo en la obstinada resolución de los dos Estamentos militar y Real, donde llevando la voz los Castelvies, cada dia se suscitaban nuevas dilaciones y ocurrían mayores obstáculos : hasta que con- vencido el Virey de que sin condiciones que no estaba en su mano otorgar no le habia de ser posible obtener la votación del donati- vo , cerró las Cortes, cumpliendo con lo que se le habia ordenado.


III.

Parece excusado formar ahora juicio acerca de estos conflic- tos, en medio de los cuales era la avenencia tanto más ardua, como que por un lado en Cerdeña continuaban floreciendo las anti- guas doctrinas del tiempo de los Reyes de Aragón , y por otro en Madrid hablan ido creciendo al par de la flaqueza del Gobierno , que rayaban en ignominiosa nulidad , las doctrinas más exageradas de Monarquía absoluta. ¿Llevaban por única mira el bien público las reclamaciones de los sardos? ¿Tendían más bien á satisfacer el amor propio ofendido de algunos patricios? ¿Era el interés general la máscara con que se encubría el resentimiento de aquellos bandos aristocráticos? Sea de ello como quiera, es lo cierto que el pueblo de Cerdeña habia llegado á hacer propia la demanda , á mirar con


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odio á los que juzgaba sus opresores , con entusiasmo á los que tenia por amigos , y entre estos últimos con predilección especial al Mar- qués de Lacony, cuya resistencia obstinada á la concesión del do- nativo, asi como su viaje á Madrid, le habian granjeado con la reputación de celoso patricio , el dictado de padre de los pobres , y que babia sido recibido á su vuelta con populares aclamaciones Unianse á esto las circunstancias del Marqués , miembro de la fa- milia de los Castelvies , una de las más ilustres familias de aquella isla , y poseedor de cuantiosos bienes , además de los de su casa , en razón á su casamiento con Dona Francisca Zatrillas , Marquesa de Siete-Iglesias (1), que va é ser personaje muy principal en esta re- lación , y que le habia llevado en dote títulos , señoríos , rentas, vasallos , vastas propiedades , y alianzas con otras de las principa- les ramas de la nobleza sarda. Pasaba el Marqués por persona de condición recia y de carácter arrebatado y estravagante , pero de intención sana , de principios rígidos , y sus servicios populares ha- bian hecho olvidar sus defectos (2).

Fácil es , pues , de comprender cuál seria la consternación del pueblo de Caller (Cagdiari) capital del reino, cuando corrió una mañana la noticia de que el Marqués de Lacony, patrocinador de los intereses de todos, y padre del pueblo, habia sido asesinado.

(1) La infetidacion de Ovillar y la encontrada de Monteferro pertenecieron antes de la conquista á los Marqfueses de Malespina , y luego á los Keyes de Aragón, hasta que uno de ellos los cedió á Guillen de Montañans, de quien los compró Ramón Cetrillas en 1421 por 6.000 florines de oro. Adquirió más adelante por otros 1.350 florines el mismo Cetrillas otros Estados á que cor- respondían las villas de Siete-Fuentes , San Lisurgio, etc. De este Ramón Cetrillas fueron descendientes D. Ángel , primer Conde de CuUar, en 1594, con motivo de mercedes á que dieron, como siempre, ocasión las Cortes de aquel reino, D. Juan Bautista, primer Marqués de Siete-Fuentes, y la Doña Francisca Cetrillas, que habia heredado ambos títulos, y que por su casa- miento llevó además el de Marquesa de Lacony

Véase Vic. , Hist. gen. de Sard. , parte 7.*

Nótese que Vico escribe siempre Cetrillas. La Marquesa de Siete-Fuentes firmaba así : Doña Francisca (^atrillas. Otras veces escribían los de la isla Zatrillas.

(2) A este D. Agustín de Castelví, Marqués de Lacony, Vizconde de San- luri , habia dado el Rey la futura del cargo de Procurador Real de Cerdeña, que entonces desempeñaba su tío el Marqués de Cea , en consideración á los méritos de este y para que D. Agustín se casase con Doña Francisca Zatrillas, Marquesa de Siete-Fuentes. Era cargo muy importante, y prueba cuan favo- recida por el Gobieruo de España estaba aquella dama.


284 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

No mentía en esta ocasión la voz pública: el cadáver del Marqués y el de un criado suyo hablan sido bailados la noche antes (21 de Junio 1668) á corta distancia de su morada, á poca también del palacio del Virey, y á la misma puerta de la casa del Regente de la Audiencia D. José Niño, uno de los amigos más declarados de los de Villasor, y de los más celosos sostenedores de la autoridad española. Al volver de retirada los hablan muerto á trabucazos unos hombres apostados al intento, y se hablan huido dejándolos baña- dos en su propia sangre. Quiénes eran estos ni nadie los vio, ni nadie puede decirlo con certeza; pero pronto se difundió la voz de que el amparador del bien general no podia haber muerto sino á manos de los enemigos del pueblo. Los que más resentidos y furio- sos se mostraron fueron como era natural los parientes de la víc- tima, y los nobles de su bando. Reuniéronse al día siguiente de la catástrofe , en la misma casa de Lacony los principales de ellos que eran D. Salvador Aimerighi (1), Conde de Víllamar, su hermano D. Silvestre, de quien tantas veces hemos de hablar en esta historia, el Conde de Montalvo y los Marqueses de Alvís y de Monteleon, haciendo cabeza de todos el Marqués de Cea. Impulsados por la ira, cada uno de ellos proponía el remedio que estimaba más ade- cuado para la venganza: los unos aconsejaban que se diese muerte al Príncipe de Pomblin, hijo de la Marquesa de Villasor, á cuya fa- milia atribuían el asesinato: los otros que convenia recayese el cas- tigo sobre el instrumento del crimen, que no era otro sino D. An- tonio de Molina de quien decían haberlo ejecutado por orden expresa de la Marquesa de Camarasa. Opinaban los más resueltos que no era lícito pararse á la mitad del camino sin llegar hasta el fin de él y descargar el golpe de la justicia en la persona del mismo Virey, á quien declaraban principal culpable. No querían otros más crue- les que se perdonase ni al Marqués de Camarasa ni á la Marquesa, ni á sus hijos. Discurrieron que fuese el entierro de noche para que se aumentase con el horror de las tinieblas la impresión de la fú- nebre ceremonia; pero prevaleció el dictamen contrarío del Arzo- bispo de Caller que envió á decir no convenia sino que saliese el cadáver de dia y descubierto para que con la vista de las heridas se conmoviese la muchedumbre. Y mientras tanto que sobre estas materias discurrían en los salones de un palacio aquellos nobles

(1) Aymerighi, ó Aimerich ; de ambas maneras se encuentra escrito en los citados documentos este apellido de los Condes de Villamar.


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congregados , llenaba el zaguán y las escaleras gran concurso de gente que de los arrabales , de los pueblos vecinos y del campo ha- bían acudido con armas á la noticia de tan inesperada desgracia, y se ofrecían á asistir para el desagravio (1).

Al fin en nada se convino, ó más bien se adoptó el dictamen de los prudentes que optaban por dilatar el castigo hasta que mayores pruebas se descubriesen de quiénes eran los delincuentes, y asi fué que el pueblo asistió al entierro consternado pero tranquilo . A no- ticia del Virey llegó el rumor que le culpaba, pero no lo que se ha- bla tratado en las juntas de nobles. Supo que se hallaba en peligro, y lo escribió (2) á Madrid con protestas de su inocencia, y súplicas de que se le relevase de un cargo donde ya no eran útiles sus ser- vicios, una vez concitada contra su persona la injusta pero gene- ral animadversión de tan gran parte de la nobleza y del pueblo. Se enteró de que habia venido llamada á Caller una turba de gente desalmada de todos los cabos del reino; pero se limitó á ponerlo en noticia de los Consejos, donde no se adoptaron sino flojas é incom- pletas medidas , con las cuales creyó el Marqués de Camarasa bas- taría para alejar á los forasteros sospechosos , y conjurar un peli- gro, que no habia hecho sino crecer en el trascurso de aquellos dias.

(1) Estas noticias están casi literalmente tomadas délas declaraciones que dieron en el proceso varios testigos y principalmente D. Baltasar de Xarte, Gaspar Donato, criado de Brondo, D. Antiogo de Sena criado antiguo y con- fidente del Marqués de Cea, y Juan Seque Toddi, ayudante de secretario del mismo.

(2) En el mismo dia 21 de JuHo, en que ocurrió el tristo suceso que luego hemos de referir, el Marqués de Camarasa envió al Vicecanciller de Aragón una carta en que después de relatar las últimas ocurrencias, proseguia así aludiendo á las iniquidades de sus enemigos : "si hubieran tenido cabeza que los animara se hubiese experimentado en alguna inquietud de la gente común (que ya por supuesto está más sosegada). Pero sino es que quiere nuestro Se- ñor que yo padezca mortificaciones tan sensibles en descuento de mis pecados, no acabo de entender de qué se origina este odio contra mí, cuando he procu- rado obrar todo lo posible en beneficio del reino, como lo certifican los efec- tos mismos y que no reconozco en mí otra culpa que la de haberlos sobrelle- vado más de lo que^ hiciera otro Virey, que sin duda debe de ser muy grave error en este pais, y sepa V. E. que pasa lo referido á que con haber exami- nado dicho juez varias veces á la Marquesa viuda y al Marqués de Cea, y á otros de la parentela encareciendo mi deseo de que se averigüe, le responden que no saben nada, y sin embargo, debiendo todos ellos en acabándose el no- venario venir á verme y corresponder á mis recados de pésame, han faltado


286 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

No estaba en efecto la g-erite común tan sosegada , ni menos tan lejano el peligro como el Virey habia supuesto. No babia omitido la familia de los Castelvies demostración alguna para dar á enten- der que recaían sobre la de Camarasa sus sospechas , si por sim- ples sospechas pueden pasar las que sirven de fundamento á tales actos. Eequerida por el Consejo la Marquesa viuda de Lacony á que si tenia alguna prueba ó indicio lo manifestase , con terrible reticencia habia respondido : que nada salla y que no era agora tiempo. Tampoco hablan desaprovechado los ofendidos las aparien- cias que resultaban de haber sido muerto el de Lacony en los soportales de la casa del Regente de la Audiencia, D. Jusepe Niño, estrecho amigo del Virey y de los de Villasor. Las acusaciones de la voz pública se hablan ido fijando en las personas de D. Gaspar Niiio, sobrino del Regente y del Fiscal D. Antonio de Molina, y con la noticia de que disponían ambos su viaje para España sin que el Virey lo impidiese á pesar de las voces que corrían , antes bien facilitándoles embarcación (que fué por cierto inocente pero grave imprudencia ) , fueron cobrando mayor verosimilitud y con- sistencia aquellos rumores hasta el punto de que ya se diese por cierto que ambos eran quienes hablan hecho la muerte, y que quien habia puesto en su mano las armas homicidas no era otra sino la misma Doña Isabel de Portocarrero , Marquesa de Cama- rasa. Todo esto de tal suerte se afirmaba, que en un punto de la

aun á esta atención tan debida, de forma que aun cuando supieran claramente que habia cooperado yo á la maldad no podían hacer mayor demostración: y de quien lo siento más es del de Cea: porque con vivir en frente de palacio lo hace con tal demasía, que se ha pasado de venir á verme y aun de acudir á su oficio, olvidando del todo sus obligaciones y las de Ministro tan beneficiado de S. M. ; y en fin, está esto de manera que á haber embarcación hubiera yo resuelto enviar á la Marquesa con sus hijos, y quedarme yo á que caigan en mí los golpes de la fortuna. Y no estoy lejos de ejecutarlo, y de esto podrá V. E. inferir lo que deseo la venida de mi sucesor y poder irme , pues conforme lo experimentado tengo por cierto que no reparan en su despeño mismo á trueque de que suceda en tiempo mió, con que es ya de congruencia muy esencial qui- tarles este motivo sacándome de aquí, y hasta convendrá traiga el sucesor las órdenes necesarias así para averiguar este delito, como para efectuar las de- mostraciones convenientes de desviar del Gobierno los títulos, y otros que asisten á esta parciahdad y mortificarlos, porque con la peste de las Cortes, cuya asistencia les ha infundido de obrar con libertad, y desvanecerse, están de forma que es menester volverlos á lo que eran, y de que sepan cómo se venera en esos reinos y en los demás de S. M. la autoridad Real que parece ignoran. "


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isla á donde debia aportar la nave que conducía al Fiscal y al so- brino del Regente , estuvieron muy amenazados de caer en manos del Marqués de Sedilo , deudo de los Castelvies que habia acudido con gente armada á apoderarse de sus personas. Mientras tanto, en vez de alejarse los forasteros, era cada dia mayor en la capital la afluencia de los que acudían á la demanda de la familia del ampa- rador del reino y de los pobres , y esta se apercibía para la ven- ganza , ayudada de otros nobles que habían llevado á Caller como unos 1.000 ó 1.500 hombres de los más facinerosos de los diferentes cabos de la isla.

Muy lejos estaba el Virey de ver tan encima el pelig-ro que consideraba, sino del todo desvanecido, por lo menos remoto, se- gún se desprende del contexto de la carta de que hemos copiado algunas cláusulas. Asi es que en el mismo dia en que la escribió (21 de Julio de 1668), salió á sus devociones en coche con su mu- jer y sus hijos , y cuando volvía del convento de Nuestra Señora del Carmen y de la fiesta que se celebraba en su octava , al atra- vesar la calle de Caballeros por delante de la casa de D. Antonio Brondo, los que estaban apostados detrás de la reja de madera de una ventana baja, le dispararon unas carabinas, de cuyas balas recibiendo diez y nueve heridas quedó en el acto muerto , siendo caso extraño y dichoso que ninguna de ellas hiriese ni á la Mar- quesa ni á sus hijos (1).

EraD. Manuel de los Cobos, Marqués de Camarasa, personaje muy estimado del Gobierno de Madrid, no solo por gozar de la reputación de limpio de manos, sino porque contra la costumbre de los Víreyes , solía mostrarse obediente á las órdenes superiores que recibía , y deferir al parecer de los Ministros y Consejos. Útil tal vez en tiempos pacíficos, no servia para manejar las asambleas populares , que él calificaba de pesie , conformándose con las ideas que en Madrid reinaban , y estaba .además desprovisto de la ente- reza y de otras prendas de carácter que han menester las autori- dades en tiempos de disturbios. Los que hayan leido la historia de las revueltas de Cataluña en 1640, de las de Sicilia y de Ñapóles ocho años después, y algunos siglos más tarde las de nuestras Américas , se habrán encontrado en todas ellas con personajes muy

(1) Así resulta de varias noticias contenidas en los citados papeles, aun-» que en el que lleva el título de Reasuntos por mayor, se dice que una bala hirió á la Marquesa de Camarasa.


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parecidos al desgraciado D. Manuel de los Cobos, Virey de Cer- deña , excelente caballero , muy cristiano en sus sentimientos , pero falto de la indispensable malicia; muy hidalgo en sus procederes, pero de muy cortos alcances.

Al llegar á Madrid aviso de esta desgraciada ocurrencia , que fué con tan poca brevedad como el estado de las comunicaciones lo consentía , hubo harto que hablar acerca de ella : « Escandalizó »mucho esta nueva, dice un papel de aquel tiempo (1) , en la »nuestra y en aquella corte , porque fué de sumo sentimiento res- »pecto de ser (el Marqués de Camarasa) famoso caballero y bien »quisto en ella. Pero templóse con haberse sabido que el Marqués »ó los de su casa habian ocasionado otra muerte , que á la puerta »de su palacio se habia hecho poco antes de un titulo de aquel »reÍQO , cabeza de un bando , y que el Marqués favorecía á los de »la parte contraría.» No tardaron, sin embargo, en llegar á aquel desconcertado centro del Gobierno, nuevas y muy diferentes versio- nes , como luego explicaremos.

Los amigos y deudos de los Castelvies , que habian dado muerte al Virey desde las ventanas de la casa de D. Antonio Brondo , sa- lieron de ella una vez cumplido su intento. Los unos con D. Sil- vestre Aimerighi , y D. Gavino Grixoni se fueron á la de la viuda de Lacony; los otros, que eran un D. Francisco Cao, hijo del Juez del mismo nombre ; D. Francisco Portugués , y el Marqués de Vi- llasidro se retiraron á la de este último , donde se reunieron con el Marqués de Cea, á quien dieron cuenta del suceso. «Ya es tiem- po , » dijo este último , cuya edad le hacia algo más prevenido y sensato , « ya es tiempo de pasar á otra cosa , » dando á entender que lo era de resguardar las personas. Pero ya se habian puesto en movimiento los criados y amigos del difunto que se acercaban á aquella parte con ademanes hostiles : hicieron entonces los Cas- telvies una descarga , de que cayeron muertos un paje del Virey y un esclavo del Gobernador del fuerte de Castel-Rodrigo. Con esto se salieron de aquella casa por una puerta trasera , y con los cria- dos de Cea y otras gentes armadas , se retiraron al convento de

(1) Relación de las grandes y ruidosas controversias acaecidas en la menor edad del Sr. D. Carlos II, etc. En esta relación, que publicó Valladares en el tomo IV de svl Semanario, se dio también noticia de la sentencia de que luego hablaremos. Es 'o único que acerca de tan extraños sucesos hemos hallado en libros españoles de aquella época.


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San Francisco de Estampace , situado á un extremo de la ciudad, donde fueron á reunírseles otros partidarios suyos , que en la duda del camino que habia de tomar el coche del Virey, hablan ido á esperarle hacia otros parajes. Una vez llegados al convento, se prepararon para la defensa con mosquetones de munición y pedre- ros que colocaron á la puerta.

Hasta aquí no parece que hubo intento de sublevarse contra la autoridad de la Metrópoli , sino solo de tomar satisfacción de un agravio privado , valiéndose para ello de medios que pasaban por corrientes , asi entre los sardos como entre los corsos , gentes que profesan la religión de la venganza, y cuya condición, al parecer, tenia bien conocida el santo autor del tratado De regimine Prin- cipis. Pero era más que resbaladizo el camino en que se hablan em- peñado al asesinar á un vicario del Soberano, y asi es que los más cautos comenzaban á recelar que estaban al borde de un precipicio. Inquirióse el parecer de teólogos casuistas , y no parece que esca- seaban por aquel tiempo , en el arsenal de las opiniones probables, excusas para los más enormes crímenes. Tenian algunos tan oscure- cida la razón, que no velan la gravedad del caso. Sentadosundia á la mésalos refugiados en San Francisco, y después de beber, habla- ban Cao y Portugués, que eran mozos, con la ligereza propia de la edad , y dirigiéndose al Marqués de Cea uno de ellos : « Brindis á V. S., le dijo, y á la muerte del Marqués de Camarasa.» Contentó- se por el pronto el vengativo, pero cauto Marqués, con bajarla ca- beza riéndose de mala gana. Pero como insistiesen «Voto á Dios,» repuso, que «sois unos rapaces; verán en lo que viene aparar esto, que es negocio muy dificultoso (1).» EsteD. Jaime Artal de Castel- vi, Marqués de Cea, á quien diferentes veces hemos mencionado, era sujeto de reputación y de autoridad, que habiendo prestado al Gobierno español servicios militares de importancia, desempeña- ba uno de los más altos cargos en la isla , y según dijimos, pasaba

(1) Infonne dado á S. M. en 13 de Julio de 1669 por el Juez de la causa D. Juan de Herrera.

En lá breve narración que hizo de estos sucesos, el Barón Manno, autor de una estimable Historia de Cerdeña, dice del Marqués de Cea: "Questo ris- "pettato personaggio, gia molto unnansi cogli anni incanutito nel serviré il "sovrano meglio di otto lustri nella eminente carica di procuratore reale, deco- "rato de honori militari negli stati di Flandria peí suo valore, e per la sua "devozione al sovrano ricco della publica stimazione, obliando ad un tratto se

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por persona de respeto á los ojos del Vicecanciller de Aragón. Con- dújole por estos arriesgados caminos, con ayuda de los usos sardos j del encono nacido de las anteriores desavenencias, el seguro con- vencimiento de que liabian sido los Camarasas quienes dispusieran la muerte de su sobrino el de Lacony.

Entre tanto habia ido calmándose el alboroto del pueblo, y llegó la hora de que se reuniesen en la casa de la Audiencia, como era costumbre, los dos Consejos de Justicia y Patrimonio para decidir en qué manos habia de residir la autoridad mientras llegaba de Madrid nuevo Virey. Era el estilo en Cerdeña que al vacar el man- do, ó por muerte del que lo desempeñaba, como en el caso presente, ó por otro accidente distinto , ó siquiera por espirar el plazo de los tres años que tenian de duración aquellas funciones , entrase ipso fado á reemplazarle por via de vicerégia , como se decia , el Mi- nistro ó funcionario que estaba designado al efecto , y que solia ser algún natural de la isla , dando por resultado común estas interi- nidades que las riendas de la autoridad se aflojasen. Durante aquel eclipse se oscurecía la justicia, y perdiendo las leyes su imperio, predominaba solo la del más fuerte. ¡ Pobres de los que pertenecían al bando menos poderoso , ó menos temerario !

En la ocasión á que nos referimos tocaba el mando por vicerégia al Gobernador de los cabos de Caller y Gallura, D. Bernardino Matías de Cer vellón, de la familia de los condes de Sedilo. Pero como aun aparte de los lazos de amistad estrecha le uniesen los del deudo con los Castelvíes , por ser su mujer hermana de Cea y pariente de Lacony, y como se hallaba además ausente en el Cabo de Sacer, creyeron los Consejeros debían confiar el cargo de vicerégio al General de la escuadra ( 1 ) de galeras de aquel reino, Príncipe de Pomblin, que era hijo del Príncipe Ludovi- sio antiguo Gobernador de Cerdeña , y habia ido á ofrecerse sin pérdida de tiempo. Mal podía convenir este arreglo al bando pre- dominante, siendo hijo el de Pomblin de la Marquesa de Villasor, cabeza del partido opuesto y estrecha amiga de los Camarasas, y

"stesso, laiciosi inescare dagli aggiramenti della vedova marchesa sua ñipóte, k Storia di Sardegyia, tomo II, pág. 172. Debemos añadir que este ilustrado escritor no se atreve á formar juicio cierto sobre el carácter y origen de aque- llas ocurencias, sin duda porque no tuvo conocimiento de los papeles que he- mos tenido ocasión de examinar. (1) De tal escuadra solia haber general , y faltar las naves.


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así , luego que se hubo difundido por Caller la noticia de semejante acuerdo se reunió gran número de nobles y con los Marqueses de Monteleon y de Alvis , los Condes de Villamar y Montalvo , y los Barones de Sumarzay y de Suinay á su frente y con séquito nu- meroso de gente armada , penetraron en Palacio á protestar contra lo resuelto, con muestras de gran sentimiento. «¿Cómo es, decian, que habiendo tanta nobleza en la isla y caballeros de tanta repu- tación, se trata en descrédito suyo de dar el gobierno de las armas y confiar las llaves del castillo á un extranjero , como es el Prin- cipe de Pomblin? ¿No redundará en mengua de todos los naturales?» Poco hubieron de convencer á los Ministros de los Consejos estas razones, á las que respondieron, que con ser hijo de un antiguo Virey , y desempeñar en la isla cargo de tanta confianza como el de General de las galeras, podia considerársele naturalizado. Mas se hubo de ceder á argumentos más poderosos como lo eran los de la fuerza de gente armada que llevaban consigo los Barones, y así quedó convenido por transacción , que corriese por cuenta de la Audiencia Real el gobierno de las armas , y que fueran enco- mendadas al Regente las llaves del castillo, dándose por motivo de esta concesión lo mucho que convenia evitar sucediera alguna des- dicha. Conformóse el Príncipe de Pomblin con lo resuelto , dando en ello muestra de su prudencia , y otra de su lealtad en prometer que asistiría á los Consejos con su persona y cien hombres á su' costa. Pero ni aun este ofrecimiento fué posible aceptar , ni tam • poco poner gente en los baluartes en consideración d las circuns- tancias de los tiempos, como dijo la Audiencia (1), ó como habría podido decir más bien en consideración á la resuelta resistencia de los más fuertes.

Ya hemos dicho que á quien por derecho ó costumbre tocaba la vicerégia era á D. Bernardino Matías de Cervellon, que ya otras veces la había desempeñado, y no sin gran escándalo. Siempre ponía en ello D. Bernardino particular empeño , siempre hallaba contradicción, siempre mediaban conñictos aun en tiempos más pacíficos, y al vacar el mando supremo , nada era tan natural co- mo que llenos de susto los magistrados y las gentes pacíficas se preguntasen á sí mismos lo que haría en aquella ocasión el Gober-

(1) Informe dado por la Audiencia de Caller á S. M. en 17 de Setiembre de 1670. Testimonio sacado del libro de resoluciones de aquel Tribunal.


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nador de los Cabos de Caller y Gallura para que no se le esca- para de entre las manos la autoridad interina. Recordábase , en efecto, que al ocurrir la vacante del Cardenal Triburzio en 1561, cuando ya estaban reunidos los Concelleres con la nobleza en la ca- tedral , dando posesión del cargo á D. Pedro Martínez Rubio, de la silla imperial en qae estaba este sentado le arrancó violentamente D. Bernardino con asistencia de sus deudos. Posteriormente , á pe- sar de un despacho real expedido á su favor , no le dio posesión otro Virey (el Marqués de Castel-Rodrigo ) al dejar su puesto , sino que por orden recibida de Madrid le hizo salir de Caller. Habia sido por último vicerégio al acaecer la muerte del anterior Prín- cipe de Pomblin , pero también en aquella sazón se dijo que más que á su derecho lo habia debido á la protección de los Castelvies, sus parientes, muy á disgusto de la Audiencia. De tales anteceden- tes es fácil colegir cuál seria el conflicto en que se vieron los Conse- jos al saber que habia llegado aquel personaje á Caller con ánimo de tomar por su cuenta el Gobierno. Enviaron al juez Biancareli á darle la bienvenida , y al propio tiempo á representarle cuan poco conveniente seria que corriese á su cargo la vicercgia después de los conflictos pasados , y mucho más ahora estando retraídos sus pa- rientes á quienes acusaba la voz pública del asesinato de Camara- sa. Respondió á lo primero Cer vellón que hablan desaparecido aquellos inconvenientes con las circunstancias de que se originaron, y en cuanto á la muerte del Virey, que ni á él le constaba quienes fueron los homicidas , ni el serlo sus deudos podia ser razón para excluirle del Gobierno , sino solo de conocer en aquel negocio. Diéronse con esto por convencidos los Ministros de la Audiencia, de cuya memoria no habia debido todavía borrarse la anterior visita de títulos y señores. Una vez dueños del mando los Castel- vies, cuya voz seguía la nobleza y el pueblo de la isla , poco tenían que temer los refugiados en la iglesia de San Francisco.


IV.


Ahora es preciso que de nuevo nos traslademos á Madrid. Dejamos al fiscal.de la Audiencia Molina, reo presunto de la muerte de Lacony, en camino para España, á donde traía co-


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misión de explicar verbalmente circunstancias y accidentes que no podian fiarse á cartas. Las galeras del Principe de Pomblin con- dujeron poco después á la Peninsula con la primer noticia de la muerte del Virey , á su viuda y á suS' hijos. No faltaron pues en la corte quienes hicieran la parte de los de Camarasa y de Villasor. Pero tampoco se hablan descuidado sus contrarios , y no parecía sino que con unos y otros hubieran pasado el mar las costumbres sardas ó al menos la impresión que no pudieron menos de causar en los ánimos las trágicas escenas de Caller , según fué de recelar que estas volvieran á repetirse en la corte de Castilla. El fiscal Molina, como si en seguimiento suyo hubiese llegado á España una legión de Barones sardos, pensando en pistoletes y carabinas, perdia el sueño , y adoptaba las más prudentes precauciones. No vivia más sosegado por la parte opuesta D. Jorge de Castelvi, ministro del Consejo de Aragón , hermano , apoderado , y defensor del Mar- qués de Cea ; antes bien , le traian consternado los imaginarios ó reales designios de venganza de los deudos del desgraciado Virey.

«Más de treinta y seis dias hace que estoy en Madrid , escribía »el fiscal Molina al Vicecanciller de Aragón (1), tan arriesgado co- »mo es notorio; pues por personas eclesiásticas y seculares he sabido »que me quieren matar sin reparar en lugar, por sagrado que fuese. »Todo este tiempo he estado fuerte hasta que me han dado nuevos »y repetidos avisos de que me guarde , porque han llegado á casa »de D. Jorge de Castelvi tres sardos que me han de quitar la vida, »aunque sea delante del Santísimo Sacramento. Y como no basta »la inocencia , como demuestra lo sucedido al Marqués de Cama- »rasa, hallándose revestido de la inmediata represensacion de S. M. , »considere V. E. qué podrá temer quien se halla en una posada sin »amigos ni deudos , porque todos están avisados de que les mata- »rán si me asisten. Suplico, pues, á V. E. que represente á S. M. »para que se duela de mi y me dé licencia para ir á asegurar mi »vida á Aragón mientras se resuelve lo que está pendiente.»

Pocos dias después, no menos asustado, escribía D. Jorge de Castelvi á su hermano el Marqués de Cea para anunciarle , entre otras cosas , que enviaba á Cerdeña á un sobrino suyo (copiamos literalmente la carta) «porque la vida de aquel mozo no estaba se- »gura en la corte , asi por los deudos de Camarasa , como por lo

(1) Entre los papeles de este último se encuentra esta carta así como la ma- yor parte de los documentos á que me refiero.


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»que se decia que la viuda y su hijo publicaran contra la vida de »mi sobrino y la mia. Esta última es la que menos me importa, »pero no puedo creer que respeten el carácter que tan indigna- »mente traigo y los puestos que ocupo.»

Mas fuera porque no tuviesen realidad tales temores de una ni de otra parte , y que solo con el recuerdo de las sangrientas catás- trofes se hubiesen encendido las imaginaciones , ó bien por no ser factible , á pesar de eficaces conatos , trasplantar á Madrid los dra- mas de Cerdeua , ello es que no se pasó adelante en las violencias, y que la guerra que presenció la corte de Carlos II no fué de ca- rabinas sino de memoriales , no de homicidios sino de intrigas en el Palacio y en los Consejos. Acogiéronse los de Villasor y Ca- marasa al amparo del Vicecanciller de Aragón D, Cristóbal Crespi de Valdaura, Ministro principal de los negocios de aquella Corona, miembro de la Junta suprema de gobierno que al morir dejó esta- blecida Felipe IV, personaje de gran autoridad , muy al corriente de aquellos negocios, y penetrado, como hemos visto, de las máxi- mas de Santo Tomás en cuanto á la gobernación de Cerdeña.

A su vez se abrigaba la parcialidad contraria bajo la protección del mencionado D. Jorge de Castelvi , miembro de la noble fami- lia sarda. No habia aprobado D. Jorge la muerte dada al Virey, ni menos que sin haber intervenido en ella su hermano el Marqués de Cea , pues que se hallaba en otra parte de la ciudad , con haberse re- traído al convento diese todo el color posible de verdad á la suposi- ción de que era autor y disponedor de tan grave delito. Pero una vez empeñado el lance , se pónia del lado de sus deudos con propó- sito de hacer por ellos cuanto le fuese dable ; y como no pudiese luchar con la autoridad superior del Vicecanciller, acudió en bus- ca del más poderoso amparo que puede hallarse en una Monar- quía. El mismo refiere á su hermano (1) la entrevista que tuvo con la Reina-Regente Doña Mariana de Austria. «Diré á V. S. de »como el miércoles pasado pedí por la mañana á la Reina nuestra »Señora me diese audiencia particular, y S. M. me la concedió por

(1) En carta de 8 de Setiembre de 1668 , de que hay copia también entre los papeles del Vicecanciller.

La circunstancia de haber caido en poder de este las cartas de los dos her- manos, demuestra que la policía del Gobierno de Madrid habia adoptado las oportunas precauciones, sin hacer particular aprecio del secreto de la corres- pondencia.


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»la tarde á las cinco. Estuvimos solos los dos en la pieza de la »Torre más de media hora larga , en donde informé á S. M. de todo »muy pormenor ; la entregué la carta de V. S. y la de nuestra »sobrina la Marquesa viuda , y la supliqué que me hiciese merced »S. M. de remitir las dichas cartas y memorial á la Junta que ha »elegido para las cosas de Cerdeña , apartando al Vicecanciller de »intervenir, no solo en ellas , pero en ninguna otra que se hubiese »de ver en el Consejo que perteneciese á nosotros ó nuestros pa- »rientes, por ser mi enemigo y de los mios, y haber puesto el »fundamento de las desdichas que ahi se experimentan con su mal «gobierno y disposición. » Muy usado era en aquellos tiempos á falta de otros recursos , este de recusar á los Ministros , no solo en materias de justicia sino en las de gobierno , medio que parece muy justo á primera vista , pero impracticable , como debió de acreditarlo la experiencia , dado que quien gobierna de algún lado se ha de inclinar, ó al menos se ha de presumir que se inclina en casos de discordia civil , y de ser licita á las partes perjudicadas la recusación , vendría á resultar el no quedar persona apta para gobierno. En fuerza de estas razones, ó bien del mayor ascen- diente que cobró D. Cristóbal de Valdaura , con ir de vencida en la Junta el partido opuesto al suyo, que era el del padre con- fesor Juan Everardo de Nithard , no dio resultado la pretensión de los Castelvles , y los papeles de Cerdeña siguieron corriendo por manos del Vicecanciller , á cuya circunstancia debemos el poseer estas noticias.

Era lo más urgente enviar á Caller autoridad que refrenase aquellos bandos y mantuviese en paz la isla , con cuyo objeto hizo el Gobierno elección de D. Francisco de Tutavila , Duque de San Germán , dándole además encargo de esclarecer los hechos pasa- dos, y tratar de que recobrase sus fueros la justicia. Dignas son de notarse las prevenciones que hizo al Marqués de Cea su herma- no D. Jorge al darle cuenta de este nombramiento: «El Virey se »me ha mostrado muy amigo , y me ha dicho que asi lo escriba á »V. S. ; pero estoy tan escocido de saber lo que es politica , que no »tuviera disculpa si me engañara. Este caballero publicarla si co- »giese á V. S. (lo que Dios no quiera), y le pusiera por justicia la »cabeza en un cadalso , que habia conquistado el peino de Cerde- »ña á S. M. Y asi me guardaré yo muy bien de aconsejar á V. S. »que espere donde está. Demás de que V. S. , en hacer resistencia


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»cometeria otro mayor delito , y advierta que al cometido no le »vale la Iglesia. Esperar en ella fortificado de gente y artillería, »se le dará muy poco al Virey , pues demás de ser gran soldado, »llevando el poder de S. M. , cierto que no se le olvide nada , por- »que su entendimiento es excelente y sabrá dar premios , si nece- »sitase de ello ; con que su vida de V. S. está en eminentísimo pe- »ligro. »

«Y así débale mi cariño el que sin discurrir ni perder tiempo »ponga en cobro su persona, y pase á parte donde pueda estar »con mayor seguridad , que á no salir del reino , habrá de ser en »el otro cabo, y que la gente que para su resguardo haya de tener »consigo , sea de tal modo , que no le pueda herir en la reputación »la calumnia de que es (soliviarum) (1) soliviantador del reino. »Y si por la intemperie no se puede atravesar por tierra , deberá »V. S. embarcarse , y que le deba el Virey este respeto de apar- »tarse de su presencia , y que la navegación no sea por la parte »por donde han de venir las galeras, por no toparse con ellas, que »seria gran desdicha. » Despréndese de esta carta que , aunque sardo , habia aprendido aquel Castelví en la práctica de los Con- sejos doctrinas de legalidad muy diversas de las corrientes en su país ; y, por otra parte , se ve cuánto era el respeto que el carácter del nuevo Virey le imponía.

Era en efecto el Duque de San Germán (2) persona de circuns- tancias muy diversas de las de su desventurado predecesor. Soldado viejo, habia hecho la guerra en los varios teatros de ella, como alférez , como capitán , como Maestre de campo , y últimamente como gobernador de las armas y Capitán general en Estremadura contra los portugueses. Aunque anciano y con achaques de gota, suplía á las fuerzas físicas el temple de ánimo , y era además sagaz, precavido , diligente é inclinado á los temperamentos duros hasta tocar en los extremos de la severidad. A estas cualidades que acaso le habían servido de recomendación , atendida la índole de los tiempos , y la de las naturales de la isla , unía el Duque la de no olvidar su interés , ya fuera por ser escasa su fortuna y estar lleno

(1) Así dice el original.

(2) El Excmo. Sr. D. Francisco Tutavila, Duque de San Germán, Señor del estado de la Campana de Albalá y villa de Saucedilla, Comendador de Peñauseda en la orden de Santiago, de los Consejos de S. M. en los Supre- mos de Guerra, de Italia y del colateral del Reino de Ñapóles.


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de deudas , como lo afirma en los repetidos memoriales que hemos visto, ó bien porque de suyo fuera codicioso de pensiones y emo- lumentos. Ello es que no se daba descanso en solicitarlos del Go- bierno.

Tal era pues , el nuevo Virey de Cerdeña : demasiado resuelto para que le arredraran con amenazas ; sobrado sagaz para que le cegaran con engaños ; versado en negocios y en el conocimiento del mundo , amigo de gobernar como se manda en los ejércitos con poco respeto á fueros, greuxes, ni Estamentos. Propenso álos me- dios violentos sin desdeñar los demás resortes de la dominación, ansioso de prestar servicios al Rey sin descuidar la retribución. Y con todo eso amigo de la justicia, celoso gobernante y mejor soldado.

V.

Tiempo es ahora de decir como se encontró á su llegada el reino de Cerdeña , donde provisionalmente llevaba las riendas del mando D. Bernardino de Cer vellón, que es como decir que la parciali- dad de los Castelvies dominaba sin freno. No solo hablan gozado de completo sosiego los retraídos y fortificados en San Francisco, sin que nadie pensara en perseguirlos ó molestarlos , sino que ha- bla mediado comunicación perpetua , ya personalmente , ya por conducto de criados , entre ellos y el vicerégio , quien no contento con patrocinarlos los dirigía y aconsejaba. Y como varios Minis- tros de los Consejos, los Síndicos de los apendicios (1) y hasta el Arzobispo de Caller D. Antonio Vico , pertenecían al mismo bando, no encontraba limitación alguna su predomino ni en el gobierno, ni en la justicia, ni aun en la iglesia.

Asi iban las cosas de Cerdeña , cuando se dio principio á dos in- formaciones diferentes acerca de ambos asesinatos , y cuan diverso seria el resultado de ellas ya lo habrán adivinado nuestros lectores'. De los dos delitos, hablase cometido el uno, la muerte del Virey, en medio del dia y delante de multitud de testigos , y con todo las declaraciones de cuantos fueron examinados no arrojaban luz al-

(1) Así llamaban en Cerdeña á los arrabales. "Tiene la ciudad de Caller tres apendicios , llamados Estampadle, la Marina y Villanueva, que si estu- vieran todos contiguos con la ciudad y castillo hicieran una muy buena po- blación y casas." Carrillo, Relación de Sardeña^ pág. 69.


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guna que pudiera servir de guia á la justicia. En medio de la os- curidad y soledad de la noche habia sido asesinado el de Lacony, sin saberse hubiera más que Dios que lo presenciase. Y sin embargo, se habia puesto en claro con el testimonio de numerosas personas, entre ellas de muchos criados del difunto y de alguno de la misma Marquesa de Camarasa , que sobre esta Señora recala la culpa prin- cipal de aquel homicidio. Bien es verdad que no carecia de nuli- dades aquel proceso , de cuyo conocimiento habia sido recusado y excluido el Regente Niño, pero no asi el Juez Cao, á pesar de que según todo el mundo decia, era su hijo uno de los que hablan con- currido á la muerte del Virey : no asi el Juez Bucerengo , á pesar de que se hallaba en caso muy parecido : ni tampoco el Juez Bian- careli, á quien hemos visto recusado con desatención por los Esta- mentos , y que cambiando de partido figuraba ahora entre los más acérrimos secuaces de los Castelvies. Corria además por cierto, que los testigos hablan sido cohibidos con amenazas. Para mayor li- bertad, las declaraciones se recibían en presencia de D. Bernardino de Cervellon , que al mismo tiempo que depositario de la autoridad suprema era cuñado del Marqués de Cea y cercano pariente de el de Lacony.

Cuando se supo que iba á llegar el nuevo Virey , se embarcaron para el otro cabo de Sacer , sin dificultad ni tropiezo alguno , el Marqués de Cea y sus amigos, dóciles al menos en esta parte al consejo que desde Madrid les habia enviado D. Jorge. Por el mis- mo tiempo salieron de Caller la Marquesa de Lacony con la Condesa de Villamar, D. Silvestre de Aymerighi, hijo de esta última, y otros deudos y allegados , escogiendo por residencia una casa de la Marquesa situada en Cullar , cerca del mar y á la entrada de las montañas de la isla. Hubo momento, en que así unos y otros, como los caballeros de su parcialidad que hablan quedado en Caller, dudaron y trataron en junta sobre el recibimiento que hablan de hacer al nuevo Virey. Se inclinaban los más resueltos á declararse en rebelión abierta , pero los otros solo querían impedir su entrada si llegara acompañado de tropas con que pudiese luego hacer ros- tro á los de la isla. Al cabo de ciento treinta y un dias de travesía aportó al fin el Duque de San Germán á Caller , donde enterado de lo que ocurría , y con deseo de no tropezar desde el primer dia con embarazos , solo , sin acompañamiento que inspirase recelos, á 26 de Diciembre de 1668 verificó pacíficamente su entrada y


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prestó en la catedral juramento según la forma de costumbre. Por todas partes , desde que se hizo carg-o del mando , notó indicios del desorden en que se liabia vivido : estaba llena la ciudad de gente forastera , y asi esta como los naturales nobles y plebeyos , todos andaban cargados de armas largas ó cortas , carabinas , pistolas ó pistoletes , como si hubieran de salir á la guerra , y hasta llegó el caso de que se entrasen con ellas los más osados por las puertas y escaleras del palacio. Gozaban los facinerosos en medio del dia de mayor seguridad que los hombres honrados ; y para que fuese mayor la confusión y el desorden estaba la isla sitiada de carabelas y navios y barcos luengos de moros que cerraban las comunica- ciones con España (1).

Procuró ante todo el nuevo Virey restablecer la autoridad de la justicia, para proceder luego al castigo de los culpados, y como creyese prudente ir por grados, comenzó por limpiar la ciudad de forasteros; luego dio un bando en que prohibió el uso de armas, para cuyo cumplimiento empleó rondas que registraban á los tran- seúntes , y para arredrar á los malhechores aprendió é hizo ahor- car en pocos dias á un criminal que de muchos años atrás traia amedrentados aquellos contornos. Mientras tanto no hablaba una sola palabra de los escándalos pasados , y hasta se recataba de los mismos ministros, que eran todos naturales del reino. Pero sin hacer demostración alguna acerca de sucesos anteriores , inquirió la verdad de ellos, y supo que los jueces hablan excluido al Eegente del conocimiento en casi todos los negocios : que aquellos á cuyo cargo corrían las informaciones, que eran los más parciales y apasionados , las hablan enviado á Madrid terminadas : que solo hablan preso algunos forasteros del reino, es decir, subditos del Rey de España , pero no nacidos en Cerdeña : que los testigos ha- blan estado menos atentos á la verdad que al temor de las amena- zas, y que hasta los magistrados más rectos hablan doblado su cabeza bajo la presión de las circunstancias. Preguntado el Fiscal Carcasona por qué no habla promovido de oficio otras diligencias en la información sobre la muerte del Marqués de Camarasa , res-^. pendió « que á haberlo hecho estaba cierto de morir de un carabi- nazo ; prefiero que por faltar me metan en un calabozo , que así estaré más resguardado.» Ya corrían por Caller oscuras y contrarias voces sobre el ori- (1) Carta del Duque de San Germán á S. M. de 24 de Febrero de 1669,


300 CORTES T SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

gen y causa de los pasados sucesos, j acerca de los verdaderos culpables en la muerte del Marqués de Laconj, cuando tuvo el Duque de San Germán noticias, y cayeron en su mano papeles, que abrieron por completo sus ojos , confirmando el fundamento de las sospechas , y revistieron de nuevo y muy diferente aspecto la trágica catástrofe que habia dado principio á los disturbios de la isla. Los avisos y noticias que le suministró un amigo del Marqués de Cea , fundadas y robustecidas con la entrega de cartas origina- les, luego incluidas en el proceso (1), trazaron al Virey y á los Tribunales claro y expedito camino para lograr la averiguación de la verdad. Lo que el Virey descubrió es lo que ahora vamos á re- ferir á los lectores, advirtiéndoles que retrocedemos á época algo anterior á la llegada del Duque á Cerdeña , y aunque de lleno se entra en el dominio del drama, hemos de seguir, como hasta aqui, ajustados rigorosamente al testo de los documentos originales.

VI.

Habia producido cierta novedad y extrañeza en Caller que la Marquesa de Siete-Fuentés , viuda de Lacony, se resolviera, según antes referimos , á trasladar su residencia á un lugar suyo, lla- mado Cullar (2) , situado al pié de las montañas de la isla , á poca distancia del mar , llevando en su compañía , al embarcarse , á la Condesa de Villamar y á un mozo noble y gallardo , hijo de esta, llamado D, Silvestre de Aymerighi , que concurrió , como en su lugar queda expuesto, al asesinato del Marqués de Camarasa. También llevó consigo á su hijo D. Francisco, niño de pocos

(1) El papel que lleva el título de Reasunto por mayor de todo lo que ha pasado en, este reino de Cerdeña, etc., al llegar á esta parte de la relación, dice así: " Ha llegado al Virey persona de confianza, que lo era al Marqués de Cea que le descubria su pecho, comunicándole los más íntimos secretos, y le ha dicho lo que pasaba, y en particular que él habia hecho matar al Virey, etc.. y esta persona se ha examinado jurídicamente declarando lo referido, y ha presentado las cartas que quedan originales en el proceso, y se remiten las copias que van inclusas, por las cuales se verá lo que ha pasado." Estas co- pias son las que se conservan entre los papeles del Vicecanciller Crespi, y van á servir de fundamento á nuestra narración.

(2) Cullar ó Culler, que los italianos llaman Cuglieri. La relación de Martin Carrillo (de 1612) cuenta á Culler, y los geógrafos modernos á Cu- güeri , entre los lugares del Obispado de Bosa.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 301

años, heredero del Marquesado de Lacony, y al tutor conjunto D. Baltasar de Xarte. Pero lo que dio lugar á mayor sorpresa, fué que completase la comitiva cierto jesuita llamado el Padre Falaris, muy sospechoso para los Castelvies, con tanta más razón como que habia sido favorecido por los Camarasas , y pasaba por hechu- ra y confidente de la Marquesa de Villasor. Fué inútil que se tra- tara con el mayor empeño de disuadir á la viuda del Marqués de Lacony (1) previniéndola contra compañia que estimaba muy oca- sionada á peligros su anciano y precavido tio el Marqués de Cea. Seguia este retirado en el convento de San Francisco , á donde dos dias después de haberse embarcado la Marquesa, le echaron un papel sin firma , que contenia las revelaciones más graves , dado que fuesen ciertas, y cayendo sobre terreno preparado, despertaron en su ánimo las más crueles sospechas. Decíanle los autores del anónimo que no eran los que se decia los que habian dispuesto la muerte del Marqués de Lacony; insinuaban que la esposa de este ha- bia cooperado al asesinato: anadian que desde antes llevaba esta da- ma galanteos con D. Silvestre de Aymerighi, y concluían mostrando pena de que la prudencia del anciano Marqués no hubiese sido parte á impedir, para evitar el escándalo, que fuesen á vivir juntos los dos supuestos amantes , y tanto más «sabiéndose lo que eran las Zatrillas (2).» Dado el escaso crédito que merecen papeles de esta clase , muy prevenido y alarmado debia estar previamente el Marqués de Cea, cuando sin pérdida de tiempo decidió escribir á su sobrina un billete, advirtiéndole el riesgo en qae ponia su repu- tación, y cuanto convendría que D. Silvestre, por ser caballero mozo no se detuviese en CuUar, y como se habia anunciado pasara luego á Bonorva que era lugar de su familia (3). No era carta esta que se debiera fiar á manos inseguras , y para llevarla con instruc- ciones verbales , y encargo de que diese cristianos y prudentes consejos , escogió el Marqués á un fraile capuchino llamado Fray Jusepe de Caller, que era confesor de la Marquesa viuda, al que

(1) En la carta (de que luego daremos razón) que este escribió con nom- bre supuesto á su hermano D. Jorge, le decia: "Y por más extremos que hizo "el Marqués de Cea, no fué posible obviase que fuera el dicho Padre."

(2) Carta ya citada del Marqués de Cea á su hermano D. Jorge, de Sacer á 4 de Diciembre de 1668. Zatrillas, ó Cetrilla, como ya dijimos, era el apellido de Doña Frailcisca, Marquesa de Lacony y de Siete-Fuentes.

(3) Bonorva, lugar del arzobispado de Sacer, en Cerdeña, y que perte- necia á los Condes de Villamar.


302 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

se recomendó que sin tardanza tomase el rumbo de Cullar, y á quien será preciso que acompañemos en su viaje.

Infiérese de las cartas de este confesor capuchino ( á la vista te- nemos copias) (1), que era sacerdote de sana intención, y mediano conocimiento del mundo, que tomaba interés por la familia de los Castelvies, y en particular por la suerte y honra de la Marquesa. Hizo su travesía por mar, con escasa dicha, pues le sorprendió tan fiera tormenta que le puso á riesgo de naufrag-ar; y asi es que fué grande su gozo cuando vencido el peligro dobló la nave un cabo que él tenia muy conocido, llamado de la primera í orre, llevándole á desembarcar en la hospitalaria playa de las Almadrabas, próxima á la residencia de la Marquesa , hacia la cual dirigió sus pasos , y donde se habia de presentar á sus ojos un inesperado espectáculo.

Claramente se adivina en vista de sus cartas que el Padre Jusepe iba preparando laboriosamente por el camino las más elo- cuentes exhortaciones para demostrar á su hija de confesión cuan fácil es que leves apariencias pongan en peligro la reputación más acendrada ; embarazábale solamente la manera de dar principio á tan escabrosa plática, contando con la indignación justa que habia de excitar en el ánimo de la triste dama el primer aviso de que lenguas temerarias osaban empañar el limpio cristal de su inocen- cia y recato. Otra cosa fuera si asistiesen los maldicientes á los ejemplos de honestidad y penitencia que á las malicias del mundo daba la Marquesa en Cullar , donde el confesor la suponía sumer- gida en su aflicción, cubierta la cabeza de tocas y el rostro de lágrimas como corresponde á desconsolada viuda tras de pérdida tan cruel como irreparable. Si tales eran con sinceridad sus pen- samientos, seg-un debe inferirse, y si aguardaba ser recibido en medio de duelos y llantos , imaginen nuestros lectores cuál seria su sorpresa y cómo se quedarla atónito al entrar en aquellos aposentos, y al verlos alhajados, iluminados y dispuestos como si en ellos se preparase un festin. No parece que en aquella mansión

(1) Porque no es posible copiar íntegras estas curiosas cartas, nos limita- remos á trascribir de la del Padre Joseph los párrafos más notables. Decia así: "Luego que llegamos fui derecho á besar la mano de mi señora la Marquesa, "y hallé la casa que no parecía que con su prudencia la manteíná casa de "luto : mas antes de festin y todo recreo que tiene escandalizada la villa, y "los Padres de este convento me tienen dicho que están jugando á naipes las "mujeres con Padre Falaris y mi señora la Marquesa mirando el juego muy "alegre con las ventanas abiertas y aun hasta tocar la guitarra, ti Carta de Fray Jusepe M. de Caller al Marqués de Cea, de 5 de Setiembre de 1667.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 303

de placeres se escaseaba diversión alguna : cercaban damas ale- gres las mesas de juego , y para mayor asombro hasta el mismo Padre Falaris era tercio muy principal en las partidas de naipes, á las cuales, sin la menor muestra de desconsuelo, asistía la Marquesa viuda; siendo de notar además que no escrupulizara esta última de ejercitar su habilidad en la guitarra, á la cuenta para ahuyentar los vestigios postreros de sus quebrantos y penas. Lo que puso colmo al escándalo del capuchino fué el enterarse de que solian los de la casa tener las ventanas abiertas como si desea- ran que á la curiosidad de los vecinos de la villa no se ocultase tanto desenfado y regocijo. Muy olvidadas debían tener sus mora- dores las tragedias pasadas y los peligros futuros.

Pasando á más graves materias , se enteró luego el religioso capuchino de que descuidado el gobierno de su casa y vasallos , le habia puesto la Marquesa de Siete-Fuentes en manos del Padre Fa- laris , y que este regia aquellos dominios con poder absoluto , man- dando prender al uno, maltratando al otro, disgustando y ofendiendo á todos con peligro de que se amotinaran en su contra , después de haber retirado á su señora la estimación y respeto que antes religio- samente le demostraban. No quisiéramos pasar por recelosos, más al parecer descubre nuestro fraile cierta particular rivalidad con- tra el jesuíta en los extremos de su enojo y cólera, por otra parte naturales y excusables. Sea como quiera , en carta al Marqués de Cea, se quejaba Fray Jusepe de no haber podido en los primeros dias hablar á solas con su penitenta, hallándola de continuo rodeada de la Condesa de ViHamar, del hijo de esta, D. Silvestre de Ayme- righi, y del asiduo é indispensable Padre Falaris. Pero las noticias que pudo reunir le movian á conjeturar que no carecían de funda- mento los rumores que corrían por la isla acerca de los menciona- dos galanteos, y lo que aun era más sorprendente, que hasta habia síntomas y anuncios de boda. Lo más urgente (1) á su entender habia de consistir en que , empleando su influencia el Marqués de

(1) irMi opinión es que V. S, escriba al Padre Provincial se sirva dar "orden como Padre Phalaris salte fuera de Culler, dándole por razón todo lo "que tengo dicho, como se mete en el gobierno, tratando mal á los vasallos, "y sobornando á mi señora la Marquesa se case con un caballero con quien "no hay conveniencia, con tanto escándalo contraía política y buen gobierno "de la Compañía no diciendo misa solo que los dias de fiesta, andando á caza "con una capa blanca dando que reir á los seglares, etc." En dicha carta de Fray Jusepe al Marqués.


304 CORTES T SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

Cea, escribiese al Provincial de los jesuítas áfin de que este mandara salir de Cullar á tan pernicioso confidente, dejando libre á Doña Francisca Zatrillas de perniciosas sugestiones , y aquellos lugares de perpetuo escándalo. De otra suerte era de temer que aquella señora, mal aconsejada, pasara adelante en el proyecto de ca- samiento con D. Silvestre. Cuando el Marqués de Cea recibió esta carta debió sin duda de confirmarse en sus sospechas, dando por cierto que el jesuíta era agente encubierto de la enemistad de los de Víllasor , y para apartar á enemigo tan peligroso no tardó en escribir al Provincial de los jesuítas , ni este en ordenar que vol- viese á su convento el Padre Falaris. Dirigiéndose al propio tiempo á su desacordada sobrina con la autoridad de sus años y parentesco, y con la inquietud que en su arriesgada situación no podían menos de infundir tales nuevas á su prudencia y larga práctica del mun- do , procuró disuadirla de un proyecto que sobre ser en cualquier tiempo poco conforme á su conveniencia , era en aquel momento prematuro , intempestivo y ocasionado para todos á interpretacio- nes malévolas y á daños sin número.

Mientras tanto en Cullar , no solo había entregado el Padre Ca- puchino á la Marquesa la carta del de Cea , sino que también á fuerza de instancias logró hablar con ella á solas : pero de esta con- ferencia entre ambos solo hubo de resultar , que siendo el menos diestro y cauteloso el pobre fraile , quedase por el pronto seducido, desarmado por halagos , súplicas y pretextas , y que consintiera en escribir una carta al Marqués ( 1 ) en que le referia la conversación, y encareciéndole las seguridades y protestas de la de Siete Fuen- tes , terminaba aconsejándole que perdiese cuidado como sí nada hubiera que temer. Pero poco tiempo debió durarle esta confian- za , si alguna vez se entregó á ella su ánimo , pues que cinco días más tarde volvió á escribir (2) al mismo Marqués dicíéndole no se fiase de la segunda carta que había ido en pliego de la Marquesa, porque la había escrito á persuasión suya y ella misma la había

(1) Esta segunda carta de Fray Joseplí al Marqués es de 10 de Setiembre, y está como las demás entre los citados papeles.

(2) "Todo eso se lo escribí á persuasión de mi señora la Marquesa que me

lo rogó muchísimo, y ella misma me dijo cómo habia de escribir á V. S

antes tenga V. S. por seguro lo que escribí en la primera, y muchas más cosas

he visto y oido como la misma Condesa (de Villamar) lo anda pregonando

por la villa, diciendo que mi señora la Marquesa ha dado palabra de casarse con D. Silvestre." Esta tercera carta de Fray Joseph es de 15 de Setiembre.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 309".

dictado como le pareció conveniente. Antes bien se ratificaba en cuanto habia dicho en la primera comunicación , con tanto mayor motivo como que habia reunido nuevas pruebas de que la viuda estaba resuelta á casarse cuanto antes , y de que por todas partes lo divulgaba la Condesa de Villamar , madre del novio , y protectora decidida de tan intempestivo enlace. Cuantas conversaciones, y eran muchas, habia tenido la viuda con su antig-uo confesor, hablan convencido á este de que estaba prendada de Aymerighi , sin reca- tarse en hacer de él encarecidos elog^ios , y de que no habia que fiar de halagüeñas palabras y promesas porque «todo era simulación para salir con sus intentos.»

Adviértese en efecto que la Marquesa no excusaba uno solo de cuantos atnaños y artificios suele emplear en casos semejantes la femenina diplomacia. Quejábase de que no hicieran justicia á sus intentos , poniendo en duda las pruebas que durante toda su vida tenia dadas de recato , juicio y obediencia á sus parientes. Al Mar- qués de Cea, en carta que puede citarse como modelo de las de su género, daba sentidas quejas, empleando alternativamente el len- guaje de la ternura y el de la dignidad ultrajada (1). Lamentábase de los términos de un billete suyo que habia recibido y de las amo- nestaciones de los emisarios, «advertencias que á ella no le hubiera sido fácil el tolerarlas á no venir de personas á quienes les sobraba

puro afecto » «Pues como las desdichas nunca vienen solas,»

proseguía diciendo la Marquesa , « me faltaba aun esta. . . . Aseguro á V. S. que ni mi madre, ni mi esposo (que Dios haya) me dieron jamás igual sentimiento.» Lo que más la atormentaba, según decia, era que hubiese dado crédito á las maquinaciones de sus enemigos y de su casa el Marqués de Cea, que antes le habia tratado como hija,

(1) Decía la Marquesa entre otras protestas que hemos procurado extrac- tar en el texto :

"Yo recibo con el rendimiento de hija el aviso de V. S., pero el haber car- gado tanto la imaginación en la poca justificación de mis acciones, no hallo término en que excusarlo , pues hasta ahora no he dado ocasión de que haya murmurado nadie de ellas, y mucho menos V. S. que conoce mucho mejor mis inclinaciones, pues me ha tratado como hija desde niña, y aunque V. S. se llama mi padre , parece que no me mira con esos ojos, pues aunque hubiera algún descuidillo mió pudiera haberse atribuido á otra parte. Por fin, ha po- dido más en V. S. la relación de mis émulos que la justificación de mi modo de proceder

Carta de Doña Francisca Zatrillas al Marqués de Cea de 8 de Setiembre de 1668.

TOMO II. • 20


306 CORTES Y SÜBLEVACÍON EN CERDEÑA.

y de quien era de esperar mayor indulgencia. En cuanto á las per- sonas de cuya compañía pudiera resultar daño á su reputación, siempre habla entendido que pasarían muy en breve á Bonorba, desde donde podrían socorrerla con las gentes del estado de Villa- mar si la ocasión llegaba á requerirlo , como era muy de temer ; y si antes no les habia dicho que partiesen , era porque á todos pare- cería mal dejarlos ir con peligro de la intemperie , después que en servicio de ella hablan arriesgado sus vidas.

Como prueba de filial afecto y deferencia y con encarecida re- comendación de secreto, contenia también esta carta una intere- sante revelación. Referia la Marquesa á su tio , cual hija á padre, para que se viese cuan distante estaba de los pensamientos que le atribulan , como el Conde de Sédelo ( que era sobrino suyo y caba- llero mozo de los más nobles y ricos de la isla) le habia enviado mensajes de que deseaba casarse con ella , y que algunos de sus deudos la persuadían á que no desoyese la propuesta. Pero á todos habia respondido no era tiempo de tratar en estas materias, pues le sobraban ahogos con haber de pensar á cada momento en las cosas de España. «En esto,» anadia la Marquesa con aires de suma grave- dad, «habríamos todos de ocuparnos.» Si del Marqués de Cea se ha" liaba resentida , porque ponía en olvido le habia ella siempre mos- trado respeto de hija, con mayor razón afirmaba estarlo del Padre Joseph, pues no solo debia este conocer su carácter é inclinaciones, sino además su conciencia por haberla confesado durante muchos años (1).

Una vez empeñada en este camino , no parece que durante algún tiempo le convino á la Marquesa apartarse de él , ni abandonar su papel de dama calumniada y resentida , pues que algo más tarde volvió á escribir á su tio quejándose de que Dios la quisiera mor- tificar de tantas maneras , y mostrándose resuelta á no discrepar un punto de la voluntad de quien miraba como á padre ; pero aña- diendo ya entonces quejas un tanto altaneras de que siguieran las amonestaciones, y protestando que se consideraba libre, y dueña de si misma (2). El principal objeto de esta carta era lastimarse de

(1) "Pero que mucho más se admiraba de mí porque no solo conocía su na- tural inclinación, más aun su conciencia por haberla confesado mucho tiempo." Carta de Fray Joseph de Cullar al Marqués de Cea, del5 de Setiembre de 1666.

(2) "Me pesa mucho que al tiempo que procuro estar conforme á la volun- "tad de V. S. y no discrepar un punto della, quiera V. S. por todos mo-


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 307

que el Padre Falaris hubiera sido llamado por su Provincial , y para que la orden fuese revocada , rogaba al Marqués de Cea in- terpusiera su influjo, por ser aquel Padre quien la asistía y conso- laba. Atribuia el golpe á celos del Conde de Sedilo, de quien decia tomaba muy mal camino para obligarla , y aun recelaba que pu- diera «mediar el beneplácito del Marqués , cosa que sentiria mu- cho más.»

Pero pocos dias después llegaron las cosas al punto de su crisis, haciéndose público y notorio, al menos entre los jefes de la parcia- lidad de los Castelvies, el secreto que todos sospechaban ; porque llegó el Padre Falaris á Sacer (1), á cuya ciudad se habia reti- rado el Marqués de Cea con varios de sus amigos , y anunció que ya se habia celebrado el casamiento de la Marquesa con D. Silves- tre. Tal vez obraba de esta suerte para procurar con la publicidad rompiese más pronto entre los de aquel bando la división que los de Villasor deseaban , ó bien se hablan resuelto los que quedaban en CuUar, al fiar este encargo al Jesuíta, á acabar de una vez con los consejos y resistencias, dando por consumado el hecho, y prefi- riendo que estallase pronto, si alguna vez habia de reventar la tormenta. Lo cierto es , que alarmados los parientes , indignados los de su bando, llenos todos de ansiosa curiosidad, desearon inda- gar la verdad del hecho , y que á instancia suya interrogado por el Provincial respondió el Jesuíta que sino estaban hechas las bodas faltaba muy poco para ello. Aqui emprende este histórico drama diverso rumbo, y comienzan nuevos incidentes, como los anteriores interesantes para quienes no desdeñen estas* minuciosas noticias sobre las costumbres públicas y privadas de aquel tiempo.

A. Lloeente. (Se continuará.)


"dos atropellarme sin advertir que obro muy fina en subordinación al gusto "de V. S. cuando estoy libre y queda en mi mano cualquier dehberacion, y "veo no vale la seguridad que tengo tantas veces prometida á V. S. , aunque "de mujer, no de tan poca subsistencia como V. S. imagina "

Carta de Doña Francisca al Marqués de Cea, de Culler á 15 de Setiembre de 1668.

(1) Sacer, Sessieri en italiano. Después de Caller la ciudad más impor- tante de la isla , donde residía un Arzobispo.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CANTO DEL CME,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.


XI.

TOMA EL EDITOR LA PALABRA.— EXPEDICIÓN Á GUADALAJARA.—

NUEVOS AJIORES— PROSCRIPCIÓN. Continuación.

El Diario de Lescura , desde el 22 de Junio hasta la fecha en que volveremos á copiarlo , ofrece escaso interés , respecto al ro- mántico episodio entablado en los anteriores artículos. Por eso me ha parecido conveniente extractar aquí , en forma de simple relato y en pocas páginas , lo que él detalla minuciosamente en sus notas cotidianas. Nada pongo, sin embargo, de mi cosecha: quien sien- te y expresa es siempre el Alférez de 1830 : yo compendio su obra, y nada más.

Salió de Madrid liii amigo á la hora convenida, y dejando en el camino sin percance , al menos aparente , al proscrito Coronel Don Carlos, prosiguió el suyo, con la partida de su mando, hasta Gua- dalajara, donde, la falta de dinero en las arcas de la Tesorería, le detuvo cuatro ó cinco días. Al cabo de ese tiempo, de los 10.000 duros que iba á cobrar, se le pagaron 2.000 en plata, columnaria la mayor parte, y los 8.000 restantes en calderilUa, que hubo de tomar al peso , y en cuyo importe perdió , como siempre acontecía entonces , una cantidad , para sus medios , excesiva. Y no fué , sin embargo , esa pérdida lo más incómodo de la expedición , porque, en verdad , solo habiendo pasado por ella , puede comprenderse la molestia de caminar escoltando una conducta en su mayor parte de calderilla , cargada en carros , no de alquiler, sino en servicio de bagajes, con derecho á relevarse de cuatro en cuatro leguas, y


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO. 309

guiados por labradores tan mal dispuestos, como no pueden menos de estarlo hombres á quienes de sus propias y lucrativas faenas, arranca la fuerza para emplearse , mal de su grado , en una jorna- da que nada les importa , j por el contrario , les perjudica grave- mente.

Asi , en andar las diez leguas , escasas por cierto , que separan la capital de la Alcarria , de la de la Monarquía , hubo de tardar Lescura tres dias , y pasar dos noches en malísimos alojamientos, de peor gana otorgados ; siempre alerta y en guarda del dinero de que , hasta su entrega en la caja del cuerpo , era personalmente responsable. No saben los Oficiales de nuestro ejército lo que han ganado con que la generalización del sistema de giros de tesorería á tesorería , los exima hoy del servicio á que aquí nos referimos.

Lescura salió del suyo lo menos mal posible , costándole el viaje solos 600 rs. , por razón de alguno que otro clavo hallado en los es- portillos de la calderilla , y de tal cual ochavo en la misma por pieza de dos cuartos contado ; y volvió á su habitual género de vida y ordinario servicio, si bien invenciblemente. preocupado por la curiosidad, que cualquiera en su lugar hubiera tenido respecto á la Condesa de Roca-Umbría , á D. Carlos y á los dos jóvenes que con la primera vivían.

En vano el pobre muchacho , en sus casi cotidianas visitas á la Duquesa de Calanda , trató de inquirir, lo más diplomáticamente que pudo , qué se había hecho de la misteriosa Niobe : la Duquesa, después de haber eludido la cuestión cuanto pudo , acabó , viéndo- se ya muy de cerca estrechada , por decirle á mi amigo : — «Les- cura , yo no sé qué es de Cecilia , ó no debo decírselo á V.»ni á na- die, que viene á ser lo mismo. Con qué excuse V. hacerme más preguntas ; y, sobre todo , borre á mí desdichada amiga del nmne- roso catálogo de sus volcánicos cuanto efímeros amores.»

Oída esa fulminante declaración , que á la curiosidad misma im- pusiera silencio , fácilmente se comprende que mi amigo tuvo que abstenerse en lo sucesivo dB toda pregunta en la materia. Quizá su Brigadier supiera algo del proscrito ; pero no era hombre aquel Jefe á quien pudiera uno de sus subalternos interrogar impune- mente , sobre todo en materia tan delicada ; y en suma , la situa- ción redujo al curioso Oficial á limitarse , velis nolis, á sus conge- turas é imaginaciones , en honor de la verdad sea dicho , todas exageradamente novelescas.


310 * MEMORIAS

Entre tanto , sin embargo , nos encontramos en su Diario , pri- mero con la noticia de su reconciliación con la sentimental borda- dora, ocurrida en la verbena de San Pedro, á consecuencia de ha- berse encontrado en ella los dos antiguos amantes, ambos solos y desocupados , y ambos , sin duda, deseosos de ocupación y compa- ñia. Cúmplenos , empero , como fieles cronistas, consignar que aquella renovación de relaciones, puramente de reminiscencia y á la ociosidad más que al reciproco afecto debida', no vino á ser. en realidad , más que un modus vwendi , como en estilo diplomático suele decirse. Ni Lescura se acordaba de Julia ó de Juliana más que cuando la veia , ni la veia más que cuando otra cosa no tenia que hacer ; y Julia , al parecer, no estaba sola siempre que Lescu- ra no la buscaba, ó buscándola no la encontraba.

Así las cosas , quiso la fortuna , que toda es caprichosa , que mi inflamable amigo conociese en la reunión semanal que , con hono- res de baile , tenia lugar entonces en el palacio de la Duquesa de Calanda , á una dama de singular belleza , aunque ya en el otoño de la vida , y que , precisamente porque á esa crítica estación era llegada , poseía con perfección toda la ciencia de la seducción y las artes todas de la coquetería. Nacida en lo más bajo de la clase media, pero dotada del instinto aristocrático, que pocas veces deja de acompañar en las mujeres á la verdadera y excepcional her- mosura, Laura (que así se llamaba) habíase casado poco tiempo antes de estallar la guerra de la Independencia , con un Oficial facultativo lleno de poesía en la vida civil y de ambición en la mi- litar , cuya buena fortuna quiso que , aprovechando las ocasiones de distinguirse que como á todos se le ofrecieron frecuentes en la defensa de la siempre heroica ciudad de Zaragoza, mereciese y lo- grara la faja de General antes de la conclusión del segundo de sus gloriosos sitios. Prisionero de guerra , y llevado á Francia á con- secuencia de la rendición ó más bien de la ruina de la plaza , si- guióle su mujer; y allí, sin desatender el cuidado de la salud de su esposo, grave y repetidamente herido , dedicóse Laura á perfeccio- nar su educación , y consiguiólo á maravilla.

Muchos meses antes de la catástrofe del primer imperio francés, murió todavía prisionero y joven , el General español , dejando á Laura viuda, sin más recursos que la limitadísima pensión á su gerarquía correspondiente, porque estando vinculados los bienes del marido , heredólos todos un colateral. ; pero llena de ambición,


DE UN CORONEL RETIRADO, 311

ya cou hábitos y pretensiones aristocráticos , y con toda la belleza y los encantos de una Armida.

Salvarse de la vida galante una mujer , cuando en tales condi- ciones se encuentra , es poco menos que milagroso , sobre todo , si su educación no insiste en bases morales muy sólidas y profundas; y la dama que nos ocupa según parece , carece del don de hacer milagros , asi como de los méritos necesarios á que , en su. favor, los hiciera la Providencia.

En Madrid, pues, donde desde el año de 1815 residia, decíase que , cuando la conoció Lescura , habia ya en Francia y en España tenido más de una aventura no muy santa ; y decíase también que estaba en relaciones normales con cierto personaje, que debia el serlo á su matrimonio con una señora Grande y rica que le doblaba por lo menos los años. Laura, sin embargo, era siempre oficial- mente la viuda del General Piedrafirme. Laura, en su conducta y modo ostensible de vivir , no escandalizaba al mundo; y Laura, en fin, merced á su amabilidad , ingenio y exquisito buen tono, vivía, como de propio derecho , en y con la alta sociedad madrileña.

La Aspasia , si Aspasia era , no apareciendo nunca ante el mundo público más que envuelta en el manto de las aristocráticas matro- nas , figuraba entre ellas sin que nadie abiertamente la rechazara, aunque algunas , en verdad , la mirasen con recelosa desconfianza.

Pero la Duquesa de Calanda , que era con su sexo siempre tole- rante , contestaba resuelta á las señoras de su clase que osaban pre- guntarle por qué recibía á la viuda de Piedrafirme: — «¿Y por qué »no la he de recibir? — Su clase le abre las puertas de mi casa: su »buena educación no me da lugar á quejas , y sus atractivos ponen

»de su parte á la mayor de los hombres. Decís que tiene amante

»tal vez amantes es posible; pero ni yo lo sé, ni tengo para

»qué saberlo, mientras sus aventuras no escandalicen. ¡Dios mío!: »si hubiéramos de excluir de nuestro trato á todas las mujeres , de »nuestra clase misma , de quienes se dice con fundamento ó sin él

»que tienen ó han tenido ó van á tener amante ó amantes

»¿ Dónde iríamos á parar? Mientras las apariencias se salvan, nos- wtros , Publico, no tenemos más que pedir.,... Y en todo caso, »amigas mías , Laura , que es viuda, solo á Dios y á sí misma ofende »con sus deslices , supuesto que los tenga ; y no sé yo por qué he- »mos de tratarla peor, que á muchas que, por añadidura, ponen en »rídículo á sus desventurados ó bienaventurados maridos.»


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La Duquesa era una mujer de su época, y su moral latitudinaria, la entonces en la sociedad dominante : no sé yo ( el Editor ) si la cosa ha variado en los últimos treinta y ocho años; y sobre todo, no sé si la variación , dado que la haya , habrá sido en bien ó en mal. ¡ Averigüelo Varg-as !

Volviendo á mi cuento , el Alférez Lescura conoció por entonces á Laura , y hallando en ella desde luego la más benévola acogida, tardó poco , según dice en sus notas , en enamorarse de ella perdi- damente ; fenómeno moral ó inmoral , á que , como puede haberse hasta aquí observado, era mi pobre amigo excesivamente pro- penso.

Alguna vez recuerdo haberme burlado de él , en sus barbas se entiende , por la facilidad extrema con que pasaba de la indiferen- cia á la pasión ; de un amor á otro , cuando la acumulación no se permitía; y del más volcánico estado al más radical olvido,

— «Eres un majadero (me contestaba con seriedad imperturbable »y convicción cómicamente profunda) ; eres un majadero negando »que amo de veras , porque amo con frecuencia , y á una mujer »despues de otra

— ¡ Cuando no á una y otra simultáneamente ! hube de repli- carle en cierta ocasión.

— «¿Y eso qué importa? (repuso él sin turbarse). Mira, Patricio: »el amor , esto es , la facultad de amar es en nosotros como el ta- y>lento, como el valor ^ una virtud que Dios les niega á unos y les »concede á otros en mayor ó menor cantidad, y más ó menos enér- »gica, según le place. El hombre que tiene jtJoco talento ^ poco r>a- y>lor no puede llegar á sabio ni á héroe ; su esfera de acción es li- »mitada. Sabe una sola ciencia ó un solo arte , si llega á saber algo: »riñe una vez, única en su vida, ó no riñe nunca y es pacifico. »Pues bien ; el que nace con poco amor , puede y tiene que limi- »tarse á unos solos amores ó á pocos ; no veo yo que sea lógico pre - »tender que aquel á quien dotó la naturaleza de una gran facultad »de amar , no ha de emplearla , como el hombre de mucho talento »el suyo en aprenderlo y aun inventarlo todo , y el de mucho va- »lor en acometer peligrosas aventuras y conquistar, por ende, mul- »tiplicados laureles. En suma , amigo mió , el amor es una de nues- »tras facultades , un sentido moral interno , de que , como de la » vista ó del oido nos servimos según la fuerza é intensidad con que »se nos ha concedido y que tenemos á nuestro servicio, y para


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»nuestro bien , unos más y otros menos disponibles , según los ca- »sos y las circunstancias.»

Con un cristiano que asi discurre , no hay medio de formalizar el debate; y yo, además, no era entonces un filósofo ni mucho menos. Hube, pues, de resignarme á creer, ó aparentar que creia, que el bueno de Perico , estaba sincera y apasionadamente enamo- rado de Laura; si bien con la esperanza de que aquel acceso de fiebre sentimental seria tanto más corto, cuanto más violenta- mente comenzaba. Tengo, empero, que confesar paladinamente, que entonces me engañé de medio á medio : la encantadora que habia , al principio , visto caer en sus redes al joven y entusiasta Alférez , sin más sorpresa ni emoción que el pajarero de oficio experimenta al acudir á su reclamo el trinador gilguerillo; á fuerza de oirle gorjear apasionado , acabó , y sin tardar mucho, por interesarse en el juego, y comprometer en él todo lo que de su corazón , nunca excesivamente tierno , podia entonces quedarle con sensibilidad y vida.

Pronto en los salones , en los teatros , en los p'aseos , en la calle de la Montera , y en el cuerpo de guardia de Palacio , comenzó á circular y comentarse la noticia de que Laura se enternecía visi- blemente con Lescura, y de que Lescura estaba por ella perdido de amores. — ¡Qué de burlas, qué de sarcasmos, que de sátiras á la ceguedad del mancebo que se postraba á los pies de aquella Circe , como si fuera una virgen celeste ! ¡ Qué de murmuraciones y denuestos, contra la artificiosa maga que asi encadenaba al inexperto joven , de quien pudiera ser madre !

Según los apuntes de mi amigo en su Diario , burlas , sarcasmos, sátiras, murmuraciones y denuestos, todo cuanto de y contra entrambos se decía, llegó desde luego á noticia de uno y otro: pero , en vez de retraerlos , sirvió solo aquella universal reproba- ción para unirlos más pronto y mucha más intima y apasionada- mente, que tal vez en otro caso aconteciera.

¿ Y por qué ese iracundo ¡ Tolle , Tolle ! de la sociedad contra Laura y Lescura? ¿Eran las suyas las únicas relaciones, cierta- mente ilícitas y censurables , pero al cabo no tanto , como si alguno de ellos fuera casado , que la misma sociedad toleraba indiferente, cuando no cómplice?

Entonces, es decir, en 1830, confieso que no acertaba yo á explicarme aquel fenómeno ; y que , como mi amig-o en su Diario,


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considerábale como una iniquidad excepcional , como un absurdo inconcebible. Hoy, por desdicha mia, veo más claro. Lo que lla- mamos la Sociedad por antonomasia, es voluntariamente ciega para la simple galantería, y con los pasajeros deslices, sin difi- cultad tolerante ; pero desde el momento en que ve aparece la pasión, su instinto de propia conservación se rebela poderoso y lógico contra ella ; porque , en efecto , la indiferencia , ó más bien la universalidad en la galantería, indispensables en cuantos pue- blan los salones , para que el placer sea alli común á todos , son esencialmente incompatibles con la sinceridad y profundidad del sentimiento que une á los verdaderos amantes. ¿Qué hacen estos en un baile , en un sarao , en el teatro ó en una partida de campo más que abismarse en su reciproca contemplación? ¿En qué pueden contribuir á la diversión de los demás? Ella, responde á la galan- tería que se le dice , con alguna trivialidad indiferente , cuando no desdeñosa ; El apenas cumple con los deberes de la cortesía res- pecto al resto de las damas presentes. Si bailan juntos, se dan en espectáculo ; y si por el bien parecer , se prestan á separarse du- rante un rigodón , sus respectivas parejas no pueden arrancarles una palabra, y ellos, que solo á buscarse con la vista atienden, equivocan las figuras , embrollan la contradanza , y dan siempre que reír ó que murmurar ; y nunca , nunca contribuyen á que los demás se diviertan, como á su costa no sea.

La formación , en fin , de una pareja verdaderamente enamorada, retira de la circulación galante á un hombre y una mujer ; hecho que la sociedad comienza por resistir y acaba por castigar con su implacable censura. — Tal sucedió en el caso á que aludo, y suce- dió además muy graduadamente, porque todos los aspirantes al favor de Laura, que eran muchos se hicieron sus implacables enemigos; y todas las habituadas á los rendimientos, sin conse- cuencia y acaso desdeñados , de mi amigo , cayeron entonces en la cuenta de que él era un veleta , y la dama de sus pensamientos una bienaventurada.

Hasta aquí las cosas iban como era natural que fuesen; pero cuando ya se dio por cosa cierta que Laura y Lescura estaban en relaciones , mi amigo observó con asombro y pena , que la mujer más discreta , benévola y tolerante de la alta sociedad madrileña de aquella época ; que la gran señora que siempre le habia acogido bondadosa , y aun constituídose voluntaria y gratuitamente en su


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protectora en el gran mundo; que la Duquesa de Calanda , en fin, la Duquesa misma , cambió súbito de maneras con él , y tomó res- pecto á Laura, una actitud tan severa, que inevitablemente habia, y muy presto, de trasformarse en hostilidad declarada.

No cabia suponer, conociéndola tan bien como el interesado la conocia , que aquella señora procediese impulsada por los móviles que al común de las gentes impelian. Lescura mismo reconoce en su Diario, que era preciso que mediase causa más grave , para que una dama , con quien él habia comenzado, como con todas (preciso es confesarlo), declarándole su normal atrevido pensamiento; pero que supo también hacerle resignarse con las calabazas , y le honró después con una verdadera amistad , que él pagaba en estimación y sincerisimo respeto, súbito se le mostraba no menos enemiga que las demás gentes.

Mi amigo trató más de una vez de pedir, humilde y cortés, pero franco también , explicaciones sobre aquel doloroso fenómeno: pero la Duquesa supo eludir siempre la conversación ; y cada dia sus frialdades y desdenes con la enamorada pareja subian sin embargo de punto.

A fines de Agosto de 1830 , en consecuencia , indudablemente, de los antecedentes que expuestos quedan , consta del Diario que extracto, que Laura y Lescura se habian completamente Mondido, según la gráfica frase entonces admitida para dar á entender que dos amantes, lo eran tan apasionadamente ó tan á banderas des plegadas , que del mundo se retiraban ó del mundo eran , por su ridículo ó escandaloso exclusivismo expulsados.

Las notas de mi amigo, solo consignan , respecto á aquella época de su vida , las alternativas naturales de beatitud y desesperación de un muchacho amante de una mujer madura, que, para hacerse valer, le tiene suspenso siempre entre el cielo y el abismo. Cada cita toma el aspecto de una verdadera conquista ; cada billete es una elocuente trova de la nueva Eloisa ; y á falta de otras peri- pecias , ahora riñen los amantes , porque él está celoso de que ella besó su propio abanico, y más tarde porque ella no pudo soportar que él aplaudiese en el teatro á una actriz que tenia los gravísimos defectos de ser joven y bonita. A cada riña, sigue, como Febo á las nubes , la más tierna de las reconciliaciones , y la más solemne protesta de no dejarse ya nunca ir á la discordia; pero á la página siguiente del Diario, nos encontramos con que otra vez se encapotó


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el cielo, bramó el trueno, estalló el rayo, y tornó á lucir de nuevo el iris de paz en el erótico firmamento.

Múdense los nombres , modifiqúense las frases según las épocas, y á eso, ni más ni menos, se reducen la mayor parte de las histo- rias amorosas.

En la que nos ocupa, sin embargo, adviértese un síntoma pecu- liar y característico: entre Laura y el Alférez, hay una barrera misteriosa , para él invisible , y más sospechada que sabida , pero que de hecho le estorba constante y poderosamente.

¿Por qué, retirados ó excluidos, que para el caso tanto monta, por qué, repito, retirados ó excluidos del gran mundo, é incapa- ces ambos por sus instintos y sus hábitos de acomodarse á vivir en esferas inferiores , los dos amantes , siendo libres , él por soltero y por viuda ella , ya que en casarse no pensaran (lo cual se explica) , no se veian , al menos normal y libremente en casa de Laura? La razón no la diré yo; pero el hecho consta de lo escrito. Veíanse casi todos los dias ; pero como furtivamente : unas veces al amane- cer, en el Retiro; otras, de noche , en el solitario paseo de las De- licias; ya á deshora, y disfrazado el galán, penetrando con llave maestra en la mansión de la dama ; ya , en fin , yendo ella con mo- desto traje , pero elegante mantilla de tafetán ó terciopelo, y muy tupido velo, á la casa de su amante.

Para el interesado y por el momento al menos , era explicación bastante de tal proceder, el respeto de su dama al público, y el na- tural temor que á comprometer su reputación manifestaba. Quizá, además de obedecer á tales consideraciones (pensaban algunos), esa mujer se propone dar á sus favores precio y realce , con las di- ficultades que á los deseos de su amante opone ; pero los que presu- mían de estar en autos , y los pesimistas que siempre se dan por enterados de cuanto conduce á echar las cosas á mala parte , en- contraban la clave del misterio , en motivos y fines muy distintos- Laura (para esa gente) era siempre la dama , del advenedizo en gran señor trasformado , por la venta (decían) de su mano á la vieja loca quede él se había enamorado; pero como la tal vieja, sobre obstinarse en vivir, era celosa y exigente, y á mayor abundamiento muy difícil de engañar, atendida su experiencia del mundo ga- lante ; el infiel marido tenia que ocultar cuidadosamente sus nunca interrumpidas relaciones con la seductora viuda , de quien fué pú- blicamente amante antes de casarse, Hállase, pues (seguían di-


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ciendo los malévolos comentadores ) , hállase esa Circe madrileña, unida , en morg*anática y muy secreta forma al susodicho perso- naje. En la apariencia está libre, en realidad sus necesidades la hacen esclava de su especulador amante ; y de ahí que se vea re- ducida á no gozar de sus amores , de corazón ó de capricho , con Lescura , más que en condiciones de misterio y sobresalto, inútiles al parecer, pero en realidad indispensables dadas las circuns- tancias.

A mi juicio, hoy que miro las cosas desapasionadamente y co- nozco el desenlace de aquella aventura, habia de todo en el caso. Laura deseaba comprometerse con el público lo menos posible; Laura queria excitar la romántica imaginación de mi amigo, con los atractivos del misterio; y Laura tenia , además , sus razones para no ponerse en evidencia. En cuanto á Lescura, su fascinación era completa ; y si aquella mujer hubiera querido entonces, hacerle arrojarse desde la torre de Santa Cruz al suelo, en la creencia de que nada malo habia de acontecerle , sin dificultad lo consiguiera.

Consecuencia natural de tales premisas fué el estado normal de calenturienta irritación en que mi compañero vivia por entonces. Aquellas relaciones eran para él un verdadero suplicio, y no po- dían menos de serlo, por cuanto, no pudiendo tener más fin que el placer, precisamente se lo hacian comprar, á costa de sinsabores y contradicciones sin término, además de tenerle en continua pugna con su propia conciencia, ó con su propio orgullo, que en tanto misterio entrevia algo de poco lisonjero y menos decoroso. ¡Y sin embargo, no se le ocurrió nunca , que le bastaba quererlo de ve- ras, para sacudir la, en todos conceptos , pesada y no muy honesta cadena que le oprimía!

¡Extravagante animal es el hombre desde que nace, hasta que, atravesando la tumba, vuelve á la eternidad de que procede!

XIL

PROSIGUE EL EDITOR.— UN PARRAFITO DE POLÍTICA RETROSPECTI- VA.— viaje Á PAMPLONA.

En tanto , hablase en Francia en el brevísimo plazo de tres dias consumado una gran revolución política , que puso término en Eu- ropa al período reaccionario , comenzado en la batalla de Water-


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loo , y que tuvo á todas las naciones civilizadas bajo el yugo de la Santa Alianza durante 15 años consecutivos.

A los principios regeneradores de 1789 por los terroristas con torrentes de sangre maculados, y por la ambición épica del gran Napoleón trocados en riesgo inminente para todas las nacionalida- des, sucedieron en 1815 las teorías galvanizadas del derecho Di- vino de los Reyes, y de la supremacía teocrática de la Edad Media.

Los tronos por las bayonetas restaurados , y el sacerdocio en odio de los excesos revolucionarios en gran parte de su antiguo poderío reintegrados, tuvieron la demencia de imaginar que el siglo XVIII había en vano florecido , y procedieron en consecuencia como si revolución no hubiera habido , ni el Estado llano, con Mirabeau por defensor elocuente y con Napoleón mismo por coronada perso- nificación , no hubiese victoriosamente reivindicado sus fueros to- dos sociales y políticos.

España que como Italia hizo en 1820 un extemporáneo esfuerzo para sacudir el yugo del estúpido despotismo que la oprimía , hubo de sucumbir por causas que á la historia y no á la novela diluci- dar toca, á los 100.000 franceses que capitaneados nominalmente por el duque de Angulema invadieron en 1823 nuestro suelo para restablecer en él un gobierno desatinado y doblemente ignominio- so , por lo arbitrario de sus procederes y por habérselo al país im- puesto las bayonetas extranjeras.

El recuerdo de los primeros treg años en aquella reaccionaria, vengativa y sangrienta época , eriza el cabello y hiela la sangre de cuantos tuvieron la desdicha de vivir en ella. Toda noción de derecho desapareció entonces de entre nosotros ; opinar era un sa- crilegio , una frase imprudente llevaba á un hombre á la horca , y la delación llegó á erigirse en virtud premiada.

Sin embargo , como hasta los verdugos se cansan , y la modera- ción es una virtud que nace del solo trascurso del tiempo , desde 1827 á 1830 España tuvo relativamente hablando un momento de respiro.

Verdad es que la imprudente temeridad de los apostólicos, en el primero de los años últimamente citados , había llegado á poner en alarma al Monarca mismo , y también que en consecuencia preva- lecían hasta cierto punto en sus consejos los hombres que, si bien realistas y enemigos del liberalismo , comprendían que una nación no puede normalmente gobernarse con el verdugo solo.


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Verdad también que el partido liberal triturado, literalmente triturado por el vigor de la incesante persecución de sus implaca- bles enemig-os , parecia haberse ahogado en la sangre de sus nu- merosos mártires , j que no daba entonces dentro de la Península señales ostensibles de vida.

Y verdad por último , que la evidente influencia en el ánimo del Rey de su tan bella como seductora última esposa, habia hecho na- cer en el corazón de los españoles sensatos y bien intencionados la esperanza de un porvenir, si no tan liberal como conviniera, al menos de lenidad y tolerancia , asi como de reformas administrati- vas que mejorasen nuestra deplorable situación económica.

Desde que el dia 11 de Diciembre de 1829 pisó el suelo madrile- ño la reina Doña María Cristina de Borbon , entonces en la pleni- tud de su graciosa -hermosura , y precedida ya por la fama de su cla- ro ingenio , instrucción no común y liberales instintos , al decir de las gentes , los oprimidos comenzaron á esperar el alivio si no el remedio de sus males ; los opresores á temer que su tiránico predo- minio iba cuando menos á encontrar límites en la benévola in- fluencia de aquella magnánima princesa.

Así comenzaron luego á señalarse visiblemente en la mar polí- tica dos distintas y encontradas corrientes; la una de entusiasmo y esperanza , de temor y odio la otra , que tardaron poco en acarrear entre ambas á la esfera del Gobierno los dos partidos políticos que relativamente á nuestra época bien pudiéramos llamar primitivos, es decir , el Cristino y el Carlista.

La noticia de hallarse en cinta por vez primera la joven reina, circuló rápida al comenzar el año 1830 por todos los ámbitos de la Península , no por el fluido eléctrico llevada , porque entonces no teníamos en España ni aun telégrafos ópticos, sino en alas del deseo de los unos y del miedo de los otros.

Quizá no es posible para la juventud del dia darse cuenta clara de la profunda emoción que nos causó á nosotros , sus padres , la probabilidad sola de que Fernando VII tuviera un sucesor directo, de cuya madre nos prometíamos lo que ciertamente no podia , sin absurdo, esperarse del hasta entonces presuntivo heredero de la Corona.

Y, sin embargo , para ser justos , preciso es confesar que el In- fante D. Carlos, como persona particular considerado, era un hombre probo , formal , religioso , y que á sus creencias ajustaba


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SUS acciones todas , salvas las fragilidades de que , como simple mortal, no cabia que estuviese completamente exento.

Pero precisamente la buena fe con que aquel Príncipe profesaba ideas incompatibles con la época en que reinar esperaba ; su con- vicción inquebrantable de que solo de Dios procedía su derecho á la Corona ; su horror á todo género de liberalismo , que conside- raba como herético , si no como ateo , y su afán , en fin , de perso- nificar en sí , y de aplicar á España el sistema teocrático abso- lutista , sin modificación de ninguna especie , antes bien todavía con más severo rigor que lo había hecho su hermano , á quien los parciales miraban como transigente y latitudinario ; precisamente, en suma, la sinceridad misma del Infante D. Carlos en sus doc- trinas , fué y debió ser para todos los que ansiaban reformas más ó menos profundas un obstáculo invencible á.que el Trono ocu- para.

Por otra parte la sangre de los primeros carlistas , ó más bien de los precursores del partido carlista , copiosamente y con ensa- ñamiento derramada en Cataluña por el tristemente célebre Conde de España, aun no estaba entonces enjuta; y los ultra-apostólicos no son gente que perdona ni olvida.

Bajo una engañosa apariencia de pacífica tranquilidad, ardían, pues , en concentrado fuego , esperanzas y recelos , odios y entu- siasmos , que comprimidos todos unos por otros , y más acaso por el prestigio y fuerza del Monarca reinante , era evidente , sin em- bargo que habían de estallar volcánicos á su fallecimiento.

Fernando VII era el hombre por quien España había heroica y desesperadamente luchado durante seis años ; su nombre y el sen- timiento de la independencia nacional se confundían en el ánimo y la mente de las masas populares; y esas en la época á que nos re- ferimos estaban lejos todavía de ser liberales.

En España las ideas modernas proceden de lo alto , y han tar- dado mucho en infiltrarse , de capa en capa , hasta las regiones sociales inferiores.

No nos costaría grande esfuerzo demostrarlo históricamente: pero no son estas páginas lugar á propósito para ello.

Baste, pues, decir que allá en 1830, para encontrar liberales, era , por regla general , necesario ir á buscarlos en la aristocracia y en la porción ilustrada de la clase media.

En cuanto á las clases , donde hoy, en las grandes poblaciones


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sobre todo , se advierten síntomas hasta de ultra-liberalismo, solo se hallaba entonces (por regla general repetimos), un espíritu ultra-reaccionario, cuya existencia se explica fácilmente, conside- rando que tres siglos de continup habíamos padecido la Inquisi- ción, que las órdenes mendicantes cubrían nuestro suelo; y que, en fin , la institución de los voluntarios realistas estaba diciendo muy á voces que la Monarquía teocrático-absoluta tiende siempre á nivelar deprimiendo ni más ni menos que el socialismo terrorista.

Lo mismo donde uno solo ha de serlo todo, que donde á nadie se le concede superioridad alguna , preciso es que todos sean ante el Estado ó el autócrata en nulidad iguales ; y que á las profundi- dades de la ignorancia y la incivilizacion bajen ó se reduzcan el saber y la cultura , la distinción y la importancia por legítimas é innegables que fueren.

Pero como la sociedad camina siempre á su fin providencial, quieran ó no quieran los hombres , el mismo que en España sim- bolizaba la negación del progreso , fué quien , movido por afectos é intereses puramente personales , dio con su propia poderosa mano el impulso primero al ariete que había pronto de abrir brecha en el alcázar del absolutismo , facilitando el paso á la corriente dej espíritu regenerador de nuestro siglo.

El 29 de Marzo de 1830 la Gaceta de Madrid publicaba la prag- mática sanción de 1789, derogando la ley sálica por Felipe V ( que precisamente reinaba en virtud del derecho de una hembra] traída á España ; y desde ese mismo día los partidarios del anti- guo régimen, ó más bien los del entonces vigente, en D. Carlos personificado, comprendieron el peligro que les amenazaba, así como todos los reformistas , que en el fruto del vientre de la Reina Cristina estribaban sus esperanzas todas.

En tal estado de latente excitación política estaban los ánimos en España, cuando la revolución francesa (Julio 1830) vino, por una parte á encenderlos en más vivo fuego , y por otra á desalen- tar á todos aquellos que , ansiando con todas veras la reforma , te- mían sin embargo , y mucho , á la revolución , ya en odio á sus probables excesos, ya por amorá sus propios intereses y posiciones más ó menos encumbradas.

E n consecuencia , los realistas por el instinto de la conservación unidos, renunciaron por el momento á su lucha dinástica; y los liberales , víctimas de la especie de espejis^m que todos los bandos

TOMO II. 21


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proscriptos padecen , creyendo que la Francia orleanista , podía y queria , como la Francia de la Convención , lanzar sus huestes propagandistas al resto de Europa, libraron ya sus esperanzas todas en su propia fuerza revolucionaria , que por la de la nación vecina presumieron que eficaz y declaradamente seria apoyada.

La emigración política española , hasta aquella época casi ex- clusivamente en Inglaterra albergada , acudió á Francia apenas alzado alli sobre el país el Rey ciudadano. Acogiéronla calmosa- mente y con estrépito los patriotas del Sena ; organizaron^ juntas y comités ; despacháronse agentes á la Península , y nombráronse Generales ; y compráronse armas , y todo ello lo vio con benévola tolerancia el Gobierno de Luis Felipe , ya que nos abstengamos de afirmar, como tal vez con fundamento de acierto pudiéramos, que en todo ello fué cómplice el susodicho Gobierno.

En todo caso , mientras en los primeros dias de Octubre pene- traban en España, Valdés por Ordax, De Pablo ó Chapalaugarra, por Valcárlos , y Mina , en persona y acompañado de otros jefes de gran prestigio , por Vera ; viéndose todos ellos por los pueblos ó desatendidos ú hostilizados, y sucumbiendo, por ende, en los primeros encuentros que con las tropas reales tuvieron ; nuestro Gobierno , no obstante la oposición de los apostólicos , habia reco- nocido al nuevo Rey de los franceses , y obtenido de sus Ministros la orden que dieron y se ejecutó puntualmente, de desarmar é internar á los liberales en la frontera apenas derrotados en Navarra pisaran el territorio vecino.

Como es fácil de presumir , las tentativas á mano armada de los liberales emigrados vinieron solo para empeorar la suerte de sus correligionarios en España y asegurar por algún tiempo más la cruel preponderancia del partido pseudo-apostólico.

Algunas de las disposiciones de un furibundo Real decreto , por desgracia no el primero ni el último tampoco de su género, que consta en la Gaceta , y vio la luz pública en 1 .° de Octubre de 1830, bastarán para dar idea de la tirantez del Gobierno y de la postra- ción del país en aquella época.

Condénase, por de contado á muerte, á todos los rebeldes apren- didos con las armas en la mano , sin distinción de grados ni cate- gorías; pero, á mayor abundamiento, también á cuantas personas teng-an con ellos la menor relación directa ó indirecta , y les pres- ten auxilio hasta con simples avisos ; y lo mismo á los alcaldes y


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justicias de los pueblos morosos maliciosamente en dar parte de sus movimientos; y á cuantos maquinaren contra la Real soberanía, bastando á probarlo cualquier acto preparativo de la ejecución de sus planes. El solo hecho de tener correspondencia con un liberal emigrado de los de 1823, se juzgó digno de dos años de cárcel j 200 ducados de multa ; pero si de las cartas resultaba tendencia directa á favorecer los planes revolucionarios, ya se le imponía la pena de muerte. Es inútil añadir que el decreto á que nos referi- mos, no solo dejaba en su fuerza y vigor, si no que expresamente los confirmaba, otros anteriores no menos apasionadamente in- humanos.

Asi como las horas más frias de la noche , son precisamente las que más de cerca preceden á la aparición sobre el horizonte del astro vivificador del universo ; el absolutismo teocrático hacia pa- decer á España sus más iracundos furores, precisamente cuando ya se acercaba el término de su reinado.

Porque dicho sea sin escándalo de nadie, para nosotros tan muerto está el susodicho antiguo régimen, como Felipe II y el padre Torquemada (q. e. p. d.), y no hay ni habrá artificiosa galvanización , ni fantasmagóricos prestigios , que de otra cosa nos persuadan.

Y con esto basta de política , al menos por ahora ; y entiendan aquellas de nuestras amables lectoras , que no hayan saltado entero este capítulo así que de su título se enteraron , que si de esa ma- teria hemos tratado, no fué ciertamente porque más que á ellas nos entretenga y recree , sino por parecemos que no serian com- prensibles las más de las cosas que por referir le quedan á nuestra curiosa y verídica historia, sin enterar á unos y refrescarles á otros el recuerdo del estado de nuestro bienaventurado país en la época que bosquejar procuramos.

Basta , pues , de política por ahora , vuelvo á decir , y torno al extracto del Diario de mi compañero y amigo , á quien encontra- remos como le dejamos, preso en redes de la seductora Armida, de quien bien pudiéramos decir con el pescador de un lindísimo y conocido idilio de Arriaza :

"Entonces Silvia le mira "Y el corazón lo penetra: "El va á repetir su letra; "Y en vez de cantar suspira.


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"¡ Adios^ pobre pescadorl "¿Adiós red! ¡Adiós barquilla! "Que ya no hay en esta orilla "Sino vasallos de Amor."

Y , con efecto , la trasformacion de Lescura fué tan súbita como completa; de la inconstante movilidad de la mariposa , pasó á la inacción normal del molusco. No charlaba, no reia, no osaba ni mirar á las demás mujeres. Cada instante que, acabado el servicio, le entretenían sus compañeros , parecíale robado á su cadena ; y más aún que el ardor de la pasión , advertíase en él la afanosa so- licitud de la atrición con que el fanático da culto á sus ídolos.

Así las cosas , y poco antes de mediar Agosto , escribióle su abue- lo que se sentía alg-o indispuesto ; ocho días más tarde , el Admi- nistrador del anciano caballero avisaba que su principal había caído en cama , aunque no por entonces gravemente enfermo, y por úl- timo, el viejo D. Pedro mismo, que contando ya muy cerca de 80 anos, y conservando su razón muy entera, dio en presumir, no sin fundamento , que aquella pudiera muy bien ser su postrera dolen- cia , hizo saber al Brigadier, por medio de una carta por él dictada, y ya con trémula mano firmada , cuánto deseaba dar un abrazo y su bendición antes de morir á su único y muy amado descen- diente .

Nuestro buen D. Manuel , con su actividad y resolución de cos- tumbre, así que recibió la epístola del anciano caballero navarro, fuese en persona á solicitar del Ministro de la Guerra, Comandante general también de la división de caballería de la Guardia, la Real licencia necesaria para que Lescura pudiese pasar á Navarra; y así que la obtuvo , que fué en el acto , noticióselo á mi amigo, con re- misión del indispensable pasaporte , y la oferta de un par de miles de reales , si para el camino le hacian falta. Quizá presuma el lec- tor que sí se le harían ; pero engañárase , como suele acontecer muy á menudo , juzgando lógicamente.

En los dos meses , poco más ó menos , que Perico llevaba de estar en relaciones con Laura , en virtud de haber renunciado á la so- ciedad , á los paseos , al teatro , al juego , á las bordadoras y á todo género , en fin , de gastos más ó menos superfinos , y menos ó más públicamente secretos , había realizado , como ahora, se dice, gran- des economías en su presupuesto de gastos. La viuda era muy mu- jer de su casa, muy ordenada hasta en el lujo; y como ejercía en


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SU amante cierta especie de maternal influencia , sin perjuicio de la que en el amor estribaba , logró también ordenarle y metodi- zarle á él , hasta el punto de que en aquellos sesenta dias, con ayuda de algún ingreso extraordinario debido á la liberalidad del abuelo, pagaba Lescura su deuda á Leviatani , y se encontrase con medios para emprender la jornada , con solo tomar una mensualidad anti- cipada de sus asistencias.

¡ Grandes cosas son , y maravillosos resultados dan , según pa- rece , el orden y la economia en los gastos ; y es lástima, de veras, que sea tan difícil para los pobres , conciliar tales virtudes , con su natural deseo de gozar y alegrarse las pocas veces que las circuns- tancias se lo permiten.

Mi pobre Perico , que en verdad no vivia entonces con exceso, alegre y regocijado, tuvo, como puede suponerse, un gran disgusto al saber que su muy querido y para él cariñosísimo abuelo, se creia cercano al fin de su peregrinación por este valle de lágrimas ; y otra pena, ¿por qué no confesarlo con él en su Diario? otra pena quizá más grave , con la precisión de separarse, siquiera fuese tem- poralmente de aquella á quien toda su existencia consagraba.

Hubo lágrimas , pues , y hubo consuelos ; Laura aceptó al mo- mento el papel de victima resignada , acomodando á él traje , pei- nado , ademanes y palabras ; y el Alférez tomó la actitud heroica de quien al deber se inmola , resolviéndose al cabo á tomar prosai- camente la diligencia para Pamplona , pero no sin decirle , entre mal contenidos sollozos , á su tan dulce como enojada señora :

"Porque con honra y amor, "Yo me quede, cumpla y vaya, "A mi abuelo vaya el cuerpo "Y quede con vos el alma,"

Góngora dice : Vaya a los moros el cuerpo : Perico no podia, sin agraviar á su ascendiente , que era en todo el rigor de la frase un cristiano mejo , llamarle Moro , al despedirse de Laura,

Patricio de la Escosuea. (Se continuará. J


REVISTA POLÍTICA. INTERIOR.[editar]

Han terminado las tareas parlamentarias estando aun pendientes en una y otra Cámara varios proyectos de ley de reconocida importancia , según declaración del Gobierno j de sus órganos más caracterizados en la prensa. Tres autorizaciones de las varias que el Gobierno ha pedido á las Cortes han tenido menos fortuna que las otras ; el projecto de subvención al canal de Tamarite de Litera , no se ha presentado á votación en el Senado ; el de auxilios á los caminos de hierro no ha llegado á su natural término ; pen- diente de discusión ha quedado en el Congreso la lej de caducidad de cré- dito ; tampoco han apoyado sus autores la proposición que trataba de las condiciones que debían tener los Secretarios de Ayvmtamiento , la de re- forma del art. 168 de la ley Hipotecaria y la de exención de franqueo para ciertas publicaciones. También ha quedado en suspenso una interpe- lación sobre la separación del catedrático D. Fernando de Castro , asunto por cierto digno de amplio debate ; otra sobre la caducidad del ferro - carril de Isabel H , otra sobre los trabajos del ferro-carril de Granada á Bobadilla y otra acerca de la conveniencia de \m tratado de comercio con Inglaterra. No se ha contestado la pregunta referente á la cuestión del Luxemburgo , ni la que se relacionaba con el derecho diferencial de ban- dera; ni la que debia tratar del cobro de derechos por alcances de cuentas; ni se ha nombrado la comisión que debia dar dictamen acerca de la con- veniencia de conceder lO millones de reales para trigo, con destino á Castilla. Tampoco se ha discutido en el Congreso la ley de empleados públicos. El empréstito llamado ultramarino se ha deshecho , porque los interesados han creído como nosotros y como cuantas personas debían tomar parte en él , que necesitaba para su completa legalidad que hu- biese sido discutido y aprobado por los Cuerpos colegisladores. Ignoramos


BEVISTA POLÍTICA INTERIOR. 327

las consecuencias que tendrá para el Estado este rompimiento , j si los concesionarios del empréstito perderán el depósito de los lO millones, puesto que se interesaron en la operación con las condiciones establecidas en la letra del Real decreto.

Creemos que ha lleg-ado la ocasión oportuna de emitir nuestro juicio acerca del último periodo gubernativo del partido moderado y de las con- secuencias que pueden resultar de la política que ba tenido á bien seguir en esta época de su mando. Prescindiendo de la extensión que boj tiene el derecho de escribir j de los limites que le concede la lej vigente , nos- otros hemos probado j seguiremos probando que nuestros juicios son hi- jos de la imparcialidad más absoluta , no de la imparcialidad , como ha dicho un hombre célebre , que nace de la indiferencia , sino de la que tie- ne por base el estudio desapasionado de los sucesos que pasan á nuestra vista y del amor del bien público. Dirigiendo una mirada imparcial por el campo de la historia de España desde que apareció el espíritu moderno de libertad , que tuvo por cuna la pobre casa de comedias de la isla de San Femando , encontraremos , con leves intervalos de moderación plausible, combatida la política española por dos fuerzas distintas que la han lle- vado casi siempre más allá de los justos límites que le trazara su conve- niencia. Empujada con poca cordura ó detenida por apasionados intereses la idea civilizadora que brota del espíritu del mundo moderno ha adelan- tado sin duda entre nosotros , pero caminando de acción en reacción , su desarrollo ha hecho sufrir á los pueblos los tormentos naturales al exage- rado impulso de descompasadas oscilaciones. En vindicación, sin em- bargo , de nuestro propio carácter y rindiendo en ello un tributo á la ver- dad de la historia, debemos consignar que este mal no ha sido achaque característico de la nación española , que debe más bien considerarse como lej constante del progreso humano , cumplida , no solo en los pueblos que han pasado por trasformaciones radicales , sino aun en aquellos que pre- sentan más armonía en el desarrollo de sus instituciones, j Cuántos mar- tirios no ha sufrido la misma Inglaterra , cuna de la libertad , antes de conseguir que impere en sus partidos el espíritu patriótico de transacción constante que constituye hace algunos años el signo distintivo de su fiso- nomía política. Sin remontarnos á tiempos antiguos, sin recordar, ni sus luchas religiosas, ni sus luchas civiles de siglos que pasaron, ¿no encontra- remos allí, por ventura, ayer como quien dice, sucesos semejantes á los que se han realizado en nuestro país en épocas más recientes?

A poco que se estudien las diferentes fases de la vida de los pueblos, se encontrarán semejanzas que no pueden menos de llamar la atención de los ánimos menos observadores. El espíritu de reacción exagerada ha dado siempre , en un plazo más ó menos largo , resultados semejantes. No vamos á recordar los acontecimientos solemnes que han manchado las


328 REVISTA POLÍTICA

páginas de la historia de ningún pueblo : ¡ Cuan terribles luchas no han sostenido en el Reino-Unido el Trono y los Parlamentos en defensa de las que consideraban como sus legitimas prerogativas!

Nuestra memoria no irá más allá de esos sucesos naturales que ponen de manifiesto los resultados que ciertas políticas han tenido para el país en que se realizaron y para los partidos mismos que fueron sus más enérgi- cos sostenedores. ¿Que sucedió en Inglaterra á la muerte de Pitt? ¿A qué extremo no llegó el partido tory, por apoyar con desmedido entusiasmo la política ultra-monárquica del Duque de Portland, de Mr. Perceval y de Lord Liverpool? Aquellos Ministerios sostuvieron la pohtica personal; combatieron las concesiones que se pedían para los católicos, como con- trarias á la Iglesia oficial; la represión fué especifico, al parecer seguro, para mantener la tranquilidad de la Nación: ¿Cómo salió el partido tory de estos ensayos? El Rej le conservaba todo su favor; la Cámara de los Lores le pertenecía por completo; el clero protestante era su más firme apoyo por interés y por agradecimiento; pues bien, gozando de tanta fortuna , de tantos elementos de poder , empezó á faltarle el sosten de sus propios parciales : grandes trasformaciones , antes poco simpáticas á la na- ción , empezaban á echar raices en el corazón de Inglaterra ; las nuevas ge- neraciones entraban en el mundo de la política imbuidas en el espíritu del siglo en que vivían ; los elementos comerciales y las industrias manufac- tureras aprendieron que la actividad verdadera y el espíritu de empresas se armonizaban con los progresos políticos y que la inercia social acompa- ñaba el mando de los enemigos de estos progresos , de lo que resultó que el espíritu liberal ganaba terreno de dia en día en el ánimo del pueblo. El partido wigh recobró pronto la popularidad que en el poder habia perdido , llegando á ser la esperanza del país y la representación de la li- bertad constitucional de que la Inglaterra volvía á estar ansiosa.

Caídos los torys , tuvieron que renunciar hasta á su propio nombre para hacerse compatibles con la opinión pública , llamáronse conservadores y sin los esfuerzos de talento y patriotismo de Sir Eoberto Peel, que les abrió nuevos horizontes , sin la radical trasformacion que han hecho luego en su doctrina política, difícilmente hubieran vuelto á ser poder en In- glaterra.

Hay en todas las naciones una gran masa de población juiciosa, enemiga por índole y por conveniencia de las situaciones anormales , la cual se in- clina siempre del lado contrario á la exageración de todo sistema pohtico: esta masa , que representa la verdadera opinión pública , es la que consti- tuye la fuerza de los Gobiernos , aun en aquellas épocas en que menos se le permite hacer ostentación de sus legítimas aspiraciones, j Desdichados de los partidos que no cuentan con el apoyo de esta fuerza , sean cuales fueren los móviles que les impulsen! Dice Balmes en el ^ Pensamiento de


INTERIOR. 3^

la Nación , » lo que sigue , y ténganse presente los tiempos en que aquel periódico se publicaba y los que lio j corren , j no se olvide tampoco la escuela á que pertenecia aquel ilustre escritor :

«Quien haya de gobernar la España es necesario que á más de la Espa- »ña antigua , de la España religiosa y monárquica , de la España de las «tradiciones, de los hábitos tranquilos; de las costumbres sencillas, de 68- » casas necesidades , de un carácter peculiar que la distingue de las demás «naciones de Europa, vea la España nueva con su incredulidad ó indife- wrencia, su afición á nuevas formas políticas, sus ideas modernas en opo- «sicion con nuestras tradiciones, su vivacidad y movimientos, sus costum- »bres importadas del extranjero , sus necesidades hijas de un refinamiento ))de cultura, su amor á los placeres, su afán por el desarrollo de los inte- «reses laateriales , su prurito de imitar á las demás naciones , en particu- ))lar á la Francia, su fuerte tendencia á una trasformacion completa que "borre lo que resta del sello verdaderamente español y nos haga entrar en «esa asimilación ó fusión universal á que parece encaminarse el mundo. El "Gobierno que se empeñase en prescindir enteramente de la España nueva, «ateniéndose únicamente á la antigua , provocaría por necesidad gravísi- «mos conflictos y acabaría por sucumbir. Se contiene un motín y se do- wmina con la fuerza á los amotinados : se desbarata una conspiración y )>se ahuyenta ó se castiga á los conspiradores : se reprime una insurrección «militar ó se la previene con cuerdas medidas y disciplina severa; pero el «curso de las ideas, el espíritu de la época, estas cosas se dirigen, se mor «deran, se modifican; pero no se detienen con la fuerza. La mano impru- «dente que se les pone delante, ó es hecha pedazos, ó es debilitada y des- «compuesta con la acción disolvente, con el aliento abrasador á cuya ín- » fluencia está sometida ella misma.»

Sí apoyados en la enseñanza que arrojan los sucesos anteriormente re- feridos y otros de índole análoga que pudiéramos fácilmente recordar de pueblos cuyo desarrollo histórico está más en consonancia con el nuestro; sí teniendo en cuenta estas atinadas observaciones , hijas de la buena fe y del recto juicio de una persona que no profesaba las ideas que nosotros profesamos ; sí teniendo en cuenta , repetimos , estos antecedentes , nos detenemos á analizar las reformas poHtícas que ha hecho el partido mo- derado , encontraremos el primer error , siquiera fuese dictado por los más puros móviles , en la reforma de la Constitución de 1837 , y luego sin dis- culpa que atenúe su responsabilidad , en cuantas modificaciones ha sufrido después de 1845 la ley fundamental. La Constitución de 1837 había sido prenda de alianza , transacion preciosa entre partidos que al ser adversarios no debían olvidar que estaban llamados á realizar una idea común. Martí- nez de la Rosa había dicho en pleno Parlamento , que todo lo que fuese más de la Constitución de 1837 , que todo lo que fuese menos de la Cons-


330 REVISTA POLÍTICA.

titucion de 1837, seria un crimen. Arguelles, el defensor ardiente del Códi- go de I8l2 , ensalzaba y defendia con el mismo ardor la nueva Constitución del Estado. Olózaga, Sancho, González y Ferrer, componían la comisión que redactó sus bases. En ellas están de manifiesto el espíritu conservador, la tendencia conciliadora que reformaba en sus ya atrevidas , ya candidas disposiciones, la ley de Cádiz. El dia en que se juró la Constitución de 1837 fué un gran dia para la nación española ; todos los partidos se ha- llaban representados en la nueva ley, era una transacion común que pro- metía un período de paz y reconciliación.

Decía en la Cámara popular un orador notable del partido conservador, refiriéndose á este feliz acontecimiento: «Los emigrados que estaban en "Francia , en Inglaterra , en el Peñón de Gibraltar , iban á volver á su "patria. Los amigos se estrechaban en la calle , la Reina era llevada al "Santuario de las leyes en triunfo y con aplauso de todos , por un mar "de pueblo en el que iban á confluírse los torrentes de todos los partidos »que aquel suceso volvía á unir. Era un gran dia, yo me acuerdo de él; "de aquel dia de la inauguración de la Constitución. La juramos todos, "la juró el pueblo; la juró el ejército al frente del enemigo; la juraron «aquellos soldados que más tarde se retiraron á sus casas y volvieron á sellas con el eco de la Constitución del 37 , con aquel eco con que habian "Sido heridos y mutilados. Hubo el dia de Vergara, y en aquel dia á la «sombra de la bandera de la Constitución de 1837 , descansaron los ejér- vcitos beligerantes. En ninguna Constitución de Europa se encontrará una «página más bella que la de aquel magnífico acontecimiento. »

Recordando el estado en que la nación española se encontraba en 1837, no puede menos de hacerse justicia á la comisión que redactó las bases del nuevo proyecto de Constitución y á las Cortes Constituyentes que la aprobaron, sin temor á las iras de la demagogia ni á los inmoderados desahogos de los que se llamaban representantes de la opinión pública, basando el nuevo Código en principios moderados , en ideas de equilibrio y reconciliación entre los poderes públicos , en garantías mutuas para la libertad y para el Trono.

Separaba la Constitución de 1837 la parte reglamentaría de los puntos esenciales que deben constituir un Código fundamental , enmendando así un defecto de la Constitución de 1812 ; dividía las Cortes en dos cuerpos colegisladores , mejoras ambas que aconsejaban los adelantos del Gobierno representativo y los ejemplos de Francia, de Inglaterra, de Bélgica, de Holanda y de los demás pueblos regidos por instituciones parlamentarias; establecía el veto absoluto , imposibilitando así la existencia de un Parla- mento revolucionario ; reformaba la ley electoral , estableciendo la elección directa, única forma en que es posible la verdad del sufragio.

Sí quedaron algunos lunares en el nuevo Código , no creemos que fue-


INTEEIOB. 331

sen de índole suficiente para justificar la reforma llevada á cabo por el par- tido moderado en 1845, reforma que abria de nuevo el período constituyente y preparaba sucesos peligrosos que han venido á realizarse luego y que ya entonces pronosticaron desde los escaños del Congreso Pastor Diaz , Isturiz, Pacheco, Posada Herrera, Eoca de Togores, Latoja, Perpiñá y otros.

No vamos á hacer un estudio comparativo de las Constituciones de 1837 y 1845. En nuestro juicio, y prescindiendo del estado poHtico del país en que cada una de ellas rigiera , haciendo abstracción por un mo- mento de la índole de los partidos , de las necesidades políticas que pu- dieran satisfacer , de la manera y medios con que se estableciesen , estu- diando , en fin , en abstracto ambos códigos : entendemos, y estamos per- suadidos de que la mayoría de los hombres sensatos serán de nuestra opinión , que la Constitución de 1845 es superior en su estructura á la de 1837.

¿Pero las ventajas que podia traer la reforma, compensábanlas grandes dificultades que se dibujaban en lo porvenir y que no podia dejar de pre- ver la inteligencia menos perspicaz? La pasión de partido, el ardor de la lucha, un celo, tal vez indiscreto, llevó al partido moderado á efectuar una reforma , que si en otra ocasión hubiera podido ser favorable á los intere- ses públicos , exasperaba á la sazón el ánimo de los vencidos. Siguió á la reforma de la Constitución una verdadera dictadura ministerial y por la ley de 1.° de Enero de 1845 se autorizó al Ministerio que presidia el Duque de Valencia para fijar las atribuciones de los Ayuntamientos , Di- putaciones provinciales , Gobiernos políticos , Consejos de provincia, y para la creación de un cuerpo supremo de Administración, que estuviese en consonancia con la letra y el espíritu del nuevo Código : empezando así el partido moderado á poner en uso el sistema de las autorizaciones y á plantear reformas en determinada [tendencia , que era natural combatiesen los defensores de las libertades parlamentarias aun profesando ideas con- sevadoras.

Se publicó á seguida la ley de Ayuntamientos, la de Gobiernos; se crea- ron los Consejos provinciales , institución desconocida en España , redac- tándose los decretos que establecían estas novedades por la docta pluma del Sr. Marqués de Pidal , Ministro de la Gobernación entonces. Se lleva- ron los delitos de imprenta al tribunal ordinario ; por la ley de 13 de Ju- lio de 1845 se determinó la organización y se señalaron las atribuciones del Consejo Real, alto Cuerpo consultivo del Estado y Tribunal de ape- lación de los Consejos provinciales. Se publicó el Nuevo Plan de Estudios y el Reglamento para su ejecución ; planteó el Ministro de Hacienda el sis- tema tributario , y el de Gracia y Justicia hizo reformas en el ramo á cu- yo frente estaba , promulgando el Reglamento de los Juzgados de primera instancia y la ley de vagos.


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Parecía natural que el partido moderado hubiese pronunciado entonces su última palabra, y que en aquellas reformas debia buscarse un credo político que , partiendo de ellas , aceptase luego las modificaciones que fuesen estando más en armonía con el espíritu de los tiempos ; pero no sucedió así , el partido moderado se dividió pronto , intentando una gran parte de él en 1852 un nuevo proyecto de reforma de extraordinaria tras- cendenciíii que no llegó á realizarse, porque sus hombres más distinguidos, se le opusieron con una energía por desgracia poco perseverante , pues en 1858, siendo otra vez Presidente del Consejo el Sr. Duque de Valencia, vuelve á ponerse mano en la lej fundamental, , verificándose un cambio político que llevaba á la exageración los principios que habían servido de base á la reforma de 1845, influyendo el Sr. Nocedal desde el Ministerio de la Gobernación en la marcha de la política triunfante.

En vano se opusieron á tan perjudicial tendencia ánimos previsores ; en vano clamó la juventud conservadora contra la nueva doctrina ; el impulso estaba dado y si alguna protesta se ha hecho luego desde los bancos de la oposición en tiempos de desgracia para los moderados ; si hubo quien em- prendió con ánimo decidido la ímproba tarea de armonizar las ideas y ten- dencias de este partido con el espíritu del mundo culto, sus esfuerzos fueron inútiles , sus voces se perdieron en los ecos del espacio , fracasando por completo aquella tentativa ante la resistencia en masa del partido y de sus más caracterizados jefes.

Las nuevas alianzas que los moderados habían hecho en el mando los empujaban naturalmente por el camino de la resistencia ; la idea guberna- mental , no queremos darle otro nombre , se había enseñoreado por com- pleto de aquella agrupación política , la cual , al subir últimamente al po- der, tomó posesión denodadamente de las más avanzadas trincheras del campo, á donde hace tiempo dirigía sus pasos.

Considerando desde este punto de vista, que es en nuestro juicio el ver- dadero , las Cortes que acaban de suspender las sesiones , han sido modelo fiel de abnegación y consecuencia políticas, nos complacemos en reconocer que es imposible llevar más adelante el entusiasmo y la decisión por ima causa.

Las leyes del año 45 , todavía en vigor, se consideraron insuficientes , y todo se ha reformado ; Ayuntamientos , Gobiernos , Diputaciones provin- ciales , Instrucción pública , Ley de imprenta , Orden público , cuantos ra- mos encierra la gobernación de un país han sufrido formal alteración. Nuevas disposiciones sobre vagancia de un alcance innegable vinieron á completar el plan político trazado por el último Gabinete del General Narvaez. El partido moderado , dando al olvido su antiguo lenguaje , em? pezó á usar un tecnicismo nuevo en la escuela y ajeno al de sus verdaderos apóstoles.


ITÍTEKlÓR. 333

Becia Donoso Cortés en el dictamen de la comisión de reforma en 1845: « En la Constitución de 1837 no podían resplandecer los pñneipios de ^^ia libertad y del orden con toda su limpieza , porque la sociedad estaba «entregada á la anarquía. »

Ahora se ha dicho que es necesario «poner en la llaga, no el dedo, sino ))la mano entera,» para significar, sin duda con frase más pintoresca que propia , que ha llegado el momento de aplicaí remedios supremos. Se ha hablado de la « constitución interna del país, » como si se quisiera dar á en- tender, que las instituciones liberales no son del todo compatibles con los hábitos, tendencias é instintos patrios.

El proyecto de estrechar las distancias que separa á los partidos libe- rales por medio de hábiles j sucesivas transacciones , se ha abandonado por completo considerándose peligroso j se han elevado por el contrario las barreras que los separaban , más que por las desgracias inevitables y nunca bastantemente deploradas de nuestras luchas internas , por lo que es obstáculo más constante y de más difícil remoción , por las diferencias establecidas en el organismo político del país.

Otra era , en nuestro juicio , la línea de conducta que debia haber se- guido el partido moderado. Una de las principales causas, si no la más importante de cuantas han contribuido á que en Inglaterra se cumpla más fácilmente que en ningnn pueblo europeo la ley del progreso en la esfera del gobierno , hay sin duda que buscarla en las últimas modificaciones de sus partidos , por las cuales , para acomodarse á las exigencias de la opi- nión pública , los conservadores se han ido haciendo cada dia más libera- les y los liberales más conservadores ; viniendo por lo tanto á ser el campo de sus debates dominios tranquilos ocupados por una y otra fuerza.

Bien puede asegurarse que las diferencias de opinión entre un Tory y un Wigh son ya poco exageradas. La mayor parte de los conservadores han creído una necesidad social respetar las reformas que no habían tenido fuerza para impedir , sin que allí sea posible este constante tejer y destejer de la política española, verdadera tela de Penélope, como la llamó el ma- logrado Larra en uno de sus inspirados artículos. Los liberales , soste- nedores entusiastas del self-governement en toda su pureza, llenos de confianza en el prestigio popular , favorecen á su vez el desarrollo de cuan- tas libertades son compatibles con el orden público. Convencido el país de que posee su autonomía , de que tiene medios legales para realizar to- das sus legítimas aspiraciones manifiesta sus deseos con enérgica tranqui- lidad , mirando con indiferencia la lucha de los partidos deseosos de con- seguir las reformas que la opinión reclama como útiles y necesarias , sean cuales fuesen los nombres de las personas que las lleven á feliz término.

A ningún inglés se le ocurriría hoy clamar contra un Gobierno que plantease una medida útil porque estuviese en poca armonía con el antiguo


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credo de su partido. Los airados discursos de lord Eldon j Sir Jolin Ben- tinek contra Sir Eoberto Peel no se oirian hoy sin gran desagrado en el Parlamento de Inglaterra. La disciplina antigua de los partidos solia or- ganizarlos á manera de ejércitos beligerantes que siguen inconsciente- mente las órdenes de sus jefes , preocupándose tan solo de alcanzar á todo trance la victoria. Somos los primeros en reconocer la necesidad j con- veniencia de los partidos para la existencia del régimen parlamentario, teniendo por fundamento la comunidad de ideas , pues idem sentiré de re- pública será eternamente el gran vínculo que ligue á los hombres ; mas para que estas asociaciones sean elementos útiles á la patria , es necesario que estén dotadas de la ilustración j el patriotismo necesarios para respetar y reconocer cuanto sea conveniente , por más que proceda del triunfo de un adversario. De este modo se forma al fin una población entendida que presta su desinteresado apoyo á los gobiernos cuando son justos y sofoca con su propia fuerza la sedición de las facciones.

No sabemos cuando llegarán á organizarse en España de este modo las agrupaciones políticas. No perdamos, sin embargo, la esperanza. «Los «pueblos , ha dicho M. Guizot , no se engañan constantemente en el curso »de un largo destino. Cuanto más una nación se engrandece, más necesita )>de libertad; en los Gobiernos libres es donde residen las garantías efica- »ces de los intereses generales de la sociedad , los derechos personales del «hombre y el derecho común de la humanidad, »

J. L. Albareda.


REVISTA POLÍTICA. EXTERIOR.[editar]

La crisis poHtica que atraviesa el reino-unido de la Gran Bretaña sigue su curso con la lentitud que es propia del carácter de ese gran pueblo y de la larga experiencia que tiene en las prácticas del gobierno parlamen- tario. Varias peripecias han ocurrido en los últimos quince dias , y en ellas se ha confirmado que el Gabinete Disraeli no tiene en su apoyo la mayoría de la Cámara de los Comunes, sin que tan frecuentes y evidentísimas derrotas hayan apresurado hasta ahora el desenlace de la crisis , y sin que


EXTERIOR. 335

sea posible calcular si el conflicto pendiente terminará con la caida del Ministerio, con la disolución inmediata de la Cámara de los Comunes , ó si se arbitrarán por el Gobierno j por la oposición medios para llegar hasta el fin natural de la legislatura, apelando al país en las próximas elec- ciones sobre la gran cuestión últimamente suscitada por Gladstone, la cual como hemos dicho se agita hace años en Inglaterra, y habrá de resolverse al cabo en favor de la justicia y de la tolerancia religiosa , po- niendo fin á las monstruosidades de que aun es víctima la desgraciada Irlanda.

Dejemos, pues, para otra Revista el relato de lo ocurrido en esta gran cuestión , y quizá podamos entonces dar noticias de su desenlace , hoy nos parece más digno de atención el gran debate que durante nueve dias ha ocupado al Cuerpo legislativo francés sobre los efectos del tratado de Comercio ajustado en 1860 entre el vecino imperio y la Gran Bretaña. El origen de tan extensas discusiones , que han tenido á veces una vehe- mencia que no parece muy propia del asunto, fué una interpelación pre- sentada á la asamblea por M. Poujer-Quertier y otros diputados y acep- tada por las secciones conforme al reglamento que ha puesto estas corta- pisas al devolver á los Diputados el derecho de interpelar al Gobierno, consecuencia natural de la iniciativa parlamentaria, y que debe existir sin más limitación que la de la prudencia , donde quiera que exista real- mente el Gobierno constitucional y representativo. Como lo que hasta ahora ha habido en Francia ha sido una verdadera dictadura , según con- fesión espontánea del que la ha ejercido y de sus Ministros , la facultad de interpelar al Gobierno , la ley novísima de imprenta y la de reuniones son progresos dignos de aplauso en el sentido liberal y parlamentario, que no estableciendo una situación definitiva provocarán otros más impor- tantes hasta que logre ese gran país el ejercicio legal y completo de sus libertades políticas, sin el que no podrá conseguir los adelantos á que aspira en todas las esferas de la actividad humana y que le son indispen- sables para conservar el lugar que ocupa entre las demás naciones de Europa.

Felizmente para nuestros vecinos ni aun en los tiempos más deplorables de su historia contemporánea ha faltado á su actividad espacio en que ejer- citarse ; los excesos revolucionarios de 1848 produjeron la reacción que llegó á su último punto en 1852 , pero ni aun entonces abdicó el pueblo francés todas sus libertades en manos del Príncipe á quien confió la ardua tarea de restablecer el orden social hondamente perturbado por las pasadas conmo- ciones. En el terreno intelectual y en el religioso , la libertad no sufrió limi- tación alguna que no existiera antes de aquellos excesos , pues si la prensa periódica fué sometida al poder discrecional del Gobierno , y si fué difícil discutir aun en los libros las materias políticas y económicas , todas las


336 REVISTA POLÍTICA.

demás esferas del saber estaban completamente libres , y durante esa épo- ca se han sostenido j propalado las tesis más aventuradas y radicales co- mo para compensar en estas materias la falta de libertad que en otras se sentia. Por lo que se refiere á la esfera industrial la libertad que dentro de la nación existia desde la revolución de 1789 ha venido á completarse con el nuevo régimen económico que inició el tratado de comercio de 1860 en virtud del cual el mercado nacional se abrió á la concurrencia extranjera, extendiéndose en cambio á diversos j extensísimos países la exportación y el consumo de los productos de Francia. No han faltado , pues , ni aun en los tiempos más calamitosos medios de espía jarse á las facultades de nues- tros vecinos , y por esto no han sufrido las penosa^ decadencias que han padecido otros pueblos inmovilizados por las leyes y por las costumbres que oponían en todos sentidos obstáculos al ejercicio de su libertad ; verdad es que durante algún tiempo no ha existido para ellos en la medida nece- saria la libertad que es garantía y estímulo de todas las demás , por eso sus progresos no han sido más rápidos y ven ahora con inquietud que están próximos á anteponérseles , si es que ya no se le anteponen otros pueblos que más dichosos han gozado en los últimos tiempos mayor holgura para el ejercicio de su actividad en todas las esferas á que puede aplicarse.

Claro es que en tales circunstancias no era posible que sacasen buen partido los defensores del régimen industrial que se conoce con el nombre de proteccionismo , pues cuando todo el mundo reconoce que la libertad es causa de progreso para todas las manifestaciones del hombre , no se habrá de renunciar á ella en el orden económico , en el cual ha producido ventajosísimas consecuencias para el Imperio , durante un período de más de siete años , á pesar de las crisis industriales , metálicas y alimenticias que han perturbado el curso de tan notable é instructiva experienc:a. A pe- sar de todo , los partidarios del proteccionismo han procurado hacer valer quizá por última vez en Francia , sus opiniones y sus intereses , pidiendo que no se renueven las estipulaciones del tratado de comercio con Ingla- terra que, ajustado como por vía de ensayo, podrá cesar en el año de 1870 en virtud del disenso de las partes contratantes. Puede ser que sea cierto, como ha dicho im orador en el Cuerpo legislativo , que los proteccionis- tas hayan querido aprovechar para sus especiales fines la ocasión que les ofrece la mala situación de algunas industrias ocasionada por la carestía de los cereales, y más quizá por los temores constantes de una guerra que pesan con abrumadora pesadumbre sobre la Europa entera y más espe- cialmente sobre Francia hace cerca de dos años.

Aunque realmente el debate que ha tenido lugar en el Cuerpo legislativo era la discusión tantas veces entablada entre la protección y el libre cam- bio , es lo cierto que las teorías económicas han tenido poco lugar en los discursos de los mantenedores de las opuestas doctrinas , y que la discu-


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sion, á pesar de "la gran elocuencia de muclios de los que en ella han to- mado parte lia sido muj árida, porque se ha tratado de examinar especial- mente el estado actual de diversas industrias y las causas de su prosperi- dad ó decadencia. Los guarismos j los hechos han ocupado el lugar de las teorías profundas ó brillantes j como el arte de agrupar las cifras ha he- cho tan notables pregresos, unos mismos números han servido para deducir las consecuencias más contrarias, siendo menester gran fuerza de atención, y no pequeña aptitud aritmética para analizar con acierto los innumera- bles y complicados cálculos que han servido de apoyo á los sostenedores respectivos de las causas que se debatian. No exigirán nuestros lecto- res que le demos noticia circunstanciada de todos y cada uno de los dis- cursos que con esta ocasión se han pronunciado ; pero debemos hacer mención de los que nos parezcan más importantes , y siguiendo el orden cronológico toca el primer lugar al de M. Thiers , que á pesar de sus doctrinas liberales , es tan enemigo del libre cambio como de la doctrina de las nacionalidades , y que no obstante su elocuencia y su gran enten- dimiento , es una excepción , un tipo especial y sui getieris en medio de la escuela liberal moderna, animada de un espíritu humanitario y cos- mopolita sin duda exagerado y de todo punto opuesto al espíritu pa- triótico estrecho y exclusivo que llaman chaiivinisme nuestros vecinos , y que es el carácter distintivo del historiador del Consulado y del imperio. M. Thiers , que no quiere que al lado de Francia se constituya la Italia independiente ni la Alemania unificada , se opone también á que el mer- cado francés reciba las productos de Inglaterra por más que de este modo se aumente , con la posibilidad de extender el consumo , el bienestar de la gran masa de la población. Sea dicho con el respeto que la justa fama de M. Thiers nos inspira, las doctrinas de este insigne estadista se re- sienten de la influencia de su edad, cada hombre pertenece á su época, y la época de M. Thiers no es la presente, por eso sus opiniones políticas y económicas , á pesar de la elocuencia y del vigor con que las defiende nos parecen verdaderos anacronismos. El movimiento natural de la huma- nidad , las corrientes del progreso imposilitan hoy que el equilibrio que ne- cesariamente tiene que existir entre todas las naciones de Europa para que la paz no se turbe , se establezca como se estableció en I8l5, interponien- do entre tres ó cuatro grandes potencias multitud de pequeños estados que sirvan para evitar el contacto ó para amortiguar el choque de aquellas; hoy la paz no puede establecerse sino en virtud de la equivalencia de las fuer- zas de grandes naciones constituidas por la agrupación natural de los pue- blos , según su lengua , su raza , sus intereses poHticos y económicos , y principalmente según sus antecedentes históricos.

Una cosa análoga y enlazada con la anterior por numerosos vínculos tienen que suceder en el orden industrial : es imposible que hoy logre una TOMO n. 22


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nación crear una industria poderosa cerrando su mercado á las demás na- ciones del mvindo, j lo es porque encontrará á su vez cerrados los de estas y ni podrá adquirir con baratura las primeras materias que necesite ni en- contrará salida para sus propios productos. El equilibrio económico debe hoy establecerse de modo distinto que antes , es decir , no rodeando cada nación de un muro impenetrable y procurando que dentro de él se reali- ce la evolución total económica , la producción , la repartición y el consumo de todos , y cada uno de los productos necesarios para la existencia de los individuos y de los estados , sino determinándose en cada reg-ion la natu- raleza de los productos , según sus circunstancias propias y obteniendo los demás por medio del cambio. Causas históricas que seria largo referir han impedido hasta ahora la realización de este ideal económico que no ha de al- canzarse por su puesto de golpe, sino que ha de servir de norte y de guia en el desenvolvimiento industrial de los pueblos. Los Gobiernos encargados de regirlos tienen una misión difícil de cumplir, preparando esta revolución económica y llevándola á término con las menos perturbaciones posibles. ¿La experiencia de siete años autoriza á M. Thiers y á los que como él piensan para creer que la reforma ha sido en Francia precipitada, y por lo tanto funesta? Lejos de eso el movimiento mercantil del vecino imperio ha crecido de tal modo desde 1860 , que este resultado es la contestación más victoriosa que se puede dar á los enemigos del régimen existente; por eso el Ministro de Comercio M. Forcade La Roquette insistió muy parti- cularmente sobre este punto en su discurso que fué notabilísimo por los profundos conocimientos que revela en esta materia , demostrando que la progresión de los cambios de Francia con el extranjero, habia sido dos veces más rápida en siete años bajo el nuevo régimen que en veintiuno bajo el anterior , sin que esta progresión , aunque algo más lenta , se haya de- tenido durante la crisis, pues el movimiento del comercio especial que com- prende solo los productos nacionales exportados y los extranjeros impor- tados para el consumo , representó en 1866 la suma de 5.954.000.000 de francos y se elevó en el año siguiente de 1867 á la de 6.125.000.000. M. Forcade demostró con datos auténticos que en la masa del comercio internacional la balanza es en alto grado favorable á Francia respecto á Inglaterra , á pesar del temor que inspira á los proteccionistas la invasión de los productos de esta nación que tan gran desarrollo industrial ha al- canzado. Las exportaciones de Francia á Inglaterra suman 1.153.000.000 y las de Inglaterra á Francia solo 652.000.000, según la estadística de 1866 , siendo de notar que en esta cantidad los productos manufacturados franceses representan el triplo de los de Inglaterra , pues los primeros tie- nen un valor de 629.000.000 de francos, y los exportados á Francia desde Inglaterra no suben más que á 199.000.000. La elocuencia de estas cifras y su fuerza probatoria son tan grandes , que basta aducirlas para conven-


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cer á cualquier persona imparcial de que el régimen actual es en alto grado beneficioso para la industria y para la riqueza nacional del vecino imperio. Debe advertirse que este régimen , á pesar de las impugnaciones de que es objeto por parte de los proteccionistas , no es ni mucho menos el de la li- bertad de comercio , pues en el tratado á que tantas veces nos hemos re- feí'ido , se reservó el Gobierno francés la facultad de imponer sobre ciertas mercancías derechos que varían del 6 al 30 por lOO , y con arreglo á es- tas bases están formadas las tarifas vigentes de aduanas , que no tienen como las de Inglaterra un carácter meramente fiscal , sino que protegen á ciertas industrias contra los peligros de la competencia extranjera.

No pudiendo negar los partidarios de la protección los resultados generales que ha producido el tratado de Comercio con Inglaterra, han procurado poner de manifiesto y realzar con todos los recursos de la elocuencia, y aduciendo innumerables datos , la situación , no ya pre- caria, sino ruinosa, en que algunas industrias particulares se hallan. M. Porcade se hizo cargo de estos hechos que ya había aducido Monsieur Thíers , explicándolos satisfactoriamente , y demostrando que semejante situación no podía con justicia atribuirse al tratado de comercio ; pero M. Pouyer-Quertier insistió de nuevo en ellos , pronunciando un extensí- simo discurso que sin duda le honra por el profundo estudio que revela del movimiento industrial y econóaiico. M. Pouyer-Quertier trató de demos- trar que los guarismos de la estadística comercial eran exageradísimos porque se comprendían en ellos las mercancías que atravesaban la Fran- cia para ir á consumirse á otros puntos , contándolas , sin embargo , dos veces, una á la entrada y otra á la salida. Con este motivo hizo una com- paración que produjo la hilaridad de la Cámara diciendo : «un amigo viene á visitarme , se marcha después, total dos amigos.» Por otra parte, Mon- sieur Pouyer-Quertier tachó también de exageradas las evaluaciones de los productos exportados , apoyándose en el precio que á algunos se señalaba, especialmente á las máquinas y á ciertos artículos de hierro. Después de esto, el orador se ocupó extensísimamente del estado deplorable en que están ciertas industrias, y principalmente la metalurgia, los tejidos y la marina mercante. Cada una de estas industrias tuvo después su abogado particular, hablando M. le barón Lesperut en favor de los fabricantes de hierro , y M. Aneel en defensa de los intereses de los armadores y navie- ros ; pero debe confesarse que M. Pouyer-Quertier agotó la materia en su notabilísimo discurso , y por esta razón prescindiremos de los de aquellos oradores. En él se quejó de que no se hubieran cumplido las promesas que se hicieron á la industria nacional como compensación del tratado de co- mercio afirmando que no se habían extendido lo necesario los caminos de hierro , ni reparado y aumentado los canales de navegación , rebajando las tarifas de ambos sistemas de trasporte lo necesario para que los productos


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pudieran llegar á los puntos de exportación y de consumo con la misma baratura que en Inglaterra, Lamentóse después de la inmensa carga que al país en general y á la industria impone el presupuesto de los gastos pú- blicos que, según su cuenta, se eleva á la enorme suma de 2.300.000.000 de francos, á lo que en su concepto debe agregarse el perjuicio que sufren todos los ramos de la producción , con las quintas que arrebatan al trabajo la flor de los operarios , mienti'as en Inglaterra no se sufre este inconve- niente, pues como se sabe, allí el ejército, sobre ser poco numeroso, se recluta por engancbes voluntarios. Por último, M. Poujer-Quertier rei- vindicó para el Cuerpo legislativo el derecho de fijar las tarifas de adua- nas , las cuales , siendo un verdadero impuesto , no. pueden en buenos prin- cipios establecerse ni cobrarse sino previa la discusión y aprobación de los representantes del país. En este último punto toda la razón está de parte de M. Pouyer-Quertier ; pero según ha demostrado la votación que puso término á estos debates, el Cuerpo legislativo no es más favorable que el Gobierno á las pretensiones délos abogados del régimen proteccionista. M. Emile Ollivier, que ha pronunciad) en esta discusión un discurso tan notable como suelen serlo todos los suyos , rebatió sin abusar de los guarismos y sin dar tortura á las razones, los argumentos de M. Pouyer- Quertier, Lesperut, Ancel y Cafarelli, pero reconociendo el estado lamen- table en que algunas industrias se hallan, lo atribuyó á su verdadera causa, esto es, á la inseguridad política que reina en el vecino imperio, y que no puede menos de reinar allí donde no están satisfechas las aspira- ciones legítimas del país, donde no se oyen libremente todas las opiniones para conocerlas , y donde la suerte de la nación , la paz ó la guerra depen- den de la voluntad inescrutable de una sola persona «¿Quién sabe , decía M. Ollivier , si en estos momentos se prepara en la sombra un asunto de Mayenza, como se preparó en la oscuridad el asunto de Luxemburgo? Es necesario , pues , que la cuestión se resuelva y para ello pueden to- marse dos partidos, ó hacer la guerra ó establecer sólidamente la paz.» Pero como aseguró el eminente orador , la guerra no es una verdadera solución para Francia ; prescindiendo de los males , de los trastornos , de las inmensas desgracias que por de pronto ocasionaría; suponiendo al Emperador victorioso y extendiendo hasta las orillas del Rhin la frontera francesa , nada se habría conseguido , porque la desconfiaza y el temor no se disiparían con la victoria. Esto decía M. Ollivier , y eso creemos nos- otros , porque la victoria de Francia uniría todas las fuerzas de Alemania, despertaría justas suspicacias en otras naciones, y la guerra, que llegaría á ser general , se prolongaría con dudoso éxito por largo tiempo y produ- ciría al cabo las consecuencias pohticas más imprevistas , y seguramente la ^ui^a de la prosperidad material y con ella el retroceso de la civiliza- ción en toda Europa.


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«La solución verdadera, es la paz acompañada del desarme , la paz con la libertad sin la que aquella no es gloriosa ni fecunda.» «Después del 2 de Diciembre , decia al terminar su discurso M. Ollivier , miraba yo tris- temente pegada en una pared esta Constitución en que es tan grande la parte que se deja al poder y tan pequeña la que toca á la libertad , un pensador que ya no existe se acercó y me dijo : El país va á aprender que sin libertad política no puede haber ni aun prosperidad material segura. La experiencia principia.»

No puede negarse que el punto de vista en que se colocó el ilustre ora- dor que por algún tiempo se creyó que estaba próximo á realizar la alianza del imperio con la libertad política , es imparcial y exacto , ni la paz puede asentarse en bases sólidas cuando la guerra depende de la opinión por naturaleza variable , de un solo individuo , ni es posible el desarrollo de la civilización en todos y cada uno de sus ramos sin la garantía de la libertad política. Por otra parte , establecer la libertad de comercio , ex- tender y acrecentar el vigor de este aspecto de la actividad humana y limitar y restringir los demás , es contradictorio y absurdo ; pero la im- parcialidad nos obliga á reconocer que no se halla en este caso el Go- bierno de la nación vecina ; sin duda seria de desear que se caminase allí más rápidamente en el sentido de las concesiones liberales , sustituyéndose al gobierno personal y autocrático que todavía existe, el de la nación representada legítimamente por sus asambleas deliberantes ; pero al íin en el vecino imperio reina el espíritu moderno en todas las esferas de la Ad- ministración y de la política ; las tendencias reaccionarias y oscurantistas no logran sobreponerse á pesar de sus tenaces y repetidos esfuerzos , y más pronto ó más tarde se satisfará sin duda alguna la apremiante nece- sidad de libertad política que experimenta ese gran pueblo.

A pesar de la gran defensa que del tratado de comercio habia hecho en las primeras sesiones el Ministro del ramo M. Forcade, fueron tantos sus impugnadores , y algunos tan elocuentes que sin duda creyó el Gobierno que debía echar en la balanza de la discusión el peso de la avasalladora elocuencia de M. Rouher. Pero no solo con su elocuencia debía venir en auxilio del Gobierno el Ministro orador , sino además con sus grandes co- nocimientos en esta materia , pues como se sabe M. Rohuer ha sido mu- chos años Ministro de Comercio y, desempeñando este cargo, se ajustó el tratado con Inglaterra , el cual puede decirse que fué obra suya y del famo- so jefe de liga y gran abogado del libre cambio Ricardo Cobden , gloria de su patria que le debe en gran manera su actual preponderancia econó- mica. En la parte que podemos llamar técnica de su discurso, demostró el Ministro de Estado contra las aseveraciones de M. Pouyer-Quertier, que los guarismos de la estadística comercial eran exactos , porque el tránsito da lugar á operaciones mercantiles que han de anotarse en los estados de las


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aduanas si estos han de ser completos , j porque las evaluaciones de los productos no pueden ser exageradas ni son arbitrarias, toda que vez las es- tablece una comisión ó junta independiente del Gobierno , y compuesta de industriales j de comerciantes respetables por su posición y crédito. Ade- más , los estados ó cuadros se redactan en la misma forma j con idénticas condiciones desde el año de 1827 , y si ahora se variasen no seria posible establecer comparaciones entre las épocas anteriores y posteriores á la celebración del tratado de comercio con Inglaterra, que lia sido origen del nuevo régimen económico establecido en Francia.

Por lo que respecta á la situación de las industrias especiales , demostró claramente M. Rouher que la metalurgia ó más propiamente la fabrica- ción del hierro, sufria en los momentos actuales una de las varias meta- morfosis que tienen que sufrir todas las industrias á consecuencia de los adelantos de las ciencias; á la obtención del hierro metálico por, las forjas ó por los hornos alimentados por combustible vejetal , se va susti- tuyendo la fabricación por medio de la hulla que es más barata , j por lo tanto ventajosa para el consumo. Tal vez, decia á este propósito con oportunidad notable M. Rouher, esté cercano el dia en que se sustituya el uso del acero al del hierro en gran número de objetos en que ahora se em- plea, y esto producirá una nueva revolución en la metalurgia que ocasio- nará sin duda catástrofes parciales , dolorosas siempre , pero que se com- pensan con grandes y satisfactorios resultados. Las diferentes industrias que producen hilados y tejidos, están todavia bajo la influencia que tuvo la guerra de América , durante la cual escaseó el algodón y se sustituyó con otras sustancias como el lino y la lana , volviendo después á sus con- diciones normales el comercio de aquella mercancía que ha sufrido en su precio y durante un breve periodo, oscilaciones grandísimas y que no han podido menos de ser funestas para muchos ramos de la industria. Por lo que hace á la marina mercante , baste decir para demostrar lo infundado de las quejas de los que la patrocinan , que vive actualmente bajo un ré- gimen en alto grado protector , y que con él no progresa como lo ha he- cho la del Reino de la Gran Bretaña desde que se anuló la famosa acta de navegación, á que atribuían antes su prosperidad los proteccionistas. Debe por tanto creerse que la protección es nociva á la Marina de Francia, y que cuando se vea libre de ella competirá más fácilmente con la de su afortunada rival. No hay pues, que temer que llegue el momento próximo ya, en que deje de estar vigente el derecho diferencial de bandera. Des- pués de analizar minuciosamente todas las cuestiones especiales que se habían suscitado en la discusión , M. Rouher terminó su discurso con una brillantísima peroración que produjo g*ran entusiasmo en todos los oyentes, y que sin duda influyó de un modo decisivo en la resolución de la asam- blea. En ella afirmó que no se denunciaría el tratado de comercio con


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Inglaterra , y que renovándose en lo sucesivo todos los años , podrían sus enemigos combatirlo en todas las legislaturas, y luego anadia: «¿Cómo «discutiremos estas cuestiones? Las discutiremos guiados por nuestra brú- wjula, decididos á continuar el progreso y á oponernos con energía al «retroceso que se nos aconseja. Marcharemos con el sentimiento del pro- »greso. ¿Para qué servirían sino las relaciones internacionales, los cami- »nos de hierro que borran la& fronteras de los pueblos , el telégrafo eléc- »tríco que establece entre ellos comunicaciones instantáneas, sí hubiéramos »de conservar las restricciones aduaneras permaneciendo en el aislamiento "industrial? Marchemos adelante, señores, porque en esto consiste el «progreso: » y apreciando la discusión que tenia lugar y sus resultados, afirmaba que su porvenir sería el olvido, »Con ella serán olvidados los «que la han sostenido, y solo quedará la grandeza del país en el seno de «la libertad comercial que regirá las relaciones de todos los pueblos. »

La oposición que no había tomado parte en estos debates manifestó por boca de M. Jules Simón , después del discurso de M. Rouher , que el ma- yor número de los que la componen , son favorables á la doctrina del libre cambio , y que por lo tanto aprueban la política comercial que dio origen al tratado con Liglaterra, de cuyo éxito dependía en su opinión el triunfo práctico y definitivo de aquella doctrina; pero el orador demócrata hizo ver la contradicción que existe entre el régimen político y el económico establecido por el Gobierno , atribuyendo á esta causa las perturbaciones y sufrimientos de la industria que no podrá florecer y desenvolverse sino con la seguridad de la paz , fundada en el ejercicio normal de todas las li- bertades. Con el discurso de M. Simón se puso fin á tan largos é intere- santísimos debates , sin que los autores de la interpelación tratasen siquiera de provocar sobre ella el escrutinio porque temían sin duda verse en una minoría insignificante. El tratado de comercio seguirá rigiendo después de 1870, no solo por voluntad del Gobierno francés sino lo que es más sa- tisfactorio , con la aprobación y beneplácito de los representantes del país.

Al seguir con atención el curso de los debates de que hemos dado breve noticia , no hemos podido menos de hacer comparaciones dolorosas entre el estado económico de la nación vecina y el de la nuestra. Alargaríamos mucho esta Revista si nos detuviéramos á exponer nuestras tristes refle- xiones. Nuestro atraso en esta como en otras materias es tal, que ni aun siquiera se conocen los datos del. movimiento mercantil ; la última esta- dística publicada se refiere al año de 62 , y los guarismos que represen- tan nuestro comercio internacional importan la suma de 2.790.000.000 de reales en números redondos ; y como el comercio exterior francés , según hemos indicado asciende próximamente á la suma de 25.000.000.000 la comparación de ambas cantidades revela que el estado de nuestro país con respecto á Francia no puede ser más deplorable , aun teniendo en cuenta


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que nuestra población es la mitad de la que tiene el vecino imperio ; y si se considera que desde 1862 nuestro movimiento económico es de retro- ceso y no de adelanto , no podremos dejar de lamentar tan desconsoladores resultados , y de pedir en nombre del amor de la patria que se convierta la atención de todos los hombres políticos y de todos los ciudadanos al estudio de estas cuestiones para buscar remedio al gravísimo mal que nos aqueja. Es menester á toda costa sacudir el marasmo de la nación; es pre- ciso entrar resueltamente en las vias del progreso económico ; hoy , más que otras veces , la riqueza es el barómetro de la importancia de los pue- blos, y según sus indicaciones, la de España es escasísima. Verdad es que para remediar el estado presente se necesitan, no solo reformas económicas, sino otras muchas de que no es ahora ocasión de hablar.

Apenas terminados los debates sobre el tratado de comercio con Ingla- terra , empezaron en el Senado francés otros no menos interesantes sobre el estado de la instrucción pública en aquel país. No podemos hoy dar ni breve noticia de lo manifestado en esa Asamblea por los enemigos y por los defensores del espíritu moderno , solo indicaremos que el Ministerio , atacado por los partidarios de la teocracia , ha tenido la suerte de ser el adalid de los buenos principios , proclamando y defendiendo la independen- cia y la libertad de la ciencia , que limitándose á el terreno que le es pro- pio , respeta lo que en el hombre es hijo de sus sentimientos y de sus creen- cias ; tal vez otro dia podamos tratar con más espacio esta cuestión que tan vivamente se agita hoy en el mundo. Terminaremos esta revista, ya dema- siado larga , diciendo que las leyes que establecen en Austria la tolerancia religiosa y la independencia del poder civil han sido al fin sancionadas por el Emperador contra las esperanzas que aun abrigaban los partidarios del antiguo régimen. Francisco José ha dado una insigne prueba de tacto político , no oponiéndose á la voluntad manifiesta de sus pueblos.

Antonio M. Fabié.