Revista de España: Tomo II - Número 7 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO II - NÚMERO 7 - AÑO 1868[editar]

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LA LITERATURA PORTUGUESA EN EL SIGLO XIX.[editar]

El PRÓLOGO Y m mnm

DEL LIBRO INÉDITO TITULADO

LA LITERATURA PORTUGUESA EN EL SIGLO XIX.


A minha leitora ja leu ó poema de Espron- ceda El Diablo Mundo'i E de crer que sim, porque a litteratura espanliola é a chineza anda por máos de todos[1].

Castello Branco. — Onde está áfeliddade ?


No hay actualmente en España quien se ocupe de la literatura portuguesa. Esto es notorio; pero muchos sin duda ignoran, que en reciprocidad de nuestro desvio Portugal mira con la misma in- diferencia, por no decir con igual desden , la literatura española. ¡Fenómeno en verdad singular j digno de estudio ! Los dos pueblos peninsulares se tocan : no se levanta entre ellos una frontera natural formada por la mano de Dios , como esos muros de montañas que se llaman los Pirineos ó los Alpes : la linea irregular , caprichosa, imaginaria que los divide no se descubre en las antiguas cartas geográficas: hay necesidad de buscarla en el mapa oficial, facticio y variable de la diplomacia ; y no obstante ese arroyo humilde,

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silencioáo é ignorado que en parte los separa , viene á ser para las relaciones intelectuales de los dos Estados un foso más ancho, más profundo y más difícil de atravesar que el Océano. Bajo este punto de vista bien puede afirmarse, sin hipérbole, que ni París, ni Lon- dres, ni Washington distan tanto de Madrid como Lisboa.

Hubo un tiempo en que los escritores lusitanos cultivaban con preferencia nuestro idioma. Nos lo recuerdan los Autos de Gil Vi- cente , La Diana de Jorge Montemayor , las églogas de Francisco Sa de Miranda , las comedias de Camoes , la batalla de Lepanto de Jerónimo Corte Real, la Historia de las alteraciones de Cataluña de Francisco Manuel de Meló , y la Filis de Antonio da Fonseca Soares (1). Pero ese tiempo pasó como pasaron nuestra dominación en el territorio de Alfonso Enriquez , nuestra preponderancia en las cancillerías del continente y nuestra supremacía en el mundo de Colon. Hoy no tendría más lectores que sus cajistas el que osase arrostrar la mayor de las impopularidades dando á la estampa una sola página en castellano.

No ya durante el gobierno de los tres Felipes , sino mucho antes de la batalla de Alcacer-Kevir y mucho después de la insurrección que no acertó á precaver la duquesa de Mantua , ningún ingenio lusitano dejaba de publicar algunas de sus elucubraciones en la len- gua de Solís y de Cervantes. El siglo XV nos ha legado los versos del Infante D. Pedro: el XVI los de Sa de Miranda, Diego Bernar- des y Pero da Costa Perestrello : el XVII los de Francisco Sa de Meneses, Francisco Rodrigues Lobo, Antonio de Sonsa Macedo, Francisco Chil Rolim de Moura , Fray Bernardo de Brito , Jacinto Freiré de Andrade , Simón Machado , Baltasar Estaco , Francisco de Portugal , Manuel de Faria y Sonsa , Manuel de Galhegos , Paulo Goncalves de Andrade , Vasco Mousinho de Quevedo , Duarte Ri-

(1) Era tan común entre los antiguos poetas portugueses el uso del caste- llano, que hablando del Dr. Antonio Ferreira dice Costa e Silva lo siguiente: "Ferreira desempenhou fielmente aquelle honrado protesto pois é ó único dos "nossOs poetas antigos que nunca escreveo senáo en portuguez. Por isso ó seu itamigo Diogo Bernardes no elogio em que deplorou á sua morte disse sem iireceio de ser desmentido :

"Que dando á patria tantos versos raros itUm so nunca Ihe deo em iingoa alhea. n

Ensáio hiográñco-crüico dos melhores jyoetas portuguezes , tomo II, pág. 79. Nosotros recordamos otro poeta antiguo que tampoco escribió en castellano: Fray Agustin de la Cruz.


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veiro de Macedo, Fray Jeónimo Babia, Antonio Villasboas é Sam- paio , y Andrés Nunez da Silva ; y el XVIII los de Manuel Bote- clio , Manuel de Sousa Moreira , Condesa da Ericeira y Cayetano José da Silva. Los compiladores de las Fénix renascida (1) y del Postilhao de Apolo (2) recogieron indistintamente composiciones en ambos idiomas. Desde entonces , ¡ qué cambio tan radical ! Abo- ra suelen salir de las prensas de Lisboa volúmenes redactados en francés y en italiano, pero ninguno en español (3).

¿Y qué hacemos nosotros mientras tanto? Seguimos con ansia el movimiento cientifico de Europa y de América : traducimos ávi- da , presurosa é indiscretamente todo cuanto producen los merca- deres literarios del Sena, desde las impudencias teatrales del joven Dumas basta los delirios geológicos de Julio Verne : procuramos con afán las revistas de Italia , de Inglaterra , de Alemania y de los Estados-Unidos , las poesías selectas de Monti y de Manzoni, los poemas escéntricos de lord Byron , las novelas humorísticas de Dickens,-las inspiraciones bíblicas de Klopstock, los dramas es- cépticos de Schiller y de Goethe , y los cuentos fantásticos de Ed- gard Poe ; y no nos apercibimos de que hay aquí en el extremo de la península ibérica , otra nación que , si no está al nivel de las más adelantadas , marcha , sin embargo , resuelta , desembaraza- da , perseverante y gloriosamente por los magníficos senderos de la civilización y del progreso. Más fácil es hallar en nuestros ga- binetes de lectura las poesías rusas de Gogol , de Lermontof y de Pouckine , que una sola elegía ó un solo idilio en portugués.

Contéstennos aquellos á quienes parezca exagerada esta asevera- ción. ¿Tienen noticia de las numerosas obras del enciclopédico fray

(1) A Fénix rendscida , ou obras poéticas dos melhores enge^ihos portugue- ses. Segunda vez impresso é acrescentadopor Mathias Per eirá da Silva. Lisboa, 1766. Son cinco tomos.

(2) Eccos que o Glarim da fama da : Postilhao de Apolo, montado no Pega- eo, girando o universo para divulgar ao orbe literario as peregrinas j^ores da poesia portiigueza , com que vistosamente se esmaltao os jardins das mu^as do Parnazo. Academia universal em á qual se recolhem os crystaes mais puros que os famigerados engenhos lusitanos beber ao ñas fontes de Hipocrene , Helicona e Aganipe. Por Joseph Maregelo de Osan. Lisboa, 1761. Son dos tomos.

(3) La única excepción que conocemos es la de la Revista peninsular, don- de leímos algunos artículos en castellano suscritos por Latino Coelho , Carlos José Caldeira y Andrade Ferreira. En el tomo XIV del Teatro de Miguel de Figueiredo , escritor que murió á principios de este siglo, hay una comedia en castellano titulada El engaño escarmentado.


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José Agustín de Macedo, que floreció á principios de este sig-io? ¿Han oído mencionar, por ventura, al célebre improvisador Barbosa du Bocag-e, cuyos sonetos compiten en profundidad, en elegancia y en arte con los del primer metrificador de los tiempos antiguos y modernos? ¿Han leido las ingeniosas sátiras de Nicolás Tolentino y de Antonio Diniz , las odas filosóficas de Filinto , á quien Lamar- tine apellidó divino , las metamorfosis y los fastos del nuevo Ovidio Antonio del Castillo , las poesías sublimes del mologrado Soares de Pasos , las trobas populares de Palmeirin , los cantos religiosos de Juan de Lémus , el vate de lo pasado , las leyendas melancólicas de Serpa Pimentel , las composiciones marítimas de Gómez de Amo- rim , las estrofas patrióticas de Tomás Riveiro y los endecasílabos sonoros y armoniosos de Raimundo Buliao Pato ? Ciertamente que no: nada de eso han leido, nada de eso lian hojeado, nada de eso han oído mencionar. No debe, por lo tanto, causarnos extrañeza que acontezca lo mismo en Portugal , donde apenas se encuentra un hombre de letras que conserve en su memoria los norñbres ilus- tres de Quintana , de Menendez Valdés, de Moratin y de Mariano José de Larra (1).

No vamos á exponer las causas complejas y tradicionales de esa incomunicación absoluta , ni nos detendremos á discurrir sobre la conveniencia de fijar nuestra atención en esa antigua provincia, hoy emancipada , en la que , á pesar de los tratados y á despecho de las preocupaciones locales , todo es aun español , españolas la raza , la historia y las costumbres , español el carácter nacional , y españoles hasta los grandes ríos que riegan y fertilizan sus pinto- rescas campiñas: el Duero y el Tajo. Consignamos el hecho y se- guimos adelante.

Tampoco cumple á nuestro propósito sondear los orígenes de la lengua portuguesa ; pero sea hija del Celta ó del latín (2), sea una

(1) Los escritores brasileños se lamentan de ser mirados con igual indife- rencia por su antigua metrópoli. J. F. Lisboa ha comenzado así una biografía de Manuel Odorico Mendes. "A litteratura brazileira contemporánea é quasi geralmente desconhecida em Portugal."

(2) Camoes dice de Venus en la octava 33 del canto primero de las Lusia- das , que cuando consideraba la lengua portuguesa creia que era la latina:

"E na lingua, na qual quando ymagina Com pouca cornip^ao ere que he latina."

En efecto, Antonio de Sousa de Macedo publicó algunas oraciones en prosa y verso que fion Juntamente , como él decía., 2yortuguesas cerradas y latinas per-


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derivación del castellano antiguo , sea el dialecto gallego perfec- cionado (1), aquel dialecto en que cantó Maclas, nos basta para no menospreciarla que de ella se hayan servido prosistas tan eminen-

fectas. Copiamos como muestra las siguientes frases: "O quam gloriosas me- "morias publico considerando quanto vales , nobilísima lingua lusitana cum "tua facundia excesivamente nos provocas, excitas, inflamas, quam altas victo- "rias procuras, quam célebres triumphos speras, quam excelentes fábricas fun- "das, quam perversas furias castigas , «quam feroces insolencias rigorosamente "domas, manifestando de prosa é de verso tantas elegancias latinas." "Alta resurge pío felix de principe térra,

& renova palmas lysia clara tuas :

Vive triumpliando cliarissiina patria vive,

Quse fama, imperio gloria maiof eras:

& tua de mundo certo celebérrima lingua

(Extinguas voces lingua latina tuas).

Prospera continuos dando fortuna favores

Conserva gentes forte benigna suas."

Flores de España, Excelencias de Portugal, por Antonio de Sousa de Ma- cedo. Coimbra, 1737, pág. 272. Después de trascribir Fariá y Sousa en sus comentarios (tomo I, pág. 266) otros versos de Pedro de Magallanes, que per- tenecen á ambas lenguas, recuerda que bay composiciones en términos, á la vez latinos y castellanos , en la cosmografía general de Paulo Merula , parte segunda, libro II , cap. VIII , en las obras del maestro Fernán Pérez de Oliva, y en las notas de Juan de Guzman á las Geórgicas. De la misma época existe un libro bastante raro "Tercetos enlatin congruo y puro castellano. AI Serení- simo Príncipe de las Españas D. Felipe III de este nombre nuestro señor, y la Serma. Infanta Doña Isabel. El licenciado Diego de Aguilar , abogado en la Eeal Chancillería de Valladolid. ' Madrid, 1621. En un curioso opúsculo sobre la historia de las lenguas neo-latinas en España ("AperQu de l'histoire des Langues neo-latines en Espagne, par M. M, Ad. Helffericb, etc. G. de Clermont." Madrid, 1857) se copian algunos versos también bilingües de una colección de papeles varios que se conservan en la Biblioteca de Madrid. El estudio comparativo de estos ejercicios arrojarla mucha luz sobre el origen y formación de ambos idiomas, si un filólogo se propusiera hacer con las litera- turas de los dos pueblos peninsulares lo que intentó Adolfo Puibusque con la española y la francesa en su "Histoire comparée des litteratures espagnole é francaise." París, 1842.

(1) Amador de los Kios sostiene fundadamente esta opinión en su Histo- ria crítica : "El diligente Duarte Nuñez que dio á luz en 1606 (Lisboa) sus "origines de la lengua porttiguesa asignó á esta los mismos que dio el doctor "Bernardo de Alderete á la castellana; y aunque es palpable la semejanza de "uno y otro idioma, debe advertirse que las diferencias que entre ambos se "notan provienen sin duda de los distintos elementos que los modificaron en usu formación y desarrollo. Conquistado Portugal y poblado por gallegos, "natural fué que sembraran en aquellas comarcas un mismo idioma, lo cual "se comprueba por las escrituras y demás documentos diplomáticos de una y


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tes, como Luis de Barros, Fray Luis de Scusa y el Padre Vieira (1), y que en ella hayan escrito Bernardin Riveiro sus Saudades y Luis de Camoes las Lusiadas.

"otra comarca, y aun por las poesías debidas á la edad media. Cultivada no "obstante la lengua portuguesa con mayor empeño durante el siglo XVI, con- "sagrada al estudio de letras y ciencias y declarada nacional, fué acaudalán- "dose de dia en dia hasta llegar al estado de virilidad y riqueza en que la "pusieron los Sa de Miranda, Figueroa, y sobre todo el esclarecido Camoens; "riqueza que ostenta hoy en ambos mundos. La gallega, que, según adverti- " remos en su dia, fué un tiempo intérprete de las musas, quedó entre tanto "reducida á la esfera de dialecto. Pero no por eso debe perder la gloria de "haber sido madre de la portuguesa, de que pareció querer despojarla el en- "tendido Duarte Nuñez. " Historia critica de la literatura española por D. José Amador de los Eios. Madrid, 1862, tomo I, pág. 405. En otra parte se ex- presa así el mismo escritor : "Estrechamente unida á la poesía portuguesa, "que hasta le debe el dialecto especial que hablaba, muéstrase la gallega, que "acreditada en Castilla desde los tiempos del Rey Sabio, llegaba á ponerse "de moda en la segunda mitad del siglo XIV, según nos refiere el citado Mar- "qués de Santillana. "Non ha mucho tiempo (decia este magnate) cualesquier "decidores ó trovadores destas partes, agora fuessen castellanos, andaluces ó "de la Estremadura, todas sus obras componían en lengua gallega ó portu- "guesa." Historia critica, tomo IV, página 148. A pesar de lo abandonado que está el dialecto gallego, es todavía grande su semejanza con la lengua portuguesa. D. Alberto Camino publicó en el Porvenir de Galicia, revista lite- raria que hemos dado á luz á principios de 1846, teniendo por colaboradores á D. Ramón de la Sagra y á los malogrados y conocidos publicistas D. José Rúa Figueroa y D. Antolin Faraldo, una composición , titulada O desconsoló , que después fué reproducida en el libro Das cantigas do Conde deBarcelos, im- preso en Madrid en 1849. Esa composición escrita en gallego puro comien- za así:

" D'esta fontinha á beira froleada

Sentado á sombra de lun choron estou :

Doido ó peito, á alma esconsolada

Triste morrendo poiico á pouco vou, etc. "

Esta redondilla es perfectamente portuguesa si se exceptúa el adjetivo esconsolada que tampoco se puede usar en gallego sino como una licencia poética. La misma identidad de los dos dialectos se encuentra en los versos numerosos del Dr. D. Vicente Turnes , y en las sátiras del infortunado Anto- nio Benito Faldiño,

(1) Los maestros de la lengua portuguesa son nuestros escritores de los "años 1500 y 1600, de entre los cuales Barros es aquel á quien nuestra lengua "debe su principal firmeza, consistencia y majestad; Vieira, aquel á quien debe "su último pulimento y esplendor. Barros es nuestro Catón censorio : Vieira "nuestro Cicerón. El siglo del Rey D. Juan III fué para nuestra lengua lo que "parala de los romanos el imperio de Augusto... Los autores clásicos de la len-


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Portugal que se ha elevado á graude altura en historia, en poe- sía y en elocuencia, carece por completo de critica (1): de ese estí- mulo poderoso para todo talento sólido, de ese correctivo eficaz para toda medianía presuntuosa. La crítica que allí prevalece, eco al- ternativamente déla envidia, de la lisonja y déla maledicencia, infe- cunda siempre y siempre desautorizada, ora se denigra con su mor- dacidad sistemática , como la de Geoffroi , ora se prostituye con sus venales y eternas complacencias como la de los Claqueurs de los tea- tros. Apasionada , estremosa y absoluta no divisa en derredor de sí más que genios ó nulidades , ni reconoce en la iglesia de las letras más que espíritus perfectos ó reprobos : enemiga de los términos medios , cuando no entona panegíricos , fulmina diatribas : cuando no canoniza, excomulga. La crítica imparcial , grave , ilustrada, filosófica que examina el libro sin ver el nombre del autor, que profundiza sus conceptos y desentraña su espíritu sin exclusivismo de escuela y sin prevención de bandería, y que se inspira en los monumentos clásicos de la antigüedad para crearse un tipo ideal ' de lo bello y de lo sublime , esa desgraciadamente se echa de menos todavía. Julio César Machado llegará á ser, por la rectitud de sus

"gua portuguesa considerados en conjunto, son los siguientes: Juan de Barros, "Damián de Goes , Francisco de Andrade, Diego de Couto, Alfonso de Albur- "querque, Francisco de Sa de Miranda, Luis de Camoes, Diego Bernardes, "Antonio Ferreira, Francisco Rodríguez Lobo, Duarte Nunezde Leao, Don "Frai Amador Arraiz, Don Frai Marcos de Lisboa, Jorge de Montemayor, "Gaspar Barreiros, Fernán Méndez Pinto, Fernán Al varez de Oriente, Frai "Heytor Pinto, Frai Bernardo de Brito, Frai Luis de Sousa, el P. Juan de "Lucena, los dos Brandoes, cronistas mayores , Frai Manuel de la Esperanza, "Don Rodrigo da Cuña, Jacinto Freiré de Andrade, Duarte Rivero de Mace- "do, el P. Antonio Vieira, el Venerable P. Bartolomé del Quental, el P. Manuel "Rodríguez Leitao, el P. Manuel Bernardes. " Bisertac^ao académica de Antonio Per eirá de Figueiredo, escrita é recitada no anno 1781. Memorias de lifteratu- 7^a portugueza jmblicadas pela Academia das Sciencias de Lisboa, 1793.

(1) A critica em Portugal tem ainda grandes preven9oes contra si, ó o motivo d'estas prevengoes nasce todo do mau uso que se tem f eito de urna das mais no- bres e proveitosas funqoes da raáo illustrada. Aiidrade Ferreira bosquejos críticos. — "iQue pensó eu da critica entre nos? pensó que nao existe. Ricos de poetas, de dramaturgos, de romancistas, de escriptores em todos os géneros somos contudo pobrissimos de censores." F. A. Vidal, cartas obscuras á Fr- nesto Biester. "Somos tal vez á única na9áo europea onde á critica Iliteraria, ainda nao nasceu a única que nao posue á historia da sua litteratura, nem nies- mo da sua poesía. " Fnsaio biográfico critico sobre os mellares poetas j^ortu- guezes por José María da Costa é Silva. Tomo I, pág. 6.


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juicios y por su espirita observador, un aventajado imitador de Julio Janin ; pero hasta ahora no es más que un escritor ameno de viajes y de costumbres.

La historia literaria de Portugal está todavia por hacer (1), Costa e Silva (2), siguiendo las huellas de Capmani (3), se limitó á colec- cionar trozos escogidos de los poetas portugueses desde una época remota hasta principios del siglo XVII. Freiré de Carvalho (4) más modesto aun , se contentó con hacinar y resumir noticias curiosas sobre los establecimientos literarios y los ingenios más célebres de su pais. José Gomes Monteiro, si hemos de dar crédito á Castello Branco y á Teófilo Braga (5) , reunió numerosos materiales ; pero solo ha impreso algunos opúsculos aislados como el Ensaio sobre a vida é escriptos de Gil Vicente. Más estimables, aunque también incompletos, son los trabajos maduramente meditados, que debemos á la clara inteligencia y á las asiduas investigaciones del alemán Fernando José Wolf (6).

Y por cierto que convendría estudiar los tres periodos en que na- turalmente se divide esa historia: primero, desde fines del siglo XV hasta principios del XVII: segundo, desde 1640 hasta el estable- cimiento de la Arcadia de Lisboa; y tercero, desde la i\.rcadia hasta nuestros dias. Eliminamos de esta clasificación los trovadores que precedieron á los reinados de Don Manuel , porque su examen in- teresa igualmente á la critica española é incumbe más bien á la fi- lología. Las coplas atribuidas á Guesto Ansurez, coetáneo de Mau-

(1) A historia da litteratura portugtieza está por fazer. Nunca a verdadeira pMlologia, neni á alta critica, apoiandose nos trabalhos d'aqtiella, volveu para ahi as suas vistas, a fin de formar un de ess vastos atheneos, como os pos- suem os alhemaes, os francezes e os inglezes , onde os amantes das boas letras contemplan é estudan os seus escriptores mais eminentes é conheo^n ao mes- mo tempo a sua genealogía a phisionomialitteraria, Andrade Ferreira. O novo curso superior de letras.

(2) Ensaio critico sobre os melhores poetas portuguezes por J. M. da Costa é Silva. Lisboa 1855. Son 10 tomos.

(3) Teatro critico de la elocuencia española por D. Antonio de Capmani y de Monte Palau, etc. Barcelona 1848.

(4) Primeiro ensaio sobre a historia litteraria de Portugal desde á sica mais remota origem ate o presente tempo, seguido de differentes opúsculos por Fran- cisco Freiré de Carvalho. Lisboa 1845.

(5) Revista Contemporánea.

(6) Studien zur Geschichte des Spanichen and portugiesischen nationalli- teratur. BerUn], 1859.


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regato, y anterior por consiguiente á la fundación de la Monarquía lusitana, no tanto pertenecen á Portugal como á Galicia (1). Los versos oscuros, abstrusos é ininteligibles de Gonzalo Herminguez, del tiempo de Alfonso I ; los que se suponen de Egaz Moniz, j cor- responden positivamente á una época posterior : las Cantigas del Rey D. Diniz , apócrifas también, en gran parte al menos: el Can- cionero de su hijo el Conde de Barcelos (2) : las rimas del infante D. Pedro, tan encomiado por Juan de Mena; y el fragmento, des- cubierto por Fariá y Sonsa , del poema de la Cava, de autor desco- nocido , sirven únicamente para apreciar el origen y desenvolvi- miento de la lengua.

El primer periodo forma la edad de oro de la literatura portu- guesa. En él figuran Gil Vicente, Antonio Ferreira y Luis de Ca- moes , que admiramos todavía en la comedia , en la poesía lírica y en la epopeya. Vemos al terminar el siglo XV á Jorge Aguiar, el más florido ingenio de la corte de Alfonso II ; á Ayres Telles de Menezes, versificador fácil, elegante y armonioso, y á Alvaro de Brito y Pestaña, tan puro, tan culto y tan correcto: en pleno si- glo XVI al doctor Francisco Sa de Miranda , algo difuso en sus églogas, pero sentencioso y profundo en sus epístolas; á Diego Ber- nardes , excelente bucólico , tan aplaudido por la sencilla naturali- dad de sus tercetos ; á Pero de Andrade Caminha , de escaso nu- men , pero superior en sus odas al mismo Ferreira y á Fernán Al- vares de Oriente , émulo de Camoes por la brillantez de su estilo y la riqueza de su imaginación; y en los últimos anos de la Admi- nistración española á Francisco Sa de Menezes , feliz imitador del Tasso en su Malaca conquistada; á Fariá y Sousa, renombrado por sus comentarios, y á Gabriel Pereira de Castro, cuya famosa Odyssea han antepuesto á las Lusiadas algunos entendidos hu- manistas, como Manuel de Galhegos, Antonio dos Santos y el P. Macedo.


(1) Fray Bernardo de Brito, que inserta esas coplas en su Monarchia limta- na, dice que las copió de un cancionero manuscrito del Conde de Marialva, pero no que sean de Guesto Ansurez : imp. de Craasbeeck, 1690, parte 2.% li- bro 7.°, pág. 419. José Gomes Monteiro, uno de los literatos más eruditos de Oporto, se inclina á creer que son gallegas, así las coplas como la tradición po- pular que las ha inspirado. Revista peninsular. Val-Doncel, tomo II, pág. 401.

(2) Trovas é cantares de un códice do XIV seculo , ou antes muiprovaheh mente. O libro das Cantigas do coTide de Bar cellos. Madrid, 1849,


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El segundo período es de decadencia , de mal gusto , de afecta- ción y de esterilidad. En él no descuella un mediano autor dra- mático, ni un poeta lírico tolerable. Sobresalen tan solo académicos engreídos, compositores de epitalamios y fraseólogos de la legua. Quizá nunca ha habido más esmero en las formas exteriores de la poesía , más pulcritud en la elocución , ni más sonoridad en las desinencias : quizá nunca han tenido manifestaciones más gallar- das las galas seductoras y ostentosas del metro y de la rima ; pero en cambio se han exagerado, llevándolos al extremo todos los defectos de la escuela de Góngora. Si se exceptúa á Fray Gerónimo Bahía , que en las mismas extravagancias de su estilo , en las suti- lezas metafísicas , en los conceptos alambicados , en el artificio de los retruécanos y en la rebuscada simetría de las antítesis, demostró una capacidad no vulgar , y á Jacinto Freiré de Andrade , que en vez de dejarse contagiar por la moda dominante , la ridiculizó en sus sátiras , los demás no merecen la honra de ser citados. No pa- rece sino que Portugal consumió todas sus fuerzas intelectuales en la lucha que sostuvo al recobrar su autonomía , y que necesitó 140 años para reponerse. El EustacJddos del jesuíta Francisco de Sonsa, y el Virginidos de Manuel Mendes de Barbuda , encomiados con ardoroso entusiasmo en vida de sus autores , son dos poemas pla- gados de anacronismos tan absurdos como suponer tambores en las huestes de Tito y dar por descubierta la ag*uja de marear en tiempo de Jesucristo. La Bestruigdo de Espanha de Andrés da Silva Mascarenhas ni aun tiene versos bien medidos. Es seguro que Antonio Barbosa Bacelar , Duarte Riveiro de Macedo y An- tonio Serráo de Castro no ocuparán un lugar distinguido en el parnaso , y que el estruendo de nuevos aplausos no ha de ir á tur- bar el perdurable silencio que rodea los manes olvidados de Ale- jandro Guzman , Antonio de Santa Catharina, Manuel de Sonsa Moreira , Troilo de Vasconcellos y Cayetano José da Silva , glori- ficados en las primeras olimpiadas del siglo XVIII por los incons- cientes críticos lisbonenses que prodigaban diplomas de inmor- talidad á sus enfatuados rimadores.

Respecto al tercer período no anticiparemos nuestra opinión, porque ese es precisamente el objeto de este libro. Diremos tan solo que nadie hasta ahora ha emitido acerca de él un juicio sin- tético , ni ha analizado nadie sus producciones con criterio elevado y concienzudo. Dos escritores únicamente intentaron bosquejar el


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cuadro de la literatura actual, López de Mendonca (1) y Fernan- des Pinlieiro (2). El primero, á semejanza de Mattew Arnold en su Essays in crüicism no hizo más que agrupar en un tomo los artículos que sin plan y sin método habia improvisado para el folletín de la Revolucáo de iSetemhro-, y el segundo, por incensar á las reputaciones del Brasil, no consagró á las de la Península la atención preferente que reclamaban. Inocencio da Silva se redujo á continuar y completar la biblioteca lusitana, de Barbosa Ma- chada, enriqueciendo la bibliografía con curiosos é innumerables datos, adquiridos durante largos anos de constante y no recom- pensada laboriosidad (3).

De manera que , al emprender este viaje crítico jsor mares nun- ca ajantes navegados, hemos tenido que inquirir, escudriñar y leer todo cuanto se ha escrito desde el reinado de Doña María I. Tarea no escasa , pues en Portugal , según dice gráficamente Latino Coelho , hay cuasi más poetas que electores de parroquia (4) : ta- rea ímproba y penosa , porque no habiendo sido impresas muchas obras , y faltando otras de la circulación , nos hemos visto obliga- dos á procurarlas en las librerías particulares , contentándonos á veces con viejos y no siempre claros manuscritos.

Es posible que ciertos antecedentes periodísticos y parlamenta- rios den motivo á presumir que guia nuestra pluma un pensamien- to ibérico. Se equivocarían , sin embargo , los que nos atribuyesen ese designio. Nos hemos propuesto exclusivamente dar á conocer en España los historiadores , los novelistas y los poetas épicos , lí- ricos y dramáticos del pueblo vecino : sus historias , sus novelas, sus poemas, sus sátiras, sus leyendas, sus discursos, sus sermones y su teatro , donde se reflejan , como en un espejo , las vicisitudes, los progresos , las creencias y las aspiraciones nacionales. Eso , y nada más que eso.

La forma que hemos adoptado , no será probablemente del agra- do de todos. Algunos hubieran querido que compusiésemos una

(1) Memorias de litteratura contemporánea, por A. López Mendonca. Lis- boa, 1855.

(2) Curso elementar de litteratura nacional pelo conego doutor J. G. Fer- nandes Pinheiro. Rio de Janeiro, 1862.

(3) Diccionario hihliográñco port^iguéz. Estudos de Inocencio Francisco da Silva. Lisboa, 1862. Son ocho tomos.

(4) Juizo critico das poesías de J. A. de Sanctana Vasconcellos,


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disertación académica y didáctica. Nosotros hemos preferido dibu- jar semblanzas; liemos preferido el interés y la variedad de la nar- ración biográfica á la monotonía de una pesada serie de juicios es- téticos. Opinamos que puede hacerse la análisis de la literatura de un país retratando sus literatos , como pudo Plutarco trazar la his- toria antigua de Grecia y Roma narrando los altos hechos de sus hombres ilustres : como pudo Suetonio describir el imperio refirien- do la vida de los doce Césares : como pudo Timón dar lecciones de elocuencia pintando con los ricos colores de su paleta la fisonomía de los oradores modernos.

No somos vanidosos hasta el punto de imaginar que presentamos un trabajo acabado : tampoco somos bastante modestos á pesar de nuestra insuficiencia para creer que este carece de utilidad , pues debe tenerla siempre y forzosamente en España todo lo que se re- laciona con Portugal : con Portugal que en un pasado todavía próximo formó parte integrante de la Monarquía española: con Portugal que en lo presente y por altas barreras que nos separen, continúa siendo para nosotros un pueblo hermano por los múltiples vínculos de la geografía , de la historia , de la religión y del len- guaje : con Portugal que en un porvenir más ó menos lejano, lejano sin duda, pero seguro, habrá de subordinarse sin abdica- ción de su importancia , sin sacrificio de sus intereses legítimos, por su propio y espontáneo impulso y por medios que la Providen- cia reserva, á esa tendencia universal , poderosa, irresistible que conduce los pueblos hacia la unidad , á semejanza de esa otra fuer- za también poderosa y también irresistible que lleva las aguas de los ríos á perderse y confundirse en la inmensa unidad del mar.


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EL PADRE MACEDO.


Se a patria se defende com urna espada, porque se nao ha de defender tambem con huma penna? Seja a espada, a arma para os inimigos estranhos e a penna para os domes- ticos. Tal vez , tal vez que a tinta entornada sobre hum papel, valha tanto, — ou valha mais — como o sangue derramado sobre o campo da batalha.

Fr. José Agustín de Macedo. O Desapprovabor , n. 10.

Eu nao pinto virtudes '• onde estáo ellas n'este secido? Pinto o militar estouvado e ri- diculo, o jornalista venal e estupido, o tro- vista importuno, o ma9on venenoso, o rá- bula jjerj uro , o medico asesino e ovadio

ladráo, o botequineiro maroto, o hipócrita falsario, o pedante emlabuzado em frazes e

frioleras litterarias, ofrade ociozo Eu sou

o cantor da peste publica.

Fr. J. A. de Macedo. Prólogo al poema Os Burhos.


Fr. José Agustín de Macedo llena la historia literaria de Portu- gal desde últimos del siglo pasado hasta el año de 1830. El fué durante su larga vida , y principalmente después de la muerte de Bocage , el censor único , el dispensador esclusivo de las reputa- ciones , el juez arbitro , el soberano absoluto en el campo de las letras lusitanas. Los escritores de aquel tiempo , asi religiosos como profanos , teólogos y matemáticos , filósofos y poetas, historiadores y publicistas , hubieron de someterse todos , de grado ó por fuerza, á su autoridad omnímoda y suprema. Su laboriosidad infatigable, su memoria prodigiosa , su erudición vastísima , su ingenio poéti- co , su palabra elocuente , su voluntad de hierro , su carácter bata- llador y la inferioridad evidente de sus contemporáneos , eran los títulos que tenia á esa especie de dictadura. Pero allí donde tales títulos no parecían suficientes ; allí donde se alzaba una inteligen- cia rebelde , ó un competidor presumido , allí estaba él con las dis-


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ciplinas de Juvenal siempre levantadas , para no permitir ni tole- rar que nadie se le sobrepusiera.

Y no Ueg-ó ciertamente á esa elevada posición sin haberla dispu- tado antes en reñidísimas contiendas. Jamás escritor alg-uno fué objeto de tan destempladas criticas ni de tan rudas agresiones; pero delante de sus adversarios, que, según el mismo confesaba, no tenían fin ni tenían número (1), se crecia y se multiplicaba. Las controversias que él provocó y sostuvo , ocuparon las prensas de Lis- boa por espacio de treinta años (2) ; y como no sabia defenderse sin

(1) Carta primeira de J. A. de Macedo á seu amigo J. J. P. L, 1827.

(2) Entre los innumerables libros ó folletos que se publicaron contra Ma- cedo, recordamos los siguientes: Exame critico do Motim litterario por Anto- nio do Couto. Lisboa, 1811. Reglas da oratoria da cadeira aplicadas a urna oragao de José Agostinhode Macedo, por A. M. de Couto. Lisboa, 1815. Ma- terialeira: discurso em que se desfia um dialogo com o grave titulo de Miseria que Macedo em um acto de frenético delirio compoz contra elle, por A. M. de Couto. Lisboa, 1815. Surra no padre J. A. de Macedo e no seu apologista C. S. D. F.,por Antonio Pinto da Fonseca Neves. Lisboa, 1822. B esposta ao manifestó que o pecador contrito J. A. de Macedo fez a na^ao portugueza, por Antonio P. da Fonseca. Lisboa, 1823. A mariolada, poema heroi-comico , de- dicado a musa do reverendo J. A. de Macedo, aformosa e&tanqueira do Chia- do , pelo seu autor o gigante voraz. Lisboa, 1813. Este poema publicado sin nombre de autor es de José Antonio Correa Henriquez. Refiita<^ao analitica do folleto que escreveu o reverendo J . A. de Macedo eintitulou "Os sehastianis- tas" por José Bernardo da Pocha Loureiro. Lisboa, 1810. Este folleto es atri- buido por algunos á Pato Moniz. Manifestó critico, analitico e apologético em que se defende o insigne vate Catnóes da mordacidade do discurso preliminar de 2Mema " Oriente^' e se demostram os inñnitos erros do mismo poema, por A. M.do Couto. Lisboa, 1815. Brebe analise do novo poema que se intitula "Oriente" por A. M. do Couto. Lisboa, 1815. Con licenza da Meza do desembargo do Pazo. Elmiro sátira por Nuno A. Pereira Pato Moniz. Londres, 1812. Agostein- heida poema heroi-comico em nove cantos por N.A.P. Pato Moniz. Londres 1817. Exame critico do novo poema épico que ás cinzas e manes de Luis de Cambes dedi- cam, etc. , por José Bernardo da Pocha Loureiro. Lisboa, 1812. Este folleto es también atribuido á Pato Moniz, Ap>olog%a de Cambes contra as reflexoes críti- cas do padre J. A. de Macedo ao canto quinto das Lusiadas. Santiago de Com- postela 1819. Este libro, que se publicó anónimamente, pertenece al cardenal San Luis. Sova no padre A . de Macedo em resposta á suá ultima carta, etc. Lis- boa, 1822, Este Kbro es de Pato Moniz. Como muestra del estilo que se em- pleaba ordinariamente en aquellas deplorables luchas, citaremos los versos (omitiendo por decencia alguna palabra) con que empieza una sátira escrita por Juan da Matta Chapuzet, en contestación al folleto de Macedo, titulado: Assim o querem assim o tenham.

Se inútil Macedo mordaz nunca f ora, se ao bem consagrase a lingiia traidora,


EN EL SIGLO XIX. ^6*7

atacar ; como escedia á todos en audacia , en talento , en mordaci- dad y en tesón , y como su alma vengativa y rencorosa estaba siempre cerrada á los sentimientos de delicadeza y de generosidad, cada vez era más temido y cada vez más odiado (1).

Apóstol ardiente del partido realista y ultramontano , y eco fiel de las embrutecidas turbas en su ciego furor contra los hombres de las nuevas ideas , vivió apoyado , pero no querido , por sus cor- religionarios , que, si bien le aplaudían, no le estimaban. Aboga- do oficioso de todos los abusos , enemigo sistemático de todas las reformas, y mantenedor incansable de las viejas instituciones que se desplomaban (2) , fué sin embargo , por una contradicción que

se versos forjando — a medita^ao — cliainasse poema ao que e confusáo, e se outro livrinlio — o seu novo Gama — eu visse affogado na ou na lama

En un tomo que se imprimió en Lisboa , aunque se supone impreso en Cá- diz, en 1812, que se titula Poesías joviaes e satíricas de Antonio Lobo de Car- vallio colligidas e i^ela primeira vez impresas, encontramos el siguiente soneto:

Macedo e tempo de mudar de officio

tu que eras pregador rijo , escelente

a testa inclina , escuta paciente

que eu tambem de pregar tomo o exercicio.

No pulpito esplicaste contra o vicio

doctrina santa e frase irreverente,

no teatro es a fábula da gente

opprovio á religiao e á nos supplicio:

com fe quem te ha de ouvir pregar ja agora

Oh deus d'Abraham, oh numem sempiterno !

se divina acclamaste á vil cantora?

so podes ir pregar ao duro averno :

que essa prophana voz impia e traidora

nao e clarim do ceo e voz do inferno.

(1) No perdonaba jamás á sus enemigos, ni aun después de muertos. A los ocho años de haber fallecido Bocage pubHcó una censura violenta de sus obras Considera(pes mansas sobre o quarto tomo das obras métricas de Manuel Soca- ge acrescenfadas com a vida do mesrno por J. Agostinho de Macedo. Lisboa 1813.

(2) Merece ser conocido por lo curioso y peregrino el sistema electoral que inventó Macedo y espuso en su libro: Parecer de J. A. de Macedo sobre a ma- neira mais fácil, simples, e exequivel da convocagao das cortes geraes do reino no actual sistema político da moTiarchia representativa e constitucional. Lisboa, 1820. Cada cura párroco pregunta después de la misa á sus feligreses si están conformes en que se nombren electores y designa uno por cada 50 vecinos. Estos electores que en Portugal serian 15.200, escogen ocho dias más tarde en las respectivas cabezas de partido dos elegibles por cada 10 electores. Los elegi-


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nos esplica su carácter escéntrico y atrabiliario , el precursor de la escuela romántica ; y puede aseg-urarse que él abrió el camino al Vizconde de Almeyda Garrett. Tan retrógrado en política, como revolucionario en literatura , si fulminaba anatemas desde el pul- pito contra las doctrinas liberales , decia valerosamente desde uno de sus periódicos á los críticos estacionarios , sostenedores de las reglas clásicas : « Vosotros , ¡ oh turba inmensa ! vosotros críticos »pedantes , que queréis y pretendéis someter á reglas mecánicas »los vuelos del genio (que creó con sus producciones las reglas) y »encerrar el talento dentro del estrecho circulo de los preceptos »impuestos por maestros que nada hicieron , nada podian hacer, »nada sabian hacer (1)»

Portugal tiene tres hijos predilectos , decimos mal , tiene tres ídolos á que rinde constante y fervoroso culto : Juan I , Vasco de Gama y Luis de Camoes, ó sea Aljubarrota , navegación á la In- dia, y las Lusiadas. Esa trinidad sagrada es su gloria histórica, es su arca santa , es el símbolo perfecto de su nacionalidad ; y el que ose poner en él la atrevida mano , atrae sobre su cabeza una maldición universal. El indisciplinado P. Macedo , que no recono- cía superioridad en nadie , que era iconoclasta por orgullo y por temperamento , y que se creía con derecho plenísimo para juzgar á los poetas presentes y pasados , acometió la temeraria empresa de analizar, sin contemplación de ningún género , el inmortal poema del siglo XVI , ensañándose tan despiadadamente con Camoes como el jesuíta Betinelli con Dante (2) ; y este es un crimen de que no le absolvió la generación actual , ni le absolverán probablemente las venideras.

Para él no era Camoes más que un simple copista de Virgilio, de Ariosto y del Taso. Y al formular este severisimo juicio , esplanó

bles en número de 3.040 nombran al cabo de quince días en la iglesia princi- pal de la capital de la provincia cinco diputados por cada 100 elegibles , y además un sustituto, es decir, 6 por 100. De manera, que habria 152 diputa- dos y 30 sustitutos. La nobleza elegirla por sí sola 50 miembros de las Cortes: el patriarca y cada arzobispo , 2 ; y cada obispo, 1. En resumen , las Cortes se compondrían de tres brazos , el del pueblo , el de la nobleza y el del clero : el primero elegido por los párrocos, el segundo por la nobleza y el último por el alto clero.

(1) Desapprovador , núm. 22.

(2) Nos referimos á las conocidas Cartas de los Elíseos, en las que Betine- lü hizo esfuerzos supremos para desacreditar la divina comedia del Dante.


EN EL SIGLO XIX. 369

con irreverente prolijidad los motivos en que lo fundaba , exami- nando, descomponiendo y triturando la obra del Homero lusitano. Señaló los puntos de semejanza que hay entre el Eneas del poeta latino, y el Gama del bardo portugués, y la igualdad de ciertos in. cidentes que se encuentran en la Eneida y en las Lusiadas. Ano- tó los pensamientos y las imágenes que Camoes, tomó de Ariosto, sosteniendo , por ejemplo , que el canto V de las Lusiadas no pasa de ser un trasunto de los cantos XL y XLI del Orlando furioso.

«Comencé á contemplar los Lusiadas, j vi que la fábula no era original, »sino prestada, j que al poeta le faltaba el genio de la invención, y que «apenas se le podia clasificar entre los imitadores serviles : vi que la dispo- )>sicion y simetría del edificio eran en extremo defectuosas por la despro- »porcion de sus partes constituyentes ó integrantes; vi, finalmente, que la "locución era sobremanera desigual , y que en aquellos trozos del poema »en que no tomaba y copiaba de otros , caia desmadejadamente en temas

"bajos, prosaicos y disonantes No hay una sola comparación entre

"tantas que sea suya y no tomada de los escritores latinos é italianos que Die precedieron (1)."

Hizo más todavía. No contento con las censuras de su propia cosecha , á las que consagró dos volúmenes , recopiló en un folle- to (2) todo lo que otros hablan escrito en el mismo sentido. Si Blair afirmó en sus Lecciones sobre la retórica y bellas letras que el ar- gumento de las Lusiadas es estravagante (3) : si en el Diccionario de los Jwmbres ilustres se indicó que esa obra no tiene enlace en- tre sus partes , y que es una mezcla monstruosa de lo ridiculo con lo bello , y de los dioses del paganismo con las divinidades de la Iglesia católica (4) ; si Savater de Castres en su Diccionario de la Literatura opinó que Camoes habia incurrido en un absurdo al encomendar á Venus la propagación de la fe (5), de todo tomó nota Macedo , y todo lo reprodujo con deleitación manifiesta.

Esta insistente maledicencia hirió , como era natural , en lo más vivo el amor propio de sus compatriotas, que no le perdonaron nunca. Hubo muchos literatos que salieron á la defensa del mal- tratado poeta , entre ellos Antonio do Couto , Pato Moniz , Araujo

(1) Discurso preliminar del Oriente.

(2) Carta de Manuel Meyídez Fogaza.

(3) Edición de 1809, tomo HI, pág. 265.

(4) Artículo Camoes.

(5) Edición de 1777, tomo m, pág. 263.

TOMO II. 24


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de Azevedo (1) y el Patriarca de Lisboa Francisco de San Luis; pero esas apologias no han parecido , sin duda , suficientes para aplacar los irritados manes del ilustre vate del siglo XVI , porque los portugueses todos se creen hoy aun en el deber patriótico de ar- rojar una piedra á la memoria de José Agustín de Macedo.

Los años trascurridos, lejos de haber disminuido la impopulari- dad del buen padre, la han aumentado. No hay quien se atreva á hablar de él con encomio (2). Poseia es verdad, cierto talento es- pecial de asimilación para apropiarse las ideas ajenas, pero nó puede desconocerse que su erudición era enciclopédica; y no obs- tante , si damos crédito á sus detractores no hizo más que plagiar al P. Maestro Feijóo. Dejó un poema que no eclipsa seguramente

(1) Antonio de Araujo de Azevedo, primer conde da Barca, gran cruz de Isabel la Católica , Ministro que fué de Negocios estranjeros y socio de la Academia Real de Ciencias, nació en Ponte de Lima en 14 de Marzo de 1754 y murió en Rio Janeiro en 21 de Junio de 1817. Escribió una Memoria em defeza de Camóes contra Mr. de la Harpe, que se insertó en el tomo VII de las memorias de la Real Academia de Ciencias; y osmia tragedia coroada j^e- la Academia Real das sciencias de Lisboa. Lisboa, 1788. Tradujo además una oda de Driden y una elegía de Gray.

(2) Si en alguna ocasión se prodigaron elogios á Macedo, fué por un inte- rés político. Convino á Francisco Recreio, por ejemplo, durante la ruidosa po- lémica que sostuvo con Herculano sobre el milagro de Urique, apoyar su opi- nión en la de un escritor eminente , y puso en las nubes al autor del Motim litterario- "búsquese dice, en este siglo, un hombre superior á toda escep- "cion, tanto por la grandeza de su talento como por su estraordinaria ciencia "en los diferentes ramos de la literatura y en la historia : un hombre de una "crítica superior á toda sospecha' de credulidad, altamente justiciero y no po- "cas veces mordaz en sus juicios científicos ; búsquese, digo, un genio fuera "de la esfera común é inaccesible por su ilustrada y trascendental filosofía á "los embates del fanatismo. Sea en fin, un portento intelectual de tan estra- " ordinario calibre etc., etc. El escritor de quien hablamos es el bien conocido "y por tantos títulos afamado P. José Agustín de Macedo. Y ¿quién podrá "olvidar que fué en Lisboa el mayor orador portugués de los tiempos moder- "nos, y uno de los mayores de Europa?" A hatalhá de Ourique por Francisco Recreio, parte 1.% pág. 56 y 60. El presbítero Francisco Recreio tenia bastan- tes puntos de semejanza con Macedo ; parecíase á él principalmente en su eru- dición, en sus ideas políticas y en la insolencia del lenguaje que usaba en sus polémicas. Además del libro citado, escribió otros dos folletos sobre el mismo tema, varios elogios necrológicos y discursos académicos, y una hoja política titulada O cácete, que comenzó á publicarse en 1831 y cesó en 1833. Recreio nació hacia el año 1798 en una aldea inmediata á la viUa de Almada, y mu- rió en Lisboa el 12 de Diciembre de 1857.


EÍI EL SIGLO XIX. 371

como él imaginaba en su loca vanidad al poema de Camoes, pero que excede en la facilidad y belleza de la versificación , en los pri- mores del estilo y en las galas del ingenio á todos los que antes y después se han publicado en su patria : al Virginidos de Manuel Méndez de Barbuda (1) , al Veriato trágico de Blas García Masca- renhas (2) , al Naufragio de iSepúheda de Jerónimo Corte Real (3), á la Elegiada de Luis Pereira Brandáo (4) , al Condestable de Francisco Rodríguez Lobo (5) , al Ulyssipo de Antonio de Sonsa Macedo (6) , al Alfonso africano de Vasco Mousinho de Quebedo (7), á los Novissimos de Francisco Chil Rolim de Moura (8) , á la In- sulana y al Fénix da Lusitania de Manuel Thomas (9) , al Eus- tacMdos de Francisco de Sonsa (10) , á la Ulyssea de Gabriel Pe- reira de Castro (11), á la Destruicdo de HespanJm de Andrés da Silva Mascarenhas (12) , al Espelho do invisivel de Troilo Vascon-

(1) Virginidos ou vida da Virgem Senliora nossa. Poema heroico dedicado á Magestade da rainha D. Luisa nossa senliora. Lisboa 1667.

(2) Viriato trágico em poema heroico. Lisboa 1846. Hay otra edición de Coimbra 1699.

(3) Naufragio e lastimoso suceso da 2>crdi^ao de Manoel de Sonsa de Se- púlveda etc. Lisboa 1594. Hay una traducción castellana en octavas reales he- cha por Francisco de Contreras y publicada en Madrid en 1624.

(4) Elegiada de Luis Pereira. Lisboa 1588. Inocencio da Silva considera este poema como la más infeliz de las epopeyas portuguesas. Francisco Diaz Gómez, dice que este libro más deshonra á la nación de lo que la acredita.

(5) O Gondestabre de Portxogal D. Nuno Alvares Pereira, off crecido, etc. Lisboa 1610.

(6) Ulyssipo poma heroico. Lisboa 1640.

(7) Affonso africano : poema lieróico da presa de ^ rzilla e Tánger. Lis- boa 1787. Hay otras dos ediciones.

(8) Dos novissimos. Quatro cantos, com os argumentos de un amigo em cada canto. Lisboa 1623.

(9) A insulana, Anvers 1635. O Phenix da Lusitania ou aclamacao do s. rei de Portugal D. Joao 1 V. Poema heroico. Rúan 1649.

(10) Eustachidos : poema sa,cro e tragicómico em que se contem a vida de sane." to Eustachio mártir, etc. Se duda quien sea el autor de este poema que se pu- blicó anónimo. Costa e Silva lo atribuye al P. Francisco de Sousa, y el señor Varnhagen á Fr. Manuel de Sancta Maria. Inocencio da Silva no da gran cré- dito en esta parte á la opinión del autor del Ensaio hiograüco.

(11) Ulyssea ou Lisboa edificada : poema heroico. La edición que hemos vis- to es de 1827; pero hay además otras cuatro de 1636, 1642, 1745 y Í827 todas de Lisboa.

(12) A destruicao de Hespanha. Restauracao summaria da mesma. Lis- boa 1671» Inocencio da Silva ha señalado los plagios que se encuentran en este poema del Vitiato trágico.


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cellos da Cunha (1), al cerco de Dio de Francisco Andrade (2) , á la Malaca conquistada de Francisco de Sa de Meneses (3), al Ca- ramiiTii de Fr. José de Santa Rita Durao (4) , al Cambes de Al- meida Garrett , y á la Confederacáo dos Tamoyos de José Goncalves Magalhaes (5) ; y no obstante se considera muy inferior su obra á todas estas que acabamos de enumerar. Fué el primer orador reli- gioso , el primer escritor satírico , el primer periodista y el primer poeta dramático de su época , y se le tiene por un rapsodista vul- gar y adocenado. Di cese copiando una frase de nuestro D. Juan de Zabaleta que escribir libros del modo que él los escribió , vale tanto zom.Q pasar tierra de una parte á otra.

Si á imitación de Faria y Sousa hubiese llenado cuatro volúme- nes en folio con un panegírico de Luis de Camoes , se le admiraría hoy como al más sabio de los literatos portugueses : lejos de esca- timarle las alabanzas, se le prodigarían elogios desmesurados é hiperbólicos , y cada discurso biográfico que los críticos le consa- grasen seria una apoteosis ; pero ha presentado en relieve y con apasionada exageración los lunares de las Lusiadas , y no hay para él mas que denuestos y ultrajes, y vituperios. Se aborrece en Portugal su recuerdo, como en Francia el de Jacobo Clemente.

Hé ahí la causa de que no se haga j usticia á sus dotes superio- res (6), y hé ahí el motivo de no haberse publicado todavía una

(1) Espelho do invisivel em que se expoe a Deus, um e trino no throno da eternidade etc. : poema sacro. Lisboa 1714.

(2) O primero cerco que os Turcos puzerao ha fortaleza de Diu ñas partes da India, defendida jíollos portuguezes. Coimbra 1589.

(3) Malaca conquistada por o grande Affonso de A Iburquerqüe. Poema he- roico 1634.

(4) Caramuru : poema épico do descohrimento do Brazil. Lisboa 1781.

(5) Nuestro amigo el limo. Sr. Antonio Feliciano de Castillio ha tenido la amabilidad de facilitarnos un ejemplar de este poema, elegante y lujosamen- te impreso en el Brasil. A confederoj^ao dos Tamoyos j^or Domingos José Gon- galves de Magalhaes. Rio Janeiro 1866. Es un poema esencialmente brasileño no solamente por el autor que se distingue entre los primeros poetas de aquel imperio, sino por el asunto y los personajes. El erudito bibliógrafo Inocencio da Silva ha publicado en la Revista contemporánea un curioso artículo sobre Domingo G. Magalhaes.

(6) Entre los estudios que se han publicado sobre las obras de Macedo, cita Inocencio da Silva en su notable diccionario, los siguientes: Catálogo alphahetico das obras impresas de José A. de Macedo, etc. por A. M. de R.A. Lisboa, 1849. Biografía do padre José Agostinho de Macedo , por Joaquim


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colección completa de sus numerosas obras, muchas de las cuales, por no estar impresas , van infelizmente desapareciendo , como el poema As horas da manhá, la tragedia Mahomet II , y las dos comedias O pae por forga y o estalajadeiro.

El mismo López de Mendonca que estaba ordinariamente muy por encima de las preocupaciones vulgares, no tuvo el valor necesario para ser imparcial ni siquiera benévolo con el padre Macedo.

« Quién habla hoj de José Agustin de Macedo ; del inmundo plagiario j detractor de Camoes ; del atroz calumniador de sus colegas en los hur- rosl de ese hombre vacilante entre el salario vergonzoso del poder j la voz de la conciencia que lo llamaba al campo de las nuevas ideas? Cantó la religión, él, el hipócrita, el ateo moral: cantó la monarquía, él, el rap- sodista de las páginas de la enciclopedia , el sacrificador de la masonería, el renegado de la libertad ! Observad : ese hombre escribió mucho , tuvo la ambición de la universalidad , intentó ser un Voltaire , en el orden de

las ideas que habia escogido , j fué un histrión de sus contemporáneos

Poeta lírico , poeta heroi-cómico , poeta épico , poeta didáctico y no hay una oda, un poema, un libelo, un sermón que pueda pasar como modelo (1).

Nosotros que hemos estudiado fríamente su carácter , sus hechos y su vida toda , y que hemos leido sin prevención sus obras litera- rias , políticas , filosóficas y religiosas , nos encontramos en actitud de emitir un voto completamente desapasionado. No vamos á ser lisonjeros ni detractores: seremos jastos.

José Agustin de Macedo nació en Beja el 11 de Setiembre de 1761. Más bien por conveniencia mal calculada que por impe- riosa vocación, se decidió á seguir la carrera sacerdotal, como otros muchos poetas contemporáneos: como Fr. Plácido de An-


Lopez Carreira de Mello , seguido de um catálogo de todas as suas obras. Porto, 1854. — Vida de José Agostinlio de Macedo e sua epocha por A. Loptes de Mendonc^a. Se insertó en el tomo II de los Anales de ciencias y letras. En una biografía de Castilho se espresó asi Latino Coelho : " Era José A. de "Macedo, á pesar de todos os seus defeitos un vasto repositorio de erudÍ9ao. "Prosador negligente, plebeo, é desalinhado é frequentes vezes escurril, mais "insolente do que epigramático, e antes chocarreiro do que faceto, era com- "tudo mais castÍQO e comedido nos seus poemas, t.

(1) Ensayos de crítica e literatura, por Antonio Lopes de Mendom^a. Lis- boa, 1849.


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drade (1), Fr. Francisco Busse (2), Carvalho Moreira (3), Silverio de Lima (4), Pereira de Sousa (5), Santos de Pino (6), Nunes de Mello (7), y Joaquín de Foyos (8). Asi que la edad se lo permitió entró en el convento de Nuestra Señora de la Gracia de Lisboa , y alli hizo sus votos solemnes el dia 15 de Noviembre de 1778. Difí- cilmente hubiera podido elegir otra profesión que menos se aco- modase á su genio y á sus inclinaciones. Distaban tanto sus cos-

(1) Fr. Plácido de Andrade Barroco, franciscano de la tercera Orden, nació en Lisboa en 5 de Octubre de 1750 y murió en 10 de Octubre de 1813. Fué elegido general de la Orden en 16 de Mayo de 1807. Escribió el Sacrificio de Melchisedeck, poema dramático emlouvordo Sanctissimo Sacramento. Lisboa, 1799. — Sonetos no casamento do conde da Redinha. Lisboa, 1776.

(2) Fr. Francisco Busse , franciscano de la Orden tercera , nació en Lisboa en 1756 y murió allí mismo en 1813. Escribió Rimas., poesías líricas de um natural de Lisboa., 1789: son dos tomos. Églogas campestres , canto heroico á paz de Portugal con Hespanha e Franca. Lisboa, 1802.

(3) Francisco Koque de Carvalho Moreira, presbítero y profesor de teolo- logía: nació en Trancoso en 1755 y murió en 1841. Se publicaron de él los siguientes libros : Braganceida, poema en doce cantos. Lisboa 1816. — Patrio- tico onde em diversas composigoes se toca a espídsao dosfrancezes. Lisboa, 1816. — Poesías varias. Lisboa, 1817.

(4) Juan Silverio de Lima, fraile franciscano, profesor de filosofía, socio de la Academia de ciencias : nació en Lisboa en 5 de Agosto de 1751 y murió en 1829. Escribió Horas marianas em verso heroico. Lisboa, 1782.

(5) Antonio Pereira de Sousa Caldas, presbítero: nació en Rio- Janeiro en 24 de Noviembre de 1762 y murió allí en 2 de Marzo de 1814. Es reputado como primer poeta lírico brasileño en el siglo actual. Escribió: Obras poéticas do reve7'endo Antonio P. de Sousa Caldas. París, tomo I, 1820 : tomo II, 1821. Hay otra edición de Coimbra.

(6) Antonio dos Sanctos Pino, presbítero: nació en una aldea llamada Revolaría en Marzo de 1779 y murió en 8 de Marzo de 1849. Escribió un Cancioneiro patriótico on ó sistema das ideas liberaes examinado é refutado por iim 2yesbítero do bisjíado de LeÍ7'ia, 1829. Le precede un juicio apologético del padre Macedo. A Redempgao, poema épico por un eclesiástico do bispado de Leiria. Lisboa, 1842.

(7) José Jacinto Nunes de Mello, canónigo de Evora: nació en Lisboa en 1740 y murió en 1814. Publicó Gollec<¡.ao de varias j^oesías moraes. Lisboa, 1823. Escribió además algunas odas.

(8) Joaquín de Foyos, presbítero: nació en Peniche en 1773 y murió en 26. de Diciembre de 1811. Escribió varias poesías sueltas y una Memoria sobre a poesía bucólica dos 2yoeta^ portuguezes. Lisboa, 1792. — Octavas ao terremoto é mais calamidades que padeceu a cidade de Lisboa no 1.'^ de Novembro de 1755. Lisboa, 1756. — Hipólito de Euripides vertido de grego en portuguez. Lis- boa, 1803,


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tumbres profanas de los estrechos deberes á cuyo cumplimiento se habia sometido , y con tal osadía y tan á menudo quebrantaba las reg-las monásticas que pasó los primeros doce años de su clausura sufriendo un continuo castigo , ya desterrado en diferentes con- ventos, ya preso en los calabozos de la Orden. Y no bastando estas duras y repetidas correcciones para domar su índole rebelde y poner freno á su vida disipada , bubo necesidad de aplicarle una pena extraordinaria , que es suficiente por sí sola para darnos á conocer la gravedad de sus faltas. En virtud de formal sentencia, confirmada por el definitorio, se procedió á su espulsion perpetua del claustro. El dia 18 de Febrero de 1792 se le despojó de su hábito con las humillantes y mortificadoras ceremonias , en tales casos usadas, y se le puso á la puerta del monasterio.

Otro hombre de carácter menos resuelto y animoso hubiera des- fallecido al ver cortada para siempre su carrera de un modo tan denigrante; pero el audaz Macedo, lejos de abatirse, adquirió nuevos brios con aquella afrenta , é hizo de su propia desgracia el cimiento de su reputación y la base de su porvenir. Apeló de la ejecutada sentencia á los tribunales y á la Santa Sede, y habiendo obtenido de esta, dos años después, un breve de secularización para pasar al estado de presbítero , emprendió una lucha desespe- rada , titánica , sin protectores , sin amigos , sin crédito y sin otro auxilio que el de su capacidad , contra todo lo que podía entorpecer su marcha , ó presentar el menor obstáculo á sus pretensiones va- nidosas y desmedidas.

Entonces le vemos salir de la oscuridad, apoderarse de la im- prenta, subir á la tribuna periodística, escalar el pulpito, asaltar la escena é imponerse repentina y simultáneamente á su asombrado país, como filósofo, como crítico, como publicista, como orador re- ligioso, y como poeta lírico, épico y dramático. Sin hacer comen- tarios , que nos parecen inútiles , sobre su maravillosa trasforma- cion : sin pararnos á medir la fuerza de ingenio que necesitó para comenzar su vida científica y literaria por donde tantos escritores laboriosos quisieran concluirla ; y sin detenernos á averiguar cuán- do y de qué manera adquirió el caudal inmenso de conocimientos que suponen tan variados ejercicios , vamos á considerarle separada y sucesivamente en cada uno de los ramos á que dedicó su alta y fecunda y clarísima inteligencia.

Distinguióse al punto Macedo en la cátedra del Espíritu Santo por


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SU erudición copiosa y extraordinaria : erudición que constituia, al mismo tiempo que su mérito principal , su mayor defecto, pues la em- pleaba siempre con abundancia pedantesca y empalagosa, pero que nadie ha poseído antes ni después de él en Portugal, como no haya sido el famoso é inverosímil Fr. Francisco de San Agustín de Macedo, de quien cuenta seriamente Freiré Carvalho que «tenia en la me- »moria todas las obras de Cicerón , de Salustio, de Tito Livio, de »César, Quinto Curcio, Patérculo, Suetonio, Tácito, Virgilio, Ovi- »dio, Horacio, Catulo, Tibulo, Propercio, Estacio, Silvio Itálico y »Claudiano: que sabia al pié de la letra las historias de todas las » naciones y todas las edades , las sucesiones de los imperios y la his- »toria eclesiástica; y que no se hallaba cosa tan oscura é impene- »trable en ningún escritor antiguo, griego ó hebreo, que pregun- »tado sobre el caso no respondiese prontamente (1).»

Si alguno se ha semejado á ese tipo, real ó imaginario, ha sido José Agustín de Macedo, merced á la prodigiosa memoria con que le habla dotado la naturaleza, y que era tan feliz como se des- prende del hecho singular que pasamos á referir. Debían .predicarse en una misma iglesia y en dia determinado dos sermones sobre te- mas distintos , uno durante la misa mayor y otro por la tarde: en- comendóse el primero á Macedo, que descuidó hasta la última hora, según tenia por costumbre, la conveniente preparación, y el otro á cierto fraile tan pesado é impertinente como incapaz de improvi- sar cuatro frases seguidas. Este último que daba gran valor á la opinión de aquel , se le acercó en la sacristía precisamente cuando estaba meditando lo que habla de decir á los fieles , y cometió la imprudencia de obligarle á oír en tan apurados momentos su me- ditada oración , toda entera , para que se la corrigiese y enmendase en lo que le pareciese digno de corrección y enmienda. Macedo es- cuchó en silencio y con atención escrupulosa al inoportuno consul- tor; y en vez de darle el consejo pedido manifestándole lo que ha- bla de quitar ó añadir, le volvió la espalda calladamente , entró en la iglesia, subió con pausa las gradas del pulpito, y después de persignarse y hacer las debidas genuflexiones , repitió literalmente, sin omitir ni variar una sílaba, el discurso que por primera y últi- ma vez le acaba de recitar su buen cofrade. Tal era la memoria de Fr. José Agustín.

(1) Primeiro ensaio da historia da litteratura portugueza por Freiré de Carvaiüio, pág. 165.


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No le faltaban rivales en los templos portugueses. Gozaban por aquel tiempo merecida fama como predicadores, Fr. José de Santa Rita Durao (1), Francisco de Paula Figueiredo (2) , y Fr. Alejan- dro del Espíritu Santo (3) ; pero no tan solo consiguió sobreponerse á ellos sino que oscureció la gloria que hablan alcanzado en el si- glo XVII Fr. Gerónimo Vahia, Fr. Eusebio Mattos y Andrés Nu- nes da Silva. Desde que subió por primera vez al pulpito se le con- sideró como único imitador del ilustre padre Vieira. Puede decirse de él que fué en la tribuna sagrada lo que llegó á ser más tarde Tose Esteban en la tribuna parlamentaria: el más grande orador de su época. Lo que prueba mejor que nada el encanto y la magia de su palabra es que , á pesar del descrédito que sobre él pesaba por sus malos antecedentes monásticos , por el desenfreno de sus cos- tumbres y por sus libelos escandalosos , vivió durante muchos años esclusivamente del producto de sus sermones , y alcanzó la hon- ra , muy codiciada entonces , de contarse entre los predicadores de S. M. (4).

En sus oraciones hay espontaneidad, viveza, energía y elevación de estilo. No conmueven pero instruyen : no edifican pero enseñan. Nos abstendremos, sin embargo, de recomendarlas como modelos de elocuencia. Incorrectas por ser improvisadas , y menos evangé- licas que políticas, porque la política comenzaba á invadirlo todo, descubren más al hombre estudioso que al pastor de almas y más al sabio que al moralista. Pero lo que principalmente se advierte

(1) Durante la segunda mitad del siglo XVIII brilló en Lisboa como ora- dor religioso el poeta Fr. José de Santa Rita Durao. De él fué secretario par- ticular el padre Macedo en los dias de su destierro y á tiempo en que aquel desempeñaba una cátedra de teología en Coimbra y escribia su poema Ca- ramuru.

(2) Francisco de Paula Figueiredo, presbítero: nació en Aveiro en 9 de No- viembre de 1768, y murió en el hospital de los clérigos de Lisboa en 23 de Se- tiembre de 1803. Fué uno de los predicadores más notables de su tiempo. Dejó dos tomos de sermones y la Santarenada, ijoema lieroi-comico, Coimbra 1792.

(3) Sermoes do ^xt^dre mestre A lexandre do Espíritu Santo Falhares, copia- dos de maniiscritos originaes e dados a luz por José Lourenco Tobares da Paixao g Sousa , hacharel formado em cañones e prior da villa de Per eirá. Tomo I. Lis- boa 1855. Tomo II, Coimbra 1856. Nació en Arcos deValdeven en 1749; y mu- rió en 2 de Junio de 1811. Fué fraile franciscano.

(4) Era tan mala su reputación que cierto cura se negó á permitir "que iihombre tan escandaloso predicase en su templo." JEnsaio dos melJiores poetas portuguezes por Costa e Silva, tomo IX, pág. 111,


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en ellas es el deseo inmodera.do que aquejaba á Macedo de ostentar y lucir su erudición. No se cuidaba tanto de que sus oyentes peca- dores se corrigieran como de que le admirasen , ni de guiarlos y di- rigirlos por el buen camino como de ganar sus aplausos. A seme- janza de Mousinho de Quebedo en su Ajfonso africano no se con- tentaba con referir lo que convenia sino todo lo que sabia. A cada una de sus pláticas, que es un centón histórico y bíblico, puede aplicarse lo que , según Plutarco, decia Focion á los atenienses de los hinchados discursos de Leóstenes : se asemejan á los cipreses que siendo muy elevados no dan sombra. Oigámosle en el sermón, dedicado á la memoria de D. Juan VI, que pronunció en la ig-lesia del Corazón de Jesús. No puede condensarse en más breves frases la historia de Portugal.

«Los sarracenos, que, después de estinguida la dominación goda, en el espacio de más de trescientos años habian poseído y conquistado á Por- tugal, dispersos, ahuyentados , vencidos de batalla en batalla y de victo- toria en victoria, desde las márgenes del Duero hasta las campiñas de ürique , con vivos y furiosos asaltos tomadas sus plazas , entrados sus castillos , hasta que cinco potentados vencidos oyeron , en medio de su misma derrota , las voces de aquella aclamación que constituyó en el trono portugués al primero de sus monarcas : los mismos sarracenos , segunda vez vencidos y dispersos desde las márgenes del Tajo basta las riberas del Guadalquivir : Portugal , ya todo portugués , desde la barra de Ca- mina hasta el cabo de San Vicente , sin la presencia de un sarraceno armado: los reinos de León sin feudo y de Aragón sin dependencia, bus- cando su alianza y participando de su gloria : creciendo su población, cer- cándose de murallas sus grandes ciudades , villas y fortalezas : dilatándose prodigiosamente su agricultura, apareciendo la luz de las ciencias y de las artes , concediéndose y publicándose prudentísimas leyes , sustentán- dose su independencia, fundándose su trono sobre trofeos de la más in- signe victoria; ahí tenéis el cuadro que á la contemplación del mundo ofrece Portugal en el primer período de su existencia política , desde la ba- talla de Urique hasta la sangrienta lid de Aljubarrota.»

«Si desde este punto me voy estendiendo por los siglos que siguen, cuanto más voy avanzando mayores prodigios se me presentan. Comienza á rodearse, á romperse el intacto Océano, y veo ya tremolar el estandarte portugués en las altas torres y murallas africanas , entrando por las puer- tas de Ceuta las armas y los guerreros de Europa , que después de los Sci- piones, de los Marios y de los feroces Gensericos y vandálicas legiones, nunca allí habían aparecido. Mientras por el Atlántico se van descubriendo islas desconocidas y por el lado occidental de África naciones bárbaras y


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extrañas , veo entrar victoriosamente los portugueses por los arrasados mu- ros de Tánger, de Arcilla, de Safin, y de Mazagan hasta dar con los cuen- tos de sus lanzas en las puertas deTetuanj de Marruecos. Veo á Portugal no contento con enseñorearse de una tan grande parte de la Maurita- nia tangitana , ir rompiendo más j más el nunca de antes navegado Océa- no, y juntando á su corona cuanto está poblado desde las bocas del Sene- gal hasta Angra , ó bahía de Santa Elena , agregando por conquista á sus títulos el señorío de Guinea j el vasto reino de Angola ; y como si juzgase estrechos los límites de tan vasto imperio ir, después de tantas y tan ar- riesgadas tentativas, doblar el formidable y tormentoso cabo, que por el lado austral limita el África , levantando trofeos de gloria y de valor por aquellas abrasadas costas y ardientes regiones de la Etiopia oriental, hasta que finalmente pudo tocar por el Océano aquella vasta y poderosa y opu- lentísima Asia , de la que podemos decir que fué primero conquistada que vista , porque solamente con el terror del nombre portugués y sin ver aun brillar sus espadas , se hicieron tributarios , del reino lusitano tantos solios y tantas monarquías , etc.»

En la iglesia de Nuestra Señora de la Gracia improvisó otro ser- món el 27 de Noviembre de 1823 , en acción de gracias al Ser Su- premo por el restablecimiento del gobierno absoluto. ¡Con qué vi- vos colores y al mismo tiempo con qué rebuscada erudición pinta la sangrienta historia de los desastres y las calamidades de la guerra!

»La guerra: este es el mayor azote del mundo moral. Fijémonos enla época de la declinación de la república romana. Mario extermina en una batalla 200.000 cimbrios. Mitridates hace degollar de una sola vez 80.000 romanos. Sila degüella 90.000 hombres en otra batalla dada en la Beocia. Contemplad ahora la guerra civil y sus proscripciones. César hace morir un 1.000.000 de hombres en sus campañas; y Alejandro habia ganado antes de él esta funesta honra. Augusto cerró por un instante el templo de Jano; pero luego lo hizo abrir por siglos, estableciendo el desgraciado imperio electivo. En el imperio del que se llama óptimo y virtuoso Tito mueren un 1.000.000 de hombres entre las ruinas de Jerusalen. La des- trucción de la especie humana hecha por las armas de Boma es verdade- ramente espantosa. En el bajo imperio aun se descubren más horrores y mayores extragos de la guerra. Licinio mata 20.000 hombres en Cibalis, 34.000 en Andrinópolis y lOO.OOO en Chrisápolis. Las naciones del Norte marchan : los francos , los hunos , los godos , los lombardos , los vándalos atacan el imperio y lo despedazan ; y Atila pone la Europa á fuego y san- gre: le matan más de 200.000 hombres junto á Chalons, y los godos en la siguiente campaña le causan una pérdida mayor. En menos de im siglo


380 LITERATURA PORTUGUESA Roma fué entrada j destruida tres veces. Los godos se enseñorean de Milán, jen esta ciudad matan 300.000 habitantes. Malioma aparece y el alfang-e j el koran corren las dos terceras partes del globo. Los sarracenos pasan desde el Eufrates al Guadalquivir, arrasan hasta los cimientos la inmensa ciudad de Siracusa. En las planicies de Tours, Cario Magno, en medio de 200.000 cadáveres junta á su nombre el epiteto de terrible, por el que aun hoj es conocido. Ved las cruzadas : la Europa toda se precipita en el Asia: son incalculables las víctimas que perecieron. Gengis-kan j sus soldados despueblan el globo desde China hasta Berbería. Napoleón sumerge la Europa en sangre »

Como crítico no ha imitado ni podido imitar á nadie el P. Ma- cedo, porque no lia existido nunca un carácter semejante al suyo. Se refiere de Álexino que era enemigo de todos sus contemporá- neos esclarecidos, por ejemplo, de Aristóteles, de Zenon y de Ephoro; pero la historia no cuenta que haya afrentado nunca á los sabios que le precedieron. Lejos de guardar Macedo esas con- templaciones , maltrató á los muertos con el mismo desenfado y con igual encono que á los vivos. El Motim litterario es un mo- delo en su género ; es un verdadero motin contra todas la reputa- ciones científicas antiguas y modernas ; es el Tizón de la aristo- cracia del talento ; parece escrito para derribar de su pedestal de gloria á los filósofos , á los poetas , á los naturalistas , á los gran- des ingenios , sin excepción , de todos los siglos y de todos los pue- blos. Su lectura nos recuerda al jesuíta Hardouin, quien pretendió probar que las obras clásicas de Grecia y Roma eran apócrifas, comenzando por sostener que la Eneida había sido compuesta por un benedictino del siglo XIIL

Si diésemos crédito á las atrevidas aseveraciones del Motim lit- terario , tendríamos que arrojar del Parnaso á los vates reputados inmortales , y sepultar en el olvido los nombres de aquellos pre- claros talentos que hasta hoy han merecido el respeto y la admi- ración del orbe. Leíbnitz ha plagiado á San Agustín ; Descartes á Platón y á Heráclito, y Malebranche á Demócrito. Lock es un sátrapa , un negociante ebrio , un filósofo de los sentidos ; Galileo y Newton tomaron de Aristóteles sus supuestos descubrimientos. El sistema de Copérníco fué presentado con suma claridad por Aristarco de Samos trescientos a tíos antes de la era vulgar. Nada hay que deba admirarnos desde Homero hasta Voltaíre. La Iliada y la Odisea no valen los loores que la rutina y la ignorancia les


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han tributado ; una acción ahogada en un aluvión de episodios y de digresiones: bajezas, trivialidades, comparaciones pesadas sin nobleza y sin hermosura : hé ahi en resumen las obras de Homero, de ese remedio portentoso contra los insomnios. ¿Qué son Garci- laso y Solis? Dos grandes mentirosos. ¿Qué es Lope de Vega? El más estérilmente fértil de los poetas. ¿Qué es Rousseau? El genio más sombrío , más furioso y más atraviliario que ha existido en el mundo ; el más dañoso y pestilencial entre todos los filósofos mo- dernos. Y ¿qué es finalmente Voltaire? Un hombre de mucha pe- reza ó de poca originalidad ; cabeza leve que nunca escogió asun- to nuevo. La Enriada no tiene buenos versos , ni estilo levantado, ni riqueza de colorido; es un pedazo de historia puesta en verso, como dice Rigoley de Jovigni. Sin alterar el sentido ni la cons- trucción , y sin debilitar su interés , hay cantos que se pueden leer en orden inverso , comenzando por el último renglón y acabando por el primero , como indica Clement. Es una galería de cuadros monótonos, cargados de antítesis. El Ensayo sobre las costumbres desordena las épocas , trunca y mutila los acontecimientos , lo em- brolla todo. Las novelas Zadig y Memnon son copias de mejores originales.

Se nos figura que basta y sobra con lo expuesto para apreciar el criterio estraño y anárquico del Motim. Lo que no se comprende fácilmente es cómo se ha ocultado á la perspicacia de aquel abso- lutista tan fogoso y acérrimo , que rebelándose contra toda autori- dad literaria y científicasentaba un precedente de la emancipación asaz peligroso , y ofrecía un estímulo tentador á los pueblos para que hiciesen aplicaciones de su mismo procedimiento en el orden político.

No aparece menos estravagante como filósofo. Su único sistema es la paradoja. En sus Cartas filosóficas á Ático sostiene , entre otras análogas , las siguientes proposiciones : « El hombre consti- »tuido en el estado de la menos posible reflexión está más próximo »de la tranquilidad del ánimo , y por ello más próximo también de »la felicidad natural. — La mayor ciencia de la vida está entre los »pocos versos del Éxodo , de la /Sabiduría y del Eclesiástico ; y »todos estos divinos principios son contrarios al mucho saber, y »por c^secuencia al mucho reflexionar.»

Para conocer el mérito satírico de Fr. José Agustín no basta te- ner á la vista una sola de sus producciones jocosas y burlescas;


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hay necesidad de leerlas todas. Cuando se inspiraba en sí mismo, su sátira era ingeniosa y delicada como la de Nicolás Tolentino y Antonio Diniz : á este género pertenecen el Desapprovador, las Pateadas y la Carta á Manuel Mendes de Fogaga ; pero cuando se sentia herido ó mortificado por los epigramas de sus adversa- rios, entonces la pasión le cegaba ; su estilo era bajo, sus chistes groseros y su lenguaje insolente , y á veces torpe y obsceno , como en la parodia de cierto elogio compuesto por el poeta Antonio Ja- vier para el beneficio de la actriz Mariana Torres , y en el inmoral opúsculo Assim o qnerem assim o tenliam.

Quisiéramos trascribir como muestra algunos versos de esa pa- rodia ; pero nos lo impiden la decencia y el respeto á nuestros lec- tores. En la Saty rápelo executor da altajustica no hay alusiones embozadas , no hay frases ni palabras de doble y equívoco senti- do ; no hay más que injurias personales, dicterios desvergonzados y ultrajes del peor genero posible (1).

En los artículos del Desapprovador ha ridiculizado con ligereza festiva y sal ática los vicios , los abusos y las ñaquezas de sus con- temporáneos. Ninguna obra mejor que esa para estudiar los usos y costumbres de aquel tiempo. Y por cierto que no harían mal en consultarla , de vez en cuando , esos panegiristas sistemáticos de lo pasado , esos censores rígidos que acusan de desmoralizadora á la civilización moderna , y que consideran , porque así conviene á sus miras políticas , como cosas inseparables la libertad y la licen- cia. A propósito , por ejemplo, de los trajes del bello sexo , dice el P. Macedo:

Bien sé que las mujeres se visten de punta en blanco con 20 reales , por- que cubren tan escasamente su cuerpo gentil que con poca tela les basta í pero lo que se ahorra en la bolsa se pierde en la honra (2).. .. ¿No podrá decir el Desapprovador á muchas mujeres que se vistan antes de salir de su

(1) Los versos que, después de un examen prolijo, hemos encontrado en esa composición más mesurados, y menos ofensivos al buen gusto, son estos:

Se falha a presenta nao falha a lembranya do besta Bernardo que em Londres, a pan^a tal vez fosse encher, no Tejo vasia, que o bruto por letras de fome morria ;

procede de avó que foi porca :

de avó que no Porto morrera na forca : e o pay por officio de pros e precalsos morreo na ])artagem por doois signaes falsos.

(2) JJesappr'ovado7\ núm. 22.


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casa , puesto que no todos los que andamos por esas calles y paseamos por el Rocío somos pintores para estudiar lo desnudo , j que dejen eso para las escuelas de Roma j para el museo de las artes de París? (1)»

Verdad es que la moda de los corpinos escotados y de las sayas cortas tiene más antig-ua fecha. Un escritor portug-ués del si- glo XVII nos ha dejado sobre esto muy curiosos datos.

«La que tiene buenas manos , está siempre dando manotadas ; la que que tiene buen pelo y cuello , echa á volar las tocas y fing-e que se le cae el manto; la que buen pecho, como si fuera ave en mano de regatona, se despluma en aquella parte para facilitar y encarecer la venta. Dama ro- mana hubo ya que por creer tenia bien formado lo que va de rodillas aba- jo, dio en usar vestido que no pasaba de ellas. Agora en España se usa esto de modo que por abajo se ve lo que va de rodillas arriba , y por arriba lo que va del cuello á las rodillas (2).»

Respecto al color de los vestidos añade el mismo literato :

«Fué muy preciado generalmente este color (el carmesí); y como él es el de la vergüenza , le estimaban más en tiempo en que la había: agora pa- rece que hasta en los vestidos es embarazosa (3).»

Filialmente, y cerrando esta dig-resion, que seria interminable si nos acomodase prolong-arla , véase cómo se expresaba el austero y ascético D. Juan de Zabaleta en un libro místico dado á la estampa con las indispensables licencias.

«Cierto que las mujeres que se visten al uso, se visten de manera que estoy por decir que anduvieran más honestas desnudas. Los jubones se escotan ds suerte que traen los hombros fuera de los jubones. Mucho debe de pesarles la honestidad, pues no la pueden traer al hombro. De los pe- chos les ven los hombres la parte que basta para no tener quietud en el pecho : de sus espaldas la parte que sobra para que dé la virtud de espal- das. A las mujeres que se visten al uso presente no les falta para andar desnudas del medio cuerpo arriba sino quitarse aquella pequeña parte de vestidura que les tapa el estómago. De los pechos se ve lo que hay en ellos más bien formado: de las espaldas descubre lo que no afean las costillas: de los brazos los hombros están patentes: lo restante en unas mangas abiertas en forma de barco, y en una camisa que se trasluce (4).»

(1) Desapprovador, núm. 23.

(2) Lusiadas de Luis de Camoes, príncipe de los poetas de España. Al Rey N. S. Felipe IV el Grande^ comentaddus por Manuel de Faria y Sousa. Ma- drid, 1639. Tomo III y IV, pág. 190. Este libro se publicó con las correspon- dientes licencias.

(3) Lusiadas comentadas , tom. I, pág. 530.

(4) Fl dia de fiesta por la mañana en Madrid y sucesos que en él pasan. Su autor B. Juan de Zabaleta. 7.^ impresión, según la primera. Madrid, 1754, p. 27.


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En las Pateadas pone Macedo al descubierto , con agudeza y do- naire , las intrigas y cabalas de los cómicos, las supercherías de los autores dramáticos, y hasta los caprichos y mudanzas del inesperto y no muy sufrido público que en aquella época concurría á los co- liseos de Lisboa. Es uno de los pocos documentos que debe hojear el que se proponga reseñar la historia , breve y sin embargo no es- crita todavía, del teatro portugués. «La pateada es un movimiento espontáneo de pies, bastones, cachiporras, tablas y silbatos , hecho en la platea por los señores espectadores , de que resulta una aso- nada , gritería , alboroto y confusa algarabía en las barbas de los cómicos para hacerles entender con la mayor civilidad que lo que están representando ó acaban de representar es una insigne tonte- ría, una manifiesta poca vergüenza ó un solemne despropósito.»

Sus poesías líricas coleccionadas en un volumen bajo el título de lira anacreóntica , están todas dedicadas á Marcia , detrás de cuyo nombre pastoril leían los murmuradores de la corte el de cierta dama muy conocida del público lisbonense y mucho más de Mace- do. Revelan menos inspiración que ingenio y menos sentimiento que arte. Descubren además claras reminiscencias de los versos de Melendez Valdés. Y como cada una de esas composiciones encierra siempre un elogio á la señora de sus pensamientos, hay en ellas cierta monotonía. No obstante , están escritas con facilidad y com- piten con las mejores que en ese género posee Portugal.

A VINGAN9A.

De urna guardada colmea amor algum mel roubou e por vingar-se urna abelha na linda mao Ihe picou.

Amor tambem quiz vingar-se daquella pungente dor ; e quanto foram terribeis sempre as vinganQas d'amor !

O mel que tinha roubado — \j quem tal podia esperar % — nos róseos labios de Marcia foi logo depositar.

Mimosos labios de Marcia, — amor vingativo diz — em vos guardai para sempre o amavel roubo que eu fiz.


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Em vos preciosos labios, o mesmo efeito ha de ter: quem se atrever a tocar-vos a mesma pena ha de haver.

S'Elmiro (1) quizer beijar-vos leve co mel o farpáo : nos labios leve a do9ura e o golpe no coracáo.

O RETEATO D'AMOR.

Deixa as vulgares ideas hábil e douto pintor : debes seguir outra marcha se queres pintar amor.

Passa severo esa esponja no quadro que tens trazado; nao pintes arcos, nem setas nao pintes facho inflamado.

Tira dos hombros as azas, dos olhos tira-lhe a venda nao pintes férreas cadeas e o quadro táo bello emenda.

Nem elle tem esse rosto, d'um frágil, terno menino nem tem amor eses rasgos sobre seu rosto divino.

Se desse numem celeste queres a idea melhor, retrata a divina Marcia entáo pintaras amor.

Entre las muchas odas que dio á luz , sobresalen las que dedicó á Pompeyo , á las Ventajas de la pobreza y de la mda ignorada y á Belisario. No pudiendo trascribirlas por su estension, nos limi- tamos á consignar que en ellas rivaliza su autor con Filinto en la pureza de la frase , y con el mismo Bocag-e , si no en la fluidez y so- noridad de la rima , por lo menos en la novedad de los conceptos y en la valentía de las imágenes.

Dejó varios poemas épicos , cada uno de los cuales bastaría , á pesar de sus grandes defectos, para legitimar su gloria literaria; sin embargo, no han sido detenida y concienzudamente analizados por ningún crítico nacional ni estranjero. En la Viagem extática, donde figuran los primeros sabios del mundo desde los siglos más

(1) Elmiro es al nombre poético que habia adoptado Macedo como socio de la Academia de Bellas Letras titulada la Nueva Arcadia.

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remotos hasta nuestros dias ,' hay pinceladas de mano maestra. Sus juicios con frecuencia aventurados, porque Macedo estuvo cons- tantemente poseido de la monomanía de singularizarse , presentan en relieve la extensión y la profundidad de sus conocimientos. El estilo es sentencioso, noble y digno de tan alto asunto , y la versi- ficación fácil y melodiosa.

hdi. Meditación es una obra más filosófica y trascendental y de un mérito tan evidente , que el vizconde de Álmeida Garrett , á pesar de haber tratado siempre como enemigo á Macedo , no pudo dis- pensarse de elogiarla ( 1 ) . Más bien que un poema es una diserta- ción en que el autor, contemplando las maravillas de la naturaleza y los prodigios del entendimiento humano , discurre y reflexiona sobre la pequenez de su propio ser, sobre la grandeza de los fenó- menos siderales, sobre los insondables misterios de lo eterno y de lo infinito , y sobre la majestuosa omnipotencia de la causa inmortal que todo lo ha creado.

Quem sou eul donde estou? de quem procedo? eis o brado que escuto , a voz que soa dentro em minha alma extática, si immerso na sombra augusta que me involve é fecha o voo altivo soltó á fantasía, 6 em estro divinal recorro o espago da indefinita habitacao dos seres, buscando ancioso o artifice supremo, que em suas producgoes se deixa impreso, sempre escondido e descoverto sempre : se a musa emprego tem , se o savio estudo Natureza , es so tu , so tu Jehóva.


Da poesia os Ímpetus divinos em Déos principio tem, e em Déos emprego : he digno o dom d'hum Déos, das obras suas; medito a natureza e um Déos eu canto.

(1) "No puedo dejar de pedir la venia para mencionar, como un poema que hace suma honra á la nación portuguesa la Meditación, del Sr. J. A. de Mace- do , que ha sido censurada por quien no era capaz de entenderla. No sé si tiene defectos : es obra humana- y de cierto no le faltarán; pero subhmidades, copia de doctrina, frase portuguesa y grandes ideas, solo se las negará la ceguera ó la pasión." Garrett, Bosquejo sobre a historia da lingua e da poesia liortugueza. Garret habia maltratado en otras ocasiones á Macedo y habia sido maltratado por él. Véanse las Cartas de J. A. de M. a sen amigo J. J. P. L. Lisboa, 1827. En una de esas cartas censura Macedo severísimamente un libro de Garrett titulado O dia 21f, de Agosto pelo cidadao J. B, S. L. A. Garrett.


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Pero el libro predilecto de Macedo es el O nenie. Con él pensó conquistar una fama imperecedera , y á él debe cabalmente su des- crédito en Portugal. Entendió que su patria no tenia un poema digno de ella : creyó que él poseia el numen y el ingenio necesa- rios pg-ra llenar ese vacio , y compuso el Oriente. Y como los por- tugueses, entonces lo mismo que abora, no admitían nada superior á Camoes, empezó por combatir esa que él juzgaba ridicula preo- cupación , baciendo notar el espíritu rutinario , la falta de origina- lidad y la carencia de buen gusto del venerado vate. Antes de eri- girse un templo á si mismo le era indispensable derribar por el suelo al ídolo que consideraba único rival suyo ; y así lo bizo , en efecto, ó, por lo menos, así lo intentó. Y estaba tan lejos de te- mer la competencia con el príncipe de los poetas lusitanos que to- mó por tema de su obra el conocido tema de las Lusiadas:

O magnánimo héroe que no Océano primeiro a estrada abriu do ignoto Oriente, fazendo ouvir o nome soberano de Deus a estranho clima e estranha gente ; acrescentando ao sceptro lusitano um vasto imperio n' Asia florescente : farei se me for dado em novre verso n' esta empresa, inmortal, pelo universo.

No ocultaba nunca la alta idea que tenia de su merecimiento. El encomiarse , parecíale justicia y no inmodestia. Por eso, en la de di- catoria del Oriente á la nación portuguesa le vemos quemar in- cienso en sus propias aras :

«Ilustre nación , me atrevo á consagrarte lo que tal vez mantenga en la posteridad tu gloria, tu representación, tu nombre, un poema épico, etc. No me atreveria, oh gran nación, á hablarte de esta manera sin conocerte y conocerme. Tú mereces lo que es grande , porque lo sabes apreciar : yo me resolví á componer porque la conciencia de las propias fuerzas me de- cia que podia satisfacer el deseo , que siempre me animó , de engrande- cer tu nombre y de unir un eco más á los gritos inmortales de tu fama. »

Al fin de un discurso preliminar que anda unido al mismo poe- ma estampó esta frase arrogante. «Paréceme que es esta epopeya la menos defectuosa posible.»

La novena octava real del primer canto dice así :

E se outra lyra inmortaliza o Gama em Tnim seus dons a natureza apura;


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de sen sacrario liberal derrama

luz que almo estudo me tornou mais pura :

filosofía no meu peito a cliamma

despende que afujenta a sombra escura:

do vil respeito os Ídolos derruba,

tira mais alto som de épica tuba.

Y la estrofa siguiente contiene estos versos apologéticos en que el prurito de alabarse toca ya los límites de la necedad ó del de- lirio.

Veja o Tejo uma vez qual o Tamisa cisne que espatos nao trilhados pisa.

Es , pues , el Oriente la espresion más viva de la vanidad de Macedo , si bien esto se descubre claramente en todas sus produc- ciones. En la Meditación, por ejemplo, se permitió dirigir á la pos- teridad este pretencioso apostrofe :

Posteridade, es tu quem sobre a campa que ha de fecharme um dia as cinzas triste, o sello me has de por da gloria e honra, o gume has de embotar da Ynveja e odio que eu tranquillo filosofo desprezo. Tu sempre inmortal, tu sempre justa darás valor ao porfiado estudo que a sombra deste seculo nao preza. Eu te saudo ja : se quaes nos dias do décimo Leáo savios surgirem que as musas dem valor, que o douto escrito que outro tipo nao viu mais que a verdade, nem mais modelo quiz que a natureza dentre as sombras e po desentranharem , o nome acclamaram do homem que soube as musas dar emprego á patria gloria.

No mostró más orgullo Luis de Camoes cuando terminó su poe- ma comparándose con Homero.

A minha ja estimada e leda musa fico que em todo o mundo de vos cante de sorte que Alexandre em vos se veja sem k dita de Achiles ter inveja.

Ofreciendo Macedo su libro las Pateadas á Miguel de Cervantes Saavedra , le habla de igual á igual : ^<Te dedico este ensayo tal vez no inferior á los prodigios de tu ingenio.»

No obstante, si no falta motivo para acusar de fatuidad á Fray


EN EL SIGLO XIX. 389

José Agustín , hay todavía otros literatos portugueses que le esce- den en presunción. Tenemos sobre la mesa una poesía de Gómez de Amorin la Mujer de mármol , que justifica con exceso nuestro aserto :

Sou rey! sou deus! a poesía brota do meu coragao em torrentes de harmonía ñas toras da inspíra^áo ! O poeta e um rey, um deus, tem de iim deus toda a grandeza quando á sua mente acceza desee urna chamma dos ceos! (1)

El distinguido folletinista López de Mendoza arrojó con inusita- da franqueza la máscara de la modestia. «Las protestas de la mo- »destia las tengo hace mucho tiempo por documentos de hipocre- »sía. Yo no me haría escritor sino creyese como Andrés Chenier en »el J'ai quelque cTiose la» (2).

El argumento del Oriente está espuesto con ingenio y los ca- racteres están bien delineados. Su estilo es generalmente épico, y su versificación correcta y vigorosa. Si no puede ponerse en paran- gón con las Lusiadas tampoco merecía ser saludado con esta chis- tosa décima de Cardoso :

Ao parnaso quer suvír novo rival de Camoes; e das loucas pertencoes as musas se poem a rir. Apollo, sem se aflixir d'esta arte diz ao cazmurro : "pode entrar que nao o empurro : "nao me vem causar abalo : "ja ca sustento um caballo, "sustentarei mais um burro (3)." Menos vale Macedo como escritor dramático que como poeta épi-

(1) Versos de Francisco Gomes de Amorin. Dos volúmenes. Lisboa, 1865. Es cierto que el autor desaprueba en una nota los versos que arriba copiamos, pero no por eso deja de reproducirlos en la segunda edición de sus obras.

(2) Memorias de literatura contemporánea.

(3) José Francisco Cardoso nació, según se cree, en Babia en 1761: fué profesor de lengua latina. Escribió Joanni Augustissimo, Piissimo, de rebus ct lusitanis ad Tripolim viriliter gestis Carmen, ülisipone , 1800. Este libro fué traducido por Bocage, así como una epístola del mismo autor al Ministro de Negocios ultramariuos D. Rodrigo de Sousa Cóutinho.


390 LITERATURA PORTUGUESA

co ; pero algo vale si se atiende al estado lastimoso en que á prin- cipios del sig-lo se encontraba la escena lusitana. Sosteníase esta casi esclusivamente con producciones francesas, italianas, y españo- las , no siempre bien traducidas. Del teatro antiguo no se conser- vaba nada que pudiera representarse , pues los autos de Gil Vicen- te se avenían ya muy mal con los adelantos de la época. Y si de tarde en tarde aparecía alguna farsa nueva y original , era tan es- casa de interés , que no llegaba á fijar la atención del público dos nocbes consecutivas. Se ha de juzgar, pues, á Macedo, no tanto con arreglo á los preceptos del arte , como con relación á la deca- dencia intelectual de los poetas cómicos que Portugal poseía en aquel tiempo : no comparándole con Voltalre , ni con Alfieri , ni con Moratin , sino con los pocos dramaturgos que por entonces lleva- ban á los coliseos de Lisboa los deformes abortos de su pobre inge- nio. Con este criterio deben ser analizadas las composiciones dra- máticas de Fr. José Agustín. Tomemos al acaso , y como muestra, una comedia y una trajedia de su repertorio : A impostura casti- gada y Branca de Rossi.

La Impostura castigada es un cuadro de costumbres , de malas y detestables costumbres. Si refleja fielmente las de los reinados de Doña María I La Piadosa y de D, Juan VI, no se pierde gran cosa en que hayan desaparecido. El médico Reinoso, indocto, charlatán, pedante y libertino, es el protagonista de la comedia. Entre sus an- tiguas proezas se cuentan dos que le caracterizan. En una ocasión prestó su complicidad facultativa á cierta joven desventurada para que salvase con un crimen su honra comprometida ; y en otra empleó el veneno , de acuerdo con el hijo de uno de sus enfermos, para recoger pronto la herencia. Tales son sus antecedentes. Des- cuidando ahora sus deberes conyugales, intenta seducir simultá- neamente á la mujer de su amigo D. Romualdo, á su hija Aldonza y á la doncella. Figuran en el argumento como personajes princi- pales : D. Romualdo López , que no cree en la ciencia del doctor, y que á sabiendas se deja engañar y robar por él; su esposa Floren- cia, que está dispuesta, lo mismo que su hija, á huir con el aman- te de ambas ; y la doncella Lucinda , que finge aj'^udar á Reinoso en sus planes con el objeto de desbaratarlos, y que le prepara una celada para que le prendan en el momento de fugarse con Flo- rencia.

Lucinda , que siendo la única inocente , hace el sacrificio gene-


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roso de presentarse como la única culpable por librar del deshonor á sus amos , es un carácter noble y simpático : en los demás hay tal inmoralidad , tal corrupción y tal cinismo , que preferimos cali- ficarlos de inverosímiles , á suponer tan viciada y pervertida aque- lla sociedad.

La intriga, sencillamente espuesta, carece de novedad, y el diálogo , más vivo que natural , está salpicado de chistes groseros; sin embargo , este ensayo , con todas sus faltas , abrió una nueva senda á la literatura portuguesa , pues no existia entonces , ni ha- bla existido antes , la verdadera comedia de costumbres. , Branca de Rossi , imitación desdichada de la Mérope del poeta veronés Maffei, no aventaja á la Impostura castigada. El Rey Ezelino, solicitando la mano de la mujer que ama, después de asesinar á su esposo y á su hijo , es un tipo tan repugnante y monstruoso , que aun suponiéndole posible , no convendría presen- tarle en escena. Ese Monarca perverso y desalmado, que no ejerce sus venganzas por medio de un verdugo , sino por su propia mano, únicamente se concebirla habiendo sido elevado al trono desde la cuadra de un presidio. No baria más, ni tanto quizá, aquel Bar- dilis , que dejó el mando de una gabilla de ladrones para subir al trono de Iliria. La pasión de Ezelino es feroz y brutal. No obstan- te , compárese esa trajedia con las que por entonces se ejecutaban en el teatro de la calle de lo's Condes , y se verá que Macedo , con sus inverosimilitudes y sus horrores , manifiesta , en el desenvolvi- miento de los argumentos y en la lozanía de la versificación , algo que le coloca sobre todos los autores dramáticos anteriores á Al- meida Garrett y á Méndez Leal.

Escribió también varias loas , y entre ellas una que se recitó en el coliseo de San Carlos el dia 13 de Mayo de 1814 para celebrar el cumpleaños del Príncipe-regente. Esa pequeña pieza alegórica en que hablan Astrea , Marte , la Europa , Asia , África y Améri- ca , termina con los siguientes versos pronunciados por el Genio de liUsitania :

E veréis que e mellior e mais jocundo ser rey de Portugal que rey do mundo :

Versos que traen á nuestra memoria los que dirigió CamSes al Rey

D. Sebastian en la estrofa décima del canto primero de las Lusiadas.

E julgareis qual e mais escelente se ser do mundo rey se de tal gente,


392 LITERATURA PORTUGUESA

Detengámonos aquí algunos instantes. El género hiperbólico se adapta un tanto á la idiosincrasia del carácter de nuestros vecinos. Y esta afirmación á nadie sorprenderá en España , donde se tiene generalmente, con un poco de injusticia sin duda, al tipo portu- gués por engreído, y presuntuoso, y finchado. Lo que no saben muchos , lo singular y curioso es , que en Portugal se llama á las exageraciones españoladas. A la arrogancia jactanciosa , á la ala- banza escesiva y ridicula del propio valer, á la narración de un hecho inverosimil é increíble, á la hinchazón de la frase, se le da el nombre especial de españolada. \ Tan cierto es que los pueblos, como los individuos , rara vez se conocen á si mismos ! Los que de tal manera nos juzgan, no han pensado que basta entrar en una biblioteca lusitana , y abrir al acaso un volumen cualquiera , para encontrar ponderaciones tales , que no se hubiera atrevido á acep- tarlas como suyas el famoso Manolito Gazquez.

Elogiando Manuel de Galhegos, poeta del siglo XVII, á Ga- briel Pereira , decia de su pluma :

vossa penna canora


os orves Hsonjeia, eleva o dia, abranda as feras, faz parar o vento, suspende a lúa , admira ó firmamento e faz que á térra des9am as. estrellas para que a patria se coroe d' ellas.

El mismo Galhegos , describiendo la batalla de Aljubarrota , en su poema O templo da memoria , se dejó arrebatar por el entusias- mo hasta el punto de ver

Langas, elmos, trombetas e tambores nadando pelo sangue, fluctuando.

De brazos y piernas que nadaban en el mar después de separa- dos de sus cuerpos , ya nos habia hablado Camóes (1) ; pero esto de Galhegos nos parece demasiado fuerte. Mucha sangre se necesita para que floten en ella lanzas , y yelmos , y trompetas , y tambo- res ! En la octava XXXVIII del canto IV de las Lusiadas se refie-

(1) Mas de Mir Hocem, que abalroando a furia esperará dos vingadores verá, brazos e pernas ir nadando sem corpos, pelo mar de seus senhores.

{Lusiadas, canto X, octava XXXVI.)


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re esta inaudita y portentosa hazaña del Rey D. Juan I en la mis- ma jornada de Aljubarrota:

Isto disse o magnánimo guerreiro e sopesando a lan9a quatro vezes , com forga tira e d'este único tiro muitos langaram o ultimo suspiro.

El Conde de la Torre mató un toro de una cuchillada , y Anto- nio da Fonseca Suares celebró aquella heroicidad en un soneto cu- yos tercetos finales merecen trascribirse.

Em fim caMu o bruto, e parecia que o son do golpe que nos valles dura em todo o ar exequias Ihe fazia !

Pois foi tal d'essa espada a for9a dura que inda a térra párese que Ihe abria eos sovejos do golpe a sepultura (1).

Vasco Mousinho de Quebedo se permitió anunciar en el canto primero de su Affonso africano que viendo Dios la devoción que distingue á los portugueses , quedó muy alegre y satisfecho de ser Dios de tal gente :

Poz Déos os ollios no fervor ardente de hum christao zelo em lagrimas desfeito e de ser Déos de tao devota gente ficou consigo alegre e satisfeito.

Gerónimo Bahia enunció con la mayor seriedad que más honra- ba á los españoles el ser vencidos por los portugueses que el ser vencedores del universo :

Com desdouros nao aflijo mais antes lisongeo con louvores, aos principes, aos grandes, aos senhores castelhanos rendidos, porque mais be de Lysia ser vencidos do que ser do universo vencedores (2).

El aplaudido Diego Bernardes exclamaba en la tercera de sus conocidas églogas:

A viva chamma, aquelle intengo ardor que brando sinto ja pello costume, de noite de si da tal resplandor que mil pastores ven a pedir lume.

(1) A Fénix renascida ou obras poéticas dosmelhores engenhos portuguezes, Lisboa 1766, tom. IV, pág. 399.

(2) A Fénix renascida ^ tom. III, pág. 22,


394 LITERATURA PORTUGUESA

Eu sempre choro e tanto ja chorei vencido da gram dor que n'alma tinha que mil vezes de lagrimas fartey meu gado quando com mais sede vinha (1).

El grave y sesudo padre Vieyra lisonjeaba de este modo al prín- cipe D. Teodosio : « De armas y sabiduría vemos adornado y forta- »lecido á V. A. , asi porque tiene á su obediencia todas las de Por- »tug'al, que monta tanto como las del mundo , etc. (2).

Antonio de Sousa nos ofrece en sus Excelencias de Portugal un tesoro inagotable de ponderaciones.

«En el dicho cerco de Dio , un portugués cuyo nombre no se sabe, aca- bándosele las balas y no teniendo ya con qué tirar á los turcos , quitó un diente de la boca y metiéndole en la escopeta en lugar de bala, tiró y acertó en uno (3). » — «En una batalla que D, Francisco de Menezes de Bacaim tuvo con un grande ejército del Nisamuscá, en que le venció, \in soldado llamado fulano Trancoso, persona principal, después de haber bien peleado , como era hombre ajigantado y de grandes fuerzas , alcan- zó con la mano izquierda un moro y metiéndole el brazo por la pretina con que se apretava , le levantó en el aire haziendo del adarga , y reme- tiendo con los moros echóse en medio de ellos como un león , matando y derribando muchos, no osando los moros á descargar en él sus golpes por no matar al compañero , com que el Trancoso se reparava de los que le tiravan, y si algunos le dieron todos recibió en él; y deste modo hizo grande destruicion en los moros muy á su salvo (4) . » — « Un baluarte des- ta fortaleza minaron los enemigos , y reventando mató algunos portugue- ses; mas D. Diego Soto Mayor que estaba en él, volando por el aire con la fuerza del fuego cayó otra vez dentro de la fortaleza con una lanza que tenia en la mano , por la cual se vino deslizando hasta el suelo donde qlie- dó sin lesión alguna (5) . »

(1) Olyma de Diego Bemardes em o qual se contem as suas églogas e cartas. Lisboa 1596, pág. 13.

(2) Arte de furtar^ espelho de engaños, theatro de verdades, mostrador de horas minguadas, gazua geral dos reinos de Portugal, etc. Amsterdam 1744. Deprecac, mao Sereníssimo Senhor D. Theodoro Principe de Portugal.

(3) Flor.es de España excelencias de Portugal, en que brevemente se trata lo mejor de sus historias y de todas las del mundo desde sii principio hastv nuestros tiempos , y se descubren muchas cosas nuevas de provecho y curiosidad; por Antonio de Sousa de Macedo. Coimbra 1737, pág. 215.

(4) El mismo volumen, pág. 216.

(5) ídem, pág. 218.


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En las poesías de los contemporáneos tampoco faltan ejemplos de esta clase. Oigamos á Serpa Pimentel :

Se quizeres um reino irei ganha-lo : se anhelas um imperio sei vencel-o e se o mundo desejas, co esta espada ja parto a conquistalo e dou-te o mundo (1). En un canto, sublime por cierto j magnífico, de nuestroamigo el Sr. Méndez Leal , titulado JVapoleon en el Kremlin , se lee esta redondilla :

Olhae, conduzo unánimes mais fortes cada vez, germanos, francos, Ítalos o propio portugués. Esto de decir el capitán de Jena y de Austerlitz , que no tan solo conduce á los alemanes, á los franceses y á los italianos, sino has- ta á los mismos portugueses, es muy bueno. Tampoco se h.a que- dado corto el vizconde de Almeida Garret en sus encomios al poeta lírico Francisco Manuel do Nascimento , más conocido por su nom- bre arcádico de Filinto :

Creae, creae na mínha patria, o densas, novo ingenho que hombree co'a alta empreza dae-lhe inda mais que a quantos bofejastes

as paternas riquezas : dae-lhe altiloquo e puro stylo as cores, os pinceis da natureza:

seja um Deus ou — se tanto inda podeseis —

seja un novo Tilinto (2). Lo cual se traduce así en prosa castellana : « Cread , oh diosas »del Olimpo , cread en mi patria un genio que sea un dios ; y si »teneis poder para más , ¡ ob ! entonces no creéis un simple dios; »cread un nuevo Filinto.»

Los que llenan sus libros con conceptos tan ampulosos como los que acabamos de citar, son justamente los que han dado en la ocurrencia donosísima de llamar españoladas á las exageraciones. Si nos despojásemos unos y otros de toda preocupación de naciona- lidad , concluiríamos por convenir en que los hijos de la península ibérica, así de las regiones occidentales como de las orientales, , pero muy principalmente de las que estuvieron más largo tiempo

(1) D. Sisnando Conde de Coimhra, drama por José Freiré de Serpa Pi- mentel. Coimbra 1838.

(2) Lyrica de Joao Minimo. Publicada pelo autor do remmo da ffistoria. da lingua portugueza, do poema Camoes etc. Londres 1829,


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bajo la dominación de los árabes , propenden un tanto á animar el lenguaje con los vivos reflejos de su imaginación poética. Luis de Camóes vino á reconocerlo asi implicitamente , por lo que toca á su pais, en aquel gracioso pasaje del marinero Fernán Veloso:

Disse entam a Veloso hum companheiro ( come^ando-se todos a sorrir) oulá, Veloso amigo, aquelle outeiro lie melhor de decer que de subir. Si he : ( responde o ousado aventureiro ) mas quando eu para ca vi tantos vir d^aquelles caes , de pressa hum pouco vim por me lembrar que estaveis ca sem mim (1).

El único género de literatura que Macedo no cultivó fué el de la novela; y para esto tuvo sus razones. El autor de la Impostura castigada , que ofrecía ejemplos nada edificantes al público de los teatros , el que como escritor carecía de títulos para que se le ca- lificase de moralista rígido , execraba las novelas porque , en su entender, producían todos los males y ningún bien , estragaban el espíritu , corrompían el corazón , pervertían la voluntad y habían tenido poder bastante para acabar con la lengua portuguesa. En esto último se referia probablemente al gusto , á la afición estre- mada , al frenesí por los libros de caballerías y por las novelas tra- ducidas que se había despertado en' todas las clases sociales , y que nos ba pintado el mismo con sumo ingenio.

«Entrando yo hace años en un convento de frailes de Santaren, el reve- rendo prior y los demás notables andaban en busca de un lego que todos los días , puntualmente después del refectorio matutino , se eclipsaba y sumía á punto de no aparecer , siendo necesario para la cuerda de la cam- pana ó para el palo de la escoba. Llegaron á la puerta del donado , y por el agujero de la cerradura observaron que estaba de rodillas , bañado en lágrimas , y con un libro delante. La actitud edificó y enterneció á todos porque creyeron ver uno de los antiguos padres del desierto en altísima contemplación, y no imitado únicamente en el ayuno, porque el lego co- mía á punto de dejar en lastre el viejo refectorio de la Alcoba9a. El reve- rendo prior, que de hombro á hombro tenia un día de jornada , ó por lo menos una legua de camino , arrimando á la puerta uno de sus hombros, más voluminoso que el monte Caucase y más sólido y más compacto que el cráneo de nuestro lego , la derribó de un golpe y preguntó al contem- plativo qué tenia. El lego , sin mudar la posición genuflexa en que estaba, no dio más que esta simple y categórica respuesta , más lacónica que la de

(1) LusiadaSf canto V, octava XXXV,


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los comisarios del congreso de Rasfadt , Juan de Bri j compañía : — « ¡Mu- rió Oliveros! » — j continuó en la misma profusión ó efusión de lágrimas- Vióse entonces que el libro endiablado era Cario Magno , j que por amor de Cario Magno j no de su nieto y sucesor Bonaparte , el maldito lego faltaba de lleno á sus obligaciones religiosas ; porque si él no daba el to- que de visperas , ningún fraile aparecia por allá. »

José Agustín de Macedo , como todos los poetas portugueses, contemporáneos , como Bocage , Filinto , Alcipe y Castilho , ha de- jado varias traducciones: los cuatro livros das odes de Horacio, en verso ; un poema de Germinghan sobre O perseguimento da guer- ra com a Franca, y otras obras inglesas , entre ellas, la novela O arrependimento salva. Si en estas versiones se encuentran frases no muy correctas ni elegantes , en cambio son generalmente precisas y ajustadas á los originales.

El 21 de Julio de 1830 le nombró D. Miguel cronista del reino. Pensó sin duda aquel desventurado Monarca que un talento tan es- clarecido sabria hallar disculpa , ya que la justificación estaba fuera de la posibilidad humana , para los desafueros y las iniquidades de su gobierno tiránico y desastroso. Pero ya era tarde : la salud de Macedo se habia quebrantado , y faltábanle por completo las fuer- zas, como era natural , al cabo de cuarenta años de desarreglo, de disipación , de luchas incesantes y de un trabajo asiduo. No hay quien no se maraville al ver el catálogo de sus obras. Ha escrito más que el famoso obispo de Avila Alfonso de Madrigal. Apenas se comprende cómo ha podido ser suficiente la vida de un hombre para dejar tan considerable número de producciones filosóficas, li- terarias y religiosas, de poemas, de sermones, de sátiras, de poe- sías líricas , de comedias , de tragedias y de folletos , sobre todo , si se recuerda que ese hombre sostuvo constantes lides en el periodis- mo político y científico (1). Maravilla también esa capacidad enci- clopédica que le permitió brillar simultáneamente en materias de tan distinta y opuesta índole. No menos asombro causa la guerra sin tregua y sin interrupción que sostuvo casi solo , primero contra

(1) No habiendo podido reunir, á pesar de nuestras activas diligencias, todas las obras del padre Macedo, estractamos á continuación el catálogo formado por el erudito y diligente Inocencio da Costa y Silva. — "O oriente,it poema. Lisboa, 1811. Se habia publicado antes con el título de "Gama.n — "A meditagáOjPi poema filosófico en cuatro cantos. Lisboa, hay cuatro edi- ciones de 1813, 1818, 1837 y 1854. — "A natureza,» poema en seis cantos, Lisboa, 1846. Macedo no quiso publicarlo después de haberlo impreso, porque


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las ideas francesas y los afrancesados, después contra los defenso- res de la regeneración política , y antes y siempre , hasta la última hora de su tempestuosa existencia , contra todos los literatos más eminentes de su época , pues tuvo por enemigos irreconciliables, entre otros muchos, á Pato Moniz, á Filinto y á Bocage.

¡ Tristes han debido ser los últimos dias de Macedo ! ¡ Cómo le

de él sacó muchos trozos para "A Meditagáo.n — "Viagem extática ao templo da savedoría:ii se habla publicado antes con el título de "Newton.n Hay tres ediciones, 1830, 1836 y 1854. — "Contempla^ao da natureza,ii poema en dos cantos. Lisboa, 1801. Hay en él muchas estrofas tomadas de "á Natureza.n — "O novo argonauta,ir poema. Lisboa, 1809. Hay otra edición de 1825. — "Poe- ma sobre o perseguimento da guerra com a Franca, composto em ingléz por M. Gerningham, é traduzido em portuguéz.n Lisboa, 1798. — "Os burros ou o reinado da sandice: poema heroi-comico satírico em seis cantos. n París, 1827. — Es la más violenta de cuantas sátiras se han escrito hasta hoy. — "Obras de Horacio traduzidas em verso portuguéz:i! tomo I, "os quatro livros das odes e epodos.ii Lisboa, 1806. — "A Lyra anacreóntica. n Lisboa. Hay dos edicio- nes. Lisboa, 1819 y 1835.— Varias odas originales impresas separadamente: "á la felicidad, á las armas portuguesas en su lucha con la Francia, á la am- bición de Napoleón, á Wellington, al príncipe Kutusow, al emperador Ale- jandro I, al capitán Cook, al gran Pompeyo, á Belisario, á las ventajas de la pobreza, y á la paz general ;ii y algunas traducidas del latín y del italiano. — Diferentes epicedios, de los cuales el mejor es el que dedicó á la "muerte de M. M. Barbosa du Bocage yi y diversas epístolas, entre eUas la que lleva el seudónimo de "Manuel Mendes Fogaga.n — "Obras poéticas italianas & autor Eugenio Bartholomeu e traduzidas em portuguéz.n Lisboa, 1828. — Numero- sos "elogiosi! que han sido recitados en los teatros de San Carlos y de la calle de los Condes. — "Satyra á M. M. B. du Bocage. n Lisboa, 1838. Hay otra edición de 1848. — "Branca de E,ossi,n tragedia. Lisboa, 1819. — "D. Luis de Ataide ou a tomada de Dabul.n Drama heroico en prosa. Lisboa, 1823. Fué traducido al castellano en 1825 por Cristóbal María de los Santos. — "A im- postura castigada, II comedia en tres actos. Lisboa, 1822. Fué compuesta en 1812. — "O sevastianista desengañado a sua custa.n Comedia representada oito vezes seguidas no theatro da Kua dos Condes em 1810.ii Lisboa, 1823. Es una sátira personal contra Juan Bernardo da Rocha y Ñuño Pato Moniz: los cuales escribieron por via de contestación otra titulada "O antiguo sevastianista des- mascarado,!! que era un ataque directo á Macedo y que no llegó á impri- mirse. — "Clotilde ou o triumpho do amor materno :i, drama heroico en tres actos, en prosa. Lisboa, 1841. — "O vicio sem mascara ou o philosopho da moda, pequeño drama, en prosan. Lisboa, 1841. Todas estas producciones dramáticas fueron entregadas gratuitamente por Macedo al editor Ferreira da Costa. — "O preto sensivel,M drama en prosa. Lisboa, 1836. — "O voto: elogio dramático nos faustissimos annos do príncipe regente nosso senhor, represen- tado no theatro de San Carlos á 13 de Mayo de 1814. n — "A volta de Astrea: drama allegorico para se representar no theatro portuguéz da Kua dos Con-


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habrán atormentado los remordimientos al verse desamparado de toda afección sincera en aquellos instantes supremos en que la muerte llamaba al dintel de su morada solitaria ! Con su orgullo desmedido , con su pluma venenosa se habia enajenado las simpa- tías de la sociedad, y la sociedad, indiferente, le dejó abandonado en su agonia. El 2 de Octubre de 1831 exhaló su postrer suspiro

des, &, fausto anniversario .natalicio do senhor D. Miguel I.n Lisboa, 1829. — "Apotheose de Hercules : elogio dramático representado no real teatro de San Carlos, &., natalicio do muito alto e muito poderoso senhor D. Miguel 1. 1. Lisboa, 1830. — Se conservan algunos sermones suyos, lo menos veinticuatro. — "A verdade ou pensamentos filosóficos sobre os objectos mais importantes á religiao e ao estado. I. Lisboa, 1814. — "O bomem ou os límites da razáo: tentativa philosophica. n Lisboa, 1815. — "A demostra^ao da existencia de Deus.M Lisboa, 1816. Reimpresa en Eio-Janeiro en 1845. Hay quien pone en duda que sea suyo este libro. — "Carta de um vasallo nobre ao seu rey, e duas respostas a mesma, ñas quaes se proba quaes sao as clases mais uteis no estado.!. Lisboa, 1820. — "Parecer sobre a maneira majs fácil simples é exe- quivel da convocagáo das cortes geraes do reino no actual sistema político da monarcMa representativa e constitucional. n Lisboa: na topografía lacerdina, 1820. — "O escudo ou jornal de instrucgao política. n Lisboa, 1823. — "RefutaQao dos principios metaphisicos dos pedreiros libres iluminados, n Lisboa, 1816. — 11 Carta sobre as cortes em Portugal, em que se da urna idea da sua natureza e objecto, desde a funda9áo da monarcbia.n Lisboa, 1820. — "Consideragoes políticas sobre o estado de decadencia de Portugal, e absoluta necesidade do seu remedio, trazido pela nova ordem do presente gobernó supremo. Lis* boa, 1820. — "A tripa virada, II periódico semanal. Lisboa, 1823.— "Tripa por urna vez: livro primeiroé último, n Lisboa "ná offic. da horrorosa conspira^ao, 1823.11 — "Mania das constituQoes. 11 Lisboa, 1823. — "EefutaQao metódica das chamadas basses da constituiqao política da monarchia portugueza, tradu- zidas do francés e castelhano por cem homens que se ajuntaram na livraria da casa das Necesidades, a cada um dos quaes a nagáo da va 4.800 reis diarios para a deitarem a perder. Dedica, offerece e consagra aos senhores fanquei- r'os e bacalhoeiros , capellistas, quinquilheiros de Lisboa e seus suburbios e termo um cura d' aldea. n Lisboa, 1824.— "Bases eternas da constitui^áo poli- tica: achadas na cartilha do mestre Ignacio, pelo sacristáo do padre cura d' aldea. Dedicadas aos senhores catedráticos da universidade, seus opositores, doutores simplices, estudantes e bedeis: assim como á todos os senhores officiaes e curiosos de cartas constitucionaes. h Lisboa, 1824. — "O pau da cruz dedicado e descarregado em todos os senhores da segunda legislatura pelo thesoureiro do padre cura d' aldea. n Lisboa, 1824. — "Carta do enxota- caes da se ao thesoureiro d' aldea ou amalgamento do pau do enxota com ó pau da cruz. 11 Lisboa, 1824.— "Cartas de J. A. de Macedo a seu amigo J. C. Lo- pes, n Lisboa, 1827. En estas cartas, que son 32, se ataca ferozmente á los liberales de España y Portugal : se censura á Almeida Garrett por el libro titulado "O dia 24 de Agosto pelo cidadao J. B. S. L. A. Garrett ;m y se de-


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en un desconsolador aislamiento. Mientras vivió le respetaron los que le temian y le aplaudieron los que le necesitaban ; pero al caer la losa sobre su humilde sepultura , cayó también sobre su memo- ria el aborrecimiento de todos , de todos sin escepcion , basta de ¦sus mismos cómplices políticos. En el momento en que murió , al apagarse la luz portentosa de aquel cerebro privilegiado , se alza-

fiende el autor del cargo que se le dirigió suponiendo que le habian comprado para que escribiese en favor de D. Pedro I y de las doctrinas constitucionales. Dábale el editor treinta duros por cada carta, y k propósito de esas cantida- des decia Macedo que nunca habia visto tanto dinero junto. — "KefutaQao do monstruoso e revolucionario escripto, impreso en Londres, intitulado jQuem e o legítimo rey? questáo portugueza submetida ao juizo dos bornes impar- ciaes.i. Lisboa, 1828.— "Abestaesfolada.n Lisboa, 1828 y 1829.— "Os jesuítas ou o problema que resolveu e ao muyto alto e muyto poderoso senhor D. Mi- guel I consagrou, &.„ Lisboa, 1830.— "Os jesuítas e as letras ou a pergunta respondida.,, Lisboa, 1830.— "Os frades ou reflexoes pMlosopMcas sobre as corporaqoes regulares.,, Lisboa, 1830.— "O desengaño periódico político e moral.,, Lisboa, 1830 y 1831.— "Motim literario em soliloquios.,, Son cuatro tomos en 8." Lisboa, 1811.— "A miseria,,, diálogo. Lisboa, 1811.— "Os sebas- tianistas (reflexoes críticas sobre esta ridicula seita).,, Lisboa, 1810.— Este folleto provocó la publicación de otros muchos para refutarle.— "Justa defeza do livro intitulado Os sebastianistas. „ Lisboa, 1810.— "Mais lógica ou nova apología da justa defeza dos sebastianistas. „ Lisboa, 1810. — "A senhora María ou nova impertinencia.,, Lisboa, 1810.— "Inventario da ref utagáo analytica. „ Lisboa, 1810. — "Consideragoes políticas sobre a enormidade dos libellos in- famatorios.,, Lisboa, 1811. — "Carta ao erudito autor da defeza dos papéis antisebasticos. „ Lisboa, 1810. — "Keflexoes críticas sobre o episodio de Adam- mastor no canto 5.° das Lusiadas en forma de carta.,, Lisboa, 1811. — "Carta ao professor A. M. do Couto em resposta á sua de 11 de Decembro de 1811.— Lisboa, 1811. — Otras muchas cartas impresas separadamente en las que Ma- cedo critica varias comedias que vio representar en los teatros de la corte, — "Consideraqoes mansas sobre o quarto tomo das obras métricas de M. Bocage, acrescentadas com a vida do mesmo.,, Lisboa, 1813, Estas consideraciones van precedidas de una larga y chistosa invectiva contra los periódicos. El autor dice de Bocage que no hacia más que traducir y que algunas de las poesías publicadas en el tomo IV de sus obras , no son originales. Eemover las cenizas de Bocage, ocho años después de muerto, para cubrirlas de cieno, y removerlas el mismo que como amigo reconciliado habia cerrado por última vez sus ojos, es una indignidad que caracteriza al padre Macedo. — "O Exame examinado.,, Lisboa, 1812. — "A analyse analisada. „ Lisboa, 1815.— Es una defensa del "Oriente,, en respuesta á una crítica de A. M, de Couto. — "Cartas filosóñcas á Ático. n Lisboa, 1815. Estas cartas son 27, y en cada una desen- vuelve un tema, por ejemplo sobre los bienes de fortuna, sobre el suicidio, sobre el genio, sobre la indiferencia, &. En la segunda dice el autor, con su habitual inmodestia "sabéis que poseo la historia de todas las sectas y de


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ron irritadas las numerosas víctimas de su mordacidad y se alzaron con un encarnizamiento tanto más sañudo cuanto más vergonzosa Labia sido su humillación. Los resentimientos comprimidos estallaron con furia: fué una verdadera explosión de quejas, de maldiciones y de calumnias. Unos se vengaban del odio profundo que en vida les profesara : los otros , ya no tenian interés en disculpar su vida

todas las escuelas.n — "O espectador portuguéz, jornal de literatura e crítica. n Lisboa, 1816 á 1818. — "O desapprovador. ,i Lisboa, 1818 á 1819. Cada uno de sus 25 números lleva á la cabeza por epígrafe esta cita de Juvenal "Ridet et odit.ii — "Censura das Lusiadas.n Lisboa, 1820- Son dos tomos: en ellos ha pretendido demostrar su autor los errores y los plagios de Camoes. — "Jornal enciclopédico de Lisboa, coordenado pelo P. J. de M.n Lisboa, 1820. Son dos volúmenes. — "Carta primeira escripia ao senhor Pedro Alexandre Cavroé mestre examinado do officio de carpinteiro de Moréis. n Lisboa, 1821. — Suce- sivamente y aguijoneado por las réplicas de Cavroé publicó hasta siete car- tas. — "Exorcismos contra periódicos e outros maleficios, r Lisboa, 1821. — "Cor- dáo da peste ou medidas contra o contagio periodiqueiro. if Lisboa, 1821. — "Reforgo no cordao da peste, n Lisboa, 1821. — "As pateadas do theatro inves- tigadas na sua origem e causas. n Lisboa, 1825. Hay otra edición de 1812, Macedo clasifica las pateadas en simples, mixtas, redondas, reales, picadas y rivales; y consagra un capítulo á cada una de estas clases. — "Manifestó a nacao ou últimas palabras impressas de J. A. de M. "Lisboa, 1822. — "Urna palabra sobre o padre por um homem que nunca Ihe falou. — Lisboa, 1822. — "Mas meia palabra sobre o padre. ü Lisboa, 1822. — "Un quarto de palabra sobre o padre ou o vergalho de mariolas.n Lisboa, 1822. — "Ultimo quarto de palabra sobre o padre. n Lisboa, 1822. Estos cuatro últimos folletos se publi- caron con las iniciales C. S. D. T. F. — "Proposta dirigida ao reverendíssimo C. M. doutor Fr. José de San Narciso, religioso eremita de San Paulo e ac- tual encomendado na igreja de San Mcolau de Lisboa, como auxilio do brazo secular. n Lisboa, 1822. — "Segunda gaitada no anáo dos Assobios.n Lisboa, 1822. — "Gaitada terceira no padre Fr. José da Encomendagao. Lis- boa, 1822. — Gaitada quarta é última ao reverendíssimo senhor Fr. José da Encomenda^áo. II Lisboa, 1822. — "Retornello de Pardal com que o anáo dos assobios da osparabens a rabbi Goibinhas nos seus desposorios com a lima. Doña Rachel da Palestina, &. "Lisboa, 1825. — "Dueto de laberco e taralháo com que o anáo dos Assobios da os parabens a rabbi Goibinhas pelo na'scimento de seus dous filhos gemeos, &. "Lisboa, 1825.— Carta ao senhor Anáo dos Assobios.n Lisboa, 1822.— "Symphonia de cachicho com corno ingléz obri- gado ou ó Anáo dos Assobios ao padre Medroes teimoso.n 1822.— Dio mo- tivo á, estos folletos un hecho que por fortuna es poco común : Fr. José Nar- ciso, predicador en Lisboa, apostató solemnemente de la religión católica en Gibraltar, donde se circuncidó, abrazó el judaismo y contrajo matrimonio con una israelita. — "Sandoval nu e cru.n Lisboa, 1823. Es respuesta á lo que de Macedo habia dicho Sandoval en el "Oráculo. ii—"Resposta aos colabo- radores do infame papel intitulado, Córrelo interceptado.,. Lisboa, 1826.— TOMO II. 26


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licenciosa ; y los portugueses todos , unánimemente indignados re- cordaban , para execrarlo , el irreverente arrojo con que espuso á la faz del mundo los defectos y los plagios de las Lusiadas. En- tonces se le acusó de haberse vendido en secreto al gobierno liberal de D, Pedro IV , acusación que nunca llegó á justificarse plena- mente. Entonces se aseguró que no habia solicitado ningún empleo

"Parecer sobre a obra do padre mestre doutor Fr. Fortunato de San Boa- ventura intitulada Historia cbronológica é crítica da real abadía da Alcoba9a. Lisboa, 1827.— "A voz da justiga ou o desaforo punido. u Lisboa 1827. — "Carta tínica sobre um muito pequeño e pobre folheto que chama Breves observa- Qoes sobre o fundamento do projecto de ley para a estincáo da junta do estado actúale melboraniento temporal das ordens regulares, k.u Lisboa, 1828.— "Carta avulsa ao seu amigo que por nome e sobre nome nao perca: sobre o diluvio das respostas e respondoes ao antigo comunicado na Gaceta, h Lisboa, 1828. — "Parecer que deu o padre J. A. de Macedo sobre o merecimento de Homero, &.tr Se publicó con la traducción de Homero hecha por José Maria da Costa e Silva. — "Crítica e crónica da casa dos vinte é quatro.n Lisboa, 1826. — "Historia de Portugal composta por uma sociedade de literatos ingle- ses e traduzida por Antonio de Moraes Silva e agora novamente acrescentada com varias notas, e com o resumo do reinado da rainha N. S. até o anno de 1800, tomo IV. Lisboa, 1822. En esta obra pertenece á Macedo un panegí- rico del reinado de Doña María I.— "O segredo revelado ou manifesta9áo do systema dos pedreiros livres e illuminados , e sua influencia na fatal revolu- Qao francesa: obra estraida das memorias para a historia do Jacobinismo do abbade Barruel, e publicada em portuguéz, &.ii Parte 1.% 1809. Parte 2.% 1809. Parte 3.^, 1810. Parte A."", 1810. Parte 5.% 1811. Parte 6.% 1812.— -"O arrepeii- dimento premiado. n Lisboa, 1818. — "Discurso para a apertura do seminario episcopal d'Elvas.ii Lisboa, 1816. — "Ladainha da paixáo de nosso bendito Salvador, traduzida litteralmente de um cathecismo ingléz.n Lisboa, 1821. — "Resposta aos dois do investigador portuguéz em Londres que no caderninho 7.° a página 510 atacáo, segundo o costume, o poema Gama.M Lisboa, 1812. — Este folleto, más que una defensa del poema "Gama,ii es una sátira mordaz contra los que se hablan atrevido á criticarle. — "O Couto.n Lisboa, 1815. — Couto se habia permitido decir en su libro "Regras da oratoria da cadeiran que Macedo predicaba mal y que el "Orienten era un mal poema; y Macedo para quien la elocuencia sagrada era su único medio de subsistencia, y cuya vanidad no sufría impugnaciones, acusó á Couto de no tener idea de la de- cencia ni de la probidad, quejándose de que le hubiese dirigido injurias que no se oyen ni aun en labios de prostitutas. — "Elogio histórico do lUmo. e ex- celentíssimo Ricardo Raimundo Nogueira, k.u Lisboa, 1827. — Macedo se muestra aquí tan extremoso en los encomios como lo fué siempre en las cen- suras. Lo menos que dice de Nogueira es que se necesitaba un Plutarco para alabarle ; y á la verdad que el haber sido su héroe inquisidor en Coimbra y catedrático de derecho patrio y miembro del gobierno provisional en 1810 no daba motivo para tanto. — "Modo práctico de ganhar o sagrado jubileo do


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ni beneficio eclesiástico porque aspiraba al episcopado : aspiración que nos parece inverosímil en un hombre de costumbres tan cor- rompidas , en el autor de tantos libelos obscenos , por muy recientes que estuviesen ciertos ejemplos como el del cardenal Luis de Roban en el reinado de Luis XVL ¿Cómo podia aspirar á tan alta digni- dad quien reunia todos los vicios en que cayeron antiguamente

anno santo conforme as disposi(j5es da bulla do Summo Pontífice León XII. n Lisboa, 1826. — "Novena da Sanctissima VírgemMae de Deus e senhoranossa cuja sacrosanta imágem milagrosamente apparecida em una gruta junto a CarnacMde se venera na basilica de Sancta María. Disposta e ordenada por J. A. deM.ii Lisboa, 1827. — "Kelagaodas operaQoes da expedigao que debaixo do commando do cbefe d'esquadra da armada real, José Joaquín da Rosa Coelho foy mandado para bater os rebeldes da ilha Terceira.n Lisboa, 1829. — No mencionamos otros muchos folletos de Macedo ni los numerosos artículos que dio á luz en el Semanario de instruccáo é recreio ,ii en la "Gazeta vni ver- sal, n en el i.Museu litterario,ii en la "Minerva,.! en el "Chaveco liberaLi y en otros periódicos. Dejó además diferentes obras manuscritas, y entre ellas las siguientes: "A Thebaida de Estacio, traduzida em portuguéz.n — Panegyrico ao Excmo. N. D. F. Manuel do Cenáculo, bispo de Reja.n Contiene 3.000 ver- sos. — "Satyra a N. A. P. Pato Moniz.n — "A creagáo:!. de este poema única- mente se conservan 108 octavas que forman el primer canto. — "Satyra 2.^ á M. M. B. du Bocage, escrita en 1801. m — nSatyra contra os poetas contempo- ráneos,» compuesta en 1807. El autógrafo, que está incompleto, compren- de 516 versos. — "Elogio dramático recitado en 1818. n — "O voto satisfeito. Drama allegorico na eleigáo da Excma. Sra. D. J. L. de Abreu Coutinho, para abbadesa do mosteiro de Cos.n — "Monólogo recitado no theatro da rúa dos Condes em uma representagáo dada a beneficio do cirio deNossa Senbora do Cubo. M — "Loa para se recitar na festividade de Nossa Senbora das Dores em Faro... Julio de 1827. — "Satyra a Don Gastáo Fausto da Cámara. .. — "Epicedio a morte dos periódicos... Sátira escrita en 1827. — "Parodia do elo- gio que em a noute do seu beneficio recitou a primeira actriz, a Sra. Ma- rianna Torres, no theatro da rúa dos Condes. .. Es una composición obscena con la que Macedo se propuso mortificar al poeta Antonio Javier. Se impri- mió clandestinamente. — "Resposta dos amaveis asignantes do Telégrafo a despedida que no último Ihes dirigiu o patarata Oliva, i. Escrita en 1815. — "Traduc^áo da epístola á Priapo... Este folleto inmoral se imprimió también clandestinamente. — "Carta de Gongalo Aunes Bandarra escripta á Joao Bap- tista da FundiQao achada pelo poeta Susanna do Rosario na boca de um calhandro que ia vasar a praia... Fué escrita en 1809. — Assim o querem assim ó tenham: satyra pelo executor da alta justiga. .. En esta sátira vomitó Macedo los más soeces insultos, no solo contra sus adversarios, sino contra los pa- rientes de estos. Hay todavía inéditas innumerables décimas, sonetos y epí- gi-amas. — "Parecer acerca da situagáo e estado político de Portugal depois da sabida de S. A. R. para o Brazil, e invasáo que neste reino fizeran as tropas francezas.il — "O boi no chao: obra estraida dos manuscriptos do defunto


404 LITERATURA PORTUGUESA

otros miembros de su mismo estado , y que describieron y reproba- ron con pasmosa energía Fr. Jacobo Benavente en su Viridario, el gran canciller de Castilla Pero López de Ayala en el Rimado de palacio, y D. Pedro de Albornoz en su Lilro de la justicia de la vida espiritual^ Entonces se dijo , finalmente , que si no militó en las legiones constitucionales fué porque los electores se negaron á satisfacer sus pretensiones parlamentarias. Tampoco este cargo me- rece entero crédito. No obstante, reconocemos que era un realista indisciplinado, escéntrico, un realista con instintos revolucionarios. ¿A qué otro monárquico puro hubiera inspirado la muerte de César las mismas reflexiones que á Macedo? (1)

Demasiado evidentes son los escesos que empañaron su gloria, y sobrados motivos hay para juzgarle con severidad , sin dar asenso á todas las suposiciones malévolas que contra él fulminó la enemis- tad , y que tal vez fueron inventadas por la envidia ó por la mal- querencia. Realista por raciocinio, por cálculo y por interés de clase , y demócrata por sentimiento , por orgullo y por espíritu de indisciplina , no ha servido bien á ninguna causa. Altivo con los fuertes y rencoroso y violento con sus iguales , nunca acertó á es- cribir una frase de lisonja ni una palabra de generosidad: ni aduló ni perdonó. Únicamente dobló la rodilla ante las aras de la patria, cuya independencia sostuvo con exaltación, y cuyo engrandeci- miento fué su anhelo constante. Preciado de su saber, atrevido, provocador é intransigente , llevó al periodismo , al mismo tiempo

enxota caes da se de Lisboa, n — "Collecgao das censuras feitas á varios libros e opúsculos que Ihe foram distribuidos para rever na qualidade de censor do ordinario desde 1824 a 1829. n — Muchas composiciones manuscritas de este fecundo escritor se han perdido ya: por ejemplo: "As horas damanhá,ii la tragedia "Mahomet II n y las comedias "O pae por for^ait y "O estalajadeiro.n (1) Cega ambicáo Ihe diz que o ferro encrave

no livre seio a patria : este o fantasma

que Ihe mandou cortar vedadas ondas

do fatal Eubicon. Ja corre o sangue

do peito de Pompeo: Utica encerra

as cinzas de Catáo: ñas mesmas cinzas

envoltajaz a patria, a libertade:

do escravo da ambicao e Eoma escrava

entre escravos táo vis so Roma e livre:

alza o punhal demócrata que vinga

de Roma a escravidáo do mundo a injuria.

A Medita^ao. Lisboa, 1818.


EN EL SIGLO XIX. 405

que un gran caudal de ciencia , todas sus malas cualidades, su pre- sunción soberbia, su audacia insolente, su espíritu batallador y su ciega intolerancia. Censor inconsiderado hasta el punto de ul- trajar las más altas glorias históricas , tradicionalmente veneradas por el pueblo , careció de la resignación suficiente para escuchar con calma las criticas mesuradas y respetuosas. Poeta original, se rebeló contra las reglas impuestas por los maestros , creyéndose le- gislador en el arte , y cuidó menos de la forma que de los concep- tos , incurriendo por indolencia en frecuentes incorrecciones. En sus versos como en su prosa está vivamente determinada la tras- formacion que recibió la literatura lusitana bajo el poderoso impul- so que le imprimieron los socios de la Arcadia lisbonense. A los sí- miles mitológicos , reflejo de una civilización y de un orden de ideas que pasaron para no volver , sustituyó las comparaciones tomadas de la naturaleza, que es imperecedera. A las antítesis, á los retruécanos y á los pensamientos alambicados de la escuela de Gón- gora , sustituyó la elegancia , la sencillez y la claridad de los va- tes del siglo XVI . Sus tragedias , sus comedias y sus loas no basta- ron para despertar á la escena portuguesa del letargo en que yacia desde el feliz reinado de D. Manuel, pero si le faltó genio para crear el teatro nacional , compartió con Antoúio José , el judio , la honra de preparar el terreno para ese proyectado edificio , cuyas primeras piedras colocaron más tarde Almeida Garret y Méndez Leal. Elocuente, como pocos, en el pulpito, habría brillado sin ri- val en la tribuna , para la que , sin duda , le destinara la Provi- dencia al dotarle con tan raras facultades de improvisador, con una inclinación irresistible á las luchas intelectuales, y con un enardecimiento político que tocaba en los límites del fanatismo. Pensador profundo y escritor fácil y ameno, sacrificó el buen gusto y la conciencia literaria al deseo de distinguirse , el propio decoro á innobles deseos de venganza , y la fama futura á su intemperan- cia de erudición. Tal fué el padre José Agustín de Macedo. Sus contemporáneos le infamaron : la generación actual le odia todavía; el porvenir le hará justicia. La posteridad desapasionada é impar- cial compadecerá las flaquezas de su vanidad insensata y reprobará las violencias de su carácter indómito, pero rendirá homenajes in- mortales á su esclarecido talento, á su ingenio fecundo y á su ins- piración creadora.

A. Romero Ortiz,

POESÍAS ARÁBIGO-HISPANAS.[editar]

DE BN-ZEIDUN. A la hermosa Walada, princesa de los Beui-humeyas.

I.

Cuando en el centro del alma Te hablo de amor , vida mia , El corazón me destrozan Los recuerdos de mi dicha. Desde que ausente te lloro Mis noches pasan sombrías Porque nunca tu belleza Con su luz las ilumina. El que de ti me apartasen Entonces yo no temia : Hoy juzg-o el verte de nuevo Dulce y soñada mentira.

II.

Triste por los jardines de As-Zahara En ti pensando voy : Rie la tierra , y despejada y clara La atmósfera está hoy. Tan apacible el aura de Occidente Y tan blanda suspira ,

(1) Del tomo II, inédito, de Poesía y Arte de los árabes ero España y Sici- lia ^ por Adolfo Federico de Schack.


POESÍAS ARÁBIGO-HISPANAS. 407

Que me parece que mis penas siente

Y con piedad las mira.

Si , al discurrir por floreciente suelo,

Brilla del sol herido ,

Collar de perlas es el arroyuelo,

A tu cuello ceñido.

Este dia recuerda la hermosura

De otro remoto dia,

Cuando, en secreto, amor nos dio ventura

Y fugaz alegria.

Las flores que destilan el roclo

Se diria que lloran ,

Que lamentan el fin del amor mió ,

Que mi suerte deploran.

Hoy , como entonces , la fecunda veg-a

Se adorna de colores,

Y al peso del roclo se doblega El tallo de las flores.

Cual rosicler de la mañana vivo La rosa resplandece ,

Y el almez soñador y pensativo En el aura se mece.

Y todo cuanto siento y cuanto veo , Flor , aura , luz , perfume , Enciende , aviva más este deseo , Que el alma me consume.

Ojalá que me hubiese arrebatado

Sentir y ser la muerte ,

Antes que me apartase de tu lado

La despiadada suerte.

Si el céfiro á tu lado me llevara

En sus alas ligeras ,

En lo pálido y mustio de mi cara

Mi dolor conocieras.

Mi única , mi querida , mi tormento ,

A quien jamás olvido ,

Tus protestas de amor , tu juramento ,

Dime ¿dónde se han ido?

La ingratitud del pecho te arrancaba


408 POESÍAS

Tan molesta memoria ,

Mientras guardar la fe que te juraba

Era toda mi gloria.

III.

Si tú quieres , nunca , nunca Acabará nuestro amor : Misterioso , inmaculado , Vivirá en mi corazón. Para conquistar el tuyo, Sangre y vida diera yo , Siendo corto el sacrificio Comparado al galardón. Este yugo de mi alma Nadie nunca le llevó ; Mas tú le pusiste en ella ; No temas su rebelión, ¡ Desprecíame ! be de sufrirlo ; ¡ Ríñeme ! tienes razón ; ¡ Huye ! te sigo ; ¡ babla ! escucho : ¡Ordena! tu esclavo soy.

DE AL-MOTADH) , REY DE SEVILLA.

I.

A su ambición.

Ni cuando duermo me deja Mi noble anhelo de gloria , Y sueño con la ambición Que el corazón me devora , Que no me concede paz , Que me atormenta y agobia , Si me retiene en mi estancia Enfermedad enojosa. Cualquiera enfermo, si duerme. Se tranquiliza ó mejora ; Mas el sueño huye de mi ;


ARÁBIGO-HISPANAS. 409

Mis pensamientos le arrojan. Apenas cierro los párpados. Grita una voz poderosa : « ¡ Motadid , piensa en tus fines ! »

Y el dulce sueño me roba.

Y así despierta mi alma ,

Y combates y victorias Ansiando férvidamente, Ni un solo punto reposa.

II.

A la ciudad de Ronda.

La perla de mis dominios , Mi fortaleza te llamo , Desde el punto en que mi ejército, A vencer acostumbrado , Con lanzas y con alfanges , Te puso al fin en mi mano. Hasta que llega á la cumbre De la gloria peleando , Mi ejército valeroso No se reposa en el campo. Yo soy tu señor ahora , Tú mi defensa y amparo. Dure mi vida , y la muerte No evitarán mis contrarios. Sus huestes cubrí de oprobio ; En ellas sembré el estrago;

Y de cortadas cabezas Hice magnífico ornato, Que ciñe , cual gargantilla , Las puertas de mi palacio.

DE AL-MOTAMID , REY DE SEVILLA.

I.

A su padre Al-Motadid.

¡ Cuántas victorias , oh padre , Lograste , cuyo recuerdo


410 POESÍAS

Las edades presurosas No borrarán en su vuelo ! Las caravanas difunden Por los confines extremos De la tierra la pujanza De tu brazo y los trofeos ;

Y los beduinos bablan

De tu gloria y de tus hechos , Al resplandor de la luna , Descansando en el desierto.

n.

A su Visir Ibn-Labbana, que le ofrecía vino en un vaso de cristal.

Es de noche , mas el vino Esparce el fulg-or del dia , Puro brillando en el seno De su cárcel cristalina : Torrente de oro fundido Dentro del vaso se agita,

Y en el haz se cuaja en perlas Resplandecientes y limpias ; Centellea como el cielo

Que los astros iluminan ,

Y alza espuma como arroyo Al quebrarse entre las guijas.

m.

A la imagen de su amada.

Un afán enamorado Me infunden , al verte en sueños , Las rosas de tus mejillas

Y las pomas de tu pecho. También acercarme á ellas Ansio cuando despierto, Mas entre los dos se pone De los espacios el velo. Sientan otros de la ausencia ,


ARÁBIGO-HISPANAS. 411

Sientan el dolor acerbo ;

Y tú , pimpollo de palma , Tú, gacela de ojos negros, Tú, de aromáticas flores Fecundo y cerrado huerto , A mi corazón marchito,

A mi corazón sediento , Da vida con el perfume

Y el roclo de tus besos... ¡Asi te colme de dichas

Y bendiciones el cielo!


IV.


A Silves.


Amigo , saluda á Silves

Y pregúntale si guarda Recuerdo de mi cariño En sus amenas moradas.

Y saluda, sobre todo. De Seradsjib el alcázar. Con sus leones de mármol, Con sus hermosuras candidas. ¡Cuántas noches pasé allí

Al lado de una muchacha De esbelto y airoso talle. De firmes caderas anchas! ¡Cuántas mujeres hirieron Allí de amores mi alma, Siendo cual flechas agudas Sus dulcísimas miradas! ¡Y cuántas noches también Pasé á la orilla del agua Con la linda cantadora, En la vega solitaria! Un brazalete de oro En su brazo fulguraba, Como en la esfera del cielo


412 POESÍAS

La luna creciente y clara. Ebrio de amor me ponian , Ya sus mág-icas palabras, ' Ya su sonrisa, ya el vino, Ya los besos que me daba. Luego solia cantarme. Haciendo á los besos pausa, Algún cántico guerrero Al compás de mi guitarra;

Y mi corazón entonces De entusiasmo palpitaba, Como si oyese en las lides El resonar de las armas. Pero mi mayor deleite Era cuando desnudaba La flotante vestidura,

Y como flexible rama De sauce , me descubría Su beldad, rosa temprana, Que rompe el broche celoso

Y ostenta toda su gala.

DEL MISMO REY AL-MOTAMID,

DESTRONADO POR LOS ALMORÁVIDES, CARGADO DE CADENAS, Y PRESO EN ÜN CALABOZO DE AGMÁT, EN ÁFRICA.

L

En vez de las gallardas cantadoras. Me canta la cadena

Rudo cantar, que el alma á todas horas De dolor enajena. La cadena me ciñe cual serpiente; Cual serpiente mi acero Entre los enemigos fieramente Resplandeció primero. Hoy la cadena sin piedad maltrata Mis miembros y los hiere,

Y acusa el corazón la suerte ingrata ,


ARÁBIGO-HISPANAS. 4l3

Y morir solo quiere.

A Dios en balde mi clamor elevo,

Porque Dios no me escucha;

Cáliz de acibar y ponzoña bebo

En incesante lucha.

Los que sabéis quién soy y quién yo era

Lamentad mi caida:

Se marchitó cual flor de primavera

La gloria de mi vida ;

Música alegre , espléndidos salones

Trocó el hado inseguro

En rechinar de férreos eslabones

Y en calabozo oscuro.

U.

¿Por qué en olvido y en ocio Ya se enmohece mi espada , Aunque ardiendo en sed de guerra, Quiero siempre desnudarla? ¿Por qué se llena de herrumbre El acero de mi lanza , Sin que en la sangre se moje De las enemigas bandas? Ya no cabalgaré nunca En mi corcel de batalla. Que, el duro freno tascando, De espuma se salpicaba. No obedecerá á la brida , Ni al presentir la emboscada , Para advertirme el peligro Hará corvetas y chazas. Si á nadie la lanza puede , Ni el alfange infundir lástima , Aunque cubiertos de oprobio , Aunque ruginosos yazgan , Tú al menos ¡ oh madre tierra ! Ten piedad de mi desgracia ; Dame reposo en tu seno ; Sepúltame en tus entrañas.


414


poesías


DE IBN-LEBBUN, PRÍNCIPE DE MÜRVIEDRO,

CUANDO, POR NO HACEESE TRIBUTARIO DEL CiD, Á QUIEN NO TENIA FUERZAS

PARA CONTRABESTAR, CEDIÓ SUS DOMINIOS AL SULTÁN DE AlBARRACIN, Y VAGABA

ERRANTE, BUSCANDO AVENTURAS.

Atrás!.... ¡Dejadme que corra Al Ocaso y al Oriente ! Venga el fin de mi dolor , O venga pronto la muerte ! Un cubil j un hueso bastan Para que el can se contente ; Mas el águila real Será menester que vuele. Desde lo sumo del aire , En que altanera se cierne , Con los penetrantes ojos , Campos busca , espia reses , O remontándose al cielo La tierra de vista pierde. Yo como el águila vivo , Volando, aspirando siempre. Cuando una región me cansa , El mejor de los corceles Me lleva cual torbellino A otras regiones y gentes. Los amistosos consejos No consiguen detenerme ; Espuelas doy al caballo ; Voy donde nadie se atreve. Soy como el sol , que en un punto Del ancho cielo amanece , Y en la extremidad opuesta Entre las ondas se duerme.


ARÁBIGO-HISPANAS. 415

DE IBN-UL-JATIB DE LOJA,

VISIR DE MdHAMAD V", KEY DE Gb AÑADA.

En Agmat, visitando el sepulcro de Al-Motamid.

Báculo de peregrino Tomo con piadoso impulso; Vengo á Agmat , y reverente Miro y beso tu sepulcro. Sultán magnánimo, faro Que dio clara luz al mundo, En tus rayos , si vivieras. Me bañarla con júbilo , • Y mis poesías mejores Fueran el encomio tuyo; Ora postrado de hinojos Sólo la tumba saludo. Egregiamente descuella Entre circunstantes túmulos, Cual tú de reyes y vates Descollabas entre el vulgo. Siglos ya sobre tu muerte Pasaron y tu infortunio ; Pero guardas la corona ; No te la quita ninguno. Oh rey de muertos y vivos! Tu igual vanamente busco ; Que no ha nacido tu igual. Ni nacerá en lo futuro.

Juan Valera.


ROMA Y ESPAÑA Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI.[editar]

ARTICULO SEGUNDO.

De las negociaciones y tratos del Papa Paulo IV con los franceses, y motivos que alegó, ó tuvo, para indisponerse al propio tiempo con los españoles.


I

No habria sido posible, aun teniéndolos todos á mano, examinar en el articulo primero cuantos documentos españoles debieron es- cribirse, con ocasión de los sucesos que estoy estudiando. Solamente los más importantes, j los que mejor contribuyesen á exclarecer las opuestas opiniones , ó las obras varias de los contendores , po- dían ser objeto de mi análisis de todas maneras ; y de estos no creo haber dejado aparte ninguno. Otro tanto me propongo hacer con los que he de reunir y coordinar, al presente, para llevar á cabo esta segunda parte de mi empresa. Harto más numerosos los pa- peles y libros extranjeros que los castellanos, de que he dado ya cuenta, por eso mismo ha ser más grande la dificultad que experi- mente ahora , para escoger lo indispensable ó lo útil siempre , y desechar lo oscuro ó de poco momento. Paréceme, no obstante, que exponiendo el contexto de cierto número de ellos , y aclarán- dolo con algunas noticias, que ofrecen auténticas los historia- dores de aquel siglo ó del siguiente, recibirá al cabo mi asunto


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cuanta claridad puede serle indispensable. Algo ó mucho quedará por decir del pormenor de los hechos : poco ó nada creo que dejaré de poner al alcance de mis lectores, de lo que se necesite para juz- garlos.

Habia sido elegido en cónclave Juan Pedro Carrafa, que tomó el nombre de Paulo IV, el dia 23 de Mayo de 1555, como va dicho. No bien terminadas las fíestas de su coronación, «tristísimas al »comun de los romanos,» según cuenta el P. Onofre Panvino, por los recelos que desde entonces infandia la notoria severidad del Papa (1), es decir, en 1.° de Junio, dio ya el menor de sus sobri- nos , llamado Carlos , indicios vehementes del uso que se proponia hacer, por su parte, del alto y potente influjo que acababa de ad- quirir su familia. Ocho dias no más eran pasados cuando escribió al Rey de Francia , Enrique II , una carta notable , copiada por el bibliotecario Giuseppe Molini en París , é inserta , no en sus Docu- menti di Storia italiana , sino por apéndice á la edición de la ya citada historia de Pedro Norés. Suponía allí Carlos Carrafa que aquel Monarca habría visto con sumo júbilo la exaltación de su tío al Pontificado; rogábale que tuviese por cosa cierta, que él de por sí no deseaba otra cosa que consagrar su vida á servirle , como más largamente podría entender por las cartas de su propio Embajador y del Duque de Guisa , á quienes habia ya descubierto su ánimo y comunicado sus deseos ; prometíale recomendar todos sus nego- cios al Padre Santo, aunque no seria mucho de menester, en su concepto, por la grande inclinación que afirmaba, que de suyo el Pontífice le profesaba: ponía, finalmente, por testigo al tiempo de los efectos que daría de sí la buena voluntad que le tenia. No aprovechó al pronto el Rey de Francia las ofertas de Carlos Car- rafa, bien que indicase su favor ya á las claras, el haber sido creado Cardenal en el mismo consistorio de 7 de Junio, en que se erigió la Hibernía en reino; á propósito de lo cual dice, por cierto, Pallavi- cino, que «en tal dia fundó Paulo IV un nuevo Estado, y pre- »paró la ruina del suyo.» Quejóse de esta especie de desden el Cardenal en nueva carta al Rey Enrique , con la fecha de 26 de Julio de aquel año, dirigiendo además otra al día siguiente al Du- que de Montmorency, Condestable de Francia y primer Ministro de esta nación entonces, donde manifestaba que, aunque Su Santi-

(1) Onofre Panvino, Historia deUe vite clei Pontifici. Venetia, 1600. TOMO II. 27


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dad le hubiese ya hecho arrinconar la espada , no por eso era me- nor su propósito de servir al Monarca francés, aun á riesgo de la propia vida , y aunque comprometiera en el lance cuanto estuviese en su mano. Insistió en esto mismo el nuevo Príncipe de la iglesia á 4 de Setiembre , protestándole al Rey que la dignidad de Cardenal, que Su Santidad se habia dignado conferirle , por nada le era tan grata como por lo que le facilitarla el emplearse en su servicio, y ayudarle en todos sus negocios, á la par que atendía al provecho y honor de la Santa Sede ; doliéndose, con la propia fecha, al Duque de Montmorency, en términos afectuosísimos, de que no le hubiese contestado siquiera á las cartas que le habia escrito para partici- parle la elección de su tio , ó su propia promoción al capelo , y su- plicando que en París se tuviese por todos en cuenta su « vera é y>devota servitio alia Maestá del Re (1).»

Ya al escribir estas últimas palabras, era el Cardenal Carlos Car- rafa , de quien no parece sin embargo que gustase al principio el Papa, primer Ministro (2) y confidente de su tio, porque, aunque no fueran conformes al deseo de este las costumbres que aquel guardaba de soldado , ning'uno halló más apto que él entre sus deudos para el manejo de las cosas políticas. No dejaba , pues , de tener razón el Memorial del Rey Felipe, cuando suponía arbitro del temporal

(1) Está publicada esta carta, como las anteriores, en el Apéndice á la his- toria de Pedro Norés.

(2) La interesante Relatione delta Corte di Roma, que lleva el nombre de Gerónimo Lunadoro, Viterbo 1642, dá idea de las funciones que el Car- denal Carlos Carrafa entró á desempeñar entonces al lado de su tio. El que ocupaba el primer lugar en la corte pontificia de aquel tiempo era , según el citado autor, el secretario de Su Santidad; que era siempre et Cardenal nepo- te, ó sobrino. A las órdenes de este trabajaban todos los demás secretarios, entre los cuales ocupaba preferente lugar y era el de más confianza, como se dice en el texto, en el pontificado de Paulo IV, Monseñor delta Casa. Al Cai*- denal-sobrino le correspondía escribir y suscribir toda la correspondencia de Su Santidad con los Príncipes, Nuncios y demás personas, á quienes él se dignara dirigirse. Daba también sus patentes ó títulos á muchos gobernadores de plazas y oficiales de justicia; exceptuándose de estos solamente los que, por su gran calidad, requerían ser nombrados en Breves pontificios. Todos los em- bajadores, después de haber tenido audiencia con Su Santidad, debían irá dar cuenta de lo que habían tratado con él al Cardenal-sobrino, y lo mismo todos los ministros romanos. El título de Secretario, y el otro que solía llevar también el Cardenal-sobrino de Superintendente general de la Iglesia, se les conferia medíante Breves pontificios. La obra de Lunadoro se acabó en 1611, y debían estar tales cosas lo mismo entonces que en tiempo de Paulo lY.


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Gobierno de Roma á Carlos Carrafa, bien que se excediese hasta decir, que también se habia puesto en sus manos el régimen espiri- tual de la Iglesia. Contaba aquel Cardenal 38 años: tenia, al decir del de su propia clase Sforza Pallavicino, de cuya imparcialidad no puede en esto recelarse, «vivacidad de ingenio, facilidad de »lengua , vigor en el ánimo , valor en las manos , amor á la glo- »ria ; y todo esto gobernado antes por los apetitos , que no por la »razon.» Influia en él, sobre todo, según el dicho autor afirma, aquella pasión que , «siendo más nociva que otra alguna , pasa por »la más noble , no obstante , que es la ambición ; hasta ser in- »saciable, y parecerle que lo mucho que debia ya á la fortuna , no »era todavía don, sino promesa.» Tal se mostró desde los princi- pios el Ministro, que tanto empeño ponia de consuno en adquirir la amistad de la Francia , sin desalentarse por ver que ni el de Mont- morency, ni el Rey mismo , pareciesen deseosos de la de Roma. ¿Cuál fué su conducta, entre tanto, en la primera ocasión que le ofrecieron para probar su ánimo, las relaciones constantes y ne- cesarias de los Principes españoles con el Gobierno temporal ecle- siástico? Documentos auténticos van á dejarlo bien pronto en claro, marcando, á la par, los caminos^ que su ya conocida ambición se proponia recorrer en adelante; y el principio que tuvieron en Roma las desavenencias con la corte de España.

II.

Hay en cierto tomo de la Biblioteca Nacional, escrito en letra ita- liana, que parece del siglo pasado (X. 34), una colección de pa- peles, en idioma italiano también, que en el nuestro se inti- tula : « Instrucciones y cartas de Monseñor de la Casa á nombre »del Cardenal Carrafa, donde se contiene el principio de la ruptura »de la guerra entre el Papa Paulo IV y el Emperador Carlos V »el afio de 1555, y todo lo negociado con Francia para aquella »guerra hasta 4 de Abril de 1556. » Deben estar todos, ó los más de tales documentos, impresos en la colección general hecha en Nápoles, de las obras de aquel docto Prelado, que desempeñó el cargo de Secretario de confianza de Paulo IV; pero yo me he valido sólo de las copias de la Biblioteca Nacional , que son muy correc- tas. A 11 de Agosto de 1555 se abre la serie de ellos con uno, que


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da á conocei' perfectamente el carácter que desde luego tomaron las contestaciones entre Roma y España por aquel tiempo.

Dirigió el Cardenal Carrafa al Arzobispo de Cousa, Nuncio apostólico en la corte del César, un despacho en aquella fecha, re- firiéndole : « que unas g-aleras que tenia el Prior de Lombardia al »servicio del Rey de Francia , y que se hablan acogido en aquellos »dias al abrigo de Civita Vecchia , donde debían considerarse á » salvo de todo riesgo , acababan de ser sorprendidas y arrebatadas »del puerto , con rumbo ignorado , por los Sres. Alejandro y Ma- »rio de Santa Flor, clérigo de cámara el primero , y hermanos los »dos del antedicho Prior, y del Cardenal Camarlengo ; » que lo era á la sazón Guido Ascanio Sforza , vulgarmente llamado Cardenal de Santa Flor, por el titulo patrimonial de su casa (1). Pertenecían aquellas galeras , según se lee en otro documento puesto como apéndice á la historia de Norés , por su editor é ilustrador Luciano Scarabelli (2) , á los antedichos hermanos Sforza , que , de común acuerdo probablemente , determinaron trasladarlas del servicio de Francia al de España, valiéndose de fuerza y engaño para sacarlas del puerto, por temor de que se opusiese á sus propósitos, cual sucedió con efecto el Pontífice. Esto fué lo que en Roma se tuvo, no sin alguna razón , por afrenta del poder eclesiástico , según se ve en la carta ó despacho del Cardenal Carrafa , de que he empe- zado á dar conocimiento. «Háse engañado el Cardenal Camarlen- go , » se decia allí , «si , recordando los atrevimientos que en la »neg-ligencia y licencia de otros dias se le han permitido , y no «agradeciendo el olvido en que ha puesto el Papa muchas de sus »acciones , dignas de severisimo examen , piensa que sufrirá nues- »tro Señor ahora que se violen sus puertos , y menos por aquellos »que , como el Camarlengo y cléi-igos de cámara , tienen particu-

(1) Según la Relatione antes citada las funciones de este Cardenal Camar- lengo eran las siguientes. Tenia jurisdicción para conocer en todas las causas de que debia entender la Cámara Apostólica, auxiliado por sus coadjutores que eran los que se llamaban clérigos de Cámara. Era también juez de apelación unas veces, y otras conjunto, en diversos negocios, que pudieran llamarse ad- ministrativos ; pero su mayor importancia se ostentaba en Sede vacante. En- tonces ocupaba en Palacio el departamento del Papa ; se hacia escoltar, por la ciudad, de la guardia suiza; batia moneda con su sello y armas, y tenia á su cargo la reunión del Cónclave. También le correspondía guardar una de las llaves del tesoro en Sant- Angelo. Era el de Santa Flor además, Cardenal pro- tector de España.

(2) Apéndice citado á la Historia de Norés, documento 2.°, pág. 352.


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»lar oblig-acioa de guardarle y defenderle sus sagrados derechos.» Para sacarle de tal error, y hacer patente su resolución de no tole- rar por nada del mundo aquella indignidad ú otra alguna , decia luego el Cardenal que era para lo que Su Santidad habia mandado prender y encerrar en el castillo de Sant Angelo á Lottino , Secre- tario del Camarlengo , en \drtud de cuyas trazas parecia haberse llevado á cabo tal exceso; ordenando á este último, al propio tiempo , que dentro de un plazo fijo , hiciese traer de nuevo á Ci- vita Vecchia las galeras, y no sin advertirle ya, de pasada, cuanto importase á su bienestar la obediencia. Continuaba el despacho ex- poniendo , que si al Embajador Cesáreo se le habia negado la au- diencia que pidió al Papa , á fin de reclamar en persona contra la prisión de Lottino , era también para demostrar el disgusto cau- sado en el ánimo de Su Santidad, por la sospecha de que fuese cóm- plice en tal hecho su propio Gobierno. Y todo esto, anadia en fin el texto que examino , que simplemente se le comunicaba al Nun- cio para su conocimiento ; terminando con una rúbrica , que debe de corresponder, en la copia que he visto, á la que en el original pusiera el Cardenal Carrrafa.

Fué esto no más lo que se escribió al Nuncio ; pero no decia eso sólo, el papel que se presentó al Papa con tal motivo. Hay una nota al pié del primitivo contexto, en que se advierte, que otra parte de aquel papel no fué enviada á su destino , porque quiso el Papa que quedase inasperito , ó sea limpio de los soberbios y violentos con- ceptos que aqui contenia, como va á verse. Estampábanse primera- mente, en la parte suprimida, palabras jactanciosas de que no tenia necesidad alguna la reputación inmaculada del Pontifice ; siguién- dose después inútiles arrogancias, y aun amenazas mal escondidas é inoportunas contra todos los Principes temporales; bien que alu- diendo con bastante claridad al César sólo. « Su Santidad» proseguia textualmente la carta, «se propone ser amoroso y benigno padre »para todos ; pero quiere ser verdadero padre , y conservar la dig- »nidad y autoridad de tal , por lo cual tratará siempre á los hijos »discolos y perversos con la severidad que corresponde á aquel »oficio.» Preveníase luego al Nuncio, que si alguno se maravillase, ó doliese, de lo que el Santo Padre habia ya hecho en el negocio de las g-aleras, ó de lo que obrara de más monta en adelante, le hiciese entender, sin rebozo, que estaba dispuesto á llegar hasta donde conviniese: «para sustentar la nobleza de su ilustrísima


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»Casa , hacer patente la singular grandeza de su ánimo , y demos- »trar que no sufriría diminución en sus manos la autoridad y po- »testad, que Jesucristo bendito le habia concedido y encargado , y »en cuya defensa estaba pronto á padecer cualquier trabajo.» Ter- minaba esta parte del despaclio declarando, que todo ello se le es- cribía al Nuncio por mera información , y á fin de que pudiera res- ponder, si sobre el particular le hablase alguno ; no debiendo dar en otro caso ningún género de explicaciones á nadie , porque este era el deseo expreso de Su Santidad , conforme á lo que allí mismo se decia.

Redactado aquel documento por Monseñor déla Casa, como se ha expuesto, é inspirado sin duda por el Cardenal Carrafa , que habia de firmarlo , ofrece desde luego la misma singularidad que la carta del Duque de Alba, encontrada en la biblioteca de Osuna, de que hice mención en el primer artículo , pues que dictado como este úl- timo por la cólera, fué también reformado á tiempo. Gran ventaja es la de la historia, en nuestros dias, al seguir en los documentos mismos la huella de los Íntimos y varios sentimientos de las per- sonas que figuran en los sucesos. Esto nos da ocasión de conocer ya, á primera vista, que aunque el deseo de levantar su autoridad santa sobre la que alcanzaban temporalmente, á la sazón, los Principes españoles fuese grande en el ánimo de Paulo IV , era otra siempre que la del Ministro la serenidad de su propio espíritu. y otra de todos modos su prudencia.

Probable parece, en cambio, que en la extraordinaria cólera del Cardenal tuviese tanta parte como el agravio hecho á la Sobera- nía del Santo Padre, el propósito de llamar sobre sí al cabo la atención poco dócil del Rey de Francia, prestándole el servicio de recobrar las galeras que habían estado á su servicio. Pero lo que consta ya de cierto es , que con aquella ocasión comenzaron en efecto los Cardenales franceses en Roma , y el embajador de su Rey Juan de Avancen á cultivar las buenas disposiciones de alianza, que hallaban en la Corte Pontificia , lográndosele á Carlos Carrafa de tal suerte sus deseos. Y una vez de acuerdo el Cardenal con ellos, y confiado ya en ser escuchado, no perdió en verdad el tiempo, ni dejó escapar el pretexto de las galeras para proseguir sus fines. Contiene el tomo manuscrito de la Biblioteca nacional, citado antes, unas Instrucciones^ que podían también hacer las veces de Memo- rándum, suscritas á 14 de Setiembre de 1555 por el Cardenal Car-


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rafa (1), y puestas en manos de Aníbal Ruscellay, su gentil-hombre, y sobrino de Monseñor de la Casa , á quien enviaba con una se- creta misión á Francia. Sabemos, pues, á ciencia cierta, las conse- cuencias tan grandes que dedujo el Cardenal de tan pequeños prin- cipios. No hay otro documento , por otra parte , en que se resuman más elocuentemente las quejas que , desde el comienzo del Pontifi- cado de Paulo IV se alegaban en Roma contra el Emperador Car- los V, reinante todavía , y su familia. Conviene fijarse en él en ambos conceptos , y aun comparar su contenido con el del ya co- nocido Memorial del Rey de España.

La primera ofensa, tocante al Papa, que allí se apunta , es la de haberle privado, y á lo que se dice sin causa alguna, de su antigua plaza en el Consejo de Ñapóles , cuando era Arzobispo de Chieti ó de Brindis (2). Hecho Cardenal luego, el que era á la sazón Pontí- fice , halló en poder de cierto camarero español que le servia , un tósigo para envenenarlo; cosa que sin fundamento seguramente, atribuía el Cardenal Carrafa á directa maquinación imperial. Re- conocía después el mismo que su tío el Pontífice, antes de ser elevado á tal dignidad, solía llamar á boca llena en los Consistorios á Car- los V, fautor de Jier éticos y cismáticos', á causa de haber aprobado los ínter im de Ratisbona y de Augsburg, y el tratado de Passau, fsacrificío impuesto por la necesidad política á aquel caloroso cam- peón del catolicismo) ; pero, considerando que no hacia más en ello sino usar del derecho de expresar libremente sus opiniones, lamentá- base, al propio tiempo, de que Carlos V hubiese tomado de aquí pre- texto para increparlo y amenazarlo , y aun para negarle por largo tiempo la posesión del arzobispado de Ñapóles, que se le había con- ferido, suscitándole, cuando se la dio, frecuentes disputas juris- diccionales. No más en razón suponía el Cardenal , que hubiese estado el Emperador, al excluir á su tío de la candidatura Pontifi- cia en las Sede vacantes de los Papas Julio y Marcelo ; teniendo

(1) Este documento que yo he examinado en el citado Manuscrito, está impreso ala pág. 57 del quinto tomo Belle Opere, de Monsignor Giovanni della Casa. Ñapóles, 1733.

(2) Debió ser este Consejo el Eeal de Aragón, que en vida de D. Fer- nando el Católico se componía de naturales de todos los reinos de aquella mo- narquía, dos por cada uno. Precisamente por el tiempo en que me ocupo, en 1556, separó Felipe II los reinos de Ñapóles y de Sicilia del Consejo Real de Aragón, estableciendo para ellos y el Ducado de Milán el Consejo Supremo de Italia.— Nuñez de Castro, Solo Madrid es Corte. Lib. 1.° Madrid 1675.


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por el colmo de aquella ofensa, el que, viéndole á pesar de todo ele- gido , hubiera reprendido ásperamente á los Cardenales de su de- pendencia, que lo votaron, hasta el punto de consultar si podria, ó no, imponerles castig-os: cosa esta última que suponía saber autén- ticamente, por documentos imperialesque hablan caido en sus manos. Acabados los ag-ravios del Papa , comenzaba el Cardenal á referir los propios ; que no parecían dignos de ocasión y lugar tan gra- ves. Habiendo servido decia él, no obstante, á S. M. Cesárea como soldado, «no he recibido en cambio de las fatigas y peligros lar- »gamente soportados, y de los mejores años de mi vida empleados »en tal , sino danos , disfavores , destierros y maquinaciones con- »tra mi vida , no habiendo logrado siquiera obtener la posesión de »un priorato,» que en Ñapóles se le habia conferido poco antes. Dolíase después amargamente de que, habiendo hecho en Alemania un prisionero importante , se lo quitase con cavilaciones un caba- llero español (1) ; y más todavía de que, habiéndole desafiado para probar su razón por las armas , lo mandará encarcelar el Empera- dor en Trento, hasta que abandonó la querella. No fué otro que este el motivo por que se apartó del servicio del César el Cardenal ; y en venganza de ello suponía este, que también á él se le habia que- rido matar muchas veces , ó por veneno ó por armas , ofreciendo probarlo en ciertos procesos que se estaban siguiendo á su instan- cia. «Estas cosas digo á V.»S.,» literalmente anadia luego, diri- giéndose á Rucellay , « á fin de que pueda hacer presentes al Rey »Cristianísimo, las razones nuevas y viejas que me mueven á soli- »citar la ayuda de Dios y la suya , para defender mi vida , socorrer »á la Santa Sede, y sustentar el honor de mi tio, nuestro señor, »contra la vida y dignidad del cual se ha de tener también por cier- »to que estén aparejadas mil traiciones , según las que cada dia se »fraguan contra mi persona.» Pasaba ya de aqui á exponer en especial el caso de las galeras , desatándose al paso en imprope- rios contra el Cardenal de Santa Flor , habituado por lo que él pretendía, como todos los de la facción imperial, á vivir con extre- ma insolencia otras veces. Fiados en aquellas flaquezas pasadas, referia después el despacho , que acababan de celebrar una Junta en casa del de Santa Flor otros varios Cardenales, de los de la dicha facción imperial, con asistencia del Marqués de Sarria, Embajador

(1) Por nombre Manrique de Lara.


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del César : en la cual « se entendía haberse hablado de cosas más asemejantes á conjuración y rebelión, que á tratos de obedientes »hijos y vasallos de la Santa Sede. »

Por todo esto en suma: viendo que no se devolvían las galeras; que tenían lug-ar reuniones oportunamente calificadas por el mis- mo Padre Santo de sinagogas', que no parecía justo tolerar más la disminución y anulación de la autoridad pontificia , era por lo que, al decir del Cardenal, se había resuelto el Papa á obrar ya, como cum- plía á su oficio , mandando encerrar en Sant-Angelo al Cardenal de Santa Flor, Camarlengo, y al Sr. Camilo Colonna, hombre de mucha importancia, que había asistido á la junta consabida, y era tenido por de los mayores amigos de España , y del Emperador en el territorio eclesiástico. Medidas eran estas que manifestaban ma- yores propósitos que el de recobrar las galeras; pero aún relata otras menudamente el Cardenal , más intencionadas. Había ya re- unido el Papa para su seguridad 3.000 infantes y puesto en or- den sus guardias ordinarias ; había confiscado sus Estados al se- ñor Marco Antonio Colonna, que se escapó con tiempo de Roma, temiendo sin duda la suerte de su deudo Camilo , y dejando allí á su madre , su mujer y su hermana : había hecho prestar á estas grandes fianzas de que no saldrían de la ciudad , lo mismo que á Julio Cesarini y al Sr. Ascanío Colonna, padre de Marco Antonio: había hecho arrasar los muros de Paliano, y demás lug'ares fuertes de los Coloneses, y el de Braciano que estaba en poder de im yerno del Duque de Florencia, , aliado del Emperador , lo había ocupado con g-ente pontificia : había ordenado con público bando á todas las personas residentes en Roma, incluso el Embajador imperial, á que entregaran de grado ó por fuerza cuantas armas poseyesen , en el Castillo de Sant-Angelo : al Conde de Populi , General de la Santa Sede , al lugarteniente de la guardia pontificia Tuttavilla , y á cua- tro camareros del Papa los habían despedide de su servicio , por haber nacido ó tener feudos en el reino de Ñapóles : por último, había llegado hasta á mandar al embajador imperial, que entrega- se tres castillos de los Colonas que tenía en depósito, mientras se resolvía cierto pleito entre esta casa y la de los príncipes de Sul- mona, propuesto á quitárselos por fuerza, dado que voluntaria- mente no era él hombre de dejarlos; con lo cual podía decirse, que estaba ya hasta marcado el punto, donde tenían que comenzar bien pronto á ejercitarse las armas.


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Ya en este punto délas Instrucciones , que analizo, revélase el pen- samiento del Cardenal todo entero con las frases que siguen. «Aunque »seacomodasen»ledice á Rucellay, «las presentes dificultades , que »queda de mi cuenta el que no se arreglen por acá , sino con plena ^reputación nuestra , será necesario de todos modos romper con el »Emperador, porque es imposible que ya nos fiemos más de su »condicion, bien conocida de todos: lo cual se os advierte para »que deis á entender al Rey Cristianísimo, que, si hemos ido tan »adelante, ha sido con el fin, de que no pueda S. M. imaginar ó »creer,"por errados informes, que cambie cualquiera dia de opinión »ó se entibie en sus intentos el Padre Santo ; antes bien quiero que »en verdad sepáis , que seria dificilísimo que Su Santidad se detu- »viese ya en este camino, aun cuando hubiera de hallar en él »manifiestos peligros.» Y como las fuerzas de la Iglesia por sí solas, continuaba, «podrían mal oponerse á las de sus adversarios , por »eso mismo lleváis el encargo de suplicar al monarca francés , que »se digne de aceptar la protección de esta Santa Sede , como ha »sido costumbre en todos tiempos de aquel invictísimo y cristianísi- »mo reino; defendiendo la reputación del Santísimo Viejo que la »ocupa , y que tan aficionado ha sido á Francia siempre, de con- »suno con mi propia persona: á tanto riesgo ya puesta por su »servicio, que si quedara abandonado, tendría por fuerza que huir »de Italia. » Manifiéstase seguidamente agradecido á un préstamo de 50.000 escudos, que los Cardenales franceses residentes en Roma le habían hecho , y con los cuales había acudido á los primeros arma- mentos pontificios : indica los medios de que se podría echar mano para el buen éxito de la guerra , contando ya con la alianza del Duque de Urbino, proponiéndose ganar la del de Ferrara, y cal- culando que mediante alguna oferta podría obtenerse asimismo la de los venecianos : no sin prometer él también de su parte al fran- cés , por su honor de Cardenal y caballero , que pondría á su dis- posición la provincia de los Abruzos en pocos días , á causa de los grandes trabajos de conspiración que allí de antemano tenia pre- parados ; y que en todas las demás provincias de Ñapóles le pres- taría grande y útil apoyo, sí acometía aquel reino, con sus deudos y amigos. Un príncipe francés, de sangre real que dirigiese la empresa, y dinero para levantar y pagar las tropas , era la princi- pal ayuda que |)ara iniciar la empresa solicitaba. En cambio nin- guna participación pedia para la Santa Sede en los frutos de ella


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si, como deseaba, tenia término feliz. «No aspiramos á otra cosa,» decía, «que á librarnos de la tiranía de nuestros adversarios, de- »jando á disposición de S. M. el todo ó la parte del reino que se «conquiste, con cuyo objeto ofrece desde luego el Padre Santo la «acostumbrada investidura.» Siendo tales los verdaderos propósitos del Cardenal ¿de qué habia de servir que devolviese el Virey de Ñapóles las galeras del Prior de Lombardía? Claro está que de nada absolutamente. Ya Carlos Carrafa ha puesto de manifiesto el deseo secreto, que indicaba, en aquellas cartas, que comenzó á escribirá Francia , ocho dias no más después de la elevación de su tio al So- lio Pontificio: ya trata en la mayor intimidad con la corte fran- cesa ; ya emplea todo su valimiento , y el poder entero de la Santa Sede, en pro de Enrique II y de su Estado : la sustracción de las g-aleras , irreverente y osada por parte de los de Santa Flor , sin duda alguna, é imprudentemente protegida por las autoridades españolas en Ñapóles, le ha dado ya al principal Ministro de la Santa Sede la ocasión que le faltaba ; y el todo poder del Santo Padre está dispuesto á emplearse en fin, contra los españoles.

Fué, pues, en vano que, no bien partido Ruscellay para Francia, como literalmente dice Norés (1), se restituyeran las galeras á Civita Vechia por consejo del Marqués de Sarria, nuestro Emba- jador en Roma , y de su colega Garcilaso ; y por encargo especial que hizo el Duque de Alba , Lugarteniente ya del Rey de España en Italia, á D. Bsrnardiuo de Mendoza, que interinamente gober- naba en Ñapóles. No por haberse dado de esta suerte completa satisfacción al Pontífice dejó de continuar la discordia. Lo único que se obtuvo con esto fué que se devolviese la libertad al Carde- nal Camarlengo : que tal beneficio no alcanzó al Secretario Lottino siquiera. Habíanse llevado las cosas demasiado adelante en Roma, y era sobrado cierto que lo de las galeras habia dado pretexto plausible, no motivo real á las desavenencias comenzadas.

Justo es decir, sin embargo, que á dar más color á aquel pretexto fué luego contribuyendo , en gran manera , la irrespetuosa sober- bia de los Ministros españoles. En la junta celebrada en casa del Cardenal Santa Flor , y calificada de Sinagoga , parece que se ha- bló con efecto, sin miramiento alguno, de la persona del Papa, llamándole ilegitimo y Anti-Papa á boca llena : y la muchedumbre

(1) Libro I, pág. 26.


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misma de las personas que á ella conGurrieron , no ya para delibe- rar , porque en esto tomaron parte solamente los de mayor gerar- quia, sino por servir de séquito de los que deliberaban, (propasán- dose á manifestar con amenazadores murmullos su conformidad con lo que se deliberaba, y llenando, al decir de Norés y Pallavicino, los salones , las escaleras , el patio del palacio en que tenia lugar la escena, y hasta las calles contiguas); prestaban, á no dudarlo, gran- dísima apariencia de insulto y provocación á un suceso de suyo ya extraño. No era el genio del Papa á propósito para tolerar tales excesos ; ni le hacian falta consejos del Cardenal, ni de nadie, para tomar las medidas que tomó contra algunos prelados y señores ro- manos, de los que las llevaron á cabo, y que constan en las Instruc- ciones de Rucellay. Fué fama entonces, que el Cardenal de Bur- gos, uno de los asistentes, se creyó obligado, en conciencia á poner en conocimiento del Papa los coléricos propósitos que en aquella junta se hablan manifestado contra su persona, de parte, sobre todo, del Colonna, preso (1). Pero lo que este habia dicho era lo mismo que tradicionalmente hicieran los de su casa , perpetua rival del Pontificado hasta entonces. Hallábase ya al frente de ella aquel héroe de Lepanto , Marco Antonio Colonna , tan celebrado luego por todos los escritores de su tiempo; no tan buen hijo como gran soldado , ni tan obediente subdito del Papa como esforzado Capitán : todo lo cual demostró despojando á su propio padre , As- canio , del estado de Paliano que le pertenecía, y negándose á vol- ver á Roma cuando le llamó el Pontífice, para asegurarse de él, como de sus deudos, ya que había logrado evitar el primer golpe. Pretextó entonces el Papa , á lo que parece , arreglar por su mano la cuestión entre hijo y padre, tomando de su cargo la custodia de los Estados de los Colonnas ; pero Marco Antonio , sin miedo á las armas espirituales ni temporales del Padre Santo , se mantuvo en ellos hasta ser echado por fuerza, y en seguida se refugió á Ña- póles. En esto se fundó la confiscación y excomunión decretadas contra él por Paulo IV. Era, en tanto, política constante en Espa- ña , desde el tiempo de Fernando el Católico: «no dar lugar,» como

(1) Llamábase el Cardenal de Burgos D. Francisco de Mendoza, y aunque algunos autores italianos afirman que de resultas perdió la gracia de la corte de España 5 lo cierto es que se le nombró después Gobernador de Siena, cargo que no parece que desempeñó con mucho éxito. A la junta asistieron el Mar- qués de Sarria , y el Conde de Chinchón, que habia ido á rendir obediencia al Papa por el Rey Felipe.


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dijo Zurita , «á que los Colorínas se destruyesen , confiando que para »tener libre la Iglesia, y confirmar su estado en Italia, no convenia »dejar perder el bando gibelino que se sustentab'a con el favor de »España y del imperio (I).» Por donde se ve que si aquellos patri- cios romanos, convertidos en barones feudales, hablan escandaliza- do más de una vez á la cristiandad por sus atentados contra los Papas, prendiendo á Bonifacio VIII y asaltando á Clemente VII dentro de Roma , eran en cambio aliados antiguos y seguros de los Emperadores, y aun de cualquier dominador extranjero. Tocarles á ellos , pues , era tocar al resorte político más poderoso que cono- ciesen los Principes temporales entonces, para sujetar á los Ponti- ficas, y obligarles á ceder á aquella potestad recelosa, durante mu- chos siglos ejercida en Italia por el Imperio, y en el tiempo en que me ocupo , por la corona de España. De aqui la importancia extrema que en los documentos españoles se daba, como ya se ha visto , al despojo de los Colonnas, y la irritación vivísima que causó aquel hecho luego , en los Ministros españoles , hasta en los mismos eclesiásticos. Señalóse en su ira el Obispo de Arras Granvelle , pri- mer Consejero y confidente de Carlos V: llegó hasta insultar en Bruselas al Nuncio cuando tuvo conocimiento de la confiscación del estado Paliano; usando, dice Pallavicino de acuerdo con Norés, en la ocasión referida , «palabras de menosprecio y amenaza , no »solo con el Nuncio , sino contra el propio Pontífice y sus sobrinos ; »y hablando al primero en tono de Señor, más bien que de igual, »como prelado que era.» No sin razón, á mi juicio, atribuye Pa- llavicino alguna parte de las sucesivas determinaciones del Papa Paulo á la destemplanza de Granvelle , llegando á calificar á éste el prudente historiador del Concilio , «de hombre más capaz para »administrar un Estado despótico que no civilmente,» é imputando á su soberbia la pérdida , posterior de las provincias flamencas. Sea esto ó no fundado , lo cierto es que en realidad la sobrada irritabi- lidad y atrevimiento de los Ministros españoles con el Papa , con- tribuyó también, cual he dicho, á precipitar ya el curso de las cosas. Continuaron , pues , á pesar de haberse devuelto las galeras, las neg-ociaciones entre Paris y Roma, y á 14 de Octubre se ajustó ya una convención , entre ambas partes , que , con cortas variaciones, fué elevada á protocolo solemne en igual dia de diciembre del

(1) Zurita, D. Fernandole Católico, lib. I, cap. 42.


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mismo año de 1555 ; con la firma del Papa y la de los Cardenales franceses de Tournon y de Lorena. Llama la atención, desde luego, que aquel tratado no se encamine solamente á satisfacer la ven- ganza de la familia Carrafa, como las Instrucciones del Cardenal, con que fué Ruscellay á Francia : no admita que se sustituya en Ñapóles la bandera francesa á la española, como único fin de la guerra que se proyectaba : no tienda á procurar exclusivamente un cambio de señores en el suelo italiano : no limite las aspiraciones del Pontificado á triunfar de sus opresores temporales. En él apa- rece ya una importante idea política : la libertad de Italia. Ni en las primeras cartas de Carlos Carrafa ni en sus Inslrucciones se halla siquiera el germen de tal idea : ella aparece de manifiesto por primera vez en el protocolo en que puso al fin su firma Pau- lo IV. Los principales capítulos de este fueron detalladamente los que siguen , tomados de la historia del Concilio de Trento del ilus- tre Cardenal Pallavicino , y del libro de Norés que los contiene más por extenso.

1 .' Que el Rey de Francia quedaba obligado á defender contra toda cla- se de enemigos al Pontífice , sin que pudiese retirar del Estado Romano las fuerzas que emplease en esto , á no verse muy estrechado en su propio reino: lo cual prometía por mera piedad, é independientemente de las de- más estipulaciones.'

2." Que habría en adelante liga ofensiva y defensiva entre el Monarca francés y el Papa en Italia , depositándose en Venecia por ambas partea las gruesas sumas que para las empresas que se acometiesen pudieran ha- cer falta.

3.° Que se conquistaría el reino de Ñapóles, y el Papa daría la investidu- ra de él á un hijo del Rey de Francia, que no fuera m sucesor el Del fin, con obligación de que residiese allí perpetuamente el agraciado; para evi- tar sin duda la reunión de aquel reino á otro extranjero.

4.° Que se aumentaría en este caso á 20.000 escudos de oro fuera de la acostumbrada acanea , el canon que solía recibir el Papa como señor di- recto y feudal del reino de Ñapóles , rectificándose además las fronteras pontificias , de forma, que reteniéndose en ellas á Benevento , se extendie- sen hasta San Germán y los rios Careliano y Pescara; y ampliándose, por otra parte, en aquellas provincias la jurisdicción eclesiástica, y dando tam- bién á la familia Carrafa algunos estados ó haciendas.

5.° Que después de conquistado igualmente el estado de Milán, se le daría la investidura de él, como soberano, á otro de los hijos del Monarca francés, con tal que no fuese el primogénito tampoco, y que el favorecido se obligase también á residir siempre en su nueva corte.


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6.' Que durante la menor edad de aquellos Príncipes franceses nombra- ría el Papa, no el Rey padre, los lieg-entes ó Gobernadores de sus Estados,

7.° Que se procuraría obligar al Duque de Florencia, Cosme de Medi- éis, aliado del Rey de España, á evacuar las ciudades de Toscana, que ja habían dado lugar á tantos disturbios y negociaciones, desde la conquista de Siena por Carlos V.

8." Que quedaría á elección del Papa el principiar la guerra por Floren- cia ó por Ñápeles, dejándose para después el acometimiento de la Lom- bardía, á fin de no tener que formar dos ejércitos, el uno para obrar lejos, j el otro para pelear en la frontera romana, j defenderla de los ataques del Virej de España.

9/ Que á ninguna de las dos altas partes contratantes le seria licito, sin consentimiento de la otra, entrar en cualquier género de concierto con los contrarios.

lo. Que se permitiría entrar en el tratado á los venecianos , ofreciéndo- les en recompensa el reino de Sicilia , cuja conquista habían de intentar también los confederados ; así como al Duque de Ferrara que recibiría des- de luego el cargo de Capitán general de la Liga , j obtendría otras venta- jas en rentas y Estados (1).

En virtud de este concierto diplomático, comenzó á prepararse len- ta y secretamente la Santa Sede, para dar comienzo en su dia á las diiiciles empresas proyectadas. Pero niel Rey de Francia, ni el Con- destable su Ministro hablan entrado de muy buena voluntad en tal Liga : confiaban poco en el Papa por su avanzadísima edad , y me- nos en el Cardenal que nada valia muerto el Papa : no les satisfa- cía bastante acaso la independencia de Italia. Estas ú otras seme- jantes consideraciones les hicieron prestar, de allí á poco, fáciles oídos á las propuestas de paz de Carlos V , que por su lado quería dejar libre de las preocupaciones de aquella g-uerra á su hijo, al cederle los reinos de España. La tregua de Vaucelles se ajustó, pues, en 5 de Febrero, sin conocimiento alg*uno del Papa, no más que mes y medio después de haberse obligado el Rey de Francia solemne- mente á lo contrarío; y cuando el tratado de alianza, con la firma de aquel Rey, no. pudo estar en Roma hasta el 18 de Enero , es decir : poco más de quince dias antes.


(1) Los capítulos de esta alianza se hallan expuestos con mucha exactitud por Antonio de Herrera, Comentarios dejos hechos de los españoles , france- ses, etc., en Italia. Madrid, lGá4, página 447.


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ITI.

Cuál efecto hiciera en Roma la inesperada noticia de esta tre- gua, clarisimamente se deduce de la carta que, con esta ocasión, dirigió el Cardenal Carrafa al Duque de Somma, para que de su parte la mostrase al Rey de Francia. Pedro Norés , que la inserta integra en su historia, por ser obra , dice, de un autor tan célebre cuanto lo fué el Secretario Juan de la Casa , refiere que, al oiría leer el Rey, se le enrojeció más de una vez el rostro. Motivo hubo para ello , en verdad ; y más si fueran fundados ciertos cargos que alli se le hacian, además de los que sugería de suyo el texto mismo de la estipulación quebrantada.

«Habiendo el Rey Cristianísimo invitado á Su Santidad á rom- »per con los imperiales,» decia el Cardenal, por ejemplo; «con ^promesa de defenderle, y no abandonarle , parecía conveniente »consultar con Roma tal intento ; » y yo en particular , anadia textualmente, «me encuentro en malísimo lug-ar ahora, porque »he engañado á mi tio , que me tenia dicho tantas veces : si yo y>me resuelvo á romper co7i los imperiales , ^qué harán conmigo tus »francesesí ] ten cuidado, no sea que me dejen, cuando más nece- y>sitado de ellos me halle: á lo cual he respondido siempre, poniendo »mi honor por testigo, que el Rey no haria jamás concierto alguno »sin expreso consentimiento de la Santa Sede; mas viendo ya que todo »acontece, como Su Santidad mucho más prudente que yo habia »sospechado, no me atrevo siquiera á parecer en su presencia.» De aquí tomaba pié el Cardenal para manifestar, «que puesto que »todo se habia hecho á instancia suya y por su medio , á él le to- »caba por fuerza hacer patente, que lejos de eng-aiiar al Papa, habia »él sido engañado por el Rey, lo cual probaria con las propias ca- »pitulacione3 por S. M. suscritas: no pudiéndose excusar tal flaqueza »con decir que el Papa recomendaba constantemente la paz , perché ^Sua Beatitudine non puó dir altrimente ,y> anadia el Cardenal con literales palabras. De todo esto infería luego el mismo, que perde- ría su crédito el Monarca coligado, «confirmándose la opinión que »en el mundo había de los franceses de muchos años á aquella parte, »mientras que quedaría libre á los imperiales la posesión de Italia, »y á su disposición el tiempo necesario para confirmar las cosas »en Inglaterra y Alemania, curar sus llag-as, y restaurar del todo


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»sus fuerzas (1).» No aparece probado aquí, sino expuesto, el grave carg-o de que fueran los franceses, quien primeramente hubiesen incitado á él ó al Papa á romper con los imperiales: lo contrario es lo que resulta , á decir verdad , de los documentos examinados.

Mas importa sobre todo consignar que nada indica, que de este furioso despacho tuviese conocimiento Paulo IV. Porque habla de por si en él Carlos Carrafa, trata en él de su propia situación, y en todo muestra más bien sus confusiones y temores, que las ideas del Papa. Nada tiene de extraño , por lo mismo, que contenga las gra- vísimas frases con que concluye. Solo en un soldado , investido con la púrpura, pero no con el sacerdocio, apasionado y ambicioso , hasta el punto de olvidar todos los respetos que debía al poder sagrado que servia, pudo ocurrírsele el lamentar, que se pusiese en ca- mino á la Casa de Austria de arreglar las cosas de Inglaterra y Alemania: es decir, de devolveren aquellos países su antigua autori- dad á la Religión católica , venciendo y reprimiendo de todo punto al protestantismo. Fué el Cardenal acusado más tarde de haber tratado directamente con los Príncipes luteranos para revolverlos contra el Rey católico ; y en el Memorial del Rey D. Felipe á sus juristas y teólogos se insinuó ya, que el Pontífice mismo habia procu- rado traer las armadas del turco contra España , y que la que cayó entonces sobre Oran vino movida por sus solicitaciones. Ve- remos , al tratar en otro artículo del Proceso que se formó más tarde contra el Cardenal Carrafa y su hermano , lo que dio lugar á tales cargos, y lo que hubo en ellos de fundado ; pero ya desde este punto puede afirmarse sin recelo, que de por sí el Carde- nal prefería, con mucho, el triunfo de los protestantes ingleses so- bre los católicos esposos, que estaban restaurando á tanta costa, entre ellos , el verdadero culto , y el de los luteranos alemanes so- bre el Emperador, á la conservación de la grandeza ó predominio de la casa de Austria , y sobre todo , al de la rama primogénita de España. Raro estravío, en verdad, y singular prueba délas contra- dicciones que engendran en el común de los hombres las pasiones. Sabia bien el Cardenal, puesto que lo habia apuntado él mismo, en alguno de los documentos que llevan su firma , que una de las grandes razones que siempre tuvo, y alegó su augusto tío, para querer mal al solitario de Yuste, tan grande Emperador como buen

(1) Ñores, Guerra degli Spagnuolico7itr(i Papa Fazclo IV, lihro II, pi- gina. 54.

TOMO II. 28


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católico, no obstante , era el que hubiese g-uardado contemplacio- nes, ó entrado en tratos, después de sus g-randes victorias, con los protestantes alemanes; tratos que dieron ciertamente bases segu- ras á la libertad de conciencia, que desde entonces han disfrutado tales provincias. Pero ellos al cabo fueron obra de las circunstancias, y fruto de la prudencia política del glorioso Emperador, harto más que de sus deseos espontáneos. ¿Cuánto no habria que decir, juz- gándole con severidad siquiera semejante, de aquel Carlos Car- rafa, que representaba á la sazón las opiniones y sentimientos del austero sucesor de San Pedro , y que por resentimientos particula- res únicamente , por personal ambición tan solo , ó cuando más por razones políticas de no gran monta , osaba mostrar amargo duelo, de que la tregua de Vaucelles pudiera facilitar á los herederos de Carlos V, la solución de las dificultades religiosas, que no habia bastado aquel á dominar con todo el vigor de su genio, y todos los favores de que le colmó la fortuna? ¡ Ah! ¿No es cierto que merece figurar esta en primer término en la curiosísima historia de las con- tradicciones humanas?

Debió Paulo IV dolerse también mucho, aunque por otros esti- los sin duda, de la tregua. De un lado, habia tenido el Rey de Francia poquísima cuenta, con el respeto que merecía su persona, faltándole tan abiertamente al pacto : de otro , sus recelos res- pecto de los franceses se habían cumplido, y quedaba abandona- do á sus propias fuerzas , contra las colosales de que disponía á la sazón el Rey de España. La prudencia , el desaliento , el enojo contra los franceses , y el propio escarmiento sufrido, debían ya te- nerle muy inclinado á la quietud, cualesquiera que fueran sus ín- timos pensamientos, al comenzar el mes de Marzo de 1556. Todo preparativo de guerra habia cesado : toda esperanza de libertar por entonces á Italia habia desaparecido : los extranjeros debían serle más aborrecibles aún que antes á aquel alma patriótica; pero no tenia motivos inmediatos, por cierto, para querer más á los de allende que á los de aquende, entre los que pueblan las dos ver- tientes de los Pirineos. La hora, pues, de la paz parecía sonada también para España en Italia , cuando un pequeño accidente , de los que tanto suelen influir en las personas de ánimo ardiente y co- lérico , suscitado por la conocida irreverencia de los Ministros del Rey Felipe , vino á hacer más írremediabie que nunca la ruptura. Era el Marqués de Sarria, don Pedro Ruiz de Castro, prímogé-


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nito de los Condes de Lemos, y Embajador de España en Roma, hombre de cortos años y de no mayor experiencia , según decia el Cardenal Carrafa, en el despacho pontificio dirigido al Nuncio en la corte imperial, con motivo de la cuestión de las galeras. Sober- bio , como todos los grandes de España de entonces , hijos ó nie- tos de los que tanto dieron que hacer á Enrique IV, á Fernando el Católico, y al mismo Carlos V; resuelto, cual todos los de su clase, á mostrar en sus resoluciones con los extraños Principes , ó ecle- siásticos ó seglares , los fueros y atrevimientos, de que rara vez ya se dejaban llevar con los propios ; confiado en el poder, hasta allí predominante , de las coronas que representaba , tanto como el que más de los Ministros españoles de su época. A estos títulos de or- gullo reunia el de Sarria los que le prestaba á la sazón su propio cargo en Roma. Disfrutaban allá entonces los Embajadores de Es- paña de singulares privilegios , y su ostentación era , más que de Ministros, de Soberanos Principes. Cardenales y prelados, ya amigos , ya nacionales , residentes en aquella corte , y todos muy favorecidos con pensiones y gracias de nuestros Reyes , formaban una especie de Corte española dentro de la pontificia , cuyo centro y cabeza era naturalmente el Embajador; ejercía este propia ju- risdicción y autoridad en el barrio en que estaba situada su casa; albergaba ó mantenía cerca de si una turba de soldados , artistas, clérigos , dependientes y familiares , bastante para hacer respetar su persona , en cualquier trance , hasta del mismo Gobierno Pon- tificio; y, cuando le parecía conveniente ó justo, empleaba las muchas espadas ejercitadas ó temerarias , que tenia á su disposi- ción de tal suerte , en vengar ó deshacer sus públicas y particu- lares injurias. D, García Lasso de Toledo, llamado hasta en los documentos oficiales Garcilaso, que era como segundo Embaja- dor, no pecaba de humilde tampoco; antes bien mostraba á las claras ser hijo de aquel D. Pedro Lasso, que sin los fueros de Pro- curador á Cortes , y como simple comisiado de su Concejo , tanto dio que hablar de si en las de la Coruña (1). Pidió cierto dia el de Sarria al Gobernador de Roma el permiso indispensable para salir del recinto de Roma , antes de amanecer , con propósito de ir á caza. Sin dificultad alguna otorgósele ; pero á causa de un error de los empleados subalternos halló luego la puerta, por donde habla de

(1) Este D. García I^asso de la Vega, ó Garcilasso, era también conocido por señor de Batres, y de los Arcos, títulos de su casa.


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salir cerrada , y á los que la guardaban mal dispuestos á abrirle el paso. Colérico Sarria, como quien más lo fuese, en tiempo y lu- gar donde era tan común la cólera , no titubeó un punto en bacer embestir á la guardia entonces; forzó la puerta espada en mano, y se marchó tranquilo á disfrutar de la caza. No era menester tanto para que Paulo IV, celosísimo de su autoridad, cuanto he indicado, mostrase un extremo resentimiento. Dio órdenes luego para pren- der al Marqués, al salir de la audiencia que para el siguiente dia le habia pedido este, como si tratará de burlarse aún de su cólera; y conducirle á Sant-Angelo por el pasadizo que une aquella forta- leza con el Vaticano. Pero aunque el Embajador lo supo, eso mis- mo le estimuló más , para solicitar y aceptar la audiencia en que habia de ser atropellado. Tuvieron que salir hasta el puente de Sant-Angelo á detenerle los Cardenales del partido imperial , y los mismos sobrinos del Papa , suplicándole que no diera lugar á aquel inaudito escándalo; y en poco estuvo por señas que, mientras duró aquel trato, no se trabase una verdadera batalla en las calles, entre la provocadora servidumbre del Embajador, y el pueblo romano. Cedió el de Sarria al fin , no sin trabajo : tornóse con los suyos á su casa ; y Carlos Carrafa y su hermano serenaron al Papa con ha- cerle ver, que era preciso disimular por de pronto aquel ultraje para asegurar su castigo , procurando romper la tregua de Vau- celles, y formar nueva alianza con los franceses (1). A todo con- descendió ya fácilmente el indignado Pontífice ; y luego resolvió que el Cardenal , su sobrino , pasara con tales intentos , y nombre de Legado á Francia , so color de tratar del Concilio , y de hacer generales y definitivas las paces : enviándose á la par otro Legado á la corte del Rey Felipe , para mayor disimulación , que fué Sci- pion Rebiba , Obispo de Motóla y Cardenal de Pisa.

No se dormían en el seguro, ni en el ocio, en el ínterin, los Mi- nistros reales. Desde Febrero anterior, como dije en el primer artículo, estaba el Duque de Alba en Ñapóles formando á toda prisa un ejército , que no pudo tener dispuesto hasta el mes de Agosto siguiente. Mientras llegaba la ocasión de obrar disimu- laba este algún tanto ; pero la conducta del Marqués de Sarria, aunque hija de su inexperiencia en parte, harto daba á entender que sus instrucciones no le mandaban considerar mucho al Papa:

(1) Pedro Norez^ lib. II, pág. 57.— Edición de Florencia ya repetidas ve- ces citada.


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ni consta que aquella fuese ó desaprobada, ó reprendida luego, por Felipe 11. Y ya á 27 de Mayo de 1556 avisó, por su parte, al monarca español el Embajador en París, Renard, que el Carde- nal Carrafa habia salido , en efecto , de Eoma con dirección á París, mientras el de Pisa se dirig-ia al parecer , en tanto , á la corte del Rey católico : participándole además que las tierras de los despo- seídos Colonnas, lejos de devolvérselas, se acababan de erig-ir en un ducado con el titulo de Paliano , á favor del Conde de Montorio, sobrino del Papa ; y que estaban abiertas nuevas negociaciones con el Rey de Francia, para que se encargase de la guarda y defensa de aquel nuevo señorío , contra quien quiera que hubiese de inva- dirlo , cosa , para él, ya contraria á la tregua ajustada en Vauce- lles, cuatro meses hacia. Comunicaba luego Renard que, según le habían advertido confidencialmente, el objeto del Cardenal Carrafa en París , antes era procurar la ruptura de la tregua que la con- servación de la paz (1), de lo cual se maravillaba, según decía, aquel sagaz diplomático , así por las demostraciones pacíficas , que á cada paso hacia Paulo IV, como porque era viejo y mortal, y por su profesión de su santidad : bien que de otra parte , cual hom- bre práctico y de mundo , considerase excusable que hubiera inves- tido á uno de su casa con el Estado de Paliano , y que desease enri- quecer á los suyos, á ejemplo de otros Papas anteriores. Pocos días después anunciaba Renard á su amo que , apenas llegado el Car- denal Carrafa, habia obtenido, en París, cuanto quería; y que se apresuraba á volver á Roma , con el fin de tomar la dirección de la guerra, que iba á declararnos el Papa, para la cual se aprestaban y armaban ya también los franceses : habiéndose con- certado , entre otras -cosas , que el Duque de Guisa pasaría á Roma á intentar la conquista del reino de Ñapóles. Este despacho lo ter- minaba Renard avisando , que el Cardenal se embarcaría en Mar- sella , y que , si pudiera echársele mano durante la travesía, ce seroit advantaige: consejo muy conforme ala ordinaria falta de escrúpulos con que, en las relaciones internacionales, solía prece- derse por entonces , y que demostraba muy corto respeto á un pri- mer Ministro y Legado del Papa , que sobre sí además traía la púr-

(1) Papiers d'Etat du Cardenal de Granvelle, d'aprés les manuscrits de la bibliothéque de Besan gon, publiés sous la direction de M. Ch. Weiss. To- mo IV. París, Imprimerie Royale, 1843. El verdadero apelHdo de Renard era Reinhardt.


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pura cardenalicia (1). Siete dias más tarde hacia saber el propio Embajador, que el Cardenal de Pisa, en vez de continuar su viaje á la corte católica, iba ya hacia León á esperar al Legado Carrafa, para volverse juntos á Roma: por ser inútil todo fingimiento, estando irrevocablemente acordada la guerra. Pero el más impor- tante de estos despachos diplomáticos , y el que mayor luz derrama sobre todos los sucesos , es el señalado con el número 204, en la colección de papeles del Cardenal Granvelle , fechado por el Emba- jador Renard á 9 de Julio del referido año de 1556: y eslo tanto? que merece por sí solo párrafo aparte.

Dábase en tal dia un gran banquete de despedida en Fontaine- bleau al Cardenal , con asistencia de todo el cuerpo diplomático; y antes de levantarse de la mesa avisó aquel á los embajadores, que queria tener con ellos una conferencia en la Capilla de Palacio allí vecina . Reunidos , en consecuencia , al rededor del Cardenal , el Nuncio ordinario del Papa , el propio Renard , y los representan- tes de Inglaterra, Venecia, Ferrara y Mantua, acompañados de sus gentiles-hombres y proto-notarios , en número de más de cin- cuenta, comenzó una escena singularísima. Después de decir algunas generalidades acerca del suspenso Concilio , y de la paz definitiva entre los Príncipes cristianos, que, como se ha referido, pasaban por ser los principales objetos de su viaje, comenzó á discurrir el Carde- nal en las cuestiones sobrevenidas entre la Santa Sede y el Rey de España , diciéndoles : « que suponía que habrían llegado ya á »noticía de todos, ó los más de ellos, los disturbios de Italia, causa- »dos por ciertos enemigos y adversarios perpetuos de la Sede Apos- »tólica, los cuales venían afligiéndola desde los tiempos de Bonífa- »cio VIII, y contra los que, procediendo por vías de justicia, acababa »de dictar una sentencia el Pontífice, que era ya pública y notoria.» Prosiguió relatando el Cardenal: «que Marco Antonio Colonna, re- »presentante de la familia á que aludía , quería levantar la cabeza »contra el Papa , y sus agentes , en desprecio de la sentencia y de »la autoridad de la Santa Sede, lo cual no osaría pensarlo siquiera, »cuanto más ponerlo por obra, sino fuese por el favor y ayuda »que le prestaran cewlx quilz 'üeullent et peiisent tout dominer-.y^ en cuyas palabras, que pocos dejarán de entender á pesar de su antigua ortografía , se referia claramente á Carlos V y Felipe II.

(1) Documento 201 de la citada Colección de papeles de Granvelle.


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«No hay otro juez qne Dios por encima del Papa, ni Principe en »el mundo que pueda ejercer autoridad sobre su persona :» excla- mó el Cardenal con vehemencia , al llegar á este punto; y agitan- do los brazos, gesticulando, alzando la voz de suerte que podia ser oido desde una sala contigua, en que habia quedado con su corte el Rey Enrique, añadió en seguida: «que por lo que reque- »ria el hábito que llevaba, iba á emprender el camino inme- »diatamente para Roma, á fin de poner buen orden en aque- »llas cosas, lo cual esperaba lograr, asi por la justicia de su »causa, como por los grandes Principes que le ayudarían á susten- »tarla. » Prorumpió además en otros propósitos y amenazas genera- les, hasta que ya desahogado terminó con decir que habiéndole visi- tado todos aquellos Embajadores , no habia querido partir sin des- pedirse juntamente de todos ellos. No era hombre Renard, que intervino como diplomático en los mayores negocios de su siglo, mereciendo siempre el aplauso de unos Soberanos, competen- tísimos en. materias políticas, de dejar de aprovecharse de la inexperiencia del Cardenal , y de la fogosidad imprudente de su genio. «Para montarle más en cólera; «narraba aquel luego, en su despacho al Rey Felipe; «hacerle hablar más, y poner de manifiesto y>de quel ministre Dieu est serví, «(como textualmente escribía,)» »dijele al Legado, que grandemente me disgustaba el verle partir sin »dar cima á una misión tan necesaria al bien de la Iglesia y de la »Santa Sede, y al reposo y provecho de la cristiandad; y más » cuando estaba seguro de que , si los otros asuntos de que vino «encargado , y el plazo mismo de su estancia, le hubiesen permitido »atender á las razones de Sus Majestades Imperial y Real , se ha- »bria convencido de que ellas en nada apartaban sus intentos de lo »justo, porque precisamente tenian empleada hasta allí toda su »vida , cuerpos , estados , rentas y subditos en la defensa de la Re- »ligion, y porque, mal podia suponérseles enemigos de la paz, »cuando la tregua presente daba buen testimonio de lo contrario: »que no entendía que estuviesen las cosas tan acaloradas como se «predicaba en Italia , ni esperaba que llegasen á estarlo, puesto que »no seria bien por intereses particulares olvidar los públicos; y que si »en algo de lo dicho en general por el Legado se aludía á los Mo- »narcas españoles , deseaba que más lo especificase, á fin de res- »ponder con el fundamento , razón y modestia que convenían á la »buena amistad é inteligencia reinantes entre el Papa y las Majes-


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»tades Imperial y Cotólica : dejando por supuesto , del todo aparte »ia cuestión de los Colonnas , por carecer en tal negocio de ins- »trucciones.» A esto no pudieron ya ser sordos aquellos humos de soldado , mal encubiertos en el Cardenal todavia , y cayendo en el lazo que Renard le tendiera, interrumpióle con grandes voces, di- ciendo : «que él haria ver delante de Dios y de los hombres , cual »era la realidad de las cosas ; que sin eso ella misma se descubriría, »y que lo que pretendía su interlocutor no era otra cosa sino que él »se estuviese entretenido en Francia , mientras que se entregaba »á Roma á un nuevo saco , sobre cuyo particular ya corrían ame- »nazas: que seria él muy gran bestia si se echase á dormir en »aquel punto, y que, lejos de hacer tal, se proponía ir á cumplir su »deber cuanto antes : que prefería la muerte á aguantar más : que »bíen sabido era cuanto número de mártires hubo en Roma, en lo »pasado, y que en aquella ocasión estaban allí también resueltos á »morír todos, en el cumplimiento de su deber, y en compañía de los »buenos Príncipes.» No le fué más á Renard posible, iji de veras lo pretendió acaso, replicar al Legado. Dirigióle, pues, tan solo alguna que otra palabra dulce, como en súplica de que no emplea- se tamaña acritud , donde había hallado amistad y buena inteli- gencia únicamente, mientras que gritaba desesperado el Cardenal, repitiendo una vez y otra , que era verdad que se les amenazaba con saquear á Roma ; quejándose con amargura de los aprestos de guerra que se hacían en Nápoles'^y en los Estados del Duque de Florencia, aliado de España ; calificando siempre al Papa de Prín- cipe, y dando señales clarísimas de estar ya dominado de la ira por entero. Poco á poco fué ad virtiendo al fin, que contemj)laban los asistentes con burlona gravedad su cólera , y comenzó algo á re- frenarla ; pero no sin añadir , fuera de tono todavía , que él ejercía todo el gobierno bajo el señorío del Papa , por lo cual le impor- taba tornar pronto á Roma ; y que no tenía la menor obligación de dar otras explicaciones de su viaje á los Embajadores, tanto más cuanto que , aun el haberlos reunido para despedirse de ellos, antes que deber , había sido de su parte una mera cortesía.

Disuelta por tal y tan ruda manera aquella reunión extraña , y conseguido realmente el fin de reanudar la suspendida alianza con los franceses , preparóse en resolución el Cardenal á volver á Roma. Antes de partir supo ya la prisión de Garcilaso y de Taxis, y la detención de la correspondencia de los Ministros españoles en


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Roma, lo cual precipitó más aun su viaje: recogiendo á su paso por Córcega algunos cuerpos de soldados franceses, que habian de for- mar parte de los que, en virtud de los nuevos conciertos, facilitaba el Rey de Francia para reforzar el ejército pontificio. Con Carrafa tornó también á Roma el Cardenal de Pisa, legado aparente al Monarca católico: cuya misión fué revocada seguidamente por el Papa, alegando, según Palla vicino, tener entendido, que el Rey Felipe trataba de ponerle preso, en represalia de la detención de Garcilaso. Ni es imposible que se fun,dara tal sospecha , en haber llegado á su conocimiento el mal consejo, que respecto del mismo Carrafa , habia dado el Embajador Renard á aquel Principe : por- que todo solia saberse reciprocamente en ambas Cortes , sin duda por la falsa y doble posición de muchas de las personas que inter- venían en los negocios , y que á semejanza del Cardenal de Burgos, si fuese cierto lo que con otra ocasión de él se dijo, carecían de va- lor bastante para dejar de servir á ninguna de las dos supremas potestades contendientes.

Aquella prisión de Garcilaso y de Taxis, de que queda hecha mención en el párrafo precedente , puede con verdad decirse que fué la gota que hizo rebosar y derramar un vaso , lleno ya de tan- tos agravios mutuos , y recíprocas quejas. El caso sucedió al decir de Palla vicino y de Norés , como sigue. Solia pasar por Terracina un correo que el Marqués de Sarria, como Embajador, y Garcilaso, y los demás Ministros imperiales y españoles en Roma , mandaban desde allí á Ñapóles con su correspondencia. Observó cierto dia el Gobernador de aquella plaza , que el hombre , que conducia el cor- reo, iba á pié , y sin hacer ruido alguno, cual si quisiera pasar des- conocido: lo cual bastó para traer á su mente la sospecha, de que anduviese de aquel modo , por maj^'or seguridad de los despachos que llevaba consigo. Esto á lo menos corrió entonces; pero no es imposible que se obrase en todo con órdenes superiores. Lo cierto es, de cualquier modo, que el correo fué detenido y registrado, apoderándose el Gobernador de un gran paquete de cartas que llevaba , con sobre al Duque de Alba, el cual mandó incontinenti á Roma. Ordenó alli el Papa que se abriese el pliego, y en él se hallaron diversas cartas de Sarria y de los demás Ministros; y una especialmente, escrita en cifra, por Garcilaso al de Alba. Cuanto más profunda y oscura parecía la cifra , tanto mayor deseo y curiosidad debia en- cender, y encendió, en el ánimo del Pontífice, de descubrir su con


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tenido. Para lograrlo púsose preso el 7. de Julio, pocos dias después de la detención de la correspondencia al Correo mayor del Em- perador y del Rey de España en Roma, Juan Antonio de Taxis; y, habiendo ido á quejarse al Papa mismo el Marqués de Sarria de se- mejante afrenta , fué también preso durante la audiencia, y dentro de las pontificias estancias, el Ministro Garcilaso, que formaba parte del séquito del Embajador, llevándole por el antes referido pasa- dizo al castillo de Sant-Ang-elo. Inútiles fueron las reclamaciones del de Sarria que quiso ver de nuevo, y no pudo ya al Papa, cuando supo el caso, al salir de la audiencia. No sin trabajo al fin llegó á descifrarse el despacho de Garcilaso, motivo principal de una resolución tan violenta; mas no se halló en él de g-rave sino la prueba de la connivencia del capitán romano Ascanio de la Cor- nia con los españoles ; y aunque el Papa ofreció presentarlo en el Consistorio que reunió para dar cuenta del suceso (1), seg'un apuntó á 11 de Julio el autor de un Diario contemporáneo ya citado, no lo creyó al parecer digno de tanto. Peor fué que entre los documen- tos interceptados se hallase un memorial de Taxis á Garcilaso, en el cual solicitaba que se le nombrase comisario de vituallas, ó provi- siones, del ejército español en la Campaña, y lugares maritimos de Roma: porque puesto el primero á tormento repetidamente, declaró, según resulta de dos relaciones manuscritas , que poseo yo en un tomo de Papeles varios , punto por punto lo siguiente:

1." Que hablando á solas con Garcilaso sobre la guerra, este le dijo, que la referida comisión de vituallas le seria muy conveniente , sobre todo porque obtendría también con ella el arrendamiento de la Abadía de Pi- perno; j que le habia prometido el mismo escribir en su favor sobre este asunto al duque de Alba, asegurándole más tarde que asilo habia hecho.

2." Que habia hablado otras muchas veces con dicho Garcilaso acerca de la vuelta á Ñapóles del Sr . Marco Antonio Colonna , acompañado del Maestre de campo Bernardo de Aldana, diciéndole aquel, que el Colonna habia de ser repuesto en su Estado , y que con este objeto se rompería la guerra; y, añadiéndole, que el Duque de Alba habia anunciado tener pron- tos para ella hasta 600.000 escudos, de los que daba 300.000 la Reina de Polonia, y los restantes se tomaban á mercaderes de Ñapóles.

3.° Que el mismo Garcilaso le dijo también que , una vez tomadas Ter-

(1) Sumviarii delle cose notahili successe dal principio daprile 1556, átutto qiugno 1557. En nuestros Nobiliarios, y papeles se escribe Tassis el apellido de esta familia. — De ella procedia el famoso Conde de Villamediana, y á este mismo Juan Antonio se le hizo luego en España Marqués de Paul.


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racina , Pipemo , Velletri j toda la Marittima , seria necesario dejar de guarnición en ellas 1.000 soldados, por cu jo abastecedor quedaria el de- clarante.

4." Que le habia aquel anunciado igualmente , que varia entrar en bre- ve un ejército per Campagua; j que al mismo tiempo llegarian también á Nettuno las galeras del Emperador , que para el dia lO de dicbo mes de Julio , debían partir de Ñapóles , donde ja se hallaban.

5.° Que le habia participado el mismo además, que por el Abruzzo ven- drían 7.000 infantes, los cuales llegarían hasta la Marittima, siendo hasta 12.000 hombres los que avanzarían juntos hacia las puertas de Roma.

6.° Que por el propio Garcilaso supo asimismo que el Duque de Alba le habia escrito á él j á otros de los Ministros españoles , mandándoles que saliesen ja inmediatamente de Roma, (sobre lo cual le enseñó el Gar- cilaso carta cifrada) ; diciéndole, que se habia avisado á la par al Duque de Florencia j al Cardenal de Burgos en Siena , donde era Gobernador á la sazón , para que estuviesen apercibidos.

7." Que la vuelta de Colonna de Venecia, donde había ido á intrigar contra el Papa, á Ñapóles, ja estaba realizada.

8.° Que el Maestre de campo que acompañaba al Colonna, era, con efecto, Aldana.

9.° Que, no solo Garcilaso, sino también el licenciado Briceño, le ha- bían prometido al declarante, que le harían Comisario de vituallas en Ter- racína , Velletri j Piperno , cuando los imperiales se apoderasen de dichos lugares j tierras.

10. Que las galeras que debían partir de Ñapóles el dia 10, eran 35 ó 40.

11. Que entre las fuerzas que debían venir hasta Roma, habría hasta 1.500 caballos ligeros j 300 hombres de armas.

12. Que las personas á quienes habia escrito el Duque de Alba para que saliesen de Roma, del mejor modo que pudieran, eran, además de Gar- cilaso, el ja citado licenciado Briceño, el Cardenal di S. Giacomo, ó de Santiago , j el Marqués , Embajador de S. M. ; pero que este no quería dejarla ciudad, hasta tanto que no se consumase el rompimiento.

13. Que sabia que el Duque de Alba les habia mandado á decir tam- bién á todos ellos verbalmente , por medio de cierto caballero , que no se podía ja menos de romper con Su Santidad.

14. Que, asi Garcilaso como el licenciado, le aseguraron que las tropas que traían las galeras tomarían á Nettuno , Piperno , Terracina j Velletri , j recorrerían la Marittima.

15 j último. Que las tropas vendrían inmediatamente mandadas por Colonna j Aldana.

Declaró, á la par, contra Garcilaso un cierto B'ipólito Ca^ilupi


444 ROMA Y ESPAÑA

de quien habla igualmente una de mis relaciones manuscritas , el cual dijo: «que habia tenido con aquel idénticas conversaciones »que Taxis , y que en ellas Garcilaso le habia dicho además, que »tenia por empresa fácil el asalto de Roma , á causa de ser las fuer- »zas del Emperador muy superiores á las de Su Santidad , y no »poder socorrerle el Rey de Francia con la necesaria presteza.»

Corrían, pues, no hay que dudarlo, paralelamente las cosas: se- cretamente , aunque no ignorándolo el Rey Felipe , trataba el go- bierno pontificio con Francia para atacar los dominios españoles en Italia : secretamente asimismo , aunque tampoco lo ignorase el Pa- dre Santo , preparaba el Duque de Alba , de acuerdo con los demás Ministros españoles en aquella Península , cuanto necesitaba para invadir en regla el Estado eclesiástico. Ambas partes estaban des- cubiertas de todo punto , y una y otra procuraban disimular , no obstante todavía. Pero en el ínterin de los dos lados se estaba dis~ puesto á luchar á todo trance. Sabido es ya hasta dónde imagina- ron llegar, luego, en España algunos: hasta dónde se extendieron las peligrosas materias puestas á discusión por el Rey mismo : con qué osadía llegaron á disponerse entre nosotros las armas tempora- les y aun las espirituales. Conviene ahora saber que en Roma, no bien se supo, á mediados de Julio, que la misión del Cardenal Car- rafa á Francia habia alcanzado buen éxito , y que Enrique II rom- pería con cualquier pretexto la jurada tregua, en cuanto estuviese preparado para la guerra , se procedió ya también con suma reso- lución contra la corona de España. La sorpresa de la correspon- dencia, y las declaraciones de Taxis, vencieron los últimos escrúpu- los del Papa en este punto: vio patente entonces que era cosa acordada en el Consejo de Flandes y Ñapóles la guerra, y se decidió á afrontar ya todos sus riesgos, yá emplear todo su poder en ella.

IV.

A 27 de Julio de 1556 convocó Paulo IV, por lo mismo, un Consis- torio secreto en la sala llamada de Constantino en el Vaticano, del que hace puntual relación , un curiosísimo documento que se halla cual otros copiado , entre los manuscritos de la Biblioteca Nacio- nal (1). Ya Pedro Norés conoció y extractó este papel, cuyo título es

(1) MSS. delaB.N.-E. 103, páginas li4á 121. Este documento está impreso.


k. MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 445

«Protesta del Fiscal de Roma contra el Emperador Carlos Vy el Rey Felipe su hijo, hecJia en presencia de Paulo IV.» Redactóle el abog-ado fiscal de la Santa Sede, Silvestre Aldobrandini , á lo que relata una carta de la época, y por el mal latín en que se halla, no acredita á su autor de gran humanista. Pero es preciso , con todo eso, examinar por extenso sus cláusulas , para dar razón cumplida de su importancia , y sobre todo de la solemnidad que relata.

Halláronse presentes en aquel Consistorio los Cardenales de Be- llay, Carpi, d'Armagnac, Pacheco, Médici, Saraseno, Bertano, Mig-nanello, Scoto , Diómedes Carrafa , Capisucco , Peto , Juan Bau- tista Romano, Savelli, Inocencio de Monte, Sermonetta, Sforza, Simoncello, Roberto de Monte-Pulciano , y Cornaro. En concepto de testigos rogados estaban allí también los clérigos del Sacro Co- legio D. Francisco Bini y Juan Lesaurt; con los notarios del Sacro Colegio y Cámara Apostólica. Introducidos luego en el salón el Procurador Fiscal de la Santa Sede , Alejandro Pallentieri , y el Abogado del Sacro Consistorio y de la Cámara Apostólica, Silvestre Aldobrandini (1), pusiéronse de rodillas, y descubiertas las cabe- zas ante aquel gravísimo y sagrado Tribunal ; y, á petición del Fis- cal , y previa la venia del Papa , leyó el Abogado referido con clara y lenta voz una protesta escrita en papiro , la cual contenia cuanto sigue en sustancia. Comenzaban los fiscales por exponer que, to- cándoles la custodia de los derechos del Fisco y de la Cámara Apostólica , para que no se echase de menos diligencia alguna en el cumplimiento de tal oficio , ni se sospechase de la fidelidad de los que le ejercían, por no practicar en las cosas notorias y gran- des , lo que solían en las de poco momento , tenían ya de antemano comunicados al Santo Padre los perspicuos indicios, por ellos reco- gidos, de «una conjuración tramada por ciertos hijos de iniquidad »contra los lugares y señorío eclesiásticos , ó lo que era lo mismo »contra la majestad del Padre Santo.» Proseguían diciendo que por continuar las cosas adelante , parecíales llegado el momento de pro- testar pública y solemnemente acerca de ello en Sacro Consistorio, «á fin de que fuera recibida tal protesta por el Vicecanciller apostó- »líco , y se mandase conservar y registrar ad perpetuam rei memo- »riam.» No á otra causa que á su propia diligencia, y á la del Reve-

(1) Según la Relación de Lunadoro, ya citada el A bogado fiscal represen- taba siempre al fisco injure, y al Procurador fiscal le tocaba sostener en todos los casos las cuestiones de Jiecho. Pág. 45 de la obra y edición referida.


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rendo Gobernador de Roma , decia Pallentieri que era debido el descubrimiento de aquella conjuración tenebrosa; y aun que estu- viese probada ya á aquella hora, no por indicios sólo, sino por cartas y confesión de algunos. Constaba, pues, indubitablemente para ellos , que el foco de la conspiración estaba en Ñapóles , reino que tocaba y pertenecía por directo dominio á la Sede Apostólica, y que aparecía por su autor el Virey lug-arteniente de España en Italia; bien que el autor verdadero no fuese otro que el Rey D. Fe- lipe II. Sabian, del propio modo, que el intento de los conspirado- res no era ya solo despojar al ilustrísimo Juan Carrafa, Duque de Palliano, al presente, de sus lugares y castillos, que mediatamente pertenecían también á la Sede Apostólica , sino ocupar y tiranizar de consuno la propia ciudad de Roma , y todo el señorío eclesiás- tico. Por vano empeño tenia el Ministerio fiscal romano el de negar la participación en tan punibles hechos del Rsy Felipe , y hasta del propio Emperador su padre , declarando desde lueg-o toda ex- cusa de ignorancia afectada, íing'ida, y dolosa: porque, aparte de otras cosas que no le parecía prudente divulgar todavía , plena- mente demostraban á su juicio lo contrario , la publicidad con que en Ñapóles se reunían soldados y armas, la calidad de la empresa, los notables y grandes gastos que exigía , y que hablan ya debido hacerse en los conatos de recobrar á Paliano, durante el breve in- tervalo trascurrido desde que se pronunció la sentencia de confis- cación contra los Colonnas ; las acciones todas , en suma , de los Mi- nistros del Emperador y Rey , que eran públicas , y en un todo semejantes á las que en las demás ocasiones de guerra acostum- braban. Reputaba todo esto el documento que examino contra- rio, entre otras cosas, al juramento de fidelidad prestado á Julio III, y al mismo Pontífice Paulo VI por el Rey Felipe , en el mero hecho de haber recibido la investidura del reino de Ñapóles; dado que ella bastaba para sujetar los Reyes de España á la Santa Sede, por razón de feudo. Dábanse por desobedecidos de parte del Rey Felipe, asimismo, los decretos, monitorios, inhibiciones, y preceptos con- tenidos en la sentencia condenatoria, pronunciada por la Santa Sede contra los titulados hijos de iniquidad, Ascanio y Marco An- tonio Colonna, reos de lesa Magestad Pontiñcia; y á quienes jus- tísimamente se suponía impuesta la pena de privación y caducidad de todos sus derechos y bienes. Probaba esta desobediencia para ellos el hecho notorio de haber sido los tales reos favorablemente recibí-


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dos en el vecino reino , donde el Virey por encargo del Emperador y del Rey su hijo , les estaba facilitando dinero , armas , soldados, capitanes , cuanto necesitaban en fin , para oponerse por la fuerza, al debido y entero cumplimiento de las antedichas sentencias. Por tanto, el Procurador fiscal Pallentieri protestaba solemnemente, desde entonces , « contra todos los sabidores , cómplices , fautores y »consultores manifiestos ú ocultos de conjuración semejante; pi- »diendo contra ellos , cualquiera que fuese su categoria , y aunque y>gozasen de la real ó imperial, las penas de excomunión mayor y »caducidad de dominio , en que ipso facto estaban incursos : que se »pusiese entredicho en todas las ciudades y lugares , en que se al- »bergase cualquiera de los reos referidos , conminando con iguales »penas á los Metropolitanos , Obispos , dignidades de las catedrales »y Justicias reales , que no prestasen obediencia á tales censuras y «mandatos pontificios : que se declarasen confiscados, ó devueltos á »la Santa Sede, todos los bienes de los criminales, aunque los que «poseyesen fuesen reinos ó imperios , anulando además todas las «gracias, privilegios é indultos concedidos tanto á ellos como á »sus predecesores , por los romanos Pontífices : que se absolviese y «librase del juramento de fidelidad á los vasallos y subditos del «Emperador y Rey culpables , condenando y sujetando d estos mis- >'>mos á las penas capitales de muerte natural, % otras al arbitrio y>del Santo Padre; para la ejecución de todo lo cual, solicitaban «los fiscales que se diese comisión á alg*unos Cardenales, los cuales, «formando el sumario, y siguiendo por todos los debidos trámites la «causa , la sometiesen al fallo definitivo del Consistorio allí reu- «nido. » Leido este singalar documento por Aldobrandini , y con- firmado por Pallentieri , fué aceptado y admitido por el Papa con la acostumbrada cláusula de iSic et i?i quantum ; declarando que, acerca de la ejecución de lo contenido en ella , consultarla más par- ticularmente con los Cardenales , y resolverla con madura delibe- ración: y disponiendo, entre tanto, que se redujese aquel acto so- lemne á instrumento público , que se registrase , y que sacaran de él los notarios distintos traslados , á fin de hacer válida y perpetua su memoria.

Estando entre los presentes , como se ha visto , Guido Ascanio Sforza, conocido por el Cardenal de Santa Flor, que ejercía el oficio de Camarlengo, como es sabido, y D. Pedro Pacheco, Obispo de Sigüenza y Virey que acababa de ser de Ñapóles , ambos acérrimos


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partidarios de España, con alg-unos otros del propio partido, tu- vieron , como era natural , conocimiento inmediato de la protesta, ó mas bien acusación fiscal de que hablo , lo mismo el Rey Felipe que el Duque de Alba. Asi fué, que este último se hizo ya, cual se sabe , cargo de ella, á los veintiséis dias de leida en Consistorio; en el ultimátum que con fecha 21 de Agosto de 1556, dirigió al Papa , tachándola de injusta , inicua y temeraria : mientras el Rey por su parte meditaba las disposiciones que tomó al cabo en 28 de Abril del año siguiente , para impedir la entrada en sus reinos de cualesquiera letras de Su Santidad , en que se contuviese el todo ó parte de la sentencia contra él requerida, en la ocasión y forma que se acaba de ver , por el Procurador y el Abogado fiscal de la Santa Sede.

Quedó abierto de allí adelante, bien que se procediese con lentitud suma, el proceso de los dos Príncipes españoles: porque es de notar que , aunque hubiese cesado de reinar Carlos V, desde principios de aquel año, en 27 de Julio de 1556, le comprendió aún el fiscal ro- mano en su protesta ó acusación; y continuó figurando, como reo, en los procedimientos sucesivos. Nada tendría esto ya de raro si el reino de Ñapóles hubiera formado parte entonces del imperio de Ale- mania : atento que el Papa no habia reconocido todavía , ni llegó á reconocer en vida de Carlos V, la validez de su renuncia á la Corona imperial; sosteniendo gue aquel Príncipe debia exponer ante su autoridad los motivos que le movían á poner por obra semejante propósito , para que él pudiese aprobarle , si los hallaba fundados, y reputando , mientras esta solemnidad no tuviese efecto , por nula y de ningún valor la renuncia. Llevó Paulo IV esta idea hasta tal punto , que , muerto ya el gran Carlos , no hablaba de aquel suceso oficialmente sino diciendo , que lo que habia llegado de él á sus oídos, solo era rumor em qitendam, aut vagamfamam', y que en un Consistorio celebrado , á poco de acabar sus dias el vencedor de Mhulberg, declaró , al conmemorar su pérdida en palabras solem- nes : per obitum ipsius Caroli vacasse Imperium, non autem per resignationem (1). La verdad es, sin embargo, que Carlos V ni como Emperador, ni como Rey de España, tenia que ver en las cosas de Ñapóles mucho tiempo había , supuesto que aquel reino se lo cedió á su hijo D. Felipe, al contraer matrimonio con la

(1) Norés. Libro IV, pág. 251.


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Reina María: por lo cual fué este último llamado bastante tiempo, en Roma misma, Rey de Inglaterra y de Ñapóles (1). Sabido es, por otra parte , que el solitario de Yuste no pasó nunca por buen católico en Roma , según se vé en el juicio de Norés claramente, y que en particular Paulo IV le habia calificado en más de una ocasión de hereje ó cismático ; pero en la protesta de los fiscales no se trataba de su vida en general , sino de su supuesta é imposi- ble participación en las conspiraciones de Ñapóles. No puede esto, pues , satisfactoriamente explicarse , sino admitiendo , que lo que Paulo IV queria castigar en Carlos V, era el constante inñujo que ejercía desde Yuste , en todas las resoluciones del Rey su hijo.

Hasta Febrero de 1557, según refiere Pedro Norés (2), no consti- tuyó con todo eso, el Papa , después de muchas y largas delibera- ciones, el tribunal que habia de entender en el regio proceso. De la clase de Cardenales fué para este nombrado el de Pisa , Scipion Rebiba, siciliano y Obispo de Motóla en el reino de Ñapóles ; de la de Arzobispos Aníbal Bazzuto, napolitano , que lo era de Aviñon; de la de Obispos Beroaldo , que tenia la mitra de Telesia: como Pro- tonotario formó también parte de ellos Guillermo Sirleto, natural de Calabria; y Bartolomé Camerario, hijo de Benavento entró allí por Comisario y Consejero del Papa: designándose además para Secretarios dos clérigos de Cámara llamados Florebello y Masa- relio. Todos los sobredichos y el Fiscal comenzaron á ejercer al punto su oficio, por tal manera, que, habiendo sido nombrados el 14 de Febrero, celebraron ya su primera sesión el 15 en casa del Car- denal Presidente, como si quisieran recobrar el tiempo perdido. Desde esta fecha, hasta que en 8 de Setiembre siguiente dio ins- trucciones el Papa al Cardenal Carrafa para ajustar paces con el Duque de Alba , debió de continuar penosamente este proceso : qui- zá porque, según cuentan Alejandro Andrea y Luis de Cabrera,

(1) Antonio de Herrera, Comentario de los hechos de los españoles, franceses y alemanes en Italia, desde 1281 á 1559. Madrid 1624, pág. 433, dice lo si guiente : ndióle este título de Rey de Ñapóles el Emperador á su hijo, porque „no quiso, que la Reina casase con Príncipe de menor dignidad que ella. El ..privilegio del título le llevó el Regente Figueroa, y luego fué á tomar pose- „sion del reino de Ñapóles por su Magestad D. Felipe, el Marqués de Pes- ncara." Por esto mismo cuenta que reinó en Ñapóles Domenico Parrino, cua- renta y cuatro años, es decir, desde 1555 á 1598.

(2) Storia de la guerra de Paulo IV contra gli Spagnoli. Libro III, pági- na 172. Florencia, 1847.

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«retuvo con eficaces razones y alegaciones la pronunciación de la »sentencia,» el mismo Comisario del Papa en el tribunal, Bartolo- mé Carnerario de Benavento ; hombre muy docto en materia de feudos, y que liabia administrado mucho tiempo el patrimonio real en Ñapóles, de donde por ciertos delitos se hallaba huido : lo cual mostraria que nada se adelantó con componer el tribunal casi ente- ramente de napolitanos , ó descontentos ó enemig-os de la corona de España. Mantúvose oculto el fallo que sobre lo de Ñapóles al me- nos recayó al fin á lo que dicen ; pero no por eso dejó de anticiparse su ejecución en aquella parte: siendo idéntica la conducta del Papa y del Rey Felipe , en esto de adelantar el empleo de las ar- mas á las resoluciones legales, que al propio tiempo promovían y solicitaban para justificarlo. Que algo hubo de sentencia clara- mente lo dice Cabrera (1), y lo afirman Alejandro Andrea, Pedro Giannone , Paulo Sarpi y otros escritores ; pero no hallo que diga tal Palla vi ciño , aunque lo afirme alguno. La razón principal, que Cabrera y los demás suponen alegada, para declarar caducado el dominio del Rey Felipe en el reino de Ñapóles, era, aparte de la de su inobediencia , que hacia algunos años que no habia pagado el tributo anual , por lo cual debia volver el feudo á su director dueño; y lo que yo encuentro á este propósito en Palla vicino es que, estando en el campo, sobre Roma, en Junio de 1557, envió el Duque de Alba á ofrecer al Papa , por medio del Cardenal de Santiago su tio, que hasta aquel año mismo, y estando como es- taban las cosas , satisfaría el tributo si se prestaba á recibirlo la Santa Sede : cosa desechada después de madura deliberación por el Sacro Colegio, juzgando ridículo que en cualquier manera fuese reconocido por feudatario, quien ocupaba á mano armada las tierras del soberano, y era por este ya tratado cual rebelde (2). Sea como quiera, el texto de la tal sentencia no ha sido visto por ninguno de los autores que la dan por cierta , ni se ha publi- cado la menor frase de ella jamás: siendo también muy digno de tenerse en cuenta, que un historiador tan bien enterado como Pedro Norés , y que escribió tan de propósito sobre estas cosas , no la mencione siquiera. Todo esto me hace á mí dudar que llegara á pronunciarse sentencia definitiva y completa. Lo que consta es, por texto expreso de Pallavicino , que el dia de Jueves Santo de

(1) D. Felipe II, Libro II, Cap. V.

(2) Historia del Concilio. Libro XIV, Cap. III.


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1557, al hacerse la acostumbrada lectura de la bula In Ccena Domi- ni , fueron especialmente excomulgados por el Papa, «los que ocu- »paban á la sazón, por fuerza de armas sus tierras, en la campaña »de Roma y sas costas, ó sea la provincia llamada Marítima, hasta »los más eminentes de ellos en dignidad, aunque esta fuese la Im- y>perial, con todos sus consejeros, fautores y adictos:» para lo cual tuvo que añadir, ex profeso, estas palabras en el cap. 20 de la citada bula, que trata sólo en general de los que detentan cada uno de los lugares pontificios que consigna nominalmente (1). Consta también por el propio Pallavicino, que al celebrar en la capilla Sixtina, la 3Iisa papal de Viernes Santo, suprimió Paulo ÍV aquel año la acostumbrada oración por el Emperador. Fueron, pues, espiritualmente condenados los Monarcas españoles D. Car- los y D. Felipe, á la par que sus Ministros y generales, ya que no pueda afirmarse de seguro, que toda la terrible sentencia temporal que los amenazaba , llegase á pesar sobre ellos.

V.

Mas entre tanto, el Duque de Alba, dispuesto ya á abrir la cam- paña por su parte , que era lo único que aguardaba para obrar, di- rigió , en los últimos dias de Julio, las primeras reclamaciones ofi- ciales á Paulo IV, por medio de Julio de la Tolfa, Conde de San Valentino. Recibió á este con cortesía el Pontífice , y envió luego de su parte á Ñapóles á Domi'igo del Ñero, so color de entenderse aún con el Duque de Alba, y arreglar los asuntos pendientes. Las instrucciones que llevó Ñero tienen la fecha de 1 1 de Agosto de 1556, y ni ellas, ni la misión misma, podian ser ya más que un ex- pediente , para ganar algún tiempo todavía. Merece atención , sin embargo, tal documento, porque fué el que precedió al célebre ultimattim del Duque de x-ilba, de que di amplia noticia en el pre- cedente artículo ; y así como este postrero encierra los hechos que movieron al Duque á tomar las armas, resume y contiene aquel otro los que públicamente alegaba el Sumo Pontífice, por su parte, en el momento preciso de ir á empuñarlas también en su defensa. Sagaz- mente aconsejaba Su Santidad al Duque, que diese él alguna mues-

(1) Historia de la Bula In Ccena Domini,. de D. Juan Luis López, Mar- qués del Kisco. Madrid, 1768.


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tra de los buenos deseosde paz, que aparentaba, deponiendo luego las armas, dado que estaba cierto de no haber dado por si causa de usto recelo, ni al Emperador, ni al Rey, ni á sus respectivos Mi- nistros: citaba después diversos hechos para probar, que era la Santa Sede quien habia tenido siempre mayor deseo de paz y quie- tud ; y anadia que todos los dias suplicaba aún ó hacia suplicar á Dios , que le concediese, á la par con el reposo, la conservación de la dignidad y autoridad de la Santa Silla: las cuales no podia abandonar, ni sufrir que la violase ó disminuyese alguno , por ha- berlas recibido de su Divina Majestad en custodia. Entrando, tras esto, en materia afirmaba, que los Ministros y servidores del Rey de España no hablan sido hasta allí tratados mal , sino antes bien con clemente justicia: que no debia llamarse ofensa al haber pro- hibido tener en Roma especial correo ó maestro de postas el Rey católico ; « supuesto que Su Santidad que , como Vicario de Dios »en la tierra , tenia de él potestad sobre todas las provincias y to- »dos los reinos, no habia querido establecerlos por modestia en »parte alguna:» y terminaba diciendo en suma, «que bien que á un »Papa no le correspondiera justificarse, sino ante la Majestad Divi- »na solamente, todavía quería dar por mera benignidad suya aque- »llas explicaciones , y con el fin también de desvanecer erradas ó »falsa3 opiniones ; advirtiéndole al Duque , que más de una vez ha- »bia ya manifestado, que los dichos Emperador y Rey tenían jus- »tos resentimientos contra su sagrada persona , y que el Sumo Pon- »tífice esperaba que en adelante hablarían y obrarían todos con la «referencia que les convenía, como subditos que eran de su potes- »tad y de la Santa Sede , so pena de que , obrando de otro modo, » tomase Dios á su cargo el demostrarles , con el éxito infeliz de »sus reclamaciones , cuan poca razón les asistiese en ellas.» Supone el editor de Norés , Luciano Scarabelli , fundándose en la frase noi altri nipoti , que en este documento se halla , que debió ser redac- tado por el Cardenal Carrafa ; mas consta por el texto mismo de Norés que aquel dio á luz , que en 4 de Agosto , siete dias antes de la fecha de aquel documento , expidió un correo el Papa á su so- brino en París , participándole ya que el Marqués de Sarria , Em- bajador español , habia pedido al fin permiso para partir, y partido de Roma; y enviándole con este motivo nuevas cartas para el Rey de Francia, que entregó él á este en sus propias manos. Eviden- te es que en aquellos solo siete dias. no pudo tener lugar la ida


Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 453

del correo de Roma á París con las letras pontificias, la entrega solemne que de ellas hizo el Cardenal , y la vuelta á Roma de este, para redactar aquí las instrucciones confiadas á Ñero; y Norés pro- pio señala , además , la vuelta del Cardenal á Roma , por los dias en que estaba ya conmovida la ciudad, á causa de la entrada del ejército español en el territorio pontificio , que no fué sino en los primeros dias de Setiembre: todo lo cual concuerda con la ver- sión de Pallavicino , que fija el retorno del Cardenal en los últimos dias de aquel mes mismo. Preciso seria suponer , de consiguien- te , que el documento antes citado lo remitiese aquel desde París, para darle por suyo ; y no hubo tampoco lugar bastante para eso en los dias trascurridos , porque el Conde de San Valentino no re- cibió sus instrucciones hasta 23 de Julio, ni debió dar cuenta de ellas en Roma hasta el último dia del propio mes ó primero del si- guiente. Parece, pues, lo probable que el sobrino de que allí se trataba fuese el Conde deMontorio, hermano mayor del Cardenal, y nombrado ya meses antes General di Sania Chiesa, ó sea Capitán general del ejército del Papa: el cual , en las ausencias de su her- mano, hacia en parte sus veces. Fué siempre acusado este Conde de Montorio de subdito fiel del Rey de España por otros de los in- dividuos de su familia; y aunque siguió al fin , como no podia me- nos , el partido de su tio y de su hermano el Cardenal , quizá pueda explicarse, por su interina intervención en este asunto, el tono ge- neral de las instrucciones que se acaban de examinar: mucho más moderado y pacífico que solia ser el de los despachos , que á la sa- zón salían de la Secretaría pontificia , cuando se trataba de cosas del Imperio ó de España (1).

Dejo ya ahora para el artículo último, el hacerme cargo de los varios accidentes y efectos de la guerra que estalló seguidamente, y en la cual no tomaron parte los franceses , sin embargo, hasta los primeros dias del año 57: rompiendo entonces con grandes fuerzas,

(1) Confiábase algún tanto por los Ministros españoles en esta afección de^ Conde de Montorio y nuevo Duque de PaUano, al Rey D. Felipe, de quien era subdito ; y así es que el Duque de Alba le escribió desde Ñapóles antes de dar otra paso alguno, encargándole que moderase los ímpetus de su tio y de su hermano, y que evitase por este medio la guerra. Dícelo, entre otros, Do- menico Antonio Parrino, Teatro eroico e político de'governi deviceré, etc. To- mo I, pagina 215: el cual tomó esto de Juan Antonio Summonte, que tara- bien lo dice, sin duda.


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sin que de nuestra parte se les hubiese dado motivo alguno , la tregua de Vaucelles, de conformidad con lo que entre el Rey Enri- que y el Cardenal Carrafa se habia de nuevo pactado. Para igual ocasión reservo el juicio de los hechos concretos que he ido hasta ahora relatando, y el de sus causas ; y el examen , por último, de sus consecuencias finales. No seria oportuno, con todo eso, dejar hoy ya de la mano las negociaciones y tratos de la corte de Roma, durante aquel periodo memorable , sin derramar cuanta luz me sea posible, sobre el estado de ánimo en que, desde el comienzo, se hallaban los principales personajes, que intervinieron en ellas y ellos. Al exponer los hechos que tuvieron lugar en España por entonces , no fué preciso que me extendiera tanto en dar á conocer á muchos de los que los concibieron ó ejecutaron , por ser sobrado conocidos de todos ; pero respecto de los que lo eran menos procuré dar ya también suficiente noticia. Del espíritu que paralelamente animaba á Paulo IV, y del que movia á sus sobrinos , y en especial al Cardenal, algo trataban ya los documentos españoles, que en sus- tancia fueron expuestos en el primer articulo. Pero era más intere- sante , con mucho , el conocer lo que acerca de ello enseñan los es- critos y las conversaciones mismas de los personajes de que se habla; y eso he procurado hasta aqui en el presente articulo- En qué se diferenciaban las miras del Papa de las de su primer Ministro ; en qué eran diversos los caracteres y condiciones del tio y del sobrino; hasta qué punto opinaban ó sentían una cosa misma, acerca de los negocios en que entendían ambos , paréceme que puede ya bastante colegirse de lo que va expuesto. Pero queda por hacer algo más: y es comparar , con los datos que de sí arrojan los documentos y los hechos, las impresiones y juicios de persona que asistiese á estos últimos, como testigos de vista, y que conociera de cerca á los sujetos insignes que escribieron ó firmaron aquellos. De esta confrontación de juicios , los unos deducidos de confidencias ínti- mas , los otros de noticias contemporáneas, habrá de resultar nece- sariamente que resplandezca al fin la verdad por entero.

VI

No hay para qué elogiar con esta ocasión las Relaciones de los Embajadores vénetos al Senado de aquella República, de las cua- les los historiadores de Andrea y Pallavicino se valieron ya larga-


Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 455

mente en sus libros, con el propio intento que voy yo á exami- narlas ahora. Dos de estos documentos hay, que más especialmente que los demás, tocan en las diferencias que trato. Es uno, la de Federico Badoero , que fué Embajador de la señoria cerca del Em- perador y de su hijo, desde 1554 hasta 1557: es decir, durante el periodo preciso en que pueden ser útiles sus noticias para mi in- tento. Oyó ya, por ejemplo, de los propios labios del Principe de Eboli, Badoero, cuanto deseo tuviera el Rey Felipe de ha- cer las paces con Su -Santidad , porque cada dia hallaba aquel más extraña su situación en la Iglesia y con la Iglesia ; y da razón, al propio tiempo , de los motivos, naturalmente desfavo- rables al Papa, que se atribuian en los circuios de Madrid á todas las operaciones de este. Nadie dará aqui sobrado crédito á las mur- muraciones que Badoero refiere; pero es bueno saber que según ellas el odio del Papa á los españoles , calificado de estos de inmor- tal, dependía exclusivamente de agravios personales, como el Car- denal Carrafa tuvo el mal gusto de alegar en sus propios despachos. Lo único singular que por Madrid corria á este propósito, á lo que el Embajador dice , era, que llegó á tanto la soberbia de Pau- lo IV, desde que se vio Cardenal, que quiso en cierta ocasión poner su firma en un documento, por encima del lugar donde debia alli mismo escribir su nombre el Rey Felipe ; alegando que los Car- denales tenian categoría de Reyes , y que ocupando él ya el puesto de decano del Sacro Colegio, valia más que un Rey cualquiera, so- bre todo si no tenia Estados propios : como á lo que parece no pen- saba él que los tuviese D. Felipe, hasta después de la abdicación de su padre (1), no obstante la renuncia que en él precisamente se hizo del reino de Ñapóles. Pero lo que ofrece verdadera y notoria importancia en la materia , es la Relación de la embajada en Roma de Bernardo Navajero, que duró desde 1555 hasta 1558, y fué ya fielmente extractada por Alejandro Andrea en la Guerra de la cam- paña de Roma. Justo es advertir que algunos , y entre otros el mis- il) Le Relazioni degli Amhasziatori Veneti de Eugenio Alhéri. — Serie 1.* tom. III. Florencia 1853. Key sin Estados propios no pudo llamarse á D. Fe- lipe , sino cuando fué Rey consorte en Inglaterra ; y sin embargo , antes de celebrar su boda con la Reina María le entregó, como se ha dicho, el Regente Figueroa un papel, en el cual le hacia cesión su padre del reino de Ñápeles. Pero, sin duda no queria reconocerle el futuro Papa por Rey, porque le falta- se aún el requisito de la investidura pontificia.


456 ¡ROMA Y ESPAÑA

mo editor de la historia de Pedro Norés , tienen por injustamente rig-oroso en sus juicios á Navajero, á quien atribuyen cierta enemis- tad con el Papa Paulo, por no haber querido elevarle á la dignidad cardenalicia. Imposible es, no obstante, omitir en este estudio como uno de los datos que más pueden contribuir á formar exacta idea de las cosas, la pintura que Navajero hace en su Relación de aquel Pontiíice y de sus hermanos ; y las observaciones que le su- gieren, al paso, las desavenencias de esta familia y de la Santa Sede apostólica, con el Emperador y el Rey de España. Lo que hay que hacer es depurar por medio de la crítica los asertos de aquella Relación , como deben depurarse siempre, cuantos ha de hacer su- yos la historia.

Era, al decir de aquel diplomático , Paulo IV, increíblemente g-rave , grande en todas sus acciones , verdaderamente nacido para mandar. Literato, polígloto, dotado de singularísima memoria, elocuente y de admirable ingenio, también parecía digno por todos estos conceptos del alto lugar que ocupaba. A cambio de semejantes cualidades pecaba de adusto y colérico , y tenia, por lo que cuenta el citado Navajero , una vehemencia tal , que no toleraba la menor contradicción ; estimando , por otra parte , en tal manera los mé- ritos de su cuna y los de su vi la , por aquel calificada de verda- deramente irreprensible, que no oía ningún consejo, de los Car- denales ó altos personajes que le rodeaban. Estaba además tan lleno d€ su autoridad pontificia que decía de ella, «essere per met- iere i ré, e gl'imperatori soto ipiedi,» como escribe textualmente el veneciano. La violencia de su genio supone el mismo que le mo- vía con frecuencia á hablar más de lo discreto, señaladamente en la mesa ; dejando á las veces escapar de su pecho, en tales casos, los secretos más importantes. Nada tenia de particular, en este su- puesto, que, mientras duró la guerra, se desatase en duras palabras contra el Emperador, su hijo, y toda la nación española, sin des- perdiciar ocasión de escitar á los romanos contra ellos; como de acuerdo con el Memorial del Rey Felipe, y otros documentos espa- ñoles, relata el Embajador véneto. A este mismo le dijo en cierta ocasión de Carlos V, que le tenía por amigo de lo ajeno, y que ha- bía acrecentado , de hecho y caso pensado , el influjo de Martin Lu- tero, para extinguir la autoridad del Pontífice y quedarse más fá- cilmente con el resto de Italia: añadiéndole, que el convencimiento que de esto tenía , fué la verdadera causa de su salida de la corte


Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 457

imperial. Y hablando en general de los españoles , no los trataba, á creer á Navajero, sino de «heréticos, cismáticos, malditos de Dios, seme di giudei é de marrani, feccia del mondo (1):» deplo- rando la desdicha de Italia que lahabia traído á ser sierva de «tan «vil y abyecta gente.» ¡Injusto juicio, en verdad, de los vencedores del Garellano y de Pavía !

No era más amigo de los españoles que el Pontífice el Cardenal Carrafa, el más importante de sus tres sobrinos, y de cuyo carác- ter, ya no poco puesto en claro, da amplías noticias también Nava- jero. Lo que este de nuevo nos dice principalmente es, que aquel Car- denal no era solamente primer Ministro en Roma , sino el único con quien se aconsejara en todas sus cosas el Pontífice : el cual lle- gó á amarle y estimarle en tal manera, que no parecía sino que, mientras viviese, no le apartaría de sí, ni se disminuiría su influjo: cosas en que erró, aunque tan astuto y experto el veneciano, como ha de verse á su tiempo. Nombrado Prior de la orden jerosolimítana , en el reino de Ñapóles , por el Papa Paulo III , á instancias de su tío, sin duda, no pudo obtener la posesión de dicho puesto; antes el Gran Maestre se lo confirió á otro , no se sabe el por qué con certeza , sí bien el agraviado atribuyó esta, como cuantas desdichas le aconte- cían, á malquerencia de la corte imperial y española. Conocía ad- mirablemente Carlos Carrafa el genio del Papa, y las oportunida- des para influir en su ánimo, habiendo logrado de esta suerte, que su tío que al principio no gustaba de él , por sus maneras y obras de soldado, según asegura también Navajero (2), no ya sólo le hiciese Cardenal, sino que le tuviese bien pronto por el primero de los Cardenales , y aun por el mayor hombre que hubiese jamás servi- do á la Santa Sede. Confiesa no obstante el veneciano , contradi- ciendo en esto un aserto no leve del Memorial del Rey Felipe, que,

(1) Esto parece claro de suyo, y no parece oportuno traducirlo de todas suertes.

(2) El P. Cai-acciolo en su Historia manuscrita de Paulo IV cuenta que la repugnancia de Paulo IV á hacer cardenal á su sobrino, fué grandísima. ¿Cómo queréis, refiere que respondió á algunos franceses que le instaban para ello, que eleve á tal dignidad á un hombre, que está manchado de sangre de pies á cabeza? Engañóle, al decir de este autor, Carlos Carrafa con fingidas demos- traciones de devoción, preparadas en ocasión y lugar oportuno, para que le tu- viese su tio por convertido. Perierat et ijiventzis fmt , cuenta además que ex- clamó Paulo IV al juzgarle convertido, como otro S. Pablo ú otro hijo Pró- digo. — Todo esto puede muy bien ser exacto. — Lo que me parece improbable


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en lo tocante á provisión de beneficios, y á las cosas eclesiásticas, Paulo IV no se fiaba de él, como en las demás cosas, reservándolas á su propio conocimiento (1); pero en lo temporal, da por cierto, que todo realmente le estaba sujeto : porque no solo le encargaba el Padre Santo los negocios de Estado, sino que el mayor gus- to que podia proporcionársele , era rendir á su sobrino tributos de consideración y reverencia, á cada paso. Vengativo, licencioso, dado á banquetear, y amigo de la caza y del juego; pródigo y avaro á un tiempo, cual suelen los hombres de airada vida; no tenia, por lo que Navajero cuenta , el Cardenal Carrafa una sola cualidad de hombre de Iglesia. Pareciansele no poco en el carácter sus hermanos Juan Carrafa y Antonio Carrafa, el primero de los cuales, que llevaba el tituló patrimonial de Conde de Montorio, habia obtenido, como se ha dicho, con la dignidad de Duque, el Estado de Palliano, que se confiscó á los Colonnas descomulgados , y el cargo de general de las armas: habiendo también recibido el segundo, de su tio, el mar- quesado de Montebello, de que por razones, en algo semejantes á las que se alegaban contra los Colonnas , fué asimismo despojado su dueiio. Confirma Navajero, que no solo el nuevo Duque, sino también el nuevo Marqués, condenaban el odio apasionado que tenia el Cardenal su hermano á la casa imperial y real de Es- paña; siendo tal la desemejanza de parecer de los hermanos en este punto, que hablan estado á las veces los tres por tal causa, cual otros hijos de Edipo, para llegar á las manos. Ni el Marqués ni el Duque , mayores hermanos ambos del Cardenal, querían reñir con el Rey de España en los principios : antes hacian público alar- de de ser buenos vasallos suyos, cuando no estaban rotas aún las hostilidades; y el primero, de los citados ahora, fué tan lejos en esto, que, ardiendo ya y todo la guerra, protestaba de que él era y mo- riria fiel subdito de su Rey , increpando y denostando asperisima-

es que, como se refiere en la obra del P. Caracciolo, se debiera luego principal- mente su creación de Cardenal, á los esfuerzos délos Ministros y Prelados espa- ñoles con el Papa. Muy candidos hablan de ser para imaginar, como aquel autor supone, que con vestirle la púrpura podrian alejarle de la profesión de las ai^ mas, en que les parecía tan peligroso. No fueron generales buenos los que le faltaron al Papa. Aunque hubiera sido un Pedro Strazzi , que no hay motivo para estimar tanto sus dotes guerreras, no habria hecho á España la décima parte del mal que la hizo , como Cardenal sobrino , y primer Ministro de su tio. (1) Relazioni degli Ambasziatori Veneti da Eugenio Alhéri. Serie 2.^, vo- lumen 3.° Florencia 1846.


Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 459

mente á los franceses coligados con su tio , como si fueran por el contrario sus más mortales enemigos. Algo menos español que este el de Montorio , é interesado además en conservar su nuevo Estado de Paliano , no llevó, cual se ha visto, tan adelante su fide- lidad al Rey Felipe ; pero tampoco le fué nunca tan adverso como su hermano Carlos. De lo que antes he dicho, sobre la fe de Na- vajero, se deduce harto, que la pasión característica de aquella familia era la cólera ; y sus comunes defectos la exageración y la violencia: cosa que confirman, por cierto, cuantos papeles he exa- minado hasta aqui, y cuantos documentos y hechos me quedan por analizar y exponer todavía. Toda ella sentia vivisimamente las menores ofensas personales , y en toda ella parecía irresistible la tentación á vengarlas. En la mala disposición de ánimo que hubo notoriamente en Roma, desde el principio de aquel pontificado, con- tra los Príncipes españoles; en la importancia excesiva que se dio allí á cualquier motivo de queja de los que á la verdad ofrecían á cada paso los Ministros imperiales y españoles ; en lo extremado de . las resoluciones , y la tenacidad de los propósitos , se advierten, so- bre todo, las señales más claras del predominio de tales pasiones. Y esto importa bastante al esclarecimiento ó comprensión de los sucesos en que me ocupo, para que convenga de todo punto fijarlo, reforzando aún , con nuevos testimonios, el que ofrece en su Rela- ción Bernardo Navajero.

Es de saber que Pedro Norés , aunque tachado de poco imparcial también , por ser hechura y familiar de los jesuítas , mal mirados de Paulo IV, y desafectos por eso á su memoria, poseyó las no- ticias más recónditas y singulares que de estos tiempos aún habia en Roma, en los primeros años del siglo siguiente. Pues de ellas de- dujo, que la condición colérica de toda aquella familia, sin excep- tuar el Papa, contribuyó en no poca parte á las desavenencias. Fúndase Norés en esto precisamente, para no tener por probable la opinión, que algunos ya sustentaban, de que Paulo IV ignorase los pasos más importantes de su sobrino; cuyos oscuros manejos supónese que le fueron de todo punto desconocidos. Lo que , por el contrarío, cree aquel autor es, que el sobrino sabía aprovecharse maravillosa- mente de los Ímpetus de carácter de su tío, para precipitarlo contra los españoles, alimentando de continuo la pasión de la cólera en él, en vez de contribuir poco ó mucho á calmarla. No es otra sin duda la opinión del ilustre P. Sforza Pallavícino, que, aunque tenido tam-


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bien por enemigo de Paulo IV , como miembro que era de la Com- pañia de Jesús , parece con todo eso muy digno de crédito por su imparcialidad ordinaria ; que es tal , que hasta en las cosas del Con- cilio de Trento, que relató, suelen dar mayor crédito á sus asertos que á los de su contrario Fra Paulo Sarpi, notables escritores protestan- tes. Desde el principio del capítulo XIV del libro XIII, en que co- mienza á tratar de esta materia Pallavicino , dice que las quejas de Paulo IV contra la Casa de Austria, por ser manifiestas señales de ánimo mal dispuesto , antes parecían rimproveri di malévolo , che correzioni di Padre: indicando, poco más allá, que el Padre Santo, receloso y asustadizo, como suelen ser los viejos , prestábase fácil- mente á atender los fantasmas, que se le representaban, de injurias horrendas y de perennes conspiraciones de los imperiales contra su persona por el sobrino; el cual fué siempre, á su juicio, falso comen- tador de las cosas , ya que no falsario inventor de ellas , en cuya tarea le ayudaban los otros Ministros menores, ó engañados por él. temiendo que el no mostrar también ira contra los españoles, se to- mara á tibieza en el amor que estaban obligados á profesar , al in- dignado señor, que era á un tiempo su Pontífice y su Rey.

No : no debe ya dudarse con testimonios tales que el carácter del Pontífice , y más todavía el de su sobrino , se prestaban á facilitar grandemente el comienzo, y á entorpecer luego el término de es- tas discordias. No puede dudarse tampoco, que hubiesen recibido personalmente, tío y sobrino, muy particulares agravios, ó del Em- perador Carlos V ó de sus Ministros. De los hechos alegados por el Cardenal en la Memoria ó Memorándum que llevó á Francia Ru- cellay , eran no pocos verdaderos : sobre todo los que tocaban al re- celo y mala voluntad con que, desde que sirvió á Fernando el Ca- tólico, había sido mirado por la corte de España el austero Obispo que se llamó Paulo IV. Badoero y Navagero lo confirman de nuevo. Tampoco le faltaba razón , según todos los indicios , á Carlos Car- rafa para quejarse de la escasa benevolencia con que fueron consi- derados sus servicios como soldado ; en cuyo oficio de seguro se dis- tinguiría , habiendo estado á las órdenes de varios capitanes insig- nes, y entre otros , de Antonio de Leiva, No hay bastante motivo, á la verdad, para decir otro tanto de las trágicas intrigas atribui- das á los Ministros españoles contra la vida del Pontífice , y la del Cardenal su sobrino. Más probable parece, al revés , que, como dice de ello Pallavicino, «naciesen tales sospechas del recelo y el odio,


i MEDIADOS DEL SIGLO XIX. 461

»j untos, que fácilmente se inclinan á creer hasta lo inverosímil; »siendo también uso por otra parte de quien trata de ofender á »cualquiera en alg-o , publicarse primero por ofendido.» Bien pudo acontecer, por otra parte, con los recíprocos recelos y resentimientos entre los Carrafas y los Principes españoles, lo que tan de ordinario se ve por el mundo; y es que los agravios que respectivamente se in- fieren las personas, sin pensarlo unas veces, y otras de caso pensado, dejan tras si engendrada la desconfianza : la cual con las recipro- cas preocupaciones que forma, y el trascurso mismo del tiempo, no solo acrecienta la amargura de los primeros motivos de discor- dias , sino que los produce nuevos y mayores cada dia , basta con- vertir en enemistad irreconciliable y honda, lo que acaso empezó por ser diferencia superficial ó ligera. Ya en este postrero estado de las cosas, suele ser imposible el conceder á uno ú otro de los conten- dores la razón entera , por más que le asistiese en el comienzo á al- guno. No doy yo, pues, ni pienso que debe dar ya en nuestros dias ninguna importancia la historia, al examen de quien tuvo ó no ra- zón , en los primeros resentimientos que hubo , entre los Carrafas y sus soberanos temporales los Monarcas españoles. Baste con reco- nocer el hecho , y lo que debió de inñuir en sus consecuencias, la particular condición del Papa , y la del Cardenal su sobrino y Mi- nistro.

Pero ¿basta en verdad esto, por sí solo, para explicar satisfacto- riamente la gravedad que alcanzaron las cuestiones entonces, de la corte de España con la de Roma? Aunque fuese cierto, como se ha repetido tantas veces, y dijo también con tal ocasión Palla vicino, que con frecuencia dependen las revoluciones más grandes de ac- cidentes mínimos, no habría por qué admitir esto en todos los casos sin mayor examen. No es , por ejemplo, verosímil eso en el presente caso, dado el carácter de Paulo IV, naturalmente justo y sincero: ni eso se compadece con la elevación y profundidad de miras, que eran tradicionales ya , en el Pontificado de la Iglesia católica ; y que no podían dejar de pesar de repente , y por entero, en el ánimo de aquel inteligente y docto sacerdote , no sin méritos elevado por la Providencia á tan alto destino. Natural parece que alguna idea más grande, que otra aspiración mayor, que cierta pasión más no- ble que las señaladas, influyeran en el gran corazón y la alta mente, que, enemigo ó no, reconoce Bernardo Navajero eii Paulo IV; guiando al través de los varios accidentes v sentimientos de su vida.


462 ROMA Y ESPAÑA

las temporales y profanas resoluciones que relato. Y esto es lo que resta ya solamente por determinar en el presente artículo.

VIL

^ «Puede ser», escribe en su Relación Navajero, «como él me lia »dicho muchas veces , que la libertad de Italia moviese al Papa »Paulo en sus acciones , porque alg-una vez le he oido hablar de »la antigua armonía, que producían en esta provincia ó país, sus »cuatro cuerdas del estado eclesiástico , el de Milán , Venecia y el »reino de Ñapóles : tratando de infelices las almas de Alfonso de »Aragon y de su cunado Luis , Duque de Milán , que fueron los »que echaron á perder tan noble instrumento; y añadiendo, que si »otros no querían atender á la composición de Italia , la tomaría á »su cargo él mismo , para tener el consuelo al menos de haber de- »mostrado su voluntad, ya que fuesen desoídos sus consejos; y »porque pudiera decirse algún día que un viejo italiano , vecino á »la muerte, y que debía apetecer ya solo el descanso, y el espacio »oportuno para llorar sus pecados, fuá capaz de tan altos desig- »nios.»Pero todavía más que en su Relación dio á entender Navaje- ro estos sentimientos de Paulo IV, en sus Cartas al Senado, de que hay varias colecciones inéditas , una de las cuales vio en Ñapóles, en casa del Marqués de Costa, y extractó, por dicha mía, el discreto anotador de Norés, Scípion Volpicella (1).

En una carta de estas tales, fechada en 21 de Mayo de 1557, á tiempo que el Duque de Alba, con mayor ejército que antes, mar- chaba segunda vez sobre Roma , refiere Navagero que el Pontífice le había dado aquella mañana una audiencia, en la cual, después de haber recordado los sucesos de Italia, desde la invasión de Car- los VIH hasta el fin del reinado de D. Fadrique de Aragón en Ña- póles, se había dejado llevar de su ordinaria facundia y elocuencia, dirigiéndole un discurso , digno hoy ya, por muchos títulos, de memoria . Sinc omiii malis labes , díjole , entre otras cosas , y con voz ya solemne el viejo Papa: «porque aquellos abrieron malamen- »te á los bárbaros la puerta que Nos querríamos cerrar , y no so- »mos oídos, sin duda por nuestros pecados. No habrá nunca en

(1) En la citada edición del Archivio Storico-italiano , tomo XII. Floren- cia, 1847.


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»Nos arrepentimiento, con todo eso, por haber hecho cuanto pode- »mos, y más quizá de lo razonable para conseguirlo. La vergüenza »será en los siglos futuros para aquellos que no nos hayan ayuda- »do en tamaña empresa: que siempre se dirá que hubo un viejo, »rendido al peso de 80 años y decrépito , el cual en vez de estarse »en un rincón llorando sus achaques , osó aparecer sin miedo , y »deseoso de la libertad de Italia , bien que fuese abandonado de »quien debia serlo menos. Será , pues , la censura para mis señores »los venecianos, y para otros que no quieren aprovechar la ocasión »de quitarse de encima esta carga ; que tomada en tiempo de aquel »Rey ( Fernando el Católico ) , cuya natural virtud podia hacerla «tolerable , está mantenida ahora por esa gente mestiza de flamen- »cos y españoles, en que no se ve nikil reginm, niJiil cJirisiianum, »y que se pega como la lapa á la piedra (1). No son, no, estos »como los franceses , que dejan pronto la presa de las manos, y no »se estarian en nuestra tierra ni atados, á los cuales hemos visto, »en un abrir y cerrar de ojos, tomar y dejar el estado de Milán y »reino de Ñapóles, porque no saben perseverar, st are loco ne- »sciunt. Con vos hablamos, ó magnífico Embajador, en tal confian- »za cual si estuviésemos comunicándonos con la misma sublimidad »del Dux, y de los consultores, y con las otras excelentísimas ca- »bezas de los pueblos cristianos ; porque sabemos que por vos no »serán divulgados nuestros pensamientos. Tened en cuenta, os »repito, que jamás sentiremos haber empleado este poco de vida »que nos resta , en honra de Dios y beneficio de esta pobre Italia; »bien que, á decir verdad, nos origine este propósito descomuna- »les trabajos, y nos prive á todas horas de descanso.»

Poco más de un mes después , á 28 de Junio , dio razón Navage- ro á su Gobierno , en otra carta , de una nueva conversación que habia tenido con el Papa , en la cual este le dijo , poseído ya al parecer de profunda melancolía , como quien prevé el mal fin de sus más caros deseos, las palabras que siguen. «Conservad, se- »ñor Embajador , en la memoria lo que decimos : Nos somos vie-

(1) El texto de la carta dice : "tengono come la gramegna ove s'attaccono. " Gramegna ó gramigna , según el gran Diccionario intitulado Ortogra4a enci- clopédica della lingua italiana, parte 1.% volumen II. Venecia, 1824, significa directamente grama: planta que como es sabido se arraiga mucho en la tierra; pero metafóricamente se dice en italiano de una enfermedad que fácilmente crece, y difícilmente se extirpa.


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»jos, y hemos de partir uno ya de estos dias , con la venia de Dios, »de aqueste mundo ; mas tiempo podrá venir en que conozcáis que »hemos hablado la verdad pura , y quiera Dios que no haya sido en »nuestrodaao: bárbaros son todos esos, y seria bien que se estuviesen »en su casa y no oyese hablar Italia otra lengua que la nuestra.» Sabido es que con este nombre de harbari , á uso de los romanos antiguos , pero no ya en igual sentido que ellos , llamó siempre el Gucciardini á todos los invasores de Italia en el siglo XYl-.fuori i harbaiH fué también la frase predilecta del Papa Julio II, al tratar en su tiempo de negocios politicos : sonó harhari tiitti, e sará lene che stessero á casa sua, e nonfusse in Italia altra lingua que la nostra, decia ahora literalmente el viejo Paulo IV al Embajador Na- vajero ; que , como fiel diplomático , trasmitia al pié de la letra tales palabras á su Gobierno. ¿En qué consiste, sin embargo, que un hombre que tan sentidos y elocuentes conceptos oyeri , pusiese en duda todavia , el que la pasión de la libertad de Italia dominase realmente el alma de Paulo I V ? ¿ Y cómo pudo él señalar en su Re- lación , con todo esto , por la más próxima y potente de las razo- nes de la guerra, el designio de engrandecer el Papa, mediante las armas su casa, dotándola de Estados territoriales , por tener á me- nos acumular ya solo en ella capital y rentas?

Posible es que Bernardo Navajero, que fué luego, no obstan- te, Obispo de Verona y Cardenal, y bien señalado por cierto en tal oficio, durante las últimas sesiones del Concilio de Trento, estuviese movido por resentimientos personales contra Paulo IV al explicar de esta baja manera sus hechos; según afirman ciertos modernos escritores de Italia , que por ser amigos de la indepen- dencia, que acaba de obtener su nación, se muestran también apologistas entusiastas de aquel Papa. Para mi, desde luego, es cierto lo que Pedro Giordani , . el más conspicuo de estos escri- tores liberales y patriotas, juzga del espíritu que animaba á Paulo IV, Si: era en verdad, como él dice, aquel Papa, en cuanto Principe, digno de la patria italiana; y su pasión intima y cons- tante, y todo su afán nacia de querer resistir con pobres ar- mas, ahbandonato, ma intrépido veccJdoni , al demonio de Es- pana y de Italia : que era como llamaba este autor y han solido llamar otros muchos escritores liberales á Felipe II ; no con más razón , sin duda , que pudiera apellidarse tal á cualquiera otro de los Soberanos de su siglo. En esta opinión no solo está conmigtj


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Giordani, que es el más elegante y discreto, aunque no ciertamente el más fecundo ,' de los modernos escritores italianos, sino que lo está también Gioberti: el cual imputó á los jesuitas la mala reputa- ción con que anda en las historias el Pontífice de que trato; y de igual modo de ver participan los anotadores de la historia de Pedro Norés , Volpicelli y Scarabelli , literatos italianos dignos de no corta estima. Pero el que Navajero no comprendiese bien, aun- que tan claro , el sentido íntimo y real de las palabras que oia , ni debe causar maravilla, ni puede imputarse ligeramente como un cargo á su lealtad diplomática, que era la que en tal su- puesto habría principalmente desmentido, no ya su imparciali- dad sola, extraviando la opinión de su Gobierno á ciencia cierta. La verdad es , que la libertad ó independencia de Italia , aunque deseada generalmente por los Papas, desde el punto en que vieron ya aquella Península bajo la dominación extranjera, un día por Alejandro VI , otro por Julio II , otro por Clemente VII , otro , en fin , por Paulo IV; y proclamada siempre en los versos inmortales de los mayores poetas nacionales, pasaba á la mitad del siglo XVI, por una quimera para los políticos que, como Navajero, se tenían por prácticos en los negocios de Estado. «Hombre poco sosega- »do de pensamientos, imaginador de cosas apenas platicables,» apellidó así un desconocido, y sabio historiador español de aquel tiempo, al primer soberano de la casa de Saboya, que intentó tomar á su cargo la independencia de Italia, en los primeros años del si- glo XVII , siguiendo las pisadas de los Pontífices del siglo ante- rior ; y recogiendo para sí y los suyos, ya perpetuamente, la bandera que habían aquellos abandonado al fin , después de tantos inútiles y costosísimos ensayos (1). Los demás príncipes de Italia debían de pensar, á poco más ó menos como Navajero, por lo que dan á entender sus hechos : pero respondía sobre todo el descreído patrio- tismo de este ultimo á la política estrecha , recelosa , egoísta que ya observaba la república Véneta por aquel tiempo. Nada estaba más distante de su sapientísimo Senado que procurar la libertad de nadie , contentándose por entero con ir salvando un año tras otro la suya propia. La oración pronunciada por Nicolás da Ponte,

(1) Disenciones entre las casas de Saboya y Mantua. — Manuscrito de mi propiedad. Libro histórico inédito y de autor desconocido que ocuparía, sin embargo, impreso un buen lugar en nuestra biblioteca de historiadores par- ticulares.

TOMO II. 30


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uno de los llamados sabios del Consejo de la República , á 15 de Noviembre de 1556, delante del Senado (1), muestra auténtica- mente todo el alcance de los contrapuestos pensamientos , y de las preocupaciones distintas que por entonces agitaban á los hombres de Estado en Venecia. «¿Quién nos responde, » decia Ponte, «de »que, después de haber defendido al Pontífice los franceses, no quie- »ran cobrarse en tierras ó fortalezas del Estado eclesiástico , su- »pue3to que el Cardenal Carrafa ha confesado ya al de Santa Flor, »que los franceses querían quitarles hasta la propia camisa?» Y si la guerra prosigue , anadia luego , « nos traerá ciertamente el Rey »Cristianisimo al Adriático las armadas turquesas para infestar las »costas de Ñápeles y de Sicilia, quedando de hecho bloqueada » Venecia por aquellos terribles enemigos; ó teniendo, si los resis- »timos, que peleará un tiempo con el Turco, con el Pontífice, y con »Francia.» ¿Qué se ha de ganar, pues, con la guerra, no sin razón se preguntaba á sí mismo aquel buen político? Nada: y lo mejor de todo será, concluía, «procurar la paz á toda costa, supuesto »que el Rey Enrique debe bien saber que Italia y Ñapóles son se- »pulcro3 de ejércitos franceses; y que no puede menos de estar ya »arrepentido el Rey de España de haber llevado sus armas al Estado »eclesiástico , con lo cual ha acrecentado las fuerzas de los france- »ses, que son sus verdaderos ó principales enemigos , obligando al »Papa á echarse en brazos de ellos, y hacerles arbitros de todos sus »recursos ó Estados.» Por aquí puede juzgarse cuan prudentes, pero cuan poco trascendentales , á la par , eran las meditaciones políticas de los conciudadanos de Navajero; y hasta qué punto diferian de las patrióticas y grandes que llenaban el ánimo de Paulo IV. No es, por lo mismo, extraño que el hábil diplomático veneciano oyese las sentidas palabras del anciano Pontífice con burlona sonrisa , y tomase su alto propósito por un pretexto para medrar , sino en su persona , en su familia : otro tal sucede siempre, que una convicción, por noble, sincera, y cierta que sea, viene á ser juzgada , de parte de quien no quiere , ó no puede , ó no sabe participar de ella. No todas las veces demuestra, aunque acierte, la incredulidad, ingenio; no todas las veces la fe, aunque yerre, denota ignorancia; menos aún basta siempre la habilidad ejercitada en los negocios ordinarios y vulgares del mundo , para estimar con

(1) Impresa al final del tercer volumen de la serie 2.^ de las Relazzioni degli Amhasziatori Venetii.


L MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 467

exactitud lo que sienten ó piensan los caracteres excepcionales, nacidos para emprender lo extraordinario y lo grande. Mejor com- prendieron que Navajero á Paulo IV, Alejandro Andrea y Luis Ca- brera de Córdoba , que fueron abiertamente sus adversarios ; y no es raro tampoco. Nadie aprende á leer tan pronto los pensamientos como el que los aborrece ó los teme , ni hay á la larga quien me- jor mida el valor de cada cual que su adversario. Andrea, al ex- tractar á Navajero, tomó ya por lo serio el proyecto de Paulo IV de devolver su independencia á la Italia; y Luis Cabrera dice, que este se dejó mover por la gloria , que le hicieron creer que le daria, «librar la patria de la sujeción, y cojer el fruto de los acome- »timientos de Julio II, puesto que le tocaba procurar la felicidad »de Italia al italiano , y deshacer los males en semilla. » Tal es , en suma, á mis ojos, la verdad pura: de suerte que halló Paulo IV entonces, más justicia que en Italia en España.

Ni era maravilla , en verdad , que tuviese tal pasión un hombre, que, habiendo nacido como se ha dicho, en 1476, tenia ys,2b años cuando comenzó á ejecutarse en Ñapóles el tratado de repartición entre Francia y España, que redujo luego á provincia de un Es- tado extranjero su patria; y 30 nada menos al ser expulsados de Gaeta los franceses, y quedar definitivamente por España todo aquel reino de Ñapóles. Y á parte del consejo, que se supone dado por él á Fernando el Católico , de que lo devolviese á los Principes arago- neses, narrado por Norés y tenido como cierto por Pallavicino, há- llanse otros graves indicios para creer, que Juan Pedro Carrafa pensó patrióticamente siempre. Hay en el monasterio de San Paulo de Ñapóles cierta biografía latina de Paulo IV , obra manuscrita del P. Caracciolo , clérigo regular de aquella casa , la cual contiene acerca de este punto una curiosísima anécdota. Fundado en in- formes verbales de gran peso, refiere aquel autor inédito (1) que, discutiendo cierto dia libremente , como acostumbraba , en el Con- sejo , el entonces prelado teatino Juan Pedro Carrafa con sus cole- gas españoles, uno de ellos, que era Obispo de Patti en Sicilia, dijo en altas voces de suerte que aquel pudiese oirlo : á questi Na- polUani bisogna daré mazze é panelle, que viene á ser pan y palo. Respondió colérica y valerosamente á su destemplado colega el futuro Pontífice; pero lejos de quedar con eso desahogado su áni-

(1) Copiado en esta parte en las notas de Volpicella á la Historia de Ño- res.— Ranke en su Historia de los Papas se vale mucho de esta obra.


468 ,ROMA Y ESPAÑA

mo , fué tal la impresión que el insulto le produjo , que solia andar luego hablando solo por las calles , y repitiendo de manera que los transeúntes le oyesen , aquellas palabras de imprudente me- nosprecio para con sus compatricios. Nada más verosimil que esta anécdota. Asi suelen hablar siempre los dominadores extranjeros, aunque sean tan generosos, cuanto fueron comunmente los espa- ñoles con los italianos por aquellos tiempos : así suelen comenzar también los odios profundos é inextinguibles de los dominados con- tra los dominadores : asi pudo llegar 4 ser de todo punto cierto lo que los más de los documentos y libros españoles é italianos pro- clamaron, en aquel siglo y el siguiente, á saber, que la antipatía de Paulo IV hacia los españoles , parecía en él como ingénita ; con- tribuyendo por extremo á envenenar cuantas diferencias tuvo con el Emperador y el Rey Católico. No me parece aquí ocioso añadir, que el fundamento verdadero de tal odio , no era otro que nuestra calidad de extranjeros ; y que , aun cuando mostrase Paulo IV ma- yor afición á los franceses, era solo cual Navajero cuenta, por su- ponerlos más proutos á abandonar el suelo patrio, que los españoles. Bien claro se deduce esto de una de las cartas de aquel diplomático, fechada ya en 21 de mayo de 1556 (1) , en la que da cuenta al Se- nado , de que el Cardenal Carrafa le había referido aquella misma mañana muchas insolencias de sus aliados los franceses, por las cuales , decía él , que estaba viendo claramente el Pontífice : « que »todos eran bárbaros, los unos como los otros extranjeros que allí »contendian , deseosos por igual de hartarse de la sangre y de los »bíenes de los italianos ; cosa que al Cardenal también le movía ya »á apetecer que todos los ultramontanos se fuesen de Italia , y de- »jaran gozar de lo suyo á los italianos.» Notoria muestra de estos propios sentimientos había dado ya antes el Papa , al ajustar tan expresamente en su tratado de alianza con los franceses , que Ña- póles y Milán serían erigidos en Estados perpetuamente indepen- dientes, y que Sicilia pasaría á poder de una potencia italiana; quedando de esta suerte totalmente libre de extranjeros su patria. Y hasta en la injusta severidad con que , desde que era Cardenal, solía juzgar Paulo IV el doble ínter im , con que la alta sagacidad política de Carlos V dio treguas á la encarnizada discordia de Ale- mania , se advierte harto á las claras la huella de su pensamiento

(1) Fragmento copiado , como los otros citados, por Scipion Volpicella é in- tercalado en sus notas á Norés.


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predominante : porque eran sus apasionados recelos de patriota los que le hacian creer , según dijo él mismo á Navajero , que aquel gran Principe dio paz á la mano del otro lado de los Alpes , con el único objeto de dejar crecer la potencia de los protestantes , con- traponerla al Pontificado , y , teniendo á este asi sujeto , devorar á su salvo la Italia. ¡Injustísima apreciación ; pero que revela á la legua ser hija de una verdadera y legitima pasión politica !

VIII.

Ni siquiera este amor de patria , respetable también , y aun plau- sible , de nuestra parte , debe hoy movernos á los españoles , á censurar ásperamente tales pretensiones. En el siglo XVI no se ignoraba ya , cómo D. Francisco Vargas Mejia hizo patente ante el gran Consejo de Venecia (1) , la teoria de que «los pueblos deben «obedecer con gusto á los que por por divina providencia seño- rean ; » y aun con este supuesto derecho divino , se quiso entonces atar las manos al mismo Soberano Pontífice , que no mostraba por su parte la menor inclinación á reconocerlo. La fuerza de las armas y de las circunstancias , no el derecho que á todos los dominadores ya se atribuia , fué lo que obligó á los Pontífices , y en especial á Paulo IV , á abandonar la empresa de destruir en Italia el gobier- no extranjero. Tomóla á su cargo inmediatamente la casa de Sa- boya , puesto que á principios del siglo que siguió , ya ostentaba el belicoso Carlos Manuel , su jefe , el titulo prematuro de liberta- dor de Italia. Siglo y medio antes que lo alcanzara al fin su familia , dejaron de ser los españoles los dominadores extraños de aquella peninsula hermana. Salimos de alli, no porque el odio de sus naturales nos arrojase espontáneamente, sino porque de allí nos echó la fortuna de otras naciones, también extranjeras. Con lá- grimas nos despidieron los sicilianos y los sardos , según consta por testimonios auténticos : sin alegria , por lo menos , los demás sub- ditos , que en Italia temamos , por lo mismo que .nada esperaban ganar con el cambio. Pero , no bien salida, como señora, de sus pla- yas, volvió á ellas potente nuestra bandera; y fué ya entonces para realizar en Ñapóles , precisamente , el pensamiento mismo de Pau-

( 1 ) Trae este discurso Luis de Cabrera , y es probable que resumiese en él, como solia, algún despacho del Embajador, de que alcanzó copia.


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lo IV. Habiendo de ser los libertadores los franceses , á mediados del sig-lo XVI , queria aquel , no sin razón , que un Principe de ellos erigiese á Ñapóles en Estado independiente: siendo españoles luego los libertadores , nada más natural que el que se ensayase allá en el oficio de Rey nuestro gran Carlos III. De seguro se ha- bría contentado con esto no más , á vivir entonces, Paulo IV : de seguro habria visto con no menor júbilo, que en su tiempo á los fran- ceses , desfilar luego los batallones victoriosos del Infante de Es- paña , por las cumbres floridas de Monte Mario.

Mas es posible que este papel de libertador de Italia, no sea el que más recomiende á algunos el nombre de Paulo IV en nuestra era. Aclamábanle en cambio no há muchos años los patriotas de Italia ; y esto pudiera hoy bastar por si solo, para que no hallase en otras escuelas, que todavía se sostienen en el mundo, sobrado aplauso. No há muchos años que oyó el autor de este artículo re- petir en un pulpito célebre , con elocuencia y saber , y por hom- bre de no corta fama, la sentencia misma con que D. Francisco de Vargas legitimó en Venecia el señorío extranjero ; y escuchó á la par acerbas y más singulares censuras , contra el amor á la inde- pendencia de la patria , fundadas en que todos los hombres fueron criados para ser hermanos , y en que este sentimiento de patria an- tes fué hijo del paganismo romano, ó griego, que de los libros santos. Hasta tal punto se exagera hoy, á las veces, en nombre de la Iglesia la condenación de las pretensiones , sin duda descomedi- das , de los modernos libertadores de Italia : ni más ni menos que se exageraba en contra de un Pontífice, en el siglo XVI, la doctri- na de que todo señorío tiene origen divino , y merece por el hecho solo de existir, inquebrantable respeto.

Nosotros , en tanto , los hombres de este siglo , debemos respetar profundamente , como todas las opiniones políticas , la que profesó respecto de la gobernación de Italia Paulo IV. Era este á un tiem- po guardador celoso de su poder temporal y amante de la indepen- dencia de Italia : ideas que , veinte años hace , por un instante apa- recieron juntas de nuevo, en el trono de 'sus santísimos sucesores. Y no quiero de este artículo anticipar consecuencias ; que ellas se deducirán desde ahora, por sí solas.

Pero no debo concluir hoy , sin dejar escritas algunas palabras de excusa , respecto de la exageración ó de la violencia , que en la pro- secución de sus ya conocidos fines demostró Paulo IV. No otorga


Á MEDIADOS DEL SIGLO XVI. 441

Dios en estas materias terrenas, sino rarísimas veces, á la par con lo sano de la intención , la templanza en los propósitos , y la exactitud en los conceptos. Ni hay que espantarse de esto por cier- to : el equilibrio perfecto de las ideas y de las pasiones , del mismo modo que para la balanza en el fiel , pararla en un punto dado la historia; y la historia no puede hacer alto, puesto que la humani- dad marcha, por medio de ella, hacia remotos fines providen- ciales, que seria insensato dar por cumplidos en periodo, año, ó mes fijo. Mas que ya esto no sea conveniente ni posible, hay que .buscar, por lo menos, en los medios materiales de ejecución algún equilibrio, cuando de veras se busque el éxito. Aquel de los hombres, y aquella también de las naciones realizaran más número de pro- pósitos en el mundo, que sepan mejor guardar la relación indispen- sable , entre lo que quieren y lo que pueden : templando la cuerda de sus deseos al tono de las circunstancias inevitables. No alcanzó tal Paulo IV , como hombre , ni obró de esta suerte el Pontificado en sus manos; porque era sin duda ya tarde para ser cualquier Papa Gregorio VII , y temprano para que el Soberano temporal de Roma cumpliera , con la ayuda de los franceses , la misión que, con la propia ayuda de los franceses , ha cumplido al fin , no hace mucho, la casa de Saboya en Italia. Bajo este aspecto considerada la política de Paulo IV , no fué acertada ; pero no por eso es digna de inñexible censura. Extravióle sin duda, su carácter, defectuoso como todo carácter de hombre: extravióle también su juicio, fali- ble en materias políticas, como el de otro Príncipe ó gobernante cualquiera. Y baste por toda excusa: que esta vida transitoria, bien sabido es que no está destinada por la Divina Providencia á produ- cir hombres perfectos, ni Príncipes infalibles en ningún siglo.

A. CÁNOVAS DEL CaSTIL-LO.


EPIDEMIA ACTUAL DEL OLIVO.[editar]

Possum multa tibi veterum prcecepta referre. Ni refugia , tenuesque piget cognoscere curas. Virgilio, Geórgicas, lib. I, 176.

Tres anos hace ya que la prensa de la capital comenzó á trascribir de la de otras localidades varias indicaciones referentes á la plaga que en la actualidad aqueja á este precioso vegetal , fuente de uno de los más ricos productos de nuestro suelo. Vista la incoherencia de aquellas simples insinuaciones , y la poco alarmante forma en que originariamente estaban concebidas, ha debido creerse que solo se trataba de un alerta de precaución contra un peligro even- tual , pero ni inmediato, ni de mayor importancia que otras de las muchas contrariedades fácilmente transitorias que tan á menudo suelen afligir al agricultor.

El silencio de las numerosas corporaciones agrícolas y de los elevados funcionarios encargados de inspeccionar y velar constan- temente por este género de intereses , no permitía tampoco suponer que fuera una verdadera calamidad pública la que se acercaba , sin que su autorizada voz hubiera sido la primera en señalar su pre- sencia. De aqui, que como nada oficial se hacia ni se decia para prevenir, para indicar siquiera tan grave riesgo ( 1 ) , en nada se

(1) Cuando se escribieron estas líneas, el autor ignoraba el honroso caso excepcional en que se encuentra la Diputación provincial de Sevilla que en 17 de Mayo de 1867 Labia citado á concurso, señalando premios sobre este asunto.


EPIDEMIA ACTUAL DEL OLIVO. 473

alarmó la confiada sencillez de nuestros oleicultores al ver sus plantíos invadidos por la negra nube que los enlutaba.

Acostumbrada á reposar en la omnímoda tutela oficial , á nada suele resolverse entre nosotros la actividad particular sin que la iniciativa de las autoridades baya señalado antes el camino, y hasta deja de creerse en los peligros públicos mientras que una manifes- tación gubernativa no los haya declarado.

En vano reiteraba la prensa sus indicaciones : la omnisciencia individual no puede figurar entre los requisitos del poder, y por alta que sea la ilustración de las personas que le desempeñen , la ciencia de los Gobiernos reside de oficio en delegaciones especiales; así que careciendo el nuestro de toda premonición científicamente autorizada continuó también en su disculpable indiferencia.

Redoblados los clamores periodísticos , eco de las quejas de las localidades afligidas , y comenzando algunos hechos á justificar su previsión , hubo al fin el Gobierno de concederlos toda su solicitud, y no fué seguramente culpa suya si guiado por vagas y erróneas indicaciones trató el caso como un hecho enteramente nuevo y des- conocido. Señalándosele un enemigo misterioso , hizo lo que proce- día : enviar esploradores en su reconocimiento. Por Real orden de 4 de Junio una comisión científica emanada de ilustradas corpora- ciones ha recibido este encargo.

Pero mientras verifica sus exploraciones y practica los detenidos estudios que exigen estas misiones oficiales , y hasta tanto que el resultado de sus trabajos logre , atravesando las mallas del indis- pensable expediente , salir á dominio del público , el mal crece y el remedio urge , porque el peligro existe.

Cierto que no afecta las alarmantes formas de una de esas plagas de langosta en que millaradas de locustadios ó acridios brotando de repente del seno de la tierra, amenazan acabar en pocos días con toda la riqueza agrícola de una comarca; en tan visible calamidad, casi la única que en nuestro país tiene el privilegio de concitar contra sí las iras y la actividad gubernativas , el mutismo de los delegados oficiales no hubiera podido tener disculpa : pero no porque en el caso de que nos ocupamos la manifestación del peligro sea menos repentina y evidente es este ni menos concreto ni menos positivo.

Cierto también que no ha llegado todavía al período en que al- canzan toda su intensidad sus pocos remediables estragos ; mas la causa está ya consumada y sus perniciosos efectos no tardarán por


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de&gracia en hacerse sentir, si la intervención de la Providencia divina ó de la ciencia humana no logran antes atajarlos.

Pero por lo mismo que en este género de siniestros ag-ricolas el riesgo , sin declinar su importancia , se presenta con una lentitud tan larvada y tan poco alarmante para quienes no conozcan de antemano su segura progresión; y por cuanto que también los medios de combatirle no son ni tan conocidos , ni de tan fácil eje- cución , ni de tan seguros efectos como los que contra otras plagas se emplean ; por eso mismo es más imperioso en quien le tenga el deber de prevenir el ánimo y la inteligencia de los agricultores se- ñalándolos á tiempo el peligro y evitándolos, sobre todo, la irrepa- rable pérdida de la oportunidad.

No se trata , como en otras ocasiones , de un chispazo aislado de esta plaga , circunscrito á una localidad determinada más ó menos importante , y en que pudiera esperarse que los esfuerzos parciales de unos pocos interesados, ó una favorable constelación de cir- cunstancias climatéricas locales pudieran dar buena cuenta de él sin temor de peligrosas irradiaciones , no : según los datos que tenemos recogidos , podemos por desgracia asegurar , que si en los territorios de Aragón , Valencia , Andalucía y Extremadura , donde sabemos que existe , la infección corresponde en latitud é intensi- dad á lo que hemos tenido ocasión de observar en las bandas de Mediodía y Levante de esta provincia , y en las limítrofes de Toledo y Guadalajara, hace más de un siglo que este importante ramo de nuestra riqueza agrícola no se ha visto bajo el peso de tan ter- rible amenaza como la de hoy.

Cuando en nuestra provincia, situada ya en el límite septen- trional de la zona de cultivo útil de esta oleinea , determinado en esta parte de nuestro suelo por la cordillera Carpeto-Vetónica , más allá de la cual , agriculturalmente hablando , puede decirse que solo como excepción existe ; cuando en ella , repetimos , donde esta rica planta no alcanza ya ni en desarrollo ni en rendimientos las proporciones con que suelo y cielo le favorecen en las mencionadas latitudes , la plaga ofrece sin embargo la fuerza de invasión que hemos indicado , lógico es suponer que en aquellos territorios aun ha de ser mayor; porque es sabido que su intensidad se halla siempre en razón directa del vigor de sus víctimas y de las ven- tajas con que las brindan el clima y tierra en que asientan.

No tratamos de anticipar aquí ningún género de consideraciones


DEL OLIVO. 475

sobre la enfermedad en sí misma ; tratamos solo de situar y moti- var la aparición de nuestro trabajo, midiendo la importancia del peligro á cuya conj uracion tiende , por la grave trascendencia que esta plaga ha alcanzado en otras de sus apariciones epidémi- cas; por la alta consideración económica que merece la planta á que afecta ; y por las elevadas cifras con que su producto se hace representar entre los principales elementos de la riqueza de nues- tro país.

Y porque no se crea que propendemos á exagerar las proporcio- nes de aquel, ni movidos de una meticulosidad injustificada, ni llevados del deseo de encarecer el servicio que deseamos prestar á la agricultura , citaremos hechos y opiniones autorizadas que no dejarán lugar á la duda.

Ferrier, Güis , Veitori, LaBnisse, Lahrusse, Rozier, y su inteligente traductor Guerra; Arias, el sabio comentador de la edición oficial de nuestro Herrera; Bernard V erar di, Cartagne, Olivan, Blanco y cuantos dugúcvliovQ^ Jitolólogos y entomólogos se han ocupado poco ó mucho de esta plaga no vacilan en califi- carla de la más terrible, la más destrxictora y la más difícil de exterminar de cuantas pueden atacar al árbol de Columella.

Hácenla en efecto terrible las elevadas proporciones de su pro- pagación ; la persistencia é importancia de los estragos que oca- siona ; y la ruda radicalidad de los medios que es preciso aplicar para combatirla.

Con respecto á la fuerza de irradiación de dicha epidemia , solo diremos por ahora que el agente que la produce se propaga en ra- zón de más de dos mil por uno, pudiendo repetir más de dos veces en cada un año esta progresiva multiplicación.

Los estragos que ocasiona esta epifitozoosia (1) y que principian á notarse paulatinamente desde el segundo año de su presencia en el olivo , son de una duración tan ilimitada , cuanto lo es también la persistencia de la causa ; y de una intensidad tal , que según Arias afirma , comezando por privar al labrador de la cosecJia por una larga serie de años, llegan á causar la muerte de los árboles.

Abandonada á sí misma esta epidemia , cuando no el triste fin indicado , puede tener en los recursos de la naturaleza otra limita- ción espontánea poco menos aflictiva. Las épocas de los grandes frios que según la meteorología nos enseña , suelen reproducirse

(1) Epi, sobre -¡fitos planta, Zoosia reunión ó abundancia de animales,


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con una periodicidad aun mal definida , helando á la vez todos los olivos de una comarca infestada y obligando á renovarlos ó repo- nerlos , pueden imponer , y lian impuesto quizá en más de una oca- sión, un término radical á esta calamidad, por medio de otra grave siempre , pero mucho menor.

Si á tales contingencias no ha de fiarse el remedio, claro es que convendrá aplicar aquellos otros que la esperiencia tenga preconizados.

Empero los medios conocidos y generalmente aplicados hasta eldia, constituyen por si mismos otra verdadera calamidad, pues que obligando al agricultor á escoger entre dos grandes males , le precisaban á practicar sobre sus más queridas plantas crueles y arriesgadas operaciones. Y se comprenderá bien que hayamos cali- ficado de rudo su radicalismo cuando se sepa que es de tradición antigua aplicar á la extinción de esta plaga aquel aforismo médico que dice: q^ucB medicamenta non, sanant, eajerrum sanat: qum/er- riim non sanat, ea ignis sanat. Asi lo veremos en su lugar con- firmado.

Pasando de las opiniones á los hechos históricos, citaremos algu- nos principales que prueban hasta dónde ha llegado en otras oca- siones la importancia de esta epidemia.

En el reinado de Felipe IV, á fines del primer tercio del si- glo XVII , las naciones de Levante , que tan lucrativo comercio hacian con este jugo , del cual sus extensos plantios las proveían con notable abundancia, viéronse privadas de aquel beneficio á causa de una á modo de peste negrilla que habiéndoselos aniqui- lado, las obligó á talar a cercen como única esperanza de salva- mento, aquellas plantas que aun el maleicio no habia destruido.

Por entonces hacia ya algún tiempo que , aleccionada por la es- periencia y á reiterada petición de las Cortes del Reino , la admi- nistración un tanto reparadora del último favorito de Felipe III, con su ley ó pragmática de 1619 , reponiendo estas cosas al mis- mo estado que tenian bajo la Grande Isabel, habia echado por tierra el gravoso artificio arancelario de las ruinosas administra- ciones de Carlos I y de Felipe II. Practicábase por lo tanto y en lo que respectaba al menos á este género de productos, una cosa muy parecida á la libertad de comercio de las modernas teorías.

Como por este medio no hay desequilibrio que no se nivele de- mandando ú ofreciendo libremente cada cual aquello que le falta ó


DEL OLIVO. 477

le sobra ; como por él los pueblos todos se constituyen en una es- pecie de fraternal solidaridad , con la que se reparten equitativa- mente entre toda la humanidad , asi los dones como las aflicciones parciales que la Providencia la envia : como sin él la misma abun- dancia se convierte á veces en calamidad , y la escasez siempre en carestia y en miseria ; y como por su práctica , en fin , el comercio se convierte , en muchos casos , en agente de la justicia distribu- tiva de Dios, y el interés de enemigo en instrumento de la caridad, no tardaron en hacerse notar en España los resultados de aquel fenómeno ; puesto que libre entonces por el favor divino de aquel terrible azote , vid refluir en ventaja propia la calamidad ajena, y pudo acudir al socorro del prójimo con gran beneficio suyo.

Con este motivo, la demanda elevó el precio de este caldo , y sus productores, que eran más importantes que hoy en nuestro suelo, lograban tan pingües ganancias, que su lucro llegó, no solo á ten- tar la codicia del fisco , sino á hacerle caer en la tentación.

El Conde-Duque de Olivares, magnate que á la sazón regia los destinos de esta Monarquía , entre los medios arbitrados para cu- brir los servicios que las Cortes concedían , no atreviéndose toda- vía á tocar directamente , como lo hizo más tarde , á la obra del de Uceda , impuso una fuerte contribución , no ya sobre el movimien- to comercial del producto , ni sobre el producto mismo , sino sobre las plantas productoras homónimas de su ilustre título nobiliario.

Soportóse al principio bien este pecho ; pero disminuida á los pocos años la demanda y extracción , y descendidos los precios, aquel arbitrio principió á ser vejatorio.

Ni debió tardar España en verse invadida á su vez de aquella funesta epidemia, pues si no en documentos oficiales, por ser añeja costumbre de nuestro país , mirar con indiferencia la consignación de todo lo que puede afectar á este género de intereses , en otros de diversa índole vemos apuntado el hecho.

En un diálogo de una comedia de Un, ingenio de esta corte que lleva un milésimo de pocos años posterior al establecimiento del servicio mencionado, vemos el siguiente fragmento:

Contándole un criado á su amo las artes de que su suegra, vieja bruja, se vale para sus maleficios, dice:


— Hecho de estos adilentes Hierve el caldo en un barreño.


478 EPIDEMIA ACTUAL

Cuando está tal que aun humea , Se unta el sábado en su alcoba,

Y cabalgando en la escoba, Parte por la chimenea.

— Pues para tan caro afeite. Gastará tu brujisuegra mucho !

—Y más ! Si hoy con la negra Va á peso de oro el aceite ! Digo yo que visten luto Las olivas con mal fin ; Ya reza la gente ruin Que es en duelo del tributo !

Y aun no se alza !

—A los picaños Ginoveses viene bien !

— Suda agora la sartén La pringue de esotros años.


Vióse , pues , á lo que parece , nuestra patria convertida de ofe- rente en demandante , y por subsistir el ya insoportable tributo aun después de casi anulado el producto de las plantas sobre que gravitaba , victima á la vez de su propia calamidad presente y de la anterior calamidad extraña.

A tan aflictivo término llevó tal conjuración de circunstancias este importante ramo de nuestra agricultura , que muchas provin- cias , las que en más prez tenian este cultivo talaron á fuego y liier- ro sus olivares por consejo de esperanza , mientras que otras , las que menos de él obtenían aun en los tiempos bonancibles , por con- sejo de desesperación, y para verse libres á la vez de la epidemia y del pecho, los arrancaron de cuajo, datando de entonces, según el citado Arias, la despoblación que de esta planta se nota en mu- chas comarcas de nuestro suelo que la pudieran fácilmente llevar.

Consta también que á principios del último tercio del siglo XVIII, Grecia y la Italia meridional , cuyos olivares fueron acometidos de esta plaga, después de largos años de infructuosos esfuerzos, se vieron en la triste necesidad de talarlos y renovarlos por entero para verlos libres de ella.

Comunicada después á Francia por la cornisa subalpina , asegura M. Bernard en una Memoria fechada en 1782, que en toda la costa de Sudeste desde Marsella hasta Antives, esto es , en la mejor zona de cultivo que en el mismo litoral ocupa esta planta que tanto


DEL OLIVO. 479

ama las calientes brisas del Mediterráneo, liabian tenido los par- ticulares que talar por las cruces sus arboles y renovarlos del todo por la misma causa.

En cuanto á nuestro país aun está viva en Cataluña y Aragón la memoria de las grandes talas y quemas que se hubieron de ve- rificar con el mismo propósito.

Por los años 28 al 28 de nuestro siglo, en una gran parte de la provincia de Sevilla y especialmente en los términos de Carmona y sus colindantes hubo también un fuerte amago de esta plaga, y de boca de un venerable anciano, perspicaz observador y gran hombre de campo, hemos tenido la satisfacción de oir detalladas y pintorescas descripciones, tanto de la enfermedad y de sus síntomas, como de los violentos y costosos sacrificios que tea y JiacJia en mano se tuvieron que consumar para aislarla y sofocarla. Esto en cuanto á hechos históricos.

Con respecto á la importancia económica del árbol á que afecta, y á la que su producto tiene entre los elementos de vida y riqueza de nuestro suelo, pocas consideraciones y algunas cifras nos basta- rán para dejarlas bien demostradas , debiendo advertir que en to- das las computaciones que nos pertenecen hemos querido pecar siempre de cortos y nunca de exagerados.

Simbolizaciones tan antiguas como la del ramo con que la pa- loma de Noé tornó al arca del diluvio, trayéndole en señal de la alianza y paz que Dios concedía sobre la tierra á los hombres de buena voluntad ; y como la de la oliva que la lanza de Minerva hace brotar del suelo para decidir en su favor el certamen de los dioses de la Mitología greco-romana, prueban el respeto mitico y sagrado con que desde la más remota antigüedad ha debido ser considerada la planta qtie para tales significaciones era elegida.

El Areópago ateniense nombraba de su propio seno inspectores para velar por su conservación , que consta que cumplían rigoro- samente su cometido; y la oliva del Acrópolis , santo Palladion de aquella ciudad, atestigua que el respeto de aquel sabio pueblo por este árbol era llevado casi al extremo de la adoración.

Fuera de los libros sagrados y de los Santos Padres que hablan de él á menudo y siempre favorablemente, infinitos autores profa- nos de la antigüedad como /'/m^o, Catón, Varron, Palladio, etc., no dudan en considerarle como el primero de los árboles; Colume- lla le llama su planta más querida.


480 EPIDEMIA ACTUAL

La lista de los hombres eminentes que se lian ocupado de su cul- tivo desde Gecropeo, de quien hablan ya Herodoto, Diodoro de Sicilia, j San Ensebio, hasta nuestros dias, formarla un catálogo interminable.

Claro es que tan antig-ua é histórica importancia no la debe á su g-allardia ni á su belleza, sino á la utilidad de su producto. Que la elaboración y aplicaciones del aceite de olivas eran ya también co- conocidas desde tiempo inmemorial, lo prueban el Génesis, el Éxodo y el Libro de Job , en las Sagradas Escrituras-, y algunos signos geroglíficos , en la epigrafía simbólica de los monumentos egipcios. Poco necesitaríamos esforzarnos para probar que dicho producto ha representado siempre un principalísimo papel en la ri- queza de nuestra patria ; papel que aun hoy mantiene dignamente á pesar de que en su elaboración (vergüenza da confesarlo), ape- nas hemos adelantado nada sobre la forma que consigna el Santo Libro que nos refiere la historia de aquel héroe de la resignación y la paciencia que antes hemos citado.

En vano los descubrimientos modernos nacidos del progreso de las ciencias le han arrebatado una parte de su antiguo imperio; la firmeza de su valia ha convertido en victorias esas mismas der- rotas. Hemos visto á la invención del gas sustituirle en el alum- brado público; á los aceites de frutos y semillas cada dia más nu- merosos, reemplazarle en sus aplicaciones á la jabonería y á la maquinaria; al petróleo y á la nafta depurados , y á los aceites li- geros de la destilación de las breas , hullas y betunes , luchar con él en el alumbrado doméstico bajo los nombres de (perdónese el barbarismo científico) gases líquidos de diversas procedencias y apellidos; y sin embargo, la curva de sus precios medios arroja en, estos últimos decenios una resultante siempre ascendente. En solo el de 57 hasta el dia, su precio medio general ha subido, fiíera de fracciones, desde 47 á 55 rs. vn. por arroba, y la cosecha de este año todavía ha de venir á dar un triste aumento á esta se- gunda cifra (1).

Asusta por lo tanto considerar cuál seria hoy el precio de este caldo, sin aquellas providenciales sustituciones; pero esto mismo ensalza el valimiento de un producto, que irreemplazable como

(l) Precio medio en Diciembre de 67. (Dirección General de Agricul- tura). 66.


DEL OLIVO. 481

alimenticio y de un valor tan grave en las cuestiones de subsisten- cias, se sostiene victoriosamente contra tan poderosos competi- dores.

Pasando de su importancia relativa á su valor concreto, las ci- fras y cálculos estadísticos van á prestarnos la demostración cuan- titaria de sus considerables proporciones.

Según los datos que tenemos delante , referentes á la cosecha de 1857 , la producción general de España en aquel año se elevó á la cifra de 999.900 hectolitros. Como esta cosecha apenas llegó á ser en la mayoría de las provincias la mitad de las de término má- ximo , y como sus datos se refieren á las declaraciones ó relaciones j uradas de los cosecheros , en las cuales no entra su propio consu- mo, aunque por tales consideraciones pudiera justificadamente au- mentarse en un 25 por 100 aquella cifra , no creemos incurrir en exageración fijando, por otras razones además, el término medio ge- neral de las cosechas de este caldo en 1,199.900 hectolitros, ó en tipo más conocido y guarismos más redondeados en 10,000.000 de arrobas.

El precio medio anual de cada una , que durante el último de- cenio ha variado , según dejamos ya dicho , entre los tipos de 47 y 55 en los puntos de producción , aun descartada la cifra superior que en el dia alcanza ya , nos darla para la computación del precio medio general del mismo un guarismo superior al que vamos á fijar, que es el de 50: así pues, el total valor de la producción anual de este líquido en España está representado por la cifra de 500,000,000 de reales.

Este producto bruto capitalizado al 3 por 100, tipo que aun es algo superior al que se acostumbra para las computaciones en ren- dimiento liquido de la propiedad rural en nuestro país , arroja para el capital productor la enorme suma de 16.000,000,000 de reales, representando el valor como instrumento de las plantas que le pro- ducen y el del trabajo que se emplea en hacérsele producir.

La totalidad de esta producción se distribuye de un modo muy desigual entre las diversas provincias de España , puesto que de las 49 que la componen hay: 15, que pasan de los 20,000 hectolitros, existiendo algunas como las de Sevilla , Jaén y Córdoba que tie- nen respectivamente 160,887 la primera; 134.538 la segunda; y 109.272 la tercera: y 18, que no llegan á aquella cifra, aunque muchas como las de Navarra , Guadalajara, Cádiz y Alicante se le

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aproximan bastante de ordinario , pasando de ella en los anos favo- recidos. De las 16 restantes, 7 que poco ó mucho consta que reco- lectaron algo en otros tiempos , como las litorales de Galicia y al- gunas de Castilla la Vieja , carecen hoy de este producto ; y 9 no le han tenido jamás.

Su consumo, según el anuario estadístico último, durante el septenio de 58 á 64 arroja un término medio de 23'63 litros por habitante de las capitales de provincia y puertos habilitados y de 4'84 por individuo en los demás pueblos del reino , dando por los primeros un total de 36.374,049; y de 63.339,577 por los segun- dos. La diferencia de tipo á que salen unos de otros habitantes, que tan alta se acusa en beneficio de los de las capitales y puertos, tiene su explicación en el mayor consumo industrial de dichos centros que va incluido en aquella cifra.

La totalidad general de dicho consumo anual se eleva por lo tanto á la suma de 99.713.626 litros.

En nuestro comercio exterior figuró en la exportación por valor de 96.046.926 rs. en el ano de 1863, según el mismo anuario.

En el interior hizo registrar en su cabotaje, durante el año 61. los guarismos 96.591.926 rs. por el importe de sus entradas, y de 89.766.687 por el de sus salidas. En este movimiento y en el de sus arrastres terrestres, deja un 20 por 100 de utilidad comercial, por ser esta cifra el término medio de la diferencia de su valor en- tre los puntos de producción y los de consumo ; y calculando que de los 400 y pico millones que son el total importe del gasto inte- rior de este caldo 200 participan de este movimiento comercial, son 40.000.000 de reales lo que deja de ganancia, viniendo esta cifra á aumentar el total valor intrínseco de dicho producto.

Nadie que conozca medianamente la escala de sus rendimientos encontrará exagerado que para la producción de los 10,000.000 de arrobas de este caldo que arriba dejamos prefijadas , calculemos que se necesitan al menos 40.000.000 de plantas en producción; esto es , á razón de 4 por cada arroba , pues aunque este número pueda parecer grande para Andalucía y algunos puntos , es pe- queño para muchos otros. Ahora bien , en la formación de los ami- Uaramientos ó padrones de la riqueza imponible de cada localidad, los olivos en producto que se dividen en tres clases , tienen asig- nado un tipo de utilidad gradual para cada uno , y con estos tipos diferentes en si y diferentes en cada punto según las condiciones


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de su clima j suelo , entran á figurar en la masa de aquella ri- queza que sirve de base para la distribución del impuesto directo.

Seria por demás prolijo que trascribiéramos aqui los numerosos datos que adquiridos de distintas localidades de muy diferentes con- diciones, han servido de base á nuestros cálculos para poder fijar con alguna aproximación el tipo medio general de utilidad de un olivo ; baste decir que graduamos su cifra imponible en la de 5 rs.

Multiplicada por este guarismo la suma de los 40.000.000 de olivos en producto , dan para la riqueza tributable que representan la cantidad de 200.000.000 de reales, con la cual, y en las dis- tintas proporciones con que el impuesto directo afecta á dicha ri- queza según los diferentes tipos del reparto en cada provincia, con- curre á sufragar los gastos del Estado.

El impuesto indirecto releva de este caldo productos mucho más considerables. Ya hemos visto que su consumo interior pasa de 99.000.000 de litros y viene á ser en otras unidades de unos 8.000.000 de arrobas próximamente. No procuraremos poner esta cifra enfrente de las tarifas de derechos de consumos , porque sus diferencias relativas y distinciones de destino harian este cálculo sumamente complicado , pero aunque solo se la afecte por el tér- mino medio que pueda resultar entre los tipos menores de lo que en la tecnología arancelaria se llaman derecko módico y derecho de almacenaje y y el superior que abona por todos conceptos á su intro- ducción en las grandes poblaciones, bien puede asegurarse que sus rendimientos por esta consideración todavía duplican por lo menos el resultado de las cifras anteriores, componiendo entre unas y otras más de la vigésima parte de los ingresos generales de la renta del Estado.

Omitimos de propósito y á fin de acortar las proporciones de este prólogo ya demasiado largas , los cálculos sobre el valor de la aceituna comestible; del árbol en sí mismo como combustible y maderable , y sobre la importancia de algunas industrias en que el aceite figura como producto ó como primera materia, tales como los molinos aceiteros (1); las fábricas de clarificación; las de saponificación ó jabonerías (2); las de conservas alimenticias, etc.,

(1) Molinos aceiteros de España, 12.961. Catalogo oficial presentado en la Exposición Industrial de París en 1867, referente al año de 1862.

(2) Fábricas de jabón en que intervienen máquinas 397. Id. id. sin má- quinas , se ignora el dato.


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porque todo esto, aunque de gran valía, pierde su significación ante las altas cifras que dejamos apuntadas.

Con tan gran elemento de riqueza , con recurso de tan variadas j poderosas afecciones alimenticias , comerciales , industriales y rentísticas, puede dar al traste por muchos años la epidemia de que vamos á ocuparnos , ó reducirle al menos á bien exiguos y tristes limites.

Y pues que se trata de un mal que tamañas proporciones puede alcanzar , cuya presencia de hoy en nuestro suelo está ya recono- cida , y cuyos efectos hemos principiado ya á tocar , puesto que la rápida elevación que hoy presenta su precio medio quizá no reco- noce otra causa , claro es que urge llamar fuertemente sobre él la atención del Gobierno, de las corporaciones populares, y en espe- cial la de los agricultores diretámente interesados.

Del Gobierno , para que señalando autorizadamente el peligro, despierte la confiada inercia de nuestros cultivadores ; y para que, ya publicando en convenientes instrucciones el resultado de las exploraciones científicas que tiene decretadas , ó ya por otro medio cualquiera difunda el exacto conocimiento de las cosas , y preven- ga el resultado de prácticas empíricas que son muchas veces como remedio peores que la misma enfermedad.

De las corporaciones populares , para que concurran con él á este mismo fin , por medios de un orden puramente persuasivo y propagador.

Da los agricultores mismos , no para que tiendan al Gobierno sus brazos suplicantes en demanda de violentas y costosas medidas sa- nitarias ó de recursos equivocadamente protectores ; las manos de la noble clase agrícola , piedra angular del sostenimiento del Es- tado ) no deben alzarse á los Gobiernos más que para pedir que las desliguen de las trabas que la entorpecen , y las aligeren de las cargas que las abruman. Ni auü paía eso queremos llamar su aten- ción, sino para que movidos de su personal interés, por -los solos simultáneos é inteligentes esfuerzos de la actividad individual, gran potencia de las modernas sociedades, puedan en este conflicto sobreponerse al peligro que les amenaza sin ningún otro género de concurso ni tutela.

A facilitar esto , en cuanto á la prensa toca y de una manera que corresponda á la magnitud deí mal ; á popularizar el conocimiento de sus causas, de sus formas y sus efectos, á eso tiende el presente


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trabajo. Su principal propósito es indicar á aquellos de nuestros agricultores que crean necesitarlo, cuáles son, entre todos los me- dios hoy conocidos , los más adecuados y económicos para precaver ó remediar sus estragos, apartándolos tanto de una desastrosa inacción , como de prácticas violentas , costosas siempre y muchas veces ineficaces.

Que si tal fuera nuestro solo objeto , hubiéramos podido dar á nuestro trabajo proporciones más restrictas, bastando con limitarle á una' simple fórmula apoyada en escasas consideraciones , nada más cierto ; pero hemos tenido además otra aspiración.

Aunque todo lo que se refiere al cultivo y explotación del árbol de Minerva tiene una literatura tan importante , numérica , histó- rica y científicamente considerada, su nosograHa , esto es , la des- cripción de sus padecimientos siempre ha sido tratada de una ma- nera incidental y secundaria ; algunas memorias parcialmente preciosas, pero imperfectas é incompletas constituyen toda su biblia. Por eso al emprender nosotros la monograma ó descripción parcial de la más importante de sus enfermedades, hemos querido, aunque profanos, poner en cuanto nos fuera posible nuestro pequeño libro á la altura de aquellos antecedentes , sin que por eso deje de hallar en él quien le busque con un objeto práctico todos los datos que pudiera desear.

No se nos oculta el carácter que ofrece en nuestro país la mayo- ría de la clase especial para quien escribimos , y conocemos de ex- periencia el soberano desden con que, escudada tras las altas pre- tensiones de una práctica, que apenas es ciega rutina, acoge siempre este género de trabajos ; no importa , es preciso ser propa- gador aun á prueba de desdenes : á beneficio de esta conducta aquella condición se ha modificado ya mucho.

Por otra parte , hemos creído cumplir con un deber propio , y al hacerlo nos dirigimos especialmente á los que , como dice el gran poeta agrícola de nuestro epígrafe, ni reliuyen los preceptos^ ni tienen pereza de conocer este género de minuciosos cuidados.

Madrid 12 de Setiembre de 1867.

Mariano Zacarías Cazurro.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CANTO DEL CISNE,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.


xni.


NOTAS DE LESCURA PARA SU DIARIO.— APARICIÓN SINIESTRA.— UNA

EPÍSTOLA AMATORIA— AVISO ANÓNIMO. Continuación.

Domingo 5. Mi pobre abuelo, notablemente aliviado solo con tenerme cerca de si tres dias hace , se ha empeñado en ir á misa de doce á S?in Cérnin (San Saturnino), conmigo por supuesto; y Dios me perdone si temerariamente le juzgo , pero figúraseme que no ha sido la devoción sola al Santo primer obispo de Tolosa la que á llevarme á su iglesia , y precisamente á la misa de doce , le ha movido. Lo que el buen señor queria, y ha logrado, era lucir á su nieto , el oficial facultativo , y de la Guardia por añadidura; que le vieran de uniforme sus amigos y sus amigas ; presentárselo él mismo al Conde de G. , al Barón de B. , al Marqués de V. , á todos los M, y todos los E. de aquende el Ebro, y, en suma , á la aristo- cracia del antiguo reino de Navarra , en su capital á la sazón re- sidente.

Mis paisanos son, en general, graves y no muy expansivos: pero en cambio resueltos y cordialmente sinceros en su amistad, cuando una vez la conceden. Pretender que no son linajudos los que pueden serlo , y tal vez algunos que no , seria una demencia; pero es preciso también confesar que los más encopetados son con aquellos á quienes juzgan sus inferiores, cuando menos corteses;


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO. 487

que si atienden con exceso , según las ideas modernas , al naci- miento de las personas, jamás se cuidan de si las que á su juicio son bien nacidas , son ricas ó pobres ; j que en el comercio de la vida son francos , leales y mesurados. Verdad es que, á su vez, la clase media , y la Ínfima ig-ualmente , participan de la entereza de carácter que , al parecer , deben todos á la asperidad majestuosa de sus montañas ; y que si se resignan con su inferioridad , sin que ni pena les cause , no soportarían la humillación más leve sin tomar de ella instantánea y terrible venganza.

Mi familia es , relativamente á las primeras del país , realmente pobre ; pero como nuestra ejecutoria es buena , y nosotros , á Dios gracias , nada hemos hecho para empañar el brillo de nuestro mo- desto blasón de incontestada hidalguía , vivimos de pleno derecho en la alta sociedad de Pamplona , reducida en número por su ex- clusivismo acaso exagerado; pero en compensación agradabilí- sima por la buena educación de cuantas la componen , y por la franqueza urbana que en ella reina.

Aparte , y en latente hostilidad con ese grupo , hay otro com- puesto de las familias más acomodadas de la clase media , en que se reúne una colección de lindísimas muchachas, educadas la mayor parte en el Mediodía de Francia , y que si fuera posible trasportarlas súbito á los salones aristocráticos , figurarían en ellos muy dignamente. xA.lgunos militares del otro bando, y esos, ha- ciendo alarde de temeraria despreocupación, se atreven á fre- cuentar simultáneamente una y otra sociedad ; y yo , que en mis anteriores visitas al abuelo he sido del número de los despreocupa- dos , recuerdo en una y otra parte se me interrogaba con no menos afán que pudieran hacerlo á un viajero nuestras damas sobre las costumbres de las chinas, olas mujeres de Constantinopla respecto á los hábitos de las europeas.

Supongo que las cosas estarán como las dejé hace dos años; porque ahora la poca salud de mi abuelo me sirve de razón y pre- texto para no visitar á tirios ni á troyanos ; para no ver ni oír á nadie; para gozar, en fin , del único placer de que la ausencia del objeto idolatrado me deja capaz; pensar en ella, y evocar su deli- ciosa imagen en mi acalorada fantasía.

¡ Oh Laura , Laura de mi alma ! La vida me es ya de todo punto intolerable sin tí , que eres realmente el aura que respiro , la luz que me alumbra, el espíritu que me alienta.


488 MEMORIAS

Solos dos días de la semana hay correo , entrante y saliente, en- tre Madrid y Pamplona; tres de fecha tienen las cartas cuando aquí y allá se reciben ; y es forzoso resignarse á pasar alternativa- mente cuarenta y ocho horas una vez , y setenta y dos la otra , sin saber de lo que se adora.

Verdaderamente , en España , la Dirección de Correos y de ca- minos tienen tan duras las entrañas como la mismísima Superin- tendencia de Policía del reino.

Y á propósito de la tal Policía , ahora recuerdo que , al salir de misa , he reparado en un quidam , con rostro de fuina , andar de reptil y mirada de hiena , en mi siniestramente clavada , que , ó yo estoy enteramente trascordado , ó ha de ser el mismísimo tunante con quien el proscrito coronel D. Carlos trataba de batirse allá en Madrid hace unos meses.

¿Qué se habrá hecho del tal proscrito? ¿Qué será de aquella mis- teriosa Niobe, de quien tuve la necedad de creerme enamorado? El y ella y la niña, y el joven Charles han desaparecido de la escena como por arte de encantamento ; y yo , al principio curioso , helos olvidado después completamente. — ¡ Todo mi ser lo absorbes tú, Laura mía ! Y como yo vea amantes y serenos tus divinos ojos, poco me importa la suerte del universo entero.

En cuanto al polizonte , no tiene duda en que me miraba con atención, y no benévolamente por cierto; pero basta y sobra lo ocurrido tras de la Plaza de los Toros para que ese villano me de- teste y vea siempre con malos ojos.

Su presencia en Pamplona se explica sin dificultad, con abs- tracción de mi humilde persona.

Los emigrados liberales acuden á la frontera en crecido número, y sin ocultar sus intentos , de invadir á mano armada el territorio español ; el nuevo Gobierno francés , todavía no reconocido por el nuestro , los tolera , si no los apadrina ; y así como los Ministros del Rey han reforzado las tropas de Navarra enviando á mandarlas á un General de toda su confianza , y por la dura severidad de su carácter muy conocido , natural es que la Policía haya también puesto en campaña sus sabuesos.

De todas maneras mi ausencia del cuerpo en que sirvo es ahora singularmente inoportuna ; y preciso será abreviarla , en cuanto el cariño y consideraciones que á mi abuelo debo y profeso lo con- sientan.


DE UN CORONEL RETIRADO. 489

Miércoles 8. Si es verdad que ,

..Por oir misa y dar cebada "Nunca se pierde jornada;"

por desdicha salir á Misa intempestivamente puede tener para un octogenario muy desagradables consecuencias.

Aunque la temperatura el domingo era , supuesto el pais y la estación , bastante benigna , sea que en las iglesias la atmósfera es siempre húmeda y fria, sea (y es lo más probable), que mi queri- do enfermo está ya en ese periodo en que todo contribuye á per- judicar la salud ; lo cierto es que ha vuelto á caer en cama ; que ayer y anteayar ha tenido fiebre ; y que hoy todavía ni yo lo creo libre de calentura, ni el médico desarruga su ceño de mal agüero. Para los indiferentes, la muerte de un viejo no es más que el pre- visto, inevitable desenlace del drama de la vida; pero quien, como yo, ama en ese anciano á toda su familia en él compendiada, quien al cerrar él los ojos, va á perder un protector constante y desinte- resado, un consejero leal lleno de nobleza y experiencia, un juez indulgentísimo , y una sombra irreemplazable , poco se consuela contándole los años al que ama , ni diciéndose que la desgracia que presiente es tan común cuanto inevitable.

¡ Pobre , pobre abuelo mío ! Él sí que mira llegar su fin con re- signación cristiana y serenidad estoica. Él sí, que se prepara, como si de un viaje ordinario se tratara , á ese brevísimo pero temeroso y decisivo tránsito de este mundo finito al mundo de la eternidad.

Anoche tuvo una conversación de dos horas con su Administra- dor , por quien se hizo leer su testamento , hace tiempo otorgado, pero por un reciente codicilo en algunos puntos modificado. No ha creído oportuno hacer variación alguna en esa su prostrimera voluntad , que me he negado á conocer , aunque él deseaba que la leyese. Después oyó atentamente al Administrador, para enterarse del estado actual de sus bienes y rentas; y dictado que hubo, con claridad suma algunas providencias respecto á ellos , llamóme para entregarme la llave de un escritorio donde de fecha inmemorial á este día , guardaba el dinero que en su casa tiene y todos los pa- peles de importancia, encomendándome, que apenas fallezca, abra aquel mueble y me entere de algunos documentos contenidos en un cajón secreto que me describió clara y minuciosamente.


490 MEMORIAS

La noche no la ha pasado mal ; pero desde esta mañana decae tan visiblemente , que la esperanza misma no puede hacerse gratas ilusiones. ¡ Si Dios no hace un milagro , voy á quedarme comple- tamente huérfano !


Es dia de correo y la hora de su salida se acerca. Voy á ponerte

dos letras , Laura de mi corazón : el tuyo , tan tierno , tan entra- ñable, tan simpático, comprenderá bien que en este momento, un solo renglón de mi mano te prueba más cariño que las ocho pági- ginas de mis cartas de costumbre. Santiago, á quien conmigo me he traido, irá á llevar la carta, ya que yo no pueda salir hoy de casa para depositarla en el buzón por mi propia mano , como con todas las anteriores lo hice.


Es tan singular lo que mi asistente acaba de contarme , que creo indispensable tomar aqui nota de ello ; y aprovecho al efecto este momento en que está mi abuelo descansando.

Parece, pues, que á poco de salir de casa Santiago, echó de ver que le seguia á cierta distancia un hombre mal encarado, y cu- yas señas concuerdan en todo con las del polizonte de marras. Pa- róse mi soldado una ó dos veces ; deshizo otras tantas parte del ca- mino andado ; y el hombre copió todas aquellas evoluciones sin perderle de vista , ni acercársele nunca ( dice Santiago ) á tiro de bofetada ni de puntapié. «Entonces, mi Alférez, ¡vaya! ¡me car- gué ; si señor , me cargué ! y dando frente á retaguardia , contra- marché al trote largo sobre aquel moscón. Pero ¡ quiá ! Apenas di la media vuelta, el muy tunante, ¿qué hace? Coge y dice: ¿pies, »pá qué os quiero? Y se las tocó más ligero que si llevara detrás á »un cabo loco mosqueándole las espaldas con una vara verde des- »echada por gorda. ¡ De éste salimos ! dije para mi péti ; y marché »derecho al correo: pero apenas habia echado la carta al buzón, »cuando me vi en la puerta de la ofecina al mismo bribón que me »habia ido sirviendo de paje.»

— ¿Estás seguro de que era él?

— ¿Vé V. estas cruces, mi Alférez? (Cruzando los dedos de am- bas manos unos con otros) . ¡ Pues lo mesmito !

— ¿Y qué hiciste?


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— Irme derechito á él , con voluntad de agarrarle por el ganóte y apretárselo hasta que me dijera, qué tengo yo de buena moza para seguirme.

-¿Y él?

— Él , mi Alférez , apenas me vido , se coló en la ofecina como Pedro por su casa, vamos al decir. Lo que es allí , mi Alférez , no me atreví á entrar.

— Has hecho bien , Santiago : pero es preciso que vivamos sobre aviso.

— ¡ Como Dios haga que yo me tope con ese mozo en una calle solitaria... !

— Nada de violencias, Santiago. La cosa es más seria de lo que á ti te parece. Ten cuidado de avisarme como ahora si vuelves á ver á ese pájaro de mal agüero. Si te habla mira mucho lo que di- ces, y aun mejor será que no le respondas. Lo demás déjalo de mi cuenta

Viernes 10. JVota del Editor. — En esta fecha mi afligido com- pañero escribió solamente en su Diario las palabras siguientes :

« Son las tres de la tarde , y presentes su médico y administra- dor , mi abuelo acaba de decirme que cree que es ya tiempo de re- cibir los últimos auxilios espirituales. Según su deseo , he avisado inmediatamente á un canónigo , dignidad de esta catedral , muy su amigo , para que le confiese ; y dado al administrador mis ins- trucciones para que al anochecer se le administre al enfermo el Santo Viático con la solemnidad de costumbre aquí entre gentes de nuestra clase.

» ¡ Extraño ser el hombre ! — Ni mi abuelo al pisar ya los límites de la eternidad , ni yo con el corazón desgarrado por la evidente seguridad de perderle pronto , podemos prescindir de estas puerili- dades de la vanidad mundana !

» Extraño , extraño ser y miserable criatura es el hombre ! »

Ni una sílaba más hay en el cuaderno respecto al dia de la fecha y los cuatro siguientes ; pero cosidas á él se encuentran dos cartas. La primera escrita en papel inglés finísimo , de color azul y canto dorado , letra menuda pero clara , y con firmeza trazada : en cam- bio la segunda cuyas letras son tan gordas como las de cualquier pedante , ofrece en la ondulación de sus renglones una especie de boceto de un mar de teatro , y en la originalidad de su ortogafía un suplicio para cualquier gramático purista, ,


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Ambas voy á insertarlas , porque ambas interesan á la pendien- te narración ; arrogándome empero todos los fueros del lápiz rojo ( filantrópico recuerdo del Santo Oficio } para expurgar los susodi- chos documentos de alguna que otra redundancia , y de tal cual párrafo ya empalagosamente sentimental, ya muy trasparente- mente erótico.

Dirigese la primera carta como el lector va á verlo , á un señor Arturo de quien no tengo la menor noticia; y aparece firmada por una tal Florinda, igualmente para mí desconocida.

Figúraseme que, tan sin dificultad como yo, adivinará cualquiera que esos románticos nombres lo son pura y simplemente de guerra, y que bajo el pseudónimo de Florinda, escribe Laura á su aman- te llamándole Arturo , ya para dar á su correspondencia ese nove- lesco atractivo más , ya para que en caso de perderse alguna de sus cartas no pudiera comprometer directa ni gravemente á la en ese punto siempre recelosa y precavida viuda.

Supuestas esas indispensables advertencias, vuélveme otra vez á ocultar tras el telón del foro, y allá va la susodicha primera carta.

«Madrid 7 de Setiembre. — Tu carta del 4, Arturo mió, que tu »Florinda ha leido , besado y puesto sobre su corazón muchas ve- »ces, viene tierna y enamorada como todas las tuyas. ¿Por qué »tambien llena de tristes presentimientos y de infundadísimos re- »celos? ¿No sabes que toda soy tuya exclusivamente y para siem- »pre tuya? ¿Puedes hacerme la ofensa de suponer que serias tan »mi dueño como lo eres , desagradecido amante , si no te adorase »hasta el punto de olvidarlo todo por tí? No en vano me han ca- »lumniado esas mujeres , objeto un tiempo de tus galantes atencio- »nes..... ¡ Ah! si fuera tan desconfiada como tú, si atendiese como »teniendo juicio debería hacerlo á tus malísimos antecedentes y »numerosas aventuras.... ! Pero no quiero reconvenirte ni menos »castigarte por esta vez, aunque bien lo mereces. Estás triste, »estás temeroso por la vida de ese pobre señor á quien amas tanto »que casi estoy por tener celos de él , y eres además un niño ca- »prichoso y mimado á quien ya no tengo fuerza moral para corre- »gir ni castigar. — «Aimemoi bien, mon Artur; et n'en parlons »plus. » Como siempre yo me guardo para mí las penas , y voy á »ver si puedo distrayéndote , aliviar las tuyas.

«Empecemos, prometiéndome que no vas á enfurecerte como


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»sueles, ¡oh mi Ótelo con charreteras! al saber que anoche fui al »teatro á oir la Norma ó más bien á dejarme ver en público tras »ocho dias de eclipse total y sin pretexto.

»¡Al teatro! ¡Al teatro sin mi, y en mi ausencia, FlorindaH »Te »estoy oyendo exclamar fruncido el ceño, inflamado el rostro y eri- »zándosete el big-ote.... porque estamos convenidos en que ya no es »bozo, sino bigote lo que sombrea tu labio, ese labio que etc., etc., »( primera supresión). Casi, casi, se me fig'ura también que te veo »hacer pedazos un guante y abollar tu desdichado sombrero como »tienes de costumbre. ¿Se te ha olvidado lo que hace tu humilde »esclava esta pobre Florinda que pasa en el mundo por una mujer »fuerte cuando su dueño y señor se irrita y desespera. . . . ? pues yo te »lo recordaré. — La pobre mujer calla, se somete á tu injusticia, deja »pasar la tempestad , y luego probándote siempre , siempre , seño- »rito, que eres injusto, déjase ablandar por cuatro suspiros y otros

»tantos halagos ¿Por qué no estás aqui para que riñamos y nos

»reconciliemos , Arturo de mi vida? Pero supongamos la reconci- »liacion hecha, y óyeme,

»Bien sabes que mi posición requiere ciertos miramientos con el »mundo, á que no siempre atiendo, por ceder á tus celosas exigen- »cias; y, si reflexionas un poco, comprenderás que, ausente tú, »abstenerme yo completamente de aparecer en ciertos sitios, seria «publicar nuestras relaciones á son de trompa. ¡Quiera Dios que »no sean ya de sobra notorias!

»Fui, pues, anoche al teatro, vestida lo más sencillamente po- »sible, sin más tocado que una rosa en el cabello; sin otra joya que »cierto brazalete de oro, liso y llano, pero con una fecha y un se- »creto!.... Supongo que lo reconocerás sin que te dé más señas. El »Ábate Rioso, que desde la ausencia del banquero de Remanso, me »dispensa , como sabes , el honor de comer en casa una vez á la se- »mana, ha sido nuestro cavalier servente ; y digo nuestro, porque »mi sobrina Angustias, única persona con quien puedo hablar libre- »mente , es ahora mi inseparable compañera.

»¡Si supieras, monstruo de ingratitud, la tristeza que me afligió, »cuando al fijar, como de costumbre, la primera mirada, en la no- »vena fila de las lunetas , que es la que los oficiales de la Guardia »ocupan de preferencia , te eché de menos entre tus galantes com- »pañeros, cuyos ojos, buscaban todos su norte respectivo, ya en »los palcos , ya en la tertulia , ya en las profundidades mismas de


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»la cazuela, ó en la discreta oscuridad del tercer banco allá en el »palco por asientos! — ¡Arturo, Arturo mió! Yo no sé cómo me has ^hechizado; pero la verdad es , que no me conozco á mí misma, «que vivo como enajenada, etc. , etc. (Aquí una página de música »celestial para los interesados, y de insoportable murga para los in- »diferentes) .

»Capitulo de las visitas: por supuesto el Abate, que una vez, »instalado cómodamente, y eso lo hace él como ninguno, no se «apartó de nosotras hasta dejarnos en el coche , al terminarse la »ópera. En todos lo: entreactos, tu amigo Luis, el Capitán de »caballeria , tan buen mozo, tan cortés y ceremonioso como siem- »pre, hasta en las frecuentes ocasiones en que se cree obligado á »tirar la espada. Supongo que no has olvidado que aspira, si es »que ya no tiene derecho, como supongo, á llamarse nuestro sobri- »no, (a la mode du pays du Tendré). El Barón, marido de Angus- »tias, dice que Luis es el joven más respetuoso y bien criado de »Madrid, y que no sabe por qué su mujer le tiene manía. Tú juz- »garás si el síntoma es grave. También nos favoreció, cinco minu- »tos, y sin sentarse siquiera, el Marqués del Marmolejo, antes de »enlazarse con su inmortal consorte , D. Serafín Riberino á secas. »Hago mención de ese hombre, precisamente porque mis enemi- »gas han dado en decir que fué mi enamorado antes de casarse, y »es mi amante aun ahora. Tú , mi único amor; tú sabes mejor que anadie á qué atenerte en ese punto. Por último, además de tres ó «cuatro lechuguinos , de esos que tan antipáticos te son , pero que »es preciso recibir, so pena de caer en ridículo, estuvo también en »nuestro palco el bueno de Fausto, el heredero y sucesor de mon »7i07nme d'aff aires, el procurador de número D, Sisebuto Acequia. »E1 pobre chico, es decir Fausto, se desvive por parecer un hombre »de buen tono; pero sus esfuerzos son desdichados. A pesar de su >>buena figura , de sus pocos años, de sus botones de brillantes, y »de su magnífico solitario en la sortija, yo no sé cómo se las com- »pone para estar siempre en ridículo.

»Pasemos ahora av, cJiapitre des accidents , y sea el primero, la »para él poco lisonjera aventura de Vaquero, el literato de indus- »tria, que, como sabes, no recibe en su casa criado, ni emplea «menestral , á quienes no imponga la obligación de darle el trata- »miento de Excelencia , que no tiene , y á quienes , además , no se «dispense constantemente de pagar salario y jornales. Como sabes


DE UN CORONEL RETIRADO. 495

»tambien, Vaquero es en el teatro mordazmente locuaz; pero lo que »ignoras y voy á decirte , es que anoche , por su desgracia, ocu- »paba la luneta que está precisamente detrás de la que tiene en »abono tu Brigadier, que es uno de los admiradores más entusias- »tas de la cantante que desempeñaba el papel de Norma. Sucedió, »pues, que durante el magnifico dúo, In mia man, al fin, tu sei, »se le antojase á Vaquero ponerse á murmurar de la cantante, con »la persona que tenia á su lado. Tu Brigadier, con la suavidad que »le conoces, volvióse hasta dos veces, diciendo: ¡Caballeros! ¿Quie- »ren VV. dejarme oir? Pero no dándose el literato por entendido, »cuando más atentos estábamos todos á los sublimes acentos de »Norma, y á la confusión de su ingrato amante, tu iracundo jefe, »alzándose súbito de su luneta , y asiendo á Vaquero de los cabe- »zones, arrastróle sin que nadie se lo estorbara fuera de la platea. Tu amigo Patricio , me ha dicho que , una vez en el pasillo, re- cibió el hablador importuno no se cuántos pechugones , y el aviso de que en caso de reincidencia, la corrección seria aun más grave. La sensación que aquello produjo en los circunstantes, puedes figu- rártela; pero á los cinco minutos el bueno de D. Manuel se retor- cía los bigotes otra vez en su asiento, tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido; Vaquero desaparecía del teatro; el x\.lcalde de corte que presidia, se hizo prudentemente el desentendido; y los demás seguimos escuchando la ópera.»

Vuelve aqui la carta al estilo del filósofo Ginebrino en su cele- bérrima novela ; y Florinda á considerarse tan desdichada en el teatro, como la sensible Elvira, después de la durísima y no en- vidiable catástrofe de Abelardo, allá en la soledad del Paracleto. Siguen á las protestas de fidelidad, los encargos de que no se la olvide , y tras de algunas frases exóticamente sentimentales , ó sen- timentalmente voluptuosas, concluye el cuerpo de la epístola, con el consabido; tuya en cuerpo y alma y hasta la muerte, tu aman- tisima, Florinda.

Pero á las cartas de las mujeres , acontéceles lo que á los come- tas, que donde tienen la luz, es en la cola ó cabellera; ó en otros términos: que dejan para la postdata, lo que más interesa, y tal vez el motivo mismo porque escriben. Veamos , pues , cómo en el apéndice á su epístola , se explica la ingeniosa , cuanto galante viuda.

«P. D. — Antes de cerrar esta, ilfaut que je fembrasse encoré,


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^mon bien aimé , y que te diga algo de lo mucho que todavía qui- »siera escribirte. Lo primero será rogarte que abrevies tu ausencia, »cuanto te sea posible, sin faltar á tus deberes de piedad filial, y »que si esos , ¡ Dios lo haga! te permiten volver pronto á los brazos »de quien te adora, no vayas á ponerte en camino, sin avisármelo. »Quiero salir á recibirte ; quiero ser la primera persona á quien »veas y hables en Madrid ; y quiero que pasemos juntos y solos, al

»ménos el primer dia si el téte-á-téte no te asusta. — Quiero

»además que sepas que de nuevo se nos ha aparecido en esta corte, acierta dama misteriosa , que por más que tú digas , sé yo muy »bien que hizo mella, no ha mucho, en tu impresionable corazón, »y á quien he caido ahora en la cuenta de que conozco mucho más »que ella quisiera — c'est toute une Mstoire, mon cher Lovelace — »una historia romántica , ó un novela histórica, que te prometo con- »tarte y pronto; pero entretanto conténtate, por hoy, con saber »que anoche ocupaban el palco inmediato al nuestro, tu muy res- »petada y particular amiga la Duquesa , y con ella la Dama pálida, »en cuestión, sola, sólita, como la mora en su moral. El France- »sito, su acólito, ó lo que fuere, ha desaparecido; y la niña se »quedó en París. Porque de París viene tu misteriosa sto^aniera, y »viene solo por las exigencias de no sé qué pleito importante que »va á fallarse de un dia á otro en la Sala de Mil y Quinientas ; y »viene por tan pocos dias, que temo, mi pobre Arturo, que por »pronto que vengas , ya no tendrás el gusto de verla. Por lo mé- »nos así lo cree mi Procurador, Fausto, que también lo es suyo, y »quien me ha dado todas esas noticias. Tu benévola Duquesa me »honró con una inclinación de cabeza , de Princesa de la sangre á »su dama de honor; y yo la respondí con otra de Reina á vasalla; »pero al cabo, tuvimos que mirar, para saludarnos, la una al palco »de la otra, y mis ojos se fijaron entonces, bien por casualidad, »en la estatua gentilísima , que ocupaba el asiento de preferencia ))en el aposento de la Duquesa, cuya enemistad conmigo, hasta el »dia de ayer, para mí inexplicable, comprendo ahora perfecta- »mente. — ¿Por qué no he conocido á tu dama de mármol, hace »tres meses, y la reconozco ahora? — No lo sé : la memoria es mu- »jer y tiene sus caprichos. — Pero, en fin, te repito que la conozco »más que ella quisiera, y te ofrezco su galante y entretenida Msto- »ria por escrito, si desdichadamente tu ausencia, y con ella el mar- »tirio de tu Florinda, se prolonga algunos dias. — ¡Ven pronto,


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>;amado de mi corazón! ¡Ven pronto! Y no te olvides de avisarme »con anticipación cuando vienes. No quiero que me sorprendas con »la persona tan descuidada como la tengo en tu ausencia.»

Otro parrafito de ternuras; y la tal carta se acaba esta vez de veras; lo cual nos permite copiar ahora la segunda de las dos epís- tolas que tenemos anunciadas.

Copiar, decimos , y en efecto, hasta la ortografía respetamos en en el traslado. Es decir: respetamos la ortografía del tal escrito, faltándole en ello gravemente , al respeto á la ortografía castellana .

»Madrid 7. de Setiembre — Mostruo de hingratituz. aunque tu »no lo mereces, porque tu heres un ombre incapaz , de sagramen- »tos, a una vitima de tus seduziones, qe no puede sufrir, como es- »tás haciendo el oso Bien mere zido te lo tienes, sedutor, por an- »darte siempre con Marquesas, qe ellas te darán El pago. A noche »en el treato. tu señora quería — ya sabes, la viuda — Reir en las »barbas, de todas nosotras, y en tus oziqos, como qien dize: se es- »tubieron aruyando, como 2 palomas, paloma y palomo, con el »sóBrino de Don sisebuto, el Precuraor tan rico del Bario de laPa- »loma, que iba echo un ascuadoro, y aziendo la rueda como un »Pabo. — en la delantera de la cacuela dezian que tu Viuda, está »cansá del Marqes . y que tú ; heres pá el gusto no más , y qe pá »el gasto, y lo del rastro quié hecharl^ el anzuelo al sobrino de »Don sisebuto, qe hes un Juan lanas, y buen mozo, eso si, y go- »ven tan bien — Telo aviso todo, pá qe no peces de inorancia, Tu » vitima.»

Al pié de esa. elocuente misiva , hay una nota de mano de mi amigo que dice: — «Calumnias de Juliana, cuya grosera natura- »leza y celosa rabia , no comprenden ni la sublimidad de mi Flo- >>rinda , ni los sacrificios que su posición social exige.»

Bienaventurados los que creen, porque á ellos llega difícilmente el desengaño. ^


TOMO II. 32


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XIV.

NOVENARIO.— TESTAMENTO.— EL CAPITÁN GENERAL DE NAVARRA.—

REGRESO Á MADRID. (Pamplona 20 de Setiembre.)

Ayer terminó el novenario del fallecimiento de mi inolvidable, honradísimo y cariñoso Abuelo. A la madrugada del sábado en- tregó su espíritu al Creador, sin haber perdido la razón y el cono- cimiento ni un solo instante , ni dado la menor muestra de flaqueza. Su muerte ha sido la del justo, que deplorando los errores y culpas de la frágil naturaleza humana inseparables , confia sin embargo en la misericordia divina , sabiendo que va á comparecer ante el Juez infalible , si no exento de pecado , con la conciencia de haber procurado siempre no apartarse del angosto camino de la virtud, durante su tránsito por este valle de lágrimas. Momentos antes de espirar, me ha dado su bendición ; sobre mi pecho estaba su cabe- za reclinada cuando exhaló el último suspiro ; y mi nombre y el Dulce de María, son las últimas palabras que sus labios pronuncia- ron. — ¡Qué Dios le haya juzgado, como confiadamente lo espero, según su infinita misericordia , y me conceda la gracia de espirar cuando llegue mi hora, con la tranquila resignación que aquel á quien mis trémulas manos cerraron por vez postrera los ojos ! !

¡Ya estoy solo en el mundo ! ¡Ya no me queda ni un solo pa- riente , ó más bien ya solo me quedan parientes de esos que única- mente cuando nos necesitan ó no los necesitamos , nos buscan ó al encuentro nos salen.

Todavía no he cumplido los veintitrés años y ya estoy huérfano, absolutamente huérfano ; sin tener á quien vuelva los ojos en de- manda legítima de consejo en las dificultades , de amparo en los contratiempos , de consuelo en las aflicciones de la vida.

¡ Solo ! ¡ Absolutamente solo entre extraños , para quienes ni soy ni seré nunca más que uno de tantos seres racionales como pueblan el mundo, y que solo se estiman en cuanto de recíproca utilidad se consideran los unos para los otros !

¡Nadie que con mi dolor simpatice! ¡Nadie que mis lágrimas enjugue ó mi angustia comparta ! ¡ Nadie que me ofrezca otros


DE UN CORONEL RETIRADO. 499

consuelos , más que triviales apotegmas de resignación pseudofilo- sófica, ó máximas vulgares del más frió egoísmo !

Nueve mortales dias he tenido que sufrir el suplicio del Duelo sentado en una silla al testero de una sala medio en tinieblas, in- móvil , y siempre observado desde la puesta del sol hasta ya muy entrada la noche . ¡ Qué de sandeces , grave y sentenciosamente proferidas , no he tenido que oir durante ese tiempo !

Uno pretendía consolarme , revelándome el portentoso secreto de que todo lo que nace muere ; y otro , recordándome que el difunto era al fallecimiento octogenario, j Cómo si las personas amadas fueran nunca á nuestros ojos viejas !

Este exclamaba : «Vaya , Sr. D. Pedro , no hay que abatirse, que »para las penas son los grandes corazones!»

Aquel anadia : «Y después de todo , ya debia V. estar preparado »á esa pérdida: el Abuelo vino antes y antes ha de irse que el »Nieto.»

Pero lo que más me ha indignado , y con más frecuencia tuve que escuchar estos dias, es ¡Imposible parece que tantas per- sonas hayan incurrido en la necedad misma, por no decir en igual y tan indigno absurdo! — Lo que más me ha indignado, es oirme decir con admirable aplomo y sorprendente acento de convicción profunda: — «¡Vamos, amigo, vamos! Los duelos con pan son mé- y>nos ; y á V. le queda una bonita fortuna. — ¡ Cáspita ! — A los vein- »tidos años , un Mayorazgo de mil pesos , y otros tantos además de »renta en bienes libres en el valle de Ulzama , sin contar con esta »casa en Pamplona, y el metálico que el difunto (Dios le tenga en »su gloria) dicen que ha dejado....! No tiene V. por qué quejarse >>de la suerte. — Si quiere seguir su carrera, puede hacerlo desaho- »gadamente; y si dejarla, no faltan en Navarra muchachas boni- »tas , de familias decentes y con buena dote , que aceptarían con »gusto un marido joven, galante, rico y de tan buen apellido como »lo es V. , á Dios gracias.»

Como yo he callado siempre , los buenos de mis consoladores han solido prosegir en su filantrópica tarea , enumerando prolijamente todas las señoritas hoy casaderas , existentes de las Amescoas á la Ribera, de Pamplona á Estella, de Tafalla á Lerin, de Puente la Ueina á Mendigorría, etc. etc. , de que tenían conocimiento; y no faltó alguno de tal y tan vasta erudición en materia de estadística matrimonial , que también conociese y con caritativo celo me reci-


500 Memorias

tara , un razonado catálogo de mis posibles novias , entre las selec- tas beldades de entrambas Riojas la Castellana y la Alavesa j aun de las tres Provincias Vascongadas.

¡ Dios se lo pague , j me libre de volver á verme en la precisión de soportar sus tan oficiosos como intempestivos consejos !

Por fin, el Novenario se ha concluido ; la puerta de mi casa está cerrada á piedra y lodo para los importunos ; y solo tengo que re- cibir al Administrador que fué , y Albacea que es de mi pobre Abue- lo juntamente con el Canónigo su confesor.

En efecto , el venerable anciano me ha instituido su heredero universal , salvas algunas mandas pias y tres ó cuatro legados de no gran monta , en testimonio de cariño y gratitud á varias perso- nas. Merced á su inteligente previsión , y para mi cariñosa econo- mía, mi renta dobla hoy la de mi primitivo patrimonio. Dos mil pesos de Navarra no son en verdad mas que 30.000 rs. en Castilla; pero con esa renta, si no rico, soy completamente independiente, y nada más ambiciono. En su codicilo me encomienda mi abuelo que no abandone la carrera militar, única que en España tiene por ahora caracteres de alguna consistencia , á no mediar circunstan- cias que imperiosamente lo exijan antes , hasta cumplir al menos cuarenta años; pero como él, que sirvió también en el mismo cuerpo á que yo pertenezco , conocia por experiencia , pues se re- tiró á los cincuenta años y acababa entonces de ascender á Sar- gento mayor, la lentitud con que en nuestra protectora más infle- xible escala se camina, me aconseja que procure, así que ascienda á Capitán , pasar al arma de infantería ó á la de caballería , donde se hace la carrera mucho más rápidamente , teniendo buenas rela- ciones en todo tiempo , y muy señaladamente en el de guerra. Añade también que solicitar, supuesta la esperanza de conseguir- lo , el mando de un regimiento de provinciales, seria el medio más á propósito para llegar al fin deseado ; y que mi ejecutoria y mi caudal , así como mi carrera facultativa , le parecen títulos que pueden alegarse con fundamento , y con poco favor que haya, se- rán bastantes. De hecho, y no haciéndome falta absoluta el sueldo para vivir, encuentro acertado el consejo ; pero hasta mi ascenso á Capitán del cuerpo , años tengo de sobra para meditarlo.

Hoy mismo me hubiera yo puesto en camino para Madrid ¡ Dios lo sabe ! porque ahora más que nunca echo de menos el amor de mi idolatrada Laura ; pero ni el Administrador ni el Canónigo me


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lo permiten , hasta que el Consejo de Navarra me dispense los dos años que me faltan para llegar á la mayor edad , y quede yo . en consecuencia , exento de la curadoría y dueño absoluto de mi per- sona y bienes. En vano les digo y les repito que es absoluta mi confianza en ellos ; que tener al eclesiástico por curador y al lego por gerente , no solo no me pesa , sino que me es útil y provecho- so , y en fin , que aun después que se me declare mayor, en sus manos estoy resuelto á dejar mi hacienda. Ambos albaceas me re- plican á su vez que ya mis años y posición bastan para manejarme solo ; que ellos proceden conforme á la voluntad explícita y termi- nante de mi abuelo ; y que si están prontos á auxiliarme en cuan- to yo les confie, cuando legalmente pueda hacerlo, ni quieren ni deben mantenerme en tutela un solo dia más de lo absolutamente indispensable.

La demanda de dispensa está ya entablada ; la información de mi capacidad hecha , y el Administrador dice que como el Procu- rador que tenemos es un águila para los negocios , el nuestro más vuela que camina ; pero con eso y todo , me amenaza con quince días de espera cuando menos.

Una vez envuelto un hombre en papel sellado y en manos de golillas , solo el diablo sabe cuándo y cómo saldrá de sus garras.

Entre tanto , el único freno á mi impaciencia , como el único alivio á mi dolor, proceden de las amantes cartas de mi leal, de mi amante, de mi incomparable Florinda. ¿Por qué no se cansará de calumniarla la desesperada Bordadora? Por que ella es, induda- blemente, el anónimo corresponsal que, correo tras de correo, y todos sin excepción, se obstina en escribirme que mi viuda (así la llama ) es poco menos , ó poco más tal vez , que la más impu- dente de las Mesalinas ; y que , no solo ha estado y está siempre en relaciones con Marmolejo , sino que ahora y aprovechando mi au- sencia , tiene por amante al estúpido de Fausto , sobrino del Pro- curador Acequia.

Estos detractores anónimos exageran siempre la calumnia de mo- do que la desacreditan.

Felizmente yo conozco á Florinda; sé lo que vale; estimo la lealtad de su generoso corazón en su justo precio ; y si soy celoso, porque del aire que respira tengo envidia., y porque siento además que no soy digno ni de besar el polvo que ella pisa , gracias a\ cielo, nosoy desconfiado , ni temo de ello nada villano.


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Por otra parte , sus cartas son cada dia más tiernas , más apa- sionadas , y si las últimas breves , porc[ue en verdad las mias á que contesta más han sido estos dias lacónicas fes de amor y vida, que otra cosa, no por eso dejan de respirar pasión y lealtad por todas sus letras.

¡No es posible, no, Laura mia , que asi el amor mintieras tú; ni tampoco que el humilde esclavo de tu belleza, que rendido te idola- tra , te agravie con inmerecidas sospechas.

¡Un Ayudante de plaza! ¿Qué significa esto? ¿El Capitán ge- neral me manda que me presente inmediatamente á su Autoridad?

— «Diga V. á S. E. que voy á ponerme el uniforme, y le obe- dezco.

— Tengo orden de acompañar á V.

— ¿Voy preso?

— No sé. Mi consigna se limita á acompañar á V. hasta el des- pacho de S. E.

— ¡Obedezcamos, pues!»


i Ah , villano , cuánto cobarde polizonte ! ¡ Esta es una de las tuyas! ¡Pues, vive Dios, que si te encuentro á mano algún dia, por la honra de mi nombre te juro , que me las has de pagar todas juntas , y con las setenas !

Ya creo haber dicho que , con motivo de las circunstancias polí- ticas, el Rey ha enviado por su Capitán general á Navarra un Jefe conocido en el ejército por su durísima severidad en el servicio , y que procedente , si la memoria no me engaña , de las filas realis- tas , ó sea de las facciones anti-constitucionales de los famosos tres años , ha parecido á propósito , sin duda alguna , para oponerlo á los emigrados que á las órdenes , según aquí se dice , del célebre General y sin par guerrillero D. Francisco Espoz y Mina, amena- zan desde el Mediodía de la Francia una invasión á nuestro terri- torio.

El General , pues , que á su presencia me manda llevar , que no ir , según el esbirro con uniforme que me escolta , es una especie de Procónsul de circunstancias, temido y temible por su inflexi- bilidad en la aplicación de las durísimas leyes que nos rigen : pero, en honor de la verdad sea dicho , de ningún modo puede compa--


DE UN CORONEL RETIRADO. 503

rársele con el Yerres que gobierna á Cataluña. — El nuestro fusila sin misericordia al que se subleva, conspira ó incurre en cual- quiera de los casos previstos en las disposiciones vigentes , j que realmente son casos de muerte casi todos ellos: pero antes de eje- cutar, sentencia, y antes de sentenciar, averigua y juzga.

Para el tirano de Cataluña , quien le desagrada es sospechoso; el sospechoso , reo;j el reo , ipsofacto , fusilado ó ahorcado , cuan- do no fusilado primero y ahorcado en seguida , que hasta ese lujo de ferocidad llega S. E.

Si lo que me acontece hoy aquí , me aconteciera en Barcelona, hubiera ido á casa del Capitán general, como quien vá al suplicio, diciendo el Acto de contrición , y de prisa para que no me faltara el tiempo de acabarlo : en Pamplona he ido no sin alarma y dis- gusto, porque las circunstancias son muy críticas, las pasiones políticas están sobreexcitadas, y el gobierno del Rey decidido á estirpar Í7i virga férrea hasta el germen de lo que llama espíritu revolucionario.

Inocente estoy , sin duda ; no solo no me ocupo en negocios de Estado , sino que miro como un deber de honra y de conciencia, prescindir absolutamente de mis particulares ideas en la materia para atender solo al cabal y exclusivo cumplimiento de mis obli- gaciones militares. Imposible es, además, que nada pueda pro- barse contra mi , puesto que nada hay tampoco en mis actos cen- surable bajo ese aspecto : pero corren unos tiempos en que no se aquilatan mucho las pruebas contra los acusados políticos, cre- yéndose sin duda, que vale más fusilar unos cuantos inocentes, que consentir, por vanos escrúpulos de jurídico formalismo, que se salve, ni aun por casualidad, algún culpado.

Confieso , pues , que no eran muy de color de rosa mis presen- timientos, cuando comparecí ante el Capitán general, en cuyo severo aspecto nada hallé tampoco que reanimarme pudiera.

— ¿Es V. el Alférez de la Guardia, D. Pedro Lescura? — Me pre- guntó , sin mirarme á la cara.

— Si señor, mi General. — Fué mi respuesta de palabra; pero men- talmente no pude menos de exclamar : « ¿No vé este buen señor mi »uniforme ; y no sabe que á mí es á quien ha mandado venir?»

A todo esto el Ayudante de plaza , sin perderme de vista , estaba cuadrado , y con el dedo meñique en la costura del pantalón , en la puerta del despacho


504 MEMORIAS

— ¡Retírese V.! — Le dijo secamente el General, y así que se víó obedecido , mirándome antes con atención algunos segundos , pr<j- siguió diciendo :

— Está V. en Pamplona con real licencia; acaba de morirsele á V. su señor abuelo; y ayer se ha terminado el novenario, y por consiguiente el duelo.

— Si señor, mi general.

— ¿Qué tiene V. ya que hacer aquí? Por qué no se vuelve V. á su cuerpo?

— Mi General, tengo solicitada del Tribunal competente la dis- pensa de edad necesaria para administrar libremente los bienes de que me hizo dueño la irreparable pérdida que lloro.

— ¿Y para eso es absolutamente necesaria su presencia de V. en Pamplona?

— Absolutamente , no señor. Bien puede representarme un apo- derado.

— En ese caso, hágame V. el favor de marcharse inmediata- mente.

— Como V. E. mande.

— Al anochecer sale hoy la diligencia.

— ¡Esta misma noche! — Exclamé sin poderme contener.

— Sibra tiempo. Es preciso que salga V. esta misma noche.

— Saldré, mi General.

— Está bien: puede V. retirarse.

— Con permiso de V. E.

— ¡Ah! Es inútil, y para V. mismo no seria conveniente, que corra e i la ciudad la noticia de mi orden y su marcha de V.

— ¿Podré al menos, mi General, decírselo á los albaceas de mi difunto abuelo?

— En eso no hay inconveniente : pero á ellos solos y con pru- dencia.

— ¿Manda V. E. alguna cosa más?

— Nada. ¡Buen viaje, y juicio!

— Me permite V. E. una súplica?

—Diga V.

— He venido aquí escoltado por un Ayudante de plaza. ¿Voy á retirarme en la misma forma , mi General?

Casi estoy seguro de que en mi acento , al hacer esa pregunta, algo hubo de reconvención : pero el General , ó se hizo cargo de


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 505

que no era realmente inmotivada, ó, lo que es más probable, quiso mostrarse indulg-ente con aquel arranque de honrada cavi- losidad de mi parte. Sea como quiera, lo cierto es que dulcificando el tono hasta la benevolencia misma, contestóme de esta manera.

— Se irá V. solo , y asi debiera de haber venido ; pero los Ayu- dantes de plaza entienden siempre las cosas en su peor sentido.

Doy á V. E. las gracias, repliqué casi con las lág-rimas en los ojos; y obedeceré puntualmente sus órdenes. Pero séame licito protestar con todo el respeto debido á la superior autoridad de V. E., que en Pamplona como en Madrid, y en cualquiera parte del mundo, y en todos los tiempos, este oscuro subalterno, mi General, se ha conducido, se conduce y se conducirá siempre, como cumple á su nacimiento , y al honroso uniforme que visto.

Pronunciadas esas palabras , en que sin ser yo poderoso á evi- tarlo, prorumpieron mis labios, en desahogo de mi honor ofendido, confieso que me persuadí de que iba á salir del despacho de mi jefe superior, para un calabozo de la cindadela; pero Dios quiso, y yo con todas las veras de mi alma se lo agradezco , que suce- diera lo que menos esperaba, pues, en efecto, la respuesta del General, y el término de nuestra entrevista , fué como sigue.

— «Señor oficial, V. sabe que ni los Jefes debemos cuenta de nuestras resoluciones á los subalternos , ni á estos les toca más que obedecer ; pero yo comprendo y aplaudo que un caballero vuelva por su honra. La de V. no está lastimada por mi providencia. Si ha podido haber delaciones que á V. comprometieran, es evidente, cuando yo no lo someto al fallo de un Consejo de Guerra, que me consta de un modo indudable que es V. un oficial pundonoroso y leal servidor del Rey. Pero los aires de Pamplona no le convienen á V. ahora; las circunstancias son criticas; no sería imposible que se tratara de nuevo de comprometerle á V. , y en todo caso , en esto^ momentos , todo el mundo debe estar en su puesto. Vayase V., pues, tranquilo ; tome la diligencia esta noche misma, y buen viaje.

Verdaderamente habria para volverse un hombre loco, si el há- bito de la subordinación no le tuviera familiarizado con someterse á tan incomprensibles y confesadamente infundadas providencias.

Pero: «el que manda, manda, etc. , etc

Mi Administrador acaba de traerme los billetes de los tres asientos de la berlina , que tomo todos para ir solo en ella con Santiago,


506 MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO,

esquivando así el trato con los demás viajeros. £1 bueno del canó- nigo me deja en este instante después de haberme predicado un discreto , pero no muy oportuno sermón , sobre las excelencias del principio de autoridad , y lo cómodo y seguro que es renunciar cada cual á su propio albedrío, y dejarse manejar en la vida por sus su- periores , como la nave en la mar por la diestra del piloto que su timón maneja. De los vientos y las corrientes, como de los escollos y de los huracanes, ha prescindido el buen eclesiástico. Pero, en fin , se ha ido y mi asistente prepara las maletas mientras yo or- deno y empaqueto mis papeles.

En legajo formado, ordenado, inventariado y sellado por el Ad- ministrador , van los relativos á mi herencia y á la testamentaría de mi abuelo , que aquel buen hombre ha juzgado indispensable que vayan conmigo. Otro legajo lo constituyen mis papeles de ofi- cio , desde el nombramiento de Cadete hasta la última comunica- ción que de mis Jefes he recibido. Sigúese el de mi corresponden- cia particular , femenina casi toda ella , distribuida á carpeta por moño (pues no cabe decir por barba) , y en cada carpeta, por orden

cronológico de fechas , dispuesta Los anónimos de estos dias,

al fuego, que es su legítimo destino Y las cartas de mi Laura

en la cartera que va en el bolsillo interior del pecho de la levita de camino. Precisamente, esta mañana he recibido su última, á la cual acompaña un voluminoso manuscrito , todo de su puño y le- tra (la pobre me consagra todo su tiempo) que me dice reserve para un momento de oficio , y que no he podido abrir siquiera to- davía. Su lectura me entretendrá en el camino.

La hora de emprenderlo se acerca , y fáltanme innumerables pe- queneces que arreglar. Suspenda), pues, hasta Madrid mi Diario.

Nota del editor. En efecto, Lescura suspendió su Diario más tiempo aun del que imaginaba, por razones que luego veremos. Más como el manuscrito de su amantisima Laura se encuentra unido al cuaderno que me sirve de texto , supla él hasta donde quepa , el vacío que aquí se advierte.

La extensión y la importancia que para nuestro cuento tiene el tal manuscrito , nos mueven , sin embargo de las exigencias cro- nológicas , á que de él hagamos capítulo aparte.

{Se continuara.)

Patricio de la Escosüea.


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR.[editar]

La política palpitante , en cuanto es posible que haya política palpitante hoy , ha entrado en el período de calma propio de la estación que atrave- samos. La política legal, permítasenos la frase, languidece siempre du- rante los meses de verano , y de lo que podría llamarse política extralegal, creemos que nadie se ocupa formalmente: por eso acoge el público con in- diferencia los tenebrosos pronósticos que alguna que otra vez se deslizan en las intencionadas líneas de algunas publicaciones no tildadas de poco afectas al Ministerio. Tal vez nuestro deseo de que llegue pronto el dia en que todos los partidos adquieran la convicción de que pueden realizar sus doctrinas y aspiraciones dentro de la constitución del Estado, á fin de que uí cruce por la mente de ningún español la idea de que sea posible un trastorno social , impulse nuestro ánimo y nos haga ver las cosas con colores diferentes de los que en realidad tengan.

Nadie negará, sin embargo, que en la superficie de la sociedad política española , que es la que podemos reseñar en nuestras revistas , se presenta un período de tranquilidad , en el cual dotado el Gobierno de amplísimas facultades por los cuerpos Colegisladores , parece natural se entregue á la grata tarea de plantear y desarrollar sus anunciados proyectos econó- micos.

Resueltas las cuestiones políticas de más importancia en virtud de leyes que han concedido al poder gubernamental grandes y desembarazadas zonas de acción, el partido dominante puede considerarse en el apogeo del poder y de la fortuna. Cruces , bandas , títulos , gracias otorgadas á personas de uno y otro sexo en recompensa , sin duda , de legítimos servi- cios , han venido á soldar esas pequeñas separaciones de elementos afines, que la más noble emulación suele abrir en las filas de los partidarios de un Gobierno que logra, como el presente, larga existencia.


508 REVISTA POLÍTICA..

La separación, por otra parte, de algunos funcionarios de los altos cuerpos del Estado, ha proporcionado también al Ministerio la ocasión de rodearse de amig-os fieles , dotando al mismo tiempo á la administración de útiles servidores.

Libre , por decirlo así , el Ministerio de las pequeñas contrariedades de familia, que empezaron á dibujarse en los últimos dias del Gobierno pre- sidido por el General Narvaez , el Gabinete actual lia sabido reorganizar las primitivas fuerzas con que el partido moderado inauguró su mando, j quizá aumentarlas . En situación tan ventajosa, el país espera las reformas que han de emanar del departamento de Hacienda , ocupado hoj por una persona de celo j actividad indiscutibles, pero cuja competencia en los ne- gocios del Ministerio , á cuyo frente se halla , no estaba del todo probada, sin duda, por haber dirigido los esfuerzos de su no común inteligencia á resolver problemas relacionados más directamente con otros ramos de la ciencia de gobernar.

Publicada la lej de presupuestos, la Nación tiene á la vista los datos que han de servir de base á las combinaciones del Sr. Ministro de Hacienda, sin olvidar el impulso que pueda dar al desarrollo de la riqueza inmueble, j por consiguiente á los rendimientos que de ella emanan , la creación del banco de Crédito territorial, para que el Gobierno está autorizado por ley recientemente votada en Cortes. No creemos tenga nadie motivos todavía para adivinar los planes financieros del Sr. Ministro de Hacienda , sin que se pueda hoj afirmar otra cosa más, que su animadversión al linaje de re- formas proclamadas como necesarias por el Sr. Marqués de Barzanallana en la Cámara alta. Dejando ahora aparte la gestión -de la Hacienda en la época en que el Sr. de Barzanallana estuvo al frente del Ministerio , es verdad por él confesada que solamente tuvo tiempo para resolver las cues- tiones que encontró pendientes al tomar posesión de aquel departamento, viéndose en la triste necesidad de abandonar el poder cuando iba á plan- tear medidas de carácter definitivo j permanente.

Declaró el Sr. Marqués de Barzanallana en pleno Parlamento que había empezado á dirigir la Hacienda, cuando estaba para concluir «un período »en que se habia empezado á cambiar radicalmente el estado económico )>de nuestra patria; que por causas transitorias se habia hallado pocos años «antes en situación enteramente distinta de la que nuestros padres habían «atravesado.» Explicaba el Sr, Barzanallana esta diferencia, recordando los grandes capitales que habían venido á España para la construcción de las vías férreas, y trayendo á la memoria del país los 700 ú 800 millones que en el movimiento de la Caja de Depósitos habia resultado de exceso entre la entrada y salida de capitales, cantidad que habia permitido á otras Administraciones emprender grandes obras públicas y atender á los gastos de empresas costosas áque nos habían arrastrado conflictos internacionales.


INTERIOR. 509

Este aparente bienestar, esta abundancia de, numerario, hizo que el país se diese con más facilidad que hasta entonces á ciertos gastos de lujo, que tra- jeron como natural consecuencia una modificación profunda en las relaciones entre el productor j el consumidor y un trastorno en los cambios , resul- tando de aquí, como decia el Sr. Barzanallana, «que las barras de hierro ))de nuestros ferro-carriles hajan salido convertidas en barras de oro, esta- «bleciéndose un desnivel entre España j el extranjero, j haciendo que en »dos ó tres años volviese á salir todo y más aún del capital que habia en- »trado.»

Un año antes el Sr. Cánovas del Castillo habia presentado la cuestión de una manera análoga en el Congreso de los Diputados. Después de consignar el movimiento ascendente de los fondos públicos desde 1850 hasta 1864, movimiento que habia coincidido con el aumento de nues- tra riqueza territorial j con, el desarrollo del espíritu de empresa, á cnyo frente se colocaron todos los Gobiernos que se habían sucedido en aquellos catorce años, como lo prueba, por ejemplo, el canal de Isabel II , que con el alcantarillado de Madrid , no representará después de concluido una cantidad menor de 300 millones ; obra empezada en la administración del Sr. Bravo Murillo, que subió al poder en nombre de las economías , como lo prueban también las obras de la Puerta del Sol, que costaron más de 60 millones al Estado , y las infinitas concesiones de ca- minos de hierro otorgadas en aquella época, y que llevaron adelante, dándoles gran impulso , las Cortes Constituientes ; línea de conducta seguida, en fin, por todos los partidos, hasta que en 1864 se comprendió que era necesario detenerse en aquel camino y que la esperanza habia ido más allá de lo inmediatamente realizable. Antes que el Sr. Barza- nallana, repetimos, habia dicho el Sr. Cánovas del Castillo en el Congreso, en la sesión del 3 de Julio de 1867, lo que sigue :

"Hora es de medir bien el estado presente y de tenerlo en cuenta, como una realidad inevitable; y de arreglarnos todos, país y Gobierno, á los recursos existentes, mientras no se nos abran nuevos horizontes, y nuevas esperanzas no se presenten legítimamen- te á la consideración de todos.

Una suspensión general en la importación de capitales extranjeros; una suspen- sión consiguiente en el movimiento de obras públicas, que los capitales extranjeros favorecían; una disminución inevitable, después de esto, en el comercio; una paráli- sis natural en la industria ; unas dificultades casi insuperables para los establecimien- tos de crédito; un estado decadente de los ingresos públicos, que no ha cesado todavía, ni cesará probablemente en algún tiempo; un período de embarazos para la Hacienda pública , señalan de una manera incontestable la verdadera situación económica en que al presente nos encontramos."

Conocido el estado, siquiera sea transitorio, por que está pasando la Ha-^ cienda española, era natural, y así sucedió, que Diputados y Senadores, celosos del bien público, levantasen su voz en una y otra Cámara, ansiosos


510 REVISTA POLÍTICA,

de encontrar remedio á los males presentes. Pidió el Sr. Mojano econo- mías á todo trance , y convencido de la necesidad en que el país se en- cuentra de que todas las clases de la sociedad contribuyan á sacar la Hacienda española del estado actual , vimos al antiguo enemigo de la desamortización eclesiástica pedir ahora rebajas en el presupuesto del clero j en la lista civil. Impulsado por la misma necesidad, j quizá exa- gerando el principio , pronunció el Sr. Cátala un discurso en el cual hace una detallada relación de las economías en su juicio convenientes, economías que asegura demanda el paisa voz en grito, escandalizado de los gastos supérliuos de la corte. No hay que buscar en esta genial peroración ninguna de las máximas de la ciencia económica moderna, sus observa- ciones están más bien basadas en los principios que sirvieron de norte á aquellas disposiciones de siglos pasados, cuando se promulgaban leyes sun- tuarias que tenian por objeto moderar y reprimir el lujo, prohibiendo el uso de adornos costosos, de trajes, muebles, carruajes y libreas, llegando á ser fruto prohibido las telas y bordados de oro y plata, las perlas y pie- dras finas, cuando se reglamentaba la manera de vestir y se sujetaba á tasa los gastos de todas las clases y corporaciones.

Dice un escritor de la época á que nos referimos, historiando los tiem- pos de Felipe V: «Causaba edificación, á quien miraba al Rey Católico, )) al Serenísimo Príncipe de Asturias y á los Reales Infantes, vestidos de un "honesto paño de color de canela , lo cual en todo tiempo será cosa digna "de toda alabanza y útil para los españoles, sin admitir las inventivas y las «diferentes vanidades que cada dia discurren los extranjeros para sacar el »dinero de España;» y eso que, en honor de la verdad, á estas medidas acompañaban otras que hoy mismo serian dignas de aplauso y que tendían á sacar la industria del estado de postración, en que desde la expulsión de los moriscos se encontraba , tratando de atraer á los extranjeros para que viniesen á establecer fábricas y á trabajar en los talleres del país , conce- diéndoles al intento franquicias y exenciones de todas clases. El mismo Rey , como dice el Sr. Lafuente en su historia , hizo venir á sus espensas muchos operarios de otros países. Hoy, en cambio, cuando una persona que ha estado ausente largo tiempo vuelve á la tierra que le vio nacer, ó cuando un extranjero quiere avecindarse en España, necesitan depositar por dos años en la Caja de Depósitos la cantidad que la Administración señala si no quieren, desde luego, pagar los derechos que devengarían sus mue- bles, en conformidad con lo dispuesto en nuestros protectores ai-anceles, como si desgraciadamente no bastasen otros obstáculos mayores para que las personas acostumbradas á la vida europea no se decidan gustosas á vivir en nuestra patria. Entonces se tomóla justa y oportuna providenciado su- primir las aduanas interiores, medida que contrasta grandemente con la ce- lebérrima disposición del Sr. Orovio , declarando zona fiscal los sitios por


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donde atraviesan las líneas férreas, disposición peregrina en pleno si- glo XIX , que sujeta al viajero á innumerables registros é incomodidades. Hace poco tiempo un ilustrado extranjero amigo nuestro , de vuelta de un viaje de recreo á Andalucía, nos contaba asombrado que de Madrid á Granada había sufrido en su pequeño equipaje seis registros : la ciencia económica, añadía irónicamente, no ha encontrado, sin duda «chez VOMS» otro medio de destruir el contrabando ; nosotros le oíamos con vergüenza y resignación, calculando lo que diría de España en el extranjero.

Deseoso , el Sr. Polo de rasgar los velos que cubren la situación de la Hacienda, presentó en su discurso del 31 de Marzo último un verdadero cuadro financiero, en el cual, después de consignar los infructuosos sacri- ficios que el país viene haciendo para salir del estado aflictivo en que se encuentra, preguntaba: ¿qué resultados habían producido estos sacrificios? j contestando á esta pregunta decía, «han producido que el Tesoro está «adeudando hoy de 1.600 á 1.700 millones de reales: han producido que »el Tesoro está amenazado de ver llegar su deuda flotante á más de 1.800 »6 1.900 millones de reales en l.°de Julio, al pagarse el semestre.» Si esta es la situación del Tesoro ; sí este es el estado de la deuda, veamos ahora cuál es , en opinión del Sr. Polo , los recursos con que el país cuenta para hacer frente á estas obligaciones, según el presupuesto del año entrante.

Con datos que no pueden menos de llamar la atención de los hombres entendidos, prueba el Sr. Polo que pasa de 700 millones de reales la di- ferencia entre el ingreso por productos de rentas y contribuciones y los gastos totales del Estado. Fácilmente se comprende en vista de estos ante- cedentes , la insistencia con que los hombres políticos de todos los parti- dos, j los órganos más autorizados en la prensa, piden en todos los tonos una j otra vez reformas j economías en nuestra Hacienda , siendo punto menos que imposible continuar de este modo mucho tiempo. El mismo Sr. Nocedal , el hombre de los silencios elocuentes , el táctico de los tác- ticos en el Congreso , por más que pase su vida declamando contra la táctica parlamentaría, salió, con motivo de la discusión de los presu- puestos, de la estratégica actitud que venía guardando para pedir también economías en todos los ramos de la Administración , si se exceptúa , por de contado, el presupuesto del clero. Según el Sr. Nocedal, toda modifi- cación en el presupuesto del clero , seria , no solo contraria á los intereses permanentes del país , sino un hecho atentatorio á leyes por nosotros ín- modificables , y un marcado impulso á las ideas liberelescas de los omi- nosos tiempos que corren.

No es muy próspera por cierto la situación por que la nación española atraviesa ; no es muy risueña la perspectiva que presenta el invierno pró- ximo para las clases pobres ; no puede estar más demostrada la urgente


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necesidad, en que el país se encuentra, de establecer grandes economías. Teniendo, por otra parte, como tenemos, el convencimiento más íntimo de que no hay sacrificio á que no esté dispuesto el clero español que, ó mucho nos equivocamos , ó es poco adicto á las teorías de sus seg-lares pa- tronos , y soi-disanl defensores, entendemos que si fuese posible sondear con libertad el espíritu de los más y los mejores de esta respetable clase, no seria ciertamente en ella donde se encontrarían los obstáculos más ir- resistibles para llevar á término vm pensamiento que solo tienen interés en contrarestar los que buscan en su alianza falanges políticas y fuerzas electorales.

Presentando el estado de nuestra Hacienda desde un punto de vis • ta más g-eneral , pidió el Sr. Gisbert que , á más de establecer las economías necesarias, desarrolle el Gobierno un plan de trascendentales reformas , las cuales estando en armonía con los principios de la ciencia económica , tan denigrada en España por ciertas gentes , como enaltecida en la Europa culta, permitan á nuestro país el desarrollo de su riqueza comercial, industrial y agrícola. En defensa de las mismas ideas levantó su voz en el Senado el Sr. Pastor. Trascendentales reformas no solo finan- cieras sino políticas declaró urgentes el Sr. Marqués de Barzanallana para arreglar la cuestión que encierra en su fondo actualmente la Hacienda española. Las medidas llevadas á cabo por tan entendido estadista no han alcanzado ni podían alcanzar otro fin que superar las dificultades y salir de los apuros en que se encontraba el Tesoro cuando entró en el poder este hombre de Estado. El anticipo de la contribución resolvió la cuestión del Banco. Los 803.000.000 del arreglo de las deudas y de la ne- gociación de los billetes hipotecarios se consumieron en satisfacer atrasos por presupuestos anteriores y en necesidades del momento ; el empréstito Fould, y cuantas negociaciones se hicieron en el extranjero no podían pasar de dilatorias con un término fatal en que seria preciso devolver aquellos adelantos,

Pero ese día se acercaba y el Sr. Barzanallana no podía llegar á el sin una libertad de acción incompatible, en su juicio, con la marcha política del Gobierno de que formaba parte y con las ideas de sus compañeros de Gabinete en cierto orden de reformas , y de ahí naturalmente la ansiedad, el interés con que el país en masa espera los planes , proyectos y medi- das del Sr. Ministro de Estado.

No hay que pensar desde luego en la variación más insignificante en cuanto pueda referirse á la política de la nación. Dentro de los límites que marcan á la iniciativa individual , el sistema actual de Imprenta , los re- glamentos de los Cuerpos Colegisladores , la ley de Orden público , la tu- tela de los Alcaldes Corregidores y la ley de Ayuntamientos y Gobiernos provinciales ha de resolverse el problema.


INTERIOR. 513

Ese orden perfectamente constitucional que el Sr. Barzanallana invocaba como absolutamente necesario para resolver la cuestión de Hacienda, en la opinión de los hombres del gobierno, existe hoj. Para satisfacer los clamo- res de que antes nos hemos hecho débil eco, recordando los discursos de los Senadores y Diputados que han creido compatible con sus deberes políticos tomar parte en la discusión de los Presupuestos, basta la ini- ciativa del Sr. Orovio.

Detengámonos un momento á considerar las medidas adoptadas hasta ahora por el Sr. Ministro de Hacienda.

Las primeras manifestaciones del celo, actividad é inteligencia del señor Orovio hay que buscarlas en las Reales órdenes de 25 de Majo dirigidas á la Dirección general de contribuciones, á la de Propiedades j derechos del Estado y á la de Impuestos indirectos. En honor de la verdad nada bueno ni malo puede decirse con razón de estos documentos , repetición de otros ciento de análoga índole , dirigidos en ocasiones diferentes por distintos Ministros de Hacienda á los mismos centros administrativos.

Pedir nuevos datos, ordenar que se hagan detenidos estudios, que se señalen convenientes reformas, hé aquí lo que ha hecho el Sr. Orovio. Pues qué, ¿tan poco se han ocupado de estas importantes cuestiones los anteriores Ministros de Hacienda , que no existían en la Secretaria del Mi- nisterio ó en las Direcciones informes luminosos que pudieran servir de punto de partida al Sr. Orovio ? Cualquiera , al leer las citadas Reales ór- denes , tendría motivo para creer que tanto el Sr. Marqués de Barzanallana como el Sr. Sánchez Ocaña se han dormido en un dolce farnieute incom- prensible, y que hasta que el Sr. Orovio ha entrado en el Ministerio no se ha impreso á los altos centros de aquel departamento la actividad conve- niente. Con ansiedad espera el país el resultado de estas consultas, que deben ser matriz de las elucubraciones del Sr, Ministro. Al decir de los órganos oficiosos del Gobierno, el Sr. Orovio dirige sus propósitos á la ni- velación de los presupuestos, tomándose para realizar tan fecundo pensa- miento el plazo de tres años .

Nadie tildará de poco meditado el plan que va á desarrollar el Sr. Mi- nistro de Hacienda. Cuatro años han pasado desde que empezó á sentirse más vivamente la necesidad de establecer reformas en los presupuestos del Estado, de encaminar por nuevos derroteros la dirección de la Hacienda pú- blica. Tres amplias autorizaciones se han concedido á dos Gobiernos distin- tos para que obrasen con libertad completa en esta materia. Verdad es que el Ministerio que presidia el Sr. Duque de Tetuan cayó á los pocos dias de merecer tamaña prueba de confianza de los Cuerpos colegisladores , pero en cambio el Gabinete que rige hoy los destinos del país lleva dos años de vi- gorosa existencia, dotado permanentemente de facultades amplísimas, sien- do durante este tiempo el Sr. Orovio Ministro de Fomento, es decir, jefe del TOMO II. 33


514 REVISTA POLÍTICA,

ramo que por su índole especial está en relaciones más directas con el de- partamento de Hacienda, y sin embargo le vemos todavía pidiendo nuevos informes antes de decidir su voluntad á lanzarse por el camino de las in- novaciones.

Nada está más lejos de nuestro ánimo que dirigir al Sr. Ministro de Ha- cienda la más leve censura por los que podríamos llamar preludios de su plan; antes al contrario, creemos firmemente que el reposo del ánimo es en todas ocasiones garantía de acierto j que encierra una gran verdad el pro- verbio italiano que dice: chi va piano, va sano; chi va sano, va lontano. Esto no obstante, debemos en obsequio de la verdad consignar que apenas pasa un dia sin que el país tenga ocasión de leer en los periódicos del par- tido dominante anuncios de grandes trasformaciones. Ya se unen Direc- ciones de un mismo centro; ja se va á suprimir el Ministerio de Ultramar; ja se está preparando el plan de las grandes circunscripciones civiles; ja se van á hacer reformas en el personal del cuerpo diplomático, j no sa- bemos si en las legaciones; Marina hará nuevas economías de 50 millones; Gobernación no sabemos de cuántos; Hacienda marchará al frente de todos los departamentos en este sentido ; trasformaciones en Guerra; mudanzas en Estado; orden en Fomento; solo el presupuesto del clero permanecerá indiferente al general impulso: allí está el noli me tangere de la fuerza política que sostiene el edificio social.

Un projecto de gran importancia está ja en vias de ejecución: nos refe- rimos al Banco territorial. Entre las proposiciones presentadas se disputan la preferencia, al decir de los amigos del Gobierno, la de M. Fremj, gobernador del Crédit foncier francés, j la de M. Fornerod, antiguo pre- sidente de la Confederación suiza, sin que hasta ahora pueda afirmarse con visos de acierto cual se llevará la palma. Haj quien asegura que el Gobierno permite que la prensa trate con entera libertad este asunto en prue- ba de su deseo de acierto : nosotros lo creemos así , á pesar de que lo mismo se dijo cuando apareció el irrealizado empréstito ultramarino, j pronto nos convencimos de que había libertad completa para tratarlo des- de un punto de vista ; límites que creemos tendrá ahora la libertad que se promete.

Poca importancia damos nosotros, j creemos dará el país, al nombre j nacionalidad de la persona á quien se adjudique la concesión del Banco de Crédito territorial : la gravedad del negocio está en la manera , forma, condiciones j garantía conque se plantee esta institución, j prematuro se- ría adelantar nuestro modesto é imparcial juicio sobre lo que aún nos es desconocido.

Tenemos pues al Gobierno dotado de plenos poderes para resolver la cuestión vital del momento , que es la cuestión de Hacienda. Oradores di- ferentes, periódicos de todos los partidos han emitido sus ideas, han ma-


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nifestado sus propósitos y aspiraciones en tan importante asunto. El país espera ansioso la ocasión de poder manifestar su agradecimiento á los que trabajen en su beneficio: raras ocasiones se presentarán, pues, más brillan- tes j más críticas á un Ministro de Hacienda. Empresa es, por cierto, digna del Sr. Orovio de sacar á un país del estado en que el nuestro se encuen- tra. Nos parece el propósito , lo confesamos , de dudoso éxito. No sin adelantarse á sus tiempos, no sin intentar reformas que abrieran nuevos y vastos horizontes á los pueblos, han ennoblecido sus nombres las per- sonas , cuja administración señalan un período de prosperidad en la his- toria de las naciones que gobernaron. La tarea del Sr. Orovio es más ardua , los esfuerzos de su inteligencia deben llevarle á resolver un pro- blema en verdad complicado , cual es el de gobernar combatiendo las ten- dencias de la civilización moderna , en guerra abierta con la revolución doctrinal, la más perniciosa, según el juicio de los hombres que ocupan el poder de todas las revoluciones, y enriquecer al mismo tiempo á un país, empobrecido justamente por su tradicional pugna con los adelantos , hábi- tos y costumbres de naciones en que se ha practicado con gran provecho cuanto aquí hemos tan altivamente menospreciado y con tanta rudeza combatido.

El destino de los pueblos puede, sin embargo, realizar grandes prodi- gios. Para la voluntad suprema que dirige la marcha del mundo no hay imposibles. ¡ Quién sabe si está reservado al Sr. Orovio añadir un nuevo timbre de justo orgullo al país que constantemente ha representado en la Cámara popular! Un Hidalgo Riojano, encumbrado al poder por sus propias facultadesy méritos, levantó durante su mando á grande altura esta nación, que inveterados errores habían empobrecido, dotándola de un fuerte ejér- cito, de una admirable marina, introduciendo grandes reformas en el sis- tema de impuestos, desarrollando con sabias medidas la agricultura y la industria, y haciendo una liquidación general de las deudas de la corona, que son las que podrían llamar entonces deudas del Estado. ¡ Quién sabe, repetimos, si con el tiempo contará la Rioja con un hijo que ensalce su nombre emulando las glorias del célebre Marqués de la Ensenada!

J. L. Albabeda.


REVISTA POLÍTICA. - EXTERIOR.[editar]

Poco después de la interesante discusión que tuvo lug-ar en el Cuerpo legislativo francés sobre el tratado de comercio con Inglaterra , de la que dimos cuenta en nuestro número anterior, ocurrió otra en el Senado , que si bien ocupó menos sesiones ha llamado la atención aun más si cabe, produciendo algunos desórdenes que fueron fácilmente comprimidos j que probablemente no tendrán ulteriores consecuencias. El asunto que tan vivamente ha preocupado los ánimos de nuestros vecinos es el carácter j tendencias de ciertas enseñanzas, j particularmente de la medicina tal co- mo la profesan algunos catedráticos de la facultad ó escuela de París. Esta cuestión tiene muchos antecedentes antiguos y modernos j está intima- mente enlazada con otra superior que se agita hace años en el terreno de la política, j que ha logrado ja hacer sentir su influencia en varías nacio- nes del mundo : nos referimos al problema complicadísimo de la organi- zación de la enseñanza.

Cuando el saber era patrimonio de una raza , y la ciencia se confun- día con la religión, ambas cosas tenían un carácter misterioso j ex- clusivo, j no participaban de ellas más que los que pertenecían á la casta privilegiada en virtud de una iniciación j disciplina severísimas. En este momento de la civilización , el problema que tanto ocupa la aten- ción de los pueblos modernos era tan sencillo , que puede decirse que no existía, porque ni había ni podía haber contradicción aparente ó real entre la ciencia j la fe siendo unos mismos sus representantes y sus órganos. No había tampoco que pensar en difundir lo que por su naturaleza había de permanecer en un misterio perdurable y solo conocido de un número determinado y corto de personas íntimamente unidas por los intereses de clase y por los más íntimos de la consanguinidad, considerándose además los que pertenecían á este orden social como esencialmente distintos del resto de los hombres y superiores á ellos.

Tampoco ofrecía dificultad alguna en el primer período de la civilización occidental la enseñanza , y eso que no se resolvió de un mismo modo este problema en todas las ciudades griegas , pues mientras en Esparta la instrucción de los ciudadanos, así como todas las manifestaciones de la vida social , era asunto propio del Estado y de su exclusiva competencia, en la democrática Atenas la ciencia era libre y la misión de enseñarla y la obligación de aprenderla voluntaría en los ciudadanos. El agora , los jar- dines de la academia, los pórticos de los templos y edificios públicos, ó las casas de las heteras , sirvieron de aulas á los grandes filósofos de aquel


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tiempo. Verdad es, que muy pronto se vio que el Estado no pedia ser in- diferente á la instrucción de los ciudadanos, ni contemplar impasible la propagación de todas las doctrinas ; y el fundador j primer padre de la filosofía que ha dominado en el mundo por más de dos mil años , fué la ilustre victima, ó por mejor decir, el mártir de la ciencia inmolado á la la suspicacia de los gobernantes que erejeron peligrosas y funestas para la república las innovaciones de Sócrates. Por fortuna de la humanidad , la cicuta que puso fin á la vida del hijo de Sofronisco no podia matar la ver- dad contenida en su enseñanza ni hacerla estéril , y del germen que depo- sitó en las almas de sus conciudadanos aquel hombre extraordinario, bro- taron las doctrinas que han servido de fundamento y base á la civilización durante larguísimos períodos.

Es de admirar, que no obstante la funesta catástrofe que ocasionó la intervención del poder público en la ciencia, el más ilustre discípulo de Sócrates , al trazar en su República el tipo ideal de la organización de las sociedades humanas , estableciese como fundamento de su utopia la edu- cación por el estado. "Y no se diga que en la teoría de Platón la ciencia es soberana, porque mientras esta no sea absoluta, es imposible evitar que en su seno y á su nombre se produzcan opiniones distintas y aun contradicto- rias , las cuales son el estímulo y la causa del progreso, y si el poder per- tenece á una de ellas las demás serán no .combatidas , sino proscriptas en nombre del más temible de todos los fanatismos , con lo cual , sin contar otros inconvenientes y males gravísimos , la ciencia se estacionaria y los estados caerían muy pronto en la corrupción y en el abatimiento.

El ideal de Platón fué sin duda alguna fecundísimo; sus altas concepcio- nes metafísicas , las admirables verdades morales que en su libro se con- tienen , han servido y sirven á la humanidad como luminosos faros que la guian en el proceloso mar de la civilización y del progreso ; pero las for- mas políticas , los planes de organización social , que son la parte errónea y utópica de su obra, jamás se han realizado ni era posible que se reali- zasen, y en Atenas, centro de la civilización y cerebro del Occidente, las ciencias y las artes se desarrollaron fecundadas por el sol resplandeciente de la libertad.

No se conocieron tampoco en Roma establecimientos de instrucción análogos á los que ahora existen, y en su primera época solo se distin- guió la gran República por el horror con que fueron miradas por los pa- ti'icios las ciencias extranjeras que á su parecer habían sido causa de la decadencia y ruina de aquellos grieguecillos que tan fácilmente habían sojuzgado. La agricultura y la milicia eran los ¡objetos principales de la actividad del pueblo romano , sin que creyesen necesario especular sobre estas cosas , pues hacian producir sus campos sin el auxilio de los conoci- mientos de los agrónomos, y ganaban batallas y extendían prodigiosa-


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mente sus conquistas sin poseer la ciencia de los famosos strategas. Así es, que en más de una ocasión fueron arrojados de la ciudad como corruptores peligrosos , los gramáticos y los filósofos griegos ; pero muy pronto el amor á las letras se desarrolló en términos , que era conside- rado como persona mal educada quien no conocia j hablaba la lengua de Homero, y hasta el adusto j reaccionario Catón (el antiguo) , tuvo que aprenderla al ñn de sus dias, parando en admiración al saber de los grie- gos el desprecio que causó su falta de valor j de consistencia en la guerra.

Pero aunque ya no fueron solo esclavos y libertos los poseedores de las ciencias y de las letras , y aunque desde los últimos tiempos de la Repú- blica , el saber era camino para alcanzar los honores y los puestos públi- cos , no puede decirse que la enseñanza constituyese una de las atribucio- nes del Estado , ni siquiera cuando centralizados en Roma todos los resor- tes de la vida social , y puestos en la mano de una sola persona , de esta partia el impulso que habia de mover el gran cuerpo del Imperio, que era entonces todo el mundo civilizado. El deseo de saber y la voluntad de enseñar fueron, durante esa larga época, cosas privadas y de la ex- clusiva competencia de los individuos ó de la familias , pues aunque hubo en los últimos periodos de la civilización romana algo á que impropiamen- te pudiera darse el nombre de escuelas públicas , no tenian los caracte- res que distinguen á las de ahora ; y eran más bien resultado de los senti- mientos humanitarios ó muníficos de ciertos j)róceres ó de los mismos Emperadores, que no el cumplimiento de un deber ó el ejercicio de vma función propia del Gobierno.

Como no nos proponemos, ni seria oportuno referir la historia de ins- trucción pública, nos limitaremos á recordar, porque sin duda lo saben nuestros lectores , que la forma actual de las instituciones que tienen por objeto la enseñanza en todas las naciones de Europa , tuvieron origen en los últimos siglos de la Edad Media, en cuya época empezaron á es- tablecerse las Universidades, siendo la primera la famosísima de Bo- lonia, modelo y matriz de las otras, entre las que ocupan los lugares más distinguidos por su gloriosa historia las de París y la de Salamanca. Como consecuencia de la anarquía general que reinó en los primeros pe- ríodos de la Edad Media , y para corregirla nació esa tendencia irresistible á la organización de todos los elementos sociales de todas las maneras de ejercer la actividad del hombre ; casi todas ellas constituyeron clases que presentaban el carácter de privilegiadas y que pudieran llamarse feudales, dando á esta calificación un significado muy extenso. La ciencia no podía sustraerse á ley general , y sirvió de base á distintas corporaciones, siendo entre ellas las principales y las que más influyeron en el saber, las Uni- versidades que tuvieron sus privilegios y exenciones , de los cuales en di- verso grado participaban los que hacían profesión del estudio ó de la ense-


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ñanza. Así lo prueban el título de Señores de leyes que da el Rej Sabio en las Partidas á los maestros de Jurisprudencia civil, y las le jes 6.', 7.* j 8.* del tít. 31 de la Partida 2.*, que tratan de « como los maestros e »los escolares pueden facer ayuntamiento e hermandad entre sí , e esco- ))ger uno quelos castigue. » De « Quales jueces deuen judgar á los esco- llares,» y « qué honrras señaladas deuen hauer los maestros de las lejes.

Pero al formarse las Universidades, que por otra parte no embargaban el establecimiento de enseñanzas ó escuelas particulares, se había ja obra- do en el mundo una de las metamorfosis más trascendentales de que da noticia la historia. Esta metamorfosis consistió en la división del poder temporal j del espiritual , representados cada uno por autoridades j por corporaciones distintas é independientes, si bien unidas entre sí por víncu- los tan estrechos, que según las diversas épocas se ha establecido una de- pendencia real j verdadera entre ellas. Aunque la ciencia es el objeto pro- pio del espíritu, no por eso las Universidades estuvieron bajo la autoridad exclusiva del poder espiritual, ni fué este el único que tuvo la facultad de establecerlas ; hasta el Código de las Partidas , en que dominan las opi- niones ultramontanas, dice que pueden establecer Universidades el Papa, el Emperador ó el Rej, j en efecto hubo Universidades fundadas por los Pontífices j por los Monarcas, concurriendo de ordinario ambas potesta- des á su establecimiento j dándoles cada cual las exenciones , privilegios j facultades que eran propias de la naturaleza de su poder.

Grandes, inmensos han sido los beneficios que en primer término la ciencia j de un modo indirecto, aunque eficacísimo, la civilización en ge- neral, deben á las antiguas Universidades. Aunque vigiladas por las auto- ridades Real j Pontificia, sus privilegios j su doble carácter político j es- piritual les daban cierto grado de independencia que permitía el desarrollo de la ciencia sin que ningún poder extraño se mezclase en las teorías que se enseñaban sino cuando eran evidentemente heréticas ó sediciosas á jui- cio de la Iglesia ó del Estado. Pero el andar de los tiempos hizo que esta, así como las demás instituciones de la Edad Media, desapareciese j se mo- dificase profundamente para dar lugar á majores j más fecundos adelan- tos de la civilización. Por otra parte, las Universidades, que habían servi- do para conservar j propagar la ciencia, quisieron por la naturaleza misma de su institución convertirla en monopolio, j lo que era peor, desconocie- ron, negaron j persiguieron cualquier manifestación científica que se pro- ducía fuera de sus dominios. La escolástica dominó sin rival todas las es- pecialidades del saber, las cuales, faltas de la independencia que para su desarrollo necesitan , estaban , no ja estacionadas , sino invadidas por innumerables j crasísimos errores , j de esta manera lo que había sido causa de adelanto vino á ser motivo de decadencia j de ruina. Las preocu- paciones j las ridiculeces universitarias llegaron á tal término, que nos


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parecen increíbles, por ejemplo, las cosas que nos refieren los autores con motivo de la discusión que tuvo lugar á principio del siglo pasado entre la Universidad de Salamanca j los que querian reformarla.

En más ó menos grado j con diferencia de corto número de años , lo que ha sucedido sobre esta materia en España ba sucedido también en la major parte de las naciones de Europa, pero especialmente en Francia, y allí antes que entre nosotros la revolución destrujó por completo las Uni- versidades. Verdad es que después han renacido; pero las que con este nom- bre se conocen hoy á uno j otro lado del Pirineo no tienen de común con las antiguas más que su nombre j el ser establecimientos de enseñanza, La universidad moderna es una institución del Estado que se atribuye la misión de enseñar. Por lo que dejamos dicho se inferirá fácilmente que no nos parece que el Estado deba tener á su cargo esta función social; pero como además creemos que este, asi como todos los problemas políticos, se deben examinar j resolver históricamente, decimos que el Estado tiene que hacerse cargo de la enseñanza mientras no haya quien desempeñe este de- ber social ó mientras sea el que mejor puede cumplirlo , no creyendo que necesitemos añadir que cuando llegue el momento de entregar á la inicia- tiva individual y privada la obligación de enseñar y de aprender, quedará siempre al poder público la función de vigilancia y de aplicación del de- recho que constituyen la naturaleza íntima del poder central y que some- ten á su jurisdicción todas las esferas y manifestaciones de la vida de las sociedades.

Mientras llega el ansiado momento en que sea posible y fecunda la libertad de enseñanza , debe resolverse un problema dificilísimo relativo á esta materia , y que consiste en asignar al poder temporal y al espiritual la parte que les corresponde en la dirección de la instrucción pública. Este problema es el que se ha debatido en las sesiones del Senado francés , de que hemos hablado al principio de esta Revista , y como era de esperar ha quedado sin resolver lo mismo que otras veces. En Francia, donde la libertad de conciencia y la de cultos , con ciertas limitaciones , están ga- rantidas por la Constitución , este asunto no ofrece las dificultades que en otras partes: allí no es menester que la ciencia sea ortodoxa, y bastará solo que los que la enseñan no ataquen directamente ninguna de las reli- giones admitidas por el Estado. Pero aun eslo es muy difícil, porque es tal el enlace y conexión que existen entre la fe y la ciencia , que es casi imposible determinar la esfera propia de cada una. El temor de reconocerlo así , y otras consideraciones de conveniencia , han hecho que la cuestión no se plantee en este terreno al discutirse en el Senado francés ; y como suele suceder en todos los debates pohticos , la controversia ha sido más práctica y se ha referido especialmente á hechos concretos y á nombres propios. El informe de la comisión, redactado por M. Chaix d'Estange,


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después de combatir en sus considerandos los principios de la escuela ma- terialista, considerando que los hechos alegados en la petición que le servia de fundamento no estaban probados y si contradichos por otros de major autoridad , concluia pidiendo que se pasase á la orden del dia , ó. lo que es lo mismo, que se resolviese que no había lugar á deliberar sobre el asunto* En contra de esta conclusión y en favor de los peticionarios que , como después se ha visto , hablaban en nombre de una parte del clero francés, y proponian que se estableciese, no la libertad de enseñanza, sino una en- señanza dirigida exclusivamente por la Iglesia enfrente de la que dirige el Estado, en contra de esta conclusión, repetimos, hablaron varios oradores, pero como era natural, el discurso que más particularmente llamó la aten- ción pública fué el del Cardenal de Bonnechosse, Arzobispo de Rouen.

En el trató de demostrar que las doctrinas de la escuela de medicina de París eran completamente materialistas, aduciendo en apoyo de sus asertos varios textos sacados del Diccionario de las Ciencias Médicas re- dactado primitivamente por M. Nysten, pero corregido y aumentado re- petidas veces por los Sres. Robin y Litré , puede considerarse como obra exclusiva de estos según lo ha declarado un fallo de los Tribunales de jus- ticia. De esos textos deducia el Emmo. Cardenal que eran enteramente materialistas las doctrinas de sus autores , y como uno de ellos , M. Ro- bin, es profesor de la facultad de París, infería que el materialismo domi- naría en su enseñanza. A más de esta prueba adujo su eminencia otras fundadas en lo que había llegado á su noticia respecto á las explicaciones de los Sres. Sée y Vulpian, aduciendo por último en apoyo de sus acusa- ciones las teorías sustentadas en algunas tésis doctorales, que vienen á ser discursos extensos escritos por los que reciben el grado de doctor y que son requisito indispensable para obtenerlo.

Antes que Monseñor de Rouen hubiera pronunciado su discurso , el ¡lustre y sabio Senador M. de Saint-Beuve había combatido con profun- didad y elocuencia las pretensiones de los peticionarios , abogando por la absoluta independencia científica , pero los que se encargaron de contestar directamente á las acusaciones de Monseñor de Bonnechosse, fueron el Ministro de Instrucción pública M. Duruy y el Secretario general de este Ministerio M. Ch. Robert, nombrado Comisario del Gobierno para esta discusión. Ambos oradores brillaron por su elocuencia y por su habilidad dialéctica , habiendo estado M. Duruy á la altura de su reputación , y sorprendiendo M. Robert por las dotes y cualidades que reveló para las discusiones parlamentarias. El Ministro se manifestó decidido y resuelto á no consentir que los Catedráticos propagasen doctrinas perniciosas, ha- ciendo valer como prueba de su energía la severidad con que había proce- dido en algunos casos. Examinando después los hechos concretos que se habían aducido, hizo ver la inexactitud de unos y la exageración de otros,


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demostrando cumplidamente que , ni en la Escuela de Medicina , ni en ningún otro establecimiento público , los profesores se excedían de los programas del Gobierno , limitándose cada uno á la enseñanza de la asig- natura que le estaba encargada , sin invadir el terreno de otras ciencias, j mucho menos el de las religiones que viven bajo la protección y con la garantía del Estado. Por lo que se referia á las tesis doctorales, el Minis- tro no negó que, entre las muchas que se han escrito en estos últimos años, hubiera dos ó tres en que se sostuviesen opiniones disolventes y de teo- rías exageradas , propias unas j otras de la edad de los candidatos ; pero la facultad de Medicina habia declarado, hace mucho tiempo, que no acep- taba las doctrinas de los graduandos , ni se hacia responsable de ellas , j por consiguiente , no era posible inferir de los discursos del Doctorado las teorías ni las opiniones de los profesores. En un rasgo de verdadera elo- cuencia, j con las formas y condiciones propias del caso , manifestó Mon- sieur Duruy que lo que los peticionarios y sus amigos querían , no era tanto combatir y acusar á los Profesores de la Escuela de Medicina, como combatirle y acusarle para lograr que abandonase el puesto que ocupa ; y esta es la verdad , porque no satisfecho cierto partido con las condescen- dencias del Gobierno que les ha sacrificado , algunos profesores aspiran á colocar en el Ministerio de Instrucción pública una persona que esté ente- ramente á sus órdenes para que lleve á cabo las reformas que proyecta , y arroje de sus puestos á gran número de Catedráticos que considera sospe- chosos. M. Duruy no puede servir para esto, ni por sus opiniones, expues- tas en sus obras, ni por sus antecedentes, porque procediendo de la Universidad, y habiendo sido compañero de los queson objeto de las acu- saciones de los fanáticos, ni puede hacer una reforma que seria la destruc- ción de aquella , ni puede convertirse tampoco en verdugo de estos.

No se crea que en lo que decimos hay exageración ; el partido á que nos hemos referido , no solo combate y anatematiza las doctrinas positivistas, que sin duda dominan en la enseñanza de casi todas las ciencias fisico- químicas y naturales, sino que condena, con no menos vigor y energía, la escuela espiritualista, á que pertenecen, entre otros, M. M. Saisset, Janet y Caro , y que domina hoy en la enseñanza oficial de la filosofía , ó, como otros dicen , de las ciencias morales y políticas : de suerte que , para satis- facer á los que piensan de cierto modo , habría que volver á los tiempos en que el escolasticismo reinaba sin rival en la enseñanza, lo cual seria en- tender, de un modo muy singular, el progreso científico , base y estímulo de todos los adelantos en las demás esferas de la vida de la humanidad.

En la discusión de que vamos dando breve noticia, han llevado sin duda la peor parte los enemigos de la enseñanza oficial , porque los hechos que , en apoyo de sus acusaciones, han aducido , ó no han podido probarse, ó han resultado enteramente falsos , en este caso se halla uno que ha dado


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ocasión á incidentes dignos de referirse. Monseñor de Bonnechosse , repli- cando á los Sres. Duruj y Robert, en un discurso vehemente j sentido , j para confundir á sus adversarios, dijo poco más ó menos lo siguiente: «Se afirma que los hechos que hemos aducido no están probados ; que es ne- cesario alegar otros que demuestren con claridad lo que aseveramos : pues bien, hace dos dias, pendiente ya la cuestión que nos ocupa, Mr. Sée, combatiendo una explicación de la embriaguez , dada , en cierta obra , ha dicho : «Vemos con pena á muchos sabios ahondar en el terreno del alma,» j continuando después el profesor, añadió en su propio nombre , « jo me cuento en el número de los que han ahondado en ese terreno , y mi major deseo seria ahondar tanto , que desapareciese el alma , que no se volviese á hablar más de ella , j que no quedara en Europa un solo sabio , un solo médico fantasiisla. » La prueba no podia ser, en apariencia , más conclu- jente , ni la acusación más abrumadora , interrogado el Cardenal por los testigos del suceso denunciado , dijo que lo eran los Médicos MM. Ma- chelard j Brichetault j el Bibliotecario de la facultad M. Ollivier. Pero es el caso que el venerable Prelado habia sido victima de un engaño en que difícilmente se puede admitir la buena fe. El Catedrático M. Sée no habia hablado del alma sino del arte, y solo así podían tener sentido las frases que se le atribuían. De los testigos aducidos los Sres. Brichetault j Ollivier han manifestado públicamente , y con indignación , que se ha abusado de sus nombres; que ni han oído ni han dicho lo que se supone, y hasta M. Ma- chelard , autor de este embeleco , que le ha dado una fama poco envidiable, ha tenido que declarar que sin duda habrá oído mal , porque es algo sor- do. Después de este y otros incidentes á que dieron lugar diversos discur- sos, de que no es posible que nos ocupemos, terminó esta discusión adop- tándose la resolución de no haber lugar á deliberar, ni sobre la libertad de enseñanza , ni sobre los hechos alegados en la petición , por 84 votos con- tra 31 en cuanto á lo primero, y por 80 contra 43 en cuanto á lo segundo. No creemos que sea esta la última vez que se agite esta cuestión en el ve- cino Imperio; ocasiones se presentarán para tratarla de nuevo, y es de esperar que las dificultades presentes se resolverán al cabo con el triunfo gradual de la libertad de enseñanza , pero de tal modo planteada , que no se convierta en el monopolio de la instrucción ejercido por una clase , ni en provecho de ciertas doctrinas.

Nuestros lectores saben ya que terminaron las sesiones del Parlamento aduanero alemán celebradas en Berlín , sin que hiciesen explosión las ten- dencias unitarias á pesar de los esfuerzos de muchos de sus miembros. La más vulgar prudencia aconsejaba en los momentos actuales esta cir- cunspección, mayormente celebrándose las sesiones en la capital de la nueva Confederación del Norte , porque cualquier paso dado en el sentido de aquella tendencia se hubiera atribuido á los manejos y ambiciones de


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Prusia, j en especial á la influencia del famosísimo y para muchos temi- ble M. de Bismarck. Sin embarg-o, la ocasión era tentadora, porque se puede decir que las primeras señales de las aspiraciones unitarias que se notaron en este país después de los sucesos de I8l5, fueron ocasionadas por las cuestiones económicas, y especialmente por las dificultades que al comercio y á la industria oponían las aduanas de los Estados particulares. Para evitar estos perjuicios, se formó ja en I8l9 en la feria de Francfort sobre el Mein , una asociación de cinco ó seis mil industriales j comer- ciantes con el objeto de abolirías j de establecer en Alemania un sis- tema común de comercio y de aduanas.

Esta asociación se org-anizó, sometiendo sus estatutos á la aprobación de la Dieta g-ermánica j á la de todos los Príncipes y Gobiernos alemanes. Estableció en cada ciudad un corresponsal particular , y otro g-eneral en cada provincia , comprometiéndose todos á concurrir al objeto común. Se escog-ió para centro de la asociación la ciudad de Nuremberg- , nombrán- dose un comité central para que dirigiese los negocios por medio de un gerente, habiendo sido designado para este cargo el célebre Federico List, autor de la obra titulada Sistema nacional de economía política, y hombre de gran actividad y de profundos conocimientos en la materia , á cuyas cualidades se debió, así como á los esfuerzos del barón Cotta, que después de formarse tres asociaciones aduaneras, constituida una por Wurtemberg y Baviera, otra por Prusia y algunos Estados, y por último, otra tercera que comprendía los Estados del centro de Alemania , se fundiesen todas formando una sola , de tal modo , que excepto el Austria , los dos Meck- lemburgos, Hannover y las Ciudades anseáticas, la Alemania entera for- mó una asociación que suprimió las aduanas interiores estableciendo una común para proteger la industria nacional contra la concurrencia extran- jera, cuyos productos se repartían entre todos los Estados con relación al número de sus habitantes. Desde aquella época , la asociación aduanera fué extendiéndose , y hoy solo quedan fuera de ella los países alemanes del imperio de Austria , por motivos políticos fáciles de comprender. Sin embargo, uno de los resultados de la reunión última del Parlamento adua- nero ha sido la ratificación de un tratado de comercio con esta potencia.

Era , pues , una ocasión muy favorable para dar curso á las aspiracio- nes nacionales la reunión de esta Asamblea , así es que si bien en sus sesiones solemnes y oficiales fué posible contener dentro de ciertos limites el espíritu patriótico , después de cerradas , los diputados han sido en va- rias ciudades de Alemania objeto de festejos y convites , en los que se ha dado rienda suelta á los deseos del patriotismo germánico. No es posible que demos noticia de todas estas fiestas , pero por su significación y por su carácter especial copiaremos aquí un párrafo de un discurso pronuncia- do en el convite que tuvo lugar en Tlvoli, gran cervecería de Berlín.


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M. Auerbach , orig-inario de la Alemania del Sur, autor del discurso á que nos referimos, decia en él lo siguiente: «Queridos amigos, se ha hablado ))del Mein que divide la patria. El espíritu y el corazón del pueblo alemán »no conocen la línea del Mein. Por cima de los hitos de la frontera se es- "tiende en el éter puro del pensamiento , la bella unidad del espíritu ger- «mánico , y esa unidad ha tomado carne en hombres que viven y que «darán vida. Solo citaré algunos. No lejos de aquí está enterrado »un hombre que nació en Stutgard y que enseñó en Berlín. Su nombre «es Hegel, Hegel el filósofo. Haj otro sobre cuya tumba crece apenas »por segunda vez el muíigo : todos nosotros hemos contemplado su rostro, «estrechado su mano y escuchado con delicia sus altas lecciones, hablo »de Augusto Boeckh, que procedía de Badén. Otro fué llamado de Munich, »era Schelling. Hegel y Augusto Boeckh, maestros en la disciplina del "espíritu, vinieron del Sur de Alemania para preparar esa generación va- "lerosa y resuelta á que pertenecen los que como Moltkc han demostrado ))en los campos de batalla su fuerte virilidad.»

Otras mil pruebas pudiéramos dar de las tendencias unitarias reveladas con esta ocasión, pero como no haj que demostrar lo que es evidente, nos abstendremos de hacerlo. ¿Triunfarán al cabo estos deseos? Difícil es pe- netrar los misterios que esconde el porvenir en su pavoroso seno. Mas si la realización del pan-germanismo ha de cumplirse alguna vez , no será sin que se verifique una modificación profunda en la actual organización política de Europa, que deberá obrarse con lentitud , si ha de ser duradera y fecunda.

Antonio María Fabié.


NOTICIAS LITERARIAS.[editar]

Discursos leidcs ante la Real Academia de Cientos morales y ftoUticos, el do- mingo 31 de Moyo de 1668. Acias de la Real Academia de la Historia por don Pedro Sabau. Discurscs leídos en lamisma Academia por los Sres. D. Antonio Benavides y D. Carlos Ramón Fort, en junta pública dell del presente mes. Últimos escritos del distinguido académico D. Emilio La fuente Alcántara, muerto recientemente en Archidona , su patria.

Creen no pocos sujetos que en España apenas haj en el dia movimiento literario, y que son raros los escritos que se publican, j- estos de tancorto valer, que no hay necesidad de hablar de ellos ; pero la verdad es que algo bueno se escribe j se da á la estampa, siendo, en nuestro sentir, la glacial indiferencia del público j la oscuridad en que se deja toda publicación , la causa principal de que no sesn más j mejores las que salen á luz.

El que se siente con alguna vocación de autor la pierde por falta de es- tímulo, y, considerando que los trabajos literarios han de darle poca honra y casi ningún provecho, toma camino más llano y más conducente al me- dro de su persona, nombre y casa, si la tiene. En esta situación, las Aca- demias deben ser y son en efecto en España, proporcionalmente , de ma- yor utilidad que en otros países , porque excitan y ponen en ocasión á los autores de escribir obras de mérito y dan á estas obras cierta publicidad y notoriedad que tal vez á no ser por ellas no tendrian.

Los premios , ofrecidos por las Academias en estos últimos años , han servido de grande estímulo y han hecho que se escriban y publiquen tra- bajos importantes. Las Academias han publicado además y se disponen á f)ublicar obras antiguas de extraordinario valer , olvidadas de la genera- idad de las gentes y aun por los mismos eruditos apenas conocidas , por lo raras que se han hecho. Y por último, hasta los mismos discursos de recepción , ó de otro género, que se leen con gran solemnidad en junta pú- blica, suelen ser, cuando no estudios extensos y fundamentales, brillantes disertaciones , que hacen honor por lo común al saber y al ingenio de nues- tros compatriotas. Justo es , pues , que nuestra Revista trate , cuando con- venga, de las Academias y de sus trabajos.

La de Ciencias morales y poUticas tuvo junta pública el 31 del último Mayo, para recibir al Excmo. é limo. Sr. D. Juan Martin Carramolino. Este señor, que principalmente se ha empleado siempre en el estudio de los cánones , disciplina é historia eclesiástica, como de ello dan prueba sus obras. La Iglesia de España económicamente considerada, el Manual de la Historia de la Iglesia de España y el Epítome historial de la Iglesia, eligió para su discurso de recepción asunto propio de estos sus estudios


NOTICIAS LITERARIAS. 527

favoritos. El Sr. Carramolino disertó sobre regalías. En su discurso se mos- tró decidido regalista, impugnando sabia j elocuentemente á los que no lo son, ó bien poi* sobra de espíritu ultramontano, ó bien porque desean la Iglesia Ubre en el Estado libre. Según el Sr. Carramolino, indeclinable- iñente se va á la realización de esta que él llama fatalísima utopia, la de la Iglesia libre en el Estado libre , siempre que se pide la supresión de las regalías ; por donde supone más lógicos y atinados en sus miras á los ra- cionalistas , y liberales anti-regalistas , que á los que lo son por ultramon- tanismo. Para el Sr, Carramolino las regalías son como el sello y la ga- rantía de la exclusiva protección que da el Estado á la Iglesia ; el resultado de la constante armonía y buena inteligencia del Sacerdocio y del Impe- rio. El Sr. Carramolino no concibe que el Estado se despoje de las rega- lías y deje á la Iglesia en absoluta y completa libertad, sino para tomar- se a él, no menos completa y absoluta, con respecto á la Iglesia, lo cual le padece deplorable ; lo cual , como ya, liemos dicho, lo califica enérgicamente, au^nque de un modo impropio, de fataÜsima utopia. Y decimos de un modo impropio, porque esta libertad é independencia mutua de la Iglesia y del Estado podrá ser todo lo fatal que se quiera, pero no es utópica, por- que no es Utópico lo que se ha realizado en alguna parte.

En cuanto al temor del Sr. Carramolino de que el Estado, si se despoja- se de sus derechos de regalía , sería para venir al cabo á retirar á la Iglesia su exclusiva protección , nos parece tan fundado , que convenimos en que todo hombre de una piedad ilustrada debe por ello ser regalista. Lo debe ser asimismo aun el que propende á que se llegue poco á poco y reposa- damente á la falalisima utopia ; ja que para él sería un trastorno peligroso y ocasionado á gravísimos inconvenientes el perder las regalías y el se- guir considerando delitos sociales la manifestación de ciertos pensamien- tos, prestando á la Iglesia el auxilio del brazo secular para castigarlos y consignando en los Códigos la pena.

Contestó al Sr. Carramolino el Sr. Benavides con un elegante y ameno discurso , si bien esquivando y envolviendo en nebulosas y prudentes ple- guerías su desnuda opinión sobre tan arduas y comprometidas cuestiones. En la Real Academia de la Historia hubo el 7 del presente mes otra junta pública importantísima. En ella leyó el Sr. D. Pedro Sabau una cu- riosa memoria sobre los trabajos de dicha Academia en estos últimos años. Los trabajos han sido muchos y buenos , y no estará de más dar alguna noticia de ellos en un breve extracto.

Empezando por las publicaciones , diremos que la Academia ha dado á luz los tomos II y III de las Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla , que contienen las celebradas desde 1351 hasta terminar el rei- nado de D. Enrique IV. Está en prensa el tomo IV de la misma colección, donde se incluirán los cuadernos de Cortes celebradas en tiempo de los Reyes Católicos y del Emperador Carlos V.

Ha publicado también dicha Academia los tomos XLIX y L de la España Sagrada ; los XVI , XVII , XVIII y XIX del Memorial histórico español ; el Viaje arqueológico , del Sr. D. José Oliver y Hurlado ; la Memoria arqueológico-descriptiva del anfiteatro de Itálica, del Sr. D. De- metrio de los Ríos ; el Informe acerca de la célebre Munda Bélica , del Sr. D. Aureliano Fernandez Guerra; el Juicio crítico de D Alvaro de Luna , de D. Juan Rizzo, y el Estado social y político de los mudejares de Castilla, de D. Francisco Fernandez y González. Estas dos últimas inte- resantes obras han sido premiadas por la Academia. La Academia tiene en


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prensa j se dispone á publicar en breve un estudio sobre los Mozárabes; el tomo IX de sus Memorias ; el Examen crítico de la restauración de la Monarquía en el siglo VIH, de D. José Caveda; la Descripción de la via romana entre Uxama y Augustobriga , de D. Eduardo Saavedra; j las Paces asentadas entre D. Juan II de Castilla y Mohamad el Izquierdo de Granada, en 1439, de D. José Amador de los Rios.

Prepara también la Academia una edición esmerada y correcta de la Crónica general de España , de D. Alonso el Sabio , j otra de los Croni- cones latinos , con traducción. Parece que los del Obispo Idacio , Juan el Biclarense, San Isidoro y Melito, el Pacense y Severo Sulpicio, están ya muy adelantados.

Por último , á la Crónica árabe que se ha publicado ja, y de que habla- remos después, seg-uirán en breve la de Ebn-Al-Kotiya, traducida y ano- tada por el Sr. Gayangos, y el Holol-mauxia, ó historia de los almorávi- des y almohades , que dominaron en España desde fines del siglo XI hasta la gloriosa batalla de las Navas. El Sr. Moreno Nieto se emplea en la tra duccion é ilustración de esta última obra.

Lios trabajos numismáticos de la Academia no son menos activos, y pronto darán por resultado la publicación de dos obras magistrales : una sobre monedas celtibéricas é ibéricas de época remotísima , en la interpre- tación de cujas lejendas ha mostrado gran saber j admirable acierto el Sr. D. Antonio Delgado, j otra sobre monedas árabes. También se anun- cia una obra interesantísima del Sr. D. Aureliano Fernandez Guerra sobre Monumentos cristianos de España desde el siglo I al X.

El Sr. Sabau dio cuenta además de una multitud de eruditos informes debidos á los Académicos de número j á los correspondientes; clara y brillante muestra , todos ellos , del celo j afán con que cultivan j escla- recen la historia patria.

Sigue además la Academia señalando temas para concursos anuales , j ofreciendo premios al que mejor escriba sobre ellos.

En el concurso de este año ha sido premiada la obra del Sr. D. José Godoj j Alcántara , titulada Historia de los falsos cronicones; sus autores; fuentes históricas de que se valieron : errores que autorizaron. Este libro j el del Sr. Simonet , premiado también , j que lleva por título Historia de los Mozárabes de España, deducida de lus mejores y más auténticos testimonios de los escritores cristianos y árabes , se imprimirán muj pronto.

Otra prueba de la grande y fecunda actividad, que hoj se aplica al estudio de nuestra historia , es la serie de informes que ha dado la Acade- mia desde 1864, recomendando al Gobierno para que premie ó subvencio- ne notable copia de trabajos que han visto la luz pública. Entre ellos cita- remos los que siguen :

Estudios de cronología universal, por D. Baltasar Peón.

Historia de las Ordenes militares y condecoraciones españolas , publica- da por D. José Gil Dorregaraj.

Historia de Toledo, por D. Martin Gamero.

Gramática arábigo-española, por D. José Moreno Nieto.

Diccionario de escritores gallegos, por D. Manuel Murguía.

Colección de documentos inéditos de Indias , publicada por D. Luis Tor- res de Mendoza.

Historia de Córdoba, por D. Luis Mará ver j Alfaro.

Diccionario general de bibliografía española, por D. Dionisio Hidalgo.


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Colección completa de los tratados, etc., de la América latina, desde 1493 hasta nuestros días, por D. Carlos Calvo.

Historia de Cuba, por D. Jacobo de la Pezuela.

Libro de los antiguos monumentos de la historia y geografía españolas, por D. Luis de Góngora.

Historia orgánica de las armas de infantería y caballería, por D. Serafín de Soto, Conde de Clonard.

Historia de Cuenca, por D. Trifon Muñoz j Soliva.

Historia de las alteraciones de Aragón en el reinado de Felipe 11, por el Marqués de Pidal.

Después de la importante Memoria leída por el Sr. Sabau, de la que aca- bamos de extractar lo más esencial, leyó el Sr. Benavides , Director de la Real Academia de la Historia, un bello discurso, en el que habla también de los trabajos de dicha corporación en estos tres últimos años.

Todo el discurso del Sr. Benavides es muy ameno, pero lo más curioso es sin duda lo que se refiere al Memorial histórico, colección de obras iné- ditas, encomendada al Sr, D. Pascual Gajangos.

En esta colección van ja publicados los trabajos siguientes : Historia de la casa de Niebla, por Pedro Barrantes Maldonado; Historia de D. Die- go, Duque de Estrada, famoso aventurero, duelista terrible y valiente sol- dado, cuya vida es una novela llena de lances portentosos de bizarría y au- dacia; la Crónica del Condestable D. Lúeas de Iranzo; varios tratados cu- riosísimos sobre Legislación musulmana, que son obra de los moriscos ó mudejares, etc., etc., etc.

Pero lo que el Sr. Benavides se detiene más en examinar de toda la co- lección son los últimos siete tomos, que contienen una correspondencia po- lítica de los jesuítas españoles desde 1634 á 1648. Esta correspondencia re- fiere cuanto pasó en el mundo durante el mencionado período, y ha de ser de suma utilidad para escribir la historia de entonces. Los jesuítas estaban bien informados, apreciaban con tino los sucesos y hablaban sin disimulo ni rebozo, como que hablaban entre ellos. Todas estas calidades hacen de las mencionadas cartas muy preciosos documentos Lastimosísima es la idea que dan de aquella época , á la que hoy está en moda volver los ojos con amor, poniendo en ella de antemano el ideal y la cifra de todas las per- fecciones y bienandanzas. La sociedad estaba como corrompida y llena de gangrena; la miseria era horrible; la anarquía espantosa; perdida la ad- ministración de justicia; y la superstición había llegado al último extremo de la ridiculez, dando muestra de sí en fingidos milagros y absurdas tra- pacerías de visionarios, energúmenos, brujas, nigrománticos y monjas em- baucadoras. En confirmación de todo esto, ha entresacado el Sr. Benavi- des de la referida correspondencia de los jesuítas una gran cantidad de anécdotas singulares, que nos pesa de no tener espacio para trasladar aquí.

Por último , terminado el discurso del Sr. Benavides , leyó otro discurso el académico de número D. Carlos Ramón Fort, en elogio de D. José Cornide de Saavedra , Secretario que fué de aquella Real Academia.

Hallándonos en la junta pública de que hemos dado cuenta sucinta , su- pimos con dolor la muerte en Archidona de uno de los más laboriosos in- dividuos de aquella docta corporación. D. Emilio Lafuente Alcántara ha muerto pocos días há en su villa natal, y en la flor de sus años. Tal vez no pasaría de los 34. No solo la Academia sino también la literatura pa- tria han tenido una dolorosísima pérdida y deben estar de luto. El señor TOMO II. 34


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Lafuente Alcántara era además generalmente querido j estimado por sus nobles y excelentes prendas de carácter.

Como testimonio de su saber, de su talento j de su actividad incan- sable , ha dejado trabajos imperecederos y de utilidad para la historia.

Citaremos en primer lug-ar sus Inscripciones árabes de la Alhambra, obra que le acredita de arabista consumado , j su colección de cantares del pueblo donde ha reunido innumerables coplas octosílabas y seguidi- llas , y levantado un monumento al ingenio espontáneo de los españoles, á la fecunda y lozana Musa del vulgo.

El Sr. Lafuente como ya hemos dicho era un excelente arabista , y te- nia además todas las prendas propias de un buen historiador ; crítica acer- tada y profunda , espíritu de observación , amor vehemente al estudio, elegante y brioso estilo , alta imparcialidad , perspicacia para comprender lo pasado , y mirada clara y serena para penetrar en sus más hondas os- curidades. El discurso que leyó en la Real Academia, cuando en ella to- mó asiento, sobre las invasiones africanas en nuestra Península, es un de- chado donde lucen las prendas susodichas.

Su última obra merece un detenido examen que nos duele no tener tiem- po para hacer. Es el tomo I de la Colección de obras arábigas de Historia y Geografía que publica la Real Academia de la Historia. Contiene este tomo el Ajbar Machmüa , (Colección de tradiciones.) Crónica anónima del siglo XI, traducida y anotada. De esta Crónica se había ya servido Dozy en sus Recherches , pero nunca había sido traducida ni impresa. Es con todo importantísima por su antigüedad y porque esclarece aquel con- fuso periodo de nuestra historia , que empieza en la invasión muslima y termina en la fundación del Califato cordobés. Lo que da más valor á esta Crónica es que viene en confirmación de muchos casos y circunstancias de la época de la conquista de los árabes , tenidos posteriormente por fa- bulosos ó inciertos al menos , como los amores de D. Rodrigo por la Cava, la traición del Conde D. Julián , y la de los hijos de Witiza.

La traducción del árabe está ilustrada con abundante copia de notas bio- gráficas y críticas , y con una rica serie de apéndices, como por ejem- plo, varios trozos de cronicones latinos antiquísimos que se refieren á la invasión de los árabes, y no pocos testimonios sobre el mismo período histórico , tomados de escritores arábigos , como son Al-Makkarí , Mo- guits Ar-Romí , Ayob ben-Habib , Ebn-Abdol-Haquen , y otros. Trae además una cronología de los gobernadores musulmanes, y un índice geográfico de los lugares que en la Crónica se citan. Con todos estos eruditos trabajos queda sin duda esclarecido el período de la con- quista musulmana y los primeros tiempos posteriores. El prólogo de la obra dilucida algunos puntos históricos y filológicos de trascendencia, y fija la ortografía para la trascripción de los nombres propios arábigos.

De otra obra de mérito dirigió también , no ha mucho , la publicación el Sr. Lafuente Alcántara.

Hace dos años, en 1866, se fundó en Madrid la Sociedad de bibliófilos, que ha publicado ya las Cartas de Eugenio de Salazar, por Gayangos , y las Poesías de Rioja, por D. Cayetano Alberto de la Barrera. Las Rela- ciones de algunos sucesos de los últimos tiempos de Granada han sido pu- blicadas por el docto académico cuya muerte lamentamos. Contiene este tomo las memorias de un tal Hernando de Baeza, publicadas, es cierto, en Alemania antes que en España por el orientalista Müller, que las halló inéditas en la Biblioteca del Escorial. Estas memorias dan una idea exacta


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y cumplida de los últimos tiempos del reino de Granada. Hay además en el mismo libro otros documentos verdaderamente inéditos , como son una Belacion de la prisión del Rey Chico, y varios papeles relativos al desafío de D. Alonso de Ag-uilar y D. Dieg-o Fernandez de Córdoba , entre los cuales se cuentan cartas j salvo-conductos , en árabe j traducidos. Toda la colección va ilustrada con preciosas notas.

Tales son los trabajos hasta hoy publicados del académico difunto . No sabemos si dejará algo inédito; pero lo publicado ya, atendida su temprana muerte , demuestra su laboriosidad , y hace ver cuan útil hubiera sido á las letras patrias si se hubiera prolongado su existencia, no acabando con fin tan prematuro.

El Sr. D. Emiho Lafuente Alcántara era hermano de D. Miguel, autor de una elegante y bella Historia de Granada , el cual también murió jo- ven, ilustrando ya un nombre al que su hermano menor ha sabido después añadir realce y gloria.


  1. En las palabras epigramáticas que ponemos por epígrafe de este prólogo nada lia exagerado Castello Branco, pues más saben los portugueses de las cosas de la China que de las cosas de España. Todavía no ha llegado á publicarse un Diccionario portugués-español completo, mientras se han dado á lai recientemente uno para traducir del chino vulgar mandarín al portugués, y otro para traducir del por- tugués al chino vulgar mandarín. Diccionario portuguez-chinu no slylo vulgar mandarim é clasico geral, por Joaquim Affonso Conzavoz. Lisboa i^Zi.— Diccionario china-por tugué í no slylo vulgar mandarim é clasico geral , por Ídem id. Lisboa 1833.