Revista de España: Tomo II - Número 8 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO II - NÚMERO 8 - AÑO 1868[editar]

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CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDENA, BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA.[editar]

LA MARQUESA DE SIETE FUENTES.

SEGUNDA Y ULTIMA PARTE.

VIL

Cuando comenzó á circular en Sacer entre los de la familia y bando de Castelvi noticia de lo que pasaba en Cullar , ya de ante- mano se veia en singular aprieto el Marqués de Cea como jefe de aquella casa y parcialidad , como personaje á quien tocaba parte tan principal en los pasados sucesos , y hacia quien todos volvían los ojos para que los dirigiese y acaudillase en las arriesgadas cir- cunstancias que era fácil conjeturar. Por el pronto no daba señales de vida el Gobierno de Madrid (1) , aun no habia llegado el nuevo Virey, y estaba la autoridad en manos amigas , como eran las de D. Bernardino Matías de Cervellon. Pero no se podía contar con que por largo tiempo se prolongase situación tan extraña , y si por

(1) Recordarán nuestros lectores que hemos retrocedido en nuestra narra- ción, habiendo de referir sucesos anteriores á la llegada del Virey , y que este averiguó por revelaciones que le hizo y cartas que le entregó un amigo del Marqués de Cea.

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algún lado , seg-im debemos suponer , habían lleg-ado á Cerdeña informes acerca de la condición y temple del Duque de San Ger- mán, como los que envió D. Jorge de Castelvi, claro es que no pudieron menos de inspirar cuidado y recelo. Asi es que á persona de edad avanzada y carácter cauteloso, aunque violento, como pa- rece haber sido el Marqués de Cea, no podia ocultarse que la pri- mera conveniencia y aun necesidad de todos era el mantenerse unidos para hacer frente á la borrasca. Para este fin no era de nin- gún provecho , sino muy por lo contrario , el intempestivo casa- miento de la Marquesa , cuya nueva hasta entonces solo de algunos sospechada, estalló como trueno en Sacer al llegar el P. Falaris. Pero mediaba otra circunstancia que ponia muy á riesgo la unión y ocasionaba continuos sinsabores al Marqués de Cea.

Como ya saben nuestros lectores aspiraba á la mano de la Mar- quesa viuda (1) , con aprobación de los deudos, y no habia hecho reparo en declarar su pensamiento con repetidos mensajes, el Conde de Sedilo, sobrino suyo, personaje joven, rico y muy principal de la isla. Sin duda, además de su nobleza y caudal, estaba dotado de circunstancias muy aventajadas que no se le ocultaban á la Mar- quesa , pues habia dicho á su confesor Fray Jusepe , hablándole de D. Silvestre de Amerighi , y encareciendo las partes de este últi- mo, que no habia mejor caballero que él, fuera del Conde de Se- dilo (2). Pero el corazón daba sin duda primer puesto á quien la cortesía ó el disimulo solo concedían el segundo. También dijimos que habia causado enojo en la Marquesa el forzado viaje del Padre Falaris , que atribuyó erradamente á diligencias de su enamorado sobrino. La verdad , según aparece de la correspondencia , es que hasta la última hora ignoró este del todo , ó solo tuvo oscura sos- pecha de lo que pasaba en Cullar , y que mostró repetidamente propósito y aun resuelto empeño de pasar á aquel punto, sin duda para declarar de palabra sus ardoresy para conseguir personalmente lo que no se lograba con mensajes. Contúvole sin embargo, é im-

(1) Por inadvertencia en la parte primera de este ensayo, tomo II de la Ee VISTA , página 283 , se llamó á Doña Francisca Zatrillas Marquesa de Siete Iglesias. El de Siete-Fuentes era su título como queda dicho con repetición.

(2) "Lo que puedo yo rastrear de las conversaciones que han sido muchas las que he tenido con mi señora la Marquesa es que tiene mucho afecto y vo- luntad á D. Silvestre, pues siempre me lo ha alabado y dicho que fuera del señor Conde de Sedilo no hay mejor de él.n Carta del confesor al Marqués de Cea de 15 Setiembre 1668.


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pidió durante algún tiempo llevara este designio adelante el Mar- qués de Cea , advertido de todo lo que ocurria , y receloso de que la presencia de Sedilo en Cullar no diese lugar á desaires, encuen- tros y sentimientos , y por último al descubrimiento entero de la verdad. Pero como guardaba sigilo acerca de las prudentes razones de su resistencia, las interpretaban torcidamente el interesado y los principales deudos y amigos déla familia (1), como eran D. Bernar- dino de Cervellotí y Doña Vicenta de Castelvi su esposa, sospe- chando que el Marqués se atravesaba al enlace por falta de afecto á su propio sobrino Sedilo , siendo todo lo contrario y obrando prin- cipalmente en su ánimo el deseo de que no abriese los ojos este último á la verdad y por resentimiento se apartase de un bando á que se habia mostrado muy adicto hasta aquel dia , y de que era brazo principal por tener á su disposición la mayor parte del Cabo de Sacer. Hablan pues nacido entre unos y otros tibiezas y disg-us- tos (2). Pero al llegar á noticia de todos las voces que difundió el Padre Falaris , ya no faé posible contemporizar ni impedir el de- signio del Conde de Sedilo , siempre patrocinado por Cervellon y otras personas g-raves de la familia , las cuales para obtener de Cea que diese licencia á su sobrino de pasar á Cullar , le enviaron otro religioso llamado Fray Gabino Marcelo (3) , pues á cargo de frailes corrían siempre estas comisiones de diplomacia , por decirlo así do - méstica. Ya no fué entonces posible al Marqués dejar de darle , no

(1) " El Conde de Sedilo quería ir á Culler, estando sospechosos del Mar- qués de Cea, así el Conde como D. Bernardino Cervellon y mí señora Doña Vi- centa, su mujer (hermana de Cea) diciendo que le estorbaba el casamiento del Conde , y por eso no quería que fuese k Culler. n Carta del Marqués de Cea con nombre supuesto á su hermano D. Jorge de Castelvi, de Sacer á 4 de Di" cíembre de 1668.

(2) " Cea iba contemporizando con todos, y mas teniendo necesario al Conde por haber andado muy fino en esta ocasión y tener la más parte de este Cabo á su disposición, m Carta citada del Marqués á su hermano D. Jorge.

(3) iiVíéndose este negocio perdido y que el Conde de Sedilo estaba apre- tando qvie quería ir por mar á ver á su tía, y que se había entibiado mucho de las finezas que hacía con él (Cea) y que su hermana (Doña Vicenta de Cas- telvi) juntamente con el Sr. D. Bernardino (Cervellon) así lo sentían, ha- biendo llegado el mismo día Fray Gabino Marcelo que bien conoce V. S. con quejas , y diciendo que por sus fines estorbaba que fuese su sobrino á Cullar, vino á bien que fuese con achaque de visitar á su tía, y en esta conformidad le escribió á su sobrina con el dicho Conde, u Carta citada de Cea A D. Jorge de Castelvi.


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solo permiso , sino además carta para la Marquesa de Siete-Fuentes, y con ella se puso en camino el de Sedilo , sin duda con el ánimo exasperado , con escolta de veinte criados y con propósitos que ha- brán de adivinar ios lectores, pues nada dice sobre este punto la correspondencia.

La noticia de su próxima llegada ocasionó g-ran novedad y alar- ma en Cullar , donde la Marquesa y su amante , precavidos para cualquier accidente , se hallaban cercados de vasallos con armas, como en número de 400 á 500 hombres , unos del mismo lugar y de San Locur , otros de Ploaque y otros de Bonorva ( 1 ) , que era pueblo del condado de Villamar. Luego que supieron haber entra- do el Conde de Sedilo en el lugar próximo de Pitimuri , juzgaron llegado el momento de las grandes resoluciones, y sin pararse á reflexionar sobre peligros ni inconvenientes, convocando la Mar- quesa á sus vasallos, «les declaró que estaba casada con D. Silves- tre , á quien habian de reconocer por Marqués de Siete-Fuentes (2). y señor suyo.» Dio luego encargo á persona de su confianza de que saliera al encuentro de Sedilo y le preguntase qué intentos llevaba. Respondió el Conde que solo el de besar la mano á su tia,.si para ello le daba licencia, y que de otro modo se volverla. Salió tam- bién á recibirle el contutor D. Baltasar de Xarte, y cuando ya es- taba el Conde cerca de la villa , le llegó otro tercer recado con la misma pregunta acerca de sus designios, á que dio igual respuesta, y entonces le dieron permiso de que pasara, pero solo con sus cria- dos. — Aun asi no parece que los nuevos cónyuges habian depuesto sus temores, ó por lo menos no habian aflojado en sus precauciones, pues al llegar el Conde al zaguán de la casa , se encontró que la guardaban los cuatrocientos hombres con las armas en la mano, y

(2) iiLlegando el Conde de Pitimuri con 'sus criados y con no más compa- ñía entre todos que veinte hombres , estaban la de Siete-Fuentes y D. Silves. tre con cincuenta hombres de Ploaque toda la gente de CuUer y de Santo Luisio, gente de jjoco número , y de Bornova que todos habian de ser 400 ó 500 hombres." En la carta citada. Ploaque dice Carrillo, y Malte-Brun Ploaghe, lugar así como Bonorva del arzobispado de Sacer (Sasseri). No halla- mos en los geógrafos traza de Pitimuri, San Locur, acaso Santo Luisigio, se- gún Carrillo , ó Santo Lussurgin, según Malte-Brun, corresponde como Cullar á la diócesis de Bosa.

(1) Copiamos literalmente lo que precede de la carta de Cea. Recordarán los lectores que el de Siete-Fuentes era marquesado suyo y de su difunto ma- rido el de Lacony.


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los más próximos le pusieron las carabinas al pecho, diciéndole no habia paso. Pero los apartó el D. Baltasar, y al pié de la escalera encontró el Conde á su afortunado rival D. Silvestre de Amerighi y al Marqués de Laconj (que era un niño de corta edad), quienes le condujeron al aposentó donde estaba la Marquesa su tia. Habia esta dispuesto recibirle con toda solemnidad, cubierta de luto y de tocas de viuda, rodeada de la Condesa de Villamar y de otras da- mas; pero acog-iéndole con senuedad, solo le habló breves palabras, como si se sintiera ofendida y además de las armas de sus va- sallos tuviese también preparadas y quisiera emplear las de la alti- vez y el desden para poner término á la inoportuna visita.

Despidióse el Conde resentido de tan tibia hospitalidad , y como ni aun siquiera le ofrecieran alojarle , se fué á residir al convento de Servitas, y desde alli, lleno de enojo, envió mensajeros al Mar- qués de Cea para que acudiese en su ayuda, y á sus lugares para que le enviasen gentes armadas. No era menor el enojo en los del lado opuesto. Creyó la Marquesa de Siete-Fuentes (según cartas del proceso) que era tiempo de quitarse y rasgar sus tocas , luego que hubo salido el desairado y furioso Conde, y como le avisasen se habia este hospedado en el convento de Servitas, así ella como don Silvestre le hicieron decir que luego dejase la villa, y cuando nó que de ella le sacarían á fuerza de armas. Al saber después que habia llamado en su ayuda al de Cea y á sus vasallos, creciendo la ira ó el susto , reunió la enamorada dama á los suyos de todo aquel Estado , y por si ofertas verbales no bastasen , les hizo escritura de dejarlos francos durante un año de cuantas rentas y derechos solian pagar, á condición de que tomando las armas y saliendo al camino matasen á su tio el Marqués, si este se obstinaba en pasar adelante. Escribió además un billete á su tia Doña Vicenta de Castelvi (es- posa de Cervellon y hermana de Cea), requiriéndola á que persua- diese á este último «que no fuese á Cullar, pues estaba dispuesta á hacerle quitar la vida.» Ya habia subido á tales grados la cólera, que no consentía respetos ni disimulos.

En tan apurado trance bien hubo menester el jefe de los Castel- víes de toda la cordura y autoridad de sus canas para estorbar que los suyos entre sí se destrozaran y exterminasen con insensato en- cono , haciendo por mano propia la obra reservada al Virey que estaba á punto de llegar. Para resistir, si llegaba el caso, aún no atuviera de más todo el poder reunido de los Castelvíes, los de


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Villamar, los de Sedilo y demás señores de ambos cabos de la isla, y con reñir entre si claro es que solo lograban dificultar la común defensa, y dejar á los contrarios expedito el camino de la justicia y aun de la venganza. Estaban sin embargo á punto de venir á las manos, y en satisfacción de sus celos iba á emplear el de Sedilo armas que pudieran ser necesarias para resguardar las cabezas de unos y de otros. Se habia averiguado que D. Baltasar de Xarte, personaje muy notable de la isla , habia sido favorecedor de los galanteos de Cullar, por codicia de quedar como tutor único de los vastos é importantes dominios de la casa de Lacony, luego que la viuda pasase á segundas nupcias. De esta última y de su marido no era dudoso que decididos y empeñados hablan de llegar á cual- quier extremo para resguardarse y aun vengarse en caso preciso. Y como con acudir al lugar donde ardia el fuego no creyese Cea que podia consegniir sino avivar sus llamas, resolvió poner enjuego desde su retiro de Sacer los resortes de la prudencia, y cerrando los ojos á males irremediables, llevar las cosas á términos de ave- nencia entre los que estaban unidos por el doble lazo de amistades pasadas y peligros futuros. Es lo más singular del caso que escogió entonces por instrumento de su designio al mismo P. Falaris , ó bien porque le prendara la destreza que este jesuíta habia desple- gado en campo opuesto , ó ya porque deseara curar la llaga por las mismas manos que contribuj^eron á enconarla. Ello es que le escribió cartas en que no escaseaba lisonjas , y que captando su voluntad por este ú otros medios , logró llevara á Cullar mensajes conciliatorios. Para evitar públicas discordias dentro de la familia, propuso Cea que le escribieran los nuevos cónyuges dándole cuenta del matrimonio , después de cuyo paso él ofrecía dar contestación satisfactoria (1). Tuvo feliz término la negociación, y á los billetes con que le dieron parte de sus bodas, contestó el Marqués de Cea con cartas amistosas y expresivas, que demuestran era sagaz poli- tico y sabia sacrificar sus enojos en aras del común interés. Por su

(1) Viendo (el de Cea) que ir él no era apaciguar las materias sino irritar- las, determinó valerse del mismo P. Falaris, que como él habia hecho el em- buste le pareció que ninguno como él los podia poner en razón para que so- segase á la de Siete-Fuentes, y los redujese á que le fuesen á dar cuenta del casamiento que él le respondería "

Carta citada de Cea á su hermano D. Jorge. La carta de Cea al P. Falaris también está entre las del proceso.


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lado habia condescendido la Marquesa en mostrarse pesarosa de que su resolución se anticipase al consentimiento de su tio , contra lo que tantas veces habia ofrecido con protestas de filial obediencia. «No tiene V. S. de qué estar sentida, le replicó el de Cea (1), pues el dia que ha tomado esa resolución debia de convenir, y los padres siempre queremos las conveniencias de los hijos. » Dedicaba en seguida algunas breves cláusulas al Conde de Sedilo , suavi- zando el ánimo de Dona Francisca á fin depreparar una reconciliación general, y después, sobre el delicado capitulo del casamiento, ana- dia: «Me parece muy acertado, asi para que pase adelante el nom- »bre de la casa de V. S. , como también por la calidad de D. Sil- »vestre, pues todos somos unos. El Sr. Conde de Villamar y mi » padre eran primos hermanos. » Terminaba con plácemes y enho- rabuenas esta carta, y en otra que escribió su autor á D. Silvestre le demostraba igual sentimiento de que con noticiarle antes su proyecto , no le hubiese dado la Marquesa ocasión de mostrar su buena voluntad de padre en la forma y prontitud del consenti- miento. Lo único que desearla el de Cea, si le consultasen el caso, fuera evitar la publicidad hasta llegar la dispensa-, «porque siendo todos unos, es bien que se guarden los aires á los difuntos.» Y para que siendo completa la explicación , pudiera ser general el acomodamiento , anadia el Marqués que si habia antes dado prefe- rencia al Conde de Sedilo, no era porque aventajase en calidad y par- tes á D. Silvestre, sino por ser aquel jefe de su casa, y segundo de la suya eSte último. Concluía el discreto anciano asegurando ha- bia de ser siempre fiel á las obligaciones que le corrían por razón de la amistad y de la sangre.

Asi quedó apaciguada por aquella parte la tempestad , y en cuanto al Conde de Sedilo , cuyos arrebatos de pasión y de amor propio hubieron de ceder ante el convencimiento de que tenia su pleito perdido , no fué difícil al Marqués de Cea reducirle á que partiera de Cullar, y olvidando, ó al menos disimulando, guar- dase sigilo en cuanto era dable acerca de su amorosa desventura. Pero aun siendo este arreglo aparente ó sincero ¡el partido me- nos arriesgado para los que tenian comunes compromisos, no deja- ron de resultar para ellos daños de entidad , pues en lo hondo de los corazones no se pudo sofocar por completo el resentimiento, y

(1) La carta de la Marquesa fué de 15, y la de Cea de 16 de Octubre, y están entre las del proceso.


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en muchos el pasado ardor quedó trocado en tibieza. Habia sido origen principal de la animosidad entre los sardos el deseo de ven- gar al Marqués de Lacony , y entre los jefes y nobles ya andaba muy en dudas quién habia de dar á Dios cuenta del crimen.

Sin necesidad de que lo indicaran los documentos que nos sirven de guia , y ^in que actos posteriores lo acreditasen , bien se podria calcular en vista de la relación que precede el cambio que tales novedades hubieron de ocasionar en la disposición de los ánimos. Por más que se esforzara el Marqués de Cea, algo debió de vacilar la firmeza de sus propósitos desde que le asaltó la primer sospecha de que no habia muerto el de Lacony por castigo de su conducta en los Estamentos, ni el de Camarasa en satisfacción de justa ven- ganza, y de que todos hablan sido acaso juguete de livianda- des y artificios abominables. El final de la interesante carta que á su hermano D. Jorge escribió Cea, expresa claramente las vacilaciones de su espíritu ante la verdad que tardíamente se le aparece (1). Nada es tan natural como que desmaye la conciencia, cuando le falta seguridad de la justicia. Mas como quiera que fuese, tanto Cea, como sus amigos y allegados, los que con su conocimiento y aprobación á la muerte del Virey hablan concurrido, desde enton- ces hablan aventurado su reputación, con su reposo y su vida, y mal podian revelaciones tardías mejorar su suerte , sino antes bien agravar la culpa y acrecer el peligro. Era diferente la situa-

(1) Decía así esta notable parte de la carta tantas veces citada: "Me aseguró Oarcasona (sin duda el Fiscal) que el Sr. Marqués de Camara- iisa, que Dios tenga en el cielo, luego que murió el de Lacony, le dijo de que ithabia cooperado la mujer de este último. Y dicen la casa de Villasor y los iiémulos de la de Castelví que lo que se murmuraba se verifica ahora.

"Lo cierto es, que dicen los criados y gentes de su casa, que habia corres- iipondencia desde que estaba el Marqués difunto en esa corte. Lástima grande lies que levanten esas rabias á una persona de tanta calidad , y más la tengo iidel pobre viejo del Marqués de Cea, metido en estos laberintos!" Esto decia en la carta , y en la postdata lo explica de otra manera : "Habían publicado los de Villasor, que en la muerte de Lacony hubo coope- iiracíon de su mujer, lo que tengo por imposible que sea verdad, ni que tal iiprueben, pero lo del galanteo estando Lacony en Madrid, es cierto."

Estas últimas palabras que están en contradicción con otras de la carta, y que colocadas al fin de la postdata hacen el mismo efecto que si las hubiera en voz baja pronunciado au autor al oído de su hermano , indican de qué ma- nera se iba abriendo camino la verdad en el espíritu de aquel infeliz y des- alumbrado anciano.


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cion de otros nobles , que no habiendo tomado parte directa en el homicidio, si bien estaban propensos á ayudar á los Castelvies en su demanda, y si bien de los de Villasor eran enemigos, también era natural reflexionasen sobre si ayudaban al desagravio de ofensa cierta, y si era proporcionada la claridad de la razón á la del peli- gro. Asimismo hubieron otros de vacilar solo al entrever que al empeñarse en nuevos conflictos pudieran pasar por candidos cam- peones de los extravíos de una dama tan criminal como artificiosa, y entre los más ofendidos , asi como entre los más poderosos en la isla, se debia de contar sin duda el Conde de Sedilo , á pesar de los vínculos estrechos de sangre y amistad que le unian á los Castel- vies. Es de presumir que hasta el ínfimo pueblo nc habia penetrado el desengaño ni completa noticia de lo ocurrido en Cullar entre el mar y las montañas ; pero el ver á una viuda consolada antes de tiempo, rasgando sus tocas, y pasando al lecho de nuevo marido, no es oportuno espectáculo para conservar entre los extraños muy viva y aguda la pena, ni aun el recuerdo de la desgracia. Del áni- mo de los más cautos debió borrarse en gran parte el recuerdo de los Estamentos, de las condiciones del servicio j de los greuxes. y entibiarse los ardores de la indignación y del patriotismo desde el punto en que por lo menos era dudoso á quién hablan querido dar muerte los asesinos , si al marido engañado ó al padre y patroci- nador del pueblo.

VITT.

Tales fueron los sucesos de que se enteró el Virey no solo por relación verbal sino por cartas originales que puso en sus manos, faltando ala confianza de Cea, un falso amigo de este último. Si tuvo ó no parte en este descubrimiento el Padre Falaris, ni lo dice el proceso, ni nosotros hemos de aventurarnos á afirmarlo fiando en simples indicios. Es lo cierto que aun después de haberle empleado en la reconciliación con su sobrina la de Siete-Fuentes , no se ha- blan apartado de la mente de Cea las sospechas que siempre le in- fundió el jesuíta como se ve por lo que en carta de 4 de Diciembre de 1668 escribía á su hermano D. Jorge (1).

(1) "Dicen que teniendo la de Villasor noticia del galanteo de Doña Fran- " cisca con D. Silvestre hizo introducir á este buen religioso del P. Falaris para "procurar que se hiciese este casamiento y fortificar con este indicio lo que elloíj "liabi?in publicado.,,,,"


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De todas suertes , ni de la autenticidad de estos documentos ni déla importancia de su contenido pudo quedar la menor duda á San Germán después que los hubo leido. La más importante de aquellas cartas, que es la misma del Marqués á D. Jorg-e , de que tantas ve- ces hemos hecho mención, ni estaba firmada, ni escrita de letra propia, y parecía dirig-ida por un D. Juan de Mendoza, de Caller, á un D. Pedro Enriquez, de Madrid; pero ambos caballeros eran de igual modo personajes imag-inarios. No deja dúdala lectura acerca de quiénes son los verdaderos personajes disfrazados con aquellos falsos nombres , _y en el proceso resulta que la letra era de mano de un secretario ó criado del Marqués de Cea, que le servia de amanuense en asuntos de confianza y secreto, y para su correspon- dencia con diferentes personas, el mismo que hacia además en Ca- ller los despachos del Procurador general para las sacas de tri- g'os, como se acreditó con las oportunas confrontaciones (1).

En cuanto á la importancia del descubrimiento fácilmente se adivina cuánta debió de ser para encaminar el proceso , y asimismo para desarmar á los más díscolos y sosegar la isla. Sin duda alguna hablan contribuido en gran manera estas circunstancias para que la sublevación próxima á estallar ofreciera carácter menos grave de lo que antes pudo temerse. Enterado el Virey, y afirmado en su convencimiento, ocurrió á lo que era más ui;:g-ente; remitió al de Ñapóles una orden, que traia de Madrid prevenida, requiriéndole á que le encaminase un ministro de toda satisfacción, con escribano y alguacil para que no tuviesen ninguna dependencia de los natu- rales de la isla, y al mismo tiempo escribió á España, de donde pidió le enviasen las galeras que habia dejado desocupadas la paz con Francia, y que él necesitaba para dar calor á su autoridad en Cerdeña (2).

(1) Dice así el reasunto por mayor de dichas ocurrencias que de Caller re- cibió el Gobierno de Madrid:

"Se ha comprobado la letra con muchas cartas que el Marqués de Cea ha es- crito á diferentes personas y es carácter de un criado suyo que escribe á dife- rentes personas lo más de su confianza y secreto, y el que hacia los despachos en esta ciudad para las sacas de trigo, y además de comprobarse esta letra con tantas cartas se han examinado testigos familiares de la casa del Marqués de Cea y dicho criado, y han declarado que conocen por la práctica que tienen de haber continuamente visto es la letra de Juan de Buso Foddi, criado del Marqués de Cea.»

(2) Carta del Duque de San Germán á S. M., de 22 de Enero de 1669,


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Averiguó que el Marqués de Cea y sus amigos desde los lugares adonde se habian retirado tenian comunicación con unos navios franceses que habian entrado en Puerto Conde: que tomaban pre- cauciones para su defensa, y que hasta en el mismo Caller seguían sus parciales celebrando juntas á que asistían con otros muchos ca- balleros el Arzobispo de la diócesis y el Obispo de Alguer; pero creyó prudente por el pronto obrar como si nada supiese , y se limitó á apartar de la tutela del joven Marqués de Lacony á D. Baltasar de Xarte que era de la parcialidad de los retraídos , reemplazándole con otro de su confianza á fin de estorbar que los vastos dominios de aquella casa estuvieran á disposición de los revoltosos.

Mientras llegaban los esperados refuerzos retuvo tres galeras de las de España que habian ido á conducirle , y por si era preciso servirse de la tropa que las guarnecía, dejó expedita la comunica- ción del puerto con el palacio donde habitaba, y que era al propio tiempo castillo, cuya escasa artillería dominaba los demás baluar- tes y puertas de la ciudad. Aplicóse luego á buscar recursos que pudieran llenar el vacio ocasionado en las arcas públicas por la falta de los 70.000 escudos anuales del servicio que se negaron á votar las Cortes , falta tanto más dolorosa como que era necesa- ria aquella suma para atender al mantenimiento de las galeras pe- didas á España y de las otras que estaban en los puertos de la isla.

Penetrados de su necesidad , le propusieron los de la isla que se volvieran á reunir las mismas Cortes, diciéndole que sería fácil obtener de ellas la concesión del servicio. Negóse á ello , y como insistiese con grandes demostraciones de amistad y celo por el ser- vicio del Rey el Arzobispo de Caller , encareciendo la escasez de recursos para atender á las escuadras : « no pueden volverse á con- vocar aquellas mismas Cortes , repuso el Virey , sin desdoro de la Majestad Real que las habia mandado cesar. Y si bien á mi no me toca resolver en la conveniencia de llamar otras nuevas, no podré menos de representar al Rey lo mismo que cuando ejercía igual cargo al que ahora llevo en Navarra : esto es , los inconve- nientes que se me ofrecen de ello , por los muchos privileg-ios que de ordinario adquieren los vasallos con perjuicio de la reg-alía de S. M. » Guiado por estas ideas muy comunes en los gobernantes de aquel tiempo , buscó por otros caminos los medios que le faltaban. Propuso la retención del importe de bulas y subsidio eclesiástico; echó mano de ciertas sumas que estaban en depósito , y preparó la


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imposición de un derecho sobre la exportación de los atunes de las almadrabas , que corrían por cuenta de un asentista , excusando con estos arbitrios el establecimiento de g-ravámen alguno en cosas que tocasen á la generalidad de los pueblos.

A principios de Marzo llegó á Cerdeña en la galera Capitana de Nájjoles el Ministro que habia de enviar D. Pedro de Aragón , que fué D. Juan de Herrera (1) , de aquellos Consejos , con cuya presen- cia y con descubrirse queibaáabrir nueva información sobre los dos asesinatos, subieron de punto la alarma y el descontento del Marqués de Cea y de sus parciales. Súpose que preparaba este armas y gen- tes, y que aun antes de llegar á las manos no perdonarla medio al- guno para poner embarazos á la averiguación proyectada. Corrió por la isla que Cea llevaba negociaciones con subditos del Rey de Francia , que el Duque de Beaufort le habia prometido socorrerle con dineros, armadas, y hasta con un ejército si fuese necesario: y por tan ciertos pasaban estos tratos , que hasta se divulgaba que el anciano Marqués habia empezado á vestir y llevar el bigote al estilo de Francia. De tan grande autoridad gozaba este último en aquella parte de la isla adonde se habia retirado , que le llama- ban el o^ey chico, y por todo el resto de ella se encarecía cuan bien tratados eran los que iban al cabo de Sacer á ponerse bajo sus ór- denes , al paso que se decia ni pagaba el Rey ni dada de comer á nadie , peligrosa idea entonces muy difundida acerca de la situa- ción del real erario. Hasta en la capital misma, ala vista del Virey, seguíanse celebrando juntas, ó como entonces se decía moiúpoclios , entre los desafectos, y la alarma llegó ál más alto punto entre los leales , al saberse que unos cuarenta soldados de los que llevaba de acompañamiento el Virey habían huido desertando de sus ban- deras halagados por las ofertas de los Castelvies.

Hubo sin duda días de peligro , y á romper como fué posible la guerra con Francia , no hay duda en que tratara Luis XIV de apro- vechar el descontento y fermentación de los naturales de Cerdeña como lo hiciera antes Richelieu en Cataluña y luego Mazarín en Ñapóles , y como más adelante volvió á intentarlo el mismo Luís XIV en Mesilla. La división y desaliento que los sucesos referidos habían ocasionado entre los del bando de Castelvi y las propues- tas del Arzobispo de Caller ofrecían acaso medios prudentes y se- (1) El noble y magnífico D. Juan de Herrera, Consejero de S. M., en el de Santa Clara, del reino de Ñapóles,


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g'uros de terminar el conflicto convocando nuevas Cortes , sin per- juicio de que pasara adelante la acción de la justicia en las averiguaciones y castigos. Acaso alentaron al Duque de San Ger- mán las mismas circunstancias para entrar por el camino del rigor resueltamente. Pero de este modo , dado que la paz con Francia se alterase, hubiera sido mas grave el riesgo, si bien es justo confe- sar que le liizo rostro el Virey por términos de maña y astucia primero, y después con singular entereza.

A falta de crecidas fuerzas de que no era dable disponer en tan postrada situación de la monarquia, habia sido laudable pre- visión de su parte el presentarse en Caller solo con su familia , sin más acompañamiento que los soldados necesarios para resguardo de su persona durante la travesía , de cuya suerte, adormecidos los recelos , había sido recibido sin resistencia. Pero no habia en la isla más soldados que los de una especie de milicia compuesta de sardos , cuya infantería tenia por jefes á los señores de los pue- blos , y la caballería corría también á cargo de Comisarios que asi mismo eran de la tierra; y como en tan peligrosas circunstancias necesitaba el Virey de soldados más seguros , apresuróse á pedir á D. Pedro de Aragón la escuadra de galeras de Ñapóles con 1.200 infantes : al Duque de Alburquerque Virey de Sicilia la de aquel reino , con los hombres que pudiese : á Madrid los navios de Cá- diz con 2.000 soldados, y además el dinero que fuera dable reunir en todas partes. x\rreciaba no obstante de tal suerte el pelig-ro que podia no dar tiempo á la llegada de estos socorros , y ni su auto- ridad ni su persona tenian en Caller defensa suficiente , si como se temia llegaba á estallar alguna alteración popular. No bastaba tener segura la comunicación del castillo con las galeras, dentro de las cuales habia hasta 500 infantes ; de tal suerte estrechaban las circunstancias , que era ya urgente poner en el fuerte presidio de castellanos , precaución tan opuesta á la costumbre , que en más de trescientos años no se podia citar un solo ejemplo , y era de te- mer por lo tanto que el pueblo se descontentara y alborotase. Para remediarlo discurrió el astuto Virey un artificio , y será bueno dejar que lo refiera él mismo.

«Estando entre mí en esta zozobra , vino el Jurado en Cabo diciéndome »que los guardas que tiene la ciudad para custodia de las huertas y cam- wpañas habian sido aquella noche maltratados de los soldados de las g'a- «leras, y dos de ellos estaban heridos y él imo rauriéndose: le preg'ui;té


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»si conocían quiénes habían sido (los agresores) para poderlos castig-ar: »me dijo que no , pero que liabian conocido que eran soldados y que ha- «blaban castellano. Le encarg-ué que hiciese información , y luego junté el "Consejo, y les dije (á los Ministros del mismo) el sentimiento en que «estaba de que los soldados hiciesen daño , que por las noticias que habia «tenido antes y las fug-as que hacian, habia pensado encerrarlos y habia "dado orden al Oidor D. Francisco Cao (que estaba presente) me buscase "casa; que habia hallado dos, pero que no eran á propósito, porque siendo "bajas y abiertas los soldados podrian salir, y que me dijesen lo que les "parecia. Y ellos como interesados (que cada uno tiene sus huertas y ga- "uados) , y mirando solo á su conveniencia, me respondieron que los me- "jores puestos para tener á los soldados encerrados y que no pudiesen ha- »cer daños, era ponerlos en las casa-matas de los baluartes, que era lo «que yo deseaba. Llamé al Jurado eyi Cabo para que dijese á la ciudad lo «que me habian consultado, y á él, como interesado de su huerta y ganado "le pareció bien. Hice luego desembarcar los soldados de las galeras y en- "traron en las casa-matas de los baluartes de este castillo , y apenas entró "la infantería y ocupó la puerta , quedaron los paisanos pasmados dicien- »do que era ponerles presidio , cosa que de 400 años á esta parte no se "habia hecho, á cuyo discurso respondí que habia ejecutado lo que los "Consejos y la ciudad me habian consultado (1).»

De esta suerte se habia acudido á lo más urgente, y aún faltaba mucho por hacer. Mandó el Virey prender en la Capitana de Ña- póles á tres personas inquietas , pero oscuras , aguardando á tener más fuerzas para apoderarse de otras más principales. Envió al cabo de Sacera D. Mateo Pilo, sujeto de su confianza, con calidad de alter nos, para que tuviese bajo su mando la caballeria é infantería de la milicia : escribió , por último , á Madrid proponiendo otras medidas más graves, y pidiendo refuerzos, sni descuidarse en ponderar sus propios servicios, y en solicitar, según costumbre, la remuneración merecida (2). Por estar más próximos los auxilios de Ñapóles y de Sicilia eran estos con los que más cuenta se hacía;

(1) Carta del Duque de San Germán á la Keina Eegente, de 22 de Abril. Las noticias de esta relación , cuyo origen no se indica asimismo puntual- mente, están tomadas de las cartas del Virey á la Reina y al Vicecanciller de Aragón.

(2) En carta á su protector el Marqués de Aytona, se quejó de que se hu- biese provisto el Gobierno de Milán sin pensar en él. En memorial á S. M, pidió plaza en el Consejo de Estado, y 1.000 escudos mensuales de pensión sobre las cajas de Ñapóles, como la habian tenido otros Vireyes, aparte de su sueldo.


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pero á causa de vientos desfavorables , aún no había podido salir del puerto á principios de Mayo la falúa despachada á D. Pedro de Aragón. En cuanto al Duque de Alburqueque , solo respondió con una carta que , á falta de socorros , contenia prolijos consejos. La orden que de Madrid se habia comunicado á este Virey de Sicilia, de que diese ayuda al nuevamente nombrado para Cerdeña , no la entendía el primero sino para el caso en que se hubiesen puesto difi- cultades al desembarco. Posteriormente habia recibido órdenes de aprestar y enviar su escuadra al muelle de Ñapóles, á¡fin de aguar- dar alli el aviso que Su Santidad había de dar á D. Pedro de Ara- gón para dirigirse la vuelta de Levante al socorro de Candía. Esto se había dispuesto á instancia de Su Beatitud, y con seguro que por su medio habia dado el Rey Cristianísimo de que empleadas las fuerzas marítimas de España en defensa de la fe por aquellas par- tes , observaría inviolablemente por todo este año el tratado de paz de Aix-la-Chapelle. No quería el Duque dar ocasión, con no en- viar esta escuadra , para que se dejara de cumplir lo que al Rey de Francia habia movido á dar el seguro, y por estas consideracio- nes se juzgaba impedido de que pasasen sus naves á Cerdeña. Pero aconsejaba al Duque de San Germán que « mirara la muerte del Marqués de Camarasa como caso particular y no común , » es de- cir, no como materia de estado , é impidiese « que D. Juan de Her- rera pasando en su información á términos irregulares y violentos pusiera en desasosiego aquel reino (1). Juzgó el Virey de Cerdeña al recibir esta carta , y así lo escribió á Madrid , que valiera más la ayuda implorada que las no pedidas advertencias : que no podia menos el de Alburquerque de tener prevenido el ánimo con torcí- dos informes en cuanto decía acerca de la información ; y respecto al socorra de Candía , que fuera más prudente pensase ante todo cada uno en su propia casa y reino.

No le faltaba ciertamente razón. Es claro que esta mala inte- ligencia entre los Vireyes y este prurito de mezclarse cada uno en los negocios de los otros , antes que en socorrerse , fué una de las causas que contribuyeron á que por falta de buen acuerdo se fuera quebrantando el vasto edificio de la Monarquía española.


(1) Carta del Duque de Alburquerque al de San Germán, de Palermoá 13 de Abril de 1669.


552 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

IX.

Como quiera faltaban los refuerzos, y los negocios de la isla toma- ban mal aspecto , por lo que fué preciso al Duque proseg-uir en su sistema de disimulo. Era la nueva información la principal mate- ria del descontento, porque con ella decian de buena ó de mala fe los unos que no se aspiraba más sino á oscurecer la verdad harto depurada en el anterior proceso. Aun los que estaban en el secreto también por diversos motivos concurrían á igual fin, y asi unos como otros escarnecían las nuevas diligencias del Ministro Herre- ra, diciendo que procedía fuera de toda justificación , y que no se tiraba más que á infamar á una señora muy principal del reino, y que después de haberla dejado viuda , se la queria asesinar en su honra.

Hizo poco caso de estas protestas el Dr. D. Juan Herrera, y aun- que extraño á los bandos de la isla , no ¡^udo , sin embargo , des- conocer, luego que hubo practicado las primeras diligencias , cuán- tos eran los vicios de que adolecían los anteriores procesos. Aun de entre los mismos Ministros del Consejo á cuyo cargo hablan corri- do , se apresuraron algunos á revelar estas nulidades , el miedo en que hablan vivido , y las tramas empleadas para influir en su áni- mo. Uno de ellos, D. Pedro Quesada, avisó bajo su firma al Re- gente, que había protestado contra las averiguaciones, y dejado de tomar parte en ellas , luego que vio de qué manera se amaña- ban. Sin intervenir tan directamenteen el proceso, dijo el Fiscal Car- casona que habla conocido en la forma de los interrogatorios de los jueces que no iban de buena fe en las preguntas , y en la cara , aire , acento y palabras de los testigos que faltaba since- ridad en las respuestas.

Con cortas limitaciones se presentaron todos los testigos de la anterior información á declarar que si entonces por miedo ha- blan dicho lo que no sabían, ó más bien lo que les constaba no ser cierto , ahora los forzaba á retractarse la conciencia. La muerte de un Virey-que hablan presenciado ; el ver armados á los delincuentes ; el estar apoderados los parciales de estos de todos los cargos públicos, y el considerar que D. Bernardino de Cervellon, uno de sus cabezas, ejercia el mando supremo en la isla, los habla inducido á faltar á la religión de sus juramentos. Uno de los testi-


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monios á que mayor importancia se habia dado , era el de una enana criada de la Marquesa de Camarasa ; y no solo retractó esta lo que primero depusiera contra su señora , esto es , que liabia ideado y dispuesto el asesinato del Marqués de Lacony, sino que declaró la habian obligado á esta calumnia con amenazas y vio- lencias , hasta el punto de haber faltado poco para que la ahogase entre sus manos D. Baltasar de Xarte, pariente de la Marquesa de Siete-Fuentes. De suerte que , de tantos testimonios y pruebas co- mo aquella información contenia , no habia venido á resultar sino la confusión de sus autores, el descrédito de los jueces y la retrac- tación de los declarantes. Asi lo decian , por lo menos , el Duque y el juez Herrera en sus cartas al Gobierno.

Mientras tanto que venia al suelo todo el edificio juridico levan- tado contra el Marqués de Camarasa y su familia , faltaba poner en claro otro punto , y era el de saber quiénes habian sido los au- tores y cómplices de su muerte. De muy oscura que habia sido esta materia en las informaciones, se habia convertido en clara y evi- dente después que llegaron á Cerdeua el nuevo Virey y el Ministro del Consejo de Santa Clara, pues, contestes los testigos, no habia punto que no se averiguara, ni duda que no se resolviese acerca de los accidentes de aquel delito y sobre las personas de sus autores y cómplices. Si algún daño habia, era el de caminar demasiado aprisa en el exclarecimiento déla verdad, siendo asi que no se podian pre- parar con igual rapidez las fuerzas necesarias para que fuese res- petada la autoridad de la justicia, y á fin de que no quedase esta desairada, al llegar la hora de pronunciar fallo, encargó el Virey al juez informante que en vez de acelerar diese largas á sus dili- gencias. Reconocía San Germán cuan difícil es que prevalezca la razón en parte donde están todos influidos por las pasiones; temia que de Ñapóles le negasen los auxilios pedidos por los mismos mo- tivos ó pretextos que antes habian impedido al Duque de Albur- querque el prestarlos, y esperaba de España, no menos que socorro de dinero y de gente, instrucciones á que atemperar su conducta. En más de cuatro meses no le habia llegado de Madrid contesta- ción á una sola carta, y mientras esperaba le sacasen de tantas du- das, sin dejar de estar apercibido para la defensa, procuró por todos medios templar la inquietud de los ánimos. Pero habian llegado las cosas á punto de que saliesen vanos todos los cálculos de la prudencia.

TOMO II. 36


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X.

Bien fuera ilusión de sus esperanzas, ó más bien ardid de su mala fe , hicieron un dia correr los descontentos la voz de que ha- bian lleg-ado de España despachos, que ocultaba el Virey, porque en ellos se desaprobaba su conducta y se le mandaba ir preso al castillo de Mahon, al paso que se otorgaba perdón general á cuan- tos aparecían culpables en la muerte del Marqués de Camarasa. De ello dijo tener carta el Marqués de Cea , y en celebridad de tan feliz nueva hizo cantar un Te Deum, y él, tendido en el suelo, besaba repetidas veces la tierra y daba gracias á Dios de que se habia descubierto la verdad. Por todas partes se extendió el albo- rozo : los unos encendían hogueras , los otros tiraban cohetes , y hasta en Caller iban como locos por las calles dándose reciproca- mente el parabién. Sin el presidio del castillo, que era su freno, habria parado la alegría en tumulto. Contúvolos el temor , y de alli á poco por entre estas falsedades se abrió paso la verdad , y era que en Madrid aplaudían la firmeza y los rigores del Virey.

En época como aquella en que de lo extranatural estaban tan prendadas y poseídas las imaginaciones, no podía faltar alguna es- cena de hechizos y brujerías; tanto más, como que los enemigos del Virey nc^ excusaban medio alguno de perderle, ni aun de esos sin- gulares y extraños que parecerían ineficaces á la obstinada incredu- lidad de la presente era. Sucedió pues que en la secretaría del Vireí- nato pusieron un dia un billete sin firma, un anónimo como ahora diríamos, que contenia lo siguiente: «Teresa Serra es hechicera: »si V. E. la envía luego á prender, hallará en actos prácticos que »está haciendo hechizos contra V, E.» No pareció prudente al doctor Herrera despreciar el aviso, y mandó al doctor Joro, Juez de Corte, que hiciese la diligencia. Apenas hubo este entrado en casa de di- cha mujer, cuando al verle la oyó exclamar: «¡Ay, pobres de mis hijos, que quedan perdidos!» Y reconociendo el fuego que había en la habitación, halló el juez un hierro de á palmo clavado en el suelo y rodeado de ascuas y plomo derretido. Tomó luego en la mano un vidrio que acababa de sacar de una alacena la hija de la hechicera, y reconoció que en él habia azogue, tierra, unas cruces de paja y otros embelecos. Preguntó para qué se destinaban tales cosas, y le respondieron que el clavo, plomo y fuego eran para un


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galán que no habia podido conseguir una dama, y que asi como el clavo ardiese asi se encenderia el corazón de aquella ing-rata y se inclinaria á condescender con la voluntad del caballero: en cuanto al azogue dentro del vidrio, dijeron que lo mandaba preparar el pa- riente de una señora que tenia amislad con otro cierto caballero para que este se apartase de ella y no destruyese su hacienda. Lle- varon á aquella infeliz á la cárcel , y puesta en el tormento, res- pondiendo siempre afirmativamente, como era natural, á todas las preguntas, dijo que además de lo referido se hablan empleado he- chizos contra el Virey.El uno consistía en traspasar con alfilerazos una cabeza y un corazón de g-allo , y en hacerlos hervir en agua del mar á fuego lento. Viendo que este hechizo no surtia efecto, trataron ella y sus instigadores de hacer otro con mayor esfuerzo. Buscaron pues una cabeza de hombre fresca que tuAáese ojos, lengua, dientes y sesos, los que le sacaron diciendo estas palabras: «Que asi como queda esta cabeza , así quede el Virey para que á nadie haga mal, y faltando al reino su cabeza, puedan los bandeados vol- ver á sus casas (1).» Estos restos humanos, ya hechos polvo, se los hablan echado encima al Duque de San Germán, con achaque de sacudirse las faldas, unas señoras que fueron á visitarle y que eran lasque hablan diligenciado los hechizos. Confirmóse todo ello con otros testimonios, y fué el resultado que ahorcaron á la hechicera y la hicieron cuartos, y prendieron con aquella ocasión trece hechi- ceras más y otras se huyeron; de lo que vinieron á dar gracias al Virey relig'iosos y confesores de mucha autoridad, y le dijeron «que »habia hecho un gran servicio á Dios con expeler aquella gente , »porque se habia explayado mucho tan diabólica maldad y pública- »mente se trataba de ella como si fuese negociación , y la mayor »parte se hallaban en las confesiones embarazados con este pecado.» Militar valiente era sin duda alguna el Duque de San Germán, y pocos presentaban frente más serena á los peligros de la guerra. Pero si bien en su salud afortunadamente no hicieron efecto los hechizos, lo que es en su imaginación dejaron honda y duradera huella , según se ve por una carta que mucho después escribió á la corte pidiendo que le sacaran de Cerdeña , y en la cual no descui- baba el anotar las mencionadas brujerías en la cuenta de lo.-;

(1) Hemos extractado estas noticias de una relación más extensa que se halla entre los papeles de Crespi de Valdaura , cuidando en lo posible de copiar textualmente las palabras.


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riesgos que habia corrido y servicios que llevaba prestados. «Esto de vivir entre enemigos , decia en ella , no puede criar buena san- gre habiendo de estar siempre con recelo y sumo cuidado en cuantas acciones hago : porque la mayor parte de los del reino lo han sido y lo son y han procurado y procuran abreviarme la vida, por todos caminos con hecJiizos , venenos ó arcabuzazos, y en par- ticular lo de los hechizos lo ejecutaron » (1).


XI.

Por este mismo tiempo se preparaban á la rebelión en el cabo de Sacer los caballeros que habian acompañado al Marqués de Cea, retraído y oculto durante algunos dias en un convento de capu- chinos del pueblo de Ocier. Disponían armas, reunían á sus vasallos , llamaban gente de los otros extremos de la isla , y hasta habian logrado, según dijimos, separar de sus estandartes y llevarse consigo algunos de los soldados castellanos recien llegados en las galeras de España. Sin duda que si les valiera borrar su- cesos pasados y si no se considerasen perdidos, jamás entraran por senda tan peligrosa aquellos patricios. Formaban el séquito otros que también creian tener jug*adas las vidas, sus amigos, deudos y vasallos, los propensos á alteraciones, y una parte de la ignorante muchedumbre, que por faltarle la brújula en medio de tan nuevos y contrarios sucesos, seguia el parecer y la suerte de las familias nobles.

Ya terminados los aprestos, en Mayo (1669) se quitaron la máscara, y de tres mil caballos con que contaban salieron á cam- paña con cuatrocientos, Villacidro, Cao y Portugués, que eran entre aquellos nobles caballeros los más mozos, impacientes y arrojados: recorrieron aquella tierra del cabo de Sacer, de la que casi puede decirse eran dueños, y después entraron por eldeCaller á alborotar los pueblos , reunir gente y causar daño en las casas y haciendas de sus enemigos. Luego corrió la noticia de un extremo á otro de Cerdeña , y el rumor público abultó como siempre la verdad de los hechos.

Parece que iban aquellos caballeros provistos de escalas de

(1) Carta del Duque de San Germán á D. José Molina en 11 de Abril de 1671.


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cuerda , con las cuales , y validos de las inteligencias que tenian dentro de la capital del reino, de sorpresa proyectaban penetrar en ella por asalto luego que se reuniesen en número de seiscientos con los sublevados que hablan de allegárseles de otros diversos puntos. Pero se hubo de retardar la reunión de tal suerte que al verificarse ya estaba el Virey prevenido y fué preciso renunciar á la empresa.

Después de esta demostración, era indispensable salir de los términos de prudencia en que por el pronto hubiera deseado el Virey contenerse, y como la información iba tan adelantada que no quedaba asomo de dudas acerca de los autores y cómplices del delito , llamó el juez Herrera por pregón á los más culpados en el proceso, que eran el Marqués de Cea, D. Antonio Brondo, D. Fran- cisco Cao, D. Francisco Portugués, D. Silvestre de Aymerighi y D. Gabino Grijoni, «para que se presentaran en el término de »ocho dias , y no haciéndolo se habia de proceder contra ellos en »rebeldia , confiscándoles los bienes y prohibiendo que ninguno les »asistiese, pena de la vida y perdimiento de bienes.»

A otros caballeros del mismo bando, pero menos empeñados, que eran el Conde de Villamar , el de Sedilo y el Marqués de Albis, de quienes ya sabia el Virey que estaban en caso distinto , y con diversa disposición de ánimo , les ordenó asistir en Caller , dicién- doles cuando se presentaron que los habia llamado para apartarlos del de Cea, cuya amistad y ruegos podian ocasionarles, como deudos que eran , graves embarazos y riesgos. Vinieron también otros nobles y personas de séquito del mismo cabo de Sacer , á los que se amenazó con la pena de cuatro á seis mil ducados , y solo dejaron de presentarse los que por falta de hacienda nada tenian que temer, y los que por exceso de culpas pasadas lodebian temer todo.

Mandó luego el Duque que saliese en busca de los sublevados el Comisario de caballería Pedraza , con toda la que se pudiera re- unir de naturales del país, pues de castellanos apenas habia número suficiente para los presidios : pero así que aquellos tuvieron noti- cia de que iban sobre ellos unos 1.000 caballos, se retiraron á juntarse con los que quedaban en Sacer, sin dejar tras de sí más huella que la de las muertes ó heridas y la de los daños que habían cau- sado. Más audaz que los otros D. Francisco Portugués, llegó con escolta de doce bandoleros hasta una viña de los Caos, próxima áCa-


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11er, de donde pasados dos dias se entró en la ciudad con el designio sin duda de preparar algún movimiento. Averiguólo]]elVirey, aun- que sin saber la casa donde se alberg-aba, j ordenó al juez Cao que le prendiese, para cerciorarse de la fidelidad de este último, quien lejos de cumplir la orden se refugió en un convento , y envió á prevenir lo que pasaba á Portugués con un fraile , que le halló en casa de su mujer y le sacó de la ciudad. No hizo más el Virey sino mandar al desleal ministro que luego se embarcase para España, excusando mayores severidades aunque merecidas, porque todavía no lo consentian los tiempos. Pero mejoró el estado de los negocios la llegada de tres galeras y una saetia de Ñapóles con 500 in- fantes entre españoles y napolitanos, y unos 12.000 escudos, re- fuerzo muy oportuno en aquellas circunstancias , que se hubo de agradecer á la buena voluntad y diligencia de D. Pedro de Ara- gón, menos alarmado al parecer que el Duque de Alburquerque con los peligros de la cristiandad en Candía. Con la ayuda de di- chas fuerzas , creyó el Virey de Cerdeña que era sazón oportuna para pasar adelante en sus resoluciones.

Acudió multitud de gente á ver desde las murallas las galeras y soldados de Ñapóles , de cuya llegada estaban poco satisfechos los del bando de Castelví. « Los castellanos quieren ponernos el pié en el pescuezo» decia á los que le rodeaban D. Bernardino Cervellon, que era aun Gobernador del cabo de Caller, « pero esto durará lo que Dios quiera.» Y como viese aquel enojado é iracundo anciano que en la generalidad , ya más tibia , hallaban escaso eco sus pa- labras, añadió con mayor enfado: «El vulgo es amig-o de novedad, y no sabe lo que le pasa. Yo, que he sido soldado, sé lo que estos recien venidos han de hacer y el daño que han de ocasionar.»

Llegaron á noticia del Virey estas y otras conversaciones ( por- que ni refrenaba el D. Bernardino su lengua por consideración pro- pia á su edad ni al cargo que desempeñaba ) , y pensó que ya era tiempo de poner coto á demasías de tan mal ejemplo , con tanto mayor ánimo como que por aquel tiempo , además de los referidos socorros , le habían llegado de Madrid las instrucciones que aguar- daba. En 10 de Junio mandó pues prender al desatentado anciano, y ponerle en la torre del Elefante , de donde le trasladaron á una galera que le llevó á España : allí estuvo algún tiempo encerrado en el castillo de Cartagena , y luego en el de Oran en África. De los que ejercían cargos de confianza, no solo era el gobernador de


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los cabos de Caller y Gallura y.ex-vicerégio, quien dejaba de me- recerla. También D. Jerónimo de Souza, Comisario de caballeria en el cabo de Sacer , sobre haber sido de los que con mayor em- peño se atravesaron en las Cortes , y mediar sospechas de que habia enviado de aquella parte g'entes para el asesinato de Camarasa, se habia además mostrado propicio á la sublevación de los ami- gos de Cea , y por remate de culpas acababa de quitar de propia autoridad un derecho que pagaban los vecinos, sin venia del Virey ni del Consejo , y sin otro propósito que ganarse aura popular tan á costa del fisco. Mandóle también el Virey en las galeras para España con recomendación de que le pusieran en cárcel apretada. Igual determinación tomó con el Obispo de Alguer (1), que habia sido de los más aviesos en los Estamentos, y posteriormente se habia mostrado parcial de los de Castelvi, y con D. Gabino Fraso, que tenia iguales ó semejantes culpas. Al juez Biancareli mandó pre- so á Ñapóles, mientras tanto que se le formaba proceso: era este aquel mismo ministro á quien recusaron descortesmente los Estamentos : pero después se pasó al lado opuesto , y con fervor tan excesivo , que era el que preparaba á los testigos y los adoctrinaba para que depusieran falsamente contra el Marqués de Camarasa, según lo declararon ellos mismos , y hasta el escribano de corte, por cuyas manos habia corrido la causa. Por aquellos mismos dias fué llevado á la horca el doctor Cadoro Vidal , sin que le valiese su calidad de letrado , ni la que habia tenido de jurado de la ciu- dad, por nabérsele probado que era quien principalmente discurría y amañaba las falsedades de los procesos. El Duque de San Ger- mán anunciaba al Gobierno que probablemente se veria forzado á enviar en compañía de Vidal á Biancaceli, y que á ministros y cabos remisos y tibios en el cumplimiento de sus deberes los habia reemplazado con otros más activos y celosos.

XII.

Habia proseguido , mientras tanto , en sus informaciones Don Juan de Herrera , con ayuda del abogado fiscal y doctor Esteban Antonio Alemán , sin que detuviese su curso el Virey, como antes

(1) AUer, dice la carta de San Germán, debía aludir al Obispo de Alguer (Alghero en italiano) ó al de Ales, porque de diócesis de AUer en Cerdeña no se conserva noticia.


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habia hecho , por encontrarse ahora con fuerzas suficientes para dar calor á la justicia. No solo importaba descubrir quiénes habian contribuido al asesinato de Camarasa , sino también los autores y cómplices de la muerte de Lacony, para que la averiguación fuese general , com-pleto el desagravio de la ley, y sobre todo , para cal- mar y disponer los ánimos de los naturales de la isla , de suerte que fuesen favorables á las autoridades españolas , en vez de pres- tar acogida á los desafectos. En un principio todos los sardos , con cortas limitaciones , habian achacado el trágico fin del padre del picehlo á venganza del Virey ó de personas de su familia. Una vez que asi fuese, nada tan natural, según las ideas de aquellas gen- tes, y antiguas costumbres de la isla, como el que deudos del muer- to tomasen por mano propia reparación de crimen tan bárbaro , y el perseguir á los perpetradores de la venganza equivalía á lasti- mar en los isleños no solo las afecciones de antiguo puestas en sus familias nobles, sino hasta sus nociones de justicia fundadas en aquel inveterado y absurdo sistema de represalias. Por lo mismo convenia en gran manera que la verdad se exclareciese , y á rec- tificar el juicio de personas desapasionadas se habia dado ya prin- cipio con la noticia de cuanto ocurriera en CuUar. Mas los pa- rientes y vasallos de los nuevos cónyuges , siguiendo los sagaces consejos del Marqués de Cea, en cuanto era posible se habian pro- puesto guardar secreto acerca de la boda, y asimismo sobre los sucesos de que habian sido testigos en lugar tan apartado de la isla. Constaban, sin embargo, en el proceso las cartas originales que cayeron en poder del Virey, y de que tienen extenso conocimiento nuestros lectores; y para mayor seguridad se hizo el juez Herrera de un testimonio de la dispensación solicitada y obtenida de Roma para el enlace (1). De la autenticidad de este documento inferíala

(1) La parte esencial de este documento decía así :

"Clemente Obispo, siervo de los siervos de Dios, al amado hijo Vicario ge neral en lo espiritual de nuestro venerable hermano el Arzobispo Calleritanp, salud y bendición apostólica :

" Habiéndose presentado poco há por parte del amado hijo Silvestre Aime- righi, seglar, y de la amada en 'Cristo hija Francisca Cetrilla, de la diócesis Calleritana, una petición en que se decia que teniendo ellos noticia de que eran deudos en tercero y cuarto grado de consanguinidad, y asimismo en ter- cero y cuarto grado de afinidad, el dicho Silvestre, no con ánimo de pecar, ni para que habiendo cometido dicho pecado fuese motivo ni ocasión para fa- cilitar con Dios ni con la Santa Sede Apostólica el que usemos con ellos de la


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acusación que , cuando menos , estaba tratada la boda desde poco después de la desgraciada muerte de Lacony, con lo que venian á confirmarse plenamente las noticias de las cartas interceptadas. Completáronse estas y exclareciéronse con la luz que dieron las declaraciones tomadas por el. juez informante, cuyo contenido refe- rimos aqui para dejar descifrado un problema que no puede menos de interesar á nuestros lectores, y proseguir después la narración de los graves acontecimientos que de estos principios tuvieron origen. Resultó pues que al irse á Madrid el Marqués á tratar en los asuntos de las Cortes, encargó á D. Silvestre Aymerighi, su pri- mo, asistiese á su mujer y le comunicara lo que se ofreciese, cuyo frecuente trato dio lugar á los galanteos de que estuvo después enterado el Marqués de Cea. De vuelta en Cerdeña, hubo de tener también noticia el ofendido esposo de las voces que corrían , y del buen fundamento de ellas , con lo que parece pasó á discurrir en los medios de su venganza, y el primero que proyectó fué el de administrar ponzoña á la culpable: pero avisada á tiempo esta última por el confidente de quien el Marqués se servia para su proyecto, de acuerdo con D. Silvestre se determinó á prevenirse y adelantarse (1). Frustradas también por esta parte otras tentativas de envenenamiento , acudió la Marquesa á medios más seguros , y en la terrible noche del 21 de Junio (1668j, hallándose todo dis- puesto , ordenó á su criada Juana Vara , depositarla de la corres- pondencia de los adúlteros , que silbase y tirase una piedra á la ventana de enfrente que era la de D. Silvestre Aymerighi, á cuya

misericordia de gracia que pedian ; sino porque vencido de una ciega pasión, conoció á dicha Francisca, y como en la petición se contenia, si no se contra- jese entre ellos matrimonio, dicha Francisca quedarla disfamada, é incasable, y de lo uno y de lo otro podrían resultar graves escándalos, y así que por ob- viarlos desean unirse en legítimo matrimonio, atento á todo lo cual nos han suplicado humildemente que tuviésemos por bien y nos dignásemos de pro- veer con benignidad apostólica sobre todo lo referido , y así los absolvemos con la presente de toda excomunión, suspensión, etc., etc., y que te informes diligentemente , y si por la información constase que sus ruegos están apoya- dos en la verdad , los dispensarás para que públicamente se

casen.

"Dado en Roma en San Pedro el año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1669 en las kalendas de Marzo el año segundo de nuestro Pontificado."

(l) Lo que precede está tomado de un papel antes citado, que quedó entre los del vice-Canciller, y tiene este título : * Reasunto por mayor de lo que ha pasado desde que se reunieron las Cortes, etc.


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señal salió este á la calle , y en su compañía, provistos de armas de fuego , Antiogo Marco, Antonio Luifero GuianesyJusepe Diana. Entróse la Marquesa á un corredor á cerciorarse de si salia su ma- rido que era lo que aquella sena significaba, y luego que le oyó bajar la escalera , volvió de nuevo con la criada a su balcón , desde donde vio á los asesinos esconderse en el portal del Regente , preparar sus carabinas , dispararlas sobre el desdichado Marqués , y á este caer herido en el suelo , donde le acabaron de matar á puñala- das (1). Como era noche de verano en Italia, como estaba el cielo sere- no, como alumbraba claramente la luna, y como á hora tan avan- zada reinaba completo silencio , es de suponer que no dejase de percibirla Marquesa ni un solo movimiento, ni un solo ruido, ni un accidente siquiera de aquella terrible escena. El Doctor Herrera, aficionado á las citas históricas más de moda en aquel siglo, com- paró á la de Siete-Fuentes con la Reina Juana de Ñapóles. Sobre ser dama de partes muy aventajadas, habia gozado reputación de honrada y virtuosa hasta la época del viaje de su marido á Es- paña : la ocasión y los galanteos abrieron entonces paso al amor, luego al adulterio; de este y del temor del castigo tuvieron origen el asesinato de su marido, y después la impostura que costó la vida al Marqués de Camarasa , á Cerdeña su reposo , y estuvo á punto de precipitar para la corona de España la pérdida de un reino.

Terminadas las diligencias de la información , hablan sido em- plazados y citados á voz de pregonero el Marqués de Cea y sus amigos , y poco después la Marquesa de Siete-Fuentes , viuda de Lacony. Como en los plazos señalados ni unos ni otros acudiesen á personarse en el proceso, á instancia del doctor Alemán, que hacia de fiscal, se siguió la causa en rebeldía, y con voto del muy noble y magnífico D. Juan de Herrera, consultor de esta causa, á nombre de S. M. profirió el Virey sentencia , que fué como sigue:

Comenzaba este documento con la relación de los hechos , dando por averiguado y cierto que el homicidio del Marqués de Lacony habia sido « cometido de orden de su mujer Doña Francisca Zatri- llas, por D. Silvestre Aymerich (2) y demás cómplices en aquella

(1) Declaración de Juana Vara, criada de la Marquesa, segim carta á S. M. del Juez delegado D. Juan de Herrera.

(2) Aymerich ó Aymerighi. El primero de estos apellidos es el que se en- cuentra en la sentencia. De ambos dijimos ya que se usa indiferentemente en los documentos.


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alevosía,)) cuyos nombres no se expresan : que la misma Doña Fran- cisca «corrió voz que hizo divulg-ar y esparció para encubrir su torpeza, de que se habia cometido el delito de comisión de la Ex- celentísima Señora Doña Isabel Portocarrero , Marquesa de Cama- rasa, «con ciencia y noticia de su marido el Virey:» con lo cual, encubriendo la torpísima causa verdadera del delito, sin atender al temor de Dios , y con menosprecio de su conciencia , se unieron D. Jayme Artal de Castelví, Marqués de Cea y otros cómplices, (los mismos que hemos mencionado) y después de muchas juntas, coloquios y conventículos perversos , perpetraron el execrable ho- micidio en la persona del Virey.)) Seguía una abreviada narración de los sucesos que extensamente hemos referido con arreglo á los datos del proceso ; después de otros muchos cargos se hacia tam- bién y por último á los acusados el de haber estado en el cabo de Sacer, «con desasosiegos, sembrando cizaña y provocando á inquie- tud y á perturbaciones , corriendo la estrada pública, y convocando gente para su facción , contraviniendo á la lealtad que debían de vasallos de S. M.» Se declaraba «probado con superabundante co- pia de testigos , papeles fidedignos , cartas verificadas, y pruebas suficientes y nerviosas que el proceso de la muerte del Marqués de Lacony , fulminado á instancia de su mujer, era falso y siniestro, y que ella , y los demás delincuentes y aliados de su casa , coope- raron en sobornar testigos para culpar al Marqués de Camarasa y otras personas inocentes.» Por estos motivos se condenaba al Mar- qués de Cea, á D. Antonio Brondo, D. Silvestre Aymerich, Don Francisco Cao, D. Francisco Portugués y D. Gabino Grixoni, como reos lessoe, Majestatis in primo capite, sin perjuicio de los demás cómplices y delincuentes. «Sean tenidos por enemigos pú- »blicos, decía la sentencia, y como tales que puedan ser ofendidos »y muertos sin íncurso de pena , y los que los persiguieran y ma- »taren, merezcan premios y gracias de la Real Grandeza. Que las »casas donde dichos reos habitaban y vivían , y sobre todo la de »D. Antonio Brondo (de donde se habia perpetrado el delito ), sean »demolíAas' derribadas y deshechas , para que queden desiertas é »ínhabitables , conservando con su ruina la perpetua nota de ínfa- »mia , y con prohibición de que no se puedan jamás edificar ; y »pasando el arado por el suelo de dichas casas se siembre sal en su »terreno , y se coloquen epitafios para la memoria de los tiempos »venideros. » Completábanse estas penas con la confiscación de los


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bienes de los reos , y reduciendo á ellos el crimen , se proclamaba por firme y constante que los vasallos de Caller y resto del reino hablan sido y eran leales á S. M. , sin que «pudiera perturbarles insulto del execrable homicidio,» ni manchar la innata fidelidad de los sardos. Se imponía «pena de la vida y confiscación de bienes »y de traidor al Rey , á cualquier persona que asistiese , auxiliase »ó amparase á los reos como enemigos públicos , por tales declara- »dos yforjudicados,y> y á los que tuvieran correspondencia directa ó indirecta con ellos , prohibiéndoseles « el auxilio y amparo hasta »de agua y fuego, y todo humano socorro de su sustento.» Sa ofrecían seis mil escudos de contado á quien entregase vivo a^ Marqués de Cea , con indulto para él y otros diez compañeros poj cualquier delito , como no fuera de los seis reos comprendidos en aquel pregón ; tres mil escudos , y cinco indultos , para el caso de que le matasen , y otros premios menores á los que entregasen vivo ó matasen á alguno de los cómplices. Se prescribía á los vecinos de los lugares donde entraran los bandeados que hubiesen de tomar las armas contra ellos , bajo las más terribles penas ; se imponía aún más estrictamente á los ministros de justicia la obligación de perseguirlos , y se declaraba por último que se pegarla fuego á la casa ó casas del lugar donde hallaran acogida dichos reos. » Tales fueron la sentencia y bando del Duque de San Germán , resuelto entonces más que nunca á llevar por términos de rigor el gobier- no de la isla , el castigo de los pasados crímenes , y la represión de los presentes disturbios.

En las personas no pudo ejecutarse el fallo porque la Marquesa con su nuevo marido se hablan de antemano ausentado del reino, ó al menos se ignoraba su paradero: de los demás, unos estaban con las armas en la mano sublevados , otros retraídos ú ocultos , y to- dos fuera del alcance de la justicia. Pero pudo cumplirse en las ca- sas, que fueron derribadas, demolidas y deshechas pasando el arado por cima de ella, y se mandó formar inventario de los bienes ya secuestrados para aplicarlos al fisco. Hablan escondido sus parien- tes, sin que se supiera dónde, al heredero del titulo de Lacony que solo era de edad de diez anos. Pero D. Baltasar de Xarte á quien hemos visto figurar en estos sucesos como pariente y amigo de su madre , y como tutor adjunto, se ofreció á descubrirle y además á hacer importantes revelaciones, con tal de que se le diera salvo conducto para presentarse y promesa de indulto. Obtenidas ambas


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concesiones, entró con g-ente armada en la casa donde tenían oculto al joven heredero y se lo llevó consigo sin que pudieran darle al- cance las gentes que envió el Marqués de Cea tras de él para que prendiesen y matasen al D. Baltasar.


XIII.

Crecían con el conocimiento de estas medidas el furor y desespe- ración de los que se hablan retirado hacia el otro cabo, donde cada dia eran mayores la confusión y desorden. Corrían la tierra varias escuadras ó partidas: D. Gabino Grixoni mandaba la una : de otra eran cabezas los hermanos Guianes acusados ahora de haber asis- tido al asesinato de Lacony: Ludovico Viso, sujeto de mucha nom- bradla en aquellos pueblos , habia sublevado la gente de Gallura, y formado con ella otra escuadra. Componíanse asi estas como las demás , de gentes del país , en su mayor parte vasallos de los ca- balleros bandeados, todos ellos duros, incansables, conocedores de aquellas sierras y valles, y tan frugales que por alimento les bastaba un pedazo de carne asada sin pan; especie de centauros, que así manejaban sus caballos como si hubiesen nacido sobre ellos , tan feroces como ágiles , y una vez roto el freno del res- peto á la justicia, restados y resueltos. Gran parte de los faci- nerosos y malhechores, plaga abundante en Cerdeña, se habían alistado en aquellas bandas ; al calor de ellas se habían reunido otras gavillas que no tenían más objeto sino el robo y el asesinato. No habia dado la cara aún el Marqués de Cea por respeto á sus canas, y se mantenía escondido en lugar ignorado de todos. Cuando salió de Caller, antes de que el Virey llegase , habia ido en una barca á Alguer, y halló abrigo en un convento de frailes obser- vantes. Pasó de allí á Sacer, como vimos, bajo la salvaguardia y protección del Conde de Sedílo, de otros caballeros y de D. Jeró- nimo Souza, comisario de la caballería del mismo cabo, y se retiró al convento de San Francisco de los claustrales , llamado de Belem, situado extramuros, donde le visitaron -los de la ciudad, el inqui- sidor y otras personas principales. Rodeado de gentes de aquellos pueblos que le guardaban, recibía cartas del arzobispo de Caller y de otras personas con quienes obraba de acuerdo, y entraba sin ocultarse en Sacer. De esta manera se mantuvo hasta que á prin-


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cipios del año de 69 , arreció el peligro y entonces pasó á Ocier donde le tuvieron g-uardado con gran misterio los frailes de un con- vento de capuchinos (1). Alli estaba retraído, sin salir sino en las ocasiones de más necesidad, ni recibir más que á amigos j confi- dentes de los más seguros , mientras en Caller suponian que andaba huyendo de montaña en montaña. No es fácil descifrar sus inten- tos que debieron de variar según las circunstancias; alguna vez solo pensaba en poner á cubierto su persona, otras veces se le oyó decir que contaba con socorros del Duque de Beaufort, de quien era amigo, y del Gobierno de Francia, y es de creer, como hemos dicho, que á moverse guerra por aquel tiempo, habria introducido á los enemigos del Rey de España en la isla, y que esta habria corrido gran peligro de perderse. Pero mientras seguia la paz, como no era posible luchasen aquellos pocos rebeldes contra el poder de la monarquía entera, por más que se hallase enflaquecida esta última, contaban al menos con el decaimiento y confusión del Gobierno de la Reina Regente, empeñado en el socorro ofrecido á Candía, per- turbado en aquellos dias por las turbulencias y embarazos á que dio lugar la ambición del segundo D. Juan de Austria, y amena- zado de nuevas guerras , porque las paces con Luis XIV no pare- cían sino treg'uas. Cercado de tantos peligros, era de presumir que ni pudiera enviar refuerzos á las escasísimas tropas que tenia en Cerdeña , ni aun pudiendo se habla de mostrar en aquella parte vigoroso quien por todos lados daba tantas señales de desmayo y desaliento. Tales eran por lo menos los avisos que daban al Marqués sus amigos de Caller y de Madrid, con consejos de que se mantu- viera armado é hiciese resistencia hasta tanto que, convencido el Gobierno español de la inutilidad de los medios de rigor, acudiese á los de la clemencia, y enviase á D. Jorge de Castelví y á D. Ber- nardino Cervellon á pacificar la isla (2).

XIV.

Entre tanto las escuadras de los bandeados , y á su sombra las gavillas de facinerosos y malhechores recorrían los caminos , en- traban á mano armada en los lug*ares abiertos, destruían las pro- piedades , talaban los campos , mataban los ganados y quemaban

(1) Declaración de Nicolás Peña, secretario de la Gobernación de Sacer.

(2) Declaración de Gabiiel Angus, mayordomo del Marqués de Cea.


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las casas de los enemigos de su parcialidad, siendo las de los Villa- sores objeto de especial preferencia. Bien hubiera querido el Virey asistir en persona al cabo de Sacer acudiendo con fuerzas al re- medio de tantos desmanes. Mas para guarnecer las plazas de Ca- 11er, Alguer y Castillo Aragonés, que eran déla mayor importan- cia como llaves de la isla, apenas le bastaban los soldados españoles, á pesar de los refuerzos de Ñapóles y los recien llegados de Sicilia, pues estrechado Alburquerque habia al fin enviado sus galeras con alguna cantidad de pólvora , y unos doscientos hombres , gente 'famosa según decian las cartas. Mediaba aún otro inconveniente más grave: el clima especial y circunstancias atmosféricas de aquella isla no permitían atravesar por el interior de ella durante ciertos meses del año á los mismos naturales sin grave peligro, á los extranjeros sin seguridad casi completa de perder la vida. Desde el mes de Diciembre hasta fines de Mayo se podia transitar con se- guridad de una á otra parte ; pero á fines de este mes empezaba lo que llamaban intemperie y cortaba de tal suerte las comunicaciones que solo por mar permanecía abierto el paso de entre los extremos del reino. Era pues mediado el mes de Junio (1669) y precisaba esperar hasta Diciembre para abrir la campaña ; solo podian entre tanto desafiar la enemistad de los elementos y recorrer el interior de la isla los foragidos de las escuadras algo más resguardados por la costumbre y por su temperamento contra todo género de incle- mencias. A falta de poder asistir en persona y con soldados caste- llanos, dio el Virey comisión á personas de su confianza, y que tenian séquito en aquel cabo, para que levantasen g-ente y con su ayuda por todos los medios posibles trataran de prender al Marqués de Cea y á sus secuaces , ofreciendo recompensas y premios á quien lo lograra. Fueron los designados para su mando el Dr. Zuca, asesor criminal de la gobernación de aquella parte del reino, y bajo las ór- denes de este D. Mateo Pilo, y D. Jaime Alivesi, á quienes se dio orden de combatir á los bandeados con sus propias armas y de reunir también gente facinerosa conocedora de aquellos parajes y capaz de resistir á los rigores de la estación. Pero como al cabo de cierto tiempo ni hubiesen preso al Marqués, ni á ninguno de sus cómpli- ces, ni llegado á las manos con ellos, ni descubierto siquiera su pa- radero, y se disculparan todos del mal éxito achacándose recipro- camente la culpa , fué preciso poner remedio á esta mala intelig-encia, con dejar qae cada uno obrase de por si y sin sujeción á los otros.


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Tampoco surtió este expediente el buen efecto que se aguardaba, y luego se supo que todos ellos hablan procedido con deslealtad, y que lejos de perseguir á los retraídos ni á los sublevados, los favo- recían con sus avisos indicándoles las precauciones que les conve- nia adoptar.

Mientras una parte de los nobles que seguían aquella parciali- dad se babian retirado al extremo más apartado de la isla , otros menos obstinados, ó bien tibios en la defensa de su causa por razones que el lector no ignora, hablan acudido al llamamiento del Virey seg-un dijimos, y con esta obediencia creian haberse puesto al abrigo de cualquier riesgo. Requeridos por sus amigos del otro cabo , se excusaron de salir á campaña en su auxilio , y aun prohibieron á sus vasallos que lo hiciesen, hasta tal punto que el Conde de Sedilo amenazó á los suyos con que habla de ahorcar á quien tomase las armas por el Marqués de Cea , de cuya suerte vino á faltar á la rebelión gran parte del apoyo con que en un principio contaba. No habla llegado, sin embargo, á tal extremo el rompimiento que en el corazón de los más templados dejase al- guna vez de clamar la voz de la sangre : aun más fuerte impulso que el deudo continuaba para todos ellos siendo el rencor antig'uo contra la opuesta parcialidad de Villasor , y con razón ó sin ella sospechaba el Virey que disimuladamente prestaban auxilios indi- rectos á los sublevados del cabo de Sacer. Siempre era de recelar que flaqueando la prudencia se llegara á punto de un rompimiento y á que sucediera lo que se temia dio ocasión un accidente leve, dado que ninguno lo es del todo cuando están los ánimos mal dis- puestos. Acercábanse los dias del cumpleaños del Rey : para cele- brarlos habla pedido el Marqués de Villasor la plaza de Caller donde queria correr lanzas con cuadrilla á su costa , y no solo dio el Du- que su licencia, sino además las gracias. Supiéronlo los caballeros del bando opuesto , mozos también , y sea por no parecer menos adictos y leales , sea para rivalizar en el lucimiento con sus con- trarios , enviaron á solicitar permiso para formar otra cuadrilla que las corriese en el mismo dia y la misma plaza. Fué el comisionado para esta pretensión D. Ambrosio Bacallar llevando la voz en nom- bre del Marqués de Alvis y de los Condes de Montalvo y Sedilo. Conoció el Virey sin tardanza los daños que podían ocurrir si se en- contrasen ambas cuadrillas , de lo que no faltaban ejemplos en Cer- deña , y respondió que el tener cedida la plaza por todo el dia del


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cumpleaños le embarazaba para acordar segundo permiso. Insistie- ron el de Sedilo y sus amigos en que se les habia de conceder que al menos asistiesen como aventureros, dando lugar á nueva nega- tiva, con la que se trató de evitar un lance pelig-roso, mas no se logró que se aplacaran los ánimos.

Al dia siguiente, como al salir de la iglesia D. Pablo Bacallar, her- mano del D. Ambrosio, se encontrase con la Marquesa de Villasor, creyó esta última que era coyuntura adecuada para desahogar su enojo. Esta Marquesa, madre del Príncipe de Pomblin y del Marqués de Villasor, de la que varias veces hicimos ya mención, era una se- ñora anciana de condición altiva y de humor irritable , muy incli- nada á tomar parte en negocios de estado , celosa patrocinadora de sus parciales , de sus enemigos perseguidora implacable , en to- dos tiempos fiel servidora del Rey de España , pero muchísimo más desde que los Castelvíes estuvieron del lado opuesto. Llamó pues esta dama á D. Pablo Bacallar y le significó ásperamente su extra- ñeza de que persona tan de su casa hubiera ido á ver al Virey en representación de los títulos enemigos de ella , y con comisión de que el Marqués su hijo no podría menos de recibir mucho enojo. Alborotóse D. Pablo con esta que hubo de parecerle , no solo re- prensión sino amenaza , y repuso en términos y con ademanes des- compuestos , que ni á los de Villasor ni á otra persona alguna tenían los Bacallar que dar cuenta de sus acciones ; y como á todo esto y mientras tomaba la anciana Marquesa su silla se habia reunido mu- cha gente , acudió llamado por el ruido el mismo Marqués de Vi- llasor , y enterado, terció en la cuestión por la parte que le corres- pondía, de que resultó saliesen ambos caballeros desafiados á una de las puertas de la ciudad. Circuló por toda ella noticia de lo que pa- saba, y enfurecidos los de uno y otro bando, todos corrían á asistir álos combatientes, de modo que habría llegado á enredarse no un simple encuentro , sino una batalla campal entre las dos parciali- dades, si informado el Virey no hubiese dado orden al Capitán de la guardia de aquella puerta para que cerrase el rastrillo y prendiera á cuantos hallase con espada en mano. Asi se hizo en efecto, y no se les puso en libertad ni á unos ni á otros hasta que en manos de un ministro hubieron prometido sua fide verlo regís , como entonces decían , esto es , hasta que bajo su palabra ofrecieron desistir del lance. Así se impidió por el pronto que pasara adelante, pero los bandos se mostraron más divididos y ensañados que nunca, y el Virey

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creyó quedar advertido de quiénes eran sus amigos y á quiénes de- bia temer por contrarios.

XV.

Llegó al fin el mes de Enero, y con él la conclusión de la intem- perie y entrada del buen tiempo, pero no el socorro de España. En más de un año no liabia logrado el Duque de San Germán que le enviasen de la Península ni un navio , ni un soldado, ni un escudo á pesar de las más repetidas súplicas y reclamaciones. Con los re- fuerzos que le prestaron D. Pedro de Aragón y el Duque de Albur- querque habia llegado á reimir algo más de 1,000 plazas entre infantes y caballería; pero muy mermadas estas fuerzas por las enfermedades y la deserción , bastaban apenas para los presidios. No hacían menos falta bajeles , porque los navios , saetías y ber- g-antines de moros infestaban aquellos mares , amenazaban las cos- tas, cortaban el comercio, é impedían las comunicaciones con España. No habia sido nuestra marina feliz durante todo el curso del si- glo XVII , y á fines de él participaba , con los demás servicios pú- blicos , de la general y pasmosa decadencia. Quejábase el Duque de San Germán en sus despachos del uso que de las galeras se obs- tinaba en hacer el Gobierno español , y de que no le enviase na- vios , es decir, buques de vela. Ni lograban apenas los de remos salir del puerto durante el invierno , ni aunque navegasen podían dar alcance , por más que bogase la chusma , á buques cuya lona hinchaban los vientos. Habia llegado el momento de que estos des- terrasen por completo el uso del remo , como otro motor mecánico habia de destronar algún día las velas, y en aquel cambio nos íba- mos quedando muy rezagados. De todo ello venia á resultar que las comunicaciones con España estaban casi siempre interrumpi- das. A veces se pasaban ocho y aun más meses antes de recibir contestación sobre negocios de urgencia : otras tardaba cincuenta ó más días una galera para poder salir del puerto, y de todo esto se seguían los mayores daños al servicio del Rey.

Peor era aún la situación de la Hacienda. Desde el año de 1666 faltaba el donativo de 70.000 escudos anuales que habían de votar las Cortes, y que venia á ser la renta principal de aquel reino. Las demás alcanzaban á producir, entre todas, anualmente menos de cíen mil libras de aquella moneda, y los gastos comunes montaban


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á 190,000. Pero á esta suma se habia de añadir el importe de las que requeria la manutención de presidios, de soldados, de galeras, y el de otras atenciones que se habian hecho indispensables con las últimas revueltas. Asi lleg-ó en los últimos meses de 1669 la nece- sidad á punto de que tuviese el Virey que empeñar sus propias al- hajas para los gastos más precisos.

Ordenó el Gobierno de Madrid que el Virey de Sicilia socorriese con 18.000 escudos al de Cerdeña: pero representó aquel la impo- sibilidad de enviarlos , y aun pidió que se le devolviesen los dos- cientos infantes de que antes se habia desprendido. Perdida ya Candia , no era esta atención la que podia servir al Duque de Al- burquerque de embarazo : pero le habian avisado de Paris pro- yectaban otras conquistas más importantes los turcos , que eran materia constante de sus desvelos , y temia fuesen á caer con sus armadas sobre Mesina y Palermo.

A falta de los auxilios de España y de Sicilia , no quedaba al Duque de San Germán otra esperanza sino la de que acudiera en su ayuda el Virey de Ñapóles. La importancia de aquel reino , y los servicios que prestaba á la Monarquía española durante aquel periodo de nuestra historia, exceden á todo encarecimiento. De las cajas de Ñapóles se asistia entonces al gobernador de Milán con muchos miles de escudos mensuales : de Ñapóles sallan las sumas necesarias para atender á una gran parte de los gastos del Princi- pado de Cataluña : y fácil es comprender la causa , pues sobre ser tan fértil y rico aquel estado, fué poco lo que padeció en las guer- ras de aquella época, y sin la insurrecion de 1648, solo la noticia de tantos combates y desastres habria llegado al Mediodía de Italia.

Mientras llegaban de una parte ú otra los esperados recursos, hizo el Virey un ajuste con los asentistas de almadrabas, los cuales para eximirse de un derecho proyectado por el Gobierno de Madrid de cuatro reales sobre cada barril de atún que se exportase , con- sintieron en adelantar 22.000 escudos. Con estos, y otros 50.000 que dieron por dos lugares del Estado de Siete-Fuentes , de que se habia apoderado el fisco, se pudo ocurrir á las urgencias más apre- miantes. Quedaron otros lugares de la misma casa por vender , y los del estado del Marqués de Cea , pero las rentas de este último eran cortas y apenas alcanzaban á cubrir sus deudas.


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XVI.

Lleg-aron por el mismo tiempo malas noticias del cabo de Sacer. donde se enseñoreaban los bandeados, dueños de los campos, de los caminos , de los pueblos abiertos , de la hacienda de sus enemig-os y de la del Rey. Extendíase la insurrección por el cabo de Gallura, por la parte de Terranova y la de Ocier, y por todos lados ofrecían los pueblos abrig'o á los señores sublevados y á sus secuaces , los ocultaban cuando era preciso , y les daban ios avisos que les conve- nían. Al fin se decidió á salir á campaña en persona el anciano Marqués de Cea , que por aquellos dias se mantenía á veces un tanto retirado , á veces del todo oculto en casa de un canónigo lla- mado Uceli ; poco tenia que temer del Gobernador de aquel cabo, D. Francisco San Just , que era su estrecho amigo ; le visitaba y permitía que entrasen públicamente en la ciudad á conferenciar con él los demás bandeados, sin dar cuenta de nada de cuanto su- cedía á Caller. Con la noticia de que el Virey no recibía refuerzos y estar seguro de la ayuda que prestaban á los sublevados aquellos pueblos, se decidió al fin á dar la cara. A 19 de Diciembre se acercó á la ciudad con toda su escuadra D. Gabino Grixoni, y entrando en ella con quince ó veinte hombres de escolta , fué en busca del Marqués, y se retiró en su compañía á las montañas de Gallura. Atravesados y cubiertos de espesísimos bosques, cortados é inter- rumpidos por precipicios y fragosidades de que ni aun los mismos naturales tenían apenas noticia, corrían aquellos montes desiertos por gran extensión de terreno hasta muy cerca de la costa , hacia la parte de Córcega , y como solo separa á una isla de otra estrecho brazo de mar como de una legua, eran de suma facilidad las comu- nicaciones y suficiente el humo de una hoguera para servir de se- ñal á la salida y arribada de los barcos que navegaban entre ambas playas. Era además belicoso y hasta feroz el carácter de aquellas gentes, á las que no asustaba la vida aventurera llena de peligros, pero no escasa de atractivos y utilidades. Alojóse más adelante el Marquésde Cea en una ermita situada á la inmediación de un lugar perteneciente á sus estados, hacía la parte más inaccesible de las mon- tañas. Desde allí bajaba al llano cuando le parecía oportuno, y con seiscientos caballos, que eran los que solía reunir, aun cuando podía disponer de mayor número, era dueño de aquel lado de la isla.


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Convencido el Virey de que no procedían con celo ni aun con lealtad sus comisionados , envió á Sacer en calidad de alter-nos á D. Simón de Joro , cuyo oficio de juez de corte infundía más res- peto y terror entre los naturales de aquel reino , con instrucción de que reuniese cuanta caballería le fuese posible para caer con ella sobre los sublevados. Pero compuestas de naturales, aquellas escua- dras eran de poquísimo provecho : unas veces favorecían á los ban- deados con sus avisos; otras excusaban encontrarse con ellos; y cuando los divisaban tomaban camino opuesto , diciendo no era bien vi- niesen á las manos los que , sobre haber nacido en el mismo país, eran acaso amigos y aun parientes. Logróse al fin que llegaran á tener encuentros con heridos y muertos de ambas partes, y de la sangre resultó desde entonces quedar enconados los ánimos. La cor- respondencia del Virey no da noticia circunstanciada , sino solo so- mera y general de aquella especie de discordia civil, á la cual parece no faltó accidente alguno de los acostumbrados; contiendas feroces cuerpo á cuerpo detrás de cada árbol y de cada breña ; rasgos de ignorado heroísmo que pasan entre las tinieblas de la noche y el espesor de la selva , sin hallar quien los presencie ni quien los refiera; ardides dignos de salvajes como el teatro en que ocurren. Aun cuando tuviéramos conocimiento exacto de estos y otros episodios de la guerra de montaña, siempre parecidos en medio de su diversidad infinita , creeríamos excusada su narración y pre- ferible dejar libre el campo á la imaginación de los lectores. Baste decir que por espacio de más de un año quedó entregado el reino de Cerdeña al desenfreno de cruel anarquía, y que el carácter distintivo de semejantes circunstancias es que se con- vierta en proeza y hazaña lo que en tiempos ordinarios califican de fechoría y crimen las gentes honradas.

Nada se adelantaba, y cada dia, á pesar de las órdenes que daba desde Caller el Duque de San Germán , eran mayores el aliento y obstinación de los rebeldes. «Los bandeados, decía el Virey en »carta á la Reina (1), entraban en los lugares y los saqueaban, »nadíe se atrevía á ir por los caminos , nadie tampoco á trabajar en »sus campos. Habíase perdido todo respeto á la justicia. En número »de ciento fueron á romper las cárceles de Busaque los sublevados »para sacar un preso, y dieron libertad á todos los demás. Había

Carta de 6 de Mayo de 1670.


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»sido preso un clérigo capellán de la mujer de D. Bernardino Cer- »vellon que llevaba noticias al Marqués de Cea. También fueron »allá, hallaron con las armas en la mano las gentes de la villa de »Berquida , rompieron la cárcel y sacaron de ella al clérigo que »está abora en compañía del Marqués , y tenian resuelto de venir »á esta ciudad y abrir las puertas de la cárcel y las del castillo de »la Santa Inquisición . »

Acaso desearán saber nuestros lectores qué suerte hablan corrido entre tanto los dos personajes á quienes cabe mayor parte de res- ponsabilidad ea tantos disturbios y desdichas. Según dijimos, antes de que se pronunciara sentencia habia la Marquesa de Siete-Fuentes abandonado la isla en compañía de Aymerighi. Re- tiráronse primero á los estados del Duque de Toscana, pero á instancias del Gobierno de España se vieron alli perseguidos, bandeados y obligados á pasar á los de Genova donde les cupo igual suerte. Forzados entonces á refugiarse en tierra donde fuese menos estrecha la amistad con la corte de Madrid, les dio asiló el Piamonte, y á Niza fueron á fijar su residencia bajo el amparo del Gobernador, que era un Príncipe de la casa de Saboya. Tan resuelto patrocinio encontraron, que en toda Cerdeña se creía que era el mismo Duque, jefe de aquel estado, quien habia de sacar de pila al hijo que diese á luz la Marquesa, ya á la sazón en cinta. Medió además el Príncipe Gobernador con las cortes de Saboya y de Francia, y ambas hubieron de dar promesas de auxilio á los insur- rectos de la isla , con los cuales conservaban comunicación con- tinua los refugiados cónyuges. Alguna vez fué á Cerdeña D. Sil- vestre Aymerighi ; otras veces enviaba el Marqués de Cea personas de su confianza á Niza para acelerar el trato , si bien hasta la pre- sente época de nuestra relación, de auxilio solo se habían obte- nido palabras y ofertas.

Era ya entrado Abril , y se acercaba el término de la buena es- tación : dos meses más tarde la intemperie habia interceptado las comunicaciones. No venían de España los socorros tantas veces anunciados; pero hubo por fortuna aviso de que habia salido de Ñapóles la escuadra de galeras, que con refuerzo de soldados y copia de municiones y pertrechos de guerra hacía rumbo á Cer- deña, y fué nueva muestra de la buena voluntad de D. Pedro de Aragón. Con esta noticia cobró aliento el Duque y se dispuso á salir la vuelta de Sacer á contrastar y reprimir la rebelión sobrado


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 575

tiempo impune : pero antes de abandonar la ciudad, cabeza del reino, creyó pelig'i'oso dejar á la espalda enemigos, que aunque ocultos y embozados ó tibios, no dejaban de ser temibles en con cepto del Virey,

Resolvióse pues á sondar su ánimo , y para ello llamó al Marqués de Monteleon , que era el más autorizado y de más cuenta entre aquellos caballeros : expúsole la situación de los negocios, el estado de la isla , los daños y peligros que al servicio del Rey se seg'uian de la resistencia abierta que hacian los del otro cabo, y concluyó exhortándole á que por su mano , la de sus amigos y vasallos fuese S. M. servida en negocio de tanta importancia. «¿Y qué dirán en el reino,» dijo Monteleon, «si yo voy contra el Marqués de Cea?» A lo que repuso el Duque , tratando de reprimir su enojo: «Por vuestro bien os lo aconsejo como amigo más que como Virey , tratad en ello con los otros caballeros , y ved á lo que os resolvéis.» A los cuatro dias del de esta conferencia dio por respuesta Monteleon que no habia encontrado á sus amigos re- sueltos y que él á nada se obligaba. «No puedo ser traidor á mi propia sangre , » decia por el mismo tiempo el Conde de Mon- talvo á otra persona comisionada por el Virey para que le hablase, y como le replicaran « que antes convenia serlo á la sangre que al Rey, » aseguró que era inútil quisieran forzarlos á lo que no hablan de hacer. Acabó con esto de persuadirse el Virey de que no podia contar con aquellos nobles , cuya conducta le tenia resentido, por- que jamás iban á palacio sino juntos , con aparato y séquito de treinta á cuarenta entre amigos y criados , de la misma suerte que vSi fueran á tratar de potencia á potencia ; y como también lle- garan á sus oidos conversaciones que tenian y amenazas que hablan soltado para el caso de que saliese de Caller , le pareció que no ])odia llegar más lejos el sufrimiento sin mengua de su autoridad, y dio orden á D. Juan de Herrera para que prendiese á los Mar- queses de Monteleon y de Al vis , y á los Condes de Sedilo , de Vi- llamaryde Montalvo. Tomáronse con sigilo las precauciones nece- sarias ; y de allí á poco en el mismo palacio fueron detenidos y puestos bajo custodia en la Torre del Elefante, desde donde una galera los condujo á España algo más tarde. «Por el conocimiento «que tengo de todo lo que ha pasado», escribía el severo Virey ala Reina, (1) «es de mi obligación el decir á V. M. mi parecer, y es, Se- (1) Carta de 6 de Mayo de 1670.


576 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

»ñora, que á los cuatro (Monteleon, Alvis, Villamar y Montalvo) »se les debiera cortar la cabeza, y cuando la benignidad de V. M- »fuera tan grande como se ha experimentado, condenarlos á cárcel »perpétua, y en parte que no teng*an comunicación con este reino. »Y al Conde de Sedilo, cuando no se quiera usar con él la justicia »que le cabe , no se le debe permitir q ae vuelva á este reino , y se »pudiera disponer que se casase y se estuviese por allá como lo »liacen otros caballeros que tienen estado en el.»


XVII.

Seguro por este lado , y fortalecido con el crédito que dieron á su entereza estas prisiones y otras medidas no menos severas, salió al fin el Vireyen busca del Marqués de Cea sin que hubieran llegado aún las galeras de Ñapóles; pero la voz quehabia corrido de su pró- xima llegada , exagerando la importancia de los refuerzos , daba nervio á su autoridad. Llevó en su compañía mil ginetes de los del cabo de Caller, que aunque naturales, no estaban aún contamina- dos, y cien infantes españoles, únicos que pudo sacar de los fuer- tes, y que con ser tan pocos, eran, aun asi, los de^u mayor con- fianza. Reuniéronsele en el otro cabo los que permanecían fieles, y con todos, que pasaban de dos mil hombres, entró en Sacer, donde fué recibido con las aclamaciones y el aplauso que á los fuertes y arrojados dispensan con facilidad los pueblos, sobre todo cuando han llegado á saciarse de alteraciones y tumultos. Sus disposicio- nes fueron ayudadas por la fortuna. Manejó con destreza las armas del rigor y las de la clemencia ; ofreció amparo y perdón á los lu- gares que le secundasen: á los que no aceptaran este trato anunció que les baria sentir el rigor de la justicia ofendida. «Envió á 11a- »mar, así lo refiere él mismo (1), á los principales de Gallura , Terra- »nova y demás lugares de aquellas partes, y les dijo que le habían »de dar en el término de ocho días muerto ó vivo al Marqués de »Cea, á D. Gabino Grixoni, que son las dos cabezas, y á todos los «de su séquito, y que no haciéndolo así, que tenia dada orden que »estuviese prevenida toda la infantería y caballería para entrar en »dichos países, puesto que con su amparo se mantenían los malhe-


(1) Carta á la Keina de 10 de Mayo de 1670.


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 577

»chores, y que infaliblemente los asolanan sin que quedase piedra »sobre piedra , y que á la gente que se prendiese se castigarla con »todo el rigor del bando.»

Con esta bravata, palabra de que usa el mismo Duque en su carta á la Reina, logró su objeto, que era infundirles un terror sa- ludable, porque en su concepto las fuerzas eran escasísimas si qui- sieran hacerles frente, y no habia momento que perder por venirse encima la intemperie. Atemorizados , ó bien cansados los vecinos de aquellos pueblos, hicieron escritura de que prohibirían al Mar- qués de Cea y secuaces entrar en su territorio ni veinte millas en contorno , ó que de otra suerte tomarían contra ellos las armas y los entregarían muertos ó vivos , á lo que se obligaron con sus ca- bezas y haciendas. Tan buenos medios se emplearon, que de allí á poco Ludovico Viso, el amo y todopoderoso de Gallura, procuró que se le diese indulto, y una vez que lo obtuvo, se apartó del Marqués de Cea con unos cien hombres que le seguían. Sabido es cuan con- tagiosos son estos ejemplos: imitáronle otros muchos, y el Marqués de Cea , reducido á unos cien hombres , se vio obligado á escon- derse. Los mismos que poco antes le seguían obedientes, le persi- guieron luego con el encarnizamiento de quienes necesitan de ha- cer méritos para ser perdonados, y por gran fortuna tuvo el poder refugiarse á la isla de Córcega, que pertenecía por este tiempo á la república de Genova: de alli pasó al continente. A la fama de que gozaba como militar veterano, á la resolución que antes habia mos- trado, y al arrojo de que habia hecho alarde , no correspondió sn falta de firmeza en este último período de la campaña. Explícase su desaliento si al recordar el abandono y traición de los suyos, se tienen además en cuenta las malas noticias que hubo de recibir su- cesivamente de Madrid, de Caller y de Francia. En la corte de Es- paña habia tenido animoso defensor en su hermanó D. Jorge, que resistió cuanto pudo á la autoridad superior del Vicecanciller Crespi de Valdaura, pero fué al fin vencido. Las repetidas instancias del Virey San Germán , unidas al influjo de los de Villasor y al vali- miento de aquel ministro, lograron, no solo que perdiese D. Jorge su plaza de Regente del Consejo de Aragón, sino que fuera dester- rado de Madrid en compañía de otros sardos que le ayudaban.

Habia esperado Cea por largo tiempo que en Caller hiciesen á su favor alguna demostración los nobles de su parcialidad, y fué gran fortuna permanecieran indecisos por las razones ya explica-


578 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

das. Contaba al menos con que, una vez que hubiese el Virey abandonado la ciudad , podrian obrar sus vacilantes amigos con desembarazo y prestarle tardia pero eficaz ayuda ; mas al re- cibir la noticia de que quedaban presos en la torre del Elefante, hubo de renunciar á esta esperanza. No le quedaban por lo tanto sino las que pudiera fundar en el socorro del Gobierno de Francia y en la negociación que llevaban en Italia D. Silvestre de Ayme- righi y su esposa la Marquesa de Siete-Fuentes. Con la mira de acelerarla hubieron de tomar el camino de Niza Cao y Portugués con encargo de Cea, antes de que se resolviera San Germán á salir de Caller, y no de otra manera que pudiera excusarlos se explica que faltasen en Gallura, al llegar el momento crítico, quienes de tanta temeridad hablan dado muestras al estallar la insurrección. Pero tampoco entonces pasaron de promesas las que hicieron los dos Gobiernos de Francia y Saboya al bando de los Castelvíes, y no fué esta corta dicha para la corona de España.

De esta manera se descifra que cerrados todos los horizontes fal- tase al Marqués de Cea el aliento necesario para proseguir por ca- mino tan escabroso ; y también es fácil comprender que abandonen á la cabeza de un levantamiento , desde el punto en que flaquea y desmaya, los que tanta necesidad tienen de que les inspiren segu- ridad y denuedo. Bien claro se ve cómo quedó la rebelión sofocada por debilidad propia y no por la eficacia de los recursos que en- viara el Gobierno de España para vencerla.


XVIII.

Sosegados los disturbios de aquel extremo de la isla , volvió el Virey á Caller donde reclamaba su presencia la necesidad de po- ner orden en la administración y proveer á la falta de recursos. No porque la sublevación quedase vencida estaban allanadas otras di- ficultades , con motivo de las cuales se hablan reunido inútilmente las Cortes en 1666. Las entradas de las Cajas de Cerdeña dista- ban mucho de subvenir á todos los gastos , ni aun siquiera á los comunes. Para ocurrir á esta falta y cubrir, como ahora diríamos, el déficit, se presentaban dos caminos: era uno el acostum- brado , conforme á las antiguas prácticas y leyes de Cerdeña, esto es , la reunión de los Estamentos para que concediesen el donativo


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 579

de los 70.000 ó más escudos por cada uno de los diez años si- g-uientes: otro más desembarazado y expedito, pero violento y des- usado , consistia en exigir y levantar este servicio sin voto de Cortes. A este último se inclinaban, y este aconsejaron á Madrid el Duque de San Germán y el Doctor D. Juan de Herrera. Era aquella, sin embargo , materia en que andaban , contra su costumbre , to- dos los bandos de la isla conformes ; y así es que antes de salir de Caller el Virey se le hablan presentado las primeras voces de los tres Estamentos, eclesiástico, militar y Real, á pedirle enviase á la Reina un memorial firmado por ellos, en que representaban el universal deseo del reino de que se convocaran Cortes para acre- ditar en ellas su propósito de continuar el real servicio y merecer el consuelo (lela real clemencia. Pertenecían las tres primeras vo- ces á distintas parcialidades, pues el Arzobispo de Caller, que re- presentaba al Estado eclesiástico , pasó en los primeros tiempos por afecto á los de Castelví y de Cervellon , si bien luego no ha- bla excusado demostraciones, seguridades, y hasta donativos, á fin de congraciarse con el Virey. Era el Marqués de Mllasor primera voz del Estado militar, cabeza del bando contrario al cual daba nombre, y al mismo correspondía D. Antiogo Carcasona, Conceller en Cap y primera voz del otro Estamento. Dióles palabra el Duque de enviar la petición á Madrid con carta en que le diese apoyo , y no faltó á su palabra , si se estima buena manera de cum- plir con ellas la que usó San Germán , pues al mismo tiempo y por la via reservada remitió otro despacho en muy contrario sentido. Por tres razones principales representaba á la Reina su delegado en Cerdeña contra la conveniencia de que se convocasen Cortes, concesión que en su sentir solo hablan hecho los Rej^es , ó por ser reciente y condicional su encumbramiento, ó por los relevantes servicios que les prestaran los vasallos. El primero de estos reparos era la ingratitud y deslealtad con que hablan obrado en los últimos tiempos los naturales del reino , á pesar de los privilegios y mer- cedes que siempre se les hablan dispensado. El segundo, que los daños á tanta costa y con tan gran trabajo alejados podían surgir de nuevo no en los próximos Estamentos , pues estos mostrarían la docilidad propia en quien acaba de ser vencido, sino cuando olvidado el escarmiento tornaran á reunirse á la vuelta de diez ó más años, pues entonces con la facultad que se concede á cada uno de expre- sar su sentir , abusarían de ella y quedaría aventurado el decoro


580 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDENA

del Rey y de su Vicario. Mediaba otra consideración según el Vi- rey: cerrado el solio liabia de llegar la hora de dispensar mercedes: si solo se concedían á los que se hablan portado como leales , que- darla más honda la división, ya harto grande, y si á todos se pro- digaban , resultarla un escándalo de ver premiados á los traidores ó tibios en el servicio del Rey. Pero en todo caso, ya se hubiera de llamar Cortes ó sin ellas, de establecer imposición sobre todo el reino, el Virey pedia que con brevedad se le comunicaran órdenes claras sobre lo que habla de hacer.

En despacho de 8 de Julio del mismo año de 1670 se dio aviso al Virey de que S. M. se habla servido resolver que por el pronto no convenia convocar Cortes, y se le mandó que propusiera los medios adecuados para levantar imposiciones con que se pudiese mantener la gente de los presidios y galeras , así como cubrir los demás gastos precisos. Apresuróse el Duque, después de conferen- ciar con personas celosas y prácticas en estas materias , á escribir á la Reina acerca de la mejor manera de encaminar el reparti- miento de 100.000 escudos cada año : habíanse de antemano pres- tado muchas ciudades y lugares á contribuir por su parte con lo que les correspondía , y á buena cuenta se habían recaudado cre- cidas sumas. Solo era de temer que no se pudiera cobrar del estado eclesiástico cantidad alguna sin el previo voto de los Estamentos. A los que reclamaban la reunión de estos últimos, les respondía San Germán , que la Reina-Regente habla resuelto no conceder Cortes á ningún reino hasta el día , ya próximo , de la mayor edad del Rey (1), y de esta suerte se prescindió de la antigua costum- bre y privilegio de Cerdeña de no pag-ar servicio sin que conce- diesen las Cortes.

XIX.

Al proponer los términos que le parecieron más conducentes para arreglar este asunto , había representado (2) el Duque cuan

(1) En la citada carta de 15 de Setiembre de 1670. A principios de este mismo mes murió el Vicecanciller Crespi de Valdaura , y desde entonces cesó esta curiosa correspondencia. Continuó llevándola el Duque de San Germán con D. José de Molina, Secretario del Consejo de Aragón, pero con menos intimidad y por breve tiempo.

(2) Carta del Duque de San Germán de 15 de Setiembre de 1670.


BAJO LA DOMINACÍON ESPAÑOLA. 581

grande era en la isla la estrechez de la hacienda , y en vista de lo urgente de las atenciones , pedia se le enviasen despachos para proceder á la cobranza de la nueva imposición, sin esperar á que saliesen barcas , sino con una que expresamente hubiese de apres- tar el Vireyde Cataluña. Sin embargo, muchos meses después, en Abril de 1671 , todavía se lamentaba San Germán de no haber re- cibido despacho ni contestación alguna. Hasta entonces, ni sehabian resuelto las materias pendientes , ni se habian provisto los puestos que quedaron vacantes , ni se le habia enviado un solo escudo para atender á los gastos de los navios que al fin habian llegado á Cer- deña , ni aun siquiera le habian remitido las órdenes necesarias para repartir y cobrar el donativo. Y el reino que así olvidaban era el mismo á cuyos naturales acababan de despojar de antiquísimos y siempre respetados privilegios, dejándole desde entonces un tanto perturbado y con anuncios de que no habia de pertenecer por largo tiempo á la Corona de España.

« Será grande desdicha , » escribía á la Reina-Regente San Ger- mán , « q%e se pierda un reino por dilatarse las órdenes de V. M. año y medio. Si el repartimiento no se hace, la gente que tenemos en los presidios y galeras perece ó se va por falta de sustento , y las plazas quedarán sin guarnición , que es lo que desean los natu^ rales , y así hacen todos los esfuerzos para ello , por verse libres de este yugo, y poder obrar por todo el reino con la disolución que lo hacían antes (1).» «Sucederá una desdicha infaliblemente,» decía en otra carta , (2) « porque ya no tengo forma de que se manten- ga la gente, navios y galeras , y antes de tres meses sucederá una ruina , malográndose todo lo que he trabajado en este Gobier- no Estoy en él C(m tal desesperación, que no puedo pon- derarla.»

Nos hemos extendido en estas citas , porque pintan cuál era po- aquellos tristes años el estado de la Monarquía española. Presénta- nos á veces la historia el ejemplo de naciones conducidas por entre sangre y luto hacia el término de sus destinos por la dura y des- apiadada mano de la tiranía. Otras nos ofrece á la vista pueblos cuya locura y cuya soberbia castiga Dios con el terrible azote de la anarquía. A veces de la ambición humana nacen guerras y de-

(1) Extracto de cartas del Duque de San Germán á la Reina, de 11 de Abril y 21 de Marzo de 1671.

(2) Carta á Molina, de 15 de Abril.


582 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

sastres sin límites , y lloran los pueblos los delirios ajenos. Pero entre tantas catástrofes y tantos escarmientos , no hay espectáculf* alguno que nos parezca más desconsolador que el de esos Gobier- nos á quienes siempre vienen estrechos los límites de su poder; que no aciertan á medir los de su responsabilidad con la de su propia previsión, aptitud y fuerzas, y que después, libres de trabas, so- brecarg-ados de facultades y atribuciones, se duermen indolente- mente al borde del abismo.


Hasta aquí solamente alcanzan las circunstanciadas noticias de los papeles que pertenecieron al mencionado Vice-canciller , y que después hubieron de quedar en poder de D. José Molina , Secreta- rio del Consejo de Aragón. Para continuar esta relación y llevarla hasta su trágico remate , ha sido indispensable buscar en libros no españoles la de los lúgubres sucesos que la completan ; pero con- viene advertir que ni se extienden en tantas particularidades, ni ofrecen el mismo interés que las correspondencias originales , ni merecen tan entero crédito.

Parece que de Córcega, adonde vimos que habia pasado des- pués de la victoriosa entrada del Duque de San Germán en Sacer, y dispersión de las escuadras sublevadas , se trasladó el Marqués de Cea al continente de Italia , y que se reunió con los demás fu- gitivos en Niza, donde al abrigo de la protección que disfrutaban, con la impaciencia nostálgica y el anhelo natural á cuantos se en- cuentran en situación parecida de volver á respirar los aires de ]a patria y con las halagüeñas esperanzas que el deseo fácilmente des- pierta , empezaron á maquinar y á fraguar tratos , negociaciones y correspondencias , con resuelto designio de renovar las inquietu- des de Cerdeña. Salió para aquella isla D. Francisco Cao: pero hízole volver una tempestad á las costas de Italia , y en Roma donde se detuvo , se encontró con D. Jaime Alivesi , que enterado de sus proyectos habia ido en su busca. Era este el mismo Alivesi que en unión con D. Mateo Pilo y de orden del Virey habia for- mado escuadras de gentes de la tierra de Sacer para pelear con- tra las de los bandeados , y el mismo que en vez de combatir á estos últimos , se entendía con ellos y les daba útiles avisos para que la


BAJO LA DOMINACIÓN ESPAÑOLA. 583

persecución se frustrase. Siempre dispuesto á desempeñar dobles pa- peles, habíanle ahora comisionado secretamente las autoridades de Cerdeña para que fuese á tratar con Cao y con los demás fugitivos, ó bien espontáneamente habia tomado él propio á su carg-o la em- presa moviéndole los estímulos de la retribución ofrecida. Ello es que entendiéndose con los refugiados , fomentó sus esperanzas de conmover y sublevar nuevamente la isla , y logró que pasaran á Córcega no solamente Cao, sino también D. Silvestre Aymerighi, D. Francisco Portugués y hasta el mismo Marqués de Cea , cada vez más agriado por los contratiempos y reveses , y más apartado de los caminos del deber y de la prudencia. Cuando creyeron bas- tante adelantada y próxima á cuajar la conspiracion'que habían tramado en Cerdeña por mano del mencionado Alivesi, los indujo este á que concurrieran á coronar la obra con su presencia , y los llevó á un islote sardo llamado de Rosa , que hace frente á la playa de Castelsardo. Pero apenas habían puesto el pié en tierra , y en los extremos de su confianza entregádose al sueño , cuando los hizo despertar el ruido de gente armada y enemiga que los tenia cer- cados. Fué inútil trataran de defenderse : en el mismo lugar caye- ron muertos á balazos Cao, Portugués y D. Silvestre Aymerighi. Peor suerte cupo al anciano é infeliz Marqués , á quien cargado de cadenas y como en triunfo , condujo Alivesi por los pueblos de la isla hasta llevarle á Caller , donde abierto de nuevo el juicio fué oído y condenado , y purgó en el patíbulo culpas propias y enga- ños ajenos.

Dio lugar á censuras que el Virey premiase á Alivesi , no con la recompensa propia de tales acciones , sino con la concesión de un estado ó feudo que debiera ser galardón que se reservase para diver- so género de proezas. Bien se advierte por este y otros indicios, que si bien era el Duque de San Germán un militar bizarro dotado de maña , vigor, entereza y otras cualidades útiles para el mando , es- taba su ánimo desprovisto de las nociones superiores que distin- guen al estadista.

La Marquesa de Siete-Fuentes pasó el resto de sus días retirad a en Niza bajo el patrocinio del Príncipe Antonio de Saboya. Refiere un historiador de Cerdeña que su hijo D. Antonio Gabriel de Ay- merighi, recobrando más tarde la gracia del Rey D. Carlos II, logró se le pusiera en posesión del materno feudo de Siete-Fuentes y que en el regio diploma se dio por fundamento á este acto de li-


584 CORTES Y SUBLEVACIÓN EN CERDEÑA

beralidad y clemencia y á otros de ig-ual índole en favor de los de- más inculpados , que el asesinato del marqués de Camarasa solo hahia procedido de iracundia y venganza privada.

Prosiguieron después animados de igual rencor uno contra otro los dos bandos de aquella isla, hasta que la perdió España algunos años más tarde durante la guerra de sucesión ; pero entonces fue- ron los del partido de Villasor los principales desafectos, y los que abrieron á los invasores las puertas de Caller , ocasionando la pér- dida total de aquel reino (1).

(1) Así lo dice en sus Comentarios D. Vicente Bacallar y Sanna, Marqués de San Felipe : " los desafectos que eran los parciales de la casa del Marqués de Villasor, etc " Téngase en cuenta que los Bacallar eran de la parciali- dad opuesta, y en nuestra relación hemos visto figurar como tales á algunos de su familia y nombre. También vemos figurar entre los parciales del Archi- duque aun Marqués délas Conquistas que era Cervellon, y aun Marqués de Villas Claras, que era Zatrillas. Pero los que hacian cabeza eran el Conde de Montellano y su suegro el Marqués de Villasor.

A. Llórente.


Á UNA NUBE.[editar]

Sicut nubes, quasi naves, velut umbra. Job.


Cándida nube que á merced del viento Cruzando vas la celestial región ; ¿Por qué en mi pecho, al contemplarte, siento Extraña y melancólica emoción?

Ver imagino en tus contornos vagos , Como de un sueño en la ilusión febril , Ciudades , montes , cementerios , lagos , Monstruos y espectros y fantasmas mil.

El sol con sus magníficos fulgores Borda tus alas de ligero tul , Y rica en luz y espléndida en colores, Vuelas ufana en el espacio azul.

¿Ocultan tus flotantes vestiduras El rayo , la tormenta , el huracán ; O céfiros y aromas y auras puras Entre los pliegues de tu manto van?

TOMO II. 3á


586 Á UNA NUBE.

¿Eres algún espíritu, que el suelo Por morada más santa abandonó ? ¿Eres un ángel que se vuelve al cielo, Cubierto el rostro porque el mundo vio?

¿Eres sueno de un alma enamorada? ¿De un genio fugitiva inspiración? ¿La primera sonrisa de una amada? ¿El último dolor de un corazón?

¿Eres quizá ventura que se aleja, Bien que se pierde , dicba que se vá : El eco de un suspiro ó de una queja . Un lamento, una lágrima quizá?

Si eres iris de paz y de bonanza, Detente ¡ oh blanca nube ! sobre mi , Vierte sobre mi frente la esperanza. Vuélveme el bien que ¡ay misero! perdí.

Y si eres de la muerte precursora , También tu vuelo sobre mí deten ; La muerte es del espíritu la aurora : Parta tu rayo mi abrasada sien.

Mas ¡ ay ! que eres tan solo niebla vana , Y en humo, en nada, al fin te desharás; Gloria, poder, riqueza, dicha humana, Nubes y sombra son , humo no más.

Julio 1867.

F. EscüDEUo Y Perosso.


DE LA ESCLAVITUD Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA DURANTE LA EDAD MEDIA.[editar]

DOMINACIÓN VISIGODA (1).


A pesar de la rápida propag-acion del cristianismo por el impe- rio de Occidente , la desencadenada tormenta que atrajo sobre el mundo romano la muerte de Teodosio el Grande , encontró á la esclavitud en pié y robusta , aunque despojada de alguna de las condiciones de su antigua existencia , como hemos visto en nues- tro primer artículo. Bien es verdad que la nueva idea , dirigida á un objeto puramente espiritual , no intentó siquiera modificar de una manera directa las instituciones civiles , y que antes al contra- rio , calificada por la filosofía pagana de trastornadora y demagó- gica, tuvo que defenderse con una conducta, que hoy llamaríamos conservadora , de semejantes acusaciones. Tertuliano demostró que sus correligionarios eran los más pacíficos y leales de todos los sub- ditos ; que rogaban al verdadero Dios por la salud y prosperidad de los mismos Príncipes que los perseguían , por la gloria del Se- nado y la fidelidad del ejército; y que siendo numerosos en las

(1) Véase nuestro artículo primero en el núm. 3 de la Revista, correspon- diente al 15 de Abril.


588 DE LA ESCLAVITUD

islas , en las ciudades j en las campiñas , ni querían provocar es- cenas de rebelión que su creencia repugnaba , ni abandonar por patriotismo el territorio (1).

Considerada esta vida como un tránsito á otra mejor, como una prueba para ganar la bienaventuranza , tanto mayor era el mérito cuanto mayor el sufrimiento ; y por eso la servidumbre con sus do- lorosas consecuencias, ennoblecida con los ejemplos de Moisés ex- puesto, José vendido y Jesucristo crucificado, podia muy bien llamarse un don del cielo , como en efecto la llaman S. Crisóstomo y S, Ambrosio, y aun recomendarse como una bella ocasión de mostrar, entre las cadenas que retenían el cuerpo , la libertad del alma (2). El dogma evangélico, la caridad universal que se predi- caba y practicaba en las ágapas, y la igualdad moral, breve y elocuentemente definida por S. Pablo , pugnaban de frente con la injusticia humana que brotaba por los poros de aquella sociedad corrompida ; pero el cristianismo , elevando la resignación á vir- tud , y teniendo un consuelo inefable y una recompensa eterna para penas y desg*racias transitorias , no podia obrar rudamente sobre los abusos de la fuerza, sino penetrar con su espíritu de un modo insensible y lento en las leyes y en las costumbres.

Así y todo , preciso es convenir en que quedaba la esclavitud reducida á un hecho social sin ningún apoyo filosófico. En un sis- tema de amor y fraternidad encajaban mal, tanto las hipótesis de Aristóteles, como los preceptos de los jurisconsultos; buenos lomas para inteligencias contaminadas con el error ó para instituciones basadas en el egoísmo , pero completamente antipáticos á la ver- dad y al derecho, ¿Quién se atrevería á invocar la desigualdad na- tural al lado de una religión que no hacia diferencia entre el culto romano y el feroz escita para atraerlos á la comunión de Jesucris- to? ¿Qué fuerza moral tendrían las artificiosas y casuísticas clasifi- caciones de los códigos en una conciencia recta , impregnada de la pura esencia de la fe cristiana , tan sencilla en su expresión como elevada en sus miras? Hé aquí por qué se trató de buscar, una vez dada la paz á la Iglesia , un nuevo fundamento en que apoyar la

(1) Véase el Apologético en las obras de Tertuliano.

(2) Crys., in Genes. Amb. , de Paradis. "Los esclavos cristianos, dice tam- bién S. Agustín en sus QiulM. , no piden la liberación cada siete años como en la ley mosaica, porque la autoridad apostólica les manda que sean sumisos á sus señores por temor de que se blasfeme el nombre de Dios."


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 589

esclavitud, que por haber echado hondas raíces en las opiniones y en los intereses dominantes , que ya lo eran también en gran parte del clero , estaba no solo tolerada , sino protegida por los escritos y decisiones de los Padres y de los Concilios , ante cuya autoridad se habia detenido el movimiento de emancipación iniciado en el pri- mer entusiasmo.

S. Agustín levantó su robusta voz por entonces ; y á llenar el vacío que había dejado en este punto la pulverización de los anti- guos sofismas al contacto de las máximas cristianas, pretendieron sus discípulos y comentadores que se dirigía el Santo Padre latino. «El orden natural , escribe en la Ciudad de Dios , ha sido des- truido por el pecado , y esta es la razón de que se haya impuesto con justicia al pecador el yugo de la servidumbre. El pecado solo ha merecido este nombre, no la naturaleza » «En el or- den natural , añade , en que Dios crió al hombre , nadie es esclavo del hombre ni del pecado. La esclavitud es por tanto una pena. Por esto el Apóstol recomienda á los esclavos la sumisión hacia sus amos, y que les sirvan de buena voluntad, á fin de que no puedan ser libertados de la servidumbre y sepan encontrar en ella la liber- tad , no obedeciendo por miedo sino por amor, hasta que la iniquidad pase y toda dominación humana desaparezca el día que Dios sea todo en todos.» Tal es la doctrina del Obispo de Hipona en breves frases expuesta. ¿La entendieron rectamente los que la considera- ran como sanción de la esclavitud personal y civil? Veámoslo; por- que para nosotros que creemos en la influencia poderosa de las ideas y en su conexión necesaria con los hechos, es interesante siempre, y más en la materia que tratamos, medir el alcance de una teoría, que por la importancia del autor y por la preponderancia que ejer- ció durante la Edad Media , debia entrañar en la civilización inci- piente de las razas invasoras.

Seg-un S. Agustín , como la servidumbre es una pena del pecado originario, son punibles todos los hombres. ¿Dónde está aquí la relación que debe haber indispensablemente entre el que domina y el que es dominado? Relación hay, puesto que existiendo castigo, existe juez, y admitida la expiación de la culpa, no se puede ne- gar que habrá una autoridad que la regule y la pese en su miseri- cordia. Pero esta relación , que pertenece al orden exclusivamente religioso por comprender al Criador y á la criatura , pierde toda su eficacia y se desvanece en un sofisma desde el momento en que se le


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aplica á las instituciones humanas. Si el hombre debe sufrir la es- clavitud como pecador y la oblig-acion es universal , ¿ dónde hallare- mos el derecho correlativo á esa obligación misma? ¿ En el hombre? ¿Y en qué concepto? Como pecador sujeto á la pena de degradación, habria en el privilegio de esclavizar á otros que se le atribuyese una negación terminante y absoluta de la tesis que quiere pro- barse. ¿Se apelará á la naturaleza, á la legislación positiva; á la imposición de la fuerza , ó en otros términos , á las doctrinas de la filosofía pagana y á las prescripciones de los juristas? Pues enton- ces ¿qué significa la doctrina de S. Agustín aplicada á la sociedad, ni qué valor propio entraña cuando se ve en la necesidad de pedir su aplicación á las teorías que combate ? El deber supone siempre un derecho , y el estado de inferioridad un estado de superioridad consiguiente. S. Agustín establece el deber y la inferioridad: ¿pero á quién sino á Dios acuerda la supremacía y la justicia? Decir que todos los hombres llevan en sí el germen de servidumbre, vale tanto como decir que ninguno lo lleva de dominio , porque en el absolutismo de la proposición se confunden todas las gradaciones y categorías. Antes se había proclamado la desigualdad natural, el derecho de vida ó muerte en el vencedor, atenuado á favor del vencido ; la pérdida de la libertad por causa del delito , confiscada en provecho del ofendido ; todo lo cual envuelve una idea de dis- tinción entre las personas y de desnivel en sus respectivas posicio- nes , un más y un menos que no se compadece con la igualdad en el pecado , admitido como origen y argumento de la esclavitud hu- mana.

La doctrina de San Agustín como precepto religioso está en per- fecta armonía con la enseñanza cristiana de los primeros tiempos á que hemos aludido antes. ¿Por qué se la ha desnaturalizado ha- ciéndola servir á fines mundanales y de pedestal á la injusticia? Sufre la servidumbre , viene á decir el Padre de la Iglesia latina, súfrela sin murmurar; sirve á tu amo con cariño ya que eres es- clavo por la ley social , como debes sufrir las injurias de tus seme- jantes, las enfermedades y las fatigas de otra condición cualquiera, pues de este modo purgarás tu mácula originaria. No te rebeles contra tu suerte, porque los dolores y los trabajos te acompañarán siempre en castigo de tu falta. Todo esto es sublime como moral; pero para encontrar aquí la razón de la indignidad personal y ci- vil , preciso sería torturar tan evangélicos conceptos. El santo es-


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 591

critor toma ejemplo de la servidumbre como de la mayor decaden- cia de la especie humana ; la considera como un hecho existente, y ni la defiende ni la reprueba bajo el punto de vista de su legiti- midad , contentándose con presentarla como una de las calamida- des á que se hallan sujetos los hombres. Lo mismo hubiera podido arg-üir con la miseria y con la muerte , y no por eso habria auto- rizado el despojo y el homicidio. Si uno te hiere en la mejilla, ha dicho Jesucristo, pon la otra al alcance de su mano. ¿Pero ha dado por ventura Jesucristo á nadie el derecho de herir á su hermano en la mejilla? Esta es toda la cuestión. No te subleves ni contra la injusticia , tal es la orden religiosa; mas el precepto no implica que la injusticia sea un acto necesario y mucho menos meritorio. La doctrina de San Agustín, en nuestro juicio, es la resignación en la esclavitud, pero no su justificación y su apoyo.


II.


La interpretación en opuesto sentido convenia mejor á los senti- mientos y á los intereses que se desenvolvían en todas las clases privilegiadas á la caida del imperio occidental: y hé aqui cómo las palabras del obispo de Hipona , mezcladas con reminiscencias de la legislación romana, constituyeron una especie de código, ya que no le llamemos dogma, respecto de la servidumbre. El clero, los principes, los magnates y los propietarios la aprueban, la en- sanchan y la explotan, colocándola, cual si fuese una institución sagrada é inviolable, al amparo de las penas temporales y de los anatemas eclesiásticos (1). Los monasterios y las iglesias, asi como las propiedades rurales á ellos afectas, se ven llenos de familias serviles destinadas á las faenas mecánicas de los templos , á las in- dustrias comunes y al cultivo de los campos : no es solo la aristo- cracia territorial la que se ocupa de este ramo importante de rique- za que exige el envilecimiento del ser racional formado por Dios y á su imagen , pues los concilios la sobrepujan en el número y en la

(1) El concilio de Gangria, celebrado durante la dominación visigoda y com- puesto de quince obispos, declaró maldito por siempre al que á nombre de la religión cristiana aconsejase al esclavo que abandonara el servicio de su dueño. Los Concilios de Toledo se expresan en el mismo sentido.


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minuciosidad de las reglas y disposiciones que toman para desar- rollarla eficazmente en provecho de su clase. No cabe en el marco de un articulo la explanación de las doctrinas híbridas , mitad teo- lóg-icas mitad jurídicas, con que durante aquellos aciag'os tiempos se quisieron cohonestar instituciones que tan en abierta oposición es- taban con el espíritu evangélico, y que patrocinadas y admitidas habían de atraer, como el acero al imán, el lujo, la corrupción, el orgullo, y alternando segnm las circunstancias, la ambición de po- der ó las contemplaciones con el poderoso. El abuso, que desde las elevadas esferas se difundía por las inferiores , y con el ejemplo de tan alto dominaba el entendimiento y acallaba los escrúpulos de la conciencia, fué convirtiéndose en un derecho reconocido é in- disputado, en uno de esos puntos axiomáticos que por su evidencia misma no se controvierten. Cuando el gran Papa Alejandro III dejó oír su voz en defensa de la humanidad ultrajada, proscribiendo como Vicario de Jesucristo la esclavitud del hermano por el herma- no, Europa le escuchó asombrada, y las palabras del Pontífice murieron sin eco, salidas apenas de sus augustos labios. No causó tanta admiración por cierto uno de sus sucesores, que ha dado su nombre al renacimiento de las ciencias , de las letras y de las ar- tes, permitiendo el repugnante tráfico de negros al comenzarse la colonización americana.

Imbuido Santo Tomás, como todos los sabios sus contemporáneos, en las teorías peripatéticas que se imponían tiránicamente en las aulas , no se atreve á romper con la tradición ni á luchar con la corriente , y adoptando un término medio en sus comentarios á la hipótesis de Aristóteles , dice : « que si bien no hay razón natural para que uno sea esclavo más que otro , puede haber una razón de utilidad , la que resultará de que el débil sea apoyado y dirigido por el prudente (I).» La doctrina de la desigualdad entra en un pe- ríodo de decadencia, puesto que á los arg-umentos francamente planteados, suceden las sutilezas de escuela. El hecho sigue el movimiento descendente, empujado por la libertad civil que los pueblos conquistan á costa de su fortuna y de su sangre , y parece que ya le quedan pocas generaciones de existencia antes de caer en la profunda .sima del olvido ó de pasar relegado , como las castas, á los países no cristianos, cuando el descubrimiento de Colon galvaniza al moribundo, le tiue el rostro para que no se

(1) Summ. Theol


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 593.

le reconozca, j le lanza á través de los mares en alas del espíritu maléfico que lo había creado y lo había proteg-ído : el demonio de la codicia. Entonces, los filósofos del absolutismo político y los ju- risconsultos exhuman las doctrinas de la antigüedad que vienen á su propósito en favor de la esclavitud legal , que cuenta el inmenso talento de Bossuet , simple imitador en este punto de Hobbes y de Grocio, entre sus últimos mantenedores. Bossuet encuentra su ori- gen «en las leyes de una guerra justa , en que el vencedor pudiendo matar al vencido, le conserva la vida,» y su justificacioD , «en que el dueuo hace la ley como quiere , y el esclavo la recibe como quieren dársela (1).»

De esta ligera resena se desprende cuántos obstáculos ha tenido que vencer la idea cristiana de la igualdad moral del hombre para abrirse paso en la serena región de la especulativa y descender luego sobre la legislación de algunas naciones modernas á despe- cho de los intereses opuestos y de los errores sistemáticos. Sin dis- cutir los principios que han servido al sostenimiento de la opinión contraria, bastará colocarlos unos enfrente de los otros, naturaleza, pecado , utilidad , derecho de gentes , para que salga de su mutua oposición la ineficacia de todos ellos. Si la esclavitud fuese una condición necesaria de la vida social , como lo son la propiedad y la familia , hubieran encontrado una base sólida , un punto de par- tida universalmente admitido. Lejos de ser así, observamos la exis- tencia del hecho en el largo curso de la historia, y cuando nos acercamos á demandarle sus títulos, su legitimidad, sus pruebas, ¿qué nos presenta? Unas veces, un absurdo fisiológico que la cien- cia rechaza ; otras , un precepto de perfección religiosa inaplicable á las sociedades civiles ; ya una débil indicación de utilidad común, que en la práctica se traduce por una explotación inicua ; ya en fin, la atenuación de un pretendido derecho, que en la guerra como en todo se convierte en tiránica imposición de la fuerza , si traspasa los límites de la defensa propia.

Pobres son los títulos , bastarda la legitimidad , inaceptables las pruebas. No obstante , la esclavitud ha resistido al cristianismo ; á esa doctrina moral , que aparte de su origen divino , tanto aven- taja á la filosofía más pura en la extensión de sus miras y en la bondad de sus máximas ; que ha elevado la dignidad del hombre á la mayor altura, que vivifica los sentimientos del corazón, y que SQ

(1) Bossuet;, CÍ7iq. avert. aux protestants,


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reasume en estas admirables palabras : amad á Dios , amaos los unos á los otros. ¿Cómo se explica semejante fenómeno? Un céle- bre escritor francés va á hacerlo por nosotros con su acostumbrada elocuencia.

«El cristianismo católico encierra las tres g-randes leyes del universo, la ley div^ina, la ley moral y la ley política: la ley di- vina , unidad de Dios en tres personas ; la ley moral , caridad ; la ley política, libertad, igualdad, fraternidad. Los dos primeros principios se han desenvuelto; pero el tercero no ha recibido todos sus complementos, porque no podían florecer mientras que la creencia intelig-ente del¿Sér infinito y la moral universal no estu- vieran sólidamente establecidas Lejos de hallarse en su térmi- no , la relig-ion entra apenas en su tercer período , el período polí- tico El cristianismo, inmutable en sus dogmas, es variable en

sus luces. Cuando llegue á su punto culminante , las tinieblas con- cluirán por disiparse , y la libertad , crucificada en el Calvario con el Mesías, bajará con él entregando á los pueblos el Nuevo Testa- mento escrito en su favor y dificultado hasta aquí en sus cláusu- las (1).»


III.


Durante la Edad Media , época no muy dada á los estudios pro- fundos , toda la filosofía de la esclavitud puede encerrarse en las cortas frases que hemos analizado y discutido en las páginas ante- riores. Pasemos ahora á su examen como hecho legal , político y económico durante los tres siglos góticos, de donde arranca verda- deramente nuestra historia patria.

Divídese la Edad Media entre nosotros en dos períodos intere- santes que tienen estrechos vínculos de afinidad , pero que desen- volviéndose de diverso modo , presentan una fisonomía diferente : la dominación visigoda y la reconquista. La dominación visigoda, que empieza con la energía de los pueblos primitivos , y concluye con el enflaquecimiento de las nacionalidades caducas, representa una civilización que va nutriéndose con las reminiscencias ro- manas del ciclo imperial y perdiendo cada día en su contacto

(1) Chateaubriand, Memorias de Ultratumba.


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 595

con la raza vencida los caracteres de su origen germánico , con- servando de ellos solamente algunos rasgos que han de dibujarse más tarde en otro medio y al abrigo de otras circunstancias. El conquistador, una vez asegurada la conquista, depone las armas á los pies del conquistado, se impregna de su espiritu, adopta su religión , su lengua , sus costumbres , la índole y la estructura de sus leyes, y lleva su prurito de imitación hasta el punto de en- galanarse con títulos, oficios y denominaciones que recuerdan en el alcázar de Toledo el palacio de los Césares. Mandan las provin- cias y los ejércitos Condes y Duques (Comités , Buces), milena- rios , quingentenarios , centuriones y decuriones; convocan las tropas los servi dominici , y los anonarios les distribuyen los víve- res. Leovigildo ciñe á sus sienes la corona de oro de los emperado- res, y los que le suceden, no contentos con esta pompa de la autoridad monárquica , quieren llamarse gloriosos , serenísimos y flavios como Tito ó Vespasiano. La misma regularidad que se ad- mira en la organización oficial , el mismo orden del gobierno , la amplitud y generalidad de ideas en muchas leyes , la inspección de los Obispos sobre los Jueces , homenaje religioso de los primeros Emperadores católicos, el amor excesivo á la propiedad territorial, que nace en la barraca de Rómulo y renace de entre las ruinas más grandiosas que ha contemplado el mundo ; todo , en fin , elementos de progreso y síntomas de decadencia, acusan una procedencia ro- mana , una inspiración romana , un módulo romano , en los propó- sitos del poder público y en los gustos de las clases privilegiadas. La reconquista es la continuación de la época gótica , aceptando en herencia su legislación, sus hábitos y sus instituciones, que van á refugiarse en las ásperas montañas de la Península para salir luego con los defensores de la independencia á eslabonar lo pasado con lo presente ; pero muy pronto necesidades apremiantes y antes no sentidas, filtraciones que se establecen con la aproximación in- dispensable de una lucha permanente , y abusos de la fuerza que toman en circunstancias críticas el nombre de derecho , mudan el aspecto exterior y la índole de la constitución recibida , impotente ya para evitar la ruina de la Monarquía , más impotente aún para levantarla de nuevo. Tres corrientes que no vienen de los visigo- dos imprimen y aceleran este movimiento de separación : la cul- tura de los árabes, la intervención reg-ularizada de los Pontífi- ces en la política , las pretensiones de la nobleza. La dominación


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g-ótica desde Recaredo descansa con ligeros intervalos sobre la teocracia nacional, y es la esclavitud su único instrumento de trabajo , sin haber nada que contrabalancee estas dos influencias, enervante la primera de toda energía , refractaria la segunda á todo progreso. En la reconquista, el germen de la libertad que brota por do quiera á impulsos de la necesidad , crea un modera- dor al lado de cada tendencia exagerada , las regalías enfrente de las intrusiones de la Iglesia romana ; los fueros y las franquicias municipales enfrente de las altivas exigencias de la aristocracia. La debilidad visigoda es tal , que los descendientes de Eurico se dejan degradar en tiempo de Wamba por no acudir á las armas, siéndole indiferente á aquella turba de siervos y libertos que triunfe Paulo en las Gallas y que infesten nuestras costas los sarracenos. Por el contrario, la vitalidad de la reconquista se siente desde el principio , crece con los reveses y con la próspera fortuna , y pro- voca el heroico esfuerzo de las masas populares , que son las únicas que en las crisis tremendas forman y salvan las nacionalidades. Por eso vemos que mientras la Monarquía de los godos entra pu- jante en nuestro suelo y se disipa como el humo en una sola ba- talla , la Monarquía asturiana tiene los comienzos de una banda de fugitivos y concluye por avasallar al mundo. Y sin embargo, los que continúan la lucha en las montañas son los derrotados en Guadalete , y todos defienden la fe y la patria común contra el mis- mo enemigo. ¿Qué causa racional explica este contrasentido apa- rente? Ya lo hemos indicado arriba: la servidumbre que envilecía á un pueblo ; el germen de la libertad progresiva que regeneraba al otro. ¿Qué ofrecía al primero el llamamiento godo? Las fatigas y peligros de la guerra, pero sin interés, sin esperanza, sin glo- ria. ¿Qué ofrecía al segundo el llamamiento castellano? Una fron- tera que defender, pero en ella un asilo, un olvido, un municipio, una vecindad ; la dispensa de prestaciones humillantes ; una tierra gravada todavía, pero una personalidad libre , el tránsito de cosa á hombre.

Seguir esta revolución social en su penoso camino , cuándo de- tenida por obstáculos al parecer insuperables, cuándo empujada por circunstancias bonancibles , sería objeto digno de meditación y de estudio , asunto fecundo para un trabajo concienzudo. No pre- tendemos tanto, Fáltannos las fuerzas, que son escasas; cohiben- nos los límites reducidos de esta clase de publicaciones , y no nos


Y SUS MODIPIC ACIONES EN ESPAÑA. 597

estimulan tampoco los diminutos y esparcidos datos que al acaso podríamos recog-er en libros destinados á relatar sucesos externos, batallas, conquistas y alianzas, y escasos de cuanto se relaciona con la vida íntima , con la manera de ser de las naciones en los pasados siglos. Habremos de circunscribir pues materia tan vasta á modestas proporciones , y para lo poco que digamos , demanda- remos auxilio con preferencia á los códigos y á las actas concilia- res , única manera de obtener la luz que en vano pediríamos á la oscuridad de las crónicas y aun de las historias.


IV.


Ataúlfo y sus primeros sucesores fueron reyes nominales de Es- paña , presa entonces de los vándalos , los alanos y los suevos , á quienes, asi como á los hérulos y á los grieg-os, hubo que disputar sucesivamente su posesión durante ciento cincuenta anos de una guerra de exterminio , cuyas desastrosas consecuencias pesaron so- bre los habitantes del territorio. Quedaron las ciudades desiertas y en ruinas, la población aniquilada, los campos yermos, las artes y las ciencias olvidadas por completo ó arrinconadas en algún lejano y tranquilo monasterio. Con E úrico llega la monarquía militar á su apogeo ; pero viene luego la decadencia, á pesar de la traslación de la sede del gobierno á Sevilla y á Toledo , hasta que con Leovigildo (586-601 ) se restablece y consolida. Dos años después de su muerte acontece la catolizacion del país , empiezan los famosos Concilios semi-eclesiásticos semi-profanos de Toledo , y se echan los cimien- tos á esa compilación contenida en el Fuero de los Jueces , objeto de repetidos elogios de propios y extraños , blanco por excepción de apasionadas críticas. En ambas colecciones nos proponemos es- tudiar, á par que el estado social de aquella época, el estado pe- culiar de la esclavitud de que principalmente habremos de ocu- parnos.

Los visigodos, como todas las tribus que se apoderaron del im- perio romano , ofrecen la particularidad , de que habiendo sido en sus selvas originarias aglomeraciones fortuitas y nómadas , á las que la propiedad inmueble era desconocida , se apegan de tal ma- nera á ella desde que se fijan y asientan en las comarcas occiden-


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tales, que la convierten en base de su derecho político y civil , en aspiración de sus conquistas y en titulo legítimo de sus categorías y distinciones. De esto á rodearse, en medio de su escasa cultura, de las instituciones, que según las ideas dominantes aseguraban, favorecían y completaban el dominio territorial , no había más que un paso , y este paso lo dieron reproduciendo el modelo romano de la esclavitud , apoderándose de las dos terceras partes del suelo y de la riqueza mueble, dejando el resto á los españoles en propie- dad precaria y con la exclusiva obligación de pagar el tributo (1), y regularizando en dos ó tres leyes los mutuos deberes y derechos entre el señor y el vasallo , forma rudimentaria y sencilla de re- cuerdos germánicos antiguos, que llevaban en sus entrañas al fu- turo feudalismo.

Un Monarca electivo y absoluto de derecho ; nobles de superior categoría con el titulo de duques, condes, vicarios, gardingos, magnates y proceres, que componen el séquito ordinario del Prínci- pe, ocupan los destinos palatinos y mandan las provincias y los ejér- citos; nobles de segundo orden , bucelarios , sujetos por el beneficio recibido en tierras ó cargos al Rey ó al Señor, aunque personalmen- te libres ; ingenuos procedentes de la raza vencida y confundidos luego con sus dominadores en virtud de la reforma que permitía los matrimonios entre ambos pueblos; un clero numeroso, relativamen- te ilustrado, rico, afanoso de adquirir, que se somete y se presta á las exigencias de los Monarcas fuertes, que son los menos, y domina y anula á los débiles, que son los más, pero que conserva siempre

(1) Que esta propiedad dejada á los hispano-romanos era precaria, lo prue- ba la ley misma en que se prohibe á los godos tomar nada del lote de aquellos , pues añade esta reserva "sino lo que el Rey quiera darles," rdsi quod á riostra forsitanei fuerit largitate donatum. Fuero Juzgo, lib. X, tit. I, 1. 8. El Sr. Tapia en su Historia de la civilización española, niega el primitivo reparto de las tierras sin alegar en apoyo de su opinión más que la conjetura de que los es- pañoles se hubieran sublevado con semejante injusticia. Además de que se si- guió en toda Europa un procedimiento análogo cuando la invasión de los fran- cos, anglios, longobardos, etc., el texto de la ley del Fuero Juzgo no deja lugar á dudas. La antes citada dice así : Divisio ínter gotum et romanum facta de proportione terrarum sive silvarum , nulla ratione turbetur: y más adelante : nec de duabus partibus goti aliquid sibi romanus prcesicmat , aut vindicet, aut de TERTIA romarii gotus sibi aliquid audeat usurpare aut vindicare. Tampoco tiene fundamento la distinción que el mismo escritor hace entre españoles in- dígenas y romanos, pues el Código visigodo designa con este último nombre á todos los habitantes del territorio antes de la conquista.


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 599

por medio de la confección de las leyes un influjo inmenso en los asuntos civiles; siervos y libertos, divididos en tres clases, fiscales, eclesiásticos y de particulares : hé aqui los diversos grupos de la sociedad visig-oda , el conjunto de su fuerza , los elementos de su grandeza, las causas de su decadencia y ruina.

La situación legal de la raza servil , sus relaciones con los due- ños y su importancia como instrumento de producción , eran muy parecidas , casi idénticas á las que tenia entre los romanos después de las modificaciones imperiales. Algunas agravaciones de su ya desesperada suerte; pero en cambio menos corrupción y vileza, constituian las principales diferencias. Imposible parece , cuando vemos las multiplicadas causas que creaban la esclavitud, que pu- diera existir una población libre y segura de conservarse. Los es- clavos originarios , que hablan sobrevivido á las matanzas de las invasiones , y que atendido el ramo de industria que con preferen- cie explotaban los romanos en nuestro territorio, debian ascender á un número prodigioso (1), formaron, digámoslo así, el núcleo pri- mitivo al que se agregaron más tarde los prisioneros de guerra de diferentes nacionalidades, españoles , suevos , vándalos , francos y griegos , hechos en una prolongada serie de sangrientas cam- pañas.

Pero lo que desarrolló y mantuvo en continuo y alarmante des- equilibrio una clase , que entregada á su propia reproducción con- cluye por extinguirse, fueron las leyes penales, pródigas de degra- daciones infamantes aun para los magnates (2) , que reemplazaban con exceso el decrecimiento producido por la mortalidad, por la fu- ga y por las manumisiones. La exposición de los hijos, común en-

(1) En una sola mina de plata en los alrededores de Cartagena se emplea- ban 40.000 trabajadores. El tributo fiscal, que puede considerarse la décima parte de los despojos y exacciones , importó en España desde Escipion el Afri- cano hasta Catón, unos 140.000.000 de nuestra moneda en metales preciosos. De los pozos de Bebelus en la provincia de Jaén se extraian diariamente 600 marcos en plata, y de una mina de oro en el Pirineo 300 libras de oro. — Mo- rcan de Jonnes, Estadística de España.

(2) Además de la degradación de la nobleza que era muy frecuente , la ley 31 , tít. 1.°, lib. II del Fuero Jtizgo impone la pena de 100 azotes, aunque sin perder su honra, á los mayores que no pudiesen pagar la multa de tres libras de oro impuesta por desobediencia al llamamiento del Rey; y la 20 , tít. 2.°, lib. VII, aplica igual castigo á los que librasen al ladrón de manos del que le habia cogido, y en este caso no se habla nada de conservar la honra.


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tonces; el delito siempre que faltaba la composición pecuniaria, el daño inferido en muchos casos, la calumnia, la injuria, y hasta el incumplimiento de una promesa, llevaban consig-o la pérdida de la libertad bajo un sistema que en vez del criterio de la moralidad ó el de la vindicta, aplicaba pura y simplemente el del interés privado á la calificación de las acciones , y que creia deber resarcir con multas y con la entrega del ofensor los perjuicios sufridos por el di- rectamente ofendido, sin curarse para nada de los fueros vulnera- dos de la justicia. Hacíanse también por efecto de las circunstancias y del fanatismo enajenaciones personales voluntarias, en particu- lar á las iglesias y al fisco, de individuos y familias que huyendo de la violencia y de la miseria, se recogían al amparo de una pro- tección eficaz ó hacian acto de abnegación religiosa, dedicándose al servicio de los templos y monasterios. Todo contribuía á envilecer la sociedad, lo mismo la justa severidad de Wamba, que castig-ando á los cobardes privó de los derechos civiles á la mitad de la pobla- ción válida del reino, según testimonio de su sucesor Ervigio en el discurso dirigido al concilio XII de Toledo, que las crueles dispo- posiciones tomadas por Egica respecto de los judíos á pretexto ó con motivo de que conspiraban contra la seguridad del Estado.

Carecía el esclavo de aptitud legal para presentarse en juicio y para testificar, salvo en los crímenes de lesa majestad; no disponía de su propio peculio sin licencia del amo, ni podia vengar como los demás hombres los ultrajes de que eran víctimas sus mujeres é hi- jas. Generalmente se le tasaba en la mitad del valor de un hombre libre cuando su dueño recibía la compensación pecuniaria de los malos tratamientos que sufría de un tercero; pero sí tenia que pur- gar en su cuerpo la pena del delito ó servir de satisfacción al que había perjudicado, entonces descargaba sobre él la ley el peso de sus rigores. Así, por ejemplo, el ingenuo que pagaba á otro inge- nuo 10, 20 y 100 sueldos si le hería ó fracturaba un hueso, solo daba 5, 10 y 50 respectivamente por igual daño ocasionado á un esclavo. En cambio las leyes casuísticas y minuciosas que valuaban en un tanto la pérdida de un ojo , de una mano, de un diente, del dedo pulgar y del dedo meñique , disponían en globo , tratándose de la perpetración de estos delitos por un siervo , que fuese puesto á disposición del mutilado para que hiciera de él lo que se le anto- jase. Vanamente la ilustración y el espíritu cristiano del clero influyeron para aminorar el dominio absoluto de los señores, con-


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 601

minando con el extrañamiento temporal ó perpetuo al que hiriera ó matara sin causa á sus hombres propios. Como la institu- ción es de esas que no admiten grandes modificaciones sin afectar á su carácter esencial , y en cualquier grado de civilización que se tolere , tiene que estar representada por desigualdades monstruosas y aberraciones repugnantes, la ley se reservó la crueldad que dis- putaba á los dueños , y siguió en su impasible ejercicio cortando manos y quemando vivos á los esclavos por hechos que en otros no merecían más que multas ó azotes , y buscando en la tortura de sus miembros la verdad de los crímenes que se imputaban á sus amos. La legislación criminal, reflejo del estado social de un país en circunstancias normales, nos demuestra que entre los visigodos solo causaban alarma el incendio , el asesinato alevoso , el envenena- miento y el parricidio: los demás delitos eran cuestión de arreglo, objeto de avenencia , materia de contradicción privada y no de vindicta pública. La raza servil pagaba con su persona ; pero esta desigualdad no contradecía el principio , antes bien lo confirmaba, porque el esclavo era una cosa, una parte de la fortuna moviliaria, un animal de carga , menos apreciado que el caballo. Bien sabemos que establecida una comparación imparcial entre los pueblos de Europa sometidos á iguales ó semejantes condiciones, no sería España la que peor librada saliese del paralelo , aun considerada su civilización bajo el punto de vista de las ideas modernas , que no rechazarían seguramente muchas leyes de elevada filosofía que figuran al lado de las que hemos extractado. Pero estos y otros borrones que las afean , bien que propios de la rudeza y barbarie de la época , deben entibiar un poco el inmoderado entusiasmo de algunos de sus apologistas (1).

V.

Único instrumento de producción agrícola é industrial , el siervo nada poseía, ó poseía cuando más un corto peculio, para cuya ena-

(1) Sería prolijo citar todas las leyes que se refieren á la situación legal de los siervos y al derecho penal á que estaban sometidos. Basta asegurar que no hemos asentado nada que no se encuentre por ellas ^establecido. Véanse sin embargo las principales, que son : Fuero Juzgo ^ lib. III, tít. I, 1. 2, 6, lOy 14.-Lib. IV,tít. IV, 1. 1. y 16;tit.V, 1. 12 y 13: tít. VII, 1. 12.— Lib. VI, tít. IV, 1. 1 y 3; tít. V, 1. 9.-Lib. VII, tít. 1, 1. 1 y 2-Lib. IX, tít. L TOMO II. 39


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jenacion ó traspaso , así como para su constitución , necesitaba ei permiso del dueño , que solia otorg-árselo bajo ciertas condiciones gravosas, como un tanto sobre la venta, un objeto á elección sobre la herencia; peculio que exig-ia un exceso de trabajo y representaba para el infeliz que lo habia acumulado á fuerza de privaciones, una previsión ó una esperanza. Con este pequeño capital se compraba la libertad á veces , y servia de todas maneras para dar un alicien- te al cultivador ó al operario que no tenian ninguno. El egoísmo inteligente de los romanos lo babia creado , y la legislación visigo- da lo mantuvo. Cuando el propietario reconoció que el peculio del siervo estaba mejor cuidado y producía más proporcionalmente que sus tierras; cuando calculó que el producto de un canon ó una renta fija sería superior al rendimiento eventual de sus propieda- des, mejoró la condición del esclavo, y le obligó á pagar una cuo- ta en reconocimiento de dominio , reservándose además gabelas y prestaciones onerosas , pero más llevaderas que la servidumbre ab- soluta. ¿Se verificó esta evolución en el período de que estamos hablando, ó se aplazó hasta los tiempos de la reconquista?

Confesamos con lisura que el código visigodo , tan abundante en leyes políticas , civiles y penales , nada claro y concreto dice res- pecto de la organización social , que pueda convertir una duda en certidumbre. Sin embargo, de ciertos hechos evidentes debe dedu- cirse que esa atenuación era conocida y aun estaba bastante gene- ralizada. Por de pronto, los siervos de la corona pertenecían en nuestra opinión á la clase de tributarios , y los siervos de la corona sumaban un número considerable. La ley les concedía algunos de- rechos civiles , y entre otros privilegios , el de tener esclavos , dis- poner de su fortuna mueble en bien de su alma y para la funda- ción de iglesias, y ocupar en el Palacio y en el ejército los puestos importantes de reclutadores de tropas , mayordomos é inspectores de víveres y de la fabricación de moneda. Esto es ya un indicio de que su situación, lejos de ser mala, era por el contrario muy su- perior á la de los ingenuos ordinarios. Pero hay más : cuando Er- vigio, por captarse el afecto de la nación , perdonó los atrasos del tributo, disfrutaron del favor, según el texto del decreto, los particulares [privati) y los pueblos fiscales , habitados exclusiva- mente por los siervos de la corona. Si estos nada hubieran poseído, ¿cómo se explicaría el débito del impuesto y su condonación? Arri- ba indicamos que la tercera parte de la tierra dejada á los his-


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pano-romanos , se hallaba afecta exclusivamente al tributo, que no pagaban los godos por sus lotes , y todo hace creer que , imi- tando este procedimiento , adjudicaron los Reyes el patrimonio del Estado á sus hombres , señalándoles residencia , ocupación y obligaciones , y distribuyéndoles , según su aptitud , por grupos ó familias de oficios y profesiones. Por esta razón de analogía, como tributarios figuran juntos en la disposición legislativa citada los particulares y los pueblos fiscales , á pesar de que aquellos go- zaban de la plenitud de la libertad personal y civil , que no perte- necia á los segundos. Pero si todavía hubiera duda, la disiparía por completo la circunstancia de aparecer clara y perfectamente definida esta reforma en actas del siglo VIII , de setenta años pos- teriores á la invasión arábiga , y cuando todo lo que existia en la legislación y en las costumbres respecto del asunto no podía menos de proceder del anterior periodo, concediéndose en ellas por los Príncipes heredamientos y caseríos con las personas que los poblaban y marcándose los censos y gabelas á que estaban sujetos. Existia por tanto una mejora de condición en los siervos de la corona, y sería desconocer la naturaleza humana suponer que esta conducta de los Monarcas no tuvo imitadores entre los palaciegos y grandes del reino , ya que no por conveniencia , por adulación al menos ; pues nunca dejan de copiarse los buenos ó malos. ejemplos del tro- no para depurar ó corromper las costumbres , cuando á las diver- sas clases de la sociedad descienden.

Pero el mal consistía en que hallándose el error encarnado en las ideas y en las leyes , lo que por un lado se ganaba , por otro se perdía con creces , y el paliativo quedaba neutralizado ó circuns- crito á una esfera reducida. El vacío que en la institución servil hacían la compasión , la vanidad ó el cálculo de unos pocos , bien presto lo llenaban las preocupaciones , las guerras civiles y extran- jeras , la codicia insaciable de la mano muerta , y especialmente las prescripciones penales. En 681 no había apenas en España quien depusiera en juicio como testigo por la indignidad y vileza en que había caído la mitad de sus habitantes (1).

(1) Dirigiéndose el Rey Ervigio á los PP. del Concilio toledano XII, les dice que es menester derogar la ley de su antecesor, en cuya virtud se priva- ba irrevocablemente del testimonio de su dignidad al que no acompañaba al ejército ó liuia de él, con lo cual hizo perder la nobleza á casi la mitad del pueblo. En el Concilio XIII se derogaron las sentencias impuestas por Wam-


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Ofrecen los siervos eclesiásticos una particularidad notable, y es que no pueden emanciparse más que previa una compen- sación equivalente de su valor por parte del que los manumite , y que una vez libertos, no salen jamás ni ellos ni sus descendientes de la dependencia de la Iglesia. Fúndase esa doctrina en que insisten los Concilios con una tenacidad digna de mejor causa , en que el Obispo , más que dueño es administrador del patrimonio, y en que el patronato clerical no desaparece nunca. Quapropter episcopvqui nihil ex proprio suo ecclesics Christi compensaverunt hanc divinam sententiam meluant , et liberos ex familiis ecclesia ad condemnationem suam faceré non prasumant ; impium est enim utqui res suas ecclesiis Christi non contulit damnuminferat etjns ecclesioB alienare intendat. — LibertiEcclesia, quia nunquammori- tur eorum patrona, a patrocinio ejusdem nunquam discedant, nec posteritas quidem eorum. Asi dijo el Concilio toledano IIII, con- firmando disposiciones anteriores , que unidas á la amortización de la propiedad territorial y á las inmunidades y privilegios anejos á ella, constituyeron á la Iglesia en una posición excepcional como propietaria; posición que recuperada en parte durante la reconquista, resistió á todas las quejas y reclamaciones del estado llano contri- buyente , á los celos de la aristocracia y á las pragmáticas de los Reyes. Un esclavo cualquiera contraía un deber temporal con el que le franqueaba ; pero si recibía el obsequio de la Iglesia , parca ya en acordarlo, no por eso conquistaba su libertad, sino que tras- mitía á sus hijos y á los hijos de sus hijos la pesada cadena de un servicio perpetuo. No hay para qué añadir qué prodigioso aumento tendrían estas familias eclesiásticas cooperando á fomentarlas de consuno la naturaleza y las continuas donaciones de los monarcas y de los fieles.

No se puede negar sin injusticia que el clero visigodo contribuyó eficazmente á ilustrar á los bárbaros dominadores, á desarrollar la agricultura, y hasta á enaltecer el trabajo mecánico, que compar- tían los monjes en unión de los siervos, con las elevadas ocupacio- nes del espíritu ; pero sin juzgarle con demasiada severidad , y teniendo en cuenta otros principios y otras circunstancias que las

ba á los que tomaron parte por el traidor Paulo. La ley á que se refiere Ervi- gio es la 8.*, tít. II, lib. IX del Fuero Juzgo , último destello de energía con que quiso Wamba reanimar el abatido espíritu de los godos. Además de otras penas severas, se declaraba á los contraventores siervos da la corona.


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 605

nuestras, todavía quisiéramos verle menos apegado á las riquezas que enseñaba á despreciar la doctrina evangélica. Magnificas pá- ginas contienen las famosas actas conciliares de Toledo. Hay sin embargo algunas , la que llama cosa impia á la manumisión sin equivalencia , la que declara irrito el testamento de un Obispo du- miense, porque franqueó á 500 desgraciados y repartió los bienes de la mitra entre los pobres, todas aquellas en fin, destinadas á extender y perpetuar la degradación del hombre , que no han sido inspiradas ciertamente por el espíritu de caridad cristiana que ani- maba á los primitivos Santos Padres (1).

Dividíanse los siervos de las tres categorías enunciadas por ra- zón de su empleo, en domésticos, llamados honi 6 idonei , que eran los mejor tratados , viviendo con sus amos en una familiaridad pa- recida á la que se dispensa á los sirvientes negros en ciertas casas de nuestras Antillas , y próximos á las larguezas del señor y á las emancipaciones en las dos épocas en que solian hacerse , al ir á la guerra y á la hora de la muerte: en siervos industriales, que por ser menos comunes los oficios que las faenas agrícolas y más fácil de reemplazar un labrador que un obrero, disfrutaban de muchas ventajas y de un grado de libertad considerable en el ejercicio de su profesión, bajo el amparo de los Reyes y de altos personajes po- líticos, á quienes estaban por lo regular adjudicados en las ciuda- des populosas, y en siervos rurales ó mliores que habitaban los campos en granjas aisladas, en los alrededores de los monasterios, ó formando verdaderos pueblos , como hemos visto al ocuparnos de los de la Corona. Una décima parte de ellos concurría á la hueste en los casos ordinarios ; pero cuando la patria peligraba, el Rey convocaba á todo el mundo en nombre de su derecho soberano, lo mismo á los obispos y clérigos , exentos del servicio militar, que á los oscuros cultivadores adscriptos á un territorio; lo mismo á los ingenuos que pagaban el tributo fiscal , que á los vasallos ajenos. Aquel pueblo conservaba aún en la ley un fuerte vínculo de cohe-

(1) La posición y deberes de los siervos, libertos y cosas pertenecientes á las Iglesias y Monasterios , se hallan marcados en el Concilio I de Sevilla (590), en el II de Braga (572), y en los capítulos 6 del Toledano III; 67, 68, 69, 70, 71 72, 73 y 74 del IV; 9 y 10 del VI; 11, 15 y 16 del IX: en la de- claración hecha acerca del testamento del Obispo Requimiro en el XVI, y en otras muchas disposiciones eclesiásticas, así como en el tít. 1°, lib. V, del Fue- ro Juzgo.


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sion y de autoridad, que se aflojaba en las débiles manos de cier- tos Príncipes; si bien en las de otros como Wamba contuvo por un momento la disolución de la Monarquía.

La emancipación, condicional ó absoluta, cuando procedía de la simple voluntad del dueño, era á veces necesaria , ya por el delito de este , ya por servicios prestados por los esclavos , tales como des- cubrir y denunciar una conspiración ó una fábrica de moneda falsa, en cuyo caso tocaba al Rey pagar su precio. Pero la libertad no conferia todos los derechos civiles ni igualaba al liberto con el in- genuo ni le daba casi nunca la disposición incondicional de su pe- culio, pudiéndose asegurar que la posición de esta clase , inferior legalmente á la libre por naturaleza , continuaba casi la servidum- bre (tantas y tales obligaciones la ligaban) en la persona que re- cibía el beneficio respecto del que lo otorgaba y de su linaje (1).


VI.


Conocidos los elementos que componían el estado social de la nación visigoda, preciso será verlos funcionar, señalando las con- secuencias que en el orden económico , moral y político produ- cían. Vivía la Corona de la tercia romana, gravada con el im- puesto, de los censos y prestaciones que le pagaban sus siervos, de las multas por desobediencia, que algunas veces se elevaban á dos y tres libras de oro cada una, de las confiscaciones frecuentes, de ciertos derechos sobre las entradas de géneros y de las exaccio- nes á los judíos. Los principales empleados cobraban sueldo del Erario y los jueces un tanto sobre la cuantía del litigio. El Fuero Juzgo habla con repetición de abusos de los recaudadores, y cas- tiga con rigor los delitos que cometían los jefes , reclutadores y compulsadores del ejército, dispensando por dinero de la asistencia á la hueste ó permitiendo que se volviese de ella. Cada cual dis- frutaba de las ventajas de su clase cumpliendo sus obligacio- nes correlativas. El ingenuo, satisfecho el tributo, cultivaba sus campos por medio de esclavos y colonos , ó los daba en arrenda- miento más ó menos largo. Lo mismo hacia el hucalario con su beneficio, por el cual prestaba al señor el servicio militar , con él

(1) Fuero Juzgoy lih. 5°, tit.Ylll,


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 607

partía el botín, y le dejaba por otro á voluntad, aunque siempre á condición de devolverle lo que le había regalado (1). El magnate de raza gótica , rico con el considerable lote que le había tocado en el reparto, con los despojos de la guerra y con la generosidad regía, acumulaba rentas y emolumentos y exacciones, brillando en- tre todos por un fausto poco delicado y por su opulencia relativa. Las familias debían tener muchas alternativas de preponderancia y decadencia siendo los títulos y distinciones personales y no cono- ciéndose el derecho de agnación ni ningún otro privileg-io en las herencias. Por lo que hace al clero, cuyas personas y propiedades se hallaban garantizadas por las más amplías inmunidades , úni- camente en circunstancias críticas acudían al sostenimiento y de- fensa de la patria.

La lectura de las leyes nos pone de manifieáto el esmero con que se miraba cuanto á la agricultura se refiere , la cerca de los sem- brados , el cuidado de los árboles , el daño causado en las hereda- des y mieses, la minuciosa tasación de perjuicios por los anímales muertos. Obsérvase en ellos la preferencia del olivo sobre el frutal, y de las viñas sobre los huertos; el ganado caballar ocupando el primer lugar después de las abejas , y colocado en el último el ga- nado de cerda. La sanción penal , que se contenta con una avenen- cia pecuniaria por el simple homicidio , pena con la muerte el in- cendio ; garantía excesiva que solo comparte la propiedad , ídolo de las razas germánicas sedentarias , con dos ó tres crímenes horrorosos. Así y todo, la prosperidad agrícola de los visigodos es más que problemática. Fuéles desconocido el laboreo de las mi- nas , ó al menos lo hicieron en pequeña escala , habiéndose per- dido hasta la noticia de los ricos veneros que habían explotado los romanos. Los dos tercios del territorio distribuidos á los domi- nadores quedaron casi en totalidad destinados á pastos, y los mon- tes no repartidos los encontramos siglos después sin roturar y pro indiviso á pesar de las excitaciones y alicientes que se ofrecen á los cultivadores (2). ¿No indica esto que una buena parte del suelo permanecía inculta á despecho de las proporciones vastísimas que la esclavitud rural alcanzaba? Nótese que son los mismos godos

(1) Leyes 1 y 4 , lib. 5." , tít. III.

(2) "De silvis quse indivisse forsitan restiterunt, sive gotus, sive roma- nus, sibi eas adsumpserit, et fecerit fortasse culturas , statuimus ut si adhuc silva superest, unde parís meriti térra ejus cui debetur portioni debeat com-


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los que se desprenden de su derecho proporcional y no piden en compensación sino otro tanto terreno erial como se labre , siempre que haya remanente en las suertes comunes.

De las artes industriales y del comercio escasos datos poseemos. Los oficios vulg-ares estaban amalgamados con la agricultura y divididos por casas y familias serviles , cual de carpinteros ó alba- ñiles , cual de pescadores ó ganaderos ; pero en aquellos que reque- rian mayor inteligencia y primor, acaso llegaron á una altura que no hemos considerado bastante, juzgando con demasiada ligereza de la cultura de nuestros antiguos progenitores. Cierto que las ruinas que de tan remotos tiempos subsisten no revelan gusto, ele- gancia ni grandiosidad en las construcciones; pero en cambio un descubrimiento reciente , que ha sido una sorpresa europea , de- muestra la existencia de artífices notables en metales preciosos, y hará rectificar muchos errores á los arqueólogos y mirar con me- nos prevención las crónicas árabes que nos cuentan la sorpresa de Tarik delante de las riquezas y preciosidades encontradas en el palacio de Rodrigo (1). No hay que olvidar que los godos estu- vieron en amistosas relaciones con el imperio romano desde un si- glo antes de su venida á España ; que fueron sus auxiliares , y al- guno de sus reyes próximo aliado de Honorio ; que los griegos no salieron definitivamente de nuestras costas de Levante hasta Suin- tila (631-635), y que por la Galia Narbonense y por la provincia tin- e-itana estábamos en comunicación constante con dos distintas civi-


t3


pensari, silvam accipere non recuset. Si autem parís meríti quse compen. setur, silva non fuerít, quod ad culturam scisum est, dividatur." Fuero Juz- ^o,lib. 10,tít. I,ley 9.^

(1) En las crónicas árabes traducidas por Conde se lee este pasaje hablando de la entrada de Tarik en Toledo : " En una apartada estancia del alcázar Real encontró 25 coronas de oro guarnecidas de jacintos y otras piedras pre- ciosas, pues era costumbre que después de la muerte de cada rey de España se colocaba allí su corona y escribian en ella el nombre de su dueño , su edad y los años que habia reinado, n El arzobispo D. Rodrigo habló de esto, y le si- guieron muchos historiadores ; pero los críticos modernos lo han tenido por fabuloso. Sin embargo , hoy está demostrada la exactitud esencial del relato árabe. Nueve magnificas coronas votivas , una de ellas con la leyenda Recces- ivntus rexoffert, halladas en las inmediaciones de Toledo hace cuatro años, fueron compradas por el Gobierno francés y figuran en el Museo de Cluny, donde las hemos admirado. Son de oro macizo con zafiros y perlas engarzadas, de un trabajo exquisito y un dibujo elegante. Ceemos que nuestra Armería Real posee una corona de esta clase,


Y SUS MODIFÍCACIONES EN ESPAÑA. 609

lizaciones. Esto bastaría á explicar el desarrollo del lujo en las cla- ses elevadas y un movimiento mercantil de importancia, si por una parte no nos lo descubriesen las leyes del código visigodo relativas á la navegación de los rios y á los mercaderes de ultra-puertos , á quienes se concedía una jurisdicción privativa y las leyes particula- res de su nación , y por otra no lo proclamase la tenacidad con que los judíos sufrieron la conversión forzosa, la suspicacia cruel, los indignos tratamientos y hasta la servidumbre , antes que renunciar á la usura y las pingües ganancias que sin duda les ofrecía el país que los sacrificaba y aborrecía. De todas las torturas imaginables ninguna hay tan feroz como la impuesta á la raza hebrea por el fa- natismo religioso desde Sisebuto hasta la caida de la Monarquía visigoda ; y sin embargo , su carácter avaro la mantuvo sometida al sórdido afán de los negocios que su inteligente é infatigable ac- tividad multiplicaba.


VIL


En medio de una aparente sumisión, que se traduce en humil- des representaciones y protestas, el corazón metalizado de los ju- díos tiene una fibra que responde al deseo de venganza : prepa- rada esta en secreto con sus correligionarios de África y con los sarracenos , la ven llegar con la alegría de un reo de muerte que recibe su perdón en las gradas del patíbulo. La paciencia humana no podía aguantar más : todo había sido lacerado , sus creencias, las afecciones puras de su alma , las costumbres de sus mayores, el poder paterno, la libertad personal. El áspero godo, apenas salido del arrianismo, era inexorable con el pueblo deicida. El pueblo deicida á su vez atraía en silencio la tormenta que había de desencadenarse sobre España y aventar delante de la medía luna la religión en cuyo nombre se le tiranizaba (1).

Pero no fué esta ni podía ser la sola causa de tamaño desastre. La sociedad visigoda, como todas las que descansan sobre la base

(1) Las crueles disposiciones tomadas contra los judíos abrazan casi por entero el título II del libro XII del Fuero Juzgo, que lleva el siguiente epí- grafe : De omnium hoereticorum atque iudceorum cunctis errorihus amputatis- Allí se encuentran las leyes antiguas , las nuevas de Ervigio y la última de


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de una servidumbre alimentada por fuentes vivas é inagotables, se hallaba g-ang-renada en el corazón con engañosas apariencias de robustez , y débil , flaca y corrompida , á pesar de la extensión de la Monarquía , de su fuerza numérica y del orden exterior de su gobierno. Además, la teocracia, de hecho más que de derecho, que la dominó durante el reinado de Príncipes que se postraban llorando á los pies de los Obispos para que los absolviesen de sus usurpaciones , había absorbido la virilidad guerrera y la energía política de las clases elevadas ; y era de tal manera celosa de su poder y decidida en conservarlo, que cuando alg'uno trataba de arrancar de su mano la dirección de los negocios civiles y aplicar- les una voluntad independiente, no faltaba un Sisenando que se sublevase contra el audaz , ó un Ervigio que hallase medio de ha- cer vestir á su predecesor el sayal de la penitencia (1) (2).

Las discordias, conspiraciones, levantamientos, proscripciones en masa, cortejo indispensable de las monarquías electivas, rela- jando los lazos de la obediencia tradicional á una familia , excita- ban de un lado la ambición y de otro la suspicacia , pidiéndose au- xilio para satisfacerlas á los enemigos de la patria. Los hijos de

Egica, en que acusa á los hebreos de conspirar contra la seguridad del Estado. Merece leerse la exposición elevada por ellos á Recesvinto protestando de su adhesión y enmienda, que es la ley 16 del mismo libro y título.

(1) Muchos escritores han asentado como cosa indudable que el poder le- gislativo residía en los Concilios. Esto no es exacto, y la prueba la tenemos en que Chindasvinto y Wamba dieron muchas é importantes leyes, que no se hi- cieron en los Concihos VII y XI celebrados en su tiempo , cuyas actas solo contienen disposiciones eclesiásticas. No hay duda de que las que llevan los nombres de Recaredo, Sisenando, Recesvinto, Ervigio y Egica se confeccio- naron por el alto clero en las famosas Juntas de Toledo , pero no por derecho propio, sino por encargo y deferencia de los Monarcas. Así fu.é como el Con- cilio XVI obtuvo la comisión del Rey Egica para reunir y enmendar las leyes dadas desde Chindasvinto hasta Wamba.

(2) Los Padres refieren así la entrada del Rey Sisenando en el Concilo IV. "Dejóse caer en tierra humildemente ante nosotros Obispos de Dios, y rogó- nos y pidiónos con muchas lágrimas y suspiros " Sisenando venia h pedir

la absolución, y la consigtdó, por haberse levantado contra Suin tila y usurpa- do su trono. Lo más curioso es que en el mismo Concilio se dio un canon de excomunión , ley también del Fuero Juzgo, contra los que hiciesen armas para destronar al Monarca legítimo.

La superchería , por medio de la cual se condenó á Wamba, es de todos co- nocida, así como la parte que, según los más vehementes indicios, tuvo en ella su sucesor Ervigio,


Y SUS MODIFICACÍONES EN ESPAÑA. 611

Witiza, llamando á los árabes y abriéndoles la puerta de España en odio á Rodrigo , no hicieron más que imitar ejemplos como el de Sisenando, que pasó el Pirineo con los francos para destro- nar á Suintila. Todas las corrupciones se daban la mano apoyán- dose mutuamente , porque allí como donde quiera que el fanatismo ahoga entre vanas formas el verdadero espíritu religioso , la hi- pocresía y el vicio caminan de concierto para buscar y encontrar sutiles acomodamientos de conciencia. Jura Egica proteger los in- tereses de la familia de Ervigio , y muerto este se le dispensa de la promesa y se le permite vengar á su hermano (1). Preséntase un prelado acusándose de graves pecados , y se le quita la administra- ción de la diócesis, conservándole el honor de su dignidad; pero otro por cuestiones meramente políticas es despojado del honor y de la dignidad á un tiempo. No negaremos que los concilios españo- les de la época que analizamos se esmeran en purificar las cos- tumbres y en castigar los excesos de los clérigos. Pero esta conti- nuada y repetida censura , esta insistencia cuya ineficacia se con- fiesa paladinamente á veces, ¿qué prueba en definitiva"? Que el mal estaba profundamente arraigado á causa de las ingerencias del orden eclesiástico en los negocios profanos, del predominio que habia adquirido , de las ideas que fomentaba. Cuando se hace de la propiedad territorial una pasión, y del derecho de con- servarla perpetuamente un privilegio ; cuando se explota la servi- dumbre en grande escala sin reservarse nunca la noble preroga- tivade la libertad; cuando se vive en medio de intrigas palaciegas y de complacencias cortesanas , se debe predicar infructuosamente la humildad, la pobreza y la continencia. Hé aquí una de las razones, sin desconocer la fundamental que es la rudeza é ignorancia de los tiempos , porque á pesar de las prescripciones conciliares , muchos individuos del clero gótico se manchaban con la impureza de las mujeres propias y de las concubinas ; otros compraban los benefi- cios con dinero ; quién se permitía el lujo de las comitivas nu- merosas, de perros y halcones de caza; quién consultaba á los agoreros, decía misa después de comer ó la aplicaba á los vivos para llamar sobre ellos la muerte; quién por fin, agobiaba á sus inferio-


(1) Para formarse una idea de la laxitud que habia en estos asuntos, com- párese el discurso regio del Concilio XV, con el capítulo JDe muniticne prolis regis del XIII,


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res jerárquicos con exacciones simoniacas y con tareas y gabelas propias de esclavos (Ij.

Bajando á los últimos peldaños de la escala, no hemos de trope- zar con virtudes que faltan en los primeros , y que serian por tanto inexplicables. Hemos dicho arriba lo bastante para que se com- prenda el envilecimiento , la deg-radacion y la cobardía á que ha- blan llegado los descendientes de Eurico y Leovigildo. Después del fugaz resplandor del reinado de Wamba, el espíritu público decae, el antiguo valor desaparece , las injusticias desatan los lazos de la obediencia y del respeto , la preocupación enerva la energía de los caracteres , las discordias civiles destruyen la unidad de la fuerza; y hasta los rigores de la ley, rebajando la dignidad de los nobles, ingenuos y tributarios, contribuyen á aumentar y deprimir aquella turba de pier vos , de libertos, de viles y de judíos, para quienes la nación no es una madre querida, sino una rigorosa madrastra; turba á la que se dirige una palabra sin sentido cuando se la convoca á defender la patria. La patria no es un nombre vano : la patria la crean la religión, la familia, la propiedad, la libertad, el hogar doméstico, los intereses legítimos, aguijón del trabajo , los senti- mientos de la naturaleza , consuelo inefable del alma. Donde nada de esto existe , no hay patria ; no hay más que el sitio material en que se padece , y que anhelamos quitar de delante de los ojos como un instrumento de martirio. Pues bien: la mayoría de la nación española en las postrimerías de la dominación gótica no tenia patria, porque para los siervos, los judíos y los degradados por la ley carecía de todo lo que la constituye y la sublima. El siervo no tiene familia estable en que vivir, pues le separa de ella una venta , una permuta , un capricho ; no tiene propiedad , aun- que riega diariamene la ajena con el sudor de su frente ; no tiene personalidad , aun cuando le ultrajen ; y si es mutilado ó muerto, un extraño, y no sus hijos, recibe el precio de su sangre. Liberto ya, si pertenece á la Iglesia, su dependencia no concluye jamás; si pertenece á un particular, todavía le está vedado prestar testi- monio , casarse con mujer de cierto linaje y disponer libremente de su fortuna. Con los judíos la crueldad toca en los límites de la demencia : se les prohibe que crean , se les azota , se les tortura y

(1) Concilio de Braga (572), y los Cánones 4 del Concilio VII de Toledo, 3, 4 y 5 del VIH , 9 del X, 7 del XVI , y otros muchos,


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 613

se les decalva; se les obliga á comer carnes impuras y se les ar- rancan sus hijos de los brazos para bautizarlos (1). ¿Quién se atreveria á pretender que estos hombres , asi en'vilecidos á sus pro- pios ojos , conservasen un átomo de dignidad , un solo rasgo de vigor, un rayo de patriotismo? Si algo les quedaba, seria la cólera concentrada, el propósito avieso, la esperanza de vengarse. Asi no es extraño que los judíos sostuvieran relaciones con los árabes de África , ni que los esclavos hiciesen causa común con sus compa- ñeros de infortunio. La tradición, más que la historia , refiere que los vicios , los crímenes y las infamias de los postreros Reyes fue- ron tantos , que cansado el Cielo de sufrirlos , envió á los sectarios del Profeta á castigarlos; y esta tradición , como tal vaga y gené- rica , hasta que el tiempo la condensa y personifica , puede equi- vocarse al acusar personalmente á Witiza y á Rodrigo , pero dice la verdad de seguro considerándolos representantes de las mons- truosidades de su época.

Ha} para nosotros una prueba incontestable de la degradación del país por las causas que hemos apuntado , y esta prueba es la caida rápida , eléctrica de la monarquía visigoda , casi sin resis- tencia ulterior, perdida que fué la batalla de Guadalete ; triste pero elocuente repetición de un suceso idéntico acaecido tres siglos an- tes. La dominación romana y la dominación gótica terminan de igual manera en nuestra patria, arrolladas, destruidas, pulve- rizadas por un puñado de enemigos y en medio de la indiferencia, quizá de la alegría, de sus habitantes.

Aunque España no fuese en el siglo V lo que Paulo Orosio supone, no cabe duda acerca de la cuantía de su población, de sus recursos y de sus riquezas (2). Los suevos, los alanos y los vándalos eran hordas menos numerosas de lo que se figuraron, espantados de su ferocidad, los cronistas contemporáneos (1). ¿Qué resistencia se opuso á estas invasiones? El pueblo que habia con- vertido á Viriato en un héroe y á su banda en un ejército formida- ble, vio desbordarse el torrente de los bárbaros, disputarse su suelo , convertidos en escombros sus monumentos , degollados sus

(1) Iguales referencias que las de la nota 13.

(2) Paulo Orosio da á España 70.000.000 de habitantes en el primer pe- ríodo de los Emperadores. Nadie después de él lo ha creído. Los que conceden á nuestro país una población exuberante bajo la dominación romana, se fundan en estas palabras de Cicerón: nec numero hispanos, nec robore gallos,


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moradores , j nada liizo para defender su independencia , nada que levantase su abatido espirita , nada que correspondiese á su glo- riosa historia. Y asi ocurrió en las Galias, en Italia, en Bretaña, en todas partes. No era tal ó cual comarca de Europa la que su- cumbia: era el mundo romano que se derrumbaba bajo el peso de sus propias faltas.

Tres sig-los más tarde , los visigodos, vencedores antes del impe- rio, vencedores también de las tribus del Norte que les preceden, dejan abierto con una sola derrota el reino entero j sufren resig- nados el yugo de los infieles. ¿Es que el África Labia arrojado so- bre la Peninsula ejércitos de soldados tan numerosos como las are- nas de sus desiertos? Nada de eso. La conquista de España se llevó á cabo con 50.000 mahometanos; y en el desastre de Jerez déla Frontera no pelearon con Tarik más que 25.000, al decir de los escritores árabes (2). Pero dupliqué nioslos si se quiere. ¿Queda con eso satisfecha la razón y convencida de que el funesto resul- tado no entrañaba causas más hondas que las simples eventualida- des de la guerra? La ignorancia ó el fanatismo han podido atribuir la realización de ciertos sucesos á móviles pequeños y accidentales: la sana critica no se contenta con soluciones inverosímiles de pro- blemas históricos , teniendo para resolverlos , ya que no pruebas directas, inducciones lógicas y poderosas. La España visigoda cayó

me artihus grcecos m2)erahimus. Hay que tener presente sin embargo que la población libre de Italia en tiempo de Cicerón, comprendida la Galia cisal- pina, no pasaba de 8.000.000 de habitantes. Memoria de M. Dureau de la Malle, inserta entre las de la Academia francesa.

(1) Entre los buenos críticos modernos se han reducido considerable- mente las proporciones numéricas de las tribus invasoras del imperio roma- no. Se sabe, por ejemplo, que los alemanes no podian contar más que con 60.000 combatientes, con otros tantos los borgoñones, y con 40.000 los v anda los. De los demás puede decírselo mismo, exceptuando los hunos y los godos.

(2) Todos los historiadores calculan en 90.000 hombres el ejército que llevó Rodrigo á las orillas de Guadalete. Las crónicas árabes traducidas por Conde, refiriendo los lances de la batalla, dicen: "Acometiéronse con igual ánimo y saña, aunque muy desiguales en número, pueshabia cuatro cristianos por cada muslin." Antes que rechazar en absoluto esta versión es preciso tener en cuenta que las tropas de Tarik consistían en caballería la mayor parte y que hablan tenido que venir á España embarcadas. Cuando Muza llegó, trajo 10.000 ginetes y 8.000 infantes, y su hijoAbdelazis, 7.000 caballos y ba- llesteros de Berbería. Conde, Historia de la dominación de los árabes en Es- paña.


Y SUS MODIFICACIONES EN ESPAÑA. 615

como Roma , porque á pesar de su diverso oríg-en y de su diferente civilización, existia un vinculo de unión entre ambas, una insti- tución que igualmente las habia corrompido y enervado, el abuso de la injusticia social, el restringido privilegio de la libertad civil, la esclavitud en fin , que en todas las latitudes y períodos históri- cos produce los mismos amargos frutos. Díg'asenos sino qué otra comunidad de condiciones justifica un resultado tan idéntico, una coincidencia tan remarcable. Los visigodos y los romanos , parodia y dechado , horda y nación , barbarie y cultura , se confundieron como una sola inteligencia para dar vida á dos ideas fundamenta- les: el envilecimiento del trabajo y la pasión desenfrenada á la propiedad territorial, sostenida por medio de la servidumbre. Y á las dos naciones les pasó lo que á todas los que no han llevado en su seno un principio de adelanto, flexible , amplio , modificable, que lejos de dejarse sorprender y avasallar, se renueve , y en vez de aniquilar, vivifique: las dos llegaron cada cual en su línea á una altura dada , se estacionaron luego , y por último vinieron á tierra, débiles, caducas y reducidas á polvo.

La postrer agonía de la dominación gótica es vergonzosa. Cuan- do avisado Rodrigo por el Duque Teodomiro del desembarco de los sarracenos y de la gravedad de las circunstancias, convoca y llama y apremia , probablemente según la ley de Wamba , á todos los españoles de ambas razas , obispos , magnates , clérigos , nobles, vasallos , plebeyos y viles , para que acudan á salvar la indepen- dencia amenazada , ¿ qué gente reúne á su alrededor en las már- genes funestas de Guadalete? Noventa mil hombres. Y no hay otro ejército en campaña ni de reserva, y las plazas, con ligeras ex- cepciones, están desmanteladas y sin presidios, y la España de entonces comprendía los actuales límites con más Portugal y la Septimania. Noventa mil hombres, y esos vencidos por vein- ticinco mil árabes , fué todo el esfuerzo de un pueblo que había humillado el orgullo romano en una sola de sus ciudades ; de un pueblo que iba á comenzar en seguida , refrescado con el ambiente de una libertad imperfecta pero progresiva , una magnífica epo- peya de ocho siglos. ¿Qué habría sido de España si en vez de los fueros municipales que le proporcionaron la emancipación personal y arrojaron la semilla fecunda déla emancipación política, hubiera tenido que emprender la reconquista con los elementos de la so- ciedad visigoda , con la servidumbre perpetua por cimiento , con la


616 DE LA ESCLAVITUD

teocracia inmoble por remate? ¿ Cómo habria llevado á cabo obra tan larga y gig-antesca con esclavos sin esperanza , con soldados sin premio , con pobladores sin estimulo? ¿Qué destino habria reserva- do la Providencia á nuestra patria si la necesidad no hubiera creado y desenvuelto en el curso de la historia el germen de su nacionali- dad con el establecimiento de las franquicias, que brotan en la Car- ta-puebla y florecen en las comunidades de Castilla? ¡ Ah ! Entonces hubiéranse pronunciado con verdad durante muchos siglos estas frases que se nos lanzan á menudo como un insulto : el África em- pieza en los Pirineos.


Augusto Ulloa.


OBSERVACIONES SOBRE LA RIQUEZA VINÍCOLA[editar]

É INFLUENCIA

QUE EN LA MISMA Y EN LA GENERAL DE ESPAÑA

EJERCE EL ESTADO DEL TESORO PÚBLICO.


Ddlémonos con frecuencia, y desg'raciadamente con razón, del abatido estado de nuestra agricultura, y anhelando mejorarla, bus- camos en ella misma el mal que ha de corregirse , cuando princi- palmente consiste en el lamentable atraso de la industria y del co- mercio. Raíces de un tronco común , aunque robando los jugos á la tierra en distintas y aun opuestas direcciones , vano seria el intento de fecundar separadamente sus ramas , cuyo desarrollo y lozanía solo pueden obtenerse por un cultivo paralelo , común y simultá- neo. Nuestra agricultura está abatida, dicen unos: falta consumo, contestan otros. ¿Cuál de los dos males es la causa, cuál el efecto? Ni uno ni otro son causa ni efecto, sino factores del mismo proble- ma , elementos igualmente constitutivos del mismo organismo , y ninguno enferma ó se debilita sin que en análoga proporción se

TOMO II. 40


618 OBSERVACIONES

afecten los demás. Para probarlo , y para que nuestra desaliñada palabra tenga , á falta de otros atractivos , un interés práctico, sin renunciar á consideraciones generales , nos ocuparemos más con- cretamente de la producción vinícola.

Grandes esperanzas , y en nuestro sentir con razón, se fundan en esta riqueza ; mucho y bueno se ha escrito sobre el cultivo de la vid y beneficio de su caldo , y mucho más de lo que se cree han estudiado esta importante materia nuestros labradores , pues en los tiempos del periodismo es imposible no llegue á noticia de todos lo que tanto importa , ni que todos se hagan sordos á la voz de su propio interés y al de la patria. La dificultad, sin embargo, está por resolver , y aunque algo se ha adelantado y se adelantará y se resolverá al fin por la fuerza de la naturaleza misma de las cosas, pero será como siempre se resuelve en toda España , tardía y lán- guidamente , si para su pronto y feliz desenlace no concurren uni- dos el labrador, el industrial y el comerciante.

El cultivador de la viña como el del olivar es casi siempre el propietario , por esquivar la facilidad con que el colono , solo atento á su interés , podria esquilmar en el periodo del arriendo estas pre- ciosas plantas cuya salud y vida se subordinan al cuidado y esmero con que son tratadas. No es pues la clase ruda ni ignorante la que se consagra á la explotación de este importantísimo ramo , sino los propietarios, desde los más opulentos hasta los más modestos, y así, por muy rebajado é injusto concepto que se tenga de la clase más importante de la sociedad, por muy ignorantes y desidiosos que fueran nuestros terratenientes, sería absurdo creer que renunciaban á enriquecerse, si para conseguirlo bastara cultivar sus viñas. Otra dificultad , sin duda , hay superior al esfuerzo y medios del labra- dor , que como el más interesado , debemos creer se preocupa de lo que tanto le conviene , no pudiendo tampoco atribuirse á ignoran- cia , pues sobre que todos los dias excita su interés el clamoreo de la prensa , aún le habla con más elocuencia el buen éxito de al- gunas de nuestras selectas regiones vinícolas , á las que si no puede llegarse por la singularidad de sus exquisitos frutos , con solo me- jorar los comunes se aumentaría extraordinariamente su valor.

La verdad es que esta supuesta ignorancia y desidia no pasan de ser una vulgarísima preocupación , hija del miserable concepto que tenemos de nosotros mismos , pues son infinitos los propieta- rios que saben , desean y tienen medios para cultivar bien sus vi-


SOBRE LA RÍQUEZA VINÍCOLA. 619

ñas , pero muy pocos los que á pesar de estas condiciones pueden hacer buen vino , y rarísimos ó casi ning-uno los que después de vencidas las anteriores dificultades logran salvar la tercera , es de- cir , vender su buen género al precio necesario para recompensar su trabajo y resarcir los gastos.

El labrador debiera limitarse á producir buena uva , el almace- nista ó industrial á hacer buen vino , y el comerciante á buscar y desarrollar el consumo en los mercados. De estos tres indispensa- bles elementos, el que menos capital necesita sin duda es el primero, el productor , cuya propiedad y gastos de cultivo importan menos que solo dos de sus cosechas puestas con estimación en el mercado extranjero por el auxilio de la inteligencia , del capital y actividad del industrial y del comerciante. Pero todo esto quedará mucho mejor explicado refiriendo lo que acontece en los grandes centros productores de vinos finos , donde su cultivo , elaboración y comer- cio se han llevado á un grado de perfección suma.

En todos ellos la inmensa mayoría de los labradores se dedica exclusivamente al cultivo , y en la seguridad de la ventajosa ena- jenación de su fruto procuran producirlo tan esmeradamente y tan bueno como es posible , porque saben también que á su calidad ha de subordinarse el precio. Sus funciones terminan en la vendimia, ó á lo más, cuando la uva se ha convertido en mosto. Aquí ya principia el almacenista industrial , que con sus poderosos recur- sos , con su inmenso capital compra la cosecha de varios cultiva- dores , y la manipula , modifica , trasforma y mejora hasta dotarla de las condiciones necesarias , y ya este es el tercer periodo para que el comerciante pueda presentar con estimación los vinos , asi en mercados nacionales como en los extranjeros.

De este modo y por este procedimiento multiplicase una riqueza que , modesta en su origen , la tierra y la cepa , alcanza un ex- traordinario valor cuando perfeccionada llega á su término, el consumidor. Pero ¿cuánto se necesita para conseguirlo? En primer lugar la inteligencia, el trabajo, la asiduidad, el capital que representa el valor de la propiedad y los gastos de cultivo del propietario ó labrador. Después las mismas dotes personales en el industrial y otro inmenso capital para comprar los frutos de mu- chos cosecheros , pues este negocio no puede hacerse con ventaja en pequeña escala; luego el desahogo necesario para esperar, para añejar, para que la acción del tiempo aumente el valor de los vi-


620 OBSERVACIONES

nos; y entre tanto, teniendo no solo amortizada una gran fortuna, sino gastando otra en las manipulaciones y trasiegos , exigiendo todo esto inmensos y costosos edificios , fábricas de aguardientes para encabezar los vinos , singularmente los de embarque , conside- rable número de pipas , y un almacén bien repuesto de duelas. Por último , el comerciante necesita á su vez del considerable capital que supone la compra de un articulo que ya representa tanto va- lor, y el de los gastos de anticipo para fletes, acarreos, escritorio, corresponsales y comisionistas. Así , y solo asi se consigue que este precioso producto llegue á ser una verdadera riqueza, mal llamada de este modo mientras en nuestros mercados la cántara ó arroba valga cinco ó seis reales , precio medio común á que generalmente se vende en todo el reino.

¿ Qué cosechero cuenta , no en España , sino en ninguna parte del mundo , con los recursos necesarios para la explotación de una riqueza cuyo desenvolvimiento exige tan enormes capitales , tantos y tan variados trabajos , y conocimientos tan especiales y hetero- géneos? ¿Qué analogía profesional ni de costumbres existe entre el labrador, el fabricante y el comerciante? Es pues imposible, y hasta absurdo , exigir á nuestros propietarios que hagan lo que no pueden hacer, é injusto que se les acrimine de faltas de las que, sin ser responsables , son sin embargo las primeras víctimas. Luego procuraremos demostrar quién es el que tanto daño causa , único también que puede corregirlo , y entre tanto pedimos , no gracia, sino justicia , para nuestros pobres productores , á los que con gran ignorancia se achaca esta falta, cometiéndola quien se la imputa.

Todavía en corroboración de lo que hemos dicho, podemos citar otro ejemplo. Con la guerra de Crimea coincidió en el vecino Im- perio una mala cosecha. El aumento de consumo que la misma exigía , abrió las fronteras francesas á nuestros vinos con gran beneficio , singularmente de Navarra y Aragón ; mas terminada la guerra volvieron á restablecerse los derechos de aduanas ; y al gestionar nuestro Gobierno para que se redujeran , encontró á su lado , auxiliándole con igual pretensión , á los tratantes de Burdeos, lo que pareció muy raro y anómalo á los que no habían estudiado esta importante materia. La explicación sin embargo era muy sen- cilla : contando para el beneficio de sus frutos con todos los elemen- tos necesarios, los aplicaron á la mejora de los nuestros , realizando así grandes utilidades auxiliados por su floreciente comercio. Ks


SOBRE LA RIQUEZA VINÍCOLA. 621

decir , que hicieron transitoriamente , aprovechando una circuns- tancia casual , lo que para nosotros debiera ser rica y permanente mina de explotación.

Acaso este ejemplo indujo mucho más tarde á unos comerciantes, de Burdeos también , según nos han dicho , á construir de planta y montar un establecimiento en Navarra , en el sitio llamado el Carrascal , para el refinamiento de los vinos de aquellas fecundas inmediaciones ; y sobre el capital por los mismos aportado , el Cré- dito Navarro les ha ofrecido otro de bastante consideración. Aplau- dimos á la Sociedad que tan útil y patriótica aplicación ha dado á sus fondos , y agradecemos , felicitamos y deseamos la mayor pros- peridad á los que han planteado tan ventajosa industria, de la que, si florece, gran beneficio ha de reportar aquella comarca. Ni co- nocemos á estos industriales, ni tampoco sabemos si los medios con que cuentan son suficientes para un negocio que tanto capital é inteligencia exige. Si el éxito no es satisfactorio, no por eso mu- daremos de opinión achacando la falta á la especulación, sino á los especuladores. Entre tanto anhelamos que su ejemplo y buena for- tuna aliente á otros , pues sin este auxilio es vana ilusión esperar mejora alguna , y para convencernos basta considerar cómo en el dia se explota este ramo.

El propietario lo es todo , y todo lo hace mal , porque para todo es imposible que le alcance la inteligencia y el capital. Agricultor é industrial , únicamente como comerciante tiene el auxilio del ar- riero , cuya llegada al pueblo se considera como un feliz aconteci- miento. Este , con la pez de sus pellejos , único medio ó al menos el más cómodo de cargar los mulos , concluye por convertir en re- jalgar el mosto, que ya impropiamente ^e llamaba vino.

No falta sin embargo quien crea somos riquísimos , aduciendo como prueba de nuestra exuberante producción que muchas veces se arroja el vino, ó con él se amasa la mezcla para la construcción de algún edificio. Funesta riqueza, que solo se explica por la po- breza con que se fabricó el vino, sin las condiciones necesarias para poder conservarlo , ó por la carencia de local y vasos donde encer- rar la nueva cosecha. De otro modo, seguramente el más despil- farrado habria preferido esperar antes que perder por completo el fruto de su tierra , de su capital y trabajo , acaso también la única esperanza de su infeliz familia , opulenta ó al menos bien acomo- dada en otros países con igual cosecha.


622 OBSERVACIONES

Si del desarrollo de esta industria y comercio tanta utilidad habia de reportar el propietario, ¿cuánta no seria la del Estado por el aumento de esta riqueza, por su influjo sobre los consumos, y asi directa ó indirectamente sobre los demás ramos de la agricultura, de la navegación, de la ganaderia y del comercio?

No ha sido nuestro ánimo negar el atraso de la agricultura , sino disculparla , mostrando el aislamiento , abandono y contrariedades con que lucha y que sin duda no toman en cuenta los que con tanta acrimonia la censuran. Muy al contrario, por conocerla de- masiado, su situación nos alarma extraordinariamente, y con vehe- mencia damos la voz de alerta para que pronto , muy pronto , se acuda á su amparo, que harto lo há menester y harto importa para evitar un horrible cataclismo.

El tesoro de un país rico y en prosperidad puede accidentalmente estar en déficit , de la misma manera que un opulento particular puede tener apuros; pero este accidente, siempre perjudicial y funesto , es de escasa trascendencia cuando se encuentra á reta- guardia con una gran fortuna ; mas cuando el déficit presenta do- ble carácter, cuando á la vez afecta al Estado y al contribuyente, entonces su aspecto es aterrador , sus consecuencias horribles , su remedio difícil y sobre todo urgentemente ejecutivo.

Mal conocen nuestros campos y provincias los que ignoran que la inmensa mayoría de los productores viven en un gran déficit y que ó quebrantan el capital, ó lo suplen por medios reprobados, ó lo saldan condenándose y condenando á sus familias á las más duras privaciones, á la más espantosa miseria. Ciertamente que esto no lo desconocen los Gobiernos , y por ello uno tras otro con igual y sincero deseo procuran hacer economías no solo útilísimas sino ne- cesarias , pero á nuestro juicio ineficaces , si paralelamente no se obtiene el aumento de los ingresos por la mejora de las rentas, tanto más necesaria, cuanto que á la vez hay que aliviar á la pro- piedad , suprema esperanza de la patria de la enorme carga que la abruma.

Hasta ahora, á pesar de haberlo ofrecido, nada concreto ni práctico hemos dicho que sirva para corregir los males que deploramos. Vamos pues á cumplir con este deber, tanto más fácil cuanto nues- tro pensamiento se expresa con una fórmula sencilla. Matar la usura.

Matar la usura : por la significación de esta frase y por la oca- sión en que se escribe todos creerán que nos referimos á la crea-


SOBRE LA RIQUEZA VINÍCOLA, 623

cion del Banco hipotecario , y sin embargo esto sería lo que más lejos estuviera de nuestro ánimo ; á no estarlo mucho más la espe- ranza de que semejante institución alcance á curar tan horrible llaga , origen y causa de todos los conflictos económicos que nos afligen. No; la usura vive, reina, todo lo esteriliza y aniquila con relación á las grandes empresas de utilidad pública, pura y exclu- sivamente por el déficit del presupuesto.

La manía de convertir al español en una anómala y desventajosa excepción del resto de la humanidad , hace que el pais languidezca porque el interés individual ni se lanza á las empresas , ni fomenta el comercio ni la industria , y únicamente por rutina , con pereza é ignorancia sigue labrando los campos bajo el mismo atrasado sis- tema que heredó , á punto que la escasa y mortecina vitalidad que disfrutamos exclusivamente se debe al Estado , á la acción guber- namental. ¡ Ojalá fuera verdad en el caso concreto que nos ocupa! Pero ni lo es ni puede serlo , pues las inflexibles leyes de la natu- raleza rigen al español como al resto de la humanidad. El interés privado en primer término es el que mueve al hombre á emplear sus facultades y medios en beneficio propio , y por esto precisa- mente, como nada hay tan productivo , cómodo y seguro en España como la usura , de aquí que los grandes capitales distraídos de las empresas útiles se consagran á la explotación del Tesoro, que todo lo absorbe con gran lucro de los que le auxilian , pero dejando exhaustas las fuentes de la riqueza pública por carecer del caudal que debia alimentarlas.

En testimonio de esta verdad , asi como al hablar del beneficio de los vinos nos hemos permitido citar algún caso particular, ahora citaremos otro que claramente prueba los estragos del déficit con relación á la propiedad, anticipando, sin embargo, que no creemos cometer ningún género de abuso , pues el interesado ha publicado la operación objeto de estas reflexiones, y nuestro ánimo, lejos de perjudicarle, sería, si á tanto alcanzaran nuestras fuerzas, el de servirle , que harto lo merece quien luchando con tantas difi- cultades , se lanza á especulaciones útiles al país , cuando con tanta facilidad podia hacer las que solo para él lo fueran aplicando su fortuna á lo que por propia conveniencia todos la aplican.

Necesitando fondos un opulento propietario para terminar unas obras de mucha consideración y ventaja para Madrid , ha ofrecido al público una emisión de obligaciones hipotecarias. Sobre su eré-


624 OBSERVACIONES

dito personal da una hipoteca cumplidísima , acaso de doble valor que la cantidad que intenta levantar; hipoteca que está á la vista, que todos conocen , que todos pueden apreciar , añadiendo para mayor garantía la de una importante sociedad , y sin embargo á esta operación tan fácil y segura todavía ha creido que debía darle el aliciente de un rédito excesivo: ¿será por desconfianza? No, sino porque tiene que luchar con la concurrencia que le hace el Estado mismo que debiera protegerle. Es , que cuando en el mercado hay constante salida para un género á precio elevado , nadie comete la insensatez de venderlo más barato. Si asi no fuera, la misma per- sona , con las mismas garantías , en vez de solicitante , serla soli- citado, brindándosele los capitales por la mitad del interés que hoy paga. Entonces , ni de la operación de crédito necesitarla, porque apenas concluida una obra , si esto entra en sus cálculos, se le arrebatarían á doble precio del en que ahora la estima, y con el producto de unas haría otras , y así interminable y fácil- mente seguirla trabajando sin más límite que el de la demanda del servicio público á que las construcciones se dedican , límite tam- bién entonces mucho más amplio , porque reflejándose la prosperi- dad pública en todas las clases de la sociedad , aumentarla la po- blación y los precios subirían , no solo por la mayor concurrencia, sino por la mayor riqueza de cada familia como participante de la general del país.

Véase pues cómo lo que hemos dicho respecto á la producción vínico la es aplicable á todos los ramos, y así, si biense considera, lejos de inculpar á los agricultores , á los industriales y propieta- rios, debemos tener lástima de los más y admirar y pagar un tri- buto de g'ratitud á los menos , á los muy pocos que abandonando el ancho , cómodo y seguro camino de la usura , se lanzan á otro género de especulaciones tan laboriosas y difíciles por la escasez de los capitales, lo cual proviene de que el Tesoro monopoliza.

Mientras la pobreza devora nuestras campiñas , á las capitales, y muy singularmente á la de la Monarquía , afluyen inmensos cau- dales distraídos de útil empleo por el aliciente de excesivo lucro. El tipo del interés mínimo, por ser la operación más cómoda y el capital más inmediatamente realizable, lo da la Deuda pública, produciendo aún más las anticipaciones al Estado , cuyos intereses triplican el valor que en las demás naciones tiene el dinero. ¿Cómo pues ha de consagrarse á otros objetos?


SOBRE LA RIQUEZA VINÍCOLA. ' 625

El dinero es una mercancía como las demás , sin otra diferencia de las comunes sino la de pertenecer á las calificadas de primera necesidad, y concurriendo diaria y constantemente al mercado un acaparador que pagándola con exceso priva de su natural disfrute á los demás que la necesitan , es indeclinable consecuencia en un período dado la ruina del acaparador , y la de los que sufren sus efectos, que son todos los ramos de explotación á que en otro caso se consagrarían el interés y la actividad individual.

Verdaderamente espanta la cantidad , que independientemente de las dedicadas á obras de pública utilidad , ha consumido en po- cos años el Tesoro en cubrir el déficit. Si estas millaradas de millo- nes no hubieran tenido tan lucroso y fatal empleo no pudiendo permanecer inactivas y estériles para sus dueños , necesariamente para producir habrían buscado otro campo de operaciones , y del mismo modo , así como el extranjero nos niega sus capitales, ó solo mezquinamente nos los otorga si el estado de la Hacienda fuera satisfactorio , con avidez buscarían nuestra renta elevándola á un cambio extraordinario.

Entre tanto , es imposible que la propiedad tenga valor cuando su simple administración , ocupando más tiempo y siendo más en- gorrosa que las operaciones con el Tesoro , produce infinitamente menos : y si esto acontece con la tiqueza que más halaga al hom- bre, ¿qué ha de suceder á los demás ramos, de cuya prosperidad depende la de la nación y la del Estado?

Si por la usura , y exclusivamente por la usura , de cuyo elevado tipo y oscilaciones es regulador el estado del Tesoro, la agri- cultura carece de capital ; si por la misma causa no existen la in- dustria y el comercio que debieran auxiliarla; si además está abrumada de contribuciones; si todo se convierte en su daño, ¿será justa la opinión que generalmente se tiene de ella? Dése otra di- rección al interés privado , desaparezca la que hoy lo vicia distra- yéndole de útiles aplicaciones , y al muy poco tiempo desarrollada la verdadera y fecunda riqueza , sin quebranto de los contribuyen- tes el presupuesto se elevará á una suma muy superior á la que hoy solo con gran ruina se satisface , y las obras públicas recibirán gran impulso , perfección la agricultura , vuelo la industria , acti- vidad y vida el comercio , consideración , grandeza y respeto á la patria.

F. GoiCOERROTEA.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CMTO DEL CISNE,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.

XV.

MANUSCRITO DE LAURA.— FLORINDA A SU ARTURO.— APUNTES PARA

U ROMÁNTICA fflSTORIA DE SU fflSTERIOSA ALAIDE (1) Y DE ALGUNO DE SUS AMANTES.

Continuación.

«Sé muy bien que en tu org-ullo masculino eres, Arturo mió, de- »clarado enemigo de lo que llamas en francés las Bas bleus , y en »español las MarisaHclUlas , ó sean mujeres autores. No quiero »discutir contigo sobre esa preocupación, absurda como todas, y »como pocas injusta; pero presumo que, joor ser yo quien soy , y aporque en tu obsequio emprendo estos apuntes, hallaré á tus ojos »indulgencia. En todo caso , en tu mano está leerlos ó dejarlos de »la mano, cuando su estilo te parezca pueril ó enojoso. En cuanto »á su asunto debe interesarte , porque se trata de una mujer que »lia parecido en su tiempo hermosa , que por el misterio que afecta »y su color cadavérico, ó si lo prefieres, de santo de yeso, todavia »llama la atención ; y que por su coquetería de autómata ha sabido »por lo menos conmoverte (y no me lo niegues, porque mentirlas), »á ti , mi impresionable Arturo , que indudablemente desciendes de »Prometeo ó de Pigmaleon , según tu afición á las estatuas. No te x>me enfades por una broma y sigue leyendo.»

(1) Kepresentábase por entonces en Madrid la Straniera, de Bellini, cuyo argumento está tomado de la en su tiempo (1825) célebre novela de d'Arlin- court, titulada V Extrangere. Álaide es él nombre que el libretista italiai\Q dio á la protagonista.


644 MEMORIAS

»E1 21 de Febrero de 1809, á mediodía, la heroica guarnición de »Zaragoza abandonaba más que entreg-aba sus destrozados restos al «Mariscal Lannes ; y sig-uiendo á mi pobre marido , yo también me »constituia prisionera de guerra.

»Mis años se aproximaban á quince (1). Mira si soy vieja, y sobre »todo magnánima, cuando á tí, á tí á quien yo quisiera siempre pa- »recer una Hurí, te hago confesión tan dolorosa. Pero, en fin, »quince años iba á cumplir entonces, y mi juventud, cuando no »una belleza que rae atribuían mis aduladores, me valió la simpá- »tica compasión del vencedor, ó lo que es lo mismo, del Mariscal »Duque de Montebello , á la sazón hombre de unos cuarenta años, »de marcial galantería , y tan cortés y compasivo después de la »victoria, como en el combate intrépidamente fiero. Piedrafirme »padecia mucho entonces de una de sus heridas , nunca bien cer- »radas, y que al cabo originó su prematura muerte.

«Someterle al método ordinario de trasporte de los demás prisio- »nero3 hubiera sido matarle ; y yo , venciendo mi repugnancia á »los franceses , y sobreponiéndome á la timidez en mi edad natu- »ral , vi á Lannes , y sin muchas lágrimas , obtuve de él que nos «permitiera ir á Francia en un coche de colleras , bajo la palabra «del General mi esposo , y sin más escolta que un Ayudante del «Mariscal , que de salvoconducto nos sirviera.

«Autorizóseme también á elegir entre los soldados españoles pri- «sioneros uno que fuera con nosotros en calidad de asistente, y «aquí llamo tu atención, porque el interés du Román comienza á «entablarse, aunque todavía aparezca remoto.

)) Piedrafirme , joven todavía , aunque ya General, tenía consigo «en calidad de edecán , no sé si te diga á un protegido ó á un amigo «íntimo , Capitán de caballería al concluirse el sitio , en que entró «Alférez, y oficial en todos conceptos distinguido. Su edad en 1809 «no pasaba de veintidós años ; su figura era no académicamente «bella , sino elegante , flexible , seductora ; su valor sereno le con- «quistaba el aprecio del ejército ; su natural caritativo y bondadoso «el amor del pueblo ; y su aspecto , poéticamente melancólico, dá- «bale un prestigio , que solo acierto á explicarme , comparando á »D. Carlos de Guzman (que ese era y es sin duda todavía su nom-

(1) Según las contemporáneas , aquí Florinda comete una sustracción de cinco años Alo menos, en perjuicio de su fe de bautismo. Nota delEditor.


DE UN CORONEL RETIRADO. 645

»bre) con el Oswaldo que tan románticamente describe Madame »d'Stael en su deliciosa C orina.

»Hazme el favor de no salirme con celos postumos de D. Carlos; »yo estaba entonces casada, recien casada, enamorada de mi ma- »rido , que lo merecía y me lo pag-aba ; y si es posible, porque debo »ser franca contigo , que como hija de Eva que soy no me desagra- »daba la impresión que visiblemente produje en el alma apasionada »del Ayudante de Piedrafirme, supe contenerle siempre en los li- »mites del respeto más profundo , y á su tiempo , como verás , qui- »tarle tan de raiz toda esperanza de ser correspondido , que el po- »bre mozo , para curarse de su infeliz pasión , fué á precipitarse en »un abismo de que no sé yo si aún habrá salido. Pero no nos anti- »cipemos á los sucesos.

»Apenas supo mi marido que se le concedia llevar consigo un «asistente, cuando se empeiió en que trocando su uniforme por el »de simple soldado , habia de venirse con nosotros su Ayudante. No »hubo reflexión que su voluntad torciese , ni dificultad que le de- »tuviera para realizar su deseo. ¡Los maridos todos son unos en »esa parte !

Pero la sustitución que mi esposo deseaba, fué imposible de rea- lizar, por la severa vigilancia con que nuestros oficiales prisioneros eran custodiados; y como Piedrafirme se obstinó en su empeño, tuve yo, mal que me pesara en todos conceptos , que solicitar una segunda audiencia del Mariscal , y que impetrar en ella la nueva gracia de que el joven Guzman nos acompañara. Como ya te he dicho que el Danés era un hombre todavia de buena edad, y mar- cialmente galante , no extrañarás ni que mis quince años (edad en que hasta el diablo dicen que es hermoso) hallaran gracia á sus ojos , ni que , concedida mi súplica, añadiera zumbándose : — « ¡ 11 parait, Madame, que le General, votre mari, n'est pas moins brave en menage, qu'au champs de bataille!»

Aquí es preciso que te advierta que yo sabia el francés , cosa rara entonces en España, y sobre todo en mi sexo, por haber pasado unos meses antes de casarme , en un convento de la frontera fran- cesa, adonde mi futuro me hizo retirarme, mientras vencia, como venció pronto, los obstáculos que por miras ambiciosas , oponia su familia á nuestro enlace. — Respondí, pues, al Mariscal , en su pro- pio idioma:

— «¿Comment done, M. le Maréchal?


646 MEMORIAS

— »Par ce qu'il me semble que votre Aide de camp

— »¡Non pas le mien, s'il vous plait, Maréchal! — Repuse yo riéndome.

— >;Celui du General, Madame; carevient, auméme. Mais, en »fin , il me semble quil est un peu trop jeune , et peut étre aussi, »un peu trop joli garcon , pour le mettre en tiers

— »¡Maisáu contraire, Marécbal! Repliqué yo con el aturdi- miento de la inocencia.»

Lannes se echó á reir, me besó la mano en la puerta de su alo- jamiento; y yo volví al nuestro, triunfante como Embajador que habia logrado cuanto se propuso.

Fuimos en cocbe, no sin trabajos y amagos muy repetidos de volcar, hasta Canfranc , tardando tres dias en andar las 22 leguas que separan aquella villa de la ciudad de Zaragoza. Descansamos veinticuatro horas ; y al siguiente dia , mi pobre marido en unas parihuelas , y nosotros , es decir , Guzman , el Ayudante de Lannes y tu muy humilde servidora, á caballo, ó más bien á muía, em- prendimos la marcha para entrar en Francia , por el puerto de la cruz de San Port. Si tú no conoces ese santo yo tampoco, Arturo mió; pero el puerto, que así se llama, es el más llano y menos di- fícil de los pasos entre España y Francia por aquella parte. Hu- biéramos podido atravesarlo en coche , según nos dijeron nuestros guias, si fuera en verano; pero en invierno, la cosa era absoluta- mente imposible. Para la estación, nos aseguraron que teníamos muy buen tiempo; y sin embargo, nos favoreció el cielo con una ventisca de que , aun hoy, no puedo acordarme sin tiritar de frío. El Ayudante francés , que era un oficial de Estado Mayor, como de veinticinco años , buena figura y amable además , se empeñó en que habia de ponerme su capote ; y Guzman , visiblemente ce- loso del extranjero, me obligó á aceptar su manta murciana para resguardarme de la rodilla abajo.

i: Gracias á tanto cuidado, llegué bien en lo que cabía , á Urdós pueblo de Francia ; pero fué ya puesto el sol , sin embargo de que habíamos salido de Canfranc , que solo dista de aquel pueblo unas tres leguas, á poco más de las diez de la mañana.

Para mi pobre herido, la jornada fué menos dichosa; pues á pe- sar de haber tomado para su comodidad cuantas precauciones son imaginables, y de haber invertido en su trasporte mucho más di- nero del que entonces debiéramos y podíamos gastar, él llegó á


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Urdós con calentura , y tuvimos que detenernos en aquel miserable pueblo, para que se restableciera un poco, tres dias nada menos. De alli pasamos á Oloron , cabeza del Arrodissement ó partido, donde nos dejó el Ayudante de Lannes, para irse á Bayona, capi- tal de aquella división militar ó capitanía general como decimos nosotros, á poner en manos de quien la mandaba un plieg-o que, al efeclu, le habia entregado el Mariscal.

Los depósitos de los prisioneros españoles considerados como los más recalcitrantes y á la fuga dispuestos entre cuantos militares de diversos paises gemian cautivos en Francia entonces , estaban naturalmente al Norte de aquel pais, circunstancia grave y peli- grosa para un hombre en tan mal estado de salud como mi marido se encontraba. En consecuencia, Lannes habia escrito, á ruego mió, al General comandante de la división militar de Bayona que, en cuanto le fuese posible, nos evitara el viaje hasta la frontera de Alemania, y aun procurase dejarnos en Pau, pueblo pintoresco, cuya suavidad de clima, le hace en tiempo de paz ordinario refu- gio de valetudinarios ricos, ó ingleses que viene á ser lo mismo. Pero Napoleón no estaba á la sazón de humor muy benigno para con los españoles que , tan contra todo género de racionales proba- bilidades , oponían á sus armas hasta entonces invictas , una resis- tencia siempre heroicamente tenaz y alguna vez victoriosa. Sus órdenes eran, por tanto, severas en la materia, y todo lo que el General de Bayona osó hacer en obsequio del Mariscal nuestro pro- tector, y eso solo sabiendo que era uno de los favoritos del Amo, fué permitirnos permanecer en Oloron hasta recibir del Ministerio de la Guerra instrucciones terminantes sobre nuestro destino.

Lannes habia ya escrito á París sobre el asunto, según me dijo su Ayudante; y, tanto pudo su crédito, que á los ocho ó diez dias vino orden para que previa promesa de no quebrantar la cautivi- dad hecha por escrito, y bajo palabra de honor, de mi marido, por de contado, pasáramos á establecernos, sin más traba que la suje- ción á la vigilancia de las autoridades, á unas cinco leguas fran- cesas de París, en un pueblo delicioso y con baños termales, llamado Montmorency, que tú conoces según te he oido decir muchas veces. Con todo esto , del joven Carlos de Guzman , nunca se hizo en las órdenes del Gobierno francés mención nominal y expresa ; todo se entendía con el General Piedrafirme y su Ayudante, á quien por olvido ó por no darle importancia, ^sef olvidó exigir el mismo com-


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promiso que mi marido contrajo , cou harta repugnancia suya y acaso no más que por complacerme.

Establecimonos , pues , — y no te impacientes , Arturo del alma, porque no tardaremos en llegar ya á lo interesante de mi cuento, establecimonos , te digo , en ' una casita modesta de campo , muy cercana á la que fué Ermita de Juan Jacobo , y en la cual se dice que escribió buena parte de aquellas inimitables cartas de Julia y de su amante, que tantas veces hemos leido juntos. — Los baños están á muy corta distancia en el vecino término de Enghien y á orillas de su pintoresco lago, al cual Íbamos casi diariamente á pié Guzman y yo, y mi marido caballero en un asno, — suplicóte que no te escandalices — porque el jumento era y es la cabalgadura usual y casi peculiar de aquellos sitios.

Gracias á la desinteresada protección de Lannes , hablamos sal- vado el poco dinero y algunas joyas que al acabarse el sitio tenía- mos; y lo que era más importante, aun después de la muerte del bravo Mariscal en la batalla de Essling, el 22 de Mayo de 1809 sus poderosos amigos á quienes nos habla recomendado , hicieron de modo que recibiésemos alguna que otra remesa de dinero pro- cedente de los bienes que Piedrafirme poseía en Aragón. Con eso, y las pensiones más que módicas , que como prisioneros de guerra recibían mi marido y su Ayudante , Íbamos viviendo con severa economía, pero decentemente. Los franceses son hospitalarios y un tanto románticos ; nuestra posición interesaba por su desdicha mis- ma ; fuera de las regiones oficiales , la resistencia de los españo- les al yugo extranjero, era popular hasta cierto punto; y en suma, Arturo, no quedó persona decente en las inmediaciones que no nos visitara y que no quisiera obsequiarnos. La mala salud de Piedrafirme , nos impidió á él y á mi aceptar la mayor parte de los convites; y Guzman no aceptó jamás ninguno, solicito con su General y amigo , como un hijo con su padre, justo es con- fesarlo ; y conmigo unas veces con exceso rendido y otras hasta la grosería esquivo, conoclasele que luchaba entre el amor que á mis pies le impelía y la conciencia que de su mal proceder le acusaba. Creo, sin embargo, que si á mi me hallara á sus votos propicia, pronto hubiera el amor triunfado de su conciencia. — Dábame lás- tima el pobre mozo; queríale bien, porque aparte su atrevimiento en amarme , en todo lo demás era digno de estimación y afecto ; y te aseguro que hice cuanto estuvo de mi parte para evitar un


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rompimiento. — ¡Cuántas veces he recordado la profecía de Lannes en Zarag-oza! — Carlos era, en efecto, demasiado joven para co- mensal perpetuo en un mena ge como el nuestro.

Sin embargo , mientras estábamos los tres solos y juntos , las cosas iban bien. Guzman y mi marido , leian, jugaban al ajedrez, ó hacian castillos en el aire respecto ásu futura suerte. Yo borda- ba ó cosia unas veces ; otras tocaba el piano ó cantaba ; y siempre encontraba un auditorio sumiso y entusiasta en aquellos dos hom- bres, á mí, por entonces, exclusivameete consagrados. — Pero en faltando Piedrafirme , su Ayudante , como temeroso de sí mismo, se encapotaba, por decirlo así, en una afectada taciturnidad; mi- rábame , suspiraba , prorumpia en algún despropósito , ó volvíame la espalda sin ceremonia.

Conociendo la causa de tales extravagancias no me era difícil perdonárselas, mientras no pasaban ante testigos ; pero lo peor del cuento era, que el señor mío, celoso como un turco, aunque sin derecho alguno á serlo de mí , ó al menos á manifestarlo , no pu- diendo sufrir que ningún hombre se me acercase , apenas veía á alguno de los franceses que nos visitaban darme la menor señal de galantería , cuando fruncía el ceño , y en lo destemplado de su acento , como en lo provocativo de sus maneras con el imaginario rival , no solamente revelaba su propia pasión , sino que daba lugar á presumir que yo de algún modo la autorizaba.

En más de una ocasión le reconvine agriamente por tal proceder; siempre me contestó que yo era muy joven, muy bonita, muy in- dulgente con la galantería ( es decir : muy coqueta , á la cuenta ) ; y que estando su amigo y jefe enfermo y ausente , él no podía to- lerar que en su presencia pasara cosa que ni remotamente redun- dara en menoscabo de su fama.

Tan joven era yo en efecto , y tan cuitada , que llegué á some- terme, tácitamente al menos, á aquella especie de tutela; y el se- ñor D. Carlos tuvo pronto el gusto de que nadie se atreviera, y mucho menos en su presencia que en la de mi marido, á dirigirme ni una sola galantería.

La verdad es , Arturo mío , que como nunca he sido coqueta, aunque sí amante como tú lo sabes demasiado , no era grande el sacrificio que hacia por amor á la paz doméstica , y sobre todo por evitar á Piedrafirme el grandísimo disgusto que hubiera tenido si llegara á sospechar lo que con su Ayudante favorito pasaba.

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Así las cosas, va á presentarse en la escena tu Bella Estatua-, que ya es tiempo de que así sea, si no quiero exponerme á que pier- das la paciencia y arrojes de tí este manuscrito , viendo que en él casi exclusivamente de mí te hablo.

Poco más de un año llevábamos de residencia en Montmorency, cuando ya entrada la Primavera de 1810, en uno de nuestros fre- cuentes paseos á Enghien tuvimos el encuentro que voy á re- ferirte.

Eran las doce del dia : Piedrafirme , después de bañarse en el establecimiento termal , quiso que almorzásemos orillas del lago que siempre contemplaba con deleite ; y en efecto , en el embarca- dero mismo hicimos que nos sirviesen de una fonda inmediata.

Mi marido , melancólico según de costumbre , pero procurando ocultarme su verdadero estado ; Guzman tiernamente cortés con- migo , y yo con él tan de sobra indulgente , como con mi esposo de veras amante , gozábamos con delicia de la suave temperatura y perfumado ambiente de aquella mañana. Los árboles nos daban sombra con sus frondosas ramas ; música los paj arillos con sus me- lodiosos trinos ; el aura embalsamada acariciábanos blandamente, y á nuestros ojos ofrecía el frontero lago una perspectiva de esas que en las Mil y una nocJies soñaron los poetas árabes. — ¿Qué tie- ne el agua, Arturo mío? ¿Qué hechizo hay en ella para que su uniformidad, realmente monótona, nos atraiga y cautive tan po- derosa y poéticamente ? Yo no sé cómo explicarlo ; pero es verdad que siento siempre que en el mar inquieto ó en el lag'o inmóvil, en el rio caudaloso ó en el arroyo murmurador , en la atronadora catarata ó en el modesto manantial la contemplo, una emoción tan grata , si bien melancólica , que nunca terreno espectáculo la produce igual en mi alma.

Pero vuelvo á mi cuento.

Surcaban las pacíficas aguas del lago de Enghien á nuestra vis- ta como media docena de navecillas á remo , y con latinas velas en miniatura otras, y seguían nuestros ojos sus movimientos con in- fantil curiosidad , cuando una de aquellas embarcaciones en que iban solas dos mujeres con un remero , puso la proa al muelle , á cuya inmediación estábamos nosotros almorzando.

No sé si lo habrás observado , pero es cierto que las mujeres so- mos siempre más curiosas respecto al sexo á que pertenecemos que al vuestro , mal que á la vanidad masculina le pese. Así, mientras


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Piedrafirme y Guzman apenas mostraron que advertían la aproxi- mación de la barquilla á que en último lugar he aludido ; yo , va- liéndome de los anteojos de teatro , que siempre llevaba conmigo en tales expediciones, escudriñaba atentamente el barco y las per- sonas que en él iban. Eran, como te he Tlicho dos mujeres: la una, al parecer, de treinta años para arriba , ni fea ni bonita , pero de plácido semblante y aire distinguido ; la otra , una joven , de mi edad poco más ó menos (1), esbelta , elegante , y de bello ros- tro, aunque un tanto duro y de clásico porte pretenciosamente afectado. La de más edad iba recostada en la popa del barco ; la más joven , de pié , cruzados los brazos sobre el pecho y mirando al cielo como pudiera Cristóbal Colon en su primera expedición en busca del ignorado Nuevo-Mundo. El remero , probablemente due- ño de la barquilla , ejercía su oficio con la negligente indiferencia y apático celo propios del hombre que de su trabajo material vive exclusivamente , y que solo para no morirse de hambre trabaja.

En tanto la barca íbase rápidamente acercando al muelle. Pie- drafirme y Guzman mirábanla indiferentes ; y yo , mi curiosidad ya satisfecha, apartaba de ella los ojos, cuando, súbito, un golpe en seco de leño contra leño , un agudo lamento en el lago , y una exclamación de espanto á mi lado , hiciéronme estremecer y fijar de nuevo la vista en el punto de donde de apartarla acababa.

La barca , por el remero imprudentemente de sobra impelida, habia chocado con violencia contra las tablas del muelle , y la jo- ven que en ella iba de pié , perdiendo el equilibrio , caido por ende al lago.

Verlo , y arrojarse al agua tal como estaba , faé todo uno para Guzman , que instantes después saltaba á tierra , trayendo en sus brazos á la náufraga hermosura, más asustada que en realidad con daño alguno. Nada más natural , supuesto el romántico carác- ter de Carlos , que lo en aquel momento acontecido ; pero lo que no me lo pareció , ni podia parecérmelo tanto entonces , fué oir exclamar al ayudante de mi marido, apenas hubo mirado con atención á la mujer cuya vida salvó. — «¡Cecilia!» — Y á ella, destilando como las náyades el agua por ropa y cabello , responder en no menos novelesco acento : — « ¡ Carlos ! »

(1) Es decir, de la misma edad que Laura supone tenia en 1810, ó sea de cinco años menos : de donde resulta que la joven de que se trata contaría en- tonces unos diez y seis poco más ó menos. ( N. del editor.)


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En esos dos nombres simultánea y apasionadamente , no se diga pronunciados, sollozados, habia toda la exposición de un drama romántico en que se me destinaba un papel , en si no muy airoso, pero que yo hubiera tal vez aceptado , si entrambos protagonistas no se obstinaran , como lo*hicieron , en llevar las cosas más que al exceso.

Por el momento te confieso que solo pensé en socorrer á la acuitada doncella ; y que de mis atenciones con ella en aquel lance, resultó entablar relaciones de amistad , demasiado íntimas desde luego.

Cecilia Pimentel de Águilar era, y es, hija única, entonces he- redera , hoy ya heredada , del Conde de Roca-Umbria , Grande de España que afrancesó y que ha muerto emigrado en Inglaterra. Educóse en las Salesas, juntamente , entre otras señoritas de su clase , con tu grande amiga Carmen , la Duquesa de Calanda , y salió del convento al mismo tiempo que ella.

D. Carlos de Guzman, que está emparentado con la mayor parte de la Grandeza , aunque nunca habla de ello , era entonces Dis- tinguido en la Brigada Real de Carabineros, cuerpo de Casa Real, de que es ordinariamente Coronel un Infante de España , y en el cual, por excepción, no hay cadetes. Tu Brigadier, en aquel tiem- po recien salido del colegio , ó Alférez moderno , si quieres , era amigo intimo de Guzman , y fué desde el primer dia confidente de los amores que entablaron el último y la hija de Roca-Umbría en la casa paterna de Carmen , hija también de un Grande y amiga intima de Cecilia.

Pero el diablo , que todo lo enreda , hizo que el favorito de la época viese y galantease á tu bella estatua; y que la tal niña, precoz en todo , no se mostrase tan esquiva , que no diera lugar á que el consabido Príncipe concibiera esperanzas , y tratase de rea- lizarlas, terciando un criado y una doncella déla colegiala. Súpolo el padre , que era un hombre de hierro ; castigó cruelmente á los criados , y encerró de nuevo á su hija en el convento.

Guzman , sin embargo , hubo de acometer alguna desesperada tentativa , para penetrar en el encierro de su amada ; y en conse- cuencia , y á ruego de buenos , fué enviado de Alférez á un regi- miento de caballería que estaba de guarnición en Zaragoza , coho- nestándose asi su destierro de la Corte, pero no subsanándose el perjuicio que le seguía, de salir de la brigada real, cuerpo en que su inmediato y ya próximo ascenso, hubiera sido á teniente.


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A poco sobrevinieron los sucesos del Dos de Mayo , y el alza- miento universal de las provincias; y Guzman hubo de olvidar sus primeros amores, que como todos los primeros, digan lo que quieran los poetas , debian de ser más bien caprichosa veleidad de niño , que sentimiento profundo de un corazón ya formado.

El Conde , á quien los franceses sacaron de un calabozo de la Inquisición , y que tomó partido con ellos , como he dicho , figuraba en 1810 en la alta servidumbre del Rey intruso; y no sabiendo qué hacerse con su hija , que era patriota , y habia tomado en serio sus relaciones con Carlos, confiósela á cierta Madame de Saint- Sernin , mujer de un noble de los que al Imperio se hablan rallié, y que servia entonces en el ejército invasor con el grado de Gene- ral de división.

Madame de Saint-Sernin , era una señora de buena presencia, educación esmerada, y bondadoso carácter, que viéndose sin hijos, ni esperanza ya de tenerlos , aceptó como un singular favor el encargo, para cualquiera otra mujer penoso, de servir de chape- ron á una muchacha española , de ánimo varonil , caprichosa fan- tasía, y voluntad nunca domada.

La fortuna ó el diablo , que de la Providencia no quiero ni supo- nerlo, nos trajeron á la dama francesa y á su pupila, al lago de Enghien , solo para turbar la paz en que vivíamos ; amargar los últimos instantes de mi pobre marido; hacer á Carlos para siempre desdichado; y á mí blanco de infames calumnias, que aun hoy encuentran eco en algunos oidos, si bien tan preocupados como los de tu Duquesa.

Voy á explicarte , Arturo mío , ya que he comenzado esta triste historia, cómo y en qué forma llegaron las cosas al punto que anunciado dejo.

Guzman y Cecilia , en un principio, solo confesaron que se habían en Madrid conocido , ocultando sus relaciones amorosas. Yo , en- contrándome con una compatriota de mi edad, graciosa y de talento , y al parecer sencilla y franca , préndeme de ella , y la hice mi íntima amiga. Piedrafirme gustaba también mucho de Cecilia, y más, sin perjuicio mió, de Madame de Saint-Sernin, que le hacia la partida al ajedrez y al chaquete , y le leía los periódicos, reemplazando al Ayudante , y este disimulando su verdadero pro- pósito , compartía equitativamente , á su juicio , sus galantes aten- ciones entre Cecilia y yo.


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¿Por qué, no amando yo á Carlos, sino por el contrario, inco- modándome que me amase , me desazonó , sin embargo , que , yo presente , se mostrase con otra igualmente asiduo y rendido , que conmigo sola lo liabia sido hasta entonces?

Es que las mujeres consideramos al amador, desdeñado y todo, pero perseverante, como una propiedad nuestra en virtud del derecho de conquista; y que, importándonos poco ó nada de él, mientras á su gratuita esclavitud se somete, en el momento en que se nos figura que intenta quebrantar la cadena, sentimonos en lo más vivo de nuestro orgullo lastimadas.

Si en eso hay culpa , yo te confieso , amado de mi corazón , que la cometi entonces. No puedo decir que tuve celos, porque los celos suponen amor , y yo nunca se lo tuve á Guzman , nunca se lo he tenido más que á dos hombres : á mi marido y á tí , mi Ar- turo ; ó por mejor decir , á tí solo , pues á mi esposo el deber me ligaba, y á tí el corazón únicamente.

Sea como quiera, te confieso que vi con enfado que Carlos es- tuviese tan galante con Cecilia ; y que al cabo de poco tiempo, tuve la imprudencia.... ¡Cuan cara la he pagado! — de manifestárselo á él mismo.

Sería este escrito interminable y para mí de sobra humillante, si hubiera de referirte con todos sus detalles , lo que pasó entonces entre nosotros.

Baste decir que Guzman , se creyó no como quiera amado, sino solicitado por mí ; que Cecilia, ciegamente de él enamorada, tardó poco en sentir á su vez la venenosa mordedura de los celos ; y que yo, fiel en realidad á mis deberes , me encontré , sin embargo, en la dolorosa y humillante posición misma que si fuera una mala esposa , y por añadidura por mi supuesto amante desairada.

Piedrafirme , á pesar de su confianza sin límites en mí , y de su naturaleza á todo mal pensamiento refractaria, no pudo menos de advertir mi mal humor continuo, el embarazo de su Ayudante en sus relaciones conmigo, y sobre todo las imprudentes excentrici- dades con que Cecilia desahogaba su furor celoso.

Así pasamos algunas semanas padeciendo cada cual en silencio su respectivo suplicio, recelosos unos de otros ; detestándonos en el fondo de nuestros corazones , pero buscándonos siempre ; y con el disimulo y el silencio mismos fomentando y robusteciendo el odio recíproco.


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Tal situación no podia prolongarse por mucho tiempo; la mina estaba cargada ; solo faltaba para que hiciera explosión una chispa incendiaria ; y al cabo esa funesta cüispa brotó del conflicto entre nuestras malas pasiones.

Una tarde, ya á fines de Julio, después de haber comido juntos en nuestra casa de Montmorency, mi marido, Guzman , Madame de Saint-Sernin , Cecilia y yo: Piedrafirme que, durante la mesa, nos habia echado más de una clara indirecta , sobre nuestra para él incomprensible conducta, sintióse desazonado, ó pretextó que lo estaba , para retirarse á su aposento, y dejarnos á los demás en el saloncito en que el café tomábamos.

Recuerdo toda la conversación , como si fuera de hace tres dias, y voy á procurar referírtela , en los propios términos en que tuvo lugar entre nosotros.

— ¡ Querida ! — Me dijo la dama francesa , en su tono más suave y más persuasivo acento. — Paréceme que el General no está bueno, ni contento tampoco.

— ¡Oh! (repliqué yo con distracción) Bueno no lo está nunca, el pobre.

— Pero contento (insistió la francesa), solia estarlo, cuando yo tuve el honor de conocerlo.

— ¿Eso cree V? (volví yo á decir).

— Y eso ve todo el mundo (interpuso casi con ira Cecilia). Eso ve todo el mundo; y eso nada tiene de extraño!

— ¿Por qué, niña? (pregunté sin duda altaneramente).

— Porque no hay marido (contestó con violencia la inteiipelada); porque no hay marido, aunque sea de estuco, que sufra

— ¡Cecilia! ¡Cecilia!! (exclamó entonces Guzman, con terror verdadero).

— ¡Pero hija mia! ¿Qué significa esto? (dijo á su vez, atónita, Madame de Saint-Sernin).

Yo, por la cólera y el asombro, verdaderamente petrificada, mi- raba de hito á la insolente criatura, sin acertar, no obstante, á pro- ferir una sola sílaba.

Ella, palideciendo (porque entonces todavía gozaba del color na- tural); pero sin turbarse , dijo en voz alta y duramente acentuada:

— «Significa lo que digo, que es menester que esto se acabe de una vez y para siempre. Que es preciso que esta señora sepa, que este hombre (señalando con increíble descaro á Carlos) , que este


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hombre no la ama ; que este hombre no puede amarla ; que este hombre ama á otra mujer, y que esa mujer soy yo. De ese modo cesará tal vez de perseguirle ; y entonces recobrará el General su tranquilidad de espiritu.»

Si, como las palabras que he escrito, hubiera querido Cecilia pronunciar un discurso de dos horas , y centuplicar en cada uno de sus periodos , las horribles injurias que contra mi has leido, es se- guro que ni yo, ni otro alguno de los circunstantes la interrum- piera. ¡Tal era nuestro espanto, de tal manera nos sobrecogió á to- dos aquella explosión de furibunda cólera!

La pobre Madame de Saint-Sernin, cubriéndose el rostro con las manos , sollozaba silenciosamente ; Guzman de pié , inmóvil como una estatua , respirando con la dificultad misma que si los prime- ros síntomas de la asfixia le añigieran , mirábamos á una y á otra

como quien súbito perdió la conciencia de su propio ser; y yo

yo, Arturo mió, renuncio á pintarte mi estado de estupor colérico. y de iracunda atonia.

Mi marido estaba pared por medio de nosotros ; tú que conoces las casas francesas sabes en cuan reducido espacio se condensan, por decirlo asi , sus habitaciones todas; y sabes también que es casi imposible hablar en ninguna de ellas con alguna animación , sin que todo en las inmediatas se oiga. Comprenderás, por tanto, como merced á un esfuerzo supremo, conseguí dominarme lo bastante para decir , al cabo de algunos instantes de angustioso silencio :

— ¡ Cecilia , tú estás loca ; y yo lo sería más si tomase en serio tus insultos! ¡ Pero basta ! Ni una palabra más, ó no respondo de mí.

— Laura, me contestó ella con amarga ironía, agradezco tu magnanimidad , pero sin aceptarla.

— ¡ Por Dios Cecilia ! (interpuso Guzman) conténgase V. y yo la ofrezco

— Ya he dicho ( insistió la terca criatura ) que mi paciencia está agotada , y que es preciso que esta señora sepa la verdad toda.

— ¡Cecilia! ¡Cecilia, vas á perderte! (interrumpió con ansia Carlos).

— ¿Por qué perderme? Nos amamos desde que nos vimos: éra- mos libres : hemos encontrado un sacerdote que en secreto nos una? y somos esposos legítimos ante Dios.

Vea V. , señora, si puedo yo consentir que delante mis ojos per- siga V. impudente con su criminal pasión á mi marido.


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Iba yo á responder á tan infame calumnia con la ira y el des- precio de que era digna, cuando abriéndose inopinadamente la puerta del saloncito , vi con asombro y terror aparecerse á mi ma- rido, al general Piedrafirme, livido como un cadáver, desencajado el semblante, fija la mirada y trémulo basta el punto de tener que apoyarse en el quicio de la misma puerta , para mantenerse en pié derecho.

— ¡ Mi General! exclamó Guzman saliéndole al encuentro.

— ¡Piedrafirme! (exclamé yo dejándome caer desplomada sobre el sofá.)

Cecilia y la francesa no desplegaron los labios.

Mi marido , apartando de si á su Ayudante , pero con más dolor que ira , mirónos á todos sucesivamente ; recogióse un instante , y dijo al cabo :

— Guzman , V. no puede permanecer un instante más en mi casa y compañia.

— Mi General, contestó Carlos, juro á V. por mi honor que he respetado el suyo.

— Ni necesito, ni pido satisfacciones, Carlos. Crei que V. me cerrarla los ojos. ¡Dios no lo quiere! ¡Que su voluntad se cumpla! Es preciso que nos separemos hoy ; y para siempre; y asi será.

— V. , Señora (prosiguió dirigiéndose á Cecilia), no juzgue tan ligeramente de las demás mujeres , si no quiere ser á su vez cruel- mente mal juzgada.

— ¡Yo, General empezó á decir Cecilia: pero mi marido

atajándole la frase, prosiguió asi:

— Las apariencias engañan , señora ; y los celos , ni apariencias necesitan para engañarse. Yo tengo confianza en mi mujer ; sé que V. ha visto mal ; y sin embargo, eso me obliga á separarme de mi único amigo. Juzgue V. qué seria, si participase de sus injustas sospechas.

General — exclamó entonces la francesa, recobrando á medias su serenidad: — V. es un ángel , un modelo de caballeros : pero esta conversación peligrosa cortémosla, si á V. le parece. Vamonos Ce- cilia, acompáñenos V. Sr. de Guzman. — Mi querido General, des- pidámonos hasta mejores dias.»

Madama de Saint-Sernin , poniendo efectivamente por obra su cuerda resolución , salió apenas pronunciadas sus últimas palabras, estrechando la mano á mi marido , y haciéndome á mí de lejos.


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una ceremoniosa cortesía. Carlos y Cecilia la siguieron en silencio, y mi marido y yo quedémonos á solas.

Piedrafirme , sin variar de postura, aguardó el tiempo que hubo de parecerle bastante á que salieran de casa los que no hablan de volver á pisarla nunca ; y cuando creyó que así se habia verificado, díjome con inefable dulzura y profundísima melancolía :

— «Laura , si has cometido alguna imprudencia , esta noche la castigaré con severidad de sobra. Nada me digas; para entrambos sería tan doloroso como inútil entrar ahora en explicaciones. ¡ Ya he perdido en Guzman un amigo, casi un hijo ! — No quiero poner en tela de juicio el único amor de mi corazón, y mi honra al mis- mo tiempo. — No volvamos jamás á hablar de lo que acaba de ocurrir. Te lo pido; te lo exijo, si es necesario. Poco puede durarte el suplicio del silencio , si es que te pesa ; porque mi fin , que esta- ba ya cercano, siento que va á precipitarse Déjame creer en

tí los pocos días qne me quedan de vida. — Hasta mañana, Laura; y ni una sola palabra, ni una sola, sobre este desdichado lance;»

Diciendo así, retiróse á su cuarto, y yo permanecí inmóvil, como idiota casi , en el mismo sitio que estaba , hasta que ya cerca del amanecer vino á buscarme la criada, creyendo que me habría puesto enferma.

Y lo estaba realmente con una fiebre abrasadora , que me duró y retuvo en cama tres días.

Piedrafirme , olvidando sus propios padecimientos físicos y mo- rales , me asistió con el cariño y solicitud de siempre ; y ni enton- ces , ni nunca más tarde , volvimos á hacer alusión siquiera á la deplorable escena que te he referido.

Y aquí , Arturo mió , suspendo por hoy este cuento , que casi casi me pesa haber emprendido.

Pero ya está hecho: la suite au procMin courrier.

Tu Florinda.


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XVI.

LLEGADA Á MADRID.— LA TAPADA.— UNAS CALABAZAS QUE

DIO MI MADRE.— ÚLTIMO AVISO ANÓiNEVIO. (Madrid 8 de Octubre do 1830.)

¿Es una horrible pesadilla lo que estoy, hace quince dias, pade- ciendo ; ó verdaderamente la lealtad y el amor son, en el mundo, palabras vacias de sentido ?

i Ah! Por desdicha no puedo hacerme ilusión de ningún género: verdad , verdad palmaria , verdad que me anonada , es la infame traición de que soy victima.

La que supuse y adoré ángel , se me ha revelado en su verdade- ra diabólica forma; y, sin embargo, mi débil corazón no acierta á olvidar aquella fantástica pero hechicera sombra de que fué idóla- tra. Aquella Laura por quien yo deliraba ; aquella Laura en quien parecía que el amor habia abdicado todos sus encantos ; aquella Laura , tiernamente apasionada unas veces , hechiceramente coque- ta otras; con la risa en los labios seductora, y con las lágrimas en los ojos irresistible : ¿cabe que sea la Laura de hoy, infiel por sis- tema, incrédula por naturaleza, cínica, en su corrupción, por es- cepticismo y costumbre?

¡Mal haya, amen, el hombre que en amor de mujer se fia!!! ¡Mal haya, mil veces, el estúpido mortal que las considera más que como instrumentos de efímeros placeres, y que á sus malas artes no se anticipa !

No en balde , no sin razón ha dicho Lamartine :

"¡Heureux celui qui fuit, pendant que l'erreur dure!»

¡ Ah , Laura , Laura ! Tu iniquidad me hiere cruelmente ; pero á ella deberé, en lo sucesivo, la negativa felicidad peculiar á los cora- zones insensibles. ¿A quién he de. creer ya? ¿En quién podré con- fiar, si tú me has engañado?

Voy, sin embargo de mi dolor inmenso, á escribir aquí la histo- ria de mi desdicha; mas para que ni el trascurso del tiempo pueda, no diré borrarla, porque eso es imposible, pero ni atenuar el más mínimo de sus detalles en mi memoria ; mas para que, si al-


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guna vez fuera tal y tanta mi necedad que pudiera inclinarme á dar crédito en alg-o á mujer ning-una , me sirvan estas páginas de seguro preservativo; que por obedecer á la costumbre que tengo, de ser yo en este Diario mi propio cronista.

El 23 del pasado ya anochecido, llegué á Madrid, ansioso de ver á la que entonces absorbía toda mi existencia , y en cuyos brazos, — ¡necio de mi! — esperaba ser amorosamente recibido.

Mientras Santiago cuidaba de que se descargara , y los guardas registrasen mi equipaje , yo , contando con febril impaciencia los minutos, estábame apoyado en el quicio de una de las puertas del despacho de la diligencia, sin curarme de los demás viajeros, ni de las muchas personas que , para recibirlos unas , y por mera cu- riosidad otras , iban y venian , y se codeaban , y estrepitosamente charlaban. Súbito, una mujer, cuidadosamente rebozada en un gran mantón , y oculto el rostro por un tupido velo , tocóme mar- cialmente en el hombro , y apenas volvi á ella la cabeza , como era natural , alargóme un papel doblado , diciéndome :

— «¡Toma, hombre tan ingrato como ciego! ¡Toma, y acaba de abrir los ojos , si es que los tienes ! »

Con la última palabra apartóse de mí rápidamente la tal mujer, cuya voz y cuyo aire me revelaron claramente que era la celosa, obstinadísima bordadora, en persona.

Después he sabido , y á su tiempo diré cómo , que , en efecto to- dos los días de llegada de la Diligencia, sin faltar uno solo en las tres semanas últimas Juliana, acudió puntual á ver si yo estaba en- tre los demás viajeros.

Confieso que , ni su aparición , ni sus palabras , me produjeron más efecto que el de hacerme reír de su obstinación ; y confieso también que , suponiendo que el papel que me entregó no sería más que una centésima edición de los anónimos que á Pamplona me había escrito , metímelo maquinalmente en el bolsillo , y no volví, por entonces , á acordarme de él ni de su autora.

Media hora después llegué á mi casita de la calle del Lobo ; y aseándome de prisa , y poniéndome el uniforme , volví á salir pre- suroso con ánimo de irme directamente , y á riesgo y ventura á casa de Laura. — Aunque poco ostensiblemente, ya la visitaba antes, y no me pareció , por consiguiente , que tuviera nada de particular que entonces lo hiciese. La verdad es que mi amante impaciencia de verla era tal , que no daba lugar á demora de ningún género.


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Quiso , empero , la fatalidad que ya sobre mi pesaba , que ape- nas hube pisado la carrera de San Jerónimo (ya muy de noche, por de contado) tropezase de manos á boca con el Capitán de mi Com- pañía , personaje con quien ya creo haber dicho que estoy, como los demás Oficiales del cuerpo, en términos muy poco amistosos. Mi ánimo era hacerme el desentendido y proseguir mi camino, como si no le hubiera visto ; pero él , que para fastidiar al prójimo tiene ojos de lince , no solo me conoció desde luego , sino que me detuvo llamándome por mi nombre y apellido, en son de darme la más afectuosa bienvenida. ¡ Dios se lo pague !

¡Hola! ¡Hola! — exclamó. — ¿Ya está V. de vuelta ? No sabia nada.

— Acabo de llegar, apenas hará una hora (le contesté mohino); y salgo de casa en este momento.

— ¿A presentarse á los Jefes, eh? Así me gusta. ¡V. siempre puntual en las cosas de servicio !

— Si señor (dije, haciendo del ladrón fiel.) A presentarme voy á los jefes.

— Pues vaya V,, que al Brigadier, por lo menos, le encontrará en casa. Está ligeramente indispuesto hace dos dias, y no sale. Con- migo tiene V. cumplido. ¡Con que, bien venido! Supongo que nos veremos en el cuartel mañana; y ya el domingo podrá V. entrar de semana. Los pobres compañeros están abrumados de servicio, i Bien venido , amigo Lescura !

— «¡Anda con dos mil demonios, cócora insoportable!» — dije yo para mi capote, viéndole partir , con su habitual sonrisa de Esfinge, siempre que en alguno de nosotros logra clavar impunemente la garra.

Pero mi plan era ya imposible de realizar ; de todo punto impo- sible. El Capitán me habia visto, y por él sabrían infaliblemente mis jefes, no solo mi llegada aquella noche, sino mi salida inme- diata á la calle, que éralo peor del cuento. Dejar, pues, de presen- tarme en el acto, era no solo faltar á un deber terminante , y cuyo cumplimiento entonces se exigía siempre perentoriamente y sin contemplaciones, sino atraerme á sabiendas una buena peluca y un merecido arresto. ¿Qué remedio? — «No son más que las nueve »de la noche (me dije). Apretando el paso, y abreviando las visi- »tas, á las diez, lo más tarde á las diez y media, habré salido del »paso y podré irme á casa de Laura.»

Dicho y hecho. — Trazándome el más breve itinerario posible,


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aunque á la verdad, demorando las visitas al Capitán general y al Gobernador hasta el siguiente dia , y comenzando las presentacio- nes á mis inmediatos superiores, en sentido inverso, fui primero á casa del tercer Jefe , á quien no encontré en ella ; después á la del segundo , que sí estaba, de tertulia con su mujer , sus hijos y tres ó cuatro personas, y que me recibió y me hizo sentar, y quería con empeño que descansara un rato. Por atención, aunque deses- perado , estúveme allí diez minutos poco más ó menos ; pero al cabo de ellos levánteme resuelto, diciendo que aún no me habia presen- tado al primer Jefe, y que me era forzoso ir á hacerlo, como el segundo no me lo dispensara.

— ¡No, no por cierto! exclamó sinceramente alarmado mi hom- bre, — ¡Si yo supiera antes que todavía no ha visto V. á nuestro señor Brigadier. . . ! Vava V. , Lescura ; vaya V. inmediatamente. . . . ¡ Cáspita ! ¡ Con el Sr. Brigadier no se juega. . .! Buenas noches.

Y él mismo me alargó el sombrero, y me abrió la puerta de su casa , no perdiéndome de vista hasta que bajé la escalera.

Las naeve y media dadas , muy dadas ; y estoy caminando hacia la puerta de Santa Bárbara. Antes de los tres cuartos para las diez, piso las escaleras del primer Jefe. — «Acaba de acostarse :» me dice el cabo de batidores, su ama de llaves. — «Pues dígale V. que he llegado esta noche misma ; que he venido inmediatamente á pre- sentarme , y que volveré por la mañana á tomar sus órdenes. ¿Su enfermedad es grave?

— ¡Hum! (me respondió el veterano) ¡grave no! Un acceso de gota, que el Brigadier llama reumatismo,

— Deseo su alivio. Hasta mañana, cabo Torcuato.

— i Vaya V. con Dios, mi Alférez!

Bendiciendo á la Fortuna que habia inspirado al Brigadier la excelente idea de acostarse tan temprano , doy media vuelta á la izquierda , y como colegial que sale de vacaciones , bajo las esca- leras saltando de dos en dos sus peldaños. Un instante después me veo en la calle, libre ya, á mi juicio, para enderezar el rumbo adonde un imán poderoso me atrae, adonde me'jor me estuviera no haber nunca llegado.

Pero , i ay de mi! apenas habia andado cincuenta pasos , oigo á mi espalda la tabacuna y áspera voz del cabo Torcuato , excla- mando á grito herido: — « ¡Mi Alférez! ¡D. Pedro! — El Sr. Briga- dier llama á V.»


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Tentaciones tuve , lo confiso , de hacerme el sueco , y proseguir mi camino , sin darle más importancia á las voces del cabo , que suelo dar al ruido del ag-ua cuando llueve y estoy bajo techado. Quizá , y aun sin quizá , á esas tentaciones hubiera cedido , y tal vez, con virtiendo en carrera el paso más que redoblado á que ya caminaba: pero Torcuato, sin suspender sus gritos, corria al mis- mo tiempo tras de mí , y tan de cerca llegué á oir el golpear en las piedras de sus macizos tacones y el cascabeleo de sus enormes espuelas , que hube de hacer alto y atenderle , por no exponerme á que algunos transeúntes , que ya curiosos nos miraban , creyesen que el tal cabo me prendía.

Habia el Brigadier oido hablar en su antesala , y preguntando quién lo hacia , y sabiendo que era yo uno de los interlocutores, mandó que me alcanzaran y me hicieran subir.

¡ Mi gozo en un pozo ! como vulgar y gráficamente se dice : mas no habiendo medio humano de evitar aquel contratiempo , forzoso me fué ponerle al mal tiempo buena cara, y entrar en la alcoba de mi jefe , agradeciéndole el favor que realmente me dispensaba al recibirme.

¡Curiosa figura estaba el bueno de D. Manuel en la cama, con un pañuelo de madras , á cuadros verdes y morados , atado á la cabeza á guisa de gorro de dormir ó mas bien de sarrateta (serre- tete) como dicen en Navarra; un gran chaquetón de paño pardo, vistiéndole el busto; el casi blanco bigote caido como el de un Tártaro ; el cigarro puro en la boca ; y el aspecto entre satisfecho y sorprendido de verme mucho antes de lo que esperaba.

Entérele , lo más concisa y claramente que pude , de los motivos de mi anticipado cuanto involuntario viaje; sin omitir, á pesar de mi prisa , la circunstancia de haber yo visto en Pamplona al anta- gonista, enemigo ó perseguidor de D. Carlos; ni tampoco lo acae- cido á mi asistente al ir á llevar una carta al correo.

— Indudablemente, (exclamó mi jefe, después de haberme oido con mucha atención), indudablemente se ha echado V. un amigo leal y perseverante, en ese bribón de siete suelas. Si V. supiera, niño , todas sus maldades , podría apreciar como yo lo negra que tiene el alma , y le aborrecería y le temerla mucho más que hoy puede hacerlo.

— ¿Por qué temerle, mi Brigadier, mientras yo tenga tranquila la conciencia?


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— ¿Por qué temerle? — Con toda su tranquilidad de conciencia de V. , si no fuera por. ... En fin , por lo que ha sido , hace ya tres ó cuatro meses, que hubiera V. ido, amarrado codo con codo, á Barcelona, y á estas horas estarla muy probablemente fusilado. Con toda su tranquilidad de conciencia de V., si el Capitán gene- ral de Navarra no fuese tan recto , como severo juez y apasionado realista, ¿no estarla V. en este momento, y á buen librar, en un calabozo de la Cindadela de Pamplona?

No hay conciencia que valga , ni prudencia que baste en épocas como la nuestra. Ya sabe V. que á mi no se me encoge fácilmente el ombligo ; y sin embargo , le confieso á V. , que no las tengo todas conmigo , en este maldito negocio.

— ¡V. mi Brigadier! ¡V. recela algo por sí! ¿Quién ha de atre- verse á calumniar. . , .?

— Cualquier polizonte; y sobre todo ese tunante que ahora per- sigue á V., y que hace más de veinte años persigue encarnizada- mente á

— ¿A D. Carlos deGuzman y á su... dama.... "I pregunté indis- creto , viniéndoseme á la memoria el curioso manuscrito de Laura que leí en el camino.

— ¡Cómo ásu dama, señorito? exclamó colérico D. Manuel, saliéndose casi del lecho en que yacía, y con toda la sangre de su cuerpo, al parecer, al rostro arrebatada. — ¡Cómo á su dama\ ¿Quién le ha dicho á V....?

— Mi Brigadier (repliqué volviendo en mí), siento haber dis- gustado á V., y más haber ofendido á esa señora; pero según

mis noticias, la que es hoy Condesa de Roca-Umbría fué no

sé como decirlo para que V. no se lastime.

— Diga V. la verdad. Diga V. que Cecilia fué esposa, muy le- gitima esposa de D. Carlos de Guzman.

— ¿Cómo, después y viviendo D. Carlos ha sido princesa^ no sé de qué título?

— ¡ Por vida de todos mis abuelos ! ( exclamó aquí el honrado veterano , dándose en la frente una gran palmada y mirándome

lueg'o con lástima). — «¡Ahora caigo!.... Esa no quiero 11a-

»marla por su nombre.... Esa mujer ó esa víbora, le ha contado á »V. la mitad sola de la historia, y esa mitad adulterada, envene- »nada , con sus habituales enredos. . . . Pues hará mal en abusar de »mi paciencia, la muy.... » — «Mi Brigadier — dije yo entonces le-


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»vantándome á mi vez del asiento, y ya por la ira casi dominado. — »iMi Brigadier, no sé de quién habla V. en tales términos, y le »rueg-o encarecidamente que no me lo diga ! »

Miróme D. Manuel de hito en hito algunos segundos, y al cabo, reprimiendo la cólera que sin duda debió de causarle mi altanera réplica, dijo en sosegado pero imperioso acento:

— «Siéntese V. , Lescnra; siéntese y óigame con paciencia algu- nos minutos. No voy á hablar á V. como jefe , ni siquiera de oficial á oficial ó de caballero á caballero. ¿A qué ni para qué? — Nues- tras espadas no pueden cruzarse. ¿Lo entiende V? Entre nosotros no cabe duelo. — Oiga V. pues, al amigo viejo; al que fué con- temporáneo y camarada de su padre , al que aguantó reconvencio- nes y debió consejos á su abuelo; al que á entrambos quisiera hoy, para V., poder reemplazarlos. »

Subyugado por el hábito de la disciplina , y por la sincera ve- neración que al Brigadier profeso , sentóme, en efecto, baja la ca- beza; y escuché con atento oido sus palabras, cuya verdad comienzo solo á comprender en este instante.

Figúrese el que esto lea, si es posible, mi asombro al oir á mi brusco Jefe entablar de nuevo la conversación , con esta singula- rísima pregunta :

— ¿Usted no ha conocido á su madre? ¿No conserva de ella re- cuerdo alguno?

— ¿Cómo pudiera (respondí no sé cómo), si yo no tenia aún el ano cabal cuando la perdí?

— «¡Pues era un ángel! Más que un ángel: una san.ta. Por eso dejó tan pronto este mundo , indigno de ella en todos conceptos. »

Aunque sin comprender á qué venia aquel extemporáneo re- cuerdo , agradecíle al Brigadier que asi elogiara á mi pobre ma- dre , si bien con verdad puedo decir que á nadie , absolutamente á nadie que la conociera, he oido nunca hablar de ella sino, en son de alabanza y respeto. Dije pues, enternecido:

— ¿Usted la conoció, mi Brigadier?

—¿Si la conocí? — repuso mi Jefe, como si le hubiera yo pre- guntado si creía en el Misterio de la Santísima Trinidad ó cosa equivalente. — Sí señor, que la conocí. — Éramos amigos insepa- rables entonces, y apenas barbados, su padre de V., Carlos de Guz- nian, y yo, el más ignorante y calavera de los tres

. — ; Mi Brigadier !

TOMO II. 43


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— Es la verdad : yo no he valido , ni valgo, ni valdré nunca lo que cualquiera de ellos. A Carlos , aunque poco , ya le conoce usted ; de su padre ya sé que tampoco puede V. conservar me- moria. Era un mozo de provecho: buena figura, gran talento, oficial valiente y aplicado , y sobre todo un corazón de oro. Yo era el tizón de la pandilla; pero, en fin, nos queríamos como hermanos; jamás nos separábamos , nunca tuvimos secreto los unos para los otros. ¡Ya no hay amistades como aquellas....! Y sin embargo, en poco estuvo que su padre de V. y yo no riñéramos y muy de veras.

— ¡ Cómo !

— ¡ Por culpa mia , exclusivamente mia ! Mi cabeza entonces era de sobra ligera , el humo se me subia á la parra por cualquier cosa En fin, el hecho es que estuvimos á punto de reñir

— ¿Pero por qué, mi Brigadier?

— Porque conocimos los dos al mismo tiempo, y al mismo tam- bién nos enamoramos ambos de su madre de V. , que era una niña hermosísima, pero hermosa como las vírgenes de Murillo, her- mosa tan santa y modestamente , que al verla , era cosa de sacar

el rosario, doblar la rodilla y ponerse á rezar á sus péis ¿Lo

creerá V. Me enamoré de ella tan perdidamente como V. suele hacerlo una ó dos veces cada quince dias. Me enamoré hasta el

punto de querer casarme Sí: de querer casarme; y ha sido la

única vez que en mi vida se me ocurrió tal pensamiento! — Me enamoré estúpidamente.

— ¿Y se encontró V. con que mi padre era su rival?

— Y con que la muchacha , que no tenia menos talento y juicio que hermosura, prefería, como era natural, el mozo cuerdo ade- más de bien nacido y con mérito , al calavera que andaba á cuchi- lladas todos los dias , y á quien Dios h^i hecho más para tratar con caballos y soldados, que con mujeres delicadas.

— ¿Por eso fué , sin duda , la riña ?

— Por eso estuvimos á punto de romper, ó mejor dicho , por eso tuve la necedad, que no me perdonaré mientras viva , de provocar á su padre de V. Pero no hubo riña, porque él era el modelo de los amigos ; porque medió Carlos , y porque ella resolvió de plano el conflicto.

Fernando (así se llamaba mi padre) me decía en vano: — «Manuel, »yo ignoraba que tú la quisieras ; me he declarado ; estoy corres- «pondido : ¿Qué quieres que haga ya?» — A tan juiciosa reflexión,


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mi desatentada cólera solo contestaba: — «El hombre que quiera »ser dueño de esa mujer, es preciso que empiece por matarme.» — Carlos agotaba en vano también su elocuencia para persuadirme de mi estupidez, que, á no ser tanta, dejárame ver que, siendo Fer- nando el amado , cuanto yo hiciese contra él solo contribuiria á hacer de mi el aborrecido. — Mi obstinación era invencible, la pa- ciencia de su padre de V. iba agotándose, y Carlos mismo estaba ya casi resuelto á dejar que nos rompiéramos la crisma á cuchi- lladas, cuando , inspirado por el Cielo sin duda, ocurriósele la sal- vadora idea de acudir á la misma Isabel ( nombre de mi madre ) , para que resolviera el conflicto. — Fernando aceptó al instante el pensamiento; yo, con vergüenza lo confieso, me resistí á todo trance. Pero Carlos se dio tan buena maña, que, sin saber yo cómo ni de qué manera, me hallé un dia con mi rival en presencia de la que entrambos idolatrábamos. — No sé, no sé todavía, y hace mu- chos años que le estoy dando vueltas al negocio en mi cabeza , no sé digo, y es probable que no sabré ya nunca, cómo se las compuso su madre de V. para domesticarme: pero la verdad es que entré en su casa tigre y salí cordero ; que su amado y yo nos abrazamos ; y que pocos dias después ful, con Carlos , testigo resignado si no sa- tisfecho , de la boda á que debe V. la vida. — Cuando V. nació en Pamplona, Isabel y Fernando me escribieron noticiándomelo; y yo les respondí jurándoles que mirarla siempre á su hijo como si mió fuera... ¿Comprende V. ahora, señorito; comprende V. por qué no puede haber duelo entre nosotros? Mis pobres amigos se levanta- rían del sepulcro á pedirme cuenta de mi juramento olvidado, si yo... ¡Nunca! ¡nunca! El hijo de Isabel y de Fernando será siem- pre el hijo de Manuel !

— ¡Mi Brigadier! Padre mió! exclamé yo entonces, arrasados en lágrimas los ojos y estrechándole entre mis brazos.

— ¡Bueno está! ¡Basta ya! decía D. Manuel, apretándome no obs- tante, contra su nobilísimo leal corazón. — «Si entrara alguno! Pa- »recemos dos mujeres, no dos oficiales!... Siéntese V. otra vez... »Bien! Asi. Y ahora óigame todavía algunos instantes.

— Esa mujer con quien está V. en relaciones, yo la conozco hace muchos años; la conozco mucho mejor que V.; y la conozco como ella sabe y no quisiera. — He callado hasta ahora, porque, como dice bien Carmen, mientras le dure á V. el acceso serla per- der el tiempo tratar de abrirle los ojos. Pero desde el instante en


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que seque esa desdichada , no contenta con pasar por lo que no es, y hacer cuanto se la antoja, calumnia á Oárlos, á 'Cecilia...

— Pero, mi Brigadier, quién dice que es ella?...

— ¿Y quién puede ser sino ella? ¿Quién, masque ella, tiene interés en infamar á esos dos infelices , á cuya desgracia sus malas artes han contribuido en gran parte?

Lescura, V. que me conoce, sabe que soy incapaz de decir una cosa por otra; y debe creerme cuando le digo que desconfie de cuanto esa mujer le cuente sobre mi amigo y la desgraciada Ce- cilia... Pero basta por esta noche. La cabeza se me parte... Va- yase V. , y véame mañana ó pasado , si quiere saber algunas ver- dades que no le serán inútiles.»

Diciendo asi, tiró del cordón de la campanilla , á cuyo sonido acudió el cabo Torcuato con un candelero y su vela encendida , en la mano.

Hube, pues, de resignarme á partir, con la curiosidad vivamente excitada ; y , para decirlo todo , con la fe en Laura , si no precisa- mente quebrantada, por lo menos lejos de ser tan entera y robusta como cuando comparecí aquella noche ante mi jefe.

La notoria y evidente probidad de D. Manuel , que nunca mal- decía ni de sus más encarnizados enemigos , sino con las pruebas contra ellos, por decirlo así, en la mano, produjo en mi espíritu una impresión tan penosa como profunda. A la verdad, mi corazón, como abogado de Laura , me decía que el afecto del Brigadier á Guzman , y por consiguiente á Cecilia , le pintaba las cosas todas del color á entrambos más favorable , y hacíale , en consecuencia, ser injusto con la viuda de Piedrafirme. Pero, por otra parte, en lo poco que yo habia á D. Carlos tratado , parecióme un hombre tan de honor y blandos sentimientos, que me costaba gran trabajo suponer en él ninguna villanía. — El mismo manuscrito de Laura (y la reflexión que me ocurrió de nuevo entonces, habíala ya hecho involuntariamente al leerlo en la Diligencia). — El mismo manus- crito de Laura confesaba implícitamente que ella, cuando menos de imprudencia, no estaba enteramente sin culpa. — Todo Ma- drid , además , creía como articulo de fe sus ocultas relaciones con el Marqués del Marmolejo... ¿Cómo aquella calumnia, sí lo era, habia descendido hasta las regiones inferiores de la sociedad , en que la recogió Juliana para adoptarla y fomentarla? ¿Por qué la bordadora, no contenta con hacerse' eco, 'magnificándola, de -aqne-


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lia, ja vulgar aciisacion , formulaba otra nueva de la misma espe- cie-, ó de; más graduado carácter en cuanto á perversión y liberti- naje, denunciándome á Laura como dama también del imbécil Fausto, el sobrino del procurador Acequia?

Nadie está exento de que le calumnien, es verdad: pero no es común, ni mucho menos frecuente, que todo el mundo, cuando una gran pasión política ó fanática no media , se conjure para des- honrar asi á una mujer, cuya conducta no dé pretexto, ya que no motivo, á semejantes acusaciones.

Tales y tan desagradables- eran mis reflexiones al salir de casa del Brigadier, dadas ya las once y media de la noche; porque, como puede suponerse, he condensado, cuanto sin desnaturalizarla me ha sido posible , nuestra conversación que fué larga de veras.

Sin embargo-, dirigime^ á ca«a de Laura, que la tiene en una de las largas , angostas y desniveladas calles , que partiendo desde la del Desengaño ó de su continuación la de la Luna, ponen en co- municación aquel barrio con los de San Ildefonso y Maravillas.

Vinoseme á la memoria, en el camino, el papel que la tapada me diera en el despacho de la Diligencia ; y entróme deseo de ver su contenido. Síntoma claro de que la desconfianza comenzaba á abrir brecha en la antes robusta fe que en Laura tenia. Feliz ó desgraciadamente, no sé que diga, al cambiar de traje había, desde el bolsillo del de camino, trasladado á otro del que en el momento llevaba, el papel en cuestión. Hállelo pues, y, deteniendo á un Se- reno, á la luz de su farol leí estas fulminantes frases:

«A las doce ó poco antes, sale el uno; poco después entra el otro. «Escóndete en la calle, que no falta dónde; y lo verás por tus »ojos.»

Con grande asombro del gallego guardián nocturno, apenas hube leído esas palabras, solté un terno de cuerpo de guardia, dando en el suelo una patada, y exclamé con indecible enojo:

— ¡ Mentira ! ¡ Mentira! ¡Es una infame calumnia!»

Hízose á retaguardia el Sereno, creyéndome loco sin duda, y díjome:

— ¿Qué é isu señor ofecial?

— ¡Nada! le contesté, arrojándole una peseta ; y proseguí mí malhadado camino, como si las furias infernales me hubieran pres- tado sus alas, ó más bien, como sí en mí pecho albergándose todas ellas , en bilo por los aires me llevaran.


670 MEMOKIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.

Desde aquel momento creo que perdí por completo la conciencia de mi propio ser. Caminaba, por la fatalidad impelido, sin saber adonde. Iba como la flecha al blanco, ignorando su destino. Mi ce- rebro era el caos ; mi corazón un volcan ; mis pasiones desencade- nados vientos; mi voluntad un motor desatentado y ciego.

¡Oh Laura, Laura, cuan á punto has estado de hacer de mi un frenético, ó un idiota!

Las fuerzas me faltan para proseguir hoy este funesto relato. Déme el opio el sueño, que mi agitación me niega; y mañana ter- minaré la deplorable historia de mi desengaño.

(Se continuará.)

Patricio de la Escosüba.


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR.[editar]

Completo el Ministerio con la entrada délos Sres. Rubí j Coronado, en los departamentos de Ultramar j Gracia y Justicia , j provistos por re- cientes decretos los más importantes puestos administrativos, puede decirse que ja presenta su verdadera faz , lo que en el lenguaje moderno y en el uso común délas gentes se llama, la siluacion. El carácter político deesta no ha variado por los nombramientos délos dos nuevos Consejeros de la Co- rona. Conocido ventajosamente el Sr. Rubí como poeta dramático jcomo hombre de administración, habia estado algunos años retirado de las luchas de la vida pública, ocupando, sin embargo, un alto puesto en el Ministerio de la Gobernación hasta el advenimiento al poder del Gabinete de 1864 que presidió el señor Duque de Valencia. La entrada en el Ministerio de la Gobernación del Sr. González Brabo, con quien de antiguo le ligan vínculos de estrecha amistad, volvió alSr. Rubí al ejercicio de la política, ocupando desde luego la Subsecretaría de aquel Departamento j siendo elegido al poco tiempo Diputado á Cortes. Su constante unión desde entonces con el partido moderado y los nombramientos que de esta parcialidad ha merecido prueban su conformidad con la marcha política que aquella ha iniciado j su asentimiento á las reformas llevadas á cabo últimamente. Catedrá- tico de la facultad de Jurisprudencia en la Universidad central el Sr . Co- ronado, sus ideas políticas, filosóficas y administrativas son muy conoci- das de la juventud española, con quien ha estado en contacto inmediato y directo por los deberes de su cargo antes de tomar asiento en la Cámara popular. Bien puede asegurarse que apenas se contará un solo individuo que haya hecho sus estudios en la Universidad de Madrid, ó recibido en ella algún grado académico, que no tenga idea del espíritu dominante en la inteligencia del Sr. Ministro de Gracia y Justicia, que no conozca los principios que en las materias, á que antes nos hemos referido, profesa el Sr. Coronado.

Consecuente en la vida práctica con las teorías que siempre ha difundido en sus explicaciones , el Sr. Coronado se afilió al tomar asiento en el Congreso en


672 REVISTA POLÍTICA,

el partido moderado cuando este se habia lanzado ja con decisión y bríos por la senda de las trascendentales innovaciones que ha realizado en este pe- riodo de su mando. El Sr. Coronado está dotado de una naturaleza intelec- tual la más á propósito, sin duda, para engrosar las filas del partido en que ha sentado sus reales. Pocos son los hombres que tienen la fortuna de poseer las facultades oral^p/opias del magisterio y la elocuencia de la tribuna: por eso, sin duda, no ha ceñido á su frente grandes laureles el Sr. Coro- nado como orador parlamentario á pesar de haber tomado parte en debates de importancia. Carece el Sr. Coronado de las facultades múltiples de un Rojer Collard, de un Guizot, de un Coussin, sin que sea en los escaños del Congreso donde más celebridad ha adquirido hasta ahora el Sr. Ministro de Gracia j Justicia á pesar de estar dotado de una palabra fácil , á pesar de poseer una dicción dulce , una entonación j unos modales finos : más celebridad ha dejado á su paso por la Dirección de Rentas estancadas , en el desempeño de cnjo destino probó su indiscutible celo al publicar una célebre Real orden estancando la hoja de la «planta patata,» j ordenando que se persiga j castigue «como defraudadores de los derechos del Tesoro »á cuantos acopien al por menor ó al por major hoja de patata preparada )'ó en estado natural, j también á los que por cualquier via transiten con "grandes ó pequeñas cantidades del mismo artículo, no solo por consi- "derarse sospechoso y atentatorio á la renta todo tráfico que se haga con »la hoja referida, sino por cuanto hasta ahora no ha explotado la agri- » cultura de la patata más que su producto tuberculoso , dejando como «abono de la tierra el vástag'o y la hoja;» razones por las cuales crejó el Sr. Coronado que la administración «no puede consentir se haga objeto de » comercio y especulación aquel artículo ni otro semejante con que se pre- »tenda sustituir el verdadero tabaco.» Descontentadizo sería en verdad, quien exigiese major prueba de celo en el desempeño de un cargo público.

Constituido en definitiva el Gabinete que representa, según declaración del Presidente del Consejo, la política de franca resistencia á la revolución en aras de cuja causa han hecho tan importantes y atinados servicios los Consejeros de la Corona, era natural recibiesen por ello el merecido pre- mio. No haj motivo para queja en la ocasión presente; j sin que sea nuestro ánimo disminuir en lo más mínimo el mérito del Gobierno, preciso es confesar que las dádivas han correspondido esta vez á los servicios. Ca- ballero del Toisón de Oro, es el Sr. Presidente del Consejo ; igual gracia han merecido los Sres. Seijas Lozano j Arrazola; título de Marqués ha ganado el Sr. Barzanallana por las mejoras realizadas durante su adminis- tración en la Hacienda de España; en la misma categoría social ha ingre- sado el Sr. Orovio. Grande de España es ja el Sr. Marqués de Roncali, y solo por un raro desprendimiento no es el Sr. Marfori Marqués de Loja.

Insistimos en que no es nuestro propósito censurar la concesión de estos


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dictados y honores , antes por el contrario encontramos muy natural cu anto su- cede: en los tiempos modernos pasan con facilidad de un pueblo á otro las preocupaciones j costumbres sociales , explicándose por ello naturalmente que ha ja Ueg-ado hasta nosotros el amor á los honores j distinciones á que tan dados son nuestros vecinos de allende los Pirineos. Verdad es , que no Heg-aron a ser títulos en la Monarquía constitucional francesa ni Laffite, ni Casimiro Peder , ni Dupin, ni Odilion Barrot, ni Duchatel, ni Coussin , ni Villemaiñ , ni ninguno de cuantos brillaron en aquella época tan anatema- tizada por losenemig'os de la filosofía ecléctica j del doct-.rinarismo político. Sin pasar de Messieurs morirán Thiers y Guizot, j el dia que guarde la tierra los" restos mortales del autor de la Historia de los Girondinos, de Las Meditaciones, de Jocelin j de Genoveva, del salvador en fin de la sociedad francesa en 1848, solo se leerá en su lápida el nombre de Lamartine. Ver- dad es que en 1839 quiso el Rej Guillermo IV conceder el título de Conde á Sir Roberto Peel , j que este no quiso aceptarlo ; verdad es que la Reina Victoria, en prueba de altísima estimación, trató de condecorarle con la Jarretiére, j la rehusó también. Este hombre eminente , cu jos servicios no olvidará jamás el pueblo, cuja muerte fué un dia de luto en la Inglaterra toda, encargaba en su testamento que ningún individuo de su familia reci- biese título ni distinción alguna por sus servicios; mandato fielmente guar- dado por Ladj Peel , modelo de esposas j de damas , negándose á entrar en el elevado rango á que la Reina quería elevarla , j dando por contesta- ción á las instancias que de tan alto origen se le hicieran, que solo deseaba llevar durante su vida el nombre con que Sir Roberto Peel había sido co- nocido ; arranque que algunos considerarán en los días que corren hijo de la extravagancia del carácter inglés. Sir Roberto Peel, que tenia gran veneración por las antiguas instituciones, por las costumbres, por el orden social de la vieja Inglaterra , que reverenciaba j amaba el pasado de su país, miraba con indiferencia las preocupaciones j honores aristocráti- cos , probando en su vida j á su muerte la sinceridad de las palabras con que había terminado su último discurso á propósito de la lej de cereales.

Decia Sir Roberto Peel, consolándose de los disgustos que aquella tras- cendental reforma le proporcionaba, de los lazos políticos que había roto, de las amistades que se habían trasformado en amargos odios, de las ca- lumnias de que era objeto:

"Tal vez dejaré im nombre que será pronunciado con cariño en los hogares de aque- "lloa cuyo lote en el mundo es el trabajo, que ganan el pan con el sudor de su frente, "y que se acordarán de mí cuando repongan sus fuerzas con un alimento abundante y "libre de impuesto, tanto más agradable para ellos, cuanto que ningún sentimiento de "injusticia se mezclará desde hoy en sus amarguras."

Al repetir Mr. Cobden en el Parlamento estas palabras después de la muerte de Peel, anadia: para que se cumplan los votos del hombre de Es-


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tado que no existe ja, que el jornal del obrero se trasforme en una pirá- mide elevada á su memoria , j que ella conserve escrita sobre su base las palabras que acabo de recordar.

Los tiempos cambian sin embargo, y en la múltiple variedad de losca racléres, de las aspiraciones, deseos j voluntades de los hombres, así como en las diferentes épocas sociales por que pasan las naciones , está la gran- deza de la humanidad.

De cualquier modo , es lo cierto que desde 1854 no se ha concedido en España, que sepamos, titulo alguno nobiliario á ningún Ministro civil: esta deferencia que no puede menos de anunciar gran vitalidad en el Mi- nisterio , aumenta el interés de saber y se inquiero por todos con afán si se han dado al olvido las palabras del Duque de Valencia declarando que el actual organismo político era transitorio; si debe conservarse la esperanza de que vendrán á estar en vigor las antiguas prácticas, pasadas las circuns- tancias en cuyo nombre se planteó el sistema político que hoj rige,

Este interés cuja satisfacción ha llegado á ser una necesidad social , se revela uno y otro diano solo en las conversaciones privadas, sino en artículos de periódicos de diferentes colores , en las columnas de los cuales se inicia el problema , siendo natural que el público , ansioso de salir de peligrosas dudas, busque en las palabras más insignificantes autorizadas declaracio- nes. Ya se habla de muchos programas políticos, de personajes importan- tes ; ja se dan al aire banderas de conciliación ; ja se pide por hombres encanecidos en el servicio de la patria el cumplimiento más respetuoso de las le jes constitucionales j la práctica sincera del sistema representativo. Unos acogen con benevolencia la idea de una transacción común; otros piden la vuelta á la legalidad de 1845; quiénes encerrados en los conocidos linderos de los antiguos partidos se declaran sostenedores de inmutables doctrinas; quiénes rechazan como ja imposible toda tentativa de concilia- ción. No se necesita estar dotado de un gran espíritu de observación para descubrir en medio de opiniones , al parecer tan encontradas, el punto en que todos convergen , la necesidad en que el país se encuentra de aclarar, en cuanto sea posible, los arcanos que encierra el porvenir de esta nación digna de mejor fortuna. Cuál sea la linea de conducta que deben seguir hoj cuantos tienen fe en el gobierno representativo es, al cabo de cuarenta años de ensajcs j desastres, la cuestión que se agita en el seno de la so- ciedad liberal española.

Ni la índole de una Revista es la más á propósito para dilucidar el pro- blema, ni nuestra insignificancia nos autoriza para terciar en el debate: séanos , sin embargo , permitido recordar los consejos de un hombre de gran mérito en el país clásico de la libertad , ajeno á nuestras luchas , j cujas ideas políticas no podrán menos de inspirar confianza aun á los par- tidarios de las más avanzadas soluciones.


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En Octubre de 1802 apareció el primer número de la Revista de Edim- burgo , publicación notable , pues que reunia á un gran mérito literario, puntos de vista políticos que se adelantaban á su época, jque habian estado desterrados mucho tiempo de la literatura nacional de Inglaterra. Brou- gham, Horner, Jeffrej, Sjdnej, Smith, Cockbrum,Murrajj otros jóvenes importantes del partido whig empezaron su carrera política en aquella época, distinguiéndose desde luego como publicistas notables. El partido wliig, que contaba en su seno hombres muj eminentes, y cujos prosélitos habían aumentado desde 1793, no estaba á la sazón bien organizado ni dirigido, le faltaba unión j disciplina , debiéndose á esto la preponderancia j el mando del partido torj , de escaso valer entonces , j que practicaba una política contraria á los instintos liberales del pueblo inglés.

Desde que Jorge III subió al trono de Inglaterra , se hizo moda en la corte estigmatizar con el nombre de facción los partidos políticos ; método el más propio para aniquilar las oposiciones parlamentarias. Es cierto que los Pelham, los Rockingham, los Bedsford, los Grenville perdieron mu- chas veces de vista la causa popular por alcanzar el Gobierno ; pero en rea- lidad, la crítica menos favorable al partido whig, dice uno de los histo- riadores más notables de aquel tiempo , osará difícilmente negar los ser- vicios que prestaron á la causa de la libertad , desde principio del reinado de Jorge III hasta la muerte de LordRockhingham, no siendo ciertamente el menor de ellos la fundación de la Revista de Edimburgo. Los torjs ensal- zaban y defendían el pasado. Un partido que había querido restablecer los Estuardos y anular la revolución , era natural conservase una fe pohtica poco en armonía con las ideas de progreso que empezaban á dominar en el mundo. Componían las fuerzas de este partido hombres ¡políticos eleva- dos recientemente á los primeros rangos , un clero que por vocación sos- tenía el espíritu de los antiguos tiempos , y jurisconsultos de poco valer que lo esperaban todo de la munificencia gubernamental. Desesperanzado el partido v/hig, se abstuvo de tomar parte en los trabajos del Parlamento; conducta que le produjo resultados desfavorables. «La abstención, dice Mr. Erskine May en su Historia constitucional de Inglaterra, es la fuga; el enemigo queda en posesión del campo de batalla, y el pueblo cree fácil- mente que la minoría se reconoce vencida. » Sin los desastrosos incidentes de la guerra de América y sin las hostilidades de la Francia, ¿quién puede adivinar hasta cuándo el partido víhig hubiese estado en la des- gracia? En aquella época incurrieron en contradicciones dignas de cen- sura los hombres más importantes de Inglaterra. Pitt, que tomó asiento en el Parlamento entre los whigs, y que llevaba en su alma las ideas de su padre Lord Chatham, concluyó por ser el jefe de los torys. Fox, el incansable defensor de las garantías constitucionales, incurrió en la grave falta de fornaar im Ministerio de coalición con Lord North, personaje po-


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lítico importante, pero de ideas opuestas á las suyas. Estas debilidades de los hombres públicos , este fraccionamiento del partido liberal , fué la causa de que se sostuviesen en el poder administraciones que llevaron á la úl- tima exageración los antig"uos principios del partido torj.

Dirigió luego la Revista de Edimburgo Sir G. Cornewall Lewis , que consagrado á esta tarea después de haber sido Ministro de Inglaterra , re- unía á sus vastos conocimientos la práctica de los negocios j la expe- riencia de la vida pública.

Cree Sir Gr. Cornewall Lewis que el reinado de Jorge III ofrece elo' cuentes enseñanzas , y que en sus peripecias y accidentes deben aprender los partidarios de la libertad á evitar los escollos de que es necesario huir para no proporcionar un fácil triunfo á sus enemigos.

Tratando el ilustrado director de la Revista de Edimburgo , en uno de sus trabajos más notables, la debatida cuestión de si es solo la raza anglo- sajona la que está dotada de las cualidades necesarias para practicar el gobierno parlamentario, dice: «los gobiernos republicanos de la anti- güedad y de la Edad Media, que á pesar de sus defectos fueron los mejores gobiernos de sus tiempos , prueban que el gobierno libre no es monopolio de una raza privilegiada , y que las dificultades con que hoy tropieza en Europa hay que buscarlas en la neglicencia de sus partidarios para tomar ciertas precauciones de que vamos á hacernos cargo.»

Si un sentimiento de respeto no nos lo impidiese , exhortaríamos á los jefes de los partidos liberales españoles á que tuviesen muy en cuenta los consejos del célebre escritor inglés.

Está fuera de duda que la forma de gobierno representativo combinada con un Rey hereditario ofrece las mayores garantías de que pueda reali- zarse un progreso permanente en las naciones. «Si alguna vez sucede, dice "Sir G. Cornewall Lewis, que los grandes Estados del continente se pro- "ponen marchar por este camino á la conquista de un gobierno popular, «aconsejamos á los jefes parlamentarios no olviden, quelo primero que "deben asegurar es la existencia de cualquier cuerpo deliberante; cualquier «regla que no dependa de la voluntad de un solo hombre, y que garantice »en una Asamblea el poder legislativo ; cualquier constitución que esta- "blezca la publicidad délos debates, lalibertad de la prensa y la seguridad "individual contra las prisiones arbitrarias. Cuando se hayan conquistado »estas garantías, de una importancia absoluta; cuando conforme á estos «principios se haya contraído el hábito de la vida pública y se tenga la «seguridad de poseer un gobierno regular, será ocasión de decidir en qué «proporción deben entrar en la constitución del Estado el elemento aristo- «crático y el elemento democrático; entonces deben discutirse las cuestiones «secundarias que puedan dividir el partido antidespótico. Mas es prematuro «iniciar estas cuestiones, tratar de aquellos detalles que constituyen un


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"gobierno libre, preocuparse del coronamiento del edificio constitucional «cuando no se poseen sus bases fundamentales. Los jefes de los partidos "liberales deben tener siempre preseiite que el despotismo es el estado nor- »mal del género humano , que los gobiernos libres son una rara excepción, ^y que en todo Estado en que la sociedad no está completamente constituida, "hay una tendencia tan fuerte como permanente en favor del gobierno "despótico."

Basta recorrer ligeraments los períodos por que ha pasado en España la regeneración constitucional en sus diferentes épocas , para convencerse de la exactitud de las observaciones del escritor del Reino Unido. Nadie nos gana en respeto, admiración j agradecimiento á los varones ilustres que, despreciando todo género de peligros , padeciendo las majores vejaciones y tormentos , sin que entibiasen su entusiasmo las prisiones ni los destier- ros, iniciaron en España el gobierno constitucional j asentaron las bases de las libertades modernas. ¿Pero qué espíritu imparcial j desapasionado no confesará los errores en que incurrieron, tal vez por las mismas cualidades de que estaban adornados? Que el tiempo, la experiencia j los desengaños nos bagan á todos más precavidos; que no vengan un exajerado entusiasmo y una confianza sin límites á ser fecundo origen de nuevas desgracias. No olvidemos el partido que sacaron los enemigos de las ideas liberales de la inocente candidez de los reformadores de Cádiz. Tengamos todos presente que aquellos diputados, modelo de honradez pública j privada, que dieron el noble ejemplo de volver ásus bogares después de tres años de omnímoda soberanía, sin una cinta, sin una gracia, sin un destino, fueron silbados por el populacho de Cádiz, j que llegó un dia en que peligró la vida del divino Arguelles. Sírvanos de enseñanza para lo porvenir el resultado que tuVo la confianza ciega de los diputados de las Cortes de Madrid del año 14 , j estudien los partidos cuanto queda por desgracia entre nosotros de aquel antiguo pueblo español que , como dice un escritor contemporáneo , « pre- fiere su indolencia á sus derechos; su quietud á su libertad;» pues por mucho que la sociedad haja adelantado , experiencias recientes ponen de manifiesto que no es escaso todavía el número de los que sienten j piensan á la antigua, por más que estén vestidos á la moderna. Prudente será recordar que por las mismas calles en que hacia prodigios de valor el pueblo del 2 de Mayo, corrían triunfantes j sostenidos por los franceses los rea- listas en 1823 capitaneados por frailes y manólas , adornados con bandas blancas , como los héroes de la San Barthelemj , saqueando tiendas , ape- llidando negros á los liberales, apedreando sus hogares, señalando las puer- tas de sus casas con cruces encarnadas , j maltratando á las damas que se adornaban con cintas verdes. Iguales persecuciones sufrieron Acuña, Florez Estrada y Romero Alpuente, que Martínez de la Rosa y Toreno; por los mismos sinsabores pasaron Zapata que Calatrava. Sucesos recien-


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tes , que no debemos recordar , ponen de manifiesto lo que puede su- ceder cuando los bandos liberales se lanzan en fratricida lucha, j el resul- tado que dan los extravíos políticos de partidos interesados en sostener una misma causa. Nosotros quisiéramos, por amor ala libertad, que no olvi- daran los hombres que están al frente de los partidos avanzados la historia de la república francesa. Sin remontarnos á las luchas de Constitucionales y Republicanos, de Jacobinos j Girondinos, á las bárbaras hecatombes del terror, á los odios de Septembristas j Termidorianos , y al fin del Direc- torio , basta á nuestro propósito recordar las consecuencias que tuvo para las instituciones liberales en el , hoy , imperio vecino la lucha entablada en 1848 entre Louis Blanc , Vilbert , Cabet , Raspail en nombre de sus utópicas teorías, y Lamartine , Garnier Pagés, Arago, Dupont de l'Eure y Cavaignac, en defensa de un gobierno republicano civiliza- do : tengan presente que , según declaración de Lamartine mismo, en el fondo de las huestes revolucionarias de todos los partidos existe una masa compuesta de hombres desprovistos de todo amor de progreso, indi- ferentes á los sueños de radicales mejoras , que se precipitan en las con- vulsiones sociales por vertiginoso impulso, sin más objeto que la revolución misma, no teniendo en el corazón ni la desinteresada moralidad de los que consideran los gobiernos como instrumentos del bien público, ni en la imaginación las quimeras de los que creen que se puede renovar por com- pleto el orden social sin que el hombre quede sepultado en sus ruinas. El dia 22 de Junio de 1848 fué precursor infalible del dia 2 de Diciembre de 1852 ; los obreros que gritaron ¡ abajo Marie ! ¡ abajo Lamartine ! prepara- ron los materiales con que se habia de fundir la corona imperial de Luis Bonaparte.

¿Cuándo hubiera la Francia recobrado, ni en poco ni en mucho, su libertad política, sin la inesperada fortuna, de tener á su frente un prín- cipe que empieza á devolvérsela espontánea y voluntariamente?

Dice Sir G. Cornewall Lewis, en el notable trabajo á que nos hemos referido antes, « que los partidos políticos modernos y sus jefes parlamen- wtarios están expuestos , en una esfera más limitada , á dejarse arrastrar )>por los sentimientos que animaron á César y Pompeyo en su lucha para «alcanzar la soberanía del mundo.

Nec quemquam jam ferré potest Coesarve priorem, Pompeiusve parem ! . . . »

Con la diferencia , sin embargo , de que Pompeyo y César luchaban por conseguir el mando supremo, y los jefes de partidos afines que se separan y luchan por celos de poder, por emulación de gloria, concluyen siempre por sucumbir á los pies de un dueño común.

J. L. Alcareda.


REVISTA POLÍTICA - EXTERIOR.[editar]

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La noticia de la muerte de Miguel Obrenovitch , Príncipe soberano de Servia , ha producido en todas partes curiosidad y asombro , no solamente porque el asesinato del jefe de un Estado, por pequeño que sea, tiene consecuencias y caracteres que le disting^uen de un delito común y ordina- rio , sino porque en el caso á que nos referimos el crimen ha tenido cir- cunstancias notabilísimas de ferocidad j de osadía, que aún se ignora si son hijas de la pasión política ó de resentimientos y agravios privados. El lo de Junio el Príncipe Miguel, acompañado de su prima la Princesa Ancka , á quien algunos atribuían una gran influencia en su ánimo y el proyecto de casarlo con su hija, para lo cual se dice que le había determi- nado á separarse de su esposa la Princesa Julia alegando por motivo su infecundidad , se dirigió á un parque situado á las inmediaciones de Bel- grado , y paseándose por sus alamedas estrechas y tortuosas unos hom- bres apostados entre los arboles , armados de rewolvers , dispararon contra él y contra los que le acompañaban varios tiros , de cuyas resultas todos sufrieron heridas de más ó menos gravedad , muriendo á poco de sus re- sultas el Principe y su prima la Princesa Ancka. Los culpables fueron á poco tiempo presos , y en sus primí as declaraciones manifestaron que el móvil de su crimen era una vengar^ i personal: sin embargo, el Gobierno interino, que se constituyó en seguí, i, y que está formado de los Ministros y principales funcionarios de Servia adoptó desde luego precauciones mi- litares, poniendo el país en estado de guerra, presidiando las fortalezas, y procediendo además á la prisión de muchas personas , entre las que se cuentan algunas que pertenecen á clases elevadas de la sociedad. Atribíi- yense estas medidas á la sospecha verosímil de que el asesinato del Prín- cipe Miguel sea obra de los partidarios de la familia Kara Georgievitch, que ha ocupado en otras ocasiones el trono de Servia , y cuyo jefe fué sin duda el primer héroe de la independencia de este país.

Nadie ignora las frecuentes tentativas que los diversos países cristianos de Oriente han hecho para sacudir el yugo de Turquía , sobre todo desde que esta potencia, falta del vigor que tan temible la hizo en los siglos XV y siguientes, empezó á decaer de un modo manifiesto. Ya á fines del anterior, Jorge el Negro, que se habia expatriado para no vivir bajo la dominación turca, entrando al servicio del Austria, logró por un momento, merced á sus virtudes guerreras que degeneraban en ferocidad y en barbarie, arrojar á los dominadores de casi todo el territorio que constituye el actual prin- cipado de Servia , estableciendo más bien su cuartel general que no su


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corte en Belgrado. Pero aquella heroica tentativa fracasó, volviendo los turcos á recobrar la Servia por fuerza de armas. Más tarde , creciendo la debilidad del imperio otomano , lograron al fin , j casi al mismo tiempo que los g-rieg-os j los moldovalacos , su independencia los servios , más por las cualidades políticas que por las militares del Príncipe Milosch Obrenovistch , que consiguió ser reconocido por la Sublime Puerta como Príncipe feudatario del imperio en 1830. Conseguida la independencia, Jorge el Negro volvió á su patria ; pero el nuevo soberano , celoso de la popularidad de su rival, lo entregó al Bajá de Belgrado, j los turcos, ven- gándose de sus antiguas hazañas , lo degollaron y expusieron después su cabeza en la puerta del serrallo de Constantinopla.

Con estos antecedentes se explica desde luego el odio que separa á las familias de Georgievitch y de Obrenovitch, que ha contribuido en gran manera á las convulsiones j revueltas que desde que recobró su indepen- dencia han agitado este país, el cual por otra parte no puede menos de ser juguete de las contrarias influencias de Austria y de Rusia, con cujos Estados confina, y á los que puede ayudar ó contrariar en sus proyectos y esperanzas políticas, casi siempre inconciliables.

Las causas que hemos indicado , y principalmente las arbitrariedades y desmanes cometidos por el Príncipe Milosch , dieron lugar á que se for- mase un gran partido contrario á su Gobierno, que le obligó á abdicar en su hjjo primogénito llamado Milán, el cual según dicen era tan idiota que no llegó á comprender su nueva posición , en la que por su muerte le sucedió su hermano Miguel, que es el que acaba de ser asesinado. Aun- que ocupó el trono en 1839 , no ha reinado todo el tiempo que ha tras- currido desde entonces , pues en 1842 fué destronado por los partidarios del hijo de Kara Georgievitch que reinó hasta 1859 , en cuyo año este lo fuéá su vez por el partido de la familia Obrenovitch. Alejandro Kara-Geor- gievitch se propuso durante los diez y seis años que ejerció el poder no sus- citarse dificultades en Turquía , para lo cual mantuvo la paz y comprimió el espíritu de su pueblo privándole de todas sus libertades políticas , de tal manera que cuando fué arrojado del trono hacia más de diez años que no había reunido la Asamblea política, que allí tiene el nombre de Skuptchina. Obligado á convocarla cuando de resultas de la campaña de Crimea rena- ció con mayor energía el espíritu de independencia en los países sometidos al imperio otomano , aquella Cámara le obligó á que abdicase , y habién- dose olvidado con su largo destierro las quejas que se tenían contra el Príncipe Milosch , fué llamado desde la emigración para ocupar el trono. Su avanzada edad no le permitía ya ejercer el mando , que al fin recayó en su hijo Miguel , no sin tener que luchar con las dificultades que le oponía la Sublime Puerta, que se negaba á darle la investidura y á reconocerlo como Príncipe feudatario suyo , alegando que la Servia había roto el pacto que


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se celebró en 1830, j porel cual su padre Milosch habia alcanzado la sobe- ranía, que por otra parte no se habia establecido con carácter hereditario. Las verdaderas razones que tenía el Gobierno otomano para oponerse á la exaltación del Príncipe Miguel, más bien que las aducidas, eran los temores de que este , obedeciendo al espíritu de los pueblos que lo procla- maban , no siguiese la conducta pacífica de Georgievitch , sino que por el contrario favoreciera la tendencia nacional , haciéndose instrumento de la política moscovita. No eran vanos los recelos del Gobierno turco, pues el Príncipe Miguel, aprovechando las circunstancias favorables que para sus proyectos ofrecía Europa , organizó el poder en Servia , estable- ciendo la milicia nacional, regularizando los impuestos, j haciendo otras reformas que inquietaron á Turquía , la cual se opuso á ellas en virtud de sus derechos soberanos ; pero las agitaciones y revueltas de otros países á ella sometidos la distrajeron de su propósito , y el Príncipe Miguel siguió en sus trabajos de reorganización contando con el apoyo de la Rusia j con el de Prusia y Francia. Con habilidaJ suma aprovechó todas las oca- siones que se le ofrecían para adquirir mayores grados de independencia: una revuelta que ocurrió en Belgrado entre la guarnición turca y el pueblo le ofreció pretexto para lograr que las fuerzas otomanas se retirasen á la cindadela: después , y siguiendo siempre la misma tendencia , consiguió el abandono de otras posiciones , hasta que por último la misma fortaleza de Belgrado , garantía material del poder turco en Servia , fué evacuada en 1866 , no existiendo ya más vestigio de la dependencia de este país que el tributo poco importante que paga anualmente al Sultán y el derecho que este conserva de aprobar ó dar la investidura á los Príncipes rei- nantes.

Como resulta de lo que va dicho, el Príncipe Miguel era al principio de su reinado muy favorable á las tendencias patrióticas de aquellos paí- ses , y, contribuyendo á debilitar el imperio turco , claro es que habia de ser aliado de Rusia ; pero en esta última época , sin duda porque creía que era preciso detenerse en el camino que hasta entonces habia seguido para consolidar sus conquistas y no despertar la desconfianza de otras naciones, se habia mostrado amigo de la paz y contrario al partido llamado gran servio, que aspira nada menos que á formar un imperio compuesto de todas las provincias de origen análogo , de las cuales unas están aún bajo el poder de Turquía , formando otras parte de los dominios de Austria. Es sabido que Rusia alienta estas aspiraciones que cree favorables á la reali- zación de su antiguo plan de heredar al imperio turco y de establecer un gran Estado compuesto de todos los países que con más ó menos razón se suponen de origen slavo. Por estas causas el Príncipe Miguel se habia enajenado en estos últimos tiempos la amistad del Gobierno del Czar , a} paso que se granjeaba la de Austria y la de los demás Estados de Occi-

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dente , que seg-un parece , procuran ahora que el trono se perpetúe en su familia apo jando la candidatura de su sobrino Milano Obrenovitcla , que estaba educándose en Francia. Las últimas noticias anuncian su llegada á Belg^rado, donde le han recibido con el mayor entusiasmo. Todo indica que la Skuptchina eleg^irá por soberano al joven Obrenovitch y que ejercerá la Reg-encia durante su menor edad su tia política, el antig-uo ministro Garachanine j el Presidente del Senado Marinovitch , no siendo de temer que se opong-i á este proyecto la Sublime Puerta, ni que los contraríe Rusia abiertamente.

El interés que han despertado los sucesos de Servia en toda Europa se comprende fácilmente , porque es posible que sean ocasión á que renazca la cuestión de Oriente, aplazada pero no resuelta con la campaña de Crimea. Todo indica que enunaépoca masó menos remota, el valle del Danubio será, como lo fué en los primeros sig'los de nuestra era, el campo de batalla en que se resuelva el porvenir de Europa. El rio que sirvió primero de obs- táculo y después de camino á las últimas y más temibles invasiones de las tribus bárbaras , está ho j poblado en sus dos márgenes por hombres de distinta raza y origen, pero todos participan de la civilización occiden tal, todos pertenecen á la gran sociedad cristiana, aunque no formen parte de la Iglesia católica, y consideran con razón como dominadores extranjeros á los turcos , que no pueden ja conservar las conquistas que en otro tiempo hicieron , siendo la necesidad del equilibrio europeo lo único que hoj sostiene el imperio turco. Esta situación podrá prolongarse más ó menos, pero al cabo desaparecerá, volviendo á sus antiguas montañas los descendientes de Otoman j de Bajaceto y renaciendo con los caracteres y circunstancias propias de los tiempos presentes en la antigua Bizancio y en lo que hoj constituje la Turquía europea la civilización cristiana j la independencia de aquellos pueblos que no por haber sufrido durante cuatro siglos el jugo extranjero han perdido los caracteres de su raza y de su origen.

Los trabajos para unir y consolidar la confederación de la Alemania del Norte son el asunto principal á que se dedican los políticos prusianos. Para conseguir estos fines no se desperdicia ocasión alguna , j después de los trabajos del Parlamento aduanero j de las fiestas j regocijos á que dio pretexto; después de la clausura del Reichstag, en la que el Rej Guillermo ha pronunciado un discurso que revela estos propósitos para los cuales con- sidera indispensable la paz , no reconocen otro móvil los viajes que ha era- prendido este Soberano. No es posible pronosticar el afecto que habrá de producir su breve residencia en Hannóver; pero es evidente que al diri- girse á la capital de este antiguo reino , el Monarca prusiano trata de con- trarestar el espíritu de independencia que allí se agita más que en ninguna otra parte de sus nuevos Estados, ja se deba esto á un sentimiento espon-


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táneo de aquellos habitantes, ya á los manejos del Rey Jorge y de su fa- moso Ministro el Conde de Platen. De todos modos, la verdad es que Prusia posee el antig-uo reino de Hannóver por derecho de conquista , que el ejér- cito de este Estado tomó una parte gloriosa en la guerra de 1866, y que por lo tanto, á pesar de la unidad de raza y de lengua, y no obstante todas las teorías y aspiraciones del pangermanismo , entre hannoverianos y pru- sianos existe hoy y existirá por algún tiempo la enemistad y malquerencia que no puede menos de haber entre dos países que han estado en guerra, y que han puesto entre sí un rio de sangre.

Después de su breve permanencia en Hannóver, el Rey Guillermo se dirigirá á Worms para asistir á la inauguración del monumento que en esta ciudad se ha erigido á Lutero. En esta solemnidad nacional se halla- rán otros Soberanos protestantes de Alemania , y claro es que no se per- derá esta ocasión , que tan fácilmente se puede convertir en tema de dis- cursos y de manifestaciones unitarias. En efecto , los alemanes tienen por mitos ó representaciones de la independencia de su país á Arminio y á Lutero , y nadie ignora que las doctrinas religiosas de este último y su rompimiento con el Papa fueron, si no la causa, el pretexto de las prime- ras insurrecciones contra el imperio , tan poderosas y fuertes desde el prin- cipio, que después de una sangrienta guerra tuvo el gran Emperador Carlos V que transigir con los Príncipes cismáticos tolerando sus creencias religiosas. Desde entonces la causa del protestantismo y de la racionalidad germánica han seguido la misma suerte , y no ha contribuido poco al éxito de la última guerra el ser el Austria católica y la Prusia protestante , por- que , como muchos aseguran , y como dijo en el discurso de que traduji- mos en nuestro número anterior algunos párrafos M. Anerbach, las doc- trinas de los grandes filósofos é historiadores alemanes, hijas del protes- tantismo , la disciplina á que habían acostumbrado los espíritus Herder, Kant, Boeck y Hegel, preparó á las generaciones que vencieron en Sado- wa , y que aspiran sin duda á convertir todos los países que se compren- den en la antigua Germania en un solo Estado alemán y protestante. La solemnidad que se habrá verificado en Worms el día 25 de este mes tiene por lo tanto , y como hemos dicho , un carácter eminentemente nacional y unitario.

No tememos que el calor y entusiasmo patrióticos ocasionen una próxima guerra, aunque se prolongase por mucho tiempo la ausencia de M. Bis- mark , que como se sabe , ha ido á restablecer su salud quebrantada por las grandes emociones y por los grandes trabajos políticos á sus estados de Pomerania. Creyóse en un principio por muchos que esta retirada era señal indudable de que prevalecían las tendencias belicosas en los consejos del Rey de Prusia , y que los motivos de salud que para ella se alegaban eran más bien el pretexto que la verdadera causa de ella ; pero después todo


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parece confirmar que el estado físico del eminente hombre de Estado que con tanta habilidad j energía provocó j llevó adelante la g'uerra de 1866» j que es ahora el más decidido defensor de la paz, es en efecto harto grave, pues además de los desarreglos nerviosos que ja padecía, fué atacado úl- timamente de una inflamación de la pleura que puso su vida en gran pe- ligro ; natural es que busque en el retiro y en la tranquilidad del campo la restauración de sus fuerzas para volver á consagrarse al manejo de los asuntos públicos. No haj pues que temer inmediatamente por la paz de Eu- ropa, no siendo la ausencia temporal de M. de Bismark indicio de que va ja á turbarse. Nos parece que son sinceros j que van acertados los po- líticos prusianos que dicen que la paz es necesaria para consolidar j ase- gurar los resultados de la guerra anterior , j por otra parte es rauj con- vincente el argumento que aducía hace poco un periódico de Berlín para demostrar que Prusia no desea la guerra ni está dispuesta á provocarla, pues no habiéndola emprendido cuando Francia no estaba preparada para ella , claro es que no ha de pensar en suscitarla ahora que ha aprovechado con tanto afán el tiempo desde entonces trascurrido.

No se crea por lo que va dicho que tengamos por establecida definitiva- mente j por largo tiempo la paz en Europa. La actitud en que se hallan las grandes naciones , los gigantescos preparativos que todas hacen , j ese afán que por todas partes se nota de perfeccionar los medios de destruc- ción j de defensa, en lo que se consume de un modo infecundo tan in- mensos tesoros, no pueden inspirar gran confianza en los mismos. A ese estado de inseguridad j de duda debe atribuirse la paralización de la in- dustria j del comercio , de que amargamente se quejan los que son vícti- mas de ella; paralización de que es claro indicio, entre otros, la enorme suma de más de 1.200 millones de francos depositada en los sótanos del Banco de Francia , porque el temor retrae á sus dueños , que son todos los capitalistas del vecino imperio , de emplearla en empresas que podían causar su ruina si estallase la guerra. De este modo el progreso económico no sigue la marcha rapidísima j fecunda que llevaba en los años anterio- res , j no haj para qué decii- cuan grave es el mal que de ello resulta para todos los adelantos de la civilización, porque ese capital que representa el ahorro nacional debe convertirse en nuevos instrumentos de trabajo , en medios para aumentar la producción en todos sus ramos , j para llevar con ella la luz de la ciencia á todos los extremos del mundo , haciendo que par- ticipen todos los hombres de las ventajas obtenidas por la actividad j por los esfuerzos de las naciones que van delante de las demás j como sir- viéndoles de guia en el camino de la civilización j del progreso.

Las consecuencias que en el orden económico ha producido en el vecino imperio la situación que hemos descrito, toman, por decirlo así, una forma tangible en el projecto de empréstito sometido á la deliberación del


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Cuerpo legislativo, pues aunque la destreza de los Ministros de Hacienda sea muj grande, no basta para ocultar que el déficit de los presupuestos de los últimos años consiste principalmente en los enormes gastos que se han hecho para las atenciones de la marina y del ejército ; gastos que no haj esperanza de que sean menores en lo sucesivo, porque una nación tan poderosa como Francia no puede quedarse detrás de las demás en la rápida progresión que en todas partes siguen la organización militar y los arma- mentos. Por fortuna suya esta nación es tan rica, que puede soportar esos inmensos gastos sin abandonar otras atenciones, y aunque ocasionando quejas de los contribuyentes, tiene capitales para completar el vasto sistema de sus caminos de hierro dando grandes auxilios á las compañías que los explotan y construyen, y dedica no pequeñas sumas á los caminos vecinales supliendo la falta de recursos de los pueblos que sin esos medios de comu- nicación no podrían sacar gran provecho de los ferro-carriles , ni estos en- contrarían la gran masa de trasportes que necesitan para sostener los enormes gastos que son menester para establecerlos y explotarlos.

La posición del Ministerio Disraeli se ha fortalecido últimamente en las Cámaras , habiendo obtenido varios triunfos muy significativos en la de los Comunes : el más notable fué el que alcanzó en la sesión del 18 de Junio, en la que se discutíanlas reformas del sistema electoral en Irlanda. El coronel French propuso una enmienda para que se rebajase en los con- dados el censo de doce á ocho libras de renta imponible, como á su parecer debía hacerse para que fuesen análogas las condiciones de los electores de esta especie en los tres reinos. Lord Mayo se opuso á esta modificación, que á pesar de haber sido apoyada por Gladstone, fué desechada por 24l votos contra 205, resultado que fué saludado con grandes aplausos por los ministeriales. Esta victoria no asegurará por mucho tiempo la vida del Gabinete , pues según los cálculos minuciosos y al parecer exactos que traen los periódicos ingleses , las modificaciones que ya se han hecho en el régimen electoral de la Gran Bretaña darán por resultado un aumento de más de 30 votos á las diferentes fracciones del partido liberal, aun pres- cindiando de las consecuencias imprevistas que producirán en los colegios que mandan casi siempre representantes torys las modificaciones y reba- jas del censo, que han aumentado como se sabe en una proporción notable el número de electores pertenecientes á clases que no suelen ser muy en- tusiastas de las doctrinas conservadoras. Sea de esto lo que fuese , aplau- dimos que el desinterés de los partidos liberales de Inglaterra haya sido tal y tan grande , que renunciando á arrebatar el poder de manos de sus adversarios por medio de un ardid que en todas partes hubiera parecido lícito , dejan que llegue el término natural de la presente legislatura sin provocar una crisis, y apelan ante el país para que dé ó niegue á sus doc- trinas y propósitos de Gobierno la sanción suprema que corresponde en los


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pueblos constitucionales al cuerpo electoral, órgano genuino j legal de la opinión pública.

Ya que de Inglaterra hablamos, parecería natural que nos ocupásemos del glorioso fin de la campaña de Abisinia, supuesto que ha llegado j ha visto la luz pública el parte oficial , que envia á su Gobierno el general Napier, de las operaciones que precedieron j siguieron á la toma de Magda- la, desenlace previsto de esta guerra; pero como ya no tenemos espacio para dar idea de estos sucesos, lo dejaremos para otra ocasión si no se de- dica por persona competente un artículo especial de nuestra Revista á re- ferir las peripecias y resultados de esta curiosísima campaña.

Antonio María Fabié.


REVISTA DE TEATROS.[editar]

Negar que desde hace algunos años decaen progresivamente en España la literatura y el arte dramático, seria negar lo evidente: analizarlas cau- sas de esta decadencia y señalar su remedio (muj posible en nuestro sen- tir) , es obra que dignamente desempeñada sería meritoria para su autor j fecunda en bienes para nuestras letras. Quien esto escribe no intenta de modo alguno acometer tal empresa; para llevarla á cabo le faltan la ciencia y la vocación que son necesarias para ejercer honrada y útilmente el magisterio de la crítica; y aun si pudiera poseer la una y sentir la otra» razones que no son de este lugar le moverían á no empeñarse en la tarea de indicar la parte de culpa que á poetas , actores y público corresponde en que con lastimosa frecuencia se vean desterrados de nuestro teatro la poesía, la razón y el buen gusto. ¡Ojalá que otros mejor dispuestos para tan conveniente trabajo , se dedicasen á hacerlo ! Nuestro propósito se re- duce á exponer brevemente , y sin arrogarnos más autoridad de la que es propia de cualquier espectador de las butacas ó las galerías, algunas refle- xiones que hemos hecho sobre esta materia, con ocasión de la vuelta á Madrid del justamente célebre artista italiano Ernesto Rossi.

Está demás encarecer la importancia de las representaciones teatrales que han sido siempre y son objeto de preferente atención de los pueblos cultos; pero esta importancia debe ser mayor en unas que en otras naciones» con relación al valor de la literatura dramática de cada una de ellas ; por JO que , sin pecar de arrogantes , podemos decir que el teatro español es de los que tienen mejor derecho á ser considerados como asunto de interés general y más obligación de mantener las ilustres tradiciones de su his- toria.

Sabido es que Inglaterra y España son los dos únicos pueblos de la Europa moderna que poseen un teatro original, propio, nacido espontá- neamente de la inspiración de sus hijos, y por sor así, son también el tea- tro español y el inglés los únicos que pintan fielmente al hombre, tal como es, como siente, como piensa, como habla, no como se esforzaban en ha- cerlo sentir, pensar y hablar los poetas dramáticos de otras naciones (se- ñaladamente los franceses) en la imperfecta copia que hacían de los dramas


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grieg-os y latinos, cuyo espíritu habia muerto con la civilización de aque- llos pueblos, y cuya forma desconocian ó falseaban sus imitadores. Cuando estos quisieron romper las trabas y meticulosidades que sujetaban su in- genio y formar un teatro que tuviese carácter nacional, y en el que se hermanasen la verdad y la poesía, no pudieron ser originales, por tardíos, y tuvieron que estudiar (no sin censurarlas acaso) las obras de Shakspeare , de Lope de Vega y Calderón para seguir sus huellas.

Sería curioso y no difícil de probar, en nuestro sentir, que esta diferen- cia literaria que pone de un lado á nuestra patria y á la Gran Bretaña , y del otro á los demás países del continente, toma su origen de la diferencia que de antiguo existia entre las instituciones políticas de aquellos dos y los otros pueblos de que hablamos. En Inglaterra y en España no ha sido nunca planta natural el absolutismo monárquico, por más que haya tenido que sufrirlo aquella nación en ocasiones pasajeras , y que sobre nosotros haya pesado larguísimo tiempo su mortal influencia. Rechazado siempre, cuando no razonada y abiertamente , por instinto y con la resistencia pa- siva de las costumbres, las que son propias de esa forma de gobierno jamás lograron connaturalizarse con el ser de estos pueblos; en ellos han nacido por sí mismas y desenvuelto su existencia muchas cosas que en otras partes debieron exclusivamente su vida á la voluntad de los Reyes que se juzga- ban, y eran juzgados omnipotentes ; las cortes mismas de los monarcas tenían un carácter distinto de las de otros países en España y en Inglater- ra, en donde eran servidos los Príncipes, pero no adorados, por más que algunos lo pretendiesen , y en donde los altivos magnates que las forma- ban, solían apartar los ojos del trono, que no miraban seguramente como el tabernáculo de un Dios, sino como una institución humana, cuyo poder estaba limitado por los priv legios de los señores y los fueros de los pueblos. De aquí que el teatro , que ha tenido en casi todas partes un origen pala- ciego, bajo el amparo de príncipes ó ministros ilustrados, tuviese un origen puramente popular en Inglaterra y en España. El poeta español y el inglés no escribían como los otros para que sus obras se representasen en un salón artesonado , cuyo silencio turbaban apenas los cuchicheos de la ga- lantería y la maledicencia, sino en un corral sin techo, en cuyo ámbito hervían estrepitosamente risas , palmadas , voces y silbidos ; no para ser oídas de una determinada clase de espectadores tan cubiertos de bordados y de perfumes como celosos de guardar y de que se les guardasen en todas las ocasiones de la vida lo que se ha dado en llamar ahora las convenien- cias sociales, sino para que las oyesen todos los hombres y todas las mu- jeres del reino, desde quien ceñía la corona Real hasta quien cosía zapatos ó andaba descalzo: no pedían inspiración á las preocupaciones y á los afec- tos más ó menos artificiosos de la gente cortesana para dar vida á los seres que creaban ó despertaban del sueño de la historia , sino á las múltiples


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ideas y pasiones de la humanidad. Siendo esto así, fué libre el ingenio de los poetas ing-leses y españoles de obedecer más leyes que las que inapone á toda obra de arte su propia naturaleza , no las cavilaciones de los retó- ricos, para que sea bella en el fondo y en la forma; y sin causar escándalo ni repugnancia, sino justísimo aplauso (pese al juicio de Moratin, extra- viado por la pasión) , pudo Hamlet luchar á brazo partido con Laertes, ante el cadáver de Ofelia , y pudo Segismundo tirar del balcón al mar ai imprudente palaciego que le enfada con sus amonestaciones , y descubrir el salvaje ardor con que intenta poseer la hermosura de Rosaura.

De esta libertad gozó en parte Moliere, no porque la consintiesen las costumbres ni los códigos literarios de su patria , sino porque se la otor- garon la amistad de Luis XIV y el servilismo de los que no osaban con- trariar ni con el pensamiento la voluntad de este poderoso Monarca. Al- guna comedia del insigne poeta no estrenada en presencia del Rey y oida por él con aplauso en su segunda representación , fué entonces objeto de grandes encomios y alabanzas de los cortesanos y literatos oficiales que pocas horas antes la habian hecho blanco de las injurias y denuestos que les inspiraban su envidia y el despecho de ver retratados en la pieza sus vicios y ridiculeces. La protección de Luis XIV alentó al genio de Mo- liere para tender su vuelo fuera de la reducida órbita en que Intentaban ahogarlo las censuras y los consejos de los tartufes religiosos , moralistas y literarios , de cuya enemistad y malevolencia lo defendía el Principe , y gozando por privilegio de libertad en aquel país de esclavitud literaria, logró crear lo único que en nuestro sentir tiene de verdaderamente admi- rable el teatro francés , la comedia de carácter y de costumbres. En las de aquel notabilísimo ingenio están con frecuencia imitados y á veces tradu- cidos nuestros dramáticos.

Los usos políticos y sociales y las opiniones literarias que se difundie- ron por España al subir al trono Felipe V , dieron lugar á que se formase aquí una escuela opuesta á nuestro caráctery tradiciones, que pretendía su- jetar los pasos del ingenio dramático español con arbitrarias y estrechísi- mas reglas : sectario de esta escuela y uno de sus más ardientes defenso- res , fué el mismo Moratin antes citado , en sus escritos didácticos ; pero al escribir sus comedias , penetrado del espíritu de nuestros antiguos poe- tas , usó de su tradicional libertad ( no en la estructura material de las pie- zas, pero sí en la invención de algunas situaciones , en la naturalidad de los caracteres y en la expresión de los afectos ) aunque cobardemente con- denándola y renegando de sus beneficios: Ua&phemant dansla langue des Dieux , como de Saint Beuve dice Alfredo de Musset en una de sus poe- sías. Y por esto , las comedias de Moratin , preciosas joyas de nuestro teatro moderno , se distinguen tanto de las insulsas ó afectadas que escri- bieron la mayor parte de sus secuaces literarios, como se distingue un ra-


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millete de flores bellas j naturales de otro formado con alambres j peda- citos de tela ó de papel pintado.

Seguramente que no son los yertos vestigios de este sistema, extraño, prosaico j mortal para nuestra escena, la causa de su actual abatimiento, pues que con la revolución política ocurrida á la muerte del Rej Fer- nando VII coincidió una revolución literaria por la que pudieron recobrar nuestros dramáticos el uso de sus antiguas y legitimas libertades. De otros males nace la postración que lamentamos ; pero la influencia de aquel preparó tal vez el camino á estos que explicaremos ahora , amortiguando en el alma del público j de los autores el espíritu poético, y disponiéndo- los con la obediencia á la tiranía de los fanáticos devotos de Boileau , á ser esclavos hoy de las absurdas exigencias con que desnaturalizan toda con- cepción dramática , la ignorancia de los espectadores , la extraviada opi- nión de nuestros representantes, y el estéril imperio de la vulgaridad y la medianía literaria. Si venciendo estos obstáculos y el inevitable desaliento que producen , suelen , algún ingenio con el valor de sus obras , y los ac- tores al representarlas acertadamente porque son buenas , recordamos que aún no ha muerto el teatro español , el enojoso espectáculo que cuotidia- namente nos ofrece de pocos años á esta parte nos da el temor de que tal vez asistimos á su agonía.

La causa principal de que aparezca en tan miserable estado , es sin duda el desamor , la indiferencia con que se acogen ahora en España los traba- jos literarios: adormecida en las almas toda aspiración á lo ideal, y apagado en los corazones toda clase de entusiasmo , muy trabajosa y tibiamente pueden interesar á nuestra sociedad las imaginaciones del poeta , cuya voz viene á ser lo mismo en el teatro que en el libro , vox damaiitis in deserto- Esta falta de correspondencia entre quien escribe y los que habrían de atenderle y recompensarle con su aplauso , engendra en el ánimo un in- vencible y mortal desaliento que rinde la voluntad y hasta marchita por la inacción las fuerzas de la inteligencia. Mal gravísimo es este y que juzgamos pasajero, pero que mientras dura nos materializa y degrada, habiendo avanzado tanto en breve tiempo , que basta volver los ojos á muy pocos años atrás y recordar el interés que despertaban las nuevas produc- ciones literarias en el público , de cuya conversación eran constante y pre- ferido tema; la atención con que se juzgaba á sus autores y las distin- ciones con que se les favorecía ; la actividad y el noble estímulo que los alentaba ano desmayaren su tarea, ni por la embriaguez del triunfo ni por el disgusto délos reveses, y la animación general que había por estas cosas de la que daban muestra numerosas lertulias literarias , tan selectas como las de los señores Duque de Rivas , Marqués de Molins , Cañete y Cruza- da Villamil, para comprender cuan diverso del de hoy y cuanto más honra- do y dichoso era entonces el estado de nuestra literatura y de nuestro teatro.


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No entra en nuestro propósito examinar las causas de esta especie de enfermedad social , ni acaso podríamos hacerlo aunque quisiéramos ; pero séanos lícito indicar que en nuestro sentir, esta frialdad , este abatimiento que nos dominan en el orden literario son inevitable j legítima consecuen- cia del abatimiento j la frialdad que imperan en otros órdenes de ideas. Si la sociedad aparta sus ojos con culpable desden y vergonzoso desmajo de los sucesos del orden político , que es el que representa sus intereses generales, ¿cómo ha de volverlos con amor y entusiasmo á los que son de un orden puramente espiritual , y que por lo tanto requieren gran riqueza de sentimiento y actividad en las almas para ser atendidos y estimados? Cuando los pueblos no tienen vida política, sino que yacen en una especie de sopor mortal, es insensato esperar que den de sí otra cosa que constan- tes y universales muestras de su cansancio y apatía. ¡ Qué más ! Aun en el orden económico que representa la satisfacción de las necesidades ma- teriales que no mueren sino con la carne , por degradado que esté el es- píritu que la anima , influye funestamente la postración de la vida política, y allí donde falta esta, alU no se pueden satisfacer aquellas necesidades, porque esterilizan la pereza y el miedo lo que no absorbe el egoísmo.

Fatal colorario de la indiferencia y el desamor del público y del desá- nimo y retraimiento de los buenos ingenios, es en literatura, como en otras cosas , el predominio de los que no son buenos , que quieren y logran su- jetar á los demás á las leyes que su interés ó su capricho les sugiere. De- jando de escribir para el teatro aquellos que por natural vocación y por educación literaria debieran hacerlo , natural es que se hagan dueños de él los que primero lo intenten , y de aquí que cada dia se vicien más las fa- cultades de los actores y se pervierta el gusto del público con la represen- tación de piezas vulgares, ya originales, ya imitadas del hoy decaído teatro francés , en las que lo adocenado ó absurdo del argumento rivaliza con lo rastrero ó ridiculamente pretencioso del estilo por que están escritas. De las que son honrosas excepciones , hemos hecho ya mención , aunque sin nom- brarlas, como tampoco nombraremos las que forman la generalidad, blanco de nuestra justa y contenida censura. El juicio público sabrá distinguir las unas de las otras , por más que en ocasiones haya sido deslumhrado con alabanzas tan efímeras como pomposas y desatinadas. Que para escribir obras dramáticas se necesita inspiración , conocimiento de la lengua en que se escribe, estudio de la propia y las extrañas literaturas, de la historia, del corazón humano y de la sociedad en que se vive , y que para tradu- cirlas dignamente , se necesita saber hacerlas originales , cosa es de todos sabida y que hoy más que nunca parece olvidada en España ; por esto al movimiento natural de los sucesos han sucedido en las fábulas dramáticas las peripecias y los golpes de teatro ; á la pintura de los caracteres la im- pertinente verbosidad con que cansan á su interlocutor y al auditorio los


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mismos personajes de las obras diciendo que son muy ambiciosos , muj enamorados, muj benditos, muy picaros, muy chistosos ó muy temibles, lo que á decir verdad no se echa de ver sino porque ellos lo aseguran; y á la expresión fiel de los afectos y pasiones ha sucedido , ya la fórmula rastrera de los deseos más ordinarios y groseros (mal entendidos y peor explicados); á lo que se ha dado neciamente en llamar realismo, ya un di- luvio de declamaciones sentimentales y compungidas , en las que bendi- ciendo á Dios y su misericordia , el amor de la familia y otras cosas siem- pre dignas de cariño y respeto, pero que no siempre hace al ca,so hablar de ellas , nos revela el autor de la comedia , en versos ó prosa altisonantes, el singular descubrimiento de que la virtud es una cosa tan buena como abo- minable y malos son el vicio y el crimen.

Dominando asi en la literatura dramática esta vanidad de pensamientos y mal gusto de formas , no es posible que salgan á luz nuevos actores que ilustren nuestro Teatro , ni dejarán de rebajar su talento y disminuir su fama los que antes , con razón, cautivaban el ánimo del público y recibían sus justos aplausos. Ordinariamente , no tienen estos que pensar ahora en estudiar los afectos humanos ni el carácter del personaje histórico ó fingido , á quien unidos el poeta y el comediante animan con su arte di- vino hasta el punto de que interesa , conmueve y arranca lágrimas ó risas á una reunión de seres reales y positivos , de carne y hueso , que olvidan sus propios cuidados en la contemplación de venturas ó desgracias ima- ginadas , no ; en lo que tienen que pensar ahora nuestros actores es en ver cuál de ellos es más perfecto en recitar con voz solemne, y marcando la acentuación de las palabras (como quien recela que no lo entiendan ó quien lee frases escritas con letra subrayada), una sarta de lugares comunes de religión y de moral , que pretenden ser intempestivas sentencias ; en des- liar y volver á liar de corrido una madeja de palabras inútiles y de ideas vulgarísimas , ó en hacer efecto en las llamadas situaciones capitales, que como están casi todas calcadas sobre un mismo patrón , no ofrecen al artista más trabajo que el de remedar á fuerza de gritos, manotens, frun- cimientos de cejas y otras demostraciones puramente materiales, un dolor, un espanto , un amor ó una alegría de todo punto inverosímiles , y que por lo tanto no despiertan ni el eco de la simpatía en el alma de los es- pectadores.

Ya hemos dicho que la causa original de que reine este arte conven- cional, si se nos permite la frase, cuyos aplausos y críticas están ya como estereotipados para el uso de los que se ocupan en hablar ó en escribir de nuestros Teatros, es la frialdad, la indiferencia del público. Pero ¿acaso no se puede y se debe hacer algo para conmoverlo, para reanimar su amortiguado amor al arte , y á la belleza ideal que por el arte conocemos? ¿No habría esperanza de conseguirlo, si críticos, actores y poetas se con-


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sagrasen á ello con perseverancia j buena voluntad? Nosotros creemos que sí: nosotros pensamos que en esta como en otras materias, los hom- bres destinados por sus méritos ó por la fortuna á guiar los pasos de la multitud , lo que no pueden alcanzar de ella con la persuasión , lo consi- guen con el ejemplo ; y buena prueba de esta afirmación es , en el asunto de que tratamos, el creciente amor con que en estos dias asiste el público de la corte al teatro de Jovellanos para ver las representaciones de la com- pañía dramática italiana.


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De Rossi se ban hecho alabanzas más ó menos exageradas ; se le han señalado defectos , de los cuales no está exento sin duda , j no ha faltado tampoco quien, más ó menos acertadamente, le haya puesto en parangón con algunos de nuestros artistas. En nuestro sentir , para esta compara- ción faltan términos hábiles: prescindiendo (si prescindir se puede) de que las diferencias que separan los sistemas de declamación del teatro ita- liano j del español son tales, que bien puede parecemos malo ó vicioso lo que sea bueno con relación á la escuela á que el actor pertenece , y vice versa ; prescindiendo de esto , decimos , mal se puede hacer un paralelo entre ninguno de nuestros representantes y Rossi, cuando las obras en cuya ejecución sobresale más éste, no han sido nunca interpretadas por aquellos. Desgraciadamente España es el único pueblo de la Europa culta en que no se han traducido ni se representan los dramas de Shakspeare, y el mejor título con que el artista italiano puede reclamar nuestro aplauso, y aun nuestro agradecimiento , es el acierto , la perfección casi , con que nos ha dado á conocer la grandeza y hermosura de las obras del inmortal trágico inglés.

Rossi es un actor de cualidades naturales nada comunes , revela tener una conciencia artística muy severa , que le mueve á estudiar con deteni • miento y reflexión el carácter que representa, sin fiarse del azaroso y falaz recurso que suelen llamar otros la inspiración de momento , y por su ju- ventud y gallardía gana también la voluntad del público y le dispone al aplauso: pues bien, nosotros creemos que con estas y más favorables con- diciones y sin ninguna que le fuere contraria ( que no le faltan por cierto) , no podría entusiasmar como justamente entusiasma á sus espectadores, si no tuviese también el talento de poner casi siempre en escena obras que por su verdadero mérito le dan ocasión de ejercitar sus propias facultades, y al par subyugan y conmueven el ánimo del público.

Para conseguir este objeto ha tenido que vencer en nosotros la resisten-


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cia que nace de la perversión del gusto literario j escénico de que antes hemos hablado, lo que avalora el éxito de su perseverancia. Una vez sola pudo representar cuando estuvo en Madrid há dos años el Hamiet de Sha- kspeare, que fué entonces ingratamente escuchado por nuestro público: en la presente temporada se ha repetido ya. tres veces , y en cada noche es más admirado: á despecho de las prevenciones que engendran la ignorancia y el extravio de la opinión vulgar , los espectadores del teatro de la Zar- zuela perciben y aprecian las infinitas bellezas de aquella obra inmortal, y poniendo en olvido la necia y ridicula frase, muere hasta el apuntador, atienden suspensos y conmovidos al magnifico cuadro que les ofrece Hamiet cuando espira sobre el trono profanado , viendo á sus pies los ca- dáveres de Gertrudis, Claudio y Laertes, jal caer el telón rompe el público en fervorosos aplausos.

No solamente este género dramático es el que cultiva el talento de Rossi, ni siempre se emplea en obras de tal perfección , ó mejor dicho , de tanta grandeza literaria. A veces representa alguna que no acredita muj buen gusto para elegir, como es el Espagnoleto , drama que sobre ser malo como obra de arte, calumnia horriblemente la memoria de aquel gran pintor , compatriota nuestro , quien no fué asesino de nadie , ni debió su gloria más que al valor de su genio. En las piezas en que más que en el estudio de xma pasión ó de un carácter parece haber pensado el autor en halagar los gustos del público y en preparar ocasiones á los actores de que luzcan sus facultades , nos parece inferior Rossi á lo que hemos dicho de él antes, lo cual, según nuestro modo de ver, no amengua su mérito. Nosotros prescindimos de juzgar á este ni á ningún otro actor en esta clase de obras , porque viendo siempre en ellas el artificio de quien las escribe nunca logran interesarnos.

Hemos oido á algunas personas entendidas elogiar á Rossi más en el género cómico que en aquel que , según nuestro modo de ver , está más conforme con sus dotes naturales. Acertadamente escoge para muestra de \o que puede hacer en la comedia las preciosas de Goldoni (para cuyo buen desempeño le ayudan eficazmente algunos de sus compañeros, como la Sra. Casilini y el actor , cu jo nombre no recordamos ahora , que repre- senta en Gli Innamorati el papel de tutor), j en ellas da á conocer, como en todo, que comprende perfectamente el pensamiento del autor, j á veces lo expresa con fidelidad; pero ¿puede negarse que en otras lo exagera hasta el punto de casi desnaturalizarlo? En Los Enamorados, por ejemplo, que acabamos de citar, con relación á lo mucho que Rossi vale como ac- tor, está muj lejos de satisfacernos: con sencillez, con gracia j naturali- dad en los ademanes j en el acento se expresa siempre al comenzar las chistosas escenas que abundan en la comedia ; felicísijno está en algunas de ellas, como cuando volviendo á casa de su novia, alegre con el recuerdo


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de la última reconciliación , le acometen la ira y los celos al verla hablar con el conde, j quiere irse j quedarse, apartarse de ella y estar á su lado rehusar y aceptar el convite del tutor, desvanecer las sospechas de ella y reconvenirla por las que él siente , hasta que dando al diablo todos los respetos sociales , se presentan él y ella tales como son , dos niños impa- cientes, caprichosos y locamente enamorados uno de otro. Pero ja desde aquí y en otras ocasiones Rossi. á nuestro ver, recarga demasiado el color del cuadro : parece como que la fogosidad de su imaginación y de sus sentimientos no le deja, cuando estos han de manifestarse agitados, en- cerrarse en los hmites ordinarios de la vida vulgar que representa la co- media, y que temeroso de alterar el carácter de jovialidad y ligereza que debe tener la situación, apela para provocar la risa al recurso de parodiarse á sí mismo , llegando hasta á hacer cosas impropias de su talento , como en la pieza de que hablamos los gestos estrambóticos y el convulsivo mo- vimiento del brazo con que amaga herirse con el cortaplumas.

La voz de Rossi es hermosa: sus tonos, que modula él con notable maes- tría, hieren rectamente al alma de quien lo escucha , y logra despertar en ella los más dormidos sentimientos. No sin razón, sin embargo, se moteja á aquel artista de expresar los dulces y suaves , aunque sean tristes , con monotonía y tal vez con afectación : pruebas da de este aserto en algunas escenas del Kean y del Sullivan, en otras del primer acto de los Dos Sar- gentos franceses y en Romeo y Julieta, cuando purificado aquel, por el amor, del odio y de la venganza , rehuye cariñosamente la iracunda pro- vocación de Tebaldo. Pero en cambio, ¿quién como Rossi expresa los sen- timientos apasionados y vehementes del alma , y aun la ternura cuando esta nace y crece de modo que conmueva hondamente el corazón y la fan- tasía? Dudamos que nadie pueda decir con acento más dulce, más amoroso y doliente que él al contemplar á Julieta en el sepulcro , cuja losa acaba de levantar. « ¡Oh, amor mió, esposa mia! La muerte que ha chupado la )>miel de tu aliento, no tiene poder todavía sobre tu belleza!... rojos están »aún tus labios j tus mejillas...»

En la encantadora escena del balcón , desde el momento en que Rossi salva las tapias del jardín , mira á las rejas de Julieta , la descubre entre las sombras de la noche, y ojesuvoz que lo electriza, con tanta verdad y poesía expresa el gozo, la pureza j la ternura que le agitan el alma, que arranca la del espectador de la sala del teatro, j en alas del deseo ó de la memoria , la lleva á los sitios en que por vez primera la llenó de amor y de alegría al eco de una voz querida.

A pesar de todo esto es indudable que expresa con más perfección que la ternura, los afectos enérgicos j violentos. Cuando en el mismo drama, después de matar á Tebaldo, corre á ocultarse en la celda de Fr. Lorenzo y sabe por él que está desterrado de Verona, que lo arrancan de los brazos


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de Julieta , apenas unido á ella , no se puede alcanzar con la magia de la representación más de lo c^ue alcanza liossi: ¡con qué verdad expresa el desconsuelo j la desesperación que le causa aquella sentencia , peor para él que la de muerte ! ¡ Cómo se rebelan su apasionado corazón j el ardor de su juventud, contra los frios j piadosos consejos de su interlocutor! — El dolor siniestro y profundo que manifiesta después al saber la muerte de Julieta, j al comprar al judío el veneno; la sombría resolución con que rechaza á Páris cuando intenta estorbarle que se acerque al sepulcro, hasta cogerlo enfurecido entre sus brazos j traspasarle el pecho, son superiores á todo elogio j prueban , en nuestro sentir , que el drama trágico , la tra- gedia (tomada esta palabra en su verdadera j lata acepción, no en el que le dieron la escuela clásica francesa y sus imitadores) es el género más adecuado al talento j á las facultades de Rossi.

Romeo, Ótelo y Hamlet (no hemos asistido á la representación del Mer- cader de Venecia j de Macbelh) , son á nuestro ver las mejores creaciones, como se dice ahora al uso francés, de este notable artista. El amor impe- tuoso j tierno , la nobleza de corazón , el religioso culto del honor , la fe generosa j los iracundos celos del moro de Venecia , los expresa Rossi de tal manera, que el público que lo aplaude, con él es confiado j venturoso y con él siente helada la sangre en las venas y opreso el corazón, al res- pirar el emponzoñado hálito de la sospecha que exhalan los pérfidos labios de Yago, Cuando este malvado , para encender más su ira , le ruega con infame astucia por la vida de Desdemona, hace temblar Rossi al respon- derle: ¡Ella! ¡damnata, la cor tig tana! La desolación, la amargura infinita con que se despide de su vida de hazañas y de gloria ; la furia espantosa que pinta al revolverse sobre Yago y echarlo por tierra amenazando des- pedazarle sino declara la inocencia de Desdemona; el dolor, la vacilación, el sombrío rencor con que se prepara á vengar su injuria; la pasión tierní- sima , el llanto comprimido que lo embargan al ver y hablar por última vez á su esposa, y la rabia ciega con que la estrecha y la ahoga con sus propias manos, son mayores que todo encarecimiento.

Aún mayores elogios que los que ya le hemos tributado merece Rossi en la representación de Hamlet. Esta en nuestro sentir es su obra maestra. Dificilísima juzgan algunos la interpretación del carácter del infeliz prin- cipe de Dinamarca, inmortalizado por Shakspeare; pero lo que no ofrece dificultad no es empleo digno de quien tiene talento, ni sin luchar con aquella puede este demostrar lo que vale. Dadas la inteligencia, amor al arte y otras facultades en un artista , el papel de Hamlet es el de los que pueden hoy ofrecerle ocasión de mayor lucimiento , no solo por la infinita riqueza de situaciones, de sentimiento y de poesía que el drama encierra, sino por lo simpático y comprensible que debe sernos á todos el carácter del protagonista.


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No hemos pensado en examinar esta ni ninguna otra obra de Shaks- peare: la grandeza j la importancia del asunto prohiben que se le trate como de pasada al hacer una Bevista de Teatros; motivo deberia ser más bien de un estudio literario oportunísimo en España , en donde es de muchos ignorado j de no pocos mal conocido aquel inmortal ingenio. Ha- remos tan solo una observación conveniente á lo que sobre el carácter de Hamlet hemos dicho. Hamlet, magnánimo, generoso, tierno j empujado al odio y al homicidio para cumplir un deber terrible ; amante y respe- tuoso hijo de su madre j juez severo al par del vicio y del delito , que la hacen despreciable á sus ojos ; resuelto á llevar á cabo la penosa hazaña de vengar la muerte y la deshonra de su padre , y receloso de si será más bien instigación del demonio que aviso del Cielo el misterioso impulso que lo mueve , siente un mortal hastío hacia la vida y dudas crueles le punzan el alma y le oscurecen los ojos cuando los lleva más allá del sepulcro, cayendo asi en la turbación de ideas , en la inquietud infecunda , en el frió desaliento y en la dolorosa inacción , que consumen hoy tantas almas ocio- sas, pero no tranquilas , que buscan en vano un objeto digno en que em- plearse, ó que se han apartado de él por culpa propia. Era desconocido este mal entre los hombres activos , entusiastas y apasionados del tiempo en que vivió Shakspeare : su poderosa inteligencia pudo adivinarlo , y en los labios de Hamlet parece que puso el constante quejido de la sociedad que tres siglos después de escribir él, habia de sentir como epidemia la enfermedad moral que tan admirablemente pintó en él el héroe de su drama. En la representación de este , procura ser tan perfecto Rossi , que no hay para que recordarle en tales ó cuales momentos. Desde que al empezar la tragedia ve la sombra del Rey ofendido y asesinado, hasta que muere víc- tima de la negra alevosía de su padrastro , nos parece admirable , digno intérprete de Shakspeare. No podemos hacer de él mayor alabanza.


m.


Dado á la imprenta cuanto va escrito de esta Revista , Rossi ha puesto en escena La vida es sueño de Calderón , traducida no sin gala y con bas- tante acierto en verso italiano por Giuseppe Palmieri-Nuti. Ni tiempo ni espacio tenemos para hablar como quisiéramos de esto, que deberíamos considerar los amantes de nuestras letras como una solemnidad literaria ; pero algo diremos, aunque sea apresuradamente. La magnífica obra de Calderón que no hemos logrado nunca ver en la escena española muchos TOMO II. 45


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españoles, fué aplaudida con entusiasmo. Rossi nos hizo ver palpitante, lleno de vida, al Segismundo que imaginó nuestro gran poeta j que apenas conocíamos por la lectura. Esta singular y grandiosa creación que nos muestra á un hombre cuja inteligencia, iluminada por la religión y por la ciencia cultivada , contrasta con la virginidad de sentimientos y los sal- vajes instintos que son propios de quien, encerrado en una torre desde el nacer, no ha oido más voz humana que la de su guarda y maestro , está perfectamente comprendida é interpretada por Rossi. Muy bien entendido también por el mismo el pensamiento cristiano y filosófico que anima el drama, lo infunde, por decirlo así, en el alma de los espectadores. En su prisión , en el palacio , dando rienda á sus deseos y enfrenando su ardor , ebrio de alegría al creerse poderoso y grande, temeroso de quesea sombra y sueño cuanto ve y toca, vencedor de su padre, postrado ante él para

triunfar de los hados siempre aparece Rossi digno de la obra, siempre

cautiva la atención y levanta el ánimo del público. A él y á sus compa- ñeros, que revelan haber estudiado con notable esmero y cariño la obra de nuestro gran poeta , les ofrecemos nuestro pláceme y nuestro reconoci- miento. El drama La vida es sueño, que no se da ahora en nuestro teatro, se representa con grande aplauso en los de Alemania: de hoy más, gracias á Rossi , mientras que él siga ilustrando con su talento la escena , será admirado como lo son Hamlet y Otelo por cuantos entienda i la hermosa lenffua italiana.


ÍNDICE DE LOS ARTÍCULOS DEL TOMO II[editar]

IVúm. 5.**


Páginas.


Roma y España á mediados del siglo XIX. — Artículo primero. — Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe II , y de las consultas j determinaciones de que con ocasión de ellas

hubo en España, por D. Antonio Cánovas del Castillo 5

El Alcázar de Sevilla ó las dos Españas , por D. Gabriel G. Tas-

sara 48

España antes y después del 1833, por el Marqués de Miraflores. . . 69 Un conciliíf ecuménico en el siglo XIX , por D. Juan de Lorenzana. 84 Raimundo Lulio y D. Juan Manuel. — Primera parte. — Estudio li- terario , por D. Francisco de P. Canalejas 116

Memorias de un coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. 138

Revista política interior, por D. J. L. Albareda l57

Revista política exterior, por D. H. M. Fabié 167

Boletín bibliográfico 174


IVúin. 6."

Estudio sobre la crisis política actual de los Estados- Unidos , por

D. Florencio R. Vaamonde l77

Carta á Filena , por D. A. García Gutiérrez 224

La caridad en la guerra , por D. Nicasio Landa. . . 226

Cortes y sublevación en Cerdeña bajo la dominación española. — La Marquesa de Siete-Fuentes. — Primera parte, por D. A. Lló- rente 262

Memorias de un Coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. 308

Revista política interior, por D. José Luis Albareda 326

Revista política exterior , por D. A, M. Fabié 334

Boletin bibliográfico 345


El P. Macedo. — Literatura portuguesa en el sig-lo XIX, por Don

A. Romero Ortiz 355

Poesías arábigo-hispanas , por D. Juan Valera 406

Roma y España á mediados del siglo XVI , — Articulo II. — De las negociaciones y tratos del Papa Paulo VI con los franceses , y motivos que alegó ó tuvo para indisponerse al propio tiempo con

los españoles, por D. Antonio Cánovas del Castillo 4l6

Epidemia actual del olivo , por D. M. Z. Cazurro 472

Memorias de un Coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. 486

Revista política interior, por D. J. L. Albareda 507

Revista política exterior, por D. A. M. Fabié 5l6

Noticias literarias 526

Boletín bibliográfico 532


Cortes y sublevación en Cerdeña bajo la dominación española. — La Marquesa de Siete-Fuentes. — Segunda parte . — Por D. A. Lló- rente 537

A una nube. — Poesía — por D. F. Escudero y Perosso 585

De la esclavitud y sus modificaciones en España durante la Edad

Media. — Dominación visigoda, por D. Augusto Ulloa 587

Observaciones sobre la riqueza vinícola , é influencia que en la mis- ma y en la general de España ejerce el estado del Tesoro público,

por D. F. Goicoerrotea 6l7

El método racional y el método empírico en las ciencias físicas,

por D. F. Ecbegaray 626

Memorias de un Coronel retirade , por D. Patricio de la Escosura. 643

Revista política interior , por D. J. L. Albareda 671

Revista política exterior , por D. A. M. Fabié 679

Revista de teatros 687

Boletín bibliográfico 699