Revista de España: Tomo I - Número 1 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO I - NÚMERO 1 - AÑO 1868

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SOBRE EL CONCEPTO QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA.

Las doctrinas ó las creencias se encadenan de tal suerte que con dificultad puede afirmarse nada , á no presuponer otras afirmacio- nes previas.

Asi es que por severo y escrupuloso que sea un escritor y por aficionado á demostrar ó á dar pruebas de lo que afirma , no es po- sible que en cualquiera escrito suyo vaya remontando , por decirlo asi, los eslabones todos de la cadena y demostrándolo todo hasta llegar á los principios fundamentales. Algo es menester que dé por sentado y hasta por inconcuso el lector : en algo es menester que el lector convenga con el escritor, aunque no sea más que para entrar en cierta momentánea comunión de espiritu , mientras que lee su obra.

Convencido yo de esto , voy á sentar aquí algunas premisas , que solo condicionalmente quiero que sean aceptadas.

Yo creo , en cierto modo , en la inmortalidad de las naciones de Europa. Las antiguas civilizaciones y los antiguos y colosales im- perios de Oriente murieron , se desvanecieron : apenas queda rastro de su grandeza pasada. Esto hace pensar á muchos en que las razas y los pueblos se suceden y se transmiten la gloria , el poder y la ciencia, cayendo unos para que otros se levanten. Los egipcios y los asirlos y los babilonios sucumben cuando se alzan los medos y los persas. Luego viene Grecia; luego Roma; luego aparecen las naciones del Norte de nuestro continente : tal vez la. América ven- drá más tarde. Hay quien no considera la historia sino como una incesante sucesioi, de ruinas, sobre las cuales llega á fundar su principado ó dígase su hegemonía una nueva nacionalidad, una nueva raza. Los que piensan así , sin negar el progreso humano, entienden que el cetro , la corona , la antorcha de la civilización, más brillante cada dia , en suma , todo el tesoro acumulado del es- tudio , del trabajo y del afán de mil generaciones sucesivas , pasa de un pueblo á otro pueblo , con el andar de los siglos. Esta idea es


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 47

tan antigua , tan general y tan arraigada , que se forlnula en pro- verbio, mucho tiempo ha :

Tradidit Aegyptis Babylon, Aegyptus Achivis.

Los que así discurren , dadas las condiciones actuales de la civi- lización , no pueden ir hasta el extremo de imaginar que tal ó cual nación, ó tal ó cual Estado, venga á hundirse tan por completo como los imperios antiguos de Asia ; que , en una época señalada, á no intervenir un cataclismo de la naturaleza , Paris , Londres ó Berlin , lleguen á ser lo que son hoy Persépolis , Susa , Ecbatana, Menfis , Tebas , Ninive ó Palmira : pero si imaginan que suben á mayor altura otros pueblos , los cuales salen á la escena de la his- toria como representantes de una nueva idea más alta y más com- prensiva , como ministros de un propósito providencial superior , y como flamantes encargados de la misión de dirigir el progreso. Las naciones , que antes eran las primeras , quedan entonces rezagadas y como arrinconadas , ó reducidas al menos á hacer un papel harto secundario. La decadencia de estas naciones es grande, aunque rara vez llegan al término de aniquilamiento de los pueblos asiáti- cos. Casi siempre, al menos en los pueblos europeos ó de origen europeo , se supone virtud para seguir , aunque sea á remolque y trabajosamente, el movimiento progresivo de la civilización, al fren- te del cual se colocan , según su turno, otros pueblos ú otras razas. Hoy dicen que los que van á la cabeza son los alemanes , los ingle- ses y los franceses : y no falta quien columbre ya , en lo venidero, la supremacía de los anglo-americanos y de los rusos. Entretanto, los que adoptan resueltamente esta opinión , consideran que hay naciones , aun entre las de Europa , que se hacen reacias ; que tal vez contribuyeron en un momento dado, y por muy brillante y po- derosa manera , al desarrollo del espíritu , al adelanto general , á la marcha majestuosa y providencial de los negocios humanos, pero que son solo perfectibles hasta cierto punto y de allí no pueden pasar. Estas naciones mueren, y los que así discurren justifican su muerte , si ya tuvo lugar , ó la predicen , si está por venir toda- vía. A veces no es la nación solo , en su forma política , la que es absorbida ó aniquilada , sino la raza misma , como va aconteciendo con los indios americanos : pero más comunmente desaparece la nación solo , y la raza queda , en un estado de mayor ó menor de- gradación , con más ó menos vitalidad , con esperanzas más ó menos


48 SOfiRE EL CONCEPTO *

fundadas de recuperar la nacionalidad , la autonomía , el poder po- lítico independiente : así , desde los polacos y los griegos de Creta, hasta los judíos y los jitanos.

En mi sentir , hay en este modo de considerar la historia mucho de verdad , mucho que la experiencia comprueba : pero también hay notable exageración. Aun para adoptar vagamente lo principal de la doctrina , importa hacer no pocas salvedades y distingos , y con- viene dar explicaciones. La que más cuadra á mi intento , es la de que los pueblos que llaman Aryas ó descendientes de los Aryas , y que otros llaman de raza indo-germánica, caucasiana ó japética, esto es, los pueblos de casi toda Europa y algunos de Asia, tienen, entre otras excelencias y ventajas , la de conservar , á través de mil alternativas de próspera y adversa fortuna y de todo accidente ó circunstancia exterior , el sello de su carácter , la energía y la vir- tud y el valor que les son propios , y con los cuales llegaron á se- ñalarse. Su degradación ó postración ha sido siempre momentánea. Estos pueblos rara vez han caído para no volver á levantarse jamás. Bien puede sobrecojerlos un desmayo, pero nunca la muerte.

Persia cae bajo el poder de Alejandró , pero vuelve á ser poderosa y grande , y temida rival del imperio romano bajo el cetro de los sasanidas. En tiempo de los sultanes de Gasna, en la Edad Media, Persia brilla con un esplendor ^extraordinario de civilización. Sus poetas épicos y líricos , sus artes y sus ciencias son superiores en- tonces á los del resto del mundo (1). Después se perpetúan en Persia las escuelas y sectas filosóficas y religiosas , y la poesía lírica , y hasta la dramática, que nace allí en nuestra edad. Recientemente, el extraño fenómeno histórico de la aparición y difusión del babismo ha hecho patente el vigor intelectual y moral de aquella raza, que tal vez renazca" y se eleve de nuevo á la altura de las razas de Eu- ropa , sus hermanas , cuando un principio más fecundo y más noble venga á despertarla y agitarla (2).

En dos naciones del Mediodía de Europa ha sido tan sublime, tan duradero y tan superior el primado , que si se mira el asunto con profundidad y no de un modo somero , y cediendo á la impresión del momento , que es desfavorable , el descollar de ellas da mues- tras de ser perpetuo ó punto menos que perpetuo ; la luz no se ex-

(1) Schack , Introducción á su traducción de Firdusi.

(2) Gobinau, Les religions et les philosophies dans VAsie céntrale. — Franck. Fhilosophie et religión.


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 49

tingue, aunque se eclipsa. La civilización y el poderío de la Gran Bretaña , de Francia ó de Alemania , parecen efímeros , parecen inferiorísimos por la intensidad y por la duración , comparados con los de Grecia é Italia. Los historiadores ponen la caida de estas na- ciones en el punto en que juzgan más conveniente , pero con más arbitrariedad que justicia. Incurren en el error de quien creyese muerta la crisálida que va á trasformarse en mariposa, pasando, por medio de un letargo , á una vida mejor , más fecunda y más brillante. Para Grote, por ejemplo, acaba Grecia cuando se somete al macedón Alejandro, y, con todo, Grecia y su espíritu se difun- den entonces por el Asia hasta la Bactriana y la India : la civiliza- ción griega se extiende sobre las orillas del Nilo y del Eufrates; brilla en Alejandría hasta la muerte de Hipatia, y resplandece, con el cristianismo , en el saber de los Santos Padres , hasta el quinto ó sexto siglo de nuestra era. El imperio bizantino , infamado con el título de bajo , combate , resiste , se defiende durante otros seis ó siete siglos más , contra el furioso aluvión y continua avenida de los bárbaros de Oriente y Occidente ; contra los persas , lo¿ godos, los hunnos, los búlgaros, los rusos y los cruzados, y contra el is- lamismo pujante, el cual se extiende por toda el Asia y por el Norte de África y por Espaiia , y amenaza varias veces , á pesar de Carlos Martel y de' Gario-Magno, salvar los Pirineos y clavar su bandera victoriosa en la nevada cima de los Alpes. El imperio bi- zantino, el bajo imperio, los griegos resisten, no obstante, y no solo salvan y custodian la civilización , sino que la difunden entre esos mismos pueblos que contra él combaten (1). Rusia y otras naciones reciben de manos de Grecia agonizante la religión y la civilización. Esta vitalidad y este vigor del bajo imperio se manifiestan en unos siglos , en que el brio de los pueblos , convertidos por donde quiera en un tropel de esclavos , hacen tan fáciles las conquistas , que un puñado de aventureros audaces basta á domeñar razas enteras , á volcar grandes y poderosos imperios , y á sujetar naciones populo- sas , antes y después reputadas de muy guerreras y hasta de indo- mables. Doce ó catorce mil hombrea bastaron á Taric para apo- derarse de España; menos acaso empleó más tarde Guillermo el Bastardo en la conquista de Inglaterra : y unos cuantos normandos sujetaron con no menor facilidadla isla de Sicilia. Así, pues, lo que

• •• -< ¦. .nünToiliV (1) Muralt, Chronographie byzmdiné. ,^V, gs^^ m^éris'Á 'víf ^ínaf írJ '^- í TOMO 1. , / 4


50 SOBRE EL CONCEPTO

hay que extraüar no es que el imperio griego cayese, en el si- glo XV, sino que durase hasta entonces. Y lo que hay que admirar es que fuese tan benéfico y tan generoso en su caida , legando la civilización al Occidente de Europa, y haciendo, como dice un historiador de aquella época, Felipe de Comines, que otra vez se pudiese repetir con verdad: > ¦Ifói'íw^ili ¦.«fóiiaiti: .©ffpyiiBh'

. ' ji Grsecia capta ferum victorem cepit , et artes

-fíi Intulit agresti Latió :

porque sin Lascaris , Crisoloras , Calcondilas , Besarion , Argiropu- lo , y otros muchos hombres doctos de Grecia , que vinieron á re- fugiarse en el Occidente , y sin los antiguos autores y la ciencia que trajeron consigo , arduo hubiera sido pasar adelante ; on ne pou- vait passer plus outre.Be esta suerte el bajo imperio, tan famoso por su corrupción, por su bajeza y por sus maldades y traiciones, no solo fué un malecón firmísimo que atajó más de mil años el Ím- petu furioso , la constante arremetida , y la inundación creciente de la barbarie , sino que fué como vaso limpio , donde se guardó en su pureza él saber , el habla y hasta la virtud de los antiguos helenos. No acierto á comprender como un imperio, que ha quedado en la historia por tipo de la bajeza y de la corrupción , produjese hom-r bres, hasta el instante de su ruina, como los ya susodichos emigra- dos , los cuales infundieron general amor y gran veneración á sus más ilustres contemporáneos de Italia , no solo por el saber de que estaban dotados, sino por el valer moral, por la fe, la constancia, el desinterés y el entusiasmo de las cosas más nobles y sublimes. Bembo , hablando de Lascaris , exclama : nihü illo sene humamus, m'hi'l sancttus [\). l!^i bajo la terrible dominación de los turcos se humilla el pueblo griego y se degrada ; antes da alta razón de quién era en mil ocasiones, llegando en algunas á sobrepujar con sus nuevas hazañas las más famosas de sus antiguos héroes. En mi sen- tir, y en «el de cualquiera que conozca los hechos, las guerras de los suliotá^ contra Alí, bajá de Janina, sobrepujan la gloria de las Termopilas. Fotos y Tsavelas valen tanto como Leónidas. Poste- riormente , en su gloriosa guerra de la independencia , Grecia ha tenido en sus Botzaris , Maurocordatos y Canaris , dignos sucesores de Milciades y de Temístocles (2). La Musa helénica no enmudece desde Homero hasta Corai y Riga; desde los himnos épicos de los

( 1 ) Villemain, Lascaris.

(2) Yillemsin, Etut des grecscU'pimhcongniéteimiS'ulman^. ¦It (1)


QUE HOY SE PORWÁ t)fí' ESPAÑA. 51

primeros rapsodas hasta los cantares no menos épicos de los klep- tas (1): sus grandes sabios y filósofos se suceden durante diez ó doce siglos desde Pitágoras hasta Jamblico, desde Platón hasta San Gregorio de Nysa. ¦' ¦ • ¦ - .^' > ,

La perpetuidad de la stípréníátíía italiana és'¿uíi ináá'eív'ícíéniie'.' El imperio de Roma se extiende y dura , y cambia la faz del mundo é influye en los destinos de la humanidad, como ningún otro impe- rio. En tiempos posteriores, la gloria en letras y armas de una sola ciudad de Italia, como Genova, Florencia ó Venecia, es mayor que la de muchas grandes y orgullosas naciones. Italia es siempre tan fecunda en varones eminentes , que se los cede , por decitlo así , á otros paises. Da á España el descubridor del Nuevo Mundo y el vencedor de San Quintín; y' da á Francia la leng-ua y la espada, el verbo y la energía de su revolución, porque bien puede afirmar- se que Richetti , conde de Mirabeau , y Napoleón Buonaparte , eráá italianos. ¦ ' ' '" ^ ^ ¦' i' '" - : .'

,( En nuestros dias,:no tiene ni ha fe¿ido úingima ottó nácioii dé Europa hombres de Estado como Cavour , poetas líricos como Mán- zoni , Parini y Leopardi. Sus músicos y sus filósofos solo hallan riva- les en Alemania, y sus escultx^res son quizás los primeros del mundo.' Con tan ilustres ejemplos, me vengo y ó á persuadir de que és añejo error el comparar á los pueblos con los individuos , los cua- les tienen su infancia, y luego su juventud , y más tarde su edad madura, y su vejez y bu decrepitud , y al cabo la muerte. Antes veo que, lejos de haber tales edades en los pueblos, y señalada- mente en los de Europa , hay alternativas de prosperidad y mise- ria , de elevación y hundimiento , sujetas á ciertas leyes históricas á mi ver no explicadas ni descubiertas por nadie. '-[' '*

Volviendo ahora los ojos á nuestra España, me atrevo li^Üe'clárár que de cincuenta ó sesenta años á esta parte , me parece que esta- mos peor que nunca , aunque bajo otro aspecto, y al punto explica- ré la contradicción , me parece que estamos mejor que nunca tam- bién. Estamos mejor que nunca, porque la corriente civilizadora, la marcha general del mundo , y la solidariedad en que está Espa- ña con la gran república de naciones europeas , si bien con trabajo y más arrastrándola que infundiéndole movimiento propio , la ha hecho progresar en industria, población, riqueza-, comercio, cien-

(1) Constantino Econoinb, én su tratado de literatura j (rrammattcoon, Biblia , cuenta 1200 poetas griegos desde Homero hasta su tiempo. ' "' ' ' '


52 SOBRE EL CONCEPTO

cias y artes ; pero estamos peor que nunca, porque nuestra impor- tancia se debe evaluar por comparación, y evaluándola de esta suejte, tantpse han acrecentado el poderlo, la riqueza y el bien- estar de Francia , Inglaterra , Rusia , Alemania y otros Estados, que comparándonos quedamos muy inferiores,

, No me incumbe buscar aquí la razón de esta inferioridad , de este atraso, ni mucho menos los medios de remediarle. El único fin de este articulo, es hablar del concepto que, en vista de este atraso y de esta inferioridad, forman de nosotros los extranjeros y aun nos- otros mismos formamos. Pero aunque el parecer dista mucho del ser, todavía contribuye la apariencia á que lleg-ue lo que es á igualarla : esto es , que la opinión , el crédito , la fama buena ó mala de cualquiera entidad ó cosa, contribuye á la larga á modificar dicha cosa ó dicha entidad. En un individuo , por ejemplo , se nota que si tiene buena reputación se alienta y anima , y llega á persua- dirse de que es merecida; y ya por esto, ya por temor de perderla, o'^ra ^n consonancia de su buena reputación; y por el contrario, cuando la tiene mala se amilana y descorazona , y se da á entender que es justa , y considerando que poco ó nada tiene que perder , se abate y humilla en vez de levantar el ánimo á ningún propósito no- ble. Peor es aun, cuando la mala reputación, por apocamiento de es- píritu , la tiene alguien de si propio ; porque todo el que se tuvo en poco fué siempre para poco, y no se dio jamás sujeto que obrase obras excelentes , que no tuviese en su alma un excelente concep- to de su valer y plena conciencia de su mérito. La cual buena es- tim^icion que tiene un hombre de si, no es la vanidad ridicula, sino el orgullo razonable y decoroso : porque la vanidad se impone ó trata de imponerse y de engañar , y rara vez logra engañar á nadie, ni siquiera al personaje que la abriga, el cual por necio que sea no puede ahogar, ni con la vanidad ni con la necedad , una voz secr^t9.,é :\nstintiva que le atormenta de continuo, advirtiéndole lo poco ó nada que vale.

Todo lo que acabo de decir, refiriéndome aun individuo, puede aplicarse también á las naciones, por donde el concepto que ellas forman de si y el que de ellas forman los extraños importan á su valer real , á su acrecentamiento ó á su caida. Mas hay que adver- tir en esto que la opinión de los extraños, cuando es mala, no apoca el ánimo de un pueblo , si el pueblo es generoso , sino que le estimula á rehacerse y levantarse de nuevo ; y más aun le sirve


QUE HOY SK FORMA DE ESPAÑA. 53

de estímulo, no la alabanza y adulación de los propios, sino su más dura y amarga sátira. Ciertamente que si Italia se ha levan- tado en el dia , en gran parte se lo debe al látigo de Parini y de los otros egregios poetas de su escuela , que no vacilaron en llamar á sus compatriotas turba de siervos apaleados y en decir de Italia que más le valiera convertirse en desierto que producir hijos tan* indignos. En nuestra misma patria , en virtud del sentimiento pa-' triótico exasperado , se han dicho , en tiempos de postración , co- mo el que precedió al levantamiento contra el primer Bonaparte, cosas terribles sobre ella. Jovellanos llega á suponer que, si vuel- ven los berberiscos , nos conquistarán más fácilmente que la pri-, mera vez, sin hallar ni Pelayos ni Alfonsos que resistan. - ' '"' El concepto que en el dia forman de España los extranjeros ¡éi^ casi siempre pésimo. Es más; en el afán, en el calor con que se complacen en denigrarnos se advierte odio á veces. Todos hablan mal de nuestro presente: muchos desdoran, empequeñecen ó afean nuestro pasado. Contribuye á esto, á más de la pasión, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante al empequeñecimiento de nuestro pasado hay , á mi ver , otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco ó se cree valer poco, en lo presente , se inclina la mente humana á rebajar también el concepto de lo que fué , y al revés , cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente á hermosear y á magnificar los prin- cipios y aun los medios, gor más humildes y feos que hayan sido. ¿Cómo, por ejemplo, llamaría nadie gloriosa á la triste revolucioil inglesa de i 688 si el imperio británico no hubiera llegado después á tanto auje? Shakspeare, cuyo extraordinario mérito no niego'á pesar de sus extravagancias y monstruosidades , ¿seria tan famoso,' se pondría casi al Tado de Homero ó de Dante , si en vez de ser inglés fuese polaco, ó rumano, ó sueco? Por el contrario, cuando un pueblo está decaído y abatido , sus artes , su literatura , sus tra- bajos científicos , su filosofía , todo se estima en muchísimo menos de su valor real. Montesquieu dijo que el único libro bueno que teníamos era el Quijote, ó sea la sátira de nuestros otros libros. Niebuhr sostiene que nunca hemos tenido un gran capitán , no re- cuerdo si pone á salvo al que llevó este nombre por antonomasia, y que , desde Viriato hasta hoy , solo hemos sabido hacer la guerra como bandoleros. Y Guizot pretende que se puede bien explicar, escribir y exponer la historia de la civilización, haciendo caso


54 SOBRE EL CONCEPTO

qiíiiso de nuestria historia, que da por nula. Un litro podría llenar, si tuyiese tiempo y paciencia para ir buscando y citando vituperios por el estilo , lanzados contra nosotros, en obras de mucho crédito y por autores de primera nota. - ;

Sin embargo, no se puede negar que, al menos en cuanto al concepto que tienen los extranjeros de nuestro pasado, ha habido gran mejoría desde la caída del primer Napoleón. Nuestra heroica resistencia á su yugo , ya que nada nos valió de los Beyes y de sus (jobiernos, ,nos valió siquiera algún momentáneo favor en la opinión pública de Europa. Esto, unido al desenvolvimiento y adelanto de los estudios históricos y al más vivo y atinado afán de la curiosidad literaria y, científica, contribuyó á que se apreciasen nuestras cosas, sí bien, por lo conaun , en obras especiales, y que por lo mismo han tenido casi siempre fuera de España poquísimos lectores: quedando siempre las ofensas y las crueldades ó injusti-. QÍas, contra, nosotros para los libros de un interés más general, parai ' lo§ libros amenos y lijeros , y para los periódicos que tanto se leen. Sea como sea, importa consignar aquí y es justo agradecer y aun ejiyidíar que entre varías historias generales de España, escritas por extranjeros , hay una , sí bien no creo que esté terminada aun , que vale más que todas las novísimas , sin excluir las nuestras ; hablo, déla escrita por Rosieu de Saint Hilaire: q ue Washington Irvíng, Ticknor, Prescott, Wolf, Bohl de Faber, Latour, Viardot, Mignet, - Southey, ambos Schlegel, Puibusque, Hínard y muchos más autores, alemanes sobre todo, que son los más cosmopolitas, los más aptos para estimar las prendas y el valor de otros pueblos^ nos han hecho justicia y han ilustrado con amor la historia de la España cristiana; y que de la civilización y del saber de los espa- fíoies mahometanos y judíos han dado conocimiento ^1 munda I>o^y,,.Scliax?k,, Renán, Franck, Munc^, Kayserlíng y otros. Con todo, bueno es decir que estos autores, que han tratado seria y dignamente nuestras cosas pasadas, , rara vez dan muestras de

estimar las .^el día (1) ; que algunos se haH: ocvipado en investigar

i

.feOldií r,>)Tk) >iOit^;'< . , . . r j

(1) Salvo las ideas democráticas y revolucionanas que reprobamos, urw de

loa pocos libros que mejor y más completa y ventajosamente dan á conocer en los países extranjeros La España actual, su literatura, sus ciencias, artes,' comercio, etc. , es el que con este título, Da¿ h&iitige Spanien , tradujo al ale- mán y aumentó y corrigió el famoso demócrata Amold Ruge, con la colabora- ción del autor del libro .P.^,I'emandx)Qarrido. „^ .^*¡.,.¡, •'


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 55

nuestra historia , no como si se tratase de una nación viva , sino de un puet)lo muerto; y que en no pocos, aun en medio del entusias- mo propio de todo autor por el asunto que elige , se nota á menudo el prurito de rebajarnos. Sirva de ejemplo la Historia de Don Pedro el Cruel de Mérimée. Sin duda que fué aquel reinado uno de los peores momentos de nuestra historia ; el estado social de España era entonces espantoso ; pero ni era mejor el de Francia . ni aunque entonces lo fuera, se puede colegir de ello nuestra constante y enorme inferioridad con respecto á dicha nación (1). Conviene re- petir asimismo que todos los trabajos sobre España , ó favorables ó justos, han sido poco leidos, y en nada han modificado el mal con- cepto en que nos tiene el vulgo de las naciones extrañas , y com- prendó en el vulgo á casi todos los hombres, salvo unos cuantos eruditos, aficionados á nuestras cosas.

El apotegma de que África empieza en los Pirineos corre muy valido por toda Europa. Increíble parece la ignorancia cómun de cuánto fuimos y de cuánto somos. Cualquiera que haya estado al- gún tiempo fuera de España podrá decir lo que le preguntan ó lo que dicen acerca de su pais. A mí me han preguntado los extran- jeros si en España se cazan leones ; á mi me han explicado lo que es el té , suponiendo que no le habia tomado ni visto nunca ; y con- migo se han lamentado personas ilustradas de que el traje nacio- nal , ó dígase el vestido de majo, no se lleve ya á los besamanos, ni á otras ceremonias solemnes, y de que no bailemos todos el bolero, el fandango y la cachucha. Difícil es disuadir á la mitad de los ha- bitantes de. Europa de que casi todas nuestras mujeres fuman y de que muchas llevan un puñal en la liga. Las alabanzas que hacetí de nosotros suelen ser tan raras y tan grotescas que suenan como injuriase como burlas. Nuestra sobriedad es proverbial; con una naranja tenemos para alimentarnos un dia. No es menos proverbial la fierté castillane, esto es, nuestra vanidad cómica. A fin de que un viajero sea bien recibido aquí, conviene que vaya exclamando siempre, y este consejo se h» dado por escrito en libro de gran

(1) Aunque en los Discunos leidos ante la Real Academia de la Historia en lajiúhlica recepción de D. Francisco Javier de Salas, más bien se prueba sutileza de ingenio en los autores que no bondad ni virtud en el malvado feroz que se llamó Pedro I de Castilla, todavía queda demostrado de nuevo, aun- que de paso , que no eran entonces mejores qu^ los reyes y pueblos de España otros reyes y otros pueblos. '"J'í'^í'íxiív.;» -mimvfú .íímt;ii ¿¿^ >b un^íc- v


56 SOBRR KT, CONCEPTO

fama: ¡ Los españoles, mucho, mucho valor \ Las españolas , qué boni- tas, qué bonitas] Se aseg-ura que somos tan vidriosos y tan -ciegos, ~ que no se nos puede advertir falta alguna, para nuestro bien, sin que nos ofendamos. Nuestra cocina lia sido siempre para los fran- ceses un manantial inagotable de chistes y de lamentaciones. ¿Qué gracias no se han dicho acerca del puchero y del gaspacho? ¿Y sobre el aceite? Algunos suponen que desde Ir un hasta Cádiz el aire que se respira está impregnado de un insufrible hedor d^ aceite rancio. La gente no come en España; se alimenta. El que comamos garbanzos es lo que más choca, y contra el garbanzo se han hecho mil epigramas cuya sal ática no he llegado nunca á en- tender. No sé que los garbanzos sean peores que las judias ó que las lentejas que se comen en Francia. Tanto valdría que nosotros nos burlásemos de que en Francia se comen muchas zanahorias y muchas raices de escorzonera. Por último, es notable nuestra fama de poco aseados, de flojos y de enamoradísimos , sobre todo las mu- jeres. Doña Sabina, la Marquesa de Amaegui, Rosita, Pepita y Juanita , y otras heroínas de versos , siempre livianos y tontos á me- nudo , compuestos por Victor Hugo y Alfredo Musset , son fuera de España el ideal de la mujer española , de facha algo gatuna , con dientes de tigre , ardiente , celosísima , materialista y sensual , ig- norante , voluptuosa y devota , tan dispuesta á entregarse á Dios como al diablo, y que lo mismo da una puñalada que un beso. La Carmen de Mérimée es el prototipo de estas mujeres, y no se puede negar que está trazado de mano maestra. Un distico griego , des- enterrado de la Antología por el autor , y puesto como epígrafe á la novela , cifra en si los rasgos más característicos de la figura. Viene á decir el dístico, traducido libremente , que toda mujer de brio ó de rompe y rasga tiene dos bellos momentos , uno en los brazos de su amante, otro al morir ó matar por celos. De estas y otras noticias y descripciones resulta que todo viandante traspirenaico, si bien viene á España receloso de comer mal , de morir de calor y de ser robado por bandoleros y devorado de laceria, trae además la espe- ranza, aunque sea un commis ó un peluquero, de hacer la con- quista de todas las duquesas y marquesas que halle, y de -ver en cada ciudad , y sobre todo en Cádiz , un trasunto de Pafos ó de Ci- teres. A los tres días de conocer en Cádiz á una dama de pundonor, la hija ó la sobrina de la pupilera , ya dicha dama, según Byron escribe á su madre j singular confidenta ! le hacia mil favores , le


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 57

decia hermoso, me gustas mucho, j le regalaba una trenza de sus cabellos de tres pies de largo , que el poeta envía á su madre , en- cargándole se la conserve hasta su vuelta á Inglaterra. Esta dama de la trenza fué sin duda el fundamento real de la Inés de Childe-Harold y de la niña oji-negra que el lord encomia en una de sus canciones. Byron, con todo, por ser él tan gran poeta, y por estar más vivo entonces el entusiasmo por nuestra gloriosa guerra de la Independencia, es uno de los escritores extranjeros que nos es más favorable. Pero Byron y otros, que nos encomian como él , revisten el encomio de colores tan novelescos y le forman con rasgos tan absurdos , que para nuestra buena fama valdría más que no le hiciesen. Recuerdan el encomio que hizo Tomé Cecial de la hija de Sancho Panza (1) ••!

Es causa principal de este linaje de alabanzas, de este modo churrigueresco de poetizarnos, una especie de convención tácita para que de España y sobre España se pueda mentir impunemente cuanto se quiera, con virtiendo nuestro pais en un país fantástico, propio para servir de cuadro á lances raros, á hechos inauditos de jaques y rufianes , de frailes fanáticos., de hembras desaforadas y de bandidos hidalgos. La mayor parte de los viajeros que se pro- ponen escribir y escriben sus impresiones sobre España , viene ya con el intento preconcebido de poner mucho color local en dichas impresiones , de que todo en ellas sean insólito y por muy diversa manera que en su país , y de que la obra vaya salpimentada de chistes ó exornada de mil inesperadas y maravillosas peripecias.

No digo yo que no haya habido viajeros juiciosos que hayan es- crito sus relaciones de viaje por España con la imparcialidad debi- bida: citaré como ejemplo áM. Laborde. También ha habido otros, como Ozanan , llenos de un verdadero y noble entusiasmo al con- templar los vestigios de nuestras pasadas glorias ; pero lo más co-

(1) El encomio déla hermosura de las mujeres españolas, de las gaditanas sobre todo, ha sido hecho por muchos poetas extranjeros, empezando por Anacreonte ; pero ninguno ha dicho de ellas tan insultante bufonada como la que contienen estos versos de Childe Harold , canto I, estrofa 71 :

Much Í8 the Virgin teased to shrive them free (Well do I ween the oiily virgin there) Fron crimes as numerous as hér beadsmen be.

Conviene recordar esto á fin de no entusiasmarse ni agradecer á Byron las alabanzas que da á los héroes de la Independencia y el entusiasmo con que habla de tke lovehj gvrl of Cádiz, por quien desdeña á las ktdies británicas,


58 SOBRE EL CONCEPTO.

mun es que escriban alabándonos á lo Tomé Cecial y buscando me- dios de regocijar ó entretener al público á nuestra costa. Así han sido Gauthier y Dumas. Otras veces nuestra mala cocina y nuestra^ malas posadas han hecho cambiar de propósito á muchos viajeros. Venian para bendecir sin duda , pero les habló la bestia interior y maldijeron, aconteciéndoles lo contrario que á Balaam, el falso profeta. En este número debe contarse á Jorge Sand. Mallorca y sus habitantes salen tan mal librados de su pluma , que aun resuiten menos salvajes los salvajes de la Polinesia. • í.-» p^an hhv

Vindicaciones, contra esta clase de diatribas se han escrito desde muy antiguo por celosos españoles, pero ninguna ha llegado al extremo más merecido que licito, por ser al cabo una dama la impug- nada, que la que el Sr. Cuadrado, escritor mallorquín y colabora- dor y amigo de Balmes , escribió -contra la célebre novelista fran- cesa : termina afirmando que Jorge Sand es el más inmoral de los escritores , y Madame Dudevant la más inmunda de las mujeres. Si aquí se paga insulto con insulto , otros han escrito con más tem- planza, pero, fuerza es confesarlo, con menos tino que celo, y respondiendo con exageraciones favorables á las exageraciones ad- versas, como Ponz, y los abates Lampillas y Cabanilles. 'lítüdáfe

Yo , entretanto , entiendo que estas críticas de los extranjeros no debieran excitar nuestro furor sino nuestra risa, siendo, como sue- len ser , infundadas ; que algunas son tan absurdas que es una ri- diculez refutarlas ; y por último , bueno es decirlo , aunque también sea triste , que la refutación no cumple casi nunca su fin , porque no es leída.

Por otra parte , el desden con que miran los' extranjeros nuestro presente estado , más que con refutaciones , debe impugnarse ha- ciéndonos valer y respetar. De lo pasado , así literario como políti- co , de lo que hemos valido , así por la acción como por el pensa- miento , ya sabrán los que sepan la historia; y sobre este punto no se puede negar que , en lo que va de siglo , han hecho más algunos extranjeros que los mismos españoles.

Quitarles del pensamiento la id^a exagerada que tienen de titiete- tra postración y decadencia actual no se logrará con escritos, por elocuentes que sean, sino con hechos tales que lo contradigan y destruyan. Mientras tanto es muy duro verse maltratar con la ma- yor injusticia; pero es mal que no tiene fácil remedio.

En nosotros se cumple el refrán que dice del árbol caido todos


QUE HOY SE FORMA EN ESPAÑA i 59

hacen leña. No hay e:S:traiijeTo , que presuma un poco de egcritory que venga á España por cualquier motivo , que no vaya luego esr- cribiendo y publicando mil horrores. Hasta la parte poética, aunque grotesca, que antes había en las impresiones, va desapareciendo ya. El viajero actual se halla burlado en sus esperanzas. Lo novelesco, el color local, las singularidades que buscaba, van ya faltando, y esto le enfurece. En efecto, ya apenas hay manólas y majos; tene- mos ferro-carriles y algunas fondas ; hay más chimeneas en las ca- sas; en cuatro ó cinco ciudades ha llegado á hacerse y á venderse? manteca de vacas fresca; y casi no hay bandoleros, al menos no los hay tan famosos como José Maria, los niños de Ecija, el Chato de Be- nameji y el Cojo de Encinas Reales. El extranjero que ve esto, se considera atlrapé y volé , y exhala su indignación en mil invectivas. Para ellas hay , sin duda, algún fundamento en cierta fatalidad, en cierta condición inevitable , con la que tenemos que contar en nuestro trabajoso renacimiento: en la condición y fatalidad del re- medo. Imposible sería, por ejemplo, que nuestra sociedad elegante volviese á los usos , costumbres , habla, atildaraento y discreteos de los tiempos de Calderón; tiene, pues, que ser algo semejante á la buena sociedad de Francia ó de cualquiera otro pueblo culto. Ndi nos hemos de vestir, ni alojar, ni hemos de inventar mueble». jf utensilios originales y extraños, como los chinos ó japoneses; 5Í) por lo tanto todo esto tiene que ser , entre nosotros , ó venido de Francia, ó un remedo generalmente torpe de lo que por allá s<3 fa- brica. Por último, aunque en España hubiera hoy un gran movi-r miento literario, científico y filosófico, nuestros literatos , sabios y filósofos no podrían hacer caso omiso, como Guizot quiere que se haga de España en la historia de la civilización, de cuánto se ha inventado, pensado é imaginado en tierras extrañas, desde que en nuestra propia tierra, el fanatismo religioso y el despotismo teocrático acabaron por ahogar ó amortecer el pensamiento. De todo esto nacen las quejas y las lástimas porque vamos perdiendo ó hemos perdido nuestro carácter original y propio ; porque so- mos un trasunto pálido y como un bosquejo de otras civilizacio- nes más adelantadas; y porque ya no hay aquí casi nada verda- deramente español y castizo.

Para dar una muestra de este modo de pensar de los extranjeros, baste citar un artículo que, en elogio de las obras de Fernán Ca- ballero , /publicó no há mucho tiempo la famosa 'y autorizada Re-


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vista de Edimburgo. En este artículo se afirma que, desde Que vedo hasta Fernán Caballero , no ha habido un solo autor en España que merezca los honores de la crítica. Cita el revistero á Quintana y á Galleg'O y á otros tres ó cuatro autores , intermedios entre Quevedo y el nuevo novelista , pero los califica de medianísimos y de meros imitadores de la literatura extraña. ^-i . ia-x)! lof©-)' ío

En Rusia hay un literato, si mal no recuerdo llamado Botkin, el cual ha escrito unas cartas sobre España, que son muy celebradas. Botkin viajó por nuestro país y habla de nuestra literatura. A lo que parece también ha traducido en ruso algunos romances caste- llanos. Confieso que no he leído nada de esto, porque no sé el ruso;, pero he conocido á Botkin, y puedo aseg-urar que ignoraba com- pletamente hasta el nombre de nuestros más célebres autores con- temporáneos , como Espronceda , Zorrilla , Duque de Rivas y Bre- tón de los Herreros. Para él , como para el revistero de Edimburgo, acaba probablemente nuestra actividad intelectual en los chistes y retruécanos de Quevedo.

La suposición de que en España no hay clase media , y de que la clase elevada es como si dijésemos una mala traducción , un arreglo del francés, mueve por lo común al viajero traspirenaico, que piensa escribir sus impresiones , á no tratar con amor y á no estu- diar detenidamente sino la clase baja, donde solo imagina encon- trar aun cierto cachet. El ejemplar más famoso de este linaje de escritores ha sido el extravagantísimo inglés Jorge Borrow , autor de La Biblia en España. Mucha parte de sus peregrinaciones la hizo montado en una burra y en compañía de jitanos , cuyas costumbres é idioma sabia tan á fondo , que ha escrito un libro especial jsobre ellos , y asimismo ha traducido en el habla jitana El Evangelio de San Lúeas. Vino Jorge Borrow á España por encargo de la socie- dad bíblica , más que para evangelizarnos , para tomar el pulso á nuestra capacidad religiosa , y ver si estábamos ya dispuestos á ha- cernos buenos cristianos.

Las cosas que Jorje Borrow cuenta de nosotros en La Biblia en España , libro que ha hecho el encanto de la sociedad inglesa., sue- len ser tan extraordinarias y están contadas de tan buena fe , que no puede creerse que las ha inventado , sino que las ha soñado y que él mismo las tenia por verdaderas. Cuando no es un sueño, hay en lo que refiere mucha verdad y poca malevolencia. Estuvo entre nosotros en 1 838 , y todas sus descripciones de la revolución


QUE HOT SE FORMA DE ESPAÑA. 61

de la Granja, de la muerte del general Quesada, de los nacionales, de la guerra civil , etc. , etc. , son de una animación y de una verdad y de una viveza áe colorido muy agradables. Sus conversaciones y entrevistas con Galiano , Mendizabal , Isturiz , Olivan y el Duque de Rivas , para lograr que le dejasen publicar los Santos Evangelios, están referidas con mucha candidez y gracejo, y dejan ver que todos los mencionados señores tenian á Jorge Borrow por un extra- falario, loco de atar. Perocuando Jorge Borrow desbarra es cuando es verdaderamente delicioso. Una de las cosas que da á entender es que en lo más intrincado y recóndito de los montes de Guadar- rama hay un valle llamado de las Batuecas , donde , secuestrada de todo comercio humano , vive hace miles de años una pequeña na- ción inocente , hablando una lengua primitiva , y con costumbres y leyes propias de la edad de oro. Pero su descubrimiento más portentoso , porque al fin el de las Batuecas nos era ya harto cono- cido, es el de que en España hay no pocos mahometanos, muy ricos y principales , que viven ocultos, esto es, fingiéndose cristia- nos y pobres las más veces. El principe ó califa es un señor extre- meño, que, para disimular, ejerce el oficio de choricero, pero que, en su en apariencia pobre casa, esconde salones regios, joyas pre- ciosas , oro , plata y otros primores y riquezas , dignos de las Mil y una noches. Una ó dos veces al año , el fingido choricero reúne su corte , despliega toda su pompa y magnificencia , y los mahometa- nos todos , ó los más granados por lo menos, en el cual predicamento entran algunos obispos y arzobispos, van á hacerle el zalamelé más rendido.

^' Pero de todos los libros de viajes por España, ninguno nos en- comia de un modo más necio , ni nos zahiere y calumnia de un modo más infame y brutal , que el escrito por el marqués de Cus- tine, con el titulo de La España bajo Fernando Vil. Este viajero anduvo por España en los últimos años del reinado de dicho mo- narca, y hasta por esto es curiosa su obra. Pinta la sociedad que la revolución iba á cambiar por completo , y la pinta con más negros colores que los empleados después para pintar la España novísima por otros viajeros ó escritores franceses. El marqués de Custine ama, sin embargo, y preconiza el antiguo régimen. No es el odio á nuestras instituciones quien le mueve á tratarnos tan inicuamente. ¡<*i TOf. locf fiRiníírfffa3>B^íJirfoíf «Míd xnpa*8oiiíénó<í \,.

Hombres y mujeres son en España cruelísimos , punto menos que


6á ' SOBRE EL CONCEPTO

aatropófag-os. Nuestra fisonomía es tan bárbara y nuestras dientes tan de ti^re que hasta el rostro más hermoso tiene una expre- sión dura: asustamos con nuestra sonrisa. «La pereza es el prin- cipio de la filosofía práctica de todo español.» Nuestras mujeres son de dos especies. Las bonitas j graciosas, las cuales son locas, alegres y apasionadas; las demás, el mayor número, no quisiera el marqués que se llamasen mujeres; son unos móns^ truos sin alma, gordas, estúpidas, seres desgraciados de la natu- raleza. En suma; para el marqués, son ó bacantes ó cerdos las compatriotas de Santa Teresa, de Isabel la Católica, de Doña Ma- ría de Molina , de la madre de San Luis y de la madre de San Fer- nando. Los cuatro tomos de la obra del marqués de Custine están llenos de las más atroces insinuaciones ó de afirmaciones termi- nantes contra la honra y castidad de nuestras mujeres (1).

Nuestra vida es, «ó permanecer en la plaza pública, durante dias enteros, embozados en la capa, charlando ó soñando, ó echarnos al camino para acechar al indefenso pasajero.» Nuestros mendigos hacen en público su asquerosa toilette, y es una raza inmunda, obstinada y.simvergüenza, que no tiene semejante en ningún otro país. Los robos y los asesinatos son en España el pan de cada dia. En elogio de los caballos andaluces , dice el marqués , que son más, civilizados que los hombres. «Los españoles son tan poco hos- pitalarios que no hay mayor placer para ellos que vejar ó contra- riar á un extranjero ; pero con dar algunos reales se consigue lo que se quiere. Don Basilio y Fígaro son los tipos de los españoles modernos, como Don Quijote y Sancho eran los de los antiguos castellanos.» «De tantos vicios públicos y privados resulta una masa de corrupción de la que no hay ejemplo en el dia en ningún pueblo civilizado de Europa. Todos los , espíritus se sienten desde luego inclinados á la, injusticia , á la venalidad , á la traición , J Ips hombres de bien, que quedan al descubierto en medio de este pue- blo hipócrita, se amedrentan de su corto número y se esconden entre Ja turfes ^^e¡ .los, picaros. » oq ifiícíiTH<a i» ítái uüídíjío/'vi «í

De nuestra literatura contemporánea forma el marqués muy po- bre juicio. Cervantes, Garcila^ y Fíay.Luis 4^ León le parecen bien: pero «bosteza, con la proga y,€on I09 yersp^^ de Quintana.» iK En. general , los españoles tienen el entendimiento difícil, lento,

(1) No ponemos aquí estas horribles calumnias por ser repugnantes hasta pwa cit§4f^ ^,n;^a inapugíB§PÍ<>»' i, i ..; ,


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 63

poco brillante: apenas advierto en ellos imag-inacion : desdefines del siglo XVII son más imitadores que inventores , y esto en to- do.» En otra parte, califica el marqués á nuestros autores mo- dernos de cáfila de pedantes sin inventiva , limadores de frases , etc . En medio de todas estas diatribas el marqués nos elogia. Citaré uno de estos elogios. «Los andaluces tienen un respeto profundo de la decencia. Aborrecen las conversaciones sucias , y guardan sobre los actos más escandalosos un silencio de complicidad que seria difícil obtener en una sociedad menos proftmdamente depravada. Como el libertinaje está aquí en todas partes, nadie halla interés en echár- sele en cara á los otros : la maledicencia se volverla tan fácilmente contra cualquiera que la emplease , que esta arma no se emplea en las relaciones de la vida. La gente dice : el desorden es tan general, que el orden nos estorbarla. Mejor es no hacer casO' deL' mal ^ harto común ahora para que la sátira le cure. » í» 'íh-'jr't'rí *^'rii

¦ He citado tanto de estas abominaciones, de estas 'horribles ca- lumnias, de estas man¡íhas de infamia, con que el marqués de Cus- tine quiso sellar el rostro de nuestra nación y exponerla á la ver- güenza ante la Europa entera, porque si bien el marqués eraban hombre viciosísimo y por ningún titulo autorizado para censurar los vicios ajenos, su obra fué muy leida y celebrada; y, como está en forma de cartas , y dirigidas las cartas á Lamartine , Chateau- briand , Julio Janin, Enrique Heine, Mme. Récamier, duquesa de Abran tes, Carlos Nodier, Mme. Girardin y Víctor Hugo , no parece sino que todos estos ilustres personajes convienen de un modo tácito en infamarnos y deshonrarnos , patrocinando al calum- niador. >>VUíU"VVW»\( OrvJiil i;ií Wy ú'i'.wj .n¡Aiiii'i JiUM] 'Hiojíi])'iil()í i /

No es de éi^rafiá'í q^é','defepf¿es, escrítotes más'os(mrosv'ha^ seguido las huellas del marqués de Custine , y se haya puesto en moda el maldecir de nosotros en periódicos , novelas , relaciones de viaje y toda clase de obras. No hace aun dos años que la Gaceta universal de Augsburgo publicó una serie de artículos, bajo el titulo La situación actual de España , donde la escena y los personajes son los mismos que en la obra del marqués de Custine: los trajes solo han cambiado. Resulta de la serie de artículos que no hay fe ni principios en ninguno de nuestros hombres públicos; que lo que todos desean es apoderarse del presupuesto ; que somos unos holga** zanes sin industria , sin comercio y sin saber ; que estamos llenos de ambición, de envidia y dé preocupaciones; en suma, que no


64 SOBRE EL CONCEPTO

puede imaginarse nada peor , ni más inmoral , ni más rebajado que España en el mundo . ; t »»p «íTobísíiíi) '

En vista de esto, es menester qué todos convengan en que, si nos enojamos, no deja de haber motivo. No damos pruebas al enojarnos de ser muy vidriosos. Antes creo que nos hemos hecho hartos hu- mildes á fuerza de oir injurias. La más pequeña justicia que se nos hace, nos parece un favor inmenso. Todos los que leemos en Es- paña , y por desgracia no somos muchos , nos encantamos con cual- quiera libro nuevo, donde se nos trata con decoro y respeto. Si un erudito extranjero toma por asunto de un trabajo suyo algo que redunde en nuestra buena fama , por más que nos escatime el elo- gio, el elogio nos parece sobrado. Siempre tenemos que agradecer que se hable de una cosa sobre la cual no hemos sabido , querido ó podido hablar nosotros mismos. Sirva de ejemplo, sobre esto, el libro reciente de Rousselot, Los místicos españoles. Nos declara in- capaces para la filosofía; rebaja á todos nuestros sabios y pensado- res; y afirma que esta falta no ha sido%i^fecto de la compresión intelectual de los inquisidores , sino que la inquisición misma ha sido efecto de nuestro ingénito fanatismo y de nuestro aborreci- miento á pensar y discurrir. Con todo , nosotros le perdonamos tales afirmaciones porque encomia', sublima y da á conocer á Santa Te- resa , ambos Luises y otros místicos , en quienes cifra y resume toda lá filosofía española. Yo confieso que , como nosotros ni esto hemos hecho valer y constar , según se debe , tenemos mucho que agra- decer á Rousselot. Guardada la debida proporción , dice , Fray Luis de León y Fray Luis de Granada son para España lo que Bossuet y Bourdaloue para Francia ; pero en la frase guardada la debida proporción afirma nuestra inferioridad grandísima , aun en esto del misticismo , única cosa que nos concede. Y sin embargo , cualquiera de los dos Luises vale tanto en absoluto como su Bossuet , ó su Fe- , nelon ó sus otros autores devotos. Fray Luis de León , solo consi- derado como poeta lírico , no tiene igual en Francia.

Hay quien afirma que el afán que ponen los extranjeros en deni- grarnos proviene en parte de lo insolentes que fuimos en la época de nuestra prosperidad: pero yo dudo que nuestra insolencia de entonces llegase ni con mucho á la insolencia y á la arrogancia de los ingleses del dia y menos á la petulancia y outrecuidance de los franceses en todas las edades. Antes veo en nuestros antiguos au- tores. ^ efl jiuestros personajes, históricos un respeto y hasta una


QUE HOY 8E FORMA DE ESPAÑA. 65

admiración grandes por cuanto hay de bueno aun en las naciones más enemigas. Góngora pone por las nubes á los ingleses antes de que cayesen en la herejía, y esto en su canción á la invencible Armada. Lope, dice que no puede competir con los poetas italia- nos , que son solos y soles.

Yo con mis rudos versos españoles.

Mariana se muestra siempre muy aficionado á las cosas de Fran- cia , y Cervantes á las de Italia. Si los españoles en el dia parecen menos afectos á los extranjeros es porque están hartos de verse vi- lipendiar.

En el concepto que los españoles formamos hoy de nosotros mis- mos influye el concepto en que los extranjeros nos tienen : á veces porque nos abate y nos inclina á creer en nuestra enorme inferio- ridad : á veces porque nos rebela contya tan duro fallo, mas no siem- pre, á mi ver, atinadamente.

En ocasiones no negamos el defecto que se nos imputa , sino que no le reconocemos por tal. Decimos como dicen algunos niños eno- jados m, pues mejor, y nos ponemos á ensalzar el defecto, como una virtud, después de haberle aceptado. La inquisición, la intolerancia religiosa, los enormes errores y no pocos crímenes de los Reyes de la casa de Austria , de Felipe II sobre todo, alcanzan ,. en parte por este espíritu de contradicción , las más ardientes apologías , no menos paradoxales que la que hizo Quevedo de Nerón y del Rey D. Pedro, ó las que haria un francés de las noyades de Nantes, de la Saint Bartelemy y de las matanzas de Setiembre.

Las burlas sobre nuestro atraso é ignorancia , la irritante com- pasión que muestran los extranjeros porque no hay en España tanta prosperidad, bienestar material y confort como en otros países, mueven á algunos españoles á celebrar este atraso, esta pobreza y esta ignorancia , como prenda y garantía de mayor religiosidad y de mayores virtudes. Asi nos excitan á seguir siendo ignorantes, atrasados y pobres , para seguir siendo santos y buenos. Esto llega hasta el punto de que recientemente se preconice en una comedia la propiedad santificante y hasta casti ficante del garbanzo. Un hom- bre de mucho mérito ha declarado, en presencia de una docta Aca- demia , la radical ineptitud de los españoles para todas las artes del deleite , sosteniendo que esta supuesta grosería y rudeza es un bien,

TOMO I. 5


66 SOBRE EL CONCEPTO

es condición esencial de nuestro gran ser y valer moral y político. En no pocas comedias y novelas del dia se nota un odio grande á la civilización moderna ; firme empeño en apartarnos de la corriente de las ideas del siglo; y un espíritu de socialismo democrático-frai- luno que pone grima. En otras de estas producciones populares, para probar que nuestro atraso es inocencia, candor y religiosidad, se despliega una sensiblería empalagosa y simplona, que jamás ha sido prenda ni rasgo del carácter español , que se pretende retratar. Borrow creia que las Batuecas existían en un rincón de España, pero estos autores convierten á toda España en Batuecas. Su estilo está en consonancia con lo melifluo y santurrón del pensamiento: todo es pureza, dulzura, paz y caridad. Amanece, por ejemplo, en la aldea ; y en la crucecita del campanario se refleja el sol na- ciente ; y el cefirillo hace bu, bu, bu, en las hojas y ramas ; y las manzanitas parece que dicen en los arbolitos, comedme, comedme; y las ranas dicen era, era, en el estanque; y cantan los pajaritos pió, pió, pió, y el gallo quiquiriquí , y las gallinitas elo, elo, cío; y los niños que ya se han despertado, si bien están aun en las camitas, tan graciosos y robustitos, el cielo los bendiga y los haga unos santos , gritan , mamá , papá ; y todos juntos forman un concierto que significa ó dice : «Bendito sea el Señor, que nos ha dejado ama- necer y que nos ha dado un dia tan bello.» En suma, hemos venido á hacer de toda España una Arcadia á lo místico y á lo devoto, que la civilización extraña no podrá sino corromper y viciar. Es impon- derable la fuerza que saca de estos extravíos el partido absolutista. Nos tachan los extranjeros de ignorantes , y muchos españoles, en vez de probar que no lo son , hacen gala de serlo, se burlan del saber ó le rechazan como ponzoña. Por él se pierde la originali- dad: así lo ha sostenido toda una escuela de poetas y de otros au- tores.

¡ Yo, con erudición cuánto sabría !

ha dicho en son de burla, uno, que, si en efecto hubiese sabido, valdría más que Byron y más que Goethe , á quienes , por culpa de su ignorancia, no alcanza ni con mucho.

Pero lo más singular y lamentable es que no pocos españoles, principalmente los que viajan ó leen, han acabado por formar sobre su patria un concepto tan malo como los mismos extranjeros. No solo conocen los defectos todos de España , sino que los exajeran y


QUE HOY SE FORMA EN ESPAÑA. 67

los multiplican y los elevan á tanta magnitud que no puede ser más. De lo bueno de nuestro país todo lo ignoran sustancialmente. Empiezan por hablar mal su lengua nativa , ó por hablarla , empe- drándola de galicismos y faltas de gramática. Sujeto elegante co- nozco, que dice hayga é indi'feriencia , pero que censura lamas lijera falta de francés; que se encanta con los marivaudages de Feui- llet y no entiende ó halla sandios los discreteos de Lope; y que con- dena por de mal tono y cursis los chistes de Bretón y se extasía y califica de elegantísimos los más sucios equívocos del Palais Royal ó del más necio y obsceno vaudeville. Otras personas más serias, y que no llegan á la ridiculez en esta manía , están asimismo muy descontentas y desengañadas de España , su patria ; pero nadie se atreve en público á señalar los defectos que nota. En público se di- ría que anhelamos engañarnos, embromarnos y aturdimos. Todo se nos vuelve hablar de Lepanto, Pavía, Otumba, San Quintín, el Cid, Pelayo, Cortés, Pizarro, Numancia, y otras mil y mil gorias, victorias y trofeos. En público no hay nada mejor que España. En particular, en secreto, al oído, nos decimos los mayores imprope- rios. Esta hipocresía, esta doblez es repugnante : más valiera no adular tanto al vulgo, no lisonjear con palabras huecas é hiperbó- licas la vanidad patriótica de los ignorantes ; señalar y decir con franqueza nuestras faltas , y no creer al mismo tiempo, que sean tan graves, tan inveteradas y tan sin remedio. Pero la censura so- bre cualquiera cosa de España , nacida del patriotismo más acen- drado, si la hace en público un español, le expone á perder su buen nombre. En cambio en los cafés, casinos y tertulias, puede á salvo renegar de su país. En público, estamos ya hartos de oir decir, sobre todo á los absolutistas , que esta es la nación más hi- dalga , más católica , más engendradora de héroes y de santos , y más inocente y gobernable , que imaginarse puede ; pero confiden- cialmente, dicen esos mismos señores, y otros muchos, que esta na- ción no se gobierna sino á palos , haciéndonos creer que ellos son quienes los merecen. ' '

En suma , nos inclinamos á dos extremos igualmente viciosos. La gente que no ha viajado ni leído , la gente de buena fe , y la demás gente , por lisonjearla , se figuran que nada hay mejor que España. España es un país eminentemente agrícola por la fecundi- dad de su suelo. Aquí todo se produce en abundancia. Andalucía, sobre todo , es la tierra de Dios y de María Santísima, El trono de


68 SOBUE EL CONCEPTO

la Santísima Trinidad está colocado precisamente en el zenit de Córdoba ó de Sevilla. En los paises extranjeros , como la tierra es tan estéril , los hombres tienen que vivir de industria y de tramo- ya. Todo es por allá farsa, bambolla, fanfarronería y lujo aparente y ostentoso, sin consistencia y sin enjundia. Aquí todo es sólido, real, consistente, macizo y á toca teja. Un andaluz, que seguia esta opinión, estuvo en Paris, y al mes de estar alli y de haber visto las tiendas, los teatros, la magnificencia de los edificios públicos y privados , y todas las bellezas y esplendores de aquella nueva Ba- bilonia, fué á visitar á un su compatriota, y le dijo : «¿sabe V. lo que pienso, señor D. Fulano?» «Hombre, ¿qué piensa V?» res- pondió el otro. Y replicó el andaluz: «Pienso que aquí también hay dinero. » Harto sé que esta historieta del andaluz va siendo cada dia más inverosímil , y que apenas hay ya español que ignore que también hay dinero fuera de España , y hasta que no sospeche que en España hay proporcionalmente poquísimo. Pero en cambio fan- taseamos para España otras mil excelencias , por donde nos adelan- tamos aun á todas las demás regiones , razas , lenguas y tribus del universo mundo. Por desgracia, esta admiración de lo propio, este obcecado patriotismo inútil es, cuando no es nocivo. Nos encubre nuestras faltas , ó nos las presenta de suerte que , en vez de infun- dirnos el propósito de enmendarlas , nos hace pensar y decir el ya mencionado; ea, pues mejor.

El otro extremo, sin embargo, es peor todavía. Los que creen que todo está irremediablemente perdido; que España tiene un suelo infecundo, como los desiertos de África; que nuestros ríos son torrentes que no pueden canalizarse para riego ; que no servi- mos para la industria , porque somos radicalmente flojos y llenos de desidia, etc., etc., nos condenan, en las condiciones actuales del mundo , á una inferioridad perpetua y á una perpetua desespera- ción. Porque España y cuantos españoles la habitan, no acertare- mos nunca á resignarnos á hacer un papel humilde; á ser, por decirlo así, una nación modesta de segundo ó tercer orden. El re- cuerdo vivo , indeleble , de nuestra grandeza pasada , será siempre un aguijón que nos excite y un torcedor que nos atribule y ator- mente.

Hay en el dia españoles , que continuando y completando cierto pensamiento de Campanella en su famoso libro De monarchia his- pánica y entienden que así como los pueblos del Norte tuvieron el


QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA. 69

imperio mientras la fuerza bruta todo lo valia , y luego cuando la astucia , el ingenio y la habilidad valieron más que la fuerza , in- ventada la imprenta y la artilleria, rerum summa redil t ad hispanos, homines sane impigros , fortes et astutos , ahora que todo el nervio y vigor de las naciones consiste en el trabajo mecánico , el imperio se aparta para siempre de nosotros y se vuelve á las naciones bo- reales. Otros imaginan que la ventaja y supremacía de estas na- ciones boreales no puede dejar de prevalecer mientras dure el pre- sente modo de civilización, porque siendo hoy ó debiendo ser los hombres más independientes de la autoridad , é interviniendo todos más en el gobierno y manejo de la cosa pública, en los paises del Norte la grande capacidad y la agudeza del ingenio están recon- centradas en pocos á los cuales los demás se confian y someten de grado , mientras que en el Mediodía de Europa , el ingenio y la ca- pacidad están en todos ó casi todos , y así el vulgo se confia menos y censura más , y reconoce de grado poca ó ninguna superioridad en los que por acaso se encumbran , por lo cual tiene que interve- nir la violencia y tiene que haber á menudo mil estériles trastor- nos , á no ser que la abnegación patriótica y el amor al orden suplan ó disimulen la falta de subordinación y respeto. Otros aña- den por último , que la dificultad de que España vuelva á levan- tarse está en nuestra poca paciencia , en nuestro mismo deseo de levantarnos , en nuestro ideal , en nuestra aspiración , en nuestra ambición desmedida. El recuerdo de lo que fuimos nos estimula á volver á ser, y no acertamos á aguardar reposadamente. No vale la prudencia contra tan vehemente sentimiento. Apenas recupera- mos un poco nuestras fuerzas, queremos emplearlas en la lucha sin dar tiempo al convalescer.

En resolución , yo entiendo que todos los españoles hasta los que hallan peor y más perdida á España , tienen conciencia del gran ser de esta nación y de sus altos destinos , y que la contraposición entre esta conciencia y la realidad presente es quien tanto los lleva á maldecir de la patria. Mas no por eso se debe desesperar ni prever la muerte. Antes el exceso mismo de nuestro mal, y todo cuanto lo lamentamos , y lo mal sufridos que somos , y el prurito con que los extranjeros nos censuran , son indicios de que no he- mos caido para siempre; son casi un buen agüero.

Lo que importa ahora es no adularnos en público , ni jactarnos de lo que fuimos , sino señalar nosotros mismos todas nuestras fal-


70 SOBRE EL CONCEPTO QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA.

tas, procurando el remedio. No hay que pensar en consolarnos por- que el sol no se ponía en nuestros dominios ; porque

La tierra sus mineros nos rendia , Sus perlas y coral el Océano, Y donde quier que revolver sus olas Él intentase, á quebrantar su furia Siempre encontraba costas españolas.

Si bien nada de esto se debe olvidar , es más , si no se puede ol- vidar aunque se quiera , conviene tener presente á la vez los vitu- perios y vejámenes de que hemos hablado en este artículo , á fin de que el verdadero patriotismo no sea una jactancia vana.

Si España como dice Campanella , fué poderosa y respetada cuan- do la astucia y el ingenio prevalecieron sobre la fuerza bruta , y la imprenta y la artillería se inventaron , hoy que prevalece no solo el trabajo mecánico, sino también la inteligencia, no hay razón para que España quede por bajo de otras naciones. Lo que nos im- porta es abrir puerta franca á los frutos de esa inteligencia, ven- gan de donde vineren ; no fingirnos un ideal de Batuecas ; no creer- nos una Arcadia tonta á lo místico; y esperar confiados en que nuestro porvenir ha de ser venturoso.

Juan Valera


ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBRE VAGANCIA.

El proyecto de ley con cuyo examen vamos á ocupar algunas páginas de esta Revista , á fuerza de correcciones incorrectísimas, y bastante menos en número de las que hubiéramos deseado, y reclama el asunto , es acaso el más grave de los que se han presentado y tal vez se presenten á la deliberación del Parla- mento español en esta su segunda jornada. Si la atenta y medita- da lectura de las disposiciones que comprende no la demostrase de un modo irrefragable, si las gravísimas cuestiones jurídicas , po- líticas, sociales , y casi íbamos á decir , religiosas , que entraña , ó con las cuales más ó menos directamente se roza no le revistiesen de aquel carácter, la importancia que le ha dado el Congreso de los Sres. Diputados en los vivos y concienzudos debates que acaban de tener lugar, justificaría plenamente la que nosotros le atribuimos.

Para nadie puede ser un misterio el espíritu que domina hoy día en nuestro Parlamento. La idea política de que es producto ge- nuino y fiel representante , no es ciertamente la que más excelen- cias está dispuesta á reconocer en ese fenómeno que se llama cho- que de opiniones, controversia ó sea discusión de los negocios públicos. Por el contrario, teniendo muy presente y tomando por norma aquella suprema advertencia de que se nos pedirá cuenta estrecha hasta de las palabras ociosas, los dignos miembros de nuestras Asambleas se han propuesto darnos por punto general y legar á sus sucesores una provechosa lección práctica de sobriedad y economía de palabra que no deja de tener su mérito y ventajas, y que por lo menos prueba que los maestros no rinden culto á la orgullosa deidad de la elocuencia , ni ceden fácilmente , como decía


72 ALGUNAS CONSIDEKACIONES GENERALES

el Sr. Bravo Murillo en el preámbulo á sus proyectos de reforma , á los estímulos de la vanagloria , compañeros inseparables de la publi- cidad. Pues bien, á pesar de este espíritu innegable de templanza, á pesar de esta continencia retórica que es la virtud predominante hoy en la tranquila y ajena vida del mundanal ruido que llevan nuestros Cuerpos políticos , los debates consagrados en la Cámara popular al proyecto de ley que nos ocupa , lian sido apasionados, detenidos , y relativamente profundos y elocuentes ; señal inequí- voca , volvemos á repetir, de que la cosa lo merece , y de que los honores de la impugnación que ha recibido y que está destinado á recibir aun el pensamiento del Sr. Roncali, corresponden á la mag'nitud y altura del asunto,

Claro es que cuando hablamos de los honores de la impugnación, no nos referíamos ni podíamos en manera alguna referirnos á las modestas observaciones de que por nuestra parte ha de ser objeto, ni á la moderada crítica que del proyecto de que se trata nos pro- ponemos hacer , con el mayor decoro por supuesto , cumpliendo en este punto el especial encargo que sobre el particular vemos con- signado en uno de los artículos de la ley novísima de imprenta ; la impugnación á que aludimos es la que ha encontrado en la opinión pública , la que ha sufrido en el Congreso y la que seguramente no dejará de hallar en la alta Cámara , de cuya sabiduría é ilustrada previsión esperamos que del proyecto de ley , tal como ha Ueg-ado á sus manos, suprimirá todo lo que sea, un fundado motivo de alarma , y en muchos casos una agravación tan cruel como inme- recida de infortunios debidos solamente á los rigores del destino.

L

Y antes de todo, séanos lícito preguntar el por qué de la innova- ción que va á intentarse. Comprendemos que, en el primer tercio del sig'lo pasado, cuando se inició la idea de hacer de la vagancia una especie de materia imponible para el reemplazo del ejército, se introdujeran reformas radicales en una legislación , que no por ha- berse venido escribiendo á través de los siglos , dejaba de ser ina- plicable. Las penas de destierro, servidumbre temporal, azotes, ga- leras , perdimiento de miembros y aun la de muerte , fulminadas contra los vagos por las diversas disposiciones que se dictaron desde


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el autor de las Partidas hasta el primer Soberano de la dinastía rei- nante, hablan caido por completo en desuso, á causa de su ferocidad misma. Era forzoso sustituirlas con otras menos bárbaras , y asi lo hi- cieron Felipe V , Fernando VI, y señaladamente Carlos III, el cual en esta materia como en tantas otras obró con su acierto acostum- brado, con ese acierto, que no sin evidente y sistemática injusti- cia pretende disputarle cierta escuela moderna, tan preocupada en un sentido, como en otro lo fueron los eminentes repúblicos en cu- yos consejos se inspiró aquel Monarca insigne.

Nos explicamos también perfectamente, por más que no estemos de acuerdo con sus disposiciones, la ley de 9 de Mayo de 1845. Las pragmáticas de Carlos III sobre levas hablan quedado virtual- mente derogadas desde que la Real orden de 30 de Agosto de 1 829 prohibió que los vagos fuesen destinados al servicio de las armas; y más particularmente todavía desde que las nuevas leyes ú ordenanzas para el reemplazo militar dictadas durante esta segunda época cons- titucional , inspirándose en las ideas modernas sobre el reclutamiento y organización de los ejércitos, habian rechazado de su seno aquel elemento. En esta situación los legisladores de 45 no tenian más que dos caminos que seguir. O declarar que la vagancia no es un delito. y renunciar por tanto á su persecución y castigo, ó hacer una nueva ley para reprimirla. Pues lo que por algunos se propuso entonces de que el asunto se reservase íntegro é intacto para cuando se publicase el Código penal , que á la sazón se elaboraba , era una solución enteramente inaceptable. Porque ó la vagancia es un de- lito , en cuyo caso la sociedad no podia permanecer indefensa aguar- dando la realización de un proyecto que podia retardarse indefini- damente, ó no lo es, y entonces ni debe comprenderse en una ley especial y aislada , ni formar parte tampoco de un cuerpo completo de legislación criminal. El Gobierno de la época á que nos referi- mos (Enero 1845), algún tanto preocupado como el actual por los graves trastornos de que recientemente habia sido la sociedad agi- tado teatro, optó por el primer miembro de la alternativa, y pres- cindiendo del desempeño , al verificarlo obró con lógica y estuvo completamente en su derecho.

Era muy natural también que , partiendo siempre de la hipótesis de que la vagancia sea un delito, su definición y penalidad hubie- sen sido comprendidas en el Código de 1848, cuyas disposiciones vi- nieron á dejar sin efecto las de la ley de 9 de Mayo de 1845. No esta-


74 ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES

mos tampoco conformes , según más adelante explanaremos , en la definición que los autores de dicho Código dieron de la vagancia; pero dejando á un lado por el momento esta cuestión , debemos re- conocer que los articules del Código llevaban indisputable ventaja á los de la ley cuyo puesto venian á ocupar, y que esos artículos á pesar de sus imperfecciones , alguna de ellas , en nuestro concepto, capital , constituian un verdadero progreso en materia tan im- portante.

Avanzamos más todavía para que se vea hasta qué punto somos imparciales. Así como creemos haber comprendido y habernos ex- plicado las razones histórico-legales que han determinado en el curso de los siglos las alteraciones de la legislación patria sobre la vagancia, concebimos también la modificación que para un uso pu- ramente de policía verificó la ley de orden público hoy vigente en la definición de aquel estado, tal como la hizo el Código penal. Nadie ignora que esta ley de orden público, así como otras entre las varias que se promulgaron desde Julio de í 866 , son leyes pu- ramente de circunstancias , leyes homogéneas á un estado sui ge- nerts de la sociedad ; pero leyes , de suyo y por confesión también de sus autores , transitorias y destinadas á no muy larga vida. La sociedad parece que se vio de repente acometida de un mal so- breagudo y fué preciso , según el dictamen de los doctores encar- gados de curarla , el empleo de agentes terapéuticos de una acti- vidad y eficacia desusadas. Todas las instituciones se consideraban en peligro y amenazadas de sufrir recios embates ; se ignoraba por dónde , por quién y de qué manera seria atacada la fortaleza de nuestra organización política y social; se temía, se recelaba, se desconfiaba de todo, nada , pues , más lógico que declararlo todo en estado de suspicion , hasta que el poder y la autoridad recobrasen la fuerza que creían perdida , y llegado este caso trocasen la facul- tad de prevenir por la de reprimir.

Pero esto que nos explicamos en una ley extraordinaria de orden público , y dada cierta manera de apreciar un determinado estado social , nos parece no solo inconcebible , sino contradictorio cuando se trata de leyes permanentes , de leyes que , como la del Código penal , tienen por objeto poner remedio á ciertos males que son in- herentes á nuestra ñaca naturaleza humana , y que para presentarse y desarrollarse no necesitan una alteración radical y profunda en la§ condiciones sanitarias del país. De ahí nuestra sorpresa de que


CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBRE VAGANCIA. • 75

la definición amplia , holg-ada, y harto comprensiva, que el art. 13 de la ley de 27 de Marzo último hizo de la vagancia, no para castigarla , entiéndase bien esto , no para imponer á los vagos la pena correccional de sujeción á la vigilancia de la autoridad , sino para comprenderlos en un padrón reservado , y recomendarlos re- servadamente también á la especialisima vigilancia de la policía, esa definición , decimos , con su carácter suspicaz y caviloso , haya sido adoptada por el Sr. Roncali y sustituida á la ya demasiado lata del art. 258 del Código penal.

5 Y por qué , y para qué esta confusión é involucracion de prin- cipios? El Sr. Ministro de Gracia y Justicia lo ha dicho contestando al Sr. Vinader ; para devolver su perdida consistencia á los resortes del Gobierno , para fortalecer el principio de autoridad , para resis- tir francamente á la revolución. Por fortuna , decimos á nuestra vez nosotros, el principio de autoridad y de gobierno tiene en su favor más garantías , y la revolución más resistencias que vencer que un artículo reformado del Código penal. — Ni tan descarnados están ya los cimientos sobre que la sociedad descansa , que vaya á hundirse porque ande peregrinando fuera de las clasificaciones del Código una colectividad, no muy numerosa de individuos, que después de todo no se ha escapado á la mirada escudriñadora y penetrante de la ley de orden público ! Si fuera este el lugar y la ocasión oportuna , nosotros nos atreveríamos á discutir más amplia- mente con el Sr. Roncali, sobre la manera de conseguir los altos fines que por tan reducidos medios se propone , y á pesar de su in- contestable superioridad, abrigamos la inmodesta persuasión, no de que lograríamos convencerle , sino que acertaríamos á probar que su aclaración , ampliación , explanación ó como quiera llamarse del concepto de vagancia , es del todo insuficiente , ya que no sea con- traria al objeto que se propone . Acertaríamos á probar que esa re- forma está destinada por la fuerza misma de las cosas , á producir arbitrariamente hondas y dolorosas perturbaciones en la manera de ser de los individuos y de las familias; á excitar peligrosos resen- timientos y á enconar los antagonismos que la civilización moderna va desarrollando en grande escala y de un modo sistemático y re- flejo entre ciertas clases sociales, y á ocasionar que con su motivo ó pretextó , se agiten cuestiones que tocan á las entrañas mismas de la sociedad , cuestiones que van de dia en día tomando cuerpo y una forma más determinada , y que habrán de originar espanto^


76 . ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES

sas catástrofes , si es que la Providencia no se apiada de las nacio- nes europeas.

II.

Que la cuestión de la vagancia es una cuestión eminentemente social , se advierte tan pronto como uno se da cuenta de un fenó- meno importante no interrumpido asi en el tiempo como en el es- pacio. Este fenómeno es, que lo mismo en la abigarrada legislación antigua que en la artística codificación moderna , los delitos de la vagancia y el de la mendicidad válida y voluntaria, andan ó re- vueltos y confusos, ó unidos por natural y estrecho vínculo. Lo mismo por la antigua que por la moderna disciplina de la Iglesia; lo mismo desde que S. Pablo dijo : el que no quiera trabajar , que no coma , que desde que la ley de Partida copiando la Novela 80 de* Justiniano estableció que « los pobres valdios fuesen echados de la tierra , á no ser que sean tan cuitados que estén para morir de fam- brCy en cuyo caso deben facerles algo maguer sean malos;» desde en- tonces hasta ahora , y mucho más ahora que entonces , la cuestión de la vagancia y de la mendicidad son dos cuestiones que marchan paralelas, son mejor dicho, dos aspectos de una misma cuestión, de la cuestión del pauperismo ó pobrismo , como le llamaban algu- nos de nuestros antiguos escritores , son la cuestión de la organiza- ción y del derecho al trabajo y á la asistencia pública.

Esta cuestión no está muerta ni siquiera dormida ; por el contra- rio desde que se ha sometido á procedimientos científicos, desde que se ha escrito un libro que tiene por título Filosofía de la mi- seria , esta cuestión ha salido de los dominios del instinto para en- trar en los de la alta especulación racional , después de haber atra- vesado las regiones de la utopia. Fije un momento el Sr. Ministro de Gracia y Justicia su mirada sobre las actas y debates de las se- siones de los congresos de obreros ; medite las doctrinas que allí se vierten y profesan , y verá que ese cuarto estado como ellos se lla- man, prohijando las célebres fórmulas que el abate Sieyes aplicó al tercero , aspira al aniquilamiento de la bourgeoisie , como esta pro- curó el de la aristocracia , y como la aristocracia después de haber sido reducida á la impotencia por la monarquía absoluta, habia conspirado con ella para quitar su predominio al clero.

En Alemania es donde hay que estudiar las proporciones que va


- CON MOTIVO DEL PEOYECTO DE LEY SOBRE VAGANCIA. 77

tomando este problema. Libros, manuales, folletos, periódicos, re- vistas , conferencias , cursos públicos , escuelas , asambleas , afilia- ciones, sociedades cooperativas, todas las formas en una palabra, que toma hoy para dominar y apropiarse el mundo exterior el espí- ritu humano, todo se aprovecha y utiliza. No se ocultó á la perspi- cacia y al talento clarísimo del Sr. Posada Herrera el fatal enlace y el alcance terrible de estas dos cuestiones (vagancia y pauperismo), y así lo demostró , primero en el notable discurso que pronunció combatiendo el proyecto de ley de vagos del Sr. Mayans, y des- pués y sobre todo en su precioso libro titulado Esludios sobre la be- neficencia pública , donde con admirable lucidez está resumido , or- denado, analizado y sagazmente apreciado lo más importante de lo que hasta aquella fecha se habia legislado y escrito. Así pensa- ba, hablaba y escribía á principios de 1845 el Sr. Posada Herrera. ¿Cómo hablaría hoy en vista de las enseñanzas y peripecias que forman la trama de la historia de estos últimos veinte años , si tu- viera que discutir el mismo asunto con el Sr. Roncali?

Créannos los que pretenden no resolver , sino aniquilar ciertas cuestiones, que por sí mismas se plantean inexorables y fatales. Hay problemas , que como decia el inmortal De Maistre refiriéndo- se á ciertos conflictos que la imaginación podía forjarse entre el sacerdocio y el imperio, son el noli me íangere, y conviene dejarlos en su sombría incertidumbre.

m.

Nuestros lectores habrán observado que siempre que hemos ha- blado como delito de la vagancia lo hemos hecho en sentido dubi- tativo é hipotético y sin adelantar ni comprometer nuestra opi- nión en la materia , ahora vamos á manifestarla claramente, teniendo el sentimiento de confesar que en este punto , que es fun- damental á todas luces, nuestra opinión tofo ccelo distat, de la que emitió y sostuvo con fervoroso celo el Sr. Roncali. Para que los lectores de la Revista puedan formarse una idea exacta de los ar- gumentos del Sr. Ministro , reproduciremos en este lugar algunos pasajes de su discurso :

Lo primero que se ha dicho , y siento que haya sido también objeto de oposición por parte de un Sr. Diputado , que aquí se iba á perseguir lo que no era crimen ni delito. Señores, ¿es verdad que no es esto delito? ¿Es


78 ALGUNAS CONSIDKRACIONES GENERALES

verdad que del orden moral hemos traído á la esfera jurídica , á la esfera de la penalidad , lo que únicamente puede ser vituperable por los principios morales? ¡Y esto se dice en España, en España, donde empieza la defini- ción de ese delito, j se ha castigado por el derecho canónico ! Y aquí me refiero al Sr. Vinader, cujas opiniones conozco , cuyas convicciones pro- fundas respeto; ¿no conoce el Sr. Vinader que el origen de esta definición del delito, está en el derecho canónico, en ese derecho canónico del San- to Concilio de Trento que ha sido j es también lej del reino ?

Pues del derecho canónico pasemos al derecho civil , y en el derecho ci- vil , en la parte del derecho penal , encontraremos que desde 1837 empie- za la definición del delito y la pena. Esa misma legislación penal contra los vagos se hace extensiva á los dominios de América por aquel monumento de sabiduría que nos ha envidiado el mundo entero , la Recopilación de Indias.

Y sigue en España la legislación penal contra ese delito , y toda ella la encontrareis , Sres. Diputados , en el Código de la Recopilación en todo el siglo pasado ; creo que empieza en 1745 , y no pasa ese movimiento con- secutivo hasta 179 1. Asi llega hasta nuestros días, y en nuestros días se da una nueva legislación penal , se publica el Código que lleva este nom- bre , que no es obra de ningún Gobierno , absolutamente de ningún Go- bierno. El Gobierno le aceptó, le trajo al Parlamento , y con su aquiescen- cia, S. M. se dignó sancionarle. Pero, ¿de quien es obra este Código? Esto es obra de aquella ilustre Comisión de Códigos , creada por aquel hombre célebre , gloria del foro y de esa tribuna , por la Comisión que creó D. Joa- quín María López , y en la cual los partidos políticos no figuraron nunca como tales partidos , y eso propio acontece en la comisión de hoy. Pero por cierto este es un hecho indestructible. En aquella Comisión, compues- ta de las primeras ilustraciones de la magistratura de España , dominaba siempre la mayoría del partido progresista. Pues de esa Comisión salió el Código penal ; y creo que este sea el momento de hacernos cargo de una objeción , que la llamaremos de autoridad. Se ha invocado la memoria de un hombre respetable , á quien yo respeté mucho en vida , y cuya pérdida todos deploramos , la memoria del Sr. Pacheco , y se ha dicho que este insigne escritor ha afirmado que la vagancia era un mal que debía extir- parse por medios morales, pero que no constituía un delito. Pues bien, el Sr. Pacheco formó parte de la Comisión codificadora que elaboró aquel Código. Yo no sé los secretos délas deliberaciones de aquella Comisión, ni puedo saberlo ; no sé sí el Sr. Pacheco formuló allí esa opinión ; pero es el resultado que él asintió al Código , y que le votó.

« Es una cosa difícil esta de combatir la esencia de la ley. La esencia de la ley está en la definición de la vagancia. ¡ Que la vagancia no es un delito ! Señores , si fuera posible hacer consideraciones en este punto sobre


CON MOTIVO DEL PEOYÉCTO DE LÉT SOBRE VAGANCIA. 79

si era ó no delito la vagancia, ¿á donde nos llevarían? Se ha dicho esto fuera de aquí. Se ha dicho más ; se ha escrito , yo no lo he visto , ¡ qué más quisiera jo que tener tiempo de leer periódicos ! Pero me lo han dicho ; se ha escrito sobre el llamado delito de vagancia. ¿Y esto puede decirse? ¿No estamos obligados á respetar las leyes existentes? Y hablo para fuera de aquí. Por ese camino mañana podríamos decir: sobre el llamado delito de hurto, j decir uno : « yo no voy á hurtar, voy á anexionarme lo que es de otro.» Por ese camino, señores, ¿á dónde iríamos á parar? ¡Sobre el lla- mado delito de vagancia ! Se puede hablar de eso en las academias de ju- risprudencia : puede un Diputado , en uso de su iniciativa , pedir la revo- cación de una ley ; pero mientras exista , nadie puede mofarse de ella , di- ciendo: el llamado delito de vagancia.»

En primer lugar , no acertamos á explicarnos la profunda extra- ñeza y hasta el amargo disgusto que lia causado al Sr. Roncali la discusión que con motivo de su proyecto se ha entablado sobre si es ó no un verdadero delito la vagancia. Claro es que si fuésemos jueces ó vagos, como jueces no tendriamos más remedio que aplicar la ley, y como vagos que acatar la sentencia y someternos á la pe- nalidad que en su virtud se nos hubiese impuesto; pero aquí, como decia perfectamente el Sr. Posada Herrera el año 45, haciéndose cargo de un argumento análogo del Sr. Mayans, no se trata del derecho constituido sino del constituyente ; no se trata de aplicar por un tri- bunal á un caso particular las disposiciones de una ley establecida, sino de la alteración, modificación, y aun pudiera suceder que, de la revocación misma de esa ley. Se trata, como no pudo menos de reconocer en su rectitud é ilustración el Sr. Roncali de la defini- ción de la vagancia, y, como también decia S. S. , en esta definición se contiene la esencia de la ley. Pues bien , al discutir esta defini- ción , puesta en tela de juicio por el Gobierno mismo , al discutirla en la tribuna , en la prensa , en las academias y en todas las esfe- ras de la publicidad , tienen por necesidad que manifestarse todas las opiniones , sin exceptuar la que niega de un modo absoluto la definición misma, es decir, la esencia de la ley.

No es solamente el Sr. Pacheco entre nuestros hombres de Es- tado y publicistas el único que ha rehusado á la vagancia el carác- ter de delito , como al parecer se ha dicho y pasado como moneda corriente en el Congreso. Si se hubiesen tenido á la vista las lumi- nosas y prolijas discusiones á que en el Parlamento de aquella época dio lugar la ley de 1 845 , se sabria que la autoridad respe- table del Sr. Pacheco se halla robustecida por otras muchas no


80 ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES

menos dignas de consideración y acatamiento. Todos los magistra- dos que tomaron la palabra en el Senado en la ocasión á que nos referimos, los Sres. Barrio Ayuso, Olavarrieta y Ubach reconocie- ron que la vagancia n&^'a un delito en la acepción científica de esta palabra ; del mismo parecer fueron los individuos de la comisión, á la que pertenecía el Sr. Huet, y de que era presidente el por su saber, virtudes, merecimientos y tantos otros títulos, venerable, Sr. Garelly, el cual pronunció terminantemente estas frases: «La comisión no reputa como un crimen la vagancia, y por eso lia evitado cuidadosamente el empleo de las palabras delito , pena , y hasta la de corrección.» No era posible ser más franco ni llevar más lejos los escrúpulos de la discreccion y la prudencia. Del mismo parecer fué el Sr, Marqués de Vallgornera. Si del Senado pasamos al Congreso, hallaremos que los Sres. Posada Herrera, Ríos Rosas, Nocedal, Seljas Lozano y Puche y Bautista abundaron en las mis- mas ideas, y hasta el mismo Sr. Mayans, que en su calidad de Ministro de Gracia y Justicia tuvo que levantarse varias veces á defender el proyecto de ley , llegó á declarar lo siguiente : «Con- vengo en que la vagancia no será delito si se refiere precisamente á la justicia en abstracto ; pero lo será con respecto á la ley , es de- cir, convengo en que la vagancia no es un delito considerado á la luz de la moral , de la justicia , del derecho y de la ciencia ; pero lo será desde el momento en que la ley lo declare asi ; en cuyo caso, añadimos nosotros , será un delito artificial , construido , conven- cional, asimilado, será un estado non punilum guia delictum, sino delictum guia punitum , como se dice de ciertos actos que son mala guia prohibita , non prohibita guia mala. ua^.-io

No es tampoco rigorosamente exacto que nuestras antiguas le- yes hayan considerado siempre á la vagancia como un verdadero delito. Contrayéndonos á la pragmática de 1775 (Ley 7.**, tit. 31, lib. 12, Nov. Recop.) sobre levas , veremos que al final del párra- fo 20 excluye del honrado servicio de las armas á los vagos que ade- más de esta circunstancia reúnen la de haber incurrido en delitos feos, pues á estos quiere que «la justicia les sigan sus causas por los términos y les impongan las penas que merezcan conforme á las leyes. » En el núm. 33 se dice textualmente : «Prohibo que á ti- tulo de esta leva se corten causas criminales, ni incluyan en ella á los delingUentes , porque respecto de estos deben seguirse sus proce- sos por los trámites regulares , etc. etc. » En el 40 dispone que los


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vagos ineptos para el servicio de las armas sean recogidos en hos- picios, casas de misericordia ú otros equivalentes, porque este (el de la vagancia ) es un arreglo puramente político , j que necesita en cuanto á los destinos respectivos, etc.» La ley 8.* del mismo li- bro j titulo previene que los vagos que además de serlo se hallen detenidos por haber cometido alguno de aquellos delitos que no son contrarios á la común estimación de las familias , ni de los mismos que los perpetran , pueden también ser destinados al honroso servi- cio de las armas. Por último , y para no alargarnos demasiado , la ley 11 que los vagos y mal entretenidos pertenecientes al estado noble se destinen al servicio de las armas en calidad de soldados distinguidos.

Los que han escrito modernamente sobre filosofía de derecho penal profesan la misma doctrina. Uno de los últimos que conoce- mos, M. Tissot (1), dice expresamente: «La vagancia es un delito de policía , un delito puramente legal , pero no un delito en si ; la vagancia es una ocasión más ó menos próxima á delinquir.»

Se han alegado en contra de la opinión que sustentamos el Gé- nesis, la antigua disciplina de la Iglesia, el derecho canónico, el concilio de Trento y hasta los preceptos del Decálogo ; pero ha- blando imparcialmente , creemos que estos argumentos pertenecen al género de aquellos que por su misma vaguedad y generalidad nada prueban.

El hombre, al salir de las manos del Supremo Hacedor, fué colocado en el Paraíso y su destino era el de gozar en la tierra de una bienandanza inalterable , de un descanso que nada debia inter- rumpir, y el de arribar sin pasar por el terrible tránsito de la muerte al summum de la felicidad , contemplando facie ad faciem al que es fuente inagotable de ella.

El hombre y la mujer prevaricaron , y en castigo de su desobe- diencia , Dios les retiró los gloriosos dones con que gratuita y ge- nerosamente les habia en su infinita bondad favorecido, Y dijo Dios á la mujer «in dolor e paries filios,» y á la mujer y al hombre, re- presentados por Adán «m sudore vulius tui vesceris pane; morte mo- rieris.» ¿Quiere esto decir que sea rebelde á los preceptos de Dios el que se proponga comer sin trabajar? no, porque en este caso también

(1) Le droit penal etudié dans ses principes , dans les usages et dans les lois des diff érenles peaiples du monde. — París, 1860.

TOMO I. ^


82 ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES

lo será la mujer que por medio del cloroformo ú otro anestésico equivalente procure sustraerse á los dolores del alumbramiento, y lo será el hombre que se cure en sus enfermedades ó evite los peli- gros que le amenacen de muerte , todo lo cual no revela otra cosa más que el deseo de prolongar indefinidamente su vida, de no morir. Este es uno de aquellos argumentos que nimis probant; porque, dándole todo el alcance dialéctico que en si tiene , nos llevarla á castigar al que vive en el ocio porque ba heredado una fortuna , y hasta al que descansa después de haberla acumulado. La repug- nancia al trabajo y al dolor , asi como la aspiración á la inmorta- lidad pueden por el contrario , y bajo cierto aspecto considerarse como un confuso recuerdo que aun conserva el hombre de las per- fecciones y magnificencias de su estado primitivo , como un deseo de alcanzar aqui en la tierra la reintegración de su original naturaleza. Se han invocado también (el Sr. Selva) los manda- mientos de la ley de Dios ; pero si bien se mira , es contra produ- centem esta alegación. Dios por el órgano de Moisés prohibió el ho- micidio, el hurto, el adulterio; pero dijo ¿wo holgarás^ Be nin- gun modo. Lejos de eso, si se ocupa del trabajo en los preceptos del Decálogo es para prohibir en el tercero que se falte á la santifi- cación de las fiestas , trabajando los dias en que la Religión haya dispuesto celebrarlas. Se habla del derecho canónico y de la disci- plina de la Iglesia , y cabalmente la tendencia del catolicismo ha sido siempre á multiplicar los dias de descanso , asi como en todas ocasiones ha manifestado la Iglesia una gran repugnancia á dismi- nuirlos, ün ejemplo tenemos bien reciente; léase la breve introduc- ción al decreto pontificio de 2 de Mayo último sobre reducción de dias festivos. S. S. muestra particular empeño en que se sepa, que obra impulsado por las muchas súplicas del Gobierno español , que á pesar de ellas, teniendo presente (nótese bien esto) la sincera piedad y ardiente amor de España á la fé católica, dilató el acceder á lo que con tanto encarecimiento se le pedia ; que habiendo sido nuevamente instado, se abstuvo no obstante de proveer sin someter previamente la cuestión al examen de la Congregación de Sagra- dos Ritos, y solo después de oido su informe y de haber pesado maduramente la importancia de las razones alegadas se decidió al fin , solicitado é instado con repetición y hasta con porfia á conce- der lo que es probable que de motu propio no hubiera otorgado jamas. /jcí .¿í¡,í j. — .. ^ ^v*» « . r < ..,..^>jjv^ ^"w>\r\í \;,v!o <-.-•, ¡^

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CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBUE VAGANCIA. 83

Prosiguiendo en este orden de consideraciones, y en corrobora- ción de lo que llevamos manifestado , debemos añadir que uno de los mayores cargos que se han dirigido por la escuela de los econo- mistas contra el espíritu del cristianismo, y del catolicismo espe- cialmente, tal como se desenvolvió desde la Edad Media, ha sido el de fomentar y proteger indirectamente la vagancia , la mendicidad válida y voluntaria, la ociosidad, en fin, por medio de la multitud de establecimientos piadosos , de sus instituciones de caridad y de sus indiscretas y pródigas limosnas. «Nada de limosnas, nada de hospi- tales , escribía , el convencional Barreré en el preámbulo de la ley de 1 9 de Mayo de 93 , la vanidad sacerdotal es la que ha inventado la limosna.» Si bien se mira la gran cuestión, la única tal vez que divide los economistas que se llaman católicos de los que colocan en Adán Smith el tronco de su estirpe , es una cuestión de benefi- cencia ó de caridad , en la cual está contenida entre otras aquella de cuyo examen nos estamos ocupando.

Pero que más, ¿cuál es el fin que el hombre se propone traba- jando? el adquirir un capital cuyos productos le permitan vivir en el descanso , es decir , el vivir sin trabajar. Los adelantos de la maquinaria, los secretos que el hombre trata incesantemente de sorprender á la naturaleza , las fuerzas que le arranca y aplica á los usos de la vida, la guerra constante que sostiene con el mundo exterior ¿tienen acaso otro objeto que ir disminuyendo progresiva- mente la cantidad del trabajo indispensable para la satisfacción de sus necesidades?

Es decir, se nos objetará, que condenáis el trabajo, que defen- déis la ociosidad , y que no contentos con absolver de toda pena al vago , queréis que la sociedad le considere y le decrete premios. Nada está más lejos de nuestro ánimo , como pueden suponer nues- tros lectores, que incurrir en semejante absurdo. Dado el orden actualmente establecido en la tierra por la Providencia , como se dice cuando se trata del poder temporal de la Santa Sede , el trabajo es una condición sine qua non de la existencia de la sociedad y del individuo. Lo único que nos hemos propuesto al emprender la, tal vez prolija, critica que hemos hecho de la argumentación biblico- teológica á que apelan los que pretenden ver en la vagancia , no solo un delito contra el prójimo y contra la sociedad , sino contra Dios, una especie de segunda edición de la primer caída, ha sido demostrar que no es legítimo ni conveniente extremar la tras-


84 ALGUNAS CONSIDEEACIONES GENERALES

cendencia de ciertos raciocinios ni adoptar ciertos puntos ;de vis- ta, sin haberlos sometido antes á un severo y rigoroso estudio

IV.

El principio inquisitivo y de recelosas precauciones á que obede- cen las leyes sobre la vagancia en general , y muy particularmente la que habrá de regir entre nosotros , si llega á sancionarse el pro- yecto que pende hoy de la deliberación del Senado, parece y es realmente un contrasentido , si se tienen en cuenta los grandes me- dios de prevención y represión que los adelantamientos de la civili- zación moderna en todos sus órdenes y esferas , ha entregado á la libre disposición de los gobiernos. Se comprende que en la Edad Media , cuyas instituciones entorpecían , quebraban y anulaban á cada paso la acción de un poder que apenas nos atrevemos á llamar central ó soberano, se ocurriese la idea de embargar previamente la persona del que , si no es criminal , está en la ocasión próxima de serlo , á causa de las muchas y poderosas dificultades con que habia de tropezar la justicia después de cometido el delito para asegu- rarse del culpable. Los fueros privilegiados , las corporaciones , los asilos , las fortalezas señoriales , los comunes , los grandes feudata- rios eclesiásticos, los diferentes reinos en que estaba dividida la nacionalidad española y otras diversas causas , favorecían conside- rablemente la impunidad y suministraban grandes facilidades para burlar la vigilancia de las leyes. Pero en las sociedades, tal como ha acabado de montarlas el siglo XIX ; en estas sociedades en que el poder central ha barrido todas las resistencias que le oponían el clero , la aristocracia , las villas , los gremios , la amortización , las órdenes monásticas , las cofradías y otra multitud de creaciones só- lidamente construidas ; en estas sociedades en que el poder central es lo único que descuella sobre una superficie perfectamente plana y nivelada , no puede explicarse, la exageración del sistema preven- tivo, tal como lo revela el proyecto de ley que analizamos. ¿Pues qué los telégrafos eléctricos , los caminos de hierro , el ensanche de las fronteras , los tratados de extradición que hemos celebrado con casi todas las naciones , no hacen sumamente difícil , no hacen casi imposible que el criminal se esconda y eluda la justicia? Tenemos la policía política , la judicial y la municipal ; la guardia civil , la


CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBRE VAGANCIA. 85

rural y la urbana; las cédulas de vecindad y los pasaportes. El Ayuntamiento nos empadrona , nos empadrona la policía , la par- roquia nos empadrona también , la estadística no quiere ser menos. Los aduaneros registran nuestros baúles y aun nuestras personas sin distinción de sexo. Por causa de las quintas salen á relucir aque- llos defectos , que más quisiera el hombre mantener ignorados de su organización física. La febril curiosidad del Estado europeo , no reconoce límites, quiere saberlo todo, darse razón de todo, y coloca al ciudadano moderno en una situación de inquisición permanente. Y sin embargo de este inmenso arsenal de armas defensivas que tie- ne á su disposición , y á pesar de que cuando las circunstancias lo reclaman , dentro de las constituciones modernas , bay los medios de hacer caer gubernativamente las barreras que guardan el hogar y el domicilio del ciudadano , el Estado recela todavía , el Estado teme ser víctima de asechanzas y emboscadas , el Estado no se cree seguro. No en vano fenómenos como este ocupan poderosamente la atención y ejercitan la actividad intelectual de los pensadores más eminentes, porque su presencia denuncia un profando desequili- brio en las fuerzas de la sociedad europea y su aparición es de si- niestro augurio , como lo fueron para nuestros antepasados los co- metas.

La esencia , no de ese delito ni siquiera de ese acto , sino de ese estado, condición ó manera de ser que se llama vagancia consiste, como con innegable acierto delararon el Código francés y las legis- laciones de otros pueblos, en la carencia de domicilio fijo. En efecto, vago, ello mismo lo dice, es el que lleva una vida nómada y errante, el que no establece , por decirlo así , entre su persona y un punto . determinado del espacio relaciones constantes ó por lo menos ha- bituales. Esta circunstancia es importantísima , es la cardinal tra- tándose de una ley como la de vagos. El hombre que dice á la au- toridad : «yo vivo en tal barrio , en tal calle , en tal casa y en tal cuarto,» revela á no dudarlo una tranquilidad completa de concien- cia, presta una caución y fianza moral que á los ojos de la socie- dad debe representar un valor inestimable : él mismo señala el punto adonde han de converger los rayos de la vigilancia pública y priva- da, y como que voluntariamente se constituye detenido en el lugar que le sirve de mansión , dando con ello una prueba de la seguri- dad que tiene en la completa rectitud de su pasada y ulterior con- ducta. No así el que se coloca en un estado de trasmigración per-


86 ALaUNAS CONSIDERACIONES GENERALES " ^

pétua: este, cuando además ni tiene renta ni -trabaja, ó como se dice vulgarmente entre nosotros, ni tiene oficio ni beneficio , infun- de sospecha de que trata de ocultar alg-o que no es bueno , de que son por lo menos de dudoso carácter los medios con que atiende al sosten de si y de su familia; induce á recelar de que prepara la per- petración de algún acto penado por las leyes , si es que su furtiva existencia no indica que ya lo ha cometido.

Los ilustrados autores de nuestro vigente Código penal , si bien mejoraron la definición que dio de la vagancia la ley de 1845, no acogieron tampoco, por razones que ignoramos, la del Código fran- cés, y adoptando la cavilosa y suspicaz redacción del napolitano, eliminaron el elemento esencial del domicilio fijo. La ley de orden público con un objeto , como dejamos dicho y no nos cansaremos de repetir, de mera policia y á titulo de medida transitoria, retrocedió al año de 45, y el Sr. Roncali con el proyecto de que nos ocupamos acepta este retroceso , y lo que es más sensible , intenta elevarlo á la categoría de normal y permanente ; y no solo retrocede por lo que hace á la definición de la vagancia á la ley de 1845, sino que, ins- pirándose en su espíritu, pretende resucitar la especialidad del pro- cedimiento, felizmente abrogada desde la promulgación del Código y de la ley provisional para su ejecución. Como si se tratase de uno de esos crímenes que ponen instantáneamente en grave peligro de muerte al orden público , cree que para reprimir al vago se ne- cesita un modo de enjuiciar expeditivo y compendioso, y cuya marcha no sea entorpecida con el pesado equipaje de ciertas par- simoniosas fórmulas, que hasta ahora el instinto, á las veces algún tanto egoísta , de la conservación , había respetado siempre que la sociedad no se veía real y profundamente amenazada.

El vicio capital de que adolecen las disposiciones del proyecto, es su falta de precisión y exactitud , es su indeterminación , es en fin, empleando un vocablo tomado del fondo mismo del asunto, la vaguedad que las caracteriza. Las palabras «habitualmente, de or- dinario, insuficiente, lugares sospechosos» y otras del mismo orden que se emplean, erigen el criterio personal del juez en arbitro ab- soluto de la suerte del presunto reo, y llevan el régimen de lo ar- bitrario allí donde sus efectos pueden ser de más funesta trascen- dencia. ¿Cuáles son por ejemplo ^ lugares sospechosos? ¿Son las tabernas , son los cafés , son los teatros , son los círculos ó casinos, son las tertulias ó reuniones públicas, destinadas á juegos de recrea-


CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBBE VAGANCIA. 87

cien lícita y honesta? No, porque estas casas y establecimientos están bajo la salvaguardia de la ley , son públicos y como tales abiertos á la vigilancia , que si se quiere puede ser incesante y con- tinua de la autoridad. ¿Lo serán las casas de prostitución? No lo parece. La administración las tolera y reglamenta, llevando cuida- dosamente la estadística de sus pobladores, filiándolos, fotogra- fiándolos, cuidándose de su higiene, expidiéndoles patentes lim- pias ó sucias según las circunstancias , haciendo en fin , lo posible para que esos lugares estén dotados de las mejores condiciones sanitarias. A las casas de juegos prohibidos por el Código, no creemos tampoco que la expresión «lugares sospechosos» pueda referirse. Para concurrir hahüualmente á una casa de juegos pro- hibidos seria preciso que estas casas estuviesen constantemente |abier- tas , y por lo tanto que no solo no fuesen perseguidas , sino alen- tadas por una mal entendida tolerancia, y nada más lejos de nosotros que el imaginar ni aceptar una hipótesis que envolve- ría un gravísimo cargo contra los funcionarios á quienes en esta parte incumbe el cumplimiento de las leyes.

El caso tercero del proyecto declara vagos , á « los que con algún »recurso, pero del todo insuficiente para subsistir, concurren de ordi- »nario á casas de juego ú otros lugares sospechosos , sin dedicarse »habitualmente á ocupaciones lícitas.»

Dejando á un lado la impropiedad , ó más bien la contradicción que encierran la expresión del todo y la palabra insuficiente , pues la primera indica una carencia absoluta , y la otra que se cuenta con algo aunque no lo bastante, ¿cómo y conforme á qué reglas se ha de estimar lo que es ó no suficiente para subsistir? Viviendo en una boardilla , alimentándose de patatas , vistiéndose y calzán- dose en una prendería ó en el Rastro , se vive holgadamente con seis reales al día; pero si se pagan 50.000 reales de alquiler al año , si se dan banquetes , fiestas y festines , si se tienen casas de campo , palco en la ópera , caballos de montar y coches , no basta ni con mucho un duro cada hora. Este segundo, este vago de levita puede entregarse sin embargo tranquilamente á la disipación y al ocio , seguro de que no han de alcanzarle las prescripciones de la ley; así al menos lo declaró el Sr. Ministro de Gracia y Justicia respondiendo al Sr. Vinader: pero el primero, el vago de chaqueta, corre inminente peligro de ser víctima de la insuficiencia de sus re- cursos. ¿Por qué esta distinción? El Sr. Ministro no tuvo por con-


88 ALGUNAS OONSIDEBAOIONES GENBBALES

veniente excusarla ni aun explicarla. Que no se fien demasiado sin embargo , los vagos de levita ; la ley no distingue , y llegado el caso de aplicarla , el juez , teniendo presente que Ubi lesc non distinguit neo nos distinguere debemus, medirá, y hará bien , por un rasero á

todos. . rtfl'UÍ


V.


Las tareas de los legisladores en materia de vagancia han sido constantemente una especie de trabajo de Sisifo , si se atiende á lo mezquino de sus resultados y al breve espacio de tiempo que ha bastado para que una costumbre contra legem haya dejado sin efecto sus disposiciones. No solo en España , sino en las demás naciones de Europa , que en este camino han marchado casi paralelas á la nuestra, se ha presentado invariablemente este fenómeno. Los preámbulos de casi todos los edictos y pragmáticas destinados á recordar el cumplimiento ó á resucitar agravándolas las disposi- ciones sobre vagos principian quejándose de la falta de su obser- vancia , y terminan con la esperanza , que por más señas nunca se realiza , de que en lo sucesivo serán inviolablemente respetadas. De suerte que no solo acontece que la ley no alcanza á desarraigar los censurables hábitos que persigue , lo cual no seria razón bastante para renunciar á su aplicación , sino que la ley misma se fatiga prontamente, que las dificultades ó resistencias con que tropieza son tan poderosas que acaban por paralizarla y embotarla , y que los recuerdos , reproducciones y resurrecciones no vienen á ser más que fenómenos galvánicos, breves y fugitivos como la acción del fluido que los produce.

r Si se tratara de un delito, en la verdadera acepción de la pala- bra , nos guardaríamos muy bien de concluir de la ineficacia de las leyes que lo reprimen á la conveniencia de su abolición : hay actos tan esencialmente malos y de consecuencias tan funestas que la sociedad debe mantener siempre contra ellos una protesta enér- gica y severa , por más que el resultado de sus esfuerzos para su- primirlos y estirparlos , esté muy lejos de corresponder á la santidad del fin á que se encaminan, y de los medios poderosos que se emplean. Pero cuando no se trata de un hecho que reúne las cir- cunstancias que según la razón deben concurrir en un acto cual-


CON MOTIVO DEL PROYECTO DE LEY SOBRE VAGANCIA. 89

quiera para que la ley positiva le revista de aquel triste carácter, conviene economizar en lo posible el poco edificante espectáculo de leyes que se dan y no se cumplen, ó lo que es peor y puede también acaecer , de leyes que se cumplen con discrecional intermitencia, Si recorremos , siquiera sea someramente , la historia del derecko penal de las naciones , veremos que el tino y la sabiduria de los legisladores les ha enseñado á renunciar , por motivos de conve- niencia pública , al castigo de ciertas acciones no indiferentes , no simplemente culpables , sino que revelan un gran fondo de depra- vación moral. El pecado de bestialidad y sodomia castigado con la hoguera por las leyes recopiladas , y en virtud de una prueba pri- vilegiada, ó sea meramente indicial, no se menciona siquiera en nuestro Código. Todo el mundo puede ser hoy todo lo judio , infiel ó hereje que se le antoje, seguro de que, como no pase de ahi, ni la inquisición religiosa, ni la politica han de hacerle representar autos de fe, ni venir á turbarle en la tranquila posesión de sus creencias. Sin exponerse á más que á una reprensión , y tal vez á tres duros de multa y á un dia de arresto únicamente , se blasfema de Dios ó de la Virgen, siendo así que las penas más atroces , penas verdaderamente horrendas, fueron en otro tiempo el correctivo de estos hechos que el Código no se digna elevar á la categoría de delito , contentándose con relegarlos al modesto lugar de las culpas veniales bajo la tenue denominación de faltas. Pues si tra- tándose de inmundas violaciones de la honestidad y del pudor; si tratándose |de ofensas á la Divinidad, el legislador, por ra- zones de interés y de prudencia, ha tenido que doblegarse y transigir, ¿por qué se extrañaría que observase una conducta análoga respecto á una condición que podrá ser , á todo tirar , el vestíbulo del crimen , pero ni un punto más? ¿No es un contrasen- tido y un verdadero anacronismo que cuando en materia de indus- tria y de trabajo va prevaleciendo el principio de la libertad ilimi- tada y la máxima del laisser aller, que cuando las legislaciones van permitiendo las coaliciones de obreros y la abstención colec- tiva, deliberada é indefinida del trabajo, se venga á castigar, no al ocioso con renta , no al parásito rico , no al holgazán que di- sipa improductivamente el trabajo que otros acumularon , sino al médico sin enfermos , al abogado sin pleitos , al obrero sin obra, al que sufre la desgracia de no tener , al que vive de lo que le da la caridad ó la amistad , es decir, vive de lo que hace suyo en virtud


90 ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES

de un título jurídico , de un medio de adquirir tan legítimo como cualquiera otro , es á saber, la donación^ ' ^^^ ii;Nrraoíf€'>'4 eii"

El Sr. Ministro espera por este medio moralizar la sociedad, y nosotros , dicho sea con perdón del Sr. Ministró recelamos que ni siquiera consiga moralizar los vagos. Los establecimientos en que han de ingresar para ser sometidos al régimen saludable de moral práctica que el Código prescribe están muy lejos de reunir las con-- diciones requeridas al efecto. No hace muchos dias que en un acto público y solemne ( 1 ) esos establecimientos han sido llamados por labios competentes «escuelas, masque de corrección, de corrupción ;>> y jueces más autorizados todaría (2) por la dignidad que hoy les ca- racteriza y por el tribunal en que se sientan , acaban recientemente, si no en la forma en la sustancia , de confirmar aquel severo fallo; de suerte que se corre el peligro de que la inercia del vago, de que su retraimiento del trabajo, con lo cual causa á la sociedad un daño meramente negativo (el daño que consiste en no hacer el bien), se convierta al salir del lugar de su encierro en una actividad grave- mente funesta. Y dado que, como algunos filósofos sostienen, el criminal no tenga derecho á la pena , lo tiene indisputable á que el castigo que se le imponga, ya que le aflija el cuerpo, le purifi- que en lo posible el alma; á que ese castigo sea una mortificación en el sentido cristiano de la palabra, es decir, una mortificación penitenciaria. Y si de la sociedad puede reclamar este derecho el más empedernido y depravado criminal, ¿con cuánta mayor justi- cia no estará autorizado á invocarle el que solo es delincuente por ministerio de la ley, el que lo es únicamente in fieri ó de un modo potencial que tal vez nunca se reduzca al acto'^

No nos hacemos ilusiones , y por eso tememos que al pensamien- to del Sr. Roncali le está reservada la misma suerte que á los ar- tículos del Código , á la ley de 1845 y á todas las anteriormente pro- mulgadas. Como instrumento político podrá servir para algo en circunstancias dadas ; como instrumento social , si las costumbres, si la opinión , si la fuerza misma de las cosas no neutralizasen sus

(1) Academia de Ciencias morales y políticas, sesión púbUca del 28 de Enero de este año ; discurso de recepción del Sr. Marqués de la Vega de Ar- mijo y contestación del Sr. Colmeiro.

(2) Congreso de los Diputados , sesión de 29 de Febrero de este año ; inter- pelación y discurso del Sr. Murua sobre el estado de nuestros presidios y con- testación del Sr. Ministro de la Gobernación.


CON MOTIVO DEL PEOTECTO DE LEY SOBBE VAGANCIA. 91

efectos , sería una máquina de un poder incalculablemente desas- troso. Medidas como esta, por noble, laudable y generoso que sea el móvil que las dicte , llevan siempre consigo el desasosiego y la zozobra , porque se prestan , según las manos en que caigan , á per- turbar la piedra angular de la sociedad, que es la familia. Al Se- nado , que es el Cuerpo á quien más especialmente incumbe velar por la conservación de los intereses constitutivos del país , toca boy prevenir un mal tan grave.

Juan de Lorenzana.


CARTA SOBRE LOS HECHIZOS QUE EL CONDE DE OLIVARES DIO AL REY DON FELIPE IV.

Al Sr. Director de la Revista de España.

Dice V. , amigo mió , que , como caso de hechicería , ninguno puede compararse al que acaeció en los últimos años del siglo XVII, y nos envolvió en una de las guerras más largas y sangrientas de que queda memoria, y digo yo que, como brujería y aun por los males que causó á España, es quizá más memorable otro caso ocurrido muy á principios del mismo siglo.

Que la hechicería es cosa que puede tocarse y experimentarse en el mundo, ni V. ni yo lo ponemos en duda, por ser ambos na- turalmente crédulos y dóciles , sino que , como además somos pia- dosos , creemos con Pico de la Mirándola que la magia no nace de la verdad , sino que es obra del diablo, por lo cual el P. Feijóo, el Pico español del siglo XVIII, llama enfermedad demoniaca la que se padece bajo la influencia ó con sospecha de maleficio. V. sabe que , para conseguir este , es necesario celebrar pacto con el de- monio , tácito ú expreso , como dicen que lo celebró el famoso Mar- qués de Villena, que aun está encerrado en una redoma, y del cual se cuenta que se dejaba rascar en la frente por el propio Lu- cifer : ángel del mal que se aparece generalmente bajo la forma de un macho cabrío ó cabrón , como el Padre del Rio demostró am- pliamente en sus investigaciones ó disquisiciones mágicas, publica- das hacia el año de 1599. No ha faltado con todo quien ha obliga- do y compelido al diablo , en vez de tratar con él amistosamente, haciéndole jurar por algún nombre divino ó celestial , como lo practicaba Fray Antonio Alvarez Arguelles , Vicario del convento de religiosas dominicas recoletas que, con la invocación de la


DIO AL REY DON FELIPE IV. 93

Eacarnacion, fundó en la villa de Cangas el limo. Sr. D. Juan Queipo de Llano, Obispo de Pamplona. .c!

Es indudable , de cualquier modo , que , con el auxilio de los poderes infernales y usando de las artes g-oéticas, se han podido rea- lizar y realzado grandes venganzas, no solo sobre particulares, sino sobre ciudades y reinos enteros , arruinándoles sus cosechas ó llevándoles una peste como la que estragó á Milán en dicho si- glo XVII , y que con tan patéticos colores nos describe el inspira- do Manzoni ; y no es menos cierto que , usando de las artes teúr- gicas, se hacian amar los hombres de las mujeres, y estas, aun siendo feas y viejas, rendían á galanes hermosos; ni puede ya, por lo tanto, maravillarnos que algunos espíritus, menos sensi- bles á los encantos femeninos que á los goces tempestuosos de la ambición , se dedicaran con empeño á enredar en sus maleficios á los Principes y Reyes.

Sabido es (y asi lo decia el pregón con que le sacaron al cadal- so) , que D. Alvaro de Luna usó de esos maleficios con D. Juan II, y con ellos se apoderó de la casa, y corte, y palacio del Rey, usur- pando el lugar que no era suyo , y subiendo de bajos principios á la cumbre de la buena andanza , de donde le despeñó la ambición. Pero no es de este caso del que yo quiero hablar á V. , sino de otro más funesto á España , porque si D. Alvaro faltó á la persona del Rey y pecó de codicioso , teniendo más riquezas que consentía su calidad , y de soberbio por los muchos dominios , señoríos y casti- llos en que mandaba, no carecía totalmente de patriotismo ni llevó al reino á su decadencia y ruina, como D. Gaspar de Guzman, Conde-Duque de Olivares , que es de quien me propongo tratar en esta carta.

Y para que vea V, que es verdad lo que le decia al comenzarla, de que más males causó aquel valido con sus maleficios (así lo cre- yó el vulgo), que ocurrieron luego al cabo de un siglo, le diré ahora que por su culpa y en pocos años perdió España todo su po- der y gloria. Perdióse Ormuz , Goa y Fernambuco : perdióse el Bra- sil con las Islas Terceras; perdióse para siempre (pérdida nunca bastante lamentada) el reino de Portugal y el condado de Rosellon, y casi todo el de Borgoña y ducado de Luxemburgo, primer título de Carlos V ; y á punto estuvieron de perderse del mismo modo Ca- taluña y Ñapóles y Sicilia: perdióse en fin, Arras y Flandes, y aquella triste campaña , en que se hundieron , aunque gloriosamen-


94 CARTA SOBEE LOS HECHIZOS QUE EL CONDE DE OLIVARES

te , los tercios hasta entonces invencibles de la infantería españo- la. Perdiéronse también más de 200 navios en el mar Océano y el Mediterráneo , quedando de esta suerte aniquilada nuestra Arma- da para no volver á levantarse hasta Fernando VI. Concluyó por último de perderse con el Conde de Olivares lo que nunca habia estado muy medrado , la Hacienda y la riqueza de la Monarquía, pues él halló arbitrios hasta allí nunca usados , con los que sacó ciento diez y seis millones de oro , que en gran parte fueron á ali- mentar la codicia de sus vireyes , g'obernadores , generales y mi- nistros , y la suya propia : con que bien merecía aquel privado el triste fin del otro , en quien mandó hacer justicia D. Juan II.

Apenas se concibe que en medio de tantas desdichas , si este nom- bre merecen , pudiera subsistir la privanza del Conde , siempre en aumento por espacio de 22 años ; y no es de admirar , que el vulgo supersticioso en todas partes y más en España , y aficionado á ex- plicar las cosas que no entiende por medios sobrenaturales , diese en decir desde el principio de su privanza, que D. Gaspar tenia hechizado al Rey. Contribuyó á dar pábulo á la maledicencia , el que siendo mozo en Sevilla tuvo el D. Gaspar mucha comunicación con hechiceros, por abundar más allí que en parte alguna á pesar de haberse purificado aquella atmósfera desde Enero de 1481, en que se levantó el primer quemadero español, adornado de las esta- tuas de cuatro profetas. Más tarde en Salamanca , y este fiíé otro indicio contra el D. Gaspar , cuando en el año 1601 le envió su padre á estudiar , conversando un día con el P. maestro Fray Pe- dro de Guzman , mercenario calzado é hijo del marqués de Baydes le dijo: «Primo, yo sé que tengo que gobernar el mundo.» Más tarde y siendo ya ministro , parece que se dio á leer el Alcorán , y por ello fué varias veces delatado al Santo Oficio , interviniendo en este negocio el propio cardenal Monti , nuncio apostólico , contán- dose á este propósito haber dicho en una ocasión á una señora: «Vuestra merced sepa que las almas son de Dios y los cuerpos del »Rey , y esta es doctrina del Alcorán. » Más tarde (¡qué horror! ), comunicó también con judíos , é hizo venir de Salonique á un gran hechicero y á otros de la misma secta proponiendo que se les con- cediese una sinagoga , á pesar de la repugnancia de los Consejos, de los Inquisidores y de los teólogos , consultados al efecto. Como si no bastaran todas estas abominaciones, introdujo por médico de cáma- ra de la Reina á D. Andrés de León, otro mágico, que malefició,


DIO AL BEY DON FELIPE IV. 95

y sobre esto nadie puso la menor duda , dm camisas , perfumándo- las con unos polvos muy finos y rojos ó cenicientos , que en esto no anda seg-ura la historia. En fin, amigo mió , V. no ignora que el Conde de Olivares tuvo trato con otros muchos nigrománticos ó buscó su amistad, habiendo tratado de alcanzarla de D. Miguel Cervellon , el cual era público que tenia parte con el demonio ; pero las más célebres relaciones son las que se le atribuyeron con una mujer llamada Leonor , de quien he de hacer la historia para que ni V. ni nadie dude de ella , pudiendo leer todos el informe que D. Miguel de Cárdenas, alcalde de casa y corte, hizo sobre dicha Leonor al Presidente del Consejo de Castilla.

Vivia esta Leonor en la calle del Barquillo , y era vecina de un Antonio Diaz , coletero de oficio , y de un Juan de Acevedo , escri- bano de la Sala de alcaldes. Fué el caso que una noche de Agosto ó Setiembre del año de 1625 se reunió la Leonor con la mujer del escribano y la del coletero , y rodando la conversación sobre las dichas y desdichas del matrimonio, dijo aquella que lo que debian de hacer era dar hechizos á sus maridos para que bien las quisiesen y nunca cambiasen de voluntad : respondió la del coletero que no queria meterse en hechicería , y replicó Leonor : «que sus hechizos »eran sin peligro , porque estaban ya probados con S. M. , á quien »los daba el Conde de Olivares para conservarse en su privanza , y »no le hacian mal como se veia.» Añadió «que estos hechizos no los »hacia ella , sino una amiga suya llamada María Alvarez , y podia ^ofrecerlos como quien tenia la fábrica de ellos de su mano ; » pero como rehusaran siempre las dos mujeres, por no hacer esclavos del diablo á sus maridos, la Leonor, que á toda costa queria hechizar- los , declaró que el capellán del conde de Monterey sabia más de esto que la misma Alvarez , de quien era muy conocido , y que ella le haria venir, y encerrados todos se harían los hechizos. Rehusa- ron todavía las mujeres , y Leonor con una insistencia que pinta la ignorancia y la superstición de nuestro pueblo y de aquella épo- ca, dijo entonces «que ya que no hiciesen los hechizos, tomasen »palos de romero y espliego , y antes que sus maridos vinieran á »sus casas , las perfumasen con ellos en cruz , cuidando de que se «quemasen todos los palos , y poniéndolos después de este perfume »en los quicios de las puertas por la parte de adentro hasta que se »consumiesen con el fuego.» i í^AM \^

Sea que el coletero^oyese algo de esta plática , sea que su mujer y


96 CAETA SOBKE LOS HECHIZOS QUE EL CONDE DE OLIVARES

la del escribano, dejándose llevar de su natural condición, refirie- sen todo á sus maridos , ello es que el Juan de Acevedo fué con el soplo al alcalde Cárdenas , y este , después de tomar algunas decla- raciones , mandó que con todo misterio llevasen á Leonor á casa del escribano. En ella entró con todo recato Cárdenas, y á ella trajeron con color de otra cosa á Leonor, que tan pronto como vio al alcalde , empezó á g-ritar diciendo : «Yo no he hecbo los hechi- »zos; María Alvarez los hizo; ¿qué culpa teng-o yó?» Y mandán- dola callar , volvió á decir : «María Alvarez , que hizo parir á la

»mujer del Almirante, y sabe hacer estas cosas » La escena,

con las voces de Leonor , estaba á punto de hacerse ruidosa , y el alcalde Cárdenas , para cortarla , tuvo que cojer de ella y llevarla á la casa del alguacil Ximeno , yéndose luego á dar cuenta de todo á su Presidente D. Francisco de Contreras.

Muchos meses pasaron sin que este , receloso y confuso , resol- viera nada : Cárdenas porfió con él , pero sin éxito ; y su porfia y su informe solo le valieron más adelante que le quitasen su plaza y muriese sin ella en el año de 1640, haciendo revelaciones en su testamento y encargando á su hijo que las enviara al Rey. Este jamás las vio; quedóse con ellas el Conde-Duque. Lo que si se vio y supo fué que mediaron grandes influencias en favor de la hechi- chera, é intervinieron frailes para libertarla. Habló primero el maestro fray Pablo Gamiz , carmelita calzado , que luego se asustó y huyó el cuerpo; y habló principalmente fray Francisco de Jesús, por quien preguntó repetidas veces y con ruegos la presa. Entre este fraile y el alcalde Cárdenas mediaron razones que no dejan duda sobre aquel caso estupendo. Fray Francisco dijo: «que el »Conde de Olivares no conocía á dicha mujer , y él solo la favore- »cia por parentesco que tenia con un criado suyo , habiéndola saca- »douna ayuda de costa de 4 á 5.000 reales;» pero añadió: «que »era digno de alabarse el secreto que habia guardado Cárdenas , y »que si lo hubiera sabido el Conde , le tendría muy gran reconoci- wmiento.» Contestóle Cárdenas: «Ya, padre, de aqui adelante no »es posible guardar secreto , porque estos dias han ido á matar á »los testigos , esperándolos á las puertas de sus casas , de que mi- >dagrosamente se han librado.» Cárdenas confesó también que con motivo de aquel negocio habia pasado grandes trabajos en su per- sona y casa. Más aun : habiendo caido malo de un flujo de sangre, fué á verle el licenciado D. Rodrigo Jurado , abogado de los Con-


.' Dl6 AL REY FELIPE IV. 97

sejos , pidiéndole que se alentase á ir á ver al Presidente , aunque fuese en una silla, para tratar de la soltura de aquella mujer que le hacia falta al Conde y á S. M. el Rey. En suma, amigo mió, tan grave y arriesgado fué el caso , que el Presidente , que era Co- mendador de León , si mal no recuerdo , por no resolverle , dejó la Presidencia y se fué al desierto.

Corrian, entre tanto, voces extrañas respecto de la Leonor, y muchos contaban que por orden de D. Gaspar hechizó en la misma prisión unos listones de los zapatos y un lienzo de narices , y con este hechizo logró el Conde quitársela al alcalde Cárdenas. Yo nunca he creido en esta mentira grosera,. pues si es cierto que la sacó el Conde de Olivares , fué valiéndose del Presidente de Castilla, el Cardenal Trejo, y este del alcalde D. Juan de Quiñones, que la envió al Corregidor de Segovia con orden de que la favoreciese.

Cuanto le refiero á Y. , amigo mió, se funda, como dejo dicho, en la misma relación hecha por Cárdenas. No sé si se ha publicado antes con esta minuciosidad ; hayase publicado ó no, yo quiero re- recordarla, porque prueba que si realmente el Rey D. Felipe no estuvo hechizado, mediaron hechizos ; que esta fué opinión general y muy abonada en la corte y entre el vulgo; y que á ella aluden aquellos versos ó coplas con que se celebró la caida del Conde de Olivares , y aparecieron á la mañana siguiente de esta caida en las puertas de palacio:.

1 1 El dia de San Antonio Se hicieron milagros dos; Pues empezó á reinar Dios, Y del Rey se echó al demonio, h

Lo que nó me explico es, cómo habiendo mediado todo esto, y teniendo enemigos tan considerables dentro del mismo palacio, el Conde de Olivares , no se trató de arrancar el maleficio, ó mejor di- cho, hechizo, de la persona que se suponía posesa, y no se empleó, siquiera como preservativo, algún exorcismo, ó por lo menos, un simple conjuro, mandando salir al diablo; con lo cual creo yo que se hubiera puesto remedio á tantos males , y no hubiésemos perdido el Portugal, ni hubiera ensangrentado el suelo de España el levan- tamiento de los catalanes contra su Rey y señor natural.

De todas maneras (y aquí déjeme V. que le dé un abrazo), ya ve V. que hemos adelantado; pues antes los Principes y los grandes,

XOMO I. 7


98 CARTA SOBRE LOS HECHIZOS DADOS AL BEY FELIPE IV.

y los mismos jueces encargados de aplicar las leyes contra los ago- reros , sorteros , adivinos y hechiceros , y los mismos inquisidores, á quienes pasó esta jurisdicción , creian en la influencia del diablo, aun sobre las personas que tenian la gracia comunicada por el bautismo; y hoy ¡qué diferencia!. .. Hoy, para encontrar embru- jados, hay que buscarlos entre pobres labriegos de la provincia de Toledo ó de otras provincias, y brujas, entre mujeres pobres y es- túpidas , y no entre señores tan magníficos como un Condestable, un Maestre de Santiago ó un primer Ministro de una tan vasta Monarquía.

Adiós, amigo, y él le libre y nos libre á todos de maleficio, y de quedar encantados ó enjaulados. Suyo afectísimo, cí'oíjp ,Kyj

' Z. J. Casa VAL.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO.

Ar> VEFtTEIVOI A .

Las páginas que siguen son extractos, realmente, de las Memorias de un compañero de academia j de armas, mi mejor amigo acaso, que, tras largas vicisitudes , bajó á la tumba no há mucho tiempo , legándome , en prueba de su afecto j confianza , el manuscrito que hoy me sirve de texto. Para la publicación que comienzo, estoy competentemente autorizado por mi difunto amigo, en cu jo manuscrito no hago más alteraciones que las indispensables para evitar prolijidad j no faltar á las convenien- cias sociales. ¿Interesarán al público, lo que confieso que á, mí me han interesado, las no milagrosas aventuras, ordinarios percances, j peripecias harto frecuentes, de la vida de un hombre honrado , que honradamente y sin pretensiones literarias de ningún género , y mucho menos de Novelis- ta moderno que de ninguna otra especie , se las refiere á sí mismo , como quien hace examen de conciencia por escrito?

No lo sé verdaderamente ; pero á bien que , en todo caso , no será esta la única producción, de su género, no muj entretenida que se haya publi- cado en España; y quizá haya algunos lectores que prefieran la verdad en las descripciones , la consecuencia en los caracteres y la verosimilitud en los lances , á los horrores de Ponson du Terrail y su escuela.

Años atrás, el público recibió benignamente el Patriarca del Valle , la Conjuración de Méjico y los Estudios sobre las costumbres españolas , mis últimas novelas originales. ¿Por qué no he de de esperar que hoy, pre- sentándome de nuevo en la palestra , apoyado en la verdad , y meramente como padrino de estas Memorias , me reciba el Juez soberano en este ra- mo de la amena literatura, tan benévolo como antaño?

¡ Ah! Si al buen deseo acompañaran las fuerzas , y al estudio y la labo- riosidad, el fácil ingenio y la elegante pluma, no hubiera producciones que á las mias sobrepujaran ; y mis novelas no se les caerían nunca de las


manos á lectores ni lectoras.... ¡A las lectoras sobre todo! — Pero las flores del invierno , por más que al calor artificial de la estufa se produzcan, tal vez con gratos colores , nunca tienen el aroma j atractivo que las que es- pontáneamente brotan del campo en la primavera Y mis primaveras...

mis primaveras me hacen ya oficialmente jubilable.

Con permiso , no obstante , de las leyes en la materia , ó sin su permi- so si me lo niegan , yo , en punto á literatura , estoy resuelto á no darme por jubilado , á menos que el público me jubile.

Al público, pues, someto estas Memorias: su fallo soberano decidirá si, en efecto, son Memorias que entretienen, ó chocheces de un sexagena- rio , que haria bien en guardárselas para sus nietos. !^-L Lí L*XÜ

P. E. M.


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rn ^Va nrr '^.fi oFi' , ftí'oaofín'} rof)rrI, fil -ih «iiñri'n i-J


EL CANTO DEL CISNE.


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EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO.,!;!


I.

UNA GUARDIA DE PREVENCIÓN CASI DRAMÁTICA.

(Del 5 al 6 de Junio de 1830.) ;

¡Qué dia! ¡Qué calor! — El termómetro de Reaumur á más de 30 grados! Ni un soplo de viento siquiera. Y yo con este maldito cor- batín de terciopelo, hasta las orejas; el uniforme de paño, abrochado herméticamente ; sobre el pecho un almohadón , para abultarlo co- mo el de un palomo cebado ; y encima la cartuchera ; y el sable colgado de la cintura ¡Qué dia! ¡Qué dia!

¡Pero, ábien que la noche es aun más sofocante, si cabe! ¡...Y estar viendo es^s tres magnificas fuentes: el Neptuno, el Apolo, y la Cibeles , monumentales adornos del Prado de Madrid , á los cua- les la Majestad del Sr. D. Carlos III, de feliz memoria, se olvidó, solamente , de proveer del agua necesaria , para que no fuesen , co- mo lo son , sus pocas veces corrientes y siempre exiguos chorros, una especie de provocativo sarcasmo á la árida sequedad del clima de esta Villa y Corte. ;' v: í^

Me abraso, pues, y no me atrevo á desabrocharme siquiera un botón, porque estoy de guardia en el cuartel , tan próximo al Prado que no tengo momento seguro. El Brigadier se estará , sin duda, paseando como tiene de costumbre , en batalla de sombrero , retor- ciéndose el cano bigote , mirando tan de través y provocativamente á los lechuguinos , como cara á cara á las buenas mozas , y mar- chando á la prusiana al compás de las dobles rosetas de sus espoli- nes , mal que les pese á sus cincuenta del pico, á los tres balazos y cuatro cuchilladas, que le recuerdan su gloriosa participación en


104 MEMORIAS

la guerra de la Independencia , y prescindiendo de no sé cuántos pinchazos recibidos en duelo.

¡Excelente persona, grande oficial, cumplido caballero; pero de una severidad en el servicio....! ¡Guarda Pablo! Prefiero sudar basta el quilo á que el cabo primero, como gráficamente le llama la tropa , me sorprenda con un solo botón desprendido de su ojal correspondiente. .- .•-


Las nueve y media de la nocbe : el capitán de dia y los oficiales de semana se ban ido ya. Bien puedo quitarme siquiera los dos bo- tones primeros y el corchete, que me está dando garrote ¡Oh!

¡Respiro....! ¡Maldito corbatín!

« ¡Sargento de guardia!— ¿Manda V. mi alférez? — Cerrar la puerta del cuartel ; y prevenga V. ál centinela que esté muy vigilante , y avise con tiempo, si viene algún jefe. — Ya está advertido, mi alfé- rez; y sabe que si se descuida.... — Bien, D. Victoriano (mi sargento era alférez graduado) ; cuento con V. — Esté V. tranquilo mi alférez,

ni el mismo cabo quiero decir ni el Sr. Brigadier mismo entrará

en el cuartel, sin que V. lo sepa antes.»

D. Victoriano es un soldado viejo, con más conchas que un ga- lápago, endurecidas en veinte y pico de años que lleva de primero; hombre, además, que sabe la aguja de marear al dedillo, y que entiende á media palabra.

-< Bien puedo quitarme otros dos botones Pero , este corbatín

de Satanás me sofoca ¿Quién dijo miedo?....! ¿No está preve- nido el sargento....? ¡Fuera corbatín....! ¡Caramba! ¡Esto ya es respirar. . . . ! Apaguemos el hediondo belon que me está, con su tufo, emponzoñando ¡Asi....! Ahora los mosquitos tendrán que bus- carme á tientas.

Me tiendo en el sofá: durilla es la paja de anea: pero ¿quién re- para en pelillos, en un cuerpo de guardia? — No soy yo á la cuenta, porque me he dormido como un tronco y en mal hora , sin duda, pues era ya muy cerca de la media noche (como lo vi después), cuan- do súbito me desperté al estruendo de confusas voces , sables que arrastraban, y precipitados pasos en el zaguán del cuartel.

Púseme en pié de un salto, y ya abría la boca para llamar á


DE TJN CORONEL BETUtADO. 105

D. Victoriano, cuando se me helaron los acentos en la garganta, viendo delante de mí al Brigadier, que me contemplaba á su vez con ojos muy poco tranquilizadores.

— «¡Bonito traje, señor oficial! ¡Buen ejemplo da V. á la tropa! ¡Y su vigilancia es admirable!» Exclamó iracundo el veterano.

— « ¡ Mi Brigadier ! tartamudeé confuso

— «¿Todavía querrá V. disculparse? Pues, ¡voto á....!

—«¡Manuel! (interrumpió entonces, en voz baja, pero no tanto que yo no la oyese, un caballero venido con mi jefe, en quien basta entonces no habia yo reparado). ¡Manuel, cálmate! El calor es sofocante ; ese oficial es un mucbacbo, casi un niño se ba qui- tado el corbatín, es verdad ¡Ha becbo mal, bombre, ba be-

cbo mal! í .y^'í ^ o>Tfj'..i!.'jjíioí íí-icj/íü ornoy i;

— «Tiene desabrochado el uniforme además!» Anadió el Brigadier lanzándome una mirada , á cuyo impulso me creí ya encerrado en el castillo de las Peñas de SanPedro. '•¦•(^ v >;-:¡ ¦iv» ^-/h (

— «Sí, Manuel, sí; tú tienes razón; pero mírale: no se ha qui- tado el sable, ni la cartuchera. Estaba á oscuras para no poder ser

visto; y si no tuviera el sueño tan pesado ¡El sueño profundo

de los veinte años....! ¿Te acuerdas, Manuel, cómo dormimos nos- otros, á la intemperie y sobre las rocas del Pirineo, la víspera de la batalla de San Marcial....? ¡Vamos! sé indulgente por esta vez; yo te conozco; gruñes, relampagueas y truenas; pero en tu vida has perjudicado á ninguno de tus oficiales. Que no sea yo la inocente causa de un gran disgusto para ese pobre muchacho, que no tiene mala pinta.

— ¡Eso no, Carlos! No tengo yo en el cuerpo ninguno que no sea de punta , y ese chico se distingue entre todos sus compañeros por su amor al servicio y su puntualidad en él. Algo tronera es, afi- cionado á ellas , reñidorcillo

— Ni tú ni yo, Manuel, éramos á su edad Teatinos.... Vamos, perdónale y que nos deje solos.

Durante ese aparte , de que yo no perdí una sílaba , porque mi oído es fino y las voces del Brigadier y de su amigo, de las que no admiten el pianísimo , habíame yo puesto el corbatín y abrochado de arriba abajo, de forma que, cuando mi jefe, en realidad siempre muy bueno con nosotros, y entonces ya por las súplicas de mi in- tercesor á medio enternecer , volvió hacia mí la vista , encontróme perfectamente en regla. tk.t)í3 ía úh faul y ,o'tc;iiir.\|


106 ' ; MEMOBIAS

— Pase por esta, señorito (me dijo). Pero cuenta con volver á las andadas, porque.... í Hág-ame V. el favor de ir á dar una vuelta por las cuadras: eso acabará de espabilarle.... ! Necesito tablar á solas un momento con este caballero.

No hay para qué decir que, apenas pronunciada la orden, estaba yo poniéndola por obra , ó lo que es lo mismo : saliendo del cuerpo de guardia, como raposo que cogido en la trampa, se encuentra mi- lagrosamente libre cuando menos podia esperarlo.

Sin embargo , la levadura de Adam , que en mi fermenta como en cada hijo de vecino , me inclinaba grandemente á buscar el des- quite del susto y sonrojo debidos á mi falta, en el castigo de mis subordinados, y muy principalmente en D. Victoriano, á cuya vi- gilancia, tan absoluta como imprudentemente, me habia confiado.

Pero ni aun esa, tan maligna como escasa satisfacción, logré; porque, sin darme tiempo á desahogar mi cólera, el bueno de mi sargento me explicó y probó con el testimonio de toda la guardia, cómo habia sido imposible á todos evitar la sorpresa.

En efecto, uno de los escribientes de la Mayoría (nunca he po- dido soportar á los tales escribas), que tenia permiso para pasar aquella noche en el teatro , retiróse por tanto á deshora , y mi mala suerte quiso que lo hiciese de modo que, al abrirle D. Victoriano á él la puerta del cuartel, en lo cual no habia inconveniente , detrás se entrasen por ella el Brigadier y su acompañante.

¿Quién era el tal acompañante, y qué negocios le llevaban en hora tan desusada y para mi inoportuna, á nuestro cuerpo de guardia ?

En que era ó habia sido militar , no cabia duda: su porte grave, pero resuelto , la sencilla severidad de su traje , el aplomo con que entró en el cuarto de banderas , y en fin , su alusión á la batalla de San Marcial , con más la circunstancia de tutearse con el Briga- dier, á quien nunca se le habia conocido amistad intima con paisano alguno , eran otras tantas pruebas inequívocas de la profesión del desconocido.

Era, pues , un militar de presente ó por lo menos lo habia sido muchos años de su vida. ¿Pero á qué diablos se andaba corriendo cuerpos de guardia á la media noche....? ¿Qué secretos eran los que tenia que tratar con mi Brigadier?

Por más que, mientras recorría las cuadras de los caballos primero , y las de la tropa después , me devanase los sesos en resol-


DE UN CORONEL RETIRADO. 107

ver aquel problema, ó mejor dicho, en descifrar aquel enigma fácilmente se comprenderá que me era de todo punto imposible atinar con la clave del misterio.

Asi lo sentia yo , asi me lo decia ; j, sin embargo , el demonio de la curiosidad no dejaba de atormentarme un solo instante.

¿Quién será ese hombre? ¿A qué habrá venido"? Por la centésima vez acababa de hacerme á mi propio esas dos preguntas , á que la razón contestaba en vano: «¿Y á ti qué te importa, majadero?» — Cuando, en medio del patio por cierto, me sorprendió la voz de D. Victoriano, diciéndome: — «El Sr. Brigadier le llama á V., mi alférez. — Voy, voy, repuse encaminándome al cuerpo de guardia con cierta zozobra , y un vago presentimiento de que algo iba á saber sobre el desconocido , que ni tenian razón de ser , ni admiten explicación racional.

Cuando entré en el cuarto de banderas, mi jefe se paseaba, según su costumbre , cruzadas las manos á la espalda bajo los faldones de la casaca, y su acompañante estaba sentado junto á la mesa, con el codo derecho apoyado en ella, y la mano en la megilla.

En el aspecto del Brigadier, la incierta luz del belon (que natu- ralmente se habia apresurado á encender de nuevo el ordenanza), dejaba ver esa expresión más fácil de .sentir que de pintar, que en un hombre enérgico , revela que , tras difícil y acalorado debate, acaba de tomar alguna resolución de suyo trascendental y grave.

Bien pudiera compararse en aquel momento el rostro siempre severamente honrado , y duramente equitativo hasta en las ocasio- nes , no raras por cierto , en que la bondad de su corazón se sobre- ponía á la rudeza de sus hábitos militares ; bien pudiera compa- rarse digo, el rostro de mi veterano jefe en aquel momento, al mar cuando una inesperada y no muy segura calma , tranquiliza súbito sus ondas , momentos antes por el huracán sublevadas.

En cuanto al desconocido, colocado de manera que la luz le iluminaba las canas de lleno , confieso que apenas le hube contem- plado algunos segundos, sentime, sin ser poderoso á evitarlo, movido á respetarle y aun á quererle bien , sin más motivo que la simpática expresión de su fisonomía , no menos enérgica y marcial, pero infinitamente más inteligente, y por decirlo así, civilizada que la de nñ brusco jefe.

Patricio de la Escosura. (Se continuará.)


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR

Poco avisado se necesitaba ser en verdad j menos sagaz en materias po- líticas para no haber comprendido , desde el primer momento que subió al poder el Ministerio del Sr. Duque de Valencia , la gran trasformacion que iba á verificarse en la manera de ser, intelectual, política y civil de la so- ciedad española. Las primeras medidas adoptadas por el Gobierno debieron sacar bien pronto de dudas á los que no habian comprendido toda la im- portancia del cambio que se verificaba, todo el vigor, entereza j energía con que entraba en el poder el Gabinete de Julio de 1866.

Los decretos reformando las lejes de Instrucción pública , Ayuntamien- tos y Gobiernos de provincias , dieron ya á entender bien á las claras la idea dominante en el Ministerio, el punto á donde su política se dirigía, no se trataba de una restauración del partido moderado , tal como babia exis- tido en los tiempos que sus entusiastas parciales llamaban edad de oro del moderantismo ; el espíritu de aquellos decretos, convertidos después en le- yes, estaba distante, sin duda alguna, de los principios que sirvieron de ba- se á las reformas de 1845. Tampoco creyó conveniente el Ministerio imitar la conducta de los actuales partidos conservadores europeos, que tienden á consolidar, y aun á llevar á término, las reformas, novedades y mejoras que , estando encarnadas en la opinión pública , no pueden ó no quieren realizar sus más legítimos y naturales representantes.

  • ' Sucesos deplorables , disidencias sensibles , faltas ya irremediables de-

jaron libre de inmediatos obstáculos el camino que el Gobierno se propuso seguir, y su triunfo material y aparente fué completo.

No es posible evocar aquí el recuerdo de sucesos pasados , ni hacer so- bre ellos ningún género de reflexiones , sino en cuanto sea absolutamente preciso para dar á conocer el verdadero estado del país el día en que nues- tra publicación comienza. Basta fijar un momento la atención sobre el de- creto en que se reforma la instrucción pública , y compararlo , siquiera sea de una manera somera, con circulares y leyes anteriores publicadas du- rante otras Administraciones moderadas para formarse una exacta idea de las nuevas opiniones que se han hecho lugar en el partido dominante. Este


REVISTA POLÍTICA INTERIOR. • 109

decreto modifica, de una manera radical, la ley de Instrucción pública, obra por cierto del partido moderado , j de una de las Administraciones presididas por el Duque de Valencia , su tendencia es diametralmente opuesta á la circular de 1847 , en que el mismo partido moderado declara terminantemente, dirig'iéndose á los Rectores de las Universidades, que « en los informes que acompañen a' las actas de oposiciones respecto á las personas que vengan propuestas para la provisión de las cátedras , se abs- tengan de hacerlo en lo relativo á sus opiniones politicas (1).» Siendo por de más peregrina la razón alegada por sus defensores al afirmar que aque- lla, y las demás reformas, iban encaminadas á destruir la revolución, por- que, como decia un ilustre orador en el Congreso de los Diputados (2), «¿qué relación tiene, con la perturbación ó conservación del orden públi- co , la supresión de uno de cada dos profesores de matemáticas , que se ha llevado á cabo en los Institutos de primera enseñanza,» ni con ellieclio glo- rioso de la rehabilitación del dómine , ni con la funesta reforma hecha en la facultad de Ciencias , ni con que la trigonometría se explique tan solo en la Universidad de Madrid , como si fuera asunto infestado , ó manan- tial fecundo de máximas perturbadoras ó revolucionarias ?

A estos decretos , convertidos en leyes , debian añadirse las nuevas dis- posiciones sobre orden público. Frases elocuentes pronunciadas en los Cuerpos Colegisladores y fuera de ellos enseñaban al país uno y otro dia que había otros principios , otros fundamentos más importantes para go- bernar la nación española, que los consignados en la ley escrita; estos principios , estos fundamentos debian ir á buscarse en lo que uno de los Sres. Ministros llamaba Constitución interna de la nación. La nueva ley de Imprenta y los reglamentos del Senado y del Congreso , completaron el plan trazado por el Ministerio. Sin discutir la conveniencia de tan tras- cendentales reformas , es lo cierto que el país entraba en una manera de ser política y social completamente distinta de la que había venido disfrutando desde 1834.

Grande asombro debió causar el espectáculo que daba el partido mode- rado destruyendo las obras del Marqués de Pidal , de Martínez de la Rosa y de otros hombres ilustres.

¿Qué causa superior, qué trascendental motivo obligaba á los modera- dos á obrar así? ¿Eran los tristes sucesos del 22 de Junio? Esto decían al menos el Gobierno , sus sostenedores y partidarios. Mas, ¿era esta la vez primera que el Sr. Duque de Valencia y el partido que legítimamente re- presenta , se habían encontrado ante tremendas y peligrosas aventuras t$- volucionarias? La política, ó la sazón en boga, ¿tenia precedentes en la-

(1) Circular de 3 de Febrero de 1847, firmada por el Sr. Marqués de Molina, co- municada de Real orden á los Rectores de las Universidades del reino.

(2) Discurso del Sr. Cánovas del Castillo el 11 de Abril de 1867.


lio REVISTA POLÍTICA. ¦' ' '

historia de nuestras últimas convulsiones sociales? ¿Cómo pueden compa- rarse los tristes sucesos del 22 de Junio y el estado presente de la Europa con la terrible sacudida y pavorosos acontecimientos de 1848? Diez y nue- ve años van trascurridos , y aun se conservan vivas las consecuencias de explosión tan g^ig-antesca. Asombrado el mundo , recibió la noticia de que en pocas horas dejaba de existir la Monarquía que habia dado diez y sie- te años de paz y libertad á la nación que, no sin alg'un fundamento, pre- tende marchar al frente de la civilización europea. La voz de la democra- cia , comprimida desde 1830 , resuena potente y avasalladora; un ministro poeta trasforma en melodiosas frases sus atronadores ecos ; ni las impo- nentes fuerzas de un ejército vencedor en los campos de África, ni las virtudes de un anciano , ni el espectáculo conmovedor de la orfandad y la belleza abandonadas , detienen á un pueblo triunfante que huella con sus pies ensangrentados los escaños del Parlamento para ejercer su soberanía, dictar órdenes á la Francia y dirigir circulares á la Europa desde los salo- nes del Hotel de Ville , harto célebres en los anales revolucionarios. Las proclamas de Kossut y el entusiasmo de la juventud alemana inflaman el ardor de las masas, que arrojan al Príncipe Mettemich del poder, abriendo su caida ancho cauce á las más trascendentales reformas. Hun- gría se declara independiente; en medio de la guerra civil abdica el Empe- rador de Austria ; toma las riendas del Gobierno su sobrino Francisco José anunciando , al ocupar el solio , que acepta las reformas liberales , y que quiere acomodar las instituciones de sus pueblos al espíritu de los tiem- pos modernos; Milán enarbola la bandera de la independencia y escribe con arrogancia en ella Mueran los tudescos; el Piamonte grita Libertad, y Genova lo impulsa al combate ; los Duques de Parma y Módena abando- nan sus dominios ante la revolución que , triunfante , crea por do quiera Gobiernos provisionales ; renace en Venecia la República de San Marcos; cede el Duque de Toscana ante las nuevas ideas ; triunfan en Messina y Palermo los representantes de las sociedades secretas ; Sicilia proclama la caida de los Borbones ; la revolución estalla en las calles de Ñapóles ; Bo- lonia es teatro de escenas sangrientas; ruge el león revolucionario en la capital del orbe católico ; muere Rossi al abrir las Cámaras que debíE^n dar la libertad al pueblo romano; instálase la Constitujente italiana; xm populacho impío y desenfrenado ataca el Vaticano, y el venerable Pió IX sale de la Ciudad eterna ; Mazzini entra en Roma y forma con Armellini y Saffi el célebre triunvirato.

  1. No era en Italia, Austria y Francia solamente donde, desencadenados

los vientos revolucionarios , arrasaban las más añejas , fuertes y defendi- das instituciones ; parecía que ima fuerza magnética les daba impulso , y que una voluntad suprema ponía en contacto las inteligencias , los pro- pósitos y 'las fuerzas de todas las naciones. Abdica el Rej de Baviera en


INTERIOR. 111

Munich; corre la sangre en abundancia, j se cubren de barricadas las calles de la capitalde Prusia; la idea republicana aparece al fin bajo las bóvedas de San Pablo en Francfort con su acostumbrada cohorte de aso- nadas j rebeliones; la práctica de un constitucionalismo sincero j el animo abierto de buena fe á las ideas liberales , salvan las Monarquías de Bél- gica j Holanda. La domocracia, como dice Lamartine, fraternizaba des- de el Danubio al Tíber.

Las cumbres de los Pirineos presentan débil barrera al aliento hirviente de la Europa en combustión ; el calor de sus hogueras llega á todas par- tes , j España es pronto teatro de importantes acontecimientos ; las calles de Madrid se convierten en campo de batalla la noche del 26 de Marzo; vuelve á empezar el combate el 7 de Majo en la Plaza Major, triunfando el Gobierno después de algunas horas de ruda pelea ; la mala fortuna de los revolucionarios de la corte no desalienta á los de las provincias , y el 13 del mismo mes estalla en Sevilla otra insurrección militar. El partido vencido en los campos de Vergara levanta la cabeza en tan críticos mo- mentos , 7 Cabrera se presenta en Cataluña. Alzaá aparece en las Provin- cias Vascongadas ; en Burgos , en Extremadura , en Galicia , en el Maes- trazgo , en Andalucía , en Valencia j en el mismo Madrid se descubren indicios de una vasta conspiración ; el Conde de Montemolin está á pimto de atravesar las fronteras.

Los centralistas á su vez habían entrado en el Principado precedidos de un manifiesto de elevado origen. Balleras , Atmeller, Baldrich , Ranera j Altamira organizan j aprestan partidas que vienen á aumentar la general conflagración.

El Gobierno que presidía entonces el Duque de Valencia lucha con sin- gular denuedo j extraordinaria fortuna , empeñado en tan terrible trance se ve en la irremisible necesidad de castigar con enérgica iniciativa j mano vigorosa á sus enemigos , sacando intactas de tan dura prueba las insti- tuciones del Estado.

Facultades extraordinarias legítimamente concedidas dan al poder la más completa libertad de acción; representantes del pueblo pasan de los bancos de la Cámara á las prisiones y á los destierros. ¿Pero qué sucede terminado el combate? ¿Cuál es la situación política del país conseguida la victoria? Los principios del 45, que formaban la política, al parecer de- finitiva , del partido moderado , se conservan incólumes ; los derechos cons- titucionales no sufren menoscabo nj variación alguna ; abierta la tribuna, la voz razonadora de Cortina se levanta enfrente de la majestuosa elocuen- cia de Donoso ; completamente garantida la libertad de la palabra , discú- tense tan graves acontecimientos en oraciones , que servirán mucho tiem- po como modelo de elocuencia española. La legalidad común recobra pronto su imperio , y una generosa anmistía viene á devolver la tranqui


Il2 EEVISTA POLÍTICA.

lidad moral á la nación , cuya tranquilidad material estaba ya ase- gurada, ^(lü fifl:^ -.¡J'l^l sil

El partido moderado defendió entonces con entusiasmo las instituciones representativas y parlamentarias contra el embate de las facciones , contra los ataques de los partidos revolucionarios ; si de ello pudiera caber la menor duda , desapareceria por completo al recordar la actitud en que se presentaron sus hombres más importantes al iniciarse meses después el proyecto de reforma constitucional del Sr. Bravo Murillo , los cuales , ga- rantidos por la ley, formaron un comité electoral , y dieron un manifiesto al país el dia lO de Marzo de 1852. Este documento , de un espíritu jui- ciosamente liberal , era una brillante defensa de las instituciones , esto es, de la Constitución de 1845 sin variación alguna , y de las prácticas parla- mentarias ejercidas bajo la protección de los reglamentos de las Cortes á la sazón vigentes.

Hé aqui , en comprobación de cuanto decimos , uno de sus párrafos más notables :

"Las instituciones actuales no lian puesto el menor obstáculo á los Consejeros de la Corona para gobernar legalmente al país. Hasta en los mucbos casos en que, bajo su responsabilidad y con la protesta de sonaeterse á la decisión de las Cortes, se ban ar- rogado los actuales Ministros facultades legislativas , la Constitución del Estado les ha dejado franca la puerta para obtener en el Parlamento la absolución de su conduc- ta. Bajo el régimen constitucional existente, y bajo los anteriores análogos á él, se terminó felizmente la guerra civü; se han resuelto las cuestiones más arduas de la gobernación del Estado; se ha mantenido el orden público en tiempos calamitosos y tur- bulentos para la Europa entera; y se han verificado, en fin, cuantos adelantos se han hecho en el desarrollo del general bienestar y en todos los ramos de la Adminis- tración. II

La primera firma que aparecía al pié de esta célebre alocución , era la del Sr. Duque de Valencia en la buena compañía de los Sres. D. Luis González Brabo,D. Manuel García Barzanallana, D. Manuel Seijas Lozano, el Sr. Conde de San Luis , D. Alejandro Castro , y de otras personas no menos señaladas , que forman parte del actual Gobierno , ó le apoyan y sirven en elevados puestos.

Basta recordar los sucesos que siguieron á la publicación de aquel nota- ble manifiesto , sucesos que no pueden menos de estar vivos en la memo- ria de todos , para formarse idea cabal de la actitud que tomó entonces el partido moderadg , así en la oposición como en el Gobierno , pues el Ga- binete que sucedió al del Sr. Bravo Murillo , inició su marcha poUtica re- tirando el proyecto de reforma y suspendiendo de Real orden la denuncia de dicho manifiesto que desde aquel dia pudo correr libremente.

Sea cualquiera el juicio que la historia haga de los tiempos que han trascurrido luego , es lo cierto que desde 1852 aparece en el seno del par- tido moderado una nueva tendencia contraria á su natural significación y poco conforme con su origen y antecedentes , tendencia que ganaba ter-


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reno de dia en dia, tanto, que al querer amalg-amar el Sr. Duque de Valencia en 1857 los elementos reformistas con los enemigos de la refor- ma, reconstruyendo de nuevo el partido moderado, se inclinó visible- mente del lado de los primeros, como lo demuestran la creación de la Senaduría hereditaria , el proyecto de vinculaciones j la alteración de los reglamentos , novedades que afortunadamente destrujó antes de que llega- sen áfeliz término el Ministerio de 1864 que presidia el Sr. D. Alejandro Mon.

Al subir ahora al poder el Duque de Valencia , despliega al aire con arrogancia la bandera del moderantismo. Se modifican, como hemos di- cho , las lejes de ayuntamientos , de gobiernos de provincias , j más tarde se promulga la nueva lej de Imprenta y se crea una lej de orden público, y se varian los reglamentos de los Cuerpos colegisladores. ,, Estas trascendentales medidas ¿fijaban de un modo definitivo el estado político del país , ó debían considerarse como de carácter transitorio , se- gún afirmaban j aun afirman notabilidades de gran influencia en las re- giones gubernamentales? El curso de los acontecimientos viene por sí á resolver el problema.

Abi'ense por segunda vez las Cortes el dia 27 de Diciembre aguardán- dose con general ansiedad , y no sin alguna esperanza , el discurso de la Corona que debía exclarecer la política del Ministerio.

La revolución que había sufrido antes un terrible escarmiento en las calles de Madrid acababa de mostrar su impotencia en los campos de Aragón y Cataluña ; los partidos extremos estaban decididos á entrar en las vías legales , así al menos debía creerse después de las solemnes de- claraciones de algunos de sus hombres de primera fila , y sobre todo , del hecho de aparecer numerosos periódicos, legítimos representantes de aque- llas parcialidades. Un documento que se había hecho público en aquellos dias (1), importante por sus ideas templadas y constitucionales j por la categoría , mérito y antecedentes de su autor , venia á justificar la creencia de que el Ministerio entraba en un nuevo período , devolviendo al Parla- mento j á la prensa la libertad de que en otras ocasiones había disfrutado.

El discurso de la Corona, con una franqueza digna de alabanza, aclara completamente las cosas. El Gobierno creía que su misión era ante todo «afirmar de nuevo y desenvolver gradualmente la política de resistencia franca á la revolución ; » no podia caber ja duda de que seguirían rigiendo las lejes últimamente aprobadas j de que en el mismo sentido se presen- tarían otras nuevas. El Congreso de los Diputados, que había oído con entusiasmo las palabras que el Gabinete habla puesto en boca de S. M. la Reina , mostró su íntima unión con el Ministerio explanando aun más, en el mensaje , las ideas emitidas en el discurso del Trono.

(1) La carta del Sr. Marqués de Miraflores publicada en el periódico La Época, TOMO I. 8


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Combatir la revolución es el primero y más vulgar deber de todo Go- bierno ; los partidos j las escuelas se diferencian solo en la manera , en los medios , en las armas , como si dijéramos que se deben usar en el com- bate, lo esencial es disting-uir lo que puede j lo que no puede sacrificarse en la lucha, tal es la cuestión que está magistralmente dilucidando con su conducta el partido conservador que gobierna hoj en Inglaterra.

No contentos los autores del mensaje con manifestar su asentimiento á las ideas de política interior consignadas en el discurso de la Corona , j creyendo sin duda que la frase « resistencia franca á la revolución » era poco significativa, hablaron de la revolución doctrinal, la más temible, la más perniciosa , en su sentir , de todas las revoluciones , concepto que, sin ulterior explicación no puede tacharse de poco atrevido , pues conde- nar la revolución doctrinal como perniciosa , es lo mismo que negar todo progreso , incluso el cristianismo , revolución doctrinal , la más grande de todas las revoluciones.

La política del Gobierno quedó , pues , claramente definida en el dis- curso de la Corona, la tendencia del Parlamento en el mensaje al Trono. Sin ocuparnos ahora de la importancia y trascendencia políticas de la reforma llevada á cabo últimamente en la ley de orden público y de la nueva ley de vagos , por hacerlo ya en otra parte de la Revista , debemos fijar un momento la atención en un debate que ha tenido lugar última- mente en el Congreso de los Diputados que contribuye á aclarar la política dominante. Nos referimos al proyecto de reforma electoral ideado por el Sr. Polo.

Aceptada por el Gobierno y por la mayoría de la Cámara la proposición de ley de este señor Diputado , condición indispensable según el nuevo reglamento , fijóse dia para su discusión. Es el Sr. Polo persona de reco- nocida importancia , está dotado de una palabra fácil , pintoresca y vehe- mente en ocasiones , por tanto , aunque dado con especialidad á estudios financieros ocupa un puesto notable entre los oradores políticos de su país; arrastrado sin duda por un espíritu liberal digno de alabanza y de mejor fortuna y contando con las simpatías que debe inspirar á sus compañeros de la mayoría presenta un plan de reforma, basado en los principios fundamentales de la última modificación que la ley de eleccio- nes ha sufrido en Inglaterra después de siglos de gobierno represen- tativo.

Tratábase en este proyecto de asegurar y garantir legalmente la repre- sentación de las minorías, era por decirlo así, el coronamiento del sis- tema representktivo , la última piedra del edificio , el más delicado remate y perfil de la obra. Si una persona para quien fuese completamente des- conocido el mecanismo de nuestras actuales instituciones hubiera oído desde la tribuna pública al Sr. Polo , habría creído , y con razón , que en


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España se estaba á punto de llegar á la perfección del sistema parlamen- tario. Pero ¿cuándo se le ocurria al Sr, Polo explanar j desenvolver su idea? Cuando por vez primera iba á ponerse en práctica el nuevo regla- mento. ¿Qaó objeto real j verdadero podria tener la proposición de lej del Sr. Polo ? Desapasionadamente juzgada , equivaldría á pedir que se ensanchase la tribuna pública. Puestos en práctica los reglamentos y co- nocidas sus consecuencias , el Sr. Polo , pidiendo garantías para las opo- siciones, se nos figuraba un gastrónomo hambriento que quedase satisfe- cho con un plato de postres ; un elegante que estando desnudo y sin ropas que vestir, le preocupase mucho la manera de colocarse el lazo de la corbata.

Hay una parte en el elocuente discurso del Sr. Polo verdaderamente inocente ó verdaderamente cómica , j es aquella en que el orador esfuerza su ingenio para probar que el Sr. Nocedal y sus amigos forman la oposi- ción natural de la Cámara. ¿Nada le dice al Sr. Polo la actitud reservada, circunspecta , silenciosa del Sr, Nocedal? ¿Por qué calla el elocuente Dipu- tado por Toledo? ¿Ha perdido sus convicciones, su entusiasmo, sus ar- ranques, el célebre adalid de las Constituyentes? No y mil veces no ; calla porque debe callar ; calla porque á ello le obligan sus convicciones : luchar hoy solo podria ser por mira personal , y el Sr. Nocedal no es egoísta; pero si lo fuese , todavía callaría para ocultar su egoísmo.

Bien puede decirse que no pasa un día sin que el curso natural de los sucesos no confirme la preponderancia que alcanzan las doctrinas del señor Nocedal y sus amigos. Pocas posiciones hemos visto tan envidia- bles como la que hoy tiene en la Cámara popular este hombre poHtico á quien la fuerza misma de las cosas ha venido á darle la investidura de cen- sor de los poderes públicos, convirtíéndole en una especie de guardador de la ortodoxia anti-liberal en el sosten más eficaz de la sana doctrina. Costum- bre inveterada es en todos los pueblos regidos por instituciones representa- tivas la de que los ministros den cuenta á las Cortes de los motivos , cau- sas ó razones en cuya virtud se verifique cualquier cambio de personas ó de cosas que pueda afectar más ó menos directapiente á la gobernación del Estado, consecuencia natural del principio que establece la responsabi- lidad ministerial, por lo que desde este punto de vista mirada la cuestión viene, en nuestro juicio, á convertirse en obligación consignado en la Ley fundamental.

Tratándose de esto en el Congreso de los Diputados con motivo de la crisis que había promovido la salida de los Sres. Barzanallana y Belda, Ministros que fueron de Hacienda y Marina , decía el Sr. Amorós:

Ha ocurrido aquí im hecho siempre grave en la política de todos los pueblos. Cuando estábamos en completa paz; cuando en el horizonte político no se presentaba absolutamente ninguna nube que hiciera presagiar la más lijera tormenta, cerradas


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las puertas de este recinto, se produce una crisis ; esa crisis va aumentando en propor- cionas , y viene á producir en último resultado la salida del Gobierno de dos de las personas que le constituian , y que habiendo merecido nuestra completa confianza, como la merecen los demás señores Ministros que han quedado formando parte del Gobierno.

Este hecho pasa completamente desapercibido para el Congreso; este hecho, después de consumado y de publicados los decretos en la Gaceta, tarda en llegar aquí im dia y otro dia , y llega el momento, Sres. Diputados , en que se nos d^ cuenta de los de- cretos sin que se levante un individuo del Gobierno á dar explicaciones á esta Cámara de las razones de aquella crisis , del carácter de aquella crisis y de las consecuencias que ha producido aquella crisis.

Y más adelante añadía el Diputado por Valencia:

Sabe Madrid, sabe España, sabe Europa entera que ha ocurrido una crisis y que se ha resuelto en cierto sentido, y nosotros los Diputados de la nación, nosotros la re- presentación legítima del país, estamos en la más completa ignorancia.

Antes de que el Ministerio manifestase su opinión , y cuando el Sr. Amo- res preguntaba si el Congreso tenia dereclio para pedir explicaciones so- bre el cambio ministerial , una voz elocuente j muy conocida resuena en el ámbito del Parlamento, j se oye un enérgico monosílabo y viene á re- solver la cuestión y á replicar al Diputado interpelante.

¡NO! dice desde su asiento el Sr. Nocedal; no, que repetido al volverse á hacer la pregunta manifestaba su enérgica convicción del mismo modo que varios síes que salieron de diferentes escaños de la Cámara protesta- ban contra tan antiparlamentaria doctrina.

¿Cuáles eran las opiniones de los señores Ministros? La atención es grande , la ansiedad no pequeña , el Gobierno va á hablar.

Pero la cuestión está hasta cierto punto prejuzgada. El Sr. Ministro de la Gobernación ha hecho manifestaciones de asentimiento á los noes del Sr. Nocedal, y en su discurso se niega terminantemente á contestar la in- terpelación.

Basta consignar este hecho nuevo en la historia parlamentaria del par- tido moderado.

Ahora bien , al entrar el partido dominante en las nuevas vias , al im- plantar estas reformas ¿hace un bien al país? Desde nuestro punto de vista y juzgado según nuestras convicciones no.

El Gobierno , que teniendo por órgano al señor ministro de la Gober- nación , se habia negado á contestar en el Congreso de los Diputados la interpelación del Sr. Amorós , diciendo que en su opinión no habia para qué dar cuenta á la representación nacional de los actos cuya ejecución emanasen de la prerogativa de la Corona, declaró en la Cámara alta por conducto del Presidente del Consejo de Ministros , que estaba dispuesto á contestar á la interpelación que sobre el mismo asunto habia hecho el señor marqués de Barzanallana.


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No satisfecha la curiosidad pública en el debate del Congreso , j com- prendiendo cuánto ganaba en importancia la interpelación al ser la persona más vivamente interesada en ella quien debia explanarla , una numerosa j escogida concurrencia de hombres políticos acudió al palacio del Senado á la hora en que debia tener lugar un debate de cuja importancia no se podia dudar.

Levantóse el señor marqués de Barzanallana y empezó su discurso ha- ciendo una reseña circunstanciada de las soluciones , medidas y actos que habia llevado á cabo desde su entrada en el Gabinete que preside el duque de Valencia. No es nuestro propósito ocupamos ahora del modo cómo el se- ñor marqués de Barzanallana ha administrado la Hacienda pública durante su último Ministerio ; nuestro propósito se reduce á expresar el juicio que creemos habrán formado las personas imparciales de la conducta que este señor ha seguido en la pasada crisis, de las obligaciones que sus ideas, hoy conocidas , le imponian , y de cómo ha cumplido estas obligaciones.

Empieza confesando el señor marqués de Barzanallana «que las medidas "enérgicas á que el Gobierno tuvo que acudir en los primeros meses de su «mando, dificultaban la gestión de la Hacienda; y asegura que los minis- »tros todos deploraban aquellas medidas» añadiendo á seguida: «que des- »de el punto de vista extricto y concreto de las necesidades de su departa- omento, iban á trastornar sin querer parte de las combinaciones á quecreia «necesario apelar para resolver la cuestión que sobre él pesaba, rogando "Siempre que hiciesen lo posible para atenuar la agitación , no en nombre ))de la templanza política, de la cual asegura estaban animados sus compa- »ñeros, sino de las necesidades económicas de que tenia que ser natural «expositor.»

Aquí , según fácilmente se comprende , empiezan la exigencias políticas á presentar dificultades á la realización de los proyectos financieros del se- ñor marqués de Barzanallana.

Recordamos que en una sesión solemne (1) y en uno de los discursos más notables que ha pronunciado en la Cámara alta el Sr. ex-ministro de Hacienda , á propósito de importantes reformas vagamente anunciadas en el Congreso de los Diputados , dijo lo que sigue en respuesta á un señor senador que le habia llamado la atención sobre aquel asunto :

"Soy y debo ser un hombre eminentemente práctico como todos los hombres poli- uticos que han llegado á ser ministros; tengo que tener en cuenta las condiciones del iigobierno de que formo parte que es constitucional, que se apoya en partidos políticos; ritengo que obrar de la manera que sea conveniente para que no me quede sin, el insiru- iimento que constituye mi fuerza, y por consecuencia diré }o que creo que deba decir, y iicallaré lo que creo que me importa callar. No voy á escribir un libro y lanzarlo á la iipublicidad, para que tarde ó temprano, según que sean la bondad de sus doctrinas y

( 1 ) En la sesión del 8 de Julio de 1867.


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Illa exposición de ellas, vengan á realizarse en el gobierno; y diré á S. S. que esté iiconvencido que para el logro del fin que S. S. y yo nos proponemos, importa mucho, limas que yo exponga mi sistema en el Consejo de ministros y en otra parte que aquí; iiy que ciertas economías graves y profundas que yo creo que se deben hacer, no es naquí principalmente donde se han de sostener, porque su exposición seria ocasionada iiá inconvenientes que S. S. comprende como yo."

Vemos de nuevo al Sr. Barzanallana , según declaración propia, apla- zando j sacrificando por consig-uiente en parte sus planes económicos á los intereses de la política j á las exig-encias de partido.

Leyendo con un poco de detención su último discurso , se ve más cla- ramente cómo el Sr. Barzanallana se venia encontrando constantemente en la dura necesidad de sacrificar á la política del ministerio de que for- maba parte sus propias inspiraciones. «Yo he llegado á persuadirme, »decia, de que sin duda por falta de convicción en mis compañeros, ca- «recíamos para resolver estas cuestiones (las de Hacienda) del vigor per- »sonal que nos sobraba para la resolución de las cuestiones políticas. Yo »he visto con pena en 1868 el espectáculo de 1865 , y por lo tanto , me y>he resuelto á adquirir una libertad de acción y de iniciativa de que es- piaba privado. »

La confesión no puede ser más explícita; está hecha de la mejor fe en pleno Parlamento j á la faz de la nación. «Si para curar fundamen- »talmente los males económicos j financieros de nuestro país haj que en- »trar en una política reformista j enérgica que no tema determinadas re- «sistencias, que no se aflija hasta el punto de desmajar; si tiene que romper «con determinadas organizaciones de grandes intereses sociales, ¿Por qué el Sr. Barzanallana no ha presentado resueltamente la cuestión dentro y fuera del Gabinete de que formaba parte con el vigor , con la energía , con el entusiasmo íbamos á decir, de que se sienten poseídos los hombres capaces de realizai; grandes pensamientos?

No fué cediendo á la influencia de los nobles , no fué sin resistir la más ruda oposición de los privilegiados como llevó Turgot adelante sus refor- mas ; reformas que fueron una verdadera revolución económica , y por las cuales mereció que André Chenier le tributase un justo elogio en su Himno á la Francia ; que Voltaire le dirigiese la Epístola á un hombre , y que su memoria viva con fama imperecedera en el ánimo de todo buen francés. No hubiera publicado Necker en 1781 sin energía de carácter su famoso Compte rendu de l'élat de ^nances que le valió el aplauso de 'todo buen patricio , y el que los banqueros de París pusiesen á su disposición gran- des capitales ; por el que , sin embargo , tuvo que sufrir las burlas de los palaciegos y las sátiras de sus mismos compañeros de gobierno , los cuales le declararon tan cruda guerra que ocasionó su caída, siendo considerada por la masa inteligente de la nación como una calamidad pública. No fué sin


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romper con las inveteradas preocupaciones de partido ; no fué sin pasar por los más rudos ataques como Roberto Peel llevó á cabo en 1846 la reforma de la ley de cereales.

Mal podia desconocer su elevada inteligencia , y asi lo confiesa en uno de sus discursos más notables , que aquella medida era completamente contraria á los intereses de su partido ; pero la más enérgica convicción era su guia , el más puro patriotismo lo impulsaba , no habia cargo , no habia acusación , no habia injuria que le detuviese en su camino ; y la misma noche en que por vma coalición accidental de antiguos amigos y antiguos adversarios era derrotado en la Cámara de los Comunes, la Cá- mara alta aprobaba el bilí de cereales; y el pueblo inglés, al verse libre de la miseria y del hambre , tributaba al ministro vencido el más entusiasta y legítimo homenaje á que puede aspirar un hombre de estado.

¿Cuan diferente no seria la posición del señor marqués de Barzanallana si desde el primer momento que entró en el poder hubiese presentado con voluntad resuelta y ánimo viril las trascendentales reformas que cree nece- sarias para el bien de su patria? Atrincherado en la firmeza de sus convic- ciones, en la energía de sus propósitos, ¿qué autoridad no tendrían hoy sus palabras?

Por lo demás , nosotros felicitamos cordialmenteal Sr. Barzanallana por- que la verdad se haya abierto camino en su no común inteligencia, nos- otros oímos con gusto al Sr. Barzanallana cuando penetrando en el cora- zón de las cosas declaraba que para reprimir la revolución , para hacerla odiosa , era necesario un gobierno decididamente reformador ; nosotros creemos que S. S. se sentía inspirado de verdadero patriotismo cuando aseguraba « que para resolver la cuestión de Hacienda era necesario aco- meter resuelta y decididamente una multitud de reformas, de las cuales veía con tristeza que se asustaba el partido conservador, aun entre los más ilustrados y más inteligentes de entre sus miembros. »

Decia con igual acierto en otra parte de su discurso: «Si no hacemos ))eso, el partido moderado caerá, porque no resolverá la gran cuestión de "Hacienda, que lleva en su seno, como fatal engendro, en el desorden de «nuestro Tesoro , la revolución española ; es necesario hacer que aborte , y »que no salga á luz ese fatal engendro, y no creo que hay más medio, "después de estos transitorios, perfectamente negativos, de reprimir fácil- »mente la revolución , de hacerla moralmente , no digo innecesaria , sino )>de todo punto odiosa á cuantos hombres sean de buena voluntad , que un "Gobierno decididamente reformador.»

Provechoso será sin duda y digno de alabanza que el Sr. Barzanallana persista en su nueva actitud ; pero más provechoso hubiera sido y más dig- no de alabanza haberla adoptado antes.

No tenemos tiempo ni espacio para tratar la cuestión de Hacienda con


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la detención que por su importancia merece, más adelante lo haremos; basta consignar ho j algunas reflexiones , que den una , aunque lijera , cier- tísima idea de las cosas.

El Gobierno que preside el Sr. Duque de Valencia ha triunfado de todos sus enemigos , ha destruido j aniquilado la revolución , ha disfrutado de facultades omnímodas para hacer j deshacer cuanto ha estimado conve- niente ó favorable á la mejor gobernación del Estado. Tampoco nadie le negará sin sobrada injusticia vigor j decisión para acometer las más tras- cendentales empresas. En todo esto no pueden menos de convenir amigos j adversarios.

Cuando entró en el poder el Sr. Duque de Valencia á la raiz de los alar- mantes sucesos del 22 de Junio j reciente aun la formidable batalla dada en ambos Cuerpos colegisladores contra el sistema de Hacienda del Gabi- nete que presidia el Sr. Duque de Tetuan , el 3 por lOO interior , que es de los valores públicos el que más puede considerarse como el baróme- tro que señala las oscilaciones del crédito, estaba á 36; hoy, cuando el Gobierno ha presentado los presupuestos , después de haber hecho cuantas negociaciones ha creido conveniente , habiendo percibido 368.083.846 rs. efectivos por la conversión de las amortizablesj 435.000.000 por la nego- ciación de billetes hipotecarios, ascendiendo por consiguiente á 803.000.000 los recursos extraordinarios realizados , está el mismo 3 por lOO á 33-75. El nuevo ministro de Hacienda ha hecho j sigue preparando reformas en el último presupuesto. Creemos difícil que consiga el aumento en los Ingresos , pero de cualquier modo es cosa cierta que aparece un déficit declarado de 50 millones, el cual personas inteligentes calculan en 270, que solo puede solventarse , dado que los ingresos permanezcan tales como están calculados , con economías reales j efectivas en los gastos. ¿Hará el Sr. Sánchez Ocaña estas economías? Allá veremos. El proyecto de ley de empleados de la Administración civil y el de la de reforma de Tribunales se ha discutido estos dias en el Senado. Si cu- piese hacer un examen detenido de ambos , en los límites de esta crónica, acaso no podríamos publicar todo lo que sobre su oportunidad y acierto se nos ocurriese escribir ; pero nos aparta de este peligro la obligación de ser ya breves y compendiosos. Se intenta con el primero de aquellos pro- pósitos de ley, regularizar la carrera administrativa (para lo que se dio el primer paso cuando se fijó há pocos años el orden y el tiempo de los ascensos) y librarla de la influencia perniciosa que en ella ejercen los. vaivenes y contiendas de la política. Punto es este en el que , en nuestro sentir , pueden hacer más las buenas costumbres políticas que las leyes y reglamentos escritos : así vemos que en Inglaterra , y aun en otras nacio- nes más imperfectamente gobernadas , no están los deberes ni los derechos de los empleados sometidos á las exigencias de la política , sin que haya


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mandatos oficiales que asi lo prescriban. No sin motivo llama la atención en este proyecto la nueva división que se hace de los gobernadores de provincia en de primera , segunda j tercera clase : de este modo están hoy divididas las provincias por la importancia de su población ó riqueza ; pero no sus jefes que justamente tienen todos la misma categoría , como que de igual manera representan todos al (lobierno y ejercen todos igual auto- ridad y tienen todos las mismas, idénticas facultades. De las condiciones que para servir este empleo exige la le j que se discute , creemos que nos será lícito decir que son impropias y exageradas. Grave mal es la absoluta libertad de elección de los ministros para proveer estos destinos ; mal que procuró remediar también el Gabinete caído en Julio de 1866 ; pero entre tal extremo y el que nos ofrecen las condiciones de que tratamos , pudiera hacerse lo justo y lo conveniente.


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Consagrada esta parte de nuestra publicación á dar noticia de los su- cesos que ocurran en los diversos pueblos del mundo y que puedan inspirar curiosidad á nuestros lectores , nos parece indispensable indicar de una vez para siempre el método que nos proponemos seguir en el desempeño de este trabajo; porque si nos limitásemos á consignar con la brevedad que seria menester todos los hechos que indistintamente llegasen á nuestro conocimiento, haríamos una cosa muy semejante á esos cronico- nes que formaron durante la Edad Media los monasterios y algunos par- ticulares, cuja lectura, aunque de gran interés para los eruditos que quieren profundizar y poner en claro los asuntos que en esas obras se re- fieren, es insoportable para los que buscan en el estudio solaz y entre- tenimiento al par que ciencia y erudición.

Aun los mismos cronistas obedecían al formar sus catálogos de sucesos á cierta necesidad y á cierto instinto que constituían para ellos una regla no muy diferente de la que nosotros mismos habremos de seguir. Puestos como ellos en medio de las circunstancias y condiciones de un país dado, con las ideas , con las esperanzas , con el espíritu propio de una civilización determinada , hemos de juzgar , así los acontecimientos como á los hom- bres, con el criterio que de esas circunstancias resulta, y hemos de prestar una atención más sostenida, y hemos de interesarnos más vivamente; pri- mero por los hombres y por las cosas de la civilización á que pertenece- mos , por los pueblos de nuestra raza, por los que hablan una lengua que trae el mismo origen que la nuestra ; y luego por los que sin tener tantas analogías con nosotros, forman parte de esa comunión intelectual y moral


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que tan gráficamente se ha designado antes y aun puede designarse con el nomhre de cristiandad. ;yih, «v^Míi ¦»- . -¡.¡«^.n-

Los pueblos que la forman tienen el más alto grado' de cultura, son los que preceden á los otros en el camino del progreso j para cumplir, la misión providencial que les está encomendada, van desde hace siglos llevando á todas partes la luz de la verdad y el estímulo de la perfección , entrando así en relaciones con todos los paises , estableciéndose en todas las regiones y preparando por medios más ó menos eficaces la unidad que ha de reinar en la especie humana , sin perjuicio de la variedad que ha de persistir , y es menester que siempre persista, en su propio seno, debida á las múltiples influencias de la raza , del clima , de las tradiciones y de la historia parti- cular de cada continente , de cada territorio y aun de cada familia. Pero esta variedad , compatible con una unidad superior y amphsima , no será por lo tanto confusión, lucha y esterminio, sino concierto y armonía.

El ideal que señalamos está por desgracia muj lejos del momento pre- sente y hoy las razas latina y teutónica, poseedoras en grado no muj dife- rente aunque diverso en la forma de la última y más perfecta civilización, tienen que luchar y luchan denodadamente para extenderla y propagarla por todas las regiones del mundo. Aunque no haga muj al caso , no pode- mos prescindir al apuntar estas ideas , de hacernos cargo de una opinión harto generalizada y sin duda alguna falsa. Fundándose ciertos escritores en hechos recientes , y sobre todo en el sesgo que desde el décimo sexto siglo ha tomado el movimiento de la civilización en los pueblos cristianos, creen que la raza latina ha perdido su antigua importancia , que decae visi- blemente y que tal vez en un porvenir no lejano será dominada y absorbida por los pueblos de la rama teutónica. No negaremos que no es hoj", como lo ha sido hasta hace poco, dominante y casi exclusiva la influencia de los pueblos de origen latino ; es evidente que no son ellos los que ocupan en el momento presente el lugar más alto é importante en las ciencias , en las artes, en las armas y en la política; los pueblos teutónicos, que han venido mucho después que los latinos á formar parte de la civilización cristiana, trayendo á ella nuevos é importantes elementos , gozan por de pronto de los privilegios propios de todo lo que es nuevo y especialmente de la ro- bustez y empuje de los organismos juveniles, pero las diferencias que separan á las dos grandes familias que constituyen la gran comunidad cristiana , son accidentales y poco profundas , si se examinan desde un punto de vista elevado , comparándolas con las que caracterizan y distin- guen á las demás razas que existen y han existido en el mundo.

El elemento teutónico y el romano que empezaron á mezclarse y á confundirse hace más de trece siglos , constituirán al cabo , si es que ya no constituyen una unidad perfecta , una síntesis armoniosa en que se re- suelvan todas las diferencias , todas las contradicciones que en momentos


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dados se presentan en el campo de la civilización moderna. No es del caso señalar aquí cómo es posible que lleguen á unificarse el arte clásico j el arte romántico , como la ciencia en las más altas esferas de la especulación es lo mismo en el pensamiento de Kant, Ficlite, Scheling, Heghel y Kraus- se, que la concibieron Sócrates, Platón y Aristóteles ó Alberto Magno, Santo Tomás j Descartes; limitándonos á la organización social y polí- tica , que es lo que más relación tiene con los asuntos que tan de ocupar- nos , es evidente , que así como las naciones latinas sufrieron en mayor ó menor grado la influencia feudal y más tarde las de origen teutónico vi- vieron bajo el poder unitario de las monarquías absolutas , así también la participación de todos los que para ello sean aptos en el poder político, la emancipación individual, la independencia de cada miembro del Estado dentro de la esfera que le marquen las leyes, es el término á que aspiran y que sin duda alc£(,nzarán lo mismo las naciones de origen latino que las más especialmente teutónicas. Señal clarísima de esta verdad es el movimiento que se nota en todas las naciones europeas y el planteamiento en ellas de las formas representativas que hace menos de un siglo solo existían en una nación de procedencia germánica. Las ludias que tienen lugar en Eu- ropa para el triunfo de la libertad política, que á la larga en todas par- tes se reconoce y acepta , es la trama de la historia contemporánea y el asunto que mayor interés ofrece para cuantos dedican su atención á las cosas que pasan en esta parte del antiguo mundo ; por eso nosotros nos ocuparemos más particularmente en este asunto refiriendo con más detalles que otros sucesos, los trances de ese combate empeñado entre el antiguo régimen y las tendencias liberales , en las diversas naciones de Europa.

Este movimiento se complica con otro no menos interesante, y que es producto de las relaciones ya amistosas , ya guerreras que existen entre las diversas nacionalidades independientes que aspiran hoy, siguiendo una ley superior de la historia, á constituirse y determinarse con arreglo á principios diversos de los que han servido hasta ahora de base al derecho de gentes; al operarse estos cambios, es menester que se tenga presente, entre otras consideraciones no menos importantes , que la historia de cada nación ha de determinar necesariamente su manera de ser ulterior; y que en la esfera del derecho internacional como en la del derecho político , es necesario preservar á las naciones de la tiranía del número y de la presión brutal de la fuerza.

Seria obra larga la de dar aquí noticia, aunque fuera sucinta, del esta- do actual interno de todas las naciones del mundo, y de las luchas y con- troversias que las dividen. Como ya hemos dicho, los pueblos de Europa, poseedores hoy de la verdad y del progreso , tienden por diversos medios á extender una y otro á todas las regiones de la tierra , y es digno de llamar la atención que , proviniendo todos los pobladores del continente


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europeo de las partes centrales del Asia, al cabo de tantos siglos vuelvan los sucesores de los antiguos aryas al país de donde proceden para llevar á los que ahora lo habitan los tesoros de ciencia j de bienestar adquiridos en sus largas peregrinaciones j en la complicada y admirable sucesión de su historia. Uno de los síntomas , j al par una de las causas , del gran movimiento civilizador, de la nueva faz que empezó á presentar, desde los últimos años del siglo XV, la Europa, fué, sin duda, el atrevido j feliz pensamiento de Vasco de Gama , que abrió camino más fácil y cómodo á esas regiones rodeadas de misterio y de 'poesía como lo están los orí- genes de todas las cosas. Aquel hecho que es un glorioso timbre de nues- tra Península, y especialmente de la nación portuguesa, fué de una impor- tancia grandísima , no solo para el comercio , sino para todas las manifes- taciones de la vida de los pueblos occidentales , que no tuvieron , desde la caída del imperio romano con los países de Oriente, más que raras y tardías comunicaciones.

No es del caso decir ahora cómo los navegantes y guerreros lusitanos perdieron su antigua influencia y predominio en las vastas regiones asiá- ticas hasta el punto de conservar apenas como recuerdo de sus pasadas glorias y antiguos heroicos hechos , algunas escasas posesiones esparci- das en aquellos países. El cetro del mundo ha pasado á otras manos; otras razas se han adelantado á las que antes alcanzaban el punto más culminante de la civilización ó del poder, y hoy Inglatera y Rusia , por distintos caminos y con diversos medios , son las que aspiran al dominio ó á la influencia preponderante en el continente asiático y en las islas que de él dependen , la primera conservando y extendiendo el dilatado imperio de la India , obligando con las armas ó con la diplomacia al Gobierno chino á abrir sus puertos al comercio ; á admitir en sus ciudades á los que allí llaman bárbaros rojos , y velando por la conservación del Imperio turco con la mira de evitar que se apodere de la herencia de ese estado mori- bundo su temible rival en aquellas tierras ; la segunda , extendiendo sus conquistas á lo largo del rio Amor, dilatando cada vez más sus fronteras, y alentando los naturales deseos de libertad é independencia nunca extin- guidos en los subditos cristianos del Sultán , numerosísimos en sus do- minios de Europa y Asia. Francia procura tomar parte en la especie de concurso que ofrece esta parte del mundo a los pueblos de Europa; pero ni la última guerra contra China , en que fué aliada de la Inglaterra , ni su conquista y posesión de Cochinchina, ni la apertura del canal de Suez le darán medios eficaces para contrastar el poder de sus rivales en aque- llos remotos é importantes países , porque Francia , á pesar de su espíritu militar, no ha dado hasta ahora pruebas de las dotes que son necesa- rias para fundar grandes colonias, organizando y conservando lejanas conquistas.


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Pocas ocasiones habrá en que sienta un español major pena que la que le ofrece el asunto á que nos referimos . España conserva todavía un im- portante imperio colonial en las islas Filipinas que geográficamente de- penden del continente asiático , j en pasados siglos im Navarrete y un Palafox fueron los primeros que revelaron al mimdo occidental las mara- villas del imperio chinico ; pero hoy no solo no podemos competir con otras naciones en sus empresas , sino lo que es más doloroso, ni aun siquiera nos es dado sacar de nuestras colonias de aquella región todo el provecho que darían á un Estado cuya población fuera muy densa y cuya industria fuese poderosa y floreciente.

Estas consideraciones nos llevan , casi á pesar nuestro , á contemplar lo que pasa en otro continente descubierto por nuestros antepasados y en donde nuestro poder estuvo establecido sin rival durante largos años , ha- blamos , como todo el mundo habrá comprendido , de América , que es por sí y por su historia monumento perdurable de las glorias de nuestra pa- tria. En una gran porción de su dilatadísimo territorio viven hombres de nuestra raza, que hablan nuestra lengua y tienen nuestras costumbres, aim- que ahora los separen de nosotros odios profundos que tienen fácil explica- ción, aunque no por eso sean menos lamentables. Empezando por su re- gión austral, vemos que una república cuyo territorio formaba parte de nuestros dominios , el Paraguay, sostiene hace ya años tenacísima guerra con otras de su mismo origen, las del Rio de la Plata, aliadas con la antigua América portuguesa que hoy constituye el imperio del Brasil. Los trances de la lucha demuestran que aunque los paraguayos sean vencidos, y aunque tengan que sucumbir á las exigencias de sus enemigos , no per- derán su nacionalidad que tales indicios da de fuerza, inspirando á los que la forman tan heroicos hechos.

La república del Perú , también en otro tiempo dominio de España, que por causas de todos sabidas ha sostenido con nosotros una lucha reciente, la cual ha producido una situación que sin ser de guerra abierta, tiene to- dos los males de este estado , ha sido teatro de una nueva revolución de las que casi se cuentan al compás de los años en aquellas desdichadas re- giones, separadas prematuramente de su antigua metrópoli. Por motivo de esa revolución triunfante, el Presidente Prado, cuyo origen era también revolucionario, y cuya fuerza y prestigio consistían únicamente en su odio á los españoles , ha resignado el mando , que ejerce ahora con carácter de interinidad el general Canseco, no sin que se lo dispute en algunas provin- cias el coronel Balta que aspira también á la autoridad suprema. Parece indudable que este cambio pohtico influirá para que entre el Perú y Es- paña se ajuste una paz honrosa y conveniente á ambas naciones , á la que no tardarán en adherirse así Chile como las demás repiiblicas sur-ameri- canas que hicieron liga contra nosotros.


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También en la regían septentrional del continente americano una repú- blica que fué antes el Estado más floreciente de los que España poseia en aquellas regiones , ha roto con su antigua metrópoli los lazos internacio- nales ; nadie ignora la ocasión j los motivos de este suceso , porque todo el mundo conoce la historia y lamentable fin del efímero imperio mejica- no. Aquel proyecto que realizado en otra forma quizá hubiera sido viable y fecundo , nació con el carácter de una imposición extranjera , y habia de contar por varias razones con la enemistad y malquerencia de la gran república de los Estados- Unidos del Norte; por eso terminada la guerra civil que ensangrentó su suelo con el vencimiento de los separatistas , no se tardó mucho en que también triunfara en Méjico Juárez , representante á la vez de la causa nacional y de la republicana. No es de creer que á pesar de su triunfo y de la sanción popular que han dado á su poder las últimas elecciones , sea este muy robusto y duradero : ya la revolución del Yucatán y otros síntomas indican que tiene rivales temibles, por más de que no pueda negarse que el actual Presidente representa las clases que en el momento son más fuertes y poderosas en la república ; pero co- mo no es sólida la paz que sobreviene después de una guerra civil sino cuando los vencedores amnistían y acogen á los vencidos , dudamos mu- cho que Juárez cumpla sin tropiezo el plazo legal de su presidencia. Justo es, sin embargo , que digamos que , ya por obedecer á las intimaciones de estados poderosos , ya obrando á impulsos de la equidad , el Gobierno de Méjico , según las últimas noticias , ha reconocido las deudas que contra él tenian los españoles y los ingleses , dando así señales del deseo de nor- malizar sus relaciones internacionales , y de salir del aislamiento en que hasta ahora ha estado, y que no podía dejar de serle funestísimo.

Las consideraciones que acabamos de exponer es en gran parte aplicables á la situación de los Estados-Unidos ; allí también , como hemos dicho, ocurrió una guerra civil tan gigantesca cual suelen serlo todas las cosas de ese pueblo ; las consecuencias de la lucha están muy lejos de extin- guirse [en esa nación , pues no solo conserva como recuerdo permanente una enorme deuda pública , precio del triunfo del Norte , sino que las difi- cultades internas , y por decirlo así , constitucionales , que la guerra , ha producido aparecen á cada instante dando lugar á fenómenos políticos que maravillan sobre todo á los que los contemplan desde estas costas del Atlántico. ¿Cómo se ha de tratar á los Estados separatistas después de su derrota? Este es el arduo problema que tiene que resolver el Gobierno de la Union y sobre el que las opiniones son tan diversas como vehementes. Imposible parece dar una regla fija que guie á los hombres de Estado en la solución de un asunto complicadísimo , porque además de los peligros que nacerían de devolver á los enemigos de la víspera el goce libérrimo de todas sus franquicias y de todos sus derechos políticos , hay que lu-


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char en los Estados del Sur con todos los inconvenientes que ha producido la emancipación repentina de los esclavos. ¦ ^® ' niíjaoo «u yr

No negamos al Presidente Jhonson algunas calidades; pero dé" feégliro le faltan en la proporción necesaria la prudencia y el prestigio que ha menester para salir airoso de la empresa que su cargo le impone : así es que ha entrado en lucha con algunas instituciones importantísimas del país , j principalmente con la Cámara de representantes ; estos , con mo- tivo de la destitución del general Stanton , Ministro de la Guerra , han logrado someterle á una acusación cujo resultado es difícil prever. Europa entera tiene en estos momentos fijos los ojos en el espectáculo que ofrece el Jefe supremo de tan poderosa nación acusado por los Representantes del país j sometido al fallo del Senado, que ha acogido la demanda de acu- sación nombrando varios individuos de su seno para que la examinen , j ci- tando á su barra al Presidente , que se habrá presentado en ella el 13 del actual. Jhonson ha procurado poner de su parte la opinión ; algunos es- tados han aprobado su conducta , estimando inconstitucional la de la Cámara de Representantes: entre ellos se encuentra, según los últimos telegramas, el estado de Nueva- York, lo cual, siendo cierto, sería impor- tantísimo para el Presidente , cuyas funciones no se suspenderán durante el proceso, con lo que el conflicto constitucional disminuye mucho de gra- vedad, porque aquel durará más tiempo del que falta para que Jhonson deje de ocupar su altísimo puesto.

No se crea que estas dificultades interiores distraen al Gobierno de los Estados-Unidos de los negocios internacionales: la escuadra del Almi- rante Ferragut cruza los mares de Europa , entra en los puertos de este continente , j hay quien sospecha que su objeto es servir de apoyo á una alianza de Rusia , de Prusia y de los Estados-Unidos para resolver á su manera y en su provecho las cuestiones europeas y las del mundo todo: creemos que los que tal cosa afirman sueñan despiertos, por más de que la cesión de la América rusa y otras señales indiquen que son posibles cier- tos tratos é inteligencias entre la gran República y el gran Imperio. Aquella por otra parte no perdona ocasión de manifestar su malquerencia á su antigua metrópoli y sin renunciar á debatir nuevamente y de im modo directo la antigua cuestión del reconocimiento del Sur como beligerante con motivo del asunto del Alabama , le paga ya su pasada conducta en la misma moneda, dando calor al fenianismo y haciendo con los jefes de esta facción manifestaciones tales , que no se alcanza cómo las pueda llevar con paciencia la poderosa y altiva Albion.

Ya que de esta gran nación hablamos , por ella empezaremos á tratar de las de Europa y de sus asuntos y cuestiones. El fenianismo es jus- tamente una de las cosas que más ocupan actualmente al pueblo inglés, dando mucho que decir en casi todas las regiones del mimdo, y siendo una


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faz nueva de la eterna lucha que sostiene Irlanda con Inglaterra, lucha que ha costado en [muchas ocasiones torrentes de sangre j que ha engen- drado graves peligros para la poderosa monarquía británica. Sabido es que apoyándose en el espíritu de rebelión de los irlandeses, y auxiliado por las armas francesas, intentó Jacobo II recobrar el trono que perdió por sus gravísimas faltas , y nadie ignora que con motivo de las guerras entre la república francesa y la Inglaterra trató Li primera de sublevar la Ir- landa llegando á enviar en una ocasión un corto ejército para dar ayu da y aliento á los sediciosos. Cuando no con las armas, los irlandeses han insistido en sus pretensiones por medio de la agitación pcHtica, y nadie ignora con cuánta habilidad y con cuánto éxito manejó este arma el gran O'Connell. Hoy vemos no sin pena que se valen del asesinato y del incendio para conseguir sus fines , pues siendo en gran parte fundadas sus quejas destruyen la razón que les asiste por lo brutal y antipático de su proceder. Es por cierto digno de admiración el espectáculo que ofrecen el gobierno y el pueblo inglés , en medio de tan graves circimstancias ; en primer lugar no se ha privado á los conspiradores de las garantías délas le- yes , ni se ha invocado el famoso caveaíil cónsules para erigir un sistema de arbitrariedad y de sangre sobre el fundamento del terror que los atenta- dos de los fenianos han llegado á inspirar en algunos momentos; y por otra parte , á pesar que los sediciosos extienden sus maquinaciones y sus crímenes por todo el reino-unido , solo en Irlanda se ha suspendido una vez , y por poco tiempo , el habeas corpus , habiéndose otorgado ahora nueva suspensión en vista de la gravedad de recientes sucesos. Pero es más , sin temor á que se les acuse de débiles , muchos hombres de Estado de Inglaterra , y el Gobierno mismo, se inclinan á buscar la solución de las dificultades presentes por medio de racionales concesiones , comprendiendo que la mejor manera de evitar el descontento , y con él los trastornos , es quitar el motivo en que se funda ; proceder de otro modo es tratar á los pue- blos como rebaño de bestias que solo obedecen al temor del castigo. A par de este asunto llama hoy la atención en Inglaterra la guerra de Abi- sinia emprendida con el pretexto de rescatar los prisioneros ingleses que tiene en su poder contra toda razón y justicia el rey Teodoro II. Por sus condiciones y circunstancias esta guerra es costosísima y se corre el peli- gro de que no produzca el resultado para que en apariencia se ha empren- dido, viéndose por esto claras señales de disgusto en ciertas clases del pue- blo inglés. El Gobierno , no por causas políticas , sino por la enfermedad y vejez de Lord Derby , ha sufrido una crisis que no ha modificado, sin embargo su carácter y significación. Mr. D'Israelli ha ascendido al puesto de primer Ministro , que ha alcanzado solamente por sus talentos y elo- cuencia , pues ni por su familia , de origen hebreo , ni por sus alianzas, tiene vínculo alguno con esa aristocracia británica que, tan sin razón se supone por algunos que , no solo es intolerante y exclusiva , sino que tiene


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el monopolio del poder. Lord Stanlej, á pesar de sus timbres jr blasones, no ha tenido dificultad en permanecer en el Ministerio bajo la presidencia de su anterior colega , porque conoce sin duda que aun no reúne las cir- cunstancias indispensables para obtener la jefatura de su partido, j el Ga- binete se ba completado elevando á la dignidad de Canciller , j por lo tanto de Presidente de la Cámara de los Pares , á Lord Cairns, que ja era Chief- justice , j que merece tan elevado puesto por la grande j justa reputación de que goza como jurisconsulto en un país en que tantos hombres ilustres se han distinguido y se distinguen en esta especialidad de la ciencia. Pero como Mr. D'Israelli ha recordado en una reunión privada á sus amigos po- líticos , el Gabinete está en minoría en la Cámara de los Comunes , y solo puede seguir mandando á causa de las divisiones de sus contrarios, j mane- jando los negocios con gran prudencia , para lo cual es indispensable que persista en la política liberal y espansiva que han adoptado allí hace tiem- po los conservadores, j á la que han debido tantos triunfos. Sin embargo, la situación del nuevo Ministerio no está exenta de peligros , j es posible que no se tarde mucho sin que el poder vuelva á los liberales, representados por Gladstone, en quien públicamente ha abdicado la jefatura de este par- tido Lord Jhon Russell.

Hasta en Francia, j bajo la dinastía imperial, se abren camino en la práctica las ideas liberales , merced á la prudencia y tino del Jefe del po- der. Como lo más notable que en esta nación ha ocurrido, es la discusión de la nueva le j de imprenta , y á ella se consagra un extenso y notable ar- tículo de este mismo número , solo diremos que después de impreso ese trabajo, se ha debatido entre los oradores más renombrados de la opo- sición y del Ministerio la cuestión de los relatos ó crónicas de las sesiones, allí llamados compterendus ; habiendo quedado este punto como estaba, por haber sido rechazadas las enmiendas propuestas para aclararlo , fijan- do con precisión los límites del derecho de los escritores para tratar de lo que pasa , y se dice en las Cámaras ; sin embargo , el secretario {rapor- teur) de la comisión , M. TS^ogent de Saint Laurence , en unión con algu- nos de sus miembros , se inclinaba á admitir la enmienda de M. Darimon, y hasta el Ministro de Estado, M. Rouher, se mostró vacilante, apoyando principalmente su disentimiento en la incompetencia del Cuerpo legislati- vo para resolver este punto , por estar consignado en la Constitución del Imperio , que solo se publiquen los relatos (compteretitlus) oficiales de las sesiones de las Cámaras. Los artículos que habían sido devueltos á la co- misión para que los reformase en el sentido de las enmiendas aprobadas por la Cámara , se han discutido también , y lo más importante que ha ocurrido en esas discusiones es la desaprobación del que establecía que las personas condenadas por delitos de imprenta podían ser privadas de sus derechos políticos por sentencia del tribunal en caso de reincidencia. TOMO I. 9


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Esta vez la Cámara á pesar de los esfuerzos de M. Baroche j de la comi- sión , ha rechazado un medio represivo que podría emplearse para privar á las oposiciones de sus representantes mas temibles por su popularidad j por su elocuencia.

Con la lej de imprenta se relaciona un asunto que en la actualidad está dando mucho de que hablar en la nación vecina ; nos referimos á la acu- sación que hace tiempo lanzó M. Kerveguen desde la tribuna del Cuerpo legislativo contra la independencia de los periódicos liberales, á quienes suponía vendidos al extaanjero. El jurado de honor nombrado para exami- nar este asunto , declaró que eran injustas las aseveraciones de M. Kerve- guen , pero éste apadrinado por M. Granier de Cassagnac y por su perió- dico Le Pays , ha apelado de este fallo á la opinión pública , publicando más de veinte documentos relativos al asunto. Según las rectificaciones del mismo M. Kerveguen, j en vista de los errores evidentes de hecho que contienen, esos documentos son completamente falsos, j los periódicos acusados han manifestado que van á proceder por cahimnia contra el re- presentante de Tolón. Como para ello es necesaria la autorización previa de la Cámara, creemos que no podrá excusarse sobre este negocio un de- bate público que ha sido ja ahogado cuatro veces por la mayoría, j que promete ser ruidosísimo.

Los grandes asuntos internacionales duermen por ahora en Francia; las dificultades que sobrevinieron con motivo de la última intervención en los Estados Pontificios , están en vias de resolverse , retirándose el ejército de ocupación, y restableciéndose con leves modificaciones, el convenio de 15 de Setiembre. Tampoco hay temor de un próximo conflicto con Prusia , j por más que el espíritu marcial de Francia anhele probar las fuerzas de Prusia engrandecida , los intereses conservadores serán remora , j tal vez obstáculo permanente á una lucha infecunda , y que no vemos que pueda contribuir en gran manera ni al provecho ni á la gloria de Francia.

Naturalmente, el estado de calma en que, respecto á las cuestiones exte- riores , se halla Francia , es á la vez causa y resultado de que se hallen en idéntica situación los demás países de Europa. Italia aplaza sus deseos de ocupar á Roma, y se dedica á resolver, como mejor puede, sus gravísi- simas dificultades financieras , que solo vencerá en un largo período de paz y de orden interior. Prusia goza tranquilamente las consecuencias de su último triunfo militar, sin que le afecten tanto como aparenta los viajes de la legión hannoveriana y las fiestas del- vigésimo quinto ani- versario del casamiento del Rey que fué del pais á que pertenecieron esas tropas. Sin embargo, ambos sucesos han dado ocasión á que se vean indicios de los no apagados odios que mutuamente se tienen Aus- tria y Prusia , y eso que en nuestra opinión el Jefe del Gobierno aus- tríaco M. de Beust, se ha mostrado en esta ocasión tan prudente como


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en otras , dando en las Cámaras dignas j satisfactorias explicaciones de lo ocurrido. Por cierto que con este, así como por otros muchos sucesos, se ha demostrado el gran provecho que resulta á Austria de haber entrado sinceramente en el camino constitucional j parlamentario ; esa política le ha conciliado el apojo de todos los hombres sensatos y el de Estados tan importantes como los de Hungría, cuyos patriotas, satisfechas sus aspira- ciones autonómicas, prestarán en cualquier ocasión á la casa de Hapsburgo auxilios no menos eficaces que en pasadas épocas. Tal vez , por degracia, no esté lejano el día de la prueba, pues aunque , como hemos dicho, duer- men ó están aplazados todos los grandes problemas internacionales , hay uno que revela , con síntomas alarmantes , su existencia , y quizá que apremia su resolución; aludimos á la cuestión de Oriente. Ya apuntamos antes que Rusia excita el espíritu patriótico y los sentimientos religiosos de los cristianos que están bajo la dominación del Sultán ; pues bien por esta ó por otras causas , la rebelión de Creta no se extingue ; en Servia se hacen preparativos y armamentos ; invaden el territorio turco partidas de insurgentes , y aun se añade que Rusia aproxima sus ejércitos á esa frontera. Esperamos con todo que no habrá de turbarse la paz, y que llegará la primavera , plazo señalado por los alarmistas , sin que se hagan nuevos y gigantescos ensayos de las condiciones y calidades de los modernísimos instrumentos de destrucción con que se ha enriquecido el arte de la guerra. Las últimas declaraciones hechas en la Cámara por M. Rouher y el viaje del Príncipe Napoleón á Berlín confirman estas halagüeñas esperanzas.

REVISTA DE TEATROS.

Frase general es y vulgar por lo común asegurar que sobre gustos no hay nada escrito, y esto, que á primera vista parece una frase vacia de sen- tido ó una paradoja , encierra á nuestro juicio ¡algo práctico que coincide con nuestra manera de ver , si liemos de considerar la crítica como ciencia aplicable , cuando más falta hace aplicarla , es decir , cuando se trata de un período artístico sin precedentes en la historia del arte y que se manifies- ta rompiendo con la tradición, de una manera nueva, confusa y vaga, so- bre todo , sin reglas de análisis , en donde solo se advierte una especie de caos, de aspiraciones individuales, de fórmulas que se van presen- tando y rechazando sucesivamente , sin que los que las repudian sepan decir las causas que les impulsan, ni definir lo que quieren, ni el ideal á que aspiran , ni el gusto contra el cual han pecado las obras rechazadas. Para aumentar esta confusión , al mismo tiempo que miran con indiferen- cia obras tradicionales de reconocido mérito y ajustadas á las exigencias del gusto más esquisito , se amontonan para contemplar los más raros y espantosos engendros del arte, no encomiándolos, ni preconizando su per- fección , sino antes por el contrario , censurándolos como críticos y gustán- doles como público. En tales épocas, y ante espectáculos tales, se siente la verdad que encierra la frase popular que hemos subrayado , y negando su exactitud, protestando contra ella, vamos todos repitiéndola por lo bajo, al ver que gustan las cosas que gustar no debían y se aplauden las que, según las reglas del gusto , debían ser axiomáticamente rechazadas.

Indudablemente tales épocas son la piedra de toque de la crítica y la desesperación de los que la ejercen. En vano los críticos , fieles custodios de los templos del arte, llaman desde sus puertas á la multitud que antes, prosternada de hinojos , los llenaba de adoraciones é inciensos. La multi- tud pasa , saluda con respeto , se detiene un instante , vacila , y alzán- dose de hombros prosigue su camino, aturdiéndose en inmundas saturnales ó vejetando en la indiferencia , porque ya no le gustan viejas concepciones.

Entonces los doctores se reúnen solos en el sancta sanctorum y allí se entregan al culto de sus antiguos misterios , mientras sus inconstantes fe- ligreses se dejan crucificar, empalar y quemar vivos por otro arte más de su gusto que el que anteriormente formaba sus delicias


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Pero haj un momento preciso , en el cual ni se adora el arte antiguo, ni se ha presentado el futuro , j aquí de los Góngoras , de las más ex- trañas concepciones , de los misterios más originales , inocentes ó repug- nantes. Cada cual intenta proclamar su opinión, haj un momento de si- lencio , sube cualquiera al pulpito , y , ó se le escuclia con indiferencia , ó baja de él abrumado bajo el peso de los gritos , silbidos y pedradas.

En esta época la crítica pierde indudablemente mucho de su respetabi- lidad; pues fundada en la tradición, improductora por ser su base el análisis y no la creación de la idea que todos buscan , su misión se reduce á hacerse cargo con ánimo sereno del estado por que atraviesa , á buscar las causas de él, y á ir enunciando ideas nuevas que, fundadas en las reglas eternales de lo bueno y de lo bello , sean para el genio que ha de abrir la nueva era , una especie de rayo de luz, que le haga entrever la puerta de entrada en el templo que ha de poblar con vírgenes y frescas imágenes.

La misión , pues , del crítico en la actualidad , es ser como una especie de precursor de un ignorado Mesías ; y en épocas de decadencia , como la que atravesamos , señalar las causas de esta , despejar el camino de toda clase de malezas para dejarlo expedito , y tendiendo la vista á su alrededor, explicar muy claro su misión, arrojar como semillas, ideas á que otros puedan dar forma y ver si en los hechos que se verifican ante su vista hay ya alguno claro y preciso que indique la marcha que intenta seguir el arte futuro , como la alborada es cierto nuncio del luminar del dia.

Hechas estas explicaciones , y reduciendo su generalidad al punto con- creto de que hemos de ocupamos, entremos á considerar el teatro, primero en su universalidad, y luego, en lo que hace relación al teatro español mo- derno ; protestando antes de que todo lo que escribamos en este sitio , y por las razones anteriormente expuestas sobre el período que atravesamos, será una opinión particular más ó menos razonada, sin visos de petulancia; pues creemos firmemente que si bien la crítica , como ciencia es mía aspi- ración completa á la perfectibilidad , al crítico , y sobre todo al crítico con- temporáneo , le es casi imposible reunir las condiciones que la ciencia para su desempeño le exige.

¿Qué es el teatro? Una palabra que encierra en sí varias entidades; lue- go si su decadencia examinamos y buscamos sus causas, solo pueden producir la primera y encontrarse las segundas entre las partes que con- tribuyen á formar el todo.

De cuatro entidades distintas y perfectamente unidas se compone el tea- tro, á saber: público, autor, actores y empresario. Cada cual lo es prin- cipal en el conjunto y puede por consiguiente cometer enormes faltas, acer- tar, equivocarse, salvaré hundir el todo bajo cuyo nombre existen perpe- tuamente unidos. Preciso es, pues, que separadamente los examinemos y tratemos de encontrar cuál es la misión de cada uno, su órbita de acción, la


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parte de culpa que le corresponde , si hay alguna , j al mismo tiempo ver de buscar el remedio , si es que existe , á la decadencia general del teatro.

EJ público desempeña en esta colectividad un poder irresponsable j ab- soluto , si no de derecho divino , de derecho natural. El es quien paga , á él se le sirve , j no tiene necesidad de precisar su gusto.

Fuerte con su poder , seguro de su soberanía, rechaza lo que no quiere j dice á los que le buscan: «El que quiera ser favorito mió, que me dé gus- to.» Ahora bien, la cuestiones saber el gusto del público, j este puede ser bueno ó malo en épocas normales j de tradición, j nulo en épocas re- volucionarias.

Cuando es bueno mima j aplaude á Sófocles , á Moliere , á Shakespea- rek, á Calderón y á Vega; cuando es malo, y el público solo tiene mal gus- to, cuando dentro de la tradición lo nuevo no es bueno, entonces á falta de Tirso y de Lope se conforma con Comellas, hasta que se le presenta un Moratin que uniendo la tradición á lo desconocido en su patria , le pre- senta bondad y novedad reunidas, dentro de las reglas y de la manera de ser antiguas. Esto cuando el público solo necesita y quiere la perfección en lo ya hecho , pero si lo tradicional llega á ser formulario y de cajón, si la trajedia llega á su perfectibilidad , si la comedia de capa y de espada , si el drama romántico, logran arrancarle su último aplauso, entonces el pú- blico, aburrido de trajedias, comedias y dramas, distingue con su con- sideración y respeto á los favoritos Luválidos , y libre como el aire , sin gusto aparente , comienza , como abeja entre flores , á picar allá y acullá, una vez sobre ortigas, otra sobre rosas, hasta que halla flor de su gusto, con la diferencia de que no siendo abeja , sino sultán despótico , hay que meterle por las narices las flores que han de gustarle.

Sin embargo , así como el bajá más arbitrario tiene algún santón á cu- yos consejos se ajusta, así el público suele tener sus santones que lo guian, y ¡ay! del público que llega á perderles el respeto. Ahora bien: en Es- paña , particularmente , y por los folletines de los periódicos , se han solido hacer críticas tan lijeras, tan de sentido común solo, que el público que iba á los teatros con el objeto exclusivo de sentir, viendo repetidas veces que el crítico encargado de ilustrarle , no le decia nada nuevo , antes bien , se unia á su opinión , ha invadido el terreno de la crítica , y hoy los estrenos son una especie de vista de causa, en que el autor hace de reo, los cómicos de relatores y de tribunal intransigente, frió y desconfiado, lo mis- mo el modesto suscritor de La Correspondencia, que la aristocrática y descontentadiza lectora de La Gazette Rose. Esta suficiencia en que el pú- blico se cree hase ido formando muy naturalmente. La precipitación con que se escribe en gacetillas y folletines la crítica , hace que esta se reduz- ca á observaciones de sentido común, que cualquier individuo del público


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contó en voz baja por los pasillos á un amigo la noche del estreno, sin atre- verse á manifestaciones más públicas, favorables ó desfavorables, por temor de equivocarse.

Recibe al otro dia el periódico, y ve que al crítico se le ha ocurrido lo mismo que á él , bajo la misma forma , y hasta con las mismas palabras, j org-ulloso de su juicio j de la coincidencia con aquel en el lenguaje j se- cretos de la ciencia, vuelve á otro estreno con autoridad , aquilatada por la aquiescencia del que considera juez entendido en las materias, cuja razón de ser ignoraba.

Esto estriba , por una parte , en que la crítica solo se eleva cuando se emplea en obras dignas de ella , rebajándose y empequeñeciéndose cuando sus altos preceptos se aplican á producciones de escaso valer ó de excesiva vulgaridad , razón por la cual, no debe emplearse en todas las ocasiones y para todas las obras ; dejando al público emitir el fallo que él sabe explicar y residenciándolo ante su tribunal , pues también él puede equivocarse, lo mismo que el autor, los actores ó el empresario.

Esto en lo que hace referencia al público: toca el segundo lugar al autor, y de él vamos á ocupamos , ó lo que es lo mismo , de las obras que se representan, para ver qué parte tienen, si es que la tienen, en la deca- dencia de los espectáculos.

Á nuestro humilde juicio , estos se han ido empequeñeciendo de cada vez más en los asuntos , á medida que han crecido los medios de presen- tarlos escénicamente. Todas las reglas y preceptos clásicos, formulados á vista de las obras antiguas , y de que están llenos los tratados de lite- ratura, reconocen por base la observación y análisis del teatro antiguo, sin tenerse presente que la necesidad, y no la inspiración y el gusto, fueron las causas determinantes de la manera de hacer de los primeros trágicos. Nuestro teatro fué el primero que rompió lo tradicional , seña- lando una época de progreso ; pero siempre detrás de las grandes revo- luciones viene la anarquía y después el orden, Moratin, inspirándose en el clasicismo francés, encauzó la inspiración de Alarcon y de Lope en austeras reglas. ¡ Tanto era prepiso para que la vulgaridad no ocupara el sitio del arte y de la inspiración! Pero si Sófocles, si Shakspeare, si Calderón y Lope hubieran podido disponer de la revolución que van intro- duciendo en el teatro los adelantos modernos , el estudio de la historia y los secretos arrancados á la naturaleza, ¿hubieran escrito lo mismo que cuando la escena era una plaza , un bosque fijo ó un conjunto de tablas, cubiertos por cuatro ó cinco lienzos, decoraciones obligadas en que habían de agitarse sus personajes?

Así como la idea precede á la palabra, así el proyecto antecede á la realidad , y nosotros creemos que el genio dramático moderno ha proyec- tado ya un teatro, apropósito para la inmensidad de los medios escénicos


136 REVISTA DE TEATROS.

con que hoy contamos. ¿Qué significan, sino, esas obras sublimes, escritas en forma dramática para no representarse , solo por falta de recursos? ¿Por qué, desdeñando el teatro, autores de indisputables condiciones dramáticas, se limitan á estampar en el libro asuntos que viva j prácticamente debíamos admirar en la escena? Hoy dia se representa en Ing-laterra lo que Byron creyó no cabria en el escenario ; y nuestro Duque de Rivas tuvo en sus últimos años que salirse del teatro para escribir un drama. Mientras esto sucede , los medios de representación llegan basta lo increíble y lo fan- tástico. ¿Qué falta? Un genio que, ensanchando la concepción y utilizando los adelantos escénicos, conquiste para el arte verdadero y elevado el aplauso , admiración y riquezas que el público arroja sobre los empresa- rios de espectáculos , en que brillantes decoraciones , magníficos trajes y toda clase de fenómenos naturales son el envoltorio de cuentos de niños ó de disparates sin orden ni concierto.

¿Se nos contestará que siempre el realismo será la base de cierto género de literatura teatral? A nuestro juicio , creada la novela moderna, de cada vez se hace más pobre y raquítico el teatro realista. El público que ha leído durante el dia un volumen destinado á la copia exacta y al análisis detallado de la vida real ó de las pasiones más fuertes , encuentra pequeño por la noche ese mismo estudio, sujeto á trabas y dado por glóbulos ho- meopáticos. Además, el realismo puro solo es posible como género, cuando descansa en una base real. ¿Qué cosa real y positiva hay en el teatro? Lienzos, luces, personas, asuntos, trajes, tiempos, lugares, lengua; todo se lleva á cabo por el acuerdo general y por un esfuerzo de la imagina- ción. ¿Cuál es sino el secreto que preside al gusto del público moderno, cuando enriquece á los que cultivan el género lírico ó el de espectáculos, así llamado? ¿Qué realismo hay en la música? ¿Cuál en una comedia de magia {feerie)1 El público quiere para solazarse cuentos de las Mil y una noches, armonías encantadoras, sonidos tiernos, voces argentinas, suce- sos maravillosos. No busca en el teatro la prosecución de su vida real, no las autopsias repugnantes , ni la vieja tradición de lo que ya tiene cono- cido y aprendido de memoria. A este fin , pues , deben tender los autores modernos, si quieren robar algo de su público á la música y á los fantás- ticos sueños , realizados en las obras de espectáculos.

Después del público y del autor , viene lo que entendemos por Compa- ñía, y esta es la madre del cordero, con relación á España, y esta, á nues- tro juicio , la causa principal de nuestra decadencia.

Prosiguiendo nuestro método , averigüemos de qué constan lo que aquí se llaman compañías teatrales. Fuera de los dependientes , es claro como la luz, que una compañía se compone irremisiblemente de autor, de actores y de empresario. Ahora bien; creemos firmemente que desde el mo- mento eu que de esta especie de trinidad , desaparezca cualquiera de sus


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elementos, ó dos de ellos se fundan en uno, es completamente imposible su existencia, su desarrollo, j la buena ejecución de los espectáculos. Tan lue^o como el autor es al mismo tiempo actor ó empresario , ó el actor empresario , ó el empresario autor j actor, es imposible que la compañía enaltezca ni favorezca el arte. El autor tiene su manera de ver, sus ami- gos, sus pasiones, y ha de llevar estas necesariamente al negocio, como empresario; resultando, ó la falta de variedad en los espectáculos, ó el exclusivismo en la admisión de obras , ó el empeño del amor propio al verse contrariado. Mayores aun son los inconvenientes del empresa- rio-actor. Dueño de la llave de la caja, subdito capitalista, cuando tie- ne que obedecer, manda; cuando debe aprender, enseña; cuando debe adaptarse á lo escrito , exige que lo escrito se adapte á él. Esto con res- pecto al autor. Con relación á los actores, los elige á su medida, se- gún sus aficiones, sus rencores y veleidades. Por muchos que sean sus talentos no puede siempre apropiarse la parte del león en la obra que ha de ejecutarse, y si esto sucede ¡ay ! de la obra ó ¡ay! del público. El pa- pel más lucido ha de ser el suyo , sea de viejo ó de joven ; de reina ó de esclava; de linfático ó de nervioso. Como su respetabilidad de empresario puede disminuirse con su humillación sobre la escena, sus compañeros han de ser en esta subordinados. Donde él es luna, nadie puede ser sol; y este criterio precede á la formación de las compañías, hasta el punto de que cada una de ellas es una constelación, cuyo astro fijo da idea de sus pla- netas y satélites.

Aunque en estas consideraciones podíamos extendemos largo espacio, bastan las expuestas para que el lector se imagine cuales callamos, y com- prenda que la separación absoluta de las entidades autor, actor y em- presario son base precisa é indispensable para la existencia de una buena compañía, que dé al arte decoro, satisfacciones al público y riquezas á todos los que el teatro cultivan.

A estas causas obedece la imposibilidad de que se formen en Madrid buenas compañías. Se nos dirá que no hay actores , y esto lo negamos. Claro es que los genios no se buscan. Un Maiquez , un Latorre , un Ro- mea nace de entre los actores , aparece como ígneo meteoro sin que nadie vaya á buscarlo y sin que ninguno lo haya previsto. ¿Pero han de ser buenas compañías aquellas en que solo figuren genios? Nosotros podemos probar, y lo haremos en su dia , que en Madrid es posible , reuniendo las dispersas individualidades de provincias á las que existen en la corte, for- mar un cuadro excelente de actores , que bajo la dirección de un inteli- gente empresario darían indudablemente al teatro días de gloria , y con- tribuirían á levantarle de la postración en que se encuentra.

La verdad es que nuestro público sale casi siempre disgustado del tea- tro, y que de las obras que en ellos se ejecutan apenas puede formar-


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se id^a por la representación, si exceptuamos insignes individualidades. Autores de gran valer, y dotados de mejores condiciones que la ma- yoría de los que hoy se enriquecen y llenan de gloria en el extranjero, tienen miedo de escribir; pues , ó se desesperan al oir sus propias concep- ciones destrozadas, ó desconfian del fallo del público, si este es adverso; que mal puede acertar quien forma un juicio con datos equivocados.

Con honrosas excepciones, y pidiendo perdón por la forma cruda en que lo decimos, la formación de nuestras compañías teatrales es de lo peor que imaginarse puede , y esto es , á nuestro juicio , la causa principal de la decadencia del teatro. Por desgracia, vemos desaparecer de la escena á actores como Romea , sin que este verdadero genio y gloria nuestra encuentre sucesor.

Ya no hay Maiquez , no hay Guzmanes , y puede decirse que no hay Valeres ni Romeas. Y no se culpe principalmente á nuestros autores de la decadencia del teatro. A consecuencia de la huida del público de sitios en donde se aburre, aunque se le represente la mejor comedia, drama ó tra- jedia, porque se ejecutan muy mal, no se ven premiados los autores en sus afanes , y ó se retiran desengañados de la escena , ó tienen que suplir en cantidad la calidad de las obras que han de valerle el pan cuotidiano.

Pero se nos dirá. ¿Por qué en España no abundan, como en Francia, Inglaterra é Italia, los buenos actores?

Dos causas principales reconocemos, como bases de esta triste verdad. Consiste ima en el alejamiento y desprecio con que nuestros estirados, serios y monásticos antecesores miraban á las gentes de teatro , reducién- doles al círculo en que giraban , dando esto por resultado que los actores solo venían de clases iliteratas ó que, á consecuencia del retraimiento, no pudieran adquirir y sí solo adivinar las costumbres, vicios y virtudes que representaban. Casi hasta nuestros tiempos ha llegado esta manía ridicula , y, ¡vergüenza causa decirlo! no hace muchos años que una de nuestras glo- rias artísticas fué rechazada de cierto círculo , porque no profesaba la car- rera , profesión ó vida de comodidades que aquellos de quienes habia de ser consocio. Tales manías han impedido que se forme escuela y tradición de actores en nuestro teatro , habiendo brillado en él solo los que á fuerza de genio y estudios se han impuesto á rancias y ridiculas preocupaciones. En la actualidad estas causas han desaparecido , y los actores no tienen dis- culpa. Faltan la tradición y el espíritu de escuela, pero no los medios, ni la posibilidad de fundarla, ni de copiar el mimdo ni las clases entre quienes viven.

La generalidad de los actores modernos, con honrosas excepciones , no salen del escenario más que para sus negocios particulares , y no se ocu- pan de copiar la naturaleza. Tienen un arte imaginario , producto del es- oenario mismo y falso , como la base en que estriban sus modelos. Si ha-


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cen de rej , ha de ser el rej que rabió ó el rej "Wamba; si una actriz hace de duquesa, es una especie de duquesa de similor, ó una cursi remilgada j ridicula, nacida sobre las tablas, criada con el traspunte y nutrida su imaginación con lecturas de malos dramas j comedias.

La galantería nos impide insistir sobre tan delicado punto , que ofende indudablemente la personalidad , j solo nos limitaremos , como ejemplo de lo que callamos, á la narración de un suceso verídico.

Samson, el gran actor francés, quiso proteger á una señorita de relevan- tes dotes para el teatro j, sobre todo, para la tragedia. Queriéndola poner bajo la protección de un genio elevado , que la acogiera con la ternura j afabilidad de su sexo , pidió á la eminente trágica Rachel , que tuviera la bondad de oiría recitar algunos trozos j de protegerla j ayudarla , fo-: mentando la inteligencia de la muchacha con sus consejos y experiencia. Accedió la gran actriz, señalóse día y hora, y la pobre niña, toda tem- blando , se presentó á recitar versos. Dijo varios , á pesar de su turba- ción , con gran inteligencia é instinto , hasta que la Rachel le rogó inter- pretara el pasaje del violento y criminal amor de Fedra. Hízolo la inteligente principiante , pero como quien lee y sin dar colorido á la frase. Explicóle la Rachel el momento y situación , llegando hasta á recitar el pasaje ella misma. ¡Nada! La principiante , por más que se lo repetían, lo hacia peor de cada vez.

— Extraño , dijo á Samson la Rachel , que con tanta inteligencia , ni comprenda el pasaje, ni me imite tampoco. Dile que vuelva á repetirlo.

Hízolo así la señorita, y lo mismo que al principio.

Entonces Rachel , como iluminada por una idea , llamó aparte la niña, le habló no se sabe qué al oído , esta se puso muy colorada , dejó escapar un no balbuciente y tembloroso , y la consumada actriz exclamó en voz alta:

— ¿Cómo diantre ha de poder interpretar el amor de Fedra?

No podemos ser más claros , qui potest capere capiat; pero de la histo- rieja se deduce que hay algo en el arte de expresar los afectos y las pasio- nes, que es necesario haber sentido ó estudiado, lo cual no se aprende junto á la concha del apuntador ni repitiendo versos en voz alta , aunque sea un genio quien enseñe la manera de decirlos.

Por consecuencia de lo dicho , se hace de cada vez más necesario que haya en toda compañía un director de representaciones, ya actor, ya hom- bre de gran inteligencia , que supla en los actores la falta de tradición y de estudio. Este director no ha de representar nunca , y debe ser una autoridad para los actores , desde el primero hasta el último. A semejante organización debió sus triimfos Grímaldi, y el arte y los actores lucieron tanto en su época, que sus reflejos son hoy brillantes luces para nosotros.

Tales son á nuestro modo de ver las causas de la decadencia del teatro


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en general y del nuestro en particular. Cremos haber dejado indicados, aunque someramente , los remedios ; j tenemos tanta fe en nuestras con- vicciones , tanta seguridad de que público , autores , actores y empresarios deben girar dentro del círculo que dejamos trazado , que á estas ideas ha- brá de sujetarse nuestra crítica.

Mucho sentiríamos equivocarnos; más ofender á alguien con nuestras apreciaciones , desautorizadas por ser nuestras ; pero deben todos creer sin- ceramente que son producto de un deseo vivo de hacer bien y de contri- buir á la alteza y lustre del espectáculo más civilizador , desdeñado hoy por nuestro público , cuya afición por nadie debe ponerse en duda.


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Triste es el aspecto que presenta la situación económica lo mismo en Europa que en América , j la herencia que el año 1867 ha dejado á su su- cesor es una serie no interrumpida de gravísimos problemas. Crisis mer- cantiles é industriales , quiebras frecuentes , miseria general , inquietudes j recelos ; hé aquí el cuadro exacto que se reproduce en la prensa del viejo y del nuevo continente. Tal vez no se encuentre otro período semejante en la historia moderna , como no se acuda á los grandes trastornos que pro- dujo la revolución francesa primero , j las guerras del imperio más tarde, pues aunque muchas veces hemos tenido que lamentar crisis mercantiles ó industriales en algunas naciones ^ nos consolábamos con el próspero es- tado en que otras se encontraban, al paso que en el momento histórico actual , el mal está por todas partes repartido , y nunca se ha demostrado de un modo más completo la ley de solidaridad que abraza á todos los pueblos.

En la Argelia se mueren millares de familias , á quienes no puede con- sagrar el Tesoro de la Francia más socorro que la mezquina suma de 400.000 francos: en Túnez perecen infinitos desgraciados, cuya muerte sirve de pretexto á la Regencia para no aceptar las letras que el comercio francés libra : en Prusia abandonan el territorio los que aun tienen fuerza para huir del tifus del hambre: en Rusia provincias enteras como la de Arcángel se preparan á luchar contra la más horrible de todas las agonías; y en el Sur de la república anglo-americana , los negros, recientemente emancipados , cambiarían de buen grado su estéril libertad por un pedazo de pan.

El rigor de este prolongado invierno , que no ha tenido igual desde 1829 , contribuye á la miseria general , y de todas partes se exhalan gri- tos de angustia, que los Gobiernos, sin distinción de formas políticas, son impotentes para acallar.

No es por lo mismo extraño que algunos economistas calculen en mi- les de millones la pérdida real que han sufrido los valores que se coti- zan en las Bolsas , á la cual será preciso añadir la incalculable suma á que ascienden las bajas de los valores no cotizados, la desaparición de los ahorros en las familias y los compromisos que para lo porvenir han contraído las rentas públicas y privadas.

Así es que , aun en los países mejor administrados y más florecientes,


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como los Estados-Unidos y la Inglaterra , la situación es en extremo cri- tica , necesitando acudir á medidas extraordinarias ; pero la riqueza de am- bas naciones es tan sólida, que donde otros Estados encuentran obstácu- los insuperables , ellas solo experimentan momentánea contrariedad , que no ha de tardar en ser vencida.

En los Estados-Unidos se sienten ahora en toda su fuerza los efectos de la larga j sangrienta guerra civil que por algunos años ha amenazdo su existencia. El Norte, pueblo industrial, que llevó la mejor parte en la lu- cha por ser el ofensor y por haber triunfado , se repone con rapidez de sus desastres; pero el Sur, pueblo agrícola, destrozado porque su territorio fué el campo de la guerra , humillado por la derrota , privado de la escla - vitud , que al extinguirse , deja ociosos é improductivos por el pronto mi- les de brazos , y sin cesar oprimido por el vencedor , es imposible que en breve término cierre las profundas heridas que ha recibido. La exporta- ción ha cesado casi por completo ; la importación es nula ; campos antes florecientes, hoy están yermos, y la propiedad confiscada, y los negros libres, pero sin alimento ni trabajo, producen un estado de general aba- timiento , y dan ocasión á graves excesos , imposibles de precaver.

El Gobierno federal, sin embargo, espera dominar la situación: el Pre- sidente de la república ha prometido en su discurso que el Tesoro pagará pronto en numerario ; se congratula por haber disminuido en algunos mi- llones de dollars la deuda nacional , y espera que en el año corriente re- sultará un sobrante de nueve millones. También el comité de Hacienda trabaja para llegar á un período normal, y ha presentado al Senado un proyecto de consolidación de la Deuda. Importa esta en la actualidad 2.762 millones de dollars , que según el proyecto se han de convertir en rentas de 6 porlOO pagaderas en especie, reembolsables á los cuarenta años de su emisión.

Estas rentas Consolidated deht of the United States, estarán libres de contribución , y solo abonarán el 1 por lOO de interés , la mitad para el Tesoro de cada Estado, y el resto para formar im fondo de amortización. Hó aquí en resumen el proyecto, que en honor de la verdad no ha sa- tisfecho ni á los anglo-americanos ni á los extranjeros , permitiéndose los primeros murmurar del Gobierno federal , ni más ni menos que si se tra- tara de los Ministros de un Estado de la vieja Europa, donde tanto cam- po tiene la murmuración. Entre otras cosas que se ocurren á los yanliees, diremos, dejándoles la responsabilidad de sus palabras, que acusan al Go- bierno de apoyar la conversión , porque habiendo señalado para cubrir los gastos que ocasione, el 1 por lOO del total de la Deuda, y elevándose esta á más de 2.700 millones de dollars, claro está que el fondo desti- nado á sufragar aquellos gastos es de 27 millones, y la murmuración llega hasta el punto de asegurar que aun cuando con seis ó siete habría


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más que suficiente , se destinan los 20 restantes á recompensar á los ami- gos de la situación. Debemos añadir también que , aunque estos rumores son públicos j encuentran eco en las columnas de los periódicos de aque- lla república, todavía no han sido denunciados ni perseguidos por las au- toridades , que llevan hasta el extremo el respeto á la libre emisión del 'pensamiento.

Entre las varias empresas de proporciones colosales que se están rea- lizando en aquella atrevida sociedad , merece especial mención el ferro-car- ril destinado á unir el Océano Atlántico j el Pacifico , después de recorrer un trayecto de mil leguas. En la actualidad haj tres secciones explota das que pertenecen á distintas compañías , j producen pingües beneficios; el Central road, el Union Pacilic y el Eastern ó Kansas branch. Los tra- bajos se emprendieron á la vez en los extremos opuestos, y California y las orillas del Mississipí fueron los primeros eslabones de esa gran cadena férrea que ha de ser la gran vía del mundo, el conductor entre Europa y Asia del comercio y de la vida de todas las naciones. Gracias á él , el mar Pacífico se encontrará á una distancia de cuatro ó cinco dias del Océano; Londres y Hong-Kong solo necesitarán cuarenta para comunicarse , y Nueva-York agregará á su importancia actual la de ser el depósito mer- cantil y el lazo de unión entre la Europa , la América y el Asia.

Inglaterra no ha escapado ilesa de la gran crisis que atraviesan las na- ciones civilizadas : la solidaridad que existe en la vida financiera de todos los pueblos, explica en parte este fenómeno, pues cuando se resienten los Estados-Unidos, y se lamenta Francia, y sufren Prusia é Italia, no puede menos el comercio inglés de reflejar estos trastornos.

Amenazada además la Inglaterra por los rigores del invierno , sin el re- curso de la cosecha anterior que se perdió , temiendo que se pierda la pró- xima, y llevando en su seno dos cánceres sociales que se llaman trade's unionisme y fenianhmo , no es de admirar que incline su altiva frente ante la desgracia. Las misteriosas asociaciones de Sheffield y de Manchester, imponiendo el respeto de sus desconocidos reglamentos por medio del asesinato, los desórdenes de Dublin y de Londres, que tal vez encuentran apoyo en poderosas naciones , son causas eficaces del malestar que paraliza los negocios. El dinero abunda sin embargo en Inglaterra , porque no en- cuentra colocación segura , y los valores que ofrecen garantías se buscan con afán y se descuentan al 1 '/j por lOO. Las exportaciones han dismi- nuido en 6.000.000 de libras y la importación en 12.000.000: la fabri- cación se ha estancado por falta de consumo , y la mayor parte de las so- ciedades y compañías están en crisis.

Las de ferro-carriles sobre todo son las que se encuentran en estado más crítico : muchas de ellas han reducido á 60 por lOO el importe de sus di- videndos ; otras se ven en la imposibilidad de pagar interés , y no pocas


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se han arruinado por completo como la London Chatam and Dover , la London Brightotí and South Coast, la North British, la Great Eastern , la Caledonian y la Great Western .

La situación angustiosa de la metrópoli se lia comunicado á las colo- nias de la India , donde las quiebras continúan , anunciándose que el Ban- co de Bombay está á punto de liquidar. Sin embargo , á pesar de estas contrariedades , el mercado inglés es aun el más rico jr abundante en nu- merario , y los capitalistas se apresurarian á llevar sus fondos , hoy in- activos , á otros paises , si se les diera un poco de seguridad y se les ins- pirara alguna confianza.

La situación económica de la Francia presenta aun caracteres de ma- yor gravedad, porque si los Estados-Unidos sufren las consecuencias de la guerra pasada, y si la Inglaterra refleja los males de otras naciones, Francia se halla expuesta á conflictos que , según una frase ya célebre, son otros tantos puntos negros en el horizonte. Á las causas generales que afligen á la Europa y á la América , reúne la nación francesa las difi- cultades políticas , y se respira en aquella atmósfera cierto espíritu hostil que no se detiene ante las primeras gradas del Gobierno. La fortuna pri- vada de los franceses está comprometida en multitud de empresas ruino- sas ó improductivas, y la fortuna pública se resiente con el aumento de la Deuda. La memoria de M. Magne nos revela con aproximada exac- titud la situación del Tesoro francés. Después del golpe de estado , la Deu- da pública ha aumentado en doce años 2.380 millones, y si ahora es preciso tomar á préstamo cuando menos 440 millones, el imperio será responsable de haber elevado á más del doble la antigua Deuda nacional. Y no son solo los temores de un nuevo empréstito los que alarman al mercado francés , sino que se prevee considerable aumento en los gastos militares á consecuencia de la nueva organización del ejército , y se grava el presupuesto con las obligaciones del empréstito mejicano que el Gobierno imperial reconoce al fin, destinando tres millones de francos á su amorti- zación.

La Exposición Universal ha servido para desarrollar algtm tanto el con- sumo y la circulación , y gracias á ella se mantienen firmes las acciones de ferro-carriles , pues las compañías han percibido en 1867 30 millones de francos más que en 1866. Los valores que más han sufrido en aquella Bolsa en el último semestre , han sido los del Banco de Francia y los de la compañía del gas : por el contrario , el Crédito territorial ha contem- plado los suyos en alza no interrumpida.

La importación de cereales ha sido grande, y su valor representa 114 millones de francos : el número de hectolitros introducidos hasta el mes de Enero pasa de 5.360.000, insuficientes aim para remediar la escasez. Aco- tados os mercados del Báltico , mar Negro , Hungría y Egipto , cuyas


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cosechas fueron medianas, hubiera sido preciso que el comercio interna- cional facilitara á Francia y á las demás naciones que están en igual caso, los de California j Australia.

El Banco de Francia restringe sus operaciones y guarda en caja más de loo millones : los valores todos están en descenso , y el descuento , á pe- sar de ser del 2 72 por 100 , no tiene lugar sino en pequeña escala, porque no hay efectos comerciales de buenas condiciones que descontar.

El tratado de comercio entre Austria y el Zollverein ha sido firmado, siendo esto una nueva prueba de la buena fe con que el Imperio ha entrado en la senda de las reformas liberales.

La Cámara italiana se ocupa en la actualidad en discutir los presupues- tos generales del Estado , y se proyectan grandes reformas financieras, para lo cual son necesarios dos empréstitos, uno de 1.600 millones con garantía de los bienes del clero , y otro de 152 para atender á las más apremiantes obligaciones de aquel exhausto Tesoro. Se teme que el Go- bierno adopte el impuesto sobre la renta como medio de aumentar los in- gresos del Erario , y que tan funesto recurso haga descender aun más los valores públicos. Además de esos dos empréstitos, y del que hemos ci- tado ya al hablar de la situación económica de Francia, se anuncian los siguientes que contribuirán á dar cierta animación á los transacciones mer- cantiles: uno de 1.140 millones destinado á Rusia, y del cual se han en- cargado Rothschild , Kahn y Benary : pero parece que encuentra grandes dificultades y no será extraño que fracase ; otro de 490 millones para Pru- sia ; otro de 570 para Hungría; otro de 285 para Turquía, y por último, otro de 190 para Egipto.

Los tipos del descuento en las diversas plazas mercantiles son: Londres 2 por 100: París y Bruselas 2 */2 por lOO: Francfort 3 por lOO: Ams- terdan 3 Vs por lOO: Berlín y Viena 4 por 100; Florencia, Madrid y Lis- boa 5 por lOO: San Petersburgo 7 por 100.

Antes de terminar esta revista debemos consagrar algunas palabras á España. También nosotros sufrimos las consecuencias de la situación ge- neral de Europa , sentimos la escasez de subsistencias , contemplamos la falta de trabajo para las clases proletarias , y la paralización de los nego- cios mercantiles é industriales. • - ¦ En la Memoria de los presupuestos del Estado presentados á los Cuer- pos Colegisladores , se anuncia la creación de una institución de crédito territorial que hace ya cuatro ó cinco años es promesa que todos los Go- biernos hacen y que ninguno realiza. La existencia de esta institución habría podido salvar en muchas ocasiones á nuestra Hacienda de graves apuros , y la agricultura y la propiedad rústica y urbana tendrían hori- zontes que ahora son desconocidos entre nosotros. Algunos Diputados ha- ciendo uso de su iniciativa han presentado el proyecto de un Banco territo- TOMO I. 10


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rial en el Congreso, y si las secciones autorizan como se espera, su lee , tura , no pasará tal vez mucho tiempo sin que se realice.

El Gobierno lia atendido á la situación de las compañías de ferro-car- riles , presentando un proyecto de ley destinado á establecer ciertas bases para la inteligencia y acuerdo de los obligacionistas con las empresas. Creemos que el proyecto ha de sufrir reformas importantes en la discusión, y por eso no nos ocuparemos de él hasta conocerlas con exactitud.

También proyecta el Gobierno la supíesion de los Tribunales de Co- mercio , devolviendo á la jurisdicción ordinaria sus atribuciones: esta im- portante reforma ha de producir á nuestro juicio funestos efectos en un país donde las materias mercantiles son desconocidas para la generalidad, y donde los tribunales ordinarios tienen á su cargo la Administración de la justicia civil y criminal sin distinción de jueces. Los Tribunales de Comercio fueron sin duda un progreso en nuestra organización judicial, y ese progreso está á punto de desaparecer con la reforma proyectada.

El proyecto de ley que presentó á las Cortes el Sr. Barzanallana [modifi- cando la constitución del Banco de España , pudiera proporcionamos oca- sión para escribir un artículo , pero retirado por su sucesor el señor Sán- chez Ocaña, nos abstenemos de emitir nuestro juicio acerca de él. El actual ministro ha pedido autorización para emitir 500 millones en bille- tes del Tesoro.

En todos los mercados españoles se nota la escasez de granos. Necesa- ria fué la medida de declarar libre la importación de cereales por los puertos del Mediterráneo y Aduanas fronterizas , y ojalá se hubiera ex- tendido á los puertos del Océano desde el principio.

Desde el 22 de Agosto en que se declaró la libertad de introducción, hasta el mes de Enero , se han importado 706.832 fanegas de trigo, valor de 50.999.570 rs. y 1.011.020 arrobas de harina que importan 22.940.550 rs. Los puertos de mayor importancia han sido Málaga, Bar- celona y Palma.

Para que pueda llegar á conocimiento de los que se dedican á la compra de cereales en el extranjero, con el objeto de remediar la carestía de nues- tros mercados, indicaremos que en Londres y Marsella hay grandes exis- tencias de trigo, cuyo precio aunque llega y pasa á veces de 80 rs. fanega, permite aun con ventaja la exportación.

Si el Gobierno disminuyese el derecho de 40 céntimos de escudo que paga el hectolitro de trigo al llegar á nuestros puertos en bandera extran- jera, se facilitaría mucho la importación, que es difícil se verifique en bu- ques nacionales.

La agricultura está de enhorabuena con las últimas aguas, y podemos esperar ya con más confianza el resultado de la próxima cosecha. Madrid 13 de Marzo de 1868.



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