Revista de España: Tomo I - Número 2 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO I - NÚMERO 2 - AÑO 1868

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DEL PRINCIPIO Y FIN QUE TUVO LA SUPREMACÍA MILITAR DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA, CON ALGUNAS PARTICULARIDADES DE LA BATALLA DE ROCROY.

I.

Rara vez dejan de inquirir con esmero los historiadores las cir- cunstancias de aquellos hechos , y las calidades de aquellos hom- bres que dan gloria á las naciones ; esperando sin duda que esta conmemoración de la virtud pasada aproveche á los presentes y venideros. No es , con todo eso , el estudio de los hechos y de los hombres ilustres el que trae mayor utilidad á las naciones, ni el más digno de los cuidados de la historia. Mucho más que la pros- peridad enseña la desgracia , lo mismo á una muchedumbre que aun individuo. Natural en verdad es, que huya algún tanto el hombre de los recuerdos penosos ó tristes , y más que de otros , de aquellos que al paso hieren con razón ó sin ella su orgullo. Por eso nuestra nación que tuvo tantos historiadores en los siglos XV y XVI, ni por el mérito , ni por el número, superados entonces en ninguna parte , cerró sin duda desde el primer tercio del XVII el templo de la historia , dejando abandonados á sus puertas los últi- mos reinados de la dinastia austríaca. Ha llegado entre ijosotros esta antipatía á los asuntos tristes , hasta el extremo de que no se hallará de seguro tan largo periodo de tiempo sin historia , en nin- guna otra nación ó siglo. Quizás nace de esto en buena parte el que

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saquemos tan corto fruto de nuestros propios hechos , porque solo solemos saber de ellos lo que basta á estimular la vanagloria : ase- mejándonos con frecuencia á los hidalgos engreídos que dedican aún á la contemplación de sus pergaminos inútiles , el tiempo que podrian gastar ventajosamente en inquirir y remediar las causas del decaimiento de sus rentas , agenciando á la par otras mayores con que atender á las crecientes necesidades de los tiempos. Algo se ha corregido de ésto modernamente ; pero mucho falta por ha- cer todavía, y en pocas cosas podrá hallar mejor empleo el amor discreto de la patria.

Hasta el orgullo bien entendido ganará con estudiar más á fon- do muchos de nuestros errores y desastres. Cada nación logra al cabo lo que merece en el mundo , porque para eso son ellas perpe- tuas , y pueden reparar lo que es obra sola del acaso , en mayor ó menor plazo de tiempo ; á diferencia de los individuos, que suele sorprenderles su fin, antes de hallar desquite adecuado á cualquie- ra golpe de fortuna. Los desastres definitivos merécense tanto como los triunfos constantes y seguros; y España mereció ciertamente cuantos tuvo de los primeros desde el primer tercio del siglo XVII hacia adelante. Pero aunque censurables en no pocas cosas los es- pañoles de entonces por algo también merecen respeto , y es por el valor y constancia con que, ya que no impidieron , supieron dilatar la ruina de su poderosa Monarquía , pagando muchos de ellos con sangre generosa las faltas más ó menos voluntarias de sus abue- los y de sus padres.

Una batalla perdida va á darme ocasión hoy para demostrar esto iiltimo , escribiendo al paso algunas páginas acerca de aquel famoso infante español , que ha parecido digno de servir de ejem- plo á la filosofía , para demostrar la ineficacia del valor militar, por sí solo, en el régimen de los destinos humanos. ¿Dónde están, pre- guntaba con tal propósito un dia el difunto M. de Cousin , aque- llas compañías españolas (bandes) que detuvieron por tanto tiem- po con su heroica firmeza la pendiente inexcusable de la historia moderna? « Elles sont mortes á Rocroy , » á sí propio se decía aquel profesor elocuente; y no sin razón por cierto. Sí: murieron en Ro- croy. Allí tuvo fin la superioridad del infante español en que se cifraba la de nuestras armas : allí quedó manifiesta y á ojos vistas la decadencia de la Monarquía, que solo su valor sostenía en pié, puesto que de mucho antes estaba interiormente carcomida y des-


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hecha. Suceso en sí triste , y con disculpable disgusto dejado apar- te ó sin narrar por los historiadores españoles , es no obstante este á que aludo bastante más rico en enseñanzas que los que dia- ria y gustosamente se recuerdan como felices ; y de aquellos tam- bién que, en cierta medida y racionales limites, pueden dejar como el que más satisfecho el amor nacional. Tal convicción es lo que principalmente me estimula á escribir estas páginas.


II.

Pocos tipos presenta la historia tan curiosos y dignos de atención como el infante español , que peleó y sucumbió en el campo de Ro- croy , con no menos admiración que aplauso de la mayor parte de sus adversos y enojados contemporáneos. Durante un periodo de ciento y tantos años, conservó el soldado de á pie entre nosotros un carácter casi idéntico , y bien delineado por escritores que no le conocían de oidas, sino como recomendaba Antonio de Guevara que conociesen los buenos las cosas militares, es decir, por ha- ber puesto mano en ellas. «No hay ninguno más pobre en la misma »pobreza,» decia, por ejemplo, uno de aquellos que ha dejado nom- bre inmortal en las letras : « porque está atenido á la miseria de su »paga que viene tarde ó nunca , ó á lo que garbeare con sus manos »con notable peligro de su vida y de su conciencia ; y á veces suele »ser su desnudez tanta , que un coleto acuchillado le sirve de gala »y de camisa , y en la mitad del invierno se suele reparar de la in- »clemencia del cielo , estando en la campaña rasa con solo el aliento »de su boca , que como sale de lugar vacío , tengo por averiguado »que debe salir frió, contra toda naturaleza (1). » Esta pintura, no menos que donosa, exacta el dia antes de la batalla feliz de Lepan- to, era igualmente cierta la víspera de esta otra desdichada en que me ocuparé luego.

Los soldados españoles zarparon ya sin pagas de la playa de Má- laga para emprender con el Gran Capitán la conquista de Ñapóles; y estuvieron allí por falta de ellas á punto de acabar con la vida del primero de los Generales que redujo á arte la guerra, en la Edad moderna. Dispuestos luego á la conquista de Navarra, bajo el

(1) Cervantes, El Ingenioso Hidalgo, tom. II, cap. 37.


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mando del segundo duque de Alva , sorprendieron muchos de ellos á aquel antiguo caballero con los gritos sediciosos de motin! motin! ( por primera vez entonces oidos en España) (1) , á causa también de la falta de pagas ; y es sabido los disgustos y estragos que ocasionó en diversas ocasiones la misma penuria en Flandes á pesar de que, según dijo D. Berñardino de Mendoza, «la costumbre de losnues- »tros era diferente de la de los de otras naciones que pedian las pa- »gas antes del pelear y al tiempo de venir á las manos con los ene- »migos , porque los nuestros solo reclamaban lo que se les debia »despues de haber combatido. » Por eso advirtió ya este autor y político experimentado , tanto como hombre de guerra , que valia más ceder ó perder algunas provincias en ocasiones, que luchar sin medios bastantes , lo cual impedia llevar á buen término nin- guna campaña, por más que se hiciesen en ella sobrehumanas proe- zas. Pero era en suma esto predicar en desierto por entonces.

El mal estaba fundamentalmente en la enorme desproporción que siempre hubo entre nuestros escasos recursos interiores , y las múltiples y vastas empresas en que nos fuimos empeñando ; y no podia tener remedio sino cambiando por completo de política y abandonando voluntariamente en el mundo una posición por va- rios accidentes alcanzada á deshora , y que tarde ó temprano ha- blamos de perder, después de consumidos y desangrados. No dig'O que este remedio fuese de aplicación fácil , en ningún pais , y me- nos en uno de tan inflexible orgullo como España : digo sólo que era lo único que hubiera evitado , empleándose á tiempo , las más de nuestras desdichas pasadas. Ni la singular situación que ocupa España en este extremo de Europa, y cerrada su comunicación con el continente por una nación más poblada , mucho más fértil y de muchos más recursos siempre; ni la escasa riqueza propia de nuestro suelo , por lo general destemplado y seco ; ni la devasta- ción forzosamente causada por ocho siglos de una guerra intestina, como fué al fin la que sostuvimos con los moros españoles , y por ' aquellas grandes inundaciones de bárbaros, que no en ejércitos, sino en tribus y razas enteras , sucesivamente vinieron de todas las vastas regiones del África á caer sobre la Península , guardaban á la Monarquía de los Reyes Católicos el primer puesto del mundo, en el orden natural de las cosas. Matrimonios, al parecer ventajo-

(1) Luis Correa, Conquista del reino dt Navarra. Pamplona 1843.


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SOS , hicieron una parte , y otra las armas ; pero nuestras conquis- tas de Sicilia j de Ñapóles , nuestros hechos en el Milanesado , en Alemania , en Flandes , no fueron más nunca sino aventuras glo- riosas. Y el empeño tenaz con que procuramos luego retener lo que casi por azar adquirimos en Italia y Flandes, si de suyo fué he- roico , y dado el temple duro de nuestro carácter nacional inevita- ble, no dejó de ser por eso impolítico y funesto. Hay cualidades que pueden honrar á los individuos y perder á las naciones : cuali- dades que para los individuos mismos son de ordinario fatales, aunque respetables y loables en ocasiones. De estas han mostrado no pocas en todo el curso de su historia los españoles.

Seducidos en el entretanto por los encomios exagerados de los geógrafos griegos y latinos, que solian conocer sólo de España al- gunas cortas porciones , cual hoy ya favorecidas y excepcionales, los críticos extranjeros han concedido siempre más estima en Es- paña á la tierra que al hombre que la puebla ; cuando lo contra- rio es lo justó en mi concepto. Inútil fué para destruir esta opinión en los siglos pasados el testimonio de algunos viajeros que por si mismos vieron las cosas, y las tocaron por sus propias manos. Des- de 1465 á 1467, y antes, por tanto, que comenzase á intervenir constantemente España en los negocios generales del mundo , re- corrió todo el centro de la Península, asi como muchas provincias de Inglaterra y Francia , el barón León de Rozmital , noble de Bo- hemia, el cual ha dejado de estas peregrinaciones una curiosísima relación latina. Pues no hay más que recorrer ligeramente sus pá- ginas para comprender que habia ya diferencia bastante, entre la riqueza de estas últimas naciones y la de la península española. Desde que aquel discreto observador entró en Castilla hasta Sego- via, y de allí á Portugal, apenas dejó de hallar ya á su paso cam- pos incultos donde nulla alia arhor crescit, qiiam huxws, dice unas veces , ó nullas alias arbores qnam juniperos et sahínas , escribe otras : romerales y maleza , en fin , por donde quiera , excepto en las vecindades de la sierra de Guadarrama, donde más aún que ahora se alzaban á la sazón bosques incomparables de pinos (1).

En igual estado debió de hallar la Península hacia 1506 el Em- bajador veneciano Vincenzo Quirini, puesto que calculó en so-

(1) Itineris a Leone de Rozmital nobili Bohemo annis 1465-1467 per Ger- maniam^ Angliam^ Franciam, Hispaniam, PortugaUiamatque Italiamcovr fectiy Commentarii coaevi dúo. Stuttgart , 1844.


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los 250.000 el número de los vecinos que habitaban todas las ciu- dades , villas y aldeas de la corona de Castilla , los cuales vivian con todo eso, según él cuenta, miserablemente j^er essere gran povertdifra es si (1). De seguro la diferencia no era tan grande en aquel tiempo como es ahora , después de los tristes siglos de tiranía y superstición por que hemos pasado ; pero no puede negarse que la habia ya, aunque negada por los españoles de entonces. Todo el mundo sabe, decia por ejemplo en los principios del siglo XVII el ingenioso autor de la Antipatía entone los franceses y los españoles Carlos Garcia, si por ventura es este su verdadero nombre (2), «que »España es mucho más estéril que Francia por la gran sequedad de »su suelo, y la falta de lluvias; sin embargo de lo cual no se halla- »rá un español solo que tal confiese.» Lo mismo ha sucedido con corta diferencia hasta nuestros dias: bien que no pueda decirse que esta sea vanidad exclusiva de nuestros compatriotas , supuesto que" el propio Carlos García afirma que, en aquel tiempo mismo, no se encontraba tampoco francés ninguno que reconociese, que por lo menos los buenos caballos , las buenas espadas, y los vinos buenos les iban á ellos de la Península. Pero lo cierto es, en suma, que únicamente la individual fortaleza de los españoles , y en especial de sus soldados, puede explicar hoy por completo el que las pobres y pequeñas naciones unidas en la Península, predominaran por si- glo y medio sobre tantas otras más ricas ya, más pobladas , y más fuertes en todo que ella era.

Todo esto hace más y más interesante el estudio de aquel desnu- do y valeroso soldado por Cervantes retratado, ya de mano maes- tra : hidalgo , pobre por lo común , villano de nobles pensamientos también' á veces ; al cual nos representa la historia de aquel tiem- po, reemplazando por donde quiera con la sola ventaja de su va- lor personal , cuanto les faltaba á sus Reyes de buena política , á su tierra de recursos de toda especie , á su patria , en fin , de cali- dades propias para ser lo que quiso, y fué, contra los decretos cla- ros de la naturaleza. Cada uno de tales soldados tenia que picar en héroe para que el corto número de ellos , que siempre hubo fue- ra de España, bastase á conquistar las Américas y las islas del Asia , y á llevar á cabo en África ó Europa las innumerables em-

(1) Relazioni degli Amhasciatori veneti al Senato^ raccolte, annotate, e pu- hlicate da Ev^enio Alheri a spese di una societct. Firenze , 1839.

(2) Antipatía de FranceM e Spagnoli, dal Dottor D. Cario Garcia, 1686.


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presas acometidas desde Fernando V hasta Felipe IV ; reinando el cual dejó ya de ser el soldado español lo que por tantos y tantos años habia sido.

Por supuesto que con esta palabra de soldado no aparece el bom- bre de guerra entre nosotros ni á caballo, ni á pié, basta que co- menzó con los Reyes Católicos el ejército permanente. Era el de infantería en aquel tiempo un bombre que sentaba plaza volunta- riamente , llevado por el deseo juvenil de correr aventuras, por el aliciente de mejorar su fortuna y condición, y acaso también por huir de las asechanzas de la justicia , ó de la venganza de algún padre ó pariente malamente ofendido en las mujeres de su casa. Desde que este tal sentaba plaza , teníase por hombre noble y des- preciaba todo oficio mecánico ; y aunque guardara por lo común con gusto severisima disciplina , con frecuencia ponia mano á la espada contra sus propios oficiales , no bien le parecía que ya to- caba en la honra el castigo debido á sus faltas. No en vano cuando un General ó Maestre de campo se vela maltratado en alguna ac- ción de guerra por la fortuna, iba de ordinario á recobrar ó depu- rar su honor en las filas de aquella infantería, sirviendo con una pica : no en vano encerraban siempre sus primeras hileras multitud de capitanes y oficiales reformados, ó de reemplazo, no pocos seño- res de vida airada ó de cortos haberes , que querían buscarse la vida en ejercicio honrado; y hasta muchos señores de liabito, es de- cir, caballeros de las orguUosas órdenes militares. Las filas de tal infantería eran una verdadera escuela y un asilo seguro para el honor: ¿cómo no habla de ser mal sufrido en ellas el mismo soldado raso, cuando de casos de honor se trataba? No habiendo por otra parte tiempo limitado de enganche, sabia el soldado viejo que no podía ser despedido del servicio sin causa legítima , por manera, que era una profesión y carrera , desde el menor infante hasta el mayor capitán , la de las armas entonces. Para echar á uno del ser- vicio se necesitaba que fuese jugador, pendenciero, hombre de muy malas costumbres en suma : para pasarle por las picas , no se nece- sitaba en cambio más , sino que hallándose en campo seis contra ciento, uno de los seis tomase por acaso la fiíga, abandonando á sus compañeros en el riesgo ( 1 ). Lloraban por otro lado los Maes- tres de campo al tener que reformar ó disolver cualquiera de aque-

(1) Comentarios de D. Bemardino de Mendoza. Lib. XII. Madrid 1592.


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Has feroces familias militares, como cuando D. Sancho Martínez de Ley va castigó asi un tercio en Flandes, diciéndole á su alférez: «Ea , batid la bandera , y plegadla , pues ya de ag-ora nunca irá de- lante del tercio viejo (1).» Lloraban también los encanecidos sol- dados á sus capitanes , cuanto á sus propios padres , si caian en algún trance sangriento , como al propio Borbon , con ser extran- jero y todo, le lloraron sobre los muros de Roma. Y eso que no necesitaban ellos por cierto tener capitanes señalados por el Rey; porque en cualquiera necesidad, sabian por si solos buscárselos.

Aquellos soldados, por ejemplo, que dejó ociosos, algún tiempo, la conquista de Ñapóles , se echaron luego á pelear por su cuenta, en favor de diversos Principes, y hasta del mismo Rey de Francia. Durante las guerras de este con Julio II y los venecianos, 2.000 sol- dados españoles mantuvieron de tal suerte gran parte del Milane- sado á la devoción del primero; y en la batalla perdida por el ejér- cito eclesiástico cerca de Ferrara, contra el del Monarca francés, 300 españoles de los que por otro lado servian al Papa , salieron formados del campo, poniendo á salvo entre sus filas la artillería, sin que lograse desbaratarlos la caballería francesa. Vueltos des- pués al servicio de su Rey natural, cuando le hicieron falta, y pues- tos enfrente de los terribles escuadrones de picas, con que los sui- zos, y los alemanes que los imitaron, comenzaban á hacer inútil el valor hasta entonces irresistible de los caballeros armados de punta en blanco, mantuvieron su superioridad los infantes españoles, gracias al esfuerzo individual que los señalaba. Machia velo re- fiere (2) que én Rávena llegaron á abrir los alemanes con sus lar- gas picas los escuadrones de infantería española , que llevaban en su primera fila rodeleros armados de espadas cortas ; y que en lu- gar de desbandarse los nuestros , se metieron por entre las picas para buscar cuerpo á cuerpo á sus contrarios , los cuales no pu- diendo servirse de aquellas largas armas en este género de lucha, habrían sido indudablemente degollados todos, á no sobrevenir la caballería francesa, la cual no pudo impedir, no obstante, el que aban- donados del resto del ejército coligado, los españoles, ya que no podían vencer, se retirasen en buen orden del campo. De tal tem- ple eran los soldados con que se formaron luego los primeros ter- cios , en tres trozos repartidos realmente , el uno armado de espada

(1) Disertación sobre la antigüedad de los 7'egimientos. Madrid 1738.

(2) DelVarte de la guerra. Lib. II.


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y rodela, de picas el otro, y el otro ya de arcabuces. Tales eran todavía los individuos , que compusieron los posteriores tercios pro- vistos ya solo de arcabuces y picas; tales los que con el mismo va- lor personal que los primeros , el natural orgullo ya de sus pasados hechos , y la desnudez y falta de pagas de siempre , llegaron en 1524 al socorro de la asediada Pavía , dispersando ó matando con su fuego individual y certero á los acerados caballeros france- ses (1). Triunfantes allí, y triunfantes en Mulhberg, donde diez de ellos , entre los cuales se contaban el poeta Rey de Artieda , y el famoso Alonso de Céspedes , aquella especie de Sansón de quien corre historia particular impresa , cruzaron á nado el rio Elba con la espada en la boca , y se apoderaron de las barcas amarradas á la orilla opuesta, para que pudiese el Emperador formar un puente, arrostrando el fuego de todo el ejército protestante que las defen- día; cosa al decir de un historiador alemán y anticatólico, jamás igualada por romanos ó griegos : ora entrándose para alcanzar á sus contrarios por los ríos adelante , como hicieron en el Elba en la batalla citada , ora cruzando á pié por enmedio de los brazos del mar, perseguidos por la marea creciente , como hicieron en el fa- moso asalto de Zu^derzée: combatiendo con igual valor y orden insurrectos , y al mando de sus Electos ó cabezas de motín , que bajo la dirección de sus propios capitanes y Maestres de campo, según se vio en la dichosa recuperación de Amberes y en la jor- nada fatal de Niwport ó de las Ehmas , los infantes españoles en todas ocasiones constituían una excepción, es decir, un género de milicia ó gente de guerra, de que ni antes ni después ofrece ejem- plo la historia. Bien puede decirse hoy esto, sin vano. alarde en España , supuesto que lo reconocieron por lo común nuestros ene- migos mismos en los tiempos antiguos. El célebre jurista Puffen- dorf, relatando la batalla de Mulhberg; Schiller, el gran poeta, contando la de Nordlhingen ; Bossuet, el .príncipe de los oradores sagrados, al recordar elocuentemente la de Rocroy, son autorida- des bastantes en todo caso para abonar este juicio.

No era la guerra por de contado entonces la lucha de una nación con otra, como lo es al presente. Sábese hoy que á la larga tiene

(1) De todo esto habría más completa noticia que hay, si estuviese acabada y dada áluz la Historia de la infantería española de D. Serafín Estébanez Cal- derón. La afición que él tenia á estos estudios me estimuló á mí á hacer algu- son que, ó le dediqué, ó le comuniqué siempre.


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que vencer por necesidad entre dos naciones contendientes , aquella que cuenta con más población , con más riqueza , con más fuerzas en suma. Tal lia sido la consecuencia inevitable del aumento de los ejércitos, que comenzado en tiempo de Luis XIV en Europa, lleva en nuestros dias á los campos de batalla, cuantos hombres útiles pueden poner los que gobiernan sobre las armas. El valor in- dividual , la habilidad y fortuna misma de los capitanes, ceden hoy temprano ó tarde de esta suerte , como acabamos de ver en la úl- tima guerra sostenida por los Estados del Sur contra los del Norte en la república anglo-americana , y se vio también al cabo en las grandes luchas de Napoleón I contra la Europa coligada, ala mayor población, riqueza é industria, ó fuerza material del adversario. Nada de esto acontecía en el siglo XVI, y la primera mitad del XVII, que fué cuando disfrutó España su superioridad militar. No era entonces ni aqui ni fuera de aquí cualquiera hombre sol- dado: éranlo solo los que el instinto y las pasiones de la guerra, naturalmente llamaban á las armas. Los pueblos por su parte , más acostumbrados que hoy á cambiar de señores , rara vez se mezcla- ban en las contiendas que sostenían sus respectivos ejércitos ; y así era como estos , aunque cortísimos en número , podían ganar y conservar vastos y ricos Estados á sus caudillos ó príncipes. Por eso un puñado de almogábares bastó para agregar definitivamente Sicilia á la casa de Aragón , después de abandonada por esta mis- ma ; para salvar á Constantinopla y conquistar á Atenas : por eso no tuvo que sacar de Málaga sino 4.000 peones ó infantes, y 600 ca- ballos entre ginetes y hombres de armas , Gonzalo de Córdoba para dar comienzo y cima á aquella larga serie de hazañas, que nos hizo dueños de Ñapóles ( 1 ). Las aventuras militares eran tan fáciles á la sazón , de consiguiente , como son ineficaces y hasta imposi- bles hoy en día , como lo hubieran sido ya de todos modos pocos años después de la batalla de Rocroy : en cuanto dio Luis XIV , se- gún dejo indicado , tan extraordinaria amplitud al número en los ejércitos.

A haber cesado, pues, antes este estado de cosas, antes también habría acabado el predominio de la infantería española. Soldados como aquellos no se han hecho nunca por quintas ó levas ; ni por cientos de millares se hallarán jamás. Hubiera, pues, el natural

( 1 ) Suma de la conquista del reino de Ñapóles. Alcalá de Henares, 1670.


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curso de las cosas destruido por sí mismo la eficacia de aquella es- cogida y exigua infantería , aunque triunfara en Rocroy D. Fran- cisco de Meló. Tan irresistible es la marcha de la historia: tan poca influencia suelen tener los hechos aislados , y las instituciones ó las fuerzas solitarias , en el éxito definitivo de las contiendas en que se empeña la humanidad entera , ó aquella parte de la humanidad por lo menos que , puesta á la cabeza de la civilización , dirige el movimiento progresivo de nuestra especie. Dieron al traste con el paladín forzudo y heroico las armas de fuego, que pueden mane- jar los débiles y los valientes, por decirlo así, de segunda clase: acabaron asimismo con los pequeños ejércitos, compuestos de gente atraída á las armas , por un verdadero aunque triste amor á la guerra , los ejércitos innumerables reclutados por ministerio de la ley, ó enganchados por la miseria y el hambre , donde hacen la dis- ciplina y la masa misma, igualmente útiles á todos los hombres. Los tercios viejos nada podían ya hacer por sí solos , cuando era preciso que se coligase la Europa entera para contener la marcha triunfante de los numerosísimos regimientos de Luis XIV.

Pero en el ínterin la curiosidad de la historia pregunta con razón á los documentos y á los libros antiguos , ¿quién fué aquel D. Fran- cisco de Meló , que lleva sobre su nombre la desgracia de Rocroy? ¿A quiénes tuvo allí por principales tenientes y compañeros de armas? ¿Cómo cumplió cada cual sus obligaciones individuales en aquella ocasión suprema? ¿Qué fin allí alcanzaron los más de los tercios viejos, y cómo perdieron los que quedaron, el prestigio secular de su nombre? No ha sido hasta ahora fácil contestar á tales preguntas , porque los españoles han mirado con sobrada re- pugnancia, como ya he dicho, los recuerdos tristes de aquellos reinados infelices. Han faltado los documentos además, y cuantos nombres y cosas se refieren á Rocroy particularmente , figuran en nuestros libros de historia general , trastrocados , confundidos , em- brollados : lo propio en Ortiz que en Lafuente : lo mismo en las ta- blas de Sabau que en la traducción de Dunhan por Alcalá Galiano.

TIL

Hay que comenzar por lo mismo , diciendo quien era el General que mandaba en jefe el ejército vencido. Era este de nación portu- gués, se llamaba á sí propio D. Francisco de Meló de Braganza;


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y si no era deudo del duque de este título , que se alzó luego por Soberano de Portug-al, sábese por lo menos, que tuvo grande inti- midad en aquella ilustre casa , y que siendo un pobre hidalgo , sin fortuna , se introdujo en la amistad y confidencia del duque D. Teo- dosio , padre del que se llamó como Rey Juan IV. Hallóse en Madrid Meló , al tiempo de la coronación de Felipe IV (1) , y fué nombrado entonces gentil-hombre del Rey. No tardaron en acusarle los por- tugueses, de que habiendo ganado la confianza del conde-duque, la empleó sólo en consejos dañosos á su patria , como el de imponer allí los nuevos arbitrios y contribuciones , que tanto ayudaron á favorecer el levantamiento ; y en indisponer á aquel ministro , y al propio Rey Felipe , con la casa de Braganza , vendiendo sus secre- tos, como quien habia sido su confidente (2). Callar hoy esta acu- sación, seria tan mal hecho como creerla sin pruebas. Lo cierto es que D. Francisco de Meló estuvo bien pronto tan mal querido en Portugal , como estimado en la corte de España. Corriendo el año de 1633, fué ya nombrado embajador católico en Saboya; y des- pués de residir en Milán muchos meses , por ciertas desavenencias sobrevenidas entre aquella corte y la nuestra , pasó á Genova para comenzar su oficio , mediando en un tratado que se habia de ajus- tar entre aquel duque y el Gobierno de la república. Allí probó ya Meló que no le faltaba astucia para lograr sus fines. El tratado, con la firma del duque , estaba ya en Genova , pero los ministros de la República exigían sin embargo, que se le añadiesen dos pala- bras importantes. Negáronse, más por orgullo que con razones, los embajadores del duque á semejante adición, la cual obligaba á de- volver los pliegos á su Soberano ; y no tenia ya trazas de terminar bien aquella disputa , cuando Meló que asistía á las conferencias, dio así como sin pensarlo un golpe en el tintero , y derribándolo sobre el protocolo lo inutilizó de todo punto. Fué preciso enviar á Turin por otro; pero antes de que se hiciese, ya estaba allí Meló, y pudo conseguir sin grande esfuerzo , que se incluyesen las pala- bras reclamadas, en los nuevos pliegos (3). Insignificante como parece esta anécdota , es no obstante de aquellas que sirven para penetrar con paso seguro en el carácter de un hombre. En 1636

(1) Avisos de Pellicer. — Semanario erudito.

(2) Bigaro Avogaro , Historia de la desunione del reino de Portogallo de la corona de Castiglia. Amsterdam, 1647.

(3) Gtialdo Priorato, tojao 1,


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obtuvo Meló el título de conde de Azumar por tales servicios (1); y después de una corta vuelta á España , tornó á Italia , donde des- empeñó diversas comisiones diplomáticas con acierto : en Módena, para atraer aquel potentado á la alianza de España : en Turin , en Florencia y Luca, para impedir que hiciesen causa común con nuestros enemigos aquellos Estados. Pero mal contento con este ofi- cio no más , quiso Meló , al uso del tiempo , ensayarse también en el de las armas.

«Caballero de grandísima estima, en ellas como en las letras,» le llamaba, ya poco después, su contemporáneo Gualdo Priorato, escritor bastante verídico , aunque de elegancia escasa : y con efec- to , en la sangrienta batalla de Torna vento , donde tizo sus pri- meras armas, parece que cumplió como esforzado. Por sus trazas se sorprendió luego felizmente la plaza de Valdetoro; desempeñó en Milán el g-obierno político , mientras el marqués de Leganez gobernaba el ejército en campaña; y vuelto luego á su primer oficio, fué á Alemania de embajador. Estuvo en Colonia, en Bru- selas , en Viena , negociando siempre y siempre con fortuna , hasta que en 1638 se le dio ya mando de ejército en Lombardia, «juz- »gando que quien habia probado tan bien en las embajadas , haría »lo mismo en la guerra , » según advirtió un discreto jesuíta al avisar á otro la nueva (2). No hallándose , sin embarg'o. con cate- goría militar ninguna aún , se le dio la de Maestre de campo ge- neral , y con ella se embarcó para Italia , y salió á campaña. Nada habia hecho sino recibir desaires en aquel cargo , según se decia por la corte, y ser una especie de asesor ó interventor de Leganez, cuando , no sin murmuraciones , al ver que se olvidaban otros y se pagaban por demás sus servicios , fué Meló nombrado Virey de Sicilia (3). Obró allí con gran celo en la fortificación de las costas, y expidió unas ordenanzas suntuarias que tuvo que revocar por la oposición que hallaron en el arzobispo Doria y en los artesanos perjudicados ; cosa que dio á conocer ya en su carácter alguna falta de entereza (4). Nombrado casi al mismo tiempo para mandar las armas en Milán y para ser embajador de España cerca de la Dieta de Ratisbona , halló allá á su llegada un negocio difícil , y que dio

(1) Memorial histórico español. Tom. XIII.

(2) Memorial histórico español. Tom. XIV.

(3) ídem. Tom. XV, pág. 103.

(4) l!owemwza. , Fasti di Sicilia. Mesiiía, 1820.


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que hablar mucho de su persona, Habia estallado en el entretanto la sublevación de Portugal, y una de las primeras disposiciones del nuevo gobierno habia sido confiscarle á Meló sus bienes, des- terrándole perpetuamente de aquel reino, y declarándole enemigo público. Mientras esto hacian con él sus compatriotas, colmábalo cada dia Felipe IV de distinciones. No es muy extraño, pues, que ejecutase con tanto celo las órdenes que recibió de aquel Monarca para obtener la prisión de D. Duarte, hermano del rebelado duque de Braganza , que servia voluntariamente en los ejércitos del Em- perador de Alemania. A creer á Alejandro Brandano (1), por lo mis- mo que se preciaba Meló de proceder de una de las ramas de la ilustre familia de Braganza , necesitaba él más que otro acre- ditar en aquella importante ocasión su egregia fe á España ; ya que á ella le debia su fortuna, y en su servicio esperaba todo lo que podia anhelar en su carrera. La verdad es que Meló condujo aquella negociación , como solia , habilísimamente ; y que el Em- perador consintió en que D. Duarte fuese preso en Ratisbona con no poco escándalo de los Principes alemanes que consideraban vio- lado en ello el suelo patrio, y general reprobación del pueblo que con razón compadecía á aquella nueva victima de la razón de Es- tado. Largamente hablaron de los malos tratamientos que según ellos se infirieron á D. Duarte , los escritores portugueses de la épo- ca (2); y en un memorial latino presentado á la Dieta de Ratisbona en queja de tal hecho, por el enviado portugués Francisco de Sosa no vaciló éste en señalar por principales autores de aquella crueldad á algunos que, según él, a domo Brigantina panemet Tio- norem obtinuerant : clara alusión á D. Francisco de Meló y amar- guísimo recuerdo sin duda, si ya no es que exagerase con in- justicia el cargo y los favores la pasión de partido.

(1) Historia delle Guerre di Portogallo succedute per Voccassione de la sepa- razione di quel regno della Corona cattólica. Descritte e dedícate alia Sacra Reale Maestd, di Pietro II, Re di Portogallo da Alessandro Brandano. In Venezia, 1689.

(2) Sobre la prisión de D. Duarte hay varios libros , y entre ellos dos cas- tellanos que se titulan : Perfidia de Alemania y de Castilla en la prisión, en- trega, acusación y proceso del Sermo. Infante de Portugal D. Duarte; Lis- boa, año 1652; y Exclamaciones políticas , jurídicas y morales al Sumo Pontífi- ce, Reyes, Príncipes, Repúblicas amigas y confederadas con el Rey D. Juan IV de Portugal en la injusta prisión y retención del Sermo. Infante D. Duarte su hermano. En Lisboa, año 1645.


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Tales antecedentes , mejores ó peoves , y servicios tan incontes- tables á España tenia, en suma, el hombre á quien , muerto el in- signe Cardenal Infante D. Fernando , se confirió el mando de las provincias mas combatidas, y del mejor ejército de España. ¡Triste y primer efecto del absolutismo monárquico! No en vano se quejaba ya Alamos Barrientos en un memorial á Felipe III , de que aquel régimen hubiese acabado «con las grandes cabezas de Estado, »guerra y paz, en que antes habian abundado estos reinos (1).» Hacia los tiempos de que estoy tratando , apenas habia un solo ge- neral de mérito, ni aragonés, ni castellano. Los nombres queda- ban solo ; y esos para disminuir la gloria que vincularon en ellos sus padres. Italianos ó portugueses , menos oprimidos siempre que los primitivos subditos de la Corona, por lo mismo que no parecía tan segura su obediencia ni su sumisión tan voluntaria, eran los que de ordinario mandaban aquellas reliquias de ejércitos: testigos Torrecusa y Cantelmo, D. Felipe de Silva y D. Francisco de Meló. Y cuando estos nó , extraños aventureros como Isembourg , Beck y Fontaine, que tanto figuraron en las campañas del último.

No eran ciertamente tan novicios como Meló en el ejerci- cio de las armas los soldados españoles , ni aun las tropas italia- nas y walonas que se pusieron á sus órdenes. Habia alli gente aún de la que viniendo de Italia á Flandes con el Cardenal Infante ha- bia reparado en Norlinghen (1634) la flaqueza de la infantería imperial alemana, poniendo en fuga á los veteranos de Gustavo Adolfo , tenidos aun después de la muerte de este por invencibles, y asombrando, con el tercio que mandaba D. Martin Idiaques prin- cipalmente, á todas las naciones que pelearon en aquella batalla decisiva. Alli debia de haber también soldados del tercio españQl que en la jornada infausta de Avein mantuvo con otro italiano el campo de batalla, por largo tiempo después de dispersa la caballe- ría, y fugitivas las que se llamaban entonces tropas de naciones, es decir, mercenarias, de walones y alemanes. Aquel ejército era, en fin, el que al mando del Infante y Cardenal D. Fernando, intré- pido y constantísimo, según le llamó su contemporáneo Gualdo Priorato, entró en 1636 por la provincia de Picardía en Francia, y enseñoreándose en pocos diás de muchas plazas fuertes hasta la de Corbie , llenó á París de espanto , sin que osasen los france-

(1 ) Manuscrito inédito de U Biblioteca Nacional.


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ses en toda la campaña disputar el campo. Desde 1636 hasta que en 9 de Noviembre de 1640 acabó sus dias desgraciadamente el Cardenal Infante de unas malignas tercianas , sostuvo luego aquel ejército todo, pero principalmente la infanteria española, por testimonio de los historiadores extranjeros, una serie de cam- pañas desiguales contra los franceses y holandeses, que á la par, y con fuerzas muy superiores acometían aquellas apartadas provincias, donde tan escasos socorros podia enviar España á la sazón, y donde habia sido tan difícil enviarlos siempre, que el poner un solo soldado, ó sea unapica en Flandes, quedó por refrán en nuestra lengua para significar alguna casi imposibilidad vencida. Habia dejado cercada el Cardenal Infante la plaza de Ayre que perdimos poco antes; y D. Francisco de Meló , que fué una de las seis personas encarga- das por él de regir interinamente los Estados , se presentó personal- mente en el asedio; y tuvo la fortuna de asistir á las capitulaciones de la guarnición en Setiembre de 1641. Pocos meses hablan pasado, cuando Meló , que habia ya dado muestras en Milán y Sicilia de grandísima habilidad para juntar dinero y recursos de toda espe- cie, ganándose la voluntad de los pueblos que hablan de sumi- nistrarlos, teniaya repuesto y reforzado el ejército, al cual habia en- contrado después del sitio de Ayre s amamante disminuido y mal- tratado : saliendo en los primeros dias de Abril de 1642 á nueva campaña con 20.000 infantes y de 8 á 10.000 caballos, que era todavía un grande ejército para aquel tiempo.

Habíasele nombrado gobernador y capitán general de las armas, por no haber al pronto Príncipe á quien confiar aquellos Estados; y ardia al parecer D. Francisco en deseos de aprovechar el tiempo, haciéndose prontamente un nombre ilustre en la guerra. La plaza de Lens, que fué la primera que acometió, se rindió bien pronto; la Bassée tuvo á poco igual suerte , después de un sitio bastante epapeñado y sangriento ; y como Meló se prometía, comenzó á subir su reputación de punto en tal manera , que ya se decía por la corte que había acertado á suplir en aquellas provincias , no solo todo lo que faltaba, sino cuanto podían desear los votos de los españoles. Pero lo que coronó esta reputación fué la victoria de Honnecourt verdaderamente gloriosa. Por ella se habló de hacerlo duque de Braganza en lugar del que en Portugal estaba entonces reconpcido por Rey , y atendiendo sin duda al deudo que con aquella ilustre familia tenia ; pero esto se sustituyó al fin con hacerle marqués de


MILITAR DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA. 167

Tordeladuna ó Torrelaguna con grandeza de España , y darle diez mil ducados de renta , dispensándole además la honra insigne de es- cribirle cartas de congratulación la Reina y el Principe de Asturias. Meló entretanto, daba una muestra segura á mi juicio de que no era del todo hombre vulgar. Habia sido aquella la primera vez que man- dase él en jefe en una batalla campal ; y todos sus pasos antes y des- pués de ella fueron los de un capitán consumado. Sabiendo que el ejército francés estaba dividido en dos partes , una al mando del conde de Harcourt, y otra á las órdenes del de Guiche marchó Meló rápidamente, á pesar de un temporal de agua nunca visto en aquellas provincias, desde las mismas lineas de la Bassée , y sin dar punto de descanso á las tropas que habian rendido la plaza, á interponerse entre los enemigos ; y tres horas después de conocer el de Guiche este movimiento , se hallaban ya los nuestros al frente de su campo. Estaba el francés fortificado con 7.000 infantes, 3.000 caballos y 10 cañones á una legua de Chatelet , con su izquierda apoyada en la abadia de Honnecourt y un bosque , otro bosque por el frente, la derecha bien atrincherada, y la retaguar- dia cubierta por el rio Escaut ó Escalda , donde tenia echado un puente para asegurar su retirada. Meló, fiado, como dice en el parte oficial de aquella jornada, en el valor de sus tropas, asaltó dentro de las fortificaciones al enemigo con vigor tan extremado, que en pocos momentos el ejército francés quedó deshecho: cayeron en nuestro poder las diez piezas de artillería en las cuales se halla- ron algunas con la inscripción famosa del cardenal de Richelieu ratio ultima regum -. ganóse la bandera de la compañía del Delfin de Francia , y la cornette hlanche que era el estandarte del primer regimiento de caballería de Francia , ante el cual se abatían los demás , y que al decir de los franceses no se habia perdido nunca, con otras muchas banderas y estandartes , entre otros el del ma- riscal vencido. Hiciéronse también 3.000 prisioneros: halláronse 1.200 hombres muertos en el campo: 2.000 nada menos se aho- garon en el rio por habérseles oportunamente impedido el paso del puente : 500 carretas de bagaje y provisiones, muchísimos caballos, gran cantidad de dinero , en fin , fueron trofeos asimismo de esta gloriosa jornada , que no costó más que 400 hombres al ejército de España. Motivos eran estos ciertamente, multiplicados y encareci- dos por la fama, y justificados por los favores reales, para llenar de vanidad á cualquiera hombre de mediano espíritu ; y Meló hizo la

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prueba más difícil que de si propio puede hacer cada uno , que es llevar con modestia la fortuna. «Pruebe V. M.,» le decia al Rey al darle cuenta de la victoria, «cuánto quiera mi voluntad, pero »no más mi fortuna , habiendo quedado con tal conocimiento de lo »poco que valgo, en las horas que duró la batalla, que deseo por »todo extremo j sobre todo, dejar estas victoriosas armas á otro »general, que pueda cojer el fruto de lo que hemos sembrado.»

No parece, no, este el lenguaje de la falsa modestia: en mi concepto era el de un hombre que habia buscado con afán la gloria, que la habia encontrado fácilmente; y que, al tocarla, se hallaba con bastante elevación de ánimo para comprender lo que para merecerla le hacia falta. Meló , por lo menos , tenia talento , no hay que dudarlo : tenia sagacidad y destreza ; tenia gran valor perso- nal, como en esta misma batalla del Chatelet se probó bastante- mente, porque según la relación que se conserva de un soldado, «asistió allí en los mayores riesgos:» ¿qué era , pues, lo que él tan noblemente reconoció que le faltaba, durante las horas de la batalla? Faltábale la educación lenta y el hábito temprano de la guerra: faltábale la serenidad de espiritu indispensable en los contrastes varios de una batalla : la costumbre de ver y dominar el espec- táculo sangriento: lo que no se aprende, en fin, sino rarisima vez, en los gabinetes, ni en los salones en que él habia consumido ya la mejor parte de su vida: loque á la edad del vencedor de Honne- court quizá no ha aprendido de veras ningún caudillo jamás. ¿Pero no es verdad , como he dicho antes , que el conocer esto de si mis- mo , y el decírselo tan francamente á su Rey , no son cosas propias de ningún espiritu completamente vulgar? Justo es contestar que si en esto , ya que hemos de decir de él otras cosas que le favore- cen menos.

Pero si eran veteranos y valientes los soldados que combatieron en Rocroy, y si era más que un hombre vulgar su desgraciado general en jefe , no menos valientes y veteranos, y hombres de mé- rito eran sin duda los principales oficiales que por entonces servían á Felipe IV en Flandes. Todavia más nombrado que Meló y más que otro alguno en todas las relaciones del suceso que trato, es el conde Pablo Bernardo de Fontaine , de cuyo verdadero nombre y circunstancias no ha habido cabal conocimiento hasta que publi- có el Sr. Gayangos el tomo XVII del Memorial Jdstórico español. Tiempo hacia que el autor de estas páginas habia procurado desha-


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cer la equivocación inexplicable de los muchos historiadores fran- ceses j españoles, que hacian uno mismo de este conde de Fontaine, y del gran conde de Fuentes de Valdeopero, D. Pedro Enriquez de Acebedo , muerto eii 1610 y nada menos que en edad de 85 años. Pero el apellido de Fontaine habia sido tan alterado por los dis- tintos historiadores de su época , y estos mismos hablaban con tan poca conformidad del lugar de su nacimiento, que no parecía fácil averiguar ni su patria, ni su nombre con certeza. Pellicer en sus Amsos y Haedo en sus Viajes y sucesos del Cardenal Infante, le lla- maron unas veces conde de Fontané y otras veces conde de Fonta- na ; Baños de Velasco, Fontané ; Vincart, autor de que más especial- mente hablaré luego , le llama también Fontana ; Gualdo Priorato, Fontanés y Fontenes , y los franceses por lo común conde de Fon- taines, alterando en solo una letra su verdadero apellido. Hacíanse entonces naturalmente estas alteraciones en los apellidos con el fin de apropiarlos cada nación á su lengua , y por eso los que más se aproximaron á la verdad fueron los franceses , aunque añadién- dole una ese para que pareciese traducción de Fuentes en castella- no ; por manera que esta adición insignificante al parecer ha ayu- dado luego á la confusión singular de que antes me he hecho cargo. En muchos documentos españoles se dice que Fontaine era flamenco , algunos le hablan ya supuesto belga , y otros en fin lo- renés, que es la verdad, como consta indudablemente por la ins- cripción de una estampa, perteneciente á la colección del Sr. Car- derera dada ya á luz por el Sr. Gayangos. Era Fontaine uno de los más antiguos, si no el más antiguo de todos los oficiales del ejér- cito de Flandes. Gualdo Priorato afirma, en su historia de aque- llas guerras (1), que cuando en 1643 murió en Rocroy, llevaba ya cincuenta años de experiencias en Flandes ; lo cual hace creer que era un soldado de fortuna, que habia hecho muy lentamente su carrera , pu-esto que no se halla figurando su nombre en los sucesos hasta pocos años antes de su muerte. En 1631 era Gobernador de Brujas, donde mandaba una guarnición tan numerosa que casi ha- cia un ejército, aunque no parece que tuviera otra consideración que la de Maestre de campo de un tercio flamenco. Desde 1634 en

(1) Historie delle guerre di Fer diñando II e Fer diñando III Imperatori e del Re Filippo I Y di Spagna , contro Gostavo A dolfo Re di Suetia e Lui- gi XIII Re di Francia. Succese dalVanno 1630 fino all'anno 1636. Del Conté Galeazzo Ckialdo Priorato. In Venetia, Presso i Bertani. MDCXLVI.


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adelante , aparecen ya notables sus servicios , tomando ó contribu- yendo á tomar algunos fuertes á los holandeses , quedando de re- serva en los Paises-Bajos mientras el Cardenal Infante invadia á Francia , contribuyendo valerosamente á la derrota del conde Gui- llermo de Nasau , que desembarcó cerca de Amberes con el objeto de apoderarse de esta importante ciudad, durante el gobierno del Cardenal Infante. Aparece aqui ya Fontaine entre los primeros caudillos del ejército, y enviado por el Cardenal Infante con 5.000 hombres á atacar á Caloó , mientras Andrea Cantelmo envestia á los holandeses por otra parte , contribuyó poderosamente á la vic- toria que alli obtuvieron nuestras armas , tomándoles á los enemi- gos 60 banderas ó estandartes, 19 cañones, 2.300 prisioneros, con escasa pérdida. Ocurrió esto en 1638, y al año siguiente man- dando ya Fontaine un ejército de 6.000 infantes y 3.000 caballos, fué atacado, cerca de la aldea de San Nicolás, por el Mariscal de la Mellereay y los Generales Gassion y La-Ferté. Arrolladas sus tropas al principio de la batalla por la f liria francesa , conservó bastante serenidad para rehacerlas , y aprovechándose del desor- den de los enemigos entregados al saqueo , lanzó de repente sobre los vencedores un cuerpo de 200 aventureros y oficiales , que es- pada en mano le abrieron camino para que, volviendo él con el grueso de sus fuerzas reorganizadas , obtuviese una completa vic- toria. Peleó también Fontaine esforzadamente en Hulst contra el principe de Orange , impidiéndole que se apoderara de aquella im- portante fortaleza y obligándole á retirarse sin provecho ni gloria de las provincias que dominábamos. Todos estos servicios le valie- ron á Fontaine el titulo de Conde que le concedió Felipe IV , y el ser designado á la muerte del Cardenal Infante como uno de los gobernadores de los Estados de Flandes. Cómo acabó este condillo su larga carrera, se verá bien pronto.

Figuraban con igual grado y nombre que Fontaine en aquellos ejércitos, el barón de Beck y D. Andrés Cantelmo, siendo todos tres Maestres de campo generales ; y eran también estos últimos buenos y experimentados soldados. Beck desde el oficio humilde de peatón habia llegado por sus méritos á ser Maestre de campo ge- neral, y por cierto que de él se cuenta una donosa anécdota. Ha- ciendo marchar un dia aceleradamente las tropas , oyó que un gran señor que servia en ellas , decia murmuraado estas palabras : « como »quien nos gobierna está hecho á caminar deprisa , quiere que to-


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»dos le sigamos ; » á lo que respondió el barón sin alterarse : « tan »cierto es como eso , señor duque , que á haber vos sido correo cual »yo, lo estaríais siendo todavía (1). » Distinguióse mucho este Beck antes y después de Rocroy en todas las operaciones de la guerra; pero no se halló por desgracia en aquella batalla. Y D. Andrés Can- telmo por su parte, ocupado en hacer frente á los holandeses, mientras combatía con los franceses Meló , tampoco pudo tomar parteen tal jornada. De Albuquerque, de Isembourg, del conde de Villalba , de todos los demás jefes que principalmente se dis- tinguieron en Rocroy luego, desempeñando los primeros cargos, se dirá lo bastante en la sumaria relación que me queda por hacer de los hechos que forman el principal asunto de este estudio.


IV.

Poseemos ya impreso el parte oficial de la batalla de Chatelet y una curiosísima relación de la campaña de 1642, gracias á la pu- blicación hecha por mi erudito amigo el Sr. D. Pascual Gayangos de las Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la Monarquía desde 1634 á 1648 (2). Hay en esta colec- ción también algunas cortas relaciones de la batalla de Rocroy, aunque no parte ni relación oficial y detenida del suceso ; y en el prólogo al tomo V, el mismo Sr. Gayangos ha puesto en claro las verdaderas circunstancias de uno de los más seijíalados actores de aquel drama sangriento. En todos los libros de historia franceses é italianos de la época se describe este también con singular confor- midad y exactitud en lo general , aunque con más ó menos deteni- miento ; y reconociendo siempre su especial importancia. Solo los libros españoles han guardado hasta aquí silencio sobrado, ó se han limitado por lo común á traducir las relaciones extranjeras; cons- tando además por los Avisos de Pellicer, impresos en el Semanario erudito, y por las Cartas mismas de los jesuítas, citadas antes, que no llegaron á conocimiento de la generalidad de los españoles, sino

(1) Deleite de la discreción etc. , que dividido en ocho capítulos de todas clases de personas y sexos, publica en reconocimiento obsequioso de la curio- sidad cortesana, que los recogió, el Excmo. Sr. D. Bernardino Fernandez de Velasco y Pimentel, duque de Frias, conde de Peñaranda, etc. Madrid 1743.

(2) Memorial histórico español, desde el tomo XIII al XIX inclusive.


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incompletas , contusas ó vagas noticias de la batalla , y que hubo empeño particular, y bien disculpable, en reducir á pocas propor- ciones la pérdida. Por eso tiene mas que ordinaria importancia el manuscrito de que voy á hablar, y de que por dichoso azar po- seo copia. Titúlase este: Relación de los sucesos de las armas de S. M. Católica el Rey D. Felipe IV N. S., gobernadas por el Excmo. iSr. D. Francisco de Meló, Marqués de Tor delaguna, Conde de Assumar, del Consejo de Estado de S. M., Gober- nador, Lugarteniente y Capitán general de los Estados de Flandes y de Borgona en la campaña del ano de 1643 : dirigida a S. M. por Juan Antonio Vincart , Secretario de los avisos secretos de guerra. Hay de este propio autor una relación semejante de la campaña del Infante Cardenal en Francia en 1636; y según dice en la dedicatoria al Rey de esta otra, en que me estoy ocupando, cumplía cada año con el encargo de enviar al Monarca una rela- ción puntual de los sucesos que durante él hubiesen tenido lugar en los PaisesB-ajos. Del objeto, pues, de tales relaciones, del ti- tulo de la persona que las escribe, de su contexto, y hasta de su forma misma, que original he vistp, se deduce con evidencia, a mi juicio , que son ellas verdaderos documentos oficiales , mucho más detenidos, y mucho más imparciales y veridicos , que los propios partes dados por los Generales á la raíz de los acontecimientos. La importancia de la relación de la campaña de 1643 es ya bastante militarmente considerada ; pero más quizá vale aún por lo que es- clarece el curso q\ie solian llevar los negocios en las provincias ex- ternas de España durante el periodo que trato. Lo que no sé expli- carme satisfactoriamente es el motivo por el cual una relación igual á la que dirigió á Felipe IV Vincart, fué á parar á manos de su her- mana la Reina Regente de Francia , con la cual precisamente man- teníamos aquella guerra, y sin embargo, es indudable el hecho. Un documento idéntico al que me ocupa, existe original en la Bi- blioteca imperial, dirigido por un señor G. Cardinal á la Reina cuyo ejército habia sido en Rocroy vencedor. ¿Era esto una traición de Vincart á su Rey? ¿Era que doña Ana de Austria no habia de- jado de ser española de corazón , y que su hermano mismo permitía que se le comunicase , después de pasados , el pormenor de los su- cesos? A Felipe IV le escribe, según dice Vincart, por oficio: á Ana de Austria por ser, le dice, hermana de su Rey. Al primero se dirige naturalmente con su verdadero nombre : á la segunda con


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un seudónimo. Curioso misterio es este en que no me permite de- tenerme ahora más mi propio asunto ( 1 ).

Infausta suerte es por cierto la de los hombres de guerra ó de gobierno llamados por la Providencia á luchar con invencibles cir- cunstancias. Es y será siempre más difícil juzgar las causas que los efectos : ha sido siempre más llano culpar ó ensalzar á los hom- bres, que inquirir con exactitud j profundidad lo que pusieron ellos de su parte para obtener los sucesos prósperos , ó dar lugar á los funestos : prefiere naturalmente el común de las gentes conferir la gdoria ó descargar la responsabilidad de los grandes hechos sobre un individuo cualquiera, que atribuir una ú otra á un pueblo , á una generación , á un período entero de historia. Bien puede ser esto una fortuna para los que llegan á tiempo de aprovechar propicias circunstancias, recogiendo con corto esfuerzo el fruto de largos trabajos de otros , ó ya olvidados , ó siempre inadvertidos; pero ¡cuan otra suerte es la de aquellos que fuera de sazón, ó á deshora, intentan detener con su inteligencia ó su energía la cor- riente, con tanta frecuencia irresistible, de las circunstancias adver- sas ! No es esta la primera vez que el autor de estas líneas trata de Meló , de Rocroy, del Gobierno de España en aquel tiempo ; y jus- to es que confiese que entonces, quince años há, no tuvo tan pre- sente como tendría ahora, en su juicio de los hombres y de los su- cesos, todo lo que había que conceder á las circunstancias. No es que estas justifiquen por lo común , es que disculpan algu- nas veces : no es que ellas deban ó puedan servir como de velo á las faltas exclusivas de las personas , sino que conviene aislar las personas de las circunstancias, y examinar de por sí unas y otras, para proceder con estricta imparcialidad y acierto.

He dicho ya que al lanzarse cuando despuntaba el siglo XVI en las grandes aventuras que hacen su gloria pasada, la España era menos fuerte de por sí que cualquiera de las grandes naciones con quien te- nia que contender y disputar la preeminencia en el mundo : he ma- nifestado ya también que solo una serie afortunada de individuales proezas, y una constancia inquebrantable para conservar lo que tan fácilmente se habia adquirido, pudieran haberle guardado, por tanto tiempo como le tuvo, á España el primer puesto entre las potencias europeas ; y que este , mantenido principalmente por ^

( 1 ) Posee copia de este otro manuscrito, y me la ha franqueado galante- mente el ilustrado Sr. general D. Eduardo Fernandez San Koman.


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la fuerza de las armas, temamos que perderlo tarde ó temprano. Tiempo había que no se ignoraba eso ni por los Ministros ni por los Generales españoles, á quienes injustamente se acusaba por lo común de flemáticos; dado que consta por los documentos, y por los historiadores particulares de la época, que el Consejo de Estado en la Corte , los Consejos de Estado locales, y los mismos Consejos de guerra en campaña , tuvieron ya presente , desde los dias de Fe- lipe II para excusar batallas, que la pérdida de una sola, casi irremisiblemente traerla consigo la ruina de la Monarquía : es de- cir, la de aquel imposible coloso de que era cabeza España y que te- nia un pié en Italia y otro en Flandes , dominando en el Mediter- ráneo, influyendo decisivamente en Alemania, é interviniendo más ó menos en todas partes. Pero de 1640 á 1643 había llegado á ser cual nunca crítica la situación de las cosas. No la España de recursos escasos que dejaron los Reyes Católicos, y que, consumida y despoblada por siglo y medio más de guerras continuas, regía á la sazón Felipe IV; no el pueblo aventurero y valiente, pero rebajado en sus sentimientos , enflaquecido en sus virtudes, y amenguado en su inteligencia, que poco á poco habían ido formando la Inquisi- ción y el absolutismo monárquico ; no los Ministros y los Gene- rales de segundo orden, que estaban entonces al frente de los consejos y ejércitos españoles, sino la más rica y grande en sí mis- ma de las naciones , la más descansada y floreciente , la más hábil y valerosamente regida, habría sucumbido antes que la nuestra probablemente, á los duros embates de que fué esta objeto en los años citados. Teníamos que defender las provincias de Italia de los franceses, que desembocaban en ellas por los Alpes , y de aquellos Príncipes soberanos, desperdicios de nuestra grandeza, como los llamó el primero de nuestros satíricos, que ya comenzaban á aspi- rar á la independencia: teníamos que sustentar lo que nuestros Re- yes llamaban Estados patrimoniales de Borgoña y Flandes contra la Francia una , pacífica , próspera , y contra la Holanda , que es- taba en el apogeo de su fortuna : teníamos que guardar el Rhín de los protestantes ; que contener á los turcos y á los africanos ; que pelear, en suma, en cíen partes á un tiempo, contra enemigos ex- teriores, y para poner además cadenas en las manos á nuestro agonizante poder, suscitáronsenos de repente las sublevaciones internas de Cataluña y Portugal, que abrieron de par en par las puertas de la Península á los enemigos ejércitos. Los franceses,


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ayudados por los catalanes, nos quitaron el Rosellon; los portu- gueses, apoyados en los reg-imientos de veteranos ingleses, que criaron revoluciones sangrientas , nos vencieron en una decisiva batalla. No era en verdad ningún grande hombre Olivares; pero ¡qué Ministro no se espantarla hoy en dia de mirar cara á cara se- mejantes dificultades y tamaños peligros! No eran Aníbales ni Napoleones, seguramente, nuestros Generales de entonces; pero Napoleón y Anibal se rindieron , ni más ni menos que ellos , á pa- recidas circunstancias. Preciso es tener todo esto presente para juz- gar imparcialmente , como antes he dicho , la campaña de 1643 en Flandes, y los hechos de D. Francisco de Meló. Y si puede haber algún consuelo en desdichas tan grandes, tengamos el de que todo les faltó, menos el valor, á los hombres en cuyas manos se perdió el predominio , y se consumó la decadencia de España. «Apeósenos entonces, «como dice con razón Bernabé de Vivanco,»in- »dignamente del concepto altísimo en que estábamos, aunen el sen- »tir de los más apasionados escritores forasteros. » Pero ¿es verdad que se debiera solo á Olivares , como apasionadamente él afirma, que se ausentase la felicidad , y faltase la seguridad de la Monar- quía? ¿Es verdad tampoco que se debiese á sus favorecidos y vali- dos como Meló era? No por cierto. ¡Desgraciada de la nación que tiene que ser feliz en todas sus empresas! ¡Desgraciado del Gobierno que tiene que acertar siempre en sus propósitos! ¡Desgraciado del General que tiene que ganar todas sus batallas ! ¡ Desgraciado , en fin , todo poder que está á la merced de una sola hora de mala fortuna ! Esa nación, ese Gobierno, ese General, ese poder, están vencidos sin remedio. Pueden aplazar un dia, un mes, un año su caida, pero caen al cabo. Al individuo aislado, por grande que sea, le arrollan al fin como leve arista las circunstancias. ¡Dichosos, por lo menos, los que embellecen, como el gladiador antiguo, su inevitable caida, con generosas , aunque inútiles acciones ! Tal aconteció al infante español, al ejército entero, á sus Generales mismos, en la campa- ña de que voy á dar breve cuenta.

V.

Volvió D. Francisco de Meló á Bruselas , después de siete meses consecutivos de operaciones , en medio de las aclamaciones de todo el país, que había defendido y conservado hbre de enemigos, alen-


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tado y contento. Metióse luego, como dice Vincart, á poner orden en los negocios administrativos del país, muy atrasados por su larga ausencia; asistiendo frecuentemente en persona á las juntas de gobierno. Obtuvo de los Estados de las provincias de Flandes, Brabante, Hainaut, Namur, y las demás* obedientes basta allí, subsidios extraordinarios de dinero y otras asistencias, con las cuales pudo comenzar á reponer el ejército y preparar los elementos que babia de emplear en la nueva campaña. Dio dinero para bacer reclutas de infantería á los Maestres de campo y coroneles , patentes á los caballeros del país para levantar regimientos nuevos y com- pañías de caballos, é invirtió grandes sumas en la remonta de la caballería , sin olvidar las reparaciones y provisión necesarias en las plazas fuertes de las fronteras amenazadas. Por último, no bastando, como solía suceder, los recursos ordinarios, y no reci- biendo nada de España , fué el mismo Meló á Amberes á negociar y ajustar con los hombres de negocios de aquella plaza un emprés- tito , logrando que sobre su palabra y crédito le dieran unos ricos portugueses que allí había, hasta 300.000 escudos; y desde allá salió hacia Brujas á inspeccionar las plazas marítimas de Ostende, Neo- port y Dunquerque, dirigiéndose por último á Lila. MoviaáMelo para prepararse con tiempo y salir temprano á campaña el estado critico en que á la sazón se encontraba la Monarquía. Ya al dar parte de la batalla de Honnecourt habia explicado al Rey su reso- lución de salir de la parsimonia antigua de nuestras armas , y fiar más que hasta entonces habia solido fiarse entre nosotros , á la for- tuna. «Viéndome cercado de tantos enemigos ,» decia , «y con la »resolucion íntima y secreta de que he dado cuenta á V. M. de »pelear con algunos de ellos , por no perderlo todo , esforzando á »la razón militar los aprietos de Cataluña , para que el lance se »jugase contra Francia, procuraré buscar al enemigo.» De la relación de Vincart se deduce que esta atrevida conducta fué apro- bada en la corte, sin duda por lo apurado de las circunstancias. Determinóse , pues , Meló á entrar en Francia para atraer sobre sí todas las fuerzas y ejércitos enemigos en parte donde más cómo- damente que en otra alguna podía según él resistírseles, y pelear con ellos. No de otra suerte podia tampoco evitarse, á juicio de Meló, el que fuese invadido el condado de Borgoña por un ejército francés, y el que otro nuevo penetrase por los Pirineos en Cataluña. Con ta- les propósitos, después de preparado y pensado todo, resolvió sitiar


MILITAR DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA. 177

en territorio francés la plaza de Rocroy, que sobre ofrecerle facili- dades para la invasión, j estar mal guarnecida, presentaba la ven- taja de que el sitiador podia situar su campo delante de la Mouse ó Mosa, y asegurarse por medio de las naves del rio todo género de recursos.

La manera con que organizó sus fuerzas Meló fué la siguiente. Dispuso que D. Andrea Cantelmo, General de la artilleria fuese á Brabante á mandar un cuerpo de tropas, que dejaba en observación de los holandeses , y al conde de Fontaine le ordenó que viniese á servir su oficio de Maestre de campo general en el ejército de Fran- cia, que habia de regir él en persona. El duque de Alburquerque, D, Francisco de la Cueva , caballero joven y de valor, que después de haberse ofrecido al Rey á servirle donde quisiera , pasó á Flan- des, y al frente de un tercio, que vistió á su costa, contribuyó pode- rosamente á la victoria de Honnecourt , recibió el mando de la ca- ballería de este ejército de Francia; no sin algima sospecha de que le favoreciese tanto Meló, por quererlo casar con una de las tres hi- jas que tenia. Era Alburquerque, sin embargo, aunque no muy experto en las cosas de la guerra, digno de su nombre y de su puesto entre los nobles castellanos : de suerte que no debe tenerse aquella sino por una murmuración vana. La artillería se puso á cargo de D. Alvaro de Meló, hermano del General en jefe, y se señalaron Generales que mandasen cada una de las tres plazas de armas, en que habían de reunirse otras tantas divisiones del ejér- cito. La del Artois la mandaba el citado duque de Alburquerque con el tercio de que era Maestre de campo todavía, y los de Don Alonso de Avila , D. Antonio de Velandia , el conde de Villalva , el conde deGarcies y D. Jorge Castelví, todos españoles; los tercios italianos del marqués Visconti , de D. Alonso Strozziy de D. Juan Liponti ; y los de walones del Príncipe de Ligne , General de los hombres de armas, y de los Maestres de campo Rlbancourt y de Granges. La del Hainaut á las órdenes del conde de Busquoi ^e componía de cuatro regimientos de infantería extranjera y ochenta y dos compañías de caballos. El llamado ejército de Alsacia que regia el conde de Isembourg se reunió entre la Samhre y la Mouse,, formán- dolo cinco regimientos de infantería , seis de caballería , uno de croatas y algunas compañías libres ó francas. Casi á un tiempo mismo partieron de Bruselas el cadáver del malogrado Cardenal Infante con dirección á España, y D. Francisco de Meló para to-


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mar el mando del ejército. Situado Isembourg por orden de Meló, desde el 10 de Mayo, entre Mariembourg y Phelippeville , fingió prepararse á pasar el Sambra , con otra dirección ; y marchando rápidamente durante toda la noche del 11 al 12, sorprendió al des- puntar el dia á los habitantes de Rocroy, de tal manera, que los que habian salido á sus labores, y quisieron volverse al divisar nuestras tropas á la ciudad, encontraron ya bloqueadas todas las puertas. Casi al mismo tiempo el barón de Beck, sitió con 5.000 hombres á Chateau Renaud , población situada sobre la Mouse , á fin de do- minar completamente la navegación del rio. Meló entre tanto, des- pués de salir de Lila , donde estuvo impaciente algunos dias espe- rando á que se aplacase la insólita crudeza del tiempo, pasó á la Bassée que dejó bien proveída, y juntándose en Carvin con su Maes- tre de campo general Fontaine , marchó á Douay con la división de Alburquerque, y luego á Valenciennes, donde se le incorporó la de Busquoi. Sabida la toma de puestos y bloqueo de Rocroy, ordenó al conde de Fuensaldaña, D. Luis Pérez de Vivero, que quedase con algunas fuerzas para cubrir el país de Artois, pasó inmediatamente el Sambra, y entrando por el territorio francés hasta la Capelle, se alojó alli sólo una noche y siguió luego á Rocroy, donde llegó cuatro dias después de Isembourg, estableciéndose al punto los cuar- teles, y emprendiéndose formalmente el asedio de aquella plaza.

Fué el primer error que se cometió el de pensar por los avisos que se tenian de Francia, y por la disposición de las tropas france- sas , que seria imposible que pudiera intentar el enemigo el socorro de la plaza en muchos dias; creyéndose al propio tiempo que tres ó cuatro bastarían para rendirla, por lo cual no se hizo obra alguna de defensa en el campo. Envistióse con efecto con tal resolución la plaza que á poder mantenerse algunas horas más en el asedio , con- fiesan los propios franceses que esta se hubiera rendido como se esperaba. Pero era tal en el ínterin la inesperada diligencia del jó ven Luis de Borbon, duque de Enghien, que saliendo de su cuartel general de Amiens al saber el asedio de Rocroy , tres dias después de comenzado estaba ya á la vista con el socorro, reuniendo precipi- tadamente por el camino las tropas aquí y allá dispuestas para for- mar diversos ejércitos, y las guarniciones de las fortalezas. Poco después del medio dia del 18 de Mayo , avisaron pues los croatas que teníamos de tropa ligera á nuestro servicio, que algunos gruesos de caballería francesa se dejaban ver del otro lado de un


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bosque, situado á corta distancia de nuestras lineas. Envió orden entonces Meló al barón de Beck para que viniese á incorporársele desde Chateau-Renaud inmediatamente, despachándole uno y otro correo para que apresurase el paso ; y dispuso la concentra- ción general del ejército, dejando solo algunos regimientos en obser- vación de la plaza, y para impedir que entrase socorro por sus puer- tas : único propósito que al decir de Vincart atribulan nuestros generales al enemigo , no pudiendo creer aún que osase empeñar una batalla.

Adelantábase el impetuoso Conde, en tanto, á todos los cálculos con la rapidez de sus operaciones ; y los acontecimientos se suce- dieron de tal manera, que ni siquiera le fué posible reunir á Meló un consejo de guerra para deliberar acerca del grande hecho de armas que se preparaba. Afirma esto Vincart como cosa constante, por más que luego se murmurase en Madrid que Meló no habia querido seguir el parecer de nadie, y que señaladamente habia desoldó las sabias observaciones de í'ontaine en la consulta, según se lee en una de las citadas cartas del Memorial histórico. Lo cierto es que todos fueron sorprendidos por la rapidez con que obró el enemigo , y para comprenderlo , basta fijarse antes de seguir ade- lante en estas fechas: el dia 12 fué bloqueada Rocroy, el 15 co- menzó el sitio en regla, el 18 poco después de medio dia, divisaron los croatas las tropas francesas , y aquella tarde misma estuvo ya para darse la batalla que, empeñada al amanecer, quedó concluida antes de las diez de la mañana del dia siguiente. La sorpresa, la precipitación que fué su consecuencia , podrían explicar por si so- las no pocas de las faltas sucesivas que cometieron los nuestros en la jornada.

Desde Amiens vino el Príncipe á Guise , que creyó primero ame- nazada; de Guise á Rumigni y Bossu, dejando los grandes bosques de los Ardennes á su izquierda , y aproximando su derecha á la Mouse, que corre á corta distancia de Rocroy.

Está esta ciudad situada en medio de una llanura , rodeada ál tiempo de la batalla de tan espesos bosques, y tan pantanosa, que no se podia llegar á ella sin pasar por largos é incómodos desfiladeros. Solo por la parte de la provincia de Champagne habia un mediano paso, porque el bosque no tenia por allí más de un cuarto de legua de ancho , y el desfiladero mismo, entre el bosque y los pantanos, aunque estrecho á la entrada , comenzaba luego á ensancharse há-


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cia la plaza. Cerca de Rocroy era ya donde levantándose el terreno quedaba en seco , y ofrecía un campo bastante espacioso para con- tener dos ejércitos. No explica Vincart, ni se explicaron bien los mismos franceses entonces , por qué no defendió Meló el paso de los desfiladeros, y dejó entrar tranquilamente á los enemigos en la llanura. El caso es que el afortunado Luis de Borbon penetró sin oposición en ella, con una gran parte de su caballería, caminando hasta situarse en una pequeña eminencia , á medio tiro de canon del ejército de España; y que sin preceder escaramuza ó combates de guerrillas, se hallaron los dos ejércitos completamente forma- dos en batalla. Fueron desplegando los franceses, conforme iban sa- liendo del desfiladero una línea apoyada por la derecha en el bosque, y por la izquierda en un gran pantano , y situada en terreno bas- tante elevado y seco. Hasta las seis de la tarde no acabó de entrar en línea todo el ejército francés ( 1 ) , y desde las cinco la artillería española, hábilmente colocada por D. Alvaro de Meló , comenzó á tronar sobre los franceses , causándoles en solo aquellas horas más de trescientos hombres de pérdida.

Porque á la verdad, nuestro General en jefe , ya que no había te- nido hasta entonces noticia alguna del enemigo , y que se había de- jado sorprender por ellos , siendo esta quizá la causa inexplicada de haberles dejado entrar sin resistencia en el llano; desde que los vio frente á frente , procedió por su parte también con actividad suma. Desde la una hasta las cinco de la tarde, logró levantar la artillería que estaba apostada contra los muros, colocándola delante de su ejército para hostilizar con ella al enemigo ; y reconcentrar en gran orden todas sus fuerzas , repartidas en el circuito de la plaza. Mas evidentemente tenia ya Meló contra sí entonces, los mayores enemigos con que puede pelearse en una batalla , por va- lerosos que de por sí sean los soldados contrarios, que son el exceso de confianza en sí propio , y el menosprecio indiscreto de los que están enfi'ente. Atribuyese por algunos autores contemporáneos á este desvanecimiento , y al deseo de que no se le escapara de las ma- nos la victoria , el haber dejado á los franceses penetrar en el llano; cosa que el relato de Vincart me inclina á mí, como he dicho , á atribuir más bien á la sorpresa. Pero lo que no tiene duda es, que pudo haber aguardado Meló á los franceses , al abrigo de un

(1) Hútoire de Louis de Bonrhon, Prince de Conde. Cologne, 1645.


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pantano que todavía quedaba entre la ciudad y ellos , por lo me- nos hasta que Beck se le hubiese juntado: de esto con razón se dedujo contra él un cargo más adelante , aunque él se excusase con decir que no habria podido estorbar en aquella posición el socorro de la plaza. Si él hubiera ganado la batalla, la plaza habria sucumbido inmediatamente de todas suertes. Lo que hay es que Meló no podia dar oidos á aquel prudente consejo , puesto caso que en efecto se le diese alguno, porque creia según textual- mente escribió Vincart al Rey , « que el valor de un General , de »un Monarca de España, no debia demostrar tener miedo con «meterse detrás de estos ó los otros reparos, si no salir á cam- »paña rasa , aguardar allí á su enemigo , y continuar el sitio co- »menzado.)) ISo eran otros, además, los soldados que tenia delante, sino aquellos que había batido dentro de sus líneas en Honnecourt, aquellos que había rechazado de sus líneas ó rendido en la Bassée, aquellos mismos que desde dentro de Rocroy apenas habían podido resistir uno solo de los temerarios ataques de su poderosa infante- ría. La muerte , en fin , que acababa de saber del Rey Luis XIII, y la confusión en que, no sin fundamento, suponía con este motivo á los franceses , bastante contribuiría también á estimular en él sen- timientos semejantes ; y sí es cierto , como aseguran los historiado- res franceses, que el joven Luis de Borbon se empeñó en esta em- presa á pesar de la orden terminante que para no intentarla recibió de su Gobierno, y contra la opinión del veterano Mariscal de L'Hopital , que era su teniente general , director y maestro , en- gañándole y comprometiéndole contra su voluntad , á correr los riesgos de una verdadera aventura , los cálculos de Meló no parece que deban tenerse ya hoy por destituidos de toda disculpa. Lo mis- mo exactamente que Meló opinaban al parecer todos los france- ses experimentados ; el arrojo juvenil y el impaciente deseo de gloria del Príncipe, que tomó sobre sí la responsabilidad entera del éxito, impensadamente servidos por la fortuna, fueron los que cam- biaron allí entonces el curso natural de los sucesos , quitando la razón de todo punto al desventurado General en jefe de nuestra vieja milicia de Flandes.

Tocaba á Fontaine por su oficio de Maestre de campo general formar el plan de la batalla, y Meló, según Vincart dice expresa- mente , se fió de él en todo , recomendándole solo , según parece, que dispusiera las cosas lo más ventajosamente posible , y que se


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impidiese á toda costa el socorro de la plaza. No se sabe el nú- mero cierto de nuestros soldados , que solian ser siempre muchos menos de los que se pag-aban en las compañías ; pero los franceses pasaban de 23.000 hombres, y los nuestros presentes no podían llegar á tantos , faltando del ejército las fuerzas de Beck y las que quedaron atrás con Fuensaldaña: aunque no sería mucha la diferen- cia en el número de todos modos. En ambos ejércitos la tercera parte de la fuerza era de caballería. Colocó á esta Fontaine en las alas y á la infantería en medio: la vanguardia, ó primer cuerpo, la compuso de cinco batallones ó trozos de españoles con dos piezas de artillería en los intervalos de cada uno; lo que se llamaba entonces la batalla ó segundo cuerpo, se formó de tres batallones ó trozos de españoles, uno de italianos y otro de borgoñones: á la retaguardia se coloca- ron otros cinco batallones de walones ; y cinco de alemanes queda- ron detras en reserva. En aquella disposición se esperó hasta la no- che; y creyendo que el enemigo iba á acometer por fin nuestra línea, Meló estuvo ya á punto por dos veces de dar la señal de la batalla. Pero el enemigo no se movió al fin , contentándose por de pronto con haber ganado tranquilainente el desfiladero y ocupar ya la lla- nura. L'Hopital , que quiso socorrer la plaza aquella tarde para ex- cusar aún la batalla, recibió orden de abandonar semejante empeño y mantenerse en línea , mientras los españoles por su parte acudían de orden de Meló á estorbar tal intento. Cree el historiador con- temporáneo del joven Conde, y creía al parecer el propio Príncipe, que si nuestro General en jefe hubiera dado la señal de la batalla aquella tarde misma ó cuando se formaba la línea francesa, ó cuando intentó L'Hopital el socorro, habrían alcanzado los nues- tros una segura y fácil victoria. Pero Meló aguardaba á Beck , y cualquiera que fuese el exceso de su confianza, no quería él co- menzar la batalla á no obligarle el enemigo. Lo único que podía hacerle salir de aquella prudente espera , y determinarlo á pelear sin Beck y sus tropas, era, como sabemos, su preocupación de que á un General del ejército de España le impedia el honor el aguardar áser atacado. Estuvo pues observando tranquilamente al enemigo; pero pronto á dar la señal de avanzar por su parte, en cuanto notase en la línea contraria el menor movimiento adelante. De aquel errado punto de Honor dependió más que de nada acaso la pérdida final de la batalla.

Llegó en esto la noche del 18 al 19 de Mayo : el ejército español


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durmió sobre el campo, en su misma línea de batalla, y otro tanto hicieron los soldados franceses. Los que emplearon muy diversa- mente aquella noche fueron los dos Generales en jefe. Luis de Borbon , que no contaba sino veinte y dos años de edad , imprevi- sor, confiado en su estrella, tomando á juego las sangrientas y pe- ligrosas pruebas de la fortuna , durmió toda la noche profunda- mente, aunque sin duda velarían por él sus veteranos tenientes. D. Francisco de Meló , confiado también en sus medios presentes, pero como hombre maduro y experto , algo receloso siempre de la suerte , pasó toda la noche á caballo, recorriendo los puestos y las líneas , animando á oficiales y soldados, y atendiendo , para cal- cular sus intentos, al menor ruido que sentía en el campo del ene- migo, que estaba á tiro de mosquete solamente. No dejaba de interrumpir de vez en cuando el silencio de aquella noche memo- rable el estampido de los cañonazos que disparaban á bulto los franceses sin otro fin que el de impedir el descanso , aunque , se- gún Vincart dice , «llegaban á matarnos muchos soldados. » Por lo demás solo ocurrió de notable en ella que un caballero francés, que servia en nuestras filas , se pasó , favorecido por las tinieblas , al campo de sus compatriotas, llevándoles la importante noticia de que Meló esperaba á Beck con sus tropas en las primeras horas de la próxima mañana. Era preciso pues , si querían aprovechar la desgraciada división de nuestras fuerzas, no perder el tiempo (1).


Comenzó á despuntar al fin el día 19 de Mayo de 1643 que de- bía ser tan fatal para España. Antes de separarse la noche del día. como Vincart dice , advirtió Meló que el enemigo había retirado sus fuerzas de la parte de la ciudad, como renunciando á intentar el socorro : y dio orden al conde de Isembourg de recoger inconti- nenti los regimientos de caballería, y los infantes que, al mando del sargento mayor de batalla D. Jacinto de Vera , habían queda- do desde el oscurecer guardando el camino, por donde se había pretendido la tarde antes socorrer la plaza. Mientras llenaba Isembourg su cometido por nuestra parte , se acercó por la otra el

(I) Histoire de Louis de Bourbon, et^.

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Mariscal de campo Gassion que era el hombre de confianza del General en jefe francés , y uno de los más prácticos y resueltos de su ejército , á reconocer las posiciones en que hallaban á los nues- tros las primeras luces de la aurora. Gassion observó el movimien- to de Isembourg, y, comprendiendo su objeto, corrió á participarlo al duque d'Eng-hien , que ya estaba á caballo ; aconsejándole que diese inmediatamente la señal de la batalla , no solo para antici- parse á la llegada de Beck, que á aquella misma hora debia em- prender su movimiento y estaba solo á cuatro leguas de distancia (1), sino aun para aprovecharse algo de la separación en que estaba el cuerpo de tropas que habia ido á buscar Isembourg , del resto del ejército de España. No se hizo de rogar el Principe, que no deseaba otra cosa que pelear cuanto antes ; y no eran bien pasadas las tres de la mañana cuando dio la orden de avanzar á sus dos alas. En- tonces D. Francisco de Meló que había acabado ya de arengar á los jefes y soldados, exhortándoles «á querer vivir y morir por su Rey,» se retiró á su puesto de ordenanza, colocándose en sitio desde donde podia ver y disponer por todas partes, y mandó dar también por su lado la señal de la batalla.

Ocupaba en aquel momento el frente de los dos ejércitos como cosa de media legua francesa (2) , y poco más ó poco menos de una estaban separados del recinto de la plaza. El centro de los fran- ceses al mando de Espenan se mantuvo solamente á la defensiva: las alas fueron desde el principio las encargadas de llevar el peso de la batalla. Tomó por eso el duque d'Enghien en persona el man- do de su ala derecha , llevando á Gassion por segundo , y el Maris- cal de L'Hopital secundado por el General de la Ferté-Seneterre se encargó de dirigir su ala izquierda. Traian las alas francesas

(1) La distancia desde Chateaú Renand, ó Chateaú Regnault, como otros mapas franceses llaman á la población que sitiaba el barón de Beck cuando fué llamado por Meló, hasta Rocroy es de tres leguas y cuarto de Brabante, ó sean diez y ocho kilómetros, 0,059'"^ Pero esta distancia considerada á vista de pájaro debia aumentar bastante con las ondulaciones del terreno y la di- rección sinuosa de los caminos que, habiendo de atravesar entre Deville y Montarine grandes bosques, hay que suponer que no seguirían siempre Kneas rectas. Aunque por estas circunstancias no se aumentase más que la tercera parte del camino resultarla de 24 kilómetros 0,078"" á cerca de cuatro y media de las modernas leguas españolas la distancia que habia de recorrer el ejército del barón de Beck. Esclarezco la distancia para explicar más la tar- danza de aquel cuerpo de ejército.

(2) Fierre Lenet, Memoires.


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interpoladas entre los regimientos de caballería compañías de mos- queteros y gruesos de infantería que los apoyasen , y marcliaban formadas en tres cuerpos cada uno de los cuales era más numeroso y fuerte que el que le precedía. Además de eso traían consigo las alas su correspondiente artillería. Cuál fuese entre tanto el orden adoptado por los españoles, queda ya expuesto. Reunidos todos los infantes en el centro y colocados en la vanguardia los tercios de más confianza que eran los de infantería española , cubría solo las alas la caballería : el duque de Alburquerque se puso al frente de nuestra izquierda opuesta á Conde , y el conde de Isembourg tan pronto como pudo llegar al lugar de la acción después de recoger los regimientos segregados , tomó contra el mariscal de L'Hopital la dirección de nuestra ala derecha. No es ocasión aún de explicar las desventajas con que comenzamos de esta suerte la batalla ; me- jor que nadie las dará á conocer la mera relación de los hechos mismos. Puso cuidado Vincart en dejar expresamente consignado que fué Fontaine el que como Maestre de campo general , dispuso el plan entero , y Gualdo Priorato que vio sin duda una rela- ción exactísima de aquella infausta jornada, probablemente escrita por alguno de los italianos que allí se hallaron, y estudió bien to- dos sus detalles, dijo ya desde entonces que nuestro ejército se formó « como si la disciplina, de Flandes no hubiese conocido nunca »el modo de regir un ejército, y el conde de Fontana ó Fontaine »no hubiera aprendido en cincuenta años de experiencia militar á »escoger posiciones. » ¿A quién ha de atribuirse hoy ya la prin- cipal culpa? Nada más difícil que averiguar á quién se debe cual- quier consejo ó disposición , que ha ocasionado en la práctica fu- nestos efectos. Gualdo Priorato afirma que Fontaine fué, con efecto, de opinión de no retirarse tanto de la plaza , y estar á la defensiva á toda costa hasta que Beck llegase, atribuyendo á Meló solamente la resolución de salir al encuentro del enemigo y no dilatar el com- bate. Añade que de resultas de esto formó ya el ejército con tris- tes presentimientos Fontaine; pero, al juzgar el plan de la batalla, dice- también que el duque de Alburquerque aconsejó que se cam- bíase al ejército de disposición, y que por más que hizo halló in- flexible á Fontaine lo mismo que á Meló , en mantener la que dio de sí tan mal fruto. Sea de ello lo que quiera, no tardó este en recogerse por completo.

Sonaron los clarines de las alas , tocaron á ataque en el centro


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los tambores , púsose Alburquerque á la cabeza de su caballería con sus tenientes generales D. Juan de Vivero y D. Pedro de Vi- llamor, y diciendo: «agora es tiempo de hacer como quien somos,» cerró con las tropas que conduela el Principe en persona. La carga del duque fué tan impetuosa que rompió la primera linea de caba- llería francesa que venia sobre él, deshizo en un instante dos re- gimientos suizos de infantería, que con su fuego y sus picas los apoyaban , y , por en medio de los escuadrones dispersos y de los soldados enemigos que pedían cuartel , llegó hasta la artillería de aquel ala , que estaba á retaguardia de la primera línea , y tomó posesión de los Cañones. En el ínterin el mariscal de L'Hopital habia hecho cargar á la derecha española desde muy lejos , de suerte que llegaron ya frios y descompuestos sus escuadrones á los nuestros, que esperaron á pié firme hasta el momento oportuno, y los des- ordenaron ; haciendo prisionero á La Ferte-Seneterre que los man- daba, con cinco heridas de espada y pistola. Envistió entonces L'Hopital en persona; pero Isembourg que llegó á la línea con las fuerzas segregadas , después de este primer choque , lanzó los . regimientos que traía y los que acababan de pelear sobre el ene- migo, llevándolos él mismo uno tras de otro al combate , comen- zando por el del conde de Busquoi , que el día antes á lo que pa- rece habia sido despedido á su gobierno de Mons , por una disputa que tuvo con Alburquerque , en la que dio Meló la razón á este úl- timo; con lo cual se propuso sin duda Isembourg asegurar la fide- lidad de aquellas tropas malcontentas, haciéndolas recibir pronto el bautismo de sangre en la jornada. Tampoco L'Hopital pudo resistir este nuevo choque de nuestra caballería, y herido también él mismo malamente, se retiró del campo, dejando deshechos y disper- sos, no solo sus escuadrones, sino un regimiento de caballería que los apoyaba ; y en nuestro poder sus piezas , con muerte de la Barre que las dirigía. Con esto comenzaron ya los soldados del ejército de España á echar los sombreros al aire; y sus jefes á tener por cierta la victoria.

Pero ya avanzaba por la derecha sobre nuestra izquierda la segunda línea enemiga compuesta de un batallón ó grueso de infantería, en medio, y dos escuadrones ó gruesos de caballería en en los costados. Al amparo de esta segunda línea que con el fiíego de su infantería detuvo la persecución de los nuestros , rehiciéronse los regimientos rotos fácilmente, y juntos todos volvieron á la carga.


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Parece, aunque Vincart nada dice de esto, que en el bosque en que se apoyaban así la derecha francesa como la izquierda española, habia aun emboscadas algunas mangas de mosqueteros de nuestro ejército que fueron fácilmente desalojados; y que el bosque no era tan espeso ó cerrado que no permitiese atravesarlo á la caballería fran- cesa para atacar á las tropas de Álburquerque por el flanco. La historia de Conde afirma , que este dividió en dos trozos sus fuer- zas, dirigiéndose con uno á atacar de frente á Álburquerque , mien- tras que Gassion, marchando al abrigo del bosque, le sorprendía de esta suerte por otro lado. Lo cierto es que vivamente carga- da por los escuadrones enemigos, acribillada por las balas de su infantería , y viendo que nuestros tercios no la prestaban nin- guna ayuda , comenzó á desordenarse allí entonces nuestra caba- llería , abriendo paso al Príncipe que por fin logró romper nues- tra línea. Vanos fueron los esfuerzos del duque de Álburquerque, de sus tenientes , y de los más de sus capitanes : su caballería , en que según Vincart habia pocos oficiales para muchos soldados , no estaba ya de suyo tan bien organizada como la francesa, que con- taba doblado número que nosotros de oficiales por cada compañía de soldados ; y peleaba además sola' la de España contra infantería y caballería. Cuales fuesen los que en nuestra caballería peleasen mejor con todo eso, no quiero yo decirlo ahora, prefiriendo copiar á un historiador francés contemporáneo que escribió su obra en idio- ma latino (1). «Italici, dice, Germani, Belgae, primumfusi: in Hispanis eqnitibus aliquid morae fuit.» Hubo en todos, sin em- bargo, grandes ejemplos; y en particular algunos oficiales italianos de caballería los ofrecieron heroicos.

Mientras esto acontecía en nuestra izquierda , acababa de derro- tar Isembourg por la derecha la segunda como la primera línea enemiga ; y los nuestros ya por allá se lanzaron alegres y descui- dadamente al saqueo y despojo de los vencidos. La batalla parecía ganada viéndola desde aquel punto , porque en el centró no podía ya resistir Espenan el fuego de la infantería y de la artillería espa- ñola; y pedia á voces socorro sin el cual no podía menos de dejar inmediatamente el campo. Mandaba la reserva francesa como Maes- tre de campo de la caballería el barón de Sirot , Claudio de Letouf ,

(1) Joannis Lahardaei Matrolarum ad Sequanam marchionis, regís ad hel- vetios et rhaetos extra ordinem legati. De rehus gallicis historiarum Libri de- cem ahanno IGIfS ad ánnum 1652. Parisiis 1671.


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hombre de gran valor, el cual se adelantó con sus tropas á detener á la caballería española ; pero en el punto de emprender su movi- miento , llegó el Mariscal de batalla de La Valliere y mandó tocar ¿retirada porque «no habia ya recurso, decia, estando perdida la batalla» (1). Sirot no obedeció esta orden y se mantuvo en el campo, aunque con pocas esperanzas de contener por mucho tiempo el em- puje de nuestra caballería, á la cual no hubiera quizá podido resis- tir por un solo momento con los escasas fuerzas que tenia, á no estar ella distraída y desordenada en el pillaje. El peligro venia de nuestra izquierda, pero aun allí todo hubiera podido remediarse, sin una omisión que apenas puede ser satisfactoriamente explicada. Estaba intacta y formada en dos líneas en el centro toda la infantería de nuestro ejército , y entre ella la temible mosquetería de los tercios españoles. Alburquerque y sus tenientes generales D. Juan de Vi- vero y D. Pedro de Villamor con una porción de valerosos capita- nes, entre los cuales se contaban D. Juan de Borja, D. Antonio de Butrón, D. Antonio de UlloayD. Antonio de Rojas , españoles, D. Juan de Mascarenha, portugués, y los italianos D. César Toralto y D. Virgilio Orsini, á costa de esfuerzos desesperados , habían logrado aquí ó allá reorganizar sus escuadrones y oponerlos de nuevo al duque de Enghien, que al frente ya de todas sus fuerzas, inclusa su retaguardia, se avanzaba á envolver nuestro ejército. Era preciso sostener aquella caballería, inferior ya en número y un tanto desmoralizada, con el fuego y las picas de la infantería: puesto que al formar el plan de la batalla se habia cometido el error de ponerla á combatir sola contra las tres armas juntas del enemigo.

De una sola orden dependía aún la suerte de la batalla , porque si nuestra numerosa infantería, que apenas habia servido hasta entonces sino para molestar el centro francés con su fuego , hu- biera cargado sobre este resueltamente como temían Espenan y la Valiere , y hubiera apoyado fuertemente á la caballería desorde- nada en el ala izquierda , parece incontestable hoy que la derrota de los franceses habría sido completa. Meló vio esto desde el sitio preeminente en que estaba , y vio , según Vincart dice , «que la in- »fantería no se habia adelantado por no estar allí el Maestre de »campo general , el conde "de Fontana , para mandarla avanzar;

(1) Histoire de Louis de BourboUy lil)rQ I, pág. 37.


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»con que habían hecho abertura los enemigos en la caballería y »pasaban á atacar la infantería en su puesto ; y que el dicho conde »de Fontana estaba muerto á la primera carga. » Con efecto : el joven Conde arrolló fácilmente los mal rehechos escuadrones de nuestra caballería , que se le oponían de nuevo , llegó sobre los batallones de infantes españoles é italianos que ocupaban la primera línea en el centro , y los atacó furiosamente con sus batallones y escuadrones, interpolados, de infantería y caballería, Y recibieron inmóviles el terrible choque nuestros infantes rechazando con gran pérdida al enemigo ; no sin quedar muertos en aquel punto mismo de nuestra parte el Maestre de campo general Fontaine y el valeroso Maestre de campo -D, Antonio de Velandia, y mortal- mente herido el Maestre de campo D. Bernardino de Ayala, conde de Villalba: gran justador y toreador, este último, desterrado de Madrid y 40 leguas en contorno por su vida airada, antes de ir á servir en Flandes ; Maestre de campo allí luego, donde se distinguió sobre todos en Honnecourt , peleando con «bien particular resolu- ción,» según dijo en su parte oficial Meló, y en los ataques de la pla- za de Rocroy, y en cuantos hechos se ofrecieron ; el más brillante oficial en suma de las tropas españolas. Muchos capitanes y mucha gente particular y caballeros de los que ocupaban como solían la primera fila, sucumbieron también en aquel sangriento y vano ata- que. Pero ¿cómo entender entre tanto las palabras de Vincart que textualmente he citado? La infantería no se había movido , á lo que él dice , por no estar allí el conde de Fontaine para dar la orden : de resultas de esto habían roto la caballería nuestros enemigos y lle- gado á atacar en sus posiciones á la infantería : y en el ataque de estas posiciones murió el conde de Fontaine de los primeros. ¿A qué atribuir la falta esta de Fontaine y el hallarse sólo para morir, en las filas de la infantería? Cuentan varios historiadores, y Vivanco entre otros, que por hallarse aquel día enfermo de gota , iba el viejo conde de Fontaine conducido en una silla de manos á la batalla ; y si esto fué así , fácil es de calcular cómo pudo no estar presente el Maestre de campo general, en el punto y sitio que hacia falta. Si al Maestre de campo general , ó jefe de estado mayor, según la disciplina y reglas militares del tiem- po , le tocaba no solo formar el plan anterior de la batalla , sino dar en ella todas las disposiciones indispensables, como Vincart indica á cada paso , mal podía cumplir con su oficio aquel honrado


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y valiente viejo desde una silla. Que la infantería con su inconcebi- ble inercia dio lugar á la pérdida de la batalla , no ofrece duda; que no se movió por falta de órdenes , tampoco la ofrece ; que era Fontaine quien debia darlas , lo dice Vincart oficial y expresamen- te , con tanto mayor motivo , cuanto que no desempeñaba solo el empleo de Maestre de campo general , sino que tenia también á su cargo, según los más añaden, el mando inmediato de la infantería. Lo que parece cierto es que Fontaine , recorriendo de acá para allá, pero más lentamente que requería la ocasión el campo , en su silla , dejó pasar .el momento oportuno de hacer avanzar á la in- fantería, recogiéndose á ella sólo cuando vio llegar triunfante al enemigo, para morir entre sus filas á los primeros tiros. Soldado veterano y de honrosos servicios en nuestras armas , Fontaine cayó allí como caen los hombres de honor , y nunca será sobradamente respetada su memoria. Pero aparte de los cargos que como Maes- tre de campo general contra él resultan , deber es de la historia exclarecer que se le ha atribuido con error la heroica defensa que allí ejecutó la infantería española; y que la falsa idea de que él era el mismo que con el nombre de conde de Fuentes habia hecho cua- renta años antes tanto ruido en Italia y Francia , contribuyó sin duda á que los historiadores franceses exagerasen la importancia de su persona y de sus hechos. No era indigno Fontaine de los elo- gios que el gran Bossuet consagró en el pulpito á su memoria; pero no fué en Rocroy donde más los mereció sin duda.

Dejó ya D. í'ranciscode Meló su puesto al saber lamuerte de Fon- taine, y corrió á hacer por sí mismo entonces el oficio de Maestre de campo general , seguido de su comitiva ó Estado mayor, que empezó á distribuir con órdenes en todas direcciones. Estas y su presencia rehicieron muchos escuadrones de caballería , los cuales dieron todavía brillantes cargas á los franceses , obteniendo triun- fos parciales, que no bastaban á remediar el éxito de la bata- lla. Porque mientras el barón de Sirot contenia algún tanto la desbandada caballería alemana del conde de Isembourg , el duque de Enghien , situado ya á espaldas de nuestro ejército con la total dispersión de nuestra izquierda, hizo atacar vigorosamente á Isem- bourg por detrás, y deshizo también sus escuadrones, á pesar de las heroicas pruebas de valor que hizo aquel General en el com- bate. Rotas, pues, nuestras dos alas, y mientras aquí y allá se sostenían por los nuestros combates aislados , ó sin otro fruto que


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vender más cara la victoria, y cumplir cada cual con las obligacio- nes de su honor, acercóse de nuevo el duque de Enghien con to- das sus fuerzas ya juntas , á la infantería española , que lo recibió de nuevo firmemente y con furiosas descargas. Entonces, dejando á la mano izquierda los tercios de la infantería española, fué á cargar el Príncipe á la infantería walona y alemana , que formaba la segunda línea de nuestro ejército. En vano D. Francisco de Meló trató de reunir bastante caballería para socorrer á la infantería alemana y walona : corriendo á brida abatida hacia un escuadrón que pensaba ser de los suyos para hacerle volver cara , hubiera sido preso desde entonces por los franceses , que eran los que él seguía, á no estorbarlo D. Francisco duque de Estrada , capitán de una de las compañías de su guardia, que advirtió el yerro. Toda- vía llegó á tiempo , sin embargo , de pasar por el frente de los ale- manes y arengarlos, poco antes que al abrigo como siempre de su infantería volante, los cargase la caballería francesa. Pelearon con tal valor aquellos regimientos , que casi todos sus coroneles y ca- pitanes quedaron muertos , y los que nó mal heridos , señalándose entre ellos el capitán Andrés de Altuna , que se quedó solo por lar- go rato entre los muertos , hasta que con cinco heridas mortales rindió la vida. Pero la infantería de entonces falta de bayonetas y obligada á defender á sus arcabuceros y mosqueteros con hileras de picas , no podía hacer, ni con mucho , la resistencia que la de ahora á las cargas de la caballería, por ser pocos sus fuegos, ade- más de lentos , á causa de la imperfección de las armas ; y en el caso de que se trata además, la caballería francesa tenia la venta- ja de poder oponer el fiíego de sus propios infantes. No pudieron resistir, pues, walones ni alemanes, y el duque de Enghien, después de deshacer sus regimientos, se arrojó con ímpetu creciente y con más confiado valor cada vez , sobre el extremo de la primera línea en que estaba la infantería italiana y borgoñona. Quiso la mala suerte que , según refiere Gualdo Priorato , estuviesen descontentos aquel día los tercios italianos , por haber tomado para sí solos los de españoles la vanguardia ó primer puesto de batalla , y así es que no parecían muy dispuestos á extremar la resistencia. Tres veces pasó Meló casi solo por delante de ellos recorriendo el campo para ver de reorganizar la caballería ; y en una se vio tan acosado por un escuadrón enemigo que lo perseguía , que tuvo que refugiarse en las filas del tercio italiano del caballero Visconti, diciendo á voces:


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«Tiren á estos que son los enemig-os.» Tal era la confusión que ya reinaba. Eechazaron valerosamente los soldados de aquel tercio con las picas á aquel escuadrón francés, mientras Meló salia de sus filas por otro lado para seguir recorriendo el campo; pero en esto un cuerpo francés de infantería atacó por aquella parte misma á los italianos y el General en jefe español se halló en medio de la des- carga recíproca que se hicieron italianos y franceses, cayendo muer- to á su lado su gentil-hombre D. Pedro Porras, y herido y derri- bado del caballo su Secretario de Estado D. Jerónimo de Almeida. Ya todos sus camaradas , como se decia entonces , ó caballeros voluntarios que asistian cerca de su persona , á la manera de los ayudantes de hoy en dia, los jefes superiores que le acompañaban para ejecutar sus órdenes, y sus propios familiares habian desapa- recido de su lado ; á punto que no le quedaba más que un solo caballerizo que le seguia. Prendieron los enemigos al ir á ejecutar órdenes al teniente de Maestre de campo general D. Baltasar Mercader , desmontaron al comunicar otras al de igual clase Don Antonio de Quevedo, el conde Carlos Reux al llevar una orden fué también desmontado y preso , al barón de Saventhen , llevando otra orden , le mataron el caballo de un cañonazo , y un cuerpo de caballería le pasó por encima al trote , quedando al fin, aunque vivo , prisionero : hasta el capellán mayor D, Carlos de Landriano, que quiso ir á confesar al malogrado conde de Villalba , momentos antes que espirase , recibió cinco balazos por haberse hallado, al llegar, entre el fuego del tercio y el de unos escuadrones de caba- llería que lo cargaban. Justo es decir en su elogio , que nada de esto desalentó á Meló. Viendo firmes á los tercios españoles é italianos, creía que ellos podrían aún causar tales pérdidas al enemigo , que le obligasen á abandonar el campo ; y acaso esperaba también que darían tiempo con su resistencia á que llegando Beck con su divi- sión de refresco , de repente se trocase la fortuna. Pero los infantes italianos mal dispuestos ya á pelear , y viendo que la confusión general de la batalla les dejaba abierto el camino para salvarse en el bosque, que cerraba por la izquierda todo el campo, empren- dieron sin aguardar órdenes de nadie su retirada , altas las bande- ras y en buen orden , sin poder ser rotos de la caballería francesa: lo cual prueba , que ni por miedo , ni por falta de disciplina aban- donaron su puesto , sino porque consideraban ya imposible evitar el desastre de la jornada; y algunas de sus compañías y el tercio


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de borgoñones , que persistieron más , fueron completamente der- rotados.

jQué hadan en tanto Meló, Alburquerque , Isembourg-, los desventurados generales, en fin, de aquel ejército en el campo de batalla? Meló, miraba sin duda sin cesar, y con más esperanza á cada instante, hacia el lado por donde Beck debia venir, en solas cuatro horas de camino. Habiéndosele avisado desde el dia antes, pudo aquel General marchar de noche, j llegar al amanecer al campo de batalla ; pero sin duda juzgó que esta no comenzaría tan temprano , y que bastaba con que llegase en los primeras horas de la mañana. No aparecían , pues , aquellas tropas : ya solo los ter- cios de españoles mantenían, inquebrantablemente al parecer, sus posiciones ; y todavía Meló y sus generales corrían por acá y por allá con la espada en la mano , juntando pelotones de caballería que tan pronto como eran formados , deshacía el número superior de los enemigos, y haciendo entrar en combate las poquísimas compañías de caballos, que por cualquier motivo habían quedado en reserva. En aquellos innumerables combates parciales que duraron hasta que quedó ya solo en el campo la infantería espa- ñola, hubo millares de heroicos, aunque inútiles hechos, por nuestra parte , Fué mortalmente herido el valiente capitán italiano de caballería D. Virgilio Orsini en una de estas cargas ; y en la misma le mataron también el caballo al esforzado D. César de Toral to , hiriéndole de gravedad al propio tiempo : el marqués de Bentívoglio, D. Francisco Morón y D. Antonio Barraquin, fueron también heridos; y á las dos compañías que mandaba D. Juan de Borja, le faltaron en solo un lance cuarenta caballos. Toparon aquellos pelotones de caballería , al retirarse ya, con el duque de Alburquerque y sus tenientes D. Juan de Vivero y D. Pedro Villa- mor , que estaban reuniendo gente de nuevo para cargar otra vez al enemigo ; pero á lo que dice Vincart , « no hallaban ya sino capi- »tanes y oficiales sin soldados.» Con estos solos hizo aún Alburquer- que que cargase el capitán Carrillo á los franceses; pero fué rechaza- do y herido. Alburquerque, sin envainar la espada, corrió todavía á buscar cuatro compañías únicas de reserva que quedaban al mando del barón de André , y al frente de ellas y de todos los generales, capitanes y oficiales, que habían ido perdiendo sus soldados en los diversos encuentros, cargó por última vez á los franceses j pero toda la caballería con que había arrollado Conde nuestra ala


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izquierda , vino sobre él junta , y fácilmente le arrollaron su escasa gente, obligándole á guarecerse con muchos oficiales en uno de los tercios, siempre constantes aunque sin cesar hostilizados, de la infantería española.

Mientras esto pasaba hacia la izquierda , corria el conde de Isembourg por nuestra derecha con la espada desnuda, procurando rehacer la caballería alemana , que después de tan rápido j glo- rioso triunfo , se le habia desbandado , tanto por el doble acometi- miento del enemigo, como por su prisa en acudir al pillaje, insul- tando y aún hiriendo por su mano á muchos de sus capitanes , que no estaban por esta parte menos desmoralizados que los soldados. Andando Isembourg en este empeño , fué rodeado por los enemi- gos, con pocos de escolta; más no por eso perdió aliento. Peleando valerosísimamente por su persona, fué derribado del caballo en tierra : murieron á sus pies el trompeta de órdenes que llevaba , y otros criados ; él mismo recibió dos cuchilladas terribles que le abrieron la cabeza hasta los sesos , y una que le cercenó la nariz hasta la boca. Ni aun entonces queria rendirse aquel heroico extran- jero hasta que con el grueso de una carabina le rompieron el brazo derecho, y cayó ya al suelo. Tomóle por prisionero en este estado un soldado francés del regimiento de Gassion ; y con él prendieron también al conde de Beaumont que no habia querido abandonarle. Todavía quiso hacer un postrero esfuerzo con la caballería, el her- mano del conde de Fuensaldaña D. Juan de Vivero , hacia un mo- mento refugiado dentro de uno de los tercios de infantería española. Advirtiendo desde allí que quedaban hacia la derecha reunidas al- gunas fuerzas, que mandaba el sargento mayor de batalla D. Ja- cinto de Vera, fué allá, y encontró todavía dos regimientos de los de Isembourg en pié, que eran los de los coronóles Savary y Donquel. Con ellos, y muchos oficiales sueltos, que se le agregaron, mandó á D. Jacinto de Vera , cuyo empleo de sargento mayor de batalla, entre los alemanes, correspondía al de Mariscal de campo entre los franceses , que cargase á dos batallones de infantería francesa, que se hallaban solos por acaso, y sin el abrigo de su caballería en el campo. Pero no bien descubrieron los generales enemigos aquel cuerpo de tropas organizado , lanzaron contra él al trote toda su caballería ; y Vivero y Vera tuvieron que retirarse sin dispu- tar más la victoria.

Beck no llegaba entre tanto , y Meló constantemente metido


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entre los franceses , prisionero ya una vez , y libre luego , gracias á.la ligereza de su caballo, estaba ya á punto de ser muerto, cuando el sargento mayor Juan Pérez de Peralta del tercio de don Baltasar Mercader , que antes liabia sido de Alburquerque , abrió de repente las filas de sus infantes, y logró meterle dentro del cuadro, en que estaban formados, «uniendo su persona con las banderas. »

Luego, según dice Vincart textualmente , todo el ejército francés cargó sobre estos bizarros batallones ; que solos ya se mantenían quietos en sus posiciones. Atacaron los franceses tres de los costa- dos de cada cuadro á un tiempo «con batallón de infantería y escua- »dron de caballería;» pero los infantes españoles con sus picas cer- radas y firmes , no solamente detuvieron las furiosas cargas de la caballería francesa , sino que la maltrataron con el fuego incesante de su arcabucería. La infantería suiza del ejército enemigo, aunque peleaba rabiosamente, tampoco hacia mella alguna en aquellas tor- res como Bossuet dijo , «que tenían la virtud de reparar sus bre- chas.» Ni el valiente Gassion, ni la Ferté-Seneterre, que á pesar de sus heridas no se quiso retirar de la batalla , daban con el modo de asaltar con éxito aquella invencible muralla humana , que antes de rendirse tenia trazas de deshacer toda la caballería francesa. «At »pedites incredibile memoratuest, quantá firmitudine animi, at- <ique DÍrtute adversiim omnem victorem exercitum aliquandiu ste- »terint , » dice el francés Labarde , que escribiendo la historia de los años trascurridos desde 1643 hasta 1652, por aquel tiempo, des- cribió así este momento de la batalla. Pedro Lenet , criado y confi- dente antiguo de la casa de Conde , y que manejó todos los papeles, y estuvo en las conversaciones y tratos más importantes del vale- roso vencedor de Rocroy, escribe también al llegar á este punto lo siguiente : «aquella brava infantería española hizo tan bella y ex- »traordinaria resistencia , que en los siglos por venir parecerá in- »creible : atacada de todos lados á un tiempo por toda la caballe- »ría francesa victoriosa, rechazó uno y otro ataque, haciendo »frente con sus picas por todas partes : el duque que la admiraba »no hubiera podido tan pronto rendirla sino hubiera traído dos »piezas de artillería para batirla.» «No puede alabarse bastante,» añade por su parte el historiador del gran Conde , «el valor de la »infantería española en este trance. Es casi inaudito que hombres »á pié , sin caballería que los abrigue , hayan podido resistir á


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»campo raso, no un ataque solo, sino tres seguidos, sin descompo- »nerse en lo más mínimo. La mayor parte de ellos fueron hallados »muertos en la propia fila, y en el mismo puesto en que cada cual »liabia combatido. Generosamente dio á entender esto uno de los »prisioneros á quien se le preguntó cuántos eran sus compañeros: »contad, dijo, los muertos.» Leones los llamó Bossuet en Su pane- gírico inmortal del gran Conde ; y no hay que rebuscar más testi- monios , porque son constantes y unánimes , y honran tanto la im- parcialidad y buen gusto de los vencedores , como el valor sin par de los vencidos.

Algunos escritores franceses cuentan, que adelantándose el Prín- cipe en persona hacia uno de los tercios , para proponerle la capi- ' tulacion , fué recibido á balazos por los nuestros, que imaginaron ser aquella una extratagema para sorprenderlos; con lo cual furio- sos los franceses, y sobre todo los suizos, que al fin lo rompieron, comenzaron á hacer en los vencidos una horrible carnicería , que tuvo que contener la generosidad del afortunado general vencedor. Nada se halla acerca de este incidente en Vincart , ni en las Me- morias de Pedro Lenet que contienen sin duda noticias auténticas. Otros escritores franceses, comoBruzen de la Martiniere, por ejem- plo, que escribió extensamente la vida de Luis XIV, se equivocan sin duda , al decir que los cuadros formados al fin por los tercios españoles estaban sostenidos por artillería. Esta que se componía de 18 piezas, apenas sirvió de nada en la batalla; y su general D. Alvaro de Meló parece como que no hubiera estado presente. Colocada como dije al principio delante de los intervalos de los batallones de infantería, contentóse á lo que parece con disparar sobre el centro de los franceses; no apoyó ni poco ni mucho á las alas, manteniéndose inerte como la infantería mientras era des- hecha nuestra caballería ; y cuando la infantería española fué ya circuida , debió de quedar abandonada , fuera de sus apretadas hi- leras de picas , porque ni seria fácil arrastrarla de aquí para allí, . ni aquellos pocos cientos de hombres de á pié, metidos dentro de un ejército entero, podían abrir y cerrar sus líneas á cada paso para dispararla, sin abrir fácil puerta al enemigo tan osado, tan activo, tan numeroso, y lleno de ardor que tenían encima, y los carga- ba á su placer por cualquiera parte.

Pero pasaba y pasaba el tiempo en aquella desigual y vana lu- cha; y el cansancio y las constantes bajas que producía el fuego


MILITAR DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA. 197

de los tiradores enemigos, y luego el de la artillería misma , que comenzó á emplearse en los cuadros, quebrantaron uno de estos, luego otros, hasta quedar ya uno soló firme y cerrado. Las largas picas de entonces en manos tan valerosas habrian burlado siempre los esfuerzos de la caballería ; pero el escaso número de arcabuce- ros que en cada cuadro fué quedando, no hubiera podido resistir á la larga el fuego de toda la mosquetería francesa reunida , cuanto más el de los cañones. Y sin embargo , aun se mantenía , como refirió años después el Maestre de campo D. Francisco Dávila Ore- jón, y Gastón, testigo y actor en aquella hazaña sublime (1), »el escuadrón del tercio que habla sido del Sr. duque de Al-

^burquerque, quien en esta batalla sirvió de General de la caba-

»llerla con los créditos correspondientes á su exclareclda sangre, »gobernado por su Sargento mayor, Juan Pérez de Peralta, »soldado de muy conocido valor y experiencia, como dirá el »ejemplo. Habíanse recojido á este escuadrón, después de haber »defendido los suyos más que parecía posible, los Maestres de )) campo el conde de Garcies y D. Jorge de Castelvi, q^ue á la y>sazon lo era mió , y otros muchos oficiales y soldados, á quienes, »aunque la fortuna les venció , no les rindió el valor , pues con »él , haciéndose lugar , llegaron descompuestos á componerse en »este peñasco de fortaleza : corta comparación á quienes se su- »pleron merecer inmortal gloria. Y tomando parte en él con buena » orden, aguardaron como los demás el furor de los vencedores, ))á los cuales , para serlo enteramente de la batalla, solo les fal- »taba romper este escuadrón : » copio hasta aquí casi textual- mente, las palabras de aquel viejo soldado, más elocuentes por sí solas, que cuantas he citado antes, por su ingenuidad misma. Continúa el autor pintando luego la venida de todo el ejército francés sobre aquellos últimos infantes de la milicia vieja , y dice que «enfrenaron de tal forma á los enemigos que les obligaron »á desviarse y valerse de su artillería, con la cual la batieron, »como pudieran á una roca, sin que se reconociese desmayo, »ni descompostura; lo cual visto por los enemigos, con notable »admiracion hicieron alto, lastimándose de los que no se dolían de »sí mismos.» Después de algunas exclamaciones, bien justificadas

(1) Política y Mecánica militar para Sargento mayor de tercio , por el

Maestre de campo D , Capitán general de la isla de Cuba, etc. Bruselas,

libro 84.


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y respetables en el viejo soldado, que puso mano en tal hecho, con- cluye Dávila Orejón su relato de esta suerte : « enviaron , pues, los «enemigos un trompeta , como pudieran á un castillo, preguntando »de parte del Principe de Conde , quién mandaba aquel escuadrón, »y habiéndole respondido que el conde de Garcies, D. Jorge Cas- »telvi , y su propio Sargento mayor, mandó replicar que cómo eran »tan bárbaros que llegaban á extremos tales ; y que en el mundo »solo ellos (como es así ) , eran el primer ejemplar: que lo mirasen »bien , y el poco recurso humano que les quedaba , que él les ofre- »cia cuartel , que es las vidas ; y en suma la cosa se redujo á capi- ))tular como plaza fuerte. Y lo que se les pidió, que no podia ser wmás, fué que cediendo las armas, se les conservasen las vidas, y ))todo lo que tuviesen encima; y así lo concedieron, y capitularon, »y cumplieron los franceses , de quienes no pondero los muchos »agasajos y favores que á todos hicieron después de rendidos, pues »nadie conoce más bien el valor que el vencedor.» Gracias á este curioso libro militar , poseemos, pues, una narración segura de los últimos momentos de la batalla. Vincart, que pasa muy de ligero por esto, dice que Conde amenazó á los nuestros con car- gar los cañones con puñados de bala de mosquete, para exter- minarlos si no se rendían : Gualdo Priorato afirma que las dos últimas descargas las hicieron nuestros arcabuceros y mosque- teros sin balas, dejando entender que carecían ya de ellas. Lo más curioso es que Vincart dice con palabras qute he copiado textualmente , que Meló se recojió también en el tercio que man- daba el Sargento mayor Juan Pérez de Peralta , de gloriosa me- moria , y que allí quedó unido con las banderas ; concluyendo con que Meló estuvo sobre el campo de batalla hasta que el último tercio de españoles, que era aquel mismo, se rindió con pactos. ¿Cómo no le cita Dávila Orejón al hablar de los jefes y oficiales que se recojieron allí también de los otros tercios , ni cuando trata de la respuesta que se le dio al general francés? Sin duda Meló cuando vio ya aquel solo cuerpo acometido y en camino de ser inevitablemente deshecho , se salió por alguno de los costados , sin esperar á la última hora, no obstante lo que Vincart asienta. Afir- ma algún historiador francés, y no parece improbable, que en el último extremo ya solo pensó en salvarse ; y habiendo dado tales pruebas de valor personal ya, parece esto lo mejor que podia hacer, supuesto que era no solamente General en jefe de aquel ejército,


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sino gobernador de las provincias de Flandes , que preso él habrían corrido á la verdad grandísimos riesgos.

Tal salió, en fin, de aquel llano, donde tan poderoso babia en- trado, D. Francisco de Meló, destrozada toda la ropa y quemadas las guedejas del fuego enemigo , pero sin herida alguna. No habría corrido mucho por la campiña cuando debió divisar ya las tropas de Beck que en aquellos momentos llegaba precisamente por la parte del bosque con su ejército ; y situándose en una colina cerca de la ciu- dad, comenzó á reunir los dispersos. Mientras el desventurado Gene- ral de España recibía tan á deshora el ansiado refuerzo , el duque d'En- ghien se apresuraba á conceder sin duda honrosas condiciones á los tercios españoles, ignorantes naturalmente de todo lo que por fuera pasaba, para terminar la capitulación cuanto antes; y con prudencia impropia de sus cortos años, y que contrastaba con su temerario y afortunado ardor pasado , mandó tocar á retirada y cesar la perse- cución de los vencidos, á fin de tener juntas sus tropas para pelear con Beck si se atrevía á atacarle. Pero Beck con solo 5.000 hombres no podía intentarlo , y se contentó por lo mismo con mantener el campo recogiendo todos los fugitivos y haciendo mucho menor que de otra suerte habría sido la pérdida en hombres. Salvóse de esta suer- te entre otros el esforzado Isembourg que, despedazado y sangriento como estaba, tuvo alientos todavía para sujetar al soldado que lo lle- vaba prisionero , y arrastrarlo á un pelotón de los nuestros que se retiraba al amparo de las tropas de Beck , « siendo cosa espantosa» como Víncart dice , « que no obstante sus grandes heridas y la gran- »de pérdida de su sangre , tuvo aún la fortuna y el ánimo de hacer »siete leguas á caballo hasta Charlemont, donde fué curado. » Pe- queños detalles son estos que no deben omitirse sin embargo, por ho- nor á los valientes; y que un español no debe hoy callar, si ellos exal- tan la gloria de alguno de los extranjeros que prodigaron así un día su sangre por nuestra patria. Todo eso que se llama gloria, y que mueve á sacrificios tan horribles, y á tan grandes acciones, suele reducirse precisamente á este solo : á que pasados los años y los si- glos , registre papeles viejos cualquier curioso , publique de nuevo el nombre ignorado del que hizo cuanto pudo por alcanzarla, y dé á conocer sus hechos á los pocos que saben ó quieren estimarlos. Por eso mismo no he escaseado yo aquí los nombres propios cuando en Rocroy merecieron que se recuerden los que los llevaban. Isem- bourg , de quien acabo de hablar , era Príncipe y señor soberano

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en el imperio de Alemania , con extensos estados , por lo cual fué más de agradecer su decisión j constancia. De los otros que se salvaron por medio de la capitulación , Juan Pérez de Peralta me- rece figurar para siempre en nuestros fastos militares. El conde de Garcies , que sacó llenas de balazos sus armas , era , según Le- net , que le conoció, un caballero lleno de bondad y de honor ; y prestó , después de vuelto de Francia , nuevos y notables servicios. Fué él quien prendió , por orden del Rey Felipe, al duque de Lore- na , tan buen soldado como falso político , y quien salvó como Go- bernador y Capitán general de aquel territorio á Cambray en los años siguientes. Entre los prisioneros de aquellos señores soldados, como todavía llamaba á los infantes Dávila Orejón en su libro, re- fieren las relaciones ñ-ancesas , que se hallaron sobre 600 oficiales .reformados, y casi otros tantos en activo servicio. Aunque haya alguna exageración en estos números , de tal suerte, como he in- dicado ya antes, se formaban nuestros viejos escuadrones de infan- tería : combatiendo á pié y como soldados rasos caballeros y hom- bres de honor, dignos, antes ó después de sentar plaza, de ser personajes en las comedias de Lope y Morete.

h

vn.

¿Tenia ó no razón Meló, en tanto, para decirle al Rey sincera- mente que en las horas de la batalla de Honnecourt, había conocido que para general le faltaba algo? Teníala indudablemente; y quedará solo por averiguar si contaba España á la sazón con algún general de más prendas. A mi juicio no le tenia; y, aunque lige- ramente, ya he apuntado antes las causas. Pero Meló, que al decir del historiador de Conde , manifestó más valor que prudencia en la jornada , dio allí á conocer también que no tenia , ni serenidad de espíritu , ni la pronta y oportuna inspiración que caracteriza sobre el campo á los verdaderos hombres de guerra. Cuando, muerto Fontaine , descendió él al campo de batalla , tenia toda su infante- ría intacta: su artillería al frente de la infantería; y pudo aún reor- ganizar bastantes escuadrones de caballería para proteger á la in- fantería, ya que no para obrar y resistir por sí solos. Sin duda que la rapidez de los movimientos de la caballería francesa, y el arrojo y habilidad de sus generales , habrían puesto obstáculos á la re-


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concentración de fuerzas indispensable ; pero era preciso intentarla á toda costa , y tanto más, cuanto que con mantenerse á la defen- siva por una hora al menos , habria llegado Beck con sus tropas frescas , y su propia persona , que era de mueha importancia , y probablemente se babria ganado aún la batalla. ¿Qué hacia Meló en lugar de esto , corriendo de acá para allá como un oficial de aventuras , batallando con la espada en la mano , empeñando im- posibles combates sueltos con la caballería vencedora , rehaciendo un escuadrón y viendo que se lo deshacían inmediatamente , pro- digando su vida , la de sus generales y oficiales , la de sus soldados, sin tomar ninguna disposición general, que pudiera detener en su pendiente al desastre? Imposible es ciertamente absolver á Meló de sus graves culpas.

No está bastante justificada tampoco la tardanza de Beck , oficial de mérito , sin embargo , que prestó algún servicio al fin en aquel aciago dia ; y á quien faltan datos para condenar con entero cono- cimiento de causa. El campo de batalla ofrecía ya, al llegar él, un singular espectáculo. Rara vez se habrá invocado á Dios en más diversas lenguas, que lo invocarían allí los heridos y moribundos. Habia en el ejército enemigo franceses de las distintas provincias que ya formaban aquella monarquía; suizos de infantería; escoceses de la guardia de á caballo y de á pié; croatas como tropas ligeras. Contábanse en el nuestro españoles, napolitanos, milaneses, alema- nes, walones, ñamencos, croatas. Así como el número de los com- batientes debió ser igual, aunque algo menor probablemente , como he dicho , el de los españoles, debió ser casi igual también el nú- mero de heridos y muertos , bien que Vincart, y el secretario de Meló en una carta del Memorial histórico pretendan, que perdió más gente el enemigo, sin designar número. Gualdo Priorato calculó en 4.000 muertos los que hubo en nuestro ejército ; y en 2.500 los que dejaron los franceses. De la infantería española dice él mismo que capitularon 2.500 , quedando el resto, hasta 6.000 que eran, en el campo. Pocos en este caso debieron ser los de las demás nacio- nes que perecieron. Justo es añadir, que según este historiador refiere , el mayor Strozzi y muchos oficiales italianos , se recogie- ron á los tercios españoles y siguieron su fortuna ; cosa que, como se ha visto en la relación de la batalla , fueron haciendo cuantos valientes no quisieron abandonar el campo , á pesar de la derrota de los cuerpos á que pertenecían. Cien banderas y estandartes.


202 DEL PRINCIPIO Y FÍN QUE TUVO LA SUPREMACÍA

toda la artillería , todo el bag-aje , y hasta los papeles de la canci- llería del Gobernador de los Estados de Flandes, cayeron como trofeos en poder del enemigo. Los prisioneros españoles, seg-un la carta, antes citada, del secretario de Meló , fueron unos 2.000 entre todos , menos de los que dice Gualdo Priorato que capitularon : lo cual hace creer , que estaban ya entonces reducidos á mucho me- nor número, que el historiador italiano afirma, aquellos tenaces in- fantes españoles. Los muertos los calculó otra breve relación espa- ñola, publicada en el Memorial histórico, en 4 ó 5.000; y en 5.000 los prisioneros de todas las naciones. «Aunque la pérdida de »Rocroy ha dado grande estampido , ha sido mucho méuQS de lo »que se imaginaba», dice una de las relaciones españolas citadas; y otra añade : « la rota en todo caso fué grande ; pero no nunca » vista ni representada. » Creyóse en España en un principio, y así lo escribió Pellicer en sus Avisos , y lo dice una de las cartas de los jesuítas , en el Memorial lústórico , qué los tercios españoles habían capitulado con la condición de que se les traería sanos y salvos á España para seguir sirviendo. Nada se omitió en fin para desco- nocer ó disminuir la verdad por nuestra parte , ocultándonos el mal , como si dejase de existir con no mirarlo. Pero la vista sagaz de nuestros enemigos, no se dejó deslumhrar por eso. Pasó desde entonces entre ellos, como axioma, y era por desgracia tal, el aserto de que había acabado en Rocroy la infantería española, y con ella la superioridad de nuestras armas.

Salváronse en verdad de la derrota unos 10.000 hombres, que con los otros 10.000 de que no había dispuesto Meló, 5.000 que Beck mandaba, y otros tantos que habían quedado á la guarda del Artois con el conde de Fuensaldaña, formaban un ejército de igual número que el vencido. Con este ejército y las fuerzas que había destacado con Cantelmo hacia la frontera de Holanda hizo luego Meló una admirable campaña defensiva contra los dos ejércitos francés y holandés que le embistieron ; vencedor y confiado el pri- mero, y fresco y esperanzado el segundo sobremanera. Todo el fruto de la victoria de Rocroy se redujo, pues, para los franceses á la toma de la plaza de Thionville en aquel año. Todo lo que por de pronto pareció que se había perdido era el prestigio y reputación de Meló; que á pesar de su hábil y activa campaña posterior, de su constancia , y de los escritos que hizo publicar justificando su con- ducta, cayó en el mayor descrédito en los Estados de Flandes, y


MILITAR DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA. 205

hubo que sacarle de aquel gobierno bien pronto, volviendo á España, precedido de graves reclamaciones contra su gobierno , y hasta de rumores y vagas acusaciones de impureza en el manejo de los cau- dales públicos. Siempre será verdad en el mundo el famoso Voe vic- tis esse de Breno, que conservó Tito Livio. No debió dar, sin embargo , gran crédito á estas acusaciones Felipe IV , ó no debia tener mejores hombres de que echar mano , cuando caido su amigo Olivares , y todo , fué Meló encargado del mando de las armas en Cataluña y Aragón por algún tiempo, y tomó asiento en el Con- sejo de Estado. Todo, pues, se remedió ó pasó: todo llegó á olvi- darse al fin en aquellos sucesos, menos que ya no habia mejos tercios españoles.

Rota en Rocroy su tradición; mermada en ellos la disciplina del duque de Alba y del conde de Fuentes, de Sancho de Avila, Idiaquez y el joven D. Bernardino de Ayala; perdido el prestigio para los contrarios , la confianza para si propios , en Lens , en las Dunas , en los reinados posteriores , tuvimos siempre tropas de á pié valerosas, y á las veces bien organizadas; pero que no han vuelto á formar un tipo, una excepción, una especialidad en el mundo. El tercio viejo español, como la falanje macedónica, y la legión romana pertenecen , desde el dia de Rocroy , sola y exclu- sivamente á la historia. Aun hay regimientos entre nosotros, el de Galicia , el de Soria y el de Zamora que se jactan de descender el primero del tercio que mandó el conde de Garcies en Rocroy; el segundo del que mandó allí mismo tan gloriosamente el de Vi- llalba, que se llamó de la Sangre por su gran resistencia y sus ma- yores pérdidas, y el tercero del que á las órdenes del insigne Sar- gento mayor Juan Pérez Peralta capituló como plaza fuerte con el enemigo. Pero todo esto son ejecutorias ó pergaminos que de nada hoy sirven, como he dicho al principio, sino de derivar de ellos sa- ludable enseñanza.

Para ser grande una nación necesita poseer ó procurar reunir condiciones y medios propios y permanentes que no dependan de accidentes pasajeros ni anormales circustancias. Ni el mejor de los ejércitos , ni el mejor de los capitanes aseguran á una nación sino deleznables aunque tal vez fáciles glorias. Es preciso , pues, para que una nación sea verdaderamente grande y poderosa , que se la gobierne de modo que no aspire á más de lo que pueda, y. que pueda más cada dia . La España de los Felipes austriacos aspiraba


204 DEL PRINCIPIO Y FIN DE LA SUPREMACÍA MILITAR.

por una parte á más que podia , queriendo ser la primera nación de Europa y la que comunicase su espíritu religioso j político al resto del mundo , cuando con las guerras constantes , los gastos ex- cesivos, las trabas económicas, la mala gestión de la Hacienda, la compresión de toda actividad intelectual , y la pobreza , la igno- rancia y el relajamiento general de los caracteres individuales, que todo esto al fin produjo, cada día iba siendo menor, y más débil, y menos á propósito para alcanzar sus fines.

Las divisiones intestinas de otros estados , la alianza de familia con el Imperio, el sistema de guerrear con pequeños ejércitos, en que el valor individual de los que los componían entraba por más que su masa ó número , la constitución severa del tercio , y la es- pecialísima naturaleza del maravilloso soldado de infantería, que he procurado dar á conocer en el presente estudio, prolongaron la apariencia de nuestro poder, por mucho mayor plazo del que debía- mos haber conservado, en el orden natural, nuestro prestigio. Un solo día desgraciado; una sola omisión quizá de Fontaine; una hora de aturdimiento en Meló , disiparon como el humo la delez- nable base de poder que nos quedaba. Poderes que así caen es que no merecían ya, como he dicho, tal nombre. Ha escrito Schiller, y yo he citado ya en otra parte estas palabras exactísimas , hablando de España : que fué nación « temida mucho tiempo después de ser » temible, y aborrecida mucho tiempo después de merecerlo.» Algo de esto último nos sucede en verdad todavía ; porque no se ha olvidado aún en toda Europa que nuestra superioridad militar se empleó, mientras duró, en contrarestar y contener el triunfo de los principios que van ya triunfando , y tienen que triunfar por completo todavía en el género humano. Al decir que Meló era quizá el mejor General que tuviese España en su tiempo, se pinta de un golpe toda una nación, y el régimen, sobre todo, imperante en ella. Por lo demás, ni Conde, ni Turena, puestos luego por des- pecho al frente de nuestros ejércitos, lograron con ellos mayores ventajas que el propio Meló. Y á cada uno su parte: de los indi- viduos es el errar , ó ser medianos : á las naciones les toca , por- que pueden, acertar á la larga siempre, y hacerse constantemente más grandes que lo que son, y hasta que lo que las hizo en el Gé- nesis la naturaleza.

A. CÁNOVAS DEL Castillo.



DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA EN EL SIGLO XVIII

Cuando á principios del siglo actual , calmado el vértigo de la revolución francesa , empezaron á reaparecer, entre los escombros que esta hacinara, las ideas católicas y conservadoras, fortalecidas por la misma persecución sangrienta que acababan de padecer, presentóse en la nación vecina un escritor insigne, fervoroso cris- tiano y profundo filósofo que , poniéndose á la cabeza del movi- miento restaurador que entonces se operaba en el seno de aquella sociedad por tan violentas convulsiones agitada , propúsose afir- mar y reconstruir en el terreno de las ciencias morales, como Chateaubriand en el de las Bellas Artes , cuanto la audaz filosofía del siglo anterior habia negado y destruido. Tal fué el vizconde de Bonald, antitesis de Juan Jacobo Rousseau. Comprendiendo que del problema sobre el Origen de las ideas penden todos los de- más problemas filosóficos , y que estos , á su vez , según que se re- suelvan acertada ó desacertadamente , encierran la vida ó la muer- te moral de los individuos y de los pueblos, sentó Bonald, por base del edificio á cuya erección aspiraba , una hasta cierto punto nueva y peregrina teoría acerca de los objetos y medios primarios del humano conocer. Mas , por aquello de in vitium ducit culpw fuga si caret arte , queriendo arrancar de cuajo la cepa de la in-


220 DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA

credulidad , cayó en el exceso contrarío al en que los encieloj)e- distas incurrieran. Si estos anulaban el orden sobrenatural , él vino á hacer otro tanto con el orden natural ; si exaltaban más de lo justo el valor de la rázon , él le desconoció por completo , estimán- dola potencia esencialmente desorganizadora ; si de todo excluían la revelación , él la extendió á todo , la constituyó en fundamento de todo saber, proclamando la necesidad absoluta de la palabra para la existencia del pensamiento y la absoluta necesidad de la enseñanza divina para la existencia del lenguaje. A sus ojos, la educación social, la tradición, era el conducto único por donde reci Dimos, envueltas en la palabra, no solo las ideas suprasensi- bles, pero aun las nociones generales y abstractas, «porque el »entendimiento , decia , mientras no oye la palabra , permanece » vacío', desnudo , de suerte que no existe para si mismo, ni para »los demás.»

De estos principios , desenvueltos por Bonald con aparato gran- de de erudición y lógica , proviene esa famosa secta filosófica de nuestros dias , llamada tradicionalismo , que tanto ha influido , de medio siglo acá , sobre el espíritu de los pensadores católicos , par- ticularmente en Francia y Bélgica, hasta el punto de ser, durante algún tiempo , considerada camo la Escuela católica por antono- masia; escuela fecunda en escritores distinguidos, y que, no obs- tante sus peligrosas exageraciones, más de una vez censuradas por la Iglesia , ha^ prestado indudables servicios á la religión y á la ciencia, contrabalanceando el peso de exageraciones en sentido opuesto , abriendo nuevos senderos á la erudición, á la crítica y á la apologética cristiana, y dilucidando puntos graves y trascen- dentales de que antes de ella no se cuidaban , ó se cuidaban poco los filósofos.

Como de ordinario acontece en tales casos , esta escuela , de que fueron ó son todavía glorioso ornamento Lamennais, Riambourg, Bautain, Augusto Nicolás, Bonnetty, Luis Veuillot, Gaume, el Pa- dre Ventura de Ráulica y otros muchos , con el trascurso de los años ha ido experimentando bastantes modificaciones , sujeridas á sus defensores, ya por el estudio de doctrinas distintas, ya, en fin, por sus polémicas con racionalistas y semiracionalistas , en que se pusieron de manifiesto los no leves inconvenientes que las teorías de Bonald encerraban. De aquí el que los tradicio7ialistas se ha- yan gubdividido en varias ramas , según el mayor ó menor alcance


EN EL SIGLO XVIII. 221

dado á su dogma común , la necesidad de la palabra para pensar , siendo ya muy contados los que acatan en un todo los dictámenes del ilustre filósofo de la Restauración. Unos refieren aquella nece- sidad al pensamiento directo únicamente , otros la hacen extensiva también al reflejo, y no faltan quienes solo en orden á este la de- fiendan , opinando que el hombre , privado de la palabra , no seria incapaz de ideas, pero si inhábil para ejercer su reñexion y reite- rar su juicio sobre las que anteriormente poseyese. Hay asimismo algunos tradicionalistas que , como Bonald , negando á la mente del hombre todo poder de formar conceptos generales é inteligi- bles , y concediéndole una mera capacidad para recibirlos del exte- rior, de donde el exteriorismo , reputan imposible la adquisición de cualquier género de ideas sin el intermedio de la palabra , ó díga- se del magisterio social , prolongación del magisterio divino ; en tanto que otros , y hoy son los más , combinando el tradicional is- mo con el escolasticismo, lejos de mirar al alma como pasiva, le atribuyen la facultad innata de abstraer el universal del particu- lar sensible, y sostienen, con el P. Ventura, que la tradición solo es indispensable para obtener las ideas de los objetos de quienes los sentidos no pueden ix^^múiví fantasma alguno al espíritu.

Sucesivamente conocidas en España , á poco de publicarse, las obras de los más renombrados tradicionalistas , empezando por las de Bonald y Lamennais, acabando por las de Augusto Nicolás, Gaume y el P. Ventura, y extraordinariamente propagadas las traducciones , casi todas malas , cuando no detestables , que de ellas se han hecho , natural era que influyesen un tanto en el ^carácter y dirección de nuestros modernos estudios filosóficos y teológicos, á pesar de la pobreza de estos y del prestigio que Balmes, reno- vando aunque no sistemáticamente las doctrinas escolásticas , al- canzó entre el clero y demás personas que con cristiano intento los cultivan. Condensación magnifica de todas las fuerzas que el tra- dicionalismo habia ido allegando en nuestro suelo, desde su intro- ducción hasta los sacudimientos revolucionarios de 1848, fueron los últimos escritos del marqués de Valdeg-amas, y especialmente el Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, li- bro donde las máximas de aquella escuela aparecen extremadas en el fondo y en la forma, y del cual bien puede asegurarse que no ha dejado huella, ó la ha dejado muy somera en el campo de la filo- sofía española, pasando, á guisa de metéoro, más espléndidD que


222 DEL TRADICfONALlSMO EN ESPAÑA

fecundo , como si con él se hubiese acotado la virtud y eficacia de la idea tradicionalista entre nosotros. Tan cierto es esto , que los mismos que un tiempo le ponian sobre su cabeza , los mismos que hoy encarecen su mérito con mayor entusiasmo , son los primeros á tratar con desvio y tener por vitandas las opiniones ideológicas que Donoso profesaba. Si hubo momentos en que pareció que estas se hablan apoderado por completo del ánimo de nuestros escritores religiosos, pronto las hemos visto retroceder ante el escolasticismo que, nunca extirpado de los seminarios españoles, ahora retoña con brios , merced á las doctas producciones del jesuíta asturiano Fernandez Cuevas, suarista, del P. Ceferino González, tomista, y de Orti y Lara , discípulo fiel de los italianos Liberatore , Sanse- verino y Prisco. No se infiera de aquí que el tradicionalismo haya acabado ya en España. Partidarios tiene , aunque escasos en núme- ro, valientes, que todavía, si no nos engañamos, han de trabar más de una batalla con los que , en opuestos campos , dentro ó fue- ra del catolicismo , militan. Actualmente dan pocas señales de vida; apenas se mueven ; el ímpetu de las corrientes escolásticas los de- tiene ; pero la influencia francesa , el ensanche de los estudios , la propagación del racionalismo , el movimiento y choque de las ideas, el concurso de los sucesos , la trasformacion moral , en suma , que España va recibiendo , más tarde ó más temprano les harán salir á la palestra filosófica , y desplegar francamente su bandera , que simboliza , sin duda , uno de los elementos integrantes de la vida psicológica de la humanidad , hoy con frecuencia negado ó desco- nocido (1).

( 1 ) Creemos que si el Sr. Nocedal no ha renunciado al titulo de académico de la Academia de ciencias morales y poUticas , sino después de haberlo refle- xionado maduramente, y sabiendo la trascendencia fildsqfica del paso que ha dado, el Sr. Nocedal es quien ha desplegado francamente la bandera del tra- dicionalismo.

El dia 13 de este mes publicó la Gaceta un informe de dicha Academia sobre La libertad de pensar y el Catolicismo, obra inédita de D. José Lorenzo Fi- gueroa, alabándola por su espíritu catófico, y porque se aparta igualmente de las escuelas extremas, roAÍonalista y neo-católica ó tradicionalista, en orden al valor de la razón. Adviértase que la Academia usa indistintamente las de- nominaciones á.Q neo-católica y tradicionalista, noentendiendo sino una misma cosa por ambas.

A los dos ó tres dias salió un suelto en La Constancia diciendo que "^el Sr. Nocedal, que ya hace tiempo no asistía á dicha Academia por reputarla


ENELSittL'o ^vríf/ 223

Justamente , uno de los móviles que á escribir este articulo nos incitan , es la firme seguridad en que estamos de que el tradicio- nalismo aun ha de tornar á adquirir importancia en nuestra patria, siendo su presente silencio y retraimiento, como el reflujo de las ag-uas, un estado variable y transitorio. Profundamente convenci- dos de que una buena parte de la grandeza de las naciones en la línea científica depende de que su saber sea , en cuanto quepa , in-


enteramente inútil, ha dirigido á la misma una comunicación, renunciando al título de académico, en vista de dicho informe, n

Dejamos aparte la inmerecida ofensa que el Sr. Nocedal hace á la Academia reputándola inútil, á pesar de los trabajos que ya ha hecho, y á pesar de los que se dispone á hacer reimprimiendo una colección de publicistas españoles antiguos, y sacando del olvido en que yacen á muchos antiguos sabios y pen- sadores, honra de nuestra patria. Vamos á la despedida por causa del informe.

Es de suponer que no disgusta al Sr. Nocedal que la Academia celebre en el Sr. Figueroa su desviamiento del racionalismo. Luego le desagrada el que aplauda su equidistancia del neo-catolicismo. Y como esta palabra , en el sen- tido que le dá la Academia, que es el recto, es sinónima de tradicionalismo, sigúese que el Sr. Nocedal, si lo ha pensado, si no ha obrado irreflexivamente y sin caer en la cuenta de estos asuntos, es tradicionalista, y no así como quiera, sino que reputa anti-católico todo lo que sea apartarse del tradiciona- lismo, pues de lo contrario sería injustificable su determinación, á no ser que se explique por cierta ligereza y falta de costumbre de meditar sobre cosas de filosofía. Pero si la determinación del Sr. Nocedal ha sido pensada y no incons- ciente, se deduce que es más severo que nuestra Santa Madre la Iglesia, y que no tolera lo que ella tolera, pues en su seno admite diversas escuelas filo- sóficas, no siendo por cierto la tradicionalista la mejor admitida. Se deduce también que para el Sr. Nocedal deben de ser unos impíos abominables Gra- try, Maret, Dupanloup, Sanseverino, y otros mil sabios católicos que están á igual distancia del racionalismo y del tradicionalismo; y que son también impíos Orti y Lara, enemigo del tradicionalismo, como secuaz de Liberatore; D. Gabino Tejado, traductor y encomiador de Prisco, que dedica un capítulo de sus Elementos de filosofía especulativa á rebatir el tradicionalismo; y el Padre Ceferino González que en sus Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás emplea largos capítulos en pulverizar la escuela tradicionalista, poniéndose á igual distincia de ella y de la racionalista. Todos estos señores, cuyas ideas sobre la cuestión del informe son idénticas en principio á las de la Academia, están irremisiblemente perdidos. En efecto, ya hay un nuevo periódico que casi los excomulga, que censura á D. Gabino Tejado, que le llama semi-racio- nalista. Este periódico se denomina La civilización cristiana, y con él «debe irse el Sr. Nocedal , si es lógico. ,

(K de la R.J


224 DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA

dígena y castizo , quisiéramos que todos los sistemas probables que se hiciesen lugar en la Península encontrasen en nuestro pasado algo que , consonando con ellos , les prestase fisonomía española, sin perjuicio de la universalidad propia del pensamiento filosófico. Con esta mira patriótica , superior á todo interés de escuela , exa- minando el tradicionalismo , hemos tratado de inquirir si podríamos enlazarle é, precedentes nacionales que en algún modo le relevasen del pecado de importación extranjera reciente, que á menudo suele echársele encima.

Mas ¿cómo acariciar semejante propósito cuando el tradiciona- lismo es de ayer , cuando todavía no ha cumplido un siglo de exis- tencia? ¿Qué pudieron escribir nuestros mayores correspondiente á un sistema cuya aparición ha sido posterior á ellos? Cierto, si se habla del tradicionalismo como escuela categóricamente definida, su origen no se remonta muy allá , y es fácil fijar la fecha de su nacimiento, Pero ningún sistema filosófico se ha elaborado de una vez ; ninguno ha sido creación exclusiva de un solo hombre , aun del más original, solitario é inerudito ; todos, antes de llegar á for- mularse de un modo explícito, existían ya, confusa, embriona- riamente si se quiere , en la atmósfera del mundo científico , en las obras de los sabios anteriores á aquellos que lograron la fortuna de ponerles el sello de su genio, dándoles vida propia y distinta. De esta ley no se eximió el mismo Descartes con todas sus preten- siones de rehacer la filosofía sobre el cogito , ergo sum , abstrayén- dose enteramente de la sociedad y de la historia. Y ¿cabe en lo ra-r zonable pensar que á ella se sustrajese Bonald , que Bonald sacase el tradicionalismo de su cabeza únicamente , cuando la tendencia á que este responde es tan antigua como el mundo ?

No era, pues, empeño absurdo el que acometíamos al ir en busca de gérmenes de tradicionalismo por la filosofía española de los siglos precedentes. El resultado de nuestras investigaciones prueba que tampoco era en vano , á pesar de los estrechos límites á que el aislamiento en que vivimos nos ha hecho circunscribirlas. En cinco escritores peninsulares del siglo XVIII , por diversos tí- tulos memorables, hallamos conceptos y proposiciones evidente- mente tradicionalistas , que , aunque solo de atisbos é indicaciones sueltas los califiquemos , no por eso dejan de significar bastante en el desenvolvimiento histórico de la ciencia patria como señales del sesgo que entonces tomaban los estudios metafisicos , ya que no


EN EL SIGLO XVIIl. 225

como preludios ó elemeíitos generadores de una de las^.^^^i tíS^^- cendentales evoluciones de la moderna filosofía cristiana. vúVtfí^^^^y.

Con una elegante prefación del docto filósofo é historiador don Juan Bautista Muñoz, reimprimióse en Valencia, año de 1769,. el tratado De re lógica , que para uso de la juventud lusitana com- pusiera Luis Antonio Vernei , arcediano de Evora , ó sea el Bar- badiño, que tanto ruido hizo'con su Verdadeiro método de estudnr para ser útil a República é á Igreja. Dos capítulos de dicho libro consagra Vernei á propugnar la opinión de que d sensibus primee- vas ideas ducere originen, y á combatir las doctrinas opuestas, particularmente la de las ideas innatas. Hé aquí libre , pero fiel- mente traducido , uno de los principales argumentos que contra estas alega , el cual, como se ve, incluye las dos más fuertes prue- bas de hecho en que los tradicionalistas se fundan.

«Los defensores de las ideas innatas , dice , si quieren atraernos »á su partido , necesitan demostrar con razones incontestables que »los hombres no han recibido de sus mayores noticia alguna de tales »ideas , y que tampoco han podido formarlas reflexionando sobre » aquellas que, mediante los sentidos, adquirieron. Pero esto se »halla en abierta contradicción con la común experiencia ; pues »siendo cierto que los niños desde los albores de la infancia oyen »contínuamente á las personas de su familia , de quienes reciben las nideas abstractas, y que más tarde ilustran su entendimiento los »libros y los preceptores , imponiéndoles infinidad de ideas , no cabe »poner en duda que de esas fuentes se deriva cuanto con el tiempo »llegan á saber. Un ejemplo lo evidenciará. Figurémonos un hom- »bre que habiendo vivido siempre entre músicos, cante sábia- »mente acompañado de la lira , ó toque con destreza la zampona, »la flauta , la cítara ú otro instrumento cualquiera. Si le pregun- »tásemos quién le ha enseñado semejante habilidad , y nos respon- »diese que nadie , sino que es músico por naturaleza , ¿ quién lo »creeria? ¿quién no le calificaría de demente?.... Pues lo mismo »decimos del niño. No cesando este, desde que nace, de oír á otros »que le inculcan las ideas de las cosas , ¿ procederíamos racional- »mente si juzgásemos que las tiene de su propio fondo , no en vir- »tud de la enseñanza ajena'? La experiencia viene en apoyo de esta »observacion ; pues se ha visto que algunos hombres criados entre yJas fieras ó sor do-mudos de nacimiento , si por casualidad aprendie- »ron á hablar con los demás , no solo no daban la menor señal de


226 DEL TRADICÍONALISMO EN ESPAÑA

»poseer aquellas ideas , sino que en su modo de entender parecían Mnf antes recien nacidos (1).»

Hacia el año de 1771 , fecha que no consta en la portada, pero que hallamos manuscrita en el hermoso ejemplar que poseemos, salió á luz con dedicatoria al conde de Aranda , y un extenso pró- logo en que se refieren y desvanece^ las objeciones que le opuso el escolasticismo , aun antes de que fuera impresa , la Theodicea , ó Religión natural defendida contra sus enemigos los antiguos y nuevos Philosophos, con demonstraciones Methaphisicas que ofrece el Systema Mechántco, dispuestas con método geométrico. Su antor D. Luis José Peretra , Doctor en Philosophia y Medicina , Académico con exercicio de la Real Academia Médica Matritense , y de número de la Portopoli- tana. Esta última circunstancia, el apellido de Peretra y la con- fesión de que nuestra lengua le era «tan extraña como apreciable.» nos inducen á conjeturar que el tal médico-filósofo habia venido de Portugal , y acaso fuese el mismo cuya pericia en el arte admi- rable inventado por Fr. Pedro Ponce de León, y primeramente escrito por el aragonés Juan Pablo Bonet, celebra el P. Feijóo en alguna de sus Cartas eruditas. La estructura literaria del libro se asemeja bastante á la de los de Spinosa y Wolfio. Por medio de una serie de proposiciones, demostraciones y corolarios, perfectamente en- cadenados unos con otros , partiendo de la verdad de que el cuerpo humano no es obra del acaso , nos lleva progresivamente á recono- cer la existencia de Dios y sus atributos , la limitación de los seres, la naturaleza efectiva del hombre, y por último, los principios fundamentales del Derecho y de la Sociedad, refutando de paso los errores del Panteísmo y del Materialismo. Visto este propósito, fácilmente se comprenderá que no podia menos de propender al tradicionalismo, quien como Peretra afirma rotundamente que «nuestras primeras ideas traen su origen de los sentidos; que to- »das las ideas que adquirimos las recibimos por la via de las sen-


il) Líber secundus, cap. IIII, págs. 51, 52 y 53. En confirmación de lo último trae Vernei en una nota juntamente con otro caso idéntico al que veremos en Hervas y Panduro , el de un mozo de la Lituania hallado entre los osos, falto del habla, el cual, "trascurrido mucho tiempo, empezó á pro- "nunciar algunas palabras y á entender lo que se le decia. Interrogado acerca "de la vida silvestre, no supo dar razón de ella más que nosotros de las cosas "que hemos pensado cuando niños.»


EN EL SIGLO XVIII. 227

»saciones (Ij.» Y en efecto, tendencias marcadamente tradiciona- listas revela en el fragmento que á continuación trascribimos":

«La necesidad de la Sociedad está tan fundada y radicada en el »mecanismo del Hombre , que los Materialistas únicamente pueden »fingir que lo ignoran , pues están clamando á su favor la misma ^composición del hombre, la abundancia y situación de los mús-

  • culos de la larynge , pharynge , labios y lengua del Hombre , ca-

»paz de revolverse y modificarse con diferentes acentos, no solo »expresivos de los afectos , sino también de las ideas que no se ha- »llan en los Brutos : y aunque algunos Brutos tengan órganos casi «semejantes con la flexibilidad propia para los gestos, como no »tienen señales de convención ó institución , porque carecen de »ideas que puedan combinar, por esso no pueden formar un idioma, »segun se ve en los niños , y en aquellos Pueblos , que no conocen »los caracteres de la Aritbmetica , que hacen cortísimas suputa- »ciones, porque los caracteres aunque de pura institución sir- »ven para fijar, y ligar las ideas; y sin ellos el Alma solo tiene y>una fuerza pasiva ; estas señales de institución solo pueden venir >yde la Sociedad; el temor mismo de la muerte en una tempestad, »en un precipicio, á la presencia de una vibora, ó de una bala, es >yuna idea debida á la Sociedad, y que no tiene un niño hasta que »se la inspiran. La lengua primera de los niños es la de la acción, »ó de los gestos , que es común á los Brutos ; esta es la única que »viene de la naturaleza, nx) de la Sociedad;

» Una lengua viva y perfecta , y todas las lenguas originales,

»solo pueden saberse perfectamente , y hablarse mediante la So- »GÍedad, ó por inspiración. Todas estas ideas, vienen de la So- »ciedad (2).

Catorce años después que la de Pesetea , fué dada á la estampa, en Madrid también, otra obra igualmente dispuesta por método geométrico, aunque menos descarnado, bajo el título de Princi- pios del Orden esencial de la naturaleza, establecidos por funda- mento de la Moral y Política, y por prueba de la Religión. Nuevo sistema filosófico. Su autor Don Antonio Xavier Pérez y López del Claustro y Gremio de la Universidad de Sevilla en el de Sa-


(1) Páginas 250 y 257.

( 2 ) Páginas 286 , 87 , 88 , 89 y 90.


228 DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA

grados Cánones, su diputado en la Corte, Ahogado del Colegio de ella, é individuo de la Real Academia de Buenas Letras de dicha Ciudad. Trata del orden en general, del Sumo Ordenador, del orden esencial del universo, del orden metañsico del hombre, del orden ñsico del cuerpo humano, de los principios y reglas del or- den moral, de las leyes naturales, de los fines y felicidad humana, de la naturaleza integra y de la corrompida , conducentes á mani- festar el orden moral del Universo, de la Religión revelada como medio de restablecer el orden y mantenerle , y finalmente de las bases , medios y condiciones del orden social , coincidiendo con Pe- RETRA cuanto á la sustancia de sus conclusiones religiosas y políti- cas , pero discrepando en las doctrinas metafísicas, puesto que, en- tre otros puntos , ^asienta que «hay en nuestro interior una facultad j>áe formar ideas de las cosas posibles , á la que llamamos enten- »dimiento ( 1 ) . » Si de esta declaración prescindiésemos, los siguien- tes párrafos, por su sabor tradicionalista , le pondrían, á nuestros ojos, muy cerca de Boñald: teniéndola en cuenta, licito nos será colocarle un poco mas acá, entre aquel y el P. Ventura de Raúlica: ^ "^í* V^

«El hombre —leemos en el capitulo dedicado á probar la ne-

»cesidad de las Sociedades cimles para mantener el orden — debe »ser racional, piadoso, justo, amante délo bueno, y virtuoso, debe »tambien conservar su vida , salud y honor, y para ello proporcio- >marse. bienes, habitación y vestido, defenderse á sí mismo, y á su »mujer, hijos y familia. A nadie ha de injuriar; antes por el con- »trario, ayudar á los otros en sus necesidades, y guardar inviola- »blemente la fe de los pactos. ^'i --^-i" '-<'¦ i; i-i*! •

»Pero cada persona de por sí, ó alguttSs^'ptíClEiá tinlda^; ¿ádtí fea- »paces de cumplir estas y otras obligaciones naturales , ó de con- »seguir la felicidad posible en el estado presente? De ningún modo: »consideremos á muchos hombres dispensar desde su infancia ; y »que desde entonces ninguno haya enseñado ó dado el menor auxi- »lio á otro, y los veremos casi tan estúpidos coüio los brutos, y »mucho más infelices que estos. Tengan enhorabuena las ideiEls »innatas como quieren algunos filósofos ; pel*o ellas estarán al modo »de unas pequeñas centellas enterradas en un montón de ceüiáas »ó de una luz encerrada en un grueso y tosco vaso.

TO '¦: \ Ori¿ 88fi c^iV 1. i' í ) í 1 ) Pág. 36. "<' V r-, .?^r . Tri . ;v;¿ >.^,ú^F\ \ ^ •


EN EL SIGLO XVIIl. 229

»En el efecto apenas darán indicios de ser racionales. Esto se ha »verificado en varios hombres criados entre los osos , y á la verdad »no han sido ni son muy diferentes innumerables indios. Faltando »á los primeros el uso é inteligencia de los idiomas, no pueden ad- »qmrir las ideas abstractas y iiniversales , que se alcanzan por »medio del lenguaje y del oído. Por necesidad en tal estado han de »carecer del uso de la razón , que consistiendo en el conocimiento »de las verdades universales , y en inferir unas de otras , no pueden »tenerlo por falta de ideas : por lo mismo se hallan privados tam- »bien de todas las ciencias , cuyos principios y reglas son estas pro- »pias ideas universales, y el ejercido de sus ilaciones. • ' »Igualmente se conoce que estos infelices no pueden tener ver- >^daderas ideas de religión, ni de otra virtud. No hablo de la re- » velada, pues adquiriéndose la fe solo por el oido, según enseña »S. Pablo, no pueden estar instruidos en ella aquellos que ningún »idioma entienden. Hablo, si, de la natural, cuya inteligencia »pende de muchos y sublimes raciocinios , y por lo tanto son inca- y>paces de su conocimiento los que no lum podido adquirirlo; pri- »mero por la instrucción , y después por la reflexión propia , que »es el único manantial de tales adquisiciones (1).» >>}->" •^^'^"

No menores indicios de tradicionalismo nos ofrece el'íncotíípa- rable Jovellanos. En la Oración inaugural del Instituto astu- riano se expresa en términos que cualquiera diría sacados de una conferencia del autor de La razón católica y la razón filosófica.

»Desde Zenon á Espinosa y desde Thales á Malebranche , ¿que »pudo descubrir la Ontologia , sino monstruos ó quimeras ó dudas ó «ilusiones? ¡ Ah! sin la revelación, sin esta luz divina que descen- »dió del cielo para alumbrar y fortalecer nuestra oscura, nuestra »faca razón, ¿que hubiera alcanzado el hombre de lo que existe >fuera de la naturaleza'^ ¿Que hubiera alcanzado aun de aquellas ^santas verdades que tanto ennollecen su ser y hacen su más dulce «consolación?»

Con estas nada ambiguas expresiones se dan la mano, batiendo resaltar más y más su sentido tradicionalista , aquellas otras de la propia Oración , d-el Tratado teórico-práctico de Enseñanzas y de la Instrucción á un Joven teólogo sobre el modo de perfeccionarse en el estudio de esta ciencia. .

(1) Pág. I69yl70. .v-A>^...^a ...voi., ; ,.o.a,n: ,.n.u


23G DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA

«Su espíritu (el del hombre) fué atado á la materia y como aher- »rojado en medio de ella para que recibiese las ideas por medio de »las sensaciones j para que no pudiese percibir sin sentir, ni pen- «sar sin haber sentido.»

. »¿No es la instrucción la que desenvuelve las facultades intelec- »tuales y la que aumenta las fuerzas físicas del hombre? iSu razón >ysin ella es una antorcha apagada.

»Las palabras son signos necesarios de nuestras ideas ^ y esto »no solo para hablar, sino también, para pensar.

»La mejor de las lógicas es el arte de hablar , sin el cual no se »adquiere el de discurrir. Porque el hombre no habla solo cuando »habla exteriormente , sino que habla también cuando interior- »mente discurre. Nosotros adquirimos las ideas por sus signos; »cada idea necesita uno; para adquirirlas es preciso conocer los >>signos que las representan (1).

, . Con JovELLANos coucuerda en el fondo el exclarecido jesuíta D. Lorenzo Hervas y Pandüro , padre de la Lingüistica y de la Etnografía, metafisico, fisiólogo, astrónomo é historiador doc- tísimo , uno de los hombres más sabios que ha producido Europa, según acreditan.su Análisis filoso fico-teológico della natura delta carita, su Idea dell Universo y otros muchas obras, casi todas compuestas primeramente en italiano. Desmembrado de la segun- da, publicóse en castellano El Hombre físico (Madrid, 1800) que es un profundo tratado de fisiología y psicología lleno de pen- samientos , harto notables cada uno de por sí , mucho más consi- derándolos reunidos y eslabonados. Véanlos nuestros lectores.

»Los sordos por nacimiento son mudos

» Viven entre los hombres casi como bestias , que solamente en- »tienden y atienden á lo visible. Prueba de esto es el caso raro que »Filibien hizo saber á la Academia Real de las Ciencias , de un »jóven que habiendo nacido sordo, y siendo consiguientemente »mudo , en la edad de entre 24 y 25 años , empezó repentinamente

»á hablar con admiración de toda la ciudad. .

»Preguntándole la idea que había formado de Dios, del espíritu

»humano y de la bondad y malicia moral de las acciones

»se halló que su conocimiento no habia pasado de la superjícial

(1) Obras de Jovellanos, tomo I, páginas 231, 248, 278, 320 y 322; edi- ción de la Biblioteca de Autores Españoles.


EN EL SIGLO XVIII. 231

^apariencia con que los ohjetos se presentaban a sus sentidos ^ y

»principalmente al de la vista Las ideas y el modo de

»pensar de este joven , los he hallado yo en algunos sordo-mudos »que he examinado atentamente después que habían aprendido á »leer y escribir , como largamente refiero en mi obra intitulada:

y>Arte de enseñar a los sordo-mudos Ellos, si no se

»iNSTEüTEN , viven entre nosotros sin participar mas que las bestias »de las ventajas espirituales que se logran con la religión , y de >ylas racionales que se adquieren con la sociedad.

»E1 hombre es incapaz de inventar aun el idioma más bárbaro, »como 'demuestro en mis obras intituladas Origen y mecanismo »de los idiomas, y Ensayo práctico de las lenguas.

»E1 aprender un idioma es aprender inmensidad de ideas. Los »hombres, queriendo dar perfección á los respectivos idiomas que »por herencia hablan, han inventado palabras que no expresan »lDEAs, sino solamente pueden servir para ilustrar las ideas de

»0TRAS palabras.

>^Nuestro pensar es pedisecuo del hablar ; no solemos tener ideas »sino de las palabras que sabemos (1).»

Registrando despacio las bibliotecas, acaso daríamos con otros autores de la misma época y nación igualmente influidos por el espiritu tradicionalista que en Vernei , Pereyra , Pérez t López Y Hervas se manifiesta de un modo inequivoco. Tal vez, empero, ninguno de esos filósofos conociese , ni aun sospechase la trascen- dencia de sus afirmaciones; tal vez al pronunciarlas, estuviesen muy -ajenos de imaginarse que con ellas abrian camino á una nueva escuela , preparándole anticipadamente datos , materiales y argumentos. El hecho es que , consciente ó inconscientemente se lo abrieron. ¿Qué han dicho los modernos preconizadores de la tra- dición que no se halle explícito ó implícito en los preinsertos pasa- jes? De estos al tradicionalismo no había más que un paso ; el que dá la naturaleza cuando á un árbol antiguo le sustituye el renuevo que ha brotado de sus raices ; el que dio Bonald en la Legislación primitiva y en las Investigaciones sobre los primeros objetos de los conocimientos morales.

¿Tuvo presentes el célebre vizconde á nuestros citados escritores? Hervas y Panduro , por lo menos , dada la universal circulación

(1) Tomo II, páginíis 150, 151, 271 y 282. '

TOMO I. IG


232 DEL TRA.DICIONALISMO EN ESPA.ÑA

de sus obras, no podia serle desconocido. Juzgamos, con todo, más verosímil atribuir á una causa general las relaciones de analogía que entre ellos y Bonald advertimos en lo tocante al capital pro- blema ideológico. Que los primeros obedecían, más bien que á ins- piraciones individuales, á un impulso común , de su mismo número y coexistencia se colige. ¿De dónde procedía semejante impulso? En nuestro sentir , del empeño visible en alguno de aquellos filó- sofos , de permanecer fieles católicos á la vez que seguían las hue- llas de Locke y Condíllac ; empeño que por fuerza liabia de ponerlos á dos dedos del tradicionalismo , cuando no de lleno en él , á poco que se dejasen arrastrar de las exigencias de la lógica. Porque ¿cómo conciliar el empirismo, que excluye lógicamente toda especie de conceptos absolutos y universales , puesto que los senti- dos solo nos presentan objetos contingentes y singulares; cómo conciliario , decimos , con la fe cristiana que necesariamente im- plica y supone aquellos conceptos, sino estableciendo que nos vienen de la revelación, de la sociedad, de la enseñanza? ¿Ni qué otro motivo condujo á Vernei , por ejemplo , hasta donde lo hemos encontrado , más que su catolicismo junto con la aversión que le inspiraban las doctrinas escolásticas, cartesianas, malebranchia- nas, etc., acerca del origen de las idease ¿Ni en qué habían de parar sino en el tradicionalismo unos hombres que, enseñando con el abate Condíllac que «las ideas abstractas y generales son meras denominaciones,» y que por cousiguiente, «todo el arte de racio- cinar se reduce al arte de hablar bien,» admitían al propio tiempo que el lenguaje no es invención humana y sí una dádiva que hizo Dios á nuestros primeros padres?

Ahora bien; en toda Europa existían filósofos del mismo jaez; en toda Europa contaba prosélitos católicos el sensualismo : á toda Europa , pues , era trascendental el impulso común de que queda hecho mérito ; á toda Europa , por tanto , debían de extenderse sus naturales efectos, bien que , á causa de nuestro especial estado re- ligioso , quizá obrase con mayor eficacia y rapidez en el ánimo de los pensadores españoles. Según esto , bien pudo Bonald , sin nece- sidad de leer nuestros libros y con solo deducir las precisas conse- cuencias que entrañaba la pretendida unión del Evangelio y de Locke , llegar vía recta á su absoluto é inflexible tradicionalismo; sistema que , en resumidas cuentas , no viene á ser más que una fase nueva ó un particular desarrollo y aplicación deí dogma


EN EL SIGLO XVHÍ. 233

sensualista, en orden ala generación del conocimiento humano.

Pero haya sido mucha ó poca la influencia ejercida por Vernei, Pereyba, Pérez t López, Jovellanos, Hervas. etc. , en el pode- roso vuelo que la susodicha escuela tomó en el centro de Europa, después de la revolución, nunca podrá negarse que el aspecto bajo el cual los hemos considerado , tiene no escasa importancia en la historia de la filosofía española del siglo XVIII , pues representa una de las más características direcciones de la especulación ra- cional en aquella época. Deben , por consiguiente , fijarse en él cuantos deseen conocer á fondo ese no estéril período de la ciencia ibérica ; deber que alcanza muy particularmente á nuestros actua- les tradicionalistas , pues solo cumpliéndole conseguirán dar á su doctrina el tono y colorido nacional que necesita para circular entre nosotros sin la tacha de novedad forastera. Tomen ejemplo de los franceses afectos al psicologismo escocés , los cuales , llevados de laudable celo patriótico , han ido á buscar su filiación histórica en el P. Buffier , aclamándole precursor de Reíd y de Dugald Ste- wart. Por demás extraiio seria que precisamente el tradiciona- lismo fuese una de las cosas desprovistas de base tradicional en España.

Bien se ve que , al procurar la desaparición de semejante ano- malía, procedemos guiados de un sentimiento de nacionalidad, no del espíritu de sistema. Ya hemos insinuado que no somos tradi- cionalistas, por más que, en cuanto católicos, reconozcamos al tradicionalismo, como á las demás escuelas que la Iglesia consiente, el derecho de vivir , crecer y multiplicarse , puesto que carecemos de autoridad para imponer nuestra razón á la razón de los demás hombres. No somos tradicionalistas . Creemos que los que de serlo blasonan y en general todos los sensualistas , incurren en el para- logismo post hoc ergo propter Jioc. Los hechos á que apelan, aun suponiéndolos ciertos, solo probarían que el hombre no iitm plena conciencia de sus ideas, hasta que los signos exteriores — palabras ú objetos — vienen á hacerle entrar en sí y á convertirle hacia ellas, bien como tampoco tendría plena conciencia de su libre alhedrio , si ninguna ocasión de ejercitarle se le presentara ; mas no pueden in- vocarse en pro de la opinión que concede á dichos signos la virtud de engendrar las ideas en la inteligencia , ó lo que es igual , la in- teligencia misma. Antes bien, esta, como impresión de la verdad .increada y de las razones eternas, contiene en sí , desde su creación,


234 DEL TRADICIONALISMO EN ESPAÑA EN EL SIGLO XVÍII.

las que Santo Tomás llama conceptiones animi communes j prima intelligibilia , ó séase las ideas que , según San Agustín , son nuestro espiritu, en las cuales y por las cuales juzga de las demás cosas , viendo las verdades particulares en esas verdades inconmu- tables , participación inmediata , por decirlo asi , de las ideas divi- nas y de la verdad primera ( 1 ) . De otro modo , si no poseyésemos de antemano esas ideas generales , ¿ qué valor tendrían para nos- otros los signos , ya de los idiomas , ya de los tres reinos de la na- turaleza, que las representan? ¿Cómo los traduciríamos? ¡Imposi- ble ! El universo y el lenguaje , en tal caso , nada dirían á nuestro entendimiento , nada más que lo que una serie de figuras geomé- tricas ó de signos algebraicos , dice á la mente de quien carece de las ideas por ellos simbolizadas. Las ideas son necesarias para ad- quirir las ideas. "'

Gumersindo Laverde. .1


(1) V. los Estudios sobre la Filosofía de Santo Tornas^ del P. GonzaleíJJ El Espiriiualismo y de Maxtin Mateos; y los Elementos de Filosofía espeonla- iiva, de Beato.


UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO.

Hace cincuenta años, el viaje de cualquiera de las provincias de la monarquía á la capital, era uno de esos acontecimientos que formaban época en las familias , hasta el punto de ser la fecha que servia de base para todos los cálculos del tiempo en que ha- blan tenido lugar los sucesos posteriores.

Arreglábanse todos los asuntos antes de comenzar el viaje , desde la conciencia hasta la cuenta más insignificante , y no era supér- flao este trabajo , pues á más del largo tiempo que en jornadas tras jornadas se desperdiciaba, no era extraño uno de aquellos encuen- tros con partidas de bandoleros , de que hoy hablan aun todos los viajes que sobre España se escriben en el extranjero , y que gracias á la Guardia civil , ya no tienen ejemplo en los caminos de nuestro país desde hace muchos años.

Hechos ya los preparativos y despedidas de los amigos y deudos, se buscaba uno de aquellos coches llamados de colleras , montados sobre sopandas en que con cuatro ó seis , entre malos jacos y mulos, porque era de rigor que no fueran todos de la misma clase , con un mayoral bebedor y dicharachero que hacia el viaje al paso , sin ca- minar más que las horas de sol , y cuidando de dar un descanso en medio del dia á sus cabalgaduras, parando en un mal mesón en que solo naoscas se encontraban , y en que se carecía hasta del ali-


236 UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO.

mentó , sino se llevaba antes preparado , en que era cosa indispen- sable el famoso maletón asi llamado , no porque en él cupiesen como en los mundos modernos , cuanto el hombre necesita para un pro- longado viaje; sino á causa de sus dimensiones, necesarias para encerrar la cama y colchones del viajero , todo lo cual era atado como el resto del voluminoso equipaje con sendas sogas en la enorme zaga.

Cuando se recuerda este modo de viajar, y se oyen las quejas que exhalan hoy nuestros viajeros que en pocas horas atraviesan el espacio , para que antes era necesario meses y sufrir todas las incomodidades que ya quedan solo relegadas á los que viajan por el interior del África, se dan gracias al cielo de haber nacido en esta época , aun cuando tengamos el cáncer que corroe á las sociedades modernas , y nos falten los grandes recursos que los retrógados ven en la organización de las antiguas.

Pues bien , antes en España pocos salian de sus provincias para venir á Madrid , y hoy pocos españoles acomodados dejan de visitar á París como si fuera un arrabal de las poblaciones en que viven. No en balde los inventos modernos han acortado las distancias, no solo abreviando el tiempo , sino poniendo al alcance de todas las fortunas los medios de transporte , hasta el punto de que sea más económico para el jornalero tomar un billete de tercera que ha- cer á pié el mismo trayecto. ' Mas como la curiosidad y como el genio del hombre son insacia- bles , lo que antes era motivo de consideración y admiración para muchos , es hoy insignificante y valadí , trayendo por consecuencia este gusano roedor de la curiosidad y la facilidad de la locomoción de los viajes á Francia , los viajes á Suiza é Italia , y más tarde á Alemania , Hungría , Polonia y Rusia , comarcas por los españoles menos visitadas.

Creen algunos que á Rusia no se puede ir en verano , como no se debe visitar la Andalucía en invierno ; pero es la verdad que aquel gran pueblo tiene sus encantos para el viajero en el verano, sin sufrir ninguno de los inconvenientes que el hacerlo en invierno proporciona en particular para los habitantes del Mediodía.

Viajar por Francia, Inglaterra, Bélgica y Alemania, es con cortas excepciones ver las mismas poblaciones , parecidas costum- bres é igual civilización ; viajar por Rusia es encontrar otro orden de edificación, otras costumbres, otra civiHzacion; y conviene en


UN VIAJE Á KUSIA EN VERANO. 237

estos tiempos en que se quieren poner en moda ciertas cosas , supo- niendo que á ellas deben algunos pueblos su estabilidad y su gran- deza , que se examinen las cosas y los hombres bajo un punto de vista filosófico , sacando de ellos sus verdaderas consecuencias.

La Rusia es un país desconocido para la generalidad de los via- jeros , y las más veces es inútil que el hombre recorra las comarcas, admire los edificios y- examine los habitantes , si al hacerlo lleva un criterio por decirlo asi preconcebido , fenómeno que explica como tantos extranjeros notables han viajado por nuestro país y escrito sobre él, estampando bajo su firma tantos y tan notables absurdos.

A Rusia se la ve siempre por el prisma de la opresión y de la barbarie , y es inútil que á sus siervos se les dé libertad , que su nobleza sea hoy quizás la más ilustrada de Europa , y que sus mo- narcas, conociendo las verdaderas necesidades de su pueblo, lo ilus- tren y eduquen para la nueva vida social , que protejan su industria y amen las artes ; la Europa no ve á la Rusia más que oprimiendo la Polonia y alzando el Knout contra los esclavos.

No diremos que la represión no se haya llevado más allá de lo necesario en Polonia, y que no haya habido señores que abusen de sus siervos; pero esto no basta para juzgar un pais.

Por regla general los que van á Rusia emprenden el viaje desde París por Colonia , visitando su magnífica catedral y el gran puente del Rhin, dirigiéndose después por la orilla izquierda de este rio, contemplando sus bellezas y sus antiguos castillos, dejando atrás las históricas poblaciones de Coblenza y Maguncia , y los bien cultiva- dos campos de Alemania , y bien pronto se llega á Berlín , no sin haber admirado los grandes esfuerzos que la mano del hombre hace para convertir en frondosos pinares sus alrededores, útil ensayo que no debia pasar desapercibido entre los españoles, para ha- cer desaparecer la aridez y fealdad de los terrenos que circundan á Madrid.

No es nuestro propósito , ni puede serlo , atendidos los estrechos límites que necesariamente ha de tener este trabajo, hacer una descripción minuciosa de la capital de la Prusia engrandecida , y quizás bien pronto del nuevo imperio alemán ; pero es de todo punto imposible dejar de admirar sus museos y bibliotecas, la regu- laridad de sus calles y plazas, la multitud de sus estatuas y la facilidad de visitar todos sus monumentos, que forma notable contraste con lo que pasa en nuestro país , en donde para todo se


238 UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO.

necesitan papeletas. No quisiéramos dejar pasar esta ocasión sin relatar al lector hasta donde hay facilidad en Prusia para vi- sitar sus curiosidades. Entre los palacios que hay en Potsdam, sitio real cerca de Berlin , á cual más helios y magníficos , hay una residencia habitual del Rey que se llama Babelsberg. Para visi- tarla , hasta con llegarse al portero y pedirle el permiso de hacerlo. Negábase este á permitirlo so pretexto de qué el Rey estaba allí, cuando uno de los ayudantes del monarca se presentó á los viaje- ros y les dijo , después de reprender severamente al dependiente,- que el Rey tenia mucho gusto en que vieran su casa toda , y llevó hasta tal punto su galantería, que cuando á los viajeros solo faltaba por ver el cuarto en que trabajaba el Rey, el gran monarca dejó sus ocupaciones , y trasladándose á otro , permitió á los visitantes pasar por aquel despacho , en donde acaso se estaba preparando en aquel momento la paz ó la guerra del mundo, pues tal es hoy la influencia de la Prusia en la balanza europea i '^^^ m :í t

Quizás en otra ocasión nos ocupemos más detalladamente de un país que sorprendió á la Europa y á sus grandes políticos hace dos años; pero cuya apreciación minuciosa nos separarla de nuestro propósito de hoy, de hablar exclusivamente de la Rusia y de la Rusia en verano.

Se sale de Berlin por la noche , y atravesando las estaciones de Francfort sobre el Oder, Bromberg y Koenigsberg se llega á Eyd-^' kuhnen, aldea fronteriza de Rusia, en que está situada la Aduana. Esta aldea , primera muestra de lo que son las pequeñas poblaciones en Rusia, es de madera y de aspecto miserable y sucio. Sus ha- bitantes ya tienen el traje de los campesinos rusos , consistente en una gorra redonda con visera , camisa colorada de algodón que llevan á manera de blusa, pantalones anchos de paño azul meti- dos en enormes botas y á veces un largo levitón agabanado de paño azul , que les llega hasta los tobillos. En invierno esta gran levita está forrada de piel lo mismo que el gorro.

La Aduana es muy escrupulosa con el viajero, en particular con los libros é impresos ; pero una vez franqueado este baluarte fiscal los registros en Rusia son muy someros.

Desde la frontera los coches del ferro-carril son también distin-^ tos de los que se usan en los demás países , pues consisten en dos grandes compartimientos en las extremidades del carruaje á que se entra por un corredor, á derecha é izquierda del cual hay gabine-


UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO. 239

tes para cuatro personas y un cuarto de que se carece por completo en nuestros ferro-carriles.

Después de la visita de la Aduana é ínterin se organiza el tren que ha de conducir al viajero á San Petersburg-o, se entra en una especie de restaurant ó de sala de espera , en que están confundidas todas las clases, y en donde, por una gran casualidad, el fondista, antiguo servidor de una gran señora de España, habla nuestro idioma, descubrimiento bien necesario para un extranjero que, ha- biendo oido decir que con el francés se va á todas partes , se en- cuentra grandemente sorprendido al ver que los empleados del ca- mino de hierro apenas lo entienden , y si hablan algo á más de su idioma, es el alemán, á cuya frontera se aproximan.

De Eydkuhnen á San Petersburgo solo una población notable se atraviesa que es Vilna, por lo demás el viaje es monótono, pues los campos son llanos , por lo general cubiertos de verdura , alter- nando con enormes pinares y alguna que otra aldea semejante á la que hemos descrito al hablar de la frontera. Asi se pasa todo un dia llegando por la tarde á San Petersburgo,

El viajero, que hace su entrada en la capital de Rusia por el ca- mino de hierro, no goza de la magnífica perspectiva que el que en- tra embarcado por el Neva, y, si no fuera por las molestias que trae siempre para el que se marea la navegación , aconsejaríamos que se fuera á San Petersburgo por esta via con preferencia á la de tierra. El aspecto que desde larga distancia presentan la multitud de cúpulas y cupulillas de las iglesias, ya doradas á fuego, ya es- maltadas de azul, tachonadas de estrellas de oro ó plata, ya los in- mensos edificios públicos que, como otros tantos palacios y mezcla- dos con ellos , adornan los prolongados muelles á que atracan los vapores que recorren el rio en todas direcciones , ya sus magníficos puentes, dan una perfecta idea de la gran población que va á visi- tarse. Mientras el viajero se apea en la estación del ferro-carril, situada en uno d'e los arrabales de la ciudad , en donde gran parte de las casas son aun de madera , le esperan , á parte de los óm- nibus de las fondas principales, una multitud de los coches de alquiler llamados droskys , carruajes abiertos para una ó dos per- sonas , montados sobre muelles , con malos caballos enganchados con una especie de arco, género de atalaje muy común en Rusia, y guiados por unos asquerosos mougtcks con el traje especialísimo del cochero ruso que sustituye al levitón de abrigo de los paisa-


240 UN VIAJE Á BUSIA EN VERANO.

nos , una enorme bata de paño azul sujeta á la cintura por un ce- ñidor de seda encarnada , y en vez de gorro un sombrero de fiel- tro de forma particular, de copa baja y acampanada con alas es- trechas y remangadas, traje que conservan aun después de hecho girones y lleno de grasa y que con la barba y cabello largo les da un aspecto de pobreza imposible de describir. Estos cocheros asal- tan al viajero con el frenesi del hambriento, y de sus impertinentes pretensiones apenas pueden deshacerse los del país con la mayor dureza.

Este conjunto no es ciertamente seductor para el que llega á San Petersburgo; pero es la verdad que por lo mismo, cuando de los lejanos arrabales se entra en la población , y sobre todo cuando se pasa por la plaza del gran teatro y se ve la principal de las calles, la perspectiva Nevshy, y se encuentran aquellas magníficas casas y palacios, aquellos puentes, las tiendas en los pisos entresuelos, pre- caución debida á que en invierno si estuvieran situadas como en los demás países la nieve obstruiría la mitad de las puertas; cuando se ve aquel movimiento de centenares de carruajes siempre á un trote extraordinario propio de los caballos del país, comparables solo con los trotadores anglo-americanos; con un ferro-carril de sangre en vez de los ómnibus que en París y Londres recorren las princi- pales calles; cuando se llega, en fin, delante de la enorme plaza del Almirantazgo , caprichoso edificio en cuyo centro se eleva una columnata cuadrangular sobre la cual se destaca una enorme aguja dorada , que parece se esconde en las nubes ; y cuando se mira á la derecha de la plaza y se ve , á más de la gran columna que ocupa su centro , el palacio de invierno , edificio construido en pocas se- manas , á pesar de su gran tamaño y solidez , y á la izquierda la caprichosa estatua ecuestre de Pedro el Grande , la imaginación se extasía y se dan por bien empleadas las largas horas que se han pasado en el monótono camino desde que se abandonaron los bellos campos de Alemania.

_f Las fondas en San Petersburgo son en general buenas, aunque caras ; pero están muy lejos de corresponder á las francesas , aun cuando los cuartos son mayores. La vida para el viajero se va ha- ciendo casi igual en todas partes , pues las necesidades son las mis- mas; sin .embargo, en San Petersburgo sucede comeen Londres, que es más cara por la necesidad en que se está de usar carruaje. San Patersburgo, ciudad nueva fundada por Pedro el Grande en


UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO. 241

una enorme llanura , y en donde el terreno nada valia , ha podido desde un principio ser trazada con anchas calles , enormes plazas y grandes canales, y bastaría solo el caudaloso rio que la atraviesa para embellecerla , teniendo por lo tanto desde un principio lo que está costando centenares de millones en las demás capitales de Europa.

En San Petersburgo, ciudad de 550.000 habitantes, todo es grande. Su Museo, uno de los más ricos de Europa en magnificas pinturas italianas y españolas, ocupa el piso principal como las muchas salas de pintura de autores nacionales, pues la Rusia, no contenta con haber sabido hacer un país, una lengua y un alfa- beto, ha querido crear también una escuela de pintura. El gabinete numismático y de piedras grabadas está también en el mismo piso del soberbio edificio, al cual se sube por una magnífica escalera. La parte baja se halla destinada á la escultura.

Este edificio comunica por dos grandes galerías con el palacio del Czar , en que existe un Museo exclusivamente de objetos que pertenecieron á Pedro el Grande y Catalina.

El palacio de invierno no es en su parte exterior de los mejores de San Petersburgo , pues el del Gran Duque Constantino, llamado de mármol por ser todo él de esta piedra, es superior ciertamente al del Czar , si bien el de este en su interior es de una gran mag- nificencia , particularmente las habitaciones de la Emperatriz ma- dre y de la Emperatriz actual ; las de la primera con chimeneas, adornos y muebles de malaquita , y las de la segunda con mármo- les y riquísimos dorados. Los salones de baile, aunque adornados con gran sencillez, relativamente á los cuartos de las dos Empera- trices , son de dimensiones extraordinarias.

Pero lo sorprendente y verdaderamente curioso de este palacio, es el tesoro ó séase el cuarto que encierra los adornos de brillantes y otras pedrerías que el Emperador y la Emperatriz usan en las grandes ceremonias. Allí se ven , á más de las magníficas coronas el hermoso cetro cubierto de brillantes , en cuya parte superior está representado el mundo por el brillante más grande de los cono- cidos hasta el dia, regalo del conde Orloff, cuyo valor se calcu- la en más de siete millones de reales ; los magníficos adornos que rodean el riquísimo traje que á semejanza de las aldeanas ru- sas lleva en los dias de mayor solemnidad la Emperatriz , con el inmenso collar que el Emperador Nicolás regaló á su esposa al


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cumplir los 25 años de matrimonio : alli se ven , en fin , multitud de espadas , bastones y condecoraciones , lo mismo de Rusia que de los demás paises , cuajadas materialmente de piedras preciosas. No en balde cuidan de tan rico tesoro veteranos del ejército ruso , y guardan su puerta dos centinelas de la guardia de palacio.

Relatar uno por uno los mucbos y distintos palacios de San Pe- tersburgo , fuera obra larga en un pais en que las altas clases so- ciales poseen inmensas riquezas y compiten con los mismos so- beranos , pero los principales son el del Gran Duque Constantino ya citado , adornado con el mayor gusto y magnificencia , y que encierra un Museo naval , símbolo por decirlo asi de la profesión del Gran Duque que lo habita. El del Gran Duque Miguel, cuya magnifica escalera sorprende y sobrepuja á lo demás del palacio, á pesar de su gusto y elegancia; el de la Gran Duquesa Mar ia, situado en la plaza del Jardin de Isaac , en que se eleva la estatua ecuestre del Emperador Nicolás , en el que además de notables pin- turas y lindas estatuas debidas á la larga estancia de la Duquesa en Italia , hay un pequeño Museo de objetos pertenecientes al Em- perador Napoleón I , y á toda su familia , con quien se encuentra unida con vínculos de parentesco la Duquesa.

Las Iglesias de San Petersburgo aunque ricas en objetos de pla- ta y oro , no son grandemente notables si se exceptúan la catedral de Isaac de nueva construcción y las de Kasan y la Fortaleza; esta última notable únicamente por conservarse en ella las tumbas de la familia imperial.

La catedral de Isaac es indudablemente de elegante y magni- fica construcción, aislada con cuatro pórticos adornados de enor- mes columnas de granito oriental con magníficos frontones de bron- ce y rematada por cinco cúpulas doradas á fuego , de dimensiones colosales la central. El interior aunque algo oscuro , está adorna- do con grandes y notables mosaicos, y la parte del iconostasio ó al-" tar mayor con soberbias columnas de malaquita y lapislázuli de" 30 pies de alto, cuyo coste total se calcula en má^ de 2.400.000 reales. -^'^ ^^* ohíii.-i-^ «¿nt •iiíiñiú'íd ía -r^tí oíirnfm ui *»J« ^

La catedral de Kasan no es notable sino por la columnata que adorna su plaza, y por ser en ella donde se celebran todas las funciones oficiales de la corte , si bien en los palacios hay grandes y magníficas capillas , para el uso particular de los soberanos -y. príncipes. Las demás iglesias de San Petersburgo, como los con-


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ventos no son notables como hemos dicho ya , más que por su ri- queza, pues la construcción es en casi todas semejante á la de Isaac, aunque menos rica.

Entre las curiosidades que recuerdan la fundación de San Peters- burgo, está la modesta casa de madera habitada por Pedro el Grande durante la construcción de la ciudad , hoy convertida en ermita , en cuya parte exterior se conserva una pequeña embarca- ción hecha por el misino Emperador y origen de la flota rusa : hay también otra casa situada al extremo del jardin de verano , en que residió igualmente Pedro el Grande.

Los edificios destinados al acuartelamiento de las tropas y los inmensos gimnasios (que asi podriamos llamar á los vastos edifi- cios) en que hace la tropa sus ejercicios durante el invierno, son otras curiosidades que merecen una visita especial del viajero ; pero hay dos cosas de la mayor importancia , sobre las cuales en medio de la rápida ojeada que vamos dando á las curiosidades de San Pe- tersburgo no debemos dejar de llamar la atención , que son la Bi- blioteca y el Museo, pues .t?^l debe llamarse al délos coches de la corte. ,( HÍ '-K ^,

La primera de construcción notable , situada en una de las plazas más céntricas y admirablemente dispuesta, tiene más de 957.000 volúmenes impresos, 74.000 grabados y 33.308 manuscritos, en- tre los que hay varios del siglo V, siendo hoy de las mejores de Europa.

Respecto á las cocheras imperiales establecidas en un edificio hecho al efecto , y en que los carruajes de ceremonia ocupan el piso principal al que son elevados por una máquina , posee un ca- tálogo con la historia de cada coche de los encerrados en las dife- rentes salas. A más de diez de extraordinaria magnificencia para la servidumbre , hay siete que podriamos llamar de persona, porque son exclusivamente para la familia Imperial en las grandes cere- monias , de dos y de cuatro asientos , dorados , forrados de riquísi- mas telas , como terciopelo , brocado y tisú , y adornados con pie- dras preciosas , en que tienen la mayor parte los brillantes , de los cuales están casi cubiertas sus portezuelas y estribos y hasta las sopandas , coronando también el exterior de las cajas y tachonan- do sus franjas en el interior. Para los ocho caballos que tiran de cada uno de estos carruajes, hay guarniciones de terciopelo, cuyos adornos son hoy de piedras imitando brillantes, y no falta quien ase-


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gura que fueron en otro tiempo verdaderos. — Algunos otros car- ruajes capricliosos , varios trineos á cual más singulares , y ricas sillas de mano completan este extraordinario Museo , que da una idea de la riqueza del país que se visita , y una ligerisima de la magnificencia de las ceremonias en que se emplean.

Los teatros son también notables, pero en verano están cerrados.

No es San Petersburgo de las poblaciones que tienen en sus cer- canías más paseos, pues aparte del jardin de verano situado al lado de una de sus principales plazas , no hay más que el llamado de las Islas, que toma este nombre por estar situado en la mayor parte de las que forman los diferentes brazos del Neva. Allí, entre mil palacios y entre caprichosas alamedas de una lozana vejeta- cion , se encuentra un punto favorecido por los que pasan en San Petersburgo el verano, que se llama La Punta. Extremo delicioso de una de las islas desde donde se alcanza la vista del mar por la embocadura del Neva, y en que en esos días, que podríamos llamar perpetuos , que solo se ven en aquellos países en el mes de Junio, le es dado al viajero meridional contemplar con asombro la puesta del sol después de las diez de la noche y su salida á las pocas horas , sin que en ese intervalo haya venido por un solo ins- tante la oscuridad.

Este espectáculo , que indudablemente con su continuación lle- garía á hacerse monótono, es sin embargo de tal naturaleza, que embarga el alma y hace examinar aquella luz y sus consecuen- cias hasta en sus menores detalles. No es el amanecer ; no es el crepúsculo ; participa de la naturaleza de uno y otro ; es una luz sin sombra semejante á la producida por los grandes eclipses, y que ejerce una influencia tal sobre los moradores de San Peters-^ burgo , que en esa época del año se puede decir que alarga la vida, porque la población no duerme. Es de tal encanto para el viajero, es tan difícil de definir lo que por él pasa , que es necesario expe- rimentarlo para comprenderlo , y bastaría su espectáculo para inci- tarle á dirigirse á aquellos países en verano , aun cuando no hu- biera tantas otras maravillas que observar, que la nieve oculta en ' invierno.

Hay en los alrededores de San Petersburgo y á corta distancia, ya sea por el camino de hierro, ya por el Neva, varias residencias imperiales: una de las más notables es Peterhof, con graciosas fuentes y lindos palacios , alguno de los cuales servia de mansión


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á Pedro el Grande y á la Emperatriz Catalina , desde donde con- templaba el primero su naciente escuadra anclada en Cronstadt, que está á corta distancia. Frondosas alamedas hacen de este sitio una mansión ag'radable , si bien , á nuestro juicio , no de la mag- nificencia que la más frecuentada por el Emperador actual , y á que se va en media hora también por el camino de hierro, llamado Tsazskoe-Selo. Allí, á más de un vasto y frondoso parque, existe un edificio hecho solo con el objeto de encerrar una buena colec- ción de armas antiguas , un lindísimo palacio con habitaciones de una proverbial riqueza , entre las que se ve la magnífica de ám- bar , así llamada por ser sus paredes y adornos , lo mismo que su techo , de esta preciosa materia , la sala de lapislázuli y la desti- nada al teatro. Es también admirable su capilla , pintada toda de azul de Prusia, llena de adornos de oro. En esta capilla han te- nido lugar últimamente los esponsales del Rey de los griegos con la Princesa Olga, hija del Gran Duque Constantino, en que la corte desplegó toda su magnificencia. o. i

' El viajero que ha visitado á San Petersburgo y sus cercanías y no ha ido á Moscow, se puede decir que, si ha visto y admirado una gran población , no ha visto , por decirlo así , la Rusia bajo su ver- dadero aspecto ; es menester ir á ver la Ciudad Santa de los rusos con sus 400 entre iglesias y ermitas ; es menester visitar aquella población en que al. lado del palacio más espléndido se ve la casa más humilde ; es menester admirar el histórico Kremlin y la sor- prendente vista que dejó absorto al Capitán del siglo.

Hoy el viaje es corto y con un género de comodidades apenas conocidas en los ferro-carriles del resto de Europa. El tren tiene en su centro un salón destinado á la reunión de los viajeros , y á sus costados dos grandes compartimentos que se comunican por sus cor- redores respectivos , por los cuales se entra en pequeños gabinetes de seis personas , en que por un método ingenioso se establecen cinco camas para pasar la noche con mayor comodidad. Para el buen orden se ha establecido que durante la noche un lado esté destinado á las señoras y otro á los hombres , teniendo cada cual un criado del sexo respectivo que sirve á los viajeros , los que por otra parte tienen los medios de satisfacer todas las necesidades de un largo viaje.

El de Moscow se hace en diez y siete horas por un país llano, cubierto , como en lo general de la Rusia que hemos visitado , de


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pastos j de pinares y de pobres aldeas ; el camino tiene escasas obras de fábrica y está casi en linea recta.

Moscow, cuya población asciende á 350,000 habitantes, tiene pocas y regulares fondas , y los carruajes de plaza, cosa indispen- sable para el viajero por sus largas distancias , son en un todo se- mejantes á los de San Petersburgo.

Es Moscow una de esas poblaciones singularísimas en que se encuentran las construcciones más originales , como San Basilio, con sus once cúpulas de diferentes colores y hechuras, su barrio chino , sus anchas y destartaladas plazas , sus largas y tortuosas calles y su multitud de iglesias.

Pero lo curioso , lo singular, lo verdaderamente pasmoso es el Kremlin, parte déla ciudad encerrada entre vetustos muros, áque se entra por varias puertas, y en que existe el magnifico palacio de los Emperadores y sus catedrales.

El palacio es indudablemente el más notable de Rusia, tanto por su riqueza y suntuosidad como por sus grandes dimensiones, tan extraordinarias , que en el primero de sus salones ha pasado el Emperador actual en revista á la escuela militar, y han cenado sen- tadas más de tres mil personas. <*!$i5ítfcfeqíjKm'cj

Otro gran salón hay llamado de San Jorge por la orden rusa' dé este nombre , con adornos de oro y plata fina en las puertas , que son. de riquísimas maderas. Son igualmente magníficos y de pare- cidas dimensiones los de San Alejandro Nevsky y el de San An«  drés en que está colocado el trono cuyas gradas son de tisú.

Las habitaciones de la Emperatriz son también notables por su riqueza; pero la parte más curiosa del palacio es la antigua, perfec-^ tamente restaurada y conservada, con los muebles de su tiempo de un estilo rarísimo.

Lo que más llama la atención en éste palacio son las habitacio-^f nes destinadas al tesoro en que se encierran todos los magníficos trajes que han servido para la coronación de los Monarcas, inclusos dos tronos , el uno del Rey de Polonia y otro de marfil , infinidad de monturas , carruajes , espadas , armaduras y toda clase de presenil tes hechos á los Emperadores, de un valor inmenso. !> <>v^>íl:> ms

Las catedrales del Kremlin son, aunque pequeñas, de gTatlÍ^Geí29íí^ y en la de la Asunción ó iglesia patriarcal esa donde se hace la coro- nación de los Emperadores; en la del Arcángel San Miguel, estuvie- ron hasta Pedro 1 enterradas las dos dinastías de Rurik y Romanoff,'


UN VIAJE Á RUSIA EN VERANO. 247

Otra de ellas llama la atención por la inmensa y gran campana que no llegó á colocarse en la torre á cuyo pié se halla inuti- lizada.

Fuera del Kremlin hay en Moscow muchas iglesias ; pero la del Salvador, de nueva construcción , es tan notable y rica , que será quizás mejor que la de Isaac de SanPetersburgo, una vez terminada. Solo el dorado exterior de su cúpula ha costado 18.000.000 de rs.

Los paseos de Mocow son agradables y variados ; pero lo que no debe dejar de visitarse es la colina de Moineaux, pequeña eminen- cia desde donde se descubre la vista panorámica de Moscow , uno de los espectáculos, á la puesta del sol, más grandioso del mundo.

En Moscow hay también un magnífico teatro muy semejante al Real de Madrid.

El viajero que no quiere dirigirse al interior de Rusia , ó que no va á la nombrada feria de Nijni Novgorod, si no ha de hacer un largo y molesto viaje, tiene que volver á San Petersburgo para regresar á su país, ya sea por Berlín ó por Varsovia.

Largo y prolijo sería por de más señalar al lector todas las belle- zas que encierran las dos capitales de Rusia y sus residencias im- periales ; pero por lo que llevamos apuntado se comprenderá fácil- mente que la Rusia es uno de esos países que deben ser visitados ; y que si bien para el que busca la sociedad con sus encantos, y el espectáculo de los trineos y las fiestas de patinadores á la luz de las antorchas, debe irse á Rusia en invierno; el que quiera admi- rar sus museos, la esbeltez y brillo de las cúpulas de sus iglesias, la frondosidad y la vejetacion de sus parques y sobre todo el asom- broso espectáculo que causan sus días, por decirlo así , perpetuos, el viaje debe hacerse en verano.

Si es digna de ser visitada la Rusia bajo al punto de vista de sus curiosidades , no lo es menos por sus costumbres y por sus ins- tituciones.

En ese país , para muchos semibárbaro, y en que no hay apenas clase media , tal por lo menos como la conocemos por el resto de Europa , en que acaba de darse la libertad á los siervos , que si te- nían el deber de trabajar para los señores, también estos tenían grandes deberes para con ellos, que hoy habrán de llenar por sí mismos; la instrucción pública es una de las cosas que más ha preo- cupado la atención y preocupa á sus Emperadores , habiendo hoy en Rusia ocho universidades : las de San Petersburgo, Moscow,

TOMO I. 17


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Kasan , Kharkoff , Uladimir, Dorpat y las de Odessa, y Helsing-fors, frecuentadas por 4.385 "estudiantes. De institutos , solo en San Petersburgo, hay 67 con 10.794 alumnos, de ambos sexos. No contando entre estos los diversos que existen para los que se dedi- can á la carrera de las armas. Es extraordinario el número de escuelas primarias si se atiende á la probreza de las pequeñas po- blaciones , á sus religiones diversas y á la diferencia que tiene que haber entre ellas por las variadas razas y carácter de los 75.000.000 de habitantes que pueblan aquel vastísimo territorio. Los estable- cimientos de Beneficencia son á cual más notables, siendo los prin- cipales los de Mosco w y San Petersburgo.

Dotar al país de vias de comunicación que acorten sus enormes distancias, y faciliten el tráfico interior, ha sido otra de las miras de aquel Gobierno, que ha abierto en poco tiempo cerca de 6.000 ki- lómetros de ferro-carril , y que tiene otros muchos en construcción para completar la gran red de comunicación de aquel gran imperio. La principal preocupación de los Emperadores ha sido siempre la organización de su ejército, cuyos resultados fueron bien noto- rios en la memorable campaña de Crimea , en que se puede decir, no hubo ni vencedores ni vencidos; tal fué la abnegación, su- frimiento y valor de aliados y rusos. Sin embargo, todos los años se reúnen en Krasnoe Sélo, bajo el mando del Soberano grandes cuerpos de ejército que maniobran por largas semanas , haciendo desde el Emperador al último soldado la vi4a de campaña, y pre- parándose para la gran lucha que con razón teme el mundo.

Tal es el aspecto general de ese gran pueblo, cuyo carácter es dificil de explicar por las variadas razas que lo componen y que hoy amenaza á una parte de la Europa con la nacionalidad slava, que después de haber creado una lengua y un alfabeto, quiere co- bijar bajo su manto parte del Oriente , y que amenazará bien pronto á la Europa entera , con su estrecha alianza contratada con el co- loso de América.

Cuando la grande obra de reconstrucción esté terminada , si- guiendo á la par el desenvolvimiento interior de su sociedad que tanto preocupa hoy á su Monarca , la era de la libertad habrá so- nado para la Rusia , y el peligro para el resto de Europa señalado por Napoleón I, habrá desaparecido para siempre. La Europa será libre y no podrá ser nunca cosaca.

Marqués de la Vega de Armijo.


DEL ESTABLECIMIENTO DEL CRÉDITO TERRITORIAL EN ESPAÑA.

I

En estos momentos en que , merced á la iniciativa de celosos di- putados , se agita la idea de establecer en España un Banco de Cré- dito territorial , parécenos conveniente y oportuno publicar en la Revista lo que sobre el mismo asunto escribimos en el año de 1862. Nada nuevo encontrarán en este articulo aquellos de nuestros lec- tores que se hayan consagrado á este género de estudios. Se nos preguntó entonces por muchos capitalistas españoles , cuáles eran las operaciones propias de un Banco de Crédito territorial , si creía- mos llegada la oportunidad de plantear tan importante institución en nuestra patria , si para plantearla era 'suficiente la ley de 28 de Enero de 1856 sobre sociedades de crédito, ó si se necesitaba una ley especial , si deberían arriesgar su capital en tal empresa , aun en caso de que el poder público les negara una subvención y el privilegio ; y á estas y á otras preguntas análogas , contestamos modestamente , sin la pretensión de inventar nada , limitándonos á exponer lo que enseñaba la experiencia de un país vecino.

Pero aunque nuestro trabajo no ofrece interés ni atractivo alguno á los que estén familiarizados con las cuestiones económicas , con- tribuirá sin duda á difundir ideas poco generalizadas en España y


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á popularizar el conocimiento de una institución que está llamada á ejercer grande y saludable influencia en el desarrollo de la ri- queza pública.

Casi todas las naciones de Europa cuentan entre sus instituciones de crédito, uno ó más bancos hipotecarios. El pueblo español no tiene ninguno , á pesar de su inmensa deuda hipotecaria , y de que su riqueza consiste principalmente en su suelo ; es decir , que está privada de aquella poderosísima palanca económica la nación que la necesita más.

Decimos que España es quien más la necesita , porque sin parti- cipar de las ilusiones de los que exageran la feracidad de nuestros campos, hasta el punto de creer que es esta una tierra de promi- sión ; sin desconocer que los productos de nuestra agricultura serán siempre más exiguos que lo que de ordinario se cree , á causa de la falta de población, del nivel bajo de los rios, escasos en número y no muy caudalosos , de las prolongadas sequías , alternadas con lluvias torrenciales en una buena parte del pais , y de ese mismo cielo siempre azul , y ese sol brillante que enamoran y fascinan al viajero é inspiran á los naturales un sentimiento de mal disimulado orgullo , pero que en cambio matan la vejetacion , infunden la pe- reza en nuestra raza , y son en realidad los enemigos más terribles que tiene aquí la producción; sin negar estas ni- otras muchas causas de empobrecimiento , naturales unas , y debidas otras á nuestra educación , á nuestras leyes y á nuestra historia , es indu- dable sin embargo que nosotros no somos ni podemos ser en mucho tiempo una nación industrial ni comerciante ; que ó somos una na cion agrícola , ó no somos nada ; que producimos primeras mate- rias; que tenemos cereales, caldos, ricos y abundantes minerales por explotar , y en suma , que nuestro porvenir está ligado á nues- tro suelo, base de nuestra actual riqueza y bienestar futuro. Y siendo estas las condiciones de nuestro país , fácilmente se adivina la influencia que ha de ejercer en su desenvolvimiento una insti- tución que tiene por objeto establecer sólidamente el crédito del inmueble, movilizar la propiedad y hacer accesible el capital al propietario y al labrador , ya sea para libertarles de la pesada carga de su actual deuda hipotecaria , ó ya para introducir en sus fincas las mejoras que aconsejan los progresos de la ciencia.

Mas no son solamente las condiciones generales del país las que demandan con urgencia el establecimiento de una gran institución


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 251

de crédito territorial ; exígelo también la situación especial en que han venido á colocarle las profundas y provechosas reformas poli- ticas , civiles y administrativas hechas por nuestras leyes en los úl- timos tiempos , y que han cambiado fundamentalmente la manera de ser de la sociedad española. Al comenzar el siglo actual , bien puede asegurarse que las dos terceras partes de la tierra estaban poseidas por manos muertas. Las Cortes de Cádiz con sus sabias leyes sobre señoríos , sobre montes , sobre acotamiento de hereda- des, sobre arrendamientos rústicos, etc. , iniciaron una fecunda y útilísima revolución en la organización de la propiedad española. Las Cortes de 1820, siguiendo el propio impulso, votaron la ley de desvinculacion ; y en la tercera época constitucional , bajo el ac- tual reinado , continuando siempre el mismo movimiento y tal vez exagerándolo , hemos visto declarar primero nacionales los bienes de las comunidades religiosas , y trasformar después en renta pú- blica la propiedad del clero secular , de los pueblos y las corpora- ciones , devolviendo así á la libre circulación y al comercio , una inmensa masa de bienes , esterilizados antes por la mano muerta. El suelo en España se ha trasformado , pues , completamente en lo que va de siglo : pero esta trasformacion no ha podido verificarse sino inmovilizando los españoles casi todos sus ahorros , de donde resulta forzosamente un notable desnivel entre el capital inmovi- liario y el circulante.

Y no es esto solo. Hace más de treinta anos que tenemos abierto ese vasto mercado de inmuebles , es verdad ; pero para las ventas á plazo. Hemos disfrutado durante algún tiempo de cierta holgura y bienestar , y nosotros , pueblo meridional , tan fácil á la espe- ranza como al desaliento , arrastrados por el atractivo de los pla- zos y por ese secreto é irresistible encanto que tiene para el co- razón humano la propiedad, nos hemos lanzado á comprar sin discreccion ni medida , contando , más que con nuestros recursos, con la Providencia. Tras de una época de bonanza y de ilusiones, ha venido otra de penuria y desengaños ; y hoy la mayor parte de los compradores se ven en la dura alternativa de abandonar las fincas , perdiendo el importe de los plazos satisfechos y sufriendo las consecuencias del apremio , 6 de pedir prestado entregándose en las manos'de implacables usureros. Resulta de aquí que no solo hemos consumido todos nuestros ahorros en la compra de inmue- bles, sino que todavía no los hemos pagado; es decir, que estamos


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liquidando nuestro suelo : y en tal estado , bien se comprende la importancia que ha de tener en España una institución que pres- tando á larg-o término y con condiciones ventajosas, dé respiro al propietario y le permita desenvolverse , reembolsando el préstamo por medio de la amortización anual en un periodo de veinte , trein- ta ó más años.

La saludable acción de un Banco de esta especie no se limita á los propietarios particulares , sino que se extiende también á los pueblos, á las provincias y al Estado. Nuestras municipalidades y diputaciones provinciales, que á pesar de ser muchas de ellas ricas y de poseer sólidas g-arantias , no pueden levantar fondos por la falta de ideas de crédito que hay en nuestro país , ni siquiera para proporcionar trabajo en dias de escasez á las clases meneste- rosas, encontrarán en aquella institución los recursos necesarios para construir, aparte de otras obras de interés para la provincia y el municipio , una red de caminos vecinales y de carreteras de tercer orden que, facilitando el movivimiento y la circulación interior de sus productos , estimularán la producción y desenvolve- rán el tráfico por las vias férreas , dando asi el doble resultado de aumentar la riqueza general y de sacar de su actual postración á las compañías de obras públicas.

Para el Estado llega por desdicha demasiado tarde el Banco de Crédito territorial. Durante mucho tiempo la Cartera del Tesoro ha estado abundantemente provista de pagarés de bienes nacionales. En la necesidad de realizar estos valores de vencimiento largo , el Tesoro ha tenido que forzar sus operaciones é imponerse grandes sa- crificios, consintiendo en la pérdida de una buena parte del capital. Mucho más provechosa habría sido sin duda la desamortización si el Tesoro hubiera podida levantar fondos sobre esos valores por el intermedio y con el auxilio de una institución destinada á pres- tar sobre inmuebles ó sobre títulos representativos de inmuebles, que para el caso es lo mismo, mediante una módica cuota anual, comprensiva del interés y la amortización , y por un período de veinte á treinta años. ¡ Áh ! ¡ Cuan distinta sería nuestra situación si hubiera podido establecerse en 1855 el Banco de Crédito territo- rial! Nosotros lo intentamos hallándonos sin merecerlo al fi-ente del Ministerio de Fomento ; pero pronto hubimos de convencernos de que nada podía hacerse sin reformar antes radicalmente nuestro sistema hipotecario ; así es que por entonces nos limitamos á exci-


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tar á nuestro compañero el Ministro de Gracia y Justicia á que re- nunciando á su idea favorita , la codificación , ordenara á la Co- misión de códigos que se ocupase en formar una ley especial sobre hipotecas, seg-regándola del Código civil. En 1866, hallándonos sin título alguno al frente del Ministerio de Hacienda , la ley hipo- tecaria estaba ya en vigor , y por lo tanto podíamos hacer sin in- conveniente lo que en 1855 era imposible , lo que aconsejábamos que se hiciera en 1862 desde nuestro humilde bufete , lejos de la esfera del poder. El establecimiento del Banco de Crédito territorial era en efecto una de las bases fundamentales de nuestro plan : te- níamos firmado un contrato para su constitución en España con el gobernador del Crédit Foncier de" Francia, y redactados el pro- yecto de ley y los estatutos ; pero primero dificultades interiores que no sería hoy discreto explicar , y más tarde la terrible crisis que pesó sobre el mercado de Londres , conocida con el [gráfico nombre de Viernes negro , y la guerra promovida contra el Aus- tria por Víctor Manuel y Mr. de Bismarck, la cual produjo, como era natural, el retraimiento del mercado de París y un pánico general , nos obligaron á aplazar la realización de un pensamiento que siempre hemos acariciado y que consideramos altamente be- neficioso para la nación.

Lo que creíamos entonces , siendo poder, eso mismo creemos hoy ; y no ha de faltar nuestra débil ayuda , ni hemos de escasear nuestros elogios á los que , más afortunados que nosotros , logren plantear acertadamente en España tan fecunda y provechosa ins- titución.

Hé aquí ahora las ideas principales que sobre este punto expu- simos en el año de 1862.


II.


No hay para qué hablar de la importancia del crédito territorial y de su influencia en el desarrollo de la riqueza pública y en el bienestar de los particulares. Nos hemos propuesto prescindir de consideraciones generales y abstractas , bien conocidas de todo el mundo , y por eso diremos solo que de todas las instituciones de crédito , esta es sin duda la mejor, y que el que entre nosotros lie-*


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gue á organizaría sólidamente , hará al pais un beneficio in- menso.

¿Pero ha llegado el momento de realizar este beneficio, de orga- nizar un Banco de Crédito territorial? Como se ve , no es esta una cuestión sin importancia : hoy hierve en todos los ánimos la idea de fundar un Banco de esta especie : son muchos los que se agitan y quieren anticiparse , y es menester saber lo que hay de ilusorio y lo que hay de real en tal aspiración , en esta general tendencia.

A nuestro juicio , es evidente que esta es la ocasión oportuna de pensar en un Banco de Crédito territorial y de prepararse á su es- tablecimiento. Antes de ahora , era inútil pensar en ello , porque el crédito territorial era imposible sin una reforma profunda y com- pleta en nuestra legislación hipotecaria : hoy las cosas han varia- do , porque tenemos una ley que se ha hecho precisamente con este objeto. Como ya hemos indicado, tuvimos la honra de excitar en 1855 al Ministro de Gracia y Justicia para que ordenase á la Comisión de códigos que con preferencia se ocupase en redactar una ley hipotecaria , á fin de poder formular después sobre esta base una ley de Crédito territorial. La Comisión de códigos ha res- pondido dignamente al pensamiento del Gobierno , de tal manera, que hasta ha sacrificado, en ocasiones, principios jurídicos muy respetables é intereses muy altos , á la idea dominante de atraer capitales á la tierra y fundar el crédito territorial sobre firmísi- mos cimientos. Bajo este punto de vista, el Banco en España fun- cionará mejor y más desembarazadamente que en Francia , por- que la nueva ley hipotecaria es superior á la legislación francesa. Ha llegado , pues , sin duda el momento de preparar el estableci- miento de una Sociedad de Crédito territorial.

Pero es menester no engañarse : no hemos pasado del periodo de preparación. Tenemos, si, la ley hipotecaria, pero nos fáltala ley de Crédito territorial. Y aunque quisiera prescindirse de esta, siempre seria al menos precisa una Uy de concesio7i para la com- pañía que hubiera de erigirse en Banco ó Sociedad de Crédito territorial. Más claro : no puede establecerse una sociedad de esta especie ím medidas legislativas. Podrán estas adoptarse en una ley general de Crédito territorial , ó en la ley especial de con- cesión. Pero de cualquier modo que se adopten (porque esta es una cuestión de método que no afecta á la esencia de las co- sas), la verdad es que son indispensables , de tal modo, que sin


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 255

ellas es imposible marchar. El Gobierno podria, ciertamente, sin el concurso de las Cortes, autorizarla constitución de una Compañía de Crédito , con sujeción á lo dispuesto en la ley de 28 de Enero de 1856; pero esta compañía seria ni más ni menos que lo que es hoy, por ejemplo , la Mercantil é Industrial española, y no estarla en las condiciones propias y peculiares de una Sociedad de Crédito territorial. La faltarla el privilegio ; no tendría subven- ción , y sin hablar de la subvención ni del privilegio , cosas ambas sin las cuales se concibe perfectamente la existencia de una socie- dad de Crédito territorial , se encontrarla sin la obligación ó cédu- la hipotecaria , que es la rueda principal en el mecanismo de esta clase de sociedades, su gran instrumento de crédito, la moneda en que hace los préstamos , el alma de todas sus operaciones , la co- rona de la institución.

Tal vez habrá quien se asombre de oir esto recordando que la ley de 28 de Enero de 1856 autoriza para emitir obligaciones á las Sociedades anónimas de crédito ; pero basta fijarse en el texto de su art. 4.° para convencerse de que nuestra tesis es exacta y per- fectamente legal. ¿Cuál es, en efecto, el fin esencial de una Socie- dad de Crédito territorial? Prestar sobre fincas^ no en dinero, sino en obligaciones. Pues bien, sostenemos que una Sociedad de Crédito no puede emitirlas para hacer esta clase de préstamos con arreglo á la legislación actual. Dice el art. 4.": «Las operaciones de las So- ciedades de Crédito podrán extenderse á los objetos siguientes

5.° Emitir obligaciones de la Sociedad por una cantidad igual á la que se haya empleado y exista representada por valores en cartera por efecto de las operaciones de qne tratan los párrafos 1.°, 2." 3." y 4.'^ de este articulo. ¿Y está por ventura comprendida en los párrafos 1.°, 2.°, 3.° y 4.° del art. 4.° la operación de prestar sobre fincas? No. Y, no solo no está comprendida, sino que está formalmente excluida , una vez que la ley reservó dicha operación para hablar de ella concreta y determinadamente en el párrafo 7.°,'

que dice asi: «.Prestar sobre fincas, fábricas, etc. » Luego es

evidente que hoy las Sociedades de Crédito no pueden emitir obli- gaciones para hacer préstamos sobre fincas sin infringir el texto de la ley, que si bien les autoriza para emitirlas con relación á ciertas operaciones comprendidas en los párrafos 1.°, 2.°, 3.° y 4.° del art. 4.°, no extiende esta misma facultad á la operación com- prendida en el párrafo 7.° del propio artículo.


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Y la ley de 28 de Enero de 1856 fué en esto sabia y previsora, porque comprendió que las Sociedades de Crédito territorial ne- cesitan una ley aparte, distinta de la general sobre Sociedades anónimas de Crédito , y en la cual se las otorgue la facultad ex- clusiva de emitir obligaciones hipotecarias con destino á préstamos sobre inmuebles. Déjese esta facultad indistintamente á todas las sociedades anónimas de Crédito , y es imposible que viva y pros- pere una Sociedad de Crédito territorial. Asi, cuando hemos dicho que se concibe la existencia de esta sin el privilegio, nos hemos re- ferido al privilegio que consiste en no permitir que se establezca más que una sola Sociedad en todo el reino , ó en una determinada demarcación territorial, pero de ninguna suerte á ese otro privilegio que consiste en que solo las Sociedades de Crédito territorial pue- dan emitir obligaciones para hacer de ellas la moneda de sus prés- tamos sobre inmuebles. Este privilegio nos parece absolutamente indispensable , porque seria imposible la concurrencia de una ins- titución de Crédito territorial con otras sociedades dedicadas á operaciones muy lucrativas , aunque menos seguras ; sociedades que á su vez no pueden ser investidas sin peligro de una facultad incompatible con el riesgo délas operaciones á que suelen dedicarse.

Si hoy tuviera toda Sociedad de Crédito la facultad que le ne- gamos , seria preciso quitársela y declarar que solo las Socieda- des de Crédito territorial podrían en lo sucesivo emitir obligacio- nes hipotecarias con destino á préstamos sobre inmuebles.

La ley de 28 de Enero , aun interpretada de distinto modo que la entendemos, no llena los fines de una institución de crédito territorial , ó seria indispensable al menos ampliar para ello el li- mite que señala su art, 7.° á la facultad de la emisión. Dice este, refiriéndose siempre á la clase de obligaciones que hoy pueden emitir las Sociedades de Crédito, y que no son obligaciones de crédito territorial, «las obligaciones que emitan las Sociedades '»con arreglo al párrafo. 5.° del art. 4.°, serán al portador, etc.»

« ínterin no se haya hecho efectivo todo el capital , las Socieda- »des solo podrán emitir el décuplo de la parte realizada en obli- »g'aciones á vencimientos á más de un año , y hasta diez veces su »importe cuando el capital se haya realizado por completo.»

En primer lugar, no hay razón para que las obligaciones del Crédito territorial no hayan de poder ser nominativas. En Francia, al menos, las hay de ambas clases, nomhiativas y al portador,


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 257

y seria conveniente que la institución que se organizase en España reclamara esta misma libertad ; y en seg-undo lugar ( y esto es lo más grave ) , la facultad de emitir en obligaciones hasta el décu- plo del capital social , podrá bastar á la generalidad de las So- ciedades anónimas de Crédito, pero de ninguna manera es suficiente para una Sociedad de Crédito territorial , si esta ha de responder á los grandes fines de su institución. Es necesario cuando menos que se la autorice para emitir hasta veinte veces el importe del capital realizado, ó lo que seria aun mejor, para emitir el décuplo del capital como á las demás sociedades , con mas una cantidad igual al importe de todos los préstamos que hubiere hecho sobre inmue- bles á término largo. Por supuesto que esto no envuelve la idea de que haga una emisión cada vez que verifique un préstamo. Nadie tiene más interés que la Sociedad en que haya el menor número posible de emisiones , y en que cuando se verifique alguna , sea de una gran cantidad.

Haremos por último otra reñexion muy importante para demos- trar que , aunque no existieran los obstáculos legales de que se ha hecho mérito, seria inútil fundar hoy la Compañía , porque no po- dría funcionar. La nueva ley hipotecaria está promulgada como ley del reino, pero no rige todavía , ni empezará á regir hasta que no se organicen los registros en todas las provincias del reino y se allanen las dificultades con que tropieza su ejecución. Pues bien; mientras esta ley no rija , es un sueño pensar que un Banco pueda hacer préstamos con hipoteca. La legislación antigua , que es to- davía la vigente , no ofrece garantía alguna , de tal suerte , que puede decirse de España lo que con menos razón decia de Francia en 1840 el célebre M. Dupin ante el Tribunal de Casación: «El »que compra una finca nunca está seguro de ser el propietario de »ella ; el que presta sobre hipoteca no adquiere jamás la seguridad »de ser reembolsado.» En el estado actual de la titulación de la propiedad en España , y bajo el sistema todavía vigente de las hi- potecas legales y ocultas ¿quién puede pensar seriamente en hacer funcionar una Sociedad de Crédito territorial? Hay que esperar á que rija la nueva ley hipotecaria , y aun entonces , por las razo- nes que se expondrán después , al ocuparnos de la parte legislativa, será preciso durante el primer año proceder con gran pulso y cau- tela al hacer los préstamos para no comprometer la existencia y el porvenir del Banco.


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Lo dicho basta para disipar infundadas alarmas nacidas del apre- suramiento de algunos. Ha llegado, si, el momento de preparar el establecimiento del Crédito territorial ; pero ni puede fundarse una Compañía de esta índole sin el concurso de las Cortes , ni aun fundada puede funcionar mientras no empiece á regir la ley hi- potecaria.

IIL

¿Qué operaciones debe abarcar la Sociedad de Crédito territo- rial? Este es uno de los puntos más interesantes de este trabajo, porque es el que más directamente afecta á la buena organización y al porvenir del Banco. La principal , la más importante de las operaciones del Crédito territorial consiste en prestar á largo plazo en obligaciones ó cédulas hipotecarias á los propietarios de inmue- bles , exigiéndoles el pago de anualidades que comprendan el in- terés ó rédito del capital , los gastos de administración y un tanto por ciento de amortización , de tal manera que los mutuarios va- yan extinguiendo gradual y sucesivamente y casi sin sentirlo su deuda , con solo pagar por espacio de 40, 50 ó 60 años una suma anual algo superior al interés del dinero.

Pero aunque esta sea la principal y más importante de las ope- raciones de un Banco de esta especie , la experiencia ha demostrado que puede igualmente consagrarse á otras no menos útiles á los accionistas que al país en general sin comprometer por eso la exis- tencia de una institución que está llamada á producir beneficios incalculables.

Con efecto, el decreto orgánico de las Sociedades de Crédito territorial en Francia , limitaba su objeto á dos clases de operacio- nes: 1.* al préstamo hipotecario reembolsable por anualidades á largo plazo; y 2.* á la emisión de obligaciones ó cédulas hipote- carias (art. 1.° y 4.° del decreto de 28 de Febrero de 1852): les estaban formalmente prohibidas cualesquiera otras operaciones (art. 44).

Pero apenas comenzó á funcionar esta institución , se sintió la necesidad de dar mayor ensanche á su esfera de acción ; y más tar- de, cuando merced á la prudencia y acierto de sus directores, se arraigó y popularizó levantándose al nivel de los establecimientos


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 259

de crédito de primer orden , el Gobierno francés se creyó en el de- ber de dotarle con nuevas é importantes atribuciones , eligiéndole además como auxiliar é intermediario para que no continuase siendo letra muerta la ley que otorgó á la agricultura en Francia una subvención de 100.000.000 de francos.

No haremos mérito, no, de todas las operaciones que pueden ha- cer los Bancos territoriales, porque seria un trabajo inútil, pero si de las que pueden tener alguna aplicación á España.

El Grédit Foncier fué autorizado en 1854 para hacer préstamos á corto término ; es decir , reembolsables en un periodo de menos de diez aiios. Estos préstamos eran también hipotecarios pero sin amortización, y no gozaban de los privilegios otorgados á los de largo plazo, reembolsables por anualidades, ni daban lugar á la emisión de obligaciones territoriales: la Sociedad debia hacerlos con los capitales procedentes de la realización del fondo social y sus beneficios.

Los motivos que tuvo el Gobierno para otorgar esta autorización al Grédit Foncier están expuestos con tal claridad en el preámbulo del decreto de 5 de Julio de 1854, que lo mejor será copiar algu- nos de sus párrafos. Dice en él el Ministro de Hacienda, «en ciertos »momentos en que el interés del dinero sube más de lo ordinario, «naturalmente la Sociedad de Crédito territorial habia de tener »pocos pedidos de préstamo á término largo , porque á pesar de la »facultad que tienen los mutuarios para hacer el reembolso por »anticipacion , hablan de estar poco dispuestos á comprometerse »por muchos años en condiciones desfavorables , y preferirían re- »currir temporal y provisionalmente á préstamos de corto venci- »miento. Durante estos momentos de transición, añade el Mi- »nistro, durante estos periodos de corta duración , es conveniente »que los propietarios de inmuebles puedan también dirigirse á la »Sociedad y obtener de ella los préstamos temporales que necesi- »ten , sin acudir á los capitalistas que naturalmente hablan de sa- »crificarlos. Estos préstamos transitorios y de corto vencimiento, »no serán las más veces sino el principio y el preludio de présta- »mos á largo plazo, en que vendrán á convertirse probablemente.» El Crédit Foncier usó al principio con gran parsimonia de esta facultad , pero en el año 59 los préstamos á corto plazo ascendieron ya á la considerable suma de 7.911.000 francos.

Los préstamos á largo término representados por obligaciones ó


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cédulas hipotecarias , exigen como condición esencial que la finca que sirve de hipoteca, dé una renta fija y constante ig-ual cuando menos al importe de la anualidad que por razón de interés , de amortización y de gastos de administración, debe pagar el mutuario al Banco. Pues bien, hay propietarios cuyos terrenos no dan actual- mente una renta fija y constante, pero que pueden darla en el trascurso de 2, de 3, ó de 10 años, haciendo en ellos mejoras ó construcciones. La experiencia ha demostrado en Francia que esta clase de propietarios es la que ha hecho la mayor parte de los pe- didos de préstamos á corto plazo , y el Banco con este género de préstamos consigue dos cosas: 1.^ prestar un nuevo servicio á la propiedad inmueble , y 2.*^ servirse á si propio , preparando nuevos préstamos á largo término para la época en que mejorados los terre- nos ó hechos en ellos las construcciones convenientes, merced á aque- llos anticipos , adquieran las condiciones necesarias para servir de hipoteca á los préstamos reembolsables por anualidades en un pe- riodo de 40 ó 50 años.

Otra de las facultades con que ha sido dotado el Orédit Fon^ier con posterioridad á su establecimiento , consiste en recibir depósi- tos en cuentas corrientes , y hacer anticipos sobre obligaciones hi- potecarias y otros valores determinados.

En un principio el Banco de París solo estaba autorizado para recibir depósitos sin interés, pero hubo de conocerse bien pronto que esta facultad era insuficiente , y cuando el Banco de emisión no prestaba todavía sobre obligaciones territoriales ó cédulas hipote- carias, la administración del Crédit Foncier concibió la idea de hacer préstamos pignoraticios á los portadores de sus títulos , para que de este modo no se viesen en la necesidad de venderlos á cual- quier precio en momentos de angustia ó de penuria. Pero estos préstamos ó anticipos no podían hacerse sin capitales , y era impo- sible que la administración del Crédit Foncier se los procurara si no se la autorizaba para abonar interés á los que se depositaran en 8u caja.

Pidió, pues, y obtuvo la autorización necesaria en 1856. Y dio tan buenos resultados, que en 1859 hubo de ampliarse y modificarse la que se otorgó en 1856, de modo que hoy el Orédit Foncier está auto- rizado para recibir con interés ó sin él capitales en depósjto , y para emplear la mitad de estos capitales en hacer anticipos , no solo so- bre las obligaciones territoriales ó cédulas hipotecarias que él mis-


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mo emite , sino también sobre cualesquiera otros títulos de los que recibe como garantía el Banco de emisión, siempre por supuesto, con sujeción á las disposiciones que establezca el Consejo de admi- nistración y por un término que no exceda de 90 días. La otra mi- tad restante se entrega al Tesoro en cuenta corriente al tipo de in- terés que fija el Ministro de Hacienda.

No es propio de este trabajo detenerse á explicar las g-randes ventajas que ha producido esta novedad en Francia así á los capi- talistas como á los propietarios que acuden al Crédit Foncier en demanda de préstamos , bastando haber llamado la atención sobre ella por creerla perfectamente aplicable á España. No puede sin embargo , prescindirse de una indicación importante , y es , que de las dos operaciones que constituyen la reforma de que nos hemos ocupado , la priniera , ó sea la que consiste en recibir capitales en depósito á interés, no exige otra cosa más que la introducción en los estatutos de un artículo que otorgue esta facultad ; pero la se- gunda ó sea la que consiste en prestar hasta la mitad -de los capi- tales depositados sobre obligaciones territoriales ó cédulas hipote- carias , reclama medidas legislativas sin las cuales no podría hacerse uso de esta importante atribución. Dice el art. 1774 del proyecto del Código civil , que el derecho de prenda no surte efecto contra tercero , si no consta por instrumento público ó privado cuya fecha sea cierta ; y que cuando la cosa dada en prenda sea un título de crédito que conste en escritura pública ó en una inscripción nomi- nativa , no surtirá efecto contra tercero el derecho de prenda , sino desde que se inscriba en el protocolo ó registro matriz. Esta doc- trina está tomada del Código francés , y por más que no sea con- forme á las leyes españolas, según las cuales el acreedor pignora- ticio goza de una preferencia indisputable, no teniendo nada que temer mientras conserve la prenda en sus manos , es posible que se vaya introduciendo en la jurisprudencia de nuestros tribunales.

Dice asimismo el art. 1775 del proyecto de Código civil que el acreedor no puede apropiarse la cosa recibida en prenda ni dispo- ner de ella aunque así se hubiere estipulado , teniendo solo el de- recho de hacerla vender en pública subasta. Esta doctrina está claramente formulada en varias de nuestras antiguas leyes , y sin- gularmente en las 41 y 42 del tit. 13, Part. 5.*^, siendo sabido d-e todos que entre nosotros no es valido el pacto comisorio , ó sea la condición de que, no pagada la deuda antes de su vencimiento.


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se haga el acreedor dueño de la prenda. Ahora bien, el Banco ter- ritorial no podria sin comprometer su existencia destinar la mitad de los capitales en él depositados á préstamos sobre obligaciones hi- potecarias por un término que no hade pasar nunca de 90dias, si el reembolso no fuera seguro y pronto , y la seguridad y rapidez que exige la naturaleza de esta operación , son perfectamente incompa- tibles con las disposiciones citadas ; disposiciones que se fundan por otra parte en el temor de fraudes , colusiones , anticipaciones de fe- chas y posibilidad de abusos de parte de codiciosos prestamistas que son imposibles tratándose de un establecimiento dirigido por uno ó más Gobernadores elegidos por el Gobierno , colocado bajo su ins- pección y vigilancia y cuyas operaciones se comprueban con toda exactitud y regularidad. Es preciso pues, establecer una excepción al derecho común , determinando que el Banco territorial gozará de privilegio sobre la obligación dada en prenda aun contra las terceras personas , sin necesidad de la inscripción en el registro ni de otro documento más que el contrato firmado por el mutuario en la forma que se prescriba por los estatutos. Es asimismo preci- so establecer que á falta de pago por parte del mutuario , el Ban- co sin necesidad de ponerle en mora ni hacerle ningún reque- rimiento, podrá reembolsarse por sí mismo al dia siguiente del vencimiento , vendiendo las obligaciones pignoradas por el inter- medio de un agente de Bolsa. Así se hizo en Francia lo mismo con el Crédit Foncier que con el Banco de emisión , y así hay que ha- cerlo en España.

De todas las atribuciones con que ha ido enriqueciéndose la institución de Crédito territorial en Francia en su progresivo desarrollo , ninguna hay tan importante y tan fecunda en grandes resultados , como la que vamos á exponer y que consiste en la facul- tad de prestar aun sin hipoteca á los Departamentos, á los Comu- nes y á los Sindicatos ; y es claro que lo mismo podria hacerse en España con los Ayuntamientos y las Diputaciones provinciales.

El rápido desarrollo de las obras públicas en España de algunos años á esta parte , crea á las provincias y á los pueblos nuevas y apremiantes necesidades , é impone á los Ayuntamientos y Dipu- taciones el deber de satisfacerlas á todo trance. Para no hablar de la construcción de edificios destinados á escuela y otros objetos análogos , ni del ensanche y embellecimiento de las poblaciones ni de otras muchas cosas que trae consigo la civilización moderna.


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es indudable que la terminación de las grandes vias férreas , pro- duce , como hemos indicado , la necesidad perentoria de una red de caminos vecinales. En todas las provincias ha empezado á sen- tirse esta necesidad , y las Diputaciones y los Ayuntamientos han menester de sumas considerables que no tienen disponibles desde luego ni pueden adquirir con ventaja apelando al crédito por la falta de una institución apropiada á la naturaleza de sus recursos, á pesar de que muchas de estas corporaciones poseen una gran fortuna. A nadie conviene tanto como á las Diputaciones y Ayun- tamientos el sistema de los préstamos á largo término y la facul- tad de extinguir la deuda paulatina y sucesivamente por el pago de anualidades. El crédito particular, á que hoy tienen que acudir, tiene gravísimos inconvenientes y dificultades , porque los capita- listas exigen un interés alto , el contrato es de corta duración, hay que hacer de una vez el reembolso del capital , y en una pa- labra , prestan con condiciones tales , que rara vez las mencionadas corporaciones pueden adquirir el dinero que necesitan , si han de observar las reglas que el Gobierno les impone por lo general al autorizarlas para contratar un empréstito; imposibilitándoles de todas suertes la necesidad del reembolso en un corto plazo, de contraer un compromiso que están seguras de no poder cumplir. La ley de 6 de Julio de 1860 en Francia ha obviado todos estos inconvenientes autorizando á la Sociedad de Crédito territorial para prestar á los Departamentos , á los Comunes y á las Asocia- ciones sindicales las sumas que necesiten , y para cuya adquisición hayan obtenido previa autorización del Gobierno con arreglo á las leyes administrativas allí vigentes. Estos préstamos los hace el Cré- dit Foncier con ó sin hipoteca, y reembolsables, ya sea á largo tér- mino por anualidades , ya sea á corto término , con ó sin amorti- zación.

Es de advertir que estos préstamos no pueden hacerse en Fran- cia sino á metálico , y que lo mismo habría de suceder en España, porque siendo un principio reconocido que el Gobierno , al autori- zar á'una corporación popular para contratar un empréstito , debe determinar el tipo máximo de interés, sí el Crédito territorial prestara á dichas corporaciones en la misma forma que presta á los particulares , esto es , en obligaciones territoriales ó en cédulas hipotecarias , resultaría que el interés sería mayor ó menor según el precio á que se negociaran las obligaciones; y como este es

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variable por su naturaleza según los cambios y oscilaciones del mercado, seria imposible que el Gobierno le fijara de antemano. Pero por lo mismo que estos préstamos se realizan en metálico , la Sociedad de Crédito territorial está y debe estar autorizada para emitir y negociar obligaciones que representen el importe de dichos préstamos , y estas obligaciones gozan y deben gozar de todos los derechos y privilegios inherentes á las obligaciones territoriales ó cédulas hipotecarias.

Los temores que hablan asaltado á algunos en Francia, nacidos de la facultad otorgada al Crédit Foncier para hacer estos présta- mos sin hipoteca , cuando asi lo tuviera por conveniente , se han disipado por completo , singularmente desde que una ley ha decla- rado que habría dos categorias de obligaciones perfectamente dis- tintas ; una , de obligaciones emitidas para los préstamos hechos á particulares , á las cuales se aplican exclusivamente las hipotecas ofrecidas por estos mismos , y otra , de obligaciones emitidas por consecuencia de la ley de 6 de Julio de 1860, á las cuales quedan únicamente afectas las garantías especialmente ofrecidas y otorga- das por los Departamentos, los Comunes y los Sindicatos. «Por »medio de esta prescripción , dice el hombre más competente quizá »en la materia, cada título conserva su carácter y su valor propio: »hay dos garantías y en algún modo dos cajas en la misma Socie- »dad para las dos categorías de prestamistas.»

Por lo demás ya se ha dicho que las obligaciones que se emiten para representar el importe de los préstamos hechos á los Comunes y Departamentos , gozan de las mismas ventajas y privilegios que las otras obligaciones territoriales ó cédulas hipotecarias; no se admite ningún género de oposición para el pag'o del capital y de los intereses ; sirven por determinación expresa de la ley , como la renta pública ó del Estado , para el empleo de los fondos pertene- cientes á los menores , á los incapaces , á los comunes y á los esta- blecimientos públicos; están libres del impuesto que en Francia pesa sobre los valores mobiliarios con arreglo á la ley de 23 de Junio de 1857, y por último el Crédit Foncier hace préstamos ó anticipaciones sobre esta clase de obligaciones, lo mismo que sobre las otras destinadas á préstamos á particulares.

Excusado parece decir que deben establecerse entre nosotros iguales privilegios, en lo que tienen de aplicable á España,

A otras varias operaciones muy importantes se ha extendido la


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acción del Crédit Foncier con posterioridad á su establecimiento. Asi, por ejemplo, la ley que señaló en Francia en 1856, 100 mi- llones de francos para que el Estado pudiera hacer préstamos á los propietarios ó corporaciones que ejecutaran obras de drainage, era una letra muerta, entre otras razones, porque el Estado no podia descender sin peligro á una infinidad de detalles, como por ejemplo , el conocimiento de los peticionarios y de su estado de familia , el examen de los titulos de propiedad , el nombra- miento de peritos , etc., etc. Siendo precisamente el Crédit Fon- cier una institución organizada ad 7wc para ejecutar esta clase de operaciones , el Gobierno se dirigió á él , deseoso de llevar á efecto la mencionada ley de 17 de Julio de 1856, y se celebró la convención ó pacto de 28 de Abril de 1858, por virtud del cual el Crédit Foncier se encargó de hacer los préstamos á nombre del Estado, para favorecer las obras de desagüe, desecación y saneamiento de los terrenos, que es sin duda uno de los medios más eficaces de aumentar la producción agrícola. Acaso podria hacerse entre nosotros una combinación análoga con la subven- ción de 100.000.000 de reales votada por las Cortes para las obras de riego ; no hacemos más que apuntar la idea por si pudiera servir de algún provecho pues no hemos meditado sobre este asunto lo bastante , para responder de que pudiera llegar á su madurez y realizarse.

De la propia suerte , el Crédit Foncier de Francia , se ha consa- grado desde 1860 á patrocinar y prestar su eficaz concurso al Sous-Comptoir des entrepreneurs de París.

El fin principal de este establecimiento creado en 1848 y auto- rizado por el Gobierno para aceptar garantía de inmuebles por vía de hipoteca ó de privilegio , conforme al art. 1203 del Código francés, fué facilitar y estimular la construcción de casas en París, para dar trabajo á los obreros y reedificar ó reemplazar los muchos edificios que de entonces acá se han derribado para el embelleci- miento y la salubridad de la capital.

Indicaremos siquiera sea ligeramente , como se engrana esta ins- titución de crédito con el Crédit Foncier. Sabido es que el Banco de emisión en Francia , como en España , no descuenta sino los efectos que llevan tres firmas. El desarrollo que ha recibido la in- dustria de la edificación en los pueblos modernos , exige que se dé la mano á este género de empresas, á cuyo alcance deben po-


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nerse los recursos del crédito. Pues bien, el Sous-Comptoir des en- trepreneurs recibe los efectos suscritos por los constructores , efec- tos que no recibiria ningún otro establecimiento , porque aquellos por lo general no pueden dar más garantía que su firma y bienes inmuebles : el Sous-Comptoir garantido como está por una hipote- ca , reviste con su firma los efectos (S valores que recibe de los cons- tructores , y en seguida los endosa á la orden del Crédit Foncier, que añade la tercera firma , colocándolos por lo tanto en disposición de ser descontados en el Banco de emisión de Francia.

Para completar el cuadro de las operaciones propias de una So- ciedad de Crédito territorial , réstanos hablar del crédito agrícola. Ante todo , importa consignar con entera claridad que el crédito agrícola en Francia , es una institución distinta del crédito terri- torial. El único lazo que une á ambas sociedades, consiste en la unidad de dirección, esto es, en que el Gobierno en 1860 confió la misión de fundar el Banco de crédito agrícola al gobernador , á los subgobernadores , y á los miembros del Consejo de administración del Crédit Foncier ; pero sin que por eso hayan venido á confun- dirse ni anexionarse una y otra institución : lo único que hay es que como dice un notable economista , « el crédito agrícola se ha instalado al lado del Crédit Foncier , bajo sus auspicios , con su concurso , como el tallo que nace se abraza á un tronco ya vigoro- so , para crecer al abrigo de sus ramas. »

El Banco agrícola presta á la agricultura servicios que son ajenos á la índole , al mecanismo y á las atribuciones de una sociedad de crédito territorial. Esta sirve á la propiedad , y aquel al cultivador: esta presta con hipoteca , salva una ligera excepción introducida en favor de los Ayuntamientos y Diputaciones provinciales por las condiciones especialísimas en que se encuentran estos cuerpos , y la garantía colectiva que ofrecen ; aquel presta siempre sin hipo- teca : la una hace sus préstamos á los propietarios de inmuebles á largo término, y en obligaciones hipotecarias, dejando á los mu- tuatarios que extingan la deuda por el sistema de la amortización anual; el otro hace ó facilita el descuento, ó la negociación de . efectos exigibles á los noventa días , lo más tarde , y hace presta- mos sobre prenda á corto vencimiento ; de manera que cada una de estas instituciones tiene su círculo propio de acción , y atendida la naturaleza de sus operaciones , no podían amalgamarse sin com- prometer su existencia. Seria por lo menos peligroso amalgamar-


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las , antes de que la experiencia haya demostrado que es posible y conveniente esta amalgama. Preciso es esperar, antes de intentarlo, al sucesivo desarrollo del crédito ag-ricola , que es hoy en Francia una institución naciente. Tal vez el tiempo descubra la manera de combinar, armonizar y enlazar el crédito territorial y el crédito agricola , con un lazo más intimo que el que hoy tienen ambas ins- tituciones en el país vecino. Entre tanto , la prudencia aconseja se- guir los pasos del Crédit Foncier, y no dar á la. sociedad que aquí se cree, atribuciones que hasta cierto punto son contrarias á su misma naturaleza. La función esencial del crédito territorial, es la siguiente. Necesita un propietario dinero sobre sus fincas, y se di- rige á la sociedad en demanda de un préstamo. La sociedad enton- ces examina los títulos de propiedad del peticionario para asegu- rarse de que en efecto es legítimo dueño de las fincas que ofrece en hipoteca ; fija en seguida el valor de dichas fincas , y averigua en el Registro de la Propiedad , si pesa sobre ellas algún otro grava- men que constituya un derecho preferente ; y cuando se ha con- vencido de que la titulación está en regla , de que las fincas pro- ducen una renta cierta, fija y constante, y de que presta sobre primera hipoteca, es decir, que ningún otro acreedor puede reclamar prioridad , entonces presta una cantidad que no debe exceder de la mitad del valor en venta de las fincas hipotecadas, ni ser nunca tan alta, que obligue al mutuario al pago de una anualidad superior al importe de la renta anual de la hipoteca. Con estas condiciones , la sociedad de crédito territorial , hace el prés- tamo en obligaciones hipotecarias que el mutuario negocia , ó que negocia por cuenta de este y á fin de procurarle el dinero que ne- cesita, la misma sociedad. El propietario que toma prestado de esta suerte , tiene la ventaja de que en cualquier tiempo que reúna re- cursos suficientes , puede hacer el reembolso del capital , sin que la sociedad tenga el derecho de eludir el pago, cobrando únicamente una ligerísima indemnización ; y si el propietario no puede ó no quiere obtener su liberación por este medio , con solo pagar en un período de diez á sesenta años una suma algo superior al interés del dinero , extingue la deuda sin sentirlo , fenómeno extraordina- rio que seria incomprensible, sino fuera por el poder maravilloso del interés compuesto.

Tal es la función esencial del crédito territorial.

El Banco agrícola tiene otro objeto, que es el de facilitar capi-


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tales á corto término y sin hipoteca á la agricultura y á las indus- trias que con ella tienen mas ó menos relación y dependencia. El Banco agricola es á los agricultores lo que un Banco de emisión ó una Caja de descuento esa los comerciantes. Como decia M. 0,Quin, Consejero de Estado , en el preámbulo del proyecto de ley para la fundación de este Banco , «un comerciante , aunque sea de inferior categoría , sin más fianza que sus mercancías , á pesar de la faci- lidad con que pueden ocultarse y desaparecer, encuentra crédito para los valores que crea ; encuentra como intermediarios Cajas de descuento , y su firma es admitida en el Banco de emisión que le abre sus arcas. El cultivador, cuya posición es más estable, cuya industria es , por decirlo asi , más sedentaria y menos arries- gada , que es propietario de ganado , de cosechas , de instrumentos de labranza , etc. , etc. , ve que su firma no es admitida en la plaza ni en el Banco , y que no puede poner en ella ningún valor en circulación ; de manera que se ve obligado á simular la remesa de una plaza á otra para crear la letra de cambio ; y si encuentra al- gún intermediario que preste su garantía , no es sino con condi- ciones onerosas y usurarias.»

No parece propio de la Índole de este trabajo descender hoy al análisis minucioso de las operaciones de la Sociedad de Crédio agrícola para dar una idea general sobre el mecanismo y el objeto de esta institución ; nada nos parece mejor que copiar el dictamen presentado por M. O, Quin al Cuerpo legislativo sobre la ley de 28 de Julio de 1860. Este distinguido hombre público, después de fijar el capital social en 20 millones de francos dividido en 40.000 acciones de á 500 francos cada una ; después de establecer que por de pronto solo se emitirla la mitad de las acciones, y que las 20.000 restantes se emitirían ulteriormente, y no á la vez, sino á medida que fueran necesarias y por acuerdo del Consejo de admi- nistración aprobado por el Gobierno , añade lo siguiente : «La So- ciedad de Crédito agrícola , aunque perfectamente distinta de la de Crédito territorial , está dirigida por el Gobernador y los Subgo- bernadores de esta última Sociedad , lo cual establece entre ambas instituciones un lazo útil sin solidaridad de intereses.

»La Sociedad de Crédito agrícola tiene por objeto procurar ca- pitales ó crédito á la agricultura y á las industrias que se re- lacionan con ella, haciendo ó facilitando por medio de su ga- rantía el descuento ó la negociación de efectos exigibles lo más


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tarde á los noventa dias; abrir créditos ó prestar á vencimiento más larg-o , pero sin pasar nunca de tres años , sobre prenda ú otra garantía especial ; recibir depósitos con ó sin interés , sin poder exceder de otro tanto y una mitad más del capital realizado ó re- presentado por los títulos depositados en manos de la Sociedad; abrir cuentas corrientes , operar reembolsos y hacer con autoriza- ción del Gobierno cualesquiera otras operaciones que tengan por objeto favorecer el desmonte y mejora del suelo, el acrecenta- miento de sus productos y el desenvolvimiento de la industria agrícola.

»La Sociedad eligirá en los departamentos representantes que la ofrezcan una responsabilidad suficiente , y cuya función consistirá en garantir la solvencia del mutuario. A este intermediario es á quien el cultivador deberá dirigirse para obtener el crédito que haya menester.

»Este intermediario , ya sea propietario , banquero , agente de negocios ú otra cosa, si juzga que há lugar á facilitar el des- cuento del billete suscrito por el propietario , arrendatario, colono, en una palabra, por el mutuario, lo garantizará con su firma, y la Sociedad agrícola , aceptando este papel con la garantía de su corresponsal, lo endosará á su vez.

»De este modo , revestido el billete de las tres firmas exigidas por el Banco de Francia , será admitido al descuento por este esta- blecimiento , y por medio de tal combinación el cultivador dispon- drá del crédito que hasta aquí solo obtenía el comerciante.

»Se ve pues que la Sociedad de Crédito agrícola en este caso no representará más papel que el de endosante , y que el capital rea- lizado en sus manos no será otra cosa que un fondo de ga- rantía.

»A1 Banco , es decir , á ese gran depósito de los capitales en Francia, es á donde irá á tomar el dinero pedido por el cultivador. • »Por precio de este servicio exigirá del mutuario , además del interés que percibe el Banco por razón del descuento, un doble derecho de comisión que se distribuirá entre la misma Sociedad de Crédito agrícola y su corresponsal ó intermediario.

Los efectos ó billetes así suscritos serán reembolsables al plazo de noventa dias , porque , como es sabido , es el más largo que fijan los estatutos del Banco.

»Pero como este término sería con frecuencia demasiado corto


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para el cultivador, y la oferta de un crédito limitado á tres meses seria mirada con razón por este como inaceptable, la Sociedad agrícola, por medio de un sistema de prórogas escalonadas, le otorga en caso de necesidad mayor latitud.

»En este caso compréndese sin esfuerzo que el derecho de comi- sión que haya de abonar el mutuario , será un poco más elevado, pero siempre quedará muy inferior al que los banqueros particu- lares exigen del comercio por una serie de renovaciones de igual duración.

»Una convención entre el Banco y la Sociedad del Crédito agrí- cola asegurará la regularidad de estas diversas operaciones.

»Ási, pues, hacer que se admita al descuento en el Banco de Francia el papel de la agricultura , como se admite el del comercio, y otorgarle para el reembolso términos más largos que el que ha fi- jado la ley de este establecimiento , es el importantísimo servicio que está llamada á hacer la Sociedad del Crédito agrícola.

»Pero su círculo de acción no quedará reducido á estos estrechos límites.

»Muchas veces intervendrá en favor de la población agrícola para prestarla los auxilios que esperaba del Crédit Foncier, pero que este tendrá que rehusarle , porque así lo exijan la letra y el espí- ritu de los estatutos.

»Supóngase , por ejemplo , un dominio rural en estado de explo- tación productiva, pero cuyo poseedor no puede presentar una titulación tan regular y perfecta como exige el Crédit Foncier, ó bien una propiedad industrial de una renta segura , pero que por los estatutos del Crédit Foncier no puede servir de hipoteca para un préstamo á largo término ( como sucede con las minas , los tea- tros , etc. ) , ó bien , en fin , una tierra inculta susceptible de po- nerse en productos tales , que compensen con usura el interés del capital empleado en su mejora, pero á la cual el Crédit Foncier no puede hacer ninguna anticipación por ser actualmente impro- ductiva ; en todos estos casos y otros semejantes el Crédito agrícola podrá venir en ayuda del Crédito territorial , llenando asi la la- guna que deja esta institución, á la cual dará la mano con gran provecho de la agricultura.»

No hay que añadir á lo que hemos traducido una palabra más; y por lo tanto nos ocuparemos de la necesidad del privilegio ó la exclusiva para la fundación de la Sociedad , de la conveniencia de


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que el Gobierno la subvencione, y de las reformas legislativas que habría que hacer para que la institución funcione desembarazada- mente y sin peligro.

IV.

Tenemos el convencimiento de que no prosperará en España una Sociedad de Crédito territorial como no sea única y tenga la ex- clusiva. Hay que hacer para la propiedad lo que se ha hecho para el comercio. Hay que conceder á la Sociedad de Crédito territorial por lo menos una protección parecida á la que se ha otorgado al Banco de España.

La gran dificultad de la institución de crédito que trata de fun- darse consiste en popularizar en el mercado y poner á la par la obligación ó cédula hipotecaria. El dia en que al propietario le sea indiferente que le entreguen metálico ú obligaciones por la facili- dad de negociar estas á la par, ese dia la institución habrá llegado á su completa madurez ; entonces lo que la Sociedad preste á cada propietario no será más que el crédito mismo de su inmueble bajo la forma perfeccionada de una cédula hipotecaria , signo verdade- ramente representativo de la riqueza territorial.

Ahora bien, es muy problemático este resultado con la multipli- cidad de sociedades. La concurrencia entre ellas dificultarla la ne- gociación de los títulos ú obligaciones, por la necesidad de averi- guar la mayor ó menor estabilidad y consistencia de la sociedad que las hubiera emitido : esto aparte de que la coexistencia de varias sociedades con un mismo objeto y consagradas á unas mismas ope- raciones haria nacer entre ellas una rivalidad peligrosa, de tal suerte que impulsadas por un espíritu de especulación y cada cual con la mira de sobrepujar en negocios á las otras , lo probable es que por atraerse el mayor número de mutuarios les hicieran con- cesiones imprudentes y dieran para los préstamos facilidades in- compatibles con la naturaleza de estas sociedades, concluyendo con la bancarrota y el descrédito de la institución.

Aun siendo la sociedad única, sus directores habrán de proceder con mucho pulso en un principio para popularizar la cédula hipo- tecaria. Será preciso empezar por hacer los préstamos á metálico, ó por lo menos parte en metálico y parte en obligaciones , porque


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lo que quiere el propietario es dinero, ya sea para pagar sus deudas y libertar su propiedad de los gravámenes que la agobian , ó ya para mejorarla; y entregarle obligaciones ó títulos desconocidos en el mercado, que no podrá negociar ó que negociará con gran pér- dida, equivale á no prestarle nada ó á prestarle en condiciones más onerosas y á un interés mucho más alto que lo baria el capitalista particular. Por mucho tiempo , aun después de naturalizada en el mercado, por decirlo asi, la obligación hipotecaria, será preciso que en vez de negociarla el propietario, se encargue de negociarla por él la Sociedad , en quien la necesidad no es tan apremiante como en el particular que toma el préstamo , y puede esperar la ocasión de realizar con ventaja sus valores, inspirando confianza á los capitalistas y estudiando las necesidades de la plaza. Esto solo puede hacerlo una sociedad única que tenga la exclusiva. ¿Lo com- prenderán así el Gobierno y las Cortes ? no lo sabemos ; pero es de temer que la experiencia de Francia no nos sirva de nada y que hayamos de pasar por un periodo de ilusiones hasta que después venga el desengaño. Aquí como allí, habrá muchos que defiendan el sistema alemán, esto es, el de la pluralidad de sociedades. Aquí como allí , habrá quien dé la preferencia á las sociedades de mu- tuarios , especie de seguro mutuo y solidario entre los propieta- rios. Aquí como allí, empezará el poder supremo por pagar tri- buto, siquiera sea con cierta reserva y limitaciones, al principio de la libertad de asociación: lloverán las demandas de autorización para la organización de sociedades de crédito territorial; la mayor parte de estos proyectos fracasarán; se establecerán á lo más tres ó cuatro sociedades con condiciones de vitalidad; la experiencia, que es un gran maestro, les enseñará muy pronto que no pueden vivir aisladas é independientes sin perjudicarse mutuamente, y acaba- rán por fusionarse y venir á la unidad.

La fusión , que ha de venir más tarde , debe hacerse ahora.

Sobre si se habrá de conceder subvención para el establecimien- to del crédito territorial poco puede decirse. Es verdad que Fede- rico el Grande, al fundar en Silesia la primera Sociedad de Crédito territorial, la dotó con 1.125.000 frs. Es asimismo cierto que el Gobierno francés, al absorber todas las sociedades en una y elevar el capital social de esta á 60.000.000, la otorgó por decreto de 10 de Diciembre de 1852 una subvención de 10.000.000 de francos, pagaderos á medida que se fueran efectuando los préstamos , im-


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 273

poniéndola en cambio obligaciones muy penosas y de difícil cum- plimiento, que después fué preciso derog-ar.

Pero cualquiera que sea la protección que otros Soberanos y otros pueblos hayan dado á este género de instituciones, lo mejor será aprovecharse délas varias aspiraciones que sobre esto se manifiestan como base de una licitación. Por lo demás es probable que una vez fundada la Sociedad de Crédito territorial, si esta no podia soportar los gastos , el Gobierno y las Cortes se apresurarían á darle la mano, j Tanto es lo que ha de sentirse la necesidad de dotar á la propie- dad inmueble de este poderoso instrumento de crédito , sin el cual no hay que pensar que crezca y se desarrolle la riqueza en este pais!

Antes de concluir haremos una observación. No sabemos si po- drá establecerse en España sin perjuicio de los accionistas una So- ciedad de Crédito territorial sin subvención. Nos parece que sí; creemos que aun perdiendo algo en los primeros anos harian después ganancias , no exorbitantes , pero si seguras , en las cuales encon- trarían una compensación. Pero no nos atrevemos á asegurar lo mismo respecto de la Sociedad de Crédito agrícola, que como antes se ha dicho, es perfectamente distinta de la de Crédito territorial, por más que una y otra se den la mano. En Francia ha precedido al establecimiento de la Sociedad agrícola un convenio, por virtud del cual, en el caso de que los beneficios anuales de la Sociedad no bastaran para cubrir los gastos de administración y pagar un in- terés de 4 por 100 al capital social realizado, el Estado se obliga á abonar la diferencia, aunque con la condición de que la suma que por tal concepto entregará á la Sociedad no excederá anualmente de 400.000 frs. Los hombres más competentes y experimentados en la administración de la Sociedad, de Crédito territorial declaran que sin este auxilio era imposible fundar sin gran riesgo la Socie- dad de Crédito agrícola, y su opinión es para nosotros de tanto peso, que creemos necesario consignarla aquí.

Réstanos solo tratar de las reformas que será preciso introducir en nuestra legislación para el establecimiento de una Sociedad de Crédito territorial.

De lo expuesto resulta que hay que hacer las siguientes refor- mas legislativas :

1.* Autorizar á la Sociedad de Crédito territorial para emitir obligaciones destinadas á préstamos sobre inmuebles.

2.* Declarar que esta facultad es exclusiva de la Sociedad de


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Crédito territorial , no pudiendo por lo tanto pretender igual dere- cho las demás Sociedades anónimas de crédito creadas ó que se creen con arreg-lo á la ley de 28 de Enero de 1856, 11 de Julio del propio año y demás leyes vig-entes sobre Sociedades , que como ya hemos dicho, en nuestra opinión no tienen hoy tal derecho.

3.^ Ensanchar cuando menos en otro tanto el limite señalado por el art. 7.° de la ley de 28 de Enero de 1856 á la emisión de las obligaciones para que la misma autoriza á las Sociedades anónimas de Crédito en general , ó lo que nos parece mejor, autorizar á la Sociedad de Crédito territorial para emitir en obligaciones , como las demás Sociedades , hasta diez veces el importe del capital rea- lizado , y además una cantidad igual á la suma total de los prés- tamos que hubiese hecho sobre inmuebles á término largo.

4.^ Autorizar á la misma Sociedad para que las obligaciones que emita puedan ser nominativas ó al portador á su voluntad.

Fuera de estas reformas y de algunas otras que hemos indicado al examinar separadamente las distintas operaciones de una Socie- dad de Crédito territorial , muy poco es lo que resta hacer, pues por fortuna la nueva ley hipotecaria hecha principalmente con la mira de atraer los capitales á la tierra y fundar el crédito inmobi- liario en España , satisface cumplidamente á las exigencias de la institución que se intenta crear, sin que obsten para nada los ar- tículos 3." y 108 de la misma ley, porque es de notar que la hipo- teca de las obligaciones ó cédulas que han de emitirse , no es espe- cial sobre tal ó cual inmueble , sino general sobre toda la masa de bienes hipotecada d la Sociedad.

Esto es muy importante y es menester no olvidarlo. Las cédulas hipotecarias son la sustitución de la hipoteca colectiva á la hipo- teca individual y por esta combinación feliz mobilizan el contrato de préstamo fraccionándolo en pequeñas porciones, cada una de las cuales viene á constituir un valor distinto del contrato mismo, tras- misible y endosable. La cédula hipotecaria es, como el billete de Banco, un medio de crédito, un valor en circulación , y puede ser como él nominativa ó al portador, distinguiéndose sin embargo en tres cosas : 1.* en que es un' titulo hipotecario y el billete de Banco no: 2." en que produce interés y el billete no; y 3.* en que el billete de Banco es reembolsable á la vista, mientras que al poner en circulación la cédula hipotecaria , la Sociedad solo se obliga á pagar al portador puntualmente el interés y á reembolsar el capi-


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tal por via de sorteo en un período correspondiente á la duración del préstamo mismo.

Autorizada la Sociedad para la emisión de oblig-aciones hipote- carias, y hechas las demás declaraciones que se han indicado, casi ninguna reforma hay que introducir en nuestra legislación civil, porque como ya se ha dicho, la ley hipotecaria bajo el punto de vista del Crédito territorial , es superior á la legislación francesa, y luego que esté vigente , la Sociedad que en España se constituya, podrá prestar con la seguridad de que lo hace sobre primera hi- poteca , sin que nadie pueda disputarle la preferencia.

La nueva ley ha sustituido en efecto á las antiguas hipotecas generales tácitas y ocultas el sistema de las hipotecas expresas y especiales , de manera que los derechos que no están inscritos en el registro no perjudican nunca á tercero. Únicamente al principio será preciso que la Sociedad proceda con mucho pulso para no comprometer su capital. La razón es esta. En el tránsito de una legislación á otra ha sido preciso adoptar un temperamento que concilie el respeto debido á los derechos adquiridos antes de la pu- blicación de la ley , con la necesidad de una reforma radical y pron- ta para que pudiera fundarse el crédito territorial. Consecuencia de esto ha sido respetar las hipotecas legales existentes; pero señalando á aquellos en cuyo favor están constituidas el plazo de un año, que después se ha alargado diversas veces sin que hoy sea fijo , para que dentro de él acudan á inscribirlas en el registro , convirtiéndo- las asi de generales y tácitas que eran en especiales y expresas. Cerrados estos plazos , los acreedores legales expresos no perderán la facultad de inscribir las hipotecas , pero ya entonces su derecho . de preferencia nacerá desde el dia de la inscripción , y por consi-

guiente tendrán que ser postergados á la Sociedad de Crédito ter- ritorial en cuanto á los préstamos que esta haya podido hacer antes de esa fecha. No sucederá lo mismo con los acreedores hipotecarios que hagan la inscripción dentro de los plazos señalados por las úl- 1 timas leyes , porque respecto de estos , su privilegio se retrotrae al

dia de la constitución de la hipoteca, art. 352 : así, pues , durante esta primera época será preciso examinar escrupulosamente antes de hacer un préstamo , la situación especial y el estado de familia del peticionario , y si maneja fondos de la Hacienda ó ha contrata- do con ella , si es casado y al contraer matrimonio se le ha ofreci- do dote, si es tutor ó curador de un menor incapacitado, etc., etc.,


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la Sociedad no deberá contratar con él , sino exigiéndole previa- mente la constitución é inscripción de una hipoteca especial , con arreglo á lo que dispone el art. 356.

Aun después de pasado este periodo , será preciso tomar una pre- caución análoga si el peticionario del préstamo es un marido cuyos bienes estén ó puedan estar legalmente hipotecados á la dote y pa- rafernales de su mujer, ó un padre que sea responsable con los su- yos á sus hijos , por los que constituyan el peculio de estos ó ten- gan la cualidad de reservables. Estas hipotecas de que se hace mención expresa en el art. 354 de la ley hipotecaria, cuando son anteriores á la publicación de esta , subsisten con arreglo á la le- gislación precedente , mientras duren las obligaciones que garanti- zan , sin que por razón de ellas pueda exigirse la constitución é ins- cripción de una hipoteca especial, como se exige para las demás hipotecas legales preexistentes.

Pero si no puede hacerse esta exigencia por las personas en cuyo favor están constituidas, esto es , por las mujeres casadas y los hi- jos , en cambio pueden ser sustituidas con hipotecas especiales por la voluntad de ambas partes ó la del obligado y dejar de tener efecto en cuanto á tercero , en virtud de providencia dictada en el juicio deliberación establecido en el art. 365, de manera que lo que la Sociedad tiene que hacer siempre que un marido ó un padre le pi- dan prestado , es no acceder á su demanda mientras no constituya la hipoteca especial en favor de su mujer ó de sus hijos, ó presente una sentencia favorable obtenida en el juicio de liberación (ar- tículos 355 y 356).

Por supuesto que todo esto se entiende respecto de los padres y de los maridos quer tenían ya contra sí una hipoteca legal , con anterioridad á la publicación de la ley hipotecaria , pues por lo que hace á los que se casan después , así como á los que sean nom- brados tutores, curadores, recaudadores de contribuciones, etc., si bien la ley no ha querido dejar desamparados á las mujeres casa- das , á los hijos, á los menores á los incapacitados, á la Hacienda pública, etc., estableciendo en su favor una hipoteca legal, ha declarado terminantemente que no tendrán otro derecho que el de exigir la constitución de una hipoteca especial suficiente para su garantía , y que para que las hipotecas legales se entiendan cons- tituidas , se necesita la inscripción del titulo en cuya virtud se constituyan. (Artículos 158 y 159.)


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Ninguna dificultad habrá . pues , en prestar á los que tengan contra si una hipoteca legal posterior á la ley ; y respecto de los que la hayan constituido con anterioridad , bastará tomar las pre- cauciones indicadas.

En cuanto á las obligaciones que se emitan por consecuencia de los préstamos hechos á los Ayuntamientos y Diputaciones provin- ciales con autorización del Gobierno , bastará declarar que la Com- pañía de Crédito territorial puede crear y negociar obligaciones en representación de dichos préstamos , y que al pago de las mencio- nadas obligaciones quedarán afectos por privilegio y colectiva- mente todos los bienes y créditos que hayan dado en garantía las mismas corporaciones.

Una de las operaciones más importantes y comunes del Crédito territorial, es el préstamo con subrogación. Nos explicaremos. Es condición esencial para esta institución de crédito no prestar sino sobre primera hipoteca. Consecuencia de este principio seria no poder prestar jamás al que ya hubiera tomado de un particular un préstamo hipotecario ; pero entonces serian hasta cierto punto ilusorios los beneficios de esta institución que , á lo menos en los primeros sesenta ú ochenta años , el gran bien que produce con- siste , más bien que en facilitar recursos á los propietarios para ha- cer grandes mejoras en sus fincas , en ofrecerles un medio fácil y seguro para desempeñar su propiedad. El beneficio más inmediato que procura á esta la institución de que nos estamos ocupando , es la sustitución de la Compañía de Crédito territorial á todos los acreedores particulares que agobian y arruinan al propietario. Era, pues , preciso buscar el medio de realizar esta sustitución , sin que por eso la Compañía dejara de prestar sobre primera hipoteca para no aventurar su existencia y exponerse á la bancarrota ; y este medio se ha encontrado en lo que en el derecho se conoce con el nombre de subrogación. Un propietario ha tomado un préstamo con hipoteca á un banquero , y la Sociedad se subroga en el lugar y en los derechos de este , pagándole su crédito el dia del venci- miento. La hipoteca constituida á favor del banquero pasa á ser de la Sociedad. Esta presta , pues , sobre primera hipoteca , y el pro- pietario , por esta subrogación , ha obtenido la ventaja de pagar menos interés , de no tener que hacer el reembolso al año ó los dos años , de ahorrarse los gastos consiguientes á una próroga , si no tenin dinero á la espiración del plazo , y de extinguir su deuda


278 DEL ESTABLECIMIENTO DEL CRÉDITO

pagando una cantidad insignificante por amortización en un perio- do de treinta ó cuarenta años. Pues bien : esta operación tan im- portante también exige , á nuestro juicio , dos medidas legislativas: primera, la de declarar que la subrogación puede hacerse por. el deudor sin consentimiento del acreedor, con tal que el préstamo y pago consten en escritura pública ; que en la escritura de préstamo conste haberse tomado este para hacer el pago , y en la de pago que este se ha hecho con el dinero tomado á préstamo , y segunda, la de declarar que la Sociedad puede usar contra el mutuario ó deudor de los privilegios y del mismo procedimiento ejecutivo que se establezca para el reembolso de las sumas prestadas directamente y sin subrogación. La necesidad de esta última declaración es evi- dente, y en cuanto á la primera es también indispensable, porque por nuestro actual derecho no es claro que el deudor pueda subro- gar al prestamista en los derechos y acciones del acreedor primiti- vo sin el concurso de este. Por lo demás , la reforma que se propone está tomada á la letra de los articules 1119 y 1120 del proyecto de Código civil , conformes con el art. 1250 del Código francés.

Igualmente es preciso declarar que el Crédito territorial no pue- de prestar con hipoteca sobre los teatros, las minas, las fincas que estén pro indiviso, á no ser que la hipoteca se establezca sobre la totalidad de ellas con el consentimiento de todos sus condueños, ni por último , sobre los bienes raices cuyo usufructo pertenece á uno y la propiedad á otro, á menos que no constituyan la hipoteca de común acuerdo el usufructuario y el propietario. Pero estas ex- cepciones , fundadas en razones obvias, y que fácilmente se adivi- nan, no necesitan de una medida legislativa especial, basta que se consignen en los estatutos de la Sociedad.

Otra declaración hay que hacer que , aunque parece de detalle, no carece sin embargo de importancia , y es que si un mutuario deja de pagar un semestre el interés del préstamo, la cantidad que debió entregar y no entregó produce á su vez interés á la Sociedad de pleno derecho y sin necesidad de que esta ponga al deudor en mora á contar desde el dia mismo en que debió verificarse la en- trega. Lo mismo hay que establecer respecto de las costas y gastos del procedimiento que la Sociedad haya tenido que entablar para lograr el pago de sus créditos. Estos gastos deben producir interés á contar desde el dia del desembolso. Acaso no bastará que estas declaraciones se hagan en los estatutos, puesto que son una excep*


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 279

eion al derecho común y constituyen la. derogación, aunque para un caso concreto, de la legislación vigente. Nos inclinamos sin em- bargo á creer que esta disposición , asi como la de que la falta de pago de un semestre hace exigible la totalidad de la deuda des- pués de uno ó dos requerimientos y la de que la deuda es igual- mente exigible 'cuando quiera que se descubra que el mutuario ocultó las causas de hipoteca legal, de resolución ó de rescisión que afectaban á los bienes ofrecidos en hipoteca, será suficiente con- signarlas en los estatutos, porque una vez consignadas, el propie- tario que acude á la Sociedad en demanda de un préstamo ya sabe, que contrata con esas condiciones y que se sujeta á ellas. id uld

Nos parece inútil entrar en otros pormenores : la verdad es que la compañia podrá establecerse y funcionar desde el dia mismo en que empiece á regir la ley hipotecaria, sin necesidad de hacer nin- guna reforma que merezca este nombre en la legislación civil. Cualquiera que sea el letrado consultor de la compañia podrá sin duda aconsejarla con acierto y seguridad sobre los préstamos que deba hacer y los que deba negar con solo examinar detenidamente la titulación, tener presente lo que disponen nuestras leyes respec- to de las causas de nulidad y rescisión de los contratos y empaparse bien en la nueva ley hipotecaria , fijándose singularmente en los artículos 168, 169, 187, 194, 202, 207, 217, 347, 354, 355, 356, 358, 360, 363, 365, 366, 381, 383, 384, 389, 393, 395, 396 y 397.

Falta pues únicamente examinar si se necesita ó no una reforma en el procedimiento ejecutivo. Es indudable que una institución de esta especie no puede existir si no se la da la certidumbre del reem- bolso al vencimiento , y por consiguiente un procedimiento rápido y económico para ejecutar á los deudores morosos. Si la Sociedad ha de cumplir con los que toman sus valores; si ha de pagar pun- tualmente el interés que devenguen las obligaciones que pone en circulación, los lotes y las primas; si ha de hacer periódicamente y con toda regularidad el sorteo para la amortización de las mismas obligaciones, menester es que á su vez pueda exigir de los mutua- rios el cumplimiento de sus compromisos, y que si estos no los cumplen, la ley ponga en manos de aquella los medios de hacer efectivo su derecho en el acto.

Los capitalistas que emplean su dinero en la adquisición de obli- gaciones, tienen cuantas seguridades pueden apetecer, porque por

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una parte la duración de los préstamos se fija de manera que su amortización se verifica en el mismo periodo que se amortizan las obligaciones , y por consiguiente la Sociedad tiene asegurados de antemano sus medios de reembolso , y por otra , aunque los deudo- res se retrasasen algo en el pago de las anualidades , siempre los tenedores de obligaciones tienen la garantía del capital social y del fondo de reserva , aparte de la facultad que compete á la Sociedad para ejecutar á los mutuarios.

Pero es menester que la Sociedad obtenga ventajas análogas á las de los capitalistas, y para esto no basta declarar que sea exigi- ble la totalidad de la deuda , cuando el mutuario ha ocultado las hipotecas legales ó las causas de rescisión á que estaban afectos/Sus bienes, ó cuando deja de pagar un semestre, ni que los intereses de este produzcan á su vez interés desde el dia mismo en que de- bieron pagarse , sino que además es preciso que el procedimiento para la expropiación y venta de la hipoteca, sea breve y barato.

El sistema que llenarla mejor estas condiciones, seria el de la t>ia de apremio. Podria en efecto equipararse la escritura de prés- tamo otorgada á favor de la Sociedad , á una sentencia ejecutiva, y como en estos casos se trata siempre del pago de una cantidad líquida , no habría entonces más que proceder al embargo , avalúo y venta de los bienes, con entera sujeción á las reglas establecidas para el procedimiento de apremio después del juicio ejecutivo , pa- gando en todo evento las costas el mutuario (arts. 892 y 893 de la ley de Enjuiciamiento).

Tales son las observaciones que expusimos en 1862. Posterior- mente la experiencia y un estudio más detenido del asunto nos han hecho fijar bien nuestras ideas en la cuestión legal. La suspensión indefinida de los plazos señalados en la ley hipotecaria , obliga por otra parte á introducir en la ley de concesión declaraciones que sin esa circunstancia serian innecesarias. Así, pues, hoy conceptuamos preciso establecer que los créditos hipotecarios á favor del Banco, serán siempre preferidos á cualesquiera otros no inscritos con an- terioridad en cuanto á su pago con el importe de los bienes hipote- cados. Al efecto, debería darse facultad á todos los que tuvieran á su favor una hipoteca leg^l de las comprendidas en los arts. 168 y 353 de la ley hipotecaria ó algún derecho real de cualquiera es- pecie no inscritos ni anotados preventivamente , para exigir en un término breve que las personas obligadas por dichas hipotecas ó

ti .1 OVOT


TERRITORIAL EN ESPAÑA. 281

derechos constituyeran ó inscribieran en su lugar hipotecas espe- ciales suficientes , ó inscribiesen ó anotasen en su caso los referi- dos derechos. Las hipotecas leg-ales á favor de legatarios ó de acree- dores refaccionarios, y los derechos expresados en los núms. 1.°, 3.°, 4.° y 5.° del art. 42 de la ley hipotecaria deberian inscribirse como anotaciones preventivas con arreglo al art. 362 de dicha ley. Los derechos que originen acciones rescisivas ó resolutorias con- forme á los arts. 16 j 36, y 144 de la misma ley, podrán también ejercitarse ó inscribirse en el mismo plazo según lo dispuesto en los arts. 358 y 359.

En cuanto al procedimiento para el reembolso, en 1866 había- mos pensado establecer , visto lo que se disponia en Austria y otros paises en que funciona sin oposición y con general aplauso el Ban- co de Crédito territorial , que vencido el plazo en que cualquiera deudor hipotecario debiera abonar capital ó intereses sin verificar- lo , el Banco venderla en subasta pública y con intervención judi- cial la finca hipotecada. Si la garantía dada por el deudor no era un inmueble , sino efectos públicos ó valores mercantiles , vencido el plazo y no pagada la deuda , dábamos al Banco la facultad de enajenarlos en la forma que disponen el art. 37 de la ley de Bolsa y el 33 del reglamento de 17 de Febrero de 1848.

No nos parece propio de un articulo de Revista descender á ma- yores detalles.

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Manuel Alonso Martínez.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO

EL CANTO DEL CISNE, ^

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONE RETIRADO.


UNA GUÁBDIA DE PREVENCIÓN CASI DRAMÁTICA.

(Del 5 al 6 de Junio de 1830. )

Continuación.

Poca diferencia de años parecia mediar entre aquellos dos hom- bres; ambos debian de haber sido buenos mozos en sus tiempos; y ambos, también, conservaban aun bellos restos en los semblantes, y entera la fiíerza muscular, á juzgar por sus movimientos y apostura.

Pero el Brigadier pertenecia más bien al férreo tipo de los com- pañeros de Hernán Cortés y de Pizarro , que á la raza militar del siglo pasado y del corriente; mientras que su amigo era, con evi- dencia, un purisiino, ejemplo de la casta aristocrático-marcial, des- hecha en cuanto al poder social y politico, en la gran revolución francesa de 1 789 , pero que en pos de sí nos ha dejado vestigios, en cuya virtud, como por los flotantes restos de un bajel náufrago, podemos juzgar de su pasada grandeza.

Mi jefe, pelinegro en sus juventudes, estaba á la sazón como él decia , tordo rodado , es decir : tan completamente entrecano , que no era fácil adivinar el verdadero color de su cabello. Rubio de na-


MEMORIAS DE ÚN CORONEL RETIRADO. 283

cimiento el desconocido , apenas tenia canas visibles. Los largos bi- gotes del Brigadier, pendientes como los de un mandarín, tártaro en la China , le daban cierta semejanza, poco amable en verdad, con la raza felina ; más cortos y mejor peinados los del desconocido, agraciaban notablemente su boca , bien rasgada y de expresión benévola.

Los negros ojos del primero eran bellos , pero duros ; los del otro pardos , y melancólicos ; mas el mirar de entrambos revelaba idén- tica energía de carácter , con esta diferencia empero : que todo lo que en la del Brigadier habia de obstinada tenacidad, era en la del desconocido de razonada perseverancia.

La fuerza predominaba en el conjunto de mi jefe ; la elegancia la temperaba en el aspecto de su amigo.

Gustaba ver juntos á aquellos dos hombres , y se comprendía su unión: pero como gustan y se entienden, en la música, las disonan- cias hábilmente por el compositor combinadas.

Era imposible que la mujer á quien agradara el uno de ellos, hubiera nunca podido prendarse del otro; y, sin embargo, habia en- tre ambos un lazo de afinidad más evidente que comprensible , un no sé qué de análogo, en'medio de su innegable antítesis, para cuya explicación faltábanme medios y tiempo en la ocasión á que aludo.

Al entrar yo en el cuerpo de guardia, habíame hecho mi jefe una seña para que ine sentara; verificado lo cual, prosigue él pa- seándose como antes.

Su compañero, en la actitud de una resignación serena y razo- nada , saludóme con una inclinación de cabeza y una sonrisa de esas que la edad madura, cuando es indulgente y digna , solo á la juventud concede.

Ante aquellos dos hombres , mi posición era por de más embara- zosa. ¿De qué se trataba? ¿Para qué me habían llamado? ¿Qué te- nia yo que ver con sus negocios privados ; porque de los del servi- cio con evidencia no podía tratarse entonces?

Al cabo de unos cinco minutos, que á mí me parecieron un siglo, el Brigadier , ocupando una silla cerca de la mesa y haciéndome seña de que á ella me acercara , entabló la conversación diciéndome:

— Señor de Lescura, aquí no hay brigadier ni alférez; somos dos oficiales de un mismo cuerpo , dos caballeros , los que vamos á entendernos. ¿Qué dice V. , niño? *

— Señor D. Manuel (le respondí) , que estoy á las órdenes de V,


284 ^ MEMORIAS

— No se trata de órdenes ahora. Ya lie dicho que vamos á )bijil[)¿lay como se habla entre compañeros , entre hombres de honor. . _ .-^^„.,

— Asi lo entiendo, y asi repito que estoy á las órdenes de V. en todos conceptos.

— Muy bien, señorito, muy bien. Óigame V. ahora con aten- ción. Este caballero (señalándome al desconocido), es uno de mis mejores amigos, tal vez mi único amigo verdadero. Le debo

— Déjate de eso, Manuel (le interrumpió el aludido, en tan gra- ve tono como melodioso acento ) ; déjate de eso , que si ajustásemos cuentas tal vez fuera yo el alcanzado. Lo que importa es enterar á este caballero del favor que voy á pedirle.

— Cuanto esté á mi alcance (exclamé entonces, arrastrado por la indefinible simpatía que aquel hombre me inspiraba) ; cuanto esté á mi alcance; bien sabe el Brigadier, y ruego á V. crea, que estoy pronto á hacerlo de muy buena voluntad.

— ¿No te lo dije, Carlos? — Interpuso mi jefe. — Este muchacho tiene los cascos un poco á la gineta , pero no hay corazón como el suyo.

— Así lo creo (volvió á decir D. Carlos); pero aquí se trata, no solo de pedirle al señor sus buenos oficios , sino una discreción , una reserva por mejor decir, que

— Caballero (interrumpí, con mi incorregible petulancia) : yo no le he pedido á V, que me confie sus secretos, ni tengo el menor deseo de conocerlos (lo último era evidentemente falso, porque la curiosidad me devoraba). Así pues, tan á tiempo está V. de callar, como de hablar, según mejor le convenga. Pero permítanme uste- des, d uno y el otro , que ya que hablamos no de subalterno á jefes, sino entre oficiales , decirles que antes de vestir este honroso uni- forme , he probado que habia nacido caballero , y , á Dios gracias , en ninguna de mis acciones desde que sirvo , he dado lugar á que lo contrario se presuma.

Soy, tal vez, ligero en los devaneos propios de mis pocos años: acaso tenga la lengua demasiado suelta tratando de bagatelas; pero, repito que he nacido , soy y espero morir caballero , y que los se- cretos á mi honor confiados , estarán no menos seguros que si yo peinara canas, y me honrasen con la placa de San Hermenegildo.

— ¿Le oyes, Carlos? — Exclamó gozoso el Brigadier dándome al mismo tiempo una palmadita en la espalda. — Lo que te he di- cho Mala cabeza, pero un corazón de oro, y la honra le rebo-


DE UN CORONEL RETIRADO. 285

sa por todos los poros de su cuerpo. Te respondo de él como demí mismo. "hi^)

Miróme el desconocido entonces con un aire de bondad tan me- lancólico como profundo , j acercándoseme un tanto , dijo :

— Circunstancias demasiado largas de contar para este momen- to , no solamente me tienen fuera del servicio , sino que hacen hoy peligrosa mi estancia en Madrid, donde, tras una larga ausencia me encuentro apenas hace cuarenta y ocho horas. Tan breve plazo ha bastado , sin embargo , porque asi lo quiso mi mala suerte , para tropezar con un hombre de quien parece que el destino se sirve como de un verdugo , para martirizarme de continuo. Esta misma no- che, hace apenas dos horas, paseándome yo delante del Jardin Bo" tánico , y bien ajeno de que nadie se ocupara en espiarme , volvién- dome al sentir pasos tras de mi , he reconocido á mi implacable perseguidor Lo que ha pasado entre nosotros puede V. figurár- selo j Le he puesto la mano en el rostro. . . . ! Estamos convenidos

en batirnos, al rayar el dia, tras de la Plaza de Toros

— Pero al rayar el dia ( interrumpí, adivinando que se trataba de que yo fuese uno de los padrinos de aquel duelo ) , al rayar el dia me es imposible, porque, como V. ve, estoy de guardia.

— A espacio, niño, á espacio, interpuso el Brigadier. Mi amigo, que felizmente dio conmigo en el Prado, momentos después de se- pararse de su adversario, necesita dos padrinos, porque el lance es serio, Lescura, muy serio. No se trata de andar á sablazos, ni de

cambiar algunos tiros: no, señorito, no Un buen par de floretes,

y verse de cerca Es preciso que Carlos mate á ese canalla

Y le matará , ¡ ó le mataré yo, viven los cielos!

— ¡ Manuel ! ^ —Déjame en paz , Carlos. Te digo que, si tú no le mataras, que sí le matarás, le mataré yo, aunque tratara de estorbármelo el

mundo entero En fin,- Lescura, claro estaque yo soy uno de

los padrinos. ¿Quiere V. ser el otro? ¿Sí, ó nó?

— Mil veces sí , señor D. Manuel , y aun segundo, si necesario fuese: pero -.tiiiíibníi ú^nm'Sfjo .r'nhiiO Ái

— ¿Pero qué?

— Estoy de guardia , y hasta las nueve de la mañana no se me releva. :;tjno al 'ib .Oíini'

— ¿Y si su Brigadier de V. le autoriza á separarse del puesto?

— Entonces no hay más que hablar.


286 '" MEMORIAS

— Si hay/senór" oficial, si hay y cosa grave (interpuso Don Carlos).

— Ni una palabra más (replicó el Brigadier). Reposemos como podamos , hasta que empiece el dia

— Perdona, Manuel (insistió el desconocido) ; es preciso que este caballero sepa bien el riesgo que corre antes de comprometerse.

En cuanto á riesgos, dije, aunque no he tenido la dicha aun

de probar mi valor en el campo de batalla , no conozco peligro que pueda retraerme

— Asi lo creo, así es, sin duda alguna (me contestó D. Carlos); pero, con todo eso, es preciso que tenga V. la bondad de oirme to- davía dos minutos. Más por mí, que por V, , caballero Yo soy

un hombre á quien , para que no le falte desdicha ninguna que pa- decer, le ha cabido la de figurar, más ó menos , en un partido po- lítico No sirvo, porque en virtud de mis opiniones liberales , se

me ha impurificado Me está prohibido, además, residir 'en la

corte y sitios reales Mi adversario es un hombre en cuya leal- tad fio poco En fin , además de las contingencias naturales que

todo duelo lleva en sí , las hay en este de índole especialísima y grave. — Que Manuel , con quien desde los primeros años de la vida, me une la más íntima y cordial amistad , quiera correr esos riesgos, se entiende y se explica. Su graduación además, y la justa conside- ración que en Palacio le han granjeado sus dilatados y buenos ser- vicios, me tranquilizan hasta cierto punto por él; pero V. , amigo mió, tan joven aun, está en otro caso

— Perdóneme V. que otra vez le interrumpa, pero creo inútil que siga molestándose. Descansemos ahora, como el Brigadier lo ha dicho; y amanecerá Dios y nos veremos.

— ¡Bravo! gritó mi jefe; así me gustan á mí los muchachos! Y sin esperar réplica , entróse en el gabinete del cuerpo de guardia; allí se tendió tal como estaba , sobre un catre de tijera , sin colchón por decentado; y á los cinco minutos su bulliciosa respiración daba claro testimonio de haberse profundamente dormido.

D. Carlos, ocupando un sillón y obligándome á tenderme en el sofá donde me habían poco antes sorprendido, cerró los ojos como si durmiera ; y yo , á pesar del corbatín , d'fe lo abrochado del uni- forme , de la cartuchera , del sable , y de lo singular de la aventura en que tan inopinadamente me encontraba empeñado, no tardé mucho más que mi jefe en rendirme al poder de Morfeo.


DE UN CORONEL RETIRADO. 287

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UN DUELO FRUSTRADO.

(6 de Junio.) ;;'!üj9'{*ffe v

Comenzaban apenas á clarear al Oriente los primeros albores del crepúsculo matutino, cuando, con indecible asombro del ordenan- cista D. Victoriano , montamos á caballo en el zaguán del cuartel, D. Carlos, el Brigadier y yo.

Al oirse decir mi sargento primero por nuestro primer Jefe: — «El- Alférez se viene conmigo, queda V. encargado del puesto, D. Vic- toriano ; y silencio. ¿Me entiende V? Silencio con todo el mundo.» Quedóse un momento extático, sin saber realmente lo que le pasaba: pero no pudo menos, al cabo, de exclamar, con la angustia de quien por falta de aire se siente ahogar : — Se hará como V. S. lo man- da, mi Brigadier, pero

— ¿Pero qué? ¿Pero qué, D. Victoriano?

— El Capitán de dia va á venir de un momento á otro , mi Bri- gadier. Cuando pregunte por el Oficial de guardia, ¿Qué le digo?

— ¡Hum! ¡Hum! Refunfuñó mi Jefe, no acertando á salir de aquel aprieto.

— Que esta noche, estando aquí el Sr. Brigadier (dije yo, cortan- do el nudo Gordiano ) , me puse enfermo , y que S. S. me mandó retirarme á casa, dejando á cargo de V. la guardia. Ni una palabra más, D. Victoriano. Usted no ha msto á nadie más que al Sr, Bri- gadier Yo he tenido un cólico.

— «Eso es, exclamó el Brigadier , gozoso de salir del apuro. ¡ Tiene una travesura este chico ! — Vamos. »

En pocos minutos nos hablan puesto los caballos en la Puerta de Alcalá , que hubimos de hacer se nos abriese, porque estaba aun cerrada , circunstancia que me hizo suponer tendríamos que espe- rar algún tiempo en el lugar de la cita.

Según D. Carlos me dijo, su adversario se habia encargado de llevar los floretes , pero nosotros no íbamos inermes. Cada cual lle- vaba, en el arzón de la silla, un buen par de pistolas, el Brigadier su espada, y yo mi sable, ¦ - «• ^ 4 ;¦ >. -


288 r :/ . MEMOKIAS

Para desorientar á los guardas , en vez de dirigimos desde lue- go á la Plaza de Toros , caminamos primeramente en derechura por la carretera, como si fuéramos á la venta del Espíritu Santo: . mas á poco , variando de dirección á la izquierda por una senda de travesía, contramarchamos sobre el lugar convenido.

Fuimos los primeros en acudir á la cita. Echamos pié á tierra, y entregando los caballos al ordenanza del Brigadier, que de su casa nos los habia llevado , y por ser hombre de toda confianza ve- nia acompañándonos, pusimonos á pasear silenciosos y preocupa- dos , como lo están siempre en lances tales , los que no son de pro- fesión duelistas.

Medio cuarto de hora después , por el camino que parte de la puerta de Recoletos , vimos desembocar un coche que hizo alto al emparejar con la Plaza de los Toros. Bajaron de él tres hombres, y encamináronse hacia nosotros, que les salimos al encuentro algu- nos pasos.

íí Ninguno de aquellos tres personajes me era conocido , y confieso francamente que me sorprendió infinito no haber hasta entonces visto siquiera á ninguno de ellos , ni en la sociedad , ni en los pa- seos , ni en los teatros , ni en la corte misma , lugares que frecuen- taba asiduamente , por afición á los placeres y por mi condición en el mundo.

Pero en fin , en mi vida los habia visto, y no era de sentir la cosa; porque todos eran, á juzgar por su aspecto , personas tan vulgares como poco simpáticas.

— ¿Los padrinos? — Preguntó secamente mi Brigadier, á la vis- ta de cuyo entorchado y aire marcial , hicieron nuestros contrican- tes un gesto que no demostraba gran contentamiento, ni mucha cortesía.

— ¿Las armas? — Añadí yo en tono muy poco conciliador.

Dos de los incógnitos , morenos , patilludos , stn bigote , en traje de paisano nada elegante, y con maneras que no revelaban el hábito de la sociedad ciertamente , se adelantaron, y uno de ellos, después de tocarse apenas el sombrero, como si saludarnos le costara trabajo, pero sin embargo visiblemente embarazado, y clavados siempre con inquietud los ojos en el entorchado de mi jefe, dijo:

— Los padrinos, servidores.... Las armas, aquí están, •f Devolvimos el saludo con la misma frialdad que se nos habia hecho ; y yo , tomando los floretes , después de medir las hojas para


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 289

cerciorarme de que eran iguales , y de ver que las puntas estaban bien afiladas , púseme á examinar las empuñaduras minuciosamente. ,, Entre tanto , el Brigadier, seguido de uno de los padrinos del contrario, reconocía de nuevo el sitio que ya teníamos elegido para el combate; D, Carlos se desnudaba de levita y chaleco, silenciosa y compasadamente, y su enemigo iba desabrochándose también: pero lentamente , con repugnancia se me figuró , y con evidencia volviendo á menudo hacia Madrid la vista.

— «¡Ese hombre tiene miedo !» dije para mis adentros Pero

mirándole luego más despacio , y leyendo en sus torvas miradas y en la irónica y amarga sonrisa que sus labios contraía, no sé qué infernal pensamiento, ocurrióseme de pronto la. idea de que, ^ tal vez, se nos tenia allí armado algún lazo, ^f^j hftMhíí hh hhUiíhci r«1

A la verdad , tal sospecha no estribaba en el momento en base alguna ; era , si se quiere , un agravio gratuito hecho á aquellas gentes ; pero me fué imposible desecharla ; tan imposible , que des- de el instante mismo en que la concebí , comencé á considerarme y á considerar á D. Carlos y al Brigadier como personas gravemente comprometidas, y á algún ignorado riesgo expuestas.

Dominóme, no obstante, aunque no sin trabajo, lo suficiente para proseguir obrando con la misma serenidad , en la apariencia, que si nada recelara ; y así que hube terminado á mi satisfacción el reconocimiento de los ñoretes , se los devolví al que me los había entregado, diciéndole que estaban bien. nrSi

Por su parte el Brigadier , concluido el reconocimiento del que iba á ser lugar del combate , vino á reunírsenos diciendo :

— «Caballeros, cuando VV. gusten; por mi parte estamos pron- tos; y convendría abreviar, porque va ameneciendo á toda prisa.».

D. Carlos, ya en cuerpo de camisa, estaba, en efecto, en su pues- to, cruzado de brazos, sereno el rostro, centelleantes los ojos y visiblemente impaciente de comenzar la pelea; pero sin pronunciar; palabra.

Su enemigo seguía desabrochándose el chaleco , después de la levita, con estudiada lentitud, en medio de sus dos padrinos, cada,, uno de los cuales sacó del bolsillo una pistola , de las de tiro , cu- yos cebos reconocieron prolijamente.

— «Señorea, dije yo entonces: — La costumbre es que todos los padrinos estén igualmente armados, ó todos sin armas. Nosotros estamos prontos á deiar nuestros sables.» , .,,^1. <.... ¦ .


290 .oaAr memorias

— Pues nosotros, contestó en voz bronca uno de los contrarios, no dejamos las pistolas. ¡ Acá no somos tontos !

— Pero sí mal criados , interpuso iracundo mi Brigadier; y ¡ vive Dios !

«Déjelos V., Sr; D. Manuel (interrumpí), que esos señores con- serven, si quieren, sus pistolas; nosotros tomaremos las nuestras.»

Y sin esperar contestación, encamíneme ápaso largo en deman- da del ordenanza, que con los caballos habíamos dejado á muy corta distancia , pero oculto tras una de las infinitas barracas que enton- ces rodeaban el circo tauromáquico matritense.

Cada vez más persuadido de que no era aquello un duelo leal, sino una celada dispuesta por nuestros adversarios , no solo tomé las pistolas del Brigadier y las mías , sino que di orden al inteli- gente y fidelísimo soldado que nos custodiaba los caballos , de que con ellos se nos acercase lo más que pudiera sin ser visto, y de re- unírsenos resueltamente , al menor asomo de sorpresa ó peligro que advirtiese.

Martínez (que así se llamaba el ordenanza), era un soldado viejo, con el premio de noventa, asistente del Brigadier más de veinte años hacía ; y tan práctico en las leyes del duelo como el primer maestro de armas del mundo. '-"^^ ^"^^'

Tranquilo, pues, por esa parte, regresé á'mi puesto, y entre- gando al Brigadier sus pistolas, — «ahora, dije, la partida es igual. Manos á la obra; y, si en concluyendo nuestros ahijados, gustan esos señores de que probemos la pólvora, nos tendrán á sus órdenes.»

Mi proposición , que hizo mirarse y sonreírse al Brigadier y á su amigo, pareció ser tan poco del gusto de los padrinos contraríos, como lo era de su apadrinado el empuñar el florete , á juzgar por la intolerable lentitud con que en desnudarse de levita y chaleco procedía.

Pero al fin y al cabo, estimulado por uno ó dos tacos que , re- dondos como balas de á 24, le descerrajó á boca de jarro mí impa- ciente jefe , hubo el buen señor de resignarse; y, ya en] mangas de - camisa, se dirigía á ocupar su puesto, cuando súbito oímos todos el estruendo del galope de muchos caballos, y un instante después vimos, en efecto, aparecerse, hacía la parte de Recoletos, y á me- dia rienda marchar sobre nosotros, hasta 20 ó 25 gínetes, por un ofi- cial mandados.


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 291

— «Al coche , gritó uno de los padrinos patilludos. »

— «¡Al coche!» — Repitieron el otro y el ahijado, recogiendo este, en un abrir y cerrar de ojos, su ropa.

y haciendo como lo decian , partieron los tres á la carrera á re- fugiarse en su coche.

Mi Brigadier, amarillo de cólera, amartillando la pistola que tenia en la mano, y dirigiendo la boca del canon á los fugitivos, iba á tirar sobre ellos, y mal lo pasara alguno, porque no era hom- bre que errase jamás el golpe , si yo no le contuviera diciéndole:

— «Esta es una emboscada contra D. Carlos, mi Brigadier. — Vea V. , si nó, cómo dejando en paz el coche, se viene esa gente sobre nosotros, i Martínez los caballos ! »

Felizmente el bueno de Martínez no habia esperado mi voz para acudir en nuestro auxilio. Todavía le llamaba yo, cuando ya el Brigadier montado, le salia al encuentro resueltamente á la partida de caballería , que apenas estaba ya entonces á cincuenta pasos de distancia de nosotros.

Yo, entretanto, aprovechando el tiempo, ayudaba á D. Carlos á vestirse, con la diligencia que el caso requería.

— « ¡ Alto ! señor Oficial , ¡ alto !» — Gritó mi jefe, imperiosa y re- sueltamente, al Comandante de la partida, que ya á la sa,zon habia yo reconocido como perteneciente á un escuadrón de celadores, á la manera de los gendarmes franceses, que entonces habia en Madrid.

¦>' El acento de autoridad con que el Brigadier profirió la voz de «¡ Alto !» la vista de las divisas de su alta graduación , el uniforme de la Guardia Real que vestía , y acaso la repugnancia con que su poco lisonjera comisión desempeñaba , hicieron que , en efecto , el Oficial de celadores , mandara detenerse á su tropa , y acercándose á mi jefe , le dijera respetuosamente después de haberle saludado:

— ^Mi Brigadier, tengo orden del Sr. Superintendente general de policía, de arrestar y conducir á su presencia inmediatamente, un hombre enemigo del Rey nuestro señor , se me ha dicho , y á quien debía hallar precisamente á esta hora y en este sitio , ba- tiéndose en desafio.

— ¿Conoce V. al hombre á quien le han mandado prender? — No señor , mi Brigadier : pero debo prender á todas las per- sonas que aquí encuentre , en la seguridad de que entre ellas ha de estar, sin duda, la que se busca. ' '^ *>'¦ "^ ^^i^>^^\^ ilf^—


.oaAF MEMORIAS ' ^^ SO

— ¿Me conoce V., señor Oficial? oí sb úíus ¿íoh-g ,oáyoo ÍA»— .' ¦ — Ten^o ese honor, aunque solo de fíóínbféy dévista/'

— ¿Sabe V. que soy el primer jefe de uno de los qjierpos de la División de Caballeria de la Guardia Real? oí OMoO' C&ísííxbíí Y

— Lo sé , mi Brigadier. :

Qjj-p-¿Me tiene V. á mi por enemigo del Rey nuestro señor? ..< .aí>¥4jMi Brigadier! ¡Cómo es posible !'!'sH'fií> y; ,oíirí'! p¡í ¡m fshfei -fffOíPues en ese caso , decídase V, á volverse sin prender á nadie, ó^á llevamos presos á mí , al caballero Oficial de mi cuerpo que me acompaña y á mi ordenanza. — Acerqúese V., Lescura. ¡Adelante Martínez! snoiv Gfc ,í*iíooo le ssq ns obnBbíromóo ,6n ia ,.Y bo'/

Durante el diálogo que precede, yo babiá he'clio montar á Don Carlos á caballo , y desaparecer de la escena , sin que el oficial de celadores lo advirtiese ó quisiera advertirlo ; que muy posible , y hasta probable me parece, que voluntariamente cerrara los ojos.

Mi Brigadier , que á todo estaba atento , había visto desaparecer á su amigo tras los edificios inmediatos ; y así , al llamarnos á mí y al ordenanza, estaba seguro de. que á nadie comprometía. , .; í

— ¡Maldita sea la policía y mi perra suerte que me tiene á sus órdenes! murmuró entre dientes el pobre oficial de celadores. — Mi Brigadier, yo no sé ,.qüé h^cer, porque ni he de llevar preso á V. S., ni tengo muy seguro el empleo , si me vuelvo con las manos vacías. En la Superintendencia le dan grande importancia á este negocio. He oido hablar de conspiración, de fi-ancmasones, de carbonarios italianos y franceses. . . De que el hombre que se busca es uno de los mejores jefes de caballería de la guerra de la Independencia , hoy cómplice y agente en Madrid de los emigrados

de Londres ¡ Qué sé yo lo que he oido ! ¡Lo que si creo es haber

dicho de ello más que debiera!.... En fin, mi Brigadier, sáque- iiije,,V. S. del apuro ; dígame qué es lo que debo hacer, i ,„.jTr-Volverse poc donde ha venido ; decir la verdad : que aquí no ha encontrado V. á nadie más (Jue á nosotros, y que, conociéndonos, no ha creído que debía ni podia prendernos. Vaya V. tranquilo ; yo veré hoy mismo al Ministro , á S. M. , si es preciso , y por mi honor ofrezco á V. que no tendrá que sentir por este lance. > íígofeoéíl

— En esa confianza, voy á retirarme; pero antes, si V. S. me lo permite, quisiera hacerle una súplica. ,:,„,^,,.. ,.., . ^ , „. ,,.i - , .' rrrBigSk V., que ya le escucho.. ¡ rrc, . <,.,,t,T«^rFOfm hr^p mir* s^'-'-s- — Mi Brigadier, yo soy un pobre militar, sin familia ni .protector


DE UN CORONEL RETIRADO. 293

alguno. Empecé á servir de soldado , y á los doce años de buenos servicios en campaña j no pocos trabajos, ascendí á Subteniente el año de 15. Por mal de mis pecados, tuve ocasión de distinguir- me en 1822 en Cataluña: Mina me ascendió á Teniente ; y vino el año de 1823, y me dieron la indefinida. Como yo no entiendo de política , y nunca he concurrido á los cafés, ni leído periódicos , ni sé más que la ordenanza, al cabo de treinta y seis meses de hambre y de angustias, me purificaron, y al año siguiente me colocaron, de Alférez se entiende, porque todo lo del tiempo de la Constitución es nulo. ¡Bueno! De un modo ó de otro, ya tengo pan, me decía yo; y estaba tan contento como unas pascuas.

Pero pídenle á mí Coronel que proponga un oficial para pasar

con ascenso á estos maldecidos En fin, al cuerpo de Celadores;

y mi jefe , con la mejor intención del mundo , se acuerda de mí y me propone con mil recomendaciones de honradez, de i^eserva, etc. ¿Qué sé yo? El caso es que, en efecto, he ascendido á Teniente al pasar á Celadores , pero que no sirvo para este oficio de prender gentes y andar siempre entre polizontes ó malhechores. V. S. tiene favor, mí Brigadier, y sé que es el padre de sus oficiales. Apiádese V. S. de mí y redímame. Que me vuelvan á mi cuerpo, que me envíen á Ceuta , á MelíUa , donde quieran ; no de Teniente , de Al- férez, de Sargento sí es preciso. Todo menos ser de la policía. Yo no he sido nunca, no soy,,;aa,^r¿j(jm^ qiúeío^j^. .ÍO^sg^i^^^

dado. nhl-y::'ri-^-^'^ '^rA í----'-V : ^. í;i'.i-:-r, - ,;, ¦

— ¡Esa mano! clamó mi Brigadier, húmedos los«ojos y tendiendo su noble diestra á aquel honradísimo veterano. «Antes de ocho días servirá V. en un cuerpo distinguido y como merece.

— Y mientras yo viva, tendrá V. S. este corazón y este sable á

sus órdenes, mí Brigadier — «Mitad, por cuatro á la derecha.

De frente, guia á la derecha, al trote largo; marchen!»

— ¿Qué dice V. á todo esto, Niño? Me preguntó el Brigadier un poco avergonzado de su reciente enternecimiento. . .' , ;

,.... ,.,,,",„{ ^i, ,,¡1. Patricio DE LA EscosuRA.

/Se continuará.


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR. (y EXTERIOR)

" Hace algún tiempo que la nación española atraviesa por un período his- tórico poco normal , en el cual deben , en nuestro sentir, fijar la atención los hombres que aman sinceramente á su país j tienen interés en que lle- gue algim día al completo desenvolvimiento del sistema representativo.

Ni la índole de una Revista , ni las circunstancias que nos rodean , ni nuestro propósito al tomar la pluma, permiten hacer inculpación ni exigir responsabilidad de la dirección que llevan los negocios públicos, á nin- gvma parcialidad , á ningún partido político. Deseamos presentar los sucesos tales como son , como no pueden dejar de verlos las personas des- apasionadas y cultas, que sin estar ó fingir que están encariñadas á anti- guos tiempos de imposible resurrección, ambicionan que España figure en- tre las naciones civilizadas y goce la existencia de los pueblos modernos.

Las corrientes políticas han desaparecido casi por completo de los sitios en que les abrieram ancho cauce las instituciones conquistadas por la na- ción á costa de grandes sacrificios, de temerosas catástrofes, de una guerra, en fin , de siete años tan gloriosa como desdichada por ser españoles los que lucharon de ima j otra parte.

No negarán sin una falta de buena fé increíble , ni aun los más intran- sigentes enemigos de la civilización moderna , cuánto ha ganado España desde que se estableció el sistema representativo. Discutir esto equivaldría á poner en parangón la fuerza del niño ó la agilidad del anciano con las fa- cultades más ó menos vigorosas de la juventud , aunque la juventud sea poco afortunada. Es imposible aislarse en medio del mundo que nos ro- dea. Los jardines de Babilonia, la muralla de la China, las obras más ji- gantescas de todas las edades, serian quebradizo juguete, comparadas con el proyecto de convertir la nación española en una fortaleza, cuyos altos mu- ros y profundos fosos cortasen toda comunicación con la Europa infes- tada por el ponzoñoso virus de las ideas modernas , impidiendo al mismo tiempo que llegasen hasta nuestros oídos las carcajadas que levantaría por


REVISTA POLÍTliCÁ. — INTERIOR. 295

donde quiera el cómico espectáculo de nuestro fiero j púdico aislamientb'.' Si queremos vestirnos á la europea, si deseamos alimentarnos á la europea, si nos place camiuar como ss camina en Europa, si olvidando las aventuras caballerescas de aquellos tiempos felices en que el hombre dividia la vida entre el amor j la guerra , no parece sino que se ha modi- ficado el corazón humano en su propia constitución , si no existe el sier- vo j apenas marcan diferencia social los títulos noviliarios ¿cómo quieren que no descubra nuevos horizontes la inteligencia humana que hizo Dios perfectible por su voluntad j como condición indispensable de su natu- raleza ?

Es preciso desengañarse ; los pueblos susceptibles de civilización mar- chan por escalones, pero en linea abierta de batalla, j salvo la velocidad del paso, todos entran en el general adelantamiento. Intentar detener lamar- eha de uno seria empresa tan loca como querer atajar en el centro del mar alguna de sus corrientes , como parar el viento en medio de la atmósfera, como pedir que las ramas de un árbol produzcan diferentes frutos que sus hermanas .

Preciso es vivir como viven las naciones que nos rodean , no empeñarse en ser grupo aparte en la sociedad á que pertenecemos , sino antes al contrario, entrar en fila, hermanarse en la dirección, y si fuese posible en el movimiento. «Difícil es regir sociedades tan complicadas como son olas del tiempo presente, en que de la diversidad de intereses, profesiones, "Creencias, ideas j temperamentos nacen las variaciones más impensadas »en las tendencias y giros de la opinión pública. Quien esté provisto de la "prudencia y juicio indispensables para g'obernar á uno de estos pueblos, "¿cómo no ha de querer que las pasiones, inquietudes y humores que se «ocultan misteriosamente en sus profundidades, salgan á la superficie para "leer en ellos sin engañarse los deseos y necesidades á que no solo es justo Dsino necesario atender?»

Rompiendo, sin duda, por estas consideraciones el Sr. Vaamonde en la Cámara alta, el silencio que habia venido guardando hasta ahora, ha pro- nunciado últimamente un razonado discurso, en el cual se ponen de ma- nifiesto los peligros é inconvenientes que trae consigo el que llegue á erigirse en regla de conducta el confcccionamiento de las leyes por au- torización. ! omsír

Con verdadera elocuencia y verdadero espíritu práctico decia el señor Yaamonde en la Cámara alta al discutirse el proyecto de ley de reforma de tribunales : ^

"Cuando veo yo que cuestiones tan importantes como las que comprende esta autori' zacion son discutidas y tratadas tan detenidamente en otros Parlamentos, que vamos á consultar aquellas discusiones para que nos sirvan de verdadero y auténtico comenta- rio de la legislación misma; cuando esas mismas discusiones son el ornamento de aquellas Cámaras, la gloria de aquellos países; cuando allí no se dice : esto no se puede TOMO I. 20


296 REVISTA POLÍTICA.

discutir en la Cámara, sino que se discute todo, ¿por qué este noble país, por qué esta nación española ha de ser excomulgada del círculo de las naciones cultas, y se ha de decir que en nuestros Parlamentos no se pueden discutir esas cuestiones?

iiPues qué, en Bélgica, por ejemplo, para desenvolver su envidiable legislación, posterior al establecimiento de la Carta ó sistema constitucional, en el orden adminis- trativo, en el orden judicial, en el orden económico, en la organización militar, en fin, en todos los órdenes que afectan á la organización de un Estado, ¿han apelado allí al medio de la autorización legislativa para resolver estas cuestiones? No. Pues si no se usa ni en Bélgica, ni en Inglaterra, ni en Francia, ¿por qué razón se nos ha de decir que solo en España, aquí solo, esta clase de materias ha de ventilarse y conce- derse por medio de esas autorizaciones genéricas, que vienen á confesar virtualmente que los poderes públicos, que los poderes constitucionales, que parecen formados para la confección legislativa, son completamente incompetentes para la formación de las leyes? Porque esto es lo que lógicamente se deduce de esos argumentos vulgares que están en la boca de todos y que todo el mundo admite ya , que no se discuten y que se aceptan de buena fe. "

El alejamiento de la política de las Asamlileas deliberantes no pro- duce, por otra parte, ventajas de ningún género, sino antes al contra- rio , engendra peligros , crea dificultades á los Gobiernos , j llega á esta- blecer antagonismo entre los elementos más importantes del mismo partido en cuyo beneficio se ha querido establecer.

La idea general á que deben sacrificarse j á que en realidad se sacrifi- can las pequeñas diferencias hijas de los juicios individuales , idea que cons- tituje el nervio j la verdadera fuerza de las grandes agrupaciones poUticas, se enflaquece j debilita cuando no tiene enfrente la idea contraria defen- dida j enaltecida por sus legítimos representantes.

La historia de los Congresos unánimes es elocuente prueba de esta verdad; jamás sus debates han sido realmente luminosos; jamás han salido de su seno esas grandes reformas que fijan época en la historia del pro- greso de los pueblos.

De la misma manera que el individuo no conoce la extensión j temple de sus facultades hasta que llegan los momentos azarosos de la existencia, así los partidos se enervan cuando no encuentran natural contradicción, conclujendo por ceder postrados ante una censura que jamás presenta punto objetivo de combate j que no tiene cuerpo ni forma tangible, pero que se filtra por los poros de la sociedad , que penetra en el pensamiento de todos , que llega á crear una atmósfera tanto más sofocante cuanto más se enrarece el aire que la constituye.

La exagerada uniformidad de pareceres en las Asambleas pohticas acaba siempre en una verdadera anarquía de opiniones , peligro el más grande á que puede estar expuesto un partido , j que desde luego acarreará di- ficultades en los momentos en que tal vez necesite más el bien público de su enérgico apojo.

Ó mucho nos equivocamos ó algo de esto puede pasar hoj en una cues-

.1 t


INTERIOR, r .. 297

tion de interés general que se agita en las regiones gubernamentales. Nos referimos al proyecto de Crédito territorial.

No vamos á examinar ahora la organización más conveniente para el establecimiento del Crédito territorial , ni las ventajas que de su instala- ción habia de resultar á la riqueza inmueble del país, ni los inconve- nientes con que esta medida tendria que luchar al nacer y desarrollar- se en nuestra patria , por hacerlo en otra parte de la Revista persona de reconocida competencia.

Esta institución de crédito llevaba cien años de vida en Silesia y ha- bia merecido la protección del gran Federico , cuando un hombre de in- disputable mérito (1), economista distinguido , lleno de entusiasmo , popu- larizaba en Francia un pensamiento que la Alemania entera habia ya acep- tado, y acerca de cuyo desenvolvimiento hicieron importantes estudios inteligencias tan respetables como las de Troplong y Rossi.

La situación poco ventajosa en que se encontraba en la nación vecina la propiedad territorial en 1848 es bien conocida ; haciéndose eco del clamor general, dijo León Foucher en la Constituyente « que era tiejnpo de lle- »gar á una liquidación , y que si no se le daban los medios , si no se »le procuraban á la agricultura capitales á precio moderado , la propie- dad territorial caminaría infaliblemente á la bancarrota. »

Sin temor de que nadie nos acuse de pesimismo , creemos poder afirmar que, solo con echar una rápida ojeada por la mayor parte de nuestras provincias, aun por aquellas más favorecidas con los dones del cielo , se viene en conocimiento de que las palabras de Foucher cuadran al actual estado de la propiedad territorial de España.

Por eso no tiene fácil explicación que medida tan conveniente y de tanta importancia no haya sido propuesta á los Cuerpos colegisladores por el Gobierno, debilitándose al ser presentada por la iniciativa particular de va- rios Sres. Diputados por importantes que estos sean.

Ya han salido á la superficie los primeros efectos de este procedimiento, pues ó mucho nos equivocamos, ó los miembros que componen la co- misión que debe presentar dictamen no son ni los defensores más entu- siastas de la idea, ni los más adictos al Ministerio; así al menos debe presumirse del lugar que sus nombres ocupan en importantes votaciones.

Mucho nos equivocaremos si el proyecto llega á ser ley. En nuestra opinión , y aplicándole la frase de un hombre ilustre , está llamado á dormir largo tiempo en los cartones de la comisión.

Fundándose en otro orden de razones , acaba de efectuarse una nego- ciación de crédito en grande escala sobre los recursos que deben producir nuestras provincias de Ultramar, sin que las Cámaras hayan tenido en

(1) Mr. Wolowski.


REVISTA política.

ella la menor intervención , dando lugar en la prensa esta medida á lumi- nosos debates sobre un punto constitucional.

Por Real decreto de 19 de Marzo se autoriza al ministro de Ultramar para la contratación de un empréstito con destino al pago de las atenciones públicas de las islas de Cuba, Puerto-Rico y Filipinas.

Dicho empréstito será de 50 á 55 millones de francos, ó de 2 millones á 2.200.000 libras esterlinas, efectivos.

Antes de determinar las condiciones con arreglo á las cuales se lleva á cabo negociación tan importante sin pública licitación y sin dar cuenta á las Cortes, se presenta naturalmente la cuestión constitucional que encier- ra, coma hemos dicho antes.

Aun prescindiendo , si posible nos fuese prescindir , de su poca con- veniencia j del ejemplo que dan con su conducta las naciones que admi- nistran mejor sus colonias y que sacan de ellas rendimientos más pingües, las cuales someten al examen anual de sus Parlamentos las cuestiones que de ellas emanan, bastaría en nuestro juicio leer con detenimiento los artículos 36 j 77 de la Constitución del Estado para comprender, bajo el aspecto de la legalidad, el crédito que alcanzaria este empréstito si al realizarlo se hubiesen cumplido las prescripciones constitucionales.

Dice el artículo 36 de la ley fundamental :

"Las leyes sobre contribuciones y crédito público se presentarán primero al Congreso de los Diputados, n

Véase el 77 : "Igual autorización (la de la ley de presupuestos li otra especial) se necesita para disponer de las propiedades del Estado y para tomar caudales á préstamo sobre el crédito de la nación. i<

Es de todo punto imposible que á nadie se le ocurra la duda de que la operación de que se trata no es una operación de crédito; el mismo Sr. Mi- nistro de Ultramar le da este nombre en el preámbulo de su Real decreto.

Considerada desde el punto de vista de empréstito puramente colonial esta medida, debió sin duda alguna presentarse á las Cortes para su examen y aprobación; pero la cuestión llega á ser de una claridad extraordinaria desde el instante en que una parte de los fondos que debe producir van á invertirse en pago de obligaciones generales del Estado , y nada prueba en contra de cuanto decimos la cita del artículo 80 de la ley fundamental , que dice así :

"Las provincias de Ultramar serán gobernadas por leyes especiales."

Decimos que nada prueba, porque establece el art. 12 de la misma ley que

"La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. n

La cuestión es pues clarísima; las provincias ultramarinas se regirán por leyes especiales, ¿pero quien puede hacer leyes en España, sean como sean, especiales ó generales? Las Cortes con el Roy.


INTERIOR. 299

Todas las agrupaciones políticas han formulado su deseo de que los pre- supuestos de Ultramar, y por consiguiente cuanlas lejes de crédito se die- sen con relación á aquellas provincias, habían de presentarse al examen délas Cortes. El mismo partido que hoj rige los destinos del país siendo también Presidente del Consejo de Ministros el Sr. Duque de Valencia, tiene dada una elocuente muestra de asentimiento á esta idea.

La comisión de presupuestos del año de 1865 al emitir su dictamen dijo:

"Los ingresos y gastos de nuestras provincias ultramarinas se rigen por las disposi- ciones que emanan de este departamento ministerial ( el de Ultramar) sin que el Par- lamento intervenga en su examen ni aprobación previa. Seria de desear , atendida la creciente importancia de aquellas provincias, que formados sus presupuestos con la antelación debida, fueran sometidos al Congreso lo misino que los de la Península, acerca délo cual la comisión, sin formular una opinión resuelta, se limita á exponer la idea y llamar sobre el particular la atención del Congreso para los años sucesivos. « 

El deseo no podía estar expresado más elocuentemente sí se tienen en cuenta las relaciones respetuosas de prudente armonía que deben existir y existen siempre entre una comisión, en que ha de predominar el espíritu de la mayoría, y. el Gobierno á quien apoya, siendo así que en el caso presente se dirigían las frases citadas á un Ministerio que no llevaba á las Cortes los presupuestos de las provincias ultramarinas.

Actos de Gobiernos y de Parlamentos anteriores vienen á apoyar la opi- nión emitida de que todos los partidos han deseado que los presupuestos de Ultramar se presenten á los Cuerpos colegisladores.

En los años 40 , 41 y 42 las Cortes discutieron , aprobando unas y recha- zando otras , cuantas alteraciones creyó conveniente aquel Gobierno efec- tuar en la administración de las provincias del otro lado de los mares.

Discutió el Congreso en el año 45 la ley de la Trata , cuestión que afectaba directamente á nuestras Antillas ; consignaron las Constituyentes en 55 en la ley de presupuestos la obligación que tenia el Gobierno de pre- sentarlos á las Cámaras. En 12 de Octubre del mismo año se presentó una proposición exigiendo del Gobierno que cuanto antes trajera al Parla- mento los pi-esupuestos de aquellas provincias. ¿Y qué contestó á esto el Gobierno ? ¿ Puso en duda la competencia de las Cortes para tratar de este asunto? De ninguna manera: el ministro de la Guerra, que lo era á la sazón el Sr. Duque de Tetuan , dijo que los presupuestos estaban á punto de terminarse y que no tardarían en ser presentados al Congreso. En Fe- brero de 1856 se nombró una comisión especial que debía entender en este asunto.

Pero hay más : siendo Presidente del Consejo del Ministros el Sr. Mar- qués de Miraflores , y deseando los individuos que componían aquel Ga- binete hacer ostensible la competencia de los Cuerpos colegisladores , se publicó una Real orden por la cual se creaba una comisión compuesta de tres Diputados y tres Senadores, que debían examinar los presupuestos de


300 REVISTA POLÍTICA.

Ultramar , redactando una Memoria que habia de presentarse luego al Con- greso j al Senado. El Sr. Marqués de la Habana, ministro de Ultramar entonces, declaró en el Congreso la alta conveniencia de que las Cortes españolas inspeccionasen j examinaran los presupuestos de las provincias ultramarinas.

Después de presentar estos argumentos sacados de la historia moderna de nuestras Cortes , á los cuales haj que añadir las opiniones en el mismo sentido emitidas por los Sres. Sancho j Arguelles en 1837 , recorramos siquiera sea ligeramente la historia de pueblos que no pueden dejar de pre- sentarse como modelos cuando se trata de estudiar el sistema parlamen- tario, y encontraremos entre otros bilis importantes la lej 6.* del reinado de Jorge III , por la cual se extendió al Parlamento inglés una autoridad legislativa absoluta sobre todas las colonias de América (1).

Muy conocidas son las lejes 21 y 22 de la Reina Victoria , en las cuales al conferir autoridad legislativa al Gobernador de la Colombia , se mani- fiesta expresamente que aquellas leyes necesitan la confirmación del Par- lamento de la Gran Bretaña.

Si de Inglaterra pasamos á Holanda , nación que puede presentarse como ejemplo no solo de Gobierno representativo sino de buena administración colonial, pues no hay pueblo en el mundo que saque mayores recursos de sus estados de Ultramar, veremos uno y otro año de qué modo se dedican sus Cuerpos colegisladores al examen y estudio de las reformas coloniales, hasta el punto de que cerrado allí el período constituyente y conformes los partidos conservador y progresista en todas las cuestiones del régimen in- terior, los grandes debates políticos, las más rudas batallas parlamenta- rias , de las que resultan por lo común la entrada y caída de los Ministerios, se dan con motivo de los negocios coloniales.

No es la mejor política para granjearse el amor de nuestros hermanos de allende los mares contratar un empréstito á interés elevado, obligando á su pago los recursos del porvenir de las provincias de Ultramar y dedicando una gran parte de su producto á satisfacer créditos de la Península, jus- tamenle en los mismos momentos en que se impetra la caridad pública para aliviar los desastres que la naturaleza ha enviado sobre aquellos paí- ses ; tampoco nos parece natural que se consignen en los presupuestos ge- nerales del Estado sobrantes de Ultramar , cuando se hace una operación de crédito para satisfacer las necesidades y atrasos pendientes en esas mis- mas provincias ultramarinas.

Nuestro patriotismo nos impulsa á consignar como enseñanza , las con- secuencias de toda política que no ha procurado asimilar los intereses de la

(1) Discurso del Sr. Posada Herrera del 10 de Mayo de 1865 sobre el derecho di- fereacial de bandera para la iatroducion de Harinas en Cuba.


rNTERlOR. 301

Metrópoli con sus colonias , concediendo á los habitantes de estas la& ga- rantías y derechos necesarios para que no puedan considerarse en costosa j poco favorable dependencia. Momentos antes de estallar la guerra entre los Estados-Unidos de América y la Inglaterra por las exigencias comer- ciales con que esta potencia hacia pesar su soberanía , decia lord Chatam en la Cámara de los Lores combatiendo aquellas medidas: «Vosotros las «revocareis, sí, vosotros las revocareis; jo consiento que se me tome por «loco si no las revocáis. »

Algún tiempo después pudo conocerse la previsión del elocuente Lord. Una nación improvisada de poco más de tres millones de habitantes , es- taba en abierta lucha con la poderosa Inglaterra j ganaba su independen- cia y sentaba las bases de un imperio que cuenta hoj con más de 30 mi- llones de habitantes, que casi posee el dominio de los mares, j cu jo poderío hace temblar á las naciones más vigorosas de la Europa : milagro producido en menos de un siglo ; portentoso efecto de la libertad.

Teniendo en cuenta lo dicho , j por otras razones que pudiéramos adu- cir, no encontramos fácil explicación al decreto de 1 9 de Marzo j á la Real orden que le acompaña , por la cual se contrata con la casa de los señores Bieshaffshcim-Goldschmit j compañía de París un empréstito sobre las Cajas de Ultramar de 50 á 55 millones de francos , ó sea de 2 millones á 2 millones 200.000 libras esterlinas, efectivos.

¿Por qué, contando el Gobierno con grandes majorías en una j otra Cá- mara no ha creído conveniente robustecer tan importante medida con la aprobación de los Cuerpos colegisladores? ¿Por qué no ha querido some- terla al trámite de la subasta pública que establecen las lejcs de adminis- tración , j cujo procedimiento está adoptado como más conveniente por todos los pueblos modernos? No lo comprendemos. A no ser que el señor ministro de Ultramar se ha ja propuesto desmentir al Sr. Barzanallana, probándole que no tenia razón cuando afirmaba en su último discurso en la Cámara alta que el Gobierno que preside el Sr. Duque de Valencia carecía para resolver las cuestiones de Hacienda del vigor personal que le sobraba para resolver las cuestiones poUticas. Si este ha sido el objeto del señor ministro de Ultramar, nosotros somos los primeros en declarar que ha realizado su propósito á las mil maravillas.

Sea como sea , la negociación está hecha ; el Estado debe percibir de 50 á 55 millones de francos , de los cuales deben aplicarse á la Península 88 millones de reales , j el resto , es decir , poco más de 5 millones de duros á las colonias , lo que no obsta para que queden consignados en los pre- supuestos generales 134 millones de reales como sobrante de aquellas provincias en las cuales se hace un empréstito , por cujo capital han de pagar más de lO por lOO de interés.

Hemos oído , aunque nosotros creemos que no tiene el menor viso de


302 REVISTA. POLÍTICA

fundamento, la noticia de que los presupuestos no se discutirán en su tota- lidad, y que el Gobierno concluirá por pedir una autorizsbéion ; repetimos que no lo creemos , pues no liaj ninguna circunstancia que pueda justi- ficar esta medida.

Cuando se esperaba con fundado motivo por declaraciones de personas íntimamente ligadas con el Sr. Ministro de Hacienda que se harian impor- tantes rebajas en el presupuesto, ha venido á sorprendernos el dictamen de la comisión con un aumento inesperado.

«El presupuesto de gastos correspondiente al año económico de 1868 á 1869 presentado por el Gobierno ascendia á la cantidad de 263.005.290 escudos. Con posterioridad á su presentación, el Gobierno lia reclamado las siguientes adiciones: 30.047 escudos para cargas de justicia; 2.800 para el ministerio de Estado; 3.054 para el de Gracia y Justicia; 1.445.500 para el de Guerra; 20.300 para el de Gobernación; 38.415 para el de Fomento; 1.245 para el de Hacienda. Es decir, que el Gobierno ha- bia padecido un olvido de 1.541.361 escudos, de lo cual resulta que el pre- supuesto sometido al examen de las Cortes asciende á la cantidad de 264.546.659, presentando por consiguiente un aumento de 800.098 escu-. dos sobre el ejercicio corriente, cifra que la comisión, según confesión propia , y guiada por el deseo de que este presupuesto sea una verdad , se ha visto precisada á elevar á 980.113 escudos más, ante la necesidad de no dejar desatendidos algunos servicios ineludibles ; si bien confiando , añade la comisión , que el Gobierno por su parte , en uso de las facultades de que se halla revestido, hará aquellas reducciones que exija la situación del Tesoro y sean compatibles con el mejor servicio público.» i

Estamos persuadidos de que á todo el que lea con tilguna detención este párrafo se le ocurrirá la siguiente pregunta: ¿cuándo hará el Ministerio las reducciones que la comisión desea? ¿en qué ocasión se encontrará el Gobierno en circunstancias más favorables que después de haber perci- bido 88 millones por la conversión de deudas amortizables y la enajena- ción de la segunda serie de billetes hipotecarios? ¿será posible que cuente nunca con más apoyo en las Cámaras y más debilidad en las oposi- ciones?

El Sr. Barzanallana tenia preconcebido un plan de Hacienda más ó menos conveniente ; proyectaba reformas que hubieran dado mejor ó peor resul- tado : los Sres. Mojano , Nocedal y otros , presentan cada uno , apoyados por sus amigos, enmiendas importantes, de que nos ocuparemos en el curso de los debates ; pero el Sr. Sánchez Ocaña , el Sr. Ministro de Ha- cienda , tranquilo ante el déficit que arroja de si el presupuesto que va k. discutirse y los presupuestos anteriores, nada idea , nada propone , nada intenta. El plan , por lo que se ve , es muy sencillo , gastar aun más de lo que gastábamos , contando con que las rentas eventuales produzcan mé-


INTERIOR. • ' 303'

nos de lo que producían, y tomar sobre las Cajas de Ultramar dinero á lo ú 11 por 100. .y

Ha empezado la discusión de presupuestos por la enmienda del se-* ñor Mojano, por considerarse entre las presentadas como una de las que más se separa del dictamen de la comisión.

Insiste el Sr, Mojano en la misma actitud que viene con anterioridad teniendo en la cuestión de Hacienda, y pide nuevamente con la misma decisión que otras veces grandes rebajas en el presupuesto de gastos. Na- die negará, sin sobrada injusticia esta vez al diputado de Zamora, el mé- rito de la consecuencia.

Hé aquí la enmienda á que nos referimos:

"A fin de evitar que se aumenten los males económicos, ya demasiado graves, que ha producido el funesto sistema seguido hasta aquí de que los gastos excedan en canti- dad notable álos ingresos, se limita por esta vez la discusión de los presupuestos ge- nerales del Estado al de ingresos, imponiéndose al Gobierno la obligación de reducir todos los gastos corrientes á la cifra que arrojen los ingresos ordinarios y de carácter permanente ; prorogándosele la autorización concedida por el art. 22 de la ley de 29 de Junio de 1867 para que realice las economías que al efecto fuesen necesarias en todos los servicios públicos, aiuique sean de los establecidos por las leyes especiales, ha- biendo de dar cuenta á las Cortes dentro del primer mes de la próxima legislatura, del resultado de esta obligación que se le impone y del viso que haya hecho de la facultad que para cumplirla se le concede, y debiendo asimismo presentar á las Cortes en la actual legislatura las medidas que considere más acertadas para la inmediata extin- ción del déficit de todos los presupuestos anteriores, incluso el del ejercicio cor- riente, ri

Después de consignar el Sr. Mojano que la entrada en el Ministerio de Hacienda del Sr. Sánchez Ocaña había sido para él una esperanza defrau- dada , pues tenia motivos para esperar que coincidiese con ella una gran rebaja en los presupuestos j la marcha franca en el camino de las gran- des economías que estima absolutamente necesarias, para que no sobreven- gan al país grandes catástrofes , hace un análisis detallado del presu- puesto; tratando de probar que el déficit verdadero llegará á 400 millones, y señala, á seguida, cuánto hemos gastado más en el año actual, y pone de manifiesto con datos la gran diferencia que resulta entre lo co- brado y lo que debiera haber percibido el Estado si el presupuesto vigente hubiera sido verdad.

Por contribuciones indirectas y rentas eventuales se han cobrado en los siete meses y medio que van trascurridos 9 millones menos que se cobra- ron en un plazo igual al año económico anterior ; niega el Sr. Mojano que bajan venido sobrantes de Ultramar y eso que estaban calculados en 124 millones ; consigna que de los 350 millones de la desamortización resul- tará un déficit de 40 ; á pesar de estar calculados en 58 millones los inte- reses de la Deuda flotante , los estima en 84; hace subir los 164 millones de clases pasivas á 172 ; no sabe dónde se han de cargar los 14 millones de


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la escuadra del Pacífico sino se hace la paz con aquellas repúblicas ; no comprende cómo se puedan esperar 350 millones de la desamortización cuando este año arroja un déficit de 40 seg-un se ha dicho antes, haciendo notar que en Febrero de 1866 poseia el Estado en bienes nacionales 4.778 millones y que hoy escasamente le quedarán 1.200.

Ocupándose del crédito público, recuerda el Sr. Moyano, que han ingre- sado en el Tesoro en un año 880 millones por la conversión de las deudas amortizables y la negociación de la segunda serie de billetes hipotecarios, á los que hay que añadir ahora los 200 millones del empréstito de Ultra- mar y pregunta al señor Ministro de Hacienda si piensa usar de la auto rizacion para emitir 400 millones de consolidado.

Este desnivel de los presupuestos , cuyos déficits llegarán, si no se pone inmediato y oportuno remedio, á una cantidad tan fabulosa que seria casi imposible pagar sus intereses es el punto á donde se dirigen principal- mente las críticas del Sr. Moyano , el cual , convencido á lo que parece de no poder alcanzar las economías que desea en el Parlamento, concede al Gobierno la facultad de variar todos los servicios públicos , con tal de que llegue á la nivelación real del presupuesto.

Explica luego en la segunda parte de su discurso las reformas que él adoptaría , entre las cuales presenta , no sin disgusto de algunos de sus antiguos amigos de la Cámara, la rebaja del presupuesto del clero.

«Las obligaciones eclesiásticas , dice , suben á 180 millones , y con lo »que cuesta el clero de Ultramar llegan á 200 millones; el país no puede «soportar este gasto. Acerquémonos, pues, respetuosamente á Su San- wtidad, demostrémoselo así, y no haya miedo de que cierre sus oídos á «nuestra solicitud.»

Enumera luego los sacrificios que en diferentes períodos de la historia había hecho la Iglesia por el Estado , y resume su pensamiento de este modo:

"La Iglesia lo que ha defendido en todos tiempos es qne no puede tocarse ni á sus bienes ni á las rentas sin contar con la Iglesia misma; pero contando con ella, no hay memoria de que se haya negado jamás á contribuir por su parte á salvar situaciones angustiosas del Estado, u

Inútil parece consignar que decidido el Sr. Moyano á pedir rebajas en el presupuesto del clero , se presenta aim más resuelto al hacer la misma exigencia en los demás gastos públicos.

En el Ministerio de Hacienda , en el Tribunal mayor de Cuentas , en el departamento de la Guerra, en el personal de las subsecretarías y direc- ciones, en el ejército, en las clases pasivas, en el material improductivo, en cuantos capítulos contiene el presupuesto , pide el Sr. Moyano eco- nonúas.

El pensamiento culminante de su peroración , la idea que domina en su


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discurso , la comparación que establece y que desea sirva de base para la ansiada reforma , es la siguiente :

Rebajar el presupuesto de 1868 á 1869, tomando por modelo el presupues- to de 1855 á 1856, en el cual los gastos no pasaban de 1.452 millones.

La comisión contestó á estas observaciones, usando de la palabra el Sr. Cabezas , antiguo subsecretario de Hacienda , j persona que , al entrar ahora por vez primera en la vida política, prueba su completa identidad con el Gabinete, por lo que haj motivos para considerar que sus palabras sean la expresión más genuina de las ideas del Gobierno.

El individuo de la comisión procuró velar las negras tintas del cuadro que trazara el Sr. Mojano, iluminándolo con más agradables j risueños co- lores. No estamos al borde del precipicio, la situación de nuestra Hacienda no es ni con mucho desesperada , no hemos abusado del crédito , lo gas- tado bien gastado está , y mil veces en casos análogos debiéramos obrar lo mismo. Francia, Prusia, Rusia y Austria han usado más del crédito, han gastado más que nosotros en la última década.

Dos sistemas, pues , luchan hoy uno enfrente de otro. El que podríamos llamar de las economías á todo trance , y el que sostiene los gastos actua- les y lo confia todo al crédito y á los recursos del país. Ambos nos pare- cen exagerados y poco realizables. En nuestra opinión , es absolutamente necesario pedir al Gobierno y al patriotismo de la nación tres cosas : gas- tar menos , pagar algo más si fuese absolutamente preciso y usar del crédito con juicio y en la medida necesaria hasta llegar, sin grandes sa- cudimientos, á la nivelación completa de los gastos con los ingresos. Com- binar estos tres elementos ventajosamente, es la tarea de im verdadero hombre de Estado.


EXTERIOR.


Desde que se publicó nuestra anterior Revista no ha ocurrido ningún suceso de gran trascendencia en las naciones que más estrechos vínculos tienen con la nuestra ; pero siempre es para nosotros de gran interés con- templar el desarrollo de la vida interior de cada una, y las recíprocas influencias que entre sí ejercen. Aprobada en Francia por el Cuerpo legis- lativo la nueva ley de imprenta casi por unanimidad , pues solo ha habido algimas abstenciones de individuos de los partidos extremos que están representados en la Cámara , se principiaron los debates sobre otra ley de gran importancia, aunque no haya producido tan acaloradas y extensas


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discusiones como la anterior, sin duda porque fueron extremadas las que le liabian precedido. La lej de reuniones era, por otra parte, necesaria desde que se aprobó la que permitia que los jornaleros pudieran abstenerse del trabajo, constituyéndose en lo que allí se llama greve, para obligar á los empresarios j fabricantes á mejorar las condiciones del salario ; pues es claro que esta facultad no puede producir efecto si es imposible que los trabajadores se reúnan para ponerse de acuerdo sobre sus pretensiones j exigencias. Aparte de este motivo, que solo puede considerarse como ocasión de la lej, el derecho de reunión es inherente á todas las Constitu- ciones libres , aunque peligroso en la práctica allí donde no está prepa- rado por la educación política y constituye un hábito del pueblo.

Aunque la ley consigna en su primer artículo el derecho de reunión , se establecen en el mismo y en los siguientes numerosas excepciones, exigién- dose el previo permiso de la autoridad para celebrar reuniones que tengan por objeto asuntos políticos , religiosos ó de economía social , y concedién- dose respecto á todas á los representantes de la ley la facultad de disolverlas siempre que se hagan peligrosas ó cuando se ocupen de los asuntos para que se necesita previa autorización, si no la hubieren obtenido. Durante el período electoral podrán convocare con el objeto de que los electores deliberen sobre esta materia; pero cinco dias antes de las elecciones cesará el ejercicio del derecho de reunirse para con este objeto.

Tal es, en resumen, la esencia de la ley que, como se ve, no deja de ser restrictiva ; pero como al fin en ella se consigna el derecho de reunión, y como viene después de la privación absoluta de este derecho , creemos que es un progreso real , por más de que sus adversarios digan que el estado que por ella ha de crearse será menos espansivo de hecho que el que en la actualidad existe , fundándose en esto la minoría liberal del Cuerpo legisla- tivo para abstenerse de votarla. Aunque no tan ruidosa y extensa como la de la ley, de imprenta , ha sido también brillante y profunda la discusión de la de reuniones; inauguró los debates impugnándola M. Garnier Pagés, al cual siguieron en el mismo sentido Julio Simón y Emilio Olivier , sien- do bajo muchos conceptos notable el discurso de este último diputado que parece volver cada dia más franca y decididamente á su antiguo punto de vista radical en todas las cuestiones políticas. La defensa de la ley ha corrido principalmente á cargo del secretario raporteur de la comisión M. de Peyrusse , habiendo pronunciado un discurso de réplica á M. Julio Simón el ministro de Estado M. Rohuer, en el que dijo ciertas frases de efecto que fueron en el mismo dia comunicadas á los departamentos y al extranjero por el telégrafo. Como ha manifestado muy oportunamente un periódico, la esencia de esta discusión ha consistido por parte del Gobier- no y de sus parciales en hacer la pintura más lúgubre y dramática que puede imaginarse de los clubs y de sus funestas consecuencias , mientras


¦ EXTERIOR. '^ ^1^

que la oposición pronunciaba el panegírico délos meetings, haciendo ver todos los resultados prácticos j útilísimos que han dado en Inglaterra pro moviendo las reformas económicas j políticas más trascendentales. El mi- nisterio del Interior ha defendido también la lej, dando á sus artículos más restrictivos una interpretación liberal , j después de modificados por la Comisión los que le habían sido devueltos , se ha aprobado aquella por el Cuerpo legislativo , el cual ha suspendido las sesiones hasta después de Pascuas.

Al mismo tiempo que se debatía el derecho de reunión en la Cámara, tuvieron lugar en Tolosa, en Montauban, en Burdeos, j «n otros puntos, desórdenes que no han sido de gran importancia, con motivo del alistamiento de la Guardia nacional móvil, imitación déla, landawer alemana, que según se veno se acepta en Francia con gran entusiasmo, á pesar del espíritu mili- tar de sus habitantes , j en verdad que estos sucesos debilitaban las razo- nes de los partidarios del derecho de reunión , que no puede practicarse sino allí donde el orden interior está asegurado de un modo incontrastable.

Por la forma en que se ha anunciado, y por el origen que se le atribuye ha llamado la atención pública un folleto que ha visto en estos días la luz pública con el siguiente epígrafe : Títulos de la dinastía imperial. En él se exponen en resumen los grandes servicios que la familia Bonaparte ha prestado á Francia , y se manifiesta el número de sufragios que han obte- nido los individuos de ella que han ocupado el trono ; pero como se creía que en este escrito se indicaría la marcha ulterior política que el imperio se proponía seguir, y este punto no se aborda directamente, la espectacion pública ha sido defraudada , y no ha producido en la opinión el efecto que su a-utor esperaba. Como contestación indirecta á este folleto, y casi al mis- mo tiempo que él , ha publicado el economista Horn otro en que se hace la cuenta de las sumas gastadas desde la creación del segundo imperio, y se- gún de ella resulta ascienden á treinta y \m mil millones de francos en los quince años que lleva de existencia , excediendo en trece mil millones á lo que se gastó en los diez y ocho del reinado de Luís Felipe. Las consecuencias que pudiera sacarse de lo que se expone en el Balance del imperio , que tal es el título del folleto que nos ocupa , han de modificarse , teniendo pre- sente para que sean exactas el gran desarrollo de la riqueza nacional, base del impuesto y del crédito, y la disminución notable del valor de las espe- cies metálicas. Pero, aparte de esta observación que nos dicta la justicia, bueno es que se vea por estos hechos que no es exacto como algunos afir- man que el gobierno parlamentario es más caro que los demás , pues el vecino imperio donde como se sabe no rige el parlamentarismo, no se pue- de presentar como modelo de baratura; lo que hay en esto de cierto á nuestro parecer es que las necesidades de la civilización moderna , cuando en su mayor parte se satisfacen por los gobiernos como sucede allí donde


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la centralización administrativa existe , imponen á estos una carga pesadí- sima, que tiene que dar origen á grandes impuestos y, no bastando, al uso del crédito público, en mía medida que no siempre estará de acuerdo con la prudencia.

No son los apuros económicos los que pueden ahora ocasionar conflictos en Inglaterra ; allí son frecuentes , y en momentos dados alarmantes las crisis mercantiles; pero las fuerzas productoras del país no se resienten por eso , j la riqueza nacional que ya alcanza proporciones que admiran, sigue en una progresión incesante y rapidísima. El Tesoro público que es el barómetro de ella , no experimenta las penurias que en las demás nacio- nes , y los ingresos exceden en los años normales á los gastos. Pero si no estas, allí existen otras dificultades, aunque ningima amenaza graves peligros ni se teme que interrumpa el majestuoso desenvolvimiento de la civilización británica. Como ya dijimos en nuestro número anterior, lo que ha dado en llamarse la cuestión feniana es el problema de política interior que más perentoriamente tiene que resolver ese gobierno, y aunque los hombres políticos que ahora ocupan el poder pertenecen á la escuela conser- vadora, pretenden lograrlo por medio de hábiles y oportunas concesiones que expuso en un largo discurso el Conde Mayo, ministro del Interior. Solo conocemos ese discurso por el extracto que de él han publicado los de Francia , pero basta para conocer su mérito como exposición clara y exacta del estado actual de la Irlanda, cuya agitación presente no ha pro- ducido ninguna figura de la importancia y significación de las que surgie- ron en otras anteriores, y en la que no han tomado parte activa ni el clero ni las clases acomodadas del país. A pesar de esto , el Gobierno propone que se modifiquen la ley electoral y las relativas á la posesión territorial y que se conceda el establecimiento de una universidad católica ; pero Mister Gladstone no halla suficientes estas concesiones, y examinando el asunto en lo que tiene de más fundamental, pide que se anule y destruya la Constitución actual de la Iglesia anglieana en Irlanda. Sabido es que en este asunto estriba la queja más fundada que tiene el pueblo irlandés contra el Gobierno británico , porque es en efecto muy duro que se im- ponga á im país , que en su gran mayoría es católico , la obligación de mantener el clero de una secta que ha de mirar siempre con aversión , y que no puede menos de serle odiosísima porque le causa ese grava- men y se impone por la fuerza. Á pesar de las modificaciones que el último bilí de reforma ha introducido en favor de la libertad religiosa , y no obs- tante el incremento que van cada dia tomando las diversas sectas disiden- tes, todavía tiene lo que se llama en Inglaterra la Iglesia establecida gran poder y notable influjo , principalmente en las clases elevadas de la sociedad ; pero con todo , el mensaje á la Reina ammciado en su discurso por Mr. Gladstone, ha sido tomado en consideración por la Cámara de


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los Comunes , que se muestra de este modo pronta á adoptar la medida más grave que se puede tomar sobre esta materia, y la que más ha de sa- tisfacer á los patriotas irlandeses. Como habiamos previsto y anunciado en nuestra anterior Revista, el Gabinete D'Israeli lia sufrido, apenas forma- do , una derrota parlamentaria , que en cualquiera ocasión le obligaría á abandonar el poder ; pero como el último bilí de reforma electoral ha de producir variaciones notables en la Constitución de la Cámara de los Co- munes , no pudiéndose ja considerar como expresión verdadera de las opi- niones del país la que actualmente existe , es probable que D'Israeli apele del voto de esta á los electores , con lo cual obtendrá el resultado de presidir el primer ensayo del sistema electoral debido á su iniciativa como Ministro, y á su habilidad parlamentaria. La otra cuestión de actualidad que ocupa á los ingleses , á saber , la guerra de Abissinia, no ha ofreci- do ningún suceso notable en estos últimos dias ; la expedición mandada por Lord Napier avanza lentamente hacia Magdala, y parece que al cabo han desaparecido los peligros á que se temia que diese lugar la oficiosa cooperación de los egipcios , enemigos irreconciliables de los abissinios , y por lo tanto, auxiliares molestos en una guerra que no se hace al país si- no al Emperador Teodoros, que no está tan identificado con sus subdi- tos que pueda considerarse como la representación viva de la nación cu- yo trono ocupa. La noticia que dio dias pasados un periódico de Londres de haber entrado el ejército expedicionario en la capital del Monarca ne- gro , y de haber rescatado á los prisioneros ingleses , no parece verosí- mil , ni hasta ahora se confirma.

Poco ha faltado para que se malograran los esfuerzos que ha hecho Austria á fin de establecer la necesaria armonía entre sus diferentes Esta- dos. En la reunión de los delegados húngaros el ministro de la Guerra, de raza croata, pronunció un discurso inconvenientísimo , que no solo exacerbó las pasiones del partido más radical, sino que fué causa de que, los que allí representan los elementos templados y de orden, los partidarios del conde Deac , manifestaran elocuentemente su disgusto ; pero al fin la dificultad se resolvió dando explicaciones satisfactorias el ministro de la Guerra, y toda la atención se fija ahora en Austria en las cuestiones que con alguna impropiedad se llaman religiosas. Mientras que se tropieza con difi- cultades al parecer insuperables para la reforma del Concordato , y á pesar de las protestas de los Prelados , las Cámaras legislan en materias que es- taban arregladas en virtud de aquel pacto; y según las últimas noticias la de los Señores ha aprobado la ley sobre el matrimonio civil , habiendo sido con esta ocasión victoreados por el pueblo los Senadores del partido liberal, é iluminándose espontáneamente las casas de Viena en señal de público regocijo. El entusiasmo con que se reciben estas medidas no es igual en todas partes ; en el Tirol y en otras provincias , en que el senti-


310 REVISTA POLÍTICA.

miento católico es casi exclusivo , las tendencias libre-cultistas del g-obiemo austríaco encuentran alg'una resistencia.

No es violenta la transición de Austria á Italia porque los nombres de estas dos naciones se asocian involuntariamente en la memoria ; antes las dividia el odio más profundo y quizá en adelante se unan por la más íntima alianza, sea de esto lo que fuere , hoy la península italiana sigue reposando de su última agitación j procurando resolver las dificultades de su Ha- cienda , dificultades de que participan aunque en diferente grado casi todas las naciones de Europa, j que sin duda constituyen su mayor peligro. Italia lucha con mayores inconvenientes que otros pueblos en esta materia, así es que se vio obligada á establecer el curso forzoso de los billetes de Banco y todavía no puede alzar esta medida cuyos males nadie puede des- conocer. Sobre este asunto hubo hace poco una importante discusión en la Cámara popular, y con este motivo obtuvo un notable triunfo el Gobierno que apareció con más votos en su favor que en ninguna votación anterior. Aplazada la cuestión del curso forzoso , se ocupa la Cámara en el examen de nuevos impuestos , y especialmente en el de la molienda ó maquila que á pesar de sus graves inconvenientes , tal vez sea indispensable para salvar la crítica situación del Tesoro ; á pesar de ella, y de los alarmantes rumo- res que han hecho circular los enemigos de la unidad de Italia , es lo cierto que el orden no se ha alterado de un modo profundo en ninguna provincia, y de todas llegan, con motivo del casamiento del príncipe heredero, testi- monios elocuentísimos de la íntima unión que existe entre el pueblo italiano y la dinastía que ocupa el Trono .

Sin que se hayan disipado los peligros con que amenaza á Europa la cuestión de Oriente, porque no cesarán mientras existan en aquellas regio- nes pueblos oprimidos por un poder que no pertenece á su raza , que no tiene su fe , que no es de su misma civilización , sin que se hayan disipado repetimos esos temores, no amaga ahora tan cercano el conflicto ; sin duda porque el Gobierno de los Principados Danubianos y el de Rusia no han creído prudente lanzarse en el camino á que parecían inclinarse en vista de la actitud firme y resuelta de las potencias occidentales ; que con razón sostendrán el moribundo imperio turco mientras vean la posibilidad de que la corte de los Czares se traslade á las orillas del Bosforo una vez libre Bizancio de la tiranía de los otomanos.

Después de la breve reseña que hemos hecho de los sucesos más im- portantes que últimamente han ocurrido en el antiguo mundo , poco dire- mos de las cosas que se refieren al continente americano. Según esperába- mos se anuncia ya la próxima venida á esta corte de diplomáticos peruanos que traen la misión de ajustar paces entre España y aquella República; de todas maneras el estado de guerra no solo ha concluido de hecho , sino que desaparecen las consecuencias que ocasionaba ; pues nadie ignora que


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se nos han entregado los buques de guerra que el Gobierno español babia mandado construir en los astilleros ingleses ; y se dice de público que se ha dado orden de que vuelvan á la Península la mayor parte de los buques que formaban la escuadra del Pacifico ; medida que era muy de desear por el estado de nuestra Hacienda, que tantas y tan grandes economías exige en todos los ramos de la Administración pública , y que pueden ser más importantes que en otros en los de Guerra y Marina , por lo mismo que son tan costosos.

Después de haber aceptado el Senado de la Union Americana la acusa- ción contra el Presidente, hecha por la Camarade Representantes, aquella asamblea se ha constituido en tribunal bajo la presidencia de Mr. Chasse, Chief-justice de la corte federal , ó sea Presidente del Tribunal Supremo de Justicia de la República. Aunque no tenga ya interés de actualidad , dire- mos que Jhonson, según refieren los periódicos y personas impárciales, ha cometido el error de proceder desde luego á la destitución de Stanton y á el nombramiento del mayor general Thomas para el cargo de ministro de la Guerra , sin someter antes al conocimiento de la corte federal la cues- tión de constitucionalidad ó inconstitucionalidad del acta of tenure ofice; y por tanto cuando ha tratado de provocar la jurisdicción de aquel tribu- nal, ha sido ya fuera de tiempo; á pesar de esto, siendo la. Corte supre- ma guardadora del pacto fundamental, nos parece que en esta ó en aquella forma ha de entender cuando menos en el asunto de la destitución de Stanton que es el verdadero motivo de la acusación del Presidente; podrá ser que su intervención en este asunto sea tardía , porque según las últimas noticias, la Corte federal ha aplazado para otra sesión el examen de las apelaciones que por motivo de inconstitucionalidad de varias leyes había interpuesto ante ella el Presidente. Mientras tanto la acusación sigue su curso , habiendo presentado los defensores de Johnson una respuesta al acta de la Cámara de Representantes , en la que se niegan todos los car- gos que á este se dirigen ; pero contra lo que debía esperarse , el Senado no ha concedido el plazo de treinta días que habían pedido los abogados del Presidente para preparar su defensa , y esto prueba que domina en ambas Cámaras el partido que alh se llama democrático , el cual no quiere perder la ocasión que se le presenta para deshacerse del que considera su enemigo , privándole de su alta magistratura , y sustituyéndole por per- sona de su devoción. Johnson cada día se encuentra más aislado , y todo el mundo le verá caer con indiferencia , no temiéndose que la Gran Repú- blica corra el menor peligro en este conflicto , habiendo atravesado otros gravísimos sin menoscabo de su poder y aumento de su gloria.


XOMO I. 21


ANUNCIOS.

T7STÜDI0S LITERARIOS DEL EXCMO. SR. D. ANTONIO CANO- Hivas del Castillo, individuo de las Reales Academias Española y de la Historia. Tomo I. Imprenta de la Biblioteca Universal Económica. Se halla de venta este tomo al precio de 20 reales en las librerías de Duran, Carrera de San Jerónimo; Cuesta, calle de Carretas; López, calle del Carmen; Guijarro, calle de Preciados, y en la Administra- ción de la Biblioteca Universal Económica, Segovia, 23, en donde se servirán al mismo precio que en Madrid los pedidos de provincias, avisando directamente al Administrador y remitiéndole en libranzas el importe.

Se halla en prensa el tomo II, y sin interrupción aparecerá el III y último de la obra.

nUESTION DE FERRO-CARRILES. CLEARING OFFICE, Bailly- (jBailiiére.

BIBLIOTECA CONTEMPORÁNEA

DE GREGORIO ESTRADA, EDITOR, HIEDRA, 5 Y 7.

riSTUDIOS PRÁCTICOS DE ADMINISTRACIÓN. OBRA ÚTILÍSIMA ijá todos los funcionarios de la Administración, con arreglo á la ley vigente, acompañada de todas las disposiciones legislativas que sobre los diferentes ramos han emanado del poder ejecutivo. Su autor, el Excmo. Sr. D. Antonio Guerola, Gobernador que ha sido de varias provincias.— Constará de 12 tratados, y cada uno contendrá un solo ramo de la Administración en esta forma :

1.° Sanidad , comprendiendo todos los ramos de ella 6 que por ella pueden ser afec- tados, como la higiene, el ejercicio de la medicina, los cementerios, las epidemias y la sanidad marítima.

2.° Orden público, que comprende la policía preventiva y represiva, asociaciones, reuniones y diversiones públicas.

3.° Beneficencia é incidencias de religión y de moral , en cuyo tratado se com- prende toda la gestión benéfica del poder admistrativo y todo lo que este hace para con- tribuir al mantenimiento de la religión y á la moral pública, bajo cuyo último concepto abraza también la moderna institución de los premios á la virtud.

4.0 Instrucción pública, en todos los ramos de esta vasta materia desde la primera enseñanza hasta la superior, la facultativa y la artística.

5.° Agricultura, industria y comercio, comprendiendo también en el primero de estos ramos el de riego^ , y en los otros todas las cuestiones fabriles y las que se rozan con la producción y el consumo.

G.'* Obras públicas , en las cuales van incluidas las de todas clases , inclusas las cons- trucciones civiles de los pueblos.

7.° Hacienda, que abraza todas las contribuciones é impuestos, y la contabilidad general de los mismos. • 8 o Quintas, explanando todos los incidentes de este impuesto personal.

9 o Administración provincial y municipal, que explica 'odo el mecanismo de las funciones administrativas en el círculo limitado de la provincia y del municipio.

10. Funcionarios públicos y Administración coNTE^CIOSA, que abraza los deberea y derechos de los primeros, y la índole y objeto ile esta última.

11. Asuntos varios, que comprende la e.Ntadística, división territorial, correos, te- légrafos, alojamientos, bagajes, suministros y disensos paternos.

12. Derechos políticos, que abraza los concedidos por las instituciones vigentes, especialmente el de la imprenta y elecciones y como incidencia de esos derechos qv


solo competen á los españoles , se compreade también en este tratado el fuero y situación de los extranjeros.

Cada tratado tendrá un Apéndice en el que se intercalarán las leyes , reglamentos y principales órdeaes citadas en el texto , para que sirvan de consulta y aclaración.

El tamaño de la obra es en 8.°, calculándose tendrá cada tratado sobre 200 páginas.

Los tres primeros tratados están ya en prensa.

El precio de cada tratado será el de 8 rs. franco de porte, pero to- mando tres se rebajará á 7 rs., y tomando seis ó más quedará redu- cido á 6 rs. cada tratado. El pago se verificará en libranzas del giro mutuo, en letras de fácil cobro, y donde no haya facilidad para nin- guno de los dos medios , en sellos de correos á la drdcn de Gregorio Estrada en carta certificada, Hiedra, 5 y 7, Madrid, donde se dirigirá toda la correspondencia y las reclamaciones.

Se hace preciso que al hacer la suscricion por uno ó más tratados, incluyan el pago de uno, sin cuyo requisito no será servida la sus- cricion.

ENRIQUETA. NOVELA ORIGINAL POR D. ANTONIO VINAJE- ras. Sale á luz por entregas de 16 páginas en 4.° mayor, buen papel y esmerada impresión, repartiéndose una lámina cada diez entregas, y costando cada una

Miedlo real. Se reparten cuatro entregas semanalmente , las cuales se pagan al tiempo de recibirlas. La obra constará de un tomo de regulares di- mensiones. Se suscribe en Madrid en la Administración de la Biblio- teca contemporánea, calle de la Hiedra, núm. 5 y 7, donde se dirigirá la correspondencia. En provincias en todas las principales librerías. En la Habana en la librería de D. Alejandro Chao, calle de la Ha- bana, núm. 100.

DOÑA FRANCISCA. NOVELA ORIGINAL POR D. FRANCISCO Cutanda, individuo de número de la Real Academia Española, pre- cedida de un prólogo de D. Manuel Cañete.— Formará un tomo de 500 páginas en 8."

NAUFRAGIOS DF LA ARMADA ESPAÑOLA. RELACIÓN HISTO- rica formada con presencia de los documentos oficiales que existen en el archivo del Ministerio de Marina, por I). Cesáreo Fernandez, Teniente de navio, secretario de la Junta consultiva de la Armada. — La obra consta de un tomo de 428 paginas en 8.", y su precio en Ma- drid y provincias es de 20 rs. — En Antillas 16 reales fuertes. — En Fili- pinas 20 reales fuertes.

T A TIPOGRAFÍA, PERIÓDICO DEDICADO A LOS IMPRESORES, Jjlitógrafos, encuadernadores, grabadores en dulce y madera, fundi- dores, fabricantes de papel y tintas, constructores de máquinas y li- breros.— Esta publicación es mensual y sale el último dia de cada mes, constando cada número de 12 á 16 páginas en marquiUa, y comple- tará al año un tomo de 144 á 200 páginas. — El precio en Madrid es 8 ^reales al trimestre, 16 al semestre y 30 al año; en provincias, 10 rs. trimestre, 18 el semestre y 32 el año; en el extranjero, 11 frs. al La publicación cuenta tres años de existencia.