Revista de España: Tomo I - Número 3 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO I - NÚMERO 3 - AÑO 1868[editar]

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ENSAYOS DE HISTORIA ECONÓMICA.[editar]

LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA EN TIEMPO DE FELIPE II.

A primera vista se comprende cuan grande y profunda diferen- cia ha de mediar entre una crisis de Hacienda en el sig-lo XVI y las que con sobrada repetición afligen , aunque sólo sea acciden- talmente, á los Estados modernos animados de muy diverso espiritu, organizados y regidos de opuesta manera. Ni el origen puede ser idéntico, ni las circunstancias parecidas, ni menos aún iguales los remedios entonces y ahora empleados para la solución y desenlace. Si de la que ocurrió á principios del reinado de Felipe II nos hemos propuesto escribir un ligero bosquejo, no es porque ofrezca hoy dia enseñanza alguna á los encargados de conjurar calamidades de este género. Ha sido sólo con la mira de recordar que hasta en aquellas épocas , en que los hombres se mueven á impulso de los más heroicos y desinteresados instintos, unas veces por conveniente camino y otras por sendas erradas , y aunque se eleve á altas es- feras su ánimo, aun asi , por virtud de ley superior é ineludible les está vedado salir del circulo de sus condiciones materiales y de las flaquezas terrestres.

Decia un ingenioso escritor á principios del siglo XVII (1), alu- diendo á los usos é institutos de aquel tiempo : « no parece sino

(1) Agustín de Rojas, en el Buen repüblico.

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318 LA PRIMERA ClllSlS DE HACIENDA

»que se lia querido reducir estos reinos á una especie de repú- »blica de hombres encantados que vivan fuera del orden natural.» Tal era en efecto la tendencia que se notaba en la legislación j costumbres , y como seres abstractos , casi como meros espíritus nos figuramos muchas veces á los españoles del siglo XVI , al leer ciertas relaciones y pinturas de aquel periodo poco semejante al que hemos tenido la dicha ó la desventura de alcanzar. Que en la historia hallen lugar preferente los heroicos hechos, nobles pa- siones é ilustres personajes , es tributo justo á los respetos que más nos honran y enaltecen. Pero seria error imperdonable el suponer á las de nuestros mayores como generaciones extra-humanas, cuya vida entera fuese un poema , y que pasaran todos sus dias y noches, por mar y tierra , ganando batallas como las de Pavía y Otumba, sustentados de meditaciones religiosas , nutridos de hidalguías y blasones, alimentados de virtudes guerreras, sin que jamás los acongojaran los comunes vicios de nuestra naturaleza limitada y corpórea.

Por el contrario , interesa sobremanera descubrir en la historia, como la práctica común de la vida cada dia nos enseña , el nudo en que concurren y se enlazan los diversos intereses de los pueblos, así las necesidades morales , políticas y religiosas , como las mate- riales y económicas , así las más nobles y poéticas como las más prosaicas y hasta groseras. Nada hay que tanto se eleve sobre las humildes realidades de la vida como las creencias religiosas , sin más relación entre unas y otras que la de radicar, aunque sea ha- cia polos opuestos, en la variada y compleja organización huma- na. De cuantos sentimientos es nuestra alma susceptible, ninguno tan delicado y puro como el religioso , en cuyas alas se remontan á etéreas regiones el corazón y la inteligencia en busca de la be- lleza , de la justicia absoluta y de la ideal perfección , recor- riendo espacios invisibles que los apartan del mundo sublunar y terráqueo. Impunemente se puede desafiar al matemático mas dies- tro y al más severo positivista de nuestros dias á que signifiquen en guarismos el valor de las especulaciones filosóficas de Platón, ó de los arrebatos místicos de Santa Teresa , si por un momento es lícito aunar asuntos de índole tan varia.

Pero no se ciñen á estas contemplaciones sublimes las necesidades religiosas de la sociedad cristiana , ni tampoco á la exposición de un dogma que asienta la moral más perfecta de que tengan noticia


EN TJEMPO DE FELIPE II. 319

los hombres , sobre la base inquebrantable de la revelación divina. Se necesita además culto público , y una gerarquia eclesiástica. Las religiones en general , y muy particularmente el catolicismo , re- quieren y traen consigo solemnes pompas del culto. Ya aqui em- pieza á conocerse y sentirse la relación insoluble que media entre las diferentes maneras de ser de nuestra condición compleja, y se llega al punto en que las artes humanas , la producción agrícola é industrial , y la actividad mercantil ofrecen humildemente su tri- buto para las grandezas de que ha de verse cercada la adoración del que es autor y dispensador de los bienes y prosperidades de la tierra. Ya es preciso que los profanos trabajen para mantener en la esfera contemplativa y superior que le corresponde al sacerdote que ha de vivir del altar; ya es indispensable, á menos de milagro perenne , que naves alistadas por el comercio vayan surcando los mares á Oriente y Occidente en busca del incienso que ha de per- fumar el templo católico , y tras del oro y los diamantes y perlas con que la devoción se complace en adornar las imágenes de la Madre de Dios y de los Santos; ya es de rigor que en fábricas creadas por la industria se tejan los terciopelos y brocados que han de realzar el culto , y que capitales creados por el trabajo y la eco- nomía mantengan al artista que es un ser privilegiado , pero no inmaterial , mientras dedica largos años de su vida á pintar los frescos de una basílica , ó bien á componer, con arreglo á las leyes del contrapunto, los cantos más inspirados de la Iglesia. Ninguno de los sabios apologistas del catolicismo , después de enumerar las verdades y perfecciones de orden más alto , excusó jamás encare- cer los beneficios que de la solemnidad de sus ceremonias y del lujo de sus templos profusamente resultan para la protección de las artes y fomento de la industria. Al llegar aquí, ya nos hallamos por fortuna alejados de las materias indiscutibles, y tocamos con nues- tras manos el eje que reúne, por voluntad visible de Dios, los dos más opuestos extremos en la inteligencia y vida del ser racional. Si de estas abstractas consideraciones pasamos al examen de la sociedad política y religiosa en España durante el siglo XVI , ya tropezamos con hechos y noticias respecto á la vida de ambas y á su mutuo enlace, que fácil y cómodamente pueden representarse en guarismos. Cuando, por ejemplo, los Embajadores venecianos, cuyas relaciones van á sernos tan útiles para este y otros ensayos, nos dicen lo mismo que escritores españoles aseveran y confirman,


320 LA PIlIMlíKA CRISIS DE HACIENI>A

acerca de la parte crecidísima que correspondia á la Iglesia , en el importe total de las rentas en las coronas de Aragón y Castilla; cuando nos refieren que las del Arzobispo de Toledo equivalían á una quinta parte de los recursos del tesoro , ó como diríamos ahora de los ingresos del presupuesto; y que á otro tanto subían las demás entradas de la misma Iglesia durante el primer período del reinado de Felipe II; cuando las respetuosas peticiones de los reinos dirigidas al Rey católico por Procuradores sumisos á la fe, nos pin- tan al vivo la opulencia del clero en medio de un pueblo poco rico y menos afanado en la producción, es preciso preguntarnos á nos- otros mismos cómo florecía sociedad tan diversa de las que hoy vemos por los ámbitos del mundo , y si tan ponderadas prosperida- des y memorables triunfos estaban destinados á prolongarse por larga serie de años. No es ciertamente lo que ha de ejercitar nues- tra estudiosa curiosidad la constitución y permanencia de la Igle- sia que es eterna é imperecedera , sino la suerte de la sociedad ci- vil sujeta á todo linaje de riesgos y corrupciones. f No sólo estriba nuestro difícil problema en la costosa manuten- ción de la gerarquía eclesiástica. Aunque parezcan fuera de pro- porción con los estrechos recursos de los pueblos , no eran estos los únicos ni aun los más crecidos gastos á que daban origen la ar- diente y plausible fe de nuestros mayores , y el empeño que habían tomado á su cargo de ser los incansables sustentadores de la reli- gión de Cristo por todos los continentes é islas del orbe. Todavía por aquellos años no se hallaba definitivamente resuelta la con- tienda empeñada contra el Islamismo por espacio de siglos ; toda- vía, aunque con menos peligro que en épocas precedentes , amena- zaban desde los Dardanelos á la Europa cristiana y culta las arma- das y ejércitos de los Sultanes de Constantinopla : todavía se dudaba á cuál se había de conceder primer lugar entre los dos mayores Imperios del mundo, que eran el de España y el del Turco.

Desde distancia tan corta, que la vista alcanza á atravesarla aunque el mar esté de por medio ; desde puertos que parece haber acondicionado la naturaleza en la parte setentrional del África para nido y guarida de piratas , no había día ni momento en que no amenazara á nuestros antepasados , no sólo el riesgo de que in- festasen el Estrecho y el Mediterráneo las fustas de moros corsa- rios, azote de la marina española, desmayo y consternación del comercio . daño perenne y que parecía incurable ; no sólo el de ver


EN TIEMPO DE FELIPE II. ^1

invadidas las costas en aquel tiempo yermas y abandonadas por los habitantes á quienes el temor de las mazmorras de Argel obli- gaba á alejarse del mar á cuatro ó cinco leguas de distancia (1 ), sino el claro peligro de que alguna vez se determinaran los Moros á más atrevidas empresas con el aliento infundido por nuestros ac- cidentales y pronto reparados , pero á veces crueles desastres, como los que sobrevinieron por aquellos años con la pérdida de Bugia, derrota de Mazagran y empresa de los Gelves. Para mayor in- fortunio, aun dentro de los reinos de Castilla, Aragón y Va- lencia podian aquellos vecinos peligrosos contar con el espionaje, avisos, complicidad y tal vez algún dia con resuelta ayuda de más de medio millón de auxiliares moriscos , en la apariencia cristia- nos , pero infieles en su corazón , á quienes la reconquista dejó en estado incierto entre la opresión y la tolerancia , sin que la reli- gión lograse convertirlos , ni una política cuerda atraerlos y aman- sarlos. No se ocultaba este peligro á la sagacidad de los Enviados venecianos , y apenas hay relación de las suyas en que no se ha- ble de la mala disposición de los moriscos , aun antes de que ocur- rieran las primeras desavenencias con el Conde de Tendilla: así como mucho antes de que estallase la rebelión de Granada ya la había anunciado A. Tiepolo (2), hablando de la ayuda que podian hallar en España los moros de África.

Bien podian esperar estos enemigos domésticos y los de África que en cualquier ocasión crítica les diese calor la poderosa protec-

(1) Como es sabido , se lamentaban las Cortes en sus peticiones de este abandono y despoblación de las costas.

Uno de los Embajadores venecianos refiere que en su tiempo hubo ocasión en que los Moros , después de desembarcar, penetraron hasta qrnnce millas de la costa y saquearon una posesión del Duque de Sesa.

Relaz. <X Antonio Tiepolo. Col. A Ib. Ser. 1. Tom. V, pág. 145, ¦

(2) Este veneciano , cuya relación es posterior á la época á que nos referi- mos, aunque anterior á la rebelión de los moriscos de Granada, dice lo siguien- te, después de haber apuntado algunos otros peügros de la Monarquía espa- ñola. "Así fuera fácil prevenir los daños mas graves que pueden sobrevenirle de la parte de Argel, lugar infamado por los corsarios de Berbería; porque pu- diendo allí reunirse cierto número de galeras y galeotas, con las que es fácil asaltar aquel punto de la costa que mejor les cuadra, hallan en tierra multitud de moros, que aunque de boca se llaman siervos de Cristo, no lo son sino de Mahoma , y que están apercibidos á cualquier ocasión de libertad , no de otra ouerte que como lo están en Grecia los cristianos hermanos nuestros entre los turcos.i! (Relaz. d Ant. Tiep. Ser. 1 de la Gol. Alh. Tom. V, pág. 145.)


322 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

cion de Constantinopla, pues mientras las demás naciones cristianas de Europa, guiadas por politica menos rigida , no habian reparado, cuando el caso lo pedia, en ajustar treguas y aun amistades con el Turco : mientras Venecia , tan poderosa y guerrera en siglos an- teriores , no desdeñaba tratos y paces que le dejasen expedito el comercio de Levante; mientras los cristianisimos Reyes de Francia, como Francisco I y Enrique II, por ejemplo , sin el menor escrúpulo celebraban , no ya armisticios ó suspensión de armas , sino estrecha alianza con los Sultanes , el Rey de España , campeón incansable de la fe , paladín del catolicismo , defensor plausible en este caso de la civilización occidental , ni entendía de paces , ni aun siquiera estimaba licito estipular temporales treguas con el que era cabeza principal de la infidelidad mahometana. «Con el Gran Turco,» dice en su relación Paolo Tiepolo , al parecer con cierta compla- cencia irónica, «mantiene el Rey de España enemistad natural, »hereditaria y perpetua, y aunque de ella hasta ahora poca utilidad »le haya resultado , sino más bien la esclavitud de subditos , ruina »de diversos lugares , derrota de sus armadas y pérdida de gale- »ras (1), á pesar de todo eso, con ánimo constantísimo persevera en

»su propósito » y después de referir alguna proposición de paz ó

tregua que le habia sido hecha al Rey , y otras razones que le movieron á rehusarla, añade el mismo autor: « Entiende que seria »infamia no vengar las ofensas recibidas , y más en quien lleva el »titulo de Rey Católico , que por ello y por tantas grandezas como »el cielo le ha dispensado , más que nadie está en obligación de »hacer guerra contra infieles.»

Acontecía, pues, como siempre, cuando altos fines obligan á arrostrar menores , aunque arduos inconvenientes , que la vigorosa defensa y preservación de la fe obligaba á los Reyes de España á descontentar y perseguir á crecida y laboriosa parte de los habi- tantes de estos reinos, á sostener guerra incesante con el único imperio que pudiera rivalizar con esta Monarquía en poder y gran- deza , manteniendo en provecho de envidiosos rivales en Europa y de incómodos y feroces vecinos en África , viva y permanente la hostilidad que habia de proporcionarles cómplices temibles en el interior de España y soberbios patronos del lado allá del Adriá- tico. Gran honor hace á nuestros antepasados tanta firmeza de

(1) Alude sin duda á las mencionadas desgracias de Bugia , Mazagran y loB Gelves, — Ser. I, tomo V, pág. 16.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 323

propósitos, tanta elevación de ánimo, dándoles ocasión continua para acreditar desinterés de santos y denuedo de héroes. Pero si tomamos diverso punto de vista, y por el lado material de estos asuntos los consideramos, claro es que en pos de si traian pérdida frecuente de naves , despoblación sin ejemplo de costas , suspensión de comercio , ruina de industrias , el Mediterráneo y el Estrecho infestados de piratas, los baños de Argel poblados de nuestros cautivos , la sangre de los españoles más valientes derramada en los mares y costas de África, á veces como fecundo riego, á veces como sacrificio sin fruto, siempre con gloria hasta en los peo- res dias.

También de aquí se originaba la necesidad de ejércitos, de escua- dras de galeras y de expediciones emprendidas con sumo daño de un tesoro exhausto, retardadas y frustradas frecuentemente por escasez de provisiones , llevadas á término feliz muchas veces , pero con pérdida lamentable de gente y tesoros. Eran sin duda los ejér- citos poco numerosos ; eran las escuadras de cortas fuerzas si se comparan con las de nuestros dias. No cabe parangón entre lo que hoy llamamos material de guerra y las picas y. mosquetes que nos dieron la victoria en San Quintín y Lepante. Cuesta más hoy dia la construcción de una de esas fragatas cubiertas de hierro , con cuya posesión se engríe la vanidad de los Esta- dos marítimos más pobres y modestos , de lo que se necesitaba du- rante algunos años para mantener todas las escuadras de galeras de los reinos de Castillas y Aragón , de los de Ñapóles y Sicilia, de los potentados de Italia y de los Dorias de Genova (1) , aunque entonces se requerían para sostenerlas dolorosos sacrificios y se estimaba que eran suficientes para resguardar contra el mundo en- tero los dominios de Felipe 11. Es preciso tener en cuenta la natu- raleza de los tiempos , la pobreza de los pueblos , el valor repre- sentativo de la moneda en cada época , lo limitado de los medios, que no perjudica , sino añade á los timbres de la fama y gloria de las empresas.


(1) Sabemos que la escuadra de galeras, comprendidas las de España, las de Ñápeles, las de Sicilia, las de Doria y otras de Genova, solia componerse de unas 60 naves en tiempo de Felipe II. Cada galera tenia de coste bajo to- dos conceptos de 6 á 10.000 ducados al año.


324 LA PRIMERA CBÍSIS DE HACIENDA

I.

Hacia fines del año de 1556 estaba dividido el gobierno de la Monarquía , en lo relativo á los reinos de España , en diferentes cen- tros y entre diversos personajes. Hallábase Felipe II ausente en Flán- des , preparando la guerra contra franceses , algo después en In- glaterra al lado de María Tudor, su esposa , y desde allí resolvía soberanamente los negocios graves del Estado. A nombre suyo go- bernaba estos reinos la Princesa Doña Juana , viuda de un Infante de Portugal, y su Corte residía accidentalmente en Valladolid. Además , desde Extremadura donde se había retirado con propósito de acabar sosegada y religiosamente sus días el Emperador Car- los V (1), padre del Rey y de la Princesa, tomaba ya cierta parte en los negocios y dirigía los más delicados é importantes con su vigoroso ánimo y la superioridad de sus largos hábitos de mando.

No creemos que hayan fijado suficientemente su atención los his- toriadores modernos en el carácter y singularidad de este período breve y transitorio. Habían desaparecido en Castilla , ó al menos carecían de gran parte de su virtud y eficacia las antiguas fran- quicias populares , y esta especie de variación ya comenzada había de llegar entonces hasta su término sin cambio esencial en las leyes del reino. Pero de la memoria de sucesos pasados y de la frecuente ausencia del Emperador y del Rey, resultó que los lazos de la au- toridad andaban flojos ; había indecisión en el mando, era escaso el respeto, dudosa y tardía la obediencia. No se ocultaban estos síntomas á los extranjeros que venían á estos reinos con interés y obligación de estudiar lo que en ellos ocurría : tampoco dejó de ad- vertirlos un historiador español de aquellos sucesos, dotado de sa- gacidad política. Pero sí bien este último, escribiendo años después, describió la naturaleza de la enfermedad , los Embajadores vene- cianos dan cuenta de ella con mayor desahogo y franqueza.

Aun en 1556 está vivo el recuerdo del levantamiento de las Co- munidades , y si bien por consecuencia del triunfo de los caballeros han renunciado los pueblos á propósitos de resistencia armada, tampoco el Gobierno cree prudente abusar del sufrimiento de los

(1) Había llegado á Laredo en 28 de Setiembre de 1556 y en 12 de No- viembre á Jarandilla, donde provisionalmente había de residir antes de tras- ladarse ár Yuste.


EN TIEMPO DE FELIPE 11. 325

subditos, sobre todo en materia de tributos. Después de los sucesos de 1538 han perdido los nobles su derecho ^de asistir á las Cortes en Estamento separado, pero continúan exentos de los impuestos más gravosos , y en particular del pago de los sermcios que votan los reinos. Apenas han logrado, sin embargo, la clemencia, las victorias y la bondad del Emperador, casi siempre ausente , borrar las huellas de irritación y amargura que tras de sí dejaron tan do- lorosos acontecimientos (1). Raras veces acontece, dice un Emba- jador veneciano (2), que de las Cortes se pueden obtener subsidios extraordinarios , y para evitar ocasión de escándalo , se acude á otros recursos. Sólo es obligación de los señores asistir á la guerra, y mientras dura les paga el Rey á razón de tres ducados al mes por cada hombre de armas que lleva dos caballos consigo. Los rei- nos de Castilla, añade el Embajador, gozan de amplias franqui- cias (3) : en cuanto á los de la Corona de Aragón , aún las tienen más latas, y no están sujetos sus naturales á gravamen alguno. Sólo pagan , dice en otro lugar , cuando las Cortes lo votan , un subsidio de 200.000 escudos al año. Las libertades y privilegios de Aragón , sobrado conocidas para que hayamos de enumerarlas, la forma soberbia de sus juramentos, la institución del Justicia Mayor, la de las Cortes, la dificultad de llevar en ellas adelante ningún acuerdo cuando se atravesaba alguna voz á imponer su veto, y lo que habia acaecido en las de Monzón, eran materias que causaban extraueza hasta á los mismos Embajadores de una Repú- blica. Según ellos, bien hubiera querido Carlos V acabar con tan- tas libertades, si no le arredrase el tesón de aquellos pueblos y el verlos tan cercanos á la frontera de Francia (4).

(1) Aludiendo á estos recuerdos, escribía en 1557 el Embajador F. Badoero : "Per Vaffeto della maestá, sua (Vimperadore) é per le grate parole che nsano gli SpagnuoU, é da credere clie siano consúmate quello grande amaritudinif che gid, tantianni sonó state negVanimi delVuna e delFaltra parte."

Relazioni degli amhasciatori Veneti.'ser. 1, tom. III, págs. 264 y 65.

(2) El mismo Badoero, pág. 262.

(3) Estas franquicias, de que en otra ocasión hablaremos más extensamen- te, se refieren sobre todo al pago de tributos.

(4) V. Badoero, pág. 253 y otras relaciones.— V&úoa- Embajadores hablan del enojo que causaron sucesivamente estos fueros á la Eeina católica, á su nieto Carlos V, y á Felipe II , y del antiguo deseo de acabar con ellos , que acaso llevara á cabo el Emperador á la vuelta de la empresa de Argel (1541)» si esta se hubiera logrado. V. R. di P. Tiepoloy Gol. d!Alher. Ser. 1 , tom. V, página 26.


326 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

No se ocultaba tampoco á la sagacidad de estos extranjeros cuan forzada era la obediencia en una parte numerosa de los habitantes de Aragón y de Castilla, y apenas hay relación de Embajador ve- neciano donde no se encuentre prevista y anunciada la rebelión de los moriscos. Por aquellos mismos dias habia comenzado á exten- derse en España la pravedad herética de Lutero y otros sectarios. Mientras tanto estaba la guerra á punto de estallar en Italia , y en las fronteras de Flándes, y de una y otra parte agotados los pro- pios recursos clamaban por ayuda de dinero y gente volviendo los ojos hacia Castilla. En África , en el mar Mediterráneo, en las mis- mas costas de España arreciaban los daños y peligros de que antes hicimos breve pintura.

n.

Son sobremanera interesantes, y sin discordar de estas noticias, más bien las completan , otras que al hablar de esta época nos da Cabrera en su historia acerca de la situación del reino (1) poco uni- do y nada benévolo al Monarca , del desconcierto del Gobierno , de lo estragados que andaban los Tribunales y de la presunción é in- suficiencia de los Letrados y Ministros á quienes estaban encarga- das la administración y justicia. «Hacian de república (2),» dice, »el gobierno de Monarquia Real los Ministros absolutos, y más los »profesores de letras legales en quien estaba la universal distribu- »cion de la justicia, policía, mercedes, honras, cargas, en el colmo »del poder, entonces grandes dificultadores de lo político en lo »que se podia hacer sin escrúpulo ; demasiadamente ( aún en casos »de necesidad) ceñidos con la letra de las leyes, y por costumbre

(1) "Hallóle (el Rey D. Felipe á su reino) no antiguo en partes, no benévo- lo, no unido, si bien amplísimo y desproporcionado." — Cabrera, Historia de B. Felipe II, pág. 35.

(2) Cabrera , Historia de D. Felipe II, pág. 37. — Este capítulo 8.", donde habla del estado que tenían el mundo y la Monarquía de España por el tiempo á que nos referimos, es uno de los de mayor sustancia de la obra de este crespo y oscuro pero sesudo líistoriador. Como no da razón suficiente de sus censuras, no se sabe si en los hechos á que se refiere era tan reprensible la falta de es- píritu político de los togados y legistas, que no merezca, cuando menos, dis- culpa su respeto estricto á, las leyes. Aun cuando los legistas se mostraron muy adversos á las pretensiones de Roma, nótese que aún le parecían á Ca- brería remisos y tibios en defensa del poder Real.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 327

»y posesión tenía por yerro todo lo que no hacían ó mandaban »ellos.» Alude Cabrera en lo que precede al Consejo Supremo de Castilla, y añade que su Presidente D. Antonio de Fonseca, Obispo de Pamplona, era blando, poco experto , más obediente á su con- ciencia que inteligente ni activo, y que convenía darle sucesor de más desahogado espíritu y menos congojoso para el reparo de los negocios que había pendientes con el Pontífice.

De la Princesa gobernadora Doña Juana , tampoco nos ayuda á formar aventajado juicio , pues aun cuando la elogia de discreta, recatada y religiosa , y afirma que solía seguir el parecer de los Consejos que le dejara su hermano; «mas en los negocios de gra- cia» añade, «podía su arbitrio fiando del favor y aun abusando.» Sin duda esta señora reunía algunas aprecíables dotes á su rara belleza y mostraba ánimo varonil para el mando, como otras mu- chas Princesas de esta casa de Austria ; pero era muy inclinada á boato y liberalidades excesivas, que luego hubo de reprimir la par- simonía del Rey su hermano, y además obstinada en sus voluntades y caprichos. Tuvo grandes deseos de ocupar el primer puesto en la Monarquía española, como luego lo acreditó, según los Embajado- res de Venecia (1) refieren, en su obstinado empeño de casarse con su sobrino el Príncipe D. Carlos, no bien avenido con ella, antes en guerra perpetua (2). Según parece no hacía reparo la Princesa, ni en la diferencia de edad , ni en el carácter de su sobrino el Príncipe.

Con frecuencia acaecían desórdenes , desavenencias y escánda- los. Por aquellos tiempos, en Zaragoza el Vírey Duque de Francá- vila había dispuesto contra fuero dar garrote á un manifestado, ocasionando que el pueblo se amotinase, y lo que es más extraño, que las Cortes se reuniesen sin convocatoria ni mandato real. En- cerróse el Vírey en la Aljafería , y cuando esperaba de la Corte aprobación y ayuda, recibió noticia de que el Consejo Supremo de Castilla había vituperado su conducta, reprendiéndole expresa-

(1) A ncor che il Principe di Spagna sia cosi mal condizionato, aspira (Doña Juana, solo alie nozze sue, á per conduirle ^ fine non manca d'ogni arte ed in- gegno, etc. Eelaz. di Spagna de P. Tiepolo, Col. Alb., ser. 1, tom. V, pag. 74.

(2) Kefiriéndose á resentimientos del Príncipe con su tía, dice Cabrera: "Con ella los tenia cada hora sobre la comunicación de que se abstenía la Princesa ; por lo que algunas veces se derramaba en razones y pundonores con ella, con poco temor á los que podían encaminarle." (Cabr. Hist. de D, Fe- Upe II, págs. 37 y 38.)


328 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

mente por cuanto habia hecho, y entre otras razones porque luego no se habia salido del reino de Aragón.


III.


Es indispensable para atinar con el carácter y color propio de cada época , no fijar sólo la consideración en los grandes sucesos de la guerra y la política, sino también en accidentes que parecen leves á los ojos de un observador inexperto. Como no lo eran, sino por el contrario , muy prácticos y sagaces los diplomáticos vene- cianos, no desdeñaron en sus relaciones , al lado de los más graves asuntos, dar cuenta de los que podian parecer pequeños y vulgares. Asi, por ejemplo, uno de ellos al hablar de la independencia é in- disciplina de los aragoneses , refiere de una manera aguda como en cierta ocasión anterior llegó su falta de respeto á la sangre real hasta el punto de visitar y registrar sin el menor miramiento lo más recóndito entre las maletas y ropas de una ilustre Prin- cesa (1). Otro Embajador nos cuenta con referencia al primer viaje de Felipe II á Aragón, que en los pueblos de aquel reino se nega- ban á dar alojamiento á la Corte , de tal suerte que los aposenta- dores de palacio no acertaban con lo que habían de hacer, porque hasta las mujeres se amotinaban diciendo que era contra ñiero, y ni aun respetaban la autoridad del Duque de Alba, Mayordomo mayor; de lo que el Rey mostró tanto enojo que quisiera proseguir su viaje, y costó gran trabajo á sus consejeros conseguir se detu- viera á descansar una sola noche.

A cada paso se tropieza en todas las historias y documentos de aquella época con muestras muy semejantes de insubordinación ó irreverencia. Cuando en 1556, el Emperador Carlos V, cargado de laureles , anos y enfermedades , después de abdicar en Bruselas,

(l) Si reservarlo nelle lor maní il governo delle cittd. i givdizi e i dazi, i quali riscuotono con tanto rigore, cJie non solo non hanno rispetto alie robe dei stgnort, e degli amhasciatori , ma ancora spesse volte ne anco á quelle del pro- jyrio Bé.

E si raconta che in Zaragoza furono intervenuti i rmUi della Imperatrice madre del presente Ré, dove aperti y for^ieri minutamente sirecercono tutte le cose che erano dentro e con grandísimo riséntimento di lei si videro palese- mente qiielle che con ragione le donne cercano piií di nascondere.

{Eel. di r. Tiepolo. Col. Alb. Ser, 1, vol. V, pág. 26.)


EN TIEMPO DE FELIPE II. 329

pasó de Laredo á Extremadura en busca del retiro que habia esco- gido, quedó admirado, seg-un dice un historiador, «de cuan pocos señores y ricos-hombres le hablan visitado en su viaje y entrada.» Mayores desabrimientos aún aguardaban á sus dos hermanas las Reinas viudas de Francia y Hungría, que hablan venido en com- pañía del Emperador á estos reinos , y mayor fué su extrañeza al notar tal despego y frialdad, que lo achacaron á descortesía (1). En la relación del viaje que hicieron desde Jarandilla á Badajoz, en 1557, se dice claramente que gran parte de los señores y nobles de los pueblos inmediatos al tránsito , ni salieron á recibirlas , ni aun siquiera se tomaron la molestia de excusarse , á pesar de que habían sido convocados para ello expresa y personalmente. Algo antes habían determinado las dos Reinas hermanas de Carlos V, fijar su residencia en Guadalajara, y entre otros inconvenientes con que tropezaron, fué uno de los mayores el descrías únicas casas acomodadas para su residencia las del Duque del Infantado , con quien primero se usaron varias diligencias á fin de que las ofreciera por voluntad propia. Y como resultasen vanas estas indicaciones, y cerrase el Duque sus oídos , le escribieron al fin las dos Reinas. Aquí es preciso que cedamos la palabra á la de Hungría , que en carta al Rey su sobrino , decía lo siguiente : « Y habiéndose espe- rado este comedimiento » ( el de que ofreciese el Duque sus casas) ^< cuanto bastó para entenderse que no le haría , antes habiéndose dado de su parte otras ocasiones, y habiéndosele escrito de la nuestra, rogándole que por agora nos las dejase, ha respondido en efecto , y como dicen, en buen romance, que las há menester y las quiere para sí , y usando de otros descuidos harto indecentes al propósito (2).» Las desairadas Reinas pedían á Felipe II tomase mano en estos asuntos y diese la orden que se requería. Por su parte Carlos V mostró pocos deseos de que se molestara al Duque del Infantado , por ser quien era , y por los servicios que habia prestado , y más bien recomendaba se tratase en el Consejo de

(1) Véase en la excelente colección de cartas inéditas de este tiempo, se- gún los originales de Simancas, que publicó M. Gachard (Bruselas, 1855), la del licenciado Arceo á Juan Vázquez, de Badajoz, á 26 de Diciembre de 1556. Tomo II, págs. 296 y 97.

Diferentes veces en el curso de nuestra relación nos valdremos de las cartas publicadas por el diligente é imparcial director de los archivos de Bélgica.

(2) Carta de la Reina Leonor á Felipe II, de Jarandilla á 13 de Noviem- bre do 1557.


330 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

Estado el negocio , sin que fuera menester llevarlo por términos de justicia , sino por via de buena gobernación y amonestaciones. Ni el asunto pasó adelante , ni las Reinas Leonor y Maria tuvieron necesidad de aquella morada, porque bajaron á la del sepulcro casi en los mismos dias que su hermano el Emperador.

Basta con estos ejemplos, unos de carácter grave y otros más triviales y humildes, para demostrar lo que nos hablamos propues- to, esto es, que por aquellos dias los lazos de la disciplina monár- quica estaban algún tanto relajados, y que ni aún en la corona de Castilla era objeto de tan grande veneración la autoridad regia como algo más tarde, sin salir del mismo reinado de Felipe II. Nos habrán de perdonar los que piensen que la historia siempre ha de calzar el coturno, pues aparte de que esta no es historia, sino modesto ensayo , no conocemos medio alguno , si se descartan estas noticias al parecer frivolas , de medir una de las cosas que más importan en las relaciones de los pueblos con sus Gobiernos; esto es, los grados de sumisión y respeto.


IV.

Pero aún fué origen de mayores dificultades y daños la guerra que hubo necesidad de sostener contra el Papa Paulo IV en aque- llos mismos dias en que estaban empeñados los españoles en tan arduas y complicadas empresas contra los enemigos de la fe cató- lica , cuya defensa y propagación por todos los espacios del orbe hablan tomado á sa cargo nuestros piadosos antepasados. No es la presente ocasión adecuada para referir el origen , progreso y tér- mino de aquella campaña , cuya narración podrán hallar los lecto- res , si les interesa , en los libros de Antonio de Herrera , de Ca- brera , de Illescas , de Bromato , de Ñores ó de Pallavicini , en las relaciones de los Embajadores venecianos Navajero (Bernardo), Mozenigo y Badoero , ó en escritos más modernos como los del im- parcial Leopoldo Rancke y otros autores de nuestros dias. Corres- ponden estos sucesos en grados diversos á la historia política , á la militar ó á la eclesiástica , y ahora sólo nos toca hablar del influjo que ejercieron en lo interior de estos reinos.

No pudo menos de ser profunda la perturbación que dentro de ellos ocasionaran la animosidad de Paulo FV y su guerra contra la


EN TIEMPO DE FELIPE II. 331

Corona de España. No eran tan fuertes sus armas que diesen lugar á temor fundado , á pesar de las singulares alianzas que les pres- taron ayuda; pero era de tal especie su autoridad , y de tal modo estaba en España arreglada la máquina política y económica, que más daño que sus soldados en Italia liabian por fuerza de causar sus bulas y breves. Lo que acerca de la irritación de su ánimo y dureza de sus resoluciones se conocía por actos patentes , daba lu- gar para que se temieran otros todavía más peligrosos , y se llegó á considerar como probable que, á la manera de otros Papas ante- riores , fulminando los anatemas del Vaticano , excomulgase al Emperador y al Rey Felipe y pusiera entredicho y cesación a di- mnis en sus estados. En carta que escribió el Rey á su hermana la Princesa Gobernadora , después de anunciar que se tenía enten- dido este propósito del Pontífice, daba instrucciones sobre las me- didas que, llegado el caso, se habían de adoptar, y órdenes que se habían de expedir á los prelados y autoridades civiles para que se impidiese la entrada y circulación de semejantes bulas (1) de censura, y para que en todo caso no se guardasen. En Mayo de 1557 dio aviso la Princesa Doña Juana (2) á diferentes corregi- dores de las costas y fronteras en nombre del Rey, de que, según cartas de Roma, «Su Santidad se había resuelto en privarle de sus reinos, estados y señoríos, y que se entendía con diligencia en la provisión de la bula.» Dábaseles con el aviso orden de estor- bar la entrada de los despachos de Roma , y de que fuesen regis- trados (catados como se decía entonces) todos los viajeros que vi- niesen de Italia y Francia , asi como sus malas , ropas y pliegos de cartas. Aún creyó el Emperador que no bastaba lo hecho, y desde su retiro de Extremadura (3) dispuso se practícase igual di- ligencia en otras fronteras. No llegaron, sin embargo, á correr las temidas bulas; ni aun se publicó la que había de privar á Felipe II del reino de Ñapóles, en conformidad del proceso y sentencia de que hablan los historiadores. Pero fué suficiente para ocasionar

(1) Véase esta carta, publicada por Cabrera en su Historia del Rey D. Fe- lipe II, págs. 68 y 69. Aunque el autor le pone la fecha de 10 de Julio de 1556 parece seguro que fué escrita más tarde; pero de la autenticidad no cabe duda.

(2) La Princesa Gobernadora al Corregidor de Murcia, Lorca y Cartage- na. De Valladolid á 12 de Mayo de 1557 (Documento del Árch. de Sim. de la Colección Gachard.)

(3) Cartas de Martin Gastelu á Juan Vázquez, de 19 de Mayo de 1557,


332 LA PRIMKRA, CRISIS DE HACIENDA

graves daños que llegase un Breve de Su Santidad que contenia revocación del subsidio eclesiástico y de la Cruzada.

Para que se comprenda cuál debió ser el resultado de este Breve, importa tener presente que la guerra obligaba á cuantiosos gastos, que las rentas eran escasísimas, y de ellas formaban parte muy sustancial las que se cobraban sobre los bienes de la Iglesia y las que voluntariamente como carga de conciencia pagaban los pue- blos en virtud de la concesión apostólica de la Bula de Cruzada. Quedaba, pues, privado el Erario de uno de sus más pingües re- cursos en los dias de mayor apuro, y á herida tan mortal era ur- gente acudir con eficaces remedios, Al llegar á este punto parece indispensable que demos breve noticia de lo que eran por aquel tiempo los recursos de la Hacienda.


V.

A quien recuerde los memorables sucesos del tiempo del Empe- rador Carlos V, si no ha hecho estudio de estas materias, podrá ocurrírsele pensar que debian de ser desmedidos los gastos públi- cos, y casi fabulosas las sumas que se emplearan en tan continuas guerras y tan notables aventuras , descubrimientos y conquistas. En natural proporción habrá de suponer que estuvieran los recur- sos del Tesoro español y la riqueza pública, que es como la agre- gación de las fortunas y bienes de los ciudadanos. Grande seria naturalmente su sorpresa si por primera vez oyese que esta ri- queza era corta, que las rentas eran escasas, que siempre el Tesoro español estuvo exhausto, aunque por el mismo tiempo del peso in- sufrible de los tributos se quejaban los pueblos , las corporaciones y las Cortes con sentidos é interminables lamentos. Subirla la ex- trañeza de punto para quien desconociese la diferencia de los tiem- pos y costumbres, y la del valor intrínseco y representativo de la moneda, al saber que entre los actuales Gobiernos de Europa hay muchos , aun sin tomar en cuenta los más opulentos y pródigos, que gastan en una sola semana tanta cantidad de oro y plata como importaban las rentas de un año entero en las coronas de Aragón y Castilla durante la primera mitad del siglo XVI. Generalizado se encuentra hoy el conocimiento de esta verdad, que de nin- gún modo damos por original , ni recien descubierta. Pero con-


EN TIEMPO DE FELIPE II, 333

viene explicarla y confirmarla con testimonios dig-nos de crédito.

Entre las relaciones que conocemos de Embajadores venecianos que durante los tiempos de Carlos V vinieron á España , ninguna es anterior (1) á la muy notable de Gaspar Contarini que lleva la fecha de 1525. En ella calcula el producto de los tributos que se pagaban por aquel tiempo en Castilla y de las diferentes entradas del Tesoro ; de la alcabala , de la décima del clero , de los maes- trazgos de las tres Ordenes militares incorporados en la Corona , de las bulas de Cruzada , de los servicios votados por las Cortes : y aña- diendo á estas sumas las que venian de América para el Rey, y que gradúa en 100.000 ducados al año, en resumen viene á deducir que todas juntas apenas excedían de 1.100.000 ducados. En cuanto á los reinos de la Corona de Aragón sólo llevaban cada tres años á las reales arcas el servicio de 600.000 ducados, y eso cuando con sumo trabajo se lograba lo concediesen las Cortes. El de Navarra, si bien daba seguridad á la Monarquía , de ningún provecho era para el Tesoro (2).

Mucho se acercan á estos cálculos los de Nicolo Tiepolo que es- tuvo acreditado cerca de Carlos V, y que no creemos viniese á Es- paña; su relación lleva la fecha de 1532, y calcula en algo más de millón y medio de ducados las rentas ordinarias y extraordinarias de Castilla y Aragón. Tampoco vino á estos reinos Bernardo Na- vagero , pero asistió á la corte de Carlos V en Flándes por los años de 1544 y 45, y de las noticias que alli recogió no se puede hacer menosprecio, por ser grande la fama de entendido y diligente que ganó este Embajador veneciano. Si son ciertas, como creemos, no pasaban de 1.000.000 de ducados las rentas ordinarias de la Co- rona de Castilla , y poco era lo que habia que agregar bajo este concepto por Aragón, Valencia, Cataluña y Navarra. Pero habia si que añadir como rentas extraordinarias los servicios que votaban estos diferentes reinos, la Cruzada, las décimas del clero y la parte que correspondía al Rey en los caudales de América, sobre los cua- les no se aventura Navagero á decir cosa cierta por temor de dar crédito á exageraciones que la fama pregonaba en su tiempo. Pero

(1) La de Vincenzo Quirini de 1506 se refiere al tiempo de Doña Juana y D. Felipe el Hermoso. Es la primera que publicó en su Colección el Sr. Al- beri , tomo I , pág. 3.

(2) Véase esta relación en la obra publicada por el Sr. Alberi, Relaziom de gli amhasciatori Venetti al Senatto, Ser. 1, vol. II, pág. 30.

TOMO I. 23


"334 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

ateniéndose á moderados cómputos, suponía que se acercaran á me- dio millón de ducados anuales, suma cinco veces superior á la del cálculo de Gaspar Contarini , como es en efecto de suponer que lo fuese el rendimiento de aquellas minas por haber trascurrido veinte años (de 1523 á 1543) desde una á otra legación. Ya nos acerca- mos al reinado de Felipe II. En 1551 daba cuenta al Senado Ma- rino Cavalli de las rentas de que podia disponer el Emperador, y decia que España pagaba de impuestos sobre 800.000 ducados. Pero á continuación enumeraba como entradas extraordinarias los servicios votados por las Cortes de Castilla y de Aragón , y otras sumas eventuales, como por ejemplo la de 35.000 ducados (1), que según Cavalli tomaba el Rey cada año de la iglesia de Toledo para el sostenimiento de sus galeras. De lo que enviaban al Real Tesoro las Indias , no se atrevía á dar razón segura , pero menciona como cálculo corriente el de unos 400,000 ducados anuales. Dos adver- tencias parecen indispensables acerca de estos cómputos. La pri- mera que una parte considerable de las rentas se hallaba vendida ó empeñada , según refieren los venecianos ya citados , y como de diferentes maneras consta en efecto que acontecía. La segunda es que en ellos no se comprenden las rentas de otros Estados , como los Países-Bajos, Milán, Ñapóles y Sicilia. Algunos de estos pro- ducían tanto al menos cada uno de por sí como la Corona de Cas- tilla y de Aragón, de las cuales ahora particularmente hablamos, 'í Entre estos guarismos se nota la diferencia natural de unos años á' otros , según habia paz ó guerra , y según el natural aumento de la riqueza y numerario, cuyo valor representativo en la misma razón rápidamente iba disminuyendo. Pero en cuanto á lo esencial perfectamente concuerdan entre sí , y están además conformes con las noticias más ó menos completas que otras fuentes nos suminis- tran. Así, por ejemplo, documentos ya publicados del Archivo de Simancas acerca del producto de los impuestos en 1536, nos dan á conocer que no pasaban de unos 412 cuentos de maravedís, que vienen á ser algo más de un millón de ducados. De la misma ma- nera sabemos que las rentas de la alcabala y tercias , que eran las principales , y otras ordinarias del reino de Castilla , estaban para 1553 calculadas en unos 500 cuentos de maravedís, después de hacer deducción de las que hablan sido enajenadas. Son incom-

(1) Cuarenta mil , segiin Cabrera.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 335

pletas todas estas noticias; no bastan para dar cabal idea de la Hacienda de España : más adelante , en otra ocasión , presentare- mos en cuanto sea posible datos más claros y precisos (1). Por ahora conducen á lo que nos propusimos solamente demostrar, esto es, cuan limitados eran por aquel tiempo los recursos del Tesoro.

VI.

Ahora será fácil comprender el daño y desorden que del Breve de revocación del Subsidio y Cruzada hubieron de resultar para el Gobierno y la Hacienda. Si de tan exiguos rendimientos como eran los que alimentaban el exhausto Tesoro , se habia de renunciar á dos de los más saneados y cuantiosos, ¿cómo hacer frente á los g-astos ordinarios , y mucho más á los que ocasionaban las guerras de Italia y Francia? A falta de dos pilares tan importantes para la trabazón del imperfecto edificio de las rentas , nada era tan natural ¦ como que este vacilara y se desplomase.

Ya dijimos que una mitad de la riqueza pública correspondía en aquel tiempo á la Iglesia. Cuando escribió acerca de las cosas de España Marineo Sículo en el primer tercio del mismo siglo, la ren- ta de todos los reinos se dividía en tres partes casi por igual : « la una de los Reyes ; la otra de los Grandes y caballeros , y la tercera de los Prelados y sacerdotes (2).» Vivia pues el pueblo de su trabajo, de su industria , de las liberalidades del Rey y Grandes , y de los auxilios y limosnas del clero , y sin embargo , era el pueblo quien habia de satisfacer los tributos. Como era natural además, una vez admitido el sistema de las manos muertas , muertas en efecto para enajenar, pero vivas para adquirir, habia ido la acumulación de bienes eclesiásticos subiendo por tal escala , que hace honor cierta- mente á la piedad de nuestros mayores, si bien era poco favorable á la circulación y fomento de la riqueza sometida al peso de los

(1) En otro ensayo hablaremos de las rentas de Castilla, y procuraremos coordinar un presupuesto del siglo XVI, aunque ni entonces se hicieran cálcu- los parecidos á los actuales, ni mucho menos fuera conocido el nombre mo-' derno que les aplicamos. Aprovecharemos la ocasión para fijar el valor real y representativo de las monedas.

(2) Be las cosas memorables de España, edic. de Alcalá de 1539, fóHo 26 vuelto.


Íjá6 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

tributos que llamaremos civiles, en contraposición á los que pa- gaba la Iglesia (1). Apenas se podrá citar cuaderno de Cortes de Castilla donde no se encuentre alguna petición encaminada á poner coto á la adquisición del clero secular j regular. Pero fueron in- eficaces estos clamores , como su propia repetición lo acredita , v bien lo atestiguan los Venecianos que vinieron á España después de la abdicación de Carlos V, al asegurar que ya por aquel tiempo poseia la Iglesia, no la tercera parte, como en los de Marineo Sí culo , sino muy cerca de la mitad de los bienes.

Para que se comprenda de qué manera iban creciendo en aque- llos años las rentas del clero , conviene escojer como ejemplo las del arzobispado de Toledo. Sólo hablaremos de la primera mitad del siglo XVI. Muy á principios de este llegó á España acompañando á D. Felipe el Hermoso, el veneciano Vincenzo Quirini , cuya rela- ción lleva la fecha de 1505 , y es la primera de que tenemos noticia. En ella nos dice el Embajador, que por aquel tiempo el Arzobispo de Toledo tenia 40.000 ducados de renta. Desde esta fecha, por falta de relaciones, es preciso dar un salto hasta 1525, en cuya época escribió la suya Gaspar Contarini que vino á estos reinos con Carlos V. Este nos refiere que algo antes las rentas de dicho Arzo- bispo pasaban de 60.000 ducados. No es conocida, ó al menos no la hemos visto ni ha sido publicada en la colección de Florencia, la relación del Embajador Andrea Navagero (2). Pero es conocido su Viaje por España, y lo son también las Cartas que escribió á Giambatista Rannusio , donde describe las principales ciudades de estos reinos. En una de ellas (3) dedicada á Toledo , asegura que ya en 1525 llegaban á 80.000 ducados las rentas del arzobispado. También Marineo Sículo , sin designar el año , pero refiriéndose á la misma época con corta diferencia (4) , nos dice que tenía de

' (l) Véanse las Relaciones de Tiepolo y otras de que más adelante hablare- mos con más extensión.

(2) No se ha de confundir á este Andrea con el otro Navagero (Bernardo) que escribió muy posteriormente Relación de la Corte de Carlos V.

(3) Véase en la colección de estas Cartas la que lleva la fecha de Toledo á 12 de Setiembre de 1526. " Vale Varchivescovato da ottanta mille ducatil'anno; ma non haforse meno entrata la chiesa ancor esa.

A. Navagerii opera omnia, Patavii, 1718.

(4) Una edición latina es de 1533; la española, también de Alcalá, de 1639. V. esta al fól. 23. Cos. memor. de Esp.

No sabemos á punto cierto el año á que se refiere el autor al hablar de estas


EN Tiempo de felipe ii. 337

rentas anuales el Primado de las Españas más de 800.000 ducados. Caminan, pues, las autoridades en completo acuerdo. Pasamos por alto varias relaciones de Venecianos , y al llegar á la de Badoe- ro (1) sobre la Corte de Felipe II en los dos primeros años de su reinado, vemos que al hablar del mismo Arzobispo nos dice que era con gran diferencia más rico que todos los demás prelados de la cristiandad, pues tenía 150.000 ducados al ano. Muy corto hubo de quedarse el Embajador ó mucho hubieron de crecer estas rentas én poco tiempo, pues que Cabrera asegura ascendían ya á 250.000 cuando murió el Cardenal D. Juan Martínez de Silíceo en 1557. De ellos habia tomado el Rey 40.000 cada año para sostener sus galeras ; pero aun así daba tal cuidado la exorbitancia de tanta riqueza , que según Badoero se excusaba conferir dignidad acom- pañada de tanto poder á ninguno que por si fuera además señor de casa ilustre , por temor de lo que pudiera maquinar contra la Corona.

Sin embargo de lo que influía en el crecimiento de las rentas la disminución rápida que experimentó el valor de la moneda en el curso del siglo XVI, puede atinarse con una apreciación justa comparando el aumento en rentas eclesiásticas á que nos hemos referido con el de los recursos del Tesoro , que fué harto más pau- latino y lento (2).

De otra tercera parte de las rentas vimos que era poseedora la nobleza que se hallaba exenta en general del pago de tributos. Según decía el Condestable Velasco en las famosas Cortes de 1538, la diferencia que habia en Castilla de hidalgos á villanos consistía en «pagar pechos y -servicios los labradores y no los hidalgos» (3) . Pagaban, sin embargo, hidalgos, caballeros y grandes algunos tributos , mas no otros como los servicios , por ejemplo, cuya carga

rentas, pero su narración se extiende hasta el de 1517 en que llegó á España Carlos V. Lleva el libro al frente una dedicatoria al Emperador y á la Em- peratriz Doña Isabel, cuyo matrimonio se celebró en Noviembre de 1525.

(1) Gol. de Álberi, Ser. 1, tom. III, pág. 263.

(2) Según Vicenzo Quirini en 1503 importaban unos 600.000 ducados las rentas Reales, sin contar lo poco que venia de América, y en 1555, según Badoero , apenas pasaban de 1.000.000.

(3) Véase el discurso que pone en boca de este personaje el Obispo San- doval.

"El perjuicio que de la sisa se sigue á nuestras honras conocido está : por- "que la diferencia que de hidalgos hay á villanos en Castilla, es pagarlos


338 LA PRIMERA CRISIS DE HA.CIENDA

habia por tanto de gravar sobre los que poco ó nada poseían. No es fácil determinar con exactitud de qué manera estaba distribuida la riqueza. Pero uno de los Embajadores venecianos (1) refiere que el Condestable de Castilla llevaba 100.000 escudos de renta; 80 el Duque de Medina Sidonia ; 40 el de Alburquerque ; otros tantos el Marqués de Villena, y 45 el Conde de Benavente. Se ha de tener presente que los 100.000 escudos mencionados de la casa de los Vélaseos equivalían á la octava ó la décima parte del producto de los impuestos ordinarios en toda España; que ya había número con- siderable , aunque no tan crecido como hoy , de Duques , Marqueses y Condes, y por último que no eran únicamente los señores titulados los que estaban exentos de pechar , y se entenderá fácilmente cómo aun siendo corto el importe de los impuestos causaban tanto gra- vamen á las clases populares del Estado. ¿Cómo hubiera sido po- sible ocurrir ni aún á las más urgentes necesidades si se negara del todo la Iglesia , amparada bajo el Breve de Paulo IV, á proporcio- nar ni aun su contingente acostumbrado?

VIL

En varias ocasiones se habían quejado los eclesiásticos de que se les sometiera á pagar tributos , y sobre todo mostraron particular oposición al subsidio. ¿Qué no harían ahora bajo la protección del Breve pontificio, si en época anterior se habían negado á soportar esta carga , aun cuando había sido establecida y sancionada por expresa Bula de Roma? Aunque pertenezca á época anterior á nuestra narración, preciso es recordar este antecedente de que no han hecho tanto aprecio como debieran los escritores de nuestra historia económica. En los primeros años del reinado de Carlos V fué impuesto al clero el subsidio de la décima por concesión papal, pero fué muy mal recibido , y en 1517 , antes de que el Rey viniese á España, la de Toledo, como primada, convocó á todas las demás

"pechos y servicios los labradores y no los hidalgos: porque los hijos-dalgo, "y cavalleros y grandes de Castilla nunca sirvieron á los reyes della con dalles "ninguna cosa sino con aventurar sus personas y haciendas en su servicio, "gastándolas en la guerra y otras cosas y á la hora que pagásemos otra cosa "la menor del mundo , perderíamos la libertad que derramando la sangre en "servicio de los reyes ganaron aquellos de donde venimos, etc." (1) El ya citado Federico Badoero en su Relación de 1557.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 339

iglesias á una congregación que tuvo lugar en Madrid , donde se deliberó sobre la conducta que fuera prudente adoptar para resistir el pago. Lo que de esta congregación resultó fué que «las personas »eclesiásticas , asi de los cabildos , como de los monasterios destos »reinos , acordaron de se ausentar y abstener de los oficios divina- »les.» Estaban entonces muy acalorados los ánimos; era corta la autoridad del Gobierno , por hallarse fuera de España y rodeado de extranjeros el joven Rey , de manera que esta especie de movi- miento eclesiástico fué paralelo al de las Comunidades. Después de su vuelta, escribió Carlos V á las iglesias de los reinos de Castilla, León y Granada en 1519, «mostrando tener enojo del Dean y ca- xvildo de la santa iglesia de Toledo , porque le fué hecha relación »que ellos escribieron y persuadieron á los Perlados é iglesias de »estos sus reinos para que apelasen de la Bula y proceso que se »discernió sobre la imposición de la décima nuevamente impuesta e ^cesasen a divinis en las iglesias.» Es muy curioso y notable el Memorial que se dio al Rey en respuesta. Hablan los procuradores de las iglesias metropolitanas , de las catedrales y de las comunida- des religiosas de los reinos de Castilla, León y Granada, y co- mienzan por asentar que era su causa común con la de Toledo, que no habia hecho ni más ni menos que las otras, si bien como primada de España las habia convocado á la congregación de Madrid. No era cierto que alli se hubiese acordado la cesación á divinis que S. M, mandaba alzar, no se habia hecho cesación diQ horas, ni de oficios divinos , en cuanto á administrar los sacramentos y enterrar los muertos. En lo demás, se hablan abstenido los eclesiásticos de los oficios divinales , tomando así la parte más segura. Lo que pe- dían era que S. M. mandase proveer en el negocio (se entiende habia de ser renunciando á la décima ) , de manera que ellos pu- diesen continuar sus horas y oficios divinos.

De las razones que en defensa de su derecho extensamente ale- gaban, sólo apuntaremos lo que parece más esencial. «Decian que ni aun durante la guerra contra moros, terminada en tiempo de los Reyes Católicos, se habia impuesto la décima. Que por obediencia á Su Santidad no se aventuraban á decir que si queria imponerla no pudiera ; pero que habia de ser extensiva á toda la cristiandad, y no sólo á España. Que en caso de gran necesidad, después de haber pedido ayuda á los Principes y estado militar ( es decir , á señores titulados y nobles ) , si esta no bastara se habia de acudir


340 LA. PRIMERA CRÍSIS DE HACIENDA

al auxilio del estado eclesiástico en la cantidad precisa , para que entre si la repartiese , lo que haria con mucha caridad , en vez de fijar la décima como se habia hecho ; y citaban el ejemplo de va- rios Papas y Concilios que de esta suerte lo hablan dispuesto para negocios que interesaban á toda la cristiandad y no para g-uer- ras particulares de Principes , aunque fueran contra infieles; aña- diendo, que en España no era práctica se recurriese á unos reinos para las necesidades de otros. Recordaban que el clero de España habia prestado grandes auxilios á la Monarquía ; primero, al des- prenderse para dotación de las Ordenes militares, de los diezmos que pertenecían á la Iglesia de derecho divino y humano : segundo, con las tercias de los diezmos, concedidos por el Papa Eugenio parala guerra de Granada , sin que al cabo de veinte años , después de acabada esta, hubiesen sido tornadas á las iglesias, como era justo que se tornasen. Y que además el estado eclesiástico pagaba otra décima continua de cuantas cosas compraba, por razón de alcabalas, que no existían en parte alguna de la cristiandad , ni aun en Ara- gón. Que recibirían con la nueva décima grave daño los cabildos, curas y beneficiados que tenían sus rentas tasadas, y más los re»» ligiosos á quienes faltaba aun para su mantenimiento, y sobre todo las religiosas , con tanta más razón como que á resultas de la po- breza de los reinos de Castilla y de León , causada de la mucha mo- neda que de ellos se sacaba para la corte del Rey y para la de Roma, todos los nobles y aun mercaderes metían á las hijas monjas por no poderlas casar , y habia en los conventos mayor número de lo que su caudal consentía. Con parecidas razones se lamentaban del daño que habia de sobrevenir á hospitales y fábricas de iglesias. Adu- cían después grandes ejemplos del Santo Rey David, Salomón, Constantino , y de otros Monarcas, sobre todo de los Reyes Católi- cos, á quienes sus grandes empresas y guerras de Portugal, Italia y Granada no habían impedido edificar los templos de San Juan de los Reyes en Toledo , de Santa Cruz en Segó vía , de Santo To- más en Avila, además de las iglesias de Granada; y terminaban, por último , pidiendo , que además de retirar la décima y renun- ciar á subsidio ó imposición eclesiástica, á ejemplo de su insigne abuelo, hiciera el Rey grandes limosnas á la iglesia ( 1 ).»

(1) Ha parecido oportuno dar breve razón de este documento, porque me- jor que en otro alguno se hallan en él compendiadas las antiguas pretensiones del clero respecto á exención del subsidio.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 341

Merece el más profundo respeto la sinceridad de los autores de este documento , cuyas largas cláusulas liemos extractado con la brevedad posible. Difícil es adivinar, sin embargo, á cumplirse sus votos , cómo hubieran podido sostener los Reyes de España gran- des guerras contra el Turco , contra los Berberiscos , y contra los Principes sectarios de Lutero , que ya entonces escandalizaba al mundo católico con sus herejías. Bien es verdad , como decian los abogados de las iglesias, que no menos, pero mucJio más es prove- choso en las guerras el orar que el militar. Pero fuera necesario llevando esta lógica más adelante , suprimir por completo el gasto de galeras y soldados , y dejar así más desahogado el Erario para acudir á otras atenciones.

VIII.

Como quiera que sea , en vista de esta antigua resistencia del clero, aún en tiempo en que tenía en su contra bula pontificia, no será difícil colegir lo que pasaría treinta y seis años más adelante, cuando de Roma llegó Breve con la revocación del subsidio. Al ha- blar de estos tiempos no se puede menos de recurrir ante todo al lacónico y un tanto oscuro , pero religioso y sensato Cabrera : este nos cuenta la gran contienda que sobrevino entre los eclesiásticos engreídos (son sus palabras) con el amparo del Pontífice, y los tri- bunales sostenedores acérrimos por aquel tiempo de la autoridad y poder real. Querían los Ministros de la Hacienda seguir aprove- chando la antigua concesión , mientras en opuesto sentido elevaba sus clamores hasta Roma el clero. A su cabeza estaba el Cardenal D. Juan Martínez de Silíceo , Arzobispo de Toledo, personaje reli- gioso y respetable « pero poco práctico » según le llama nuestro autor, y á quien otro Breve de Roma hizo juez del negocio. En la junta que habia de entender sobre el asunto, eran pontificales los más, y sólo eran realistas (1) el licenciado Martin de Velasco, del Consejo de Castilla , «en lengua y mano pronto, dado al útil real,» y el licenciado Vírbiesca de Muñatones , su compañero en calidad y méritos , que adquirió particular renombre con motivo de estas desavenencias. Los eclesiásticos sostenían « no debía la Iglesia, se-

(1) Estos pontificales y realistas corresponden á los que más tarde llevaron nombre de ultramontanos y regalistas. «s-^v.>»v\-.


342 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

ñora j libre pechar, sino estar exenta de gravezas pecuniarias y personales. » Por el contrario, que habia de acudir á las públicas necesidades , es lo que alegaban los abogados del Rey en prolijos Memoriales con autoridades de Papas , fundándose en que las he- redades adquiridas por el clero era preciso continuasen pechando el tributo anejo á ellas para sostenimiento del Estado, y en que es- taban obligados los eclesiásticos hasta « á las vigilias del muro » para guardar la ciudad , sin que fuera de completa necesidad con- sentimiento de Roma , si habia peligro en la tardanza , ó si faltaba como entonces sucedía por competencias y pasiones cerca del Im- perio , no de la religión , que era una manera de aludir á las con- tiendas pendientes con Paulo IV. Por último, decian, habia de ayu- dar la Iglesia al bien común , porque en ella con aprobación del Príncipe ó insensiblemente habia entrado y cada dia entraba innu- merable hacienda de legos en patronazgos, capellanías, memorias, aniversarios, cofradías, obras pías, dotaciones de monasterios, do- tes de monjas , herencias de frailes , que dedicada una vez á Dios, no se vendía, no pagaba alcabalas ni volvía jamas al patrimonio Real empobrecido (1).

Pero no sólo permanecía firme el Cardenal Silíceo en negar el subsidio al Rey, sino que, según parece, preparaba gran presente de caballos, muías, jaeces y dinero para enviar al Papa Paulo IV, á quien estaba agradecido , y esto sucedía en 1556 , cuando más agria andaba la cuestión entre España y el Pontífice. Poco trabajo cuesta imaginar ante este y otros actos, cuál sería el enojo de los Ministros realistas del Consejo. Proponían estos á la Princesa go- bernadora no contemporizase más con el Cardenal , á quien acusa- ban de ser «juez de Paulo IV solamente contra la autoridad Real, y de haber dado principio á la revuelta de la clerecía ; » que no se le dejase entrar más en la corte , como quería aquella religiosa se- ñora para reducirle , sin que antes renunciara á la judicatura que ejercía en nombre del Pontífice , y diera de ello avisos públicos á las iglesias que inquietó con los traslados de los Breves, si bien era esta concesión que no se esperaba de su terquedad y dureza. Y pues que no habia hecho méritos para que le halagara y autorizara la Prin- cesa , sino para castigarle , que al menos hablase libre y sin respeto como solía en Toledo, no en la corte y palacio. Ya antes resentido el Supremo Consejo de Justicia , trató con el de Estado sobre retener

(1) Cabrera, Hütoría del Rey D. Felipe II, págs. 39 y 40.


T!N TIEMPO DE FELIPE IT. 343

las temporalidades del Cardenal para que conociese queera vasallo y hechura del Emperador y de su hijo. Advierte , sin embargo , el imparcial historiador de Felipe II , que acaloraban el ánimo de los Consejeros contra el Arzobispo personas de su cabildo y del reino de Toledo , con odio imperecedero , porque habia introducido en su diócesis el estatuto de las cofradías de España (1), que era rigoroso en las informaciones. Sucedía mientras tanto que en ausencia del Rey faltaba á veces autorización para obrar y otras veces celo. De una y otra parte , asi pontificales como realistas , le mandaron re- petidos mensajes: enviaron á Flándes los Consejos, primero á Don Juan de Villarroel , y después el de Estado á D. Fadrique Enri- quez , y el de Justicia al ya famoso Virbiesca de Muñatones , para que el joven Monarca no diese crédito al Cardenal Silíceo, para que supiese habia de ser el daño contra su autoridad y contra su hacienda, tan consumida y empeñada, que estaba á punto de quebrar; y sobre todo, llevaban los emisarios encargo de proponer á Felipe II y procurar su pronta vuelta á estos reinos.


IX.

Y^ al llegar á este punto es indispensable que demos cuenta de cuál era la situación general de los negocios y cuáles los ahogos del Tesoro , apuros de que hablan someramente nuestros historia- dores ; pero en el curso de estos estudios hemos de encontrar ayuda de las relaciones venecianas y en la correspondencia oficial del Car- denal de Granvelle , que á la sazón era Obispo de Arras , en quien sucesivamente Carlos V y Felipe II depositaron su mayor confianza y que fué uno de sus grandes Ministros. Hallábase el Obispo por este tiempo en Bruselas , y sobre las más graves materias de Estado seguía correspondencia con el Rey, que por aquel tiempo habia ido á Londres, menos arrastrado probablemente por los ardores del amor conyugal ni por los atractivos de su segunda esposa María Tudor,ya entrada en años , que por el deseo de conseguir tomase parte aquel Estado en la guerra contra Francia y le ayudase para los designios de su política. Al hablar del Obispo de Arras le pinta el veneciano

(1) Sobre el Estatuto de las Cofradías véase lo que dice Salazar de Mendoza en la Crónica del Cardenal D. Juan de Tavera, cap. XXXVI, pág. 212. Silíceo llevó á término en Toledo lo que habia emprendido su antecesor Tavera,


344 LA PRIMERA CRÍSÍS Dlí HACIENDA

Tiepolo como persona de lucidísimo ingenio , muy experto en mate- rias de gobierno y notable en el conocimiento y manejo de muchos idiomas ; pero dice que en la gracia del Rey no ocupaba tan predi- lecto lugar como antes en la del Emperador, y ni aun apenas asistía al Consejo secreto , fuera porque se habia eclipsado su estrella ante la más brillante y favorecida de la corte , que era la de Ruy Gómez de Silva , ó bien porque ni fué de dictamen de que se hiciera guer- ra al Pontífice , ni luego le consintió tomar parte en su dirección la investidura episcopal. Parte de verdad puede haber en ello por cuanto se nota en las cartas del Rey y del Ministro que rara vez se hace mención de las contiendas con el Pontífice. Pero allí mismo se encuentran pruebas de que no habia perdido el Ministro la confianza regia, y de que tenía mano en los más arduos negocios. Quejábase el Rey de las dificultades con que tropezaba al principio en Ingla- terra para que fiel á su alianza entrara aquel Estado en campaña. «Lo de aquí se va poniendo bien» escribía Felipe II al Obispo de Arras, de Londres á 4 de Mayo 1557 (1); «pero estaba tan mal, que todo este tiempo ha sido menester y será para ponerlos (á los in- gleses) en orden, de manera que no perdiesen mucho en declararse, y espero cierto que no habrá mudanza en su voluntad.» Uno délos mayores tropiezos que habia el Rey hallado para arreglar las ma- terias de religión en Inglaterra, donde los grandes intereses del catolicismo y los suyos propios estaban indisolublemente ligados, nació de la hostilidad de Paulo IV, hostilidad muy afortunada para los enemigos de la Iglesia , que se vieron libres de su más poderoso enemigo , cuando separó el Papa de su legacía al Cardenal Polo. Aludió á esta funesta medida el Prelado y Ministro con estas reser- vadas y prudentes palabras : «Bien poco quadra á la qualidad de »estos tiempos el yerro que Su Santidad hace revocando en tal sazón »la legacía del Cardenal Polo : mas puédese poner con otros que »hace , de no menos perjuicio á la iglesia de Dios, el cual se lo per- »done y le plegué dar á V. M. victoria.»

Mientras en Londres daba Felipe II calor á aquella alianza , en Bruselas el diligente Obispo aprestaba cuantos recursos eran nece- sarios para la guerra. No sólo precisaba alistar gente en los Estados del Rey, sino también reclutar en Alemania soldados y aventureros, que únicamente el oro podia atraer y contentar. Pero los recursos

( 1) Pap, de Granv., tomo V, pág. 71.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 345

de aquel país se hallaban agotados al cabo de tan largas guerras y continuados sacrificios. Al año las rentas de los Países-Bajos, muy superiores á las de los reinos de España , excedían en mucho de 2 millones de. escudos. Desde 1551 habían aprontado los flamen- cos para las últimas y menos afortunadas guerras de Carlos V, so- bre las entradas ordinarias , cerca de 8 millones de la misma mo- neda. Pero ahora, cuando la ocasión era más empeñada que nunca, á aquel país exhausto y empobrecido por tantas campañas , no le era posible adelantar gruesas sumas. «A V. M. , escribía Monseñor »de Arras , se le ha hecho declaración tan particular de la hacienda »que hay, ó por mejor decir, de la que no hay, y de la poca espe- »ranza de poder sacar algo de los Estados antes del Setiembre ú »Octubre, y que aun cuando se sacara, aprovechará poco ó nada, »por lo mucho que se debe , y la dificultad que se temía para ob- »tener las dichas ayudas. V. M. lo ha podido ver por la que ha »habido en obtener la postrera que los Estados han consenti- »do (1).»

Iba el tiempo pasando; los empeños eran crecidos ; los medios cor- tos; grande la empresa que se disponía después de tantas guerras, de sostener otras no menos costosas en Flándes contra Franceses , en Italia contra el Papa y contra sus aliados, y esto con el Empe- rador retirado en Extremadura , con un Rey joven , con Estados empobrecidos y separados por larga distancia. No eran costosos los ejércitos como lo son ahora ; pero se componían en su mayor parte de aventureros suizos , alemanes y de otras naciones , gente alle- gadiza y mercenaria, de poca disciplina y sin amor á su bandera: para reuniría y sustentarla se requerían, en relación á los tiempos, crecidas pagas ; y á falta de estas , revolviéndose contra el desva- lido amo, se convertían en desapiadados enemigos. A este riesgo, que en aquellos días amagaba, era al que aludía el Obispo de Arras al escribir á Felipe II que aún residía en Inglaterra (2) . «Veo á V. M. ya tan adelante en esta empresa, que á no hacerse »y tan á tiempo que se pueda esperar algún efecto , ponía en ello »V. M. tanto de su reputación , que para ver lo que temo sucede- »ria en su deservicio, no querría vivir: y sí junta la gente, no se »tuviese la paga de los primeros meses muy prompta, V. M. tenga

(1) Carta del Obispo de Arras á Felipe II de 20 de Abril de 1657. Papeles de Granvelle, tomo V, pág. 62.

(2) Papeles de Gi'anvelle, tom. V, pág. 70,


346 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

»por cierto que pornia estos sus estados y ahun su persona en ma- »nifiesto riesgo y peligro, porque terna por enemigos los mesmos »que hubiese juntado, y los franceses y aliun también los ingleses.»

« Verdaderamente veo todas las cosas tan al cabo, que estoy

»atónito pensando en ello.»

En medio de tantos embarazos permanecía el Rey firme en sus propósitos, aunque no se le oscurecía el peligro. «Yo no dejaré de »liallarme ahí» (1), respondía al Obispo de Arras, «al tiempo ne- »cesario, aunque no tengo un real, porque no piensen oy que por »eso ni por nada los dejo, aunque sea tanta aventura. Pero en »mucho menos tendría el perder mi persona que no esos es- ))tados.»

Aunque la guerra que comenzó de allí á poco tuvo término sa- tisfactorio, no dejó antes de ocasionar tropiezos y dilaciones la es- casez de recursos, como se advierte en otras cartas de Granvelle. «No ha podido el Duque» (el de Saboya, Emanuel Fílíberto, más tarde vencedor de San Quintín) «hacer fasta gora la empresa de »Rocroy por haver crescido los enemigos de fuerzas, tardado la »flota del trigo mas de lo que se dezia , y no ha verse podido hallar »forma para recojer de un golpe tanto dinero cuanto era menester »para juntar y hacer salir en campaña la gente que se tenia (2).» No permite la naturaleza y objeto de este ensayo dar más largas explicaciones sobre las escaseces y dificultades que ocurrían en Flándes antes y después de comenzar aquella tan arriesgada y después famosa campaña. Con varías miras, y principalmente con la de proporcionar recursos , había el Rey resuelto que viniese su favorito Ruy Gómez de Silva (3) á España, de cuyos reinos se es- peraba que por haber vivido algún tiempo sin más guerras que las de mar y África, pudiesen prestar la indispensable ayuda. De este viaje tiempo es ya de que hablemos.

(1) F apeles de Granvelle, tom. IV, pág. 89.

(2) Papeles de Granvelle, tom. IV, pág. 115.

(.3) "La prisa que S. M. da al Conde de Melito Ruy Gómez para solicitar

las cosas que lleva á su cargo es muy necesaria poca forma se ve de llevar

las cosas más adelante si no es el dinero que ha de traer ó cambiar el dicho Conde."

El Obispo de Arras al Rey, á 20 de Abril de 1857. Papeles de Granvelle, tomo IV, pág. 62.


EN TIEMPO DE FELIPE II., , 347


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XI.


Ruy Gómez de Silva, Conde de Melito, á quien hemos dicho que dio Felipe II encargo de venir á España , era aquel favorito de Fe- lipe II , á quien Antonio Pérez calificaba de gran cortesano y que posteriormente dio tanto que decir al mundo asi por su fortuna en Palacio como por sus desventuras conyugales. El Embajador ( 1 ) Badoero que hubo de conocerle de cerca y tratarle en Flándes , es- cribe que era entonces (1556) hombre como de 39 años, de mediana estatura , fisonomía animada , gallardo aspecto , aunque pálido y demacrado por efecto de la vida trabajosa que llevaba entre nego- cios y placeres , consultas y audiencias , banquetes y torneos ; vida á que le obligaba el favor del Rey , y la relación y trato con otros magnates , pero que sólo penosamente podia soportar su comple- xión flaca y delicada. Poco versado en letras , tampoco lo estaba aún en el despacho de materias de Estado , si bien les consagraba la mayor parte de su tiempo: conferenciaba con Felipe II, desde antes de que este se levantase ; en su nombre recibía audiencias y asistía al Consejo , siendo como persona intermedia entre el Rey y aquellos Ministros. Con celo sumo y natural despejo é ingenio, sin envidia , antes con aprecio del mérito ajeno , con algún exceso de liberalidad , con olvido de los intereses suyos y de su casa , mane- jaba todo género de negocios de Hacienda, de Estado, de Guerra, de la casa Real , y aún los más secretos é íntimos de su protector y amo , por cuyos méritos nadie hallaba extraño que este último le enriqueciera y elevase , aun aparte de la amistad que comenzó en la infancia de ambos. Tres cargos distintos, y todos importantes, desempeñaba este favorito, á quien el pueblo llamaba Rey Gomez: en Palacio el de Sumiller de Corps , y aun Mayordomo Mayor en ausencia del Duque de Al va; el de Consejero de Estado además, y por último era uno de los Contadores Mayores.

Estos Contadores, venían á ser en aquel tiempo como Ministros de Hacienda, que resolvían los negocios en unión con ciertos Oido- res letrados á quienes era preciso consultar en materias de justicia, y además con dos Ministros del Consejo Real en casos graves. Asi lo dispusieron diferentes veces las leyes con repetición tan sospe-

(1) Relationi, Ser. 1, tom. III, pág. 240 y sig.


SÍ8 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

chosa , que dá á entender se reservaran los Contadores la resolu- ción y manejo de todos los asuntos, y de los más arduos sobre todo. Había solido variar el número ; á veces hubo tres Contadores, á ve- ces dos; en los tiempos últimos de Carlos V sólo hubo uno, que fué D. Francisco de los Cobos, Comendador Mayor de León. Luego á su muerte fueron nombrados tres, á propuesta según Badoero del mismo Ruy Gómez ; D. Bernardino de Mendoza , Gutierre Lope de Padilla, y el mencionado Conde de Melito. Al primero de estos que también era del Consejo de Estado, y tardó poco en morir (1); nos le pinta el Embajador veneciano (2) como persona colérica, adusta , avara , solicita en grado sumo de su interés , y adversa á cualquier pretensión ajena, altivo con todos y de todos envidioso; pero sin atreverse á ser lo uno ni lo otro con el poderoso Ruy Gó- mez : por lo demás, sujeto entendido y práctico, sobre todo en ma- terias de hacienda, y de naves y armadas. " También parece que vivió poco tiempo Gutierre Lope de Padilla, á quien vemos por aquel año tomar parte en las consultas de los más arduos negocios , y que falleció algo más tarde en Toledo , vi- niendo á quedar de Contador único de aquella categoría el solo su- perviviente. Pero en 1557, dice Badoero , que Ruy Gómez y D. Ber- nardino manejaban la Hacienda , acordes entre sí , con asiduidad, y con cuanto acierto permitía la estrechez de las circunstancias.

Ya hemos dicho cuál fué el encargo principal que trajo el Conde de Melito al venir á España. Además de otras comisiones vino á solicitar provisión de dineros, á hacer leva de 8.000 hombres, á visitar al Emperador , y además traía orden de llevarse consigo al Príncipe D. Carlos á su vuelta á los Países-Bajos, donde le habían de jurar, lográndose de esta suerte «desvíalle de los encuentros de la Princesa su tía (3) . » Era la ocasión de gran empeño , y natural por lo tanto que por ojos de la persona de su mayor confianza quisiera el Rey satisfacerse de lo que pasaba en estos reinos , y por manos de la misma disponer lo que mejor conviniera para sus de- signios. Llegó el Conde á Valladolid á 10 de Marzo (1557), y de- teniéndose poco á tratar lo más urgente , pasó á conferenciar con el Emperador en Yuste, donde permaneció del 23 al 26 del mismo mes. Deseaba Felipe II que en tan peligrosa coyuntura le ayudase

(1) Murió noblemente en el cerco de San Quintín en 1557.

(2) Reí, ser. 1, tom. III, pág. 244.

(3) Véase Cabrera.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 349

SU padre , no sólo con su parecer y consejo , sino también con la presencia de su persona y autoridad , saliendo del monasterio á la parte y lugar que más cómoda fuese á su salud.» Asi lo decian las instrucciones que Ruy Gómez trajo de Flándes, y este fué, ade- más de los expresados , uno de los principales objetos de su viaje. Pero, no sólo se negó Carlos V á salir de Yuste, sino que también mostró repugnancia á retardar, ni aun por breve plazo, la abdica- ción del Imperio en su hermano Fernando, á pesar de las instancias del Rey Felipe , que temia fuese semejante paso en aquellos mo- mentos peligroso para su autoridad y poder en Italia y Flándes. Gondescendia al fin el Emperador en cuanto á la abdicación, y además en prestar desde Yuste, á su hija la Princesa Gobernadora el precioso auxilio de su experiencia y consejos. En verdad no habia aguardado hasta entonces ; desde que supo cuan grave era en aquellos dias el peso del Gobierno , y cuan alarmantes peligros amenazaban á la Corona, que no queria llevar por más tiempo so- bre sus sienes, habia comenzado á dar su dictamen sobre la direc- ción de las más arduas materias, y las cartas (1) que escribió á la Princesa Doña Juana , demuestran que aún conservaba en su re- tiro, y en los posteriores años de su vida , las singulares dotes que le han ganado altísimo puesto en la historia. Enterado por Ruy Gómez de la comisión que este trajo , de las órdenes del Rey, y de la situación de los negocios en Italia , Flándes é Inglaterra; y por último , de los medios á que se habia de recurrir para enviar de España dinero, soldados y naves, renunció desde entonces, si no al retiro , por lo menos al completo descanso que apetecía , y con-- eurrió desde Yuste con el vigor de su ánimo á la resolución de loe negocios.

De vuelta Ruy Gómez en la Corte, después de conferenciar con Carlos V, comenzó á tratar de lo más apremiante, que era allegar recursos. Proyectábase , además de las levas de soldados , enviar á Flándes 37 naves que , divididas en dos escuadras , al mando de D. Alvaro de Bazan la una y de D. Luis de Carvajal la otra, ha- bian de ir á reunirse con las que se aprestaban en Flándes. Reque- rían gastos crecidos estas expediciones , y además era indispensa- ble enviar gruesas sumas para la paga de los ejércitos.

De España hablan de ir ahora los recursos por hallarse agotados

(1) Véanse las cartas del Emperador á su hija Doña Juana, 21 Enero y 3 Febrero de 1657. (Docum. de Simancas.)

TOMO I. 24


350 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

los de otros reinos, y en España ya dijimos cuánta era la estrechez del Tesoro. También era extrema la pobreza de los pueblos. De pagar ciertos tributos ó pechar, estimaban los señores y nobles que resultaba tanto menoscabo para su altivez y sus privilegios como para su bolsa. Breves enviados de Roma , y más peligrosos que los ejércitos de Paulo IV, eximian al clero de pagar el subsi- dio. En cuanto á nuevos tributos, sobre ser difícil que el empobre- cido pueblo los pagase , se habrían requerido largo tiempo y tra- bajo para que los votasen las Cortes. Era, pues, imperioso precepto de la necesidad acudir á heroicos remedios.

Dos fueron los que empleó el Gobierno , ambos duros y penosos, pero no desconformes del todo con el espiritu de los tiempos, y re- comendados por la suprema gravedad de las circunstancias. Como la parte que correspondía al Rey en los caudales llegados de Amé- rica hubiera sido escasa , se resolvió echar mano también de los que venian para particulares y mercaderes. Lo que se negaban los señores , prelados é iglesias á pagar como tributo , quedó resuelto se les reclamara en forma de donativo, en la apariencia voluntario, pero en realidad obligatorio y forzoso.

XI.

Acerca de la retención del oro, plata y mercaderías preciosas en la casa de la contratación de Sevilla , por ser suceso conocido , ex- cusaremos prolijas narraciones , y nos ceñiremos á las circunstan- cias más notables. En I.° de Marzo de 1557 se habia enviado cé- dula á los oficiales de aquella casa , mandándoles que sin dilación entregasen á los factores reales todo el oro y plata y barras y te- juelo y moneda que estuvieran en aquellas cajas , de lo que habia venido de Indias en el año anterior de 56 , fuere del Rey ó de par- ticulares , prohibiéndoles hicieran rebaja ó descuento alguno para pago de empréstitos ya hechos , ni aun retención para satisfacer libranzas anteriores, aunque estuviesen firmadas de mano del Rey ó de la Princesa Gobernadora. Se hubo de creer que esta medida proporcionarla al Tesoro sumas crecidísimas , y en efecto , resulta de documentos oficiales que durante dicho año hablan venido 261 cuentos de maravedís para el Rey, y más de 1.288 cuentos para particulares y mercaderes. Pero llegado el caso de tomar pose- sión , se halló que faltaba mucho de lo calculado en lo relativo á


EN TIEMPO DE FELIPE II. 351

caudales de mercaderes, bien fuera porque legítimamente hubiese ya con anterioridad salido g-ran parte, ó bien porque con malicia, por temor de arruinar á los interesados , ó por complicidad , interés y cobecho , á la última hora y á pesar de la cédula , la dejasen salir los oficiales de la contratación. No debia además de ser poco lo que la imaginación y el deseo hubieran abultado el valor de aquellos te- soros, que nunca hubiesen pasado de algo más de cuatro millones de ducados, suma grande en verdad para aquel tiempo, pero inferior á lo que habia ideado la fantasía , y aun era preciso deducir de ella las partidas de que en el curso del ano, por necesidad de su comer- cio , hubiesen dispuesto los dueños antes de llegar la cédula. Sin embargo, en carta de 31 de Marzo (1557) , escribía Carlos V á la

Princesa Doña Juana «Ahora que de siete ú ocho millones que

»eran llegados, ya se habia venido á parar en cinco, hanlo hecho »tan bien que de estos cinco millones no quedan sino quinientos »mil ducados.» Como era natural grande fué el enojo de la Corte, y mayor todavía la cólera del Emperador, que conocía con la clara luz de su experiencia cuáles eran los riesgos que corrían su hijo y la Monarquía , y que habiendo creído hallar en Sevilla el remedio de tantos apuros , por desobediencia de oficiales á quienes juzgaba corrompidos; veía desaparecer aquellos crecidos caudales de que en su concepto podía el Rey lícitamente apoderarse , salvo pagarlos con juros de dudoso y tardío rendimiento. Daba por cierto el cohe- cho ; mostraba pena de que sus achaques le impidieran ir en iper- sonsi éi SBT pesg^uisador de aquella bellaquería y á castigarla: no quiso recibir en Yuste al prior y cónsules de mercaderes en Se- villa, y estimando sin duda que eran grandes criminales dig- nos de severo escarmiento, escribió que estuvo casi resuel- to á admitirlos por saber como habían sacado su dinero: «yo »os prometo, hija, añadía en su carta, que si yo los dejara venir, »que yo lo supiera aunque los hiciese pedazos.» Recomendaba además fuesen presos los oficiales de la contratación , y «que luego »con grillos y cadenas, en bestias y á medio día para afrentarlos, »los llevasen á Simancas , y metiera no en cámara ni torre , sino en »una mazmorra.» — No se desahogó tanta ira en vanas amenazas: para satisfacer al Emperador fué enviado á Sevilla el Alcalde de Corte Jarava tras del Alcalde Salazar, y otro comisionado del Con- sejo de Hacienda que antes habían ido con encargo de informar sobre lo ocurrido en la casa de contratación ; y luego pareciendo


352 l^A. PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

poco, tomó igual camino el Alcalde Morilla con órdenes más ri- gorosas que envió Felipe 11. De los documentos ya publicados no resulta cuál fué el desenlace de las causas , pero consta que á uno de los oficiales llamado Juan Tello le llevaron á Simancas , donde á los pocos dias enfermó tan gravemente que le costó la vida. También se trató en que restituyesen los mercaderes los caudales que hablan sa- cado de la contratación y en que fuesen castigados, asi como los pilo- tos y maestres á quienes se achacaba parte de culpa. Pero de estos últimos se temió que con sus naves se pasaran á Francia ; á los otros se les dio por harto penados con la pérdida del dinero que les toma- ron ; y respecto al que hablan llegado á sacar , difícil era para reco- brarle seguir sus huellas por el intrincado laberinto de la circulación comercial. Alegó el Consejo de Indias que no era sino al de Ha- cienda al que tocaba responder de la imprevisión : el de Hacienda se disculpó como pudo , y tras de varias contestaciones vinieron á estar todos conformes en que seria lo mejor adoptar para lo suce- sivo tales precauciones, que al llegar nuevas flotas no recibieran un sólo ducado los dueños de los caudales. Pocos meses después llegó otra armada de las Indias á cargo de D. Martin de Avendaño, que conduela cerca de 1.000.000 de ducados para mercaderes, además de 400.000 que venian para el Rey. Enterado de su llegada á las Azores el Emperador, á quien en Yuste quitaba el sueño lo que podia ocurrir en Italia y Flándes , instó á su hija la Gobernadora para que con anticipación enviase persona de calidad y confianza á Sevilla , con orden de poner cuanto venia en las naves á buen re- caudo. Por su parte, la Princesa habla adoptado las medidas opor- tunas ; el Consejo de Indias dio á D. Alvaro de Bazan orden de ir con su escuadra al encuentro hasta las Azores, y luego que se supo la Ueo-ada á Sanlúcar ( en 6 de Setiembre de 1557) se dispuso fue- ran trasladados los caudales á Santander, y de allí á Flándes, donde sirvieron, sin duda, para remediar grandes necesidades.

Con repetición se habla acudido á igual arbitrio en anteriores ocasiones , y tal vez en ninguna otra se pudiera alegar con mejor razón el apurado trance á que se vio reducida la Monarquía. De semejantes confiscaciones no era sin embargo fácil resultasen la segura confianza que suele requerir el comercio, ni el estimulo ne- cesario para beneficiar las minas de América , en cuyo abono tro- pezaban además los especuladores con otros graves inconvenientes. Mas no eran rígidas por aquel tiempo las máximas de crédito mer-


EN TIEMPO DE FELIPE II. 353

cantil , y por otra parte, para evitar las tardanzas y contingencias de un préstamo forzoso , no fuera fácil hallar proporción más aco- modada. Ciertamente no pertenecían al Gobierno aquellos tesoros que entonces parecían poco menos que fabulosos ; pero acumulados en las naves durante la travesía , y después en la casa de contra- tación de Sevilla, venian á ser objeto de tentación irresistible y presa fácil para ocurrir á grandes apuros. Sin hacer de ello asunto de censura ni escándalo, enumeraban este recurso los Embajadores venecianos entre los extraordinarios á que podia acudir el Gobierno de España. Quejábase Carlos V de que en una y otra ocasión se le hubiera ido este auxilio de entre las manos, con tanta llaneza como si hablase de alguna de las más antiguas y legitimas rentas de la Corona. Ya hemos dicho que hablan incurrido en su enojo, no sólo los oficiales de la contratación , sino hasta los mismos dueños de los caudales que hablan logrado rescatarlos. En vista de su con- ducta y lenguaje se pudiera pensar que acaso no se conceptuaba obligado el mismo Gobierno á restituir á los particulares el dinero que venia para ellos de América , sino sólo cuando buenamente lo consintiera el desahogo del Erario. En este error hubo sin duda de incurrir un eminente historiador de merecido renombre y excelente juicio, y que es sin duda de los que han escrito con más acierto y mejores noticias acerca de las cosas de España, al suponer que era facultad incontro vertida del Gobierno disponer de cuanto en la fa- mosa casa de contratación se encerraba , con obligación solamente de satisfacer un interés á los dueños , y reembolsarlos en su dia (1). Así sucedía de hecho ; pero en cuanto al derecho y la justicia era muy diferente por aquel mismo tiempo la opinión de las Cortes.

Como á las de Castilla quedaba aún la libertad necesaria para clamaren defensa de la justicia, aunque no el poder suficiente para amparar y defender los intereses públicos , elevaron diferen- tes veces su voz contra tan perjudiciales secuestros. Ya lo hablan hecho poco antes, en 1555, ponderando los daños que se seguían á los mercaderes despojados, porque tenían que cesar en sustra-

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(1) Así lo da á entender M. Mignet en el excelente libro que publicó con el título de Citarles Quint, son abdicación, son sejour et sa mortau monastére de Yuste, pág. 261. Luego añade : "era pues la casa de contratación un gran de- pósito de plata, y como á manera de Banco siempre abierto al Gobierno espa- ñol á quien proporcionaba la facilidad de tomar á préstamo sumas considera- bles, sin que le fuera necesario el consentimiento del prestamista."


354 LA PRIMERA CRÍSIS DE HACIENDA

tos ; á los creedores de estos , porque no podían cobrar ; á la con- tratación general, porque se iria perdiendo, y 4 la Corona, porque le faltarían las rentas. Y no solamente hablaban de la convenien- cia, sino del derecho. «Suplicamos á V. M., decian, que no se »tomen los dichos dineros , porque allende que en ello V. M. ad- »ministr ara justicia á estos reinos, hará gran bien y merced (1).» Merece ser citada la respuesta del Rey : «A esto vos respondemos »que si hasta agora se ha hecho , ha sido por las grandes necesi- »dades que sabéis nos han sucedido, y de aquí adelante tememos »cuidado de que se haga lo contenido en vuestra petición.» Del cuidado que se tuvo da buen testimonio lo acontecido dos anos des- pués , y que faltará poco para castigar á los mercaderes por el de- lito de haber dispuesto de sus caudales, según hemos referido. Las Cortes siguientes de 1558 esforzaron más el clamor, y ya no ha- blaron de males futuros, sino dieron por cierto «que estaban per- »didos los mercaderes de estos reinos, y habia cesado la contrata- »cion en ellos (2).» La respuesta fué no haber podido excusar el Rey lo hecho por sus urgentes necesidades; que tendría cuidado de excusarlo en adelante, y que habia mandado á los de su Con- sejo de Hacienda diesen satisfacción á los mercaderes á quienes se hablan tomado los caudales, con toda brevedad, de manera que no recibieran daño.

xn.

Pasamos á hablar del otro medio á que se recurrió para salir de apuros, y fué el de exigir donativo á los señores, prelados é igle- sias. Nos refiere Badoero que con este objeto le entregó á Ruy Gó- mez de Silva el Rey sesenta cartas firmadas para los más ricos per- sonajes , y además alguna en blanco , de las que debia hacer uso luego que llegase á España. Sin duda consistía la principal dificul- tad en que los Obispos y el clero se prestaran á facilitar en aque- llas circunstancias recursos que hablan de ser empleados en la guerra contra Paulo IV. Para obtenerlos, con quien se habia de seguir la primera negociación era con el Cardenal Primado, de cuya voluntad adversa y obstinada tienen ya noticia los lecto-

(1) Cortes de Valladolid, petición CX. Véase el cuaderno de las Cortes de 1552, 55 y 58, impreso en Valladolid en 1558.

(2) Cortes de VaUadolid de 1558, petición XXXIII.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 355

res. Pidióle, pues, el Conde de Melito que ayudase con parte de lo que habia ofrecido gastar para cierta empresa de Bugia, que por entonces era imposible, y procurase que las iglesias por una vez diesen ó prestasen el subsidio. «Ejecutó Silíceo tibiamente,» según expresión de Cabrera; y luego murió á 12 de Mayo, dejando poca hacienda, que quisieron secuestrar los Consejos, porque estaba atra- sado en el pago de los 40.000 ducados anuales que habia ofrecido al Emperador. También opinaron, con parecer de teólogos y juris- tas , que en la sucesión del Arzobispo se pusiera embargo de la parte que tocaba al Pontifice, como hacienda de enemigo, que se habia de aplicar al Rey para su propia defensa. No pararon en esto, sino que enviaron al ya célebre Virbiesca de Muñatones, acérrimo realista, por Gobernador del arzobispado, á poner el em- bargo y cobrar los frutos (1). Nos cuenta Cabrera, á quien casi literalmente copiamos, que el Cabildo contradecía estos proyectos, y proveía los oficios. Para que le favoreciese , intentó dar el ade- lantamiento de Cazorla á Ruy Gómez, pero éste no quiso aceptar. También fué materia de consulta se cargasen 90.000 ducados al año sobre el arzobispado, que valia 250.000, y tenia 40.000 vasa- llos. Con los 90.000 se habia de atender á la defensa de la Goleta, lográndose al propio tiempo, habla siempre Cabrera, «que no fiie- »ran tan poderosos los Arzobispos, pues por otro tanto se incorpo- »raron en la Corona los maestrazgos.»

De todas suertes, al faltar el Cardenal Silíceo hubieron de cesar en Toledo gran parte de los tropiezos para la negociación del Con- de de Melito. Pero no sucedió asi en otras iglesias, y tan graves dificultades se preveían , que en 18 de Mayo volvió el enviado de Felipe II á tomar el camino de Yuste para pedir al Emperador la ayuda de su autoridad y nombre. Nada menos se necesitaba para persuadir á varios prelados , principalmente al Arzobispo de Sevi- lla, con quien mediaron curiosas y empeñadas contestaciones que convendrá referir, porque esta narración, además de los datos que contiene para la biografía de un famoso personaje, nos dará luces acerca de ciertas doctrinas y usos del tiempo de Carlos V y Feli- pe II. Sobre todo nos servirá para poner en claro á qué especie de donativos se daba en aquel tiempo nombre de voluntarios, y por el ejemplo que escogemos se podrá venir en conocimiento de otros muchos casos semejantes.

(1) Cab, Hist. de Felipe II, pág. 143.


356 LA PRIMERA CRÍSIS DE HACIENDA

Era el prelado metropolitano á que nos referimos D, Fernando de Valdés, que antes habia sido Obispo de Helna, de Orense , de Oviedo, de León y de Sigüenza, y además Presidente del Consejo de Castilla; sobre todo es célebre en la historia como Inquisidor general, como incansable perseguidor de herejes, y corno rival y enemigo desapiadado del infeliz Arzobispo Carranza (1), que tantos años pasó en los calabozos del Santo Oficio. Trescientos han tras- currido después, y todavía no corre fácil la pluma al escribir estos nombres. Pero no vamos por fortuna á relatar lúgubres historias; antes bien tiene algo del género opuesto lo que hemos de referir, y no pondremos una sola palabra en boca de los personajes que no esté copiada literalmente de las cartas de Carlos V, de la Princesa Gobernadora, y de sus Ministros.

De ellas resulta que habiendo pedido la Princesa en presencia del Conde de Melito y á nombre del Rey 150.000 ducados para las necesidades públicas al Arzobispo de Sevilla, respondió este últi- mo que «vería lo que podia hacer, y servirla lo que tuviese. » Dos meses anduvieron tra's del prelado sin poderle sacar más de estas palabras, y sin que se resolviera en lo que habia de dar, y cuando aguardaban respuesta se salió de la Corte pensando que el negocio quedarla olvidado. Entonces conoció la Princesa que habia menes- ter de mayor auxilio, y fué este el motivo del segundo viaje que hizo Ruy Gómez á Yuste (á 18 de Mayo), donde sólo se detuvo al- gunas horas, de que empleó gran parte en conferenciar con el Em- perador, y provisto de cartas que escribió este último á D. Fer- nando de Valdés y al Obispo de Córdoba, volvió á tomar el camino de Valladolid. De la última no fué preciso hacer uso , porque des- pués de haberse mostrado muy remiso condescendió el prelado cor- dobés en hacer el donativo. Pero en cuanto al Inquisidor general que proseguía desentendiéndose, se siguió el dictamen del Empe-

(1) Para reemplazar al Cardenal Silíceo, de cuya muerte hemos hablado, dio Felipe II el arzobispado de Toledo al P. Carranza. Son de notar las breves pero terribles palabras del sentencioso Cabrera. "A los primeros de Noviem- bre entró en España la nueva de su elección (la de Carranza) : " causó en los prelados admiración su primera prelacia, contento generalmente en los reli- giosos, diciendo sería tan buen Arzobispo como fraUe, envidia y despecho en D. Fernando de Valdés, Arzobispo de Sevilla, pomo liaber ascendido como su edad y servicios merecian. Véase también la biografía de Acebedo en el Teatro eclesiástico de España^ por el Maestro Gil González Dávila, Tom. I, pág. 184 y siguiente.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 357

rador, de que « no convendría que el Arzobispo saliese con su in- tento, ni se disimulase con él. » Le fué , pues , remitida una carta escrita por Carlos V, donde entre otras cosas le recordaba que era hechura j antiguo criado suyo , y le rogaba con blandura que en aquella coyuntura socorriese á su hijo con la cantidad pedida ó la mayor que le fuese posible. Después de estos halagos venia el re- mate de la carta , donde con la mayor severidad se amenazaba al Arzobispo para el caso de que se negare : «De otra manera , » le decia Carlos V, «ni el Rey dejarla de mandallo proveer con de- mostración, ni yo de aconsejárselo.» .

Respondió el Arzobispo excusándose con que antes y después de que le hiciera el Emperador merced de la Iglesia de Sevilla, siem- pre anduvo alcanzado ; primero con los gastos á que le obligaba su oficio , y después con las limosnas que hacia , colegios y obras pias que habia fundado , y templos que habia mandado edificar, donde orasen por S. M., y además con las tardías y malas pagas en su arzobispado por razón de ser necesitados los tiempos. De todo ello resultaba que nunca se habia visto el Arzobispo con, según decia, 40.000 ducados juntos. Suplicaba, pues, que para comprobarla verdad se nombrasen rigorosos contadores , y anadia que á pesar de tanta escasez habia enviado á Sevilla á preguntar á quien tenía cargo de su hacienda cuánto podría ofrecer, « que nunca sería la cantidad que él quisiera, y siempre mucho menos de lo que se puso en plática. »

Pero lo más curioso es la relación (1) de la conferencia que me- dió entre el Arzobispo y el Contador Hernando de Ochoa , que ha- bía ido á llevarle de orden de la Princesa carta suya , y la men- cionada del Emperador, al lugar de San Martin de la Fuente, donde residía, próximo á Valladolíd. Como el comisionado se callase, según orden que llevaba, « ¡qué buenas cartas me traéis!» le dijo el Arzobispo, y continuó dándole razón de su pobreza, y queján- dose de que no le creyesen. Ya Hernando de Ochoa, rompiendo el silencio , refirió lo que habia pasado ; añadió que habia culpa del prelado en no haber respondido á la Princesa , y le aconsejó diese los 150.000 ducados, pues ya que no los tuviese todos, los podia

(1) De esta conversación dio cuenta el mismo Hernando de Ochoa al Em- perador en carta de 28 de Mayo de 1557, que copiada del original de Simancas publicó en su Colección M. Gachard. En la mismíl Coleccim (jorren impresas las cartas del Emperador y del Arzobispo. •' '^x'^niiíjq (p '^p ()ip.i<i(.s'»/


358 LA PRIMERA CRÍSIS DE HACIENDA

negociar con hartas comodidades. Del resto de la conferencia da cuenta en su carta á Carlos V el implacable emisario en los si- guientes términos :

„r«Díjome (el Arzobispo á Ocboa) delante de un Sacramento, que los dia- blos le llevasen si nunca tuvo 100.000, ni 80.000, ni 60.000, ni 30.000 ducados juntos , porque siempre habia gastado mucho j hecho limosnas, y comprado en 150.000 ducados para dotaciones y otras cosas, y que esto era ansí. Yo le respondí á esto: «Señor, no basta que vos digáis esto para

  • que os crean , porque saben que há diez años j más que sois Arzobispo

»de Sevilla , j que , después que le tenéis , el año que menos ha valido «vuestro arzobispado han sido 70.000 ducados arriba.» Y él me respondió que era verdad que el arzobispado le habia valido 60.000 ducados cada año. Y á esto le dije: Pues si ansí es, en diez años son 600.000 duca- »dos , pues no tenéis tanta costa , que no es notorio lo que gastáis ; que á «gastar lO.OOO ducados en vuestra despensa y casa cada un año es harto, «y otros 10.000 que deis de limosnas, son 20.000, que en diez años son '>200.000 ducados, y 150.000 ducados que decís habéis comprado, son )>350.000 ducados; pues yo quiero echaros, como os echo, 20.000 duca- ))dos para gasto y limosna cada un año; otros lO.OOO ducados más, que »son 30.000, que es imposible que los gastéis, porque nunca disteis de «comer en vuesti-a casa á nadie, ni habéis hecho plato como otros prela- »dos y caballeros; y esto es notorio , y lo sabe toda la corte. Pues siendo «todo esto ansí, son, con las compras y gastos, echándoos los 10.000 du- «cados sobrados cada un año, con más los 150.000 ducados de las com- »pras, 450.000 ducados: pues ¿qué son de los 150.000 ducados restantes «para cumplir los 600.000 ducados?»

A esto se me embarazó, y todavía me volvió á hacer grandes juramen- tos en que no tenia dineros , y que no era bien apretar á los prelados de aquella manera , ni era buen título el dinero que de esto se sacase para la guerra, y cómo podrá Dios ayudar al Rey, y qué dirían en la cristiandad

sobre esto.

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Parece excusado añadir el resto de la conferencia en que por una y otra parte se insistió en las mismas razones. Todavía volvió el Emperador á escribir á D, Fernando de Valdés encareciéndole las obligaciones que á este último le resultaban de ser antiguo criado suyo y de las circunstancias en que se hallaba el reino. Habia in- formado á Carlos V Ruy Gómez de que en el mismo momento en que al conversar con Hernando de Ochoa tanto se lamentaba el Arzobispo de su pobreza , habian entrado en Valladolid seis acé-


EN TIEMPO DE FELIPE II. 359

milas cargadas de dinero que de Sevilla enviaban al Prelado. A estas aludia el Emperador en su carta « instándole de nuevo al do- nativo.»

«Lo podiades mu j bien hacer, le escribía el Emperador, sin usar del espediente que el Contador Hernando de Ochoa os dejó, cuanto más usando del j de los otros que vos ballaríades , queriendo y prevaliéndoos de las seis cargas de moneda que me escriben os han llegado á Valla- dolid» (1).

Y después de rogar la brevedad terminaba la carta imperial amenazando con mayor demostración. Contestó el prelado pidiendo de nuevo se enviara á ver sus libros al contador más rigoroso que hubiese en la Corte , afirmando que las seis cargas de dineros no contenían más de 160.000 rs. , suma inferior á sus gastos y limos- nas , y dando por cierto que en tan grandes necesidades habia de ser pequeño el portillo que se pudiera tapar con su hacienda. Con la mira de que estrechase á su hermano el Arzobispo se habia dado también encargo al licenciado Salas , Oidor de la Chancilleria de Valladolid, de que fuese á llevarle una de las cartas del Emperador. Por último , al cabo de muchas súplicas y amenazas, se logró que prestara no la cantidad que le pidieron, pero al menos 50.000 ducados; 100.000 dio el Obispo de Córdoba, y sólo 20.000 el metropolitano de Zaragoza , á quien se habia solicitado cantidad cinco veces mayor. Es de suponer que en proporción acudiesen al Rey los demás diocesanos , con donativos más ó menos voluntarios, y se sabe que lo hicieron también algunos de los otros personajes, para quienes el Rey D. Felipe habia escrito las sesenta cartas con que vino á España Ruy Gómez; quien terminada su comisión, á 30 de Julio de 1557, pocos dias antes de la jornada de San Quintín, se disponía ya á salir de Valladolid de vuelta para Flándes.


xin.

Para nuestro objeto , que era dar breve noticia de los usos econó- micos de aquel tiempo, y de los arbitrios á que se recurría en los casos más arduos , basta en esta ocasión con lo que dejamos apuntado. Sólo habremos de añadir que para el buen término de

(1) Carta del Emperador al Arzobispo d^ Sevilla, d^ Yuste 4 2 4e Junio

(te 1557. -ji,, j .. n««ii\»c 1^ xKtiíiyjt-j'níiu w.iw.y^ <.>\tii% jíj) if. nj i¡ '¦


360 LA PRIMERA CRISIS DE HACIENDA

las guerras , que aún se prolongaron por algún tiempo después de la memorable y gloriosa victoria ya mencionada , fueron de gran ayuda aquellos socorros. Cabrera nos dice que Ruy Gómez trataba de enviar un millón y medio á Italia, y lo demás á Flándes. De correspondencias y documentos publicados en estos últimos tiempos resulta que además de medio millón de ducados que la Princesa Gobernadora babia enviado al Rey su hermano á principios del año 1557, le fueron además remitidas sumas considerables después de la llegada del Conde de Melito (1).

En Junio salió con socorros de gente y dinero D. Antonio de Velasco. En Julio sabemos que le fueron proporcionados 550.000 ducados al Duque de Alba de los 800.000 que desde Italia pedia. El mismo Ruy Gómez hubo de llevar consigo sumas de importan- cia. En Febrero de 1558 se disponía ya para tomar el rumbo de Flándes la escuadra de Pedro Menendez, que debia conducir 800.000 ducados destinados para la paga de los alemanes aventureros, y como ocurriesen tropiezos y dilaciones, le fueron enviados al Rey de ellos 200.000 en pólizas, que con algún trabajo dieron los mer- caderes , porque según dicen los documentos , « andaban muy reca- tados y escandalizados por lo que con ellos se habia hecho.» Otra igual cantidad llevó el mismo Pedro Menendez en cuatro zabras, á cuya velocidad se estimó oportuno fiar la urgencia del socorro. A los 600.000 ducados restantes se hubo de añadir otras sumas que de Sevilla fueron conducidas á Laredo , y de allí en la armada á Flán- des. Estas cantidades de que hay noticia y otras más que es proba- ble se enviaran , parecen hoy reducidas y mezquinas ; pero toman mayor bulto si se las compara con la escasez de los tiempos. De to- dos modos fué de sentir la tardanza. «De Flándes tengo cartas , es- »cribia el célebre D. Luis Avila y Zúñiga, de cuan á tiempo Ho- lgaron los dineros de acá , y entre ellos me escribe D. Antonio de »Toledo cuan pocas horas antes que llegasen estaban con grandisi- ))ma congoja ; por verse con mucha gente á cuestas , y poco reme- »dio para aquella pesadumbre.» En otra carta posterior escribía el mismo Comendador Mayor de Castilla, hablando de los socorros enviados en 1558. «Pluguiese á Dios que el Rey se hallara con ellos »el año pasado, que Calés estuviera libre, y París hecho carbón.» Pero de todas suertes hubieron de parecer cortos en Flándes según

(1) No habia costado poco aprestar la armada con que salió de Laredo Carbajal en 31 de Mayo después de varias dilaciones y contratiempos.


EN TIEMPO DE FELIPE II. 361

lo grandes que eran las necesidades después de tantas guerras, como consta de la instrucción que dio Felipe II en 5 de Junio de 1558 al ya citado Arzobispo de Toledo , Fray Bartolomé de Carranza: «Pensando que tuviera recaudo para juntar el ejército, y salir en »campaña y sostenerle , me ha venido á faltar , y á tal punto que »quedo con harta pena y cuidado , por que no sé como lo podré »hacer,» Si se para la consideración en las empresas que por aquel tiempo llevaron á cabo los Españoles , no se puede menos de pensar cuánto mayor habria sido el fruto de sus victorias si al esforzado ánimo de Capitanes y soldados correspondiera la extensión y opor- tunidad de los recursos !

Claro es que no hemos tratado de presentar á la imitación de hacendistas presentes ó futuros el ejemplo de los singulares arbi- trios á que hubo necesidad de acudir en aquel trance. No de otra suerte fué posible allegar los recursos que tan apurada coyuntura reclamaba , y en su favor sólo puede alegarse que sirvieron para dar sus pagas á los gloriosos vencedores de San Quintin. Hemos visto cuan flojos estaban por aquellos dias en España los vínculos de la gobernación ; pero á pesar de cierto desorden social , aún se nota en la misma diversidad de pasiones , miras , intereses y pare- ceres que el corazón late y la sangre circula. «Si algún remedio »puedo tener para lo de adelante, decia Felipe II en su citada ins- »truccion al Arzobispo Carranza , es asentar y dar orden en lo de »la Hacienda con brevedad , por tales medios que no los pueden ni »deben tractar sino yo mismo y en mi presencia. » Aludiendo á estas mismas circunstancias un historiador, á quien repetidas veces hemos mencionado, escribía con su acostumbrada concisión. «El estado »invocaba su dueño.» A la vuelta de este dueño todo cambiará de aspecto. Recobrará la autoridad el perdido respeto; refrenada la resistencia, aunados ó comprimidos los elementos discordes, será presurosa é ilimitada la obediencia. Crecerán los recursos del ex- hausto erario, pero con paso más rápido irán aumentando las atenciones , y sucediéndose unas á otras las empresas. Aún quedan dias de gloria á la Monarquía , que en cuanto á variedad y ex- tensión de dominios va á alcanzar su mayor auge. Pero desde aquellas cumbres fácil es divisar sombríos horizontes y no lejanos abismos.

A. Llórente.


MODERNA POESÍA DEL MEDIODIA de FRANCIA.[editar]

Los dialectos que fueron un dia lenguas, los idiomas locales que, trascurridos sus dias de gloria , cayeron en el desprecio ó en el olvido, son al presente objeto de un doble estudio, científico y poético. El primero recoge, compara, deduce: como ejemplares zoológicos guardados en los estantes de un museo , coloca fríamente en comparticiones lógicas y gramaticales cuantos elementos lin- güísticos llegan á sus manos, y como tan sólo apetece saber y examinar , nada siente , nada deplora , ni siquiera la desaparición del objeto de sus investigaciones , con tal que baya logrado sacar una copia exacta y minuciosa.

Muy opuesto es el espíritu que anima el estudio poético de los mismos idiomas. Su principio es el sentimiento ; su móvil el amor á los recuerdos históricos, el apego á anejas costumbres, que aquí bastardeadas , allí modificadas ó destruidas , parecen destinadas á morir en tiempos no muy lejanos. Esta tenaz afición se convierte en protesta de unos pocos contra el afán de mudanza que doquiera se percibe y que no favorecen menos variadas causas del orden moral , entre las cuales no es por cierto menor el común afán de alistarse en las filas del buen tono, que las multiplicadas inven- ciones de la ciencia mecánica.

Aquellas costumbres , cuyo único amparo es la tradición , mal


MODERNA POESÍA DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 363

defendidas por los mismos que poco há las custodiaban , han su- frido embestidas más recias cuando hablan pasado á ser de todo punto inofensivas , ó á lo menos cuando á efecto de incesantes y benéficas influencias , se iban desprendiendo de los últimos restos de injusticia y violencia. Porque no se trata ya de corregir , de modificar ó de conciliar, sino que se aspira á un cambio completo; y el impulso dominante ofrece, además del aliciente de la novedad, seducciones inmediatas ó ilimitadas promesas. En pos de los ade- lantos reales que lleva consigo , asegura que ha de venir el ade- lanto por antonomasia , la perfección ideal , la felicidad absoluta; y no satisfecha con añadir una nueva y mejor edad histórica á los periodos precedentes , trata de romper con la historia , sustituyén- dola por un mundo nuevo y por un hombre nuevo también , que no será de seguro el hombre enfermo y limitado que conocemos. Sean cuales fuesen las ventajas positivas que han de consolar á nuestros sucesores de la pérdida de tan crecidas esperanzas, lo cierto es que en el cambio se van perdiendo prendas de mucho va- lor y de difícil reemplazo. El amor al propio estado, la sobriedad y sencillez de costumbres, los hábitos de familia y hospitalidad, los vínculos de benevolencia entre las clases , no son en verdad para despreciados , y debemos convenir en que no florecen desme- didamente en nuestros dias. Diríase también que á medida que se perfeccionan muchas formas sociales , menguan las dotes morales en la generalidad de los individuos. Subsiste, es verdad, una fuente de vida que remoza y reanima de continuo virtudes olvida- das ó marchitas , pero siempre es muy de lamentar que desaparezca lo bueno que existe , lo bueno que se ha convertido en tradición y en hábito.

Bajando á un terreno más humilde, y ateniéndonos al punto de vista estético, propio de nuestro asunto , es á todas luces evidente que en lo tocante á belleza y poesía se pierde mucho , que lo que se pierde es irreparable , y que los pocos arriba mencionados , es decir , los poetas de profesión ó de sentimiento , tienen razón de sobra para llorarlo. Desaparecen los grandiosos ó elegantes monu- mentos de los tiempos pasados (abandonados á veces y aun des- truidos por los mismos que debieran mirarlos como su mejor título); desaparecen las costumbres locales , cuanto conserva una fisonomía especial, todo lo nativo é ingenuo, todo fresco y variado matiz; cuanto llevaba un sello de duración y consistencia , y hasta se diría


364 MODERNA POESÍA

que la tierra natal , tal como acostumbrábamos á conocerla y á amarla , está á punto de huir de nuestra vista. Mas no ; no ha de desaparecer todo : alguna flor ha de quedar que se escape al filo de -los nuevos inventos , algún oscuro recodo olvidado por el nivelador espíritu matemático y por las caprichosas veleidades innovadoras: algún acento se oirá que no por ser más débil , quede para todos desapercibido. La isla encantada de los tiempos antiguos , aunque más y más envuelta en las tinieblas de lo pasado , nos mostrará to- davía alguno de sus contornos, y nos enviará , siquiera sea amor*- tiguado, el perfume de sus plantas.

Los trajes y los idiomas locales , signo exterior y visible de lo pasado, han debido recibir los mayores embates. Mas si en muchos puntos el taller de modas ha triunfado á poca costa de los prime- ros , la escuela primaria no ha logrado todavía acabar con los se- gundos. Sistemáticamente y por antiguos enemigos atacadas , las lenguas se hallan dotadas de increíble resistencia. Sin remontar- nos á las épocas primitivas que, pese ala incomparable unificación romana , nos han legado el vascuence guarecido en recinto inex- pugnable , y el céltico refugiado en olvidadas riberas ; más tarde vascuence y céltico se han defendido de las nuevas lenguas na- cionales que tampoco han sido poderosas á arrancar de cuajo los demás retoños de la lengua latina. El habla de los gallegos que, después de haber brillado como instrumento de la poesía de la Cor- te , fué la más humilde y motejada , no ha degenerado en tal ma- nera, que nó haya podido ser cultivada en los últimos tiempos. El habla que mereció mayor respeto como recuerdo de la Monarquía de los Pelayos y de los primeros Alfonsos , ha conservado siempre fieles amadores entre los naturales. La lengua catalana ha mante- nido su existencia literaria (y por largo tiempo la política) á pesar de las creces de su bellísima hermana, que ya en 1484 brilló en las divisas de nuestros nobles , y que algunas décadas más tarde sujetó un poeta barcelonés á nuevas formas métricas , habilitán- dola para figurar en la moderna poesía clásica. Por fin, los dialeo- tos más emparentados con la lengua catalana , las variedades trans^ pirenaicas de la lengua de oc , después de siete siglos de su derrota en los campos de batalla , después de postergados á la francesa por su Rey trovador, Renato de Anjou , viven todavía y se rejuvenecen para producir una nueva literatura. No es esto negar que las len- guas dominantes hayan ido ganando terreno, que la muerte de las


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provinciales haya sido presagiada , no tan sólo por ciegos adversa- rios, sino también por los que las han mirado con alguna benevo- lencia; pero si que su muerte sea tan segura ó tan próxima como muchos se figuran. Fuera de las anteriores consideraciones histó- ricas , se afianza nuestra opinión á las fuertes y hondas raices po- pulares que ligan al suelo aquellas lenguas : vinculo de mayor im- portancia que los renacimientos modernos , las cuales por otra parte demuestran el amor conservado por las clases cultas al habla de los mayores y la sirven de escudo contra el desden y la indiferen- cia. Y además, ¿quien lee en lo futuro? No se creerá que nos refe- rimos á proyectos imaginariamente atribuidos más bien que des- atentadamente formados: que los bretones y galeses, por ejemplo, hayan de secar el brazo del Océano que los separa , como en testi- monio de su antigua dispersión , ó que los catalanes y los habi- tantes de aquende el Loira allanen los Pirineos que ya en otro tiem- po se opusieron á que formasen un solo pueblo ; mas sin añojar lazos indisolubles, sin menoscabo de las lenguas nacionales, cada vez más conocidas y mejor cultivadas, no es imposible que , recobrando mayor vida los antiguos centros de poder y de cultura , la adquie- ran también asegurada y duradera las lenguas de que ellos se en- vanecen.

Astal sara, Moussu, d'aquelo ensourcillayro,

D'aquelo lengo muzicayro Nostro segundo may : de sabers francimans La coundannou á mort dezunpey les cens ans ; Tapia biou saquela ; tagla sous mots brounzinon • Ches ela, las sazons passon, sonon, tindinon El cent-milo-miles enquero y passaran

Sounnaran et tindinaran (1).

Más de trescientos años , en efecto , han trascurrido desde que no sólo en el habla común , sino también en lo escrito , la antigua lengua de los trovadores se mezcló convertida en diversos patois ó dialectos. Desde entonces llevó una vida circunscrita á su territorio.

(1) Así sucederá , señor, con esta encantadora, — con esta lengua musical — nuestra segunda madre : sabios franchutes — la condena á muerte desde hace ya trescientos años— y sin embargo vive— sin embargo sus palabras resuenan; en ella las estaciones pasan , suenan , vibran ; y cien mil millares pasarán to- davía , sonarán y vibrarán ( Jasmin).

TOMO I. 25


36^ * MODERNA POESÍA :

entre vulgar y literaria , produciendo las más veces obras , ya de interés puramente local , ya remedo de otras literaturas. No habla- mos de la verdadera poesía popular no escrita, que, allí como en otros países , se ha perpetuado latente y desconocida , sino de las obras dadas á la publicidad é indebidamente calificadas de popula- res , tales como amaneradas poesías bucólicas , parodias grotescas de narraciones épicas, prosaicas y triviales descripciones de costum- bres, con todo lo cual alternan páginas notables por lo elocuentes ó por lo armoniosas , acertadas traducciones de obras clásicas ; fe- lices inspiraciones cómicas y villancicos de Noche-Buena , que cor- responden á buenos y poéticos sentimientos, y se distinguen por cierta ingenuidad relativa. Esta vida , más ó menos brillante , era de todo punto natural : este periodo de decrepitud continuaba una existencia que habia sido más lozana. Pudiera compararse á la ori- ginalidad extravagante y bastardeada que aún se descubre en las concepciones culteranas y barrocas , especie de protesta contraía imitación clásica que sigue obrando en ellas , si bien por modo in- esperado.

Los primeros indicios de corrupción lingüística se notan ya en algún escrito del siglo XIV (como en los alejandrinos de Rascas que á él se atribuyen ) y no escasean en varias poesías del siguien- te , premiadas por el Consistorio de Tolosa. Con respecto á la inti- tulada La Bertat, forjada acaso para acreditar la existencia de Clemencia Isaura, y que se supone contemporánea de Duglesquin, no vacilamos en afirmar que es mucho más moderna , mientras al- gún antiguo fragmento tradicional, que también se cita, ha moder- nizado su lenguaje , pasando de boca en boca.

El más antiguo escrito declaradamente patois que hemos leído, son algunas líneas escritas en Limoges en 1508. El Poitu, cuna del primer trovador conocido , pero de lenguaje ya excepcional en tiempo de los trovadores , poseía hacia la mitad del siglo XVI una colección de poesías en el dialecto del país con el título de Oente Poitevinerie. Al terminar el mismo siglo , el poeta marsellés Be- laud de la Bellaudiere publicó sus Ohros et umos profetízalos.

A principios del XVII , Brueys imprimió en Aix su Jardín deys musos prouvensales ( donde insertó la colección de proverbios antes ya publicada con el título de la Bugado prowDensalo); y Goudouli, que es el poeta más famoso de esta época intermedia , comparable por ciertos títulos á nuestro celebrado Rector de Vallfogona , ilus-


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 367

tro el dialecto tolosano , del cual supo sacar mucho partido , ya en serias y alg-o declamatorias poesías , ya en remilgadas pastorales, ya en obras más vivas y ligeras. Imitáronle Michel de Nimes y Lesag-e de Montpeller. El Delfinado produjo varias poesías y una trag-i-comedia ; el Poitu una comedia y poesías edificantes en for- ma de églogas ; Alvernia tuvo á Pastourel ; Agen á Courtet de Prades etc.

El siglo pasado continuó la misma tradición , que le valió tres autores notables. Despounens, poeta de Bearne, cuyas poesías se distinguen á veces por un acento francamente popular, y se con- sideran ahora como cantos nacionales de aquella región ; Savoly, autor de letra y música de notables villancicos , reimpresos en distintas épocas , y que no han influido poco en las composiciones del mismo género de los nuevos poetas provenzales, y el autor, al parecer anónimo, del Miral Moundi (el espejo tolosano), obra di- dáctica de mucho empeño y labor, y por ventura la más estimada que antes de nuestra época poseían los dialectos galo-meridionales. El poeta, conforme nos advierte, se propuso regenerar su idioma, pidiendo ayuda á las lenguas sabias, al vecino gascón y al dialecto catalán, que seguía siendo más cultivado. Así dice comparando con el francés su moundi ó tolosano:

Le Moundi plus alerto, amb'el coumpai Gascón Paño por tout ount pot 90 que trobo de bon , Dins l'affrountat Latí, dins la beriado grequo, Al calel catalán fara brulla la mequo.

Esta obra , que al parecer debió alentar á los amadores de los antiguos dialectos , no fué bastante á producir una nueva época literaria , si bien á últimos del mismo siglo y principios del pre- sente se notan, además de los primeros trabajos de ciencia lingüís- tica , muchas poesías inspiradas por los acontecimientos políticos: una de ellas , obra real ó supuesta de discreta aldeana del Lemo- sin , llamó la atención de Bonaparte , que mandó imprimirla en una publicación oficial.

Hasta en una época más cercana no se ha efectuado en los dia- lectos galo-meridionales aquel último renacimiento, desde el cual, mal satisfecha con reflejar modestamente otras más famosas litera- turas , y con pasar plaza de distracción ó de capricho , de ensayo excepcional y vergonzante, ha pretendido formar una escuela,


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presentarse rejuvenecida y adornada de antiguas y nuevas gracias, y beber en las escondidas fuentes de la naturaleza (1). Difícil es se- ñalar el momento en que comienza la nueva era, y en el mismo poe- ta que la inauguró se echa de ver una transición , ó más bien la conjunción de los dos períodos. Jasmin, el famoso peluquero de Agen (2) , aunque mostró desde luego dotes poco comunes , se dio á conocer en 1825 con el CTidlwari (la cencerrada), poesía heróico- cómica, á la manera del facistol de Boileau que, si bien en sentido inverso, recordaba las antiguas travesties ó parodias de poemas serios. En. sus demás poesías, inclusos Mows souvenirs (mis re- cuerdos) , publicados en 1832, no blasonaba Jasmin de poeta con- templativo y melancólico , enamorado de antiguos recuerdos , y restaurador á todo trance de una antigua poesía , sino que aspira- ba t?in sólo á escribir obras de ideas francesas con lenguaje de su país, y no se desdeñaba de imitar al decantado poeta chansonnier político de su nación. Distinguían especialmente al poeta agenes un ingenio vivo y agudo , el talento de estilo y algunos rasgos de sentimiento natural. Sólo más tarde , cuando su nombradía hubo traspasado los límites del dialecto gascón , cuando sus dotes de poeta, á la vez que de público recitador, le valieron los elogios en parte justos, en parte hiperbólicos de la prensa parisiense, echó sus cuentas, y trató de rechazar el yugo de la imitación y depurar su habla de resabios franceses. Compuso entonces sus dos princi- pales obras , que tales son los dos poemas narrativos : L'abouglo (La ciega, 1835) y Frangouneto (Francisquita, 1840). En el pri- mero pinta á una ciega desdeñada por su antiguo novio, que mue- re de pesadumbre al presenciar las bodas de su ofensor , y en el segundo , una coqueta de aldea , festejada á la vez por un soldado y un labriego que , acusada de hugonota y de poseída , siente el

(1) Para esta indicación de las principales obras de antiguos poetas galo- meridionales, nos hemos servido de las antologías de Schakemburg (Idiomes populaires de FranceJ y de Mary-Lafont; puede consultarse, además, el catá- logo bibliográfico de Noulet. Los Sres. Roumanille y Mistral publican actual- mente las obras de sus predecesores neo-pro vénzales, como el Abate Fabre, Jacinto Morel etc. Una publicación análoga se propone también el Sr. Rouard, Bibliotecario de Aix.

(2) No es Jasmin el único poeta de aquellos países , que haya continuado ejerciendo su oficio ; bastante celebridad ha adqviirido el nombre de Reboul, panadero de Aix, cuyas poesías francesas se distinguen por la no desmentida elevación de sus inspiraciones.


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 369

peso de la desgracia ; se arrepiente de sus devaneos , y es salvada por el ya generoso soldado , antes instigador de la calumnia , y que ahora se goza viéndola feliz y enlazada con su rival pre- ferido.

Una narración familiar y expresiva ; una ausencia , á lo menos aparente , de toda pretensión ; algunos toques enérgicos dados en lugar oportuno , y con mano experta recomiendan estas narracio- nes poéticas. Véase para muestra un paso de la FranQouneto en que aconseja y alienta á la desgraciada heroína su anciana abuela, que la despierta de un terrible ensueño :

«Niña, responde; ¿qué tienes? ¿Con qué soñabas? — ¡Pobrecita! Era de noche , hombres de brutal aspecto — pegaban fuego á nues- tra morada. Tú gritabas, te afanabas — para salvarme, pero sin lograrlo , — y se mofaban de las dos. — Querida mia, ¡ cuánto he su- frido! ¡Oh! no nos dejes; — ven, ven, acércate, deseo abrazarte.» — Y la mujer , llena de canas , entre sus brazos enflaquecidos, — tiene largo tiempo, con gran ternura, — á la niña de rubio cabello, que le sonrie, — la besa y la acaricia; — en fin, después de mil y mil besos, — la vieja le dice con expresión amistosa: — Mira, mañana es Pascua, vé á oir misa; — ora más de lo que hacias; — toma pan bendito; persígnate , y está segura — que Dios te devolverá la di- cha de que gozabas,— daré muestras en tu figura, — que no te ha borrado del número de los suyos.» — Entonces, de la vieja el as- pecto afligido —irradió de tal modo de esperanza, — que, colgada á su cuello la niña, prometió obedecerla, — y el silencio volvió á reinar en la azul casita ( 1 ) .

Hacia la misma época en que Jasmin componía ó publicaba su Ahouglo, no ya en los países de dialecto gascón, sino en los que conservan el nombre más famoso que recibió en otros días la lengua de oc el joven poeta J. Roumanille, hijo de un jardinero de San Remigio , proyectaba la restauración de la lengua y de la poesía de su comarca. Hé aquí, según narra un crítico famoso, el hecho interesante á que se debe el origen de este reciente empleo del

(1) Menino, respounne; q'abios? que saounejabes? —a Paouroto! fazio ney, d'liommes al toun brutal Metron lou fét a nostre oustal. Tu sesclaves, te fatigábes Per me saouba , jamay poudros, Et nos bourlaben tontos dios, etc.


370 MODERNA POESÍA

moderno dialecto provenzal : «Compuso el hijo del jardinero algu- nos versos dedicados á su madre. Recitóselos una noche en las horas de descanso, pero no tardó en reconocer que la pobre anciana habia olvidado el poco francés que en la escuela aprendiera. Al notar el humilde y meditativo cantor que estos versos , inspirados por su madre , estaban escritos en una lengua extraña para ella, pensó con tristeza que se hallaba también privada de los goces de espíritu que á él tanto le deleitaban , y que terminado el trabajo de cada dia, le era negado oir nobles pensamientos expresados en una forma melodiosa (1).» Desde aquel dia se preparó Roumanille para hacer partícipes á los artesanos y labriegos provenzales de una poesía escrita en su propia lengua , que retratase sus costum- bres, se acomodase á sus alcances y le sirviese de provecho y de recreo. En 1847 coleccionó sus primeros y felices ensayos con el título de Li Margarideto (del nombre de las flores así llamadas). A poco , durante los trastornos de la revolución de Febrero, se ofre- ció al honrado librero de Aviñon , que tal es la profesión de Rou- manille, nueva ocasión de ejercer su enseñanza popular, y dio útiles lecciones en folletos políticos , escritos con viveza y vena cómica. Agrupáronse luego á su alrededor varios discípulos que tomaron parte en la colección Li Prouvensalo , publicada en 1852, y en que figuran los nombres de personas de diversa condición , sin excep- tuar las más caracterizadas. Habia entre ellas algunos poetas cultos que contribuyeron por su parte á que la nueva poesía no caye- se en el prosaísmo , achaque á que propenden las literaturas in- tencionalmente populares y exageradamente idiomísticas. Diéronse también á conocer dos poetas de tanto mérito como T. Aubanel y J. Mistral, en quienes se notó desde luego una tendencia más poética y más artísticas aspiraciones. Ganaron estos, al lado del autor de Li Margarideto , puestos de caudillos de la escuela, cuyos individuos todos se hallan enlazados por el entusiasmo que su obra común les inspira, por inalterable amistad y por un respeto no desmentido hacia el que dio los primeros pasos.

Moralizador y religioso (y más positivamente religioso, según las muestras , de lo que da á entender el antes mencionado crítico) es el espíritu de las composiciones de Roumanille. Pinta, por ejem-

(1) Artículo de Saint Rene Tuillandier en la Revista de Ambos Mundos^ del cual tomamos algunas otras noticias.,


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. dll

pío, al amigable Serajin de la Caridad, de tan linda sonrisa y de tan dulces miradas;

Serafín amistous Qu'as un tan pouli rire é de co d'ui tan dous^

encarece en términos algo exagerados el carino del ángel guar- dador de las cunas de los niños y hace dialogar á otros dos ángeles que lloran arrodillados al pié del pesebre del Niño Dios. En otras poesías , A Nostro Damo de la Gardi, A Nostro Damo d' Áfrico, La Santa Crous, Madaleno, así como en los Nowcés (villancicos) ha expresado también dulces y piadosos sentimientos, mientras en la Briscarlo (La Curruca) y en la Crous de l'enfan Jeuse se ha aprovechado de poéticas tradiciones, y en la Testo de Mort ha dado una lección severa. Ha compuesto también cuentos, apólogos: En Se nefasian un avoucá! (Si lo hiciésemos abogado!) , y en Lafau marida (Es preciso casarla) ha censurado el empeño, á menudo fa- tal, de hacer á los hijos de condición superior á la de sus padres (1). En la Part de Dieii muestra á un labriego descubridor de un te- soro, que se da á una vida ociosa y disipadora, y quedara al fin su- mido en la miseria si su mujer no hubiese guardado \m^ parte del hallazgo. En un cuento cómico retrata á cierto campanero faná- tico por su profesión , que se afana en recoger limosnas para au- mentar el número de sus ruidosos instrumentos. Como las que antes citamos, se distinguen por su gracia y delicadeza otras poesías, por ejemplo, la intitulada Jejé ^ en que se ve un niño mayorcito que mece á otro, la dedicada á su hermana Marión, y aquella en que llora la muerte del niño Paulon su hermano (2).

(1) En el lindo y recomendable libro francés Lób vie rurale, donde el poeta marsellés J. Autran trata también de pintar las costumbres rústicas de Pro- venza (no sin algún resabio de prosaísmo), se halla una composición de argu- mento análogo (Victoria Auber) ; sin duda reminiscencia de uno de los dos poetas.

(2) Para dar tina muestra del estilo de Koumanille, sin amontonar citas en un idioma desconocido ó en traducciones por necesidad imperfectas , copiare- mos únicamente la primera estancia de una cancioncita ajustada á una melo- día de Saboly (según la práctica de aquellos poetas y de los músicos con más ó menos exactitud llamados populares entre los franceses), y escrita con mo- tivo del casamiento de Aubanel:

Lagadigadeu ! Deu ! li Felibre

Soun en aio en aquest jour

D'aut ! que lou tamborín vibre Vague de f aire 1' amour !


372 * ¦ MODERNA POESÍA

Aubanel tiene un acento más doloroso: sus poesías son el emble- ma de un corazón que se ha apacentado sobradamente en las da- ñinas fruiciones de la melancolía. Su Mié grano entre duherto (gra- nada entreabierta) comprende tres partes: Lou livre de l'amour, Ventrelusido y Lou livre de la Mort. La seg-unda da entrada (á medias, según indica su título) á emociones suaves y tranquilas; la primera no es menos amarga que la última. Pintura apasionada en que la fantasía alterna , al parecer , con recuerdos personales, dejaría en el ánimo una impresión de desaliento, si el poeta no ex- presase en los últimos versos:

La joio de fama, moun Dieu.

En la segunda, destinada principalmente á los afectos amistosos, se halla la poesía Li segaire, donde pinta con cruda fidelidad la pobreza y los afanes de unos labriegos, ennoblecidos por la idea moral del trabajo. La última parte se compone de escenas á cual más tristes: el dia de difuntos, el hambre, la lámpara de un niño moribundo, la novia adornada con las joyas de la primera esposa de su marido, el niño que se alegra de estrenar una blusa de luto, hasta los vulgares presentimientos causados por el número 13 son otras tantas concepciones de un alma dolorida y como agitada por impotente compasión, realizadas por un ingenio de dotes nada co- munes. En el Nueve Thermidor, diálogo entre un interlocutor anó- nimo y el verdugo , que recuerda algunas modernas baladas ale- manas, presenta á este odioso personaje víctima á su vez del gran cuchillo con que á tantos habia sacrificado. Aun en el Nouvé se aparta Aubanel de las festivas tradiciones del género que sustituye

Béns amourous Requetous vous ! E d' enterin Zou ! un ref rin ! Nouvieto ! ííouvieto ! Ourouso eme toun nouvie au bras Tas gau e nous fas Linguete !

Felibre, nombre que se dan los poetas provenzales; lingueto, dentera, ra- bieta; Lagadigadeii, grito de los tarascaires ó portadores de la tarasca en las fiestas de Tarascón; palabras favoritas (como la saudade de los poetas portu- gueses)', de efecto mágico para los iniciados, pero de que conviene no abusar.


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 373

con el terrible cuadro de la degollación de los inocentes y de la tiranía de Herodes.

El autor de la Mireya (Mireio) manifestó ya las dotes de su ingenio en la leyenda de la Bella de Agosto en un invectiva de la ociosidad insolente , en la oda al Mistral rey de los vientos y de la desolación, en la Amargura, terrible lecciojí dada al voluptuoso, y en la corrida de toros, pintura de estos juegos harto más ino- centes en el Mediodía de Francia que entre nosotros. En algunas composiciones del joven J. Mistral es de notar una intención moral muy marcada.

El poema de Mireya, publicado en 1859 ó poco antes (su autor contaba unos 29 años) : gracias sin duda á la traducción francesa que lo acompañaba, renovó en París el entusiasmo que pocos años antes habia promovido el nombre de Jasmin , llevó la nombradla de la nueva escuela provenzal fuera de sus primeros límites y al mismo tiempo que dio á conocer la más brillante estrella de la plé- yada , sacó de inmerecida oscuridad el nombre de Roumanille y de sus más aventajados compañeros.

üióse al principio á nuestro poeta el poco oportuno dictado de Vir- gilio moderno ; mas luego , si como esta designación no fuese asaz honorífica , un escritor en otro tiempo gran poeta, le proclamó con énfasis el Homero de nuestro siglo : calificación necesariamente menos exacta, pues no por ser Mistral alumno del padre de la poesía (Oíimble escoulan dou gran Oumero , se llama á sí mismo), de otra manera que el cantor de Eneas , es menos cierto que tanto en nuestros días como en los de Augusto son imposibles los Homeros.

Por de pronto el estilo de nuestro poeta no es , y con dificultad podía serlo , constantemente épico , y el mismo metro de que se sirve , aunque apto para la narración , tiene visos de estancia lírica. Más dificultoso todavía, si no imposible, era conservar la inimitable sencillez y la gráfica precisión del autor de la Ilíada y evitar toda pretensión ambiciosa , todo esfuerzo para alcanzar un grado supe- rior de expresión y grandiosidad , aun cuando lo intentase un ingenio como el de Mistral , mal auxiliado en este punto por el gusto dominante en la nación vecina y por los ruidosos ejemplos de su más famoso poeta contemporáneo. En la misma concepción del poema era natural que se notasen esenciales diferencias. Así en todas ó en la mayor parte de las narraciones poéticas de los últimos tiempos , como por ejemplo , en los Bretones de Brizeux y hasta eu


374 MODERNA POESÍA

las deliciosas novelas versificadas de Walter-Scott, se descubre una propensión que no llamaremos defecto , pues es para nosotros ma- nantial de especiales bellezas, á presentar un cuadro de costumbres, no como natural complemento y segundo término de una acción, conforme acontece en las epopeyas homéricas, sino como objeto predilecto á que la acción poética sirve de ocasión y como si dijé- ramos de tema. Vicente y Mireya interesan en gran manera, es cierto , al poeta y á los lectores , pero no le interesan en mayor grado que los accidentes locales que los rodean. Y aún pudiera haber quien, menos aficionado que nosotros á las maneras y al lenguaje del pueblo , censurase el empeño de ingerir en la narra- ción los proverbios, los rasgos de costumbres, etc., aunque la nar- ración no lo demande ; por nuestra parte sólo tildaremos en uno que otro punto el sobrado afán de ostentar completo conocimiento de la materia que se describe ó expone, cuando (por ejemplo, en la distinción de las varias clases de ovejas en el canto IV) las cir- cunstancias que se enumeran en nada realzan el colorido poético de la pintura.

Por otra parte , el deseo de escribir un poema homérico , un idi- lio que recordase la epopeya , le ha llevado á distribuir su narra- ción en doce cantos , mínimum de extensión que abrazan tales com- posiciones , y á dar , no ya la natural y legítima cabida , sino ex- traordinaria preponderancia á lo que en lenguaje técnico se llama máquina épica. Puesto que el género , y en especial el argumento escogido no consentían gran variedad de escenas y de situaciones, y no podian competir en grandeza con la epopeya heroica , ¿ por qué no contentarse con dimensiones más reducidas , con sólo ocho ó seis cantos que hubieran formado un libro todo de oro? ¿A qué en lo que concierne al sobrenatural cristiano y á las venerandas tradiciones de Provenza una familiaridad que raya en irrespetuosa, á pesar del piadoso sentido de algunos pasos de los últimos cantos? ¿A qué , finalmente , tanto aparato y formalidad en lo maravilloso fantástico del canto sexto? En este, además, si repugna la mezcla de sagrado y profano en las palabras puestas en boca de la hechi- cera (á ejemplo, es cierto , de las fórmulas contenidas en los libros de ciencias ocultas) , no puede menos de sorprender una predicción nada homérica , que en los términos de la escuela se llamaria una palingenesia humanitaria , y que calificaremos nosotros de neoca- tólica en el sentido genuino de esta palabra.


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 375

¿Será acaso también el deseo de asemejarse al gran pintor de la naturaleza , de separarse del uso de los modernos poetas y de evi- tar todo lo convenido, lo que en algunos pasos, j particularmente en la expresión del amor de Vicente , le ha hecho caer en un des- nudo y cuasi sensual realismo? Mejor hubiera sido en tal caso re- cordar pinturas tales como la despedida de Héctor y Andrómaca, y el encuentro de Ulíses y Penélope , pues de seguro quien supo retratar tales escenas , si hubiese tenido delante de si tradiciones más depuradas y espiritualistas que las que podian ofrecer las cos- tumbres generales del pueblo griego , no las hubiese trocado por un mal entendido naturalismo.

A excepción de los últimos reparos, sugeridos por gravísimas razones , no hemos tenido otro intento que señalar las cualidades que distinguen la poesía de nuestros tiempos , aun la más original é inspirada , de los períodos heroicos y primitivos : hora es ya de que, sin renunciar al comenzado cotejo, con menos palabras, pero con más gusto y decisión , indiquemos las singulares prendas por las cuales el poema del vate provenzal hace época , no sólo en la literatura á que pertenece , sino en todas las contemporáneas.

Llamarse discípulo de Homero equivale á llamarse, y con dere- cho, discípulo de la naturaleza, ó sea trovador de primera mano, según la expresión por el mismo Mistral en otro lugar empleada. Homero , en efecto , ha fecundado sus dotes ingénitas y su apasio- nado estudio de la naturaleza, despertando en su ingenio el don de ver lo ideal en lo 'real, de descubrir el aspecto poético de las cosas, de reproducir, no todo lo que existe , sino lo que es bello , ha avi- vado en su ánimo el "amor á lo sencillo y á lo rústico , el senti- miento de las escenas de la vida combinado con el de los espec- táculos que presenta el mundo inanimado, y le ha enseñado la expresión inmediata y franca de los afectos. Llevado el poeta de estos móviles ha estudiado con pertinaz atención las costumbres de su país , y ha procurado trasladarlas al lienzo sin alterar su fisono- mía , y tanto ha extremado este empeño que para empaparse más y más en dichas costumbres , para respirar el mismo ambiente que respiran sus personajes, se ha hecho labrador, y sin desear por esto que ellas le olviden , ha procurado evitar el tumulto de las gran- des ciudades.

Digno discípulo de Homero ha sido finalmente despreciando el vulgar talento de aglomerar incidentes y aventuras y los lugares


376 MODERNA POESÍA.

comunes de efecto y de enlace dramático , contentándose con escenas sencillas, grandiosas y nuevas por lo mismo que se ha esquivado toda imitación mezquina ; prendas en suma que consti- tuyen al autor de la Mireya poeta eminente y sin duda el primero entre los que se han dado á conocer en la seg-unda mitad de esta centuria.

Muchos son los fragmentos que pueden calificarse de magistra- les. Bellisimas son las primeras estancias de la narración en que describe la morada del viejo cestero y de su hijo y su ida á la al- quería de los almezos ; de bello calificariamos también el segundo, si cupiese aprobar muchos de sus pormenores. Decae algún tanto el tercero, que contiene un diálogo entre Mireya y sus amigas, fun- dado en las dudosas tradiciones de las cortes de amor, recurso algo amanerado é inverosímil , puesto en boca de sencillas aldeanas. Re- trata felizmente el cuarto á los tres pretendientes de Mireya, mien- tras en el siguiente , después de la selvática lucha entre Vicente y Ourrias y de la herida alevosa dada- por este á su rival , se pinta por excelente modo la fuga del asesino, su encuentra en el Ró- dano con los barqueros fantásticos y su pavorosa muerte. Leido con menos gusto el canto sexto, recopilación algo ambiciosa de las supersticiones provenzales , de la cual hemos dicho ya algunas pa- labras , llegamos al sétimo , que es como el punto central de la ac- ción , y que llamaríamos el más bello , si no lo afeasen varias ex- presiones puestas en boca de Vicente en su diálogo con Ambrosio. Veamos de dar una idea de su principal escena.

El pobre cestero Ambrosio, padre de Vicente, pregunta al acau- dalado Ramón , padre de Mireya ( 1 ) qué haria si se hallase en su caso de tener á su hijo enamorado de la niña de un rico propie- tario , y de haber recibido el encargo de pedir la mano de la don- cella, Ramón le contesta que debe tratar á su hijo con la mayor severidad , y recuerda los tiempos pasados en que los jóvenes no chistaban delante de los viejos , en que todo era orden y respeto,

(1) Mais 11 dous vies reston á taulo E Meste Ambroi pren la paraulo Vene, leu, ó Ramoun, vous demanda conseu. M'arribo un arsi qu'aban l'ouro Me con deurra mounte se plouro Ca non vese coume ni quouro D'aquen nona de malur poudrai trouva lou seu ! etc.


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. S?")

y, sin faltar rencillas domésticas, la familia entera se reunia á la mesa de Navidad y recibia la bendición de la arrugada mano del abuelo. Calenturienta y pálida álzase entonces Mireya: «Me daréis »pues la muerte, padre mió: yo soy la amada de Vicente, y ante »Dios y la Virgen, nadie sino él poseerá mi alma.» Un silencio mortal siguió á estas palabras. Su madre fué la primera en levan- tarse de la silla: «Hija , las palabras que acabas de pronunciar es un »insulto que nos mancilla , es una punta de espino que nos lia he- »rido por largo tiempo. De puerta en puerta ve á correr por loscam- »po6. Eres dueña de tí, jitana. Únete á tus compañeros; junto con »la perra , sobre tres piedras ve á cocer tu potaje al abrigo de un »arco de puente.» Callaba maese Ramón mientras sus ojos cente- lleaban; al fin se rompió el dique y salieron arremolinadas las olas:

»Tu madre dice bien ; vete y que el buracan reviente lejos pero

no te irás; yo sabré sujetar tus narices con un hierro, como se hace con los onotauros. Mira, como esta losa sostiene el tizón del hogar... como esto es una lámpara, acuérdate de mis palabras: no volverás á verle , » y de la mesa con una gran puñada hace tem- blar toda la anchura. Como el roclo sobre la yerba, como un ra- cimo, cuyos granos demasiado maduros llueven al impulso del viento, Mireya, perla á perla, derramaba sus lágrimas. Ramón sospecha que el viejo cestero haya secundado el amor de su hijo por miras interesadas. Indignación de Ambrosio , que recuerda sus nobles servicios como marino. Ramón se alaba también de sus fatigas en las guerras del Imperio, y añade que cada terrón de su hacienda le ha costado una gota de sudor. «Partid con mil rayos, »guardad vuestro perro, que yo guardaré mi cisne.» Tal fué del amo el duro lenguaje. El otro anciano se levanta déla mesa, cogió su bastón y su capa y dijo tan sólo: «Adiós , que no os arrepintáis »algun dia.»

Después de esta escena puede ya preverse el término de la acción. Es los últimos cinco cantos se describe la peregrinación de la des- alentada Mireya al santuario de las Marías, donde en sus últimos momentos ve acudir también á Vicente, para morir con ella. Entre las bellezas que en esta última parte del poema se distinguen, citaremos la fresca y misteriosa descripción del aspecto del firma- mento y de las silenciosas faenas de los pastores al salir Mireya de su casa en medio de la noche , su encuentro con un niño de Arles que se ocupa en coger caracoles , y la interesante aunque larga y


378 ' MODERNA POESÍA" ' ; '

harto episódica narración de las persecuciones sufridas por las tres Marías, y de su llegada á Pro venza (1).

Conocida y celebrada Mireya , se ha publicado un nuevo poema provenzal que se diria escrito para hacerle competencia ; tal es la Margarita , Margar ido , de Trussy. No nos detendremos en com- pararlos y avalorar sus semejanzas ó diferencias. Si bien Trussy se ha presentado naturalmente como un nuevo Mistral , su Margarita como otra Mireya y como pintura de las costumbres y paisajes de la Provenza , es decir , del antiguo Comptat ; aunque se ha califi- cado á Margarita de una segunda Virginia , al par que á Mireya de una nueva Átala ; si bien sus dialectos , aunque distintos, son hermanos, y el metro, que hubiéramos creido invención de Mistral, se nos da como patrimonio común de la nueva poesía de Provenza; á pesar de tantos motivos de comparación , los dos poemas son á nuestro ver esencialmente diversos. Mireya es fruto de una medi- tación, de una labor continuada y tenaz , de una intención calcu- lada y profunda ; en todos sus pormenores el artista ha elaborada con amor su rica joya; Margarido, sin carecer de dotes poéticas, descubre los efectos de una facilidad poco aprensiva , de una com- posición, á no engañarnos, casi improvisada. No creemos, por ejemplo, que Mistral se hubiese decidido á describir minuciosa- mente , desde Paris, sin otra guia que vagos recuerdos de infancia, las ruinas de un antiguo monasterio, ni que como Trussy hubiese aguardado noticias exactas del edificio , sólo por enriquecer las notas de su libro con algún dato arqueológico y no para modificar su descripción , á la manera del historiador cuyo Sitio de Rodas estaba ya concluido. La facilidad de Trussy es de tal suerte que si se le da demasiada suelta puede llevar á mal término , y no nos parece de muy buen agüero el anuncio de una Reinedo, de una

(1) El Sr. Mistral ha publicado recientemente el poema de Calendan, no inferior á la Mireya en punto á dotes poéticas , pues sino siempre se ad- mira aquella inimitable frescura que distingue muchos pasajes de la prime- ra , en cambio hay mayor unidad y maestría en la composición. No por esto aceptamos su espíritu, aquellas sobrado vagas aspiraciones, aquel no se qué de ardorosamente naturalista ; á más de que los amores de los dos principales personajes no dejan de ser ilegítimos, á pesar de su idealidad y de su valor más simbólico que real. Por fortuna el poeta no ha terminado su carrera: esperemos una nueva obra, fruto de una inspiración tan sana como vigorosa, no entibiada sino depurada por las primeras apacibles auras del ocaso de la vida.


DEL MEDIODÍA DE FRANCIA. 379

epopeya que se llama de antemano monumental, cuyo héroe ha de ser el buen Conde-Rey de Provenza.

La prodigalidad de composición , el excesivo afán de aplausos y ganancia, el consiguiente amaneramiento, la dirección menos ele- vada y moral que reciban las obras poéticas , podrían ofuscar la brillante aureola de la nueva poesía provenzal y dar pié á funda- das invectivas de parte de sus enemigos.

Eviten los poetas meridionales estos defectos , elijan lo mejor entre las tradiciones de su escuela, y todos los amadores de la poe- sía y de los antiguos y renacientes idiomas, y en especial los que hablan como ellos una lengua afin con la que tanta nombradla ad- quirió en otros dias, aquende y allende los Pirineos, aplaudirán sus esfuerzos y repetirán las palabras que les dirigió el cantor de la Bretaña.

Coronará vuestras frentes el ramo de olivo ; yo sólo tengo las flores del yermo; aquél símbolo elegante de la paz y de las fiestas, éstas emblema del dolor.

Unámoslos, amigos; los hijos que vendrán en pos de nosotros no se engalanarán con semejantes flores; cuando los que nos man- tenemos fieles no existamos , nadie repetirá los sonidos que á nos- otros nos embelesan.

Mas ¿puede morir acaso la fresca y dulce brisa? Arrástrala el vuelo del Aquilón, mas luego torna ligera sobre el musgo. ¿Muere acaso el canto del ruiseñor?

No; tú reanimarás tu idioma sonoro, bella Provenza; junto á mi tumba debe suspirar largo tiempo la voz errante de Merlin.

Oh madres, mientras estáis hablando, enseñad á vuestros hijos las añejas palabras de la tierra; en los campos, sobre las olas, pru- dentes padres de familia, alimentad con esta miel á vuestros hijos.

La lengua del país es como una cadena continuada que todo lo enlaza sin esfuerzo : enseña las cosas de la vida y perpetúa los re- cuerdos.

Una palabra dicha de paso da á conocer á un hermano. Encuén- transe dos viandantes : ¿Vos sois de mi lugar? ¿Conocéis á mi madre? y una mano estrecha otra mano.

Naturaleza ¡oh! qué conceptos suenan en tus selvas y en tus lla- nuras para celebrar al Rey del cielo! «El hombre debe tener tam^ bien mil lenguajes en el concierto universal.»

Manuel Milá y Fontanales.


LA ESCLAVITUD EN GRECIA Y ROMA.[editar]

La esclavitud , lo mismo que las demás manifestaciones violen- tas de la fuerza , es tan antigua como el hombre , si bien circuns- tancias particulares han hecho que en algunos pueblos, como en el hebreo, haya sido templada por la religión (1) , y en otros, como en las tribus del Norte, acaso no existiese en los tiempos primitivos por sus escasas ventajas. Se concibe perfectamente que allá en los bosques de las regiones boreales , la esclavitud fuese más difícil y menos provechosa que donde la blandura del clima y de la condi- ción humana, la fertilidad de las tierras, la vida sedentaria, el mínimum necesario para la subsistencia, el refinamiento de las costumbres y hasta la constitución política, impulsaban las pasio- nes del más fuerte ó del más civilizado al dominio absoluto de su semejante. Así se observa en las diferentes naciones que surgen del gran archipiélago Mediterráneo, para no hablar de las del extremo Oriente , que desde el momento en que la historia se despoja de la fábula ó del mito, es ya general, y permanente la institución de la servidumbre como base de su organismo social, cualquie-

(1) De todos es conocido el periódico Jubileo de los judíos , en que se abo- llan las deudas, se liberaban las propiedades, y se manumitían los esclavos.


LA ESCLAVITUD EN GRECIA Y ROMA. 381

ra que por otra parte sea la forma externa de sus gobiernos. Apre- surémonos á declarar que , no obstante la opuesta creencia vul- gar en este punto , tan pronto como el hecho de la esclavitud se regulariza , levántase la protesta contra ella ; protesta débil , ais- lada , meticulosa , oscura quizás , producto á veces de las doctrinas esotéricas más que de las comunes que públicamente se enseñaban, pero protesta al fin, que enaltece á la razón, glorifica la libertad de la conciencia j conserva la noción , nunca perdida por comple- to, del derecho. Más aún: antes que la justificación de la esclavi- tud antigua, conocemos su protesta, siguiendo el orden crono- lógico, puesto que la primera justificación es de Aristóteles y la protesta de Sócrates , del moralista sin rival en las sociedades pa- ganas.

«¿A quiénes llamaremos sabios, exclama el filósofo ateniense, á los perezosos ó á los ocupados en objetos útiles? ¿Quiénes son los más justos , los que trabajan ó los que piensan con los brazos cru- ' zados en los medios de subsistencia?» Esta apología del trabajo manual en un pais que lo consideraba envilecido (1), además de un bello rasgo, es una profunda intuición del genio; es la adivinación del porvenir , cubierto entonces con el doble y tupido velo de los siglos y de los errores dominantes.

Que la injusticia de la esclavitud era reconocida y proclamada por algunos espíritus rectos , lo demuestra el mismo Aristóteles al plantear el problema para resolverlo en el sentido de las ideas ad- mitidas, y para darle por primera vez un fundamento filosófico. «Hay, escribe el Estagirita , quien pretende que el poder del dueño es contrario á la naturaleza ; que la ley únicamente hace los escla- vos y los hombres libres , pero que la naturaleza no establece entre ellos diferencia alguna; y que por consiguiente la esclavitud es inicua, como producida por la violencia.» Esta sola cita basta para probar que si bien el hecho de la esclavitud era universal en el orden civil y político , como teoría y tesis filosófica excitaba se- rias y valientes impugnaciones. Cierto que Aristóteles, arrojando el peso de su grande autoridad en contra de la igualdad moral del hombre, revistió con un aparato científico las opiniones extravia- das de sus contemporáneos y las impuso á una lejana posteridad que había de seguir ciegamente sus preceptos ; pero uo lo es ménos

(1) Jenofonte y Platón, discípulos de Sócrates, profesan una opinión con- traria respecto del trabajo mecánico.

TOMO I. 26


382 L^ ESCLAVITUD

que entre los estoicos, comenzando por su jefe (1), siempre fué la libertad el principio generador, y nunca se le sacrificó en absoluto al empirismo ó á la conveniencia.

El ilustre fundador de la escuela peripatética deduce de la pro- piedad la servidumbre personal , denominándola instrumento ani- mado y necesario de aquella ; idea y frase que debia parodiar más tarde Varron al ocuparse de la agricultura romana (2) . «En un buque , dice Aristóteles para explicar su concepto con un ejemplo material , el timón es un instrumento sin vida , y el marinero un instrumento vivo.» Si los objetos inanimados y las fuerzas de la naturaleza hubieran obedecido la voluntad del amo, Aristóteles no habría pensado seguramente en agregar al servicio de la propie- dad , y á la par que los animales domésticos, una categoría de hom- bres á quienes , según él , la naturaleza ha creado exclusivamente para los trabajos corporales, y cuya configuración física, á su jui- cio también , se aparta de una manera marcada de la de los hom- bres libres. Contra semejante razón antropológica, inventada por el filósofo en apoyo de su sistema, nada mejor que trascribir sus propias palabras; cuando al ver que la observación lo destruye, añade lo siguiente : « Con frecuencia sucede que unos no tienen de hombres libres más que el cuerpo , mientras que los otros no tienen más que el alma.» A tan flagrante contradicción queda reducida la teoría de la esclavitud natural-, única que Aristóteles admite, pues niega resueltamente la que procede del convenio mutuo , de la fuerza y del derecho civil y de gentes.

¿No asaltaria la duda, examinando el fundamento aristotélico de la esclavitud sin conocer su procedencia , de si se habria inspi- rado en el moderno tráfico de negros , por ser á ellas más aplica- bles los principios de que parte , que á las personas sometidas á la condición servil en Grecia? ¿Qué pudo inducir en tan craso error á un ingenio perspicaz, á un observador profundo? A su lado se reclutaba la esclavitud en pueblos no del todo bárbaros , algunos como los Penestos de Tesalia, de origen pelásgico, cual sus domi- nadores; otros como los primitivos ilotas, autóctonos y de igual

(1) Zenon, citado por Diógenes Laercio, dice: "Hay una esclavitud que procede de la conquista, y otra de la compra; á una y otra corresponde el de- recho del dueño, y este derecho es malo."

(2) Varron divide los instrumentos de agricultiu-a en vocales (los esclavos), semi-vocales (las bestias), y mudos (los objetos inanimados).


Í:N GRECIA t ROMA, S83

Cultura que los espartanos cuando fueron por estos conquista- dos. Posible es que Aristóteles encontrase á la raza esclava degra- dada , estén uada y embrutecida , agena á toda calidad moral é intelectual estimable ; pero este infeliz estado no provenia de la na- turaleza, de la mayor depresión del ángulo facial , de la curvatura del cuerpo ó de otras diversidades anatómicas, sino de la durí- sima condición que le imponían de generación en generación, le- yes y costumbres de una crueldad inaudita , que condenaban como un crimen en las desgraciadas máquinas musculares todo sentimien- to elevado, hasta el valor en presencia del peligro, hasta la belleza física (1). La obcecación de Aristóteles llega á tal extremo, que cogido entre los brazos de un dilema que el mismo se propone, to- davía no abre los ojos á la luz de la verdad, que tan radiante solia reflejar su privilegiado entendimiento. «Si se supone, viene á de- cir en resumen, capacidad de virtudes en el esclavo, ¿dónde está la diferencia entre él y el hombre libre? Y si no es capaz de po- seerlas, ¿cómo puede ser hombre?» Después de estas graves con- sideraciones , que son síntesis elocuente é incontestable de la igual- dad moral del hombre , concluir en favor de la esclavitud natural es un contrasentido inexplicable; y no obstante, en este con- trasentido se confirma repetidamente merced á sutiles sofismas y distinciones ; y el contrasentido se ha abierto paso en alas del re- nombre de su autor hasta la época contemporánea.


II.

Si aun en las puras especulaciones de la filosofía era raro tro- pezar con el derecho , excusado nos parece añadir que la sociedad civil , que va buscando casi siempre el ínteres , bien ó mal enten- dido, descansaba en Grecia sobre la esclavitud exclusivamente. Ningún ciudadano dejaba de tener esclavos, por escasa que su fortuna fuese. Había esclavos adscriptos á los templos, á la policía urbana y al servicio público ; y serviles eran las personas á que estaban encomendados los trabajos del campo y de las minas, los oficios y las industrias mecánicas , así como la satisfacción de la vanidad, de los placeres decorosos y de los deleites infames. Asusta

(1) Las Repúblicas de origen dórico, y entre ellas Esparta, se distinguían por los malos tratamientos á sus esclavos.


384 LA ESCLAVITUD

y horroriza á la vez saber que su número llegó en toda la Grecia á 20.000.000, el séxtuplo de la población libre, correspondiendo al Ática 365.000, á Corinto 460.000, á Egina 470.000 y unos 300.000 á la tranquila y pastoril Arcadia, sueño de los poetas bucólicos. El valor de un esclavo variaba según su edad, robustez, origen , sexo y aplicación que se le daba : los soldados romanos, prisioneros de Annibal, que se enajenaron en la Acaia, fueron pagados de 1.600 á 1,700 rs. por cabeza. El rescate de Platón, vendido por Dionisio de Siracusa , no costó más que unos 3.500 rs. No se juzgue por los anteriores datos del precio medio de esta mercancía, que precisamente habia de abundar en el mercado, pues nos inducirian á error de seguro ; tanto más , cuanto que si estos tipos nos parecen bajos con arreglo al valor de nuestra mo- neda, en realidad son altos si ponemos en relación la pequeña masa de numerario de la antigüedad con el costo de las subsisten- cias, ün bracero servil en Grecia producía poco , muy poco , pero en cambio gastaba menos de lo que producía. De otro modo la es- clavitud se hubiera sostenido únicamente como artículo de lujo y en modestas proporciones. Una medida de grano de 50 litros de cabida se compraba en Atenas por una peseta en tiempo de Solón y por once reales en el de Aristófanes. El metreto de vino común (39 litros) costaba unos 14 rs. Los demás artículos indispensables para la vida , guardaban proporción con los que acabamos de valo- rar , y permitían , según el cálculo de un distinguido escritor que se ha ocupado fructuosamente de este ramo de estadística, que una familia ateniense, compuesta de cuatro personas libres, viviese aun- que pobremente , con una dracma diaria, menos de 4 rs. de nuestra moneda. Por lo que toca á los objetos , personas ó cosas , destinados al sensualismo de los ricos, su valor era convencional y dependía, como siempre, de su rareza, de la moda ó del capricho. El precio de una bailarina voluptuosa ó de un Gunimedes complaciente, no po- día contarse ya por dracmas, ni siquiera por minas, sino por talentos , en un país entregado á la corrupción de tal manera, que no ha legado á la historia una sola reputación incólume bajo el punto de vista de las costumhres ; ni la simpática y venerable figu- ra de Sócrates , acusado de vicios más vergonzosos que el amor por Aspasía; ni el heroísmo del vencedor de Salamina que paseaba en un carro con cuatro hetérias desnudas. El libertinaje y el con- cubinato constituían una especie de descanso de las fatigas del


EN GRECIA Y BOMA. 885

estudio y de los negocios públicos , desconociéndose los encantos del hogar doméstico y los goces del. amor legitimo. El ciudadano griego que asistía á los lupanares instituidos por Solón y com- puestos de esclavas , que la administración ó los arrendatarios de este servicio compraban , hubiera creido degradar su dignidad con una de esas ocupaciones que hacen hoy la fortuna y la gloria de los hombres activos é inteligentes. Para ellos habia rebajamiento en todo lo que no fuese guerra, política, ciencias y bellas artes. Empuñaban en sus buenos tiempos la espada de Temistocles ó el buril de Fidias, nunca la esteva que debia honrar, si bien por corto espacio , la patria de Cincinato.

-' Los resultados de este sistema, basado en el exceso de la escla- vitud que , lanzando á los hombres privilegiados á las abstraccio- nes metafísicas y á las más altas inspiraciones de la fantasía , los divorciaba del estudio práctico de los intereses públicos; los resul- tados de este sistema que dirigía la bulliciosa actividad del pueblo á las perpetuas tempestades de la plaza , y le hacia ver que la supe- rioridad sobre los demás dependía de la delicadeza de su gusto cuando juzgaba del aticismo de un orador ó de la obra de un esta- tuario ; los resultados de este sistema , que colocaba el nervio del Estado en el elemento que se complacía en oprimir y envilecer , y que á su vez devolvía como en venganza , manchados con su con- tacto, los sentimientos, las costumbres, la moral, la familia, el pudor, la elocuencia, hasta los laureles de sus ciudadanos más eminentes ; y enflaquecía , debilitaba , corrompía y acobardaba á la plebe vocinglera que la divina palabra de Demóstenes no pudo arrastrar á defender la patria : esos resultados los proclama la his- toria de las vicisitudes , cambios y definitiva caída de la antigua Grecia ; quizá los repite hoy dolorosamente la historia de la Grecia moderna, ¡ Oh ! sí la civilización , si el verdadero progreso consis- tiera en las grandes elucubraciones filosóficas , en la sublimidad de la palabra hablada , en el refinamiento del lujo , en la realiza- ción de los prodigios artísticos y aun en las formas externas de los Gobiernos, ¿qué era, qué período podría compararse con el mag- nífico cicló helénico? ¿Qué se ha cantado en verso como la Ilíada? ¿Qué se ha esculpido como el Júpiter olímpico? ¿Qué se ha levan- tado del suelo como el Partenon? ¿Qué se ha oído como las Filípi- cas? ¿Qué se ha condensado en un solo cerebro , para esparcirse luego por el universo mundo á través de los tiempos y las distan-


386 LA ESCLAVITUD

cias , que se aproxime al saber enciclopédico de Aristóteles? Pero aquellos para quienes progreso y civilización significan enalteci- miento del trabajo , extensión del derecho , cumplimiento del de- ber moral , mejora , en fin , de la condición del hombre en su cali- dad de tal, el grandioso espectáculo de Grecia deja en el corazón una impresión tristísima , un vacio desconsolador que se reasume en una cifra : ¡ 20 millones de esclavos (1) !


m.

Se ha negado por algunos escritores la existencia de la esclavi- tud en Roma hasta el siglo VI después de la fundación de la ciu- dad ; error que se desvanece con leer los fragmentos de las Doce Tablas que todavía se conservan (2) : lo que sí no admite duda es que en las tres primeras centurias (cuatro antes de la era vulgar), el número de esclavos domésticos y rurales apenas representaba 1/25 de la población entera. La agricultura, por lo menos, ya que no otras artes que la austeridad y rudeza primitivas no podían extender ni perfeccionar , se hallaba enaltecida en la opinión y se la juzgaba todavía digna de compartir con la guerra las ocupaciones del patriciado. Esto, que empezó por ser necesidad, se conservó como honroso recuerdo en ciertos distritos , aun en las épocas de mayor dilatación territorial y de mayor exuberancia de trabajo servil, pues Plinio el joven asegura que. en la Galia cisalpina tenía varias propiedades cultivadas por jornaleros libres, y que tal había sido allí siempre la costumbre.

Mas tan pronto como las águilas dirigieron su vuelo fuera de la Península, conquistaron la Iliria, sometieron á Grecia y se pu- sieron en relación constante con el mundo oriental , los vencedo- res trajeron de vuelta de sus lejanas expediciones , con el hábito

(1) Hay gran diversidad de opiniones respecto de la población libre y es- clava de la antigua Grecia. Hemos tomado los números de la Historia univer- sal de Cantú, que es el que mejores datos discute y comprueba acerca de este asunto , tanto en el texto como en los apéndices.

(2) Conociéndose en estas leyes la emancipación del poder paterno por me- dio de la venta, queda demostrada la existencia de la esclavitud, pues el hijo se hacia siervo del comprador fingido, que luego le daba la libertad. Puede citarse también, entre otros, el fragmento que condena al pago de 150 ases al que rompa la mandíbula á un esclavo.


EN GRECIA T ROMA. 387

de los placeres y del lujo, todas las instituciones corruptoras délos pueblos vencidos. Ya en el sig-lo tercero antes de J. C. albergaba Ita- lia dos millones y medio entre esclavos , libertos y metecos ó extran- jeros domiciliados; y esta población heterogénea se fué aumen- tando cada dia hasta llegar en los últimos cien años de la República y durante el Imperio , á proporciones verdaderamente aterradoras para la paz pública y la seguridad del Estado. Como las fuentes cenagosas de donde brotaba la servidumbre personal eran vivas y perennes , el número de aquellos seres desgraciados lejos de ami- norar crecia , sin que lograsen detener su acrecentimiento progre- sivo ni la peste , ni el hambre , ni la barbarie de las leyes que se les aplicaba , ni las sublevaciones ahogadas en sangre como la de Espartaco, ni las periódicas hecatombes del anfiteatro. Nadie ha usado y abusado tanto de la institución de la esclavitud como los romanos. Sus jurisconsultos abrieron la puerta de par en par á la violencia, invocando el derecho, ó mejor dicho, una injusta lega- lidad, en contra de la libertad humana. Eran en su virtud esclavos los que nacian de padres ó madre esclavos , los prisioneros , los ex- pósitos, los hijos y las mujeres respecto de los padres y maridos, los que se vendían voluntariamente, los acreedores insolventes y los que cometían cierto género de delitos. En medio de aquella multitud, de condiciones, patria, edad y educación tan diferentes, el ciudadano iba á escoger en grandes almacenes , á inspeccionar, con los ojos y las manos, los instrumentos animados de utilidad, de ostentación y de vicio que podia comprar según sus necesidades ó fortuna , y cuyo precio se regulaba por las leyes de la demanda y de la oferta. La primera especulación de la venta daba margen á otras secundarias , que no deshonraban por lo visto á los partici- pantes de ellas , como envilecía el ejercicio de las industrias me- cánicas. Asi es que un Pomponio Ático instruia á sus esclavos en las artes liberales para revenderlos caros , y el censor Catón los engordaba para que ganasen en valor venal lo que en mayor ro- bustez adquirían. En esos bazares de que hablamos, establecidos en toda la superficie del territorio y con frecuencia también en los campamentos de los Generales, se presentaba el comprador á ajus- tar la mercancía humana , destinada á sus propiedades de campo ó á su casa ; pero antes miraba , palpaba , ensayaba las bellezas de las formas , la fuerza muscular y los grados de inteligencia é ins- trucción de los objetos que se le ofrecían. No habla velo que cu-


388 LA ESCLAVITUD

briese el pudor de la mujer, ni sentimiento de justicia que conser- vase unidos á los miembros de una misma familia , ni consideración que respetase la desgracia , personificada á veces en un rostro sur- cado por las lágrimas y en una cabeza coronada de cabellos blan- cos. Era preciso examinar en detalle el cuerpo desnudo de la jo- ven, estirar los brazos y las piernas del adulto, importunar con preguntas el profundo dolor del anciano. ¿No es verdad que esto repugna y subleva la conciencia, y que rebaja mucho la admira- ción que en las aulas excita el recuerdo de aquel pueblo-rey, que se nos presenta después en la realidad como un pueblo de ti- ranos y de esclavos? Y si reparamos en que estas victimas, habi- tantes de los países y ciudades conquistadas, con quienes se trafi- caba de la manera que acabamos de indicar, podian pertenecer y pertenecian en efecto á clases instruidas , honradas y libres de su nacionalidad originaria , y que comprendían por tanto toda la hu- millación, toda la vergüenza , todos los horrores de semejante tra- tamiento , ¿ cómo no colocar más altos en la escala de la civilización á los germanos que degollaban á sus prisioneros, que á los cultos romanos que vendían los suyos en almoneda?

Todos los servidores de una familia , en la ciudad como en el campo , pertenecían casi sin excepción á la clase servil , creada por las leyes civiles ó por el derecho de gentes , considerándose en la categoría de cosas pertenecientes al dominio ilimitado del dueño. Desde la portería en que aullaba para anunciar una visita , como un perro en su nicho , hasta la educación que daba como ayo á los hijos del señor, sobre el esclavo pesaban así las cargas y obliga- ciones de la vida doméstica como las rudas fatigas de la labranza. Los ricos pagaban hasta 10.000 rs. de nuestra moneda por los jóvenes de ambos sexos de Frigia y Capadocia , muy codiciados y no por sus virtudes; y á precios variables, pero más módicos, los músicos que amenizaban sus festines y tocaban la nauta á la apa- rición de un manjar extraordinario ; los bibliotecarios para la con- servación y copia de los libros ; los noijaenclatores que llevaban nota de los ciudadanos que era preciso fer, saludar y comprar en las elecciones próximas ; médicos , secretarios , cocineros famosos, ágiles motores ó correos ; cientos de criados para servir, coronados de flores, los suntuosos banquetes de la noche ; miles de gladiadores robustos y hábiles para dar á la plebe sus espectáculos favoritos. Había patricio que no poseía menos de 10.000 esclavos, y un


EN GRECIA Y ROMA. 389

liberto legó á su muerte 4.000 bajo el imperio de Augusto. No bastando la memoria para conservar tantos nombres propios, esca- sos además entre los romanos , se llevaba un cuaderno que facili- taba á los dueños el conocimiento de los servidores destinados más inmediatamente á su persona por medio de señalamientos particu- lares. Para la gente menos acomodada, para los arrendatarios y mayordomos rurales , para los baños y otros establecimientos pú- blicos, no habia dificultad en encontrar á bajo precio hombres y mu- jeres en abundancia, sobre todo si se aguardaba el fin de una campaña provechosa, ó si se adquirían por junto de primera mano, como cuando se remataba la población entera de una plaza ó de una provincia (1). Estos esclavos baratos procedían por lo regular del África y las Gallas , dándose á veces por unas cuantas medidas de vino. Los españoles eran poco buscados, porque preferían el suici- dio á la cadena.

Que debia ser grande , inmensa , la depravación de un pueblo que así abusaba de la fuerza, y que al propio tiempo vivia estimu- lado por el aguijón de la concupiscencia, se alcanza á cualquiera sin haber pasado jamas la vista por la historia interina de Roma. El sensualismo griego, pero más positivo y material todavía: hé aquí su síntesis. Una sola observación marca esta diferencia. En Atenas las mujeres galantes ejercen una influencia incontestable sobre los hombres y los destinos públicos, y acaso á ellas se debe la menor relai ación de las costumbres domésticas , porque el poeta, el orador, el filósofo , el artista , dejando tranquilo su hogar, iban á reunirse, á comunicarse y á inspirarse en la intimidad de aque- llas bellezas fáciles , pero cultas y capaces de sentimientos nobles en medio de sus desórdenes. Los hijos de Rómulo , que no ven en la mujer más que un instrumento , sin otro mérito que la forma física , y sin otro atractivo que el efímero que produce el deseo, desdeñan el influjo de sus esposas legítimas, y no se dejan dominar por sus concubinas : con unas y con otras son duros , dominantes, déspotas. Por eso en Roma , á pesar de las proporciones gigantes- cas de la prostitución , no florecen las Aspasias , las Tais , las Frines y las Lamias ; y si algún nombre de cortesana ha llegado hasta nosotros , hemos tenido que irlo á buscar en un rincón de las Odas de Horacio ó de los Epigramas de Cátalo , donde le ha dejado

(1) César sometió á la servidumbre reinos enteros, y sólo en un dia vendió 60.000 habitantes de una ciudad de las Gallas,


390 LA ESCLAVITUD

caer, oscuro é insignificante , la reciente memoria de una orgia. El sensualismo sin delicadeza , repetimos , es el resumen de las costumbres privadas del pueblo romano en la época de su mayor preponderancia. Para convencerse de ello, no hay que apelar á los que bacian profesión de epicúreos , ni á los mancebos afemina- dos , que pasaban la vida buscando aventuras en la Via Sacra y bajo el pórtico de Mételo, destinado á las mujeres; ni á los desocu- pados que asistían á las cenas de todos los anfitriones como sombras 6 parásitos, pagando su cubierto con bajas adulaciones. No pene- traremos en las Termas , sentina de inmundos placeres , ni en las hosterías , templos de la gula vulgar , ni en las barracas que se alzaban alrededor de los circos y de los teatros , como otras tantas sucursales de los lupanares públicos. No extractaremos siquiera una pequeña parte de las profanaciones de la moral y de la natu- raleza que Juvenal y los satíricos refieren, pintándonos con colores demasiado vivos, que la lengua vulgar no puede reproducir sin mancharse, el repugnante desenfreno de sus conciudadanos. Tam- poco presentaremos como tipo á los Nerones y á los Heliogábalos, porque se les consideraría como monstruosos fenómenos de la especie humana , y pasaríamos por calumniadores de la época y de la sociedad que nos ocupa. Tomemos otro nombre , el de uno de esos héroes que llenan la historia con su fama, gran capitán , gran político , gran estadista , grande orador; de César, por ejemplo, fundador de un sistema que ha tenido más de un imitador en la moderna Europa; de César, que pretende regenerar á su patria; de César, clemente, generoso, expléndido, adorado en las Gálias, ídolo de Italia. Sepamos lo que es César para saber lo que eran las costumbres elegantes y aristocráticas de sus contemporáneos. César es un libertino lleno de deudas , que vende á Craso por unos cuantos millones el honor de ser su compañero de triunvirato; César comete en los países que conquista inauditas exacciones y violencias, sobre las que labra una inmensa fortuna; César sacrifica en el circo á millares de esclavos prisioneros para ganarse ó conser- var el favor de la plebe; César come y bebe copiosamente y vomita luego para comer y beber de nuevo, post canam vomerevolebai, idioque largius adehat , según escribe Cicerón ; César lleva el des- honor á las principales familias patricias, sin excluir á la de Catón, el más justo y moral de los romanos; César pasa, en ñn,por el ma- rido de todas las mujeres, y la mujer de todos los maridos que fre-


EN GRECIA Y ROMA.. 391

cuenta. Y poco más ó menos puede decirse otro tanto de Lúculo, de Pompeyo, dft Augusto. El mismo Cicerón, una de las graves virtudes republicanas, aun desechando por inverosímiles las acusa- ciones de que fué objeto como padre , aparece débil , vanidoso , in- teresado , ingrato , desleal y pusilánime ; y cuando se presenta en la tribuna á resignar su cargo , aquel hombre de ley no puede ju- rar que no la ha infringido escandalosamente , y exclama con jac- tancia que ha salvado á la patria , habiéndola comprometido con su cobardía.


IV.


Que estos males no procedían de la política sino del estado social, lo demuestra el que el cambio de las instituciones , lejos de cortar- los ó detenerlos , los aumentó de una manera tan rápida , que el pueblo vio pasar el poder sucesivamente de manos de la aristocra- cia á las del absolutismo imperial , de este á los pretorianos, y por último , á los eunucos. Entre tanto la ley, favorecedora ó muda en cuanto á los excesos de los magnates, se ensañaba con la única clase trabajadora y desvalida. Moría alguno repentinamente, y todos sus esclavos eran degollados para que no quedase impune el presunto culpable. ¿Se quería averiguar si un hombre libre había cometido un delito? Pues nada más justo y procedente que atormentar á sus esclavos. La rotura de un vaso, el escamoteo de un ave , una sim- ple equivocación, eran motivo suficiente para que un hombre pagase con su cabeza la cólera y aún el solo capricho del amo. Aher- rojados con cadena trabajaban los siervos, y los gladiadores, temí- dos por su habilidad y fuerza , vivían encerrados en cuevas como las bestias feroces, que estaban destinados á combatir en la arena. El esclavo en todo y para todo era respecto del hijo disoluto el cor- ruptor y el cómplice ; respecto de la mujer relegada en su casa, una ocasión y un peligro ; para su amo , un objeto de perpetua tiranía, para los demás, un objeto de menosprecio. No había virtud, honor, modestia , delicadeza que resistiese á este virus corrosivo, que ha- bía penetrado en la médula de aquella sociedad aun antes de per- der su libertad política. La mujer, casi anulada como en Oriente, pero viviendo con la independencia de Europa , se vengaba de su insignificancia entregándose 4 toda clase de vicios dentro y fuereí


392 * LA ESCLAVITUD

del hogar doméstico, desde la seducción de sus propios esclavos, hasta la venta de sus favores en lugares infames. Quien se figure que Mesalina ha sido una simple excepción en la aristocracia ro- mana, incurrirá quizás en un error: Mesalina puede ser un tipo. Tantos y tan graves fueron los desórdenes de las damas romanas, que hubo que autorizarlas para que repudiasen á sus maridos , pri- vilegio de que antes sólo ellos disfrutaban. Y entonces, el antiguo adulterio degeneró en una promiscuidad escandalosa. Tito Livio re- fiere que se hablan formado en Roma vastas asociaciones de hom- bres y mujeres para dedicarse en común á la prostitución , y otras dirigidas exclusivamente contra los maridos. En una de estas, y de una sola vez fueron condenadas á muerte ciento sesenta mujeres de familias senatoriales. Los baños, los paseos en litera , las depen- dencias reservadas de los templos , los ritos secretos celebrados en las casas particulares en obsequio de la luena diosa, donde era sor- prendido Clodio por una esclava de César, servían de ocasión ó de pretexto á la disolución femenina de buen tono. La historia nos ha dejado de ello testimonios irrecusables, así como de la dureza de condición de las señoras con las pobres esclavas que las servían , y de la crueldad de sus sentimientos siempre que tomaron alguna parte en los sucesos políticos.

Verdad es que no era Roma la mejor escuela para suavizarlos, pues aparte de las continuas guerras y las proscripciones en masa, los mismos espectáculos á que asistían diariamente, más parecían dispuestos para educar fieras que para divertir á hombres. Los ro- manos, y este es uno de los rasgos distintivos de su carácter, hermanaron la molicie asiática con la ferocidad de las hordas sal- vajes. Por eso se observa que en la época culminante de su gran- deza y cultura , cuando comen en mesas de marfil y beben en va- sos murrinos; cuando sus ojos encuentran por todas partes las maravillas del arte griego; cuando van á buscar por el mundo conocido la satisfacción de un capricho de glotonería ; cuando Áti- co , Apicio , Hortensio , Lúculo , César y cien otros gasten fortu- nas fabulosas en joyas, palacios, jardines, banquetes é intrigas electorales; entonces precisamente es cuando se dan en el circo luchas que cuestan la vida á 10.000 gladiadores esclavos; es cuan- do se sacan á subasta millones de prisioneros ; es cuando se mata de hambre á Yugurta después de servir de trofeo al vencedor, y ge estrangula á Vercingetorix en las prisiones mamertinas. Esto


EN GBECIA Y ROMA. " ~^ 393

acontecía en tiempo de la República , viviendo todavía Catón y Bruto.

El pueblo , que no procedía de la clase patricia , y que no se ha- bía enriquecido con los despojos de los vencidos , la plebe , veg-etaba como un parásito á la puerta de un palacio. Pobre y orgullosa á la par , mezcla de abyección y de altanería , tan pronto gritaba con los Gracos contra las usurpaciones de la aristocracia, como aplaudía á Pompeyo, que le había construido un teatro de piedra. Lo que ella quería eran fiestas gratuitas en que solazarse ; magníficos pórticos en que pasar la tarde ; carreras de carros , termas , representacio- nes de batallas , luchas , pugilatos , bufonerías atelanas , y sobre todo esto, los combates humanos. El que halagaba sus gustos, esta- ba seguro de tenerla contenta y propicia , ya se llamase Nerón, ya Tito, Augusto ó Caracalla. Si le acosaba el hambre, como el tra- bajo le era desconocido , y además lo consideraba deshonroso, acu- día á sus patronos , de cuyos opíparos festines solían caer algunas migajas para los clientes, ó pedia á voz en cuello una distribu- ción de víveres que rara vez se le negaba , ó vendía su voto en los comicios al mejor postor entre los varios concurrentes. Aquel pue- blo, cuya ilustración se reducía á una somera instrucción de los asuntos políticos y judiciales que se trataban en el foro, y en los que tomaban una parte activa , no podía comprender lo deleznable de la grandeza que le rodeaba , lo transitorio del poder que él con- fería con su sufragio ó con su aquiescencia ; lo injusto de la base en que descansaba la sociedad de que era miembro inútil, de- biendo ser su nervio y su fuerza. Las conquistas habían traído la esclavitud y las contiendas civiles: la esclavitud á su vez, que había traído el odio al trabajo, la inmoralidad y el vicio, labraba ya la miseria y la decadencia por debajo de aquella organización brillan- te, como el gusano roe el corazón del fruto que conserva todavía tersa la superficie. Poco importa que el Imperio se agrande ; que toque á sus más extensos límites con Trajano; que sea honrado con las virtudes de los Antonínos y con las acabadas obras de ilustres jurisconsultos. No le salvará ni el patriotismo, esa gran calidad del carácter romano, que conservó después de haberlas perdido todas. Aún bajo el punto de vista del valor y la pericia militar, llegará pronto el momento en que no sea Italia la que alimente las legiones, y haya que buscar auxiliares extranjeros y generales bárbaros para defender el territorio.


394 LA ESCLAVITÜl)

y es que Roma, lo mismo que Grecia, llevaba en su seno el ger- men de la muerte hasta en la exuberancia de la vida. Ese ger- men se llama esclavitud, institución que representa en las so- ciedades antiguas una multitud de ideas á cual más funestas , tales como injusticia, degradación, crueldad, molicie, despilfarro, fal- ta de trabajo y de producción; ideas que han determinado en los dos pueblos de que vamos hablando la coexistencia de plebes al- borotadoras y aristocracias corrompidas, de extremada pobreza y extremada riqueza , de carencia completa de derecho y respeto á la legalidad formularia , de ignorancia del fin providencial de la humanidad hacia su perfección, y abstracciones metafísicas acerca de las facultades del hombre. La filosofía antigua , y aludimos á la escuela más pura , no ha servido para dirigir la conciencia pública á lo bueno y dentro de esto á lo útil ; no ha predicado ni la resig- nación ni la perseverancia ; no ha adivinado siquiera la ley del pro- greso que sobre el núcleo de la libertad ha levantado moderna- mente el magnifico y sólido monumento de la civilización europea. La filosofía no enseñaba más que á morir: tota pMloso^horum vita commentatio mortis est.


V.


Si la servidumbre doméstica, tan perniciosa levadura fué para las costumbres asi públicas como privadas , sus efectos en la vida económica fueron también fatales. Al principio Roma no practicó otra industria que la agricultura , y esta bastaba á las necesidades de una población reducida y sobria. Luego que se ensanchó, el bo- tín cogido del enemigo hizo veces de contribución para el Estado y de rentas para los particulares, viviendo todos, erario y ejército, á expensas de los paises conquistados. Pedíanse las subsistencias á Sicilia y al África, los metales preciosos á España, los objetos de arte á Grecia. Los Procónsules enviaban á la madre patria flotas cargadas de todo cuanto poseían las provincias , y que se les sacaba más ó menos violentamente con el nombre de auxilios ó tributo; y el Senado repartía las tierras de los que perdían con su naciona- lidad hasta el derecho de morir en el patrio suelo. Pero como sólo una horda de piratas puede vivir de las rapiñas , los romanos tu- vieron que valerse al fin colectiva é individualmente de los medios


EN GRECIA Y ROMA. - 395

a que, más ó menos perfeccionados, recurren todos los pueblos de la tierra. Por una parte se aumentaban los gastos del Tesoro , y éste no siempre disponía de los despojos- de Mitrídates ó de la herencia de Átalo; por otra, el lujo, la ostentación y las necesidades rea- les de la vida crecían prodigiosamente con el ensanche de la po- blación y con su acumulación en Roma. Asi es que el fisco no per- donó medida para regularizar y extender sus rendimientos , que alcanzaron un grado tal de latitud que asombra. Tarifas de adua- nas, cánones enfitéuticos, capitulaciones, monopolios, ventas de terrenos públicos , contribuciones suntuarias , cuantas fuentes de percepción puede buscar y aun agotar un hacendista moderno, otras tantas conocieron y practicaron en ancha escala los gobernantes romanos. Pero si bien sobre el comercio en grande, ejercido gene- ralmente por los caballeros, no pesaban ya las notas de infamia que al principio , en cambio las pequeñas industrias y la agricul- tura se hallaban entregadas á los metecos y á los esclavos. La úl- tima especialmente , que es ahora en Italia inagotable venero de riqueza , estaba reducida á miserables condiciones, de que sólo una revolución social podia sacarla. Sabido es de todos que la aristo- cracia repartió entre sus individuos , como el león de la fábula , el ager publicus , á pesar de las reclamaciones y de las sublevaciones de los plebeyos. De aquí el que la clase privilegiada fuese dueña exclusiva del suelo , y de que bajo el dominio de una familia se aglomerasen propiedades tan extensas (lati-fundia) , que alcanza- ban las dimensiones de provincias, y tan alejadas del domicilio del dueño, que sus mayordomos tenían la seguridad de que no habia de ir á visitarlas nunca. A estas posesiones se destinaban esclavos, y por ser barato el cultivo , las dedicaban á pastos , influyendo am- bas circunstancias en la despoblación de las comarcas más fértiles. Tito Livio y Estrabon aseguran que en el pais de los Volscos , en el Samnio, en la Lucania y en el Abruzo , no habia hombres li- bres , excepto los que componían las guarniciones. Plutarco por su parte refiere, en la Vida de los Gracos, que cuando Cayo atravesó la Etruria para venir á España , encontró el pais casi desierto y entregado el pastoreo de todo el ganado á esclavos bárbaros de re- giones remotas.

Los pueblos sometidos y rebelados luego contra el yugo romano eran desposeídos y trasladados , quedando sus bienes á disposición del Senado, que, como arriba decimos, los distribuia mediante una


398 LA ESCLAVITUD

pensión nominal entre los individuos de su clase. Si por casualidad se hacia una excepción en feívor de los veteranos, á quienes, á fuerza de demandas á insurrecciones se adjudicaban algunos dis- tritos en pago de sus sueldos ó en recompensa de sus servicios, lanzábase violentamente de sus hogares á los pobres campesinos, que no solian hallar en la ciudad como Virgilio , despojado de este modo , la protección ilustrada de un Mecenas. Abundaron protestas contra este sistema injusto , y aún se dieron leyes como la Lici- nia , que limitaba á 500 yugadas por persona el lote en el reparto de los terrenos de la República. Pero ¿se observó la ley? Contesten los Gracos asesinados por pedir su cumpliipiento. El tribuno RuUo reprodujo más tarde la demanda, pero fué combatido y vencido por Cicerón , que halagando la vanidad de los nobles , y aparente- mente también los intereses de la plebe , puso su elocuente palabra al servicio de la injusticia. «¿Cómo vais á ceder, exclamaba el céle- bre orador, las tierras que recuerdan las grandes victorias de Paulo Emilio y de los Escipiones , el granero de donde saca Roma el ali- mento para los pobres?» Y la propuesta se desechó, como con frecuencia sucede , entre los aplausos frenéticos de los mismos á quienes favorecía. Vinieron además las proscripciones y confisca- ciones de Sila á trastornar el dominio , enriqueciendo á los parti- darios del dictador con la fortuna de los partidarios de Mario , á cuyos hijos se negó la devolución de los bienes andando el tiempo. Bajo los Emperadores la ley fué algo más equitativa, y el derecho de propiedad pareció mejor asegurado ; pero lo que no hacian ya los desórdenes de las contiendas civiles , lo hicieron las arbitrarie- dades del despotismo, que tenia siempre á mano una sentencia inicua por un crimen supuesto para arrancar con la vida y la li- bertad la hacienda de los ciudadanos ilustres. Unióse , pues , á la acumulación la inseguridad , y ambos produjeron el abatimiento de la agricultura y la completa despoblación rural , que es su inme- diata consecuencia. Los plebeyos que lograban un puesto en alguna colonia, y los veteranos que hemos mencionado, no podian ni que- rian revivir el pequeño cultivo libre , único que hubiera reanimado la Italia : no podian , porque el contacto y la concurrencia con la esclavitud , que formaba casi la totalidad del elemento agrícola, destruía en germen las tentativas del trabajo ; no querían , porque sus hábitos de holganza les llamaban de nuevo á la existencia aza- rosa de la capital , donde la osadia y el apoyo de un patrono abrian


EN GRECIA Y ROMA. 397

paso en aquella época de revueltas á los honores y á las riquezas. Por esta razón , apenas llegados se apresuraban á vender sus lotes por un precio insignificante y aumentaban las propiedades inmen- sas de la aristocracia.

Por lo que toca á los paises lejanos , regidos inmediatamente por Procónsules, Pretores, Enviados del Emperador, Gobernadores, y por una turba de subalternos , á cuyo lado Verres pudiera llamarse Aristides, su situación era más precaria, si cabe, que la de los Italianos , no bastando nada á saciar la codicia de los dominado- res. El Estado les exigia fuertes tributos; los Generales á su vez necesitaban enriquecerse y pagar las deudas que hablan contraído para obtener sus cargos; y por último, los agentes secundarios, siguiendo el ejemplo de sus jefes , saqueaban sin piedad ni con- ciencia á sus administrados. En toda la dilatada superficie de la dominación romana se velan eriales y abandonados los campos, desiertas las aldeas , cubiertos los caminos de malhechores y api- ñada en las ciudades importantes una mala levadura de gente he- terogénea , viciosa é improductiva , perfectamente dispuesta para aguantar y hasta aplaudir las sangrientas saturnales de los Cómo- dos y Caracallas , que en honor de la verdad no se ejercieron tanto contra ella como contra los restos del patriciado. La aristocracia habla acumulado sobre su cabeza la tormenta con esa seguridad de perpetuarse que deslumhra á todos los poderes amenazados; y cuando el absolutismo imperial , su enemigo , logró consolidarse sobre sus ruinas , convirtió en rayos de sus venganzas , y sin pre- sumirlo siquiera , en castigo providencial , los dos elementos que el orgullo de los patricios habia corrompido , degradado , envile- cido y exagerado : la plebe y la esclavitud. La plebe presenció impasible ó contenta cómo caian las más enhiestas cabezas ; có- mo venian abajo las posiciones más. encumbradas ; cómo se desmo- ronaban las fortunas más sólidas ; cómo se podaba el árbol de la libertad privilegiada , á la menor indicación , á la menor señal de un sibarita afeminado ó de un tirano colérico. La esclavitud , que instintivamente habia favorecido las pretensiones de la fracción adversa á la aristocracia con Mario y con César, no sólo no per- dió en el cambio político , sino que obtuvo de los Emperadores una conmiseración, estéril frecuentemente, pero al fin reconocida y consignada en los Códigos , que habia impetrado en vano de las virtudes republicanas. ¿Qué importaba á los miserables esclavos la

TOMO I. 27


398 LA ESCLAVITUD

suerte de las instituciones políticas , la instabilidad de las propie- dades , el capricho erigido en reg-la , la progresiva declinación de la patria hacia su ruina? ¿Hablan gozado ellos por ventura de al- gún derecho , incluso el de vivir, ni disfrutado de una parte míni- ma de su trabajo? ¿ Se les habla impuesto otra regla que la volun- tad de sus soberbios dueños? ¿Qué eco habia de producir el nombre de la patria y de la familia en los que fueron arrancados de una y otra para ser rebajados hasta la categoría de los brutos? Látigo por látigo , debian preferir el que alcazaba á los Proceres tanto como á ellos , el que se extendia sobre las nobles espaldas lo mismo que sobre los cuerpos encorvados por las fatigas. Además, la reacción anti-aristocrática envolvía una mejora legal en la con- dición de las clases humildes, una tendencia á la igualdad de todos ante la omnipotencia de uno sólo. Ya Augusto, agradecido á las simpatías que habia mostrado por la causa de su tio , encarga la protección de la raza servil al Prefecto de la ciudad. Claudio prohibe que se arroje á los viejos é inválidos á la isla de Esculapio, donde morían de hambre , y que se obligue á los demás á comba- tir con las fieras , á menos que no lo autorice un Magistrado con causa legítima. Dispone Adriano que no se les encierre en hedien- dos calabozos pasadas las horas de trabajo , y proclama la inviola- bilidad de su vida , que Antonino Pió resguarda con la sanción de penas severas , concediéndoles asilo en los templos y en las esta- tuas de los Emperadores contra las violencias de sus dueños , é im- poniendo á estos la venta forzosa cuando los maltrataban. Constan- tino , iluminado por la luz del Cristianismo , manda que no sean separados los individuos de una familia, padres, esposos, hijos y hermanos ; castiga las mutilaciones para hacer eunucos , y habien- do caldo en desuso las leyes de Adriano y Antonino , las reproduce de nuevo sujetando al matador del siervo á la pena del homicida. Paso á paso queda abolido el infamante suplicio de la cruz , se anulan las enajenaciones voluntarias de la propia libertad , se san- tifican con los ritos de la Iglesia los matrimonios entre esclavos, se alzan las trabas y las prohibiciones al derecho de manumitir, y se eleva á los libertos á la categoría de ciudadanos romanos.

Coincide con este movimiento que inicia la ley civil y que se- cunda una religión de amor y caridad , que ha penetrado con su benéfico influjo en aquella sociedad materialista, la experiencia que el egoísmo va atesorando , de decepción en decepción , respecto


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de los malos resultados de la esclavitud como instrumento del tra- bajo. Comienza á comprender el propietario que, á pesar de ser escaso el valor del siervo é insignificantes los gastos de manutención (1), sus productos no corresponden á las esperanzas (2), y entonces toma uno de estos tres temperamentos favorables á su condición : ó le exige ciertas horas de trabajo y le deja el resto libre para que lo emplee en su provecho ; ó divide sus tierras en pequeñas porcio- nes , dando cada una á una familia en enfitéusis y á cargo de pa- garle un canon ; ó emancipa al esclavo por completo para obtener mayores beneficios como patrono , que los que le proporciona el dominio absoluto. De este modo se formaron los peculios, y con ellos la facultad, previamente convenida, de redimirse por un tanto, y se fomentaron las colonias agrícolas libres que sustituye- ron en muchas comarcas á los lati-fundia. Por lo que hace á la manumisión completa , no sólo la impulsaba la vanidad , sino tam- bién la conveniencia , porque se imponían tales obligaciones á los libertos, como la de dotar á las hijas del señor, destinarles una parte de su herencia y otras, que lo que á primera vista podia pasar, por generosidad , era en definitiva un buen negocio. Citaremos un ejemplo : Las distribuciones gratuitas de víveres no alcanzaban á los esclavos , pero sí á los manumitidos; y el dueño ganaba más con esta adquisición por medio de la libertad que con las estériles faenas de la servidumbre.

Todo cuanto hemos dicho respecto de la agricultura y de la letal influencia que sobre ella ejerció la esclavitud, puede decirse con más razón de las industrias mecánicas , que por lo mismo que exigen cierto grado de inteligencia en el obrero para su perfección , no pueden prosperar en manos serviles. ¿Qué interés tiene un esclavo en aprender? ¿Qué estímulo le alienta en sus tareas ? El miedo , el castigo le precisará á una labor tosca y rutinaria como la de una bestia de carga , pero no llegará jamas á inspirarle ideas de ade- lanto , que no han de ser recompensadas. Además , la instrucción, aunque no pase de rudimentaria, indispensable á ciertos oficios, de tal manera pugna con las brutales exigencias de la esclavitud,

(1) La subsistencia de los esclavos se reducía á 20 litros de grano y 25 de líquido al mes. El grano costaba un real y el líquido menos, pues se compo- nía de vinagre, agua del mar y agua dulce, según una antigua receta de Catón el Censor.

(2) El producto del trabajo de un esclavo se calculaba en un real diario.


400 LA ESCLAVITUD

que á nadie menos que á los dueños podia ocurrirseles el darla. Un esclavo que discurre, siempre es un peligro. Por eso no titubeamos en calificar de excentricidad el sistema de Pomponio Ático, que enseñaba á los suyos , mientras que Catón , más conocedor de la índole del sistema, les hacia dormir para que no pensasen. ¡Malha- dada institución que no puede salir de los límites de la barbarie!


VI.

Si hemos logrado presentar con claridad nuestro pensamiento al través de las vicisitudes de la historia romana, en lo que al objeto de este artículo interesa , se habrá observado que el germen de la esclavitud se desenvuelve con las conquistas lejanas y al contacto de los pueblos orientales ; llega á su degradante desarrollo en las épocas más florecientes de la República ala sombra de la aristocra- cia territorial y guerrera , y comienza á modificarse por su propia pesadumbre y por la reacción imperial, cuando una funesta expe- " riencia por un lado, la unidad de la legislación y una doctrina es- piritualista por otro , vienen á cegar poco á poco los abismos que separaban á los hombres ; el Imperio , á nombre de un despotismo nivelador, la Religión á nombre de la caridad cristiana. No hemos exagerado su perniciosa influencia sobre la moral y la economía, porque si bien concedemos la parte que les corresponde , ya al materialismo de las creencias religiosas en sus manifestaciones exotéricas, ya á la mudable condición de las instituciones pura- mente políticas, la verdad es que la esclavitud, como fundamento del estado social , debía desprender sus maléficos miasmas y propa- gar sus funestos errores, gastándolo y perturbándolo todo, costum- bres, leyes, sentimientos, familia, trabajo, gobierno, riqueza. Cuando un principio es falso y malo en su esencia , la civilización que á su. alrededor se forma, podrá llegar á deslumhrar con sus brillantes apariencias , pero le faltará solidez para resistir el em- bate de los siglos y el empuje del principio contrario , conserván- dose sólo entre sus ruinas aquello que ha ido á buscar la concien- cia humana, por encima de las deleznables aberraciones de un mentido ínteres, al origen puro de toda bondad y de toda justi- cia. Esas civilizaciones imperfectas, por muy exuberantes y lozanas que se presenten en su forma exterior, tienen un enlace, una co-


EN GRECIA T ROMA. 40^1

nexion íntima con otras civilizaciones incipientes y casi salvajes, que á despecho del tiempo, de la distancia y de la carencia absoluta de cultura, conservan, dig-ámoslo así, el tipo de la raza. Los reye- zuelos de la costa occidental de África , si no razonan , obra como los grandes jurisconsultos y estadistas romanos, fundando el hecbo de la esclavitud en el supuesto derecho de vida y muerte sobre sus prisioneros de guerra ; y cuando emprenden sus correrlas para lu- crarse con el botin humano , que venden á los europeos , no llevan otro móvil que el que inspiraba al Senado para declarar ciertas guerras de conquista. Prisioneros y esclavos queria aquel Congreso de Reyes , como lo llamaba el enviado de Pirro , y á este deseo sa- crificaba hasta la libertad de sus conciudadanos. Por eso rara vez consentía en los canges propuestos (1) , prefiriendo que vendiesen á los soldados romanos en Cartago ó en Grecia, á devolver los que se hablan cogido al enemigo. ¿Qué otra doctrina practican los caciques del Senegal y de Angola? Hay más: Roma proscribe toda industria menos la de los esclavos , que ejercen los primeros aris- tócratas ; Roma se solaza con el espectáculo de los esclavos que se degüellan unos á otros. El Rey de Dahomey opina del mismo mo- do : es el primer tratante de negros , y ha edificado una torre de huesos humanos, que atestigua la sencillez de sus placeres de Sobe- rano. ¡Oh lazo misterioso de iniquidad que de este modo unes como con una cadena de infamia á los orgullosos contemporáneos de Pompeyo con las bárbaras tribus de los Calabares! ¿Y qué diremos de los filántropos traficantes de esclavos de la moderna Europa, si- guiendo, sin sospecharlo siquiera, las inspiraciones de Aristóteles? Pregúnteseles, pregúnteseles por la justificación de su repugnante comercio , y ellos contestarán tan bien como el jefe de la escuela peripatética , aunque sin su aparato filosófico , que la abyección moral é intelectual , el color de la piel , la prolongación de los la- bios , la resistencia al calor tropical , lo aplastado de la nariz y lo rizado del cabello , constituyen á los bozales en la famosa raza de instrumentos animados, cuya diversidad fisiológica andaba bus- cando el discípulo de Platón sin encontrarla. Unos cuantos ejem- plares de estos hubieran desvanecido acaso las dudas del filósofo, así como la lectura que les recomendamos de las obras aristotéli-

(1) Cuando Fabio Máximo convino con Aníbal en un rescate de prisione- ros romanos , el Senado se negó á entregar el dinero , y el dictador tuvo que vender su pequeño patrimonio para no faltar á su palabra.


402 LA ESCLAVITUD

cas, tranquilizará de seguro la meticulosa conciencia de los ne- greros.

VIL

No terminaremos este trabajo enojoso , en que el ánimo nos ha faltado á veces para enumerar tantas iniquidades , sin detenernos un momento á descansar, como en un oasis, á la amiga sombra de la filosoña estoica , que ya en Grecia habia refrescado nuestra al- ma. Bien sabemos que sus doctrinas , disputas y enseñanza eran más que tendencias prácticas hacia una reforma social, estériles especulaciones del entendimiento. Pero asi y todo debemos consig- narlas y presentarlas como protesta al menos de la conciencia re- cóndita contra los desvarios de la fuerza y los sofismas utilitarios. La primera voz que se alza en Roma para defender la libertad hu- mana sale , es verdad , de labios manchados por la adulación, qui- zás también de un corazón envilecido por la complicidad con la más cruel y extravagante de las tiranias históricas. Aludimos á Séneca , maestro y ministro de Nerón , del que no se puede asegu- rar si al escribir las bellas páginas de sus cartas en el Cuarto del pobre de su opulento palacio , exhalaba un gemido de arrepenti- miento , ó se burlaba de la posteridad que habia de admirar sus virtudes, aquilatándolas por sus escritos. Sea de ello lo que quiera, sus palabras encierran declaraciones tan terminantes y elevadas, que los primeros apologistas las creyeron inspiradas por el conoci- miento de los dogmas del Cristianismo (I). «¿Son esclavos? dice en una epístola á sus discípulos Lucillo : di más bien que son hom- bres. Son esclavos como tú. Aquel á quien llamamos esclavo ha nacido de la misma semilla que tú , disfruta del mismo cielo , res- pira el mismo aire, vive y muere como tú.» «¿Qué significa, ana- de en otra parte, un caballero romano, un liberto, un esclavo? Palabras nacidas de la ambición ó de la injusticia. » Hasta parece que Séneca , descendiendo de las alturas de la filosofía , echa una mirada sobre la vida real , y se muestra indignado de tantas in- famias , cuando establece un paralelo entre los esclavos y los se- ñores, nada halagüeño para los últimos, y cuando anatematiza los

(1) Tertuliano y otros autores le creyeron discípulo de San Pablo; San Je- rónimo le llama nuestro Séneca, y el Concilio de Trento le cita como una au- toridad respetable. Modernamente Fleury escribió un Hbro para probar las supuestas relaciones entre el filósofo y el apóstol de los gentiles.


EN GRECIA Y ROMA. 403

sangrientos espectáculos del circo con esta frase : Homo , sacra res Tiomini^j amper lusum etjocum occidüur. Otra voz elocuente, pero dolorida , se oyó también por entonces para revindicar la igualdad moral del hombre ; voz de un siervo y de un sabio , que era por si misma una prueba viva del absurdo sobre que habia fundado Aristó- teles sus teorias. Apodérase de ellas el liberto Epicteto y las vuel- ve contra la esclavitud de esta manera : « No hay más esclavo na- tural que el que no es capaz de razón, y esto sólo puede decirse de los brutos, pero no de los hombres. El asno es un esclavo destina- do por la naturaleza á llevar carga, porque no es capaz de razón, ni tiene el uso de su voluntad. Que si él gozase de este don, rehu- saría legítimamente nuestro imperio, y seria igual á nosotros.» Epicteto añade al raciocinio anterior una máxima que es de todos los tiempos , pero que en todos los tiempos suele olvidarse : « No hagas con los demás lo que no quieras que contigo se haga.»

Estas nobles manifestaciones de la conciencia individual rebela- da contra los errores sociales , si bien consuelan el alma con un fresco aliento de la verdad que está por venir , no pueden ni deben considerarse como ideas arrojadas al debate y capaces de modificar la organización viciosa de aquel pueblo. Las tinieblas eran dema- siado densas para que las penetrasen unos débiles resplandores de justicia, aunque los reflejara la corona de un Marco Aurelio.

Mas ya aparece sobre el horizonte romano una vivísima luz que va á oscurecer los pálidos destellos que salen de la filosofía paga- na , y á iluminar el antiguo mundo antes de su ruina. Una doctri- na que ordena el amor y la caridad ; que llama al desvalido y al perseguido con preferencia al rico: una doctrina que tiene por apóstoles á unos míseros pescadores , y cuyo Divino Maestro quiere nacer en una barraca, la morada del pobre, y morir en una cruz, el suplicio del esclavo, no podía menos de ser precursora, á no adul- terarla el error , de la libertad humana. San Pablo condensa así la fraternidad universal, que es su esencia: «No hay judío, ni gen- til , ni circunciso , ni incircunciso , ni bárbaro , ni escita , ni escla- vo, ni libre, sino Jesucristo en todos.» Hé aquí establecida la igualdad ante Jesucristo, que es la justicia de Dios. ¿Por qué han trascurrido diez y nueve siglos , y todavía no existe en el mundo cristiano el hecho universal de la igualdad ante la ley , que es la justicia de los hombres?

Augusto Ulloa.


ALREDEDOR DEL MUNDO.[editar]

Viaje de la TSJJM.AJSC1A.,


Entre las insignes memorias españolas , difícilmente puede evo- carse una más admirable que la de nuestra Marina. — Diríase que todas las condiciones determinantes de nuestra civilización , desde la configuración peninsular de nuestro territorio hasta los más al- tos trascendentales hechos con que hemos servido al mundo , han cifrado su más fecunda exigencia en esa gloriosa entidad histórica que se llama el navegante español. — Diríase que ha sido el hijo predilecto de nuestro genio patrio , el escogido para representar uno de los mejores timbres, uno de los más honrosos títulos con que la maravillosa ejecutoria de nuestros anales nos ha hecho acreedores á la gratitud de la general cultura.

Para sentirlo y comprenderlo así, para ver cuan íntimamente asociada al desarrollo de nuestra nacionalidad ha estado siempre la España del mar , basta echar una rapidísima ojeada á ese pasa- do que forma nuestro orgullo. Todavía no éramos partícipes de la portentosa vida de aquella Roma ante cuyo recuerdo parecen im- potentes el tiempo y el olvido , y ya éramos la España marítima del Mediodía , amiga y rival sucesivamente de los Fenicios , que salva- ba en sus frágiles embarcaciones el pavoroso límite de las colum- nas hercúleas, y hallaba objeto á su actividad en las riberas del Occidente africano; y ya éramos el suelo codiciado por aquellos


VIAJE DE LA NTJMANCIA 405

Cartagineses, dominadores primitivos del histórico Mediterráneo, cuya artera codicia hizo de nuestra Gádes un emporio del antiguo comercio; y ya habia , en fin , comenzado á cumplirse el destino maritimo de un pueblo cercado al Norte , al Sur y al Oeste por 500 leguas de litoral, y cuya mirada, detenida en el continente por la barrera pirenaica , parece obligada á buscar en los. horizontes de dos mares espacio y empleo á su inteligencia.

Más tarde, la dominación latina, para cuyos intereses en África tuvo nuestro territorio tanta importancia , utilizó en cuanto la pa- tria de los Viriatos se lo consintiera, en cuanto se lo permitiera aquella inextinguible resistencia que nuestro espíritu nacional le opuso, los elementos de la navegación ibérica; y al tiempo que en las costas de la España citerior se organizaban las expediciones guerreras que enviaba la República al sojuzgado, vecino continen- te, nuestra Marina indígena, absorbida en la que ya poseía la na- ción dueña del mundo , y mejorando en su seno su informe orga- nización, hacía con ella por el golfo arábigo el comercio de Oriente; de aquel Oriente cuyas relaciones mercantiles con Roma eran tan considerables en el siglo I de nuestra era ; de aquel Oriente que proveyó á todas las necesidades del lujo y del deleite en el gran Imperio sibarítico; de aquel Oriente que fué el creador de la anti- gua Marina, propiamente dicha, como el Occidente lo ha sido de la moderna.

Las razas del Norte llegan por fin en el siglo V á forjar con las ruinas del viejo mundo los cimientos del mundo del porvenir; ante las Atilas, eclípsanse los Augústulos. Los fundadores de la oficial España cristiana son recibidos por ella con el presentimiento del excelso destino á que la preparaban. Y mientras brotan en nuestro "' territorio los primeros gérmenes de nuestro idioma , y mientras se instituyen los Concilios y se establecen los feudos , piedras angu- lares del edificib de los siglos medios , nuestra Marina peninsular, desde las costas andaluzas, en cuya proximidad naciera la Sevilla gótica, precursora de Toledo, hasta los puertos de la Galicia con- quistada por los Suevos, vuelve á adquirir movimiento y vida pro- pios. Y cómo esta Marina sirvió á la España goda de los siglos VI y VII, de aquellos siglos de Isidoro y de Wamba , de aquellos si- glos entre cuya barbarie luce con hermoso esplendor nuestro Fuero Juzgo; de aquellos siglos en que la Iglesia era ya guarda- dora del fuego sagrado del saber y de las reliquias de la antigua


406 ALREDEDOR DEL MUNDO.

cultura, nos lo dice el recuerdo de las primeras tentativas sarra- cenas para invadir nuestro suelo, j el precioso auxilio que los Egi- cas y Witizas tuvieron en nuestras naves para rechazar sus flotas, y aun para sentar victoriosas huellas en la Mauritania Tingitana.

La catástrofe del Guadalete viene en el siglo VIII á sorprender en su decadencia al imperio del infausto Rodrigo , y á demostrar- nos con harta elocuencia la vital necesidad en que la geografía nos constituye de custodiar poderosamente nuestra dilatada frontera de mar. Las huestes de Tárif y de Muza se enseñorean de la Béti- ca, de Valencia, de Granada, de Murcia, de Castilla, de León, de Aragón, de Jaén. La civilización árabe se desarrolla luego con prodigiosa rapidez en nuestras comarcas, ávida de utilizar los gran- des veneros de prosperidad y de riqueza que el suelo español le brinda; y también entonces, bajo una bandera y en el seno de una dominación contrarias á nuestro sentimiento nacional , sallan de nuestros puertos aquellas naves que desde Siria hasta los últimos confines del África septentrional eran dueñas del gran canal de la primitiva industria, y obedecían á los progresos que la ciencia de navegar y otras á ella tan estrechamente unidas como la astrono- mía y la hidrografía, merecieron á aquel pueblo inteligente.

Pero en Guadalete no habia perecido lo que no podía perecer: el principio cristiano, verdadero creador de nuestra nacionalidad. Si aquella misma centuria vio nacer el califato de los Abderrhama- nes en nuestros vergeles cordobeses , también fué el siglo de Cario Magno en Europa, y de Pelayo en Asturias. La epopeya de nuestra reconquista cierra aquel siglo con los triunfos de Alonso el Casto sobre los Hixenes, se depara en el siguiente páginas tan gloriosas como Clavijo, y en el décimo los Ordoños y Ramiros le dan los días memorables de Zamora y Simancas. Y á medida que en el sangriento fondo de aquella lucha, que habia de durar quinientos años más, se empieza á delinear la España futura, la España, una y prepotente; la verdadera Marina española tomaba ya serio y pujante desarrollo, y se aprestaba ya á servir insignemente á la causa cristiana , ob- jeto supremo de nuestra misión nacional , de nuestra importancia europea, de nuestra grandeza continental. Y así en el siglo XI, en el siglo de Pedro el Ermitaño y Godofredo, mientras los Bermudos de León y los Garcías de Navarra vencían en Calatañazor, nuestros marinos aragoneses, castellanos y navarros tomaban en la primera Cruzada la parte que era posible al trabajoso estado de nuestra


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patria, y sus naves acompañaban, poseedoras ya de verdaderos progresos náuticos , á las de las florecientes repúblicas italianas de Venecia , Pisa y Genova , rivales entonces del poder marítimo de los Árabes. Hasta que en el siglo XII, que anunció con los nobles fueros de la Caballería y con nuestras primeras Cortes populares el advenimiento de la libertad moderna , nacida á la vez en Francia con los Comunes , y en Inglaterra con la Carta de Enrique I, aque- lla primitiva Marina aragonesa , verdadera madre de la española, habia ya hecho de la libre Barcelona el emporio de nuestra vida marítima y la base de su futuro engrandecimiento.

Desde este instante histórico, ya no hay reposo para las crecien- tes glorias de esa Marina á tan altas empresas destinada. El si- glo XIII es el siglo de los Jaimes y Berenguéres. Ciento cincuenta y cinco naves con 15.000 soldados salen en 1229 de Salou y con- quistan la Mallorca mora. En 1285 Roger de Lauria salva á su patria en el golfo de Rosas , y en 1286 Alfonso III gana á Menorca; primeras páginas de la hermosa historia de aquellos marinos ara- goneses que habían de realizar en el trascurso de cuatro siglos 56 expediciones heroicas , mandadas personalmente por los Raimun- dos y Fernandos; que habían de llamarse los conquistadores de Valencia , de Sicilia , de Ñapóles , de las Baleares , de Grecia , de Cerdeña, de Córcega, de Tortosa, de Almería, de Gaeta. Y en aquel mismo siglo XIII , siglo de las Navas , de San Fernando y de Guzman el Bueno , no era solo Aragón el fomentador de la Marina española. Castilla también , á medida que triunfaba de la morisma, organizaba y protegía nuestros elementos marítimos del Norte y Mediodía. Publícanse entonces las primeras ordenanzas del ramo en la nación; y el Rey Santo, creando el Almirantazgo castellano, protegiendo á nuestros pescadores de Zarauz y Pontevedra , y á nuestros armadores de Cartagena, preparó la gloria de Sevilla, en cuya conquista tanto le ayudaron las naves cantábricas. Los privilegios- de la Marina guipuzcoana se aumentan luego en Deva y Guetaría con Sancho IV, que ganó 13 navios á la armada mar- roquí ; y ocho años después , consiguiendo una nueva victoria so- bre las flotas moras , se ciñó el laurel de Tarifa para que Fernan- do IV, su hijo, fundador de Bilbao, lo refrescase en sus sienes, debiendo á aquella Marina la conquista de Gibraltar.

En el amanecer del siglo XIV Jaime II de Aragón debe á esa Marina la Cerdeña. Ella venció á la armada portuguesa en 1337


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Klla ofreció en 1343 á Alfonso XI las 80 galeras que fueron á la conquista de Algeciras ; mientras al propio tiempo enviaba sus naves mercantes á las ferias del Oriente para abastecer á la aris- tocracia castellana de los raros objetos de aquel lujo que motivó las leyes suntuarias del mismo Monarca. Ella creaba también la célebre campaña de la Rochela, que obtuvo salvo conducto de In- glaterra para las naves castellanas y mallorquinas , visitadoras de Flándes. Ella tuvo con las armas de aquel reino , y en las aguas de la misma Rochela , el glorioso encuentro en que 12 galeras de En- rique II destruyeron 36 naos inglesas , apresando con su General 8.000 hombres y el tesoro que conducian; sin duda para que la ya altiva Albion , al oir tronar los cañones que España llevó entonces la primera á un combate naval , se confirmase en sus temores de ver alzarse á Castilla con el dominio del mar. Ella recibió en sus bajeles á Pedro 1, y le vio mandar, entre otras, la expedición de 40 galeras y 80 buques menores con que llegó á Barcelona. Ella ganó á D. Juan I nuevas victorias sobre las armas portuguesas en 1381 y 1384. Ella, mientras Enrique III la protegia estableciendo en nuestros puertos el derecho diferencial de bandera , llevaba sus Embajadores á las más opulentas cortes orientales: y el Emperador de Turquia , Bayaceto y el Preste Juan , señor de la India , y el gran Tamorlan vieron á nuestras naves cruzar soberbias y podero- sas el Bosforo , el Eufrates y los mares de Armenia y Persia. Ella vencia de nuevo con D. Diego de Mendoza , en una lucha de tres años, al Portugal, rompedor de las pactadas treguas, y con Don Pedro Niño, á los moros, yendo á coger las naves sarracenas en sus mismos puertos. Ella formó la invicta expedición á Canarias de los andaluces y vizcainos, que con cinco navios llegaron á Lanzarote, cautivaron sus Reyes y volvieron á la Peninsula carg-ados de rique- zas. Ella, en fin , termina el siglo XIV sacando á Morales y á Zarco del cautiverio, y llevándolos, antes de tocar la suspirada patria, al descubrimiento de la isla de Madera.

Viene el siglo XV, el siglo de Guttenberg* y de Miguel Ángel, á abrir á España en Granada las puertas de la Edad Moderna, Nuestra épica reconquista va á terminar. Hemos salvado á la Es- paña cristiana , como en Lepante salvaremos á la cristiana Europa. Pero entre tanto , vamos á realizar el hecho más grande de la his- toria ; vamos á llevar la Cruz á un nuevo mundo ; el genio que oye á través del desierto Océano las palpitaciones de su virgen natu-


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raleza, está ya entre nosotros depositando su maravilloso secreto en el sublime corazón de la Católica Isabel. ¿Qué es, empero de la Marina española en el albor de este hermoso siglo , y cómo tras- curren para ella los años que la prepararon á seguir á Colon? Fo- mentada bajo el cetro de D, Juan II de Castilla, y por las Cortes del Reino que en 1422 decretaban ya la construcción de nuevos navios y la reparación de los antiguos , nuestra marina comercial cántabra y gallega era la primera en el Norte y en Levante ; y aun en los dias del fatal reinado de Enrique IV , la Vizcaya marí- tima habia llegado á tal apogeo , que Francia é Inglaterra se dis- putaban el concurso y el auxilio de sus naves ; y el Portugal de Vasco de Gama queria en vano arrebatarnos el tráfico de Guinea. Entre tanto , nuestra Marina militar conquistaba con Alfonso V de Aragón á Marsella en 1423 , y á Ñapóles en 1442 ; ó se cubria de gloria en el sitio de Bayona. Y de este modo , y por tan varios ge- nerosos esfuerzos , cuando en el último tercio de aquel siglo se rea- liza , con la unión de las casas castellana y aragonesa , la definitiva constitución de la Monarquía , la Marina de España , posesionada nuevamente de nuestro litoral del Mediterráneo y de los puertos italianos en que reinaba Fernando, acrecentada y engrandecida con la fusión de todas nuestras marinas provinciales , se bailó capaz y digna de emprender su verdadera obra inmortal.

¡Siglo XVI, cénit de la grandeza española, siglo del Océano! El marino español no era ya en ti el primitivo costeador que fiaba al remo el derrotero y la salvación de su débil esquife ; ni el sol- dado del Mediterráneo que con la brújula y la vela, esas dos con- quistadoras del mar , tomó parte en todas las escenas de la antigua civilización. El marino español era ya en tí el piloto , el verdadero navegante. La lucha con el elemento-titan le habia enseñado á hacer , para dominarlo , una ciencia y un arte múltiples , á los que concurrían todos sus progresos y todas sus investigaciones con sus más preciosos hallazgos. Y el Océano , que ya le conocía , que ya le habia visto surcar intrépido la superficie de sus inexplorados abismos , sintió dócil sobre su espalda la huella de una valerosa é inteligente pléyade , que el espíritu científico , el impulso de una ambición generosa y el esforzado ánimo militar le enviaban en aquellos insignes ciudadanos de las aguas , representantes del Im- perio español de Carlos V , delegados de aquella Monarquía casi universal , en cuyos horizontes no habia ocaso para un sol de glo-


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ria. Y los hechos admirados de aquella egreg-ia cohorte llenan la primera mitad de tan gran siglo ; y mientras la España europea conquista á Oran con Cisneros , ó sostiene su inmensa lucha moral con Lutero , Ojeda descubre en el año quinto á Venezuela , Ponce de León la Florida en el undécimo , Nuñez de Balboa halla el Pa- cifico atravesando el Panamá en el decimotercio , y en el diez y seis muere Solis, descubridor del Rio de la Plata, al consumar su em- presa. De 1515 á 1519 Magallanes y Cano, saliendo de Sevilla, dan los primeros la vuelta al mundo; en 1521 Hernán-Cortés co- mienza la epopeya de Méjico en Veracruz ; tres años después rea- liza Pizarro en el Perú la suya ; Juan Gaboto , descubridor del Pa- raguay, lleva al continente Hispano-americano en 1526 los ecos de Pavia , y Blasco de Garay ofrece algunos lustros más tarde al César invencible el anuncio del hecho que creaba la Marina del porvenir: la locomoción mecánica.

La segunda mitad de aquella centuria , cuya atmósfera de vida intelectual respiraron Copérnico, Cervantes, Shakspeare y Sixto V, halla al coloso de Yuste entregando su cetro al vencedor de San Quintín y de las Gravelinas. No era de temer , no , que la profunda inteligencia del tenebroso Felipe dejase de comprender lo unido que estaba á su poderio el de nuestra Marina nacional. Quizá Antonio Pérez repetía una frase regia cuando decia que « el imperio de los mares lleva tras si el de los continentes.» Aquella Marina le con- quista el Peñón africano ; enriquece su corona con el rico florón de las asiáticas Filipinas ; le da el canal de la Mancha con Calais ; le ayuda inmensamente á completar con los Alvas en Portugal nues- tra unidad peninsular; lleva á aquel Bazan, que tremoló la bandera española en cuatro partes del mundo, á apoderarse de las islas Terceras ; le decide tal vez á intentar en Inglaterra , enviándole con la Invencible 150 navios, 22.000 soldados y 3.200 cañones, la restauración del Catolicismo, y le depara, en fin, en el dia su- premo de Lepanto , su único , excelso servicio á la Europa y á la civilización , que el Asia se preparaba á deshacer. Aquella Marina española produjo á un Ladrillero que ostentó á su Rey sus 33 diarios de otras tantas navegaciones á América ; á un Velasco , que llevaba en su pecho las heridas de once combates particulares con los Tur- cos; á un Manchin de Mugía, que se sostuvo en Levante contra 160 velas de Barbarroja ; á un Luis de Campo , que no pudieron vencer 14 galeras otomanas eií las aguas de Tarifa ; á los bravos armado-


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res de nuestra costa del Norte, que en la guerra.de 1553 tomaron álos enemig-os coaligados más de 1.500 presas y 1.800 cañones, destruyendo uno de ellos, Mig-uel Iturrain, con un solo navio, cuantos en dos años empleó una nación enemiga en la ya usurpada pesquería de Terranova , y volviendo rico con 20 presas á su pa- tria, Pasajes. Aquella Marina era la que en 1574 contaba solo de Bermeo á Fuenterrabia 276 buques de gavias y 20 astilleros para repararlos. De aquella Marina era Luis Castaño, quien con una sola canoa española, en que volvia de la India, sostuvo en 1594, sobre la isla de Flores , dos combates con la escuadra inglesa del Conde de Cumberland , de la que se salvó dejándole muertos casi todos sus Comandantes ; y era también un Loya que , viéndose en la imposibilidad de poder librarse de una superior nao turca que le combatía, se abordó á ella y pegó fuego á su propia Santa Bár- bara; y eran los Navarros y los Arriaran que asaltaban á Trípoli. En ella formaron los Osunas , los Alburquerques y los Fajardos nuestra aristocracia de mar ; ella era digna heredera del inmortal Geno ves, que observó el primero las variaciones magnéticas de la aguja; ella inventó las cartas esféricas con Alonso de Santa Cruz; desaló el agua del mar por vez primera con Quiros ; aplicó con Andrés de San Martin las declinaciones de las distancias del sol á la luna y otros planetas, asi como las de sus eclipses y conjuncio- nes , para deducir la longitud , y realizó , en fin , los señalados descubrimientos científicos , cuya importancia forma digna parte de la gloria de aquel inolvidable siglo.

La dinastía austríaca murió sin duda para los efectos de nues- tra grandeza en aquel segundo Felipe de terrible memoria. La decadencia que nos amenazaba , como el cansancio que sigue al esfuerzo, no pudo ser comprendida ni detenida por los ineptos Mo- narcas que acabaron en Carlos II. Por eso el siglo XVII , que fiíé para Europa el siglo de Galileo , de Newton , de Lope de Vega, Velazquez y Murillo , fué , sin embargo , para aquel elemento de gloria , de poder y de riqueza que se llamaba la Marina española, una época de rápida disolución y de triste silencio apenas inter- rumpido por triunfos como el que en 1624 consiguió sobre los Ho- landeses.

En cambio el siglo XVIII se apresuró á intentar su resurrección tal como convenia á los altos intereses que el nieto de Luis XIV traia al solio de San Fernando. La Marina española, que en 1705


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solo contaba con 600 marineros y seis Generales, incluso el Almi- rante, consumó tan rápidamente su reorganización, que ya en 1715, en la toma de Ibiza, y en 1717 arrebatando al Austria la Cerde- ña, hacía presagiar el desenlace de la guerra de Sucesión. En 1732 es guiada por Cornejo á la reconquista de Oran; en 1741 realiza con los Lazos y los Slavas la magnífica defensa de Cartagena de Indias contra los Ingleses; en 1742 salva á Cuba ; al año siguiente obtiene , unida á la armada francesa , la derrota de Mathews ; y es la marina del Marques de la Victoria , de Barceló y del ilustre Ensenada, fundador de nuestros arsenales. Y así la ve el último tercio de aquel siglo de Franklin, de Voltaire y Goetbe, en la España de Carlos III , en la España de nueve millones de habitan- tes, conquistar en el Sur africano á Annobon y á Fernando Póo; hacer tan prodigiosos adelantos en su engrandecimiento , que en 1770 sólo contaba con 12 navios, y en 1779 ponía 63, con proporcionado número de fragatas y embarcaciones menores , en acción contra Inglaterra; y en 1780, mientras la insigne comisión que presidió nuestro Tofiño , hizo la admirable colección , superior á la de todos los países de entonces , de las Cartas marítimas de nuestras costas , aquella Marina luchaba desesperada y gloriosa- mente en Cádiz al mando de Lángara; en 1790 , uno de sus Gene- rales, D. Diego Contador, inventa la bomba-amarra; en 1795, cuando Salva anunciaba el telégrafo eléctrico, contaba ya con 100 navios de línea y 60.000 marineros; en 1797 hería por vez primera á Nelson en Tenerife , y concluía aquel siglo siendo la Marina de D. Jorge Juan, el escritor ilustre de la arquitectura naval; siendo la Marina que construía á la vez 12 navios en el Ferrol, que obte- nía con los diques de carenas una gran victoria para la ciencia hidráulica ; que instituía nuestra Academia de Guardias , nuestro primer Observatorio astronómico y Depósito hidrográfico, y que establecía , en fin , nuestras matrículas con aplauso de todas las naciones.

A todos estos grandes recuerdos , que vivirán tanto como nues- tra historia ; á esa radiante enumeración de gloriosas proezas , de fecundos adelantos , de civilizadoras empresas , viene , en fin , la mañana de nuestro siglo á añadir un recuerdo , una gloria , una fecha de luctuosa, pero inmensa grandeza: Trafalgar. La Marina española de 1805 era todavía digna de aquella que había guiado la civilización europea al Occidente ; era quizá la más positiva es-


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peranza y la más segura prenda de nuestra resurrección en el seno de las grandes potencias ; era todavía la que rodeaba la tierra con los Valdés y los Malaspinas ; la que multiplicaba sus progresos de construcción con los Castañedas, los Laudas y los Retamosas. Una infausta política la llama , sin embargo, á su último sacrificio; y al eco de aquellos cañones que anunciaron al mundo el fin heroico de los Gravinas , Churrucas y Galianos , respondieron en breve los tristes ecos del hundimiento de nuestra dominación en el nuevo continente, y sucedieron los tristes años de soledad y postra- ción en que la España de nuestros padres asistió á la agonía del absolutismo. Por fortuna la Marina española había ya de renacer en manos de la España constitucional. La libertad y la ciencia, que presiden abrazadas el movimiento civilizador de nuestros días, habían de hacer, por una institución que nos es tan necesaria, todo lo que progresivamente permitiesen nuestras fuerzas al restañar las profundas heridas de tantas históricas desgracias. Y en efecto, algo somos ya hoy como potencia marítima de lo que exigen nues- tra naturaleza territorial , nuestro creciente comercio , nuestro no- table anhelo por la restauración de la importancia española y el es- tado social y político del mundo.

La reseña militar y profesional de los 200 buques de guerra que entre embarcaciones mayores y las llamadas fuerzas sutiles posee- mos; la cifra de su presupuesto y la estadística del comercio extranjero y de cabotaje que hacen nuestras naves mercantes, confirmarían plenamente una aseveración que debe sernos hala- güeña por tantos conceptos , ya que no inspirarnos una vanagloria que nos prohiben á un tiempo lo que hemos sido , y lo que son en la actualidad otros afortunados países. Mas para darnos al menos la esperanza del porvenir ,. basta que hoy, y tal es el esencial obje- to de estos apuntes , recorramos rápidamente las páginas de un precioso libro que el Teniente de navio D. Eduardo Iriondo acaba de publicar en esta corte , con el título de Impresiones del maje de circunnavegación de la fragata blindada Numancia. La interesante y concienzuda relación que encierra , divídese en tres partes : la primera comprende la navegación hecha por La Numancia, como primer buque de su clase que la emprendiera , desde Cádiz al Ca- llao por el estrecho de Magallanes ; es eco la segunda de la glo- riosa campaña de nuestra escuadra en el Pacífico, y la tercera describe el mundo marítimo que desde la América occidental se

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extiende por los mares de Oriente hasta las costas del Sur de Áfri- ca. La lectura de cualquiera de ellas, si volviesen á la vida nues- tros excelsos navegantes del pasado, bastaria á llenar sus corazo- nes de patriótico regocijo; bastaria á hacerles comprender, mejor quizá que lo hemos comprendido los testigos centemporáneos de esos sucesos , que la decadente España puede ser el gigante cedro doblegado hasta el suelo por los huracanes de la varia fortuna, pero no el tronco muerto, sin esperanza de levantarse al libre j sereno espacio , y de ver retoñar, á impulsos de su vivificante sa- via , nuevas y poderosas ramas ; que el genio y el valor españoles no han podido morir , no se han extinguido sin duda ; y que si ha de haber otra gran España , ha de contar , para llegar á serlo, con esa inteligente y emprendedora fuerza que lleva todavía erguido nuestro pabellón por las movibles llanuras de las más remotas aguas.


El dia 4 de Febrero de 1865 , la población gaditana veia pre- pararse á dejar su histórico puerto el más importante entonces de nuestros buques de guerra. Con efecto, aquella imponente , férrea máquina que elevaba al cielo la blanca nube de su monstruosa respiración , y que parecía aprestar todas sus colosales fuerzas an- tes de lanzarse á desafiar las iras del inmediato Océano , era La JVwmancia, era nuestra primera fragata blindada.

El blindaje es hoy la última expresión de los adelantos de la vasta ciencia náutica-militar. La aplicación del vapor á la nave- gación , que deshizo en un dia la obra secular de los navios de vela , inició una nueva era de progresos , por decirlo así , insacia- bles. Con la aplicación de poderosas máquinas para obtener gran- des velocidades , la lona vino á cambiar por completo de papel , y se convirtió en humilde auxiliar de la caldera ; y con la aplicación del blindaje , la batería terrestre se humilló ante la inexpugnable fortaleza arrastrada por el hélice. Hoy, sin embargo, quiere el proyectil encargarse á su vez de humillar á la plancha , y la lucha está de nuevo empeñada ; pero mientras la solución no se determi- ne , la coraza es reina y señora de la milicia marítima , y las anti- guas maravillas del pino y del roble huyen á esconderse avergon- zadas en los arsenales que las desdeñan , temerosas ae encontrarse


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con el más peq[ueño monitor que se ría de sus cañones, ó cuyo es- polón atraviese facilísimamente sus hinchados senos.

La construcción de La Numancia fué encomendada por el Go- bierno español á uno de los astilleros de Tolón, de ese gigantesco laboratorio , émulo de los mejores, de donde bajo la dirección de los Dupuy de Lome salieron al mar el célebre Napoleón, primer buque de guerra que adoptó el vapor como único agente de pro- pulsión, y la no menos célebre Gloire, primera fragata acorazada que dejó tamaños á los ingenios de Liverpool y de Boston. — 96 me- tros de eslora, 17 de manga, 8 de puntal, 7 de calado en carga con un peso correspondiente á su desplazamiento, de 7.500 tone- ladas; 1.000 caballos de fuerza nominal y 3.700 de efectiva; 34 ca- ñones de 20 cent. n. 2; casco de hierro, para la unión de cuyas piezas se emplearon 2 millones de pernos; coraza de 13 centí- metros de espesor y 1.300 toneladas de peso (tanto como pesaba una antigua fragata de 40 cañones) , hélice de cuatro alas y con 6 metros de diámetro y un paso de 8; velocidad posible de más de 13 millas; dos grandes torres de sección elíptica colocadas á popa y proa, y compuestas de fuertes macizos de madera con blindaje de 12 centímetros; agudo y tremendo espolón; aparatos de vapor para la maniobra del timón en los malos tiempos , para la ven- tilación de cámaras y pañolas y para la destilación del agua sa- lada; vastos espacios y cómodos compartimientos para pertrechos, municiones y tripulantes; y todos los demás detalles y efectos exi- gidos por los últimos adelantos : hé aquí las condiciones y señas de nuestra Niimancia, tal como, después de dos años de trabajos, entró en los puertos de la Península. Su dotación en este primer viaje , se componía de dos Comandantes , cinco Tenientes de na- vio, cuatro Alféreces, un Oficial de ingenieros, otro de artillería, infantería y administración , dos Profesores de sanidad , un Cape- llán, 12 Guardias marinas, 14 Maquinistas, ocho Oficiales de mar, cuatro Condestables, 20 individuos de maestranza , 37 Cabos de cañón, 71 Soldados de infantería, un Guarda-banderas, 27 Cabos de mar, 50 Marineros preferentes, 35 ordinarios, 203 grumetes, ocho Aprendices navales, 37 Fogoneros y 45 Paleadores. Total, 590 individuos de tripulación.

Tal era y tal es el nuevo emporio de nuestra escuadra blindada. Pero ¿sería propio un buque de esta clase para la navegación de altura, y no debia reducirse á la defensa de costas? El peso de es-


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tas inmensas moles y las diñcultades de su manejo lo permitirían? ¿Seria posible además la vida á bordo navegando por trópicos , en naves de tan difícil ventilación? ¿Podrían arrostrarse en ellas los malos tiempos de las altas latitudes ? Este último esfuerzo de la ciencia, aplicado á los grandes servicios de la navegación militar, ¿no depararía un desengaño al orgullo de su invención? — Todas las naciones marítimas del continente , con particularidad Francia é Inglaterra, cuyas primeras pruebas en los mares europeos lo ha- bían intentado en vano, deseaban resolver el problema. — Y Espa- ña, apenas poseedora de su primera fragata de coraza, la enviaba en pos de esta gloria científica.

El viaje comienza: un tiempo hermoso lo favorece durante los primeros días; en la mañana del 8 , la alta montaña africana de nuestro Tenerife sale del horizonte á saludar al coloso en nombre de nuestra bella provincia atlántica, en nombre de las afortunadas Hespérides, que parecen colocadas en el dintel del Océano para dar á nuestras valerosas naves el último adiós de la Patria. En la travesía desde ellas á las áridas rocas portuguesas de Cabo Ver- de, una mar tendida del Noroeste, cogiéndole de través y ha- ciéndole dar 10 balances por minuto de 25° de amplitud media, sujeta á la Numancia á su primera prueba con la intensidad pe- ligrosa de un movimiento que en el combate hubiera anulado su artillería y descubierto la parte de su fondo no acoraza- da. — Pero nuestra fragata triunfa de aquella primera resisten- cia del hirviente piélago: el 13 da fondo en Puerto Grande de San Vicente, y tres días después, repuesto el carbón consumido, zarpa de nuevo y se engolfa entre las vivas montañas del Océano, trasponiendo sus cumbres como el águila. Su negro penacho de humo parece elevarse al cielo en ofrenda de la civilización que la envía; la blanca, luciente estela con que ara su quilla el pérfido seno del vencido elemento, traza en las aguas su carrera triunfal. En la singladura del 23 á 24 corta la línea por los 20° de longitud Oeste de San Fernando; pero la mar del hemisferio Sur no la recibe menos apaciblemente; sigue el tiempo inmejorable; la naturaleza sonríe sin duda á la expedición. El 28 salva nuestro buque el para- lelo de Pernambuco , punto el más oriental de la América meri- dional. Siete días después reconoce á Cabo Frío , y por fin, en la amanecida de 13 de Marzo divisa ya la isla de Flores y el cerro de Montevideo, al que las naves de Magallanes pusieron nombre, y en


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la misma mañana el ancla de la Numancia baja al fondo del Rio de la Plata ante la hermosa ciudad.

Esa es la tierra , sí , cuya aparición será siempre para el cami- nante de las aguas un espectáculo nuevo, sublime, inefable. — Esa es la América que durmió par tantos siglos , sola bajo la mirada de Dios , aquel bárbaro sueño de que la sacamos. — Esa es la América, hija de España , sobre cuyas tendidas playas , sobre cuyas vertigi- nosas cumbres, sobre cuyas fértiles llanuras imprimieron los pri- meros sus triunfantes plantas los hijos de nuestra gran sociedad. — Allí están tres siglos de nuestra historia. Allí viven para nosotros recuerdos que no pueden borrarse , grandezas que no pueden olvi- darse. — Lo mismo que en este instante sienten los tripulantes de la Numancia , sentirán los españoles de los futuros tiempos al en- trar en las aguas de ese caudaloso rio , donde se alza para recibir- los la heroica sombra del malogrado Solís , su descubridor. Todo podrá perderlo nuestra nacionalidad en su roce con los siglos , si providenciales decretos así lo Ordenan ; pero el orgullo legítimo y noble de haber hecho nacer un mundo á la vida geográfica, á la vida social, á la vida cristiana, ¿quién podrá nunca quitár- noslo?....

Nuestros marinos hallan á Montevideo sumida en profundo, patriótico dolor. — -La capital de la república del Uruguay procla- mada independiente de la madre patria , como todas las provincias de la hoy rota Confederación Argentina, en 1810; la que fué em- porio de la banda oriental de nuestro vireinato de Buenos- Aires ; la que dejó de ser en 1829 provincia cisplatina del Brasil ; la rica po- blación de 40.000 almas, cuyo grandioso anfiteatro comercial sos- tiene un tráfico con España y Cuba que representa 300 buques con 50.000 toneladas , y un valor anual en mercancías de 4.000.000 de duros , prepara actualmente en unión del Brasil una formidable expedición contra las fuerzas del Paraguay. Los efectos de esa fratricida guerra se hacen ya sentir en su seno. El luto y el dolor reinan en sus hogares , y en los dias que la fragata pasa en su puer- to, aquella infecunda desanimación, aquella constante alarma, aquel guerrero movimiento , parecen ser anuncio á nuestros mari- nos del triste cuadro de anarquía, de decadencia que va á ofrecerles la antigua América española. — Acaso esto mismo viene á decirles entre sus hórridos silbidos el pampero que en los últimos dias de Marzo les carga ; pero la Numancia resiste también impasible á la


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cólera del viento Sudoeste , y se prepara á seguir su marcha por los dos Océanos , que se ha propuesto humillar.

Anuncíala en la mañana del 2 de Ahril , saludando como despe- dida con 13 cañonazos á cada una de las insig-nias de los Contra- Almirantes extranjeros detenidos en el puerto , y poco después deja el práctico y emprende su camino acompañada del vapor trasporte Marques de la Victoria , que debe seguir á la fragata hasta su en- trada del canal y entregarla allí el completo del combustible que necesita para ir derechamente al Callao. — Al quinto dia, en la re- calada del Estrecho , el tiempo se presenta malo , el viento rachea- do duro , y la mar gruesa y tendida de proa ; la Numancia la re- cibe sin embargo perfectamente y apenas pierde en su marcha; pero el trasporte se ve obligado á capear, y desaparece á poco. Por fin, en la tarde del 11 , con mejores tiempo y mar, navegando con seis calderas y dando el resguardo conveniente al banco del Cabo y punta de Miera , que quedan en breve por el través de estribor, la Numancia alcanza los 52° 27' de latitud Sur, y 62° 14' de longitud Oeste de San Fernando, y surca las aguas del Magallanes más atra- cada á la costa Patagónica que á la Tierra de Fuego , para anclar tres horas después en la bahía de Posesión, primera escala de su navegación en el Estrecho de cien leguas.

¡Ah! El 6 de Noviembre de 1520 la comenzaban también tres naves españolas ; en la principal de ellas iba Hernando Magallanes, el amigo de Cisneros , el protegido de Carlos V, que le hizo Capi- tán y Caballero de Santiago. — Portugal le habia desdeñado como Genova á Colon , y él que habia comprendido en toda su magnitud el presentimiento del heroico sabio , él creia también que entre los dos mares separados por el Nuevo Mundo , el Atlántico y el que vio Balboa por vez primera, existia una senda cuyo descubrimiento realizaría la esperanza de la Europa occidental para acercarse á las Indias del Oriente. Veintidós dias de luchas y peligros sin cuento le llevaron , en efecto , desde el Cabo de las Vírgenes á su soñado mar, cuyas suaves brisas y blando oleaje le enseñaron á darle nom- bre. ¡ Así no le hubieran llevado en breve á la asiática Mactan donde encontró alevosa muerte !

Evocando este insigne recuerdo empiezan los marinos de nuestra Numancia á contemplar aquellas agrestes costas americanas que la mirada de la ciencia ha visto separar á lt)s volcanes , y que termina el Cabo de Hornos uniendo fácil libremente al Sur los dos ma-


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res extendidos hasta las zonas del Polo Antartico. — Caminando sólo de dia , y con el auxilio de las excelentes Cartas inglesas y es- pañolas que han hecho posible el canal á los buques de vapor , em- plean 50 horas en salvar casi la mitad de su longitud hasta llegar al punto en que se habia dado cita al perdido trasporte. Era aquel el fatídico Puerto del Hambre , llamado asi en memoria de la colo- nia española mandada por Sarmiento , que pereció alli miserable- mente en 1584, y que vino á aumentar el inmenso número de victimas que costó á nuestra población peninsular el Nuevo Mun- do. — Establecidos ya en él, asalta á los oficiales de la Numancia un ardiente deseo de conocer la bárbara raza épica de los patagoneses, pintada por los Harris y Argensolas como digna descendiente de los primitivos gigantes que parece honraron en su principio la faz de nuestro planeta. Ya se piensa en una excursión á la costa Oeste con tal objeto, cuando hé aqui que en la mañana del dia 16 sale de la embocadura del rio San Juan una tosca piragua con las ape- tecidas vivientes nuestras de la fabulosa raza ; pero ¡oh decepción! aquella media docena de indios salvajes , raquíticos, inmundos, que llegan á la fragata ávidos de un trago de ron , sólo les inspira una repugnancia invencible á creerlos seres humanos. Sin embargo, algo tenian de la humana vanidad : un pedazo de cristal azogado donde vieron su imagen , les producía tanto asombro como indiferencia la vista de nuestro buque y sus tripulantes. — ¿Cuánto tiempo tar- dará aún la sociedad de aquellas abyectas y ciegas criaturas en producir N%mancias'i El dia 18 llega en fin , el Marques de la Vic- toria, trasbórdase el carbón, y el 19 despidense ambas embarca- ciones y sigue sola la fragata su ascensión por el Estrecho , favo- recida por una completa bonanza. A las 10 pasa frente al Morro de Santa Águeda , terminación de la cordillera de los Andes. Ya las llanas costas de Patagonia se han cambiado en elevados montes de fantásticas formas , cuyas cimas corona la nieve abrillantada por el sol del Mediodía. Espesas bandadas de patos salvajes se levantan de la ribera al aproximarse el buque , viniendo sólo algunos más atrevidos á reconocer los extraños seres que les disputan aquellas eternas soledades , y con igual sorpresa asoman su cabeza fuera de las ondas enormes é inclasificados cetáceos. — A las cuatro de la tarde da fondo con 45 brazas de bitadura en la bahía de Fortescue, y allí pasa la noche, cuyas tinieblas rasga á lo lejos el resplandor de las hogueras indias. — A las siete de la mañana siguiente, y con


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SUS ocho calderas encendidas, arranca la Numancia á toda máqui- na en demanda de la angostura formada por la isla de Carlos III y la playa , pasada la cual penetra en la de Crooked-Reacli que pre- senta la sección más estrecha de todo el Magallanes , y donde el navegante ve entrambas laterales costas casi al alcance de su brazo. Sigue entonces en el canal llamado de Long-Reach , acom- pañada por una innumerable escolta de lobos marinos y ballenas; y por último , á las cinco de la tarde puédese marcar el Cabo Pila- res, árida y desolada terminación del Estrecho. Una hora después, el Pacifico gime bajo el peso de la soberbia nave. La primera parte de la valerosa empresa está terminada ; un buque blindado de alto bordo ha llegado triunfante á aquellas regiones. La Marina de guerra europea puede vanagloriarse omnímodamente de sus ade- lantos, y responder del éxito de sus esfuerzos. La Armada espa- ñola se lo ha demostrado , haciendo en 60 dias de verdadera marcha y con 2.800 toneladas de carbón, la travesía de 3.000 leguas que separa á nuestras playas andaluzas del Gran Océano.

En la mañana del dia 28 , y bajo el fanal de un purísimo cielo, brota mágicamente de la risueña costa oriental una ciudad de artístico y bello conjunto. Es la reina comercial del Pacífico, la industrial Valparaíso , la segunda capital de la República Chilena, que preside la opulenta Santiago. Hé aquí la nación hija de nues- tros Almagros y Valdivias , de los compañeros de Pizarro ; hé aquí la inspiradora de Er cilla; la región rica y hermosa, en cuyo seno vive todavía la salvaje Araucania, sin que el empeño de los tiempos modernos haya sido más afortunado que lo fué el de la España de la casa de Austria para domeñar , ni por la es- pada ni por el cristianismo, esa primitiva raza en que vive la tradición de una sociedad , quizá tan antigua como el mundo. Hé aquí el Chile moderno, el estado sur-americano que debiera presidir hoy, con la autoridad fecunda de su actividad y de su relativa cultura , á todas las naciones erigidas sobre las ruinas del dominio español, y agruparlas y vigorizarlas en nombre del ínteres latino. Un presupuesto de 120 millones de reales ; una producción minera de 180 y de 60 en cereales; un comercio general de exportación y de importación que no baja de 600 ; ingresos arancelarios que cu- bren generalmente sus gastos , constituyen la sana organización económica de este país. De su vida política es hoy fuente y garan- tía la Constitución de 1833 donde , á excepción de la de cultos, se


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consignan y proclaman todas las libertades. — Pero ni la libertad, ni la riqueza , ni el amor al trabajo , que forma en su honor una excepción entre todos estos pueblos , lian logrado hasta hoy dar á Chile carácter moral, condiciones de estabilidad gubernativa, hábitos de educación política , seriedad social , en una palabra, distintos de los que poseen todas estas miseras naciones de origen español. — Mas sigamos á nuestra Níimancia, que en el deber y en el deseo de unirse pronto á las naves de la armada española que la esperan en el Callao , deja á las pocas horas á Valparaíso , y emprende de nuevo el rumbo por las pacificas ondas.

Siete dias invierte en esta travesía. — En el penúltimo, un vivo olor amoniacal se difunde por la atmósfera. — El original tesoro peruano está inmediato ; una milla escasa separa á nuestro buque de las islas de Chincha. Todavía tiene en ellas la República guano para veinte años , según los más autorizados pronósticos ; pero des- pués ¿dónde hallará dinero para el supremo objeto de su afición nacional, que es la guerra civil? ¿Se resignarán los peruanos á no destruirse? — Por fin , en la nueva aurora , 5 de Mayo , la primera fortaleza de aquellos mares se acerca silenciosa á la nueva enviada de España. La Numancia echa al mediodía el ancla en las aguas del Callao , y saluda con el trueno de sus baterías la presencia de la escuadra hermana. — Allí están, en efecto, la Villa de Madrid ^ la Vencedora , la Berenguela , la Blanca y la Resolución ; allí es- tán Lobo , Pezuela , Alvar González , Topete y Valcárcel ; allí se les reúne Méndez Nuñez , allí está la Patria.

A la mañana siguiente , uno de los trenes de la vía férrea que une al Callao con la capital lleva á Lima á algunos de nuestros oficiales. — Treinta minutos les basta para realizar su deseo. — Ya están por fin en la moderna rival de la imperial Cuzco ; ya cruzan por las calles que trazó Pizarro , después de arrebatar á los hijos del Sol el cetro de aquel riquísimo estado. Pero aquí les espera un nuevo desengaño. Lima, con sus antiguas y pobres casas agrupa- das en torno de los pocos buenos edificios españoles que aún sub- sisten en ella , y al frente de los cuales figura la catedral fundada por el conquistador ; con sus calles cruzadas por fétidas acequias, y su falta de grandes centros de animación pública , está muy lejos de corresponder físicamente á las ilusione^ del viajero. — So- cialmente , su prensa periódica , puesta con sobrada frecuencia al servicio del dicterio , su población heterogénea , cuyos intereses


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se entrechocan constantemente , sus eternas luchas políticas en que el caudillo popular de ayer es siempre el tirano de mañana, el odio al trabajo que corroe como una lepra de pobreza á todas sus clases, la constituyen no sólo en digna y funesta señora de la República que preside , y cuya gestión parece reducida á vender el guano y aumentar su proporcionalmente enorme deuda pública, sino en triste símbolo de los demás pueblos herederos de nuestras colonias.

Un año entero pasa la Numancia en el Pacífico , cuyo trascurso llenan los trámites y accidentes de nuestra empezada lucha con aquellas repúblicas. — Pero nosotros renunciamos, aunque con pesar, á enumerar los sucesos de la primera campaña sostenida allá por la escuadra española , y terminada hasta hoy con el com- bate del Callao. La guerra sigue todavía , y no creemos por nues- tra parte deber juzgar á los que hoy mismo son nuestros enemigos, ni exponernos á un natural apasionamiento en la reseña de los an- tecedentes que forman la historia de esa malhadada contienda. — No es una sola la nobleza que obliga.

¦> Sólo , pues , nos creemos con el derecho de consignar aquí en breves palabras el juicio que no han podido menos de merecer á las opiniones imparciales los dos hechos más importantes de esa campaña. — El bombardeo de Valparaíso, que fué el primero, se realizó como una triste pero ineludible necesidad. No tenían nues- tros buques enemigos visibles que combatir ; los habían buscado inútilmente en Abtao , los llamaban inútilmente todos los días , y Chile respondía con un silencio burlón á la demanda, provocando con él el escarmiento. Pero aunque este no hubiera debido nacer de tan irritante necesidad, la amenaza de una intervención de fuerza por parte de algunos buques neutrales allí presentes , hu- biera bastado á determinarlo. Los despachos del Comodoro Rogers á su Gobierno, que todos conocemos, son la historia fiel de este suceso en favor de España. — Hasta que aquella amenazase formuló, pudimos resignarnos á no realizar el bombardeo; pronunciada, había que disponerse á todo , incluso á la pérdida de nuestros bu- ques , antes que á sufrirla.

Con respecto á la acción del Callao, ¿qué hemos de decir nosotros que no haya dicho ya el juicio de las primeras naciones compe- tentes? La escuadra española hizo allí lo que ninguna había hecho en ningún tiempo. Era cuestión resuelta para la ciencia militar la impotencia de los buques de madera ante los proyectiles huecos.


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Inglaterra y Francia en la guerra de Crimea no hablan consentido á sus naves ponerse al alcance de las baterías de Sebastopol y de Cronstandt; lo conceptuaban pura y simplemente temerario. En Odessa, todo el mundo sabe que lo hicieron sin el propósito de obtener un triunfo definitivo, que no se esperó. La escuadra espa- ñola, sin embargo, arrimó sus cinco buques de madera á las baterías blindadas del Callao, y con cañones de 68 y de 32 se batió contra los Blakelys de 500 y los Amstrongs de 300 , que debieron pulverizarla. — Como hecho de valor y de abnegación patriótica ¿Necesita éste comentarios? ¿Los necesita tampoco el sentimiento de honor nacional que naciendo al calor de la opinión en los con- sejos del Gabinete de 1866 fué á inspirar á nuestros marinos la re- solución de lo que debieron creer un glorioso sacrificio?

Pero volvamos á nuestro viaje. — Cuando en Mayo de 1866 aban- dona la escuadra española las costas del Perú, la Nnmancia, que no debe aventurarse á los mares tormentosos del Cabo de Hornos, ni puede tomar en aquella época la entrada occidental del Maga- llanes, se prepara con la Berenguela el Marques de la Victoria, y los trasportes Únele Samj Mataura , á surcar en toda su exten- sión el Pacífico para ganar las islas Filipinas; y el dia 10 da un último adiós á las playas sur-americanas.

Cuatro mil leguas de mar tiene que atravesar con sus compañe- ros para salvar ese gran Océano desde el límite que las ha visto mostrarse tan dignas del nombre español. Pero todo el raquítico aparejo de la fragata no consigue sacarla de su paso de tortuga; y además, á los pocos días declárase en nuestros buques el terrible escorbuto, esa horrorosa enfermedad que bien puede llamarse hija del ansia de la tierra , puesto que sólo halla en ella su verdadero remedio. ¡Y qué extraño que sientan ese ansia y sus mortales efectos los que han sufrido tantas penalidades y privaciones! Se hace, pues, imposible, que nuestros buques naveguen en conserva, y queda al fin sola La JVumancia el dia 19 , obligada á caminar á la vela y á reservar el poco carbón que guarda para cualquier causa que la fuerce á encender la máquina. Corre ahora el paralelo de 10 á 11° con vientos flojos de S. SE. y E. en lugar de los S. E. que marca el derrotero, y que no encuentra. Las corrientes tiran á favor de 13 á 20 millas; pero desde el dia 30 pierden mucha fuerza y que- dan reducidas á 3 y 8 el máximo. El 16 de Junio se reconoce á Fatu Hiva, la isla más al Sur de todas las Marquesas en el archi-


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piélago de la Sociedad , que es el principal de la Oceanía oriental ó Polinesia. Todos los corazones se dilatan al dulce calor de la es- peranza, porque nuestros buques se han dado cita en Papeeté, ca- pital de Otaiti; y Otaiti no dista más de 250 leguas de la Marque- sas. Por fin el 24 fondea La Numancia en el suspirado puerto, donde ya le aguardaban, sus compañeros. ¡Adiós, sufrimientos; adiós, temores! ¡Cuan fácilmente deshace en un instante la luz de la dicha, todas las negras sombras que vuestras largas horas acu- mulan sobre el corazón!

Otaiti , la encantadora isla que en medio de la América y la Australia se ofrece como un oasis incomparable al navegante : Otaiti, la nueva Cithera, bajo cuyos seculares árboles, en cuyos cristali- nos arroyos, sobre cuyas fértiles montañas, entre cuyos floridos • valles sombreados por altas palmeras, anchos plátanos y naranjos de eterno verdor, ha hecho su albergue la Felicidad; Otaiti, la Sa- gitaria española, que hace doscientos sesenta y dos años ofreció nuestro intrépido Fernandez de Quirós á la Corona de Castilla, es desde luego para nuestros marinos todo lo grata y todo lo hospita- laria que esperan. Las autoridades de Francia, que cumplen allí el protectorado del Imperio, ponen á disposición de las tripulaciones una pequeña isla en el puerto de la bella capital , donde en breve los enfermos recobran la salud y la alegría. Conciertos amenizados por la más culta sociedad indígena y europea de la isla; bailes en tierra y abordo, á los cuales asiste la célebre Reina Pomaré, que no lleva ya el ceñidor rojo de sus abuelas, pero que gasta su lista civil, de 25.000 francos, en los almacenes de modas de París; himnos dedicados á los hijos de España; comidas exquisitas; baños delicio- sos; grandes paseos á pié, á caballo ó en carruaje; esto y sólo esto ofrece la privilegiada isla á nuestros compatriotas en todo el mes que dura en ella su feliz permanencia. ^

Al historiador y al estadista no ofrece , sin embargo , precisa- mente lo mismo ese nido de bellezas. De aquella población de 80.000 »otaitia nos que encontró en ella el célebre Cook, no queda hoy la décima parte. Papeeté que veía llegar anualmente á su puerto 100 buques balleneros, apenas recibe ya media docena. Sus derechos aduaneros han espantado á los Americanos , que se van á Sandwich. Aquella monarquía liliputiense no tiene ya tampoco, como otras veces, el auxilio de una representación nacional ; las escuelas é imprentas, que eran en su mayor parte protestantes, se


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han suprimido, y sólo se permite predicar á un ministro anglicano todos los domingos, con tal de que lo haga en ingles, idioma que casi nadie entiende ; la estadística, en fin, erigida poco menos que en un secreto de estado , solo puede hablar cómodamente del nu- meró de bailes áe la semana. Otaiti muere.

De todos modos , grande y sincero es el pesar de los huéspedes de La JVumancia, cuando el 17 de Julio deja ésta la venturosa isla (en cuyo puerto, por primera y acaso por única vez, ha estado fondeada á 20 brazas de tierra), y se lanza de nuevo en el Pacifico, cuya segunda mitad de 2.000 leguas tiene que recorrer.

Los innumerables archipiélagos de la Polinesia, y entre ellos las mil islas del coral , unas invisibles y otras á flor de ag-ua , que ha- cen tan peligrosa la navegación de los mares intertropicales , son salvados felizmente por nuestro buque. El 25 de Agosto corta la linea por los 156° de longitud E. de San Fernando, y con una su- cesión de dias tranquilos y de esplendorosas noches presididas por hermosas constelaciones, logra el 5 de Setiembre ver por la proa la isla de Luzon , y al medio dia del 8 fondear al fin en la bella Manila. Los bravos combatientes del honor español en el Callao son recibidos por nuestros hermanos del Asia como el ardor patrió- tico les aconseja , y pasan con ellos , entre brillantes fiestas y gra- tas escursiones por el territorio , los últimos meses del año ; hasta que reciben orden de abandonar la hermosa colonia.

El 19 de Enero de 1867, parte otra vez La JVumancia , con el justo sentimiento de no haber visitado los puertos del Celeste Im- perio y del Japón en que hoy se halla tan fija la expectación de las principales naciones marítimas. Favorecida por el mismo constante buen tiempo , cruza el famoso mar de la China , y recorre las 600 leguas que la separan de Java , anclando en la rada de Batavia la tarde del 30.

En la narración de un viaje semejante , un ilustrado economista acaba de recordarnos elocuentemente que Java es la única colonia que da hoy á la madre patria, sin la esclavitud, un producto neto considerable. Con efecto, las arcas del Tesoro holandés ven ingresar anualmente más de 200 millones de reales que les envia la flore- ciente colonia, como auxilio para enjugar la deuda y terminar los ferro-carriles nacionales. Su población , que ocupa un territorio, cuya superficie es poco más ó menos la de Inglaterra, es de 14 mi- llones, para llegar á los cuales ha tenido que duplicarse en treinta


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años; y esto no podrá menos de asombrar á los emporios europeos, que como la Gran Bretaña y la Prusia necesitan, siguiendo su des- arrollo actual, cincuenta años para lograrlo, y sobre todo á Francia que apenas lo conseguirá en cerca de siglo y medio. De este incon- cebible bienestar , de la que bien podemos llamar la Holanda de Oriente, es inequívoca muestra su moderna capital, habitada por el célebre, por el culto Principe Raden Saleh, que vive allí con las me- morias de sus goces europeos, y sobre todo, de su Paris querido. Rientes y lindas casas rodeadas de jardines, espaciosas y bellas pla- zas; notables establecimientos científicos, entre los cuales se cuentan un observatorio meteorológico y un jardin de zoología , cómodos y decentes hoteles ; un notabilísimo museo de antigüedades, armas y objetos de música oceánicos ; todo esto reúne en su seno la nueva ciudad. ¿Puede, sin embargo, la Java del presente tener confianza en el porvenir? Ya se ha hecho grave cuestión, entre los partidos políticos de Holanda , el sistema que la antigua rival marítima de Inglaterra sigue empleando para la explotación de su mejor con- quista. Más de un Ministerio ha debido á esta lucha su caída; y hoy mismo el partido liberal pide en la prensa y en el Parlamento, la venta y explotación libres de los terrenos productores del azúcar, del café y del arroz, y condena en nombre de los principios civili- zadores el tributo en trabajo , que aunque sea el más interesante ejemplo de monopolio que hoy ofrece el mundo , monopolio es , y bien irritante y bien triste al fin y al cabo.

En las primeras horas del 19 de Febrero, la Numancia, vuelta á su marcha , desemboca el estrecho de Sonda y entra en el alboro- tado Océano Indico, tratando en los días sucesivos de atravesar con la rapidez posible los meridianos de la derrota más general de los huracanes , que , según observaciones autorizadas , comienza en la dirección de la isla de los Cocos , siguiendo por O. S. O. hasta la de Borbon , donde recurva y se dirige al S. E. El 5 de Abril fon- dea sin accidente en la bahía Simón del Cabo de Buena Esperanza.

No es ciertamente menos admirable que el de Java el estado de la población hoy constituida en estas regiones , que el Portugal del siglo XV dio á la geografía. Por el contrario , tienen sobre aquella inmensas ventajas. Las ciudades del Cabo , que pobló Ho- landa la primera á mediados del siglo XVII , le fueron ganadas por los Ingleses en 1795 , después de la anexión de los Paises-Bajos á la Francia; y la reunión de la actividad británica con la proverbial


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sensatez de sus fundadores , formó fácil y fecundamente en ellas la condición esencial de su prosperidad. Para probar lo que es hoy esta, baste decir que la colonia cuenta con 300.000 habitantes en- tre Ingleses, Franceses y Hotentotes y Malayos ; que su importante comercio de lanas, es de 18 millones de kilogramos anuales por valor de 68 millones de francos ; que sus vinos gozan ya también de productiva reputación ; que sus ciudades progresan maravillo- samente , contándose entre ellas á Puerto Isabel , cuyo movimiento comercial no baja al año de 320 millones de reales ; y que aun en las menos importantes, como Wellington, que tiene 2.000 almas, hay un Banco con 45.000 libras esterlinas de capital, llegando á quince los establecimientos análogos que funcionan entre todas ellas.

Del Cabo de Buena Esperanza sale la Numancia á los doce dias, para volver á unirse, cumpliendo órdenes, con nuestra escuadra de América. El 29 de Abril saluda en Santa Elena á la sombra del que pudo hacer de la raza latina todo lo que en grandezas y en progresos es hoy su antagonista ; y por último , en los primeros dias de Mayo , al cortar en Cabo Frió la derrota que habia hecho desde Cádiz á Montevideo, cierra la curva recorrida por su quilla alrededor del mundo.

S. López Guijarro.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CANTO DEL CISNE,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.


n.

UN DUELO FRUSTRADO.

(6 de Junio.)

Continuación.

— Que es V., Sr. D. Manuel, y mal que le pese, mejor hombre todavía que buen soldado ; y que quien , sirviendo á sus órdenes, no se distinga como Oficial y como caballero, no sabe aprovecharse del buen ejemplo.

— ¡ Bah ! i Bah ! ¡ Tonterías ! Pero , ¿y Carlos? — Desfiló felizmente á tiempo.

— ¿Dónde ha ido?

— Eso es lo que ignoro. Ni me acordé de preguntárselo, ni él lo sabría, ni teníamos tiempo para conversación.

— Cierto. ,35,^

—Va bien montado y parece ginete. — Lo es, y de punta.

— ¿Conoce bien á Madrid y sus cercanías? — Como su alcoba,

— Pues entonces no hay por qué inquietarnos. El dará cuenta de su persona.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO. 429

— Dios le libre de caer en manos de la policía , pues , seg-un pa- rece, su infame enemig-o se la tiene bien armada ¡Maldita sea

la política, y el que la inventó!.... Vayase V. á su casa, ó vuél- vase al cuartel á terminar su guardia. Como quiera Ni le en- cargo á V. el secreto, Lescura, ni le doy las gracias Al tanto

me ofrezco ; y entre compañeros todo está dicho Es preciso que

yo vea al Ministro esta mañana misma , antes que los polizontes le calienten la cabeza: no sea que nos jueguen á todos una mala pa- sada ¡A más ver!»

Diciendo así , arrimó mi Brigadier las espuelas al caballo ; si- guióle su ordenanza , y quédeme yo sólo en el lugar de la escena cómico-trágica, en que, sin comprender bien siquiera el argumento del drama de que debia ser parte , habíame tocado representar un papel de segundo orden, pero bastante á'dar cuerda á una ima- ginación de suyo novelesca, y á todo lo maravilloso inclinada, como lo es la mía.

A los veintidós años ¿quién no es visionario? Como no sea los predestinados á la usura , no creo que en la raza humana se en- cuentre , fuera de los idiotas , viviente alguno que , en esos dichosos años, no vea todas las cosas de oro y azul, ó de negro y fuego ; y para quien la vida no aparezca como un fantástico ensueño , con más ó menos frecuencia.

Desde el Lara de Byron , hasta el entonces proscrito General Mina, y quizá hasta el año antes ajusticiado y mísero Riego, fué sucesivamente trasformándose en mi imaginación el fugitivo Don Carlos, en una multitud de figuras, todas románticas, y todas igualmente absurdas y mal definidas. — De su villano contrario, todo lo más que acertó á hacer mi fantasía , fué un deforme y, como diría Don Quijote , maligno encantador, enemigo tan cobarde como encarnizado de mi héroe. Pero ¿ Yla Dama de la novela?. . . . Porque fácilmente se comprende que á los veintidós años no se concibe la vida, ni mucho menos la vida misteriosa y caballeresca del descono- cido, sin que haya de por medio siquiera una beldad , en torno de la cual giren los personajes y se agrupen los sucesos de la historia, como los planetas giran , y las nubes se agrupan en torno del astro

por excelencia luminoso A la verdad el medio siglo que, á mi

ver, debia ya tener vivido D. Carlos en aquella época, me ponía en la alternativa de colocar á su Dulcinea en el período climatérico de los treinta del pico cuando menos , ó de suponer al protagonista

TOMOI. i9


43Ó MEMORIAS

de mi romance menos cuerdo de lo que yo quisiera y él parecía

Pero ¡ bali ! . . . . Por fuerza habla de haber Dama en el negocio , y

si no era mi hombre su amante , quizá seria su padre , ó su tio

¿Quién sabe si su marido?

En esa hipótesis me estaba perplejo , y entreviendo ya los furo- res de Ótelo , ó la meditada venganza del protagonista de A se- creto agramo , cuando , á un tiempo, los ecos del clarín nos hicieron extremecer á mi corcel y á mi.

Era la Diana que se tocaba en mi cuartel y en otro del Prado.

Resolvime entonces á regresar á mi abandonado puesto , y fué acertada la inspiración ; porque al Capitán de dia se le habian pe- gado aquel las sábanas más de lo regular; y mis compañeros, los Oficiales de semana, si bien me echaron de menos al entrar en el cuerpo de guardia, creyéndome ocupado en cualquiera otra parte del cuartel, no advirtieron mi falta, que era lo importante.

Devolvi su caballo al Brigadier por un ordenanza ; volvime á poner la cartuchera , y acabé mi guardia , como si no la hubiera interrumpido.


III.


LA VERBENA DE SAN ANTONIO Y UNA BORDADORA SENSIBLE.—

ESTE DIARIO Y QUIEN LE LLEVA.— UN BAILE ARISTOCRÁTICO.— CONSIDERACIONES SOBRE

EL LECHUGUINO.


(14 de Junio.)

Estoy de guardia en Palacio : vuelvo de tomar la orden , y me he recogido á mi pabellón, con deseo de dormir algunas horas. — Abrasado el Campo del Moro por los rayos del sol ardiente de la Canícula , y no menos las plazas de Armas y de Oriente ; apenas si el hambre del pretendiente , la solicitud del cortesano , y la locu- ra del enamorado , osan encaminarse por el Arco de la Armería al Ministerio de Hacienda , por la puerta del Príncipe al de Estado ó á la Regia cámara , ni por el paseo de las Lilas en busca de román- tica soledad y errantes hermosuras.

Los pájaros se asan hoy en el aire , según la pintoresca frase de mi asistente , al llegar al cuartelillo bañado en sudor, con las fiam-


DE UN COllONKL RETJUADO. 431

breras en una mano y la cartera de escribir y algunos libros, sabe Dios cómo, en la otra, y debajo del brazo.

En efecto , el calor es sofocante , los mosquitos están feroces, y no hay medio de dormir aun con haber pasado las dos noches anterio- res en vela ; y la última, por añadidura, danzando como si la tarán- tula me hubiese inoculado su coreográfica ponzoña.

¡ Deliciosas noches la de la verbena de San Antonio y la del dia de la festividad misma! ¡ Deliciosas noches!

La primera , pasada bucólicamente en San Antonio de la Flori- da , en compañía de mi graciosa Julia Realmente se llama Ju- liana , pero la última silaba de su verdadero nombre le suena tan mal , que hemos convenido en suprimirla , en lo cual no veo que se agravien ni las conveniencias' sociales ni las buenas costumbres,

Julia, pues, es una graciosa morena de ojos y cabellos negros, mediana estatura, talle esbelto, aunque un tanto abultado de ca- deras , pié pequeño , y una pierna que , si es toda como lo que deja ver de ella la no muy larga falda de su vestido, debe haber sido torneada de propósito para hilarles los sesos y traspasarles los co- razones á todos los Alféreces presentes , pasados y futuros. í

Mi Julia ¿He dicho m«?. ... La frase es tal vez más indiscre- ta que jactanciosa, porque Julia y yo, previa la correspondiente declaración en forma de mi parte, y las consabidas dudas y los

inevitables: — <.< Tocios dicen VV. lo mismo, y luego! La que

se fia de los Iwmbres lo paga caro, etc., etc » Julia y yo, digo,

previa la especie de cambio de notas, protestas y juramentos , que, en amor como en diplomacia, preceden á todo tratado, hemos can- geado nuestros respectivos cabellos (un mechón del mió y un rizo del de ella ) , y nuestras consabidas sortijas , valor de treinta reales una , de las que cierto platero de la calle de la Cruz tiene un surtido copioso ya con sus trenzas de pelo del color y matiz que el consu- midor desea , y su chapa de oro en forma de losange, pronta á re- cibir la cifra que convenga. — Somos, pues, una pareja en rela- ciones legitimas ante Cupido , deidad de que todavía se habla al- guna vez que otra , sobre todo en la esfera social en que mi linda morena vive.

Porque Julia está en una de esas situaciones equívocas y poco lisonjeras , aristocrática y pecuniariamente hablando, que colocan á una pobre muchacha entre sus aspiraciones poéticas y sus pro- saicas necesidades de cada dia , como dicen que está suspendido en


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el aire , allá en la Meca , el sepulcro de Malioma , entre dos imanes de igual potencia , que le atraen el uno á las bóvedas de la mez- quita , y á su pavimento el otro.

Su padre (no el de Mahoma, sino el de Julia) hubo de ser algo en la curia , no he podido averiguar nunca , ni me importa gran cosa, si procurador, agente de negocios ú oficial primero de una escribanía. Casóse con la hija de un librero , de los de portal, y de aquel consorcio nació Julia , según ella , poco más ó menos al mis- mo tiempo que yo; pero, según sus amigas, cuatro ó cinco años antes cuando menos. Tenga la edad que quiera, ámi me gusta, que es lo importante, y vuelvo á su historia. Mi suegro, en Cupi- do (que no de otro modo, á Dios gracias), ganaba poco; pero su mu- jer amamantada con la lectura , en el puesto de su padre , de los más puros , sublimes y romancescos principios del empalagoso sen- timentalismo de la Amelia ó los desgraciados efectos de la sensibi- lidad, Juanita ó la inclusera generosa, y otros libros ejusdemfur- furis , cuidábase muy poco de su casa, y sólo se ocupaba en negocios de la vida prosaica, con relación á su estómago. La bue- na señora deliraba por los hojaldres, los besugos y los bartolillos de Ceferino ; y hablarla del hogar doméstico , de los apuros de su ma- ridó y de las exigencias del casero , era perder el tiempo ; porque ella comia, leia, hacia leer á su hija, y todo lo demás lo escucha- ba como quien oye llover, ni más ni menos. Asi, en pocos años, el curial , acosado por sus acreedores , murió de extenuación , can- sancio y miedo, como liebre perseguida por incansables galgos; su viuda no lo fué mucho tiempo , porque habiendo heredado el pues- to de su padre á poco del fallecimiento de su esposo , vendió al peso todos los libros , fuera de un centenar de volúmenes de novelas , y con el producto de aquella venta , se dio á sí misma una merienda en la pastelería de Ceferino, de cuyas resultas una indigestión la condujo en horas al cementerio.

Huérfana á los catorce años de su edad, Juliana ( aun no habia entonces suprimido la última sílaba de su nombre ) fué recogida por una parienta lejana y entrada en años , que habiendo sido mu- ¦ chos maestra de escuela de Diputación, gozaba entonces de una jubilación de 5 ó 6 rs. al día, debida á la munificencia del Excmo. Ayuntamiento de la heroica , imperial y coronada villa de Madrid , merced al influjo de cierto caballero hijo-dalgo y regidor perpetuo de la misma , que recordaba , dicen , haber conocido ínti-


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mámente, de Pasanta, siendo él mozalvete, á la bienhechora de mi morena.

Esta, según me lo refiere con sobrada frecuencia, no sabia, cuando perdió á su madre, ni tomar la aguja en la mano; pero co- mo la necesidad tiene cara de hereje, que asi glosan aquello de que la necesidad carece de ley, Julia y su tia, forzoso fué que se resig- nase la primera á que la segunda hiciera de ella , velis nolis , una más que mediana bordadora.

Aunque no consta , pues , que Amelia , ni Juanita , ni Pamela, ni otra ninguna heroína de novela, tomara jamás la aguja en la mano, que yo sepa al menos, mi Julia , que en lo sensible y poé- tica no las va en zaga ciertamente á todas y cada una de ellas, tuvo que aprender á bordar al pasado y á cadeneta, á la inglesa y á la española, y no sé de cuántas otras maneras más, amen de la de á realce; y habiendo hecho, porque de suyo es mañosa, grandes progresos en aquella labor, su tia la puso en relaciones con un par de tiendas de la calle del Carmen, que le toman sus bordados y los venden luego á cuadruplicado precio, jurando, ó más bien perju- rando, que acaban de recibirlos de Paris, de Bélgica ó de Suiza.

Suma total: mi Julia es bordadora, porque su familia ha venido á menos; pero, fiel á las maternas tradiciones literarias, puede apostárselas en sentimentalismo á la mismísima dueña Dolorida, siempre que á mano viene, y aun muchas veces que ni á mano ni á cuento viene racionalmente.

Lástima que una muchacha tan buena moza, tan picante y pro- vocativa, cuando se deja ir al natural impulso de su sangre madri- leña, haya dado en la deplorable manía de afligirse mortalmente lo menos dos veces á la semana, sin más causa conocida para ello, que la persuasión en que está de que no hay amor verdadero sin lágrimas amargas , aunque los amores boguen en el piélago del mundo con viento en popa y mar bonanza. En fin, todos tenemos nuestros defectos; y cuando Julia llora demasiado, yo me distraigo en la contemplación y análisis de sus bellas formas ; método que rara vez deja de consolarla, aunque jamas deje de decirme, des- pués de consolada se entiende: — «¡Pedro! Eres tan prosaico como tu nombre ¡No sé por qué te amo!

Yo tampoco sé por qué me ama; pero como la muy gitana me lo prueba en efecto, y muy desinteresadamente, puesto que no soy más que un Alférez, y el único obsequio que de mi recibe sin repugnan-


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cia, es el de pagarle dos ó tres vasos de leche amerengada, que se bebe cada vez que juntos paseamos, sea la hora que fuere, y abrá- sese el mundo ó hiele como en Rusia; como me quiere, repito, muy desinteresadamente, la dejo decir y me atengo á lo positivo.

Pero ¿estoy yo de veras enamorado de Julia? Casi casi lo dudo; porque si bien la encuentro muy linda, me parece que tiene el gusto más parte que el corazón en mis relaciones con ella. A veces me cansa con su sentimentalismo; otras su lenguaje, tan vulgar en el fondo como en la frase pretencioso, me provoca á risa; y para nada influye esa mujer en mi manera de sentir en lo presente, ni se aso- cia su imagen á mis fantasias para lo futuro.

Resueltamente no estoy enamorado de Julia; me gusta, la quiero bien, pero la cosa no pasa ni pasará nunca de esos limites. En todo caso, no la engaño en lo esencial; pues con toda claridad, aunque en la forma menos acre que pude, la he significado que no hay en- tre nosotros enlace posible fuera del que hoy existe ante las aras de Cupido, que, como es ciego, no escrupuliza mucho en la mate- ria. ¡Pobre muchacha! Y sin embargo, anteanoche estuvo encan- tadora, y, contra su costumbre, alegre como un gilguerillo en primavera. No habia en los puestos que rodeaban la iglesia maceta que no le pareciese encantadora, albahaca cuyo perfume no la em- briagase. Debe tener hoy su cuartito como un bosque , porque se llevó lo menos doce macetas; y quiera Dios que la leche ameren- gada (cuatro vasos de á medio cuartillo con sus correspondientes barquillos, durante la noche) no la haya hecho el mismo efecto que á m. madre la merienda en la pastelería de Ceferino. ¿Si acabará Julia por gastrónoma también? Pero dejémosla descansar , y , va- riando de escena, tratemos de coordinar los recuerdos de la magní- fica, de la fantástico-aristocr ática fiesta de anoche.

No sé por dónde empiece , tal es la confusión aún de mis sensa- ciones, á estamparlas en este Diario, que llevo por consejo de mi abuelo, único ascendiente que me ha dejado la temprana muerte de mis padres. — «Pedro (me dijo al despedirme de él, para venir á »ocupar mi puesto en la Guardia Real) ; si no quieres que la expe- »riencia te sea inútil, no vivas como los irracionales, á quie- »nes hoi/ nada les enseña para mañana , ni les recuerda de lo de y>ayer. Lleva un Diario de tu vida: escribe en él, como si dieras »cuenta á Dios , la verdad , toda la verdad , y no más que la ver- »dad. Consigna en sus páginas tus errores como tus aciertos; con-


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»fiesa tus culpas j no ocultes tus virtudes ; y haz , en suma , de ese »papel un espejo , en el cual puedas ver tu imagen en lo pasado, »siempre que quieras ó lo necesites.»

No sé si mi pobre abuelo tiene ó no razón del todo ; quizá llegue dia en que esté Diario sea para mi un dogal ; pero lo que si sé es que obedecer á mi bienhechor, á mi único amparo en el mundo, al padre del malogrado militar á quien debo .la existencia ; será siempre para mi un deber sagrado. ; U\ < Fisfi .

Vuelvo á mi cuento: pero ¿cuál era?.... ¡Ah, si! La fiesta de anoche en el palacio y jardin del Duque de Calanda , en el palacio más elegante de Madrid (1), en un palacio como los que el Tasso describe, con la ventaja de poblarlo una muchedumbre de Armi- das no menos encantadoras que la enamorada de Reynaldo , y á ella superiores , en que antes de llegar á ser lo que en realidad era la tal , es decir , mejas , habrán de vivir , hermosas todavía , más años de los que yo necesito para ascender á Capitán dé mi cuerpo, que no son pocos ciertamente.

Pero, y V., Sr. D. Pedro de Lescura y Erice , caballero hijo-dal- go, natural de Navarra, heredero expectante de un mayorazgo que data nada menos que de los tiempos de D. Juan el II (de Navarra), ó lo que es lo mismo , del primer tercio del siglo XV, pero cuya renta no excede de 1.000 pesos sencillos (15.000 rs. vn.) el año más próspero ; V. , repito , amigo y muy señor mió , Teniente gra- duado de caballería. Alférez de un cuerpo muy distinguido, pero en el cual no será V. Capitán sino al frisar en los cuarenta , y Co- ronel hasta ingresar en el ejército de los sesentones: ¿Cómo se me anda entre grandes señores , hombreándose con los ricos-homes, y

haciendo la corte porque se la hace V., audacísimo joven, de

vez en cuando — á las ricas-fembras de Castilla , si á mano viene?»

Los extranjeros, y sobre todos los franceses, se mofan grande- mente de las pretensiones nobiliarias de nuestra hidalguía, y de su pobreza, lo cual, supuesta la buena fé, arguye la ignorancia más profunda de la manera de ser de la sociedad española.

— « Pedro (me solia decir mi abuelo , durante mi última visita) ; el siglo en que vivimos propende á borrar las distinciones del na- cimiento, dejando expeditos todos los caminos al mérito personal.

(1) Así era, en efecto, hace treinta años largos; hoy, ni el palacio ni los jardines existen, habiéndolos reducido el espíritu mercantil déla época á edi- ficios tan útiles y productivos como prosaicos. (Nota del manuscrito original. )


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En esa senda, los más atrasados somos hoy, al parecer, los españo- les : pero en realidad no hay nación ninguna en que , con menos violencia , pueda llegarse al fin que sólo alcanzaron otros países á costa de sangrientas revoluciones. Entre nosotros la nobleza no procede de la conquista , sino de la defensa de nuestra indepen- dencia , y del rescate á mano armada de nuestro territorio , por la morisma usurpado. Asi tenemos provincias enteras nobles con jus- tísimo título , dado el sistema aristocrático ; y así ni el Grande se cree con derecho á mirar con desden al más pobre Caballero , ni el más insignificante Hidalgo se juzga de peor sangre que el más opu- lento Duque. Todo esto toca á su término , Pedro : pero se termina- rá sin violencia , porque ni hay , ni puede haber en España odios de raza. Si de algo pecan nuestros Grandes en ese punto , es de bajar con frecuencia, más de lo que debieran, en sus tratos y amis- tades. Tú eres joven , y verás sin duda desaparecer los privilegios legales de la nobleza, sin trastorno social ninguno por esa causa.»

Esas palabras de mi abuelo me explican bien por qué me en- cuentro, desde que he llegado á Madrid y como de pleno derecho, en la sociedad aristocrática. Bastárame para conseguirlo, supuesta la buena educación , el uniforme que visto , y que equivale á un hábito ; pero , á mayor abundamiento , mi abuelo conserva en la Corte muy buenas relaciones ; las de mi padre recuerdan su nom- bre con estimación y cariño ; y mi excelente Brigadier , además, me patrocina en todo y para todo.

Soy, pues, visita de casi todas las casas de los Grandes; vivo en la intimidad de sus hijos, y ni á ellos se les ocurre mirarme de alto á bajo , porque yo tengo muy buen cuidado de no ponerme nunca de rodillas , ni á mí se me olvida que soy pobre , y que , por la mismo , necesito vivir de modo que no dé motivo , ni pretexto si- quiera, para que se me falte al respeto. ^ :¦ i

Por otra parte, el Duque de Calanda es un excelente caballero, tan cortés como bondadoso ; y la Duquesa una de las mujeres más elegantes, discretas y amables de nuestra aristocracia. Con sus iguales , alguna vez es desdeñosa y altiva ; con los que están en mi caso , nunca se desmienten su cordial cortesanía y benévola aten- ción. El marido me visita dos ó tres veces al año; la mujer no deja de convidarme á todos sus festines ; y si falto de su tertulia una ó dos semanas , estoy seguro de recibir su tarjeta , y un recado informándose de mi salud.


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Tratado así , y sin que la concurrencia á los salones del Duque me cueste más gasto que el de un par de guantes nuevos , no veo por qué habia de privarme de los goces de una sociedad culta y galante , donde , por lo mismo que se respira una atmósfera cons- tantemente aristocrática y se respetan escrupulosamente las for- mas , hay completa libertad de acción , y un ensanche , por decirlo asi , para el ánimo , que no se encuentran acaso en otras esferas más bajas del mundo (1).

Iluminado profusamente á la veneciana el jardin , ofrecia ano- che un golpe de vista encantador ; sus tortuosas , pero anchas y bien pavimentadas calles , formadas por árboles copudos y corpu- lentos , y por arbustos frondosos y floridos , veíanse pobladas por un enjambre de bellezas , entre cuyos elegantes y ligeros trajes, brillaban nuestros uniformes , como doradas lentejuelas sobre al- bina gasa.

No faltaban paisanos tampoco de todas categorías y edades ; el elemento lecJiugmo, abundaba tal vez de sobra á mi manera de ver, aunque no todas las damas fuesen en esa parte de mi opinión.

¡Lechuguino! — Exclamará, tal vez con asombro, algún lector (si lectores ha de tener, andando el tiempo , este Diario.) — ¿Qué cosa es un lechuguino^ — No, ciertamente, el vejetal delicioso en ensalada , que se da sólo allá en los salitrosos campos de la ciudad de Hércules.

No : el lechugino pertenece á la especie bípeda é implume del reino animal , elevada más tarde á la categoría de género , con el calificativo el humano , por los naturalistas modernos , mal aveni- dos, y no sin causa , con que Aristóteles y Plinio, César, Napoleón y Hernán Cortés, Galileo y Newton, etc. , etc., figurasen en el número de los animales , entre los elefantes, los jimios y los asnos.

Pertenece , además el lechuguino, gramaticalmente hablando, al género masculino ; si bien en el esmero y solicitud con que atiende al afeite y compostura de su persona , en la nimiedad con que cuida de su adorno, y en el fanatismo ciego con que sigue la moda, cuando no se le adelanta , tiene accidentes muy femeninos al decir de los filósofos.

¿ Se quiere tener idea de un lechuguino , en cuanto á lo exterior

(1) Muy probablemente todas las consideraciones que preceden, están es- critas con gran posterioridad á los sucesos á que se refieren. M la edad , ni la situación del autor de este Diario , eran entonces á propósito para filosofar.


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concierne? — Pues allá va el retrato, al natural , del más sobresa- liente de cuantos anoche figuraron en el baile de la Duquesa de Calanda.

Trátase de un buen mozo á toda ley. Cinco pies, cinco pulgadas de Rey de estatura; formas académicas, aunque no hercúleas; color trigueño; cabello castaño claro; ojos azul oscuro; nariz aguileña ; boca grande , pero bien rasgada , aunque de gruesos labios ; la expresión del rostro displicente ; y la sonrisa irónica. — De uniforme, ó sencillamente vestido de paisano, confieso que aquel hombre me hubiera gustado : pero es tal su afectación en traje y maneras , tan visible su creencia de que con verle está ya flechada la más fria ó indiferente de las hijas de Eva , que , á mi por lo menos, me cuesta no poco trabajo dejar de provocarle cada vez que le veo. Prosigamos el retrato: mi lechuguino tiene el pié aristocrático , pequeño , calza siempre media de seda , lisa ó calada , blanca ó negra , según la ocasión lo requiere , y sus escar- pines más parecen de bolero ó de cortesana que conoce y aprove- cha el poder de sus personales atractivos, que de hombre de forma y decente. Otro tanto diré de su pierna , torneada como de encargo, mas prisionera en un»calzon collant , ó sea ceñido , en el cual no sé yo cómo pudo entrar sino á mazo, como las espoletas en las bombas.

¡ Qué chaleco , Dios mió , qué chaleco ! Bordado á realce (esto me lo ha ensenado mi Julia) en seda y oro!..,. ¡Y qué frac, con el cuello á la altura del nacimiento del cabello ; el cuerpo y las sola- pas entreteladas , como las corazas de los indios de Tabasco ; y los faldones á manera de gallardetes de navio en dia de calma , llegán- dole casi hasta los talones.

Lástima daba ver aquel hombre, realmente hermoso, desfigurado por tan grotesco traje; y aquella cabeza, rizada como la moda lo exige, y que no hubiera figurado mal en un bajo relieve de Her- culano ó de Pompeya , como asfixiada por el monstruoso cuello del frac , y la altura de una corbata blanca , cuyo lazo artificioso se dejaba atrás en lo complicado al mismísimo nudo gordiano.

Y cuenta que he escogido lo más varonil de la especie , quizá un ^ ser en ella excepcional ; porque , si he decir lo que pienso , para formar idea exacta del común de los lechuguinos , preciso es acu- dir al tipo , de mano maestra por Bretón de los Herreros , en el D. Agapito de su Marcela, dibujado.


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Es de advertir, y la veracidad que tan recomendada me tiene mi abuelo me obliga á confesarlo, que entre el Oficial de la Guar- dia y el lechuguino de Madrid , hay una invencible é instintiva antipatía , que los hace en la sociedad implacables enemigos.

Por dicha , solamente una minoría , y no muy considerable del bello sexo, está hoy por los sectarios fanáticos de la moda; en general la afición al uniforme predomina : pero es forzoso añadir que también existe en nuestra sociedad una escuela ecléctica feme- nina, que ha leído sin duda el romance de Quevedo á Antemisa, y que á la monotonía de un solo manjar un dia y otro , prefiere

it Hoy un sazonado pavo, II Mañana un lego besugo ;

ó en otros términos, que distribuye sus favores, con pródiga equi- dad, entre militares y lechuguinos.

Creo, sin embargo, que en el baile de ayer, la escuela ecléctica abundaba poco. Los más de los paisanos concurrentes eran perso- nas ya de edad provecta , tresillistas netos , padres ó maridos por de contado.

Por cien uniformes en actividad danzantes , habría lo más unos veinte lechuguinos; y de esos veinte, apenas tres ó cuatro, entre los cuales el Alcibíades del género que dejo descrito, cuyas gracias personales y discretas galanterías, lograban, á lo que parece, con- mover los corazones de algunas bellas.

i Y cuántas y cuan hechiceras las había en el baile ! Verdadera- mente es preciso que lá gracia y la elegancia rebosen bien super- abundantemente en su naturaleza, para que sepan, como saben, llevar airosamente el colosal peinado hoy de moda: el peinado á la Oirafa, que consiste en un armazón de alambre, distribuido en tres pencas, que cubiertas con el cabello, y elevándose del vértice de la cabeza , como las varillas de un abanico á medio abrir, hacen de las damas una especie de oropéndolas sin alas ni plumas.

Pero asi y todo, estaban encantadoras: encantadoras las más de ellas , algunas irresistibles.

No hablemos de las conocidas , porque ya es sabido que son se- ductoras , y la lista sería larga ; pero anoche tuvimos una novedad verdaderamente sorprendente , un fenómeno luminoso en nuestro cielo siempre de brillantes astros tachonado; un verdadero co-


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meta Nó: un sol nuevo, y con un satélite que al planeta Ve- nus mismo afrenta j eclipsa.

Vamos por partes , si es que acierto á poner orden en mis re- cuerdos.

Era en la plazoleta central del jardin , en cuyo punto medio se alza , sobre un pedestal de jaspe granadino , una bella estatua de mármol de Carrara, representando á Diana cazadora. Ya pasada la media noche, y para reposarme de una larg-a mazowrka, bailada con la linda y recien casada Marquesa del Zarzal , fuime á sentar en aquel sitio, á la sazón solitario, respirando con delicia el perfu- mado ambiente de las flores. Reclinado muellemente en un sofá de verde césped ; fijos los ojos en el estrellado cielo ; y vagando mi imaginación sin rumbo fijo, ni determinado objeto, como mariposa de su capullo recien salida ; creo que tardé poco , no en dormirme precisamente, puesto que no llegué á perder completamente la conciencia de mi ser, sino en caer en uno de esos estados letárgi- cos, tales cual es fama que los producen lacatalepsia naturalmente, y el magnetismo y los vapores del Anfión por obra del arte.

Las ramas de un sauce lozano, que sobre el banco caian, ocul- tábanme completamente á la vista de todo transeúnte, que de pro- pósito no examinara el lugar de mi reposo.

En tal estado pero el sueño me vence; la pluma se me cae

de la mano Dejémoslo para otro dia. v?; -


rv.


DESAZONES POLÍTICAS DE UN ALFÉREZ LIBERAL, Y NOBLEZA DE UN

BRIGADIER REALISTA.

C16 junio.)

— Perico (me dijo el Ayudante de armas apenas bube mandado romper filas en el patio del cuartel á la guardia saliente de Pala- cio). ¿Se te cae el pelo estos dias?

— No por cierto, repliqué asombrado, y mirando de hito en hito á mi preguntante , hombre de buen humor, y bromista perpetuo.

— Lo digo (prosiguió el Ayudante) porque el Cabo 1.° me ha mandado te prevenga que vayas á verle inmediatamente , y como


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S. S. sólo suele llamar á sus Oficiales para echarles una buena pe- luca

— ¿Hablas de veras, ó en broma?

— Muy seriamente : se trata de asunto del servicio , y con el Cabo 1.° ya sabes tú que no se juega.

— Pues no adivino cuál será mi pecado. Anteanoche estuvimos juntos en el baile del Duque de Calanda , y nada me dijo ; antes al contrario, hasta me tiró de la oreja.

— ¡ Su más tierna caricia : la que dispensa rara vez , como no sea á su caballo alazán !

— Por eso digo que no adivino En fin, allá veremos. Iré á

verle asi que cambie de uniforme.

— Nada de eso , chico : en derechura te has de ir desde el cuar- tel á su casa , tal es la orden terminante del Brigadier ; y te ad- vierto , para tu gobierno , que me la dio mascándose el bigote como si no hubiera comido en una semana. - 1 (n ^

— Señal infalible de tormenta.

— Me temo que no te engañes ; pero á bien que tú eres el niño mimado, y saldrás del paso con oir un par de bufidos ¡Trom- peta de guardia! Toca al agua Adiós, chico, péinate bien la

peluca.

Con esto me volvió la espalda el Ayudante , y yo sali del cuar- tel á trote largo , encaminándome á casa de mi Jefe , en la incerti- dumbre y ansiedad que pueden fácilmente presumirse.

El Brigadier , como lo tenía de costumbre , se paseaba en la sala de su casa : de pantalón y levita de uniforme , la gorra de cuartel en la cabeza , y calzados los pies con chinelas.

Entré, cuádreme y saludé militarmente. Levantó la cabeza el

veterano , miróme y dijo : — Cierre V. la puerta, niño, y siéntese

' Bien. Ahora óigame V. con atención y, sobre todo, responda á mis preguntas categóricamente y con la misma sinceridad que debiera hacerlo en el confesonario.

A la verdad poco tenía de tranquilizador aquel exordio, pero sabiendo yo que nada disgustaba tanto á mi Brigadier como la perplejidad y el miedo , procuré disimular lo mejor que pude la in- quietud que realmente sentía.

Así, después de contemplarme algunos instantes muy atenta- mente , y pareciendo satisfecho del resultado de aquel nuevo exa- men , entabló mi Jefe la conversación diciendo :


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— ¿A quién conoce V. en Barcelona?

— A nadie, mi Brigadier, como no sea

— ¿En qué quedamos? ¿Tiene V. ó no tiene relaciones en Bar- celona ?

— Allí hay de guarnición parte de lá Guardia Real de infante- ría , y entre sus Oficiales tengo amigos y conocidos.

— ¿Está V. en correspondencia con algunos de ellos?

— No señor.

— Bien. ¿Y no tiene V. algún conocido en aquella ciudad?

— No , que yo sepa. Jamás he estado en Cataluña. — ¿Está V. seguro de lo que dice?

— Perfectamente seguro.

Aquí respiró el Brigadier como si se hubiera aliviado de un gran peso ; pero , recapacitando algunos momentos , volvió á arrugársele el ceño y á comenzar otra vez el interrogatorio.

— ¿Tiene V. alguna correspondencia con alguien en Madrid, ó fuera de Madrid?

— Fuera, únicamente con mi abuelo, á quien V. conoce. — No se trata de ese caballero, á quien, en efecto, conozco, es- timo y respeto en lo mucho que vale. — Mil gracias, mi Brigadier por

— ¡ Bueno 1 ¡Bueno! Basta y sobra de cumplimientos; y vamos

al grano* r.v^. ^'*

— En Madrid tampoco tengo correspondencia ninguna ; es de- cir

— ¿Es decir, qué? ¡Por Cristo , que esto no es cosa de juego , se- ñorito ! Terminantemente he preguntado ; terminantemente es pre- ciso que V. me responda.

— Y asi lo hago; pero también es necesario que me haga V. el favor de dejarme explicar las cosas. No tengo en Madrid corres- pondencia con hombre alguno , pero no puedo decir otro tanto si se trata de mujeres.

— i Buenas pécoras serán ellas , y famosa será la tal correspon- dencia !

No creí oportuno darme por entendido de tan lisonjero comenta- rio; y el Brigadier, previas un par de vueltas por la sala, cuadró- seme , frente á frente , exclamando :

— ¡Pues, voto á Cribas, que no lo entiendo! V. me ha dicho la verdad jm, hüí-v


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— Sí , señor, así lo juro por mi honra.

— Y así lo creo yo , niño ; porque le conozco á V. y conocí á su padre, y sé quién es su abuelo. Sin embarg-o, ¿cómo se concilla lo uno con lo otro?

— Si me hiciera V. el favor de enterarme de lo que se trata, quizá

— Quizá el recluta adivinaría lo que se le oculta al veterano. ¿Es eso lo que quiere V. decir?

— Eso precisamente, no, señor, pero como parece que el asunto me concierne , no tengo por imposible que , ayudado por las luces y la experiencia de V. , mi Brigadier, viese yo algún destello de luz en las tinieblas de este negocio. :

— Tinieblas y bien tenebrosas son y puede V. llamarlas En

fin , V. es caballero , de V. se trata en efecto , y lo mejor es que lo sepa todo. Óigame V., pues, con atención. Anteanoche, en el baile del Duque de Calanda , uno de los Ministros me dijo que tenía que hablarme de un negocio reservado é importante, y que , al efecto, me recibiría á la mañana siguiente , á las once , en su despacho. Fui , pues , á verle ayer, y figúrese V. cuáles serian mi sorpresa y mi enojo , cuando entabló la conversación , preguntándome si te- nía plena confianza en todos los Oficiales del cuerpo que mando. No sé como no le arrojé por la ventana con silla y cartera y todo; pero pude contenerme y le respondí, como presumo que V. lo adi- vinará.

— Sí, señor, mi Brigadier: en pocas palabras, pero buenas.

— Así cabalmente. Mi hombre aguantó la descarga encogién- dose de hombros , y por toda réplica me puso en las manos un pa- pel, que sacó de su pupitre. ¿Qué le parece á V. que era aquel maldito documento?

— ¿Cómo he de saberlo yo , mi Brigadier? . v^jinii!

— Un oficio dé la Superintendencia general de Policía del reino, Superintendencia que Dios maldiga , acusando de complicidad en no sé qué conspiración revolucionaria recientemente descubierta en Barcelona á un Oficial del cuerpo que yo mando.

— ¿Y ese Oficial soy yo?

— Usted, Sr. D. Pedro de Lescura y Erice.

— ¡Calumnia infame! ¿Y en virtud de qué datos y con qué pruebas se me acusa nada menos que de traidor á mis juramentos? ¿Dónde está el villano que así pretende manchar mi honra?


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— ¡Bien, viven los cielos; bien, hijo mió! Eso si, la indigna- ción es justa ; pero conviene tranquilizarse y proceder con calma.

— '¿Y es V, , mi Brigadier, V. tan quisquilloso y delicado en materias de honra, quien me aconseja la calma?

— ¿Quiere V. andar á estocadas con la Superintendencia gene- ral de Policía del reino? Si la cosa fuese posible , creo, y Dios me lo perdone, que no seria yo el último en tomar cartas en el juego; pero es un delirio pensar siquiera en oponer la espada á las mal- dades de los polizontes.

— ¿Y qué he de hacer, mi Brigadier? Aceptar en silencio tal agravio, seria confesarme culpado. Que se me juzgue ante un Consejo de guerra.

— Eso quiere la Policía.

— Y yo lo acepto.

— ¡Niño! ¡Niño! Lo que acepta V. entonces es el suplicio. En ma- terias políticas y ante una comisión militar, en Barcelona, y hoy, no se juzga, se asesina. No: nada de eso. Óigame V., oiga al ami- go que fué de su padre, á quien ofreció en el campo de batalla, donde murió gloriosamente, reemplazarle en cuanto quepa. Los Ministros y el Rey, todavía más que sus Ministros, saben que yo soy realista, porque en eso me he criado, eso he aprendido al mismo tiempo que el catecismo y la ordenanza, y no estoy ya para novedades que tras- tornan todas mis ideas y todos mis hábitos. De 1820 á 1823, ni ser- ví, ni oculté tampoco mi antipatía al régimen entonces vigente, lo cual me valió por cierto más de cuatro serenatas en que , como de razón , se cantó el Trágala. Hubo momentos en que estuve á punto de perderme , irritado por aquella provocación ; pero nunca pude resolverme á tomar las armas contra la Constitución que á mí no " me gustaba , pero que de orden del Rey habia jurado. Mucho me- nos quise unirme á los franceses del Duque de Angulema , en pri- mer lugar, porque desde Bailen á San Marcial he peleado siempre contra ellos ; y en segundo , porque son extranjeros, y yo quiero á cada uno en su casa y á Dios en la de todos. Sin embargo , como ya sabe V. que no abundan los realistas en nuestro instituto , fui llamado á mandar la sección del cuerpo en la Guardia , en cuya posición conocido es que he contribuido á purificar á más de uno.

— A cuántos Oficiales han tenido la fortuna de que se le pidan á V. informes sobre su conducta política , inclusos los que más le hicieron la guerra durante los tres años. Yo mismo, mi Brigadier,


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á V. sólo le debo estar en la Guardia, á pesar de los antece- dentes liberales de mi familia y de los mios propios , aunque niño

— ¡Bah, bah! Alborotar la escuela cantando patrióticas y enga- lanarse con cintas verdes ó moradas: ¿Qué significa en una cria- tura de doce á trece años? Lo importante es ser hombre de bonor.

— ¡Y leal á lo jurado, mi Brigadier, como lo soy y lo seré mien- tras viva! Sean las que fuesen mis opiniones , soy soldado y cum- pliré con mi deber en todas ocasiones.

— Estoy persuadido de ello, se lo be dicho ya al Ministro , se lo diré al Rey, y mi garantía bastará para que le dejen á V. tran- quilo.

— Aún no me ha dicho V. qué se alega contra mi.

— Parece que, entre los papeles de un infeliz impurificado de nuestro cuerpo, se ha encontrado una lista con números al margen de cada nombre, y un billete de V.

— ¿Cómo se llama ese Oficial?

— El Comandante Solsona.

— ¡Solsona!.... Espere V., mi Brigadier, un momento Ca- bal, eso es. Hace cosa de un año , en cierta tertulia , un amigo me habló de ese desgraciado, que tiene mujer é hijos, todos con él re- ducidos á la más espantosa miseria á consecuencia de su impurifi- cación. Habiasele desterrado de la Corte y Sitios Reales; no tenia recursos para emprender la marcha ; y el amigo que dije , echaba un guante para socorrerle. Yo contribuí con lo que pude , media onza me parece; y probablemente esa lista de que V. me habla será la de la suscricion.

— ^Perfecta y satisfactoriamente explicado : pero el billete

— Consecuencia del guante : Solsona me escribió dándome gra- cias, y yo recuerdo haberle contestado, pero á la verdad, no en qué términos.

— No importa; con lo que me ha dicho V. me basta y me sobra para que el negocio no pase adelante. Pero viva V. con mucha cautela, Lescura; porque, cuando la policía le pone una vez los pun- tos á un hombre , rara vez desiste de su propósito hasta perderle.

— No hablo de asuntos políticos nunca, mi Brigadier, ni tal vez pienso en ellos. Atiendo sólo al servicio y á

— Y á las hijas de Eva, ¿no es verdad? Vaya V. con Dios , y no pase cuidado; yo orillaré este asunto.

TOMO I. 30


446 MEMORIAS

—¿Me permitirá V. que, antes de retirarme, le haga una obser- vación, mi Brigadier? —Diga V.

—¿No le parece V. posible, y aun probable, que el mismo villano polizonte que tan indignamente se condujo con su amigo D. Carlos, sea quien, no pudiendo clavar el diente venenoso de la calumnia en su persona de V., me favorezca á mi ahora con esta acusación inicua? Quedóse pensativo largo rato mi Jefe, y al fin dijo: — Tiene V. razón, indudablemente. Ese malvado es quien persi- gue á V., y si no logramos imposibilitarle el hacer daño, no ha- brá paz ni sosiego para ninguno de nosotros. ¡Canalla! — Ya sabe V., mi Brigadier, que para todo estoy siempre á sus

órdenes; y en este negocio

— No más del asunto, y piense V. en él lo menos posible. Yo quedo advertido y estaré á la mira. A más ver.»

Con esto se acabaron conversación y visita; y me he vuelto á casa inquieto y receloso á pesar mió.

¡Es tan fácil hoy perder á un hombre, y aun colgarle de la hor- ca, sin otro testimonio que le condene que el de un par de agentes de la policía !

j Bah ! El Brigadier es mi amigo; tiene favor, y me ha dicho que estará á la mira.

Es preciso serenarme para ir esta tarde al Prado, á caballo. Qui- zás la vea. ¿Por qué no ha de ir al paseo, puesto que ya se ha dado á luz en el baile de la Duquesa? Dichoso baile; aún tengo pendiente su recuerdo en mi Diario. Hoy, sin embargo , me siento sin fuerzas para escribir más : me parece que la Superintendencia general de policía del reino pesa, con todos sus lóbregos misterios y sus inmundos agentes, sobre mi pluma. Si miro á la calle , cuantos pasan me parecen espías; si cierro los

ojos, veo en perspectiva la horca de Riego, y

¡Fuera de casa! Vóime al mentidero de la calle de la Montera, hasta la hora de comer ; en comiendo , al Prado á buscarla ; y á mañana la continuación del Diario.


DE UN CORONEL RETIRADO. - 447

V.

NIOBE EN LOS JARDINES DE LA DUQUESA DE CALANDA.— AMOR VOLCÁNICO. (Junio IT.—Ilecuerdos del 13.)

Entre la vigilia y el sueño , arrobado más que dormido , y en ese estado neutro del ánimo , en que , sin pensar ni sentir, se divaga y se goza, hallábame yo en la plazoleta de, Diana del jardin de la Duquesa , oculto sobre un banco de césped por las ramas de un verde sauce , es preciso no olvidarlo , cuando por delante de mi pa- saron, como sombras fantasmagóricas, dos mujeres elegantes asidas del brazo y en intima y sin duda interesante conversación , empe- ñadas. Reconocido el sitio con una simple ojeada, creyeron bailarse solas , y sentáronse , dando la espalda á la fuente y el rostro á mi banco, en otro, pero de los de hierro que rodean el estanque. Los faroles de colores , pendientes de los árboles , y la claridad de la noche , que estaba tan serena como calurosa , permitiéronme verlas tan distintamente como si la luz del sol nos alumbrara.

Una de aquellas damas era la Señora de la casa , mujer de treinta á treinta y cinco ó más años , bien conservada , más bien graciosa que bonita, blanca, rubia, de flexible talle y frágiles pero abul- tadas formas; y con una expresión constante de cordial bene- volencia en sus pardos ojos, que cautiva y deleita á un tiempo mismo.

La otra , á quien jamas hasta entonces habia yo visto , y quizá me conviniera no ver nunca , es uno de esos tipos de excepción , de esas bellezas fuera del orden común , que no pueden contemplarse sin asombro y miedo , pero que fascinan de modo que , ni es posible apartar de ellas la vista , cuando presentes , ni , cuando ausentes, borrarlas de la memoria por más esfuerzos que se hagan.

Alta, esbelta, de porte majestuoso y mórbidas formas, esa mujer no tiene, sin embargo, nada de voluptuoso para un materialista. Lo admirablemente proporcionado de todos sus miembros, la perfección de su perfil , que parece dibujado por el mismo Apeles , sus negros ojos magnificamente rasgados y guarnecidos de pestañas como no se ven tres veces en la vida ; la palidez mate de su rostro ; la con- tracción dolorosamente resignada de una boca que debe haber sido


448 MEMORIAS

como el capullo de la rosa , allá en los años juveniles de esa mujer (porque debe tener ya poco más ó menos los de la Duquesa) ; su porte, su manera de andar, su actitud, todo en ella, en fin, des- orienta y trastorna al que quiere juzg-arla sirviéndose del criterio que á la hermosura de las demás mujeres se aplica generalmente. Cuando la vi andando , crei que , fugitiva de Helicona , Melpó- mene nos honraba con su presencia : al mirarla sentada , en inmo- bilidad perfecta , una de sus manos como abandonada entre las de la Duquesa que afectuosamente la estrechaba , levantados al Cielo» pero entreabiertos no más los ojos , y moviéndose casi impercepti- blemente sus labios , cual si una involuntaria agitación nerviosa los contrajera , parecióme que tenia delante de mi á la desolada Níobe.

Yo no he visto pintura , leido descripción , ni soñado mujer como ella. No se parece más que á si misma. Quien la vea , es imposible que la olvide ; y no encuentro término medio entre rendir á sus pies el corazón , pero no como el amante á su amada , sino como el fanático á su Ídolo ; ó bien temerla , abominarla , huir de ella como del rayo.

¿En cuál de esos dos caminos estoy yo? A fe mia que no lo sé, por más que hago escrupuloso examen de conciencia. Desde que se me ha aparecido , sólo en ella pienso despierto , y con ella sueño dormido : pero unas veces su imagen me hiela la sangre en las ve- nas , extremeciéndome hasta el tuétano en los huesos , como debe al asesino alevoso la sombra iracunda de su víctima ; y otras , por el contrario , me abraso en deseos, y siento que sin ella ya mi vida es imposible.

Estábanse aquellas dos mujeres sentadas frente á mí ; la desco- nocida inmóvil , y la Duquesa acariciándola con las manos y los ojos; yo desde mi banco las devoraba con la vista.

Al cabo de algunos instantes , la Duquesa exclamó en acento de la mayor ternura :

— i En fin, Cecilia, mia, vuelvo á verte después de tan larga ausencia ! i Años y años sin dar noticia de tu persona á tu mejor, á tu más antigua y más constante amiga ! Siempre fuiste una ingrata conmigo.

— ¡Eso no, Carmen, eso no, por vida mia! — Respondió la des- conocida en voz tan melodiosa , tan armónicamente modulada , y al propio tiempo tan suave y enérgica , que parece como creada de


DE UN CORONEL RETIRADO. 449

intento para la declamación trágica. — Tú fuiste (prosiguió) mi única amiga en las Salesas ; tú mi única amiga mientras fuimos solteras; y mi única amiga eres y serás mientras viva.

— ¿Por qué, entonces, tan largo silencio? ¿Por qué no contestar á mis cartas? ¿Por qué no avisarme con anticipación tu regreso á Madrid?

— ¿Te pesa que, sin convite, me haya presentado en tu baile con?. . .

— ¡Cecilia, no me ofendas. Si como has venido con esa linda nina, y con el joven que te acompaña , y que sea dicho de paso, promete ser un arrogante mozo...

— ¿No es verdad, Carmen? — Carlos es un adolescente como hay pocos !

¿ Por qué , al oir esas frases de boca de la desconocida , senti en el corazón un frió , como si con un puñal me lo atravesaran. . . ¡ Ah! la habia visto apenas , y ya los celos me devoraban , oyéndola ha- blar en tales términos de otro hombre, y joven y buen mozo por añadidura ! . . Yo , en conciencia , no soy feo ni bonito ; ni seduc- tor ni repugnante. Ninguna mujer se fija en mi, si de un modo ó de otro no procuro llamar su atención; pero ninguna, tampoco, se apresura á volver los ojos á otra parte, si por casualidad en mi los clava.

> Volvamos al jardin de la Duquesa , donde la desconocida prose- guía diciendo :

— Carmen mia, tú sabes que mi vida no ha sido hasta aquí un tejido de felicidades, ni mucho menos. He vagado por Europa, en la vana esperanza de huir , acaso de mi misma. Tus cartas han llegado siempre tarde á mis manos; y por otra parte, ¿qué habia de escribirte?.. Soy tan j^oco feliz como siempre y que es lo único que con verdad podia decirte. Pero ya estoy en Madrid , mi pri- mera visita ha sido para ti ; en tu casa y á tu sombra quiero que Irene y Carlos entren en el mundo. ¿No es esto probarte que eres siempre mi única amiga?

— Si, Cecilia mia, y tú verás como yo también soy la de siem- gre. Pero, ¿y tu marido?

— Hace dos años que soy viuda. El Príncipe murió en San Pe- tersburgo.

— Dios le haya perdonado y le tenga por allá muchos años, sin a mujer á quien no ha sabido hacer dichosa.


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— Carmen (dijo entonces gravemente la Princesa), tampoco yo supe quizá seria más exacto decir, que tampoco yo hice lo po- sible para hacerle á él feliz.

— ¡ Te casaron por fuerza , Cecilia !

— Es verdad , Carmen ; pero al cabo yo era su mujer , y mi obligación consagrarme á su dicha. ¡No he podido nunca domar este corazón rebelde !

— ¡Siempre lo mismo , amiga de mi corazón?

— ¡ Siempre y para siempre !

Hicieron pausa en su diálogo las dos damas al llegar á ése punto, y diéronme con ello tiempo á considerar que, si bien por efecto de un azar de mi voluntad en su origen independiente , yo estaba alli oculto , oyendo á personas que creian hablar á solas, ó en otros tér- minos : haciendo el villano cuanto desairado papel de un espía.

Comprendida una vez tal situación , por más que en realidad es- tuviese mi curiosidad altamente excitada , no vacilé un instante en hacer lo que debia ; y levantándome del banco , lo más tranquila- mente que pude para no alarmar á las señoras , acerquéme á ellas, cubierto el rostro de rubor , pero resuelto á cumplir con mi obliga- ción , y dije :

— Duquesa: el sueño me ha sorprendido en ese banco; acabo de despertarme ; he oido algunas frases de la conversación de V. con esta señora , que aunque nada importan , tengo ya olvidadas. Sin embargo , creerla no conducirme honradamente si ño hiciese esta confesión: y hecha ya, me retiro poniéndome á los pies de VV.

— Procede V. (me dijo la Princesa, á quien yo no habia osado ni mirar siquiera), procede V. como caballero. ¿Quién es este jo- ven, Carmen?

— Un Oficial de la Guardia, como ves (contestó la Duquesa), muy mala cabeza , algo pendenciero , poeta á ratos , y enamorado siem- pre. ¡Dios haga que ya no lo esté de tí! A mí me ha tocado hace tiempo el turno ; pero fué un relámpago. De todas maneras le per- dono todos sus defectos, y hasta su inconstancia, porque como has dicho muy bien , se conduce siempre con gran caballerosidad.

Qué figura hacia yo , mientras la Duquesa me pintaba así al na- tural , aunque suavizando los colores con su habitual indulgencia, es más fácil comprenderlo que explicarlo.

La verdad es que no acertaba ni a estarme, ni á irme, ni á callar, ni á pronunciar una frase ; y temo haber hecho en aquella escena


DE UN CORONEL RETIRADO. 451

el papel de la estatua, como D. Bartolo en el Barbero de Sevilla.

— Venga V. acá (dijo al fin la Duquesa, después de gozarse un poco en mi turbación). Voy á presentarle á mi mejor amiga, la Señora Princesa

— Condesa de Roca-Umhria (interrumpió la desconocida, pro- nunciando con marcado énfasis aquel título).

— Es verdad (prosiguió la Duquesa, como quien enmienda una indiscreción). A la Sra. Condesa de Roca-Umbria, que tras una

larga ausencia vuelve á embellecer nuestra sociedad Cecilia,

el Sr. D. Pedro de Lescura , mi amigo, ya que no le be dejado ser algo más.

— Tengo mucho gusto en conocer á este caballero , y le veré

siempre con él en mi casa cuando la tenga dispuesta á recibir

gentes , que será pronto. Espero que seremos también amigos.

— Previa una temporadilla de furibundo amor ; te lo prevengo para tu gobierno.

Con esto y un saludo , entre risueñamente ceremonioso y amis- tosamente burlón, me despidió la Duquesa, corrido como una mo- na , lo confieso , y dando á todos los diablos su manía de poner en solfa todos mis amores.

Verdad es , y no puedo negarlo , que empecé por estar enamo- rado de ella , ó creer que lo estaba , y tratar de persuadírselo á la interesada , que viene á ser lo mismo ; verdad que , cuanto más sentimental yo , más burlona ella ; y verdad , en fin , que me dio calabazas tan gentil y donosamente , que sobre quedar muy amigo suyo , tardé pocas semanas en consolarme y reemplazarla.

¿Pero basta eso para desacreditarme desde luego con su amiga? ¿Quién le ha dicho á ella que no puedo yo enamorarme de veras y para toda la vida?

La cosa no tiene remedio , el mal está hecho , volvamos al baile.

Entre una y dos de la madrugada , anunciaron que la cena esta- ba servida, y andaba yo perplejo en decidir á qué señora ofrecería mi brazo para llevarla á la mesa , cuando la Duquesa me hizo lla- mar por un quídam de esos que son ayudantes natos de las amas de casa en tales ocasiones.

Acudí solícito al gabinete de los tapices , lugar que se me desig- nó , y figúrese el lector con qué sorpresa , con qué gozo , con qué orgullo , oí á la Duquesa decirme :


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— Sr. D. Pedro El Discreto , ha merecido V. la alta honra de que Cecilia acepte su brazo esta noche. Vaya V.^ pues, á ofrecér- selo álli alli, aturdido, en el sofá de la derecha. ¿La ve V. ya?

— Sí, señora.

— ¡Gracias á Dios! Vaya V. y tenga juicio. Cecilia no tiene tan buen humor , ni es tan indulgente como cierta Duquesa que V. y yo conocemos. ¡Broma aparte, Lescura: suprima V. las declaraciones!

Con esa advertencia, hecha á media voz y muy seriamente, en- caminóme la Duquesa al sofá , donde encontré , en efecto , á su amiga entre una niña, como de quince á diez y seis años, bonita como un serafín , y tímida como un corderillo , y , á la otra parte un joven Alférez de Cazadores á caballo de la Guardia Real, nuevo para mí, pero de gallarda apostura y simpático rostro. Sus años son de diez y ocho á veinte , y sus modales perfectos. A primera vista , creía que su fisonomía no me era desconocida , y en efecto, es preciso que yo le haya visto antes , ó por lo menos á álg-uien que se le parezca mucho. Luego me he convencido de que á.él no he podido verle , porque acababa de llegar de Francia , y todavía no ha empezado á hacer el servicio en su cuerpo.

La Condesa , después de responder á mi saludo , con una gracio- sa reverencia , dijo al joven en francés: — Mr. Charles, veuillez offrir votre bras á Mademoiselle Irene ( 1 ).

Saludó el joven por toda respuesta , é hizo lo que se le mandaba; y, los niños delante, detrás la Princesa ó la Condesa (que en eso no sé á qué atenerme ) , y yo , orgulloso y envanecido como un po- bre á quien le cae el premio grande de la lotería , nos encamina- mos , cruzando magníficos salones y subiendo una escalera de piedra verdaderamente monumental, á una espaciosa cámara construida para bibliotecas , y por aquella noche en comedor trasformada.

Figúrese el lector un gran salón elíptico y bien proporcionado, capaz de contener cómodamente de 500 á 600 personas , con una galería á la altura de la cornisa, en derredor de todo su perímetro; un friso con primor imitado de los del Herculano ; y un techo en bóveda y artesonado , en que la talla esquisita y el oro en profusión, pero simétricamente distribuidos , dejaban apenas espacio libre á los ojos para fijarse en la belleza de los frescos que esmaltaban el fondo de los casetones.

(1) D. Carlos, ofreced vuestro brazo á la señorita Irene.


DE UN CORONEL RETIRADO. 453

Pendientes déla bóveda, muchas arañas de cristal de roca, en que se reverberaba la luz de centenares de bujías de trasparente esper- ma ; y distribuidos ordenadamente en los entrepaños, colosales es- pejos venecianos y cornucopias de exquisita talla y caprichosas for- mas, iluminaban el ámbito del salón; mientras que, sobre las mesas , ardian también infininitas luces en candelabros , alternados con elegantísimos vasos de porcelana del Japón , de Sevres , de Sa- jorna y de nuestra propia Casa de la China , en la guerra de la In- dependencia por los Ingleses incendiada.

Dos orquestas , en la galería , alternaban tocando magistral- mente las piezas más á la moda de las óperas de Rossini y de Be- Uini, que están hoy (en 1830) haciendo furor en Madrid ; y en suma, cuanto en el arte , en el gusto y en la riqueza cabe , otro tanto se gozaba en aquel mágico comedor, que no olvidaré mientras viva, por muchos años que sea.

Comprendiendo bien que es imposible que , donde haya que aten- der simultáneamente á centenares de cubiertos, nadie está bien ser- vido ; y que , por otra parte , fuera tan temerario exponerse al aluvión de quejas y resentimientos que , sobre procedencias y prefe- rencias , inevitablemente había de resultar de reunir á todos los con- vidados en una sola mesa , tuvieron los Duques la feliz idea de dis- poner que en su comedor hubiera gran número de ellas distintas, capaces las mayores de una docena de personas cuando más, y las menores de cuatro cuando menos, dejando así al arbitrio de cada cual elegir su puesto y compañía. Cada mesa tenia su lista, y la que menos un criado de comedor y dos de librea á su servicio ; pero la galantería española no consintió que nadie más que los caballeros paismos sirviese directamente á las damas. Así, únicamente los per- sonajes y los hombres de cuarenta, confesados, para arriba, tomaron asiento con las damas , quedándonos en pié y para servirlas todos los jóvenes presentes.

Hacia uno de los extremos del comedor , é inmediato á un bal- cón que daba sobre el jardín, habia un velador pequeño, pero elegante, sobre cuyo blanco adamascado mantel de Sajonia, se al- zaba un vaso etrusco de lo mas gracioso que nunca ha salido de Sevres con un ramillete de flores que , á no ser por el delicado aroma que en torno de sí esparcían , pudieran tomarse por miniaturas de la misma mano que las que esmaltaban el jarrón que las contenia.

Mis ojos y los de la fascinadora belleza que , trémulo el brazo y


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palpitante el corazón , conducía yo, se fijaron á un tiempo en aque- lla mesa; y, como si fuese cosa de antemano convenida, á ella nos dirigimos. Sentáronse las damas , y quedámonos de pié, Mr, Char- les y yo, mirándonos á la cara con cierto embarazo propio de per- sonas que, no conociéndose, se encuentran inesperadamente por la casualidad puestas en intimo, aunque tal vez momentáneo contacto.

«Yo he visto esta cara, ó alguna muy parecida antes de ahora; »y la he visto no hace mucho tiempo ; » estaba yo pensando en mis adentros, cuando la Princesa, ó más bien la Condesa, dijo:

—Señor de Lescura, tengo el honor de presentar á V. al señor D, Carlos de Fiérrente, caballero francés de distinguido naci- miento, que viene á servir á S. M. Católica en su Guardia Real, y con cuya familia me unen muy íntimas relaciones. Carlos, el Sr. D. Pedro Lescura, etc. , etc.

Tendí la mano al francés , pronunciando no sé qué insignificante frase de las de ritual en tales ocasiones ; y él me correspondió tam- bién con su diestra y una sonrisa cordial , pero sin pronunciar una palabra.

— Sabe el español (interpuso su protectora), pero no se atreve á hablarlo todavía.

— Pues , como en el servicio le será forzoso á este caballero ser- virse de nuestra lengua, bueno sería que se fuera ejercitando

— Je n'oserais jamáis (nunca me atreveré), dijo el aludido.

— ¿Pour quoi done, puis qull le faut? (¿Por qué, si es nece- sario?)

— ¡Áh! jMonsieur parle francais? (¡Ah! El señor habla fran- cés), exclamó el joven.

— ¡Mais, comme un parisién! (Pero como un parisién), añadió la linda Irene.

Aquí tuve que explicar cómo había estado de niño algunos años en un colegio francés, y desde aquel momento los dos jóvenes fue- ron rápidamente entablando relaciones conmigo.

La Princesa, que no probó bocado, obligónos á Carlos y á mí á sentarnos y á cenar con Irene, luego que esa estuvo servida; pero por más que charlamos y que reimos nosotros tres , la bella Níobe se mantuvo siempre en su trágica actitud , sin afectación alguna. No la perdí de vista un solo momento ; no se me escapó una sola de sus miradas; ni la más fugaz de las rápidas sonrisas que el aturdimiento de Carlos , ó las candorosas observaciones de Irene


DE UN CORONEL RETIRADO. 455

provocaron en ella, pudo eximirse de que yo la notara: pero cuanto más la estudio, más incomprensible me parece esa mujer.

¿Es misantropía el sentimiento que la domina? — No, porque con Carlos, con Irene, consigo mismo, se muestra siempre bené- vola é indulgente ; todas las mujeres le parecen hermosas y ele- gantes; y la Duquesa me ha dicho que es caritativa en extremo.

Ni la miseria ni la persecución la afligen; su viudez, por lo que la he oido decir, tampoco puede desconsolarla.

En su elevada naturaleza no caben la afectación ni la mentira; por otra parte , nada tiene de sentimental ó romancesca en pala- bras ni maneras ¿Cuál es, pues, cuál es la causa de ese dolor

crónico, profundo, petrificado, ó más bien fósil ya, por decirlo asi, que se revela constante y naturalmente en su fisonomía, en su son- risa, en su acento, en toda ella finalmente?

Si algún dia no aclaro este misterio , creo que he de volverme loco.

Pero todavía no he hablado de Irene más que de paso, y verda- deramente no lo comprendo; porque niña más linda, más alegre, inocente y maliciosa á un tiempo mismo, no creo haberla visto en mi vida.

Si la protectora (todavía no sé qué vínculo enlaza á las dos) es una obra maestra de la naturaleza épica, la protegida un dechado de gracia, un tipo verdaderamente anacreóntico.

Irene es pequeña , pero también proporcionada ; tan suelta en sus movimientos, tan graciosa en sus ademanes , que á nadie se le ocurre echar de menos lo que le falta de estatura. Su rostro, no sé yo si analizado con el compás en la mano , estará rigorosamente ajustado á las reglas académicas , ni conforme con los modelos del antiguo; pero hay en sus lindas facciones un conjunto tan armó- nico y expresivo, á que no conozco espíritu analítico que resista. Es tan varia y caprichosa la expresión de aquellos ojos centellean- tes; tan inteligente y provocativa aquella sonrisa cuando se burla; tan tierna cuando se apiada de alguna desdicha, que á Lavater en persona le desafio á que me diga si , al contemplar aquella ca- becita, cubierta de ondulantes rizos castaños, y aquella fisonomía con más reflejos y cambiantes que el iris, descubre allí un ángel ó un duendecillo malicioso.

El contraste entre la Princesa y su pupila (si su pupila es) , ni puede ser más completo ni de más efecto. Irene es la aurora de un


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dia de primavera en sus primeros albores : Cecilia una magnifica j serena noche, como diz que son las de los trópicos, allá en la im- ponente soledad de las selvas vírgenes.

¿Por qué diablos no me he enamorado de la muchacha alegre y llena de vida, y si de la matrona, que casi casi puede ser mi madre?

Misterio incomprensible, pero hecho innegable; asi como que he salido del baile sin adivinar ni qué es Irene de la Princesa, ni ésta con respecto á Carlos. ¿Le ama, ó no és más que su protectora? Ahi está la cuestión.

Todo lo que sé es que la Duquesa, al despedirme de ella, me dijo con una gravedad de que no suele usar conmigo: — Lescura, Ce- cilia no es una mujer de caprichos , ni á quien puede tratarse sin riesgo como á las demás. Parece que ha simpatizado con V.....

— ¿Lo cree V., Duquesa?

— Lo sé porque me lo ha dicho; pero no se haga V. ilusiones, hijo mió. Le parece V. buen muchacho; de su conducta de V. esta no- che y de mis informes, ha inferido que es V. un Oficial pundo- noroso y caballero siempre, en cuya virtud desea que sea V. el amigo de

— ¿De su protegido? ¿De ese francesito?

— Cabal, Lescura, el amigo de ese joven, huérfano y en país ex- traño, donde á nadie de su edad y profesión conoce. No me repli- que V. , porque es tarde y estoy rendida. Antes de separarnos, un consejo de amiga: renuncie V. á toda pretensión amorosa con res- pecto á Cecilia.

— El consejo será bueno, pero yo estoy enamorado, y no será por falta de procurarlo si algún dia no soy correspondido.

JVota. El 17 estuve de guardia en Palacio; el 18 he corrido en vano todos los paseos y los teatros; ni rastro'siquiera de la Princesa ni de Irene ni del francés. ¿Dónde se mete esa gente?

¡Ah! se me olvidaba Mi sensible bordadora me ha escrito;

pero aún no he tenido tiempo de abrir siquiera su carta. La leeré el primer dia que esté de guardia en la prevención.

Patricio de la Escosüra. fSe continuará.)


REVISTA POLÍTICA. (INTERIOR.)[editar]

El discurso pronunciado últimamente en el Congreso por el Sr. Nocedal no puede dejar de tener importancia , si se considera la influencia que sus ideas han tenido últimamente en la resolución de las más trascendentales cuestiones , j la autoridad que entre sus parciales goza el ya Jefe recono- cido por las beligerantes huestes ultra-monárquicas.

Empieza el Sr. Nocedal su discurso proclamándose una vez más cons- tante enemigo del liberalismo y declarando cruda guerra á las prácticas parlamentarias. Fiel á las constantes tradiciones de nuestra patria amadí- sima; fiel á las costumbres de las antirjuas Cortes que le sirven de modelo, toma el Sr. Nocedal parte en la discusión de los presupuestos , porque así lo hacían los leales Procuradores de las villas y lugares que tenían voto en Cortes , así en León como en Castilla , en Aragón como en Navarra , en aquellos tiempos en que se tenia tan profundo i^espeto á la Autoridad, pero en que á la vez- habia gran libertad de conciencia y grande independencia de espíritu y grande amor á la patria , sin que jamas se pensara en tras- tornar directa ni indirectamente el orden público.

¿Pero cuáles serán los tiempos á que el Sr. Nocedal se refiere? decíamos nosotros, oyéndole atentamente; pregunta que estamos seguros repe- tirán cuantas personas tengan la fortuna de leer el discurso del elocuente Diputado por Toledo. Revolvíamos con afán nuestra débil memoria, y re-

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462 BE VISTA POLÍTICA

corriendo el campo de la Historia patria , no encontrábamos esa Arcadia política en que el Sr. Nocedal tiene cifrado el bello ideal de su pensa- miento.

Sea cualquiera la opinión que sustente el Sr. Nocedal en el debatido pro- blema de si en los Concilios de Toledo haj que buscar ó no el primitivo origen de las Cortes españolas , es lo cierto que no le enamorarán ni pre- sentará como ejemplo aquellos dias en que la Monarquía electiva llevaba en sus entrañas el germen de desórdenes que le son propios , y que daba por natural consecuencia constantes asonadas , repetidas rebeliones j no pocos asesinatos. No sabemos si se extasía su inteligencia ante el espectáculo de las revueltas de Sahagun , de Compostela y otras ; revueltas j turbaciones que se llevaban á efecto bajo el grito de libertad en los siglos IX , X j XI al celebrarse los Concilios de Oviedo , León , Falencia , Astorga , Compos- tela, Burgos j Zamora. ¿Será por ventura en la conducta de los Nobles en tiempo de Alonso VIII donde liaj que buscar ejemplos de respeto al prin- cipio de autoridad j á la militar disciplina?

Imposible es averiguar hasta qué época conserva el Sr. Nocedal su ad- miración por las antiguas Cortes castellanas , pues desde las que se verifi- caron en Valladolid en tiempo de D. Juan II, en que sólo concurrieron doce Procuradores , viene ja aminorándose muj de prisa el derecho de re- presentación ,• de cualquier modo , antes j después de esta época son tales los sucesos que en contra de la opinión del Sr. Nocedal presenta la Historia, que no creemos hay para qué detenerse mucho en la refutación de sus equivocadas aseveraciones.

¿Le encanta al Sr. Nocedal el espectáculo que presentan los nobles y el alto clero al subir al Solio de Castilla la Reina Isabel I? Y los bravos caba- lleros aragoneses j catalanes del tiempo de Felipe II, ¿incurrirían hov en alguna de las penas que señalan la Ordenanza y las leyes de Orden público? ¿No pueden compararse las rebeliones democráticas de ahora con las guerras de las Germanías, de Valencia y Mallorca? ¿En qué se diferencian los pronunciamientos modernos de la excursión de 1), Juan de Austria, cuando saliendo de Barcelona al frente de tres compañías de caballos llegó á ToiTCJon de Ardoz en Febrero de 1669, acampando allí con sus fuer- zas é intimando la caida del jesuíta Nithard? No es ciertamente por la forma respetuosa por lo que merece alabanza la contestación que dio al Nimcio de Su Santidad al exhortarle á nombre del Papa para que se sometiera al Gobierno de la Reina: «Si el P. Nithard, dijo, no sale por la puerta, iré á hacerle salir por la ventana (1 ).»

Si de estos y otros muchos ejemplos que podíamos presentar de respeto á la autoridad , pasamos á lo de gran libertad de coucietjcia y grande inde •

(1) Relación de la salida del P. Juan Everardo: MS. de la Real Academia de la Historia.


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pendencia de espíritu, á poco trabajo nos saldrán al encuentro sucesos j apreciaciones curiosísimas.

Dice el P. Mariana quejándose del estado á que tabian llegado las ins- tituciones patrias: «¿Por qué se cree que han sido excluidos de nuestras "Cortes los Nobles y los Obispos, si no para que tanto los negocios públi- "Cos como los de particulares se encaminen á satisfacer el capricho del Rej )'j la codicia de unos pocos hombres? ¿No se queja ja á cada paso el )'pueblo de que se corrompe con dádivas j esperanzas á los Procuradores »de las ciudades , únicos que han sobrevivido al naufragio , principalmente «desde que no son elegidos por votación , sino designados por el capricho "de la suerte , nueva depravación de nuestras instituciones , que prueba el «estado violento de nuestra República , y lamentan hasta los hombres más "Cautos, á pesar de qua nadie se atreve á desplegar el láhiof»

La granjeria ó compra-venta de los poderes, costumbres de aquellos tiempos, ¿es digna de imitación por ventura? ¿debemos echar de menos los abusos , tumultos _y escándalos que tenian lugar en todo el Reino con este motivo , y que labraban la completa ruina de las libertades patrias? En tiempos antiguos escribia el Bachiller Fernán Gómez de Cibdad-Real:

Van viniendo los Procuradores de las cibdades é villas quel Key mandó ayuntar aquí (Medina del Campo en 1429) é el adelantado Pedro Manrique les unge el cerro, cá para arrancar cincuenta cuentos que se demandan , menester es dar de pi'imero buenos brevages.

Fernando del Pulgar , en una carta al Obispo de Coria , se expresa de este modo :

uLos Procuradores del Reino que fueron llamados tres años liá, gastados é cansados ya de andar acá tanto tiemijo, más por alguna reformación de sus facie ndas que por conservación de sus consciencias , otorgaron pedido é monedas (Cortes de Santa María de Nieva en 1474), el cual , bien repartido por caballeros é tiranos que se lo coman, bien se hallará de ciento é tantos cuentos, uno sólo que se pueda haber para la des- pensa del Rey."

¿Qué independencia podrian tener aquellos Representantes de pueblos, Cuyos consejos se negaban á pagar las costas y ayudas de costas á que estaban obligados , llegando las cosas hasta el punto de que los Reyes tu- viesen necesidad de mandarles , á petición de las Cortes mismas , que cumpliesen lo estipulado? Esto , suponiendo que sea equivocada la opinión de Samper y Guarinos , de que desde las Cortes de Ocaña de 1422 corrie- ron los salarios de los Procuradores á cargo del Tesoro del Rey , lo que también afirma Fernán Pérez de Guzman. ¿Es digna de imitación, ajuicio del Sr. Nocedal, la conducta de los Diputado» de Zamora, en tiempo del Emperador Carlos V , los cuales , al llegar á las Cortes de Galicia , fal- tando al juramento prestado , otorgaron los servicios que el Emperador les pedia , mereciendo por ello ser declarados traidores y enemigos de la patria , y que sus comitentes les arrastrasen y quemasen en estatua ?


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No es muy seductora por cierto la armonía que existió entre la Repre- sentación nacional y la Cprona, en tiempos tan ensalzados por el Sr. No- cedal , y á los que vuelve continuamente los ojos con amorosa envidia.

Estudiando con alg-un detenimiento las que podrían llamarse ondula- ciones políticas de la época, se encontrará siempre, ó las Cortes invadiendo el poder Keal cuando es débil, ó humilladas á los pies de un Monarca vigoroso ó de un osado valido.

Altiva la Representación nacional , arranca en las Cortes de Bribiesca de 1387 al Rey 1). Juan I una ley, que ordenaba al Consejo, á los Oido- res y altos funcionarios públicos no cumpliesen ni obedeciesen disposición alguna que no emanase de las Cortes mismas , y poco tiempo después olvidan los Reyes la obligación que esta ley les imponía, cuidándose poco ó nada de guardarla y cumplirla.

D. Alvaro de Luna, verdadero Soberano de Castilla, durante su privanza estableció la famosa fórmula de Cancillería , que dice : « Como Bey y Sobe- rano Señor así lo establezco, ordeno y mando, y es mi merced y voluntad que vala, y sea firme, y estable, y valedero, como si fuera instituido y ordenado, fecho y establecido en Cortes. ^^ «El veleidoso D. Enrique IV, "ludibrio de la nobleza y esclavo del Marqués de Villena , abusó de las »Córtes de una manera tan desordenada, que nombró Procuradores, rogó, » importunó, cohechó, amenazó y puso presos á los que osaban contradecir )>su voluntad.» Si la Reina Isabel I no siguió este camino, respetando la conciencia de los Procuradores, no tuvo en mucho tampoco la representación de las Cortes, que empezó á anular ostensiblemente el Cardenal Jiménez de Cisneros , y á que dieron el golpe de gracia Carlos V y Felipe II, viniendo á dejar de existir durante los tiempos piadosos del inolvidable Carlos II.

¡Ah! Si los Nobles y el Clero no hubiesen apoyado al Emperador Sobe- rano extranjero, poco amante de las patrias leyes, y hubiesen unido su esfuerzo y poderío á las Comunidades Castellanas, España, á semejanza de Inglaterra , dii^frutaria hoy de una libertad prudente , encarnada en sus costumbres y con hondas raíces en su historia, sin haber tenido que pasar, tal vez, ni por las vergonzosas hogueras inquisitoriales, ni por los azarosos trances de las revoluciones modernas.

Sería por lo demás curioso , averiguar si el Sr. Nocedal hubiese apro- bado la ley que publicó D. Enrique II, y confirmó D. Juan I, incluyéndola en el Ordenamiento de las Cortes de Guadalajara de 1390 , por la cual se obliga al Clero al pago de « las cargas comunes á todos los miembros "de la sociedad, sosteniendo con tesón y constancia los derechos de la «Corona, á pesar de las excomuniones fulminadas por los Prelados.» Y aun más curioso sería saber si el Sr. Nocedal y sus amigos, imitando la conducta de esos Procuradores que tanto admiran, habrían firmado las vigorosas represeutaciones de las Cortes de Madrigal y de Madrid, dirigí-


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das al Rey D. Juan II , sobre los intolerables abusos de la jurisdicción eclesiástica , j especialmente sobre el empeño del clero en no querer pe- char cosa alg-una.

¿Qué piensan los hombres del partido del Sr. Nocedal de la conducta de los Diputados de las Cortes de Toledo de 1525 , los cuales después de re- clamar el cumplimiento de lo dispuesto sobre amortización eclesiástica en las anteriores de Valladolid, pidieron al Rej nombrara dos visitadores para que reconociesen las iglesias j monasterios j les obligasen á vender los bie- nes que tuviesen de más, atendidas sus necesidades, señalándoles la suma que habian de gastar en la fábrica j dotaciones de los ministros , fijando el número de monjas j de frailes que podian admitirse en cada convento? Con formas más respetuosas para con la Santa Sede piden hoj economías en el presupuesto del clero ciertamente los anatematizados liberales.

Dejando aparte la alegoría de que el Estado es una casa, y las verdades de sentido común, ó, mejor dicho, verdades del sentido del Sr. Nocedal, que no alcanza cómo puedan nivelarse los presupuestos sin rebajar de una plumada cuantos gastos para ello sean precisos , no teniendo para nada en cuenta el desarrollo j fomento de que sean susceptibles las rentas pú- blicas por el establecimiento de útiles reformas , recorramos , siquiera sea tan á la ligera como nos lo permita la extensión de esta Revista, los prin- cipios políticos que sirven de fundamento al discurso de que nos venimos ocupando.

El Sr. Nocedal predica como recurso único para que las economías sean posibles , la descenlralizacion. Este gran partido, al que él pertenece, es el único que puede llevarla á cabo ; «por eso , dice el Sr. Nocedal, la descen- «tralizacion fué, j no podia menos de ser, hija de la Revolución moderna.»

¿Un orador importante, un abogado de fama, ha dicho esto formal- mente , lo ha dicho creyéndolo , sospechando que podia creerlo el país? No parece natural ; pues si lo fuese , pobre idea tiene el Sr. Nocedal de los es- pañoles .

La Revolución moderna es á lo que los hombres de la escuela del Sr. No- cedal llaman liberalismo; el liberalismo, pues, es centralizador ; pero, ¿y la Historia, y la enseñanza de las edades pasadas, y el ejemplo de los pueblos regidos por instituciones representativas? Si oyese un inglés ó un ciudadano de los Estados Unidos que los Gobiernos de sus países eran centralizadores , que allí la descentralización era imposible , preguntarían asombrados si el que tal cosa decía acababa de salir de alguna maison de santé. o.

Mas no es eso ; la Inglaterra y los Estados-Unidos son pueblos de raza diferente á nosotros ; la libertad de que por su fortuna disfrutan , no es hija de la Revolución moderna, está encarnada en su espíritu, en sus cos- tumbres, en su Historia; hablemos de los pueblos latinos, de España, de


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Francia, de Italia, y la proposición del Diputado ultramonárquico llegará á ser, tal vez, una verdad incontrovertible.

Dice M. de Tocqueville en su precioso libro sobre el antiguo régimen y la Revolución. He oido á un orador en los tiempos en que babia Asam- bleas políticas en Francia , las siguientes palabras á propósito de la cen- tralización administrativa. «Esta bella conquista de la Revolución que la "Europa nos envidia;» j añade á seguida M. de Tocqueville: «Sea enhora- «buena la centralización una gran conquista , concedo en que la Europa »nos la envidie, más sostengo que no es conquista de la Revolución. Es, »al contrario, producto de las viejas instituciones, la parte única déla «Constitución política del antiguo régimen que ha sobrevivido á la Revo- "lucion.» No vamos á seguir este precioso libro en la completa prueba que su autor aduce de esta verdad : el Sr. Nocedal no puede menos de cono- cerlo en todos sus datalles.

Las omnímodas facultades del antiguo Conseü áu Roy , del controleur general , delegadas en las provincias , al comissaire de partí j al subde- legué, ponen de manifiesto el cauce, por donde, permítasenos la frase, corría la centralización en el antiguo régimen.

El Marqués de Argenson cuenta en sus Memorias que un día le dijo Law: «Jamás hubiese creído lo que he visto siendo controleur des ^nances, ^a- )>bed que la Francia está gobernada por treinta Intendentes.»

Los pueblos no podían establecer impuestos, ni exigir contribuciones, ni hipotecar sus bienes , ni venderlos , ni administrarlos , ni sostener sus derechos, ni emplear el sobrante de sus rentas sin permiso del Consejo, previo informe del Intendente.

No existe en las sociedades modernas destino más cruel , posición más triste que la de un funcionario municipal de Francia en tiempos anteriores al 89. El último agente del Gobierno de la corte , el inferior de los sub- delegados le hacía obedecer todos sus caprichos. La resistencia más in- significante era ca-tigada en el acto con multas j con penas corporis afliclivas. La jurisdicción de los Tribunales administrativos apenas tenia límites.

Uno de los primeros actos de la reforma liberal fué destruir esta vasta institución de la Monarquía , institución restaurada sin embargo en 1800; es decir , cuando la libertad agonizaba ante el embate de las facciones, su- cumbiendo al fin bajo el imperio de la anarquía. Las Asambleas revolu- cionarias j el primer Cónsul resucitaron la centralización de las cenizas del antiguo régimen : acerca de esto no cab^ discusión. Pero el Sr. Noce- dal se refiere, sin duda, á las lejes patrias. ¿Qué le importa á su clásico españolismo lo que haya sucedido ó suceda allende los Pirineos?

En la sosegada y apacible Historia de las antiguas Cortes españoles se encuentran , sin gran trabajo , las vicisitudes por que ha pasado la admi-


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nistracion y la poca ventura que casi siempre alcanzó entre nosotros el principio descentralizador.

El arma más eficaz para el aniquilamiento de lo que llamaríamos hoj autonomía de los consejos, fué sin duda el nombramiento de Corregidores.

Si en tiempo de los Godos los minislros superiores é inferiores eran nombrados unas veces por el Rej y escogidos otras de común acuerdo por los interesados , j si algo de estas costumbres se conservó después de la Reconquista llegando á ser muj común conceder á las ciudades y villas el privilegio de regirse por alcaldes propios j naturales de la tierra, es lo cierto que tan saludable determinación duró bien poco , naciendo por ende el odio j mala voluntad de las gentes á los Alcaldes de provisión Real.

A medida que los Reyes se esforzaban en consolidar el derecho de nom- brar Jueces, oponian las ciudades nuevas resistencias á estos nombra- mientos; las actas de las Cortes, 'las peticiones de los Diputados enseñan elocuentemente , como antes hemos dicho , las particularidades de esta lucha.

Celosos de la autoridad Real , los Reyes Católicos crearon importantes corregimientos , nombrando , por cierto , para Vizcaya al Capitán Juan de Torres , nombramiento que á pesar de ser contrario á fuero y costumbre hubieron de respetar los independientes vizcaínos.

Fué también el dicho nombramiento de Corregidores una de las quejas producidas por los Comunidades en su famoso levantamiento de 1520.

Los Reyes de la casa de Borbon dieron nuevas ordenanzas á estos fun- cionarios, los cunles con la preponderancia y atribuciones de que estaba dotado el Consejo de Castilla y la creación de Intendencias provinciales que de Francia trajo el Rey Felipe V, completaron las ruedas de la admi- nistración centralizadora del régimen antiguo que destruyó con sus refor- mas liberales la Constitución del año 12.

Desde esta época en adelante queda más de manifiesto el error en que el Sr. Nocedal incurre al afirmar que la centralización es hija de la revo- lución moderna.

Es imposible ir más adelante en sentido descentralizador, ni conceder más derechos y atribuciones á los ayuntamientos que lo hace la Constitu- ción de Cádiz. En los tiempos modernos la centralización ha sido siempre patrocinada por el partido moderado , exagerándola en los momentos de reacción , no sin tener que arrepentirse en ocasiones , como lo atestiguan frases elocuentes del señor Marqués de Pidal pronunciadas en la Cámara popular algunos meses antes de la revolución de 1854.

En nombre de la ley de ayuntamientos , ley esencialmente centraliza- dora, se hizo el pronunciamiento de 1840, que dio la Regencia del Reino al Duque de la Victoria , época que debe ser por cierto muy conocida del se- ñor Nocedal. En defensa de la centralización se volvió á plantear aquella


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ley en 1844 por los moderados , que siempre ha exagerado la centraliza- ción contra la tendencia j deseo de los partidos liberales.

El Sr. Nocedal se deja arrastrar por la pasión política hasta un extremó lamentable cuando afirma que Austria es un Imperio aniquilado , anona- dado , j si altas consideraciones no le detuviesen hubiera dicho envilecido, desde que el espíritu de libertad ha vuelto á penetrar en sus institucio- nes. ¿Cree por ventura el Sr. Nocedal que es tal el imán de su acento, la seducción de su palabra , los atractivos de su persona, que cieg-a, enton- tece j arrebata por completo las facultades intelectuales de sus oyentes? Si no , ¿quién puede olvidar lo que le ha pasado al Austria antes de que el Conde de Beust se pusiese al frente del Gobierno? ¿Fueron victorias en- vidiables las de Majenta j Solferino? ¿Qué pruebas de nacionalidad dio ese gran Imperio después de la rota de Sadowa? Abandonadas las le jes Josefinas, j durante el tiempo en que, como dice un escritor ilustrado, fué el foco ó más bien, la fortaleza de todas las ideas retrógradas, ¿mereció, por ventura, el respeto déla Europa culta ni el amor de sus pueblos? En Agram, en Transilvania , en Hungría, en Gallitzia la guerra de razas era casi eminente; en Viena mismo ¿qué antagonismo no establecía la cuestión del Concordato?

Resumiendo. Hay en el discurso del Sr. Nocedal tan rudas como equi- vocadas calificaciones de los partidos medios , de las prácticas parlamen- tarias , verdaderas invectivas contra la forma del Gobierno representativo j el espíritu de los tiempos modernos.

El Sr. Nocedal , no diremos que se ha presentado ahora más enemigo que otras veces del Gobierno parlamentario , pero ha sostenido con las ra- zones más extravagantes , que todos los males existentes , que cuantas ^ calamidades aquejan á las naciones modernas , tienen por único origen el

  • liberalismo, verdadera caja de Pandora de cuyo fondo brotan todos los

males.

El mundo camina á su ruina ; la humanidad está dejada de la mano de Dios; para el hombre no hay salvación posible, sino abjurando por com- pleto de cuantas máximas ha sentado la ciencia social y ha confirmado la práctica en la gobernación de los pueblos modernos.

Si los presupuestos de la nación española no están nivelados; si presenta dificultades el estado actual del Tesoro; si no pueden realizarse las econo- mías que exige la situación precaria de la Hacienda pública ; si no se en- cuentra medio de aumentar los ingresos ; si la propiedad territorial está recargada de modo que sería locura imponerle nuevos sacrificios ; si no se pueden aminorar los sueldos , ni disminuir los empleados ; si es imposible moralizar las carreras del Estado ; si es peligroso hacer rebajas importan- tes en el ejército; si no se ha de establecer una descentralización que devuelva su libertad al municipio ; si es costosa la vida de los pueblos


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modernos ; si no llega á adoptarse la salvadora medida de las incompati- bilidades absolutas ; si haj quien pervertido y ofuscado se atreve á pedir economías en el presupuesto del clero, culpa es de la idea liberal , culpa es del sistema representativo , culpa es de las prácticas parlamentarias.

Tal es la idea dominante , tal es el pensamiento que resplandece en toda la peroración del Sr. Nocedal.

Individuos de la mayoría , miembros de la Comisión , Ministros de la Corona han contestado á este discurso, han rebatido las ideas del se- ñor Nocedal , han presentado , han desarrollado un orden de soluciones completamente contrarias á las defendidas por el Diputado toledano. La tesis ha tenido enfrente su antítesis. A la idea ultra monárquica se le ha opuesto la idea conservadora liberal, la idea parlamentaria. El señor Nocedal combate la existencia de los partidos políticos , los partidos po- líticos han sido vigorosomente defendidos, «los partidos que son la savia, »la vida, la lucha, la discusión, de donde nace la opinión; los partidos, «sin los cuales no ha existido ning'un pueblo, porque sólo los pueblos es- «clavos ó los pueblos imbéciles son los que desconocen el oríg'en de las "grandes agrupaciones que nacen natural y espontáneamente de la man- «comunidad de ideas y de los intereses sociales. » El Sr. Nocedal anate- matiza las luchas parlamentarias , las luchas parlamentarias han sido en- salzadas y enaltecidas por la mayoría y por el Gobierno ; el Sr. Nocedal ha dicho que el sistema parlamentario es contrario á los hábitos , á las costumbres , á la constitución interna de la Monarquía española ; ha acu- sado al parlamentarismo de perturbador, ha dicho que es un Gobierno caro que propende á la revolución , que excita la ambición personal , que aviva las pasiones individuales y provoca odios de mal género , que con él no hay orden , ni sociedad , ni Gobierno posibles.

De todas estas acusaciones , de todas estas diatribas , de todas estas ca- lumnias íbamos á decir , ha sido el parlamentarismo defendido y vindicado por oradores de la mayoría.

El Parlamento español , dice un Diputado ministerial , jamás ha sido in- vasor , jamás ha sido obstáculo al más libérrimo ejercicio de la preroga- tiva de la Corona ; el Gobierno representativo no es caro ; en Francia se ha doblado el presupuesto desde qne dejó de existir el Gobierno constitu- cional. Prusia, Austria, Rusia, mientras vivieron bajo el régimen absolu- to, tuvieron ios Gobiernos más caros déla tierra. Si pudiéramos comparar de una manera exacta lo que costaban los Gobiernos que tuvo la nación española antes de que se estableciese el sistema constitucional, si aquellos Gobiernos hubieran formado presupuestos y se comparasen con los presu- puestos actuales , quedaríamos absortos ante el resultado de la compara- ción. ¿Cuánto pagaba el país por diezmo? ¿Qué no costaban los volunta- rios realistas? ¿Adonde llegaban los gastos de policía? ¿Quién se atreve á


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decir que el Gobierno parlamentario excita las pasiones ^ fomenta las ma- las ideas , é impulsa á la revolución? No y mil veces no. No son los hom- bres inteligentes los que promueven las revoluciones, no es entre las clases cultas del país donde hay que ir á buscar los conspiradores, no es poniendo una plancha de plomo sobre las inteligencias como se salvan las socieda- des; el pueblo ignorante, los que escasamente saben leer ni escribir, son siempre materia dispuesta á toda rebelión , combustible preparado para alimentar el incendio de las grandes convulsiones sociales. El sistema re- presentativo no es ya patrimonio de una nación excéntrica como la Ingla- terra, ni de un país excepcional como los Estados-Unidos. Prusia , Aus- tria , Rusia , Italia , la misma Grecia , la Europa entera emprende ese ca- mino. ¿Quién tiene valor para presentarse en medio de esta corriente, quién se considera suficientemente fuerte, quién se cree con el poder necesario para levantarse en medio de la Nación y decir á los españoles: «Retroceded, sed árabes y volved al desierto.» ¡Oh esto es imposible! Está en el sen- timiento general y en el verdadero sentido común ir donde van todos.

El Gobierno que rige hoy la nación española oye estas manifestaciones; individuos de la mayoría aplauden estas palabras; nosotros las aplaudimos desde el fondo de nuestra alma, las habrá aplaudido también, estamos se- guros de ello, la nación entera

Pero ¿y los hechos?

El Ministro de Ultramar ha declarado en una Real orden la legalidad del empréstito ultramarino de que en otra ocasión nos hemos ocupado exten- samente. Acerca de esto, sólo se nos ocurre recordar la determinación de aquel que dijo , puesto que un tiro no le alcanza , que le tiren dos.

El suceso más importante de cuantos han ocurrido en los últimos quin- ce dias en las regiones gubernamentales, es sin duda la presentación por el Gobierno del proyecto de ley pidiendo autorización para establecer un Banco hipotecario, proyecto de ley que, como saben nuestros lectores, estaba pendiente de dictamen en una comisión nombrada al efecto . Ya di - jimos en la última Revista que , á juicio nuestro , medida de tal impor- tancia no nacia bajo los mejores auspicios, entregada á la iniciativa de al- gunos Sres. Diputados: los actos han venido demasiado pronto á darnos la razón, pero confesamos con toda ingenuidad cuan inverosímil nos pare- ce la presentación de un proyecto tal como el que está sometido á la deli- beración del Congreso en el término perentorio de seis dias, declarando el Gobierno cuestión de Gabinete que no se nombre comisión que lo examine.

Los Diputados ultra monárquicos han votado en contra de esta exigen- cia ministerial , y nosotros los felicitamos por su conducta , no por espíri- tu de oposición , sino por respeto y amor á las prácticas parlamentarias de que son en la ocasión presente celosos defensorss.

No podemos decir más acerca de este importante asuntp.


REVISTA POLÍTICA - EXTERIOR[editar]

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EXTERIOR.


No ignorarán nuestros lectores que las sesiones del Parlamento de la Gran-Bretaña se lian prorogado , ó como más propiamente se debe decir en castellano, se han suspendido hasta el dia 27 del mes actual, y tampoco dejarán de saber que los últimos debates de la Cámara de los Comunes han versado sobre una cuestión de gran trascendencia j que han produ- cido hondísima impresión primero en la capital j después en todas las provincias del Reino-Unido. Mr. Gladstone presentó una proposición para que la Cámara examinase el estado de Irlanda , j en ella ha manifestado que el principal remedio para los males que sufre aquel desdichado país ha de consistir en la profunda modificación de sus instituciones reli- giosas.

Para entender fácilmente el significado y trascendencia de la proposición de Mr. Gladstone, provocada por otra del Ministro Mr. D'Israeli sobre el mismo asunto j juzgada por aquel incompleta é ineficaz , es indispensable que recordemos los antecedentes de esta cuestión , la cual tiene en Ingla- terra una historia larguísima é interesante que viene desde hace siglos enlazada con las vicisitudes políticas de los diferentes reinos que hoy for- man la Monarquía Británica. El asunto que actualmente se debate se re- laciona de un modo inmediato con la doctrina de la libertad de conciencia y de cultos, la cual, descono '¡ida y hollada en la práctica durante siglos en Inglaterra, ha ido sucesivamente ganando terreno en ese país que pa- rece destinado á servir de campo de experiencia para todas las libertades, pudiendo considerarse asegurado su triunfo desde 1829 con la adopción del famoso bilí de emancipación de los católicos. Pero antes de conseguirse este resultado , que fue una hábil concesión hecha por un Ministerio tory presidido por Wellington y en el que Peel era el hombre de más altura po- lítica; cuánta sangre se derramó, cuántas luchas se sostuvieron y cuan grandes obstáculos fué preciso vencer !

En Inglaterra más que en parte alguna la reforma presentó un carác- ter exclusivista y perseguidor, porque las sectas religiosas se han ligado allí estrechamente con los intereses políticos. Aceptadas por Enrique VIII las novedades religiosas , solo en cuanto eran necesarias para satisfacer su ambición y su concupiscencia, desde el primer momento se mostró tan celoso de la autoridad espiritual que usurpó, como de la política que había heredado de sus mayores , imponiendo crueles penas á los que no ad- mitían las definiciones dogmáticas que tuvo á bien establecer para que


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sirviesen de fundamento á la nueva Ig-lesia nacional, no muy diferentes de las verdades católicas. Aunque el cisma de Ing^laterra tenia en aquel país antecedentes que fácilmente lo explican estando la herejía encarnada en el espíritu del pueblo desde la época de Fierre Plowman j de Wiclef , la reforma de Enrique VIII se llevó á término con extraordinaria violencia, no bastando la temida autoridad del Monarca para arrancar de cuajo la an- tigua fe. A su muerte , j no obstante la oposición de los nuevos herejes ja fuertes y poderosos , porque á la sombra del cisma se habían creado grandes intereses , ocupó el trono de la Gran-Bretaña su hija María , ha- bida de su primer matrimonio con la Reina Catalina de Aragón , en cuyo espíritu ardia la llama de la fe ortodoxa , y que como es sabido casó luego con su primo Felipe II , adalid del catolicismo en las grandes luchas religiosas de aquella época. El reinado de María, llamada por sus subdi- tos la Católica , fué por consiguiente un período de restauración para la Iglesia romana, y por tanto se declararon nulos los matrimonios con- traidos por Enrique en evidente contradicción de sus preceptos , é ilegítima la descendencia en ellos procreada.

No es fácil calcular lo que hubiera acontecido si hubiese dejado suce- sión de D. Felipe la Reina María ; pero habiendo muerto sin ella , su her- mana Isabel, apoyada en el elemento anglicano , le sucedió en el Trono, y. es fácil comprender cuál seria la reacción á que este suceso dio lugar; pues la nueva Reina, criada en el seno de la Iglesia cismática, habia de mirar como sus mayores enemig'os políticos y religiosos á los que no sólo desconocían sus derechos al Trono , sino que negaban la legitimidad de su nacimiento. Por estas causas la persecución contra el catolicismo fué ter- rible durante su reinado , siendo obra suya aquellas cruelísimas leyes que condenaban con la prisión perpetua y con la muerte el ejercicio del culto católico. Excusado es decir que era requisito indispensable para el goce de todos y cada uno de los derechos de ciudadanía pertenecer á la Iglesia es- tablecida , lo cual se demostraba prestando los juramentos de supremacía y de adhesión quo á este fin establecían las leyes.

Con mucha lentitud fueron relajándose tan grandes rigores y no en favor de los católicos, sino en beneficio de las diferentes sectas protes- tantes que muy pronto nacieron en Inglaterra ó fueron importadas de diversos países de Europa , en donde los herejes no eran menos cruelmente perseguidos que en la Gran-Bretaña los católicos. Restaurada la Monar- quía después de una revolución en que tuvieron tanta parte las cuestiones religiosas , brillaron en aquellas islas días de esperanza para el catolicismo. Carlos II murió en el seno de la Iglesia romana , habiendo pertenecido á ella antes y después de ocupar el trono su hermano y heredero Jacobo II; pero esta circunstancia , unida á sus graves errores políticos , motivaron la revolución que lo arrojó del Tronp en 1688, y como entonces en Ingla-


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erra _y en Irlanda los católicos fueron los partidarios del Rey , y los pro- testantes de todas las sectas sus enemigos, claro es que, vencedores estos, y ocupando el trono de la Gran-Bretaña Guillermo y María , la tolerancia para las iglesias disidentes había de ser tan grande como la que en el anterior reinado habían llegado á disfrutar los católicos ; pero las perse- cuciones contra estos renacieron , aunque la diferencia de los tiempos no permitía ya que se aplicasen las antiguas leyes sobre esta materia , sino interpretándolas benignamente.

La Dinastía hannoveríana , que debió el Trono, entre otras causas, á sus creencias protestantes , no había de ser muy inclinada á favorecer la tole- rancia del culto católico , pero ios principios de la escuela liberal , sosten y apoyo verdadero de sus primeros Monarcas , no podían dejar de produ- cir sus resultados naturales en esta cuestión ; así es que , durante el si- glo XVIII , en la prensa , en el Parlamento , en los meetings , ha sido objeto la tolerancia religiosa de los trabajos de los miembros más ilustres del partido wigh. Como la índole de este escrito no permite que se refieran menudamente estos sucesos , recomendamos á los que deseen conocerlos á fondo la lectura de los capítulos 12, 13 y 14 de la Historia constitucional de Inglaterra por Erskíne-May; en esta obra verán, entre otras particula- ridades notables , de qué modo han influido á favor de la tolerancia reli- giosa las agitaciones de Irlanda. En ellas se fundaban principalmente los oradores liberales , que , con una persistencia que debe servir de ejemplo á los hombres políticos de otros países , presentaban , casi todos los años, durante un siglo , proposiciones para que el Parlamento modificase las leyes , que eran origen de tantas iniquidades y de tan grandes peligros: la causa de la tolerancia cuenta entre sus mantenedores á los políticos más ilustres; pero sus patrióticos esfuerzos no lograron vencer en mucho tiempo la resistencia de los prelados , la de la mayor parte de la aristocracia , y mucho menos la de los Monarcas de la Dinastía hannoveriana.

Después de verificada la unión política de Inglaterra y de Irlanda, suprimido el Parlamento especial de este antiguo reino , y modifica- do profundamente su sistema administrativo, urgía más que nunca la reforma de las leyes sobre materias religiosas , porque con las que á la sazón existían , la gran masa de la población de Irlanda no tenía repre- sentación en el Parlamento imperial. Para alcanzarla se había formado bajo la garantía del derecho común la famosa asociación católica que man- tenía viva la agitación en la isla y que llegó á ser un constante peligro para el orden público : un suceso , al parecer insignificante , reveló la gra- vedad de la situación. Habiendo aceptado un empleo ministerial Mr. Vesey Fitzgerald , quedó sujeto á reelección , y al presentarse en su antiguo dis- trito , que era el condado de Clare, tuvo por competidor al famoso O'Con- nell , que le venció en la lucha. Según la legislación vigente , el gran


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agitador podia ser elegido , pero no podia tomar asiento en la Cámara, por no consentirle sus creencias religiosas, prestar los juramento de supre- macía y abjuración , que eran para ello indispensables. Hablando de este suceso , dice Sir G. Cornewall Lewis en su Historia gubernamental de Inglaterra: «Mr, O'Connell se llegó á convencer de que no habia wnada que esperar de la justicia de Inglaterra, j que el remedio que bus «caba era menester arrancarlo por el miedo ; por eso acudió á un sistema de «representaciones que, sin emplear la violencia ni infringir Lis leyes, era «en realidad una amenaza para Inglaterra: se presentó en los umbrales de »la Constitución con un requerimiento j no con una súplica ; creemos que )>hizo bien : la paciencia de los católicos irlandeses habia estado á prueba )>de interminables sufrimientos, pero el espíritu intolerante de la Gran "Bretaña parecía que también estaba á prueba del tiempo y de la razón, r>Quem ñeque longa dies, pretal nec mitigat ulla. Era menester algo »roás que las mociones presentadas todos los años en las dos Cámaras ))para derogar las incapacidades civiles de seis millones de subditos del «Imperio Britániep. Como los católicos, si bien no podían tomar asiento »en las Cámaras, gozaban del derecho electoral; el ensayo hecho por » O'Connell en Clare , podia repetirse con el mismo éxito en otros muchos «condados de Irlanda.»

Para evitar las consecuencias que esto pudiera t^ener , comprendió el Gabinete Wellington-Peel que era indispensable modificar las leyes que establecían la intolerancia religiosa , y á este fin preparó un plan bien meditado que comprendía tres resoluciones : la supresión de la asociación católica , un bilí modificando las leyes electorales de Irlanda , y otro ge- neral que se denominó más tarde de la emancipación de los católicos. Este plan tropezó primero con la repugnancia casi invencible de Guillermo III, ocasiooando la dimisión de Peel , que era su autor ; pero , no admitida por el Rey , al abrirse de nuevo el Parlamento en 1829 , se procedió á la dis- cusión de las medidas que comprendía el plan de Peel , empezándose por la supresión de la asociación católica , que fué aprobada sin dificultad. Loa obstáculos renacieron al tratarse del bilí de emancipación. En primer lugar, Mr. Peel, que habia aceptado un empleo puramente honorífico para someterse á reelección y consultar de este modo la opinión del país, fué derrotado en Oxford por Sir Roberto Inglis , enemigo de estas refor- mas, aunque fué reelegido en Westbury.

El Rey opuso también nuevos obstáculos al saber que habia de modifi- carse el juramento de supremacía ; pero al cabo se vencieron todas las' dificultades aprobándose en Abril de 1829 el bilí de emancipación. La medida era completa , pues en virtud de un nuevo juramento sustituido al de supremacía, los católicos podían ser admitidos en ambas Cámaras y obtener toda clase de empleos menos los eclesiásticos , el de Regente del


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Reino , los de Lord , Canciller de Inglaterra j de Irlanda, j el de Lugar- teniente de este últiipo reino.

Los privilegios de la Iglesia establecida , esto es, de la Iglesia episcopal ó anglicana, no se destruyeron en virtud de estas medidas; de suerte que si bien se corrigió la injusticia que resultaba de las leyes religiosas, pues los seis millones de católicos que habia en la Gran-Bretaña adquirían el libre ejercicio de sus derechos civiles y políticos, quedaban subsistentes otras causas de descontento , aunque no tan grandes. Mientras que en Irlanda el clero católico vivía de las limosnas de los fieles , el protestante no sólo poseía cuantiosos bienes , sino que conservó el derecho de cobrar el diezmo en toda la isla ; y ya se comprende cuan duro había de ser para los católicos verse obligados á mantener un culto que por tantos motivos les era aborrecible ; así es que no se tardó mucho en que resistieran el pago de este tributo , que fué en muchas partes arrancado por la fuerza , dando lugar á escándalos y bullicios en que más de una vez corrió la sangre. Semejante estado reclamaba urgentes reformas que fueron sucesivamente propuestas y admitidas desde 1832 á 1848; por ellas se suprimieron en 1834 diez obispados anglicanos y muchos curatos, habiéndose conver- tido en 1838 el diezmo en un impuesto que pagaban en metálico los pro- pietarios. Pero todavía estas concesiones no eran suficientes, aimque de- muestran el espíritu de prudente transacción que ha animado en todos tiempos á los diversos partidos que han ejercido el poder en Inglaterra, y no eran bastantes ; porque resulta una monstruosidad grandísima de que sea en Irlanda iglesia del Estado la que lo es sólo de la octava parte de sus habitantes , siendo además en alto grado injusto que ese gran número de católicos contribuya al sostenimiento de una religión que aborrece, y cuyos altos dignatarios gozan rentas tan pingües que aun después de las últimas rebajas tiene corea de un millón de reales el arzobispo de Armagh , y más de 20.000 duros el obispo más pobre.

Estas verdaderas iniquidades han sido objeto antes de ahora de los ata- ques del partido liberal, y ya en 1863 votaron 277 miembros en la Cá- mara de los Comunes un bilí para la abolición de los derechos de la Iglesia establecida en Irlanda, el cual fué rechazado sólo por mayoría de diez votos. La moción Gladstone no es por lo tanto insólita ; puede decirse que es el resultado natural de las manifestaciones repetidas de la opinión pú- blica sobre este asunto ; por eso aunque no se aceptasen en la ocasión pre- sente las resoluciones que comprende , pronto serían de nuevo examinadas por las Cámaras y convertidas al cabo en leyes de aquel país.

La cuestión , sin embargo , es gravísima , pues aunque por de pronto no se pida por Gladstone más que la separación de la Iglesia y del Estado en Irlanda , sentado allí el principio habrá de dar sus naturales consecuen- cias en las demás partes del Imperio Británico , cosa tanto más natural


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'cuanto que, como dijo D'Israeli en el notable discurso que pronunció en la sesión del dia 4 del comente , la Iglesia establecida no es la de la majo- ría de los subditos de la Reina , ni aun en Inglaterra. Los debates á que ba dado lugar este asunto son dignos de los mejores tiempos del Parla- mento británico ; como ja hemos dado cuenta de las primeras sesiones en que se discutió, añadiremos que en la del 31 de Marzo fué notabiüsimo el discurso de Mr. Bright, j en las del 2 de Abril el de Mr. Lowe, ambos favorables á la moción Gladstone, pero en la del dia 4 fué cuando llegó á su colmo el interés dramático de estas discusiones á las que asistia una gran concurrencia j que ban sido objeto del interés más vivo en todas las clases de aquel pueblo esencialmente político. Mr. D'Israeli , comprendien- do que la cuestión ha de ser decisiva, no sólo para la existencia del Gobier- no que preside, sino para el porvenir inmediato del partido torj, de que ho j es jefe , ha apelado á todos los recursos de la elocuencia, ja atacando ru- damente á sus enemigos con el ridículo j el sarcasmo , ja elevándose á consideraciones generales sobre los caracteres que en su opinión deben te- ner los Gobiernos de los pueblos cultos, para deducir de ellas la necesidad de la íntima unión que es menester que exista entre la religión j el Estado, si este ha de cumplir sus naturales fines, j lo que de él reclaman la gran majoría de los subditos, para los que no es el Gobierno una mera institu- ción de la policía, sino el encargado de promover j dirigir las fuerzas mo- rales del país. Además de estos razonamientos j de otros que se referían á la esencia del asunto, hizo valer el Ministro los de oportunidad, fundados principalmente en la incompetencia del actual Parlamento, que según las manifestaciones de Lord Palmerston, Jefe del Gobierno cuando se convo- caron los colegios electorales, no había de examinar la cuestión de la Iglesia establecida en Irlanda, asunto que había dividido, como hemos dicho , en dos partes casi iguales la Cámara de los Comunes en el año de 63. Este argumento es de escasísimo valor en un país en que se profesa la opinión de que el Parlamento es omnipotente hasta el punto de que sólo le esté vedado lo imposible. Otras consideraciones históricas j constitu- cionales, de más fuerza empleó el Ministro, j ja se comprende que la ín- dole de este escrito no permite que las expongamos. Mr. D'Israeli ha estado en la ocasión presente á la altura de su posición, alcanzando un gran triunfo como orador j siendo á cada paso interrumpida por los aplau- sos entusiastas j calorosos de sus ojentes.

La contestación de Gladstone fué digna del adversario á quien impug- naba, pero quizá menos artística j elocuente, porque prescindiendo de con- sideraciones abstractas , examinó la cuestión en el terreno práctico , ha- ciendo resaltar las monstruosidades que resultan de la constitución j privi- legios de la Iglesia anglicana en Irlanda , j demostrando que no puede ser religión del Estado en un país en que no representa las creencias de la


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mayoría de los subditos que la rechazan j la odian. Después del discurso del Jefe del partido liberal , cuja moción habia ja sido tomada en consi- deración por la Cámara, fué rechazada la enmienda de Lord Stanlej, pre- sentada como se sabe para evitar de un modo indirecto la derrota del Mi- nisterio de que forma parte. Votaron en contra de ella 330 miembros j 270 en pro , resultando las fracciones reunidas del partido liberal con una ma- joria de 60 votos que , dada la constitución de la Cámara , es tanto más importante cuanto que en Ing-laterra es frecuente que los Gobiernos se sos- tengan con el apojo de majorías mucho menores.

Rechazada la enmienda del Gobierno , se puso á votación , según la ma- nera de proceder de la Cámara de los Comunes, si se habia esta de consti- tuir en Comité para deliberar sobre las resoluciones concretas que han de adoptarse en el asunto, ja discutido de un modo general. En esta ocasión, lo mismo que en otras, ha podido verse que no es tan rápida j expedita, como algunos creen , la acción de las Cámaras en Inglaterra ; pues, cuan- do la importancia del asunto lo requiere, se emplean muchas sesiones, que duran siete j ocho horas en discusiones meramente políticas, antes de adoptar ninguna medida , sin que se ocurra allí á nadie que es lastimosa- mente perdido el tiempo que se emplea en este género de debates, sin que se ha ja tratado de reducir el número de oradores que en ellos puedan tomar parte , j sin que se les mida con el clipsidro , como sucedía en Ate- nas, el tiempo que han de invertir en sus discursos. Por 328 votos contra 272 resolvió la Cámara reunirse en Comité para deliberar sobre las resolu- ciones que le proponga Mr. Gladstone , á fin de remediar los males que sufre el desgraciado reino de Irlanda ; el gran repúblico inglés ha obtenido un notable triunfo ; pero es raajor el que ha conseguido la causa de la to- lerancia j de la justicia que no puede menos de salir victoriosa siempre que en la esfera de los Gobiernos influje la opinión pública, que si algu- nas veces se estravía , al cabo siempre prevalecen en ella los eternos prin- cipios de la moral j del derecho. Este triunfo no es , como antes hemos indicado , definitivo , ni por decirlo así , práctico ; la Cámara podrá rechazar las medidas individuales que le proponga Gladstone , aun después de ha- ber reconocido la necesidad de modificar el orden de cosas existentes en Irlanda. Para inutilizar de este modo la victoria de sus enemigos emplea- rá sin duda el Ministerio los días de vacaciones; difícil es pronosticar si lo conseguirá , aunque no parece probable , que varíen de opinión más de sesenta miembros de la Cámara de los Comunes que en tres votaciones distintas han manifestado la firmeza de su parecer en asunto de tanta con- sideración é importancia.

No terminaremos la narración de los sucesos últimamente ocurridos en la Gran-Bretaña sin decir que en los mismos días en que tenían lugar en la Cámara de los Comunes las grandes discusiones de que hemos dado

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brevísima idea , la de los Lores ha renunciado espontáneamente al privile- gio que tenían sus individuos de votar por medio de apoderados , los eua- les habían necesariamente de pertenecer á la misma Cámara ; creemos que los Lores han hecho bien al obrar de este modo , pues los votos por procu- ración dados sin conocimiento de las razones alegadas en los debates y por mero espíritu de partido , no podían tener el valor moral que los emi- tidos por los miembros presentes , j sin embargo influían de un modo de- cisivo en las resoluciones de este Cuerpo deliberante.

Fundándose en las opiniones que dominan en el Senado francés, llegó á temerse por muchos, dentro j fuera del vecino Imperio, que aquella eleva- da corporación rechazaría las leyes sobre imprenta j reuniones , última- mente votadas por el Cuerpo legislativo , creyendo ya que iba á producirse un conflicto insoluble entre las más elevadas instituciones del Estado; pero esos temores se han desvanecido , porque todo el mundo comprende que menos que en ninguna parte pueden surgir en el Senado francés dificulta- des para la política del Gobierno. Es, pues, evidente que con mayor ó menor repugnancia y , á lo más , después de algunos discursos en favor de las ideas reaccionarias y del Gobierno auhócratíco del Emperador , serán apro- badas las nuevas leyes, triunfando la política de prudentes transaccio- nes con el espíritu liberal , que tanta fuerza ha llegado á adquirir en toda Europa , y que tanto recelo inspira , según parece , á algunos partidarios de la dinastía napoleónica. Como son tan eficaces los medios de represión que en esas leyes se ha reservado el Gobierno, no es de temer que su apli- cación ocasione peligros , por más de que el ejercicio , aunque sea limita- do , de las libertades de reunión y de imprenta prepare nuevos triunfos á la causa de la civilización y del progreso , ensanchando la esfera de acción de esas mismas libertades , y motivando en la constitución política y ad- ministrativa del Imperio ciertas modificaciones que tienen que ser conse- cuencia necesaria de tales progresos.

Mientras llega la ocasión de dar nuevos pasos por el camino que inició en 1864 el Emperador mismo , no perdona medio alguno de impedir la propagación de ciertos principios, los que se han constituido, allí como en todas partes, en defensores calorosos del antiguo régimen. Han elegido la instrucción pública por maíeria de sus quejas y por instrumento para sus fines, y á nuestro parecer, no con mucha prudencia han alzado el grito contra las cátedras establecidas para la instrucción superior de las muje- res , porque desde que se revelaron al mundo las verdades evangélicas, no es posible sostener la inferioridad de la mujer ni en el orden moral ni en el científico , y por tanto no hay razón alguna para que sistemáticamente se prive al bello sexo de la cultura intelectual , aimque no hayan de dedi- carse al ejercicio práctico de las profesiones científicas; pues nadie ig- nora que aun para las necesidades continuas de la vida son de gran utilidad


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todos los ramos del saber, y por otra parte no se nos alcanza por qué ha de negarse el conocimiento de la verdad científica á un sexo que formando parte integrante de la humanidad , ha sido creado para descubrirla j po- seerla. Además para que sea fecunda en consecuencias la rehabilitación moral de la mujer, es menester que se apoje en el cultivo de su razón , pues aunque las funciones propias de su naturaleza no sean las mismas que debe ejercitar el hombre ; aunque no esté organizada especialmente ni para la industria , ni para el comercio , ni para la vida política , no necesita menos entendimiento ni menos saber que el hombre para el desempeño de la mi- sión á que más particularmente la ha destinado la naturaleza. Nos parece esto tan claro , que no insistiremos en ello ; sólo en épocas de barbarie ó en estados sociales atrasadísimos puede establecerse el sistema de embru- tecer á las mujeres, condenándolas á la más absoluta ignorancia.

Otra cuestión relativa también á la enseñanza pública está siendo objeto déla atención general en el vecino Imperio, j consiste en ciertas doctrinas profesadas y difundidas por algunos catedráticos de las Universidades que han sido denunciadas en forma de petición al Senado francés. Sobre este asunto ha redactado un notabilísimo informe M. Chaix d'Estagne, pero del que ninguna consecuencia práctica se desprende, proponiéndose por su autor que se pase á la orden del dia, fórmula parlamentaria que equivale á resolver que las cosas queden como estaban. Esta conducta nos parece la única prudente, pues aunque los Gobiernos de los Estados sean los dis- pensadores de la enseñanza, es imposible que establezcan una ciencia oficial , que sea la única que se profese en las aulas que sostiene ; en ma- terias científicas hay que dejar un extenso campo á ln libertad, que apenas puede circunscribirse como no sea por ciertos límites negativos; quiere esto decir que lo que debe exigirse á los profesores á quienes los Gobier- nos encomiendan la misión de propagar la ciencia , es que no ataquen lo que constituye su fundamento racional y científico ; pero en lo demás hav que dejarles mucha latitud, porque sin ella el progreso seria imposible, y una ciencia que no se desarrolla , que- no se agita por la lucha de las opi- niones , es como el agua estancada , la cual por su misma quietud se cor- rompe , y de origen de fecundidad y de vida se convierte en causa de pes- tilencia y de muerte.

Después de lo que dejamos dicho acerca de los sucesos últimamente ocurridos en Inglaterra y en Francia , sólo añadiremos que en el resto de Europa no pasa nada nuevo que llame nuestra atención. En Austria los partidarios del antiguo régimen abrigan la esperanza de que el Emperador niegue su sanción á las lejes últimamente votadas por las Cámaras v aco- gidas por los pueblos con tan manifiestas señales de entusiasmo : pero no es de creer que la dinastía de Hapsbiirgo, que tan rudos golpes ha sufrido en los últimos años, perdiendo con una gran parte de su territorio su an-


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tig-ua importancia militar j política, quiera enajenarse el amor de sus sub- ditos, que es la base más sólida del Trono. Los resultados que ha producido en Austria el régimen absolutista j reaccionario , no han podido ser más desastrosos ; por eso es prudente el cambio de sistema que personifica el canciller M. de Beust , y seria insensato buscar el remedio de los males presentes en las mismas causas que indudablemente los han producido. Si el espíritu moderno ha sido causa de la grandeza de Prusia , no puede su- ponerse que Austria recobraría su anterior poder volviendo al antiguo ré- gimen j convirtiéndose en enemiga sistemática del liberalismo, para ser la esperanza de los absolutistas de toda Europa.


NOTICIAS LITERARIAS.[editar]

Memoria sobre la necesidad de una reorganización de la carrera DIPLOMÁTICA ESPAÑOLA, escritü pof D. José Curtoys de Anduaga, Minh- tro residente de S. M. la Reina de España en Suecia. Stockolmo, 1868.

Poseemos un ejemplar de esta curiosa Memoria, gracias al mismo autor que se ha dignado remitírnosle. Deber nuestro es, aunque no lo exigiese lo importante del asunto , decir algo sobre la Memoria mencionada. En ella se pretende demostrar y hacer patentes los gravísimos males, el descrédito y hasta las guerras, desavenencias j mala ventura, que acarrea á nuestra nación la manía de nombrar Embajadores j Ministros Plenipotenciarios intrusos ; que no son de la carrera.

Alguna razón tiene quizás el Sr. Curtoys, al quejarse de las intrusiones, pero la exagera de tal modo que la pierde. Vamos, en breves palabras, á despojar los argumentos del Sr. Curto js de lo hiperbólico. Así, en vez de de destruirlos, los revalidaremos.

La más dura acusación del Sr. Curtoys contra los Diplomáticos intrusos está formulada de este modo: «Las cuestiones internacionales en que se ha visto complicado nuestro Gobierno durante estos últimos años, ó no hu- bieran surgido, ó se hubiesen seguido y concluido de un modo más satis- factorio para el país. » A esto es fácil contestar que esas cuestiones han surgido, y luego no han terminado satisfactoriamente, por culpa del estado en que se encuentra España , de su política general , de mil compromisos creados por su grandeza pasada , de su abatimiento presente y del poder ó de la soberbia que han adquirido otras naciones. La culpa no es de los Diplomáticos; pero si de ellos fuese la culpa, no sería por cierto de los improvisados y legos , sino de los antiguos y facultativos , entre cuyas manos han estado casi siempre los negocios de España con Chile , Méjico y el Perú.

Otro argumento del Sr. Curtoys en favor de los Diplomáticos de carrera, y en contra de los intrusos, es que los intrusos carecen de aquel mayor grado de urbanidad , que por lo visto sólo se adquiere en tierras extrañas, corriendo Cortes desde pequeñito. A este argumento no nos parece que se nos tachará de un patriotismo ciego , si contestamos que sin salir de Es- paña puede un hombre ser fino , urbano , suelto , agradable en sociedad , y tener los demás requisitos de caballero elegante, con los que el Sr. Cur- toys dice que los Diplomáticos de carrera cautivan á los Reyes, seducen á


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los Ministros y se. granan la voluntad de los personajes influyentes de las más remotas naciones. El argumentos del Sr. Curtoys va además, no sólo contra los intrusos , sino contra muchos Diplomáticos de carrera que no salen de la Secretaria y que viven en Madrid , donde se quedan á oscuras y desprovistos de ese atildamiento, primor, barniz, charol, lustre ó gara- bato cortesano , que , como dijo el gran cantor de Aquiles hablando del cinturon de Venus,

. A los más cuerdos la prudencia roba.

Otro argumento: que el que ha recorrido varios países como Agregado y Secretario «ha aumentado su instrucción, informándose de las leyes, de la historia y estado político y social , y de los recursos comerciales , indus- triales, pecuniarios, militares y marítimos de esos varios países.» En esto hay mucho de verdad. Es innegable la utilidad de los viajes ; pero tam- bién ha de convenir el Sr. Curtoys que no se saca de ellos notable prove- cho sin recibir antes una instrucción sólida , castiza y fundamental en las universidades y colegios de la tierra en que el viajero ha nacido. Cuando estos viajes se empiezan á hacer en los años que corren entre la palmeta y el barbero , lo que se aprende por lo común es á despreciar como bárba- ros á los propios y á no maravillarse entre los extraños sino del lujo y de los vicios. Más natural , por ejemplo, es que un joven Diplomático vaya en París á Mabille que á la Sorbona.

Otro argumento : que los Diplomáticos de carrera hablan correctamente el francés y los intrusos no. Esto es verdad casi siempre, pero creemos . que el Sr. Cortoys da al francés mayor importancia de la que tiene para los empleos diplomáticos. «El Embajor ó el Ministro, dice, que no habla y escribe con perfección el idioma francés, hace el mismo desairado pa- pel en la corte donde reside , que el que haría en su diócesis el Obispo que no entendiese el Misal ó el Breviario.» La afirmación es errónea por lo exagerada. El idioma francés no tiene, ni debe ni puede tener, esa uni- versalidad que el Sr. Curtoys le atribuye. Se usa en la alta sociedad como el más corriente y sabido ; pero , en los documentos y correspondencia oficial, en pocas partes se emplea. Ni en Roma ni en Florencia tienen nuestros Agentes Diplomáticos necesidad alguna de saber escribir correc- tamente el francés. Basta con que escriban correctamente el castellano. En este idioma dirigen sus comunicaciones á aquellos Gobiernos , que les contestan en lengua castellana. Nuestras correspondencias diplomáticas con portuguesas , ingleses, anglo-americanos y brasileños , y con todas las Repúblicas de la América española, son en castellano también. Los Go- biernos y Ag-entes de los citados países contestan en castellano, en portu- gués ó inglés. Resulta , pues , que en los países donde nuestras relaciones son más importantes , para nada sirve de oficio el francés , sin que se diga por esto que deje de ser útil saberle. Con Francia y Bélgica no estamos ciertos de si seguimos ó no en castellano la correspondencia oficial diplo- mática, pero debemos seguirla. No hay razón para que, escribiéndonos ellos en su lengua , no contestemos en la nuestra. Quedan sólo , por consi- guiente, la Holanda, la Turquía, Grecia, Alemania, Suecia, Dinamarca y Rusia , con cuyos Gobiernos y Agentes nos entendemos de oficio en len- gua francesa , por ser la propia de cada una de estas naciones harto difí- cil de aprender para un español. Y aun así , casi nos atrevemos á afirmar que el Gobierno de Prusia , por ejemplo , dirige á los Agentes y Gobier-


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nos extranjeros algunas comunicaciones importantes en alemán, si bien acompañándolas de traducción francesa. Por lo demás , debe notarse que en todos estos países , donde el idioma francés es más indispensable para el Diplomático español, es donde este Diplomático poco ó nada tiene que hacer en nuestros dias. Precisamente desde Suecia, donde ahora reside el Sr. Curtoj's, se cuenta que aquel Gobierno enviaba á preguntar á me- nudo si un cierto Ministro sujo , acreditado en Madrid , y gran numismá- tico j arqueólogo , estaba muerto vivo , porque , embelesado con sus me- dallas j baratijas, se olvidaba de escribir á la Supcrioridail. Aunque sea fingida esta anécdota , prueba la idea que generalmente se tiene de lo ac- tivo j trascendental de nuestras relaciones con los suecos. Puede ser que de ahí venga el refrán ó dicho vulgar de hacerse el sueco.

Tampoco convenimos con el Sr. Curtoys en que haj un estilo especial para los Diplomáticos: estilo que sólo poseen los de la profesión. Estilo diplomático es el de todo hombre que entiende de negocios políticos j económicos , y expresa con clfiridad, concisión y precisión lo que entiende.

Mucho menos podemos convenir en los conocimientos especiales que, según el Sr. Curtoys , deben tener ó tienen los Diplomáticos de carrera. Antes bien, los conocimientos que concurren á crear, aunque sea sólo en la fantasía , al Diplomático perfecto , si por algo se distinguen , es por su variedad. Historia, idiomas, literatura, política, economía, estadística, arte militar, ciencia del derecho en todas sus ramifico ciones; todo eslo puede concurrir y concurre á formar un perfecto Diplomático. Por manera que, más bien que una especialidad, el perfecto Diplomático debe ser un nombre hábil , de varia instrucción , y sobre todo , sagaz y entendido po- lítico: lo cual tan bien se puede adquirir en el manejo de los negocios, en las contiendas de la tribuna , del foro y de la prensa , como siguiendo la Carrera Diplomática desde pequeñito . Para lo único que tal vez sea más conveniente este último método , es para el desenvolvimiento de la urbanidad y la soltura fina con que los Príncipes y sus Consejeros en esos remotos países se extasían, se deleitan y ceden á todo.

Supone también el Sr. Curtoys que el Di|)lomático de carrera, el que anda por esos mundos toda su vida, adquiere grande experiencia y saber en las continuas relaciones que debe mantener con los hombres más nota- bles en poUtica, ciencias y literatura, y con las otras personas más dis- tinguidas de ambos sexos de la corte donde reside. Con esta experiencia y ciencia sucede lo propio que con la soltura fina, que no se puede adquirir, según el Sr. Curtoys, sin salir de España. Si esto fuese exacto, los Diplo- máticos extranjeros debieran ser siempre unos gerifaltes , y tener más ciencia y experiencia que nuestros Ministros de Estado: debieran asimis- mo conocer las cosas de este país mejor que los mismos españoles. Por desgracia , de la teoría del Sr. Curtoys hay bastantes ejemplos en contra. Citaremos uno. En 1854, recien hecha la revolución, hubo una tertulia en Madrid, en donde se hallaban todo el Cuerpo Diplomático extranjero y el Sr. Pacheco , que era Ministro de Estado. Uno de aquellos Diplomá- ticos preguntó á dicho Sr. Pacheco que en qué libro podría enterarse de la vida y antecedentes de los progresistas que volvían entonces á figurar en el poder después de una oscuridad de diez años. Antes de que contestase el Sr. Pacheco, contestó un Jefe de Misión encanecido en la Diplomacia, que hacía cuatro años que estaba en Madrid: ¡mon cher, lisez Mariana! Es- taba persuadido á pies juntillos de que Mariana había tratado mucho en


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SUS obras de Espartero, D. Claudio Antón de Luzuriaga y D. Cirilo Alvarez.

Conviene, según el Sr. Curtoys, que el Diplomático, Jefe de Misión, sea de carrera , á fin de no deslucir su elevada posición al lado de los demás Diplomáticos acreditados en la misma Corte. No parece sino que el Gobierno español , cuando ha enviado á algún Diplomático intruso como Jefe de Misión , le ha sacado de entre los bueyes y la esteva, como los romanos sacaron á Cineinato para darle la dictadura.

Hay asimismo que advertir que la Carrera Diplomática no es como la militar, con la que el Sr. Curtoys la compara; ni como la carrera de médico , de abogado , de ingeniero ó de farmacéutico , para todo lo cual se requieren años de estudio , y exámenes y grados. Salvo lo que ordenan algunos reglamentos , y que no se ha observado casi nunca , un joven entra en la Diplomacia, vá á una Legación ó le colocan en la primera Se- cretaria por el favor de un tio ó de su papá, ó por otras relaciones. A ve- ces entra en la carrera tan mozo , que á no ser un fenómeno de precocidad, un verdadero prodigio , apenas ha tenido tiempo para aprender las primeras letras. Después, según tiene su familia más ó menos influjo, pasa á Agregado con sueldo; esto es, cobra 12.000 reales anuales, y otros tantos ó poco menos de gratificación de casa y mesa , ó sean más de 20.000 rea- les , cantidad que en otras carreras no se cobra por lo común , sino des- pués de muchos años de servicio.

El Sr. Curtoys sabe muy bien que este favor , á que se debe el entrar en la Carrera Diplomática, prevalece desde antiguo, y que está en la con- ciencia de todos. Un insolente viajero español, estando en Ñapóles las dos Embajadas de España en Roma y en aquel reino , porque el Padre Santo fugitivo vivia en Pórtici á la sazón , preguntó una vez de repente al Señor Curtoys: «¿De quién es V. sobrino?» El Sr. Curtoys, que es un hombre discreto y de mundo , conociendo que la pregunta , más que de socarronería dimanaba de sandez, contestó al punto con risa: «De Cea Bermudez; » y en seguida dijo al ridículo preguntón de quién eran sobrinos los demás Agregados y Secretarios , resultando que todos ó casi todos tenían un tio en candelero, por cuya intercesión lograban vivir donde poco á poco iban adquiriendo la soltura fina.

Pero el Sr. Curtoys no sólo condena á los Diplomáticos intrusos por falta de educación , ciencia y experiencia ; sino también porque , aun pres- cindiendo de esto , son menos considerados en los países extranjeros que un Diplomático de carrera. Sólo se salvado este menosprecio algún titulado de nombre ilustre en la historia , ó algún sujeto que haya prestado tales y tan eminentes servicios , que su nombre sea previamente conocido por esas tierras. Esto último , sin embargo , rara vez se logra , porque fuera de España no llega casi nunca la fama de ningún español. Sólo llega la fama del que , desde chiquitito , ha estado fuera de España.

Contra esto , aunque sea una triste verdad, contestaremos que no está el remedio en nombrar Diplomáticos de carrera , sino en que la nación haga de suerte que sea respetada, y que sus hombres. Diplomáticos de carrera ó intrusos , si por algo son conocidos y respetados en España , lo sean también fuera de España. ¿Qué importa á la nación que tengan por muy fino y muy distinguido y muy merecedor de consideración al Diplomático de carrera porque se ha criado fuera de aquí , si á todos los demás nos tienen por unos salvajes , indignos de que nadie guarde sus nombres en la memoria , por más que se ilustren en las letras ó en las armas f


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En suma , sería cuento de nunca acabar si fuésemos rebatiendo uno por uno los argumentos del Sr. Curtojs en lo que tienen de exagerados.

Las quejas contra los abusos en las intrusiones lo son más aún.

De la carrera y muj de la carrera son los Sres. Cueto , Jabat, Merrj y Colon , Díaz , Marqués de la Frontera , Marqués de la Rivera , Marqués de Alharna, Caballero, Souza , Sancho, Ajllon, Asensi, Pedrorenay otros, incluso el Sr. Curtojs, que ocupan hoj altos puestos en la Diplomacia ó en el Consejo de Estado ; que sin mezclarse en política, y, con breves in- termedios de cesantía , han llegado tranquilamente al último término , ó casi al último término , muchos de ellos con gran reputación de inteligen- cia, saber j celo.

Y aunque no son de la carrera, j aunque han sido periodistas, los se- ñores Tassara , Ranees j otros , han representado dignamente á España, y el Sr. Tassara ha sabido hacerse valer y estimar como pocos en los Estados-Unidos.

Es menester que el Sr. Curtoys deseche esa preocupación de que el ha- ber sido periodista sea una especie de sanbenito. Aquí , en España , donde se leen pocos libros, la mayor parte de los hombres que saben algo han escrito ó escriben para los periódicos , como medio de darse á conocer , de influir en la opinión pública y de difundir sus ideas y doctrinas. Periodistas han sido los Sres. Pacheco , Pastor Díaz , San Luis , Benavides , Rios Rosas y muchos más, y si la sociedad en que viven tiene el mal gusto y la or- dinariez de no desdeñarlos por eso , y si merecen en ocasiones la confianza de la Corona que los elige por Consejeros , ¿ por qué no han de merecer asimismo ir de enviados á cualquiera Corte?

Crea el Sr. Curtoys que cualquier periodista, elevado de repente en el día á Ministro Plenipotenciario, vale más que los que elevaba, sesenta ó setenta años há , el capricho de un valido que lo mismo improvisaba Jefes de le- gación que canónigos. De un canónigo de estos se cuenta que escribió al valido que le habia nombrado: «En esta catedral todo se reza en latín, menos el Gloria Patri.» Algo semejante le escribirían también sus Jefes de Misión en aquella época. ¡ Cuan diferentes y cuánto más atinadas son las improvisaciones de ahora ! Esto no obsta para que reconozcamos mu- cha ciencia , notoria habilidad y distinguido talento en no pocos de los que han seguido paso á paso la Carrera Diplomática y con cuya amistad nos honramos.

Antes de terminar , queremos hacer unas observaciones sobre otro punto arduo que toca el Sr. Curtoys. Da á entender este señor que las continuas mudanzas de nuestros Agentes Diplomáticos, y sobre todo el que no sean de la carrera , pone de mal talante á ciertos Soberanos , los cuales , el señor Curtoys cita á uno, tratan con despego al pobre Representante de España, y hasta , como se dice por estilo expresivo y pintoresco aunque poco di- plomático, te echan el aguardiente. Contra esto no hay remedio. Si el Soberano está de mal talante , y no sabe contenerse , lo mismo ofenderá á un Diplomático de carrera que á un Diplomático de no carrera. La ofensa será tanto mayor mientras sea menos cortés el Príncipe. Estos son percan- ces del oficio con los que va acabando la civilización ; pero que en lo an- tiguo ocurrían con frecuencia. Las historias están llenas de casos en que los Embajadores eran muertos , apaleados ó maltratados de palabra ó de obra. El abanícazo del Bey de Argel no se pierde en la noche de los tiem- pos. De la carrera fué sin duda quien le recibió. También era de la carrera


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un Cónsul general de España en Haiti á quien el Emperador Soulouque puso como chupa de dómine , porque le vio pasar por delante de su Pala- cio j no saludar á dicho Palacio. Y , por último , era de la carrera el Cónsul inglés en Fernando Póo , que fué con una embajada al Rey de Dahomey, y tuvo que someterse á la más singulares ceremonias y participar del re- gocijo y del entusiasmo semi-religioso del pueblo dahomeyense al oir cierto ruido , cuyft naturaleza explica en sus relaciones el Cónsul viajero. Y si vamos á casos pasados , de la carrera debieron ser aquellos Legados que el pueblo y Secado de Roma enviaron á Tarento á pedir satisfaccio- nes. Los tarentinos los recibieron en el teatro , los silbaron y los echaron, y cuando los Legados salian enojados , con toda la majestad romana á cuestas, un histrión se encaramó en una cornisa, y los manchó, al pasar, de una manera asquerosa. De aquí la guerra contra los de Tarento y contra Pirro ; pero los Legados por lo pronto tuvieron que aguantarse. Ño todos los Diplomáticos son como el paladin Huol , que fué embajador de Carlo- Magno , al cual Huol , favorecido y protegido por Oberon , Rey de los ge- nios , peló á tirones las barbas del Soldán de Babilonia.


ANUNCIOS.[editar]

riSTUDIOS LITERARIOS DEL EXCMO. SR. D. ANTONIO CANO- juvas del Castillo, individuo de las Reales Academias Española y de la Historia. Tomo I. Imprenta de la Biblioteca Universal Económica. Se halla de venta este tomo, al precio de 20 reales, en las librerías de Duran, Carrera de San Jerónimo; Cuesta, calle de Carretas; López, calle del Carmen; Guijarro, calle de Preciados, y en la Administra- ción de la Biblioteca Universal l-lconómica, Seg-ovia, 23, en donde se servirán al mismo precio que en Madrid los pedidos de provincias, avisando directamente al Administrador y remitiéndole en libranzas el importe.

>" e halla en prensa el tomo II, y sin interrupción aparecerá el III y último de la obra.

pOKSI\S D D. JUAN VALERA. Se hallan de venta á 8 rs. en la 1 librería de Duran, Carrera de San Jerónimo.

BIBLIOTECA CONTEMPORÁNEA

DE GREGORIO ESTRADA, EDITOR, HIEDRA, 5 Y 7.


riSTUDIOS PRÁCTICOS DE ADMIMSTRACIO^^ OBRA ÜTILISI.WA Lia todos los funcionarios de la Administración, con arreglo á la ley vig-pnte, acompañada de todas las disposiciones legislativas que sobre los diferentes ramos han emanado del poder ejecutivo. Su autor, el iíxcmo. Sr. D. Antonio Guerola, Gobernador que ha sido de varias provincias. — Constará de 12 tratados, y cada uno contendrá un solo ramo de la Administración, en esta forma:

l.^ Sanidad , comprendiendo todos los ramos de ella 6 que por ella pueden ser afee- lados, como la higiene, el ejercicio do la medicina, los cementerios, las epidemias y la sanidad m;iritima.

2.° OnoEN PUBLICO, que comprende la policía preventiva y represiva, asociaciones, reuniones y diversiones públicas.

3.*^ Benefickncia é incidkncias de religión y de moral, en cuyo tratado se com- prende toda la gestión benéfica del poder administrativo y todo lo que éste hace para con- tribuir al mantenimiento de la religión y á la moral pública, bajo cuyo último concepto abraza también la moderna institución de los premios á la virtud.

4.° Instrucción pública, en todos los ramos de esta vasta materia, desde la primera enseñanza hasta la superior, la facultativa y la artística.

5.° Agricultura, industria y comercio, comprendiendo también en el primero de estos ramos el de riego.s, y en los otros todas las cuestiones fabiíles y las que se rozan con la producción y el consumo.

6.° Obras públicas, en las cuales van incluidas las de todas clases, inclusas las cons- trucciones civiles de los pueblos.

7.° Hacienda, que abraza todas las contribuciones é impuestos , y la contabilidad general de ios mismos.

8 o Quintas, explanando todos los incidentes de este impuesto personal.

9.0 Administración provincial y municipal, que explica lodo el mecanismo de las funciones administrativas en el círculo limitado de la provincia y del Municipio.

10. Funcionarios públicos y Administración contenciosa, que abraza los deberes y derechos de los primeros, y la índole y objeto de esta última.

U. Asuntos varios, que comprende la estadística, división territorial, correos, te- légrafos , alojamientos , bagajes , suministros y disensos paternos.

12. Derechos políticos, que abraza los concedidos por las instituciones vigentes, especialmente el de la imprenta y elecciones, y como incidencia de esos derechos que


Fólo competen á los españoles, se comprende también en este tratado el fuero y situación de ios extranjeros. .

Cada tratado tendrá un Apéndice en el que se intercalarán las leyes , reglamentos y principales órdenes citadas en el texto, para que sirvan de consulta y aclaración.

El tamaño de la obra es en 8.°, calculándose tendrá cada tratado sobre 200 páginas.

Los tres primeros tratados están ya en prensa.

El precio de cada tratado será el de 8 rs. franco de porte, pero to- mando tres se rebajará á7 rs., y tomando seis 6 más quedará redu- cido á 6 rs. cada tratado. El pago se verificará en libranzas del Giro mutuo, en letras de fácil cobro, y donde no haya facilidad para nin- guno de los dos medios, en sellos de correos á la drden de Gregorio Estrada, en carta certificada. Hiedra 5 y 7, Madrid, donde se dirigirá toda la correspondencia y las reclamaciones.

Se hace preciso que al hacer la suscricion por uno ó más tratados, incluyan el pago de uno, sin cuyo requisito no será servida la sus- cricion.

TTiNRIQÜETA. NOVELA ORIGINAL POR D. ANTONIO VINAJE- Hiras. tíale á luz por entregas de 16 páginas en 4.° mayor, buen papel y esmerada impresión, repartiéndose una lámina cada diez entregas, y costando cada una

]VEedlo real.

Se reparten cuatro entregas semanalmente, las cuales se pagan al tiempo de recibirlas. La obra constará de un tomo de regulares di- mensiones. Se suscribe en Madrid en la Administración de la Biblio- teca contemporánea, calle de la Hiedra, núms. 5 y 7, donde se dirigirá la correspondencia. En provincias en todas las principales librerías. En la Habana en la de D. Alejandro Chao, calle de la Habana, nú- mero 100.

DOÑA FRANCISCA. NOVELA ORIGINAL POR D. FRANCISCO Cutanda, individuo de número de la Real Academia Española, pre- cedida de un prólogo de D. Manuel Cañete.— Formará un tomo de 500 páginas en 8.°

atAÜFRAGIOS de la armada ESPAÑOLA: RELACIÓN HISTO- iNrica formada con presencia de los documentos oficiales que existen en el archivo del Ministerio de Marina, por D. Cesáreo Fernandez, Teniente de navio, secretario de la Junta consultiva de la Armada. — La obra consta de un tomo de 428 páginas en 8.°, y su precio en Ma- drid y provincias es de 20 rs.— En Antillas 16 reales fuertes.— En Fili- pinas 20 reales fuertes.

T A tipografía, PERIÓDICO DEDICADO A LOS IMPRESORES,

Llitdgrafos, encuadernadores, grabadores en dulce y madera, fundi- dores, fabricantes de papel y tintas, constructores de máquinas, y li- breros: — lista publicación es mensual y sale el último dia de cada mes constando cada número de 12 á 16 páginas en marquilla, y comple- tará al año un tomo de 144 á 200 páginas.— El precio en Madrid es 8 reales al trimestre, 16 al semestre y 30 al año; en provincias, 10 rs. un trimestre, 18 el semestre y 32 el año; en el extranjero, 11 frs. al año. La publicación cuenta tres años de existencia.