Revista de España: Tomo I - Número 4 (OCR)

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REVISTA DE ESPAÑA - TOMO I - NÚMERO 4 - AÑO 1868[editar]

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DE LOS MÁS NOTABLES POETAS PORTUGUESES[editar]

m HAN ESCRITO El) USTEllAm.


I.


Pocos hechos se explican más diiícilmente que el oríg-en de las lenguas y sus transformaciones. Con todo , los profundos estudios filológ-icos que de un siglo á esta parte se han hecho , no consien- ten ya que se sostengan ciertas tesis á no ser con la idea y propó- sito de manifestar gran sutileza de ingenio. Tal ó cual hecho no se podrá explicar, pero tampoco se podrá negar. A este género de hechos innegables pertenece el de la extraordinaria semejanza con el latin de cuantas lenguas ó dialectos»» se hablan en la Peninsula ibérica , salvo la lengua éuscara.

No puede menos de dejarnos absortos cualquiera escritor que sostenga que el idioma portugués y el castellano provienen del celta , y más aun que provienen del hebreo , del fenicio ó del pú- nico ; que son en parte ó en casi todo lenguas semíticas. Ambos idiomas , portugués y castellano , en el sentir general de las gen- tes, y á pesar de las extrañas paradojas de Francisco de San Luis, de Catalina y de otros , son neo-latinos. No es esto decir que los celtas, los griegos, los fenicios, los cartagineses, los hebreos, los

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bárbaros del Norte y los árabes , que sucesivamente han coloniza- do , invadido ó conquistado nuestro suelo , no bayan dejado al- gunas palabras y no bayan influido algo en la formación de nues- tra sintaxis. Pero, por masque sea extraño, es en nuestro concepto indiscutible que ban dejado poco , y que el fondo principal de nues- tros idiomas peninsulares , así en el vocabulario como en la gra- mática, es latino.

Difícil es explicar cómo las lenguas primitivas desaparecieron de España, salvo la éuscara, y como el latin, rústico ó no rústico, prevaleció entre nosotros ; pero no es posible desconocer que el la- tin prevaleció , aunque alterándose para formar los modernos idio- mas, más bien por medio de una evolución interna que por su mezcla con los idioma^ de otros nuevos dominadores, como los ván- dalos, los suevos, los visogodos y los árabes. Este poder que tuvo el latin para hacerse adoptar por los españoles y el poco ó ningu- no que tuvo el arábigo , habiendo estado en España por más tiem- po y en mayor número los árabes que los romanos , no se puede atribuir solo á la superior civilización de Roma , sino que indica, á nuestro parecer, que entre las lenguas primitivas de España y el latin habia desde luego grande afinidad. De creer es que varios pueblos primitivos de nuestra península , y sobre todo los turdeta- nos , que eran los más civilizados, hablasen ya antes de la conquista romana un idioma trhaco-pelásgico , muy parecido al latin. Lo cierto es que nuestros idiomas son tan neo-latinos , como el italia- no, con poca combinación de otros idiomas.

Mucho se ha escrito sobre el origen de Ifvs lenguas , castellana y portuguesa , y no se ha disputado poco sobre la antigüedad res- pectiva de ambas. Remitiendo al lector que de esto quiera enterar- se á los libros extensos que sobre el particular se han escrito (1), diremos, no solo á fin de na ofender el orgullo de nadie , sino tam- bién porque tal es nuestra persuasión , que el portugués y el cas- tellano se formaron al mismo tiempo ; son tan antiguos el uno como el otro. Sin embargo, como Castilla existia antes de que Portugal existiese , menester es conceder , á fin de que se afirme la forma- ción sincrónica de ambos idiomas , que el portugués es anterior al reino de Portugal ; que el primitivo portugués es el gallego. Su- ponen algunos que la gran multitud de cruzados franceses que es-

(1) Primeiros tra<^os aluna resenha da litteratura portugueza, por José Sil- vestre Ribeiro.


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tuvieron con D. Alfonso Enriquez en la conquista de Lisboa y de otras ciudades, y después se establecieron en Portugal, dieron distinto carácter á la lengua portuguesa ; pero no creemos que esto sea asi , porque después del reinado de D. Alfonso Enriquez, el portugués y el gallego siguen siendo lo mismo. Lo que ha he- dió más tarde la diferencia , ha sido el mayor cultivo que como lengua de una nación , si pequeña por el número de sus indivi- duos , grande por sus hazañas , gloriosas empresas , saber y des- cubrimientos , ha tenido el portugués; mientras que el gallego ha quedado inculto y relegado como dialecto provincial , escribiendo en castellano todos los ingenios que el fértil suelo de Galicia ha producido.

Bien se puede asegurar que hasta mediados del siglo XV, el portugués y el gallego eran una sola lengua , la cual fué hasta entonces cultivada, no solo por los poetas de Galicia y Portugal, sino también por muchos de Castilla, que para canciones amorosas la preferían á la lengua castellana. En los Cancioneros del rey D. Dionis y de Baena , hay versos gallego-portugueses de los reyes D. Alfonso X el Sabio ^ D. Alfonso XI, el del Salado, Pero Garcia Húrgales , Alonso Anés de Córdoba , Gómez Garcia , abad de Va- lladolid, el juglar Juan de León, Pedro Amigo de Sevilla, el ar- cediano de Toro , Alfonso Alvarez de Villasandino , y D. Diego de Mendoza, abuelo del Marqués de Santillana. Todavía en el si- glo XV , el mismo Marqués de Santillana, aunque en una sola can- ción , y Maclas el enamorado , trovaron en lengua gallego-por- tuguesa.

No falta quien funda la preferencia que se dio á esta lengua para la poesia lírico-cortesana ó trovadoresca , en la persuasión de que nuestros reyes antiguos hablaron dicha lengua ; en que di- cha lengua era la de la corte. En apoyo de esto, citan Romey y Milá y Fontanals una antigua crónica castellana en que se po- nen estas palabras en boca del rey D. Alfonso VI: ¡Ay men Jilho! alegria de meu corazón e lume dos meus olhos, solaz da minha velhez. ¡Ay men espelJio! etc. La mencionada crónica es del si- glo XIII , por manera que si bien no prueba que nuestros an- tiguos Reyes hablasen en portugués ó gallego , prueba que así se creia por entonces , dando á dicha lengua los honores de lengua de la corte y de muy antigua. Esta pretensión de mayor antigüe- dad de su lengua ha sido sostenida en épocas de poca crítica por


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el orgullo nacional de los portugueses, con documentos apócrifos ó harto sospechosos.

El más singular de estos documentos es el Poema da Cava , del cual publicó por vez primera un fragmento Manuel de Faria y Sonsa , suponiendo que el Poema es del tiempo mismo de la con- quista de los moros. El fragmento del Poema está en coplas de arte mayor y es sin duda del siglo XV.

A otras composiciones más antiguas, como al romance que em- pieza.

No figueiral figueiredo,

atribuido á Guesto Ansures , se les da también una antigüedad fa- bulosa. Se supone que este Guesto Ansures fué el libertador de las cien doncellas , victimas del tributo del rey Mauregato , y que él mismo celebró en verso su hazaña , componiendo dicho ro- mance.

Más verosimilitud de ser antiguos , aunque no sea licito afirmar que de la época misma en que se suponen escritos , son los canta- res de Gonzalo Hermingues y de Egas Moniz , caballeros de la corte de D. Alfonso Enriquez. Gonzalo Hermingues, enamorado de una doncella mora , llamada Fátima , que moraba en Alcázar do Sal , apareció á deshora, una mañana de San Juan , cuando los mo- ros y moras habian salido fuera de la villa á esparcirse y solazarse en el campo, y robó á su prenda querida , la cual se hizo bautizar, se casó con el raptor y tomó el nombre de Oriana. Los amores , el rapto, y latemprana muerte de esta tocaya de la dama de Amadis, vienen celebrados en los rudos versos de este Petrarca del siglo XI, que también imitó en profecía al propio Amadis, haciendo vida eremítica. En cuanto á Egas Moniz , de quien nos quedan dos can- ciones, no es menos poética su leyenda. Una dama de la Reina Doña Mafalda , llamada Doña Violante , era la señora de sus pen- samientos, á quien amaba con delirio: pero Doña Violante, á pe- sar de todos sus juramentos y protestas de amor, abandonó al poeta y se casó con un castellano, que se la llevó para Castilla. Loco de celos el amante abandonado, compuso cantares melancólicos , buscó en vano la muerte guerreando contra los moros , procuró distraerse ó consolarse, y no pudo, y al fin murió de mal de amores por aquella ingrata. Algunos añaden que esta señora , avergonzada de


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SU infidelidad y llena de saudades tristísimas del difunto, puso fin á su vida con un veneno (1).

A pesar de lo novelesco de ambas leyendas , los versos que de sus héroes poetas se han conservado , aun suponiendo que sean autén- ticos , son tan informes , que más prueban en contra que en pro de la antigüedad de la leng-ua y de la poesía portuguesas. Es, por consiguiente, indudable que la poesia castellana es muy anterior. El Poema del Cid es un documento fehaciente y da de ello claro testimonio. Bien se puede afirmar que los más antiguos poetas por- tugueses son de la segunda mitad del siglo XIII , es decir, del rei- nado de D. Alfonso III de Portugal , contemporáneo de nuestro Don Alfonso el Sabio. Este Rey ilustre , que tanto contribuyó al desar- rollo de nuestra lengua nacional , contribuyó también al de la len- gua portuguesa, cultivándolas ambas, con igual éxito (2). Sin jactancia , podemos colocarle entre los primeros , en el orden cro- nológico, de cuantos autores de algún valer han cultivado la len- gua portuguesa. Los más famosos poetas portugueses, contem- poráneos de Don Alfonso el Sabio , fueron Juan de Aboin , Diego López de Bayan y Juan de Lobeira. Pero cuando verdaderamente empezó á ñorecer la poesía portuguesa fué en el reinado de Don Dionis. De este Rey poeta se conservan algunas composiciones. Su hijo natural, D. Pedro, Conde de Barcelos, fué asimismo un exce- lente trovador. Se cuenta que eligió por señora de sus pensamien- tos á Doña María , su sobrina , mujer de Alfonso XI , Rey de Cas- tilla ; y de los celos de este , y de los amores del tío y de la sobrina, y de las visitas furtivas que el tio le hizo, aunque todo ello tiene poco ó ningún fundamento histórico, se pudiera formar una novela caballeresca. El Rey Alfonso IV de Portugal también fué trovador. En su tiempo floreció Vasco de Lobeira , á quien se atribuye la composición del Amadis de Qaula. El heredero de Alfonso IV, el célebre D. Pedro el Cruel , amante y vengador de Doña Inés de Castro, fué el primer trovador portugués de quien sepamos que es- cribiese versos en lengua castellana. «Menos patriota que sus con- temporáneos y colegas en Apolo, dice el Sr. Costa e Silva, prefirió casi siempre en sus composiciones la lengua castellana.» En esta lengua está escrito un poema suyo en coplas de arte mayor, donde

(1) Ensaio biographico-critico sobre os melhores poetas portuguezes, por José María da Costa e Silva. — Tomo I.

(2) Milá y Fontanals, De los Trovadores en España, pág. 494. ¡ . . ¦ . ^ - -


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deplora la muerte de su querida Doña Inés. Desde entonces fué creciendo la afición de los poetas portugueses á escribir en caste- llano, y disminuyendo, hasta extinguirse del todo, la de los poetas castellanos á escribir en lengua portuguesa.

Antes de entrar de lleno en el asunto de estos artículos, esto es, en el estudio de los poetas portugueses , que escribieron en caste- llano, conviene decir algo sobre la historia misma de la historia li- teraria portuguesa, muy descuidada hasta hace poco. Bouterwek y Sismondi casi se puede asegurar que son los primeros que sobre ella han escrito , aunque incurriendo en muchos errores. En 1826, apareció en París el Compendio ó Resumen de Ferdinand Denis, y en el mismo ano apareció también en París O Parnaso Lusitano, precedido de una historia abreviada de la lengua y la poesía por- tuguesas, discurso elegante , pero que por su brevedad misma no puede tener ni tiene muchas noticias. Parece que esta colección, así como la historia abreviada , que la precede , si bien no llevan nombre de autor, son obra del famoso poeta Almeida Garrett. En 1845, se publicó en Lisboa el Primeiro Ensato sobre a historia litteraria de Portugal ^ov Francisco Freiré de Carvalho. En 1853, el tomo I de la obra de José Silvestre Ribeiro, que ya hemos citado en nota. Y desde 1850 á 1856 , el Ensaio biograpMco-critico solre os melliores poetas portuguezes por da Costa e Silva , de que ya también nos hemos valido. Pero todos estos trabajos son harto in- completos, y bien se puede asegurar, con Du Méril y Wolf, que la historia literaria de Portugal está por hacer todavía. El mismo da Costa e Silva corrobora esta opinión , cuando al hablar de su obra, dice que «buena ó mala, no puede juzgarse inútil, pues so- mos tal vez la única nación europea , donde la crítica literaria aun no ha nacido ; la única que no posee una historia de su literatura, ni siquiera de su poesía ; la única que há menester consultar á los extranjeros para saber lo que valen los sabios , los historiadores y los poetas que ha producido.» Pero si aun no hay una buena histo- ria de la literatura portuguesa , se han publicado en cambio re- cientemente no pocos materiales para poder escribirla , siendo lo más notable en este género el Diccionario libliograpKico de Inno- cencio Francisco da Silva, obra copiosísima que completa la de Barbosa. Se han publicado igualmente algunos Cancioneros y fragmentos de Cancioneros , como el del Rey D. Dionis y el de García de Resende , los cuales han hecho conocer mejor la poesía


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portuguesa en la Edad Media y dado motivo á los eruditos traba- jos de Wolf y de Bellermann sobre dicho asunto. Lo que no ha sido posible rehacer, sino muy poco, ha sido la antigua poesia popular portuguesa. Garrett ha restaurado algunos antiguos romances; pero más es , en su Romancero, lo compuesto por él que lo verda- deramente antiguo. Garrett ha hecho con frecuencia algo parecido á Las tres toronjas del vergel de amor y á la Historia de la infan- tina de Francia y delJiijo del Rey de Hnngria de D. Agustin Du- ran ; esto es , una imitación de los romances antiguos verdaderos. Asi es que, hasta ahora, no se puede decir que tengan los portu- gueses un romancero antiguo, no diré como el castellano , pero ni siquiera como el Romancerillo catalán , publicado por Milá y Fon- tanals , y que D. Mariano Aguiló promete completar, hace años, con una riquísima colección de antiguos romances catalanes que ha ido reuniendo. Resulta, pues, bien sea porque los romances portu- g'ueses se han perdido, bien porque no se escribieran nunca sino muy pocos , que la poesía portuguesa , particularmente en los si- glos XIV y XV, es solo la de los Cancioneros; esto es, la poesía de los nobles y señores cortesanos , la poesía de los Príncipes y Re- yes,- la poesía erudita y artificiosa, pero no la poesía espontánea del pueblo.

Sin embargo, no se ha de negar que en esta poesía hay á veces inspiración y gracia , y que , á más de encerrarse en ella no escaso valor poético, merece grande atención por su valor histórico; por- que refleja las costumbres , la vida , los amores , los gustos y pasio- nes de una época y de una nación grandes , como lo fué sin duda Portugal , durante la dominación de los Reyes de la dinastía de Avis. En un principio, como ya queda apuntado, y como el Mar- qués de Santillana lo corrobora en su famosa y tan á menudo ci- tada carta, «qualesquier decidores ó trovadores destas partes, agora fuesen castellanos , andaluces , ó de la Extremadura , todas sus obras componían en lengua gallega ó portuguesa.» Después, empezando en el Rey D. Pedro I de Portugal, qiie ya hemos nom- brado, trocóse la afición, y se dieron los portugueses á escribir en lengua castellana.

Es indudable que esta lengua habia sido, hasta el siglo XV, mucho más cultivada en verso y prosa, que la lengua portuguesa. Multitud de documentos lo demuestra , y no parece probable que sea solo descuido de los modernos críticos y bibliófilos de Portugal


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el que no se hayan encontrado obras en su idioma por el estilo de las de Berceo, Juan Lorenzo de Seg-ura , Arcipreste de Hita , rabi D. Sem Tob, y otras, ya divulg-adas, merced á los trabajos de Sánchez , Pidal , Gayang-os , Janer y otros descubridores y colec- tores. Asi por la carencia de esta clase de obras , como por la casi carencia de romancero , Portug-al no ofrece , hasta el siglo XV, y aun durante todo el siglo XV, sino ejemplos de poesía erudita y cortesana. En esta poesia, asi como en la castellana del mismo género , es mutuo el influjo , durante siglos , entre Portugal y Castilla , si bien antes prepondera el de Portugal , y el de Castilla prepondera después , mientras que ambos países están siempre in- fluidos por una literatura extranjera, superior en mérito, y ante- rior en su desarrollo. Fué la primera literatura influyente la pro- venzal , sobre lo cual ha escrito un erudito libro D. Manuel Milá y Fontanals (1). Fué la segunda la literatura italiana. Sobre este in- flujo , que principalmente se hace sentir en el siglo XV en la corte de D. Juan II, da muy interesantes noticias y hace muy atinadas observaciones el Sr. Amador de los Rios en los tomos VI y VII de su Historia critica.

En Aragón y Cataluña fué donde primero se imitó la literatura italiana , sobre todo la Divina comedia del Dante y las Canciones y Triunfos del Petrarca. Los dialectos catalán y valenciano , susti- tuyéndose á la antigua lengua de los trovadores, se emplearon felizmente en la poesía. Tal vez los primeros versos que en catalán se conservan sean del célebre Raimundo Lulio ; pero desde que se fundó en Barcelona , en 1390 , el Consistorio) del gay saber ^ hubo multitud de poetas catalanes y valencianos , entre los que descue- llan Andreu Fabrer, traductor del Dante , Ausias March , Jordi de Sant Jordi , Valmanya y Rocaberti.

Este gusto y esta manera de poetizar pasaron también á Casti- lla , á la corte de D. Juan II. A la galantería caballeresca de los antiguos trovadores se unieron los refinamientos y las metafísicas

(1) Los trovadores pro vénzales visitaron más los reinos de Aragón y de Castilla que el reino de Portugal. Algunos de ellos, como Gavaudan en las Navas de Tolosa, tomaron parte como aventureros en nuestras guerras contra los moros , y muchos las cantaron. En España se usó también la lengua pro- venzal para la poesía, sobre todo en Aragón. El Sr. Milá da noticias biográfi- cas y publica versos de 32 poetas españoles que escribieron en la lengua pro- venzal , contándose entre ellos cuatro Reyes aragoneses.


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amorosas del Petrarca , el estilo alegórico del Dante , y cierto pe- dantismo didáctico y sentencioso , y cierto abuso de erudición clá- sica , propios del renacimiento que empezaba. Todo ello forma el carácter especial de la poesía de aquel tiempo , sin que convenga- mos con el Sr. Amador de los Rios en que hubo tres escuelas : la didáctica , la provenzal y la alegórica : aunque tal vez esta divi- sión sea conveniente para dar cierto método al estudio de la poesía de aquel tiempo , clasificando á los autores según el rasgo y la in- clinación en ellos predominantes. El mismo Rey D. Juan II , su privado D. Alvaro de Luna , los Marqueses de Villena y de Santi- llana , y Juan de Mena sobre todo , fueron los poetas que descolla- ron en aquella brillante corte de Castilla. En los reinados posterio- res de D. Enrique IV y de los Reyes Católicos, la musa castellana sigue en la corte el mismo rumbo y tiene el mismo carácter ; pero entre los innumerables versos que entonces se escribieron y que más leen los eruditos que el pueblo , hay una composición única, eti donde el poeta , merced á la energía y profundidad del senti- miento , y á la dichosa manera y poderoso estilo con que supo ex- presarle , ha logrado poner el sello de una popularidad inmortal. Hablamos de las Coplas de Jorge Manrique. Los eruditos podrán creer y aun demostrar que Jorge Manrique imitó á su tio ; imitó á otros poetas de su época ; imitó la elegía arábiga de Abul Beca de Ronda á la pérdida de Sevilla ; pero esto no menoscaba en manera alguna su fama y su mérito. No reside este en los pensamientos, ni en las imágenes, ni en el progreso dialéctico de la composición, sino en el inefable misterio y soberano hechizo de la forma , por medio de la cual deja el poeta su alma como encantada en los ver- sos que compone, y mueve las otras almas, en los tiempos sucesi- vos, con maravillosa y honda simpatía.

El florecimiento poético de la corte de Castilla halló eco sono- ro en la corte de Portugal , floreciente en otras cosas más sustan- ciales , y más adelantada y más gloriosa que la de Castilla , desde la batalla de Aljubarrota hasta la de Toro. Encerrados los portu- gueses entre Castilla y el Atlántico , confinados en el último ex- tremo occidental de nuestro continente , eran como la vanguardia, como los adelantados de la civilización ; la cima de la cabeza de Europa toda, como los llama Camoens. Su orgullo, su grandeza, su ambición y su pujanza , no cabían dentro de tan estrechos lími- tes , y pronto se lanzaron al mar en busca de aventuras. El Infan-


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te D. Enrique fundó en Sagres una academia de navegantes ; pa- rece que inventó las cartas de marear, y abrió, sin duda, el camino de las famosas navegaciones que, como dice Freiré de Carvalho, «llevaron á la inmortalidad á tantos héroes y á la nación afortu- nada que los produjo , poniendo en olvido las tan decantadas de fenicios , cartagineses y griegos. » El alma de nuestra moderna ci- vilización , el espíritu europeo de los tiempos novísimos , en lo que tiene de más característico y de más noble , se mostró en Portugal antes que en parte alguna. Allí nació y comenzó á realizarse el anhelo de difundir por todas las regiones el saber, la cultura , las creencias y el poderío de la raza superior europea.

La historia de Portugal en el siglo XV es una portentosa epo- peya ; parece el cumplimiento de la profecía de Virgilio , erit al- tera qucB xieJiat Argo delectas heroas , pero magnificado y dilatado por extensos é ignorados horizontes , y por mares y tierras remo- tas, que no pudo columbrar el vate mantuano. Los portugueses conquistaron á Ceuta, Árzilla, Alcacer y Tánger; aplicaron el astrolabio á la navegación , y descubriendo los reinos de Benii y del Congo y todo el litoral del Occidente de África , dieron vista al cabo de Buena-Esperanza en 1486 , seis años antes de que des- cubriese Colon las islas Lucayas. La corte de Portugal estaba al mismo tiempo llena de notables ing-enios. Los más escribieron 'en castellano. Empezaremos á hablar de ellos por el célebre Infante D. Pedro , Duque de Coimbra (1).

Fué este Infante hijo de D. Juan I, el vencedor de x^ljubarrota, y hermano del Rey D. Duarte , poeta también y autor de un tra- tado moral, que tiene por título O leal conselheiro. Deseoso de saber , de ver mundo y de buscar aventuras , peregrinó en su mo- cedad por diversos países de Europa , Asia y África , y volvió á la patria con gran copia de conocimientos y extraordinaria nombra- día. Le llamaron el de las siete partidas del mundo-, porque se aseguraba que las había recorrido todas. Un libro , que se supone escrito por uno de sus doce compañeros de viaje , Gomes de Santo Este van, ha extendido y vulgarizado hasta hoy, así en España como en Portugal , la fama y las singularidades de estas peregri- naciones. En él se cuentan mil prodigios, terminando la narración con que el Infante, que no pensaba pararse hasta llegar á los

(1) Amador de los Ríos, tomo VII, c. 16 de la Historia crUica. — Costa § Silva, Hnsaio biográfico, tomo I, c. 11. mmu t ->', ívíu.v


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Últimos confines de la tierra , llegó á un pais , donde ya los hom- bres le ladraban. Entonces dijo: «si aqui me ladran, más adelante me morderán,» y hecha esta juiciosa reflexión, se volvió á su pais y á su casa. El libro, en que esto se refiere, se titula Libro de las maramlhsas cosas que vido el Infante D. Pedro de Portugal, el cual anduvo todas las partidas del mundo. Wolf cita una edición de Zaragoza, en 1570 (1), La obra se sigue reimprimiendo hasta ahora y es muy gustada de la gente del pueblo. El Infante Don Pedro sigue siendo, por lo tanto, un personaje popularísimo.

Vuelto á su patria, y muerto su hermano el Rey D. Duarte en 1440, los grandes le nombraron tutor del niño D. Alfonso V y Regente del reino. Durante la regencia, protegió la literatura, hizo grandes servicios , y procuró además los medros de su propia familia, casando desde muy temprano á su hija Doña Isabel con el regio pupilo. Pero nada de esto le valió, porque, apenas decla- rada la mayoridad de D. Alfonso V, sus émulos le enemistaron con él , acusando al tio de que trataba de envenenar al sobrino y de alzarse con el reino. El Rey, como mozo sin experiencia, dio fácil oido y crédito á tan inverosimiles acusaciones. En balde la Reina trató de reconciliar á su padre con su marido ; en balde el gran Conde de Abranches , el que mandó en Aljubarrota el ala derecha del ejército, por tugues, volvió por el Infante D. Pedro, llamando en presencia del Rey á los acusadores al juicio de Dios, en duelo singular: todo fué inútil. El Infante D. Pedro quiso venir entonces, él mismo, desde Coimbra á Lisboa, á fin de justificarse; pero receloso de una traición , trajo consigo á los hidalgos y cria- dos de su casa y á algunos amigos, armados todos. Esto acrecentó las sospechas del Rey , y , creyendo que su tio venia en son de guerra , salió contra él con mucha gente de armas. A cuatro le- guas de Lisboa , en la Algarrobera , cayeron de improviso los del Rey sobre los del Infante , que eran mucho menos en número , y que sorprendidos además, tuvieron que sucumbir, mas no sin ha- cer pagar caras sus vidas. Asi murió á manos de sus compatriotas el Conde de Abranches , que tanto habia contribuido á conservar la independencia de Portugal , y asi murió también el Infante Don Pedro , su amigo.

No se conservan de él más que unas trovas en portugués , en las

f .;ímZ;j oJji'jiiiiUjjtüiiüc. V

(1) Wolf, Zur Geschichte der port. Literatur in MíÉtelklfér.' '^^'<>0^ ^'^^


502 POETAS PORTUGUESES

que elogia con entusiasmo á Juan de Mena y le pide los versos suyos que no conoce , ya que está prendado de los que conoce y llama al autor trovador sentido de amor , gracioso em dizer , sor- hedor e bem /alante. Juan de Mena, agradecido á estos elogios, los paga con otros más hiperbólicos aun, y todavía el Infante replica, compitiendo en cortesanía con el poeta castellano. Esta correspondencia es un tiroteo de requiebros. Citaremos solo algu- nos de los versos de Juan de Mena:

y;] .1,311(1 Príncipe todo valiente, /

r En los fechos muy medido,

El sol, que nace en Oriente,

Se tiene por ofendido ^^V>*íf • De nuestro nombre temido.

Tanto luce en Occidente.

Sois de quien nunca os vido

Amado públicamente.

Tan perfeto esclarecido.

Que por serdes bien regido

Dios vos fizo regiente.

Nunca fué después, ni ante.

Quien viese los atavíos

Y secretos de Levante,

Sus montes, islas é rios.

Sus calores y sus frios,

Como vos, señor Infante, etc.

Se asegura que el Infante D. Pedro imitó ó tradujo en portugués varios sonetos del Petrarca , y aun se conserva uno que se le atri- buye y que es verdaderamente muy lindo ; pero la obra capital del Infante son sus coplas de arte mayor en castellano sobre el menos- precio ó comptento del mundo. No es esto decir que las tales coplas sean muy amenas; pero fueron muy admiradas en su tiempo, y en el día no fatiga leerlas , como fatigan otros antiguos cultiva- dores españoles del arte didáctico , con quienes se hermanó el In- fante, según dice el Sr. Amador de los Rios. Cierto que las sen- tencias, profundas entonces, hoy nos parecen vulgares; los ejem- plos , pedantescos y mal traídos ; mas á menudo hallamos , en medio de estas faltas , algunas pinceladas poéticas , algunas expresiones candorosas y no pocos sentimientos verdaderos y profundos, dichosa y sencillamente expresados.

El poeta empieza aconsejándonos que nos encomendemos al


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verdadero Dios , pero en seguida invoca á Minerva y le pide que le hiera el pecho con su luenga lanza, que le arme de su escudo, y que apartando de él vulgares cuidados, le infunda doctrinas dulces. Habla luego de lo instable de la fortuna , de lo vano de las riquezas , de lo efímero y caduco de la hermosura , de la fama , de los honores y de las dignidades, y todo lo va ilustrando con ejem- plos , casi siempre tomados de las historias griega y romana. Ha- bla , por último , de los buenos y de los malos Reyes , de la pri- vanza , de la nobleza de sangre , de la clara prosapia , de los disgustos que dan los malos hijos , de la juventud , de la fuerza corporal , de los amigos ; y en suma , de todos los bienes terrena- les , mostrándose muy desengañado de ellos , y exhortándonos al desengaño , á fin de que consagremos á la virtud nuestro corazón, y busquemos el bien soberano en Dios mismo.

El poema , como se ve , es un tratadito de filosofía moral ascé- tica, puesto en verso. Mostremos ahora, con algunas citas, el mé- rito de la obra.

Contra la vanidad nobiliaria se expresa asi el poeta hijo de Rey:

O clara prosapia, tú dime qué vales, Sin de la virtud ser acompañada; Tú de origen muy fermosa sales, Pero si después no eres ornada De claras virtudes é eres ligada Con vicios feos é les faces feudo , Por cierto más fea debes ser juzgada Que si con nobleza no tovieses deudo.

Todos somos fijos del primero Padre , Todos tenemos igual nascimiento, Todos avemos á Eva por madre , Todos traemos un acabamento. Todos tenemos bien flaco cimento, Todos seremos en breve so tierra : El propio noblesce merecimiento E quien al se piensa yo pienso que yerra.

Del pueblo y de su vano amor dice :

No amo ni punto el amor popular, Ni loo quien mucho en él se confia ; Ca no sabe amar ni sabe desamar : . TiOS más de sus fechos van torcida via.


5Q4 POETAS PORTUGUESES

^... j. . Sin razón, sin causa mantiene porfía,

Sin razón, sin tiempo se deja de aquella; Jamks discreción no lleva por guia; No honra la virtud ni se cura d'ella.

Después de hablar así de los bienes todos del mundo , que son falsos , el poeta se vuelve de nuevo á Dios ,

El bien soberano, do es la verdad,

y le pide auxilió á fin de hallar por su medio la luz eminente:

Quien busca pescados é belvas marinas. Ño busca los montes, mas busca los mares; Pues menos se buscan las cosas divinas En los tenebrosos é fondos lugares.

La bienaventuranza se debe buscar dentro del alma misma : lo exterior es quimera. Ál llegar á este punto , el poeta invoca á una musa santa , á una musa que los antiguos no conocieron y que

Demuestra los bienes que son infinidos ;

y despide á las antiguas musas , porque no son dignas de la jor- nada que el poeta va á emprender, ni el poeta es omerista ni sigue sus mas.

Aquí elogia el poeta muy por extenso las tres virtudes teologales, las cuatro cardinales y otras muchas, dando muy sanos consejos.

Sobre la humildad dice :

No menosprecies á la pobre gente. Mas sey-le siempre manso, gracioso ; Contracta con ella muy benignamente ,

Y oye sus quejas con gesto amoroso.

Contra el temor de la muerte :

Contempne la muerte é sey esforzado, Pues eres seguro que, si bien obrares. Serás in eterno bienaventurado,

Y con la tal muerte libre de pesares. Es breve dolor, si bien lo pensares , Que da fin é cabo á graves dolores : Jamás no la temas, si á Dios amares, Otra mente teme sus graves temores.

Y por último , termina hablando del amor de Dios , fin supremo de nuestra vida. .,,,,:,,,,, „^.,po,.,. ;, ...¦., ,o i .


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 505

Bien se puede decir que el Infante D. Pedro, el de las siete partidas , trasmitió por herencia á sus hijos su afición y aptitud para la poesia. Su hija Doña Felipa de Lancastre, que vivió los úl- timos años de su vida en el monasterio de Odivellas de Lisboa , no solo tradujo del latin un tratado sobre La vida solitaria j otro libro devoto, del francés , sino que compuso asimismo algunas poe- sias originales , de las que ha publicado una el Sr. Bellermann, Ao lom Jesu, llena de la más viva inspiración religiosa.

El Condestable de Portugal , hijo también del Infante D. Pedro, fué un excelente poeta. El citado Sr. Bellermann tal vez sea el primero que ha dado á conocer algunas de sus obras. «Poseo, dice^ una serie de composiciones poéticas de este D. Pedro , copiadas de un antiguo manuscrito inédito que aun se halla en Lisboa en una biblioteca particular. Toda la obra consta de 80 hojas de perga- mino ; se titula al fin Tragedia de la insigne Reina Doña Isabel, y está consagrada por el poeta á la temprana muerte de su que- rida hermana, la esposa de D. Alfonso V, que pasó á mejor vida en 1455. La obra está en verso j prosa, y tiene cierta forma dra- mática.» Lleva además . por titulo , al comienzo, estas palabras francesas : Paine pour joie , j un prólogo del autor dedicándola á su hermano menor D. Jaime, el Cardenal, muerto en 1453. El Sr. Bellermann no cita nada de esta obra; mas puede conjetu- rarse por el breve análisis que hace de ella , que es de Índole di- dáctico-religiosa , y que el poeta , con ocasión de la pérdida de su hermana y de sus propias malas venturas , discurre sobre lo insta- ble de todos los bienes terrenales, y acaba por asegurar que solo resignándose cristianamente en la voluntad de Dios se halla algún consuelo en el mundo (1).

El Sr. Amador de los Rios no cita estas obras del Condestable de que Bellermann da noticia ; pero cita en cambio otro libro del mismo Condestable , que lleva por título /Sátira de felice e infelice vida , y que se custodia en esta Biblioteca nacional en un manus- crito de 1468, coetáneo del poeta (2). Decimos que el Sr. Amador de los Ríos no cita , al parecer , lo que cita Bellermann , porque du- damos que el manuscrito de Lisboa y el códice de nuestra Biblio- teca sean una misma cosa. Ambas obras están en prosa y verso alternados ; ambas están escritas en castellano , y ambas tienen

(1) Wolf, Zur Geschichte der Port. Literatur in Mittelalter,

(2) Historia crítica ^ etc., tomo VII, pág. 83.


506 POETAS PORTUGUESES

cierta forma dramática ; pero la una , según Bellermann , es á la muerte de la Reina Doña Isabel , y la otra está dedicada á dicha Reina en una epístola.

El asunto de la Sátira no es ni remotamente parecido al de la tragedia. La Sátira no es lo que ahora entendemos por sátira, sino una visión amorosa, en estilo alegórico, á semejanza de la Co- medieta de Ponza j del Lalyrinto. El poeta, muy joven aun, y muy enamorado , está , en una noche del mes de Julio , llorando sus penas y lamentando los desdenes de su dama en medio de un campo solitario. La Discreción se le aparece, y le reprende y amonesta , hablándole de los desastres que ha causado Amor , asi en las antiguas como en las modernas edades ; pero luego la Pru- dencia y otras virtudes le exhortan á que tenga fe en su dama, haciendo de ella el más cumplido elogio. De todo lo cual resulta que el poeta queda más enamorado que nunca, aunque sin espe- ranza , porque los fados crueles han dispuesto que su hermosa sea insensible al amor; que Amor non faga en ella morada.

El Condestable D. Pedro, aun antes de que se conociesen estas poesías suyas , era ya célebre en la historia literaria y política de España. Apenas tenia diez y seis años cuando le envió su padre en auxilio de D. Alvaro de Luna con 2.000 peones y 600 caballos, y se halló en la batalla de Olmedo , donde dio muestras de su valen- tía. Estando de gobernador en Ceuta, en 1463, llegó una diputa- ción de catalanes á ofrecerle la corona de Aragón. Cediendo al in- centivo de tan alto ofrecimiento , fué á Barcelona , donde tomó el titulo de Conde y de Rey , mas á poco fué vencido en los Prados del Rey por el Príncipe D. Fernando. Dos años después murió el Condestable en Catalana , algunos dicen que de veneno. La famosa carta que escribió sobre la poesía el Marqués de Santillana , y que sirve de proemio á sus Canciones, va dirigida á este personaje.

Con el ejemplo suyo y con el de su padre , y con el favor de los mismos Reyes de Portugal , que cultivaron el habla castellana, flo- reció en el reino vecino la poesía escrita en nuestra lengua, du- rante los gloriosos reinados de D. Alfonso V, D. Juan II y D. Ma- nuel el Feliz.

Uno de los más notables trovadores de aquel tiempo fué García de Resende. Nació en Evora , de nobilísima estirpe. Tuvo impor- tantes empleos en Palacio durante el reinado de D. Juan II, y cuando, en 1514, el Rey D. Manuel envió al Sumo Pontífice León X


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 507

una pomposa embajada, ofreciéndole las primicias del descubri- miento de la India , fué nuestro poeta como secretario. A su vuelta de Roma se retiró de la corte , en Evora , su patria , donde parece que vivió hasta el año de 1554. Escribió una vida de D. Juan II, muy celebrada, y no pocas canciones amorosas y morales. En cas- tellano tiene unas coplas que lueg^o glosa. Suponemos que las co- plas son suyas, y las trasladamos aquí por ser muy sentidas.

Tiempo bueno, tiempo bueno, i Quién te me llevó de mí? Qu'en acordarme de tí Todo placer m'es ajeno. Fué tiempo y horas ufanas, En que mis dias gozaron ; Mas en ellas se sembraron La simiente de mis canas.

i Quién no llora lo pasado Viendo cual va lo presente] ¿Quién busca mas accidente De lo que el tiempo le ha dado? Yo me vi ser bien amado , Mi deseo en alta cima: Contemplar en tal estado La memoria me lastima,

Y pues todo me es ausente

No só cuál extremo escoja, •)

Bien y mal todo m'enoja :

Mezquino de quien lo siente !

García de Resende es célebre , sobre todo , por el Cancionero ge- neral , que lleva su nombre , y que es un precioso tesoro , donde se contiene casi toda la poesía portuguesa de la primera época (1).

(1) Ya hemos dicho que se ha publicado el Cancioneiro cCelrey D. Diniz en Paris por el doutor Gaetano Lopes de Moura. Hay, por último, otro Cancio- neiro inédito llamado do Gollegio dos nohres, del que han salido á luz algunos fragmentos en Paris, gracias al Lord Stuart. El Sr. Varnhagen, Ministro que fué del Brasil en España, publicó en Madrid, en 1849, los mismos fragmentos con el título de Trovas e cantares de un códice do XI V seculo ou atvtes muy provavelmente "O lihro das Gantigas^^ do conde de Bar cellos. El Sr. Varnhagen tira á probar que estos cantares que publica con cierto orden , son del Conde de Barcellos , y encierran la poética historia de sus amores con la Reina Doña María, su sobrina, mujer de D, Alfonso XI, Rey de Castilla. Ya se entiende que estos amores eran trovadorescos, místicos y petrarquistas.

ÍCOMO I. 34


508 POETAS PORTUGUESES

Este Cancioneiro se imprimió por primera vez, en 1516, empe- zándose la impresión en Almeirin y acabándose en Lisboa, por Her- mán de Campos , alemán , bomhardeyro e empremidor del muyto alto e muyto poderoso Rey D. Manuel. Durante más de trescientos años , no se juzgó digno de una reimpresión este monumento de la literatura de aquella edad gloriosa del pueblo portugués. Apenas existían ya en el mundo ocho ó diez ejemplares del Cancioneiro de Resende cuando otro alemán volvió á imprimirle. Esta segunda edición se hizo en Stuttgart , á expensas de una sociedad de biblió- filos alemanes, de cuya Biblioteca forma los tomos XV, XVII y XXVI. Los tres tomos de que consta la nueva edición aparecieron sucesivamente en los años de 1846 , 1848 y 1852. La obra está de- dicada al Rey D. Fernando y precedida de una introducción eru- dita y critica del Doctor Kausler , sujeto muy versado en las letras portuguesas.

Eesende , como Alfonso de Baena en Castilla , no puso orden ni método en su Cancioneiro , sino que fué coleccionando las poesías conforme las halló ; pero todas ellas son eruditas , cortesanas y ar- tificiosas. Algunas hay espirituales, si bien no tantas ni de tan pro- fundo sentido como las de los Cancioneros españoles. Pocas son históricas ó narrativas. Las más son burlas, sátiras, cousas defol- gar , declaraciones de amor , louvores ó encomios de la hermosura de las damas , invenciones y letras de justadores , quejas y encare- cimientos enamorados , y preguntas y respuestas para manifestar prontitud y agudeza de ingenio, improvisando en una reunión elegante.

Nadie mejor que el mismo Resende , en el Pfólogo dirigido al Rey D. Manuel , puede dar una idea de lo contenido en el Cancio- neiro , y del carácter caballeresco y heroico de sus poetas. Tradu- ciremos , pues , lo más esencial de dicho Prólogo , procurando que no se pierda en la traducción la graci'-i sencilla de su antiguo len- guaje y estilo. «Porque la natural condición de los portugueses, dice,, es no escribir nunca cosas que hagan , siendo dignas de gran- de memoria , muchos y muy altos hechos de guerra , paz y virtu- des , de ciencia , mañas y gentileza están olvidados , que si los es- critores se quisiesen ocupar en escribirlos , en las historias de Roma y de Troya , y en todas las otras crónicas antiguas no hallarían ma^ yores hazañas ni más notables casos que los que de nuestros natu- rales podrían escribirse , asi de los tiempos pasados como de ahora.


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 509

Tantos reinos , señoríos , ciudades y villas , á miles de leguas , to- mados por mar ó por tierra á fuerza de armas , siendo tal la multi- tud de los contrarios y tan pocos los nuestros; sostenidos con tantos trabajos, g-uerras, hambres y cercos, y con tan remota esperanza de ser socorridos; señoreando por las armas gran parte de África, teniendo tantas fortalezas tomadas, y de continuo guerra sin cesar. Así Guinea , donde grandes Reyes son nuestros vasallos y tributa- rios , y mucba parte de Etiopia , Arabia , Persia é India , donde tantos Reyes , moros y gentiles , y grandes señores son por fuerza hechos subditos y servidores , y pagan parias y tributos , y no po- cos pelean por nosotros bajo la bandera de Cristo y siguen á nues- tros capitanes contra los suyos. También hemos conquistado 4.000 leguas por mar , que ningunas armadas del Soldán ni otro gran Rey ni Señor osan navegar por miedo de las nuestras , y pierden sug tratos , rentas y vidas , y se convierten reinos y señoríos con innumerable gente á la fe cristiana , recibiendo el agua del santo bautismo ; y otras cosas que no pueden reducirse á breve escritura. Todos estos hechos y otros de otra sustancia no son divulgados, co- mo lo serian si gente de otra nación los hiciese. Y por esta misma causa, muy alto y poderoso Príncipe, muchas cosas de folgar y de gentileza se pierden sin haber de ellas noticia. En la cual cuenta entra el arte de trovar , que en todo tiempo fué muy estimado , y con él alabado Nuestro Señor , como se advierte en los himnos que se cantan en la Santa Iglesia. Y así de muchos Emperadores, Re- yes y personas memorables , por los romances y trovas sabemos las historias. El arte de trovar es además necesario en las cortes de los grandes Príncipes para gentileza , amores , justas y juegos , y para castigar y poner enmienda en los males trajes é invenciones, como en el libro más adelante se verá. Y como , Señor , los otros asuntos son muy grandes , y por su grandeza y mi corto entender no debo tocar en ellos, para satisfacer en parte el deseo que siempre tuve de hacer algo en que Vuestra Alteza fuese servido y tomase desenfadamento , determiné juntar algunas obras que pude haber de pasados y presentes , y ordenarlas en este libro, etc.*

Así , pues , aunque todas las poesías del Cancioneiro son de so- ciedad , escritas muchas sin propósito de que se divulgasen , para galantear á las damas, para burlarse de algún rival, y para mos- trar ingenio y chiste en las reuniones y saraos, todavía son de grandísimo interés por ser obra de aquellos mismos varones que


510 POETAS PORTUGUESES

pasaban más allá de Trapobana , que iban dilatando el imperio de la fe por el África j por el Asia, que domeñaban remotísimos pue- blos y regiones y el poder de Zamori , y que visitaban islas y con- tinentes misteriosos , apenas explorados antes por ning-un europeo; el imperio de Abexin , la corte del Preste Juan, los alcázares de la Aurora, la cuna donde nace el dia, los países de la canela, del clavo y del incienso , la isla de los Amores y las costas de Panca- ya, donde se crian los preciosos aromas. Estas grandes novedades traían á la 'elegante corte del Rey D. Manuel cierta luz y cierto perfume del extremo Oriente. En suma, el Cancioneiro es un mo- numento de los ocios magnánimos, de los galanteos y de la vida de una nobleza beróica y aventurera, en quien tan preciso ornato era el arte de poetria, cuanto el montar á caballo en toda silla y saber revolverle con gracia, y alancear un toro, y correr cañas, y tirar la barra ; en quien resplandecía la sutileza del ingenio , lo quinta- esenciado y metafisico de los sentimientos amorosos y la blandura de corazón, lo mismo que la destreza en las armas y las extraordi- narias fuerzas corporales ; porque era natural y propio en indivi- duos de ella , como Ayres Telles de Menezes , derribar en la lucha á los más duros y fornidos ganapanes , ó morir de amor por alguna Princesa, como Egas Moniz y Juan Soarez de Paiva. El Cancio- neiro encierra en sí el espíritu , la índole y la condición de estos no- bles portugueses , los cuales , en obras grandes y en pensamientos atrevidos, se adelantaban entonces á los demás hombres, salvo á sus vecinos los castellanos.

El Cancioneiro por lo tanto no pudo menos de excitar el interés más vivo y de ser leído con avidez, apenas apareció. Todo barco que iba á la India oriental llevaba ejemplares , y en las más dis- tantes comarcas leian los guerreros portugueses aquellos versos, cuando no los componían , recordando , en medio de sus aventuras y peligros, la corte de Lisboa, los alcázares de Cintra, sus bosques y jardines, y las hermosas y discretas damas de quien vivían enamo- rados y ausentes. Castanheda y Juan de Barros dan testimonio de ello , y refieren además un uso extraño que del Cancioneiro se hizo. En 1518, dos años después de su publicación , fué Antonio Correa con una embajada á los reinos del Pegú , á fin de hacer un tratado de paz y alianza con los principes allí reinantes. Para prestar el debido juramento no había Evangelios , y el libro de oraciones ó Breviario del capellán pareció pobre y mezquino ai lado del mag-


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 511

nífico libro santo de aquellos indios. Entonces tomaron los portu- gueses el Cancioneiro, que era un hermoso infolio, j sobre él ju- raron todo lo que con venia.

En este Cancioneiro h'dj muchas poesías castellanas. Hablare- mos de los principales autores (1).

Es uno de ellos D. Juan Manuel, hijo natural del Obispo del mismo nombre, hijo natural el Obispo del Rey D. Duarte. Fué ca- marero mayor del Rey D. Manuel, y estuvo de Embajador en Cas- tilla para negociar el casamiento de este Soberano con la Princesa Doña Isabel, hija de los Reyes Católicos. Se ignora cuándo nació y cuándo murió. Sus poesías, como casi todas las de los otros poe- tas de aquella edad, son amorosas, satíricas, místicas y morales. En las satíricas zahiere mucho los vicios , y sobre todo á los cléri- gos y frailes, y da muy mala idea de sus virtudes. En las amoro- sas llora los desdenes de su dama y encarece su amor. En las mís- ticas y morales emplea el estilo alegórico , entonces en moda. La mitad está en castellano. Entresacaremos para muestra algunas estrofas de las poesías de amor.

Siempre mi pena empeora, Siempre crece mi cuidado; Pues sin vos, desventurado, No viviré solo un'hora. O triste, á do fuyré Que no me mate tristura ! No viendo tu hermosura Cierto es que moriré.


Qué pena tan singular, Qué martirio tan profundo : Verme de vos apartar Y no partir d'este mundo ! O desastrado partir C'asy mata fieramente ! O quién pudiera decir Lo que siente !

Ay de mí ! que de quedar

Sin ver vuestra fermosura, La casa donde morar] A mí será sepultura.

(1) Costa e Silva; Ensaio. — Cancioneiro de Revende,


512 POETAS PORTUGUESES

Y serán mis atavíos Llenos de mucho tormento ,

Y de mi contentamiento Muy vacíos.

La causa será pensar Que vos vi y no vos¿veo,

Y c'asy he d' aturar Con este mal que poseo.

Y naqueste pensamiento De noche me lanzaré ,

A ver , si con lo que siento Moriré.

O alma mia, afligida De cuantas penas te di; I Por qué no partes de mí Pues de tí partió tu vida? Déjame pues te dejó Todo cuanto bien tenias,

Y mas razón te mató Que á Macias.

No pueden nel mundo ser Tormentos más infernales, Ni se puede comprender La grandeza de mis males. Ni cuanta pena podrá Pensar ningún corazón A la mia no terna Comparación.

Ca todos los corazones Son fenitos e acabados,

Y ellos y sus pasiones Juntos serán sepultados. Mas mi pena desigual Está nel entendimiento, Asy que el mal que siento Es inmortal.

Nel infierno no se alcanza Otro tormento mayor Que ser muerta la esperanza Et inmortal el dolor. Etc.


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 513

La vuestra forma excelente, Que mi memoria retiene , Ante mis ojos se viene Como si fuese presente :

Y con esto mi sentido

A mi triste entendimiento Deja triste é afligido, Tan cercano de tormento Como apartado de olvido.

Cada un dia imagino Como naquel vos miré,

Y la hora determino

En qu' estonces vos hablé.

Y digo lo c'a mi ver Me parece que decia,

Y no os viendo responder. Antes mi morir queria Que tal pena padecer.

Aquellos lugares todos Do vos vi y no vos veo , Por cien mil vías y modos Cada hora los rodeo.

Y pues lloro nel lugar Donde estonces m'alegré, Vos debéis imaginar Qué haré donde lloré, Pues no vos puedo olvidar.

Las sierras por donde andamos Hora sin vos las ando ; AUi donde descansamos Allí muero sospirando. Los verdes prados y rios Es forzado que acrecienten Tanto los dolores mios Que no sé como se cuenten Que no diga desvarios.

No sé quién padecerá Nel infierno más tormento, Ni qué fuego quemará Más que este pensamiento. O memoria de mi bien Llorada noches y dias ! O vos, señora, por quien No creo que Jeremías Más lloró Jerusalen !


514 POETAS PORTUGUESES

La música que solia Mis cuidados amansar, Agora multiplicar Los ha fecho en demasía. Si digo alguna canción Que dije naquellos dias, Son en tanta alteración Que no las lágrimas mias Sufren desimulacion. Etc.

Citamos tanto , porque para la generalidad de los españoles bien se puede afirmar que son ignoradas estas y otras poesías , que for- man parte y no de corto mérito de nuestra riqueza literaria , por más que sean portugueses quienes las escribieron. Lo citado basta para demostrar que D, Juan Manuel era un excelente poeta, y no menos lo confirma su poemita alegórico ó visión dantesca sobre los siete pecados mortales, también en castellano.

Otro poeta notable fué Juan de Menezes , Mayordomo mayor de D. Juan II, gran guerrero, terror de la morisma, Capitán gene- ral en Tánger , temido y respetado de los enemigos por su bizarría, y amado y respetado entre los suyos por su ciencia , discreción y afable trato. Es curiosa esta composición suya, porque encierra un verso y un pensamiento, repetidos más tarde por Santa Teresa, por coincidencia, ó bien porque dicho verso sirvió de pié ala Santa para escribir sus más famosas trovas místicas.

Mi tormento desigual, Para más pena sentir, Me tiene fecho inmortal

Y no me deja vivir. Porque es tormento tan fiero La mi vida de cativo.

Que no vivo porque vivo,

Y muero porque no muero.

Fernando de Silveira es otro de los poetas de quien contiene el Cancioneiro poesías castellanas. Fué persona de alto nacimiento y de gran valor y prudencia, como lo acreditó militando en África y en Asia , y siendo Consejero de la Reina Regente Doña Catalina.

Contiene, por último, el Cancioneiro de Resende poesías castella- nas de Alvaro y Duarte Brito , de Ferreira y de otros.

Terminaremos esta serie de trovadores que cultivaron nuestra


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 515

lengua de Castilla, hablando del discreto, fino y desdichado amante Bernardim Ribeiro. rfaríra n9Í<í

Nació este famoso poeta en la villa de Torron en Alantejo. Se ignora el año de su nacimiento, como también el de su muerte. Fué hijo de Luis Este ves Ribeiro , tesorero del Infante D. Fernan- do. Estudió leyes en la Universidad de Coimbra; tuvo empleos en Palacio , y sirvió además como militar , habiendo estado de Capitán mayor en la India y de Gobernador en la fortaleza de San Jorge de Mina , en África. El Rey premió sus servicios con una encomienda de Cristo y buenas rentas. Casó con Doña María de Villena , hija de D. Manuel de Menezes, Señor de Cantanhede. Es cuanto se sabe positivamente de su vida (1).

La tradición , ampliada después por la fantasia de diversos auto- res , entre las cuales ocupa el primer lugar Garrett en su aplaudi- do drama Üm Auto de Gil Vic¿nte , se ha complacido en tejer una verdadera novela sentimental de los amores de Bernardim Ribeiro con la Infanta Doña Beatriz, hija del Rey D. Manuel. Casado aun, ó ya viudo , se supone que el poeta se enamoró de la Princesa y aun llegó á declararla sus atrevidos pensamientos. Doña Beatriz corres- pondió á este amor con una pasión igual , aunque dentro de los li- mites del más severo platonismo. Él celebraba en sus versos su hermosura , y ella pagaba aquella adoración con las más .delicadas finezas. Tan sublimes y agradables relaciones duraron tranquila- mente hasta que Doña Beatriz partió para Saboya , con cuyo Du- que se habia desposado.

El poeta cayó desde entonces en la más sombria desesperación, en una especie de delirio. Desde lo alto de la sierra de Cintra vio perderse en el horizonte el bajel que llevaba consigo toda su ven- tura y todas sus esperanzas. Lloró, se- lamentó, vagó por aquellos bosques , se le hizo odiosa la vida y el trato humano , buscó para su morada los lugares más apartados , escribió el nombre de su querida en las cortezas de los robles , y le confió al eco misterioso de las riscosas soledades. Cansado de hablar con las aves y con las fieras , dicen que tomó el bordón de peregrino , y fué á Saboya , y vio de nuevo á su amada princesa. Vuelto á Cintra y á su vida so- litaria y esquiva , murió de dolor y de celos.

(1) Costa e Silva, Unsaio, tom. I. — Innocencio Francisco da Silva, Dic- cionario UUiogrdfico jwrtugnés. — Obras de Bernardim Ribeiro, en la Biblio- theca portugueza , ou Reproduccáo dos livros classicos.


516 POETAS PORTUGUESES

Difícil es determinar el fundamento histórico que pueda tener esta leyenda , si bien muchos han tratado de hacerlo , j entre otros el Sr. Herculano , en un articulo que publicó O Panorama. Lo cierto es que las obras de Bernardim Ribeiro se prestan por lo ro- mánticas y apasionadas á que de ellas se deduzcan y á que sobre ellas se fantaseen tales ficciones.

En su novela Menina e Moga ó Saudades , precioso libro , decha- do de lengua y de estilo , son anagramas casi todos los nombres de los personajes , y lo singular de los lances que se refieren da á todo cierto misterio y parece indicio de que se alude á hechos rea- les. Hasta la circunstancia de que la novela fué prohibida por Don Juan III , se presta á que los críticos busquen en ella una explica- ción y una prueba de la tradición ya referida.

Menina e Moca es una obra que participa del carácter de la no- vela pastoral y del libro de caballerías : breve suma de la fantás- tica y extraña beldad que en ambos géneros pudo cifrarse.

Las églogas de Bernandim Ribeiro son también muy estimadas por la gracia, sencillez y ternura. Están en portugués como Me- nina e Moga y en versos octosílabos.

Hay , por último , de Bernardim Ribeiro algunas trovas publica- das por primera vez en el Cancioneiro de Resende , y varias com- posiciones en castellano, entre ellas el siguiente soneto:

Pasando el mar Leandro el animoso

En amoroso fuego todo ardiendo,

Se esforzó el viento, y fuese embraveciendo

El agua, con un ímpetu furioso.

Vencido del trabajo presuroso, ^ ^ , I Ya contrastar las ondas no pudiendo ,

Y más del bien que allí perdió muriendo

Que de su propia muerte congojoso ,

Como pudo esforzó su voz cansada ifr-; sb 'ñáftíütí Y á las ondas habló de esta manera,

Mas nunca fué su voz dellas oida :

Ondas, pues no se escusa que yo muera ,

Dejadme allá llegar, y á la tornada

Vuestro furor ejecuta, en mi vida.

Compuso también una glosa en castellano sobre el célebre ro- mance que empieza :

i

¡ O Belerma ! ¡ O Belerma ! Por mi mal fuiste engendrada


QUE HAN ESCRITO EN CASTELLANO. 517

Que siete años te serví Sin de tí alcanzar nada :

y donde están aquellos versos que se citan , aunque con variantes, en el Quijote:

Montesinos, Móritósinbs Una casa os demandaba Que des que yo fuese muerto Y mi ánima arrancada, Vos llevad mi corazón ; j /^ ¡-j ^| ), \\ . ^ y[\){\ A donde Belerma estaba.

Nos quedan además de Bernandim Ribeiro unas quintillas en cas- tellano , también amorosas y desesperadas.

Por lo citado y dicho hasta aquí se comprende bien cuan grande fué el influjo de la poesía de Castilla en la de Portugal , durante el siglo XV, y cuan frecuentes é intimas las relaciones y comuni- cación intelectual entre ambos pueblos. Por no fatigar á nuestros lectores, y por no traspasar los limites de este trabajo, donde solo se trata de los más notadles poetas portugueses que han escrito en castellano, no hemos citado y trasladado aquí poesías , castellanas también , del Conde de Vimioso, de Diego y Fernando Brandan, de Luis Enriquez , de Juan Ruiz de Castell Branco, y de Francisco y Enrique de Saá, coleccionadas todas en el Cancioneiro de Resende.

Aun en los versos que los poetas portugueses escribían entonces en su propio idioma , se advierte , en los asuntos y en la forma , la imitación de los poetas castellanos , sobre todo de Juan de Mena y de Jorge Manrique. Muchos cantares y coplas de nuestros poetas sirven de texto á glosas , ó de estribillo para otros cantares de por- tugueses , ó de divisas de damas ó empresas de justadores. Se diría que la lengua de Castilla se entendía y se hablaba entonces en Por- tugal como la propia lengua de sus naturales.

Pero de esto se tratará más por extenso, cuando hablemos de Gil Vicente, en el artículo segundo.

Juan Valeea.


LA DESPEDIDA.[editar]

i LAS SEÑORAS

DOÑA BÁRBARA Y DOÑA TEODORA LAMADRID


BiarriU ^ de Setiembre de 1863.


La tarde va de vencida ,



Sin viento se ag-ita el mar,



Y el sol entre nubes de oro



Desciende con prisa ya.



Parece que arroja el dia ,



Cansado de caminar,



^ ' f ' ' ¦ Su roj escudo á las olas ,



6Í Que húmedo lecho le dan.



7 ' Toman desde lejos ellas



^'>' Carrera para asaltar



•íoq eh fe'íii Escollos, que sobre el agua



^¦' La frente elevan audaz.



-'f* " Embravecidas embisten ,



Y vuelven gimiendo atrás ,



ííí) oí) mmi Y salta del golpe al aire


'^^i oí«a sh oíoH


Rota en lluvia la mitad.


¦ ¦; ¦ ",<^rV


Avanzan otras, que quieren



Las orillas inundar :



Igual confianza loca



Lleva desengaño igual.



(1) Esta poesía, no publicada hasta ahora, deberá formar parte del hbro que, con el título de Álbum de la prensa, se proyecta dar á luz, en beneficio de algunos escritores, hoy en desgracia.


DESPEDIDA Á DOÑA BARBARA Y DONA TEODORA LAMADRID. 519

Orgullosas amenazan , Cuando lejanas están , Creyéndose con empuje Sobrado para llegar. Pierde bulto á cada giro El arrollado cristal,

Y en hoja liquida leve Se desdobla al acabar. Retrocede, presumiendo Volver con mayor caudal ,

Y cada vez que lo intenta-,..- - .^ ... Ve la margen más allá» 3 « 'i^tói^. (ñ'r' Espumas escalonadas

Quedan por el arenal ,

Que atestiguan de su empeño

La burlada vanidad.

Puso á la naturaleza

El Ser que siempre será

Leyes de limite fijo.

Que es imposible pasar.

Esto vio y esto pensaba , Melancólico además, Un viajero de la vida Con poca ya que viajar. Asiento le dá un peñón , Carcomido por la edad , Socavado por las olas , Que le minan sin cesar. Al sol , que del horizonte Pronto desparecerá , Contempla en su brillo escaso, Que deja el disco mirar. La fuerza del mar contempla ,

Y nota que es incapaz

De extenderse más adentro Del humilde valladar. Limitación, decadencia. Término fijo fatal -' i


520 LA DESPEDIDA

En el mar ve y en la roca

Y en el grande luminar ; fi[ ohn«i

Y en sí , criatura débil , Quisiera no ver jamás El forzoso cumplimiento De la ley universal.


«El hombre (exclamó) se encuentra En el campo de la vida , Sin saber á su venida Con qué condiciones entra. Mudo en si se reconcentra El dia que ve llevar :,1

Un cadáver á enterrar, íí(I bJ

Y voz funesta le advierte '-Or.ü^'i Que en aquello, que es la muerta -13 Cuanto vive ha de parar. ímví>J

»Conozco sobrado bien , Si atento al oríg-en subo , Que lo que principio tuvo, ' -

Fin debe aguardar también. . Más ¿por qué nevar la sien í;)|^.í;¡ / íí _-

Que rizos de oro ha lucido? ¦ ¦ •

¿Por qué torpe y dolorido Volver el añoso brazo? Muriera el hombre á su plazo, Sin morir envejecido.

»Áun , llegada la vejez , Luche con el cuerpo y venza ; ; .

Pierda la dorada trenza Venus y la fresca tez ; Mas , con el rostro á la vez ^js-íímií. isJ ¿Por qué el alma se ha de ajarfbrr Y ¿Por qué el tesoro agotar - > .ff

De sus nobles facultades , Cuando alcanza eternidades La carrera que ha de andar?


Á DOÑA BÁRBARA Y DONA TEODORA LAMADRID. 521

»Lleve el liombre su razón Hasta la tumba , conserve Llama el fuego con que hierve Su vaga imaginación ; Su memoria en la ocasión Dígale siempre «heme aquí;» Mande yo en mi ser ; y asi Mi fin me hallará resuelto , Aunque la edad me haya vuelto Caricatura de mi.

»Mudanza tan lastimera No á todos nos es común : Ver quiero si soy aún Lo que há pocos años e/a. Pensamientos , la frontera Cruzad al vuelo y decid En Toledo y en Madrid A dos que el sepulcro habitan : «Fe y valor os resucitan, Segunda vez existid.»

»Fuiste, Isabel (1), por tu mal, Hija y víctima de amor; Tú, Juana (2), el timbre mayor Del estado conyugal. Heroína sin igual, Salvaste al esposo infiel : Cuchillo amagó cruel Por una dama su vida , Y tú , consorte ofendida , Te echaste grillos por él

»Fiadme , Isabel y Juana , Vuestros gozos y amarguras ; Vuestras hermosas figuras Ponga yo en la escena hispana.


(1) Una hija ilegítima del Key de Castilla, D. Enrique II, casada en se- creto y después monja, sobre cuyos desventurados amores compuso el autor una leyenda, más de veinte años há.

(2) Doña Juana Coello, esposa de Antonio Pérez.


522 LA DESPEDIDA

Ciña mi cabeza cana Un laurel vuestro , y en pos A las musas el adiós Postrero daré sin pena : Cierre para mi la escena Una de vosotras dos.»


Calló el poeta : la noche , Para su giro triunfal, Adelantaba en Oriente Su alfombra de oscuridad. Niebla cayó de la altura , Niebla se alzó de la mar ,

Y envuelto el viajero en ella, Dónde se halla ve no más. Un globo de luz enfrente Comenzó luego á brillar ,

Y á crecer entre la niebla , Rompiendo su densidad. Iris vario en anchas zonas Orlábale circular ;

Dos sombras volaban dentro , De figura celestial. Velo y hábito la una Vestia con majestad : Era una hermana del Rey, Primer en Castilla Juan. La segunda era la esposa De aquel privado falaz , Que la patria de Lanuza No recuerda sin pesar. Cadenas llevaba y luto ; Y , para bien de un mortal , Infanta y matrona vienen Del mundo de la verdad.


Á DOÑA BÁRBARA Y DOÑA TEODORA LAMADRID. 523

DOÑA ISABEL.

« Años há que me llamaste ,

Y años que , lleg'ando á tí , De mi pecho , que te abrí , La pura fé celebraste. Aquel á tu afán le baste, Canto ajeno de ambición : No viene una inspiración

Dos veces ; y , aunque lo llores , Pasó de cantar amores Ya para tí la sazón.»

Dijo , y en la niebla fria Desapareció fugaz La ilustre infeliz amante De Gonzalo de Guzman.

DOÑA JUANA COELLO.

«Temiste, años há, cobarde, Mi aparición generosa ;

Y hoy , que llamas á mi losa , Turbas mi sosiego tarde.

Para otro es bien que se guarde , Cantor de más corazón , Poner mi vida en acción Sobre las tablas un dia : Comprende la alegoría De la muerte de Milon.»

Dijo , y en la turbia esfera Se desvaneció fugaz La sublime salvadora Del cónyuge criminal.


iroMo r. S6


524 La despedida

Ancho hueco al partir abrió en la nube La encarcelada heroica ;

Y á mis ojos por él se descubrieron

Los campos de Crotona. Aquel membrudo , que á la selva guia La planta perezosa , Es el fuerte Milon, atleta viejo, Pasmo de Grecia toda. Cuando en cerviz de toro la cerrada Mano exterminadora Descargaba Milon , la res caia Muerta, la nuca rota. Mástil robusto quebrantar le vieron Barqueros de la costa ; Rodó , movida del potente brazo , La corpulenta roca. Del tiempo ya la inevitable carga Los hombros hoy le agobia ; Garra su mano de sañuda fiera , Muévesele temblona. Un árbol halla, que aun ayer ufano Mecia su alta copa ,

Y á talla le redujo de pigmeo

La sierra mordedora. Fuerte segur al derribado tronco Robó su verde pompa ,

Y en el corte del pié de frente hiriendo ,

Hizo hendidura angosta. Rajar el tronco por el hacha herido Milon á empeño toma : Los dedos logra hincar , el leño cruje , La grieta se prolonga. Y porfia Milon en el destrozo De la columna tosca; Y, joven en el ánimo el atleta, Son ya sus fuerzas otras. Cede un instante... — y al cerrarse el tronco Para cobrar su forma , Coge las manos del valiente dentro


k DOÑA BÁRBARA Y DONA TEODORA LA MADRID. 5'25

La despiadada boca. Al grito del dolor , honda caverna León hambiento arroja, Y á la. presa lanzándose cautiva , Rugiendo la devora.


Con el ay del moribundo , Con el rugir de la fiera, Se unió el rayo que en la esfera Serpenteó furibundo.

A la luz que vino á dar , El negro peñón dejé. Que temblaba por el pié Con los golpes de la mar.

Y dije con aflicción , Abatiendo la cabeza: « Me da la naturaleza. Me da el cielo alta lección.

»Tentativa era insensata La mia , según contemplo , Enseñado en el ejemplo Del anciano crotoniata.

»Nunca el débil más allá De cautos limites ande : Un esfuerzo suyo grande Mezquino y vano será;

»Y cuando ruda tenaza Sus flacas manos oprima , Verá lanzársele encima Fiera que le despedaza,

»Porque necio desoyó De sus años el aviso , Y fuerte mostrarse quiso Donde nadie le obligó.»


526 LA DESPEDIDA


Madrid 7 de Setiembre.


No pretendáis oblig-ar Vosotras , dulces amigas, A peligrosas fatigas La mano que os vengo á dar.

Para empresas de mancebo Ya inútil se experimenta : Dejadle ajustar mi cuenta

Y hacerme ver lo que debo. Al impulso del destino

Viajando hacia donde voy , Quiero ir pagando desde hoy Las deudas de mi camino ;

Y dando á todas lugar, Si logro mi honrado intento , Manda el agradecimiento Por vosotras principiar.

Tú abriste , Bárbara mia , Para el oscuro artesano El alcázar castellano De Melpómene y Talía.

Sublime intérprete fiel Tú de la pasión más bella , Devolviste al mundo aquella Mártir de amor en Teruel,

Que mintiendo al desdichado Que supo mejor amar, Le mató con un pesar,

Y á ella el de haberle dado. Madrid admiró en su dia,

Junto en ruidoso tropel , Tu firme no de Isabel , Tu delirio de Mencia :

Si por ellas en verdad Ganó algún nombre mi Musa,


Á DOÑA BÁRBARA Y DONA TEODORA LAMADRID. 527

Yo te debo sin excusa , Yo te rindo la mitad.

Tú, mi Teodora, después, . De tu Hermana sucesora , Tú eres la que fué y ahora Vida de mis obras es.

Por tu aliento sostenidas. Fundan en ello blasón : Pequeñas de ingenio son , Grandes como agradecidas.

Tus pies queriendo tocar, Se atrepellan á tu puerta '

La coronada Heriberta , La humilde obrera Pilar,

Matilde, predilección De un César y un docto amantes ,

Y la que engendró Cervantes

Y el ángel del Buen Ladrón. « Vivimos por ti , señora »

(De rodillas te dirán); «Muertas hijas de D. Juan, El alma nos da Teodora.»

Y yo solam^ente digo, Mientras tú su frente besas : «Contigo escudadas esas, No perecerán conmigo.»

Acecha el tiempo voraz Mi vida y su dura mide : La escena ya me despide ; Separémonos en paz.

Barbara... Teodora... no. No más ya; las tablas dejo : Aun vive el amigo viejo ; Pero el poeta murió.

Ya mis ojos el nadir Por entre la huesa ven... ¡ Ay ! el amigo también Se tendrá que despedir.

Juan Eugenio Hartzenbuscu.


O'DONNELL Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA[editar]

IFFIAOIMEIVTO OE XJIV LIBRO IISTÉDITO


TITULADO


O'DONNELL Y Sü TIEMPO. I.


Sometidos y encadenados á las vias legales hasta los bandos más díscolos , en vig-oroso desenvolvimiento todas las fuerzas que cons- tituyen la base firme y el nervio social de una nación , era posible al Gobierno que existia en 1859 , era licito, conveniente y patrió- tico pensar en politica exterior y tender la mirada más allá de nuestras fronteras , inspirándose en las tradiciones más caras al pueblo español. ¡ África , América ! Hé aquí las dos regiones del mundo que están más llenas de nuestros recuerdos y de nuestras hazañas ; hé ahí las dos regiones del mundo en donde están los in- tereses permanentes de la raza española ; hé ahí las dos regiones del mundo en donde se fijó la mirada de O'Donnell cuando la dila- tación positiva de nuestras fuerzas permitía emplear la actividad

(1) Estos apuntes sobre la campaña de África forman parte de un libro que tenemos escrito tres meses há ¡y publicaremos cuando nos sea posible. Correspondiendo á la galante invitación del Director de la Revista de Espa- ña , publicamos en sus columnas el fragmento que se refiere á la guerra que ha dado á O'Donnell una fama europea, y que puede darse á luz aisladamen- te, sin que la inteligencia del lector necesite conocer de un modo absohito lo que antecede ó lo que sigue en el libro para formar su juicio acerca de U materia especial á que se refieren nuestras observaciones,


o'DONNELL y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 529

febril de nuestro carácter en algo más noble y más fecundo que en despedazarnos unos á otros en una lucha de Atridas.

Cuando la gran Isabel , en su lecho de muerte , rogaba y man- daba á la Princesa su hija y al Principe su marido e que no cesen DE LA CONQUISTA DE ÁFRICA , dejó CU SU testamento un objetivo que habia de deslumhrar la ambición de todas las generaciones espa- ñolas, en cuyo fondo palpita siempre, irreflexivo y reconcentrado, el odio al musulmán como levadura inextinguible que alli depositó la campaña de los ocho siglos. Al estallar una guerra entre España y el imperio marroquí , era de creer que fermentase esa tradicional levadura , y que el Gobierno se mostrase fuerte con la incontras- table unanimidad del sentimiento patrio. Así ocurrió en efecto, y la previsión del hombre de Estado fué el elemento más poderoso de triunfo con que después pudo contar el General al frente de los ejércitos.

Es indudable que los agravios (ie las tribus fronterizas de An- ghera , que dieron ocasión á la guerra , los habia venido sufriendo España durante mucho tiempo , de modo que , sin grande mortifi- cación para el orgullo nacional , hubieran podido una vez más to- lerarse; pero la guerra de África la emprendió O'Donnell con miras más altas y patrióticas. Lamentábase Donoso en las Cortes, hará ya unos veinte años , de que nuestros gobiernos no se ocupasen del interés permanente que tiene España en las regiones africanas, temiendo que llegase un dia en que , asentando la Francia en ellas su dominio de una manera definitiva, nosotros quedáramos en un es- tado perpetuo de bloqueo al Norte y al Mediodía, llevando su temor hasta el extremo de suponer que dueña una nación más civilizada, y con más conocimiento que nosotros en la agricultura, de un territo- rio feracísimo en que se dan las mismas materias que las nuestras, nosotros moríamos , materialmente hablando , porque vivimos de la agricultura , y entonces se nos cerrarían todos los mercados del mundo. El ilustre orador señalaba un peligro que , por este lado al menos , nosotros vemos muy remoto , aparte de que , con ó sin la competencia de los granos de la Argelia y de Marruecos , nuestra agricultura tiene hoy que vivir ¡ mentira parece ! de la protección oficial , y no van nuestras harinas , gracias también á ella , más que al mercado de Cuba. Pero de todos modos, ya en aquellos tiempos (1847) se establecía y declaraba, teóricamente, por los Go- biernos y por las Asambleas de España que nuestra influencia en


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el África era de todo punto necesaria para el engrandecimiento del pais.

No para limitar el engrandecimiento de Francia en África que tanto temia el elocuentísimo Donoso , y que ha de tardar siglos en ser un grave peligro para nosotros ; sí para enaltecer nuestro nom- bre en Marruecos ; si para reemplazar con nuestra influencia la influencia inglesa , que habia convertido aquellas regiones en una inmensa factoría, en una especie de bajalato que regentaba su Cónsul con harta mengua del nombre español , ya bien humillado por los ingleses en Gibraltar y en Portugal, también estrujado por el espíritu mercantil de la Gran Bretaña , debíamos ir á Mar- ruecos. Fuimos, en efecto, y fuimos con la simpatía manifiesta de la Francia , con la enemiga sañuda de los ingleses.

Pero no solo íbamos con el objeto de enaltecer nuestro nombre y de reemplazar con nuestra influencia la influencia inglesa; íbamos á purificar la atmósfera política de miasmas que la envenenaban, dilatando nuestros pulmones con las emanaciones más puras del patriotismo, con el ardiente oxígeno del sentimiento nacional; íba- mos á cerrar horizontes sombríos que señalaban las diversas ban- derías al ejército y á abrirle los magníficos horizontes de la glo- ria en los campos de batalla que buscan las ambiciones varoniles; íbamos á olvidar á los partidos que nos dividen y á pensar en la patria que nos une á todos ; íbamos á revelar á Europa que nos despreciaba y al abatido espíritu patrio que acaso consentía esta depresión ofensiva, la existencia de nuestro poder, la resurrec- ción de nuestras fuerzas, de nuestra energía y de nuestra vita- lidad.

El ejército se dirigía á África con la convicción de que le acom- pañaban las simpatías de toda la nación , con una unanimidad no vista siquiera en la guerra de la Independencia, porque entonces habia afrancesados , quizás las gentes más ilustradas de España en aquella época , y en nuestra guerra con el moro no habia en la Península otros marroquíes que los escorpiones de la Roca, como llaman los mismos ingleses á los naturales de Gibraltar. El ejército realizó prodigios ; el ejército se cubrió de gloria ; cada soldado era á la vez un héroe por el valor , un mártir por el sufrimiento ; Eu- ropa aplaudía y nos admiraba; aquella campaña reverdecía los lauros medio marchitos de los antiguos tercios castellanos ; aquella campaña demostró que nuestros reclutas realizan , bien dirigidos,


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 531

hazañas de veteranos , hazañas que inmortalizan el nombre de un ejército.

¿Fué dig'no de ese ejército su General?

No vamos á historiar la campaña de África , ni mucho menos á hacer su critica estratégica. Somos extraños al arte militar, y, so- bre todo , la historia necesita depurar la verdad en el crisol del tiempo , ajena ó distante de los hechos que narra y de los hom- bres que juzga. Nosotros declinamos el titulo oficial de cronistas del ejército de África con que nos honró el ilustre finado , no solo por superior á nuestras fuerzas, que esto demasiado se echa de ver, sino porque una crónica escrita á raíz de los sucesos, en su teatro mismo , juzgando á amigos , á camaradas ó á superiores , en cuya tienda vivimos , y á quienes acaso necesitamos , es el poema del entusiasmo ó el memorial de la adulación , no la historia fria , des- apasionada y severa. Si alguna vez hemos pensado aprovechar nuestros apuntes sobre la guerra de África ; si alguna vez ha cru- zado por nuestra mente la idea ambiciosa de escribir la historia de esa campaña que tanto ha conmovido el corazón de nuestros con- temporáneos, olvidados, en nuestro ardiente amor á la verdad y en nuestro horror ingénito á sus estudiadas falsificaciones, de la pe- quenez de nuestras fuerzas, siempre hemos aplazado la ejecución de aquella idea para dias más remotos, en que nuestros juicios no habián de resentirse de los afectos, de las pasiones ó de los intereses políticos que tanto nos aproximan ó alejan de algunos de los acto" res de aquella campaña que todavía están sobre la escena.

O'Donnell ha muerto, y para O'Donnell ha empezado la posteri- dad. Por eso, dentro de nuestra incompetencia militar, lo juzgare- mos con desembarazo, y si un rencor de hienas que busca sus víc- timas hasta en las tumbas , califica nuestros juicios de adulación postuma , vaya en horabuena , mucho más si es un miserable adu- lador de vivos el que nos moteja de adular aun muerto ilustre que si nunca vio interrumpido, durante su gloriosa existencia , nuestro profundo respeto hacia su persona , siempre hizo justicia á la inde- pendencia de nuestro carácter.

Digámoslo sin vacilar. O'Donnell era la gran figura de aquel ejército heroico. General y soldado á la vez desde Sierra Bullones á Vad-Ras, O'Donnell comunicó su genio, su bravura, su sufri- miento á todas las tropas que mandaba. El organizador, durante la guerra civil, de aquel brillante ejército del centro, antes siem-


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pre vencido y después siempre vencedor de Cabrera , trasformó en pocos dias en legiones veteranas é invencibles aquellos pobres re- clutas que fueron á África, casi en su totalidad, sin haber oido antes un tiro en los campos de batalla.

Los que arañaron en su tiempo la gloria de O'Donnell alcanzada en la campaña de África , nos fatigaban los oidos con esta eterna pre- gunta: ¿Porqué no se fué á Tánger desde luego? Un golpe de mano resolvia la cuestión de guerra en un abrir y cerrar de ojos, nos ahorraba tiempo, gastos , victimas , sangre ; expoleaba poderosa- mente á Inglaterra , arbitra por entonces y protectora decidida de Marruecos , á hacer suscribir al Sultán todas las condiciones im- puestas por los vencedores y, por de pronto, ponia más de relieve la altivez de nuestro carácter en frente de las exigencias de la Gran Bretaña, que antes de la guerra consideró como un casus helli la posesión perpetua ó indefinida de Tánger.

¡ Ah , señores críticos! ¿Os ha sugerido tan inocente pregunta la lucidez de vuestro genio, ó es que jugáis á cartas vistas , sabiendo cuál era el pensamiento de O'Donnell? Preguntad, inquirid y veréis que el General en jefe de África queria ir á Tánger, y que si en Cádiz cambió de plan, lo hizo forzado. Cuando después de tantos triunfos como combates habia sostenido, el ejército victorioso estaba, por las Termopilas del Fondach , camino de Tánger, á cuyo asedio ó asalto tenia que concurrir por el Estrecho nuestra marina de guerra, nosotros tuvimos ocasión de oir al General Bustillo, á bordo la fragata Princesa de Asturias, estas heroicas pa- labras :

— Nosotros calculamos perder la mitad de nuestra gente y dos terceras partes de nuestros barcos, dentro de aquella bahia.... pero

será muy adentro y uno solo que quede de nosotros, penetrará

en Tánger con la bandera española en la mano. El honor de la marina la exige perecer. Solo asi podrá resucitar (1).

Con tales medios marítimos , viéndose , al iniciarse en Cádiz las operaciones de la guerra , que la escuadra solo nos podia prestar el sublime , pero estéril concurso de un sacrificio como el heroico de Trafalgar, ¿íbamos á verificar un desembarco sobre las embra- vecidas costas del Estrecho, á la vista del enemigo, teniendo Tán- ger formidables fortificaciones y baterías rasantes con arreglo á la

( 1 ) Estas palabras están consignadas también en el magnífico libro de Don Pedro Alarcon sobre la guerra de África,


Y LA. CAMPAÑA DE ÁFRICA. 533

Última palabra del arte militar, servidas indudablemente por arti- lleros que no eran marroquíes? Bien se echa de ver que á Tánger no podíamos ir por mar, y no era obstáculo por cierto el veto de los ingleses, puesto que Íbamos por tierra.

Ya que los señores críticos tienen la clave del secreto, que no nos pregunten ahora, por qué, si el objetivo del ejército iba á ser la to- ma de Tetuan , no desembarcamos en la rada que lleva este nombre, evitando á nuestras tropas la via de amargura de Ceuta á Cabo- Negro, pues harto debe comprenderse que en aquella costa levan- tisca, en donde encontramos para defenderla, á más del fuerte Martin, baterías rasantes que fueron la admiración de nuestros cuerpos facultativos , teníamos que combatir en mayor ó menor es- cala con las mismas dificultades que en el corazón del Estrecho. Fuera de que la inmensa planicie del valle de Tetuan ofrecía al nervio del ejército marroquí, que ftra la caballería , la más bella ocasión para cebarse en nuestras huestes; faltas, no solo de caba- llería , cuyo desembarco es tan lento y difícil , sino de artillería, imposible de verificar en tales condiciones, y que fué, con la ba- yoneta de los infantes, el elemento constante y decisivo de nuestros triunfos en los campos africanos.

Ceuta debía ser, pues , la base de operaciones. La administración podía establecer allí sus almacenes, sus parques la artillería, la sa- nidad sus hospitales; nuestra marina podía verificar fácilmente sus desembarcos, nuestro ejército, en fin, tenia para todo evento un refugio seguro, inespugnable por tierra. En los campamentos del Otero, del Serrallo, de la Concepción, de Sierra Bullones po- dían acostumbrarse nuestros reclutas á la vida ruda y penosa de la guerra , al fuego del enemigo, á sus ardides, á sus emboscadas, al duro clima, á la tempestad eterna, al horror de la peste , á todas las inclemencias del cíelo y de la tierra , de la naturaleza y de los hombres con que el ejército tuvo que luchar desde que entró en iVfrica.

Sin el duro y sangriento aprendizaje por que pasó nuesto ejército en las alturas de Sierra Bullones , sin aquella escuela práctica que formaba y aguerría nuestras huestes bisoñas , mientras se estaba abriendo camino para seguir adelante , ¿cómo habríamos improvi- sado aquel ejército para quien no había imposibles , que penetraba por las escabrosidades de aquellas abruptas sierras, que se aventu- raba por aquellos vírgenes bosques , que atravesaba lugares y rio^


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con agua al cuello , insensible á las privaciones , superior á la có- lera de los elementos, gozoso el dia de combate , yendo ala muerte con el júbilo de aquellos mártires de quienes se decia que iban á la hoguera como al festin de la inmortalidad! La permanencia de nuestras tropas á la vista y al amparo de Ceuta , nuestra preciosa base de operaciones, (permanencia que no se prolongó un dia más de lo necesario después de terminada la via por donde hablan de pasar nuestra artilleria y toda nuestra impedimenta), formó aquel gran ejército que necesitaba O'Donnell para la campaña ruda y pe- nosa que emprendía.

Con este ejército, O'Donnell lo pudo todo en África. Con este ejército, cuando se movió por primera vez para acampar al fin del camino abierto sin grandes combates , pero con diarias escaramu- zas por la división de vanguardia , O'Donnell pudo dominar la vic- toria indecisa en las alturas de Castillejos en los momentos en que el entonces Conde de Reus desplegaba tanto heroísmo para conte- ner la acometida furiosa del ejército marroqui , que hacia reple- garse á los soldados del Principe , á los soldados de Córdoba , y tantas bajas causaba á nuestros pobres artilleros; con este ejército pudo realizar aquella admirable y atrevidísima marcha por la costa que debía de llevarle al valle de Tetuan , pasar el desfiladero peli- groso de las lagunas , resistir las angustias crueles del campamento del Jiamlre , en donde ya estaba dispuesta • una división ligera que trajese de Ceuta los víveres que el recio temporal no permitía des- embarcar á la escuadra , el flanqueo felicísimo del temido Cabo Ne- gro, tomando á la bayoneta las accidentadas y formidables posi- ciones de la derecha y del centro, en donde la Crónica de Gibraltar esperaba para España otra rota como la del Rey D. Sebastian.

En la tarde de aquel dia , aun lo recordamos , era el 14 de Enero, cuando á la caída del crepúsculo, las bandas de música de nuestros regimientos repetían el himno de triunfo, cuando todas aquellas posiciones , cañadas , desfiladeros , bosques , alturas , reductos esta- ban en nuestro poder, cuando ya las hogueras que aquí y allí se encendían en la línea extensa de nuestro campamento, anunciaban á Tetuan la aproximación del vencedor ejército cristiano, O'Donnell que , desde sol á sol , había estado á caballo, acudiendo á aquel punto en donde el combate se presentaba más dudoso y ofrecía ma- yor peligro, al encaminarse hacia la playa para buscar su tienda, paás espansivo que de costumbre , gozoso y risueño como nunca,


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 535

indiferente á la copiosa lluvia que se desprendia del encapotado cielo, no hablaba de otra cosa con su cuartel general que del valor de la infantería española.

— Señores , decia momentos después hablando con el círculo de Generales y jefes que secaban sus ropas al fuego de un vivac , he- mos andado lo peor de la jornada. Dentro de pocos días Tetuan será nuestra, y habremos batido en batalla campal al ejército mar- roquí.

Presentía ya y quería aproximar con su deseo el día de la gran batalla y de la gran victoria, el día 4 de Febrero.


II.

En toda la campaña de África hay gloria para O'Donnell , pero en ninguno de sus hechos hay tanta como en la batalla de Tetuan. Detengámonos ligeramente á describirla.

El dia de la Candelaria, después de celebrarse el santo sacrificio de la Misa á que asistió todo el ejército con aquella mística unción que da á los corazones cristianos el temple que necesitan para los trances supremos de la vida, O'Donnell , seguido de su cuartel ge- neral y de todos los jefes de los distintos cuerpos de ejército , veri- ficó un reconocimiento detallado y escrupuloso del campo enemigo, señalando sobre el terreno á los Generales que le acompañaban el camino que habían de seguir al frente de sus tropas para evitar en lo posible los sitios pantanosos que constituían otras tantas defensas naturales del campamento que debíamos asaltar.

Practicado este último y definitivo reconocimiento, que llegó hasta muy cerca de las trincheras enemigas , cuyos cañones hicie- ron repetidos disparos sobre el grupo de nuestros Generales, O'Don- nell, solo con estos, subió á la plataforma de la Aduana, edificio que se levanta á orillas del Guad-el-Gelú, y desde cuya altura se abarca y domina todo el inmenso valle. Con el plano del terreno á la vista , O'Donnell expuso el plan de batalla , señalando su puesto á los Generales que mandaban cuerpos de ejército y á los demás que habían de ejecutar algunas diversiones para concurrir á igual fin.

El plan no podía ser más sencillo ni más admirable.

Batir el campamento enemigo por medio de nuestra artillería, atacarle de fícente y de naneo á la vez , constituir á nuestra reta-


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guardia una posición inexpugnable por medio de un reducto arti-^ liado , que fué la obra maestra de nuestro cuerpo de Ingenieros, en •donde se apoyase un cuerpo de ejército, y adelantar , según las peripecias de la lucha , otra división de vanguardia que se inter- pusiese entre Tetuan y el ejército enemigo , de modo que estas dos grandes secciones de nuestro ejército , mientras tomaba este á la bayoneta las posiciones enemigas , viniesen á imposibilitar todos los movimientos ofensivos de los marroquíes en los extremos de la perpetua media luna que forman sus ejércitos en batalla : hé aqui el plan de la memorable del 4 de Febrero , de tanta gloria para España.

Amaneció el dia selemne La atmósfera estaba ligeramente

cubierta de nubes que derramaban una suave llovizna , el blando levante que se sentia hizo encender las calderas á los vapores que

estaban en la rada Si arreciaba el temporal, era imposible dar

la batalla , pero por fortuna se serenó el cielo , cambióse el viento favorablemente y el sol de África , que iba á alumbrar nuestra victoria, brillaba magnífico sobre el horizonte.

Nuestras tropas abatieron tiendas , tomaron un ligero rancho y ae formaron en batallones. Poco después , serian las nueve de lá mañana, todo nuestro ejército estaba en movimiento , pasaba el rio Alcántara por cuatro puentes construidos durante la noche por nuestro cuerpo de ingenieros, y se colocó en posición de batalla en frente de las trincheras enemigas.

El ejército moro estaba también apercibido para el combate , y en honor de la verdad , podia abrigar justas esperanzas de triunfo. Su campamento estaba cerrado por una extensa y fortísima trin- chera , defendido por una batería construida con todas las reglas del arte militar , separado por un ancho foso y por un largo pan- tano , apoyándose en su izquierda en una agria montaña poblada de enemigos y en la artillada torre de Geleli, y por su lado dere- cho en un rio , término de aquel pantano y en las baterías de la plaza. El número de combatientes se aproximaba á 40.000, entre los cuales estaba la flor del ejército marroquí, la renombrada ca- ballería negra , mandados por Muley-el-Abbas , Príncipe tan va- liente como infortunado , que tenia á sus ordenes á Muley-Hamet, hermano como él del Emperador , á Muley-Ibrahim , su primo y á los dos Generales más afamados entre los marroquíes , Caid-Omar, y Benhuda. Elementos eran todos estos para lisonjearse con la espe-


Y LA CAMPANA DE AFRlCA. 531

ranza del triunfo , cuando nuestros enemigos tienen un indomable valor individual y defendían entonces sus hogares , su patria , su religión , sus principes , es decir , que estaban animados por aque- llos sentimientos que convierten en héroes á los mismos cobardes. Pero nada podia salvar á los moros en aquel dia , de eterna gloria para España.

Nuestras tropas avanzaban con solemne majestad , en medio de un silencio imponente , con la regularidad y con la brillantez de una vistosa parada.

Un cuerpo de ejército ibaá la derecha, otro á la izquierda, cada uno de ellos con su bateria de montaña para barrer los flancos, en el centro la artillería de mayor calibre, detrás la caballería y en último término las dos divisiones de reserva apoyadas en un forti- simo reducto..'... Es decir, presentábamos una linea oblicua en la mitad de la vanguardia , formando dos cuñas huecas , en cuyo es- pacio iban la artillería y la caballería, esta en la base que cerraba la figura y aquella en su ángulo saliente, cuyo vértice miraba al enemigo , de modo que ofrecíamos poco frente á los fuegos de la artillería enemiga y multiplicábamos los nuestros , al mismo tiem- po que nuestros batallones marchaban en disposición de formar á toda hora cuadros oblicuos si eran molestados por la caballería ó ligeras columnas de ataque si era preciso emplear la bayoneta.

Eran las diez de la mañana y aun no había sonado un solo tiro. Una lancha cañonera que había avanzado cuanto podia por el rio Martin , á fin de barrer de enemigos la opuesta ribera , disparó el primer cañonazo. La bala ahuyentó á unos cuantos moros que se presentaron en aquella dirección , y el estampido , que resonó en el ancho valle , resonó de una manera más profunda en todos los corazones de uno y otro ejército.

La señal de la batalla estaba dada. Las baterías enemigas hi- cieron fuego sobre el grueso de nuestras tropas , pero sus proyecti- les, disparados por elevación , caían por fortuna entre los claros de nuestros batallones , que seguían avanzando , avanzando sin con- testar á sus repetidos disparos, que ofendían también nuestro flan- co derecho desde la torre de Geleli. Era clara y patente nuestra in- tención de atacar el campamento del enemigo. Comprendiólo este y destacóla flor de su caballería para embestir nuestra retaguardia, mientras nosotros le ofendíamos de frente, formando su media luna para encerrarnos en ella. Los 5 ó 6.000 ginetes destacados por el


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enemigo, se extendieron bien pronto en una especie de cadena á los pies de Sierra Bermeja ; pero para anular todos sus movimien- tos, el General en jefe habia dejado á su espalda al valiente don Diego de los Rios , respetado por las balas y muerto en plena paz sobre el inhospitalario suelo africano ; como para interponerse en- tre la plaza y el campamento enemigo , hizo adelantar después una fuerte columna en que iba el grueso de nuestra caballería, hacien- do frente á los enemigos que por aquel lado se presentaban.

Nuestras tropas en tanto siguieron marchando hasta colocarse á un kilómetro de distancia de las trincheras moras. Diez y seis cañones ocuparon nuestro frente de vanguardia , y vomitaron sin cesar mortíferos proyectiles sobre el campamento enemigo. Las ba- terías de reserva que acompañaban á los dos cuerpos de ejército que debían dar el asalto , se replegaron al centro y aumentaron nuestros fuegos ofensivos. Los estampidos de nuestros cañones atro- naban los aires , el denso humo de sus eternos disparos oscurecía el sol y nos ocultaba por intervalos el campamento marroquí; 10, 12, 20 granadas flotaban constantemente en el aire ; quería el General en jefe apagar los fuegos enemigos antes de dar la orden de ata- que ; pero los moros morían unos después de otros al pié de sus ca- ñones. En vano se desmoronaba poco á poco su trinchera; saltaban hechos pedazos sus artilleros, caían como una lluvia de fuego nues- tras granadas por entre sus masas Las baterías enemig-as,

aunque con algún desmayó , seguían contestando á nuestro fuego.

Hubo un momento solemne , de frenética y bárbara alegría en nuestro campo , de horror y rabia en el suyo. Una de nuestras gra- nadas cayó sobre el gran depósito de su pólvora y lo voló, debiendo causar entre sus huestes el efecto de un volcan que se abre y re- vienta á sus plantas.

Aquel azar venturoso que recordaba el sufrido por nuestro ejér- cito en Cerínola , pudo hacernos decir como al Gran Capitán : «esas son las luminarias de la victoria.» Rápido y fulminante como el rayo , O'Donnell , que seguía con lúcida serenidad todas las peripe- cias de la batalla , aprovechó aquel instante de entusiasmo en nues- tras filas , de estupor en las contrarías. Mandó á la artillería que redoblase sus fuegos , y la artillería hizo más que esto , avanzó so- bre el enemigo. Víó que el cuerpo de ejército de nuestra derecha estaba ya sobre la trinchera , destacó instantáneamente á uno de sus ayudantes, y al brigadier Villar, uno de los militares españo-


Y LA CAMPANA DE ÁFRICA. 539

les más bizarros y más inteligentes, que ha muerto oscuramente en nuestras Antillas, para comunicar al cuerpo de ejército de nues- tra izquierda la orden de avanzar con la mayor rapidez , y cuando nuestros soldados estuvieron á distancia en uno y otro lado para llegar al campamento enemigo con el arranque de una sola carre- ra, dio la señal de ataque á todo el ejército.

Fueron nuestros soldados al asalto con lieroismo. Allá, en nues- tra derecha , caian á cientos barridos por la metralla , pero sobre sus cadáveres pasaban otros y llegaban y subian á las trincheras y se amparaban de sus cañones y repartian la muerte con la punta de sus bayonetas, y por nuestra izquierda, el General en jefe, lle- no de entusiasmo , comunicándolo á los demás , electrizando á las tropas con vivas atronadores á la Reina , á la patria , á la infante- ría española, gritando de continuo en mant, en avant , risueño, ir- radiando el júbilo patriótico de su pecho sobre la faz encendida, penetraba en los reales enemigos , mientras los marroquíes todavía hacian fuego de frente.

¡ Grandioso y terrible espectáculo ! ¡ Solemnes y majestuosos ins- tantes en que la imagen sacrosanta de la patria borraba y oscurecía el horror de la muerte! Durante media hora, todo el ejército espa- ñol sufrió impávido un fuego mortífero de cañón y de espingarda, avanzó heroicamente por entre un océano de luz , por entre un in- cendio del aire , por entre un diluvio de balas ; pero al fin de ella, contemplando todavía todas las sangrientas magnificencias del cam- po de batalla , pudo saborear el embriag-ador y frenético placer de la victoria. Aun resonaba en todos los oidos el toque de ataque de sus cornetas, las armonías de cien músicas, el ¡ ay ! de los que caian, los hurras de los que avanzaban , el rodar de los cañones , el relin- cho de los caballos, el trueno centuplicado de tantas bocas de fuego, y ya la bandera española tremolaba al aire sobre el campamento enemigo , huían los árabes , infantes y ginetes , por entre altu- ras en donde no anidan las águilas , y estaban en nuestro poder re- ductos, cañones, tiendas, estandartes y todos los objetos de regalo de los Príncipes en fuga.

Cuando el sol iluminaba con sus últimos rayos las cumbres del vecino Atlas, nuestros soldados ocupaban los reales enemigos y encendían alegres las primeras hogueras de nuestro campamento, bien poco cuidadosos del lento y desmayado niego que continuaban haciéndonos los marroquíes desde la Alcazaba y baterías deTetuan.

TOMO I. 36


540 0*DONNELL

Tal fué la batalla del 4 de Febrero de 1860 en que un ejército español , compuesto á lo sumo de 25.000 hombres , derrotó á pecho descubierto á un ejército marroquí muy superior en número y apo- yado en las formidables posiciones que hemos descrito , batalla que decidla de la suerte de Tetuan , y que debió ser el término de la guerra. ¿A quién se debió aquella batalla? A todos los españoles que tomaron parte en ella indudablemente ; pero los soldados , al asaltar las trincheras, cuando gritaban ¡ Viva el Duque de TetuanX al ver y al saludar al General en jefe , que no lo era aun , decian con su instinto lo que la inteligencia fria y serenamente sanciona; esto es , que á O'Donnell corresponde en primer término la gloria espléndida y purísima de aquella jornada ; á O'Donnell admirable- mente secundado por todos y particularmente por nuestra artille- ría y por nuestra infantería , es decir, por el arma que ofende de más lejos y por el arma que hiere de más cerca , el canon rayado y la bayoneta , los dos instrumentos decisivos de todos los comba- tes en la campaña de África y en todas las campañas de los ejérci- tos modernos.

III.

No la batalla , sino la rendición de Tetuan , que no era más que su consecuencia, produjo en Madrid y en toda España una explo- sión indescriptible de entusiasmo. Al recordar aquellos dias de jú- bilo nacional, los sinceros plácemes de los soberanos extranjeros que el telégrafo trasmitía á la Reina de España , las ardientes feli- citaciones de los Cuerpos oficiales y de las clases más Ínfimas del pueblo , las calorosas alabanzas de la prensa de los demás países, aquellas espontáneas iluminaciones en que tomaban parte todas las embajadas establecidas en nuestra corte, con la única excepción de la de Inglaterra , el Te Dmm de Atocha , los cantos de nues- tros poetas , las funciones de nuestros teatros , las mil fiestas enton- ces celebradas en honra del ejército de África, un sentimiento de indecible melancolía se apodera del alma que ya no espera ver re- producido en el porvenir aquel bello espectáculo que revelaba la espléndida y varonil resurrección del genio de nuestra patria.

Aun en aquellos instantes que parecían de unanimidad de senti- mientos, se conspiraba activa y tenebrosamente contra nuestra grandeza.


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA, 541

Después de la mag-nífica victoria del 4 de Febrero , cuando ha- biamos batido completamente el ejército marroquí ; cuando estaba en nuestro poder la Ciudad Santa; cuando el enemig-o nos pedia la paz; cuando quedaban cumplidamente vengados los agravios que motivaron la guerra ; cuando Europa admiraba y aplaudia el valor de nuestro ejército, era oportuno, patriótico y necesario dar fin á la campaña. ¿Por qué la paz no se hizo? Culpa del Gobierno de Madrid, que no supo ó no quiso ilustrar y dirig'ir á tiempo la opinión ; culpa del carácter de nuestro país , que se deslumbre por las victorias obtenidas , y pedia nada menos que la conquista dé Marruecos ; culpa de aquellos hombres de inteligencia , sinceros en su patriotismo , con autoridad en los partidos populares , pero fal- tos de sentido práctico , que alimentaron esas ilusiones de las ma- sas; culpa de algunas gentes de oblicua y lóbrega intención, en un principio enemigas de la guerra á toda costa , porque era precipi- tar á España en aventuras de conquista, y después, enemigas de la paz á todo trance , porque era preciso conservar nuestras conquis- tas , cuando la verdad era quQ Mítes querían evitar á O'Donnell ocasiones de gloria , y luego , cuando ya la alcanzó , querían lle- varle á un deslucimiento ó á un fracaso ; culpa de los cómplices del plan de la Rápita , que estaban dando la última mano á su in- fame obra , y hacian desesperados esfuerzos en todas partes para buscar una derrota al ejército de África que se les habia de oponer, ó alejarle indefinidamente de nuestras costas , mientras aquí se consumaba la gran traición, hubo un momento , cuando los mar- roquíes pedían la paz y O'Donnell creia cuerdo ajustaría con tan buenas condiciones para nosotros, en que tod^i España , ó más bien la España política y oficial, prensa , Gobierno y oposiciones , esta- llaron en indignación casi colérica contra el ilustre caudillo de nuestro ejército. Esa monstruosidad se vio en España por aquellos dias en que el patriotismo candido é imprevisor de nuestro pue- blo, y aun de hombres de alta intelig-encia , fué sorprendido y ex- plotado por gentes pérfidas y malvadas, que esperaban levantarse triunfantes sobre las ruinas y la deshonra de la patria. ' o'i'v

O'Donnell no quiso ajustar la paz ; tuvo que continuar la guer- ra ; venció de nuevo en Samsa , y la víspera de la batalla de Vad- Ras, cuando nosotros, que teníamos un puesto oficial en el ejérci- to de África, nos presentamos en su tienda con dos de nuestros más queridos amigos, los eminentes escritores Sres. Alarcon y Nu-


542 o'donnell

ñez de Arce , para pedirle licencia, á fin de regresar á Madrid , en donde podríamos defender la paz á la luz del dia , nos dijo con amargura al despedirnos :

«Digan W. en la corte que me envien soldados y raciones; yo en cambio les enviaré mucha gloria para la patria , y si por ven- tura me pierdo , que me busquen en el desierto de Sahara.»

Estaba justificada esta sombría desesperación, esta ironia pun- zante. Los marroquíes hablan rechazado las condiciones de paz propuestas por nuestro General en jefe, obedeciendo á las instruc- ciones que se le enviaron desde la corte , y una guerra indefinida como la de la Argelia, se presentaba en lontananza á todas las imaginaciones. Por fortuna de España, después de la sangrienta y reñidísima victoria obtenida por nuestro ejército el dia siguiente en Vad-Ras , los moros suscribieron por fin aquellas condiciones que consideraban tan humillantes, y la paz se ajustó.


TV.

Aquel tratado de paz que daba á España ventajas desconocidas hacia siglos en nuestros tristísimos anales diplomáticos , como que desde el tratado de Utrech no registran más que desventuras para la patria, fué el blanco de una crítica sañuda é implacable.

Una guerra grande, una paz chica , decían unos afectando im- parcialidad,

Nos hemos humillado después de vencer , decían otros repitiendo en realidad la misma idea.

jS^emos perdido la ocasión de conquistar á Marruecos , exclama- ban los codiciosos de la que consideraban tierra de promisión por su feracidad.

Hemos faltado al testamento de Isabel la Católica , anadian los cortesanos.

No somos ya la raza que dominó a Europa y conquistó d Amé- rica, gritaban los patriotas fogosos.

Acaso esa paz ignominiosa habrá valido algunos millones a O'Bonnel, era el sordo gruñido de la calumnia.

Y con ellos Jui comprado á los que le defienden , leímos en anó- nimos impresos que circularon en aquellos días.

El tiempo, soberano crisol de la verdad, ha hecho justicia, bien


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 543

pronto por cierto, de tanto extravío, de tanta ilusión, de tanta per- fidia , de tanta calumnia. El rayo que se forjaba en antros tenebro- sos para abrasar á la España liberal , y que se hundió en los arenales de los Alfaques , iluminó los abismos á que nos llevaban los parti- darios de la guerra. Las gentes que abogaban de buena fe , con- sideraron desde entonces la paz como una bendición del cielo, como un acontecimiento providencial , y los hombres políticos y aquellos partidos que la siguieron combatiendo , generalmente lo hacían por deslucir en el diplomático los lauros del guerrero.

Hoy existe ya una convicción poco menos que unánime respecto á la indudable conveniencia de haber evitado la guerra de con- quista. Esas guerras las pueden emprender naciones exuberantes y ricas , no pueblos débiles y empobrecidos, Inglaterra en la India, Francia en la Argelia , Rusia en el Cáucaso , los Estados-Unidos en los bosques poblados de salvajes , pueden permitirse ese lujo , pues de ese modo el vacío de civilización y la escasez de vida que hay en esas regiones , se suplen con el sobrante de aquellos pueblos ro- bustos y casi pictóricos, rejuveneciendo ó civilizando con su sangre razas podridas, enervadas ó en plena barbarie. Con tantos terrenos vírgenes como hay en España , con el tesoro inexplotado de nues- tras Filipinas, con nuestra falta de población, con el atraso de nues- tra agricultura, que está sin brazos, sin riegos y sin capital, cuando tan poco hay hecho en la casa propia , consumir nuestra vida y nuestros recursos en la ajena , era más que una temeridad, era un crimen, era un parricidio.

Si por fortuna salimos un dia de nuestro abatimiento , si llega- mos á ser un pueblo fuerte , activo , robusto , que necesita en su di- latación atlética salvar de nuevo el Estrecho para derramarse en África, entonces podemos emprender nuestra misión colonizadora en aquellas comarcas. Francia nó ha conquistado de una vez toda la Argelia , Inglaterra la India , los Estados-Unidos el territorio in- menso de sus ricas plantaciones , Rusia las estepas y las montañas de la Siberia y del Cáucaso, el Piamonte la Italia, Prusia la Ale- mania. Seamos lo que al presente no somos, ¡ay! lo que no sere- mos nunca tal vez , y el germen depositado en Marruecos por medio de nuestra brillante campaña , dará todos sus frutos en el porvenir, como, á pesar de todas nuestras desventuras, nos está dando hoy la consideración y el respeto de aquellas kábilas y de aquel gobierno que tanto nos menospreciaron en otros dias.


544 o'donnell

Estas observaciones de simple buen sentido , las dirigíamos nos- otros, recien lleg-ados de África, á aquellas personas que, al querer decidir entre la paz ó la guerra, no empezaban por comparar nues- tra escasez de medios con la magnitud de la empresa de conservar á Tetuan , hacer la lucha eterna , dominar el Riff y conquistar á Marruecos; pero, aunque mucho se censuró el tratado de paz, bien pronto vinieron á hacer su más cumplido elogio los mismos periódi- cos que con talsaña le combatían, pues con el deseo insensato de crear obstáculos y de extender rumores contra el Gobierno de aquella época , recorrió triunfalmente por sus columnas la noticia de que el Rey de Marruecos no aceptaba de modo alguno el tratado de paz ajustado por Muley-Abbas, añadiendo que si este habia suscrito los preliminares era solo para ganar tiempo , debilitar nuestras tropas y robustecer las suyas. — ¡Ah! Si el tratado de paz era tan poco honroso , ofrecía ventajas tan miserables á nuestra patria , ¿ cómo y por qué no habia de apresurarse á suscribirlo el Emperador de Marruecos ?

La verdad es que en España se pensó y se dijo de ese tratado lo que no osó pensar ni mucho menos decir ninguna nación de Europa. Cuando toda ella nos aplaudía, solo nosotros nos achicá- bamos. Muchos periódicos de España censuraron acerba y dura- mente á O'Donnell por aquella guerra y por aquella paz. Desafia- mos á que se recoja de todos los periódicos que entonces se publi- caban en Europa, una frase de censura dirigida contra O'Donnell, ya como guerrero, ya como diplomático. Por nuestra parte tene- mos el gusto de copiar á continuación dos líneas del periódico extranjero que más nos combatió en aquella guerra que expresa su juicio sobre la paz ajustada. Hé aquí lo que decía La Crónica de Qibraltar:

(ífjííNos sorprende que el Emperador de Marruecos haya consen- tido en comprar la paz á tan alto precio , cuando las condiciones de la guerra iban siendo cada día más ventajosas para los marro- quíes, y aun nos sorprende mucho más que España se haya ma- nifestado tan poco satisfecha de los términos de esa paz.»


.'Tí!'


V.


Así acabó la guerra de África que puso el último sello en España y en Europa á la reputación de O'Donnell como gran capitán. ^:,


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 545

Hubo sañudos detractores de esa campaña que criticaron todas sus operaciones , al calor de la chimenea , de butaca á butaca en el Teatro Real , desde la mesa de un café ó desde la redacción de un periódico, siempre de lejos , genios de la g-uerra que sin sufrir tempestades , sin enfermar del cólera , sin oir el silbido de las balas, surcaban los mares, atravesaban los desfiladeros, salvaban los abismos y dirigían el ejército con un leve esfuerzo de su fantasía; pero aunque obstinados en neg'ar los méritos de O'Donnell que luchaba en África con el clima y con los elementos , con los balas y con la peste , que atendia á su ejército como General , á su patria como Ministro , y á su Reina como consejero , que tenia que com- batir á los marroquíes que tenia enfrente y á los partidos que dejaba á la espalíja, procurando la grandeza de la nación, caida y desmoronada en la sucesión de tres siglos , aunque en vísperas de la batalla de Tetuan había quien se brindaba en la corte á reem- plazar al General ilustre , y á enviar , encerrado en una jaula , al Príncipe Muley-Abbas como prisionero de guerra ; todos los de- tractores tuvieron que enmudecer ante la fausta nueva de aquella magnífica victoria, méndose obligados, como decía en aquellos días un periódico nada sospechoso como La Iberia, á mostrar que tomaban parte en la común alegría los que murmuraban de la len- titud de las operaciones , porque desde la mesa se conquista muy de prisa , los mismos que encontraban al general O'Donnell tan poco activo en la guerra de África. >!;

Una campaña tan ruda, que se prolonga durante seis mesesv que es una serie no interrumpida de triunfos , en que un combate sangriento es el prólogo de una batalla más sangrienta todavía, constituye la corona más bella que puede ceñir la frente de un guerrero. Siempre se tuvo en España á O'Donnell por un gran soldado, pero para ser considerado en Europa como un capitán insigne necesitaba de su última campaña contra un enemigo tan valeroso y sobre un continente en que tantas derrotas han sufrido todos los ejércitos antiguos y modernos, desde los romanos hasta los franceses. Recordemos los españoles la expedición de D. García de Toledo y Pedro Navarro á la isla de Gelbes en que de 12.000, quedaron sepultados sobre el campo de batalla más de 4.000, la que treinta años después dirigió el mismo Carlos V, que pasó por tantos infortunios y reveses desde que verificó su desembarco hasta consumar la desastrosa retirada en que perdió la mitad de los


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combatientes, la que á fines del siglo pasado mandó el general O'Reily compuesto de 22.000 hombres y que tuvo 5,000 bajas en su primera tentativa de ataque , y entonces se hará más grande todavía la gloriosa figura militar de O'Donnell en su campaña de Marruecos.

Indudablemente , solo en guerras de esta naturaleza , como decia muy bien un gran pensador y distinguido General, que participó de las glorias y penalidades de la de África , puede perderse una campaña , ganándose todas las acciones , quedando todavia mucha gloria para el ejército y para el caudillo que las hacen, gloria que sube de punto en el presente caso porque el término de la campaña de África fué la realización más cumplida de todos los propósitos y fines con que se emprendiera: satisfacción de la honra ofendida, enaltecimiento del nombre patrio, afirmación de nuestra influencia, indemnización completa de gastos , preparación fecunda del por- venir.

Los gastos de esta guerra se hicieron ascender á una cantidad fabulosa. Nosotros, en presencia de la Memoria administrativa (iné- dita aun ) que ha escrito sobre la campaña el intendente general de aquel ejército D. Manuel de Moradillo , podemos asegurar que solo ascendieron á 236.638.194 reales 51 céntimos, de los cuales seria justo deducir gastos que podríamos considerar ordinarios, el rayado de los cañones, por ejemplo, y mucho material de artillería, inge- nieros , administración , sanidad militar, etc., que se pagó con cargo á la guerra de África y que en adelante ha de servir para lo que se ofrezca. De suerte que en realidad los verdaderos gastos no lle- garían á doscientos millones cuando la indemnización se fijó en cuatrocientos, de los cuales doscientos se hicieron efectivos bien pronto , quedando hipotecadas é intervenidas por empleados espa- ñoles las rentas de las aduanas del imperio para responder del resto, que ha ido pagándose con religiosidad suma , hasta el extremo de que más de cien millones han ingresado ya en las arcas de nuestro Tesoro. Naciones más ricas y adelantadas que Marruecos no han pagado ciertamente con tal puntualidad indemnizaciones pactadas en casos semejantes en otros y en el presente siglo.

También para deslucir la gloria de O'Donnell se exageraron gran- demente las bajas sufridas por nuestro ejército. Según datos oficiales que tenemos á la vista, tomados del Atlas histórico y topográfico de la gmrra de África , publicados por el cuerpo de Estado Mayor


y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 547

y bajo la inmediata inspección de un testigo de mayor excepción como el general Parreño y Lobato , actual subsecretario del minis- terio de la Guerra , los muertos sobre el campo de batalla fiíeron 786, á los cuales deben agregarse 366 que murieron por consecuencia de heridas recibidas. Fueron victimas de aquellas enfermedades que siguen á los ejércitos en campaña , el cólera y el tifus princi- palmente, 2.888, que unidos á las dos cifras anteriores, constitu- yen un total de4.040de bajas definitivas. Recuérdense otras guerras contemporáneas, cuyas cifras de muertos naturalmente espanta; recuérdense las mismas expediciones españolas que hemos citado, y habrá de reconocerse que O'Donnell , en una campaña tan ruda y tan cruel , ha sido bien avaro de lá sangre y de la salud del soldado.

Todavia hay otro mérito en O'Donnell durante la campaña de África , el mérito de la modestia , que , cuando resplandece en me- dio de grandes - cualidades , es el fenómeno más raro del mundo moral. Riese Timón donosamente á costa nuestra, al tratar de la elocuencia militar en su bello libro de Los oradores , porque su- pone que en pueblo alguno los Generales hacen un uso más pródigo de la hipérbole en sus proclamas y boletines de guerra ; pero si es verdad que entre nosotros á una escaramuza se la llama batalla campal , y á un alférez que manda un pelotón de soldados , an- dando el tiempo, se le da un titulo nobiliario por la oscurísima ac- ción en que figuró de niño, y hay Generales que reparten profusa- mente sus fotografías en actitudes triunfales que solo cuadran á los Césares y á los Alejandros ó que se retratan en medio de caño- nes y de planos á modo de Bonapartes que se aperciban á la con- quista del universo, O'Donnell, obrando en la campaña de África como lo hizo yá en la g*uerra civil , como lo hizo constantemente en su vida pública y privada , fué un acabado modelo de sencillez, de verdadera modestia, de noble severidad. 1^*^*' 'tii -

El dia en que la guerra fué declarada oficialmente', ótiando los representantes de todos los partidos ofrecían al Gobierno el fer- viente concurso de su generoso patriotismo, entre otras frases be- llas y sentidas, decia O'Donnell lo siguiente: ¦ ' 'J ^

«Si la Reina me confía el mando del ejército,' ?ioiío tendré MÁS mérito que el de haber conducido esos héroes al combate:

SI HAT paltas la RESPONSABILIDAD SERÁ MÍA ,* SI HAY TRIUNFOS , LA GLORIA SERÁ PARA EL EJERCITO.» - '¦ '"i-U Jir" r^ui uuj ;¡m| iioj).!!.) j.


548 o'donnbll

Al paiiir para ponerse al frente de sus tropas , lo hizo oscura- mente, y evitando esas escenas patéticas y conmovedoras á que son tan dados los pueblos meridionales, en donde quema tanto el sol, y que sirven para formar las popularidades ruidosas sin consisten- cia y sin base que imperan como soberanas en el minuto de fri- volo favor que les otorg-a la irreflexiva muchedumbre.

Ya en frente del enemigo, sus partes al Gobierno son siempre sobrios. Un periódico progresista de los que con más pasión com- batían á O'Donnell como Gobierno, hacia cumplida justicia á la in- flexible severidad , elocuente sencillez y digna al par que modesta concisión de los partes del General en jefe. El ilustre vencedor de África lejos de exagerar la importancia de sus hechos de armas, la aminoraba, según hacia notar La Iberia. En el parte de la batalla de Tetuan se dijo primero que se hablan cogido al enemigo siete cañones , y luego hubo que rectificar , porque eran ocho; el mismo parte dijo que se habia cogido una bandera, y hubo que rectificar también , porque fueron dos las que se enviaron á nuestra Señora de Atocha.

En sus conferencias con el Principe Muley-Abbas, Califa del imperio marroquí , siempre O'Donnell se mantuvo á la altura de su puesto, apareció revestido de gran dig'nidad, pero nunca se mani- festó soberbio y menos aun vano.

Al regresar á Madrid, primero en la dehesa de Amaniel, en donde acampó gran parte del ejército de África, y después en las calles de la capital de la monarquía , el pueblo que se agrupaba en torno suyo, gritaba amva O'Bonnell» y O'Donnell contenia aquellas ex- plosiones de entusiasmo diciendo siempre «vwa la Heina.»

Así la campaña de África, bajo cualquier aspecto que se la exa- mine , es la gran gloria que deja O'Donnell á la posteridad y la página más bella de nuestra historia contemporánea. Como gloria nacional la aceptaron en su dia todos los partidos , los unos con el entusiasmo generoso del corazón , los otros , como á pesar suyo y con las reticencias del maquiavelismo; felicitó á O'Don- nell la Reina en carta autógrafa que le llevaron el General Le- mery y el coronel Magenis , ayudantes del Rey consorte ; felici- táronle también Generales ilustres del extranjero , entre otros el General Yusuf , tan competente por su experiencia de los campos de Argelia, para juzgar de nuestra campaña; Gran Cristiano lo llamaron por ella los vencidos marroquíes , como los moros de Gra-


Y LA CAMPAÑA DE ÁFRICA. 549

nada dieron á Gonzalo de Córdoba el titulo de Gran Capitán , con que lo conoce la historia , vencedor de África , los españoles de ambos mundos, Duque de Tetuan, el Gobierno en representación de la patria; titulo honrosísimo que puede llevar con justo orgullo su heredero, también soldado valiente que derramó su sangre en esa campana, porque este título no trae á la memoria ninguna contienda política que levante eminencias de capricho ni luchas de hermanos , que siempre son desventuras para la patria.

C. Navarro y Rodrigo.


LA TIERRA Y LOS SERES QUE LA HABITAN.[editar]

Lyel, Geología. Antigüedad del Iwmhre. Le Hon, Elhomhrefosil en Europa. Darwin, De la variabilidad de las especies. Variaciones de los animales domésticos y de las plantas cultivadas. Cari. Vogt. Lecciones sobre el hombre. Buxley, Bel lugar del hombre en la naturaleza. Quatrefages, Unidad de la es- pecie humana. D. Casiano del Prado, Descripción geológica de la provincia de Madrid.


El conocimiento del mundo exterior, ó mejor dicho, la impresión que en nosotros producen los objetos que nos rodean es , si no la causa, la ocasión al menos de la actividad de nuestra inteligencia, y por lo tanto pudiera creerse que las ciencias naturales ( la fisica en la acepción que daba á esta palabra Aristóteles), habrían de ser las que primero se formaran y las que más pronto llegasen á la perfección : sin embargo no ha sucedido asi , pues aunque desde la primera época de la civilización occidental el mundo exterior fué objeto de las meditaciones de los sabios , no consagraron á este asunto tanta atención como á los problemas complicados que el hombre encierra , que aparecen en su espíritu desde los primeros albores de su razón , y que , aun cuando se declaren insolubles ó se trate de demostrar que son quiméricos , renacen en la huma- nidad cada vez con mayor energía al compás de las evoluciones progresivas que nos refiere la historia. Este hecho es digno de atención y de estudio , porque , so pena de asegurar que la hu- manidad sigue desde su origen un camino equivocada, es menester convenir en que hay algo más que las cosas que afectan inmedia-


LA TIERRA Y LOS SERES QUE LA HABITAN. 551

tamente nuestros sentidos y que eso que no vemos ni tocamos tiene el privilegio de interesarnos más profunda y constantemente que aquello que parece estar en comunicación más intima é inme- diata con nosotros mismos.

El hombre, la sociedad y las relaciones de uno y de otra con el ser que se supone origen de todo fueron los primeros objetos de la reflexión y la primera materia de las ciencias; el universo físico ha sido después asunto de la atención del hombre, pero considerándole más bien cdmo teatro donde desenvuelve y ejercita su actividad, y como producto de una causa superior que no es posible conocer más que por sus admirables efectos. Aun las escuelas filosóficas que no admitían sino la existencia de la materia suponiéndola increa- da y origen en sus evoluciones de todo cuanto existe, fijaban más especialmente su atención en el hombre , último y más elevado término de la serie de metamorfosis á que esa sustancia universal habia llegado , dedicándose al estudio de sus propiedades y. carac- teres.

Pueden sin violencia reducirse todos los problemas de la cien- cia antigua únicamente á dos, el cosmológico y el psicológico, pero todas las escuelas filosóficas de la antigüedad consideraban el problema cosmológico de un modo general, ocupándose principal- mente del origen y de las leyes universales del mundo sin dedicarse al estudio analítico de sus diversas partes , á la determinación y clasificación de los innumerables fenómenos que forman su apa- riencia; en una palabra, la física antigua comprendiéndose en ella todo el universo era una ciencia construida á priori , un ramo especial ó una aplicación de la metafísica ó ciencia de los principios generales (1).

Asiera natural que sucediese, porque la manera de proceder que tiene la humanidad en su marcha científica consiste en el establecimiento de principios generales que sirven de guia y esti- mulo para el estudio de los hechos, los cuales descubren luego la verdad ó falsedad de esos principios, obligando en el segundo caso á sustituir á los que primero se establecieron otros que tal vez indica la experiencia. No hay que creer que el conocimiento humano principia por la adquisición de hechos experimentales, por la per- cepción de fenómenos sensibles, porque ni aun esta tendría lugar

(1) No forman excepción Leucipo y Demócrito , jefes de la escuela de Elea, pues su sistema del mundo era una metafísica de la física. i - ^ '; f m ¦<]


552 LA TIERRA Y LOS SERES

sin la preexistencia de nociones generales. Históricamente se de- muestra que todos los ramos del saber han comenzado por concep- ciones á priori , que han servido de base á la observación , y que esta va sucesivamente rectificando.

De lo dicho se infiere cuan grande es la influencia del método experimental en el desarrollo de las ciencias todas y muy particu- larmente en el de las físicas, por más de que no sea la experiencia el único medio que en su constitución definitiva se haya de emplear. Debe además considerarse que los recursos de que se vale el mé- todo experimental aumentan en la serie de los siglos siguiendo una progresión geométrica rapidísima , pues cada descubrimiento que por su virtud se hace es luego un poderoso auxiliar para las expe- riencias ulteriores. Además en la evolución sucesiva de los sistemas filosóficos llegan momentos en que dominan los que son más favo- rables al método inductivo , y entonces los conocimientos físicos se desarrollan en cierta dirección , es decir , en el de la riqueza de los hechos que han de servir de base á su organización científica facilitando las generalizaciones que descubren las leyes ó princi- pios que de los fenómenos se derivan.

Nadie ignora que desde el siglo XVI empezó á notarse una reac- ción más enérgica que en otras épocas contra los procedimientos científicos a priori, de que tanto había abusado la escolástica; esta reacción llegó á su punto más elevado y se presentó con una for- ma sistemática por Bacon en su Nucido órgano de las ciencias , y desde entonces hasta nuestros días ha ido extendiendo el método experimental su jurisdicción á todos los ramos del saber contribu- yendo no poco á los modernos adelantos, aunque en nuestra opinión no es la causa única de ellos. Los pasos que desde la época referida han dado las ciencias son conocidos de toda persona ilustrada, siendo de advertir, que los progresos son cada dia más rápidos, por más de que constituyan todavía el fundamento racional de la mayor parte de los ramos del saber , hipótesis no comprobadas , que tal vez no se comprueben nunca por la experiencia y que serán en pe- riodos más ó menos próximos sustituidas por otras concepciones sintéticas más en armonía con los fenómenos observados.

El principio de gravedad y la ley matemática en que se desen- vuelve es sin duda una verdad adquirida definitivamente para la ciencia, pero la gravitación universal no pasa hoy de ser una hi- pótesis para explicar las revoluciones de nuestro sistema planetario


CitJE LA HABITAN. 553

donde ya tropieza con heclios que no están en armonía con ella, y aun es menos aplicable á los movimientos del mundo sideral. La química moderna fundada por Lavoissier tiene por base la teoría atómica , sin que hasta ahora haya sido posible demostrar experi- ¦ mentalmente la existencia de los átomos; ppr último, la progresión serial de los seres organizados es la concepción científica en que se ' fundan hoy la botánica y la zoología , y hasta ahora no ha sido posible demostrar prácticamente el tránsito de un ser de un pues- to de la escala de la organización á otro más elevado. Una cosa análoga sucede con el estudio de la tierra; la teoría de Laplace, la de la sucesión de los terrenos , la de los levantamientos y la de las influencias de la temperatura (períodos glaciarios) no son sino supuestos masó menos verosímiles fundados en analogías ó genera- lizaciones que no todos los sabios admiten, y que podrán sustituir- se algún día por otras hipótesis ó por principios definitivos é incon- trovertibles.

Al exponer los sistemas que en la actualidad son generalmente aceptados por los hombres científicos para dar una idea de la for- mación del planeta que habitamos y de los seres que en distintas épocas lo han poblado , deben tenerse muy presentes las conside- raciones que hemos manifestado , en primer lugar para no admitir como verdades demostradas y definitivas las que no son todavía más que meras hipótesis, y en segundo para, no rechazarlas en ab- soluto ; ambas cosas perjudicarían en alto grado al prog*reso cientí- fico , pues si nos creemos en posesión de la verdad nos reposaremos en ella, no continuaremos observando y clasificando nuevos hechos y, desconociéndolos, nos parecerán absurdas las teorías que en ellos se funden. Este fenómeno frecuentísimo es uno de los mayores obstáculos con que tropiezan los adelantos científicos. El que esto escribe , á pesar de no ser todavía viejo , ha alcanzado y ha tenido la fortuna de tratar á varios representantes de diversas generacio- nes educados en distintos períodos délas ciencias, y ha visto que los que, por ejemplo, habían empezado sus estudios químicos cuando todavía reinaba en España la teoría del flogístico , repug- naban las explicaciones verdaderamente científicas de la com- posición química de los cuerpos que fué consecuencia del des- cubrimiento del oxígeno , y los que habían aceptado la teoría de Lavoissier, con el entusiasmo que naturalmente debía producir, no podían dar asenso á la doctrina de los radicales compuestos


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que , aunque no sea hasta ahora más que una hipótesis, ha con- tribuido eficazmente á los progresos de la quimica orgánica. Habiase asignado como carácter distintivo de los terrenos mo- dernos , esto es , de los que se han formado después de la últi- ma gran perturbación que se supone haber ocurrido en nuestro planeta, la presencia de los restos del hombre, y de los vestigios de su industria , y esta aseveración de un hombre , con razón tenido como uno de los maestros de la ciencia, ha sido causa de que se haya negado sistemáticamente y por mucho tiempo la posibilidad de ciertos hechos que hoy no pueden desconocerse; á saber, la existencia de restos humanos en el terreno cuaternario, y aun en el terciario, y por lo tanto , la coexistencia del hombre en épocas remotísimas con los proboscidianos y otros grandes mamíferos que constituían Ib, fauna de aquellos periodos geológicos. Por todas estas razones, es necesario que los verdaderos amantes de la ciencia , ni rechacen sistemáticamente las hipótesis , ni las tomen tampoco por verdades definitivas é incontrovertibles , sino que las consideren como pun- tos de apoyo , sobre los cuales se va ^construyendo el edificio del conocimiento á la manera que las formaletas y andamiadas sirven para la creación délos monumentos del arte arquitectónico.


I

Según la teoría de Laplace , la tierra que habitamos se formó primitivamente, asi como todo el sistema planetario de que es par- te , en virtud de la concentración de la materia cósmica animada por el movimiento que le es propio (1). Esta materia cósmica, que tal vez procediese , según opinión de algunos sabios , de la disolu- ción ó descomposición de otros cuerpos celestes , afectaba una forma incoherente parecida á la de los gases , y por tanto debia encerrar una gran masa de calor, cantidad tan considerable que habia de ser bastante para mantener en estado aeriforme cuerpos que no es posible fundir, y mucho menos volatilizar por los medios de que hoy disponemos. Al pasar la enorme masa gaseosa que habia de dar origen á la tierra al estado liquido abandonó una gran cantidad de calórico , dando ocasión á multitud de combina-

(1) Esta teoría es en su esencia idéntica á la atómica de Leucipo y de los físicos de Elea,


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ciones químicas , y entre ellas probablemente á la del oxígeno y del hidrógeno para producir el agua que se mantuvo en estado de vapor masó menos denso alrededor del globo líquido, que debían formar otros cuerpos, hasta que , perdiendo estos por la irradiación una gran cantidad de calor , y convirtiéndose otra en movimien- to, si se admite la doctrina moderna de Grove y de Seguin (1) sobre la unidad de las fuerzas , fué solidificándose la superficie ex- terna de nuestro planeta , y precipitándose sobre ella en forma de lluvias torrenciales el agua que estaba suspendida en la atmósfera. La corteza de la tierra debió ir engrosando á medida que la tierra iba perdiendo su calor, y las sustancias sólidas procedentes de la cristalización de la primitiva masa líquida constituyeron las primeras rocas que forman el armazón del globo. Las materias más volátiles y las que eran solubles en el agua, quedaron todavía suspendidas en la atmósfera ; pero al precipitarse las grandes llu- vias que sucedieron á la solidificación de la corteza de la tierra, esos cuerpos y las partes que aquellos gigantescos metéoros habían de arrancar de las rocas primitivas , dieron lugar á los primeros terrenos de sedimento, que sufrieron después la acción de altísimas temperaturas , porque siendo muy tenue la cor- teza de la tierra , era muy grande en la superficie la acción del calor central , y frecuentes los fenómenos volcánicos á que daba origen su rotura. Estas causas explican la formación de rocas me- tamórficas , como el mármol sacarino , que , según la opinión de los g*eólogos , no es más que la creta modificada por la acción del fue- go. La de los volcanes debió ser en la primera época de la tierra muy eficaz y extensa , contribuyendo á aumentar la masa de los terrenos que se llaman por la mayor parte de los geólogos ígneos ó plutonianos , y que forman , por decirlo así , el esqueleto de nues- tro planeta. Pero en esta , como en otras muchas partes , las expli- caciones geológicas son meramente hipotéticas , y la suposición del origen ígneo de los terrenos y rocas cristalinas no se considera enteramente satisfactoria: ni el granito , ni el gneis, ni las calizas cristalinas, ni ciertas pizarras han podido formarse sin la interven- ción del agua ó de los elementos que la componen , y sin duda por

(1) Se alude á la doctrina de la unidad délas fuerzas físicas, de que da noticia el Sr. Echegaray en un folleto sobre esta materia , recientemente pu- blicado con el título de Teorias modernas de la física. Unidad délas fuerzas materiales. .

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esta y por otras causas, Volger, en un tratado de geología publi- cado en 1857, no admite el origen ígneo de estos terrenos, y funda sus teorías geológicas en los principios del neptunismo (1) aban- donados y combatidos por la mayor parte de los naturalistas mo- dernos. Dejando para más adelante el decir algo sobre la doctrina de Volger , indicaremos que las rocas ígneas tienen por caracteres no estar estratificadas y no presentar vestigios ó restos de seres or- gánicos , que es lo que comunmente se denominan fósiles.

La acción de las aguas son las que principalmente determinan la formación de los demás terrenos, que han solido llamarse por esta causa de sedimento , suponiéndoseles producto de las sustan- cias que llevaban en suspensión ó en disolución las grandes masas de aquel líquido , que ocuparon en cierto tiempo la mayor parte de la superficie de la tierra. Ya desde las primeras épocas dé estos ter- renos , y aun en aquellos que por no ser fácil explicar su forma- ción por la influencia de las aguas se han llamado intermedios, aparecen los primeros vestigios de los reinos orgánicos , aunque todavía se reserva el nombre de paleozoicos, por la gran antigüe- dad de los restos de animales y vegetales que encierra, al conjunto de capas del siluriano y carbonífero.

Seria tan largo como fuera de nuestro propósito exponer aquí las diversas clasificaciones que se han hecho de los terrenos; solo dire- mos que en esta parte no se ha llegado todavía , por no consentirlo sin duda los adelantos de la ciencia , al punto en que hace años se encuentran otros de la historia natural , esto es , á poseer méto- dos naturales de clasificación aceptados universalmente y que contribuyen de un modo eficacísimo á la unidad y á los adelantos de la ciencia. Comprendemos que es muy difícil conseguir este fin en la geología, porque es diñcil encontrar una base sólida para la clasificación de los terrenos: no puede serlo su composición química, pues en todos se encuentran unos mismos cuerpos; no ha llegado todavía el momento de establecer un orden cronológico rigoroso, pues aparece el terreno cristalino , que según la teoría cosmoló- gica explicada debiera ser el más antiguo , alternando con los de sedimento en algunos parajes sin que se pueda explicar satis- factoriamente su presencia por la teoría de los volcanes y de los

( 1 ) Desde la primera época de la filosofía griega , han atribuido unos al fuego el origen del universo, y se ha llamado á su teoría plutonismo : otros creen que el agua es el principio de la creación, y se denominan -neptunianos.


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levantamientos que da cumplida razón de otros muchos é impor- tantes fenómenos geológicos ; la existencia y la clase de los fósiles que se hallan en los terrenos de sedimento y acarreo, son sin duda el mejor medio de clasificación de que hasta ahora se puede dispo- ner; pero ofrece no pocos inconvenientes y es ocasionado á gra- ves errores el no ser constante por diversas causas la presencia en una misma especie de terrenos, aunque en diferentes localidades, de restos orgánicos , no siendo además posible clasificar los que existen en un orden serial ó como de ordinario se dice formando la escala de los animales y de las plantas.

A pesar de estos inconvenientes, la clasificación de los fósiles es la que hoy determina ordinariamente la de los terrenos en que existen, que son todos aquellos que no tienen origen ígneo. Así es que los terrenos siluriano ( 1 ) y devoniano, que se suponen de for- mación marina, se caracterizan por la presencia de gran número de zoófitos , de crustáceos y moluscos de distintos órdenes y gé- neros, y de algunos peces que presentan formas extraordinarias. Siguen á estos las rocas en que se asientan las grandes masas de carbón formadas en gran parte por restos de zoófitos y espe- cialmente por los crinoides. Modificada ya la temperatura por va- rias causas, aunque siendo todavía considerable el calor y gran- de la humedad de la atmósfera , las producciones del reino vegetal fueron abundantísimas en este período, y los restos de los bos- ques de plantas análogas á las ecuatoriales, cubiertos por sedi- mentos posteriores constituyen las masas de carbón llamado mine- ral, que tanto han contribuido á la prosperidad y riqueza de las na- ciones que las poseen y han sabido explotarlas. Los terrenos que inmediatamente siguen en el orden cronológico á los anteriores son principalmente los llamados triásico, jurásico y cretáceo , y en ellos aparecen restos de vertebrados superiores á los peces, esto es, de tortugas y lagartos de grandes dimensiones y de animales car- nívoros que por sus caracteres deben comprenderse en el orden de las ranas ; también se descubren en las rocas que debieron consti- tuir las orillas de los grandes lagos y corrientes de agua de esta época las impresiones de los pies de algunas aves de un tamaño gigantesco, apareciendo ya en las capas superiores del terreno

(1) Sobre las circunstancias de estosy de los demás terrenos en la provincia de Madrid y otras de España se puede ver la Memoria del Sr. Prado, págs. 41 y siguientes. •¦'¦'. ir'-:' ...-;..';


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triásico los vestigios de algunos mamíferos; pero en el terreno terciario es donde se presentan con mucha abundancia esqueletos petrificados de grandes cuadrúpedos de diversos órdenes. La im- portancia paleontológica de este terreno, asi como otras circuns- tancias dignas de estudio, ha dado origen á la división que de él ha hecho M. Lyell en eoceno, mioceno j plioceno , siendo el primero el inferior, el segundo el que le sigue, j el plioceno el más superficial. En esta época que como las anteriores debió ser de una duración enorme, vivieron en el continente americano mamíferos de enorme tamaño y de organización extraña, y entre ellos los me g ateridos^ á cuyo orden pertenece el ejemplar notabilísimo que existe en nues- tro Museo de Historia Natural , y que si no estamos equivocados fué traído por el inolvidable Ülloa de una de sus expediciones cientí- ficas al nuevo continente , explorado por él como naturalista an- tes que por el célebre Humboldt con todo el provecho y resultados que permitía el estado de la ciencia en aquel tiempo, según se puede ver en su obra titulada Noticias americanas, que fueron impresas en Madrid en el año de 1772 (1).

Habíase supuesto que durante la época terciaria no había apa- recido el hombre en la tierra ; pero después de los descubrimientos del Abate Bourgeois es imposible dudar de la existencia de seres de nuestra raza en el período en que se formó el terreno mioceno ; de suerte que nuestros antepasados no solo fueron contemporáneos del elefante primitivo, del oso de las cavernas y de otros animales ca- racterísticos de la época cuaternaria, sino de muchos que se habían extinguido antes de la aparición de algunos de estos. Los grandes problemas que ofrece á la ciencia la aparición del hombre en nues- tro globo , y la historia de los primeros períodos de su existencia, merecen tratarse por separado y son hoy objeto de la atención y del estudio de naturalistas, filólogos é historiadores , habiendo dado origen esta materia, no á una, sino á diversas especialidades cien- tíficas que tienen el mayor interés , que se cultivan con gran en- tusiasmo , y que prometen ser fecundísimas en resultados y descu- brimientos que han de influir notablemente en todas las esferas del saber humano.

Volviendo al asunto de que nos ocupábamos , esto es , á la expo-

(1) Todo el libro que se cita ea de gran interés; mas para la historia de la geología lo tiene muy especial el Entretenimiento XVI que tr<d^ de. lús fósiles, y particularmente de las petrificaciones, pág. 286.


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sicion sucinta de la séyie de terrenos que constituye la parte ex- terior de la tierra , llegamos á las formaciones que comunmente se llaman cuaternarias, las cuales dan indicios evidentes de enormes perturbaciones j de gigantescos cataclismos ocurridos en la super- ficie y tal vez en la masa entera del globo, Estas grandes revolu- ciones geológicas, para las que probablemente se ha necesitado el trascurso de muchos siglos, ¿son peculiares de la época cuaternaria, ó han tenido lugar otras semejantes en los anteriores periodos geo- lógicos ? Claro es que no puede darse una contestación cierta á esta pregunta , pero la razón indica que , durante las épocas que se han sucedido desde la formación de las primeras rocas cristalinas, esto es, desde que empezó á solidificarse la superficie de la masa liquida que constituía el globo, han debido sucederse grandiosos y repetidos tras- tornos, de que han quedado vestigios en la sucesiva formación de los terrenos , y que han debido ser ocasionados por las leyes generales que rigen á la materia , I?, cual ^n virtud 4e ellas ha variado á^ aspecto y condiciones, dando origen á movimientos tumultuosos ó lentísimos , cuyas causas nos son en gran parte desconocidas. Del carácter y circunstancias que esas formaciones presentan se deduce, entre otras cosas , que desde que la sustancia cósmica , obedeciendo á la ley universal de la atracción, empezó á condensarse para formar nuestro planeta, hasta el momento actual, han debido trascurrir tan inmensos periodos de tiempo que apenas basta la imaginación para abarcarlos. Considérese la duración que seria necesaria para que los bosques del terreno secundario se convirtiesen en hulla ó en gra- fito, y el que después ha trascurrido para la formación de las rocas estratificadas que se han sobrepuesto á los depósitos de carbón. Verdad es que debe suponerse que hasta el fin de laépoca terciaria un agente que hoy ha perdido gran parte de su poder obraba con la mayor eficacia ; aludimos al calor central, que era causa de que la temperatura de la superficie de todo el planeta fuese muy igual y bastante elevada para que se produjesen hasta en las regiones pola- res una flora y una. fauna ( 1 ) análogas á las que hoy son privativas de la región intertropical. Por otra parte, la menor resistencia que

(1) Se da por los naturaUstas el nombre de /lora al conjunto de vegetales que se produce en una región determinada, que puede ser más ó menos extensa, y el de fauna al conjunto de animales que se encuentran en determinado espa- cio de la tierra ; asi fauna y flora tropicales quiere decir plantas y animales de los trópicos. ¦¦ y^A^-', í^ i<-: :müMiiO miUV'^ c.ü-jiii.LL:\.:


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opondría la corteza exterior del g-lobo á los movimientos de la masa fundida y gaseosa que ocupaba su centro no ocasionarla grandes elevaciones y depresiones de la superficie ; el número de volcanes seria muy grande, pero los conos eruptivos alcanzarían poca altura, y los mares, aunque mucho más extensos que ahora, conservarían por centenas de siglos el mismo nivel, sin inundar alternativa- mente en periodos más ó menos largos los terrenos más elevados que la superficie normal de las aguas.

Al empezar el periodo cuaternario después de la gran irradiación del calor de la tierra y del enfriamiento de su parte exterior, las in- fluencias astronómicas debieron ser más eficaces, y entre todas ellas los efectos del sol hablan de producir consecuencias de gran- dísima magnitud. Aunque las condiciones y leyes del movimiento de la tierra , así del de rotación como del de traslación, hayan sido idénticas desde que la tierra existe como planeta independiente, es indudable que la alternativa de su aproximación al centro del sis- tema y la de la dirección de los rayos solares por efecto de la in- clinación de la eclíptica , no podían determinar en nuestro globo la sucesión de las estaciones mientras predominase la acción del ca- lor central ; pero faltando esta circunstancia , la tierra, como se ha dicho antes, había de obedecer ala influencia de los demás astros, y especialmente á la del sol, que es la clave, por decirlo así, del sis- tema planetario á que pertenece. Desde entonces , aunque con len- titud , ha debido irse determinando la sucesión de las estaciones con toda la serie alternada de fenómenos á que dan lugar , y además de estos resultados y dominándolos por su importancia, habían de producirse los que se originan de otra causa que vamos á exponer.

En la rotación de la tierra el eje polar conserva su posición, pero hay una fuerza que con el tiempo la modifica ; esa fuerza es la que tiende á que sean unos mismos los planos de la eclíptica y del ecua- dor : esto se atribuye á la desigualdad de la atracción que el sol ejerce sobre la superficie del globo por razón de su figura es- feroidal, y especialmente por la diferencia que existe entre el diá- metro máximo del ecuador y el mínimo que pasa por los polos. Por virtud de estas influencias el eje de la tierra describe en su rotación dos superficies cónicas que se unen por sus vértices en el centro del planeta y los polos se presentan alternativamente al sol. Este mo- vimiento es causa de la variación de la línea de los equinoccios as- tronómicos que no coincide con el ecuador terrestre , y á esta va-


QUE LA HABITAN. 561

riacion se da en astronomía el nombre áe precesión equinoccial (1). Aunque esta variación parece de poca importancia , es sin embargo causa de que la vuelta de cada estación se adelante 50 y hasta 61 segundos, contando con la desviación anual que produce la atracción planetaria en el eje de nuestra órbita. Dividiendo por ese número de segundos los 360 grados de la circunferencia, severa que es menester que trascurran 21.000 años para que cada estación se presente en el mismo punto de la esfera celeste. El primer dia del invierno del año 1241 la tierra estaba en su perihelio , esto es, en aquel punto de su órbita más cercano al sol , circunstancia que no volverá á ocurrir hasta dentro de veintiún mil años. Durante diez mil quinientos los inviernos fueron menguando en nues- tro hemisferio y creciendo en el opuesto ; de donde resulta que en el siglo XIII llegó la región boreal á su máximum de calor, mientras que los hielos del Sur se extendían hasta los 60 grados de latitud. Las consecuencias de la precesión equinoccial son por consiguiente fáciles de prever. Cuando el primer dia del invierno coincidió con el afhelio de la tierra, es decir, con el punto de su órbita que dista más del sol , el invierno boreal alcanzó su mayor duración , y este hemis- ferio llegó al máximum del frió ; este fenómeno debió verificarse diez mil quinientos años antes del de 1248 , y entonces llegó á su límite extremo el último período glaciario. Los fenómenos geológi- cos que hubo de producir la existencia del enorme casquete esférico de hielo que cubriría en esa época la región septentrional de este hemisferio, fueron sin duda de grande importancia y de larguísima duración , pues no solo las circunstancias termométrícas de la tierra y de la atmósfera habían de ser muy diversas de las que son hoy, sino que, alterándose la gravedad específica de la masa general de esta región, el centro de gravedad de la tierra tuvo que ir cam- biando lentamente , y esto haría que las aguas abandonando la re- gión austral se precipitasen hacia la opuesta, sumergiendo terrenos que hoy están al descubierto y que llegarían á tener sobre sí una columna líquida de algunos centenares de metros.

Es de creer que la tierra desde el principio de la época cuater- naria haya experimentado las consecuencias de diversos períodos como el que hemos descrito brevemente, y hoy varios geólogos admiten la existencia de diferentes épocas glaciarias, creyendo dis-

(1) Mr. Adhemar ha expuesto la ley de precesión de los equinoccios en su obra titulada Las revoluciones del mar.


562 LA TIERRA Y LOS SÉRES

tinguir señales visibles de sus sucesivas consecuencias. ¿Pero debe- rán atribuirse solo á la precesión equinoccial las g-randes perturba- ciones geológicas de la época cuaternaria? Pocos son los que lo aseguran , y por el contrario , la mayor parte de las modernos geó- logos, y entre ellos Sir Ch. Lyell, sin negarla influencia de \s. prece- sión , atribuyen á otra causa los grandiosos fenómenos de este pe- riodo geológico , y especialmente á las oscilaciones de la superficie de la tierra.

No puede negarse que á causa del estado ígneo en que se su- pone que está el núcleo de nuestro globo, ó por cualquier otro motivo, ocurren, aun en nuestros di as, levantamientos de terrenos que constituyen colinas ó montañas de más ó menos altura y de- presiones correspondientes que alteran el curso anterior de las aguas. Todo el mundo ha oido hablar de la aparición instantánea de islas en los mares de Europa y de otras regiones , y pocos ignorarán los casi continuos trastornos que se verifican en ciertos terrenos de América , pudiéndose citar por más notable y conocido el terri- torio de la actual república de San Salvador. Desde el mes de No- viembre del año pasado está siendo victima la isla de Puerto-Rico de frecuentes temblores de tierra, que según de alli escriben, pro- ducen en los campos profimdas grietas , hundimientos y otros fe- nómenos que aun son más perceptibles y frecuentes en nuestro ar- chipiélago filipino. Debe admitirse, por tanto, la existencia de esta clase de perturbaciones durante el período cuaternario, y es racio- nal suponer que en su larguísima duración acontecerían oscilacio- nes de la superficie del globo , ya lentas , ya repentinas , mucho mayores de las que ahora presenciamos. No es absurdo creer que du- rante esa época se han producido ó han alcanzado su mayor altura las cordilleras de todos los continentes, y por tanto , de estas osci- laciones debe haber resultado que los mares han ocupado y aban- donado diferentes terrenos que hoy están libres ó sumergidos.

Como no se puede negar la coexistencia de los efectos de la pre- cesión equinoccial y de las oscilaciones de la tierra, debe admitirse, no por espíritu de eclecticismo , sino por indicarlo así la existencia de innumerables hechos, que ambas causas han contribuido á pro- ducir las grandes perturbaciones del terreno cuaternario, siendo de creer que los fenómenos más generales, los que son comunes á todo un hemisferio, deben principalmente atribuirse á las precesiones y á los periodos glaciarios que son su consecuencia, siendo los alzamien-


QUE LA HABITAN. 56S

tos y hundimientos de la tierra causa de los locales, que pueden ser sin embargo extensos.

No consiente la índole de este escrito que nos detengamos á exponer las grandes modificaciones que en la fauna y en la flora de esta edad produjeron los grandes frios de las épocas gla- ciarias; pero indicaremos que según las observaciones y descu- brimientos de la geología , los organismos vegetal y animal re- sistieron á esa destructora influencia muclio más de lo que pu- diera creerse, presentando modificaciones á propósito para con- trarestar los efectos del clima : así los elefantes , hipopótamos y otros animales que hoy solo viven en climas muy cálidos, se ven sepultados en las nieves perpetuas, cubiertos de espesa lana para resistir los intensos frios de aquellos larguísimos inviernos.

Si como hoy se cree el hombre apareció en la época terciaria, si es tan antiguo como los terrenos miocenos, hay que admitir que ha atravesado las grandes alternativas y cataclismos de que des- pués ha sido teatro nuestro globo. Esta consecuencia, que á algu- nos parecerá no solo extraordinaria sino inverosímil , no debe sor- prendernos; en primer lugar, no puede medirse la violencia de un fenómeno geológico por la importancia de sus resultados: la formación de un terreno de acarreo de grande extensión y de muchos metros de profundidad no prueba que las rocas de donde procede fueran pulverizadas en un momento y arrastradas en breve espacio á largas distancias; más probable es que los dife- rentes depósitos llamados diluvios, que son peculiares del período cuaternario, sean obra de millares de años, aunque las corrientes y lagos que los produjeron fuesen , como se cree , mucho mayores que los que hoy existen. Por otra parte, en las catástrofes locales que pudieron ser muy extensas, perecería sin duda mayor ó menor número de hombres, ni más ni menos que en épocas históricas y aun contemporáneas han perecido muchos por las inundaciones, terremotos y erupciones volcánicas. ¿Quién no recuerda la catás- trofe de Pompeya y Herculano? ¿Quién ignora que han solido pro- ducir muchas víctimas las avenidas de nuestros ríos? Pero justa- mente desde el periodo cuaternario en adelante no es posible admitir la aparición de perturbaciones geológicas de tal magnitud y extensión que abarquen todo el globo, ni siquiera uno de sus hemisferios. Pudo, pues, la humanidad presenciar esos grandes cataclismos y sobrevivir á ellos aunque perdiese gran número dé los


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individuos que antes de cada perturbación la formaban ; los que quedaron fueron bastantes para poblar las islas y los continentes antiguos ó que fueran apareciendo á causa de idénticos fenó- menos geológicos.

Como indicamos al principio de este párrafo , aunque la teoría brevemente expuesta , con omisión de los detalles importantísimos que completan la historia de la tierra , es la que tiene hoy curso general en la ciencia , fundándose, no en una, sino en multitud de hipótesis de las cuales no todas son en igual grado satisfactorias, algunos geólogos no la admiten , y explican los hechos que son materia de esta ciencia de modo diverso. Ya hemos hablado de Volger y de su doctrina neptuniana , que no por no hallarse gene- ralmente recibida es menos digna de meditación y de estudio (1).

Según Volger , la tierra ha presentado en la serie infinita del tiempo los mismos caracteres y circunstancias que hoy vemos. Las leyes eternas de la materia han obrado en ella los fenómenos de composición y descomposición simultánea que son propios de cuanto cae bajo la jurisdicción de nuestros sentidos; de este modo las rocas cristalinas deshechas ó descompuestas por los agentes exteriores dan origen á los terrenos de sedimento , y estos , como en su opi- nión lo indican las rocas llamadas de transición ómetamórficas, por el tiempo, por la presión y por otras causas van sucesivamente adquiriendo caracteres cristalinos, estableciéndose así un mo- vimiento circular en la creación de los terrenos. Para Volger, el organismo y la tierra son coeternos , y entre el mundo inorgánico y el orgánico existen también relaciones de equilibrio sin las cuales supone que no se pueden explicar los fenómenos propios de cada una de esas manifestaciones de la materia. La cal y el carbón, que tanta parte tienen en la formación de todos los terrenos , son en su opinión de origen orgánico , y esta hipótesis se apoya en hechos que no pueden desconocerse. Admitida la coexistencia de minerales y seres orgánicos desde los primeros momentos de la tierra , no es posible suponer el origen ígneo de nuestro planeta; la doctrina plutoniana y la teoría de Laplace son igualmente inaceptables , y habrá que fundar no solo la geología, sino la cosmología sobre nuevas bases ; pero esto no debe ser causa para rechazar sin examen la

(1) La obra de Volger se titula Historia natural de la tierra considei'ada como un sistema de evolución circular contra la geologia de las revoluciones y de las catástrofes.


QUE LA HABITAN. 565

doctrina que exponemos. Hoy nadie cree que hayan podido for- marse la mayor parte de las rocas cristalinas sin la intervención del agua , y los restos de zoófitos que se encuentran en las calizas de casi todos los periodos indican que el mundo animal ha contri- buido de un modo eficacísimo y directo á la formación del arma- zón sólido de la tierra: ¿quién sabe si los diamantes que se en- cuentran en los terrenos de acarreo y que provienen de rocas cristalinas no serán más que una modificación del carbón de plan- tas antiquísimas?

La geología es el ramo más moderno de la historia natural, como sucede en todas las ciencias que principian : las opiniones de los que á su estudio se dedican son más numerosas que los hechos en que se apoyan, y varían con facilidad notable. Si bien cada dia es mayor la afición y el interés que inspira esta es- pecialidad del saber , hay aún vastísimas regiones que no es- tán exploradas , ni mucho menos estudiadas por hombres com- petentes. Como es natural, aquellos países que van delante de los otros en el camino, de la civilización han sido el primer campo de observación y de estudio. Alemania, Francia é Ingla- terra cuentan con gran número de geólogos, entre los cuales muchos son notabilísimos por su capacidad y por su amor á la ciencia; sus respectivos países están siendo objeto privilegiado de sus investigaciones , pero aun en ellos queda mucho que saber y que observar. Pocos años hace que el descubrimiento de lá ca- verna de Moulin-Quignon , de que luego hablaremos , fué un acontecimiento de gran trascendencia para la geología y para la antropología. Claro está que no siendo España una de las naciones que más se distinguen por sus adelantos científicos, no ha de ser tampoco ni la que tenga mayor número de geólogos , ni la más co- nocida y exploradora desde el punto de vista de esta ciencia ; varios extranjeros la han recorrido para estudiarla , y el último de que te- nemos noticia es el Sr. Falconer, que descubrió un notable cráneo en una cueva de Gibraltar. Por fortuna , algunos sabios españoles se han dedicado con entusiasmo y con gran fruto al estudio de este ramo del saber. Entre ellos debe mencionarse en primer lugar , por lo mismo que ya no existe , al inolvidable D. Casiano del Prado, autor de la Descripción geológica de la provincia de Madrid, y co- lector diligentísimo dé los curiosos fósiles que se conservan en la Escuela de minas. De la obra del Sr. Prado y de los fósiles que en


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ella describe nos ocuparemos en el siguiente párrafo. También se dedican con g-ran provecho á este género de estudios los Sres. Vi- lanova y Machado , profesor el primero de esta asignatura en la Universidad central , y decano el segundo de la facultad de Cien- cias de Sevilla ; otros sabios habrá en diferentes puntos de España que , modestos como todos los sabios españoles y faltos de los recursos que en otras naciones abundan , no han dado todavia señales de su capacidad y de su ciencia ; pero esperamos que el entusiasmo que ha despertado la geología en todas partes , produ- cirá en nuestro pais abundantes frutos, pues á ello se presta la va- ria é interesante constitución del territorio de la península y su po- sición geográfica.


IL

Al ocuparnos de la sucesiva formación de los terrenos que cons- tituyen la superficie de la tierra, hemos indicado el punto en que, según la opinión de la mayor parte de los geólogos , aparecen los seres orgánicos, fenómeno admirable que es del más alto interés científico y que no puede dejar de inspirar la más viva curiosidad en cuantas personas sean capaces de reflexión. ¿Qué es la vida? ¿De dónde procede y cómo se desarrolla en el universo? Tales son los arduos problemas que tiene que estudiar y resolver la ciencia.

Si en todas materias es difícil formar definiciones de las ideas ó principios generales , lo es más que en ninguna en la que ahora nos ocupa ; los fisiólogos modernos han expuesto muchas' en sus obras , y ni á ellos mismos les satisfacen , de tal manera que toda- via es generalmente aceptada la que se limita á decir que la vida es el conjunto de fenómenos que se opone ó resiste á la muerte; definición que no tiene las condiciones que son indispensables para merecer este nombre , y que dejando tan oscura como antes la no- ción de la vida, introduce otra no monos misteriosa, la de la muerte. No intentaremos resol vey lo que para tantos ha sido in- soluble ; diremos solo que la idea de la vida ha de resultar del co- nocimiento de todas sus manifestaciones , y por lo tanto deberá ser la síntesis final y no la base de la biología. Provisionalmente , y para determinar, aunque no sea con precisión, los limites de cien- cia tan vasta , diremos que la vida es el principio ó la fuerza que


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organiza la materia , ó la causa desconocida que produce y desen- vuelve el organismo.

Si la ciencia en general es la concepción sistemática de la exis- tencia, la coordinación de los fenómenos que constituyen el uni- verso , dispuesta según las leyes que los presiden y de que re- sultan , será menester , antes de llegar á los hechos que revelan la vida , examinar las relaciones que los unen con otros que son anteriores y simultáneos. Aunque para el estudio y exposición de las ciencias que tienen por objeto el mundo físico se proceda de un modo puramente experimental y sin que se acepte ninguna idea abstracta relativa al orig'en y modo de ser del universo, basta el examen más rápido y somero para que comprenda , aun el más ignorante , cuan diversos son los fenómenos que constituyen la na- turaleza. Por una parte se ve que la tierra que habitamos está en relaciones , cuando menos de distancia y de magnitud , con otros cuerpos que pueblan el espacio , y que una y otros se mueven con tal regularidad , que desde luego revelan la existencia de leyes á que todos obedecen. Limitando nuestro campo de la observación á la tierra , desde luego se distinguen dos órdenes de seres , unos inertes, al parecer invariables en el tiempo , y otros que en virtud de fuerzas que les son inherentes , atraviesan estados muy diver- sos , tienen principio y fin fácilmente observables. Esta variedad esencial y característica de fenómenos no puede explicarse sino suponiendo diversidad de causas , coexistencia de leyes distintas, de principios diferentes que producen esos efectos , no solo dese- mejantes , sino en cierta manera contrarios.

La unidad del sujeto que observa , y la condición esencial del entendimiento , producen una tendencia irresistible á la unifica- ción de los fenómenos observados. La variedad absoluta de los sé- res seria la confusión y el caos, si no hubiese una unidad que los comprendiese y abarcase, y ya se proceda en el conoci- miento a priori ó a posteriori , la ciencia consiste en la sistemati- zación de los fenómenos. Procediendo de un modo analítico, se for- man primero grandes grupos con los que ofrecen analogías visibles, se determinan las relaciones y las diferencias que entre ellos exis- ten , se descubre la ley común que los rige , y de este modo se cons- tituye una especialidad científica que tiene á su vez con todas las demás puntos de contacto , diferencias y analogías que sirven para establecer leyes superiores que abarcan ó comprenden á las prime-


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ras , llegando por este camino á un prinjcipio general , á una ley común de donde todos las demás se originan , y que después de construida la ciencia, si á tal punto se llega, debe servir de base y punto de partida para su exposición ; porque si la inducción es el gran instrumento para los adelantos de las ciencias naturales, el método deductivo es el que más fácilmente las da á conocer , pues seria obra interminable el estudio de cualquier ramo si consistiese en la repetición de las observaciones y experiencias que le sirvie- ron de base.

Para el objeto que nos proponemos es indispensable concebir la naturaleza como una totalidad, como Un conjunto regido por leyes que no son más que las manifestaciones sucesivas de un solo prin- cipio cada vez más complejas y ricas. El estado actual de las cien- cias naturales , de la f isica en su acepción más lata , no solo auto- riza, sino que justifica este proceder. Hoy es general la creencia en la unidad de las fuerzas , y se apoya en demostraciones experi- mentales que producen el más arraigado convencimiento. La atrac- ción es la ley general de la naturaleza ; obrando á grandes distan- cias y sobre grandes masas produce la gravitación universal , los movimientos siderales y planetarios que por su regularidad y pre- cisión forman una armonia gigantesca , la armonia de las esferas. El movimiento resultado de la atracción reviste diferentes formas y es origen de distintos órdenes de fenómenos ; es luz , es calor , es electricidad, es magnetismo, es gravedad, en una palabra, la atracción es fuerza mecánica que produce las formas y cualidades generales de la materia. La atracción, misma obrando á cortas dis- tancias es causa de un primer estado de individualidad todavia ru- dimentario, y por lo tanto no bien determinado ; entonces se llama coesion, y observando sus resultados en nuestro planeta, se ve que determina la manera de ser de los cuerpos inorgánicos admira- blemente caracterizados por la famosa expresión del padre de las ciencias naturales mineralia crescunt.

Pero la atracción se verifica á veces entre sustancias de distinta naturaleza que combinándose da origen á otra que presenta pro- piedades nuevas y distintas de las que le dieron origen. A este gra- do de la atracción se da el nombre de afinidad, y produce todos los fenómenos quimicos cuya importancia es grandisima porque originan ese movimiento de composición y descomposición que nos presenta ^el. ijiundo, examinado de cierta manera, como un


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conjunto de reacciones químicas sucesivas y simultáneas. La indi- vidualidad adquiere en este momento nuevos j más elevados ca- racteres, el individuo mecánico es por decirlo asi accidental, la cohesión que lo forma no se opone á la divisibilidad , y cada parte es sustancialmente idéntica al todo ; pero con el individuo químico no sucede lo mismo ; destruida la afinidad que lo crea , desapa- rece el cuerpo producido : si, sometiendo á determinadas condi- ciones un pedazo de sal, se separan el cloro y el sodio, la sal se des- truye y deja de ser lo que era para convertirse en cuerpos distintos que ning-una analogía tienen con el que les dio origen.

Existe en la naturaleza un nuevo orden de seres que no pue- den explicarse ni por la cohesión ni por la afinidad, por más que su- pongan la existencia de ambas propiedades ó fuerzas ; estos seres son los que se denominan orgánicos y en los que la atracción apa- rece con nuevos caracteres , dando origen á fenómenos más com- plicados, constituyendo en suma, la fuerza ó principio que se llama vida. La vida produce la individualidad perfecta , la deter- minación absoluta del ser que es manifestación suya , y por lo tanto la existencia, por si del individuo vivo. Considerado en gene- ral , el efecto de la vida es el organismo , el cual consiste en la disposición de la materia , de tal suerte que sea capaz de producir movimientos propios que se llaman funciones.

La serie lógica de la fuerza que hemos expuesto, ó lo que es lo mismo, el desenvolvimiento progresivo de la atracción, se verifica en el tiempo , ó es por decirlo así simultáneo ? Esta es una cuestión que no se puede resolver ni experimental ni metafísicamente aun- que es general la opinión de que la existencia inorgánica ha pre- cedido á la vida. Así como el conjunto de los seres inorgánicos es resultado de la cohesión ó de la afinidad , manifestaciones de un solo principio , muy análogas si bien distintas ; el organismo pre- senta también una distinción semejante , dando origen al reino ve- getal y al animal. Aunque Linneo calificó y distinguió estas dos manifestaciones de la vida , diciendo : vegetabilia, mvunt , animalia mv%nt et sentinnt , no puede negarse que los seres inferiores de la escala zoológica y de la escala animal, presentan las mayores analogías , el nombre de zoófitos que distingue una clase de ani- males indica bastante estas semejanzas ; pero aun se perciben más claramente examinando esos seres , primera manifestación de la vida , que casi no son más que un conjunto de células. Partiendo


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quizá de un solo momento , de un punto indivisible , la vida se bi- furca dando origen á dos órdenes de seres , que son tanto más distintos cuanto más se separan de su principio; pero ligados por tales vínculos que mutuamente se suponen , no pudiendo exis- tir unos sin otros. Los animales son, considerados químicamen- te, aparatos de combustión, y si existieran solos en poco tiempo consumirían el oxígeno de la atmósfera, haciendo por tanto imposi- ble en lo sucesivo la vida animal ; pero las plantas son aparatos de reducción que fijando el carbono, descomponen el ácido carbónico, producto de la respiración , y por esta admirable manera se estable- ce un perfecto equilibrio químico que es condición necesaria para la existencia indefinida en el tiempo de las manifestaciones de la vida. Como ya se ha indicado, la vida está sujeta á una ley de desen- volvimiento que es común á toda la naturaleza, la cual no procede arbitrariamente en sus manifestaciones sino por orden sucesivo, y cuando á nuestro parecer ese orden se interrumpe, más bien deben atribuirse á nuestra falta de medios de observación que á incons- tancia de la ley las anormalidades que notamos: natura nonfecit saltum : tal es el principio que sirve de hilo conductor en el apa- rente laberinto de la creación orgánica. Los seres vivos que al pre- sente pueblan la tierra ofrecen bastantes elementos para formar grandes fragmentos de las series de las manifestaciones progresivas del organismo , pero con frecuencia se notan vacíos que no pueden llenarse con las especies que en la actualidad existen. La paleonto- logía llena muchas de esas lagunas, que son menores á medida que se van conociendo las faunas y las floras de los diversos períodos geológicos. No es necesaria sin embargo esta comprobación para establecer las leyes del desenvolvimiento progresivo de la vida; el estudio atento del organismo los revela con claridad extraordinaria: la célula es el elemento esencial y único del ser vivo ; de la célula se derivan todos los tejidos ; de ella están formados todos los órga- nos ; ella es la sustancia de los más complicados aparatos. De donde resulta anatómicamente demostrado que la vida no solo es una en su esencia y progresiva y varia en sus manifestaciones, sino que estas consisten en la modificación sucesiva de un solo elemento. Por otra parte , el estudio de la embriología demuestra con no me- nor evidencia esto mismo: el desarrollo del germen es un trasunto fiel del desenvolvimiento general de la vida , y las fases que aquel atraviesa constituyen una serie análoga á la que forma el conjunto


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de muchos individuos del reino org-ánico. ¿ Pero de las considera- ciones expuestas se deduce la no realidad de las diferencias*es- pecificas? Al contrario, todo indica que la naturaleza procede en la creación orgánica del mismo modo que en sus demás esferas; no hay una fuerza intermedia, ni una serie de fuerzas interme- dias entre el calor y la luz , entre el movimiento y el calor ; por más que entre todas ellas exista unidad genérica , existe también diferencia especifica. La cohesión y la afinidad son sin duda aspectos de la atracción pero diferentes en su esencia y en sus manifestacio- nes. Esto mismo sucede en la vida orgánica; en ella los grupos generales son tal vez arbitrarios , pero las especies son reales y lo que las constituye es la diferencia, el carácter especifico. Para la naturaleza no hay ni géneros , ni familias , ni órdenes , ni clases, pero tampoco hay individuos , ó por mejor decir , el individuo ver- dadero es la especie : cada individuo aislado es accidental , efímero, innecesario ; la especie es necesaria y permanente aunque de un modo relativo porque no es eterna.

Lo que dejamos dicho , basta para que se comprenda que no aceptamos la doctrina expuesta y rejuvenecida por Darwin, la cual como es sabido tiene antecedentes en la historia de las ciencias naturales , habiendo sido desenvuelta en términos sustancialmente análogos á los que usa el naturalista inglés por Lamarck en su filosofía zoológica publicada en 1809 (1). l^W^ selección ni'.la concur- rencia vital pueden producir las especies. Aun ¡modificados los seres orgánicos por la intervención del hombre y haciendo here- ditarias las cualidades artificialmente producidas, no es posible crear especies verdaderamente distintas de las que primitivamente fueron objeto de la acción de la voluntad humana. El procedimiento de la naturaleza ha sido indudablemente distinto, y la producción de las especies es , en cuanto á su causa , un misterio de los muchos que á cada paso nos ofrece el estudio de las ciencias naturales ; lo que hay de verdad en esto, ánuestro parecer, es que la vida en su progre- sión marcha por términos sucesivos , pero de tal suerte , que llega un punto en que cada uno deja de ser lo que es para convertirse en otro. Conocemos que esta explicación no es satisfactoria , por- que no descubre la manera de transición de un término á otro, pero menos lo puede ser una hipótesis no solo no confirmada por los

(1) También expone Lamarck esta teoría en la introducción de la Historia de los animales sin vértebras, que es la obra capital de este naturalista. TOMO I, 38


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heclios, sino contradicha por ellos. Ni la hibridez que debia ser un medio eficacísimo de variabilidad es causa de nuevas especies, pues, aun admitiendo la fecundidad indefinida de los híbridos, la expe- riencia demuestra que la descendencia vuelve irresistiblemente á alguno de los tipos específicos de que procede.

El polimorfismo de ciertas especies de vejetales crytogamos (1) y de algunos insectos nos parece que, lejos de confirmar las opiniones de los que defienden la variabilidad , las condenan evidentemente, porque demuestra que la especie no está constituida por el indivi- duo sino por la agrupación de seres que es indispensable para su conservación y desenvolvimiento , asi es que en los animales bise- xuales el tipo especifico no es el macho ni la hembra , y allí donde las funciones están repartidas entre mayor número de individuos como sucede con las abejas y las hormigas , todos y no cada uno son la verdadera representación de la especie.

Lo que no puede menos de admitirse , siendo un hecho experi- mental indudable , es la influencia de las circunstancios exteriores en las manifestaciones del mundo orgánico ; la vida se metamorfo- sea al compás de todo lo que la circunda y es condición de su exis- tencia, asi vemos en la sucesión de los períodos geológicos desapare- cer unas especies y aparecer otras; hoy mismo, según las condiciones propias de cada localidad , existen en ellas diversos seres orgánicos. Las perturbaciones de las épocas geológicas han sido lentas en sii mayor parte ; los resultados que las caracterizan son obra de lar- guísimos periodos de tiempo , durante los cuales las varias mani- festaciones del organismo se han desenvuelto insensiblemente apa- reciendo y desapareciendo especies , géneros y familias al compás de los fenómenos geológicos , producto de leyes á que igualmente están sometidos los animales y las plantas. De tal manera está en- lazada la vida con las circunstancias donde se produce, que solo asi se explica la variedad de animales y de vejetales que sucesi^ vamente han aparecido en un mismo lug-ar geográfico durante las sucesivas revoluciones del globo. Sin ir más allá del terreno ter- ciario, y limitándonos al territorio de la provincia de Madrid, ¿cuan grandes no serán las modificaciones de todo género que en el in-

(1) Linneo dividió las plantas en fanerógamas, que tienen flores visibles, y criptogamas, que ó no las tienen ó son invisibles; en este grupo están com- prendidos los liqúenes, hongos y demás vegetales que se tienen ¡wr menos perfectos. > l. ' r:i go 9rrp"-v(v.\.;^.; r r., . ,vnttí>tíjr ¦• .¦ -

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QUE LA HABITAN. 573'

menso trascurso de los siglos habrán ocurrido bajo el mismo me- ridiano para que hayan podido vivir y desarrollarse solo en la clase de los mamíferos; el mastodonte, el rinoceronte, el anchiterio, el hiparion y otros animales cuyos restos fueron hallados por el se- ñor Prado en las cercanías de Madrid , donde recientemente tam- bién se han descubierto otros de las mismas especies"? Como ya hemos dicho, en el terreno cuaternario que forma las colinas de San Isidro, se han hallado también restos de animales que no han podido exis- tir con las circunstancias que hoy tienen estas latitudes , y entre otros, varios huesos de elefantes, que según la opinión de los seño- res Falconer y Busk , referida en la Memoria antes citada , perte- necen al elefas armeniacus, lo mismo que una mandíbula inferior descubierta al abrir una zanja para la construcción del camino de hierro de Córdoba á Sevilla, junto á Almodóvar del Rio, documento paleontológico notable que existe con otros muchos también curio- sos en el gabinete de Historia natural de Sevilla. Ya en el diluvio de San Isidro se encuentran , sino restos del hombre , vestigios in- dudables de su industria, que consisten en instrumentos de pedernal perteneciente á lo que ahora se denomina edad de la piedra ta- llada para diferenciarla de otra más moderna , y en la que ya nues- tra especie habia alcanzado mayor perfección y hallado los medios de pulir estos utensilios , por lo que se le distingue con el nombre de edad de la piedra pulimentada. -

Pero la aparición del hombre en la tierra es asunto de tanto in- terés , y sobre el cual se ha descubierto y se ha discurrido tanto en estos últimos años , que bien merece que se dedique un párrafo es- pecial á este asunto. Además, no es el hombre una mera manifes- tación de la vida , no es solo un organismo que ha aparecido en el mundo antes , al mismo tiempo ó después que los megaterios, mas- todontes y elefantes ; con su presencia se introduce en el universo un elemento nuevo superior á la vida , aunque íntimamente enla- zado con ella.

III.

En el congreso paho-antropoló^ico , celebrado en París del 19

. al 30 de Agosto del año pasado de 1867, leyó el abate Bourgeois

una Memoria sobre los utensilios de pedernal tallado que se encuen-.

tran en Thenay , cerca de Pontlevoy. Empezó el autor recordando


574 LA TIERRA Y LOS SERES

que en el año de 63 M. Desnoyer habia encontrado en los arenales de Saint-Prest , que indudablemente pertenecen al terreno terciario plioceno , huesos de rinocerontes , de elefantes meridionales y de hipopótamos, en los que se veian rayas ó vestigios de incisiones distintas y trazadas con regularidad y del todo análogas á las que se hallan en huesos fósiles de otros mamíferos más modernos. 'Este descubrimiento demuestra la existencia del hombre en la época terciaria , y la demostración está confirmada hasta la evidencia por el hallazgo de piedras talladas en ese mismo depósito, hallazgo debido á las exploraciones de M. Burgeois , que al hacerlas ha de- terminado el orden de las capas del terreno , partiendo de las más superficiales constituidas por aluviones cuaternarios , á los que si- guen el gres y arenas que contienen conchas marinas y huesos de mamíferos , y á esta capa arenas fluviátiles en cuya base se encuen tran restos de animales más antiguos , el pliopithecus , amphityon giganteus y el dinotherium. En cuarto lugar aparece la caliza com- pacta caracterizada por el hipopótamo de cuatro dedos , y en ella se encuentran ya los instrumentos de pedernal que no pueden me- nos de ser obra del hombre, el cual existia por lo tanto en la época miocena, rodeado de una fauna que después ha cambiado dos veces.

Los descubrimientos geológicos han demostrado que nuestra especie no solo es anterior á los aluviones modernos , contra lo que aseveró Cuvier , sino que vivia antes de las formaciones cuaterna- rias , en las que han ocurrido , cuando menos , según muchos geó- logos, tres revoluciones completas de la linea de las ábsides (1) que han dado ocasión á tres periodos glaciarios , y como en cada re- volución de esas se tardan veintiún mil años , resulta que , según los cálculos más moderados , dicho periodo ha debido durar más de sesenta y tres mil años. A este tiempo habrá que añadir otro es- pacio no menor, necesario para llegar hasta la época miocena, en cuyo terreno se encuentran los restos de la industria humana ha- llados por el abate Bourgeois.

La imaginación se abisma al figurarse lo que serian y cómo existirían nuestros antepasados hace tantos centenares de siglos,

(1) Se llama línea de las ábsides la que en la órbita elíptica de la tierra une el punto en que esta se halla más distante del sol de aquel en que está más pró- xima; esta línea no está fija en el ciclo, sino que se mueve lentamente emplean- do veintiún mil años en su revolución.


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rodeados de animales gigantescos, en medio de condiciones atmos- féricas que apenas pueden determinarse, Pero ¿no es admirable, no habla con irresistible elocuencia al observador el ver que el pri- mer rastro que del hombre se descubre es una creación de la in- dustria, una obra del espíritu humano? Esto revela que desde el punto en que el hombre aparece en la creación se presenta tal co- mo hoy le conocemos , es decir, con esa cualidad superior á la vida y distinta de ella, supuesto que da origen á un orden de fenómenos que la vida sola no es capaz de producir y mucho menos las de- más fuerzas naturales.

Las estrías paralelas que se ven en los huesos fósiles , ó la fabri- cación de un hacha de pedernal revelan una serie de actos que solo puede realizar el hombre , siendo indicios seguros de la inteligen- cia y de la libertad, manifestaciones claras del espíritu , que son más importantes que la aparición primera de la vida en el seno de los mares, que la formación sucesiva délos terrenos estratificados, que el desarrollo y extinción de las faunas. Todos esos fenómenos son resultado de la ley general de la naturaleza que desenvol- viéndose en modos distintos de obrar , los produce todos de una manera inconsciente y fatal ; pero con el hombre viene á la crea- ción un principio nuevo que no solo es independiente y distinto de la naturaleza , sino que la modifica y domina , porque es superior á ella.

Pero el hombre como animal está en relación estrecha con los demás seres de este reino , y se halla en cuanto á su parte ma- terial sometido á las leyes del desarrollo progresivo del organis- mo (1).

Linneo en su Sistema de la naturaleza formó un solo orden , á que dio el nombre de primates , con el hombre y los monos ; pero Guvier, fundándose en los caracteres de las extremidades que tanta importancia tienen en su clasificación , admitida hoy en lo esencial por todos los naturalistas , dividió en dos este orden ; uno formado exclusivamente por el hombre y denominado de los hima- nos , y otro por los monos que llamó cuadrumanos. Varios natu-

(1) Las obras más notables que tratan del asunto de que brevemente va- mos á hablar, son : Cari. Vogt. Lecciones sobre el hombre. Huxley , Del lugar del hombre en la naturaleza. Quatref ages , Unidad de la especie humana ; apar- te de muchos escritos de MM. Broca , Pruner-Bey y otros publicados en los Boletines de la Sociedad antropológica y en varios periódicos,


576 LA TIERRA Y LOS SERES

ralistas y anatómicos, especialmente Huxley, han tratado de de- mostrar que es infundada la clasificación de Cuvier, haciendo ver que no hay en la escala zoológica un gran vacio que separe al hombre de los demás animales. Para ello han hecho profundos ' y detenidos estudios de anatomia y fisiologia comparadas de los que resultan semejanzas grandisimas entre los órganos y funcio- nes del hombre y de los monos que, por su analogia con este, se denominan antropoideos. Las especies que más se han estudiado para este fin son el orangután , el chipanzé y el gibon , no habien- do podido examinar con el mismo detenimiento el gorilla por el escaso número de ejemplares de esta especie , superior bajo mu- chos aspectos á las demás, que ha podido examinarse.

Comparando los esqueletos de estos animales con el del hombre, ' se ve que tienen casi la misma disposición de la espina dorsal com- puesta de igual número de vértebras cervicales , dorsales y lum- bares ; las costillas son análogas , y la diferencia de número que alguna vez se halla , es accidental y pequeña'; los omoplatos y cla- viculas son muy semejantes, asi como la disposición de los brazos que solo se distinguen por la mayor longitud de los de los monos; la pelvis es mas horizontal en el hombre , formando ángulos más obtusos con la columna vertebral á medida que se desciende en la escala que forma este grupo. Los pies y las manos ofrecen mayo- res diferencias , pues perfectamente distintas, por su organización y fimciones en el hombre , ambas extremidades son muy análogas en los monos , que tienen el pulgar de las inferiores oponible , y los huesos del tarso , que forman el pié en la parte en que no están todavia separados los dedos, de figura y proporciones distintas de los del hombre. Verdad es que los partidarios de la asimilación alegan para atenuar las diferencias , que no pueden negarse , que las que existen entre el gorilla y el hombre son más pequeñas que las que separan al primero de los monos antropoideos inferiores. Pero donde las comparaciones se han hecho con mayor deten- ción, estudiando hasta los más ligeros detalles , es entre los crá- neos y mandíbulas del hombre y de los monos. Tal importancia ha adquirido esta especialidad científica que ya tiene vida inde- pendiente designándosele con el nombre de craneologia. Para com- pletar las series observables han servido los cráneos humanos, has- ta ahora poco numerosos, que se atribuyen á la época cuaternaria y que se han encontrado en las cavernas. Contra lo que algunos


QUE LA HABITAN. 577

anatómicos afirmaron , está hoy demostrado que el cuerpo calloso existe en el encéfalo de los cuadrumanos, y que sus hemisferios ce- rebrales cubren los lóbulos olfativos y el cerebelo , siendo por lo demás enteramente análoga la extructura interna y externa de este importantísimo aparato. Las diferencias son meramente de cantidad y del desarrollo mayor ó menor de las anfractuosidades y circunvoluciones (1); pero estas diferencias siguen un orden gra- dual, y empezando por nuestra raza que representa el máximum de desarrollo encefálico, concluye para la especie humana en el cráneo encontrado en la caverna de Neandertal cerca de Dussel- dorf, por M. Schemerling. Entre este cráneo y el del orangután joven hay menos diferencia que la que le separa de los de la raza caucásica.

Las mandíbulas ofrecen también curiosos puntos de comparación; según su mayor ó menor oblicuidad respecto al plano de la cara, indican en el hombre mayor ó menor desarrollo intelectual deter- minando el proñatismo , nombre que se da á la' prominencia de la boca , y el ortoñatismo que es la cualidad opuesta. Otros caracte- res no menos curiosos resultan de la comparación de estos huesos que pueden resumirse en los siguientes términos : el volumen de los molares disminuye gradualmente en la raza blanca de la pri- mera á la tercera muela , son iguales las de los naturales de la Australia, y por el contrario van creciendo en la mandíbula ha- llada en la Naulette , y más todavía en el orangután ; la promi- nencia de la barba muy marcada en la raza europea , decrece en los indígenas de la Australia , es aun menor en la mandíbula en- contrada en la cueva de Arcy y no existe en la de la Naulette ; la altura de la mandíbula inferior mengua en idéntica proporción y su grueso va en aumento desde el hombre al mono pasando por las razas inferiores de aquel.

Pero ya lo hemos dicho ; por grandes que sean las analogías que existan entre el hombre y los antropoideos, las diferencias son todavía mayores y solo las desconocen algunos fanáticos pron- tos siempre á formar generalizaciones precipitadas. Los grandes maestros de este ramo del saber, aquellos que como Quatrefages, Fleurens, Huxley y Broca, han empleado largos años y mucho trabajo en la observación y estudio comparativo de los animales

(1) Así se llaman á las protuberancias y depresiones de la superficie del cerebro, tanto mayores cuanto más perfectos son los animales.


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superiores y del hombre , no pretenden destruir el abismo que los separa, y sin desconocer el orden serial del organismo animal, se declaran explicitamente poligenistas (1) los mismos á quienes se deben los descubrimientos en que principalmente se apoyan los mo- nogenistas , siendo muy digno de recordarse lo que sobre este pun- to manifestaron en el congreso antropológico de París M. Broca cuyos estudios craneológicos son tan notables y profundos , y el abate Bourgeois que como queda dicho ha demostrado la existen- cia del hombre en el terreno mioceno.

Si los anatómicos y fisiólogos y también los geólogos y natura- listas reconocen que el hombre como individuo de la escala zooló- gica , se diferencia profundamente de los demás animales; si esos caracteres diferenciales son de tal importancia que no solo obligan á crear con él , no ya una especie , no ya una familia , sino cuan- do menos un orden natural de la clase de los mamíferos ; si por otra parte , ese orden , está compuesto de una sola especie , porque no es posible elevar á esta categoría las variedades ó razas de hom- bres que existen en el globo , ¿cuan profunda será la división que entre la humanidad y los demás seres creados deba establecerse, si se toman en cuenta los caracteres espirituales del hombre ? Fun- dándose en ellos , algunos naturalistas han formado con él un reino aparte , y á nuestro entender con sobrado motivo ; porque aceptan- do la gran división serial de Linneo , y ampliándola , podemos de- cir: mineralia crescunt; vegetalia crescunt etvivmit; animalia crescunt , vivunt et sentiunt; Jiomines crescunt , mvunt , sentiunt et cogitant.

La conciencia de sí , el pensamiento individual y sujetivo , tal es el carácter propio del hombre , y tan elevado que ya no cabe en la naturaleza perteneciendo á una esfera superior y distinta que abarca y comprende todas las manifestaciones del mundo físico, por lo cual la ciencia es el atributo propio del hombre, y el lengua- je la manifestación sensible de su carácter espiritual. Una y otro están sometidos como todo lo que es , á la ley del progreso y del desenvolvimiento ; pero desde que el hombre apareció en la tierra, existieron , no solo en germen , sino ya con sus cualidades distinti-

(1) Monogenistas'. con este nombre se distinguen los que suponen como Darwin que todos los animales proceden de un solo tipo en virtud de modi- ficaciones sucesivas, denominándose poHgenestas los que creen que los tipos de las especies son permanentes.


QUE LA HABITAN. 579

vas y propias. Considérese la serie de actos intelectuales y de de- terminaciones de la voluntad libre que se necesitan para fabricar unhachadepedernal, primer vestigio del hombre hallado en las for- maciones terciarias. En primer lugar, nuestros antepasados debie- ron notar que aquella materia , al romperse , formaba bordes cor- tantes y de gran dureza , y fundándose en esta observación, deducirían que , produciendo por su voluntad esas fracturas , se proporcionaban un medio eficaz para vencer á los animales gi- gantescos que les rodeaban, para arrancarles la piel y convertirla en abrigo que los preservase de las influencias atmosféricas , para des- pedazar su carne y abrir longitudinalmente sus huesos , extrayén- doles la médula para alimentarse con ella y quizá para otros usos. Nada de esto , ni una sola de esas observaciones y razonamientos, ha cabido nunca en el cerebro del más elevado de los antropoideos. Los vestigios del hombre de la época cuaternaria revelan ya una civilización relativamente adelantada ; el hombre de las caver- nas practicaba ceremonias religiosas , y tal vez reglas higiénicas; la cueva de Moulin Quignon era una sepultura , y en sus cercanías se encuentran , no solo los despojos de los animales que el hombre sacrificaba para sus^ necesidades y usos, y quizá para su culto, sino que alli existen señales evidentes de que se habia hecho due- ño del fuego , triunfo admirable de la inteligencia humana , y pa- lanca poderosísima de sus ulteriores progresos. Abandonadas más tarde las cavernas que eran ineficaz refugio contra diferentes y gravísimos peligros, construyó el hombre las ciudades lacustres de que dan testimonios evidentísimos los lagos de Suiza. ¿Y cuánta reflexión , cuánta persistencia de yoluntad , cuántas y cuan com- plicadas operaciones del espíritu son necesarias para llegar á tan maravilloso resultado? En varios períodos de la época cuaternaria, la existencia de grandes lagos en el hemisferio boreal debió ser muy grande. El centro de la península en el territorio que ocupa la capital , debió estar cubierto por las aguas durante un larguísi- mo período de tiempo : el aluvión antiguo que constituye los cer- ros de San Isidro tal vez se formaría , por lo menos en sus capas^ más profundas , durante una de esas épocas , y los instrumentos de sílex que allí se encuentran , procederán quizá de alguna ciudad lacustre construida en esa misma región geográfica. Una ciudad lacustre tal como las que existieron en el lago de Neufchatel , exi- gía mucho trabajo y muy extensos recursos , pues estaban cons-.


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truidas en medio de las aguas sobre grandes estacadas , comuni- cándose con la tierra por un puente levadizo que levantándose dejaba aislada la ciudad y á cubierto de los ataques de las fieras y de los hombres. En esas habitaciones se encuentran semillas de ce- reales y otros vestigios de las edades de la piedra pulimentada y de la de bronce así llamada , porque ya en ella se conocía el uso de este metal , y por consiguiente todos los adelantos que ese descu- brimiento supone.

La desigualdad de los progresos de la civilización y otras causas ya naturales ya hijas de la voluntad humana fueron sin duda desde tiempos muy remotos origen de las emigraciones y conquistas que tan eficazmente han contribuido al perfeccionamiento de nuestra raza; posible esquela Europa deba el conocimiento y uso de los me- tales principiando por el cobre, auna invasión de gentes del Asia; posible es que tenga el mismo origen la raza humana que hoy pue- bla nuestro continente; pero reconociendo que todos esos sucesos, puesto caso que hayan acontecido, contribuirian al desarrollo de la inteligencia de los individuos y por tanto al de la civilización, no habrá quien afirme que fueron el único motivo de ambas cosas. Donde quiera que existe el hombre alli hay una manifestación del espíritu, allí es posible la civilización, y el'nacimiento de la ciencia, á no ser que circunstancias exteriores y fortuitas lo impidan.

La historia ha extendido su campo de un modo extraordinario con los recientes descubrimientos de la geología, existen ya colec- ciones numerosísimas de monumentos del arte de esas épocas que con ser antiquísimas no pueden llamarse primitivas (1) ; la ciencia del lenguaje cuyos progresos han sido tan extraordinarios de un siglo á esta parte, conoce ya en su mecanismo gramatical y en su material lexicológico lenguas monosilábicas en un todo semejantes á las que debieron emplear los primeros representantes de nuestra especie ; pero ni los filólogos ni los naturalistas , descubrirán , por- que no han existido, los intermedios que según ciertas opiniones debieron servir de transición y puente entre el animal más perfecto de cuantos existen ó hayan existido, y este ser que levanta al cielo sus ojos y abarca en su espíritu la creación y lo increado.

Antonio María Fabié.

(1) El Museo arqueológico de Madrid, que ya posee notables monumentos de la época que llaman prehistórica, llegará á tener grandísima importancia sj se procede á recoger lo mucho que hay en la Península. . ^- ....


ESTUDIOS SOBRE EL GOBIERNO PARLAMENTARIO EN LA TEORÍA Y EN LA PRÁCTICA.[editar]

Con un título análogo al lema de este artículo se ha publicado recientemente una obra (1), bien nutrida, de muy útil enseñanza en un género de trabajos, que es por desgracia harto nuevo y poco usado entre nosotros, y que convendría divulgar. Es un librito de muy reducido volumen , y de lectura fácil y amena , perfectamen- te adaptada al uso y al gusto popular. Su modesta apariencia le hará tal vez pasar inadvertido aquí , donde , para llamar la aten- ción y obtener general lectura , fuera de la novela ó del periódico, suelen ser casi indispensables dos condiciones: traducir ó imitar del francés , ó bien adornar el escrito con la autoridad de algún nombre de alta representación , no precisamente en las letras ó en la ciencia , sino en la política activa del país , condiciones ambas que andan las más veces juntas.

Ninguna de estas condiciones se da en la obrita del Sr. Ameza- ga , que , no obstante , y aunque poco literaria en la forma , no deja por eso de ser una de las más sustanciales y más útiles en su género que se han publicado sobre política en nuestro tiempo ; y

(1) Ensayo sobre la práctica del Gobierno pq,rlamentario , por D. C. H. de Amezaga. Madrid, M. de Rivadeneira, 1865,


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en su humilde pequenez puede pasar por un gigante al lado de otras de muy grandes pretensiones, y autorizadas por nombres de altos personajes , dignos , sin embargo , de respeto y admiración por otros mil titulos. Obras como esta son muy convenientes, y aun necesarias para combatir y destruir muchas preocupaciones vul- gares , que hacen más daño que el que á primera vista parece á la estabilidad de nuestra revolución politica.

Es hoy, por ejemplo , muy frecuente decir, y fácil prestarse á creer, que las formas y loa principios fundamentales del Gobierno parlamentario no se adaptan á la índole de los pueblos que se ha dado en hermanar con la denominación común de raza neo-la- tina. Sacando argumento de las vicisitudes y peripecias que pre- senta la historia europea de los ochenta últimos años , con compa- raciones superficiales , dan los que tal suponen por hecho averi- guado y probado , que aquel sistema de gobierno no es más que una manera de ser especial y privativa de la raza anglo-sajona , y que no se puede por lo mismo ni intentar siquiera trasplantarlo á otro suelo fuera de Inglaterra , sin llevar con él , cual se llevó á América ó á Australia , los hábitos , las costumbres , y hasta la len- gua del pueblo inglés , como condiciones esenciales para su acli- matación.

¿Habrá verdad en esto? Aun prescindiendo del juego abusivo que así se hace con la palabra raza , y dando por un momento al olvido el larguísimo tiempo de incansables esfuerzos y penosos sa- crificios , que también al pueblo inglés ha costado conquistar y asegurar sus libertades, ¿será cierto que no se puede explicar de otra manera los obstáculos y dificultades que en otras partes , y sobre todo entre nosotros , encuentra el propósito de establecer el sistema parlamentario sobre asiento sólido y permanente? ¿O serán quizá tales ideas fruto solo del desaliento y la impaciencia en los que de buena fe las propalan , haciéndose con ello eco de los que por interés de partido las sugieren?

Si bien se mira , por más que se pretenda generalizar la idea, es lo cierto que , en todo caso , esa especie de grito de desesperación solo podría tener aplicación exacta á Francia y España ; pues , por lo demás , ahí están para desmentirlo Bélgica , Holanda y Portu- gal , y aun la misma Italia. Mas los tres primeros de estos pueblos podrán parecer á nuestro orgullo demasiado pequeños para dar base sólida á un argumento de autoridad ; y en cuanto á Itaha, las


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graves complicaciones de política exterior , en cuestiones de vital interés para su existencia, en que esta nación se halla envuelta desde que se rige por el nuevo sistema , no permiten ciertamente aventurar un juicio , que hoy seria acaso prematuro , sohre las ga- rantías de estabilidad con que este sistema , apenas probado aún contra las dificultades puramente interiores , puede contar allí para lo porvenir.

Aparte de esto , hay también en Alemania varios Estados que demuestran con su historia contemporánea que, sin necesidad de ser ó hacerse anglo-sajones ^ pueden los pueblos adoptar el régi- men de Gobierno parlamentario , salvos de peligros y dificultades, y con beneficio inmenso para el progreso de su prosperidad mate- rial y moral. De ello , sobre todo , estamos hoy mismo viendo una importantísima prueba en Prusia , donde hace años que se mantie- ne vivo el fuego de una obstinada lucha entre las nuevas y las vie- jas ideas ; lucha en que las primeras van conquistando paso á paso su terreno, sin producir convulsiones sociales, ni resolverse en golpes de Estado contra la Constitución libre y espontáneamente aceptada por los dos bandos contendientes. Mas á esto se dirá tam- bién que nos salimos fuera del límite marcado, porque los pue- blos puramente germánicos están , á lo menos por ahora , fuera de la cuestión.

Mejor será, pues, acometer de frente el problema y prescindir, valga lo que valiere, del argumento de autoridad que pudiera fundarse en aquellos ejemplos para rechazar la cuestión sin previo examen. En todo caso estos ejemplos, en contra de la preocupación indicada , no conducirían más que á estrechar el círculo de su apli- cación, y dejando á un lado lo de rata neo-latina^ podría aun considerarse en pié el problema con respecto á Francia y España.

La cosa merece seguramente serio estudio. Y para hacer este estudio con algún fruto, parécenos que el mejor y más derecho camino está en averiguar qué cosa es y ha sido históricamente el Gobierno parlamentario en la teoría y en la práctica, y cuál su origen y procedencia ; y sobre todo , por lo que con más directo in- terés nos toca , de dónde , y por qué conductos , y en qué forma lo hemos traído á nuestra patria.

Tal es el asunto que nos hemos propuesto tratar aquí sucinta- mente ( porque desenvolverlo podría tal vez requerir un libro ) con la esperanza de demostrar que el mal que nos aqueja y á muchos


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desalienta , por la instabilidad de nuestros progresos políticos, tiene acaso su origen en causas j motivos" en que no se ha parado hasta ahora toda la atención que merecen : y si así fuese , algo habría- mos adelantado , pues conocido el origen del mal , no menos de la mitad del camino está andado para llegar al remedio.


I.

Lois orígenes.

Cuando en 5 de Mayo de 1789 Luis XVI abria en Versalles los Estados generales de Francia, el clamor general, que, excitado por los desvarios y miserias de una corte frivola y corrompida , le ha- bía arrastrado á convocarlos , parecía no responder más que á un solo pensamiento , ni buscar más que un solo fin: el de restaurar la antigua y tradicional Constitución de la monarquía francesa , su- plantada de tiempo atrás por la arbitrariedad de un despotismo, por un momento brillante , después sin poder ni gloria.

Apenas había pasado un mes , y ante la actitud de los represen- tantes del pueblo , que se arrogaban de propia autoridad la deno- minación y el carácter de Asamblea Nacional^ cambiaban ins- tantáneamente los papeles. A la bandera de la restauración de la antigua Constitución se acogían los hombres y las clases que , in- teresados en la continuación de los abusos á cuya sombra se habían nutrido con la degradación política de su patria, combatían enérgi- camente á los peligrosos innovadores que , negando hasta la exis- tencia de semejante Constitución en tiempo alguno, daban ya clara muestra de tener en poco las tradiciones y la herencia de lo pasado.

Tal ha sido la marcha de la política activa : la teoría ha seguido un camino igual, aunque en sentido inverso. La escuela liberal de 1789 aspiraba á una Constitución fundada sobre principios pu- ramente racionales , sin conexión alguna con los antecedentes his- tóricos de la monarquía francesa. Entre las muchas y variadas es- cuelas liberales que ha engendrado aquella revolución , y que se disputan entre sí el título exclusivo á la herencia del 89 , la que con más prestigio é influencia ha sistematizado y sostiene las doc- trinas hoy corrientes del Gobierno monárquico-constitucional , ha ido á buscar los orígenes históricos de este régimen político en las


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instituciones de los Estados europeos de los sig-los XIII al XV , y aun , como Montesquieu , en las costumbres primitivas de los pue- blos germánicos : teoría , en cuya propagación ha influido tan po- derosamente M. Guizot con sus numerosos é importantes trabajos históricos, y sobre todo con las bellas lecciones que en 1820 daba oralmente en París acerca de los Orígenes del Cfobierno represen- tatwo en Europa.

Por medio de un procedimiento análogo , mucho antes que este eminente escritor francés , otro académico español distinguido tam- bién , con menos brillantez seguramente , mas no con menos eru- dición, consagró un voluminoso, y por otro lado meritorio trabajo á desentrañar de los Concilios toledanos de la monarquía gótica el origen y modelo de nuestras Cortes de Cádiz, y de la Constitución que aquellos legisladores habían copiado casi al pié de la letra (salvo en un solo punto) de la primera obra legislativa de la Asamblea Nacional de Francia ; sacando por resultado de sus investigaciones históricas una Teoría de las Cortes y Juntas Nacionales de los reinos de León y de Castilla , monumentos de la Constitución y de la soler ania del pueblo.

\ Vanas ilusiones allá como aquí del amor propio nacional ! La idea del gobierno representativo no tiene en Francia , y mucho menos en España , tan hondas raíces : nació allí en el siglo último exclusivamente de los trabajos y estímulos del movimiento litera- rio de la época , que llamó la atención del pueblo francés hacia el contraste que su triste condición política entonces hacia con la pu- jante prosperidad de la nación inglesa, regida por instituciones parlamentarias. Para rastrear el punto de partida más remoto , de donde hubo de salir el impulso que hizo brotar y fructificar aque- llas ideas en Francia , no hay necesidad de ahondar en la historia mas allá del siglo XVIII.

Luis XIV había consumado al amparo de una gloria efímera el absolutismo monárquico iniciado dos siglos antes por Luis XI , pero debilitado después por las conmociones de todo un siglo de luchas intestinas. Aquella gloria ficticia se eclipsó pronto , y por el influjo siempre deletéreo de un despotismo disoluto y devoto á la par, la nación francesa había corrido precisamente en poco más de cin- cuenta años toda la carrera de declinación y abatimiento qué Es- paña , con marcha más pausada , y por eso más segura , había em- pleado dos siglos en andar. El principio y el fin del largo reinado


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de Luis XIV retratan al vivo por más de un concepto en la histo- ria política de Paranoia el espectáculo que ofrece lá de España desde su funesta y falaz exaltación bajo el emperador Carlos V hasta su postración y ruina bajo Carlos II. Pero la misma rapidez y violencia con que la Francia hubo de correr en tan corto tiempo todo este camino, fueron para ella motivo de salvación. Los inme- diatos sucesores de Luis XI , incapaces de consolidar su obra , no ¦ supieron ni pudieron , como nuestros Felipes , apretar todos los tor- nillos del despotismo hasta sofocar bajo la presión del yugo la ex- pansión natural del genio vivaz é impetuoso del pueblo francés; y no porque no lo procurasen , ni dejaran de buscar para ello los medios, sino porque les faltó el más eficaz instrumento del poder despótico ; la Inquisición , que era ya demasiado tarde para inocu- lar allí.

El falso pietismo difundido como una moda bajo la influencia de las prácticas devotas de la corte , dio sus naturales frutos luego que le faltó el ejemplo revestido de la autoridad ; y obedeciendo á la ley de la acción y la reacción , ley infalible en el mundo moral como en el físico , y constantemente confirmada pot todas las vici- situdes de la historia humana , sucedió que de las cátedras y cole- gios de los jesuítas , de la enseñanza organizada para arraigar los hábitos y la disciplina del principio de autoridad , salieron los hombres que por dos caminos diferentes, aunque paralelos, con- dujeron al pueblo francés á la subversión general contra toda fe, contra toda creencia y contra" toda autoridad.

Por uno de esos dos caminos los hombres llamados á dirigir ac- tivamente el gobierno del Estado , desde el Rey inclusive abajo, llegaron á no creerse ligados por autoridad alguna, política ni moral , en el goce , más bien que en el ejercicio , del poder. La relajación de las costumbres sociales y privadas ; la disipación de la fortuna pública ; la frivola ostentación de una incredulidad ba- ladí ; la arbitrariedad sin freno en el uso del poder ; la carencia de toda norma y regla común en el mando y en la obediencia; la confusión completa del capricho con la voluntad del Rey, del favor con la justicia , del fausto con la riqueza , de la insolencia con el orgullo aristocrático , y una confianza ciega en la silenciosa sumi- sión de un pueblo al parecer indiferente á su suerte , eran las for- mas características con que se mostraba á los ojos del mundo lo que en el lenguaje corriente de la época se llamaba la corte; y la


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corte era la expresión oficial de la nacioil francesa dentro y fuera de la Francia misma i

Por el otro camino la literatura rompia también todos los frenos de la tradición y se emancipaba de toda autoridad. Alentado y hasta mimado por la corte misma , puesto que no parecía compro- meter los goces tranquilos de un poder que nadie disputaba ni aun discutía > el movimiento literario de esta época en Francia sacó á la escena gran número de escritores notables por su talento y bri- llantez, que» extraños fen general al manejo y conocimiento prác- tico de los negocios públicos , se preocupaban poco de su marcha, trataban las cuestiones políticas y sociales desde el punto de vista de las teorías abstractas y racionales , sin aplicaciones inmediatas que pudieran alarmar á los poderosos, y solo encerraban en el terreno de las creencias religiosas la agresión más ó menos directa, con que al propio tiempo satisfacían á la frivola incredulidad y re- lajación de los de arriba y á la malicia vengativa de los de abajo. Estas agresiones podian dar ocasión á algunas persecuciones pasa- jeras , que solo servían para atraer simpatías al escándalo ; mas no por eso dejaban de dar grato solaz en el gran mundo á los mis- mos que se prestaban á ser instrumento oficial de estas persecu- ciones.

A la moda del misticismo bajo Luis XIV habla sucedido durante la regencia y bajo Luis XV la moda del filosofismo : á los hipó- critas y devotos , los incrédulos y los espíritus fuertes \ y por el gusto de estar á la moda se dejaban, no siempre imprimir, pero si correr después de impresas , las brillantes y fascinadoras teorías, que las clases inferiores del pueblo devoraban como sabroso ali- mento en su anulación política , y en que las clases superiores , sin advertir el peligro, se entretenían con satisfacción de su vanidad, hallando en ellas medio fácil de ser filósofos, y de tratar y resolver con más gasto de ingenio que de estudio , las más grandes cues- tiones sociales.

Los hombres públicos y los hombres de letras coincidían, pues, como hemos dicho , en un punto : la subversión contra toda auto- ridad, en la gobernación del país los primeros, en la literatura y la ciencia los segundos, en las creencias religiosas unos y otros. A falta de esta autoridad moral , se ostentaba , más desautorizado por lo mismo, el poder meramente material de la soberanía ilimi- tada del Monarca.


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La historia nos dice el ^rado de abatimiento á que por estos caminos habia llegado la Francia , que heredó Luis XVI , perdido en el exterior todo respeto como potencia política , y rotos en el interior todos los vínculos de disciplina social. En tal situación, nada más natural que el que los hombres pensadores de aquella época, más ansiosos de adivinar lo porvenir que de estudiar lo pasado, dirigiesen sus miradas alrededor buscando términos de compara- ción, como Tácito ante el espectáculo de la degeneración romana.

La Europa de entonces , la que Luis XIV habia pretendido so- meter á su fastuosa dominación , era muy diferente y mucho más reducida que la que hoy sirve de teatro á las grandes cuestiones que se agitan en el mundo civilizado.

La Alemania, no recobrada aún de los estragos de la guerra religiosa , que la habia ensangrentado por espacio de más de un siglo, yacía al parecer inerte. Humillada el Austria, el imperio germánico desaparecía de la escena como potencia política. En su lugar una nueva nación verdaderamente alemana se anunciaba ya en la coincidencia de dos hechos importantes : Federico Guiller- mo, el Gran Elector, echaba los cimientos á la monarquía prusiana; y Leibnitz fundaba la filosofía, la ciencia y la literatura puramente germánicas. La trascendencia de estos dos hechos en lo porvenir estaba entonces fuera de todas las previsiones. Más tarde, Fede- rico II consagraba con el bautismo de la gloria militar la nueva potencia naciente : pero aquel hombre verdaderamente singular, no menos déspota aunque mucho más ilustrado y hábil que Luis XIV, antes inclinado á imitar que á ofrecer ejemplos nuevos á la Francia, mal podía imprimir en la actualidad política y social del pueblo alemán sello alguno particular , que debiera excitar la curiosidad y el estudio de los pensadores franceses.

Las potencias del Norte, después del brillo pasajero que les ha- bían dado en la guerra de treinta años las virtudes de Gustavo Adolfo, habían vuelto á su antigua oscuridad y tradicionales dis- cordias, que con las extravagancias de Carlos XII acabaron de precipitar su ruina.

Rusia, cuyo gigantesco crecimiento y más gigantesca ambi- ción tanto han preocupado después al mundo , no entraba aún en cuenta para las naciones de Europa. En su lugar se agitaba esté- rilmente un pueblo grande y generoso, heroico entonces aún, re- ducido hoy á la mísera condición de un palimpserto , donde, sobre


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los caracteres mal borrados de una pindárica, escribió mano brutal una salmodia.

Italia no existia : los italianos, faltos de actualidad, se contenta- ban con volver los ojos á lo pasado , buscando en las gloriosas tradiciones de su suelo, en sus poetas y en sus monumentos , con- suelos para la miseria presente, y algún vago presentimiento de la resurrección futura.

España , que por la inmensa extensión de sus dominios podia forjarse aún la ilusión de un poderoso imperio , y que sin embargo Labia sido ya impótente para dominar la insurrección de Portugal;

España rezaba; y cumplía con eso el destino á que la habia

encadenado la política de Felipe II, á quien hoy aún entre nosotros no faltan críticos , al parecer serios , que tienen la humorada de apellidar gran Rey.

Nada habia , pues , por todos estos lados en Europa , que pudie- ra estimular por la comparación la envidia ó la humillación del francés.

De Inglaterra , aunque tan vecina de sus costas , y á más de un título hermana por la sangre, apenas tenia la Francia del si- glo XVIII otra noticia ni idea , que el vago recuerdo de una anti- gua y aborrecida dominación. Cuando Luis XIV recibía y daba generosa hospitalidad en su corte , con toda la pompa de la ma- jestad , al último rey de los Estuardos , que sus pérfidas intrigas habían contribuido á destronar, el eco de aquella corte , único que entonces resonaba en Francia , propalaba en coplas, almanaques y libelos los improperios y las invectivas contra un pueblo desleal y corrompido , que habia abandonado á su legítimo monarca , para entregarse servilmente á merced de un criminal usurpador.

Mas la adulación hubo de callar bien pronto ante la humilla- ción del adulado. Fué preciso reconocer y respetar como legítimo monarca á aquel usurpador , y desterrar después por edicto real á los mismos Estuardos, tan majestuosamente hospedados poco antes como en el más seguro asilo de la legitimidad. Entonces se reveló á la Francia, asombrada por la novedad del espectáculo, un gran pueblo : sobre aquel pueblo ejercía un poder muy exiguo y limitado el mismo Rey, que con inmensos recursos armaba toda la Europa, y daba la ley del vencedor al orgulloso soberano , que tenia en su sola mano y disponía á su libre arbitrio de todas las fuerzas de una nación g-rande y poderosa. Después, y durante una larga serie de


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años , reinaron en Inglaterra reyea vulgares , que pagaban con su propia aversión la antipatía que inspiraban á un pueblo cuyas ins- tituciones , cuyas costumbres y hasta cuya lengua ignoraban ; y sin embargo , bajo el cetro de esos reyes incapaces , el pueblo inglés crecía en prosperidad , riqueza y poderío , hasta el punto de llenar el mundo con su nombre enfrente de la Francia desprestigiada, dictando las leyes del derecho marítimo con las naves con que cu- bría todos los mares , y llevando su pabellón triunfante á las tierras más remotas, á impulsos de un Ministro de oscuro origen, que nació William Pitt para morir Lord Chatan , sin hacerse por eso rico ni poderoso , ni perder entre sus contemporáneos y en la me- moria agradecida de su patria el título de El Oran Plebeyo (1). Todo esto era ciertamente bien natural que despertase en Francia la curiosidad primero , y después la admiración apasionada de hom- bres á quienes en su infancia se había enseñado á cantar el Mambrú.

Hacia 1730 visitaban á Inglaterra casi simultáneamente Vol- taire y Montesquieu , quienes ya por medio de cartas críticas da- das al público con deliberado propósito , ya en la exposición doc- trinaria de la ciencia del Gobierno , comunicaban al pueblo francés las impresiones que ellos habían recibido al contacto de los hom- bres y de las cosas de un país en que todo se ofrecía á su contem- plación y estudio con el doble atractivo de la novedad , y del más inconciliable contraste con el estado social y político de su patria. Más adelante Delolme satisfacía la curiosidad sobreexcitada de la opinión pública en Francia con una exposición detallada de la Cons- titución inglesa, exposición que al mismo tiempo, aunque ya bajo el influjo de otras circunstancias y otras ideas, reproducía también De la Croix en el cuadro general que trazaba de todas las institu- ciones políticas de los pueblos antiguos y modernos.

Cuando se contempla en su conjunto el trabajo literario de Francia durante el siglo XVIII , es imposible desconocer el hecho

(l) Excusado debería ser acaso advertir que aquí no usamos la palabra pleheyg en la acepción vulgar de sujeto de baja condición, sino en el sentido clásico y originario de los buenos tiempos de la república romana, cuando la Plehs debía toda su fuerza y ascendiente al gran número de hombres de su seno, que en riqueza, dignidad y alcurnia rivalizaban, y aun podían aventa- jar á los de las más encumbradas familias patricias. De otro modo no haUa- H108 equivalente posible en nuestra lengua á la expresión inglesa The Great Commoner.


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coiistante de la influencia extraordinaria que sobre él ejerció In- glaterra. El conocimiento y el deseo de las instituciones inglesas se hicieron como de moda en todas las clases de la sociedad fran- cesa , y de esa moda, más que del estudio de las propias institucio- nes de su monarquía ni de las lucubraciones de Rousseau ó de Ma- bly , recibieron el primer impulso los hombres que más se señalaron en el general clamor por las reformas liberales al abrirse la era de la revolución. Turgot y Necker primero en la corte de Luis XVI; Mounier, Lally-ToUedal, Clermont-Tonnerre , y tantos otros des- pués en la Asamblea nacional , no aspiraban á otra cosa que á tras- plantar á su patria la Constitución de Inglaterra. Y el mismo Mi- rabean , que nunca sintió más que aversión y antipatía para un pueblo que habia visitado también como Voltaire y Montesquieu, pero que no habia acertado á conocer y estimar, confesó sin em- bargo más de una vez " que aquella Constitución era la mejor ga^ rantía posible de la libertad.

Hoy los mismos escritores franceses de más nota reconocen ya la realidad de esa influencia inglesa sobre su literatura del siglo últi- mo así política como científica ; pero amenguando aún su impor- tancia , no dan al hecho más valor que el de una causa motriz que comunicó el primer impulso al movimiento , que después se desen- volvió por sí mismo. No hay en esto, á nuestro juicio , verdad histó- rica completa. El peso y la acción de aquella influencia fueron cons- tantes , y trasmitido el influjo por medio de las letras , se difundió rápidamente por todas las clases de la sociedad, en que se arraigó, inspirando las ideas y los sentimientos populares, que se condensa- ron muy pronto en una real y efectiva opinión pública. Los hechos mismos, que la historia no puede desfigurar, son en este punto más concluy entes que las apreciaciones de los historiadores, influidos tal vez sin percibirlo por la sutil instigación del amor propio naeion9,l.

Cuando se resolvió la convocación de los Estados generales , el Gobierno tuvo que encomendar á los anticuarios la tarea de inves- tigar bajo el polvo de los archivos las formas ya olvidadas de su reunión ; é invitó además al público en general á que le ilustrase en la materia , en que la ciencia histórica de la época no podía prestarle gran auxilio. ¿Cómo respondió el país á esta invitación? Con los i^oáeres {CaMers) que poco después daba á sus elegidos, en los cuales por el voto casi uniforme de las tres Órdenes , se pedían, no la? antiguas instituciones de la monarquía, y mucho menos la


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aplicación de abstractas teorías , ó de los principios del contrato social , sino reformas concretas y específicamente definidas , todas vaciadas en el molde de la Constitución inglesa.

Cuando se acercaban las elecciones, en todos los pueblos de Francia se formaron espontáneamente asociaciones, ó asambleas electorales, que lueg-o se organizaron con carácter permanente, para tratar y discutir sobre las cosas públicas. ¿Qué nombre se dieron estas asambleas? El de cliibs: el mismo que mucho antes, en 1782 habia adoptado también la primera sociedad política, que se fundó en París , aunque con interdicción , á lo menos aparente , de tratar de asuntos de religión ni de gobierno. El origen puramente inglés de esta denominación tan universalmente aceptada , sin cui- darse siquiera de afrancesarla , no puede ser desdoro.

En la obstinada lucha con que se inauguraron los Estados ge- nerales, entre los diputados del Tiers-Etat y los de la nobleza y del clero, sobre la célebre cuestión del voto individual ó por clases, los primeros se daban á si propios con marcada afectación el nom- bre de representantes de las communes ; denominación también in- g-lesa, y sin precedente alguno en las antiguas instituciones de Francia, que se procuró con estudio conservar, descartando la ver- daderamente francesa del Tiers-Etat hasta que se constituyó de- finitivamente la Asamblea Nacional.

Ya hemos indicado la actitud que tomaron , y la significación política con que se presentaron desde el principio en esta Asam- blea los hombres del partido liberal que más se distinguieron entonces. A ellos se encomendó casi exclusivamente en los prime- ros comités la tarea de formular las bases para la nueva Constitu- ción: únicamente se señaló, como excepción, el abate Sieyés, que con sus absurdas teorías políticas de escuadra y compás , tenia una significación singular, no de partido, sino meramente personal y excéntrica. Los demás, aunque dominados por las circunstancias del momento, que no les permitían presentar y sostener con igual franqueza todas sus ideas , marcaron constantemente su verdadera tendencia á constituir el Gobierno francés á la inglesa.

El testimonio unánime de todos estos hechos , fiel expresión de la verdadera opinión pública de la época, es concluyente. Las ins- tituciones parlamentarias de Inglaterra eran entonces sin duda el desiderátum de la Francia liberal , que solo por un instante se ha- bia agrupado en derredor de los parlamentos , cuando estos pedían


SOfiEE EL GOBlEftKO PARLAMENTARIO, 603

la antigua Constitución francesa , para conquistar, como hemos di- cho ya, al amparo de este primer empuje contra el absolutismo, el campo que necesitaba para enarbolar su propia bandera. La de las antiguas instituciones de la monarquia se convirtió después, de arma de ataque en arma de defensa , con que los hombres de la toga y de la administración , los nobles y todos los que se intere- saban en la reacción , pretendian contener á los innovadores : arma que más tarde recogió, y proclamó como el arca santa de la patria, el futuro Luis XVIII , cuando, con motivo de la muerte del Delfín, anunciaba al mundo en 1795 y 1797, que se sentaba en el trono de Francia como su legitimo Rey.

El torrente revolucionario pasó rápidamente por encima de uno y de otro partido, por causas que no es ahora de nuestro propósito determinar: y entonces apareció por primera vez en la escena po- litica la influencia directa de las teorías de Rousseau , y se formó su escuela. Pero el partido constitucional conservó íntegra su pri- mitiva idea, que, madurada en el ostracismo, pudo presentarse ya sin estorbos, y completamente formulada en 1814. La más autori- zada expresión de aquella idea á la sazón se encuentra en el dis- curso de felicitación que , al entrar Luis XVIII en París , le dirigió Talleyrand ala cabeza y en nombre del Senado, en donde estaban refugiados los restos de la generación constitucional de 1789, que se creían legítimos depositarios de los sentimientos monárquicos y liberales de la antigua Asamblea. Encomiando los bienes del Go- bierno parlamentario , decía entonces Talleyrand al Rey en nom- bre del Senado: «V. M. , Señor, sabe mejor que nosotros que estas instituciones , probadas en el crisol de la experiencia de un pueblo vecino , ofrecen apoyos , y no obstáculos á los Monarcas amigos de las leyes y padres del pueblo.»

En vano, pues, una escuela doctrinaria, pretendiendo suplantar con las laboriosas investigaciones de la erudición la acción viva del sentimiento popular en la explicación de las causas y origen de los fenómenos históricos , ha ido á buscar en los archivos las raices de la idea liberal, que en el siglo último impulsó en Francia, y propagó después por toda Europa, el movimiento que ha engen- drado la necesidad de las instituciones parlamentarias en el go- bierno de los pueblos modernos. • í^' -'

Si la gran rebelión que en el siglo XVII destronó y decapitó á Carlos I en Inglaterra , en lugar de postrarse á los pies de Crom-

lOMO I. 40


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well, hubiese podido consolidar un Gobierno republicano, ó parla- mentario sin Rey, aquella escuela , sin variar en nada el método de su doctrina, habria podido tal vez hallar la raíz de este sistema de gobierno, como desenvolvimiento natural j lógico de la moderna civilización europea , en las florecientes ciudades de Flandes , de Alemania y de Italia , que tanto lustre dieron á los siglos de la Edad Media : antecedente histórico, que M. Guizot pierde algún tanto de vista , cuando al exponer los orígenes del Gobierno repre- sentativo en Europa , pretende ligar las ideas constitucionales de nuestro tiempo con el recuerdo de los antiguos Estados generales de Francia, y de las cortes de Aragón y de Castilla en España.

La ciencia del siglo XVIII no conocía estos recuerdos , borrados también entonces en la memoria del pueblo , así en Francia como en España , donde sin embargo eran acaso más cultivados por al- guno que otro sabio : tampoco tenia el gusto de su estudio ; antes bien lo desdeñaba como estéril en su propósito de impulsar con las conquistas de la razón los progresos de la civilización humana. Si esos recuerdos no estaban, pues, ni en la memoria ni los sentimien- tos del pueblo, ni en las enseñanzas de la ciencia, ¿qué influjo pu- dieron ejercer en el nacimiento de la idea liberal? ¿Cómo ligar esta idea con aquellos recuerdos , cuando se ve entre ambos una inmensa laguna de olvido por una parte y de desden por otra?

Si Montesquieu hubiese tenido toda la erudición y toda la saga- cidad critica de un Niebuhr ó de un Tierry para el conocimiento y la inteligencia de la antigüedad , sus trabajos habrían pasado se- guramente inadvertidos entre sus contemporáneos , y no habria al- canzado la inmensa autoridad é influencia que ejerció sobre su época con el superficial estudio que le bastó para hacer una senci- lla exposición de la Constitución inglesa. Con ella, más que con sus abstrusas disquisiciones sobre la filosofía de las leyes , logró infil- trar en el espíritu del pueblo ideas y sentimientos inconciliables con el estado político y social de la Francia de su tiempo , á pesar de sus discretas y respetuosas contemplaciones hacia el poder de- gradado que entonces la gobernaba.

Se dirá acaso que los elementos fundamentales de la civilización común y peculiar de todos los pueblos germánicos , sofocados ú ol- vidados desde el siglo XVI en las naciones neo-latinas , se conser- varon vivos en el pueblo inglés , que con su ejemplo los hizo des- pués resucitar en el siglo XVIII en aquellas naciones. Pero esta


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explicación, que hace de aquel pueblo como un nuevo Israfel des- tinado por la Providencia á conservar en depósito sagrado la mi- sión histórica de la raza para trasmitirla acrisolada á las demás gentes cuando llegare la plenitud de los tiempos, es también falaz. La base fundamental del progreso político de Inglaterra en el ca- mino de la libertad está en la unión constante de la aristocracia feudal con el pueblo en la común resistencia á las usurpaciones de la monarquía. Por sendero opuesto , la piedra angular de la civili- zación continental , ó mejor dicho , de las naciones llamadas neo- latinas , está en la alianza del pueblo con el monarca al amparo de las doctrinas canónicas y romanistas de los jurisconsultos, para anular la aristocracia feudal. Entre estos dos caminos divergentes no hay enlace posible , aun cuando el punto de partida hubiese sido común.

La verdad es , pues , que la idea liberal nació en Francia durante el siglo XVIII del estudio y conocimiento de la Constitución de Inglaterra : especie de revelación que la ciencia y las letras hicie- ron al pueblo francés , y que echó profundas raíces en el senti- miento general por el contraste que á la sazón ofrecían los dos Estados desde el doble punto de vista del poder político y del bien- estar social. Y este contraste , humillante sin duda para el pueblo francés , debía lastimar doblemente á su orgullo nacional, tomando en cuenta las inmensas ventajas que su país llevaba al de las islas británicas , • por su posición geográfica , la riqueza natural de su suelo,' y todas las condiciones materiales para la mayor prosperidad y grandeza.

No se crea por eso que decimos , ó imaginamos siquiera , que los liberales de 1789 no se propusieron ni proclaniaron otro fin que la adopción pura y simple para la Francia de las instituciones de In- glaterra , con la misma imitación con que lo hemos hecho y es- tamos haciendo nosotros hace largo tiempo de las instituciones francesas. Contra semejante propósito se hubiera sublevado allí el amor propio francés, con tanto mayor fuerza , cuanto era y había sido siempre histórica é instintivamente antipático al sentimiento nacional el pueblo de donde la imitación tomaba su modelo. Aparte de esta consideración relativamente pequeña , hay otra más impor- tante para rechazar aquella idea. El genio del pueblo francés, pro- pagador por excelencia, sin ser verdaderamente inventivo y natu- ralmente dotado para la originalidad, es sin embargo rebelde á


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toda imitación. Asi en las letras como en las artes, en las ciencias y el lenguaje , y hasta en las cosas más usuales de la vida, el pue- blo francés no adopta generalmente las invenciones ajenas sin apro- piárselas antes y adaptarlas á su gusto especial , fundiéndolas , di- gámoslo asi , en el crisol de su propio temperamento , é imprimién- doles con nuevas formas y accidentes el sello de su carácter , bajo el cual llega á veces á desaparecer acaso el del primitivo origen. Y las calidades que más distinguen el espiritu francés son una in- clinación irresistible á deducir de hechos concretos ideas generales ' y sistemáticas ; claridad, orden y belleza inimitables en la exposi- ción y clasificación metódica de estas ideas , y el rigor lógico de las deducciones , que suele conducir al peligroso escollo de buscar en la simetria , más que en la armenia , la ley natural de las cosas humanas. Por eso , y por las condiciones especiales de su lengua y de su estilo, son los escritos franceses tan á propósito para difundir y popularizar las ideas.

Por el contrario, el pueblo inglés, de índole diametralmente opuesta , es poco dado á generalizaciones teóricas , y mucho menos en lo que toca á la política y á la organización social , y por eso ha hecho la Constitución paulatina y sucesivamente , más por el sentimiento y á impulso de las necesidades morales y materiales que sucesivamente se manifiestan y hay que satisfacer en la vida, social, que por la concepción ideal de sus principios fundamentales. Cuando comenzó la revolución francesa no habían escrito los in- ¡ gleses un solo libro consagrado á dilucidar y exponer doctrinaria-, mente aquellos principios fundamentales de su Constitución como un sistema de gobierno y de organización social : y no porque les faltaran escritores políticos de gran nota ; pero los escritos de estos hombres eminentes eran , unos de polémica y de circunstancias, , dictados por el interés en la lucha de los partidos, como los de Milton y Swiffc , de Stecle , de Addiron ó de Bolingroke ; otros, co- mo los de Bacon , de Hobbes ó de Locke, sin llegar hasta la utopia - de Thomas MoruS , se elevaban también á la idea filosófica que ellos concebían de la organización social, sin referencia alguna á las instituciones políticas de su patria. Trabajos por el estilo de los de : Herbert Spencer ó Stuart Mili , de Lord Brougham ó Lord Russell ., no estaban entonces en uso. La exposición histórica y práctica de i sus instituciones y de los derechos y obligaciones recíprocas que por ellas se determinan , era lo único que podía encontrarse en algunos,


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muy pocos , escritores ingleses : j aun eso , no en obras especiales ad Jioc , sino en tratados g-enerales en que , como en los Comenta- rios de Blackstone , fig-uraba esta exposición solo como una parte integrante del sistema completo del derecho común de Inglaterra.

Esto naturalmente no podia satisfacer al gusto francés : eran los materiales de una obra que estaba por hacer. Por eso á nadie le ocurrió entonces en Francia traducir los libros ingleses para popu- larizar allí sus instituciones y sus ideas , y mucho menos fomentar su introducción y lectura en los originales , que son los procedi- mientos ordinarios de todo pueblo meramente imitador. Los fran- ceses se propusieron desde luego hacer con los materiales que In- glaterra les ofrecía la obra que los ingleses no tenian : la teoría científica de su Constitución.

Voltaire y Montesquieu fueron, como ya hemos indicado, los primeros en poner manos á la obra. De Voltaire dice Villemain, que «apenas hay uno solo, entre sus innumerables escritos, en que no se vea marcada la huella de su estancia de tres años en Londres.» Su inmensa popularidad le hacia el instrumento de pro- pagación más á propósito para introducir y difundir en Francia el gusto de las cosas inglesas , que él mismo había recibido primero de su amigo Bolingbroke. Pero las condiciones peculiares de su es- píritu , superficial en la instrucción , ligero y apasionado en el jui- cio , no le adecuaban á la tarea de fiíndar con su propio estudio la ciencia nueva del Gobierno. En sus célebres Cartas filosóficas so- bre los ingleses primero , y después en otras muchas de sus obras que todo el mundo leía , y más cuando eran execradas y persegui- das por la autoridad , trasmitió á la Francia impresiones y deseos más bien que ideas , haciendo columbrar, entre sus apreciaciones críticas sobre Newton y Locke, sobre Bacon y Swift, sobre la prensa y el jurado de Inglaterra , la suma de libertades , que allí se nutrían de los derechos individuales consagrados y garantizados por una Constitución que él mismo no conocía , ni había intentado siquiera estudiar. De esta manera se preparó el terreno en que lue- go echó Montesquieu fructífera semilla, formulando en algunas de las sentencias dogmáticas , propias de su peculiar estilo , los pri- meros rudimentos de un sistema científico y abstracto basado sobre aquella Constitución.

Sobre estos cimientos el espíritu racionalista de la época levan- tó pronto el edificio ; y los vigorosos campeones del partido consti-


608 ESTUDIOS

tucional en la Asamblea de 1789 pudieron ya presentar la obra completa , con toda la ilación lógica de los principios fundamen- tales y las consecuencias necesarias de un sistema teórico de orga- nización política y social , pero siempre en la inteligencia de que el núcleo de este sistema eran las instituciones inglesas. Así es que cuando Monnier y Lally-ToUendal , los dos más prominentes ada- lides de aquel partido , proponían á la Asamblea , en nombre del comité de Constitución , las bases de la nueva organización política, después de exponer sus doctrinas en discursos , aun boy muy ad- mirados , terminaban ad virtiendo con énfasis solemne , que la Fran- cia estaba en el momento supremo de optar entre una Constitución mejor que la de Inglaterra , ó una ineludible anarquía. «Con la Constitución inglesa , decia Mounier, purgada de sus defectos , la libertad y la grandeza de la Francia quedarán sólidamente ase- guradas. »

La escuela liberal francesa ha reconocido siempre , y reconoce aún hoy á aquellos hombres como sus fundadores. Sobre los prin- cipios fundamentales que aquellos hombres proclamaron , después de purgarlos de algunos elementos heterogéneos .originados de la inexperiencia , ó impuestos por la presión de las circunstancias del momento , y la necesidad de ceder en algo al empuje de otras ideas más radicales , se ha formado después la teoría del Gobierno cons- titucional ó representativo , expuesta en escritos innumerables , ya puramente doctrinarios y sistemáticos, ya históricos, desde Benjamín Constant hasta Duvergier d'Hauranne. Esta teoría ha dado en 1814 y 1830 dos Constituciones á la Francia, si bien la primera no pasa para todos por legítimo fruto de la doctrina ortodoxa; pero ni una ni otra han podido resistir al embate de nuevas revoluciones.

De Francia el impulso liberal se difundió rápidamente á los de- más pueblos de Europa; y España naturalmente no podia ser de las últimas en sentir su acción. Nuestras tentativas constitucio- nales de 1812 y 1820, primer efecto de aquel impulso, no podrán ciertamente pasar , en el juicio de la historia, por obra espontánea del sentimiento popular y de la verdadera opinión pública domi- nante en el país. Pero desde la muerte del rey Fernando , y por la guerra civil que de ella se originó , la idea liberal conquistó al fin su dominio en nuestra patria ; y no se puede dudar ya de que esta conquista es irrevocable y definitiva , en cuanto esto cabe en la instabilidad de las cosas humanas..:.!-/- ^o: -r jnmixD'j i'* ojíT'ff.


SOBRE EL GOBIERNO PARLAMENTARIO. 609

Entonces estaba ya completamente formada la teoría de la es- cuela francesa sobre el sistema de Gobierno parlamentario ; y que de esa escuela exclusivamente, y sin mezcla de otro elemento algu- no propio ni extraño , hemos tomado nosotros nuestras ideas y nuestras instituciones políticas hasta el día , es un hecho histórico que no se puede poner en duda. Dos causas , fáciles de determinar, explican este hecho , como accidente natural, y hasta cierto punto necesario , de nuestra historia política moderna , aparte de la in- fluencia general que el ejemplo de Francia ha ejercido en el resto de Europa.

En primer lugar , hacia más de un siglo ya que España venia afrancesándose hasta el punto de ir extinguiéndose aquí el genio nacional en todo lo que constituye la vida intelectual de un pueblo; genio que solamente se conservaba en las costumbres y los hábitos de la vida de las claseá más altas y más bajas al amparo de una profunda y lamentable ignorancia , lazo común que á las dos clases hermanaba. Con la dinastía de Borbon vinieron á este país las ins- tituciones y ordenanzas de Luis XIV, á las que fué fácil ir amol- dando toda la administración , gracias al total desconcierto en que la habían dejado los últimos reinados de la casa de Austria. Y co- mo la administración era entonces , aparte del clero , la única clase de la sociedad que tenia vida ostensible en la nación , de aquí que la influencia francesa se trasmitiera naturalmente por su conducto á todas las demás , y no menos á la literatura renaciente. Esta in- fluencia se hizo sentir con más fuerza , si cabe , en la propagación de las nuevas ideas políticas y filosóficas ; propagación á que con- tribuyeron , tanto ó acaso más que los libros furtivamente intro- ducidos y leídos , el contacto con los mismos refugiados franceses que las violencias de la revolución habrían expatriado , nuestras relaciones oficiales con la República primero y con el Imperio des- pués , y hasta las propias huestes de Napoleón, que , si no lograron sojuzgarnos , supieron á lo menos despertarnos.

En segundo lugar había entonces en España una ignorancia ab- soluta y casi universal de las instituciones inglesas , como de cosa hereje y maldita; y dada la ineludible necesidad de la época, de reformar y avanzar, el conocimiento directo de aquellas institucio- nes era lo único que hubiera podido contrapesar el influjo , de otro modo exclusivo, de la propaganda francesa. La reacción absolutista de 1823 forzó á la expatriación á todos los hombres que más se ha-


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bian comprometido en los tres años anteriores por la idea liberal ; y esta emigración hubo de refugiarse en su mayor y mejor parte en Inglaterra , porque no podian contar con hospitalario asilo en Fran- cia , de donde habia venido el apoyo material para aquella reac- ción. Diez años pasaron allí estos emigrados ; época precisamente de algunos de los más memorables sucesos que presenta la historia contemporánea de Inglaterra , la emancipación de los católicos , la reforma electoral , é importantísimas innovaciones en materias de Hacienda y crédito. Aparte de otros mil motivos que su desgracia- da situación y su significación política deberían acaso sugerir , es- tos acontecimientos , que por su propia importancia y por la in- mensa agitación popular que los acompañó , equivalen casi á una revolución , eran ciertamente bien á propósito para excitar á nues- tros emigrados á estudiar en la misma fuente las robustas institu- ciones que habían sacado á aquella sociedad ilesa y fortalecida de entre tales peligros. Trayendo á su patria los frutos de esta pre- ciosa enseñanza , habrían podido seguramente hacer gran servicio al país y á la causa liberal por que se habían sacrificado.

Nada de esto recibió España de aquella emigración; hecho cier- tamente extraño , y acaso no muy lisonjero para nuestro orgullo nacional , si se tiene en cuenta que entre los emigrados de 1823 estaba la más legítima representación de toda nuestra cultura in- telectual y política de la época. Hombres de gran talento y emi- nentes en letras y ciencias no escaseaban seguramente entre ellos; y á esos hombres incumbía , no ya solamente por el natural estí- mulo de su propia fama , sino hasta por un deber de patriotismo en su especial posición , procurar con sus obras y escritos ilustrar la opinión pública de su patria, que estaban llamados á dirigir por los caminos de la idea liberal, despertando y popularizando aquí el gusto y el deseo de conocer directamente la civilización inglesa , cosa entonces punto menos que totalmente ignorada en- tre nosotros. De este modo el campo de nuestras ideas se habia ex- tendido á más amplio horizonte, y nuestra opción entre las varias doctrinas y escuelas políticas que nos venían de afuera, habría podido ser más libre , puesto que era más ilustrada y contaba con más medios de comparación y estudio. Nada de esto sucedió sin embargo; cosa "tanto más de sentir hoy, cuanto en el conocimiento de nuestra propia historia , y hasta en el sentimiento apasionado de, nuestras buenas tradiciones nacionales, llevábamos acaso gran


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ventaja á lo que de la suya sabia y sentía el pueblo francés en el sig-lo último. Y aquel sentimiento es muy importante y salvador de grandes peligros en los periodos de renovación é innovación política y social por que no pueden dejar de pasar los pueblos so pena de morir.

Por estas causas, entre otras menos fundamentales, sucedió que cuando en 1834 llegó al fin el momento, ya inaplazable , de echar sólidos cimientos á nuestra revolución política, no contábamos para plantear la nueva obra constitucional con más modelos que los que nos daba la escuela liberal francesa.

De los tres antiguos y clásicos prototipos de toda organización social y política, uno, el del gobierno puramente aristocrático, había desaparecido hacia largo tiempo del mundo civilizado con pocas trazas de poder resucitar. Los otros dos vivían aún ; el mo- nárquico con sus elementos esenciales de más ó menos disimulado despotismo , asentado sobre una prescripción secular en todo el Norte y el Oriente de Europa , y alguno que otro pueblo desperdigados en el Mediodía , el republicano democrático , ensayándose en gran- de escala sobre todo el continente de América. ' Entre estos dos extremos , conocidos ya en el mundo desde los principios de la historia humana , había venido á implantarse , como para llenar el vacío del antiguo régimen aristocrático , la nueva forma del gobierno parlamentario , parto exclusivo de la civiliza- ción moderna y del genio peculiar del pueblo inglés ; y este nuevo tipo tenia dos manifestaciones en Europa.

La una espontánea, histórica y esencialmente práctica en el mismo país en que había nacido , y donde venía desenvolviéndose á paso lento y seguro y con pruebas evidentes de estabilidad en el crisol de una experiencia nunca interrumpida de cerca de dos siglos.

La otra, filosófica , doctrinaria , ensayada ya también aunque no bien probada aún , en Francia y otras partes , y que estaba ó pre- tendía estar con la anterior en la misma relación que la ciencia inductiva con la observación directa.

La España liberal, que deseaba y quería esta nueva forma de go- bierno en lugar de la que por una caída de tres siglos la había traído á la ruina , no conocía la primera de aquellas manifestacio- nes ; hubo por consiguiente de atenerse á la segunda , y la tomó desde luego con fe, á la ventura, y sin beneficio de inventario. Recorriendo toda nuestra historia de los últimos 30 años , ya en


612 ESTUDIOS SOBRE EL GOBIERNO PARLAMENTARIO.

las ideas que sustentamos y opiniones con que combatimos , ya en las instituciones y reformas políticas, administrativas, judiciales y militares que planteamos, y hasta en la organización misma y vicisitudes sucesivas de los partidos , difícil será marcar en ella ni un solo accidente, siquiera sea fortuito y pasajero, en que se re- vele otra cosa que una copia constante , tal vez no completa aún, pero fiel y exacta en lo que abraza del modelo francés , y esto no precisamente por un pequeño espíritu de servil remedo , sino con persuasión sincera de que tales son y no otras las condiciones ne- cesarias del gobierno parlamentario.

Pero ¿es esto cierto ? Hay boy en España una tendencia muy vi- sible á buscar en la fuente misma los datos indispensables para re- solver esta cuestión. En las discusiones políticas y financieras , asi de la prensa como de la tribuna , es ahora mucho más frecuente que antes invocar la autoridad del pueblo y de la experiencia de Inglaterra en apoyo de las.ideas liberales. Es verdad que también es frecuente en cambio oponer á los que á esa autoridad apelan , que las cosas de Inglaterra son demasiado peculiares y exóticas , para poder servirnos de modelo ; pero no importa ; esto no es más que un pobrisimo refugio de la ignorancia , de la pereza y de la pre- sunción. El estudio de la Inglaterra, no por segunda mano, siquie- ra sea la de los escritores más autorizados de Francia , sino directo en su historia , en su lengua y en sus escritos originales , que son muchos y muy buenos , si llega como parece que tiende á popula- rizarse aquí, á lo que contribuirán mucho trabajos como el del Sr. Ámezaga , será á no dudarlo de inmenso beneficio para nues- tra mayor y más sólida instrucción , y para nuestro mejoramiento político y moral.

Desde luego ese estudio sirve para dar la resolución de la cues- tión que acabamos de plantear , porque esta resolución solo puede obtenerse comparando las instituciones del gobierno parlamentario j tales como la historia y la práctica del pueblo inglés nos las pre- sentan , con los principios fundamentales que, como fórmula cien- tífica y racional de esas mismas instituciones , nos ofrece la doc- trina francesa , y nos han dado el molde para las que nosotros hemos adoptado.

Justo P. Cuesta.


MEMORIAS DE UN CORONEL RETIRADO[editar]

EL CMTO DEL CISNE,

EPISODIO PRIMERO DE LAS MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.


VI.

EL ÜLTDÍO DE LOS ABATES.— UN HOMBRE A LA ANTIGUA USANZA Y

UNA PORCIA MODERNA. (18 de Junio.)

, Continuación.

No atreviéndome á preguntarle á la Duquesa nada respecto á su misteriosa amig-a, en la persuasión de perder el tiempo, sobre atraerme una buena reprimenda; pero devorado al mismo tiempo por un irresistible deseo de saber algo de aquella , para mi incom- prensible mujer , báseme ocurrido la idea de acudir en demanda de noticias á un singular personaje que debiera haberse muerto de vejez bace ya muchos años , y que, obstinándose en no renun- ciar á su papel de animado anacronismo , vive ó al menos lo apa- renta , siempre en la sociedad del buen tono , siempre en las esfe- ras aristocráticas, donde nadie le hace caso cuando presente, y todo el mundo le echa de menos asi que falta.

El abate Rioso (porque la persona á quien me refiero es un Aba- te , tal vez el último de los abates , y hasta el año de 20 dicen que no ha renunciado al uso de la capa corta). El abate Rioso, en efec- to , hijo no sé cuantos de un segundón de casa grande , tuvo sin embargo la fortuna de que le sacara de pila , allá cuando apenas


614 MEMORIAS

mediaba el filosófico é incrédulo siglo pasado, un Príncipe ¿Tía Iglesia, su pariente en sétimo grado ó cosa semejante. Buen pa- drino, no obstante, con favor en España y no sin crédito en Roma, logró para su ahijado un Beneficio simple de un par de mil duros de renta, en cuya virtud el bienaventurado niño se halló, para su época rico, desde la cuna, dispensado de todo género de trabajo, sin cargas espirituales siquiera , y obligado solamente á llevar dos varas de tafetán en forma de país de abanico sin varillaje , pendien- tes del cuello de la casaca , y flotando sobre sus espaldas con gvdi,- cia ó sin ella.,|^<>,i,jl p ' M DfflíH 9^

Al abrigo, por su barniz eclesiástico , de todo riesgo matrimonial, y perfectamente libre en materia de galantería , por no estar orde- nado in sacris ; exento , merced á la renta del beneficio , de los afa- nes que cuesta el pan cotidiano ; y sin profesión ni obligaciones ningunas , el Abate era en el medio social un cuerpo neutro y mal conductor de los fluidos sentimentales, tan sin afinidades. pronun- ciadas como sin condiciones negativas , incapaz de toda combina- ción química , y acaso hasta de amalgamarse mecánicamente con los elementos que le rodeaban; pero útil, á su manera, como los fun- dentes en el reino mineral , y como en el vegetal deben serlo las plantas parásitas , aunque la tal utilidad parece á primera vista incomprensible. •

No hablemos del Ábate filósofo, naturalista ó literato. ¿Quién como él para dedicarse , sin riesgo de su bienestar temporal , á la especulación de una idea abstracta , al estudio de la fisiología de plantas é insectos , ó al delicioso cuanto estéril culto de las Musas?

Más libre, y con el pan no menos asegurado que el monje, en contacto siempre con el mundo., pero independiente de sus vicisi- tudes ( salvas las grandes revoluciones ) , el Abate estaba indudable- mente en mejores condiciones que nadie para consagrar todas sus fuerzas intelectuales al cultivo de las ciencias ó de las bellas Artes, por y para el arte ó la ciencia exclusivamente , y con absoluta in- dependencia de toda mira de interés personal.

Pero el abate Rioso no ha pertenecido nunca á la familia cien- tífica de su especie; ni tampoco, és preciso hacerle esa justicia , á la variedad cíiiica de la misma en España , que el azote cómico de D. Ramón de la Cruz ha flagelado sin misericordia, dejándola ex- puesta en; él Picota de sus saínetes, aj ludibrio de las generaciones futuras" "'"' '' <"^^4 '•¦""'¦¦"' y^ '"'i- ¦¦¦'¦ >iJí"" ' ' «..'¿.jan..;'-


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No : el abate Rioso tiene la instrucción precisa para no señalarse por su ignorancia en la conversación ordinaria, y el tacto suficiente para no meterse nunca en libros de caballería. Su educación es la de un hombre de alta esfera, sus modales de perfecta elegancia, su lenguaje sin afectación escogido; y su estilo hablando, fácil, ameno y entretenido. Desde Carlos III hasta hoy , ha visto mucho ; conoció á los padres y abuelos de casi todas las personas que ahora trata; sabe de memoria la crónica escandalosa del reinado de Carlos IV; está al corriente de la del dia ; y no hay rey de armas que , como genealogista , pueda comparársele. Obeso ya, muévese lenta pero no torpemente; sigue la moda con esmero, siendo en su persona un modelo de pulcritud constante ; y aunque se dice algo sordo , figú- raseme que no lo es más que para aquello que oir no le conviene.

Jamás se le han conocido vicios , y no hay viviente que recuerde si tuvo ó no amores en sus mocedades. Fuma un cigarro puro des- pués de comer, si es de la vuelta de abajo y se lo regalan ; ordina- riamente toma rapé , siempre perfumado , siempre don de alguna dama del gran mundo , y siempre también contenido en alguna de las doce curiosísimas y ricas cajas de oro, esmalte y filigrana, que posee, pero que, por supuesto, no ha comprado. Entre las personas que á formar esa colección han contribuido, gloríase de contar al Conde de Áranda, á Florida Blanca, á Jovellanos y á la célebre Duquesa de Alba ; á los íntimos les confiesa que el Príncipe de la Paz y la Tudó también le favorecieron ; pero lo que no se le arranca de ningún modo , es que uno de los Ministros del Intruso le regaló una caja guarnecida de brillantes, y que bajo un doble fondo en- cierra el retrato de la Emperatriz Josefina , nada menos.

Todos los días al dar las doce , en invierno , primavera y otoño, el Abate está en la plaza de Armas de Palacio á poner su reló con el de aquel edificio. La temporada de la canícula y la de las lluvias, están solas exceptuadas de esa regla : pero mientras duran , no oye nunca que se le pregunta la hora.

Vive , es decir , se desayuna , duerme y se viste de tiempo inme- morial, en un entresuelo de la casa que fué de su bisabuelo ; come cada dia de la semana en mesa distinta, y su asistencia á la de cualquier personaje se considera como un diploma de mérito so- bresaliente al cocinero , como su deserción un síntoma evidente de decadencia y ruina culinarias.

Amos y criados, hombres y mujeres, los viejos y los niños , están


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todos tan habituados al abate Rioso en las casas que frecuenta , que son todas las de la aristocracia y no pocas de la clase media, qué le miran más como comensal de tabla que como convidado ; y como tiene la excelente propiedad de no ser entrometido ni chismoso , y de darse solo por entendido de aquello que se le dice , á pesar de que en realidad nada se le oculta , no hay memoria de que haya reñido con nadie en su vida.

Muchas veces me he admirado de que , siendo el último indivi- duo y aislado resto de una raza que dejó de ser por incompatible con el espíritu del siglo, goce el Abate en la sociedad actual (1830) de una existencia tan cómoda y envidiable; porque real- mente lo es la suya. Quizá se explique ese fenómeno social , com- parándolo con el respeto que se profesa en algunas aldeas , á tal cual árbol solitario en la pradera , años antes asiento de un bosque frondoso que el hacha del leñador taló implacable.

Como quiera que sea, estoy seguro de que el abate Rioso algo ha de saber de mi Dama misteriosa , y la dificultad estriba solo en hacerle hablar; porque es más cauto en ello de lo que general- mente se cree , y si ha llegado á averiguar que la Duquesa de Ca- landa tiene interés en que la historia de su amiga permanezca se- creta , mi hombre guardará el discreto silencio que debe al talento del cocinero del Duque , más bien émulo que discípulo de los Ca- reme y los Vatel, de gloriosa y gastronómica memoria.

La fortuna, sin embargo, se me ha mostrado esta vez propicia, deparándome una ocasión , única acaso en la vida del Abate , y su- giriéndome el medio de aprovecharla.

Salíamos juntos de casa de la Duquesa , como á la una de la ma- drugada , tres dias después de la noche del baile para mí famoso; yo buscando en vano manera de sonsacarle sin alarmar su meticu- losa prudencia ; él , contra su costumbre , mohíno y pensativo. Ha- bía comido bien, sin embargo, y saboreado con deleite un riquísi- mo café de Moca , regalo de los Padres de Jerusalen al Duque , su grande amigo y protector.

— ¿Está V. enfermo, Abate? Le pregunté. ¿Le habrá sentado' á V. mal la comida?

— No por cierto, me contestó: la digestión se ha hecho con re- gularidad : mi estómago funciona admirablemente. "^

— Celebro infinito haberme equivocado; pero creí notar que no' estaba V. en caja.


DE ÜN COEONEL RETIRADO. 617

— Y no lo estoy, amigo mió, no lo estoy. ¿Ni cómo he de estar- lo? En el dia no se puede contar con nada ni con nadie; no hay método en la vida ; la anarquía ha penetrado en todas partes.

— Yo pensaba , Abate , que las cuestiones políticas no le preocu- pan á V. grandemente

— ¿Qué tiene que ver la política con lo que yo digo?

— ¡Como hablaba V. de anarquía!

— Anarquía en las costumbres , en el método de vida. En tiempo del Conde de Aranda , por ejemplo, cuando una persona de forma se movía de su casa , que no era nunca sin su cuenta y razón , sa- bíase y anunciábase el suceso con semanas y aun con meses de an- ticipación. Enterados de la noticia los amigos de la casa, tomaban en consecuencia sus medidas; pero ahora, no señor: de la noche á la mañana , el Duque se va á París , el Marqués á los baños , el Banquero á Londres, si á mano viene!.... ¡Ya se ve; como no hay más que tomar la diligencia!

— Sí ; más largo era tener que buscar el coche de colleras , y apostar tiros , y hacer provisiones, como las caravanas para cruzar el desierto.

— Más largo, pero más digno, más aristocrático, más conside- rado con las gentes que frecuentan las casas.

— No digo que no. Abate ; pero tampoco adivino porque ese pro- greso

— ¡ Buen progreso está, por vida mia !

— Digamos innovación, si á V. le place; pero llámesele como se quiera, ¿qué hay .en ello que á V. le encolerice?

— Hay que , con esa movilidad perpetua en las gentes , nunca sabe uno á qué atenerse. Por ejemplo: yo tengo costumbre de co- mer todos los jueves, hace seis años, en casa del banquero Remanso. Su padre fué asentista en tiempo del Príncipe de la Paz y ganó muy buenos cuartos en la guerra de las Naranjas; á su abuelo le co- nocí con tienda de ultramarinos, abierta todavía el año de 84 en la calle de Hortaleza ; pero no importa. Remanso tiene un excelente cocinero , y es en la mesa expléndido , aunque dicen que en los ne- gocios más judío que todos los de Francfort sumados. La semana pasada comimos allá un pavo trufado, traído por el correo de París, de casa de Chenet directamente. ¡ Delicioso manjar ! Y teníamos anunciado, para mañana, un pastel de Perigord, amen de un faisán, regalo del embajador inglés, que s^, ha. JU^qJ^P, traer iina.,(ioeejif\. de


618 MEMORIAB

SUS parques, en el país de Gales. ¡Un festín! ¡Un' 'verdadero festín de Lúculo! ¿Pues qué dirá V. , amigo mío , qué dirá V. que pasó?

— ¿Se extravió el pastel ? ¿Se ha faisaneado { 1 ) excesivamente el faisán?

— Malo seria eso , pero al fin soportable ; siempre comeríamos el

puree de cangrejos y l'Escalope aux truffes Lo que acontece es

que , á pretexto de una quiebra en Amsterdam , que le coge en no sé cuantos millones , ese advenedizo de Remanso , sacrificando á sus intereses pecuniarios las conveniencias sociales, ha tomado la posta para Bayona, y aquí me tiene V, que no sé qué hacer mañana de mi persona. ¡Lástima da que ciertos hombres sean ricos!

— Quien como ese banquero se conduce no lo merece ciertamente, exclamé yo con todo el énfasis y poca conciencia de un hombre que acaba de descubrir en las flaquezas del prójimo un inesperado me- dio de llegar á sus fines ; porque , en efecto, el pobre Abate se en- contraba en la , para él durísima , alternativa de no comer al día si- guiente, ó de imponerse como un parásito vulgar y de baja ralea, en donde no se le esperase ni convidara.

— «Abate (le dije después de una breve pausa) , puesto que ma- ñana no tiene V. compromiso, ¿quiere V. hacer una calaverada conmigo ?

— I Una calaverada á mis años! ¿Irme con V. á comer, por ejem- plo, á alguna de esas malditas fondas de Madrid-, como la de Ge- nieys, donde desuellan al prójimo tras de envenenarle? No por cierto, amigo mío: mil gracias, pero prefiero '¦ ifí ¦

— Óigame V. antes de resolver nada definitivamente. Mañana es- toy de guardia en Palacio por última vez esta temporada , porque la corte se va pasado al Sitio.

— ¿Una comida de cuerpo de guardia, traqueteada en las fiam-' breras, servida por asistentes, fría ó recalentada? V. que ha leido á Boileau, sabe que «Un diner nechauffé, ne valut jamáis ríen.»

— Paciencia, señor, paciencia. Hay un cierto ayudante de co- " ciña en Palacio , con quien se entiende mi asistente , y que suele proporcionarme algunos platos sobrantes de la mesa del Rey ; pla- tos , excusado es decirlo , de primer orden ; casi siempre intactos;

(1) Nuestro Coronel retirado comete aquí un galicismo de á folio, con la in- troducción de un neologismo inútil , pues que en castellano se dice manida la " caza que los franceses llaman /awawáée.


DE UN CORONEL RETIRADO. 619

y por añadidura baratos , porque para quien me los vende todo el precio es ganancia. Mi abuelo me ha mandado algunas botellas de vino rancio de Peralta ; y , en suma , tendremos una comida , no de duque ni de banquero , ni de canónigo siquiera , pero apetitosa y sana,

— Vencido , en fin , más que á la fuerza de mis ruegos , á las exigencias de su posición del momento , cedió el Abate ; y bemos co- mido , mano á mano , en mi pabellón del cuartelillo como dos ca- maradas , y con satisfacción por entrambas partes.

Gran brecha ha abierto la tal comida en mi bolsillo ; la adición de una onza de oro , cuando menos , al capitulo de gastos extraor- dinarios de este mes ; y muy probablemente para cubrir el déficit habrá que acudir al consabido usurero , en primer lugar, y en de- finitiva al abuelo Pero lo doy todo por bien empleado á true- que de saber ya algo , aunque poco , y á medias , de mi dama mis- teriosa. Veamos cómo. rjrioqlíiovo

Levantados los manteles , servido el café , escanciado el licor, ardiendo los cigarros , y despedidos mi asistente y el ordenanza, quédeme á solas con el Abate , y previas algunas generalidades in- significantes, entré al cabo en materia, aunque dando un largo rodeo.

— Dígame V., Abate, ó yo me engaño, ó muchos títulos y grandezas del siglo anterior, han desaparecido de nuestra aristo- cracia actual.

— Desaparecido, en rigor, no; lo que hay es que no figuran ostensiblemente. Nuestros Grandes, aliándose entre si, van acu- mulando en pocas cabezas títulos que primitivamente lo fueron de otras tantas y distintas casas.

— Ahora lo comprendo. Así, Liria y Alba, por ejemplo; Alta- mira y Montellano. t| /! eÍí«':iJ/ ;,-

— Y otros infinitos. Hombre tiene V. hoy, que posee y represen- ta cinco ó seis Grandezas de primera clase. Cásele V. con una he- redera que esté en el mismo caso, y su hijo será diez veces gran ^eñor; pero realmente la Grandeza habrá perdido nueve casas.

— ¿Lo he soñado yo , ó hay en España un Conde de Roca- Umbría?

— ¡Roca-Umbría Roca-Umbría! Aguarde V, No, no

hay tal Conde que yo sepa ; pero el título debe existir.

— ¡Cómo! .,,,.. ^ ....... ¦ , .. ,,.,...;^., ..

TOMO I. / 41


620 MEMORIAS

— Porque el último Conde , á quien yo conocí oficial de Guardias españolas siendo mozo , y luego muy en favor en la corte de Car- los IV, á pesar de que el Principe de la Paz no le miraba con gran predilección

— ¿Y por qué, Abate?

— Porque el Conde, muy rendido con el Rey, no lo era tanto, ni mucho menos, con el Privado. Díjose también, pero no sé yo con qué fundamento , que Godoy habia osado poner los ojos , primero en la Condesa , que murió de una pulmonía , ¡ pobre señora ! toma- da al salir del teatro de los Caños del Peral , y luego á su hija

— ¡ Tenia una hija !

— Única y de perfecta hermosura. Un modelo para Fidias mis- mo , decian los inteligentes ; y á la cuenta , el Príncipe de la Paz trató de ver si animaba la estatua, como Pigmalion.

— Pero ella

— Ella, demasiado joven (porque era entonces una niña de catorce ó quince años, recien salida del convento en que se habia educado); ella , digo , demasiado joven é inexperta para que la hubiesen in- ficionado las costumbres de la época , y vaciada , dicen , en cuanto á la altivez , en la turquesa de las Porcias , no solamente fué sorda á los halagos del seductor, sino que , poniendo en conocimiento de su padre lo que pasaba , dio lugar á que el Conde , que era un sol- dado de los de la escuela no muy blanda ni sufrida del Gran Fede- rico , hiciese apalear sin misericordia á uno de sus criados ; y , con el cabello cortado, al rape, mandase á las Arrepentidas á una don- cella de su hija, luego que supo que ambos sus domésticos habían tomado cartas y recibido propinas en el negocio. ¦ — ¿Pero, y al Príncipe?

^' — Al Príncipe escribióle el Conde un papel anunciándole que, si desde aquel momento mismo no desistia para siempre de su mal propósito , se vería precisado á matarle á puñaladas , aunque para ello tuviese que ir á buscarle bajo el manto del Rey mismo.

— Noble y enérgico proceder.

— Es posible que lo fuese, amigo Lescura: pero, en consecuencia, fué el Conde desterrado inmediatamente de la corte y su radio á treinta leguas en contorno ; y solo á ruego de buenos , ó tal vez por lo mucho que el Rey le estimaba, porque cazaban juntos muy á menudo , se logró que le dejaran vivir en Valladolid , dándole la ciudad por cárcel. Felizmente para el perseguido, su destierro tuvo


DE UN CORONEL RETIRADO. 621

lugar á fines del año de siete, y, como V. sabe, el motin de Aranjuez dio al traste con el Principe de la Paz en Marzo de 1808.

— ¿Qué se hizo entonces del Conde?

— Dando por alzado su destierro, apenas supo la caida de Godoy, vínose á Madrid en seguida.

— Muy bien le recibirla el nuevo Monarca.

— Es probable que asi fuera, si el Conde se presentara en la nueva corte ; pero Roca-Umbria era un original sin copia , y más terco que toda Vizcaya junta. Metiósele en la cabeza que el hijo no podia reinar legítimamente en vida de su padre, cuando la re- nuncia de ese era evidentemente forzada ; y por más que sus ami- gos le dijeron, por más que se lo rogaba el mismo Carlos IV, negóse absolutamente á reconocer y jurar á Fernando VIL

— Ese Conde era de acero; un hombre antiguo en toda la extensión de la frase.

— Si, eso le llamaban entonces, algunos cabezas calientes, al- gunos poetas como V., Lescura, y que, de paso sea dicho, cuando no están en presidio, los andan buscando para llevarlos á la cárcel.

— ¿Qué resultó de la negativa del Conde?

— ¿Qué habia de resultar? Que se dio la orden de prenderle, y llevarle nada menos que al castillo de Bell ver en Mallorca , donde debia formársele causa como á reo de Estado , decian unos ; y fusi- larle simple y sencillamente apenas llegara, pretendían otros.

— Pobre hoínbre.

— ¡Bah! El castillo y la causa de Estado, fueron poca cosa en comparación del resto.

— ¿Qué está V. diciendo , Abate? ¿Qué más podia sucederle que verse á punto de ser fusilado?

— Estar en peligro de morir quemado vivo por hereje.

— ¡ Misericordia divina !

— Ella nos ampare á todos ; pero lo cierto es que con la orden de su arresto , por la via reservada de Estado , coincidió un decreto de la Suprema Inquisición , mandándole encarcelar en sus prisio- nes, como presunto reo de herejía.

— ¿Quién pudo ser el autor de esa infame acusación?

— No lo sé; no lo he sabido nunca; ni creo que haya en el mundo quien lo sepa , fuera del delator y de los inquisidores , si viven. ' -' '^ ;.,u-ijvin -in :.;;.•; ,,¦'


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— ¿Y prendieron al Conde? . — Le prendieron; le llevaron á las cárceles de la suprema

— ¿Y su hija?....

— Estaba ya depositada en las Salesas Reales, donde se habia educado con otras muchas señoritas de su clase.

— Con la actual Duquesa de Calanda, sin duda.

— Positivamente .

— Volvamos al Conde , si V. quiere , Abate. Confieso que su his- toria me interesa.

— Al Conde le salvó la Revolución. A consecuencia de los suce- sos del Dos de Mayo , los franceses , dueños de Madrid , abrieron las cárceles del Santo Oficio , y puede V. figurarse cómo mimarían á un Grande de España, teniente g-eneral de los Reales ejércitos, ellos que , al último sopista leguleyo que se declaraba de su parti- do , le recibían con los brazos abiertos.

— Pero el Conde rehusarla servir á los opresores de su patria.

— El Conde era un hombre iracundo , preocupado y terco natu- ralmente. Al salir de la Inquisición , su corazón rebosaba en hiél y ardia en deseos de venganza. Indispuesto ya con el Rey cautivo en Valen9ay ; indignado por la debilidad con que Carlos IV abdicó en Bayona , disponiendo de los españoles como de un rebaño de car- neros ; y sobre todo , anhelando vengarse de los que á la Inquisi- ción le hablan llevado , y yo sospecho que de los inquisidores y de la Inquisición misma , porque Roca-ümbria era enciclopedista , y se dijo si habia ó no habia sido uno de los complicados en el nego- cio de la traducción de las Ruinas de Palmira , de Volney, pocos años antes ; fácilmente se comprende que todo conspiraba á ale- jarle de los patriotas, en cuya bandera, por entonces, solamente el nombre de Fernando VII y el lema católico figuraban. Tengo entendido además, y lo sé de buena tinta, porque me lo dijo en aquella época cierto abogado, hoy consejero de Castilla, muy re- lacionado con el Conde , que ese tenia en su casa , más como se- cretario particular que otra cosa , á un quídam pariente suyo muy lejano , pobre , pero hábil , flexible y ambicioso , que ejercía en el ánimo de su protector grande influencia , y fué en suma quien , no se sabe por qué medios, determinó al Conde á aceptar un alto puesto en la servidumbre oficial del Rey intruso.

— ¡ Afrancesado !

—Ni más ni menos; y el más emperdenido, el más fanático de


DE UN CORONEL RETIRADO. 623

todos los afrancesados. Empedernido y fanático hasta el punto de seguir á Napoleón el año de 14 y el de 15 mismo.

— ¿Y su hija?

— i Ah, su hija! La pobre niña era tan patriota como su padre afrancesado ; pero al mismo tiempo subordinada la infeliz á la vo- luntad del Conde en todo y por todo. Me han dicho que el padre la casó no muy á gusto de ella el ano de 12 con un Principe de los de la factura de Napoleón , buen soldado en el campo de batalla , mas grosero y brutal en la vida intima. El Conde murió en Inglaterra, proscrito y confiscados sus bienes, el ano de 18, y no he vuelto á saber nada de esa infeliz familia.»


vn.

NIOBE EN LA REAL CÁMARA.— EL ALFÉREZ FAVORECIDO Y MALTRATADO

POR LA FORTUNA. (Junio 18. Continuación.)

Poco tiempo hacia que el Abate , infinitamente más satisfecho de mi comida de lo que, al aceptarla, pudo esperar, me habia de- jado cuando llegó la hora de subir á Palacio á tomar el Santo que el Comandante general de la Guardia , de Cuartel , recibe di- rectamente de S. M., y por conducto del Jefe de Parada nos trans- mite á nosotros.

Encontrámonos , pues , reunidos en la saleta , que es la pieza que inmediatamente precede á la antecámara , los Ayudantes de los cuerpos de la guarnición, los Capitanes respectivamente más antiguos de la Guardia de Infantería permanente y Provincial , ó Blanca y Amarilla , como con relación á color de los metales, plata y oro , de sus cabos , se llaman vulgarmente ; el que mandaba el escuadrón de caballeria , y yo, por la especialidad de mí arma, aun- que subalterno , considerado como Jefe de la sección del Cuerpo de servicio aquel dia en Palacio. En la antecámara estaban el Jefe de Parada y demás personas que no tenían cámara , ó en otros térmi- nos : aquellos cuya categoria no les daba derecho á penetrar en la Beal Cámara, que, como se sabe, es aquel salón en que los Reyes dan sus audiencias.


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El Rey y la Reina habían salido aquella tarde á paseo, pero no en público , es decir , no con el acompañamiento de batidores y es- colta, y avisando á la Guardia Real exterior, para que, en la forma de ordenanza , se les hiciesen los honores que la misma previene , si no privadamente. Nuestra joven y graciosísima Reina Cristina, en cinta por vez primera , va con su augusto y apasionado esposo á la Casa de Campo , solo para hacer el ejercicio que su estado intere- sante requiere ; y de ordinario , como hoy ha sucedido , SS. MM. regresan á Palacio por la mina que desemboca en el Campo del Moro ; y , por consiguiente , sin que ni la caja ni el clarin nos anun- ciaran su vuelta.

Es dogma palaciego , y militar también en España , que espe- rando se sirve ; pero yo confieso , y sin contrición de ningún gé- nero, que de cuantas maneras de servir conozco, ninguna me es más penosa é intolerable, que la de perder el tiempo esperando, sin provecho de nadie y con gran daño de mis nervios, que la impa- ciencia atormenta.

Sea como fuere, sin duda los Reyes se encontraban muy satis- fechos en la Casa de Campo , porque pasó una larga hora después de puesto el sol, momento señalado para dar el Santo, sin que hu- biera ni apariencias siquiera de que nos despachasen.

¿ Quién ha dicho que el corazón presiente siempre los sucesos im- portantes, tanto en bien como en mal, en los negocios de su espe- cial y profundo interés? — No, lo sé; pero sea quien fuere, es y le tengo por un gran majadero y consumado impostor, en virtud de mi propia experiencia.

Dábame yo , en efecto , á todos los diablos , viéndome condenado á dar vueltas, como el león del Retiro en su jaula , sobre las duras losas de la saleta ; ó cuando más , reclinarme contra el quicio de alguna puerta (porque sentarse allí , sobre estar expresamente pro- hibido ,' es cosa imposible , puesto que no hay silla , banqueta , ni banco siquiera, en que hacerlo); dábame, repito, á todos los dia- blos con la tardanza del Santo , cuando súbito cambió de aspecto la situación , trocándose el que me parecía insoportable suplicio , en inesperado deleite , tan instantáneamente como en las comedias de magia , se cambia la mazmorra en templo de la gloria, ó cosa equi- valente.

El espontonazo de los Alabarderos de centinela en la puerta de la sala de Armas, y l-a, patada de los Guardias de Corps , desde esa


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en adelante, nos habían ya anunciado la venida de algún gran per- sonaje , de los pocos que gozan de tales honores en Palacio, cuando vimos , en efecto , aparecerse á la Camarera mayor de S. M. , lle- vando á su izquierda ¿A quién, lector benévolo , á quién dirás?

Mis ojos, que lo estaban viendo , apenas podian creerlo ; porque era mi desconocida , mi Niole , la Condesa de Roca-Umbria en cuerpo y alma.

Viéndola estoy , y apenas si lo creo , tan magnifica como senci- llamente vestida, con un traje de seda del color á la moda, del color político dominante, debiera decir, puesto que se llama azul Cristina , y empieza á ser una especie de distintivo de los parciales y adoradores de nuestra seductora Reina.

— « ¡ Qué lujo de encajes de Malinas ! » Exclamó detrás de mi un hombre con uniforme palaciego , que no sé si es ügier ó peluquero de Cámara.

— « ¡ Y qué riqueza de joyas de buen gusto ! » Añadió el diaman- tista de Palacio , que esperaba ofrecer aquella noche un nuevo ade- rezo á la última esposa, probablemente , de D. Fernando VIL

La verdad es ¡que ópalos , y rubíes , y esmeraldas , y diamantes magníficos, brillaban primorosamente dispuestos en el aderezo de la Condesa, á través de las blancas, sutilísimas y artificiosas mallas, de un trasparente velo de encaje de Flandes, y que, combinándose y contrastando con los cabellos de ébano, parecían como otras tantas y radiantes estrellas, brillando entre ligeros celajes, allá en el azu- lado cielo de las regiones ecuatoriales.

Y sin embargo, aquella mujer parecía, no como quiera indife- rente , sino absolutamente extraña al lujo y explendor que la en- volvían. Con un poco de imaginación sobraba para tomarla por el cadáver galvanizado de alguna Princesa, ricamente ataviada en su tumba, y de ella, por la ciencia ó el sortilegio, obligada á salir, si el fuego intenso que revelaban los destellos magnéticos de sus ne- gros rasgados ojos, no contradijese la idea de la muerte.

Pero ese fuego , esos destellos mismos ¿contradecían realmente la idea de la muerte?

No sé qué responderme á esa pregunta ; porque si hubiera Vam- piros hembras y de tanta y tan singular belleza, como la Condesa, esos Vampiros debieran tener en sus ojos el mismo fascinador atrac- tivo que, en los de esa incomprensible mujer, me trastorna y con- funde.


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Todos los circunstantes acudieron , formando en ala , á contem- plar á la también para todos desconocida dama , á quien seguían inmediatamente la linda Irene , hechicera con su traje blanco de muselina de la India , y sin más adorno en el cabello que una cinta color de fuego y una rosa natural ; y el joven Charles de Pierrefite, vistiendo el uniforme de su cuerpo.

Yo, por mi parte, quédeme, como extático, en el sitio donde la aparición me habia sorprendido ; y quizá esa circunstancia, que me destacaba de la concurrencia , contribuyó á que desde luego se fija- sen en mi las miradas de la Condesa y de sus dos protegidos.

Devolvióme con una amable sonrisa el profuüdo saludo que la hice; pero, á mayor abundamiento, con una seña, y detenerse cerca ya de la puerta de la antecámara, llamóme á su lado.

Acerquéme , con la prontitud y sumisión del esclavo núblense á la soberana á quien sirve ; y la dama misteriosa , recibiendo aque mudo homenaje de mi obediencia como tributo debido , dijome:

— «Carlos no puede pasar de aqui ; hágame V. el favor , Lescu- ra , de hacerle compañía y servirle de Mentor , hasta que le toque el turno.

— «Será V. servida, señora Condesa , repuse; y me honra tanto la confianza de V. como la compañía de este caballero ; contesté saludando y acercándome al joven francés, que me tendió la mano y á Irene que me acogió como á un antiguó conocido.

La Condesa y su protegida prosiguieron su camino en pos de la Camarera Mayor , y yo me quedé con Carlos conversando famihar- mente en fi-ancés.

Para un joven de tan poca edad , hame parecido adelantado en sus estudios, singularmente en los de la profesión de las armas. Conoce bien la historia de España ; se vanagloria de descender de raza castellana ; y aunque menos aturdido y ligero que la mayor parte de sus paisanos, es alegre, de ingenio fácil, y, á juzgar por las apariencias , de buena índole. Algo le he obligado á hablarme en español: lo hace con Corrección en el lenguaje, quizá excesiva; pero se le conoce que piensa todavía en francés y luego traduce á nuestro idioma , circunstancia que, unida á un acento parisién pro- nunciadísimo , recuerda de continuo su origen extranjero.

¿ Por qué , perteneciendo , como parece , á una buena familia , y habiendo recibido con aprovechamiento una excelente educación, no entra ese joven en el Ejército ó en la Marina de su propio país ,


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y se viene á servir á uno para él extranjero , arrostrando todos los inconvenientes de la vida del oficial aventurero ?

Otro misterio , como á la cuenta debe serlo cuanto con la Con- desa de Roca-Umbría se relaciona.

Larg'o tiempo llevábamos de conversación , cuando sonaron dos palmadas y la voz de Armas en la sala de ellas , que ocupan los Guardias de la Real persona: señales inequívocas de que, en fin, estaban de vuelta en Palacio SS. MM . , quienes , en efecto , atra- vesaron un momento después la saleta.

— «Adiós, mala cabeza,» me dijo el Rey, que pocas veces, cuando me veia , dejaba de zumbarse conmig-o , como con otros muchos subalternos.

Mi respuesta fué un saludo profundísimo, sin proferir ni una sílaba.

A poco fué llamado Carlos , á quien sin duda quiso la Condesa presentar ella misma al Monarca; y al cabo de unos diez minutos, la bella Niobe , Irene y el francesito salieron de la Cámara, acom- pañados hasta la puerta por el Gentil-hombre , Grande de España, de servicio , y de allí hasta la que comunica de la antecámara á la saleta, por el Mayordomo de semana , quien , por deferencia tanto á la categoría como á la hermosura de la dama , iba á proseguir más adelante, con evidencia.

Estórbeselo la Condesa, diciéndole: «Muchas gracias, no se »moleste V. más , tengo ya aquí quien me acompañe hasta el co- «che. Lescum, -fe quiere V. darme el brazo?»

Figúrese el curioso si yo querría ; figúrese , si puede , mi orgu- llo, mi gozo, al recibir tan señalada distinción; y figúrese ade- más el asombro de todos los Oficiales y cortesanos allí reunidos!

Pero lo que no podrá figurarse nadie , ni acierto yo mismo á ex- plicarme , es como, abrasándome en deseos de hablar á la Condesa, y de lucir con ella mi ingenio (puesto que dicen las gentes que lo tengo ) , y no siendo , ni mucho menos , de genio corto ó carácter encogido , me fué absolutamente imposible desplegar los labios y pronunciar una sílaba desde que , profundamente conmovido , ten- dí mi brazo á la Encantadora en la puerta de la antecámara, hasta que, en la del Príncipe, le sirvió mi mano de apoyo para subir al coche,

¡ Ni una palabra , como suena , ni una sola palabra ! ! !

Yo he comparado muchas veces , en mi imaginación y en estas


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páginas , á la Condesa con la estatua de Niobe ; para pagarme en la misma metafórica moneda , ella debe haberme comparado á mi al emblema del dios Término , es decir, en prosa lisa y llana : á un poste de piedra berroqueña.

Sin embargo , ¡ Dios le pague la misericordia con que me trata! paréceme que su mano se apoyó en la mia con abandono , y que su mirada, al despedirnos, no revelaba ni enojo ni desprecio; y no me cabe duda en que, con su voz más dulce, me dijo :

— «¿Está V. mañana de servicio?

— No , señora : estaré libre y á las órdenes de V. siempre.

— Lo de siempre se verá en su dia ; por ahora , con mañana me basta ; porque Carmen va á comer conmigo , y si no le asusta á V. ayudar á Carlos á galantearnos á las tres , encontrará su cubierto en mi mesa. A las cinco en punto de la tarde.

— Acepto con profundo agradecimiento

— ¿Porqué agradecimiento? Quizá el convite proceda, en mí, de alguna mira interesada. En fin , ¿cuento con V.?

— i Cómo nó , señora !

— Hasta mañana , pues ; á las cinco en punto ; y adiós , ,ó más bien au revoir.

— Pero , Condesa , no tengo el honor de saber dónde V. vive.

— Es verdad. Carlos, dadle una tarjeta á Lescura.

Diómela el francesito , despedímonos , y yo me volví á tomar el Santo , ceremonia á que estuve á punto de llegar tarde.

Verdaderamente mi situación de espíritu es singular, pero no sin causa que la justifique ; porque aparecer en Madrid , pueblo donde todos , en cierta esfera , nos conocemos , una persona perte- neciente á la alta aristocracia, que nadie, sin embargo, sabe quien es , ni ha visto antes , como no sea el abate Rioso ; y ser esa per- sona una mujer hechicera , y dignarse la tal maga , no solamente flechar, desde el momento en que la vi , mi muy impresionable

corazón, sino además distinguirme, y preferirme, y ¡Vamos á

espacio, vanidad mia! Vamos á espacio, y no olvidemos, ni los avisos de la Duquesa , ni el escarmiento que , en la cabeza de Gil Blas , hizo Doña Aurora , de los fatuos que se presumen amados, porque una mujer en su servicio los emplea.

Dios me dé el juicio que necesito para no ponerme en ridiculo en este lance , ni por carta de más ni por carta de menos; porque, al cabo y al fin, no es absolutamente imposible que una hija de Eva,


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por encumbrada que su categoría sea , j por bella que haya naci- do, ponga los ojos en un hombre que ni es viejo , ni feo , ni tonto de capirote, según dicen. Démosle, pues, tiempo al tiempo; veá- mosla mañana en su casa, y procedamos de manera que, si la for- tuna me es propicia , no se pierda la ocasión por sobra de timidez ó falta de rendimiento ; y si la dama , resueltamente solo para amigo, ó para instrumento, de no sé qué proyectos, me busca, puedan mis obsequios pasar por meras galanterías cortesanas.

Paréceme que el mismo Lovelace en persona, no discurriera y proyectara con habilidad más profunda. Mi plan está formado: ahora, imitando al gran Capitán del siglo, que, según parece, durmió profundamente , al vivac , la noche víspera de la batalla

de Austerlitz Pero el caso es que no tengo sueño ninguno.

¿Vóyme al comedor del cuartelillo á probar fortuna en la malilla de todos , que indudablemente está ya armada á estas horas ?

La verdad es que no soy muy afortunado en el juego; pero tam- bién que los fondos están bajos ; las asistencias consumidas hasta Octubre ; y que no da mucho de sí el sueldo de un Alférez de la Guardia. Los cigarros, el café, el teatro, la toillette y. los gastos

secretos, son, hasta cierto punto, indispensables ¡Qué diablo!

Media onza tengo en el bolsillo; el casero está pagado; la cocinera tiene para el gasto hasta fin de mes , que siempre le anticipo ; y, en el peor de los casos, Leviatani vive y presta. ¡ Pecho al agua, pues , y que los Dioses me sean propicios !


Las tres de la mañana. — ¡Como de costumbre! Vengo sin un ma- ravedí , y aun eso importara poco si , embriagado por el furor que de mí se apodera á vista del tapete verde , y fuera de tino con la fiebre que el obstinado desaire de la suerte me cau^a, no hubiera aceptado , de un Teniente de la Guardia Blanca , cien duros , que él no me reclamará seguramente hasta que yo se los lleve , pero que es preciso , absolutamente preciso , que yo le pague mañana, es decir: hoy mismo.

Las deudas de juego son deudas de honra , por lo mismo que ju- dicialmente no puede el acreedor exigir su pago.

¿Y cómo paga el que , como yo ahora , no tiene un real en el

bolsillo? ¡Cómo paga!.... ¡Cómo pidió ó aceptó lo que pagar

no-podia ! So pena de infamia , hay que pagar ; y en mi familia no


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ha habido nunca infames. Es preciso , pues , pag-ar ; y sea como quiera , pagaré, y pag-aré pronto.

¡ Maldito , mil veces , sea el jueg-o , y malditos los naipes y su diabólico inventor ! ! !

Pero , ¿qué disculpa tengo yo , menguado que soy, qué disculpa tengo yo, cuyas necesidades legitimas están todas, á Dios gracias, cubiertas por mi sueldo y mis asistencias , de ir, para haber asi, solo por la vil codicia de reunir algunos maravedis más , expuesto mi dinero, que me hace falta, con la esperanza, sin duda, de ha- cerme dueño del de mis amigos y compañeros?

i Bien empleada me está la pérdida , y más duro castigo merecía mi culpa ; mucho más duro , sin duda alguna !

¡ Ah ! ¡Si mi honrado abuelo leyera estas líneas ; si viera á su nieto , al que él llama la esperanza y consuelo de su vejez venera- ble , desordenado el cabello , desencajado el semblante , extravia- dos los ojos , febril el pulso , el corazón oprimido , y atormentada la conciencia , y todo ello por miserables cien duros , sin necesidad aceptados , por el vicio consumidos , y á cuyo pago ha de proveer la Usura!!!

j Pobre abuelo , pobre abuelo , y culpabilísimo nieto ! ! !

En fin, lo hecho ya no tiene remedio. Sírvame, al menos, de es- carmiento la lección hoy recibida ; acudamos mañana á la Provi- dencia de los perdidos , que es la Usura; y ahora procuremos des- cansar algunas horas , para no presentarnos á la del relevo , con el rostro de un criminal , en la Parada.


vm.

UN día aciago.— rompimiento con julia.—el judio en el potro.

(19 de Junio.)

Siempre me he burlado de la superstición que atribuye á cier- tos días de la semana la condición de nefastos , sin más causa que el nombre que llevan , ó la desdicha , cuando no la flaqueza de en- tendimiento del inventor ó inventores del mal agüero. Que vedo ha hecho severa justicia de tales patrañas , en su libro de Todas las co- sas y otras muchas mas , que leo á menudo; y sin embargo, cuando


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vuelvo la vista á la segunda parte del dia de ayer, Martes 20 de Julio de 1830, casi, casi estoy por decir que, en efecto, preside á esa tercera feria algún astro maléfico, cuando menos para los al- féreces enamorados, jugadores, y curiosos de vidas ajenas. En puridad , sin embargo, tengo que confesar paladinamente que , del martes 20 , al miércoles 21 , no he advertido declinación notable, ni mucho menos , en la siniestra influencia del susodicho maléfico planeta , ó sea en la corriente de la mal aria como dicen los italia- nos , que parece condenarme estos dias á incurable torpeza , y ri- diculas catástrofes ¡Ea!.... Basta ya de música celestial, y

ordenemos nuestros recuerdos en estas páginas , sagrado depósito

de los desahogos de mi conciencia ¡Decididamente tengo hoy

la pluma melodramática, y es preciso corregirla!.... Orden crono- lógico, pues, en mis recuerdos; canto llano al referirlos; y digá- monos, cara á cara, la verdad toda, Sr. D. Pedro Lescura , sin am- bajes ni tergiversaciones.

Alas 11 de la mañana. — Llego , al trote largo , desde el cuartel, donde he dejado la guardia, á mi humilde morada , calle del Lobo, núm, 6, manzana cuatrocientos y tantos, cuarto entresuelo. Es decir: llego á mi entresuelo, después de haber echado pié á tierra en el portal , y entregado el caballo al ordenanza que me lo cuida; porque no soy tan Centauro , con serlo mucho, que á caballo suba escaleras, y ginete en él entre en mi habitación. Habitación, sí, y habitación mia; porque Alférez y todo, abomino las casas de hués- pedes, su bazofia y fiscalización continua; y, por tanto, me permito el lujo de un piso entresuelo, de que soy inquilino en cabeza pro- pia, y donde vivo completamente independiente. La casa no es un palacio ciertamente ; pero basta á mi estado y necesidades. Primero un recibimiento con su banco verde , y en él , pintadas al oleo, las armas de mi primer apellido; una mesa de pino, cubierta con su ta- pete de bayeta verde , y la consabida percha para colgar capas y sombreros. A continuación del recibimiento , una salita casi cuadra- da, de cinco á seis varas de lado; y en último término un gabinete poco menor que la sala misma, y que es mi despacho y mi boudoir á un tiempo. En su alcoba, grande y clara, tengo la cama ; y en un retrete , á que comunica , el cuarto de aseo, como en el colegio le llamábamos. En lo interior están un comedorcito, la cocina, la des- pensa , y los cuartos necesarios para mi asistente y una cocinera vizcaína , robusta y ultra-cincuentona dueña , que mi señor abuelo


?


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me ha remitido, franca de porte, por el Ordinario, facultándome para devolvérsela cuando no me convenga; pero con prohibición ex- presa de reemplazarla, en ningún caso, con hembra por mí elegida. Precaución sabia, pero innecesaria: por instinto y hábito, prefiero la seda al percal ; y mi olfato repugna tanto el tufo á cocina, como mi oido se resiste al pintoresco lenguaje de escalera abajo. Mi vizcaina guisa bien , es fiel y es limpia ; y aunque tengo idea de que el asistente y ella andan al redopelo con frecuencia , cierro los ojos y me hago el sordo á sus civiles, disensiones. Mis muebles, en la sala, son modestísimos :. una sillería de las que llaman de caña, y son , en realidad, de haya pintada de amarillo; una mesa consola, ó consola, que no sé realmente cómo se llama, con su espejo, su reló, y sus dos floreros de ordenanza; un velador de maderas finas, y sobre él un juego de café de porcelana; algunos cuadros ( estam- pas, por supuesto, pero buenas), y una alfombra pequeña al pié del sofá. En cuanto al gabinete, que es el tabernáculo, el sancta sane- torum de mi tugurio, la cosa varia de aspecto; y una carta de mi abuelo, enumerándome, en dogmático estilo y letra digna de un códice escurialense , los inconvenientes del lujo moderno, da íe de mi extravagante prodigalidad al amueblarlo. Mi venerable ascen- diente, que desde luego censura la sillería de caoba, con asientos forrados en damasco azul celeste , y que consta de dos sillones, cua- tro sillas, y un sofá-confidente, como impropia de mi profesión edad y medios de subsistencia ; se indigna con que, al lado de la mesa de escribir, figure allí un tocador, con su espejo y otros ad- minículos del género común de dos, que le parecen más á propósito para una dama que para un oficial de la guardia ; y truena, en fin, contra las cortinas de muselina en el balcón, y sus correspondientes, que ocultan la puerta de la alcoba. Felizmente el buen señor ignora que en el mismísimo gabinete , las estampas de las principales bata- llas de Napoleón que él me há regalado, han cedido su lugar á otros grabados , excelentes por cierto, que representan á Venus y Adonis, á Angélica y Medoro, á Reinaldo y Armida , y ¡ Dios me lo perdone! á Abelardo y Eloísa , por fin de fiesta. Pero cuando mi abuelo estallaría de cólera, es si llegara á saber que, sobre el mal- hadado tocador, hay no solamente peines, cepillos, bandolina, esen- cias, agua de olor y pomadas finas, como las de Fígaro, sí no tal vez alfileres y horquillas y un pasacintas, por lo que tronar pu-*^ diese... «^ •- -u ^ iiú uij¿» ,iu.jn;j i^uuJUüííáítiu ;,:-í.:j '


DE UN CORONEL RETIRADO. 633

¡Ya se vé! A los setenta años cumplido», se ha olvidado, si alguna vez se supo, que en casa de un soltero de veintidós, militar, y ¿por qué no confesarlo? Muy sensible á los encantos del bello sexo, pueden muy bien ser necesarios ciertos artículos de perfumería y tocado, principal, sino exclusivamente, propios del género fe- menino.

Sea como quiera , acababa yo de sustituir en mi persona el peti (dicbo sea con perdón de Garcilaso, de Cervantes y de la Real Aca- demia española) , úpeti, digo,» ó pequeño uniforme de diario, al de gala con que se hace siempre el servicio en Palacio, y disponíame á salir de casa en demanda del usurero Leviatani, cuando un fu- rioso campanillazo primero, y la aparición inmediata de mi asis- tente en la puerta del gabinete , me anunciaron que alguna visita importuna, venia á impedirme emprender la poco grata , pero in- dispensable expedición proyectada.

— ¡Mi Alférez! Dijo el asistente en voz respetuosa, pero con burlón semblante.

— ¿Qué ocurre, Sr. Santiago? — Le repliqué mohíno.

— Le buscan á V.

— Pues no estoy en casa.

— Es que

— Es que voy á romperte algún hueso, si me replicas. Ya he di- cho que no estoy en casa.

— Muy bien mi Alférez: pero, como la señorita Julia suele

— i Dios me valga ! ¿Es Julia la que ha llamado?

— Sí señor, mi Alférez. Yo la he dicho, sin abrir la puerta, que no sabia si estaba V. en casa; pero me ha contestado que soy tan pillo como... como... ¡En fin, tan pillo!.. Y además que escanda- lizará la <5asa , y la calle y el barrio , si V. no la recibe inmediata- mente.

— i Y lo hará como lo dice; porque ella es mujer de palabra!

Tan de palabra, que, en el momento de estar yo diciéndolo, comenzó á sonar de nuevo la campanilla , como á rebato , y mi vizcaína, alarmada no sin motivo, á proferir á voz en cuello, frases en su enrevesado é incomprensible lenguaje , que no debían de ser amorosas, ni mucho menos.

¦• — ¡Ábrele! — Dije á Santiago — ¡Ábrele; y que entre, con mil de á caballo ! Más vale que me importune aquí con sus lamenta- ciones, que escandalizar, en efecto, el barrio.


634 .orr— MEMORIAS

Si yo me hubiera conducido con aquella sensible bordadora, como Teseo con Ariadna, abandonándola en la isla desierta, de cuyo nombre no me importa un bledo no acordarme , apenas mere- ciera el duro trato y amarguísimas reconvenciones con que la tal Julia me castigó , por el delito de no haberla visto en ocho ó diez dias , ni haber contestado en cuatro ó cinco, á la última de sus epís- tolas, que realmente no sé en el bolsillo de cuál de mis uniformes tengo depositada. — Desde monstruo hasta jíj«7^; desde ingrato hasta mal caballero , no me ha quedado improperio alguno por oír de aquella linda, pero desenfrenada boca. Habituado, no obstante, á las tormentas frecuentísimas en aquel cielo de mis democráticos amores , en otra ocasión cualquiera , hubiera tomado la cosa como conviene , oyendo la primera descarga impasible , tomando luego á mi vez la ofensiva , y por último , precipitando pantomímica- mente la reconciliación de costumbre en tales casos.

Pero , en primer lugar , no estaba yo para reconciliaciones ; y en segundo, la hora me apremiaba. — Díme, pues, con serenidad estoica, por convicto y confeso de todas las iniquidades de que Julia me acusaba ; decláreme indigno del generoso perdón , que, al ver mi entereza , llegó á ofrecérseme ; devolví , á la primera insinuación cartas , rizo y sortija ; y á las lágrimas de la ofendida insensible , acompáñela con glacial cortesía hasta la puerta de mi habitación, donde la dejé sin remordimiento alguno, y sin que me produjera el menor efecto su amenaza de reemplazarme en el día mismo. — ¡Dios lo haga para su bien y mi tranquilidad futura!

A la %na de la tarde. — Desembarazado, al fin, del amor no sé si á realce ó al pasado, de mi bordadora, salí de casa, encami- nándome por la Carrera de San Gerónimo á la Puerta del Sol , y de allí , por la calle de la Montera , á la de Jacometrezo , en una de cuyas primeras casas, tiene asentados sus reales, y aun sus pesos duros y sus onzas de oro , el italiano usurero , á quien los azares del juego me obligaban á visitar aquel día.

Dicen mis compañeros que, con mi sombrero de tres picos puesto en batalla y muy pronunciadamente inclinado sobre el lado derecho ; mi andar á saltos ; mi movimiento de hombros que lleva charretera y capona en oscilación perpetua ; y mi manera de mirar á todo cristiano al entrecejo , y á toda cristiana ó mora á las niñas de los ojos , tengo un aire tan pendenciero y provocativo , que solo al de Fernando y Manolo, dos tenientes de la ^Guardia de infan-


DE ÜN COROÍíEL RETIRADO. 635

tería, muy buenos mozos ambos y muy largos de manos, puede compararse. A mi juicio se engañan; yo me tengo por un joven pacifico y prudente ; pero el hecho es que llevo ya más de un lance por mi maldito aire , que algo debe tener de provocativo , pues que en efecto provoca.

Hoy , sin embargo , conozco que mi fibra está enervada ; que mi andar carece de elasticidad ; que mis hombros van inmóviles como los de un recluta gallego en filas ; y que mis ojos se clavan en el suelo como los de un fraile novicio. La cosa no tiene duda: creo que me ha codeado un lechuguino , y que pasaron á mi lado suce- sivamente, dos mujeres jóvenes, de buen aire y con mantilla de tafetán ( que es para mi , llevada con gracia , prenda esencialmente incitativa) , sin que me haya dignado más que arrojar al pisa- verde de un empujón al arroyo , y mirar de reojo , pero sin inter- rumpir mi camino , á las dos bellas , cuyos hechiceros rostros ape- nas ocultaban sus velos de blonda.

Y es que voy á casa de Leviatani, como en fuerza de un violento dolor de muelas , iria á casa del dentista ; y que allá voy , á un tiempo por mi voluntad y muy á pesar mió; que voy, en fin, ali- caído, casi cobarde, pésele á mi uniforme.

En tan mala situación de espiritu , y en mis melancólicas refle- xiones abstraído , subia yo la calle de la Montera , cuando , desta- cándose de un grupo de oficiales , estacionado como de costumbre á tal hora delante de la tienda de Galarza, vinose á mí y me detuvo , asiéndome del brazo , Simón del Reducto , el oficial más normalmente pendenciero , y más habitualmente víctima de los entreses , de cuantos en el gremio de los calaveras á justo .título figuran.

Simón no provoca á nadie en su vida ; pero tiene la desgracia, de que en torno suyo no pueda ni volar un mosquito , sin que él se dé por ofendido ; y tiene , además , una invencible propensión á exi- gir la responsabilidad de sus enojos al varón que en el acto más á mano encuentra.

Simón juega como un caballero, siempre á sus expensas; y profesando la doctrina de que es imposible ganar un entres , no solo juega todos los que el banquero tira espontáneamente , sino que pide todos los que aquel tirar no quisiera , y se bate además con él , si complacerle rehusa.

Simón, además, pierde infaliblemente cuantos entreses juega;

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636 MEMoftíÁé

y como no posee las minas del Perú , ni los tesoros de Creso , ni quiere tampoco dejar de pagar sus deudas de juego , está en rela- ción continua , normal , ya casi natural , con la usura madrileña, en todas sus varias y repugnantes formas , desde la aristocrática del pagaré y el tanto por ciento al mes , hasta la plebeya del real por duro á la semana.

Llegan los vencimientos, y Simón paga siempre que puede, pero no puede siempre , aunque en definitivo resultado viene siem- pre á pagar más que recibe , con el moderado rédito de un ciento por ciento. Los usureros, sin embargo, no teniendo otra virtud de que blasonar , suelen hacerlo de la de la formalidad en lo que ellos llaman negocios, y alborotarse, por ende, y acosar á sus miseros deudores, y darles públicos escándalos, cuando al ven- cimiento de sus créditos , no se les reintegra el capital , ó se les anticipan los réditos de un nuevo plazo. — En tales casos , y para él son frecuentes , mi amigo Simón comienza por hacerle reflexio- nes de moralidad y clemencia al acreedor que le importuna; si el hombre se obstina , acude á las ofertas más solemnes y más seduc- toras ; y si á todo se resiste el corazón empedernido del usurero, adminístrale una soberana paliza , por via de pago á buena cuenta.

Aun no hace ocho dias que á Leviatani , en el mismo sitio en que me ha detenido á mí , le administró una contundente correc- ción fraterna con la vaina del sable , por haberle el digno capi- talista requerido en público, á voces, á las dos de la tarde y con formas nada corteses, al pago de unos maravedís que le adeudaba.

Tal es el hombre que , poniéndome la mano en el hombro , me detuvo, exclamando:

— ¿Qué tienes, poeta, que con ese aire de paisano celoso, y esa cara de buho, huyes de las gentes"? ¿Qué te ha sucedido? ¿A dón- de vas con tan fúnebre paso?

— Tengo, mi querido Simón, un humor de perro; me ha sucedi- do perder anoche, en Palacio, el dinero que tenia y el que no tenia; y voy á casa de Leviatani. Considera tú si hay razones para mi cara de buho y mi paso fúnebre.

— ¡ Bah ! Todo eso es para mí el pan cuotidiano ; y si por eso hubiera de entristecerme....! Mira: anoche, sin ir más lejos, en la tertulia de ese Juan Fernandez, empleado en loterías con 4.000 rea- les al ano , y que , casado y cuatro ó seis chicos , recibe á diario,


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 6í^1

y da bailes , — ¡ con agua y panales , chico ! — todos los doming-os. . .

— Le conozco y á su tertulia también.

— Ya sé que le conoces. ¿No fué en su casa donde Juanito y tú pusisteis, habrá un mes, á la puerta á todos los paisanos, sin dejarles llevarse las mujeres ni las hijas....?

— Perdona, Simón : les permitimos sacar á todas las de cincuen- ta para arriba.

— ¡ Oh , si! Juanito y tú sois personas de mucha moderación. . . . ! Pero, en fin , como te iba diciendo , anoche en esa tertulia tallaba el Americano.

— ¿Qué Americano?

— Hombre, el Habanero que dicen ser tan rico, y que es Co- mandante de voluntarios realistas no sé de donde

— Ya sé de quién hablas.

— Pues ese tallaba , y no echó á ganar un solo entres en toda la noche.

— En cambio tú los jugarlas todos k perder.

— Cabal. Se me acabó el dinero , tomé de la banca misma seis onzas

— Que perderlas, como de costumbre.

— Todas , chico , todas menos media que me quedaba al tirarse la última talla. Perdió en ella el xlmericano el albur y el gallo; pedile el entres, primero arriba y abajo luego , negómelo rotunda- mente las dos veces , y como tú sabes cuan fácilmente se me sube el humo á la parra , arrancándole la baraja de las manos, se la ar- rojé á la cara.

— ¡ Buena se armaría !

— ¡ Figúrate ! — La chica de la Generala, con quien dicen que está el hombre en relaciones , se desmayó en brazos de un teniente de provinciales que habia ganado unos pesos haciendo oreja; la madre, que es un lince , aprovechó la ocasión para levantar el últi- mo muerto por aquella noche ; la comisaria , la intendenta , y toda la bandada de las cucas, ponian el grito en el cielo , y al lotero, que me la quiso echar de amo de casa , me vi en la dolorosa necesidad de amonestarle con la punta de mi bota.

— ¿Y en qué paró el lance?

— Todavía no ha parado. Yo salí de allí atropellando jamonas y echando á rodar lechuguinos de pega, pero, como tú comprendes, tengo que batirme con el Americano.


63^ MEMOEÍAS

— ¿Te ha enviado ya sus padrinos, ó te retó anoche?

— Nada chico , nada ; pero ya conoces que , hab iéndole azotado el rostro con la baraja, estoy en la obligación de batirme.

— A él es á quien le toca buscarte.

— En rigor, razón tienes ; pero mira , yo le he tratado muy mal, y le debo una reparación, que le daré sin que él me la pida.

— Dudoso me parece que te lo agradezca; pero, en fin....!

— Lo dicho: sé lo que debo hacer, y lo haré. Solo un escrúpulo me detiene. Antes de batirme con él, debo pagarle. — Indudable. — Y no tengo un cuarto. — Comprendo la situación. — ¿No me has dicho que ibas á casa de Leviatani?

— Cierto.

— Pues vamos juntos. ¡Anda!

— ¿Tú á casa de Levatani? ¿Tú? — Después de la paliza que tan recientemente

— No es la primera , y puede ser que no sea tampoco la última; pero yo, por mi parte, ya la tengo olvidada.

— ¡Ya! Pero él

— Leviatani es un excelente hombre, que se hace cargo, median- te un equitativo tanto por ciento , de las locuras de la juventud necesitada. Vamos allá. ¿Qué podrá sucederme? ¿Que me diga que no? Pues me quedaré como estoy. ¡Vamos, poeta mió , vamos! en marcha y al paso de ataque.

Y diciendo y haciendo , asióme del brazo , y echó á andar con- migo hacia la casa del usurero , con la misma confianza que pu- diera el primer banquero de Inglaterra presentarse á descontar su firma en la bolsa de Londres.

A la verdad yo iba temblando que la sola presencia de Simón bastara para que á mi tampoco me diera un maravedí Leviatani; pero , como conozco y quiero mucho á mi compañero , he preferi- do resignarme á su capricho , á tener con él un lance , contradi- ciendo le.

Ciento y pico de peldaños de una escalera oscura , escabrosa y estrecha, subimos para llegar al nido de Leviatani , perchado diria un rey de armas , allá en un piso tercero , sobre entresuelo , en una de las casas más viejas y menos limpias de la angosta calle de Ja- cometrezo. Llamé yo á la puerta; reconocióme á través de la reji-


DE UN CORONEL RETIRADO. 639

Ha de su registro el receloso prestamista ; y creyéndome sin duda solo, corrió uno tras otro dos cerrojos , dio otras tantas vueltas á la llave , y finalmente , alzando el picaporte , abrió lo bastante y no más, para darme paso. Entré, y ya Leviatani empujaba la puerta para cerrarla tras de mi , cuando Simón , con todo el aplomo y gra- vedad cómica que le caracterizan , se le interpuso y penetró resuel- to en aquel santuario de Pluto.

— ¡Corpo di Baco! Exclamó el usurero sin poder contenerse, al reconocer y mirar dentro de su casa al que sus costillas tenian to- da via muy presente. — ¡ Corpo di Baco ! ¡ Qui quest'uomo !

— Beso á V. la mano , Sr. Leviatani (le dijo Simón , saludándole profundamente). ¿No me esperaba V? Lo comprendo; pero á mi me trae aquí un remordimiento de conciencia. Conozco y confieso que anduve un poco violento un poco

— Non parliamo di questo, sinore. Repuso el usurero, que tal vez presentía un nuevo chaparrón de garrotazos, tras la temible contrición de su refractario deudor, que prosiguió diciendo :

— Al contrario, Leviatani, al contrario. Yo he ofendido á V., lo confieso; y estoy pronto á darle satisfacción. Elija V. armas.

— ¡Ma, per carita, Padroneü

— Habla en cristiano , belitre , si quieres que te entienda ; replicó mi amigo, ya perdiendo los estribos.

Entonces el usurero, en su algarabía italo-hispánica , declinó, como puede suponerse , la satisfacción ofrecida , añadiendo que se daria por más qxie contento, si el Ilustrísimo Don Simón le pagaba la deuda.

— A eso vengo ; le contestó impávido y con grande asombro mió, el Ilustrísimo.

— ¡A eso! ¡Siete un galantuomo! Exclamó Leviatani lleno de gozo.

— ¿Pues á qué querías que viniera, judío?

— ¡Católico romano, comme la vostra Eccelenza!

— ¡Tú católico ! No, Leviatani, no: yo te he visto en el prendi- miento de Cristo. Tú eres judio y de raza pura ; pero , en fin , vengo á pagarte.

Nuestro STiylocTi, como Simón le hubiera llamado, á tener noticia de aquel soberano tipo de la usura por Shakespeare creado ; nues- tro Shylock , digo yo , atento solo á la palabra j^ago, resignóse á la injuria , quizá no muy gratuita , de ser llamado Sehreo, y pre-


640 MEMORIAS

g-untó solo , modestamente , cómo y cuándo mi amigo se proponia pagarle.

— Veamos (le respondió Simón): Tú me diste

— Cincuenta diiri.

— Menos siete y medio , por los intereses anticipados de un tri- mestre , al cinco por ciento al mes.

Leviatani no desplegó sus labios.

— ¿Cuánto hace que venció el pagaré?

— Sei mezi, Padrone.

— ¿Importa , pues, mi deuda hoy?

— Mille et tré centi reali.

— ¿Es decir : que habiendo recibido cuarenta y dos duros y medio, te debo hoy sesenta y cinco?

Una simple inclinación de cabeza del usurero , manifestó su con- formidad con aquel cálculo ; Simón prosiguió diciendo :

— ¿En cuánto estimas los palos recibidos?

— ¡Ma, Padrone....!

— Ni yo soy tu Patrón, ni lo he sido, ni lo seré de nadie, Dios mediante! ¿En cuánto estimas los palos recibidos? ¿Te darás por contento con unB. onza de gratificación?

— j Siete un galantuomo , Ilustrísimo Signor Simone , siete un galantuomo! Ma, veramente

— Reconozco, pues, que te debo, y estoy pronto á pagarte ochenta y un duros , que son mil seiscientos veinte reales vellón , en esta tierra de garbanzos.

Lleno de asombro y júbilo , pero no sin algún recelo , Leviatani miraba á su deudor de hito en hito , con meloso semblante , equí- voca sonrisa , y una expresión de desconfianza en los ojos , muy parecida á la del perro , que esperando palos , se ve inopinadamente halagado por un amo ordinariamente duro. Yo, por mi parte, para evitar en lo posible toda participación en aquella escena , cuyo desenlace me parecía probable que fuera estrepitoso , daba vueltas por el cuarto del usurero, especie de Museo de viejo, donde se veia reunida en anárquico desorden , la más extraña colección de obje- tos heterogéneos que imaginarse puede.

Cuadros y utensilios de cocina ; armas de todos géneros y fechas, pendientes al lado de crucifijos y pilillas de agua bendita ; cascos, morriones y kolbaks, revueltos con mantillas y cofias, de moda unas , y fabulosas otras ; uniformes y manteos ; trajes de señora,


PE UN CORONEL RETIRADO. 641

mantos de grandes cruces y de las órdenes militares ; sillas de ca- ballo y bronces artísticos ; libros, en fin, también libros y brújulas, y sextantes, y bastidores de bordar, y belones, quinqués, lámpa- ras, navajas de afeitar, fuelles de chimenea y baratijas de quinca- llería, daban allí evidente testimonio de que todos los estados, condiciones, capacidades y sexos, pagan á la usura, en Madrid, su tributo en señal de vasallaje , y demostración de que el lujo y la miseria son hermanos gemelos.

No soy ciertamente melancólico por naturaleza , ni tampoco á la filosofía especulativa muy inclinado : pero tengo que confesar que , al aspecto de aquella colección de las miserias humanas , re- presentadas por los trofeos de la usura , sentime entristecido , y quedémd como en éxtasis , contemplando sin verla acaso muy bien, una maravilla del arte y paciencia de los chinos , que sobre una antigua mesa dorada , con su magnifica piedra de mármol , tenia Leviatani , con cierto esmero y excepcional limpieza colocada. Era uno de esos barcos , cuya forma exótica y corte anti-maritimo re- velan la extravagante originalidad en todo de los habitantes del celeste imperio , y á que se da el nombre en los mares del mismo, de champanes. Su tamaño era, por lo menos, el de media vara de " longitud ; todo él de marfil , exquisita y prolijamente labrado de la quilla á los topes ; y compuesto de un sin número de piezas , que, separándose , dejaban ver lo interior del buque, cámaras, sollado y bodegas, y en aquellas los pasajeros, en el segundo la parte de la tripulación que' no figuraba sobre cubierta ó en las vergas , y en la última un cargamento vario. Desde que me acerqué á la mesa, Leviatani , como si me hiciera el honor de suponerme capaz de robarle ó estropearle aquella alhaja , seguíame con la vista siempre que del rostro de Simón osaba apartarla.

En tanto , mi amigo , después de una breve pausa , prosiguió su discurso con imperturbable serenidad.

— ¿Decíamos, pues, que te debo, y quiero, y voy apagarte ochenta y un duros?

— Son pronto , mió signore.

— Pronto , sí, muy pronto: ahora mismo, si quieres.

— ¡ Bonísimo , Padrone !

— ¿Otra vez. Patrón, canalla....? En fin, voy á pagarte ahora mismo. Saca cuatro mil reales en oro ó plata, en moneda colum- naria , si quieres , que á todo me avengo ; te cobras , primero el


642 MEMORIAS

interés que señales , estoy dispuesto á no regatear contigo ; luego te pago tus ochenta duros ; y tutti contenti, como tú dices.

A un mismo tiempo soltamos, yo una estrepitosa carcajada, y el desventurado Leviatani un lastimoso rugido , capaz de poner en movimiento todas las ratas del barrio.

Simón nos miraba impertérrito , á mi guiñándome el ojo en se- ñal de triunfo ; y al usurero con una expresión indefinible de ira y desprecio.

A pesar del temor que, no sin causa, le inspiraba mi compañe- ro, el pobre Leviatani, confiando sin duda en mi intervención, y pidiéndole á su avaricia el aliento de que su cobardia le privaba, negóse resueltamente á la pretensión , singular por lo menos , de su deudor; y sin escuchar reflexión de ningún género, resignóse al parecer á las consecuencias de su rotunda negativa , encerrán- dose , como el galápago en su concha , en la más desconsoladora de las fórmulas posibles, esto es, en un constante y repetido: — « ¡ No tengo un mará vedi ; nadie me paga ; « Voi lo sapete ; » moriré pronto de hambre , y en el hospital ! »

Tanto para dar otro giro á la conversación en que hasta enton- ces no habia terciado , como |para entablarla yo, á mi vez , con el usurero , sin proponerle desde luego en tan mala ocasión lo que deseaba , ocurrióseme entonces preguntarle qué valor tendría , en su concepto, el Champan chino de marfil que, como he dicho, es- taba sobre la mesa.

— ¡Oh Dio, padrone! (contestóme); c'é una maraviglia, una vera maraviglia.

— Primoroso es , si ; pero ¿qué vale?

— Mille duri ha costado.

— ¿Mil duros ha dado V. por esto?

— ¡Non io, non. Non ho mai avuti in tasca mille duri! Una ra- gazza, una ballerina, ¿Sentite? l'a ricevuto d'un suo protetore, un anglese. Poi, poi...

— ¡Sí, vamos! Después se acabó el protectorado, bajaron los fondos, y el Champan se ha empeñado por cinco ó seis onzas á lo sumo,

— ¡Trecento düri, trecento duri!

— ¡ Trescientos duros por esa baratija ! Exclamó Simón enton- ces, fe Y te niegas , alma de cántaro , á prestarle doscientos á un Oficial de la Guardia? ¿No valgo yo lo que un barco chinesco? Res- ponde , enemigo de Jesucristo.


DE ÜN CORONEL RETIRADO. 648

Leviatani juzgó prudente no responder á aquella más fervorosa que benévola interpelación , y apartándose á un ángulo de la sala conmigo , oyóme , y después de preguntarme por la salud de mi abuelo y enterarse del estado de mis relaciones con la persona que me suministraba de su cuenta las asistencias , ofreció darme los cuatro mil reales que le pedí , mediante las condiciones de costum- bre, y la desaparición de la escena de mi peligroso compañero.

Hacerle retirar no era íáciT, y en excogitar algún medio para conseguirlo pacificamente estaba yo ocupado , cuando oí un grito tal y tan lastimoso, que — ¡Dios me lo perdone! — hízome temer un momento que , exasperado Simón , le hubiese dado al Usurero algún golpe. Mas sin ser esa la causa del ahullido de Leviatani , eché de ver al instante que no le faltó en realidad motivo para acongojarse.

Porque , en efecto , Simón habia cogido por sus frágiles palos el barco de marfil , y saliendo, con él asi agarrado, al balcón de la es- tancia que estaba abierto, tenia la fragilísima alhaja suspendida en el aire sobre un vano de cuarenta á cincuenta pies , cuando me- nos, que aquel piso tenia sobre el pavimento de la calle.

Figúrese el que pueda , porque yo no acierto á pintarlo , la amar- ga ironía y aire cómicamente triunfal de Simón , y la angustia sincerisima, el terror codicioso del usurero, que tan en peligro veia sus trescientos duros sobre el champan hipotecados.

— Queridísimo judio, bribón muy estimado, decia mi compa- ñero, con la misma unción que pudiera un ministro del Santo Ofi- cio al reo en el potro : dos minutos tienes para elegir , entre apron- tar los consabidos cuatro mil reales (esta vez sin cobrarte los ochenta y uno del pico ) , ó ser testigo de cómo dejo caer á la calle esta maravilla del arte chinesco.

— Mi rovinate, padrone ilustrísimo! Mi rovinate.

— ¡El tiempo vuela! replicó secamente Simón.

— ¡ Cincuenta duri , carísimo signore ! . . . .

— Doscientos; y en oro.

— Ma non posso ; vi dico, que non posso.

— Y yo te digo que me canso , y voy á soltar el micho.

— Cento duri, carísimo don Simone.

— Doscientos; y en el acto.

¿Qué habia de hacer el desventurado? Capitular, al cabo, como lo hizo , mediante mi intervención y garantía. Simón se convino


644 MEMORIAS DE ÜN CORONEL RETIRADO.

en recibir solamente en metálico mil setecientos ochenta reales ; á dar recibo de cuatro mil , cancelándose el de su deuda anterior ; y por fin , al reintegro mediante el pago de una onza mensual, cuando menos. A mí , como pagador más sumiso , dióme Leviatani lo que le pedí , al módico interés del cuatro por ciento mensual.

Salimos , pues , á la calle satisfechos uno J otro , y Simón , or- gulloso del triunfo á su ingenio debido. En cuanto á Leviatani, temo que , si no se sangra , el susto le salga á la cara.

Desde la calle de Jacometrezo j Cáspita ! . . , . ¡Las dos de la

mañana en mi reló ! Digamos con Baltasar del Alcázar :

"Las once dan ; yo me duermo ; "Quédese para mañana.»

Y basta por hoy de Diario.

Patricio pe la Escosura, (Se contímtará.J


REVISTA POLÍTICA. - INTERIOR.[editar]

Los partidos y las escuelas sufren esenciales modificaciones cuando des_ aparecen sus naturales cabezas ; aun prescindiendo , si fuese dado prescin- dir, de las ideas y tendencias políticas que representan , de las necesidades sociales que satisfacen ó pretenden satisfacer aquellas g-randes agrupacio- nes , es de todo punto indudable que los partidos participan siempre de las calidades j condiciones de la persona que los organiza y les da dirección é impulso. La historia de todos los tiempos y de todos los pueblos atesti- gua esta verdad de tal manera , que si se estudian con imparcialidad los períodos en que han dominado las diferentes fuerzas pohticas de cada na- ción, se verá que los partidos que las encaman han llegado á presentar una fisonomía especial, en la cual se han reflejado, por lo común, hasta las condiciones de carácter de sus jefes respectivos.

La muerte, pues, del Sr. Duque de Valencia no puede menos de influir más ó menos lentamente en la vida de la parcialidad de que era natural caudillo , y por consiguiente en la marcha de la sociedad española. Con gran injusticia nos juzgaría quien se atreviese á suponernos capaces de consignar la más leve censura pohtica enfrente de im sepulcro. No es hoy el día en que puedan ni deban abrirse las páginas imparciales de la historia para el general Narvaez. Su muerte ha de modificar, como antes hemos dicho , la faz política de la nación , aun contra la voluntad de los hombres: si esto no sucediese , se quebrantarían , para desmentirnos , las leyes eter- nas del mundo moral.

S. M, la Reina en legítimo uso de su libérrima prerogativa , ha puesto las riendas del poder en manos del Sr. González Brabo , nombrándole Presidente del Consejo de Ministros. El nombre del jefe del nuevo Gabi- nete ha flotado demasiado tiempo sobre la superficie de las corrientes po- líticas de la moderna sociedad española para que el país tenga que adivi- nar las no comunes condiciones de que está dotado . Alma inflamable por natural temperamento, recorre con facilidad el camino que se propone


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andar , no serán ciertamente la energía ni la decisión cualidades que le falten al nuevo Gobierno.

En cumplimiento de un deber que el mismo Presidente del Consejo confiesa , se presenta el Sr. González Brabo ante los Cuerpos Colegislado- res á hacer lo que en el lenguaje de la política moderna se llama el pro- grama político del Gabinete.

«Gobierno de resistencia franca á toda tendencia revolucionaria» era el Ministerio que presidia el Sr. Duque de Valencia ; gobierno de resistencia franca á toda tendencia revolucionaria es el Ministerio que preside el Sr. González Brabo: su exaltación al poder la explica modestamente el nuevo Presidente del Consejo por la necesidad de «no quebrantar la tra- bazón de intereses conservadores , monárquicos , religiosos j constitucio- nales que se habían creado á la sombra de la anterior administración.»

El Ministerio del Sr. González Brabo es , segvm declaración propia , en la ocasión presente natural sostenimiento de la sociedad , de la Monarquía, de la religión y de la Constitución del Estado.

El nuevo Gabinete acepta, sin embargo, la ley fundamental con las mo- dificaciones en ella establecidas por las nuevas reformas , las cuales vienen á quedar consolidadas por estas declaraciones , sin que nadie tenga , de ahora en adelante , motivo ni pretexto para dudar de su estabilidad , ni para considerarlas como de índole transitoria.

Mas en nuestro sentir , por un impulso de cortesía , que por ninguna otra alta razón política, declara el Ministerio que necesita del concurso de «todas las personas que se interesan por la conservación de los elementos fundamentales de esta sociedad , por la conservación de las instituciones que nos rigen , » y decimos más por un impulso de cortesía que por nin- guna otra razón política, porque, dejando á parte la consideración de que vm Ministro que cuenta con el apoyo de grandes mayorías y con la con- fianza de la Corona tiene motivos para estimarse fuerte ; es lo cierto que las conciliaciones políticas solo pueden realizarse dignamente teniendo por base única y exclusiva la transacción en los principios.

Los gobiernos representativos son gobiernos de transacciones perpetuas, hay que buscar la moralidad de las acciones humanas en las sociedades regidas por esta clase de instituciones en el fin que las motiva , y en los resultados que pueden dar de sí con relación á los intereses públicos.

Las condiciones esenciales de aquellos gobiernos son unas mismas en to- das las naciones que han llegado á plantearlos. Los hombres y los partidos que no se avergüenzan del dictado de liberales , aunque aprecien de dis- tinto modo la cuestión que nace de los limites que debe tener el Estado y concedan extensión diferente á los derechos individuales, pueden tran- sigir en lo accidental cuando á ello les obligue el bien común , pero no ?íi lo esencial , porque para que esto fuese posible seria necesario empezar


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por hacer añicos la lógica j negar por completo la doctrina de los partidos. Lo absolutamente bueno y lo absolutamente malo en la opinión de cada escuela ha de ser bueno y malo , sean cuales sean las circunstancias del mo- mento en que deban apreciarse.

Cuantos crean que el porvenir intelectual de un país está en salvo dentro de las condiciones á que está sujeta la instrucción pública por la ley vi- gente, deben unirse al actual Ministerio; cuantos estimen justo límite de las libertades de la prensa y déla tribuna el que señala la nueva lej de imprenta j los reglamentos de los Cuerpos Colegisladores, deben soste- ner y ensalzar al actual Ministerio ; cuantos entiendan que ofrece suficien- tes garantías á la seguridad individual la lej de orden público , partidarios naturales son del actual Ministerio. La situación es despejadísima; un orden de trascendentales reformas ha venido á establecer el organismo político en que vive actualmente la nación española ; dentro de las pres- cripciones legales cabe el aplauso j la desaprobación , el apojo j la irres- ponsabilidad , ya que no la censura. Deslindados por completo los cam- pos políticos, gana la patria, ganan las instituciones, gana la dignidad de los partidos.

Sean pocos , si hubiese algunos , los que den de hoy más el repugnante espectáculo de contraer alianzas inexplicables , de establecer injustificadas separaciones. Al destruir el destino la existencia de los que encamaban en sus propias personas las aspiraciones de sus parciales, contribuyan to- dos con la lealtad de su conducta , con la sinceridad de sus propósitos, con la franqueza de sus declaraciones á la reconcentración de las fuerzas políticas que nacen del culto á las ideas , y entonces si que cada uno por diverso camino habrá contribuido á la conservación de los elementos fun- damentales de la nacionalidad española.

Los principios de la sociedad moderna son el progreso humano , son el desarrollo natural de la idea cristiana: un miembro ilustre de la Iglesia ha dicho hace pocos dias en una ocasión solemne hablando de su país , y nosotros lo repetimos de la nación española :

«Lo que Francia ha deseado , lo que Dios quiere , es el triunfo de la

«justicia , de la libertad, de la fraternidad verdadera, de la religión

»E1 sabio , dice Platón , es aquel que arregla su vida al movimiento univer- »sal del mundo »

»La república cristiana, añade el P. Gratry, que la persona á que nos «referimos, fundada sobre las máximas del Evangelio, es la única sociedad »en que fermenta la fuerza progresiva, que desde hace diez y nueve siglos «vemos en acción en la historia y que es el origen de todos los movimien- »tos del mundo moderno.

«El movimiento contemporáneo (traducimos literalmente), que dura «hace un siglo , no es sino un movimiento secundario de aquel movimien-


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»to principal; como en los movimientos de nuestro planeta, el mismo im- )>pulso crea el dia j produce el año. Los que combaten cualquiera de estos «dos movimientos en nombre del otro , son soldados de una misma hueste »que se acuchillan en las sombras.»

Combatir la libertad en nombre de la religión , es desfigurar lo que hay más digno de respeto en la tierra , es usar un arma vedada , es manchar con los odios de los hombres el pensamiento de Dios ; combatir la religión en nombre de la libertad, es negar la libertad misma. Para los primeros, la humanidad vivirá siempre en la Edad Media ; para los segundos , en el siglo XVIII , unos y otros son los enemigos más implacables de las causas que pretenden sustentar.

En la falsa idea que ha dominado por espacio de siglos en nuestro país á propósito de tan importante cuestión, hay sin duda alguna que buscar una de las causas de la decadencia española. En I5l0 , dice el conde de Monta- lembert : «Inglaterra aniquilada por la guerra de las dos Rosas , despojada »de sus posesiones de Francia, sin ser dueña aún de la Escocia, sin colo- »nias y sin marina, apenas figuraba entre las potencias importantes de "Europa. En I5l0, España, libre del yugo de los moros, después de siete «siglos de lucha sin igual en la historia, constituida bajo el cetro de "Isabel yFernando, dueña del Nuevo Mundo, señora de losPaises-Bajos, de »la mitad de Italia y de todo el norte de África, domina el mundo cristiano.

»Tres siglos después, Inglaterra, á pesar de sus revoluciones, de sus "guerras religiosas, de sus luchas con Francia, está á punto de ocupar el «primer puesto en la dirección de los negocios del mundo. No halla rival »en los mares, es la reina del comercio y de la industria, tiene un pié en "Gibraltar, otro en Malta, fimda un imperio en Asia, otro en América, «que tal vez la eclipse un dia, marcha de grandeza en grandeza.

"¿Qué le sucede á España?

«A pesar de las virtudes de sus heroicos hijos , » contesta el mismo con- de de Montalembert : «España casi no existe en Europa.»

« Pitt y Godoy : estos dos nombres resumen el destino de estas dos "grandes naciones cristianas á principio del siglo XIX.

"En un lado la vida , y la vida en su más fecimdo esplendor; en el otro

»la muerte , ¡ y qué muerte!

» , ••.."

Hemos hecho esta cita y las anteriores , porque se vea qué juicio tiene formado del absolutismo español , del absolutimo de los tiempos que tanto ensalzan ciertos hombres , una de las inteligencias más distinguidas de la escuela católica , asi como las apreciaciones de otra eminencia de la mis- ma escuela sobre el espíritu de los tiempos modernos.

Si nos fuese dado , presentaríamos observaciones de la misma ó mayor autoridad, acerca de las consecuencias que han tenido, según atestigua la


iÑTEHioft. 649

historia, las reacciones políticas. Basta hoy á nuestro propósito recordar las siguientes palabras de Balmes, cuya autoridad no despreciarán, por cierto, los enemigos de las nuevas ideas.

" En el estado actual de las naciones modernas ; en el mismo carácter de su civiliza- ción, se hallan causas profundas, necesarias, poderosas, irresistibles, que impiden el completo aislamiento de un pueblo , y que frustran los designios que á tal objeto se dirijan por más bien combinados que se les supongan. Hay la imprenta del mismo país, que con libertad ó con previa censura, hace participar del movimiento general de las ideas ; que hace conocer las nuevas teorfas , aunque sea combatiéndolas , que da noticia de los nuevos sistemas , aunque sea abominando de ellos. Hay la imprenta extranjera, que á pesar de todas las trabas y de las más severas prohibiciones , echa sus libros, sus folletos y periódicos por encima de las aduanas , haciéndolos llegar hasta el corazón del país bloqueado. Esto lo hace difícil el Gobierno á fuerza de precauciones , mas nunca del todo imposible ; estrecha el círculo de la influencia, mas no la destruye completamente. De lo que pierden las nuevas ideas en extensión , se indemnizan algún tanto con la intensidad; porque las teorías son más engañosas cuando el que las estu- dia con amor vive en un país donde se las rechaza y ni aun se permite su examen, y las ilusiones son más seductoras cuando están á mayor distancia de la realidad en que vive el que las experimenta.

II Y no es esto decir que se haya de abandonar de un todo el sistema de la represión y de las prohibiciones ; antes bien creemos que es en muchos casos útil , y en algunos necesarios ; solo nos proponemos manifestar que este sistema es por sí solo insuficiente; que no conviene fiar demasiado en él ; que es peligroso emplearle con desmedido rigor; que es no conocer el siglo en que vivimos, ni el carácter de la civilización de las eda- des modernas , el pensar que á un Gobierno para dar á los pueblos la dirección que bien le parezca le baste el reprimir. "

Hemos hecho esta cita y las anteriores porque su lectura no puede dejar de redundar en apoyo y defensa de nuestras ideas , de nuestro propósito de defender de las censuras de sus adversarios el Gobierno representativo y los principios que dominan ó deben dominar en las naciones modernas.

Hace pocas horas una voz de gran valía en las filas de su partido ha venido en apoyo de estas ideas. El Presidente de la Cámara popular, el Sr. Conde de San Luis , ha dicho, al lamentar la muerte del Sr. Duque de Valencia, lo que sigue:

"Desde esta silla, rodeado de los elegidos de la nación, cuyo saber, ilustración y experiencia vendrán en apoyo de mis ideas, fijo los ojos en la historia y veo que los pueblos viven y marchan hollando las tumbas sin cesar abiertas de sus más preclaros conciudadanos ; contemplo las instituciones , y me persuado cada vez más de que hay una cosa superior al genio del hombre que es la garantía.de las leyes, como base de se- guridad para las naciones, é inclino la cabeza ante la Divina Providencia, para quien no son sucesos prósperos ni adversos los que así parecen á nuestra flaca razón, sino los que decide su voluntad soberana y omnipotente.

"Las instituciones representativas tienen la ventaja de que con ellas ni el bien ni el mal de los pueblos i)rocede exclusivamente de los gobiernos. No hay ciudadano á quien no alcance alguna gloria del primero , alguna responsabilidad del segundó ; todos pue- den contribuir á su ruina , todos pueden coadyuvar á su próspera suerte. Si por bajar al sepulcro un repúblico eminente pueden coligarse contra la patria todos los elemen- tos de perturbación que en ella existen, fácil es conjurar el peligro, reuniendo al ampa- ro de las leyes constitucionales , todos los elementos de orden para salvar la causa de la civilización, la causa del progreso moral y material de los pueblos."


650 REVISTA POLÍTICA.

No ha sido el señor Conde de San Luis la única persona que ha manifes- tado estos deseos. El mismo espíritu se refleja eir casi todos los discursos que se pronunciaron en la Cámara popular en la sesión á que nos referimos, no pudiendo menos de llamar la atención el inesperado y singular silencio que el Sr. Nocedal j sus amigos guardaron en los solemnes instantes en que voces elocuentes se alzaban para defender el sistema de Gobierno que ellos anatematizan.

- ¿Cómo puede explicarse este silencio? ¿Será que el Sr. Nocedal, alec- cionado por la experiencia , tiene el convencimiento de que estas frases se perderán en los ecos del espacio , como se pierde el entusiasmo en la suce- sión de los tiempos?

En la alta Cámara, el Sr. Marqués del Duero, al derramar una lágrima sobre los sepulcros de los generales Duques de Tetuan j de Valencia, crejó que la mejor manera que tenia de ensalzar á este último era recor- dando y haciendo pública en tal momento la promesa que el general Nar- vaez le habia hecho de que pronto ¡wdria dejar la política que había sido necesario seguir hasta aquí; añadiendo que «siempre habia sido liberal y que nadie debia negarlo.» Por eso el Sr. Marqués del Duero aseguraba que cuando el Presidente actual del Consejo de Ministros habia dicho que seguiria la política que estaba en la mente , en el corazón , j en la voluntad del Duque de Valencia , no podía dejar de referirse á estas declaraciones, llegando hasta presentir, casi á pronosticar, que las discusiones de la alta Cámara recobrarían la libertad de que habían disfrutado.

Ingenuamente confesamos que no existe la major armonía entre las esperanzas que el Sr. Marqués del Duero manifiesta y las declaraciones terminantes del Presidente del Consejo al animciar en su programa que el Gobierno acepta la lej fundamental « con las modificaciones en ella esta- blecidas por las nuevas reformas »


EXTERIOR.[editar]

Poco interés tendrá lo que digamos en esta parte de la Revista ; porque ni han ocurrido en las naciones de Europa sucesos importantes desde que se publicó nuestro último número , ni se ha adelantado mucho en la reso- lución de las cuestiones pendientes. Aplazados en las Cámaras inglesas los debates sobre las reformas políticas y religiosas que se han de hacer en Irlanda , ignoramos al escribir estas breves páginas si se dará la batalla entre el Gobierno y la oposición el día 27, y si quedará vencido en el pri-


EXTERIOR. 6^1

mer encuentro el Gabinete D'Israeli , como muchos esperan y como hizo creerlo el resultado délas votaciones de que dimos á su tiempo completa no- ticia á nuestros lectores. A los indicios que ya se tenian de la próxima victo- ria de los wigs en la Cámara de los Comunes haj que ag-regar otro muy significativo , á saber : el resultado de una votación relativa á un asunto de poca importancia en la que , sin embargo , el Gobierno ha quedado en minoría aunque por un solo voto. Mientras llegaba el momento decisi- vo, las huestes que se preparaban á la lucha no han estado ociosas , j los partidos han procurado atraerse la opinión discutiendo ampliamente el asimto, que habia de ser tema de los debates y de las resoluciones del Parlamento , en la prensa y en las reuniones públicas , órganos genuinos de la opinión , porque en ellas todo el mundo puede hacer oir su voz , y manifestar ;libérrimamente su dictamen sobre las cosas que por lo mismo que son materia de gobierno afectan á todos los ciudadanos , y no deben por consiguiente resolverse arbitrariamente y por la mera voluntad ó tal vez por el capricho de los poderes públicos.

El meeting convocado y presidido por Lord John Russell para deliberar sobre las cuestiones de que nos ocupamos ha tenido gran importancia por la que le daba la significación de ese ilustre personaje , encanecido en el servicio de su país , y cuya historia va unida á la de las últimas é impor- tantes conquistas que de medio siglo á esta parte ha alcanzado la libertad política en la Gran-Bretaña ; en esa reunión se han desvanecido las acusa- ciones de papismo que se habían insinuado por los partidarios del Gobier- no contra los liberales , que guiados solo por espíritu de justicia se jiropo- nen acabar con los odiosos privilegios de la Iglesia oficial irlandesa. Esa acusación tenia gran importancia y podía haber impedido, llegando á tomar cuerpo, el triunfo de la razón y del derecho en el negocio que se trata de resolver; porque debe saberse que no se ha extinguido todavía en el pueblo inglés el fanatismo anti-católico que fué él mayor obstáculo con que tropezó el famoso bilí que puso término á las grandes injusticias á que daba origen la intolerancia anglicana , y que motivó las escenas tumultuosas que pro- movieron en aquella época los jefes de la fracción uUra-tory. El espíritu de Fierre Plowman y de Wiclef, el que inspiró algunos de los cuentos de Saucer, en que se pintan los clérigos y especialmente los monacales con tan ridículos y antipáticos colores , no ha muerto todavía ; la tendencia in- dividualista que no sin razón se señala como uno de los caracteres más notables de la raza anglo-sajona produce sus consecuencias naturales en materia de fe, y por eso el sentido de las manifestaciones de la opinión en este asunto consiste en la aspiración constante á la emancipación de la con- ciencia, procurando que las creencias de cada vmo sean hijas de su con- vicción individual, y por tanto favoreciendo la extraordinaria multitud de sectas en que se han dividido los que en un principio constituían una sola TOMO I. 43


RKVISTA política. comunión. Claro es que de esta aspiración á la libertad'y de sus triunfos hablan de aprovecharse los católicos , pero sin que por eso se haya adelan- tado un paso en la tendencia que algunos suponen que existen en la na- ción británica á volver al seno de la Iglesia católica , j mucho menos á reconocer ninguna especie de jurisdicción al Romano Pontífice ; tan celoso es en esta materia el pueblo inglés , que cuando el Papa instituyó al Carde- nal Wisemann primado de Inglaterra , con el título de Arzobispo , confi- riendo á otros Prelados la dignidad obispal, surgió una grave cuestión que se resolvió declarando el Gobierno que al tolerar el ejercicio del culto católico y la existencia de la gerarquía eclesiástica no se reconocía de modo alguno la jurisdicción territorial ni de otra especie que es propia de los Obispos , y que estos solo podían tener en Inglaterra autoridad sobre la conciencia privada de los miembros de la Iglesia católica que quisieran reconocérsela en lo que no se opusiera á las leyes vigentes y á las cos- tumbres de la nación.

No han de extrañar nuestros lectores que nos detengamos con cierta complacencia en el relato de las cosas que pasan en la Gran-Bretaña, por- que para nosotros el régimen político de ese país , aunque con las imper- fecciones que son inherentes á las cosas humanas , es la realización prác- tica del tipo ideal á que aspií^n en sus presentes tentativas todas las naciones de Europa.

Los triunfos de la opinión , aunque tal vez lentos , son incontrastables, por eso contemplamos con admiración y con envidia las pacíficas agitacio- nes de la Gran-Bretaña , precursoras infalibles del triunfo de la justicia que teniendo siempre despierto y siempre en actividad el espíritu público, im- piden que un individuo ó una clase , se apodere del mando convirtiéndolo en monopolio y llevando á la nación tal vez á su ruina. En ese gran pue- blo el arte de gobernar no es una ciencia oculta que solo conocen algunos iniciados : todo el que está en el uso de su razón influye en el gobierno y de esta manera se conserva y se desenvuelve esa virilidad política que es el atributo y la condición indispensable de los ciudadanos de un país libre donde los negocios del Estado son para todos origen de altísimos deberes y de responsabilidades ineludibles. Considerando cada uno la cosa pública como asunto propio , es como ha llegado la nación británica á la altura de prosperidad y de paz interior , de importancia política y de extensión ter- ritorial en que la vemos ; sigamos su ejemplo si deseamos para nuestra nación tan gloriosa existencia.

En estos días se habrá celebrado en Turin , cuna de la dinastía que ha personificado la unidad y la libertad de Italia , el casamiento del heredero del trono que representa la nación que se extiende desde los Alpes hasta el Adriático , teatro de tantos sucesos, patria de tan grandes hombres y centro desde el cual han irradiado en dos épocas distintas los destellos de


EXTERIOR. 653

la civilización occidental. El principe Humberto-Reniero , Carlos Enmanuel de Sabe ja nació el 14 de Marzo de 1844 ; tiene , pues , veinticuatro años cumplidos , j su esposa es la princesa Marg-arita María Teresa , hija del Duque de Genova Fernando María ji^lberto , que falleció el lO de Febrero de 1855 , j que era hermano del Rey Víctor Manuel. La princesa Marga- rita, prima hermana del príncipe Humberto su marido, nació el 20 de noviembre de 1851 , y tiene por lo tanto diez y siete años. Estas bodas no serán ocasión de alianzas políticas para la casa de Saboya ; pero en cambio tienen la ventaja de verificarse entre individuos de la gloriosa fami- lia real que habiéndose puesto desde 1848 resueltamente á la cabeza del gran movimiento que desde entonces se inició en Italia , representa la in- dependencia nacional por que había suspirado tanto tiempo en vano ese gran pueblo , víctima secular de la opresión y tiranía de los extranjeros. Como en estos tiempos no influyen poderosamente en la suerte de las na- ciones las alianzas de los soberanos , porque los pueblos tienen una influen- cia decisiva en la dirección de los negocios políticos , han dejado de ser en gran parte xm negocio de Estado los matrimonios de las personas rea- les. No es ja posible como en épocas anteriores que por virtud de casa- mientos hábilmente negociados llegue á formarse una monarquía tan monstruosa como la que rigió el Emperadil" Carlos , soberano á un mismo tiempo en Alemania , en los Países-Bajos , en España j en una gran parte de Italia , sin contar con los extensos territorios de las islas y tierra firme del mar océano. Esto no lo consienten ja las condiciones de eso que se llama el equilibrio europeo que tantas guerras ha costado para su esta- blecimiento j para su sosten , j que es garantía de la independencia mu- tua de los Estados de Europa ; por eso sin alianzas de familia las hallará poderosas j eficaces la Italia el día en que por cualquier motivo tenga que tomar parte en una guerra general; pues á pesar del escaso tiempo que lleva de existir, esa nación constituje hoj una de las condiciones indispen- sables del equilibrio de la Europa , como lo prueba la esperanza y el temor que al propio tiempo inspira la resolución que pueda tomar el día en que estalle la guerra entre las dos potencias que aspiran á la supremacía en el continente. Por estas razones lejos de ver con pena los italianos el ma- trimonio de que hablamos j de sentir que su futuro Monarca no se enlace con princesa estrechamente emparentada con alguno de los soberanos rei- nantes , manifiestan de un modo espontáneo su alegría por las bodas de que hablamos , j todas las ciudades y pueblos de la Península se apresuran á patentizarla , sin excluir ^á Roma , donde según parece han determinado hacer un magnifico presente á los recien casados. Estos hechos son, como en otra ocasión hemos dicho , señales clarísimas de la íntima unión que existe entre la casa de Sabo ja j la nación italiana ; la suerte de ambas no puede menos de ser idéntica , pues si algún dia , lo que no es de temer por


654 REVISTA POLÍTICA,

ahora , se deshace la obra de unidad tan rápidamente llevada á cabo , no podrá conservar la familia de Carlos Alberto ni aun sus Estados heredita- rios ; y es seguro que volveria á pesar sobre Italia la tiranía extranjera, ya de un modo directo como antes en Venecia y en el Milanesado, ya ejer- cida por príncipes que serian hechura del soberano en cuyo provecho se verificase la desmembración de la nacionalidad recién formada; pero por fortuna de ese país y de la Europa estos peligros están muy lejanos. Aus- tria ha entrado en nueva senda poHtica para reparar los desastres de que no pudo librarla el antiguo régimen, no obstante la gran extensión de sus dominios ; y los hechos han demostrado ya que los príncipes y las sobera- nías que ni aún en apariencia eran independientes no tienen en Italia raices ni fuerza para destruir el nuevo orden de cosas que contra las esperanzas de sus enemigos se mantiene , á pesar de los graves obstáculos que alguna vez le suscitan aun los que en su impaciencia quisieran completar y afir- mar de un modo absoluto y definitivo la obra de la unificación tan porten- tosamente conseguida.

Aludimos antes á la posibilidad de una guerra entre las dos potencias que hoy ocupan los primeros lugares entre las demás del continente , y por desgracia en estos últimos días se han aumentado los temores de la proxi- midad de este peligro. Por varlts partes aparecían, según los tímidos , se- ñales de un inevitable conflicto , y hasta las repetidas seguridades de paz que da el Gobierno francés en sus periódicos oficiales , y por medio de sus Ministros se interpretan por muchos como anuncios ciertos de guerra. Habiendo tantas cuestiones pendientes en Europa , se teme que cualquiera sea ocasión bastante para una conflagración general , y ya se dice que las interminables negociaciones entre Prusia y Dinamarca relativas al Schles- wig se han roto ó están á punto de romperse ; ya que han mediado agrias contestaciones sobre la destrucción de las antiguas fortalezas federales del Rhin entre la primera de aquellas naciones y Francia ; ya que no han podido ambas entenderse para llevar á cabo un desarme parcial. Por otro lado si- guen siempre amenazando los asuntos de Oriente ; la revolución de Candía no se termina , y á pesar de que la heroica resistencia de los candiotas á la dominación de los turcos es prueba evidente de que esa dominación es tiránica , las potencias occidentales no se atreven á intervenir con vigor en este asimto, dando á esa isla la libertad que en 1830 adquirieron otros países griegos con su protección y ayuda , por temor de que de este modo renazca el terrible conflicto que costó tanta sangre y tantos tesoros á Fran- cia é Inglaterra , sin que se resolviese de mx modo definitivo la cuestión que llevó á Crimea los ejércitos de ambas naciones.

Sobre todos estos motivos, antiguos ya, existe desde hace dos años otro nuevo y más poderoso para temer que estalle una guerra en la que seria muy difícil que no tomasen parte casi todas las naciones de Europa.


EXTERIOR. 655

Este motivo es la constitución , aun no definitiva de la nacionalidad ale- mana , representada hoj por la Prusia engrandecida j triunfante que aca- bará sin duda de absorber todos los paises de uno j otro lado del MeÍ7i, que constituian la antigua confederación germánica. A pesar de tantos pe- ligros y de los temores que engendran , los cuales llegan en momentos da- dos á causar honda perturbación en la vida económica de las naciones que se creen más inmediatamente amenazadas, no nos parece la guerra ni próxima ni inevitable ; los motivos que tenemos para pensar de este modo no se pueden exponer brevemente , pero como esta cuestión se agita hace tanto tiempo y es causa de la inquietud que por todas partes se siente, de- dicaremos á ella más espacio del que hoj podemos disponer en nuestro número inmediato.


NOTICIAS LITERARIAS.[editar]

Ierigaciones del Mediodía de Es,FA^A.—Bstud{os sobre los grandes traba- jos hidráulicos y el régimen administrativo \de los riegos de este pais, por Mauricio Aymard, ingeniero de canales y caminos, etc., etc. París, 1864.

Considerando el Duque de Malakoff, cuando era Gobernador general de Ar- gelia, que para fecundar el suelo africano, dándole el agua que le falta, no ' se podia hallar enseñanza más útil que en el estudio de los riegos de España, envió á estudiarlos al ingeniero Mauricio Aymard en el año de 1862. Eesultado de dicho estudio es el libro de que nos proponemos dar una idea.

Este libro viene á confirmar la opinión apuntada ya en uno de los mejores artículos que ha publicado nuestra Revista, á saber : que es falso lo que ase- guran no pocos críticos extranjeros de que en España la tierra vale más que el hombre qUe la puebla, y que lo contrario es lo justo. Nuestros rios, las más veces torrentes impetuosos, secos ó casi secos en algunas épocas del año, y en otras crecidos por demás y dilatándose en terribles avenidas ; nuestros rios, que corren en no pocos lugares por un cauce muy hondo en comparación de los terrenos circunstantes, han sido aprovechados en varias partes para la ir- rigación por medio de trabajos cuyo carácter esencial es la grandeza y la fuerzaj y que son una verdadera maravilla de paciencia, industria é ingenio.

Los grandes receptáculos para contener y guardar las aguas del invierno y emplearlas en regar durante el verano ; las presas, canales y acequias, y las instituciones sabias y seculares que presiden á la conservación de estas obras y á la distribución y aprovechamiento de las aguas, son examinados, estudia- dos y descritos con admiración en el trabajo del Sr. Aymard. La idea vulgar de que todo esto lo debemos á los moros, y de que nada hemos hecho por au- mentarlo y perfeccionarlo después , está también rebatida. Antes al contrario, las construcciones más atrevidas y colosales son de tiempos muy posteriores y algunas de época reciente, de época que por lo general se mira como de deca- dencia para España.

"Los proyectos de irrigación, dice el Sr. Aymard, han sido concebidos en este país de un modo vasto. Cuando se puede disponer de rios abundantes, como el Turia en Valencia, el Júcar en Alcira y el Segura en Murcia, las de- rivaciones se hacen de suerte que absorben todo el volumen de agua. El canal delJúcar, por ejemplo, da 25 metros cúbicos de agua por segundo, y el muro de la presa, todo de mampostería, tiene 240 metros de largo. Al contrario, en regiones pobres de agua, como Alicante, Elche, Lorca y Almería, las obras


NOTICIAS LITERARIAS. 657

son de tal naturaleza que hieren poderosamente la imaginación. Son presas y altercas , algunas de las cuales no se pueden comparar con ninguna otra obra análoga en ningún otro país del mundo. El depósito de Alicante tiene cerca de 43 metros de altura. El de Lorca tenia 50 metros. Todas estas fábricas son de mampostería, revestidas de sillares de piedra de enormes dimensiones.

"Al ver tanto cúmulo de materiales, el espíritu recuerda involuntariamente aquellos momentos grandiosos de la antigüedad, cuya ejecución casi nos parecía imposible sino recordásemos que la esclavitud era una institución social en aquellos siglos. Pero en España todas estas obras no tienen otra ana- logía con las de la antigüedad sino la grandeza de la concepción. La asocia- ción de los capitales, esa enérgica palanca de las construcciones modernas, se practica allí siglos bá. La presa-depósito de Alicante , que empezó á construirse en 1579, ha sido edificada con empréstitos reembolsables por anuaüdades.

"La ejecución de tales obras denota en el pueblo que ha sabido llevarlas á cabo una perseverancia de acción , una profundidad de miras y una inteKgen- cia de sus intereses materiales que no serán nunca bastante admiradas. Y es de notar que no son solo el trabajo de un siglo único, y que la España no vive solo de sus glorias pasadas. En el reinado de Felipe II se construyeron las presas-depósitos de Alicante , Elche y Almansa. Las de Lorca son del tiempo de Carlos III. Y en nuestros dias, reinando Isabel II, se ha construido el pan- tano de Níjar, junto Almería, el gran depósito del Lozoya, cerca de Madrid, y se proyecta otro para la llanura de Valencia.

"La corta enumeración que precede no puede menos de pasmar á nuestros lectores , porque es creencia general que en la Península no hay más irrigacio- nes que las legadas por los moros. Conviene, sin embargo, dar á cada uno lo que le pertenece, y en esta revindicacion de una gloria común , la parte que toca á los españoles cristianos no es por cierto inferior á'la de sus predece- sores. "

En cuanto á la legislación sobre aguas , no" da menos elogios el Sr. Aymard á los españoles, haciendo la historia de esta legislación, que se ha ido mejo- rando y perfeccionando hasta nuestros dias , así en los reglamentos locales, como en las medidas y decretos del Gobierno central. Grande es el elogio que da el Sr. Aymard al decreto de 29 de Abril de 1860. "En él, dice, todos los principios generales relativos á la creación de nuevas irrigaciones ó á la mejo- ra de las antiguas, están consignados con una elevación de miras, una pru- dencia y un espíritu liberal que merecen detenida consideración y estudio."

Tanto para hacer este estudio , como para describir las obras hidráulicas, se vale el autor de su propio examen durante el viaje que hizo y que cuenta en su libro ; pero hubo de valerse asimismo de los datos y noticias de perso- nas, á quienes cita por sus nombres, de los documentos oficiales y de algunos libros españoles sobre la materia, como por ejemplo : el Tratado de la distri- bución de las aguas del rio Turia, por D. Francisco Xavier Borrúll; la Histo- ria de los riegos de Lorca, por D. J. Musso y Fontes; la Memoria sobre los riegos de la Huerta de Murcia, por D. Rafael de Mancha , y la Reseña histó- rica sobre las aguas con que se riega la Huerta, de Alicante, por D. Francisco de Estrada.


658 NOTICIAS LITERARIAS.

Aunque poco ó nada añadiese el Sr. Aymard á lo que enseñan estos y otros autores , todavía tendría su libro el mérito de reunirlo todo y de formar de ello un conjunto que da una idea completa y general de los riegos en Es- paña , y de sus leyes y reglamentos. Ya se comprende que el Sr. Aymard no puede hacer el examen de la ley que ha venido á uniformar los reglamentos y medidas sobre el dominio y aprovechamiento de las aguas. Esta ley ha sido promulgada el dia 3 de Agosto de 1866. Creemos, pues, conveniente hacer este extracto, que no podrá menos de excitar la curiosidad de muchos, para leer la obra completa del Sr. Aymard.

Empieza este su descripción por el rio Turia , que riega la Huerta de Valen- cia. Ocho presas y depósitos sangran al rio en diversos puntos y esparcen y difunden la fertilidad y la vida por otros tantos canales que se dividen luego en multitud de pequeñas acequias. Los canales ó acequias principales llevan el nombre de las aldeas más importantes por donde pasan. Así, á la derecha del rio están los canales de Cuart, Mislata, Tarara y Rovella; y á la izquierda, los de Tormos, Moneada, Mestalla y Rascaña. El mayor, que es el de Mon- eada, tiene una extensión de 20 kilómetros. La suma total de la longitud de todos es de 70. Los hilos de agua que todos los canales juntos dan al riego son 138. Aunque el valor exacto del hilo de agua no está bien calculado por el Sr. Aymard, supone este autor que es de 46 á 69 litros por segundo. Esta agua riega una extensión de 10.500 hectáreas, que componen la Huerta de Valencia, la cual fertilizada con este riego y con abundantes abonos, se presta á toda clase de cultivos y produce anualmente cuatro cosechas. En la cercanía de Valencia llega á venderse una hectárea á 40.000 reales.

Después de hacernos formar tan alto concepto, así de las obras hidráulicas del Turia, como de sus resultados, pasa el Sr. Aymard al examen de los reglamentos que gobiernan su régimen administrativo, y que producen el orden admirable que reina hoy en la distribución de las aguas. De este examen sacaremos solo los puntos capitales.

El agua es aneja á la tierra, y ningún terrateniente puede enagenar siquiera un dia de riego.

Los reglamentos para la distribución se í-edactan ó revisan por una comi- sión nombrada á pluralidad de votos por los propietarios. El dictamen de la comisión debe ser aprobado por la asamblea general, y sancionado por el Go bernador civil con asistencia de la Diputación provincial, y luego por el Gobierno. Las asambleas se componen de todos los propietarios, teniendo cada uno su voto, sin consideración á la mayor ó menor extensión de tierra que posee. El poder ejecutivo, por decirlo así, la junta de gobierno de cada acequia es elegida por todos , y se compone del síndico y de los elec- tos, cuyo número varía de 5 á 8 , según las acequias. Por lo común , ó el sín- dico solo, ó la junta de gobierno nombra á los otros empleados, que son el acequiero , los veedores , los atandadores , el guarda , el colector del impuesto, y el abogado y el escribano. Los impuestos se votan en junta general, según ciertos principios. Los trabajos de reconstrucción ó conservación se ejecutan, ó bien por pl acequiero bajo la autoridad del síndico , ó bien por contrata con una empresa á quien los veedores inspeccionan. La repartición de las aguas


NOTICIAS LITERARIAS. 659

está sujeta á reglas, de cuya observancia citidan el síndico y los veedores, y cuya trasgresion está penada con multas. Para el castigo de estos delitos , así como para fallar sobre todo litigio que ocurra, hay un tríhmaí Waxaado de aguas, que da audiencia todos los jueves á las once de la mañana en la plaza de La Seo, delante de la puerta lateral de la catedral. El tribunal está compues- to de ocho de los síndicos. Las atribuciones de este tribunal y la sabiduría é imparcialidad de sus fallos son asunto de un largo capítulo en el libro del se- ñor Aymard. El régimen administrativo de la acequia Real de Moneada difiere bastante del de las acequias menores. Para dar unidad al gobierno y régimen de todas las acequias del Turia, el Gobierno creó en 1853, por un decreto que el Sr. Aymard encomia mucho , im sindicato general que dirige é inspecciona la administración de las aguas desde el nacimiento del Turia y de sus afluen- tes hasta su desembocadura.

El Júcar riega también parte de las costas del antiguo reino de Valencia; pero en este rio el sistema de derivación no es como en el Turia. En este rio hay un depósito y presa cerca de la aldea de Antella. Este depósito y el ca- nal que de él nace, repartiéndose luego en acequias secundarias, son de una importancia grandísima. Ni aun en los paises más favorecidos por la abun- dancia de agua, se cuentan muchos canales más ricos. Por un término medio se puede afirmar que este canal da 25 metros cúbicos de agua por segundo. El depósito y la presa que aseguran este resultado, son un trabajo colosal cuya descripción así como la de otras obras hidráulicas y otros depósitos , está de- tenidamente hecha en el libro del Sr. Aymard é ilustrada con planos y dibu- jos. La extensión total de la presa es de 242 metros ; la anchura de 90. La fá- brica es de mampostería, guarnecida al exterior de enormes sillares. De este depósito nace la acequia real, que riega 150.000 hanegadas de tierra. El se- ñor Aymard aquí ha incurrido en un error, suponiendo que solo por esta ace- quia se sangra el Júcar. Según leemos en la Memoria histórica de D. Vicente Boix sobre la inundación de 1864 , el Júcar se sangra además por otras 24 ace- quias que riegan otras 120.000 hanegadas de tierra.

La descripción científica del depósito y de la acequia real, está hecha muy detenidamente. La historia de esta acequia está consignada en resumen en una inscripción puesta á la entrada, y que contiene estos cuatro versos ende- casílabos :

Yo debo mi principio al Rey Don Jaime ; Al justo Don Martin, mi privilegio; Y la gloria de verme concluida Al Monarca mayor Carlos tercero.

Sin embargo, parece que esta gloria se debe principalmente al Duque de Híjar; quien en el siglo XVIII terminó la acequia y perfeccionó las obras, extendiendo los riegos sobre muchos terreno'? más. El Duque de Híjar hizo un pacto con varios ayuntamientos de los pueblos que quisieron gozar del be- neficio del riego, comprometiéndose á terminar la acequia y á conservarla y re- cibiendo en pago la vigésima parte de las cosechas de los terrenos nuevamente regados. De resultas de la intervención del Duque por una parte y por otra de


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los propietarios que desde antiguo tenian derecho al riego, la administración y el gobierno de esta acequia real son más complicados. En vez de una Junta general de propietarios, hay para esta acequia una como Asamblea de repre- sentantes, que llegan á 33, de los cuales el Duque de Híjar nombra cuatro, uno el Real Patrimonio, y los demás los ayuntamientos de las diversas poblacio- nes que gozan del beneficio del riego. A las órdenes del Consejo ó Junta ge- neral, hay un poder ejecutivo compuesto de cinco individuos, á saber : un Presidente elegido por el Consejo; dos vocales nombrados por los antiguos propietarios; uno por el Real Patrimonio y otro por el Duque de Híjar. El se- ñor Aymard explica después las reglas para la distribución de las aguas y de los impuestos, y los castigos en que incurren los contraventores.

En el capitulo 7.° habla el Sr. Aymard de las irrigaciones de Murviedro, y en el capítulo 8.° de las de Almansa.

La presa depósito de Almansa es de las más antiguas que hay en nuestro país, está alimentada por cinco manantiales, y riega 2.000 fanegas de tierra.

Describe después el Sr. Aymard todo el país, que va recorriendo hasta lle- gar á Alicante, país de los más áridos de Europa. Según las observaciones pluviométricas hechas durante cinco años por D. Rafael Chamorro, y compa- radas con observaciones del mismo género hechas en Oran y en Argel, resulta qvie en Alicante llueve mucho menos que en dichos puntos de África. Para remediar en parte esta gran sequía, recurren los alicantinos á las norias de sangre y á las balsas. Las norias son notables por la inteligencia con que han sido dirigidos los trabajos de construcción, haciendo primero un pozo verti- cal y luego multitud de minas ó galerías horizontales en busca del agua. Las balsas son grandes depósitos ó excavaciones hechas por particulares pero que tienen á veces proporciones gigantescas. Estas albercas están por lo común revestidas en el fondo y en los lados de mampostería impermeable. La mayor de todas las balsas es la llamada de García, que tiene 124 metros de largo, 40 de ancho y 4 de profundidad. Recoge el agua de la lluvia, y puede contener 19.840 metros cúbicos. La construcción de obras tan importantes por particu- lares, no solo da claro testimonio de la aridez de aquel suelo, sino también de la energía, industria y constancia de sus habitantes.

Pasa después el Sr. Aymard á describir las aguas que riegan la huerta de Alicante á cinco leguas de la ciudad. La presa de Tibi , que recoge las aguas del rio Monegre y riega dicha huerta, es la obra más,importante de esta clase, no solo en España sino en toda Europa.' Su administración está bien entendi- da , y su modo de funcionar es ordenado y perfecto. El depósito es magnífico, gigantesco. Para dar una idea de su capacidad, el Sr. Aymard le compara á una pirámide de 1.800 metros de alto con una base triangular de 300 metros de lado y 41 de altura. A estas dimensiones corresponde un volumen de agua de 3.690.000 metros cúbicos. La solidez de la obra no puede monos de ser pro- porcionada á su grandeza. La resultante de la presión sobre el plano de fun- dación calcula el Sr. Aymard que es de 2.495.000 kilogramos. Con el dato aproximativo de que los manantiales que alimentan el depósito dan 200 litros por segundo, calcula el Sr. Aymard que al cabo del año pasan por el depósito, sin contar las aguas de la lluvia, 5.788.800 metros cúbicos de agua.


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Algunos de los torrentes laterales que traen agua ál depósito en tiempo de lluvia, tienen tal declive y tal ímpetu, que arrastran peñascos hasta de 600 ki- logramos de peso. Por el choque, con todo, se quiebran y trituran estas masas antes de llegar al depósito, que por lo común no reciben con el agua sino me- nudas arenas y cieno. La limpieza del depósito de este aluvión se hace cada cuatro años, y en este espacio suelen elevárselos sedimentos hasta á 16 metros de altura. La descripción del artificio que hay para hacer esta limpieza y que se llama desarenador está hecha muy minuciosamente con los datos y noticias suministradas por el Sr. Rovira director de los trabajos.

Esta pasmosa construcción, dice el Sr. Aymard después de haberla descrito, se empezó en 1579 y se terminó en 1594. No se sabe de un modo positivo quién fuese su autor. En Alicante se atribuye á los maestros de obras del país. Algunos suponen que fué su autor el famoso Herrera, arquitecto del Escorial.

El gasto de la obra fué soportado por los interesados en ella. Felipe II no quiso dar subvención alguna.

Además de la presa y depósito de Tibi hay otros varios que aseguran el riego de la Huerta de Alicante alimentando sus acequias. Los más notables por su atrevimiento son los de Muchamiel y San Juan.

A pesar de todo esto , la sequía es tal desde hace muchos años que no basta el agua para regar la Huerta de Alicante, y el portentoso depósito de Tibi no puede prestar los servicios que en otras épocas.

Para remediar este mal, el sindicato busca recurso por otra parte. Consul- tado el Sr. Llobert profesor de geología en Barcelona, este dijo en una Me- moria que el rio Monegre se filtraba por muchos puntos. Para recoger estas aguas ya filtradas ó antes de que se filtren , se han construido varias galerías subterráneas, siéndola longitud de una de ellas 830 metros, y otros trabajos hidráulicos no menos atrevidos. "Así en nuestros dias, dice el Sr. Aymai'd, esta población agrícola tiene el mismo espíritu de iniciativa y la misma inteli- gencia de sus intereses materiales , que ya hace tres siglos la llevaron á reali- zar con sus solos recursos el depósito colosal de Tibi, la más hermosa obra en su género que existe en el dia."

La superficie de la huerta de Alicante es de 3.700 hectáreas, ó sea 30.660 tahuUas, medida del país. La constitución de la propiedad de las aguas es bas- tante compleja, así es , que para dar noticia de los reglamentos que ordenan su distribución , gobierno y conservación, emplea el Sr. Aymard dos largos capítidos.

Pasa en seguida nuestro autor á describirá Elche. El aspecto de la población y de los terrenos que la circundan, parece creación de las Hadas. Solólos bos- ques de palmas ocupan 120 hectáreas. Hay palmas de 20 metros de altura. Allí se cultiva además el olivo, la vid y los cereales, en una extensión de 12.000 hectáreas, regadas por las aguas del rio Vinolapo. A 5 kilómetros de Elche hay construida una presa-depósito sobre el rio, cuya descripción circunstan- ciada y técnica da también el Sr. Aymard.

Del mismo modo procede en la descripción de la hermosa Huerta de Murcia, que consta de 10.375 hectáreas y de las obras hidráulicas que sirven para su riego, sangrando el rio Segura.


662 NOTICIAS LITERARIAS.

En la provincia de Murcia hay también otra extensa vega de regadío : la de Lorca. Las dos presas-depósitos construidas, una en la confluencia del rio Luchena y del rio Velez, y otra en el Luchena, están inutilizadas ; pero las aguas extraídas del rio sin estos medios bastan á regar 11.000 hectáreas. Bueno es advertir, con todo, que tanto en esta como en otras vegas de regadío hay muchos terrenos destinados al cultivo de cereales , que han menester poco riego ó que puede pasar sin ninguno si las lluvias son abundantes.

En Lorca, lo mismo que en Elche, la propiedad del agua es independiente de la de la tierra , y el agua se vende en pública subasta. El precio total de la venta durante un año, en Lorca, asciende á 2.500.000 reales vellón.

Las dos presas-depósitos que en Lorca se han inutilizado fueron construidas por Carlos III á costa del Tesoro público, desde 1785 á 1791, y costaron 8.000.000 de reales. Ambos depósitos debian contener 54.000.000 de metros cúbicos de agua y dar al Tesoro público una renta muy buena en comparación del capi- tal empleado. Uno de estos depósitos, el de Val de Infierno, está hoy lleno de lodo hasta arriba, sin que se decidan á limpiarle. El otro depósito, el de Puen- tes, funcionó hasta 1802, época en que fué destruido por las aguas. Esta obra magnífica estaba construida siguiendo tres direcciones rectilíneas , cuyo des- envolvimiento total en su mayor altura era de 282 metros. Toda la fábrica era de mampostería, revestida de hermosos sillares aparejados con gran lujo. Se consideraba esta obra como uno de los esplendores de los reinados de Car- los III y Carlos IV, y las estatuas colosales de estos dos Eeyes debian colo- carse en los ángulos del parapeto exterior. El depósito de Puentes era de pro- porciones gigantescas, de admirable atrevimiento y gran severidad y elegante sencillez en el trazado.

El vicio de esta obra estuvo, á lo que parece, en que no se calculó bien el peso de las aguas sobre el fondo. El Sr. Aymard dice que la resultante de las presiones sobre el plano de fundación era de 3.234.000 kilogramos. La fábrica no era radicalmente defectuosa, y hubiera resistido indefinidamente si la presa no hubiera tenido más altura que 25 metros. Durante once años las lluvias no fueron bastante abundantes para que las aguas superasen esta altura ; pero en 1802 las aguas se elevaron hasta 47 metros, y la fundación cedió. Los habi- tantes de Lorca conservan un recuerdo indeleble de este desastre espantoso. El libro del Sr, Muso y Fontes, copiado por el Sr, Aymard, le describe con todas sus circunstancias. Perecieron ahogadas 608 personas, incluso el direc- tor de los trabajos D, Antonio Robles; se arruinaron más de 800 casas, y se evaluó la pérdida total en 22 millones de reales.

Habla después el Sr. Aymard de la presa-depósito ó pantano de Níjar, cerca de Almería, pero no le describe tan detenidamente como los otros porque no lo visitó. Esta obra ha sido construida por una compañía concesio- naria, y dirigida y ejecutada, desde 1843 á 1850, por el arquitecto D. Jeró- nimo Ros. La capacidad del depósito basta á contener 15 millones de metros cúbicos, y puede regar 13.000 hectáreas ; pero los resultados obtenidos dis- tan mucho de realizar estas esperanzas, porque por la escasez de la lluvia el depósito no se llena sino hasta la mitad.

Nuestro autor se detiene mucho en describir los riegos de Granada, donde


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nada, como en casi todo el resto de Andalucía, se ha adelantado en este punto desde el tiempo de los moros. Antes bien se puede presumir que el cul- tivo de los campos ha decaído, así como la población. La vega de Granada sigue no obstante presentando un aspecto hermosísimo. Sus tierras de regadío son 15.000 hectáreas ó 360.000 marjales. El Genil, el Darro, el Monachil, el Düar y otros riachuelos concurren todos á fecundar la hermosa llanura.

Nuestro autor, ilusionado y algo inducido en error por el Itinerario des- criptivo de España de M. Laborde , pensaba en recoger gran cosecha de da- tos y mucha enseñanza en punto á riegos en lo demás de Andalucía : pero pronto se convenció del atraso que allí hay. Casi se puede afirmar que las abundantes aguas del Guadalquivir entran en la mar improductivas : sin ha- ber servido de nada. Los riegos de Córdoba, Sevilla, Ecija y Carmona tienen un carácter privado. No hay en ellos ni administración pública, ni asocia- ción, ni trabajos importantes. Lo mismo sucede con la deliciosa ribera de huertas que hay en Cabra. El Sr. Aymard solo presta alguna atención á la vega de Palma del Rio.

Indudablemente, en tiempo de los moros, habia más riegos en Adalucía, más verdura , más arboleda , más huertos y jardines.

El Sr. Aymard consagra por úlitmo un extenso capítulo á la descripción de los canales y acueductos que sirven para la alimentación urbana, no dejando de dar grandes elogios á las obras hidráuKcas que traen á Madrid las aguas del Lozoya. No deja de hablar tampoco del depósito colosal que en 1788 se empezó á construir en Guadarrama y que no está terminado. Su altura de- bía ser de 93 metros, y su espesor en la base de 72.

Termina por último el Sr. Aymard encomiando sobremanera los principios administrativos sobre riegos que en España prevalecen y que están consigna- dos y explanados en los decretos de Octubre de 1848 y Abril de 1860.

Creemos que una crítica detenida de la obra del Sr. Aymard, hecha por persona facultativa é inteligente en el ramo de que se trata, seria muy útil y curiosa para los españoles. Nosotros, aunque nada peritos |en la materia, he- mos creído hacer algo agradable á los lectores de la Revista, extractando so- meramente dicha obra, y sacando de ella/ noticias que, si bien son vulgares para los doctos y páralos maestros del arte, puede que tengan algo de nuevo para los hombres de mundo.


ÍNDICE DE LOS ARTÍCULOS DEL TOMO I[editar]

Páginas.

INTRODUCCIÓN 5

De la imprenta en Francia j de las últimas discusiones del cuerpo

legislativo , por D. A. Llórente 7

.^Sobre el concepto que hoy se forma de España, por D. Juan

Valera 46

Algunas consideraciones generales con motivo del proyecto de ley

sobre vagancia , por D. Juan de Lorenzana 7l

Carta sobre los hechizos que el. Conde -Duque de Olivares dio al

Rey D. Felipe IV, por D. Z. J. Casaval 92

La flor seca. — Á tí. — Recuerdo, por D. A. M. Dacarrete 99

Memorias de un coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura.. lOl

Revista política interior 1 08

Revista política exterior 121

Revista de teatros 1 32

Revista económica l4l

Boletín bibliográfico 147

IVúm. 2."

Del principio y fin que tuvo la supremticía militar de los españoles en Europa, con algunas particularidades de la batalla de Rocroy,

por D. Antonio Cánovas del Castillo l5l

Episodios de la guerra civil, por D. Antonio Ros de Glano 205

Del tradicionalismo en España en el siglo XVIII, por D. Gumer- sindo Laverde 2l9

Un viaje á Rusia en verano, por el Marqués de la Vega de Armijo. 235 Del establecimiento del Crédito territorial en España, por D. Ma- nuel Alonso Martínez 249

Memorias de un coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. 282

Revista política interior 294

Revista política exterior 305

Boletín bibliográfico 3l3


IVtxxia. 3.°

Una crisis de Hacienda en tísiilpo de Felipe II, por D. A. Llórente. 317 Moderna poesía del Mediodia de Francia, por D. Manuel Milá j

Fontanals 363

La esclavitud en Grecia y Roma, por D. Augusto Ulloa 380

Alrededor del mundo, viaje de la Numancia, por D. Salvador López

Guijarro 404

Memorias de un coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. . 428

Aparición, por D. José Alcalá Galiano • 457

Revista política interior 461

Revista política exterior 471

Noticias literarias. — Memoria sobre la necesidad de una reorg-ani-

zacion de la carrera diplomática española 481

Boletín bibliográfico 487

IVúm. 4.0

De los más notables poetas portugueses que han escrito en caste- llano. — I. — por D. Juan Valera -. 49l

Despedida, por D. Juan Eugenio Hartzenbuscli 5l8

O'Donnell j la guerra de África, por D. Carlos Navarro y Rodrigo . 528 De la tierra y de los seres que la habitan, por D. Antonio María

Fabié 550

Episodios de la guerra civil , por D. Antonio Ros de Olano 581

Estudios sobre el gobierno parlamentario, en la teoría y en la prác- tica, por D. Justo Pelayo Cuesta 591

Memorias de un coronel retirado, por D. Patricio de la Escosura. . 6l3

Revista política interior , 645

Revista política exterior. ... 650

Noticias literarias. — Irrigaciones del Mediodía de España: Estudios sobre los grandes trabajos hidráulicos y el régimen administra- tivo de los riegos de este país 656

Boletín bibliográfico 664



AP Revista de España 60