Ricardo: 06

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo VI
Pág. 06 de 22
Ricardo Emilio Castelar


=== Diálogos filosóficos ===

A los pocos días estaba Jaime sentado en amplio sillón de baqueta, departiendo con sus dos amigos, el optimista Arturo y el pesimista Federico, en la convalecencia de su herida, y hablando con ellos de los varios asuntos que pueden servir de tema a una conversación. juvenil.

-Aún no rayaba el alba del 22 de Junio cuando ya se veía venir la derrota.

-Yo lo predije, afirmó Federico; yo lo anuncié.

-Y tus predicciones y tus anuncios siempre son lo mismo, le dijo el enfermo; con presagiarlo todo mal, estás despachado. Y como en el mundo abundan más los males que los bienes, por regla general aciertas, y luego la echas de previsor y aun de profeta.

-Tú mismo reconoces la superior abundancia del mal sobre el bien; luego tú mismo convienes con mi filosofía.

-No; el reconocimiento de que abunda el mal me inspira la idea de combatirlo con todas mis fuerzas y ahogarlo en la abundancia del bien; mientras que tus opiniones pesimistas te llevan a una resignación musulmana y a un fatalismo...

-Vamos, hay mucho malo en el mundo.

-No puede decirse eso en esta casa, observó Federico, en presencia de Jaime, al lado de Ricardo. Éste ha sido una hermana de la Caridad. Si le sondeaban a Jaime la herida, apercibía todos los instrumentos como un auxiliar de cirujano. Si le propinaban alguna medicina, la preparaba, la apercibía, la gustaba como un ayudante de Farmacia. No hay en ningún hospital de Europa enfermero semejante a él. Resiste al sueño como si fuera superior a las necesidades humanas. Pasa de pie, a la cabecera de una cama, no ya horas, días enteros. Conoce las crisis de las enfermedades como un médico. Cura, lava, sondea como los practicantes del Colegio de San Carlos. Consuela como un sacerdote. Acaricia como una madre. Riñe, si es preciso, como un maestro. Cumple las disposiciones de la cura con el vigor de un militar ordenancista. Sus virtudes...

-¿Y las he negado yo nunca? La excepción confirma la regla general. Además, el diablo, que tiene en sus garras engarzados los mundos; el diablo, que en los espacios infinitos tiene tendida su telaraña inmensa de sombras, envolverá por alguna parte a Ricardo como a todos los mortales. Este Jaime es otro modelo de buenos muchachos. Pues ahí le tienes postrado, herido, después de haber puesto su vida a dos dedos de la muerte por una idea de cuya esencia real todavía no se ha enterado, por una idea no demostrada, por la libertad.

-¿No crees tú en la libertad? le preguntó Jaime al pesimista. Pues entonces, ¿en qué, en qué crees tú?

-No creo en la libertad porque no creo en la voluntad. El acto que parece más libre está determinado por un motivo. Luego la voluntad obedece al motivo como la máquina obedece al motor, y el motor a la fuerza impulsiva. Yo vengo a verte porque siento necesidad de ello; no podría hacer otra cosa. Luego mis hechos son como mis afectos, necesarios. La causa que os parece más universal, resulta miserable efecto de otra causa anterior. Crees que la sangre se vuelca en el corazón y lo hace oscilar como un péndulo, y no piensas qué sería de esa sangre tan roja y tan ardiente, si allá en los abismos del espacio se apagara el sol, o aquí en la superficie de la tierra se extendiera más deprisa la creciente rotonda de hielo que cubre nuestro polo. Todo acto está provocado por un motivo; todo motivo determinado por una fuerza; yo soy de esa fuerza tan esclavo como lo es de la gravedad el astro mayor que ahora oscila en lo infinito y la barbilla de pluma que ahora vuela por el aire. El Universo es una inmensa mesa de billar por donde van rodando una porción de bolas. Yo no sé quién tiene el taco en la mano. Pero sé que las bolas todas se mueven al choque de ese taco, que engendra el movimiento universal. Y me forjo la ilusión de que yo me muevo a mí mismo, cuando no podría moverme sin los músculos, ni los músculos moverse sin el fluido que corre por los nervios, que acaso se desprende de una nube misteriosa o de una aurora boreal apartadísima. Me muevo, pues, por fuerzas independientes de mi voluntad, y propias del Universo. Como la partícula de hierro que colora mis venas, como la estela de fósforo que corre por mi cerebro, como la paletada de cal que compone mis huesos, no me pertenecen a mí esas fuerzas, sino que pertenecen a la Naturaleza. Una modificación engendra necesariamente otra modificación que ha de seguirla, aunque nos opongamos con toda nuestra voluntad y ejercitemos todo nuestro albedrío. Así el carácter humano resulta tan inmutable como esa piedra fría. Yo seré pesimista porque mi bilis incurable me inspira una tristeza eterna; y Arturo será optimista porque su salud de hierro y su temperamento le llevan a una alegría que quisiera comunicar a todas las cosas creadas e increadas. Pero ni él podrá dejar de ser optimista, ni yo pesimista, aunque quisiéramos con decidida resolución. Nacemos buenos o malos, como nacemos con los ojos claros y los labios gruesos, o al revés. El Universo en que me hallo encerrado, como la alimaña prisionera en su jaula de hierro; la materia a quo pertenezco, y de cuyas fuerzas no puedo en manera alguna escaparme; el vaso de este imperfecto organismo que contiene y guarda el alma; la fatalidad de un carácter formado para mí quizás antes de que la vida se animara en mis huesos; los impulsos internos de mis pasiones y los impulsos externos de las fuerzas cósmicas; todos estos motores determinantes aparecen tan poderosos a mis ojos, que no le dejan a la libertad ningún espacio; de suerte que tú, Jaime, generoso Jaime, has combatido en combates hercúleos; has derramado tu sangre en holocaustos sangrientos; has puesto tu vida en peligro inminente de muerte, tan sólo por una ilusión del espíritu, desvanecida en cuanto se la mira con el razonamiento y se la prueba en la experiencia.

-Ve a todos los diablos con esa filosofía. No quiero ser sabio, si a consecuencia de mi saber pierdo mis mejores ideas. Obedecerá mi cuerpo al fatalismo de la materia, pero mi alma obedece a la libertad. Podrán moverla motivos siempre: pero esos motivos son tan míos como mis propias resoluciones. Porque la conciencia mueva la libertad no deja la libertad de ser y de someterse voluntariamente a la conciencia. Y la prueba de que se somete voluntariamente es que al no someterse, recibe el aviso de los remordimientos y el castigo consiguiente a no haber procedido bien. Si me arrancas la libertad del alma, me reduces a ser, y reduces conmigo a todo el género humano, como inmensa legión de polichinelas en este teatro del Universo, movidas por un hilo invisible. He peleado en favor de la libertad, y la libertad es una idea real. He trabajado por la emancipación dé los pueblos, y el sentido común responderá a todas esas cavilosidades filosóficas, dividiendo los pueblos en libres y esclavos. Eres mucho mejor, Federico, que tu filosofía. Si fueras a ella fiel te sujetarías el mal, porque el mal es necesario. No creerías en el mérito y en el demérito de las acciones, porque son forzosas. Te parecería cada hombre el tornillo de una máquina inmensa, montada por un maquinista colosal que nos domina a todos con la fuerza incontrastable de la fatalidad. Será mentira cuanto lo pienso, y sin embargo, prefiero morir por esas mentiras a vivir con tus verdades.

-Luego, añadió Arturo, vemos crecer a cada paso y a cada momento la libertad en el hombre como crece la vida en el Universo. La historia humana en el fondo no es otra cosa que la victoria sobre la fatalidad. Vencemos las fatalidades de la materia con el instrumento de la industria y los esfuerzos del trabajo; vencemos las fatalidades sociales en otro tiempo tan incontrastables, con las instituciones modernas verdaderamente instituciones libres; vencemos las fatalidades de nuestras pasiones, con el vigor adquirido por la conciencia y el conocimiento claro de la moral; vencemos los monstruos que por todas partes abortan contra nosotros los abismos, porque llevamos en una mano la clave de Hércules, y en otra mano la antorcha de Prometeo. Yo soy al revés de ti, Federico. Yo si atiendo al Universo, oigo un Te-Deum elevado a su Creador en coro por todas las cosas creadas; yo si atiendo a la tierra, veo que de aquellos períodos de catástrofes y de combates hemos pasado a este período de paz y de armonía en que el trabajo produce todo lo necesario a nuestra conservación y a nuestro sustento; yo si atiendo a la historia veo la ergástula vacía, la cadena del siervo rota, el potro del tormento destrozado, la noche de la ignorancia vencida; en la atmósfera los montgolfieros anunciándonos que algún día tendremos alas; en los mares la campana del buzo, diciéndonos que exploraremos los líquidos abismos; en nuestras manos el lente que conjura los astros a bajar hasta nuestra débil vista; el rayo que se amansa hasta convertirse en nuestro mensajero; el aire que se descompone en gases varios; los signos todos de nuestro imperio sobre el fatalismo de la materia y los títulos nobiliarios de nuestro derecho. Oscurece cuanto quieras el disco brillante de la conciencia humana con tus artificiosas ideas; sumerge cuanto quieras la voluntad en el Océano sin fondo de la vida universal; mira en todas partes el límite y las sombras; por tu empeño, no dejará de resultar que así como el tono grave y el agudo contribuyen a la armonía de la música, y el color y la sombra al esplendor del cuadro, y la risa y el llanto a la hermosura del drama, y la alegría y el dolor al contraste de la vida; lo que crees tú mal, resulta al postre bien: que el conjunto de la Naturaleza es bueno, y el ser de los seres, Dios, es tanto el bien supremo, como el supremo amor.

Apenas pronunciaba Arturo esta última palabra, Ricardo salía de su cuarto y entraba en el cuarto de su amigo Jaime, a cuyo cuidado consagrara esa tenacidad en el cumplimiento de sus deberes y en la práctica del bien que constituían como el fundamento de su carácter. Sucedíale en aquel momento cual nos sucede siempre que tenemos alguna superstición; teñía con ella todos los objetos, y con ella relacionaba todos los sucesos que veían los ojos y todas las palabras que a sus oídos llegaban.

-Amor, habéis dicho, exclamó.

-Amor, repitió Arturo.

-Hablabais de Dios, y hablabais del amor.

-Juntamente, observó Jaime.

-Y teníais razón. Dios es amor; y el amor es Dios.

-¿Estarás por ventura enamorado? le preguntó Federico en tono socarrón.

-Se distrae mucho, se absorbe en pensamientos bien tenaces; dijo con profunda convicción Jaime.

-¡Enamorado! exclamó con admiración Federico.

-Yo no diré que me halle enamorado, pero digo que no soy quien antes era, que no siento en mí el mismo ser que antes sentía.

-Vamos a estudiar los síntomas de la enfermedad; dijo el pesimista tomando la muñeca de su amigo, como para pulsarlo.

-Enfermedad divina como la inspiración; enfermedad preferible a la salud. Tristeza sublime como la tristeza del genio, pero tristeza preferible a todas las alegrías.

-Síntomas, dijo el socarrón; poco sueño y poco apetito. Desprecio de todo cuanto no sea ella. Consagración completa a una sola idea. Por todo recuerdo, haberla visto, y por toda esperanza, volverla a ver. El cerebro ocupado por su imagen, el corazón dolorido de su amor, una pena honda más grata que todos los placeres, un suspiro continuo como desahogo al pecho de un solo sentimiento henchido, y por lo mismo estallando. La color pálida, los ojos errantes, la cabeza echada hacia atrás, los labios vibrando como si cantaran, las cejas juntas como acontece en la contemplación interior, la idea fija en el objeto amado, los espacios llenos de la luz de sus ojos y de las sombras de sus cabellos, el espíritu lleno de sus miradas y de sus palabras.

-Bien, bien; exclamó Jaime aplaudiendo irónicamente.

-Parece que has encontrado ya algo bueno en este mundo, observó al pesimista el optimista.

-Como que también tengo en este punto mi filosofía.

-Ya verás como nos recita un trozo de Schopenahuur, dijo el optimista a Jaime.

-¿Cómo has dicho? respondió éste. Nombre verdaderamente impronunciable que debe ser alemán, pues huele a chop y a cerveza.

-Y tú, dijo el pesimista a su eterno contrincante; cuando nos recitas una de tus odas al progreso, cuando entonas uno de esos cánticos, no haces más que traducir una de las profecías socialistas que el genio de San Simón ha inspirado a Krausse.

-¿Qué sabemos de dónde vienen ni a dónde van las ideas? dijo Arturo. Flotan en los espacios como esos corpúsculos impalpables que componen los rayos del sol y que se mueven agitadísimos en una danza perpetua. Pregúntale a la gota de rocío dónde está el barro de que se ha evaporado y dónde el aliento de la atmósfera que la ha convertido de vapor en líquido y la ha cuajado en las hojas de la rosa. Así como no sabemos de dónde ha provenido el oxígeno necesario a nuestra respiración, tampoco sabemos qué inteligencia ha producido primero las ideas y las ha comunicado de unos espíritus a otros espíritus en el movimiento universal, que impulsa las almas, como impulsa los cuerpos. Me asimilo el aire de la atmósfera, el calor de la luz, el átomo de hierro o el átomo de cal perdido en la tierra; me asimilo tal inspiración, que se escapa de un cántico; tal nota, que se escapa de una cuerda vibrante; tal idea, que se escapa de una inteligencia superior, alimentándome del espíritu universal en mi alma, como de la vida universal mi cuerpo se sostiene y alimenta. De consiguiente, perdona mi impertinencia como yo perdono la tuya, y hablemos según nuestra razón, sin curarnos de la fuente ni de la propia prosapia de nuestros pensamientos.

-Yo ignoro si alguien lo ha dicho, pero como es cosa vulgar, entiendo que sí, añadió Ricardo: nadie se libra del amor y su imperio. Le obedece en la cohesión el átomo que se junta a otro átomo y le obedece en la atracción el cuerpo que se suspende de otro cuerpo. Es la vida y la muerte; es el reclamo que llama y la guerra que separa. Es el placer de los placeres mezclado al dolor de los dolores. Cuando queremos analizarlo, se escapa rápidamente a nuestro examen; no lo encontramos en ninguna parte, como en ningún hueso, en ningún nervio, en ninguna fibra encontramos el espíritu que vivifica al cuerpo; y lo sentimos como una atmósfera invisible e impalpable rodeando todo nuestro ser y esclareciéndole y manteniéndole con su alma luz y su calor fecundante. Las fuerzas magnéticas que tiene el imán para los cuerpos, tiene el amor para las almas. No queráis, repito, examinarlo; se rompe al examen de nuestro juicio, como se pierden las tenues alas de la mariposa al contacto de nuestros dedos. Tiene mil aspectos y mil matices. Obedece a la razón suprema, y le aqueja la suprema locura; ilumina y ciega; vivifica y mata. Mucho nos hace padecer, pero preferimos con él todos los dolores, a tener sin él todas las alegrías. Hijo de la luz, ama las tinieblas; publicado por los ojos, por los suspiros, por la contracción de los labios, quiere el secreto. Se pierde en una efusión inconcebible, y se llama el mayor egoísmo. En su seno se mezclan el fuego de los infiernos con el éter de los cielos. Es la vida, porque es el conjunto de todos los contrastes; y es el Universo, porque a un tiempo destruye y renueva. El alma tiene un alma, que es el amor. Por eso la luz y el alma se parecen; porque la luz tiene calor, y el alma tiene amor. Y como el calor vivifica todas las cosas, el amor vivifica todas las ideas. Si lo suprimierais, habríais suprimido la estrella en el empíreo, y el arte en la tierra. Si lo interrumpierais, habríais interrumpido la cadena que liga a todos los seres, y la perpetuidad y la trasmisión de nuestra vida. Alma de las cosas, eres el rayo tibio de la luna, el beso de la estrella, el aliento que hincha la ola, el aroma que exhala el calor de la flor, la chispa de electricidad que culebrea en las nubes tempestuosas, el carmín que tiñe la mejilla de la virgen, el sueño que embarga la mente, el ala que sostiene la inspiración, el deseo que lleva unas almas al seno de otras almas, el fuego que mantiene el Universo, la fuerza que junta en el gran todo las cosas, la armonía de las esferas, el instinto que reúne los seres. Sin el amor, la idea no vendría a visitar nuestras almas; sin el amor, la religión no se levantaría en las riberas que juntan la vida con la muerte para señalarnos la eternidad; sin el amor no cantarían su coro inmortal las inmortales artes. Amor, amor bendito.

-Mucho, mucho has hablado, Ricardo, y muy elocuentemente; pero en verdad te digo que has hablado del amor como un poeta, y no como un hombre. Has recorrido desde la agrupación de los átomos en la materia hasta las efusiones del alma en la poesía, y no has dicho la palabra que todo lo contiene y lo resume todo. Somos individuo y especie. Y por eso tenemos dos pasiones predominantes; el instinto de la propia conservación, que nos mantiene como individuos, y el amor que perpetúa y mantiene la especie. Soberano puede llamarse. el instinto de conservación, pero más soberano aparece todavía el instinto del amor. No nos importa por él destruirnos, ni gastarnos, ni morir, porque merced a él conservamos la vida en nuestros descendientes y la inmortalidad en nuestra estirpe.

Los seres se engendran por el amor, y el amor recorriendo e identificando en sus placeres y en sus caricias los dos sexos opuestos, completa la humanidad. Por eso el deseo recorre la escala de todos los seres, y al amor podemos llamarlo con verdad el deseo de los deseos, puesto que en sus besos de fuego y en sus deliquios de entusiasmo se forjan los seres y:se eternizan. Así el amor tiene un aspecto de placer y otro aspecto de sacrificio. Atraído por el placer, dispensa la vida, y la gasta, y la evapora, y la disipa, a fin de conservar y de perpetuar la especie. Sin el ejercicio de la mente aún se concibe la vida; pero no se concibe sin los latidos del corazón. De aquí necesariamente los espejismos infinitos, los celajes divinos, las atracciones misteriosas, las fuerzas incontrastables, los magnetismos irresistibles, puestos por la naturaleza en el amor. Lo necesitaba para la perpetuidad de las especies, y lo ha mantenido como el fuego mismo de la vida. Por esta razón no hay felicidad como sentir el amor, ni pena como perderlo. La mujer completa al hombre, y el hombre y la mujer reunidos perpetúan la especie. El amor funde, pues, en una sola dos almas, a cuyo alrededor, en nubes de poesía, brotan, como en los cuadros de nuestros pintores místicos ¡ay! los niños sonrosados, los ángeles amorosos, los lazos eternos de la pasión, los hijos, por los cuales y para los cuales se ha avivado en el alma esta fuerza misteriosa, a la cual se halla entregada por el Universo la perpetua duración de la vida.

-Ricardo, dijo Arturo, ha poetizado mucho, y tú, Federico, has razonado mucho el amor. Para mí ni es ese calor universal que pinta las flores y pone la serenata en la garganta del ruiseñor, ni es esa pasión reflexiva que sólo se propone perpetuar la especie, y que sólo desea tener sucesión y legar una herencia. Los seres verdaderamente enamorados no se ocupan sino el uno del otro; no se consagran sino al placer de amarse por el amor mismo. La pasión brota con una espontaneidad que excluye todas esas consideraciones a posteriori, las cuales muestran el amor en su filosofía, como el naturalista muestra los animales en su gabinete, disecado. El amor es un deseo tiránico. Y lo primero que tras sí el deseo se lleva con irresistible ímpetu, como un huracán o como una inundación, es la voluntad. Por eso podemos llamar al amor esclavo del deseo. Por eso no razona, sino que se deja arrastrar del sentimiento, ansioso por esas emociones convertidas en delirios, deliquios, éxtasis; por esas emociones en las cuales perdemos y enajenamos nuestro ser, como si de él voluntariamente nos despojáramos para depositarlo en el regazo amado, y allí disolverlo y diluirlo cual un sus piro en el aire o una lágrima en el mar. Sentir, sentir mucho, en eso consiste el amor, y no importa que sea pena o alegría, celos o satisfacción, duda o fe, desesperación o esperanza, infiernos o venturas, con tal que sea sentimiento. Aman los que padecen, y padecen los que aman. Un suspiro, una melodía, la vista de un cuadro, la reflexión más sencilla, el espectáculo de los ajenos dolores o de las ajenas venturas, todo exalta al ser apasionado a quien arrebatan las inspiraciones del amor. La fantasía se apodera de las facultades intelectuales y el sentimiento de las facultades morales. El sol resplandece para iluminar el objeto amado; la vida brota, para refluir toda entera en su seno: lejos de su presencia, ni se respira ni se vive. La idea de la inmortalidad se mezcla al sentimiento y a la pasión. Donde quiera que haya un átomo nuestro allí habrá un rescoldo de ese amor infinito. No queremos el cielo, si la mujer querida no ha de estar allí; y con ella, en su compañía, nos reímos de las llamas del infierno. Francesca tiene un consuelo allá en los tristes círculos de tinieblas, por donde vuela plañidera en castigo de su adúltero beso: que Paolo no se apartará jamás por toda una eternidad de su lado. Decidle si quiere convertirse sin Paolo en querubín de las alturas celestes, y se precipitará, abrazándolo más fuertemente todavía, de cabeza en lo profundo del infierno. El alma enamorada no ve en la creación más que a su amado; no descubre en los altares más que su sombra; no oye en los rumores de la naturaleza más que su voz; le importa poco, poco la honra o la deshonra, con tal de ser suya para siempre. Lloro, dice Eloísa, no las faltas cometidas, sino la imposibilidad de cometer otras nuevas. Llámame tu esposa o tu manceba. Bien sabe Dios cuánto más temo el ofenderte a ti que el ofenderlo a él. Ved ahí la pasión. ved ahí el amor.

-Magníficamente hablado todo eso, dijo Ricardo. Pero créeme a mí, lo florearías menos si lo sintieras más.

-¿A qué disertar? Preguntó Jaime con verdadera oportunidad. Tales disertaciones no conducen a nada. Valiera más, Ricardo, que nos contaras tus amores, y nos describieras la feliz mujer de esos amores causa, de esos amores objeto.

-Si no sabría deciros lo que pasa por mí.

-No sabes decirlo tú, tan elocuente.

-He perdido la palabra, como casi, casi he perdido la razón.

Los tres jóvenes se echaron a reír a tal observación.

-¿Os reís?

-¡Pues qué hemos de hacer al verte tan mudado! Respondió Jaime.

-No sé cómo vas a amar, si llevas al amor el ímpetu que has llevado a la caridad, dijo Federico.

-Alma de bronce necesita tu amada, para no fundirse en el fuego de tu amor.

-Mirad, es cosa cómoda hablar desde la indiferencia. En esas alturas heladas en que estáis discurrís admirablemente.

-Ya te hemos dicho, le observó Jaime, que no queremos discursos, ni pronunciarlos, ni oírlos; queremos noticias.

-Háblanos de tu amada, dijo Federico.

-Descríbela, añadió Arturo.

-Nos interesa tanto como a ti. En ella habrás puesto, como es natural, tu felicidad, y ya sabes cuanto tu felicidad nos importa.

-No esperéis que os diga ni una sola palabra.

-Reservado estás, lo dijo Federico.

-Reserva bien contraria a tu carácter, añadió Arturo.

-No queréis oírme ahora, y no vais por consiguiente a comprenderme jamás.

-Pues habla.

-Ahí está la dificultad.

-¿En hablar?

-Justamente, en hablar.

-Vamos, Ricardo, no te la eches ahora de silencioso y cartujo.

-Se habla cuando se sabe lo que uno piensa o lo que uno siente.

-Pero la palabra tiene una rebeldía indomable para expresar estos sentimientos vagos, indescifrables, incomprensibles, que ahora me poseen. Respetad mi silencio, que después de todo no oculta ningún secreto. Me ha sucedido lo que no podía menos de sucederme a mi edad. He visto una joven hermosa, y francamente, la he amado. A estas horas ignoro hasta quién es, ni dónde vive. Todo cuanto sé es que me ha herido, que me ha desvelado, que ha venido a apoderarse de mi corazón por entero, y si no de mi corazón, de mi memoria, en la cual vivo su recuerdo, su imagen, su mirada, las pocas palabras que le he oído. No hay nada de extraordinario ni de novelesco en mi afecto. La he visto y la he querido. Trataré de que sepa mi amor. Trataré de saber si puedo contar con su correspondencia. A esto queda reducido todo cuanto sé y todo cuanto podéis sabor vosotros. No me preguntéis ya más, aunque creáis que no puedo deciros menos. Dejadme conservar en mi interior esta pasión que parece profanarse y perderse en nuestras conversaciones.

Y los tres jóvenes, comprendiendo que molestaban a Ricardo insistiendo mucho en el tema de sus amores, le dieron de mano, y tramaron otras conversaciones menos interesantes y menos necesarias al curso y desarrollo de nuestra historia.


I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII