Ricardo: 12

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Capítulo XII
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Ricardo Emilio Castelar


Proyectos de color de rosa

Vencidos los obstáculos que la timidez de Ricardo y la discreción de Elena opusieron a la felicidad de ambos, cuanto más se conocían, más profundamente se amaban. La disposición de aquellos dos seres a lanzarse el uno en brazos del otro, tenía tal fuerza irresistible, que, al cumplirse y realizarse por fuerza, se encontraron ambos en el cielo y vivieron por algunos días en esos felices instantes en que ni se siente siquiera el peso de la vida. Todo sonreía en torno suyo a causa de que interiormente sonreían sus almas henchidas de las más vivas esperanzas. ¡Cuán hermoso el mundo iluminado por el amor! El cielo inmenso brilla con esplendor antes no visto, y parece que en sus arreboles vuelan genios benéficos, ángeles de luz y de bendición, los cuales traen de Dios mismo promesas de vida, que afirman el goce perpetuo de tanta y tan incomunicable ventura. El alba y la tarde; el crepúsculo matutino con sus tintas blancas y el crepúsculo último con sus tintas rojas; la estrella que brilla sobre el ocaso y la estrella que brilla sobre el oriente; la luz mortecina de la luna con toda su tristeza y la luz vívida del sol con todos sus ardores; el mar en calma o el mar en tormenta podrán produciros afectos de dulce melancolía o afectos de exaltado placer, pero siempre sonreirán bellos y amorosísimos a vuestros ojos cuando los tiña el reflejo de vuestra propia felicidad.

Para el que lleva en sí mismo su dicha, el paisaje más vulgar parece el paisaje más hermoso: triste cabaña en uniforme prado; interminable llanura sin vegetación y aún sin ondulaciones, aldeas terrosas, molinos de viento desvencijados, campanarios vulgares, como todos nadan en el éter proveniente de la dicha interior, tienen arreboles prestados por los ojos, cuyos globos ilumina la irradiación de un alma enamorada y correspondida, de un alma feliz. Para persuadiros de esto, visitad con el corazón despedazado por el desengaño los mismos sitios recorridos antes con el corazón lleno, henchido de amor. Las azules ondas del Mediterráneo os parecerán tristes y plomizas; las palmas que vibran y los naranjales que huelen como ofrendas puestas sobre abandonada sepultura. El sitio más bello os dejará indiferente y frío. Las ruinas majestuosas de Poesthum; las escultóricas cortes de las islas parthenopeas parecidas a sirenas del mar tirreno; la campiña de Valencia o de Milán; las vegas de Granada o de Murcia, nada dirán a vuestro pensamiento, como si las hubiera despojado de toda hermosura, prestándoles su propia desolación y soledad la inmensa tristeza de vuestra alma.

Elena y Ricardo encontrábanse pues en ese estado, en que todo parece hermoso, porque todo se tiñe de la hermosura prestada a las cosas por la interior felicidad. Si en aquel cenador, donde tantas veces luchó su pasión con su timidez se veían, quedábanse como absortos, como arrobados en su mutua contemplación. Una alondra que piase saliendo al cielo desde el nido; una mariposa que cerniese sus alas de mil colores sobre humilde flor; una estrella cuya luz centellease como pestañean los ojos enamorados; una luciérnaga que se perdiese en el fresco césped semejándose a un fragmento de aerolito; cualquier objeto o ser que en otro tiempo hubieran visto indiferentes, les llamaba la atención y les daba socorrido tema para disertar sobre su felicidad íntima y sobre las relaciones de esta felicidad con la vida y el alma universal, que alimenta la llama del universal amor.

Ricardo había adquirido un optimismo idéntico al de su amigo Federico. Parecíale nuestro prosaico Madrid la más hermosa entre las ciudades de Europa y América; nuestro alineado Retiro con sus vulgarísimos estanques un jardín más bello que los jardines de Armida; el estado político del mundo digno de lástima entonces lo mismo que ahora, a causa de vernos los seres racionales sujetos a matarnos por el capricho o la voluntariedad del hombre, ese estado contra el cual protestara en tantas ocasiones, inmejorable, perfecto; el mundo lleno de seres felices, como si quisiera absorberlo todo en el egoísmo de su propia felicidad. El sonido de una guitarra de ciego en la noche; el eco de una canción cualquiera; la mirada que en otro tiempo recogiera indiferente; el zumbido de los insectos, el gorjeo de las aves, las armonías de las esferas; los sentimientos del corazón humano todo le sumergia en el éxtasis inspirado por la contemplación de su bienaventuranza. No veía las fuerzas de destrucción que hay ocultas en el seno de la Naturaleza; la guerra a muerte que se tienen declarada unos seres a otros seres en el combate gigantesco por la vida; la infinidad de males abortados contra todos los humanos por su irremediable limitación; ni siquiera el espectáculo de las calamidades sociales tan propia para dispertar en su pecho aquel amor al sacrificio y aquella ardiente caridad, resortes de su carácter; el amor le había dado un excesivo deseo de vivir para gozar de aquella inmensa dicha de ser amado, la mayor dicha dada al hombre en este nuestro planeta.

No vivía más que para su amor. A la hora en que podían recibir los condes, poco después del almuerzo, ya estaba en la casa. Bien es verdad que Elena se había puesto un relojito antiguo al cinto, y miraba toda la mañana su minutero de diamantes con impaciencia y lo mostraba a Ricardo con tristeza, cuando Ricardo había llegado dos o tres minutos más tarde de la una, dos o tres minutos en que la enamorada niña corría mil veces a la puerta del comedor y mil veces se asomaba al balcón, a pesar de las indirectas de la condesa refrenadas por el buen humor y la viveza de su viejo tío, el cual gozaba en ver las inquietudes, los recelos y las expansiones del amor. Desde la una a las siete de la tarde no se apartaba Ricardo ni un punto de su amada. Por regla general pasaban estas horas en el jardín donde la condesa pintaba o leía y Elena se ocupaba en las labores propias de su sexo y de su edad. La contemplación estática y silenciosa era toda la vida de aquellos dos seres enamorados. Para interrumpirla y variarla un poco, para no dar pretextos a bromas del tío, solía Ricardo leer algunas páginas; pero al cabo de cierto tiempo, como ignoraba lo mismo que leía, puestos el pensamiento y los ojos en otra parte, dejaba el libro sin que Elena advirtiese aquella interrupción. Para probar cuanta era la mutua pasión que los dos amantes se inspiraban, baste decir que, interrumpidas solamente por las conveniencias sociales sus visitas, y pasando Ricardo junto a Elena la tarde toda hasta la hora de comer, la velada hasta la media noche, luego le escribía, y como tiraba la carta al correo de la tarde, cuando salía de su casa por la mañana para ir a casa de Elena, ésta la recibía muchas veces, muchísimas, estando él presente. Tales muestras de mutuo afecto servían para atizar el fuego de la pasión cada día más intensa, pasión que acabó por ser el alma de ambos jóvenes. Así, cuando alguna que otra vez, se iba la condesa y se quedaban los dos amantes solos, su conversación se reducía a hablar el uno del otro y los dos de las perspectivas de vida en que debían ambos a dos apoyarse mutuamente y complacerse y unirse de tal suerte y con tanta intimidad, que sus dos personas formasen una sola con una sola alma empleada en gustar y avivar aquella interminable felicidad.

-Yo creo, Elena, que de no verte a ti, jamás hubiera amado a ninguna mujer. ¿Y tú, si no me hubieras conocido a mí?

-Te diré. Las mujeres necesitamos mucho más el amor que vosotros los hombres, y como lo necesitamos más, solemos buscarlo con mayor anhelo, y nos engañamos creyendo haberlo encontrado en nosotras o fuera de nosotras cuando realmente todavía no existe. Yo no creo que hubiera podido en el mundo amar a otro ser, sino a ti, Ricardo.

-Nuestras almas estaban predestinadas una a otra.

-Por eso laten nuestros dos corazones de tal manera que parecen uno solo.

-Imposible comprender la vida sin ti. Más fácil me sería comprender el Universo sin el sol.

-Por eso debemos confundir nuestras vidas como están nuestras almas.

-No me parecería hogar, Elena, el hogar en que no estuvieses tú. No me parecería mundo el mundo en que tu no estuvieses. Yo me desconocería a mí mismo, si separase mi alma, de tu alma. Creo que si muriera antes que tú, y cuando tu te murieras, no te enterraban a mi lado, había de levantarse mi cadáver por sí mismo para buscar el tuyo y unir nuestros huesos en una sepultura y bajo una misma tierra, pues separados, no podrían dormir en paz el sueño de la muerte. Paseábame hace algunas tardes por la catedral de Toledo. Estaba enteramente sola. El coro se hallaba ocupado por el cabildo que cantaba vísperas; pero en el templo no había más persona que yo, perdido en sus naves y estático en la contemplación de sus bóvedas. La luz cernida por los vidrios de colores jaspeaba con los matices del iris las losas del pavimento; los acentos del órgano, las salmodias de los sacerdotes, el aroma del incienso llenaban de misticismo mi alma como de misterios divinos el aire; las aureolas de los santos y las alas doradas de los ángeles nadaban todos en el éter como si las iluminara el sol de la gloria. Entré en la capilla del condestable y vi los sepulcros de mármol en los cuales reposan dos esposos como si estuvieran todavía en su alcoba y en su lecho de matrimonio. Así, dije yo, así quiero dormir el sueño de la muerte al lado de mi amada.

-¿Por qué hablas de la muerte cuando todo nos invita a la vida? Para seres tan jóvenes como nosotros y tan felices, la muerte está muy lejos; y apenas se descubre entre los celajes de nuestras ilusiones y apenas se cree en ella entre la vida de nuestras esperanzas. Mira como todo vive en torno nuestro. Las aguas se destrenzan por todas partes en arroyos. Las palomas, que bajan a beber en su linfa, arrullan. Los nidos están todavía calientes de sobrellevar los pajarillos que los llenaban con sus cuerpecitos y los santificaban con sus amores. Todo vive y todo ama alrededor nuestro. La muerte misma tan temida es una ficción de los sentidos, porque todo cuanto muere, se trasforma y resucita. Yo he aprendido en las elocuentes palabras de mi padre desde las nociones necesarias para conocer lo infinitamente pequeño hasta las nociones necesarias para conocer lo infinitamente grande. Y he visto la transformación universal así en las larvas de los insectos, como en los aerolitos de los cielos. No me hables, pues, de la muerte; háblame de esta vida nuestra tan feliz de la cual viviremos los dos eternamente. Háblame de esta alma toda tuya, y a cuyo disco no pueden llegar, no llegarán jamás los vapores de la muerte. Háblame de la inmortalidad que necesariamente nos ha de sonreír aun después de la muerte y nos ha de encontrar entregados a nuestros perpetuos amores. Con seres tan felices como nosotros nada tiene que ver, Ricardo mío, la muerte.

-Es verdad, tienes razón. Debemos pensar en la vida. Hemos de tener una casita aquí, en España, que si no es nuestra patria, es la patria de nuestra raza, una casita oculta entre el follaje de jardín silencioso. Allí, en la casita, hemos de fabricar nuestro nido, que parezca como apartado del mundo. En este nido ha de haber todo lo necesario para nosotros, para el esparcimiento de nuestras almas. Tu saloncito será el museo. Allí tendrás un cuadro de Rafael, precioso como todas las obras del gran artista, que parece hijo de Grecia, una sacra familia, cuya vista nos sostenga y nos conforte a nosotros, fundadores de otra familia, la cual quisiéramos también divinizar con nuestras virtudes. Unas estatuitas antiguas, tan puras y tan bellas como todas las obras clásicas, elevarán constantemente en tu alma la idea de la hermosura, y resplandecerán entre las cortinas de flores que nuestro jardín nos preste, hermanando el Arte con la Naturaleza. Al pie de un magnífico piano de Erard tendrás un arpa de cuyas cuerdas saques notas que caigan sobre el corazón y lo embelesen, embelleciendo con armonías ese mundo del sentimiento en que vamos a encontrar el paraíso. Luego vendrá mi biblioteca llena de los mejores libros publicados en todas las lenguas, depósito de cuanto el hombre sabe sobre lo finito y lo infinito. Allí, entre la biblioteca y el jardín, en comercio continuo con el arte o con la ciencia adorándonos perpetuamente, estáticos en nuestra mutua contemplación, llegaremos a olvidar hasta el mundo que nos rodea y a reconcentrarnos en nuestra felicidad, que será eterna. Mi santa madre nos bendecirá de continuo y presidirá la casa con sus próvidos cuidados.

-¡Tu madre! ¡Cuánto deseo conocer a tu madre! ¡Qué impaciencia tengo por verla! Como no he conocido madre, paréceme que en ella el cielo me la depara y me la envía, y que, al encontrarme bajo su amparo contigo y a tu lado voy a tener como una segunda infancia y voy a volverme tan niña como si saliera de la cuna.

-Lo mismo, Elena, lo mismo me sucede a mí con tu padre. Cuento por minutos el tiempo que falta para verlo. Te has criado sin madre tú; yo me he criado sin padre. Nuestra educación ha sido necesariamente, y por esta causa, una educación imperfectísima; tu padre será mi padre, como mi madre tu madre. Y al mismo tiempo que el amor, sentiremos, encontrándonos cada cual personas de nuestro sexo con quienes comunicar el afecto más tierno y más sencillo, pero no menos necesario a la vida, el afecto de una profunda y verdadera amistad.

-No he visto en ninguna parte a tu madre.

-Yo solamente le vi la noche de San Juan, la noche en que por la vez primera te apareciste a mí para no separarte jamás de mi corazón y de mi memoria, solamente en aquella ocasion vi de lejos a tu padre.

-Lo hubieras visto mil veces, de estar aquí, puesto que me acompaña siempre y yo he deseado mucho ver Madrid y lo he recorrido en todas direcciones. Pero le dio el capricho de irse, a viajar solo por la poética Andalucía, cuyo calor en esta calurosa estación, en este calurosísimo clima, temía por mí, y hé ahí la causa de su ausencia. Pero a tu madre jamás la he visto contigo y me has dicho que no podría verla en ninguna parte.

-Te he dicho la verdad. Mi madre no sale de casa. Amó con frenesí a mi padre y arrastra los lutos de una austerísima viudez. Muchos años hace que murió su esposo; nunca la he visto sonreírse. Su dolor tiene hoy la misma intensidad que tenía en los primeros años de su triste estado, y llora, y solloza como si estuviéramos en el día mismo en que mi padre se volvió loco o en que pasó de ésta a la otra vida.

-Sábete que mi padre me habla a todas horas de mi madre. Me dice que la perdí a los pocos días de nacer. Me dice que ruegue a Dios largamente por ella. Y cuando habla de todo esto, su dolor toma, no esa intensidad que el dolor de tu madre, la cual sería al cabo impropia de su sexo, sino tan grande y recóndita concentración, que le abrasa el corazón y las entrañas. No le veo una lágrima; Pero si veo que los ojos están próximos a salirsele de las órbitas cuando evoca estos recuerdos. No le oigo un sollozo; pero sí le oigo palabras entrecortadas que me aterran por su vaga incoherencia y que me demuestran como, pensando mucho sobre sus dolores, podría llegar de arrebato en arrebato a una completa locura. Así es que nunca le hablo de estas tragedias, cuyo relato profundamente vela en el silencio y profundamente respeto como cumple a la sumisión y debida por convicción y por cariño a mi bondadoso padre.

-Hemos vuelto a las tristezas, Elena, que me echabas en cara hace muy poco. Difíciles son de curar estos corazones heridos por desgracias irreparables, Pero nuestros cuidados podrán de alguna manera curar sus aprensiones y nuestros besos cicatrizar sus heridas. Pondremos tantas flores en su camino que acaben uno y otro por no advertir los abrojos cuyas agudas penas les taladran las sienes. Viviremos para ellos y para nosotros.

-Hemos de derramar el bien, Ricardo, por donde quiera que dirijamos nuestros pasos.

-Sí, sí. Mi naturaleza expansiva, deseosa de curar males a cuyo remedio no alcanza muchas veces la voluntad individual, se ha reconcentrado durante estos días de una ventura desconocida antes en el egoísmo de la felicidad. Pero así que esta ventura, por medio de la costumbre sea cóngenita con nosotros, entrará a formar parte de nuestra naturaleza. Y no debemos entonces perder el tiempo en la muda y estéril contemplación de nuestra bienaventuranza, cuando nos rodean ¡ay! tantas desventuras y tantos desventurados. En estos días últimos, la alegría de mi alma, la novedad de mi situación, el fuego de mi amor me llevaban al triste olvido de los que padecen y de los que lloran. Tú me los recuerdas, y con ellos me recuerdas también la vocación de mi vida. Además de un matrimonio, vamos a fundar una hermandad. Y esta hermandad, imbuida en los más puros sentimientos, podrá consagrarse a obras caritativas después de haberse consagrado a la familia y al hogar. Bajaremos a los abismos de nuestras sociedades modernas tan llenas de males y de desgracias. Subiremos a las buhardillas donde habita la miseria. Nos inclinaremos sobre el lecho del moribundo y nos postraremos sobre la tumba del muerto. Aquí derramaremos un socorro, allá una limosna, acullá una palabra de consuelo, más lejos una lágrima de compasión, y con esas lágrimas compondremos una corona más hermosa y más duradera que la corona de los reyes, y con diamantes más luminosos, porque en las lágrimas de compasión que el feliz derrama por el desgraciado y en las lágrimas de agradecimiento con que el desgraciado riega las manos caritativas de los felices, de los generosos, de los próvidos; en ese rocío más fecundo que el rocío de la mañana, se descompone una luz más refulgente, que la luz del sol; se descompone la increada luz de la divinidad. Y habremos cumplido un impulso de nuestra naturaleza realizando el bien solamente por ser bien. Y habremos sembrado larga cosecha de bienes para nuestros hijos, que heredarán, sin duda, los sentimientos de sus padres.

-Vamos a ser felices, muy felices, Ricardo mío.

-Y algunas veces nos acordaremos de nosotros mismos. Y para dar treguas a nuestros grandes trabajos y variedad a nuestra vida, iremos...

-De viaje por Europa. ¿No es verdad?

-Seguramente.

-Hasta en eso nos parecemos, en el amor a los viajes.

-Nos parecemos en tantas cosas...

-Es cierto.

-Mira. Mi madrina dice que tenemos así como aire de familia, y que si no fueran nuestros orígenes tan diversos, nuestros países tan apartados, hasta nuestras razas tan distintas podría decirse que éramos parientes; más que parientes, hermanos.

-En mi filosofía se explica eso; se explica, por una razón bien extraña y singular, pero convincente y persuasiva, al menos, para mí. Las almas se disponen, se arreglan, se cincelan los cuerpos con sujeción a su naturaleza inmaterial. Desprendidas del éter, cuando tocan al barro de este mundo, lo pulen como suele el buen alfarero pulir el vaso. Ese cristal que reverbera la luz y que parece por su brillo un astro, fue en otro tiempo grosera tierra. Estos huesos nuestros, tan semejantes a los minerales, se disponen como una obra de arte al recibir en sus frías moléculas el calor divino de las almas. Las nuestras eran ya la una para la otra desde la eternidad. Y descendiendo, al través de los planetas, a este bajo mundo, y separándose en esa carrera, cada una se ha creado un cuerpo al través, de cuya mortal envoltura pudiese conocer a la otra. Y por eso, desde que nos hemos visto, hemos suspirado, yo por ti, por mí tú. Estábamos enamorados desde la eternidad.

-Y nos parecemos en nuestras inclinaciones y en nuestros gustos. Te placen los viajes como a mí; y las artes como a ti me placen.

-En los viajes y en las artes he tenido los mejores goces de mi vida. No olvidaré nunca las sublimes tristezas que han sobrecogido a mi alma, cuando he contemplado bajo los cipreses de San Onofre, cerca de la celda donde murió el Tasso, allá a lo lejos, la campiña romana sembrada de sepulcros, envuelta en los vapores mortales de las lagunas pontinas y en las sombras inmortales de sus misterios y de sus recuerdos, necrópolis sublime de generaciones de dioses. Los monumentos destrozados se tendían a mis pies en aquel Josafat de la antigua historia, y a mi izquierda surgía la colosal rotonda de San Pedro, dorada por los últimos rayos del sol y semejante a un planeta aproximándose a nuestra tierra. Y de allí, como si pasáramos de las sombras al día, íbamos a los campos parthenópeos, a las orillas de mármol donde espira la onda que todavía lleva en su seno la nereida, cuya corona se descubre de día en la espuma férvida del oleaje, y de noche en la fosforescencia de las estelas. Por todas estas regiones, reunidos los dos, veríamos los espectáculos de la naturaleza y del arte bajo todos sus aspectos, porque tu sentimiento y tu adivinación de mujer alcanzarían misterios estéticos ocultos a mis ojos.

-Pero, mira Ricardo, en lo primero que debemos pensar es en nuestra casa.

-Es verdad, en nuestra casa, en nuestro nido de amores.

-No olvides que la casa ha de ser el santuario donde encerremos nuestros dos corazones y practiquemos el culto a la familia.

-Ya te dije cómo será, y te lo repito ahora. Tendremos la biblioteca donde yo reúna los libros; el museo donde tú reúnas los objetos de arte; el jardín que nos dé una breve muestra de la inmensa Naturaleza; el gabinete de física y química donde podamos recrearnos en el estudio y en las experimentaciones científicas.

-Y te olvidas de que necesitamos también, para que la vida entera se contenga en aquel reducido mundo, un oratorio donde podamos consagrar a Dios nuestras acciones todas del día y pedirle de rodillas lo que más necesitan los mortales en el hondo abismo que habitan; su protección, nunca negada a todos cuantos la piden y la necesitan.

-Tendremos cuanto tú dispongas. En mi casa serás como una diosa.

-Y tú en mi corazón dominarás perpetuamente, con la tiranía del amor.

-¿Me amas? Elena.

-No podrá decírtelo jamás mi palabra.

-¿Te acuerdas de mí?

-Cuando te ausentas es cuando más presente estás a mi lado por el vigor de representación que hay en mi fantasía, y la fidelidad a tu recuerdo de mi memoria; tu imagen se ha grabado en el fondo de mi alma y forma parte integrante de mi vida.

-Yo te prometo, Elena, que este amor se disminuirá en mi pecho. Los años no harán más que aumentarlo, dándole la solidez que da el tiempo así a los afectos como a las cosas. El recuerdo de estos días de felicidad quedará consagrado como un culto, como una religión de mi vida. Ya nada puede separarnos, ni la muerte misma, porque creemos en Dios y esperamos en la inmortalidad. Te amo y me amas: hé ahí nuestra vida.

Y así continuaron los dos novios discurriendo sin tasa ni medida sobre su inagotable pasión y la eternidad de su ventura.


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