Ricardo: 15

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Capítulo XV
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Ricardo Emilio Castelar


El regreso de Antonio

Grande, extraordinaria alegría en casa del marqués de la Tafalera. Antonio acababa de llegar por el tren de la mañana desde la hermosa Andalucía. La familia entera se hallaba de pie muy temprano para recibir y agasajar al recién venido. En la espaciosa estancia que servía de comedor al palacio, en torno de la mesa ocupada por las jícaras de chocolate y los vasos de agua fresca, hablaba la familia entera del viaje, como preliminar necesario a otra conversación más solemne, la relativa al matrimonio de Elena. Ésta tomó la precaución de decir a Ricardo que no fuera al palacio hasta no obtener la necesaria autorización de su padre. Así el suegro no conocía ni de nombre ni de vista al futuro yerno. Vuelto de su deliciosa expedición por este asunto, conforme la hora de controvertirlo y tratarlo se acercaba, resistíase Antonio, reconcentrado como en afecto único, en el amor paternal que le inspiraba su preciosísima hija. Por consiguiente no debe maravillarnos que la conversación de la boda se retrasase y se redujese todo el diálogo de Antonio, Elena, el marqués de la Tafalera y los condes de la Floresta a las impresiones del reciente viaje.

-Tus cartas, decía la condesa, nos han suficientemente instruido en tus juicios. Encuentras Andalucía incomparable, ¿no es verdad?

-Te diré. No tiene las altas cordilleras de Italia, ni el caudal de los ríos que van de los Alpes al Mediterráneo, ni la multitud de ciudades donde todas las artes del dibujo han hecho sus principales milagros y han dejado sus incomparables monumentos. Pero en cambio, es de una poesía indecible. Yo no he contemplado noches como aquellas noches de la bahía de Cádiz en que parecen buscarse las estrellas con miradas de amor. Yo no he respirado en ninguna parte aire como el balsámico que se respira en Sevilla, cuando las primeras sombras de la tarde caen sobre el azahar. Yo jamás he visto ponerse el sol como lo he visto desde los miradores del Generalife, tras las montañas de Loja, tiñendo con color de oro fundido las abruptas crestas de la Alpujarra y con color de rosa pálida las rotondas y agujas de la Sierra Nevada. Yo no he visto ni en Asia el Oriente como en la mezquita de Córdoba o en las grutas de mil colores que forman los alicatados de la Alhambra. Yo no olvidaré el crepúsculo de A1mería, en que, sentado al pie de una palmera, a la orilla del mar azul cuyas ondas morían melancólicamente en la playa de doradas arenas, la gitana con el sello de su antigua grandeza y de su esclavitud extrañamente mezclados, tal como debía ser Cleopatra vencida, levantaba los brazos y la cabeza al cielo, y acompañada por el son de las propias castañuelas, por el vito o la soledad, por el pespunteo de esas cuerdas de guitarra que gimen y lloran, bailaba un baile semejante a las sagradas danzas que en honor de sus dioses ofrecían los antiguos pueblos y los antiguos tiempos.

-Chico, todo eso me parece melancólico, dijo el marqués, y por lo mismo contrario a la alegría que retoza en el cuerpo cuando recorre las tierras andaluzas. Para conocer Andalucía es preferible una visita al freidero de pescadilla en Cádiz, o al bodegon de los montañeses en el Puerto, donde rocías con vino viejo las frescas bocas de la isla, a una visita a la catedral de Sevilla y a la Alhambra de Granada. Más que una pintura de Murillo te industria en la vida y en sus secretos una serrana con su media roja, su zapato blanco, su zagalejo verde, su toca de tul entre cuyos pliegues se agrupan con tanto arte las flores, y su relicario de oro cayendo sobre la curva y el dibujo de sus redondos pechos. Ver desfilar los siglos desde la capilla del zancarrón o desde la torre de la sultana es muy filosófico, pero no tan propio como ver desfilar el gitano de anchos pantalones y largas melenas; el contrabandista, caballero sobre su alazán que parece engendrado por los vientos del desierto; los chalanes con sus látigos en la mano, su cuchillo en la faja, su mentira en el labio; los toreros con sus largas trenzas cayendo sobre la chaquetilla de raso en cuyos bolsillos campean los pañuelos de pita o seda; el majo a caballo con más cascabeles que una feria y la maja a su grupa, enseñando unos pinreles más breves que un suspiro, y lanzando de los ojos, que brillan como soles entre las sombras de las mantillas, unos rayos a cuya lumbre se encienden hasta las frías piedras y se avivan y resucitan los muertos.

-Verdaderamente, dijo la condesa; el tío se anima al recuerdo de los placeres de su juventud y a la evocación de los países que ha visitado en su larga vida.

-Calla, chica, son unos sosos, unos desgalichaos los andaluces de estos días, metidos a políticos, para lo cual sirven como yo para gran turco. Andaluz perfecto aquel Manolito Gázquez de mi tiempo, sastre, velonero, majo de todas las cuadrillas y de todas las cofradías, tan celebre que el sultán le encargó los clavos con que está adornada la puerta otomana y el Papa saltó de gusto en la Santa Sede misma al oírle tocar el piporro por las capillas de San Pedro y los cardenales se arremangaron los hábitos para bailar un bolero acompañado por su guitarra y dieron cien días de indulgencia a toda moza que danzase con él un zapateado, vertiginoso como el placer, y a todo católico que comiese un gazpacho de sus manos más fresco que los rocíos del alba.

-Yo he alcanzado todavía, dijo Antonio, en mi último viaje, alguna parte de esas delicias. A la orilla del Guadalquivir, a la vista de la Giralda y la Torre del Oro, en Triana, junto a olorosos limoneros, en cuyas ramas campeaban con el blanco azahar de esta primavera los amarillos frutos del pasado estío, he visto el viejo guitarrista sentado sobre silla de pino y esparto; tañendo la guitarra que ora gemía como una melodiosa endeclia, ora tronaba como una tempestad de encendidas pasiones; y a su lado, inmóvil y absorto como un santón árabe, el cantaor que entonaba la larga y cadenciosa caña como un prolongado sollozo, acompañando a una elegía de tristeza y de amor; y en frente la bailadora cuyos brevísimos pies apenas tocan al suelo, con la cabeza echada atrás como para contemplar lo invisible, los ojos estáticos, los airosos brazos a lo alto, las sonoras castañuelas entre los dedos, jaleada por los dichos y refranes y equívocos de los majos cuyas palmas chocándose, y cuyos gritos subiendo sobre todo, rumor, semejantes a los gritos de una caravana en el Desierto, daban al baile mezcla tan extraña de gusto refinadísimo y de aire primitivo y salvaje que inspiraban un completo embeleso.

-Al oíros hablar así, dijo el conde, cualquiera diría que en vez de haber visitado aquellas regiones de la vida y del amor os habíais metido en algún cementerio. Tristeza, pena, sollozo, canto melancólico, elegíaco, ¿qué Andalucía es esa? Nosotros le llamábamos a las muchachas perlas, cuerpos buenos, salerosas. Nosotros echábamos los sombreros a los pies de las bailarinas con un regocijo infinito. Nosotros íbamos del baile de candil, a la taberna, de la taberna donde nos amanecía al derribo de Tablada, del derribo a los toros, de los toros a pelar la pava, y nuestra vida era una. fiesta continua. Mas vosotros vais a Andalucía como pudierais ir a una Tebaida. No me habléis pues de ese viaje ascético porque me da verdadera grima. Los románticos de ahora, como los místicos de otros tiempos, concluirían con sus tristezas y sus desventuras y sus sollozos y sus lloros y sus desesperaciones y todos sus sentimientos por despoblar la tierra.

-Naturalmente, querido tío, observó el conde, Antonio llevaba sobre sí otras ideas que las ideas de vuestro tiempo.

-Y sobre todo, dijo el tío, guiñando el ojo a Elena; llevaba sobre su alma cierta asesina carta, escrita por una mano de ángel, anunciándole que las hijas de los hombres caen bajo la común ley del universal amor.

Elena, al oír esta salida del viejo marqués, se puso colorada como la grana, y no sabiendo qué hacer, levantóse y salió de la estancia, corriendo toda azorada, al ver cómo la conversación daba en su verdadero y único centro de gravedad.

-¿Conque no hay remedio?

Preguntó Antonio melancólicamente.

-No hay ninguno

Le contestó la condesa.

-¿Conque va a separarse de nosotros?

-Para siempre.

-Dejadle a un padre este desahogo, dejadle que llore su desgracia.

Y Antonio se cubrió el rostro con las manos; y lloró amargamente la decisión de su hija.

-Pero, señor, exclamó el viejo marqués, no sé como sois. Yo me vuelvo loco. Asustaríame en verdad pertenecer a este tiempo, llamarme joven ahora. Qué quieres, ¿qué tu hija: se quede para vestir imágenes? Pues bravo negocio. ¿Qué se vaya contigo a una Tebaida? Pues bien se conservaría y propagaría de esa suerte la especie humana. ¿Que no se case nunca? Malo un solterón, pero peor, mucho peor, una solterona. ¿De qué puedes quejarte? El joven es buen mozo, robusto, de un carácter bondadosísimo, aficionado a las artes y a las ciencias, cumplido caballero, espartano en virtud, exaltado de amor a Elena, rico como un Creso; ¿y todavía lloras? Pues, Antonio, te aseguro que si recorres Andalucía como un cartujo y recibes la felicidad como si fuera una inmensa desgracia, debes ponerte inmediatamente en cura porque sólo estás para habitar un manicomio.

-Pero señor marqués, dijo Antonio un tanto amostazado; V. no tiene hijos y por consiguiente V. no puede saber los sentimientos propios del corazón de un padre.

-No tengo yo hijos. Sobre eso habría mucho qué hablar; yo he sido tan...

-Vamos, tío, exclamó la condesa, dejémonos de esas peligrosas conversaciones.

-¿Vosotras me aseguráis que el novio de mi hija tiene todas esas cualidades por el tío descritas y cuyo conjunto atribuyo al afán casamentero que lo aqueja?

-Hablemos formalmente, dijo el conde; hablemos como cumple a un asunto de esta naturaleza.

-¿La familia?

Preguntó Antonio.

-De la primer distinción.

-¿Cuántas personas la componen?

-Dos solamente: madre e hijo.

-¿La madre es viuda?

-Viuda.

-¿Virtudes?

-De primer orden.

-Yo me he enterado perfectamente, dijo la condesa, como tú puedes suponer. La madre es una señora de austerísima virtud, consagrada a llorar a su esposo, consagración que cumple como un culto, pues desde los días primeros de su viudez puede decirse que su luto es como un sudario y su vida como una anticipación de la muerte.

-¿Y el muchacho?

-Es un santo.

Dijo el conde.

-Ese calificativo no me gusta. Paréceme que encierra algo así de encogido, de escrupuloso, de poco natural.

-No lo creas. Pertenece a la sociedad moderna por sus ideas, por la amplitud de su inteligencia, por la variedad de sus conocimientos, por la mezcla de un valor sobrehumano con una tierna delicadeza femenil.

-De la posición no hablo.

-Tienes razón. Elena no necesita de nada ni de nadie, porque tiene toda nuestra riqueza. Pero la posición de su novio es indudable, porque posee una de las primeras fortunas de...

-¿De dónde? Preguntó con viveza Antonio.

-De...

-Ya estamos en la dificultad. Exclamó el marqués.

-Vamos. Me ocultáis algo.

-¿Qué hemos de ocultar? Preguntó la condesa.

-Pues si nada ocultis, ¿por qué no decirme de una vez, y sin rodeos, de dónde proviene la fortuna de mi yerno?

-Hombre... Seamos claros. Proviene de América.

-¡Cielos!

-¿Qué? Dijo el marqués.

-Presagio mal. Respondió Antonio.

-¿Por qué? Le preguntó la condesa.

-¿Por qué? No sabré decirlo. Una superstición. Pero nunca quise marido americano para mi hija.

-Pues mira, ya no tiene remedio, observó el viejo marqués.

-Y si no casas a Elena con su novio ten por seguro que le cuesta la vida.

-Pues a ese precio no quiero oponerme. No hago ninguna observación. Consiento. Presentadme al dichoso mortal.

-Nos ha dicho, que no se presentará a ti sino después que haya venido su madre, y le hayas otorgado a ella la mano de tu hija.

-Pero, ¿por qué? Pregunto ahora a mi vez. En todo esto hay algo de ridículo. Voy a consentir, sin ver siquiera al novio.

-No sería la primera vez; exclamó Tafalera; todos los reyes se casan así.

-No me convence el ejemplo.

-No te apures por cosa tan trivial. Inmediatamente después que hayas hablado con su madre, podrás hablar con el hijo, o simultáneamente. No darás tu permiso, no sin haberle visto antes.

-Pero, ¿qué quieres? Observó el conde. Un hijo tan bueno tendría escrúpulo de acercarse a ti sin que antes se acercase y te hablara su madre.

-Todo sea por Dios. Exclamó Antonio con cierta resignación.

-Mañana verás a la madre y verás al hijo.

-Llamad a Elena.

Ésta entró al llamamiento de su padre y se arrojó a sus pies, hecha un mar de lágrimas.

-Hija mía. Exclamó Antonio, acogiéndola entre sus brazos y llorando con ella.

-Si de esa manera celebráis las bodas, dijo el marqués, ¿cómo celebraréis los entierros?

-Hija mía, tu padre consiente en tu matrimonio.

-Padre mío, dijo Elena, sin poder añadir una palabra como abrumada por el peso de tanta felicidad.

-¿Qué no haría por ti, por la ventura de su hija, éste tu padre?

-¡Dios bendiga a mi padre. Dios le dé toda la felicidad que merece!

Y padre e hija abrazados trajeron en torno suyo al marqués de la Tafalera, que besaba con trasportes la mano de la niña, y a los condes que alternativamente saludaban a Elena y a Antonio, formando un grupo, en el cual sonreía la felicidad más completa.


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